Conocer y contemplar el rostro de Dios es la aspiración del hombre de todos los tiempos. La dificultad, la desconfianza o la prohibición de representar a la divinidad surgen de la convicción de que toda tentativa de atribuir una imagen a Dios es inadecuada. Sin embargo, la antigua invocación del Salmo: «Brille sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro» (Sal 4, 7), introducía proféticamente en la revelación de Cristo, puesto que el Dios de la alianza revelaba su naturaleza de Ser personal, más aún, de Padre, que en la encarnación asumiría, en Cristo, un rostro humano y a la vez divino. Jesús mismo lo declara al apóstol Felipe: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9).
La revelación cristiana libera la representación de Dios de todo antropomorfismo. En Cristo la divinidad se une a la humanidad y se hace visible en el rostro misericordioso y compasivo del Salvador, en el misterio de su encarnación, pasión, muerte y resurrección.
+++

Años 33 – 50 - Los primeros documentos del cristianismo – En 1945 se hallaron dos osarios (receptáculos de huesos) en las cercanías de Jerusalén. Estos osarios exhibían inscripciones que su descubridor, Eleazar L. Sukenik, definió como «los documentos más antiguos del cristianismo». Estos recipientes funerarios se hallaron en una tumba que se usó antes del 50 d.Cristo. Los escritos dicen ‘lesous iou’ y ‘lesous aloth’. También se encontraron cuatro cruces. Probablemente el primero es una oración para conseguir la ayuda de Jesús y el segundo, es una por la resurrección de la persona cuyos huesos se hallaban en el osario.
+++
En la teología patrística se hablaba de la Iglesia como “mysterium lunae” para subrayar que ella, como la luna, no brilla con luz propia, sino que refleja a Cristo, su Sol. Me es grato recordar que, justamente con este pensamiento, comienza la Constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II: “¡Cristo es la luz de los pueblos!”, “lumen gentium”! Los Padres conciliares continuaban expresando sus ardientes deseos de “iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo que resplandece sobre el rostro de la Iglesia”.
+++
Tanto la Sagrada Escritura como la Tradición patrística atestiguan la interdependencia de la Palabra y del Pan divino y la analogía (no la identidad) entre el Verbo que se hizo carne y la Palabra de Dios “encarnada” en su aspecto humano. En ambos el Cristo, Verbo de la vida eterna (1 Jn 1,3), se dona como alimento salvífico. Una estrecha relación entre la palabra y el Pan proviene de la centralidad de la Persona y de la misión del Resucitado (cfr. la narración sobre los discípulos de Emaús: la presencia de Cristo en las Escrituras prepara a los discípulos para comprender el misterio de su presencia en el pan partido).
De manera análoga el pan de la vida (Jn 6,5; cfr. 6,51) corresponde al verbo de la vida (1 Jn 1,1 cfr. Jn 6,68). El mismo paralelismo también se encuentra en la antigua tradición cristiana, por ejemplo, en Origene (Scholia in Mattheum 17,14-21), Tertuliano (De res. mort 37,11) san Irineo (adv. Haereses 4,23,22-29), san Cesario de Arlés (Sermo 78,2) y san Jerónimo: [nos] podemos nutrir de su Cuerpo y beber su sangre no sólo en el misterio de la Eucaristía sino también a través de la lectura de la Sagrada Escritura.
(Jerónimo, In Eccles. 3,12).
+++

Roma, casa de Augusto - 2008
Sin duda, Tiberio es una de las figuras más trágicas de la Historia romana. Virtudes no le faltaban, desde luego. Fue uno de los mejores generales de su época y nadie le negaría una capacidad para la administración ciertamente notable. Sin embargo, sus dotes intelectuales estaban infectadas por los complejos y el resentimiento.
Precisamente por ello, desde que accedió al poder en el año El im 14 d. de C., se esforzó por impedir las críticas contra su persona e incluso emprendió acciones despóticas contra personajes de renombre que habían tenido la osadía de poner en tela de juicio su comportamiento. Esa conducta sería objeto de repetidos análisis destacando entre ellos el de Tácito que dejó escrito en sus Anales lo siguiente: “Se puede uno burlar a gusto de la estupidez de aquellos que creen que con su poder del momento pueden incluso extinguir lo que recuerden las próximas generaciones. Pues, por el contrario, con el paso del tiempo aumenta la estima hacia aquellos talentos a los que se ha castigado y tanto los gobernantes extranjeros como aquellos que emplearon el mismo rigor no consiguen otra cosa que su propio deshonor y la gloria de aquellos a los que pretendieron castigar”. Las palabras de Tácito sobre Tiberio son dignas de una reflexión en profundidad. No pocas veces, el carácter despótico de algunos políticos los impulsa a arremeter contra aquellos que han criticado sus acciones. Al comportarse de esa manera, sueñan no sólo con pulverizar la oposición presente sino también con controlar un futuro en el que no se recordarán sus malas acciones. Sin embargo, por regla general, semejantes vilezas nunca alcanzan sus objetivos. Aquellos que defendieron la verdad son objeto de mayor admiración por parte de las próximas generaciones y los que intentaron sojuzgarla sólo son objeto de los peores juicios.
+++
Prescindiendo de la belleza de todo el magisterio, tan rico en lo que se refiere a la función del obispo, podemos resumir la esencia del carisma episcopal recordando las palabras de Jesús: "Pastores dabo vobis" (Ger 3,15). En el corazón y en los labios de Jesús, la palabra pastor quiere decir pater. La paternitas ocupaba la mente de Jesús, que en la lógica del Reino mesiánico se consideraba también el esposo. "No os dejaré huérfanos" (Jn, 14,18). Los apóstoles han entendido que el ministerio del anuncio tenía que desarrollarse en un clima de paternidad - filiación De ello ha dado testimonio toda la tradición neotestamentaria y patrística. Las cartas pastorales documentan la preocupación por enseñar que, si la Iglesia es Sponsa-Mater, el Obispo es Sponsus-Pater.
(Se pueden hacer dos observaciones más: no hay cursos de formación para preparar a los futuros obispos. Las cualidades personales e intelectuales no son garantía de idoneidad para asumir la guía de un rebaño. El episcopado es una gracia que tiene que ser vivida de forma pastoral; no se puede otorgar como un premio o como un aval para una función política).
+++
DATA DEL SIGLO I - Las aguas del Mar de Galilea esconden el secreto de la ´barca de Jesús´ - Su descubrimiento en 1986 por dos hijos de un pescador supuso toda una hazaña

Barca del siglo I que se exhibe en el Museo de la Barca del Siglo I. (Foto: EFE)
DANIELA BRIK (EFE)
KIBUTZ GINOSAR (ISRAEL).- Galilea fue escenario del Sermón de la Montaña, del milagro de los panes y los peces y del caminar de Jesús sobre las aguas, pero poca gente sabe que hoy en día se conserva aquí una barca del siglo I que, según la tradición, pudo haber utilizado el propio Jesucristo.
La conocida como la ´barca de Jesús´ -que data del siglo I y fue descubierta a orillas del Mar de Galilea- atrae a diario a numerosos peregrinos al israelí Kibutz Ginosar, cuyos habitantes fueron responsables del insigne hallazgo.
"No podemos saber si Jesús empleó esta barca o no, pero probablemente la vio, pues éste es un lago pequeño y no había muchos barcos" en aquella época, explicó Marina Banai, portavoz del museo que alberga la embarcación.
Su descubrimiento -en 1986 por dos hijos de un pescador de la costa noroeste del también llamado en la Biblia lago Genesaret o de Tiberíades- supuso toda una hazaña y razón de orgullo para esa granja comunal israelí.
"El mar retrocedió de forma extraordinaria, sabíamos que íbamos a encontrar barcazas antiguas, pero nunca imaginamos que encontraríamos algo tan hermoso", narró uno de los hermanos Luftan, que la descubrieron.
Tras una fuerte sequía en ese año, que provocó el descenso de las aguas del lago, los hermanos rastrearon su fondo en busca de vestigios antiguos como otros lugareños, cuando encontraron varios clavos sujetos a unos trozos de madera.
La barca más antigua
Eran parte de la nave, que logró sobrevivir al paso del tiempo gracias a que quedó sepultada y protegida por el barro, lo que impidió que el oxígeno descompusiera la madera del armazón.
"Es un auténtico milagro, porque las embarcaciones de madera no sobreviven en agua dulce tantos siglos, es la barca más antigua hallada en estas circunstancias", explicó Banai.
La embarcación fue extraída por expertos y voluntarios de la Dirección de Antigüedades de Israel tras una extraordinaria excavación arqueológica que duró once días y requirió titánicos esfuerzos y no poca creatividad. Para facilitar su transporte y evitar que la madera se desintegrara, fue cubierta con un caparazón de poliuretano espumoso y fibra de vidrio, que protegió su débil y anegado casco.
Durante catorce años, fue minuciosamente limpiada en una piscina especialmente construida en el kibutz para su conservación, donde fue sometida a una solución química que deshizo la costra y deshidrató la madera con una cera sintética, endureciendo así su casco. De 8,2 metros de largo por 2,3 metros de ancho y 1,2 metros de altura, se exhibe hoy en día a una temperatura de 21 grados centígrados y un 60% de humedad ambiente y gracias a un armazón de acero que apuntala sus endebles vigas.
Compuesta por doce tipos de madera -principalmente de cedro y roble- es un modelo típico de las antiguas construcciones de caparazón típicas mediterráneas, empleada tanto para el transporte de personas -hasta 15- como para la pesca. Junto a ella se encontraron utensilios de cocina y lámparas de aceite.
El lago Genesaret, principal reserva de agua de Israel, también es venerado por los peregrinos, porque los evangelios narran que Jesús anduvo sobre sus aguas.
Los arqueólogos creen que la barca debió de ser similar a la que utilizaron los judíos en la batalla naval de Migdal (nombre hebreo de Magdala) o las que usaron Simón, Andrés, Santiago y Juan antes de que Jesús les dijera: "Venid conmigo y yo os haré pescadores de hombres" (Marcos 1:17) y los convirtiera en discípulos suyos.
Numerosos devotos acuden al lugar a rezar y se postran ante la barca, ya que para ellos "es un vestigio muy impactante, uno de los más antiguos conservados de la era de Jesús".
Actualizado domingo 25/05/2008 02:40hs. ‘el mundo’esp.
+++

«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.
Tras una noche de dura fatiga sin ningún resultado, Jesús invita a Pedro a remar mar adentro y a echar de nuevo la red. Aun cuando esta nueva fatiga parece inútil, Pedro se fía del Señor y responde sin dudar: «Señor, en tu palabra, echaré la red» (Lc 5,4). La red se llena de peces, hasta el punto de romperse. Hoy, después de dos mil años de trabajo en la barca agitada de la Historia, la Iglesia es invitada por Jesús a «remar mar adentro», lejos de la orilla y las seguridades humanas, y a tirar de nuevo la red. Es hora de responder de nuevo con Pedro: «Señor, en tu palabra, echaré la red».
Se ha escrito con razón que en la historia de la Iglesia toda verdadera renovación ha ido acompañada por una relectura de los Padres de la Iglesia. Y lo que es verdad en general, lo es también para la liturgia en particular. Los Padres eran pastores con un celo ardiente por la tarea de difundir el Evangelio; por eso estaban profundamente interesados en todas las dimensiones del culto, y nos han dejado algunos de los textos más significativos y duraderos de la tradición cristiana, que no son el resultado de un mero esteticismo. Los Padres eran predicadores ardientes, y es difícil imaginar que pueda haber una renovación efectiva de la predicación católica, como deseó el Concilio, sin una familiaridad suficiente con la tradición patrística. El Concilio promovió una predicación al estilo de la homilía que, a imitación de los Padres, expone el texto bíblico para brindar sus inagotables riquezas a los fieles. La importancia que esa predicación ha cobrado en el culto católico desde el Concilio muestra que es preciso formar a los sacerdotes y diáconos para que hagan buen uso de la Biblia. Pero esto también implica tener familiaridad con toda la tradición patrística, teológica y moral, así como un conocimiento profundo de sus comunidades y de la sociedad en general. De lo contrario, se corre el riesgo de una enseñanza sin raíces y sin la aplicación universal propia del mensaje evangélico. La excelente síntesis de la riqueza doctrinal de la Iglesia contenida en el Catecismo de la Iglesia católica ha de percibirse aún más como una ayuda para la predicación católica.
+++

EL JESÚS HISTÓRICO – 5º (Relaciones)
1. Un mundo de relaciones
La psicología social ha subrayado la importancia de las relaciones grupales, sociales e interpersonales en la construcción de la identidad individual
Estos tipos de relaciones condicionan las posibilidades de acción de la persona
En las culturas de orientación colectivista, entre las que se incluyen todas las sociedades agrarias, la relación de pertenencia grupal es la más decisiva
La fuerte identificación del individuo con el grupo da lugar a una diferenciación muy acusada entre los criterios de comportamiento correcto dentro y fuera del mismo
1.1. La importancia del grupo humano en las culturas colectivistas
La naturaleza social del ser humano hace que tienda a vivir en grupos más o menos grandes y estructurados, y también que la mayor parte de sus criterios cognitivos, formas de comportamiento y valoraciones tengan una fuerte componente social. El individuo las aprende e interioriza durante los primeros años de su vida y a través del contacto con las personas de quienes ha dependido su crianza y educación. Entre ellas destaca el concepto de la propia identidad o, dicho en otras palabras, la manera como el sujeto entiende su propio yo y el lugar que ocupa en la visión culturalmente configurada del universo.
A la componente social de la identidad personal se va sumando durante toda la vida un constante flujo de experiencias individuales e irrepetibles – la historia del yo – que la enriquecen, afianzan o modifican de forma más o menos efectiva, dependiendo de la variedad de las mismas y del grado de rigidez o flexibilidad con que fueron interiorizados en la infancia los criterios congnitivos y valorativos del entorno social. Esto último, a su vez, está determinado en gran medida por la orientación cultural de la sociedad.
Los psicólogos sociales distinguen entre culturas de orientación colectivista y culturas de orientación individualista en función de cuál sea la componente con más peso en la constitución de la identidad de las personas, la social o la estrictamente individual.
Las personas que han sido socializadas en una cultura colectivista se entienden a sí mismas a partir, sobre todo, de lo que el entorno social les revela sobre su propia identidad. Así, por ejemplo, una niña aprende desde muy pequeña a identificarse como mujer y a reconocer en sí misma o a intentar encarnar lo que percibe es la imagen que la sociedad adscribe a las mujeres; algo análogo sucede con un niño o con cualquier miembro de un grupo de personas que la cultura en cuestión distingue y caracteriza de forma precisa. El tipo de educación al que son sometidas las personas durante sus primeros años de vida fomenta en ellas una actitud de dependencia respecto a las opiniones, valoraciones y creencias de su entorno humano, que tienden a interiorizar, adoptando como propias.
En las culturas de orientación individualista, por el contrario, la componente estrictamente individual tiene un peso mucho más importante en la configuración de la identidad personal. La educación fomenta una actitud crítica respecto al conocimiento social compartido y, por tanto, las personas tienen más tendencia a poner en cuestión o modificar los valores y creencias interiorizados durante la infancia. Se admite que la identidad personal no está fijada de una vez para siempre, sino que puede variar a lo largo de la vida a medida que el sujeto va integrando nuevas experiencias y asimilando nuevos conocimientos.
El individualismo como orientación predominante de la personalidad es un fenómeno relativamente reciente que la mayoría de los sociólogos y antropólogos asocian con la revolución industrial. Hoy día se localiza sobre todo en los países de tradición cultural europea y en las clases altas de los países en proceso de industrialización.
Todas las sociedades agrarias del pasado, entre las que se encuentran los pueblos antiguos del entorno mediterráneo, tuvieron una orientación cultural claramente colectivista.
La tendencia de la personalidad colectivista a comprenderse y juzgarse a sí misma a través de los ojos de los demás explica la importancia que para ella tiene la relación de pertenencia grupal, y más específicamente, la integración en los grupos básicos de solidaridad, entre los que destaca la familia. Estos grupos le proporcionan los elementos fundamentales a través de los que construye su identidad, los criterios cognitivos y valorativos a partir de los que proyecta su acción, el sentido de su lugar y función en el mundo. Incluso cuando actúa en el espacio público se identifica a sí misma y es identificada por el resto de la sociedad, no como un individuo particular, sino como un miembro de su grupo de pertenencia – su familia, su aldea, su gremio, su nación ...
Teniendo todo esto en cuenta, podemos fácilmente entender que la ruptura de un individuo con dichos grupos, además de tener consecuencias económicas y afectivas importantes, supone siempre una crisis más o menos profunda de identidad. Este es un dato que deberá ser especialmente considerado cuando estudiemos el estilo de vida itinerante del movimiento de Jesús.
1.2. Las relaciones intragrupales e intergrupales
La psicología social ha demostrado experimentalmente que una vez creado un grupo, sea cual sea el criterio mediante el que ha sido definido, sus miembros tienden a adoptar actitudes y comportamientos diferenciados según traten con otros miembros del mismo o con personas ajenas a él. Hacia los de dentro – en el intragrupo - el comportamiento tiende a ser solidario y cooperativo, hacia los de fuera – en el extragrupo - competitivo e, incluso, agresivo. Evidentemente, cuanto mayor sea la identificación del individuo con su grupo más acusada será esta diferenciación.
En las sociedades de orientación cultural colectivista la persona se identifica fuertemente con los grupos de solidaridad básicos en los que ha sido socializada, en primer lugar, con la familia, luego, con la parentela, los vecinos de la aldea, los correligionarios, el pueblo o la nación.
Esta identificación implica la aceptación del papel y la función que le asigna el grupo, así como la estructura de autoridad tradicional según la cual se organiza. Supone, también, que el individuo asume de forma personal los objetivos del mismo sin que normalmente considere siquiera la posibilidad de tener metas y proyectos propios. Los valores principales de la moral intragrupal son todos los que favorecen la armonía entre los miembros y la consecución de los objetivos comunes: respeto a la jerarquía, obediencia a la autoridad, disponibilidad, capacidad de sacrificio en bien de los demás ...
La actitud competitiva hacia los de fuera, que, como ya hemos indicado, suele producirse siempre que se crea un grupo, resulta ulteriormente potenciada por factores externos de precariedad o escasez. Éste es el caso de todas las sociedades agrarias preindustriales en las que suele prevalecer la percepción, por lo demás justificada, de que todos los bienes disponibles para la vida existen siempre en cantidades limitadas.
El beneficio del extragrupo implica necesariamente el perjuicio del propio grupo y a la inversa. Tal forma de percibir las cosas favorece la desconfianza entre personas pertenecientes a grupos distintos que son vistas siempre, no como individuos autónomos, sino como representantes del grupo rival. Esto, a su vez, favorece la creación de prejuicios y estereotipos con los que se categoriza a las personas antes de conocerlas de forma individual.
Los psicólogos sociales distinguen a este respecto entre relaciones, comportamientos y actitudes ‘interpersonales’ e ‘intergrupales’. En las primeras, el trato es de individuo a individuo, sin que ninguna de las partes conozca o tenga en cuenta los grupos a los que pertenece la otra, ni actúe ella misma condicionada por sus relaciones de pertenencia grupal. En las segundas, por el contrario, se pasa por alto cualquier característica individual y sólo se considera a la otra parte como un ejemplar estereotipado del grupo al que pertenece. La relación no es, por tanto, una relación entre individuos, sino entre representantes de grupos diferentes.
La vida del ser humano es un entramado de relaciones, que dicen mucho acerca de su forma de ser y de su proyecto, según el refrán popular ""dime con quien andas y te diré quién eres"".
Los evangelios presentan también a Jesús en un mundo complejo de relaciones. Ya hemos hablado de dos de ellas que fueron muy importantes: la relación con su familia, parientes y paisanos; y la que mantuvo con Juan el Bautista. Más adelante tendremos que hablar de otra que fue decisiva en la vida de Jesús: la relación con Dios. Ahora vamos a centrarnos en tres grupos de personas que aparecen constantemente en los evangelios, y que constituyen el marco de su actividad pública: la gente a la que dirigió su mensaje y que acudía a él para escucharle y ser curada, los discípulos que fue reuniendo en torno a sí y los adversarios que criticaban su forma de actuar y cuestionaban su autoridad.
2. Jesús y la gente
Los primeros destinatarios del mensaje y la actuación de Jesús fueron, fundamentalmente, las masas de campesinos, artesanos e indigentes que habitaban en las aldeas y pequeñas poblaciones de Galilea
Por su oficio de artesano especializado Jesús debía tener experiencia directa de la vida urbana y una cierta familiaridad con la gran tradición de la cultura judía y helenística de su época
Esta posición intermedia entre las élites y el pueblo le capacitó para iniciar, organizar la acción y articular los fines de un movimiento campesino de masas
2.1. Las relaciones en la aldea
En la mayoría de las culturas agrarias las familias campesinas no viven en casas aisladas rodeadas de tierras no habitadas, sino que se concentran formando pequeñas poblaciones o aldeas a partir de las cuales se extienden las diferentes propiedades, señaladas únicamente por mojones y cabañas donde se guardan algunos aperos.
En las aldeas suele haber una vida comunitaria bastante intensa, que en algunos aspectos parece organizarse como una prolongación de la vida doméstica. De hecho, no es infrecuente que la población esté compuesta por unos pocos grupos de familias emparentadas entre sí y que una importante proporción de jóvenes se case con alguien del propio vecindario.
Aunque cada casa es una unidad de producción y consumo independiente existe en el contexto de la aldea una ética económica comunitaria basada, fundamentalmente, en el principio de reciprocidad. Su lema podría ser el refrán “hoy por ti, mañana por mí”, yo te presto hoy un buey o te doy grano para sembrar, esperando que tú me ayudes a reforzar el tejado de mi casa antes del invierno o me envíes alguno de tus hijos mayores para vigilar mis animales cuando necesite ir a la ciudad.
Las familias nucleares son pequeñas y habitualmente su producción se eleva muy poco por encima del nivel de subsistencia. Si no pudieran contar con la ayuda de los vecinos, cualquier imprevisto las arrastraría rápidamente a la ruina. Un año climatológicamente adverso, la enfermedad de alguno de los miembros productivos de la familia, la muerte accidental de un animal doméstico ... son contingencias que pueden parecernos pequeñas a quienes las consideramos desde la perspectiva de la civilización industrial, pero que eran capaces desequilibrar completamente la frágil economía de una familia campesina en el contexto de las civilizaciones agrarias. En estas circunstancias, la reciprocidad solidaria de la aldea es la única ética que apuesta claramente por la vida del grupo.
En muchas aldeas hay una o dos grandes fincas de labranza cuya producción garantiza a sus dueños un nivel de seguridad mucho más elevado que el del resto de los vecinos. Normalmente, estas casas ricas tienen criados y gente contratada de forma permanente que ayuda a la familia en las labores del campo. Cuando el tiempo apremia para concluir un trabajo, como por ejemplo en las épocas de las cosechas, el dueño contrata jornaleros entre los campesinos pobres del lugar. La mayor parte de estos jornaleros carecen de tierras o no poseen la extensión mínima necesaria para alimentar con ellas a sus familias.
La ética de la aldea tradicional extiende la exigencia de solidaridad también en sentido vertical a estas pocas familias ricas, que son las únicas capaces de hacer frente a circunstancias adversas prolongadas. Sin embargo, la diferencia de nivel económico entre ellas y el resto de vecinos modifica en este caso la relación de reciprocidad campesina creándose en su lugar lo que la sociología denomina una ‘relación de patronazgo’ o vínculo ‘patrón-cliente’.
El propietario rico hace el papel de patrón respecto a la gente humilde de su entorno proporcionándoles todo aquello que necesitan para salir adelante – trabajo complementario, acceso a una pequeña extensión de tierra en arriendo, herramientas, semilla, un pequeño adelanto económico etc. Ésta, la clientela, le corresponde con su disponibilidad para realizar cualquier labor o servicio, con su reconocimiento agradecido y su fidelidad.
En contextos rurales donde la diferencia social entre ricos y pobres no es demasiado grande, donde la propiedad de la tierra no está concentrada en unas pocas manos y donde los productos agrarios se mantienen fuera del mercado a gran escala, la relación de patronazgo suele ajustarse a una ética que, sin ser igualitaria, sí conoce la responsabilidad solidaria y actúa como seguro para los miembros más débiles de la comunidad.
En esta situación se puede incluso hablar de un ideal moral de patrón, que sabe hacer compatible la buena administración de sus propiedades con el cuidado por el bienestar de los empleados y la atención generosa a los vecinos necesitados. El ideal correlativo del buen cliente es, por su parte, el trabajador honrado que se esfuerza por realizar adecuadamente la labor encomendada y desea ser digno de la confianza de su patrón.
Desafortunadamente parece que esta situación de solidaridad entre desiguales tiene un margen de equilibrio demasiado estrecho y tiende a convertirse con cierta rapidez en una relación clara de explotación. Los factores externos que suelen propiciar esta transformación en el mundo antiguo son el distanciamiento social y cultural entre ricos y pobres, la urbanización y la introducción de una economía monetaria que obliga a los campesinos a llevar sus productos al mercado para poder hacer pagos con dinero.
El nuevo tipo de ‘patrón explotador’ es el propietario ausente que vive en la ciudad y sólo se interesa por las ganancias obtenidas de sus tierras. Éstas quedan en manos de un subordinado cuya única función es hacerlas rendir al máximo y que normalmente carece de autoridad para ofrecer ayudas extraordinarias a los trabajadores o campesinos del entorno. La relación directa de éstos con el dueño desaparece salvo para algunos pocos ‘elegidos’ que deben compensar el favor recibido con una sumisión total de sus personas, su tiempo y su esfuerzo.
Una transformación semejante parece haber sido la que se estaba operando en la Galilea rural del tiempo de Jesús y que hemos descrito en el Tema 2.

2.2. Un movimiento campesino de masas
Desde el punto de vista de las ciencias sociales, un movimiento es algo más duradero que una revuelta o una protesta puntual, y menos que un partido organizado. Es de masas cuando sobrepasa las fronteras de la familia extensa o de la aldea. Y es campesino cuando la mayor parte de sus miembros proceden del campesinado, que en las sociedades agrarias constituye la inmensa mayoría de la población.
El término campesino incluye a todos aquellos que se dedican a lo que en las sociedades post-industriales se conoce como sector primario: agricultores, ganaderos, pescadores etc. Se estima que en las sociedades agrarias constituían el 70% de la población total.
Estos movimientos pueden tener finalidades diferentes, pero en el mundo antiguo siempre tenían un componente religioso, que les confería legitimidad.
Uno de los rasgos más característicos de este tipo de movimientos es que sus líderes no proceden del campesinado, sino de un nivel social diferente. En general, los campesinos son reacios a las revueltas. Son conscientes de que una situación inestable hará peligrar su subsistencia, y además no perciben que la raíz de su situación se encuentra en el sistema. Sólo cuando su situación se hace insostenible se adhieren a un movimiento con el único objetivo de hacer su situación más tolerable.
En esas circunstancias, el líder venido de fuera, generalmente de un nivel social superior, les presta dos servicios: organiza la acción y articula los fines. Los artesanos, sacerdotes y funcionarios suelen ser los líderes de este tipo de movimientos, porque su situación de intermediarios entre las élites y los campesinos les proporciona un cierto acceso a la gran tradición, que es necesaria para llevar a cabo estos fines.
Los datos que poseemos sobre el movimiento de Jesús antes de su muerte encajan muy bien con esta descripción. Por un lado, Tácito (Ann. 15,44), Flavio Josefo (Ant. 18,63) y los cuatro evangelios coinciden en que eran muchos y venidos de diversas partes los que siguieron a Jesús. Por otro, sabemos que Jesús no era un campesino, sino un artesano (Mc 6,3), acostumbrado a moverse entre los miembros de la élite. Por eso, aunque su predicación se dirige a los campesinos, sus enseñanzas revelan una mentalidad que no es propia de los campesinos.
La situación de Palestina era muy propicia para que apareciera este tipo de movimientos. El proceso de urbanización y la mercantilización de la economía promovidos por los gobernante herodianos estaban teniendo consecuencias muy negativas para el campesinado.
En una situación como esta, un profeta que anunciaba la intervención inminente de Dios fácilmente podía suscitar un movimiento que atrajera a un buen número de campesinos. De hecho, sabemos que el de Jesús no fue el único que surgió en aquel momento. En el libro de los Hechos de los apóstoles, por ejemplo, Gamaliel cita a dos de ellos, el de Teudas, y el de Judas el Galileo (Hch 5, 36-37), y Flavio Josefo menciona algunos más.
3. Jesús y sus seguidores
Gran número de campesinos e indigentes de Galilea simpatizaron fuertemente con Jesús a causa de su enseñanza y su praxis
‘Ser de Jesús’, aceptar su mensaje con todas las consecuencias prácticas, no implicaba necesariamente vivir de forma permanente con él y seguirle en su ministerio itinerante
Muchas personas parecen haber aceptado vivir los valores del reino de Dios anunciado por Jesús sin abandonar sus familias y sus trabajos
Entre quienes le seguían físicamente, se distingue un grupo de discípulos más íntimos elegidos por el propio Jesús
3.1. Un amplio grupo de simpatizantes y seguidores
Las enseñanzas de Jesús, y sobre todo su fama como sanador y exorcista, atrajeron a muchos, que se reunían con gusto en torno a él para escucharle y para pedir su ayuda. En este grupo más amplio e indeterminado, destacan aquellos que son objeto de una especial atención por parte de Jesús: los recaudadores de impuestos, los pecadores, los enfermos, las prostitutas... Todos ellos tienen en común el hecho de ser personas marginadas en aquella sociedad. Jesús, como él mismo dijo en algunas ocasiones, no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores, porque quienes necesitan del médico no son los sanos, sino los enfermos (véase Mc 2,17).
Los cuatro evangelios subrayan el éxito de Jesús entre los habitantes de las zonas rurales de Galilea. Probablemente, muchas de las personas que se acercaban a él permanecerían a su lado durante unos días o quizás una temporada. No debemos olvidar que las dificultades económicas de las familias campesinas de Galilea habían generado un buen número de indigentes e individuos sin tierra que carecían de trabajo permanente y para quienes, por tanto, pasar algún periodo de paro forzoso fuera de casa no podía empeorar mucho más su ya precaria situación.
La intención de Jesús, sin embargo, no parece haber sido poner físicamente tras sus pasos a la entera población de la región. Su movimiento, que bastantes estudiosos califican como un movimiento judío de renovación religiosa, pretendía seguramente cambiar muchas cosas en la forma de vida y relaciones sociales del pueblo de Dios, pero es muy difícil creer que tuviera como objetivo transformarlo en una nación itinerante o peregrina.
Por otra parte, los límites que impone la subsistencia material lo hubieran hecho irrealizable: Una gran masa de gente humilde sólo puede alimentarse durante unos pocos días. Por eso, cuando efectivamente se reúne respondiendo a la llamada de un líder popular la finalidad sólo puede ser una acción rápida y concreta, quizás, el principio simbólico de algo nuevo, pero nunca la adopción masiva y permanente de un nuevo estilo de vida totalmente desgajado de las fuentes económicas habituales.
El estilo de vida itinerante por el que optó Jesús parece tener como razón de ser fundamental su deseo de extender por toda la región y con la mayor rapidez posible el mensaje y la realidad del reino de Dios, no poner toda la región en movimiento.
3.2. Los seguidores sedentarios de Jesús
De entre la gente que escuchaba y aceptaba el mensaje de Jesús fue surgiendo un grupo de amigos o simpatizantes, que formaron un segundo círculo en torno a él. Entre ellos podríamos quizás contar a algunos fariseos como Zaqueo (Lc 19,1-10), miembros del Sanedrín como José de Arimatea (Mc 15,42-47), o la familia de Marta, María y Lázaro, que los acogía en Betania cuando iban a Jerusalén (Jn 12,1-8; Lc 10,39-42).
Eran las familias en cuyas casas él y sus discípulos se alojaban; aquellos que habían decidido vivir de acuerdo con el estilo de vida que él proponía, esperando la manifestación plena del Reinado de Dios y contribuyendo a su realización parcial en el presente, pero que no se habían integrado en el grupo más íntimo de sus colaboradores que le seguían físicamente a todas partes.
A estos amigos sedentarios de Jesús irían seguramente dirigidas muchas de las parábolas e instrucciones éticas recogidas en los evangelios en las que parece presuponerse que los destinatarios viven asentados en poblaciones, trabajan, se relacionan con sus vecinos y tienen que resolver el tipo de problemas prácticos que caracterizaba la existencia cotidiana de las familias campesinas de Galilea.
En el mundo helenístico-romano la casa y el conjunto de la sociedad, representada en la ciudad, no eran dos realidades contrapuestas y separadas. La casa era la célula básica de la ciudad, la cual no era sino el resultado de la unión de varias casas. Es, por tanto, perfectamente explicable que la estrategia de Jesús combinara la actuación en las plazas y lugares abiertos con una acción en las casas. El resultado de esta acción fue que algunas de ellas se incorporaron efectivamente a su movimiento brindando acogida y apoyo material al grupo de sus dirigentes.
La existencia de una red de casas activamente incorporada al movimiento de Jesús, además de explicar la fuente de su economía, arroja también luz sobre el proceso de su transformación en una religión fundamentalmente doméstica después de la muerte de su líder.
Todos los datos apuntan a que en la última etapa de su vida o casi inmediatamente después de su ejecución el movimiento de Jesús perdió el apoyo de la multitud campesina a quien había estado dirigido. Quedó entonces reducido al grupo de los que habían sido los colaboradores más íntimos de Jesús y a las familias que habían empezado a vivir de acuerdo con su mensaje. Estos dos grupos de personas fueron los que dieron continuidad al movimiento, y ello explica que la familia tuviera un lugar tan importante en los grupos cristianos surgidos después de la pascua.
4. Jesús y sus discípulos
El discipulado es un elemento central en el ministerio histórico de Jesús, pero su definición estructural precisa dentro del movimiento global no está exenta de dificultades
Los evangelistas modificaron las tradiciones históricas sobre el discipulado con el fin de proponer pautas de vida creyente para sus respectivas comunidades o para un sector restringido dentro de ellas
La denominación de ‘discípulo’ parece aplicarse predominantemente a aquellas personas que acompañaban a Jesús de forma permanente y formaban el círculo de sus amigos más íntimos
4.1. Las tradiciones sobre el discipulado
Jesús llamó a algunos de sus seguidores para que le siguieran y se convirtieran en discípulos suyos. Según los evangelios, ser discípulo consiste en “seguir a Jesús” (Mc 1,18), “ir detrás de él” (Mc 1,20) o “estar con él” (Mc 3,14).
El discipulado fue un elemento central en el ministerio de Jesús. Su actuación, su forma de vida y sus enseñanzas tuvieron como primeros destinatarios al grupo de estos discípulos más cercanos, que observaban, aprendían, preguntaban... Los discípulos desempeñaron también un papel decisivo en la continuidad de su proyecto, pues fueron ellos quienes conservaron la tradición sobre Jesús y quienes difundieron su mensaje.
La centralidad del discipulado se manifiesta también en la importancia que tuvo el recuerdo de aquellos seguidores de Jesús para las primeras comunidades. Los evangelios, que fueron escritos en la segunda generación cristiana, reflejan esta preocupación. En ellos encontramos diversos retratos de los discípulos, determinados, en parte, por la situación y las preocupaciones de las comunidades en las que nacieron.
Los discípulos son, junto con Jesús, los personajes más importantes de los evangelios. En muchos aspectos, las noticias que los evangelistas nos ofrecen acerca de ellos coinciden básicamente. Así, por ejemplo, todos ellos están de acuerdo en que Jesús llamó a sus primeros discípulos al comienzo de su actividad pública. También están de acuerdo en que le acompañaron en todo momento y fueron testigos de lo que hacía y enseñaba, y coinciden en que a veces les explicaba algunas cosas sólo a ellos. Los cuatro evangelios concuerdan también en que estos discípulos vivieron algunos momentos de crisis en su seguimiento, y que cuando llegó el momento de su pasión la mayoría de ellos lo abandonaron.
Sin embargo, junto a estas coincidencias básicas, encontramos que los evangelistas difieren en aspectos importantes a la hora de presentar a los discípulos. Las diferencias más notables son las que existen entre los Evangelios Sinópticos (Mt, Mc y Lc) y el evangelio de Juan. Según los Sinópticos, Jesús llamó a sus primeros discípulos en Galilea, mientras que según Juan esta llamada tuvo lugar en Judea. Tampoco se ponen de acuerdo a la hora de identificar a aquellos discípulos. Juan menciona entre ellos a Felipe y Natanael, mientras que los Sinópticos no conocen estos nombres y se refieren sin embargo a Santiago, Juan, Leví.
Ni siquiera los Evangelios Sinópticos coinciden del todo en su visión de los discípulos, y cuando se comparan los pasajes que hablan de ellos, se observa que Mateo y Lucas han modificado notablemente los textos de Marcos, creando así distintas imágenes de los discípulos y diversos modelos de discipulado.
Los evangelistas trataron de ser fieles a la tradición que les habían transmitido los cristianos de la primera generación, pero al mismo tiempo estaban interesados en que aquella tradición iluminara la situación que estaban viviendo sus comunidades. Las coincidencias muestran la fidelidad a la tradición recibida; mientras que los acentos propios reflejan su preocupación por lo que estaba pasando en sus comunidades.
La enseñanza más antigua de Jesús sobre el discipulado está en el evangelio de Marcos y en aquellos dichos que sólo se encuentran en Mateo y Lucas. Suele pensarse que proceden de una colección de palabras de Jesús conocida entre los estudiosos con el nombre de “Documento Q”, o “Fuente Q”. En el resto de las fuentes evangélicas encontramos pocas tradiciones acerca de este tema, y la mayoría de ellas pueden explicarse como elaboraciones de los evangelistas.
Casi todos los dichos en los que el Jesús de Marcos se refiere al discipulado están relacionados con su estilo de vida. En una colección de controversias que se encuentran al comienzo del evangelio (Mc 2,1-3,6), los discípulos aparecen acompañando a Jesús en una serie de actuaciones que no se ajustan a las costumbres judías: comen con los publicanos, no guardan el ayuno, no observan el sábado. En una de estas controversias, además, se compara a los discípulos con los amigos del novio (Mc 2,18-20).
Esta imagen de los discípulos compartiendo con Jesús un estilo de vida que contravenía las normas sociales es coherente con bastantes dichos de Q que hablan sobre el estilo de vida de Jesús (p. e. Lc 7,34 par.), y es muy probable que responda a un recuerdo histórico.
Hay otros dichos que también se refieren al estilo de vida de los discípulos, y que podrían proceder de Jesús. Uno de ellos habla de la oración confiada de los discípulos (Mc 11,22-24); otro insiste en los peligros de las riquezas (Mc 10,23-27); y otros dos se refieren a la necesidad de estar vigilantes (Mc 13,33-37; 14,38). Lo más probable es que estos dichos fueran pronunciados en situaciones muy diversas, y por eso su contenido y su tono es tan distinto. Sin embargo, su formulación es muy semejante a la de otros dichos de Q, como veremos enseguida.
Otra serie de dichos se refiere a las exigencias del discipulado. Actualmente se encuentran en una elaborada catequesis acerca del discipulado como camino hacia la cruz detrás de Jesús (Mc 8,27-10,52). La catequesis está organizada en torno a tres anuncios de la pasión, a los que siguen una serie de instrucciones dirigidas a los discípulos (Mc 8,34-38; 9,35-37; 10,41-45).
Estas instrucciones contienen una serie de dichos sobre el discipulado, la mayoría de los cuales proceden muy probablemente de Jesús. En ellos ser discípulo implica negarse a sí mismo, tomar la cruz (una expresión que se encuentra en autores estoicos contemporáneos), perder la vida, ser el último y el servidor de todos, y ser el esclavo de todos a ejemplo de Jesús. A estas renuncias habría que añadir las que aparecen implícitamente en los relatos de vocación centradas en la ruptura con la casa (Mc 1,16-20; 2,14; 10,28-30).
Por último, hemos de considerar también dos pasajes en los que se habla de los discípulos como una nueva familia. En Mc 3,31-35, los que están alrededor de Jesús (una expresión con la que Marcos se refiere a los discípulos) son declarados familiares suyos, porque cumplen la voluntad del Padre. En Mc 10,28-30, sin embargo, se habla de la nueva familia que los discípulos recibirán como recompensa por su fidelidad. Es poco probable que Jesús haya hablado del grupo de los discípulos como una nueva familia, pero es posible que se refiriera a la recompensa que aguarda a los que han dejado todo para seguirle, pues en Q encontramos otro dicho en este mismo sentido.
Las enseñanzas de Jesús sobre el discipulado son todavía más abundantes en el documento Q. Esta colección ha conservado con fidelidad muchos dichos de Jesús, y es considerada por ello como una importante vía de acceso a él.
En dos ocasiones el discipulado aparece en Q como un motivo de felicidad. En las bienaventuranzas se declara dichosos a los discípulos, porque están llamados a heredar una promesa (Lc 6,20-23 par.). A pesar de la situación adversa en que viven, otro dicho de Jesús los declara también dichosos porque están viendo y oyendo lo que muchos sabios y profetas desearon ver y oír (Lc 10,23-24). Esta visión del discipulado no está lejos de la imagen de los amigos del novio que hemos encontrado en Marcos.
El grupo más numeroso de dichos se refiere, como en Marcos, al estilo de vida de los discípulos. Sin embargo, la perspectiva de Q es diferente a la de Marcos, pues lo que determina este estilo de vida es la relación con el Padre. Los discípulos pueden vivir sin preocuparse por el vestido o la comida (Lc 12,22-32 par.), porque el Padre les proporcionara lo necesario para vivir; pueden vivir sin temor porque Él se cuidará de ellos (Lc 12,4-9 par.). En la forma de comportarse con los demás han de imitar la forma de actuar del Padre (Lc 6,27-38 par.).
En la visión de Q, el estilo de vida de los discípulos se sustenta en esta relación, que se alimenta en la oración confiada (Lc 11,1-4. 9-13). Puede decirse, en este sentido, que el Padrenuestro resume, en la visión de Q, lo que significa ser discípulo.
Otro grupo de dichos se refieren a las exigencias para ser discípulo de Jesús. La mayoría de ellos coinciden en la necesidad de romper con los vínculos familiares (Lc 9,57-62; 14,25-26). Otro dicho, con una formulación muy parecida a la de Marcos, habla sobre la necesidad de tomar la propia cruz (Lc 14,27). Otro, en fin, se refiere al peligro de las riquezas (Lc 16,13 par.).
Todos estos dichos insisten en la necesidad de elegir. Ser discípulo implica una opción existencial que lleva consigo importantes renuncias. La coherencia con los dichos anteriores, así como las conexiones con algunos de los dichos de Marcos (tomar la cruz, peligro de las riquezas, ruptura familiar) son un argumento a favor de la antigüedad de estas tradiciones.
Finalmente, en Q encontramos también una tradición propia acerca de la recompensa que aguarda a los discípulos (Lc 22,28-30 par.). La recompensa que se promete a los Doce es compartir con Jesús la gloria y el juicio sobre Israel cuando llegue su reino. Ya hemos visto que en Marcos aparece también el tema de la recompensa de los discípulos. No es improbable que, ante la radicalidad exigida por el seguimiento, los discípulos le preguntaran a Jesús acerca de su recompensa (Mc 10,35-40).
Se constata que las tradiciones recogidas por Marcos y por del Documento Q coinciden con frecuencia tanto en la forma como en el contenido. Es cierto que la perspectiva es a veces distinta, y que existen diferencias entre ellas. Sin embargo, son las coincidencias las que más nos interesan ahora, pues a través de ellas podemos acercarnos a la experiencia del discipulado tal como la vivieron los primeros seguidores de Jesús.

4.2. La delimitación del grupo de discípulos
Los evangelios no están de acuerdo a la hora de determinar quiénes formaban parte del grupo de personas más cercanas a Jesús, a las que suelen denominar ‘discípulos’.
Los Evangelios Sinópticos y el libro de los Hechos presuponen que este grupo estaba formado por los Doce, pero Juan los menciona solamente en un pasaje de su evangelio, que muy bien podría haber sido insertado tardíamente. Además, Juan habla de algunos discípulos que no aparecen en los Sinópticos (Natanael, el Discípulos Amado), y da un protagonismo a otros (Felipe, Andrés, Tomás), que en los Sinópticos sólo ocupan un discreto segundo plano.
Estas discrepancias no se dan sólo entre Juan y los Sinópticos. La coincidencia de estos en cuanto a los Doce es sólo aparente, pues si comparamos las cuatro listas que recogen sus nombres (Mc 3,16-19; Mt 10,2-4; Lc 6,13-16; Hch 1,13), observaremos enseguida que las divergencias entre ellas son notables. A veces se ha intentado explicar esta divergencia diciendo que algunos discípulos tenían dos nombres, pero es más honesto reconocer que había tradiciones diversas acerca de quiénes componían el grupo de los Doce.
Los datos precedentes indican que los discípulos más cercanos de Jesús pudieron ser más de Doce, e incluso es posible que la identidad de los mismos variara con el tiempo, a medida que algunos se incorporaban al grupo y otros lo abandonaban. Pero también muestran que la institución de los Doce está muy arraigada en la tradición. Parece evidente que Jesús quiso que sus discípulos más cercanos fueran doce, para simbolizar en ellos la renovación de las doce tribus de Israel. Tal vez estas dos conclusiones no sean contradictorias, pues es posible pensar en un grupo de doce discípulos, que pudieron haber variado con el tiempo. Esta forma de concebir el grupo de los Doce habría facilitado a los discípulos la reconstrucción del mismo después de la muerte de Judas (Hch 1,15-26).
Además de este grupo de discípulos más cercanos, que podemos identificar con los Doce, Jesús tuvo otro grupo de seguidores, que le acompañaron desde el principio de su ministerio. Así por ejemplo, en el libro de los Hechos, cuando Pedro propone a la comunidad que alguien ocupe el puesto de Judas, ésta es capaz de presentar dos candidatos que cumplen los requisitos de “haber acompañado a Jesús desde el bautismo de Juan hasta su ascensión”: José y Matías (Hch 1,21-22).
A este grupo de discípulos pertenecían también algunas mujeres, la más conocida de las cuales fue María Magdalena. Estas mujeres no sólo le asistían mientras estaba en Galilea, sino que le acompañaron hasta Jerusalén (Mc 15,40-41; Lc 8,1-3). Lucas conoce también un nutrido grupo de seguidores a los que Jesús envía a proclamar el evangelio (Lc 10,1-2).
Finalmente, como ya hemos indicado en el apartado 3.2, en torno a Jesús había también un grupo de amigos y simpatizantes que aceptaban y apoyaban su proyecto sin abandonar su residencia ni sus ocupaciones cotidianas. Los evangelistas no suelen llamarlos ‘discípulos’ aunque, a veces, manifiestan algunas de las actitudes que propias del discipulado.
4.3. El proceso de convertirse en discípulo
Un posible criterio para definir lo que es ser discípulo en el sentido más estricto del término evangélico es haber pasado por un determinado proceso de transformación de la identidad personal, propiciado y dirigido por mismo Jesús, y en el que podemos reconocer interesantes analogías estructurales y funcionales con lo que la antropología denomina ritos de paso y la psicología social identifica con ciertas formas de socialización secundaria.
A través de los ritos de paso y los procesos de socialización secundaria se pretende ayudar al individuo a modificar su personalidad de forma que pueda hacerse apto para actuar adecuadamente en una situación vital totalmente distinta a la que hasta el momento vivía y sea capaz de asumir nuevas funciones y roles acordes con dicha novedad. Los ejemplos más estudiados son los ritos de paso de la adolescencia a la edad adulta, muy importantes sobre todo para los miembros varones de las sociedades guerreras, y los procesos de incorporación a grupos de tendencia sectaria.
El proceso tiene en todos los casos tres fases. La primera consiste en una separación o ruptura del sujeto con la situación anterior, que en el caso del discípulo de Jesús se ejemplifica en la respuesta a la vocación y se refiere, sobre todo, a la ruptura con la familia. Esta fase tiene por objeto despojar al sujeto de todos aquellos rasgos de su identidad que están adaptados a la situación vital anterior y que serían un obstáculo para el correcto desempeño de las nuevas funciones y roles que deberá asumir. Toda ella está, pues, marcada por las ideas de rechazo, aislamiento, separación y renuncia.
Viene después una fase intermedia durante la cual se mantiene la separación y se va operando en el sujeto la transformación deseada. Normalmente esta transformación está estimulada y orientada por un mistagogo que proporciona al sujeto la enseñanza práctica necesaria y le guía con su instrucción y su ejemplo. En nuestro caso corresponde al aprendizaje de los discípulos junto a Jesús.
Finalmente, se produce la agregación o incorporación total del sujeto a la nueva situación vital, a la que accede con una identidad personal también nueva. En esta última fase el sujeto completa y corrobora su transformación asumiendo los roles y funciones que ahora le corresponden y para los que supuestamente está ya completamente preparado. Los discípulos de Jesús culminan su proceso cuando son investidos con los mismos poderes y funciones de su maestro y son enviados al mundo con la misma misión.
En los siguientes apartados estudiaremos la identidad del discípulo de Jesús en sentido estricto a partir de estas tres fases del proceso por el cual ha adquirido esta identidad, a saber, la vocación, la instrucción y la misión.
5. La llamada de Jesús a los discípulos
Jesús no actuó solo. Desde el comienzo de su ministerio quiso rodearse de un grupo de discípulos y colaboradores cercanos. Él mismo fue quien tomó la iniciativa invitando a aquellos que quiso
A los miembros de este grupo les exigió una ruptura total con su anterior forma de vida y una ética radical de renuncia
La finalidad de la llamada era que estuvieran con él y se prepararan para asumir una misión idéntica a la suya, a saber, anunciar el reinado de Dios, expulsar demonios y curar
5.1. Las tradiciones sobre la llamada de los discípulos
Según los evangelios, Jesús comenzó su ministerio público reuniendo en torno a sí un grupo de discípulos, para que le acompañaran y le ayudaran en la tarea de anunciar y hacer presente el Reinado de Dios. Los evangelios coinciden en este dato básico, pero difieren a la hora de narrar las circunstancias y la forma en que aconteció dicha llamada.
La escena vocacional que más ha penetrado en la memoria colectiva de los cristianos es aquella en la que Jesús, pasando junto al lago de Galilea, encuentra a dos parejas de hermanos y, sin mediar palabra, les invita a dejar su oficio y su familia para seguirle y convertirse en “pescadores de hombres” (Mc 1,16-20 par.).
Sin embargo, este no es el único tipo de relato vocacional que encontramos en los evangelios. Hay al menos otros dos que difieren entre sí y con respecto al de Marcos en detalles importantes: uno procede de la Fuente Sinóptica de Dichos, o Documento Q (Lc 9,57-62 par.) y el otro se encuentra en el evangelio de Juan (Jn 1,35-51). Los relatos de Mateo y Lucas pueden considerarse el resultado de la elaboración del tipo marcano.
Los tres tipos de relatos vocacionales que encontramos en los evangelios son el resultado de un largo proceso de transmisión y redacción, en el que las nuevas situaciones que vivían las comunidades cristianas fueron dejando su huella. Sin embargo, detrás de las modificaciones redaccionales y de los esquemas literarios en que se formularon estas tradiciones durante el periodo de la tradición oral es posible descubrir un fondo de tradición histórica en la que se escuchan todavía los ecos de la llamada de Jesús.
En el evangelio de Marcos hay tres pasajes que responden con pequeñas variantes a un mismo tipo de relato vocacional: Mc 1,16-20 par.; Mc 2,14 par.; Mc 10,21-22 par. La llamada de Pedro y Andrés (Mc 1,16-18), la de Santiago y Juan (Mc 1,19-20) y la vocación de Leví (Mc 2,14). En este grupo podría incluirse el final del encuentro de Jesús con el hombre rico (Mc 10,21-22), pues contiene una invitación explícita de Jesús a seguirle.
Entre los dichos que Mateo y Lucas tienen en común (documento Q) encontramos tres pequeños apotegmas vocacionales que actualmente se encuentran unidos, pero que tal vez pudieron haber tenido un origen independiente: Lc 9,57-58. 59-60. 61-62 par. El principal interés de estos tres pequeños relatos es subrayar las exigencias del seguimiento, pero los tres se refieren al momento inicial de dicho seguimiento y son, por tanto relatos vocacionales.
Finalmente, en el evangelio de Juan encontramos también algunos relatos que reflejan la experiencia vocacional. El encuentro de Jesús con sus primeros discípulos ocupa la primera sección del relato (Jn 1,19-2,11), en la que en la que el autor se propone claramente escenificar un proceso de fe. El testimonio de Juan Bautista motiva la adhesión de los discípulos, cuya fe se completa al contemplar el primer signo de Jesús en Caná (Jn 2,11). La “vocación” de estos primeros discípulos se articula en dos escenas paralelas (Jn 1,35-43; 43-51) en las que lo más relevante es la cadena de testimonios que provocan el acercamiento a Jesús.
5.2. Elementos históricos de la llamada de Jesús al discipulado
En este punto examinaremos con más detalle las coincidencias y divergencias entre los tres modelos de vocación tratando de determinar qué aspectos poseen una mayor plausibilidad histórica y cuáles fueron las características más sobresalientes de manera en la que Jesús llamó a sus discípulos.
Tanto Juan como Marcos ambientan la llamada de los primeros discípulos al comienzo del ministerio de Jesús. Este parece ser un dato históricamente seguro, aunque también es posible que en otros momentos de su actividad pública, como en el caso del hombre rico o el de aquel que le pidió permiso para ir a enterrar a su padre, Jesús haya seguido invitando a otros a seguirle.
Es notable, sin embargo, la discrepancia entre la ambientación joánica (en Judea y en el grupo del Bautista), y la de Marcos (en Galilea y sin ningún contacto previo). Sin embargo, estos dos datos no son necesariamente contradictorios. Es posible que Jesús conociera a algunos de sus futuros discípulos en el círculo del Bautista. Es razonable pensar que cuando Herodes Antipas mandó arrestar a Juan muchos de sus discípulos volvieran a sus ocupaciones anteriores (es lo que ocurrió después de la muerte de Jesús con algunos de sus discípulos).
Cuando Jesús decidió iniciar su misión en Galilea recurrió a algunos de estos discípulos para que le ayudaran (nótese que los nombres de Andrés y Pedro aparecen tanto en el relato de Juan como en el de Marcos). La referencia al arresto de Juan inmediatamente antes de la llamada de los primeros discípulos en Marcos (Mc 1,14) podría ser un indicio de esta relación.
Respecto a la cuestión de quién tomó la iniciativa en la llamada al discipulado es posible vislumbrar una coincidencia de fondo a pesar de las variantes que poseemos. El hecho de que las tres tradiciones conozcan el tipo de llamada en el que es Jesús quien toma la iniciativa, y la posibilidad de explicar las otras formas de vocación que encontramos en el evangelio de Juan a partir de los intereses teológicos de su autor nos lleva a concluir ese tipo común es el más verosímil.
La llamada de Jesús tiene, según el relato marcano de la vocación de Pedro y Andrés, una doble finalidad: ir detrás de Jesús (seguirle) y llegar a ser pescadores de hombres. Esta segunda finalidad instrumental, que consiste en colaborar con Jesús en su misión no aparece, sin embargo, en los demás relatos de vocación. Tan sólo en la versión lucana de los relatos de Q, y tímidamente en la imposición de un nuevo nombre a Pedro en Juan. A pesar de ello, lo más probable es que la llamada de Jesús haya tenido esta segunda finalidad. El hecho de que enviara a estos discípulos con el encargo de llevar a cabo una misión como la suya (Mc 6,7-13; Lc 10,1-12) es un indicio claro de esta doble finalidad resumida magistralmente por Marcos: “para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar” (Mc 3,14).
En la tradición de Marcos y de Q la respuesta a la llamada de Jesús supone de hecho el abandono del trabajo, del padre, de las propiedades, y la renuncia a las obligaciones familiares más sagradas. Este aspecto está totalmente ausente de las tradiciones joánicas, en las que sólo cabe vislumbrar tales consecuencias en el hecho mismo de seguir a Jesús. También en este caso hemos de considerar como históricamente más probable la versión sinóptica, avalada por una serie de instrucciones a los discípulos que presuponen la ruptura familiar como una consecuencia, y en cierto modo una exigencia, del seguimiento de Jesús (Mc 10,28-30 par.; Lc 12,51-53 par.; Lc 14,26 par.).
Sólo Marcos y Juan están interesados en la respuesta de los discípulos. La confesión de fe que encontramos en Juan es claramente redaccional, mientras que la de las tradiciones de Marcos es poco creíble: “y en seguida, dejando las redes (a su padre Zebedeo con los jornaleros en la barca) le siguieron”. Tal vez la presentación que Juan hace de la respuesta como un proceso sea una opción más verosímil. Es muy probable que la respuesta inmediata de los discípulos en los relatos evangélicos sea el testimonio de una experiencia más larga de encuentro y descubrimiento, hasta llegar a la plena adhesión a Jesús y a la total disponibilidad para seguirle y colaborar con Él en su proyecto.
5.3. Otros modelos de discipulado en el mundo de Jesús
La llamada de Jesús a sus discípulos adquiere un significado particular cuando la situamos en el contexto de la sociedad Palestina del siglo primero. Jesús no fue el primero ni el único que reunió en torno a sí a un grupo de discípulos, pero ciertamente lo hizo de una forma nueva que revela su conciencia sobre sí mismo y sobre el proyecto de Dios. En el mundo de Jesús había diversos tipos de relación discipular, y cada uno de ellos presuponía un tipo de llamada. He aquí algunos de los más importantes.
En torno al siglo primero surgieron una serie de profetas que lograron congregar en torno a sí un grupo numeroso de seguidores. Algunos de estos grupos tenían fuertes connotaciones apocalípticas, y esperaban una inminente intervención de Dios. El grupo de Juan Bautista nos permite hacernos una idea de cómo llamaban a sus discípulos estos profetas. No se trataba de una invitación individual, sino general. Su objetivo no era la relación con el maestro ni una misión ulterior, sino la preparación personal de cara a la manifestación inminente y definitiva de Dios. En el ministerio de Jesús encontramos también una invitación general a la conversión ante la inminente llegada del Reinado de Dios, pero además encontramos otro tipo de llamada individualizada que tiene que ver con su persona y con su misión.
Otro modelo de relación discipular en tiempos de Jesús era el practicado por los maestros de la Ley en el círculo del movimiento fariseo. La relación entre maestros y discípulos era muy valorada por ellos, y fue el pilar sobre el que se asentó la tradición rabínica que más tarde daría lugar al Judaísmo tal como hoy lo conocemos. Sin embargo, entre el modelo de discipulado fariseo y el de Jesús hay importantes diferencias. Aunque algunos maestros suscitaban en sus discípulos una intensa adhesión personal, el principal objetivo del discipulado rabínico era enseñar la Ley y su recta interpretación. La figura del maestro sólo tenía un papel instrumental, y de hecho no era infrecuente el cambio de maestro. Además, no era el maestro quien solía elegir a sus discípulos, sino que eran éstos quienes solicitaban entrar a formar parte de su grupo de discípulos.
En el mundo de Jesús era también conocida la experiencia vocacional de los antiguos profetas. La mayoría de ellos fueron llamados directamente por Dios de formas diversas (Isaías, Jeremías, Amós...). Ya hemos visto que uno de estos relatos vocacionales, el de la llamada de Elías a Eliseo, fue utilizado por los cristianos de la primera generación (Mc y Q) para formular la llamada de los primeros discípulos. Las semejanzas entre la llamada de Jesús y la de Elías son notables (invitación personal, ruptura familiar, misión), pero en la llamada de Jesús encontramos también significativas novedades (vinculación personal a él, radicalización de las exigencias).
Así pues, la llamada de Jesús a sus discípulos no fue algo absolutamente novedoso. Existían diversos modelos de discipulado y el hecho de que un maestro o profeta invitase a otros a seguirle era relativamente frecuente. Jesús asumió elementos de estos modelos culturales a la hora de llamar a sus discípulos, pero al mismo tiempo, en su forma de llamar a los que luego serían sus discípulos encontramos una serie de elementos nuevos cuyos efectos perduraron en las primeras comunidades cristianas.
5.4. La originalidad de la llamada de Jesús
La forma en que Jesús llamó a sus discípulos y las exigencias de su llamada son rasgos novedosos de la experiencia vocacional que encontramos en los evangelios. Ahora bien, el origen de esta novedad hemos de buscarlo en la comprensión que Jesús tenía de sí mismo y del proyecto de Dios sobre este mundo. Por eso, la peculiaridad de la llamada de Jesús nos remite, en última instancia, a estas dos coordenadas, y gracias a ella podemos entenderlas mejor. Para finalizar esta presentación, vamos a detenernos en estos rasgos característicos que determinan la novedad de la llamada de Jesús.
1. Jesús llamó a sus discípulos con una autoridad poco común. El hecho de que fuera él quien tomara la iniciativa, y la autoridad con que lo hizo, revelan una conciencia muy particular acerca de sí mismo. Al actuar así, Jesús se sitúa en el lugar que Dios ocupaba en los relatos de vocación del Antiguo Testamento. En dichos relatos era Dios quien llamaba directamente a los caudillos y profetas del pueblo, para encomendarles una misión. Jesús actúa de la misma manera, y además pide a sus discípulos una adhesión incondicional a su persona. Esta autoridad de Jesús, que ha sido definida de diversas formas (carismática, mesiánica), revela una autocomprensión que va más allá de lo que otros profetas y guías espirituales de Israel habían pensado de sí mismos, y tiene que ver con su conciencia de filiación. Esta conciencia, que se manifiesta en la forma peculiar de dirigirse a Dios por medio de la invocación abbâ, y en sus enseñanzas sobre la oración, está relacionada con su propia experiencia vocacional, que ha llegado hasta nosotros de forma velada en los relatos de su bautismo y tentaciones (Mc 1,9-13 par.). Fue después de esta experiencia cuando Jesús comenzó a llamar a sus discípulos. Podemos decir, por tanto, que la autoridad manifestada por Jesús a la hora de llamar a sus discípulos tiene su origen en esta conciencia de filiación.
2. Fue Jesús quien eligió a sus discípulos. Marcos lo expresa con una frase lapidaria, cuando dice que “llamó a los que quiso” (Mc 3,13). Aunque a veces la iniciativa para incorporarse al grupo de sus seguidores procediera de aquellos a los que había curado o liberado del demonio (Mc 5,18), el grupo de sus seguidores más cercanos fue elegido por él. Este es un dato significativo que podría revelar las intenciones de Jesús, y que tiene poco que ver con la idea tan difundida de que llamó a unos “pobres” pescadores de Galilea. Lo que los relatos de vocación nos dicen acerca de la condición social de los discípulos de Jesús es algo muy distinto. Pensemos, por ejemplo, en el relato de la vocación de Santiago y Juan. En la escena, además de ellos y su padre, se encuentran los jornaleros. ¿Por qué llamó Jesús a los hijos de Zebedeo y no a sus jornaleros? Santiago y Juan, lo mismo que Leví, y en cierto modo Pedro y Andrés, pertenecían a un nivel social relativamente elevado. Zebedeo poseía una barca grande, pues necesitaba contratar jornaleros. Sus hijos, como él, debían conocer el sistema de impuestos, las artes de la pesca y cómo vender las capturas a las factorías de salazón, además de todo lo referente al transporte de mercancías, que era su principal ocupación una buena parte del año. Leví era un recaudador de impuestos, un oficio que requería también notables habilidades. Pedro y Andrés podían permitirse pasar una temporada en Judea escuchando a un nuevo profeta. Es significativo que ninguno de estos discípulos de Jesús fuera campesino. Estos datos no pueden ser casuales. Jesús tenía un programa y para llevarlo a cabo necesitaba personas capaces, que tuvieran cierta movilidad.
3. Jesús impuso a sus discípulos condiciones de extrema radicalidad. La más importante de todas fue, sin duda, la ruptura con la casa familiar, que era la principal institución social y la unidad básica de producción en el mundo helenístico-romano. La relación dominante en la familia helenístico-romana era la que unía al padre con el hijo, porque sobre ella se asentaba la continuidad de la familia. Este es el marco en el que hemos de situar los cambios que se producen en la vida de los que son llamados por Jesús: dejar las redes, abandonar al padre, dejar la barca, levantarse del mostrador de impuestos, vender las propiedades, o dejar de enterrar al propio padre son actitudes que apuntan en una misma dirección: la ruptura con la casa, la institución que entonces podía proporcionar más seguridad y apoyo a los individuos. En los relatos de vocación no queda claro si la ruptura con la familia es una exigencia o una consecuencia de la llamada de Jesús. Nosotros la entendemos como la primera fase de ese proceso de transformación de la identidad personal mediante el que hemos definido al discipulado.
6. La instrucción de los discípulos
La instrucción de los discípulos obedece a una finalidad concreta: prepararlos para que puedan asumir la misión del propio Jesús
Incluye, junto al aprendizaje de su doctrina, la imitación de su estilo de vida, y la comprensión y aceptación de su destino
El método pedagógico utilizado por Jesús consiste en procurar que sus discípulos se identifiquen con su persona a través de una convivencia estrecha, intensa y constante
6.1. La finalidad del discipulado
Jesús llamó a sus discípulos con una intencionalidad concreta. Según la expresión de Marcos “para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar”. Esta doble finalidad es característica de la llamada de Jesús. En ninguno de los grupos religiosos de la época encontramos una exigencia de adhesión personal como la que encontramos en Jesús.
El imperativo “Sígueme” constituye el núcleo de su llamada. Seguir a Jesús, ir detrás de él, constituirá el centro del estilo de vida de sus discípulos. Jesús llamó a sus discípulos, en primer lugar, para que establecieran una nueva relación con él, una relación que implica no sólo el aprendizaje de su doctrina, sino la imitación de su estilo de vida y la identificación con su destino. Esta identificación con Jesús es, además, la condición para que los discípulos puedan ser enviados a anunciar y hacer presente el reinado de Dios.
Estas dos finalidades de la llamada de Jesús nos revelan, una vez más, algo acerca de su conciencia filial y de su comprensión del proyecto de Dios. Él es el mediador del reinado de Dios que ha comenzado a llegar. La difusión de este anuncio es urgente, y por ello se rodea de un grupo de discípulos que le ayuden en la tarea. Para la tarea no vale cualquiera, y por ello los escogió cuidadosamente y dedicó mucho tiempo a instruirlos con su palabra y con su vida.
Los cuatro evangelios atestiguan que la relación de Jesús con sus discípulos estuvo determinada por un encuentro inicial en el que él les invitó a seguirle. El verbo “seguir” (akoloutheô) ocupa un lugar central en las tres tradiciones, y es el que se utilizará a lo largo de las cuatro narraciones evangélicas para designar la relación especial que mantienen los discípulos con Jesús después de aquel encuentro inicial.
Ser discípulo de Jesús significa ante todo seguirle (Lc 9,60; Mc 1,18; 10,28), ir detrás de él (Mc 1,17.20). Estas expresiones tienen un triple sentido en las tradiciones sobre el discipulado. Se refieren, en primer lugar, al seguimiento físico, e implican ir físicamente detrás de Jesús con el objeto de aprender de él; no sólo de sus palabras, sino también de su forma de actuar. En segundo lugar, se refieren a una actitud vital que consiste en compartir su estilo de vida. Y en tercer lugar, seguir a Jesús significa estar dispuestos a compartir su destino. El seguimiento supone, pues, acompañar a Jesús para escuchar sus enseñanzas y para ver sus signos, pero supone también vivir como él vivía y compartir su suerte.
6.2. Aprender estando con Jesús
El primer aspecto del seguimiento aparece continuamente en los relatos de los evangelios. Los discípulos acompañan a Jesús en todo momento. El discipulado de Jesús, a diferencia de otras formas de discipulado de aquella época, implicaba la convivencia continuada, porque los discípulos no sólo tenían que aprender unas enseñanzas, sino que debían ser testigos de las acciones en que se realizaba lo anunciado por Jesús.
Esta primera dimensión del discipulado aparece también en la tradición de los dichos, principalmente en una de las bienaventuranzas de Q: “Dichosos vuestros ojos que ven lo que estáis viendo, porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron” (Lc 10,23 par.). Ver y oír fue la primera tarea de los discípulos.
Esta primera dimensión del seguimiento tuvo una importancia excepcional en el nacimiento de la tradición evangélica, pues los discípulos que acompañaron a Jesús fueron quienes transmitieron a las siguientes generaciones de cristianos los recuerdos de lo que habían visto y oído, y de esta tradición nacieron los evangelios (Lc 1,1-4). El estilo del discipulado de Jesús fue determinante para dicha tradición en varios aspectos. Así, por ejemplo, el hecho de que los discípulos convivieran prolongadamente con Jesús les habría permitido escuchar en varias ocasiones sus dichos o sus parábolas.
También es importante que los discípulos, además de escuchar estas enseñanzas, fueran testigos de las acciones de Jesús, porque Jesús anunció el reino no sólo con palabras, sino también con obras, y ambas cosas son necesarias para entender adecuadamente su mensaje. Esta condición de testigos de lo que Jesús había hecho y dicho confirió a los primeros discípulos de Jesús una autoridad que fue decisiva en las dos primeras generaciones cristianas.
6.3. Aprender imitando el estilo de vida de Jesús
La segunda dimensión del seguimiento tiene mucho que ver con el estilo de vida de los discípulos y con las exigencias del discipulado. La clave para entender ambas cosas es que el seguimiento de Jesús implica compartir su estilo de vida.
Los evangelios han conservado algunos rasgos del este estilo de vida, que provocaban el escándalo y el rechazo de sus contemporáneos: el conflicto con su propia familia (Mc 3,20-21. 31-35); su estilo de vida itinerante, sin domicilio fijo (Lc 9,58 par.), sus comidas con los publicanos y pecadores (Mc 2,15-17), su actitud irrespetuosa hacia algunas normas y prácticas religiosas, como la observancia del ayuno (Mc 2,18-20), del descanso sabático (Mc 2,23-28), o de ciertas normas de pureza ritual (Mc 7,1-15).
Este estilo de vida, que Marcos ha recogido en forma narrativa, aparece también en la tradición de los dichos, en la que encontramos algunos de los insultos que sus adversarios dirigían a Jesús a propósito de estos comportamientos (Mt 10,25; Lc 7,34 par; Mt 19,12).
La actuación de Jesús y las reacciones que suscitaba su estilo de vida nos permiten hacernos una idea de lo que implicaba ser discípulo suyo. Quienes le seguían llevaban una vida itinerante detrás de él (Mc 1,18. 20; 2,14); le acompañaban en sus comidas con los publicanos y pecadores (Mc 2,15); y transgredían como él las normas judías sobre ciertas prácticas religiosas (Mc 2,18. 23-24; Mc 7,2. 5).
En este contexto se comprenden bien las palabras de Jesús acerca del estilo de vida de los discípulos. Las bienaventuranzas se dirigen a este grupo que lo ha dejado todo por seguirle. Las palabras acerca de la confianza en el Padre cuadran perfectamente en un grupo que ha roto con todos los vínculos sociales, lo mismo que las instrucciones sobre el peligro de las riquezas.
Hay un común denominador en las palabras de Jesús que hablan de las exigencias del seguimiento y del estilo de vida de los discípulos: la ruptura con las estructuras de este mundo (familia, grupo religioso) para inaugurar un nuevo estilo de vida más acorde con la inminente llegada del Reinado de Dios. El grupo de los discípulos se convierte así en germen y anticipo del Reinado de Dios que Jesús anuncia.
Es tal la novedad de este Reinado que no es posible vivir según sus criterios sin romper con las estructuras de este mundo, pues “nadie puede servir a dos señores” (Lc 16,13). La ruptura con la casa y los demás rasgos del comportamiento contracultural de Jesús y sus discípulos estaban al servicio de este objetivo: encarnar proféticamente la novedad del Reinado de Dios.
6.4. Aprender compartiendo el destino de Jesús
La vinculación de los discípulos con Jesús tiene su última expresión en la invitación a compartir su propio destino. En realidad esta tercera dimensión del discipulado es una consecuencia de la anterior, pues el hecho de vivir como Jesús vivía hizo que tuvieran que experimentar el rechazo social, aunque al mismo tiempo les introdujo en una nueva relación con Dios. El destino de Jesús tuvo estas dos dimensiones: por un lado, el rechazo y la muerte; y por otro la gloria y la resurrección. Ambos aspectos aparecen en las palabras que dirigió a sus discípulos.
Compartir el destino de Jesús implica, en primer lugar, entrar en el ámbito de las bienaventuranzas, que hace a los discípulos objeto de la solicitud y de la promesa de Dios. Los dichos que hablan de la solicitud del Padre y de la confianza en él, lo mismo que la confiada actitud que supone el Padrenuestro, se refieren a éste estado de bienaventuranza del que el discípulo ya participa. Los discípulos han empezado a gozar ya de este don, pero saben que el Reinado de Dios aún no ha llegado totalmente, y por eso deben orar diciendo: “venga tu Reino”. Saben que cuando el reino llegue plenamente su recompensa será grande por haber permanecido fieles a Jesús. Es aquí donde encajan las palabras de Jesús sobre la recompensa de los discípulos (Mt 19,27-30 par.).
Ahora bien, compartir el destino de Jesús implica también compartir su destino de rechazo y de muerte. Ya hemos visto que los discípulos experimentaron el mismo rechazo que Jesús por vivir como él vivía. Este estilo de vida le llevó a Jesús a la cruz, y era previsible que a los discípulos les sucediera lo mismo.
En este aspecto son especialmente relevantes los dichos de Jesús que Marcos ha colocado a continuación de los tres anuncios de la pasión (Mc 8,34-38; 9,35-37; 10,41-45). En ellos, junto a la exhortación de hacerse servidor y esclavo de los demás, se habla de perder la propia vida y de tomar la cruz. El último de estos dichos relaciona explícitamente ambas cosas, explicando que el mayor servicio consiste en entregar la propia vida por los demás: “pues el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a entregar su propia vida como rescate por todos” (Mc 10,45). Resulta difícil saber si todas estas palabras proceden de Jesús, pero es evidente que en ellas resuena el eco de una invitación a compartir su actitud de servicio entregando la vida por los demás.
7. El envío de los discípulos
Jesús encomendó a sus discípulos durante su ministerio público la tarea de difundir con signo y palabras el mensaje que él anunciaba
Jesús no concibió esta tarea como un quehacer organizado y estable, sino como un servicio temporal y urgente motivado por la inminente llegada del reinado de Dios
La misión de Jesús y sus discípulos no fue concebida en términos universales sino que estuvo dirigida al pueblo de Israel
Los marginados y excluidos de Israel fueron sus destinatarios preferenciales
7.1. Tradiciones prepascuales sobre el envío de los discípulos
Las instrucciones para la misión se encuentran en dos versiones independientes que, sin embargo, tienen bastantes elementos en común: Mc 6,7-13 y Lc 10,1-12 (Q). Se trata de dos agrupaciones de dichos, que probablemente fueron pronunciados en circunstancias diversas. En ellos se habla de la situación que motiva el envío, de su finalidad, y sobre todo se dan una serie de recomendaciones sobre cómo actuar mientras se lleva a cabo dicha misión.
En la tradición de Q, la situación en que se encuentra Israel es comparable a una abundante cosecha que es necesario recoger urgentemente (Mt 9,37s; Lc 10,2). Mateo ha unido esta imagen con otra que Marcos sitúa en el contexto de la multiplicación de los panes: la de las ovejas que no tienen pastor (Mt 9,36; Mc 6,34). El Jesús de Marcos había utilizado, además, la imagen de la pesca, cuando llamó a sus primeros discípulos y les prometió que los convertiría en “pescadores de hombres” (Mc 1,17). Todas estas imágenes, a pesar de su diversidad, reflejan una misma forma de entender la misión. La cosecha y la pesca tienen claras connotaciones escatológicas, lo mismo que la promesa de un pastor que convoque finalmente a Israel. Lo más probable es que esta forma de entender la misión se remonte a Jesús.
En las instrucciones sobre la misión se hace referencia también a la finalidad de la misma. Según la versión de Marcos, Jesús envió a sus discípulos con poder para expulsar demonios (Mc 6,7), aunque el evangelista aclara al final que “predicaron para que se convirtieran, y expulsaban muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y se curaban” (Mc 6,12-13). En la tradición de Q esta finalidad aparece de forma más explícita, pues junto al mandato de curar enfermos y expulsar demonios, Jesús encomienda a sus discípulos que anuncien la inminente llegada del Reinado de Dios (Lc 10,9; Mt 10,7). A pesar de las diferencias, ambas tradiciones apuntan en una misma dirección: la misión encomendada por Jesús a sus discípulos incluía el anuncio y los signos, principalmente curaciones y exorcismos; esto indica que Jesús la entendió como una continuación de su propia misión.
Con todo, la mayor parte de los dichos contenidos en el envío misionero de Mc y Q son instrucciones sobre aspectos aparentemente secundarios: qué es lo que hay que llevar para el camino, o cómo comportarse cuando sean bien recibidos o rechazados (Mc 6,8-11 par.; Lc 10,4-12 par.). Aunque hay algunas diferencias en los detalles, llama poderosamente la atención la coincidencia en este tipo de instrucciones. Estas coincidencias revelan que ambas fuentes podrían remontarse a una misma tradición, y con mucha probabilidad a Jesús. Además, el lugar que ocupan en el conjunto de las palabras sobre el envío indica que la forma de llevar a cabo la misión no era para él separable del mensaje, de modo que estas instrucciones pueden revelarnos también aspectos importantes sobre cómo entendía Jesús la misión que encomendó a sus discípulos
Además de las recomendaciones sobre la misión, en los evangelios encontramos referencias a la acogida de los apóstoles enviados por Jesús. Del regreso de los mensajeros enviados por Jesús tenemos dos versiones. Una se encuentra en Mc 6,30s y otra en Lc 10,17-20. Podemos presuponer que el texto de Lucas representa la versión de Q, aunque no tenga paralelo en Mateo. Mateo no parece estar interesado en este episodio, pues tampoco ha recogido el pasaje paralelo de Marcos. La versión de Marcos es más genérica “le contaron a Jesús todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado”, mientas que la de Q está centrada en la victoria de los discípulos sobre los demonios. Los exorcismos fueron un elemento central en la actividad de Jesús y de sus discípulos, que veían en la victoria sobre Satanás un signo evidente de que estaba alboreando el Reinado de Dios (Lc 11,19-20 par.). Esta versión está, pues, en consonancia con el envío de los discípulos para anunciar la llegada de dicho Reinado, y puede considerarse como una tradición prepascual.
7.2. Sentido y alcance del envío prepascual de los discípulos
La idea que Jesús tenía de la misión encomendada a los discípulos sólo nos es accesible a través de referencias indirectas. Aquí vamos a considerar algunas de ellas: los términos con que designó a los enviados, las imágenes con las que describió la misión y los destinatarios de dicha misión.
Los términos que Jesús utilizó para referirse a sus enviados no proceden de los oficios religiosos o civiles de la época, sino de oficios comunes. Los discípulos son llamados para ser pescadores, jornaleros o pastores. Algunos de estos oficios tenían, incluso, connotaciones negativas en la cultura de Jesús. Los jornaleros, por ejemplo, pertenecían al estrato más bajo de los campesinos; no tenían tierras y tenían que ofrecer su trabajo como temporeros a los propietarios del latifundio (Mt 20,1-16). Es muy significativo que dos de estos términos (pescadores y jornaleros) dejaran de usarse en las comunidades cristianas de la primera y segunda generación, y que el término pastor pasara a designar un oficio estable dentro de las comunidades, y no un ministerio itinerante (Hch 20,28; 1Pe 5,1-4). Si los evangelios han conservado esta forma de designar a los misioneros, no ha sido para justificar un uso posterior, sino porque fue así como Jesús los llamó. Este primer dato indica que Jesús no concibió la misión de sus discípulos como un quehacer organizado y estable, sino en términos de un trabajo temporal, que se realiza al servicio de otro.
Esta misma provisionalidad aparece en las imágenes que describen la misión en los dichos de Jesús. Se trata, como hemos visto ya, de imágenes con intensas connotaciones escatológicas. La imagen de la siega es, tal vez, la más clara de todas (Mt 9,37s = Lc 10,2). En los profetas del Antiguo Testamento, y con mucha frecuencia en el Nuevo Testamento, esta imagen evoca la intervención definitiva de Dios al final de la historia para juzgar las acciones de los hombres (Mt 13,24-70; Ap 14,15). La imagen de la pesca (Mc 1,17) tiene también connotaciones de juicio en el AT y en los escritos de Qumran (Jer 16,16; 1QH 3,26; 5,8). Y lo mismo puede decirse de la promesa de un pastor que Dios suscitará para guiar a su pueblo (Ez 34,23; 37,24), aunque esta imagen puede aplicarse mejor a Jesús que a los discípulos (Mt 9,36; Mc 6,34). Todas estas imágenes nos hablan de una misión urgente, que tiene como horizonte la intervención definitiva de Dios en la historia. Jesús anunció el inicio de dicha intervención cuando proclamaba: “ha comenzado a llegar el Reinado de Dios” (Mc 1,15). Las imágenes utilizadas para referirse a la misión son, por tanto, coherentes con el contenido central del mensaje de Jesús. No se trata de una tarea a largo plazo, para la que hace falta una organización estable, sino de una tarea urgente para la que apenas hay tiempo.
Otro aspecto importante para entender cómo concebía Jesús esta misión es saber a quién iba dirigida. Al enviar a sus discípulos, Jesús no pensó en una misión de carácter universal, sino en hacer llegar a Israel la buena noticia de que las promesas de Dios se habían empezado a cumplir. El evangelio de Mateo es el que más claramente limita la misión prepascual a los confines de Israel (Mt 10,5-6. 23), pero esta misma perspectiva está implícita en la importancia que tuvo el grupo de los Doce entre los discípulos de Jesús. Este grupo representaba germinalmente la restauración de Israel, y no es casual que en la tradición de Marcos los enviados de Jesús sean precisamente los Doce. Podemos decir, por tanto, que la misión encargada por Jesús a sus discípulos tuvo como destinatarios a los miembros del pueblo de Israel. Pero a continuación hemos de precisar, que dentro de Israel, los destinatarios preferenciales de dicha misión fueron los sectores más marginados de la sociedad israelita, como indica el encargo de realizar exorcismos y curaciones, cuyos destinatarios eran, obviamente, los más necesitados. Esta forma de entender la misión suponía, en realidad, una ruptura de las fronteras sociales más arraigadas. En su contenido y en su forma, la misión encargada por Jesús a sus discípulos tenía un carácter inclusivo, que facilitó a los primeros cristianos la acogida de los no judíos en sus comunidades.
El elemento que da unidad a todos estos rasgos de la misión prepascual es su relación con la inminente llegada del Reinado de Dios. La urgencia de hacer llegar este mensaje con signos y palabras a todo Israel explicaría el hecho de que Jesús recurriera a la colaboración de los discípulos; también explicaría las imágenes utilizadas por él para hablar de la misión. Por otro lado, la naturaleza inclusiva de este Reinado explicaría el hecho de que los destinatarios preferenciales fueran los marginados. Todos estos elementos aparecen con nuevos matices en las diversas instrucciones para la misión que analizamos a continuación.
7.3. La finalidad de la misión y la forma de llevarla a cabo
Una parte importante de estas instrucciones se refiere al contenido mismo de la misión, es decir, a aquello que Jesús encargó a sus discípulos. Lo más llamativo de esta parte de las instrucciones es el escaso lugar que ocupa la proclamación del mensaje. En contra de lo que pudiera parecer a primera vista, la acción prevalece sobre la palabra en el envío de los discípulos.
El encargo de proclamar la inminente llegada del Reinado de Dios se encuentra sólo en la tradición de Q, de donde lo toman Lucas y Mateo (Lc 10,9; Mt 10,7). Las referencias de Marcos a la predicación de los discípulos son añadidos del evangelista (Mc 6, 12.30). Podemos concluir, por tanto, que el anuncio de un mensaje con palabras no fue el principal objetivo del envío misionero.
El principal encargo de Jesús a sus discípulos fue, más bien, anunciar un mensaje a través de acciones concretas. Tanto la tradición de Marcos como la de Q, coinciden en esto, y señalan el exorcismo y la curación como el contenido básico de la misión. En Mc 6,7b se dice que Jesús dio a sus discípulos “autoridad sobre los espíritus inmundos”, y en Q (Lc 10,9) se menciona el encargo de curar a los enfermos junto con el de anunciar la llegada del Reino. En el episodio del regreso de los Setenta y dos, vemos de nuevo que el elemento central es el exorcismo. Lo único que los discípulos le dicen a Jesús es: “Señor, incluso los demonios se nos someten en tu nombre” (Lc 10,17), a lo que él responde con un enigmático dicho, que tal vez refleja la experiencia vocacional que determinó su propia misión: “He visto a Satanás como un rayo cayendo del cielo” (Lc 10,18). Si como hemos afirmado más arriba estos dichos proceden de Q, entonces ambas tradiciones (Mc y Q) estarían de acuerdo en que el mandato de expulsar demonios fue el principal encargo de Jesús a sus discípulos.
Esta conclusión es coherente con la importancia que los exorcismos tuvieron en la actuación de Jesús. La acusación de estar poseído y de expulsar los demonios con el poder de Belcebú aparece con frecuencia en los evangelios en tradiciones independientes (Mc 3,22. 30; Jn 7,20; 8,48-52; 10,20-21; 10,25), lo cual es un indicio de que esta actividad de Jesús fue importante. Jesús tuvo que defenderse de esta acusación, y explicar el sentido de su actividad como exorcista. El hecho de expulsar demonios es un signo de que ha comenzado la victoria sobre Satanás, y que el Reinado de Dios ha comenzado a llegar (Mt 9,32?34; 12,22?30; Mc 3,22?27; Lc 11,14?15. 17?23). Este es también el sentido que tiene el encargo de expulsar demonios, porque en la cultura en que vivían Jesús y sus primeros discípulos este era el signo más elocuente de la actuación de Dios. Los exorcismos eran, por tanto, un mensaje en acto, un anuncio que realizaba lo que anuncia, y por eso ocupan un lugar tan importante en la actuación de Jesús y en el envío misionero de los discípulos.
Otro grupo de dichos recogidos en el llamado discurso de envío contiene instrucciones sobre cómo actuar en el camino, y sobre cómo comportarse ante la acogida y el rechazo. Este es, sorprendentemente, el aspecto en el que más coinciden la versión de Marcos y la de Q.
En las instrucciones para el camino (Mc 6,8-9 par.; Lc 10,4 par.) se pide a los misioneros que renuncien a los preparativos del viaje. Según Marcos, no han de llevar nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero; tan sólo un bastón para defenderse de las fieras o de los salteadores, unas sandalias y una sola túnica. Las instrucciones de Q son más escuetas: no llevar bolsa, ni alforja ni sandalias; pero añaden un dato interesante: no deben pararse a saludar a nadie por el camino. Estas recomendaciones tan detalladas reflejan el ethos de la misión, y el estilo de vida de los misioneros. El ethos de la misión viene determinado por su urgencia. No hay tiempo que perder, y por eso no hay tiempo para largos preparativos, ni para los prolongados saludos orientales.
Las instrucciones sobre cómo reaccionar ante la acogida y el rechazo son las más extensas. Tanto en la versión de Marcos (Mc 6, 10-11) como en la de Q (Lc 10, 5-12) se considera la doble posibilidad de la acogida o del rechazo. En ambas tradiciones se pide a los misioneros que en caso de acogida no anden cambiando de casa y que en caso de rechazo se marchen del lugar no sin antes sacudirse el polvo de los pies como testimonio contra sus habitantes.
Según la tradición de la fuente de dichos, los misioneros acogidos han de practicar una comensalidad abierta, al estilo de Jesús. A esto se refiere la recomendación de comer (y beber) lo que tengan o lo que os pongan (Lc 10, 7.8), es decir, no preocuparse por si los alimentos cumplen o no las leyes de pureza ritual. Esta actitud rompe las barreras de los excluidos por la religión de Israel y se explica por el anuncio de la llegada del reinado de Dios.
8. Jesús, el discipulado y la familia
Las tradiciones sobre la actitud de Jesús hacia la familia son ambiguas:
Rompe con su familia y exige a sus discípulos que hagan lo mismo, pero es acogido por sus amigos sedentarios y envía a los discípulos a las casas para anunciar la llegada del Reino
Jesús parece querer identificarse con quienes han perdido casa y familia a causa de la crisis económica del campesinado
Forma con sus discípulos una especie de familia sustitutoria que tiene a Dios como Padre
8.1. La renuncia a la familia de Jesús y sus discípulos
Una buena parte de las tradiciones prepascuales procedentes de Jesús revelan una actitud afamiliar, e incluso antifamiliar. Esta actitud se manifiesta, sobre todo, en la exigencia de ruptura con la propia familia que impuso a sus discípulos más cercanos (Mc 1,16-18; 19-20 y 10,28-30; Q 12,52. 53; 14,26; Q 9,57-58. 59-60). Esta exigencia es especialmente significativa, porque es coherente con su propio estilo de vida, que se caracterizó, entre otras cosas, por la falta de un domicilio fijo (Q 9,58), por su actividad itinerante (Mc 1,14-39), y por la renuncia al matrimonio (Mt 19,12). Este estilo de vida presupone una cierta ruptura con su propia familia, que aparece de forma explícita en algunos pasajes del evangelio (Mc 3,20-21. 31-35; 6,1-6a).
Sin embargo, existen también otras tradiciones en las que se percibe una valoración mucho más positiva de la institución familiar. Jesús valora positivamente las obligaciones de los hijos hacia los padres ancianos (Mc 7,6-13) y el matrimonio (Mc 10,2-12), e incluso llega a proponer las relaciones familiares como modelo a sus discípulos (Mc 3,31-35: 10,28-20). Los evangelios han conservado también el recuerdo de que envió a sus discípulos para que anunciaran el evangelio del reino por las casas (Mc 6,10; Q 10,5-7), y la noticia de que él y sus discípulos eran acogidos por algunas familias (Mc 11,11; 14,3; etc).
El problema de interpretación que plantean estos testimonios divergentes sólo puede esclarecerse situando estas tradiciones en el contexto cultural del movimiento iniciado por Jesús, es decir, la Palestina siglo primero, que era una sociedad agraria, formada mayoritariamente por familias campesinas.
Jesús inició junto con sus discípulos un movimiento de popular de masas. Ahora bien, el éxito que tuvo el anuncio de Jesús entre los campesinos que le seguían sería muy difícil de explicar si hubiera tenido una actitud claramente antifamiliar. La familia no sólo era la base de la sociedad israelita, sino también la principal fuente de identidad de los individuos, de modo que un ataque a la familia habría sido interpretado como un ataque a los valores tradicionales de la sociedad y la religión israelita. Por otro lado, la familia no era la causa de la progresiva degradación social que estaba viviendo la Palestina herodiana, sino su principal víctima, y es poco verosímil que Jesús haya tenido el propósito de contribuir aún más a la destrucción de la familia tradicional.
La actividad de Jesús se sitúa a un nivel diferente. Su mensaje pertenece claramente al ámbito de la religión política de Israel, pues proclama y hace presente la intervención definitiva de Dios como rey y patrón de su pueblo. Este anuncio de Jesús no tiene que ver directamente con la familia, y es un anacronismo ver en sus palabras sobre la ruptura familiar un ataque explícito contra ella. Estas palabras y las exigencias que encierran pueden explicarse mejor teniendo en cuenta el tipo de movimiento iniciado por él, sobre todo cuando advertimos que se dirigen siempre a sus seguidores más cercanos, los cuales compartían con él una tarea de liderazgo muy específica.
La opción existencial de Jesús y sus discípulos se vuelve significativa cuando la contemplamos desde la situación de las masas de campesinos que estaban sufriendo las consecuencias de la política llevada a cabo por los gobernantes herodianos. Dicha política, apoyada por los terratenientes, los comerciantes y los funcionarios, que se beneficiaban de ella, estaba teniendo consecuencias dramáticas para las familias campesinas. La más notable de todas era la pérdida de las tierras, que inexorablemente pasaban a manos de unos pocos. Ahora bien, la tierra era el soporte básico de la familia tradicional, de modo que la pérdida de las tierras tenía como consecuencia la desintegración de las familias campesinas. Sin tierras y sin el soporte de la familia, los individuos tenían que trabajar como esclavos para los terratenientes, pasaban a engrosar las filas de los grupos de resistencia, o sembraban las ciudades de mendigos.
¿Qué sentido pudo tener que Jesús invitara a sus discípulos a renunciar voluntariamente a la familia cuando la mayoría de los campesinos tenía que hacerlo forzosamente? ¿No es posible que se trate una forma de identificación, a través de la cual los líderes del movimiento, incluido el mismo Jesús, asumieron vitalmente la situación de aquellos a quienes se dirigían? En los movimientos campesinos de masas los líderes son creíbles en la medida en que asumen las condiciones de vida de los campesinos, y dada la centralidad de la familia en aquella sociedad es muy probable que el rasgo que mejor definía dicha situación fuera la desintegración de la familia.
Situada en este contexto vital, la renuncia familia que parece haber caracterizado el estilo de vida de Jesús y de sus discípulos más cercanos adquiere un significado nuevo. Se trata de un gesto profético coherente con la imagen de un Dios que se pone al lado de los pobres y los desamparados, y de aquellos que son víctimas de la injusticia.
La renuncia a la familia fue una condición que Jesús impuso a quienes invitó a compartir con él el liderazgo del movimiento que estaba surgiendo a partir de su predicación y sus acciones. En tiempos de Jesús esta renuncia tenía consecuencias difícilmente imaginables para nosotros, pues la familia tenía entonces una importancia decisiva en la vida de los individuos, hasta el punto que la mayor pobreza consistía en carecer del apoyo de una familia, y no, como entre nosotros, en carecer de recursos económicos. Al distanciarse de sus familias los discípulos se convertían en verdaderos mendigos (ptôchoi), y asumían un estilo de vida desarraigado e itinerante, que los hacía creíbles para los campesinos que se encontraban en una situación similar.
8.2. La nueva familia de Jesús y sus discípulos
En el contexto de la vida desarraigada e itinerante por la que han optado Jesús y sus discípulos cobran un especial sentido las bienaventuranzas (Q 6, 20-23) y aquellas otras enseñanzas en la que Jesús les exhorta para que no se preocupen ni siquiera por las cosas más imprescindibles (Q 12,22-32), o la petición del pan de cada día (Q 11,3). En todas estas enseñanzas Jesús presenta a Dios como un padre que cuida de sus hijos y les proporciona todo lo necesario para vivir. Notamos que el recurso a esta metáfora de parentesco es más frecuente en las instrucciones dirigidas a los discípulos, mientras que en aquellas dirigidas expresamente a la multitud predomina la imagen de Dios como rey (Mc 1,15; 4,26-32).
Jesús fomenta en sus discípulos más cercanos, a los que ha llamado para que compartan su tarea y su estilo de vida, una forma especial de relación filial con Dios. Les anima para que pongan toda su confianza en él y lo esperen todo de él, para que le pidan sin temor en la oración e imiten su magnanimidad en la forma de actuar, de la misma manera que un hijo imita a su padre para llegar a ser digno de él (Lc 6,35-36). Con todo esto, Jesús parece querer afirmar que los discípulos pueden encontrar en la relación con Dios aquello a lo que han renunciado al desvincularse de sus propias familias.
Esta intuición se reafirma cuando consideramos, junto a estas instrucciones que se refieren a la relación de los discípulos con Dios, aquellas otras que se refieren a las relaciones de los discípulos entre sí. En ellas Jesús rechaza las actitudes propias de la interacción con los extraños (competitividad, búsqueda de honor y poder, etc), y propone como modelo la solidaridad recíproca, que es el rasgo más característico de las relaciones del grupo de parentesco (servicio, colocarse en el último lugar, etc). Una colección de instrucciones de estas características se encuentra en Mc 9,35; 10,43-45.
Estas enseñanzas sobre la relación de los discípulos entre sí y con Dios revelan que Jesús configuró el grupo de sus discípulos más cercanos según el modelo de las relaciones de parentesco, y formó con ellos una familia sustitutoria, en la que todos se relacionaban como hermanos y trataban a Dios como padre, en la que podían encontrar de nuevo apoyo, protección, sentido de pertenencia e identidad. La escena evangélica en la que Jesús declara que su verdadera familia son sus discípulos más cercanos, aquellos que ponen en práctica la voluntad de Dios (Mc 3,31-35), refleja, por tanto, lo que fue el grupo formado por Jesús y sus discípulos.
8.3. La misión en las casas
De forma expresa Jesús envió a sus discípulos a las casas. La tradición de este envío posee un sólido fundamento histórico, pues ha llegado hasta nosotros en tres versiones independientes (Q 10, 5-12; Mc 6, 10-12 y EvTom 14). Las numerosas coincidencias entre las dos primeras son un indicio de que proceden de una composición más antigua, mientras que la relación de ambas con el dicho del EvTom revela que esta instrucción se formó a partir de sentencias pronunciadas por Jesús en diversas circunstancias.
En la versión de Marcos se exhorta a los mensajeros a permanecer en las casas que los acojan, y a sacudirse el polvo del lugar (sin especificar) que no les reciba. En la versión de Q, sin embargo, la instrucción es mucho más detallada, y la misión a las casas (Q 10, 5-7) se distingue claramente de la misión a la ciudad (Q 10, 8-12). En la primera se considera sólo la posibilidad de la acogida, mientras que en la segunda encontramos también instrucciones de cómo actuar en caso de rechazo. Podemos, pues, concluir que tanto en Marcos como en Q las instrucciones sobre la misión a la casa reflejan un contexto más positivo y acogedor que las relativas a la ciudad o a otros lugares. Algunos autores suponen que esta diferencia refleja dos fases sucesivas de la misión, la primera de las cuales, dirigida a las casas, habría tenido un resultado mucho más positivo que la segunda, dirigida a las ciudades.
Pero, ¿cuál habría sido el objetivo de Jesús al enviar a sus discípulos más cercanos a las casas? Según Marcos los envió con poder para expulsar demonios (Mc 6,7) y según Q para anunciar la paz compartiendo la mesa (Q 10,5-7). Estas dos acciones, el exorcismo y la comensalidad abierta revelan la situación y necesidades de las familias campesinas a las que son enviados los discípulos. Son familias sometidas a una presión inducida por la mercantilización de la economía y el proceso de urbanización, que corren el peligro de cerrarse sobre sí mismas olvidando los valores tradicionales de la hospitalidad y la solidaridad.
Estudios antropológicos recientes muestran que existe una estrecha relación entre la posesión demoníaca y las tensiones sociales y familiares, tales como los antagonismos de clase producidos por la explotación económica y la opresión institucionalizada dentro de la familia patriarcal. En estos casos, la posesión, lo que hoy llamaríamos “enfermedad mental” puede ser entendida como una forma de protesta desesperada e indirecta contra estas situaciones. Es a estas familias humanamente tan frágiles a donde van los enviados de Jesús para anunciar con sus palabras y sus gestos que Dios está a punto de intervenir como rey y patrón de su pueblo. La actuación de los discípulos en el seno de las casas puede imaginarse como una terapia familiar de signo religioso cuyo efecto es ayudar a evitar su desintegración e ir creando pequeñas células humanas en las que se hace ya presente el reinado de Dios.
9. Jesús y las autoridades
La ejecución de Jesús prueba que su actividad pública le creó enemistades y que su movimiento suscitó importante sospechas
Los principales enemigos de Jesús deben buscarse entre las autoridades locales de la región: el círculo de Herodes Antipas en Galilea y la aristocracia sacerdotal en Judea
En muchos casos, la identificación y presentación que los evangelios hacen de los enemigos y antagonistas de Jesús refleja más la problemática teológica, política y religiosa de las comunidades cristianas que los hechos históricos de la vida de Jesús
9.1. Carácter político del rechazo experimentado por Jesús
Jesús no fue sólo lo que hoy llamaríamos un ‘maestro espiritual’. La etapa de su vida que ha llegado a ser relevante para la posteridad no se redujo a un itinerario espiritual personal, sino que tuvo fundamentalmente una dimensión política y social. Jesús quiso manifestarse en el escenario público, fue foco de atención tanto de las masas como de las autoridades políticas y religiosas, suscitó tensiones entre partidarios y detractores y, finalmente, fue condenado de forma oficial, y ejecutado ejemplarmente a la vista de todos.
La pregunta por las razones del rechazo y el origen de sus enemistades ha sido planteada desde distintas perspectivas. Cabe un enfoque teológico - ¿qué quiso revelar o realizar Dios a través de él, sobre todo, a través de su muerte? – y cabe, también, un planteamiento puramente histórico - ¿qué condiciones sociales, culturales y políticas, y qué circunstancias o características de la vida de Jesús contribuyeron a que desencadenara la oposición que desencadenó? A un curso histórico sobre Jesús le corresponde insistir en esta última perspectiva.
Ahora bien, es importante tener presente que nuestras fuentes de información más completas sobre Jesús, es decir, los propios textos evangélicos, no se escribieron con los criterios de objetividad de la historia moderna, ni con la perspectiva desde la cual nosotros queremos ahora leerlos.
En primer lugar, están condicionados por la necesidad que tuvo el Cristianismo primitivo de mostrarse ante Roma como un grupo religioso no conflictivo, capaz de vivir pacíficamente bajo la autoridad del Imperio. Por este motivo son sospechosos de ocultar o minimizar datos que podían dar una imagen políticamente negativa de Jesús, así como de reducir la responsabilidad de las autoridades romanas en su ejecución.
En segundo lugar, los evangelistas proyectaron con mucha frecuencia sobre la historia de Jesús los conflictos que sus propias comunidades tenían con otras corrientes del Judaísmo en su competición por acaparar la herencia religiosa de Israel, después de que en el año 70 el Templo y la institución sacerdotal quedaran definitivamente desmantelados.
Por último, no debemos perder de vista que las comunidades cristianas reflexionaron muy pronto sobre las razones teológicas del escándalo de la cruz y tendieron a presentar estas razones como causas del desarrollo de los acontecimientos.
Así, nociones de significación exclusivamente teológica como “cumplimiento” o “voluntad divina” suplantan a la causalidad histórica en la trama de los evangelios, y por eso la investigación en torno a los conflictos que enfrentaron a Jesús con algunos de sus contemporáneos y le llevaron finalmente a la muerte debe ser extremadamente crítica con las fuentes evangélicas y debe, también, buscar el apoyo de las ciencias históricas y sociales que conocen otros casos de líderes y movimientos populares con itinerarios vitales y políticos parecidos.
La dimensión religiosa del movimiento de Jesús no contradice en absoluto su carácter social y político. En la Antigüedad, la religión no se concebía como un ámbito separado de la vida personal, sino que constituía uno de los ingredientes fundamentales de la visión del mundo vigente la sociedad y tenía, por tanto, una influencia esencial en la política. Esto era incluso más cierto en la nación judía, la cual, desde hacía varios siglos, se entendía a sí misma como el pueblo elegido de Dios y aspiraba a organizarse como una teocracia. La interpretación religiosa de situaciones que hoy preferiríamos definir en términos exclusivamente sociales y políticos ha servido muchas veces a lo largo de la historia como crisol ideológico de un movimiento popular. Por ejemplo, es significativo a este respecto que casi todas las revueltas campesinas de la Edad Media, época en la que también imperaban las teocracias, entendieran sus programas en clave religiosa y estuvieran dirigidas por gentes relacionadas, positiva o negativamente, con la iglesia.
9.2. Jesús, el círculo de Antipas y la aristocracia sacerdotal
Durante la vida pública de Jesús, Antipas, hijo de Herodes el Grande, gobernaba, en calidad de etnarca subordinado a Roma, las regiones de Galilea y Perea. Su ascendencia judía era reciente, debía el poder a su colaboración con el Imperio y dirigía sus dominios aplicando criterios económicos, políticos y administrativos típicamente helenistas o romanos. Plenamente consciente, sin embargo, del papel central que jugaba la religión en la mentalidad de sus súbditos, procuraba ser respetuoso con las costumbres judías siempre y cuando no obstaculizaran demasiado sus propios proyectos.
El recelo que Antipas experimentaba frente a Jesús y que está reseñado de forma muy sucinta en los evangelios (Mc 6, 14-16; Lc 13, 31) no podía, por tanto, tener nada que ver con la actitud poco respetuosa de éste último frente a ciertas normas religiosas como el descanso sabático o las reglas de pureza, que son las causas más frecuentes de los conflictos conocidos entre Jesús y sus contemporáneos, según esos mismos evangelios. Ese recelo sólo podía estar provocado por la relación de Jesús con Juan Bautista (Mc 6,14-29) y por su capacidad de convocar a las multitudes (Lc 23, 2a.5).
Ya vimos al estudiar el personaje de Juan Bautista que Flavio Josefo atribuye su encarcelamiento y asesinato por orden de Antipas precisamente a su poder carismático ante el pueblo. Los evangelios recogen la noticia de que el tetrarca está alarmado ante la posibilidad de que Jesús sea el Bautista redivivo. Tal alarma se fundaría, seguramente, en el hecho de que Jesús procedía del círculo de Juan y en la semejanza de ambos personajes en relación a su influencia sobre la gente.
Por el relato de la pasión sabemos que la oposición más encarnizada contra Jesús vino de los saduceos y la aristocracia sacerdotal de Jerusalén, cuyos privilegios atacaba Jesús. Como tendremos ocasión de ver más adelante, fueron ellos los principales promotores de su muerte.
Las grandes familias sacerdotales eran la parte más influyente de la élite local y, por tanto, aquella de la cual los romanos esperaban la máxima colaboración para mantener el orden en la región de Judea. Su influencia sobre la gente se basaba en la función religiosa que detentaban como únicos intermediarios entre Dios y el pueblo. El Templo era considerado el único lugar de culto querido por Dios, la liturgia y los sacrificios que en él celebraban los sacerdotes, la única forma de alabanza y expiación aceptable para Él. Todo el sistema conceptual de la pureza, acerca del que ya hablamos en el Tema 2, servía para legitimar religiosamente estos privilegios.
La pureza estaba graduada por estamentos. El más puro debía ser el sumo sacerdote, pues sobre él recaía la gran responsabilidad de entrar en el Santo de los Santos, una vez al año, para expiar por los pecados del pueblo. Luego venían, en orden decreciente, los sacerdotes corrientes, los levitas, los israelitas varones, las israelitas mujeres y, fuera ya incluso de la escala de pureza, los gentiles. Pero, independiente del estamento, se podían contraer impurezas de múltiples maneras, las cuales impedía el acceso al culto y, por tanto, la pérdida del derecho a participar en aquello que definía la dignidad del judío frente a los demás habitantes de la tierra. Para eliminarlas era también necesaria la intervención de los sacerdotes, quienes informaban al lego del proceso adecuado, certificaban la vuelta al estado puro y realizaban el sacrificio correspondiente de acción de gracias. Con los pecados ocurría otro tanto.
Jesús atacó con palabras y gestos el sistema de pureza y animó a la gente a relacionarse directamente con Dios, a dirigirse a Él como padre, de forma directa y confiada, en cualquier lugar y circunstancia. Interpretó sus curaciones como señal de que el perdón divino llegaba a las personas sin necesidad de ritos, sacrificios ni mediaciones. Finalmente, realizó en el propio Templo un gesto violento de rechazo que fue, seguramente, la causa más inmediata de su arresto (Mc 11,15-19 y par.; Jn 2, 13-22). No tiene nada de extraño que la gran clase sacerdotal sintiera que el profeta galileo destruía su legitimidad ante la gente y, en consecuencia, procurara su eliminación.
10. Jesús frente a los escribas y fariseos
Según los evangelios, los principales antagonistas de Jesús en Galilea fueron los fariseos
Los motivos del enfrentamiento se refieren a la frecuente trasgresión por parte de Jesús de la adaptación farisea de la Ley
Al lado, o confundidos con los fariseos, encontramos a los escribas, que también aparecen en Jerusalén secundando la acción de los sacerdotes
La presentación que los evangelios hacen de los fariseos está muy condicionada por la experiencia de las comunidades cristianas en su confrontación con las distintas corrientes de Judaísmo posterior al año 70
10.1. El estatus y función de los escribas
En los evangelios, los escribas suelen aparecer junto a los fariseos en Galilea y junto a sacerdotes y ancianos en Jerusalén, casi siempre ejerciendo un papel secundario. En alguna ocasión se menciona a escribas fariseos o escribas de los fariseos, dando a entender que el papel de escriba era independiente de la pertenencia o no pertenencia a otros grupos religiosos ideológicamente definidos.
Aunque no sabemos hasta qué punto el Judaísmo del segundo Templo concibió de forma unívoca y constante el papel del escriba, los estudios históricos y sociológicos más recientes tienden a identificarle con lo que hoy definiríamos como un funcionario de la institución religiosa, la cual, no lo olvidemos, era también la institución fundamental del gobierno local judío que debía responder ante el poder del reino o imperio extranjero dominante en la región. Desde el retorno del exilio en Babilonia el pueblo judío se había organizado como una teocracia supuestamente regida por la voluntad de Yhwh expresada en la Torah. Ahora bien, esa Ley no sólo no estaba todavía definitivamente fijada, sino que debido a la antigüedad y diversidad de las tradiciones que incorporaba tampoco era directamente aplicable a la vida real. Se necesitaban, por tanto, personas expertas que fueran capaces de crear y aplicar una interpretación adaptativa de dicha Ley y un sistema normativo derivado con el fin de regular la vida cotidiana. Estas personas serían los escribas o expertos en la Ley, que trabajarían a niveles muy diversos de la administración y del sistema judicial, dependiendo de su rango, especialización y sabiduría. Entre ellos es probable que hubiera una gran cantidad de sacerdotes no aristócratas y levitas así como laicos pertenecientes a grupos religiosos de orientación ideológica bien definida, como los fariseos, saduceos o esenios. Nótese que la categoría del escriba se refiere a una actividad profesional, minentras que ser sacerdote, levita o laico era un estatus heredado.
Aunque desde los tiempos de Herodes el Grande Galilea no estaba gobernada directamente por la clase sacerdotal de Jerusalén, sino por un rey o etnarca poco religioso y subordinado a Roma, es muy poco probable que la administración de la región hubiera podido prescindir de los escribas. Ni Antipas ni su padre tuvieron jamás la intención de abolir la religión judía, pues era el elemento fundamental por el que se definía el pueblo al cual gobernaban y, por tanto, lo que justificaba la relativa autonomía tolerada por Roma. Aunque pretendieran subordinar la Ley a sus criterios e intereses políticos debían contar con ella y no podían suprimir a las personas que sabían cómo adaptarla a la vida corriente. Por todo ello, no es históricamente inverosímil que Jesús se encontrara con escribas que ejercían de jueces locales o jefes de sinagoga en las poblaciones de Galilea y que tuviera algunos enfrentamientos con ellos. A este respecto es significativo que cuando los escribas aparecen como los antagonistas principales de Jesús los problemas debatidos giran en torno a la autoridad de su enseñanza (Mc 1,22; 2,6; 3,22; 7,1).
10.2. Jesús y los fariseos
Según los evangelios, durante su actividad en Galilea, los principales opositores de Jesús fueron los fariseos, cuya religiosidad se inspiraba en la interpretación de la Ley de Moisés, y cuyas normas Jesús transgredía con frecuencia. Sin embargo, es más probable que estos testimonios sean un reflejo del enfrentamiento entre las primeras comunidades cristianas y los fariseos que una crónica histórica de sus conflictos con Jesús.
En tiempos de Jesús los fariseos no eran tan poderosos ni numerosos como se ha llegado a creer por influencia de los testimonios de Flavio Josefo y de los propios evangelios. Su actividad, que puede calificarse simultáneamente de política y religiosa, estaba centrada predominantemente en Jerusalén, pero es probable que individuos pertenecientes o afines al grupo ocuparan puestos de liderazgo y responsabilidad en las comunidades locales de Galilea, a través, sobre todo, de la institución sinagogal. De cualquier modo, no debemos pensar que detentaban ningún tipo de monopolio del poder ni de la influencia sobre la gente, sino que competían por todo ello con otros grupos político-religiosos entre los que se deben situar los partidarios de Jesús. En este sentido, no es extraño que se produjeran algunas confrontaciones históricas entre Jesús y los fariseos, que más tarde habrían sido magnificadas por la tradición cristiana. En los propios evangelios observamos muchas variaciones sospechosas en relación a la identificación de los antagonistas de Jesús.
En Marcos, los fariseos son, junto con los escribas, los principales rivales de Jesús en Galilea, mientras que los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos (jefes de familias aristocráticas) son los que actúan contra él en Jerusalén hasta conseguir su arresto y su condena. Mateo tiende a borrar la diferencia entre escribas y fariseos, y menciona a éstos últimos también entre los enemigos de Jesús en Jerusalén, aunque el protagonismo de las maquinaciones para perderle sigue correspondiendo a los ancianos y sumos sacerdotes. Lucas utiliza a los fariseos como estereotipo literario y teológico de quienes rechazan el mensaje de Jesús a causa de su seguridad y autocomplacencia, les contrapone a los pecadores humildes y a los marginados de Israel, capaces de abrirse al perdón y a la salvación de Dios.
Juan es el único evangelista que menciona con frecuencia la presencia de fariseos en Jerusalén, aunque esto puede tener que ver con el hecho de que su relato incluye varias estancias de Jesús en la ciudad santa. En casi todas las escenas aparecen como miembros o servidores del poder político y religioso, sin que se perciba distancia alguna entre su ideología e intereses y los de la clase sacerdotal. Actúan sobre todo como supervisores del orden impuesto por ésta última, acaparando aparentemente los papeles que tenían los escribas y los ancianos en los evangelios sinópticos.
La presentación que Juan hace de los fariseos y del pueblo judío en general ha sido considerada por los estudiosos como totalmente sesgada y ahistórica. Refleja un enfrentamiento posterior de la iglesia joánica, recientemente separada del Judaísmo, con su comunidad religiosa madre. A este respecto es enormemente significativo que el conjunto de los enemigos de Jesús sean designados con mucha frecuencia como ‘los judíos’, sin más especificaciones, como si Jesús y sus discípulos no pertenecieran ya a la misma etnia y religión que sus enemigos.
+++
Jesús, que hace dos mil años nació en Belén de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, permanece en medio de nosotros en el sacramento de la Eucaristía, pan vivo bajado del cielo, pan del camino y de la esperanza.
+++

EL JESÚS HISTÓRICO – 6º (Enseñanzas)
1. Unidad indisociable entre enseñanza y praxis en la vida de Jesús
La enseñanza y la praxis de Jesús son inseparables
La enseñanza explica y justifica la praxis, la praxis realiza el contenido de la enseñanza y sirve como ejemplo a imitar
La investigación sobre el Jesús histórico empezó centrándose sobre todo en su enseñanza, pero recientemente se han hecho importantes aportaciones para recuperar su praxis y establecer la relación entre ambas.
Para entender bien las palabras de Jesús es necesario situarlas en los contextos vitales de sus acciones y su trato con la gente
1.1. Los contextos perdidos de las palabras de Jesús
Aunque la mayoría de los estudiosos coinciden en afirmar que muchos de los dichos y parábolas atribuidos a Jesús en los evangelios forman parte de los estratos más antiguos de la tradición y que, por tanto, están entre aquellos materiales con mayores probabilidades de ser auténticos, casi todos reconocen también que el marco narrativo o discursivo en el que los encontramos situados no es el original. Un caso muy claro es la parábola de la oveja perdida, que aparece en los evangelios de Mateo y Lucas (Mt 18, 10-14; Lc 15, 1-7) con dos contextos narrativos diferentes y forma parte también de una colección de dichos o sentencias sin contexto narrativo, conocida como Evangelio de Tomás. Pero además hay serias razones para creer que los grandes discursos sinópticos puestos en boca de Jesús, como por ejemplo el sermón del monte, están construidos a base de enlazar distintas sentencias originalmente independientes.
Si tenemos en cuenta que los evangelistas compusieron sus obras varias décadas después de la muerte de Jesús, hemos de pensar que la localización de estos dichos y parábolas en el conjunto del relato obedece a los intereses pastorales y teológicos de sus autores y por tanto debe ser puesta entre paréntesis a la hora de intentar recuperar los sentidos originales esas palabras.
La imposibilidad de fiarnos de los contextos donde se insertan las palabras de Jesús es una de las dificultades más serias con las que se encuentran los investigadores que quieren reconstruir su enseñanza. Esta dificultad se incrementa por el hecho de que la cultura mediterránea antigua pertenece a la clase de culturas que los antropólogos denominan de baja contextualización, las cuales se caracterizan por producir documentos en los que se da por supuesto el conocimiento de una gran cantidad de datos contextuales por parte del lector. Este tipo de culturas corresponde a sociedades que evolucionan muy lentamente y en las que existe una gran cantidad de conocimiento estable compartido por todos. Los autores asumen este conocimiento en sus lectores y no se molestan en explicitarlo. El problema surge cuando una persona perteneciente a otra cultura lee estos textos. Como ella no comparte el conocimiento contextual presupuesto por el autor, la posibilidad de que interprete equivocadamente aquello que lee es muy grande.
La única manera de abordar satisfactoriamente este problema interpretativo sería anteponer a la lectura del texto la reconstrucción del contexto. En el caso que nos ocupa, el de las palabras de Jesús, es necesario trabajar a dos niveles. En primer lugar, reconstruir el contexto cultural e histórico de la sociedad palestina del siglo I. Para ello se pueden utilizar datos históricos y modelos sociológicos externos al texto; es lo que hemos intentado hacer en el tema 2. En segundo lugar, es necesario reconstruir el contexto de la vida pública de Jesús. Y aquí nos encontramos con un nuevo problema, pues casi toda la información sobre Jesús está en los propios evangelios y, como hemos visto anteriormente, los contextos narrativos de sus palabras son poco fiables.
El método que seguiremos será, por tanto, aproximativo y mixto. Seleccionaremos entre el material con más probabilidad de ser histórico los grandes temas de la enseñanza de Jesús y sus acciones más típicas e intentaremos relacionar unos con otras y darles sentido apoyándonos, sobre todo, en lo que sabemos sobre el contexto histórico, social y cultural del momento. Encuadraremos todo ello dentro del marco biográfico general de Jesús formado por los pocos datos que conocemos con seguridad: lo que hemos podido averiguar sobre sus orígenes y lo que todas las fuentes afirman sobre su muerte:
1. Jesús procedía de una familia judía asentada en Galilea.
2. Su oficio fue el de un artesano especializado en trabajos relacionados con la construcción.
3. Perteneció al círculo del Juan Bautista.
4. Empezó su ministerio público en Galilea.
5. Creó un movimiento campesino de masas.
6. Se rodeó de un grupo de discípulos o colaboradores íntimos.
7. Fue ejecutado en Jerusalén por la autoridad romana.
2. El estilo de la enseñanza de Jesús
Jesús no fue un profesor de escuela, sino una combinación de profeta y maestro popular
Su enseñanza no tiene la forma de una doctrina sistemática y completa, sino que pretende iluminar los acontecimientos presentes adaptándose a las distintas circunstancias y auditorios
El lenguaje de Jesús no utiliza conceptos abstractos ni se apoya en argumentaciones generales, sino que parte de situaciones concretas, recurre a las diversas formas populares de discurso imaginario e intenta motivar al oyente para que reflexione por sí mismo y saque sus propias conclusiones.
2.1. El discurso popular en una cultura oral
Muchas de las características del estilo pedagógico de Jesús se deben a que tanto él como sus interlocutores pertenecían al sector mayoritario no letrado de la población; es decir, al conjunto de todas aquella personas que no utilizaban la escritura como “lugar” donde almacenar información ni como medio para transmitirla.
Es posible que Jesús y algunos de sus discípulos fueran capaces de reproducir fragmentos conocidos de la Ley apoyándose en las marcas literarias sobre el rollo o de descifrar una inscripción más o menos estándar. Es posible, también, que supieran llevar las cuentas de un taller o un negocio, donde se utilizan sólo unas pocas palabras además de los signos numéricos. Pero, considerando su nivel social, no es probable que estuvieran familiarizados con el uso de la lectura y la escritura como medios habituales de almacenar comunicar y acceder a la información. Para ellos, como para todos los habitantes de las llamadas culturas (o subculturas) orales, las palabras, en particular las enseñanzas, sólo pueden guardarse en la memoria y sólo pueden reactualizarse en el discurso hablado.
El carácter evanescente del sonido articulado y la consiguiente imposibilidad de conservar físicamente lo que expresa es uno de los condicionantes que más influyen sobre la forma de hablar y de pensar de quienes no manejan habitualmente la escritura. A continuación enumeraremos algunos de los rasgos típicos de estas formas con el fin de hacernos capaces de reconocer su presencia, razón de ser y efectividad en el lenguaje de Jesús.
En primer lugar es necesario señalar que, en las culturas y medios orales, la reproducción memorística exacta no es siquiera concebible. La repetición palabra por palabra sólo es imaginable cuando existe un modo de cotejar lo dicho ahora con lo dicho anteriormente. Pero si lo dicho anteriormente no se ha fijado, no es posible comprobar la exactitud. Significativamente, estudios recientes realizados por lingüistas y antropólogos han demostrado que las recitaciones de grandes poemas, genealogías o sagas en medios orales nunca son exactas, sino que el bardo o juglar opera con un gran margen de flexibilidad e improvisación, en función de las circunstancias, de su estado de ánimo y del público.
Como almacenar conocimiento es siempre importante, aquello que interesa recordar suele expresarse en formas o moldes fácilmente reproducibles. De aquí el uso de sentencias rítmicas, construcciones paralelas y rimadas, la repetición de términos y sonidos, las asociaciones por semejanza o por contraste. Todas estas técnicas, que reconocemos en el lenguaje de Jesús, son típicas del medio no letrado en el que se comunicaba y transmitía su enseñanza. Este medio explica también la variabilidad y flexibilidad con la que se han transmitido muchos de sus dichos y parábolas, pues es probable que ni él ni sus oyentes los repitieran dos veces exactamente de la misma manera.
Otra importante característica de los medios orales es que la palabra se concibe más como una forma de actuar y relacionarse con los demás que como un medio de información. Es más importante hacer que otros hagan, predisponerlos favorablemente, introducir cambios en el estado de cosas del mundo que describir ese mundo, el cual está supuestamente a la vista de todos. De ahí la abundancia de las órdenes, las peticiones, los avisos, las amenazas, las quejas, las alabanzas, y, por el contrario, la escasez de informes pormenorizados acerca de cómo son las cosas. De ahí, también, que la enseñanza de Jesús no pretenda informar sobre el ser de la divinidad, de la creación o del hombre, sino cambiar la actitud de sus oyentes y motivarles para un compromiso.
La expresión verbal en los medios orales no puede utilizar formas complejas de relación entre unas partes y otras del discurso, ni tampoco argumentos muy largos, pues resulta muy difícil retener simultáneamente en la memoria todos los ingredientes y sus combinaciones. Por eso, prefiere las uniones sencillas: la adición, la oposición, la agregación sobre la base de un elemento o una imagen común, las enumeraciones de dos o tres elementos ...
El pensamiento en las culturas orales no asocia los conceptos o los términos a definiciones nítidas y genéricas, que sólo pueden encontrarse en los libros, sino que los apoya y los recrea de forma inmediata en las imágenes sensibles de la vida cotidiana. Por eso olvida con mucha rapidez los significados originarios de las palabras y las usa siempre con el sentido que tienen en el aquí y ahora de la comunidad de hablantes. Esto es coherente con el lenguaje cercano y vivo que todos los autores reconocen en los dichos y parábolas más probablemente auténticas de Jesús y es una razón importante para sospechar un origen tardío en aquellas enseñanzas evangélicas cuya comprensión requiere apelar a símbolos complejos o la historia de los términos o a citas escriturísticas.
3. Formas del discurso y la enseñanza de Jesús
Jesús utilizó recursos propios de la tradición profética y sapiencial judía: anuncios, amenazas, bienaventuranzas, sentencias, alabanzas, proverbios…
Destaca el razonamiento comparativo, reiterativo o por oposición, que combina expresiones paralelas, semejantes o antitéticas.
Jesús se sirvió de las controversias con sus oponentes para afirmar, precisar y justificar aspectos conflictivos de su mensaje y de su praxis
La forma más característica de la enseñanza de Jesús son las parábolas, que incluyen diversas variantes del discurso figurado
3.1. La forma de la enseñanza de Jesús
Las enseñanzas de Jesús se han transmitido en una serie de formas literarias fijas, que fraguaron en la tradición oral de las primeras comunidades cristianas, pero que tienen su origen en la forma de hablar de Jesús.
Él hablaba y enseñaba a la gente y a sus discípulos utilizando recursos que facilitaban la memorización de sus enseñanzas. Unas veces utilizaba dichos rítmicos (dad y se os dará), otras veces repetía el mismo esquema (bienaventurados los... porque...), y con mucha frecuencia recurría a pequeños relatos tomados de la vida cotidiana que aún hoy nos resultan muy fáciles de recordar.
Más tarde sus enseñanzas se transmitieron básicamente de tres formas: dichos, apotegmas y parábolas.
3.2. Las parábolas de Jesús
Las parábolas en el sentido estricto del término son, probablemente, la forma más característica de hablar de Jesús, y también la que mejor recoge su mensaje sobre el reinado de Dios, del que nos ocuparemos más adelante.
La parábola es un relato que toma su argumento de la vida cotidiana y que pretende dejar pensativo al oyente acerca de su aplicación.
Durante mucho tiempo las parábolas se han entendido como instrumentos para transmitir una enseñanza, pero ésta no fue su intención original. Más que dar respuestas, pretenden que los oyentes adopten una perspectiva distinta, se hagan conscientes de una realidad nueva, reflexionen y decidan por sí mismos el curso de acción que quieren seguir ante ese descubrimiento. Así las parábolas de la semilla que da mucho fruto o que se convierte en un gran árbol, tratan de introducir en el misterioso crecimiento del Reinado de Dios.
A pesar de que las parábolas de Jesús utilizan un lenguaje sencillo y unas imágenes muy próximas a la realidad cotidiana, los lectores occidentales del siglo XXI encontramos serias dificultades para captar correctamente su intención. Estas dificultades tienen fundamentalmente dos causas. La primera es que no conocemos suficientemente el contexto cultural presupuesto en ellas. De esto ya hemos hablado en el punto 1.1. La segunda es que, desde muy pronto, los cristianos tendieron a interpretarlas de forma alegórica con el fin de poderlas referir a situaciones problemáticas de su vida comunitaria y a cuestiones cruciales de su fe postpacual. Así, ya incluso dentro de los propios evangelios se pone a veces en boca de Jesús explicaciones adicionales de sus parábolas que casi con toda seguridad nunca pronunció. El caso más claro es el de la parábola del sembrador, la cual aparece en los tres evangelios sinópticos seguida de una interpretación alegórica (Mc 4, 3-9.13-20; Mt 13, 3-9.18-23; Lc 8,5-8.11-15) y en el Evangelio de Tomás (log. 9) sin ningún tipo de interpretación. Puesto que no es verosímil que los transmisores de las palabras de Jesús recortaran la tradición recibida, hemos de suponer que la versión no interpretada es la original y que las explicaciones suplementarias son adiciones cristianas posteriores.
Las interpretaciones alegóricas no sólo yerran en la aplicación que hacen de las imágenes, sino que, además, ignoran la intención de la narración de Jesús que, como ya indicamos anteriormente, no pretenden transmitir un conocimiento, sino situar al oyente en una nueva perspectiva vital, descubrirle una nueva forma de ver las cosas.
Las parábolas originales no quieren sugerir una correspondencia exacta entre las distintas imágenes que utilizan y determinados elementos de una situación real, correspondencia que supuestamente trasladaría la conclusión del relato a una enseñanza concreta para la vida. Las parábolas narran algo que podría ser real, pero inesperadamente introducen un elemento sorprendente o disonante que fuerza al oyente a hacerse una pregunta, a cuestionarse un presupuesto, a buscar un punto de vista nuevo desde el que poder asumir aquello que está escuchando.
Así, por ejemplo, la parábola del sembrador no pretendería comparar los distintos tipos de tierra con los distintos receptores del mensaje cristiano, como señala la interpretación alegórica de los sinópticos. Los tres primeros tipos de tierra sólo sirven para recrear una experiencia real, la de las semillas que se pierden en cualquier siembra, y hacer más claro el contraste con la sorprendente feracidad de la tierra buena, que llega a producir hasta el ciento por uno, es decir, ¡espigas con cien granos! La intención de Jesús al contar esta historia sería abrir los ojos de la gente a las posibilidades de crecimiento que tienen los proyectos queridos por Dios, en concreto, la expansión de su reinado. Es una parábola que combate la desesperanza de quienes no veían resultados notables en el ministerio de Jesús y enseña a percibir la fuerza silenciosa de la acción de Dios entre los hombres.
4. Raíces y contexto cultural de la pedagogía de Jesús
La forma de enseñanza utilizada por Jesús se relaciona más con la tradición profético-sapiencial del Antiguo Testamento y las formas de la pedagogía popular comunes a todo el mundo helenístico, que con la enseñanza de los grupos religiosos judíos contemporáneos
Los fariseos y esenios centraron su enseñanza en la interpretación y aplicación de la Ley a la situación presente.
Estos grupos se valieron de métodos complejos de exégesis que encontramos también en la literatura cristiana y rabínica posterior
4.1. La interpretación culta de la Ley
Las formas de instrucción religiosa practicadas en el entorno de Jesús y que han llegado a nuestro conocimiento tienen todas como destinatarios a personas cultas, capaces de leer y escribir con relativa fluidez. En todas ellas, el objeto de estudio es siempre la Escritura y la finalidad, encontrar en el texto sagrado una orientación clara para la vida.
Puesto que, como ya hemos dicho en repetidas ocasiones, la Escritura judía integra textos de muy diversas procedencias y no tenía todavía en esta época unos límites precisos unánimemente aceptados por todos los grupos y tendencias, su aplicación a la ética cotidiana exigía un trabajo previo de interpretación considerable y minucioso. Era preciso determinar qué partes constituían el núcleo central de la Ley de Dios, cómo se subordinaban a ellas las demás y qué tradiciones debían ser excluidas. Había que encontrar interpretaciones que hicieran compatibles textos muy variados, tanto en género literario, como origen temporal y contenido, y que al mismo tiempo tuvieran sentido para la situación vital del pueblo judío en la Palestina del siglo I. Finalmente, puesto que la voluntad de Dios expresada en la Ley era considerada como la única y suprema norma de conducta, se hacía necesario encontrar la forma de extraer de esos textos antiguos respuestas a problemas éticos actuales que jamás se habían planteado sus autores.
Todas estas exigencias favorecieron la creación de métodos exegéticos extremadamente complejos cuyos criterios lógicos nos parecen hoy muy extraños, pues nada tienen que ver con los que nosotros utilizamos en la investigación científica o en la reflexión filosófica. Estos métodos, evidentemente, requerían la capacidad de manejar los textos tradicionales con mucha soltura, tener un conocimiento minucioso de sus partes y, al mismo tiempo, ser capaz de relacionarlas desde distintas perspectivas globales; una destreza para la que se requiere leer perfectamente y memorizar con total exactitud. Son, pues, métodos inaccesibles para una persona como Jesús, que se había educado en un medio predominantemente oral; más aún, para sus oyentes campesinos, la mayoría de los cuales debían ser completamente analfabetos.
Por tanto, cuando los evangelistas presentan a Jesús utilizando este tipo de técnicas exegéticas en su enseñanza, podemos estar seguros de que se trata de adiciones cristianas posteriores. Sabemos que muy pronto hubo cristianos instruidos en estas metodologías cultas de interpretar las Escrituras y que las aplicaron no sólo a los escritos del Antiguo Testamento, sino también a las tradiciones sobre Jesús. Las cartas de Pablo, las citas escriturísticas del evangelio de Mateo y textos más tardíos como la Epístola de Bernabé, son testimonios claros de esta tendencia.
4.2. El Pesher y la exégesis rabínica
En este apartado describiremos brevemente algunas de las técnicas de la interpretación culta de la Ley en tiempos de Jesús. Las más importantes y conocidas son el “Pesher”, practicado sobre todo en los círculos esenios, y las distintas formas de “Midrash” propias de la literatura rabínica posterior, pero que creemos eran ya utilizadas por los fariseos del siglo I.
La palabra “pesher” deriva de la raíz de un verbo hebreo, que significa “interpretar”, y es usada frecuentemente para introducir la explicación de un fragmento de las Escrituras.
Lo característico del pesher es que interpreta el texto antiguo en referencia a la historia presente, subordinando completamente el sentido y contexto original al significado actualizado. La idea subyacente a esta técnica es que el texto contiene una información velada, cuyo verdadero sentido sólo se hace patente al ser referido a acontecimientos históricos posteriores, concretamente, al presente del grupo religiosos que lo utiliza. Se asume que quien pronunció o escribió por primera vez el contenido del texto fue inspirada por Dios, pero que la mayoría de las veces ella misma no era consciente del significado que la historia llegaría a revelar en sus palabras.
Así, por ej. el texto de Is 11, 1-5, donde se describe a un personaje mesiánico que traerá la justicia y la paz al pueblo de Israel, es interpretado por el grupo de Qumrán en relación con su propio fundador, el cual vivió varios siglos después de que Isaías pronunciara esas palabras. De forma análoga, Mt construye un significado actualizado de numerosas textos proféticos haciendo que se refieran a la historia de Jesús ( ej. Is 8, 8 en Mt 1, 23; Os 11, 1 en Mt 2, 15; Jer 31, 15 en Mt 2, 18; Is 9, 1-2 en Mt 4, 15-16; Is 42, 1-4 en Mt 12, 18-21).
La técnica del midrash consiste en explicar un texto de la Escritura a partir de otros textos o enseñanzas supuestamente más fáciles de entender. Los estudiosos suelen distinguir el midrash haggádico o narrativo, del midrash halákico o normativo. En el primero, se explica el contenido de un texto a través de un pequeño relato ilustrativo que puede tener forma de cuento, de anécdota histórica o ser, incluso, una adaptación de un relato bíblico.
Valga como ejemplo ilustrativo esta parábola rabínica que pretende clarificar el sentido de una frase concreta del Levítico, “Me volveré hacia vosotros”:
“Me volveré hacia vosotros” (Lev 26:9). Una parábola: ¿A quién se parece la cosa? A un rey que contrató a muchos jornaleros. Uno de ellos trabajó con él muchas jornadas. Los jornaleros acudieron a recibir su salario, y este jornalero acudió con ellos. El rey dijo a este jornalero: Hijo mío, yo me volveré a ti. A todos estos que han trabajado poco les daré poco jornal; pero contigo haré en el futuro un saldo generoso. Así solía pedir Israel a Dios su recompensa en este mundo, y las naciones del mundo pedían también su recompensa a Dios. Y Dios dijo a Israel: Hijos míos, yo me volveré hacia vosotros. Estas naciones del mundo han trabajado poco conmigo, y les daré poca recompensa. Pero con vosotros haré en el futuro un saldo generoso. Por eso está escrito:”Yo me volveré hacia vosotros” (Lev 26:9).
En el caso del midrash halákico la explicación se apoya en otros textos considerados normativos.
Los cristianos cultos de origen judío utilizaron estas técnicas tomando generalmente como referencias explicativas las palabras y los hechos de Jesús, en vez de los textos de la Ley. Así, por ejemplo, los dos primeros capítulos del evangelios de Mateo pueden considerarse como un midrash haggádico, en el que se explica el sentido de ciertos textos proféticos mediante la narración de la infancia de Jesús. La primera parte del sermón del monte (Mt 5) está construida con la técnica del midrash halákico, aplicada no a textos normativos del judaísmo sino a palabras de Jesús.
5. Dios en la enseñanza de Jesús
El Dios del que habla Jesús es Yhwh, el Dios de la tradición monoteísta judía
En esa concepción heredada de Dios Jesús subraya y da prioridad a ciertos aspectos por encima de otros
Jesús enriquece la concepción judía de la divinidad con lo que él mismo ha aprendido en su propia experiencia personal de relación con Dios
Actualiza el anuncio profético tradicional de un Israel renovado que vivirá por siempre bajo la soberanía de Dios
Promueve entre sus seguidores una forma personal de relación con Dios basada en la imagen del “padre”
5.1. La relación paterno-filial con Dios
Jesús era judío y su relación con Dios se encuadra en el marco de la experiencia religiosa de Israel, en especial de su vivencia del monoteísmo. Pero la experiencia que Jesús tenía de Dios, y que intentó transmitir a quienes le escuchaban, estuvo también determinada por su biografía y su búsqueda personal. Es probable que naciera en el seno de una familia de emigrantes judíos piadosos, instalados en una pequeña población galilea habitada por otros inmigrantes de la misma procedencia, donde probablemente se practicaría el Judaísmo común como forma de identidad grupal y personal. De su búsqueda religiosa sabemos que poco antes de comenzar su actividad pública independiente formó parte del círculo del Bautista, y podemos sospechar que había estado antes en contacto con otros grupos religiosos.
La experiencia de Dios adquirida por Jesús se manifiesta en su enseñanza a través de dos metáforas fundamentales, muy arraigadas en la cultura y la historia del pueblo judío: la del padre y la del rey. La primera pertenece al ámbito doméstico y refleja el modo de ser de Dios. La segunda se inscribe en el ámbito político y habla del proyecto de Dios en relación con los hombres. Aquí estudiaremos la primera, mientras que la otra será tratada en las secciones 8 y 9 de este mismo tema.
Para Jesús Dios era ante todo Padre. Esta imagen la encontramos con muchísima frecuencia en sus oraciones, cuando hablaba de Él a sus discípulos y en sus enseñanzas. Pero también está implícita en sus obras, pues Jesús imita la forma de actuar de Dios del mismo modo en que un hijo debe imitar el comportamiento de su padre.
Jesús se refirió con frecuencia a Dios con la palabra “abbâ”, tomada del lenguaje familiar, con la que los niños pequeños llaman a su padre y que los adultos utilizan como título de respeto.
Ahora bien, la imagen de Dios presentada por Jesús no se ajusta del todo a la que entonces se tenía del padre. Para poder apreciar correctamente la continuidad y la originalidad con la que utiliza esta metáfora familiar, necesitamos conocer las connotaciones que tenía la figura del padre en la cultura mediterránea del siglo primero.
La cultura mediterránea era patriarcal y patrilineal. Este hecho es decisivo para comprender la figura del padre en ella. Las culturas patrilineales trazan la descendencia a través de los varones y asignan al varón más representativo, el paterfamilias, una enorme autoridad sobre todos los miembros de la familia. La relación dominante en la familia patriarcal es la relación padre-hijo, porque era ella la que aseguraba la transmisión del patrimonio y la continuidad del grupo familiar. Los comportamientos implicados en esta relación básica estaban muy bien definidos, y gracias a ello nos es posible conocer qué es lo que se esperaba de un padre en relación con sus hijos.
La primera obligación de un padre hacia su hijo era proveerle del sustento necesario, ofrecerle un techo donde cobijarse, protegerle y ayudarle en todo. El padre tenía también la obligación de educar e instruir a su hijo y tratarle con severidad, imponiéndole su autoridad incluso con castigos.
Cuando situamos los dichos y el comportamiento de Jesús en su contexto cultural, descubrimos que existe bastante continuidad en lo que se refiere a las obligaciones que el padre tenía hacia el hijo. Dios aparece como padre solícito que da cosas buenas a sus hijos y está pendiente de todo lo que éstos necesitan (Q 11,9-13; 12,6.30; Lc 12, 22-32, Q 10,21). Por eso Jesús y sus discípulos pueden dirigirse a él con toda confianza diciendo: “Padre .... danos hoy el pan necesario” (Q 11,3). También Dios instruye directamente a sus hijos a través de una revelación misteriosa que Jesús descubre agradecido: “En aquel tiempo dijo: Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado todas estas cosas a los sabios y a los inteligentes, y se las has revelado a los sencillos. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien” (Q 10,21).
Esta misma solicitud del padre hacia sus hijos la encontramos en el comportamiento de Jesús en su afán de instruir a la gente, pero sobre todo, en sus exorcismos y curaciones. No puede pasar de largo cuando se encuentra con los enfermos (Mc 10, 46-52) ni puede dejar de atender la petición de una madre angustiada (Mc 7, 24-30). Al sanar a los enfermos y al liberar a los endemoniados, Jesús actúa movido por los mismos sentimientos que atribuye a su padre Dios.
Ahora bien, si continuamos examinando los dichos y la actuación de Jesús descubriremos que este Padre no responde exactamente a la idea que en su entorno cultural se tenía de la figura paterna. Hemos visto que la principal atribución de un padre dentro de la familia era su autoridad. Sin embargo, al hablar de Dios como padre, Jesús no subraya su autoridad sino su capacidad de perdonar, su generosidad, su paciencia y su inagotable compasión. Es como el padre que recibe con los brazos abiertos al hijo que le había ofendido y deshonrado al marcharse de casa con su parte de la herencia (Lc 15,11-32), como el sol que ilumina y calienta a buenos y malos (Q 6,36), como el pastor que deja todo el rebaño para rescatar a la oveja perdida (Lc 15,4-7).
Esta capacidad de perdón y compasión se refleja también en el comportamiento de Jesús cuando perdona los pecados a un paralítico (Mc 2,1-12) o acoge a los pecadores en su compañía (Mc 2,15-17).
Al presentar la compasión y el perdón como los rasgos que mejor definen a Dios, Jesús se distancia de la imagen paterna que era común en su cultura y lanza una severa crítica contra la autoridad patriarcal. Dios no es como los padres de este mundo, que dominan y anulan a los suyos. Jesús rechaza la autoridad desmedida del paterfamilias (Mc 10,1-12) e invita a sus discípulos a tomar a Dios como única referencia válida de padre.
Otro de los rasgos en los que el Padre de Jesús se opone a los padres de este mundo es en su capacidad para integrar en torno suyo, como hijos, a todos cuantos lo deseen. En una cultura de orientación colectivista, en la que la familia era el principal grupo de referencia, una de las tareas del padre consistía en reforzar los límites que separan a los de dentro de los de fuera, y en defender a la familia frente a las amenazas externas. Jesús, sin embargo, habla de un Padre que invita a extender a los de fuera, incluso a los enemigos, el amor que caracteriza las relaciones con los de dentro. El comportamiento de Jesús imita también aquí el de Dios: se acerca a los enfermos y a los endemoniados, que eran considerados impuros; trata con los pecadores, una compañía poco adecuada para un hombre religioso; y se relaciona con los extranjeros.
Generosidad, solicitud, compasión, perdón y capacidad integradora son la características que definen al Dios-padre de Jesús.

5.2. La noción de Dios-rey en la tradición judía y en el mensaje de Jesús
La utilización de la imagen del rey en referencia a Dios es un elemento que Israel compartió con los pueblos cananeos del entorno. Parece que su arraigo se remonta al tiempo de la consolidación de la monarquía davídica y a la instauración de un culto oficial en el Templo de Jerusalén. Por eso es tan abundante en los salmos, las composiciones poéticas propias de la liturgia que allí se celebraba. Así, por ejemplo, encontramos expresiones como:
“¡Puertas, levantad vuestros dinteles, alzaos, compuertas eternas, para que haga su entrada el rey de la gloria” (Sal 24, 7); “El Señor domina las aguas desbordadas, el Señor se sienta como rey eterno” (Sal 29,19); “Su santo monte, su altura hermosa, es la alegría de toda la tierra; el monte de Sión, morada de Dios, es la capital del gran rey” (Sal 48,3) etc.
Aunque la función original de la concepción de Dios como rey era, seguramente, la de legitimar el poder del soberano humano, quien era considerado su representante en la tierra y recibía los títulos de “ungido de Dios” e “hijo de Dios”, esta imagen fue también empleada con mucha frecuencia por los profetas precisamente para acusar a los reyes de no ejercer el poder en conformidad con la justicia y la voluntad divina.
En la época postexílica y, más concretamente, en tiempos de Jesús la imagen seguía en plena vigencia y se usaba para fundamentar el proyecto de una nación judía independiente, gobernada teocráticamente. Así, por ejemplo, en el año 6 a.C. dos jefes religiosos, Judas el galileo y el fariseo Sadoc encabezaron una revuelta en contra de la autoridad romana bajo el lema de que Dios era su único rey y señor.
Significativamente, aunque Jesús coloca en el centro de su mensaje el anuncio de la llegada del reinado de Dios, nunca se refiere directamente a Dios como rey. Ocurre con esta denominación justamente lo contrario de lo que ocurría con la imagen paterna de Dios. Pues, a pesar de que ésta última no es totalmente desconocida en el Judaísmo de la época, aparece pocas veces y menos todavía en la expresión familiar “abbâ” que, como vimos, utilizaba Jesús.
El Dios del que habla Jesús tiene, sin embargo, un proyecto de acción en relación con su pueblo, va a venir a reinar sobre él, y la buena noticia es que lo hará como padre. Ambas cosas, la invocación de Dios como padre y el comienzo de su reinado, aparecen unidas de forma admirable en la primera parte del Padrenuestro: “Padre ... venga tu reino” (Q 11,2b). El reino que viene es el reino del Padre.
6. El anuncio de la llegada del reinado de Dios
Las tradiciones más antiguas y fiables sobre Jesús dan testimonio acerca de la importancia que tuvo en su enseñanza y en su praxis el anuncio del reinado de Dios
La convicción de que el reinado de Dios está llegando tiene relación con aspectos centrales de su predicación ética, con sus curaciones y exorcismos y con la práctica de la comensalidad abierta
En el siglo II la iglesia primitiva ya había desplazado del centro de su mensaje el anuncio de la llegada del reinado de Dios, colocando en su lugar el anuncio de la muerte y resurrección de Jesús
6.1. Las tradiciones evangélicas sobre el reinado de Dios
Aunque Jesús nunca se refiere a Dios como rey, la convicción de que el reinado de Dios está haciéndose presente aparece en el centro de su predicación, su enseñanza y su actuación.
El término griego que traducimos por ‘reinado’ o ‘reino’ se refiere a la relación de soberanía que un rey establece y mantiene sobre sus súbditos. Sólo de forma indirecta significa también una entidad territorial, el territorio en el que viven esos súbditos. La expresión ‘reino de los cielos’, que aparece sobre todo en el evangelio de Mateo, indica la misma realidad que ‘reino’ o ‘reinado de Dios’. Mateo sustituye una fórmula por otra siguiendo la costumbre de los judíos piadosos de evitar pronunciar directamente el término ‘Dios’. Cuando Jesús afirma que el reino de los cielos está llegando quiere decir que el soberano absoluto de los cielos, a saber, Dios, está haciéndose también con el poder sobre la tierra.
En el documento Q, que es la fuente más antigua de dichos de Jesús, el reinado de Dios aparece en una o dos parábolas de crecimiento (la de la levadura en la masa y, quizás, la del grano de mostaza Q 13, 18-20), como anuncio que los discípulos deben proclamar en las casas y hacer presente mediante curaciones y la comensalidad abierta (Q 10, 8-9), como esperanza consoladora para los pobres (Q 6, 20), como la única cosa por la que los discípulos deben preocuparse (Q 12, 31), como fuerza que avanza derrotando al mal que se ha posesionado de las personas, en concreto, de los endemoniados (Q, 17-20), como petición central en la oración dirigida al Padre (Q 11, 2).
En este estrato antiguo de la tradición, Jesús habla del reinado de Dios como de una realidad nueva, que distingue todo lo que está empezando a acontecer en torno a su movimiento de lo que existía antes (Q 7,28; 16,16); pero también como de algo por lo que es necesario luchar o esforzarse, cuya plenitud no se ha alcanzado todavía (Q 13,28-29; 16,16).
El evangelio de Marcos, que es el más antiguo, recoge también dichos tradicionales de Jesús en torno al reinado de Dios: más parábolas acerca de su crecimiento (la parábola del sembrador y la de la simiente que crece por sí sola), la predicción de su plenitud cercana (Mc 9,1; 14,25) y el obstáculo que suponen las riquezas para entrar en él (Mc 10,23-25).
Vemos, pues, que la venida y realidad del reinado de Dios es un tema muy frecuente en la predicación de Jesús y que aparece relacionado con los aspectos más importantes de su actividad – curaciones, exorcismos, comensalidad abierta. El evangelista Marcos lo señala como el centro y la causa de la actividad pública de Jesús: “Después de que Juan fuera arrestado, marchó Jesús a Galilea proclamando la buena noticia de Dios. Decía: El plazo se ha cumplido. El reinado de Dios está llegando. Convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1,14-15). Si tenemos en cuenta que el núcleo de la predicación cristiana primitiva no fue ya el reinado de Dios sino la resurrección de Jesús, deberemos reconocer en este texto de Marcos un testimonio fiel de lo que todos los primeros seguidores de Jesús sabían acerca del contenido original de su mensaje.
6.2. Escatología, Apocalipsis y reinado de Dios
Como hemos visto en el apartado precedente, los testimonios evangélicos más antiguos sobre el reinado de Dios parecen referirse a una transformación de la realidad humana (personal, social y política) que empieza a actualizarse en el presente del ministerio de Jesús y que se espera llegue a su plenitud en un futuro cercano. Hay, sin embargo, otros dichos que se refieren a un juicio divino también próximo, a la vida eterna o al propio Jesús viniendo como juez glorioso para salvar a sus seguidores. Finalmente, la mayor parte de los testimonios que tenemos acerca de la fe de las primeras comunidades cristianas (las cartas de Pablo y el libro de los Hechos de los Apóstoles) no centran ya su esperanza en la pronta venida del reinado de Dios sino en el poder salvador de Jesús resucitado y en la resurrección para la vida eterna.
Antes de intentar interpretar este conjunto confuso de datos, necesitamos situar el mensaje de Jesús y la fe de la iglesia primitiva en el contexto de las expresiones y esperanzas religiosas del pueblo judío en el siglo I de nuestra era. Jesús y sus discípulos eran judíos y, por tanto, es lógico pensar que entenderían los acontecimientos y formularían sus ideas en el marco conceptual del Judaísmo.
En muchos momentos a lo largo de la historia de Israel habían surgido profetas que anunciaban una intervención extraordinaria de Dios. En época pre-exílica, esta intervención solía situarse en un futuro próximo, en algunos casos inmediato, y consistía casi siempre en un castigo terrible – guerras, hambres, terremotos etc – motivado por el comportamiento injusto e idolátrico del pueblo. Sin embargo, este anuncio se entendía siempre como una amenaza que podía desaparecer si el pueblo se convertía. Dios nunca comprometía su libertad absoluta para perdonar.
Desde la experiencia de la cautividad en Babilonia y durante todo el tiempo que duró el sometimiento del pueblo judío a los distintos imperios extranjeros, se fue afianzando una perspectiva distinta en la profecía, según la cual, la intervención extraordinaria de Dios en la historia estaría ahora dirigida a castigar o destruir las naciones que oprimían a Israel. Tras dicha intervención, el pueblo de Dios recuperaría su independencia política y se gobernaría por siempre según la justicia divina. El sentimiento mayoritario en esta época parece haber sido que el pueblo judío no vivía según la voluntad de Dios porque las naciones que lo tenían sometido y los dirigentes judíos que colaboraban con ellas lo impedían. La imagen de Dios-rey tiene en este contexto histórico un significado político claro; se refiere a un estado judío teocrático en el que Dios reinará, bien a través de un cuerpo de sacerdotes y/o intérpretes de la Ley, bien por medio de una figura regia, a la que con mucha frecuencia se le da el título de Mesías.
En relación con estas expectativas se recrea y actualiza también la imagen del juicio divino a las naciones, según la cual Dios pedirá cuentas a todos los pueblos extranjeros por el trato que han dado a Israel, y juzgará al propio Israel a causa de su infidelidad. Lo novedoso es la tendencia creciente a concebir estos juicios de forma individual y no colectiva o nacional. La predicación de Juan Bautista, el maestro de Jesús, parece inscribirse en esta tendencia profética.
Ahora bien, a medida que la liberación parecía más difícil, y a medida que judíos y gentiles se diferenciaban menos entre sí por lo que se refiere a su implicación en el mal sufrido por el pueblo, la intervención divina esperada se imaginaba en términos cada vez más radicales, extraordinarios y definitivos. La idea de que la próxima intervención de Dios será la última, de que el tiempo para la conversión se acaba, es lo que caracteriza esta corriente de pensamiento que los estudiosos denominan “escatológica” (“esjatón” significa “fin” en griego). La llegada del reinado de Dios anunciada y actualizada por Jesús fue concebida por él mismo y por todos sus seguidores como una intervención definitiva y radical de Dios en la historia. En este sentido es correcto decir que Jesús fue un profeta escatológico y que el reinado de Dios es una realidad escatológica.
El pensamiento escatológico judío no es una doctrina monolítica, sino que, por el contrario, presenta diversos desarrollos. Las diferencias más decisivas por lo que a nuestro tema se refiere son las derivadas de incluir o no incluir el juicio y la resurrección entre los acontecimientos que describen la intervención última de Dios. Si hay juicio, por ser ahora final, estará en casi todos los casos precedido por una resurrección general de los muertos (o de los justos), ya que Dios no puede dejar de reivindicar a quienes sufrieron y murieron por mantenerse fieles a Él. Pero, si hay resurrección colectiva, ésta suele entenderse como el inicio de una nueva forma de vida en un ámbito de existencia distinto al del mundo presente o en un universo recreado por Dios. Cuando se afirman todos estos elementos y se acentúa mucho la diferencia entre la existencia humana presente y la vida resucitada futura, entre este mundo y el venidero, podemos decir que estamos muy cerca o, incluso, ante un caso genuino de pensamiento apocalíptico.
El pensamiento apocalíptico suele florecer en grupos humanos minoritarios que experimentan una fuerte crisis interna debido a la marginación o persecución a la que les somete el resto de la sociedad. Para ellos, el final anunciado como amenaza por las profecías escatológicas se convierte en la única esperanza de salvación. Por eso tienden a convertir la dualidad escatológica entre el presente y el futuro en una oposición de carácter ontológico y moral. Todo lo que existe en este mundo y en este tiempo es malo, insustancial, falso, perecedero; todo lo que llegará a ser cuando este mundo se acabe será bueno, puro, verdadero y eterno. La espera impaciente porque llegue el fin se traduce en un interés extraordinario por distinguir y contar las etapas del proceso que conduce a él, por animarse unos a otros con la certeza de que ya están viviendo los últimos momentos y que los sufrimientos presentes, como los dolores del parto, conducirán rápidamente a una dicha eterna.
En el Nuevo Testamente encontramos ejemplos claros de pensamiento Apocalíptico en la llamada Apocalipsis de Juan y en las castas de Pablo (1Cor 15, 12-28). Respecto a los evangelios sigue discutiéndose si el discurso puesto en boca de Jesús en el capítulo 13 de Marcos y sus paralelos en Mateo y Lucas deben ser considerados apocalípticos o no.
Si asumimos que tanto Jesús como sus discípulos compartían alguna forma de esperanza escatológica o apocalíptica, los datos con los que iniciábamos este apartado podrían ordenarse de la siguiente manera:
Jesús murió sin que el reinado de Dios alcanzara su plenitud, pero las experiencias que tuvieron los discípulos de su resurrección les confirmaban que Dios lo había reivindicado, que de alguna forma su compromiso con el anuncio y la implantación del Reino no había sido un error o un fracaso.
Teniendo en cuenta los enfrentamientos de Jesús con los jefes judíos de Jerusalén, no es improbable que él mismo hubiera anticipado su final y hubiera expresado su esperanza en ser reivindicado por Dios en la resurrección - pues es precisamente en su relación con el martirios donde la fe judía en la resurrección se ha manifestado siempre con mayor claridad.
Tras la muerte de Jesús, algunos grupos de discípulos parecen haber continuado la labor de extender el reinado de Dios por Galilea con los mismos métodos que habían aprendido de su maestro y guía. Numerosos investigadores creen que estos grupos son los responsables de la composición y transmisión del documento Q.
Otros discípulos, sin embargo, vieron en los acontecimientos pascuales la señal de una ruptura mucho más grande con lo anterior y el comienzo de una etapa distinta en el proyecto divino de salvación. En esta nueva etapa, Jesús resucitado asumía un nuevo papel cuya importancia le colocaba en el centro de las esperanzas de sus seguidores, desplazando a un segundo lugar el interés por el Reino.
La resurrección de Jesús parece haber reactivado en estos discípulos la expectación ante una próxima resurrección general, que a su vez presagiaba el juicio final y una nueva creación. Desde esta perspectiva, la idea de una nueva creación absorbía y desbordaba la plenitud esperada del reinado de Dios, y la prueba del juicio aparecía como el único momento difícil y decisivo en el camino.
En este contexto se reafirma la esperanza de que Jesús Resucitado estará presente en ese juicio actuando como intermediario escatológico entre Dios y los hombres, y que de acuerdo con su forma de actuar cuando estaba todavía vivo entre la gente, se apiadará y salvará a todos los que creen en él (Rom 8,33-34; Mc 13, 26-27; Hch 10, 42-43 13, 38-39; 17, 30-31).
7. La llegada del reinado de Dios. Significados y connotaciones
El reinado de Dios no es lo mismo que la vida eterna
En la Palestina del tiempo de Jesús, el anuncio de la llegada del reinado de Dios tenía un sentido eminentemente político
La implantación no violenta del reinado de Dios no contradice su carácter político
Según la predicación de Jesús, el reinado de Dios ha empezado a hacerse presente y eficaz; su plenitud se espera para un futuro cercano, incluso, inminente
No hay unanimidad entre los estudiosos acerca de si Jesús imaginó también una dimensión trascendental o apocalíptica del reinado de Dios
7.1. Carácter político del anuncio de Jesús
La expresión “reino de Dios” o “reinado de Dios” resume el contenido central de la predicación de Jesús. En un estudio reciente B. J. Malina ha propuesto ambientar el anuncio de la llegada del reinado de Dios en el marco de la cultura mediterránea del siglo primero para comprender mejor las connotaciones que dicho anuncio tuvo para el mismo Jesús y para sus contemporáneos . Según él, este anuncio, lo mismo que la actuación de Jesús, deben ambientarse en el marco de la religión política de Israel, y son una respuesta a la situación social generada por la actuación de la aristocracia local de Palestina. En el mundo antiguo la religión no formaba un sistema independiente, sino que estaba vinculada al ámbito doméstico o al político, de modo que existía una religión doméstica y una religión política. La terminología que Jesús utiliza para hablar del reinado de Dios sitúa su anuncio en el ámbito de la religión política de Israel, y por tanto hace referencia a la situación social de Palestina en aquella época.
Malina observa que, a diferencia de lo que ocurrió en otros lugares del Imperio, la aristocracia local desatendió la obligación de proporcionar su patronazgo a sus clientes y se dedicó a acumular tierras y posesiones. El patronazgo era una institución social muy importante en la cultura mediterránea. Regulaba las relaciones entre un patrón y sus clientes, que consistía en un intercambio desigual entre miembros de distinto nivel social, y se basaba en la mutua fidelidad. Con este tipo de relaciones las sociedades agrarias tratan de equilibrar las tremendas desigualdades que se dan ellas. En la Palestina del tiempo de Jesús este equilibrio se había roto debido a la política de los herodianos, que promovió una mercantilización de la economía, y trajo consigo una importante desintegración de la familia tradicional, que contribuyó a que aumentara la masa de empobrecidos y marginados.
Estas masas son las que conmovían el corazón de Jesús, y a las que dirigió su mensaje sobre el reinado de Dios. Su anuncio, que presenta a Dios como Padre-patrón de su pueblo, es la respuesta a esta situación concreta y trata de suscitar en el pueblo la esperanza ante su inminente intervención.
Jesús anunció la inminente llegada del reinado de Dios en esta situación concreta. La implantación de la soberanía de Dios es la respuesta a la situación que vivían los pobres, y por eso ellos fueron sus primeros destinatarios.
7.2. Carácter social y dimensión religiosa del anuncio de Jesús
La llegada de la soberanía de Dios no es sólo una solución puntual a una situación política coyuntural, sino que afecta a sus causas profundas. Por eso, el anuncio de la llegada del reinado de Dios contiene la propuesta de unos valores alternativos.
Con su predicación sobre el reinado de Dios y con su actuación Jesús cuestionó los valores vigentes en aquella sociedad. En un trabajo titulado “El Dios de Jesús y la realidad social de su pueblo” Rafael Aguirre ha identificado certeramente algunos de estos valores centrales que fueron fuertemente cuestionados por Jesús. Más arriba nos hemos referido ya a dos de ellos, Dios y la familia, y hemos hecho notar que la imagen paterna de Dios que Jesús predica y vive no es la de los sabios y entendidos, sino el Dios de la gente sencilla, que acoge a todos sin distinción; Dios es como un padre terreno, pero lo que le distingue no es el ejercicio de la autoridad patriarcal, sino el perdón y la misericordia. En una sociedad teocrática como la de entonces la imagen de Dios servía para legitimar un tipo concreto de sociedad, y Jesús, al presentar esta nueva imagen de Dios, está poniendo las bases de una nueva sociedad basada en unos valores diferentes.
Esto es precisamente lo que advertimos en los textos que cuestionan el honor, que era el valor central de aquella cultura, y las riquezas y el poder, que solían estar asociadas a él. El honor puede definirse como el reconocimiento público de la valía reivindicada por un individuo o un grupo. La constante preocupación por el honor hace que los individuos se perciban a sí mismos a través de los ojos de los demás y que la opinión de los demás y la fama sean cuestiones muy importantes. Las riquezas y el poder eran algunos de los elementos vinculados al honor de una persona, pues éste se exhibía a través de la ostentación de las riquezas y el ejercicio del poder.
La llegada de la soberanía de Dios cuestiona el honor y establece otras bases para regular la relación entre las personas. Por eso Jesús critica a los que se pasean por las plazas para ser saludados con reverencia, o buscan los primeros puestos en los banquetes (Mc 12,38-39; Lc 14,7-24).
También se relaciona con publicanos, prostitutas y pecadores, que eran gente sin honor (Mc 2,15-17; Lc 15,1-2). En consonancia con esta actitud, sus críticas contra la riqueza y el poder son muy severas. La riqueza es el principal obstáculo para entrar en el reinado de Dios (Mc 10,23), y por eso es necesario elegir entre ella y Dios (Q 16,13). El poder, por su parte, es un instrumento de dominio que anula a las personas, y sus discípulos deben renunciar a ejercerlo (Mc 10,42-45). En lugar del honor Jesús propone, como valor central, la persona, pero no en lo que vale delante de los hombres, sino en lo que vale delante de Dios; en lugar de las riquezas propone la solidaridad; y en lugar del dominio propone el servicio.
El anuncio del reinado de Dios conlleva, por tanto, la propuesta de una alternativa social. Sin embargo, este no es todavía su nivel más profundo. Detrás de esta situación social hay una realidad que el hombre no controla. Su raíz más profunda no son las estructuras sociales y los valores dominantes, sino la acción de Satanás. Este es un aspecto que a nosotros nos resulta extraño, pero que está muy presente en las tradiciones más antiguas sobre Jesús . Los exorcismos y las polémicas que suscitaron dan testimonio de la importancia de esta actividad, que Jesús relaciona con la llegada de la soberanía de Dios. Esta soberanía sustituirá a la soberanía de Satanás, después de haberlo vencido. Jesús utiliza aquí un esquema apocalíptico pero, a diferencia de la apocalíptica tradicional, no sitúa el comienzo de la soberanía de Dios en un mundo nuevo que vendrá cuando éste desaparezca, sino en este mundo. La buena noticia es que Dios ha comenzado a implantar ya su soberanía en este mundo, y el signo de que esto es así es su victoria contra Satanás.
La llegada del reinado de Dios es, por tanto, una respuesta a la situación que vivió Jesús a tres niveles. En primer lugar responde a una situación coyuntural de desamparo de los pobres, debido a la actitud de los gobernantes y terratenientes de Galilea. En segundo lugar responde a una realidad estructural, basada en unos valores culturales, que Jesús critica abiertamente. Y en tercer lugar responde al hecho radical del dominio de Satanás, que es suplantado por la soberanía de Dios. Esta triple respuesta del reinado de Dios anunciado y vivido por Jesús explica que su mensaje siga siendo significativo en otras situaciones históricas y en otros contextos culturales.
8. La ética de Jesús y la Ley
El estilo de vida propuesto por Jesús parte de la ética del Judaísmo contemporáneo, en la que subraya o radicaliza algunos aspectos y relativiza otros
Jesús relativiza o elimina los preceptos de la Ley que se refieren al culto y a la pureza
Radicaliza los preceptos que se refieren al deber para con el prójimo, la reconciliación, el perdón y la misericordia
8.1. Jesús y las normas rituales
Como cualquier religión mínimamente institucionalizada, el Judaísmo del tiempo de Jesús tenía su sistema de ritos que especificaba las formas en las que la comunidad israelita se relacionaba de forma colectiva y unitaria con Dios. Las normas rituales, que en un sentido primarios se refieren directamente a la práctica del culto, suelen desarrollarse en un conjunto más amplio de regulaciones por medio de las cuales se pretende preparar a las personas para su participación correcta en dicho culto. Las exigencias de esta preparación pueden extenderse de forma casi indefinida y llegar a abarcar todos los aspectos de la vida. Esto es lo que suele ocurrir en casi todas aquellas religiones que han asumido la función social de distinguir a un cierto grupo humano, el de sus fieles, del resto de la población. En todos estos casos, las normas que los fieles deben guardar con el fin de poder dar culto a Dios dificultan las relaciones sociales e interpersonales con personas externas al grupo. Típicamente suelen afectar a la relación de comensalidad y a las posibilidades de contraer matrimonio, los dos ámbitos de relación humana en los que más directamente se compromete la vida (alimentarse y reproducirse). Pero también imponen ciertas pautas regulares de comportamiento que sirven para inculcar y reafirmar en los individuos su identidad religiosa y marcar su diferencia frente a quienes no la comparten.
En el Judaísmo del tiempo de Jesús este tipo de prácticas conectadas con el culto y la identidad nacional son: la circuncisión, por la que se marca a todos los niños varones a los ocho días de su nacimiento, el descanso sabático y un amplio grupo de normas conocidas con el nombre de normas de pureza, porque prohiben el acceso al culto de las personas afectadas por los distintos tipos de impureza (ver Tema 2, 8.2) y prescriben los procesos de purificación adecuados para eliminarla.
La circuncisión, el precepto sabático y la normativa alimentaria eran prácticas que tenían un efecto segregador muy importante en aquellos lugares donde los judíos no constituían la mayoría de la población; por ejemplo, las grandes ciudades helenísticas del Imperio. En estos contextos servían para marcar y distinguir a los judíos de los demás, por lo que renunciar a practicarlas equivalía a despreciar o avergonzarse de los propios orígenes y rechazar la propia religión.
En el interior de Palestina, donde la mayoría de los habitantes eran judíos, las normas de pureza más relevantes eran las que servían para señalar las distintas categorías sociales y para discriminar a ciertos sectores de la población. Puesto que la mayoría de las impurezas se transmitían por contacto, quienes quisieran mantenerse puros debían evitar el trato con aquellas personas que por sus características, estado de salud o modo de vida eran identificables como impuras o como susceptibles de contraer impurezas.
Evidentemente, los más interesados en mantenerse puros eran los sacerdotes de Jerusalén, especialmente, las familias de los sumos sacerdotes, que como ya sabemos constituían, también, la clase gobernante local. En un segundo lugar estarían todos aquellos israelitas piadosos que vivían en el entorno de la ciudad santa y valoraban mucho poder asistir con frecuencia al culto en el Templo. La jerarquía religiosa y la masa de gente piadosa eran, por tanto, las que más evitaban los contactos con los sectores discriminados por su impureza. Estos sectores estaban formados, sobre todo, por enfermos, minusválidos, leprosos, endemoniados... así como por personas que se relacionaban frecuentemente con extranjeros, que habían asimilado costumbres paganas o que, simplemente, no se preocupaban de practicar las normas de pureza judías.
Aunque, en principio, la impureza no equivale al pecado, el rechazo de estos sectores marginados por parte del resto de la sociedad iba normalmente aparejado a una condena moral. Las razones de la condena eran varias. Por una parte, estaba bastante extendida la creencia de que ciertas enfermedades y minusvalías eran castigos divinos motivados por los pecados pasados de quienes las padecían. Por otra, a pesar de que la impureza no era, ella misma, un pecado, sí lo era participar en el culto sin haberse purificado; y, más todavía, no preocuparse del propio estado de impureza por haber ya renunciado a participar en el culto. Esto último equivalía a situarse fuera de la comunidad religiosa de Israel, es decir, a rechazar la propia identidad judía.
Uno de los rasgos más característicos de la conducta y la enseñanza ética de Jesús es su negativa a practicar cualquier norma de pureza que tenga como efecto discriminar o rechazar a determinadas personas. En todos estos casos, Jesús viola abiertamente las prohibiciones, asume con tranquilidad las impurezas que supuestamente habría contraído a causa de los contacto y no se preocupa en absoluto por purificarse. Así, vemos que come con gente impura y pecadora (Mc 2, 15-17), expulsa demonios (Mc 1, 21-28; 5, 1-20), cura enfermos cuya enfermedad se atribuye al pecado (Mc 2, 1-12), toca a un leproso (Mc 1, 40-45), se aloja en casa de otro (Mc 14, 3), acepta el contacto con una pecadora (Lc 7, 35-50) y aprueba que una mujer impura se acerque intencionadamente a él para tocarle (Mc 5, 25-34).
Respecto a la práctica del descanso sabático no se puede afirmar que Jesús la rechazara o la despreciara abiertamente; pero sí parece que la subordinó siempre a cualquier tipo de acción en favor de una persona necesitada.
Como conclusión se puede decir que la ética de Jesús rechaza la posibilidad de que un deber cultual hacia Dios pueda exigir o tener como consecuencia la marginación de determinados tipos de personas. Es más, la ayuda, urgente o no, al necesitado tiene prioridad sobre los deberes rituales.

8.2. El mandamiento del amor
La ética de Jesús se basa fundamentalmente en la ética de la tradición religiosa judía. La originalidad de Jesús estriba en que ha subrayado y radicalizado unos pocos valores, y ha relativizado o excluido todas aquellas normas que podían interferir con ellos.
El valor más subrayado y enfatizado en la ética de Jesús es el amor al prójimo. Siguiendo una tendencia del Judaísmo de su época, Jesús pone el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo al lado del de amar a Dios (Mc 12, 28-34 y par.) y afirma que en ellos está contenida toda la Ley y los profetas (Mt 7,12; 22,37-40). Insiste, sobre todo, en el amor integrador hacia los excluidos y marginados de Israel, en la solidaridad con el extranjero (Lc 10, 29-36) y en la actitud pacífica y bienintencionada hacia los enemigos (Mt 5,44ss // Lc 6,27ss).
Es importante señalar que las palabras de Jesús relativas al amor a los enemigos no prescriben sólo una reconciliación interpersonal, sino que se refieren sobre todo a una actitud intergrupal: la que debe tener el grupo de seguidores de Jesús con aquellos otros grupos que les acosan y les persiguen. Esta forma de radicalizar el mandamiento del amor extendiéndolo a los enemigos está, por tanto, en íntima conexión con una opción política por la paz. Dicha opción no tenía en tiempos de Jesús un carácter puramente espiritual o teórico, sino que, por el contrario, era objeto de constantes debates, ya que todos los grupos y corrientes religiosas debían definirse en relación con la actitud que consideraban adecuado tomar frente al dominio de Roma.
El amor al prójimo y al enemigo no son propuestas éticas inventadas por Jesús. La regla de oro, formulada positiva o negativamente, es conocida en un gran número de culturas antigua y la encontramos, concretamente, en el Levítico (Lev 19, 19) y en boca de un famoso maestro judío contemporáneo de Jesús – Shamai: Lo que no quieras para ti no se lo hagas a tu prójimo. En el entorno de los rabinos se reflexionaba y discutía precisamente, el alcance que se debía dar al término ‘prójimo’.
También el amor al enemigo era una virtud aconsejada por los sabios. Así, un proverbio chino dice: sed como el sándalo, que perfuma el hacha que lo corta. Y Epicteto, un filósofo estoico del tiempo de Jesús explica la forma de actuar del sabio cínico con estas palabras: Ha de dejarse llevar como un perro y, bajo los golpes, seguir amando al que lo maltrata, como un padre de todos, como un hermano. La misericordia con los enemigos vencidos y la generosidad con los humildes eran virtudes aconsejadas de muy antiguo a los poderosos, sobre todo en la tradición grecorromana.
Lo característico de Jesús en relación con el mandamiento del amor es que lo sitúa en el centro de su moral cotidiana, subordina a él todas las demás normas religiosas y morales, lo propone como norma de vida para gentes corrientes y sin poder, y ejemplifica su aplicación inmediata en su forma de actuar con el marginado, con el enemigo del grupo, con el extranjero que representa al poder invasor.
9. La ética del Reino
La clave de la ética de Jesús es la imitación de Dios: tratar a los demás como Dios nos trata a nosotros
El estilo de vida propuesto por Jesús implanta en la realidad presente los valores del reino de Dios
Los preceptos que presuponen una vida itinerante, sobre todo los referentes a la ruptura con la casa, están asociados a una forma particular de discipulado determinada por la urgencia de la misión.
La radicalidad inherente a la imitación de Dios se propone a todos
9.1. La imitación de Dios
La ética que enseña y practica Jesús se fundamenta en la experiencia de la paternidad de Dios, es decir, en la adopción de una perspectiva vital desde la cual se hace posible descubrir la solicitud y generosidad de un Dios-Padre en la realidad cotidiana de la creación.
Como ya vimos en 5.1, Jesús, al referir a Dios la imagen familiar del padre, innova en dos direcciones distintas: por una parte, subraya y recrea en la concepción judía de la divinidad aquellos rasgos que favorecen el desarrollo de una relación de cercanía y confianza entre Dios y la persona; por otra, modifica el ideal tradicional del padre, vigente en la cultura mediterránea, rechazando la forma de autoridad a la que estaba íntimamente asociado y que exigía del hijo ideal una sumisión casi servil a la voluntad de su progenitor.
A la imagen paternal de Dios propuesta por Jesús corresponde una imagen filial del ser humano en la que aparece como rasgo predominante una actitud que la moral tradicional también consideraba propia del hijo, a saber, la imitación de su padre. En las culturas tradicionales, la imitación directa es el método más extendido de aprendizaje. Las tareas agrícolas, las técnicas artesanales, los ritos religiosos, las pautas del trato social ... todas estas cosas las aprendía el niño y el joven mirando con atención lo que hacían sus mayores e intentando reproducir sus acciones y comportamientos. Puesto que el hijo estaba destinado a asumir el papel y las funciones de su padre en el ámbito de la vida doméstica, su disposición a imitarle en todo era una virtud filial clave para la continuidad familiar. Esta virtud, al contrario de la obediencia servil, favorecía una identificación personal profunda entre padre e hijo, una sintonía de deseos, formas de entender la realidad y sentimientos, que convierte en irrelevante el lenguaje de las órdenes, el deber y la obediencia.
Jesús, después de haber presentado a Dios como un padre solícito y generoso, que provee a todos indiscriminadamente de lo necesario para la vida, que está dispuesto siempre a perdonar las ofensas y no tiene dificultad para reconstruir las relaciones rotas o deterioradas por los hombres, invita a cuantos han experimentado esta forma de relación paternal con Dios a que asuman su papel de hijos e imiten el proceder de su Padre.
Jesús mismo imita y enseña a imitar a Dios. A través de sus curaciones y exorcismos, su amistad con los pecadores y su acogida a los marginados hace visible la forma de actuar de su Padre y muestra cómo es posible reproducirla.
Que la clave de la ética de Jesús esté en la imitación filial de Dios y no en un criterio normativo es, probablemente, la razón fundamental por la que nunca ha podido ser sistematizada. En cada época y en cada lugar los condicionamientos materiales y sociales que hacen sufrir a las personas son distintos; por tanto, también es distinta la forma en que las personas pueden reconocer e imitar la solicitud y generosidad de Dios. La clave de la ética de Jesús asume y estimula la sensibilidad y capacidad creativa del ser humano.
9.2. El sermón inaugural de Jesús según Q
El discurso inaugural del documento Q es un texto formado por dichos atribuidos a Jesús que, según la reconstrucción crítica de los estudiosos, habría servido de base a Mateo y a Lucas para las composiciones del sermón del monte y el sermón del llano que aparecen en cada uno de sus respectivos evangelios (Mt 5-7; Lc 6,20-49). Debido a que este texto pertenece a los estratos más antiguos de la tradición evangélica y recoge muchos de los temas centrales de la ética de Jesús, hemos creído conveniente examinarlo con un poco de detenimiento.
EL SERMÓN INAUGURAL DE JESÚS (Q 6,20-49)
[Según la reconstrucción de: J. M. Robinson et alii (eds.), El “Documento Q” en griego y en español con paralelos del evangelio de Marcos y del evangelio de Tomás (Salamanca: Sígueme 2002)]
Q 6,20-21
20 <…> Y [levan]tando sus [ojos hacia] sus discípulos dijo: Dichosos los pobres, porque [vuestro] es el reino de Dios.
21 Dichosos los que tenéis hambre porque [seréis] saciados. Dichosos los [que estáis afligidos], porque [seréis consolados].
Q 6,22-23
22 Dichosos vosotros cuando os insulten y os [persigan] y digan [contra] vosotros [toda clase de] maldades por causa del Hijo del Hombre.
23 Alegraos y [exultad], porque vuestra recompensa será grande en el cielo; pues así [persiguieron] a los profetas anteriores a vosotros.
Q 6,27-28. 35c-d
27 Amad a vuestros enemigos
28 [y] orad por los que os [persiguen],
35c-d así seréis hijos de vuestro padre, que hace salir su sol sobre malos y [buenos, y envía la lluvia sobre justos e injustos].
Q 6,29-30
29 [A quien te abofetee] en la mejilla, presénta[le] también la otra; y [al que quiera llevarte a juicio para quitarte] la túnica, [dale] también el manto.
29 [29↔30/ Mt 5,41] [Y si alguien te obliga a acompañarle una milla, ve con él dos]
30 Al que te pide, dale; y [a quien te pida prestado] no le reclames [lo tuyo].
Q 6,31
Tratad a los demás como queráis que ellos os traten a vosotros.
Q 6,32. 34
32 .. Si amáis a los que os aman, ¿que mérito tenéis? ¿Acaso no hacen lo mismo los publicanos?
34 Y si [prestáis a quienes esperáis que os devuelvan, ¿qué mérito tenéis?] ¿Acaso no hacen lo mismo [los gentiles]?
Q 6,36
Sed compasivos como... vuestro Padre es compasivo.
Q 6,37-38
37 No juzguéis “y" no seréis juzgados. [Pues seréis juzgados con el criterio con que juzguéis].
38 [Y] os medirán con la medida con que midáis.
Q 6,39
39 ¿Acaso puede un ciego mostrar el camino a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?
Q 6,40
Un discípulo no está por encima del maestro. [Le basta al discípulo llegar a ser] como su maestro.
Q 6,41-42
41 ¿Cómo es que ves la mota que hay en el ojo de tu hermano, y no te das cuenta de la rama que hay en tu propio ojo?
42 ¿Cómo “puedes decir” a tu hermano: deja que saque la mota [de] tu ojo, mientras tienes la rama en tu propio ojo? Hipócrita, saca primero la rama de tu ojo, y entonces podrás ver claramente para sacar la mota del ojo de tu hermano.
Q 6,43-45
43 .. No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni [tampoco] árbol malo que dé fruto bueno.
44 El árbol se conoce por el fruto. ¿Acaso se cosechan higos de los espinos, o uvas de los abrojo[s]?
45 El hombre bueno saca cosas buenas del tesoro bueno, y el [hombre] malo del mal tesoro saca cosas malas, pues de la abundancia del corazón habla [su] boca.
Q 6,46
46 ¿Por qué .. me llamáis: Señor, Señor; y no hacéis lo que digo?
Q 6,47-49
47 Todo aquel que escucha mis palabras y las pone en práctica
48 se parece a un hombre que edificó [su] casa sobre la roca; cayó la lluvia, vinieron las riadas, [soplaron los vientos] y se abatieron sobre aquella casa, pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre la roca.
49 Y [todo] el que escucha [mis palabras] y no [las] pone en práctica se parece a un hombre que edificó [su] casa sobre la arena; cayó la lluvia, vinieron las riadas, [soplaron los vientos] y sacudieron aquella casa, y enseguida se derrumbó, y fue muy grande su [ruina]. –
El Sermón Inaugural de Q comienza con cuatro bienaventuranzas dirigidas a los pobres, a los hambrientos, a los afligidos y a los que se ven acosados por causa del hijo del hombre (Q 6,20-23). Si la última tiene como destinatarios claros al grupo de seguidores de Jesús (los discípulos o los miembros de una comunidad postpascual primitiva), las tres primeras se refieren al colectivo social más amplio de los indigentes y los que se encuentran al borde de la indigencia. Se les llama dichosos porque ellos serán los más beneficiados por la llegada del reinado de Dios, porque este reinado pondrá fin a sus penas y a sus carencias.
La cuarta bienaventuranza introduce al círculo de personas que supuestamente se han comprometido ya o se quieren comprometer con el proyecto de Jesús y las enfrenta a la posibilidad de encontrar resistencia, oposición y rechazo violento. La esperanza, para ellos, no es el reinado de Dios sino una recompensa en el cielo.
El tema del mal y el sufrimiento causado por los enemigos sirve como enganche entre la última bienaventuranza y el siguiente grupo de dichos (Q 6,27-34), en el que se extiende el mandamiento del amor a los enemigos y se radicaliza sus exigencias en relación al prójimo. En dicho grupo podemos distinguir dos partes cada una de las cuales termina remitiendo al oyente a la clave de la ética de Jesús, es decir, a la imitación del Padre.
Los vv.27-28 exhortan a amar a los enemigos y a orar por los propios perseguidores. Aquí, como en la última bienaventuranza, el dicho va dirigido a los discípulos de Jesús que trabajan en el anuncio y la extensión de reinado de Dios. Puesto que estos discípulos son los que han dejado todo para seguir a Jesús, son especialmente sensibles a descubrir el cuidado solícito de Dios en los fenómenos de la creación, los cuales no por ser comunes dejan de constituir la base imprescindible de la vida: el sol que calienta e ilumina, la lluvia que llena los ríos y riega los campos. Por eso, Jesús les anima a imitar a Dios en su generosidad con los malos y los injustos.
El siguiente grupo de dichos (vv. 29-32.34.36) parecen ir dirigidos a un grupo más amplio de personas, gentes que no han dejado su casa, familia o trabajo para seguir físicamente a Jesús, pero que quieren vivir según la ética del reinado de Dios. Los destinatarios del primer dicho (v. 29a), en el que se contempla la posibilidad de recibir una bofetada en la cara, sólo pueden ser personas de estatus servil, trabajadores asalariados muy pobres, mujeres o muchachos. El segundo parece (v.29b) reflejar las circunstancias de muchos campesinos arruinados, a quienes sus acreedores intentan despojarles absolutamente de todo, hasta del manto. La persona obligada a caminar una milla (Mt 5,41) podría ser cualquier habitante del campo, a quienes las tropas del ejército invasor acostumbraban a secuestrar por un tiempo para que les sirvieran de guías en la zona. Finalmente, un individuo a quien otros piden prestado tiene que ser, necesariamente, un propietario, seguramente un campesino habitante de la aldea que está en mejor situación económica que la mayoría. A todos ellos Jesús les sugiere formas de comportamiento con las que se pretende implantar y extender el reinado de Dios.
Estas propuestas no deben entenderse como preceptos o normas, sino como acciones creativas destinadas a cambiar a las personas y a las situaciones. Los gestos de ofrecer la otra mejilla a un superior violento, de desnudarse ante un acreedor ávido o de prolongar voluntariamente una caminata junto a soldados prepotentes son formas de sorprender y desarmar ideológicamente a los agresores, invitándoles a la autocrítica. La invitación a prestar sin esperar nada a cambio intenta restablecer desde bases no egoístas la solidaridad tradicional de las aldeas, la cual sufría un gran deterioro debido a la urbanización y a la mercantilización de la economía.
Después de la formulación de la regla de oro (v.31), los últimos dichos del bloque (v.32,34,36) vuelven a ser una exhortación a la imitación de Dios-Padre.
A continuación encontramos una sección bastante larga dirigida a todas aquellas personas que se consideran moralmente superiores y con derecho a juzgar a los demás (Q 6,37-42). Si los dichos que la componen fueran originales podrían referirse a los individuos religiosos que se escandalizaban de la amistad de Jesús con los pecadores. Es significativo que en esta sección no se apele al ejemplo de Dios, sino que, por el contrario, se ponga sobre aviso a los destinatarios de que, en su caso, será Dios quien les imite a ellos (Q 6, 37-38).
El discurso finaliza con una serie de imágenes y parábolas en las que se afirma la inutilidad de un saber ético que no se lleva a la práctica (Q 6,43-49).
10. La acogida a los marginados sociales
La ética de Jesús es accesible a los marginados sociales y a los excluidos de la comunidad religiosa de Israel
Su praxis procura y facilita la integración de estas personas en la sociedad renovada que se va creando en torno al movimiento de Jesús
La respuesta de los marginados al mensaje de Jesús fue generalmente mucho más positiva que la de los sectores religiosos y acomodados de la sociedad judía
A los excluidos de la comunidad de Israel a causa de su pecado o su impureza Jesús no les exigió ningún tipo de expiación o purificación
10.1. ¿Quiénes eran los marginados en la sociedad judía del tiempo de Jesús?
En la Palestina del tiempo de Jesús, al igual que en casi todas las sociedades actuales conocidas, existía una marginalidad estructural, es decir, un colectivo de personas a las que los propios mecanismos de la institucionalización social vigente excluían de la vida comunitaria. Estos mecanismos eran fundamentalmente de dos tipos distintos, aunque en muchos casos aparezcan ambos profundamente interconectados. El primero era económico, el segundo religioso.
La urbanización de la región iniciada por Herodes el Grande, la sustitución de formas tradicionales de intercambio por transacciones mercantiles, el uso de la moneda y la nueva ideología económica de las clases dirigentes produjeron un deterioro creciente en las condiciones de vida del pequeño campesino independiente. Estas condiciones conducían a un número cada vez mayor de familias al endeudamiento y a la venta de sus propiedades. Los campesinos sin tierra solían sobrevivir un periodo corto de tiempo como obreros no especializados o jornaleros del campo para terminar, casi siempre, cayendo en la indigencia. De ahí pasaban a engrosar el número de mendigos, prostitutas, salteadores y guerrilleros.
El control político que directa o indirectamente ejercían los romanos sobre la región favoreció otra forma de marginalidad mediatizada, en este caso, por un mecanismo religioso de exclusión. Todas aquellas personas que por trabajar al servicio de las instituciones romanas o tratar frecuentemente con extranjeros habían asimilado costumbres paganas, eran considerados pecadores, impuros o israelitas renegados. Como tales, se les consideraba excluidos de la comunidad religiosa de Israel y del culto en el Templo. Evidentemente, cuanto mayor era el rechazo moral que experimentaban por parte de sus correligionarios, más fuerte era su tendencia a buscar apoyos y amistades entre los extranjeros, lo cual reforzaba a su vez los motivos del rechazo.
Entre este tipo de marginados se encontraban algunas clases de recaudadores de impuestos, especialmente aquellos que operaban en las fronteras, ya que trataban casi a diario con comerciantes y soldados no judíos. Como veremos en el próximo tema, Jesús buscó entre ellos amigos con quienes compartir mesa y colaboradores cercanos, lo cual le valió en más de una ocasión el reproche de los judíos piadosos.
Agradecemos al autor - Copyrigth 2002-2003 Universidad Pontificia de Salamanca
http://www.jesus.teologia.upsa.es/secciones.asp?codseccion=22
2006-05-18
+++
Giordano Bruno (1548-1600) no sólo fue condenado por la Iglesia católica, sino también por la luterana y la protestante.
Con dureza fue excomulgado por el Concilio Calvinista protestante debido a su actitud irrespetuosa hacia los líderes de esa nueva iglesia, y fue obligado a abandonar la ciudad. De ahí fue a Toulouse, Lyon y -en 1581- a París.
+++
El gran Montalembert escribía: «Para juzgar el pasado deberíamos haberlo vivido; para condenarlo no deberíamos deberle nada». Todos, creyentes o no, católicos o laicos, nos guste o no, tenemos una deuda con el pasado y todos, en lo bueno y en lo malo, estamos comprometidos con él.
+++

No era la primera vez que Pedro veía otorgársele la primacía entre los Apóstoles. En más de una ocasión había sido nombrado antes que los demás, y distinguido de los demás. El hecho es demasiado conocido para que haya lugar a insistir. Pero es esta la primera vez que Pedro es designado de forma decisiva como jefe de todos y como garante de la obra entera. En este texto, sólo Pedro recibe la carga de ser fundamento. A él el primero es confiada la autoridad doctrinal y disciplinaria en la fórmula «atar-desatar». Los demás Apóstoles no la recibirán sino después de él, solidariamente unos y otros con Pedro (Mateo, 18, 18).
En fin, después de la Resurrección, cuando el Señor repite las funciones de sus Apóstoles, Pedro es nuevamente encargado él sólo de «apacentar los corderos y las ovejas» de Jesucristo (Juan, 21, 15-18). Pero es, pues, provisto definitivamente de la autoridad suprema en la Iglesia. Al mismo tiempo y con las mismas palabras es provisto de la misión del magisterio (comp. con Juan, 10, 3; 15-16).
Pedro es, pues, el primero en la Iglesia, es más jefe que los demás. A él por consiguiente corresponde con pleno derecho el deber de expresar la infalibilidad de la fe de la Iglesia universal. Se concibe entonces que la fe de Pedro sea decisiva para la vida de la Iglesia. Cristo señaló expresamente la importancia que a ello concedía. Rogó, pues, a fin de que fuera preservada la fe del Apóstol y da a éste la misión de ser el punto de apoyo para todos: «Simón, Simón -le dice poco antes de la prisión-, mira que Satanás va tras de vosotros para zarandearos como el trigo cuando se criba; mas yo he rogado por ti a fin de que tu fe no desfallezca; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos» (Lucas, 22, 31- 32). Si el Señor ha rogado por la fe de Pedro, su ruego no puede dejar de ser escuchado y atendido en favor de Pedro y de quienquiera que suceda a Pedro.
Así, al declarar el Concilio del Vaticano que el Sumo Pontífice es infalible, cuando se expresa, «en razón de su autoridad apostólica soberana», como doctor y pastor de la Iglesia universal, y define la doctrina que debe ser sostenida en materia de fe y de costumbres, no apartaba las palabras del Señor de su sentido original. Cuando el mismo Concilio declara que el cuerpo de los obispos sucesores de los Apóstoles, unidos al Sumo Pontífice, enseña infaliblemente, no tergiversa tampoco el sentido auténtico de las palabras de Jesús. La palabra de Pedro es el signo por el cual se reconoce la fe de la Iglesia, porque Pedro es el jefe de la Iglesia. La doctrina de
Pedro es el criterio en materia de fe, porque en su palabra resuena la voz de todos los Apóstoles y porque, en la palabra de Pedro y de los Apóstoles, resuena la voz de Cristo. No hay, pues, más infalibilidad en la palabra de Pedro o del Papa que en la voz del cuerpo episcopal en comunión con el Papa. Inversamente, el cuerpo de los obispos unidos al papa no es más infalible que la voz del papa solo. En cuanto a la infalibilidad del Papa y de los obispos, no es una infalibilidad distinta de la de la
Iglesia universal, tomada en su totalidad. Pero la infalibilidad propia del Cuerpo de Cristo no obtiene su expresión oficial más que en la voz de sus jefes y porque es la voz de los jefes. Esto señala por otro lado el Concilio del Vaticano, cuando define la infalibilidad del Sumo Pontífice. Recalca por una parte que el Papa ejerce la
infalibilidad de que Cristo quiso proveer a su Iglesia entera, y por otra parte advierte que el derecho de dar una voz a la Iglesia infalible corresponde al Papa en razón de su autoridad apostólica soberana.
Tal es la Iglesia. Tal es el lugar de la autoridad en el Cuerpo de Cristo. La autoridad en la Iglesia, signo de Jesucristo.- Extraña sin duda que Cristo tuviera que confiar a conductores de hombres las funciones de enseñanza. ¿No pudo recurrir a profesionales para exponer la doctrina? Gobernar y enseñar son funciones que no tienen gran cosa de común entre sí, y no se conocen muchos jefes de Estado que fueran pensadores, como Marco Aurelio. A quien se extrañe habrá que responder útilmente que Jesucristo no vino a fundar una escuela y a distribuir una ciencia teórica, que Cristo no era un profesor y que los Apóstoles no eran estudiantes, sino que es el fundador de un pueblo, que su fin es arrastrar a la humanidad entera hacia su destino sobrenatural. Así, pues, el conocimiento que reclama Cristo no es un saber nocional y teórico, sino un movimiento espiritual, conocer, amar, obrar, todo a un tiempo.
La respuesta así dada es exacta. Pero es aproximativa, ya que no expresa de manera positiva el sentido de la autoridad en la Iglesia. Tratemos, pues, de explicar su alcance y su significado volviendo al principio, es decir a la intención de Jesucristo. El pueblo que el Hijo de Dios instaura no se parece a una sociedad religiosa cualquiera, y la empresa de Cristo no tiene nada común con la de Buda o de Mahoma. Lo que el Mesías edifica es el pueblo del Reino de Dios, humanidad verdadera, de la cual él queda como único Jefe. Mejor aún, lo que construye es su Iglesia, que es suya con una intensidad absoluta, porque es su Cuerpo.
Cristo es, pues, el único Jefe, porque es el único que es Cabeza. Y lo será hasta el fin de los tiempos, porque será siempre la llave de bóveda del edificio (1 Corintios, 3, 11; Efesios, 2, 20; Hechos, 4, 11). En Cristo se concentran todos los poderes como en su principio y no los enajena jamás, porque él es la Cabeza. Él es, pues, a la vez el Jefe que manda, el Doctor que enseña, y el Salvador que santifica. Es todo esto y solamente Él lo es, Pero ahora, la Cabeza de la Iglesia está oculta en Dios y es invisible a nuestros ojos, y el orden instituido por Cristo es un orden sacramental, un orden en que el poder divino no está presente y activo sino en cuanto es visiblemente significado a los hombres. Es preciso, pues, que el Dominio de la Cabeza sobre el Cuerpo sea representado y mostrado, a fin de que el Dominio de la Cabeza se ejerza realmente sobre la Iglesia entera. Con esta condición los miembros del Cuerpo recibirán la animación de la Cabeza. Éste es, precisamente, el papel de la autoridad en la Iglesia. Es significar, a fin de actualizarla, la soberanía de Cristo, Jefe, Doctor, Santificador. Entonces Cristo, porque es significado, está presente en su Iglesia, la gobierna, la enseña, la salva.
Así, pues, en el Cuerpo-Iglesia, ningún ministerio puede tener otro sentido que representar y presentar la única Regencia de Jesucristo. Los cargos de Iglesia y la jerarquía de Iglesia son funciones signo de Cristo, Cabeza de la Iglesia. Por ello los grados esenciales de la jerarquía implican necesariamente los tres poderes: orden, docencia, jurisdicción -de derecho por lo menos- a fin de significar a Cristo. Éste es el caso en el cuerpo episcopal. Es imagen de Jesús Cabeza, que es la Imagen de Dios. La sabía Pablo, sin duda alguna, él que dejaba escapar de su pluma esas pocas palabras, demasiado evidentes a sus ojos para ser justificadas o explicadas: «Cristo habla en mí» (II Corintios, 13, 3). A sus ojos, los doctores y los jefes de la Iglesia forman continuidad con Cristo, significan la Cabeza, y median en su acción.
San Agustín, a su vez, expresará el sentido profundo de la función pastoral, la razón de su existencia y de su autoridad, declarando que los pastores de la Iglesia lo son en el único Pastor. Así, pues, no hay sino un solo jefe en la Iglesia, que es Cristo, y hay hombres encargados de representarlo, a fin de que Cristo sea en estos hombres el único Jefe, presente y activo en todas las partes del mundo.
+++
Citar continuamente la Biblia, allí es donde está el triunfo de la fe en Jesucristo, enseñada por su ‘única y católica Iglesia’ hace dos mil años ininterrumpidos.
+++
“El que cree que es religioso, pero no frena su lengua, se engaña a sí mismo y su religiosidad no vale para nada”. Carta de Santiago apóstol, capitulo 1º versículo 26.
+++
“El cariño de Dios nos sostiene en el desierto de la historia” S.S. Juan Pablo II – Magno – Pontifex Max.
+++
“Cada vez que nos hacemos la señal de la Cruz tenemos que acordarnos de no responder a la injusticia con injusticia, a la violencia con otra violencia; sino vencer al mal con el bien”. No es extraño que, tras atribuir estas cualidades a la Cruz de Cristo, el mismo Benedicto XVI afirme que ésta es “la nueva arma que Jesús pone en nuestras manos”. 2006-04-09
+++
“Durante su vida mortal fue María, de corazón tan piadoso y sensible para con los hombres, que nadie se ha afligido tanto por las penas propias, como María por las ajenas” Expresión simbólica del modo de ser de la Virgen, que ya en el siglo IV resaltaba San Jerónimo, doctor de la Iglesia Católica.
+++
Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo único… No lo mandó para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. ¿Hay quién dé más? Cuantos presentan el cristianismo como religión restrictiva de la grandeza, la libertad y la felicidad del hombre, han de deponer el orgullo, superar la ignorancia o eliminar el rencor, porque también para ellos está abierto el abrazo universal de Cristo en la Cruz. ¡Plegue a Dios que, en la noche de la increencia o del vacío interior, encuentren, como Nicodemo, una ventana abierta desde las tinieblas a la luz!
Siempre se ha verificado en la historia humana aquello del prólogo de San Juan: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron»; o lo dicho a Nicodemo de que los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras no eran buenas. Se entrecruzan en nuestro destino la libertad del hombre, el misterio del mal, el don de la gracia y el cheque abierto al perdón. Lean, si no, la encíclica Dios es amor.
+++
Capítulo 2 de la Segunda Epístola Católica de San Pedro:
”Hubo también en el pueblo falsos profetas, como habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán herejías perniciosas y que, negando al Dueño que los adquirió, atraerán sobre sí una rápida destrucción. Muchos seguirán su libertinaje y, por causa de ellos, el Camino de la verdad será difamado. Traficarán con vosotros por codicia, con palabras artificiosas; desde hace tiempo su condenación no está ociosa, ni su perdición dormida”. Las sectas, contrarias todas a la Biblia, mienten.
+++

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-
Las maravillas de la creación
¿Quién puede captar la naturaleza de las aves del cielo? ¿Cómo es que unas poseen una lengua experta en el canto, mientras otras poseen una gran variedad de colores en sus plumas y algunas, como las aves de presa, se mantienen, en medio del vuelo, inmóviles en el aire? Pues es por mandato de Dios por lo que «el halcón emprende el vuelo, despliega sus alas hacia el sur» (Job 39,26). ¿Qué hombre percibe cómo «se remonta el águila» a «las alturas» (cf Job 39,27). Pues si con toda tu capacidad de pensar no puedes darte cuenta de cómo las aves se elevan a lo alto, ¿cómo podrás entonces abarcar con tu mente al autor de todas las cosas?
Cirilo de Jerusalén, Doctor de la Iglesia Católica: 313 ca.†386 ca.
…[…]… Catequesis bautismal, 9,10-15
Gracias de la visita
Aspiramos a superarnos, a corregirnos, a hacer bien lo que todavía hacemos mal, a dejar de hacer mal lo que ya deberíamos hacer mejor que nadie. Tenemos aún muchos defectos, y por ello pedimos públicamente disculpas a nuestros lectores.
Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005. ¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!
Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía.
+++
Recomendamos vivamente: La vida cotidiana de los primeros cristianos
Adalbert G. Hamman
Trad. Manuel Morera - Ediciones Palabra, 1999 - Colección Arcaduz - 294 pág.
Iglesia católica, sus casi 300 antes de Constantino - En ese salto que va de "Hechos de los Apóstoles" a esa "iglesia oficial y corrupta" que algunos protestantes y neo-gnósticos sitúan en el 325, con Constantino, pasan unos 250 años de vida cotidiana, de los que sabemos bastantes cosas; las suficientes, al menos, para desmontar historietas neopaganas, gnosticoides y demás morralla en la estela de El Código da Vinci y otras revisiones fantasiosas de los evangelios apócrifos. 2006
Agradecemos al autor - Copyrigth 2002-2003 Universidad Pontificia de Salamanca
http://www.jesus.teologia.upsa.es/secciones.asp?codseccion=22
2006-05-18
Las ilustraciones que adornan un expuesto, ‘no son obligatoriamente alusivas al texto y sin menoscabo debido al honor y buena reputación de las personas’. Las estampas, grabados o dibujos que adornan o documentan esta página web ‘CDV’, no corresponden ‘necesaria e ineludiblemente’ al texto presentado; sino que tienen por finalidad –a través del arte- hacer agradable la presentación. ‘CDV’ Gracias.-
Si de manera involuntaria se ha incluido algún material protegido por derechos de autor, rogamos que se pongan en contacto con nosotros a la dirección electrónica, indicándonos el lugar exacto- categoría y URL- para subsanar cuanto antes tal error. Gracias. ‘CDV’ Gracias.-
“Conocereisdeverdad.org = CDV” no necesariamente se identifica con todas las opiniones y matices vertidos por autores y colaboradores en los artículos publicados; sin embargo, estima que son dignos de consideración en su conjunto. ‘CDV’ Gracias.-
Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación, lo que se pretende desde ‘CDV’ es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz. ‘CDV’ Gracias.-
“CDV” intenta presentar la fe cristiana para la gente más sencilla (catequistas,etc.), en especial para los estratos aparentemente más bajos. ¿La razón? Simple: «Son ellos quienes más necesitan conocer la alegría de Cristo».‘CDV’ Gracias.-
"En caso de hallar un enlace o sub-enlace en desacuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica, notifíquenos por e-mail, suministrándonos categoría y URL, para eliminarlo. Queremos proveer sólo sitios fieles al Magisterio".‘CDV’ Gracias.-
‘CDV’ no garantiza la vigencia de las páginas que menciona en sus artículos, pues muchas de ellas son modificadas constantemente o cambian de dominio. Tampoco nos hacemos responsables de las actualizaciones que modifican los contenidos que vimos en su momento. ‘CDV’ Gracias.-
Internet, por tratarse de una red, los enlaces a otras páginas pueden ser indefinidos y logran llevar a sitios cuyo contenido no necesariamente compartimos. ‘CDV’ Gracias.-
†