Wednesday 8 September 2010 | Actualizada : 2010-08-31 
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Plinio el Joven - FUENTES históricas: "...todo su error o su falta ha consistido en reunirse algunos días fijos antes de la salida del sol para cantar en comunidad los himnos en honor a Cristo que ellos reverencian como a un Dios". (Plinio el Joven).

 

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Jesús, que hace dos mil años nació en Belén de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, permanece en medio de nosotros en el sacramento de la Eucaristía, pan vivo bajado del cielo, pan del camino y de la esperanza.

 

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En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

“Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a mí antes que a ustedes. Si fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya; pero el mundo los odia porque no son del mundo, pues al elegirlos, yo los he separado del mundo.
Acuérdense de lo que les dije: ‘El siervo no es superior a su señor’. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán, y el caso que han hecho de mis palabras lo harán de las de ustedes. Todo esto se lo van a hacer por mi causa, pues no conocen a aquel que me envió”.

 

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«San Pablo, aunque fue contemporáneo de Jesús, no lo conoció durante su ministerio público. Por eso sintió la necesidad de consultar a los primeros discípulos, elegidos por el Maestro para llevar el Evangelio hasta los confines del mundo. El mismo Pablo habla de su encuentro con Santiago, Juan y, sobre todo con Pedro, para que le informaran sobre la vida terrena del Resucitado (cf. Ga 1,19), que a él lo había "atrapado" en el camino de Damasco. Así, su tarea como Apóstol de los gentiles se confirmaba y garantizaba por los que, antes de él, habían seguido a Jesús por los caminos de Galilea. Del contenido de estas informaciones destacan las palabras en la Última Cena, con la institución de la Eucaristía, que iluminan el misterio de la cruz, que de maldición se convierte en bendición y en sacrificio de salvación "por todos", en el que la Iglesia se edifica y reconoce como "Cuerpo de Cristo". También adquiere un especial sentido la resurrección del Señor, que no sólo "fue" resucitado, sino que sigue viviendo en la Eucaristía y en la Iglesia. Así, pues, nuestra fe no nace de un mito o una idea, sino del encuentro con Cristo resucitado y vivo en la vida de la Iglesia». Benedicto XVI, Obispo de Roma 2008.IX.24.

 

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EL JESÚS HISTÓRICO – 7º (Acciones)

-la actuación de Jesús-

 

1. Relevancia de las acciones de Jesús

A diferencia de lo que suele suceder entre nosotros, los primeros testimonios cristianos dan tanta importancia a la actuación de Jesús como a su enseñanza

La filosofía, la antropología y la psicología social llaman cada vez más la atención sobre la dimensión expresiva o significativa de las acciones humanas. El comportamiento humano en las relaciones interpersonales y en el ámbito público puede considerarse una forma de lenguaje

Para entender el lenguaje de las acciones humanas es preciso conocer los presupuestos culturales que el sujeto comparte con su entorno social

 

1.1. Acción humana y cultura

Acción humana y cultura

Los moralistas y psicólogos utilizan la expresión “acción” para referirse únicamente a las actuaciones de un sujeto humano que están motivadas y dirigidas por una intención. No es, por ejemplo, acción humana pisar sin querer a nuestro compañero de viaje en un autobús abarrotado de gente, bostezar de sueño o parpadear frente a una luz intensa. Sí lo es, sin embargo, una omisión intencionada, como por ejemplo pasar sin saludar por delante de alguien a quien se desea ofender. En todo lo que sigue aceptaremos este uso.

Las intenciones del actuar de las personas consisten en un querer producir ciertos efectos sobre el mundo en torno y, por tanto, están profundamente condicionadas por la forma en que el sujeto entiende dicho mundo y se entiende a sí mismo dentro de él. Porque la ciencia nos enseña que la luna se ve pequeña en virtud de la distancia que nos separa de ella se nos ocurre contemplarla con un telescopio; porque conocemos las normas de circulación nos paramos ante un semáforo en rojo; porque somos conscientes de nuestro rol como alumnos o profesores nos comportamos de un modo u otro dentro del aula.

La forma como las personas entendemos el mundo y nos situamos dentro de él depende sobre todo de la cultura en la que vivimos: La tecnología disponible nos indica hasta donde puede llegar nuestra acción sobre la realidad no humana, la moral común y las costumbres nos enseñan lo que las demás personas esperan de nosotros en cada situación concreta y nos permiten predecir su reacción o anticipar su comportamiento. La interpretación socialmente compartida acerca de la naturaleza del universo y su funcionamiento, del papel y las posibilidades del ser humano, de la historia a partir de la cual hemos llegado a ser lo que somos ... constituye el marco general en el que se configura nuestro pensamiento y nuestra acción, o dicho en otras palabras, el ámbito culturalmente condicionado en el que damos sentido a todos los contenidos de nuestra vida.

De lo anterior se desprende que no podemos entender la intención que dirige la acción humana si no conocemos el contexto cultural presupuesto por el sujeto. Pero este conocimiento es también imprescindible para entender muchos de los efectos reales que dicha acción humana produce sobre el mundo, especialmente, sobre el mundo social. Así, por ejemplo, si ignoramos el sentido de un rito de paso mediante el que un determinado grupo marca la transición entre la adolescencia y la edad adulta no entenderemos por qué, de repente, los muchachos que han participado en él son tratados por el resto de la comunidad de una forma totalmente distinta a como eran tratados antes, por qué ellos mismos han modificado muchos de sus comportamientos y han incorporado súbitamente nuevas actitudes en su manera de afrontar la realidad.

En relación ya con nuestro tema de estudio, si no entendemos, por ejemplo, lo que significa la posesión diabólica o la impureza en el contexto cultural del Judaísmo, no sabremos apreciar las consecuencias sociales de los exorcismos y las purificaciones de leprosos realizadas por Jesús. Estas consecuencias son, a veces, mucho más relevantes para la vida del beneficiado que los meros efectos físicos producidos sobre su organismo. La falta de familiaridad con dicho contexto cultural es también el mayor obstáculo que encontramos para entender por qué algunas acciones de Jesús produjeron admiración y otras rechazo, y qué vieron en ellas de amenazante las autoridades para justificar su arresto y condena.

El ser humano puede utilizar su propio comportamiento con una finalidad eminentemente expresiva o significativa porque sabe que los demás miembros de la sociedad están predispuestos a interpretar su acción según ciertos parámetros culturales. Este es el origen de las acciones testimoniales o simbólicas, en las que no se intenta tanto modificar el mundo de una forma directa cuanto manifestar aspectos del propio yo o inducir en los espectadores nuevas actitudes ante la realidad que se desearía cambiar. Como veremos más adelante, este tipo de acciones son especialmente relevantes y frecuentes en la actuación de Jesús.

 

2. La tradición de los dichos y la tradición de los hechos: Dos procesos de formación y transmisión literaria distintos

El estudio comparativo de los evangelios muestra que las palabras atribuidas a Jesús se transmitieron desde muy pronto sin apenas variaciones

Sin embargo, las distintas versiones evangélicas de las escenas que describen las acciones de Jesús presentan divergencias notables, lo cual pone en entredicho su historicidad

Aunque en muchos casos la autenticidad de los hechos concretos narrados en estas escenas puede ser puesta en duda, los tipos más frecuentes de acciones atribuidos a Jesús sí son históricamente plausibles

Entre estos tipos de acciones históricamente plausibles destacan los exorcismos, las sanaciones y las comidas compartidas

 

2.1. La tradición de los hechos de Jesús

Un examen atento de los textos revela que las sentencias de Jesús transmitidas en más de un evangelio suelen ser casi idénticas, mientras que las distintas versiones de una misma escena narrativa presentan diferencias importantes de un evangelio a otro.

Incluso dentro de un mismo relato comprobamos que las distintas versiones coinciden casi completamente cuando reproducen las palabras de Jesús, mientras que difieren ampliamente en los elementos narrativos. Si comparamos, por ejemplo, las cuatro narraciones de la curación del paralítico (Mc 2, 1-12; Mt 9, 1-8; Lc 5, 17-26 y Jn 5, 1-18) comprobamos que la orden de Jesús al enfermo es el único elemento común a todas ellas.
Este dato nos lleva a pensar que quienes transmitieron la tradición sobre Jesús y los propios evangelistas concedieron mayor verosimilitud histórica a las palabras atribuidas a Jesús que a los detalles de sus acciones; por eso se permitieron modificaciones en estos últimos que de ningún modo consideraban admisibles respecto a las primeras.

Semejante estado de cosas no es nada nuevo en la literatura de tradición oral. Las sentencias de los sabios antiguos, aisladas o en el contexto de anécdotas y controversias, han conservado una forma mucho más estable que los datos sobre sus vidas y sus obras. En nuestra propia cultura observamos el mismo fenómeno. Existen, por ejemplo, versiones más o menos diferentes del cuento de “caperucita roja” pero en ninguna se suprimen o modifican las palabras clave de la protagonista ni la respuesta climática del lobo: “Abuelita, ¡qué boca tan grande tienes!” .... “para comerte mejor”.

Por otra parte, existen buenas razones para pensar que una parte de la tradición relativa a las acciones extraordinarias de Jesús tuvo su origen, no en el círculo de sus seguidores, sino en los ambientes populares de las zonas rurales donde realizó sus curaciones y exorcismos. En estos ambientes no existía la preocupación por la transmisión fiel de los hechos que luego caracterizaría a la iglesia, de modo que quienes contaban, oían y repetían las acciones de Jesús no sentían escrúpulos por embellecer, exagerar y añadir elementos con los que sorprender e interesar cada más a sus oyentes. Estas narraciones sobre las acciones de Jesús fueron las que encontraron las comunidades cristianas cuando empezaron a recopilar las tradiciones sobre él.

Finalmente, es también muy probable que la iglesia primitiva creara o modificara narraciones de hechos extraordinarios de Jesús con el fin de servir los intereses de la liturgia, la catequesis o la misión. Puesto que la propia tradición oral había modelado este tipo de relatos según formas literarias más o menos fijas, lo único que había que hacer era introducir los contenidos pertinentes en el molde dado. Esta es la razón por la que resulta bastante complicado distinguir cuándo un relato es tradición popular o creación de la iglesia. Lo que más puede hacernos sospechar que se trata de lo último es la posibilidad de discernir aspectos del relato susceptibles de una interpretación simbólica o acordes con problemáticas eclesiales específicas. No debemos, sin embargo, perder de vista que un relato con estas características podría ser el resultado de modificaciones hechas sobre una tradición popular que, a su vez, podría esconder un núcleo histórico.

 

2.2. La historicidad de los hechos de Jesús

A pesar de lo expuesto en el apartado anterior, la aplicación rigurosa de los criterios de historicidad nos permite afirmar que determinados tipos de acciones o comportamientos atribuidos por la tradición a Jesús tienen una altísima probabilidad de ser históricos. Éstos son, concretamente, los exorcismos, las sanaciones, la práctica de una comensalidad abierta y la relación amistosa con personas de mala reputación.

Nótese que no estamos defendiendo la historicidad de los elementos descriptivos individuales transmitidos en nuestras fuentes, sino de tipos de actividades. Es muy difícil saber si, como relata Marcos (Mc 1, 21-28), Jesús expulsó un demonio el primer día que entró en la sinagoga de Cafarnaún, o si curó a un leproso samaritano de camino a Jerusalén, tal como leemos en Lucas (Lc 17, 11-19), pero sí podemos afirmar que liberó a muchos endemoniados y sanó otras dolencias entre la gente del pueblo. No podemos probar que Jesús celebrara un banquete con el publicano Leví al incorporarse éste a su grupo (Mc 2, 13-17), pero sí que comió frecuentemente con personas calificadas por la moral oficial como pecadores y, probablemente, incorporó algunas de ellas al círculo de discípulos. No podemos afirmar la historicidad de la escena de la multiplicación de los panes (Mc 6, 30-44), pero sí que Jesús organizó comidas abiertas a todo tipo de personas y que hizo de ellas una de las principales plataformas desde la que difundir y llevar a la práctica su mensaje.

La abundancia y diversidad de fuentes antiguas en las que se afirman las actividades de Jesús como exorcista y sanador no podría explicarse si no hubiera en los orígenes de este fenómeno literario un núcleo histórico auténtico (criterio del testimonio múltiple). Jesús aparece en la escena pública como antiguo seguidor del Bautista, el cual había ganado amplio reconocimiento social como profeta y hombre de Dios a pesar de no contar en su haber ningún hecho extraordinario. Esto demuestra que no era necesario para los partidarios de Jesús favorecer la promoción de su maestro inventando este tipo de hechos.

Por otra parte, la iglesia primitiva centró su mensaje en los efectos salvíficos de la muerte y resurrección de Cristo, restando centralidad e importancia a las actividades liberadoras concretas que Jesús había practicado durante su vida. Los relatos tradicionales relativos a las mismas fueron muy pronto modificados e interpretados en claves simbólicas con el fin de servir los intereses de la liturgia y la pastoral. Las sanaciones y exorcismos, dejaron de tener interés por sí mismos para servir simplemente como imágenes simbólicas de experiencias de fe, procesos de conversión o prácticas rituales. Este estado de cosas, que es el que encontramos hoy reflejado en la composición de los evangelios, indica que no es posible atribuir a la iglesia la difusión de la fama de Jesús como exorcista y sanador.

Respecto a la amistad de Jesús con gentes de mala reputación, sus exorcismos y su forma de comer contamos, además, con otro criterio poderoso para afirmar su historicidad. Se trata de los testimonios que poseemos acerca de las acusaciones contra Jesús suscitadas por este tipo de prácticas, acusaciones que nos han sido transmitidas por la propia tradición cristiana y siempre de forma apologética. Puesto que no es verosímil que los seguidores de Jesús se inventaran acusaciones contra su maestro con el único fin de intentar justificarle, es lógico pensar que tales acusaciones son históricas y que los hechos desnudos que se imputan en ellas a Jesús son históricos. En los apartados siguientes estudiaremos más detenidamente las causas y el sentido de estas confrontaciones.

 

3. La inadecuación del término “milagro” en referencia a las acciones extraordinarias de Jesús

El milagro, entendido como un hecho contrario a las leyes de la naturaleza, es una noción que carece de sentido en el contexto cultural de Jesús

Semejante noción de milagro presupone la idea de un universo natural autónomo, regido por leyes inmutables, y totalmente separado de Dios, algo impensable en la cultura mediterránea antigua

Según la mentalidad común en la época de Jesús, era posible aunque no frecuente, que alguien realizara acciones extra-ordinarias

Realizar acciones extra-ordinarias solía interpretarse como signo de que el agente poseía poderes divinos, pero esto no suponía reconocer su filiación divina en el sentido en que el Cristianismo entiende dicha relación

 

3.1. “Milagro” versus “acción extra-ordinaria”

La noción de milagro entendida como un hecho incompatible con las leyes de la naturaleza es totalmente ajena al sentido que Jesús, sus seguidores o sus detractores pudieron dar a las acciones extraordinarias por él realizadas.

En la cultura mediterránea antigua no existe la idea de una naturaleza autónoma, regida por leyes propias e inmutables que sólo Dios, actuando desde su absoluta trascendencia, sería capaz de violar. Por el contrario, para los antiguos, los seres divinos y los demonios pertenecen al mismo ámbito de existencia que el ser humano, con el que tiene innumerables contactos y del que se distingue fundamentalmente en virtud de su poder superior.

El poder para actuar sobre entidades distintas a uno mismo para imponerles la propia voluntad es lo que define la jerarquía de lo real en el mundo antiguo. Dios, los dioses y los demonios se sitúan jerárquicamente en las partes más elevada de esta pirámide ontológica y, por tanto, su intervención en los asuntos terrenos no necesita ninguna explicación ulterior, es algo que les corresponde en virtud del poder asociado a su propia naturaleza. Esta capacidad de intervención puede manifestarse de forma directa o indirecta. En este último caso, el ser superior puede valerse de todos los demás seres que están subordinados a su poder, también, por tanto, de personas elegidas a las que normalmente comunica revelaciones especiales y confiere poderes extraordinarios para que sean capaces de realizar las acciones encomendadas.

En el mundo antiguo, tener capacidades o poderes extraordinarios era algo tan posible y frecuente como hoy día lo sigue siendo en las sociedades no industrializadas, donde todavía no se ha impuesto el conocimiento de tipo científico como única forma de acceder a la realidad e interpretar la experiencia. Los sanadores, videntes, chamanes, brujos etc. que aún existen en dichas sociedades también son considerados personas con poderes divinos o demoníacos, elegidas por estos seres superiores para desempeñar tareas específicas. Su existencia y eficacia son consideradas algo extra-ordinario, pero no un ataque contra la razón o la lógica del universo; son posibilidades integradas con pleno sentido en la visión del mundo compartida por el grupo humano en cuestión.

Existe otro presupuesto del pensamiento religioso antiguo que resulta bastante difícil de entender para nuestra mentalidad moderna, pero que tiene especial relevancia en relación con el sentido que Jesús parece haber dado a algunas de sus acciones más características. Entonces se pensaba que gran parte de las desgracias y sufrimientos de los hombres tenían su origen en una lucha por el poder librada entre los seres superiores. Éstos se disputaban el dominio de unos sobre los otros así como el control del mundo terreno y de las personas. En todos aquellos casos en los que la religión vigente ha llegado a identificar la noción de divinidad con la idea de bien, esta lucha se entiende como la rebelión de una parte de esos seres superiores contra la jerarquía máxima de la divinidad, la cual, por su parte, sería la responsable de preservar el orden y la bondad del universo. Los seres rebeldes se convierten, entonces, en personificaciones del mal, capaces de someter la mente y la voluntad de las personas, de producir enfermedades, obstaculizar las acciones justas y tentar a los hombres buenos para que se rebelen también ellos contra el poder de la divinidad superior.

El Judaísmo del tiempo de Jesús denomina a estos seres demonios o espíritus impuros, y suele explicar su existencia a través del mito de los ángeles caídos. Muchas de las versiones de este mito imaginan un jefe supremo de los demonios, llamado Belcebú, Satanás o el Diablo, que mantiene una lucha sin cuartel contra Dios por el dominio sobre la Creación.
Los seres superiores rebeldes o demonios son capaces de conferir sus poderes a las personas, bien a través de la posesión o mediante pactos voluntarios. Esta es la razón por la que, en estas culturas, el carácter moral de las acciones extraordinarias realizadas por un ser humano es, muchas veces, ambiguo. El poder para ejecutarlas podría, efectivamente, provenir tanto de los dioses buenos como de los demonios. Por eso, quienes tienen capacidades extraordinarias se mueven casi siempre en un terreno socialmente peligroso; o dicho con otras palabras, son objeto de sentimientos contradictorios por parte de la opinión pública que, unas veces los considera elegidos de los dioses y otras los identifica como aliados de los demonios.

 

3.2. Las acciones extraordinarias de Jesús en perspectiva antropológica

La conciencia de esta diversidad cultural nos ha proporcionado una nueva visión de los exorcismos y las sanaciones de Jesús y nos ha llevado a plantear de una forma nueva el problema de su historicidad.

Si los estudios y debates tradicionales en torno a las acciones extraordinarias de Jesús son incapaces de producir respuestas satisfactorias para el hombre moderno, esto se debe en gran medida a que sus planteamientos están condicionados por el uso anacrónico de la noción de “milagro”. En efecto, si los exorcismos y sanaciones de Jesús se interpretan como hechos que violan las leyes de la naturaleza, sólo son posibles dos posturas: (1) Afirmar que estos milagros son hechos históricos y demuestran la divinidad del agente, pues sólo el Dios trascendente, Creador del universo, sería capaz de pasar por alto las leyes que Él mismo ha impuesto en el mundo. (2) Negar que tales violaciones de las leyes naturales sean posibles y, en consecuencia, poner también en duda la veracidad de los testimonios evangélicos.

Quienes, fieles a la mentalidad científica de nuestra civilización moderna, parten de la segunda postura, pero quieren mantener abierta la posibilidad de la fe, intentan salvar la veracidad de esos testimonios evangélicos haciendo valer una noción de ‘verdad histórica’ distinta a la que la historiografía científica utiliza en sus informes. Aunque esta perspectiva es legítima y resulta también necesaria para entender cómo es posible que algunas tradiciones muy poco verosímiles entraran a formar parte de los relatos evangélicos, es incapaz por sí misma de explicar la insistencia y abundancia de los testimonios antiguos relativos a los hechos extraordinarios de Jesús. Se suele recurrir, entonces, a una forma de interpretación simbólica de la tradición que, además de atribuir una capacidad creativa realmente extraordinaria a la fe de los primeros cristianos, bloquea definitivamente cualquier intento de investigación histórica sobre la actividad de Jesús.

Las investigaciones realizadas durante los últimos veinte años utilizando los métodos de la Antropología Cultural permiten replantear la cuestión de las acciones extraordinarias de Jesús desde una perspectiva totalmente nueva, en la cual se asume todo el rigor científico de las ciencias sociales, pero se deja también abierta la posibilidad de la fe. Reseñamos a continuación sus características más relevantes:

i)  La disposición a no prejuzgar como imposible el tipo de acciones extraordinarios descritas por la tradición evangélica
ii) La equiparación de este tipo de acciones con las sanaciones, exorcismos y otros fenómenos extraordinarios que todavía hoy puede observar el antropólogo en las culturas no industrializadas
iii) El estudio del significado y la eficacia de estas acciones dentro del marco cultural en el que se realizan.

(i) y (ii) reflejan la convicción de los antropólogos culturales de que nuestras explicaciones científicas dependen, también, de una interpretación culturalmente determinada de la realidad y que, por tanto, ni son las únicas posibles ni dan razón de la totalidad de lo real. La propia ciencia médica de nuestros días utiliza numerosos fármacos cuya efectividad sólo se ha demostrado empíricamente, es decir, acerca de los que se desconocen los procesos bioquímicos por los que son capaces de curar. Son, también, cada vez más los médicos que combinan tratamientos científicos con terapias alternativas obteniendo resultados positivos.

iii) Quiere llamar la atención acerca de la importancia que tiene en toda experiencia humana el sentido que el sujeto y su entorno social le atribuye. Una de las premisas básicas que sustentan esta aproximación es que una gran proporción de lo que los seres humanos pensamos sobre la realidad está social y culturalmente condicionado. Pero, además, teniendo en cuenta lo dicho en el apartado 1.1 sobre la acción humana, este condicionamiento cultural de nuestra forma de concebir la realidad incide sobre la realidad misma a través de nuestro propio comportamiento. No se trata solamente de que cada cultura interprete la realidad de distinta forma, sino de que la realidad en la que se inserta un grupo humano está en gran medida modelada por su interpretación cultural.

La enfermedad es uno de los casos más interesantes de realidad culturalmente condicionada. Un miope con diez dioptrías, por ejemplo, es un inválido en una sociedad cazadora, pero pertrechado de unas gafas graduadas es un ciudadano perfectamente normal en la nuestra. Ciertas afecciones de la piel son signo entre nosotros de falta de higiene, mientras que entre los judíos del tiempo de Jesús se entendían como una condición deficiente de la persona, por la cual quedaba inhabilitada para aproximarse a Dios en el culto. Determinadas incapacidades eran consideradas hasta hace unas décadas simples síntomas de envejecimiento, mientras que hoy día se las clasifica como enfermedades y se las trata con medicamentos o cirugía. La depresión en las sociedades postmodernas, la histeria en la burguesía europea del siglo XIX, la posesión en la época de Jesús son todas ellas estados psíquicos cuyo origen, reconocimiento, tratamiento y recuperación tienen también una gran componente cultural. ¿Cómo entender, si no, que un psiquiatra occidental no sepa normalmente qué hacer con un poseso de una tribu polinesia, y un sanador o un exorcista tradicional sea, a su vez, incapaz de curar a un europeo deprimido?.

El reconocimiento social de la presencia de una determinada enfermedad en un individuo, así como el reconocimiento social de su sanación, son acontecimientos interpretativos que tienen efectos reales importantísimos sobre la vida del individuo y del grupo en cuestión. Una afección de la piel convertía a un judío del siglo I en un marginado social sobre el que, además, pesaba la conciencia de culpa y el sufrimiento de sentirse alejado de Dios. La declaración solemne del sacerdote afirmando que volvía a ser puro, le convertía nuevamente en una persona normal, capaz de trabajar, vivir en familia y dar culto a Dios en el Templo. El reconocimiento de la alcoholemia como una enfermedad permite en nuestros días que las personas afectadas reciban tratamiento gratuito y que sus familiares y vecinos dejen de juzgarles como simples seres depravados. Por contra, el haber estado internado en un hospital psiquiátrico sigue siendo hoy día para muchos ex-pacientes un motivo de desprecio y de exclusión social o laboral.

Muchas afecciones psíquicas, algunas de las cuales llegan a tener efectos somáticos, son inducidas por la presión emocional que el entorno social o familiar ejerce sobre la persona. Un cambio drástico de estilo de vida, como por ejemplo el que supone adherirse a una secta o a un movimiento religioso itinerante, puede hacer desaparecer en poco tiempo todos los síntomas.
Gran parte del sufrimiento producido por una enfermedad o invalidez se debe a la exclusión a la que se ve sometido el sujeto. El aislamiento físico, la soledad, la imposibilidad de participar en la vida pública o de ejercer una función socialmente valorada son factores que pueden llegar a afectarle de forma más negativa incluso que los dolores y limitaciones físicas. La propia sociedad define muchas veces al enfermo en función de su incapacidad para realizar las funciones que por su edad y condición se esperan de él. Por eso, la capacidad de un grupo humano para integrar a los enfermos e impedidos, para reconocerles su valor como personas y ofrecerles una tarea accesible a su condición física debe considerarse también causa parcial de sanación. Cura, efectivamente, el sufrimiento psicológico y hace desaparecer la principal barrera de exclusión social del enfermo que es siempre su inutilidad. Con gran frecuencia, seguramente en virtud de la aún poco estudiada unidad psicosomática del ser humano, esta nueva situación también repercute positivamente sobre el organismo.

La Antropología Cultural permite tomar en serio la historicidad de muchas de las acciones extraordinarias de Jesús sin necesidad de ver en ellas una violación de las leyes naturales. Pero además, deja también al creyente la posibilidad de ver en ellas la intervención de Dios. Esta intervención, sin embargo, no debería buscarse al nivel de los procesos físicos involucrados, sino en el significado eficaz que dichas acciones adquieren dentro del contexto cultural del Judaísmo antiguo y dentro del contexto más específico de la misión de Jesús.

 

4. Exorcismos

Que Jesús realizó exorcismos es uno de los datos históricamente más fiables de toda la tradición evangélica

En el contexto cultural del Mediterráneo antiguo todas las personas creían en la existencia de los demonios y eran capaces de experimentar y/o reconocer el fenómeno de la posesión

Sectores importantes del Judaísmo antiguo entendían el sufrimiento, la impureza y el pecado como efectos de la agresión que el Mal personificado en los demonios ejercía sobre la Creación

Jesús interpreta la expulsión de los demonios como signo de que el poder de Dios está triunfando sobre el Mal: ¡El Reinado de Dios está llegando!

 

4.1. La tradición sobre la actividad de Jesús como exorcista

La tradición sobre la actividad de Jesús como exorcista ha llegado hasta nosotros a través de testimonios múltiples tanto por lo que se refiere a la variedad de formas literarias como a la diversidad de fuentes independientes. En los evangelios encontramos:

a) Cinco relatos de exorcismos (Mc 1,21-28 par.; Mc 5,1-21 par.; Mc 7,24-30 par.; Mc 9,14-27 par.; Mt 12,23-23 par.)

b) Una agrupación de dichos de Jesús en respuesta a las acusaciones de sus adversarios (Mt 12,22-30 par.)

c) Los resúmenes de la actividad de Jesús elaborados por los evangelistas (Mc 1,32-34; 3,10-12...)

 

4.2. Contexto cultural del fenómeno de la posesión

En el apartado anterior llegamos a la conclusión de que la tradición de la actividad de Jesús como exorcista posee un sólido fundamento histórico. Podemos añadir que esta actividad es una de las más características y peculiares de cuantas realizó.

Un indicio de la centralidad que tuvieron los exorcismos en su vida pública es la reacción que desencadenaron entre sus adversarios. La acusación de expulsar los demonios con el poder de Belcebú es la mejor atestiguada de cuantas han conservado los evangelios (Mc 3,22, 30; Jn 7,20; 8,48-52; Jn 10,20-21; Mt 10,25). Este es un dato muy llamativo, porque desde nuestra mentalidad no acabamos de explicarnos por qué dichos exorcismos despertaron una oposición tan enconada. También nos resulta sorprendente que Jesús se defendiera con tanta insistencia de dicha acusación, y sobre todo que no renunciara a esta práctica a pesar de las consecuencias que esto podía acarrearle. Es evidente que Jesús, sus seguidores, oponentes y los propios evangelistas sabían cosas acerca de los demonios y la posesión que nosotros no podemos imaginar si no es con la ayuda de la investigación antropológica.

Desde nuestro punto de vista, la cultura en que vivieron Jesús y los primeros cristianos es una cultura “pre-científica”, que daba explicaciones sobrenaturales a fenómenos naturales. Partiendo de este presupuesto se ha intentado explicar la posesión con ayuda de la psicología y de la medicina occidentales, como casos de epilepsia o de enfermedades psíquicas. Merece la pena, sin embargo, que hagamos el esfuerzo de acercarnos a este fenómeno desde la perspectiva que ellos tenían. Al fin y al cabo la posesión no es un fenómeno tan extraño a nosotros, pues un número significativo de culturas actuales admiten de diversos modos su existencia.

Como ya indicamos en el punto anterior, en el mundo en que vivieron Jesús y sus discípulos la gente pensaba que había, al menos, tres niveles de existencia: en el inferior habitaban los hombres, en el superior la divinidad, y en el intermedio una serie de espíritus y demonios, que tenían acceso al mundo de los hombres y podían influir en sus vidas. Este influjo podía ser benéfico o perjudicial, y por esta razón a los espíritus se les atribuían tanto las capacidades extraordinarias, como las enfermedades y otros estados anormales. Para luchar contra el influjo negativo de estos espíritus, los hombres tenían que recurrir a la divinidad, que era quien tenía poder sobre ellos.

En este marco de referencia los exorcismos de Jesús no afectaban sólo al mundo de los hombres, sino que exhibían un poder de origen sobrehumano, sobre el que sus adeptos y sus adversarios expresaron opiniones encontradas; unos pensaban que procedía de Dios y otros que venía del Príncipe de los Demonios. En este contexto, la relación entre los exorcismos y la llegada del reinado de Dios era fácil de entender, pues el poder que Jesús manifiesta en ellos es un signo de la presencia de dicho reinado entre los hombres.

Desde nuestra perspectiva, es decir, desde la perspectiva del Occidente industrializado, la posesión puede definirse como un fenómeno disociativo de la personalidad, en el que se produce una alteración de las funciones integradoras de la conciencia. Según esto, la posesión podría entenderse como una interpretación cultural de algunos estados alterados de conciencia. La interpretación cultural del fenómeno es decisiva, pues parece un hecho probado que en aquellas culturas que admiten la posesión ésta se da, mientras que en aquellas que no la admiten no se da. Para que se dé la posesión es necesario que exista un molde cultural que ayude a interpretar de este modo ciertas experiencias y situaciones, que en otras culturas son vividas e interpretadas de otra forma.

Los estudios antropológicos sobre diversas culturas que admiten la posesión han mostrado las diferencias que existen entre ellas, pero al mismo tiempo nos han revelado algunos elementos comunes. Así, por ejemplo, se ha observado que en aquellas sociedades que están sometidas a una fuerte presión en el ámbito de lo público son más frecuentes los casos de posesión entre los varones adultos. De igual modo, estos casos aumentan entre las mujeres cuando las presiones se dan sobre todo en el ámbito familiar. La posesión es pues, desde nuestra perspectiva científica, una forma socialmente aceptada de afrontar las tensiones, que permite a los posesos hacer y decir lo que no podrían haber dicho o hecho como personas normales sin poner en peligro el orden establecido y su propia integridad.

En las culturas que admiten la posesión ésta funciona frecuentemente como una válvula de escape utilizada por ciertos individuos que se hayan sometidos a una intensa presión social con el objeto de liberarse de dicha tensión. Por supuesto, se trata de un mecanismo inconsciente, en el que los individuos se sirven de moldes de comportamiento muy arraigados en su cultura. Este mecanismo tiene, además, una importante función social, pues al asignar un lugar marginal a las víctimas de la opresión política o familiar, la posesión funciona también como válvula reguladora que asegura la estabilidad del sistema social, y en última instancia sanciona las situaciones que dan lugar a las tensiones que provocan la posesión. Por esta razón, aquellos a quienes más favorece el sistema suelen reaccionar negativamente frente a quienes ponen en peligro esta válvula reguladora. En el mundo antiguo lo hacían acusándolos de magia o de estar poseídos.

 

4.3. Significado de los exorcismos de Jesús

El contexto cultural que hemos reconstruido en el apartado anterior ayuda a entender por qué la actividad de Jesús como exorcista fue tan relevante para Él y para sus acusadores.
Las situaciones descritas en los estudios antropológicos de aquellas sociedades en las que es más frecuente la posesión recuerdan mucho la situación que se vivía en la Palestina del siglo primero. Por una parte, la sociedad palestina compartía con todas las de su entorno una estructura familiar de tipo patriarcal extremadamente rígida. Por otra, estaba profundamente afectada por la dominación política, la explotación económica y otra serie de tensiones que desembocaron en la guerra judía del 66-70 d. C. Esta analogía estructural nos permite interpretar la situación de la Palestina romana a la luz de otras situaciones en las que la posesión es frecuente.
En el mundo de Jesús había personas que tenían que soportar una autoridad abusiva tanto en el ámbito público (político), como en el privado (parentesco). En el contexto familiar, todos aquellos que estaban sometidos a la autoridad del cabeza de familia, y especialmente las mujeres, eran los más propensos a recurrir a la posesión para aliviar las tensiones de la autoridad patriarcal. Esta es la situación que reflejan dos de los relatos de Marcos: el de la hija de la mujer sirofenicia (Mc 7,24-30), y el del muchacho al que los espíritus arrojan al fuego y al agua (Mc 9,14-27). Por el contrario, en el contexto de la vida pública, la posesión afectaba sobre todo a varones adultos, como en el caso del exorcismo realizado por Jesús en la sinagoga de Cafarnaún (Mc 1,23-28) y en el del endemoniado de Gerasa (Mc 5,1-20).
No es casual que sus acusadores sean miembros de la clase gobernante o de sus funcionarios (los escribas de Mc 3,22). Un dicho de Jesús muestra la hostilidad de Herodes Antipas contra él, y pone de manifiesto que la causa por la que trataba de prenderle eran precisamente sus exorcismos (Lc 13,31-33). Al interpretar la expulsión de los demonios como un signo de la llegada del reinado de Dios, y al integrar sus exorcismos en una estrategia destinada a la restauración de Israel, Jesús amenazaba la estabilidad del orden social.
Estas connotaciones de la posesión que a primera vista resultan invisibles para el lector occidental de hoy nos ayudan a entender mejor el sentido de los exorcismos de Jesús, y nos descubren por qué Jesús no renunció a ellos a pesar de los peligros que entrañaba esta práctica. Su respuesta a la acusación de expulsar los demonios con el poder de Belcebú revela que él nunca aceptó la interpretación que sus adversarios daban a sus exorcismos (Mt 12,22-30 y par). Jesús explicó que él actuaba movido por el Espíritu de Dios, y que en sus exorcismos se estaba librando un combate cósmico contra Satanás. La victoria sobre él era el signo de la aurora del reinado de Dios. El signo de la llegada de este reinado era la reintegración social de aquellos a quienes la opresión, las desigualdades y otras tensiones sociales habían arrojado a los márgenes de la sociedad.

 

5. Sanaciones

Los relatos de las sanaciones atribuidas a Jesús ocupan un lugar destacado en los evangelios

Aunque posiblemente la iglesia primitiva y la gente del pueblo crearan algunos de estos relatos e introdujeran en ellos elementos simbólicos o maravillosos, hay indicios suficientes para afirmar la historicidad de la actividad sanadora de Jesús 

Según el sistema de salud vigente en la sociedad de su tiempo, Jesús debe ser identificado como un sanador popular

En el contexto cultural del Judaísmo antiguo, la noción de enfermedad tenía connotaciones cósmicas, religiosas y morales muy negativas que acentuaban la marginalidad del enfermo.

 

5.1. El núcleo histórico de las sanaciones de Jesús

La actividad de Jesús como sanador ocupa también un lugar notable en los evangelios. Si comenzamos a leer el evangelio de Marcos nos encontraremos enseguida con diversos relatos de sanación: curación de un leproso, de un paralítico, de un hombre con la mano seca, de una mujer con flujo de sangre, de ciegos, mudos, etc. Estos relatos de los evangelios se parecen bastante a otros que circulaban por entonces en el imperio romano atribuidos a personajes famosos. Por esta razón con frecuencia se ha pensado que los relatos de los evangelios podrían haber sido compuestos a partir de esos otros relatos de la época con el fin de presentar a Jesús como uno de los sanadores de entonces. Sin embargo, parece que en la tradición evangélica hay indicios suficientes para afirmar que de hecho Jesús realizó sanaciones.

Después de someter los relatos evangélicos a una severa crítica, comparándolos con otros de la época, aún nos queda un fondo de tradición muy vinculada a las condiciones concretas de la vida en la Palestina del siglo primero que sólo pueden explicarse si realmente Jesús realizó estas sanaciones. Es cierto que el número de estos relatos pudo multiplicarse en el tiempo que media entre la vida de Jesús y la redacción de los evangelios, y que tal vez fueron razones “misioneras” las que provocaron esta ampliación, pero este mismo hecho exige que en el punto de partida hubiera datos que posibilitaran dicha ampliación.

En las palabras de Jesús se da por supuesto que realizó este tipo de curaciones, pues las presenta como uno de los signos de su mesianidad (Mt 11,2-6 = Lc 7,18-23). Sus adversarios y otros testigos de estos signos realizados por Él no negaron el hecho de que hiciera tales cosas, sino que le criticaron por realizar sus curaciones en sábado o por no observar la Ley de Moisés. El historiador judío Flavio Josefo se hace eco de la fama que tenía Jesús como “hacedor de obras portentosas” (Ant 18,63-64). El mismo Jesús se refirió a sí mismo dos veces utilizando la imagen del médico (Mc 2,17; Lc 4,23).

Finalmente, las sanaciones figuran, junto con los exorcismos, en casi todos los sumarios de la actividad de Jesús. Esto significa que quienes redactaron los evangelios tenían la certeza de que Jesús había realizado ambas cosas.

 

5.2. La salud y la enfermedad en el contexto cultural del tiempo de Jesús

Nuestra perplejidad ante la actividad de Jesús como sanador es bastante explicable si tenemos en cuenta que nuestra forma de entender y vivir la salud y la enfermedad es muy diferente a la que tenían Jesús y sus contemporáneos. Los estudiosos de la Biblia se han dedicado durante mucho tiempo a estudiar la forma literaria de los relatos de sanación y su mensaje teológico, pero no han explicado lo más importante de estos relatos, que es precisamente contar las sanaciones que Jesús realizó. Para ello necesitamos acercarnos a su forma de entender y vivir la salud y la enfermedad, que es muy parecida a la de algunas culturas no-occidentales actuales.

Los sistemas sanitarios suelen tener tres sectores:

a) el popular (familia y vecinos), que es donde empieza a interpretarse y tratarse siempre la enfermedad.

b) el profesional (médicos, instituciones sanitarias, etc), que en tiempos de Jesús estaba mucho menos desarrollado que entre nosotros, y además se basaba en principios muy diferentes a los de la medicina profesional de hoy.

c) el étnico, que aglutina una serie de medicinas alternativas y sobre todo a los sanadores populares.

Las sanaciones de Jesús deben situarse en este tercer sector. Jesús fue un sanador popular al estilo de Elías, y se entendió a sí mismo como mediador de la sanación que viene de Dios.

La explicación del origen de la enfermedad y sus causas era muy distinta a la que nosotros solemos dar. Entonces se pensaba que el pecado o los espíritus malignos eran los causantes de la enfermedad. Para los hombres de la Antigüedad la enfermedad no era sólo una patología física, sino que tenía dimensiones sociales y sobrenaturales. La enfermedad y la sanación eran percibidas entonces de una forma mucho más global que ahora.

Otro aspecto que conviene tener presente es que la enfermedad marcaba entonces negativamente a las personas mucho más que hoy. El hecho de estar enfermo, y en especial ciertas enfermedades como la lepra o la ceguera, tenían connotaciones muy negativas y hacían del enfermo una persona estigmatizada, que era marginada por la sociedad.

En el Judaísmo la estigmatización y marginación eran, si cabe, mayores, por el hecho de que, según la Ley, muchos tipos de enfermedades y minusvalías eran consideradas estados de impureza, es decir, constituían un impedimento para acercarse al Templo y participar en el culto divino. Puesto que el pueblo judío se consideraba a sí mismo como la nación elegida para dar el único culto agradable a Dios, estos enfermos y lisiados eran considerados, y se sentían ellos mismos, como personas rechazadas por Dios. Aunque las causas de dicho rechazo no siempre parecían claras, la mayoría tendía a suponer que el afectado sufría justamente las consecuencias de sus pecados. A su sufrimiento físico y marginalidad moral se añadía, entonces, la censura moral del entorno y la consiguiente interiorización de la culpa que se le atribuía.  

Para entender las sanaciones de Jesús es conveniente también conocer la estrategia terapéutica que seguían entonces los sanadores populares. Es muy diferente a la que sigue la medicina científica occidental. Este tipo de sanadores compartía la visión del mundo, de la salud y de la enfermedad que tenían sus “pacientes”; aceptaban los síntomas que les presentaban; trataban a sus pacientes en público; y en general estaban más cercanos a la situación social del enfermo. Todos estos rasgos aparecen en las sanaciones de Jesús.

 

 

5.3. Significado de las sanaciones de Jesús

Las sanaciones realizadas por Jesús, sobre todo cuando las situamos en el contexto de lo que entonces significaba la enfermedad y la salud, revelan aspectos muy interesantes de su actuación.

En primer lugar nos muestran una imagen de Jesús que hoy nos resulta más difícil de aceptar. Nuestra cultura nos predispone para imaginar a Jesús como un maestro, que pronunciaba parábolas y sentencias llenas de sabiduría, o como un profeta que anunciaba la llegada de un mundo mejor. Y sin embargo, la imagen de Jesús como un sanador popular que pasó curando a la gente es tan real como la anterior. Al actuar así, Jesús empalma con la tradición de Elías, el gran profeta sanador del Antiguo Testamento. Esta reflexión nos invita a descubrir los aspectos de Jesús que nuestra cultura tiende a colocar en la penumbra.

En segundo lugar, las sanaciones de Jesús muestran su cercanía a los marginados. Los enfermos, y por causa de ellos sus familias, tenían que soportar una situación de sospecha y marginación. La idea que entonces se tenía de la enfermedad acentuaba esta condición social de marginación (recordemos p.e. la situación de los padres en el relato de la curación del ciego de nacimiento de Jn 9). El hecho de que Jesús se acerque a ellos y se deje tocar por ellos, o de que los cure de formas poco ortodoxas, era un atentado contra las normas de pureza que gobernaban la sociedad palestina del siglo primero. Jesús no tuvo inconveniente en transgredir estas normas, pues sólo así podía acercarse a los que estaban en situaciones más marginales.

Finalmente, sus curaciones son un signo de que el Reinado de Dios está empezando a llegar. Los profetas habían anunciado que la curación de los cojos, ciegos, sordos, etc sería el signo de que se cumplían las promesas de Dios. Jesús se refiere a esta profecía para explicar sus curaciones (Mt 11, 2-5 = Is 35, 5-6)

 

6. Las comidas de Jesús

Uno de los rasgos más distintivos del comportamiento de Jesús son sus comidas abiertas a todos. Estas comidas violaban las normas sociales que sirven para restringir el colectivo de personas con quienes se considera adecuado comer

Las comidas compartidas, abiertas a todos, son para Jesús uno de los contextos privilegiados en los que se empieza a hacer realidad el reinado de Dios

Con esta conducta Jesús se opone a una de las formas más comunes de definir las líneas de separación que marcan las diferencias de estatus en cualquier sociedad, así como a la práctica de los demás movimientos religiosos judíos del momento

 

6.1. Las comidas compartidas en la tradición evangélica

Las comidas de Jesús ocupan un lugar considerable en la tradición evangélica. Comer con otras personas fue para Jesús una forma privilegiada de dar a conocer el proyecto de Dios. A Jesús le encontramos dando de comer a una gran multitud, sentado a la mesa de quienes le invitaban, o en la última cena con sus discípulos. Las comidas fueron tan importantes en su vida, que después de su resurrección sus discípulos le reconocieron con frecuencia al compartir la mesa con Él. Su vida no se entiende sin estas comidas y tampoco su muerte, porque en cierto modo Jesús murió por la forma en que comía. No es extraño que la forma de comer fuera una cuestión muy importante para sus discípulos también. Basta con recordar el episodio del encuentro entre Pedro y Cornelio que cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 10,1-11,18), o leer despacio las recomendaciones de la Asamblea de Jerusalén (Hch 15,1-35) para darnos cuenta que las comidas siguieron siendo muy importantes para los cristianos.

Nos interesa en este momento sólo un grupo de estas comidas, aquellas en las que Jesús comparte la mesa con personas que entonces no gozaban de buena reputación. Los evangelios narran con cierto detalle algunas de ellas. Marcos, por ejemplo, cuenta como Jesús se sentó a la mesa con un grupo de recaudadores de impuestos en casa de Leví (Mc 2,14-17). Lucas cuenta cómo Jesús aceptó la hospitalidad de Zaqueo y fue a hospedarse en su casa (Lc 19,1-10). Y no sólo lo hacía él, sino que cuando envió a sus discípulos a anunciar la buena noticia de la llegada del Reinado de Dios, les recomendó: “quedaos en la casa que os reciba, comed y bebed de lo que tengan” (Lc 10,7).

Esta forma de actuar suscitó importantes críticas contra Él. Los fariseos se quejaron a sus discípulos: “Vuestro maestro come con publicanos y pecadores” (Mc 2,16); y el mismo Jesús se hizo eco de estas acusaciones cuando dijo: “Viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: Ahí tenéis a un comilón y a un borracho, amigo de publicanos y pecadores” (Lc 7,34). Esta acusación revela que tanto para Jesús como para sus adversarios, las comidas con los pecadores eran un asunto capital.

Es interesante observar las respuestas que Jesús da a esta acusación. Todas ellas tienen que ver con la oferta de la salvación abierta a todos. Es representativa la que encontramos después de que los fariseos recriminen a sus discípulos esta forma de actuar. Jesús les responde diciendo: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mc 2,17). Esto significa que sus comidas, y en concreto sus comidas con los pecadores y publicanos estaban relacionadas con su misión.

 

6.2. El significado cultural de la comida

Lo mismo que en caso de los exorcismos, a los lectores actuales nos llama poderosamente la atención la reacción social que desencadenaron las comidas de Jesús. Para comprender el significado de estas comidas y de las reacciones que suscitaron tenemos que situarlas en el contexto social de aquella época.

La antropología cultural ha mostrado que en todas las sociedades las comidas poseen un enorme valor simbólico. En ellas se reproduce a escala reducida el sistema social y su organización jerárquica. Basta observar cómo nos colocamos todavía hoy en la mesa y el orden en el que se sirven los alimentos, o incluso el hecho de que a las personas de mayor dignidad en la casa se les reserven ciertos alimentos, para darnos cuenta de que todavía hoy las comidas son un medio para reforzar la estructura de un grupo. Esto ocurre en las comidas privadas, pero sobre todo en los banquetes públicos.

Las comidas sirven, al mismo tiempo, para unir a los que las comparten y separarlos de los demás, y por eso son muy eficaces para reforzar las líneas divisorias entre los grupos. Estas fronteras se refuerzan de varias formas. La más importante es la comunión de mesa, es decir, la comida nos une a aquellos con los que comemos y nos separa de aquellos con quien nos está prohibido comer. Estas líneas de separación pueden trazarse también delimitando qué alimentos está permitido comer y cuáles no. Con este mismo objetivo se establecen días en los que los miembros de un grupo celebran comidas especiales, y también días en los que dichos grupos se privan de la comida (ayuno).

El Judaísmo había acentuado todos estos elementos confiriendo a las comidas un significado político-religioso y asignándoles la función de delimitar las fronteras entre los que pertenecían al pueblo de Israel y los que no. Había personas con las que no se podía compartir la mesa, porque su forma de actuar (publicanos y pecadores) o su condición social (ciegos, cojos, etc) los excluía de la comunión con los miembros del pueblo elegido. También eran muy rígidas las normas acerca de los alimentos puros e impuros, y sobre los días en que se debía ayunar.

 

6.3. El significado de la comensalidad abierta en el ministerio de Jesús

Las comidas de Jesús tenían un enorme significado porque violaban casi todas estas normas. Jesús comía con personas con las que un buen judío no debía compartir la mesa. Además declaraba que todos los alimentos eran puros, y para colmo no observaba el ayuno ni quería que sus discípulos lo hicieran (Mc 2,18-22). Tenemos que preguntarnos por qué Jesús se comportó de una forma tan provocadora.

Si las comidas son un microcosmos del sistema social, una forma de comer distinta de la habitual puede ser una forma de poner en crisis dicho sistema social. La sociedad en que Jesús nació estaba determinada por un rígido sistema de pureza, que dividía a los seres humanos según su sexo, su condición social y su pertenencia étnica. Al romper estos esquemas, Jesús intentaba romper estas fronteras que separaban a los puros de los impuros. El sistema social que aparece en sus comidas es el de una familia en la que todos son iguales.

Por otro lado, al admitir en su compañía a los publicanos y a otros pecadores públicos, Jesús ponía en práctica una estrategia de reintegración social, que también mandó practicar a sus discípulos. Esta estrategia es muy semejante a la que hemos descubierto en el caso de las sanaciones y los exorcismos. Los publicanos, los pecadores, los enfermos y los endemoniados tenían en común algo muy importante: todos ellos habían sido marginados por la sociedad en la que vivían. La forma de actuar de Jesús termina con esta situación de marginación.

Finalmente las comidas de Jesús tienen mucho que ver con la llegada del reinado de Dios. Esta relación aparece en sus parábolas y en su predicación. Ya los profetas habían relacionado las comidas con el cumplimiento de las promesas de Dios (Is 2). Jesús asume y amplía esta relación. El reino es un gran banquete en el que los puestos de honor se organizan de otra manera; un banquete al que hay que invitar sobre todo a los ciegos, cojos, lisiados, indigentes, etc (Lc 14). Jesús no renunció a este comportamiento contracultural, porque sus comidas expresaban y hacían presente el Reinado de Dios que anunciaba en su predicación.

 

7. Amistad con pecadores

Jesús, siguiendo los pasos del Bautista, predicó a las masas la conversión.
Sin embargo, tuvo un trato cercano y amistoso con muchas personas consideradas poco recomendables según la moral común del Judaísmo.

La relación amistosa de Jesús con publicanos y mujeres de mala reputación constituye el contenido de algunas de las acusaciones más probablemente históricas lanzadas contra él por sus adversarios.

Esta forma de comportamiento contrasta enormemente con el exclusivismo ético practicado por los demás grupos judíos del momento, así como por la Iglesia primitiva.

 

7.1. Los pecadores y el criterio histórico de incomodidad

En otros apartados hemos hablado ya de la identidad de los ‘pecadores’ en el Judaísmo del tiempo de Jesús. Hemos visto que eran, fundamentalmente, aquellos que vivían y se comportaban de modo parecido a los paganos. Es decir, quienes no se preocupaban de purificarse para participar en el culto divino, seguramente porque no participaban en él; quienes no seguían las costumbres que diferenciaban a los judíos de los paganos, sobre todo en materia de comidas y matrimonio; y quienes tenían un trato frecuente, amistoso o colaborador con los extranjeros que en Palestina hacían efectiva la administración y el dominio de Roma. En este apartado quiero simplemente demostrar de forma más detenida que el trato amistoso de Jesús con pecadores es uno de los rasgos de su comportamiento que tiene más probabilidades de ser histórico.

La historicidad del trato de Jesús con pecadores se apoya en, al menos, tres textos clave y se prueba de forma contundente con el llamado criterio de incomodidad. Además hay tres famosísimas parábolas en el capítulo 15 de evangelio de Lucas – la oveja perdida, la dracma perdida y el padre que tenía dos hijos – que podrían ser auténticas y haber sido pronunciadas por Jesús en el contexto de su defensa frente a quienes le acusaban de ser amigo de pecadores y comer con ellos (Lc 15, 1-2). Los textos son: Mc 2, 13-17, Q 7,33-34 y Lc 7, 36-50.

El primero Mc 2, 13-17 está probablemente formado por dos tradiciones independientes que fueron unidas, bien por el evangelista Marcos, o por algún recopilador anterior. Se trata de la invitación que Jesús hace a un publicano llamado Leví para que le siga como discípulo (Mc 2, 13-14) y de la celebración de un banquete donde Jesús y sus discípulos comparten mesa y comida con numerosos publicanos y gente de mala reputación (Mc 2, 15-17). Aunque es muy probable que el relato de la vocación de Leví no refleje el proceso real por el que uno de los publicanos de Cafarnaún decidió unirse al grupo de Jesús, la profesión que desempeñaba, el lugar donde vivía y quizás, incluso, el nombre tienen muchas posibilidades de ser históricos. Como ya hemos visto, la profesión de publicano estaba muy mal vista por el sector piadoso y nacionalista del pueblo Judío, lo cual nos permite pensar que la noticia de que uno de los discípulos de un maestro religioso era o había sido publicano resultaba particularmente escandalosa y llamativa. Cafarnaún, lugar en el que el relato sitúa el encuentro entre Jesús y Leví, es también plausible desde el punto de vista histórico, pues durante el reinado de Antipas pasaba por allí la frontera que dividía los territorios de éste y los de Filipo, y las fronteras son uno de los lugares donde se cobran los peajes y tasas a los comerciantes.

La comida de Jesús con publicanos y gente de mala reputación (Mc 2, 25-17) está transmitida en forma de controversia, en la que Jesús es acusado precisamente de compartir mesa con este tipo de gente y se ve en la necesidad de justificar su comportamiento – no tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos, no he venido a invitar a los justos sino a los pecadores. El mero hecho de que Jesús o quienes transmitieron sus tradiciones consideren necesario utilizar un discurso de defensa (apologético) indica que, para la moralidad vigente en la época, aquello que se narra no estaba bien visto.

Otro pasaje evangélico donde se refleja con claridad el carácter escandaloso del comportamiento de Jesús y la necesidad que tuvieron sus seguidores de recurrir a la apología para justificarle delante de la sociedad y, probablemente, delante también de algunas comunidades cristianas es Q 7, 33-34. Aquí, la defensa se pone en boca del propio Jesús, quien compara los rumores que corren acerca de Juan el Bautista y lo que se dice acerca de él: “Porque vino Juan que ni comía ni bebía y decís, tiene un demonio; viene este hijo de hombre que come y bebe y decís, eh aquí a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”. Es evidente que la acusación de comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores no pudo ser jamás un invento de los partidarios de Jesús o de la comunidad cristiana primitiva. Si está recogida en los evangelios, obras que se compusieron precisamente para dar un testimonio de fe en Jesús, es porque se trataba de una acusación muy difundida, de la que todos habían oído hablar y, por tanto, que los propios cristianos no podían negar. Lo único que podían hacer era rodearla de argumentos defensivos o apologéticos. El análisis del contexto evangélico donde está situada muestra que la parábola anterior Q 7, 31-32 y las reflexiones subsiguientes Q 7, 35, cumplen precisamente esta función.

Finalmente, la escena lucana Lc 7, 36-50 narra un encuentro escandaloso entre Jesús y una mujer a la que el propio narrador califica como ‘pecadora pública’. La actuación de la mujer, que unge y toca de manera ‘poco decorosa’ a Jesús, así como la actitud complaciente de éste último, motiva un diálogo lleno de humor e ironía, donde, de nuevo, podemos descubrir la necesidad que sintió la tradición cristiana de justificar la conducta socialmente inconveniente de su maestro y fundador.

Estos testimonios escandalosos y la presentación apologética que de ellos hacen los propios evangelios cumplen perfectamente las condiciones necesarias para que les podamos aplicar uno de los criterios de historicidad más seguros, a saber, el llamado criterio de incomodidad. Este criterio es válido en el ámbito general de la Sociología de Grupos, no sólo en el movimiento de Jesús y las comunidades cristianas primitivas. Afirma que ningún grupo inventa tradiciones acerca de sus orígenes que puedan ser perjudiciales para su propio programa. Por tanto, si conserva alguna tradición de este tenor es porque la considera auténtica o porque, siendo de conocimiento público, es incapaz de negarla. En este último caso, procurará presentarla en un contexto apologético.

Teniendo en cuenta que la Iglesia primitiva sintió muy pronto la necesidad de buscar aceptación dentro de la sociedad en la que vivía – la de la nación judía en Palestina y la de las ciudades grecorromanas en la diáspora – es fácil comprender que no estuviera interesada en dar mucha publicidad a las críticas vertidas contra Jesús a causa de su trato cercano con gentes de mala reputación. Por tanto, si los evangelios conservan los textos que hemos mencionado anteriormente es porque la mala fama de Jesús a este respecto estaba muy extendida y no podía ni negarse ni ignorarse. Lo que la tradición cristiana hace es asumir estos informes supuestamente negativos y presentarlos de tal manera que el comportamiento de su maestro fundador quede plenamente justificado. Ambas cosas indican que dichos informes tienen mucha probabilidad de ser históricos.

 

 

 

8. Significado de las acciones de Jesús

Situadas en su contexto cultural y en el marco explicativo de su predicación, las acciones de Jesús tienen un sentido contracultural muy claro. Precisamente porque entendieron su sentido todas aquellas personas interesadas en mantener el sistema vigente rechazaron a Jesús.

Las acciones de Jesús significan que el reinado de Dios está llegando porque ellas mismas quitan los obstáculos y crean las condiciones para que éste se haga realidad.

La motivación última del comportamiento de Jesús es su deseo de imitar la forma de ser y de actuar de Dios, a quien ve en todo momento como a su Padre.

 

8.1. Sentido de las acciones de Jesús en el contexto de su ministerio

Jesús quiso manifestar el proyecto de Dios no sólo a través de sus palabras, sino también a través de su forma de actuar. Su comportamiento tiene un profundo valor simbólico; es como una parábola viviente de lo que anuncia de palabra. Es algo muy parecido a lo que hicieron algunos profetas del Antiguo Testamento, aunque en Jesús estos gestos no son algo externo a sí mismo (una especie de representación), sino que forman parte de su propia vida. Por eso, cuando relacionamos su predicación con su vida, descubrimos una coherencia que resulta cautivadora. Jesús no vivió al margen de su predicación, sino que su vida fue ella misma predicación y explicación de lo que significaba en concreto el proyecto de Dios que Él vino a anunciar y la nueva vida que vino a comunicar. Los comportamientos  en los que nos hemos detenido en el estudio de este tema revelan una serie de rasgos comunes que ahora vamos a tratar de sintetizar.

En primer lugar hemos podido comprobar que la actuación de Jesús tuvo un fuerte carácter contracultural, es decir, que muchas actuaciones de Jesús no se atenían a las normas de comportamiento de su época. Esta forma de actuar provocó un fuerte rechazo de parte de sus contemporáneos, sobre todo de aquellos a quienes esta forma de actuar perjudicaba más. Esta reacción frente a la actuación de Jesús revela que sus adversarios se daban cuenta de lo que pretendía Jesús: instaurar una nueva forma de relación entre las personas más acorde con el plan de Dios, que con los privilegios que confería a algunos el sistema israelita de pureza.

Resulta clara la reacción que provocaron sus sanaciones. Nadie podía negar que sanara a los enfermos, pero podían acusarse de hacerlo en sábado, como de hecho ocurre en bastantes pasajes (Mc 3,1-6; Jn 5).
Más clara aún es la reacción que provocaron sus exorcismos y la acusación de realizarlos con el poder del Príncipe de los Demonios. Esta acusación se difundió tanto que hasta sus mismos parientes se sintieron afectados por ella y fueron a buscarlo para llevárselo (Mc 3,21: no porque estuviera loco o fuera de sí, sino porque estaba poseído).

También conocemos con detalle la acusación de comer con publicanos y pecadores. Son una vez más los fariseos quienes le acusan. Observemos que las acusaciones contra Jesús no provienen de la gente sencilla, que suele recibir con gozo sus curaciones, exorcismos y su comensalidad abierta, sino de aquellos que más se beneficiaban del sistema establecido.

A pesar de la fuerte presión que estas acusaciones suponían en una sociedad cerrada y con un intenso control sobre sus miembros, Jesús no cambió de actitud, sino que siguió actuando de esta forma, y además trató de explicar el sentido que tenía para Él esta actuación. Sus palabras explican la motivación que tenía para actuar así, y también la finalidad de dicha actuación.

La principal motivación de esta forma de actuar es que Dios actúa también así. Jesús comía con los pecadores porque Dios no hace distinciones entre las ovejas del redil y la extraviada, ni entre el hijo que se ha quedado en casa y el que se marchó (Lc 15). Sus exorcismos y sus sanaciones revelan cómo actúa en él la fuerza de Dios. Estas motivaciones revelan dos cosas: primero, que la fuerza de Jesús para mantenerse firme a pesar del rechazo que suscitaba su forma de actuar procede de su unión con el Padre; y segundo, que tenía una conciencia clara de su filiación divina. Jesús justificaba su forma de actuar diciendo que Él imitaba la actuación de su Padre. Esta “imitación del padre” era lo que mejor caracterizaba a un hijo en la antigüedad, y esto significa que la relación de Jesús con el Padre es fundamental para entender su actuación.

La finalidad de la actuación de Jesús es mostrar cómo el Reinado de Dios ha comenzado a hacerse presente. Este fue, como sabemos, el contenido principal de su predicación: “El Reinado de Dios ha comenzado a llegar” (Mc 1,15), y también el centro de su oración: “Venga tu Reinado” (Lc 11,2). Esta es también la clave para entender su actuación. Jesús llamó a un grupo de discípulos para enviarlos a anunciar y hacer presente este mismo Reinado, sus curaciones y sus exorcismos eran un signo patente de que Satanás había sido vencido y dicho reinado había comenzado a llegar, y sus comidas mostraban el rostro de este Reinado. En todos estos casos los destinatarios preferenciales de Jesús fueron los marginados y su actuación consistió en sacarlos de su marginación. El Reinado de Dios se construye desde los márgenes y crea nuevas relaciones que dan un sentido nuevo a la vida de la gente.

 

9. Los acciones prodigiosas en los evangelios

Calificaremos de acciones prodigiosas aquellas en las que Jesús demuestra un dominio extraordinario sobre ámbitos no humanos de la realidad. Las más destacadas son los milagros de abundancia y el control de las fuerzas naturales, como el viento y las olas del mar.

Las escenas evangélicas que describen estas acciones están muy elaboradas tanto a nivel literario como teológico. Suelen incluir importantes elementos simbólicos y, en muchos casos, parecen referirse a aspectos determinados de la vida de la iglesia.

Sin embargo, algunas podrían conservar un núcleo histórico de experiencias vividas por Jesús y/o sus discípulos en estados alterados de conciencia.

 

9.1. La interpretación cultural de los estados alterados de conciencia

Los testimonios evangélicos relativos a las actuaciones de Jesús que hemos llamado ‘prodigiosas’ participan de toda la problemática interpretativa que ha caracterizado clásicamente a los mal llamados ‘milagros’. En estos casos, sin embargo, la mayor parte de los exegetas modernos se ha inclinado siempre por interpretaciones no realistas. La escena de la transfiguración, el episodio en el que Jesús aborda la barca de sus discípulos caminando sobre las aguas del lago, o aquel otro en el que impone la calma a los vientos y las olas suelen interpretarse como construcciones literarias simbólicas o como escenas de apariciones del Resucitado que habrían sido ligeramente modificadas y atribuidas al Jesús histórico con fines narrativos, teológicos o catequéticos.

Quienes se inclinan por la interpretación simbólica no niegan que pueda existir algún hecho histórico que motivara inicialmente la construcción del relato, pero suponen que ese hecho debió ser un acontecimiento no extraordinario, aunque seguramente, muy significativo para la vida posterior de la Iglesia.

Así, por ejemplo, los dos episodios ubicados en medio del lago amenazante, en los que Jesús trae la calma y la salvación de sus discípulos, suelen leerse como exhortaciones dirigidas a la Iglesia (representada por la barca) para que siga adelante en su tarea, con la confianza inquebrantable de que Jesús está en medio de ella, siempre dispuesto a protegerla en las situaciones más apuradas (representadas en los vientos y las olas). Se admite, no obstante, que los relatos evangélicos construidos para ser leídos según esta clave simbólica pudieron inspirarse en alguna experiencia real de peligro vivida por Jesús y sus discípulos en alguna de sus múltiples travesías a lo largo del lago de Genesaret; experiencia en la que, sin embargo, se habrían salvado sin ningún tipo de intervención extraordinaria por parte de Jesús.

Recientemente se han propuesto lecturas diferentes de estas escenas que reconocen en ellas vivencias reales de sus protagonistas, pero que se basan en concepciones de la realidad distintas a la vigente en la cultura científico-técnica de nuestra civilización moderna occidental. Estas lecturas intentan recuperar la visión del mundo y la comprensión de la experiencia humana que operan en la mayoría de las culturas preindustriales, entre las que debemos incluir al Judaísmo antiguo, y que, como se ha podido comprobar, difiere profundamente de la nuestra.

Una de las diferencias más relevantes en relación con nuestro estudio es que la persona premoderna integra en su experiencia de la realidad numerosas vivencias que nosotros tendemos a considerar como irreales o no-reales. El caso más común es el de los sueños. Mientras que para el hombre occidental moderno un sueño es la no realidad por antonomasia y, por tanto, en su vida consciente nunca se le ocurrirá contar con aquello que ha experimentado mientras dormía, para el hombre antiguo, el sueño es un medio privilegiado para entrar en contacto con los espíritus de los antepasados o con los dioses. Es una forma de experiencia tan real como la correspondiente al estado de vigilia e, incluso, mucho más interesante y provechosa. A partir de un sueño se pueden aprender muchas cosas útiles del presente, el pasado y el futuro, adquirir poderes extraordinarios, tratar con seres y realidades que en la vida cotidiana permanecen ocultos. El hombre antiguo o preindustrial distingue perfectamente la realidad de la vida cotidiana de la realidad de los sueños, pero para él, al contrario de lo que pensamos nosotros, ambas realidades son importantes y efectivas en el conjunto de su vida.

Los psicólogos incluyen a los sueños en una categoría más amplia de vivencias humanas que denominan ‘estados alterados de conciencia’ (EAC). Entre estos estados también se cuentan distintas formas de alucinaciones, visiones y multitud de experiencias, en las que el sujeto deja de estar condicionado por las leyes del desplazamiento físico en el espacio y el tiempo, así como por la forma particular de su cuerpo. El estado psicofísico que subyace a estas vivencias puede provocarse artificialmente mediante ayunos o aislamientos prolongados, ejercicios extenuantes o la ingestión de substancias adecuadas, pero también se pueden producir de forma espontánea como consecuencia de emociones muy intensas. Las culturas tradicionales hacen uso frecuente de estos medios y valoran enormemente las ocasiones propicias para acceder a los EAC.

Lo más interesante de todos los estudios experimentales realizados hasta el momento es la diferencia de actitud que las personas pertenecientes a la civilización moderna occidental y las personas pertenecientes a culturas tradicionales preindustriales adoptan frente a estos EAC. Los primeros son tan capaces como los segundos de experimentar EAC, pero no consiguen darles ningún sentido y, por consiguiente, todo lo experimentado tiende a difuminarse rápidamente en la conciencia y a desaparecer en el olvido. El sujeto no vuelve a contar con estas vivencias para organizar o dar significado a su existencia. Por el contrario, las personas pertenecientes a culturas antiguas y preindustriales suelen disponer de un bagaje de conocimientos tradicionales con los que poder interpretar lo experimentado e integrarlo de forma coherente en su particular visión del mundo. Estas claves interpretativas interaccionan, evidentemente, con el puro estado psicofísico, de modo que la configuración de la experiencia variará en función de la cultura y del conjunto de creencias que guían la vida del sujeto. Ahora bien, esta configuración permite que la vivencia adquiera un sentido y que, por tanto, pueda ser recordada y utilizada por el sujeto como una parte integrante de su existencia consciente.

Volviendo a los relatos evangélicos, la experiencia intensa de un retiro prolongado con Jesús en la cima de un monte o el temor angustioso de verse engullido por las olas en medio de una tormenta pueden considerarse situaciones vitales propicias para que la conciencia de los discípulos pasara a un estado alterado. En dichos estados la interacción sensible con el entorno deja de ajustarse al tipo de coherencia que define la vida cotidiana, los deseos y temores pueden tener efectos no mediados por la acción, las cosas y las personas percibidas aparecen frecuentemente con identidades variables o resultan momentáneamente irreconocibles, personajes relevantes para el sujeto suelen manifestarse en el papel de salvadores o reveladores de conocimientos especiales.

Las características y posibilidades de los EAC experimentados por personas pertenecientes a culturas preindustriales resultan ser enormemente parecidos a los motivos descritos en los relatos evangélicos de acciones prodigiosas protagonizadas por Jesús. Por tanto, no deberíamos considerar imposible que, detrás de un cierto revestimiento simbólico de origen eclesial, tuviéramos narraciones genuinas de vivencias históricas experimentadas por los discípulos de Jesús en un estado de conciencia alterada.  

 

10. Gestos simbólicos de Jesús

En algunos momentos concretos de su vida Jesús realizó algunas acciones singulares con un alto contenido simbólico

La acción simbólica fue una forma de expresión característica de los profetas de Israel, en cuya tradición espiritual debemos situar a Jesús.

Es también probable que la tradición cristiana creara o modificara algunas escenas de la vida de Jesús con el fin de darles un contenido simbólico de carácter eclesial.

Las acciones simbólicas de Jesús más probablemente históricas son su actuación en el Templo, la entrada triunfal en Jerusalén y los gestos o palabras que están en el origen del ritual cristiano de la Eucaristía.

 

10.1. La acción de Jesús contra el Templo

El Nuevo Testamento transmite varias versiones ligeramente distintas de la acción de Jesús contra el Templo.

Los cuatro evangelistas narran la actuación violenta de Jesús contra los vendedores y cambistas instalados en el atrio del lugar sagrado (Mc 12,15-19; Mt 21,12-17; Lc 19,45-48; Jn 2,13-22), pero las palabras puestas en boca de Jesús por Juan y la tradición sinóptica respectivamente difieren de forma significativa. Los tres sinópticos citan una combinación de Is 56,7 y Jr 7,11: “Mi casa será casa de oración para todas las naciones, vosotros, sin embargo, la habéis convertido en cueva de ladrones”. Juan, por su parte, describe una controversia en la que los judíos exigen de Jesús una prueba de su autoridad para actuar de esa manera y Jesús les responde con una misteriosa alusión a la destrucción y reconstrucción del Templo: “Destruid este templo y yo lo levantaré en tres días”. A continuación el propio evangelista interpreta esta sentencia refiriéndola de forma simbólica a la muerte y resurrección de Jesús.

Curiosamente, la tradición sinóptica transmite unas palabras muy parecidas a éstas pero las presenta como testimonios falsos contra Jesús, en el contexto de su interrogatorio ante el sanedrín: “Nosotros le hemos oído decir: Yo derribaré este templo hecho por hombres y en tres días construiré otro no edificado por hombres” (Mc 14, 58 // Mt 26, 60-61).

Lucas, que no transmite este supuesto falso testimonio contra Jesús en su evangelio, utiliza parte del mismo el Libro de los Hechos de los Apóstoles, poniéndolo ahora en boca de quienes acusan a Esteban: “Le hemos oído decir (a Esteban) que ese Jesús de Nazaret destruirá este lugar santo y cambiará las costumbres que nos transmitió Moisés (Hch 6,14).

De todos estos paralelismos y variaciones podemos concluir con casi total seguridad que Jesús tuvo una postura muy crítica frente al Templo y realizó en él algún tipo de acción simbólica que todos relacionaron con el anuncio de su destrucción futura.

Como vimos en el tema 2, el culto en el Templo de Jerusalén constituía, para el Judaísmo postexílico, la actividad religiosa por excelencia. La posibilidad y el deber de participar en él definía la identidad del pueblo judío como pueblo elegido, el protagonismo en los sacrificios y rituales definía la jerarquía dentro de la nación judía, las normas de pureza ritual marcaban a los excluidos o marginados. El Templo era, además, el principal motor económico de Jerusalén y sus alrededores. La cría de animales para los sacrificios, los trabajos de construcción, los servicios de hospedaje para los peregrinos etc constituían los sectores laborales y comerciales de donde obtenían sus ingresos la mayor parte de los habitantes de la zona. Por tanto, criticar públicamente la actividad que giraba en torno al Templo o realizar acciones que pudieran desprestigiarlo suponía enfrentarse a la ideología dominante y a los intereses económicos de casi toda la población circundante. No sería, pues, extraño que la intervención violenta de Jesús en el Templo y la difusión de sus palabras críticas por el entorno de la ciudad santa le granjearan la enemistad de muchos y sirvieran de excusa a la jerarquía judía para denunciarlo ante Pilato.

 

10.2. Las comidas compartidas de Jesús y la Eucaristía cristiana

En la tradición cristiana encontramos huellas de una relación poco clarificada entre la práctica por parte de Jesús de la comensalidad abierta y el rito eucarístico que, tras la Pascua, se convertiría en el centro de la vida comunitaria. Efectivamente, las escenas de la multiplicación de los panes y los peces (Mc 6, 30-44 par; Jn 6) describen a Jesús realizando gestos que luego serán característicos de dicha celebración: bendecir y/o dar gracias y partir el pan. Aunque dichas escenas tienen el componente extraordinario de la multiplicación del alimento, parecen reflejar una situación típica en la vida pública de Jesús, a saber, la concentración de muchas personas en torno a él y la organización más o menos improvisada de comidas compartidas. Es muy probable que en todas estas comidas compartidas con la gente Jesús realizara esos gestos característicos y que con el tiempo llegaran a convertirse en un rito identificador de su persona y su movimiento.

Por otra parte, nada tiene de extraño que si Jesús celebró algún tipo de cena de despedida con sus seguidores más allegados entes de ser apresado y ejecutado, también en esta ocasión repitiera esos gestos, añadiendo, quizás, otras palabras relacionadas más específicamente con la ocasión. El conjunto de gestos y palabras referidos a esta circunstancia especial es lo que constituye el rito eucarístico transmitido por la corriente principal del Cristianismo primitivo. Lo que le caracteriza es su indisoluble relación con los acontecimientos pascuales.

Sorprendentemente, tenemos el testimonio de una comunidad cristiana que todavía en el siglo II celebraba la Eucaristía sin hacer ninguna referencia a la pasión de Jesús. Se trata de la comunidad en la que se escribió la Didajé o Doctrina de los Doce Apóstoles, un escrito muy apreciado por los Padres de la Iglesia y que en algunas zonas del mundo cristiano llegó a considerarse canónico. Merece la pena que citemos las palabras eucarísticas transmitidas en este escrito:

“Respecto a la acción de gracias, daréis gracias de esta manera:
Primeramente sobre el cáliz: Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David, tu siervo, la que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu siervo. A ti sea la gloria por los siglos.
Luego, sobre el fragmento (de pan): Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento que nos manifestaste por medio de Jesús, tu siervo. A ti sea la gloria por los siglos. Como este fragmento estaba disperso sobre los montes y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder por Jesucristo eternamente.” (Didajé IX, 2-4)

Parece, pues que la celebración de comidas compartidas pudo ser el contexto vital del ministerio de Jesús en el que surgió una forma particular de vincular la acción de gracias a Dios por el alimento recibido con la conciencia aguda de que, a través de esa comensalidad abierta, se estaba haciendo presente el Reino. Esta acción simbólica y al mismo tiempo eficaz – por cuanto rompía barreras y creaba solidaridad – pudo ser una de las raíces luego olvidadas de la celebración cristiana de la Eucaristía cuyas huellas se han conservado en la Didajé. Lo que esencialmente distingue a una de la otra es la función social de la comensalidad. Mientras que durante la vida de Jesús la comensalidad practicada por el movimiento se caracterizó por su apertura, por el rechazo explícito de todas aquellas barreras que pudieran condicionar o impedir la participación, la comensalidad cristiana de la Eucaristía se convierte muy pronto en una celebración grupal a la que sólo pueden asistir los miembros, un rito que sirve para definir y mantener la conciencia de la identidad especial de los cristianos en contraste con los que no lo son.

 

Agradecemos al autor - Copyrigth 2002-2003 Universidad Pontificia de Salamanca

http://www.jesus.teologia.upsa.es/subsecciones.asp?codsubseccion

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2006-05-20

 

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EL JESÚS HISTÓRICO – 8º (Pascua)

 

1. La muerte de Jesús: el dato históricamente mejor documentado

La ejecución de Jesús por orden de la autoridad romana es el dato históricamente mejor documentado de su vida, pues no sólo aparece en las fuentes cristianas, sino también en los escritos del historiador judío Flavio Josefo y del historiador romano Tácito.

Que el instrumento de la ejecución fue la cruz está testimoniado por las fuentes cristianas y por Flavio Josefo.

Sabemos que la crucifixión era la forma de ejecución habitualmente aplicada por los romanos a los rebeldes, los bandidos y gentes de baja extracción social acusadas de producir disturbios.

Las acusaciones por las que Jesús fue condenado son coherentes con esta pena.

 

1.1. La muerte de Jesús y los criterios de historicidad

Que Jesús no murió de muerte natural, sino que fue ejecutado por orden del prefecto romano de Judea es el dato sobre su vida que mejor y más completamente cumple los criterios de historicidad.

Cumple el criterio del testimonio múltiple, pues aparece en la tradición sinóptica y en la joánica, en la tradición de las cartas de pablo, en la carta a los hebreos y en los escritos de historiadores no cristianos. En la única fuente evangélica donde no se menciona es en el documento Q, aunque podría estar supuesto en las enseñanzas sobre el seguimiento y las palabras acerca del destino violento de los profetas (Q 14, 27; 13, 34). Además reviste formas literarias distintas, la forma narrativa del relato, la de confesiones de fe, predicciones y simples menciones dentro de escritos epistolares.

El dato de la ejecución de Jesús por parte de las autoridades romanas fue un dato incómodo para las primeras comunidades cristianas, de las cuales sabemos que, desde muy pronto, se esforzaron por ganar aceptación social como grupo religioso pacífico. El hecho de tener como fundador a una persona ajusticiada como rebelde político no favorecía en absoluto estas pretensiones, sino que, por el contrario, las hacía sospechosas de profesar una ideología opuesta al sistema y ser fuente potencial de conflicto. La forma como los relatos evangélicos de la pasión presentan los acontecimientos deja traslucir el vivo interés de los redactores por demostrar que Jesús era inocente, y que su ejecución fue el resultado de la ignorancia de los romanos y la envidia o perversidad de las autoridades judías. De todo ello podemos concluir que el dato de la ejecución de Jesús jamás pudo haber sido creado por sus seguidores y que, consecuentemente, la probabilidad de que sea histórico es casi absoluta.

Finalmente, es posible afirmar que la ejecución de Jesús por los romanos es contextualmente plausible, si tenemos en cuenta la situación política de Palestina, las sospechas que debió suscitar su predicación sobre el reinado de Dios y la forma expeditiva en que los prefectos romanos, especialmente Pilato, solían tratar a los súbditos de naciones sometidas que provocaban disturbios o eran sospechosos de poder movilizar al pueblo contra el poder de Roma.

La fiabilidad histórica del dato sobre la muerte de Jesús se ha convertido en fundamento de uno de los criterios de historicidad más importantes para la investigación histórica sobre Jesús realizada en las últimas décadas. Este criterio, conocido como criterio de rechazo y ejecución, afirma aquellos testimonios capaces de explicar las razones del rechazo sufrido por Jesús en Jerusalén y de su condena a muerte, son probablemente históricos.

 

2. La crucifixión en la Antigüedad

La crucifixión es una forma de ejecución de origen persa que fue adoptada por griegos y romanos.

El trato al que era sometido el condenado antes, durante y después de su agonía tenía por objeto degradarle ante la entera comunidad, hasta el punto de que su aspecto y actitud provocara la repugnancia y el rechazo de todos.

Como ocurre en toda forma de ejecución institucionalizada, la autoridad intenta legitimar su acción y suscitar la aprobación agresiva de los verdugos y espectadores despojando al condenado de todo aquello que le hace valioso como miembro de la comunidad y como persona

 

2.1. La crucifixión como ritual de degradación

El proceso de la crucifixión es una forma de ejecución especialmente diseñada para degradar públicamente al condenado. Las autoridades romanas la aplicaban a aquellos individuos a quienes no sólo se quería eliminar físicamente, sino también moral y afectivamente, a fin de que su posible influencia sobre la sociedad quedara borrada de forma definitiva junto con su existencia.

Conseguir que el reo quede despojado de todos aquellos rasgos que le hacen social y humanamente digno, que adquiera una apariencia repulsiva, que el miedo y el dolor le hagan perder el autocontrol... sirve para legitimar a las autoridades que han decidido deshacerse de él, facilita la tarea de los verdugos y avergüenza a los familiares y amigos.

El proceso de degradación del condenado a la cruz empezaba en el camino que debía recorrer hasta llegar al lugar de la ejecución, pasando por las zonas más populosas de la ciudad y cargando el travesaño de su propio patíbulo. Normalmente llevaba colgado al cuello un letrero con la causa de su condena. Muchas veces estaba ya desfigurado debido a las torturas que había sufrido en prisión.

El lugar donde era ejecutado estaba siempre fuera de la ciudad, simbolizando el rechazo de la entera comunidad hacia su persona; sin embargo, se solía elegir un punto concurrido o elevado con el fin de que hubiera el mayor número posible de testigos de su deshonra. La desnudez tenía por objeto avergonzarle públicamente, la forma como era colgado y la duración de la agonía, quebrarle moralmente y hacerle perder la compostura. Cuando finalmente moría, las autoridades prohibían que se le diera una sepultura digna. Lo más frecuente era que dejaran al cadáver sujeto a la cruz durante días y luego lo arrojaran a un vertedero o fosa común. En algunas ocasiones excepcionales permitían que la familia lo enterrara, pero con la condición de que no hubiera ritos funerarios ni otros signos de duelo.

 

3. Los testimonios cristianos sobre la muerte de Jesús

Disponemos de tres tipos de testimonios cristianos sobre la muerte de Jesús:

Confesiones de fe, en las que la referencia a la muerte está acompañada de la referencia a su resurrección. Se encuentran en las cartas de Pablo y en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Son fórmulas breves, muy antiguas.

Los relatos de la pasión. Cuatro de estos relatos constituyen la unidad narrativa final de cada uno de los cuatro evangelios canónicos. Existe un quinto relato de la pasión en el evangelio apócrifo de Pedro.

Los anuncios de la pasión que aparecen insertos en la propia narrativa de los evangelios

 

3.1. Los relatos canónicos de la pasión

Los cuatro evangelios canónicos terminan con una larga sección narrativa en la que se relatan los últimos acontecimientos de la vida de Jesús en Jerusalén, su prendimiento, juicio, muerte y sepultura. Le siguen en todos los casos una escena junto al sepulcro vacío y, en todos excepto Marcos, alguna o algunas escenas en las que Jesús resucitado se aparece a varios o a todos sus discípulos.

Las cuatro secciones de los últimos días de Jesús en Jerusalén coinciden en su escena inicial, la subida de Jesús a la ciudad santa montado en un borriquillo, y en toda la unidad narrativa final a la que se denomina propiamente ‘relato de la pasión’ (RP). Entre estas dos piezas coincidentes, la tradición sinóptica y la joánica difieren de forma considerable. Ambas intentan presentar las diversas causas del enfrentamiento entre Jesús y los dirigentes judíos que desembocó en la condena a muerte del primero, pero ni las escenas ni los contenidos temáticos se parecen.

Inmediatamente antes del comienzo del relato de la pasión encontramos otra coincidencia significativa aunque parcial. Se trata de los episodios enmarcados en el contexto de una cena de despedida, en la que Jesús realiza gestos simbólicos relacionados con el sentido de su muerte próxima. Sin embargo, los desarrollos literarios de las escenas, los gestos concretos realizados por Jesús y las palabras pronunciadas son elementos distintivos de cada una de esas dos tradiciones. La coincidencia entre ambas se reduce prácticamente al contexto de la escena y a su colocación en la trama narrativa del conjunto.

La sección de los últimos días de Jesús en Jerusalén tiene, pues, en los cuatro evangelios canónicos, el siguiente esquema:

Subida de Jesús a Jerusalén

Escenas en las que divergen las tradiciones sinóptica y joánica

Última cena

Relato de la pasión

Los relatos de la pasión propiamente dichos (Mc 14-15; Mt 26-27, Lc 22-23, Jn 18-19) comienzan con el prendimiento de Jesús durante la noche por los guardias del sumo sacerdote y la huida de los discípulos, continúan con el interrogatorios ante las autoridades judías, la negación de Pedro, la entrega a las autoridades romanas, el interrogatorio y juicio ante Pilato, y finalizan con la ejecución de la sentencia, la muerte y la sepultura. La coincidencia exacta entre la tradición sinóptica y la joánica, tanto en los contenidos temáticos como en el orden de los distintos acontecimientos, hace sospechar que ambas tradiciones se remontan a un mismo relato primitivo de la pasión, originalmente fijado en la comunidad postpascual de Jerusalén, y al que todos los estudiosos atribuyen una gran antigüedad.

 

3.2. El relato pre-marcano de la Pasión

Las coincidencias entre Marcos y Juan en el RP indican que ambos evangelistas dependen de una tradición anterior a ellos, pero los diversos intentos de reconstrucción de este relato pre-evangélico de la pasión no han logrado un consenso generalizado. La causa de esta falta de consenso hay que buscarla en la naturaleza misma de la tradición estudiada. El RP no contiene una tradición discursiva, como ocurre con el Documento Q, sino una tradición narrativa. A diferencia de las tradiciones discursivas, preocupadas por conservar la literalidad de los dichos, las tradiciones narrativas ponen el acento en conservar la trama de los acontecimientos narrados. A pesar de estas dificultades, algunos autores han intentado reconstruir el relato que habría servido de base a Marcos y a Juan, pero su propuesta ha sido muy contestada.

Ante la enorme dificultad que entraña la reconstrucción del relato que sirvió de base a Marcos y a Juan, los esfuerzos de los investigadores se han centrado en una tarea más modesta: reconstruir el relato pre-joánico y el pre-marcano. En esta tarea es decisivo el recurso al análisis redaccional, pues si fuera posible eliminar las modificaciones redaccionales, podríamos identificar el relato tradicional utilizado por el evangelista. El mayor obstáculo en esta empresa es la falta de lugares paralelos, que necesariamente hace el análisis redaccional más complejo y la identificación del relato tradicional más hipotética. Este hecho explica la diversidad de las reconstrucciones propuestas en los últimos ochenta años.

Las diversas reconstrucciones que se han hecho hasta ahora del Relato Pre-Marcano de la Pasión (RPMcP) se fundamentan en ciertos presupuestos y utilizan implícita o explícitamente una serie de criterios para distinguir los elementos añadidos, sean estos tradicionales o redaccionales. El RPMcP era una narración en la que los diversos episodios (unidades literarias) estaban unidos por una trama, mientras que las otras tradiciones evangélicas eran, en su mayoría, independientes entre sí y no formaban parte de un relato seguido. En esta parte de su evangelio, la tarea redaccional de Marcos consistió en insertar unidades literarias independientes y sobre todo en modificar pasajes ya existentes. Estas modificaciones pueden identificarse gracias a la presencia del estilo y vocabulario propio de Marcos y, sobre todo, a la presencia de temas teológicos característicos que aparecen en el resto del evangelio.

Utilizando estos criterios, puede reconstruirse el RPMcP y aunque se trata de una reconstrucción hipotética, resulta muy útil para imaginar cómo pudo haber sido el relato que utilizó Marcos en la composición de su evangelio.

 

[EL RELATO PRE-MARCANO DE LA PASIÓN

Mc 14, 17 Y al anochecer fue con los doce. 18 Y cuando estaban sentados a la mesa y comiendo dijo Jesús: En verdad os digo que uno de vosotros, uno que está comiendo conmigo, me entregará. 19 Comenzaron a entristecerse y a decirle uno por uno: ¿Acaso soy yo? 20 Él les dijo: Uno de los doce, el que moja conmigo en el plato. 21 Pues el Hijo del hombre se va como está escrito de él, pero ay de ese hombre a través del cual el Hijo del hombre es entregado. Más le valdría a ese hombre no haber nacido.
Mc 14, 26 Y… salieron hacia el Monte de los Olivos. 27 y les dice Jesús: Todos tropezaréis, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas… 29 Pedro le dijo: Aunque todos tropiecen, yo no (tropezaré). 30 Y Jesús le dice: En verdad te digo que mañana, esta misma noche, antes de que … el gallo cante, me habrás negado tres veces. 31 Pero él insistía diciendo: Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. Y lo mismo decían todos.
Mc 14, 43 Y … llega Judas, uno de los doce, y con él una muchedumbre con espadas y palos de parte de los jefes de los sacerdotes … 46 Ellos le echaron mano y le sujetaron. 47 Uno de los presentes, sacando la espada hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le cortó la oreja. 48 Y Jesús dirigiéndose a ellos y les dijo: ¿Habéis salido con espadas y palos para apresarme como (si fuera) un ladrón? 49 … Pero es para que se cumplan las Escrituras. 50 Y después de abandonarle, huyeron todos …
Mc 14, 43 Y … llega Judas, uno de los doce, y con él una muchedumbre con espadas y palos de parte de los jefes de los sacerdotes … 46 Ellos le echaron mano y le sujetaron. 47 Uno de los presentes, sacando la espada hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le cortó la oreja. 48 Y Jesús dirigiéndose a ellos y les dijo: ¿Habéis salido con espadas y palos para apresarme como (si fuera) un ladrón? 49 … Pero es para que se cumplan las Escrituras. 50 Y después de abandonarle, huyeron todos …
Mc 14, 53 Y llevaron a Jesús a presencia del Sumo Sacerdote, y se reunieron todos los jefes de los sacerdotes … 54 Y Pedro le siguió de lejos hasta la entrada del palacio del Sumo Sacerdote y estaba sentado con los sirvientes y se calentaba a la lumbre. 55 Los jefes de los sacerdotes … buscaban un testimonio contra Jesús para darle muerte, pero no lo encontraban … 57 Y algunos, levantándose, dieron falso testimonio contra él diciendo: 58 Nosotros le hemos oído decir: Yo destruiré este templo hecho con manos humanas y en tres días edificaré otro no hecho con manos humanas … 60 Y levantándose el Sumo Sacerdote (se puso) en medio y preguntó a Jesús diciendo: ¿No respondes nada a las acusaciones de estos? 61 Pero él calló y no respondió nada … El sumo sacerdote se rasgó las vestiduras y dijo: ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? 64 Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece? Todos lo juzgaron reo de muerte. 65 Algunos comenzaron a escupirle, le tapaban la cara, le daban bofetadas y le decían: ¡Profetiza! Y también los guardias lo golpeaban.
Mc 14, 66 Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las criadas del Sumo Sacerdote. 67 Al ver a Pedro calentándose, se le quedó mirando y le dijo: También tú andabas con Jesús, el Nazareno. 68 Pero él lo negó diciendo: No sé ni entiendo de qué hablas. Y salió afuera, a la entrada. 69 Lo vio la criada y otra vez se puso a decir a los que estaban allí: Este es uno de ellos. 70 Pero él lo volvió a negar. Poco después los presentes decían de nuevo a Pedro: Verdaderamente eres uno de ellos, pues eres galileo. 71 El comenzó entonces a echar imprecaciones y a jurar: Yo no conozco a ese hombre del que habláis. 72 Y … cantó el gallo …
Mc 15, 1 Muy de madrugada … atando a Jesús, lo llevaron y se lo entregaron a Pilato. [[2 Pilato le preguntó: ¿Eres tú el rey de los judíos? Él le respondió diciendo: Tú lo dices.]] 3 Los jefes de los sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. 4 Pilato lo interrogó de nuevo diciendo: ¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan. 5 Pero Jesús no respondió nada más, de modo que Pilato se quedó extrañado.
Mc 15, [[6 Por la fiesta les liberaba a un preso, el que pidieran. 7 Estaba encarcelado el llamado Barrabás con los sediciosos que habían cometido un asesinato en un motín. 8 Cuando llegó la gente, comenzó a pedir lo que les solía conceder. 9 Pilato les dijo: ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos? … 11 Los jefes de los sacerdotes azuzaron a la gente para que les soltase a Barrabás. 12 Pilato, dirigiéndose a ellos de nuevo, les preguntó: ¿Y qué queréis que haga con el que llamáis rey de los judíos? 13 Ellos gritaron: ¡Crucifícalo! 14 Pilato les dijo: Pues ¿qué ha hecho de malo? Pero ellos gritaron todavía más fuerte: ¡Crucifícalo!]] 15 Pilato, entonces, [[queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás y]] después de mandarlo azotar, entregó a Jesús para que  lo crucificaran.
Mc 15, 20 Y lo sacaron para crucificarlo … 22 y lo condujeron hasta el Gólgota … 23 Le daban vino mezclado con mirra, pero él no lo aceptó. 24 Y lo crucificaron y se repartieron sus vestidos, echándolos a suertes, para ver qué se llevaba cada uno. 25 Era la hora tercia cuando lo crucificaron. 26 Y había escrito un letrero con la causa de su condena: el rey de los judíos ... 29 Los que pasaban lo insultaban, meneando la cabeza y diciendo: ¡He ahí al que destruía el templo y lo reedificaba en tres días! 30 ¡Sálvate a ti mismo, bajando de la cruz! 33 Al llegar la hora sexta toda la tierra se oscureció hasta la hora nona. 34 Y a la hora nona suplicó Jesús con fuerte voz: Eloí, Eloí, ¿lemá sabaktaní? … 35 Algunos de los presentes decían al oírle: Mira, llama a Elías. 36 Uno fue corriendo a empapar una esponja en vinagre y, sujetándola en una caña, le ofrecía de beber, diciendo: Dejadlo, veamos si viene Elías a descolgarlo. 37 Pero Jesús, lanzando un fuerte grito, expiró. 38 La cortina del templo se rasgó en dos de arriba abajo…
Mc 15, 42 Al caer la tarde … 43 llegó José, el de Arimatea, que era miembro distinguido del consejo … y tuvo el valor de presentarse a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. 44 Pilato … 45 … le dió el cadáver. 46 Y, después de comprar una sábana y de bajarlo, lo envolvió en la sábana, lo puso en un sepulcro que había sido excavado en la roca e hizo rodar una piedra sobre la entrada del sepulcro. 47 María Magdalena y María la de José observaban dónde lo ponían.
Mc 16, 2 Y muy de madrugada … fueron al sepulcro. 3 Y se preguntaban: ¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro? 4 Pero, al mirar, observaron que la piedra había sido ya retirada … 5 Y cuando entraron en el sepulcro vieron a un joven sentado a la derecha, que iba vestido con una túnica blanca, y se asustaron. 6 Pero él les dijo: No os asustéis. Buscáis a Jesús, el Nazareno, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí. Mirad el lugar donde lo pusieron … ]

 

Es muy difícil saber con precisión si el RPMcP era exactamente así. Lo más que podemos decir es que esta reconstrucción, lo mismo que otras precedentes, se aproxima a dicho relato. A favor de ella pueden aducirse algunos argumentos de tipo narrativo, pues el relato, así reconstruido, posee un marco temporal y espacial preciso, unos personajes bien definidos y una trama narrativa compleja y bien trabada.

El marco temporal abarca dos días, que comienzan con la caída de la tarde: al atardecer (14,17); muy de madrugada (15,1); la hora tercia (15,25); la hora séptima (15,33); la hora nona (15,33-34); al atardecer (15,42); a la salida del sol (16,2). Las referencias a la fiesta de la Pascua se superponen en el RP de Mc a este esquema más sencillo. También el marco espacial está bien definido: una casa donde Jesús cena con sus discípulos (14,18); el monte de los Olivos (14,26); la casa del Sumo Sacerdote (14,53); la casa de Pilato (15,1); el Gólgota (15,22); un sepulcro excavado en roca (15,46). Tanto las indicaciones de lugar como las de tiempo son más precisas en la escena de la crucifixión y muerte de Jesús, probablemente la tradición que se recordaba con más exactitud.

Los personajes también están bien dibujados. Cinco de ellos poseen un protagonismo especial y son caracterizados con mayor detalle. El más importante, sin duda, es Jesús, que tiene un papel activo al comienzo del relato y luego pasa a una actitud pasiva de gran elocuencia. También se caracteriza a dos de sus discípulos: Judas y Pedro, y a otros dos personajes: el Sumo Sacerdote y Pilato. Además de estos personajes individuales, intervienen otros colectivos. Dos ellos están caracterizados con cierto detalle: los Doce y los jefes de los sacerdotes. Hay otros personajes, tanto individuales como colectivos, que actúan como comparsa en el relato: la criada del Sumo Sacerdote, aquel a quien le cortan lo oreja en el momento del arresto, las dos mujeres que están al pie de la cruz, (Barrabás), la tropa que va a arrestar a Jesús y la gente. En los pasajes añadidos por Marcos encontramos otros personajes, todos ellos individuales, que tienen en común el hecho de encarnar alguna de las actitudes propias del discípulo: la mujer que le unge en Betania (14,3-9); los tres discípulos, que le acompañan en la oración de Getsemaní (14,32-42); Simón de Cirene, que carga con su cruz (15,21); el centurión, que le reconoce como Hijo de Dios (Mc 15,39); o las mujeres que le seguían y servían (15,40-41).

Finalmente, hay una trama que une las diversas escenas del relato. Esta unión se da a través de anuncios que se cumplen, como el de la traición de Judas y la negación de Pedro y los Doce, o de la sucesión de acontecimientos que se exigen unos a otros: arresto – juicio y condena – entrega a Pilato – muerte. También las referencias a un mismo tema, que evolucionan a lo largo del relato sirven para darle unidad y coherencia, como la mención de templo (Mc 14,49. 58; 15,29. 37). Nótese que los pasajes que hemos considerado como inserciones de Marcos, algunos de ellos tal vez provenientes de la tradición oral, tienen una relación débil con esta trama básica del RPMcP.

 

3.3. El evangelio de Pedro

La mención de un evangelio atribuido a Pedro aparece en boca del obispo Serapion (finales del siglo II) en una cita transmitida por Eusebio de Cesarea. Desde 1892 se conoce un fragmento, datado entre los siglos VIII y IX, que contiene parte de un escrito en griego denominado también evangelio de Pedro. Sin embargo, debido a su datación tardía no era posible establecer una relación entre dicho escrito y la obra mencionada por Serapion. Felizmente, en 1972 Lührmann descubrió que dos pequeños fragmentos de papiro hallados en Oxyrhyncho y que se remontan al entorno del año 200 pertenecen a la misma obra. Este descubrimiento permite suponer que el fragmento del evangelio de Pedro datado en el siglo VIII o IX es una copia tardía de una obra atribuida al apóstol Pedro que ya era conocida y discutida a finales del siglo II.

El fragmento conocido del evangelio de Pedro narra el juicio de Jesús, su crucifixión, su sepultura y tres escenas de aparición del Resucitado. La primera ante los guardias que custodian la tumba, la segunda ante María Magdalena y otras mujeres, la tercera, de la que sólo conservamos sus primeras líneas, ante Pedro, Andrés y algunos otros discípulos, a las orillas del lago.

Aunque el evangelio de Pedro contiene muchos elementos que parecen proceder de los evangelios canónicos y exhibe el tipo de rasgos legendarios que normalmente caracterizan los escritos cristianos tardíos, la forma como usa el Antiguo Testamento para interpretar los acontecimientos narrados es técnica y literariamente mucho más primitiva que la utilizada en los relatos canónicos de la pasión. Esto ha hecho pensar a algunos estudiosos que el evangelio de Pedro se apoya en un relato de la pasión más antiguo que los de los evangelios canónicos y que podría coincidir con una de las fuentes utilizadas por los cuatro evangelistas.

 

4. Últimos acontecimientos de la vida de Jesús: peregrinaje a Jerusalén

Jesús fue ejecutado en Jerusalén durante las fiestas judías de la Pascua.
Jesús y sus discípulos llegaron a Jerusalén entre los peregrinos que iban allí para celebrar las fiestas.

La celebración multitudinaria de las fiestas nacionales judías eran frecuente ocasión de disturbios y protestas contra Roma, por eso el prefecto romano, que habitualmente vivía en Cesarea Marítima, se trasladaba a Jerusalén durante las fiestas.

Al llegar a la ciudad santa, Jesús realizó dos acciones simbólicas muy provocativas: entró montado en un borrico entre las aclamaciones de sus seguidores; y agredió a los cambistas y vendedores de animales que regentaban sus negocios en las dependencias del Templo

 

4.1. La Jerusalén herodiana y las peregrinaciones

Los últimos días de la vida de Jesús transcurrieron en la ciudad de Jerusalén. Los evangelios cuentan con bastante detalle qué es lo que pasó en ellos, aunque sus informaciones plantean algunos problemas de tipo histórico. Para ambientar esta última semana de la vida de Jesús es conveniente conocer algo sobre la situación de Jerusalén en aquella época, sobre las fuentes que recogen lo sucedido aquellos días y sobre los acontecimientos más importantes.

La intensa actividad constructora de Herodes el Grande había cambiado en pocos años el rostro de Jerusalén. Suntuosos palacios, una nueva muralla para ampliar el perímetro de la ciudad y sobre todo la reconstrucción del templo dieron a Jerusalén en tiempos de este gobernante de origen idumeo un esplendor que no había tenido antes y que no volvería a tener nunca más después. La obra del templo fue probablemente la más significativa y espectacular. Se construyeron grandes bóvedas con las que salvar la pendiente que descendía hacia la ciudadela de David y poder así alargar la explanada; se construyeron nuevos atrios, diversas entradas y multitud de dependencias internas. El templo se convirtió de nuevo en el centro del judaísmo. Herodes no lo hizo por devoción, pues al mismo tiempo estaba construyendo otro templo en honor del emperador en Cesarea Marítima, sino para ganarse a la aristocracia sacerdotal.

 

Con la reconstrucción del templo cobraron nuevo auge las peregrinaciones de judíos de todas partes, que en fechas señaladas llegaban allí para ofrecer sus sacrificios. La Pascua era la fiesta más importante, la que reunía mayor número de peregrinos. Según los evangelios este es el marco en el que debemos situar la actividad de Jesús en Jerusalén. La mayor parte de dicha actividad tuvo como escenario el templo o estuvo relacionada con él.

 

4.2. Las provocaciones de Jesús en Jerusalén

La actuación de Jesús los días anteriores a la Pascua no parece haber sido la de una persona que quiere pasar desapercibida. Los cuatro evangelistas coinciden en que su entrada a Jerusalén tuvo las características de una manifestación popular en la que se lanzaron gritos, aclamaciones y consignas de marcado contenido político – referencias al reinado de Dios sobre Israel y al papel de Jesús como enviado de Dios, en calidad de sucesor de David (Mt 21,9; Mc 11,9-10; Lc 19,38; Jn 12,13). Independientemente de la mayor o menor coincidencia entre el modelo de reinado de Dios predicado por Jesús y las esperanzas populares en una forma de autogobierno nacional inspirada en la justicia divina conocida por la tradición, esos gritos sólo podían entenderse como una protesta contra la situación política y social del momento y como la expresión de una esperanza de cambio.

En una ciudad relativamente pequeña como Jerusalén, llena a rebosar de peregrinos, bajo el control de los soldados romanos que patrullaban por las calles y vigilaban desde lo alto de las murallas, esta manifestación tuvo necesariamente que hacer saltar la figura de Jesús al primer plano del interés popular y provocar la alerta entre las autoridades. Sin duda, la cita de la Escritura que añade Mateo (Mt 21, 4-5) en la que se hace referencia explícita al talante pacífico del rey de Sión, refleja la preocupación del evangelista por dejar bien claro que Jesús no tenía intenciones violentas. El hecho de que Mateo sintiera tal preocupación demuestra, a su vez, que esa actuación de Jesús nunca había dejado de suscitar recelo. 

La tradición sinóptica sitúa también en estos días anteriores a la Pascua otra actuación provocativa de Jesús, localizada esta vez en el Templo. Juan narra la misma escena pero no la sitúa al final de la vida de Jesús, sino al comienzo de su ministerio. Sin embargo, casi todos los estudiosos consideran que es este evangelista quien ha desplazado el episodio por razones teológicas y/o literarias.

Según los cuatro evangelios, Jesús entró en el recinto del Templo y empezó a agredir a los cambistas y a los que vendían animales, derribándoles los puestos e impidiendo que realizaran tranquilamente sus actividades (Jn 2, 13-16; Mc 11,15-17; Mt 21,10-17; Lc 19, 45-46). Independientemente del sentido que se dé a esta acción, es evidente que constituye una ofensa contra la institución religiosa encarnada en el sistema del Templo; ofensa que no pudo dejar indiferentes a los dirigentes religiosos quienes, como sabemos, eran también los dirigentes locales de la comunidad judía, subordinados al poder de Roma. Los sinópticos ponen en boca de Jesús una cita mixta en la que se reivindica el Templo como casa de oración para todas las naciones y se acusa a los vendedores y cambistas - indirectamente a los dirigentes judíos - de haberla convertido en una morada de ladrones. Juan, sin embargo, hace pronunciar a Jesús una profecía relativa a la pronta destrucción del Templo y a su reconstrucción por parte del propio Jesús. Significativamente, los sinópticos mencionan esa profecía como si se tratara de unas palabras que falsos testigos atribuyen a Jesús durante su juicio ante las autoridades judías. Los evangelios sinópticos han precedido el relato de la pasión de un largo discurso en el que Jesús anuncia la destrucción del Templo (Mt 24,1-2; Mc 13,1-2; Lc 21, 5-6) en el que, sin embargo, no se menciona su reconstrucción. Esto último se debe, probablemente, a que, cuando escriben los evangelistas, nadie espera que el Templo destruido por los romanos (70 d.C.) vaya a ser reconstruido. 

A partir de todos estos datos es posible conjeturar que la actuación de Jesús en el Templo está relacionada con el anuncio de su destrucción, y que ambas cosas reflejan la actitud de Jesús frente a esta institución religiosa. Es muy probable que Jesús anunciara una destrucción simbólica del templo y la reconstrucción del mismo, también de una forma simbólica, en el grupo de sus discípulos. De hecho, más tarde Pablo llamará “columnas” a los dirigentes de la comunidad de Jerusalén (Gál 2,9), aludiendo posiblemente a esta reconstrucción que habría tenido lugar en la comunidad cristiana.

Este rechazo fue anticipado de forma indirecta pero muy profusa en la actitud que Jesús había mantenido a lo largo de todo su ministerio frente a las normas de pureza. Como hemos visto en otros apartados de este curso, las normas de pureza tienen su origen en la legislación relativa al culto del Templo, y tienen la función de excluir de la comunidad religiosa de Israel a toda una serie de individuos no deseables – extranjeros, enfermos, mujeres en determinados periodos de su ciclo vital ... El rechazo de Jesús a esas normas es, pues, coherente con el rechazo al culto oficial del Templo.

 

5. Últimos acontecimientos de la vida de Jesús: prendimiento, juicio y condena

Jesús celebró una última cena con sus discípulos durante la cual realizó gestos y pronunció palabras relacionadas con el sentido de su muerte

Fue arrestado durante la noche por soldados de la guardia del Templo y con la colaboración de uno de los doce

Sus discípulos escaparon y no parece que las autoridades tuvieran interés en perseguirlos

Fue interrogado por el Sumo Sacerdote y otros miembros del Sanedrín, quienes le denunciaron y entregaron al prefecto romano Pilato

Pilato le sometió a un juicio rápido y le condenó a morir en la cruz

 

 

 

5.1. Las causas y los responsables de la muerte de Jesús

La pregunta histórica por las causas de la muerte de Jesús debe responderse a dos niveles. Uno, el más superficial, sería el de las causas inmediatas que provocaron su prendimiento en Jerusalén. El otro, más profundo, el de las razones por las que Jesús se convirtió en una persona incómoda para los guardianes del orden establecido y a la que, consiguientemente, juzgaron conveniente suprimir.

Las dos acciones estudiadas en el apartado anterior, la manifestación liderada por Jesús en su subida a Jerusalén y su comportamiento violento en el Templo, revisten eran lo suficientemente graves como para provocar la alarma de las autoridades y su consecuente arresto. Hemos de tener en cuenta a este respecto que la tensión política habitual motivada por el sometimiento de Judea a Roma se incrementaba enormemente durante las fiestas religiosas nacionales celebradas en la ciudad santa. La presencia de las tropas romanas por las calles exacerbaba el sentimiento de rechazo de muchos judíos hacia la potencia dominante, y las autoridades, tanto la romana como las judías, vivían seguramente esos días en un estado de máxima alerta y nerviosismo.

Es probable que los romanos no concedieran mucha importancia a la actuación en el Templo, pero sí serían sensibles a los gritos de contenido político lanzados por los que subieron a ciudad liderados por Jesús. Ambas acciones resultaban amenazantes para la aristocracia sacerdotal judía que, por una parte, se definía a sí misma y legitimaba su estatus ante la comunidad en virtud de su función cultual en el Templo, y, por otra, hacía el papel de autoridad local mediadora entre el pueblo judío y Roma. Roma apoyaba a esta aristocracia local con la condición de que fuera capaz de asegurar el orden interno y la subordinación pacífica de la nación a los dictados del Imperio. Si los jefes de los sacerdotes y los notables judíos fallaban en este cometido corrían el riesgo de que los romanos les destituyeran e impusieran medidas más represivas contra el pueblo. No es, por tanto, extraño que la acusación de la profecía contra el Templo aparezca en el interrogatorio de Jesús ante el sanedrín, mientras que el cargo por el que los dirigentes judíos le acusan ante Pilato sea el de presentarse como mesías o rey de los judíos.
Significativamente, este último título es el que figurará como causa de condena en el letrero fijado sobre la cruz, letrero que con toda probabilidad llevó Jesús colgado del cuello durante su recorrido por las calles de Jerusalén en el camino al lugar de la ejecución.

Como ya hemos anticipado, existen otras causas más profundas de la muerte de Jesús que se han ido haciendo manifiestas a lo largo de nuestro estudio sobre su enseñanza y su conducta. De forma sintética podemos decir que muchos de los contenidos de esa enseñanza y muchas de las implicaciones de esa conducta deslegitimaban el orden político, social y religioso vigente en la Palestina de su tiempo. Deslegitimaban la autoridad patriarcal propia de la familia tradicional mediterránea, el sistema de relaciones económicas impuesto por el poder de Roma al campesinado, las normas de pureza que excluían de la comunidad religiosa a los no deseados y marcaban las diferencias de estatus en la sociedad judía, la pretendida mediación necesaria del sacerdocio en la comunicación entre Dios y los hombres. 

La clase gobernante de cualquier sociedad no teme únicamente a los agitadores violentos, sino que también recela y adopta medidas de precaución contra las personas que de forma pacífica promueven un tipo de pensamiento o de conducta capaz de restar legitimidad al orden vigente. Cuando la influencia que estas personas ejercen sobre la opinión pública es juzgada excesiva por la clase dirigente las medidas de precaución suelen transformarse en medidas represivas. En una sociedad antigua sometida al poder de Roma, donde no había nada parecido a los derechos humanos del individuo y donde el bien y el orden de la comunidad local o del Imperio justificaba casi cualquier tipo de acción represiva, no es nada extraño que Jesús estuviera en el punto de mira de las autoridades y que éstas aprovecharan la oportunidad que él mismo les brindó en Jerusalén para arrestarle y condenarle.

 

6. Sesgo político y carácter teológico de los relatos de la pasión Los relatos de la pasión son narraciones teológicamente interpretadas de un acontecimiento histórico.

Muchos detalles de lo narrado son referencias a pasajes de la escritura y tradiciones judías, mediante las que se quiere dar sentido a la forma y circunstancias en las que murió Jesús.

Los relatos evangélicos de la pasión reflejan el interés de la iglesia primitiva por exculpar a la autoridad romana y atribuir toda la responsabilidad por la muerte de Jesús a los judíos.

Esto responde a la necesidad que sentían las comunidades cristianas de legitimar su existencia ante Roma y a su confrontación creciente con la corriente principal del judaísmo contemporáneo.

 

6.1. Elementos teológicos en el relato de la pasión

La visión del mundo de los discípulos de Jesús era, como la de la mayoría de los judíos palestinos de su época, esencialmente religiosa. Estaba construida a partir de las tradiciones históricas, cultuales y legales de la nación que se identificaba a sí misma como el pueblo elegido de Dios. La visión del mundo de un pueblo o de una persona, es el marco de conceptos, relaciones e imágenes sobre cuyo trasfondo cobran sentido las nuevas experiencias. Por eso no es extraño que los seguidores de Jesús, a la hora de intentar asimilar el terrible acontecimiento de su ejecución, necesitaran darle sentido proyectándolo sobre el marco de la tradición religiosa de Israel. Esta es la razón por la que los relatos de la pasión están llenos de referencias, alusiones y citas de las Escrituras judías.

Entre los elementos de carácter teológico que encontramos en el relato de la pasión destacan: las fechas exactas de los acontecimientos, los títulos cristológicos mencionados en los interrogatorios y las alusiones directas o indirectas a los salmos en la escena de la crucifixión

Las fechas exactas en las que, según los evangelios, se produjeron los distintos acontecimientos de la pasión podría reflejar esta proyección. Así, según la tradición sinóptica, la cena de despedida que Jesús celebró con sus discípulos la noche en que fue arrestado fue una cena de Pascua. Esta identificación permite entender el rito de compartir el pan y el vino, allí originado, como una sustitución de la celebración de la Pascua. El evangelio de Juan, por su parte, sitúa la cena de despedida la víspera de la noche de Pascua, lo cual permite hacer coincidir el día en que murió Jesús con el día en que eran sacrificados los corderos pascuales en el Templo, quedando así reforzada la identificación ya hecha al comienzo la obra (Jn 1,29.36) entre Jesús y el cordero de Dios.

En la tradición sinóptica, el interrogatorio nocturno, a puerta cerrada, en casa del sumo sacerdote, constituye el marco perfecto para afirmar los títulos divinos de Jesús, que sólo bastante tiempo después de su muerte llegarían a ser motivo de confrontación entre la corriente principal del judaísmo y las comunidades cristianas (Mc 14, 61-64 y par.). En la época de Jesús, apropiarse del título de mesías o de hijo del Bendito podía ser políticamente arriesgado, pues eran formas tradicionales de designar a los reyes de Israel, frecuentemente utilizadas para expresar las esperanzas de liberación nacional judías; pero no constituía ninguna blasfemia. Dichos títulos no implicaban necesariamente que su portador fuera de naturaleza divina.

La respuesta de Jesús identificándose con el hijo del hombre que vendrá como juez escatológico es totalmente inverosímil desde el punto de vista histórico. Refleja un estadio muy antiguo de la reflexión teológica sobre la función salvífica de Jesús, que se inspira en una corriente de pensamiento judío cuyos escritos principales no fueron incorporados al canon de la Biblia hebrea (4Enoc). La elaboración conceptual que hay detrás de esta identificación no permite pensar que a Jesús se le pudiera haber ocurrido utilizarla delante de sus jueces. Lo más probable es que el autor del relato introdujera la imagen del hijo del hombre con el fin de construir un cuadro narrativo cargado de ironía, en el que el futuro juez escatológico es juzgado por indignos e ignorantes jueces terrenos. Significativamente, en la escena correspondiente del evangelio de Juan no hay ningún eco de esta polémica cristológica (Jn 18,18-24).

Las secciones de los relatos de la pasión en las que se describe el proceso de la crucifixión propiamente dicho son aquellas donde encontramos más referencias directas e indirectas a la Escritura judía (Mc 15,21-41; Mt 27,32-56; Lc 23,33-49; Jn 19,17-37). De nuevo estamos ante la descripción de episodio histórico que, sin embargo, no sería probablemente presenciado de cerca por ninguna persona allegada a Jesús. La tradición sinóptica afirma claramente que todos sus discípulos le abandonaron y huyeron (Mc 14,50), y que sólo algunas mujeres pertenecientes al círculo de sus seguidores se atrevieron a contemplar desde lejos la ejecución (Mc 15,40-41). Juan es el único evangelista que presenta a la madre de Jesús y al discípulo amado al pie de la cruz (Jn 19,26-27). Pero el interés teológico de las palabras que Jesús dirige a una y otro es tan claro que no podemos por menos de sospechar que la escena es una creación del evangelista.
El uso de las referencias escriturísticas en las escenas de la crucifixión sigue una técnica peculiar, poco frecuente en otras partes de los evangelios, y que los estudiosos suelen considerar muy antigua. Consiste en utilizar términos y expresiones -completas o fragmentarias- procedentes de las Escrituras como elementos constitutivos del lenguaje empleado por el propio narrador o del que pone en boca de los personajes. La mayor parte de estas referencias proceden de un grupo particular de salmos (Sal 22, 30, 31, 69), muy importantes en la historia de la espiritualidad judía, en los que un inocente perseguido y maltratado se queja a Dios con expresiones llenas de angustia y violencia. En todos ellos se expresa, también, la convicción de que, al final, el mismo Dios reivindicará la inocencia del orante, y éste vivirá para alabarle y darle gracias.

Esta imagen del justo sufriente fue sin duda uno de los primeros puntos de apoyo que los seguidores de Jesús encontraron en las Escrituras para poder reivindicar la inocencia de su maestro ante la autoridad sacerdotal que le había condenado. La escasa elaboración cristológica de esta identificación induce a pensar que el o los relatos más primitivos de la crucifixión debieron componerse en fechas muy próximas a la muerte de Jesús.

 

6.2. El sesgo político de los relatos de la pasión

La lectura crítica de los actuales relatos evangélicos de la pasión permite detectar el interés de los redactores por culpar a las autoridades judías, o al pueblo judío en general, de la muerte de Jesús y disculpar a las autoridades romanas. Esta tendencia responde con gran probabilidad a la situación social y política de las comunidades cristianas en las que se escribieron los evangelios.

Cuando se escribieron los evangelios el pueblo judío había dejado de constituir una nación con entidad política. Tras la primera guerra judía, los romanos habían hecho desaparecer toda la estructura jerárquica de la nación judía y habían destruido su capital, Jerusalén.

Aunque el Judaísmo tenía en el Imperio la categoría de religión legal, los judíos eran mirados con bastante recelo por considerárseles proclives a crear disturbios y organizar revueltas. En estas circunstancias, los cristianos tenían más interés en ganarse la benevolencia de las autoridades romanas y demostrar ante ellas la inocencia de su fundador, que en ganarse la simpatía de los líderes judíos, con quienes, por otra parte, empezaban a mantener importantes rivalidades a causa de sus divergencias a la hora de interpretar la tradición religiosa de Israel y el momento presente de su historia. No es pues, extraño, que los cristianos tuvieran interés en manifestar explícitamente que no guardaban ningún rencor a las autoridades romanas por haber condenado a Jesús, pues entendían que esta decisión había sido el fruto de un error propiciado por la confusión de las circunstancias y las presiones de los dirigentes judíos.

El episodio en el que los dirigentes judíos y la gente eligen la liberación de Barrabás y piden la crucifixión de Jesús es, probablemente, una creación cristiana, pues no existe ningún indicio histórico de que las autoridades romanas tuvieran la costumbre de soltar un preso durante las fiestas de Pascua ni de que este tipo de elección se dejara jamás en manos del pueblo. Comprobamos además que Mateo, el evangelista más interesado en criticar el Judaísmo oficial, contra el cual compite su propia comunidad, es el único que pone en boca de todo el pueblo aquella terrible frase que ha servido para legitimar el antisemitismo de todos los tiempos: “su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos” (Mt 27,25).

La mención del silencio de Jesús en su interrogatorio ante Pilato es probablemente también una estrategia cristiana para exculpar al prefecto romano, ya que la ley judicial romana consideraba que la no defensa por parte del acusado equivalía a su reconocimiento de los cargos que se imputaban. La imagen de un Jesús silencioso ante sus acusadores podía ser positivamente interpretada a la luz de los cantos del siervo sufriente de Yavé (Is 53,7) y servir, al mismo tiempo, para legitimar la sentencia de Pilato.

Los testimonios de los historiadores no cristianos describen a Pilato como una persona brutal y arbitraria, que carecía de la más mínima sensibilidad o sentido de respeto por las costumbres y la idiosincrasia del pueblo judío. Tantos fueron sus atropellos que las quejas dirigidas al emperador por los dirigentes judíos forzaron finalmente su destitución. Esta descripción de la personalidad de Pilato ayuda a explicar la enorme rapidez con la que fue juzgado Jesús, la gravedad extrema de la pena impuesta y la inmediatez de su aplicación. Es sin duda más coherente con el resultado final de los acontecimientos que esa otra imagen de un Pilato vacilante o, incluso, benevolente transmitida por la tradición cristiana.

 

7. Sepultura de Jesús

Los romanos prolongaban el proceso de degradación de los crucificados impidiendo que su cuerpo recibiera una sepultura digna.

Habitualmente dejaban que el cadáver se pudriera colgado de la cruz o fuera devorado por las alimañas.

En algunas circunstancias permitían que sus familiares o amigos lo recogieran y lo enterraran, pero les prohibían cualquier rito o gesto que pudiera entenderse como un signo de reconocimiento hacia el muerto.

En las escenas evangélicas de la sepultura se detecta el esfuerzo creciente de las comunidades cristianas primitivas por transmitir la convicción de que el cadáver de Jesús fue tratado de una forma honorable.

 

7.1. Los ritos funerarios en la cultura judía

En todas las culturas conocidas existen ritos funerarios. Los ritos funerarios son formas institucionalizadas de conducta, realizadas en torno al cuerpo de una persona fallecida, mediante las cuales el grupo social al que pertenecía intenta asumir el hecho de su muerte expresando su pena y confiriéndole, al mismo tiempo, un significado. Tan importante es este proceso que muchas sociedades lo interpretan como el último momento de encuentro entre el muerto y sus allegados, lo cual requiere que éstos muestren hacia el cadáver el máximo respeto y revistan todas sus acciones de la máxima dignidad. No realizar los ritos funerarios adecuados sobre una persona muerta equivale a hacerla objeto de un desprecio irreparable, lo cual sólo se puede justificar si dicha persona ha sido previamente reprobada y expulsada de la comunidad a causa de algún comportamiento inadmisible. Tal suele ser el caso de los criminales condenados a muerte por delitos especialmente graves.

En la cultura judía se acostumbraba a enterrar a los muertos poco tiempo después del fallecimiento; muchas veces en el mismo día. Es probable que esta costumbre tenga que ver con el deseo de que la impureza producida por el contacto con el cadáver se extienda lo menos posible. El cuerpo era lavado y perfumando por las mujeres más honorables de la familia, todos sus orificios eran taponados con cera u otro material y se le envolvía completamente con tiras de tela. A continuación se le colocaba en un ataúd y se le llevaba en procesión, con señales de duelo, a la tumba familiar. Ésta solía consistir en una cavidad o galería amplia, excavada en la roca, en cuyas paredes había nichos o repisas donde se colocaban los ataúdes de los miembros recientemente fallecidos. Al cabo de unos años se abría el ataúd y se depositaban los huesos en pequeñas urnas de piedra, con el fin de que nunca faltara sitio para los familiares que morirían en el futuro.

Tanto en la tradición israelita como en la sociedad judía antigua, la familia era el grupo de solidaridad básico que más contribuía a la formación de la identidad individual. De ahí que también en la muerte se quisiera preservar la relación de pertenencia a este grupo. La expresión “reunirse con los antepasados”, que con tanta frecuencia aparece en los escritos bíblicos en referencia a la muerte de una persona, significa literalmente ser enterrada junto a todos los miembros ya fallecidos de la línea familiar.

En consonancia con esta forma de pensar y de sentir, un entierro digno entre los judíos requería necesariamente que el difunto fuera depositado junto a los suyos, en la tumba familiar, y que al menos algún representante de la familia o de los amigos más cercanos hicieran duelo por él.

 

7.2. El embellecimiento de las tradiciones evangélicas relativas a la sepultura de Jesús

Si admitimos que el evangelio de Marcos es el más antiguo, seguido de los de Mateo y Lucas, y que el más reciente es el de Juan, observaremos que, a medida que se avanza en el tiempo, las descripciones de la sepultura de Jesús van ganando en dignidad.

Según Marcos, Jesús fue enterrado por un miembro del Sanedrín, del que sólo se nos dice de positivo que esperaba el reinado de Dios. Este personaje, perteneciente al grupo de los que condenaron a Jesús, envuelve su cuerpo en una sábana nueva y lo pone en un sepulcro excavado en la roca. Ningún familiar ni amigo hace duelo por él. El sepulcro no parece pertenecer a nadie. Se tiene la impresión de que José de Arimatea se limita a cumplir las normas de la Ley judía, probablemente enviado por el propio Sanedrín. Estas normas prescribían que los ejecutados fueran descolgados y enterrados antes de la puesta de sol.

Mateo convierte a José de Arimatea en un discípulo (Mt 27,57) y Lucas afirma que a pesar del ser miembro del Sanedrín era un hombre justo y no había dado su consentimiento a la condena de Jesús (Lc 23,50-51). Ambos evangelistas subrayan que el sepulcro era nuevo, es decir, que no había ya en él otro cuerpo. Su interés por este dato puede ser el de afirmar que Jesús no fue indignamente arrojado a una fosa común y, quizás también, anticipar en el relato las condiciones necesarias para que el descubrimiento del sepulcro vacío la mañana del Domingo tuviera sentido.

Juan ya ni siquiera dice que José de Arimatea fuera miembro del Sanedrín. Lo presenta directamente como discípulo de Jesús, aunque mantuviera esta condición en secreto por miedo a los judíos (Jn 19, 38-41). Según este evangelista, Nicodemo, otro conocido de Jesús, ayudó a José en el proceso de la preparación del cuerpo y la sepultura. Le ungieron con ingentes cantidades de perfume y lo envolvieron con vendas de lino, según la costumbre judía. El sepulcro donde lo enterraron también era nuevo y estaba situado en un entorno discreto y amable: un huerto. 

La tendencia de los evangelios a embellecer las condiciones en las que fue enterrado Jesús nos deben hacer sospechar que necesitaban serlo. Conociendo la forma como los romanos trataban habitualmente el cuerpo de los crucificados cabe pensar lo peor. Así, autores como Crossan defienden que el cadáver de Jesús desapareció devorado por las aves de presa o por los perros, y que, por tanto, nunca hubo un sepulcro que pudiera ser hallado vacío la mañana del domingo. Sin embargo, otros estudiosos señalan que, en tiempos de paz, los romanos procuraban respetar las costumbres religiosas de los pueblos sometidos y que, en el caso de los judíos, una de estas costumbres era precisamente la de no dejar sin enterrar a los ejecutados. Teniendo esto en cuenta, no resulta extraño que fuera el propio Sanedrín el que se encargara de pedir a Pilato el cuerpo de Jesús, con el fin de darle la sepultura reglamentaria. Esta es, justamente, la versión de los hechos que ofrece el evangelio de Pedro.

En cualquier caso hemos de suponer que, según los estándares de las costumbres funerarias judías, el cuerpo de Jesús fue tratado de forma no digna. No fue enterrado en una tumba familiar y ningún pariente o amigo hizo duelo por él. No sabemos si sus discípulos intentaron hacer algo al respecto. Pero, aunque lo hubieran intentado, la autoridad romana se lo habría impedido.

 

8. Testimonios sobre la resurrección: apariciones y sepulcro vacío

Los primeros testimonios acerca de la resurrección de Jesús están incluidos, junto con el testimonio acerca de su muerte, en las confesiones primitivas de fe.

Los escritos neotestamentarios fundamentan la fe en la resurrección de Jesús en dos tipos de experiencia que se han transmitido en tradiciones independientes: las apariciones del Resucitado a sus discípulos y el hallazgo del sepulcro vacío.

La mención de las apariciones aparece por primera vez en las cartas de Pablo, donde no se menciona el sepulcro vacío.

Las tradiciones acerca del sepulcro vacío sólo se encuentran en los evangelios, donde también encontramos relatos de apariciones.

 

8.1. La problemática histórica de los testimonios sobre la resurrección

La confesión de fe más antigua que poseemos está en la primera carta a los corintios, concretamente en Cor 15, 3-5, donde se lee: “Porque yo os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras; que se apareció a Pedro y luego a los doce”. Pablo escribió esta carta a mediados de los años cincuenta, y en este pasaje es consciente de estar citando una tradición recibida antes. Es muy probable que recibiera esta tradición durante su estancia en la comunidad de Antioquía. Si los cálculos son acertados, esta confesión de fe en la resurrección pudo haber sido formulada en los diez años siguientes a la muerte de Jesús.

La estructura de la fórmula está muy pensada. Posee dos afirmaciones centrales (murió y resucitó), y cada una de ellas va seguida de una doble prueba: una confirmación teológica (según las Escrituras), y una confirmación de hecho (fue sepultado; se apareció).

Afirmaciones de los primeros cristianos sobre la resurrección de Jesús se encuentran en otras fórmulas de fe muy parecidas a la de 1Cor 15,3-5 y también en la tradición narrativa. Todos los evangelios terminan hablando de la resurrección. P para ello utilizan dos tipos de relatos: el de la tumba vacía y los de las apariciones de Jesús. Ninguno de los dos relatos narra el momento de la resurrección, sino sus efectos. En el relato de la tumba vacía el mensaje central es que Jesús no está ya en la sepultura en que lo pusieron; mientras que en los relatos de las apariciones lo que se afirma es que Jesús sigue vivo.

Desde el punto de vista literario podemos realizar una serie de apreciaciones en este materia. Casi todos los autores creen que la escena de la tumba vacía en la que se incluiría algún tipo de afirmación de la fe en la resurrección estuvo desde el principio incorporada al relato de la pasión. El ejemplo más primitivo de esta escena lo encontraríamos en final del evangelio de Marcos, donde simplemente se describe a un joven, sentado junto al lugar donde pusieron a Jesús, que declara a las mujeres allí presentes que Jesús de Nazaret ha resucitado (Mc 16,5-6).

Una afirmación escueta del sepulcro vacío y de la fe en la resurrección es un final literariamente coherente con la utilización de los salmos en el relato de la pasión, a la que antes nos hemos referido. En efecto, los salmos del inocente que sufre injustamente terminan siempre con la afirmación esperanzada de que Dios salvará al justo para la vida. No es concebible que después de haber descrito la pasión de Jesús utilizando profusamente las imágenes y expresiones de estos salmos se concluyera sin manifestar de algún modo dicha esperanza. Al ser elaborado y expandido el relato de la pasión, lo que empezó siendo la expresión literaria de una esperanza y una fe pudo transformarse en un pasaje narrativo con pretensiones de veracidad.

Una escena narrativamente más elaborada que la de Marcos pero que se basa en el mismo esquema es Jn 20,1-9. Avisados por María Magdalena que ha encontrado abierto el sepulcro, Pedro y el discípulo amado van corriendo a comprobarlo. El narrador dice simplemente que al entrar el discípulo amado y ver el sepulcro vacío, creyó. Todo el relato evangélico anterior, pero especialmente los discursos de despedida (Jn 13-17), han ido preparando al oyente para que llegado a este punto sepa cuál es el contenido de esa fe.

Las escenas de apariciones que encontramos en los evangelios de Mt y Jn justo a continuación del relato de sepulcro vacío parecen añadidos secundarios al relato (Mt 28,8-10; Jn 20,10-18). Esto no quiere decir, sin embargo, que no puedan proceder de tradiciones tan antiguas como él. Lo que caracteriza a dichas apariciones en comparación con las demás apariciones evangélicas y la aparición a Pablo narrada en el libro de los Hechos es que no incluyen órdenes ni instrucciones del Resucitado. Son teofanías o cristofanías, cuyo único objetivo es revelar que Jesús está vivo.
Salvo la experiencia de Pablo mencionada por él mismo en sus cartas, el resto de las escenas de aparición tienen la función de legitimar la empresa evangelizadora de las primeras comunidades cristianas y/o la dirección de las mismas por parte de personajes concretos. Están mucho más elaboradas y son, probablemente, creaciones literarias. 

 

9. Carácter metahistórico de la resurrección

Jesús no volvió a la vida terrena después de muerto, por tanto, su vida como resucitado no está incluida en el ámbito de fenómenos que pueden estudiar las ciencias naturales o la historia.

Los historiadores sólo pueden estudiar los efectos que la fe en la resurrección de Jesús tuvo sobre sus discípulos.

stos efectos se miden a partir de dos datos: El primero es que cuando Jesús fue arrestado los discípulos le abandonaron y huyeron. El segundo, que poco tiempo después esos mismos discípulos predicaron, sin miedo a las posibles consecuencias, que Jesús había resucitado

 

9.1. Historicidad de los testimonios pascuales

La dificultad que el historiador encuentra para extraer información de las fórmulas de fe, como la que encontramos en 1Cor 15,3-5, es que ninguna de las confirmaciones de la resurrección ofrecidas en ella es claramente comprensible por sí misma. En primer lugar, no sabemos en qué sentido los primeros cristianos creyeron que la Escritura avalaba la resurrección. Desconocemos también a qué elementos concretos de la Escritura se referían. Algunos estudiosos creen que se trataría de textos religiosos judíos no incorporados en el canon de la Biblia hebrea. En segundo lugar, las apariciones de una persona muerta podían explicarse, ya en la antigüedad, de formas distintas. En la propia Biblia Hebrea se narra la aparición del profeta Samuel, muerto hacía tiempo, al rey Saúl, pero en ningún momento se asume que el profeta hubiera resucitado (1Sm 28).

La cuestión de la historicidad se plantea de distinta forma para los dos tipos de testimonio narrativo de la resurrección, las apariciones y el relato del sepulcro vacío. Las apariciones pueden considerarse experiencias subjetivas. Este tipo de experiencias se han producido y se siguen produciendo en el conjunto de la humanidad. Su interpretación varía de un caso a otro y de una cultura a otra, pero su relativa frecuencia avala que se trata de una forma de experiencia posible para los seres humanos. En relación con las apariciones transmitidas por el Nuevo Testamento, el historiador puede aceptar su realidad histórica sin pronunciarse acerca de la naturaleza de su causa. La realidad histórica de las experiencias de las apariciones puede explicar, a su vez, las creencias que motivaron la actuación posterior de los discípulos, por ejemplo, su afán evangelizador y su disposición a morir por la fe.

La realidad histórica de que el sepulcro de Jesús apareciera vacío sólo se puede mantener apelando a la sustracción del cadáver o a un error en la identificación del sepulcro (un cierto sepulcro vacío se tomó por el sepulcro en el que supuestamente había sido enterrado Jesús). La desaparición de un cadáver de un sepulcro no es una experiencia subjetiva, sino una constatación objetiva (pública) y, por tanto, debe ser explicada en el mismo sistema conceptual con el que habitualmente explicamos las situaciones objetivas. Ciertamente, se puede afirmar sin contradicción lógica que en este caso único la desaparición se produjo sin intervenciones externas y sin errores de localización. Pero entonces se está renunciando a hacer ciencia histórica, ya que lo primero que hace el historiador cuando estudia los documentos antiguos es distinguir entre relatos míticos o legendarios y relatos verosímiles. Con todo, su noción de ‘lo verosímil’ o ‘lo posible’ no es infalible. Los avances científicos y los descubrimientos antropológicos podrían exigirle modificarla.

En conclusión, se puede afirmar que el hecho mismo del ""sepulcro vacío"" podría muy bien ser un dato histórico, pues los adversarios de los primeros cristianos no lo negaron, sino que le dieron otra interpretación (han robado el cadáver de Jesús). Otra cosa es la interpretación cristiana de este dato (Jesús ha resucitado), que pertenece ya al ámbito de la fe.

 

10. Expectativas

La fe en la resurrección de Jesús dio lugar a distintas expectativas y programas de acción.

Unos discípulos vieron en ella la reivindicación divina de la persona y el proyecto de Jesús e intentaron continuarlo.

Otros vieron la primicia de la resurrección general que debía preceder al juicio final, en el que Jesús actuaría como juez o como mediador ante Dios a favor de los creyentes, y emprendieron la tarea de convertir el mundo entero a esta esperanza.

Otros entendieron la resurrección de Jesús como su retorno al Padre y el inicio de una nueva forma de relación entre Dios y los hombres mediada por el conocimiento del Hijo.

Estas expectativas no son incompatibles entre sí y fueron todas ellas incorporadas a la fe de la gran Iglesia.

 

10.1. Fin de la historia de Jesús

Un curso sobre ´El Jesús de la historia´ tiene que terminar necesariamente aquí, porque es aquí donde termina la evidencia histórica acerca de su vida.

Quienes tenemos fe y estamos convencidos de que aquel Jesús que pasó haciendo el bien por los caminos de Galilea es el Hijo de Dios, podemos volver al comienzo de esta historia para ver qué es lo que hay detrás de todos aquellos acontecimientos y enseñanzas. Para nosotros Jesús no es sólo un hombre, sino la manifestación definitiva de Dios, y por tanto el único camino seguro para conocer cómo es Dios.

Es lo que dice San Juan al comienzo de su evangelio: ´A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que es Dios y que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer´ (Jn 1,18).

Punto final.- 2006-05-20

Agradecemos al autor - Copyrigth 2002-2003 Universidad Pontificia de Salamanca

http://www.jesus.teologia.upsa.es/subsecciones.asp?codsubseccion

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Identidad de Cristo-Eucaristía


No pretendo ser un disidente de la doctrina que ha sancionado la Iglesia, pero sí me permito –yo también soy Iglesia– la licencia de opinar al respecto. Confieso que rebota en mis oídos la fórmula del oficiante de la misa al pronunciar (in persona Christi) estas palabras consecratorias: «Esto es mi cuerpo». ¿Por qué esto? Hay una abierta incoherencia con lo que previamente ha formulado: «Tomad y comed todos de él…» ¿Por qué no ello, si esto es mi cuerpo? Más bien pienso que no se trata de una materialidad, sino de la mismidad de Cristo (suipsius Christi). Estamos haciendo exégesis de un acto in fieri (está realizándose). Ahí radica el secreto de la antigua fórmula consagratoria: «Éste es mi cuerpo». Analizamos un término neutro (esto, cosa, materia) que deja de serlo para convertirse en un demostrativo masculino (éste) concertado (corpus, neutro en latín, masculino en castellano): este cuerpo, momento in fieri de la transustanciación. En un momento subsiguiente de la liturgia, mostrando a los fieles un fragmento del Pan eucarístico, afirmará el celebrante: «Éste es el Cordero de Dios…» ¿Por qué ahora no dice esto, y sí éste?

 

Pan de ángeles,
Pan de hombres

 

Nos situamos en Jerusalén. A casi un tiro de piedra está Belén, donde había nacido Jesús, al que la Historia no conocerá por betlemita, sino por el Nazareno. Pues bien, Jesús convoca una reunión en la cumbre, y queda citado con sus doce más íntimos para una cena. Se trata de un marco especial, como trascendente era el temario y el mensaje que el Nazareno iba a dejar a la posteridad: «Lagares rotos, trigo… y el invento/ humilde de ritual soberanía:/ Jesucristo bien supo lo que hacía/ ceñido el delantal en el momento/ de ponerse a la mesa: mandamiento/ de amor a amor con terquedad pedía;/ el espíritu en vuelo le latía/ en unpacto-oblación del Sacramento./ Cita en la cumbre, apostolado en calma;/ Cristo en profeta, jura de bandera/ de leales con fe de pan y vino…/ Si ellos cayeron, a Él le sobró alma/ para sacramentar su sementera/ en su cuerpo y su sangre, a lo divino».
Decir Jueves Santo es decir Eucaristía. Y una de las estrofas del himno Sacris solemniis, de la festividad de Corpus Christi, suena así: «El Pan de los ángeles se convierte en Pan de los hombres»; y, un poco más adelante: «¡Oh portento!: comen al Señor el pobre, el siervo y el humilde!»
Vuelve a recrearse la liturgia en las esencias del Sacramento con el himno O Sacrum convivium: «¡Oh sagrado banquete!, en el que Cristo es nuestro alimento, se rememora la Pasión, el sentido rebosa gracia y se nos anticipa la prenda de la gloria futura». Hay otra perla eucarística: «Pan divino y gracioso,/ sacrosanto;/ manjar que da sustento/ al alma mía;/ dichoso fue aquel día,/ punto y hora,/ que en tales dos especies/ Cristo mora».
Varios son los poetas que celebran el sacramento convivial: el misterio de ese Jesús perpetuando su patencia-latencia entre los hombres. Sirvan estas muestras: «Este pan es pan de vida,/ aunque del cielo bajó,/ y es pan vivo aunque murió» (Baltasar de Alcázar). «Pan divino, verdadero,/ sácame Señor, de mi./ Recíbeme, Dios, en Ti;/ que en Ti vivo y en mí muero» (San Pascual Bailón). «Sencillamente. Hora de paz. ¡Qué leves/ tus manos para el Pan, para el amigo!/ Cena de doce y Dios. Noche de Jueves./ Y era en Jerusalén la primavera./ Y era blanco milagro ya aquel trigo./ Sencillamente: Éste es mi cuerpo. Y era» (Antonio y Carlos Murciano).

 

María, testigo del Misterio

La madre de Jesús –que guardaba todas estas cosas en su corazón– cumplió con rigor escrupuloso la hoja de ruta que Dios presciente diseñó en el proceso espacio-temporal de la vida de Jesús. No había sitio en la posada para la madre del Niño desvalido que será Rey del universo. En el hogar de Nazaret, María puso el germen de ese sabroso Pan eucarístico, en que se convertirá el entonces cuerpo frágil de Jesús Niño.
Más tarde hubo una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. «Haced lo que Él os diga», y el viñador Jesús –a un requerimiento cómplice de su madre– seleccionó la mejor añada para aumentar el crédito bajo mínimos de unos novios que no tenían vino. María estaba también presente, junto con los discípulos, en las primeras Eucaristías del recién estrenado cristianismo. Ya no eran reuniones en la cumbre –se había ido el Maestro–, sino cenáculos domésticos en que la Fracción del pan certificaba la sintonía de los adeptos cristianos entre sí y con Cristo, su fundador.
Éstas son las premisas de esa fraternidad: fundirse-confundirse, entregarse, acoger, recibir y dar, y en esta escuela del amor impartieron tan entrañable asignatura Jesús y María, y en esta fuente bebió san Juan de la Cruz, cuando dice, en sus Canciones entre el alma y el Amado: «Mi alma se ha empleado / y todo mi caudal en su servicio./ Ya no guardo ganado/ ni ya tengo otro oficio,/ que ya sólo en amar es mi ejercicio».

José Honorato Martínez Pérez- 2006-05-19-Alfa y omega.Esp.

 

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Las definiciones cristológicas de los Concilios y la fe de la Iglesia

de hoy

1. En las últimas catequesis, resumiendo la doctrina cristológica de los Concilios Ecuménicos y de los Padres, nos hemos podido dar cuenta del esfuerzo realizado por la mente humana para penetrar en el misterio del Hombre-Dios, y leer en Él las verdades de la naturaleza humana y de la naturaleza divina, de su dualidad y de su unión en la persona del Verbo, de las propiedades y facultades de la naturaleza humana y de su perfecta armonización y subordinación a la hegemonía del Yo divino. La traducción de esta lectura profunda se realizó en los Concilios con conceptos y términos tomados del lenguaje corriente, que era la expresión natural del modo común de conocer y razonar, anterior a la conceptualización de cualquier escuela filosófica o teológica. La búsqueda, la reflexión y el intento de perfeccionar la forma de expresión no faltaron en los Padres y no faltarán más tarde, en los siglos siguientes de la Iglesia, a lo largo de los cuales los conceptos y términos empleados en la cristología —especialmente el de "persona"— recibieron tratamientos más profundos y precisiones ulteriores de valor incalculable para el progreso del pensamiento humano. Pero su significado en la aplicación a la verdad revelada, que había que expresar, no estaba vinculado o condicionado por autores o escuelas particulares: era el que se podía captar en el lenguaje ordinario de los doctos y no doctos de cualquier tiempo, como se puede recabar del análisis de las definiciones formuladas en tales términos.

2. Es comprensible que en tiempos más recientes, queriendo traducir los datos revelados a un lenguaje que respondiera a concepciones filosóficas o científicas nuevas, algunos hayan encontrado cierta dificultad a la hora de emplear y aceptar aquella terminología antigua, de manera especial la que se refiere a la distinción entre naturaleza y persona, que es fundamental tanto en la cristología tradicional como en la teología de la Trinidad. Particularmente, quien quiera buscar su inspiración en las posiciones de las distintas escuelas modernas, que insisten en una filosofía del lenguaje y en una hermenéutica dependiente de los presupuestos del relativismo, subjetivismo, existencialismo, estructuralismo, etc., será llevado a minusvalorar o incluso a rechazar los antiguos conceptos y términos por considerarlos imbuidos de escolasticismo, formalismo, estaticismo, ahistoricidad, etc., y, por consiguiente, inadecuados para expresar y comunicar hoy el misterio del Cristo vivo.

3. Pero, ¿qué ha sucedido después? En primer lugar, que algunos se han hecho prisioneros de una forma nueva de escolasticismo, inducidos por nociones y terminologías vinculadas a las nuevas corrientes del pensamiento filosófico y científico, sin preocuparse de una confrontación auténtica con la forma de expresión del sentido común y, podemos decir, de la inteligencia universal, que sigue siendo indispensable, también hoy, para comunicarse los unos con los otros en el pensamiento y en la vida. En segundo lugar, como era previsible, se ha pasado de la crisis abierta sobre la cuestión del lenguaje a la relativización del dogma niceno y calcedodiano, considerado como un simple intento de lectura histórica, datado, superado y que no se puede proponer ya a la inteligencia moderna. Este paso ha sido y sigue siendo muy arriesgado y puede conducir a posturas difícilmente conciliables con los datos de la Revelación.

4. En efecto, este nuevo lenguaje ha llegado a hablar de la existencia de una "persona humana" en Jesucristo, basándose en la concepción fenomenológica de la personalidad, dada por un conjunto de momentos expresivos de la consciencia y de la libertad, sin consideración suficiente del sujeto ontológico que está en su origen. O bien se ha reducido la personalidad divina a la autoconciencia que Jesús tiene de lo "divino" que hay en Él, sin que se deba por esto entender la Encarnación como la asunción de la naturaleza humana por parte de un Yo divino trascendente y preexistente. Estas concepciones, que se reflejan también sobre el dogma mariano y, de manera particular, sobre la maternidad divina de María, tan unida en los Concilios al dogma cristológico, incluyen casi siempre la negación de la distinción entre naturaleza y persona, términos que, según hemos dicho, los Concilios habían tomado del lenguaje común y elaborado teológicamente como clave interpretativa del misterio de Cristo.

5. Estos hechos que, como es obvio, aquí podemos sólo referir brevemente, nos hacen comprender cuán delicado sea el problema del nuevo lenguaje tanto para la teología como para la catequesis, sobre todo, cuando, partiendo del rechazo —cargado de prejuicios— de categorías antiguas (por ejemplo, las presentadas como "helénicas"), se acaba por sufrir una dependencia tal de las nuevas categorías —o de las nuevas palabras— que, en su nombre, se puede llegar a manipular incluso la sustancia de la verdad revelada.

Esto no significa que no se pueda o no se deba seguir investigando sobre el misterio del Verbo Encarnado, o "buscando modos más apropiados de comunicar la doctrina cristiana", según las normas y el espíritu del Concilio Vaticano II, el cual, con Juan XXIII, subraya muy bien que "una cosa es el depósito mismo de la fe —o sea, sus verdades—, y otra cosa es el modo de formularlas, conservando el mismo sentido y el mismo significado" (Gaudium et spes, 62; cf. Juan XXIII, Discurso de apertura del Concilio, 11 de octubre do 1962: AAS 54, 1962, pág. 792).

La mentalidad del hombre moderno formada según los criterios y los métodos del conocimiento científico, debe entenderse teniendo muy presente su tendencia a la investigación en los distintos campos del saber, pero sin olvidar su aspiración, todavía profunda, a un "más allá" que supera cualitativamente todas las fronteras de lo experimentable y calculable, así como sus frecuentes manifestaciones de la necesidad de una sabiduría mucho más satisfactoria y estimulante que la que ofrece la ciencia. De este modo, la mentalidad contemporánea no se presenta de ninguna manera impenetrable al razonamiento sobre las "razones supremas" de la vida y su fundamento en Dios. De aquí nace también la posibilidad de un discurso serio y leal sobre el Cristo de los Evangelios y de la historia, formulado aún a sabiendas del misterio y, por consiguiente, casi balbuciendo, pero sin renunciar a la claridad de los conceptos elaborados con la ayuda del Espíritu por los Concilios y los Padres y trasmitidos hasta nosotros por la Iglesia.

6. A este "depósito" revelado y trasmitido deberá permanecer fiel la catequesis cristológica, la cual, estudiando y presentando la figura, la palabra, la obra del Cristo de los Evangelios, podrá poner magníficamente de relieve, precisamente en este contenido de verdad y de vida, la afirmación de la preexistencia eterna del Verbo, el misterio de su kénosis (cf. Flp 2, 7), su predestinación y exaltación que es el fin verdadero de toda la economía de la salvación y que engloba con Cristo y en Cristo, Hombre-Dios, a toda la humanidad y, en cierto modo, a todo lo creado.

Esta catequesis deberá presentar la verdad integral de Cristo como Hijo y Verbo de Dios en la grandeza de la Trinidad (otro dogma fundamental cristiano), que se encarna por nuestra salvación y realiza así la máxima unión pensable y posible entre la creatura y el Creador, en el ser humano y en todo el universo. Dicha catequesis no podrá descuidar, además, la verdad de Cristo que tiene una propia realidad ontológica de humanidad perteneciente a la Persona divina, pero que tiene también una íntima conciencia de su divinidad, de la unidad entre su humanidad y su divinidad y de la misión salvífica que, como hombre, le fue confiada.

Aparecerá, así, la verdad por la cual en Jesús de Nazaret, en su experiencia y conocimiento interior, se da la realización más alta de la "personalidad" también en su valor de sensus sui, de autoconsciencia, como fundamento y centro vital de toda actividad interior y externa, pero realizada en la esfera infinitamente superior de la persona divina del Hijo.

Aparecerá igualmente la verdad del Cristo que pertenece a la historia como un personaje y un hecho particular ("factum ex muliere, natum sub lege": Gál 4, 4), pero que concretiza en Sí mismo el valor universal de la humanidad pensada y creada en el "consejo eterno" de Dios; la verdad de Cristo como realización total del proyecto eterno que se traduce en la "alianza" y en el "reino" —de Dios y del hombre— que conocemos por la profecía y la historia bíblica: la verdad del Cristo, Logos eterno, luz y razón de todas las cosas (cf. Jn 1, 4. 9 ss.), que se encarna y se hace presente en medio de los hombres y de las cosas, en el corazón de la historia, para ser —según el designio de Dios Padre— la cabeza ontológica del universo, el Redentor y Salvador de todos los hombres, el Restaurador que recapitula todas las cosas del cielo y de la tierra (cf. Ef 1, 10).

7. Bien lejos de las tentaciones de cualquier forma de monismo materialista o panlógico, una nueva reflexión sobre este misterio de Dios que asume la humanidad para integrarla, salvarla y glorificarla en la comunión conclusiva de su gloria, no pierde nada de su fascinación y permite saborear su verdad y belleza profundas, si, desarrollada y explicada en el ámbito de la cristología de los Concilios y de la Iglesia, es llevada también a nuevas expresiones teológicas, filosóficas y artísticas (cf. Gaudium et spes, 62), por las que el espíritu humano pueda adquirir cada vez más y mejor lo que brota del abismo infinito de la revelación divina.

 

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Dulce lumen et delectábile est óculis vidére solem’ (Eclesiastés, 11,7)

Dulce es la luz y cosa deleitosa a los ojos, ver el sol, las plantas, el mundo animal.

« Y vio Dios que era bueno » en las páginas del Génesis…

 

 

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† San Pablo, Obispo de la Iglesia Católica: “no eres tú quien sostiene la raíz, sino la raíz la que sostiene a ti” (Rom 11,18). †


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