La solemnidad de Pentecostés hace público el nacimiento de la Iglesia que, al recibir la fuerza del Espíritu Santo, sale del cenáculo de Jerusalén para anunciar en las diversas lenguas "las maravillas de Dios" (Hch 2 11). Al mismo tiempo, se trata del inicio de la misión que Cristo confió a los Apóstoles, a los que ordenó que fueran por todo el mundo a predicar el Evangelio a todos los pueblos (cf. Mc 16, 15).
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Cristo, diáfano sol sin ocaso. “La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron” (Jn 1,5), "La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón ´día del Señor´ o domingo" (SC 106). El día de la Resurrección de Cristo es a la vez el "primer día de la semana", memorial del primer día de la creación, y el "octavo día" en que Cristo, tras su "reposo" del gran Sabbat, inaugura el Día "que hace el Señor", el "día que no conoce ocaso" (Liturgia bizantina). El "banquete del Señor" es su centro, porque es aquí donde toda la comunidad de los fieles encuentra al Señor resucitado que los invita a su banquete (cf Jn 21,12; Lc 24,30): El día del Señor, el día de la Resurrección, el día de los cristianos, es nuestro día. Por eso es llamado día del Señor: porque es en este día cuando el Señor subió victorioso junto al Padre. Si los paganos lo llaman día del sol, también lo hacemos con gusto; porque hoy ha amanecido la luz del mundo, hoy ha aparecido el sol de justicia cuyos rayos traen la salvación (S. Jerónimo, pasch.).
Así son los Apóstoles:
- Si pensamos en su fe, los vemos vacilantes.
* Si atendemos a la esperanza, desconfiados. * Si contemplamos su amor, mezquinos. * Constancia, poca. * Debilidades, muchas. * Jactancia, excesiva. * Deslealtades, las que queráis. * Ambiciones, no menores que las farisaicas. * Cobardías, como para dejar a Jesús sólo entre traidores. * Egoísmos, como para no saber lo que es misericordia. * Intolerancias, como para incendiar aldeas. * Perezas, como para dormirse mientras Jesús suda sangre. * Ignorancias, en demasía. Eran hombres impacientes, pendencieros, rijosos, tercos, envidiosos, pesimistas, discutidores, murmuradores, presuntuosos... Hasta que llegó el Espíritu. Y sobre aquellos ladrillos rotos, sin valor, se levantó un castillo. El barro se ha transformado en roca, y la muerte se ha hecho vida. Jesús Urteaga, en Los defectos de los santos (ed. Patmos)
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"El hombre es más grande cuando está de rodillas; la humildad es libertad en el respeto; orar es un santo temor de Dios que siempre dignifica al hombre confiante”.
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Sabía Usted esto? - Habría que añadir que el Vaticano no es parte de las 7 colinas (Capitolio, Aventino, Quirinal, Viminal, Celio, Palatino y Esquilino), y que esta denominación a la ciudad de Roma se remonta al historiador Varrón. En Roma hay más de 7 colinas, como el Pincio, el “colle Oppio”, el mismo Janículo...
El estado de la ciudad del Vaticano nace hacia 1929. El Vaticano en la antigüedad pertenecía a la ciudad etrusca de Vejo y no estaba incluido en la muralla serviana ni tampoco en la remodelación que realizaron siglos después Probo y Aureliano.
En el Vaticano, que entonces era el famoso circo de Cayo Calígula y luego de Nerón, está sepultado San Pedro, así como al lado de la vía Ostiense lo está San Pablo...
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Mosaico en Damasco-Siria-Nunciatura apostólica-
Pedro crucificado en cruz invertida, sepultado en Roma,
Colina del Vaticano-Italia.64/ca.
La Iglesia que instituyó y erige Jesucristo –siendo Él la piedra angular- y con sede histórica en Roma, se fundó sobre dos grandes apóstoles, ‘Pedro y Pablo’, no sobre uno ni sobre el otro, sino sobre los dos juntos. Es algo que a veces se olvida, dada la importancia de san Pedro como primer Obispo de Roma y siendo enterrado en el cementerio de la colina Vaticana.
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La comunidad cristiana de Roma está estrechamente ligada a Pedro, pero ciertamente este apóstol no es su fundador. Generalmente se suele fechar la llegada de Pedro en el año 42.
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Otro tema querido por Beda es la historia de la Iglesia. ‘Beda el Venerable’ (nació en el Nordeste de Inglaterra, exactamente en Northumbria, entre el año 672 y 673 y muere el 26 de mayo del 735: era el día de la Ascensión).
Tras haberse interesado por la época descrita en los Hechos de los Apóstoles, recorre la historia de los padres y de los concilios, convencido de que la Obra del Espíritu Santo continúa en la historia. En las Chronica Maiora, Beda traza una cronología que se convertirá en la base del Calendario universal "ab incarnatione Domini" [desde la encarnación del Señor, nde.]. Por entonces se calculaba el tiempo desde la fundación de la ciudad de Roma. Beda, viendo que el verdadero punto de referencia, el centro de la historia es el nacimiento de Cristo, nos ha dado este calendario que interpreta la historia partiendo de la Encarnación del Señor. Registra los primeros seis concilios ecuménicos y sus desarrollos, presentando fielmente la doctrina cristológica, mariológica y soteriológica, y denunciando las herejías monofisita y monotelita, iconoclasta y neo-pelagiana. Finalmente escribió con rigor documental y pericia literaria la ya mencionada Historia eclesiástica de los pueblos ingleses, por la que se le ha reconocido como "el padre de la historiografía inglesa". Las características de la Iglesia que Beda quiso poner de manifiesto son: a) la catolicidad como fidelidad a la tradición y al mismo tiempo apertura a los cambios históricos, y como búsqueda de la unidad en la multiplicidad, en la diversidad de la historia y de las culturas, según las directivas que el Papa Gregorio Magno había dado al apóstol de Inglaterra, Agustín de Canterbury; b) la apostolicidad y la romanidad: en este sentido considera de primordial importancia convencer a todas las iglesias irlandesas celtas y de los pictos (una de las cuatro etnias que poblaban Escocia, de origen celta, n.d.t.) a celebrar unitariamente la Pascua según el calendario romano. El Computo que él elaboró científicamente para establecer la fecha exacta de la celebración pascual, y por tanto de todo el ciclo del año litúrgico, se ha convertido en el texto de referencia para toda la Iglesia católica.
Beda fue también un insigne maestro de teología litúrgica. En las homilías de los evangelios dominicales y festivos, desarrolló una verdadera mistagogía, educando a los fieles a celebrar gozosamente los misterios de la fe y a reproducirlos coherentemente en la vida, en la espera de su plena manifestación a la vuelta de Cristo, cuando, con nuestros cuerpos glorificados, seremos admitidos a la procesión oferente en la eterna liturgia de Dios en el cielo. Siguiendo el "realismo" de las catequesis de Cirilo, Ambrosio y Agustín, Beda enseña que los sacramentos de la iniciación cristiana hacen a cada fiel, "no sólo cristiano sino Cristo". Cada vez que un alma fiel acoge y custodia con amor la Palabra de Dios, imitando a María, concibe y engendra nuevamente a Cristo. Y cada vez que un grupo de neófitos recibe los sacramentos pascuales, la Iglesia se "auto-genera", o con una expresión aún más audaz, la Iglesia se convierte en "madre de Dios", participando en la generación de sus hijos, por obra del Espíritu Santo.
Gracias a esta forma suya de hacer teología, entremezclando Biblia,liturgia e historia, Beda tiene un mensaje actual para los distintos "estados de vida": a) a los estudiosos (doctores ac doctrices) recuerda dos tareas esenciales: escrutar las maravillas de la Palabra de Dios para presentarlas de forma atrayente a los fieles; exponer las verdades dogmáticas evitando las complejidades heréticas y ciñéndose a la "sencillez católica", con la actitud de los pequeños y humildes a quienes Dios se complace en revelar los misterios del Reino; b) los pastores, por su parte, deben dar prioridad a la predicación, no sólo mediante el lenguaje verbal o hagiográfico, sino valorando también los iconos, procesiones y peregrinaciones. A éstos, Beda les recomienda el uso de la lengua vulgar, como él mismo hace, explicando en northumbro el "Padre Nuestro", el "Credo" y llevando adelante hasta el último día de su vida el comentario en lengua vulgar al Evangelio de Juan; c) a las personas consagradas que se dedican al Oficio divino, viviendo la alegría de la comunión fraterna y progresando en la vida espiritual mediante la ascesis y la contemplación, Beda recomienda cuidar el apostolado --nadie tiene el Evangelio sólo para sí mismo, sino que debe sentirlo como un don también para los demás-- ya sea colaborando con los obispos en las actividades pastorales de diverso tipo a favor de las jóvenes comunidades cristianas, ya sea estando disponibles a la misión evangelizadora entre los paganos, fuera del propio país, como "peregrini pro amore Dei".
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«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.
Sabemos que el Señor busca obreros para su mies. Él mismo lo ha dicho:
"La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño
de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 37-38).
Pedro y sus sucesores,
cimiento de la Iglesia de Cristo
(Lectura: evangelio de san Mateo, capítulo 16, versículos 13-19)
1. Hemos visto que, según la enseñanza del Concilio, que resume la doctrina tradicional de la Iglesia, existe un «cuerpo episcopal, que sucede al colegio de los Apóstoles en el magisterio y en el régimen pastoral» y que, más aún, este colegio episcopal «como continuación del cuerpo apostólico, junto con su cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin esta cabeza, es también sujeto de la suprema y plena potestad sobre la Iglesia universal, si bien no puede ejercer dicha potestad sin el consentimiento del Romano Pontífice» (Lumen gentium, 22).
Este texto del concilio Vaticano II nos habla del ministerio petrino del Obispo de Roma en la Iglesia, en cuanto cabeza del colegio episcopal. A este aspecto tan importante y sugestivo de la doctrina católica le dedicaremos la serie de catequesis que hoy comenzamos, proponiéndonos hacer una exposición clara y razonada, en la que el sentimiento de la modestia personal se una al de la responsabilidad que deriva del mandato de Jesús a Pedro y, en particular, de la respuesta del Maestro divino a su profesión de fe, en las cercanías de Cesarea de Filipo (Mt 16, 13-19).
2. Volvamos a examinar el texto y el contexto de ese importante diálogo, que nos transmite el evangelista Mateo. Después de haber preguntado: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» (Mt 16, 13), Jesús hace una pregunta más directa a sus Apóstoles: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo? «(Mt 16, 15). Ya es significativo el hecho de que sea precisamente Simón el que responda en nombre de los Doce: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Se podría pensar que Simón actúa como portavoz de los Doce, por estar dotado de una personalidad más vigorosa e impulsiva. Tal vez, de alguna manera, también ese factor influyó algo. Pero Jesús atribuye la respuesta a una revelación especial hecha por el Padre celeste: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos (Mt 16, 17). Más allá y por encima de todos los elementos vinculados al temperamento, al carácter, al origen étnico o a la condición social («la carne y la sangre»), Simón recibe una iluminación e inspiración de lo alto, que Jesús califica como «revelación». Y precisamente en virtud de esta revelación Simón hace la profesión de fe en nombre de los Doce.
3. Entonces se produce la declaración de Jesús que, ya con la solemnidad de la forma, deja traslucir el significado comprometedor y constitutivo que el Maestro pretende darle: «Y yo te digo que tú eres Pedro» (Mt 16, 18). Sí, la declaración es solemne: «Yo te digo»; compromete la autoridad soberana de Jesús. Es una palabra de revelación, y de revelación eficaz, que realiza lo que dice.
Simón recibe un nombre nuevo, signo de una nueva misión. San Marcos (3, 16) y san Lucas (6, 14), en el relato de la elección de los Doce, nos confirman el hecho de la imposición de este nombre. También Juan nos lo refiere, precisando que Jesús hizo uso de la palabra aramaica «Kefas», que en griego se traduce por Petros (cf. Jn 1, 42).
Tengamos presente que el término aramaico Kefas (Cefas), usado por Jesús, así como el término griego petra que lo traduce, significan «roca». En el sermón de la montaña Jesús puso el ejemplo del «hombre prudente que edificó su casa sobre roca» (Mt 7, 24). Dirigiéndose ahora a Simón, Jesús le declara que, gracias a su fe, don de Dios, él tiene la solidez de la roca sobre la cual es posible construir un edificio, indestructible. Jesús manifiesta, también, su decisión de construir sobre esa roca un edificio indestructible, a saber, su Iglesia.
En otros pasajes del Nuevo Testamento encontramos imágenes análogas, aunque no idénticas. En algunos textos Jesús mismo es llamado, no la «roca» sobre la que se construye, sino la «piedra» con la que se realiza la construcción: «piedra angular», que asegura la cohesión del edificio. El constructor, en ese caso, no es Jesús, sino Dios Padre (cf. Mt 12, 10-11; 1 P 2, 4-7). Las dos perspectivas, por tanto, son diferentes.
En una tercera perspectiva se coloca el apóstol Pablo, cuando recuerda a los corintios que «como buen arquitecto» él puso «el cimiento» de su Iglesia, y precisa luego que ese cimiento es «Jesucristo» (cf. 1 Co 3, 10-11).
Con todo, en esas tres perspectivas diversas se puede descubrir una semejanza de fondo, que permite concluir que Jesús, con la imposición de un nombre nuevo, hizo partícipe a Simón Pedro de su propia cualidad de cimiento. Entre Cristo y Pedro existe una relación institucional, que tiene su raíz en la realidad profunda donde la vocación divina se traduce en misión específica conferida por el Mesías.
4. Jesús afirma a continuación: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18). Estas palabras atestiguan la voluntad de Jesús de edificar su Iglesia, con una referencia esencial a la misión y al poder específicos que él, a su tiempo, conferiría a Simón. Jesús define a Simón Pedro como cimiento sobre el que construirá su Iglesia. La relación Cristo-Pedro se refleja, así, en la relación Pedro-Iglesia. Le confiere valor y aclara su significado teológico y espiritual, que objetiva y eclesialmente está en la base del jurídico.
Mateo es el único evangelista que nos refiere esas palabras, pero a este respecto es preciso recordar que Mateo es también el único que recogió recuerdos de particular interés acerca de Pedro (cf. Mt 14, 28-31), tal vez por pensar en las comunidades para las que escribía su evangelio, y a las que quería inculcar el concepto nuevo de la «asamblea convocada» en el nombre de Cristo, presente en Pedro.
Por otra parte, también los otros evangelistas confirman el «nuevo nombre» de Pedro, que dio Jesús a Simón, sin ninguna discrepancia con el significado del nombre que explica Mateo. Y, por lo demás, tampoco se ve qué otro significado podría tener.
5. El texto del evangelista Mateo (16, 15-18), que presenta a Pedro como cimiento de la Iglesia, ha sido objeto de muchas discusiones ―que sería muy largo referir―, y también de negaciones, que, más que de pruebas basadas en los códices bíblicos y en la tradición cristiana, surgen de la dificultad de entender la misión y el poder de Pedro y de sus sucesores. Sin adentrarnos en pormenores, contentémonos aquí con hacer notar que las palabras de Jesús referidas por Mateo tienen un timbre netamente semítico, que se advierte también en las traducciones griega y latina; y que, además, implican una novedad inexplicable en el mismo contexto cultural y religioso judaico en que las presenta el evangelista. En efecto, a ningún jefe religioso del judaísmo de la época se le atribuye la cualidad de piedra fundamental. Jesús, en cambio, la atribuye a Pedro. Ésta es la gran novedad introducida por Jesús. No podía ser el fruto de una invención humana, ni en Mateo, ni en autores posteriores.
6. Debemos precisar también que la «Piedra» de la que habla Jesús es precisamente la persona de Simón, Jesús le dice: «Tú eres Kefas». El contexto de esta declaración nos da a entender aún mejor el sentido de aquel «Tú-persona». Después de que Simón declarara quién es Jesús, Jesús declara quién es Simón según su proyecto de edificación de la Iglesia. Es verdad que Simón es llamado Piedra después de la profesión de fe, y que ello implica una relación entre la fe y la misión de piedra, conferida a Simón. Pero la cualidad de piedra se atribuye a la persona de Simón, y no a un acto suyo, por más noble y grato que fuera para Jesús. La palabra piedra expresa un ser permanente, subsistente; por consiguiente, se aplica a la persona, más que a un acto suyo, necesariamente pasajero. Lo confirman las palabras sucesivas de Jesús, que proclama que las puertas del infierno, o sea, las potencias de muerte, no prevalecerán «contra ella». Esta expresión puede referirse a la Iglesia o a la piedra. En todo caso, según la lógica del discurso, la Iglesia fundada sobre la piedra no podrá ser destruida. La duración de la Iglesia está vinculada a la piedra. La relación Pedro-Iglesia repite en sí el vínculo entre la Iglesia y Cristo. Jesús, en efecto, dice: «Mi Iglesia». Eso significa que la Iglesia será siempre Iglesia de Cristo, Iglesia que pertenece a Cristo. No se convierte en la Iglesia de Pedro, sino, como Iglesia de Cristo, está construida sobre Pedro, que es Kefas en el nombre y por virtud de Cristo.
7. El evangelista Mateo refiere otra metáfora a la que recurre Jesús para explicar a Simón Pedro ―y a los demás Apóstoles― lo que quiere hacer de el: «A ti te daré las llaves del reino de los cielos» (Mt 16, 19). También aquí notamos en seguida que, según la tradición bíblica, es el Mesías quien posee las llaves del reino. En efecto, el Apocalipsis, recogiendo expresiones del profeta Isaías, presenta a Cristo como «el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David: si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir» (Ap 3, 7). El texto de Isaías (22, 22), que alude a un cierto Elyaquim, es considerado como una expresión profética de la era mesiánica, en la que la «llave» sirve para abrir o cerrar no la casa de David (como edificio o como dinastía), sino el «reino de los cielos»: la realidad nueva y trascendente, anunciada y traída por Jesús.
En efecto, Jesús es quien, según la carta a los Hebreos, con su sacrificio «penetró en el santuario celeste» (cf. 9, 24): posee sus llaves y abre su puerta. Estas llaves Jesús las entrega a Pedro, quien, por consiguiente, recibe el poder sobre el reino, poder que ejercerá en nombre de Cristo, como su mayordomo y jefe de la Iglesia, casa que recoge a los creyentes en Cristo, los hijos de Dios.
8. Jesús dice a Pedro: «lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16, 19). Es otra comparación utilizada por Jesús para manifestar su voluntad de conferir a Simón Pedro un poder universal y completo, garantizado y autenticado por una aprobación celeste. No se trata sólo del poder enunciar afirmaciones doctrinales o dar directrices generales de acción: según Jesús, es poder «de desatar y de atar», o sea, de tomar todas las medidas que exija la vida y el desarrollo de la Iglesia. La contraposición «atar-desatar» sirve para mostrar la totalidad del poder.
Ahora bien, es preciso añadir enseguida que la finalidad de este poder consiste en abrir el acceso al reino, no en cerrarlo: «abrir», esto es, hacer posible el ingreso al reino de los cielos, y no ponerle obstáculos, que equivaldrían a «cerrar». Esa es la finalidad propia del ministerio petrino, enraizado en el sacrificio redentor de Cristo, que vino para salvar y ser puerta y pastor de todos en la comunión del único redil (cf. Jn 10, 7. 11. 16). Mediante su sacrificio, Cristo se ha convertido en «la puerta de las ovejas», cuya figura era la puerta construida por Elyasib, sumo sacerdote, con sus hermanos sacerdotes, que se encargaron de reconstruir las murallas de Jerusalén, a mediados del siglo V antes de Cristo (cf. Ne 3, 1). El Mesías es la verdadera puerta de la nueva Jerusalén, construida con su sangre derramada en la cruz. Y precisamente las llaves de esta puerta son las que Jesús confía a Pedro, para que sea el ministro de su poder salvífico en la Iglesia. 25.11.1992
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La Iglesia-comunión en el período
que siguió a Pentecostés
(Lectura: Hechos de los Apóstoles, capítulo 2, versículos 44-47)
1. Los primeros rasgos de la comunidad que se iba convertir en la Iglesia se encuentran ya antes de Pentecostés. La «communio ecclesialis» se formó siguiendo las recomendaciones hechas directamente por Jesús, antes de su ascensión al cielo, en espera de la venida del Paráclito. Aquella comunidad ya poseía los elementos fundamentales que, después de la venida del Espíritu Santo, se consolidaron aún más y cobraron relieve. Los Hechos de los Apóstoles nos dicen: «Acudían asiduamente a la enseñanza de los Apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones» (Hch 2, 4) y también: «La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32). Estas últimas palabras expresan, tal vez, de modo más claro y más concreto el contenido de la koinonia, o comunión eclesial. La enseñanza de los Apóstoles, la oración en común -también en el templo de Jerusalén (cf. Hch 2, 46)- contribuían a esa unidad interior de los discípulos de Cristo: «un solo corazón y una sola alma».
2. Con vistas a esa unidad, un momento muy importante era la oración, alma de la comunión, de manera especial en las situaciones difíciles. Así, leemos que Pedro y Juan, después de haber sido puestos en libertad por el Sanedrín, «vinieron a los suyos y les contaron todo lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y ancianos. Al oírlo, todos a una elevaron su voz a Dios y dijeron: "Señor, tú que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos"...» (Hch 4, 23-24). «Acabada su oración, retembló el lugar donde estaban reunidos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y predicaban la palabra de Dios con valentía» (Hch 4, 31). El Consolador, como se ve, respondía también de modo inmediato a la oración de la comunidad apostólica. Era casi un coronamiento constante de Pentecostés.
Dicen también los Hechos: «Acudían al templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón» (Hch 2, 46). Aunque también en ese tiempo el templo de Jerusalén era el lugar de oración, celebraban la Eucaristía «por las casas», uniéndola a una alegre comida en común.
El sentido de la comunión era tan intenso que impulsaba a cada uno a poner sus propios bienes materiales al servicio de las necesidades de todos: «Nadie consideraba como propiedad suya lo que le pertenecía, sino que todo era común entre ellos». Eso no significa que tuviesen como principio el rechazo de la propiedad personal (privada); sólo indica una gran sensibilidad fraterna frente a las necesidades de los demás, como lo demuestran las palabras de Pedro en el incidente con Ananías y Safira (cf. Hch 5, 4).
Lo que se deduce claramente de los Hechos, y de otras fuentes neotestamentarias, es que la Iglesia primitiva era una comunidad que impulsaba a sus miembros a compartir unos con otros los bienes de que disponían, especialmente en favor de los más pobres.
3. Eso vale aún más con respecto al tesoro de verdad recibido y poseído. Se trata de bienes espirituales que debían compartir, es decir, comunicar, difundir, predicar, como enseñan los Apóstoles con el testimonio de su palabra y ejemplo: «No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20). Por eso hablan, y el Señor confirma su testimonio. En efecto, «por mano de los Apóstoles se realizaban muchas señales y prodigios en el pueblo» (Hch 5, 12).
El apóstol Juan expresará este propósito y este compromiso de los Apóstoles con la declaración que hace en su primera carta: «Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1, 3). Este texto nos da a entender la conciencia que tenían los Apóstoles, y la comunidad primitiva formada por ellos, sobre la comunión de la que la Iglesia saca su impulso hacia la evangelización, que a su vez sirve para un desarrollo ulterior de la comunidad («communio ecclesialis»).
En el centro de esta comunión, y de la comunión en que se abre, se encuentra Cristo. En efecto, escribe Juan: «(Os anunciamos) lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida, pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó» (1 Jn 1, 1-2). San Pablo, a su vez, escribe a los Corintios: «Fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión con su hijo Jesucristo, Señor nuestro» (1 Co 1, 9).
4. San Juan pone de relieve la comunión con Cristo en la verdad. San Pablo subraya la «comunión en sus padecimientos», concebida y propuesta como comunión con la Pascua de Cristo, comunión en el misterio pascual, o sea, en el «paso» redentor del sacrificio de la cruz a la manifestación del «poder de la resurrección» (Flp 3, 10).
La comunión y la Pascua de Cristo, en la Iglesia primitiva, y en la de siempre, se convierte en fuente de comunión recíproca: «Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él (1 Co 12, 26). De aquí nace la tendencia a compartir los bienes temporales, que san Pablo recomienda dar a los pobres, casi para llevar a cabo una cierta compensación, en la equiparación de amor entre el dar de los que tienen y el recibir de los necesitados: «Vuestra abundancia remedia sus necesidades, para que la abundancia de ellos pueda remediar también vuestra necesidad» (2 Co 8, 14). Como se puede ver, los que dan, según el Apóstol, reciben al mismo tiempo. Y ese proceso no sirve sólo para nivelar la sociedad (cf. 2 Co 8, 14-15), sino también para edificarla comunidad del Cuerpo-Iglesia, que «recibe trabazón y cohesión..., realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor» (Ef 4, 16). También mediante ese intercambio la Iglesia se realiza como «communio».
5. La fuente de todo sigue siendo siempre Cristo, en su misterio pascual. Ese «paso» del sufrimiento al gozo fue comparado por Cristo, según el texto de Juan, con los dolores del parto: «La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo (Jn 16, 21). Este texto puede referirse también al dolor de la Madre de Jesús en el Calvario, como a la mujer que «precede» y resume en sí a la Iglesia en el «paso» del dolor de la Pasión al gozo de la Resurrección. Jesús mismo aplica esa metáfora suya a los discípulos y a la Iglesia: «También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar» (Jn 16, 22).
6. Para realizar la «comunión» y alimentar la comunidad congregada en Cristo, interviene siempre el Espíritu Santo, de forma que en la Iglesia siempre se da la «comunión en el Espíritu» (koinonía pnéumatos), como dice san Pablo (cf. Flp 2, 1). Precisamente mediante esta «comunión en el Espíritu», también el compartir los bienes temporales entra en la esfera del misterio y sirve a la institución eclesial, incrementa la comunión y ésta se resuelve en un «crecer en todo hasta Aquel que es la Cabeza, Cristo» (cf. Ef 4, 15).
De Cristo, por él y en él, en virtud del Espíritu vivificante, la Iglesia se realiza como un Cuerpo «que recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes» (Ef 4, 16). De la experiencia de «comunión» de los primeros cristianos, percibida en toda su profundidad, derivó la enseñanza de Pablo sobre la Iglesia como «Cuerpo» de Cristo «Cabeza». 05.II.1992
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El primer germen de la comunión eclesial
(Lectura: Hechos de los Apóstoles, capítulo 1)
1. Leemos en los Hechos de los Apóstoles que los discípulos «entonces (es decir, después de la ascensión de Cristo resucitado a los cielos) se volvieron a Jerusalén... Y cuando llegaron subieron a la estancia superior, donde vivían, Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago. Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos» (Hch 1, 12-14). Esta es la primera imagen de aquella comunidad, «communio ecclesialis», que los Hechos ―como se puede comprobar― nos describen con bastante detalle.
2. Era una comunidad reunida por voluntad del mismo Jesús que, poco antes de volver al Padre, había ordenado a sus discípulos que permanecieran unidos en espera del gran acontecimiento que les había anunciado: «Voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte, permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto» (Lc 24, 49).
El evangelista Lucas, autor también de los Hechos de los Apóstoles, nos introduce en esa primera comunidad de la Iglesia en Jerusalén, recordándonos la recomendación de Jesús mismo: «mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre, «que oísteis de mí: Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días» (Hch 1, 4).
3. Esos textos nos dan a entender que esa primera comunidad de la Iglesia, que debía manifestarse a la luz del sol el día de Pentecostés con la venida del Espíritu Santo, se había formado por orden de Jesús mismo, que le había dado ―por así decir― su propia «forma». El último de esos textos nos presenta un detalle que merece nuestra atención: Jesús dio esa indicación «mientras estaba comiendo con ellos» (Hch 1, 4). Una vez vuelto al Padre, la Eucaristía se convertirá para siempre en la expresión de la comunión de la Iglesia en la que Cristo se halla sacramentalmente presente. En esa cena de Jerusalén Jesús estaba presente visiblemente con su cuerpo resucitado, y celebraba con sus amigos la fiesta del Esposo que volvía para estar con ellos por algún tiempo.
4. Después de la ascensión de Cristo, la pequeña comunidad continuaba su vida. Hemos leído ante todo que «todos ellos (los Apóstoles) perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos» (Hch 1, 14). La primera imagen de la Iglesia nos la presenta como una comunidad que perseveraba en la oración. Todos oraban para invocar el don del Espíritu Santo, que les había prometido Cristo antes de su pasión y, de nuevo, antes de su ascensión al cielo.
La oración ―la oración en común― es la característica funda mental de esa «comunión» en los comienzos de la Iglesia, y así seguirá siendo siempre. Lo demuestra en todos los siglos también hoy la oración en común, especialmente en su forma litúrgica, en nuestras iglesias, en las comunidades religiosas y, ―quiera Dios concedernos cada vez más esta gracia― en las familias cristianas.
El autor de los Hechos de los Apóstoles pone de relieve la perseverancia de esa oración: una oración constante, regular, bien distribuida y comunitaria. Se trata de otra característica de la comunidad eclesial, heredera de la comunidad primitiva, que es modelo para todas las generaciones futuras.
5. San Lucas subraya también la «unanimidad» de esa oración (homothymadon). Esta palabra contribuye a destacar el significado comunitario de la oración. La oración de la comunidad primitiva ―como sucederá siempre en la Iglesia― expresa y está al servicio de la «comunión» espiritual y, al mismo tiempo, la crea, profundiza y consolida. En esta comunión de oración se superan las diferencias y las divisiones originadas por otros factores materiales y espirituales: la oración produce la unidad espiritual de la comunidad.
6. Otro detalle que destaca Lucas es el hecho de que los Apóstoles perseveraban en la oración «en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos». En este caso, se les aplica la palabra hermanos a los primos, que pertenecían a la familia de Jesús, y a los que los evangelios aluden en varios momentos de la vida de Jesús. Los evangelios hablan también de varias mujeres que se hallaban presentes y participaban activamente en la acción evangelizadora del Mesías. El mismo Lucas nos lo atestigua en su evangelio: «Le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes» (Lc 8, 1-3). En los Hechos describe, asimismo, cómo se mantuvo esa situación evangélica durante los comienzos de la comunidad eclesial. Esas mujeres generosas se reunían en oración con los Apóstoles. El día de Pentecostés debían recibir el Espíritu Santo junto con ellos. Ya en esos días se vivía en la comunidad eclesial lo que diría luego el apóstol san Pablo: «Ya no hay... ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28). Ya por aquellos días la Iglesia se manifestaba como el germen de la nueva humanidad, llamada en su totalidad a la comunión con Cristo.
7. San Lucas pone de relieve la presencia de María, la Madre de Jesús, en aquella primera comunidad (cf. Hch 1, 14). Ya se sabe que María no había participado directamente en la actividad pública de Jesús. Pero el evangelio de Juan nos asegura que se hallaba presente en dos momentos decisivos: en Caná de Galilea, cuando, gracias también a su intervención, Jesús comenzó sus «signos» mesiánicos, y en el Calvario. A su vez, Lucas, que en su evangelio destacó la importancia de María ante todo en la anunciación, en la visitación, en el nacimiento, en la presentación en el templo y en el período de la vida oculta de Jesús en Nazaret, ahora, en los Hechos, nos la muestra como la mujer que, después de haber dado la vida humana al Hijo de Dios, está también presente en el nacimiento de la Iglesia, a través de la oración, el silencio, la comunión y la espera confiada.
8. El concilio Vaticano II, recogiendo esa tradición bimilenaria iniciada por Lucas y Juan, en el último capítulo de la constitución sobre la Iglesia (Lumen gentium, VIII) destacó la particular importancia de la Madre de Cristo en la economía de la salvación, que se hace realidad en la Iglesia. María es la figura de la Iglesia (typus Ecclesiae), principalmente cuando se trata de la unión con Cristo. Y esa unión es la fuente de la «communio ecclesialis», como hemos visto en las catequesis anteriores. Por ello, María está al lado de Cristo en la raíz de esta comunión.
Es preciso notar también que la presencia de la Madre de Cristo en la comunidad apostólica, el día de Pentecostés, fue preparada de modo particular a los pies de la cruz en el Gólgota, donde Jesús dio la vida «para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11, 52). El día de Pentecostés este «reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» comienza a realizarse mediante la acción del Espíritu Santo. María ―que Jesús entregó como Madre al discípulo que amaba y, mediante él, a la comunidad apostólica de toda la Iglesia― está presente «en la estancia superior» (Hch 1, 13), para lograr y estar al servicio de la consolidación de la «communio» que, por voluntad de Cristo, debe ser la Iglesia.
9. Eso vale para todos los tiempos, incluido el presente, en el que sentimos particularmente viva la necesidad de recurrir a la mujer que es tipo y Madre de la unidad de la Iglesia, como nos recomienda el Concilio, en un texto que resume la tradición y la doctrina cristiana, y con el que queremos concluir esta catequesis. Leemos en él: «Ofrezcan todos los fieles súplicas apremiantes a la Madre de Dios y Madre de los hombres para que ella, que ayudó con sus oraciones a la Iglesia naciente, también ahora, ensalzada en el cielo por encima de todos los ángeles y bienaventurados, interceda en la comunión de todos los santos ante su Hijo hasta que todas las familias de los pueblos, tanto los que se honran con el título de cristianos como los que todavía desconocen a su Salvador, lleguen a reunirse felizmente, en paz y concordia, en un solo pueblo de Dios, para gloria de la santísima e indivisible Trinidad» (Lumen gentium, 69). 29.01.1992
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Dimensión histórica y proyección escatológica de la unión nupcial de la Iglesia con Cristo
(Lectura: Apocalipsis, capítulo 19, versículos 6-8)
1. El apóstol Pablo nos dijo que «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Ef 5, 25). Esta verdad fundamental de la eclesiología paulina, que se refiere al misterio del amor nupcial del Redentor hacia su Iglesia, queda recogida y confirmada en el Apocalipsis, en el que Juan habla de le esposa del Cordero: «Ven, que te voy a enseñar a la novia, a la esposa del Cordero» (Ap 21, 9). El autor ya anticipó la descripción de los preparativos: «Han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura ―el lino son las buenas acciones de los santos―... Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero» (Ap 19, 7-9). Así, pues, la imagen de las bodas y del banquete nupcial se repite también en este libro de carácter escatológico, en el que la Iglesia aparece representada en su forma celeste. Pero se trata de la misma Iglesia de la que habló Jesús al presentarse como su Esposo; de la que habló el apóstol Pablo, al recordar la oblación del Cristo-Esposo por ella; y de la que habla ahora Juan como esposa por la que se inmoló al Cordero-Cristo. La tierra y el cielo, el tiempo y la eternidad se funden en esta visión trascendente de la relación entre Cristo y la Iglesia.
2. El autor del Apocalipsis describe a la Iglesia-esposa, ante todo, en una fase descendente: como un don de lo alto. La esposa del Cordero (cf. Ap 21, 9) se presenta como «la ciudad santa de Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, y tenía la gloria de Dios» (Ap 21, 10-11), y como «la nueva Jerusalén...engalanada como una esposa ataviada para su esposo» (Ap 21, 2). Si en la carta a los Efesios Pablo presenta a Cristo como Redentor que otorga los dones a la Iglesia-esposa, en el Apocalipsis Juan asegura que la misma Iglesia-esposa, la esposa del Cordero, recibe de él, como de su fuente, la santidad y la participación en la gloria de Dios. En el Apocalipsis predomina, por tanto, el aspecto descendente del misterio de la Iglesia: el don de lo alto, que no sólo se manifiesta en su origen pascual y pentecostal, sino también en toda la peregrinación terrestre bajo el régimen de la fe. También Israel, el pueblo de la antigua Alianza, peregrinaba, y su principal pecado consistió en traicionar esa fe, es decir, en una infidelidad al Dios que lo había elegido y amado como a una esposa. Para la Iglesia, nuevo pueblo de Dios, el compromiso de fidelidad es aún más fuerte y dura hasta el último día. Como leemos en el concilio Vaticano II, «(La Iglesia) es igualmente virgen, que guarda pura e íntegramente la fe prometida al Esposo, y a imitación de la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo, conserva virginalmente una fe íntegra, una esperanza sólida y una caridad sincera» (Lumen gentium, 64). La fe es el presupuesto fundamental del amor nupcial con el que la Iglesia prosigue la peregrinación comenzada por la Virgen María.
3. También el apóstol Pedro, que cerca de Cesarea de Filipo había profesado con respecto a Cristo una fe rebosante de amor, escribió en la primera carta a sus discípulos: «Vosotros lo amáis (Cristo) sin haberle visto; creéis en él, aunque de momento no le veáis» (1 P 1, 8). Según el Apóstol, la fe en Cristo no consiste sólo en aceptar su verdad; es preciso también referirse a su Persona, acogiéndola y amándola. En este sentido, de la fe deriva la fidelidad, y la fidelidad es la prueba del amor. En efecto, se trata de un amor que es suscitado por Cristo y que, a través de él, alcanza a Dios para amarlo «con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas», como dice el primero y el mayor de los mandamientos de la Ley antigua (cf. Dt 6, 5), confirmado y corroborado por Jesús mismo (cf., por ejemplo, Mc 12, 28-30).
4. En virtud de este amor, aprendido de Cristo y los Apóstoles, la Iglesia es la esposa «que guarda pura e íntegramente la fe prometida al Esposo» (Lumen gentium, 64). Guiada por el Espíritu Santo y movida por el poder que de él recibe, la Iglesia no puede separarse de su Esposo. No puede caer en la infidelidad. Jesucristo mismo, al dar a la Iglesia su Espíritu estableció ese vínculo indisoluble. No podemos menos de notar aquí, con el Concilio, que esa imagen de la Iglesia unida indisolublemente a Cristo, su Esposo, encuentra una expresión particular en las personas vinculadas a él por los santos votos, es decir, en los religiosos y religiosas, y en general en las almas consagradas. Por ello ocupan un lugar esencial en la vida de la Iglesia (cf. Lumen gentium, 44).
5. Ahora bien, la Iglesia es una sociedad que encierra en su seno también a pecadores. El Concilio, plenamente consciente de esa verdad, escribe: «La Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación» (Lumen gentium, 8). Dado que la Iglesia trata de vivir en la verdad, vive sin duda en la verdad de la Redención obrada por Cristo, pero vive también con la conciencia de que sus hijos son pecadores. Y, efectivamente, en medio de las tentaciones y tribulaciones de su camino histórico, «se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que por la cruz llegue aquella luz que no conoce ocaso» (Lumen gentium, 9). De este modo, la imagen que el Apocalipsis nos ofrece de la ciudad santa, que desciende del cielo, se realiza constantemente en la Iglesia como imagen de un pueblo en camino.
6. Pero, por este camino la Iglesia avanza hacia la meta escatológica, hacia la plena realización de las bodas con el Cristo descrito por el Apocalipsis, hacia la fase final de su historia. Como leemos en la constitución conciliar Lumen gentium «mientras la Iglesia camina (peregrinatur) en esta tierra lejos del Señor (cf. 2 Co 5, 6), se considera como en destierro, buscando y saboreando las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios, donde la vida de la Iglesia está escondida con Cristo en Dios hasta que aparezca con su Esposo en la gloria (cf. Col 3, 14)» (Lumen gentium, 6).
La peregrinación de la Iglesia en la tierra es, pues, un camino lleno de esperanza, que encuentra una expresión sintética en las palabras del Apocalipsis: «El Espíritu y la esposa dicen: "¡Ven!"» (22, 17). Este texto confirma, al parecer, en la última página del Nuevo Testamento, que la Iglesia es la esposa de Cristo.
7. A esta luz entendemos mejor lo que escribe el Concilio: «La Iglesia "va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios" (cf. san Agustín, De civitate Dei, XVIII, 52, 2: PL 41, 614), anunciando la cruz del Señor hasta que venga (cf. 1 Co 11, 26). Está fortalecida, con la virtud del Señor resucitado, para triunfar con paciencia y caridad de sus aflicciones y dificultades, tanto internas como externas, y revelar al mundo fielmente su misterio, aunque sea entre penumbras, hasta que se manifieste en todo el esplendor al final de los tiempos» (Lumen gentium, 8).
En este sentido, «el Espíritu y la esposa dicen: "¡Ven!"». 08.I.1992
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"Id, pues... Yo estoy con vosotros" (Mt 28, 19-20).
Estas palabras del Señor resucitado, que se hallan en la conclusión del evangelio de Mateo,.. han sido propuestas como fuente de inspiración y de reflexión para la Semana universal de oración por la unidad de los cristianos, que se está realizando en todo el mundo. También nosotros nos unimos a esa vasta asamblea de católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes, que en el mundo entero, y a menudo juntos, se han puesto a la escucha de esas últimas palabras del Señor. Con los ojos de la fe contemplamos la escena del Resucitado, que manifiesta a sus discípulos su deseo de que el anuncio del Evangelio se extienda hasta los confines de la tierra, asegurándoles al mismo tiempo su presencia continua.
Cristo está misteriosa, pero realmente presente, también hoy, aquí entre nosotros y nos repite su mandato misionero: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 18-20).
2. En esas palabras que Jesús resucitado dirigió a los Once resaltan tres elementos: la declaración de su soberanía universal, la instrucción a los discípulos y la promesa de una presencia permanente. La íntima conexión que guardan entre sí esos tres elementos muestra que la actividad misionera depende estrechamente de la iniciativa y de la asistencia continua del Señor. Precisamente porque Jesús sigue presente sin límites de tiempo y de espacio, puede perpetuar su misión por medio de sus Apóstoles y mandarlos a "hacer discípulos" a las gentes de todo tiempo y de todo lugar.
En lugar del término "proclamar", más usado para la evangelización, y que se encuentra en textos análogos (Mc 13, 10; 14, 9; 16, 15; Lc 24, 27), Mateo usa una expresión propia: "haced discípulos a todas las gentes", indicando así un proceso más complejo y completo: los Once no sólo deben anunciar el Evangelio, sino también ayudar a los oyentes a acogerlo y a madurar la decisión de seguir a Jesús, convirtiéndose en discípulos suyos. En ese momento podrán "bautizarlos" y, luego, enseñarles a guardar todo lo que Jesús les ha mandado". Allí aparecen los dos aspectos esenciales del proceso por el que se llega a ser cristiano: el primero, litúrgico-sacramental (el rito de la iniciación cristiana) y el segundo, existencial-ético (la observancia de los mandamientos del Señor).
El mandato misionero de "hacer discípulos" se extiende a "todas las gentes", a todas las naciones, a todos los pueblos, es decir, a todo hombre. No existen limitaciones de raza, linaje, cultura, lengua u organización social.
Considerando el término de la misión, san Pablo escribe a los Gálatas: "Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Ga 3, 27-28).
"Hacer discípulos" a todas las gentes equivale, pues, a reunirlas en una unidad misteriosa, real y profunda. Jesús oró por sus discípulos de la siguiente manera: "Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros" (Jn 17, 21).
El bautismo en nombre de la Trinidad, que es sacramento de ese acontecimiento, se ha convertido en praxis normal de la iglesia desde los inicios, como lo muestra el antiguo texto de la Didaché: "Con respecto al bautismo, bautizad así: habiendo explicado con anterioridad todos estos mandamientos, bautizad en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo en agua viva" (7, 1).
3. El Comité mixto internacional, compuesto por representantes de la Iglesia católica y del Consejo ecuménico de las Iglesias, ha propuesto leer el mandato misionero de Jesús a sus discípulos en el contexto de la actual Semana de oración por la unidad de los cristianos. En efecto, el mandato del Señor es permanente y presupone la unidad de los que han sido enviados a proclamar el Evangelio del único Señor. Ahora bien, la situación actual de los discípulos del Señor, espiritualmente dramática, nos ve aún divididos e incapaces de presentar un anuncio plenamente concorde. El concilio Vaticano II habla hecho notar con lucidez esa contradicción y había sacado las consecuencias, advirtiendo que la división "daña a la causa santísima de la predicación del Evangelio a todos los hombres" (Unitatis redintegratio, 1).
La reciente Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos estudió la tarea de los cristianos de evangelizar a Europa en su nueva situación. Los padres, considerando las urgencias, las posibilidades y los límites, destacaron la necesidad de la "intima cooperación con las demás Iglesias y comunidades eclesiales". En la Declaración final afirman: "Nos hemos persuadido aún más de que la nueva evangelización de Europa es una obligación común de todos los cristianos y de que de esto depende la credibilidad de las Iglesias" (III, 7).
4. A pesar de las dificultades, también en este campo es posible fundar desde el punto de vista teológico una auténtica y sincera cooperación ecuménica. Ya lo había indicado el decreto conciliar sobre la actividad misionera, al proponer también sus motivaciones y modalidades:
"En cuanto lo permitan las condiciones religiosas, promuévase la acción ecuménica de forma que excluida toda especie tanto de indiferentismo y confusionismo como de emulación insensata, los católicos colaboren fraternalmente con los hermanos separados, según las normas del decreto sobre el ecumenismo" (Ad gentes, 15).
El Concilio atrae la atención hacia algunos peligros. Es preciso evitar, especialmente en este campo, toda forma de indiferentismo espiritual o de confusionismo doctrinal, al igual que toda emulación insensata, que suele ser causa de tensiones entre los testigos y de conflictos entre las comunidades. Por el contrario, en la medida de lo posible, hay que poner en práctica una común profesión de fe. En esa perspectiva, se señala la posibilidad de cooperar en la evangelización, no sólo en el campo técnico y social, en el que es más fácil realizarla, sino también en el campo ―más complejo― de la cultura, y en el mismo campo religioso. El decreto invita a una colaboración fraterna. Y añade la motivación de fondo: "Colaboren sobre todo por Cristo, su común Señor. ¡Que su nombre los junte! (ib.).
El Concilio considera posible esta cooperación no sólo entre las personas privadas, sino también entre las mismas Iglesias: "Esta colaboración hay que establecerla no sólo entre las personas privadas, sino también, a juicio del ordinario del lugar, entre las Iglesias o comunidades eclesiásticas y sus obras" (ib.).
5. Debido a su amplitud, delicadeza y complejidad, la cooperación en el campo de la evangelización pone a prueba todos los logros del movimiento ecuménico, tanto en el diálogo de la caridad, como en el diálogo teológico propiamente tal. Por lo demás, esa cooperación no sólo puede ayudar a la evangelización, sino también a la misma búsqueda de la unidad plena. En efecto, la misión exige unidad y, cuando ésta no es plena, impulsa a la búsqueda de la unidad en la oración, en el diálogo y en la cooperación.
En esta perspectiva, los padres de la Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos invitaron a las demás Iglesias al diálogo "recordando nuestra común responsabilidad con respecto a dar testimonio del Evangelio ante el mundo y sobre todo ante el Señor de la Iglesia" (III, 7).
6. La Semana de oración por la unidad de los cristianos nos ofrece la oportunidad de dar gracias al Señor por lo que nos ha concedido alcanzar en la búsqueda de la reconciliación entre los cristianos, y de implorar el don de la unidad plena. También este año tenemos buenos motivos para dar gracias al Señor. El panorama ecuménico nos muestra que el camino hacia la unidad sigue su marcha en los diferentes diálogos, con ritmo diverso, y sigue positivamente abierto, con esperanzas fundadas. Hemos encontrado, también, dificultades e incomprensiones. En particular, no hemos podido gozar de la presencia de delegados de algunas Iglesias, que habían sido invitadas a la Asamblea especial del Sínodo de los obispos. Así, se perdió la oportunidad de discutir directamente con ellos. Espero de corazón que estas incomprensiones se superen pronto y que, a través de contactos y delegaciones, se pueda llegar a un pleno esclarecimiento, dentro de un clima de creciente confianza recíproca y de auténtica fraternidad.
Por los resultados alcanzados, por la continuación del diálogo, por la solución de los problemas existentes, invoquemos ahora la ayuda del Señor, recitando nosotros, los que estamos aquí presentes, junto con todos los cristianos, unidos por el bautismo común, el Padre nuestro. 22.01.1992
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La Iglesia, misterio de comunión
fundada en el amor
1. Quiero comenzar también esta catequesis con un hermoso texto de la carta a los Efesios, que dice: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo... Nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo... en el amor, eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad... de hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1, 3-10). San Pablo, con vuelo de águila, con un profundo sentido del misterio de la Iglesia, se eleva a la contemplación del designio eterno de Dios, que quiere reunirlo todo en Cristo como Cabeza. Los hombres, elegidos desde la eternidad por el Padre en el Hijo amado, encuentran en Cristo el camino para alcanzar su fin de hijos adoptivos. Se unen a él convirtiéndose en su Cuerpo. Por él suben al Padre, como una sola realidad, junto con las cosas de la tierra y del cielo.
Este designio divino halla su realización histórica cuando Jesús instituye la Iglesia, que primero anuncia (cf. Mt 16, 18) y luego funda con el sacrificio de su sangre y el mandato dado a los Apóstoles de apacentar su rebano. Es un hecho histórico y, al mismo tiempo, un misterio de comunión con Cristo. El apóstol no se limita a contemplar ese misterio; se siente impulsado a traducir esa verdad contemplada en un cántico de bendición: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo...».
2. Para la realización de esta comunión de los hombres en Cristo, querida desde la eternidad por Dios, reviste una importancia esencial el mandamiento que Jesús mismos define «el mandamiento mío» (Jn 15, 12). Lo llama «un mandamiento nuevo»: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34). «Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12).
El mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí mismo, tiene sus raíces en el Antiguo Testamento. Pero Jesús lo sintetiza, lo formula con palabras lapidarias y le da un significado nuevo, como signo de que sus discípulos le pertenecen. «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13, 35). Cristo mismo es el modelo vivo y constituye la medida de ese amor, del que habla en su mandamiento: «Como yo os he amado», dice. Más aún, se presenta la fuente de ese amor, como «la vid», que fructifica con ese amor en sus discípulos, que son sus «sarmientos»: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). De allí la observación: «Permaneced en mi amor» (Jn 15, 9). La comunidad de los discípulos, enraizada en ese amor con que Cristo mismo los ha amado, es la Iglesia, Cuerpo de Cristo, única vid, de la que somos sarmientos. Es la Iglesia-comunión, la Iglesia-comunidad de amor, la Iglesia-misterio de amor.
3. Los miembros de esta comunidad aman a Cristo y, en él, se aman recíprocamente. Pero se trata de un amor que, derivando de aquel con que Jesús mismo los ha amado, se remonta a la fuente del amor de Cristo hombre-Dios, a saber, la comunión trinitaria. De esa comunión recibe toda su naturaleza, su característica sobrenatural, y a ella tiende como a su propia realización definitiva. Este misterio de comunión trinitaria, cristológica y eclesial, aflora en el texto de san Juan que reproduce la oración sacerdotal del Redentor en la última Cena. Esa tarde, Jesús dijo al Padre: «No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 20-21). «Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí» (Jn 17, 23).
4. En esa oración final, Jesús trazaba el cuadro completo de las relaciones interhumanas y eclesiales, que tenían su origen en él y en la Trinidad, y proponía a los discípulos, y a todos nosotros, el modelo supremo de esa «communio» que debe llegar a ser la Iglesia en virtud de su origen divino; él mismo, en su íntima comunión con el Padre en la vida trinitaria. Jesús en su mismo amor hacia nosotros mostraba la medida del mandamiento que dejaba a los discípulos, como había dicho en otra ocasión: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48). Lo había dicho en el sermón de la montaña, cuando recomendó amar a los enemigos: «Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5, 44-45). En otras muchas ocasiones, y especialmente durante su pasión, Jesús confirmó que este amor perfecto del Padre era también su amor: el amor con que él mismo había amado a los suyos hasta el extremo.
5. Este amor que Jesús enseña a sus seguidores, como reproducción de su mismo amor, en la oración sacerdotal se refiere claramente al modelo de la Trinidad. «Que ellos también sean uno en nosotros», dice Jesús, «para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17, 26). Subraya que éste es el amor con que «me has amado antes de la creación del mundo» (Jn 17, 24).
Y precisamente este amor, en el que se funda y edifica la Iglesia como «communio» de los creyentes en Cristo, es la condición de su misión salvífica: que sean uno como nosotros ―pide al Padre―, para que «el mundo conozca que tú me has enviado» (Jn 17, 23). Es la esencia del apostolado de la Iglesia: difundir y hacer aceptable, creíble, la verdad del amor de Cristo y de Dios, atestiguado, hecho visible y practicado por ella. La expresión sacramental de este amor es la Eucaristía. En la Eucaristía la Iglesia, en cierto sentido, renace y se renueva continuamente como la «communio» que Cristo trajo al mundo, realizando así el designio eterno del Padre (cf. Ef 1, 3-10). De manera especial en la Eucaristía y por la Eucaristía la Iglesia encierra en sí el germen de la unión definitiva en Cristo de todo lo que existe en los cielos y de todo lo que existe en la tierra, tal como dijo Pablo (cf. Ef 1, 10): una comunión realmente universal y eterna.15.01.1992
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La Iglesia, comunidad sacerdotal
1. Hemos visto en la catequesis anterior que, según las cartas de Pedro y Pablo y el Apocalipsis de Juan, Cristo Señor, «sacerdote tomado de entre los hombres» (cf. Hb 5, 1), hizo del nuevo pueblo «un reino de sacerdotes para su Dios y Padre» (Ap 1, 6; cf. 5, 9-10). Así se realizó la «comunión» en la santidad de Dios, según la petición dirigida por él ya en el antiguo Israel y que comprometía aún más al nuevo: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19, 2). La «comunión» en la santidad de Dios se ha hecho realidad como fruto del sacrificio redentor de Cristo, en virtud del cual somos partícipes de aquel amor que «ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo» (Rm 5, 5). El don del Espíritu santificador lleva a cabo en nosotros «un sacerdocio santo» que, según Pedro, nos hace capaces de «ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (1 P 2, 5). Así, pues, existe un «sacerdocio santo». Por ello, podemos reconocer en la Iglesia una comunidad sacerdotal, en el sentido que queremos explicar ahora.
2 . Leemos en el concilio Vaticano II, que cita la primera carta de Pedro, que «los bautizados son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz (cf. 1 P 2, 4-10)» (Lumen gentium, 10).
En ese texto, el Concilio vincula luego la oración, mediante la cual los cristianos dan gloria a Dios, con la ofrenda de sí mismos «como hostia viva, santa y grata a Dios» (cf. Rm 12, 1) y con el testimonio que es preciso dar de Cristo. Vemos así resumida la vocación de todos los bautizados como participación en la misión mesiánica de Cristo, que es sacerdote, profeta y rey.
3. El Concilio considera la participación universal en el sacerdocio de Cristo, llamada también sacerdocio de los fieles (sacerdotium universale fidelium), en su relación particular con el sacerdocio ministerial: «El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo» (Lumen gentium, 10). El sacerdocio jerárquico como «oficio» (officium) es un servicio particular, gracias al cual el sacerdocio universal de los fieles puede realizarse de modo que la Iglesia constituya la plenitud de la «comunidad sacerdotal» según la medida de la repartición hecha por Cristo. «Aquéllos de entre los fieles que están sellados con el orden sagrado son destinados a apacentar la Iglesia por la palabra y la gracia de Dios (Lumen gentium, 11).
4. El Concilio subraya que el sacramento universal de los fieles y el sacerdocio ministerial (o jerárquico) están ordenados el uno al otro. Al mismo tiempo afirma que entre ellos existe una diferencia esencial «y no sólo en grado» (Lumen gentium, 10). El sacerdocio jerárquico-ministerial no es un «producto» del sacerdocio universal de los fieles. No proviene de una elección o una delegación de la comunidad de los creyentes, sino de una llamada divina particular: «Nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón» (Hb 5, 4). Un cristiano se convierte en sujeto de ese oficio en virtud de un específico sacramento, el del orden.
5. «El sacerdocio ministerial ―siempre según el Concilio― por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo sacerdotal, confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo y lo ofrece en nombre de todo el pueblo a Dios» (Lumen gentium, 10).
Mucho más ampliamente trata este punto el Concilio en el decreto sobre la vida y el ministerio de los sacerdotes: «El Señor, con el fin de que los fieles formaran un solo cuerpo, en el que no todos los miembros desempeñan la misma función (Rm 12, 4), de entre los mismos fieles instituyó a algunos por ministros, que en la sociedad de los creyentes poseyeran la sagrada potestad del orden para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados, y desempeñaran públicamente el oficio sacerdotal... Los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan sellados con un carácter particular, y así se configuran con Cristo sacerdote, de suerte que puedan obrar como en persona de Cristo cabeza» (Presbyterorum ordinis, 2; cf. santo Tomás, Summa Theologiae, III, q. 63, a. 3). Con el carácter se les confiere la gracia necesaria para desempeñar dignamente su ministerio: «Como los presbíteros participan por su parte el ministerio de los Apóstoles, dales Dios gracia para que sean ministros de Cristo en las naciones, desempeñando el sagrado ministerio del Evangelio» (Presbyterorum ordinis, 2).
6. Como hemos dicho, el sacerdocio jerárquico-ministerial fue instituido en la Iglesia para actuar todos los recursos del sacerdocio universal de los fieles. El Concilio lo afirma en diversos puntos y en particular cuando trata de la participación de los fieles en la celebración de la Eucaristía. Leemos: «Participando del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella. Y así, sea por la oblación o sea por la sagrada comunión, todos tienen en la celebración litúrgica una parte propia, no confusamente, sino cada uno de modo distinto. Más aún, confortados con el cuerpo de Cristo en la sagrada liturgia eucarística, muestran de un modo concreto la unidad del pueblo de Dios, significada con propiedad y maravillosamente realizada por este augustísimo sacramento» (Lumen gentium, 11).
Según esa doctrina, que pertenece a la más antigua tradición cristiana, la «actividad» de la Iglesia no se reduce al ministerio jerárquico de los pastores, como si los laicos tuvieran que permanecer en un estado de pasividad. Toda la actividad cristiana que han desempeñado los laicos en todo tiempo, y especialmente el apostolado moderno de los laicos, da testimonio de la enseñanza conciliar, según la cual el sacerdocio de los fieles y el ministerio sacerdotal de la jerarquía eclesiástica están «ordenados el uno al otro».
7. «Los ministros que poseen la sacra potestad ―sostiene el Concilio― están al servicio de los hermanos, a fin de que todos cuantos pertenecen al pueblo de Dios y gozan, por tanto, de la verdadera dignidad cristiana, tendiendo libre y ordenadamente a un mismo fin, alcancen la salvación» (Lumen gentium, 18).
Por esto, el sacerdocio de la jerarquía tiene carácter ministerial. Precisamente por ello los obispos y los sacerdotes son en la Iglesia pastores. Su tarea consiste en estar al servicio de los fieles, como Jesucristo, el Buen Pastor, el único Pastor universal de la Iglesia y de toda la humanidad, que dice de sí mismo: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28). A la luz de la enseñanza y del ejemplo del Buen Pastor, toda la Iglesia, partícipe de la gracia de la Redención difundida en todo el cuerpo de Cristo por el Espíritu Santo, es y actúa como una comunidad sacerdotal. 18.03.1992
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La Iglesia, misterio de comunión en la santidad
(Lectura: 1ra. carta de san Pedro, capítulo 2, versículos 11-12)
1. «Habló el Señor a Moisés, diciendo: Habla a toda la comunidad de los israelitas y diles: Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19, 1-2). La llamada a la santidad pertenece a la esencia misma de la alianza de Dios con los hombres ya en el Antiguo Testamento. «Soy Dios, no hombre; en medio de ti yo soy el Santo» (Os 11, 9). Dios, que por su esencia es la suma santidad, el tres veces santo (cf. Is 6, 3), se acerca al hombre, al pueblo elegido, para insertarlo en el ámbito de la irradiación de esta santidad. Desde el inicio, en la alianza de Dios con el hombre se inscribe la vocación a la santidad, más aún, la «comunión» en la santidad de Dios mismo: «Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19, 6). En este texto del Éxodo están vinculadas la «comunión» en la santidad de Dios mismo y la naturaleza sacerdotal del pueblo elegido. Es una primera revelación de la santidad del sacerdocio, que encontrará su cumplimiento definitivo en la nueva Alianza mediante la sangre de Cristo, cuando se realice la «adoración (culto) en espíritu y verdad», de la que Jesús mismos habla en Siquem, en su conversación con la samaritana (cf. Jn 4, 24).
2. La Iglesia como «comunión» en la santidad de Dios y, por tanto, «comunión de los santos» constituye uno de los pensamientos-guía de la primera carta de san Pedro. La fuente de esta comunión es Jesucristo, de cuyo sacrificio deriva la consagración del hombre y de toda la creación. Escribe san Pedro: «Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu» (1 P 3, 18). Gracias a la oblación de Cristo, que contiene en si la virtud santificadora del hombre y de toda la creación, el Apóstol puede declarar: «Habéis sido rescatados... con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo» (1 P 1, 18-19). Y en este sentido: «Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real (cf. Ex 19, 6), nación santa» (1 P 2, 9). En virtud del sacrificio de Cristo se puede participar en la santidad de Dios, actuar «la comunión en la santidad».
3. San Pedro escribe: «Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas» (1 P 2, 21). Seguir las huellas de Jesucristo quiere decir revivir en vosotros su vida santa, de la que hemos sido hechos partícipes con la gracia santificante y consagrante recibida en el bautismo; quiere decir continuar realizando en la propia vida «la petición de salvación dirigida a Dios de parte de una buena conciencia, por medio de la resurrección de Jesucristo» (cf. 1 P 3, 21); quiere decir ponerse, mediante las buenas obras, en disposición de dar gloria a Dios ante el mundo y especialmente ante los no creyentes (cf. 1 P 2, 12; 3, 1-2). En esto consiste, según el Apóstol, el «ofrecer sacrificios espirituales gratos a Dios, por medio de Jesucristo» (cf. 1 P 2, 5). En esto consiste el entrar en la «construcción de un edificio espiritual... cual piedras vivas... para un sacerdocio santo» (1 P 2, 5).
El «sacerdocio santo» se concreta al ofrecer sacrificios espirituales, que tienen su fuente y su modelo perfecto en el sacrificio de Cristo mismo. «Pues más vale padecer por obrar el bien, si ésa es la voluntad de Dios, que por obrar el mal» (1 P 3, 17). De este modo se realiza la Iglesia como «comunión» en la santidad. En virtud de Jesús y de obra del Espíritu Santo, la comunión del nuevo pueblo de Dios puede responder plenamente a la llamada de Dios: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo».
4. También en las cartas de san Pablo encontramos la misma enseñanza: «Os exhorto, pues, hermanos, ―escribe a los Romanos― por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual» (Rm 12, 1). «Ofreceros vosotros mismos a Dios como muertos retornados a la vida; y vuestros miembros, como armas de justicia al servicio de Dios» (Rm 6, 13). El paso de la muerte a la vida, según el Apóstol, se ha realizado por medio del sacramento del bautismo. Y ése es el bautismo «en la muerte» de Cristo. «Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6, 4).
Como Pedro habla de «piedras vivas» empleadas «para la construcción de un edificio espiritual», así también Pablo usa la imagen del edificio: «Vosotros sois ―escribe― edificación de Dios» (1 Co 3, 9), para después preguntar: «¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1 Co 3, 16), y añadir, finalmente, casi respondiendo a su misma pregunta: «El santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois este santuario» (1 Co 3, 17).
La imagen del templo pone de relieve la participación de los cristianos en la santidad de Dios, su «comunión» en la santidad, que se realiza por obra del Espíritu Santo. El Apóstol habla asimismo del «sello del Espíritu Santo» (cf. Ef 1, 13), con el que los creyentes han sido marcados: Dios, es «el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones» (2 Co 1, 21-22).
5. Según estos textos de los dos Apóstoles, la «comunión» en la santidad de Dios significa la santificación obrada en nosotros por el Espíritu Santo, en virtud del sacrificio de Cristo. Esta comunión se expresa mediante la oblación de sacrificios espirituales a ejemplo de Cristo. Por medio de esa oblación se realiza el «sacerdocio santo». A su servicio se desempeña el ministerio apostólico, que tiene como fin ―escribe san Pablo― hacer que «la oblación» de los fieles «sea agradable, santificada por el Espíritu Santo» (Rm 15, 16). Así, el don del Espíritu Santo en la comunidad de la Iglesia fructifica con el ministerio de la santidad. La «comunión» en la santidad se traduce para los fieles en un compromiso apostólico para la salvación de toda la humanidad.
6. Esa misma enseñanza de los apóstoles Pedro y Pablo aparece también en el Apocalipsis. En este libro, inmediatamente después del saludo inicial de «gracia y paz» (Ap 1, 4), leemos la aclamación siguiente, dirigida a Cristo: «Al que nos ama y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (Ap 1, 5-6). En esta aclamación se expresa el amor agradecido y el júbilo de la Iglesia por la obra de santificación y de consagración sacerdotal que Cristo ha realizado «con su sangre». Otro pasaje precisa que la consagración alcanza a hombres y mujeres «de toda raza, lengua, pueblo y nación» (Ap 5, 9) y esta multitud aparece luego «de pie delante del trono (de Dios) y del Cordero» (Ap 7, 9) y da culto a Dios «día y noche en su santuario» (Ap 7, 15).
Si la carta de Pedro muestra la «comunión» en la santidad de Dios mediante Cristo como tarea fundamental de la Iglesia en la tierra, el Apocalipsis nos ofrece una visión escatológica de la comunión de los santos en Dios. Es el misterio de la Iglesia del cielo, donde confluye toda la santidad de la tierra, subiendo por los caminos de la inocencia y de la penitencia, que tienen como punto de partida el bautismo, la gracia que ese sacramento nos confiere, el carácter que imprime en el alma, conformándola y haciéndola participar, como escribe santo Tomás de Aquino, en el sacerdocio de Cristo crucificado (cf. Summa Theologiae, III, q. 63, a. 3). En la Iglesia del cielo la comunión de la santidad se ilumina con la gloria de Cristo resucitado. 12.02.1992
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El servicio pastoral de los obispos
(Lectura: Hechos de los Apóstoles, capítulo 20, versículos 28-31)
1. Además del servicio profético y sacramental de los obispos, que hemos analizado en las catequesis precedentes, existe un servicio pastoral, acerca del cual leemos en el concilio Vaticano II: «Los obispos rigen, como vicarios y legados de Cristo, las Iglesias particulares que les han sido encomendadas, con sus consejos, con sus exhortaciones, con sus ejemplos, pero también con su autoridad y sacra potestad, de la que usan únicamente para edificar a su grey en la verdad y en la santidad, teniendo en cuenta que el que es mayor ha de hacerse como el menor, y el que ocupa el primer puesto, como el servidor (cf. Lc 22, 26. 27)» (Lumen gentium, 27).
Es una enseñanza admirable, que se apoya en este principio fundamental: en la Iglesia la autoridad tiene como finalidad la edificación. Así la concebía san Pablo que, escribiendo a los Corintios, hablaba de «ese poder nuestro que el Señor nos dio para edificación vuestra y no para ruina» (2 Co 10, 8). Y a los mismos miembros de esa Iglesia tan querida para él les manifestaba la esperanza de no tener que actuar con severidad «conforme al poder que me otorgó el Señor para edificar y no para destruir» (2 Co 13, 10).
Esta finalidad de edificación exige por parte del obispo paciencia e indulgencia. Se trata de «edificar a su grey en la verdad y en la santidad», como dice el Concilio: verdad de la doctrina evangélica y santidad como la vivió, quiso y propuso Cristo.
2. Se debe insistir en el concepto de «servicio», que se puede aplicar a todo «ministerio» eclesiástico, comenzando por el de los obispos. Sí, el episcopado es más un servicio que un honor. Y, si es también un honor, lo es cuando el obispo, sucesor de los Apóstoles, sirve con espíritu de humildad evangélica, a ejemplo del Hijo del hombre, que advierte a los Doce: «el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve» (Lc 22, 26). «El que quiera ser el primero entre vosotros será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 44-45; cf. Mt 20, 27-28).
3. En el decreto Christus Dominus, el Concilio añade: «En el ejercicio de su oficio de padre y pastor sean los obispos en medio de los suyos como los que sirven; buenos pastores, que conocen a sus ovejas y a quienes ellas también conocen; verdaderos padres, que se distinguen por el espíritu de amor y solicitud para con todos, y a cuya autoridad, conferida, desde luego, por Dios, todos se someten de buen grado. De tal manera congreguen y formen a la familia entera de su grey, que todos, conscientes de sus deberes, vivan y actúen en comunión de caridad» (n. 16).
4. A esta luz del servicio como «buenos pastores» se debe entender la autoridad que el obispo posee como propia, aunque esté siempre sometida a la del Sumo Pontífice. Leemos en la constitución Lumen gentium que «Esta potestad que personalmente ejercen (los obispos) en nombre de Cristo es propia, ordinaria e inmediata, aunque su ejercicio esté regulado en definitiva por la suprema autoridad de la Iglesia y pueda ser circunscrito dentro de ciertos límites con miras a la utilidad de la Iglesia o de los fieles. En virtud de esta potestad, los obispos tienen el sagrado derecho, y ante Dios el deber, de legislar sobre sus súbditos, de juzgarlos y de regular todo cuanto pertenece a la organización del culto y del apostolado» (n. 27).
Se trata, ciertamente, de verdadera autoridad, que debe ser rodeada de respeto, y a la que se deben mostrar dóciles y obedientes tanto el clero como los fieles, en el campo del gobierno eclesial. Con todo, es siempre una autoridad en función pastoral.
5. De este cuidado pastoral de su grey, que implica una correlativa responsabilidad personal para el desarrollo de la vida cristiana del pueblo a ellos confiado, el Concilio dice que a los obispos «se les confía el cuidado habitual y cotidiano de sus ovejas, y no deben considerarse como vicarios de los Romanos Pontífices, ya que ejercen potestad propia y son, en verdad, los jefes de los pueblos que gobiernan» (Lumen gentium, 27).
Como se ve, el Concilio no duda en afirmar que a cada obispo corresponde una verdadera autoridad sobre su diócesis, o Iglesia local. Pero subraya con fuerza también el otro punto fundamental para la unidad y la catolicidad de la Iglesia, a saber, la comunión «cum Petro» de todo obispo y de todo el «corpus Episcoporum», que es también comunión «sub Petro», en virtud del principio eclesiológico (que a veces se tiende a ignorar), según el cual el ministerio del sucesor de Pedro pertenece a la esencia de toda Iglesia particular como «desde dentro», o sea, como una exigencia de la misma constitución de la Iglesia, y no como algo superpuesto desde fuera, tal vez por razones históricas, sociológicas o prácticas. No es una cuestión de adaptación a las condiciones de los tiempos, sino de fidelidad a la voluntad de Cristo sobre su Iglesia. La fundación de la Iglesia sobre la roca de Pedro, el atribuir a Pedro un primado, que se prolonga en sus sucesores como obispos de Roma, comporta la vinculación con la Iglesia universal y con su centro en la Iglesia romana como elemento constitutivo de la Iglesia particular y condición de su mismo ser Iglesia. Este es el eje fundamental de una buena teología de la Iglesia local.
6. Por otra parte, la potestad de los obispos no se ve amenazada por la del Romano Pontífice. Como dice el Concilio: «su potestad no es anulada por la potestad suprema y universal, sino que, por el contrario, es afirmada, robustecida y defendida, puesto que el Espíritu Santo mantiene indefectiblemente la forma de gobierno que Cristo Señor estableció en su Iglesia» (Lumen gentium, 27).
De ahí se sigue que las relaciones entre los obispos y el Papa no pueden por menos de ser relaciones de cooperación y ayuda recíproca, en un clima de amistad y confianza fraterna, como se puede descubrir y, más aún, experimentar en la realidad eclesial actual.
7. A la autoridad del obispo corresponde la responsabilidad de pastor, por la cual se siente comprometido, a ejemplo del buen Pastor, a dar su vida, cada día, por el bien de la grey. Asociado a la cruz de Cristo, está llamado a ofrecer muchos sacrificios personales por la Iglesia. En esos sacrificios se hace concreto su compromiso de caridad perfecta, al que está llamado por el mismo status en que lo ha colocado la consagración episcopal. En eso consiste la espiritualidad episcopal específica, como imitación suprema de Cristo, buen pastor, y participación máxima en su caridad.
El obispo está, por consiguiente, llamado a imitar a Cristo pastor, dejándose guiar por la caridad para con todos. El Concilio recomienda de modo especial la disponibilidad a la escucha: «No se niegue a oír a sus súbditos, a los que, como a verdaderos hijos suyos, alimenta y a quienes exhorta a cooperar animosamente con él» (Lumen gentium, 27). Deben resaltar en el obispo todas las cualidades que se necesitan para la comunicación y la comunión con sus hijos y hermanos: la comprensión y compasión hacia las miserias espirituales y corporales; el deseo de ayudar y socorrer, estimular y desarrollar la cooperación; y, sobre todo, el amor universal, sin excepciones, ni restricciones o reservas.
8. Todo eso, según el Concilio, debe realizarse especialmente en la actitud del obispo para con sus hermanos en el sacerdocio ministerial: «Abracen siempre con particular caridad a los sacerdotes, ya que éstos asumen parte de sus deberes y solicitud, que tan celosamente cumplen con diario cuidado teniéndolos por hijos y amigos, y, por tanto, prontos siempre a oírlos, y fomentando la costumbre de comunicarse confidencialmente con ellos, esfuércense en promover el entero trabajo pastoral de toda la diócesis» (Christus Dominus, 16).
Pero el Concilio recuerda también las tareas de los pastores con respecto a los laicos: «En el ejercicio de esta solicitud pastoral respeten a sus fieles la participación que les corresponde en las cosas de la Iglesia, reconociendo su deber y también su derecho de cooperar activamente en la edificación del Cuerpo místico de Cristo» (Christus Dominus, 16).
Y añade una nota sobre la dimensión universal de este amor que debe animar el ministerio episcopal: «Amen a los hermanos separados, encareciendo también a los fieles que se porten con ellos con humanidad y caridad, fomentando también el ecumenismo tal como lo entiende la Iglesia. Lleven también en su corazón a los no bautizados, a fin de que también para ellos amanezca esplendorosamente la caridad de Jesucristo, cuyos testigos son los obispos delante de todos» (Christus Dominus, 16).
9. De los textos del Concilio se desprende, por tanto, una imagen del obispo que destaca en la Iglesia por la grandeza de su ministerio y la nobleza de su espíritu de buen pastor. Su situación lo compromete a deberes exigentes y arduos, y a elevados sentimientos de amor a Cristo y a sus hermanos. Es una misión y una vida difícil, de forma que también por esto todos los fieles deben tener hacia el obispo amor, docilidad y colaboración para la llegada del reino de Dios.
A este respecto, concluye muy bien el Concilio: «Los fieles, por su parte, deben estar unidos a su obispo como la Iglesia a Jesucristo, y como Jesucristo al Padre, para que todas las cosas se armonicen en la unidad y crezcan para gloria de Dios (cf. 2 Co 4, 15)» (Lumen gentium, 27). 18.11.1992
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Los obispos, administradores de la gracia
del supremo sacerdocio
(Lectura: 1ra. carta de san Pablo a los Corintios, capítulo 4, versículos 1-4)
1. Hablando de las funciones del obispo, el concilio Vaticano II atribuye al obispo mismo un hermoso título, tomado de la oración de consagración episcopal en el rito bizantino: «El obispo, por estar revestido de la plenitud del sacramento del orden, es «el administrador de la gracia del supremo sacerdocio» (Lumen gentium, 26). Ese es el tema que desarrollaremos en la catequesis de hoy. Está relacionado con el de la catequesis anterior acerca de los «obispos, heraldos de la fe». En efecto, el servicio del anuncio del Evangelio está ordenado al servicio de la gracia de los santos sacramentos de la Iglesia. Como ministro de la gracia, el obispo actúa en los sacramentos el munus sanctificandi, al que se orienta el munus docendi, que realiza en medio del pueblo de Dios que se le ha confiado.
2. En el centro de este servicio sacramental del obispo se encuentra la Eucaristía, «que él mismo celebra o procura que sea celebrada» (Lumen gentium, 26). Enseña el Concilio: «Toda legítima celebración de la Eucaristía es dirigida por el obispo, a quien ha sido confiado el oficio de ofrecer a la divina Majestad el culto de la religión cristiana y de reglamento en conformidad con los preceptos del Señor y las leyes de la Iglesia, precisadas más concretamente para su diócesis según su criterio» (Lumen gentium, 26).
Así, el obispo aparece a los ojos de su pueblo sobre todo como el hombre del culto nuevo y eterno a Dios, instituido por Jesucristo con el sacrificio de su cruz y de la última cena; como el sacerdos et pontifex, del que se traduce la figura misma de Cristo, el principal agente del sacrificio eucarístico, que el obispo, y con él el presbítero, realiza in persona Christi (cf. santo Tomás, Summa Theologiae III, q. 78, a. 1; q. 82, a. 1); y como el jerarca, que se ocupa de realizar los sagrados misterios del altar, que anuncia y explica con su predicación (cf. Dionisio Pseudo. areopagita, De Ecclesiastica hierarchia, p. III, 7; PG 3, 513; santo Tomás, Summa Theologiae II-II, q., 184, a. 5).
3. En su función de administrador de los misterios sagrados, el obispo es el constructor de la Iglesia como comunión en Cristo, pues la Eucaristía es el principio esencial de la vida, no sólo de los simples fieles, sino también de la misma comunidad en Cristo. Los fieles, reunidos mediante la predicación del evangelio de Cristo, forman comunidades en las que está realmente presente la Iglesia de Cristo, porque encuentran y demuestran su plena unidad en la celebración del sacrificio eucarístico. Leemos en el Concilio: «En toda comunidad de altar, bajo el sagrado ministerio del obispo, se manifiesta el símbolo de aquella caridad y "unidad del Cuerpo místico, sin la cual no puede haber salvación" (cf. santo Tomás, Summa Theologiae, III, q. 73, a. 3). En estas comunidades, aunque con frecuencia sean pequeñas y pobres o vivan en la dispersión, está presente Cristo, por cuya virtud se congrega la Iglesia una, santa, católica y apostólica, pues "la participación del cuerpo y sangre de Cristo hace que pasemos a ser aquello que recibimos" (san León Magno, Serm. 63, 7; PL 54, 357 c)» (Lumen gentium, 26).
4. De ahí se sigue que, entre las tareas fundamentales del obispo, se encuentra la de proveer a la celebración eucarística en las diversas comunidades de su diócesis, según las posibilidades de los tiempos y lugares, recordando la afirmación de Jesús: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (Jn 6, 53).
Son de todos conocidas las dificultades que se encuentran en muchos territorios, tanto de las nuevas como de las antiguas Iglesias cristianas, para satisfacer esta necesidad, por falta de sacerdotes y por otras razones. Pero eso hace que el obispo, que conoce su propia tarea de organizar el culto de la diócesis, esté aún más atento al problema de las vocaciones y de la sabia distribución del clero de que dispone. Es necesario lograr que el mayor número posible de fieles tenga acceso al cuerpo y a la sangre de Cristo en la celebración eucarística, que culmina en la comunión. Corresponde al obispo preocuparse también de los enfermos o minusválidos, que sólo pueden recibirla Eucaristía en su domicilio o donde se encuentran reunidos para su curación. Entre todas las exigencias del ministerio pastoral, el compromiso de la celebración y de lo que pudiéramos llamar el apostolado de la Eucaristía es el más urgente e importante.
5. Lo que acabamos de decir con respecto a la santísima Eucaristía se puede repetir refiriéndonos al conjunto del servicio sacramental y de la vida sacramental de la diócesis. Como leemos en la constitución Lumen gentium: los obispos «disponen la administración del bautismo, por medio del cual se concede la participación en el sacerdocio regio de Cristo. Ellos son los ministros originarios de la confirmación, los dispensadores de las sagradas órdenes y los moderadores de la disciplina penitencial y ellos solícitamente exhortan e instruyen a sus pueblos para que participen con fe y reverencia en la liturgia y, sobre todo, en el santo sacrificio de la misa» (Lumen gentium, n. 26).
6. En este texto conciliar se establece una distinción entre el bautismo y la confirmación, dos sacramentos cuya diferencia tiene su fundamento en el acontecimiento, narrado por los Hechos de los Apóstoles, según el cual los Doce, aún reunidos en Jerusalén, al escuchar que «Samaria había aceptado la palabra de Dios», enviaron allá a Pedro y a Juan, los cuales «bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo» (Hch 8, 14-17; cf. 1 , 5; 2, 38).
La imposición de las manos por parte de los dos Apóstoles para transmitir el «don del Espíritu» que los Hechos llaman también «don de Dios» (Hch 8, 20; cf. 2, 38; 10, 45; 11, 17; cf. Lc 11, 9-13), está asimismo en el origen de la tradición de la Iglesia occidental que conserva y reserva al obispo el papel ministerial de la confirmación. Como sucesor de los apóstoles, el obispo es ministro ordinario de este sacramento, y es también su ministro originario, porque el crisma (la materia), que es un elemento esencial del rito sacramental, sólo puede ser consagrado por el obispo.
Por lo que atañe al bautismo, que de forma habitual, el obispo no administra personalmente, es preciso recordar que también este sacramento entra dentro de la reglamentación práctica establecida por él.
7. Otra tarea de los obispos es la de ser «dispensadores de las sagradas; órdenes y moderadores de la disciplina penitencial», como dice el Concilio al trazar el cuadro de su responsabilidad pastoral. Cuando ese texto conciliar afirma que el obispo es dispensador de las sagradas órdenes quiere decir que tiene el poder de «ordenar», pero, dado que este poder está vinculado a la misión pastoral del obispo, tiene también, como ya hemos dicho, la responsabilidad de promover el desarrollo de las vocaciones sacerdotales y proveer a la buena disciplina de los candidatos al sacerdocio.
Como moderador de la disciplina penitencial, el obispo regula las condiciones de la administración al sacramento del perdón. De modo particular, recordemos que tiene la tarea de procurar a los fieles el acceso a este sacramento poniendo a su disposición confesores.
8. El Concilio, por último, pone ante los obispos la necesidad de ser ejemplos y modelos de vida cristiana: «deben edificar a sus súbditos con el ejemplo de sus vida, guardando su conducta de todo mal y, en la medida que puedan y con la ayuda de Dios transformándola en bien, para llegar, juntamente con la grey que les ha sido confiada, a la vida eterna» (Lumen gentium, 26).
Se trata del ejemplo de una vida plenamente orientada según las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Se trata de toda una manera de vivir y actuar basada en el poder de la gracia divina: un modelo que contagia, que atrae, que persuade, que responde verdaderamente a las recomendaciones de la primera carta de san Pedro: «Apacentad la grey de Dios que os está encomendada, vigilando, no forzados, sino voluntariamente, según Dios; no por mezquino afán de ganancia, sino de corazón; no tiranizando a los que os ha tocado cuidar, sino siendo modelos de la grey» (5, 2-3).
9. Es especialmente importante este último punto, que se refiere al desinterés personal, a la solicitud por los pobres, a la entrega total al bien de las almas y de la Iglesia. Es el ejemplo que, según los Hechos de los Apóstoles, daba Pablo, que podría decir de sí mismo: «En todo os he enseñado que es así, trabajando, como se debe socorrer a los débiles y que hay que tener presentes las palabras del Señor Jesús, que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en recibir» (20, 35). En la segunda carta a los Tesalonicenses escribía también: «Día y noche con fatiga y cansancio trabajamos para no ser una carga a ninguno de vosotros. No porque no tengamos derecho, sino por daros en nosotros un modelo que imitar» (3, 8-9). Y podía, finalmente, exhortar a los Corintios: «Sed mis imitadores, como lo soy de Cristo» (1 Co 11, 1).
10. Es una misión grande y ardua la del obispo, «administrador de la gracia». No puede cumplirla sin la oración. Concluyamos, pues, diciendo que la vida del obispo está compuesta de oración. No sólo se trata de dar el «testimonio de la oración», sino de una vida interior animada por el espíritu de oración como fuente de todo su ministerio. Nadie es más consciente que el obispo del significado de las palabras de Cristo a los Apóstoles y, a través de ellos, a sus sucesores: «separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). 11.11.1992
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Los obispos «heraldos de la fe» en la
predicación del Evangelio
(Lectura: 2da. carta de san Pablo a Timoteo, capítulo 4, versículos 1-2 y 5)
1. El concilio Vaticano II describió la misión de los obispos no sólo como colegio, sino también como pastores asignados personalmente a las diversas diócesis. Queremos considerar ahora los elementos esenciales de esta misión, tal como los expone el mismo concilio. El primer elemento es el de la predicación autorizada y responsable de la palabra de Dios. El Concilio dice: «Entre los principales oficios de los obispos se destaca la predicación del Evangelio» (Lumen gentium, 25).
Es la primera función de los obispos, a quienes se confía, como a los Apóstoles, la misión pastoral del anuncio de la palabra de Dios. La Iglesia, hoy más que nunca, tiene viva conciencia de la necesidad de la proclamación de la buena nueva, tanto para la salvación de las almas como para la difusión y el establecimiento del propio organismo comunitario y social, y recuerda las palabras de san Pablo: «Pues todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: ¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien!» (Rm 10, 13-15).
2. Por este motivo, el Concilio dice que «los obispos son heraldos de la fe» y que, como tales, hacen que la fe del pueblo de Dios crezca y de fruto (cf. Lumen gentium, 25).
El Concilio enumera, después, las tareas de los obispos con vistas a esta función principal de ser «heraldos»: proveer a la instrucción religiosa de jóvenes y adultos: predicar la verdad revelada, el misterio de Cristo, en su totalidad e integridad; recordar la doctrina de la Iglesia, especialmente sobre los puntos mas expuestos a dudas o críticas. En efecto, leemos, en el decreto Christus Dominus: «En el ejercicio de su deber de enseñar, anuncien a los hombres el evangelio de Cristo, deber que descuella entre los principales de los obispos, llamándolos a la fe por la fortaleza del Espíritu o afianzándolos en la fe viva; propónganles el misterio íntegro de Cristo, es decir, aquellas verdades cuya ignorancia es ignorancia de Cristo, e igualmente el camino que ha sido revelado por Dios para glorificarle, y por eso mismo para alcanzar la bienaventuranza eterna» (n. 12).
El Concilio exhorta, además, a los obispos a presentar esta doctrina de modo adecuado a las necesidades de los tiempos: «Expongan la doctrina cristiana de manera acomodada a las necesidades de los tiempos, es decir, que responda a las dificultades y problemas que agobian y angustian señaladamente a los hombres, y miren también por esa misma doctrina, enseñando a los fieles mismos a defenderla y propagarla» (Christus Dominus, 13).
3. Entra en el ámbito de la predicación, a la luz del misterio de Cristo, la necesidad de la enseñanza sobre el valor verdadero del hombre, de la persona humana y también de las «cosas terrenas». De hecho, el Concilio recomienda: «Muéstrenles, además, que... las mismas cosas terrenas y las instituciones humanas se ordenan también a la salvación de los hombres, y, por ende, pueden contribuir no poco a la edificación del cuerpo de Cristo. Enseñen, consiguientemente, hasta qué punto, según la doctrina de la Iglesia, haya de ser estimada la persona humana con su libertad y la vida misma del cuerpo; la familia y su unidad y estabilidad y la procreación y educación de la prole; la sociedad civil con sus leyes y profesiones; el trabajo y el descanso, las artes e inventos técnicos; la pobreza y la abundancia de riquezas; expongan, finalmente, los modos como hayan de resolverse los gravísimos problemas acerca de la posesión, incremento y recta distribución de los bienes materiales, sobre la guerra y la paz y la fraterna convivencia de todos los pueblos» (Christus Dominus, 12).
Se trata de la dimensión histórico-social de la predicación, y del mismo evangelio de Cristo transmitido por los Apóstoles con su predicación. No hay que maravillarse de que el interés por el aspecto histórico y social del hombre ocupe hoy mayor espacio en la predicación, aunque ésta tiene que realizarse siempre en el ámbito religioso y moral que le es propio. La solicitud por la condición humana, agitada y afligida actualmente en el plano económico, social y político, se traduce en el esfuerzo constante de llevar a los hombres y a los pueblos el auxilio de la luz y de la caridad evangélicas.
4. Los fieles deben responder a la enseñanza de los obispos adhiriéndose a ella con espíritu de fe: «Los obispos ―dice el Concilio―, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina católica; los fieles, por su parte, en materia de fe y costumbres, deben aceptar el juicio de su obispo, dado en nombre de Cristo, y deben adherirse a él con religioso respeto» (Lumen gentium, 25).
Como se puede ver, el Concilio precisa que la condición esencial del valor y de la obligatoriedad de la enseñanza de los obispos es que estén y hablen en comunión con el Romano Pontífice. Sin duda alguna todo obispo tiene su propia personalidad y propone la doctrina del Señor sirviéndose de las capacidades de que dispone; pero precisamente porque se trata de predicar la doctrina del Señor confiada a la Iglesia, debe mantenerse siempre en comunión de pensamiento y de corazón con la cabeza visible de la Iglesia.
5. Cuando los obispos en la Iglesia enseñan universalmente como definitiva una doctrina de fe o de moral, su magisterio goza de una autoridad infalible. Es otra afirmación del Concilio: «Aunque cada uno de los prelados no goce por sí de la prerrogativa de la infalibilidad, sin embargo, cuando, aún estando dispersos por el orbe, pero manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con el Sucesor de Pedro, enseñando auténticamente en materia de fe y costumbres, convienen en que una doctrina ha de ser tenida como definitiva, en ese caso proponen infaliblemente la doctrina de Cristo. Pero todo esto se realiza con mayor claridad cuando, reunidos en concilio ecuménico, son para la Iglesia universal los maestros y jueces de la fe y costumbres, a cuyas definiciones hay que adherirse con la sumisión de la fe» (Lumen gentium, 25).
6. El Romano Pontífice, como cabeza del colegio de los obispos, goza personalmente de esta infalibilidad, que trataremos en una próxima catequesis. Por ahora completemos la lectura del texto conciliar acerca de los obispos: «La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo de los obispos cuando ejerce el supremo magisterio en unión con el Sucesor de Pedro. A estas definiciones nunca puede faltar el asenso de la Iglesia por la acción del mismo Espíritu Santo, en virtud de la cual la grey toda de Cristo se mantiene y progresa en la unidad de la fe» (Lumen gentium, 25).
El Espíritu Santo, que garantiza la verdad de la enseñanza infalible del Cuerpo de los obispos, favorece también con su gracia el asenso a la fe de la Iglesia. La comunión en la fe es obre del Espíritu Santo, alma de la Iglesia.
7. El Concilio afirma también: «Esta infalibilidad que el divino Redentor quiso que tuviese su Iglesia cuando define la doctrina de fe y costumbres, se extiende tanto cuanto abarca el depósito Revelación... Mas cuando el Romano Pontífice o el Cuerpo de los obispos juntamente con él definen una doctrina, lo hacen siempre de acuerdo con la misma Revelación, a la cual deben atenerse y conformarse todos, y la cual es íntegramente transmitida por escrito o por tradición a través de la sucesión legítima de los obispos, y especialmente por cuidado del mismo Romano Pontífice, y, bajo la luz del Espíritu de verdad, es santamente conservada y fielmente expuesta en la Iglesia» (Lumen gentium, 25).
8. Por último, el Concilio asegura: «El depósito de la Revelación... debe ser custodiado santamente y expresado con fidelidad» (Lumen gentium, 25).
Todo el Cuerpo de los obispos, por consiguiente, unido al Romano Pontífice tiene la responsabilidad de custodiar constante y fielmente el patrimonio de verdad, que Cristo confió a su Iglesia. Depositum custodi, recomendaba san Pablo a su discípulo Timoteo (1 Tm 6, 20), a quien había confiado el cuidado pastoral de la Iglesia de Éfeso (cf. 1 Tm 1, 3). Todos nosotros, obispos de la Iglesia católica, debemos sentir esta responsabilidad. Todos sabemos que, si somos fieles en la custodia de este «depósito», tendremos siempre la posibilidad de conservar integra la fe del pueblo de Dios y asegurarla divulgación de su contenido en el mundo actual y en las generaciones futuras. 04.11.1992
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La misión confiada a cada uno de los obispos
1. Los obispos, como sucesores de los Apóstoles, están llamados a participar en la misión que Jesucristo mismo confió a los Doce y a la Iglesia. Nos lo recuerda el Concilio Vaticano II: «Los obispos, en cuanto sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor, a quien ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra, la misión de enseñar a todas las gentes y de predicar el Evangelio a toda creatura, a fin de que todos los hombres consigan la salvación por medio de la fe, del bautismo y del cumplimiento de los mandamientos» (Lumen gentium, 24).
Según el texto conciliar, es una misión que los obispos «reciben del Señor» y que abarca el mismo ámbito de la misión de los Apóstoles. Compete al «colegio» episcopal en su conjunto, como hemos visto en la catequesis anterior. Pero es necesario agregar que la herencia de los Apóstoles ―como misión y potestad sagrada― se transmite a cada obispo en el ámbito del colegio episcopal. Esto es lo que queremos explicar en la catequesis de hoy recurriendo, sobre todo, a los textos del Concilio que ofrecen, acerca de este tema, las instrucciones más autorizadas y competentes.
2. La misión de cada obispo se realiza en un ámbito bien definido. Efectivamente, leemos en el texto conciliar: «Cada uno de los obispos que es puesto al frente de una Iglesia particular, ejerce su poder pastoral sobre la porción del pueblo de Dios a él encomendada, no sobre las otras Iglesias ni sobre la Iglesia universal» (Lumen gentium, 23). Es una cuestión cuya norma se apoya en la «misión canónica» conferida a cada obispo (Lumen gentium, 24).
En todo caso, la intervención de la autoridad suprema es garantía de que la asignación de la misión canónica se haga no sólo en función del bien de una comunidad local, sino para el bien de toda la Iglesia, con vistas a la misión universal común al Episcopado unido al Sumo Pontífice. Éste es un punto fundamental del «ministerio petrino».
3. La mayoría de los obispos ejerce su misión pastoral en las diócesis. ¿Qué es una diócesis? El decreto conciliar Christus Dominus sobre los obispos responde a esta pregunta del siguiente modo: «La diócesis es una porción del pueblo de Dios que se confía al obispo para ser apacentada con la cooperación de sus sacerdotes, de suerte que, adherida a su pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y la Eucaristía, constituya una Iglesia particular, en que se encuentra y opera verdaderamente la Iglesia de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica» (n. 11).
Así pues, según el Concilio, toda Iglesia particular vive de la vida de la Iglesia universal, que es la realidad fundamental de la Iglesia. Éste es el contenido más importante y más específico de la diócesis, que forma parte de la Iglesia universal, no sólo como porción del pueblo de Dios circunscrito regularmente a un territorio, sino también con características y propiedades particulares, que merecen respeto y estima. En algunos casos se trata de valores de gran importancia y de amplia irradiación en cada uno de los países e, incluso, en la Iglesia universal, como testimonia la historia. Pero se puede decir que siempre y por doquier la variedad de las diócesis contribuye a la riqueza espiritual y a la realización de la misión pastoral de la Iglesia.
4. Leemos también en el Concilio: «Todos y cada uno de los obispos a quienes se ha confiado el cuidado de una Iglesia particular apacientan sus ovejas en el nombre del Señor, bajo la autoridad del Romano Pontífice, como pastores propios, ordinarios e inmediatos de ellas, ejerciendo su oficio de enseñarlas, santificarlas y regirlas» (Christus Dominus, 11). La jurisdicción de los obispos sobre la grey a ellos confiada es, por tanto, «propia, ordinaria e inmediata». Sin embargo, el buen orden y la unidad de la Iglesia exigen que sea ejercida en íntima comunión con la autoridad del Sumo Pontífice. Por estas mismas razones, los obispos «reconozcan los derechos que competen legítimamente tanto a los patriarcas como a otras autoridades jerárquicas» (Christus Dominus, 11), según la articulación que históricamente presenta la estructura de la Iglesia en los diversos lugares. Pero, como subraya el Concilio, el hecho más importante y decisivo es que los obispos ejercen la misión pastoral «en nombre del Señor».
5. Considerada en esta perspectiva, la misión de los obispos en su valor institucional, espiritual y pastoral, en relación con las condiciones de las varias categorías del pueblo confiado a ellos, se presenta del siguiente modo: «Atiendan los obispos ―declara el Concilio― a su cargo apostólico como testigos de Cristo ante todos los hombres, proveyendo no sólo a los que siguen al Mayoral de los Pastores, sino consagrándose también con toda su alma a los que de cualquier modo se hubieren desviado del camino de la verdad e ignoran la misericordia saludable, hasta que todos, por fin, caminen en "toda bondad, justicia y verdad" (Ef 5, 9) (Christus Dominus, 11 ).
Los obispos, por consiguiente, están llamados a ser semejantes al «Hijo del hombre», quien «ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 10), como dijo Jesús durante su visita a la casa de Zaqueo. Esta es la esencia misma de su vocación misionera.
6. Con el mismo espíritu prosigue el Concilio: «Téngase solicitud particular por los fieles que, por la condición de su vida, no pueden gozar suficientemente del cuidado pastoral, común y ordinario de los párrocos, o carecen totalmente de él, como son la mayor parte de los emigrantes, los exiliados y prófugos, los navegantes por mar o aire, los nómadas y otros por el estilo. Promuévanse métodos pastorales adecuados para fomentar la vida espiritual de quienes, por razón de vacaciones, se trasladan temporalmente a otras regiones» (Christus Dominus, 18). Todas las categorías, todos los grupos, todos los estamentos sociales, es más, cada una de las personas que pertenecen a las articulaciones nuevas y antiguas de la sociedad, entran dentro de la misión pastoral de los obispos, dentro o más allá de las estructuras fijas de sus diócesis, así como los abarca el abrazo universal de la Iglesia.
7. En el cumplimiento de su misión, los obispos se hallan en relación con todas las estructuras de la sociedad y con los poderes que la gobiernan. En este campo están llamados a comportarse conforme a las normas evangélicas de la libertad y la caridad, observadas por los mismos Apóstoles. En todos los casos vale lo que los apóstoles Pedro y Juan dijeron delante del Sanedrín: «Juzgad si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros más que a Dios. No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 19-20). En estas palabras está formulado claramente el principio de acción para los pastores de la Iglesia respecto a las diversas autoridades terrenas, válido para todos los siglos.
El Concilio enseña a este propósito: «En el cumplimiento de su cargo apostólico que mira a la salvación de las almas, los obispos gozan de suyo de plena y perfecta libertad e independencia respecto de cualquier potestad civil. No es licito, por tanto, impedir directa o indirectamente el ejercicio de su cargo eclesiástico, ni prohibirles que se comuniquen libremente con la Sede Apostólica y otras autoridades eclesiásticas y con sus propios súbditos. Sin duda, los sagrados pastores, al consagrarse al cuidado espiritual de su grey, favorecen también realmente el provecho y prosperidad social y civil, uniendo para este fin su acción eficaz con las autoridades públicas, de acuerdo con la naturaleza de su oficio y cual conviene a obispos, e inculcando la obediencia a las leyes justas y el respeto a los poderes legítimamente constituidos» (Christus Dominus, 19).
8. Hablando de la misión y de las tareas de los obispos, el Concilio aborda también la cuestión de los obispos instituidos como auxiliares del obispo diocesano, «para procurar debidamente el bien de la grey, algunas veces han de ser nombrados obispos auxiliares, porque el obispo diocesano no puede desempeñar por sí mismo, tal como lo pide el bien de las almas, todas las funciones episcopales, ora por la excesiva extensión de la diócesis o el excesivo número de sus habitantes, ora por las peculiares circunstancias del apostolado o por otras causas de distinta índole. Es más, alguna vez, una necesidad especial pide que se nombre un obispo coadjutor en ayuda del propio obispo diocesano» (Christus Dominus, 25). El obispo coadjutor es nombrado por norma con derecho a sucesión del obispo diocesano en funciones. Pero más allá de la distinción de naturaleza canónica, está el principio al que se refiere el texto conciliar: el «bien de las almas». Todo y siempre se debe disponer y realizar según la «suprema ley» que es la «salvación de las almas».
9. Con miras a este bien se explican asimismo las sucesivas leyes conciliares: «Como las necesidades pastorales requieren más y más que determinadas funciones pastorales se rijan y promuevan concordemente, conviene que, en servicio de todas o de varias diócesis de una región o nación determinada, se constituyan algunos organismos que pueden también encomendarse a los obispos» (Christus Dominus, 42). Quien observa la realidad estructural y pastoral de la Iglesia de hoy en los diferentes países del mundo puede darse cuenta fácilmente de la realización de estas leyes en no pocos organismos creados por los obispos o por la misma Santa Sede antes y después del Concilio, en particular para las actividades misioneras, asistenciales y culturales. Un caso típico y bien conocido es el de la asistencia espiritual a los militares, para la cual el Concilio dispone la institución de especiales ordinarios, según la práctica adoptada por la Sede Apostólica desde hace mucho tiempo: «Como se debe especial solicitud al cuidado espiritual de los soldados por la peculiares condiciones de su vida, eríjase en cada nación, según se pudiere, un vicariato castrense» (Christus Dominus, 43).
10. En estos nuevos ámbitos de actividad, a menudo complejos y difíciles, pero también en el normal cumplimiento de la misión pastoral en cada una de las diócesis confiadas a ellos, los obispos tienen necesidad de unión y colaboración entre sí, en espíritu de caridad fraterna y solidaridad apostólica, como miembros del colegio episcopal en la realización concreta de sus tareas grandes y pequeñas de cada día. También ésta es una declaración del Concilio: «Señaladamente en los tiempos modernos, no es raro que los obispos no puedan cumplir debida y fructuosamente su cargo si no unen cada día más estrechamente con otros obispos su trabajo concorde y mejor trabado» (Christus Dominus, 37).
Como se ve, la unión y la colaboración se señalan siempre como el eje central del trabajo pastoral. Se trata de un principio eclesiológico al que tenemos que ser cada vez más fieles si queremos la «edificación del cuerpo de Cristo», tal como la quiso san Pablo (cf. Ef 4, 12; Col 2, 19; 1 Co 12, 12 ss; Rm 12, 4-5, etc.) y con él todos los auténticos pastores de la Iglesia a lo largo de los siglos. 28.10.1992
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La Apostolicidad de la Iglesia.
Para poder poner de relieve la relación de apostolicidad y Eucaristía, se debe colocar al inicio una reflexión sobre la apostolicidad de la Iglesia. A causa de la mediación histórica de la revelación es la Iglesia en su doctrina, en su vida sacramental y en su constitución como realidad social a lo largo del tiempo y en el cambio de generaciones, idéntica, realmente con la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares ; pero en especial con su origen histórico en la Iglesia primitiva de los apóstoles, es decir, del grupo prepascual y postpascual de los doce junto con los otros testigos de la resurrección y los más importantes misioneros de la Iglesia primitiva.
El origen del episcopado de los apóstoles pertenece también, según la interpretación católica, a la apostolicidad de la enseñanza y de la vida sacramental. Los obispos son, en el servicio de la dirección de la Iglesia confiada a ellos y en su testimonio autoritativo de la resurrección, sucesores de los apóstoles.
El ministerio apostólico de la Iglesia primitiva se prolonga, mediante la sucesión apostólica en el sacramento del orden, en continuidad del colegio apostólico en el colegio de los obispos, en una unidad histórica; y así la Iglesia posee un signo efectivo de su realidad apostólica.
En este sentido la constitución de la Iglesia descansa, especialmente el ministerio eclesial, en la “institución divina” (DH 101; 1318; LG 20).
El obispo de Roma es, como sucesor del apóstol Pedro, cabeza del colegio de los obispos y principio y fundamento de su unidad en la doctrina y la comunión (LG 18).
“Ustedes han sido edificados sobre el fundamento de los apóstoles” (Ef 2,20).
Bajo estas premisas y presupuestos eclesiológicos hay que considerar la relación entre Eucaristía y Apostolicidad. La Iglesia se edifica de la celebración de la Eucaristía y la Iglesia realiza la Eucaristía. Por lo cual es muy estrecha la relación entre la una y la otra (ver, EE 26).
Esta interacción permite hablar también de la Eucaristía como “una, santa, católica y apostólica”.
El Catecismo de la Iglesia Católica aclara –como la Encíclica lo retoma- en qué medida la Iglesia puede ser llamada apostólica en un triple sentido. En primer lugar la Iglesia está apoyada sobre el fundamento de los Apóstoles. Ella descansa sobre los apóstoles, a los que Cristo mismo ha elegido y enviado como sus testigos para anunciar la fe en la buena nueva que realiza la salvación.
Del mismo modo se encuentra la Eucaristía en sus manos protectoras, porque Cristo mismo les ha confiado a ellos el santísimo sacramento y estos, por su parte, han entregado con responsabilidad a sus sucesores. Así resulta una continuidad entre el obrar de los primeros apóstoles - nombrados por Cristo-y los portadores de la autoridad apostólica, los obispos, hasta hoy. A través de todos los siglos obedecieron ellos el encargo de Cristo: “Hagan esto en mi memoria ».
La Encíclica recuerda también el segundo sentido de la apostolicidad de la Iglesia fijado por el Catecismo: “Ella guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles » (Catecismo de la Iglesia Católica, 857). Decisiva, a este respecto es la profunda conexión con el origen apostólico, que está más allá de tiempos y lugares.
Lo que hicieron los Apóstoles, como ellos han celebrado la Eucaristía, de acuerdo a su contenido, fue conservado a lo largo de la historia de la Iglesia. “Según la fe de los Apóstoles” (EE 27) se celebra también hoy la Eucaristía. Inclusive fue el magisterio eclesial el que ha profundizado en los dos mil años de historia, cada vez más a fondo en el misterio de la Eucaristía, y ha precisado con estos conocimientos la doctrina sobre la Eucaristía.
Terminologías e interpretaciones teológicas fueron en cierto modo apoyadas como resultado de una intensa meditación, por el magisterio, por los concilios y escritos doctrinales y encíclicas pontificias, como resultado que permite comprender, cada vez más profundamente el sublime misterio de la Eucaristía.
De singular significado es también el tercer sentido de la apostolicidad de la Iglesia y de la Eucaristía, como la presenta la Encíclica en el número 28. A semejanza de la conexión con los orígenes, que es al mismo tiempo fundamente de la Iglesia, la presencia de los primeros apóstoles aparece como presencia perdurable en la Iglesia. Ella sigue siendo instruida, santificada y dirigida por los apóstoles, por aquellos mismos que en su ministerio pastoral les suceden : el colegio de los obispos en unidad con el sucesor de Pedro, el pastor supremo de la Iglesia.
La misión pastoral de los obispos se funda sobre el colegio apostólico instituido por Cristo. Esto implica necesariamente el sacramento del orden, es decir, la serie interrumpida que se remonta hasta los orígenes, de ordenaciones episcopales válidas. “La sucesión es esencial, para que haya Iglesia en sentido propio y pleno” (EE 28).
La sucesión apostólica sirve como prueba de identidad para la auténtica transmisión de la fe. Ella es el garante para la autenticidad de la doctrina autoritativamente presentada. Con ello se menciona el criterio esencial de una transmisión autorizada de la fe, porque la interna identificación con la fe de los Padres, con la doctrina de la Iglesia y con el Papa como pastor supremo de la Iglesia, sin la sucesión sería solo un mecanismo vacío. La esencia de la sucesión (la única dotada de todo poder), se fundamenta en la aceptación íntima de la fe que cada uno ha recibido de la Iglesia y que está dotada de todo poder.
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Los obispos, sucesores de los Apóstoles
(Lectura: carta de san Pablo a Tito, capítulo 1, versículos 5 y 7-9)
1. En los Hechos y en las cartas de los Apóstoles se documenta lo que leemos en la constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II, a saber, que los Apóstoles «tuvieron diversos colaboradores en el ministerio» (n. 20). En efecto, entre las comunidades cristianas que se formaron rápidamente después de Pentecostés destaca sin duda alguna la de los Apóstoles y, en particular, el grupo de quienes en la comunidad de Jerusalén eran «considerados como columnas: Santiago, Cefas y Juan...», tal como lo atestigua san Pablo en la carta a los Gálatas (2, 9). Se trata de Pedro, a quien Jesús había designado cabeza de los Apóstoles y pastor supremo de la Iglesia; de Juan, el apóstol predilecto; y de Santiago, «hermano del Señor», reconocido como jefe de la Iglesia de Jerusalén.
Pero, junto a los Apóstoles, los Hechos mencionan a los «presbíteros» (cf. 11, 29-30; 15, 2. 4), que constituían con ellos un primer grado subordinado de jerarquía. Ante los progresos que realizaba la evangelización en Antioquía, los Apóstoles envían allí como representante suyo a Bernabé (Hch 11, 22). Los Hechos mismos nos dicen que Saulo (san Pablo), tras su conversión y su primer trabajo misionero, se dirigió junto con Bernabé (a quien en otro pasaje atribuyen la calificación de «apóstol»; cf. Hch 14, 14) a Jerusalén, centro de la autoridad eclesial, para consultar a los demás Apóstoles y llevar una ayuda material a la comunidad local (cf. Hch 11, 29). En la Iglesia de Antioquía, al lado de Bernabé y Saulo, se mencionan a «profetas y maestros... Simeón llamado Níger, Lucio el cirenense, Manahén» (Hch 13, 1). Desde allí envían a Bernabé y a Saulo, «después de la imposición de las manos» (cf. Hch 13, 2-3), a hacer un viaje apostólico. A partir de ese viaje, Saulo comienza a llamarse Pablo (cf. Hch 13, 9). Por otra parte, en la medida en que van surgiendo las comunidades, oímos hablar de la «designación de presbíteros» (cf. Hch 14, 23). Las cartas pastorales a Tito y a Timoteo, a los que Pablo constituyó jefes de comunidad (cf. Tt 1, 5; 1 Tm 5, 17), describen con precisión la tarea de esos presbíteros.
Después del concilio de Jerusalén, los Apóstoles envían a Antioquía, junto con Bernabé y Pablo, a otros dos dirigentes: Judas, llamado Barsabás, y Silas, personas muy estimadas entre los hermanos (cf. Hch 15, 22). En las cartas de san Pablo -no sólo en las que escribió a Tito y a Timoteo- se mencionan otros «colaboradores» y «compañeros» del Apóstol (cf. 1 Ts 1, 1; 2 Co 1, 19; Rm 16, 1. 3-5).
2. En un determinado momento la Iglesia tuvo necesidad de contar con nuevos jefes, sucesores de los Apóstoles. El concilio Vaticano II dice a este propósito que los Apóstoles, «a fin de que la misión a ellos confiada se continuase después de su muerte, dejaron a modo de testamento a sus colaboradores inmediatos el encargo de acabar y consolidar la obra comenzada por ellos, encomendándoles que atendieran a toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo los había puesto para apacentar la Iglesia de Dios (cf. Hch 20, 28). Y así establecieron tales colaboradores y les dieron además la orden de que, al morir ellos, otros varones probados se hicieran cargo de su ministerio (cf. S. Clem. Rom., Ep. ad Cor. 44, 2)» (Lumen gentium, 20).
Esa sucesión está atestiguada en los primeros autores cristianos extrabíblicos, por ejemplo en san Clemente, san Ireneo y Tertuliano, y constituye el fundamento de la transmisión del auténtico testimonio apostólico de generación en generación. Escribe el Concilio: «Así, como atestigua san Ireneo, por medio de aquellos que fueron instituidos por los Apóstoles obispos y sucesores suyos hasta nosotros, se manifiesta y se conserva la tradición apostólica en todo el mundo (S. Ireneo, Adv. haer. III, 3, 1; cf. Tertuliano, De Praescr. 20, 4-8: PL 2, 32: CC 1, 202)» (Lumen gentium, 20).
3. De estos textos se deduce que la sucesión apostólica presenta dos dimensiones relacionadas entre sí: una, pastoral y otra, doctrinal, en continuidad con la misión de los mismos Apóstoles. A este propósito, basándose en los textos, hay que precisar lo que muchas veces se ha dicho, esto es, que los Apóstoles no podían tener sucesores porque habían sido invitados a realizar una experiencia única de amistad con Cristo durante su vida terrena y a desempeñar un papel único en la inauguración de la obra de salvación.
Es verdad que los Apóstoles tuvieron una experiencia excepcional, incomunicable a los demás en cuanto experiencia personal, y que desempeñaron un papel único en la formación de la Iglesia, es decir, tanto en el testimonio y la transmisión de la palabra y del misterio de Cristo gracias a su conocimiento directo, como en la fundación de la Iglesia de Jerusalén. Pero recibieron simultáneamente una misión de magisterio y de guía pastoral para el desarrollo de la Iglesia. Y esa misión era transmisible, y debía ser transmitida, conforme a la intención de Jesús, a sus sucesores, para proseguir la evangelización universal. Por tanto, en este segundo sentido, los Apóstoles tuvieron primero colaboradores y luego sucesores. Lo afirma muchas veces el Concilio (Lumen gentium, 18, 20 y 22).
4. Los obispos realizan la misión pastoral confiad los Apóstoles y poseen todos los poderes que ella comporta. Además, como los Apóstoles, la realizan con la ayuda de sus colaboradores. Leemos en la constitución Lumen gentium: «Los obispos, pues, recibieron el ministerio de la comunidad con sus colaboradores, los sacerdotes y diáconos, presidiendo en nombre de Dios la grey (cf. San Ignacio de Antioquía, Philad., Praef, 1, 1), de la que son pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros de gobierno» (n. 20).
5. El Concilio insistió en esa sucesión apostólica de los obispos, afirmando que es de institución divina. Leemos también en la Lumen gentium: «Por ello, este sagrado Sínodo enseña que los obispos han sucedido, por institución divina, a los Apóstoles como pastores de la Iglesia, de modo que quien los escucha, escucha a Cristo, y quien los desprecia, desprecia a Cristo y a quien lo envió (cf. Lc 10, 16)» (n. 20).
En virtud de esa institución divina, los obispos representan a Cristo, de manera que escucharlos significa escuchar a Cristo. Así pues, además del sucesor de Pedro, también los otros sucesores de los Apóstoles representan a Cristo pastor. Por eso, enseña el Concilio: «En la persona de los obispos, a quienes asisten los presbíteros, el Señor Jesucristo, pontífice supremo, está presente en medio de los fieles» (Lumen gentium, 21). Las palabras de Jesús: «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha» (Lc 10, 16), citadas por el Concilio, tienen una aplicación aún más amplia, porque fueron dirigidas a los setenta y dos discípulos. Y, en los textos de los Hechos de los Apóstoles, citados en los dos primeros párrafos de esta catequesis, hemos contemplado el florecimiento de colaboradores que había alrededor de los Apóstoles, una jerarquía que enseguida se desdobló en presbíteros (los obispos y sus colaboradores) y diáconos, sin excluir la participación de los simples fieles, colaboradores en el ministerio pastoral. 08.07.1992
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La Iglesia, comunidad jerárquica
fundada sobre los doce Apóstoles
(Lectura: evangelio de san Lucas, capítulo 6, versículos 12-16)
1. La Iglesia, comunidad sacerdotal, sacramental y profética, fue instituida por Jesucristo como sociedad estructurada, jerárquica y ministerial, en función del gobierno pastoral para la formación y el crecimiento continuo de la comunidad. Los primeros sujetos de esa función ministerial y pastoral son los doce Apóstoles, elegidos por Jesucristo como fundamentos visibles de su Iglesia. Como dice el concilio Vaticano II, «Jesucristo, Pastor eterno, edificó la santa Iglesia enviando a sus Apóstoles lo mismo que él fue enviado por el Padre (cf. Jn 20, 21) y quiso que los sucesores de aquellos, los obispos, que son los pastores en su Iglesia hasta la consumación de los siglos» (Lumen gentium 18)
Este pasaje de la constitución dogmática sobre la Iglesia ―Lumen gentium― nos recuerda, ante todo, el puesto original y único que ocupan los Apóstoles en el cuadro institucional de la Iglesia. La historia evangélica nos da a conocer que Jesús llamó discípulos a seguirlo y entre ellos eligió a doce (cf. Lc 6, 13). La narración evangélica nos muestra que para Jesús se trataba de una elección decisiva, hecha después de una noche de oración (cf. Lc 6, 12);de una elección hecha con una libertad soberana: Marcos nos dice que Jesús, después de haber subido al monte, llamó «a los que él quiso» (Mc 3, 13). Los textos evangélicos refieren los nombres de los que fueron llamados (cf. Mc 3, 16-19 y par): signo de que la Iglesia primitiva comprendió y reconoció su importancia.
2. Con la creación del grupo de los Doce, Jesús creaba la Iglesia como sociedad visible y estructurada al servicio del Evangelio y de la llegada del reino de Dios. El número doce hacía referencia a las doce tribus de Israel, y el uso que Jesús hizo de él revela su intención de crear un nuevo Israel, el nuevo pueblo de Dios, instituido como Iglesia. La intención creadora de Jesús se manifiesta a través del mismo verbo que usa Marcos para describir la institución: «Hizo Doce: Hizo los Doce». El verbo «hacer» recuerda el verbo que usa la narración del Génesis acerca de la creación del mundo y el Déutero-Isaías (43, 1; 44, 2) acerca de la creación del pueblo de Dios, el antiguo Israel.
La voluntad creadora se manifiesta también en los nuevos nombres que da a Simón (Pedro) y a Santiago y a Juan (Hijos del trueno), pero también a todo el grupo o colegio en su conjunto. En efecto, escribe san Lucas que Jesús «eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles» (Lc 6, 13). Los doce Apóstoles se convertían, así, en una realidad socio-eclesial característica, distinta y, en muchos aspectos, irrepetible. Un su grupo destacaba el apóstol Pedro, sobre el cual Jesús manifestaba de modo más explícito la intención de fundar un nuevo Israel, con aquel nombre que dio a Simón: «piedra», sobre la que Jesús quería edificar su Iglesia (cf. Mt 16, 18).
3. Marcos define la finalidad de Jesús al instituir a los Doce: «Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar los demonios» (Mc 3, 14-15).
El primer elemento constitutivo del grupo de los Doce es, por consiguiente, la adhesión absoluta a Cristo: se trata de personas llamadas a «estar con él», es decir, a seguirlo dejándolo todo. El segundo elemento es el carácter misionero, expresado en el modelo de la misma misión de Jesús, que predicaba y expulsaba demonios. La misión de los Doce es una participación en la misión de Cristo por parte de hombres estrechamente vinculados a él como discípulos, amigos, representantes.
4. En la misión de los Apóstoles el evangelista Marcos subraya el «poder de expulsar a los demonios». Es un poder sobre la potencia del mal, que en forma positiva significa el poder de dar a los hombres la salvación de Cristo, que arroja fuera al «príncipe de este mundo» (Jn 12, 31).
Lucas confirma el sentido de este poder y la finalidad de la institución de los Doce, refiriendo la palabra de Jesús que confiere a los Apóstoles la autoridad en el reino: «Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas; yo, por mi parte, dispongo un reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí» (Lc 22, 28-29). También en esta declaración se hallan íntimamente ligadas la perseverancia en la unión con Cristo y la autoridad concedida en el reino.
Se trata de una autoridad pastoral, como muestra el texto acerca de la misión confiada específicamente a Pedro: «Apacienta mis corderos... Apacienta mis ovejas» (Jn 21, 15-17). Pedro recibe personalmente la autoridad suprema en la misión de pastor. Esta misión se ejercita como participación en la autoridad del único Pastor y Maestro, Cristo.
La autoridad suprema confiada a Pedro no anula la autoridad conferida a los demás Apóstoles en el reino. La misión pastoral es compartida por los Doce, bajo la autoridad de un solo pastor universal, mandatario y representante del buen Pastor, Cristo.
5. Las tareas específicas inherentes a la misión confiada por Jesucristo a los Doce son las siguientes:
a. Misión y poder de evangelizar a todas las gentes, como atestiguan claramente los tres Sinópticos (cf. Mt 28, 18-20; Mc 16, 16-18; Lc 24, 45-48). Entre ellos, Mateo pone de relieve la relación establecida por Jesús mismo entre su poder mesiánico y el mandato que confiere a los Apóstoles: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 18-19). Los Apóstoles podrán y deberán llevar a cabo su misión gracias al poder de Cristo que se manifestará en ellos.
b. Misión y poder de bautizar (Mt 28, 29), como cumplimiento del mandato de Cristo, con un bautismo en el nombre de la Santísima Trinidad (Mt 28, 29) que, por estar vinculado al misterio pascual de Cristo, en los Hechos de los Apóstoles es considerado también como bautismo en el nombre de Jesús (cf. Hch 2, 38; 8, 16).
c. Misión y poder de celebrar la eucaristía: «Haced esto en conmemoración mía» (Lc 22, 19; 1 Co 11, 24-25). El encargo de volver a hacer lo que Jesús realizó en la última cena, con la consagración del pan y el vino, implica un poder muy grande; decir en el nombre de Cristo: «Esto es mi cuerpo», «esta es mi sangre», es casi identificarse con Cristo en el acto sacramental.
d. Misión y poder de perdonar los pecados (Jn 20, 22-23). Es una participación de los Apóstoles en el poder del Hijo del hombre de perdonar los pecados en la tierra (cf. Mc 2, 10); aquel poder que, en la vida pública de Jesús, había provocado el estupor de la muchedumbre, de la que el evangelista Mateo nos dice que «glorificó a Dios, que había dado tal poder a los hombres» (Mt 9, 8).
6. Para llevar a cabo esta misión, los Apóstoles recibieron, además del poder, el don especial del Espíritu Santo (cf. Jn 20, 21-22), que se manifestó en Pentecostés, según la promesa de Jesús (cf. Hch 1, 8). Con la fuerza de ese don, desde el momento de Pentecostés, comenzaron a cumplir el mandato de la evangelización de todas las gentes. Nos lo dice el concilio Vaticano II en la constitución Lumen gentium: «Los Apóstoles..., predicando en todas partes el Evangelio, recibido por los oyentes bajo la acción del Espíritu Santo, congregan la Iglesia universal que el Señor fundó en los Apóstoles y edificó sobre el bienaventurado Pedro, su cabeza, siendo el propio Cristo Jesús la piedra angular (cf. Ap 21, 14; Mt 16, 18; Ef 2, 20)» (n. 19).
7. La misión de los Doce comprendía un papel fundamental reservado a ellos, que no heredarían los demás: ser testigos oculares de la vida, muerte y resurrección de Cristo (cf. Lc 24, 48), transmitir su mensaje a la comunidad primitiva, como lazo de unión entre la revelación divina y la Iglesia, y por ello mismo dar comienzo a la Iglesia en nombre y por virtud de Cristo, bajo la acción del Espíritu Santo. Por esta función, los Doce Apóstoles constituyen un grupo de importancia única en la Iglesia, que desde el Símbolo nicenoconstantinopolitano es definida apostólica (Credo unam sanctam, catholicam et «apostolicam» Ecclesiam) por este vínculo indisoluble con los Doce. Ese hecho explica por qué también en la liturgia la Iglesia ha insertado y reservado celebraciones especialmente solemnes en honor de los Apóstoles.
8. Con todo, Jesús confirió a los Apóstoles una misión de evangelización de todas las gentes, que requiere un tiempo muy largo; más aún, que dura «hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Los Apóstoles entendieron que era voluntad de Cristo que cuidaran de tener sucesores que, como herederos y legados suyos, prosiguiesen su misión. Por ello, establecieron «obispos y diáconos» en las diversas comunidades «y dispusieron que, después de su muerte, otros hombres aprobados recibiesen su sucesión en el ministerio» (1 Clem. 44, 2; cf. 42, 1-4).
De este modo, Cristo instituyó una estructura jerárquica y ministerial de la Iglesia, formada por los Apóstoles y sus sucesores; estructura que no deriva de una anterior comunidad ya constituida, sino que fue creada directamente por él. Los Apóstoles fueron, a la vez, las semillas del nuevo Israel y el origen de la sagrada jerarquía, como se lee en la constitución Ad gentes del Concilio (n. 5). Dicha estructura pertenece, por consiguiente, a la naturaleza misma de la Iglesia, según el designio divino realizado por Jesús. Según este mismo designio, esa estructura desempeña un papel esencial en todo el desarrollo de la comunidad cristiana, desde el día de Pentecostés hasta el fin de los tiempos, cuando en la Jerusalén celestial todos los elegidos participen plenamente de la «vida nueva» por toda la eternidad. 01.07.1992
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La oración del Padre nuestro,
compendio de todo el Evangelio
1. Con la encarnación del Verbo de Dios la historia de la plegaria conoce un cambio decisivo. En Jesucristo el cielo y la tierra se tocan, Dios se reconcilia con la humanidad y el diálogo entre la criatura y su Creador se reanuda plenamente.
Jesús es la propuesta definitiva del amor del Padre y, al mismo tiempo, la respuesta plena e irrevocable del hombre a las expectativas divinas. Por tanto él, Verbo encarnado, es el único mediador que presenta a Dios Padre todas las oraciones sinceras que suben del corazón humano.
Así, pues, la petición que los primeros discípulos formularon a Jesús se convierte también en nuestra petición: "Señor, enséñanos a orar´´ (Lc 11, 1).
2. Como a ellos, Jesús nos "enseña" también a nosotros. Lo hace, sobre todo con el ejemplo. ¿Cómo no recordar la conmovedora oración con la que se dirige al Padre ya desde el primer momento de la encarnación? "Al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo... Entonces dije: ¡He aquí que vengo ―pues de mí está escrito en el rollo del libro― a hacer, oh Dios, tu voluntad!" (Hb 10, 5. 7).
Después no hay momento importante de la vida de Cristo que no esté acompañado por la oración. Al comienzo de su misión pública el Espíritu Santo baja sobre él que, después de haber sido "bautizado, estaba en oración" (Lc 3, 21 s.). Sabemos gracias al evangelista Marcos que Jesús, en el momento de empezar la predicación en Galilea "de madrugada cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración" (1, 35). Antes de la elección de los Apóstoles "se fue al monte a orar, y se pasó la noche en la oración" (Lc 6, 12). Y de igual modo antes de la promesa del primado a Pedro, Jesús, según el relato de Lucas, "estaba orando a solas" (9, 18). Jesús oró también en el momento de la transfiguración, cuando su gloria se irradió en el monte antes de que en el Calvario las tinieblas se hicieran más densas (cf. Lc 9, 28-29).
Particularmente reveladora es la oración con la cual, durante la última cena, Jesús eleva al Padre sus sentimientos de amor, de alabanza, de súplica y de abandono confiado (cf. Jn 17). Son los mismos sentimientos que vuelven a aflorar en el huerto de Getsemaní (cf. Mt 26, 39. 42) y en la cruz (cf. Lc 23, 46), desde cuya altura Jesús nos ofrece el ejemplo de aquella última y conmovedora invocación: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34).
3. Jesús nos enseña a rezar también con su palabra. Para subrayar la "necesidad de orar siempre, sin desfallecer", nos dice la parábola del juez injusto y de la viuda (cf. Lc 18, 1-5). Luego recomienda: "Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil" (Mt 26, 41). E insiste: "Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá" (Mt 7, 7-8).
A los discípulos deseosos de una guía concreta, Jesús les enseña también la fórmula del Padre nuestro (Mt 6, 9-13; Lc 11, 2-4), que llegará a ser, a lo largo de los siglos, la plegaria típica de la comunidad cristiana. Ya Tertuliano la calificaba como breviarium totius evangelii, "un compendio de todo el Evangelio" (De oratione, 1). En ella Jesús entrega la esencia de su mensaje. Quien reza de modo consciente el padrenuestro, "se compromete" con el Evangelio; en efecto, no puede dejar de aceptar las consecuencias que derivan para su vida del mensaje evangélico, del cual la "oración del Señor" es su expresión más auténtica. 23.09.1992
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La oración cristiana hunde sus raíces
en el Antiguo Testamento
1. La oración cristiana, en la que queremos detenernos hoy, hunde sus raíces en el Antiguo Testamento. En efecto, está íntimamente unida a la experiencia religiosa del pueblo de Israel, al que Dios quiso reservar la revelación de su misterio.
A diferencia de las poblaciones paganas, el israelita piadoso conoce "el rostro" de Dios, y puede dirigirse a él con confianza en el nombre de la alianza sellada al pie del monte Sinaí. Los israelitas rezan a Yahveh como creador del universo, señor de los destinos humanos y autor de los prodigios más extraordinarios, pero, sobre todo, se dirigen a él como al Dios de la alianza. En esta certeza descansa la confianza con que lo invocan en toda circunstancia: "Yo te amo, Señor, mi fortaleza (mi salvador, que de la violencia me has salvado). Señor, mi roca y mi baluarte, mi liberador, mi Dios; la peña en que me amparo, mi escudo y fuerza de mi salvación, mi ciudadela y mi refugio" (Sal 18, 2-3).
2. Hay confianza, por tanto, pero también profunda veneración y respeto. En efecto, la iniciativa de la alianza se debe a Dios. Por eso, en presencia de Dios, la actitud de fondo del orante sigue siendo la actitud de escucha. ¿No comienza precisamente con esta exhortación el shemá, la profesión diaria de fe, con la que el israelita empieza su jornada? "Escucha Israel: el Señor nuestro Dios es el único Dios" (Dt 6, 4).
No es una casualidad que la adoración del único Dios constituya el primer mandamiento de la ley (cf. Dt 6, 5), del que brotan, como de su fuente más elevada, todos los demás deberes morales. El pacto de la alianza con el Dios "justo" y "santo" no puede menos de comprometer al creyente en una conducta digna de un interlocutor tan excelso. Ninguna oración podría suplir las carencias de una vida moral incorrecta. A este propósito, Jesús recordará un día a los fariseos un texto de Oseas particularmente significativo: "Porque yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos" (6, 6).
3. En cuanto encuentro con el Dios de la alianza, la oración del fiel israelita no es, como para los paganos, un monólogo dirigido a ídolos sordos y mudos, sino un diálogo verdadero con un Dios que se ha manifestado muchas veces en el pasado con palabras y hechos y que, aún hoy, de muchas maneras, sigue haciendo sentir su presencia salvífica.
Es, además, una oración con un marcado sentido comunitario: cada israelita siente que puede hablar con Dios, precisamente porque pertenece al pueblo que Dios se ha elegido. No falta, sin embargo, la dimensión individual; basta hojear el "manual" de la oración bíblica, el libro de los Salmos, para recoger allí los ecos elocuentes de la piedad personal de los israelitas.
4. Por otra parte, los profetas exhortan con insistencia a vivir esa piedad. Frente a las continuas tentaciones de formalismo y de exterioridad vacía, y frente a situaciones de abatimiento y desconfianza, la acción de los profetas se orienta constantemente a impulsar a los israelitas a vivir una devoción más interior y espiritual, la única de la que puede nacer una experiencia verdadera de comunión con Yahveh.
Así, mientras la oración veterotestamentaria alcanza su cima, se prepara su forma definitiva, que asumirá con la encarnación de la misma Palabra de Dios. 19.09.1992
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Universalidad y diversidad de la Iglesia
1. Leemos en la Constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II: “Consumada la obra que el Padre encomendó realizar al Hijo sobre la tierra (cf. Jn 17, 4), fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés a fin de santificar indefinidamente la Iglesia y para que de este modo los fieles tengan acceso al Padre por medio de Cristo en un mismo Espíritu (cf. Ef 2, 18). Él es el Espíritu de vida o la fuente de agua que salta hasta la vida eterna (cf. Jn 4, 14: 7, 38-39)... El Espíritu Santo habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo (cf. 1 Co 3 16; 6, 19) y en ellos ora y da testimonio de su adopción como hijos (cf. Ga 4, 6; Rm 8; 15-16 y 26)” (Lumen gentium, 4)
Por lo tanto, el nacimiento de la Iglesia el día de Pentecostés coincide con la manifestación del Espíritu Santo. Por esto también nuestras catequesis acerca del misterio de la Iglesia con relación al Espíritu Santo se concentran en torno a Pentecostés.
2. El análisis de este acontecimiento nos ha permitido constatar y explicar ―en la anterior catequesis― que la Iglesia, por obra del Espíritu Santo, nace “misionera” y que desde entonces permanece “in statu missionis” en todas las épocas y en todos los lugares de la tierra.
El carácter misionero de la Iglesia está vinculado estrechamente a su universalidad. Al mismo tiempo, la universalidad de la Iglesia, por una parte, implica la más sólida unidad y, por otra, una pluralidad y una multiformidad, es decir, una diversificación, que no resultan un obstáculo para la unidad, sino que por el contrario le confieren el carácter de “comunión”. La Constitución Lumen gentium lo subraya de modo especial cuando habla del “don de unión en el Espíritu Santo” (n. 13), don del que participa la Iglesia desde el día de su nacimiento en Jerusalén.
3. El análisis del pasaje de los Hechos de los Apóstoles que se refiere al día de Pentecostés permite afirmar que la Iglesia, desde el inicio, nació como Iglesia universal, y no sólo como Iglesia particular de Jerusalén a la que sucesivamente se habrían unido otras Iglesias particulares en otros lugares. Ciertamente, la Iglesia nació en Jerusalén como pequeña comunidad originaria de los Apóstoles y de los primeros discípulos, pero las circunstancias de su nacimiento indicaban desde el primer momento la perspectiva de universalidad. Una primera circunstancia es aquel “hablar (de los Apóstoles) en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (cf. Hch 2, 4), de forma que las personas de diversas naciones, presentes en Jerusalén, oían “las maravillas de Dios” (Hch 2, 11) pronunciadas en sus propias lenguas, aunque los que hablaban “eran galileos” (cf. Hch 2, 7). Lo hemos observado ya en la catequesis precedente.
4. También la circunstancia del origen galileo de los Apóstoles tiene, en este caso especifico, su propia elocuencia. En efecto, la Galilea era una región de población heterogénea (cf. 1 M 5, 14-23), donde los judíos tenían muchos contactos con gente de otras naciones. Más aún, la Galilea solía ser designada como “Galilea de las naciones” (Is 9, 1 citado en Mt 4, 15; 1 M 5, 15) y por este motivo era considerada inferior, desde el punto de vista religioso, a la Judea, región de los auténticos judíos.
La Iglesia, por consiguiente, nació en Jerusalén, pero el mensaje de la fe no fue proclamado allí por ciudadanos de Jerusalén, sino por un grupo de galileos y, por otra parte, su predicación no se dirigió exclusivamente a los habitantes de Jerusalén sino a los judíos y prosélitos de toda precedencia.
Como resultado del testimonio de los Apóstoles, surgirán poco después de Pentecostés las comunidades (es decir, las Iglesias locales) en diversos lugares, y naturalmente también y ante todo en Jerusalén. Pero la Iglesia, que nació con la venida del Espíritu Santo, no era sólo Iglesia local de Jerusalén. Ya en el momento de su nacimiento la Iglesia era universal y estaba orientada a la universalidad, que se manifestaría a continuación por medio de todas las Iglesias particulares.
5. La apertura universal de la Iglesia quedó confirmada en el así llamado Concilio de Jerusalén (cf. Hch 15, 13-14), del que leemos: “Cuando terminaron de hablar, tomó Santiago la palabra y dijo: ‘Hermanos, escuchadme. Simón ha referido cómo Dios ya al principio intervino para procurarse entre los gentiles un pueblo’” (Hch 15, 13-14). Por tanto conviene observar que en aquel “Concilio” Pablo y Bernabé son los testigos de la difusión del Evangelio entre los gentiles; Santiago, que toma la palabra, representa autorizadamente la posición judío-cristiana típica de la Iglesia de Jerusalén (cf. Ga 2, 12), de la que será el primer responsable en el momento de la partida de Pedro (cf. Hch 15, 13; 21, 18); y Simón, es decir Pedro, es el heraldo de la universalidad de la Iglesia, que está abierta a acoger en su seno tanto a los miembros del pueblo elegido como a los paganos.
6. El Espíritu Santo desde el inicio quiso la universalidad, es decir, la catolicidad de la Iglesia en el contexto de todas las comunidades (esto es, las Iglesias) locales y particulares. Se cumplen así las significativas palabras pronunciadas por Jesús en la conversación que tuvo junto al pozo de Sicar, cuando dijo a la samaritana: “Créeme mujer, que llega la hora en que, ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre... Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren” (Jn 4, 21-23).
La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés da inicio a aquella “adoración del Padre en espíritu y verdad”, que no puede encerrarse en un solo lugar porque se inscribe en la vocación del hombre a reconocer y honrar al único Dios, que es puro Espíritu, y, por tanto está abierta a la universalidad.
7. Bajo la acción del Espíritu queda, por tanto, inaugurada la universalidad cristiana, que se expresa desde el inicio en la multitud y diversidad de las personas que participan en la primera irradiación de Pentecostés y, de alguna manera, en la pluralidad de las lenguas y de las culturas, de los pueblos y de las naciones, que aquellas personas representan en Jerusalén en aquella circunstancia, y de todos los grupos humanos y los estratos sociales de donde procederán los seguidores de Cristo a lo largo de los siglos. Ni para los de los primeros tiempos ni para los de los siglos sucesivos la universalidad querrá decir uniformidad.
Estas exigencias de la universalidad y de la variedad se manifestarán también en la esencial unidad interna de la Iglesia, mediante la multiplicidad y la diversidad de los “dones” o carismas, y también de los ministerios y de las iniciativas. A este respecto observamos en seguida que, el día de Pentecostés, también María, Madre de Cristo, recibió la confirmación de su misión materna, no sólo respecto al Apóstol Juan, sino también respecto a todos los discípulos de su Hijo, es decir, respecto a todos los cristianos (cf. Redemptoris Mater, 24; Lumen gentium, 59). Y se puede decir que a todos los que, reunidos aquel día en el Cenáculo de Jerusalén ―tanto hombres como mujeres―, quedaron “llenos del Espíritu Santo” (cf. Hch 2, 4), se les concedieron también los diversos dones de los que hablaría San Pablo: “Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común” (1 Co 12, 4-7). “Así los puso Dios en la Iglesia, primeramente como apóstoles; en segundo lugar como profetas; en tercer lugar como maestros; luego, los milagros; luego, el don de las curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad de lenguas” (1 Co 12, 28). Mediante este abanico de carismas y ministerios, desde los primeros tiempos, el Espíritu Santo reunía, gobernaba y vivificaba la Iglesia de Cristo.
8. San Pablo reconocía y subrayaba el hecho de que, por efecto de estos bienes regalados por el Espíritu Santo a los creyentes, en la Iglesia la diversidad de los carismas y de los ministerios se orienta hacia la unidad de todo el cuerpo. Como leemos en la Carta a los Efesios: “Él mismo ‘dio’ a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (4, 11-13).
Recogiendo las voces de los Apóstoles y de la tradición cristiana, la Constitución Lumen gentium sintetiza así su enseñanza acerca de la acción del Espíritu Santo en la Iglesia: el Espíritu Santo “guía la Iglesia a toda la verdad (cf. Jn 16, 13), la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos (cf. Ef 4, 11-12; 1 Co 12, 4; Ga 5, 22). Con la fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo. En efecto, el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven! (cf. Ap 22, 17)” (n. 4).
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LA ORACIÓN EN LA IGLESIA PRIMITIVA
La oración nos es tan necesaria como la respiración
1. "Señor enséñanos a orar" (Lc 11, 1)
Cuando los Apóstoles se dirigieron a Jesús, en el monte de los Olivos, con estas palabras, no le plantearon una pregunta cualquiera, sino que manifestaron con confianza espontánea una de las necesidades más profundas del corazón humano.
Realmente a esa necesidad el mundo contemporáneo no dedica mucho espacio. El mismo ritmo frenético de las actividades diarias, junto con la invasión rumorosa y a menudo frívola de los medios de comunicación, no constituye ciertamente un elemento favorable para el recogimiento interior que requiere la oración. Además hay dificultades más profundas: en el hombre moderno se ha ido atenuando cada vez más la visión religiosa del mundo y de la vida. El proceso de secularización parece haberlo persuadido de que el curso de los acontecimientos tiene su explicación suficiente en el juego de las fuerzas inmanentes en este mundo, independientemente de intervenciones superiores. Además, las conquistas de la ciencia y de la técnica han alimentado en él la convicción de que puede dominar ya hoy en medida notable, y aún más mañana, las situaciones, orientándolas según sus propios deseos.
Incluso en los mismos ambientes cristianos se ha ido difundiendo una visión "funcional" de la oración, que corre el riesgo de comprometer su carácter trascendente. El verdadero encuentro con Dios ―afirman algunos― se realiza en la apertura al prójimo. La oración no sería, pues, un substraerse a la disipación del mundo para recogerse en el diálogo con Dios; más bien, se expresaría en el compromiso incondicional de caridad hacia los otros. Oración auténtica serían, por tanto, las obras de caridad y solamente ellas.
2. En realidad, el ser humano, que en cuanto criatura es en sí mismo incompleto e indigente, se dirige espontáneamente hacia el que es la fuente de todo don, para alabarlo, suplicarle y buscar apagar en él la angustiosa nostalgia que abrasa su corazón. San Agustín lo había comprendido bien cuando anotaba: "Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti". (Confesiones 1, 1).
Precisamente por esto la experiencia de la oración, como acto fundamental del creyente, es común a todas las religiones, incluso a aquellas en las que la fe en un Dios personal es más bien vaga o está ofuscada por falsas representaciones.
En particular, es propia de la religión cristiana, en la que ocupa un lugar central. Jesús exhorta a "orar siempre, sin desfallecer" (Lc 18, 1). El cristiano sabe que la oración le es tan necesaria como la respiración y, una vez que ha gustado la dulzura del coloquio íntimo con Dios, no duda en sumergirse en él con abandono confiado. 09.09.1992
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La Iglesia, comunidad de carismas
(Lectura: carta de san Pablo a los Corintios, capítulo 12, versículos 4-7. 11)
1. «El Espíritu Santo no sólo santifica y dirige al pueblo de Dios mediante los sacramentos y los misterios y lo adorna con virtudes, sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Co 12, 11) sus dones, con los que los hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia» (Lumen gentium, 12). Esto es lo que enseña el concilio Vaticano II.
Así, pues, la participación del pueblo de Dios en la misión mesiánica no deriva sólo de la estructura ministerial y de la vida sacramental de la Iglesia. Proviene también de otra fuente, la de los dones espirituales o carismas.
Esta doctrina, recordada por el Concilio, se funda en el Nuevo Testamento y contribuye a mostrar que el desarrollo de la comunidad eclesial no depende únicamente de la institución de los ministerios y de los sacramentos, sino que también es impulsado por imprevisibles y libres dones del Espíritu, que obra también más allá de todos los canales establecidos. A través de estas gracias especiales, resulta manifiesto que el sacerdocio universal de la comunidad eclesial es guiado por el Espíritu con una libertad soberana («según quiere», dice san Pablo: 1 Co 12, 11), que a veces asombra.
2. San Pablo describe la variedad y diversidad de los carismas, que es preciso atribuir a la acción del único Espíritu (1 Co 12, 4).
Cada uno de nosotros recibe múltiples dones, que convienen a su persona y a su misión. Según esta diversidad, nunca existe un camino individual de santidad y de misión que sea idéntico a los demás. El Espíritu Santo manifiesta respeto a toda persona y quiere promover un desarrollo original para cada uno en la vida espiritual y en el testimonio.
3. Con todo, es preciso tener presente que los dones espirituales deben aceptarse no sólo para beneficio personal, sino ante todo para el bien de la Iglesia: «Que cada cual ―escribe san Pedro― ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios (1 P 4, 10).
En virtud de estos carismas, la vida de la comunidad está llena de riqueza espiritual y de servicios de todo género. Y la diversidad es necesaria para una riqueza espiritual más amplia: cada uno presta una contribución personal que los demás no ofrecen. La comunidad espiritual vive de la aportación de todos.
4. La diversidad de los carismas es también necesaria para un mejor ordenamiento de toda la vida del cuerpo de Cristo. Lo subraya san Pablo cuando ilustra el objetivo y la utilidad de los dones espirituales: «Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte» (1 Co 12, 27).
En el único cuerpo que formamos, cada uno debe desempeñar su propio papel según el carisma recibido. Nadie puede pretender recibir todos los carismas, ni debe envidiar los carismas de los demás. Hay que respetar y valorar el carisma de cada uno en orden al bien del cuerpo entero.
5. Conviene notar que acerca de los carismas, sobre todo en el caso de los carismas extraordinarios, se requiere el discernimiento.
Este discernimiento es concedido por el mismo Espíritu Santo, que guía la inteligencia por el camino de la verdad y de la sabiduría. Pero, dado que Cristo ha puesto a toda la comunidad eclesial bajo la guía de la autoridad eclesiástica, a ésta compete juzgar el valor y la autenticidad de los carismas. Escribe el Concilio: «Los dones extraordinarios no deben pedirse temerariamente, ni hay que esperar de ellos con presunción los frutos del trabajo apostólico. Y, además, el juicio de su autenticidad y de su ejercicio razonable pertenece a quienes tienen la autoridad en la Iglesia, a los cuales compete ante todo no sofocar el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno (cf. 1 Ts 5, 12 y 19-21)» (Lumen gentium, 12).
6. Se pueden señalar algunos criterios de discernimiento generalmente seguidos tanto por la autoridad eclesiástica como por los maestros y directores espirituales:
a. La conformidad con la fe de la Iglesia en Jesucristo (cf. 1 Co 12, 3); un don del Espíritu Santo no puede ser contrario a la fe que el mismo Espíritu inspira a toda la Iglesia. «Podréis conocer en esto el espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios» (1 Jn 4, 2-3).
b. La presencia del «fruto del Espíritu: amor, alegría, paz» (Ga 5, 22). Todo don del Espíritu favorece el progreso del amor, tanto en la misma persona, como en la comunidad; por ello, produce alegría y paz.
Si un carisma provoca turbación y confusión, significa o que no es auténtico o que no es utilizado de forma correcta. Como dice san Pablo: «Dios no es un Dios de confusión, sino de paz» (1 Co 14, 44).
Sin la caridad, incluso los carismas más extraordinarios carecen de utilidad (cf. 1 Co 13, 1-3; Mt 7, 22-23).
c. La armonía con la autoridad de la Iglesia y la aceptación de sus disposiciones. Después de haber fijado reglas muy estrictas para el uso de los carismas en la Iglesia de Corinto, san Pablo dice: «Si alguien se cree profeta o inspirado por el Espíritu, reconozca en lo que os escribo un mandato del Señor» (1 Co 14, 37). El auténtico carismático se reconoce por su docilidad sincera hacia los pastores de la Iglesia. Un carisma no puede suscitar la rebelión ni provocar la ruptura de la unidad.
d. El uso de los carismas en la comunidad eclesial está sometido a una regla sencilla: «Todo sea para edificación» (1 Co 14, 26); es decir, los carismas se aceptan en la medida en que aportan una contribución constructiva a la vida de la comunidad, vida de unión con Dios y de comunión fraterna. San Pablo insiste mucho en esta regla (1 Co 14, 4-5. 12. 18-19. 26-32).
7. Entre los diversos dones, san Pablo ―como ya hemos observado― estimaba mucho el de la profecía, hasta el punto que recomendaba: «Aspirad también a los dones espirituales, especialmente a la profecía» (1 Cor 14, 1). La historia de la Iglesia, y en especial la de los santos, enseña que a menudo el Espíritu Santo inspira palabras proféticas destinadas a promover el desarrollo o la reforma de la vida de la comunidad cristiana. A veces, estas palabras se dirigen en especial a los que ejercen la autoridad, como en el caso de santa Catalina de Siena, que intervino ante el Papa para obtener su regreso de Aviñón a Roma. Son muchos los fieles, y sobre todo los santos y las santas, que han llevado a los Papas y a los demás pastores de la Iglesia la luz y la confortación necesarias para el cumplimiento de su misión, especialmente en momentos difíciles para la Iglesia.
8. Este hecho muestra la posibilidad y la utilidad de la libertad de palabra en la Iglesia: libertad que puede también manifestarse mediante la forma de una crítica constructiva. Lo que importa es que la palabra exprese de verdad una inspiración profética, derivada del Espíritu. Como dice san Pablo, «donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad» (2 Co 3, 17). El Espíritu Santo desarrolla en los fieles un comportamiento de sinceridad y de confianza recíproca (cf. Ef 4, 25) y los capacita para amonestarse mutuamente (cf. Rm 15, 14; Col 1, 16).
La crítica es útil en la comunidad, que debe reformarse siempre y tratar de corregir sus propias imperfecciones. En muchos casos le ayuda a dar un nuevo paso hacia adelante. Pero, si viene del Espíritu Santo, la crítica no puede menos de estar animada por el deseo de progreso en la verdad y en la caridad. No puede hacerse con amargura; no puede traducirse en ofensas, en actos o juicios que vayan en perjuicio del honor de personas o grupos. Debe estar llena de respeto y afecto fraterno y filial, evitando el recurso a formas inoportunas de publicidad; y debe atenerse a las indicaciones dadas por el Señor para la corrección fraterna (cf. Mt 18, 15-16).
9. Si ésta es la línea de la libertad de palabra, se puede decir que no existe oposición entre carisma e institución, puesto que es el único Espíritu quien con diversos carismas anima a la Iglesia. Los dones espirituales sirven también en el ejercicio de los ministerios. Esos dones son concedidos por el Espíritu para contribuir a la extensión del reino de Dios. En este sentido, se puede decir que la Iglesia es una comunidad de carismas. 24.06.1992
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El testimonio de la esperanza en la Iglesia,
comunidad profética
(Lectura: carta de san Pablo a los Romanos, capítulo 8, versículos 24-25)
1. Por ser testigo de la vida de Cristo y en Cristo, como hemos visto en la catequesis anterior, la Iglesia es también testigo de la esperanza: de la esperanza evangélica, que en Cristo encuentra su fuente. El concilio Vaticano II dice de Cristo en la constitución pastoral Gaudium et spes: «El Señor es el fin de la historia humana..., centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones» (n. 45). En ese texto el Concilio recuerda las palabras de Pablo VI que, en una alocución había dicho de Cristo que es «el centro de los deseos de la historia y la civilización» (Discurso 3 de febrero de 1965). Como se ve, la esperanza testimoniada por la Iglesia reviste dimensiones muy vastas, más aún, podríamos decir que es inmensa.
2. Se trata, ante todo, de la esperanza de la vida eterna. Esa esperanza responde al deseo de inmortalidad que el hombre lleva en su corazón en virtud de la naturaleza espiritual del alma. La Iglesia predica que la vida eterna es el «paso» a una vida nueva: a la vida en Dios, donde «no habrá ya muerte ni habrá llanto» (Ap 21, 4). Gracias a Cristo, que ―como dice san Pablo― es «el primogénito de entre los muertos» (Col 1, 18; cf. 1 Co 15, 20), gracias a su resurrección, el hombre puede vivir en la perspectiva de la vida eterna anunciada y traída por él.
3. Se trata de la esperanza de la felicidad en Dios. A esta felicidad estamos todos llamados, como nos revela el mandato de Jesús: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva toda la creación» (Mc 16, 15). En otra ocasión Jesús asegura a sus discípulos que «en la casa de mi Padre hay muchas mansiones» (Jn 14, 2) y que, dejándolos en la tierra, va al cielo «a prepararos el lugar», «para que donde esté yo, estéis también vosotros» (Jn 14, 3).
4. Se trata de la esperanza de estar con Cristo «en la casa del Padre» después de la muerte. El apóstol Pablo estaba lleno de esa esperanza, hasta el punto que pudo decir: «deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor» (Flp 1, 23). «Estamos, pues, llenos de buen ánimo y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor» (2 Co 5, 8). La esperanza cristiana nos asegura, además, que «el exilio fuera del cuerpo» no durará y que nuestra felicidad en compañía del Señor alcanzará su plenitud con la resurrección de los cuerpos al fin del mundo. Jesús nos ofrece la certeza: la pone en relación con la Eucaristía: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Jn 6, 54) Es una auténtica resurrección de los cuerpos, con la plena reintegración de la persona en la nueva vida del cielo, y no una reencarnación entendida como vuelta a la vida en la misma tierra, en otros cuerpos. En la revelación de Cristo, predicada y testimoniada por la Iglesia, la esperanza de la resurrección se coloca en el contexto de «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Ap 21, 1), en donde encuentra plenitud de realización la «vida nueva» participad los hombres por el Verbo encarnado.
5. Si la Iglesia da testimonio de esta esperanza ―esperanza de la vida eterna, de la resurrección de los cuerpos, de la felicidad eterna en Dios―, lo hace como eco de la enseñanza de los Apóstoles, y especialmente de san Pablo, según el cual Cristo mismo es fuente y fundamento de esta esperanza. «Cristo Jesús, nuestra esperanza», dice el Apóstol (1 Tm 1, 1 ); y también escribe que en Cristo se nos ha revelado «el misterio escondido desde siglos y generaciones, y manifestado ahora a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio... que es Cristo..., la esperanza de la gloria» (Col 1, 26-27).
El profetismo de la esperanza tiene, pues, su fundamento en Cristo, y de él depende el crecimiento actual de la «vida eterna».
6. Pero la esperanza que deriva de Cristo, aún teniendo un término último, que está más allá de todo confín temporal, al mismo tiempo penetra en la vida del cristiano también en el tiempo. Lo afirma san Pablo: «En él (Cristo) también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es prenda de nuestra herencia, para redención del pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria» (Ef 1, 13-14). En efecto, «es Dios el que nos conforta... en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones» (2 Co 1, 21-22).
La esperanza es, por consiguiente, un don del Espíritu Santo, Espíritu de Cristo, por el cual el hombre, ya en el tiempo, vive la eternidad: vive en Cristo como partícipe de la vida eterna, que el Hijo recibe del Padre y d sus discípulos (cf. Jn 5, 26; 6, 54-57; 10, 28; 17, 2). San Pablo dice que ésta es la esperanza que «no falla» (Rm 5, 5), porque se apoya en el poder del amor de Dios, que «ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).
De esta esperanza es testigo la Iglesia, que la anuncia y lleva como don a las personas que aceptan a Cristo y viven en él, y al conjunto de todos los hombres y de todos los pueblos, a los que debe y quiere dar a conocer, según la voluntad de Cristo, el evangelio del reino» (Mt 24, 14).
7. También frente a las dificultades de la vida presente y a las dolorosas experiencias de prevaricaciones y fracasos del hombre en la historia, la esperanza es la fuente del optimismo cristiano. Ciertamente la Iglesia no puede cerrar los ojos ante el abundante mal que existe en el mundo. Con todo, sabe que puede contar con la presencia victoriosa de Cristo, y en esa certeza inspira su acción larga y paciente, recordando siempre aquella declaración de su Fundador en el discurso de despedida a los Apóstoles: «Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).
La certeza de esta victoria de Cristo, que se va haciendo cada vez más profunda en la historia, es la causa del optimismo sobrenatural de la Iglesia al mirar el mundo y la vida, que traduce en acción el don de la esperanza. La Iglesia se ha entrenado en la historia a resistir y a continuar en su obra como ministra de Cristo crucificado y resucitado: pero es en virtud del Espíritu Santo como espera obtener siempre nuevas victorias espirituales, infundiendo en las almas y propagando en el mundo el fermento evangélico de gracia y de verdad (cf. Jn 16, 13). La Iglesia quiere transmitir a sus miembros y, en cuanto le sea posible, a todos los hombres ese optimismo cristiano, hecho de confianza, valentía y perseverancia clarividente. Hace suyas las palabras del Apóstol Pablo en la carta a los Romanos: «El Dios (dador) de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo» (Rm 15, 13). El Dios de la esperanza es «el Dios de la paciencia y del consuelo» (Rm 15, 5).
8. De hecho, la Iglesia puede hacer suyas en todo tiempo las memorables palabras de san Francisco Javier, inspiradas por la gracia que actuaba en él: «No recuerdo haber tenido nunca tantas y tan continuas consolaciones espirituales, como en estas islas... (se trata de las Islas del Moro, donde entre grandes dificultades, el santo misionero anunciaba el Evangelio). He caminado mucho por islas rodeadas de amigos no muy sinceros, en tierras donde no se puede encontrar ningún remedio para las enfermedades corporales, ni ayuda humana para la conservación de la vida. Esas islas no deberían llamarse Islas del Moro, sino Islas de la esperanza en Dios» (Epist. S. Francisci Xavierii, en: Monumenta Missionum Societatis Iesu, vol. I, Romae, 1944, pág. 380).
Podemos decir que el mundo en que Cristo ha obtenido su victoria pascual se ha convertido, en virtud de su redención, en la «isla de la divina esperanza». 27.05.1992
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«Ahuyenta, Señor, con la luz diurna de tu sabiduría, las tinieblas nocturnas de nuestra mente, para que, iluminados por ti, te sirvamos con espíritu renovado y puro. La salida del sol representa para los mortales el comienzo de su trabajo; adereza, Señor, en nuestras almas una mansión en que pueda continuar aquel día que no conoce el ocaso. Haz que sepamos contemplar en nosotros mismos la vida de la resurrección, y que nada pueda apartar nuestras mentes de tus deleites. Imprime en nosotros, Señor, por nuestra constante adhesión a ti, el sello de aquel día que no depende del movimiento solar». De los Sermones de San Efrén, diácono (Sermo 3, De fine et admonitione 2. 4-5: Opera, edición Lamy 3, 216-222).
El testimonio de la vida en Cristo en la Iglesia,
comunidad profética
(Lectura: carta a los Romanos, capítulo 6, versículos 3-4)
1. La Iglesia ejercita el oficio profético, del que hemos hablado en la catequesis anterior, por medio del testimonio de la fe. Este testimonio comprende y pone de relieve todos los aspectos de la vida y la enseñanza de Cristo. Lo afirma el concilio Vaticano II, en la constitución pastoral Gaudium et spes, cuando presenta a Jesucristo como el hombre nuevo, que proyecta su luz sobre los enigmas de la vida y la muerte, de otra forma insolubles. «El misterio del hombre ―dice el Concilio― sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium et spes, 22). Y, más adelante, afirma que ésta es la ayuda que la Iglesia desea ofrecer a los hombres para que descubran o redescubran en la revelación divina su genuina y completa identidad. «Como a la Iglesia ―leemos― se ha confiado la manifestación del misterio de Dios, que es el último fin del hombre, la Iglesia descubre con ello al hombre el sentido de la propia existencia, es decir, la verdad más profunda acerca del ser humano. Bien sabe la Iglesia que sólo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente con solos los alimentos terrenos» (Gaudium et spes, 41). Eso significa que el oficio profético de la Iglesia, que consiste en anunciar la verdad divina, implica también la revelación al hombre de la verdad sobre él mismo, verdad que sólo en Cristo se manifiesta en toda su plenitud.
2. La Iglesia muestra al hombre esta verdad no sólo de forma teórica o abstracta, sino también de un modo que podemos definir existencial o muy concreto, porque su vocación es dar al hombre la vida que está en Cristo crucificado y resucitado: como Jesús mismo anuncia a los Apóstoles, «porque yo vivo y también vosotros viviréis» (Jn 14, 19).
El regalo al hombre de una vida nueva en Cristo tiene su inicio en el momento del bautismo. San Pablo lo afirma de modo inigualable en la carta a los Romanos: «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nos hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante... Así también vosotros, considerados como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6, 3-5. 11). Es el misterio del bautismo, como inauguración de la vida nueva participada por el «hombre nuevo», Cristo, a los que son injertados sacramentalmente en su único cuerpo, que es la Iglesia.
3. Se puede decir que, en el bautismo y en los demás sacramentos, de verdad «la Iglesia manifiesta plenamente al hombre el sentido de su propia existencia», de un modo vivo y vital. Se podría hablar de una «evangelización sacramental», que se halla incluida en el oficio profético de la Iglesia y ayuda a comprender mejor la verdad acerca de la Iglesia como «comunidad profética» .
El profetismo de la Iglesia se manifiesta al anunciar y producir sacramentalmente la «sequela Christi», que se transforma en imitación de Cristo no sólo en sentido moral, sino también como auténtica reproducción de la vida de Cristo en el hombre. Una «vida nueva» (Rom 6, 4), una vida divina, que por medio de Cristo es participada al hombre como afirma en repetidas ocasiones san Pablo: «A vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos..., Dios os vivificó juntamente con él (Cristo)» (Col 2, 13); «el que está en Cristo es una nueva creación» (2 Co 5, 17).
4. Así, pues, Cristo es la respuesta divina que la Iglesia da a los problemas humanos fundamentales: Cristo, que es el hombre perfecto. El Concilio dice que «el que sigue a Cristo... se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre» (Gaudium et spes, 41). La Iglesia, al dar testimonio de la vida de Cristo, «hombre perfecto», señala a todo hombre el camino que lleva a la plenitud de realización de su propia humanidad. Asimismo, presenta a todos con su predicación un auténtico modelo de vida e infunde en los creyentes con los os sacramentos la energía vital que permite el desarrollo de la vida nueva, que se transmite de miembro a miembro en la comunidad eclesial. Por esto, Jesús llama a sus discípulos «sal de la tierra» y «luz del mundo» (Mt 5, 13-14).
5. En su testimonio de la vida de Cristo, la Iglesia da a conocer a los hombres a aquel que en su existencia terrena realizó del modo más perfecto «el mayor y el primer mandamiento» (Mt 22, 38-40), que él mismo enunció. Lo realizó en su doble dimensión. En efecto, con su vida y con su muerte, Jesucristo mostró lo que significa amar a Dios «sobre todas las cosas», con una actitud de reverencia y obediencia al Padre, que le llevaba a decir: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34). También confirmó y realizó de modo perfecto el amor al prójimo, con respecto al cual se definía y se comportaba como «el Hijo del hombre (que) no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos (Mt 20, 28).
6. La Iglesia es testigo de la verdad de las bienaventuranzas proclamadas por Jesús (cf. Mt 5, 3-12). Trata de multiplicar en el mundo: «los pobres de espíritu», que no buscan en los bienes materiales ni en el dinero la finalidad de la vida; «los mansos», que revelan el «corazón manso y humilde» de Cristo y renuncian a la violencia; «los limpios de corazón», que viven en la verdad y en la lealtad; «los que tienen hambre y sed de justicia», es decir, de la santidad divina que quiere establecerse en la vida individual y social; «los misericordiosos», que tienen compasión de los que sufren y les ayudan; «los que trabajan por la paz», que promueven la reconciliación y la armonía entre los individuos y las naciones.
7. La Iglesia es testigo y portadora de la ofrenda sacrificial que Cristo hizo de sí mismo. Sigue el camino de la cruz y recuerda siempre la fecundidad del sufrimiento soportado y ofrecido en unión con el sacrificio del Salvador. Su oficio profético se ejercita en el reconocimiento del valor de la cruz. Por ello, la Iglesia se esfuerza por vivir de modo especial la bienaventuranza de los que lloran y los perseguidos.
Jesús anunció persecuciones a sus discípulos (cf. Mt 24, 9 y paralelos). La perseverancia en las persecuciones es parte del testimonio que la Iglesia da de Cristo: desde el martirio de san Esteban (cf. Hch 7, 55-60), de los Apóstoles, de sus primeros sucesores y de tantos cristianos, hasta los sufrimientos de los obispos, sacerdotes, religiosos y simples fieles, que también en nuestro tiempo han derramado su sangre y sufrido torturas, encarcelamientos y humillaciones de todo tipo por su fidelidad a Cristo.
La Iglesia es testigo de la resurrección; testigo de la alegría de la buena nueva; testigo de la felicidad eterna y de la que da Cristo resucitado ya en la vida terrena, como veremos en la próxima catequesis.
8. Al dar este múltiple testimonio de la vida de Cristo, la Iglesia ejercita su oficio profético. Al mismo tiempo, mediante este testimonio profético «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» como nos dijo el Concilio (Gaudium et spes, 22).
Se trata de una misión profética que tiene un sentido netamente cristocéntrico y que, precisamente por ello, reviste un profundo valor antropológico, como luz y fuerza de vida que brota del Verbo encarnado. En esta misión en favor del hombre se encuentra comprometida hoy más que nunca la Iglesia, pues es consciente de que en la salvación del hombre se alcanza la gloria de Dios. Por esto, he dicho desde mi primera encíclica, Redemptor hominis, que «el hombre es el camino de la Iglesia» (n. 14). 20.05.1992
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«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.
Es hora de responder de nuevo con Pedro: «Señor, en tu palabra, echaré la red».
Las llaves, la humildad y el timón- Como sucesor de Pedro, el Papa es el que ha recibido las llaves y el timón, para abrir los inagotables arcones de la misericordia de la Iglesia, o para cerrar las puertas a lo que no cabe en la casa de la fidelidad a Cristo. Es el timonel que debe guiar en la barca que es la Iglesia, no siempre navegando en tiempos favorables, pero nunca abandonada del viento del Espíritu. Si su poder no es de este mundo, como lo dijo Jesús, tampoco lo es el libro que el Papa emplea para dictar las lecciones de su magisterio. En esta cátedra, solamente se imparte la doctrina de la fe, que es aceptación de lo que Dios ha revelado de sí mismo. De una manera especialmente clara e inconfundible, lo ha hecho en la vida, en la doctrina y el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo. Maestro es, pues, el Papa de una fe que se hace comportamiento y vida. Por eso, se habla de la fe y de las costumbres. Porque quien mira y acepta a Dios, ha de hacer que su comportamiento moral sea coherente con aquello que se acepta como doctrina y que ha de empapar por completo la vida cristiana. El Papa es ese maestro inequívoco, infalible, cuando proclama solemnemente una verdad, reconocida y auspiciada por la Iglesia universal, y una forma de aceptarla y vivirla. MMV.
El testimonio de la fe en la Iglesia,
comunidad profética
(Lectura: Hechos de los Apóstoles, capítulo 1, versículos 6-8)
1. En las catequesis anteriores hemos hablado de la Iglesia como de una «comunidad sacerdotal» de «carácter sagrado y orgánicamente estructurado» que «se actualiza por los sacramentos y por las virtudes» (Lumen gentium, 11). Era un comentario al texto de la constitución conciliar Lumen gentium, dedicado ala identidad de la Iglesia. Pero, en la misma constitución leemos que «el pueblo santo de Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad y ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza, que es fruto de los labios que confiesan su nombre (cf. Hb 13, 15)» (Lumen gentium, 12). Según el Concilio, por tanto, la Iglesia tiene un carácter profético como partícipe del mismo oficio profético de Cristo. De este carácter trataremos en esta catequesis y en las siguientes, siempre en la línea de la citada constitución dogmática, donde el Concilio expone más expresamente esta doctrina (Lumen gentium, 12).
Hoy nos detendremos en los presupuestos que fundan el testimonio de fe de la Iglesia.
2. El texto conciliar, presentando a la Iglesia como «comunidad profética», pone este carácter en relación con la función de «testimonio» para el que fue querida y fundada por Jesús. En efecto, dice el Concilio, que la Iglesia «difunde el vivo testimonio de Cristo». Es evidente la referencia a las palabras de Cristo, que se encuentran en el Nuevo Testamento. Ante todo a las que dirige el Señor resucitado a los Apóstoles, y que recogen los Hechos: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos» (Hch 1, 8). Con estas palabras Jesucristo subraya que la actuación de la función de testimonio, que es la tarea particular de los Apóstoles, depende del envío del Espíritu Santo prometido por él y que tuvo lugar el día de Pentecostés. En virtud del Paráclito, que es espíritu de verdad, el testimonio acerca de Cristo crucificado y resucitado se transforma en compromiso y tarea también de los demás discípulos, y en particular de las mujeres, que junto con la Madre de Cristo se hallan presentes en el cenáculo de Jerusalén, como parte de la primitiva comunidad eclesial. Más aún, las mujeres ya han sido privilegiadas, pues fueron las primeras en llevar el anuncio y ser testigos de la resurrección de Cristo (cf. Mt 28, 1-10).
3. Cuando Jesús dice a los Apóstoles: «Seréis mis testigos» (Hch 1, 8), habla del testimonio de la fe en un sentido que encuentra en ellos una actuación bastante peculiar. En efecto, ellos fueron testigos oculares de las obras de Cristo, oyeron con sus propios oídos las palabras pronunciadas por él, y recogieron directamente de él las verdades de la revelación divina. Ellos fueron los primeros en responder con la fe a lo que habían visto y oído. Eso hace Simón Pedro cuando, en nombre de los Doce, confiesa que Jesús es «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). En otra ocasión, cerca de Cafarnaún, cuando algunos comenzaron a abandonar a Jesús tras el anuncio del misterio eucarístico, el mismo Simón Pedro no dudó en aclarar: «Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 68-69).
4. Este particular testimonio de fe de los Apóstoles era un «don que viene de lo Alto» (cf. St 1, 17). Y no sólo lo era para los mismos Apóstoles, sino también para aquellos a quienes entonces y más adelante transmitirían su testimonio. Jesús les dijo: «A vosotros se os ha dado el misterio del Reino de Dios» (Mc 4, 11). Y a Pedro, con vistas a un momento crítico, le garantiza: «yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 32).
Podemos, por consiguiente, decir, a la luz de estas páginas significativas del Nuevo Testamento, que, si la Iglesia, como pueblo de Dios, participa en el oficio profético de Cristo, difundiendo el vivo testimonio de él, como leemos en el Concilio (cf. Lumen gentium, 12), ese testimonio de la fe de la Iglesia encuentra su fundamento y apoyo en el testimonio de los Apóstoles. Ese testimonio es primordial y fundamental para el oficio profético de todo el pueblo de Dios.
5. En otra constitución conciliar, la Dei Verbum, leemos que los Apóstoles, «con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo le enseñó». Pero también otros, junto con los Doce, cumplieron el mandato de Cristo acerca del testimonio de fe en el Evangelio, a saber: «los mismos Apóstoles (como Pablo) y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo» (n. 7). «Lo que los Apóstoles transmitieron comprende todo lo necesario para una vida santa y para una fe creciente del pueblo de Dios; así la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree» (Dei Verbum, 8).
Como se ve, según el Concilio existe una íntima relación entre la Iglesia, los Apóstoles, Jesucristo y el Espíritu Santo. Es la línea de la continuidad entre el misterio cristológico y la institución apostólica y eclesial: misterio que incluye la presencia y la acción continua del Espíritu Santo.
6. Precisamente en la constitución sobre la divina revelación, el Concilio formula la verdad acerca de la Tradición, mediante la cual el testimonio apostólico perdura en la Iglesia como testimonio de fe de todo el pueblo de Dios. «Esta Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón (cf. Lc 2, 19. 51), y cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad. La Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios» (Dei Verbum, 8).
Según el Concilio, por tanto, este tender a la plenitud de la verdad divina, bajo la tutela del Espíritu de verdad, se actualiza mediante la comprensión, la experiencia (o sea, la inteligencia vivida de las cosas espirituales) y la enseñanza (cf. Dei Verbum, 10).
También en este campo, María es modelo para la Iglesia, por cuanto fue la primera que «guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19 y 51).
7. Bajo el influjo del Espíritu Santo, la comunidad profesa su fe y aplica la verdad de fe a la vida. Por una parte, está el esfuerzo de toda la Iglesia para comprender mejor la revelación, objeto de la fe: un estudio sistemático de la Escritura y una reflexión o meditación continua sobre el significado profundo y sobre el valor de la palabra de Dios. Por otra, la Iglesia da testimonio de la fe con su propia vida, mostrando las consecuencias y aplicaciones de la doctrina revelada y el valor superior que de ella deriva para el comportamiento humano. Enseñando los mandamientos promulgados por Cristo, sigue el camino que él abrió y manifiesta la excelencia del mensaje evangélico.
Todo cristiano debe «reconocer a Cristo ante los hombres» (cf. Mt 10, 32) en unión con toda la Iglesia y tener entre los no creyentes «una conducta irreprensible» a fin de que alcancen la fe (cf. 1 P 2, 12).
8. Por estos caminos, señalados por el Concilio, se desarrolla y se transmite, con el testimonio «comunitario» de la Iglesia, aquel «sentido de la fe» mediante el cual el pueblo de Dios participa en el oficio profético de Cristo. «Con este sentido de la fe ―leemos en la Lumen gentium― que el Espíritu de verdad suscita y mantiene, el pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente a la fe confiada de una vez para siempre a los santos (Judas 3), penetra más profundamente en ella con juicio certero y le da más plena aplicación en la vida, guiado en todo por el sagrado Magisterio, sometiéndose al cual no acepta ya una palabra de hombres, sino la verdadera palabra de Dios (cf. 1 Ts 2, 13)» (Lumen gentium, 12).
El texto conciliar pone de relieve el hecho de que «el Espíritu de verdad suscita y mantiene el sentido de la fe». Gracias a ese «sentido» en el que da frutos «la unción» divina, «el pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente a la fe... guiado en todo por el sagrado Magisterio» (Lumen gentium, 12). «La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2, 20 y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando "desde los obispos hasta los últimos fieles laicos" presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres» (Lumen gentium, 12).
Adviértase que este texto conciliar muestra muy bien que ese «consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres» no deriva de un referéndum o un plebiscito. Puede entenderse correctamente sólo si se tienen en cuenta las palabras de Cristo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños» (Mt 11, 25). 13.05.1992
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“Omnia instaurare in Christo”
Predicación y fidelidad de la Iglesia Católica a la revelación de Cristo:
“No podemos callar lo que hemos visto y oído” (He 4, 20)
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Iglesia - El Espíritu, que infunde el amor de Dios en nuestros corazones, es fuente de comunión de los discípulos entre sí y con Dios. “Donde está la Iglesia, está el Espíritu de Dios”, “y donde está el Espíritu de Dios, está la Iglesia” , dice san Ireneo, aunque no falten debilidades humanas ni tensiones que ponen a prueba la comunión.
Una comunión nacida de la fe, suscitada por la predicación apostólica, alimentada con la Eucaristía y la oración, y expresada en el servicio y la caridad fraterna. Por tanto, los Apóstoles y sus sucesores son, testigos y custodios autorizados del depósito de la verdad entregado a la Iglesia y, a la vez, ministros de la caridad revelada y donada por el Señor. Es un servicio de amor y caridad, inseparable de la verdad que custodian y transmiten. La verdad y el amor son, pues, dos caras del mismo don de Dios y que, por el ministerio apostólico se custodia en la Iglesia y llega hasta nosotros.
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Iglesia:
Es la comunidad, la comunión (koinonia), al mismo tiempo espiritual y visible, de aquellos que acogen con → fe → la evangelización; comparten la misma → esperanza en el Reino y participan a la misma → caridad. Se entra a formar parte de la Iglesia a través del Bautismo, que sella la conversión. Principio de la comunión íntima con Dios - conocido y amado como Padre - es el Espíritu Santo: Espíritu filial de Jesucristo. El principio visible de unidad de los fieles de una Iglesia particular es el Obispo; en cambio, sobre el plano universal de la comunión de todos los fieles, el fundamento de unidad es el Romano Pontífice. Éste es el sucesor de Pedro y cabeza de la comunidad cristiana de Roma que "preside en la caridad" (San Ignacio de Antioquía). El principio sacramental de la unidad de la Iglesia es la Eucaristía: celebración memorial del misterio pascual, en donde los bautizados, unidos a sus legítimos pastores, se unen a Cristo y entre ellos, mediante los signos del pan y del vino consagrados. El Credo profesa la Iglesia una, santa, católica y apostólica. El Espíritu de Amor, donado por Cristo a su Iglesia, la transforma necesariamente en una (cf. UR 4,3) y santa (cf. LG 39,1). Así el Espíritu de Verdad la hace católica y apostólica, manteniéndola fiel a la tradición (Parádosis) de los apóstoles y a su misión de difundir, a todos los hombres y en todos los tiempos, toda la plenitud (Plêrôma) de verdad y santidad que se encuentra en Jesucristo. Esta prerrogativa de indefectibilidad se concede a la Iglesia concreta guiada por el Papa y por los Obispos en comunión con Él, en donde subsiste la única Iglesia de Cristo (cf. LG 8,2). No obstante, ésta debe purificarse y convertirse constantemente para hacer brillar, siempre mejor, la gloria de su Señor, para recuperar la plena unidad con los hermanos separados y para adquirir mayor credibilidad en su misión ad gentes (cf. AG 6; EN 77; RM 50; UUS 23; 98).
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7. Yo soy católico por amor a la Verdad. Yo soy católico porque me entusiasma el testimonio de sus santos, el heroísmo de sus mártires, la multitud de sus vírgenes, el celo de sus predicadores, el ardor de sus misioneros.
Según el principio protestante de la interpretación privada de la Escritura, cada quien puede enseñar su opinión. Yo respeto la opinión de los demás, pero Cristo es la Verdad y no la opinión. La opinión lleva a la confusión y división, la verdad a la unidad y certeza.
Cristo erigió a su Iglesia como columna y fundamento de la verdad. Lee: 1 Timoteo 3,15. Por eso "La Iglesia Católica es la maestra de la verdad, y su misión es exponer y enseñar auténticamente la Verdad que es Cristo." Dignitatis Humanae n14.
Nosotros no negamos que en otras iglesias cristianas haya muchos elementos de verdad. Un trozo de espejo puede muy bien reflejar la luz del sol, pero no por eso voy a dejar al sol para quedarme con su reflejo.
Hay quien pretende confundirnos mencionando los malos Papas, los malos sacerdotes, la Inquisición, etc. Yo les respondo así: "A mí enséñame una Iglesia que tenga más mártires que hayan dado su vida por Cristo, más misioneros que hayan predicado el Evangelio, más mujeres consagradas al servicio de los más pobres, y yo me voy con ella". Su silencio es elocuente.
Sí, es en la Iglesia Católica donde yo veo el poder de Cristo más fuerte, la gracia de Cristo más abundante, su santidad más atractiva, su caridad más eficiente, por eso soy y quiero seguir siendo católico.
9. Yo soy católico porque a Cristo no le gustan las divisiones y quiere que todos unidos formemos un solo rebaño bajo un solo pastor.
Jesucristo quiere la unidad. Lee: Juan 17,21. El sectario primero siembra duda y desconfianza, después corta y separa, y por último acapara.
Jesucristo quiere que en su Iglesia haya un solo rebaño y un solo pastor. Lee: Juan 10,16. Cristo desea que estemos unidos y no divididos en multitud de iglesias al gusto del consumidor. Lee: CIC 820.
Los apóstoles nos exhortan a la unidad. "Un solo cuerpo y no miembros divididos, un solo Espíritu y no muchos espíritus, una sola esperanza, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre." Lee: Efesios 4,4.
Hay algunos cristianos que dicen que ellos sólo aceptan la Biblia, y se auto nombran pastores con derecho a formar su propio rebaño, fundar su propia esperanza, inventar su propia fe y establecer su propio bautismo y, en definitiva, no aceptan otro señorío que el de su propia razón y juicio para interpretar la Biblia.
10. Porque mis padres me bautizaron. Yo soy católico porque mis padres me bautizaron, es verdad, y no me avergüenzo, porque un padre quiere siempre lo mejor para sus hijos. A otros les heredan dinero, a mí me heredaron la fe, y no la cambio por todo el oro del mundo.
11. Soy católico por la gracia de Dios. La fe católica es un talento que Dios te dio y te va a pedir cuentas de él. Tú eres culpable si lo pierdes por tu negligencia. Lee: Mateo 25, 24-28. Por eso dice Jesús: "el que perseverare hasta el fin, ése se salvará." Lee: Mateo 10,22.
El Papa lo decía hace poco con estas palabras: ‘La enseñanza de las sectas y de los nuevos movimientos religiosos,... se opone a la doctrina de la Iglesia católica; por eso, la adhesión a ellos significaría renegar de la fe en que habéis sido bautizados y educados". (J. Pablo II al Emigrante).
Si la fe es un talento de Dios, entonces tengo el compromiso de conservar, fortalecer y multiplicar mi fe evangelizando a los demás. Esto me ayuda además, a entender que no basta tener argumentos, es necesaria la luz de Dios para acercar a otros a la fe. Por ello te voy a dar varios consejos:
* Estudia tu fe. - La Iglesia Católica no tiene miedo de la verdad, lo único que teme es la ignorancia.
Martín vendía piedras del desierto para coleccionistas. Un día, un geólogo entró a su tienda para comprar un recuerdo para sus hijos. Tomó una que le llamó la atención y preguntó: "¿Cuánto vale esta?" - "Todas valen 20 dólares, pero como esa no es muy bonita se la dejo en 10". El cliente pagó el precio y de ahí se dirigió al Banco a depositarla: Era un zafiro en bruto que valía más de un millón de dólares, pero Martín ignoraba su valor.
* Practícala. Muchos cambian su fe porque nunca la practicaron. La fe no entusiasma sino al que la vive.
En esa misma línea el Papa decía hace poco: "Uno de los motivos que pueden llevar a acoger las proposiciones de esos nuevos movimientos religiosos es la poca coherencia con que algunos cristianos viven su compromiso cristiano, y también el deseo de una vida cristiana más fervorosa, que se espera experimentar en determinada secta, cuando la comunidad que se frecuenta está poco comprometida.
Pero se trata de un engaño. Del malestar interior antes mencionado, se sale mediante una verdadera conversión interior, según el evangelio y no afiliándose irreflexivamente a esa clase de grupos".(J. Pablo II, Jornada Mundial del Emigrante).
* Compártela. La fe se fortalece dándola. La fuerza de las sectas está en el silencio y en la inacción de los católicos. La verdad no necesita ni de gritos ni de alharacas, se impone por sí misma, basta predicarla con claridad y vigor. Cumple tu deber de evangelizar repartiendo los folletos de Fe y Evangelio y ora antes de hacerlo para que Cristo bendiga tu trabajo.
EL CONCILIO NOS HABLA. El Concilio reconoce que fuera de la Iglesia Católica se encuentran muchos elementos de santidad y verdad, y nos sentimos unidos a esos hermanos en Cristo (Lumen Gentium n. 8.) Pero con igual firmeza afirma que la plenitud de gracia y de verdad fue confiada a la Iglesia Católica, y a esta Iglesia el Señor confió todos los bienes de la Nueva Alianza (Unitatis redintegratio n. 3.)
Todos enseñan verdades, unos menos, otros más, pero la Iglesia Católica es la que me guía a toda la verdad (Lumen Gentium n. 4.) Ella, por voluntad de Cristo, es maestra de la verdad (Dignitatis humanae n. 14.)
La Iglesia reconoce que hay muchos que honran la Sagrada Escritura como norma de fe y vida (Lumen gentium n. 15), pero afirma que a esa escritura va unida la Tradición y el Magisterio de modo que ninguno puede subsistir sin los otros. (Dei Verbum n. 10)
Como las grandes obras maestras, a la Iglesia de Cristo todos la imitan, pero ninguno la iguala ni supera, porque es obra de Cristo.
ORACIÓN - Señor Jesús, no dejes que los cuervos de la duda se coman la semilla de la fe que Tú plantaste en mi corazón; ni sea ahogada por las espinas de mis propias pasiones, sino que a través del estudio y del testimonio, eche
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Sobre la libertad, a la cual nos llama la gracia del Salvador, no debe hablarse de paso y negligentemente, dice San Agustín. Consejo de hombre de tanta autoridad intelectual no es bueno que caiga en saco roto.
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No hay vida humana sin libertad, se entiende no sin una absoluta sino sin cierta dosis, mayor o menor, de ella. Sí cabe vida humana sin libertad política. Defender la libertad, amarla, tomársela no es sólo un asunto político. Pero existe otra forma de corromper la libertad aún más peligrosa y consiste, cosa bastante usual, en entenderla como ausencia de normas o ideales, e incluso como pura insumisión. En una de sus versiones, se pretende que sólo la inexistencia de la verdad en sentido religioso o moral permitiría la libertad. Según esta paradójica pretensión, y en contra de la idea cristiana, sería la verdad lo que nos haría siervos. En suma, que la libertad vendría a ser el ilimitado derecho a hacer nuestra real gana, por utilizar la hispánica expresión.
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Dulce lumen et delectábile est óculis vidére solem’ (Eclesiastés, 11,7)
Dulce es la luz y cosa deleitosa a los ojos, ver el sol, las plantas, el mundo animal.
« Y vio Dios que era bueno » en las páginas del Génesis…
“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.
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¡ “Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!
Gracias por venir visitarnos
VERITAS OMNIA VINCIT
LAUS TIBI CHRISTI.
Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación, lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.
Recomendamos vivamente: Título: ¿Sabes leer la Biblia? Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado-Autor: Francisco Varo-Editorial: Planeta Testimonio-2006
Recomendamos vivamente: Historia de la Persecución Religiosa en España (1936-39) de Antonio Montero –Editorial ‘BAC’ excelente libro histórico y testimonial.
† Seguir a Jesús es apropiarnos de sus criterios, de sus actitudes y de su conducta, fieles en toda su doctrina, sirviendo a nuestro tiempo. †
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