Saturday 25 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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RESPUESTA Nº 7 A UN PROTESTANTE DE UNA SECTA BAUTISTA.
Honorio I murió en 638, no 687. El Concilio Constantinopolitano III comenzó en 680, no en 678, y culminó en 681, no 687.

Los Papas se pueden equivocar de puerta o de fecha. Dios los protege solamente de no enseñar errores a
la Iglesia. Que un médico sea mal cocinero no impugna su título de médico. Que un Pontífice cometa un error banal no significa que Dios abandonó su Iglesia al error. Cristo dijo a Pedro "He orado para que tu fe no falle" y si la fe de Pedro falla, la oración de Jesús es fallida también y eso no puede ser.

 

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También tuvieron sus más y sus menos con los papas respectivos, santos como S. Atanasio, S. Hilario de Poitiers, Sta. Catalina de Siena, etc. ¡Lástima que ya no tenga a la mano mis libros de historia eclesiástica para documentar mi afirmación! Pero quien conozca medianamente bien la historia de la Iglesia, verá que algunos santos, en cuestiones peliagudas, no dudaron en resistir a Pedro. 2016

 

 

 

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Mistagogo (Del lat. mystag?gus, y este del gr. ??????????).1. m. Sacerdote de la gentilidad grecorromana, que iniciaba en los misterios.2. m. p. us. 

Catequista que explicaba los misterios sagrados, especialmente los Santos Sacramentos.

 

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El Papa no es en ningún caso un monarca absoluto, cuya voluntad tenga valor de ley; Él es la voz de la Tradición; y sólo a partir de ella se funda su autoridad.

 

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La voluntad de Cristo de atribuir a Pedro un especial relieve dentro del Colegio Apostólico se manifiesta con numerosos indicios. Por otra parte, el mismo Pedro es consciente de esta posición particular que tiene. De este modo, cuando Jesús, dolido por la incomprensión de la muchedumbre tras el discurso sobre el Pan de vida, pregunta: «También vosotros queréis marcharos?», la respuesta de Pedro es perentoria: «Señor, ¿con quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna».

 

Jesús pronuncia entonces la declaración solemne que define, de una vez por todas, el papel de Pedro en la Iglesia: «Y yo, a mi vez, te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Las tres metáforas a las que recurre Jesús son en sí muy claras: Pedro será el cimiento de roca sobre el que basará el edificio de la Iglesia; tendrá las llaves del reino de los cielos para abrir y cerrar a quien le parezca justo; por último, podrá atar o desatar, es decir, podrá establecer o prohibir lo que considere necesario para la vida de la Iglesia, que es y seguirá siendo de Cristo. Es siempre la Iglesia de Cristo y no de Pedro. Describe con imágenes plásticas lo que la reflexión sucesiva calificará con el término primado de jurisdicción.

(07-VI-2006)

 

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La fe de la Iglesia es anterior a la fe del fiel, el cual es invitado a adherirse a ella. Cuando la Iglesia celebra los sacramentos confiesa la fe recibida de los Apóstoles, de ahí el antiguo adagio: "Lex orandi, lex credendi" ("La ley de la oración es la ley de la fe") (o: "legem credendi lex statuat supplicandi" ["La ley de la oración determine la ley de la fe"], según Próspero de Aquitania, siglo V, ep. 217). La ley de la oración es la ley de la fe, la Iglesia cree como ora. La Liturgia es un elemento constitutivo de la Tradición santa y viva (cf. DV 8).

 

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Pedro - Jesucristo, pues, dio a Pedro a la Iglesia por jefe soberano, y estableció que este poder, instituido hasta el fin de los siglos para la salvación de todos, pasase por herencia a los sucesores de Pedro, en los que el mismo Pedro se sobreviviría perpetuamente por su autoridad. Seguramente al bienaventurado Pedro, y fuera de él a ningún otro, se hizo esta insigne promesa: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»(74). «Es a Pedro a quien el Señor habló; a uno solo, a fin de fundar 1a unidad por uno solo»(75). San Paciano, Epist. 3 ad Sempronium n.11 Obispo de la Iglesia católica en Barcelona-ESPAÑA [murió 391 ca.].

 

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El ‘De consideratione’ de San Bernardo es una lectura obligada para todo papa. La obra contiene grandes cosas, por ejemplo: “recuerda que no eres el sucesor del emperador Constantino, sino el sucesor de un pescador”.

 

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El Vaticano II enseñó con razón que la colegialidad es constitutiva para la estructura de la Iglesia, que el Papa sólo puede ser el primero dentro del conjunto, y no alguien que, como un monarca absoluto, tome decisiones solitarias y lo haga todo por sí solo.

 

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Dentro de la Iglesia sólo son infalibles el Papa y todo el cuerpo episcopal en comunión con el Sucesor de Pedro.

La infalibilidad sólo es en materia de fe y moral. Pero, además, para que el Papa sea infalible:

 

-Debe hablar como Pastor de toda la Iglesia y no a título personal.

- Debe dirigirse a todos los fieles y no a un grupo de ellos.

- La infalibilidad debe hacerse mediante un acto definitivo.

 

Paso a otra cosa:

Darwin: que yo sepa, el problema lo tuvo con la Iglesia anglicana.

Galileo: se le encomendó que explicara la teoría heliocéntrica como mera hipótesis, ya que no había pruebas definitivas para afirmar que es la tierra la que gira alrededor del sol. Galileo adujo lo de las mareas, pero eso era una prueba falsa: el origen de las mareas no es la rotación de la tierra alrededor del sol sino la posición de la luna.

Se pensaba que la interpretación de la Biblia debía hacerse de manera literal, a no ser que haya pruebas definitivas que obliguen a otra clase de interpretación. De ahí, el cuidado que se tenía de querer asegurarse de que la tierra giraba alrededor del sol. (El pasaje bíblico en cuestión era el referente a la detención del sol en el libro de Josué.)

La teoría heliocéntrica contradecía las afirmaciones de la dinámica aristotélica, que era la que tenía el carácter de ciencia oficial. Por parte de los aristotélicos hubo algunos que malmetieron.

Galileo se puso a interpretar el mencionado pasaje del libro de Josué a la luz de su nueva teoría; sin tener en cuenta que él no era teólogo y en una época en la que había surgido la Reforma Protestante con la libre interpretación de la Biblia.

El Papa no firmó la sentencia contra Galileo.

Por otra parte, esta sentencia era sólo de la inquisición romana y ya he explicado anteriormente quienes pueden ser infalibles dentro de la Iglesia Tampoco la sentencia condenatoria tocaba cuestiones de fe y moral.

 

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LA IGLESIA, SACRAMENTO DE JESUCRISTO

 

Meditando sobre el Cuerpo de Cristo, nos esforzamos por proyectar alguna luz sobre el Misterio de la Iglesia. La misma intención aquí también, pero se sujeta a comprender la acción eclesial. ¿Cuál es, en efecto, el obrar eclesial? ¿cuál es su naturaleza? ¿es también misterio? Las respuestas que se darán a estas preguntas son otros tantos adelantos hacia el conocimiento de la Iglesia.
Para informarse sobre la acción de la Iglesia, ¿no es lo mejor y más sencillo mirarla? Ahora bien, si miramos la Iglesia con los ojos de todo el mundo, los del periodista, por ejemplo, o los del historiador, 
advertimos enseguida unos movimientos aparentes, muy aparentes. 

Para una gran mayoría, la vida de la Iglesia y su acción se parecen a la vida de todas las sociedades humanas. En ella se habla, se administra, se juzga, se gobierna, incluso se toman sanciones. Pero abandonemos el campo de los observadores superficiales, para escuchar la voz de los cristianos, la de los Protestantes en primer lugar. ¿Qué piensan éstos de la acción eclesial? ¿qué es? En la medida en que niegan que las comunidades que se llaman «iglesias» hayan sido instituidas inmediatamente por Cristo, les es difícil discernir en ellas otras cosas que una actividad puramente humana. Sin embargo esta actividad posee un sentido preciso: la Iglesia es, por toda su vida, el recuerdo y el signo de] acontecimiento de gracia en Jesucristo. La acción de la Iglesia es profética. Esta función profética tiene una doble dimensión. Vuelta hacia el pasado, recuerda el Misterio de Cristo y lo propone a la fe; vuelta hacia el futuro, anuncia el retorno de Cristo, el advenimiento de la Ciudad celeste, la apertura de los últimos tiempos de la historia. La acción propia de la Iglesia es ser en el presente el heraldo de un pasado y de un porvenir trascendental. Así hay que concluir que la palabra es en la Iglesia la única acción propiamente eclesial, gracias al Espíritu Santo. Y no hay otra palabra que la predicación.


Ahora bien, la cuestión está precisamente en saber si la acción eclesial es simplemente profética, si no hay que ir más lejos. Hagámoslo, y veremos que la misma acción profética es más profunda, más divina, como dicen expresamente algunos protestantes.
Para juzgar sobre ello más seguramente, diremos primero lo que hizo el Señor al instituir la Iglesia. Después nos hallaremos en el caso de determinar más ciertamente la naturaleza de la acción eclesial.

I. La intención de Jesucristo
Para discernir la naturaleza del poder que Cristo pensaba confiar a su Iglesia, hay que considerar cual fue su intención cuando agrupaba e instruía a los Doce.

La misión confiada a los Apóstoles. - Su designio era constituir el Verdadero Israel, el Pueblo de Dios, haciendo de Israel según la carne un Israel según el Espíritu. Este designio encubría en sí mismo una intención aún más vasta. Jesús, al fundar la Iglesia, quería dar al hombre de todos los tiempos la salvación definitiva, la Vida eterna para el cuerpo y para el alma. Tal es su designio, ni más ni menos. La edificación de la Iglesia se inscribe en esta perspectiva y esta voluntad de salvación universal.
Cristo, por lo demás, se explica sin ambigüedad. En efecto, transfiere, explícitamente su misión personal a la Iglesia y se la entrega sin reserva, como sin reserva la ha recibido de su Padre: «Como mi Padre me ha enviado, así os envío yo también a vosotros» (Juan, 20, 21). Y esta misión es bien conocida: «He venido para que mis ovejas tengan la vida y la tengan en abundancia» (Juan, 10, 10). Esta misión Cristo la ha cumplido en toda su vida, al tenor de las circunstancias, en todos sus gestos: expulsar a los mercaderes del templo, realizar milagros, convocar a los discípulos. Esta misión se cumple también en la predicación del Señor: «Las palabras que yo os he dicho son espíritu y son vida» (Juan, 6, 63). Se realizó en fin soberanamente en su humanidad, entregada a la muerte: «El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir, y a dar su vida como rescate para muchos» (Marcos, 10, 45; cf., Juan, 6, 51). 
Cuando Cristo, pues, declara que confía su propia misión, es todo esto lo que confía a la Iglesia de los Doce, y por este mismo hecho les encarga de ser el instrumento que prolonga su acción. En una palabra, al instituir la Iglesia, la constituye en el mismo momento instrumento al servicio de la Redención, a perpetuidad: «Haced esto en memoria mía».


¿Es seguro esto? ¿Esta misión y esta acción no habrán sido confiadas por un tiempo solo? De ningún modo. La misión de comunicar la Vida Eterna es conferida a la Iglesia para siempre. ¿Cómo discutirlo cuando el Señor da esta misión a la Iglesia en favor de todos los hombres? 
Jamás Cristo dejó entender que su misión redentora se limitara a una sola generación; y cuando confía a los Apóstoles esa misión que es la suya, no la restringe en modo alguno a sus contemporáneos. Cristo veía la historia del mundo prolongarse más allá de su existencia terrestre, y lo dijo en varias ocasiones 1.
El Concilio del Vaticano resumió todo el pensamiento de Cristo cuando escribió: «El Pastor Eterno y el Guardián de nuestras almas (1 Pedro, 2, 25), para hacer perpetua la obra saludable de la Redención, decidió fundar la Iglesia»

La misión sacramental. - Es pues su misión perpetua lo que confía Cristo a la Iglesia. Pero la Misión de Cristo se desarrolló de un modo particular, que es decisivo para la Iglesia. Si Jesucristo vino a transmitir la Vida Eterna, no la comunica en el curso de su vida terrestre sino por medio de sus acciones humanas, localizadas, limitadas a tal tiempo, circunscritas en tal espacio. Las acciones redentoras de Cristo son gestos, como ocurre en los milagros, palabras cuando Jesús enseña, consuela y perdona, actos en que la existencia humana del señor está comprometida, Agonía, Pasión, Resurrección. Las acciones de Cristo significan la salvación que viene al hombre y, al significarla, la producen y la comunican. En este sentido la misión del Señor es sacramental, tal como hemos señalado antes (cap. 11, § V).


Con toda verdad, Cristo es el Sacramento de nuestra salvación. «Al hablar de Cristo como de un misterio, san Pablo, seguido de los Padres, no significa simplemente una realidad oculta y misteriosa, sino también un signo, una promesa, una garantía y una causa de salvación para el hombre», «Cristo es sacramento, como declara san Pablo a los Colosenses ... » 3. Por ello todos los misterios de la existencia de Cristo procuran la Vida Eterna, en cuanto significan su presencia y su poder. Era este el pensamiento de santo Tomás de Aquino, y nos equivocaríamos ciertamente de no seguirlo 4 . La misión de Cristo se cumple sacramentalmente en la Encarnación, que es palabra y presencia en el mundo, -en la Pasión, que es revelación, renuncia al mundo -, en la Resurrección, que es revelación y superación del mundo de Dios. Volvamos a la Iglesia. Lo que ella recibe de Cristo es la misión misma del Señor, ya lo hemos dicho. Ahora bien, ésta es sacramental. La comunidad apostólica recibe pues el encargo de aplicar la Redención adquirida en Jesucristo, significándola por sus palabras y sus actos, por los vocablos que pronuncia y los gestos que hace. Los actos y las palabras de la misión serán las mismas palabras y los mismos actos de Cristo, puesto que la Iglesia es su Cuerpo, que vive de la propia vida del Hijo de Dios, impregnando de su santidad, irradiando el Espíritu santificador. El Cuerpo de Cristo «obra» Cristo, es acción sacramental, transmite el Cristo Salvador.


Sin embargo las formas en que se expresa la mediación de la Iglesia no son determinadas por ella a su antojo. Sólo el Señor es el dueño de los caminos y medios de la Salvación, sólo él decide qué gestos

redentores serán encomendados a la Iglesia. La Sagrada Escritura ha conservado el recuerdo de las decisiones del Maestro y singularmente el recuerdo del momento en que Cristo, dando a la Iglesia la Eucaristía, «ordenaba» a los Apóstoles a fin de que la perpetuaran. La Iglesia nace en el sacramento y subsiste por el sacramento.
Con decisión soberana, el Señor dio pues a su Iglesia una constitución sacramental. Ésta, lejos de abolir la constitución jerárquica, la refuerza y le es solidaria. La misión sacramental, en efecto, no es encomendada a cualquiera en la Iglesia, sino sólo a los que son sus jefes. Y los jefes no lo son sino por haber sido designados, sacramentalmente y por acción de autoridad, primero por Cristo, después por los Apóstoles y sus sucesores en la continuación de los tiempos. Sólo los guías del pueblo de Dios tendrán autoridad sobre los sacramentos y tendrán poder de realizarlos todos.

 

 

¡Rememos mar adentro! Esa es nuestra respuesta como cristianos: "remar mar adentro", confiando en la palabra y en la presencia vivificante de Jesús,

a ejemplo de Pedro y Pablo. La Iglesia por Cristo fundada está segura en su Señor y, a pesar de las adversidades, calumnias y faltas en la conducta de muchos cristianos, solo ella transporta dos mil años y es faro seguro.

 

Misión sacramental y Misterios de Jesucristo. - Si bien es claramente definida por el Señor, la constitución sacramental de la Iglesia no recibe plena validez y eficacia hasta el momento en que los Misterios del Salvador son a su vez completados, en que el mismo Cristo se ha hecho «perfecto». El advenimiento de la Iglesia está vinculado -ya lo hemos dicho- a la historia del cuerpo de Cristo y a los acontecimientos que se le refieren.
La Iglesia, en efecto, sólo es medianera de la Vida de Jesús si el Señor se mantiene en medio de ella y con ella, glorioso Resucitado, irradiando el Espíritu Santo. Entonces, pero sólo entonces, la Iglesia comunica a la humanidad que entra en su recinto lo que ella recibe del Señor, su Espíritu y su Vida. Mientras esto no sucede, «el pequeño rebaño» es impotente e inerte, no es todavía sacramento en el sentido pleno, ya que no es todavía el signo eficaz de la gracia instituida por Jesucristo.
Esto se comprueba por otra parte abriendo los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles. Entre la Pasión y el Pentecostés, la comunidad de los Apóstoles y de los ciento veinte hermanos no actúa. Los Once, incluso una vez pasado el gran miedo del Viernes Santo, no realizan ninguna misión de Iglesia. Entre las apariciones del Señor resucitado, vuelven a su trabajo de pescadores; luego, por orden de Cristo, después de la Ascensión, pasan en el retiro y la oración del Cenáculo los días que median entre la Ascensión y Pentecostés.


Pero cuando el alba del Pentecostés completa los Misterios de Jesucristo, en este instante la Iglesia se convierte en sacramento en el sentido plenario del término. Ella significa a Cristo y comunica su Vida. 
Pedro proclama el sentido de la Cruz y de la Resurrección, después bautiza. La vida sacramental de la Iglesia ha empezado. Y no cesará nunca más. Lo que los Hechos de los Apóstoles presentan en imágenes y en relatos, San Pablo lo convierte en teología para el uso de los Efesios. Habiendo declarado a estos últimos que la Iglesia ha sido constituida Cuerpo de Cristo en la Pasión (Efesios, 2, 14-16; cf. 
Colosenses, 1, 18-20), describe su vida y su actividad. Éstas están destinadas no simplemente a hacer crecer la comunidad visiblemente, sino a «alzarla para ser un templo santo en el Señor», de suerte que «también vosotros entráis a ser parte de la estructura de este edificio, para llegar a ser morada de Dios en el Espíritu Santo» (Efesios, 2, 
21-22). Añade Pablo que el crecimiento sobrenatural se opera en la Iglesia por mediación «de los conductos de comunicación según la medida correspondiente a cada miembro», cada uno de los cuales recibe «el aumento propio del cuerpo, para su perfección mediante la caridad» (Efesios, 4, 16; cf. Colosenses, 2, 19). Pero nosotros sabemos bien cuáles son los «vasos y conductos de comunicación en que piensa Pablo. Son los «apóstoles, profetas, evangelistas, pastores o doctores» que han sido «constituidos» por Cristo para la «edificación del Cuerpo de Cristo» (Efesios, 4, 11-13).
En estas pocas frases, definía el Apóstol la constitución sacramental de la Iglesia y describía su acción, también sacramental. Al mismo tiempo recordaba la fuente de donde saca la Iglesia la eficacia de su acción sacramental, «la sangre de Cristo» (Efesios, 2, 13), gracias a la cual nosotros tenemos, «unidos en el mismo Espíritu, cabida con el Padre» (Efesios, 4, 11-13).
En estas pocas frases definía el Apóstol la constitución sacramental de la Iglesia y describía su acción, también sacramental. Al mismo tiempo recordaba la fuente de donde saca la Iglesia la eficacia de su acción sacramental, «la sangre de Cristo» (Efesios, 2, 13), gracias a la cual nosotros tenemos, «unidos en el mismo Espíritu, cabida con el Padre» (Efesios, 2, 18).
La Tradición cristiana ha conservado todas estas enseñanzas. Para no citar sino una voz en la cual escuchamos todas las demás, limitémonos a esta frase de Santo Tomás de Aquino: «Del costado de Cristo dormido en la Cruz han manado todos los sacramentos de que está constituida la Iglesia (quibus fabricatur Ecclesia)» 5. En efecto, es en el Misterio de Jesucristo donde tiene sus raíces el poder santificador de la Iglesia; es en este Acontecimiento, doloroso y glorioso a la vez, donde la Ekklesia primitiva se convirtió en comunidad sacramental.

 

 

II. El Ser sacramental de la Iglesia


I/SACRAMENTO-DE-SV: En los misterios del Hijo del Hombre, pues, la Iglesia se convirtió en poder de redención y en comunidad sacramental. En Jesucristo ella es y sigue siendo el sacramento original.

La Iglesia sacramento original. - ¿Qué significan «comunidad 
sacramental» y «sacramento original»? 


Significan que el pueblo de los bautizados, reunidos en una misma fe y en 
una misma obediencia alrededor de sus jefes, los sucesores de los 
Apóstoles, es hoy como ayer el signo sensible y el instrumento de que 
se sirve el Señor para transmitir a los hombres su Vida personal y 
divina, para extenderla cada vez más lejos, para interiorizarla cada vez 
más en las generaciones humanas. Es pues la inmensa agrupación de 
los fieles, de los sacerdotes, de los obispos, es ese «todo concreto y 
visible», lo que es instrumento y signo de la Redención.
El signo visible es la palabra, la acción, propiamente eclesiales. En la 
medida en que son signos de la salvación eterna, el Señor comunica 
por ellas las gracias de conversión, las llamadas a la perfección, las 
riquezas de la divinización. Cuanto más son signo de la Redención, 
más son su canal. Así, pues, la Iglesia no es simplemente el signo y el 
testimonio de la salvación ofrecida por Jesucristo, sino que es, por Dios, su medio eficaz y actual.


Tal vez el cristiano haya adquirido la costumbre de considerar en la 
administración de los sacramentos el ejercicio de un privilegio 
concedido al sacerdote a título personal. Es una lástima, aunque esta 
perspectiva haga del sacerdote un dignatario. Es más exacto 
comprender primero que la Iglesia entera es el signo eficaz de la 
gracia, por más que esta misión sea ejercida tan sólo por aquellos que 
han recibido de los Apóstoles su cargo y su orden, su deber y su 
poder. En realidad, es la unidad entera de la Iglesia la que es raíz de la 
eficacia sacramental, es decir, la unión de todos en Cristo Jesús, la 
comunión de todos con la Cabeza. Así lo sugiere el concilio de 
Florencia 6. Ello equivale a decir que el poder de santificar reside 
radicalmente en el Cuerpo de Cristo entero, precisamente porque es el 
Cuerpo de Cristo. La Iglesia santifica, porque es el sagrado Cuerpo de 
Cristo, que obra con el Santísimo, que es su Cabeza. Así es como San 
Agustín veía a la Iglesia entera entrar en acción en la administración del Bautismo 7.


La eficacia sacramental está en el Cuerpo entero porque está unido a su 
Cabeza. Es ello tan cierto que un rito, materialmente idéntico a un 
sacramento, pero realizado fuera de la Iglesia y sin ninguna relación 
con la Iglesia, no sería un sacramento. Es el Cuerpo entero el que es 
sacramento, y sólo él, Cabeza y miembros, porque es el Cuerpo entero 
el que ha recibido el sello de Cristo, como dice San Gregorio de Nisa 
8.
En los actos en que expresa la misión redentora del Señor, la Iglesia no 
se limita pues a dar una representación del pasado, sino que hace 
actual la virtud divinizadora de la Pasión y de la Resurrección. La 
acción de la Iglesia no es, pues, solamente volver las miradas de los 
hombres hacia la Palestina de antaño, para que unos recuerdos muy 
queridos vuelvan a hacerse vivos o permanezcan vivos, sino introducir 
de modo eficaz y presente la Salvación en la existencia de todos los 
hombres. La acción propia del Cuerpo de Cristo es hacer el único 
Sacrificio contemporáneo de todo hombre, así como en el Calvario era 
contemporáneo de la Virgen María, de Juan, de las santas mujeres, 
para su salvación. La obra eclesial es hacer que Cristo sea Salvador hoy y mañana, aquí, allá y en cualquier parte.


Tal es la eficacia de la Catholica. ¿Cómo dudarlo, si en la Iglesia es 
Jesús mismo quien está obrando? «Estoy con vosotros para siempre ... 
». Es Cristo el único que toma a su cargo los actos en que la Iglesia 
actúa inmediata y oficialmente como Cuerpo de Cristo. Pío XII podía, 
pues, escribir: «Es Cristo quien, por invisible que sea, preside los 
concilios y los ilumina... Cuando la Iglesia administra los sacramentos 
bajo ritos visibles, es Él, Cristo, quien opera sus efectos en las almas ... 
; Él es, quien por medio de la Iglesia bautiza, enseña, gobierna, desata, 
retiene, ofrece, sacrifica»

El centro sacramental. - La Iglesia posee ser y obrar sacramentales. No obstante, no todos sus actos participan de la misma manera y con tanta perfección del ser y del obrar sacramentales. Hay en la Iglesia como círculos de intensidad diferentes, zonas en que el poder sacramental es grande, zonas en que es menor. Hay un centro en que la virtud sacramental alcanza su más alto valor. Este punto privilegiado ha sido llamado espontáneamente por la piedad cristiana «Santísimo Sacramento» y Santo Tomás lo designaba como el potissimum sacramentorum. El sacramento por excelencia es, en efecto, la Eucaristía.

 

 

 

EUCARISTÍA CENTRO - En la Eucaristía se ha realizado y completado perfectamente la misión de Cristo. Había venido a salvar a su pueblo. 
He aquí pues, el Cuerpo y la Sangre dados por todos, en remisión de 
los pecados. La misión de Cristo es permanecer con los suyos hasta el 
fin de los tiempos. He aquí pues, su Cuerpo, he aquí su Sangre en esta 
tierra, en esta historia, hasta el término de esta tierra y de esta historia. 
La misión de Cristo, en fin, es dar la Vida. He aquí también su Cuerpo y 
su Sangre, pues «si no comiereis la carne del Hijo del Hombre y no 
bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Juan, 6, 53).
En la Eucaristía se engendra la vida de la Iglesia y en la Eucaristía se 
realiza. La existencia de la Iglesia, ¿no es precisamente ser Cuerpo de 
Cristo y serlo cada vez más intensamente? Ahora bien, como hemos 
dicho, es en el sacramento eucarístico donde la Iglesia se realiza 
Cuerpo de Cristo en perfección. Cuando el sacerdote en nombre de la 
Iglesia y en nombre del Señor, cuando los fieles reciben el cuerpo de 
Cristo, todos juntos, asimilados divinamente por aquel a quien reciben, 
se hacen más seriamente, más realmente Cuerpo de Cristo. En este 
instante, la Iglesia es Cuerpo de Cristo en un sentido eminente e 
insuperable. La unión de todos con el Señor y de todos con todos se 
hace íntima: «Que sean una sola cosa en nosotros», rogaba Jesús 
después de la última Cena. Así la Iglesia se realiza a sí misma y recibe 
la gracia de ser el sacramento de Jesucristo, de irradiarlo 
indefinidamente, de ser su acción más eficazmente, más santamente.

Alrededor de la Eucaristía, el círculo sacramental. - El Santísimo Sacramento es el centro. A su alrededor resplandecen los otros sacramentos. La Eucaristía los explica, porque de ella derivan y porque 
hacia ella convergen.

Los demás signos de la gracia son, en efecto, los caminos por donde el Cristo eucarístico se aproxima a los fieles. De él recibe cada sacramento, según su significación, la eficacia de la salvación, el poder 
de abrir las puertas de la vida. ¿No tiene toda gracia de la Pasión y de la Resurrección del Señor, del Misterio de la Redención? ¿Pues dónde se encuentra, en nuestro mundo, el Misterio de la Redención, sino allí donde Cristo está presente, allí donde es salvador, allí donde se realiza la Eucaristía? Así, pues, los sacramentos no son eficaces sino porque son participaciones diversas en la Eucaristía, es decir, en la Pasión y en la Resurrección de Jesucristo. Todos ellos son su contacto y su continuidad hasta nosotros y para nuestro provecho. Todos ellos intervienen, según su grado, en la unión con Cristo Jesús, cuya plenitud reside en la «comunión» eucarística.
A través de cada sacramento, es Cristo quien viene. Claro está que el 
Señor no concede su Presencia Real sino en la Eucaristía, pero se 
menguaría la verdad si no se confesara su presencia eficiente bajo los 
demás ritos sacramentales. Todos son actos del Señor, en todos está 
presente, a fin de purificar, a fin de transformar. ¿Quién podría 
hacerlo, además, si no lo hiciera por sí mismo? En toda verdad, «es 
Cristo quien está presente en los sacramentos por su poder» 10.
Todo esto había sido expresado por San Agustín con un relieve 
impresionante. Si Pedro bautiza, decía, es Cristo quien bautiza; si 
Pablo bautiza, es Cristo quien bautiza; si Judas bautiza, es Cristo quien 
bautiza 11. Tal es también el lenguaje de San Juan Crisóstomo 12. 
Igualmente San Optato de Milevo, en el siglo IV, decía de los 
sacramentos que son las entrañas de la Iglesia. Tenía razón. Los 
sacramentos son la acción eclesial por excelencia, porque es la acción 
en que ella obra con Cristo presente, en que ella «obra» a Cristo, en 
que ella existe como sacramento de Cristo.
Alrededor del círculo sacramental, se extiende la liturgia en sus 
diferentes formas. Ella participa del círculo sacramental y de éste saca 
su valor sobrenatural.
La liturgia, como es sabido, es el conjunto de signos desplegados 
alrededor de los sacramentos para enseñar más completa y más 
solemnemente la acción de Jesucristo en favor de nuestra salvación. 
La liturgia nació de los sacramentos, vive alrededor de los 
sacramentos. Es a la vez palabra y espectáculo, lección y 
representación sagradas. Pero se equivocaría completamente quien no 
viera en ella sino un medio de dar solemnidad a las ceremonias 
religiosas, tal como se procura hacer en las ceremonias civiles, 
acumulando palabras, decorados, gestos, desfiles. La liturgia cristiana 
es un «acontecimiento» en el cual Cristo vuelve a nosotros, ofreciendo 
las gracias sobrenaturales en la medida en que se está dispuesto a 
ello. Por la liturgia Cristo se hace presente, trátese de las ceremonias 
en la ordenación sacerdotal, la misa, la confirmación, o de las preces 
públicas que la Iglesia dirige a Dios. ¿No fue el mismo Cristo quien 
prometió estar entre los que se reunieran en su nombre? «Donde dos 
o tres se hallan reunidos en mi nombre, allí me hallo yo en medio de 
ellos» (Mateo, 18, 20) Porque el Señor lo preside, el curso ceremonial 
participa de la virtud sacramental. Así, pues, la liturgia de la Iglesia, que 
no es un sacramento 14 , es por lo menos un sacramental. Es decir, 
que es un instrumento unido menos directamente a Jesucristo, menos 
eficiente por tanto. Es, sin embargo, una irradiación de su voluntad de 
Redención universal 15. El jesuita Nadal lo había dicho hace ya mucho 
tiempo: «Se siente y se recibe una fuerza divina en todas las cosas de 
la Iglesia, por ejemplo las imágenes, los altares, los templos, los objetos 
benditos, los ritos y las ceremonias litúrgicas»

El círculo doctrinal. - La enseñanza de la Iglesia, cuando se da 
oficialmente en nombre del Cuerpo de Cristo, participa también de la 
naturaleza sacramental de la Iglesia.


Es una opinión errónea, porque es una opinión «laica», reducir el papel de la enseñanza de la Iglesia -sea cual fuere su forma- al de una enseñanza dada en una escuela. Cada vez que la Iglesia obra según la misión de Redención a ella confiada, presenta al mismo Cristo, presenta necesariamente también la gracia de Jesucristo, ya que Cristo no está nunca presente sin estarlo con su poder redentor. Es Cristo, 
dice la encíclica Mystici Corporis, quien vive en su Iglesia y quien enseña por ella, «quien preside los concilios y los ilumina» 18. Es decir que la función del magisterio es presentar la luz de Cristo y el mismo Cristo. San Pablo decía a los Corintios en una frase bastante brusca: «Cristo habla en mí» (II Corintios, 13, 3). Si así es, la palabra que explica a Jesucristo, la palabra que es pronunciada en su nombre, lleva 
consigo una virtud iluminadora, convertidora, santificante, y se hace medianera de la presencia del Señor para el oyente de la palabra de Dios. San Pablo decía también a los corintios: «Mi palabra y mi mensaje no tenían nada de los discursos persuasivos de la sabiduría; esto era una demostración de Espíritu y de poder» (1 Corintios, 2, 5), frase que significa cuando desarrollamos su sentido: «Era una demostración convincente por el solo poder del Espíritu». En otra parte aún, Pablo escribía que la palabra pronunciada por la iglesia es en realidad la palabra que Dios pronuncia en Cristo (1 Tesalonicenses, 2, 13; 2 Corintios, 2, 17; 4,2): «Somos unos embajadores en nombre de Cristo, y es como si Dios os exhortase por nuestra boca» (2 Corintios, 
5, 20).
Asimismo, la humilde predicación realizada en nombre de la Iglesia en las 
misas parroquiales participa de la dignidad del orden sacramental. La 
predicación no debe su fuerza principal a la habilidad de los 
predicadores, de sobra lo sabemos. No está sólo dotada de eficacia 
psicológica, intelectual o afectiva. Si la fe de los cristianos debiera 
mantenerse únicamente por la elocuencia de los predicadores, tiempo 
ha que habría muerto. En verdad la palabra de Dios, aun transmitida 
por voces inhábiles, tiene su fuerza propia, «esta Palabra permanece 
activa» (I Tesalonicenses, 2, 13). Ella transmite alguna luz divina, es el 
canal de la gracia. No es con ocasión de ella que se da la gracia, es 
por su mediación. En este sentido, posee un valor sacramental, como 
la liturgia.
Esto no es de extrañar, puesto que la predicación forma parte de la 
liturgia. San Pablo lo sabía bien (Romanos, 15, 16). La predicación no 
es en la Iglesia sino la palabra destinada a introducir el espíritu de los 
asistentes en el misterio de la salvación actualizado en la celebración 
eucarística. Las palabras de la predicación son precisamente las 
palabras del misterio sacramental y eucarístico, pero repetidas, 
explicadas, desarrolladas, desplegadas en uno u otro aspecto, con 
vistas a introducir en el misterio de la Salvación con más fe y caridad. 
Las frases pronunciadas no tienen otro fin que dar acceso a los 
sacramentos, y singularmente al misterio Eucarístico. La predicación es 
un ministerio, una «diaconía» con vistas a la Redención, es la 
Redención que se acerca en forma de enseñanza.
¿No declaró el mismo Jesucristo que sus propias palabras eran vida y 
espíritu (Juan, 6, 63)? Y añadió que las de sus enviados tendrían 
poder en el Espíritu: «Imprimid en vuestros corazones que no debéis 
discurrir de antemano cómo habéis de responder; pues yo pondré las 
palabras en vuestra boca, y una sabiduría a que no podrán resistir ni 
contradecir todos vuestros enemigos» (Lucas, 21, 12-19). Más aún, 
Cristo declara: «Quien os escucha me escucha» (Lucas, 10, 16). 
¿Cómo la palabra, que emana de Cristo, podría estar presente sin ser 
operatoría y «más incisiva que una espada de dos filos» (Hebreos, 4, 
12)? Así, pues, Pablo permanece en la línea de su Maestro cuando 
escribe: «El lenguaje de la Cruz es... para los que se salvan, para nosotros, poder de Dios» (1 Corintios, 1, 18).

 

 

El círculo de la jurisdicción. -El poder de regencia, ¿no escapa enteramente de la esencia sacramental de la Iglesia? ¿No es, en efecto, de naturaleza idéntica a la del poder civil? El gobierno eclesiástico se parece singularmente al gobierno de los Estados, sus métodos son los de toda administración, se ejerce por mediación de las criaturas, como en las naciones. Es el orden de las causas segundas, es decir el orden en que los hombres actúan con lo que tienen de inteligencia y de actividad, pero también con lo que tienen de imperfecto, de torpe y hasta de malo. Nos preguntamos pues: ¿es el gobierno de la Iglesia estrictamente idéntico, en cuanto a su naturaleza, a un gobierno secular cualquiera? 
Esta pregunta afecta, notémoslo, a la esencia y al principio del gobierno 
de la Iglesia, en modo alguno a la naturaleza de cada uno de los actos 
particulares de los hombres de Iglesia. Decimos claramente -aunque 
sea una perogrullada- que toda decisión de un hombre de Iglesia no es 
necesariamente un acto de la autoridad de la Iglesia. La jurisdicción no 
está en juego, para hablar propiamente, sino en el caso de que la 
Iglesia formule prescripciones a fin de realizar su misión pública de 
Cuerpo de Cristo, es decir a fin de perpetuar la obra de la Redención, 
directa o indirectamente, de forma próxima o de forma remota.
Dicho esto, volvemos a la pregunta: ¿el gobierno de la Iglesia es un 
hecho puramente profano? 
No, el poder de regencia en la Iglesia no es puramente profano, por más 
que se ejerza por mediación de las causas segundas. Participa 
también, en cierto modo, de la esencia sacramental de la Iglesia, es 
pues, también en cierto modo, un canal por el cual la gracia de 
Jesucristo llega hasta el hombre bien dispuesto.
Más de un teólogo católico lo ha pensado. Si se examina la pregunta, 
debe terminarse de acuerdo con ellos. En efecto, cuando Jesús confirió 
a los Apóstoles el poder de gobernar con autoridad, no fue con vistas a 
una misión temporal que les confiaba esta autoridad, sino con vistas a 
conducir el Pueblo de Dios a la Vida Eterna. Ahora bien, ésta no reside 
en la tierra sino en y por la Eucaristía (Juan, 6, 53). Así, pues, la 
jurisdicción en la Iglesia no posee una raíz profunda, sino una raíz 
sacramental. Su finalidad no es el orden temporal ni la organización de 
la masa, sino la constitución sobrenatural del Pueblo de Dios en el 
Señor Jesús, por medio de la Eucaristía y de los sacramentos, directa o 
indirectamente.
Si alguien lo pone en duda, basta considerar el caso del Sacramento de 
la Penitencia. En éste, la Iglesia, por medio del sacerdote, ejerce su 
jurisdicción. Ella acoge al pecador que se arrepiente, le impone una 
satisfacción por sus pecados, le admite a la comunión de la Iglesia y a 
la comunión eucarística. 0 bien, si la falta es muy grave y no recusada, 
la Iglesia aparta al pecador de la comunión eucarística. Llega a ocurrir 
incluso que lo separe completamente de la comunidad eclesiástica. Es 
la excomunión. Por el mismo hecho, separa de la comunión eucarística. 
Sea cual fuere la sentencia pronunciada por la Iglesia, vése aquí 
ejercer la autoridad con respecto a la Eucaristía. Ahora bien, lo que es cierto en el caso de la Penitencia, es cierto -en las mismas circunstancias, por otra parte- en todos los casos en que se ejerce la jurisdicción.
Se puede exponer más claramente, de una manera más amplia, la relación entre poder de jurisdicción y poder de santificación sacramental. La Iglesia, decimos corrientemente, ha recibido el «poder» de santificar. Nada es más exacto. Pero tengamos en cuenta que el «poder» no es, en este caso, una simple capacidad de hacer santo. No es tampoco un simple derecho. Es un deber, es una misión. 
La Iglesia «debe». Porque debe santificar por medio de los sacramentos -realidades humanas en medio de los hombres-, la Iglesia posee al mismo tiempo el deber y por lo tanto el derecho de determinar y de prescribir en qué condiciones los sacramentos serán realizados por los hombres y para los hombres. La autoridad de jurisdicción nace de la misión de santificar. Es preciso que los sacramentos sean realizados válidamente, santamente, que sean realmente puestos a la disposición de los hombres de buena voluntad y retirados de los indignos, dispensados por quien se debe a quien los necesita. Establecer estas reglas, directa o indirectamente ordenadas a la administración de los sacramentos, es ejercer la autoridad de 
jurisdicción. Ahora bien, esta autoridad es consubstancial al deber de santificar, no nace sino dentro de esta responsabilidad. No posee sino un fin sacramental y sobrenatural, a saber la santificación de la Iglesia entera y la de cada fiel en particular.
Por instinto, la Iglesia ha sentido que su autoridad no es idéntica a la de un magistrado o de un gobernador, que no es una autoridad laica. Este sentimiento se ha hecho cada vez más exigente. Así, la Iglesia ya no admite y considera como un abuso que la autoridad de una diócesis esté en manos de un laico, prescribe positivamente que se dé la jurisdicción únicamente a los clérigos, como si fuera privar la jurisdicción. de su sentido privaría de su referencia al orden sacramental (Derecho canónico, número 331, § 1; n.2 118). El poder de jurisdicción en la Iglesia es una autoridad sagrada.Precisemos: el poder de jurisdicción participa del Misterio sacramental de la Iglesia. Los actos de la jurisdicción, ¿no son, en efecto las prescripciones que pronuncia la autoridad en el Cuerpo de Cristo, a fin de perpetuar la obra de la Redención? Si así es, estas prescripciones no pueden dejar de ser, en cierto modo, las prescripciones del mismo Cristo. Nada más cierto, por otro lado. Pío XII, en la encíclica Mystici Corporis, no lo contradice en absoluto. Júzguese de ello: «Sólo Cristo conduce y gobierna su Iglesia» y, para llevar a buen término este gobierno, utiliza de manera ordinaria a Pedro y sus sucesores 19. 
Palabras tales no constituyen una innovación. San Cipriano había afirmado que el Señor está presente en los jefes de la Iglesia para ayudarles en su tarea 20; San Agustín osaba decir: «El obispo prescribe, es Cristo quien, en mí, prescribe», y daba la razón de ello: los pastores de la Iglesia son todos miembros del único Pastor 21. El número de los que han proclamado esta verdad es inmenso. Cayetano ha escrito una frase que resume bien el pensamiento católico: «Es Cristo quien obra por mediación de Pedro y de todos los demás (sucesores de Pedro)».
Por otra parte, también en esto Cristo mismo puso el fundamento de toda verdad. ¿Acaso no dijo: «Quien recibe al que yo enviare a mí me recibe, quien me recibe a mí recibe a Aquél que me ha enviado» (Juan, 13, 20)? ¿No dijo también: «Quien os escucha me escucha» (Lucas, 10, 16)? ¿No enseñan estas palabras una cierta presencia de Cristo en el que habla y manda en nombre del Señor? 
Ahora bien, si Cristo está presente en las prescripciones que emanan de la Iglesia, ¿puede estarlo sin aportar alguna parte de los bienes de la Redención? La respuesta afirmativa se desprende de las palabras de San Pablo. Según el Apóstol, el ministerio apostólico, enseñanza y gobierno, es un ministerio litúrgico que santifica a los súbditos por la obediencia. Más precisamente aún, Pablo tiene conciencia -implícita y vivida- de la dimensión sobrenatural de la autoridad, y la cosa aparece con ocasión del incestuoso de Corinto que él excomulgará. Exclama, en efecto: «En nombre de Nuestro Señor Jesucristo, uniéndose con vosotros en mi espíritu, con el poder que he recibido de Nuestro Señor Jesús, sea ése que tal hizo entregado a Satanás para castigo de su cuerpo, a trueque de que su alma sea salva en el día de Nuestro Señor Jesucristo» (1 Corintios, 5, 4). Sin duda alguna, el ejercicio de la autoridad punitiva es aquí presentado como un instrumento lleno del poder de Dios y marcado con su sello. Por ello las decisiones que emanan de él proveen de alguna manera a la salvación del inferior, a fin de que «su alma sea salva en el día de Nuestro Señor».
En estas condiciones hay que reconocer que el poder de jurisdicción, aunque se ejerza por mediaciones humanas, que permanecen muy humanas, no es extraño al ser sacramental de la Iglesia. Por los mandatos de la autoridad, pasa la acción salutífera de Cristo. En la misión de gobernar reside, pues, algún valor sacramental. Ciertamente, si bien es mediación sacramental, el círculo jurisdiccional es el más débil, comparado con el círculo magisterial y con el círculo sacramental. En efecto, la jurisdicción, considerada en sí misma, es menos significativa de la gracia de Cristo, menos directamente expresiva de la Redención que las palabras del magisterio, la liturgia y los sacramentos. Y ya hemos dicho que las realidades eclesiales operan lo que significan y en la medida en que significan.

Conclusión. -La acción propia de la Iglesia es el «obrar» sacramental. 
Éste es, en las manos de Dios, un instrumento de Redención, en la misma medida en que representa la salvación operada en Jesucristo, en la medida también en que el hombre está dispuesto para acoger los 
signos y los gestos de gracia. La acción sacramental de la Iglesia nos llega humanamente, desplegándose en zonas de distinta intensidad, desde la Eucaristía, «sacramento de sacramentos», hasta el poder de jurisdicción inclusive.
Tal es el Misterio en la Iglesia. Las acciones humanas son asumidas en el Cuerpo de Cristo, y son elevadas hasta llegar a ser servidoras de la Redención, mediadoras de sus efectos sobrenaturales. En cuanto el hombre participa de la misión recibida por la Iglesia, en cuanto repite los actos que el mismo Señor le ha prescrito, se hace, por su parte, difusor de la Vida Eterna. Así, pasan hasta nosotros la acción y la presencia de Jesucristo Salvador.

III. Últimas reflexiones
MEDIACIÓN
- ¿Se inquietará el cristiano por la mediación eclesial, como si ésta fuera a hacer imposible el encuentro con el mismo Señor? ¿Va a temer -precisamente porque es cristiano- que la presencia de la Iglesia en su vida personal sea la de un tercero entre dos amigos?

Es el temor que experimenta ciertamente el protestantismo frente a la 
Eclesiología católica. Es, incluso, el temor que se ve dibujarse en 
ciertos católicos, más o menos conscientemente.
Pero tal vez, en el origen de estas desconfianzas y de estos temores, se 
encuentra una falsa representación que de buen principio descarría la 
imaginación y finalmente el mismo pensamiento.
De hecho, si se considera a la Iglesia como una realidad ajena a 
nosotros mismos y al Señor, es demasiado claro que no podrá ser 
jamás otra cosa que un tercero y un estorbo en nuestro encuentro con 
Dios. Pero la verdad es diferente. Por una parte la Iglesia somos 
nosotros mismos, por cuanto las palabras que pronuncia, las palabras 
que formula, las enseñanzas que presenta, son interiorizadas, 
asimiladas, acogidas, comprendidas, deseadas. En este sentido, la 
Iglesia se hace nuestra propia substancia espiritual, puesto que 
adoptamos su pensamiento y su obrar cordialmente. Pero por otra 
parte, la Iglesia es la gracia de Dios, es Dios mismo traído hasta 
nuestra alma por esas palabras, esos gestos, esas directrices, esas 
acciones. Para que recorramos el camino que conduce al Señor, la 
Iglesia no nos da ayudas terrestres, nos da al mismo Dios. Lo que ella 
aporta no son entidades naturales, sino el Señor en persona, en la fe, 
la esperanza y la caridad. Y el Señor entonces nos conduce a Sí 
Mismo. Así ocurrió, guardadas todas las proporciones, con la 
humanidad de Jesucristo en el tiempo de su vida en Palestina. Es la 
humanidad del Mesías lo que conduce a Dios: «Yo soy el Camino», 
dice el Señor. Hay que mirar, pues, su humanidad, comprenderla, 
acogerla tanto como humanamente es posible, hay que interiorizarla 
mirándola, escuchándola con los ojos y los oídos del cuerpo. Pero 
Cristo no es solamente el Camino hacia el Señor, es el Señor en 
Persona, Vida y Resurrección. La humanidad del Señor no es, pues, 
una pantalla, es la misma Luz de Dios: «Quien me ha visto ha visto al 
Padre» (Juan, 14, 9).

ANDRÉ DE BORIS - LA IGLESIA Y SU MISTERIO - Editorial CASAL I VALL
ANDORRA-1962.Págs. 79-97 – Agradecemos a mercaba.com

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1. Es lo que aparece en la respuesta que da Jesús en Betania (Marcos, 14, 3-9), en la parábola de la mostaza (Mateo, 13, 31), en sus últimas palabras (Mateo, 28, 18-20).
2. D. 1821 (D = Detzinger, Enchiridion symbolorum definitionumque).
3. Notemos que Cristo no es sólo Sacramento de Salvación, es el la Salvación, ya que es el Dios Vivo.
4.
Quodlibet II, q. 1, art. 2; Compendium theologicum, cap. 227, nº. 476; capítulo 228, nº. 479; cap. 239, n.º 514; Summa Theologica, 3ª. pars, qu. 48, art. 6 y ad. 1.
5. In 4 Sentent., D. 18, q. 1, a. 1, sol. 1.
«Dormido», esta palabra alude a la creación de la primera mujer y establece una comparación entre Eva sacada del costado de Adán dormido y la Iglesia sacada de Cristo muerto en la Cruz. 
6. Decretum pro Jacobitis, en 1442; D. 714: «... tantimque valere ecclesiastici 
corporis unitatem ut solum in ea manentibus ad salutem ecclesiastica 
sacramento proficiant». Afirmar, como hace el concilio, la necesidad de pertenecer a la Iglesia para recibir la gracia de los sacramentos, ¿no es afirmar indirectamente que la unidad de la Iglesia es una condición necesaria de la eficacia sacramental? 
7. «Tota ergo mater Ecclesia, quae in sanctis est, facit quia tota omnes, tota singulos pascit», Epist. 98, 5; PL 33, 562.
8. In cant. cant., Hom VIII; PG 44, 949.
9. Mystici Corporis, Acta Ap. Sed. 35 (1943), págs. 216, 217, 218, passim.
10. PIO XII Mediator De¡, Acta Ap. Sed. 39 (1947). págs.
528 y 533; Mystici Corporis, lb. 
35 (1943), pág. 217. 
11. In Joan evang., tractatus 5, nº. 18; PL 35, 1423-1424.
12. 2 de Catequesis bautismal.
13. Es precisamente lo que observa Ia Encíclica Mediator Dei, Acta Ap. Sed. 39 
(1947), pág. 258.
14. Se considera aquí la liturgia fuera del sacramento propiaminte dicho, 
19. Acta Ap. Sed. 35 (1943), págs. 209, 210; cf. págs. 211, 218, 238
20. Epist. 69, 9.
21. Sermo 392, 4; PL 39, 1711; In Joan, Evang., Tractatus 46, núms.
5, 6 y 7; PL 35, 
1730-1731.

 

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CATOLICIDAD: La finalidad de la misión es una humanidad transformada en una glorificación viva de Dios, el culto verdadero que Dios espera: este es el sentido más profundo de la catolicidad, una catolicidad que ya nos ha sido donada y hacia la cual, sin embargo, debemos avanzar siempre de nuevo. Catolicidad no sólo expresa una dimensión horizontal, la reunión de muchas personas en la unidad; también entraña una dimensión vertical: sólo dirigiendo nuestra mirada a Dios, sólo abriéndonos a él, podemos llegar a ser realmente uno. Como san Pablo, también san Pedro vino a Roma, a la ciudad a donde confluían todos los pueblos y que, precisamente por eso, podía convertirse, antes que cualquier otra, en manifestación de la universalidad del Evangelio. Al emprender el viaje de Jerusalén a Roma, ciertamente sabía que lo guiaban las palabras de los profetas, la fe y la oración de Israel.

En efecto, la misión hacia todo el mundo también forma parte del anuncio de la antigua alianza: el pueblo de Israel estaba destinado a ser luz de las naciones. El gran salmo de la Pasión, el salmo 21, cuyo primer versículo "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" pronunció Jesús en la cruz, terminaba con la visión: "Volverán al Señor de todos los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos" (Sal 21, 28). Cuando san Pedro y san Pablo vinieron a Roma, el Señor, que había iniciado ese salmo en la cruz, había resucitado; ahora se debía anunciar a todos los pueblos esa victoria de Dios, cumpliendo así la promesa con la que concluía el Salmo.
Catolicidad significa universalidad, multiplicidad que se transforma en unidad; unidad que, a pesar de todo, sigue siendo multiplicidad. Las palabras de san Pablo sobre la universalidad de la Iglesia nos han explicado que de esta unidad forma parte la capacidad de los pueblos de superarse a sí mismos para mirar hacia el único Dios.

El fundador de la teología católica, san Ireneo de Lyon, en el siglo II, expresó de un modo muy hermoso este vínculo entre catolicidad y unidad: "la Iglesia recibió esta predicación y esta fe, y, extendida por toda la tierra, con esmero la custodia como si habitara en una sola familia. Conserva una misma fe, como si tuviese una sola alma y un solo corazón, y la predica, enseña y transmite con una misma voz, como si no tuviese sino una sola boca. Ciertamente, son diversas las lenguas, según las diversas regiones, pero la fuerza de la tradición es una y la misma. Las Iglesias de Alemania no creen de manera diversa, ni transmiten otra doctrina diferente de la que predican las de España, las de Francia, o las del Oriente, como las de Egipto o Libia, así como tampoco las Iglesias constituidas en el centro del mundo; sino que, así como el sol, que es una criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la luz de la predicación de la verdad brilla en todas partes e ilumina a todos los seres humanos que quieren venir al conocimiento de la verdad" (Adversus haereses, I, 10, 2).

La unidad de los hombres en su multiplicidad ha sido posible porque Dios, el único Dios del cielo y de la tierra, se nos manifestó; porque la verdad esencial sobre nuestra vida, sobre nuestro origen y nuestro destino, se hizo visible cuando él se nos manifestó y en Jesucristo nos hizo ver su rostro, se nos reveló a sí mismo. Esta verdad sobre la esencia de nuestro ser, sobre nuestra vida y nuestra muerte, verdad que Dios hizo visible, nos une y nos convierte en hermanos. Catolicidad y unidad van juntas. Y la unidad tiene un contenido: la fe que los Apóstoles nos transmitieron de parte de Cristo.

Hemos dicho que catolicidad de la Iglesia y unidad de la Iglesia van juntas. El hecho de que ambas dimensiones se nos hagan visibles en las figuras de los santos Apóstoles nos indica ya la característica sucesiva de la Iglesia: apostólica. ¿Qué significa?

El Señor instituyó doce Apóstoles, como eran doce los hijos de Jacob, señalándolos de esa manera como iniciadores del pueblo de Dios, el cual, siendo ya universal, en adelante abarca a todos los pueblos. San Marcos nos dice que Jesús llamó a los Apóstoles para que "estuvieran con él y también para enviarlos" (Mc 3, 14). Casi parece una contradicción. Nosotros diríamos: o están con él o son enviados y se ponen en camino.

El Papa san Gregorio Magno tiene un texto acerca de los ángeles que nos puede ayudar a aclarar esa aparente contradicción. Dice que los ángeles son siempre enviados y, al mismo tiempo, están siempre en presencia de Dios, y continúa: "Dondequiera que sean enviados, dondequiera que vayan, caminan siempre en presencia de Dios" (Homilía 34, 13). El Apocalipsis se refiere a los obispos como "ángeles" de su Iglesia; por eso, podemos hacer esta aplicación: los Apóstoles y sus sucesores deberían estar siempre en presencia del Señor y precisamente así, dondequiera que vayan, estarán siempre en comunión con él y vivirán de esa comunión.

La Iglesia es apostólica porque confiesa la fe de los Apóstoles y trata de vivirla. Hay una unicidad que caracteriza a los Doce llamados por el Señor, pero al mismo tiempo existe una continuidad en la misión apostólica. San Pedro, en su primera carta, se refiere a sí mismo como "co-presbítero" con los presbíteros a los que escribe (cf. 1 P 5, 1). Así expresó el principio de la sucesión apostólica: el mismo ministerio que él había recibido del Señor prosigue ahora en la Iglesia gracias a la ordenación sacerdotal. La palabra de Dios no es sólo escrita; gracias a los testigos que el Señor, por el sacramento, insertó en el ministerio apostólico, sigue siendo palabra viva.

Con esto no queremos olvidar que el sentido de todas las funciones y los ministerios es, en el fondo, que "lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud", de modo que crezca el cuerpo de Cristo "para construcción de sí mismo en el amor" (Ef 4, 13. 16).

En este momento de la historia, lleno de escepticismo y de dudas, pero también rico en deseo de Dios, reconocemos de nuevo nuestra misión común de testimoniar juntos a Cristo nuestro Señor y, sobre la base de la unidad que ya se nos ha donado, de ayudar al mundo para que crea. Y pidamos con todo nuestro corazón al Señor que nos guíe a la unidad plena, a fin de que el esplendor de la verdad, la única que puede crear la unidad, sea de nuevo visible en el mundo.

El evangelio de este día nos habla de la confesión de san Pedro, con la que inició la Iglesia: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). He hablado de la Iglesia una, católica y apostólica, pero no lo he hecho aún de la Iglesia santa; por eso, quisiera recordar en este momento otra confesión de Pedro, pronunciada en nombre de los Doce en la hora del gran abandono: "Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 69). ¿Qué significa? Jesús, en la gran oración sacerdotal, dice que se santifica por los discípulos, aludiendo al sacrificio de su muerte (cf. Jn 17, 19). De esta forma Jesús expresa implícitamente su función de verdadero Sumo Sacerdote que realiza el misterio del "Día de la reconciliación", ya no sólo mediante ritos sustitutivos, sino en la realidad concreta de su cuerpo y su sangre.

En el Antiguo Testamento, las palabras "el Santo de Dios" indicaban a Aarón como sumo sacerdote que tenía la misión de realizar la santificación de Israel (cf. Sal 105, 16; Si 45, 6). La confesión de Pedro en favor de Cristo, a quien llama "el Santo de Dios", está en el contexto del discurso eucarístico, en el cual Jesús anuncia el gran Día de la reconciliación mediante la ofrenda de sí mismo en sacrificio: "El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo" (Jn 6, 51).

Así, sobre el telón de fondo de esa confesión, está el misterio sacerdotal de Jesús, su sacrificio por todos nosotros. La Iglesia no es santa por sí misma, pues está compuesta de pecadores, como sabemos y vemos todos. Más bien, siempre es santificada de nuevo por el Santo de Dios, por el amor purificador de Cristo. Dios no sólo ha hablado; además, nos ha amado de una forma muy realista, nos ha amado hasta la muerte de su propio Hijo. Esto precisamente nos muestra toda la grandeza de la revelación, que en cierto modo ha infligido las heridas al corazón de Dios mismo. Así pues, cada uno de nosotros puede decir personalmente, con san Pablo: "Yo vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20).

Pidamos al Señor que la verdad de estas palabras penetre profundamente, con su alegría y con su responsabilidad, en nuestro corazón. Pidámosle que, irradiándose desde la celebración eucarística, sea cada vez más la fuerza que transforme nuestra vida. S. S. BENEDICTO XVI – P.P.
  2005-06.29 - ZS05070104

 

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Cuando Jesucristo promete que la Iglesia fundada sobre Pedro prevalecerá a pesar de los ataques del mal, está implícitamente diciendo que ese barco frágil, con un hombre tan falible como Pedro al timón, simplemente no se puede hundir porque el poder de Dios está detrás de esa obra y la evidencia de ese poder es la supervivencia del barco y el que su rumbo no sea alterado. Esto le es claro a quienquiera que lea los Evangelios con buena fe. Jesús, el mismo que parece dudar cuando dice: "Y cuando el Hijo del Hombre venga, ¿Hallará la fe sobre la tierra?", ahora pone el destino de su Iglesia en manos de Pedro, el impulsivo discípulo que duda, niega, se retrae y falla tan humanamente en una situación tras otra.

 

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LA IGLESIA, SACRAMENTO DE SALVACIÓN*

 

I. LA ESTRUCTURA SACRAMENTAL DEL MISTERIO SALVIFICO

I/SACRAMENTO: El concilio Vaticano II definió a la Iglesia «como un sacramento» 6. Con ello no quería afirmar el Concilio que, además de los siete sacramentos, hubiera un sacramento más. Sino que, así como los sacramentos son verdaderos instrumentos de Cristo para distribuir la gracia de Dios y la vida de hijos de Dios entre los hombres, de un modo parecido es la Iglesia entera una institución visible que sirve a Cristo de instrumento para realizar su obra de salvación universal. 

Es claro, como afirma el mismo Concilio, que en todo tiempo y lugar son aceptos a Dios los que le temen y practican la justicia (Act 10,35); pero no es menos cierto que Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres (cf. 1 Tim 2,5) y que él instituyó a su Iglesia como instrumento necesario de salvación. Por lo cual, «no podrían salvarse quienes, sabiendo que la Iglesia católica fue instituida por Jesucristo como necesaria, desdeñaran entrar en ella o no quisieran permanecer 
en ella» 7. 

Ahora bien, Cristo no dio tan sólo los sacramentos a su Iglesia para que fueran los medios de gracia que perpetuaran en el mundo su obra salvifica, sino que, ante todo y sobre todo, le dio su Palabra, es decir, el conjunto de su mensaje para que lo transmitiera fielmente a todos los hombres de todas las generaciones: Predicad el Evangelio a todos los hombres (Mc 16,15), enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado (Mt 28,20). 

Esto quiere decir que la palabra de Dios lo mismo que la gracia sacramental del bautismo y de los demás sacramentos, nos llega canalizada por el conducto de instrumentos humanos. Y esto no tiene nada de extraño desde el momento en que Dios mismo buscó el encuentro con los hombres sirviéndose de la humanidad de Jesús como instrumento de redención universal. 

 MEDIACIÓN - Cuando ]. J. Rousseau exclamaba: «siempre testigos humanos entre Dios y yo! ¡Siempre hombres que me dicen lo que otros hombres han dicho! ¡Cuántos hombres entre Dios y yo!>>8, mostraba que no había captado la profunda dimensión de la sacramentalidad de la Iglesia, ni había penetrado, por consiguiente, en el misterio de la Encarnación. Tampoco penetraron en él los contemporáneos de Jesús: No es éste el hijo del carpintero? Y se escandalizaban de él (/Mt/13/55). 

Es el escándalo de quien no puede asimilar lo que hoy llamamos el 
concepto de sacramentalidad: lo divino operante mediante humanas 
estructuras. Por eso, ya en el siglo II, separaron los gnósticos a la 
Iglesia institucional y visible, de la Iglesia espiritual e invisible. Esta 
tentación se ha perpetuado a través de ciertos movimientos 
espiritualistas de la Edad Media, y aparece siempre que falta el 
equilibrio justo para armonizar dos extremos distintos en la unidad 
vivida de la Iglesia. Von Allmen escribe: «Hay una tendencia de cierto 
protestantismo, que, por lo demás, no ha dejado de influir a los fieles 
de tipo católico, que considera al Espíritu de Dios refractario, por 
principio, a las instituciones doctrinales, sacramentales, ministeriales. El 
Espíritu aparece entonces como prisionero de la Iglesia, y no puede 
ansiar sino la libertad que la Iglesia se obstina en negarle... Esta 
tendencia, que no debe su invención al protestantismo (es ciertamente 
mucho más antigua que él), y que ciertas páginas de la historia de la 
Iglesia se encargan, por desgracia, de alimentar, esta tendencia, 
decimos, está completamente ausente del Nuevo Testamento» 9. 

El Vaticano II es claro a este respecto: «La sociedad dotada de 
órganos jerárquicos y el Cuerpo místico de Cristo... no han de 
considerarse como dos cosas, porque forman una realidad compleja, 
constituida por un elemento humano y otro divino» 10. 

Esta es, en definitiva, la estructura sacramental que prolonga en el 
mundo la presencia de Cristo, verdadero sacramento original, porque 
en él se une la humanidad visible y la divinidad invisible, en la única 
persona de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios. La humanidad de Cristo 
es instrumento, pero instrumento que realiza eficazmente la salvación 
del mundo, por razón de su indisoluble unión con la divinidad. 

Ni el magisterio, pues, ni los demás sacramentos de la Iglesia son, en modo alguno, pantallas que se interponen entre Dios y los hombres. Como tampoco fue una pantalla la humanidad de Cristo. Son eso: 
instrumentos humanos queridos por Dios, instituidos inmediatamente por Cristo, mediante los cuales es él mismo quien hace llegar a los hombres de todos los tiempos su palabra y su amor: Yo estaré con 
vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos (Mt 28,20). 


 


II. ESTRUCTURA SACRAMENTAL DE LA FE


Es un hecho que la estructura misma de la fe cristiana, tal y como aparece en las fuentes de la revelación, exige un magisterio visible y perpetuo; y que ese magisterio lleva consigo una fuerza interior que garantiza su fidelidad al mensaje revelado. Esto quiere decir que el magisterio de la Iglesia es un aspecto de la sacramentalidad de la misma, por cuanto está integrado de elementos humanos y visibles, pero lleva consigo una garantía superior, que excede las capacidades del instrumento humano. Esa garantía puede llamarse, con las matizaciones convenientes, la infalibilidad. 

San Pablo expone en su carta a los Romanos, de un modo muy conciso, la dinámica global del magisterio: ¿Cómo creerán si no han oído hablar de él? ¿Cómo oirán si no hay quien predique? ¿Cómo predicarán si no han sido enviados? (Rm 10,14-15) 

El término final del magisterio es la siembra de la fe (¿cómo creerán?); el medio para llegar a la fe es la escucha de la predicación (¿cómo oirán sin predicador?); las credenciales que avalan la autenticidad de la predicación son la misión (¿cómo predicarán si no son enviados?). La fe requiere la escucha, la escucha requiere la predicación; la predicación requiere la misión. 

Es evidente que Dios podría haber hecho las cosas de otro modo. 
Pero, de hecho, ha ligado los destinos salvificos de la humanidad a una 
institución visible, que es sembradora de la fe, es decir, a unos hombres que son enviados a predicar un mensaje que ellos mismos recibieron de Cristo y que Cristo mismo recibió del Padre; un mensaje que exige la respuesta de la fe y que llega hasta los hombres a través del instrumento visible y externo de otros hombres. 

a) La fe requiere la predicación

FE – FILOSOFÍA - El cardenal Ratzinger observa muy certeramente 11, que

Esto quiere decir que la fe no es, ni puede ser, algo imaginado por mí, sino algo que me llega desde fuera, y de lo que no puedo isponer arbitrariamente, ni modificarlo caprichosamente. 

Pero hay más. La filosofía es, por naturaleza, obra del individuo que 
busca la verdad como tal. La idea, lo pensado, es algo que, al menos 
aparentemente, me pertenece, puesto que procede de mí (aunque es 
cierto que nadie vive tan sólo de sus propias ideas, sino que, 
consciente o inconscientemente, debe mucho a los demás). El espacio 
donde se forma la idea es el espacio interior del espíritu. Al principio, la 
idea vive sólo dentro de mí y, por tanto, su estructura es individualista. 

Por el contrario, la fe es comunitaria; porque comienza por una llamada a toda la comunidad. Más aún, a toda la humanidad; y tiende a la unidad del espíritu, porque suscita la unidad de una misma palabra predicada, cuya fuente es el único Cristo y cuyo término es la vivencia de la única fe en El: Un solo Señor, una sola fe (Ef 4,5).

Ahora bien, aun cuando el acto de fe, que es la respuesta a la palabra predicada, se realiza en lo más íntimo de la conciencia, la palabra predicada es algo sensible, perceptible, visible. Y esto, a tres niveles: en la predicación de Cristo, palabra viviente de Dios, que habla cuanto El mismo ha oído de su Padre (Jn 15,15); en la predicación de los apóstoles, que transmiten lo que oyeron de labios de Cristo: Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo quie hemos contemplado fijamente y han palpado nuestras manos... acerca de la Palabra de vida, eso os anunciamos (1 Jn 1,1-3); y finalmente, en la predicación de aquellos que sucedieron a los apóstoles y recogieron de sus manos la antorcha que los apóstoles habían recibido de Cristo. 

b) La predicación requiere la misión

Ahora bien, si es cierto que la fe requiere la predicación y la 
predicación nos llega en ese triple estadio: Cristo, los apóstoles, sus 
sucesores, no es menos cierto que la predicación debe gozar de una 
garantía de autenticidad a ese triple nivel. Esa garantía es la misión. Y 
este sello de garantía es tan importante, que, si faltara la misión, ni 
siquiera la predicación de Cristo podría considerarse como auténtica. 
Por eso se esfuerza Jesús en que se reconozca su misión (Jn 
11,42;17,8.18.23) y que su doctrina no es suya, sino de aquel que lo 
ha enviado (Jn 14,24). Y los evangelistas, sobre todo San Juan, 
subrayan que Jesús es el gran enviado del Padre (cf. Jn 
3,34;5,24.30;6,38;9,4;10,36, etc.), o, como se escribe en la carta a los 
Hebreos, el Apóstol del Padre (3,1). 

Pero Jesús, enviado del Padre, envía, a su vez a los apóstoles; y por 
eso los llama apóstoles, es decir, enviados (cf. Lc 6,13). No se trata de 
una misión distinta; es la misma misión de Cristo que se continúa: 
Como el Padre me ha enviado a mi, así os envío yo a vosotros (Jn 
20,21); Como Tú me has enviado al mundo, así los envío yo al mundo 
(Jn 17,18); Id, pues... (Mt 28, 18-20). 

El apostolado y la misión de los discípulos, tiene como modelo 
primario y fuente única el apostolado y la misión de Jesús: El 
Padre-Cristo-los apóstoles. Hay, pues, una continuidad en la misión: la 
misión de Cristo se continúa en los apóstoles; el Padre se hace 
representar por Cristo, Cristo se hace representar por los discípulos: El 
que me ve a mi, ve a mi Padre (Jn 14,9); El que a vosotros oye, a mi me 
oye (Lc 10,16). Y por esto, porque el magisterio y la predicación de los 
apóstoles es continuación de la misión de Cristo, es por lo que el 
magisterio de los apóstoles no sólo es externo y visible, como el de 
Cristo, sino que ha de ser perpetuo. 

c) La misión es perenne

Una de las diferencias entre el enviado judío (el Schaliah) y el 
apóstol cristiano reside en el hecho de que la misión del embajador 
judío estaba ligada a un negocio determinado y circunstancial. Por 
consiguiente, una vez ventilado el negocio, la misión se daba por 
terminada. Por el contrario, la misión de los apóstoles es continuación 
de la misión de Cristo; y ésta no es nada circunstancial, sino universal 
en el tiempo y en el espacio. Es decir, que se extiende a todos los 
hombres de todos los tiempos y latitudes: Predicad el Evangelio a todos 
los hombres, según expresión de San Marcos; hasta los confines de la 
tierra, como añade San Lucas; y hasta el final de los tiempos, que 
completa San Mateo (cf. Mc 16,15; Act 1,8; Mt 28,20). 

De ahí que los apóstoles, lo mismo que lo hizo Cristo, tuvieron que 
buscar sus representantes y sucesores que actualizaran el mensaje de 
Cristo en cada sección de la historia, a fin de que los hombres 
pudieran acceder a la fe, sin la cual nadie puede agradar a Dios (Heb 
11,6). 

Así, pues, la misión es la misma: la que Jesús recibió del Padre; la 
que los apóstoles recibieron de Jesús; la que los apóstoles confiaron a 
sus sucesores. 

Ya en el año 96 de nuestra era estaba nítidamente formulado este 
principio de sucesión, por el papa San Clemente Romano en su carta a 
la Iglesia de Corinto: «Los apóstoles fueron constituidos por Jesucristo 
nuestros predicadores del Evangelio; Jesucristo fue enviado por Dios. 
Así, pues, Cristo fue enviado por Dios; los apóstoles, por Cristo. Y 
ambas cosas se realizaron ordenadamente, según la voluntad de Dios. 
Así, pues, recibido este mandato y plenamente asegurados por la 
resurrección del Señor Jesucristo y confirmados en la fe por la palabra 
de Dios, los apóstoles salieron con la plena seguridad que les daba el 
Espiritu Santo, predicando el Evangelio de que el Reino de Dios estaba 
al llegar. Y así, a medida que iban predicando por lugares y aldeas, 
iban instalando como obispos y servidores de los que habían de creer, 
a las primicias [de los que habían creído], una vez que los habian 
experimentado en el espiritu» (1 Clem 42,1). 

A casi dos mil años de distancia, el concilio Vaticano II expresa la misma idea y doctrina católica, casi en los mismos términos: «Esta divina misión confiada por Cristo a los apóstoles, ha de durar hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28,20), puesto que el Evangelio que ellos deben transmitir es en todo tiempo el principio de la vida para la Iglesia. Por lo cual, los apóstoles, en esta sociedad organizada jerárquicamente, tuvieron cuidado de establecer sucesores». Y termina: «Enseña, pues, este santo Concilio, que los obispos han sucedido por institución divina en lugar de los apóstoles, como 
pastores de la Iglesia» 12 

 

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Pedro crucificado en cruz invertida y enterrado a la orilla derecha del Tiber-

vaticanus-Roma. Era bajo Nerón 64/67ca.

 

III. LA GARANTÍA DE INFALIBILIDAD


Magisterio visible y externo; magisterio perpetuo; el magisterio de la Iglesia es también infalible. El término resulta incómodo cuando se aplica a la Iglesia o al Romano Pontífice pero, hechas las salvedades oportunas, no se ve por qué no haya de emplearse. La idea de infalibilidad, entendida como una radical fidelidad al mensaje evangélico, es fundamental en el Nuevo Testamento, algo así como es fundamental la fidelidad de Cristo al mensaje que su Padre le encargó transmitir a los hombres. 

Por eso es importante subrayar la identidad y continuidad entre la misión de Cristo, la de los apóstoles, y la de los que sucedieron a los apóstoles. Porque la misión es la misma: la de rescatar la humanidad, para hacer de ella la familia de los hijos de Dios; el objeto es el mismo: la predicación del Evangelio; la garantía debe ser y es la misma: la fidelidad en la transmisión del mensaje evangélico. No se puede separar a Cristo de la Iglesia. Ambos han recibido la misma misión; ambos han sido enviados por el mismo Dios; ambos cuentan con la misma garantía de fidelidad: Cristo, naturalmente, en la raíz y por derecho propio; la Iglesia, por participación. 

Esto resulta claro si tenemos en cuenta que el origen último de la misión de la Iglesia no hay que buscarlo en Cristo, Cristo mismo es un enviado del Padre que, al morir, ha entregado la antorcha viva de su misión a la Iglesia; es decir, a los apóstoles y sus sucesores. Es importante tener esto en cuenta, a la hora de examinar el problema de la infalibilidad de la Iglesia. El papa Juan Pablo II lo ha recordado en su encíclica Redemptor hominis, cuando escribe: «Con profunda emoción escuchamos a Cristo mismo cuando dice: La palabra que oís no es mía, sino del Padre que me ha enriado (/Jn/14/24). En esta afirmación de nuestro Maestro, ¿no se advierte, quizá, la responsabilidad por la verdad revelada, que es propia de Dios mismo, si incluso él, Hijo unigénito que vive en el seno del Padre (Jn 1,18), cuando transmite como profeta y maestro, siente la necesidad de subrayar que actúa en plena fidelidad a su divina fuente? La misma fidelidad debe ser una cualidad constitutiva de la fe de la Iglesia, ya sea cuando la enseña, o la profesa» 13 

De ahí que para comprender con más exactitud y profundidad el fundamento de la infalibilidad de la Iglesia, sea imprescindible examinar primero algunos aspectos que garantizan la fidelidad de Cristo al transmitir el mensaje que recibió de su Padre. 

a) Infalibilidad del magisterio de Cristo

Ahora bien, es impensable que Jesús hubiera alterado el mensaje de su Padre, aun en el caso de que su entendimiento humano y su voluntad libre de hombre estuvieran sujetos a tentación y desmayo, como nos lo muestra la misma revelación divina en el pasaje de las tentaciones (cf. Mt 4,1-11; Mc 1,1213; Lc 4,1-13), en todo semejante a nosotros, menos en el pecado (cf. Heb 4,15). 

El Nuevo Testamento no puede, ni por asomo, sospechar tal posibilidad. Esta hipótesis sería el fracaso más grande que podría imaginarse en Dios; seria un gran absurdo que hiciera fracasar a Dios precisamente aquel que es la imagen del Dios invisible (Col 1,15), el resplandor y manifestación salvadora del Padre (Jn 1,14). Cristo no debía ni podía falsear la doctrina del Padre, porque él no era dueño a
rbitrario de ella: Mi doctrina no es mía, sino del Padre que me envió (Jn 7,16). Por eso descubre a los discípulos todo cuanto ha oído de su Padre (Jn 8,26;15,15) y manifiesta el ser de Dios a los hombres (Jn 17,6), hasta el punto de que quien lo ve a El ve a su Padre (Jn 12,45;14,9). Y con tanta fidelidad realizó su misión, que pudo decir con verdad que había cumplido plenamente el apostolado para el que su Padre le envió (Jn 17,4); él que es el camino, la verdad y la vida (Jn 14,ó). 

Ahora bien, para el cumplimiento de su misión en plena fidelidad al mensaje de su Padre, cuenta Cristo con tres elementos de suma trascendencia: 1) la presencia de su Padre; 2) la guía del Espíritu Santo; 3) los medios humanos que empleó para asegurar su docilidad a la voluntad del Padre: muy especialmente la oración. Una leve indicación: 

1) La presencia del Padre en Cristo.—No deja de llamar la atención la insistencia con la que San Juan, que es quien más subraya la identidad de la misión de Cristo con la de los apóstoles, repite la idea de la presencia del Padre en Jesús: como tú, Padre, en mi y yo en ti (Jn 17,21). Y por eso predica con toda libertad la doctrina, porque su doctrina no es suya, sino del Padre (Jn 7,16); y El no está solo, sino que el Padre está con él (Jn 16,32); de forma que quien lo recibe a El, recibe al Padre que lo envió (Jn 13,20), y quien rechaza su doctrina, rechaza al Padre que da testimonio de El (Jn 8,18). 

2) La consagración del Espíritu Santo.—Aunque Jesús estaba lleno del Espíritu Santo desde el momento de su encarnación, la verdadera

consagración de Cristo como profeta del Padre que iba a predicar el evangelio del Padre, tuvo lugar durante el bautismo del Señor 14: Los cielos se abrieron, el Espíritu Santo se posó sobre El en forma corporal, como de paloma, y una voz del Padre bajó desde el cielo: Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido (Lc 3,21-22). San Lucas advierte que éste era el comienzo del ministerio de Jesús. Y todo cuanto Jesús realiza después, desde la subida al desierto donde fue tentado (Lc 4,1) y su discurso inaugural en Nazaret (Lc 4,14), hasta el momento de expirar en la cruz (Heb 9,14), todo lo hace guiado por la fuerza del Espíritu Santo, del que estaba lleno desde el momento de la  encarnación. 

No deja de tener importancia el que tanto la subida al desierto donde fue tentado, cuanto el primer anuncio oficial en Nazaret, aparezcan en Lucas bajo el mismo denominador común de la presencia del Espíritu. Lo primero, porque es necesario que comprendamos que Jesús no realizó su misión de profeta de Dios sin dificultades, angustias y esfuerzos terribles, como corresponde a un hombre que en todo era semejante a nosotros, menos en el pecado (cf. Heb 4,15;2,1018). Lo  segundo, para que sepamos que la fidelidad a la misión recibida sólo puede realizarse por la correspondencia, sumisión y disponibilidad a la fuerza del Espíritu que le guiaba, sin anular su plena voluntad libre de hombre. 

TENTACIONES - ORACIÓN

3) Los medios a su alcance, especialmente la oración.—Jesús no se lo encontró todo hecho. Experimentó el cansancio, la angustia, el hastío. Sufrió la incomprensión de sus mismos discípulos y tuvo la tentación de abandonar el camino marcado por su Padre. No fue sólo en el desierto; esta tentación le acompañó a lo largo de su vida: las turbas le piden milagros y señales maravillosas (Mt 12,39), Herodes quiere ver un milagro divertido (Lc 23,8), sus enemigos le piden que baje de la cruz (Mt 27,43), sus mismos seguidores le quieren hacer rey (Jn 6,15), e incluso Pedro trata de convencerlo para que abandone el camino de la cruz (Mt 16,22). 

ORACIÓN: Ante todas estas seducciones, la respuesta de Jesús 
es siempre la misma: él no ha venido a hacer milagros espectaculares 
o a usarlos en beneficio propio, sino a proclamar la grandeza soberana 
de Dios, cumpliendo exactamente su voluntad. En esta decisión, 
mantenida invariablemente durante su vida, no admite vacilaciones, ni 
componendas, ni flirteos con el tentador. Y esta conciencia de su 
misión, esta total sumisión y dependencia del Padre, la profundiza 
Jesús en el silencio de la oración. San Marcos nos relata un episodio 
que tiene sin duda la frescura de los recuerdos más personales de la 
catequesis de San Pedro. Jesús ha curado a la suegra del apóstol, y a 
la caída de la tarde se agolpan los enfermos delante de la casa. Jesús 
cura a muchos; pero antes del amanecer se retira a un lugar desierto y 
allí hacia oración (Mc 1,35). La primera y última palabra de Jesús que 
refiere San Lucas, tienen que ver con la oración: No sabíais que yo 
debo de ocuparme en las cosas de mi Padre? (Lc 2,49); y la oración 
propiamente dicha, con la que acaba su vida: Padre, en tus manos 
entrego mi espíritu (Lc 23,46). Entre esos dos momentos, es San Lucas 
quien nos hace ver que todas las decisiones claves las toma Jesús en 
conexión con la oración. La venida del Espíritu Santo en el Jordán, 
venida que le consagra para su misión de Profeta del Padre, es la 
respuesta sensible a la oración callada de Jesús: Cuando él estaba en 
oración, se abrió el cielo y bajó el Espíritu Santo sobre él... (Lc 
3,21-22); consciente de la gravedad de su decisión, Jesús pasa toda la 
noche en oración antes de elegir a los doce (Lc 6,1213); lo mismo hará 
la noche anterior a la confesión de Cesarea, y lo sabemos solamente 
por San Lucas: Hacía oración en un lugar solitario, y estaban con él 
sus discípulos. Y les preguntó: Quién dicen los hombres que soy yo? 
(Lc 9,18). Lucas es también el único que hace notar la relación entre la 
oración de Jesús y el suceso de la transfiguración, que tanta 
importancia había de tener en la confirmación de la fe de los discípulos 
(cf. 2 Pe 1,16-19): Y mientras oraba, su rostro tomó otro aspecto, y su 
vestido se volvió blanco y resplandeciente (Lc 9,28-29). Finalmente, es 
también Lucas quien hace notar que el encargo dado a Pedro de 
«confirmar a sus hermanos», está avalado por la oración de Jesús, 
como garantía indiscutible de la eficacia de su ministerio: Yo he rogado 
por ti a fin de que tu fe no desfalleciera. Y tú, una vez convertido, 
confirma a tus hermanos (Lc 22,32). 

b) Infalibilidad del magisterio eclesiástico 

Ahora estamos en disposición de comprender mejor los tres lementos que actúan en los apóstoles y en sus sucesores para llevar adelante su misión de transmitir el mensaje evangélico, dentro de una fundamental fidelidad: 1) la presencia de Cristo; 2) la fuerza del Espíritu Santo; 3) los medios humanos, sobre todo, la oración. 

1) La presencia de Cristo.—Aquí reside la diferencia esencial que distingue el apostolado cristiano de cualquier otra forma de misión institucionalizada y jurídica conocida en el mundo profano. El apostolado no se funda en una simple misión jurídica, todo lo eficaz y válida que se quiera. Porque esta misión jurídica supondría en los apóstoles una presencia también jurídica de Cristo, como la patria está simbólicamente presente en la bandera, o el rey en su embajador. ¡No! La presencia de Cristo en los apóstoles es verdadera, real y dinámica, aunque no sustancial. Porque la misión de los apóstoles es continuación de la misión de Cristo: Como el Padre me ha enviado a mi, así os envío yo a vosotros (Jn 20,21; 17,18), hace falta que Cristo esté presente en ellos, de modo parecido a como el Padre está presente en Cristo fundando su misión. Así, y únicamente así, sería real el paralelismo que Cristo establece. Es imposible que Cristo se separe de los apóstoles a quienes envía, como es imposible que el Padre se separe de Cristo: él está en el origen y en el término de la misión de los apóstoles. 

Por eso, en el momento más solemne de todo el evangelio, cuando 
el resucitado envía sus apóstoles al mundo entero, Mateo encuadra la 
misión entre dos polos igualmente necesarios: el sumo poder de Cristo, 
constituido Señor: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, 
y la promesa de una presencia dinámica, eficaz y perenne en los 
apóstoles: Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos 
(Mt 28,18). La fórmula «yo estaré contigo» aparece unas cien veces en 
el A. T. para indicar una ayuda especial de Dios, en virtud de la cual 
saldrá adelante el enviado en la misión a la que Dios le envía 15. 

Además, la misión no es una simple invitación, sino un mandato regio 
que compromete la autoridad del Maestro que envía: Pablo, apóstol de 
Jesucristo según el mandato regio de Dios (1 Tim 1,1). Por lo cual, 
Pablo usa como sinónimos estos dos términos: siervo y apóstol de 
Jesucristo (Tit 1,1). Esto exige por parte del Señor una vigilancia eficaz 
que garantice la conformidad entre la predicación apostólica y la 
revelación cristiana: Yo estaré con vosotros. 

Tengamos en cuenta que esta presencia no está limitada a la vida 
de los apóstoles, sino que se hace precisamente cuando ya los 
apóstoles van a ser privados de la presencia visible de Jesús. 

2) La fuerza interior del Espíritu Santo.—La misión del Hijo de Dios 
como profeta enviado por el Padre a los hombres quedó consagrada 
definitivamente cuando se realizó la consagración del Espíritu Santo en 
el bautismo. Por eso era necesario que la misión de los apóstoles 
(enviados de Cristo) se viera consagrada también con el Espíritu 
Santo. No en vano San Lucas, que comienza los relatos de la vida y la 
misión de Cristo con la bajada del Espíritu Santo en la encarnación y 
en el bautismo, comienza también la historia de la Iglesia con la 
irrupción maravillosa de Pentecostés, que consagra al nuevo Pueblo 
de los ciento veinte discípulos, símbolo de la totalidad de la Iglesia. 

Porque la misión de Cristo se funda en la consagración: Y por ellos 
me consagro, para que ellos sean consagrados también en la verdad 
(Jn 17,18-19). Por eso, antes de morir, les promete un abogado: el 
Espíritu Santo, como Espíritu de verdad (Jn 14,17), que dará testimonio 
de Cristo (Jn 15,26) y les conducirá a la verdad completa (Jn 16,12-13).

Y una vez resucitado, soplará sobre ellos, significando con este rito la transmisión del Espíritu Santo que los consagra, y les dirá: Recibid el Espíritu Santo (Jn 20,21). 

Juan tiene presente el trasfondo tan característico en él: la lucha 
entre el mundo y Jesús. Jesús ha dado a conocer a los discípulos 
cuanto ha oído de su Padre (Jn 15,15), para que ellos, a su vez, lo 
transmitan a los hombres. Ahora van a quedar huérfanos de Cristo, y 
es natural que sientan miedo, porque la dificultad de la empresa está 
por encima de sus posibilidades. Esta es la actitud que se refleja 
también en los profetas ante una misión divina. A esta pusilanimidad ha 
respondido Mateo con la fórmula: Yo estaré con vosotros. Pero Juan 
completa el misterio de la misión apostólica, resaltando el último 
constitutivo que la hace semejante a la misión de Jesús: el envío del 
Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo. Sin este envío, la misión de 
los apóstoles no sería en realidad semejante a la misión de Cristo. 

Ahora bien, en esta lucha del mundo contra Jesús, el Espíritu Santo, 
que ya está junto a los discípulos, estará con ellos; más aún, estará 
dentro de ellos con una presencia permanente e interior (cf. 
/Jn/14/16-17). Tres partículas usadas por San Juan, que indican una 
progresión. Y está como abogado defensor. San Juan aplica este 
término una sola vez a Cristo que nos defiende ante el Padre (1 Jn 
2,1). Pero de ordinario lo refiere al Espíritu Santo. Y no precisamente 
vuelto al Padre para interceder por los discípulos, sino vuelto a los 
discípulos para aconsejarlos, iluminarlos, defenderlos en su fe contra el 
mundo, enemigo de Jesús. 

Por eso los discípulos no tendrán que temer, porque siempre les 
acompañará; más aún, estará dentro de ellos el Espíritu de Jesús, el 
Espíritu de verdad, que les enseñará y les recordará todo cuanto han 
oído de Jesús. Se trata de un abogado defensor que les mantendrá en 
la verdad evangélica. 

No es que les enseñe nuevas verdades, porque es precisamente el 
Espíritu del Hijo que vendrá para dar testimonio de Cristo: un 
testimonio interior y permanente que atestiguará la verdad de Cristo. 
No una verdad nueva, sino la misma verdad de Cristo, cuya profundidad y cuyas consecuencias serán conocidas bajo la iluminación del Espíritu Santo. Y esto de tal manera, que su acción no quedará limitada a la vida de los apóstoles, puesto que permanecerá con ellos para siempre, lo mismo que la presencia de Jesús resucitado los acompañará hasta la consumación del mundo. 

Para San Juan es impensable que la Iglesia, regida por los apóstoles 
y sus sucesores «hasta la consumación de los siglos», pueda 
disociarse de la doctrina de Cristo. No podría pensarse fracaso mayor 
de la presencia «eficaz» de Cristo y de su Espíritu de verdad prometido 
a los apóstoles y a sus sucesores tan solemnemente por Jesús.

 


FE / FIDELIDAD
3) Los medios humanos.—La presencia de Cristo y de su Espíritu de Verdad no eximen a los apóstoles ni a sus sucesores del esfuerzo humano que requiere el uso de todos los medios a su alcance por conservar la auténtica doctrina de Cristo, profundizarla y transmitirla incontaminada. Difícilmente podrá encontrarse en el mundo ninguna institución humana más tradicional, ni que cuente con más garantías de fidelidad al mensaje primitivo. Y esto, sencillamente, porque la ley fundamental de esa institución llamada Iglesia es la dependencia absoluta del mensaje original. Los mismos apóstoles buscan, cuando se trata de sustituir a Judas, un discípulo que haya sido testigo de la resurrección del Señor, y que lo haya seguido desde los comienzos de su predicación (cf. Act 1,21-23); el mismo Pablo, a pesar de que reivindica en repetidas ocasiones su título y derechos de apóstol de Jesucristo, sube a Jerusalén para confrontar su evangelio con los demás apóstoles, y no exponerse a correr en vano (cf. Gál 2,2). De aquí proviene el cuidado en seleccionar personas que hayan asimilado el Evangelio, de forma que puedan transmitirlo a otros: Cuanto de mi oíste por muchos testigos, confíalo a hombres fieles, que sean, a su vez, capaces de enseñar a otros (2 Tim 2,2). Para los apóstoles, es fundamental la vigilancia sobre la pureza de la fe: Te encargué que permanecieras en Efeso, a fin de intimar a algunos que no enseñen doctrinas extrañas (1 Tim 1,3). Pablo hace un juramento, cuya solemnidad no tiene parangón en ninguna de sus cartas, intimando a su discípulo Timoteo en presencia de Dios y de Jesucristo, para que conserve intacto e irreprochable el mandato que ha recibido (/1Tm/06/13-14). A Tito, por su parte, le ordena que reprenda severamente a los cretenses, a fin de que conserven la fe sin tacha y no den oídos a fábulas ni a preceptos de hombres, que vuelven las espaldas a la verdad (Tit 1,13-14). Nada digamos de la recomendación final a Timoteo: Guarda el depósito. Evita las palabrerías profanas y también las objeciones de la falsa ciencia (1 Tim 6,20). En la segunda carta vuelve a insistir en la idea de fidelidad a lo recibido: Ten por norma las palabras sanas que de mí oíste en la fe y en la caridad de Cristo Jesús; conserva el precioso depósito, por el Espíritu Santo que habita en nosotros (2 Tim 1,13-14). La carta a los Hebreos es especialmente interesante, pues la recomendación va dirigida a los fieles en su relación con aquellos que les han transmitido la fe: Acordaos de vuestros superiores, los que os predicaron la Palabra de Dios... No os dejéis arrastrar por doctrinas diferentes (Heb 13,7-9). 

Esta persuasión es la misma en el tiempo postapostólico: la norma que hay que conservar intacta, porque de ella depende la vida de la Iglesia, es la doctrina de Cristo transmitida por los apóstoles. La Didaje o Doctrina de los doce Apóstoles, documento del siglo I, consigna esta ley: «No descuides los mandatos del Señor; guardarás lo que has recibido, sin añadir ni quitar nada» (4,13). Es éste un verdadero comentario de lo que significa el depósito y de la fórmula usada por San Pablo, cuando explica a los fieles de Corinto el misterio eucarístico: os transmito lo que he recibido. Porque éste era el significado jurídico del depósito: algo que no se da en propiedad, sino en custodia, para devolverlo intacto. Esta expresión encierra todo un talante consustancial con el cristianismo. No interesan doctrinas

extrañas: lo que interesa es la conservación y profundización en la doctrina recibida de los apóstoles. La Iglesia de los primeros tiempos, como la Iglesia posterior, se caracteriza por una mística de conservación del depósito de la revelación. Y todos se agrupan en torno a los presbíteros y obispos, para vivir de la Palabra de Dios tal y como les ha sido transmitida y para transmitirla a su vez sin mixtificaciones. 

Este esfuerzo humano de seria crítica, de investigación en las fuentes reveladas y en la tradición de la Iglesia, de consultas y encuestas previas para asegurarse de la autenticidad cristiana de una doctrina, ha sido siempre una constante en la vida de la Iglesia. De tal forma que el mismo concilio Vaticano I hizo a ello referencia en la definición de la infalibilidad del Romano Pontífice: «Los Romanos Pontífices, por su parte, según lo exigían los tiempos y los asuntos, unas veces convocando concilios generales, o auscultando el parecer de la Iglesia extendida por el mundo, otras veces mediante sínodos particulares, otras empleando diversos medios que la divina Providencia deparaba, definieron que había que mantener aquellas cosas que ellos reconocieron, con la ayuda de Dios, que eran conformes con la Sagrada Escritura y las tradiciones apostólicas. 
Porque el Espiritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para manifestar una nueva doctrina recibida por él por revelación, sino para que, con su asistencia custodiaran santamente y expusieran fielmente la doctrina recibida de los Apóstoles» [cf. n.700-701]. 

Téngase además en cuenta que la doctrina apostólica no es una simple expresión conceptual de realidades objetivas, todo lo verdaderas que se quiera; sino que es vida: la vida de los hijos de Dios sobre la tierra. Por esta especial naturaleza de la Palabra de Dios se ve la necesidad de que aquellos que habían recibido de Cristo la misma misión que él había recibido de su Padre, es decir, la de predicar el Evangelio a todos los hombres, fueran al mismo tiempo los 
dispensadores efectivos de los misterios de Dios (cf. 2 Cor 6,4) y los maestros de la vida cristiana: enseñándoles a observar todo cuanto os he mandado (Mt 28,18ss). San Pedro exhortaba a los presbíteros a apacentar la grey de Dios, siendo modelos de la grey (1 Pe 5,3), y Pablo podía decir a los fieles: Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo (1 Cor 4,16; 11,1. Cf. Flp 3,17; 1 Tes 1,6). 

MARTIRIO - Esto supone no sólo la fidelidad conceptual al mensaje evangélico, sino el amor y la vivencia de dicho mensaje. La misión del magisterio apostólico no es sólo la predicación o el anuncio, sino que es ante todo y sobre todo el testimonio: Daréis testimonio de mi (Lc 24,48; Act 1,8). La tradición cristiana reservó muy pronto la palabra testimonio [martirio] para el testimonio por excelencia que se daba con el derramamiento de la sangre. Pero también muy pronto, en el siglo III, fue San Cipriano quien habló de la vida cristiana como martirio, o sea, como testimonio de Cristo. Toda la vida cristiana con lo que tiene de amor a Jesús, de vivencia de su mensaje, de imitación de su vida, de seguimiento de su cruz, de firmeza en la esperanza, de afirmación de Dios en un mundo sin Dios, de compromiso con el prójimo, es un verdadero testimonio-martirio. 

Cuando el Evangelio se separa del testimonio, cuando la palabra predicada no se hace vida, hay una especie de docetismo de la predicación, que es la mejor manera de hacerla infructuosa. La redención del hombre se llevó a cabo de verdad, porque la Palabra de Dios se hizo hombre verdadero en Cristo y no, como decían los docetas, tomando una apariencia de hombre. 

La primera cuestión que debería hacerse todo aquel que ha recibido 
la misión de transmitir la fe de la Iglesia, es la de saber si esa 
transformación se hace por medio de palabras articuladas que se las 
lleva el viento, o se ha sustantivado en el testimonio callado de la 
propia vida. Porque si el predicador no encarna lo que predica, 
haciéndose modelo como decia San Pedro (1 Pe 5,3), no hay que 
extrañarse de que el oyente se contente, como añadía Santiago, con 
ser oyente de la Palabra, sin cumplir sus exigencias (Sant 1,23). Cristo 
predicó ciertamente palabras; pero si esas palabras no se hubieran 
sustantivado en la gran Palabra heroica que murió en la cruz, el mundo 
estaría aún por redimir. 

 



c) Limitaciones de la infalibilidad

Karl Barth declaraba que allí donde se reconoce un carácter infalible a una autoridad terrestre, no tenemos más remedio que decir un no resuelto. «Nuestra actitud con respecto al catolicismo no puede ser otra sino la de la misión, la de la evangelización,de ningún modo la de la unión» 16. Sin embargo, H. Ott, que sucedió a Barth en la cátedra de Basilea, hacía una confesión sorprendente, después de haber estudiado detenidamente la definición del Vaticano I 17. Ott no encuentra en ella una oposición insalvable con las posturas del protestantismo, sino más bien un punto de partida para el diálogo ecuménico. Por eso, conviene examinar las limitaciones que tiene elconcepto de infalibilidad de la Iglesia. 

1)
La infalibilidad de la Iglesia, del episcopado universal, del papa, incluso de los apóstoles no es una infalibilidad intrínseca ni absoluta, que ésta es sólo de Dios. Todo entendimiento humano, tanto del papa, como de los obispos, como de los apóstoles, e incluso el entendimiento humano de Cristo es limitado y, de suyo, falible. La infalibilidad no viene a la Iglesia por una cualidad intrínseca que eleve el entendimiento de los apóstoles o de sus sucesores a una esfera sobrehumana. Les viene simple y llanamente por una asistencia divina, que no les exime de su trabajo e investigación personal; por eso, tampoco es absoluta. Sólo en determinadas materias, es decir, 

aquellas materias que son competencia del magisterio de la Iglesia, se da esa asistencia divina especial; y dentro de esas materias, sólo en muy determinados casos, bien definidos, la Iglesia, en virtud de esa asistencia, no podrá equivocarse. Y aquí tenemos indicada la segunda y tercera limitación de la infalibilidad. Para conocer bien los términos de estas limitaciones es importante el discurso de Mons. Gasser, en el Vaticano I 18. 

2
) La segunda limitación es obvia. Porque la asistencia divina se da para garantizar la fiel transmisión del mensaje evangélico. Cualquier obispo, cualquier papa podrá hablar de otras materias: economía, finanzas, física, astronomía. Pero eso no pertenece al campo del magisterio eclesiástico, ni para eso cuenta con ninguna asistencia divina especial. Sus afirmaciones valdrán tanto cuanto valgan los argumentos de su ciencia personal. 

El campo propio del magisterio suele designarse con la fórmula tradicional: «materias de fe y costumbres», o con otras fórmulas equivalentes que emplea el Vaticano II: «doctrina de fe y de conducta», «fe que ha de creerse y aplicarse a la vida», «revelación que hace fructificar», y constituyen lo que Juan Pablo II llama en su encíclica Redemptor hominis (n.19) «la verdad divina». Evidentemente, estas fórmulas significan primariamente las verdades reveladas de contenido salvifico, que exigen la respuesta de la fe (objeto primario del magisterio). 

Sin embargo, hay otra serie de verdades no reveladas en sí mismas, pero que están tan intima e intrínsecamente ligadas con las verdades reveladas, que lógica y necesariamente dependen unas de otras. Aun cuando el concilio Vaticano I no pretendió definir que estas verdades formen parte del objeto (secundario) del magisterio, Gasser lo supone en la Relación previa a la definición de la infalibilidad del Romano Pontífice 19; el Vaticano II lo enseña en la constitución Lumen gentium 20 y la Iglesia las ha definido en más de una ocasión. Como quiera que en estos casos no define la Iglesia dichas verdades «como reveladas», puesto que no están reveladas, tendríamos una definición infalible de la Iglesia que no constituye un dogma de fe. 

3) La tercera limitación hay que situarla en el ámbito espacial de la doctrina. No se olvide que el magisterio del papa y de los obispos es un servicio a la fe de la Iglesia. Lo importante es la fe de la Iglesia, considerada en su totalidad porque, si esa fe naufragara, habría dejado de existir la Iglesia universal. De ahí que, propiamente hablando, no hay sino una sola infalibilidad: la infalibilidad del conjunto de los fieles, que llamamos Iglesia; la enseñanza del magisterio eclesiástico, para que tenga la garantía suprema de infalibilidad,

necesita ser universal. Lo cual puede ocurrir de tres modos. El primero, y el más ordinario, cuando el episcopado universal coincide entre sí y con el Romano Pontífice en la doctrina «de fe y costumbres» que enseñan a los fieles. El segundo, cuando enseñan esa misma doctrina reunidos en concilio universal. Tercero, cuando el papa, que tiene jurisdicción universal, ordinaria y episcopal en toda la Iglesia y en cada una de las diócesis, se dirige, como Pastor supremo, a toda la Iglesia. 

Por eso enmarca el Vaticano I la definición sobre la infalibilidad del Romano Pontífice en la perspectiva general de la infalibilidad de la Iglesia; y el Vaticano II evitó deliberadamente decir que el papa actúa en sus definiciones solemnes «como cabeza del Colegio episcopal». Porque en esos casos actúa «en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma» (LG n.25). 

Y así debía de ser en una perfecta coherencia con los datos que la revelación nos proporciona sobre el ministerio de Pedro. Porque debe notarse que la revelación posee la estructura de lo universal en lo concreto. Esto quiere decir que la revelación que se dirige a todos y se hace acontecimiento para todos, ocurre siempre en concreto: en un suceso histórico, en hombres individuales, mediante una palabra 
determinada, mediante un hecho especial. La culminación y plenitud de la revelación en la persona de Jesús de Nazaret v en la realidad-Cristo, es la realización insuperable de lo universal en lo concreto. 

La aplicación a nuestro tema es obvia. La promesa dada a toda la Iglesia, representada en el Colegio Apostólico y sus sucesores, de que permanecerá en la verdad y la verdad en ella, no exige que cada uno de los miembros de la Iglesia posea el carisma de la verdad de la misma manera; pero exige que este carisma esté en la Iglesia universal. Ahora bien, esto no excluye su concretización particular en un acto del magisterio extraordinario del papa, sino que (como en el caso del universal en lo concreto) la hace posible y real. De ahí se sigue también, según la misma ley, algo que debe ser esclarecido teológicamente, es que la carencia de error concedida a toda la Iglesia sería problemática, caso de no ser posible su concretización en una 
última palabra de aquel que es el primero, el pastor supremo, el fundamento de la Iglesia, y de cuyo ministerio forma parte el robustecer y confirmar a los hermanos en la fe (cf. Lc 22,32). 

4) Queda una última limitación: y es que la doctrina se proponga por el magisterio definitivamente. No basta que la Iglesia universal, el episcopado o el papa sostengan una doctrina como opinión teológica, porque entonces no quedaría comprometida la fe de la Iglesia. Pero cuando toda la Iglesia se expresa en símbolos de fe universales o el episcopado universal disperso por el mundo o reunido en concilio afirman definitivamente que una doctrina está revelada, entonces sí queda comprometida la fe de la Iglesia; y, por consiguiente, es infalible la presencia de Cristo y la asistencia del Espíritu de verdad para que la Iglesia no naufrague en la fe. Es indiferente que la enseñanza definitiva del magisterio se proponga por medio de actos ordinarios o extraordinarios, como sería un concilio ecuménico o una definición «ex cathedra». Los símbolos de fe de la Iglesia primitiva no son actos del magisterio extraordinario; pero representan la fe de la Iglesia universal. Por el contrario, el concilio Vaticano II es un acto del magisterio extraordinario y universal; pero no trata de definir ninguna doctrina de fe. 

Ahora bien, puesto que el objeto del magisterio se extiende también a aquellas verdades no reveladas, pero necesarias para la «inviolable custodia y la fiel exposición del depósito de la revelación» (LG n.25), se deduce que también éstas pueden ser definidas infaliblemente por la Iglesia, aunque no constituyan un dogma de fe. En todo caso, debe constar positivamente la voluntad de definir. 


d) Magisterio y Escritura

No se diga que con esto se mitifica el magisterio de la Iglesia o e desconoce el valor excepcional que tiene la Sagrada Escritura. 

1) Téngase en cuenta que la asistencia divina no puede confundirse con la inspiración. La inspiración es una moción divina que influye positivamente en el autor sagrado; de tal manera, que lo que él escribe o compone pueda a justo titulo llamarse Palabra de Dios, porque Dios es el autor principal. La asistencia, ni supone un influjo positivo de parte de Dios, ni las definiciones de la Iglesia pueden llamarse Palabra de Dios. La asistencia no cambia nada en el interior del acto infalible, que sigue siendo un acto pura y totalmente humano, aunque en las circunstancias anteriormente señaladas exista la garantía, extrínseca al acto mismo, de que será ciertamente conforme con la doctrina revelada. 

La asistencia, pues, no puede fomentar una pasividad confiada y perezosa que descuide todo esfuerzo por la búsqueda ardiente de la verdad en una penitencia y renovación constante del espíritu evangélico. Cualquier cristiano puede zozobrar en la fe y en la fidelidad a Jesús, incluido personalmente el papa. De ahí que la promesa de Cristo no pueda servir de adormidera para nadie. Porque si es verdad que la Iglesia universal es infalible, no ocurre lo mismo con las localizaciones de esta Iglesia, rondada siempre por seductores, asaltada por enemigos y atraída por toda suerte de tentaciones. 

2) Téngase además en cuenta que los escritos inspirados han nacido en una comunidad viva, como expresión de una fe que es anterior a dichos escritos y cuya fiel custodia, conservación e incontaminada vigencia ha sido confiada a los Pastores de la Iglesia. El magisterio de la Iglesia no es Palabra de Dios; esos escritos inspirados, en cambio, son Palabra de Dios. El magisterio de la Iglesia no está sobre la Sagrada Escritura, sino al servicio de ella, para velar porque siempre se conserve intacto el mensaje original. Ya los mismos 

apóstoles reconocen que en la Sagrada Escritura hay pasajes difíciles que requieren una recta interpretación (cf. 2 Pe 3,16), y que hay algunos que depravan su recto sentido. La historia de la exégesis muestra que todas las herejías se han amparado en alguna expresión bíblica desencarnada de su contexto vital. De ahí que siempre haya recurrido la Iglesia a la tradición viva, como órgano que transmite, defiende y precisa el verdadero sentido de la Palabra de Dios escrita; es decir, a «aquellos que en la Iglesia poseen la sucesión desde los apóstoles y que han conservado la Palabra sin adulterar e incorruptible»21. El mismo San Ireneo ilustra esta enseñanza con una comparación muy sugestiva: la de los centones homéricos. A saber: había un juego consistente en tomar un trozo literario o las piezas de un mosaico y formar con ellas el pensamiento o la figura original. Si no se colocaban justamente, el número de piezas era idéntico, pero el pensamiento o la figura era distinta. Sólo aquel que está familiarizado con Homero podrá reconocer la falsedad del pensamiento, aun cuando contenga exactamente las mismas palabras. Y esto es lo que hacen los herejes. Por eso advierte Ireneo que «han de leerse las Escrituras bajo la tutela de los presbíteros de la Iglesia, en quienes se halla la doctrina apostólica»22. Así educado en el seno de la Iglesia, «posee el canon inflexible de la verdad que ha recibido mediante el bautismo, y reconocerá perfectamente los términos, las expresiones y las parábolas que se hayan tomado de las Escrituras; pero no reconocerá el asunto blasfemo que han tratado (los herejes). Reconocerá las piedras, pero no tomará el zorro por el retrato del rey; al contrario, 
colocará cada texto en su rango correspondiente y lo adaptará al asunto de la verdad y así podrá desenmascarar la ficción y mostrará su 

inconsistencia»23. 

El mensaje cristiano ha sido entregado por Cristo al magisterio de los apóstoles y de sus sucesores. Y aunque es cierto que por inspiración 

divina quedó fijado en los evangelios y en los demás escritos del Nuevo 

Testamento, estos escritos no pueden entenderse sino dentro de la fe de la Iglesia en la que han nacido. Afirmar que el magisterio se erige en juez y patrón de la Sagrada Escritura es tan injusto como decir que los apóstoles se hacen dueños y señores de la Palabra de Jesús cuando 
velan porque el mensaje de Jesús no se adultere con vanas palabrerías. Ni los obispos ni el papa, ni los apóstoles son dueños de la Palabra de Jesús, sino que están sometidos a ella; su autoridad es el carisma permanente para la fiel transmisión de esa Palabra. Por eso, cuando la Iglesia define un dogma de fe, es una liviandad hablar del dogmatismo de la Iglesia. Porque ella no impone, propiamente hablando, nada nuevo a los fieles. Lo único que hace es testificar con certeza que tal o cual verdad está contenida en el depósito de la revelación cristiana. El acto de fe en un dogma definido no es fe a la Iglesia, sino a la Palabra de Dios que nos llega a través del magisterio de la Iglesia desde el tiempo de los apóstoles. Y una vez que consta 
con certeza que es Palabra de Dios, el magisterio es el primero que tiene que someterse a ella.

LA DE LA LA IGLESIA CATÓLICA - JUSTO COLLANTES. BAC. 1984
Págs. 5-25 – Agradecemos a mercaba.com

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* El título es mío. Este texto pertenece a la Introducción
6 Lumen gentium 1, 8, 9, 48; Sacrosanctum Concilium 5. 
7 Lumen gentium 14. 
8 La Profession de foi du Vicard Savoyard, en Oeuvres (Paris 1856-1863) II 4,89. 
9 El Espíritu de Verdad os guiará hacia la verdad completa, en La infalibilidad de la Iglesia (ed. Estela, Barcelona t964) 14. 
10 Lumen gentium n. 8. 
11 Hay una traducción castellana, Introducción al cristianismo (Salamanca 
1971).
12 Lumen gentium n.20. 
13 AAS 71 (1979) 305.
14 Cf. I. DE LA POTTERIE, L´onction du Christ: NRT 80 (1958) 225-252.
15 U. HOLZMEISTER, Dominu tecum: Verbum Domini 23 (1943) 232-237; 
252-262. 
16 Foi et Vie (1948) 495.
17 Die Lebre des I Vatikanischen Konzils (Basilea) 162-163.
18 Msi 52,1204 t232.
19 Msi 52,1226ss
20 Al discutirse la materia del n.25 de la constitución Lumen gentium, pidieron 
cuatro Padres que se declarase la infalibilidad de la Iglesia respecto a estas 
verdades ligadas con la revelación. La Comisión teológica respondió que de 
ello se habla en las palabras del texto: «Esta infaibilidad... se extiende a 
cuanto abarca la inviolable custodia y la fiel exposición del Depósito de la 
divina Revelación». Acta Synodalia sacrosancti concilii oecumenici Vaticani II, 
vol. lIl, pars VlIl (Typis polyglottis vaticanis, 1976) 89.
21 SAN IRENEO, Adv. haer. 4,26,5. 
22 Adv. haer. 4,32,1. 
23 Adv. haer 1,9,4.

 

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LA IGLESIA, DON DE DIOS Y

SACRAMENTO DE SALVACIÓN

 

I. LA IGLESIA, DON DE DIOS A LOS HOMBRES I/DON-DE-D


1. Hoy inauguramos esta reflexión y este anuncio del misterio de la Iglesia haciendo hincapié, sobre todo, en esta idea: la Iglesia es un don, un regalo de Dios para la humanidad entera. «El Padre Eterno, por una disposición libérrima y arcana de su sabiduría y bondad, creó todo el universo, decretó elevar a los hombres a participar de la vida divina, y como ellos hubieran pecado en Adán, no los abandonó, antes bien les dispensó siempre los auxilios para la salvación, en atención a Cristo Redentor, que es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura (Col 1,15). A todos los elegidos, el Padre, antes de todos los siglos, los conoció de antemano y los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos (Rom 8,29). Y estableció convocar a quienes creen en Cristo en la santa Iglesia, que ya fue prefigurada desde el origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en la antigua alianza, constituida en los tiempos definitivos, manifestada por la efusión del Espíritu y que se consumará gloriosamente al final de los tiempos. Entonces, como se lee en los Santos Padres, todos los justos desde Adán, desde el justo Abel hasta el último elegido, serán congregados en una Iglesia universal en la casa del Padre» 2. 
Podríamos glosar esta idea recorriendo la historia, porque siempre, en todas las épocas de la humanidad, Dios ha ido -de alguna manera- iluminando, ayudando a los hombres -hijos suyos- en el descubrimiento y en la realización de sus designios y de su vida; pero querría yo que nos pusiéramos en una actitud de espíritu más concreta, más realista, pensando no en la humanidad de los siglos pasados, sino pensando en esta humanidad y en esta sociedad nuestra. Y no en la sociedad de los 
cinco continentes, que tiene también sus problemas, que son, lógicamente, nuestros problemas, sino en una sociedad concreta, en esta sociedad española, en esta sociedad de nuestra Iglesia de León, sociedad formada por jóvenes, adultos y ancianos, cada uno con sus problemas a cuestas, con problemas interiores, problemas económicos, sociales, afectivos, de todas clases. Esta sociedad nuestra con sus instituciones económicas, sociales, políticas, con sus fuerzas, con sus lluvias de influjos y de influencias en todos los órdenes de las cosas, con sus comodidades y sus incertidumbres, con sus fiestas y sus sufrimientos, unas veces aparentes y otras encubiertos y profundos. Pues bien, a esta sociedad nuestra, de la cual nosotros somos, aquí y ahora, una pequeña representación -pero pensemos en todos los barrios, en todas las casas, asociaciones, las gentes de León, de León ciudad, de todas las villas, de todas las ciudades, de todos los pueblos-, a esta sociedad nuestra le ha hecho Dios un gran don. Y pensemos que este Dios, que es el Dios Creador, el Dios misterioso -lejano y cercano al mismo tiempo-, el Dios Omnipotente, el Dios nuestro Padre, os ha dado en la Iglesia el don más grande que podía darnos. 
Estamos rodeados por los dones de Dios: dones de la creación, del 
campo, de las tierras, de las entrañas de la tierra, del agua, de la vida, 
de la salud... Todos son dones de Dios. 
Pero hay un don más profundo, que es el don de la Iglesia, y este 
don empieza con nuestro Señor Jesucristo. Dios, nuestro Creador, 
nuestro Padre, nos ha dado a su Hijo, a su Hijo hecho hombre, para 
que comparta nuestra vida y nuestra condición humana. Jesucristo 
vivió en la tierra y su predicación fue una iluminación continua y 
universal de todos los problemas y las oscuridades de nuestra 
existencia humana. Nos habló de Dios Padre, nos habló del corazón de 
los hombres, nos habló de los criterios y de las normas con las cuales 
nos tenemos que respetar y estimar y ayudar y querer en este mundo. 
Nos habló de la gran esperanza que tiene que sostener nuestras 
actividades en todas las circunstancias. 
«Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al 
hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda 
responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a 
la humanidad otro nombre en el que sea necesario salvarse. 
Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia 
humana se halla en su Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia que 
bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que 
tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para 
siempre. Bajo la luz de Cristo, imagen de Dios invisible, primogénito de 
toda la creación, el Concilio habla a todos para esclarecer el misterio 
del hombre y para cooperar en el hallazgo de soluciones que 
respondan a los principales problemas de nuestro época» 3. 

Jesús compartió nuestra vida. Jesús bajó a los infiernos, a los 
infiernos de la muerte y después de la muerte, y entró también en los 
infiernos del dolor, de la soledad, del menosprecio, del abatimiento. 
Jesús, en su inocencia, de una manera misteriosa quiso sentir -como 
nos recordaba este escalofriante pasaje del evangelio que hoy hemos 
escuchado 4-, quiso sentir las asechanzas del demonio, las 
asechanzas del mal. Jesús compartió verdaderamente -no sólo el 
aspecto amoroso, idílico, agradable de la vida-, Jesús compartió hasta 
sus raíces más amargas la condición dolorosa y trágica de la vida 
humana. 
Pero de todo esto, Jesús, por la fuerza de Dios Padre, que estaba 
con él, por la fuerza del Espíritu Santo, por la fuerza de su propia 
inocencia, Jesús saltó el día de la resurrección a la vida eterna y desde 
allí es el gran horizonte de esperanza para todos los que creemos en 
e1, y desde allí es el gran cable de seguridad, aferrándonos al cual 
podemos avanzar día a día en esta vida sin perdernos, sin ser 
apenados ni abatidos, porque nuestra esperanza está consolidada en 
Jesucristo resucitado, que es nuestro hermano, que es nuestra cabeza, 
la fuente y el poder de nuestra propia vida. 
«La sociedad actual tiene bastante afinidad con aquella en la que se 
abrió paso la primera predicación del evangelio. Nos sentimos, como 
muchos hombres de aquella época, aprisionados en nuestra 
impotencia, sumergidos en múltiples ofertas de salvación que vemos 
como no definitivas y engañosas. Pero, como sucedió a los hombres de 
aquella antigua generación, desde la experiencia de nuestra limitación 
tenemos hoy la vivencia de que un don que nos desborda, una 
misericordia sumamente acogedora, puede salvarnos en plenitud, 
ofreciéndonos la gratuidad de su amor. 
Sí, Cristo -el Hijo de Dios vivo -confiere toda su grandeza a nuestro 
ser personal, es el garante de lo que pensamos y queremos ser, es 
quien posibilita vivir la vida con dignidad y ponerla a disposición de los 
otros, para ayudarles a dignificarse más; quien avala las genuinas 
aportaciones de las ciencias y los saberes humanos y los proyecta a 
horizontes más amplios; quien nos hace capaces de enfrentarnos sin 
temor ante el futuro, empeñados en construir la ‘utopía’ de un mundo 
nuevo, más justo y humano» 5. 

2. Y en este don de Jesucristo, Dios nuestro Señor nos dio el gran 
don de la Iglesia. Un don de la Iglesia el cual yo subrayaría 
brevísimamente en tres rasgos fundamentales: ¿Qué nos da Dios en la 
Iglesia? ¿Qué nos da Jesucristo al dejar constituida la Iglesia en el 
mundo antes de desaparecer definitivamente de nuestro mundo visible, 
de esta tierra? 
2.1. Jesús nos da el Colegio de los Apóstoles. Aquellos hombres 
testigos de la presencia de Dios, aquellos hombres que empeñan su 
vida entera hasta el martirio en anunciar lo que han visto y oído de 
nuestro Señor Jesucristo. Y eso lo da de una vez para siempre: Pedro y 
los apóstoles, el Papa y los obispos, el Colegio Apostólico, predicadores

de la palabra de Dios conjunta y unidamente en el mundo entero, testigos permanentes de la presencia de Dios y de Cristo en el mundo para todos los hombres. Rogad para que el Papa y los obispos de hoy seamos tan fieles en nuestro servicio de la predicación y dirección del pueblo de Dios como fueron Pedro y los apóstoles fieles a la fe, al amor, a la confianza que vosotros -nuestros hermanos- ponéis en nosotros. 
Y rogad también para que toda nuestra Iglesia, sacerdotes, 
religiosos, fieles, adultos y jóvenes, sean más conservadores o más 
innovadores, cumplan el deseo y el consejo de Cristo expresado en su 
nombre por nuestro Papa Juan Pablo II: «De estas premisas se deriva 
una actitud bien concreta para el cristiano. La Iglesia ha sido 
constituida por Cristo y no podemos pretender hacerla según nuestros 
criterios personales. Tiene por voluntad de su Fundador una guía 
formada por el sucesor de Pedro y de los apóstoles: ello implica, por 
fidelidad a Cristo, fidelidad al magisterio de la Iglesia» 6. 

2.2. Jesús, con el Colegio Apostólico, nos deja la palabra viva de 
Dios en el evangelio y los sacramentos. Una palabra que es alimento 
para nuestro espíritu y unos sacramentos que son presencia 
santificadora de Jesucristo para todos nosotros en los momentos 
cruciales de nuestra vida por el bautismo, la confirmación, la 
penitencia, la eucaristía, el matrimonio, la unción de enfermos. 

2.3. Y Jesucristo nos deja y nos da el gran don del Espíritu Santo de 
Dios, la fuerza más profunda de la vida de Dios que está derramada 
misteriosamente por el corazón de todos los creyentes. Así, nuestros 
corazones y nuestras vidas son como arroyos, como las venas por las 
cuales circula en el mundo la vida misma de Dios. 

II. LA IGLESIA ES LA SALVACIÓN 
Este es el gran don de la Iglesia que Dios ha dado a los hombres, 
que nos ha dado a nosotros, no por nuestros méritos, sino por 
nuestras necesidades, por nuestras debilidades, por nuestra 
indigencia. El gran don que nos ha dado Dios no sólo a nosotros, y 
aquí los católicos necesitamos corregir un poco la estrechez de nuestra 
mente. Dios ha dado el gran don de la Iglesia, el gran don de 
Jesucristo, el gran don del ministerio apostólico de la palabra de Dios, 
de los sacramentos, del Espíritu Santo de Dios, a todos los hombres, 
también a los que nos critican, también a los que no son aficionados a 
venir a la iglesia, también a los que no han oído hablar de estas cosas. 
Dios es el Padre de todos y Jesucristo es el Salvador de todos y la 
Iglesia tiene que ser la Iglesia de todos y para todos. 
En la Iglesia tenemos el descubrimiento de lo más hondo, de lo más 
verdadero, de lo más definitivo y profundo de nuestra vida humana. En 
la Iglesia encontramos una especie de iluminación de los propios 
misterios y abismos de nuestra vida. En la Iglesia tenemos la liberación 
de las profundas opresiones: opresiones del miedo, opresiones de la 
injusticia, opresiones de las pasiones; no solamente de las opresiones 
externas, sociales, económicas; también de las opresiones internas que 
padece el hombre. 
La Iglesia es un mensaje de liberación. La Iglesia es ella misma 
libertad, salvación para todos los que quieren vivir profundamente el 
mensaje de Jesús. 
La Iglesia es también renovación, cambio y transformación; pero 
renovación, cambio y transformación empezando por el corazón de los 
hombres, porque ahí es donde -con la luz de Dios y con el poder de 
Dios- hay que cambiar verdaderamente la humanidad, en el corazón de 
los hombres. No ocultando a Dios, no apartando y silenciando a Dios 
en nuestra vida, sino en el nombre de Dios, con la luz de Dios, con el 
Espíritu de Dios, que es como cambiaremos a todos los hombres y 
como este mundo llegará a ser -poco a poco, penosamente- un mundo 
de hermanos, en la medida en que tengamos todos un corazón de 
hermanos con la mente y con el Espíritu de Dios. 

III. ¿QUE HACER AHORA? 
Y ¿qué hacer ahora para vivir de verdad en este tiempo, en esta tierra, en esta sociedad, este misterio de la Iglesia? Yo quiero rápidamente -para vosotros y para los que me están escuchando por la radio- decir sólo aquello, aquellos rasgos o aquellas características que las circunstancias nos están pidiendo a los católicos españoles y, en primer lugar, repetir unas palabras muy queridas de Juan Pablo II: «No tengáis miedo». 

Primer consejo: No temer. Han cambiado muchas cosas y muchos 
católicos se sienten como desamparados. No tengáis miedo, Jesús es 
nuestro jefe, Jesús es nuestro dirigente. Este Jesús que ha vencido 
todos los poderes, todas las mentiras, todas las pasiones de este 
mundo; este Jesús -resucitado por el Espíritu de Dios- está con 
nosotros, nos guía y nos sostiene y nos llevará a la victoria y a Ia 
salvación; este Jesús se hará creer por todos los hombres, por 
aquellos que hoy puedan reírse de él y de su Iglesia. 

Segundo consejo: La unidad. Hoy más que nunca los católicos, Ios 
miembros de la Iglesia, necesitamos reunirnos, agruparnos en torno a 
la palabra de Dios, predicada e interpretada válidamente sólo por 
aquellos que en la Iglesia tienen la función y asistencia de Dios para 
este ministerio: por el Papa y los obispos en comunión con el Papa, por 
los sacerdotes en comunión con los obispos y por todos aquellos 
seglares y religiosos que, de alguna manera, son difusores de la 
doctrina de la Iglesia en comunión, en unidad. Porque ésta es la única 
manera de estar formando cadena con nuestro Señor Jesucristo, que 
es el origen y la fuerza y la consistencia de la Iglesia. 
Todas nuestras diferencias y dependencias de opiniones, de 
escuelas, de características, todo tiene que quedar en un rango muy 
secundario frente a estas exigencias de unidad que el Señor y las 
circunstancias y nuestros hermanos y nuestra propia prosperidad 
espiritual nos están pidiendo. 

Tercer consejo: Participación. La Iglesia no se sostiene desde 
ningún despacho, ni desde ninguna oficina, ni desde ninguna dirección 
general. La Iglesia la tenemos que sostener nosotros con nuestra fe, 
con nuestra formación, con nuestra dedicación, con nuestro tiempo, 
con nuestro interés y con nuestros propios bienes. Caminamos hacia 
unas situaciones en las que los cristianos tenemos que sostener la 
Iglesia con nuestro esfuerzo. Y aquí hay que decidirse: no vale nadar 
entre dos aguas; o se es católico y miembro de la Iglesia con todas las 
consecuencias, o las circunstancias mismas irán haciendo que los 
niños, los que no se preocupan de la formación propia y de la 
formación de sus hijos, los que son católicos pero no practican -que en 
unos ambientes parece la fórmula elegante: «soy católico, pero no 
practicante»; muy bien, ¡felicidades!-, todos éstos irán -poco a poco- 
siendo sacudidos por los vendavales, por las incongruencias de las 
ideologías y de pasiones y de intereses contrarios a las ideas y a los 
verdaderos sentimientos de Jesucristo y de la Iglesia. 
No es tiempo de ambigüedades ni de tibiezas; es tiempo de claridad, 
de coherencia, de personalidad, de decidirse cada cual. 

Cuarto consejo: Testimonio. Hay muchos católicos que en los medios públicos -en la prensa, en la radio, en la televisión, en los ambientes de trabajo, en las oficinas, en las conversaciones- se avergüenzan de decir que son católicos, que son discípulos de Jesucristo. Les parece más importante o más elegante ser discípulos de otros maestros de mucha menor categoría. Los católicos españoles necesitamos hoy ser capaces de dar testimonio -sin menospreciar a nadie, pero sin avergonzarnos tampoco- de nuestra propia fe con la palabra, con las obras, con nuestras actividades, con nuestros criterios morales sobre temas tan importantes que se agitan actualmente en la opinión pública y en las mismas decisiones legales de nuestra nación, como a propósito del tema del aborto. 
Los obispos hemos pedido a nuestros católicos que se muevan también y que cumplan con su obligación para declarar su opinión y sus preferencias en torno a este punto tan importante, del cual depende no sólo el honor y la legalidad de un país, sino la vida de miles de inocentes e indefensos. 
«Cuando sabéis ser dignamente sencillos en un mundo que paga cualquier precio al poder; cuando sois limpios de corazón entre quien juzga sólo en términos de sexo, de apariencia o hipocresía; cuando construís la paz en un mundo de violencia y de guerra; cuando lucháis por la justicia ante la explotación del hombre por el hombre o de una nación por la otra; cuando con la misericordia generosa no buscáis la venganza, sino que llegáis a amar al enemigo; cuando en medio del dolor y las dificultades no perdéis la esperanza y la constancia en el bien, apoyados en el consuelo y ejemplo de Cristo y en el amor al hombre hermano, entonces os convertís en transformadores eficaces y radicales del mundo y en constructores de la nueva civilización del amor, de la verdad, de la justicia, que Cristo trae como 
mensaje» 7. 

Confianza, unidad, participación, testimonio. Así es o debemos responder todos en un gran sentimiento de gratitud y de fidelidad a este gran don de Dios para nosotros que es la Iglesia de Dios. 

Conclusión 
Yo quiero terminar poniendo bajo la protección de la Virgen María las jornadas de estos días, a las cuales os invito a vosotros, a los que estáis aquí y a todos los oyentes que me estáis escuchando, y os pido un esfuerzo para asistir a estas Conferencias. Pero quiero poner ante todo a los pies de la Virgen María toda la vida de esta Iglesia nuestra de León, la fe de todos los fieles de León, el esfuerzo de todos los fieles de León, el testimonio, la generosidad, para que ella, que es la Madre humilde y fuerte, Madre de Jesús y de todos los creyentes, nos ayude a ser fieles y generosos en estos tiempos y en estas circunstancias de nuestra Iglesia. 

FERNANDO SEBASTIAN AGUILAR - Obispo de León
SOIS IGLESIA - Reflexiones sobre la Iglesia como pueblo de Dios
y sacramento de salvación - Edic. CRISTIANDAD. Madrid-198.Págs. 14-22

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2 Lumen gentium, 2.
3 Gaudium et spes, 10. 
4 Cf. Lc 4,1-13.
5 Juan Pablo II, saludo a los universitarios en el campus de la Universidad Complutense de Madrid.
6 Juan Pablo II, homilía en la eucaristía celebrada en Barcelona España.

 

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XX siglos de historia - Gracias a hombres y mujeres obedientes al Espíritu Santo, han surgido en la Iglesia muchas obras de caridad, dedicadas a promover el desarrollo: hospitales, universidades, escuelas de formación profesional, pequeñas empresas. Son iniciativas que han demostrado, mucho antes que otras actuaciones de la sociedad civil, la sincera preocupación hacia el hombre por parte de personas movidas por el mensaje evangélico.

 

Jesús, Rey del universo. - Él es el Rey de bondad y donador de gracia que alimenta a su pueblo, y quiere reunirlo en torno a Él como un pastor que vela por su rebaño y recobra sus ovejas de todos los lugares donde estaban dispersas en los días de nubes y brumas (cf. Ez 34, 12).

 

Dos mil años de evangelización - En el monte de los Olivos, el día de la Ascensión, antes de subir al Padre, Jesús pronunció la profecía de la evangelización: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15).

«En estas palabras está contenida la proclama solemne de la evangelización» Juan Pablo II. Los discípulos del divino Redentor acogieron esta consigna y desde entonces, a lo largo de la historia y en todos los meridianos del orbe, la Iglesia se torna católica catolizando, y no ha hecho otra cosa que ejecutar el mandato de su Señor: evangelizar. «Evangelizare Iesum Christum»: «Anunciar a Jesucristo» (cf. Ga 1, 16), como se expresa san Pablo con frase lapidaria y emblemática.

 

La Iglesia es en la historia una anticipación del reino de Dios, y lo demuestra también por ser católica, es decir, universal.

No impulsa a la Iglesia ambición terrena alguna. Sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido.

 

En pocas palabras: si Cristo fundó una Iglesia y el diablo la corrompió y luego tuvo que venir Lutero para "reformarla": ¿Qué papel hace Cristo prometiendo una Iglesia invencible? Y si eso fuera posible: ¿Cuál de las miles de divisiones del protestantismo heredó el "Espíritu de Verdad" del que Cristo habla y que promete con tanta certeza?.

 

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La Iglesia es la Iglesia de Jesucristo, es la Iglesia que él ha querido y fundado y en la cual él está presente.; la historia de 2000 años ininterrumpidos, habla de Él. Y la quiso católica-universal-global para que todos sean salvados por el amor de Dios.
Precisamente en cuanto cada acto humano pertenece a quien lo hace, cada conciencia individual y cada sociedad elige y actúa en el interior de un determinado horizonte de tiempo y espacio.
Para comprender de verdad los actos humanos y los dinamismos a ellos unidos, deberemos entrar, por tanto, en el mundo propio de quienes los han realizado; solamente así podremos llegar a conocer sus motivaciones y sus principios morales. Y esto se afirma sin perjuicio de la solidaridad que vincula a los miembros de una específica comunidad en el discurrir del tiempo. MM.

 

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Iglesia: domicilio público y sede apostólica en Vaticano - Situado cerca de la orilla derecha del Tíber, corresponde a la Colina Vaticana, el antiguo Ager Vaticanus, en el que se construyeron residencias veraniegas durante la era republicana. Calígula edificó aquí su circo privado, en el que, así como en lo jardines adyacentes, parecen haber sido martirizados los primeros cristianos.  Al norte del circo, en una carretera secundaria, se encontraba una necrópolis en la que estuvo enterrado San Pedro.  Entre los años 324 y 326, Constantino erigió sobre el lugar de la tumba del primer Papa una imponente basílica que fue reemplazada por la actual construida entre los siglos XVI y XVII.

 

El entero territorio del Estado de la Ciudad del Vaticano se encuentra bajo la protección del Tratado de La Haya, del 14 de marzo de 1954, relativo a la salvaguardia de los bienes culturales en caso de conflicto armado.  La Ciudad del Vaticano está reconocida por lo tanto – también en ámbito de la disciplina internacional – como patrimonio moral, artístico y cultural digno de ser respetado y protegido como un tesoro para toda la humanidad.  Desde 1984 el Estado de la Ciudad del Vaticano forma parte de la lista de lugares reconocidos como Patrimonio de la Humanidad.

 

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La Iglesia cree que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre luz y fuerzas por su Espíritu, para que pueda responder a su máxima vocación.

 

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Ministerio del obispo de Roma, símbolo de unidad para la Iglesia universal.
«Con la unidad, así como con la apostolicidad, está unido el servicio petrino, que reúne visiblemente a la Iglesia en todas las partes y en todos los tiempos, defendiendo de esta manera a cada uno de nosotros para que no resbalemos en falsas autonomías, que demasiado fácilmente se transforman en internos particularismos de la Iglesia y pueden comprometer de esta forma su interna independencia». S. S. Benedicto XVI – P.P.

 

El palio es el signo de la particular unión con la sede de Roma.

«Catolicidad significa universalidad, multiplicidad que se convierte en unidad; unidad que permanece en multiplicidad», afirmó Benedicto XVI. 2005-06.29

 

«La unidad de los hombres en su multiplicidad ha sido posible porque Dios, este único Dios del cielo y de la tierra, se nos ha mostrado», «se ha hecho visible cuando Él se ha mostrado a nosotros y en Jesucristo nos ha hecho ver su rostro, a sí mismo».

«En esta hora del mundo llena de escepticismo y de dudas, paro también rica de deseo de Dios, reconozcamos nuevamente nuestra misión de testimoniar juntos a Cristo Señor y, sobre la base de esta unidad que ya se nos ha dado, de ayudar al mundo para que crea». 

«Y suplicamos al Señor con todo el corazón para nos guíe a la unidad plena de manera que el esplendor de la verdad, que solamente puede crear la unidad, se convierta de nuevo visible en el mundo». S. S. Benedicto XVI – PP. 2005.06.29

 

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Iglesia - No hay duda de que también la Iglesia pueda y deba ser más democrática, esto es, que los laicos deban tener más voz en la elección de los pastores y en el modo en que ejercen su función. Pero no podemos reducir, en todo, la Iglesia a una sociedad regida democráticamente. Ella no es decidida desde abajo, no es algo que los hombres ponen en pié por iniciativa propia, para su bien. ¡Si sólo fuera eso, ya no habría necesidad de la Iglesia, bastaría el Estado o una sociedad filantrópica! La Iglesia es institución de Cristo. Su autoridad no viene del consenso de los hombres; es don de lo alto. Por ello, incluso en la forma más democrática que podamos desear para la Iglesia, permanecerá siempre la autoridad y el servicio apostólico, que no es, o no debería ser jamás, superioridad, dominio, sino servicio «gratuito», dar la vida por el rebaño, como dice Jesús hablando del buen pastor.

Evangelio de san Juan habla de «tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida» y reza para destruir «el poder de las ideologías, para que los hombres puedan reconocer que están entretejidas de mentiras» y para que «el muro del materialismo» no «llegue a ser insuperable». El Cardenal Ratzinger despliega una visión crítica de la labor de ciertos miembros de la Iglesia: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!», escribió el purpurado para la novena estación del Vía Crucis, la tercera caída de Jesús. 2005-03-25 Viernes Santo-Colina vaticana, Roma- Italia.

 

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Iglesia -La acogida del Magisterio - El anuncio del Evangelio constituye el primer y fundamental compromiso de la Iglesia. Ciertamente, el testimonio de vida es la primera palabra con la que se anuncia el Evangelio; sin embargo, no es suficiente. El anuncio claro es necesario para mover el corazón a adherirse a la Buena Noticia de la salvación.
Un tema ya afrontado en otras ocasiones es el de la recepción de los documentos magisteriales por parte de los fieles católicos, desorientados con frecuencia, más que informados, a causa de las reacciones e interpretaciones inmediatas de los medios de comunicación.
En realidad, la recepción de un documento, más que un hecho mediático, debe considerarse, sobre todo, como un acontecimiento eclesial de acogida del Magisterio en la comunión. Se trata de una palabra autorizada que arroja luz sobre una verdad de fe o sobre algunos aspectos de la doctrina católica, contestados o mal interpretados por determinadas corrientes de pensamiento. Precisamente, en esta valencia doctrinal se encuentra el carácter profundamente pastoral del documento, cuya acogida se convierte, por tanto, en una ocasión propicia de formación, de catequesis y de evangelización.
Para que la recepción se convierta en un auténtico acontecimiento eclesial, conviene prever maneras oportunas de transmisión y de difusión del mismo documento, que permitan su pleno conocimiento, ante todo, por parte de los pastores de la Iglesia, como enseñanza que contribuye a formar la conciencia cristiana de los fieles ante los desafíos del mundo de hoy.
(6-II-2004)

 

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Iglesia -La Iglesia no se edifica sobre comités, juntas o asambleas. La palabra y la acción de sus miembros salvarán al mundo en la medida en que estén conectados con el sacrificio redentor de Cristo, actualizado en el misterio eucarístico, que aplica toda su fuerza salvífica. Toda palabra que se oye en la Iglesia, sea docente, exhortativa, autoritativa o sacramental, sólo tiene sentido salvífico, y edifica la Iglesia, en la medida en que es preparación, resonancia, aplicación o interpretación de la "protopalabra" [48]: la palabra de la “anamnesis” ("hoc est enim corpus meum...") que hace sacramentalmente presente al mismo Cristo y su acción redentora eternamente actual, al actualizar el sacrificio del Calvario para que se realice la obra de la salvación con la cooperación de la Iglesia, su esposa.

 

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La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. ¿Cómo no dar gracias a Dios por tantas personas que en el silencio, lejos de los reflectores de la sociedad mediática, llevan a cabo con este espíritu acciones generosas de ayuda al prójimo necesitado?».

Dar limosna de lo que tenemos y de lo que somos. Sin otra mirada atenta que la de Dios, de cuya mano tomamos lo que compartimos con los hermanos.

 

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Los gnósticos nunca aspiraron a la universalidad católica sino que se configuraron en sectas de escogidos o perfectos. Con los siglos influirían notablemente en las formas religiosas disidentes del protestantismo y trocearían el cristianismo protestante en mil pedazos, grupúsculos y sectas. ‘Las sectas sólo son caretas entrecruzadas del cristianismo’. Y así se cumple el dicho evangélico de. "Por sus frutos los conoceréis".

 

Decía el gran escritor inglés Gilbert K. Chesterton que «la idea que no trata de convertirse en palabra es una mala idea, y la palabra que no trata de convertirse en acción es una mala palabra».  

 

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La Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos.

La Iglesia no es enemiga de la historia, ni mucho menos. Es, si acaso en estos momentos de memorias como amnesias y de amnesias como memorias, la institución que, una vez más, está empeñada en salvar la historia, preservar la historia. A este paso, la verdad de la historia terminará por refugiarse entre los muros de lo sagrado, como aquel tiempo en el que el saber clásico greco-latino se refugió entre las tapias de las abadías y de los monasterios. 2008-02-29

 

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La Iglesia no es enemiga de la historia, ni mucho menos. Es, si acaso en estos momentos de memorias como amnesias y de amnesias como memorias, la institución que, una vez más, está empeñada en salvar la historia, preservar la historia. A este paso, la verdad de la historia terminará por refugiarse entre los muros de lo sagrado, como aquel tiempo en el que el saber clásico greco-latino se refugió entre las tapias de las abadías y de los monasterios.

 

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«Es fuerte la tentación del hombre de construirse un sistema de seguridad ideológico: también la misma religión puede convertirse en elemento de este sistema, como el ateísmo o el laicismo. Cuando se incurre en esa tentación, se "permanece cegado por el egoísmo" y, para evitar caer en ella, animémonos a seguir el Evangelio.

¡Dejémonos curar por Jesús, que puede y quiere darnos la luz de Dios! Confesemos nuestra ceguera, nuestra miopía y, sobre todo, aquello que la Biblia llama el ´gran pecado´: el orgullo». Benedicto P.M. XVI. 2008.III.

 

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Ante Dios uno vale lo que ama. Es una auténtica revolución. En el mundo se usan otros criterios de valoración. Ante Dios existe sólo un valor: el amor.

Al final de la vida se pesará a todos con la balanza de la caridad y cada uno valdrá lo que ha amado (Cf. Mateo 25).

La madre Teresa de Calcuta, resumiendo el Evangelio, decía: «El Evangelio está todo en cinco dedos: lo habéis hecho a mí».

Pero ¿por qué cuenta sólo la caridad?. La respuesta es, una vez más, la revolución del cristianismo: porque Dios es amor. Si tu estás en el amor tienes a Dios contigo, y si tienes a Dios contigo estás ya en el paraíso; por el contrario, si te falta Dios, no tienes nada».

El pasaje de la mujer pecadora que lava los pies a Jesús y los seca con sus cabellos en la casa de un notable fariseo, muestra esta mujer, en aquel momento, y declara con su gesto: yo creo que tú eres el amor. Yo tengo el amor, no lo había encontrado hasta hoy, pero ahora que te he encontrado he comprendido que Dios es amor.

Y Jesús dice a Simón que le había invitado: tú eres aparentemente bueno pero tu corazón es de hielo, tú ante Dios no vales nada. Esta mujer en cambio ha comprendido, ha encontrado el amor. Y bien, esta mujer es más grande que tú.

Nosotros vamos el templo, escuchamos la palabra de Dios, recibimos la Eucaristía, pero ¿cuántas veces no entra en nosotros la caridad?». Porque lo único cierto es que, cada uno vale lo que ama. 2008.III.

 

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La propuesta de Cristo se ha de hacer a todos con confianza. Se ha de dirigir a los adultos, a las familias, a los jóvenes, a los niños, sin esconder nunca las exigencias más radicales del mensaje evangélico -Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 40

 

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Cada uno pone sus ojos en lo que le interesa: unos miran a los santos para imitarlos, otros en cambio se fijan en la miseria de los pecadores para justificarse.  -P. Jordi Rivero

 

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...guarda el depósito. Evita las palabrerías profanas, y también las objeciones de la falsa ciencia; algunos que la profesaban se han apartado de la fe. -I Timoteo 6,20-21.

 

La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la
sabiduría que le fue otorgada. Lo escribe también en todas las cartas cuando habla en ellas de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente - como también las demás Escrituras - para su propia perdición.
-II Pedro 3,15-16

Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta.
-II Tesalonicenses 2,15

 

Nuestra confesión de Cristo, como Hijo único de Dios, a través de quien nosotros mismos vemos el rostro del Padre (cf. Juan 14, 8), no es un acto de arrogancia que desprecia a las demás religiones, sino un reconocimiento gozoso, pues Cristo se nos ha mostrado sin que hayamos hecho nada para merecerlo. Y Él, al mismo tiempo, nos ha comprometido a seguir dando lo que hemos recibido y a comunicar a los demás lo que se nos ha dado, pues la Verdad donada y el Amor que es Dios pertenecen a todos los hombres. -Juan Pablo II sobre Dominus Iesus.

 

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Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

La naturaleza canta las glorias del Creador y el hombre

sepa gozar en armonía con todo lo creado. Ad maiorem Dei gloriam.

 

 

Por venir a visitarnos, os agradecemos.-

Benedicto PP XVI: 2008.I.01 ‘Día mundial de la paz’ como cada primero de enero. Familia humana: comunidad de paz’ lema 01 enero para el 2008. 40 aniversario de la celebración de la primera Jornada Mundial de la Paz (1968-2008) ‘la celebración de esta Jornada, fruto de una intuición providencial del Papa Pablo VI’.-

Anno Domini 2008 - Dominus illuminatio mea - "The Lord is my light"
El Señor es mi luz, Salmo 27.

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¿Por qué repetimos y recomendamos algunos libros? - No responde esta habitual insistencia a ningún imperativo ni legal, ni moral, ni de compromiso alguno. El único compromiso es el del servicio a la conformación de una cultura católica que hoy es más necesaria que nunca.

Recomendamos vivamente:

1º ‘HISTORIA DE LA IGLESIA ANTIGUAJosé María Magaz Fernández –

Facultad de Teología San Dámaso - Madrid 2007 - 430 páginas

Un manual para tener una idea ordenada de los primeros siglos cristianos, hasta Agustín y la herejía pelagiana.

2º ‘El origen de la vida’ - Título: ‘Origen del hombre’ Ciencia, filosofía y Religión
Autor: Mariano Artigas-Daniel Turbón - Editorial: EUNSA – 2008.
Este libro es el ejemplo de una sencilla y comprensible presentación del estado actual de la investigación  sobre los orígenes de la vida que no esconde, ni mutila, ni cercena, los datos de la realidad objeto de estudio. Es una magnífica síntesis que debe ser tenida en cuenta.

3º ‘Europa y la Fe’. Editor: Ciudadela Libros. Autor: Hilaire Belloc.
Páginas: 237 - ISBN: 978-84-96836-23-5 -

En esta obra se trata con un realismo histórico apabullante el tema de Europa y su relación con la fe católica. No se debería desconocer este ensayo histórico admirable en que su autor explica cómo la Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos. Es muy posible que no se haya escrito una mejor visión de conjunto de la civilización occidental que este libro.

4º ‘Jesús de Nazaret’ – ‘Benedicto XVI’. 2007;al siglo: Joseph Cardenal Ratzinger

5º ‘El Libro negro de las nuevas persecucionesanticristianas’, Thomás Grimaux es el autor - Favre, 160 páginas. Valeurs Actuelles, 2008 -. Todo un acierto.

6º ‘LA LEYENDA NEGRA’, de PHILIP W. POWELL (1913-1987), publica la editorial Áltera en su colección ‘Los Grandes Engaños Históricos’. 2008 – Como también:

‘LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA’. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

Grüss Gott. Salve, oh Dios.

Las ilustraciones que adornan un expuesto, no son obligatoriamente alusivas al texto. Estando ya públicas en la red virtual, las miramos con todo respeto y sin menoscabo debido al ‘honor y buena reputación de las personas’. De allí, hayamos acatado el derecho a la intimidad, a la dignidad-mérito-honra-respetabilidad-pundonor, a la propia imagen y a la protección de datos. Tomadas de Internet, las estampas, grabados o dibujos que adornan o documentan este sitio web ‘CDV’, no corresponden ‘necesaria e ineludiblemente’ al tema presentado; sino que tienen por finalidad –a través del arte- hacer agradable la presentación. Tributamos homenaje de sumisión y respeto a todas las personas, particularmente cuyas imágenes aparecen publicadas, gracias.-

Si de manera involuntaria se ha incluido algún material protegido por derechos de autor, rogamos que se pongan en contacto con nosotros a la dirección electrónica, indicándonos el lugar exacto- categoría y URL- para subsanar cuanto antes tal error. Gracias. ‘CDV’.-

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“Conocereisdeverdad.org = CDV” no necesariamente se identifica con todas las opiniones y matices vertidos por autores y colaboradores en los artículos publicados; sin embargo, estima que son dignos de consideración en su conjunto. ‘CDV’ Gracias.-

CDV” intenta presentar la fe cristiana para la gente más sencilla (catequistas, etc.), en especial para los estratos aparentemente más bajos. ¿La razón? Simple: «Son ellos quienes más necesitan conocer la alegría de Cristo».-

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación, lo que se pretende desde ‘CDV’ es contribuir muy modestamente, y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz. ‘CDV’ Gracias.-

Grüss Gott. Salve, oh Dios.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).