Saturday 2 August 2014 | Actualizada : 2014-06-23
 
Inicio > Temas Católicos > Mies - 1º Pentecostés: fiesta de la nueva mies; apóstoles y evangelización


«La mies es mucha pero los obreros son pocos. Rogad (Rogate) pues al dueño de la mies, para que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38: Lc 10, 2).

 

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“Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del

Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo

os he mandado”(Mt 28,19-20). Y “ellos salieron a predicar por todas partes,

colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban” (Mc 16,20). “Anuncio, testimonio, enseñanza, sacramentos,

amor al prójimo, hacer discípulos, todos estos aspectos son modos

y medios para transmitir el único Evangelio, y que constituyen

los elementos de la evangelización”

 

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La solemnidad de Pentecostés, que hoy celebramos, concluye el tiempo litúrgico de Pascua. En efecto, el Misterio pascual – la pasión, muerte y resurrección de Cristo y su ascensión al Cielo – encuentra su cumplimiento en la potente efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos junto con María, la Madre del Señor, y los demás discípulo. Fue el “bautismo” de la Iglesia, bautismo en el Espíritu Santo (cfr Hch 1,5). Como narran los Hechos de los Apóstoles, en la mañana de la fiesta de Pentecostés, un fragor como de viento embistió el Cenáculo y sobre cada uno de los discípulos descendieron lenguas como de fuego (cfr Hch 2,2-3). San Gregorio Magno comenta: “Hoy el Espíritu Santo ha descendido con sonido repentino sobre los discípulos y ha cambiado las mentes de seres carnales dentro de su amor, y mientras aparecían en el exterior lenguas de fuego, en el interior los corazones se hicieron llameantes, pues, acogiendo a Dios en la visión del fuego, ardieron suavemente de amor” (Hom.en Evang. XXX, 1: CCL 141, 256). La voz de Dios diviniza el lenguaje humano de los Apóstoles, los cuales se volvieron capaces de proclamar de modo "polifónico" al único Verbo divino. El soplo del Espíritu Santo llena el universo, genera la fe, arrastra a la verdad, predispone a la unidad entre los pueblos. “A este ruido la muchedumbre se acercó y se quedó turbada, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua” de las “maravillas de Dios” (Hch 2,6.11).

Benedicto XVI: El Espíritu, vínculo de la paz. 12. VI. MMXI

 

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Homilía del Papa en la Misa de Pentecostés

Celebración en la Basílica de San Pedro

CIUDAD DEL VATICANO, domingo 12 de junio de 2011 -Ofrecemos a continuación la homilía que el Papa Benedicto XVI pronunció hoy, Solemnidad de Pentecostés, durante la celebración en la Basílica de San Pedro.

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Queridos hermanos y hermanas,

Celebramos hoy la gran solemnidad de Pentecostés. Si, en un cierto sentido, todas las solemnidades litúrgicas de la Iglesia son grandes, esta de Pentecostés lo es de una forma singular, porque marca, llegado al quincuagésimo día, el cumplimiento del acontecimiento de la Pascua, de la muerte y resurrección del Señor Jesús a través del don del Espíritu del Resucitado. La Iglesia nos ha preparado en los días pasados para Pentecostés con su oración, con la invocación repetida e intensa a Dios para obtener una renovada efusión del Espíritu Santo sobre nosotros. La Iglesia ha revivido así lo que sucedió en sus orígenes, cuando los Apóstoles, reunidos en el Cenáculo de Jerusalén, “íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch 1,14). Estaban reunidos en humilde y confiada espera de que se cumpliese la promesa del Padre comunicada a ellos por Jesús: “Seréis bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días... recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros”. (Hch 1,5.8).

En la liturgia de Pentecostés, en la narración de los Hechos de los Apóstoles sobre el nacimiento de la Iglesia (cfr Hch 2,1-11), corresponde el salmo 103 que hemos escuchado: una alabanza de toda la creación, que exalta al Espíritu Creador que hizo todo con sabiduría: “¡Qué variadas son tus obras, Señor! ¡Todo lo hiciste con sabiduría, la tierra está llena de tus criaturas! … ¡Gloria al Señor para siempre, alégrese el Señor por sus obras!” (Sal 103,24.31). Lo que quiere decirnos la Iglesia es esto: el Espíritu creador de todas las cosas, y el Espíritu Santo que Cristo hizo descender desde el Padre sobre la comunidad de los discípulos, son uno y el mismo: creación y redención se pertenecen mutuamente y constituyen, en el fondo, un único misterio de amor y de salvación. El Espíritu Santo es ante todo Espíritu Creador y por tanto Pentecostés es la fiesta de la creación. Para nosotros los cristianos, el mundo es fruto de un acto de amor de Dios, que hizo todas las cosas y del que Él se alegra por que es “algo bueno”, “algo muy bueno”, como nos recuerda el relato de la Creación (cfr Gen 1,1-31). Por ello Dios no es el absolutamente Otro, innombrable y oscuro. Dios se revela y tiene un rostro. Dios es razón, Dios es voluntad, Dios es amor, Dios es belleza. La fe en el Espíritu Creador y la fe en el Espíritu que Cristo Resucitado dio a los Apóstoles y nos da a cada uno de nosotros, están entonces inseparablemente unidas.

La segunda Lectura y el Evangelio de hoy nos muestran esta conexión. El Espíritu Santo es Aquel que nos hace reconocer en Cristo al Señor, y nos hace pronunciar la profesión de fe de la Iglesia: "Jesús es el Señor" (cfr 1 Cor 12,3b). Señor es el título atribuido a Dios en el Antiguo Testamento, título que en la lectura bíblica tomaba el lugar de su nombre impronunciable. El Credo de la Iglesia no es otra cosa que el desarrollo de lo que se dice con esta simple afirmación: “Jesús es Señor”. De esta profesión de fe, san Pablo nos dice que se trata precisamente de la palabra y de la obra del Espíritu Santo. Si queremos estar en el Espíritu, debemos adherirnos a este Credo. Haciéndolo nuestro, aceptándolo como nuestra palabra, accedemos a la obra del Espíritu Santo. La expresión “Jesús es Señor” se puede leer en los dos sentidos: Jesús es Dios, y, al mismo tiempo, Dios es Jesús. El Espíritu Santo ilumina esta reciprocidad: Jesús tiene dignidad divina, y Dios tiene el rostro humano de Jesús. Dios se muestra en Jesús, y con ello nos da la verdad de nosotros mismos. Dejarse iluminar profundamente por esta palabra es el acontecimiento de Pentecostés: del desorden de Babel, de esas voces que resuenan una contra otra, tiene lugar una transformación radical: la multiplicidad se hace unidad multiforme, del poder unificador de la Verdad crece la comprensión. En el Credo que nos une desde todos los extremos de la tierra, que, mediante el Espíritu Santo, hace de forma que nos comprendamos aún en la diversidad de las lenguas, a través de la fe, la esperanza y el amor, se forma la nueva comunidad de la Iglesia de Dios.

El pasaje evangélico nos ofrece después una imagen maravillosa para aclarar la conexión entre Jesús, el Espíritu Santo y el Padre: el Espíritu Santo es representado como el soplo de Jesús resucitado (cfr Jn 20,22). El evangelista Juan retoma aquí una imagen del relato de la creación, allí donde se dice que Dios sopló en la nariz del hombre un aliento de vida (cfr Gen 2,7). El soplo de Dios es vida. Ahora, el Señor sopla en nuestra alma un nuevo aliento de vida, el Espíritu Santo, su más íntima esencia, y de este modo nos acoge en la familia de Dios. Con el Bautismo y la Confirmación se nos hace este don de modo específico, y con los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia se repite continuamente: el Señor sopla en nuestra alma un aliento de vida. Todos los Sacramentos, cada uno a su propia manera, comunican al hombre la vida divina, gracias al Espíritu Santo que opera en ellos.

En la liturgia de hoy captamos aún una conexión ulterior. El Espíritu Santo es Creador, es la mismo tiempo Espíritu de Jesucristo, pero de modo que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo y único Dios. Y a la luz de la primera Lectura podemos añadir. El Espíritu Santo anima a la Iglesia. Ésta no procede de la voluntad humana, de la reflexión, de la habilidad del hombre y de su capacidad organizativa, ya que si fuese así ya se habría extinguido desde hacía tiempo, como sucede con todo lo humano, Esta en cambio es el Cuerpo de Cristo, animado por el Espíritu Santo. Las imágenes del viento y del fuego, usadas por san Lucas para representar la venida del Espíritu Santo (cfr Hch 2,2-3), recuerdan el Sinaí, donde Dios se había revelado al pueblo de Israel y le había concedido su alianza; "la montaña del Sinaí estaba cubierta de humo – se lee en el libro del Éxodo –, porque el Señor había bajado a ella en el fuego" (19,18). De hecho Israel festejó el quincuagésimo día después de la Pascua, después de la conmemoración de la fuga de Egipto, como la fiesta del Sinaí, la fiesta del Pacto. Cuando san Lucas habla de lenguas de fuego para representar al Espíritu Santo, se recuerda ese antiguo Pacto, establecido sobre la base de la Ley recibida por Israel en el Sinaí. Así el acontecimiento de Pentecostés es representado como un nuevo Sinaí, como el don de un nuevo Pacto en el que la alianza con Israel se extiende a todos los pueblos de la tierra, en el que caen todos los muros de la vieja Ley y aparece su corazón más santo e inmutable, es decir, el amor, que el Espíritu Santo comunica y difunde, el amor que lo abraza todo. Al mismo tiempo la Ley se dilata, se abre, aún haciéndose más sencilla: es el nuevo Pacto, que el Espíritu “escribe” en los corazones de cuantos creen en Cristo. La extensión del Pacto a todos los pueblos de la tierra la representa san Lucas a través de un conjunto de poblaciones considerable para aquella época: (Hch 2,9-11). Con esto se nos dice una cosa muy importante: que la Iglesia es católica desde el primer momento, que su universalidad no es fruto de la inclusión sucesiva de comunidades diversas. Desde el primer instante, de hecho, el Espíritu Santo la creó como Iglesia de todos los pueblos; ésta abraza al mundo entero, supera todas las fronteras de raza, clase, nación; abate todas las barreras y une a los hombres en la profesión del Dios uno y trino. Desde el principio la Iglesia es una, católica y apostólica: esta es su verdadera naturaleza y como tal debe ser reconocida. Es santa no gracias a la capacidad de sus miembros, sino porque Dios mismo, con su Espíritu, la crea, la purifica y la santifica siempre.

Finalmente, el Evangelio de hoy nos entrega esta bellísima expresión: “Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor” (Jn 20,20). Estas palabras son profundamente humanas. El Amigo perdido está presente de nuevo, y quien antes estaba turbado se alegra. Pero dicen mucho más. Porque el Amigo perdido no viene de un lugar cualquiera, sino de la noche de la muerte; ¡y la ha atravesado! No es uno cualquiera, sino que es el Amigo y al mismo tiempo Aquel que es la Verdad y que hace vivir a los hombres; y lo que da no es una alegría cualquiera, sino la propia alegría, don del Espíritu Santo. Sí, es hermoso vivir porque soy amado, y es la Verdad la que me ama. Se alegraron los discípulos, viendo al Señor. Hoy, en Pentecostés, esta expresión está destinada también a nosotros, porque en la fe podemos verle; en la fe Él viene entre nosotros, y también a nosotros nos enseña las manos y el costado, y nosotros nos alegramos. Por ello queremos rezar: ¡Señor, muéstrate! Haznos el don de tu presencia y tendremos el don más bello, tu alegría. Amén.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

 

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El cuidado de anunciar el Evangelio en todo el mundo pertenece al cuerpo de los pastores, ya que a todos ellos en común dio Cristo el mandato imponiéndoles un oficio común, según explicó ya el Papa Celestino a los padres del Concilio de Efeso. Por tanto, todos los Obispos, en cuanto se lo permite el desempeño de su propio oficio, deben colaborar entre sí y con el sucesor de Pedro, a quien particularmente se le ha encomendado el oficio excelso de propagar la religión cristiana. Deben, pues, con todas sus fuerzas proveer no sólo de operarios para la mies, sino también de socorros espirituales y materiales, ya sea directamente por sí, ya sea excitando la ardiente cooperación de los fieles. Procuren finalmente los Obispos, según el venerable ejemplo de la antigüedad, prestar una fraternal ayuda a las otras Iglesias, sobre todo a las Iglesias vecinas y más pobres, dentro de esta universal sociedad de la caridad.

La divina Providencia ha hecho que en diversas regiones las varias Iglesias fundadas por los Apóstoles y sus sucesores, con el correr de los tiempos se hayan reunido en grupos orgánicamente unidos que, dentro de la unidad de fe y la única constitución divina de la Iglesia universal, gozan de disciplina propia, de ritos litúrgicos propios y de un propio patrimonio teológico y espiritual. Entre los cuales, concretamente las antiguas Iglesias patriarcales, como madres en la fe, engendraron a otras como a hijas, y con ellas han quedado unidas hasta nuestros días, por vínculos especiales de caridad, tanto en la vida sacramental como en la mutua observancia de derechos y deberes. Esta variedad de Iglesias locales, dirigidas a un solo objetivo, muestra admirablemente la indivisa catolicidad de la Iglesia. Del mismo modo las Conferencias Episcopales hoy en día pueden desarrollar una obra múltiple y fecunda a fin de que el sentimiento de la colegialidad tenga una aplicación concreta.


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San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte) y doctor de la Iglesia. Sermón 101; PL 38, 605S


El dueño de la casa -      El evangelio que acabamos de leer nos invita a buscar cuál es esta cosecha que nos dice el Señor: “La cosecha es abundante, los obreros son pocos. Pedid al dueño de la casa que mande obreros a su cosecha”. Es entonces cuando envió, además de los doce discípulos a quienes nombró apóstoles (“enviados”), a otras setenta-y-dos  personas. Tal como se desprende de sus propias palabras, a todos los envió a una cosecha ya preparada. ¿A qué cosecha? Seguro que no iban a cosechar entre los paganos donde nadie había sembrado. Es, pues, de pensar, que la cosecha se hizo entre los judíos; es para esta cosecha que vino su propio dueño. A los otros pueblos no manda cosechadores sino sembradores. Entre los judíos, pues, la cosecha; en otras partes, la siembra. Y es, ciertamente, cosechando entre los judíos que ha escogido a los apóstoles; era el tiempo de la cosecha, ésta estaba madura porque antes, los profetas, habían sembrado entre ellos…
     El Señor dijo a sus discípulos: “¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo: esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega” (Jn 4,35): Y les dijo también: “Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus sudores” (v 38). Abraham, Isaac, Jacob, Moisés y los profetas sudaron; sudaron para sembrar el grano. A su venida, el Señor ha encontrado madura la cosecha, y ha enviado segadores con la hoz del Evangelio.


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La celebración del día conclusivo del Tiempo Pascual, Pentecostés, nació a finales del siglo III. Esta fiesta, que en su día conmemoraba la semana de semanas pascual, surgió por influencia de la fiesta judía homónima. En el siglo IV, la fiesta poseía un doble contenido celebrativo: Ascensión del Señor y descenso del Espíritu Santo, como se advierte en los testimonios de la Iglesia de Jerusalén. Sin embrago, poco a poco, el proceso de historificación litúrgica de los hechos salvíficos de Cristo, llevó a algunas iglesias a dividir la fiesta, celebrando la Ascensión el día cuarenta después de Resurrección.

Por último, en los siglos VII-VIII, la Iglesia romana añadió a la fiesta de Pentecostés una octava, como réplica a la octava de Pascua. El origen de esta institución, que rompe la cincuentena pascual, se encuentra en la necesidad de una catequesis para aquellos que habían sido bautizados en el día de Pentecostés. Esta octava fue suprimida por la reforma del Calendario actualmente en vigor, ya que oscurecía el simbolismo del tiempo de Pascua. 

Los textos de la fiesta de la Ascensión recuerdan el hecho histórico de la subida de Cristo a los cielos, a la vez que fundamenta la esperanza en la segunda venida del Señor y la exaltación gloriosa del hombre. La fiesta de Pentecostés, por su parte, muestra la íntima relación entre la Resurrección de Cristo y la venida del Espíritu Santo: todo el tiempo de Pascua es considerado como tiempo del Espíritu. Queda así remarcado el carácter unitario de toda la celebración pascual (muerte, resurrección, ascensión de Cristo y venida del Paráclito, momentos de un único misterio salvífico divino). 



 

Pentecostés: fiesta de la nueva mies

 

1. De las catequesis que hemos dedicado al artículo de los Símbolos de la fe acerca del Espíritu Santo se puede deducir el rico fundamento bíblico de la verdad neumatológica. Sin embargo, es preciso al mismo tiempo señalar el diferente matiz que, en la Revelación divina, tiene esta verdad en relación con la verdad cristológica. En efecto, de los textos sagrados se deduce que el Hijo eterno, consubstancial con el Padre, es la plenitud de la autorrevelación de Dios en la historia de la humanidad. Al hacerse “hijo del hombre”, “nacido de mujer” (cf. Ga 4, 4), Él se manifestó y actuó como verdadero hombre. Como tal también reveló definitivamente al Espíritu Santo, anunciando su venida y dando a conocer su relación con el Padre y con el Hijo en la misión salvífica, y por consiguiente en el misterio de la Trinidad. Según el anuncio y la promesa de Jesús, con la venida del Paráclito comienza la Iglesia, Cuerpo de Cristo (cf. 1 Co 12, 27) y sacramento de su presencia “con nosotros hasta el fin del mundo” (cf. Mt 28, 20).

Sin embargo, el Espíritu Santo, consubstancial con el Padre y el Hijo, permanece como el “Dios escondido”. Aún obrando en la Iglesia y en el mundo, no se manifiesta visiblemente, a diferencia del Hijo, que asumió la naturaleza humana y se hizo semejante a nosotros, de forma que los discípulos, durante su vida mortal, pudieron verlo y “tocarlo con la mano”, a Él, la Palabra de vida (cf. 1 Jn 1, 1).

Por el contrario, el conocimiento del Espíritu Santo, fundado en la fe en la revelación de Cristo, no tiene para su consuelo la visión de una Persona divina viviente en medio de nosotros de forma humana, sino sólo la constatación de los efectos de su presencia y de su actuación en nosotros y en el mundo. El punto clave para este conocimiento es el acontecimiento de Pentecostés.

2. Según la tradición religiosa de Israel, Pentecostés era originariamente la fiesta de la siega. “Tres veces al año se presentarán todos tus varones ante Yahveh, el Señor, el Dios de Israel” (Ex 34, 23). La primera vez era con ocasión de la fiesta de Pascua; la segunda, con ocasión de la fiesta de la siega, y la tercera, con ocasión de la fiesta de las Tiendas.

“La fiesta de la siega, de las primicias de tus trabajos, de lo que hayas sembrado en el campo” (Ex 23, 16) se llamaba en griego Pentecostés, puesto que se celebraba 50 días después de la fiesta de Pascua. Solía también llamarse fiesta de las semanas, por el hecho de que caía siete semanas después de la fiesta de Pascua. Luego se celebraba por separado la fiesta de la cosecha, hacia el fin del año (cf. Ex 23, 16; 34, 22). Los libros de la Ley contenían prescripciones detalladas acerca de la celebración de Pentecostés (cf. Lv 23, 15 ss.; Nm 28, 26-31), que a continuación se transformó también en la fiesta de la renovación de la Alianza (cf. 2 Co 15, 10-13), como veremos a su tiempo.

3. La bajada del Espíritu Santo sobre los apóstoles y sobre la primera comunidad de los discípulos de Cristo que en el Cenáculo “perseveraban en la oración, con un mismo espíritu” en compañía de María, la madre de Jesús (cf. Hch 1, 14), hace referencia al significado veterotestamentario de Pentecostés. La fiesta de la siega se convierte en la fiesta de la nueva “mies” que es obra del Espíritu Santo: la mies en el Espíritu.

Esta mies es el fruto de la siembra de Cristo-Sembrador. Recordemos las palabras de Jesús que nos refiere el Evangelio de Juan: “Pues bien, yo os digo: alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega” (Jn 4, 35). Jesús daba a entender que los Apóstoles recogerían ya tras su muerte la mies de esta siembra: “Uno es el sembrador y otro el segador: yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga” (Jn 4, 37-38).

Desde el día de Pentecostés, por obra del Espíritu Santo, los Apóstoles se transformarán en segadores de la siembra de Cristo. “El segador recibe el salario, y recoge fruto para vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador” (Jn 4, 36). Y, en verdad, ya el día de Pentecostés, tras el primer discurso de Pedro, la mies se manifiesta abundante porque se convirtieron “cerca de tres mil personas” (Hch 2, 41) de forma que eso constituyó motivo de una alegría común: la alegría de los apóstoles y de su Maestro, el divino Sembrador.

4. Efectivamente, la mies es fruto de su sacrificio. Si Jesús habla de la “fatiga” del sembrador, ella consiste sobre todo en su pasión y muerte en la Cruz. Cristo es aquel “Otro” que se ha fatigado para esta siega. “Otro” que ha abierto el camino al Espíritu de verdad, que, desde el día de Pentecostés, comienza a obrar eficazmente por medio del kerigma apostólico.

El camino ha sido abierto mediante la ofrenda que Cristo hizo de sí mismo en la Cruz: mediante la muerte redentora, confirmada por el costado atravesado del Crucificado. En efecto, de su corazón “al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 34), señal de la muerte física. Pero en este hecho se puede ver también el cumplimiento de las misteriosas palabras que dijo en una ocasión Jesús, el último día de la fiesta de las Tiendas, acerca de la venida del Espíritu Santo. “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que crea en mí, como dice la Escritura: de su seno correrán ríos de agua viva”. El Evangelista comenta: “Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él” (Jn 7, 37-39). Quiere decir que los creyentes recibirían mucho más que la lluvia implorada en la fiesta de las Tiendas, alcanzando una fuente de la que vendría en verdad el agua regeneradora de Sión, anunciada por los profetas (cf. Za 14, 8; Ez 47, 1 ss.).

5. Acerca del Espíritu Santo Jesús había prometido: “Si me voy, os lo enviaré” (Jn 16, 7). Verdaderamente el agua que mana del costado atravesado de Cristo (cf. Jn 19, 34) es la señal de este “envío”. Será una efusión “abundante”: incluso, un “río de agua viva”, metáfora que expresa una especial generosidad y benevolencia de Dios que se da al hombre.

Pentecostés, en Jerusalén, es la confirmación de esta abundancia divina, prometida y concedida por Cristo mediante el Espíritu.

Las mismas circunstancias de la fiesta parecen tener en la narración de Lucas un significado simbólico. La bajada del Paráclito sucede efectivamente, en el apogeo de la fiesta. La expresión usada por el Evangelista alude a una plenitud, ya que dice: “Al llegar el día de Pentecostés...” (Hch 2, 1). Por otra parte, San Lucas refiere incluso que “estaban todos reunidos en un mismo lugar”, lo que indica la totalidad de la comunidad reunida: “todos reunidos”, no sólo los Apóstoles, sino también la totalidad del grupo originario de la Iglesia naciente, hombres y mujeres, en compañía de la Madre de Jesús. Es un primer detalle que conviene tener presente. Pero en la descripción de aquel acontecimiento hay también otros detalles que, siempre desde el punto de vista de la “plenitud”, se revelan igualmente importantes.

Como escribe Lucas, “de repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban... y quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (Hch 2, 2. 4). Observemos la insistencia en la plenitud (“llenó”, “quedaron todos llenos”). Esta observación puede relacionarse con lo que dijo Jesús al irse a su Padre: “pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hch 1, 5). Bautizados” quiere decir “inmersos” en el Espíritu Santo: es lo que expresa el rito de la inmersión en el agua durante el bautismo. La “inmersión” y el “estar llenos” significan la misma realidad espiritual, obrada en los Apóstoles, y en todos los que se hallaban presentes en el Cenáculo, por la bajada del Espíritu Santo.

6. Aquel “estar llenos”, vivido por la pequeña comunidad de los comienzos el día de Pentecostés, se puede considerar casi una prolongación espiritual de la plenitud del Espíritu Santo que “habita” en Cristo, en quien reside “toda plenitud” (cf. Col 1, 19). Como leemos en la Encíclica Dominum et Vivificantem todo “lo que dice (Jesús) del Padre y de sí como Hijo, brota de la plenitud del Espíritu, que está en Él y que se derrama en su corazón, penetra su mismo ‘yo’, inspira y vivifica profundamente su acción” (n. 21). Por eso el Evangelio puede decir que Jesús “se llenó de gozo en el Espíritu Santo” (Lc 10, 21). Así la “plenitud” del Espíritu Santo, que se halla en Cristo, se manifestó el día de Pentecostés “llenando de Espíritu Santo” a todos aquellos que estaban reunidos en el Cenáculo. Así se constituyó aquella realidad cristológico-eclesiológica a que alude el apóstol Pablo: “alcanzáis la plenitud en él, que es la Cabeza” (Col 2, 10).

7. Se puede añadir que el Espíritu Santo en Pentecostés “se transforma en amo” de los Apóstoles, demostrando su poder sobre la comunidad. La manifestación de este poder reviste el carácter de una plenitud del don espiritual que se manifiesta como poder del espíritu, poder de la mente, de la voluntad y del corazón. En efecto, San Juan escribe que “Aquel a quien Dios ha enviado... da el Espíritu sin medida” (Jn 3, 34): esto vale en primer lugar para Cristo, pero puede aplicarse también a los Apóstoles, a quienes Cristo dio el Espíritu, para que ellos, a su vez lo transmitieran a los demás.

8. Por último, observemos que en Pentecostés se han cumplido también las palabras de Ezequiel: “infundiré en vosotros un espíritu nuevo” (Ez 36, 26). Y verdaderamente este “soplo” ha producido la alegría de los segadores, de forma que se puede decir con Isaías: “Alegría por su presencia, cual la alegría en la siega” (Is 9, 2).

Pentecostés, ―la antigua fiesta de la siega―, ha adquirido ahora en Jerusalén un significado nuevo, como una especial “mies” del divino paráclito. Así se ha cumplido la profecía de Joel: “... yo derramaré mi Espíritu en toda carne” (Jl 3, 1).


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Santa Teresa Benedicta de la Cruz [Edith Stein] (1891-1942), carmelita descalza, mártir, copatrona de Europa

Poesía, Pentecostés 1942


«El viento no sabes de dónde viene ni a dónde va»


     ¿Quién eres tú, dulce luz que me llena

e ilumina las tinieblas de mi corazón?

Tú me conduces como la mano de una madre

y si me soltaras,

no sabría dar un solo paso.

Tú eres el espacio

que envuelve todo mi ser y lo cobija en ti.

Abandonado de ti, me hundiría en el abismo de la nada

de donde lo has sacado para levantarlo hasta la luz.

Tú, más próximo cercano a mí

que no lo estoy yo de mí misma,

más íntimo que lo más profundo de mi alma,

y sin embargo inalcanzable e inefable,

más allá de todo nombre,

¡Espíritu Santo, Amor eterno!


     ¿No eres Tú el dulce maná

que del corazón del Hijo

fluye en el mío,

alimento de los ángeles y de los bienaventurados?

Él, que ha pasado de la muerte a la vida

también a mí me ha desvelado desde el sueño de la muerte a una vida

nueva.

Y día tras día

me sigue dando una vida nueva

la plenitud de la cual un día me inundará toda entera,

vida de tu vida, sí, Tú mismo,

¡Espíritu Santo, Vida eterna!


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Yo soy el buen pastor

 

IV Domingo de Pascua 
Hechos 13, 14. 43-52; Apocalipsis 7, 9.14b-17; Juan 10, 27-30

En los tres ciclos litúrgicos, el IV domingo de Pascua presenta un pasaje del Evangelio de Juan sobre el buen pastor. Después de habernos conducido, el domingo pasado, entre los pescadores, el Evangelio nos conduce entre los pastores. Dos categorías de igual importancia en los evangelios. De una deriva el título de «pescadores de hombres», de otra el de «pastores de almas», dado a los apóstoles. 
La mayor parte de Judea era un altiplano de suelo áspero y pedregoso, más adecuado al pastoreo que a la agricultura. La hierba era escasa y el rebaño debía trasladarse continuamente, no había cercados y esto requería la constante presencia del pastor entre la grey. Un viajero del siglo pasado nos dejó un retrato del pastor de la Palestina de entonces: «Cuando lo ves en un elevado pastizal, insomne, con la mirada que escruta la lejanía, expuesto a las intemperies, apoyado en su vara, siempre atento a los movimientos del rebaño, entiendes por qué el pastor adquirió tal importancia en la historia de Israel que se le dio este título a su rey y Cristo lo asumió como emblema y sacrificio de sí». 
En el Antiguo Testamento Dios mismo es representado como pastor de su pueblo: «El Señor es mi pastor, nada me falta» (Sal 23,1).

«Él es nuestro Dios y nosotros el pueblo de su pasto» (Sal 95,7). El futuro Mesías también es descrito con la imagen del pastor: «Como pastor pastorea su rebaño; recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva y trata con cuidado a las paridas» (Is 40,11). Esta imagen ideal de pastor encuentra su plena realización en Cristo. Él es el buen pastor que va en busca de la oveja extraviada; se apiada del pueblo porque lo ve «como ovejas sin pastor» (Mt 9,36); llama a sus discípulos «el pequeño rebaño» (Lc 12, 32). Pedro llama a Jesús «el pastor de nuestras almas» (1 P 2, 25) y la Carta a los Hebreos «el gran pastor de las ovejas» (Hb 13,20). 

De Jesús buen pastor el pasaje evangélico de este domingo subraya algunas características. La primera se refiere al conocimiento recíproco entre ovejas y pastor : «Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen». En ciertos países de Europa, las ovejas se crían especialmente por la carne; en Israel se criaban sobre todo por la lana y la leche. Por ello permanecían años y años en compañía del pastor, quien acaba por conocer el carácter de cada una y llamarla con algún afectuoso apodo. 
Está claro lo que Jesús quiere decir con estas imágenes. Él conoce a sus discípulos (y, en cuanto Dios, a todos los hombres); les conoce «por su nombre», que para la Biblia quiere decir en su esencia más íntima. Él les ama con un amor personal que llega a cada uno como si fuera el único que existe ante Él. Cristo no sabe contar más que hasta uno: y ese uno es cada uno de nosotros. 
Otra cosa nos dice del buen pastor el pasaje del Evangelio del día. Él da la vida a las ovejas y por las ovejas y nadie podrá arrebatárselas. La pesadilla de los pastores de Israel eran las salvajes bestias –lobos y hienas- y los salteadores. En lugares tan aislados constituían una amenaza constante. Era el momento en que se evidenciaba la diferencia entre el verdadero pastor –el que apacienta las ovejas de la familia, quien tiene la vocación de pastor- y el asalariado que se pone al servicio de algún pastor sólo por la paga que recibe de él, pero que no ama, e incluso frecuentemente odia a las ovejas. Frente al peligro, el mercenario huye y deja a las ovejas a merced del lobo o del malhechor; el verdadero pastor afronta valientemente el peligro para salvar el rebaño. Esto explica por qué la liturgia nos propone el Evangelio del buen pastor en el tiempo pascual: la Pascua ha sido el momento en que Cristo ha demostrado ser el buen pastor que da la vida por sus ovejas. 
[Traducción del original italiano realizada por Zenit] ZS07042702


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San Ambrosio (hacia 340-397), obispo de Milán y doctor de la Iglesia 
Sobre el Evangelio de San Lucas, 7, 202-203 -  

«Insiste para que entre la gente hasta que mi casa esté llena» -      Los invitados se excusan, siendo así que el Reino no se cierra a nadie a no ser que se excluya él mismo por su palabra. En su clemencia, el Señor invita a todo el mundo, pero es nuestra desidia o nuestra desviación quien nos aleja de él. Aquel que prefiere comprar un terreno es ajeno al Reino; en tiempo de Noé, compradores y vendedores fueron tragados, por igual, por el diluvio (Lc 17,28)... Igualmente el que se excluye porque se ha casado, porque está escrito: «si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,26)...
Así que, después del desprecio orgulloso de los ricos, Cristo se vuelve hacia los paganos; hace entrar buenos y malos, para hacer crecer a los buenos y para mejorar las disposiciones de los malos... Invita a los pobres, a los enfermos, a los ciegos, lo cual os muestra que la enfermedad física no deja a nadie fuera del Reino, o bien que la enfermedad de los pecados se cura por la misericordia del Señor...
     Manda, pues, a las encrucijadas de los caminos a buscarlos, porque «la Sabiduría grita allí done los caminos se entrecruzan» (Pr 1,20). Los envía a las plazas, porque ha dicho a los pecadores que abandonen los caminos anchos y encuentren el camino estrecho que conduce a la vida (Mt 7,13). Los envía a las carreteras y a lo largo de los setos, porque son capaces de alcanzar el Reino de los Cielos aquellos que, no estando retenidos por los bienes de este mundo, se afanan hacia los venideros, comprometidos en el camino de la buena voluntad..., oponiendo la muralla de la fe a las tentaciones del pecado.


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Y la mies se desploma sin obreros

 

Cuando el cangilón vierte sus días en mayo
-el quinto de la noria de doce-
venimos, Señora, hilando palabras,
por los hermanos de América.

¡Es tanta la mies que se grana
y pocas las manos abiertas...!

Y han salido ya falsos obreros
que llenan de virus la herencia.

Se dice que en los semilleros
no abunda semilla de siembra.

Se quejan de que hay pocos jóvenes
que quieran ser "Cristo" en la tierra.

Por eso, Señora, mira
a la América que verdea.

La América que gime y que llora
pues faltan obreros a su tierra.

Señora: que son hijas de España,
que llevan sangre de ella;
y en mi Patria ya florece la semilla
plantada hace dos décadas.

Señora: que en nuestra Patria
ya el fruto nos dio la siembra.

Que florezcan los almendros
de vocaciones de América.

 

Luis Girol Martínez

 

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Y, en realidad, el ser llamados es ya la primera recompensa: poder trabajar en la viña del Señor, ponerse a su servicio, colaborar en su obra, constituye en sí un premio inestimable, que recompensa de todo cansancio.

Esto lo comprende sólo quien ama al Señor y a su Reino; quien, por el contrario, sólo trabaja por el salario nunca se dará cuenta del valor de este tesoro inestimable.

La lógica de Dios es diferente a la del mundo. Y citando la primera lectura de la liturgia dominical tomada del profeta Isaías, añadió el Papa Benedicto XVI (2008.IX.21): "No son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos". El Papa puso como ejemplo a san Pablo, de quien la Iglesia está celebrando los dos mil años de su nacimiento, quien llegó a escribir "Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia". Y añadía: "Pero si el vivir en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger".

"Pablo comprendió bien que trabajar por el Señor es ya una recompensa en esta tierra", aseguró.

El sucesor de Pedro concluyó deseando que los cristianos respondan "siempre y con alegría a la llamada del Señor" para que encuentren la felicidad trabajando sin descanso por el Reino de los cielos.

 

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La promoción de las vocaciones

a la vida consagrada

 

1. Al tratar de la fundación de la vida consagrada por parte de Jesucristo, hemos recordado las llamadas que realizó desde el comienzo de su vida pública, explicitadas generalmente con la palabra: Sígueme. Su solicitud al hacer esos llamamientos, muestra que atribuía gran importancia para la vida de la Iglesia a ese seguimiento evangélico. Jesús vinculaba ese seguimiento con los consejos de vida consagrada, deseando que, mediante ellos, sus discípulos llegaran a conformarse con él, conformación que constituye la esencia de la santidad evangélica (cf. Veritatis splendor, 21). De hecho, la historia testimonia que las personas consagradas ―sacerdotes, religiosos, religiosas y miembros de otros institutos y movimientos análogos― han desempeñado un papel esencial en la expansión de la Iglesia, así como en los progresos de su santidad y de su caridad.

En la Iglesia de hoy las vocaciones a la vida consagrada no tienen menos importancia que en los siglos pasados. Por desgracia, en muchos lugares se constata que su número no basta para responder a las necesidades de las comunidades y de su apostolado. No es exagerado afirmar que para algunos institutos ese problema se plantea de modo tan dramático, que pone en peligro su supervivencia. Aunque no queramos compartir las previsiones pesimistas para un futuro no lejano, ya hoy se comprueba que, por falta de personal, algunas comunidades se han visto obligadas a renunciar a obras destinadas normalmente a producir abundantes frutos espirituales, y que, en general, a causa de la disminución de las vocaciones se reduce la presencia activa de la Iglesia en la sociedad, con notables daños en todos los campos.

La actual escasez de vocaciones en algunas zonas del mundo constituye un desafío que hay que afrontar con decisión y valentía, con la certeza de que Jesucristo, que durante su vida terrena lanzó tantos llamamientos a la vida consagrada, sigue dirigiéndolos aún en el mundo actual, y obtiene a menudo respuestas generosas de adhesión, como muestra la experiencia diaria. Dado que conoce las necesidades de la Iglesia, no cesa de dirigir su invitación: Sígueme, en especial a los jóvenes, a quienes su gracia hace sensibles ante el ideal de una vida entregada plenamente.

2. Por lo demás, la falta de obreros para la mies de Dios constituía, ya en los tiempos evangélicos, un desafío para Jesús mismo. Su ejemplo nos permite comprender que el número demasiado escaso de consagrados es una situación inherente a la condición del mundo, y no sólo un hecho accidental debido a las circunstancias actuales. El Evangelio nos muestra que Jesús, recorriendo ciudades y aldeas, sentía compasión por las muchedumbres, porque «estaban fatigados y decaídos, como ovejas sin pastor» (Mt 9, 36). Procuraba aliviar esa situación, brindando su enseñanza a la muchedumbre (cf. Mc 6, 34), pero quería que sus discípulos participaran en la solución de ese problema, invitándolos, ante todo, a la oración: «Rogad [...] al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38). Según el contexto, esta oración está destinada a asegurar a la gente un número mayor de pastores. Pero la expresión «obreros de la mies» puede tener un sentido más amplio, designando a todos los que trabajan por el desarrollo de la Iglesia. En ese caso, la oración quiere obtener también un número mayor de consagrados.

3. El acento que se pone en la oración es sorprendente. Dada la iniciativa soberana de Dios en las llamadas, se podría pensar que sólo el Dueño de la mies, independientemente de cualquier otra intervención o colaboración, debe proveer al número de los obreros. Por el contrario, Jesús insiste en la cooperación y la responsabilidad de sus seguidores. También a nosotros, hombres de hoy, nos enseña que podemos y debemos influir con la oración en el número de las vocaciones. El Padre acoge esa oración, porque la desea y la espera, y él mismo la hace eficaz. En los tiempos y lugares donde es más grave la crisis de las vocaciones, mayor será la necesidad de esa oración. Pero debe subir al cielo en todo tiempo y lugar. Por tanto, toda la Iglesia y todos los cristianos tienen siempre una responsabilidad en este campo.

La oración debe ir acompañada por la promoción a fin de que aumenten las respuestas a la llamada divina. También en esto el Evangelio nos proporciona el primer modelo. Después de su primer contacto con Jesús, Andrés le lleva a su hermano Simón (cf. Jn 1, 42). Desde luego, Jesús es quien se muestra soberano en la llamada dirigida a Simón, pero Andrés, por iniciativa suya, desempeñó un papel decisivo en el encuentro de Simón con el Maestro: «Éste es el núcleo de toda la pastoral vocacional de la Iglesia» (Pastores dabo vobis, 38).

4. La promoción de las vocaciones puede realizarse mediante iniciativas individuales como la de Andrés, o mediante actividades colectivas, como sucede en muchas diócesis, en las que se ha desarrollado la pastoral de las vocaciones. Esta promoción vocacional no busca en absoluto limitar la libertad de elección que cada uno tiene con respecto a la orientación de su propia vida. De aquí que la promoción evite toda forma de coacción o de presión sobre la decisión de cada uno. Pero quiere iluminar a todos en su elección, y mostrar a cada uno en particular el camino abierto en su vida por el sígueme del Evangelio. Los jóvenes, sobre todo, necesitan y tienen derecho a recibir esa luz. Por otra parte, no cabe duda de que es preciso cultivar y reforzar las semillas de la vocación, especialmente en los jóvenes. La vocación debe desarrollarse y crecer: esto sólo sucede, por lo general, cuando se garantizan condiciones favorables para ese desarrollo y ese crecimiento. Este es el objetivo de las instituciones para las vocaciones y de las diversas iniciativas, reuniones, retiros, grupos de oración, etc., que promueve la Obra de las vocaciones. Nunca será suficiente lo que se haga en favor de la pastoral de las vocaciones, aunque toda iniciativa humana debe emprenderse siempre con la convicción de que, en definitiva, la soberanía divina es la que decide sobre la llamada de cada uno.

5. Una forma fundamental de colaboración es el testimonio de los mismos consagrados, que ejerce una atracción eficaz y saludable. La experiencia muestra que, frecuentemente, el ejemplo de un religioso o de una religiosa actúa de modo decisivo en la orientación de una personalidad joven, que, en su fidelidad, coherencia y alegría, descubre la concreción de un ideal de vida. En especial, las comunidades religiosas no pueden atraer a los jóvenes, si no es mediante un testimonio colectivo de consagración auténtica, vivida en la alegría de la entrega personal a Cristo y a los hermanos.

6. Por último, hay que destacar la importancia de la familia como ambiente de vida cristiana en el que la vocación puede desarrollarse y crecer. Invito, una vez más, a los padres cristianos a orar para obtener que Cristo llame a alguno de sus hijos a la vida consagrada. A los padres cristianos corresponde formar una familia en la que se aprecien, se cultiven y se vivan los valores evangélicos, y en la que una vida cristiana auténtica pueda elevar las aspiraciones de los jóvenes. Gracias a esas familias la Iglesia seguirá siendo generadora de vocaciones. Por eso, pide a las familias que colaboren en la respuesta al Dueño de la mies, que a todos nos exige el esfuerzo por enviar nuevos obreros a su mies. 19.VIII.1994


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 bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo

y del Espíritu Santo" (Mt 28, 19).


Pocas veces se han escuchado palabras tan solemnes y apremiantes. Ellas contienen el mandato misionero lanzado por el Señor Jesús a sus discípulos antes de partir al Padre, coronando así su obra salvadora en el mundo. Se trata -según expresión de Juan Pablo II- de la proclama solemne de la evangelización" (Discurso inaugural de la Conferencia de Santo Domingo, 2).

En efecto, Jesucristo confió a la Iglesia naciente y encomienda a la Iglesia de todos los tiempos la tarea de llevar la buena noticia hasta los confines de la tierra.

"Evangelizar -dice el recordado siervo de Dios Pablo VI- constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa" (Evangelii nuntiandi, 14).

2. Para llevar a cumplimiento esa misión apostólica, la Iglesia necesita evangelizadores.
El concilio Vaticano II afirma claramente que dicha misión compete a todos los bautizados, ya que "la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado" (Apostolicam actuositatem, 2). Ningún fiel cristiano puede sentirse excluido del imperativo de evangelizar. Así, "se impone a todos los cristianos la dulcísima obligación de trabajar para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra" (ib., 3).

3. Hay que tener presente, sin embargo, que son los sacerdotes a quienes, por especial vocación y naturaleza, corresponde realizar esa misión en nombre de Cristo, como educadores del pueblo de Dios en la fe, predicadores, ministros de la Eucaristía y de los sacramentos.

Por eso, hablando de la evangelización, Pablo VI enseña que anunciar el Evangelio de Dios constituye la singularidad del servicio sacerdotal, ya que, en cuanto pastores, los sacerdotes han sido escogidos para proclamar con autoridad la palabra de Dios, para alimentar al pueblo de Dios con la Eucaristía y con los demás signos de la acción de Cristo que son los sacramentos, para mantenerlo en esa unidad de la que los sacerdotes son instrumentos activos y vivos, para animar sin cesar a esa comunidad reunida en torno a Cristo (cf. Evangelii nuntiandi, 68).

4. La "proclama de la evangelización" hecha por Jesús va acompañada con la promesa de la presencia permanente del Señor en medio de los suyos:  "He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). Este es un elemento fundamental:  Jesús está con nosotros, nos acompaña siempre en la tarea de la evangelización, dado que él es el "primer y supremo evangelizador" (Juan Pablo II, Ecclesia in America, 67).

Se trata de una promesa que nos llena de esperanza, consuelo, fortaleza y seguridad, de forma que en ella se inserta admirablemente el sugestivo lema escogido este año por los obispos españoles para el "Día de Hispanoamérica", que se celebra el domingo 2 de marzo en todas las diócesis de España:  "Colabora con América en el relevo misionero".

Este relevo es posible porque el Señor, con su presencia viva en la Iglesia, suscita continuamente nuevas y generosas vocaciones. Si bien el mismo Señor Jesús quiere que las pidamos en nuestras plegarias:  "La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 37-38).


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Sobre todo dicha situación puede recordar aquella otra « inferioridad » o pobreza de la que hablaba Jesús mirando al gentío que le seguía: « La mies es mucha, pero los obreros pocos » (Mt 9,37). Frente a la mies del Reino de Dios, frente a la mies de la nueva Europa y de la nueva evangelización, los « obreros » son y serán siempre pocos, « pequeño rebaño y misión grande », para que resalte siempre más que la vocación es iniciativa de Dios, don del Padre, Hijo y Espíritu Santo.


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De la liturgia parte siempre una llamada vocacional para quien participa. Cada celebración es un evento vocacional. En el misterio celebrado el creyente no puede dejar de reconocer la propia vocación personal, ni puede desoir la voz del Padre que en el Hijo por el poder del Espíritu lo llama a darse a su vez por la salvación del mundo.

También la oración llega a ser camino para el discernimiento vocacional, no sólo porque Jesús invita a rogar al dueño de la mies, sino porque es en la escucha de Dios donde el creyente puede llegar a descubrir el proyecto que Dios mismo ha diseñado: en el misterio contemplado el creyente descubre la propia identidad, « escondida con Cristo en Dios » (Col 3,3).

Y, además, es sólo la oración la que puede avivar las disposiciones de confianza y de abandono indispensables para pronunciar el propio « sí » y superar temores e incertidumbres. Toda vocación nace de la in-vocación.

Pero, también, la experiencia personal de la oración, como diálogo con Dios, pertenece a esta dimensión: incluso si es « celebrada » en la intimidad de la propia « celda » es relación con la paternidad de la que proviene la vocación. Tal dimensión es muy evidente en la experiencia de la Iglesia de los orígenes, cuyos miembros eran perseverantes « en la fracción del pan y en la oración » (Hch 2,42); cada elección, sobre todo para la misión, tenía lugar en un contexto litúrgico (Hch 6, 1-7; 13,1-15).

Es la lógica orante que la comunidad había aprendido de Jesús cuando « a la vista de las muchedumbres cansadas y decaídas como ovejas sin pastor, exclamó: La mies es mucha pero los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies » (Mt 9,37-38; Lc 10,2).

Las comunidades cristianas de Europa han puesto en práctica estos años múltiples iniciativas de oración por las vocaciones, que encontraron amplio eco en el Congreso. La oración en las comunidades diocesanas, religiosas y parroquiales, hasta el punto ser « incesante » en muchos casos, día y noche, es uno de los caminos principalmente seguidos para crear una nueva sensibilidad y una nueva cultura vocacional favorable al sacerdocio y a la vida consagrada.

La imagen evangélica del « Dueño de la mies » conduce al corazón de la pastoral de la vocaciones: la oración. Oración que sabe « mirar » con sabiduría evangélica al mundo y a cada hombre en la realidad de sus necesidades de vida y de salvación. Oración que manifiesta la caridad y la« compasión » (Mt 9,36) de Cristo para con la humanidad, que también hoy aparece como « un rebaño sin pastor » (Mt 9,36). Oración que manifiesta la confianza en la voz poderosa del Padre, el único que puede llamar y mandar a trabajar a su viña. Oración que manifiesta la esperanza viva en Dios, que no permitirá jamás que falten a la Iglesia los « obreros » (Mt 9,38) necesarios para llevar a término su misión.


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En nuestra vieja Europa hay muchos cristianos que han propuesto como programa de sus vidas estas prerrogativas apenas bosquejadas y son por ello felices. Ciertamente, ¡se necesitan muchos más! «¡La mies es mucha y los obreros pocos! Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9,38). Europa tiene necesidad de muchos y auténticos confesores de la fe.

Cuando se habla de confesores de la fe, el pensamiento vuela espontáneamente a tantos mártires que con su sangre han dado particular fecundidad espiritual al anuncio cristiano también en el continente europeo: «La sangre de los mártires es la semilla de los confesores», dice Tertuliano.


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Pupilla oculi - He pensado también en tantos jóvenes seminaristas que se preparan al sacerdocio. ¡Cuantas veces un obispo va con la mente y el corazón al seminario! Este es el primer objeto de sus preocupaciones. Se suele decir que el seminario es para un obispo la "pupila de sus ojos". El hombre defiende las pupilas de sus ojos porque le permiten ver. Así, en cierto modo, el obispo ve su Iglesia a través del seminario, porque de las vocaciones sacerdotales depende gran parte de la vida eclesial. La gracia de numerosas y santas vocaciones sacerdotales le permite mirar con confianza el futuro de su misión.

Digo esto basándome en los muchos años de mi experiencia episcopal. Fui nombrado obispo doce años después de mi Ordenación sacerdotal: buena parte de estos cincuenta años ha estado precisamente marcada por la preocupación por las vocaciones. La alegría del obispo es grande cuando el Señor da vocaciones a su Iglesia; su falta, por el contrario, provoca preocupación e inquietud. El Señor Jesús ha comparado esta preocupación a la del segador: "La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 37).

 

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El nombre de la Iglesia

 

(Lectura: 2da. carta a los Tesalonicenses)

1. En esta catequesis, a modo de introducción a la eclesiología, quiero hacer un breve análisis del nombre de la Iglesia, tal como nos llega del Evangelio o, mejor aún, de la palabra misma de Cristo. Seguimos así un método clásico de estudio de las cosas, en el que el primer paso es la exploración del significado de los términos empleados para designarla. Tratándose de una institución tan importante y antigua como la Iglesia es imprescindible saber cómo la llamó su fundador: porque ya este nombre define su pensamiento, su proyecto, su concepción creativa.

Ahora bien, sabemos por el evangelio de Mateo que cuando Jesús anunció la institución de «su Iglesia» en respuesta a la confesión de fe de Pedro, («sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»: Mt 16, 18), se sirvió de un término cuyo uso común en aquel tiempo y su presencia en diversos países del Antiguo Testamento nos permite descubrir su valor semántico. Es necesario decir que el texto griego del evangelio de Mateo utiliza aquí la expresión «mou ten ekklesíam». Este vocablo ekklesia lo emplearon los Setenta, o sea, la versión griega de la Biblia en el siglo II antes de Cristo, para traducir el qahal hebreo y su correspondiente arameo qahalá, que con mucha probabilidad usó Cristo en su respuesta a Pedro. Este hecho es el punto de partida de nuestro análisis de las palabras del anuncio de Jesús.

2. Tanto el termino hebraico qahal como el griego ekklesia significan «reunión», «asamblea». Ekklesia tiene relación etimológica con el verbo kalein, que significa «llamar». En el lenguaje semítico, la palabra tenía prácticamente el significado de «asamblea» (convocada), y en el Antiguo Testamento se usaba para designar a la «comunidad» del pueblo elegido, especialmente en el desierto (cf. Dt 4, 10; Hch 7, 38).

En tiempos de Jesús, la palabra seguía en uso. Se puede notar de manera particular que en un escrito de la secta de Qumrán referido a la guerra de los hijos de las tinieblas, la expresión qehál ´El, «asamblea de Dios», se usa, entre otras semejantes, en relación con las insignias militares (1 QM 5, 10). También Jesús usa este término para hablar de «su» comunidad mesiánica, la nueva asamblea convocada por la alianza en su sangre, alianza anunciada en el Cenáculo (cf. Mt 26, 28).

3. Tanto en el lenguaje semítico como en el griego, la asamblea se caracterizaba por la voluntad de quien la convocaba y por la finalidad con la que se la convocaba. En efecto, en Israel y en las antiguas ciudades-Estado de los griegos (póleis), se convocaban reuniones de diverso tipo, incluso de carácter profano (políticas, militares o profesionales), junto con las religiosas y litúrgicas.

También el Antiguo Testamento hace mención de reuniones de diversa índole. Pero, cuando habla de la comunidad del pueblo elegido, subraya el significado religioso, más aún, teocrático del pueblo elegido y convocado, proclamando explícitamente su pertenencia al Dios único. Por eso considera y designa a todo el pueblo de Israel como qahal de Yahveh, precisamente porque es su «propiedad personal entre todos los pueblos» (Ex 19, 5). Es una pertenencia y una relación con Dios completamente particular, fundada en la Alianza estipulada con él y en la aceptación de los mandamientos entregados mediante los intermediarios entre Dios y su pueblo en el momento de su llamada, que la Sagrada Escritura denomina precisamente como el «día de la asamblea» («jóm haqqahál»: Dt 9, 10; 10, 4). El sentimiento de esta pertenencia jalona toda la historia de Israel y perdura a pesar de las repetidas traiciones y las frecuentes crisis y derrotas. Se trata de una verdad teológica contenida en la historia, a la que pueden recurrir los profetas en los períodos de desolación, como por ejemplo Isaías (deutero), quien a finales del exilio dice a Israel en nombre de Dios: «No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre: tú eres mío» (Is 43, 1 ). Como si quisiera anunciar que en virtud de la Antigua Alianza intervendrá pronto para liberar a su pueblo.

4. Esta alianza con Dios, debida a una elección suya, da un carácter religioso a todo el pueblo de Dios y una finalidad transcendente a toda su historia, que también se desarrolla entre vicisitudes terrenas a veces felices y a veces funestas. Eso explica el lenguaje de la Biblia cuando llama a Israel «comunidad de Dios» («qehal Elohím») (cf. Ne 13, 1); y, más a menudo, «qehal Yahveh»: (cf. Dt 23, 2-4. 9). Es la conciencia permanente de una pertenencia fundada en la elección de Israel que Dios hizo en primera persona: «Seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos (...). Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19, 5-6).

No es necesario recordar aquí, siempre en este contexto de análisis del lenguaje, que en el pueblo del Antiguo Testamento, por motivos del gran respeto que sentían hacia el nombre propio de Dios, «qehal Yahveh» se leía como «qehal Adonai», o sea, la «asamblea del Señor». Por eso, también en la versión griega de los Setenta se encuentra traducida por «ekklesía tou Kyríou»: podríamos decir «la Iglesia del Señor».

5. También hay que notar que los escritos del texto griego del Nuevo Testamento seguían la versión de los Setenta, y este hecho nos permite entender por qué llaman «ekklesía» al nuevo pueblo de Dios (el nuevo Israel), así como su referencia a la Iglesia de Dios. San Pablo habla a menudo de «Iglesia de Dios» (cf. 1 Cor 1, 2; 10, 32; 15, 9; 2 Co 1, 1; Ga 1, 13), o de «Iglesias de Dios» (cf. 1 Co 11, 16; 1 Ts 2, 14; 2 Ts 1, 4). De este modo destacaba la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, hasta el punto de llamar a la Iglesia de Cristo «el Israel de Dios» (Ga 6, 16). Pero muy pronto se produjo en san Pablo el paso a una formulación de las realidades de la Iglesia fundada por Cristo: como cuando habla de la Iglesia «en Dios Padre y en el Señor Jesucristo» (1 Ts, 1, 1), o de la «Iglesia de Dios en Jesucristo» (1 Ts 2, 14). En la carta a los Romanos, el Apóstol habla incluso de las «Iglesias de Cristo» (16, 16), en plural, y tiene en mente -y ante sus ojos- a las Iglesias cristianas locales surgidas en Palestina, Asia menor y Grecia.

6. Este desarrollo progresivo del lenguaje atestigua que en las primeras comunidades cristianas se aclara gradualmente la novedad encerrada en las palabras de Cristo: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia« (Mt 16, 18). A esta Iglesia se aplican ahora, con sentido nuevo y mayor profundidad, las palabras de la profecía de Isaías: «No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre; tú eres mío» (43, 1). La «convocatoria divina» es obra de Jesucristo, Hijo de Dios encarnado; funda y edifica «su» Iglesia, como «convocación de todos los hombres de la Nueva Alianza». Elige el fundamento visible de esta Iglesia y le confía el mandato de gobernarla. Por tanto, esta Iglesia le pertenece y seguirá siendo siempre suya. Ésta es la convicción de las primeras comunidades cristianas y ésta es su fe en la Iglesia de Cristo.

7. Como podemos ver, ya del análisis terminológico y conceptual de los textos del Nuevo Testamento emergen algunos resultados sobre el significado de la Iglesia. Podemos sintetizarlos desde ahora en la siguiente afirmación: la Iglesia es la nueva comunidad de las hombres, instituida por Cristo como una «convocación» de todos los llamados a formar parte del nuevo Israel para vivir la vida divina, según las gracias y exigencias de la Alianza establecida en el sacrificio de la cruz. La convocación se traduce para todos y cada uno en una llamada, que exige una respuesta de fe y cooperación con vistas al fin de la nueva comunidad, indicado por quien llama: «No me habéis elegido vosotros a mí sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto...» (Jn 15, 16). De aquí deriva el dinamismo connatural a la Iglesia, cuyo campo de acción es inmenso, pues es una convocación a adherirse a Aquel que quiere «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza» (Ef 1, 10).

8. El objetivo de la convocación consiste en ser introducidos en la comunión divina (cf. 1 Jn 1, 3). Para alcanzar este objetivo, el primer paso es la escucha de la Palabra de Dios, que la Iglesia recibe, lee y vive con la luz que le llega desde lo alto, como don del Espíritu Santo, según la promesa de Cristo a los Apóstoles: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26). La Iglesia está llamada y mandada para llevar a todos la palabra de Cristo y el don del Espíritu: a todo el pueblo que será el nuevo «Israel» comenzando por los niños, de quienes Jesús dijo: «Dejad que los niños vengan a mí» (Mt 19, 14). Pero todos están llamado, pequeños y grandes; y, entre los grandes, las personas de cualquier condición. Como dice san Pablo: «Ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28).

9. Por último, el objetivo de la convocación es un destino escatológico, porque el nuevo pueblo está completamente orientado hacia la comunidad celestial, como sabían y sentían los primeros cristianos: «No tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro» (Hb 13, 14). «Somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesús» (Flp 3, 20).

A este vértice ultraterreno y sobrenatural nos ha conducido el análisis del nombre que dio Jesús a su Iglesia: el misterio de una nueva comunidad del pueblo de Dios que abarca, en el vínculo de la comunión de los santos, además de los fieles que en la tierra siguen a Cristo por el camino del Evangelio, a quienes completan su purificación en el purgatorio, y a los santos del cielo. Volveremos a retomar todos estos puntos en las siguientes catequesis. 20.VII.1991

  

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Los presbíteros y sus relaciones con Cristo,

con los Obispos, con el presbiterio y

con el pueblo cristiano.

 

 

Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo (Jn., 10,36), ha hecho participantes de su consagración y de su misión a los Obispos por medio de los apóstoles y de sus sucesores.

Ellos han encomendado legítimamente el oficio de su ministerio en diverso grado a diversos sujetos en la Iglesia. Así, el ministerio eclesiástico de divina institución es ejercitado en diversas categorías por aquellos que ya desde antiguo se llamaron Obispos presbíteros, diáconos. Los presbíteros, aunque no tienen la cumbre del pontificado y en el ejercicio de su potestad dependen de los Obispos, con todo están unidos con ellos en el honor del sacerdocio y, en virtud del sacramento del orden, han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, según la imagen de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote (Hebr., 5,1-10; 7,24; 9,11-28), para predicar el Evangelio y apacentar a los fieles y para celebrar el culto divino. Participando, en el grado propio de su ministerio del oficio de Cristo, único Mediador (1Tim., 2,5), anuncian a todos la divina palabra. Pero su oficio sagrado lo ejercitan, sobre todo, en el culto eucarístico o comunión, en el cual, representando la persona de Cristo, y proclamando su Misterio, juntan con el sacrificio de su Cabeza, Cristo, las oraciones de los fieles (cf. 1Cor., 11,26), representando y aplicando en el sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor, el único Sacrificio del Nuevo Testamento, a saber, el de Cristo que se ofrece a sí mismo al Padre, como hostia inmaculada (cf. Hebr., 9,14-28). Para con los fieles arrepentidos o enfermos desempeñan principalmente el ministerio de la reconciliación y del alivio. Presentan a Dios Padre las necesidades y súplicas de los fieles (cf. Hebr., 5,1-4). Ellos, ejercitando, en la medida de su autoridad, el oficio de Cristo, Pastor y Cabeza, reúnen la familia de Dios como una fraternidad, animada y dirigida hacia la unidad y por Cristo en el Espíritu, la conducen hasta Dios Padre. En medio de la grey le adoran en espíritu y en verdad (cf. Jn., 4,24). Se afanan finalmente en la palabra y en la enseñanza (cf. 1Tim., 5,17), creyendo en aquello que leen cuando meditan en la ley del Señor, enseñando aquello en que creen, imitando aquello que enseñan.

Los presbíteros, como próvidos colaboradores del orden episcopal, como ayuda e instrumento suyo llamados para servir al Pueblo de Dios, forman, junto con su Obispo, un presbiterio dedicado a diversas ocupaciones. En cada una de las congregaciones de fieles, ellos representan al Obispo con quien están confiada y animosamente unidos, y toman sobre sí una parte de la carga y solicitud pastoral y la ejercitan en el diario trabajo. Ellos, bajo la autoridad del Obispo, santifican y rigen la porción de la grey del Señor a ellos confiada, hacen visible en cada lugar a la Iglesia universal y prestan eficaz ayuda a la edificación del Cuerpo total de Cristo (cf. Ef., 4,12). Preocupados siempre por el bien de los hijos de Dios, procuran cooperar en el trabajo pastoral de toda la diócesis y aun de toda la Iglesia. Los presbíteros, en virtud de esta participación en el sacerdocio y en la misión, reconozcan al Obispo como verdadero padre y obedézcanle reverentemente. El Obispo, por su parte, considere a los sacerdotes como hijos y amigos, tal como Cristo a sus discípulos ya no los llama siervos, sino amigos (cf. Jn., 15,15). Todos los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos, por razón del orden y del ministerio, están, pues, adscritos al cuerpo episcopal y sirven al bien de toda la Iglesia según la vocación y la gracia de cada cual.

En virtud de la común ordenación sagrada y de la común misión, los presbíteros todos se unen entre sí en íntima fraternidad, que debe manifestarse en espontánea y gustosa ayuda mutua, tanto espiritual como material, tanto pastoral como personal, en las reuniones, en la comunión de vida de trabajo y de caridad.

Respecto de los fieles, a quienes con el bautismo y la doctrina han engendrado espiritualmente (cf. 1Cor., 4,15; 1Pe., 1,23), tengan la solicitud de padres en Cristo. Haciéndose de buena gana modelos de la grey (1Pe., 5,3), así gobiernen y sirvan a su comunidad local de tal manera que ésta merezca llamarse con el nombre que es gala del Pueblo de Dios único y total, es decir, Iglesia de Dios (cf. 1Cor., 1,2; 2Cor., 1,1). Acuérdese que con su conducta de todos los días y con su solicitud muestran a fieles e infieles, a católicos y no católicos, la imagen del verdadero ministerio sacerdotal y pastoral y que deben, ante la faz de todos, dar testimonio de verdad y de vida, y que como buenos pastores deben buscar también (cf. Lc., 15,4-7) a aquellos que, bautizados en la Iglesia católica, han abandonado, sin embargo, ya sea la práctica de los sacramentos, ya sea incluso la fe.

Como el mundo entero tiende, cada día más, a la unidad de organización civil, económica y social, así conviene que cada vez más los sacerdotes, uniendo sus esfuerzos y cuidados bajo la guía de los Obispos y del Sumo Pontífice, eviten todo conato de dispersión para que todo el género humano venga a la unidad de la familia de Dios.


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 Ataques, historia e Iglesia – El mentir orquestadamente avanza en la impunidad de sus ataques. Es clara la gran pasividad de los católicos ante todos estos hechos que de una manera progresiva se han ido instalando en nuestra vida cotidiana. Nos hemos acostumbrado a convivir con ellos y muchas veces los observamos hasta en clave de humor. No nos damos cuenta de que con nuestra falta de reacción nos hacemos culpables de que los fundamentos cristianos sobre los que se ha ido tejiendo nuestra historia y cultura con sus gestas heroicas y tragedias, con sus aciertos y equivocaciones, con sus épocas de esplendor y decadencias, van siendo minados. Se nos sustrae el alma de nuestra cultura y quedamos impasibles ante la consecuencia de su inevitable decadencia y las repercusiones que ello trae. Pareciera que domina una actitud de resignación ante lo que se considera inevitable o de obligado tributo que habría que pagar al progreso de nuestras sociedades aconfesionales en las que al final parece que todo vale. Y la paradoja es que precisamente en unas sociedades saturadas por la variedad de medios de comunicación, y de canales para hacer llegar a la opinión pública nuestra voz, los católicos permanecemos en gran parte mudos, facilitando la impunidad de estas agresiones constantes. Es claro que los medios de comunicación social protagonizan un constante bombardeo contra la concepción cristiana de la vida y del hombre cuando promueven esta política de ataques más o menos directos contra la Iglesia. Contribuyen al establecimiento de una atmósfera cada vez más contraria a los valores del humanismo cristiano, y a la acentuación de ese vacío existencial que amenaza al hombre de hoy, y que es origen de tantas lacras en las nuevas generaciones tales como las drogas, la promiscuidad sexual, el alcohol, las enfermedades mentales, la incapacidad para mantener la fidelidad conyugal, la lealtad...etc.

Como cristianos tenemos pues que ser conscientes de la trascendencia que supone nuestra  pasividad ante estos hechos. Si queremos de verdad sociedades más justas, y libres donde el hombre pueda desarrollarse plenamente como tal y creemos que en el mensaje de salvación cristiano está la clave que así sea, no podemos asistir inermes a los ataques a nuestra religión y a nuestra Iglesia, vengan de donde vengan. Si estos ataques permanecen impunes es responsabilidad de todos el que así sea. Y si no miremos a otras sociedades o grupos de creyentes. Sin elogiar posturas extremas, ¿qué pasa cuando un medio de comunicación social se mete contra los judíos o musulmanes? La reacción suele ser contundente social y económicamente y la retractación por parte de quien ha hecho el ataque, inmediata.


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«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.

Sabemos que el Señor busca obreros para su mies. Él mismo lo ha dicho: 

"La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño

de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 37-38).

 


Anticatolicismo - Si se declara delito el antisemitismo ¿por qué no también el anticatolicismo o el ataque a otra religión cualquiera? No se puede confundir la tolerancia y el respeto a otras creencias con la indefensión y la falta de exigencia de respeto a las propias. Debemos reaccionar debidamente con prudencia y caridad; eso no quita de recurrir a la aplicación de la legislación vigente por medio de oportunas denuncias; rechazar los medios hostiles a la Iglesia, negándoles nuestra audiencia y seguimiento, así como las marcas comerciales que los patrocinan. Como conclusión pedimos ante tantas agresiones enunciadas: conocimiento a fondo de la situación denunciada; reacción valerosa y oportuna ante ellas; búsqueda del criterio justo, con la humildad suficiente para corregir los propios errores y dejarse inspirar siempre por el máximo precepto evangélico: IN OMNIA CHARITAS.


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Alegría y generosidad - I. Los planes de Dios no coinciden generalmente con los nuestros, con los que proyectamos en la imaginación, con aquellos que fabrica la vanidad o el egoísmo. Los planes divinos, formados desde la eternidad para nosotros, son los más bellos que nunca pudimos imaginar, aunque algunas veces nos desconcierten. Jesús nos invita a dejar libre el corazón para llenarlo todo de Dios, y nuestra alegría es fruto de la generosidad, de responder a las sucesivas llamadas que a cada uno en su estado dirige Cristo que pasa. La vida se llena de gozo y de paz en esa disponibilidad absoluta ante la voluntad de Dios que se manifiesta en momentos bien precisos de nuestra existencia; quizá ahora mismo. Una vez que alguien ha sentido posarse sobre él la mirada del Señor, ya nunca la olvida, ya no es posible vivir como antes: a Jesús se le sigue o se le pierde.


II. Nosotros nos entristecemos cuando nos negamos a entregar nuestra libertad a Dios, como en la parábola del joven rico del Evangelio de hoy (Mateo, 19, 16-22) Libertad que, si no nos sirve para llegar a la meta, a Cristo que pasa por nuestra vida, de poco habrá de servirnos.  La tristeza nace en el corazón como una planta dañina cuando nos alejamos de Cristo, cuando le negamos aquello que de una vez, o poco a poco, nos va pidiendo, cuando nos falta generosidad. Puede haber enfermedad, puede haber cansancio, pero la tristeza del corazón es distinta; en su origen encontramos siempre la soberbia y el egoísmo. “Hay que saber entregarse, arder delante de Dios como esa luz que se pone sobre el candelero, para iluminar a los hombres que andan en tinieblas; como esas lamparillas que se quedan junto al altar, y se consumen alumbrando hasta

gastarse” (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Forja)  


III. La tristeza hace mucho daño al alma, un alma triste está a merced de muchas tentaciones. ¡Cuántos pecados han tenido su origen en la tristeza! ¡Cuántos ideales ha roto! “Luz, para que investigues en los motivos de tu tristeza” (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino) Siempre podemos crecer en alegría, si estamos buscando seriamente al Señor en lo que cada día nos sucede, en la oración, en el empeño por mantener la presencia de Dios.


Examinemos nuestra generosidad con los demás, y nos preguntamos:   ¿me preocupo excesivamente de mí mismo, de mis cosas, de mi salud, de mi futuro, de mis pequeñeces? Muchas personas pueden encontrar a Dios a través de nuestra alegría. Santa María, Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.


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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".

 

Alégrese la madre naturaleza
con el grito de la luna llena:
que no hay noche que no acabe en día,
ni invierno que no reviente en primavera,
ni muerte que no dé paso a la vida;
ni se pudre una semilla
sin resucitar en cosecha.

 

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La dignidad regia del hombre - "A la manera que, en las cosas humanas, los artífices dan a los instrumentos que fabrican aquella forma que parece ser la más idónea al uso a que se destinan, así el Artífice sumo fabricó nuestra naturaleza como una especie de instrumento, apto para el ejercicio de la realeza; y para que el hombre fuera completamente idóneo para ello, le dotó no sólo de excelencias en cuanto al alma, sino en la misma figura del cuerpo. Y es así que el alma pone de manifiesto su excelsa dignidad regia, muy ajena a la bajeza privada, por el hecho de no reconocer a nadie por señor y hacerlo todo por su propio arbitrio. Ella, por su propio querer, como dueña de sí, se gobierna a sí misma. .¿Y de quién otro, fuera del rey, es propio semejante atributo?

Según la costumbre humana, los que labran las imágenes de los emperadores tratan primeramente de reproducir su figura y, revistiéndola de púrpura, expresan juntamente la dignidad imperial. Es ya uso y costumbre que a la estatua del emperador se le llame emperador; así, la naturaleza humana, creada para ser señora de todas las otras criaturas, por la semejanza que en sí lleva del Rey del universo, fue levantada como una estatua viviente y participa de la dignidad y del nombre del original primero. No se viste de púrpura, ni ostenta su dignidad por el cetro y la diadema, pues tampoco el original lleva esos signos. En vez de púrpura se reviste de virtud, que es la más regia de las vestiduras; en lugar de cetro se apoya y estriba sobre la bienaventuranza de la inmortalidad; y en el puesto de la diadema se ciñe la corona de la justicia; de suerte que, reproduciendo puntualmente la belleza del original, el alma ostenta en todo la dignidad regia."

San Gregorio de Nisa, La creación del hombre, 4

 

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Es vuestra visita la que nos honora y agradecemos.


Quepa claro: "hablamos no solo para comunicarnos, sino para distinguirnos". Por lo mismo, nos vestimos no solo para evitar el frío, sino para reafirmar nuestra personalidad. Publicamos porque creemos en la verdad y solo ella nos hace libres.

Pedimos disculpas por los errores que tantas veces cometemos. No son por mala voluntad, ni por ignorancia, sino por no saber. No está mal recordar que una cosa es la ignorancia (= no saber lo que a uno no se le alcanza) y la nescencia (= no saber lo que uno debería saber).

 ‘Apud Dominum misericordia et copiosa apud Eum redemptio’

Jesús misericordia : Kyrie eleison. Christe eleison. Kyrie eleison.

¿Por qué repetimos y recomendamos algunos libros? - No responde esta habitual insistencia a ningún imperativo ni legal, ni moral, ni de compromiso alguno. El único compromiso es el del servicio a la conformación de una cultura católica que hoy es más necesaria que nunca.

Recomendamos vivamente:

1º Título: ´Los orígenes históricos del Cristianismo´, de José Miguel García

Fuentes paganas, judías y una posible versión aramea anterior a los evangelios que conocemos refuerzan la historicidad de Jesús.

El cristianismo parte de un hecho: Dios se ha hecho hombre. Se puede decir de muchas maneras pero el núcleo irrenunciable lo constituye el misterio de la Encarnación. Alguien que paseaba por Palestina, hacía milagros, hablaba de con autoridad y acabó muriendo y resucitando, no sólo era verdaderamente hombre sino también verdadero Dios.
Frente a esa verdad, desde el mundo cristiano, que es la única religión que genera anticuerpos, se han alado voces discrepantes. Algunas se apoyaban en el racionalismo, que es un abandono de la racionalidad por exceso, y otros en el prejuicio. De hecho las posturas no son tan fácilmente disociables.
Así, se negaba la historicidad de los Evangelios simplemente porque narraban milagros y alguien había decidido que éstos no cabían en el mundo. Un personaje central e influyente ha sido Bultmann, de nombre Rudolf.
José Miguel García, en la escuela de Mariano Herranz, muestra en este trabajo como no se puede renunciar a la certeza sobre la existencia histórica de Jesús. Para ello estudia los textos revelados, que son los más importantes, pero
no deja de lado ni las fuentes paganas ni las judías que aluden también a Jesucristo. Pero, además, en la estela de su Maestro, emprende la difícil tarea de interpretar textos habitualmente empleados en contra de la divinidad de Jesús.
Así, por ejemplo, explica el silencio que, en el evangelio de Marcos, Jesús impone sobre su divinidad. Lo hace partiendo de
la hipótesis de que los textos griegos, que son los recibidos por la Iglesia, responden a traducciones de una versión aramea anterior. De esa manera muchos textos que son de difícil comprensión y que han conducido a los traductores a hacer verdaderos equilibrios, alcanzan una mejor explicación y resultan más coherentes con el conjunto de los evangelios.
2º Título:
Europa y la Fe’. Editor: Ciudadela Libros. Autor: Hilaire Belloc.

Páginas: 237 - ISBN: 978-84-96836-23-5 -

En esta obra se trata con un realismo histórico apabullante el tema de Europa y su relación con la fe católica. No se debería desconocer este ensayo histórico admirable en que su autor explica cómo la Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos. Es muy posible que no se haya escrito una mejor visión de conjunto de la civilización occidental que este libro.

3º ‘Jesús de Nazaret’ – ‘Benedicto XVI’. 2007;al siglo: Joseph Cardenal Ratzinger

4º ‘El Libro negro de las nuevas persecuciones anticristianas’, Thomás Grimaux es el autor - Favre, 160 páginas. Valeurs Actuelles, 2008 -. Todo un acierto.

5º ‘LA LEYENDA NEGRA’, de PHILIP W. POWELL (1913-1987), publica la editorial Áltera en su colección ‘Los Grandes Engaños Históricos’. 2008 –

Las ilustraciones que adornan un expuesto, no son obligatoriamente alusivas al texto. Estando ya públicas en la red virtual, las miramos con todo respeto y sin menoscabo debido al ‘honor y buena reputación de las personas’. De allí, hayamos acatado el derecho a la intimidad, a la dignidad-mérito-honra-respetabilidad-pundonor, a la propia imagen y a la protección de datos. Tomadas de Internet, las estampas, grabados o dibujos que adornan o documentan este sitio web ‘CDV’, no corresponden ‘necesaria e ineludiblemente’ al tema presentado; sino que tienen por finalidad –a través del arte- hacer agradable la presentación. Tributamos homenaje de sumisión y respeto a todas las personas, particularmente cuyas imágenes aparecen publicadas, gracias.-

Si de manera involuntaria se ha incluido algún material protegido por derechos de autor, rogamos que se pongan en contacto con nosotros a la dirección electrónica, indicándonos el lugar exacto- categoría y URL- para subsanar cuanto antes tal error. Gracias. ‘CDV’.-

“CDV” intenta presentar la fe cristiana para la gente más sencilla (catequistas, etc.), en especial para los estratos aparentemente más bajos. ¿La razón? Simple: «Son ellos quienes más necesitan conocer la alegría de Cristo».-

Este sitio web ‘CDV’ no pretende ser un campo en el que eruditos intelectuales, ya desde los ámbitos de la teología y la filosofía, señalen el camino para descubrir a Cristo. Sí tiene como objeto mostrar desde un punto de vista elemental, respetuoso y claro, el hermoso rostro del Salvador. Poner en el tapete los problemas del hombre de hoy, de una sociedad cada vez más individualista, y volcada en el consumismo. Y todo ello con un lenguaje comprensible, claro y atractivo.

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación, lo que se pretende desde ‘CDV’ es contribuir muy modestamente, y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz. ‘CDV’ Gracias.-

“Conocereisdeverdad.org = CDV” no necesariamente se identifica con todas las opiniones y matices vertidos por autores y colaboradores en los artículos publicados; sin embargo, estima que son dignos de consideración en su conjunto. ‘CDV’ Gracias.-

Grüss Gott. Salve, oh Dios.

Por todas partes, por tanto, el Señor nos manda como sus testigos. Pero podemos serlo sólo a partir y en referencia continua a la experiencia pascual, la que María de Magdala expresa anunciando a los demás discípulos: “He visto al Señor" (Jn 20,18). En este encuentro personal con el Resucitado está el fundamento indestructible y el contenido central de nuestra fe, la fuente fresca e inagotable de nuestra esperanza, el dinamismo ardiente de nuestra caridad. Así nuestra misma vida cristiana coincidirá plenamente con el anuncio: “Cristo Señor verdaderamente ha resucitado”. Dejémonos, por ello, conquistar por la fascinación de la Resurrección de Cristo. La Virgen María nos sostenga con su protección y nos ayude a gustar plenamente la alegría pascual, para que sepamos llevarla a nuestra vez a todos nuestros hermanos.


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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).