Monday 27 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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Hay, en efecto, una tristeza, y es que la historia y la vida de nuestros padres o nuestros referentes ideológicos no siempre son como nos hubiera gustado que hubieran sido. Todo, sin embargo, es mucho más complejo de lo que asegura el moralismo fácil de los inquisidores de la memoria histórica. Tampoco se trata de relativizar ni de disculpar nada. Quizá, tan sólo, de tener la honestidad de no mentirse a uno mismo y el valor de reconocer que la indignación y el afán justiciero pueden ser también un instrumento de la censura y el despotismo, y también del olvido.

 

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«La Iglesia busca la verdad histórica para pedir perdón por los pecados de sus hijos». -Juan Pablo PP II, 15 de Junio 2004, al presentarse las «Actas del Simposio Internacional "La Inquisición".

 

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Moralismo fácil de los inquisidores

de la memoria histórica – SC. XX -

De la imposible santidad

 

Por FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR. Catedrático de Historia Contemporánea Universidad de Deusto

... Vivimos en una tolerancia aparente, pero en plena inquisición oculta, que se manifiesta en una continua búsqueda de víctimas y verdugos, buenos y malos, y se alimenta de la explotación del sentimiento de culpa...

 

QUIZÁ nunca como hoy, después de un siglo borracho de crímenes, tenga tanta razón Léon Bloy, que escribió: «Sólo hay una tristeza, y es la de no ser santos». Quizá nunca como hoy, que respiramos una atmósfera de afanes justicieros, hayan cobrado tanto relieve humano estas palabras.

La reciente confesión de Günter Grass es una viva prueba de ello. Una más de esa tristeza. De súbito, quien cogió el diccionario alemán por el gaznate, despojándolo de la falsedad de las viejas palabras y limpiándolo con las carcajadas y furia de su prosa, quien gritaba pidiendo justicia y verdad contra los seguidores de aquel iluminado de gesto histriónico e invitaba a los hijos a que se pusieran las gafas maravillosas de sus novelas para ver al padre y a la madre bajo una sugestiva luz parda, rompiendo escaparates, chillando como monas en celo, haciendo que asustados ancianos barriesen letrinas con sus canas... quien, como ningún otro escritor alemán, se ha burlado y ha subvertido el muelle amnésico que se encontraba bajo los cimientos de la recuperación material de Alemania, revela ya anciano que él mismo ha sido incapaz hasta ahora de enfrentarse abiertamente con su más negro pasado. Que sus pasos también están manchados por la culpa y la vergüenza y la pulsión del olvido.

Hechos y traumas ocultos bajo los cielos wagnerianos de la Alemania hitleriana, pesadillas y sueños de entre los que brilla la doble S del uniforme que vistió Grass a los diecisiete años. Hechos y traumas cuya tardía revelación ha disparado titulares de prensa como el que sigue: «El moralista atrapado». Que podría completarse: prisionero de sus juicios. Porque Grass, que durante tanto tiempo denunció con voz atronadora los silencios privados y públicos con que la Alemania de Adenauer quería persuadirse a sí misma, a sus vástagos y a muchos otros de que todos los horrores y miserias de antaño no habían tenido lugar realmente, de que las cifras habían sido enormemente exageradas o de que nadie sabía nada de lo que estaba ocurriendo bajo las botas de los matones nazis, se ha descubierto a sí mismo recurriendo a esas mismas evasiones y silencios para velar públicamente su paso por las SS.

Hoy Grass soporta sobre su cabeza de león la pregunta que todos le hacen: bueno, bien, eras un muchacho, probablemente seas el símbolo de toda una generación, probablemente te convertiste en un acólito de Hitler llevado por el orgullo de la juventud, pero ¿por qué lo has ocultado sesenta años?, ¿por qué no afrontaste el pasado tal y como se lo exigías públicamente a tus conciudadanos? Como en una pesadilla tonta o un mareo súbito, el autor de El Tambor de Hojalata ha pasado, bruscamente, de ser un gran novelista y un referente moral de la izquierda europea a convertirse en un caso más del gran proceso que se le hace al siglo XX.

Y es que Grass no es el primero en verse acosado por los implacables ojos con los que hoy se interroga a las huellas dejadas por intelectuales y políticos en el siglo pasado. Los últimos años han traído otras escenas similares de personajes públicos expuestos en la picota moral. Hace no mucho tiempo Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, tuvo que ver cómo se le reprochaba su paso por las juventudes nazis a la edad de quince años. Kurt Waldheim, ex presidente de Austria y ex secretario general de la ONU, comprobó cómo de la noche a la mañana se resquebrajaba toda su carrera política cuando la prensa divulgaba unas fotos suyas calzando botas de oficial nazi. En 1998 los admiradores de Orwell descubrían en la primera página de un diario inglés la breve etapa del escritor como informador del Gobierno británico. De golpe, la vida y obra del autor de 1984 y Rebelión en la Granja quedaba reducida a un titular de prensa: «Icono socialista convertido en un delator». Hay algo inquietante en todo esto. Como si se quisiera convertir la memoria en olvido de todo lo que no es crimen. Vivimos en unos tiempos en los que la cólera, la rabia y la indignación tienen prestigio, y esa rabia e indignación están fascinadas por el pasado, no tienen otro objetivo que los crímenes y traiciones del siglo XX; no tienen otra causa que las generaciones de los mayores o las muertas. Vivimos en una tolerancia aparente, pero en plena inquisición oculta, que se manifiesta en una continua búsqueda de víctimas y verdugos, buenos y malos, y se alimenta de la explotación del sentimiento de culpa y la exigencia de arrepentimiento y reparación por los agravios reales, exagerados o inventados.

Ya sé que a nadie se quema, ya no se hacen autos de fe, pero se hace algo quizá peor: reducir la biografía y la historia a pura criminología. Un proceso que no reconoce prescripción alguna, ya que una vez se es marcado queda uno condenado para la eternidad. Un proceso abierto no para hacer justicia, sino para acabar con el acusado.

El fascismo y también el comunismo nos han impregnado más de lo que nos gustaría admitir, y ello se ve claramente en la forma de discurrir del nuevo inquisidor: el autoengaño, la costumbre de pensar que las atrocidades siempre las cometen los demás, los alemanes, los rusos, los fascistas, los comunistas... Nosotros, por nuestra parte, o bien no teníamos otra alternativa, o bien hicimos todo cuanto estaba a nuestro alcance.

En España, por ejemplo, donde el odio sigue suelto por las escaleras, donde después de 1975 muchos empezaron a decir «yo estuve en tal y tal sitio», «yo milité aquí y allá», «yo pasé unas horas en una comisaría», «a mí casi me detienen en una manifestación», Camilo José Cela ha padecido bajo tierra un implacable proceso por su colaboración, durante la posguerra, con el franquismo. Un proceso del que tampoco pudo escapar en Francia el socialista Mitterrand, que vivió sus últimos días al frente de la República acosado por un coro de voces empeñado en recordarle su nada gloriosa colaboración con el régimen de Vichy. Como si todos los franceses hubieran estado en la resistencia desde el comienzo y todos hubieran cantado en alguna ocasión delante de algún alemán, con vibrante patriotismo, la Marsellesa. Como si todos hubieran actuado siguiendo el ejemplo de aquel prefecto de Toulouse, que se negó a hacer de lacayo de Vichy y, antes de firmar los documentos donde se ordenaba la deportación de los judíos hacia campos de concentración, dimitió de su cargo, y desapareció.

Decía Unamuno que todos llevamos dentro el infierno, y que éste es la hipocresía. Cuantos hoy alientan este espíritu de proceso y cual cristianos viejos en el siglo XVI se convierten en guardianes custodios de un nuevo concepto de limpieza de sangre deberían tener en cuenta una advertencia: hasta en el más gris empleado hay, oculto, un émulo del rey de Escocia dispuesto a traicionar para obtener pequeños beneficios. Todos somos Macbeth.

Con sus guerras, campos de concentración y dictaduras, el siglo XX desintegra a las personas, las consume, las desmenuza, las pisotea, y claro está, si ya de por sí es difícil descifrar el hechizo de sus terribles promesas, la voluntad de supervivencia enreda su historia aún más. Una cosa queda patente: la fragilidad del ser humano. Tema éste que late bajo las páginas de la última novela de Péter Esterházy, Versión corregida, en las que el novelista húngaro relata cómo su padre, al que había erigido un monumento literario en su obra anterior, retratándolo como un intelectual que se negó a doblegarse bajo el régimen comunista y a vivir su vida como un cadáver moral, no sólo había cedido ante ese ácido disolvente que es el tiempo en las dictaduras sino que además había informado como colaborador no oficial a la policía secreta húngara entre 1957 y 1980.

Hay, en efecto, una tristeza, y es que la historia y la vida de nuestros padres o nuestros referentes ideológicos no siempre son como nos hubiera gustado que hubieran sido. Todo, sin embargo, es mucho más complejo de lo que asegura el moralismo fácil de los inquisidores de la memoria histórica. Tampoco se trata de relativizar ni de disculpar nada. Quizá, tan sólo, de tener la honestidad de no mentirse a uno mismo y el valor de reconocer que la indignación y el afán justiciero pueden ser también un instrumento de la censura y el despotismo, y también del olvido. 2006-09-02 ‘ABC’. ESP.

 

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...pero la inquisición abortera es certera, eficaz y gran capacidad...

 

La Inquisición procurando encuadrarse en el derecho, la razón y la equidad, que desconfiaba de los iluminados, cometió tantos errores y faltas. Pero cuánto bien hizo desconfiando de las adulteradas religiosidades, aduladores y chismorreos, adulzados o veleidosos como desmoderados religiosos. Tal como sucede con la justicia actual, errores y faltas, pero cuánto bien hace y cual necesaria es. ¡Qué débiles somos los humanos!, otrora como hoy, 2008.

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Entiendo y respeto a los disidentes, pues disentir es o debe ser connatural en el hombre, tanto en asuntos religiosos, humanos , fallares o políticos. Pero formulo esta pregunta: ¿Por qué, a menudo, los disidentes son tan visceralmente agresivos, gente digamos combativa? En los combates se va a destruir con fusilería a la otra parte. Esa forma de agresividad, según algunas teorías psicológicas, refleja frustración. Es bueno y saludable disentir, pero sin odio ni rencor, no por virtuosidad o decencia, sino por higiene mental, porque el rencor genera incluso cánceres.

Que haya sacerdotes poco santos o que dejen desear un mínimo de coherencia al estado de consagrado, habría que detallar, pues hay de todo como en botica. Igual en los matrimonios, relaciones homosexuales o lésbicas...

Si tan consistente y eterno es el amor matrimonial que se juran las parejas ¿por qué tantos divorcios, tantos rechazos y odios de alcoba, tantos abortos en el claustro materno, abortos con todos los agravantes, tantos actos sexuales hechos para descargar la libido únicamente....? ¿Qué diría Bernanos de ello?

Todos nos avergonzamos de la Inquisición. Tal vez las generaciones futuras se avergüencen de nosotros y digan: defendían al quebrantahuesos y al mismo tiempo mataban y mataban a miles de niños no nacidos… Esos niños no pueden disentir. Tal vez fuesen buenos médicos, buenos científicos o artistas, buenos políticos, sin embargo aprobaban y utilizaban el dinero del heraldo público para la masacre de inocentes, como en los campos de exterminios comunistas…. Y nazistas… Memoria hace falta porque buena falta nos hace…! l Nosotros que nos creemos tan progres, tan libres y postmodernos... peores nos comportamos y hasta con altivez nos enorgullecemos.  Vendrán, que vendrán quienes nos acusarán, porque memoria dejamos escrita con letras de sangres chorreando de las carnicerías: ‘centros aborteros legales’. …de acusadores a curanderos y luego a carniceros…

 

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La Justicia le robó trece años – 2008

 

Rafael Ricardi llevaba en prisión desde 1995. Entonces tenía 35 años. Una mujer violada por dos hombres en el Puerto de Santa María (Cádiz) le confundió con uno de los autores del delito por su estrabismo. Ricardi también era toxicómano, tenía antecedentes y estaba fichado. Su perfil encajaba. La mujer le identificó en una foto y, posteriormente, en una rueda de reconocimiento. En los dos procesos era el único bizco: primer error policial.

La Audiencia Provincial de Cádiz le condenó en 1996 gracias al testimonio de la mujer violada, reforzado, según la sentencia, «por el informe biológico de ADN». Las pruebas realizadas por el Instituto Nacional de Toxicología, sin embargo, no eran concluyentes. De hecho, aseguraban que no se podía confirmar que los restos analizados fueran del acusado, aunque tampoco lo descartaban. De poco valieron las dudas planteadas en ese informe: Ricardi debería cumplir una pena de 36 años en la cárcel de Topas (Salamanca).

El Supremo confirmó la sentencia en 1997 asegurando, en la misma línea que la Audiencia Provincial, «que las pruebas de semen recogidas en la ropa de la víctima corresponden con las del acusado», contradiciendo así el informe toxicológico. Dos errores judiciales graves en menos de un año.

Tres años más tarde, en 2000, el caso parece dar un vuelco. Un nuevo informe del Instituto Nacional de Toxicología concluyó que los restos de ADN encontrados en una gasa de la víctima no eran de Ricardi. La Policía empieza a plantearse si es el verdadero culpable. Se seguía sin saber nada del segundo agresor y, además, las violaciones cometidas por dos hombres de similares características a las denunciadas por la supuesta víctima de Ricardi seguían produciéndose con éste en la cárcel. Sin embargo, la Fiscalía no solicitó la revisión de la pena, entre otras cosas porque Ricardi se declaró culpable en agosto de 1999, «tras recibir amenazas» de las autoridades, según su testimonio. Tres meses después, se volvió a autoinculpar en el delito.

La suerte de Ricardi empezó a cambiar el pasado año. La Policía detuvo a un hombre llamado Fernando Plaza, sospechoso de cometer violaciones. Plaza es un individuo bajo, gordo y con un ojo más grande que otro, tal vez el defecto en la vista que denunció la agredida. No podía ser, en ningún caso, el «hombre alto» que, según la víctima, colaboró en la violación.

Ese «hombre alto» fue localizado por la Policía en la cárcel. Se trataba de Juan Baños, compinche de Plaza en delitos anteriores y condenado por abusar de su hija. Su ADN coincidía con el hallado en una de las violaciones cometidas en el Puerto. En ese momento, la Policía está segura de que Ricardi es inocente, pero la Fiscalía no toma medidas, ya que la víctima seguía acusando a Ricardi. Tuvo que ser una casualidad la que hizo cambiar de opinión a la Fiscalía: los restos hallados en un descarte de la ropa de la víctima -no examinada en su momento y que llevaba almacenada en el Instituto Nacional de Toxicología desde entonces- no eran de Ricardi, sino de Plaza y Baños. Sólo entonces la Fiscalía pidió la excarcelación inmediata del reo.

Cadena de fallos

Desde ayer a las tres y veinte de la tarde, y tras trece años a la sombra, Rafael Ricardi vuelve a ser libre. Salió de la cárcel desmejorado, con barba de dos días y 48 años. Apenas habló, pero asegura que sigue «creyendo en la Justicia». Le han concedido el tercer grado penitenciario. Técnicamente, según su abogada, ha salido en libertad condicional, a la espera del informe del Tribunal Supremo que le otorgue la libertad definitiva. Su hija, convaleciente de una operación de peritonitis, le espera en su casa del Puerto de Santa María.

Una cadena de errores policiales, la tozudez judicial y repetidos despropósitos en la investigación han quitado a Rafael Ricardi casi trece años de su vida. Pedirá una indemnización, que se le concederá con casi total seguridad, pero nadie le devolverá los años perdidos.

R. BLÁZQUEZ/Á. PÉREZ. SALAMANCA/MADRID.

http://www.abc.es/20080726/nacional-sucesos/justicia-robo-trece-anos_

200807260256.html 2008-07-26

 

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El cristianismo no es un moralismo


Se corre el riesgo de que ciertas normas, sacadas del Evangelio y propuestas por la Iglesia, sean vivida por costumbre, por tradición, por adecuación a la costumbre dominante. Pero es necesaria una adhesión sincera y profunda. El cristianismo es el encuentro con Alguien que da sentido a todo lo vivido.

 

Creo que siempre hay un peligro al acecho cuando se habla de ética, es decir de aquel conjunto de normas destinadas a regular la vida de los hombres en la relación consigo mismo, con los demás, con la sociedad en general.
Peligro que existe ya por las leyes establecidas por el derecho del Estado, leyes que por su misma naturaleza, golpean los comportamientos externos pero no se proponen alcanzar aquel nivel más profundo que concierne a la conciencia de cada uno. Y cuando intentan hacerlo, se convierten en más peligrosas por que se arriesgan a dar vida al Estado Ética -sustituto de Dios- que a menudo coincide con el estado de Policía y que termina inevitablemente por limitar la libertad de los individuos, obteniendo a menudo los efectos contrarios a aquellos que se proponía. Baste como ejemplo el régimen jacobino nacido de la revolución francesa que quería instaurar una nueva moralidad hecha de la liberté, égalité, fraternité que cambió las promesas en un inenarrable terror. Pero, incluso antes, la Ginebra de Calvino, que el famoso reformador intentó transformar en una ciudad en la que el pecado venía considerado un reato.
Es diverso, en cambio, el caso de las normas morales que nacen de un credo religioso. Éstas no tienen alguna forma de control externo, al menos en ámbito cristiano, donde Estado e Iglesia son autónomos unos de otros. Pero estas buscan alcanzar y comprometer a aquellos a los que van dirigidas desde lo más profundo de la conciencia, porque se proponen como meta no sólo el respeto externo de las leyes, cuando una adhesión interior plena y sincera. Y si no existen policías que controlan y tribunales que punen como para las leyes estatales, sin embargo existe un eficaz reenvío la Juicio divino, misericordioso, pero al mismo tiempo justo que, Él sí que conoce y escruta en lo profundo del corazón de cada uno.
"Habéis entendido que se os fue dicho: No cometas adulterio; pero yo os digo: cualquiera que mira a una mujer con deseo ya ha cometido adulterio con ella en su corazón" (Mt 5, 27-28). El Evangelio es clarísimo en este pasaje, pero también en otros muchos puntos, sobre todo cuando Jesús la toma con los fariseos -sepulcros blanqueados- reos de observar con gran atención la forma de la Ley hasta los más mínimos detalles que han perdido a menudo y voluntariamente el espíritu.
Deberíamos tener las ideas claras: pero quién sabe si es verdad. Quién sabe si también hoy no arriesgamos, más a menudo de lo que creemos y quizás sin tener plena conciencia, a caer en otro peligro, el de transformar el cristianismo en un moralismo. Esto, de hecho, puede tener lugar cada vez que vivimos por costumbre, por tradición, por adecuación a la costumbre dominante en un determinado ambiente aquellas normas que la Iglesia, haciendo caso al Evangelio, nos propone como reglas de vida, haciéndolo con un respeto formal y no con una verdadera participación interior, con una adhesión sincera y profunda. En este caso, no actuamos para seguir de verdad ese camino que es al mismo tiempo verdad y vida y que Jesús nos ha enseñado - y que es él mismo, su persona eternamente viviente y operante, sino que miramos a la fe, sobre todo como a un sistema de normas eclesiales a menudo percibidas como un peso que hay que respetar con cansancio si no es con fastidio.

Esta actitud no es justa, no sólo porque moral y fe o se entrelazan estrechamente entre ellas sosteniéndose mutuamente o no son. Pro también porque un cristianismo transformado en moralismo es un tipo de jaula ideológica que encierra y limita profundamente al ser humano, restringiéndolo en un horizonte sofocante. Jesús, su Evangelio, el ofrecimiento de sí mismo sobre la cruz, la redención realizada por él y testimoniada por su resurrección, quedan sobre un fondo lejano e inoperante. Justo como sucedía a aquellos fariseos en Palestina que, escrupulosos observadores de la Ley, pero poco abiertos al Dios vivo, no sabían reconocer al Mesías.
Así puede suceder, tal y como demuestran a menudo los conversos, San Agustín a la cabeza, que sepa "descubrir" de verdad a Jesús no al observante templado o sin gancho de un sistema de normas morales sino al pecador arrepentido. Aquel que perdiendo toda brújula, ha tocado el fondo de desesperación y de angustia en la cual se ha despertado la necesidad la Dios. Aquel abismo del que ha nacido un grito de invocación, una necesidad auténtica de redención. Aquella experiencia de la que nace una auténtica conversión.
Estas palabras no quieren ser evidentemente una invitación a transgredir, sino a entender el problema. Y, quizás, a profundizarlo nos ayude la situación, no fácil, que vive hoy el cristianismo en el interior de una sociedad como la occidental, que progresivamente se está alejando de la moral evangélica que durante siglos hay sido observada por la mayoría, al menos formalmente. No creo, de hecho, que de verdad se pueda resistir a la "nueva ética" laica que propone divorcios, abortos, eutanasia y otras muchas cosas sin tener las ideas claras y el corazón firme y caliente al mismo tiempo. Se podía hacer en épocas de cristiandad en que los valores cristianos se condividían, aunque quizás o se amaran. Pero no hoy.
Así, hacemos bien en luchar por que estos valores permanezcan en el interior de las leyes del Estado, por que es cierto que legalizar aquello que según la óptica cristiana es un mal ayuda a legalizarlo. También hacemos bien en empujar la reflexión y la búsqueda sobre estos temas éticos enganchándolos al derecho natural, con el fin de encontrar un terreno de entendimiento con quien no se cristiano o incluso no sea ni creyente. Todo esto puede ayudar a las personas de buena voluntad a ver más claro.
Pero creo que sobre todo esto no puede ni debe hacernos olvidar lo que siempre se ha considerado importante en la Tradición de la Iglesia: o la moral se engancha de manera estrecha a la fe o termina antes o después por convertirse en moralismo. Y esto por que para quien cree las normas de comportamiento no nacen sólo de una reflexión racional sobre el hombre, sino también de aquél "añadido" constituido por la Revelación. Es esta última la que iluminándonos sobre el misterio de Dios y sobre el destino del hombre, nos ayuda a entender de verdad por qué se persigue un ideal tan alto como la santidad. Pero también por que es sólo una fe viva, alimentada por la Escritura, por el Magisterio, por los sacramentos que nos dan la fuerza para ir contra corriente cuando es necesario. Que nos sostiene en los momentos difíciles en los que somos tentados para abandonar y adecuarnos. Aquellos momentos en los que la propuesta cristiana, católica en particular, nos parece demasiado exigente y nos parecería "razonable" ser más "humanos", tal y como nos sugieren tantas sirenas.
Pero no. Nosotros esperamos con vigor que Dios, como ha prometido, nos ayude a ser de verdad coherentes con el Evangelio, que el Espíritu nos sostenga, nos ilumine, nos purifique, nos transforme cada vez más para que nuestra fe se convierta cada día en más profunda y consciente. Entonces nuestra vida no será el fruto de moralismo respetable, sino un verdadero y auténtico intento de rendir un testimonio de amor a la Trinidad Santa que nos ha amado antes y desea por encima de toda otra cosa unirnos a Ella.

2008.X.17 Rosanna Brichetti Messori.-
 

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"En la actividad, no sean descuidados... sean cariñosos unos con otros... Que la esperanza los tenga alegres... Practiquen la hospitalidad... Bendigan... Tengan igualdad de trato unos con otros... Pónganse al nivel de la gente humilde... No muestren suficiencia... No devuelvan a nadie mal por mal... No se dejen vencer por el mal, venzan al mal a fuerza de bien" (Rm 12, 9-21).

 

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Sin embargo, son pocos –acaso ninguno– los que caen en la cuenta de que ideologías como el socialismo, que tanto en su vertiente nazi como comunista son radicalmente ateas, han generado hítleres y estálines que han asesinado a millones de personas, y en algunos sitios siguen produciendo muertos y privaciones de libertad de escándalo dados los tiempos que corren.

 

Ahora que tantos gobiernos están dispuestos a hacer del crimen del aborto y de la eutanasia una actividad pública prioritaria y permanente, lo más importante es no bajar la guardia ni un milímetro en la defensa de la verdad y de la vida. Los grandes exterminios del siglo XX fueron posibles no sólo por la perversión de gobernantes satánicos, sino también por la omisión de quienes no mantuvieron siempre la cabeza bien alta dispuestos a todo menos a transigir con el horror. Ahora más que nunca no podemos permitir que nadie, absolutamente nadie, en nuestras casas, en nuestras escuelas, en nuestros medios de comunicación, pueda lo más mínimo contemporizar con esta barbarie. Porque si lo permitimos, Dios puede que nos lo perdone, pero la historia venidera no nos lo perdonará. MMVIII

 

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San Serafín de Sarov (1759-1833), monje ruso - Conversación con Motovilov

 

«Les confió sus bienes» -       El Señor no nos reprocha el gozar de los bienes terrestres, y  él mismo dice que, teniendo en cuenta nuestra situación de aquí abajo, tenemos necesidad de ellos para que nuestra existencia pueda gozar de tranquilidad y hacer más fácil y cómodo el camino hacia nuestra patria celestial... La Santa Iglesia pide que eso nos sea concedido. A pesar de que las penas los males y las necesidades sean inseparables de nuestra vida en la tierra, jamás el Señor ha querido que las preocupaciones y las miserias constituyan toda la trama de la misma. Por eso, por boca del apóstol Pablo nos recomienda llevar unos las cargas de los otros (Gal 6,2) a fin de obedecer a Cristo quien, personalmente, nos ha dado el precepto de amarnos los unos a los otros... ¿No ha descendido del cielo el Señor «no para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por todos (Mc 10,45)?» Comportaos así, amigos de Dios, y conscientes de la gracia de la cual habéis sido visiblemente objeto, comunicadla a todo hombre deseando su salvación.
        «La mies es abundante, dice el Señor, pero los segadores son pocos» (Mt 9,37). Habiendo recibido los dones de la gracia, estamos llamados a trabajar recogiendo las espigas de salvación de nuestros prójimos para poderlas poner en numerosos graneros en el Reino de Dios a fin de que den mucho fruto, unos treinta, otros sesenta, y los otros cien (Mc 4,8)
         Estemos atentos para no ser condenados junto con el servidor perezoso que ha enterrado el talento que el dueño le había confiado, sino que procuremos imitar a los servidores fieles que han devuelto al dueño, el uno, en lugar de dos talentos, cuatro, el otro, en lugar de cinco talentos, diez. No podemos dudar de la misericordia divina; vosotros mismos podéis ver cómo las palabras divinas dichas por un profeta: «No soy un Dios lejano» (Jr 23,23) se han realizado para nosotros.

 

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Lo que contamina al hombre - «Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. [...] Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre».

En el pasaje del Evangelizo de este domingo Jesús corta de raíz la tendencia a dar más importancia a los gestos y a los ritos exteriores que a las disposiciones del corazón, el deseo de aparentar que se es -más que de serlo- bueno. En resumen, la hipocresía y el formalismo.

Pero podemos sacar hoy de esta página del Evangelio una enseñanza de orden no sólo individual, sino también social y colectivo. La distorsión que Jesús denunciaba de dar más importancia a la limpieza exterior que a la pureza del corazón se reproduce hoy a escala mundial.
Hay muchísima preocupación por la contaminación exterior y física de la atmósfera, del agua, por el agujero en el ozono; en cambio silencio casi absoluto sobre la contaminación interior y moral. Nos indignamos al ver imágenes de pájaros marinos que salen de aguas contaminadas por manchas de petróleo, cubiertos de alquitrán e incapaces de volar, pero no hacemos lo mismo por nuestros niños, precozmente viciados y apagados a causa del manto de malicia que ya se extiende sobre cada aspecto de la vida.

Que quede bien claro: no se trata de oponer entre sí los dos tipos de contaminación. La lucha contra la contaminación física y el cuidado de la higiene es una señal de progreso y de civilización al que no se puede renunciar a ningún precio. Jesús no dijo, en aquella ocasión, que no había que lavarse las manos o los jarros y todo lo demás; dijo que esto, por sí solo, no basta; no va a la raíz del mal.

Jesús lanza entonces el programa de una ecología del corazón. Tomemos alguna de las cosas «contaminantes» enumeradas por Jesús, la calumnia con el vicio a ella emparentado de decir maldades a costa del prójimo. ¿Queremos hacer de verdad una labor de saneamiento del corazón? Emprendamos un lucha sin cuartel contra nuestra costumbre de descender a los chismes, de hacer críticas, de participar en murmuraciones contra personas ausentes, de lanzar juicios a la ligera. Esto es un veneno dificilísimo de neutralizar, una vez difundido.

Una vez una mujer fue a confesarse con San Felipe Neri acusándose de haber hablado mal de algunas personas. El santo la absolvió, pero le puso una extraña penitencia. Le dijo que fuera a casa, tomara una gallina y volviera adonde él desplumándola poco a poco a lo largo del camino. Cuando estuvo de nuevo ante él, le dijo: «Ahora vuelve a casa y recoge una por una las plumas que has dejado caer cuando venías hacia aquí». «¡Imposible! -exclamó la mujer- Entretanto el viento las ha dispersado en todas direcciones». Es ahí donde quería llegar San Felipe. «Ya ves –le dijo- como es imposible recoger las plumas una vez que se las ha llevado el viento; igualmente es imposible retirar las murmuraciones y calumnias una vez que han salido de la boca». 03.IX.2006

XXI Domingo del tiempo ordinario (B)
Deuteronomio 4, 1-2. 6-8; Santiago 1, 17-18.
21. 27; Marcos7, 1-8. 14-15. 21-23

 

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“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).  

 

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

 

Gracias de la visita y por pregonarnos

 

‘La verdad sobre El Código Da Vinci’
Autor:
José Antonio ULLATE

Editorial: LibrosLibres. Madrid, 2004.  189 pp.

 

‘Historia de la Inquisición en España y América’

(El conocimiento científico y el proceso histórico de la Institución (1478-1834).  Es una elevada tarea historiográfica con planteamientos científicos, bases documentales, tratamiento y lenguaje actuales.

Obra dirigida por don Joaquín PÉREZ VILLANUEVA y Bartolomé ESCANDELL BONET.

 

‘La inquisición española’

Autora:(Comella Beatriz.-

Editorial: BAC- Centro de estudios inquisitoriales- Madrid-España.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).