Thursday 23 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
Inicio > Patrología > Patrología - 15.8 Iglesia naciente Simón el Cananeo, Judas Tadeo y el Iscariote

… Jesús sabía que incluso entre los doce Apóstoles había uno que no creía: Judas. También Judas pudo haberse ido, como lo hicieron muchos discípulos; es más, tal vez tendría que haberse ido si hubiera sido honrado. En cambio, se quedó con Jesús. Se quedó no por fe, no por amor, sino con la secreta intención de vengarse del Maestro. ¿Por qué? Porque Judas se sentía traicionado por Jesús, y decidió que a su vez lo iba a traicionar. Judas era un zelote, y quería un Mesías triunfante, que guiase una revuelta contra los romanos. Jesús había defraudado esas expectativas. El problema es que Judas no se fue, y su culpa más grave fue la falsedad, que es la marca del diablo. Por eso Jesús dijo a los Doce: «Uno de vosotros es un diablo» (Jn 6, 70). Pidamos a la Virgen María que nos ayude a creer en Jesús, como san Pedro, y a ser siempre sinceros con él y con todos.

BENEDICTO PP. XVI. Castelgandolfo
 - Domingo 26 de agosto de 2012

 

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Simón el Cananeo y Judas Tadeo

 

San Judas Tadeo

 

(Judas Tadeo a quien no hay que confundir con Judas Iscariote).

 

Hoy tomamos en consideración a dos de los doce apóstoles: Simón el Cananeo y Judas Tadeo (a quien no hay que confundir con Judas Iscariote). Los consideramos juntos, no sólo porque en las listas de los doce siempre están juntos (Cf. Mateo 10,4; Marcos 3,18; Lucas 6,15; Hechos 1,13), sino también porque las noticias que les afectan no son muchas, con la excepción de que el canon del Nuevo Testamento conserva una carta atribuida a Judas Tadeo.

Simón recibe un epíteto que cambia en las cuatro listas: mientras Mateo y Marcos le llaman «cananeo», Lucas le define «Zelotes». En realidad, los dos calificativos son equivalentes, pues significan lo mismo: en hebreo, el verbo «qanà’» significa «ser celoso, apasionado» y se puede aplicar tanto a Dios, en cuanto que es celoso del pueblo al que ha elegido (Cf. Éxodo 20, 5), como a los hombres, que arden de celo en el servicio al Dios único con plena entrega, como Elías (Cf. 1 Reyes 19,10).

Por tanto, es muy posible que este Simón, si no pertenecía propiamente al movimiento nacionalista de los zelotes, quizá se caracterizaba al menos por un celo ardiente por la identidad judía, es decir, por Dios, por su pueblo y por su Ley divina. Si esto es así, Simón es todo lo opuesto de Mateo, que por el contrario, como publicano, procedía de una actividad considerada totalmente impura. Es un signo evidente de que Jesús llama a sus discípulos y colaboradores de los más diversos estratos sociales, sin exclusión alguna. ¡A Él le interesan las personas, no las categorías sociales o las etiquetas! Y lo mejor es que en el grupo de sus seguidores, todos, a pesar de que son diferentes, convivían juntos, superando las imaginables dificultades: de hecho, Jesús mismo es el motivo de cohesión, en el que todos se encuentran unidos. Es una lección para nosotros, que con frecuencia tendemos a subrayar las diferencias y quizá las contraposiciones, olvidando que Jesucristo nos da la fuerza para superar nuestros conflictos. Hay que recordar que el grupo de los doce es la prefiguración de la Iglesia, en la tienen que encontrar espacio todos los carismas, pueblos, razas, todas las cualidades, que encuentran su unidad en la comunión con Jesús.

Por lo que se refiere a Judas Tadeo, recibe este nombre de la tradición, uniendo dos nombres diferentes: mientras Mateo y Marcos le llaman simplemente «Tadeo» (Mateo 10,3; Marcos 3,18), Lucas lo llama «Judas de Santiago» (Lucas 6,16; Hechos 1,13). El apodo Tadeo tiene una derivación incierta y se explica como proveniente del arameo «taddà’», que quiere decir «pecho», es decir, significaría que es «magnánimo», o como una abreviación de un nombre griego como «Teodoro, Teodoto». De él se sabe poco. Sólo Juan presenta una petición que planteó a Jesús durante
la Última Cena. Tadeo le dice al Señor: « Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?». Es una pregunta de gran actualidad, que también nosotros le preguntamos al Señor: ¿por qué no se ha manifestado el Resucitado en toda su gloria a los adversarios para mostrar que el vencedor es Dios? ¿Por qué sólo se ha manifestado a sus discípulos? La respuesta de Jesús es misteriosa y profunda. El Señor dice: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Juan 14, 22-23). Esto quiere decir que el Resucitado tiene que ser visto y percibido con el corazón, de manera que Dios pueda hacer su morada en nosotros. El Señor no se presenta como una cosa. Él quiere entrar en nuestra vida y por ello su manifestación implica y presupone un corazón abierto. Sólo así vemos al Resucitado.

A Judas Tadeo se le ha atribuido la paternidad de una de las cartas del Nuevo Testamento que son llamadas «católicas», pues no están dirigidas a una determinada Iglesia local, sino a un círculo mucho más amplio de destinatarios. Se dirige «a los que han sido llamados, amados de Dios Padre y guardados para Jesucristo» (versículo 1). La preocupación central de este escrito consiste en alertar a los cristianos ante todos los que toman como excusa la gracia de Dios para disculpar sus costumbres depravadas y para desviar a los demás hermanos con enseñanzas inaceptables, introduciendo divisiones dentro de la Iglesia «alucinados en sus delirios» (versículo 8), así define Judas a sus doctrinas e ideas particulares. Los compara incluso con los ángeles caídos, y con términos fuertes dice que «se han ido por el camino de Caín» (versículo 11). Además les tacha sin reticencias de «nubes sin agua zarandeadas por el viento, árboles de otoño sin frutos, dos veces muertos, arrancados de raíz; son olas salvajes del mar, que echan la espuma de su propia vergüenza, estrellas errantes a quienes está reservada la oscuridad de las tinieblas para siempre» (versículos 12-13).

Hoy quizá no estamos acostumbrados a utilizar un lenguaje tan polémico, que sin embargo nos dice algo importante.
En medio de todas las tentaciones, de todas las corrientes de la vida moderna, tenemos que conservar la identidad de nuestra fe. Ciertamente, el camino de la indulgencia y del diálogo, que emprendió con acierto el Concilio Vaticano II, tiene que continuarse con firme constancia. Pero este camino del diálogo, tan necesario, no tiene que hacer olvidar el deber de recodar y subrayar siempre las líneas fundamentales irrenunciables de nuestra identidad cristiana.

Por otra parte, es necesario tener muy presente que nuestra identidad exige fuerza, claridad y valentía, ante las contradicciones del mundo en que vivismo. Por ello, el texto de la carta sigue diciendo así: «Pero vosotros, queridos, edificándoos sobre vuestra santísima fe y orando en el Espíritu Santo, manteneos en la caridad de Dios, aguardando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna. A unos, a los que vacilan, tratad de convencerlos...» (versículos 20-22). La carta se concluye con estas bellísimas palabras: «Al que es capaz de guardaros inmunes de caída y de presentaros sin tacha ante su gloria con alegría, al Dios único, nuestro Salvador, por medio de Jesucristo, nuestro Señor, gloria, majestad, fuerza y poder antes de todo tiempo, ahora y por todos los siglos. Amén» (versículos 24-25).

Se ve con claridad que el autor de estas líneas vive en plenitud la propia fe, a la que pertenecen realidades grandes, como la integridad moral y la alegría, la confianza y por último la alabanza, quedando todo motivado por la bondad de nuestro único Dios y por la misericordia de nuestro Señor Jesucristo. Por este motivo, tanto Simón el Cananeo, como Judas Tadeo nos ayudan a redescubrir siempre de nuevo y a vivir incansablemente la belleza de la fe cristiana, sabiendo dar testimonio fuerte y al mismo tiempo sereno. S.S. Benedicto PP. XVI. - 11.X.2006

 

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Las dos lecciones de la traición de Judas Iscariote, según el Papa


Intervención en la audiencia general sobre el apóstol que traicionó a Jesús  


CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 18 octubre 2006- La traición a Jesús de Judas Iscariote ofrece dos lecciones, según Benedicto XVI: Cristo respeta la libertad del ser humano y espera el arrepentimiento del pecador, pues es misericordioso.

Expuso estas conclusiones a los 30.000 peregrinos que participaron este miércoles en la plaza de San Pedro en la audiencia general, dedicada a presentar la figura del apóstol que por treinta monedas de plata entregó a su Maestro a los miembros del Sanedrín.
Para el obispo de Roma, comprender la vida de Judas significa comprender también aspectos decisivos del misterio de la relación del hombre con Dios.
Incluso tras su muerte, no es posible ofrecer un juicio definitivo, reconoció: «Si bien él se alejó para ahorcarse, a nosotros no nos corresponde juzgar su gesto, poniéndonos en lugar de Dios, quien es infinitamente misericordioso y justo».
Repasando las páginas de los cuatro evangelios, el obispo de Roma subrayó ante todo que formaba parte de los doce apóstoles, como Pedro, Juan o Santiago…

«¿Por qué traicionó a Jesús?», preguntó el Papa al hablar del apóstol que cumplía las funciones de ecónomo.
«Algunos recurren a la avidez por el dinero; otros ofrecen una explicación de carácter mesiánico: Judas habría quedado decepcionado al ver que Jesús no entraba en el programa de liberación político-militar de su propio país», respondió.

El Papa constató que los evangelios «insisten en otro aspecto: Juan dice expresamente que “el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle”».
El Nuevo Testamento, reconoció, «va más allá de las motivaciones históricas y explica lo sucedido basándose en la responsabilidad personal de Judas, quien cedió miserablemente a una tentación del Maligno».

«En todo caso, la traición de Judas sigue siendo un misterio --aseguró--. Jesús le trató como a un amigo, pero en sus invitaciones a seguirle por el camino de las bienaventuranzas no forzaba su voluntad ni le impedía caer en las tentaciones de Satanás, respetando la libertad humana».
Y cuando una persona peca, como Judas, citando el capítulo V de
la «Regla» de San Benito de Nursia (480–547), exhortó a «no desesperar nunca de la misericordia de Dios», pues como dice la primera carta del Juan «Dios es mayor que nuestra conciencia» (3, 20).

El Papa sacó, por tanto dos lecciones.

«La primera --señaló--: Jesús respeta nuestra libertad. La segunda: Jesús espera que tengamos la disponibilidad para arrepentirnos y para convertirnos; es rico en misericordia y perdón».
«De hecho, cuando pensamos en el papel negativo que desempeñó Judas, tenemos que enmarcarlo en la manera superior con que Dios dispuso de los acontecimientos», indicó.

Su traición, siguió profundizando, «llevó a la muerte de Jesús, quien transformó este tremendo suplicio en un espacio de amor salvífico y en la entrega de sí mismo al Padre».
«En su misterioso proyecto de salvación --aclaró--, Dios asume el gesto injustificable de Judas como motivo de entrega total del Hijo por la redención del mundo».

Al final de su intervención, el pontífice hizo referencia también a Matías, quien sustituyó a Judas Iscariote por decisión de los once apóstoles, después de haber demostrado fidelidad a Cristo durante su vida pública.
«Sacamos de aquí una última lección --aseguró--: si bien en la Iglesia no faltan cristianos indignos y traidores, a cada uno de nosotros nos corresponde contrabalancear el mal que ellos realizan con nuestro testimonio limpio de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador».

Con esta meditación, el Papa ha concluido la serie de intervenciones sobre los doce apóstoles que comenzó el 17 de mayo. Forman parte de un conjunto de catequesis sobre los orígenes de la Iglesia y su relación con Cristo, comenzada el 15 de marzo.
zenit. ZS06101805

 

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En Pentecostés la Iglesia de Cristo ‘una, santa católica y apostólica’

recibe el Espíritu Santo, según documenta la Sagrada Biblia.

 

….La Iglesia no nació, a diferencia de, por ejemplo, la espiritualidad de la diosa, como una vaga corriente de opinión o una ideología. Desde el principio la Iglesia fue un cuerpo social o, como dicen los teólogos, «una sociedad perfecta» en sí misma. La fe y los sacramentos cristianos se celebraban y se transmitían en la Iglesia y de una forma organizada. En cada lugar, esa organización eclesiástica giraba en torno a la figura del Obispo, cabeza de la Iglesia local. Eso sucede desde el mismo comienzo. La Iglesia la funda Jesucristo y la constituye como un cuerpo al que se incorporan los que se hacen partícipes de la salvación de Cristo. Cristo dota al cuerpo de la Iglesia de todos los medios para cumplir su misión de llevar la salvación a todos los confines del mundo. Los medios que necesita el cuerpo moral de la Iglesia son la capacidad de mantener la disciplina: el gobierno interno; la unidad de doctrina: la enseñanza de la doctrina de la fe; y los medios de santificación: los sacramentos. Ese triple poder de gobernar, de enseñar y de santificar, se encuentra ya en los primeros obispos.


Un dato más: la Iglesia no nace de los cuatro evangelios, sino de la muerte y de la resurrección de Cristo, y de Pentecostés.

No hay unanimidad respecto a la datación original de los evangelios canónicos, pero parece que puedan fijarse entre el año 60 y el 90. Eso los coloca bastante cerca de los sucesos de la vida terrena de Jesús y en cualquier caso todavía serían muchos los testigos de su vida que seguirían con vida. Ese dato es importante para comprender la historicidad de los evangelios y su credibilidad (pues, de haber sido falsos, estos escritos podían haber sido refutados por contemporáneos de Jesús o por personas todavía muy próximas a Él).

Pero en cualquier caso, la Iglesia no nace con la redacción física de los cuatro libros de los evangelios. Cuando éstos se escriben, la Iglesia llevaba desde la Ascensión de Jesús, enseñando, gobernando y santificando. La Iglesia ya celebraba los sacramentos, ya anunciaba la Buena Noticia de Jesucristo a judíos y a gentiles, y las iglesias locales tenían una firme organización de gobierno en torno a los obispos. Para cuando los evangelios ven la luz, la Iglesia ya cuenta hasta con mártires como San Esteban. Los evangelios son textos inspirados por el Espíritu Santo que se escriben dentro de la Iglesia, y es la autoridad de esa Iglesia la que los distingue como dignos de fe.

Este funcionamiento y la organización de la Iglesia quedan reflejados en los Hechos de los Apóstoles, en las Cartas de San Pablo, en las demás epístolas del Nuevo Testamento y en la literatura cristiana inmediatamente posterior.

San Ignacio, tercer obispo de Antioquía, vivió a caballo entre el siglo I y el II, y sufrió el martirio en época del emperador Trajano. En sus cartas escritas desde Roma, hacia el año 110, describe la vida de las iglesias locales, en cuya cúspide está el Obispo que, ayudado por sus presbíteros y sus diáconos, gobierna a la comunidad de los fieles. En esas cartas recomienda a los cristianos que tengan el máximo respeto por el Obispo, menciona la preeminencia de la Iglesia de Roma, por delante de las demás; y llama a la Iglesia universal, «católica».

Todos estos datos son decisivos para comprender el funcionamiento de los cristianos en los primeros siglos. Tenían un fuerte sentimiento jerárquico y esa Iglesia, que fue madurando en la comprensión de las verdades reveladas, se mantuvo reconocible a lo largo del tiempo, por la sucesión apostólica y visible de los obispos.

Desde el principio también surgieron disidencias, pero esa naturaleza jerárquica y orgánica de la Iglesia hacía que los que se apartaban de la enseñanza tradicional tendieran a organizarse en grupos separados y distinguibles. La Iglesia durante los primeros tres siglos no tenía fuerza exterior para luchar contra las herejías, así que se combatió contra ellas con la fuerza de la virtud y de la fidelidad. En ocasiones eran los mismos obispos los que se separaban de la doctrina, pero nunca -en esos primeros siglos- lograron desgajar Iglesias de la comunión eclesiástica. En muchos de esos casos eran los mismos fieles los que se levantaban contra el obispo herético y pedían ayuda a los obispos cercanos para que lo depusieran en un sínodo.

La primera secta que perdura organizadamente como una Iglesia separada es la de los donatistas, en la región de Cartago. Curiosamente, eso sucede después del año 311, en vísperas del advenimiento de Constantino al trono de Occidente.

No es, por tanto, creíble que Constantino pudiera influir en el contenido dogmático del cristianismo, que gozaba de una firme estructura orgánica y con abundante producción catequética y teológica.

La historia de la formación del canon del Nuevo Testamento hay que comprenderla a la luz de la vida de la Iglesia.

Cuando surgía alguna duda en las comunidades respecto de si un texto determinado debía tenerse como evangélico, se aplicaban unas reglas:

que el libro tuviera origen apostólico y coherencia de doctrina con la enseñada tradicionalmente y,

que fuera aceptado y usado oficialmente en las comunidades cristianas con las que los apóstoles habían tenido contacto directo (también testimonio de la tradición).

Resulta asombrosa la práctica unanimidad de las comunidades locales de la Iglesia primitiva, en Oriente y en Occidente, a la hora de determinar el canon del Nuevo Testamento, que estaba fijado -con mínimas variantes- en la primera mitad del siglo II. El fragmento de Muratori, de finales de ese mismo siglo II, ya contiene la lista de los libros que la Iglesia en Roma consideraba como inspirados y que formaban el Nuevo Testamento.

En lo relativo a la palabra hereje, Brown se deja también llevar por su fantasía. En este caso, es el traductor el que transcribe erróneamente la palabra hereticus, donde el americano puso haereticus. De todas formas, haereticus es un adjetivo («herético»), mientras que Brown nos lo presenta como un sustantivo («opción», que en latín se decía haeresis, del griego hairesis). Con independencia de estos detalles nimios, que sencillamente delatan desconocimiento de la lengua, la afirmación de Langdon es totalmente falsa. La palabra herético en el sentido que la conocemos hoy no procede de este momento de la historia. Por poner algunos ejemplos, el ya citado Ignacio de Antioquía, en sus cartas desde Roma, hacia el año 110, advierte contra los heréticos que dicen mentiras sobre Cristo. Hacia el año 180 se fecha la obra de Ireneo de Lyon, Adversus haere-ses, en la que expone y refuta las doctrinas de los herejes del cristianismo. Tertuliano escribió en torno al año 200 su De prescriptione haereticorum.

En perfecta coherencia con la unidad orgánica y de doctrina de la Iglesia, los cristianos ortodoxos distinguían desde el principio a los que, siguiendo su propia opinión (haeresis) en lugar de la doctrina del evangelio a la luz de la tradición, se separaban del cuerpo de la Iglesia. La palabra herético, con la acepción de «quien profesa un error sobre Cristo», tiene al menos doscientos años en el tiempo de Constantino, pero el concepto es aún anterior.

Sin necesidad de conocer nada de la historia del cristianismo, basta una hojeada a los evangelios canónicos -ésos que Brown* dice que fueron confeccionados para borrar toda traza humana de Cristo- para darse cuenta de que, de haber sido así, los escribas contratados por Constantino hicieron su trabajo rematadamente mal, puesto que los evangelios recogen constantes y delicados detalles de la humanidad de Jesucristo.

*Autor de un libro fantasioso, faccioso, impregnado de fábulas históricas con relaciones falsas, mentirosas, de pura invención, carentes de todo fundamento. MMIII.  

 

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El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).
Es cierto que no podemos escuchar las palabras de Jesús, como podemos escuchar, por ejemplo, las palabras del Papa Juan Pablo II, de feliz memoria, por medio de un video o un DVD. En este caso estaremos escuchando las palabras del difunto Papa. Jesús, en cambio, no es un difunto; él está vivo y está hablando hoy. En efecto, él aseguró a sus apóstoles que hablaría a través de ellos y en ellos: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).
La voz de Cristo no cesó cuando murió el último apóstol, como enseña el Catecismo: “Por institución divina los Obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha a ellos, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia a ellos, desprecia a Cristo y al que lo envió” (N. 862). La recomendación de Dios no está errada –‘absit’- cuando nos manda escuchar a Jesús, porque Jesús está vivo hoy y habla a través de los legítimos pastores de la Iglesia que son sucesores de esos apóstoles. “Escuchémosles”. Dos milenios, solo la Iglesia Católica anunciando a Cristo: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

“fidem custodire, concordiam servare”», custodiar la fe, conservar la concordia.

 

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- "Como hubo falsos profetas en el pueblo, también entre vosotros habrá falsos maestros que promoverán sectas perniciosas. Negarán al Señor que los rescató y atraerán sobre sí una ruina inminente. Otros muchos se sumarán a sus desvergüenzas, y por su culpa será difamado el camino de la verdad. En su codicia querrán traficar con vosotros a base de palabras engañosas. Pero hace tiempo que está decretada su condena y a punto de activarse su perdición…" 2ª carta de S. Pedro, cap. 2

 

- "El Espíritu dice expresamente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de su fe y prestarán oído a espíritus seductores y doctrinas diabólicas. Esta será la obra de impostores hipócritas de conciencia insensible…" 1ª Carta de S. Pablo a Timoteo, cap. 4 [Recordemos las sectas aparecidas y sobre todo, las que siguen seduciendo].

 

- "Predica la Palabra, insta a tiempo y a destiempo, corrige, reprende y exhorta usando la paciencia y la doctrina. Pues llegará el tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de multitud de maestros que les dirán lo que quieren oír; apartarán los oídos de la verdad y se volverán a las fábulas." 2 Timoteo: 4: 2-5

 

- "…Porque sabemos que Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que los arrojó a las cavernas tenebrosas del abismo y allí los retiene para el juicio… No libró de la destrucción a Sodoma y Gomorra sino que las redujo a cenizas… libró en cambio al justo Lot, que abrumado por la conducta lujuriosa de aquellos disolutos, sentía torturado día tras día su buen espíritu por las perversas acciones que oía y veía. Y es que el Señor sabe librar de la prueba a los que viven religiosamente y reservar a los inicuos para castigarlos el día del juicio; sobre todo a los que corren en pos de sucios y desordenados apetitos y a los que desprecian la autoridad de Dios."  2 Pedro 2

 

- "Atrevidos y arrogantes, no tienen recato en denigrar a los seres gloriosos… son como animales irracionales, destinados por su naturaleza a ser cazados y degollados. Injurian lo que desconocen y como bestias perecerán." 2 Pedro 2: 7-13

 

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“Obedecer a la verdad y no a la dictadura de las opiniones comunes” Benedicto XVI.

 

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"El silencio y la contemplación que sirven para encontrar en la dispersión de cada día la unión profunda y continua con Dios". Benedicto XVI.

 

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"El cristianismo no es una religión, filosofía o visión del mundo espiritualista. Es decir, el cuerpo representa un rol fundamental. Sin el cuerpo no hay cristiano, es más: no hay cristianismo..."

 

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en el mar de Galilea Pedro deja su labor para seguir a Jesús

 

«Cuando una ley está en contraste con la razón, se la denomina ley inicua; sin embargo, en este caso deja de ser ley y se convierte más bien en un acto de violencia». (Summa Theologiae, I-II, q. 93, a. 3, ad 2um.)

 

«Toda ley puesta por los hombres tiene razón de ley en cuanto deriva de la ley natural. Por el contrario, si contradice en cualquier cosa a la ley natural, entonces no será ley sino corrupción de la ley». (Ibid., I-II, q. 95, a. 2. El Aquinate cita a S.. Agustín: «Non videtur esse lex, quae insta non fuerit», De libero arbitrio, I, 5, 11: PL 32, 1227.)

 

En palabras de la Antígona de Sófocles, "No he creído que tus decretos, como mortal que eres, puedan tener primacía sobre las leyes no escritas, inmutables, de los dioses". El concepto de ley natural viene a expresarlo de otro modo. La injusticia consistiría en vulnerar esas leyes no escritas, grabadas –aunque quizá con poca fuerza– en nuestro interior, pero que se cumplirían inexorablemente: su transgresión atraería la desgracia sobre los mortales. Así, por una vía u otra, la justicia se impondría, y la vida sería finalmente justa.

 

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"Obligaremos al hombre a ser feliz", gritaban los bolcheviques después de la Revolución de octubre. "Obligaremos al hombre a ser justo", parecen repetir hoy el socialismo. “Obligaremos al hombre a ser mahometano”, imponen los islamistas.

 

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toda la creación canta las glorias de Dios



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San Efrén (v. 306-373), diácono en Siria, doctor de la Iglesia 
Comentario al Diatéseron , §18, 15s ; SC 121 (trad.SC p. 325 rev. ; cf breviario,  jueves, I semana de Adviento) 

“Vigilad, porque no sabéis el día ni la hora”

        Para atajar toda pregunta de sus discípulos sobre el momento de su venida, Cristo dijo: “Esa hora nadie la sabe, ni los ángeles ni el Hijo.
No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas”(Mt 24,36; Ac 1,7). Quiso ocultarnos esto para que permanezcamos en vela y para que cada uno de nosotros pueda pensar que ese acontecimiento se producirá durante su vida...

        Velad, pues cuando el cuerpo duerme, es la naturaleza quien nos domina; y nuestra actividad entonces no está dirigida por la voluntad, sino por los impulsos de la naturaleza. Y cuando reina sobre el alma un pesado sopor –por ejemplo, la pusilanimidad o la melancolía–, es el enemigo quien domina al alma y la conduce contra su propio gusto... Por eso ha hablado nuestro Señor de la vigilancia del alma y del cuerpo, para que el cuerpo no caiga en un pesado sopor ni el alma en el entorpecimiento y el temor, como dice la Escritura: “Sacudíos la modorra, como es razón” (1Co 15,34); y también: “Me he levantado y estoy contigo” (Sal. 138,18); y todavía: “No os acobardéis” (cf Ef. 3,13)...

     "Cinco de ellas, dice el Señor, eran insensatas y cinco eran prudentes". No es su virginidad lo que cualificó su sabiduría, ya que eran todas vírgenes, sino sus buenas obras. Si tu castidad iguala la santidad de los ángeles, observa que la santidad de los ángeles no tiene envidia y ni otro mal. Así pues, si no te reprenden por la impureza, vigila que no lo seas  tampoco por la ira y la cólera... “Que vuestros cinturones estén ajustados a la cintura", para que la castidad nos alivie. "Y vuestras lámparas encendidas" (Lc 12,35), porque el mundo, que está sumergido en la noche, necesita la luz de los justos. "Que vuestra luz brille delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5,16). +

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).