Cuando Constantino decidió aliarse con los cristianos, perseguidos por sus rivales Magencio en Italia y Licinio en Asia, es porque los cristianos ya eran mayoría en muchas ciudades y minorías importantes, vivas y coordinadas en otras muchas. La demografía cristiana ya había ocupado socialmente el imperio antes de Constantino. La Iglesia Católica ya llevaba 300 años anunciando el Reino de Dios en la salvación de Cristo.
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la barca de la Iglesia que Cristo fundó, triunfará…, portae inferi non praevalehunt) (Matth. 16,18) las puertas del infierno no prevalecerán, le dijo Cristo a su Iglesia Católica - «Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea
AÑO 313 – La Iglesia católica ya estaba compuesta por cerca de 7.000.000 de fieles, o sea, el 5%ca. de la población del Imperio.
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"Debemos tener cada vez más en cuenta la naturaleza de La Iglesia como signo e instrumento de salvación que se cumple en Jesucristo, y no simplemente como una mera asamblea de creyentes o una institución con varias funciones.
San Pablo nos recuerda la maravillosa gracia que hemos recibido, llegando a ser miembros del cuerpo de Cristo por medio del bautismo. La Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo y es siempre guiada por el Espíritu Santo; el Espíritu del Padre y del Hijo.
El carácter sacramental de La Iglesia como comunión en Cristo solo se puede entender si está fundamentado en esta realidad encarnada. Un consenso con respecto a las implicaciones profundamente cristológicas y pneumatológicas del misterio de La Iglesia, proporcionará una base más prometedora para el trabajo ecuménico en el futuro".
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Ser pescadores de hombres (cf. Mc 1, 17), sin dejarse vencer por el cansancio o el desánimo producidos por el vasto campo de trabajo apostólico, debido al reducido número de sacerdotes y a las muchas necesidades pastorales de los fieles que abren su corazón al Evangelio.
En los misteriosos designios de su sabiduría, Dios sabe cuándo es tiempo de intervenir. Y entonces, como la dócil adhesión a la palabra del Señor hizo que se llenara la red de los discípulos, así también en todos los tiempos, incluido el nuestro, el Espíritu del Señor puede hacer eficaz la misión de la Iglesia en el mundo.
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Remar mar adentro ¿para ir a dónde? La respuesta es clara: para ir al encuentro del hombre, misterio insondable; y para ir a todos los hombres, océano ilimitado. Esto es posible en una Iglesia misionera, capaz de hablar a la gente y, sobre todo, capaz de llegar al corazón del hombre porque allí, en ese lugar íntimo y sagrado, se realiza el encuentro salvífico con Cristo. Remar en la barca de Pedro: ¡pescador de hombres!
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Como decía el Patriarca Atenágoras I de Constantinopla († 07.VII.1972)-
sin el Espíritu Santo:
Dios está siempre lejos,
Cristo queda en el pasado,
el Evangelio es letra muerta,
la Iglesia es una simple organización,
la autoridad se convierte en dominio,
la misión en propaganda,
el culto una evocación,
el actuar del cristiano una moral de esclavo.
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Creo en Dios pero no en la Iglesia
Es muy frecuente escuchar eso de "Yo creo en Dios pero no en la Iglesia". A esta clase de personas que manifiestan tan incongruentes ideas, habría que decirles aquella frase de San Cipriano que dice: "Nadie puede tener a Dios como Padre si no tiene a la Iglesia como Madre". Y es que, lo que subyace en el pensamiento de esta clase de personas, que dicen creer en Dios pero no en la Iglesia o que manifiestan que son creyentes pero practicantes es: Primeramente un total desconocimiento de lo que es Dios y de lo que es la Iglesia y después, el deseo de adquirir los beneficios terrenales y quizá también sueñen con los celestiales, de la condición de cristiano católico, sin tener que soportar las cargas correspondientes, creándose para ello un dios particular que no sé, si es que piensan, que este le va a salvar.
Lo primero de todo cuando se niega algo, es tener conocimiento de los que se niega, saber lo que se está negando. Sobre toso cuando lo que uno se está jugando, es algo tan importante como la salvación eterna. Esto nos hace pensar que primeramente hay que saber, que es lo que estas personas entiende por Dios, cual es su idea acerca de Dios. En la generalidad de los casos, todas estas personas que manifiestan que: “creen en Dios pero no en la Iglesia”, en realidad no creen en Dios. Tienen una vaga idea de la existencia de un Ser supremo, al que llaman Dios, pues su sentido común les dice que indudablemente algo hay por encima de ellos. Y partiendo de esa aceptación, que sus mentes tienen de la existencia de un Ser supremo, ellos se fabrican su propio dios con el que directamente dicen que se entienden y desde luego se deben de entender muy cómodamente con él, pues su dios ni les complica la vida, ni les impone ningún tipo de obligación.
Existe otra categoría de los que manifiestan, que: “creen en Dios pero no en la Iglesia”, que son aquellos, que se auto titulan cristianos e inclusive cristianos católicos. En general se suele tratar de personas, que fueron educadas en su niñez en la religión católica, y que se han apartado de ella, que viven al margen de ella, pero no quieren reconocer la realidad de su situación y tratan de vivir en la ficción de: “soy católico pero no practico”, y para justificar su falta de práctica, acuden a la afirmación de decir, es que yo: “creo en Dios pero no en la Iglesia”, para entenderme con Dios no necesito de la Iglesia. De las dos posturas, diré, que dentro de la heterodoxia en que ambas incurren, la primera me parece más coherente y noble.
Tal como antes decíamos, lo primero es tener conocimiento de lo que se dice y en función de que se afirma lo que se dice. Nunca he encontrado a nadie que manifestase: “creo en Dios pero no en la Iglesia”, que estuviese mínimamente instruido acerca del contenido de los Evangelios, y en lo que es y cuál es la función de la Iglesia. De entrada, creo que cualquiera que lea esta glosa, sabe perfectamente que la Iglesia no es solo el Papa, los obispos y los curas, sino que somos todos los bautizados. La Iglesia es: La congregación de todos los bautizados, unidos en la misma fe verdadera, bajo la autoridad del Sumo Pontífice y los obispos en comunión con él. Tampoco creo que se hayan dejado manipular, por las producciones cinematográficas como el “Código da Vinci” y más recientemente “Ágora”, esperpentos que falsean la historia, la mezclan con la ficción o los bastardos deseos de los creadores de estas películas que tanto daño están causando. Estas películas y el sin fin de libros, sobre todo los de carácter “exotéricos” juega mucho con la falta de información del público en general. Si buscamos en el DRAE, encontraremos que una de las acepciones del término “exotérico”, es: Dícese de lo que es de fácil acceso para la mente.
Antes de justificar la existencia y la necesidad de la Iglesia, tengamos en cuenta lo que escribe el obispo Fulton Sheen: “Los dos errores más comunes concernientes a la Iglesia son: 1.- La creencia de que los cristianos surgieron primero y la Iglesia después; 2.- Que para justificar a la Iglesia hemos de recurrir al Nuevo Testamento, que precedió a la Iglesia. Respecto al primer error: El cuerpo místico de Cristo fue el principio de la Iglesia y los apóstoles constituyeron su primera prolongación. La iglesia no tuvo su origen en la voluntad del hombre. Con respecto al segundo error, la Iglesia existió durante el imperio romano antes de que se escribiese ni un solo libro del Nuevo Testamento. El evangelio procede de la Iglesia y no la Iglesia del evangelio”
Escribe Henry Nouwen que: “Muchas veces y con frecuencia nos parece más difícil creer en la Iglesia que creer en Dios. Pero cuando separamos nuestra fe en Dios de nuestra fe en la Iglesia, nos convertimos en incrédulos. Dios nos ha dado la Iglesia, como el lugar donde Él se hace Dios-con-nosotros”. Y ella es la gran manifestación, en la tierra, de la gloria, del misterio y del amor de Dios.
La Iglesia fue, primariamente instituida por Nuestro Señor, cuando lleva a cabo la elección de los doce apóstoles (Mt 10,1-4; Mc 3,13-19; Lc 6,13-19). Con posterioridad son varios los pasajes evangélicos en los que de forma más menos directa se alude a la Iglesia de Cristo, pero el más conocido y rotundo de ellos es el que se refiere a lo ocurrido en Cesaréa de Filippo; donde: “El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Tomando la palabra, Simón Pedro dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y Jesús respondiendo dijo: Bienaventurado tú Simón Bar Jona, porque no es la carne ni la sangre quien esto te ha revelado, sino mi Padre, que está en los cielos. Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificare yo mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos. Entonces ordeno a los discípulos que a nadie dijeran que Él era el Mesías”. (Mt 16,15-20).
La Iglesia de Cristo después de su muerte y resurrección, el impulso y control de esta, quedó en manos del Espíritu Santo. Los apóstoles no crearon la Iglesia, ellos solo fueron unos meros ejecutores de las mociones e inspiraciones del Espíritu Santo, porque no hay poder, en la Iglesia que no sea una manifestación de la gracia del Espíritu Santo. Lo que el alma es al cuerpo del hombre, eso es el Espíritu Santo al cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. El Espíritu Santo hace en toda la Iglesia, lo que el alma hace en todos los miembros de un mismo cuerpo.
La Iglesia como Iglesia, tiene una misión que se extiende más allá de sí misma. Su misión es la extensión del Reino de Dios a todas las personas y la transformación del mundo en el Reino de Dios. Por esta razón, la tradición católica ha sido siempre de transformación social, tanto la transformación social en el interior de la Iglesia como la de la sociedad fuera de la Iglesia. Ella es el cuerpo místico del Señor. Sin Cristo no puede haber Iglesia; y sin la Iglesia no podemos estar unidos a Cristo. No es posible encontrar a nadie que se haya acercado a Cristo al margen de su Iglesia. Escuchar a la Iglesia, es escuchar al Señor de la Iglesia.
Georges Chevrot, escribe diciendo: “La iglesia conduce de la tierra al cielo. Está compuesta de pecadores que el Señor va purificando sin cesar y conduce poco a poco a la santidad. El trigo y la cizaña conviven. La división tendrá efecto el día en que Cristo vuelva de nuevo con su gloria. Nadie sino los ángeles tendrán derecho a separarlos”.
Juan del Carmelo no es quien dice ser. O mejor dicho, es quien es, pero prefiere presentarse en su alter ego Juan del Carmelo que no es más que un seglar que, a finales de los años 80, experimentó la llamada de Dios y se vinculó al Carmelo Teresiano 29 noviembre 2009 - www.religionenlibertad.com
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Lo que hay detrás del Código da Vinci (novela fantasiosa y cargada de mentiras históricas.

¿Constantino, editor de la Biblia?
Capítulo 55:
«Constantino encargó y financió la redacción de una nueva Biblia que omitiera los evangelios en los que se hablara de los rasgos ´humanos´ de Cristo y que exagerara los que lo acercaban a la divinidad. Y los evangelios anteriores fueron prohibidos y quemados. [...] »Todo el que prefería los evangelios prohibidos y rechazaba los de Constantino era tachado de hereje. La palabra herético con el sentido que la conocemos hoy, viene de ese momento de la historia. En latín, hereticus significa "opción". Los que optaron por la historia original de Cristo fueron los primeros "herejes" que hubo en el mundo».
La Iglesia no nació, a diferencia de, por ejemplo, la espiritualidad de la diosa, como una vaga corriente de opinión o una ideología. Desde el principio la Iglesia fue un cuerpo social o, como dicen los teólogos, «una sociedad perfecta» en sí misma. La fe y los sacramentos cristianos se celebraban y se transmitían en la Iglesia y de una forma organizada. En cada lugar, esa organización eclesiástica giraba en torno a la figura del obispo, cabeza de la Iglesia local. Eso sucede desde el mismo comienzo. La Iglesia la funda Jesucristo y la constituye como un cuerpo al que se incorporan los que se hacen partícipes de la salvación de Cristo. Cristo dota al cuerpo de la Iglesia de todos los medios para cumplir su misión de llevar la salvación a todos los confines del mundo. Los medios que necesita el cuerpo moral de la Iglesia son la capacidad de mantener la disciplina: el gobierno interno; la unidad de doctrina: la enseñanza de la doctrina de la fe; y los medios de santificación: los sacramentos. Ese triple poder de gobernar, de enseñar y de santificar, se encuentra ya en los primeros obispos. Un dato más: la Iglesia no nace de los cuatro evangelios, sino de la muerte y de la resurrección de Cristo, y de Pentecostés. No hay unanimidad respecto a la datación original de los evangelios canónicos, pero parece que puedan fijarse entre el año 60 y el 90. Eso los coloca bastante cerca de los sucesos de la vida terrena de Jesús y en cualquier caso todavía serían muchos los testigos de su vida que seguirían con vida. Ese dato es importante para comprender la historicidad de los evangelios y su credibilidad (pues, de haber sido falsos, estos escritos podían haber sido refutados por contemporáneos de Jesús o por personas todavía muy próximas a Él). Pero en cualquier caso, la Iglesia no nace con la redacción física de los cuatro libros de los evangelios. Cuando éstos se escriben, la Iglesia llevaba desde la Ascensión de Jesús, enseñando, gobernando y santificando. La Iglesia ya celebraba los sacramentos, ya anunciaba la Buena Noticia de Jesucristo a judíos y a gentiles, y las iglesias locales tenían una firme organización de gobierno en torno a los obispos. Para cuando los evangelios ven la luz, la Iglesia ya cuenta hasta con mártires como San Esteban. Los evangelios son textos inspirados por el Espíritu Santo que se escriben dentro de la Iglesia, y es la autoridad de esa Iglesia la que los distingue como dignos de fe.
Este funcionamiento y la organización de la Iglesia quedan reflejados en los Hechos de los Apóstoles, en las Cartas de San Pablo, en las demás epístolas del Nuevo Testamento y en la literatura cristiana inmediatamente posterior.
San Ignacio, tercer obispo de Antioquía, vivió a caballo entre el siglo I y el II, y sufrió el martirio en época del emperador Trajano. En sus cartas escritas desde Roma, hacia el año 110, describe la vida de las iglesias locales, en cuya cúspide está el obispo que, ayudado por sus presbíteros y sus diáconos, gobierna a la comunidad de los fieles. En esas cartas recomienda a los cristianos que tengan el máximo respeto por el obispo, menciona la preeminencia de la Iglesia de Roma, por delante de las demás; y llama a la Iglesia universal, «católica».
Todos estos datos son decisivos para comprender el funcionamiento de los cristianos en los primeros siglos. Tenían un fuerte sentimiento jerárquico y esa Iglesia, que fue madurando en la comprensión de las verdades reveladas, se mantuvo reconocible a lo largo del tiempo, por la sucesión apostólica y visible de los obispos.
Desde el principio también surgieron disidencias, pero esa naturaleza jerárquica y orgánica de la Iglesia hacía que los que se apartaban de la enseñanza tradicional tendieran a organizarse en grupos separados y distinguibles. La Iglesia durante los primeros tres siglos no tenía fuerza exterior para luchar contra las herejías, así que se combatió contra ellas con la fuerza de la virtud y de la fidelidad. En ocasiones eran los mismos obispos los que se separaban de la doctrina, pero nunca -en esos primeros siglos- lograron desgajar Iglesias de la comunión eclesiástica. En muchos de esos casos eran los mismos fieles los que se levantaban contra el obispo herético y pedían ayuda a los obispos cercanos para que lo depusieran en un sínodo.
La primera secta que perdura organizadamente como una Iglesia separada es la de los donatistas, en la región de Carta-go. Curiosamente, eso sucede después del año 311, en vísperas del advenimiento de Constantino al trono de Occidente.
No es, por tanto, creíble que Constantino pudiera influir en el contenido dogmático del cristianismo, que gozaba de una firme estructura orgánica y con abundante producción catequética y teológica.
La historia de la formación del canon del Nuevo Testamento hay que comprenderla a la luz de la vida de la Iglesia.
Cuando surgía alguna duda en las comunidades respecto de si un texto determinado debía tenerse como evangélico, se aplicaban unas reglas:
que el libro tuviera origen apostólico y coherencia de doctrina con la enseñada tradicionalmente y, que fuera aceptado y usado oficialmente en las comunidades cristianas con las que los apóstoles habían tenido contacto directo (también testimonio de la tradición).
Resulta asombrosa la práctica unanimidad de las comunidades locales de la Iglesia primitiva, en Oriente y en Occidente, a la hora de determinar el canon del Nuevo Testamento, que estaba fijado -con mínimas variantes- en la primera mitad del siglo II. El fragmento de Muratori, de finales de ese mismo siglo II, ya contiene la lista de los libros que la Iglesia en Roma consideraba como inspirados y que formaban el Nuevo Testamento.
En lo relativo a la palabra hereje, Brown se deja también llevar por su fantasía. En este caso, es el traductor el que transcribe erróneamente la palabra hereticus, donde el americano puso haereticus. De todas formas, haereticus es un adjetivo («herético»), mientras que Brown nos lo presenta como un sustantivo («opción», que en latín se decía haeresis, del griego hairesis). Con independencia de estos detalles nimios, que sencillamente delatan desconocimiento de la lengua, la afirmación de Langdon es totalmente falsa. La palabra herético en el sentido que la conocemos hoy no procede de este momento de la historia. Por poner algunos ejemplos, el ya citado Ignacio de Antioquía, en sus cartas desde Roma, hacia el año 110, advierte contra los heréticos que dicen mentiras sobre Cristo. Hacia el año 180 se fecha la obra de Ireneo de Lyon, Adversus haere-ses, en la que expone y refuta las doctrinas de los herejes del cristianismo. Tertuliano escribió en torno al año 200 su De prescriptione haereticorum.
En perfecta coherencia con la unidad orgánica y de doctrina de la Iglesia, los cristianos ortodoxos distinguían desde el principio a los que, siguiendo su propia opinión (haeresis) en lugar de la doctrina del evangelio a la luz de la tradición, se separaban del cuerpo de la Iglesia. La palabra herético, con la acepción de «quien profesa un error sobre Cristo», tiene al menos doscientos años en el tiempo de Constantino, pero el concepto es aún anterior.
Sin necesidad de conocer nada de la historia del cristianismo, basta una hojeada a los evangelios canónicos -ésos que Brown dice que fueron confeccionados para borrar toda traza humana de Cristo- para darse cuenta de que, de haber sido así, los escribas contratados por Constantino hicieron su trabajo rematadamente mal, puesto que los evangelios recogen constantes y delicados detalles de la humanidad de Jesucristo.
Por José Antonio Ullate Fabo - Agradecemos a www.conoze.com 2006-10-18
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San Justino - año 100ca. + decapitado 165ca.
En estas catequesis estamos reflexionando sobre las grandes figuras de la Iglesia primitiva. Hoy hablamos de san Justino, filósofo y mártir, el más importante de los Padres apologistas del siglo II. Con la palabra "apologista" se designa a los antiguos escritores cristianos que se proponían defender la nueva religión de las graves acusaciones de los paganos y de los judíos, y difundir la doctrina cristiana de una manera adecuada a la cultura de su tiempo. Así, los apologistas buscan dos finalidades: una, estrictamente apologética, o sea, defender el cristianismo naciente (apologhía, en griego, significa precisamente "defensa"); y otra, "misionera", o sea, proponer, exponer los contenidos de la fe con un lenguaje y con categorías de pensamiento comprensibles para los contemporáneos.
San Justino nació, alrededor del año 100, en la antigua Siquem, en Samaría, en Tierra Santa; durante mucho tiempo buscó la verdad, peregrinando por las diferentes escuelas de la tradición filosófica griega. Por último, como él mismo cuenta en los primeros capítulos de su Diálogo con Trifón, un misterioso personaje, un anciano con el que se encontró en la playa del mar, primero lo confundió, demostrándole la incapacidad del hombre para satisfacer únicamente con sus fuerzas la aspiración a lo divino. Después, le explicó que tenía que acudir a los antiguos profetas para encontrar el camino de Dios y la "verdadera filosofía". Al despedirse, el anciano lo exhortó a la oración, para que se le abrieran las puertas de la luz.
Este relato constituye el episodio crucial de la vida de san Justino: al final de un largo camino filosófico de búsqueda de la verdad, llegó a la fe cristiana. Fundó una escuela en Roma, donde iniciaba gratuitamente a los alumnos en la nueva religión, que consideraba como la verdadera filosofía, pues en ella había encontrado la verdad y, por tanto, el arte de vivir de manera recta. Por este motivo fue denunciado y decapitado en torno al año 165, en el reinado de Marco Aurelio, el emperador filósofo a quien san Justino había dirigido una de sus Apologías.
Las dos Apologías y el Diálogo con el judío Trifón son las únicas obras que nos quedan de él. En ellas, san Justino quiere ilustrar ante todo el proyecto divino de la creación y de la salvación que se realiza en Jesucristo, el Logos, es decir, el Verbo eterno, la Razón eterna, la Razón creadora. Todo hombre, como criatura racional, participa del Logos, lleva en sí una "semilla" y puede vislumbrar la verdad. Así, el mismo Logos, que se reveló como figura profética a los judíos en la Ley antigua, también se manifestó parcialmente, como en "semillas de verdad", en la filosofía griega. Ahora, concluye san Justino, dado que el cristianismo es la manifestación histórica y personal del Logos en su totalidad, "todo lo bello que ha sido expresado por cualquier persona, nos pertenece a nosotros, los cristianos" (2 Apol. XIII, 4). De este modo, san Justino, aunque critica las contradicciones de la filosofía griega, orienta con decisión hacia el Logos cualquier verdad filosófica, motivando desde el punto de vista racional la singular "pretensión" de verdad y de universalidad de la religión cristiana.
Si el Antiguo Testamento tiende hacia Cristo del mismo modo que una figura se orienta hacia la realidad que significa, también la filosofía griega tiende a Cristo y al Evangelio, como la parte tiende a unirse con el todo. Y dice que estas dos realidades, el Antiguo Testamento y la filosofía griega, son los dos caminos que llevan a Cristo, al Logos. Por este motivo la filosofía griega no puede oponerse a la verdad evangélica, y los cristianos pueden recurrir a ella con confianza, como si se tratara de un bien propio. Por eso, mi venerado predecesor el Papa Juan Pablo II definió a san Justino "un pionero del encuentro positivo con el pensamiento filosófico, aunque bajo el signo de un cauto discernimiento": pues san Justino, "conservando después de la conversión una gran estima por la filosofía griega, afirmaba con fuerza y claridad que en el cristianismo había encontrado "la única filosofía segura y provechosa" (Diálogo con Trifón VIII, 1)" (Fides et ratio, 38).
En conjunto, la figura y la obra de san Justino marcan la decidida opción de la Iglesia antigua por la filosofía, por la razón, más bien que por la religión de los paganos. De hecho, los primeros cristianos no quisieron aceptar nada de la religión pagana. La consideraban idolatría, hasta el punto de que por eso fueron acusados de "impiedad" y de "ateísmo". En particular, san Justino, especialmente en su primera Apología, hizo una crítica implacable de la religión pagana y de sus mitos, que consideraba como "desviaciones" diabólicas en el camino de la verdad.
Sin embargo, la filosofía constituyó el área privilegiada del encuentro entre paganismo, judaísmo y cristianismo, precisamente en el ámbito de la crítica a la religión pagana y a sus falsos mitos. "Nuestra filosofía": así, de un modo muy explícito, llegó a definir la nueva religión otro apologista contemporáneo de san Justino, el obispo Melitón de Sardes (Historia Eclesiástica, IV, 26, 7).
De hecho, la religión pagana no seguía los caminos del Logos, sino que se empeñaba en seguir los del mito, a pesar de que este, según la filosofía griega, carecía de consistencia en la verdad. Por eso, el ocaso de la religión pagana resultaba inevitable: era la consecuencia lógica del alejamiento de la religión de la verdad del ser, al reducirse a un conjunto artificial de ceremonias, convenciones y costumbres.
San Justino, y con él los demás apologistas, firmaron la clara toma de posición de la fe cristiana por el Dios de los filósofos contra los falsos dioses de la religión pagana. Era la opción por la verdad del ser contra el mito de la costumbre. Algunas décadas después de san Justino, Tertuliano definió esa misma opción de los cristianos con una sentencia lapidaria que sigue siendo siempre válida: "Dominus noster Christus veritatem se, non consuetudinem, cognominavit", "Cristo afirmó que era la verdad, no la costumbre" (De virgin. vel., I, 1).
A este respecto, conviene observar que el término consuetudo, que utiliza Tertuliano para referirse a la religión pagana, en los idiomas modernos se puede traducir con las expresiones "moda cultural", "moda del momento".
En una época como la nuestra, caracterizada por el relativismo en el debate sobre los valores y sobre la religión -así como en el diálogo interreligioso-, esta es una lección que no hay que olvidar. Con esta finalidad -y así concluyo- os vuelvo a citar las últimas palabras del misterioso anciano, con quien se encontró el filósofo Justino a la orilla del mar: "Tú reza ante todo para que se te abran las puertas de la luz, pues nadie puede ver ni comprender, si Dios y su Cristo no le conceden comprender" (Diálogo con Trifón VII, 3).
21.III.2007. Benedicto PP XVI.
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Tertuliano africano
…Maestros de fe y testigos de la perenne actualidad de la fe cristiana.
Hoy hablamos de un africano, Tertuliano, que entre fines del siglo II e inicios del III inaugura la literatura cristiana en latín. Con él comienza una teología en ese idioma. Su obra ha dado frutos decisivos, que sería imperdonable subestimar. Ejerce su influencia en varios niveles: desde el lenguaje y la recuperación de la cultura clásica, hasta el descubrimiento de un "alma cristiana" común en el mundo y la formulación de nuevas propuestas de convivencia humana.
No conocemos exactamente las fechas de su nacimiento y de su muerte. Sin embargo, sabemos que en Cartago, a fines del siglo II, recibió de padres y maestros paganos una sólida formación retórica, filosófica, jurídica e histórica. Luego se convirtió al cristianismo, al parecer, atraído por el ejemplo de los mártires cristianos. Comenzó a publicar sus escritos más famosos en el año 197. Pero una búsqueda demasiado individual de la verdad y su carácter intransigente —era muy riguroso— lo llevaron poco a poco a abandonar la comunión con la Iglesia y a unirse a la secta del montanismo. Sin embargo, la originalidad de su pensamiento y la incisiva eficacia de su lenguaje los sitúan en un lugar destacado dentro de la literatura cristiana antigua.
Son famosos sobre todo sus escritos de carácter apologético, que manifiestan dos objetivos principales: confutar las gravísimas acusaciones que los paganos dirigían contra la nueva religión; y, de manera más positiva y misionera, comunicar el mensaje del Evangelio en diálogo con la cultura de su tiempo. Su obra más conocida, el Apologético, denuncia el comportamiento injusto de las autoridades políticas con respecto a la Iglesia; explica y defiende las enseñanzas y las costumbres de los cristianos; presenta las diferencias entre la nueva religión y las principales corrientes filosóficas de la época; manifiesta el triunfo del Espíritu, que opone a la violencia de los perseguidores la sangre, el sufrimiento y la paciencia de los mártires: «Aunque sea refinada —escribe el autor africano—, vuestra crueldad no sirve de nada; más aún, para nuestra comunidad constituye una invitación. Después de cada uno de vuestros golpes de hacha, nos hacemos más numerosos: la sangre de los cristianos es semilla eficaz (semen est sanguis christianorum)» (Apologético 50, 13). Al final el martirio y el sufrimiento por la verdad salen victoriosos, y son más eficaces que la crueldad y la violencia de los regímenes totalitarios.
Pero Tertuliano, como todo buen apologista, experimenta al mismo tiempo la necesidad de comunicar positivamente la esencia del cristianismo. Por eso, adopta el método especulativo para ilustrar los fundamentos racionales del dogma cristiano. Los profundiza de manera sistemática, comenzando por la descripción del «Dios de los cristianos». «Aquel a quien adoramos es un Dios único», atestigua el apologista. Y prosigue, utilizando las antítesis y paradojas características de su lenguaje: «Es invisible, aunque se le vea; inalcanzable, aunque esté presente a través de la gracia; inconcebible, aunque los sentidos humanos lo puedan concebir; por eso es verdadero y grande» (ib., 17, 1-2).
Tertuliano, además, da un paso enorme en el desarrollo del dogma trinitario; nos dejó en latín el lenguaje adecuado para expresar este gran misterio, introduciendo los términos: «una sustancia» y «tres personas». También desarrolló mucho el lenguaje correcto para expresar el misterio de Cristo, Hijo de Dios y verdadero hombre. El autor africano habla también del Espíritu Santo, demostrando su carácter personal y divino: «Creemos que, según su promesa, Jesucristo envió por medio del Padre al Espíritu Santo, el Paráclito, el santificador de la fe de quienes creen en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu» (ib., 2, 1). Asimismo, sus obras contienen numerosos textos sobre la Iglesia, a la que Tertuliano siempre reconoce como "madre". Incluso después de su adhesión al montanismo, no olvidó que la Iglesia es la Madre de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. También habla de la conducta moral de los cristianos y de la vida futura.
Sus escritos son importantes también para descubrir tendencias vivas en las comunidades cristianas sobre María santísima, sobre los sacramentos de la Eucaristía, el Matrimonio y la Reconciliación, sobre el primado de Pedro, sobre la oración... En aquellos años de persecución, en los que los cristianos parecían una minoría perdida, el apologista los exhorta en especial a la esperanza, que —según sus escritos— no es solamente una virtud, sino también una modalidad que afecta a todos los aspectos de la existencia cristiana.
Tenemos la esperanza de que el futuro será nuestro porque el futuro es de Dios. Así, la resurrección del Señor se presenta como el fundamento de nuestra resurrección futura, y representa el objeto principal de la confianza de los cristianos: «La carne resucitará —afirma categóricamente Tertuliano—: toda la carne, precisamente la carne, y la carne toda entera. Dondequiera que se encuentre, está en consigna ante Dios, en virtud del fidelísimo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, que restituirá Dios al hombre y el hombre a Dios» (La resurrección de los muertos, 63, 1).
Desde el punto de vista humano, se puede hablar sin duda del drama de Tertuliano. Con el paso del tiempo, se hizo cada vez más exigente con los cristianos. Pretendía de ellos en todas las circunstancias, sobre todo en las persecuciones, un comportamiento heroico. Rígido en sus posiciones, no ahorraba duras críticas y acabó inevitablemente por aislarse. Por lo demás, todavía hoy siguen abiertas muchas cuestiones, no sólo sobre el pensamiento teológico y filosófico de Tertuliano, sino también sobre su actitud ante las instituciones políticas y la sociedad pagana.
A mí esta gran personalidad moral e intelectual, este hombre que dio una contribución tan grande al pensamiento cristiano, me hace reflexionar mucho. Se ve que al final le falta la sencillez, la humildad para integrarse en la Iglesia, para aceptar sus debilidades, para ser tolerante con los demás y consigo mismo. Cuando sólo se ve el propio pensamiento en su grandeza, al final se pierde precisamente esta grandeza. La característica esencial de un gran teólogo es la humildad para estar con la Iglesia, para aceptar sus debilidades y las propias, porque sólo Dios es totalmente santo. Nosotros, en cambio, siempre tenemos necesidad de perdón.
En definitiva, Tertuliano es un testigo interesante de los primeros tiempos de la Iglesia, cuando los cristianos se convirtieron en auténticos sujetos de «nueva cultura» en el encuentro entre herencia clásica y mensaje evangélico. Es suya la famosa afirmación, según la cual, nuestra alma es "naturaliter cristiana" (Apologético, 17, 6), con la que evoca la perenne continuidad entre los auténticos valores humanos y los cristianos; y también es suya la reflexión, inspirada directamente en el Evangelio, según la cual, «el cristiano no puede odiar ni siquiera a sus enemigos» (cf. Apologético, 37), pues la dimensión moral ineludible de la opción de fe propone la "no violencia" como regla de vida. Y es evidente la dramática actualidad de esta enseñanza, a la luz del intenso debate sobre las religiones.
En definitiva, los escritos de Tertuliano contienen numerosos temas que todavía hoy tenemos que afrontar. Nos impulsan a una fecunda búsqueda interior, a la que invito a todos los fieles, para que sepan expresar de manera cada vez más convincente la Regla de la fe, según la cual, como dice el mismo Tertuliano, «nosotros creemos que hay un solo Dios, y no hay ningún otro fuera del Creador del mundo: él lo ha hecho todo de la nada por medio de su Verbo, engendrado antes de todas las cosas» (La prescripción de los herejes 13, 1).
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San Cipriano nació en Cartago, en una rica familia pagana. Después de su conversión, a los 35 años de edad, fue ordenado sacerdote y luego obispo. Durante su episcopado tuvo que afrontar muchas dificultades, como las persecuciones de los emperadores Decio y Valeriano, mostrando así sus grandes dotes de gobierno. Con los fieles que habían claudicado ante la prueba - los lapsi, es decir, "caídos" -, fue severo pero no inflexible, concediéndoles el perdón después de una penitencia ejemplar. Durante la peste que asoló África, manifestó todo su espíritu de caridad invitando a los cristianos a socorrer también a los paganos.
Cipriano escribió numerosos tratados y cartas, con el deseo de edificar a la comunidad y exhortar a los fieles al buen comportamiento. El tema de la Iglesia era muy querido para él. La unidad es su característica irrenunciable: unidad que se fundamenta en Pedro y que se realiza en la Eucaristía. En su tratado sobre la oración del Padre nuestro, anima a rezar usando las palabras con moderación, porque Dios no escucha las palabras sino el corazón. El corazón es lo más íntimo donde Dios habla al hombre y el hombre habla a Dios; es, pues, el lugar privilegiado de la oración.
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En la serie de nuestras catequesis sobre las grandes personalidades de la Iglesia antigua, llegamos hoy a un excelente obispo africano del siglo III, san Cipriano, «el primer obispo que en África alcanzó la corona del martirio». Su fama, como atestigua el diácono Poncio, el primero en escribir su vida, está también ligada a la creación literaria y a la actividad pastoral de los trece años que pasaron entre su conversión y el martirio (Cf. «Vida» 19,1; 1,1). Nacido en Cartago en el seno de una rica familia pagana, después de una juventud disipada, Cipriano se convierte al cristianismo a la edad de 35 años. Él mismo narra su itinerario espiritual: «Cuando todavía yacía como en una noche oscura», escribe meses después de su bautismo, «me parecía sumamente difícil y fatigoso realizar lo que me proponía la misericordia de Dios… Estaba ligado a muchísimos errores de mi vida pasada, y no creía que pudiera liberarme, hasta el punto de que seguía los vicios y favorecía mis malos deseos… Pero después, con la ayuda del agua regeneradora, quedó lavada la miseria de mi vida precedente; una luz soberana se difundió en mi corazón; un segundo nacimiento me regeneró en un ser totalmente nuevo. De manera maravillosa comenzó a disiparse toda duda… Comprendía claramente que era terrenal lo que antes vivía en mí, en la esclavitud de los vicios de la carne, y por el contrario era divino y celestial lo que el Espíritu Santo ya había generado en mí» («A Donato», 3-4).
Inmediatamente después de la conversión, Cipriano, a pesar de envidias y resistencias, fue elegido al oficio sacerdotal y a la dignidad de obispo. En el breve período de su episcopado afronta las dos primeras persecuciones sancionadas por un edicto imperial, la de Decio (250) y la de Valeriano (257-258). Después de la persecución particularmente cruel de Decio, el obispo tuvo que empeñarse con mucho esfuerzo por volver a poner disciplina en la comunidad cristiana. Muchos fieles, de hecho, habían abjurado, o no habían tenido un comportamiento correcto ante la prueba. Eran los así llamados «lapsi», es decir, los «caídos», que deseaban ardientemente volver a entrar en la comunidad. El debate sobre su readmisión llegó a dividir a los cristianos de Cartago en laxistas y rigoristas. A estas dificultades hay que añadir una grave epidemia que flageló África y que planteó interrogantes teológicos angustiantes tanto dentro de la comunidad como en relación con los paganos. Hay que recordar, por último, la controversia entre Cipriano y el obispo de Roma, Esteban, sobre la validez del bautismo administrado a los paganos por parte de cristianos herejes.
En estas circunstancias realmente difíciles, Cipriano demostró elevadas dotes de gobierno: fue severo, pero no inflexible con los «caídos», dándoles la posibilidad del perdón después de una penitencia ejemplar; ante Roma, fue firme en la defensa de las sanas tradiciones de la Iglesia africana; fue sumamente comprensivo y lleno del más auténtico espíritu evangélico a la hora de exhortar a los cristianos a la ayuda fraterna a los paganos durante la epidemia; supo mantener la justa medida a la hora de recordar a los fieles, demasiado temerosos de perder la vida y los bienes terrenos, que para ellos la verdadera vida y los auténticos bienes no son los de este mundo; fue inquebrantable a la hora de combatir las costumbres corruptas y los pecados que devastan la vida moral, sobre todo la avaricia.
«Pasaba de este modo los días», cuenta el diácono Poncio, «cuando por orden del procónsul, llegó inesperadamente a su casa el jefe de la policía» («Vida», 15,1). En ese día, el santo obispo fue arrestado y después de un breve interrogatorio afrontó valerosamente el martirio en medio de su pueblo.
Cipriano compuso numerosos tratados y cartas, siempre ligados a su ministerio pastoral. Poco proclive a la especulación teológica, escribía sobre todo para la edificación de la comunidad y para el buen comportamiento de los fieles. De hecho, la Iglesia es su tema preferido. Distingue entre «Iglesia visible», jerárquica, e «Iglesia invisible», mística, pero afirma con fuerza que la Iglesia es una sola, fundada sobre Pedro.
No se cansa de repetir que «quien abandona la cátedra de Pedro, sobre la que está fundada la Iglesia, se queda en la ilusión de permanecer en la Iglesia» («La unidad de la Iglesia católica», 4). Cipriano sabe bien, y lo dijo con palabras fuertes, que «fuera de la Iglesia no hay salvación» (Epístola 4,4 y 73,21), y que «no puede tener a Dios como Padre quien no tiene a la Iglesia como madre» («La unidad de la Iglesia católica, 4). Característica irrenunciable de la Iglesia es la unidad, simbolizada por la túnica de Cristo sin costura (ibídem, 7): unidad que, según dice, encuentra su fundamento en Pedro (ibídem, 4) y su perfecta realización en la Eucaristía (Epístola 63,13). «Sólo hay un Dios, un solo Cristo», exhorta Cipriano, «una sola es su Iglesia, una sola fe, un solo pueblo cristiano, firmemente unido por el cemento de la concordia: y no puede separarse lo que por naturaleza es uno» («La unidad de la Iglesia católica», 23).
Hemos hablado de su pensamiento sobre la Iglesia, pero no hay que olvidar, por último, la enseñanza de Cipriano sobre la oración. A mí me gusta particularmente su libro sobre el «Padrenuestro», que me ha ayudado mucho a comprender mejor y a rezar mejor la «oración del Señor»: Cipriano enseña que precisamente en el «Padrenuestro» se ofrece al cristiano la manera recta de rezar; y subraya que esta oración se conjuga en plural «para que quien reza no rece sólo por sí mismo. Nuestra oración --¬escribe-- es pública y comunitaria y, cuando rezamos, no rezamos sólo por uno, sino por todo el pueblo, pues somos una sola cosa con todo el pueblo» («La oración del Señor» 8). De este modo, oración personal y litúrgica se presentan firmemente unidas entre sí. Su unidad se basa en el hecho de que responden a la misma Palabra de Dios. El cristiano no dice «Padre mío», sino «Padre nuestro», incluso en el secreto de su habitación cerrada, pues sabe que en todo lugar, en toda circunstancia, es miembro de un mismo Cuerpo.
«Recemos, por tanto, hermanos queridísimo», escribe el obispo de Cartago, «como Dios, el Maestro, nos ha enseñado. Es una oración confidencial e íntima rezar a Dios con lo que es suyo, elevar a sus oídos la oración de Cristo. Que el Padre reconozca las palabras de su Hijo cuando elevamos una oración: que quien habita interiormente en el espíritu esté también presente en la voz… Cuando se reza, además, hay que tener una manera de hablar y de rezar que, con disciplina, mantenga calma y reserva. Pensemos que estamos ante la mirada de Dios. Es necesario ser gratos ante los ojos divinos tanto con la actitud del cuerpo como con el tono de la voz… Y cuando nos reunimos junto a los hermanos y celebramos los sacrificios divinos con el sacerdote de Dios, tenemos que hacerlo con temor reverencial y disciplina, sin arrojar al viento por todos los lados nuestras oraciones con voces desmesuradas, ni lanzar con tumultuosa verborrea una petición que hay que presentar a Dios con moderación, pues Dios no escucha la voz, sino el corazón (“non vocis sed cordis auditor est”)» (3-4). Se trata de palabras que siguen siendo válidas también hoy y que nos ayudan a celebrar bien la santa Liturgia.
En definitiva, Cipriano se encuentra en los orígenes de esa fecunda tradición teológico-espiritual que ve en el «corazón» el lugar privilegiado de la oración. Según la Biblia y los Padres, de hecho, el corazón es lo íntimo del ser humano, el lugar donde mora Dios. En él se realiza ese encuentro en el que Dios habla al hombre, y el hombre escucha a Dios; en el que el hombre habla a Dios y Dios escucha al hombre: todo esto tiene lugar a través de la única Palabra divina. Precisamente en este sentido, haciendo eco a Cipriano, Emaragdo, abad de san Miguel, en los primeros años del siglo IX, atestigua que la oración «es obra del corazón, no de los labios, pues Dios no mira a las palabras, sino al corazón del orante» («La diadema de los monjes», 1).
Tengamos este «corazón que escucha», del que nos hablan la Biblia (cfr 1 Reyes 3, 9) y los Padres: ¡nos hace mucha falta! Sólo así podremos experimentar en plenitud que Dios es nuestro Padre y que la Iglesia, la santa Esposa de Cristo, es verdaderamente nuestra Madre.
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La sede arzobispal de Tarragona España, celebrará este año el 1.750 aniversario del martirio de los santos Fructuoso, obispo de Tarragona, y Augurio y Eulogio, diáconos, los primeros mártires cristianos en España. Fue en el año 258 que la tierra de España se hizo copón de la sangre martirial cristiana.
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Santa Lea † Año 384. De "la santísima Lea", como la llama san Jerónimo, sólo sabemos lo que él mismo nos dice en una especie de elogio fúnebre que incluyó en una de sus cartas.
Era una matrona romana que al enviudar - quizá joven aún - renunció al mundo para ingresar en una comunidad religiosa de la que llegó a ser superiora, llevando siempre una vida ejemplar.
Estas son las palabras insustituibles de san Jerónimo: «De un modo tan completo se convirtió a Dios, que mereció ser cabeza de su monasterio y madre de vírgenes; después de llevar blandas vestiduras, mortificó su cuerpo vistiendo sacos; pasaba las noches en oración y enseñaba a sus compañeras más con el ejemplo que con sus palabras».
«Fue tan grande su humildad y sumisión, que la que había sido señora de tantos criados parecía ahora criada de todos; aunque tanto más era sierva de Cristo cuanto menos era tenida por señora de hombres. Su vestido era pobre y sin ningún esmero, comía cualquier cosa, llevaba los cabellos sin peinar, pero todo eso de tal manera que huía en todo la ostentación».
No sabemos más de esta dama penitente, cuyo recuerdo sólo pervive en las frases que hemos citado de san Jerónimo. La Roma en la que fue una rica señora de alcurnia no tardaría en desaparecer asolada por los bárbaros, y Lea, «cuya vida era tenida por todos como un desatino», llega hasta nosotros con su áspero perfume de santidad que desafía al tiempo.
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“El Señor domina desde las alturas": "camina sobre el mar y aplaca las olas” (Esposizioni sui salmi, III, Roma 1976, p. 231). †
“El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).
Es cierto que no podemos escuchar las palabras de Jesús, como podemos escuchar, por ejemplo, las palabras del Papa Juan Pablo II, de feliz memoria, por medio de un video o un DVD. En este caso estaremos escuchando las palabras del difunto Papa. Jesús, en cambio, no es un difunto; él está vivo y está hablando hoy. En efecto, él aseguró a sus apóstoles que hablaría a través de ellos y en ellos: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).
La voz de Cristo no cesó cuando murió el último apóstol, como enseña el Catecismo: “Por institución divina los Obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha a ellos, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia a ellos, desprecia a Cristo y al que lo envió” (N. 862). La recomendación de Dios no está errada –‘absit’- cuando nos manda escuchar a Jesús, porque Jesús está vivo hoy y habla a través de los legítimos pastores de la Iglesia que son sucesores de esos apóstoles. “Escuchémosles”. Dos milenios, solo la Iglesia Católica anunciando a Cristo: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).
“fidem custodire, concordiam servare”», custodiar la fe, conservar la concordia.
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- "Como hubo falsos profetas en el pueblo, también entre vosotros habrá falsos maestros que promoverán sectas perniciosas. Negarán al Señor que los rescató y atraerán sobre sí una ruina inminente. Otros muchos se sumarán a sus desvergüenzas, y por su culpa será difamado el camino de la verdad. En su codicia querrán traficar con vosotros a base de palabras engañosas. Pero hace tiempo que está decretada su condena y a punto de activarse su perdición…" 2ª carta de S. Pedro, cap. 2
- "El Espíritu dice expresamente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de su fe y prestarán oído a espíritus seductores y doctrinas diabólicas. Esta será la obra de impostores hipócritas de conciencia insensible…" 1ª Carta de S. Pablo a Timoteo, cap. 4 [Recordemos las sectas aparecidas y sobre todo, las que siguen seduciendo].
- "Predica la Palabra, insta a tiempo y a destiempo, corrige, reprende y exhorta usando la paciencia y la doctrina. Pues llegará el tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de multitud de maestros que les dirán lo que quieren oír; apartarán los oídos de la verdad y se volverán a las fábulas." 2 Timoteo: 4: 2-5
- "…Porque sabemos que Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que los arrojó a las cavernas tenebrosas del abismo y allí los retiene para el juicio… No libró de la destrucción a Sodoma y Gomorra sino que las redujo a cenizas… libró en cambio al justo Lot, que abrumado por la conducta lujuriosa de aquellos disolutos, sentía torturado día tras día su buen espíritu por las perversas acciones que oía y veía. Y es que el Señor sabe librar de la prueba a los que viven religiosamente y reservar a los inicuos para castigarlos el día del juicio; sobre todo a los que corren en pos de sucios y desordenados apetitos y a los que desprecian la autoridad de Dios." 2 Pedro 2
- "Atrevidos y arrogantes, no tienen recato en denigrar a los seres gloriosos… son como animales irracionales, destinados por su naturaleza a ser cazados y degollados. Injurian lo que desconocen y como bestias perecerán." 2 Pedro 2: 7-13
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Carta de San Pablo a los Efesios 2,19-22. – Por lo tanto, ustedes ya no son extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Ustedes están edificados sobre los apóstoles y los profetas, que son los cimientos, mientras que la piedra angular es el mismo Jesucristo. En él, todo el edificio, bien trabado, va creciendo para constituir un templo santo en el Señor. En él, también ustedes son incorporados al edificio, para llegar a ser una morada de Dios en el Espíritu.
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A la luz de la fe no hay sólo «puros» o sólo «corruptos»: la condición humana y sus contradicciones nos unen a todos. Sólo el Padre es perfección absoluta-total.
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La fe cristiana está protegida e iluminada por el Magisterio eclesial desde hace dos mil años. Cuando este desaparece, no hay orden ni autoridad y aparecen doctrinas burlonas o engañosas, o sea: las sectas.
“Obedecer a la verdad y no a la dictadura de las opiniones comunes” Benedicto XVI.
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"El silencio y la contemplación que sirven para encontrar en la dispersión de cada día la unión profunda y continua con Dios". Benedicto XVI.
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"El cristianismo no es una religión, filosofía o visión del mundo espiritualista. Es decir, el cuerpo representa un rol fundamental. Sin el cuerpo no hay cristiano, es más: no hay cristianismo..."
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«Cuando una ley está en contraste con la razón, se la denomina ley inicua; sin embargo, en este caso deja de ser ley y se convierte más bien en un acto de violencia». (Summa Theologiae, I-II, q. 93, a. 3, ad 2um.)
«Toda ley puesta por los hombres tiene razón de ley en cuanto deriva de la ley natural. Por el contrario, si contradice en cualquier cosa a la ley natural, entonces no será ley sino corrupción de la ley». (Ibid., I-II, q. 95, a. 2. El Aquinate cita a S.. Agustín: «Non videtur esse lex, quae insta non fuerit», De libero arbitrio, I, 5, 11: PL 32, 1227.)
En palabras de la Antígona de Sófocles, "No he creído que tus decretos, como mortal que eres, puedan tener primacía sobre las leyes no escritas, inmutables, de los dioses". El concepto de ley natural viene a expresarlo de otro modo. La injusticia consistiría en vulnerar esas leyes no escritas, grabadas –aunque quizá con poca fuerza– en nuestro interior, pero que se cumplirían inexorablemente: su transgresión atraería la desgracia sobre los mortales. Así, por una vía u otra, la justicia se impondría, y la vida sería finalmente justa.
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“Cualquiera que, conociendo el Antiguo y el Nuevo Testamento, lee el Corán, ve con claridad el proceso de reducción de la Divina Revelación que en él se lleva a cabo. Es imposible no advertir el alejamiento de lo que Dios ha dicho de Sí mismo, primero en el Antiguo Testamento por medio de los profetas y luego de modo definitivo en el Nuevo Testamento por medio de Su Hijo. Toda esa riqueza de la autorrevelación de Dios, que constituye el patrimonio del Antiguo y del Nuevo Testamento, en el islamismo ha sido de hecho abandonada.
Al Dios del Corán se le dan unos nombres que están entre los más bellos que conoce el lenguaje humano, pero en definitiva es un Dios que está fuera del mundo, un Dios que es sólo Majestad, nunca el Emmanuel, Dios-con-nosotros. El islamismo no es una religión de redención. No hay sitio en él para la Cruz y la Resurrección. Jesús es mencionado, pero sólo como profeta preparador del último profeta, Mahoma. También María es recordada, Su Madre virginal; pero está completamente ausente el drama de la Redención. Por eso, no solamente la teología, sino también la antropología del Islam, están muy lejos de la cristiana”.
S. S. Juan Pablo II, en Cruzando el Umbral de Esperanza.
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"Obligaremos al hombre a ser feliz", gritaban los bolcheviques después de la Revolución de octubre. "Obligaremos al hombre a ser justo", parecen repetir hoy el socialismo. “Obligaremos al hombre a ser mahometano”, imponen los islamistas.
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Señor: cuántas veces hemos preferido también nosotros el éxito a la verdad, nuestra reputación a la justicia. Da fuerza en nuestra vida a la sutil voz de la conciencia, a tu voz. Mírame como lo hiciste con Pedro después de la negación. Que tu mirada penetre en nuestras almas y nos indique el camino en nuestra vida. El día de Pentecostés has conmovido el corazón e infundido el don de la conversión a los que el Viernes Santo gritaron contra ti. De este modo nos has dado esperanza a todos. Danos también a nosotros de nuevo la gracia de la conversión.
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Los católicos tenemos que ser más valientes que nunca y dar ejemplo de paz, perseverancia y valor. Las personas que critican a la Iglesia olvidan el papel del sacerdocio ‘evangelizante-misionero’ y la labor social de la Iglesia y debemos recordárselo. Tenemos que vivir la fe con alegría, ser más cercanos y tener más frescura. Deberíamos aprender a valorar lo sabia que es la santa madre Iglesia, porque nos lleva 2000 años de ventaja y ella fue fundada por Jesucristo que dijo:
“El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).
“Conocereis de verdad.org” intenta presentar la fe cristiana para la gente sencilla, en especial para los estratos aparentemente más bajos. ¿La razón? Simple: «Son ellos quienes más necesitan conocer la alegría de Cristo».
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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!
VERITAS OMNIA VINCIT - LAUS TIBI CHRISTI.

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-
¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad, único y eterno Dios!
San Juan Crisóstomo (†14 de septiembre de 407) meditando el libro del Génesis, guía a los fieles de la creación al Creador, que es el Dios de la condescendencia, y por eso llamado también «padre tierno», médico de las almas, madre y amigo afectuoso. Une a Dios Creador y Dios Salvador, ya que Dios deseó tanto la salvación del hombre que no se reservó a su único Hijo. Comentando los Hechos de los Apóstoles propone el modelo de la Iglesia primitiva, desarrollando una utopía social, casi una «ciudad ideal». Trataba de dar un rostro cristiano a la ciudad, afrontando los principales problemas, especialmente las relaciones entre ricos y pobres, a través de una inédita solidaridad.
De verdad: ¡Gracias por venir a visitarnos y por pregonarnos!
S. S. Benedicto XVI [al siglo: RATZINGER JOSEPH] obras imprescindibles
para conocer la IGLESIA fundada por Cristo hace 2000 años:
‘SER CRISTIANO EN LA ERA NEOPAGANA’ Ed. Encuentro
‘LA IGLESIA’, una comunidad siempre en camino
‘INTRODUCCIÓN AL CRISTIANISMO’ Ed. Sígueme
DEMOCRACIA EN LA IGLESIA. ED. San Pablo´
FE, VERDAD Y TOLERANCIA. Y religiones en el mundo. Ed. Sígueme
TEORÍA DE LOS PRINCIPIOS TEOLÓGICOS. Ed. Biblioteca Herder
VERDAD, VALORES, PODER. Ed. Rialp
PRINCÍPIOS DE MORAL CRISTIANA COMPENDIO. Ed. Edicep
MIRAR A CRISTO. Ed. Edicep
LA EUCARISTÍA CENTRO DE LA VIDA. Ed. Edicep
EL ESPÍRITU DE LA LITURGIA. Ed. Cristiandad
EN EL PRINCIPIO CREÓ DIOS. Ed. Edicep
LA FRATERNIDAD DE LOS CRISTIANOS. Ed. Sígueme
UN CANTO NUEVO PARA EL SEÑOR. Ed. Sígueme
LA FIESTA DE LA FE. Ed. Desclée de Brouwer
LA SAL DE LA TIERRA. Ed. Libros palabra
CONVOCADOS EN EL CAMINO DE LA FE. Ed. Cristiandad
El Evangelio de Jesucristo es anuncio de la vida, defensa de la verdadera opción preferencial por el más pobre de entre los pobres, “el desnudo entre los desnudos”, que es el feto y el embrión en peligro de aborto, el que no tiene ni voz ni personalidad para defender lo único que lleva puesto encima: su vida, vida humana. †