Monday 27 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
Inicio > Leyendas Negras > Indagación - 1º traición, perfidia, calumnias, bulo, burla, mofas, engaño

 

Confiemos en que el sentido común no deje de asistirnos a la hora de distinguir el blanco del negro y que la civilización se imponga, con las solas armas de la razón, a la barbarie. Porque la verdad, como el agua, sale siempre a flote; de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba ‘siempre triunfante’. Aunque le fastidie a muchos la verdad. Porque no resuelven sus dificultades o necedades, en ellos no confiemos.

 

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La claridad es siempre católica. La confusión, no. 


 

En el año 1080 escribió el Papa Gregorio VII al rey Harald de Dinamarca quejándose de que los daneses tuviesen la costumbre de hacer a ciertas mujeres responsables de las tempestades, epidemias y toda clase de males, y de matarlas luego del modo más bárbaro.

El papa conminaba al rey dano para que enseñase a su pueblo, que aquellas desgracias eran voluntad de Dios, la cual deberían complacer con penitencias y no castigando a presuntas autoras.

La sabiduría de esta postura se refleja también en una crónica eclesiástica, al referir el caso de tres mujeres, quemadas por envenenadoras y perdedoras de personas y cosechas en 1090, cerca de Munic, diciendo de ellas, que murieron mártires.

DE ACUERDO con esta postura de la Iglesia no encontramos nada sobre las brujas en los más antiguos manuales del Santo Oficio. En el más antiguo, escrito por el inquisidor Bemard Gui sobre 1324, bajo el título "De sortilegis et divinis et invocatoribus demonorum" se citan diversas prácticas mágicas y de adivinación, junto con algunos conjuros al demonio. Lo más que se acerca a las brujas, es al comentar sobre "fatis mulieribus quas vocant ´bonos res´que, ut dicunt, vadunt de nocte"l (Hansen 48). Las hadas que la gente con un eufemismo llamaba "la cosa buena" parece referirse a lo que en otro lugar he denominado "el aquelarre blanco" (Henningsen 1991).

 

La Inquisición 

Antes de enjuiciar cualquier hecho o institución en la Historia es preciso conocer bien la época en que acontecieron, y, sobre todo, intentar comprender la mentalidad de la sociedad en la que tuvieron lugar.

 

Por  Luis Alonso Somarriba *
Arvo Net 09.10.2007
 

1. ¿Por qué nació la Inquisición?
2. La Inquisición española.
3. Procedimiento legal de la Inquisición española.


1. ¿Por qué nació la Inquisición?

    Antes de enjuiciar cualquier hecho o institución en la Historia es preciso conocer bien la época en que acontecieron, y, sobre todo, intentar comprender la mentalidad de la sociedad en la que tuvieron lugar, teniendo en cuenta que aquellos valores sociales pueden ser, en parte o totalmente, distintos a los de nuestro tiempo.
    Si esta actitud debiera estar siempre presente a la hora de estudiar la Historia, lo es más cuando se trata de una de las instituciones del pasado que más han dado que hablar, y sobre la cual han escrito mayor número de folios los novelistas y los guionistas de cine y televisión que los propios historiadores. La imaginación apasionada y la necesidad de morbo, generación tras generación, han ido deformando la verdad, creando un mito y dejando de lado el buen hacer de los historiadores.
    La Inquisición, que nació en la Edad Media, responde plenamente a la mentalidad de la Europa de aquellos siglos.
    El hombre del Medievo, cualquiera que fuese su estamento social (nobles, clérigos, campesinos, burgueses), poseía unas profundas creencias cristianas, si bien éstas no necesariamente se traducían siempre en su obrar cotidiano.
    La Europa de la Edad Media se había ido construyendo, desde la caída del Imperio Romano, en el siglo V, sobre los restos de la civilización grecolatina y las aportaciones de los pueblos bárbaros, utilizando como fundamento y elemento aglutinante una misma religión, el cristianismo; razón por la cual, la Europa de entonces fue conocida como la Cristiandad. Todos los aspectos de aquella civilización medieval, desde el arte hasta la economía, pasando por la política o el orden social, estaban inspirados o relacionados con la fe transmitida por la Iglesia.
    
Un mundo así no podía entender o tolerar que ciertos individuos aislados mantuvieran ideas contrarias a los dogmas de esa fe. Las personas que inventaban o transmitían tales ideas eran los llamados herejes, grupo en el no se incluían las pequeñas comunidades de judíos, miembros de otra religión no cristiana. El hereje era siempre un bautizado.
    La sociedad medieval en su conjunto -y en especial los niveles sociales más humildes, como la gran masa de campesinos- se sentía amenazada ante el fenómeno de la herejía, como también ante la brujería. Por ello mismo se demandaba de las autoridades protección y una tajante represión, como si de la peste se tratara. En muchas ocasiones se produjeron linchamientos populares contra sospechosos de herejía. Las autoridades civiles (reyes, señores feudales) actuaron con energía contra lo que se consideraba un peligro público. Sin embargo, los tribunales ordinarios generalmente no estaban cualificados para tratar asuntos religiosos, siendo común que ideas inofensivas fueran tildadas de herejía, con lo que muchos inocentes sufrieron trágicos castigos.
    Fue entonces cuando surgió el Tribunal de la Inquisición (del latín inquirere: inquirir, buscar), formado por personal -mayormente clérigos- experto en teología, cuya función era investigar a fondo y determinar si un acusado era o no culpable de herejía u otro delito religioso. Los primeros tribunales inquisitoriales empezaron a funcionar en el sur de Francia, en torno a 1231, a raíz del problema suscitado por la extensión de la herejía cátara o albigense.
    La Inquisición estableció un procedimiento legal con ciertas garantías para el acusado. Es verdad que se cometieron excesos, pero, con todo, su actuación fue modélica si la comparamos con los brutales ejercicios de la justicia civil en aquella época.

2. La Inquisición española.

    En España la Inquisición se estableció en 1480, durante el reinado de los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón.
    Durante la Edad Media los reinos hispano-cristianos (Castilla-León, Navarra, Aragón-Cataluña, Portugal), inmersos en las guerras de Reconquista contra los musulmanes, no habían conocido especiales  problemas con las herejías.
    Fue a partir del siglo XIV, cuando, por diversos factores, la convivencia -o más bien la coexistencia-, de suyo nunca fácil, entre la población mayoritariamente cristiana y la minoría judía se fue desmoronando hasta desembocar en los asaltos y matanzas en las juderías (barrios judíos). En este clima de hostilidad las conversiones de hebreos al cristianismo se hicieron cada vez más frecuentes.
    Algunos conversos -los llamados cristianos nuevos- adinerados aprovecharon su nueva condición para acceder a destacados cargos, que antes como judíos les estaban vedados, lo que fue visto con recelo y envidia por los cristianos viejos, desatándose nuevas luchas sociales.
    El problema se complicaba aún más. Las conversiones no siempre eran sinceras, y ciertos conversos fueron acusados de judaizar, es decir, de practicar secretamente el judaísmo. Por otra parte, los auténticos conversos, cansados de que se tuviera bajo  sospecha a todo el colectivo, demandaron de las autoridades civiles y religiosas medidas que solucionaran aquella injusticia. Para averiguar la verdad, y poner orden sobre una realidad a la vez religiosa, social y política, los Reyes Católicos solicitaron del Papa el establecimiento del Tribunal de la Inquisición (1480). El primer inquisidor general fue Fray Tomás de Torquemada, de probable origen converso. La Inquisición sólo podía juzgar a bautizados, no tenía poder alguno contra los que se declaraban judíos o musulmanes.
    Décadas más tarde, a partir de 1521, cuando las herejías del protestantismo se extiendan por Europa, la Inquisición se encargará de extirpar de raíz cualquier brote que de las mismas se produzca en los dominios de la Monarquía hispánica.
    En sus, aproximadamente, 350 años de historia, la Inquisición española, con tribunales en la Península y en las posesiones europeas y americanas, aplicó la pena de muerte a unos 3000 reos, de un total de 200.000 procesados.
    El llamado Santo Oficio o Tribunal de la Inquisición perdurará durante toda la Edad Moderna (siglos XV-XVIII) en diversos países católicos.
    Sin embargo, también es preciso recordar, que, en este tiempo, en los Estados donde se implantó el protestantismo (Inglaterra, Holanda, centro y norte de Alemania, Escandinavia, parte de Suiza, etc.) el poder político vigiló y actuó reprimiendo, con igual celo que la Inquisición, cualquier rebrote del catolicismo, aplicando sin ningún reparo la pena de muerte. Así, por ejemplo, sólo en la ciudad de Ginebra, en los diez años en que gobernó Calvino, quinientas personas fueron condenadas a muerte a consecuencia de la intolerancia religiosa, entre ellas el español Miguel Servet (1553), descubridor de la circulación de la sangre.
    Además del catolicismo, el protestantismo también persiguió otras ideas o conductas religiosas consideradas nocivas, sobre todo la brujería, calculándose que en el conjunto de los países protestantes fueron quemadas en la hoguera más de 25.000 brujas.
    En el siglo XVIII la Inquisición española entró en declive. Las hogueras se fueron apagando y sus actuaciones se dirigieron cada vez más a la censura de libros. Su poder e influencia se redujeron, quedando cada vez más sometida a la Monarquía que la había creado. Y es que, aunque hoy pueda parecernos extraño, el Santo Oficio fue, antes que una institución religiosa, una pieza, elemento esencial de un Estado y de una sociedad.
    La Revolución Francesa de 1789 abrió una nueva era de cambios políticos, sociales y económicos, en la que el viejo Tribunal no tenía cabida. De este modo, en España, las Cortes de Cádiz decretaron en 1813 la abolición de la Inquisición. Resucitada posteriormente por Fernando VII, el histórico Tribunal fue clausurado definitivamente en 1834.

3. Procedimiento legal de la Inquisición española.

    El procedimiento a seguir por la Inquisición era siempre el mismo. Cuando en algún lugar se detectaban problemas, eran publicados dos edictos: el de Fe, que imponía a cada cristiano, bajo pena de excomunión, la obligación de denunciar a todos los herejes que conociera, y el de Gracia, que otorgaba un mes de plazo para los que voluntariamente decidieran presentase a confesar sus faltas y errores. La mayoría de las veces dicha confesión suponía el perdón y castigos menores, pero el penitente debía dar a conocer el nombre de sus cómplices.
    Ambos edictos, al imponer la delación, convertían a buena parte de la comunidad  en agentes de la Inquisición, creando una situación que se prestaba a serios abusos. Piénsese, por ejemplo, en las posibilidades que ofrecía para dar salida a las tradicionales envidias, odios y venganzas personales.
    Si las acusaciones eran finalmente aceptadas, el acusado ingresaba en prisión, sin llegar a conocer la identidad de los acusadores y de los testigos. No obstante, podía escribir una lista de sus enemigos, y si entre éstos había alguno de los acusadores no se tomaba en cuenta su declaración. Asimismo, al enjuiciado se le asignaba un abogado de oficio, que podía cambiar por otro, y recibía un consejero cuya misión era convencerle para que realizara una confesión sincera.
    Como otros tribunales de su tiempo, la Inquisición podía recurrir a la tortura para obtener confesiones y pruebas. Contrariamente a lo que se piensa, el empleo de la tortura no era frecuente por parte del Santo Oficio, y cuando se optaba por estos trágicos procedimientos, se establecía la presencia de un médico y ciertos límites, principalmente evitar llegar al derramamiento de sangre y procurar no causar daños que pudieran dejar lesiones permanentes.
    La Inquisición empleó tres métodos de tortura: el potro, las argollas colgantes y el tormento del agua. Este último consistía en obligar a tragar agua hasta el límite de la capacidad de cada individuo.
    Reunidas todas las pruebas y obtenido el informe de los teólogos, se llegaba a la sentencia. Si durante el juicio el acusado confesaba su culpa antes de la sentencia, y dicha confesión era aceptada, entonces se le absolvía aplicándole solamente un castigo ligero. En caso contrario, el proceso podía concluir con una sentencia condenatoria o absolutoria. Si el reo era declarado culpable, el castigo -que lógicamente dependía de la gravedad del delito- podía ir desde una multa o unos azotes hasta la confiscación de bienes o las galeras. Pocas veces se dictaba la pena de muerte.
    Cuando se llegaba a la pena capital, ésta se aplicaba, generalmente, a los que no se retractaban de la herejía o eran herejes reincidentes. Los que persistían en la herejía o en su recusación de culpabilidad eran quemados en la hoguera. El que, después de la sentencia, abjuraba en el último momento, moría estrangulado, siendo después quemado su cuerpo en la hoguera.
     Las ejecuciones no eran competencia de la Inquisición sino de la autoridad civil.
*Luis Alonso Somarriba  
Licenciado en Filosofía y Letras, sección Historia. Profesor de
Geografía-Historia en el I.E.S. “Miguel Herrero”, de Torrelavega  - (Cantabria).

 

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«Liberté» o muerte

 

Estoy a la espera de que la presidencia de la República Francesa pida perdón por los muertos de la revolución, aquellos a los que se dio a elegir entre «Libertad, igualdad, fraternidad» o muerte. En La Vendée los campesinos católicos se enfrentaron a las tropas, como harían después los «cristeros» contra los masones de la revolución mexicana. El resultado fue de entre 150.000 y 300.000 muertos, según se sigan los datos de Vittorio Messori o de Javier Tusell. Para quienes se habían escondido o escapado, el plan B fue la muerte por hambre...

 

Por Cristina López Schlichting
La Razón, 18 de junio 2004
 
«Acabo de enterrar a un pueblo entero en las ciénagas y los bosques de Savenay», así relataba el general jacobino Westermann al Comité de Salud Pública de París el resultado de la gran batalla en La Vendée, donde fueron masacrados los opositores a la Revolución Francesa.
«Ejecutando las órdenes que me habéis dado -confirmaba-, he aplastado a los niños bajo los cascos de los caballos y masacrado a las mujeres, que así no parirán más bandoleros. No tengo un solo prisionero que lamentar. Los he exterminado a todos». En La Vendée los campesinos católicos se enfrentaron a las tropas, como harían después los «cristeros» contra los masones de la revolución mexicana. El resultado fue de entre 150.000 y 300.000 muertos, según se sigan los datos de Vittorio Messori o de Javier Tusell. Para quienes se habían escondido o escapado, el plan B fue la muerte por hambre: como ha probado el historiador Reynald Secher los geómetras estatales destruyeron 10.050 casas. Sin contar los miles de muertos en la guillotina, es claro que la Revolución Francesa fue un genocidio. ¿Por qué, entonces, está idealizada? Supongo que la propaganda no es ajena a ello. En palabras de Tusell: «La interpretación revisionista (de la Revolución) no sólo es cierta, sino que quizá pueda ser aplicada a otros sucesos revolucionarios. Es más que probable que Rusia hubiera podido avanzar mucho más rápidamente en el camino de la libertad y del desarrollo económico librándose de los 50 millones de muertos del estalinismo». Todo lo que de bueno tiene 1789 en la opinión común de la gente lo tiene de malo la Inquisición. Hasta el extremo de que José Borrell justificaba recientemente su negativa a incluir una alusión a los orígenes cristianos de Europa en el preámbulo de la Constitución de la UE porque, a su juicio, «hablar de cristianismo obligaría a mencionar también la Inquisición, las cruzadas y las hogueras». Cristianismo, o por lo menos Iglesia, es para muchos Inquisición. Revolución Francesa es, en la misma medida, libertad. Esta semana hemos conocido los resultados del simposio celebrado hace cinco años sobre la Inquisición. En 800 páginas el profesor Agostino Borromeo ha recopilado las intervenciones de los expertos. El resultado es terrible. Entre 1540 y 1700 los tribunales españoles celebraron 44.674 juicios por herejía, condenaron al 3,5 por 100 de los acusados y llegaron a ejecutar al 1,8. En relación a la brujería, en aquellos 160 años se quemaron 59 brujas en España, 36 en Portugal y 25.000 en Alemania, donde también juzgaban por este concepto los tribunales civiles. Nada induce a sentirse orgullosos de la Inquisición, sin embargo es la segunda vez al menos que oigo a Juan Pablo II pedir perdón por ella. Estoy a la espera de que la presidencia de la República Francesa pida perdón por los muertos de la revolución, aquellos a los que se dio a elegir entre «Libertad, igualdad, fraternidad» o muerte. O que los presidentes ruso o mexicano hagan lo propio

 

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Calumnias, fábulas, leyendas negras de nuestros tiempos: Un ejemplo lo vivimos en 1996, cuando la periodista brasileña Ana Beatriz Magno recibió el Premio Rey de España por una serie de reportajes en los que demostraba la existencia de un tráfico de niños para trasplantes que ‘luego resultó ser falsa’. L.D.ESP:2006-X-23

http://findesemana.libertaddigital.com/articulo.php/1276232471

 

 

 

 

Hanna Arendt, una de las voces que con más hondura ha clamado contra los totalitarismos del siglo XX. «El totalitarismo -escribió- busca no la dominación despótica de los hombres, sino un sistema en el que los hombres sean superfluos».

 

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‘El mito del Papa de Hitler’, del rabino David G. Dalin. Su subtítulo: Cómo Pío XII salvó a los judíos de los nazis, resume sus 230 sugestivas páginas. El autor demuestra que jamás Pío XII tuvo una alianza con Hitler, y revela que sí hubo un clérigo en alianza con el dictador nazi, el gran Muftí de Jerusalén, Hajj al-Husseini. Son páginas, impactantes por su impresionante documentación, que van desmontando los mitos y falsedades históricas en torno a Pío XII, a la vez que detallan la tradición histórica de los Papas a favor de los judíos desde el año 500. Libro lleno de interés para quien desee conocer la realidad en un momento en el que medios de comunicación en Occidente no dejan de intentar denigrar a Pío XII y a la Iglesia católica, burda campaña que empezó con la propaganda comunista, descalificadora del sólido anticomunismo de aquel gran Pontífice. MMVI.

 

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[La Iglesia Católica y hombres de ciencia bregaban contra las supersticiones. Por ello,  estaban bajo el fuego de muy malas lenguas, que les ametrallaba con noticias distorsionadas y confundía a quienes no tenían sólidas bases formativas espirituales e intelectuales].

 

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HISTORIA Y COTEJAR IDEAS - Es un servicio útil a la Iglesia, un servicio útil a la verdad. Es justo discutir, profundizar, debatir, confrontarse. Pero hay que evitar el error más grave para un historiador, el anacronismo, juzgando la realidad de entonces con los ojos y la mentalidad de hoy.

 

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Señor: cuántas veces hemos preferido también nosotros el éxito a la verdad, nuestra reputación a la justicia. Da fuerza en nuestra vida a la sutil voz de la conciencia, a tu voz. Mírame como lo hiciste con Pedro después de la negación. Que tu mirada penetre en nuestras almas y nos indique el camino en nuestra vida. El día de Pentecostés has conmovido el corazón e infundido el don de la conversión a los que el Viernes Santo gritaron contra ti. De este modo nos has dado esperanza a todos. Danos también a nosotros de nuevo la gracia de la conversión.

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Los católicos tenemos que ser más valientes que nunca y dar ejemplo de paz, perseverancia y valor. Las personas que critican a la Iglesia olvidan el papel del sacerdocio ‘evangelizante-misionero’ y la labor social de la Iglesia y debemos recordárselo. Tenemos que vivir la fe con alegría, ser más cercanos y tener más frescura. Deberíamos aprender a valorar lo sabia que es la santa madre Iglesia, porque nos lleva 2000 años de ventaja y ella fue fundada por Jesucristo que dijo:

El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).
Conocereis de verdad.org” intenta presentar la fe cristiana para la gente sencilla, en especial para los estratos aparentemente más bajos. ¿La razón? Simple: «Son ellos quienes más necesitan conocer la alegría de Cristo».

 

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La comunidad cristiana de Roma está estrechamente ligada a Pedro, pero ciertamente este apóstol no es su fundador. Generalmente se suele fechar la llegada de Pedro en el año 42, siendo su ‘primer Obispo’.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

La belleza de la naturaleza nos recuerda que Dios nos ha encomendado la misión de "labrar y cuidar" este "jardín" que es la tierra (cf. Gn 2, 8-17).

 

La señal luminosa de la Virgen María elevada al cielo brilla aún más cuando parecen acumularse en el horizonte sombras tristes de dolor y violencia. Tenemos la certeza de que desde lo alto María sigue nuestros pasos con dulce preocupación, nos tranquiliza en los momentos de oscuridad y tempestad, nos serena con su mano maternal. Sostenidos por esta certeza, prosigamos confiados nuestro camino de compromiso cristiano adonde nos lleva la Providencia. Sigamos adelante en nuestra vida guiados por María Madre de nuestro Salvador.

Su fe indefectible que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, durante más de dos mil años, siga sosteniendo la de las generaciones cristianas, aquella y siempre misma fe. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amen ¡Gracias!

 

 

 

 

Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.

Por la gracia de Dios, en el año del Señor 2007: Anno Domini

"In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

 

La Iglesia testimonia el Evangelio por los caminos del mundo, ¡por eso es católica!; desde que Cristo la fundara, hace dos milenios.

El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

Si la presencia de Cristo es la que hace sentirse de veras en casa, es precisamente porque impulsa la libertad del cristiano más allá de los muros de la casa, pues es consciente de que el horizonte de su casa es el mundo-global-universalidad-catolicidad. Por el camino de cada día, vivamos el Evangelio que la Iglesia propone.

In Obsequio Jesu Christi. 

 

 

Dones y frutos del Espíritu Santo - La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo. 

Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf Is 11, 1-2). Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.

Tu espíritu bueno me guíe por una tierra llana (Sal 143,10).
Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios... Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo (Rm 8,14.17)

Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: ‘caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad’ (Ga 5,22-23, vg.).  

Las sectas y su invasión del mundo hispánico: una guía  (2003) también por Manuel Guerra Gómez, editada por Eunsa. - Sinopsis. - Para visitar con provecho a una ciudad desconocida, aconsejan el uso de una Guía con su plano, la descripción de sus monumentos, etc. Esta obra pretende prestar un servicio similar con respecto a las sectas implantadas en el mundo hispano. Para no correr el riesgo de extraviarse entre las más de 20.000 sectas inventariadas hasta el momento, para poder recorrer sus nombres que cambian con frecuencia y para ni acumular más inseguridad e inquietud, se presenta esta Guía en el mercado. El autor trata de reflejar la realidad de cada secta con la mayor objetividad posible y de perfilar sus señales de identidad de acuerdo con los datos -no siempre completos- que facilitan su identificación. 

 

Recomendamos vivamente:

LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

 

Recomendamos vivamente: Cristóbal Colón y el descubrimiento de América

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).