Tuesday 17 January 2017 | Actualizada : 2016-12-24
 
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DE CÓMO LA IGLESIA CATÓLICA IBA ESCRIBIENDO EL NUEVO TESTAMENTO… El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya San Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El Apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).

 

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La comunidad cristiana de Roma está estrechamente ligada a Pedro, pero ciertamente este apóstol no es su fundador. Generalmente se suele fechar la llegada de Pedro en el año 42.

 

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La ciudad de TARSO está situada entre Anatolia y Siria.

 

 

«El conocimiento de Dios es la vida eterna y su grandeza es inefable; y sólo se le estima justamente cuando se dice que es inestimable».

 

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«¿Qué es la Iglesia, sino la Asamblea de los santos?»

Nicetas de Remesiana, Instructio ad competentes, 5, 3, 23 [Explanatio Symboli, 10] (PL 52, 871).

 

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En la ciudad de Tarso, patria del apóstol Pablo, los únicos cristianos son tres monjas que acogen a los peregrinos, quienes, para poder celebrar la Eucaristía en la única Iglesia-museo que queda, necesitan un permiso. Lo mismo vale para la Iglesia-museo de San Pedro en Antioquía.
En esta ciudad nació Juan Crisóstomo, de quien en 2007 se recordará el 16° centenario de la muerte en exilio.
Precisamente Crisóstomo, con sus homilías, nos recuerda que la Eucaristía ha sido y es el lugar privilegiado de la parresía»…[…]…

02.23-X-2005 - SYNODUS EPISCOPORUM – BOLETÍN.


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La palabra "iglesia" deriva de la palabra del griego tardío "kyriakon", casa del Señor, edificio eclesiástico. El NT traduce la palabra con el griego ekklesia. En el griego secular la palabra designaba una asamblea pública, significado que se conservó en el NT (Hechos 19:32, 39, 41).

En el OT hebreo la palabra "qahal" designa a la asamblea del pueblo de Dios (e.g., Deut. 10:4; 23:2 - 3; 31:30; Salmos 22:23), y los LXX, la versión griega del OT, tradujeron esta palabra por ekklesia y también por synagoge. Incluso en el NT ekklesia puede significar la asamblea de los israelitas (Hechos 7:38; Heb. 2:12); pero aparte de estas excepciones, el término ekklesia en el NT designa a la iglesia cristiana una, santa, apostólica,

católica-universal fundada por Cristo, tanto en lo local (e.g., Mat. 18:17; Hechos 15:41; Rom. 16:16; I Cor. 4:17; 7:17; 14:33; Colos. 4:15) como universal ´católica´ en (e.g., Mat. 16:18; Hechos 20:28; I Cor. 12:28; 15:9; Efes.1:22).

Origen - Según Mateo, único Evangelio que usa el término "iglesia", el origen de la iglesia se remonta a Jesús mismo (Mat. 16:18). Es Mateo en 16:18 y 18:17 cuando usa Jesús la palabra "iglesia".

 

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Nilo de Ancira (m. hacia 430) - …"Si, más aún, se significa un hombre del Señor, el primero en ser comparado con el oro sería Cefas, cuyo nombre es, interpretado, «roca». Este es el más alto de los Apóstoles, también llamado Cefas, quien proveyó en su confesión de fe el fundamento para la edificación de la Iglesia."
[Comentario sobre el Cantar de los Cantares (PG 87 [ii]: 1693)].

 

¿Nos afirma Nilo de Ancira que LA ROCA NO ES PEDRO? - vemos que Nilo primeramente exalta a Pedro comparándole con el oro, y llamándole el más alto de los Apóstoles haciendo resaltar así su primacía.

Seguidamente, vemos que Nilo dice que
PEDRO ES LA ROCA porque llama a Pedro por su nombre arameo Cefas que significa “roca,” y que ese mismo apóstol Pedro dio en su confesión de fe el fundamento para la edificación de la Iglesia.

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Pablo de TARSO. Brilla como una estrella de primera magnitud en la historia de la Iglesia, y no sólo en la de los orígenes. San Juan Crisóstomo lo exalta como personaje superior incluso a muchos ángeles y arcángeles (cf. Panegírico 7, 3). Dante Alighieri, en la Divina Comedia, inspirándose en la narración de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 9, 15), lo define sencillamente como "vaso de elección" (Infierno 2, 28), que significa:  instrumento escogido por Dios. Otros lo han llamado el "decimotercer apóstol" -y realmente él insiste mucho en que es un verdadero apóstol, habiendo sido llamado por el Resucitado-, o incluso "el primero después del Único".

 

Ciertamente, después de Jesús, él es el personaje de los orígenes del que tenemos más información, pues no sólo contamos con los relatos de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, sino también con un grupo de cartas que provienen directamente de su mano y que, sin intermediarios, nos revelan su personalidad y su pensamiento. San Lucas nos informa de que su nombre original era Saulo (cf. Hch 7, 58; 8, 1 etc.), en hebreo Saúl (cf. Hch 9, 14. 17; 22, 7. 13; 26, 14), como el rey Saúl (cf. Hch 13, 21), y era un judío de la diáspora, dado que la ciudad de TARSO está situada entre Anatolia y Siria. Muy pronto había ido a Jerusalén para estudiar a fondo la Ley mosaica a los pies del gran rabino Gamaliel (cf. Hch 22, 3). Había aprendido también un trabajo manual y rudo, la fabricación de tiendas (cf. Hch 18, 3), que más tarde le permitiría proveer él mismo a su propio sustento sin ser una carga para las Iglesias (cf. Hch 20, 34; 1 Co 4, 12; 2 Co 12, 13-14).

 

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Al acoger al Pastor armenio de la Gran Casa de Cilicia, ¿cómo no recordar a Pablo de Tarso, convertido en el Apóstol por excelencia de la comunión entre las Iglesias, a san Nersés IV, el Agraciado, primer Catholicós de Cilicia que emprendió sistemáticamente el diálogo ecuménico, y, algunos años más tarde, a san Nersés de Lambron, obispo de Tarso, llamado «el segundo Pablo de Tarso» por su celo ardiente por la unidad? También, después de que el concilio Vaticano II comprometió irrevocablemente a la Iglesia católica en el movimiento ecuménico, los dos Catholicós de venerable memoria, Khoren I y Vasken I, se preocuparon por reanudar las relaciones fraternas con mi predecesor el Papa Pablo VI. En fin, yo mismo tuve la alegría de recibir aquí, en 1983, a su predecesor en la sede de Antelias, Su Santidad Karekin II, quien, el pasado mes de diciembre, como Catholicós de Etchmiadzín, vino de nuevo a visitar al Sucesor de Pedro, confirmando así nuestros vínculos fraternos.

Por eso, Santidad, su visita se inscribe en nuestra voluntad común de avanzar por el camino que lleva a la comunión perfecta entre la Iglesia armenia apostólica y la Iglesia católica. Sé con qué determinación trabajó usted en la creación del Consejo de las Iglesias de Oriente Medio, y después en su desarrollo durante los diecisiete años en que fue prelado de su Iglesia para el Líbano. Su experiencia de servicio a la unidad cristiana se ha enriquecido, además, cuando el Consejo ecuménico de las Iglesias lo eligió como presidente de su Comité central. Y ahora usted se ha convertido en el Catholicós de la Gran Casa de Cilicia. …[…]… 25.I.1997

 

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Pablo de Tarso, apóstol de las naciones, decapitado fuera de la

Ciudad Eterna, en la vía Apia sin duda, en el año 67.

 

La verdadera Fe comienza donde la Voluntad de Dios es conocida.  “Por consiguiente, la fe proviene de la predicación; y la predicación es el mensaje de Cristo” (Romanos 10:17). Así la Iglesia fundada por Cristo, anuncia el Reino de Dios hace dos mil años.-

 

Pablo de Tarso

 

… Hoy comenzamos a acercarnos a las figuras de otros personajes importantes de la Iglesia primitiva. También ellos gastaron su vida por el Señor, por el Evangelio y por la Iglesia. Se trata de hombres y mujeres que, como escribe Lucas en los Hechos de los Apóstoles, «han entregado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo» (15, 26).

El primero de éstos, llamado por el mismo Señor, por el Resucitado, a ser también él auténtico apóstol, es sin duda Pablo de Tarso. Brilla como una estrella de primera grandeza en la historia de la Iglesia, y no sólo en la de los orígenes. San Juan Crisóstomo le exalta como personaje superior incluso a muchos ángeles y arcángeles (Cf. «Panegírico» 7, 3). Dante Alighieri en la Divina Comedia, inspirándose en la narración de Lucas en los Hechos de los Apóstoles (Cf 9, 15), le define simplemente como «vaso de elección» (Infierno 2, 28), que significa: instrumento escogido por Dios. Otros le han llamado el «decimotercer apóstol» --y realmente él insiste mucho en el hecho de ser un auténtico apóstol, habiendo sido llamado por el Resucitado, o incluso «el primero después del Único». Ciertamente, después de Jesús, él es el personaje de los orígenes del que más estamos informados. De hecho, no sólo contamos con la narración que hace de él Lucas en los Hechos de los Apóstoles, sino también de un grupo de cartas que provienen directamente de su mano y que sin intermediarios nos revelan su personalidad y pensamiento. Lucas nos informa que su nombre original era Saulo (Cf. Hechos 7,58; 8,1 etc.), en hebreo Saúl (Cf. Hechos 9, 14.17; 22,7.13; 26,14), como el rey Saúl (Cf. Hechos 13,21), y era un judío de la diáspora, dado que la ciudad de Tarso se sitúa entre Anatolia y Siria. Muy pronto había ido a Jerusalén para estudiar a fondo la Ley mosaica a los pies del gran rabino Gamaliel (Cf. Hechos 22,3). Había aprendido también un trabajo manual y rudo, la fabricación de tiendas (cf. Hechos 18, 3), que más tarde le permitiría sustentarse personalmente sin ser de peso para las Iglesias (Cf. Hechos 20,34; 1 Corintios 4,12; 2 Corintios 12, 13-14).

Para él fue decisivo conocer la comunidad de quienes se profesaban discípulos de Jesús. Por ellos tuvo noticia de una nueva fe, un nuevo «camino», como se decía, que no ponía en el centro la Ley de Dios, sino la persona de Jesús, crucificado y resucitado, a quien se le atribuía la remisión de los pecados. Como judío celoso, consideraba este mensaje inaceptable, es más escandaloso, y sintió el deber de perseguir a los seguidores de Cristo incluso fuera de Jerusalén. Precisamente, en el camino hacia Damasco, a inicios de los años treinta, Saulo, según sus palabras, fue « alcanzado por Cristo Jesús» (Filipenses 3, 12). Mientras Lucas cuenta el hecho con abundancia de detalles --la manera en que la luz del Resucitado le alcanzó, cambiando fundamentalmente toda su vida-- en sus cartas él va directamente a lo esencial y habla no sólo de una visión (Cf. 1 Corintios 9,1), sino de una iluminación (Cf. 2 Corintios 4, 6) y sobre todo de una revelación y una vocación en el encuentro con el Resucitado (Cf. Gálatas 1, 15-16). De hecho, se definirá explícitamente «apóstol por vocación» (Cf. Romanos 1, 1; 1 Corintios 1, 1) o «apóstol por voluntad de Dios» (2 Corintios 1, 1; Efesios 1,1; Colosenses 1, 1), como queriendo subrayar que su conversión no era el resultado de bonitos pensamientos, de reflexiones, sino el fruto de una intervención divina, de una gracia divina imprevisible. A partir de entonces, todo lo que antes constituía para él un valor se convirtió paradójicamente, según sus palabras, en pérdida y basura (Cf. Filipenses 3, 7-10). Y desde aquel momento puso todas sus energías al servicio exclusivo de Jesucristo y de su Evangelio. Su existencia se convertirá en la de un apóstol que quiere «hacerse todo a todos» (1 Corintios 9,22) sin reservas.

De aquí se deriva una lección muy importante para nosotros: lo que cuenta es poner en el centro de la propia vida a Jesucristo, de manera que nuestra identidad se caracterice esencialmente por el encuentro, la comunión con Cristo y su Palabra. Bajo su luz, cualquier otro valor debe ser recuperado y purificado de posibles escorias. Otra lección fundamental dejada por Pablo es el horizonte espiritual que caracteriza a su apostolado. Sintiendo agudamente el problema de la posibilidad para los gentiles, es decir, los paganos, de alcanzar a Dios, que en Jesucristo crucificado y resucitado ofrece la salvación a todos los hombres sin excepción, se dedicó a dar a conocer este Evangelio, literalmente «buena noticia», es decir, el anuncio de gracia destinado a reconciliar al hombre con Dios, consigo mismo y con los demás. Desde el primer momento había comprendido que ésta es una realidad que no afectaba sólo a los judíos, a un cierto grupo de hombres, sino que tenía un valor universal y afectaba a todos.

La Iglesia de Antioquia de Siria fue el punto de partida de sus viajes, donde por primera vez el Evangelio fue anunciado a los griegos y donde fue acuñado también el nombre de «cristianos» (Cf. Hechos 11, 20.26), es decir, creyentes en Cristo. Desde allí tomó rumbo en un primer momento hacia Chipre y después en diferentes ocasiones hacia regiones de Asia Menor (Pisidia, Licaonia, Galacia), y después a las de Europa (Macedonia, Grecia). Más reveladoras fueron las ciudades de Éfeso, Filipos, Tesalónica, Corinto, sin olvidar tampoco Berea, Atenas y Mileto.

En el apostolado de Pablo no faltaron dificultades, que él afrontó con valentía por amor a Cristo. Él mismo recuerda que tuvo que soportar «trabajos…, cárceles…, azotes; peligros de muerte, muchas veces…Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué… Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez. Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias» (2 Corintios 11,23-28). En un pasaje de la Carta a los Romanos (Cf. 15, 24.28) se refleja su propósito de llegar hasta España, hasta el confín de Occidente, para anunciar el Evangelio por doquier hasta los confines de la tierra entonces conocida. ¿Cómo no admirar a un hombre así? ¿Cómo no dar gracias al Señor por habernos dado un apóstol de esta talla? Está claro que no hubiera podido afrontar situaciones tan difíciles, y a veces tan desesperadas, si no hubiera tenido una razón de valor absoluto ante la que no podía haber límites. Para Pablo, esta razón, lo sabemos, es Jesucristo, de quien escribe: «El amor de Cristo nos apremia… murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Corintios 5,14-15), por nosotros, por todos.
De hecho, el apóstol ofrecerá su testimonio supremo con la sangre bajo el emperador Nerón aquí, en Roma, donde conservamos y veneramos sus restos mortales. Clemente Romano, mi predecesor en esta sede apostólica en los últimos años del siglo I, escribió: «Por celos y discordia, Pablo se vio obligado a mostrarnos cómo se consigue el premio de la paciencia… Después de haber predicado la justicia a todos en el mundo, y después de haber llegado hasta los últimos confines de Occidente, soportó el martirio ante los gobernantes; de este modo se fue de este mundo y alcanzó el lugar santo, convertido de este modo en el más grande modelo de perseverancia» (A los Corintios 5). Que el Señor nos ayude a vivir la exhortación que nos dejó el apóstol en sus cartas: «Sed mis imitadores, como lo soy de Cristo» (1 Corintios 11, 1).

25.X.2006.

 

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En la villa de Corinto, conocida -como tantas otras zonas portuarias- por la corrupción de sus costumbres, los primeros cristianos evangelizados por Pablo distaban mucho de ser perfectos. Sin embargo desde los comienzos mismos de la carta, esos cristianos reciben su título de nobleza cristiana: son llamados a vivir la santidad, es decir, la existencia nueva de los hijos de Dios a la que Jesucristo les impulsa y conduce. También nosotros somos santos, no porque seamos perfectos sino porque somos llamados a ser los testigos de la santidad de Dios en nuestras ciudades y pueblos en nombre de la Iglesia universal-católica, a la que nos unen bautismo y eucaristía.

 

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Pablo - La centralidad de Cristo

 

En la catequesis anterior, hace quince días, traté de trazar las líneas esenciales de la biografía del apóstol san Pablo. Vimos cómo el encuentro con Cristo en el camino de Damasco revolucionó literalmente su vida. Cristo se convirtió en su razón de ser y en el motivo profundo de todo su trabajo apostólico. En sus cartas, después del nombre de Dios, que aparece más de 500 veces, el nombre mencionado con más frecuencia es el de Cristo (380 veces). Por consiguiente, es importante que nos demos cuenta de cómo Jesucristo puede influir en la vida de una persona y, por tanto, también en nuestra propia vida. En realidad, Jesucristo es el culmen de la historia de la salvación y, por tanto, el verdadero punto que marca la diferencia también en el diálogo con las demás religiones.

Al ver a san Pablo, podríamos formular así la pregunta de fondo:  ¿Cómo se produce el encuentro de un ser humano con Cristo? ¿En qué consiste la relación que se deriva de él? La respuesta que da san Pablo se puede dividir en dos momentos.

En primer lugar, san Pablo nos ayuda a comprender el valor fundamental e insustituible de la fe. En la carta a los Romanos escribe:  "Pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley" (Rm 3, 28). Y también en la carta a los Gálatas:  "El hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo; por eso nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado" (Rm 2, 16).

"Ser justificados" significa ser hechos justos, es decir, ser acogidos por la justicia misericordiosa de Dios y entrar en comunión con él; en consecuencia, poder entablar una relación mucho más auténtica con todos nuestros hermanos:  y esto sobre la base de un perdón total de nuestros pecados. Pues bien, san Pablo dice con toda claridad que esta condición de vida no depende de nuestras posibles buenas obras, sino solamente de la gracia de Dios:  "Somos justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús" (Rm 3, 24).

Con estas palabras, san Pablo expresa el contenido fundamental de su conversión, el nuevo rumbo que tomó su vida como resultado de su encuentro con Cristo resucitado. San Pablo, antes de la conversión, no era un hombre alejado de Dios y de su ley. Al contrario, era observante, con una observancia fiel que rayaba en el fanatismo. Sin embargo, a la luz del encuentro con Cristo comprendió que con ello sólo había buscado construirse a sí mismo, su propia justicia, y que con toda esa justicia sólo había vivido para sí mismo. Comprendió que su vida necesitaba absolutamente una nueva orientación. Y esta nueva orientación la expresa así:  "La vida, que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20).


Así pues, san Pablo ya no vive para sí mismo, para su propia justicia. Vive de Cristo y con Cristo:  dándose a sí mismo; ya no buscándose y construyéndose a sí mismo. Esta es la nueva justicia, la nueva orientación que nos da el Señor, que nos da la fe. Ante la cruz de Cristo, expresión máxima de su entrega, ya nadie puede gloriarse de sí mismo, de su propia justicia, conseguida por sí mismo y para sí mismo.

En otro pasaje, san Pablo, haciéndose eco del profeta Jeremías, aclara su pensamiento:  "El que se gloríe, gloríese en el Señor" (1 Co 1, 31; Jr 9, 22 s); o también:  "En cuanto a mí ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!" (Ga 6, 14).

Al reflexionar sobre lo que quiere decir justificación no por las obras sino por la fe, hemos llegado al segundo elemento que define la identidad cristiana descrita por san Pablo en su vida. Esta identidad cristiana consta precisamente de dos elementos:  no buscarse a sí mismo, sino revestirse de Cristo y entregarse con Cristo, para participar así personalmente en la vida de Cristo hasta sumergirse en él y compartir tanto su muerte como su vida.

Es lo que escribe san Pablo en la carta a los Romanos:  "Hemos sido bautizados en su muerte. Hemos sido sepultados con él. Somos una misma cosa con él. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús" (cf. Rm 6, 3. 4. 5. 11). Precisamente esta última expresión es sintomática, pues para san Pablo no basta decir que los cristianos son bautizados o creyentes; para él es igualmente importante decir que ellos "están en Cristo Jesús" (cf. también Rm 8, 1. 2. 39; 12, 5; 16,3. 7. 10; 1 Co 1, 2. 3, etc.).

En otras ocasiones invierte los términos y escribe que "Cristo está en nosotros/vosotros" (Rm 8, 10; 2 Co 13, 5) o "en mí" (Ga 2, 20). Esta compenetración mutua entre Cristo y el cristiano, característica de la enseñanza de san Pablo, completa su reflexión sobre la fe, pues la fe, aunque nos une íntimamente a Cristo, subraya la distinción entre nosotros y él. Pero, según san Pablo, la vida del cristiano tiene también un componente que podríamos llamar "místico", puesto que implica ensimismarnos en Cristo y Cristo en nosotros. En este sentido, el Apóstol llega incluso a calificar nuestros sufrimientos como los "sufrimientos de Cristo en nosotros" (2 Co 1, 5), de manera que "llevamos siempre en nuestro cuerpo por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo" (2 Co 4, 10).


Todo esto debemos aplicarlo a nuestra vida cotidiana siguiendo el ejemplo de san Pablo, que vivió siempre con este gran horizonte espiritual. Por una parte, la fe debe mantenernos en una actitud constante de humildad ante Dios, más aún, de adoración y alabanza en relación con él. En efecto, lo que somos como cristianos se lo debemos sólo a él y a su gracia. Por tanto, dado que nada ni nadie puede tomar su lugar, es necesario que a nada ni nadie rindamos el homenaje que le rendimos a él.
Ningún ídolo debe contaminar nuestro universo espiritual; de lo contrario, en vez de gozar de la libertad alcanzada, volveremos a caer en una forma de esclavitud humillante. Por otra parte, nuestra radical pertenencia a Cristo y el hecho de que "estamos en él" tiene que infundirnos una actitud de total confianza y de inmensa alegría.

En definitiva, debemos exclamar con san Pablo:  "Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?" (Rm 8, 31). Y la respuesta es que nada ni nadie "podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rm 8, 39). Por tanto, nuestra vida cristiana se apoya en la roca más estable y segura que pueda imaginarse. De ella sacamos toda nuestra energía, como escribe precisamente el Apóstol:  "Todo lo puedo en Aquel que me conforta" (Flp 4, 13).

Así pues, afrontemos nuestra existencia, con sus alegrías y dolores, sostenidos por estos grandes sentimientos que san Pablo nos ofrece. Si los vivimos, podremos comprender cuánta verdad encierra lo que el mismo Apóstol escribe:  "Yo sé bien en quién tengo puesta mi fe, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día", es decir, hasta el día definitivo (2 Tm 1, 12) de nuestro encuentro con Cristo juez, Salvador del mundo y nuestro. Miércoles 8 de noviembre de 2006- S.S. Benedicto PP XVI.

 

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Basílica de San Pablo Extramuros, donde descansan

los restos del Apóstol de los gentiles.

 

-La vida nueva-

POR JUAN MANUEL DE PRADA

 

MI primera estación en esta nueva visita estival a Roma ha sido la Basílica de San Pablo Extramuros, donde descansan los restos del Apóstol de los gentiles. Siempre he sentido una fascinación especial por la figura de Paulo de Tarso, a quien sin intención hiperbólica podríamos definir como fundador del cristianismo. Hasta que San Pablo inicia su epopeya evangelizadora, sospecho que los seguidores de Jesús ni siquiera tenían conciencia de la misión que les había sido asignada. Es San Pablo, ciudadano romano, quien, mediante una iluminación genial, entiende que la nueva religión ha de ser universal; y, para serlo, necesita introducirse en las estructuras del Imperio que por entonces se enseñoreaba del mundo. Introducirse para destruir desde dentro su vocación de paganismo; introducirse también para hacer propio todo lo que ese Imperio tenía de conquista cultural. El cristianismo no hubiese llegado a ser lo que en efecto fue si no hubiese asumido como propias las lenguas oficiales de Roma; tampoco si no hubiese adoptado sus leyes, para después transformarlas en un Derecho más humano, penetrado por la novedosa idea de redención personal que aporta el Evangelio. Para los primeros cristianos hubiese resultado sin duda mucho menos aflictivo permanecer en los márgenes de Roma, como desclasados o apátridas que se conforman con alimentar sus ritos en la clandestinidad. Al penetrar en la boca del lobo, armados tan sólo con la antorcha de la fe, se arriesgaban a perecer entre sus fauces; pero iban a ocasionar un incendio más perdurable que las piedras de Roma.


Pienso en esta misión clarividente arrostrada por San Pablo mientras rezo ante su tumba. ¿De qué fibra estaría hecho aquel hombre que trastornó para siempre el curso de la Historia? Sabemos que poseía una frondosa cultura clásica. Sabemos también que era un hombre de vitalidad infatigable, viajero hasta los confines del mundo conocido, capaz de desplegar una actividad que ningún otro hombre hubiese resistido. Su epopeya sólo resulta inteligible si aceptamos que lo animaba una fuerza sobrehumana, la fuerza que le imbuye su encuentro con el Nazareno, camino de Damasco. Benedicto XVI recordaba su figura en la alocución que dirigió a los jóvenes de las diócesis de la circunscripción eclesiástica de Madrid que fueron a visitarlo a Castel Gandolfo el pasado jueves: «Visitando los lugares donde Pedro y Pablo anunciaron el Evangelio, donde dieron su vida por el Señor y donde muchos otros fueron también perseguidos y martirizados en los albores de la Iglesia, habréis podido entender mejor por qué la fe en Jesucristo, al abrir horizontes de una vida nueva, de auténtica libertad y de una esperanza sin límites, necesita la misión, el empuje que nace de un corazón entregado generosamente a Dios (...). Así ocurrió aquí, en Roma, hace muchos siglos, en medio de un ambiente que desconocía a Cristo (...); así ha ocurrido siempre, y ocurre también hoy, cuando a vuestro alrededor veis a muchos que lo han olvidado o que se desentienden de Él, cegados por tantos sueños pasajeros que prometen mucho pero que dejan el corazón vacío».

Concluyo mi visita a los foros romanos en la cárcel Mamertita, donde San Pedro y San Pablo consumieron las últimas horas de su existencia terrenal, antes de ser conducidos al martirio. Es un pozo lóbrego, rezumante de humedad, donde los pulmones apenas encuentran aire para respirar. De una columna que todavía se conserva, empotrada en el muro de mampostería, afloró un manantial de agua con el que los prisioneros bautizaron a sus guardianes, según nos cuenta la Tradición. Imagino la escena alumbrada por unas débiles antorchas que a duras penas lograrían exorcizar el imperio de las tinieblas, sofocadas casi por la falta de aire; quizá las sostuviesen los propios guardianes, mientras inclinaban la cabeza para recibir el agua bautismal, el agua que les iba a borrar tantos sueños pasajeros, para despertarlos a una vida nueva. Imagino a esos guardianes ascendiendo la angosta escalera de la cárcel Mamertita, dispuestos a entregar la vida por la fe que acaban de abrazar, portadores de las antorchas que cobran mayor brío, a medida que se asoman al aire de la calle. Con esas antorchas van a incendiar el mundo; y no les importa perecer entre sus fauces. ‘ABC’ ESP. 2007-VIII-11

 

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San Pablo, muerto mártir de la Iglesia Católica, en Roma.

 

El Espíritu Santo en la misión entre los paganos

 

1. Después del bautismo de los primeros paganos, administrado por orden de Pedro en Cesarea en la casa del centurión Cornelio, el Apóstol se detuvo algunos días entre aquellos nuevos cristianos, a invitación suya (cf. Hch 10, 48). Eso no agradó a los “Apóstoles” y a los “hermanos” que habían permanecido en Jerusalén, quienes le reprocharon por ello a su regreso (cf. Hch 11, 3). Pedro, en vez de defenderse de esa acusación, prefirió “explicarles punto por punto” cómo había sucedido todo (cf. Hch 11, 4), de modo que los hermanos procedentes del judaísmo pudieran valorar toda la importancia del hecho de que “también los gentiles habían aceptado la Palabra de Dios” (Hch 11, 1).

Por tanto, les puso al corriente de la visión tenida en Joppe, de la invitación de Cornelio, del impulso interior procedente del Espíritu Santo para que superara toda duda (cf. Hch 11, 12) y, finalmente, de la venida del Espíritu Santo sobre los que se hallaban presentes en la casa del centurión (cf. Hch 11, 16), para concluir así su relación: “Me acordé entonces de aquellas palabras que dijo el Señor: ‘Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo’. Por tanto, si Dios les ha concedido el mismo don que a nosotros por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para poner obstáculos a Dios?” (Hch 11, 16-17).

Según Pedro ésta era la verdadera cuestión, y no el hecho de haber aceptado la hospitalidad de un centurión proveniente del paganismo, cosa insólita y considerada ilegítima por los cristianos de origen judío de Jerusalén. Es hermoso constatar la eficacia de la palabra de Pedro, ya que leemos en los Hechos que “al oír esto se tranquilizaron y glorificaron a Dios diciendo: así pues, también a los gentiles les ha dado Dios la conversión que lleva a la vida” (Hch 11, 18).

Era la primera victoria sobre la tentación del particularismo socio-religioso que amenazaba a la Iglesia primitiva por haber nacido de la comunidad jerosolimitana y judía. La segunda victoria la conseguiría, de modo aún más resonante, con la ayuda de Pedro, el Apóstol Pablo. De esto hablaremos más adelante.

2. Ahora detengámonos a considerar cómo Pedro prosigue por el camino iniciado con el bautismo de Cornelio: aparecerá de nuevo que es el Espíritu Santo quien guía a los Apóstoles en esta dirección.

Los Hechos nos dicen que los convertidos de Jerusalén, “que se habían dispersado cuando la tribulación originada a la muerte de Esteban”, realizaban una labor de proselitismo en los lugares donde se habían establecido pero “sin predicar la Palabra a nadie más que a los judíos” (Hch 11, 19). Sin embargo, algunos de ellos, que eran ciudadanos de Chipre y de Cirene, tras llegar a Antioquía, capital de la Siria, comenzaron a hablar también a los griegos (es decir, a los no judíos), “y les anunciaban la Buena Nueva del Señor Jesús. La mano del Señor estaba con ellos, y un crecido número recibió la fe y se convirtió al Señor. La noticia de esto llegó a oídos de la Iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquía” (Hch 11, 20-22).

Era una especie de inspección decidida por la comunidad que, por ser la comunidad originaria, se atribuía la tarea de vigilancia sobre las demás Iglesias (cf. Hch 8, 14; 11, 1; Ga 2, 2).

Bernabé se dirigió a Antioquía, y “cuando llegó y vio la gracia de Dios se alegró y exhortaba a todos a permanecer, con corazón firme, unidos al Señor, porque era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Y una considerable multitud se agregó al Señor. Partió para Tarso en busca de Saulo y, en cuanto le encontró, le llevó a Antioquía. Estuvieron juntos durante un año entero en la Iglesia y adoctrinaron a una gran muchedumbre. En Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de ‘cristianos’ ” (Hch 11, 24-26).

Es otro momento decisivo para la nueva fe fundada en la alianza en Cristo, crucificado y resucitado. Incluso la nueva denominación de “cristianos” manifiesta la solidez del vínculo que une entre sí a los miembros de la comunidad. El “Pentecostés de los paganos” iluminado por la predicación y por el comportamiento de Pedro lleva progresivamente a cumplimiento el anuncio de Cristo acerca del Espíritu Santo: “Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros” (Jn 16, 14). El afirmarse del cristianismo bajo la acción del Espíritu Santo lleva a cabo con evidencia creciente la glorificación del “Señor Jesús”.

3. En el cuadro de las relaciones entre la Iglesia de Antioquía y la de Jerusalén, hemos visto entrar en escena a Saulo de Tarso, llevado por Bernabé a Antioquía. Los Hechos nos dicen que “estuvieron juntos durante un año entero en la Iglesia y adoctrinaron a una gran muchedumbre” (Hch 11, 26). Poco después añaden que un día, “mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: ‘Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado’. Entonces, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y les enviaron. Ellos, pues, enviados por el Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y de allí navegaron hasta Chipre” (Hch 13, 2-4). Conviene recordar que Chipre era la patria de Bernabé. (Hch 4, 36). La vocación y la misión de Saulo, junto a Bernabé, se delinea de esta forma como querida por el Espíritu Santo, el cual abre así una nueva fase de desarrollo en la vida de la Iglesia primitiva.

4. Es conocida la historia de la conversión de Saulo de Tarso y su importancia para la evangelización del mundo antiguo, afrontada por él con toda la fuerza y el vigor de su alma gigantesca, cuando de Saulo se convirtió en Pablo; el Apóstol de las naciones (cf. Hch 13, 9).

Aquí recordaremos sólo las palabras que le dirigió el discípulo Ananías de Damasco, cuando por orden del Señor fue a encontrar, “en casa de Judas, en la calle Recta” (Hch 9, 10), al perseguidor de los cristianos espiritualmente transformado por el encuentro con Cristo.

Según los Hechos, “fue Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: ‘Saulo, hermano, me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo’ ” (Hch 9, 17). De hecho Saulo recobró la vista y en seguida comenzó a dar testimonio en las sinagogas primero en Damasco, “demostrándoles que aquél era el Cristo” (Hch 9, 22), luego en las de Jerusalén donde, presentado por Bernabé, iba y venía “predicando valientemente en el nombre del Señor” y discutiendo “con los helenistas” (Hch 9, 29). Estos judíos “helenistas” violentamente opuestos a todos los propagandistas cristianos (cf. Hch 6, 9; 7, 58; 9, 1; 21, 27; 24, 19), se encarnizaron especialmente contra Saulo, hasta el punto de intentar matarlo (cf. Hch 9, 29). “Los hermanos, al saberlo, le llevaron a Cesarea y le hicieron marchar a Tarso” (Hch 9, 30). Es aquí donde irá a buscarlo Bernabé para llevarlo consigo a Antioquía (cf. Hch 11, 25-26).

5. Ya sabemos que el desarrollo de la Iglesia en Antioquía, debido en gran parte a la afluencia de los “griegos” que se convertían al Evangelio (cf. Hch 11, 20), había suscitado el interés de la Iglesia de Jerusalén, en la que sin embargo, incluso después de la inspección de Bernabé, había permanecido cierta perplejidad acerca de la medida tomada al admitir a los paganos al cristianismo sin hacerlos pasar por la vía de Moisés. De hecho, en un momento determinado, “bajaron algunos (a Antioquía) de Judea que enseñaban a los hermanos: ‘Si no os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica, no podéis salvaros. Se produjo con esto una agitación y una discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos; y decidieron que Pablo y Bernabé y algunos de ellos subieran a Jerusalén, donde los Apóstoles y presbíteros, para tratar esta cuestión” (15, 1-2).

Era un problema fundamental, que tocaba la misma esencia del cristianismo como doctrina y como vida fundada sobre la fe en Cristo, y su originalidad e independencia del judaísmo.

El problema quedó resuelto en el “concilio” de Jerusalén (como se le suele llamar) por obra de los Apóstoles y de los presbíteros, pero bajo la acción del Espíritu Santo. Narran los Hechos que “después de una larga discusión, Pedro se levantó y les dijo: ‘Hermanos, vosotros sabéis que ya desde los primeros días me eligió Dios entre vosotros para que por mi boca oyesen los gentiles la Palabra de la Buena Nueva y creyeran. Y Dios, conocedor de los corazones, dio testimonio en su favor comunicándoles el Espíritu Santo como a nosotros; y no hizo distinción alguna entre ellos y nosotros, pues purificó sus corazones con la fe’” (Hch 15, 7-9).

Era el momento trascendental de la toma de conciencia del “Pentecostés de los paganos” en la comunidad madre de Jerusalén, donde se hallaban reunidos los máximos representantes de la Iglesia. Esta, en todo su conjunto, se daba cuenta de que vivía y se movía “llena de la consolación del Espíritu Santo” (Hch 9, 31). Sabía que no sólo los Apóstoles sino también los demás “hermanos” habían tomado decisiones y realizado acciones bajo la moción del Espíritu, como, por ejemplo, Esteban (Hch 6, 5; 7, 55), Bernabé y Saulo (Hch 13, 2.4.9).

Pronto conocería un hecho acaecido en Éfeso, donde había llegado Saulo convertido en Pablo, y narrado así por los Hechos: “Mientras Apolo (otro predicador evangélico) estaba en Corinto, Pablo atravesó las regiones altas y llegó a Éfeso donde encontró algunos discípulos; les preguntó: ‘¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando abrazasteis la fe?’. Ellos contestaron: ‘Pero si nosotros no hemos oído decir siquiera que exista el Espíritu Santo’... Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y, habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar” (Hch 19, 1-2. 5-6). La comunidad de Jerusalén sabía, por consiguiente, que aquella especie de epopeya del Espíritu Santo estaba realizándose a través de muchos portadores de carismas y de ministerios apostólicos. Pero en aquel primer concilio se produjo un hecho eclesiástico-institucional, reconocido como determinante para la evangelización del mundo entero, gracias a la íntima conexión entre la asamblea, presidida por Pedro, y el Espíritu Santo.

7. De hecho, los Apóstoles comunicaron las conclusiones a las que habían llegado y las decisiones que habían tomado, con una fórmula muy significativa: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros” (Hch 15, 28). Era la expresión de su plena conciencia de actuar bajo la guía de este Espíritu de la verdad que Cristo les había prometido (cf. Jn 14, 16-17). Ellos sabían que recibían de Él el prestigio que hacía posible tomar aquella decisión, y la misma certeza de las decisiones tomadas. Era el Paráclito, el Espíritu de la verdad, quien en este momento hacía que el “Pentecostés” de Jerusalén se transformase cada vez más también en el “Pentecostés de los paganos”. Así la Nueva Alianza de Dios con la humanidad “en la sangre de Cristo” (cf. Lc 22, 20) se abría hacia todos los pueblos y naciones, hasta los extremos confines de la tierra.

 

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Pablo de Tarso, el último de los Apóstoles, llamado por Jesús resucitado a ser el Apóstol de los pueblos paganos, evangelizó y fundó numerosas comunidades cristianas por la región oriental del Imperio Romano. Expresó su deseo ardiente de viajar a Hispania y por ello pidió a los cristianos de Roma ayuda tanto económica como de posibles colaboradores en esta misión.

 

Pablo estaba convencido que una vez el Evangelio de Cristo fuese predicado por las tierras occidentales del Imperio se cumpliría la promesa que está escrita en el Evangelio de Marcos 13, y llegaría el final de los tiempos, la venida gloriosa de Cristo y con ella la salvación definitiva del universo.

 

Antes de realizar este viaje final en su misión de ser el Apóstol de las Naciones, Pablo tuvo que llevar la colecta de sus iglesias a la Iglesia madre de Jerusalén como un signo de comunión. Cuando llegó a Jerusalén los judíos lo acusaron de una revuelta en el Templo y lo entregaron a las autoridades romanas para que fuese juzgado. Pablo, haciendo uso de sus derechos como ciudadano romano, pidió ser juzgado por un tribunal romano.

 

Por ello lo enviaron a Roma donde estuvo viviendo en una casa bajo vigilancia. Así termina la historia de Pablo en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Pero, ¿qué pasó después? Parece que haya un gran silencio desde el año 62 hasta el año 64/67, es decir, desde su estancia en Roma pendiente de un juicio hasta su muerte martirial. Pocos autores nos dan noticias sobre la vida de Pablo en estos últimos años de su vida.

 

En el año 2008 el Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Fructuoso ya organizó un Congreso titulado "Pablo, Fructuoso y el cristianismo primitivo en Tarragona (siglos I-VIII)" en el que ya se empezó a investigar sobre esta cuestión, también bajo la dirección del exegeta Dr. Armand Puig. En ese congreso la Dra. Heike Omerzu apuntó la posibilidad de un exilio de Pablo en algún lugar desconocido, ya que según el código penal romano, cuando se agotaba el plazo para realizar los juicios, el exilio podía ser una solución.

 

Esta práctica fue aplicada para otros conocidos judíos en los primeros siglos, como el caso de Herodes Antipas que fue exiliado a una ciudad de la Galia o en alguna ciudad de Hispania en el año 39 d.C, y en el año 6 d.C, Arquelao, hijo de Herodes el Grande fue deportado a Vienna, una ciudad de la Galia. Esta posibilidad de un exilio de Pablo estaría confirmada también por la Primera Carta de Clemente, un escrito del siglo I, en el cual se nos dice que Pablo fue exiliado y que predicó el Evangelio hasta el extremo occidental. La hipótesis del exilio o de la deportación pareció en el año 2008 una buena pista para seguir investigando.

 

La solución para las autoridades romanas de deportar o exiliar a un judío-cristiano problemático llevándolo a algún sitio desconocido podía ser una buena medida para sacarse el problema de encima. El lugar del exilio tenía que ser pues secreto para evitar que el exiliado se reuniese de nuevo con sus adictos y crease nuevos problemas. Pablo fue una figura controvertida en el cristianismo primitivo. Su predicación del Evangelio a los paganos creó muchas reticencias entre las comunidades formadas por judío-cristianos. Tuvo algunos problemas con el Apóstol Pedro y sobretodo con Santiago, jefe de la comunidad judeo-cristiana de Jerusalén. En sus mismas cartas Pablo escribe que fue preso unas siete veces, cinco veces recibió los treinta y nueve azotes, fue apedreado, flagelado tres veces, etc. Ciertamente era un hombre celoso, luchador por la causa de Cristo y por ello su vida resultó problemática para muchos.

 

Parece extraño que los autores antiguos no nos hayan dejado demasiadas noticias sobre el martirio de Pedro y de Pablo en Roma. Armand Puig piensa que tanto Lucas en los Hechos de los Apóstoles como otros escritores cristianos de las últimas décadas del siglo I y principios del sc. II, intentan eludir cuestiones espinosas en relación a los emperadores que podrían suscitar sospechas y reticencias contra la comunidad cristiana, ya duramente castigada en la persecución de Nerón durante los años 65-68 d.C. Por ello, por razones de sentido común y de crear una pacífica convivencia que permitiese desarrollar una buena estrategia misionera, era mejor silenciar quienes fueron los culpables del martirio de los dos grandes Apóstoles Pedro y Pablo.

 

También podríamos pensar que la culpa del martirio de los dos Apóstoles vino de alguna traición dentro de la misma comunidad de cristianos o causada por posibles enfrentamientos entre cristianos provenientes del judaísmo y cristianos provenientes del paganismo. Si así fuese, sería normal que los escritores de los primeros siglos silenciasen esta "vergüenza" de una nueva traición que viene de dentro de la Iglesia a semejanza de la traición de Judas. De hecho, la Iglesia celebraba la fiesta del martirio de Pedro y Pablo en días diferentes, y llegado el siglo III los juntó en un mismo día. ¿Fue ello el signo de una reconciliación? ¿Un lavado litúrgico para alejar para siempre aquella mancha que suponía una posible traición en el seno de la Iglesia?

V. 2013

 

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Cristo funda la Iglesia y de ella es la piedra angular. Desde hace veinte siglos, ella, con su Magisterio fiel y garantizado, vigila sobre la humanidad y la guía

 

Alrededor del año 33 - En Pentecostés la Iglesia se manifestó una, santa, católica y apostólica; se manifestó misionera, con el don de hablar todas las lenguas del mundo, porque a todos los pueblos está destinada la buena nueva del amor de Dios. "El Espíritu —enseña también el Concilio— conduce a la Iglesia a la verdad total, la une en la comunión y el servicio, la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos, y la adorna con sus frutos" (ib., 4).

 

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Año 38 - Hay que resaltar que la comunidad cristiana chipriota fue fundada por los apóstoles Pablo y Bernabé en el año 38 de nuestra era.

 

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Años 40.ca. Iglesia Católica - ya «inmediatamente después de la muerte y la resurrección de Cristo, en torno a los años 40 d.C., la Iglesia Católica cantaba en el famoso himno contenido en Carta de San Pablo a los Filipenses»: «Cristo, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios» (Flp 2,6).

 

Año 44ca. Mártir de la Iglesia Católica – El Apóstol Santiago, murió, por defender su fe bajo Herodes Agripa I. Su vida la puede encontrar en los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles. Cuando sintió la llamada para seguir a Jesús, algo extraño y divino se le metió en el corazón. Tanto amor le tomó al Señor que cuando llegó el momento de demostrar su fe, no tuvo la menor duda en entregar su vida por el Evangelio allá por el año 44, poco antes de la Pascua.

 

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Alrededor del año 40/43ca. Iglesia Católica - La maduración de la fe fue llevada a cumplimiento por el Espíritu Santo en Pentecostés, de manera que Santiago, cuando llegó el momento del supremo testimonio, no se echó para atrás. Al inicio de los años 40 del siglo I, el rey Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande, como nos informa Lucas: «echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan» (Hechos 12, 1-2). La concisión de la noticia, carente de todo detalle narrativo, revela, por una parte, cómo era normal para los cristianos testimoniar al Señor con la propia vida y, por otra, que Santiago tenía una posición de relevancia en la Iglesia de Jerusalén, en parte a causa del papel desempeñado durante la existencia terrena de Jesús.

 

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Alrededor del año 43ca. Iglesia Católica  Santiago el Mayor - Santiago pertenece a los discípulos privilegiados: fue admitido en Getsemaní, y en la Transfiguración. En un caso, experimenta la gloria del Señor; en el otro, el sufrimiento y la humillación, la obediencia hasta la muerte. La segunda experiencia fue una maduración en la fe, para corregir la interpretación triunfalista de la primera. Esta maduración fue llevada a la plenitud en Pentecostés, de forma que Santiago, cuando llegó el momento del testimonio supremo, no se echó atrás. Al inicio de los años 40, el rey Herodes Agripa «hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan». La noticia pone de manifiesto que para los cristianos era normal dar testimonio con la vida; y que Santiago ocupaba una posición destacada en la Iglesia de Jerusalén.
Una tradición habla de una estancia suya en España para evangelizar esa importante región. Según otra, su cuerpo fue trasladado a Santiago de Compostela. Ese lugar se convirtió en objeto de gran veneración, y sigue siendo meta de numerosas peregrinaciones. Así se explica la representación de Santiago con el bastón del peregrino y el rollo del Evangelio, características del apóstol itinerante, dedicado al anuncio de la buena nueva.
De Santiago podemos aprender mucho: la prontitud para acoger la llamada del Señor, el entusiasmo al seguirlo más allá de nuestra presunción ilusoria, la disponibilidad para dar testimonio de él con valentía, hasta el sacrificio supremo. Él, que había pedido sentarse junto al Maestro en su reino, fue el primer apóstol en beber el cáliz de la Pasión.
El
camino desde el monte de la Transfiguración hasta el monte de la agonía simboliza la peregrinación de la vida cristiana. Siguiendo a Jesús como Santiago, sabemos que vamos por el buen camino. Benedicto XVI. 21-VI-2006

 

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Iglesia Católica - Alrededor del año 58 de nuestra era vivían en Jerusalén varios miles de judíos creyentes, miembros de la Iglesia Católica recién fundada por Jesucristo que le ordenó ser “Católica y catolizante”. Así lo afirmaban los responsables de la Iglesia a Pablo: "Ya ves, hermano, cuantos miles de judíos son ahora creyentes y todos son fieles observantes de la Ley" (Hch 21,20).

 

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PEDRO PRIMADO. Y hay que notar que no es únicamente Mateo, el evangelista del primado, el que subraya la importancia de Pedro sino que son todos los sinópticos. Juan se ocupa menos de Pedro, pero es por el carácter peculiar de su evangelio. No obstante recuerda el cambio de nombre (1, 42) y la entrega del primado (21, 2 ss.).

Después de la Ascensión de Jesús y la venida del Espíritu Santo, Pedro se dedica por completo al ejercicio de sus funciones:

  1. Propone completar el colegio de los doce con la elección de Matías (He. 1, 15 ss.).
  2. El día de Pentecostés habla en nombre de los otros apóstoles (2, 14 ss.).
  3. Defiende ante las autoridades judías el derecho que tienen a predicar (4,8 ss.).
  4. Condena a Ananías y Safira (5,1-11).
  5. Inicia la conversión de los paganos admitiendo a Cornelio en la Iglesia (10,47).
  6. Preside el concilio de Jerusalén (15,11 ss.).

San Pablo en sus cartas atribuye suma importancia al jefe de los apóstoles:

  1. Después de los años pasados en Arabia viene a Jerusalén para ver a Pedro (Gál.1,18).
  2. Reconoce que es una de las columnas de la Iglesia (Gál.2, 9).
  3. Lo coloca el primero en las apariciones de Cristo resucitado (I .15,5).

Incluso en el incidente de Antioquía donde Pablo censura el comportamiento de Pedro (Gál.2,11ss.), confirma el primado de este, ya que reconoce su autoridad.

 

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San Pablo, predicando en Roma la doctrina de la

Iglesia Católica, fundada por Cristo en Jerusalén.

 

Jerusalén-Roma: primera etapa de la progresión cristiana [habría que tener a la vista el atlas de la antigüedad cristiana de F. Van der Meer-Ch. Moharmann, Paris-Bruxelas 1960]. Nacida en la ciudad santa de los judíos, la Iglesia planta la cruz, mientras aún vivían Pedro y Pablo, en la capital del Imperio, hacia la que convergen todas las rutas terrestres y marítimas. Imaginamos el asombro del pescador de Galilea y de Pablo de Tarso (fabricante de tiendas), cuando, al llegar a Roma, vieron todos aquellos templos, todas aquellas termas, todos aquellos palacios cuyas solas ruinas, burlándose del paso del tiempo, estremecen nuestros corazones todavía hoy. Han bastado una apología genial y una sola generación de hombres para recorrer –en sentido inverso- los caminos abiertos por las legiones, para surcar todo el Mediterráneo, para evangelizar Efeso, Filipos, Corinto, Atenas y llegar, más allá de Roma, «a los límites de Occidente»[1 Clem., 5. Cf. Rom 15, 23-28. Imaginar, como se ha hecho, que «los límites de Occidente» pudieran significar Roma es un torpe contrasentido, pues para un romano, Roma es el centro y no una frontera]; que para cualquiera que quiera entenderlo no pueden indicar más que España. Esta religión nueva se va implantando con tanto vigor que llega a inquietar, en el año 64, al emperador Nerón, y provoca la primera persecución, la que costó la vida a Pedro, primer Obispo de la Ciudad Eterna, donde en cruz invertida, fue martirizado.

 

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San Pablo.

 

Iglesia Católica año 153 - Ya el mártir san Justino, en su Primera Apología, escrita aproximadamente el año 153, proclamaba la realización del versículo del cántico, que dice:  "de Jerusalén saldrá la palabra del Señor" (cf. v. 3). Escribía:  "De Jerusalén salieron doce hombres hacia todo el mundo. Eran ignorantes; no sabían hablar, pero gracias al poder de Dios revelaron a todo el género humano que habían sido enviados por Cristo para enseñar a todos la palabra de Dios. Y nosotros, que antes nos matábamos los unos a los otros, no sólo no luchamos ya contra los enemigos, sino que, para no mentir y no engañar a los que nos interrogan, de buen grado morimos confesando a Cristo" (Primera Apología, 39, 3:  Gli apologeti greci, Roma 1986, p. 118).

 

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¿Una conspiración de dos mil años?

 

Más oscuros y caudalosos que las aguas del Jordán, los ríos de tinta que han corrido por estos días sobre conspiraciones universales, comunidades secretas y evangelios escondidos le han triplicado la "pega" al joven decano de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile, padre Samuel Fernández (43).

Doctor en teología y ciencias patrísticas del Instituto "Agustinianum" de Roma, se toma el huracán de informaciones con optimismo. "Una cosa hay que reconocer: todo este revuelo habla de la fascinación que despierta la figura de Jesús de Nazaret. Incluso los que lo rechazan con mayor fuerza, pareciera que no pueden dejar de hablar de él".

Seis mil manuscritos

-Tras leer sobre el evangelio de Judas y el Código Da Vinci, no pocos piensan que la Iglesia Católica lleva casi dos mil años ocultando información.

"Eso es un mito. Los evangelios apócrifos son de muy fácil acceso. Están en castellano, en internet, en muchas bibliotecas y en las librerías católicas. Nadie los mantiene escondidos ni prohibidos, y sus manuscritos no están en poder de la Iglesia, sino en las grandes bibliotecas europeas, tales como las de París, Milán y Londres. Los famosos manuscritos de la biblioteca gnóstica de Nag Hammadi, descubiertos en 1945, son propiedad del Estado de Egipto".

-Usted escribió en una columna que "la fe hunde sus raíces en la historia". ¿Por qué un cristiano, tranquilo con su fe, debiera interesarse en los datos históricos?

"Para los creyentes, nuestra fe no es una emoción, una filosofía o una leyenda que da sentido a nuestra existencia. Nuestra fe nace de un acontecimiento, la encarnación de Jesús de Nazaret, el hijo de María, y por eso como cristianos nos interesa la verdad histórica. Lo que sucedió o no en la vida de Jesús tiene una relevancia vital para el mundo cristiano. Con esto no se pretende obligar a creer al no creyente, sólo se quiere mostrar que la ciencia histórica no está en contradicción con la fe de la Iglesia y que, por tanto, la fe es una opción razonable".

-De la época de Jesús, las huellas materiales son mínimas. ¿Cuál es entonces la forma de acceder históricamente a él?

"El testimonio central es la vida de Jesús es la existencia de la Iglesia, que nadie puede negar y está testificada por escritos, catacumbas, inscripciones, etc. Y si nos preguntamos ¿por qué nació la Iglesia?, la respuesta nos conduce a Jesús. De otro modo, la Iglesia sería «un efecto sin causa». Por otra parte, hay algunas referencias sobre Jesús en historiadores y autores no cristianos de la época, como Tácito, Suetonio, Flavio Josefo y Plinio el Joven. Pero, indudablemente, los documentos más útiles para conocer a Jesús históricamente son los escritos reunidos en el Nuevo Testamento, en especial los cuatro evangelios".

-Pero estos evangelios, ¿son confiables?

"Para conocer históricamente a Jesús se debe analizar críticamente los documentos disponibles. Los textos del Nuevo Testamento son el conjunto documental mejor transmitido de la antigüedad. Mientras de Suetonio, Heródoto y Demóstenes se conservan ocho manuscritos, del Nuevo Testamento se conservan 6.033, algunos de ellos del siglo II y III. Los evangelios de Marcos, Mateo, Lucas y Juan tienen muchísimo mayor sustento material, histórico y científico que el de Judas u otros apócrifos".Verdad funcional

-Para muchos, los evangelios canónicos huelen a una "verdad oficial".

"Si la Iglesia hubiese inventado una "historia oficial" del cristianismo, funcional a sus intereses, ¿habría presentado a Pedro negando a Jesús?, ¿habría pintado a los discípulos huyendo al momento de la crucifixión? Si los evangelios "oficiales" nos entregan tantos datos tan incómodos para la institución, ¿no será porque transmiten la verdadera historia? Además, en esa época, la Iglesia carecía de poder político y, aunque lo hubiese querido, no habría tenido la capacidad para fiscalizar los textos leídos en las comunidades".

-Pero los manuscritos del Nuevo Testamento son copias, no el texto original escrito por Marco, Mateo, Lucas o Juan.

"Todos, todos los textos de la antigüedad los conocemos a través de copias. El manuscrito original "de autor" más antiguo que se conserva es de Petrarca, poeta del siglo XIV.

Desconfiar del texto del Nuevo Testamento significaría dudar de toda la literatura antigua que conocemos".

-A su juicio, ¿qué aporta el descubrimiento del Evangelio de Judas?

"Siempre es una buena noticia para los estudiosos que reaparezca algún texto cristiano antiguo. El apócrifo de Judas tiene valor para reconstruir las ideas de un grupo gnóstico llamados "los cainitas", que afirmaban que Caín y la serpiente eran buenos, mientras que el Creador y Abel eran malos. Pero, para conocer más sobre Jesús y su relación con Judas, el texto no aporta nada".

-¿Por qué?

"Porque proviene de un ambiente y un contexto ajeno al de Jesús. Pretender que la verdad sobre Jesucristo ha sido falsificada por cientos de comunidades y testimonios antiguos y se encuentra sólo en un manuscrito del siglo IV es algo que ningún estudioso serio podría aceptar. Cualquiera que conozca un poco la antropología judía, de corte unitario, y su diferencia con la griega, de tendencia dualista, reconocerá al leer el evangelio de Judas (del que muchos opinan, pero pocos han leído) que se trata de una especulación helenística tardía de la segunda mitad del siglo segundo. Por ejemplo, no habla del amor al prójimo".

-¿Hay menciones sobre Judas en otros apócrifos?

"Por supuesto. Otros apócrifos amplifican la maldad de Judas. Afirman que de niño Judas mordía a los que se le acercaban e incluso intentó morder al niño Jesús mientra jugaba, como aparece en el "Evangelio árabe de la infancia" o que su esposa lo impulsó a traicionar a Jesús, o que se suicidó después de que su esposa hizo cantar tres veces un gallo asado sobre carbón, como dicen los "Hechos de Pilatos". Pero, además, si confiamos en lo que dice el Evangelio de Judas deberíamos rechazar el Antiguo Testamento, creer en dos dioses y que el mundo y la corporalidad son negativos".

Irrumpe Marción

-¿Cuándo fueron escritos los cuatro evangelios?

"El Evangelio de Marcos es el más antiguo. Se puede datar en la década de los años 60, según el análisis filológico. Mateo y Lucas datan de alrededor del año 80 y Juan, entre los años 90 y 100. Para su redacción los evangelistas contaron con testigos directos de la vida de Cristo, y se valieron de material anterior, como colecciones escritas de dichos de Jesús o el relato de la pasión, redactado unos cuatro años después de la resurrección".

-¿En qué momento la Iglesia reconoce los cuatro evangelios?

"Desde el inicio, las palabras de Jesús fueron recordadas como palabras sagradas, en especial en la eucaristía. Muy pronto se pusieron por escrito los dichos de Jesús y el relato de la pasión (año 36). Y así, a partir de la tradición oral y de este material escrito, fueron compuestos los evangelios durante el siglo I. Pero, por sobre todo, es la vida de las comunidades que cantan y veneran como inspiradas las palabras de Jesús lo que le da autoridad al Nuevo Testamento. Una comunidad viva tiene más autoridad que los papiros".

-¿Qué pasa en el siglo II?

"Los cuatro evangelios eran leídos y comentados en las comunidades del siglo II. En el 140, Marción intentó excluir el Antiguo Testamento y los demás evangelios, para quedarse sólo con Lucas. Ante esta situación, las comunidades reaccionaron, clarificando la validez de los cuatro evangelios: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Según los papiros más antiguos, como el llamado "p75", los cuatro evangelios desde muy temprano circularon en un único códice. Por ejemplo, cuando Taciano en el 170 compuso una armonización de los evangelios, utilizó Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Los decretos oficiales serán posteriores y sólo confirmarán el uso ya consagrado por la vida de las primeras comunidades".

-Para terminar, ¿considera muy dañinas para la Iglesia todas estas polémicas?

"Creo que todo esto es un llamado a los cristianos para que conozcamos más a Jesús. Nada más apasionante que conocer más a su figura -que transforma nuestra vida- por medio de la lectura de los evangelios, por la participación en los sacramentos y el estudio serio. El que conoce a Jesús sabrá reconocer su verdadero rostro".

La sombra de los apócrifos

Existen más de un centenar de documentos apócrifos -de algunos se conoce sólo el nombre-,que fueron escritos entre los siglos II y IV. En este universo, Samuel Fernández distingue dos grupos importantes "Algunos escritos surgieron para satisfacer la curiosidad de los fieles y completar los vacíos narrativos del Nuevo Testamento con datos sobre la infancia de Jesús, su estadía en Egipto, etc. Tradiciones como la presencia de un buey y un burro en el pesebre, los nombres de los reyes magos y la vida de Santa Ana y san Joaquín han sido recogidas de los apócrifos".

Otro grupo "nace de motivaciones más teológicas, que buscan propagar una determinada imagen de Jesús". Entre ellos los manuscritos gnósticos, como los descubiertos en Nag Hammadi (1945). "Se percibe allí una antropología de corte dualista que rechazaba la carne, el mundo y al Dios creador".

El denominado "Evangelio de Judas (descubierto en Egipto en 1970, narrado en copto) habría sido escrito, según las dataciones, en el siglo IV D.C. El equipo que lo analizó estima que sería una traducción del texto griego mencionado por San Ireneo en el 180 DC, del que sólo se conocía su título.

La frase de Jesús a Judas en este apócrifo " tú vas a sacrificar al hombre que me reviste" grafica el pensamiento gnóstico, según Fernández. . "Supone la visión gnóstica de Cristo, en que el hombre visible es diferente al Cristo que lo inhabita. Los gnósticos de fines del siglo II propusieron este tipo de soluciones para evitar el escándalo de la cruz".

Descifrando misterios a través de papiros

Miles de años antes de Gutenberg y su imprenta, las obras de la Antigüedad se difundían a través de manuscritos que escribían a mano los copistas. Muy pocas de ellas han llegado a nosotros, por eso se trata de obras preciadas.

En ocasiones el azar acompaña al descubrimiento. "Como ocurrió con la única copia de "La república" de Cicerón, que fue encontrada en un monasterio en el siglo XIX, sobre la que un monje había escrito el Comentario a los Salmos de San Agustín. Es la única copia de esa obra que existe", explica Catalina Balmaceda, doctora en Historia Clásica de la U. de Oxford. Según la profesora, hay obras que tienen más copias, como La Eneida de Virgilio, varias obras de Cicerón -best sellers de la antiguedad- o la Ilíada de Homero. De está última se registran 640 manuscritos ( bastante menos que los seis mil del Nuevo Testamento). "La existencia de más copias permite un mejor análisis crítico y una mayor cercanía al texto original. Se pueden confrontar los distintos manuscritos y establecer una suerte de ´árboles genealógicos´, con copias que vienen de la misma fuente", dice Balmaceda.

En el caso de los textos del Nuevo Testamento, los manuscritos antiguos están escritos en griego, idioma del Imperio Romano de Oriente. "Hasta 1930 nuestro conocimiento del texto original griego del Nuevo Testamento se basaba en cuatro códices más antiguos escritos en pergamino, como el Codex Vaticanus (siglo IV), que contiene toda la Biblia", explica Claudio Pierantoni, profesor de historia de la iglesia antigua.

En los últimos 70 años se han descubierto muchos antiquísimos papiros egipcios de los siglos II y III. Varios de ellos corresponden a textos del Nuevo Testamento "y son fundamentales para confirmarnos la sustancial fidelidad del texto ya conocido. En 1935, C. Henderson Roberts publicó el llamado papiro "p52", que aunque contiene sólo un pequeño fragmento del Evangelio de Juan, es extraordinariamente importante porque es posible datarlo antes del año 125, lo cual permite confirmar la fecha de composición del Evangelio mismo en una época no posterior al año 100", explica Pierantoni.

Uno de los sitios arqueológicos más prolíficos es el denominado "Oxyrhynchus" (a 160 kilómetros de El Cairo). Allí las excavaciones arrojaron una enorme cantidad de papiros que hoy se almacenan en la Universidad de Oxford y que están siendo prolijamente revisados y restaurados por una serie de expertos, entre ellos el reputado Dirk Obbink. Poemas de Píndaro, fragmentos de Safo, Eurípides, Sofócles, además de numerosos textos cristianos son algunas de las "joyitas" de Oxyrhynchus.

El código y María Magdalena

El Evangelio apócrifo de Felipe, parte de la biblioteca gnóstica de Nag Hammadi, se refiere a María Magdalena como compañera de Jesús, uno de los hilos que sigue el superventas Dan Brown en "El código Da Vinci. ¿Reivindican los gnósticos el rol de la mujer? A juicio de Samuel Fernández, "no es fácil entender los textos gnósticos, que fueron escritos para ser leídos alegóricamente. En los personajes bíblicos femeninos los gnósticos ven un símbolo de la Iglesia, y por ello se valora lo femenino. Pero, por el contrario, consideran que lo femenino es imperfecto, al punto que el Evangelio apócrifo de Tomás señala que "toda mujer que se haga varón, entrará en el reino del cielo" (log.114). No se puede sacar conclusiones literales sobre textos alegóricos. Por otra parte, los textos que hablan de Jesús como esposo deben ser interpretados simbólicamente, como referidos a Jesús y su Iglesia, pues la mayoría de los gnósticos estaban en contra del matrimonio, porque despreciaban la creación y la corporalidad. Una interpretación literal del apócrifo de Felipe es totalmente incoherente con la lógica gnóstica".

[vía http://apologeticahistorica.blogspot.com]

 

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Milciades - El retórico Milcíades nació en el Asia Menor. Fue contemporáneo de Taciano y, probablemente, al igual que él, discípulo de Justino. Desgraciadamente, todos sus escritos se han perdido. Tertuliano (Adv. Valent. 5) e Hipólito (Eusebio, Hist. eccl. 5,28,4) atestiguan que defendió el cristianismo contra los paganos y herejes. Según Eusebio (Hist. eccl. 5,17,5), escribió una Apología de la filosofía cristiana dirigida a los "príncipes temporales." Estos "príncipes" eran probablemente Marco Aurelio (161-180) y su colega Lucio Vero (161-169). Sus otras dos obras: Contra los griegos, en dos libros, y Contra los judíos, también en dos libros, eran igualmente de carácter apologético. El tratado que escribió contra los montañistas versaba sobre la cuestión Que un profeta no debería hablar en éxtasis y defendía que los profetas montañistas eran seudoprofetas. Milcíades escribió también otro tratado antiherético contra los gnósticos valentinianos.

 

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Apolinar de Hierápolis - Claudio Apolinar era obispo de Hierápolis, la ciudad de Papías, en tiempo de Marco Aurelio (161-180). Eusebio refiere de él (Hist. eccl. 4,27):

“De los escritos de Apolinar, muchos en número y larga mente difundidos, han llegado hasta nosotros los siguientes: un discurso al citado emperador (Marco Aurelio), cinco libros Contra los griegos (πρός Έλληνας), dos libros Sobre la verdad (περί αληθείας), dos libros Contra los judíos (πρός Ιουδαίους). y luego los tratados que escribió contra la herejía de los frigios (montañistas), que habían empezado poco antes a propagar sus innovaciones y estaban, como quien dice, empezando a brotar, mientras Montano con sus seudo-profecías estaba dando los primeros pasos en el error.

No se ha conservado ninguno de los libros que menciona Eusebio. Otro tanto ocurre con otro escrito de Apolinar, no mencionado por Eusebio, pero conocido por el autor del Chronicon Paschale. Su titulo era Sobre la Pascua (περί του πάσχα). Las dos citas que trae el autor del Chronicon dan a entender que Apolinar estaba en contra del uso cuartodecímano de la Pascua.

 

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Creemos que la Iglesia que es una y santa, es católica. La catolicidad es una propiedad de la Iglesia de Cristo que integra dinámicamente una variedad de significados. Esto hace que no se pueda dar una única definición de lo que significa que la Iglesia sea católica, y a la vez ofrece una gran riqueza en la comprensión del ser y misión de la Iglesia.

Al hablar de la catolicidad de la Iglesia debemos tener presente que no se trata sólo de un adjetivo que califica la manifestación histórica o geográfica de la Iglesia, como tal vez sea la acepción más difundida. Estamos ante una propiedad que es propia de su naturaleza íntima y que por tanto nos remite al origen de su ser y su misión, el Señor. «Como la santidad la catolicidad es un principio intrínseco a la Iglesia».

La expresión «católico», que proviene del griego katholikos, no aparece en la Sagrada Escritura, «aunque la realidad aparece de modo inequívoco en los datos fundamentales de la Iglesia de Cristo». El término en griego se aplica a lo general, designa lo universal.

La primera vez que aparece en relación a la Iglesia parece ser en la Carta a los Esmirniotas de San Ignacio de Antioquía. «Donde quiera apareciere el obispo -dice el santo mártir-, allí esté la muchedumbre, al modo que dondequiera estuviere Jesucristo allí está la Iglesia universal (katholiké Ekklesía)». Posteriormente la expresión aparece también en el Martirio de Policarpo. San Ireneo no utiliza la palabra aunque la idea está presente en su obra, mientras que Clemente de Alejandría y Tertuliano sí la recogen en sus escritos. Desde el s. III el uso del término se encuentra ya difundido y se va cargando de gran riqueza de sentido, que pasará luego al uso de la escolástica.

En lo Símbolos la expresión se emplea como una de las notas de la verdadera Iglesia. En los llamados Símbolos primitivos la expresión la encontramos en el papiro Dêr-Balyzeh, en Egipto; luego en el Símbolo comentado por San Cirilo y en el de Epifanio, y definitivamente en el Símbolo nicenoconstantinopolitano. En Occidente, la expresión habría aparecido en el s. V según testimonio del obispo Nicetas de Remesiana. [Cf. DH, n. 19.]

En vistas a aproximarnos «entre las diferentes acepciones de catolicidad, a aquella que responde directamente al artículo de fe: Credo Ecclesiam catholicam, se hace necesario (.) consultar el uso de la tradición». Hemos considerado oportuno aproximarnos en primer lugar al sentido del término a través de dos testimonios elocuentes de la época patrística, para luego abocarnos al sentido que encuentra hoy en Iglesia a través del Catecismo de la Iglesia Católica.

El citado texto de San Ignacio de Antioquía es punto de partida. Diversos autores encuentran ya allí la presencia de dos sentidos del término católico aplicado a la Iglesia. De un lado, estaría la universalidad de la Iglesia, en cuanto totalidad -cuya Cabeza es Cristo- relativa a la particularidad de las Iglesias locales -con sus obispos a la cabeza-. «Los obispos (.) no son sino sus representantes y delegados [de Cristo]»; y «las comunidades locales encuentran su realidad, su vida, su fuerza en la medida en que forman parte de la Iglesia universal». De otro lado, en este texto «la

expresión "Iglesia católica" no significa solamente un valor de totalidad, sino, además, un valor de verdad, de autenticidad». Así, concluye Congar, «a partir de fines del siglo II, "católica" aparece frecuentemente aplicado a la Iglesia en el sentido de verdadera Iglesia».

El segundo testimonio es el de San Cirilo de Jerusalén (s. IV), quien recoge otros sentidos del término: «La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, del uno al otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las verdades de fe que los hombres deben conocer (.); también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres (.); y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos como los externos; ella posee todo género de virtudes, cualquiera sea su nombre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales».

Encontramos hasta cinco sentidos en este texto: 1) el término recoge la extensión geográfica de la Iglesia; 2) la posesión de toda la verdad de la fe; 3) la capacidad de congregar a todo ser humano para el culto; 4) la capacidad para sanar todo mal en el hombre; 5) la posesión de toda virtud y toda clase de dones espirituales. Todos ellos, sin embargo, están en relación con la idea de universalidad, aplicada a diversas realidades de la Iglesia y su acción.

Esta época, pues, legará a la teología sobre la Iglesia estos dos sentidos fundamentales -universalidad y autenticidad (ortodoxia) de la Iglesia-, los cuales serán recogidos por los mayores representantes de la escolástica.

Es importante señalar que desde el inicio el sentido de la extensión geográfica no es exclusivo ni el más significativo. Como dice De Lubac, «la Iglesia no es Católica porque esté extendida por todo el mundo y pueda reunir gran número de miembros. Ella ya era Católica en la mañana de Pentecostés, cuando todos sus miembros podían ser contenidos en una pequeña habitación».

«La Iglesia es católica en un doble sentido» dice el Catecismo. Éstos son:

- es católica porque Cristo está presente en ella y le confiere la plenitud de los medios de salvación: confesión de una fe recta y completa, vida sacramental íntegra y ministerio ordenado en la sucesión apostólica. En este sentido, era ya católica en Pentecostés;

- es católica porque ha sido enviada por Cristo a la totalidad del género humano a cumplir su misión. Sobre este punto el Catecismo cita la primera parte del n. 13 de Lumen gentium, párrafo dedicado a la catolicidad de la Iglesia.

Como consecuencia de todo esto, el Catecismo señala que cada una de las Iglesias particulares es católica, pues en ella está presente Cristo, quien constituye a la única Iglesia santa, católica y apostólica. En ningún sentido se debe, por tanto, entender que la Iglesia universal es la suma de todas las Iglesias particulares.

La misión de la Iglesia es una exigencia de su ser católica. «La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser "sacramento universal de salvación", por exigencia de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador, se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres». En el cumplimiento de su misión evangelizadora, la Iglesia actualiza todas las dimensiones de su ser católica. En este sentido, su misión toca lo más íntimo de su naturaleza y la pone en contacto con el origen trinitario de todo lo que ella es y hace: «La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que procede de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre». Responder, pues, al impulso evangelizador no es para el hijo de la Iglesia algo facultativo. En última instancia se trata de ser fiel al designio salvífico de Dios «nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad».

Esto nos pone de cara a dos temas de gran importancia que queremos mencionar, aunque sea brevemente y que se pueden plantear a partir de dos preguntas: ¿hay salvación fuera de la Iglesia? Y, ¿Cómo se relaciona la universalidad de la Iglesia con la pluralidad de culturas y realidades humanas en las que desde el inicio se ha encarnado?

En relación a lo primero, el Catecismo de la Iglesia Católica aborda la cuestión y enseña: «¿Cómo entender esta afirmación tantas veces repetida por los Padres de la Iglesia? Formulada de modo positivo significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su Cuerpo: "El santo Sínodo... basado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, en la Iglesia. Él, al inculcar con palabras, bien explícitas, la necesidad de la fe y del bautismo, confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por el bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían salvarse los que, sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella" (Lumen gentium, n. 14)».

Esto no impide comprender que aquellos «que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna».

La respuesta a la segunda pregunta se encuentra en el tema de la inculturación del Evangelio. Se trata de una realidad tan antigua como la Iglesia misma que «significa una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en las diversas culturas». La aproximación a la cultura y las culturas del hombre exige aquella estima, respeto y discernimiento que, desde los tiempos de los Apóstoles, distinguía la actitud misionera y del misionero. San Pablo en su discurso en el areópago da una muestra clara de ello y en la tradición se encuentran numerosas muestras de esta realidad. «Al desarrollar su actividad misionera entre las gentes -dice el Papa Juan Pablo II-, la Iglesia encuentra diversas culturas y se ve comprometida en el proceso de inculturación. Es ésta una exigencia que ha marcado todo su camino histórico». Fruto del encuentro de la fe y la cultura y las culturas del ser humano, se opera una transformación de la cultura misma en cuanto realidad humana, pues en ese encuentro se plenifica en la verdad. Al abrirse a la fe, que es católica y por lo tanto universal, los valores de cada cultura participan de esa dimensión, alcanzando una proyección desconocida hasta haber sido evangelizadas.

http://www.parresia.org/teologia/teo_01.htm


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“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).  

 

El ser humano, varón y mujer, excelsa criatura de Dios, ha sido “coronado” por Dios con su amor. La grandeza, la dignidad y el valor de su humanidad radican en el ser partícipe del misterio de Dios, que es “amor”. El amor del “Padre por siempre” (Is 9,5) es la “corona” del hombre, pues lo reviste de trascendencia. Sin embargo, frente a tal grandeza, gloria y honor, no dejamos de experimentar dolores, males y límites. Uno de los límites, con todas las preguntas que suscita, lo presenta la discapacidad mental y física, o la combinación de ambas. 

Esto contrasta ampliamente con el dato bíblico que revela el misterio de los orígenes: El ser humano, todo ser humano, es criatura de Dios y es un ser viviente a imagen y semejanza de Dios.   

“Y dijo Dios: ‘Hagamos al ser humano a nuestra imagen y como semejanza nuestra’… Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó: macho y hembra los creó”(Gen 1,26-27).   

“El día en que hizo Yahveh Dios la tierra y los cielos, no había aún en la tierra arbusto alguno del campo, y ninguna hierba del campo había germinado todavía, pues Yahveh Dios no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre que labrara el suelo. Pero un manantial brotaba de la tierra, y regaba toda la superficie del suelo. Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente”(Gen 2,4-7).   

 

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Santa Catalina de Siena (1347-1380), terciaria dominica, mística, doctora de la Iglesia, copatrona de Europa 
Diálogo 37 

El desespero de Judas.

    “Judas se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo: -He pecado entregando a este hombre inocente.- Ellos le replicaron: “¿A nosotros, qué nos importa? Tú verás.” El fue y se ahorcó” (cf Mt 27,3-5)

    Dios le dijo a Santa Catalina: -El pecado imperdonable, en este mundo y en el otro, es aquel que despreciando mi misericordia no quiere ser perdonado. Por esto lo tengo por el más grave, porque el desespero de Judas me entristeció más a mí mismo y fue más doloroso para mi Hijo que su misma traición. Los hombres serán condenados por este falso juicio, que les hace creer que su pecado es más grande que mi misericordia... Serán condenados por su injusticia, cuando se lamentan de su suerte más que de la ofensa que me hacen a mí.

    Porque esta es su injusticia: no me devuelven lo que me pertenece, ni se conceden a ellos mismos lo que les pertenece. A mí me deben amor, el arrepentimiento de su falta y la contrición; me los han de ofrecer a causa de sus faltas, pero hacen justo lo contrario. No tienen amor y compasión más que por ellos mismos, ya que no saben más que lamentarse sobre los castigos que les esperan. Ya ves, cometen una injusticia y por esto quedan doblemente castigados, por haber menospreciado mi misericordia.   +




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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).