Saturday 25 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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En la disciplina histórica (como en cualquier otra) es fundamental que los conceptos utilizados guarden debida relación con las realidades que pretenden describir o significar. De lo contrario, siguiendo a Marrou, se corre el peligro de que la historia llegue “a poblarse de fantasmas” [MARROU, Henri-Irénée, El conocimiento histórico, Idea Universitaria, 1999, Barcelona-España, p. 137].

 

Chile - lago Grey.

 

«El Evangelio llegó a nuestras tierras en medio de un dramático y desigual encuentro de pueblos y culturas. Las ‘semillas del Verbo’, presentes en las culturas autóctonas, facilitaron a nuestros hermanos indígenas encontrar en el Evangelio respuestas vitales a sus aspiraciones más hondas: Cristo era el Salvador que anhelaban silenciosamente. La visitación de Nuestra Señora de Guadalupe fue acontecimiento decisivo para el anuncio y reconocimiento de su Hijo, pedagogía y signo de inculturación de la fe, manifestación y renovado ímpetu misionero de propagación del Evangelio»

 

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La mentira ocurre que suele confundirse con la ignorancia, pero siempre es negación de la verdad. «No hay poder político más inquebrantable que el que se asienta sobre la ignorancia ciudadana. …y la burla de la inteligencia». Así, instruir a través de las escuelas, institutos educativos, universidades que a docenas creó, sin descuidar la parte sanitaria, las instituciones de la Iglesia realizaron una tarea de incalculable valor para preservar y magnificar la cultura universal. ¡La huella es indeleble en la civilización europea, evidentemente!

 

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«Y ya se hizo evidente
que hubo en ocurrencia tal,
reflexión en el cristal
y falta de ella en la gente».
Fray Benito Jerónimo Feijoo (nació en Casdemiro, aldea del obispado de Orense, el 08 de octubre de 1676 - España.

«Los ignorantes por ser muchos, no dejan de ser ignorantes. ¿Qué acierto, pues, se puede esperar de sus resoluciones?» Fray Benito Jerónimo Feijóo (Esp.1676 † 1764).

 

”Busco la verdad en sí misma.. . no pretendo ser creído sobre mi palabra, sino sobre mi prueba. Mis razones se han de examinar, no mis méritos”. Fray Benito Jerónimo Feijóo (monje benedictino español: 1676 † 1764).

 

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Sólo apegado a la eterna lozanía de la verdad: Jesucristo.

Fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro nació en Casdemiro, aldea del obispado de Orense, el 8 de octubre de 1676, y murió en Oviedo el 26 de septiembre de 1764. A los catorce años entró en la orden benedictina, y fue tan recta su vida y tan segura su vocación, que confesaba en su ancianidad no haber sentido un solo minuto de hastío o desabrimiento en el claustro.

Caritativo con extremo, justo, abierto, jovial, sincerísimo, las prendas del corazón no desmayaban ante las excelencias del entendimiento. Desdeñador de la corte, encerrado en su colegio de Oviedo, fueron los honores a buscarle. Fernando VI le nombró consejero real y Carlos III le obsequió con las “Antigüedades de Herculano”. Su fama desbordó las fronteras, llegó a Europa, América y hasta las colonias asiáticas. Y el gran Benedicto XIV -saludado por Voltaire como el hombre más sabio de su siglo- honró al monje polígrafo citándolo dos veces en sus bulas.
Feijoo es de aquellos incorruptibles amadores de la verdad, pensadores positivamente libres y fuertes, igualmente desdeñosos de la novelería y de la rutina, ni miedosos de lo nuevo por lo nuevo ni enemigos de lo viejo por lo viejo: sólo apegados a la eterna lozanía de la verdad. Lúcida la razón para ver lo justo, ardiente la voluntad para abrazarlo, intrépida la lengua para decirlo. Pero sin alharacas ni intemperancias: con la serena macicez , con el ímpetu consciente del que no quiere hacer ruido sino hacer bien; del que intenta reformas constructivas y no estériles subversiones.

Y el estilo, a la par sobrio y fértil, preciso y suelto, docto y vivaz, repartiendo sustancia en breves párrafos sin cosa amazacotada ni indigesta, redondea el hechizo de este hombre cabal.


Tratando incesantemente nuestro benedictino tan graves e infinitos asuntos; batallando contra todo abuso, preocupación y corruptela; hiriendo tantos intereses y susceptibilidades, tuvo lógicamente que padecer de la Inquisición una censura.

 

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figura romana del 100/150.ca.mármol

 

A la muerte de Teodosio el Grande, en el año 395, el Imperio se dividió en Oriente con su capital Constantinopla (el actual Istambul) y el Occidental con Roma corno capital. Así debilitado, empezaron las invasiones germánicas, visigóticas, vandálicas, etc. En una de estas invasiones bárbaras, el gran Papa león I detuvo al terrible Atila salvando a Roma de la devastación.

Los siglos siguientes.

La Vida Monástica.

Después de estos turbulentos años, surge algo estupendo: grandes Santos corno Pablo de Tebas o San Antonio, entre otros muchos, atraen a miles y miles de hombres y mujeres a vivir totalmente entregados a Dios, lejos del mundo, sus placeres y ambiciones. San Benito, nacido en 480, con su Regla dio esplendor y fuerza al monaquismo en la Iglesia, fuente de cultura y civilización en toda Europa. La lista de Santos monjes y Santas monjas es tan impresionante como asombrosa. ¡Cuánto les debemos nosotros a los monjes! Entre otras cosas la Biblia que usamos todos los días, ya que fueron ellos los que con infinita paciencia, antes de la invención de la imprenta, copiaron manualmente durante siglos la Palabra de Dios. ¡Poca cosa!

Cada monasterio masculino o femenino era un centro civilizador, llevando a todos los países antes que nada la alfabetización, acompañada de la instrucción en toda clase de artesanías y oficios. Podemos incluir aquí la reflexión de que exactamente fue lo que sucedió en nuestra Patria durante la Colonia: fueron los frailes españoles los que enseñaron a los indios cosas que aún ahora forman parte de su acervo cultura¡. Figuras como Tata Vasco, Motolinía, Gante, Junípero Serra y tantos otros forjaron la identidad mexicana conjuntando sabiamente sus costumbres con la Fe y la cultura cristianas.

La Edad Media.

¿oscurantista o iluminadora?

Es hasta cierto punto de vista natural, al ver una mancha en un mantel o en una hoja de papel, que nos fijemos nada más en ella, olvidando todo lo demás. Pero si además ponemos en nuestra óptica, decidida mala voluntad, cometemos flagrantes injusticias. Es lo acontecido con lo que se llama Edad Media, que comprende de los siglos octavo al decimocuarto, o sea, de los años 700 al 1399, en los que la influencia de la Iglesia Católica en Europa fue determinante en todos los aspectos.

Hubo errores y muchos. Cosas que no se comprenden fácilmente con la mentalidad que tenemos en los albores del Siglo XXI. Recordemos que es fatal juzgar de acontecimientos lejanos de la historia sin tratar de entrar en la mentalidad reinante de otras épocas. Ahora nos parece impensable el colonialismo, y sin embargo todavía el siglo pasado, los países Europeos se repartieron Africa en 1853 en Berlín, como si fuera un inocente pastel.

Hemos de hacer por lo tanto un esfuerzo intelectual muy serio para ubicar los acontecimientos históricos y las acciones de la Iglesia en la Edad Media sin trasladar la sensibilidad y la mentalidad que tenemos ahora a aquella época.

Siglo VIII.

El derrumbe del Imperio Romano con las invasiones bárbaras por un lado y el ataque del Islam por otro, dejaron a Europa sumida en la incultura y analfabetismo.

En Oriente la Iglesia tuvo que luchar contra los "iconoclastas" que eran furiosos destructores de imágenes (muchos protestantes siguen siendo iconoclastas, al menos intelectualmente), en tanto que en Occidente se contó con la protección de personajes como Carlos Martell, quien venció a los musulmanes, o Pipino el Breve, quien cedió a la Iglesia los territorios pontificios. Carlomagno, coronado por el Papa León III, impulsó la conversión al cristianismo de todo su Imperio.

La cultura cristiana empezó a difundirse a partir de los monasterios, gracias a grandes santos como Alcuino, Bonifacio, Wilobrardo y Gregorio III.

Siglo IX.

Carlomagno murió en 814 y su imperio se desmembró y corrompió. La Iglesia se vio envuelta en las ambiciones de los grandes nobles que no solamente peleaban entre sí por territorios más amplios, sino que deseaban igualmente el trono Pontificio. Hubo ciertamente en ese tiempo Papas indignos, impuestos por la fuerza de los nobles.

El Papa Nicolás I, sin embargo, se opuso enérgicamente al Emperador de Oriente cuando este impuso a Focio como patriarca de Constantinopla. Así se inició el dolorosísimo Cisma de Oriente, que ocurrió definitivamente en 1054 y perdura hasta nuestros días.

Siglo X.

Se implantó el llamado sistema Feudal, en que los señores poseían la tierra y la trabajaban sus vasallos. La Iglesia trató de suavizar el sistema, pero se vio envuelta en el mismo al ser muchos Obispos dueños de tierras.

Igualmente floreció la "simonía" consistente en otorgar dignidades eclesiásticas a cambio de dinero o propiedades sin importar la calidad moral del solicitante.

Pero la Iglesia reaccionó con una auténtica reforma. En 910, el Conde Guillermo de Auvernia, fundó la célebre Abadía de Cluny en Francia que pronto se convirtió en un foco luminoso de santidad, sabiduría y cultura para toda Europa y sostén del Papado.

En este siglo surgió el Imperio Germánico de Otón el Grande y hubo grandes conversiones de reyes y pueblos: Oiga de Rusia y Esteban de Hungría entre otros.

 

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EL DÍA DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS

 

Dos celebraciones atraen nuestra mirada este domingo 24 de junio 2007. Se trata de la fiesta de San Juan Bautista y del Día Nacional de los Pueblos Indígenas. Intentaré relacionarlas en este y el próximo capítulos.

¿Cómo dice usted? ¿Que no ha recibido los volantes, folletos, correos electrónicos, anuncios de radio y televisión, con sugerencias sobre posibles regalos para sus indios más cercanos? ¡Qué descuido! ¿Será, acaso, que los indígenas son demasiado pobres para ser tomados en cuenta por el cruel mercado?

En fin, que no vamos a entrar ahora en los arcanos de la publicidad, la mercadotecnia (o marketing) y la manipulación de las masas consumidoras. Nos basta con detenernos en el asunto éste de la manipulación de los indios.

Incurren en una deplorable explotación de los indios los extremos del liberalismo tanto como los del indigenismo.

Respire hondo, señor, a ver si me entiende.

No tengo nada contra los conquistadores. No me compro ni por un segundo la famosa leyenda negra sobre la conquista de América. Nuestros antepasados europeos —los míos: españoles, portugueses, ingleses— hicieron por estas tierras, desde Alaska a Tierra del Fuego, lo mejor que podría haberles pasado a los habitantes de la zona: liberarlos de imperios crueles y de religiones supersticiosas, de costumbres horribles y malsanas, de retrasos increíbles en los que nadie —ni el más indio de los indios— querría vivir hoy. Implantaron en América una civilización superior en lo esencial —en la visión del hombre y de Dios, en la cultura y la ciencia, en la moral—, aunque no superior en todos y cada uno de los respectos, cosa por demás imposible. Los indios, por ejemplo, solían ser más limpios: Se bañaban todos los días, como han comenzado a hacer recientemente la mayoría de los europeos.

¿Que hubo abusos? ¡Por favor, señor, por favor! ¡Pero si eran hombres, no ángeles! ¿Qué proceso histórico de intercambio, de conquista, de negocios, de guerras, no ha ido acompañado de sufrimientos e injusticias? No pretendo negar el genocidio de los indios en Estados Unidos: ¡lejos de mí! La América española, en cambio, protegió a sus indios de tal manera que sus habitantes somos ahora, mayoritariamente, mestizos, y hay aún muchos indios. No niego que haya habido abusos, como los hay ahora y aun menos; pero solamente el Estado liberal, después de los procesos de independencia del siglo XIX, se propuso dominar todos los rincones de estas tierras, a sangre y fuego, y hacer de los indios ciudadanos iguales a los demás ciudadanos.

De manera que, sin rencor contra mis antepasados blancos, repudio la ideología liberal que, hasta el día de hoy, so pretexto de considerar a todos los habitantes de nuestra tierra solamente como ciudadanos libres e iguales, ha dejado a los indios en manos de los más fuertes, de los que podían engañarlos y comprarles sus tierras y su dignidad. El liberalismo puro, extremista, quitó a los indios todas las protecciones paternalistas establecidas por la Corona.

Los hizo libres e iguales. Redujo sus diferencias y su identidad a la monocroma igualdad del hombre racional y libre. Despreció sus costumbres, sus tradiciones, su debilidad cultural frente a la astucia del hombre blanco, que hasta el día de hoy opera.

Por otra parte, la ideología indigenista no ayuda demasiado a restablecer la justicia histórica. En realidad, los pueblos indígenas jamás hubieran producido una ideología como la que parece dominar, desde Europa principalmente, todos estos movimientos de reivindicación india. Los indios puros, a diferencia de los europeos ingenuos y de conciencia culposa, no se conciben a sí mismos como “los pueblos originarios”, desde un polo al otro del continente. Semejante unidad conceptual solamente puede proceder de las categorías filosóficas inventadas en el Occidente cristiano; nunca, ni por asomo, de los caníbales de las Antillas, de los bebedores de sangre, de los machos explotadores de sus mujeres trabajadoras, de los ladrones empedernidos del Sur.

El indio, bueno o malo, es un invento europeo.

La ideología indigenista pretende arrancarle al Estado liberal cuotas de poder, de dinero, de autonomías, de tierras, es decir, de bienes liberales, para los hombres que conserven ciertos rasgos de raza. De ahí la paradoja de que el Día Nacional de los Pueblos Indígenas se celebra en Chile por Decreto Supremo del Estado desde 1999. La existencia de un “día nacional” no tiene nada que ver con las culturas originarias de estos lugares: ¡es un invento europeo! No obstante, un indio que celebró la institución de este Día Nacional, don Roberto Namuncura, sostuvo que se trataba de “un acto de justicia, a través del cual se dio reconocimiento a una sentida aspiración histórica de nuestras comunidades”. ¿Sentida? ¿Aspiración histórica? ¿Desde cuándo?

Ideología indigenista, que termina favoreciendo a los indios más vivos, a los más fuertes, incluso a los violentos.

Ahora dejo constancia de que nada tengo contra los indios. Yo procedo de un indio peruano, uno de los incas, según nuestro árbol genealógico familiar. He admirado desde pequeño tantas virtudes de los indios de México —por ejemplo, su devoción a la Virgen de Guadalupe— y de Chile —¡qué aguerridos que aparecen los araucanos en la Araucana, y qué trabajadoras sus mujeres!—, tantas buenas cualidades, que ahora solamente quiero decir que los indios deben ser protegidos de los abusos del indigenismo actual tanto como de los del liberalismo pasado.

El indigenismo, por ejemplo, en su empresa ideológica de recuperar todo lo aborigen, intenta adscribir a sus indios —los indigenistas son como dueños capitalistas de los pueblos originarios— sus antiguas prácticas religiosas y morales, en buena hora erradicadas por los conquistadores. Se intenta revertir el progreso cultural y moral traído desde Europa, como se vio en la asunción del mando de los presidentes Toledo (apellido indio peruano) y Morales (apellido indio Boliviano). La conversión de los indios, en cambio, fue sincera: El cristianismo respondía a sus aspiraciones trascendentes mejor que las creencias tradicionales, aunque algunas contenían elementos de verdad y de belleza casi propedéuticos.

Entre liberalismo e indigenismo, justicia con los indios.

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Cristóbal Orrego Sánchez  - [2008.04.04]

Profesor de Filosofía Jurídica y Política, Universidad de los Andes (Chile). Master en Filosofía (1993) y Doctor en Derecho (1995)

http://apologeticahistorica.blogspot.com/search/label/Indigenismo

 

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«El anuncio de Jesús no supuso una imposición de una cultura extraña» porque las auténticas culturas no están cerradas en sí mismas y esperan alcanzar la universalidad en el encuentro con otras formas de vida. Benedicto XVI ha subrayado, frente a cualquier tipo de nacionalismo o de particularismo étnico o cultural, que una cultura es más grande cuanto más abierta está a la verdad. No es de extrañar que moleste a los indigenistas que han desarrollado regímenes autoritarios. Pero el indigenismo no se agota en Chávez o en Evo Morales. MMVIII

 

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Instituto de Historia - Universidad de los Andes – Chile

 

 Fotografía:Corresponde al destacado historiador chileno

BERNARDINO BRAVO LIRA,

cuya bibliografía ha sido esencial para la elaboración de mi trabajo.


¿Colonia o Período Indiano? [1]

 

Caral - Perú

 

Una aproximación a la validez historiográfica del concepto de colonia para identificar el período de dominio español en América (siglos XV a XIX)

 

Autor Don Gonzalo Verbal Stockmeyer - Chile

INTRODUCCIÓN

 

Todavía hoy, la gran mayoría de los libros de historia (de diverso tipo) identifican el período de dominio español en América (siglos XV-XIX) bajo el término de colonia. Incluso, en algunos casos, para resaltar la connotación peyorativa de dicha palabra, se  tiende a hablar de coloniaje. Se sostiene o insinúa que las Indias, en el período cronológico citado, habrían estado sometidas, contra su voluntad, al dominio español. Sometimiento al que se incluye no solamente a la población aborigen, sino también a la mestiza y criolla.

 

         El objetivo del presente trabajo es demostrar la inexactitud histórica de la denominación de colonia para 1) la naturaleza política de las Indias españolas, y 2) el período histórico consiguiente.

 

ESTADO DE LA CUESTIÓN

 

Desde hace varias décadas, algunos historiadores, especialmente del ámbito jurídico, vienen planteando el carácter derechamente erróneo del concepto de colonia. Un caso paradigmático es el del historiador argentino Ricardo Levene (1885-1959), autor de la famosa obra Las indias no eran colonias, publicada en 1951[2. En este trabajo, Levene demuestra, con argumentos esencialmente legales, que las Indias tenían una naturaleza jurídico-política de reinos o provincias, pero no de colonias, las que entiende, en sentido estricto, como sinónimo de factorías. Ya en 1924, Levene había tratado la materia, resaltando la igualdad jurídica entre Castilla e Indias[3.

 

         Pero antes que él, y aunque sin tratar el tema en cuestión directamente, otros autores lograron discernir la especificidad de la expansión española en el Nuevo Mundo. Por ejemplo, en 1928 Adolf Rein distinguió las expansiones de contenido misional y estatal de las de contenido meramente profano[4. La española estaría dentro de las primeras. En este punto, también coincide el mexicano Silvio Zavala (1909-1977), quien se refiere a los problemas apostólicos y políticos de la penetración hispana en América[5.

 

Sin embargo, y como ya se insinúo, es la obra de Levene la que marca un antes y un después en la discusión sobre la validez historiográfica del concepto de colonia. En nuestro país, la materia ha sido tratada, sucintamente, por Jaime Eyzaguirre (1908-1968), quien, por ejemplo, en su famoso opúsculo Ideario y ruta de la emancipación chilena señala:

 

“Ni las leyes ni en los tratadistas se dan a las primeras [las Indias] el calificativo de colonias, sino el de Monarquía Indiana, Reinos, Provincias o Estado de las Indias. Felipe II rubricó este concepto titulándose Hispaniorum et Indiarum rex”[6.

 

Pero es, sin duda, el historiador Bernardino Bravo Lira quien, en Chile, aborda sistemáticamente el tema objeto del presente ensayo[7. En un trabajo denominado “Hispaniarum et Indiarum Rex”, realiza una fundamentada comparación entre las formas de expansión, por ejemplo, española y anglosajona; distingue cuatro formas de expansión: la estatal, la imperial, la colonial y la imperialista, situando a España en la primera categoría[8. Este trabajo será fuente principal de nuestro ensayo.

 

De la Argentina, además de la citada obra de Levene, merece ser destacado el excelente trabajo de Ricardo Zorraquín Becú (1911-2000), llamado “La condición política de las Indias” y publicado por vez primera en 1974. En esta obra, Zorraquín analiza, entre otras materias, el carácter de provincias descentralizadas de las Indias[9. También acudiremos a este trabajo en forma prioritaria. 

 

         Podemos, en suma, afirmar que vastísima es la bibliografía que aborda la expansión española en América[10, pero escasa la que analiza la categoría política de dicho proceso. Normalmente, son historiadores del Derecho, quienes, desde su agudeza jurídica, han definido el carácter institucional de la dicha expansión. Por lo mismo, la materia generalmente es tratada, auque a veces brevemente, en manuales u obras de Historia del Derecho Indiano[11.

 

CONCEPTO DE COLONIA

 

Pensamos que el problema aquí planteado no es menor: consiste en saber si los términos colonia y período colonial responden a la realidad de los dominios españoles en América entre los siglos XV y XIX. Y no es menor, porque no se trata sólo de un asunto de nombres -de “palabras más, palabras menos”-, sino del significado profundo y real de la presencia hispana en el Nuevo Mundo.

        

En la disciplina histórica (como en cualquier otra) es fundamental que los conceptos utilizados guarden debida relación con las realidades que pretenden describir o significar. De lo contrario, siguiendo a Marrou, se corre el peligro de que la historia llegue “a poblarse de fantasmas”[12. 

 

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En un sentido muy general, una colonia es un “conjunto de personas procedentes de un territorio que van a otro para establecerse en él”[13. Y, bajo una segunda acepción, es el “territorio o lugar donde se establecen estas personas”[14. En términos semejantes, el Diccionario de las Autoridades de 1729, definía el término colonia como la “Población o término de tierra que se ha poblado de gente extranjera, traída de la ciudad capital o de otra parte”[15.

 

Sin embargo, el lenguaje general o vulgar no siempre coincide (y debe coincidir) con el de una determinada ciencia o arte. En el caso que nos ocupa, parece improcedente utilizar un término tan amplio. ¿Por qué? Porque no corresponde, digámoslo así, meter en un mismo saco la expansión y asentamiento españoles con, por ejemplo, el caso inglés en Norteamérica. Una misma denominación, para situaciones tan diversas, impide la correcta y precisa -verdadera, en una palabra- exposición de las diferencias, matices, particularidades, etc., que pueden darse en un determinado proceso histórico.  

 

¿TIPOLOGÍAS COLONIALES O FORMAS DE EXPANSIÓN?

 

Si aceptamos, para referirnos a los procesos expansivos en América  (y en otras partes del mundo), el concepto historiográfico de colonia como entidad general y única, hemos de distinguir lo que algunos autores llaman tipologías coloniales, que no serían otra cosa que los modos diversos en que personas de un territorio se trasladan a otro. Normalmente, se distinguen las siguientes:

Colonia de encuadramiento: Se daría, por ejemplo, en los casos de la presencia inglesa, francesa y holandesa en Norteamérica. Tiene un fin principal: establecerse en un lugar donde hay riquezas económicas con el objeto de explotarlas hasta que se agoten. Se basa en compañías (empresas con fines de lucro) y no en instituciones públicas. No hay mayor convivencia con el aborigen, salvo para fines comerciales; más bien se le expulsa o elimina cuando vive en tierras que se quieren explotar de una manera expedita. A este modelo o tipología corresponden las llamadas factorías. En nuestro concepto, este modelo se vincula con lo que, en un sentido estricto, historiográfico, puede  calificarse de colonia. También con lo que el historiador chileno Néstor Meza Villalobos (entre otros) denomina empresas de rescate[16.

 

Colonia de posición: Se trata de establecimientos más próximos a los lugares de origen de los colonizadores. El fin no es tanto explotar riquezas económicas, sino, más bien, ubicarse en lugares geopolíticamente estratégicos; por ejemplo, en islas, estrechos, lugares fronterizos, etc. Tienen como finalidad, por ejemplo, controlar el tráfico comercial de un determinado espacio geográfico. Además, los habitantes de estos lugares se van rotando, precisamente para no sentirse comprometidos con las nuevas tierras y aborígenes[17.

 

Colonia de arraigamiento: Cabe distinguir tres tipos esenciales:

 

Por sustitución: Se dio, por ejemplo, en el caso de Las Antillas ante una baja ostensible de la población indígena. Tal decrecimiento es sustituido por extranjeros. En el caso de La Española, se calcula que la población habría disminuido en un 90 %: en 1494, la población de dicha isla ascendía a alrededor de 377.559 habitantes y en 1510, habría llegado a 33.523[18. La historiografía está conteste en cuanto a que el descenso población de América  (no sólo de La Española) se debe, principalmente, a factores biológicos. A este respecto, Marianne Mahn-Lot señala:

 

“Hubo en las Antillas, en México, en Perú, etc., numerosas oleadas de epidemias que mataron las tres cuartas partes de los indígenas pero perdonaron a los españoles. Así una variante de viruela estalló en México, en 1522, después de la retirada de los hombres de Cortés. Otras enfermedades: el matlazahuatl, especie de tifus que diezmó Nueva España en 1545 y alcanzó Perú en 1546. En 1558, la epidemia de viruela que hizo estragos durante un año en Perú. En 1585, una epidemia análoga en Nueva España, que duró cuatro años y fue catastrófica”[19.

 

Por repoblación: Se dio en el mismo caso de Las Antillas en la medida en que fueron repobladas con esclavos negros. También se presenta en el caso de islas deshabitadas; v. gr. ingleses en Australia.

 

Por asociación: Corresponde a la expansión española en América. Hay una intervención del Estado en orden promover la integración con la población aborigen. Se ha dicho que esta asociación no es voluntaria para los indios, sino que impuesta como una obligación. Sin embargo, normalmente, los naturales la terminan aceptando; en parte por beneficiarse de nuevos productos materiales (herramientas, animales, alimentos, bebidas y demás). El término asociación se refiere al mestizaje, tanto de orden biológico como cultural. Obviamente, la integración no eliminó las diferencias enormes entre indígenas y españoles, pero estableció  entre ambos una ligazón, una base de entendimiento mutuo. Y ello fue posible, como veremos, gracias al fundamento religioso o sentido misional de la expansión española.

 

Consideramos interesante y valida la distinción anterior, pero en vez del sustantivo colonia creemos que ha de hablarse de expansión. Por esta palabra el Diccionario de la RAE entiende la “Acción y efecto de extenderse o dilatarse”[20. Y, en efecto, el fondo del asunto es que determinados pueblos se expanden a otras zonas geográficas, diferenciándose en el carácter y motivos. En suma, pensamos que la palabra colonia más que como sustantivo ha de entenderse como adjetivo. ¿Por qué? Porque más que significar una simple expansión (cualquiera que sea) alude a un tipo concreto de ella; la basada, principalmente, en intereses económicos. En tal sentido, reiteremos que la llamada colonia de encuadramiento corresponde al concepto de colonia propiamente dicho; la que, en nuestros términos, debería llamarse expansión colonial o de encuadramiento.  

 

MODELOS CLÁSICOS DE EXPANSIÓN

 

Considerando la naturaleza histórica de las Indias como transplantes permanentes de lo hispano, puede sostenerse que ellas pertenecen al modelo romano y no al griego.  Describamos, brevemente, cada uno de estos modelos históricos:

 

Modelo griego: Los habitantes de las polis griegas -de las ubicadas en el continente mismo, es decir, en la Península de los Balcanes- salen en busca de mejores horizontes económicos y fundan nuevas ciudades. Los “colonos” transportan el fuego sagrado y los símbolos de la polis de origen; esto significa que se llevan el “alma” de la polis de origen para establecerla en la nueva.

 

Estas nuevas polis o “colonias griegas” se conocen como apoikias. Y una de las características centrales de este modelo es que la vinculación entre la polis original y la nueva se da, principalmente, en el plano cultural y económico, pero en ningún caso en el político. En otras palabras, por regla general, las apoikias griegas gozan de plena autonomía política respecto de sus ciudades de origen y el transvasamiento de una polis a otra se centra en lo cultural y económico. Por estas mismas razones, autores como el español Francisco Javier Gómez Espelosín sostienen que, realidad, el caso griego no corresponde a una tipología propiamente colonial: “No parece que el calificativo de ‘colonización griega’ para denominar este fenómeno resulte del más adecuado”[21.

 

Modelo romano[22: Es muy diferente al caso griego. También supone la fundación de un nuevo orden, en este caso civitas, pero ésta queda, administrativamente, sometida a Roma. Desde el Senado se controla la política exterior y se imparte la  política exterior.

 

Además, la romanidad -es decir, los valores de la civilización romana- se expande de un modo consciente, voluntario. El trasvasije es mucho más elaborado: se trasplantan instituciones, el derecho, la lengua, la cultura y demás. Sin embargo, los romanos son tolerantes en materia religiosa y, por consiguiente, tienden a respetar las creencias y cultos locales. Incluso más: tienden, gradualmente, a recepcionar algunos ritos y creencias extranjeros, especialmente los orientales. El mismo culto al emperador tiene un origen netamente oriental, concretamente pérsico. 

 

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Hecha la distinción anterior, claro es que las Indias forman parte del segundo modelo, el romano[23. ¿Por qué? Básicamente, porque la expansión española se realiza de un modo consciente, voluntario, y bajo la tutela del Estado.

 

Es verdad que la vanguardia de la conquista es una empresa privada, particular; que son los propios conquistadores los que deben asociarse y recaudar los fondos económicos para llevar a cabo la tarea. Pero también es cierto que en la retaguardia viene el Estado y la Iglesia, con toda una estructura y cosmovisión, que le da nítidos rasgos de unidad a la expansión.

 

La distinción histórica anterior puede y no darles la razón a autores como Ricardo Levene. Ambas cosas en diversos sentidos. Se las dan por el carácter más o menos centralizado de la expansión y asentamiento, cuestión que, claramente, se opone a la idea de colonia como factoría. Pero no en los términos del chileno Mario Góngora, quien señala:

 

“La palabra colonia no tenía entonces un sentido meramente mercantil, por esta razón nosotros consideramos, a pesar de la enfática declaración de Ricardo Levene de que ‘las Indias no eran colonias’, que evidentemente lo eran, en el sentido que eran colonias para el asentamiento y, como aquellas de Roma, estaban relacionadas orgánicamente con las instituciones del país metropolitano y participaban en ellas”[24.

 

Góngora agrega que la idea mercantil de colonia apareció en el siglo XVIII[25, cuestión resaltada por Levene y por otros varios historiadores, como Zorraquín Becú.  

 

HACIA UN NUEVO ESTADO EN ESPAÑA

 

No se puede desconocer que el carácter más o menos centralizado de la expansión española se explica por las notorias transformaciones que ha experimentado el Estado, el que ha pasado de uno medieval a uno moderno o de carácter absoluto. Bravo Lira explica que esta transformación se produce en dos ámbitos:

 

“Por una parte, se debilitan los poderes situados por encima del poder real y, por otra, éste se reafirma su superioridad respecto a los poderes situados por debajo de él”[26.

El poder estatal moderno se opone al medieval en donde la monarquía tiende a confundirse en una multiplicidad de poderes menores: señoriales, corporativos, locales, etc. En el caso español, un claro ejemplo de este cambio constitucional es la decadencia de las  asambleas estamentales, que en Castilla se llamaban Cortes. Estas asambleas estaban integradas por tres estamentos: el nobiliario, el eclesiástico y el de las ciudades o brazo común.

 

En cambio, a través del absolutismo el monarca se desliga de tales instituciones en virtud de las llamadas regalías, o sea, de las facultades o prerrogativas exclusivas del rey. El mismo Bravo Lira aclara que absoluto no es sinónimo de ilimitado y menos de arbitrario:

 

“No se refiere a la mayor o menor extensión del poder, sino al hecho de estar desligado de todo condicionamiento de tipo estamental. Es decir, se llama absoluto al poder que reside íntegramente, en plenitud, en el monarca, sin que tenga que compartirlo con otro, como eran en la Europa, como eran en la Europa del siglo XVI las Cortes en Castilla, Aragón y Portugal, los estados generales en Francia o el Parlamento en Inglaterra y Escocia”[27. 

 

En fin, queremos recalcar que el absolutismo del Estado español explica, en gran parte, el carácter más o menos centralizado de la expansión española en América. Y esto hace que, de una manera particular, dicha expansión se asemeje mucho más al modelo romano que al griego. Aunque, como veremos, el modelo hispano asume un carácter misional, inexistente en el romano.

 

LO QUE NO FUERON LAS INDIAS

 

Como dijimos en la introducción, Bravo Lira realiza una fundamentada distinción entre cuatro formas de expansión: estatal, imperial, colonial e imperialista. La expansión española en América sería estatal, porque las Indias pasarían a formar parte de lo que este  autor llama “monarquía múltiple”[28. ¿Qué significa esto? Esencialmente, que las Indias son incorporadas a la Corona de Castilla y no al reino del mismo nombre. Esto no es algo menor: implica que, teniendo la categoría jurídico-política de estados, se vincula con la Península a través de la Corona. Pero esta idea desarrollaremos in extenso más adelante.

 

Veamos ahora, a contrariu sensu, las otras formas de expansión, aquellas que no corresponden a la española en el Nuevo Mundo:

 

Expansión imperial: Corresponde, por ejemplo, al caso de la expansión rusa hacia las estepas del interior, acaecida en la misma época en que se da la expansión española en Indias (siglos XV y especialmente XVI). A diferencia de Portugal y Castilla, “la Santa Rusia es continuadora del orden mundial imperial, monocéntrico, originario de la Antigüedad”[29. En cambio, “las potencias peninsulares proyectan en ultramar ese pluralismo estatal del que ellas forman parte”[30. 

 

Jurídicamente, la incorporación de la Indias a la Corona de Castilla ocurre por accesión[31. “Rusia, en cambio, articula las nuevas tierras y pueblos dentro de una variada gama de status jurídico-políticos, por subordinación a sí misma, dentro del orden imperial de la que ella es centro y cabeza”[32.

 

Expansión colonial: Se inicia a partir del siglo XVII, una centuria después de la expansión estatal de España y Portugal y de la imperial de Rusia. Es protagonizada por Holanda, Francia e Inglaterra. “Plantean la expansión fundamentalmente en términos económicos, de lucro o ganancia. Estos fines pasan a primer plano, en lugar de los ideales políticos y religiosos prevalecientes hasta entonces”[33.

 

Lo anterior es causa esencial de que la expansión quede, principalmente, en manos privadas, de compañías comerciales y capitalistas. Un caso emblemático es el de la Compañía de Virginia, que fue creada en 1606 e inició sus actividades tres años más tarde. Las compañías se formaban mediante la expedición, por el gobierno de origen, de un documento llamado carta, que establecía la constitución de una compañía mediante la adquisición de acciones. Este sistema lo explica muy bien John H. Parry en su opúsculo Europa y la Expansión del Mundo 11415-1715. Entre otros aspectos, señala que:

 

“Un hombre podía convertirse en accionista de dos maneras: una, invirtiendo dinero mediante la compra de acciones. La acción estaba valorada en 12.10 libras, que era el costo en que se estimaba el establecimiento de un colono. También podía llegar a ser accionista ‘colocando’ su persona, emigrando por su cuenta a Virginia con su familia y criados. Un individuo equivalía a una acción. Después de un período inicial de trabajo común, la tierra debía ser repartida entre los accionistas, fuesen o no emigrantes, proporcionalmente a su inversión. Los accionistas emigrantes se convertían en colonos o labradores libres, pagando únicamente una pequeña renta fija a la compañía”[34.   

 

***

 

Una característica importante de las expansiones de tipo colonial es el hecho de que los colonos o inmigrantes viven de espaldas a la población aborigen. No se aprecia, en efecto, la búsqueda de una integración o asociación con los nativos, quienes son empujados hacia otras tierras o derechamente exterminados. En cambio, con todos los problemas del caso, la expansión española supuso la incorporación de los indígenas al sistema de trabajo, mediante las llamadas encomiendas. Por eso, bien se ha dicho que, en el caso español, “más valía un indio vivo que muerto”.

 

         El citado Parry tiende a justificar la naturaleza de la expansión inglesa en Norteamérica. Señala que los ingleses tenían intenciones semejantes a las hispanas; pero que, por una cuestión de necesidad, no de elección, las cosas se dieron como se dieron. Por ejemplo, pone el acento en lo escaso de la población indígena, en su carácter diseminado y mucho más primitivo[35.   

 

         Hay que decir que el término colonia, en el sentido aquí visto -es decir, como una expansión con fines primordialmente económicos-, admite una diversificación, la que se fue dando de un modo paulatino. Originariamente, como se ha dicho, las colonias se basan en compañías, las que gozan de bastante independencia política y jurisdiccional. Pero, con el paso del tiempo, pasan a depender directamente de un gobierno metropolitano, situado en el país de origen de los primeros colonos. Por ejemplo, la ya nombrada colonia de Virginia cayó en insolvencia en 1623, “lo que provocó la revocación de la carta y la consiguiente transformación de Virginia en la primera -y durante mucho tiempo, la única- colonia inglesa en ultramar”[36. Pero esta evolución, sin embargo, no supone un transvasamiento político-institucional en los términos en que se dio la expansión española.  

 

         Por último, hemos de señalar que la falta de integración no se refiere sólo a los aspectos corporales -erradicación o exterminio de nativos, ausencia de mestizaje biológico-, sino también a los de orden cultural y religioso -carencia de educación y de sentido misional-. Con respecto a este último punto, el citado Parry -quien, como ya dijimos, tiende a justificar el carácter de la expansión anglosajona- no puede dejar de reconocer que:

 

“Los puritanos nunca fueron misioneros entusiastas; en su mayoría creían que los indios se hallaban más allá de toda esperanza”[37.

 

Más adelante, agrega:

 

“Es falso decir que las colonias puritanas carecían de conciencia en lo concerniente a los indios; pero, en general, su conciencia actuaba en un sentido puramente negativo”[38.

 

Expansión imperialista: Constituye la última fase de la expansión mundial de Europa, comprendida entre 1870 y 1970. Bravo Lira señala que:

 

“Entre 1870 y 1914 se produjo una verdadera carrera entre las potencias industriales por repartirse y hacer productivos mediante la técnica estos territorios que se consideraban sin dueño”[39.

 

         Según Mommsen, a partir de una nacionalismo exacerbado, las potencias europeas se abocan a la adquisición de nuevos territorios, “mediante la conquista y penetración de países subdesarrollados con sus propios capitales y empresas comerciales, así como mediante la ayuda de socorro, procediendo así, por cierto, desde el primer momento, sin aguardar, como hasta entonces, a que la situación estuviera madura”[40.

 

         Bravo Lira aclara que imperialismo no es, como lo sostiene Miège, “cualquier extensión de influencia política, económica o cultural fuera de las fronteras nacionales”, o como los sostienen los marxistas “una forma de sujeción o explotación”[41. Puntualiza que:

 

“El imperialismo representa una fase avanzada del colonialismo en la que la superioridad técnica pasa a ser un factor primordial. Es una lucha entre potencias industrializas, cuya clave, como señala Bracher, no es otra que ‘la competencia por la hegemonía y el reparto del mundo"[42.  

 

CARÁCTER ESTATAL DE LA EXPANSIÓN ESPAÑOLA EN AMÉRICA

 

Ya hemos dicho que la expansión española en América ha de calificarse como de estatal. Señalamos que esto, en esencia, implica que las Indias se vinculan a la Corona de Castilla (y no al reino del mismo nombre), bajo la forma de estados. En otras palabras, las Indias pasaron a ser estados así como lo eran los otros reinos vinculados a la Corona de Castilla (Aragón, Navarra, Granada y demás); aunque, como veremos, no de la misma categoría.

 

Hay que decir que el fundamento histórico de esta formula se encuentra en la unidad territorial impulsada por los Reyes Católicos. A este respecto, bien señala José Luis Comellas:

 

“Para comprender el alcance de la obra unificadora de los Reyes Católicos, es preciso señalar que los distintos reinos no se asociaron más que a título ‘personal’ o ‘principal’, es decir, en cuanto que obedecían a una misma persona o príncipe”[43.

        

El mismo autor, añade:

 

“Cada reino conservó su propia constitución jurídica, política y aun social. Se mantuvieron las fronteras, con sus aduanas correspondientes, hasta el punto de que un viajero del siglo XVII, el P. Arriaga, que fue de Castilla a Roma, se quejaba de haber tenido que pagar aduanas seis veces antes de embarcarse en Barcelona”[44.

 

         Con respecto a las Indias, el fundamento jurídico de su condición política fue la donación pontificia hecha a los Reyes Católicos, a partir de una solicitud de ellos mismos, por el Papa Alejandro VI. A este acto jurídico, hay que agregar el Tratado de Tordesillas por el cual el rey de Portugal se dividió el mundo con los monarcas católicos[45.

 

         En virtud de los títulos anteriores, “los Reyes Católicos consideraron las nuevas tierras como patrimonio personal suyo y, en cuanto tal, dispusieron que a su muerte se incorporaran a la Corona de Castilla. De este modo, se convirtieron en tierras de realengo. Por su parte, su sucesor Carlos V desde 1519 las declaró inalienables, de suerte que nunca pudieran separarse de la Corona”[46. Bravo Lira recalca que “Todo esto sucedió antes de la gran expansión española en el continente americano, antes de la conquista de México y Perú, de Nueva Granada y de Chile, de Charcas (Bolivia) y Paraguay”[47.

 

         Lo anterior no constituye un simple tecnicismo jurídico; una leguleyada, como vulgarmente se dice; sino que responde a una realidad concreta: implica, en los hechos, que las tierras americanas no fueron consideradas, únicamente, como suelo geográfico, sino, sobre todo, como territorio en sentido político. O sea, como ya hemos dicho, como reinos distintos del de Castilla y de los demás que conforman lo que Bravo Lira llama monarquía múltiple[48. Esto no excluye, como hemos insinuado, la existencia de una dependencia relativa respecto de Castilla, aspecto sobre el cual hablaremos más adelante.    

        

Lo cierto es que la antedicha articulación no se produjo en las verdaderas colonias. “En ellas, la tierra se considera nullius, como mera extensión geográfica y, por eso, susceptible de ser ocupada por las potencias europeas y sometidas al régimen que éstas les impongan desde fuera”[49. Las colonias propiamente tales, además de lo ya dicho, se caracterizan por ser un espejo de las formas culturales de la metrópoli. ¿Por qué? En parte porque se piensa que sólo en tal medida es posible preservar la identidad nacional que, físicamente, se ha abandonado. Esto, además, genera una mentalidad que podemos calificar de colonial y que se caracteriza por una dependencia mental respecto del centro o metrópoli.

 

En cambio, la expansión española en América tiene, culturalmente hablando, características inéditas. Un ejemplo digno de resaltarse el nuevo Barroco que se crea; el que, recibiendo la influencia del europeo, tiene características originales y no es solamente una imagen de aquel.  

 

Interesante, para reforzar lo anteriormente dicho, es constatar que mientras vivieron los Reyes Católicos gobernaron las Indias a título de señores de las islas y tierras descubiertas o por descubrir. Ricardo Zorraquín Becú describe este proceso del siguiente modo:

 

“Al principio, su intervención personal fue considerable, pero también tuvieron que delegar la ejecución de lo resuelto en otros personaje, funcionarios y organismos, cuya colaboración fue creciendo a medida que aumentaban las tareas administrativas”[52.

 

***

 

No obstante lo anteriormente dicho, no fue frecuente, en España, el uso del término estado para referirse a las Indias. Según Zorraquín, en el siglo XVI, dicha palabra se asociaba con el ejercicio del poder. Señala:

 

“Los estados (estamentos) que componían la población de cada reino se fueron unificando en torno a instituciones de la monarquía, la cual se convirtió así en el único Estado, de tal manera que ambas expresiones fueron usadas como sinónimos”[51.

 

         Según el mismo historiador, Carlos V y Felipe II -al establecer que las Indias eran anexos y dependientes de los reinos, señoríos y estados de Castilla[52- “evidentemente distinguieron dos entidades políticas, aunque al mismo tiempo señalaron su diferente jerarquía”[53. 

 

         En otras palabras, Zorraquín distingue entre lo que podemos llamar estado principal y estados dependientes (del principal). Esta dicotomía se expresa en el modo en que se ejercía el juramento de los gobernadores, quienes se comprometían a cumplir “las leyes de el Reyno, (de Castilla), Cédulas, Provisiones de su Magestad, y las que estén hechas y dadas, y se hicieren y dieren para el buen gobierno del estado de las Indias”[54.  

 

         La formula sacramental precedente es de un rico contenido: distingue entre leyes castellanas y especiales para las Indias (las leyes de Indias); cuando habla de leyes del Reino a secas, hace referencia a Castilla en cuanto reino o estado principal; pero, al mismo tiempo, no descarta, sino más bien reconoce, el carácter especial y relativamente autónomo de los reinos de Indias. Sobre esta idea volveremos en el punto siguiente.   

 

¿IGUALDAD O SEMEJANZA INSTITUCIONAL?

 

Fundamental es considerar que el carácter estatal de la expansión española en América, anteriormente reseñado, se concreta en un aparato institucional especial, semejante al existente en otros reinos peninsulares, particularmente en Castilla.

 

El anterior es uno de los principales argumentos que Ricardo Levene utiliza para demostrar que Las Indias no eran colonias. Pero este historiador habla derechamente de igualdad. Señala: 

 

“Las Indias nos eran colonias (...):

        

Porque los Consejos de Castilla y de Indias eran iguales como altas potestades políticas”[55. 

 

Sin lugar a dudas, un hito de la antedicha especialidad institucional es la creación en 1524 del Real y Supremo Consejo de Indias, órgano asesor del monarca en los asuntos americanos[56. Levene explica este importante hecho del siguiente modo:

“(…) las Provincias de Indias se incorporaban a la Corona de Castilla y León, y no podían enajenarse, el Consejo de Indias se desprendía del Consejo de Castilla, con la misma jerarquía y dignidades, y a los españoles de la Península y de las Indias se les reconoció los mismos derechos”[57.

 

El caso es que, para los efectos de las Indias, la institución que podemos calificar de suprema, después del rey, es el Consejo de Indias. Y se trata de una institución, legal y fácticamente, muy relacionada con el monarca. ¿Por qué? Porque según la idea que se tiene de esa autoridad unipersonal, se entiende que el rey sólo puede gobernar en justicia[58 con el necesario apoyo de los entendidos. Y los consejos son la forma institucional en que se materializa esta idea; en otras palabras, son el camino en que se canaliza, institucionalmente, la colaboración de los entendidos en el desempeño de la función real.

 

El Consejo de Indias, como ya lo indicamos, fue establecido por Carlos V en 1524. Otro momento clave es la reorganización de este organismo, acometida por Felipe II en 1571, fecha en que se dictan las ordenanzas definitivas del Consejo. Como características esenciales de esta institución, podemos señalar y describir dos, que forman parte de su completa denominación:

 

Es real: Los es, precisamente, por ser el Consejo del monarca. Es el órgano asesor del rey para los asuntos americanos o de las Indias.

 

Es supremo: Lo es porque no hay otro consejo situado por encima al de Indias.

 

Orgánicamente, el Consejo de Indias estaba compuesto por una variedad de funcionarios: un presidente, consejeros y un fiscal, que representa el interés público. Además, contaba con una gran cantidad de oficiales menores. Intervenía, por ejemplo, en todos los nombramientos reales. No nombraba directamente, sino que proponía nombres al rey para llenar los diversos cargos de la administración indiana. En segundo lugar, despachaba toda la legislación para América, que conformaba el llamado Derecho Indiano. Y, tercero, era el organismo encargado de estudiar los más diversos aspectos de la política de la Corona para con las Indias. La Casa de Contratación, órgano creado anteriormente,   en 1503, y con un fin más bien de índole económico-comercial[59, pasó a depender del Consejo de Indias.  

 

***

 

En nuestro concepto, la administración y derecho indianos, creados especialmente para el Nuevo Mundo, supusieron una cierta autonomía respecto de la metrópoli; pero en ningún caso puede hablarse de una autonomía plena ni tampoco de un grado de independencia como el existente en otros reinos peninsulares; v. gr. Aragón y Navarra. Por este motivo, preferimos hablar de semejanza (y no de igualdad) para destacar el carácter peculiar de las Indias respecto de la España peninsular y su mayor o menor grado de dependencia. Coincidimos con Zorraquín Becú, quien difiere de Levene en los siguientes términos:

 

“(…) las Indias, no obstante la personalidad o autonomía que el Derecho les había acordado, se encontraban en un estado de acentuada dependencia respecto de Castilla. No de la Corona, de la cual formaban parte integrante, sino del reino y de la comunidad castellanos. Las diversas disposiciones que limitaron la supremacía que teóricamente debió tener el Consejo de Indias, y la influencia que los peninsulares ejercieron sobre el gobierno de estas provincias, crearon una situación evidentemente subordinada respecto del reino principal. Esta situación podría compararse con la que contemporáneamente tuvieron otros reinos unidos accesoriamente a Castilla, como León, Toledo o Galicia, con la diferencia notable de que estos últimos participaban -en las Cortes o en el Consejo de Castilla- en la dirección del conjunto, mientras las Indias no tuvieron nunca esa posibilidad”[60. 

 

Nos hemos permitido citar extensamente a Zorraquín Becú, puesto que representa - creemos- una evolución positiva, un paso adelante, respecto de lo anteriormente afirmado por Levene. Zorraquín entrega varios ejemplos de la dicha dependencia; señalemos sólo uno: en 1557, Felipe II transfirió a la Contaduría Mayor de Castilla, conocida como Consejo de Hacienda, la administración de los fondos procedentes de ultramar[61.

 

En suma, hemos de decir que la institucionalidad indiana es semejante a la castellana; pero no igual, puesto que se haya, en calidad de reino o estado accesorio[62, subordinada a la Corona e incluso al mismo reino de Castilla; pese a que, como ya hemos dicho, no se incorporó, jurídicamente, a este último. Puede decirse, para clarificar el punto, que si el Reino de Castilla es superior a los de Indias, lo es a manera de administración y no de dominio, puesta que ellas tienen el carácter de bienes de realengo (inalienables desde Carlos V). 

 

LAS INDIAS COMO PROVINCIAS DESCENTRALIZADAS DE CASTILLA

 

Para el lector poco atento, podría resultar contradictorio el epígrafe precedente con lo expresado en el apartado anterior. Dijimos, en efecto, que las Indias son estados o reinos propios, pero accesorios y dependientes del Estado o Reino (principal) de Castilla. Por ello, para ese lector, no cabría, entonces, hablar de descentralización o de provincias descentralizadas. Sin embargo, ha de decirse que el principio filosófico de no contradicción señala que una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido.[63

 

Pues bien, la antedicha inferioridad y dependencia de las Indias respecto de Castilla no colisiona, en términos de su administración, con la creación de “órganos descentralizados que les darán [a las Indias] una gran autonomía dentro de aquel conglomerado monárquico, aunque manteniendo formas de dependencia respecto del reino principal”[64.

 

         En un comienzo, los descubrimientos colombinos recibieron la denominación de islas y tierras; era ésta la denominación geográfica con que se designaba a las regiones o lugares descubiertos en las Indias. Por ejemplo, en la capitulación de Santa Fe se habla de “yslas y tierras firmes” que el Almirante podía descubrir. Lo mismo puede decirse de las bulas alejandrinas y del Tratado de Tordesillas.

 

         Sin embargo, muy pronto las tierras, no las islas, se entendieron como provincias. Por lo tanto, en el caso de las tierras se pasó de una mera denominación geográfica (que persistió para las islas) a una denominación que podemos calificar de política o administrativa. Según Zorraquín:

 

“Tal expresión comenzó a utilizarse en la segunda década del siglo XVI para individualizar las comarcas que se iban descubriendo en el ámbito continental y eran concedidas a quienes querían conquistarlas y poblarlas, o con las cuales se formaban distritos administrativos de cierta importancia”[65.

 

         El mismo autor nos da varios ejemplos de dicha utilización; señalemos sólo dos: 1) el 23 de diciembre de 1511 Vasco Núñez de Balboa fue nombrado gobernador y capitán general de la provincia del Darién; 2) la designación de Pedrarias Dávila, acontecida dos años después, se refiere a las provincias del Darién, de Veragua y de Paria[66. Después los ejemplos se multiplican.

 

         Importante es aclarar que la denominación de provincias, cuyo uso se extiende hasta fines del dominio español en América, tiene un carácter esencialmente territorial:

 

“Este era el nombre genérico dado a  los grandes distritos en que se dividía la administración del Nuevo Mundo, pero sólo desde el punto de vista territorial. En lo gubernativo, las provincias eran virreinatos, presidencias, adelantamientos o gobernaciones; en lo judicial coinciden con los distritos de las audiencias; y en los militar estaban dirigidas por capitanes generales. En cambio, aquella denominación no se aplicaba a los corregimientos y alcaldías mayores, que eran divisiones de menor categoría; pero sí a las provincias de real hacienda y también a las ordenes religiosas”[67.

 

La Recopilación de 1680 distinguió entre provincias mayores y menores; las primeras agrupan a los distritos que contaban con Audiencias (virreinatos, presidencias y audiencias subordinadas); y las segundas, a las gobernaciones que carecían de dichos tribunales.

 

***

 

El antecedente histórico de la denominación de provincias ha de encontrarse en la Roma republicana y después imperial; señala Zorraquín: 

 

“La provincia (de pro-vincere: para vencer) designa en la época clásica ‘un gobierno de ultramar, y significa desde entonces, ya en un sentido abstracto, el mando de un país situado fuera de Italia, ya en un sentido concreto, la región misma sometida a la autoridad del gobernante. El funcionario superior que la dirige -proconsul, propretor, más tarde legado- era llamado genéricamente praeses provinciae”[68.

 

           Al desaparecer el Imperio Romano de Occidente, dichas provincias se sustituyen por distritos menores, que responden a un ordenamiento menos centralizado. En España, el término provincia vuelve a cobrar importancia en el siglo XV en la medida en que el control de los súbditos, diseminados en tierras diversas, se va haciendo cada vez más necesario. En otras palabras, se empezó a entender la provincia como un territorio distante del monarca, de la sede de gobierno, y sobre el cual la autoridad suprema (el rey) no podía ejercer, fácilmente, una vigilancia directa. De ahí que comenzase a enviar veedores, adelantados y otras autoridades[69.

 

***

 

Hemos hablado de las Indias como provincias descentralizadas (aunque dependientes relativamente de Castilla). Corresponde, ahora, que digamos algo sobre dicha descentralización. Ante todo, aclaremos, como ya lo insinuamos, que las tierras del Nuevo Mundo se hallaban en una situación intermedia entre una absoluta igualdad con Castilla y una total subordinación. Recordemos que Ricardo Levene plantea el primer extremo, al decir que Las Indias no eran colonias, “Porque los Consejos de Castilla y de Indias eran iguales como altas potestades políticas”[70. Sin embargo, al abordar la “estructura institucional de Castilla y de Indias”, reconoce que:

 

“El enunciado concepto jurídico de la incorporación de las Indias a la Corona de Castilla, entrañaba consecuencias institucionales, conforme a las cuales las leyes y gobierno castellano modelaron las de América y los naturales de otras provincias de la Península, no disfrutaron en algunos momentos de todas las franquicias de los naturales de Castilla”[71.

 

         Pero el punto de vista de Levene es que la desigualdad (y consiguiente dependencia) de las Indias respecto de Castilla se da, más bien, al comienzo y que se tiende a diluir en la medida en que se va conformando un derecho especial para las Indias: el Derecho Indiano. En cambio, la postura de Zorraquín, que compartimos, tiende a matizar las aseveraciones de Levene. Éste, como ya dijimos, plantea la existencia, siempre, de una dependencia acentuada con Castilla (aunque no absoluta) y el carácter accesorio de las Indias respecto de Castilla en cuanto reino[72. Aunque reconoce, coincidiendo con Levene, la existencia de una personalidad política propia en las Indias. Leamos lo siguiente:  

“Contribuyeron a crear y mantener esa personalidad no sólo el desarrollo de las provincias indianas, separadas de España por el largo viaje marítimo, sino también el derecho especial que se fue dictando para ellas y además (…) el haberlas dotado de órganos de gobierno descentralizados dentro del conglomerado político que integraban”[73.

 

En resumen, digamos que las Indias 1) no podían asimilarse a los reinos separados de Castilla, como Navarra y Aragón, porque no tuvieron Cortes ni un derecho propio exclusivo (sino uno propio especial, pero no exclusivo, porque el derecho castellano se aplicaba subsidiariamente); 2) tampoco llegaron a ser reinos unidos a Castilla como León y Galicia, porque no gobernaban el conjunto, no participaban en Cortes y sus habitantes no fueron, ni remotamente, miembros del Consejo de Castilla.

 

Sin embargo, por la circunstancia de contar con un derecho especial, el indiano, y con organismos propios, puede hablarse de una autonomía relativa respecto de Castilla; y este sólo hecho basta y sobra para considerar que las Indias no eran colonias. Una colonia, como ya se indicó, es una mera dependencia económica explotada por un estado extranjero. Y, en cambio, las Indias poseían (con los matices ya reseñados) un Derecho y gobierno propios.

 

SENTIDO MISIONAL Y CONDICIÓN JURÍDICA DE LOS INDÍGENAS

 

Pero las Indias no eran colonias no sólo por su condición política, aspecto que ya hemos abordado. Además no lo eran, porque el Estado del que nacieron tenía un fuerte carácter misional. A diferencia de las expansiones coloniales, las de índole estatal se ocupan no sólo de la conquista política de las tierras y naturales, sino también de la conquista espiritual de éstos últimos. Recordemos lo dicho por Parry en cuanto a la falta de interés de los puritanos de Norteamérica por evangelizar a los aborígenes[74. 

 

         León Pinelo, un jurista del siglo XVII, señala: “Es necesario conservar y pretender el fin temporal de la población y conservación de las Indias para que con ellas se consiga el espiritual de su conversión, con firmeza y permanencia”[75. Este texto refleja que el poder temporal se mira como medio, como un respaldo, para la conversión de los aborígenes. Y en el hecho de considerar la evangelización de los indígenas como un fin principal, el más importante, se sustenta la categoría de estado misional.

        

Reiteremos que las bulas de donación pontificia, además de conceder tierras,  impusieron a los Reyes Católicos la obligación de evangelizar a los naturales que habiten esos lugares. Y:

 

“Este encargo no quedó en una piadosa intención. Los monarcas lo asumieron con plena conciencia y por espacio de varias generaciones lo consideraron no como algo secundario, sino en forma prioritaria. En función de él definieron los fines oficiales de la expansión y (…) la condición jurídica de los aborígenes bajo su señorío”[76.

        

Puede afirmarse que el sentido misional de la expansión española en América explica la condición jurídica reconocida a los naturales. Esta ligazón ya puede encontrarse en el famoso codicilo[77 de Isabel la Católica, que encomendó: “sea su principal fin… procurar inducir y traer a los pueblos de ellas [las Indias] y los convertir a nuestra Santa Fe Católica” y que “no consientan ni den lugar a que los indios vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra Firme ganadas y por ganar, reciban agravios algunos en su persona y bienes, mas mando que sean bien y justamente tratados”[78.  

 

El sentido misional de la conquista puede resumirse en el lema: “tierras para el rey y almas para Dios”[79. Esto significa que la conquista o expansión española en América no tuvo sólo un carácter militar o político, sino también, y de un modo preeminente, un sentido religioso. Esto se expresa en el deseo de los conquistadores de “servir a Dios y a su Majestad”. Podríamos multiplicar los ejemplos de este ideal. Basta leer cualquier crónica o carta de relación para confirmarlo.

 

En la actualidad, en un mundo contaminado de materialismo, cuesta entender que se aspire, como fin principal, el servir a Dios y expandir la fe por Él revelada. Obviamente, este ideal no excluye, subordinadamente, la presencia de otros fines de orden individual, como el deseo de lucro o de fama. Pero lo importante es que estos fines menores se miran como medios para alcanzar otros fines superiores, incluso en términos humanos (poder, estima social, etc.). En este sentido, Meza Villalobos señala:

 

“La riqueza del capitán de conquista está destinada a satisfacer fines extraeconómicos, ajeno a la creación de nuevos valores económicos: es un medio para alcanzar un fin político y social, poder y honra -que sólo es posible mediante la conquista de un territorio. La riqueza es el medio para alcanzarlo y sostenerlo”[80.

 

Sergio Villalobos, que considera el lucro como la motivación principal de los conquistadores españoles, no deja de expresarse en términos semejantes a los de Néstor Meza: 

 

“Para la mayoría de los conquistadores, exceptuados los mercaderes y prestamistas, la riqueza no tenía el sentido capitalista de la inversión rentable multiplicadora de riqueza, sino que era el medio para alcanzar el más alto estrato de la vida señorial”[81.

 

***

Además del carácter misional del estado indiano, la situación jurídica de las tierras determinó la condición legal de los naturales. ¿Por qué? Porque si las Indias se estiman como reinos, evidente es que sus habitantes pasen a conformar, junto con los españoles establecidos en ellas, la población de esos reinos.

 

Pero digamos algo sobre la condición jurídica del indígena, condición reconocida desde el Derecho Natural. Vitoria y otros autores, en efecto, consideraron que los habitantes del Nuevo Mundo “constituían verdaderas comunidades políticas y, por tanto, sus reyes y caciques eran señores naturales de sus reinos, con pleno poder y señorío sobre ellos”[82.   

 

Por último, destaquemos que la condición jurídica reconocida a los naturales tiene un triple aspecto, que revela la alta dignidad con ellos fueron estimados: 

 

El indígena como persona: Se consideró a los naturales como personas capaces de conducirse por sí mismos. Leamos a Bravo Lira:

 

“Se hizo, pues, sinónimo hombre y persona, se aplicó la categoría grecorromana cristianizada de persona a pueblos enteros, completamente ajenos a esa tradición. Estamos ante una de las mayores hazañas histórica de la expansión europea. Españoles y portugueses fueron los primeros y por varios siglos, los únicos en realizarla. De hecho, otros pueblos europeos cuya expansión no tuvo un sello misional, sino principalmente mercantil, trataron a los indígenas con que tropezaron como hombres de inferior condición, a los que ni remotamente pensaron aplicar la categoría de personas que ellos se atribuían a sí mismos”[83.

 

El indígena como vasallo libre de la Corona: Esto implica dos cosas: a) que se establece un vínculo directo entre los naturales y el rey, dejando fuera las aspiraciones feudales de los conquistadores; y b) lo que es más importante, que se prohibió, salvo excepciones, la esclavitud de los indios.

 

Podría pensarse que lo anterior es obvio. Sin embargo, hay que recordar que Colón capturó indígenas y los llevó a España con la intención de venderlos como esclavos. Y que la esclavitud de los negros se practicó, por importantes países, hasta el siglo antepasado.

 

El indígena como persona menesterosa: Pese a que se estableció una igualdad jurídica fundamental entre los naturales y los europeos, no se pudo desconocer una desigualdad de hecho. Los aborígenes, en la práctica, se encontraban en inferioridad de condiciones respecto de los españoles. Por lo mismo, se estimó que:

 

“Mientras fueran maltratados, los indios rehuirían el trato con los misioneros. Por eso el rey, los obispos y los agentes reales se dieron a la tarea, casi increíble, de luchar por hacer efectivos los derechos de los indígenas. Esta es, sin ir más lejos, la principal razón de ser de la las Leyes de Indias, que en tres siglo suman cerca de un millón de disposiciones. Algo que por sí solo muestra la seriedad de la lucha por el derecho que, como lo reconoció el estadounidense Hanke[84] y con él muchos autores, no tiene paralelo en la historia de la expansión europea”[85.

 

         Lo anterior, por cierto, no excluye el hecho de que los europeos hayan cometido en este continente muchas atrocidades; pero lo sorprendente, a diferencia de las verdaderas colonias, es que en las Indias tales abusos nunca se miraron como normales o aceptables. Y, por lo mismo, nunca se dejó de luchar para que ellos sean extirpados y, en su caso, duramente sancionados.

 

RICARDO LEVENE Y EL CONCEPTO DE COLONIA

 

Como último punto de este trabajo, digamos algo sobre el historiador argentino Ricardo Levene (1885-1959), autor de la emblemática obra Las Indias no eran colonias (ya citada) Ya hemos dicho que su postura requiere ser matizada y que, en tal cometido, ha cumplido un eximio papel su compatriota Ricardo Zorraquín Becú (1911-2000). De esto ya hemos hablado bastante. Agreguemos otros datos:  

 

Levene “se salió con la suya” en una sesión de 2 de octubre de 1948 de la Academia Nacional de la Historia de su país. ¿Qué sucedió? Propuso, en su calidad de presidente de la dicha entidad, que se sugiera a los autores de obras de Historia de América y de la Argentina que excusen la expresión período colonial y que la sustituyan por la de período de la dominación y civilización española[86. Lo hizo respetando la libertad de opinión y de ideas históricas, pero como un homenaje a la verdad histórica[87] y resaltando que la “investigación histórica moderna ha puesto en evidencia los altos valores de la civilización española y su transvasamiento en el Nuevo Mundo”[88.

 

Dijimos que Levene “se salió con la suya”, porque logró imponer su proyecto de que se recomendara la no utilización de los términos colonia y período colonial. Pero las cosas no se le dieron en un ciento por ciento. Primero, porque contó con la oposición de uno de los miembros, el Dr. Ravignani, quien pidió una sesión especial, “pues tendría muchas razones de índole legal y de práctica de gobierno en favor de su disconformidad con el cambio”[89. En segundo lugar, porque no logró imponer, en sustitución de la expresión período colonial, la de dominación y civilización española, sino que se aprobó la más simple de período hispánico.

***

 

El pensamiento de Levene queda claro, resumidamente, en la advertencia con que da comienzo a la citada obra. Se trata de una suerte de manifiesto que nos permitimos transcribir íntegramente:

 

“Las indias no eran colonias, según expresas disposiciones de las leyes:

 

Porque fueron incorporadas a la Corona de Castilla y León, conforme a la concesión pontificia y a las inspiraciones de los reyes católicos y no podían ser enajenadas;

 

Porque los naturales eran iguales en derecho a los españoles europeos y se consagró la legitimidad de los matrimonios entre ellos;

 

Porque los descendientes de los españoles europeos o criollos, y en general los beneméritos  de Indias, debían ser preferidos en la provisión de oficios;

 

Porque los Consejos de Castilla y de Indias eran iguales como altas potestades políticas;

 

Porque las instituciones provinciales o regionales de Indias ejercían la potestad legislativa;

 

Porque siendo de una Corona los reinos de Castilla y León y de Indias, las leyes y orden de gobierno de los unos y los otros debían ser los más semejantes que se puedan;

 

Porque en todos los casos que no estuviese decidido lo que se debía proveer por las Leyes de Indias, se guardarían las de Castilla conforme al orden de prelación de las Leyes de Toro;

 

Porque, en fin, se mandó excusar la palabra conquista como fuente de derecho, reemplazándola por la de población y pacificación”[90.

 

***

 

Levene identifica el concepto de colonia con la idea bien precisa de factoría, que no es otra cosa que un establecimiento de carácter económico-comercial, instalado en el país colonizado y ubicado generalmente en zonas costeras a manera de puertos. Y, por lo mismo, se trata de un modelo que no tiene intenciones de transvasamiento cultural y social. Forma parte de la llamada, por algunos autores, colonia de encuadramiento o de lo que lo nosotros, más simplemente, preferimos identificar como forma colonial de expansión[91.

 

Señala en el título del Capítulo III de su obra Las indias no eran colonias que las  “palabras ‘colonia’ o ‘factoría’ no se mencionan en las recopilaciones de indias ni en la doctrina de los juristas de los siglos XVI y XVII”[92. Este es un ejemplo de la dicha identificación y, en segundo lugar, del carácter esencialmente jurídico de su argumentación. Precisamente, con frecuencia, se le critica por sostener un enfoque en extremo legalista[93. La mayoría de sus argumentaciones históricas las funda en disposiciones legales, las que cita en exceso y con gran erudición. Concretamente, señala que Las indias no eran colonias, principalmente, por no utilizarse dicho término en la legislación indiana, viniendo sólo a aparecer en la segunda mitad del siglo XVIII, como la llamada “Real orden sobre comercio con colonias extranjeras” de 1795[94.

 

¿Qué decir, críticamente, de este argumento?

 

Que da en el clavo en el sentido de que, efectivamente, no es menor la circunstancia de que, escasamente, hasta fines del siglo XVIII, se utilicen los términos de colonia o factoría para referirse a la Indias[95. Ello revela, quiérase o no, que no existe la intención (oficial) de la Corona de perseguir un fin exclusivamente económico con la expansión o Conquista; está, por cierto, el fin económico; por eso se crean instituciones acordes como la Casa de Contratación (nacida en 1503); pero, y esto queremos recalcar, no se trata de un fin sólo económico, sino que éste forma parte de un proceso mucho más amplio y complejo: también, que duda cabe, se proyecta en América un Estado misional: se transvasan, con ciertas particularidades, un conjunto de instituciones políticas y religiosas. Las leyes de Indias, los ejemplos sobran, dan cuenta in extenso de la mencionada proyección institucional.

 

         Su compatriota Zorraquín también considera, como Levene, que es un anacronismo llamar colonias a las Indias, pues:

 

“Muy raras veces aparece el vocablo ‘colonia’ en las leyes o en los escritos de entonces. En la Recopilación de 1680 sólo la encontramos en tres disposiciones -todas de 1573- que hacen referencia a grupos de pobladores que van a establecerse en otros lugares. Sólo a fines del siglo XVIII empezarán a difundirse (…) las expresiones ‘metrópoli’ y ‘colonias’, para contraponer los dominios ibéricos a los de ultramar, asignando a éstos últimos una condición enteramente subordinada. El mismo criterio históricamente erróneo ha perdurado hasta nuestros días, aplicando a las Indias ese sustantivo que al mismo tiempo las califica despectivamente, sin advertir que no puede llamarse de esa manera a territorios que poseían gobernantes propios y un derecho espacial”[96. 

 

         Con las matizaciones del caso, como las ya señaladas, no puede dejar de desconocerse el enorme mérito de la obra de Levene. Fue unos de los primeros que, con fuerza intelectual, puso en el tapete historiográfico el tema de la condición política de las Indias; y que, con gran erudición, especialmente jurídica, demostró el carácter claramente erróneo de la denominación de colonias para las Indias. 

 

CONCLUSIÓN

 

No queremos, en esta parte, repetir todos los argumentos que llevan a concluir que las Indias no eran colonias. Sólo digamos que las Indias tuvieron personalidad política propia, aunque bajo dependencia de la Corona (e incluso del Reino) de Castilla. Pero ya el hecho de haber contado con un derecho especial y con organismos gubernamentales propios, desecha la calificación de colonia para la expansión española en América. A esto hay que agregar el fuerte sentido misional presente en la dicha expansión, aspecto (por definición) ausente en la forma estrictamente colonial.

 

         Pero, más allá de los argumentos históricos, ya desarrollados en el cuerpo de este ensayo, creemos que, metodológicamente, no corresponde el término colonia; aludamos a cuatros motivos fundamentales:

 

Por su carácter anacrónico: La expresión colonias no se usaba en la legislación de Indias y tampoco formaba parte de la vida práctica, social y política, del Nuevo Mundo. Las Indias eran parte de España, eran tierras españolas, vinculadas a la Corona de Castilla como bienes de realengo. La semejanza institucional entre las Indias y Castilla prueba tal aserto.

 

Por su tono peyorativo: Pensamos que si bien, conceptualmente, han de admitirse diversas modalidades o tipologías coloniales, en la práctica, la denominación de colonia supone un dominio negativo, forzado; incluso tiránico. Y en el caso de España, respecto a los habitantes de América, aquello no es exacto. Obviamente, la Conquista, como todo proceso de expansión política y militar, supuso el uso de la fuerza, en muchos casos en forma abusiva y extrema (esto no lo negamos); pero cosa muy distinta es afirmar que durante los tres siglos de la presencia española en América, sus habitantes se sintieron y vivieron políticamente oprimidos.

 

Por su amplitud conceptual: Como ya dijimos, por ser tan amplio el concepto de colonia, no corresponde meter en un mismo saco la expansión y asentamiento españoles con otros casos que sí pueden calificarse de coloniales.

 

Por su limitación conceptual: Pese a que el concepto de colonia es, vulgarmente, más amplio que el de factoría, no puede desconocerse que, en la práctica y de un modo habitual, se asocia con una idea básicamente mercantil, con lo que se omite, para el caso de las Indias, otros aspectos de tanta o mayor importancia (político-territoriales, sociales-étnicos, relativos a la evangelización y demás).       

 

Aclárese que hablamos de amplitud y limitación conceptual, al mismo tiempo, en la medida en que lo hacemos desde ángulos distintos. En el primer caso, desde un prisma historiográfico especializado; y en el segundo, desde una visión socialmente instalada, permanente, y, en consecuencia, muy presente en un público general.  

 

Pero ¿qué término utilizar en sustitución? ¿Es adecuada, por ejemplo, la denominación de período hispánico? Creemos que es imperfecta; preferimos la de período indiano. ¿Por qué? Porque expresa 1) el nombre históricamente dado a la América española, y 2) porque lo indiano representa el carácter inédito de la vida de estas tierras en cuanto fusión de lo hispano con lo indígena. 

 

***

 

Interesante, para terminar este trabajo, es considerar si las Indias pasaron a ser colonias a partir de las reformas borbónicas. Digamos, ante todo, que éstas tuvieron como principal objetivo alcanzar una mejor eficiencia administrativa y financiera en aras de un mayor allegamiento fiscal de recursos. Se pensó, ilusamente, y desde el pensamiento ilustrado, que la reforma pasaba por el simple cambio de leyes. Pero, mirando los resultados efectivos, Guillermo Céspedes del Castillo afirma:

 

“La explicable tendencia de los gobernantes a creerse su propia retórica y propaganda, tendencia que a veces les lleva a confundir sus intenciones con sus logros, determinaría que sus grandilocuentes rasgos de optimismo perdurasen en los documentos, aun después de que la experiencia les obligase a cambiar sus iniciales expectativas por un desánimo creciente”[97.

 

         Sin entrar a detallar las reformas mismas, y la filosofía inspiradora, sólo, para los efectos de nuestro tema, digamos que ellas implicaron una creciente y progresiva centralización del sistema monárquico. Y que esto, sin duda, afectó, notoriamente, la autonomía política de los diversos reinos, tanto peninsulares como indianos.

 

Una reforma importante, señalemos, es la creación en 1717 de las Secretarías del Despacho Universal con rango de ministerios, que le quitaron facultades a los consejos todavía vigentes. En 1754 se estableció que la Secretaría de Indias y Marina, podía proponer al rey los candidatos para llenar los cargos vacantes de las diversas instituciones indianas, como el Consejo de Indias (vigente aunque mitigado[98, Casa de Contratación[99, virreyes, gobernadores, cargos eclesiásticos, castrenses, etc. A la Cámara de Indias (organismo interno del Consejo), se le mantenía la consulta de los cargos judiciales y de otros de menor rango. Y entre 1787 y 1790[100, bajo Carlos III, se llega a suprimir la secretaría especial para los asuntos indianos, encargándose de tales materias los ministros de cada rama, cada uno respecto de su materia específica.

 

Al establecerse el sistema de Intendencias se siguió hablando de provincias. Pero, al mismo tiempo, comenzó a extenderse el uso de la expresión dominios, ya no con un sentido administrativo, sino fundamentalmente económico. Esta última expresión “no hacía referencia regiones concretas puesto que comprendía al conjunto de todas ellas”[101.

 

Además, desde la segunda mitad del siglo XVIII se comenzó, primero ocasionalmente, a hablar de colonias. Según Zorraquín, esta denominación sólo se había utilizado, excepcionalmente, para referirse a los “grupos de pobladores que se establecen en otro lugar”[102. Agrega el mismo autor:

 

“Pero en la época de Carlos III, y sin duda imitando el vocabulario de autores contemporáneos franceses, surge esta voz con el significado de regiones subordinadas. Así en el ‘Informe y Plan de Intendencias’ para Nueva España, elaborado por José Gálvez y el Virrey de Croix en 1768, se aspira con el nuevo sistema a ‘uniformar el gobierno de estas grandes colonias con el de su metrópoli’. Este fue el primer documento que conocemos en el cual se contrapuso con esas palabras la situación respectiva de España y las Indias”[103.

 

¿Qué decir frente a lo anterior? ¿Puede afirmarse que en el siglo XVIII las Indias pasaron a ser colonias hechas y derechas?

 

Nuestra respuesta es que, no obstante la perdida casi total de personalidad política de las Indias, éstas siguen teniendo aspectos estatales, no sólo por la alicaída institucionalidad que aún conservan, sino porque aún se responde, pese a los valores  ilustrados, a ideales supremos de corte religioso. Las Indias, en efecto, no obstante haber perdido, en grado sumo, facultades de gobierno, sí mantienen una vida interna que es proyección de los dos siglos anteriores. En las Indias sigue funcionando la Iglesia, no obstante la expulsión de los Jesuitas, decretada por Carlos III el 27 de marzo de 1767. En las Indias siguen habiendo ciudades; incluso, aunque desde otras ideas, se refundan antiguas y fundan nuevas. En las Indias, en fin, sigue latiendo el espíritu del conquistador español; del que, cruzando mares y montañas, vino para quedarse, para dejar fama de sí. Esto se expresa en que sigue vigente la idea esencial de pueblo como actor político y del Cabildo como órgano representativo de aquel[104.

 

Por otra parte, no hay que olvidar que los ideales ilustrados, fundamento y fermento de las referidas reformas, son propios de unos pocos, de unas elites; y que son, en general, totalmente ajenos al grueso de la población, que es la concreta receptora de los cambios.

 

Podemos decir, en suma, que habría que distinguir entre colonias como sustantivo -creemos que las Indias no llegaron a serlo- y mentalidad colonial, utilizando el término colonia como adjetivo, -pensamos que ella existió en la metrópoli, pero no en la mayoría de los habitantes de estas tierras-. Una demostración de ello es que las mentadas reformas, hechas de espaldas al pueblo, hayan sido, normalmente, contrarias a sus íntimos y verdaderos deseos. Todo lo cual es origen de descontento[105. Un ejemplo emblemático de ello es la famosa rebelión de Tupac Amaru, ocurrida en 1780[106. 

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[1] Trabajo presentado el segundo semestre de 2006 en la cátedra “América en la época de la Ilustración”, Profesor Sergio Salas Fernández.

[2] LEVENE, RICARDO, Las indias no eran colonias, Espasa-Calpe, Madrid, 3ª edición: 1973 (1ª edición: 1951).

[3] Citado por ZORRAQUÍN BECÚ, Ricardo, “Condición política de las Indias”, en el mismo, Estudios de Historia del Derecho I, Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho, Buenos Aires, 1988, pp. 55 y 56. La obra de Levene citada es Introducción a la Historia del Derecho Indiano, 70, Buenos Aires, 1924, a la que no hemos podido acceder directamente.

[4] Citado por BRAVO LIRA, Bernardino, “Hispaniarum et Indiarum Rex. Monarquía múltiple y articulación estatal de Hispanoamérica y Filipinas. Contrastes entre formas estatales de expansión europea y las formas imperiales coloniales”, en XI Congreso del Instituto Internacional de Historia del Derecho Indiano, Buenos Aires, 4 al 9 de septiembre de 1995, Actas y estudios II, Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho, Buenos Aires, 1997, p. 407.

[5] ZAVALA Silvio, Ensayos sobre la colonización española en América, Emecé Editores, Buenos Aires, 1944, pp. 62-75.

[6] EYZAGUIRRE, Jaime, Ideario y ruta de la emancipación chilena, Editorial Universitaria, Santiago, 12ª edición: 1983 (1ª edición: 1957), p. 23.

[7] Véanse: BRAVO LIRA, Bernardino, op. cit.  El mismo, Poder y respeto a las personas en Iberoamérica. Siglos XVI a XX, Ediciones Universitarias de Valparaíso, Universidad Católica de Valparaíso, 1989. El mismo,  Historia de las instituciones políticas de Chile e Hispanoamérica, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1993.

[8] Cfr. BRAVO LIRA, Bernardino, “Hispaniarum…”.

[9] Cfr. ZORRAQUÍN BECÚ, Ricardo, op. cit.

[10] Para una visión general, véanse: PARRY, John H., Europa y la expansión del mundo 1415-1715, Fondo de Cultura Económica, México, 2003 (1ª edición en inglés de 1949). MORALES PADRÓN, Francisco, Historia del descubrimiento y conquista de América, Editora Nacional, Madrid, 1981. MAHN-LOT, Marianne, Una aproximación histórica a la conquista de la América española, oikos-tau, Barcelona-España, 1977.

[11] V. gr.: DOUGNAC RODRÍGUEZ, Antonio, Manual de Historia del Derecho Indiano, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1994. TOMÁS Y VALIENTE, Francisco, Manual de Historia del Derecho Español, Tecnos, Madrid, 1990 (1ª edición de 1979). BARRIENTOS GRANDON, Javier, El  Gobierno de las Indias,  Marcial Pons, Madrid, 2004. GARCÍA GALLO, Alfonso, Los orígenes españoles de las instituciones americanas. Estudios de Derecho Indiano, Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, España, 1987.

[12] MARROU, Henri-Irénée, El conocimiento histórico, Idea Universitaria, 1999, Barcelona-España, p. 137.

[13] Diccionario Real Academia Española (RAE); en http://www.rae.es (al 03.06.2006)

[14] Idem.

[15] Diccionario de las Autoridades, Real Academia de la Lengua, 1729.

[16] MEZA VILLALOBOS, Néstor, Estudios sobre la Conquista de América, Editorial Universitaria, Santiago, 1992 (Primera edición de 1971), pp. 22-25.

[17] En conjunto, estas dos tipologías son enmarcadas por el historiador español José Luis Comellas bajo la denominación de tipo funcional o anglosajón. Enumera las siguientes características: “reducción al mínimo del aparato militar y administrativo, asentamientos de población metropolitana relativamente pequeños, estratégicamente situados en zonas costeras que dominan, o bien un amplio hinterland, o bien un espacio marítimo, o ambas cosas” (COMELLAS, José Luis, “III. Descolonización”, en “Colonización”, en Gran Enciclopedia Rialp (GER), Tomo 6, Madrid, 1991, p. 16).

[18] Cfr. http://www.puc.cl/sw_educ/historia/conquista/parte2/html/index.html

(al 29-10-2006). A su vez, esta página se basa en Moya Pons, Frank, Después de Colón, Editorial Alianza, Madrid, 1987, p. 187.

[19] Mahn-Lot, Marianne, op. cit., p. 122.

[20] Diccionario Real Academia Española (RAE); en http://www.rae.es (al 25-10-2006).

[21] GÓMEZ ESPELOSÍN, Francisco Javier, Introducción a la Grecia Antigua, Alianza Editorial, Madrid, 1998, p. 51.

[22] Para la expansión de Roma en Italia y el Mediterráneo, véase BUONO-CORE, Raúl, Roma Republicana. Estrategia, expansión y dominios (525-31 a. C.), Instituto de Historia de la Universidad Católica de Valparaíso, 2005.

[23] Una muy interesante comparación entre el modelo imperial romano y el español puede verse en LIRA PÉREZ, Osvaldo, Hispanidad y mestizaje, Editorial Covadonga, Santiago, 1985, pp. 61-73. En esencia, este autor sostiene que es mayor la grandeza de la expansión española respecto de la romana, porque ésta última sólo habría transvasado valores culturales de carácter natural; en cambio, la primera habría supuesto el transvasamiento de una cosmovisión de índole sobrenatural y trascendente: el Cristianismo.

[24] GÓNGORA, Mario, Estudios sobre la Historia Colonial de Hispanoamérica, Editorial Universitaria, Santiago, 1998, p. 93.

[25] Cfr. Ibid.

[26] BRAVO LIRA, Bernardino, Historia de las Instituciones…, p. 31.

[27] Ibid., p. 36.

[28] BRAVO LIRA, Bernardino, “Hispaniarum…”.

[29] Ibid., p. 421.

[30] Idem.

[31] Lo mismo en el caso de Portugal.

[32] BRAVO LIRA, Bernardino, “Hispaniarum…”, p. 422.

[33] Ibid., p. 443.

[34] PARRY, John H., op. cit., p. 163. 

[35] Ibid., pp. 157 y 158.

[36] BRAVO LIRA, Bernardino, “Hispaniarum…”, p. 446. 

[37] PARRY, John H., op. cit., p. 177.

[38] Idem.

[39] BRAVO LIRA, Bernardino, “Hispaniarum…”, p. 452.

[40] Citado por BRAVO LIRA, Bernardino, “Hispaniarum…”, pp. 452 y 453.

[41] Cfr. Ibid., p. 453.

[42] Idem.

[43] COMELLAS, José Luis, Historia de España Moderna y Contemporánea, Ediciones Rialp, Madrid, 1967, p. 32.

[44] Idem.

[45] Para este tema, véase especialmente: GARCÍA GALLO, Alfonso, “Las bulas de Alejandro VI y el ordenamiento jurídico de la expansión portuguesa y castellana en África e Indias”, en el mismo, Los orígenes españoles de las instituciones americanas. Estudios de Derecho Indiano, Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, España, 1987, pp. 313-666. También en Chile: ROJAS DONAT, Luis, España y Portugal ante los otros: derecho, religión y política en el descubrimiento medieval de América, Ediciones Universidad del Bío-Bío, Concepción, 2002.

[46] BRAVO LIRA, Bernardino, Poder y respeto…, p. 23.

[47] Idem.

[48] BRAVO LIRA, Bernardino, “Hispaniarum…”.

[49] BRAVO LIRA, Bernardino, Poder y respeto…, pp. 23 y 24.

[50] ZORRAQUÍN BECÚ, Ricardo, op. cit., p. 76.

[51] Ibid., p. 131.

[52] V. gr.: Carta de Carlos V a la ciudad de San Miguel de Piura (en el Perú), enero 16 de 1556, dándole la noticia de su renuncia; hecho que al día siguiente era comunicado, a la misma ciudad, por Felipe II.

[53] ZORRAQUÍN BECÚ, Ricardo, op. cit., pp. 131 y 132.

[54] Ibid., p. 132.

[55] LEVENE, Ricardo, op. cit., p. 10.

[56] Otro es la limitación de la vigencia de las leyes de Castilla en Indias desde 1614. “En 1614 se resolvió que ninguna ley de Castilla podía regir en América sin tener el pase de este Real y Supremo Consejo de Indias. Hasta esa fecha se había entendido que las leyes de Castilla se aplicaban en Indias. Desde 1614 la situación cambia y se produce una cierta separación de las legislaciones” (BRAVO LIRA, Bernardino, Historia de las instituciones…, p. 50).

[57] LEVENE, Ricardo, op. cit., p. 19.

[58] Finalidad principal del Estado.

[59] La Casa de Contratación “tenía a su cargo el tráfico entre España e Indias. No sólo el paso de mercaderías, sino también de personas, para impedir que fueran a Indias sujetos no católicos o de mala conducta, cuyo ejemplo pudiera perjudicar la labor evangelizadora de los indígenas. La Casa tenía, además, otras funciones, científicas, relativas a la exploración del Nuevo Mundo” (BRAVO LIRA, Bernardino, Historia de las instituciones, p. 65). 

[60] ZORRAQUÍN BECÚ, Ricardo, op. cit., pp. 100 y 101.

[61] Ibid., p. 96.

[62] De hecho, fueron adquiridas por accesión, como ya se indicó.  Para este tema, ver nota 39.

[63] Por lo demás, dijimos que la autonomía de las Indias respecto de Castilla no es plena ni tampoco similar a existente en otros reinos peninsulares; con lo cual, por tanto, no negamos la existencia de una autonomía relativa de gran alcance.

[64] ZORRAQUÍN BECÚ, Ricardo, op. cit., p. 80.

[65] Idem. 

[66] Cfr. Ibid., pp. 80 y 81.

[67] Ibid., p. 82.

[68] Ibid., p. 84.

[69] Cfr. Ibid., p. 87.

[70] LEVENE, Ricardo, op. cit., p. 10.

[71] Ibid., p. 25.

[72] Cfr. ZORRAQUÍN BECÚ, Ricardo, op. cit., pp. 100 y 101.

[73] ZORRAQUÍN BECÚ, Ricardo, op. cit., p. 107.
[74] PARRY, John H., op. cit., p. 177.

[75] BRAVO LIRA, Bernardino, “Hispaniarum…”, p. 426.

[76] BRAVO LIRA, Bernardino, Poder y respeto…, p. 25.

[77] Según el diccionario de la RAE, “toda disposición de última voluntad que no contiene la institución del heredero y que puede otorgarse en ausencia de testamento o como complemento de él” (en http://www.rae.es [al 28-10-2006]).

[78] Citado por BRAVO LIRA, Bernardino, Poder y respeto…, p. 25.

[79] BRAVO LIRA, Bernardino, “Hispaniarum…”, p. 424.

[80] MEZA VILLALOBOS, Néstor, op. cit., p. 85.

[81] VILLALOBOS, Sergio, Para una meditación de la Conquista, Editorial Universitaria, Santiago, 2003 (Primera edición de 1972), p. 22.

[82] BRAVO LIRA, Bernardino, Poder y respeto…, p. 31.

[83] Ibid., p. 27.

[84] Quien señaló: “La conquista española de América fue mucho más que una extraordinaria hazaña militar y política; (…) fue también uno de los mayores intentos que ha presenciado el mundo para que prevalezcan los preceptos cristianos en las relaciones entre gentes. Este intentó se convirtió fundamentalmente en una fogosa defensa de los derechos de los indios, que descansaba en dos de las presunciones básicas que puede un cristiano, a saber: que todos los hombres, y que un cristiano es responsable del bienestar de sus hermanos, a pesar de los ajenos o humildes que sean” (HANKE Lewis, La lucha española por la conquista en América, Aguilar, Madrid, España, 1967, p. 15).

[85] BRAVO LIRA, Bernardino, Poder y respeto…, p. 29.

[86] Como se desprende de su obra, para Levene el término dominación tiene un sentido positivo: revela la circunstancia jurídica de que las Indias fueron incorporadas a la Corona de Castilla y León como bienes de realengo, es decir, como bienes propios del monarca.

[87] Cfr. LEVENE, Ricardo, op. cit., pp. 153 y 154. La referida declaración aparece a manera de apéndice en esta obra.  

[88] Ibid., p. 153.

[89] Ibid., p. 156.

[90] Ibid., pp. 10 y 11.

[91] Recordemos que preferimos el término colonia a manera de adjetivo y no de sustantivo.

[92] LEVENE, Ricardo, op. cit., p. 34.

[93] En nuestro país, crítica semejante realiza Sergio Villalobos al decir que “Levene, al igual que todos los hispanistas, se mantenía en el plano de lo jurídico y de las buenas intenciones de la política; pero prescindía por completo de la realidad americana, de la falta de cumplimiento de la ley o de su distorsión y de la trama compleja de abusos, intereses y negocios que caracterizaron la existencia colonial” (VILLALOBOS, Sergio, Historia del pueblo chileno, Editorial Zig-Zag, Santiago, 1ª edición: 1980, p. 40).

[94] Cfr. LEVENE, Ricardo, op. cit., p. 82.

[95] Aunque a nivel doctrinal, y como lo demuestra Mario Góngora, Solórzano utiliza el término “colonias “en el sentido romano clásico de núcleos de asentamiento establecidos en otras tierras” (GÓNGORA, Mario, op. cit., p. 93).

[96] ZORRAQUÍN BECÚ, Ricardo, op. cit., p. 108.

[97] CESPEDES DEL CASTILLO, Guillermo, Ensayos sobre los reinos castellanos de Indias, Real Academia de la Historia, Madrid, 1999, p. 205.

[98] Con facultades meramente judiciales.

[99] Ver nota 54.

[100] En este año, además, se suprimió la Casa de Contratación.

[101] ZORRAQUÍN BECÚ, Ricardo, op. cit., p. 140.

[102] Ibid., p. 141.

[103] Idem.

[104] Para este tema, véase MEZA VILLALOBOS, Néstor, La conciencia política chilena durante la monarquía, Editorial Universitaria, Santiago, 1958.

[105] Para las reformas borbónicas (“destrucción del Estado criollo” y “protesta popular”), excelente es el artículo de LYNCH, John (traducción de Carmen Martínez Gimeno), “El reformismo borbónico e Hispanoamérica”, en GUIMERÁ, Agustín (editor), El reformismo Borbónico. Una visión interdisciplinar,  Alianza Editorial y CSIC, Madrid, 1996.

[106] Para este tema, véase el excelente trabajo de LEWIN, Boleslao, La rebelión de Tupac Amaru y los orígenes de la Independencia de Hispanoamérica, SELA, Buenos Aires, 2004 (Primera edición de 1943).

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Agradecemos el trabajo presentado por el autor en:

http://blogdehistoria.blogspot.com//  

2006.XI.04


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María, protectora de los navengates,
bendiciendo a Cristobal Colón
,
de Alejo Fernández. Catedral de Sevilla
(siglo XVI)

 

«La Iglesia hubo de asumir la tarea de introducir la ley del Evangelio y la ética del sermón de la montaña entre gentes para quienes el homicidio era la más honrosa de las ocupaciones y la venganza era sinónimo de justicia... (Los bárbaros eran pueblos guerreros que asombraban a los romanos por sus costumbres y conductas salvajes)» …[…]… C. Dawson

También lo mismo sucedió con el descubrimiento del ‘nuevo mundo’ frente a las prácticas sanguinarias y antropófagas autóctonas.

 

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Rosa de Lima, santa y patrona de América, rezaba: «¡Señor mío y Dios mío! ¿cómo es posible que haya quien deje de amaros?... Pero yo, mi buen Jesús, ¿cuándo comenzaré a amaros como merecéis?... ¡Ay de mí, y qué lejos estoy de aquel amor perfecto, íntimo, robustísimo que os debo! ¡Oh, cómo me avergüenza mi tibieza!

¿De qué me sirve este corazón que tengo?, ¿para qué lo quiero si hasta ahora no se ha reducido a cenizas al fuego de tu amor...?».-

 

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(Mc 10, 46-52) leemos que, mientras el Señor pasa por las calles de Jericó, un ciego de nombre Bartimeo se dirige a él gritando con fuerte voz:  "Hijo de David, ten compasión de mí". Esta oración toca el corazón de Cristo, que se detiene, lo manda llamar y lo cura. El momento decisivo fue el encuentro personal, directo, entre el Señor y aquel hombre que sufría. Se encuentran uno frente al otro:  Dios, con su deseo de curar, y el hombre, con su deseo de ser curado. Dos libertades, dos voluntades convergentes:  "¿Qué quieres que te haga?", le pregunta el Señor. "Que vea", responde el ciego. "Vete, tu fe te ha curado". Con estas palabras se realiza el milagro. Alegría de Dios, alegría del hombre.

Y Bartimeo, tras recobrar la vista -narra el evangelio- "lo sigue por el camino", es decir, se convierte en su discípulo y sube con el Maestro a Jerusalén para participar con él en el gran misterio de la salvación. Este relato, en sus  aspectos fundamentales, evoca el itinerario  del catecúmeno hacia el sacramento  del bautismo, que en la Iglesia  antigua se llamaba también "iluminación".

La fe es un camino de iluminación:  parte de la humildad de reconocerse necesitados de salvación y llega al encuentro personal con Cristo, que llama a seguirlo por la senda del amor. Según este modelo se presentan en la Iglesia los itinerarios de iniciación cristiana, que preparan para los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. En los lugares de antigua evangelización, donde se suele bautizar a los niños, se proponen a los jóvenes y a los adultos experiencias de catequesis y espiritualidad que permiten recorrer un camino de redescubrimiento de la fe de modo maduro  y consciente, para asumir luego un compromiso coherente de testimonio.

¡Cuán importante es la labor que realizan en este campo los pastores y los catequistas! El redescubrimiento del valor de su bautismo es la base del compromiso misionero de todo cristiano, porque vemos en el Evangelio que quien se deja fascinar por Cristo no puede menos de testimoniar la alegría de seguir sus pasos. En este mes de octubre, dedicado especialmente a la misión, comprendemos mucho mejor que, precisamente en virtud del bautismo, poseemos una vocación misionera connatural.

Invoquemos la intercesión de la Virgen María para que se multipliquen los misioneros del Evangelio.
Que cada bautizado, íntimamente unido al Señor, se sienta llamado a anunciar a todos el amor  de Dios con el testimonio de su vida. Domingo 29 de octubre de 2006

 

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«Cuando una ley está en contraste con la razón, se la denomina ley inicua; sin embargo, en este caso deja de ser ley y se convierte más bien en un acto de violencia». (Summa Theologiae, I-II, q. 93, a. 3, ad 2um.)  

«Toda ley puesta por los hombres tiene razón de ley en cuanto deriva de la ley natural. Por el contrario, si contradice en cualquier cosa a la ley natural, entonces no será ley sino corrupción de la ley». (Ibid., I-II, q. 95, a. 2. El Aquinate cita a S.. Agustín: «Non videtur esse lex, quae insta non fuerit», De libero arbitrio, I, 5, 11: PL 32, 1227.)  

En palabras de la Antígona de Sófocles, "No he creído que tus decretos, como mortal que eres, puedan tener primacía sobre las leyes no escritas, inmutables, de los dioses". El concepto de ley natural viene a expresarlo de otro modo. La injusticia consistiría en vulnerar esas leyes no escritas, grabadas –aunque quizá con poca fuerza– en nuestro interior, pero que se cumplirían inexorablemente: su transgresión atraería la desgracia sobre los mortales. Así, por una vía u otra, la justicia se impondría, y la vida sería finalmente justa.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).-

Comentando la creación del hombre, ‘Gregorio De Nisa’ subraya que Dios, «el mejor de los artistas, forja nuestra naturaleza de manera que sea capaz del ejercicio de la realeza. A causa de la superioridad del alma, y gracias a la misma conformación del cuerpo, hace que el hombre sea realmente idóneo para desempeñar el poder regio» («De hominis opificio» 4: PG 44,136B).

Pero vemos cómo el hombre, en la red de los pecados, con frecuencia abusa de la creación y no ejerce la verdadera realeza. Por este motivo, para desempeñar una verdadera responsabilidad ante las criaturas, tiene que ser penetrado por Dios y vivir en su luz. El hombre, de hecho, es un reflejo de esa belleza original que es Dios: «Todo lo que creó Dios era óptimo», escribe el santo obispo. Y añade: «Lo testimonia la narración de la creación (Cf. Génesis 1, 31). Entre las cosas óptimas también se encontraba el hombre, dotado de una belleza muy superior a la de todas las cosas bellas. ¿Qué otra cosa podía ser tan bella como la que era semejante a la belleza pura e incorruptible?... Reflejo e imagen de la vida eterna, él era realmente bello, es más, bellísimo, con el signo radiante de la vida en su rostro» («Homilia in Canticum» 12: PG 44,1020C).


Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.

Por la gracia de Dios, en el año del Señor 2007: Anno Domini

"In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

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La Iglesia testimonia el Evangelio por los caminos del mundo, ¡por eso es católica!; desde que Cristo la fundara, hace dos milenios.

“El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

Si la presencia de Cristo es la que hace sentirse de veras en casa, es precisamente porque impulsa la libertad del cristiano más allá de los muros de la casa, pues es consciente de que el horizonte de su casa es el mundo-global-universalidad-catolicidad. Por el camino de cada día, vivamos el Evangelio que la Iglesia propone.

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

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Recomendamos vivamente la siguiente lectura:

CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr. -

Editorial: CIUDADELA. 

 

Vox Dei est: Sancti estote, quia ego sanctus sum (Lev. XIX, 2 et XX, 7); et vox Domini est: Estote misericordes, sicut et Pater vester misericors est (Luc. VI, 36).
Vox fidei, semper! La voz de la fe, siempre firmes! «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe». Benedicto PP. XVI. Lema para: JMJ 2011
¡Laudetur Iesus Christus! "Pretender acallar y prohibir las voces de los cristianos por el hecho de ser cristianos es totalitarismo".
Benedíctus Deus in saecula†




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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).