Wednesday 29 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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Hay que estar siempre a favor de la libertad de expresión, porque « cuantas veces los hombres, según su natural inclinación, intercambian sus conocimientos o manifiestan sus opiniones, están usando de un derecho que les es propio, y a la vez ejerciendo una función social » (Communio et progressio, 45: L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de junio de 1971, p. 5). Sin embargo, considerada desde una perspectiva ética, esta presunción no es una norma absoluta e irrevocable. Se dan casos obvios en los que no existe ningún derecho a comunicar, por ejemplo el de la difamación y la calumnia, el de los mensajes que pretenden fomentar el odio y el conflicto entre las personas y los grupos, la obscenidad y la pornografía, y las descripciones morbosas de la violencia. Es evidente también que la libre expresión debería atenerse siempre a principios como la verdad, la honradez y el respeto a la vida privada.

 

En los surcos donde nos habíamos esforzado por echar la simiente de la verdadera paz, otros esparcieron —como el inimicus homo de la Sagrada Escritura (Mt 13, 25)— la cizaña de la desconfianza, del descontento, de la discordia, del odio, de la difamación, de la hostilidad profunda, oculta o manifiesta, contra Cristo y su Iglesia, desencadenando una lucha que se alimentó en mil fuentes diversas y se sirvió de todos los medios.

 

«Así como la tentación de la concupiscencia es triple, así también lo es la tentación del temor. A la concupiscencia de la curiosidad se opone el temor de la muerte: en aquélla hay avidez de conocer muchas cosas, en ésta, hay miedo de perder lo que se ha sabido. A la concupiscencia de los honores y de las alabanzas se opone el temor de la humillación y de los ultrajes. A la concupiscencia del placer se opone el temor del dolor. No es absurdo, pues, pensar que por esta triple tentación el Señor hubiera pedido tres veces se alejara de él el cáliz, pero de tal modo que se cumpliera la voluntad del Padre.

Es fácil temer la pena; pero esto no es temer a Dios, naturalmente, con aquel temor de piedad... 

Se dice muchas veces, y con buenos argumentos, que el temor pertenece más bien al Antiguo Testaamento, como el amor al Nuevo, aunque en el Antiguo Testamento esté oculto el Nuevo y en el Nuevo Testamento se manifieste el Antiguo. 

El temor de Dios no sólo es el comienzo, sino también la perfección del sabio». San Agustín 

 

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Atrasados por católicos

 

Por Luis María Sandoval

Que el protestantismo no tenía -ni tiene- la razón ni en el orden teológico ni en el moral y social es cuestión de una apologética doctrinal. Pero que la derrota de las Españas áureas, acosadas por múltiples enemigos, no se debe a la incompatibilidad del catolicismo con el progreso técnico, ni con las iniciativas económicamente rentables, es fácil de refutar haciendo simplemente turismo.

 

Con motivo del estreno cinematógrafico de “Alatriste” los comentarios más patrióticos apenas alcanzaban cotas del género “No podemos negar que hubo un momento en que España fue grande y que, con todos nuestros defectos, alguna virtud también tuvimos”.

Eso sí, después de tales excesos de orgullo hispano, referidos a un siglo entero cuanto menos, se matizaba inmediatamente más o menos así: “Lamentablemente los esfuerzos españoles de entonces se empeñaron contra el protestantismo -precedente del liberalismo- implantado en la Europa del Norte, protestantismo y luego liberalismo que tenían la razón, y suponían el progreso y el provecho material”.

En última instancia la reivindicación patria se quedaba en haber sido grandes... equivocados por haber unido la política hispana al catolicismo. El anticatolicismo dominante regresaba, algo atenuado, incluso en clave patriótica.

Evidentemente, el poso que estos comentarios deja no puede ni agravar ni revertir la suerte de nuestra Armada en Las Dunas ni de nuestros Tercios en Rocroi; pero sí actúa, en cambio, para asentar los criterios presentes de desprecio del catolicismo como abocado al fracaso y ligado al rechazo del progreso científico y material.

Que el protestantismo no tenía -ni tiene- la razón ni en el orden teológico ni en el moral y social es cuestión de una apologética doctrinal. Pero que la derrota de las Españas áureas, acosadas por múltiples enemigos, no se debe a la incompatibilidad del catolicismo con el progreso técnico, ni con las iniciativas económicamente rentables, es fácil de refutar haciendo simplemente turismo.

En las agencias de turismo españolas se ofrecía este verano alquilar barcos en los que navegar y pernoctar por el Canal du Midi.

El Canal du Midi es una soberbia vía navegable artificial que permite unir el Atlántico y el Mediterráneo entre Tolosa, sobre el Garona (el cual es navegable entre esa ciudad y el golfo de Vizcaya- y Sète en el litoral languedocino. Obra realizada en la Francia católica del siglo XVII, muy pocos años después del reconocimiento de la derrota hispánica en la Paz de los Pirineos.

Y es que la mala fé de los apologistas anticatólicos de guardia les hace olvidar que la España de los Austrias ni retrocedió ante el islam, ni fue doblegada por los rebeldes calvinistas holandeses, ni padeció más que un hostigamiento molesto pero nada resolutivo por parte del protestantismo inglés: a todo eso, sumado, se unió para derrotar a la Monarquía Hispana la división católica –sublevaciones en Andalucía Cataluña, Portugal y Nápoles- y la hostilidad decisiva del rico, poblado y centralizado reino francés, sin duda egoísta e interesado, pero católico. La decisiva derrota de Rocroi, en el marco de la guerra general de los Treinta Años, no supuso que la hegemonía europea pasara del oscurantismo católico al progresivo protestantismo preliberal, sino de una nación católica a otra.

Desde luego, un veraneo en el Canal du Midi permite ver que en el siglo XVII la mayor empresa en términos de componentes científicos, técnicos, económicos y administrativos no se realizaba en un país septentrional ni protestante, sino bien al sur –en el Midi- y con protagonistas católicos. A la España puntera en la navegación, en la arquitectura militar y religiosa de dos hemisferios o en el resumen escurialense no la sucedía ningún protestantismo superior, sino otros protagonistas católicos.

 

Volvamos a los hechos

La depresión del Midi ya había sugerido la posibilidad de ligar ambos mares a Augusto en los albores de la era cristiana, y a muchos gobernantes después. Acortar el camino de los barcos, liberarlos de los peligros marinos, sacudirse la servidumbre del dueño de los litorales españoles –motivación añadida en plena rivalidad Austro-Borbónica- constituía un valor económico de primera magnitud, que sólo los hijos del ferrocarril no podemos comprender.

Hasta el siglo XIX la capacidad de transporte en embarcaciones, aunque el tonelaje de éstas fuese –como era- muy pequeño, era inmensamente superior al de acémilas o carretas, sin que ni velocidad ni coste desmereciera. Un canal a través del continente, apuntando a la posibilidad de no transbordar las mercancías desde un puerto mediterráno a otro atlántico, era un objetivo de desarrollo económico ambicioso e incomparable.

Y lo que no había sido factible antes una población católica lo hizo posible. Y con nota superior en todos sus elementos.

Primero, el de la concepción. Se consiguió determinar el punto exacto –a 191 metros sobre el nivel del mar- en que ambas cuencas divergían. En ese punto exacto el canal debería ser alimentado permanentemente, para compensar las aguas que perdería en cada tránsito de esclusas. Y para eludir definitivamente el problema del curso irregular del río Aude, tributario del Mediterráneo, se concibió excavar el canal no sólo desde el Garona hasta el Aude, sino también un curso artificial, paralelo a éste hasta el mar, libre de sequías, aluviones y bajíos.

Todas estas cuestiones fueron abordadas y solucionadas por Pierre-Paul Riquet, un administrador de impuestos local, que abordó primero el proyecto, y luego la empresa, a la respetable edad para la época de cincuenta y siete años. En 1662 elevó un memorial al ministro Colbert, que consiguió superar los exámenes de todos los expertos en los siguientes cuatro años, incluida la prueba de los hechos de construir el aporte de aguas al límite entre las dos vertientes. Riquet propuso, y probó, que se podían captar y almacenar aguas de las vecinas montañas y conducirlas al lugar conveniente en cantidad suficiente.

 

En segundo lugar, este occitano de Beziers, y sus ayudantes católicos –que como tales debían ser atrasados y obtusos para la ciencia y la economía-, acometieron la construcción de un embalse de alimentación –el mayor lago artificial de su época- y la excavación de un canal de 240 kilómetros de longitud, con una anchura constante de veinte metros de espejo, y 63 tramos de esclusas (de las cuales una cuádruple, cuatro triples, diecinueve dobles y una –que sigue maravillando hoy- séptuple) que salvaban los 58 metros de desnivel de Tolosa al umbral entre las dos cuencas y los 190 hasta el Mediterráneo. Todavía hoy la austeridad de estas esclusas y demás obras, sin ninguna concesión ornamental, revela la finalidad práctica de los trabajos que, sin embargo, no por ello carecen de una severa elegancia.

Por si esa proeza técnica de la Europa meridional católica fuera poca, está puntuada por obras auténticamente singulares. Con frecuencia el discurrir a nivel del Canal se veía interrumpido por cursos naturales de agua, por lo que había que proveer a evitar desbordamientos o aterramientos mediante aliviaderos laterales. En algún caso estos cauces cortaban abruptamente la cota constante del canal y Riquet les dio una solución simple y novedosísima: el canal navegable cruza por un puente acueducto sobre dichos cursos; en otro lugar, por la misma razón, perforó un tunel navegable de 165 metros; y hasta previó, cerca ya del mar, que las crecidas estacionales de otra corriente pasaran a través de éste sin perturbarlo.

Semejantes éxitos técnicos no fueron posibles sin una gran capacidad administrativa: la obra entera se concluyó en apenas quince años. Y se financió sin cargo al tesoro real, por el bolsillo del propio Riquet y de las comunidades locales involucradas que se iban a beneficiar del canal. Llegaron a trabajar simultáneamente en las obras hasta doce mil obreros, lo que, más que parecer mucho, significa que el trabajo racionalizado y coordinado no es un invento septentrional. Es más: siquiera fuera por la necesidad de fidelizar a los trabajadores de los que tenía necesidad –no eran forzados- Riquet estableció buenos salarios que abonaban incluso las jornadas de domingos y festivos, de bajas por enfermedad y de labores imposibles por el mal tiempo.

La obra fue la maravilla de su tiempo y un siglo después la visitaba Thomas Jefferson pensando en imitarlo en Estados Unidos.

De modo que el Canal du Midi, terminado en 1681, y desde entonces progresivamente mejorado durante doscientos años, se convierte en una soberana prueba de las miras económicas y la capacidad práctica (científica, técnica y administrativa) de una nación católica, contrarreformista por lo demás.

El Canal du Midi alcanzó en el siglo XIX un máximo de tráfico de treinta mil viajeros y 110 millones de toneladas anuales. Sólo con la consolidación del ferrocarril se inició su decadencia.

 

Pero incluso entonces el Canal tenía reservada una sorpresa: para dar sombra a los sirgadores, que arrastrarían desde las orillas las gabarras, Riquet plantó hasta 45.000 plátanos y otros árboles, que han alcanzado una envergadura magnífica y han permitido convertir la ruta, que se cerró a la navegación comercial en 1989, en una bellísima atracción para la navegación turística, declarada Patrimonio mundial de la Humanidad. Dios permita que todas las obras de ingeniería de nuestro siglo dejen tras de sí semejante legado ecológico.

Algunos pensarán que ese ‘Très Chretien’ reino francés no dejó de provocar la derrota de nuestra Monarquía Católica, y así fue. Pero para los que le reprochan a ésta el haber sido católica, y por ello necesariamente abocada a la derrota frente al progreso nórdico-protestante, estas consideraciones son una justa refutación a título de ejemplo.

Y la refutación de que el catolicismo fuera de suyo el compromiso equivocado para los intereses españoles sirve tanto al creyente de hoy como hace justicia a nuestros antepasados, que pusieron la nación entera al servicio de la causa de la Cristiandad.

Porque la civilización que se reconocía fundada en el Cristianismo tuvo como culpa principal, en cuanto a deficiencias en el progreso material, haber sido derrocada antes de la generalización del motor a vapor. De otro modo no había ninguna oposición al progreso material: recordemos que los primeros aeronautas de la historia –Montgolfier- fueron también franceses del Ancient Regime en sus postrimerías, y no protestantes germánico-septentrionales. En cuanto a España en particular, nuestro relieve y clima no permitían cierto género de obras como la que hemos referido, diferencias que siguen lastrándonos hasta hoy.

Lamentablemente para nosotros –nada eterno hay en este mundo- la hora de la hegemonía española pasó, y cayó a manos de la Francia borbónica.

Y, mucho más lamentablemente para todos, tras el Grand Siècle francés, fue la Revolución llamada francesa y estallada ciertamente en Francia, pero para eliminar en ella sus raíces cristianas, la que entre sus trágicas consecuencias supuso la instauración del predominio nórdico-protestante-liberal.

Pero muy poco católico –universal- sería nuestro catolicismo si sólo el catolicismo español hubiera de tenerse por el único auténtico catolicismo. Desligarse de las glorias comunes de la Cristiandad católica por ser francesas sería comportarse, precisamente, como se reprocha habitualmente al nacionalismo francés.

Por el contrario, la alabanza de las obras de todos los católicos redunda tanto en honor de los españoles que seamos capaces de hacerlo, como de la inteligencia nuestros antepasados, que pusieron la Religión Católica como interés supremo de su Monarquía, sin que aquella fuera una elección necesariamente contraindicada al progreso o el provecho.

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Luis María Sandoval - 2006-11-22

http://www.arbil.org/informacion108.htm

 

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καθολικος [kazolikós (pronunciando th como en inglés, o como la z española), que significa universal].

En los tres primeros siglos de la Iglesia, los cristianos decían "cristiano es mi nombre, católico mi sobrenombre". Posteriormente se usó el término "Católica", para distinguirse de quienes se hacían llamar cristianos, pero habían caído en herejías.

 

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San León el Grande Pontífice 440-461) dice con razón: «Del seno del mundo entero, Pedro sólo ha sido elegido para ser puesto a la cabeza de todas las naciones llamadas, de todos los apóstoles, de todos los Padres de la Iglesia; de tal suerte que, aunque haya en el pueblo de Dios muchos pastores, Pedro, sin embargo, rige propiamente a todos los que son principalmente regidos por Cristo». Sobre el mismo asunto escribe San Gregorio el Grande al emperador Mauricio Augusto: «Para todos los que conocen el Evangelio, es evidente que, por la palabra del Señor, el cuidado de toda la Iglesia ha sido confiado al santo apóstol Pedro, jefe de todos los apóstoles... Ha recibido las llaves del reino de los cielos, el poder de atar y desatar le ha sido concedido, y el cuidado y el gobierno de toda la Iglesia le ha sido confiado».

 

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«Si el haber sufrido es motivo de gloria, hasta el diablo puede gloriarse.
Se considera como una miseria el sufrir durezas y asperidades en la carne, porque en realidad es cosa molesta. Si no fuese cosa molesta para los hombres, no aportaría gloria a los mártires
No hagas tanto hincapié en tu pena; demuestra antes tu justicia, cosa que no conseguirás hacer, pues no probarás más que la maldad de tu iniquidad

No culpes de tus sufrimientos al Juez, sino a tus pecados

En este mundo es imposible no sentir temor, no sufrir, no fatigarse, no correr peligros; pero interesa mucho saber por qué motivo, esperando qué cosa y con qué finalidad se padece

¿Qué es el dolor, sino un sentimiento que resiste a la división y a la corrupción?»

San Agustín

 

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«El destino del ser humano sin su referencia a Dios no puede ser sino la desolación de la angustia que conduce a la desesperación».

Solo si se hace referencia al Dios-Amor, que se ha revelado en Jesucristo, el ser humano puede encontrar el sentido de su existencia y vivir en la esperanza, a pesar de la experiencia de los males que hieren su existencia personal y la sociedad en la que vive».
«La esperanza ayuda a que el hombre no se cierre en un nihilismo paralizador y estéril, sino que se abra al compromiso generoso en la sociedad en que vive para poderla mejorar», concluyó. S.S. Benedicto PP. XVI. 03.XI.2006

 

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Señor: cuántas veces hemos preferido también nosotros el éxito a la verdad, nuestra reputación a la justicia. Da fuerza en nuestra vida a la sutil voz de la conciencia, a tu voz. Mírame como lo hiciste con Pedro después de la negación. Que tu mirada penetre en nuestras almas y nos indique el camino en nuestra vida. El día de Pentecostés has conmovido el corazón e infundido el don de la conversión a los que el Viernes Santo gritaron contra ti. De este modo nos has dado esperanza a todos. Danos también a nosotros de nuevo la gracia de la conversión.

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Los católicos tenemos que ser más valientes que nunca y dar ejemplo de paz, perseverancia y valor. Las personas que critican a la Iglesia olvidan el papel del sacerdocio ‘evangelizante-misionero’ y la labor social de la Iglesia y debemos recordárselo. Tenemos que vivir la fe con alegría, ser más cercanos y tener más frescura. Deberíamos aprender a valorar lo sabia que es la santa madre Iglesia, porque nos lleva 2000 años de ventaja y ella fue fundada por Jesucristo que dijo:

El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

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«Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella». (Ef 5, 25)

«El que creyere y fuere bautizado se salvará, mas el que no creyere se condenará».

(Mc 16, 16)

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

Glorificación a Dios, Señor y Creador, es el cosmos todo.

Por otra, reconocemos su bondad condescendiente, puesto que Dios está cercano a sus criaturas y viene especialmente en ayuda de su pueblo:  "Él acrece el vigor de su pueblo, (...) su pueblo escogido" (v. 14), como afirma también el salmista.

 

¡Muchas gracias por vuestra visita!

La Iglesia testimonia el Evangelio por los caminos del mundo, ¡por eso es católica!; desde que Cristo la fundara, hace dos milenios. ¡Y nadie puede contra ella!

Si la presencia de Cristo es la que hace sentirse de veras en casa, es precisamente porque impulsa la libertad del cristiano más allá de los muros de la casa, pues es consciente de que el horizonte de su casa es el mundo.

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia católica: ¿por qué no lo sabemos?
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005. ¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía. 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).