Tuesday 29 July 2014 | Actualizada : 2014-06-23
 
Inicio > Biblia > Antropomorfismo - 1º del lenguaje bíblico; ¿Cómo hablar de Dios?

Antropomorfismo. (De antropomorfo).1. m. Conjunto de creencias o de doctrinas que atribuyen a la divinidad la figura o las cualidades del hombre.2. m. Herejía de los antropomorfitas.3. m. Tendencia a atribuir rasgos y cualidades humanos a las cosas.

 

 

 

La palabra constituye la piedra angular del edificio cristiano, la espada de salvación, la "fonte di vita e divisione ad un tempo". Recordemos las famosas frases inciales del Evangelio de Juan: In principio erat Verbum. Et Verbum erat apud Deum. Et Deus erat Verbum. Hoc erat in principio apud Deum. Omnia per ipsum facta sunt: et sine ipso factum est nihil, quod factum est. Para el cristiano, y desde luego para Isidoro de Sevilla, la palabra humana es el pálido reflejo de la Palabra divina y eterna. Buscar el origen de las palabras es, en última instancia, aprehender la realidad (res) que se esconde tras ellas, casi intuirla, y, a través de esa realidad denominada, cuyo origen se busca y cuya interpretación se quiere entender, se puede tratar de alcanzar, o sólo de intuir, la realidad no creada, la palabra sin origen o el origen sin origen, Dios, ya que como afirma Isidoro al explicar uno de los nombres con que denominan a Dios los hebreos, Eie (´Ehyeh), señala: Etym. 7.1.10 Deus enim solus, quia aeternus est, hoc est, quia exordium non habet, essentiae nomen uere tenet. Véase Valastro 1996, 153-154.

 

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Conocer y contemplar el rostro de Dios es la aspiración del hombre de todos los tiempos. La dificultad, la desconfianza o la prohibición de representar a la divinidad surgen de la convicción de que toda tentativa de atribuir una imagen a Dios es inadecuada. Sin embargo, la antigua invocación del Salmo: «Brille sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro» (Sal 4, 7), introducía proféticamente en la revelación de Cristo, puesto que el Dios de la alianza revelaba su naturaleza de Ser personal, más aún, de Padre, que en la encarnación asumiría, en Cristo, un rostro humano y a la vez divino. Jesús mismo lo declara al apóstol Felipe: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9).

 

La revelación cristiana libera la representación de Dios de todo antropomorfismo. En Cristo la divinidad se une a la humanidad y se hace visible en el rostro misericordioso y compasivo del Salvador, en el misterio de su encarnación, pasión, muerte y resurrección.

 

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Antropomorfismo del lenguaje bíblico

 

8. La presentación del hombre como «imagen y semejanza de Dios», así como aparece inmediatamente al comienzo de la Sagrada Escritura, reviste también otro significado. Este hecho constituye la clave para comprender la Revelación bíblica como manifestación de Dios sobre sí mismo. Hablando de sí, ya sea «por medio de los profetas, ya sea por medio del Hijo» hecho hombre (cf. Heb 1, 1-2), Dios habla un lenguaje humano, usa conceptos e imágenes humanas. Si este modo de expresarse está caracterizado por un cierto antropomorfismo, su razón está en el hecho de que el hombre es «semejante» a Dios, esto es, creado a su imagen y semejanza. Consiguientemente, también Dios es, en cierta medida, «semejante» al hombre y, precisamente basándose en esta similitud, puede llegar a ser conocido por los hombres. Al mismo tiempo, el lenguaje de la Biblia es suficientemente preciso para mostrar los límites de la «semejanza», los límites de la «analogía». En efecto, la revelación bíblica afirma que si bien es verdadera la «semejanza» del hombre con Dios, es aún más esencialmente verdadera la «no-semejanza»,(27) que distingue toda la creación del Creador. En definitiva, para el hombre creado a semejanza de Dios, el mismo Dios es aquél «que habita en una luz inaccesible» (1 Tim 6, 16): Él es el «Diverso» por esencia, el «totalmente Otro».


Esta observación sobre los límites de la analogía —límites de la semejanza del hombre con Dios en el lenguaje bíblico— se debe tener muy en cuenta también cuando, en diversos lugares de la Sagrada Escritura (especialmente del Antiguo Testamento), encontramos comparaciones que atribuyen a Dios cualidades «masculinas» o también «femeninas». En ellas podemos ver la confirmación indirecta de la verdad de que ambos, tanto el hombre como la mujer, han sido creados a imagen y semejanza de Dios. Si existe semejanza entre el Creador y las criaturas, es comprensible que la Biblia haya usado expresiones que le atribuyen cualidades tanto «masculinas» como «femeninas».

Queremos referirnos aquí a varios textos característicos del profeta Isaías: «Pero dice Sión: "Yahveh me ha abandonado, el Señor me ha olvidado" ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido» (49, 14-15). Y en otro lugar: «Como uno a quien su madre le consuela, así yo os consolaré (y por Jerusalén seréis consolados)» (Is 66, 13). También en los Salmos Dios es parangonado a una madre solícita: «No, mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su madre. ¡Como niño destetado está mi alma en mí! ¡Espera, Israel, en Yahveh desde ahora y por siempre!» (Sal 131 [130], 2-3). En diversos pasajes el amor de Dios, siempre solícito para con su Pueblo, es presentado como el amor de una madre: como una madre Dios ha llevado a la humanidad, y en particular a su pueblo elegido, en el propio seno, lo ha dado a luz en el dolor, lo ha nutrido y consolado (cf. Is 42, 14; 46, 3-4). El amor de Dios es presentado en muchos pasajes como amor «masculino» del esposo y padre (cf. Os 11, 1-4; Jer 3, 4-19), pero a veces también como amor «femenino» de la madre.


Esta característica del lenguaje bíblico, su modo antropomórfico de hablar de Dios, indica también, indirectamente, el misterio del eterno «engendrar», que pertenece a la vida íntima de Dios. Sin embargo, este «engendrar» no posee en sí mismo cualidades «masculinas» ni «femeninas». Es de naturaleza totalmente divina. Es espiritual del modo más perfecto, ya que «Dios es espíritu» (Jn 4, 24) y no posee ninguna propiedad típica del cuerpo, ni «femenina» ni «masculina». Por consiguiente, también la «paternidad» en Dios es completamente divina. libre de la característica corporal «masculina», propia de la paternidad humana. En este sentido el Antiguo Testamento hablaba de Dios como de un Padre y a él se dirigía como a un Padre. Jesucristo, que se dirigía a Dios llamándole «Abba-Padre» (Mc 14, 36) —por ser su Hijo unigénito y consubstancial—, y que situó esta verdad en el centro mismo del Evangelio como normativa de la oración cristiana, indicaba la paternidad en este sentido ultracorporal, sobrehumano, totalmente divino. Hablaba como Hijo, unido al Padre por el eterno misterio del engendrar divino, y lo hacía así siendo al mismo tiempo Hijo auténticamente humano de su Madre Virgen.

Si bien no se pueden atribuir cualidades humanas a la generación eterna del Verbo de Dios, ni la paternidad divina tiene elementos «masculinos» en sentido físico, sin embargo se debe buscar en Dios el modelo absoluto de toda «generación» en el mundo de los seres humanos. En este sentido —parece— leemos en la Carta a los Efesios: «Doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra» (3, 14-15). Todo «engendrar» en la dimensión de las criaturas encuentra su primer modelo en aquel engendrar que se da en Dios de modo completamente divino, es decir, espiritual. A este modelo absoluto, no-creado, se asemeja todo el «engendrar» en el mundo creado. Por consiguiente, lo que en el engendrar humano es propio del hombre o de la mujer —esto es, la «paternidad» y la «maternidad» humanas— lleva consigo la semejanza, o sea, la analogía con el «engendrar» divino y con aquella «paternidad» que en Dios es «totalmente diversa»: completamente espiritual y divina por esencia. En cambio, en el orden humano el engendrar es propio de la «unidad de los dos»: ambos son «progenitores», tanto el hombre como la mujer.

 

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¿Cómo hablar de Dios?

Al defender la capacidad de la razón humana para conocer a Dios, la Iglesia expresa su confianza en la posibilidad de hablar de Dios a todos los hombres y con todos los hombres. Esta convicción está en la base de su diálogo con las otras religiones, con la filosofía y las ciencias, y también con los no creyentes y los ateos.

Puesto que nuestro conocimiento de Dios es limitado, nuestro lenguaje sobre Dios lo es también. No podemos nombrar a Dios sino a partir de las criaturas, y según nuestro modo humano limitado de conocer y de pensar.

Todas las criaturas poseen una cierta semejanza con Dios, muy especialmente el hombre creado a imagen y semejanza de Dios. Las múltiples perfecciones de las criaturas (su verdad, su bondad, su belleza) reflejan, por tanto, la perfección infinita de Dios. Por ello, podemos nombrar a Dios a partir de las perfecciones de sus criaturas, "pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor" (Sb 13,5).

Dios transciende toda criatura. Es preciso, pues, purificar sin cesar nuestro lenguaje de todo lo que tiene de limitado, de expresión por medio de imágenes, de imperfecto, para no confundir al Dios "inefable, incomprensible, invisible, inalcanzable" (Anáfora de la Liturgia de San Juan Crisóstomo) con nuestras representaciones humanas. Nuestras palabras humanas quedan siempre más acá del Misterio de Dios.

Al hablar así de Dios, nuestro lenguaje se expresa ciertamente de modo humano, pero capta realmente a Dios mismo, sin poder, no obstante, expresarlo en su infinita simplicidad. Es preciso recordar, en efecto, que "entre el Creador y la criatura no se puede señalar una semejanza tal que la diferencia entre ellos no sea mayor todavía" (Cc. Letrán IV: DS 806), y que "nosotros no podemos captar de Dios lo que él es, sino solamente lo que no es y cómo los otros seres se sitúan con relación a él" (S. Tomás de A., s. gent. 1,30).

 

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BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Sala Pablo VI ?Miércoles 28 de noviembre de 2012

 

El Año de la fe. ¿Cómo hablar de Dios?

 

La cuestión central que nos planteamos hoy es la siguiente: ¿cómo hablar de Dios en nuestro tiempo? ¿Cómo comunicar el Evangelio para abrir caminos a su verdad salvífica en los corazones frecuentemente cerrados de nuestros contemporáneos y en sus mentes a veces distraídas por los muchos resplandores de la sociedad? Jesús mismo, dicen los evangelistas, al anunciar el Reino de Dios se interrogó sobre ello: «¿Con qué podemos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos?» (Mc 4, 30). ¿Cómo hablar de Dios hoy? La primera respuesta es que nosotros podemos hablar de Dios porque Él ha hablado con nosotros. La primera condición del hablar con Dios es, por lo tanto, la escucha de cuanto ha dicho Dios mismo. ¡Dios ha hablado con nosotros! Así que Dios no es una hipótesis lejana sobre el origen del mundo; no es una inteligencia matemática muy apartada de nosotros. Dios se interesa por nosotros, nos ama, ha entrado personalmente en la realidad de nuestra historia, se ha auto-comunicado hasta encarnarse. Dios es una realidad de nuestra vida; es tan grande que también tiene tiempo para nosotros, se ocupa de nosotros. En Jesús de Nazaret encontramos el rostro de Dios, que ha bajado de su Cielo para sumergirse en el mundo de los hombres, en nuestro mundo, y enseñar el «arte de vivir», el camino de la felicidad; para liberarnos del pecado y hacernos hijos de Dios (cf. Ef 1, 5; Rm 8, 14). Jesús ha venido para salvarnos y mostrarnos la vida buena del Evangelio.

Hablar de Dios quiere decir, ante todo, tener bien claro lo que debemos llevar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo: no un Dios abstracto, una hipótesis, sino un Dios concreto, un Dios que existe, que ha entrado en la historia y está presente en la historia; el Dios de Jesucristo como respuesta a la pregunta fundamental del por qué y del cómo vivir. Por esto, hablar de Dios requiere una familiaridad con Jesús y su Evangelio; supone nuestro conocimiento personal y real de Dios y una fuerte pasión por su proyecto de salvación, sin ceder a la tentación del éxito, sino siguiendo el método de Dios mismo. El método de Dios es el de la humildad —Dios se hace uno de nosotros—, es el método realizado en la Encarnación en la sencilla casa de Nazaret y en la gruta de Belén, el de la parábola del granito de mostaza. Es necesario no temer la humildad de los pequeños pasos y confiar en la levadura que penetra en la masa y lentamente la hace crecer (cf. Mt 13, 33). Al hablar de Dios, en la obra de evangelización, bajo la guía del Espíritu Santo, es necesario una recuperación de sencillez, un retorno a lo esencial del anuncio: la Buena Nueva de un Dios que es real y concreto, un Dios que se interesa por nosotros, un Dios-Amor que se hace cercano a nosotros en Jesucristo hasta la Cruz y que en la Resurrección nos da la esperanza y nos abre a una vida que no tiene fin, la vida eterna, la vida verdadera. Ese excepcional comunicador que fue el apóstol Pablo nos brinda una lección, orientada justo al centro de la fe, sobre la cuestión de «cómo hablar de Dios» con gran sencillez. En la Primera Carta a los Corintios escribe: «Cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado» (2, 1-2). Por lo tanto, la primera realidad es que Pablo no habla de una filosofía que él ha desarrollado, no habla de ideas que ha encontrado o inventado, sino que habla de una realidad de su vida, habla del Dios que ha entrado en su vida, habla de un Dios real que vive, que ha hablado con él y que hablará con nosotros, habla del Cristo crucificado y resucitado. La segunda realidad es que Pablo no se busca a sí mismo, no quiere crearse un grupo de admiradores, no quiere entrar en la historia como cabeza de una escuela de grandes conocimientos, no se busca a sí mismo, sino que san Pablo anuncia a Cristo y quiere ganar a las personas para el Dios verdadero y real. Pablo habla sólo con el deseo de querer predicar aquello que ha entrado en su vida y que es la verdadera vida, que le ha conquistado en el camino de Damasco. Así que hablar de Dios quiere decir dar espacio a Aquel que nos lo da a conocer, que nos revela su rostro de amor; quiere decir expropiar el propio yo ofreciéndolo a Cristo, sabiendo que no somos nosotros los que podemos ganar a los otros para Dios, sino que debemos esperarlos de Dios mismo, invocarlos de Él. Hablar de Dios nace, por ello, de la escucha, de nuestro conocimiento de Dios que se realiza en la familiaridad con Él, en la vida de oración y según los Mandamientos.

Comunicar la fe, para san Pablo, no significa llevarse a sí mismo, sino decir abierta y públicamente lo que ha visto y oído en el encuentro con Cristo, lo que ha experimentado en su existencia ya transformada por ese encuentro: es llevar a ese Jesús que siente presente en sí y se ha convertido en la verdadera orientación de su vida, para que todos comprendan que Él es necesario para el mundo y decisivo para la libertad de cada hombre. El Apóstol no se conforma con proclamar palabras, sino que involucra toda su existencia en la gran obra de la fe. Para hablar de Dios es necesario darle espacio, en la confianza de que es Él quien actúa en nuestra debilidad: hacerle espacio sin miedo, con sencillez y alegría, en la convicción profunda de que cuánto más le situemos a Él en el centro, y no a nosotros, más fructífera será nuestra comunicación. Y esto vale también para las comunidades cristianas: están llamadas a mostrar la acción transformadora de la gracia de Dios, superando individualismos, cerrazones, egoísmos, indiferencia, y viviendo el amor de Dios en las relaciones cotidianas. Preguntémonos si de verdad nuestras comunidades son así. Debemos ponernos en marcha para llegar a ser siempre y realmente así: anunciadores de Cristo y no de nosotros mismos.

En este punto debemos preguntarnos cómo comunicaba Jesús mismo. Jesús en su unicidad habla de su Padre —Abbà— y del Reino de Dios, con la mirada llena de compasión por los malestares y las dificultades de la existencia humana. Habla con gran realismo, y diría que lo esencial del anuncio de Jesús es que hace transparente el mundo y que nuestra vida vale para Dios. Jesús muestra que en el mundo y en la creación se transparenta el rostro de Dios y nos muestra cómo Dios está presente en las historias cotidianas de nuestra vida. Tanto en las parábolas de la naturaleza —el grano de mostaza, el campo con distintas semillas— o en nuestra vida —pensemos en la parábola del hijo pródigo, de Lázaro y otras parábolas de Jesús—. Por los Evangelios vemos cómo Jesús se interesa en cada situación humana que encuentra, se sumerge en la realidad de los hombres y de las mujeres de su tiempo con plena confianza en la ayuda del Padre. Y que realmente en esta historia, escondidamente, Dios está presente y si estamos atentos podemos encontrarle. Y los discípulos, que viven con Jesús, las multitudes que le encuentran, ven su reacción ante los problemas más dispares, ven cómo habla, cómo se comporta; ven en Él la acción del Espíritu Santo, la acción de Dios. En Él anuncio y vida se entrelazan: Jesús actúa y enseña, partiendo siempre de una íntima relación con Dios Padre. Este estilo es una indicación esencial para nosotros, cristianos: nuestro modo de vivir en la fe y en la caridad se convierte en un hablar de Dios en el hoy, porque muestra, con una existencia vivida en Cristo, la credibilidad, el realismo de aquello que decimos con las palabras; que no se trata sólo de palabras, sino que muestran la realidad, la verdadera realidad. Al respecto debemos estar atentos para percibir los signos de los tiempos en nuestra época, o sea, para identificar las potencialidades, los deseos, los obstáculos que se encuentran en la cultura actual, en particular el deseo de autenticidad, el anhelo de trascendencia, la sensibilidad por la protección de la creación, y comunicar sin temor la respuesta que ofrece la fe en Dios. El Año de la fe es ocasión para descubrir, con la fantasía animada por el Espíritu Santo, nuevos itinerarios a nivel personal y comunitario, a fin de que en cada lugar la fuerza del Evangelio sea sabiduría de vida y orientación de la existencia.

También en nuestro tiempo un lugar privilegiado para hablar de Dios es la familia, la primera escuela para comunicar la fe a las nuevas generaciones. El Concilio Vaticano II habla de los padres como los primeros mensajeros de Dios (cf. Lumen gentium, 11; Apostolicam actuositatem, 11), llamados a redescubrir esta misión suya, asumiendo la responsabilidad de educar, de abrir las conciencias de los pequeños al amor de Dios como un servicio fundamental a sus vidas, de ser los primeros catequistas y maestros de la fe para sus hijos. Y en esta tarea es importante ante todo la vigilancia, que significa saber aprovechar las ocasiones favorables para introducir en familia el tema de la fe y para hacer madurar una reflexión crítica respecto a los numerosos condicionamientos a los que están sometidos los hijos. Esta atención de los padres es también sensibilidad para recibir los posibles interrogantes religiosos presentes en el ánimo de los hijos, a veces evidentes, otras ocultos. Además, la alegría: la comunicación de la fe debe tener siempre una tonalidad de alegría. Es la alegría pascual que no calla o esconde la realidad del dolor, del sufrimiento, de la fatiga, de la dificultad, de la incomprensión y de la muerte misma, sino que sabe ofrecer los criterios para interpretar todo en la perspectiva de la esperanza cristiana. La vida buena del Evangelio es precisamente esta mirada nueva, esta capacidad de ver cada situación con los ojos mismos de Dios. Es importante ayudar a todos los miembros de la familia a comprender que la fe no es un peso, sino una fuente de alegría profunda; es percibir la acción de Dios, reconocer la presencia del bien que no hace ruido; y ofrece orientaciones preciosas para vivir bien la propia existencia. Finalmente, la capacidad de escucha y de diálogo: la familia debe ser un ambiente en el que se aprende a estar juntos, a solucionar las diferencias en el diálogo recíproco hecho de escucha y palabra, a comprenderse y a amarse para ser un signo, el uno para el otro, del amor misericordioso de Dios.

Hablar de Dios, pues, quiere decir hacer comprender con la palabra y la vida que Dios no es el rival de nuestra existencia, sino su verdadero garante, el garante de la grandeza de la persona humana. Y con ello volvemos al inicio: hablar de Dios es comunicar, con fuerza y sencillez, con la palabra y la vida, lo que es esencial: el Dios de Jesucristo, ese Dios que nos ha mostrado un amor tan grande como para encarnarse, morir y resucitar por nosotros; ese Dios que pide seguirle y dejarse transformar por su inmenso amor para renovar nuestra vida y nuestras relaciones; ese Dios que nos ha dado la Iglesia para caminar juntos y, a través de la Palabra y los Sacramentos, renovar toda la Ciudad de los hombres a fin de que pueda transformarse en Ciudad de Dios.

 

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Verdad, belleza y arte sacro

 

La práctica del bien va acompañada de un placer espiritual gratuito y de belleza moral. De igual modo, la verdad entraña el gozo y el esplendor de la belleza espiritual. La verdad es bella por sí misma. La verdad de la palabra, expresión racional del conocimiento de la realidad creada e increada, es necesaria al hombre dotado de inteligencia, pero la verdad puede también encontrar otras formas de expresión humana, complementarias, sobre todo cuando se trata de evocar lo que ella entraña de indecible, las profundidades del corazón humano, las elevaciones del alma, el Misterio de Dios. Antes de revelarse al hombre en palabras de verdad, Dios se revela a él, mediante el lenguaje universal de la Creación, obra de su Palabra, de su Sabiduría: el orden y la armonía del cosmos, que percibe tanto el niño como el hombre de ciencia, ‘pues por la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor’ (Sb 13, 5), ‘pues fue el Autor mismo de la belleza quien las creó’ (Sb 13, 3).

La sabiduría es un hálito del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Omnipotente, por lo que nada manchado llega a alcanzarla. Es un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios, una imagen de su bondad (Sb 7, 25-26). La sabiduría es en efecto más bella que el Sol, supera a todas las constelaciones; comparada con la luz, sale vencedora, porque a la luz sucede la noche, pero contra la sabiduría no prevalece la maldad (Sb 7, 29-30). Yo me aconstituí en el amante de su belleza (Sb 8, 2).

El hombre, ‘creado a imagen de Dios’ (Gn 1, 26), expresa también la verdad de su relación con Dios Creador mediante la belleza de sus obras artísticas. El arte, en efecto, es una forma de expresión propiamente humana; por encima de la satisfacción de las necesidades vitales, común a todas las criaturas vivas, el arte es una sobreabundancia gratuita de la riqueza interior del ser humano. Este brota de un talento concedido por el Creador y del esfuerzo del hombre, y es un género de sabiduría práctica, que une conocimiento y habilidad (cf Sb 7, 16-17) para dar forma a la verdad de una realidad en lenguaje accesible a la vista y al oído. El arte entraña así cierta semejanza con la actividad de Dios en la creación, en la medida en que se inspira en la verdad y el amor de los seres. Como cualquier otra actividad humana, el arte no tiene en sí mismo su fin absoluto, sino que está ordenado y se ennoblece por el fin último del hombre (cf Pío XII, discurso 25 diciembre 1955 y discurso 3 septiembre 1950).

El arte sacro es verdadero y bello cuando corresponde por su forma a su vocación propia: evocar y glorificar, en la fe y la adoración, el Misterio trascendente de Dios, Belleza sobreeminente e invisible de Verdad y de Amor, manifestado en Cristo, ‘Resplandor de su gloria e Impronta de su esencia’ (Hb 1, 3), en quien ‘reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente’ (Col 2, 9), belleza espiritual reflejada en la Santísima Virgen Madre de Dios, en los Angeles y los Santos. El arte sacro verdadero lleva al hombre a la adoración, a la oración y al amor de Dios Creador y Salvador, Santo y Santificador.

Por eso los obispos deben personalmente o por delegación vigilar y promover el arte sacro antiguo y nuevo en todas sus formas, y apartar con la misma atención religiosa de la liturgia y de los edificios de culto todo lo que no está de acuerdo con la verdad de la fe y la auténtica belleza del arte sacro (cf SC 122-127).

 

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Hace algunos años J. Carmignac, buen conocedor de las lenguas semíticas y el griego, llamaba la atención sobre una característica de la lengua griega de los evangelios: ”La lengua de los evangelios me parecía cada vez más una lengua no griega expresada en términos griegos. Era la lengua a la cual estaba yo acostumbrado por mis trabajos sobre los libros de las Crónicas y los manuscritos del Mar Muerto. Pero esta lengua, en lugar de expresarse en términos hebreos, se expresaba en términos griegos. El alma invisible era semítica, el cuerpo visible era griego (ref. J.Carmignac, ‘La Naissance des Évangiles Synoptiques’, París 1984, 11).

 

De hecho, no es infrecuente tropezarse en el texto griego con oscuridades, anomalías o estridencias redaccionales o frases de un griego tan oscuro que se resiste a toda traducción e interpretación. A veces se tiene la impresión de que el evangelista ha escrito torpemente, como si no supiera expresarse correctamente en griego; algo inconcebible en un hombre de lengua madre griega. Pues bien, el recurso al substrato arameo logra hallar una explicación a la presencia de estas anomalías y aporta la luz necesaria para resolverlas. Téngase en cuenta que en la Palestina del siglo I la lengua principal era el arameo; es decir, en ella se expresó Jesús y fue formulada la predicación apostólica. Formulación que nada obliga a pensar que se transmitió sólo oralmente; son muchos los indicios que avalan la existencia de una redacción escrita desde los comienzos de la misión cristiana.

 

En el paso del arameo al griego, sin embargo, el traductor griego pudo ser demasiado servil e influir en la morfología y la sintaxis griegas, o pudo, también realizar una traducción equivocada a causa de una inteligencia incorrecta del texto original, pues la escritura semítica y las copias hechas a mano favorecían la mala lectura y, consecuentemente, la comprensión inexacta del texto escrito.

 

Téngase en cuenta que el hebreo y el arameo son lenguas de grafía casi exclusivamente consonántica; es decir, no se escribían las vocales, como sucede en nuestras lenguas occidentales. Por tanto, unas mismas consonantes podían indicar diferentes palabras. Además, la gran semejanza que existe entre algunas letras arameas y la separación no muy precisa de las palabras en la escritura manual propiciaban también los errores de lectura. Por lo demás, la polivalencia de significados, los fenómenos sintácticos y características propias de toda lengua, que parecen decir absurdos cuando son trasladadas tal cual a otro idioma, eran otras tantas piedras de tropiezo. Estos hechos lingüísticos claramente identificables en el griego de los evangelios son huellas evidentes del paso de la tradición evangélica aramea a dicha lengua. En otras palabras, las estridencias y oscuridades del griego evangélico no se deben a la pluma del autor primitivo, sino que son el resultado de la traducción literal o de la mala comprensión de un original arameo.

 

El único modo de confirmar que estamos ante un griego de traducción es la presencia de casos claros de traducción errónea. Se trata de un dato deductivo, no inductivo. No tiene sentido alguno apelar apriorísticamente a teorías generales sobre el original semítico de los evangelios. El trabajo que es necesario realizar consiste en identificar pacientemente los fenómenos lingüísticos extraños al griego y probar que su única explicación es el influjo de la lengua aramea.

 

En nuestro estudio nos hemos enfrentado a numerosas anomalías del texto evangélico y el recurso al original arameo ha sido decisivo para hallar una hipótesis de explicación; más adelante tendremos ocasión de ejemplificar con detalle esta afirmación. Ahora bien, si los relatos evangélicos fueron escritos originalmente en arameo, es necesario concluir que la redacción y publicación del material evangélico se realizó en Palestina. Esta conclusión es confirmada por el conocimiento preciso de la situación de Palestina, de su geografía, de sus costumbres judías, de los modos de construir y cultivar palestinenses, etc. A todo ello aluden los evangelistas sin verse en la necesidad de dar explicaciones detalladas. Estas características muestran que tanto los autores como los primeros destinatarios de los evangelios eran personas familiarizadas con los que estos libros narran, personas que habitaban en el lugar donde ocurrieron los hechos y, por tanto, no necesitaban explicación alguna. El hecho lingüístico del trasfondo arameo de los evangelios impone dos conclusiones. Primero: estos libros cristianos, como hemos visto, se publicaron en fechas mucho más tempranas que las propuestas por la crítica exegética. Segundo: si su redacción se realizó en Palestina, donde se hablaba el arameo, en los evangelios no hay ningún influjo de las religiones helenísticas, a pesar de la insistencia de algunos estudiosos, ya que no estaban presentes en la sociedad judía de la Palestina del siglo I.

 

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‘Los orígenes históricos del cristianismo. José Miguel Garcia. Editorial Encuentro. Esp. Pag. 57-9

 

 

 

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Los originales de los evangelios se han perdido. La razón principal es la poca duración del material que se usaba para escribir: el papiro, medula blanda y porosa de una planta de las marismas que leva el mismo nombre. Al ser sustancia vegetal, no solía durar más de doscientos años. No obstante, también su desaparición puede deberse a las guerras, incendios o persecuciones en las que se destruían los escritos e los perseguidos. La planta de papiro era cortada en franjas o estrías, que se entrecruzaban y pegaban para formar la hoja de escribir, de la que se raspaba y pulía una cara, dejándola apta para la escritura. Para confeccionar un volumen se pegaban estas hojas por los bordes, creando rollos de 6-10 m. De largo y 22-27 cmts. De ancho; de ahí su forma característica. Desde el siglo II antes de Cristo, la ciudad de Pérgamo populariza otro procedimiento: el pergamino, que se preparaba con piel de animales (ovejas, cabras, vacas, etc.) curada. Mucho más caro, pero más duradero. En una de sus cartas, Pablo hace referencia a unos libros e su propiedad escritos en pergaminos (2Tm 4,13).

 

Al principio se usó la forma de rollo, pero se acabó imponiendo el códice. Este sistema empezó ya con el papiro. Las ventajas eran evidentes; permitía escribir por las dos caras y su manejo era más fácil. Este precursor del libro parece que fue un invento cristiano. Las copias del Nuevo Testamento mejor conservadas se remontan al siglo IV. El pergamino se impuso definitivamente en el siglo IV d.C. San Jerónimo dice que la Biblioteca de Cesarea estaba formada por libros de pergamino en su mayor parte*. El papel es bastante posterior: en el siglo VIII es conocido en Siria y Egipto, algo después en Occidente; y se generalizó en el siglo x.

 

 

 

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San Ignacio de Antioquia (?-hacia 110), obispo y mártir
Carta a los Efesios

 

“ Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti” -      Es justo que vosotros glorifiquéis de todas las maneras a Jesucristo, que os ha glorificado a vosotros, de modo que, unidos en una perfecta obediencia, sumisos a vuestro obispo y al colegio presbiteral, seáis en todo santificados. No os hablo con autoridad, como si fuera alguien. Pues aunque estoy encarcelado por el nombre de Cristo, todavía no he llegado a la perfección en Jesucristo. Ahora, precisamente, es cuando empiezo a ser discípulo suyo y os hablo como a mis condiscípulos. Porque lo que necesito más bien es ser fortalecido por vuestra fe, por vuestras exhortaciones, vuestra paciencia, vuestra ecuanimidad. Pero, como el amor que os tengo me obliga a hablaros también acerca de vosotros, por eso me adelanto a exhortaros a que viváis unidos en el sentir de Dios. En efecto, Jesucristo, vuestra vida inseparable, expresa el sentir del Padre, como también los obispos, esparcidos por el mundo entero, son la expresión del sentir de Jesucristo.
     Por eso debéis estar acordes con el sentir de vuestro obispo, como ya lo hacéis. Y en cuanto a vuestro colegio presbiteral, digno de Dios y del nombre que lleva, está armonizado con vuestro obispo como las cuerdas de una lira. Este vuestro acuerdo y concordia en el amor es como un himno a Jesucristo. Procurad todos vosotros formar parte de este coro, de modo que, por vuestra unión y concordia en el amor, seáis como una melodía que se eleva a una sola voz por Jesucristo al Padre, para que os escuche y os reconozca, por vuestras buenas obras, como miembros de su Hijo. Os conviene, por tanto, manteneros en una unidad perfecta, para que seáis siempre partícipes de Dios.

 

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Si la Iglesia ha sabido hacer algo durante sus más de dos mil años es ejercitar la memoria. La forma de transmisión de los contenidos de la fe ha entendido a la perfección cuáles son los recursos humanos, materiales, técnicos, en pos de la preservación del mensaje. El primero siempre es el testimonio de vida. Quien está empeñado en cambiar la Historia para asegurar el futuro, en mentir sobre lo que ocurrió para que vuelva a ocurrir y tener así otra oportunidad, suele creer que, vencidos los fantasmas, éstos son los tiempos para demostrar que ahora sí son capaces. ‘La memoria de la Iglesia es, ahora también, nuestra libertad’.

Dos mil años que sólo la Iglesia presenta –ininterrumpida y alegremente- al Cristo como ‘Salvador, Camino, Verdad y Vida’.

 

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Porque no es pura poesía lo que rezamos en un himno de Vísperas en este tiempo de Pascua, sino que es profundo convencimiento del futuro del mundo. «Será el estrecho abrazo de los hombres,/sin muerte, sin pecado, sin envidia;/será el amor perfecto del encuentro,/será como quien llora de alegría./ Hundimos en sus ojos la mirada,/y ya es nuestra la historia que principia,/nuestros son los laureles de su frente,/aunque un día le dimos las espinas».

 

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Del Padre Tomás Spidlik: “La misión que hemos recibido nosotros de Cristo consiste en llevar a cabo obras todavía mayores que las que ÉL hizo (cf. Jn. XIV, 12). Esto significa que confrontaremos violenta oposición… La edificación del Reino de Dios no ha sido cosa fácil, porque el Demonio y sus secuaces aborrecen por completo la obra de Dios. El Diablo y sus agentes luchan contra todo lo que dé gloria al Señor. Todo aquel que alguna vez ha tratado de proclamar las verdades de Dios ha experimentado esta terrible oposición en carne propia. Las tinieblas detestan la luz (cf. Jn. III, 19-21), y por eso generalmente encontramos serias dificultades para hablar del Evangelio con familiares y amigos, incluso con miembros de la propia Iglesia. Pero es en medio de las dificultades que se demuestra el poder del nombre de Jesús… Debemos encontrar a Jesús en este mundo en que vivimos, con sus tentaciones y seducciones, un relativismo de toda índole, desde la negación total de Dios hasta el ocultamiento de la fe por temor al que dirán… Debemos orar constantemente por nuestra Iglesia y sus pastores, para que nos guarden en la doctrina verdadera; debemos estar consagrados en la verdad para ser realmente de Jesús, y no del mundo, pues le fuimos dados a ÉL por el Padre, y ÉL nos adquirió con su preciosa sangre”.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

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La naturaleza respetada atentamente, dona a manos llenas sus riquezas. El corazón se dilata y surge espontáneo cantar las alabanzas a Dios: «Obras todas del Señor, bendecid al Señor» (Dn 3, 57).

Es característico que en nuestro tiempo, frente a lo que ha sido señalado como el peligro del holocausto ambiental, haya surgido un gran movimiento cultural, que mira a la defensa y redescubrimiento del ambiente natural.

Es necesario sensibilizar especialmente a los jóvenes en esto. El gozo respetuoso de la naturaleza debe considerarse un elemento importante de su proceso educativo. Quien quiere verdaderamente encontrarse a sí mismo, debe aprender a gustar de la naturaleza, cuyo encanto se relaciona mediante íntima afinidad con el silencio de la contemplación. Las modulaciones de la creación constituyen otros tantos recorridos de belleza extraordinaria, a través de los cuales el ánimo sensible y creyente no se cansa de recibir el eco de la belleza misteriosa y superior, que es Dios mismo, el Creador, de quien toda realidad recibe su origen y vida.

 

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María: "No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin. (Lucas 1:30-33) "

 

 

Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.

 

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“CDV” intenta presentar la fe cristiana para la gente más sencilla (catequistas, etc.), en especial para los estratos aparentemente más bajos. ¿La razón? Simple: «Son ellos quienes más necesitan conocer la alegría de Cristo».-

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde ‘CDV’ es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz. ‘CDV’ Gracias.-

 

 

La Iglesia testimonia el Evangelio por los caminos del mundo, ¡por eso es católica!; desde que Cristo la fundara, hace dos milenios.

El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

Si la presencia de Cristo es la que hace sentirse de veras en casa, es precisamente porque impulsa la libertad del cristiano más allá de los muros de la casa, pues es consciente de que el horizonte de su casa es el mundo-global-universalidad-catolicidad.

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Recomendamos vivamente: ‘EL CAMINO DE LA FELICIDAD’
Autor: Santiago Martín - Planeta, año 2007
401 páginas- [Una de las características del cristianismo es la alegría. Lewis tituló el relato de su conversión “cautivado por la alegría”, y el mismo Señor dijo que nadie nos podría quitar la alegría. No cabe duda, por lo mismo, que el cristianismo no sólo ofrece la felicidad eterna sino que responde también a las necesidades del hombre en todos los aspectos. Jesús sana totalmente al hombre. Por eso no nos sorprende que el autor haya subtitulado este libro: “El agradecimiento como terapia de sanación espiritual”].

«La dinámica de la evolución humana. Más con menos»

Natalia López Moratalla

Ediciones Universidad de Navarra, S.A. 1ª ed.: Enero 2007, 200 págs.

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– Autor: Santiago Sierra Rubio.

– Editorial: Ciudad Nueva.
– Páginas: 123
– Comentario: Nadie pone en duda la importancia capital para la historia de la Iglesia y para la historia del pensamiento en general de uno de los Padres de la Iglesia más citados por Benedicto XVI, que buscó incansablemente a Dios y la Sabiduría. Su espiritualidad está orientada a la Trinidad como modelo de relación para el hombre.
– Recomendado por Manuel María Bru.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).