Tuesday 2 September 2014 | Actualizada : 2014-08-20
 
Inicio > Magisterio > Magisterio de la Iglesia - 350 - Juan Crisóstomo + 407; 5º; Antakya Turquía

 

 

Cuando quieras reconstruir en ti aquella morada que Dios se edificó en el primer hombre, adórnate con la modestia y la humildad, hazte resplandeciente con la luz de la justicia; adorna tu ser con buenas obras, como con oro acrisolado, y embellécelo con la fe y la grandeza de alma, a manera de muros y piedras; y por encima de todo, como quien pone la cúspide para coronar un edificio, por la oración a fin de preparar a Dios una casa perfecta, y poderle recibir como si fuera una mansión regia y espléndida, ya que, por su gracia, es como si poseyeras su misma imagen colocada en el templo del alma".

De las Homilías de San Juan Crisóstomo, obispo; (Homilía VI, suppl.: PG 64, 462-466)

 

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SAN JUAN CRISÓSTOMO - Año 344/9?ca. † 407

«Dilexit Ecclesiam» ‘amó a la Iglesia Católica’

"Caritas Cristhi urget nos"

 

Este año se cumple el decimosexto centenario de la muerte de San Juan Crisóstomo (407-2007).Juan de Antioquía, llamado Crisóstomo, esto es, «Boca de oro» por su elocuencia, puede decirse que sigue vivo hoy, también por sus obras. Un anónimo copista dejó escrito que éstas «atraviesan todo el orbe como rayos fulminantes». Sus escritos también nos permiten a nosotros, como a los fieles de su tiempo, que repetidamente se vieron privados de él a causa de sus exilios, vivir con sus libros, a pesar de su ausencia. Es cuanto él mismo sugería desde el exilio en una carta (Cf. A Olimpiade, Carta 8,45).

Nacido en torno al año 349 en Antioquía de Siria (actualmente Antakya, en el sur de Turquía), desarrolló allí el ministerio presbiteral durante cerca de once años, hasta el año 397, cuando, nombrado obispo de Constantinopla, ejerció en la capital del Imperio el ministerio episcopal antes de los dos exilios, seguidos en breve distancia uno del otro, entre el año 403 y el 407. Nos limitamos hoy a considerar los años antioquenos del Crisóstomo.

Huérfano de padre en tierna edad, vivió con su madre, Antusa, quien le transmitió una exquisita sensibilidad humana y una profunda fe cristiana. Frecuentados los estudios inferiores y superiores, coronados por los cursos de filosofía y de retórica, tuvo como maestro a Libanio, pagano, el más célebre rétor del tiempo. En su escuela, Juan se convirtió en el más grande orador de la antigüedad tardía griega. Bautizado en el año 368 y formado en la vida eclesiástica por el obispo Melecio, fue por él instituido lector en 371. Este hecho marcó la entrada oficial de Crisóstomo en el cursus eclesiástico. Frecuentó, de 367 a 372, el Asceterio, un tipo de seminario de Antioquía, junto a un grupo de jóvenes, algunos de los cuales fueron después obispos, bajo la guía del famoso exégeta Diodoro de Tarso, que encaminó a Juan a la exégesis histórico-literal, característica de la tradición antioquena.

Se retiró después durante cuatro años entre los eremitas del cercano monte Silpio. Prosiguió aquel retiro otros dos años que vivió solo en una gruta bajo la guía de un «anciano». En ese período se dedicó totalmente a meditar «las leyes de Cristo», los Evangelios y especialmente las Cartas de Pablo. Enfermándose, se encontró en la imposibilidad de cuidar de sí mismo y por ello tuvo que regresar a la comunidad cristiana de Antioquia (Cf. Palladio, Vita, 5). El Señor –explica el biógrafo— intervino con la enfermedad en el momento justo para permitir a Juan seguir su verdadera vocación. En efecto, escribirá él mismo que, puesto en la alternativa de elegir entre el gobierno de la Iglesia y la tranquilidad de la vida monástica, habría preferido mil veces el servicio pastoral (Cf. Sobre el sacerdocio, 6,7): precisamente a éste se sentía llamado el Crisóstomo. Y aquí se realizó el giro decisivo de su historia vocacional: ¡pastor de almas a tiempo completo! La intimidad con la Palabra de Dios, cultivada durante los años del eremitismo, había madurado en él la urgencia de predicar el Evangelio, de dar a los demás cuanto él había recibido en los años de meditación. El ideal misionero le lanzó así, alma de fuego, a la atención pastoral.

Entre el año 378 y el 379 regresó a la ciudad. Diácono en 381 y presbítero en 386, se convirtió en célebre predicador en las iglesias de su ciudad. Pronunció homilías contra los arrianos, seguidas de aquellas conmemorativas de los mártires antioquenos y de otras sobre las principales festividades litúrgicas: se trata de una gran enseñanza de la fe en Cristo, también a la luz de sus Santos. El año 387 fue el «año heroico» de Juan, el de la llamada «revuelta de las estatuas». El pueblo derribó las estatuas imperiales en señal de protesta contra el aumento de los impuestos. En aquellos días de Cuaresma y de angustia con motivo de los inminentes castigos por parte del emperador, pronunció sus veintidós vibrantes Homilías de las estatuas, orientadas a la penitencia y a la conversión. Le siguió el período de serena atención pastoral (387-397).

El Crisóstomo se sitúa entre los Padres más prolíficos: de él nos han llegado 17 tratados, más de 700 homilías auténticas, los comentarios a Mateo y a Pablo (Cartas a los Romanos, a los Corintios, a los Efesios y a los Hebreos) y 241 cartas. No fue un teólogo especulativo. Transmitió, en cambio, la doctrina tradicional y segura de la Iglesia en una época de controversias teológicas suscitadas sobre todo por el arrianismo, esto es, por la negación de la divinidad de Cristo. Es por lo tanto un testigo fiable del desarrollo dogmático alcanzado por la Iglesia en el siglo IV-V. Su teología es exquisitamente pastoral; en ella es constante la preocupación de la coherencia entre el pensamiento expresado por la palabra y la vivencia existencial. Es éste, en particular, el hilo conductor de las espléndidas catequesis con las que preparaba a los catecúmenos a recibir el Bautismo. Próximo a la muerte, escribió que el valor del hombre está en el «conocimiento exacto de la verdad y rectitud en la vida» (Carta desde el exilio). Las dos cosas, conocimiento de la verdad y rectitud de vida, van juntas: el conocimiento debe traducirse en vida. Toda intervención suya se orientó siempre a desarrollar en los fieles el ejercicio de la inteligencia, de la verdadera razón, para comprender y traducir en la práctica las exigencias morales y espirituales de la fe.

Juan Crisóstomo se preocupa de acompañar con sus escritos el desarrollo integral de la persona, en las dimensiones física, intelectual y religiosa. Las diversas etapas del crecimiento son comparadas a otros tantos mares de un inmenso océano: «El primero de estos mares es la infancia» (Homilía 81,5 sobre el Evangelio de Mateo). En efecto «precisamente en esta primera edad se manifiestan las inclinaciones al vicio y a la virtud». Por ello la ley de Dios debe ser desde el principio impresa en el alma «como en una tablilla de cera» (Homilía 3,1 sobre el Evangelio de Juan): de hecho es ésta la edad más importante. Debemos tener presente cuán fundamental es que en esta primera fase de la vida entren realmente en el hombre las grandes orientaciones que dan la perspectiva justa a la existencia. Crisóstomo por ello recomienda: «Desde la más tierna edad abasteced a los niños de armas espirituales y enseñadles a persignar la frente con la mano» (Homilía 12,7 sobre la Primera Carta a los Corintios). Llegan después la adolescencia y la juventud: «A la infancia le sigue el mar de la adolescencia, donde los vientos soplan violentos..., porque en nosotros crece... la concupiscencia» (Homilía 81,5 sobre el Evangelio de Mateo). Llegan finalmente el noviazgo y el matrimonio: «A la juventud le sucede la edad de la persona madura, en la que sobrevienen los compromisos de familia: es el tiempo de buscar esposa» (Ibíd. ). Del matrimonio él recuerda los fines, enriqueciéndolos –con la alusión a la virtud de la templanza-- de una rica trama de relaciones personalizadas. Los esposos bien preparados cortan así el camino al divorcio: todo se desarrolla con gozo y se pueden educar a los hijos en la virtud. Cuando nace el primer hijo, éste es «como un puente; los tres se convierten en una sola carne, dado que el hijo reúne a las dos partes» (Homilía 12,5 sobre la Carta a los Colosenses), y los tres constituyen «una familia, pequeña Iglesia» (Homilía 20,6 sobre la Carta a los Efesios).

La predicación del Crisóstomo tenía lugar habitualmente en el curso de la liturgia, «lugar» en el que la comunidad se construye con la Palabra y la Eucaristía. Aquí la asamblea reunida expresa la única Iglesia (Homilía 8,7 sobre la Carta a los Romanos), la misma palabra se dirige en todo lugar a todos (Homilía 24,2 sobre la Primera Carta a los Corintios) y la comunión eucarística se hace signo eficaz de unidad (Homilía 32,7 sobre el Evangelio de Mateo). Su proyecto pastoral se insertaba en la vida de la Iglesia, en la que los fieles laicos con el Bautismo asumen el oficio sacerdotal, real y profético. Al fiel laico él dice: «También a ti el Bautismo te hace rey, sacerdote y profeta» (Homilía 3,5 sobre la Segunda Carta a los Corintios). Surge de aquí el deber fundamental de la misión, porque cada uno en alguna medida es responsable de la salvación de los demás: «Éste es el principio de nuestra vida social... ¡no interesarnos sólo en nosotros!» (Homilía 9,2 sobre el Génesis). Todo se desenvuelve entre dos polos: la gran Iglesia y la «pequeña Iglesia», la familia, en recíproca relación.

Como podéis ver, queridos hermanos y hermanas, esta lección del Crisóstomo sobre la presencia auténticamente cristiana de los fieles laicos en la familia y en la sociedad, es hoy más actual que nunca. Roguemos al Señor para que nos haga dóciles a las enseñanzas de este gran Maestro de la fe. Ciudad del Vaticano - miércoles, 19 septiembre 2007

 

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Continuamos nuestra reflexión sobre san Juan Crisóstomo. Tras el período pasado en Antioquía, en el año 397, fue nombrado obispo de Constantinopla, capital del Imperio romano de Oriente. Desde el inicio, Juan proyectó la reforma de su Iglesia: la austeridad del palacio episcopal tenía que ser un ejemplo para todos: clero, viudas, monjes, personas de la corte y ricos.

Por desgracia no pocos de ellos, tocados por sus juicios, se alejaron de él. Solícito con los pobres, Juan fue llamado también «el limosnero». Como administrador atento logró crear instituciones caritativas muy apreciadas. Su capacidad emprendedora en los diferentes campos hizo que algunos le vieran como un peligroso rival. Sin embargo, como auténtico pastor, trataba a todos de manera cordial y paterna. En particular, siempre tenía gestos de ternura especial por la mujer y dedicaba una atención particular al matrimonio y a la familia. Invitaba a los fieles a participar en la vida litúrgica, que hizo espléndida y atractiva con creatividad genial.

A pesar de su bondad, no tuvo una vida tranquila. Pastor de la capital del Imperio, se vio envuelto a menudo en intrigas políticas por sus continuas relaciones con las autoridades y las instituciones civiles. A nivel eclesiástico, dado que había depuesto en Asia,
en el año 401 a seis obispos indignamente elegidos, fue acusado de haber superado los límites de su jurisdicción, convirtiéndose en diana de acusaciones fáciles. Otro pretexto de ataques contra él fue la presencia de algunos monjes egipcios, excomulgados por el patriarca Teófilo de Alejandría, que se refugiaron en Constantinopla. Después se creó una fuerte polémica causada por las críticas de Crisóstomo a la emperatriz Eudoxia y a sus cortesanas, que reaccionaron desacreditándolo e insultándolo. De este modo, fue depuesto, en el sínodo organizado por el mismo patriarca Teófilo, en el año 403, y condenado a un primer exilio breve. Tras regresar, la hostilidad que suscitó a causa de sus protestas contra las fiestas en honor de la emperatriz, que el obispo consideraba como fiestas paganas, lujosas, y la expulsión de los presbíteros encargados de los bautismos en la Vigilia Pascual del año 404 marcaron el inicio de la persecución contra Juan Crisóstomo y sus seguidores, llamados «juanistas».

Entonces, Juan denunció con una carta los hechos al obispo de Roma, Inocencio I. Pero ya era demasiado tarde. En el año 406 fue exiliado nuevamente, esta vez en Cucusa, Armenia. El Papa estaba convencido de su inocencia, pero no tenía poder para ayudarle. No se pudo celebrar un concilio, promovido por Roma para lograr la pacificación entre las dos partes del Imperio y entre sus Iglesias. El duro viaje de Cucusa a Pitionte, destino al que nunca llegó, debía impedir las visitas de los fieles y romper la resistencia del prelado agotado: ¡la condena al exilio fue una auténtica condena a muerte! Son conmovedoras las numerosas cartas del exilio, en las que Juan manifiesta sus preocupaciones pastorales con tonos de dolor por las persecuciones contra los suyos. La marcha hacia la muerte se detuvo en Comana Pontica. Allí Juan fue llevado a la capilla del mártir san Basilisco, donde entrego el espíritu a Dios y fue sepultado, como mártir junto al mártir (Paladio, «Vida» 119). Era el
14 de septiembre de 407
, fiesta de la Exaltación de la santa Cruz. La rehabilitación tuvo lugar en el año 438 con Teodosio II. Las reliquias del santo obispo, colocadas en la iglesia de los Apóstoles, en Constantinopla, fueron transportadas en el año 1204 a Roma, en la primitiva Basílica de Constantino, y yacen en ahora en la capilla del Coro de los Canónigos de la Basílica de San Pedro.

El 24 de agosto de 2004 una parte importante de las misma fue entregada por el Papa Juan Pablo II al patriarca Bartolomé I de Constantinopla. La memoria litúrgica del santo se celebra el 13 de septiembre. El beato Juan XXIII le proclamó patrón del Concilio Vaticano II.

De Juan Crisóstomo se dijo que, cuando se sentó en el trono de la Nueva Roma, es decir, Constantinopla, Dios hizo ver en él un segundo Pablo, un doctor del universo. En realidad, en Crisóstomo se da una unidad esencial de pensamiento y de acción tanto en Antioquía como en Constantinopla. Sólo cambian su papel y las situaciones. Al meditar en las ocho obras realizadas por Dios en la secuencia de los seis días, en el comentario del Génesis, Juan Crisóstomo quiere hacer que los fieles se remonten de la creación al Creador: «Es de gran ayuda saber qué es la criatura y qué es el Creador», dice. Nos muestra la belleza de la creación y la transparencia de Dios en su creación, que se convierte de este modo en una especie de «escalera» para ascender a Dios, para conocerle.

Pero a este primer paso le sigue otro: este Dios, creador, es también el Dios de la condescendencia («synkatabasis»). Nosotros somos débiles para «ascender», nuestros ojos son débiles. De este modo, Dios se convierte en el Dios de la condescendencia, que envía al hombre caído y extranjero una carta, la Sagrada Escritura. De este modo, la creación y la escritura se completan. A la luz de la Escritura, de la carta que Dios nos ha dado, podemos descifrar la creación. Dios es llamado «padre tierno» («philostorgios») (ibídem), médico de las almas (Homilía 40,3 sobre el Génesis), madre (ibídem) y amigo cariñoso («Sobre la Providencia» 8,11-12).

Pero al primer paso de la creación como «escalera» hacia Dios y al segundo de la condescendencia de Dios, a través de la carta que nos ha dado, la Sagrada Escritura, se le añade un tercer paso: Dios no sólo nos transmite una carta, en definitiva, Él mismo baja, se encarna, se convierte realmente en «Dios con nosotros», nuestro hermano hasta la muerte en la Cruz.

Y a estos tres pasos --Dios que se hace visible en la creación, Dios que nos envía una carta, Dios que desciende y se convierte en uno de nosotros-- se llega al final a un cuarto paso: en la vida y acción del cristiano, el principio vital y dinámico es el Espíritu Santo («Pneuma»), que transforma la realidad del mundo. Dios entra en nuestra misma existencia a través del Espíritu Santo y nos transforma desde dentro de nuestro corazón.

Con este telón de fondo, precisamente en Constantinopla, Juan, al comentar los Hechos de los Apóstoles, propone el modelo de la Iglesia primitiva (Hechos 4, 32-37) como modelo para la sociedad, desarrollando una «utopía» social (como una «ciudad ideal»). Se trataba, de hecho, de dar un alma y un rostro cristiano a la ciudad. En otras palabras, Crisóstomo comprendió que no es suficiente hacer limosna, ayudar a los pobres de vez en cuando, sino que es necesario crear una nueva estructura, un nuevo modelo de sociedad; un modelo basado en la perspectiva del Nuevo Testamento. Es la nueva sociedad que se revela en la Iglesia naciente. Por tanto, Juan Crisóstomo se convierte de este modo en uno de los grandes padres de la Doctrina Social de la Iglesia: la vieja idea de la «polis» griega es sustituida por una nueva idea de ciudad inspirada en la fe cristiana. Crisóstomo defendió como Pablo (Cf. 1 Corintios 8, 11) el primado de cada cristiano, de la persona en cuanto tal, incluso del esclavo y del pobre. Su proyecto corrige de este modo la tradicional visión de la «polis» griega, de la ciudad, en la que amplias capas de la población quedaban excluidas de los derechos de ciudadanía, mientras en la ciudad cristiana todos son hermanos y hermanas con los mismos derechos. El primado de la persona es también la consecuencia del hecho de que basándose en ella se construye la ciudad, mientras que en la «polis» griega la patria se ponía por encima del individuo, que quedaba totalmente subordinado a la ciudad en su conjunto. De este modo, con Crisóstomo comienza la visión de una sociedad construida con la conciencia cristiana. Y nos dice que nuestra «polis» es otra, «nuestra patria está en los cielos» (Filipenses 3, 20) y esta patria nuestra, incluso en esta tierra, nos hace a todos iguales, hermanos y hermanas, y nos obliga a la solidaridad.

Al final de su vida, desde el exilio en las fronteras de Armenia, «el lugar más remoto del mundo», Juan, enlazando con su primera predicación del año 386, retomó el tema que tanto le gustaba del plan que Dios tiene para la humanidad: es un plan «inefable e incomprensible», pero seguramente guiado por Él con amor (Cf. «Sobre la providencia» 2, 6). Esta es nuestra certeza. Aunque no podamos descifrar los detalles de la historia personal y colectiva, sabemos que el plan de Dios está siempre inspirado por su amor. De este modo, a pesar de sus sufrimientos, Juan Crisóstomo reafirmaba el descubrimiento de que Dios ama a cada uno de nosotros con un amor infinito, y por este motivo quiere la salvación de todos. Por su parte, el santo obispo, cooperó con esta salvación con generosidad, sin ahorrar nada, durante todo su vida. De hecho, consideraba como último fin de su existencia esa gloria de Dios que, ya moribundo, dejó como último testamento: «¡Gloria a Dios por todo!» (Paladio, «Vida» 11). S.S. Benedicto PP. XVI -
miércoles, 26 septiembre 2007

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San Juan Crisóstomo. 

Nació en el año 347 y falleció en el 407ca. 

Fue criado por su madre Santa Antusa. De joven se convirtió en uno de los mejores abogados de Antioquía, tras años de éxito recapacitó sobre la vida que llevaba espantado por su tibieza, así que se hizo bautizar y se retiró a una cueva a estudiar las Escrituras de memoria. 

Posteriormente volvió a la ciudad donde fue ordenado diácono y tras años de preparación se dedicó al ministerio del sacerdocio. Llevó una gran actividad evangelizando, fundando hospitales, y denunciando la riqueza y la tibieza de la vida. 

Famoso por sus sermones, se convirtió en patriarca de Constantinopla, después de atacar la actitud de la Emperatriz Eudoxia fue condenado al destierro en una maniobra promovida por un grupo de obispos a los que dirigía Teófilo obispo de Alejandría, más un terremoto ocurrido obligó a deponer la actitud de los conspiradores. Siguió ejerciendo su ministerio hasta que fue expulsado a Armenia donde murió. 

Considerado un gran orador, san Juan Crisóstomo es patrón de los predicadores y de los presentadores de televisión, además es invocado contra la epilepsia y para librarse de los vicios.

 

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....de aquella una nueva religión, -corrían pocos lustros antes del nacimiento de Jesucristo-, fruto de la unión sincrética de elementos religiosos greco-romanos y persas. En las mismas laderías, luego con el monacato cristiano, lugar de búsqueda de Dios ‘Padre y Amor’, con los escritos patrísticos y el estudio de los pensadores griegos, Aristóteles entre otros, se extendió el monaquismo oriental… La cultura greco romana quedaba impregnada

 

Turquía - La cima del Nemrut Dagi, perteneciente a la cadena montañosa del Tauro

Habría que remontarse al año 1881, cuando un general, Nelmut Von Moltke, que se encontraba de misión militar por los desolados montes Ankar, en la cordillera del Tauro, se dio de bruces con el hallazgo. Cuenta Nelmut que unos pastores que vivían en el remoto poblado de Horik le hablaron de una montaña en cuya cima se levantaban unas enigmáticas y enormes estatuas de personas y animales.

Aunque Nelmut no se lo creyó del todo decidió subir a la montaña. Cuando llegó a su cima no cabía en su asombro. Efectivamente, aquella pequeña colina estaba rematada por un monumental pico rematada por la mano del hombre a base de pequeñas piedras apiladas y salpicada por enormes estatuas.

La altura de estas estatuas oscila entre los tres y los cinco metros; las cabezas, separadas de sus cuerpos a consecuencia de los movimientos sísmicos que a lo largo de la historia han sacudido a la región, yacen esparcidas por el suelo recreando un escalofriante campo de batalla y corresponden a dioses y hombres divinizados por el rey Antioco I: Hércules, Antíoco I, Zeus, la diosa Fortuna, Apolo, Mitra, Helios, Hermes y Alejandro Magno.

Yacimiento funerario

Hasta entonces, este santuario sólo era conocido por los pastores que vivían por la zona. Ahora, sin embargo, y debido a la magnitud del hallazgo, son muchos los viajeros que se aventuran a esta mágica región turca para visitar in situ lo que algunos arqueólogos han catalogado como uno de los más impresionantes restos arqueológicos de naturaleza funeraria del mundo. Al principio, el acceso a Nemrut Dagi sólo podía hacerse a pie o a caballo. Hoy, una empinada carretera, a ratos medio asfaltada, sitúa al viajero a pocos metros de la cima.

Los monumentos de la montaña de Nemrut se levantaron bajo la orden del rey de Comagena, Antíoco I, en el siglo I a.C. Antíoco I era un gran amigo de los griegos y de los romanos y, sobre todo, un admirador del genio militar y humano de Alejandro Magno. Soberano del pequeño reino de Comagena, que floreció entre la región de Cilicia y el Éufrates entre el año 69 a.C. y el 72 de nuestra, era un estado-tampón entre el crecientemente poderoso imperio romano y el persa.

Antíoco I Epífanes, según él mismo, descendiente por parte de su padre Mitrídates, de Darío el Grande, y por parte de su madre Laodicea, de Alejandro Magno, reinó entre el 69 y el 32 a C, consiguiendo una vez muerto, alcanzar la gloria que no había podido conquistar en vida. Pudiendo finalmente hacer caso omiso de la actitud de humildad y sumisión que se vio obligado a adoptar a lo largo de su vida, decidió construir su propio monumento funerario en el punto más alto de su propio reino, para poder situarse finalmente por encima de los demás; para estar más cerca de los dioses -sus iguales-; y para poder, aunque sólo idealmente, seguir dominando el reino de Comagena.

Dioses del Olimpo

Fue así como, sobre la cima del Nemrut Dagi, perteneciente a la cadena montañosa del Tauro, mandó desmenuzar gran cantidad de piedras en guijarros del tamaño de un puño y erigir con ellas un gran túmulo de más de 50 metros de alto y 150 de diámetro rodeado por tres terrazas monumentales escalonadas y adornadas con colosales estatuas de los dioses del Olimpo sentados en sus tronos.

«Yo, Antíoco, he mandado erigir esta mausoleo para mi mayor gloria y para gloria de los dioses»: así reza una de las inscripciones grabadas en la parte posterior de los tronos de las terrazas oriental y occidental. A juzgar por estas inscripciones, Antíoco pretendía ser el adalid de una nueva religión, fruto de la unión sincrética de elementos religiosos greco-romanos y persas. En el Nemrut Dagi, el rey de Comagena consiguió librarse de su complejo de inferioridad e ignorar, por una vez, la prudente política de equidistancia que practicó, durante su reinado, respecto al imperio romano y el persa.

El Nemrut Dagi no defrauda. Subir a su cima al alba o a la hora del crepúsculo, cuando los gigantes de piedra que montan guardia protegiendo la tumba de un simple mortal, parecen incendiarse contra el cono de piedra y despertarse de su pétreo sueño, es una experiencia única e inolvidable. Entonces resulta fácil encontrar un rincón para librarse a la meditación y dar rienda suelta a la fantasía y a la emoción.

 

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La penitencia de San Juan Crisóstomo - 1496. Grabado. 18,1 x 11,8 cm. Kupferstichkabinett. Staatliche Kunstsammlungen. Dresde. Alemania. Autor: Alberto Durero 

 

San Juan Crisóstomo

De la caverna al Patriarcado de Constantinopla

 

Juan Crisóstomo nació hacia el año 349. Su vida atravesó toda suerte de peripecias, todas las que pueden comprenderse en la travesía que dista de la vida de un místico troglodita a la de un Patriarca de Constantinopla, del que busca la perfección de la virtud personal al santo atrapado en medio de enredadas intrigas palaciegas, venganzas personales y conjuras políticas. 

 

Es uno de los más importantes Padres Orientales junto a san Atanasio, san Basilio Magno y san Gregorio Nacianceno, todos santos del siglo IV. La memoria litúrgica de san Juan Crisóstomo se celebra el 13 de setiembre. Es el patrono de los oradores cristianos. Juan XXIII lo proclamó patrono del Concilio Vaticano II. Sus restos se encuentran en la Basílica de San Pedro, en Roma. Juan Pablo II entregó al patriarca de Constantinopla una parte importante de sus reliquias.

 

Conocida con su fonética turca, Antakya alcanza apenas los 150.000 habitantes. Se encuentra al sur de Turquía, a unos pocos kilómetros del mar Mediterráneo y de la convulsionada Siria, y ese nombre, con toda seguridad, no produce en nosotros el efecto que sí provocaba en los tiempos en que nació y vivió Juan Crisóstomo. Antioquía de Siria, una de las grandes ciudades del Imperio Romano de Oriente y una de las capitales de la fe de entonces, junto a Constantinopla y Alejandría. Bernabé, Pablo y Pedro predicaron allí, y los nazarenos, o galileos, recibieron en esta ciudad, en el año 42, por vez primera, el nombre de cristianos. 

 

En el siglo IV, la ciudad imperial, amurallada y recostada en las faldas del monte Silpio, flanqueada por las aguas del río Orontes, resplandecía con la abundancia del oro y el mármol presentes en sus modernos edificios, la visita de los emperadores, la vida tumultuosa y trepidante de su medio millón de habitantes, la celebración de agitados concilios -casi treinta-, el tráfico comercial, y una historia a sus espaldas de casi setecientos años, que se remontaba al imperio seléucida. Por tanto, la floreciente cultura y la lengua y la vida eclesial de esta urbe cosmopolita hunden sus raíces en rico patrimonio helenístico. 

 

Antusa, la madre de Juan, no volvió a casarse. Era una mujer joven, hermosa y católica, como lo era la mitad de la población, cuando murió el general de caballería, Secundo, su marido, pagano. Resuelta a darle la mejor educación a su hijo, supo desenvolverse con coraje e inteligencia en la administración favorable de sus bienes, y puso por maestro de su hijo al mayor orador de la época, Libanio, de quien alcanzó a ser su alumno más brillante, inigualable, el más famoso de la antigüedad griega tardía, el que sería llamado por el apelativo -al cabo de un tiempo nada más-, de “crisóstomo”, es decir, “boca de oro”. Las escuelas de retórica atraían por entonces a los jóvenes más brillantes, como sucedía a la sazón con el joven Agustín de Tagaste, quien soñaba con ser un gran orador en los tribunales de la gran Cartago, a cuya escuela de retórica se dirigió para cursar sus estudios de oratoria. Del mismo modo, el futuro de Juan se había decidido a favor de los tribunales y las querellas y las contiendas de los foros antioquenos. 

 

En el año 362 el emperador Flavius Claudius Julianus visitó la ciudad y se encontró con su amigo Libanio. Se trataba de un emperador particular, que cultivaba la filosofía, que se rodeaba en su corte de filósofos, que vestía con sencillez y austeridad, y que, contrariamente al espíritu de la época, buscaba restaurar la religión pagana, que, en realidad, carecía ya de toda fuerza espiritual desde hacía mucho tiempo. Desde Constantino, sus predecesores en el trono se habían inclinado hacia la fe cristiana, ya fuera por motivos religiosos como por interés y olfato político. La notable expansión del cristianismo proporcionaba al imperio un factor de unidad cultural y social que no podía buscarse artificial y anacrónicamente en la religión pagana de los antepasados. Ya no eran tiempos propicios para Zeus y los habitantes del Olimpo. Sin embargo, el emperador, que será conocido como Juliano el Apóstata, buscó postreramente retornar al pasado politeísta romano. 

 

Al año siguiente el joven emperador de 31 años moría valerosamente batallando contra los persas, acontecimiento que fue leído como un signo del cielo, como la hora de la fe y del cristianismo, como el tiempo señalado en que debía abrazarse la verdadera filosofía, ésa que conducía a la verdad, aquélla que se propalaba desde las comunidades cristianas. Las conversiones proliferaban como la peste, y la gente abrazaba la fe como por instinto. Un tiempo espiritual declinaba definitivamente, y en esa caída se precipitaba de modo imperceptible o manifiesto toda la grandeza del Imperio, en cuyos resquicios se filtraba, indefectiblemente, la barbarie que lo circundaba y que se había introducido en el seno mismo del ejército, en el que se hallaban enrolados tantos y tantos bárbaros que sentían ajena las causas de Roma, y que no desearán tomar las armas para defender sus fronteras, para pelear contra los de su sangre.

 

Esos aires renovados soplaron también sobre la vida de Juan, quien de la noche a la mañana abandonó a Libanio y se puso bajo la sombra de otra poderosa influencia, la del amado y humilde y venerado Melecio, el obispo de Antioquía, aquél que mereció del santo estas palabras: “Su cara era una predicación”. El obispo bautizó a Juan y confió su formación al erudito y exegeta Diodoro de Tarso quien lo introdujo en el estudio de las Sagradas Escrituras siguiendo el método cultivado en la famosa escuela teológica de Antioquía. La búsqueda de Dios se fue ahondando cada vez más, hasta que Juan se resolvió por la vida eremítica que encontró en el cercano monte Silpio, vida que había ensayado previamente en su propia casa materna, transformando su dormitorio en una celda austera y severa, sin muebles, sin visitas, sin distracciones, comiendo un único plato de legumbres hervidas, reduciendo las horas de sueño, perseverando en el estudio, la oración y la penitencia. 

 

Los cuatro años de Juan Crisóstomo entre los monjes de un convento en el monte Silpio dieron lugar a una nueva experiencia, esta vez en una caverna que cobijó al anacoreta extremo que se abismaba en la contemplación y meditación de los evangelios y las cartas de Pablo, bajo la guía de un “anciano”, dos años cuyos rigores fueron mutando la figura del solitario del desierto en un espectro de piel y huesos cuyas piernas ahora tiesas forzaban al asceta a emprender el regreso a su ciudad. Pero, en realidad, la parálisis era el signo de un acontecimiento fundamental en la vida de Juan Crisóstomo, “el giro decisivo de la historia de su vocación […]. La intimidad con la palabra de Dios, cultivada durante los años de la vida eremítica, había madurado en él la urgencia irresistible de predicar el Evangelio, de dar a los demás lo que él había recibido en los años de meditación” (Benedicto XVI). “Regresó del desierto con una independencia y un desapego absoluto hacia las cosas visibles y con un amor infinito hacia Dios y a sus hermanos los hombres” (Virgil Gheorghiu). 

 

Dos años después de su regreso a Antioquía Juan fue ordenado diácono en el 381, y durante los próximos cinco años, además de erigirse en celebérrimo predicador de las iglesias de su ciudad, a Juan le fue asignada la dirección de los servicios de caridad de la iglesia antioquena, que debía atender a 10.000 pobres, cuidar a los expósitos, ofrecer asilo en las iglesias a los perseguidos, velar por los prisioneros, ocuparse de los albergues y hospitales fundados por la iglesia. “Así fue apareciendo poco a poco, junto con la construcción de iglesias, el verdadero rostro de la ciudad cristiana” (Joseph Lortz). En el 386 Juan Crisóstomo fue ordenado sacerdote: “Veo aquí, ahora, en esta gran ciudad, a este pueblo tan numeroso, a esta asombrosa multitud que dirige sus ávidas miradas hacia mi pequeñez, como si algo notable debiese salir de mi boca”, decía en su homilía de ordenación. 

 

El año siguiente, “el año heroico”, el año de “la rebelión de las estatuas” fue durísimo para la ciudad y para Juan Crisóstomo. La creación de un nuevo impuesto establecido por el emperador Teodosio el Grande, destinado a distribuir cinco monedas de oro a cada soldado –en realidad se trataba de un pago cuyo objeto era impedir la sublevación de los bárbaros, que eran mayoría y dominaban el ejército imperial-, desató una manifestación de antioquenos que la emprendieron derribando las puertas del palacio del gobernador y destrozando las estatuas del emperador y su familia, lo cual dejó en vilo a la ciudad que temió angustiosamente una cruel represalia de Teodosio. Las homilías del santo, llamando a la conversión y la penitencia, se hicieron famosas.

 

Un día común y corriente del año 397, el procurador imperial en Antioquía, Asterio, propuso un encuentro a Juan Crisóstomo por motivos personales. Cuando éste subió a su carruaje, y se hallaban ya en camino, Asterio comunicó al padre Juan, que no cabía en su estupor, que el emperador Arcadio, con la aprobación del clero, lo había designado como Patriarca de la sede imperial, entonces vacante. Ante las sospechas de que el pueblo de Antioquía podía resistir semejante determinación que habría de sustraerles a su venerado sacerdote, y que el mismo Juan rechazaría tal elección, el procurador había recibido órdenes de actuar con la mayor de las discreciones y despachar el encargo cuanto antes para Constantinopla. “A la luz de nuestra cultura y nuestros usos contemporáneos, occidentales, la aceptación del episcopado por parte de Juan tuvo ribetes que podrían ser calificados ‘de sainete’” (Carlos Manuel de Céspedes). No cabe la menor duda.

 

Murallas de Constantinopla reconstruidas en computadora

 

Con pasmo y admiración la corte bizantina, que había recibido con toda pompa al renombrado sacerdote devenido en obispo, y al pequeño obispo devenido en Patriarca de Constantinopla, observó cómo aquel reducido, bajo, macilento y enjuto prelado, ni bien llegado a su sede, comenzó a deshacerse, como tantas veces en su vida lo había hecho, de los vasos de plata, los tapices, los canapés, los candelabros, las bañeras de mármol, los espejos, los cuadros, las columnas, la cama de seda y exótica madera… ¡Lo vendió todo! ¿Y cómo haría las recepciones, cómo recibiría a los diplomáticos, y a los dignatarios de la corte? Pero eso era sólo el comienzo. Juan decidió prescindir de los criados, y de los cocineros, y de los cubiertos… Toda la vida había comido un plato de legumbres hervidas. Con lo obtenido por las ventas construyó un hospital para pobres, un asilo para los peregrinos y extranjeros de paso…  Y luego siguieron el comedor, las sillas, las mesas, los aparadores, el mobiliario todo… Un gran palacio por fuera, y una celda de anacoreta por dentro. Allí la caverna se hallaba en el centro del imperio. El nuevo Patriarca no era lo que se esperaba. Desconcertante.

 

Pero Juan Crisóstomo no viviría en un refugio. Se vería en el ojo de la tormenta. Y la enfrentaría hasta el final, pues este cuerpo en apariencia exangüe escondía la fuerza notable, indoblegable, de los santos. Enfrentaría las intrigas de la corte que tenían su centro en Eudoxia, la bella, astuta, intrigante, la infiel esposa del emperador. Ella deseaba la perdición del Patriarca que había dado asilo al hombre más repudiado del imperio, pues a todos había humillado el antiguo esclavo y eunuco Eutropio, poderoso mandamás del imperio. Las cortesanas no le perdonaban las correcciones morales que habían debido soportar en sus sermones. Cierto poder eclesiástico reclamaba su cabeza. Es que Juan Crisóstomo, que había recibido denuncias gravísimas de corrupción, de compras y ventas de episcopados, resolvió no callar, resolvió iniciar una investigación, y resolvió destituir a todos los obispos indignos. Y no eran pocos. El Patriarca debía caer. Y cayó. Sucedió en el año 407. 

 

 

 

En la foto podemos observar la famosa basílica de Santa Sofía, en Estambul, Turquía, símbolo de la arquitectura bizantina. Como catedral patriarcal de Constantinopla, fue la sede que ocupó Juan Crisóstomo al ser elegido obispo de la capital del Imperio Romano de Oriente en el año 397. En realidad, éste que conocemos, es el tercer edificio. Juan ocupó el primero, la “Iglesia Grande”, cuya construcción se remonta al año 360 y su destrucción al año 404, cuando las llamas se precipitaron sobre la basílica, en medio de los disturbios que enfrentaron a los cristianos y a la soldadesca enviada a asaltar la catedral y a sacar como fuera al obispo, en las dramáticas horas que siguieron al arresto de Juan Crisóstomo, inicio de su segundo y definitivo exilio.

 

“Además, donde yo esté estarán también ustedes, donde estén ustedes estaré también yo: formamos todos un solo cuerpo, y el cuerpo no puede separarse de la cabeza, ni la cabeza del cuerpo. Aunque estemos separados en cuanto al lugar, permanecemos unidos por la caridad, y ni la misma muerte será capaz de desunirnos. Porque, aunque muera mi cuerpo, mi espíritu vivirá y no echará en olvido a su pueblo”, había dicho a sus fieles. “Ustedes son mis conciudadanos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mis miembros, mi cuerpo, mi luz, una luz más agradable que esta luz material. Porque, para mí, ninguna luz es mejor que la de vuestra caridad. La luz material me es útil en la vida presente, pero vuestra caridad es la que va preparando mi corona para el futuro”. La comunidad cristiana amaba a Juan, particularmente los pobres. Pero en estos doce años en Constantinopla el obispo había estado permanentemente en la mira del poder político, religioso y social. Son muy intrincadas las intrigas como para ser registradas aquí. Juan había conocido un primer y efímero exilio. Su salida de la ciudad fue seguida por un terremoto, que al parecer fue interpretado por la corte como una reconvención del cielo. Entonces hubo que pedirle al obispo que regresara de inmediato para que se calmara la tierra. Pero la conspiración para desembarazarse del patriarca era incesante. 

 

Los conjurados tenían sus motivos para deshacerse de Juan Crisóstomo y unir fuerzas. Ciertos sectores de la aristocracia y los ricos no ocultaban su resentimiento por las enseñanzas y amonestaciones morales de que eran objeto desde el púlpito: “La Sagrada Escritura nos dice: no se roba únicamente quitando los bienes ajenos, se roba no distribuyendo lo que se posee”; “Muchos me acusan de atacar continuamente a los ricos, pero es debido a que estos atacan continuamente a los pobres”. Palabras como éstas no le granjearon amigos en el poder. Hay quienes dicen que al gran santo le faltaba diplomacia y tacto.

 

Su fidelidad al Señor y amor a la Iglesia lo enemistó con poderosos eclesiásticos. El santo no titubeó en destituir obispos indignos, en defender a perseguidos falsamente acusados, en dar asilo a personajes impopulares y justamente odiados, como Eutropio, el amo del Imperio caído en desgracia. No titubeó en llamar “Jezabel” a la emperatriz, y acusarla de buscar la cabeza de Juan, es decir, de andar buscando su propia muerte, lo que era completamente cierto. Juan Crisóstomo decía lo que nadie se atrevía. Un concilio ilegítimo lo destituyó, pero nadie se atrevió a comunicárselo, y Juan continuó como pastor. Fueron contratados hasta sicarios para asesinarlo, pero no lo consiguieron. La gente lo protegía y custodiaba. Juan recurrió al Papa Inocencio, y éste buscó por todos los medios rehabilitarlo y defenderlo de la infamia, de lo cual el santo ni siquiera llegó a enterarse, pues era llevado de un lado a otro, en medio de mil penurias, en un exilio que procuraba perderlo para siempre. Cuando hubo llegado ese momento postrero, el santo moribundo alcanzó a entrar a una iglesia, se echó en el piso, pidió la comunión, y según refiere su biógrafo Paladio, dijo sus últimas palabras: “Gloria a Dios por todo”. 

 

San Juan Crisóstomo “comprendió que no basta con dar limosna o ayudar a los pobres de vez en cuando, sino que es necesario crear una nueva estructura, un nuevo modelo de sociedad; un modelo basado en la perspectiva del Nuevo Testamento”, por lo cual el santo “se convierte en uno de los grandes padres de la doctrina social de la Iglesia” (Benedicto XVI). Rompiendo con la idea de la polis griega, según la cual la ciudad está por encima del individuo, Juan Crisóstomo preconizó la primacía de cada cristiano, incluso pobre o esclavo, según lo cual la ciudad es una fraternidad de hermanos con iguales derechos, en la que no cabe la exclusión de vastos sectores de la población, como sucede en la concepción de la polis griega. En cuanto a los cristianos, la verdadera patria está en los cielos.

 

Frases de san Juan Crisóstomo

 

Nada más frío que un cristiano que no salva a los demás.

 

La necesidad nos obliga a rogar por nosotros mismos, y la caridad fraterna a pedir por los demás. Es más aceptable a Dios la oración recomendada por la caridad que la que es impulsada por la necesidad.    

 

No es con la violencia como se acaba con la violencia, sino con la dulzura.

 

Lo que le das al pobre le pertenece.

 

Son muchos los caminos que conducen a la impiedad; a la verdad, sólo uno.

 

El Señor está más dispuesto a dar que nosotros a pedir.

 

Bienaventurado aquel que haya hecho y enseñado. La doctrina de las obras es mucho más sincera y segura que la de las palabras.

 

Dios comúnmente cumple sus intenciones por caminos que parecen contrarios a ellas, para que de este modo se admire más su omnipotencia.

 

Las correcciones son para los pecados, lo que los remedios para las llagas.

 

¿Qué tienes que no hayas recibido? Yo les declaro que la más sublime virtud de los cristianos es atribuirlo todo a Dios y persuadirse de que ningún bien proviene de nosotros mismos.

 

En la tierra hasta la alegría suele parar en tristeza; pero para quien vive según Cristo, incluso las penas se truecan en gozo.

Gonzalo Abadie es sacerdote uruguayo. Religionenlibertad.com  IX. MMXII

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender, alumbrar e ilustrar el contexto:

  

San Cromacio 345 † 407, que nació, en torno al año trescientos cuarenta y cinco, en Aquileya, ferviente centro de vida cristiana situado en la Décima región del Imperio Romano, la Venetia et Histria. En su familia aprendió a amar y a conocer a Cristo. Fue ordenado diácono y luego presbítero. Como experto de Valeriano, entonces Obispo de Aquileya, participó en el Sínodo que se convocó en esa ciudad para luchar contra los últimos residuos de arrianismo que había en Occidente. Fue elegido posteriormente Obispo de Aquileya y recibió la consagración episcopal de San Ambrosio. Ejerció su ministerio con audacia y energía en un vastísimo territorio, por lo cual se ganó la estima de la Iglesia de su tiempo. Murió, muy probablemente, exiliado en Grado, el año cuatrocientos siete, el mismo en que san Juan Crisóstomo. En un período borrascoso como el suyo, este preclaro Pastor supo consolar a sus fieles abriendo su alma a la confianza en Dios con un lenguaje fresco, vivaz e incisivo. De San Cromacio se conservan unos cuarenta sermones y más de sesenta comentarios al Evangelio de San Mateo, en donde aborda principalmente temáticas relacionadas con la Trinidad, el Espíritu Santo, el misterio de Cristo y la relación de la Virgen María con la Iglesia.

 

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El que oye a vosotros oye a mí; el que os rechaza a ustedes, rechaza a mí; y el que me rechaza, rechaza a Aquel que me envió”. Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San LUCAS 10-13,16

 

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«El que no sirve para servir, no sirve para amar». La Madre Teresa lo afirmó y lo vivió.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).-

“En la grandeza y hermosura de las criaturas, proporcionalmente se puede contemplar a su Hacedor original… Y si se admiraron del poder y de la fuerza, debieron deducir de aquí cuánto más poderoso es su plasmador...; si fueron seducidos por su hermosura, ... debieron conocer cuánto mejor es el Señor de ellos, pues es el autor de la belleza quien hizo todas estas cosas”.

 

 

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Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.


Anno Domini 2012 - "In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

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La belleza de ser cristiano y la alegría de comunicarlo - «Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicara los otros la amistad con Él» (Benedicto XVI,).

Dar razón de la belleza de Cristo en los escenarios del mundo contemporáneo.

2000 años en que la Iglesia-cuna de Cristo, muestra su belleza al mundo.

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 “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

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† La Iglesia que fundó Cristo es ‘una, santa, católica y apostólica’ y los evangelistas siendo ya ellos ‘Iglesia Católica desde Pentecostés’, así de claro lo escribieron en las Sagradas Escrituras. †

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).