Friday 26 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
Inicio > Leyendas Negras > Genocidio - 1º qué es? matanzas represión, guerras Vandée Vendée

Genocidio Indígena - Por lo tanto, las denuncias de Bartolomé de Las Casas fueron tomadas radicalmente en serio por la Corona española, lo cual la impulsó a promulgar severas leyes en defensa de los indios y, más tarde, a abolir la encomienda, es decir, la concesión temporal de tierras a los particulares, con lo que causó graves daños a los colonos.

 

+++

 

Y pensar que precisamente de Irak viene la palabra "genocidio". La acuñó en 1943 un abogado judío polaco, Raphael Lemkin, gran promotor de causas humanitarias, después de haber estudiado el sistemático exterminio de cristianos asirios realizado diez años antes por los gobernantes musulmanes de la nueva nación iraquí surgida de la caída del imperio otomano.

 

+++ 

 

"El término genocidio fue acuañado por un erudito polaco, Raphael Lemkin, y luego fue adoptado en 1948 por una convención de las Naciones Unidas, con lo cual entró a formar parte del derecho internacional como crimen contra la humanidad. Por genocidio se entiende una serie de actos cometidos con la intención de destruir parcial o totalmente a un grupo nacional, racial, étnico o religioso. Calificar estos acontecimientos como genocidio no es un ejercicio neutral. Turquía reconoce que hubo masacres, que los armenios murieron en esos años. Pero sostiene con firmeza que entre las víctimas también hubo turcos. Por eso rechaza que se hable de genocidio". 

-.- 

"Queridos hermanos y hermanas armenios! En varias ocasiones he definido este tiempo como un tiempo de guerra, como una tercera guerra mundial 'por partes', en la que asistimos cotidianamente a crímenes atroces, a sangrientas masacres y a la locura de la destrucción. Desgraciadamente todavía hoy oímos el grito angustiado y desamparado de muchos hermanos y hermanas indefensos, que a causa de su fe en Cristo o de su etnia son pública y cruelmente asesinados – decapitados, crucificados, quemados vivos –, o bien obligados a abandonar su tierra. También hoy estamos viviendo una especie de genocidio causado por la indiferencia general y colectiva, por el silencio cómplice de Caín que clama: '¿A mí qué me importa?, ¿Soy yo el guardián de mi hermano?'. La humanidad conoció en el siglo pasado tres grandes tragedias inauditas: la primera, que generalmente es considerada como «el primer genocidio del siglo XX» (Juan Pablo II y Karekin II, Declaración conjunta, Etchmiadzin, 27 de septiembre de 2001), afligió a vuestro pueblo armenio –primera nación cristiana–, junto a los sirios católicos y ortodoxos, los asirios, los caldeos y los griegos. Fueron asesinados obispos, sacerdotes, religiosos, mujeres, hombres, ancianos e incluso niños y enfermos indefensos. Las otras dos fueron perpetradas por el nazismo y el estalinismo. Y más recientemente ha habido otros exterminios masivos, como los de Camboya, Ruanda, Burundi, Bosnia. Y, sin embargo, parece que la humanidad no consigue dejar de derramar sangre inocente…". 12.04.2016 

 

+++ 

 

 

 

Jean Dumont dice al respecto: «El fenómeno de Las Casas es ejemplar puesto que supone la confirmación del carácter fundamental y sistemático de la política española de protección de los indios. Desde 1516, cuando Jiménez de Cisneros fue nombrado regente, el gobierno ibérico no se muestra en absoluto ofendido por las denuncias, a veces injustas y casi siempre desatinadas, del dominico. El padre Bartolomé no sólo no fue objeto de censura alguna, sino que los monarcas y sus ministros lo recibían con extraordinaria paciencia, lo escuchaban, mandaban que se formaran juntas para estudiar sus críticas y sus propuestas, y también para lanzar, por indicación y recomendación suya, la importante formulación de las "Leyes Nuevas". Es más: la Corona obliga al silencio a los adversarios de Las Casas y de sus ideas.»lt;/FONT>

 

Para otorgarle mayor autoridad a su protegido, que difama a sus súbditos y funcionarios, el emperador Carlos V manda que lo ordenen obispo. Por efecto de las denuncias del dominico y de otros religiosos, en la Universidad de Salamanca se crea una escuela de juristas que elaborará el derecho internacional moderno, sobre la base fundamental de la «igualdad natural de todos los pueblos» y de la ayuda recíproca entre la gente.

Se trataba de una ayuda que los indios necesitaban de especial manera; tal como hemos recordado (y a menudo se olvida) los pueblos de América Central habían caído bajo el terrible dominio de los invasores aztecas, uno de los pueblos más feroces de la historia, con una religión oscura basada en los sacrificios humanos masivos. Durante las ceremonias que todavía se celebraban cuando llegaron los conquistadores para derrotarlos, en las grandes pirámides que servían de altar se llegaron a sacrificar a los dioses aztecas hasta 80.000 jóvenes de una sola vez. Las guerras se producían por la necesidad de conseguir nuevas víctimas.

Se acusa a los españoles de haber provocado una ruina demográfica que, como vimos, se debió en gran parte al choque viral. En realidad, de no haberse producido su llegada, la población habría quedado reducida al mínimo como consecuencia de la hecatombe provocada por los dominadores entre los jóvenes de los pueblos sojuzgados. La intransigencia y a veces el furor de los primeros católicos desembarcados encuentran una fácil explicación ante esta oscura idolatría en cuyos templos se derramaba sangre humana.

 

En los últimos años, la actriz norteamericana Jane Fonda que, desde la época de Vietnam intenta presentarse como «políticamente comprometida» defendiendo causas equivocadas, quiso sumarse al con­formismo denigratorio que hizo presa de no pocos católicos. Si estos últimos lamentan (cosa increíble para quien conoce un poco lo que eran los cultos aztecas) lo que llaman «destrucción de las grandes religiones precolombinas», la Fonda fue un poco más allá al afirmar que aquellos opresores «tenían una religión y un sistema social mejores que el impuesto por los cristianos mediante la violencia».

Un estudioso, también norteamericano, le contestó en uno de los principales diarios, y le recordó a la actriz (tal vez también a los católicos que lloran por el «crimen cultural» de la destrucción del sistema religioso azteca) cómo era el ritual de las continuas matanzas de las pirámides mexicanas.

He aquí lo que le explicó: «Cuatro sacerdotes aferraban a la víctima y la arrojaban sobre la piedra de sacrificios. El Gran Sacerdote le clavaba entonces el cuchillo debajo del pezón izquierdo, le abría la caja torácica y después hurgaba con las manos hasta que conseguía arrancarle el corazón aún palpitante para depositarlo en una copa y ofrecérselo a los dioses. Después, los cuerpos eran lanzados por las escaleras de la pirámide. Al pie, los esperaban otros sacerdotes para practicar en cada cuerpo una incisión desde la nuca a los talones y arrancarles la piel en una sola pieza. El cuerpo despellejado era cargado por un guerrero que se lo llevaba a su casa y lo partía en trozos, que después ofrecía a sus amigos, o bien éstos eran invitados a la casa para celebrarlo con la carne de la víctima. Una vez curtidas, las pieles servían de vestimentas a la casta de los sacerdotes.»

Mientras que los jóvenes de ambos sexos eran sacrificados así por decenas de miles cada año, pues el principio establecía que la ofrenda de corazones humanos a los dioses debía ser ininterrumpida, los niños eran lanzados al abismo de Pantilán, las mujeres no vírgenes eran decapitadas, los hombres adultos, desollados vivos y rematados con flechas. Y así po­dríamos continuar con la lista de delicadezas que dan ganas de desearle a Jane Fonda (y a ciertos frailes y clericales varios que hoy en día se muestran tan virulentos contra los «fanáticos» españoles) que pasara por ellas y que después nos dijera si es verdad que «el cristianismo fue peor».

 

Algo menos sanguinarios eran los incas, los otros invasores que habían esclavizado a los indios del sur, a lo largo de la cordillera de los Andes. Como recuerda un historiador: «Los incas practicaban sacrificios humanos para alejar un peligro, una carestía, una epidemia. Las víctimas, a veces niños, hombres o vírgenes, eran estranguladas o degolladas, en oca­siones se les arrancaba el corazón a la manera azteca.»

Entre otras cosas, el régimen impuesto por los dominadores incas a los indios fue un claro precursor del «socialismo real» al estilo marxista. Obviamente, como todos los sistemas de este tipo, funcionaba tan mal que los oprimidos colaboraron con los pocos españoles que llegaron providencialmente para acabar con él. Igual que en la Europa oriental del siglo XX, en los Andes del siglo XVI estaba prohibida la propiedad privada, no existían el dinero ni el comercio, la iniciativa individual estaba prohibida, la vida privada se veía sometida a una dura reglamentación por parte del Estado. Y, a manera de toque ideológico «moderno», adelantándose no sólo al marxismo sino también al nazismo, el matrimonio era permitido sólo si se seguían las leyes eugenésicas del Estado para evitar «contaminaciones raciales» y asegurar una «cría humana» racional.

A este terrible escenario social, es preciso añadir que en la América precolombina nadie conocía el uso de la rueda (a no ser que fuera para usos religiosos), ni del hierro, ni se sabía utilizar el caballo que, al parecer, ya existía a la llegada de los españoles y vivía en algunas zonas en estado bravío, pero los indios no sabían cómo domarlo ni habían inventado los arreos. La falta de caballos significaba también la ausencia de mulas y asnos, de modo que si a ello se añade la falta de la rueda, en aquellas zonas montañosas todo el transporte, incluso el necesario para la construcción de los enormes palacios y templos de los dominadores, lo realizaban las hordas de esclavos.

Sobre estas bases los juristas españoles, dentro del marco de la «igualdad natural de todos los pueblos», reconocieron a los europeos el derecho y el deber de ayudar a las personas que lo necesitasen. Y no puede decirse que los indígenas precolombinos no estuviesen necesitados de ayuda. No hay que olvidar que por primera vez en la historia, los europeos se enfrentaban a culturas muy distintas y lejanas. A diferencia de cuanto harían los anglosajones, que se limitarían a exterminar a aquellos «extraños» que encontraron en el Nuevo Mundo, los ibéricos aceptaron el desafío cultural y religioso con una seriedad que constituye una de sus glorias.

Vittorio MESSORI. Historiador y escritor

 

+++ 

 

Genocidio: «Medida o acción destinada a la exterminación o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de su etnia, nacionalidad, religión o ideología política». Definición de un Diccionario de Sociología (Giner, Lamo de Espinosa y Torres, 2007). El término comenzó a emplearse cuando el mundo tuvo noticia de la persecución padecida por el pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial. En diciembre de 1948, Naciones Unidas adoptó la convención que fija su definición canónica. Hoy 2009, tras una segunda mitad del siglo XX no exenta de genocidios (Bosnia, Kosovo, Ruanda y Zaire), algunos no resisten la tentación de utilizarla de forma abusiva, cuando no grotesca.

 

+++

 

Y pensar que precisamente de Irak viene la palabra "genocidio". La acuñó en 1943 un abogado judío polaco, Raphael Lemkin, gran promotor de causas humanitarias, después de haber estudiado el sistemático exterminio de cristianos asirios realizado diez años antes por los gobernantes musulmanes de la nueva nación iraquí surgida de la caída del imperio otomano.

 

+++

 

La región de la Vendée, en el centro-oeste de Francia, a orillas del Atlántico, fue escenario en 1793 del alzamiento de todo un pueblo contra la Revolución Francesa. El régimen de Terror quiso efectuar una leva de soldados al tiempo que intensificaba su persecución religiosa contra los sacerdotes fieles. Los vandeanos se alzaron como un solo hombre, y un ejército de campesinos liderado por sus señores se unió bajo el grito "¡Por Dios y por el Rey!" contra el totalitarismo jacobino. Una guerra que duraría tres años, hasta la aniquilación de las huestes contrarrevolucionarias y la aplicación del que se considera primer genocidio de la Historia moderna contra la población civil.

 

+++

 

Vendée

Ya tenemos aquí el libro aguafiestas, la implacable obra de un joven historiador que ha provocado las iras de la inteligencia francesa, que - suntuosamente patrocinada por François Mitterrand- celebró en 1989 «glorias» y «fastos» de la Grande Révolution que cumplía entonces doscientos años.

Estamos hablando de Le génocide franco-français: la Vendée vengée, de Reynald Secher.

Estas terribles páginas tuvieron en su momento algún eco en nuestros diarios, pero la industria «oficial» del libro, que sin embargo va saqueando de todo, hasta lo irrelevante, especialmente del francés, no había encontrado sitio para ellas. Ha suplido esto una nueva y pequeña editorial que -¡rara avis!- no sólo no esconde su orientación católica, sino que de esta inspiración quiere hacer la única base, sin compromisos, de su producción.

Su programa editorial, por lo tanto, prevé la publicación de obras nuevas, originales o traducciones, pero «malditas», o sea rechazadas por la ideología dominante en las editoriales, incluida alguna que ya fue, o aún se declara, «católica». Pero también prevé la recuperación de obras del pensamiento cristiano de los siglos XIX y XX imposibles de encontrar, muchas veces no por falta de mercado, sino por falta de «simpatía» por parte de cierta cultura que se declara «pluralista», «paladina de la tolerancia», mientras está realizando una dura censura ideológica.

Esta nueva editorial, en la fase inicial de su actividad -antes del libro sobre la Vendée, que hemos mencionado y del que hablaremos más adelante- publicó otro ensayo contrarrevolucionario. Es el panfleto, también aguafiestas, Pourquoi nous ne célébrons pas 1789, escrito por Jean Dumont, que en pocas páginas, acompañadas por ilustraciones raras de la época, muestra con vigor e información extraordinarios «los falsos mitos de la Revolución francesa», tal como dice el título de la traducción italiana. En un tamaño y a un precio reducidos aquí tenemos la obra de síntesis que muchos lectores buscaban para aclararse las ideas (en una perspectiva que quiere ser explícitamente católica) acerca de aquella revolución cuyos efectos aún perduran.

Pero vamos a ver ahora Le génocide franco-français, ese libro de Secher que, pese al obstruccionismo realizado por el conformismo «políticamente correcto», ha provocado en Francia una profunda conmoción.

Reynald Secher, el joven autor (nacido en 1955) originario de la Vendée, fue a buscar una documentación que muchos consideraban ya perdida. En efecto, los archivos públicos han sido diligentemente depurados, en la esperanza de que desaparecieran todas las pruebas de la masacre realizada en la Vendée por los ejércitos revolucionarios enviados desde París.

Pero la historia, como se sabe, tiene sus astucias: así Secher descubrió que mucho material estaba a salvo, conservado, a escondidas, por particulares. Además pudo llegar a la documentación catastral oficial de las destrucciones materiales sufridas por la Vendée campesina y católica, levantada en armas contra los «sin Dios» jacobinos.

En los mapas de los geómetras estatales de la época está la prueba de una tragedia inimaginable: diez mil de cincuenta mil casas, el 20 % de los edificios de la Vendée, fueron completamente derruidas según un frío plan sistemático, en los meses en que se desencadenó la furia de los jacobinos gubernamentales con su lema aterrador: «libertad, igualdad, fraternidad o muerte». Prácticamente todo el ganado fue masacrado. Todos los cultivos fueron devastados.

Todo esto, según un programa de exterminio establecido en París y realizado por los oficiales revolucionarios: había que dejar morir de hambre a quien, escondiéndose, había sobrevivido. El general Carrier, responsable en jefe de la operación, arengaba así a sus soldados: «No nos hablen de humanidad hacia estas fieras de la Vendée: todas serán exterminadas. No hay que dejar vivo a un solo rebelde.»

Después de la gran batalla campal en la que fueron exterminadas las intrépidas pero mal armadas masas campesinas de la «Armada Católica», que iban al asalto detrás de los estandartes con el Sagrado Corazón y encima la cruz y el lema «Dieu et le Roy», el general jacobino Westermann escribía triunfalmente a París, al Comité de Salud Pública, a los adoradores de la diosa Razón, la diosa Libertad y la diosa Humanidad: «¡La Vendée ya no existe, ciudadanos republicanos! Ha muerto bajo nuestra libre espada, con sus mujeres y niños. Acabo de enterrar a un pueblo entero en las ciénagas y los bosques de Savenay. Ejecutando las órdenes que me habéis dado, he aplastado a los niños bajo los cascos de los caballos y masacrado a las mujeres, que así no parirán más bandoleros. No tengo que lamentar ni un prisionero. Los he exterminado a todos.»

Desde París contestaron elogiando la diligencia puesta en «purgar completamente el suelo de la libertad de esta raza maldita».

El término «genocidio», aplicado por Secher a la Vendée, ha desatado polémicas, por considerarse excesivo. En realidad el libro muestra, con la fuerza terrible de los documentos, que esa palabra es absolutamente adecuada: «destrucción de un pueblo», según la etimología. Esto querían «los amigos de la humanidad» en París: la orden era la de matar ante todo a las mujeres, por ser el «surco reproductor» de una raza que tenía que morir, porque no aceptaba la «Declaración de los derechos del hombre».

La destrucción sistemática de casas y cultivos iba en la misma dirección: dejar que los supervivientes desaparecieran por escasez y hambre.

Pero ¿cuántos fueron los muertos? Secher da por primera vez las cifras exactas: en dieciocho meses, en un territorio de sólo 10.000 kilómetros cuadrados, desaparecieron 120.000 personas, por lo menos el 15 % de la población total. En proporción, como si en la Francia actual fueran asesinadas más de ocho millones de personas. La más sangrienta de las guerras modernas -la de 1914-1918- costó algo más de un millón de muertos franceses.

Genocidio, pues; verdadero holocausto; y, como comenta Secher, tales términos remiten al nazismo. Todo lo que pusieron en práctica las SS fue anticipado por los «demócratas» enviados desde París: con las pieles curtidas de los habitantes de la Vendée se hicieron botas para los oficiales (la piel de las mujeres, más suave, era utilizada para los guantes). Cen­tenares de cadáveres fueron hervidos para extraer grasa y jabón (y aquí se superó hasta a Hitler: en el proceso de Nuremberg se documentó -y las mismas organizaciones judías lo confirmaron- que el jabón producido en los campos de concentración alemanes con los cadáveres de los prisioneros es una «leyenda negra», sin correspondencia con los hechos). Se experimentó por primera vez la guerra química, con gases asfixiantes y envenenamiento de las aguas. Las cámaras de gas de la época fueron barcos cargados de campesinos y curas, llevados en medio del río y hundidos.

Son páginas, disponibles ahora, que provocan sufrimiento. Pero la búsqueda de una verdad escondida y borrada bien vale el trauma de la lectura.

www.conoze.com/doc.php?doc=3469

 

+++

 

La lucha contra la Revolución Francesa 

Cuando un europarlamentario sin complejos pone de moda a un héroe católico 

Philippe de Villiers acaba de publicar una novela sobre el general Charette, jefe de la resistencia vandeana. 

 

Actualizado 26 octubre 2012 

Philippe de Villiers, actualmente europarlamentario, ex presidente entre 1988 y 2010 del consejo general de La Vendée y antiguo candidato al Elíseo, es un apasionado de la resistencia católica contra la Revolución Francesa, que tuvo precisamente en la región que él presidió su foco de batalla principal. En efecto, los vandeanos se levantaron en masa contra los intentos de leva revolucionaria, combatieron en armas por Dios y por el Rey, y sufrieron el que se considera primer genocidio sistemático de la era moderna.

 

 

Philippe de Villiers.

 

De Villiers ha incluido esa gesta como uno de los espectáculos del parque temático de la civilización cristiana que creó en Puy de Fou, y ahora acaba de publicar una novela para reflejar la vida del gran héroe militar de la contrarrevolución: François-Athanase Charette de la Contrie (1763-1796), capturado con serveras heridas en la batalla de La Gouyonnière y fusilado poco después.

 

Cuando todo le sonreía... la gran decisión

Le roman de Charette [La novela de Charette] está en las librerías francesas desde el 3 de octubre de la mano de la prestigiosa editorial Albin Michel, y con este esfuerzo De Villiers acerca un poco más al gran público galo una figura incómoda en un país que todavía vive de la mitificación revolucionaria, a pesar de que, sobre todo a raíz del bicentenario en 1989, la cruda realidad histórica de la Revolución Francesa va saliendo cada vez más a la luz de la opinión pública.

 

Charette ingresó en la Marina Real a los catorce años, y en 1790, con sólo 27, ya contaba en su haber con catorce campañas combatidas. Tras contraer matrimonio ese año, le esperaba una brillante carrera militar, pero, como tantos otros en aquellos turbulentos años, tuvo que elegir entre servir al nuevo poder instalado en 1789, o permanecer fiel a sus lealtades originarias, realistas no menos que católicas.

 

 

François-Athanase Charette de la Contrie.

 

En 1792 ese partido estaba ya tomado, y el 10 de agosto, cuando el asalto a las Tullerías puso definitivamente fin a la monarquía, allí estuvo Charette prestando su espada a Luis XVI. Escapó de la masacre, y aunque fue detenido se le puso pronto en libertad. Y en 1793 este bretón de bravura y genio militar indudables se alzó con las guerrillas vandeanas para oponerse a la dictadura del Terror jacobino.

 

La batalla final

Los siguientes tres años los pasó en continuas hostilidades con las milicias republicanas y el ejército tricolor, hasta ir progresivamente ganando fama como uno de los principales líderes militares vandeanos. El futuro rey Luis XVIII le concedió el generalato en julio de 1795.

 

Pocos meses después se pone al frente de 15.000 hombres en una expedición a L´Île d´Yeu que, fallida porque no consigue unírseles el futuro rey Carlos X, va viendo mermadas sus fuerzas por las bajas y las deserciones, hasta quedar cercado.

 

Jamás una salida indigna

El Directorio revolucionario llegó a ofrecerle entonces una salida que le evitaría la muerte segura, y de paso libraba a la Revolución de un enemigo a quien no lograban derrotar: le prometieron un exilio cómodo en Inglaterra para él, su familia y un puñado de seguidores que llevase consigo, y un millón de francos.

 

"Estoy preparado para morir con las armas en la mano", respondió Charette, que sabía su derrota ya segura: "Pero no para huir y abandonar a mis compañeros de infortunio. No bastarían todos los tesoros de la República para conducir a mis bravos soldados a Inglaterra. Lejos de temer vuestras amenazas, saldré a buscaros a vuestro propio terreno".

 

 

La ejecución de Charette en Nantes.

 

La leyenda de Charette

Y así lo hizo el indómito guerrero católico. Atacó con sus setecientos hombres contra fuerzas mucho mayores, y en breve quedaron reducidos a cincuenta y, al final, a diez, hasta que él mismo cayó herido y fue capturado. Tras ser tratado brutalmente por los enemigos y arrastrado por los suelos, fue conducido a la cárcel. Era el 23 de marzo de 1796. Al cabo de seis días resultó condenado a muerte en juicio sumarísimo, y fusilado en la Plaza Viarme de Nantes.

 

Había nacido la leyenda, capaz de sobreponerse incluso, mal que bien, a la historiografía oficial republicana. Napoleón dijo de él que fue "un auténtico héroe": "Me causó la impresión de tener una verdadera grandeza de mente, y dio signos poco comunes de energía, audacia y chispas de genio".

 

De Villiers ha convertido su vida en una novela que popularizará para el gran público la decisión de Charette de poner, por encima de cualquier consideración de conveniencia, la fe en Cristo por la que lo sacrificó todo.

http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=25593

26 octubre 2012

 

+++

 

Darfur 2008.VII.

 

 

Omar Hasán al Bachir. Mahometano y presidente del Sudán acusado de genocidio y de crímenes de guerra contra la humanidad, por la ‘Corte Internacional de Justicia’. No utiliza cámara a gas, pero hace morir a millares de personas desplazándolas al desierto sudanés, por sed y hambre, con particular odio hacia los cristianos y animistas. 2008.VII.

 

criminal internacional, mahometano sudanés 2008.

 

Sudán rechaza la competencia legal de la Corte Penal Internacional

Efe - 2008-07-14 -
Sudán rechazó hoy la competencia legal de
la Corte Penal Internacional (CPI), después de que su fiscal jefe, Luis Moreno Ocampo, acusara al presidente sudanés, Omar Hasán al Bachir, por los crímenes cometidos en Darfur, en el oeste del país.   
«Sudán no aceptó incorporarse a la CPI, por lo que ésta no tiene autoridad sobre Sudán y sus instituciones», aseguró el vicepresidente sudanés, Ali Ozman Mohamed Taha, en una rueda de prensa en Jartum.

+++

 

 

LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Genocidios, matanzas, represiones

 

Por Horacio Vázquez-Rial

El término genocidio está de moda. Se dice que España cometió un genocidio en América, o que Estados Unidos lo perpetró sobre su propia población indígena. En Argentina, las Madres de Plaza de Mayo aseguran que la Junta Militar es responsable de genocidio, y el juez Garzón acusa de ese delito a Augusto Pinochet. En los cuatro casos es indudable que hubo matanzas, y en los dos últimos represión brutal de la oposición política, pero ¿realmente hubo genocidio?

 

En la web del Museo del Holocausto de los Estados Unidos se explica el origen del término, creado en 1944 por el abogado judío polaco Rafael Lemkin para describir la política nazi de exterminio de la comunidad judía europea. El Tribunal de Nuremberg lo incluyó en sus actas, "pero como término descriptivo, no legal". En 1948 las Naciones Unidas crearon la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, y precisaron el alcance del concepto:

En la presente Convención, se entiende por genocidio cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal:

 

a) Matanza de miembros del grupo.

 

b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo.

 

c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial.

 

d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo.

 

e) Traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo.

Esta ajustada definición excluye los cuatro supuestos citados en el primer párrafo de este artículo, debido a que en ninguno de ellos existió la intención de "destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal". Ésa es, justamente, la singularidad de la Shoá: la aniquilación de los judíos de Europa fue un proyecto político del Estado alemán ocupado por los nazis. Antes de eso, habían tenido lugar otros tres genocidios: el de la Vendée, en la Francia de la Revolución; el del Congo belga, responsabilidad directa del rey Leopoldo, y el de los armenios, a manos de los turcos.

 

El decreto del Gobierno revolucionario francés del 1 de agosto de 1793 preveía la "destrucción de la Vendée", tras comprobar los jacobinos que la deportación o la condena a la guillotina de 40.000 sacerdotes católicos entre 1791 y 1792 no había bastado para contener el movimiento contrarrevolucionario en la región. El resultado fue la matanza de entre 150.000 y 200.000 hombres. Los sucesivos decretos de esos años habían querido establecer el alcance de la aniquilación, excluyendo a mujeres, niños, ancianos y, finalmente, "hombres desarmados", pero la realidad fue muy otra y, si bien fueron asesinados todos los varones armados, el baño de sangre fue mucho más allá.

 

Entre 1915 y 1921, es decir, durante la Gran Guerra, terminada en 1918 con la derrota de Turquía, entre otras naciones aliadas de Alemania, y en los años que siguieron, los turcos decidieron y llevaron a cabo el asesinato de entre un millón y un millón y medio de armenios, aproximadamente la mitad de la población de Armenia. Ni siquiera tuvieron el prurito de declarar que mujeres y niños no estaban incluidos en el programa. Por el contrario, el líder turco otomano Talaat Pashá ordenó con la mayor claridad: "Maten a cada mujer, niño y hombre armenio sin ninguna contemplación". A lo largo de seis años, pues, y con veintiséis campos de concentración en actividad, se desarrolló el ensayo general técnico de la Shoá, un tanto artesanal pero ya con un proyecto de muerte sistemática.

 

Respecto del Congo, escribe Mario Vargas Llosa en el prólogo a la obra de Adam Hochschild El fantasma del rey Leopoldo:

Es una gran injusticia histórica que Leopoldo II, el rey de los belgas que murió en 1909, no figure, con Hitler y con Stalin, como uno de los criminales políticos más sanguinarios del siglo XX. Porque lo que hizo en África, durante los veintiún años que duró el llamado Estado Libre del Congo (1885 a 1906), fraguado por él, equivale, en salvajismo genocida e inhumanidad, a los horrores del Holocausto y del Gulag.

En esos veintiún años, la población del Congo se redujo de veinte a diez millones de personas.

 

En el stalinismo, la falta de criterios económicos y de preocupación por el destino de los seres humanos llevó a la liquidación de grandes masas de población, no sólo por represión, sino por simple cese en la distribución de alimentos. Diversas obras, y especialmente esa grande y terrible síntesis que es Koba el Temible, de Martin Amis, que lleva por subtítulo La risa y los veinte millones (los veinte millones de muertos del terror revolucionario), narran los diversos aspectos de ese proceso, previo y posterior al nazismo. En ese marco general hay que incluir desde la masacre de Katyn, en 1940, donde 22.000 polacos fueron asesinados por los soviéticos, hasta la muerte por hambre de un tercio de la población de Ucrania en 1932-1933, como consecuencia de la colectivización de la tierra y la liquidación fáctica del campesinado tradicional (la deskulakización forzosa).

 

A todo esto habría que sumar los genocidios posteriores a la Segunda Guerra Mundial: el de la población desarrollada de Camboya, a manos de Pol Pot y los jemeres rojos; el de los tutsis de Ruanda, a manos de los hutus; el de los negros de Darfur, a manos de los árabes islamistas organizados en la Yanyauid, una fuerza paramilitar armada y sostenida por el Gobierno de Sudán, así como otra serie de enfrentamientos en las nuevas naciones africanas, en las que determinados grupos étnicos y religiosos pretenden la aniquilación de otros.

 

Ahora bien: las cosas no son tan sencillas ni tan obvias cuando se trata de asuntos jaleados por diversos sectores de intereses. Por ejemplo, el caso de la "limpieza étnica" en la guerra de desintegración de Yugoslavia, donde la deportación ha sido mezclada intencionadamente con el asesinato. Nadie duda, ni cabe dudar, de la brutalidad generalizada en ese territorio, pero, desde el libro del Éxodo hasta hoy, no se puede confundir el exilio y la salida forzosa de un lugar con el asesinato. ¡Ya hubiesen querido judíos y armenios poder emprender el camino del exilio! Pero esa posibilidad les fue negada. En el caso judío, además, no sólo por quienes los perseguían para acabar con ellos, también por los Gobiernos que se negaron a acogerlos en número suficiente. Y ni la junta militar argentina, ni la uruguaya ni Pinochet se propusieron destruir ni destruyeron ningún "grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal".

 

No conozco las cifras uruguayas, pero sí las de Chile (3.000 muertos y desaparecidos en los dos primeros meses de dictadura, y después represión crudísima durante diecisiete años) y Argentina (entre los 10.000 desaparecidos censados efectivamente hasta, probablemente, 15.000 víctimas reales; los 30.000 desaparecidos de los que se habla habitualmente pertenecen a la contabilidad creativa de la política). Grandes matanzas, evidentemente, pero no genocidios. Los muertos eran de muy diversa extracción ideológica, de clase, étnica y religiosa, y eran en su inmensa mayoría ciudadanos de los países en los que desaparecieron. No obstante, en estos días, ante la condena del cura Von Wernich, torturador y asesino de conocida trayectoria, las Madres de Plaza de Mayo insistieron en llamarlo "genocida". Es nazi y es un monstruo, un serial killer que en la dictadura encontró la posibilidad de disfrutar de su psicopatía, pero no es un genocida.

 

Aceptar una generalización del término, y una difusión del mismo hacia el pasado, implica hacer una relectura de la historia verdaderamente caprichosa. El genocidio es una de tantas ramas podridas de la modernidad, de la razón técnica y de la tentación totalitaria que invade a izquierdas y derechas, y también a quienes ni siquiera han llegado a concebir que existan esas cosas pero sí han abrazado la idea de que el mundo estaría mejor si sólo fuera propiedad de la tribu. Una de las "razones" por las que los hutus cortaban la cabeza y cercenaban los pies de los tutsis, sin saber nada de Procusto, era que los tutsis eran ofensivamente más altos... ´L.D.ESP. 2007-10-17

 

Pulse aquí para acceder a la página web de HORACIO VÁZQUEZ-RIAL.

 

+++

 

La palabra genocidio fue creada por RAPHAEL LEMKIN, judío y originario de Polonia, en el año 1944. La construyó de las raíces genos (término griego que significa familia, tribu o raza) y -cidio (del latín -cidere, forma combinatoria de caedere, matar). Lemkin quiso expresamente hacer referencia con este término, a las matanzas por motivos raciales, nacionales o religiosos. Luchó para que las normas internacionales definiesen, advirtieran, previeran y prohibiesen el posible genocidio.

 

+++

 

 

 

América: ¿«lenguas cortadas»?

Como ejemplo clamoroso y actual del olvido (o manipulación) de la historia, como señal de una verdad cada vez más en peligro, pensemos en lo que ha ocurrido a la vista de 1992, el año del Quinto Centenario del desembarco de Cristóbal Colón en las Américas. Ya hemos hablado ampliamente de ello. Aquí nos limitamos a examinar un aspecto concreto de ese acontecimiento.

Anticipemos ya que el descubrimiento, la conquista y la colonización de América latina -central y meridional- vieron el trono y el altar, el Estado y la Iglesia estrechamente unidos. En efecto, ya desde el principio (con Alejandro VI), la Santa Sede reconoció a los reyes de España y de Portugal los derechos sobre las nuevas tierras, descubiertas y por descubrir, a cambio del «Patronato»: es decir, la monarquía reconocía como una de sus tareas principales la evangelización de los indígenas, y se encargaba de la organización y los gastos de la misión. Un sistema que también presentaba sus inconvenientes, limitando por ejemplo, en muchas ocasiones, la libertad de Roma; pero que sin embargo resultó muy eficaz - por lo menos hasta el siglo XVIII, cuando en las cortes de Madrid y Lisboa empezaron a ejercer influencia los «filósofos» ilustrados, los ministros masones- porque la monarquía se tomó muy en serio la tarea de difusión del Evangelio.

Por lo tanto, las polémicas que ya han nacido sobre este pasado implican también a la Iglesia, por su estrecho vínculo con el Estado, en la acusación de «genocidio cultural». Que, ya se sabe, siempre empieza por el «corte de la lengua»: o sea la imposición a los más débiles del idioma del conquistador.

Pero tal acusación sorprenderá a quien tenga conocimiento de lo que realmente pasó. A propósito de esto escribió cosas importantes el gran historiador (y filósofo de la historia) Arnold Toynbee, no católico y por lo tanto fuera de toda sospecha. Este célebre estudioso observaba que, atendiendo su fin sincero y desinteresado de convertir a los indígenas al Evangelio (objetivo por el cual miles de ellos dieron la vida, muchas veces en el martirio), los misioneros en todo el imperio español (no sólo en Centro y Sudamérica, sino también en Filipinas), en lugar de pretender y esperar que los nativos aprendieran el castellano, empezaron a estudiar las lenguas indígenas.

Y lo hicieron con tanto vigor y decisión (es Toynbee quien lo recuerda) que dieron gramática, sintaxis y transcripción a idiomas que, en muchos casos, no habían tenido hasta entonces ni siquiera forma escrita. En el virreinato más importante, el de Perú, en 1596 en la Universidad de Lima se creó una cátedra de quechua, la «lengua franca» de los Andes, hablada por los incas. Más o menos a partir de esta época, nadie podía ser ordenado sacerdote católico en el virreinato si no demostraba que conocía bien el quechua, al que los religiosos habían dado forma escrita. Y lo mismo pasó con otras lenguas: el náhuatl, el guaraní, el tarasco...

Esto era acorde con lo que se practicaba no sólo en América, sino en el mundo entero, allá donde llegaba la misión católica: es suyo el mérito indiscutible de haber convertido innumerables y oscuros dialectos exóticos en lenguas escritas, dotadas de gramática, diccionario y literatura (al contrario de lo que pasó, por ejemplo, con la misión anglicana, dura difusora solamente del inglés). Último ejemplo, el somalí, que era lengua sólo hablada y adquirió forma escrita (oficial para el nuevo Estado después de la descolonización) gracias a los franciscanos italianos.

Pero, como decíamos, son cosas que ya debería saber cualquiera que tenga un poco de conocimiento de la historia de esos países (aunque parecían ignorarlo los polemistas que empezaron a gritar a la vista de 1992).

 

Pero en estos años un profesor universitario español, miembro de la Real Academia de la Lengua, Gregorio Salvador, ha vertido más luz sobre el asunto. Ha demostrado que en 1596 el Consejo de Indias (una especie de ministerio español de las colonias), frente a la actitud respetuosa de los misioneros hacia las lenguas locales, solicitó al emperador una orden para la castellanización de los indígenas, o sea una política adecuada para la imposición del castellano. El Consejo de Indias tenía sus razones a nivel administrativo, vistas las dificultades de gobernar un territorio tan extenso fragmentado en una serie de idiomas sin relación el uno con el otro. Pero el emperador, que era Felipe II, contestó textualmente: «No parece conveniente forzarlos a abandonar su lengua natural: sólo habrá que disponer de unos maestros para los que quisieran aprender, voluntariamente, nuestro idioma.» El profesor Salvador ha observado que detrás de esta respuesta imperial estaban, precisamente, las presiones de los religiosos, contrarios a la uniformidad solicitada por los políticos.

Tanto es así que, precisamente a causa de este freno eclesiástico, a principios del siglo XIX, cuando empezó el proceso de separación de la América española de su madre patria, sólo tres millones de personas en todo el continente hablaban habitualmente el castellano.

Y aquí viene la sorpresa del profesor Salvador. «Sorpresa», evidentemente, sólo para los que no conocen la política de esa Revolución francesa que tanta influencia ejerció (sobre todo a través de las sectas masónicas) en América latina: es suficiente observar las banderas y los timbres estatales de este continente, llenos de estrellas de cinco puntas, triángulos, escuadras y compases.

Fue, en efecto, la Revolución francesa la que estructuró un plan sistemático de extirpación de los dialectos y lenguas locales, considerados incompatibles con la unidad estatal y la uniformidad administrativa. Se oponía, en esto también, al Ancien Régime, que era, en cambio, el reino de las autonomías también culturales y no imponía una «cultura de Estado» que despojara a la gente de sus raíces para obligarla a la perspectiva de los políticos e intelectuales de la capital.

 

Fueron pues los representantes de las nuevas repúblicas -cuyos gobernantes eran casi todos hombres de las logias- los que en América latina, inspirándose en los revolucionarios franceses, se dedicaron a la lucha sistemática contra las lenguas de los indios. Fue desmontado todo el sistema de protección de los idiomas precolombinos, construido por la Iglesia. Los indios que no hablaban castellano quedaron fuera de cualquier relación civil; en las escuelas y en el ejército se impuso la lengua de la Península.

La conclusión paradójica, observa irónicamente Salvador, es ésta: el verdadero «imperialismo cultural» fue practicado por la «cultura nueva», que sustituyó la de la antigua España imperial y católica. Y por lo tanto, las acusaciones actuales de «genocidio cultural» que apuntan a la Iglesia hay que dirigirlas a los «ilustrados».

Vittorio MESSORI. Historiador y escritor

 

+++

 

 

Vendée y la genocida Revolución Francesa. ¿Cuando pedirán perdón los herederos ideológicos por estos y otros muchos extermnios y torturas? 

Vendée y la genocida Revolución Francesa. ¿Cuando pedirán perdón los herederos ideológicos por estos y otros muchos extermnios y torturas? 

Se trató de ocultar este genocidio que cometieron los de la Revolución Francesa

Nadie ha pedido perdón a los cristianos por este exterminio de prporciones que se anticipa a los exterminios nazis y del Gulag comunista.

Tampoco nadie ha pedido perdón por estos genocidios del socialismo, tal vez el Presidente Rodríguez pida perdón por alguno de ellos, el plan de exterminio de los católicos en los años treinta, que llegó a al asesinato de más de diez mil religiosos, con torturas, vejaciones incluídas. Por ejemplo, al párroco de Navalcarnero lo mataron después de torturarle crucificándolo en una cruz. Antes en su presencia habían violado a su madre y hermana.

paso este texto sacado de 

Vendée http://www.conoze.com/doc.php?doc=3469

 

 

Ya tenemos aquí el libro aguafiestas, la implacable obra de un joven historiador que ha provocado las iras de la inteligencia francesa, que - suntuosamente patrocinada por François Mitterrand- celebró en 1989 «glorias» y «fastos» de la Grande Révolution que cumplía entonces doscientos años.

 

Estamos hablando de Le génocide franco-français: la Vendée vengée, de Reynald Secher.

 

Estas terribles páginas tuvieron en su momento algún eco en nuestros diarios, pero la industria «oficial» del libro, que sin embargo va saqueando de todo, hasta lo irrelevante, especialmente del francés, no había encontrado sitio para ellas. Ha suplido esto una nueva y pequeña editorial que -¡rara avis!- no sólo no esconde su orientación católica, sino que de esta inspiración quiere hacer la única base, sin compromisos, de su producción.

Su programa editorial, por lo tanto, prevé la publicación de obras nuevas, originales o traducciones, pero «malditas», o sea rechazadas por la ideología dominante en las editoriales, incluida alguna que ya fue, o aún se declara, «católica». Pero también prevé la recuperación de obras del pensamiento cristiano de los siglos XIX y XX imposibles de encontrar, muchas veces no por falta de mercado, sino por falta de «simpatía» por parte de cierta cultura que se declara «pluralista», «paladina de la tolerancia», mientras está realizando una dura censura ideológica.

Esta nueva editorial, en la fase inicial de su actividad -antes del libro sobre la Vendée, que hemos mencionado y del que hablaremos más adelante- publicó otro ensayo contrarrevolucionario. Es el panfleto, también aguafiestas, Pourquoi nous ne célébrons pas 1789, escrito por Jean Dumont, que en pocas páginas, acompañadas por ilustraciones raras de la época, muestra con vigor e información extraordinarios «los falsos mitos de la Revolución francesa», tal como dice el título de la traducción italiana. En un tamaño y a un precio reducidos aquí tenemos la obra de síntesis que muchos lectores buscaban para aclararse las ideas (en una perspectiva que quiere ser explícitamente católica) acerca de aquella revolución cuyos efectos aún perduran.

Pero vamos a ver ahora Le génocide franco-français, ese libro de Secher que, pese al obstruccionismo realizado por el conformismo «políticamente correcto», ha provocado en Francia una profunda conmoción.

 

Reynald Secher, el joven autor (nacido en 1955) originario de la Vendée, fue a buscar una documentación que muchos consideraban ya perdida. En efecto, los archivos públicos han sido diligentemente depurados, en la esperanza de que desaparecieran todas las pruebas de la masacre realizada en la Vendée por los ejércitos revolucionarios enviados desde París.

Pero la historia, como se sabe, tiene sus astucias: así Secher descubrió que mucho material estaba a salvo, conservado, a escondidas, por particulares. Además pudo llegar a la documentación catastral oficial de las destrucciones materiales sufridas por la Vendée campesina y católica, levantada en armas contra los «sin Dios» jacobinos.

 

En los mapas de los geómetras estatales de la época está la prueba de una tragedia inimaginable: diez mil de cincuenta mil casas, el 20 % de los edificios de la Vendée, fueron completamente derruidas según un frío plan sistemático, en los meses en que se desencadenó la furia de los jacobinos gubernamentales con su lema aterrador: «libertad, igualdad, fraternidad o muerte». Prácticamente todo el ganado fue masacrado. Todos los cultivos fueron devastados.

Todo esto, según un programa de exterminio establecido en París y realizado por los oficiales revolucionarios: había que dejar morir de hambre a quien, escondiéndose, había sobrevivido. El general Carrier, responsable en jefe de la operación, arengaba así a sus soldados: «No nos hablen de humanidad hacia estas fieras de la Vendée: todas serán exterminadas. No hay que dejar vivo a un solo rebelde.»

Después de la gran batalla campal en la que fueron exterminadas las intrépidas pero mal armadas masas campesinas de la «Armada Católica», que iban al asalto detrás de los estandartes con el Sagrado Corazón y encima la cruz y el lema «Dieu et le Roy», el general jacobino Westermann escribía triunfalmente a París, al Comité de Salud Pública, a los adoradores de la diosa Razón, la diosa Libertad y la diosa Humanidad: «¡La Vendée ya no existe, ciudadanos republicanos! Ha muerto bajo nuestra libre espada, con sus mujeres y niños. Acabo de enterrar a un pueblo entero en las ciénagas y los bosques de Savenay. Ejecutando las órdenes que me habéis dado, he aplastado a los niños bajo los cascos de los caballos y masacrado a las mujeres, que así no parirán más bandoleros. No tengo que lamentar ni un prisionero. Los he exterminado a todos».

Desde París contestaron elogiando la diligencia puesta en «purgar completamente el suelo de la libertad de esta raza maldita».

El término «genocidio», aplicado por Secher a la Vendée, ha desatado polémicas, por considerarse excesivo. En realidad el libro muestra, con la fuerza terrible de los documentos, que esa palabra es absolutamente adecuada: «destrucción de un pueblo», según la etimología. Esto querían «los amigos de la humanidad» en París: la orden era la de matar ante todo a las mujeres, por ser el «surco reproductor» de una raza que tenía que morir, porque no aceptaba la «Declaración de los derechos del hombre».

La destrucción sistemática de casas y cultivos iba en la misma dirección: dejar que los supervivientes desaparecieran por escasez y hambre.

 

Pero ¿cuántos fueron los muertos? Secher da por primera vez las cifras exactas: en dieciocho meses, en un territorio de sólo 10.000 kilómetros cuadrados, desaparecieron 120.000 personas, por lo menos el 15 % de la población total.

 

En proporción, como si en la Francia actual fueran asesinadas más de ocho millones de personas. La más sangrienta de las guerras modernas -la de 1914-1918- costó algo más de un millón de muertos franceses.

Genocidio, pues; verdadero holocausto; y, como comenta Secher, tales términos remiten al nazismo. Todo lo que pusieron en práctica las SS fue anticipado por los «demócratas» enviados desde París: con las pieles curtidas de los habitantes de la Vendée se hicieron botas para los oficiales (la piel de las mujeres, más suave, era utilizada para los guantes). Cen­tenares de cadáveres fueron hervidos para extraer grasa y jabón (y aquí se superó hasta a Hitler: en el proceso de Nuremberg se documentó -y las mismas organizaciones judías lo confirmaron- que el jabón producido en los campos de concentración alemanes con los cadáveres de los prisioneros es una «leyenda negra», sin correspondencia con los hechos). Se experimentó por primera vez la guerra química, con gases asfixiantes y envenenamiento de las aguas. Las cámaras de gas de la época fueron barcos cargados de campesinos y curas, llevados en medio del río y hundidos.

Son páginas, disponibles ahora, que provocan sufrimiento. Pero la búsqueda de una verdad escondida y borrada bien vale el trauma de la lectura.---

 

+++

 

Una familia de bandidos en 1793: genocidio y terrorismo de Estado en la Vandée

 

por Fernando José Vaquero Oroquieta


La reedición del libro Una familia de bandidos en 1793 traslada a España una polémica de gran alcance, aunque todavía no resuelta, acaecida en Francia años atrás, y que podemos resumir así: la espantosa represión sufrida por la población de la región de la Vandée, durante el levantamiento católico contra la República jacobina, ¿fue un mero “exceso revolucionario” o alcanzó la categoría de “genocidio”??
Los crímenes perpetrados por la República jacobina de la liberté, égalité, fraternité en la región de la Vandée, a partir de 1793, ¿constituyeron, acaso, el primer genocidio moderno? Tal es la opinión del historiador francés Pierre Chaunu, quien calificó esa guerra como "la más cruel entre todas las hasta entonces conocidas, y el primer gran genocidio sistemático por motivo religioso", sumándose así a las tesis pioneras de Reynald Secher , autor, entre otros, de La Vendée-Vengé, Le génocide franco-français (PUF, París, 1986).

 

Entre los detractores de esta tesis destaca Jean-Clément Martin , quien asegura que la dura represión republicana allí perpetrada carecía de la intencionalidad ideológica característica del moderno concepto de “genocidio”; asimilando esos incuestionables y brutales excesos al también actual de “crímenes de guerra”. Lo cierto es que un territorio de apenas 10.000 kilómetros cuadrados sufrió la disminución de al menos 117.257 bajas por muerte (en combate y a resultas de la represión subsiguiente) en el censo de 1792 cifrado en 815.029 personas; habiendo sido totalmente destruidas el 20% de las casas allí previamente existentes. Nos permitimos cuestionar tal punto de vista, no en vano, entre los planes represivos figuraba, por poner un ejemplo paradigmático, la eliminación sistemática de las mujeres vandeanas, al considerarlas “paridoras de bandidos” o sus “surcos reproductores”. Y tales afirmaciones no se quedaron en meras declaraciones retóricas, pues a los fusilamientos masivos, de combatientes y población civil, se sumó el ahogamiento en ríos y bahías del Oeste francés de miles de personas internadas en barcazas hundidas a tal fin; el internamiento de mujeres, niños y ancianos en auténticos campos de concentración al aire libre a la espera de su muerte por hambre, enfermedad y por efecto de las inclemencias del tiempo; las ejecuciones masivas por la guillotina y en público de cualquier vandeano acusado de contrarrevolucionario; incluso experimentos mediante primitivos sistemas de envenenamiento masivo al objeto de ahorrar costes de tan numerosas ejecuciones…

La polémica llegó a trascender el ámbito historiográfico, alcanzando a los medios de comunicación y a diversas instancias políticas, desarrollándose algunas iniciativas en sede parlamentaria que perseguían una declaración institucional de la guerra de la Vandée como “genocidio”, con todas sus implicaciones.

Se trata, en todo caso, de un episodio histórico poco conocido por el público de habla española; si bien los lectores de Arbil seguramente ya tienen conocimiento del mismo merced al artículo, publicado en su número 70 (junio de 2003), La Vendée campesina y católica, levantada en armas contra los "sin Dios" jacobinos, de Gustavo Carrère (http://www.arbil.org/(70)vend.htm), y de otros varios en los que se menciona este episodio histórico desde diversas perspectivas metodológicas.

 

Es un asunto de trascendental alcance, no en vano cuestiona las bases de un hecho histórico sobre el que se asienta la arquitectura política actual de Occidente y una buena parte de sus valores y mitos constituyentes.

Recordemos, igualmente, que una lacra que viene sufriendo el mundo contemporáneo, la del terrorismo, tiene bastante que ver en sus orígenes modernos con la Revolución Francesa. Veámoslo. De marzo de 1793 a julio de 1794, la facción revolucionaria más radical, la de los jacobinos, cuya figura más representativa era Maximilien Robespierre, tomó el poder creando el Comité de Salud Pública. Entre otras, institucionalizaron numerosas medidas represivas dirigidas contra todo tipo de opositores; circunstancia que ellos mismos denominaron -con una expresa valoración positiva- como “Terror”. Así, desarrollaron unas prácticas análogas a las que caracterizan al actualmente denominado como “terrorismo de Estado”. Fue el propio Robespierre quien afirmó el 5 de febrero de 1794 que: “El terror no es otra cosa que la justicia rápida, severa, inflexible; es, por tanto, una emanación de la virtud”. Sin contar las muertes sufridas en la Vandée, aquella fase revolucionaria causó un elevado número de víctimas: para unas fuentes sumaron hasta 17.000 ejecuciones; más de 40.000, según otras. Y las detenciones alcanzarían las 400.000. Sí existe cierta coincidencia en cuanto a los porcentajes: un 8% de los condenados eran nobles, un 14% procedía de las clases medias, y un 70% ¡campesinos y obreros! a los que se condenó por delitos de deserción, acaparamiento, rebelión, elusión del reclutamiento y otros. Con todo, fue el clero el que padeció, proporcionalmente a su número, la mayor persecución, alcanzando un 6% del total de ejecutados. Ese nuevo concepto, el de terror-terrorismo, se emplearía tempranamente con un evidente sentido peyorativo; como modelo de prácticas despóticas, arbitrarias, contrarias a los más elementales derechos humanos e inaceptables en un régimen de libertades públicas. A ello contribuyó especialmente el cualificado pensador irlandés Edmund Burke (1729-1797), autor entre otros muchos libros de Reflexiones sobre la Revolución en Francia, en el que calificaba como “terroristas” a quienes aterrorizaban a la población para retener el poder.

Lo acaecido en la Vandée entre 1793 y 1796, fuera un genocidio “técnicamente” hablando, o el primer terrorismo de Estado de la historia, es el contexto en el que se desenvuelve la narración de un libro recientemente reeditado en España. Nos referimos a Una familia de bandidos en 1793. Relato de una abuela, el primer título editado –¡en estos tiempos de crisis!- por la joven Producciones Gaudete, de Larraya (Navarra), a finales de 2008.

A lo largo de sus apretadas 300 páginas, por la pluma de Juan Charruau, la única superviviente de una familia vandeana nos relata la extraordinaria peripecia vital de sus seres queridos –junto a la propia- a lo largo del dramático 1793. Sus expectativas humanas, el modo de vida, y los proyectos de los suyos, sufrirán las mismas vicisitudes que el resto del pueblo vandeano, siguiendo una misma suerte abocada al martirio. Vivirán las primeras conspiraciones vandeanas, la vida de la Iglesia de las catacumbas, las primeras victorias militares, la destrucción de sus casas, las violentas muertes de los suyos. Acompañarán, al igual que decenas de miles de mujeres, niños y ancianos, a los ejércitos católicos vandeanos, pues de no haberlo hecho se habrían sometido indefensos a la tortura y segura muerte a manos de los “bleus”. De este modo, también pasarán por sus páginas diversos personajes históricos claves de la epopeya vandeana.

 

Apoyada en una incuestionable base histórica, la suerte de esta familia se nos presenta como el espejo del destino de un sencillo pueblo campesino levantado en armas en defensa de su estilo de vida y de sus principios más queridos: la religión católica y su rey. Y en ese preciso orden. Desde la exaltación de los primeros momentos insurrectos, hasta el exterminio de sus protagonistas y de todo ese pueblo en movimiento, asistimos en estas páginas a la destrucción de un orden social tradicional basado en el cumplimiento del deber derivado de una voluntariosa y ejemplar ascesis tejida de piedad y virtudes cristianas.

La Vandée fue el corazón del Oeste francés, una región profundamente recristianizada, entre otros, por San Luis María Grignon de Montford, y por ello muy devota del Sagrado Corazón; en consecuencia, ajena a la utopía revolucionaria. Si la ejecución de Luis XVI el 21 de enero de 1793 horrorizó al pueblo vandeano, el Decreto de levas de la Convención, emitido en el febrero siguiente, que debía movilizar a miles de jóvenes vandeanos al servicio de una revolución que no querían, fue la causa inmediata del levantamiento popular que únicamente la práctica de aquellas técnicas militares de pretensión genocida pudo frenar.

El relato se estructura a partir de las memorias que María Sainte Hermine -superviviente de la ejemplar familia del marqués de Serant- lega a sus descendientes en un ejercicio de memoria histórica y con una evidente intención moralizante; especialmente a partir del ejemplo, entereza y heroicidad de sus mujeres. Su tono es intimista, positivo y alegre; deviniendo muchos de sus capítulos en una verdadera novela de acción. Sus protagonistas nunca caen en el desánimo ni, mucho menos, en la desesperanza. Su lenguaje, en coherencia con lo anterior, es elegante, un tanto arcaico, rico en expresiones y matices. El hilo narrativo está perfectamente trazado: desde los orígenes y múltiples manifestaciones de la vida personal, familiar y social de los protagonistas, hasta el dramático desenlace.

 

Pero, aunque desde su inicial estilo de vida todo parecía llamarle a una existencia sosegada y cómoda, a pesar de las dificultades presentadas, la narradora no incurre jamás en el insulto; tampoco en la amargura de la desesperanza. Sus protagonistas sabrán morir tal y como habían vivido: sencilla y cristianamente, aceptando el misterioso destino que la Providencia les había trazado; incluso al sufrir los casi inimaginables rigores de las prisiones de Nantes, en las que también los niños morían de hambre, sed y enfermedad, ante la indiferencia –o el regocijo- de los carceleros.

Este libro se suma a la escasa bibliografía en castellano existente al respecto; no es el caso francés, pues, afortunadamente, desde la investigación histórica y la recuperación de la memoria colectiva, se han publicado allí numerosas obras. Queremos recordar aquí los títulos en español más representativos: Memorias de la Marquesa de la Rochejaquelein. La Revolución francesa y las Guerras de la Vandée (Editorial Actas, Madrid, 1995); La Contrarrevolución Legitimista (1688-1877), varios autores (Editorial Complutense, Madrid, 1995); Cristianismo y Revolución, de Jean de Viguerie (Rialp, Madrid, 1991); El sistema de despoblación. Genocidio y Revolución Francesa, de Gracchus Babeuf (Ediciones de la Torre, Pinto, 2008). Mencionemos, igualmente, una reciente novela histórica: La venganza del sable, de Frederic H. Fajardie (Edhasa, Barcelona, 2008). Y, con formato de revista, no podemos olvidar el monográfico La Vandée: el corazón de la Cristiandad, de la revista tradicionalista Ahora información (Barcelona, número 40, julio-agosto de 1999).

Es de agradecer esta interesante aportación, al mercado editorial en español, de Producciones Gaudete, que rescata así una obra de notable actualidad, por las razones antes indicadas, y de un evocador contenido en tantas ocasiones reconfortante.
·- ·-· -······-·?Fernando José Vaquero Oroquieta – 2009.V.
http://www.arbil.org/120vend.htm

 

+++

 

 

Recordamos y hacemos nuestro lo que afirmó el Papa Juan Pablo II, al dirigirse a los jefes de la comunidad judía de Estrasburgo en 1988: «Repito de nuevo, junto con vosotros, la más firme condena de todo antisemitismo y de todo racismo, opuestos a los principios del cristianismo»19. La Iglesia católica repudia, por consiguiente, toda persecución, en cualquier lugar y tiempo, perpetrada contra un pueblo o un grupo humano. Condena del modo más firme todas las formas de genocidio, así como las ideologías racistas que los han hecho posibles. Dirigiendo la mirada a este siglo, nos entristece profundamente la violencia que ha afectado a grupos enteros de pueblos y naciones. Recordamos, en particular, la matanza de los armenios, las innumerables víctimas en Ucrania durante la década de 1930, el genocidio de los gitanos, también fruto de ideas racistas, y tragedias semejantes ocurridas en América, en África y en los Balcanes. No olvidamos los millones de víctimas de la ideología totalitaria en la Unión Soviética, en China, en Camboya y en otros lugares. Y tampoco podemos olvidar el drama de Oriente Medio, cuyos aspectos son muy conocidos. Incluso mientras hacemos esta reflexión, «demasiados hombres son todavía víctimas de sus hermanos»20.

19JUAN PABLO II, Discurso a los representantes de la comunidad judía de Alsacia (9 de octubre de 1988), n. 8: L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 20de noviembre de1988, p. 19.

20 JUAN PABLO II, Discurso a los miembros del Cuerpo diplomático (15 de enero de 1994), n. 9: AAS 86 (1994) 816; L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 21 de enero de1994, p. 19.

 

+++

 

Dios llama a cada uno por su nombre (cf Is 43, 1; Jn 10, 3).

El nombre de todo hombre es sagrado. El nombre es la imagen de la persona.

Exige respeto en señal de la dignidad del que lo lleva.

El nombre recibido es un nombre de eternidad.

En el reino de Dios, el carácter misterioso y único de cada persona

marcada con el nombre de Dios brillará a plena luz.

‘Al vencedor... le daré una piedrecita blanca, y grabado en la piedrecita,

un nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo recibe’ (Ap 2, 17).

 

Pedro deja su lago de Tiberíades y va en pos de Cristo

 

Glorificación de Dios, Señor y Creador

En el cielo encontramos a los cantores del universo estelar: los astros más lejanos, los ejércitos de ángeles, el sol y la luna, las estrellas lucientes, los "cielos de los cielos" (cf. v. 4), es decir, los espacios celestes, las aguas superiores, que el hombre de la Biblia imagina conservadas en cisternas antes de derramarse como lluvias sobre la tierra. El aleluya, o sea, la invitación a "alabar al Señor", resuena al menos ocho veces y tiene como meta final el orden y la armonía de los seres celestiales:  "Les dio una ley que no pasará" (v. 6). 
La mirada se dirige luego al horizonte terrestre, donde se desarrolla una procesión de cantores, al menos veintidós, es decir, una especie de alfabeto de alabanza, esparcido por nuestro planeta. He aquí los monstruos marinos y los abismos, símbolos del caos acuático en el que se funda la tierra (cf. Sal 23, 2), según la concepción cosmológica de los antiguos semitas.  El Padre de la Iglesia san Basilio observaba:”Ni siquiera el abismo fue juzgado despreciable por el salmista, que lo acogió en el coro general de la creación; es más, con su lenguaje propio, completa también él  armoniosamente  el himno al Creador" (Homiliae in hexaemeron, III, 9: PG 29, 75).   

 

 

Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.

 

Anno Domini 2007 - "In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

-.-

El mundo, visto a través de Dios, es fraterno y hermoso, hasta en la hermana muerte, se disfruta en su voluntaria privación. Es el arte de la posesión en Dios, el arte de poseer la tierra con esa extraña lógica de los santos que es su tener y no tener: no teniendo nada, no deseando nada, se posee de verdad todo, siendo libre de las cosas se señorea alegremente el universo.-
¡¡¡ paz y bien !!! Paix et bien!!! frieden und guten! Pace e bene! Peace and godness!
“El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

-.-

In Obsequio Jesu Christi.

 

Recomendamos vivamente:

1º ‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr. -  Editorial: CIUDADELA. 

-.-

2º ‘LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA’. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia. 

 

 

«Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad»; esta frase pertenece a Lenin y es citada por el doctor JOSEPH GOEBBELS que siempre ha admirado el nacional- socialismo comunista, hasta el final de su vida.

 

Imprimir   |   ^ Arriba

'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).