Tuesday 21 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
Inicio > Leyendas Negras > Esclavitud - 4º b- leyendas negras; ¿Eran personas los indios en el s.XVI?

La mentira ocurre que suele confundirse con la ignorancia, pero siempre es negación de la verdad. «No hay poder político más inquebrantable que el que se asienta sobre la ignorancia ciudadana. …y la burla de la inteligencia». Así, instruir a través de las escuelas, institutos educativos, universidades que a docenas creó, sin descuidar la parte sanitaria, las instituciones de la Iglesia realizaron una tarea de incalculable valor para preservar y magnificar la cultura universal. ¡La huella es indeleble en la civilización europea, evidentemente!

 

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... ¿ de que los indios fueron esclavizados ?...

"¿Hubo encomenderos brutales? Sí, y esto nos lleva al segundo punto de la Leyenda Negra, a la segunda acusación, que es la de la esclavitud: los españoles esclavizaron a los indios. Que también es falsa. ¿Por qué los españoles no podían esclavizar a los indios? Lo dijo la reina Isabel en su testamento: a los indios había que llevarlos a la fe y tratarlos como a cristianos. Eso sí, pongámonos en la piel de cualquier español del siglo XVI que pasa a América: ha arriesgado su vida, ha conquistado tierras y se encuentra con que no puede tener esclavos. ¿Cómo que no? Todos tienen esclavos: los portugueses, los árabes; pronto los ingleses, los holandeses, los franceses. No valoramos suficientemente el enorme impacto psicológico que debió de ser aquella prohibición en una época donde la esclavitud seguía siendo una institución social vigente. Pero Carlos I lo subrayó con toda claridad en las Leyes de Indias: "Es conformidad de lo que está dispuesto sobre la libertad de los indios, es nuestra voluntad, y mandamos, que ningún Adelantado, Governador, Capitán, Alcaide, ni otra persona de cualquier calidad, en tiempo de paz o de guerra, sea osado de cautivar indios naturales de nuestras Indias y Tierra Firme del Mar Océano, descubiertas o por descubrir..."

Esto no era papel mojado. La crónica está plagada de casos en los que no solo encomenderos, sino también funcionarios reales de alto nivel fueron investigados por la justicia, apresados, conducidos a España, juzgados, encarcelados e incluso ejecutados por los abusos cometidos (...)

Los indios fueron sometidos a un régimen de servidumbre semejante al que se aplicaba en Europa (...) Hoy nos parecería insoportable y seguramente lo era en muchos casos: es difícil saber cuántos indios –seguramente miles– murieron exhaustos en las encomiendas o, después, en las minas. Pero no eran esclavos (...) Precisamente por eso comenzó la importación de esclavos negros, vendidos por los mercaderes árabes y por las tribus africanas. ¿Por qué podía esclavizarse a los negros y no a los indios? De eso hablaremos otro día...

(José Javier Esparza, La gesta española, p. 217-8) 

 

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Porque la primera voz que proclamó la igual dignidad de todos los miembros de la familia humana fue precisamente la del cristianismo. Ni siquiera Grecia y Roma, con sus impresionantes legados filosófico y jurídico, llegaron a la cima de proclamar la fraternidad universal, que es de inequívoco cuño cristiano. Como en aquel chalet disparatado de Mi tío, de Tati, todo comunica. Esta sociedad occidental que a sí misma se llama postcristiana, y que se alimenta del relativismo multiculturalista, tiene como uno de sus objetivos preferentes la religión en general, los monoteísmos en particular, y, muy concretamente, el cristianismo, y no oculta esa hostilidad. En este sentido, me parece que una sociedad infectada de este virus tiene especialmente difícil comprender el espanto del aborto, y por eso convive con este genocidio silencioso como si tal cosa. Con todo, creo que la sociedad española todavía no ha llegado, ni mucho menos, a un punto de no retorno, y puede recuperar su propia estima rescatando esos principios y valores que han construido nuestra civilización y nuestra historia. Por eso están tan nerviosos los heraldos de la muerte. 2008

 

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A los romanos de las colonias norteafricanas, casados con mujeres de la tierra o hijos de éstas, los norteamericanos de hoy los considerarían negros, con total seguridad, sea cual fuere su tono exacto de piel. Igual que no consideran blancos a los hispanos (en sus formularios de raza hay que elegir entre blanco, negro, hispano y asiático). De hecho, los mismos ingleses nos han considerado a los españoles, italianos y portugueses como prácticamente negros durante siglos y a los norteafricanos e indios como negros completos (las novelas inglesas del siglo pasado siempre los llaman despreciativamente "niggers").

Por supuesto, coincido contigo la Historia de la Iglesia está llena de barbaridades, quizá más que ninguna otra Historia. Eso se une, curiosamente, a que también está más llena que ninguna otra de verdaderos milagros, heroicidades y prodigios morales. Por ejemplo, en este ámbito del que hablamos:

- No un par de siglos después, sino ya antes del descubrimiento de América, Pío II (1458-1464) condenó la esclavitud (llamándola "magnus scelus", enorme crimen). Desde entonces, multitud de otros papas continuaron condenando luego la esclavitud periódicamente (aunque, como dices, muchísima gente no les hizo caso, como ahora).

- El papa San Calixto había sido esclavo. Es casi como si uno de los esclavos negros de Washington hubiera llegado a Presidente, desafía a
la imaginación.

- Desde
el principio y a pesar de las fortísimas presiones en contra, se prohibió la esclavitud de los indios en América, por la enseñanza de los papas y de
la Iglesia.

- Multitud
de religiosos se dedicaron a servir y a ayudar a los esclavos.

- Incluso a los que eran esclavos no se les consideraba inferiores, desde el momento en que habían sido bautizados y podían y debían, como digo, llegar a ser santos. Esto se plasmaba, civilmente, en que tenían derechos (no como los esclavos de otras culturas o de norteamérica) como, por ejemplo, al matrimonio (al menos en teoría; como es lógico, en la práctica cada amo intentaba salirse con la suya, como sucede siempre)

La Iglesia siempre muestra una mezcla de maldad y bondad, de pecado y de gracia, de debilidad humana y de milagros de Dios. Y es lógico, ya que está llena de la santidad de Dios, pero está abierta para los pecadores. Si no fuera así, yo no podría haber entrado en ella e, imagino, que a ti te pasará lo mismo.

 

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La cultura de la muerte –sobre todo ‘aborto’- gana terreno y la Iglesia no puede callar. Hoy se puede ciertamente comprar la tolerancia contra esta lacra con la que hubo durante siglos la esclavitud.

 

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Los esclavos del siglo XXI

 

¿Eran personas los indios en el s.XVI? Aquella polémica es como la del aborto hoy.

 

Dicen que el hombre es el único animal que cae dos veces en el mismo hoyo. Más aún: cae a pesar del porrazo que se dio el de enfrente por venir inmerso en otros avatares más importantes que fijarse a dónde van a parar sus pies. Algo de memoria histórica no nos vendría mal. Podría parecer demasiado banal, pero es que no sólo nos sucede en la vida diaria y práctica, sino que es un fenómeno presente en temas mucho más esenciales e importantes.

Se ve en el debate bioético, por ejemplo. En los últimos años se ha desatado una discusión novedosa, pero no muy original. Los avances de la ciencia han dado pie a grandes descubrimientos en el estudio del embrión humano. El progreso científico ha provocado que el hombre se cuestione cosas antes poco discutibles. La pregunta que brota espontáneamente al contemplar ese “cúmulo de células” es: ¿podemos considerar al embrión una persona humana?

No es indiferente la respuesta: la legitimidad del aborto, sólo por dar un ejemplo, depende de ella. En pocas palabras, la pregunta no viene por puro afán de hacérsela, sino que surge junto con intereses de todo tipo. Es aquí donde entra la historia (es decir, el que iba enfrente de nosotros y que ya cayó en el hoyo): la misma cuestión se debatía en pleno siglo XVI, aunque las causas que motivaban la pregunta eran distintas.

Después del descubrimiento de América comenzó la colonización. Desde el inicio viajaron numerosos grupos de frailes en las expediciones junto con los emigrantes, sobre todo franciscanos y dominicos al inicio, y jesuitas más adelante.

La gran mayoría de los recién llegados españoles iban a los negocios, claro está. Pero para ello necesitaban gente que trabajara para ellos, y entre menos tuvieran que invertir, mejor. Es entonces cuando se comienza a discutir la cuestión que ahora nos concierne: ¿podemos considerar a los indígenas personas humanas? ¿No son más bien una especie de animales de carga?

En principio, eran bastante parecidos a los españoles, pero aún así eran considerados raza inferior. Si los indígenas eran tan personas como los españoles, no se podían utilizar como esclavos. Pero si no lo eran, entonces podían ser usados como mano de obre muy barata.

Comenzaron, pues, los abusos, y la Iglesia (ya desde entonces) fue la única que se atrevió a levantar la voz en contra de la injusticia. Por un lado Bartolomé de las Casas con sus misiones, y por otro Francisco de Vitoria desde la cátedra de Salamanca.

Los frailes de esta ciudad con Vitoria a la cabeza, se encargaban de crear la conciencia en Europa de que no era posible considerar a los indígenas como objetos, ni como esclavos, pues tenían la misma dignidad que los españoles. Vitoria impartió cerca de 10 re-lecciones en la Universidad salmantina.

El hecho de que un profesor como él diera esas conferencias resonaba muchísimo en el mundo intelectual y social de la época. Lograron cambiar la legislación en 1512 con las leyes de Burgos, pero en la práctica la explotación en América seguía. Y como nadie actuaba, los dominicos siguieron insistiendo.

Cuenta la anécdota que hasta el mismo Rey Carlos V, presionado por algunos colonizadores, escribió al abad del monasterio de San Esteban de Salamanca para pedir que “se callaran esos frailes”. Pero el emperador llevaba todos estos temas con mucho interés personal. En 1542, después de tanta insistencia y lucha, se abolió la esclavitud de los indígenas. Hay que ver cómo se aplicó después, pero por lo menos el principio se salvó.

El paralelismo entre este hecho histórico y el debate bioético actual es estrecho. Lo que se discute hoy es la identidad humana del embrión, así como lo que se discutía entonces era la identidad humana del indígena. Parecen dos cosas distintas pero no lo son. ¿Qué era lo que hacía a un español “persona”, y al indígena no? ¿Qué es lo que nos hace a nosotros personas, y al embrión humano no?

Nos queda una de dos: podemos cruzarnos de brazos y contemplar los abusos que sin duda se hacen en todas partes del mundo contra personas inocentes e indefensas. Podemos rendirnos ante la mole “pseudo intelectual” que no acepta la obviedad de la identidad y la dignidad humana del embrión.

La otra alternativa nos la ofrecen los dominicos. No obstante las contrariedades políticas, culturales, sociales e incluso económicas, supieron defender lo más importante que puede existir para el hombre: la vida.

El mirar al siglo XVI no nos resuelve el problema (claro está). Pero puede hacer reflexionar y armar de valor a quien todavía cree en la vida. La lucha no ha de cesar hasta que se haga justicia, a pesar de que las consecuencias sean cambiar legislaciones, estatutos y modos de vida.

¿No será que hoy también intereses de algunas minorías empujan a la legalización del aborto allí donde aún no es legal, o a su ampliación allí donde está permitido? ¿No será que han logrado que parezca normal lo anormal? ¿No es el embrión el nuevo esclavo del siglo XXI? - 2008-03-25

http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=10566

 

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«La Iglesia hubo de asumir la tarea de introducir la ley del Evangelio y la ética del sermón de la montaña entre gentes para quienes el homicidio era la más honrosa de las ocupaciones y la venganza era sinónimo de justicia... (Los bárbaros eran pueblos guerreros que asombraban a los romanos por sus costumbres y conductas salvajes)» …[…]… C. Dawson

También lo mismo sucedió con el descubrimiento del ‘nuevo mundo’ frente a las prácticas sanguinarias y antropófagas autóctonas.

 

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LAS CONDUCTAS RACISTAS
EN EL CURSO DE LA HISTORIA

2. Las conductas y las ideologías racistas no han comenzado ayer; hunden sus raíces en la realidad del pecado desde el origen del género humano, tal como la Biblia nos lo presenta con el relato acerca de Caín y Abel y de la Torre de Babel.

Históricamente, el prejuicio racista en sentido estricto, en cuanto conciencia de la superioridad biológicamente de terminada de la propia raza o grupo étnico respecto de los otros, se ha desarrollado sobre todo a partir de la práctica de la colonización y la esclavitud, al principio de la época moderna. Si se mira, a ojo de águila, la historia de las civilizaciones precedentes, al Occidente como al Oriente, al Norte como al Sur, se encuentran ya comportamientos sociales injustos o discriminatorios, si bien no siempre racistas, en propiedad de términos.

La antigüedad greco-romana, por ejemplo, no parece haber conocido el mito de la raza. Los griegos estaban ciertamente convencidos de la superioridad cultural de su civilización, pero no por eso consideraban los pueblos que llamaban «bárbaros» como inferiores por razones biológicas congénitas. No cabe duda que la esclavitud mantenía un número considerable de individuos en una situación deplorable, tenidos por «objetos» a disposición de sus dueños. Pero, originariamente, se trataba sobre todo de miembros de los pueblos sometidos por la guerra, no de grupos humanos despreciados por la raza.

El pueblo hebreo, según atestiguan los libros del Antiguo Testamento, era consciente, a un grado único, del amor de Dios por él, manifestado bajo la forma de una alianza gratuita entre Dios y el pueblo. En ese sentido, objeto de la elección y de la promesa, era un pueblo aparte de los otros pueblos. Pero el criterio de la distinción era el plan de salvación que Dios despliega en el curso de la historia. Israel era considerado como la propiedad personal del Señor entre todos los pueblos.[2] El lugar de esos otros pueblos en la historia de la salvación no fue siempre bien percibido desde el principio, y a veces esos pueblos eran estigmatizados en la predicación profética, en la medida en que permanecían idólatras. Pero no fueron objeto ni de menosprecio ni de una maldición divina a causa de su diferencia étnica. El criterio de la distinción era religioso. Y un cierto universalismo comenzaba a ser entrevisto.

Según el mensaje de Cristo, en orden al cual el pueblo de la Antigua Alianza debía preparar la humanidad, la salvación es ofrecida a la totalidad del género humano, a toda criatura y a todas las naciones.[3] Los primeros cristianos aceptaban de buen grado que se los considerara como el pueblo de la «tercera raza», conforme a una expresión de Tertuliano;[4] no ciertamente en sentido racial, sino en el sentido espiritual de nuevo pueblo, en el cual confluyen, reconciliadas por Cristo, las dos primeras razas humanas desde una óptica religiosa: los judíos y los paganos. Igualmente, la Edad Media cristiana distinguía los pueblos según criterios religiosos, en cristianos, judíos e «infieles». Y, a causa de ello, dentro de los límites de la Cristiandad, los judíos, testigos de un rechazo tenaz de la fe en Cristo, conocieron a menudo graves humillaciones, acusaciones y proscripciones.

3. Con el descubrimiento del Nuevo Mundo, las actitudes cambian. La primera gran corriente de colonización europea es acompañada de hecho por la destrucción masiva de las civilizaciones precolombinas y por la sujeción brutal de sus habitantes. Si los grandes navegantes de los siglos XV y XVI eran libres de prejuicios raciales, los soldados y los comerciantes no practicaban el mismo respeto: mataban para instalarse, reducían a esclavitud los «indios» para aprovecharse de su mano de obra, como después de la de los negros, y se empezó a elaborar una teoría racista para justificarse.

Los Papas no tardaron en reaccionar. El 2 de junio de 1537, la bula Sublimis Deus de Pablo III denunciaba a los que sostenían que «los habitantes de las Indias occidentales y de los continentes australes... debían ser tratados como animales irracionales y utilizados exclusivamente en provecho y servicio nuestro»; y el Papa afirmaba solemnemente: «Resueltos a reparar el mal cometido, decidimos y declaramos que estos indios, así como todos los pueblos que la cristiandad podrá encontrar en el futuro, no deben ser privados de su libertad y de sus bienes — sin que valgan objeciones en contra —, aunque no sean cristianos, y que, al contrario, deben ser dejados en pleno gozo de su libertad y de sus bienes».[5] Las directivas de la Santa Sede eran así de claras, incluso si, por desgracia, su aplicación conoció en seguida varias vicisitudes. Más tarde, Urbano VIII llegaría a excomulgar los que retuvieran a indios como esclavos.

Por su parte, los teólogos y los misioneros habían asumido ya la defensa de los autóctonos. El compromiso decidido en favor de los indios de un Bartolomé de Las Casas, soldado ordenado sacerdote, luego profeso dominico y obispo, seguido pronto por otros misioneros, conducía los gobiernos de España y Portugal al rechazo de la teoría de la inferioridad humana de los indios y a la imposición de una legislación protectora, de la cual se beneficiarán también, de algún modo, un siglo más tarde, los esclavos negros traídos de África.

La obra de De Las Casas es uno de los primeros aportes a la doctrina de los derechos universales del hombre, fundados sobre la dignidad de la persona, independientemente de toda afiliación étnica o religiosa. A su zaga, los grandes teólogos y juristas españoles, Francisco de Vitoria y Francisco Suárez, iniciadores del derecho de gentes, desarrollaron esta doctrina de la igualdad fundamental de todos los hombres y de todos los pueblos. Sin embargo, la estrecha dependencia en que el régimen del Patronato mantenía al clero del Nuevo Mundo no siempre permitió a la Iglesia tomar las decisiones pastorales necesarias.

4. En el contexto del menosprecio racista, aunque la motivación dominante fuera la de procurarse mano de obra barata, no se puede dejar de mencionar aquí la trata de negros, tratados de África, por dinero, hacia las tres Américas, en centenares de miles. El modo de captura y las condiciones de transporte eran tales que un gran número desaparecía antes de la partida o antes de llegar al Nuevo Mundo, donde eran destinados a los trabajos más penosos prácticamente como esclavos. Ese comercio comenzó ya en 1562 y la esclavitud consiguiente perduró por casi tres siglos. Los Papas y los teólogos, como asimismo numerosos humanistas, protestaron contra esta práctica. León XIII la ha condenado con vigor en su encíclica In plurimis del 5 de mayo 1888, felicitando al Brasil por haberla abolido. El presente documento coincide con el centenario de este texto memorable. El Papa Juan Pablo II no vaciló, en su discurso a los intelectuales africanos, en Yaoundé (13 de agosto 1985), en deplorar que personas pertenecientes a naciones cristianas hayan contribuido a la trata de negros.

5. Preocupada siempre de mejorar el respeto a las poblaciones indígenas, la Santa Sede no ha dejado de insistir en que se mantuviera una cuidadosa distinción entre la obra de evangelización y el imperialismo colonial, con el cual se corría el peligro de verla confundida. La Sagrada Congregación de Propaganda Fide fue creada, en 1622, con esta inspiración. En 1659, la Congregación dirigía a los «vicarios apostólicos a punto de partir hacia los reinos chinos de Tonkín y la Cochinchina» una esclarecedora Instrucción acerca de la actitud de la Iglesia ante los pueblos a los que se abría ahora la posibilidad de anunciar el Evangelio.[6] Allí donde los misioneros permanecieron en una más estrecha dependencia de los poderes políticos, les fue más difícil poner freno a la voluntad de dominio de los colonizadores. A veces, los han incluso apoyado, recurriendo a interpretaciones falaces de la Biblia.[7]

6. En el siglo XVIII, una verdadera ideología racista ha sido forjada, opuesta a las enseñanzas de la Iglesia, en contraste también con el empeño de algunos filósofos humanistas en pro de la dignidad y libertad de los esclavos negros, que eran entonces objeto de un desvergonzado comercio de considerables proporciones. Esta ideología creyó poder encontrar en la ciencia la justificación de sus prejuicios. Apoyándose en la diferencia de los rasgos físicos y en el color de la piel, entendía concluir a una diversidad esencial, de carácter biológico hereditario, a fin de afirmar que los pueblos sometidos pertenecían a «razas» intrínsecamente inferiores, en cuanto a sus cualidades mentales, morales o sociales. La palabra «raza» es utilizada por primera vez, a fines del siglo XVIII, para clasificar biológicamente los seres humanos. El siglo siguiente, esto condujo a interpretar la historia de las civilizaciones en términos biológicos, como una competencia entre razas fuertes y débiles, éstas genéticamente inferiores a las otras. La decadencia de las grandes civilizaciones se explicaría por su «degeneración», es decir, por la mezcla de razas que comprometía la pureza de la sangre.[8]

7. Semejantes afirmaciones encontraron un eco considerable en Alemania. Es sabido que el partido totalitario nacional socialista erigió la ideología racista en fundamento de su programa clemencial, encaminado a la eliminación física de aquéllos que juzgaba pertenecer a «razas inferiores». El partido en cuestión se hizo responsable de uno de los más grandes genocidios de la historia. Su locura homicida hirió en primer término al pueblo judío, en proporciones inauditas; luego a otros pueblos, como los Gitanos y Tziganos, todavía a otras categorías de personas, como los lisiados o los enfermos mentales. Del racismo al eugenismo no había más que un paso, rápidamente franqueado.

La Iglesia no ha dejado de alzar su voz.[9] El Papa Pío XI condenó sin ambages las doctrinas nazis en su encíclica Mit brennender Sorge, declarando que: «Quien toma la raza, o el pueblo o el Estado ... o cualquier otro valor fundamental de la comunidad humana... para separarlo de la escala de valores... y los diviniza por un culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden de las cosas creado y establecido por Dios».[10] El 13 de abril de 1938, el Papa hacía que la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades dirigiera a todos los rectores y decanos de Facultades una carta, imponiendo a todos los profesores de teología la obligación de refutar, según el método propio de cada disciplina, las seudo-verdades científicas con las cuales el nazismo intentaba justificar su ideología racista.[11] El mismo Pío XI preparaba, ya desde 1937, una gran encíclica sobre la unidad del género humano, que debía condenar el racismo y el antisemitismo. Fue sorprendido por la muerte antes de que pudiera publicarla. Su sucesor, Pío XII, incorporo algunos elementos en su primera encíclica Summi Pontificatus,[12] y sobre todo en el Mensaje de Navidad de 1942, donde afirmaba que entre los falsos postulados del positivismo jurídico «hay que incluir una teoría que reivindica para tal nación, tal raza, tal clase, el " instinto jurídico ", imperativo supremo y norma inapelable». Y el Papa lanzaba a la vez un llamado vibrante en favor de un orden social nuevo y mejor: «Este empeño, la humanidad lo debe a centenares de miles de personas, que sin la menor culpa de su parte, sino a veces simplemente porque pertenecen a tal raza o a tal nacionalidad, son destinadas a la muerte o a una progresiva consunción».[13] En la misma Alemania, hubo entonces una valiente resistencia del catolicismo, de la cual el Papa Juan Pablo II se ha hecho eco el 30 de abril de 1987,[14] con ocasión de su segundo viaje a ese país.

La insistencia en el drama del racismo nazi no debe hacer caer en el olvido otras exterminaciones en masa de poblaciones, como los armenios al acabar la primera guerra mundial y, más recientemente, una parte importante del pueblo camboyano, por razones ideológicas.

La memoria de los crímenes así cometidos no debe ser jamás cancelada: las jóvenes generaciones y las todavía por venir deben saber a qué extremos el hombre y la sociedad son capaces de llegar, cuando ceden al poder del desprecio y el odio.

En Asia y África, hay todavía sociedades donde reina una muy neta división entre castas diferentes, así como otras estratificaciones sociales, de difícil superación. El mismo fenómeno de la esclavitud, otrora universal en el tiempo y en el espacio, no se puede considerar, por desgracia, del todo liquidado. Estas manifestaciones negativas, y muchas otras que se podría enumerar, si no dependen siempre de concepciones filosóficas racistas, en el sentido propio de la palabra, revelan no obstante la existencia de una tendencia bastante extendida e inquietante a servirse de otras criaturas humanas para los fines propios, y de ese modo, a considerarlas como de menor valor, y, por así decir, de inferior categoría.

 

[2] Cf Ex 19, 5.

[3] Cf. Mc 16, 15; Mt 28, 19.

[4] Ad Nat. I, 8; PL 1, 601.

[5] Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y organización de las antiguas posesiones españolas de América y Oceanía, vol. 7, Madrid 1867, 414. Ver también el Breve Pastorale officium del 29-5-1537 al Arzobispo de Toledo, ib. 414; y H. DENZINGER - A. SCHOENMETZER, Enchiridion Symbolorum, Barcelona 1973.

[6] «No dediquéis vuestro celo, no propongáis ningún argumento para convencer esos pueblos a cambiar sus ritos, sus hábitos y sus costumbres, a menos que sean claramente contrarias a la religión y a la moral. Nada más absurdo que transferir a los chinos, Francia, España, Italia o cualquier otro país de Europa. No llevéis a esos pueblos vuestros países, sino la fe ... No procuréis suplantar los usos de esos pueblos con los europeos y tratad de adaptaros vosotros a ellos».

Collectanea S. Congregationis de Propaganda Fide, seu Decreta Instructiones, Prescripta pro apostolicis missionibus(1622-1866), vol. I, Roma 1907, n. 135; Codicis luris Canonici Fontes (ed. Card. J. Serédi), Vaticano 1935, vol. VII, n. 4463, p. 20.

[7] Es conocida, entre otras, la interpretación que los fundamentalistas dan de la maldición pronunciada por Noé sobre su hijo Cam, en su nieto Canaán, condenado a ser servidor de sus hermanos (cf. Gen. 9, 24-27). Se engañaban acerca del sentido y el contenido verdadero del texto sagrado, que se refiere a una concreta situación histórica: las relaciones difíciles entre los Cananeos y el pueblo de Israel. Veían en Cam o Canaán el antepasado de los pueblos africanos a ellos sometidos, y en consecuencia, los consideraban como signados por Dios con una imborrable inferioridad que los destinaba a ser para siempre esclavos de los blancos.

[8] Cf. entre otras la obra de J. A. GOBINEAU, Essai sur l´inegalité des races humaines, 4 vol. París 1853-55. Gobineau se inspiraba de Darwin y extendía a las sociedades y a las civilizaciones las tesis sobre la selección natural de las especies.

[9] El 25-3-1928, un decreto del Santo Oficio condenaba el antisemitismo: AAS XX (1928), 103-104.

[10] AAS XXIX (1937), 149.

[11] Cf. texto francés en Documentation Catholique 1938, 579-580. El Papa Pío XI decía todavía, en un discurso a los miembros del Colegio de Propaganda Fide, el 28-7-1938: «Católico quiere decir universal, no racista, no nacionalista, en el sentido de separación que pueden tener estos dos atributos ... No queremos separar nada en la familia humana ... La expresión «género humano" revela precisamente la familia humana. Es preciso decir que los hombres son ante todo un único, grande, género, una grande y única familia de seres vivientes ... Existe una sola raza humana universal, "católica" .. y con ella y en ella, variaciones diversas ... Esta es la respuesta de la Iglesia», en L´Osservatore Romano, 30-7-1938.

[12] Cf. Encíclica Summi Pontificatus del 28-10-1939: AAS XXXI (1939), 481-509.

[13] Radiomensaje de Navidad 1942, AAS XXXV (1943), 14; 23.

[14] Ante los obispos de la Conferencia episcopal alemana, reunidos en la Maternushaus de la arquidiócesis de Colonia, el Papa Juan Pablo II ha propuesto el testimonio del Cardenal Conde Clemens August von Galen, de la carmelita Edith Stein, del jesuita Rupert Mayer: ... «otros muchos testigos valerosos de la fe que, frente a aquella tiranía inhumana, se opusieron a la arbitrariedad y la injusticia impías movidos por sus convicciones de fe o en nombre de la humanidad... Todos ellos representan a la otra Alemania que no se doblegó ante la brutal arrogancia y la violencia y que, tras el hundimiento definitivo, pudo constituir el núcleo y la fuente de energía para la posterior y grandiosa reconstrucción moral y material» (L´Osservatore Romano, en español, 17 de mayo de 1987, p. 9).

 

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«Y ya se hizo evidente
que hubo en ocurrencia tal,
reflexión en el cristal
y falta de ella en la gente».
Fray Benito Jerónimo Feijoo (nació en Casdemiro, aldea del obispado de Orense, el 08 de octubre de 1676 - España.

«Los ignorantes por ser muchos, no dejan de ser ignorantes. ¿Qué acierto, pues, se puede esperar de sus resoluciones?» Fray Benito Jerónimo Feijóo (Esp.1676 † 1764).

 

”Busco la verdad en sí misma.. . no pretendo ser creído sobre mi palabra, sino sobre mi prueba. Mis razones se han de examinar, no mis méritos”. Fray Benito Jerónimo Feijóo (monje benedictino español: 1676 † 1764).

 

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Sólo apegado a la eterna lozanía de la verdad: Jesucristo.

Fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro nació en Casdemiro, aldea del obispado de Orense, el 8 de octubre de 1676, y murió en Oviedo el 26 de septiembre de 1764. A los catorce años entró en la orden benedictina, y fue tan recta su vida y tan segura su vocación, que confesaba en su ancianidad no haber sentido un solo minuto de hastío o desabrimiento en el claustro.

Caritativo con extremo, justo, abierto, jovial, sincerísimo, las prendas del corazón no desmayaban ante las excelencias del entendimiento. Desdeñador de la corte, encerrado en su colegio de Oviedo, fueron los honores a buscarle. Fernando VI le nombró consejero real y Carlos III le obsequió con las “Antigüedades de Herculano”. Su fama desbordó las fronteras, llegó a Europa, América y hasta las colonias asiáticas. Y el gran Benedicto XIV -saludado por Voltaire como el hombre más sabio de su siglo- honró al monje polígrafo citándolo dos veces en sus bulas.
Feijoo es de aquellos incorruptibles amadores de la verdad, pensadores positivamente libres y fuertes, igualmente desdeñosos de la novelería y de la rutina, ni miedosos de lo nuevo por lo nuevo ni enemigos de lo viejo por lo viejo: sólo apegados a la eterna lozanía de la verdad. Lúcida la razón para ver lo justo, ardiente la voluntad para abrazarlo, intrépida la lengua para decirlo. Pero sin alharacas ni intemperancias: con la serena macicez , con el ímpetu consciente del que no quiere hacer ruido sino hacer bien; del que intenta reformas constructivas y no estériles subversiones.

Y el estilo, a la par sobrio y fértil, preciso y suelto, docto y vivaz, repartiendo sustancia en breves párrafos sin cosa amazacotada ni indigesta, redondea el hechizo de este hombre cabal.


Tratando incesantemente nuestro benedictino tan graves e infinitos asuntos; batallando contra todo abuso, preocupación y corruptela; hiriendo tantos intereses y susceptibilidades, tuvo lógicamente que padecer de la Inquisición una censura.

 

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La escritura es sin duda la invención más importante de la historia humana, porque gracias a ella han podido acumularse y diversificarse los conocimientos, el arte, etc. En los milenios y decenas de milenios anteriores los hombres apenas si podían mantener los conocimientos, relatos y tradiciones adquiridas, estrechamente limitados por la memoria oral y expuestos por ello a continuas desvirtuaciones o variaciones puramente azarosas, incluso en pueblos cuyos sacerdotes cultivaron la memoria con especial asiduidad, como los celtas. ¡Cuántos relatos, creencias, sucesos, reflexiones y observaciones valiosas se habrán perdido a lo largo de ese largo tiempo!

Probablemente la escritura nació en los templos de las primeras civilizaciones, inventada por las castas sacerdotales, en un principio con propósitos conservadores: asegurar la permanencia y fidelidad de los ritos. Los documentos escritos más antiguos suelen tener carácter religioso. Y su aplicación al comercio pudo muy bien haber tenido el mismo origen, pues los templos solían ser también centros de comercio –a veces incluso sexual–. Asimismo encontraremos en ellos las primeras observaciones más o menos científicas sobre el cosmos, la naturaleza con fines económicos o medicinales, y unos principios de geometría necesarios para la construcción de grandes edificios.

En definitiva, los sacerdotes eran el único grupo social no excesivamente presionado por la necesidad de ganarse el pan o por las exigencias de la guerra o del poder, y podían dedicar tiempo a otras actividades, según el frado de su curiosidad espiritual. Todavía en tiempos tan recientes como nuestra alta Edad Media, la lectura era ignorada por las capas bajas de la población y a menudo desdeñada por las, digamos, clases políticas. La conservación de gran parte de la cultura clásica se debió a los clérigos, y asimismo las primeras escuelas.

15 de Diciembre de 2007 - 17:44:18 - Pío Moa –‘L.D.ESP.’

 

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1214 año – La ciudad de Korkula (Croacia con unas 50 islas pobladas), que tiene cerca de 4000 habitantes, es una antigua ciudad fortificada con una importancia fundamental en la historia europea, sea por su comercio, su posición geo-política como por ser la primera ciudad conocida en el mundo que abolió definitivamente la esclavitud allá en el año 1214.  La isla de Korkula pertenece al condado de Dubrovnik, en el Mar Adriático. Cercana a la costa dálmata y tiene unos 279 kilómetros cuadrados con unos 20.000 habitantes. 2007.

 

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1416 año – La Croacia católica auspició abolición de la esclavitud - Croacia - El Pontífice en la homilía rindió homenaje a la tradición de libertad y de justicia de esta república marinera en los siglos XV y XVI, que después pasó al imperio austriaco, y que ya en 1416, antes que muchos Estados, abolió la esclavitud. S. S. JUAN PABLO II – CROACIA. 2003-VI-06

 

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2007 …de la esclavitud hoy con los narcotraficantes…

Pedro Claver († 09 septiembre 1654) brilla con especial claridad en el firmamento de la caridad cristiana de todos los tiempos. La esclavitud, que fue ocasión para el ejercicio heroico de sus virtudes, ha sido abolida en todo el mundo. Pero, al mismo tiempo, surgen nuevas y más sutiles formas de esclavitud porque “el misterio de la iniquidad” no cesa de actuar en el hombre y en el mundo. Hoy, como en el siglo XVII en que vivió Pedro Claver, la ambición del dinero se enseñorea del corazón de muchas personas y las convierte, mediante el comercio de la droga, en traficantes de la libertad de sus hermanos a quienes esclavizan con una esclavitud más temible, a veces, que la de los esclavos negros. Los tratantes de esclavos impedían a sus víctimas el ejercicio de la libertad. Los narcotraficantes conducen a las suyas a la destrucción misma de la personalidad. Como hombres libres a quienes Cristo ha llamado a vivir en libertad debemos luchar decididamente contra esa nueva forma de esclavitud que a tantos subyuga en tantas partes del mundo, especialmente entre la juventud, a la que es necesario prevenir a toda costa, y ayudar a las víctimas de la droga a liberarse de ella.

 

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800 años de merced

Especialistas en la libertad

 

El firmante del artículo, el padre Vázquez Allegue, mercedario, es profesor de Sagrada Escritura en la Universidad Pontificia de Salamanca.

 

El 2003 es año de celebraciones. Una de ellas es la del aniversario de la primera redención de Pedro Nolasco –el que luego fundaría la Orden de la Merced, los mercedarios–. Ochocientos años de la primera redención significan ocho siglos de historia de una familia empeñada en convertir a sus miembros en especialistas en la libertad dentro de la Iglesia.

 

Por aquel entonces, una buena parte de la Península Ibérica estaba en manos de los musulmanes. Los pocos cristianos que quedaban eran perseguidos por el hecho de ser cristianos y encarcelados y llevados al norte de África. Hoy lo llamaríamos persecución por razones ideológicas o de creencia, y hablaríamos de falta de libertad a la hora de poder expresarla y manifestarla.
En medio de aquel ambiente, Nolasco, mercader barcelonés, o francés, en sus múltiples viajes de negocios por el Mediterráneo, descubre la situación que viven los cristianos cautivos en el norte de África. La historia, tan bonita como pintoresca, ha venido configurando el quehacer de la Orden de la Merced, que se instituyó unos años después de manera oficial con una misión redentora en la Iglesia: redimir cautivos y liberar a los esclavos en peligro de perder la fe.
Las crónicas narran que en 1203 Nolasco, acompañado de una colección de amigos –los que luego serían los primeros frailes mercedarios–, organizó una expedición a Argel con el fin de comprar el mayor número de cristianos y devolverlos a la libertad. La misión fue considerada un éxito sin precedentes. Muchos cristianos volvían a recuperar la libertad y se convertían en auténticos defensores de la fe, y en animadores de nuevas campañas de redención.
Cuenta la tradición que, una noche, el joven Pedro Nolasco tuvo una visión. La Virgen María se le apareció para animar e impulsar la misión iniciada y para convertirse en la promotora de una acción que, desde el primer momento, tuvo el favor del rey Jaime I y del obispo de Barcelona Berenguer de Palou. El impulso de la Virgen hizo que, el 10 de agosto de 1218, la catedral de Barcelona fuese el escenario elegido para la fundación de la Orden de Santa María de la Merced para la redención de los cristianos cautivos.
El mensaje no podía ser más conmovedor y la misión más comprometida: dar la vida por los que carecían de libertad se convirtió, de inmediato, en el eje vertebral sobre el que se edificaba una organización centenaria que llega hoy hasta nuestros días.
El Santo Padre, con motivo de uno de los últimos Capítulos Generales de la Orden mercedaria, agradeció la entrega de aquellos religiosos que siguen trabajando a favor de las nuevas formas de esclavitud qu nos impone la modernidad de la sociedad actual. Juan Pablo II pronunció aquellas palabras que se convirtieron en estrella de la nueva programación redentora: «Los mercedarios en la Iglesia son los especialistas en la libertad».
A día de hoy, las situaciones de falta de libertad, de opresión, de esclavitud, de marginación, de todo lo que atente contra los derechos del ser humano se cifran por cientos de miles y millones. La misión del mercedario de hoy sigue siendo la misma que antaño, con la diferencia de que, a estas alturas de modernidad, los esclavos y cautivos se nos han multiplicado de forma geométrica. Y si resultaba antes difícil redimir cautivos, no menos complicado se me antoja descubrir hoy las situaciones más graves de falta de libertad, la esclavitud de las esclavitudes, la madre de las cautividades.
Jaime Vázquez Allegue. 2003
- ALFA Y OMEGA. 2003 -  ESP. JULIO 05.-

 

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La ignorancia es como ese laberinto o lugar formado artificiosamente

por calles y encrucijadas, para confundir a quien se adentre en él,

de modo que no pueda acertar con la salida.

 

Los obispos africanos piden perdón por

las culpas de africanos en la trata de esclavos

 

En la isla de Gorée, lugar símbolo del comercio de hombres y mujeres

DAKAR, 08 octubre 2003 - La Iglesia católica en África ha pedido perdón pública y solemnemente por la implicación pasada y presente de los africanos en las antiguas y nuevas formas de esclavitud.


El llamamiento tuvo lugar en una «ceremonia de perdón» por los africanos que «han vendido a sus hermanos» en el marco de la asamblea plenaria del Simposio de Conferencias Episcopales de África y Madagascar (SECAM) que se celebra en Senegal hasta el 12 de octubre.


Tres obispos, en nombre de todo el episcopado africano, afirmaron: «Reconocemos estas faltas graves y nos ponemos de rodillas para pedir perdón».


«Estos pecados exigen hoy, una vez perdonados, que la Iglesia católica, por la que respondemos en África, ponga diez veces más de ardor para corregir la mentalidad desviada que ha surgido de estos hechos y que los permitieron», añadieron los prelados en la ceremonia, que tuvo lugar este domingo.


El acto se celebró en la «Casa de los esclavos» en la Isla de Gorée, lugar simbólico en que tenía lugar la trata de seres humanos que fueron enviados a trabajar a América y fue seguido por un Vía Crucis y una celebración eucarística. El 22 de febrero de 1992 Juan Pablo II había visitado este lugar.


La reunión del SECAM, en la que participan 150 obispos y cardenales africanos, venidos a Dakar, tenía entre otros objetivos dar un impulso al trabajo de «purificación de la memoria», términos utilizados por monseñor Laurent Monsengwo Pasinya, arzobispo de Kisangani y presidente del Simposio episcopal.


En este contexto, el sábado se publicó un informe elaborado por el secretario general de la conferencia episcopal regional para África Occidental Francófona (CERAO), el padre Barthélémy Adoukonou, en el que se constatan las culpas de los africanos en su propia esclavitud.


El teólogo de Benín, en su informe de quince páginas, afirma que la esclavitud tuvo lugar gracias a la complicidad de algunos africanos de color.


«La trata de negros es uno de los actos más odiosos, o quizá el más odioso de la historia humana, ya sea por sus dimensiones, ya sea por los desastres humanos que provocó o por las mentalidades y comportamientos que la permitieron. Entre estas mentalidades y comportamientos, nosotros, por nuestra parte, incluimos en primer lugar las mentalidades y comportamientos de nosotros mismos, negros», afirma.


La «trata», concluye, «no hubiera tenido lugar y no se perpetuaría bajo formas tan nocivas como ocultas si no tuviéramos la responsabilidad que tenemos».


«Hay africanos que han vendido a sus hermanos», aclara monseñor Théodore-Adrien Sarr, arzobispo de Dakar, en declaraciones concedidas el lunes a la prensa.


Era necesario este trabajo de afirmación de la verdad para que «los africanos salgan de una especie de “autoinferiorización” y tomen por las riendas el futuro de África», concluye. ZS03100806

 

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El Papa canonizará el domingo a Comboni,

«el mayor enemigo de la esclavitud africana»

 

Los 3.535 misioneros de la congregación que fundó extienden la fe por 77 países

Solo y sin riquezas, Daniel Comboni decidió a los 17 años entregar su vida a los más pobres de África. Los curas de Verona pensaban que era un soñador con muchas ilusiones juveniles. Pero él tenía claro que no sería un espectador para hablar y escribir con palabras azucaradas de los oprimidos y olvidados. Al contrario, quiso ser un cura que iba a combatir a pecho descubierto contra la opresión de los pobres africanos. La familia misionera fundada por Daniel Comboni está extendida por 77 países del mundo, y cuenta con 3.535 misioneros muy entregados al África negra.

Manuel Robles - Madrid.-

África en el siglo XIX era un territorio atrasado y olvidado de la civilización occidental. De África sólo interesaban sus riquezas, sus esclavos, sus mujeres y las luchas entre tribus para poder seguir esquilmando a sus gentes. Daniel Comboni fue un joven que desde los 17 años decidió entregar su vida a los pobres de África. Había nacido en Limone sul Garda (Brescia, Italia) en 1831. Estudió en Verona, ciudad donde realizó sus fundaciones misioneras. Pero durante toda su vida, Comboni, estará unido al medio cultural y eclesial austriaco. Este sacerdote fue un punto de unión del movimiento misionero que se despertó en Europa a mediados del siglo XIX. Murió en Jartum (Sudán) en 1881, con 50 años, agotado por las fiebres y tribulaciones, pidiendo a sus compañeros de misión que no abandonaran jamás a los africanos.
   En 1864 recibe una gracia del cielo para que se dedique a la evangelización de África. Así nació su Plan Global para la Evangelización de África, donde «ve» a los africanos como protagonistas de su desarrollo integral y de su propia fe. En estos años, sus amigos consideraban esta iniciativa como un sueño ilusorio, pero él sigue adelante y emprende sus viajes al continente negro. Para Comboni, la vocación misionera es parte constitutiva de todo bautizado y no «un asunto de frailes y de monjas». Como afirma un estudioso de Comboni, el padre Perili, «la evangelización es el primero pero no el único criterio de la opción preferencial de nuestro fundador. Hay otro aspecto que conviene subrayar: la urgencia de un profundo compromiso en el campo de la liberación y de la promoción humana». Éste es el carisma de Comboni, la liberación de los marginados de África desde la fe de Cristo.
   Aunque la esclavitud había sido abolida en 1856, en África continuaba esta lacra social. Comboni puso todos los medios para abolir la esclavitud alertando a los gobiernos europeos, fundando escuelas, misiones e incluso liberando esclavos con su propio dinero. Las autoridades le conocían como «el mayor enemigo de la esclavitud», título que hizo que le persiguieran los pachás (gobernadores) y los traficantes.
   El 1 de junio de 1867, Comboni funda en Verona el Instituto para las Misiones de África. Hoy, la familia comboniana asciende a 1.831 misioneros de 44 paises, incluidos aquellos donde desarrollan su labor misionera con muchas vocaciones. El 1 de enero de 1872 funda la congregación de mujeres misioneras, que en un principio se denominaron Pías Madres para la Nigrizia, que en la actualidad son 1.704 mujeres procedentes de 33 nacionalidades. Unidas a estas dos congregaciones está un Instituto secular misionero al que pertenecen 147 mujeres misioneras seglares.
   El milagro que ha abierto las puertas de su canonización ¬que se hará realidad este domingo en el Vaticano¬ lo ha recibido una mujer musulmana, madre de cinco hijos que vive en la ciudad de Jartum (Sudán). Lubna Abdel Aziz ha tenido 5 hijos gracias a las cesáreas. El quinto parto tuvo lugar el 11 de noviembre de 1997 en el St Mary s Hospital de Jartum. La expulsión de la placenta después de cuatro cesáreas se complicó bastante, y la mujer estuvo al borde de la muerte. Dos días después comenzó a recuperarse y el 18 de noviembre estaba totalmente recuperada. El equipo médico llegó a la siguiente conclusión: «Pronóstico: muy grave. Terapia: inadecuado tratamiento quirúrgico y transfusional. Modo de curación: repentina, completa y duradera, sin secuelas de ningún género; científicamente inexplicable».
   Cuando Comboni murió, fue sepultado en el jardín de la misión de Jartum. En 1885, durante la revolución musulmana de El Mahdi, su tumba fue profanada y sus restos dispersados, las misiones destruidas y los misioneros encarcelados. Pero sus hijos y su espíritu siguen vivos dando la vida por los africanos. 2003-09-30 LA RAZÓN. ESP.

 

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Cristianismo y progreso

 

Por Tirso de Andrés Argente

 

ÍNDICE

1. La posibilidad teórica de la ciencia y cristianismo
2. La posibilidad práctica de la ciencia y cristianismo
3. Cristianismo y libertad
4. Cristianismo y esclavitud
5. Cristianismo y libertad religiosa
6. Cristianismo y libertad de los pueblos
7. Cristianismo y libertad de la mujer
8. Cristianismo y explotación económica
9. Progreso y secularización
10. Progreso y recristianización
11. El papel de los laicos
12. Dos exigencias concretas
13. Conclusión: progreso humano y Reino de Dios


A veces es muy normal oír que el cristianismo y, más concretamente, la Iglesia Católica se han opuesto y se oponen al progreso de la civilización. En cualquier caso, no se suele incluir al cristianismo entre las fuerzas progresistas, sino que, por el contrario, se acusa a la Iglesia de ser oscurantista, medieval y represiva, enemiga de los avances y de las innovaciones de los tiempos modernos. Esta idea, por muy extendida que esté, no deja de ser un falso prejuicio fundado en la ignorancia de los hechos históricos. Es verdad justamente lo contrario: el cristianismo ha sido y es el origen de los mayores y mejores progresos que ha experimentado la civilización. Los más importantes avances civilizadores se deben a Cristo y a quienes han sabido serle fieles a lo largo de los siglos.

En las páginas que siguen se procurará mostrar hasta qué punto son verdaderas las palabras en las que León XIII afirmaba: «Si la religión cristiana hubiese sido fundada con el único propósito de procurar y acrecentar bienes durante la vida mortal, no habría podido hacer más por el bien y la felicidad de esta vida»
[1].

Vamos a fijarnos, en primer lugar, en los avances científicos y técnicos, que tanto han contribuido a eliminar los males (hambre, enfermedades, necesidades, etc..) y a crear unas condiciones mucho mejores de calidad de vida. Aquí el papel del cristianismo ha sido doble: en primer lugar ha posibilitado que se desarrollen las ciencias como hoy las conocemos; después ha puesto los medios prácticos para llevarlas a cabo. Veámoslo:

1. La posibilidad teórica de la ciencia y cristianismo

Conocimientos científicos dispersos se han dado en casi todas las civilizaciones. Es sabido, por ejemplo, que los asirios, babilonios, persas, incas y mayas desarrollaron ampliamente la astronomía -así, por ejemplo, continuamos llamando con los nombres persas y árabes a la gran mayoría de las estrellas visibles-. También era conocida la geometría entre griegos -se sigue enseñando el teorema de Pitágoras- y egipcios, estos últimos reunieron grandes nociones de medicina. Por no hablar de los inventos procedentes de China -la brújula y la pólvora, por ejemplo- o los que encontraron tantos otros, muchos de los cuales ignoramos aún. Sin embargo, en ninguna de esas civilizaciones se ha dado ciencia en el sentido estricto que hoy tiene: estudio sistemático de los fenómenos naturales utilizando la razón para encontrar sus causas y relaciones. Siempre han sido conocimientos más o menos dispersos, que no llegaban a formar una verdadera disciplina científica. Sin embargo, en la civilización cristiana, y sólo en ella, se han desarrollado las ciencias tal como hoy las conocemos.

El fenómeno, fácilmente comprobable, no deja de ser asombroso: ¿cuáles pueden ser las causas?; ¿en qué se diferencia la civilización cristiana para que haya ocurrido así?[2].

La primera respuesta la tenemos en que las demás civilizaciones son paganas, es decir, creen en numerosos dioses, que andan mezclados con las realidades materiales del universo. Hay dioses para la fertilidad, la lluvia o la siembra, y demonios para las enfermedades y plagas. Es cierto que se estudian el sol, la luna y las estrellas, pero porque se las considera divinas y rigen el destino de los hombres; más que astronomía se hace astrología para obtener horóscopos -superstición ignorante que aún continúa-. Tampoco se estudian los elementos químicos, sino que se hace alquimia: ciencia mágica y sagrada que busca la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud. Por su parte, también Pitágoras creía que los números eran divinos; etc.. Así la existencia de los hombres se creía dominada por ciegas fuerzas de carácter sobrenatural: el fatum o destino, que impregnaban la vida y la naturaleza.

Con el cristianismo, la situación cambia radicalmente, pues enseña que hay un único Dios, trascendente al mundo, el cual ha entregado a los hombres como su heredad, para que lo cuiden y trabajen. El hombre es radicalmente libre y ya el destino inexorable no es señor de su vida, sino que cada persona queda en manos de su propia responsabilidad. Por lo tanto no hay miles de diosecillos detrás de las cosas y de los acontecimientos: el universo entero queda desacralizado.

Además, el mundo no es resultado de la casualidad ni de ciegas fuerzas desconocidas: es obra de un Dios personal, que es Inteligencia y Amor, y que ha hecho al mundo inteligible, dotándolo de unas leyes y un orden que el hombre puede y debe descubrir. No hay, por lo tanto, misterios en la naturaleza, sino el orden de una racionalidad que Dios mismo le ha dado. Ésta es la convicción que tenían, por ejemplo, Ticho Brahe, Copérnico, Galileo o Kepler, por lo que buscaban las leyes de los astros con la seguridad de que las encontrarían, ya que estaban allí puestas por Dios. Veían en esas leyes tan perfectas un reflejo de la perfección de Dios mismo. Por eso se ha podido afirmar: «La Ciencia experimental moderna no nació a pesar de la Teología, sino de su mano»[3].Porque es innegable «la existencia de una misma avenida intelectual que constituye a la vez la ruta de la ciencia y los caminos hacia Dios. La ciencia encontró un nacimiento viable sólo dentro de una matriz cultural empapada del firme convencimiento de que la mente es capaz de encontrar en el ámbito de las cosas y de las personas una señalización que conduce a su Creador. Todos los grandes avances creativos de la ciencia se han realizado mediante una epistemología pareja a esa convicción, y siempre que se ha resistido con fuerza a una tal epistemología, la investigación científica ha sido privada de su fundamento sólido»[4].

Por esas razones se produce la paradoja de ser la civilización cristiana la única que crea una ciencia, por así decir, atea (no sagrada ni mágica). Un saber que no busca explicaciones misteriosas ni cree que haya secretos ocultos insolubles en la naturaleza. Tiene la seguridad de que hay leyes y orden inteligibles, los cuales deben ser descubiertos mediante el estudio y un adecuado uso de la razón, que también Dios nos ha dado. Esa seguridad la siguen teniendo actualmente los científicos, que investigan con la certeza de encontrar leyes racionales. Saben que no están perdiendo el tiempo tontamente. También, al descubrir la maravillosa estructura que Dios ha dado al mundo, muchos de los mejores científicos -como el mismo Einstein- ven en esas leyes la obra ordenadora de la Inteligencia divina.

2. La posibilidad práctica de la ciencia y cristianismo

Pero la influencia del cristianismo no se ha limitado a crear una mentalidad que haga posible las ciencias, pues también se deben al cristianismo los medios concretos y prácticos que han conducido al desarrollo, de hecho, de las ciencias. La principal de las instituciones creadas por la Iglesia para alcanzar ese fin, y que aún perdura sin que se haya encontrado nada que pueda sustituirla, es la Universidad.

Las Universidades
surgen, con ese nombre y como instituciones jurídicas de pleno derecho, en el siglo XIII. El punto de partida es la Bula papal Parens scientiarum de 1231, que otorga los estatutos a la Universidad de Paris (Universitas magistrorum et scholarium Parisium commorantium: Totalidad de los profesores y alumnos que habitan en París). Esta es la primera Universidad del mundo; a continuación se fundaron las de Bolonia, Montpellier, Oxford, Orleáns, Salamanca, Coimbra, etc., hasta alcanzar el número de catorce antes de que acabase el siglo. Todas ellas se originan ante la gran afluencia de alumnos que acudía a las escuelas catedralicias y monacales, que se estaban quedando pequeñas y llevaban varios siglos en marcha. Así, por ejemplo, la Universidad de París sucede y reúne a las escuelas existentes en la Catedral de Nôtre-Dame y en los Monasterios de Santa Genoveva y de San Víctor. Por reunir en una única institución a la totalidad de los alumnos y profesores, se la llamó Universitas. Además, siendo instituciones de derecho pontificio, gozaban de un estatuto que las hacía autónomas respecto de las autoridades locales.

Con las Universidades se acaba la costumbre, habitual en las civilizaciones no cristianas, de considerar los conocimientos como una fuente de poder sagrado. Procuraban mantenerlos ocultos -esoterismo, ocultismo-toda una casta de magos, brujos, chamanes, hechiceros y sacerdotes: únicos que tenían derecho a conocerlos y que transmitían sólo al grupito cerrado de elegidos llamados a sucederles. En la Universidad, la Iglesia proporcionaba los medios para investigar y progresar en el conocimiento, pero imponía la obligación de transmitir esos saberes a quienes quisieran aprender, sin guardárselos para sí mismos y su provecho propio, manteniéndolos en secreto. Era un lugar en el que se practicaba una de las primeras y más importantes obras de caridad y misericordia: enseñar al que no sabe. Allí se llevaba a la práctica el lema cristiano: comtemplata aliis tradere (lo contemplado, lo conocido, enséñese a los demás)[5].

Las Universidades, si quieren cumplir con su función propia, deben ser lugares en los que se investigue, se aprenda y enseñe. En ellas se ha de buscar y transmitir la verdad, sin prejuicios ideológicos cerrados y decimonónicos. También sin convertirlas en simples fábricas de títulos burocráticos. Por dejarse llevar por estos planteamientos erróneos, bien alejados del servicio al primer bien que necesita el hombre, que es la verdad, sucede que «la universidad -esta gloriosa institución europea que nació de la Iglesia- se demuestra incapaz de elaborar un proyecto cultural aceptable. Ello quiere decir que ha perdido la misma función de guía de la cultura en la sociedad actual»[6]. Conviene, pues, que recupere la finalidad que le dio el cristianismo, y sirva a la verdad, no a ideologías o burocracias.

Además de las Universidades, se debe al cristianismo la invención -muchos siglos antes de que a nadie se le ocurriera poner un Ministerio de Educación- de la enseñanza para todos. Antes del cristianismo ya se daba la enseñanza, pero era algo reservado a unos cuantos elegidos, o las clases dominantes. Nadie pensó en dar instrucción a todas las personas, de cualquier clase y condición. Los colegios para los más pobres los pusieron las órdenes religiosas, las mismas que ahora son acusadas de elitismo. En esa tarea se han gastado muchas vidas de almas entregadas, que no buscaban ningún provecho: enseñaban gratis et amore (gratuitamente y por amor). Es curioso constatar cómo en algunos países se les prohibió la entrada a esas órdenes, por parte de gobiernos incluso ilustrados, con la excusa de que si se daba educación a todos, y no sólo a los dirigentes, el pueblo se volvería ingobernable. Si hoy día tenemos claro que la enseñanza es un bien básico que se debe dar a todos, es gracias a la influencia del cristianismo y de su tarea educadora realizada durante siglos. Labor que buscaba formar personas y no una masa fácilmente manipulable.

Dedicando muchas personas a la enseñanza, el cristianismo consiguió civilizar a los pueblos bárbaros, tras la caída del Imperio Romano. Si algo queda vivo de la civilización grecorromana es gracias al cristianismo, que lo ha conservado, transmitido y desarrollado, y no por la vitalidad de aquellas civilizaciones, que murieron de debilidad interna. Esta civilización nuestra debe lo mejor que tiene al cristianismo. Conviene recordar esta verdad, para saber seguir atendiendo a las advertencias de la Iglesia, cuando pone en guardia frente a un progreso materialista, que ya no sería verdadero progreso, pues en él las cosas se ponen por delante de las personas. Con esas advertencias la Iglesia no quiere frenar el progreso, sino hacerlo verdaderamente humano, de manera que no se convierta en una amenaza de destrucción para el hombre y para la naturaleza que Dios confía a su cuidado. Porque, desgraciadamente, «el hombre actual parece estar siempre amenazado por lo que produce... En esto parece consistir el capítulo principal del drama de la existencia humana contemporánea»[7]. Para evitar este peligro, el Papa Juan Pablo II insiste en la prioridad de la ética sobre la técnica, en el primado de la persona sobre las cosas, en la superioridad del espíritu sobre la materias[8].

3. Cristianismo y libertad

Ya en los primeros tiempos del cristianismo pudo decir San Gregorio de Nisa que el cristianismo es la religión de la libertad[9]. Siglos más tarde, será una de las mejores inteligencias de la Filosofía, Hegel, quien señalará que el concepto de libertad ha sido introducido por el cristianismo[10]. Éstas, y otras afirmaciones semejantes de muchos otros autores, son históricamente verdaderas. El papel del cristianismo no se ha limitado a crear el progreso científico y técnico, sino que ha sido quien más ha hecho por el desarrollo de la libertad y dignidad de las personas. Es una falacia total la calumnia que acusa a la Iglesia de ser una fuerza represiva, aliada de los tiranos y dictadores, y adormecedora de las aspiraciones de libertad hasta convertirse en opio del pueblo. Hay que afirmar que «la búsqueda de la libertad y la aspiración a la liberación, que están entre los principales signos de los tiempos del mundo contemporáneo, tienen su raíz primera en la herencia del cristianismo»[11].

En efecto, ha sido el cristianismo el que ha enseñado cuál es la grandeza de la persona: somos hijos de Dios, hechos a su imagen y semejanza. De esta forma ha puesto el fundamento de su inalienable dignidad. Así la persona es soberana de sí misma y nada hay que obligue con más fuerza que la propia conciencia. Ninguna persona, dada su intrínseca dignidad puesta por Dios mismo, puede ser tratada como un objeto, ni manipulada por quien busque riquezas o poder. Ningún acto es humano ni es valioso si no es libre, si no procede de la propia interioridad, de la que cada uno es totalmente responsable. Toda persona, por consiguiente, debe ser respetada y amada por sí misma. Nada hay en el universo entero que tenga más valor que una sola persona, sea quien sea.

El cristianismo ha enseñado al hombre que no hay en la tierra señor absoluto alguno: responde ante Dios, es decir, ante su propia conciencia, a la que no hay autoridad humana alguna que sea superior. No hay mandato mayor que el procedente de la propia interioridad, que Dios ha creado a su imagen y semejanza. Es la suprema libertad: in libertate gloriae filiorum Dei, en la libertad de la gloria de los hijos de Dios[12]. Los cristianos son formados en la libertad más radical, en la única libertad que no es sólo palabra vacía: la del señorío propio. El cristiano sabe que es señor de su vida y de la historia; no responde ante nadie, no reconoce autoridad alguna ante la que deba doblegarse, sólo sirve a quien quiere, a quien ama. Puede ser convencido, pero no vencido. Únicamente debe obediencia a Dios, que no tiene policía y siempre respeta la libertad que Él por amor, ha dado al hombre. Se sabe también señor del mundo, heredad que ha recibido de su Padre celestial -se la ha dado por amor y, también por amor, respeta lo que el hombre haga-, y que no debe a nadie aquí en la tierra. Incluso la sumisión que Dios, que es Padre, le pide no anula su libertad, recibida de Dios: pues Dios es Amor[13] y sólo amor demanda, no obediencia. No quiere siervos, sino hijos que trabajan en su hogar propio y no sirven en casa ajena. El cristiano conoce así muy bien que en Dios tiene al único garante de su libertad. Sin Él queda sólo la esclavitud a otras personas o a las cosas. Verdaderamente los cristianos son un pueblo de reyes, de señores[14]. Únicamente entregan su vida a empresas que son propias, sólo siguen a banderas que reconocen como suyas; no pueden ser mercenarios ni esclavos. Obedecen no a quien detenta el poder, sino a quien posee autoridad. Ésta es la mayor grandeza que el cristianismo ha dado al hombre.

Por esa radical libertad se puede dar la fuerte y profunda cohesión de una sociedad cristiana, en la que los hombres no son llevados -a golpe de poder, leyes y policía- sino que van por sí solos, y marchan en común. Porque la libertad que Dios les ha dado y garantiza no es cerrazón egoísta, que se agote en el placer animal satisfecho, sino apertura: es la base del amor y su consecuencia. La libertad es la medida del amor de que somos capaces[15]. Los cristianos que son tales no necesitan ser forzados a buscar el bien común. Se empeñan en acrecentarlo, porque saben que están en el mundo -cada uno- para dar lo mejor de sí mismos, para ofrecer a todos en servicio las riquezas que llevan dentro, en ese interior creado a imagen y semejanza de Dios que es Libertad -señorío absoluto de Sí mismo- y Amor. Dar fruto[16], hacer rendir los talentos recibidos[17], es su preocupación primera, ya que el Cielo se alcanza haciendo un cielo en el pedazo de tierra que habitan[18]. No precisan coacciones para ayudar a la sociedad, porque defienden que servir por amor es toda su grandeza, como Jesucristo les enseña con su vida[19]. No trabajan como esclavos, obligados por la fuerza o la necesidad; ni se unen a otros porque no haya más remedio que convivir para evitar la selva. Tienen un claro empeño común: el mayor bien de todos, de los otros, de cada uno. Ésta es la fuerza unitiva radical de la sociedad de los cristianos, en la que el deseo de servir al bien común une, y vence, a la separación que establecen los conflictos de intereses a los que conduce una moral empobrecidamente egoísta.

De estas enseñanzas, que el cristianismo ha conseguido difundir paulatinamente hasta convertir muchas de ellas en ideas comunes a todos, han venido grandes bienes en la práctica. Son conquistas alcanzadas en las que se hacen realidad las palabras del Señor: «Si permanecéis en mi palabra, seréis en verdad discípulos míos y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres[20]. A continuación veremos algunos ejemplos históricos.

 

 

4. Cristianismo y esclavitud

La esclavitud, que aún persiste en algunos lugares del mundo, era común en las civilizaciones antiguas precristianas. Su origen está en razones de guerra (prisioneros), herencia (hijos de esclavos) o grandes delitos sociales (crímenes, violaciones, deudas, etc. ). Nadie, ni siquiera Aristóteles en sus Éticas, la consideraba como un mal deplorable. Era un hecho común aceptado por todos. La aparición del cristianismo, que proclamaba la igualdad de todos los hombres, supuso un cambio de mentalidad total, que fue dando frutos paulatinamente. Se puede decir que, a medida que han ido predominando las ideas cristianas, la esclavitud ha cedido terreno. Sólo lo ha recuperado en épocas de cierto olvido del cristianismo.

Ya desde la predicación apostólica se marca el comienzo de esta línea de redención, que se procura hacer sin violencias y atacando el mal en su raíz. Se le deja sin fundamento al enseñar la igualdad originaria y radical de los hombres ante Dios, que manda también amar a todos como a uno mismo. A este respecto es muy significativa la Carta de San Pablo a Filemón, en la que brilla la ternura y preocupación por el esclavo Onésimo, que huye de su amo y es convertido y devuelto por el Apóstol. San Pablo no envía a Onésimo a un curso de guerrilla urbana o de terrorismo, sino que le pide que vuelva a su trabajo. A la vez, manda a Filemón -también cristiano convertido por el Apóstol- que lo reciba «no ya como esclavo, sino como un hermano amado»[21]. De esta forma se da acertada solución a un problema entonces nada fácil, sin tener que recurrir a odios y violencias.

«No duda el cristianismo, frente a la sociedad romana en que el esclavo no tiene religión, en acogerle totalmente en un plano igualitario, con lo que muestra que es posible una sociedad (...) donde no haya diferencias entre libre y esclavo. Así puede afirmar Lactancio que "para nosotros no hay siervos, sino que a éstos los consideramos y llamamos hermanos en el espíritu y consiervos en la religión"[22]. Y San Cirilo proclama que entre los Obispos, sacerdotes o diáconos hay esclavos y libres, del mismo modo que autores como San Ireneo, Tertuliano, Taciano, por citar algunos, al hacerse eco de la misma doctrina, se muestran orgullosos de haber roto una desigualdad que no podía tolerar la ley natural ni la ley de Cristo. Por lo mismo, San Gregorio Nacianceno declara incompatible la esclavitud con el cristianismo, y San Cipriano la reprueba en los cristianos como un delito (...). Espíritu y doctrina cristianos que van cuajando en realidades, como la plena participación del esclavo en las asambleas, en la vida religiosa, en los ritos y sacramentos; que lleva, incluso, a la paradoja de que el sometido y sin derechos en la sociedad civil, tenga un rango superior en la vida religiosa.

»De ahí, también, la defensa de la legitimidad del matrimonio entre los esclavos (...) y que el Papa Calixto autorice, contra la costumbre y leyes romanas, el matrimonio de libres con esclavos o libertos, así como el que en los cementerios cristianos no se haga mención de la condición de esclavos de los allí enterrados, lo que, en cambio, se hacía notar en los cementerios civiles. Añádase la llamada limosna de la libertad, considerada desde su origen en la Iglesia como la primera de las limosnas. Habla San Ignacio de Antioquía de que una parte de lo que daban los fieles era para liberar esclavos; se recogen cotizaciones en época de San Cipriano para liberar esclavos en Numidia; San Ambrosio vende con el mismo fin los vasos sagrados, no siendo éste el único caso. San Clemente Romano exalta el ejemplo de los cristianos heroicos que se sometieron a esclavitud para liberar a otros (...). Práctica y acción cristianas que se van abriendo paso en una época hostil, afianzando en el esclavo su conciencia de persona con ciertos derechos inalienables; y estos esclavos, que antes se consideraban carentes de todo derecho y forzados únicamente a obedecer, se enfrentan ahora, conscientes de sí, a las autoridades o a sus amos en defensa de su fe o de su honra»[23].

Estos avances sólo ceden, por ejemplo, con Juliano el Apóstata, emperador anticristiano y paganizante, que los perseguía. También se da un retroceso con la invasión de los pueblos bárbaros, que admitían la esclavitud, hasta que son cristianizados paulatinamente. Más tarde, con el Renacimiento y la vuelta que supuso a las ideas paganas de Grecia y Roma, se volvió a desarrollar la esclavitud. La plaga crece, sobre todo, ante las ansias de enriquecerse en las nuevas tierras recién conocidas de América. Con la trata de negros para el continente americano la esclavitud, alimentada por ideas anticristianas, alcanza unos niveles de opresión, por su falta de humanidad, sólo comparable a las épocas más duras de la antigüedad. Aquí también es el cristianismo quien toma a su cargo la defensa de los indios o de los esclavos negros. La Iglesia, «una vez más, se ve obligada a intervenir, y ya en 1462 Pío II califica la trata de "gran crimen". Paulo III, en 1537, manda al Obispo de Toledo proteger a los indios y excomulga a quienes los redujesen a esclavitud y quitasen sus bienes»[24]. Las intervenciones papales se suceden continuamente; de forma paralela los teólogos católicos desarrollan las bases del futuro derecho internacional (iniciado por Francisco de Vitoria en la Universidad de Salamanca) y los misioneros combaten esforzadamente los abusos, destacando en esta labor San Pedro Claver.

Para acabar, «aunque suprimido este lastre social tomado en su forma estricta, la conciencia cristiana, que vio siempre en él un abuso contrario a la naturaleza, protesta también contra ciertas formas que disimulan su práctica, como son todas aquellas que admiten una discriminación degradante entre los hombres, sea en función de la raza, del sexo o de la posición social. En este sentido la Iglesia recuerda que hay todavía bastante por hacer, advirtiendo hechos como los de segregaciones raciales, las discriminaciones injustas, etc.. El Concilio Vaticano II se pronuncia abierta y reiteradamente contra todas estas situaciones, proclamando la dignidad de la persona, la igualdad de todos los hombres y los derechos inherentes a los mismos como seres libres. La Encíclica Pacem in terris, de Juan XXIII, como Carta de derechos fundamentales, es el mejor exponente de esta solicitud»[25].

5. Cristianismo y libertad religiosa

Muchas veces se quiere presentar la separación entre la Iglesia y el Estado, con la consiguiente libertad religiosa para los ciudadanos, como una conquista reciente y moderna, extraña y opuesta a las ideas cristianas. Esta opinión, muy extendida, es bien ajena a la realidad histórica.

Es cierto que «todo mando primitivo tiene un carácter sacro porque se funda en lo religioso»[26]. Así es de origen divino el faraón de los egipcios, el emperador japonés, el poder de las ciudades griegas o de Roma (por eso no tienen inconveniente en divinizar a los emperadores), y lo mismo sucede entre mayas, incas, etc., etc. Precisamente, por llegar el cristianismo a un mundo de culturas que tenían sacralizado el poder temporal, tuvo grandes problemas desde el comienzo: es el origen de las persecuciones que se desarrollaron en los tres primeros siglos y que tantos mártires causaron. Personas, de toda clase y condición, dieron su vida por defender la libertad religiosa; por afirmar la superioridad de la propia conciencia ante toda autoridad humana y todo poder temporal; por no querer entrar en ese juego de poder sagrado que era lo común y que anulaba la libertad y dignidad en lo más íntimo de la persona, sometiendo la interioridad al arbitrio de los poderosos.

Aquella situación inicial, bien conocida y que no es necesario ilustrar, se mitigó un tanto con la paz de Constantino y el Edicto de Milán, al iniciarse el siglo IV. Pero los conflictos no acabaron, tomando formas diversas -algunas graves- con el tiempo. La batalla del cristianismo y de la Iglesia por defender el núcleo más íntimo y esencial de la libertad y dignidad personales ha perdurado hasta nuestros días. De hecho, gran parte de la historia de la Iglesia y de sus relaciones con el poder temporal, a lo largo y ancho de estos veinte siglos de existencia del cristianismo, ilustran lo que cuesta aceptar esa desacralización del poder temporal. Es difícil de admitir por parte de quienes lo detentan; y también es arduo de aceptar para muchos eclesiásticos: es la historia de cesaropapismos y clericalismos. Para mostrarlo, demos un breve repaso a los acontecimientos históricos.

Con el, emperador Constantino cesaron las persecuciones violentas y el problema se mitigó, pero no desapareció totalmente. Los sucesivos emperadores tendieron muchas veces a actuar como lo habían hecho hasta ese momento, y era la costumbre de siempre, como Pontifex Maximus (pontífice máximo), como una especie de segundo Papa. Convocaban Concilios y decretaban a su gusto en multitud de temas religiosos. La situación, salvo algunas fases de emperadores más entrometidos, no empeoró radicalmente hasta que las invasiones de los pueblos bárbaros acabaron con el Imperio de Occidente. Quedó sólo el Papa en Roma y el Imperio de Oriente permaneció casi aislado. Allí se mantuvo la pompa imperial. Su intromisión en temas de conciencia de los súbditos fue creciendo por la lejanía de Roma, la dificultad de comunicaciones y el confinamiento solitario de los romanos orientales, rodeados de bárbaros. Andando el tiempo el deterioro llevó al Cisma de Oriente, con la iglesia del Imperio separada de la Iglesia Católica, y el Patriarca de Constantinopla convertido casi en capellán del palacio del emperador. Como consecuencia, vino la mezcla entre poder religioso y temporal que caracteriza, aún hoy, a las iglesias cismáticas orientales.

En Occidente desapareció el Imperio como tal y la situación se volvió, en casi todos los lugares, caótica. Gran parte del orden, cultura y estabilidad vino de la Iglesia, por lo que muchos eclesiásticos adquirieron un poder en cuestiones temporales que no les correspondía. Con ello se incrementan los clericalismos: en muchas zonas se vivía bajo la influencia, en general benéfica, de Obispados y Abadías. Por otra parte, cuando Carlomagno -heredero de los mayordomos de palacio que se habían hecho con el poder de los francos- desea fundamentar su autoridad para que deje de tener una base humana discutible, lo que hace es ir a Roma para restablecer -haciéndose coronar por el Papa- el poder sacralizado del antiguo imperio romano. Se reinventa, de este modo, el poder sagrado de las autoridades civiles. Estas, como consecuencia, se inmiscuyen en los asuntos religiosos y de conciencia de sus súbditos: se restaura el cesaropapismo.

Esas dos circunstancias darán lugar a un conflicto que se prolonga durante casi toda la Edad Media: la lucha de las investiduras. Es la pugna entre señores feudales con poderes religiosos, frente a clérigos con poder temporal. La situación se fue aclarando por las diversas reformas religiosas, que culminan con las órdenes mendicantes (franciscanos y dominicos), que tendían a reducir el poder temporal de los clérigos y religiosos, junto con la clara separación de poder religioso y temporal establecido con la doctrina de las dos espadas. Después del episodio de Canosa, esa doctrina fue llevándose a la práctica.

Al llegar la Edad Moderna, con el surgir de los Estados Nacionales y el correspondiente poder absoluto de los reyes, se da marcha atrás de nuevo. Los reyes quieren serlo por la gracia de Dios: sacralizan el poder para que nadie se lo discuta. Mandan sobre la religión de sus súbditos, en virtud de principios tan condenables como el que estableció la Dieta de Worms: cuius Regio eius religio (según su Rey, así su religión). Florecen los tribunales de la Inquisición, en los que el brazo secular -el del Estado- consume en la hoguera a los discrepantes. También surgen las religiones nacionales traías por el protestantismo, con el que los Reyes se convierten en Papas de sus súbditos. Dentro de los países fieles al catolicismo, tampoco los reyes absolutos dejan de querer el poder religioso: nacen los galicanismos y josefinismos. En definitiva, todo se mezcla bajo el poder omnímodo de los reyes absolutos, que inventan complejas y ridículas liturgias cortesanas, de las que especialmente representativa es la del Rey Sol, en la corte francesa

Las injerencias del poder político en el ámbito religioso se suceden en los últimos siglos con diferentes formas, pero ninguna tan extrema como las que ha conocido el siglo XX. En él se ha dado el fenómeno de estados totalitarios -con más medios técnicos de control y más policía para ser verdaderamente totalitarios que en ninguna otra época- que quieren dominar y someter absolutamente la mente y las conciencias de sus súbditos, con inquisiciones poderosas y crueles. En los países del Este, ha sido Iglesia (tantas veces condenada por sus críticas a una situación injusta que muchos intelectuales aplaudían y que los demás estados aprobaban de hecho) una defensora de la libertad que no se ha doblegado ni ha transigido. El siglo XX ha dado más numerosas víctimas y mártires silenciosos que ningún otro. También ahora sigue siendo el cristianismo -y la Iglesia- el gran defensor de la libertad de las conciencias frente a las manipulaciones del poder o del dinero. Sigue librando una batalla, que todavía no está ganada, a favor de la dignidad y libertad de la persona.

6. Cristianismo y libertad de los pueblos

La celebración en el año 1992 del V Centenario del Descubrimiento de América hizo reflexionar sobre lo que implican las relaciones entre diversos pueblos y culturas. Durante casi toda la historia y en todo el mundo, esas relaciones se han establecido sobre la violencia de las guerras, en términos de dominación y de conquista. Al entrar en contacto dos pueblos cualesquiera, si no mediaba el mutuo interés de las relaciones comerciales, siempre sucedía que el más fuerte engullía al débil, que era sometido o esclavizado, de forma que se veía en los demás una ocasión de aumentar el propio dominio y poder.

Con la era de los descubrimientos, le tocó a la civilización cristiana entrar en contacto con otras, y al cristianismo se deben los mejores esfuerzos para conseguir que se relacionaran en términos de paz y justicia. Frente a los poderes políticos y económicos que buscaban en esos nuevos países la ocasión de aumentar su fuerza o sus riquezas, son los misioneros cristianos los únicos que fueron a darlo todo, sin esperar nada a cambio.

Ellos pusieron escuelas y universidades en el Nuevo Mundo, así como hospitales o granjas: todo un conjunto de obras asistenciales encaminadas a mejorar la salud y la vida de aquellos a quienes procuraban servir y dar lo mejor que tenían. El único dinero que se invirtió en esos países que no buscaba dividendos o poder, procedía de lo que recolectaban los misioneros en toda la cristiandad. Asimismo fueron ellos los únicos que pusieron barreras a la explotación que establecían las autoridades civiles y los particulares ávidos de riquezas. En este enfrentamiento hubo hasta episodios dramáticos, como los sucedidos en las reducciones de Paraguay y Uruguay, que, en parte, han sido divulgados por la película La Misión. En África sucedió otro tanto: sólo los misioneros pusieron trabas a la rapacidad de los países colonizadores, y sólo ellos invirtieron vidas y bienes sin buscar provecho propio.

El esfuerzo se desarrolló también en el plano teórico, en el que se pusieron las bases del actual Derecho Internacional por obra de los teólogos de la Universidad de Salamanca, con Francisco de Vitoria como pionero. La avaricia y ansias de dominio, que procuraban ignorar las enseñanzas y las condenas de la Iglesia, fueron las únicas que retrasaron el establecimiento práctico de unas relaciones basadas en la justicia. Se puede decir que todo lo que queda vivo de aquellos pueblos se ha conservado gracias al esfuerzo de los cristianos que eran tales, y evitaron la total explotación y aniquilamiento de aquellas gentes, según era el uso histórico hasta elcristianismo.

En el siglo XX, con la reciente independencia de la mayoría de los países africanos, ha sucedido algo muy ilustrativo acerca del bien que en esos países ha echo el cristianismo. Salvo unas pocas excepciones, gran parte de esas naciones accedieron a la independencia tras un proceso violento que les llevó, en los primeros fervores nacionalistas, a expulsar a los misioneros. Pocos años más tarde, casi todas ellas pidieron su vuelta al haber constatado duramente los bienes que habían perdido, al cerrar -junto con las misiones- tantas obras asistenciales que contribuían al bien de todos. Sólo unos pocos países, como Etiopia, sometidos a sectarios regímenes marxistas, impidieron su regreso: son los que ahora, es triste constatarlo, más sufren por el hambre, las enfermedades y todo tipo de violencias e injusticias.

También en este campo, por lo tanto, ha dejado el cristianismo su huella benéfica. No ha sido mayor porque los estados y los poderes humanos se lo han impedido las más de las veces.

7. Cristianismo y libertad de la mujer

«Es algo universalmente admitido -incluso por parte de quienes se ponen en actitud crítica ante el mensaje cristiano- que Cristo fue ante sus contemporáneos el promotor de la verdadera dignidad de la mujer»[27]. Hace falta tener un grave desconocimiento de la historia para negar que el cristianismo es quien más ha contribuido a valorar la dignidad de la mujer.

Incluso
en las civilizaciones más avanzadas, como las de Grecia y Roma, la mujer tenía una consideración inferior al hombre: recluida en el gineceo, el papel que se le asignaba y reconocía era muy secundario. Con esa situación fue acabando el cristianismo de manera paulatina, en la que los retrocesos se debieron sólo al debilitamiento de la vida cristiana. Por ejemplo: con la modernidad, y la vuelta que supuso a las ideas grecorromanas, se ponen de moda leyes antifeministas, como la Ley Sálica, que impedía a las mujeres reinar.

Pero no hace falta remontarse a épocas remotas; hoy mismo, en las zonas de escasa influencia cristiana, la mujer es muy poco valorada. Por ejemplo, piénsese en su situación bajo el islamismo, o en inmensas regiones de África que, sin evangelizar, continúan en el paganismo animista: allí el problema consiste muchas veces en ver si valen más o menos que, v. gr., una vaca, pues ellas sólo son un índice externo de la riqueza del marido, igual que sus ganados. Otro ejemplo reciente de desprecio al valor de la mujer lo tenemos en China: cuando el gobierno ha decidido no permitir más que un hijo por familia -con métodos brutales y represivos de regulación de la población: multas, prisión, pérdidas del trabajo y la casa, etc.- se ha convertido en uso común la antigua costumbre de matar a las hijas nada más nacer, pues se las considera sólo como una carga, sin que interese conservarlas. También la descristianización de muchos países ha convertido a bastantes mujeres en puros objetos de deseo y satisfacciones sexuales egoístas, o en instrumentos aptos para ser utilizadas como reclamo en publicidad, o en ganados que se presentan a concursos de raza -las cacareadas misses, meros objetos agradables de ver-, etc.

Los ejemplos podrían multiplicarse; baste con la muestra. Por lo tanto, den gracias a Dios las feministas por estar dentro de una civilización vivificada por el cristianismo: en cualquier otra ni siquiera habrían existido. No olviden, sin embargo, que sólo el cristianismo tiene el secreto de la dignidad de la mujer, y esa dignidad es, en cierto modo, superior a la del hombre. Se equivocan las feministas de ideas anticristianas cuando promueven una falsa liberación de la mujer, que consiste en masculinizarla: la privan así de su papel y dignidad propias. Si bien es cierto que, en una civilización en la que se pongan las cosas -la productividad, los bienes materiales, los intereses económicos- por delante de las personas y la técnica sobre la ética, el papel propio de la mujer se pierde; no le queda otro camino que intentar igualarse al hombre. Sin embargo, cuando en una sociedad, como enseña el cristianismo, se busca que en primer lugar estén las personas, entonces la mujer adquiere una dignidad superior a la del hombre pues «la fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano»[28].

La enorme dignidad de la mujer se fundamenta, pues, en que Dios le confía de manera especial a las personas. Por eso su función es única si se quiere edificar la civilización del amor, ya que «la dignidad de la mujer se relaciona íntimamente con el amor que recibe por su feminidad y también con el amor que, a su vez, ella da. Así se confirma la verdad sobre la persona y sobre el amor»[29]. Vivimos en una sociedad en la que se ha dado un gran progreso científico-técnico, pero «este progreso unilateral puede llevar también a una gradual pérdida de la sensibilidad por el hombre, por todo aquello que es esencialmente humano. En este sentido, sobre todo el momento presente, espera la manifestación de aquel genio de la mujer, que asegure en toda circunstancia la sensibilidad por el hombre, por el hecho de que es ser humano. Y porque la mayor (la principal virtud) es la caridad (es el amor; 1 Cor 13, 13)»[30].

8. Cristianismo y explotación económica

Hoynos parece normal y sumamente adecuada la existencia de la Seguridad Social y la asistencia a todos los enfermos, los ancianos y los niños desprotegidos. No se entiende que una sociedad se diga desarrollada si no cuenta con hospitales para todos, pensiones convenientes y atenciones suficientes para los más necesitados y débiles. Tampoco hay que olvidar que esta mentalidad es otro bien debido al cristianismo.

En efecto, ya desde los primeros pasos -los Hechos de los Apóstoles están repletos de estos sucesos- los cristianos se preocuparon muy especialmente de los desposeídos de salud, fortuna o libertad. Esclavos, enfermos y pobres encontraron una ayuda desinteresada que no rehuía el sacrificio personal, y fueron muchos los cristianos que consagraron la vida entera a su servicio. Cuando nadie se preocupaba por los niños abandonados, la Iglesia lo hacía. También fueron cristianos los inventores de los hospitales para todos[31]y de los asilos para los ancianos sin familia, etc.. Cuando todos rechazaban a los leprosos y a los enfermos incurables, la Iglesia -con hombres y mujeres generosos que daban su propia vida en silencioso martirio por amor- los cuidaba. La historia del cristianismo está llena de heroísmos callados que han cambiado paulatinamente la mentalidad de todos. También hoy, como ha sucedido con la Madre Teresa de Calcuta.

También cambió el cristianismo la mentalidad occidental en lo que se refiere al trato con los enemigos vencidos o con los heridos y prisioneros de guerra. Si ahora existen instituciones como la Cruz Roja, que todos aprueban por su labor humanitaria, se debe a la labor de muchos siglos de testimonios vitales y enseñanzas constantes.

El cristianismo también ha sido protagonista en la tarea de eliminar la usura y la explotación económica de los débiles y necesitados. En primer lugar, porque siempre condenó la Iglesia todo tipo de usura o de enriquecimiento al margen de la justicia al establecer el precio de las mercancías o del dinero. Por ejemplo, esto llevó a los gremios cristianos a preguntarse por el precio justo de su trabajo y no por el sistema de ganar más por cualquier medio. Además el nacimiento de los Montes de Piedad y Cajas de Ahorro fue, en la mayor parte de los casos, una iniciativa cristiana, con lo que hicieron los préstamos más accesibles a todos, a la vez que forzaban a los banqueros a poner intereses más justos. Por último, al fomentar -mediante los gremios, cofradías y similares- la unión de los trabajadores y la ayuda mutua, se consiguió defenderlos de la voracidad de los poderosos (aquí también la modernidad, al acabar con esas asociaciones, hizo un daño y dejó desprotegidos a los trabajadores, que fueron explotados hasta la llegada de los sindicatos, defendidos y fomentados por la Iglesia).

Mucho tiempo se ha necesitado, con una generosa siembra de vidas entregadas, hasta conseguir que se acepten esas tareas como pertenecientes a toda la sociedad, al bien común que todos han de buscar y al que sirven, de manera especial, los gobernantes.

 

 

9. Progreso y secularización

Hemos visto, con algunos ejemplos, la positiva influencia cristiana en la historia, hasta poder afirmar que el cristianismo es la primera fuerza civilizadora y el primer factor que ha traído el mejor y más verdadero progreso. Sin embargo, frente a ese fermento cristiano, en los dos últimos siglos han surgido en Europa -exportándose desde ella al resto el mundo- intentos de organizar la sociedad y las personas sobre bases secularistas y ateas. Quieren prescindir de Dios, atacan al cristianismo como si fuera un mal y consideran al hombre poco más que un animal muy evolucionado, con lo que anulan su dignidad intrínseca. Nacen así las ideologías: explicaciones simplistas del mundo, del hombre y de la sociedad, que tienen respuestas fáciles para todo y son muy aptas para el consumo de masas.

Las ideologías se dividen en dos grandes grupos: las individualistas y las colectivistas. Las de raíz individualista, como el capitalismo o el mercantilismo, consideran que el progreso se da de una forma automática, por la conjunción de las ciegas fuerzas que se crean cuando cada uno busca su propio interés: una supuesta mano invisible las hace confluir desde el egoísmo hacia el bien común. Las de base colectivista, como el comunismo o el socialismo, creen firmemente en la necesidad de regularlo todo, de manera que se convierta a la sociedad en una gran máquina rígidamente organizada en la que todo esté previsto y en la que las personas se reduzcan a simples engranajes que se limitan a cumplir de manera estricta el papel asignado por el Estado.

Ambas tienen en común la creencia en un progreso automático, que se dará de forma mecánica cuando la sociedad se organice según sus teorías. También consideran que e1 hombre es poco más que un animal, por lo que dan escasa o nula importancia la ética, al comportamiento moral de las personas. En el fondo, por partir del materialismo, las dos niegan la libertad que Dios nos da al hacernos a su imagen y semejanza. Por lo tanto, las ideologías establecen una separación total entre lo privado y lo público, entre lo personal y lo social: lo que importa, es que cada uno se comporte como un buen engranaje de la maquinaria social diseñada por la ideología dominante -que sea un buen productor y consumidor, y que pague los impuestos-; lo que sea y haga como persona no interesa, es irrelevante.

Esos dos errores básicos son de gran importancia y tienen consecuencias muy, graves. En primer lugar: si el hombre es sólo un animal algo más evolucionado, entonces es sólo materia y el espíritu es un mito. Únicamente importan, así, los placeres materiales y el bienestar, cualquier otra cosa más elevada es inexistente. Se predica, por tanto, un egoísmo materialista. El que no lo quiera, puede tener su moral, siempre que se reduzca al ámbito privado y la viva en su casa, sin tener el mal gusto de enseñarla a nadie. Lo que no sea esto es dogmatismo retrógrado, infantil, obsoleto y represivo.

Y éste es el drama: resulta sorprendente comprobar cómo ambas ideologías cavan alegremente la tumba que las sepultará, al intentar construir un organismo social vivo y sano con células cancerosas, insolidarias y egoístas. Es una tragedia social reducir la moral al ámbito privado, ya que sólo lo personal es el fundamento de lo social, pues «la vida social no es exterior al hombre»[32]. Precisamente por ser persona, interioridad moral, vive el hombre en sociedad, y no en colmena, manada, rebaño o piara. Sólo se da sociedad entre personas libres, y la planta de la libertad crece dentro del corazón de cada hombre. Se da sociedad en tanto se dan personas. La calidad de una sociedad depende de la calidad de las personas que la forman, de sus cualidades y virtudes, de su capacidad de relacionarse, comunicarse, dialogar, comprometerse y amar. La fuerza y la cohesión de una sociedad la producen los vínculos interpersonales. Con individuos egoístas, que no saben ser personas y atienden exclusivamente a sí mismos, no se construye una sociedad humana. Por eso la moral personal es vital para la sociedad.

El
segundo error -la fe en un progreso automático- también tiene consecuencias graves. Las ideologías individualistas y liberalizantes creen en un progreso mecánico: es algo que se da, simplemente. No hay que hacer nada, sólo dejar que se sucedan los acontecimientos: le monde va lui-mème (el mundo marcha por sí mismo), y avanza siempre hacia un futuro mejor. Se supone que una fuerza misteriosa irá ordenando el caos de egoísmo que fomenta la sociedad permisiva. Por el contrario, para las ideologías colectivistas y socializantes las estructuras planificadas traerán el paraíso comunista: únicamente hay que organizarlo todo, todo, para que se produzca el mayor bien posible. Ambas dicen a las buenas gentes del mundo: no os preocupéis, dejaos llevar; si me hacéis caso encontraréis la suprema felicidad en una tierra que, sola, mana leche y miel.

Pero las dos engañan: no hay ningún automatismo histórico. Nada está dado, todo está por hacer. El protagonista de la historia es el hombre, cada persona, no una ciega mecánica de fuerzas o unas estructuras impersonales. La historia corre idéntico riesgo que cada hombre con su libertad: puede avanzar hacia el paraíso o hacia el abismo. No existe el seguro contra el fracaso histórico. El hombre, cada uno, es señor de su vida y de la historia: ésta marcha hacia donde aquél camine. «Pero la libertad del hombre es finita y falible. Su anhelo puede descansar sobre un bien aparente; eligiendo un bien falso, falla la vocación de su libertad. El hombre, por su libre arbitrio, dispone de sí; puede hacerlo en sentido positivo o en sentido destructor»[33].

Las ideologías secularistas han descuidado a la persona y a la ética, renunciando a la base cristiana que daba vida a la sociedad. Pero «si el hombre no es imagen de Dios y no hace referencia a nada más que a sí mismo, ¿qué valor tiene, por qué actúa y vive? De hecho, la Europa que en el Oeste, en la filosofía y en la praxis ha declarado a veces la muerte de Dios, y en el Este ha llegado a imponerla ideológica y políticamente, es también la Europa en la que ha sido proclamada la muerte del hombre como persona y valor trascendente. En el Oeste la persona ha sido inmolada al bienestar; en el Este ha sido sacrificada a la estructura. Pero estas posturas se muestran carentes de perspectivas de civilización convincentes. Por lo demás, los sistemas culturales, instituciones e ideologías que habían caracterizado la Europa del siglo XX y originado ingenuas utopías, han entrado en crisis, bajo los golpes de la misma racionalidad instrumental y del imperio de la ciencia y de la técnica (...). Hoy se vive y se lucha sobre todo por el poder y el bienestar, no por ideales»[34]. Como consecuencia el «hombre, que se querría tan adulto, maduro, libre, es también un hombre que huye de la libertad para arrellanarse en el conformismo, un hombre que sufre de soledad, está amenazado por varios malestares del alma, trata de alejar la muerte y está en pavorosa pérdida de esperanza»[35].

10. Progreso y recristianización

Gracias a Dios han sido abandonados los mitos del progreso automático y del paraíso comunista. Por un lado, el abismo de destrucción rápida -nuclear- o lenta -como alerta el ecologismo- se ve posible y cercano. Por otra parte, se le ha caído la careta al Gulag. Vivimos una época crucial, en la que el «crepúsculo de las ideologías, la erosión de la confianza en la capacidad de las estructuras de responder a los problemas más graves y a las esperanzas ansiosas del hombre, la insatisfacción de una existencia basada en lo efímero, la soledad de las grandes metrópolis masificadas, la juventud abandonada a sí misma, y también el nihilismo han socavado un vacío profundo que esperan anunciadores creíbles de renovadas propuestas de valores capaces de edificar una nueva civilización digna de la vocación del hombre. La Iglesia debe hacerse el Buen Samaritano del hombre de hoy (...). Con profunda humildad, pero también con la serena certeza que le viene de Cristo, ella debe ser consciente que (...) está llamada a dar un alma a la sociedad moderna, tanto a la compleja y pluralista de Occidente, como a la monolítica de Oriente. Y la Iglesia debe infundir esta alma no desde arriba y desde fuera, sino pasando dentro, acercándose al hombre de hoy. Se impone, pues, la presencia activa y la participación intensa en la vida del hombre»[36].

Ésta es la necesidad más primera y básica de la sociedad, de nuestra sociedad. Así se entiende la fuerza y la verdad de a aquel grito amoroso: «Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual en un clima de respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»[37].

Para que el progreso deje de ser una carrera, muy rápida en verdad, pero alocada: un marchar muy deprisa hacia ninguna parte, hace falta reinjertar la sociedad en la raíz vital cristiana. Seguir las constantes advertencias de la Iglesia, que es «experta en humanidad»[38]. Es la única manera de evitar que el hombre acabe perdido y el progreso conduzca a la destrucción.

11. El papel de los laicos

En esta tarea -la más urgente y vital que tiene la Iglesia en esta época- los protagonistas principales son los laicos. Ellos son los responsables directos de dar un alma a la sociedad desde dentro. Así lo ha enseñado el Espíritu Santo a través del Concilio Vaticano II[39], lo han reiterado los Papas y ha sido tema de un Sínodo.

La enseñanza es clara, ahora toca ponerla por obra. Porque el caso es que, por diversos motivos históricos, los laicos desconocen y tienen abandonada su misión propia; hasta tal punto, que la mayor parte de los bienes traídos por el cristianismo a los hombres, se deben principalmente a los religiosos y a algunos sacerdotes. Aunque en los primeros siglos del cristianismo no fue así, sin embargo, con el auge de las órdenes religiosas, los fieles seglares se han acostumbrado paulatinamente a que sean otros los que les saquen las castañas del fuego. Cuando había una necesidad de cualquier tipo (evangelizadora educativa, asistencial, etc.) siempre surgía una familia religiosa que resolvía el problema. Por ejemplo la mayor parte de las iniciativas educativas se deben a los religiosos, aunque es algo cuya responsabilidad directa y mayor corresponde a los padres.

En esta cuestión se impone huir definitivamente de los clericalismos. Suponen -por parte de los laicos- abandonar derechos y deberes estrictos; y hacen que los clérigos o religiosos se inmiscuyan en ámbitos que no son de su competencia. Con lo que dejan a los fieles en una minoría de edad descomprometida y cómodamente egoísta (esto es especialmente grave cuando el clérigo quiere ser el centro de todo, como sucede en las teologías de la liberación de corte marxista).

Hay que tener muy claro que «a los laicos corresponde propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios»[40]. Por tanto «a la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena. De los sacerdotes, los laicos pueden esperar orientación e impulso espiritual. Pero no piensen que sus pastores están siempre en condiciones de poderles dar inmediatamente solución concreta a todas las cuestiones, aun graves, que surjan. No es ésta su misión. Cumplen más bien los laicos su propia función con la luz de la sabiduría cristiana y con la observancia atenta de la doctrina del Magisterio»[41].

Es necesario un sano anticlericalismo o laicismo, que establezca con claridad el papel de los seglares en la Iglesia. Su misión no es servir de longa manus a los clérigos. Tienen una función peculiar e insustituible: «Los seglares deben asumir como tarea propia la renovación del orden temporal. Si el papel de la Jerarquía es el de enseñar e interpretar auténticamente los principios morales que hay que seguir en este terreno, a los seglares les corresponde, con su libre iniciativa y sin esperar pasivamente consignas y directrices, penetrar de espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en que viven»[42].

Es ésta una exigencia de mínima y fundamental coherencia de vida. El cristiano ha de serlo de verdad, de cuerpo entero, las veinticuatro horas del día; no existe un cristianismo de quita y pon. Por ello: «se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura[43], consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno[44]. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse completamente a los asuntos temporales, como si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época»[45]. Los cristianos han de saber que, viviendo o no esa unidad de vida, se juegan el alma: «El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación»[46]. Por lo tanto, no es algo que deben hacer unos cuantos fieles «comprometidos»: es tarea grave que corresponde a todos.

12. Dos exigencias concretas

Para ser sal y luz del mundo[47], para contribuir «a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento»[48], para ser en la sociedad «lo que el alma es en el cuerpo»[49], los laicos tienen una doble misión en la Iglesia, pues «no solamente están obligados a cristianizar el mundo, sino que además su vocación se extiende a ser testigos de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana»[50]. Para conseguir ese doble papel la Iglesia ha señalado, de manera especial, dos medios concretos.

En primer lugar, para ordenar rectamente las realidades temporales y contribuir a un progreso digno del hombre, el Magisterio propone la Doctrina Social de la Iglesia, que «no es una tercera vía entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia (...). No pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología moral»[51]. Por lo tanto es una doctrina que obliga moralmente si se quiere actuar en conciencia de acuerdo con las enseñanzas de Jesucristo: «se trata de una doctrina que debe orientar la conducta de las personas»[52]. Es una doctrina moral que todo seglar debe conocer y aplicar en su actuación, poniendo los medios adecuados para formarse bien la conciencia y obrar de acuerdo con ella.

En segundo lugar, para ser testigos de Cristo, los fieles deben tener muy presente que la obligación del apostolado afecta a todos en la Iglesia, pues «la vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado»[53]. De manera que «a todos los cristianos se impone la gloriosa tarea de trabajar para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado en todas partes por todos los hombres»[54].

Son muchas las formas posibles de apostolado seglar. De todas ellas hay una que afecta y obliga a todos los laicos, por lo que la Iglesia la recuerda con especial insistencia: e1 apostolado personal. Este apostolado personal es el «que cada uno debe ejercer y que fluye con abundancia de la fuente de la vida auténticamente cristiana[55] es el principio y la condición de todo apostolado seglar, incluso del asociado, y nada puede sustituirlo.

»A este apostolado, siempre y en todas partes fecundo, y en determinadas circunstancias el único apto y posible, están llamados y obligados todos los seglares, de cualquier condición, aunque no tengan ocasión o posibilidad de cooperar en asociaciones»[56].

13. Conclusión: progreso humano y Reino de Dios

Siel cristianismo ha sido y es la mayor fuente de progreso humano no es por casualidad. El progreso temporal no es ajeno a la tarea de la salvación: siendo distintos, se relacionan estrechamente. «Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios»[57]. Es necesario tener muy claro que «el mensaje cristiano no aparta a l
os hombres de la edificación del mundo ni los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo»[58]. Los fieles deben, en frase gráfica de San Josemaría Escrivá de Balaguer -pionero de estas enseñanzas- poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas.

Progreso humano y Reino de Dios van a la par. La historia de la salvación se relaciona estrechamente con el crecimiento del bienestar y de la calidad de vida en todos los órdenes. La razón más profunda de esta verdad la ofrece el mismo Concilio Vaticano II: «La obra redentora de Cristo, aunque de suyo se refiere a la salvación de los hombres, se propone también la restauración de todo el orden temporal. Por ello la misión de la Iglesia no es sólo ofrecer a los hombres el mensaje y la gracia de Cristo, sino también el impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico. Los seglares, por tanto, al realizar esta misión de la Iglesia, ejercen su propio apostolado tanto en la Iglesia como en el mundo, lo mismo en el orden espiritual que en el temporal; órdenes ambos que, aunque distintos, están íntimamente relacionados en el único propósito de Dios, que lo que Dios quiere es hacer de todo el mundo una nueva creación en Cristo, incoactivamente aquí en la tierra, plenamente en el último día»[59].

Publicado en Folletos MC, nº 555. Madrid, noviembre de 1992.
(c) by Tirso de Andrés Argente y Ediciones Palabra.
(c) 2003 Edición digital Arvo Net

Notas
[1]León XIII. Enc. Arcanum divinae sapientiae, 10-II-1880, nº 2.
[2] Lo que viene a continuación es un breve resumen de las ideas expuestas por el primer especialista mundial en la materia, S. L. Jaki que ha dedicado numerosas obras a la investigación y fundamentación de estas cuestiones.
Pueden verse en particular: The road of science and the ways to God, The University of Chicago Press, Chicago 1978; Science and creation, Scottish Academic Press, Edimburgo, 1974. A un nivel más accesible se puede leer: M. Artigas, Ciencia, Razón y Fe, 4ª ed. «Libros mc», Ediciones Palabra, Madrid 1982.
[3]M. Artigas, Ciencia, Razón y Fe, o. c., p. 23.
[4]S. L. Jaki, The road of science and the ways to God, The University of Chicago Press 1978, p. 7.
[5] El lema es de los Dominicos, Orden religiosa que dedicó muchos de sus mejores miembros a la enseñanza.
[6]Juan Pablo II, Discurso al simposio de los obispos europeos, n. 11.
[7]Idem, Discurso a la Academia Pontificia de las Ciencias, 10-XII-1979, n. 4.
[8]Idem, Enc. Redemptor hominis, n. 16.
[9]Migne, Patrología graeca, t. 44, col. 341.
[10] C. G. F. Hegel, Enciclopedia de las ciencias filosóficas, par. 482.
[11]Congr. para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre libertad cristiana y liberación, n. 5.
[12] Rom. 8 21.
[13] 1 Ioh. 4, 8.
[14] 1 Pet. 2, 9.
[15]Juan Pablo II, cit. en Nuestro Tiempo, n. 419, Pamplona, V-1989, p. 48.
[16] Cfr Ioh. 12, 24 ss.
[17] Cfr Mt. 25, 14-30.
[18] Cfr Mt. 25, 31-46.
[19] Cfr Mt .20, 28.
[20] Ioh. 8, 31-32.
[21] Epístola a Filemón, 1, 16.
[22] Divinae instituciones, V, 15.
[23]S. Álvarez Turienzo, voz Esclavitud en GER, t. VIII, p. 778
[24] Ibidem, p. 784.
[25] Ibidem.
[26] J. Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, «Revista de Occidente», Madrid 1968, p. 194.
[27]Juan Pablo II, Carta Apostólica Mulieris dignitatem, n. 12.
[28]> Ibidem, n. 30.
[29] Ibidem.
[30]> Ibidem.
[31] El primer hospital del mundo se debe al amor y a la preocupación generosa por los enfermos de San Gregorio de Nisa, Obispo en la Capadocia del siglo IV.
[32]Congr. para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre libertad cristiana y liberación, n. 32.
[33]> Ibidem, n. 30.
[34]Juan Pablo II, Discurso al simposio de los Obispos europeos, n. 11.
[35] Ibidem.
[36] Ibidem, n. 12.
[37]Juan Pablo II, Discurso en el acto europeísta celebrado en la Catedral de Santiago de Compostela, 1982.
[38]Pablo VI, Enc. Populorum progressio, n. 13.
[39] De manera especial en los siguientes documentos: Const. Dogm. Lumen gentium, Const. Past. Gaudium et spes y Decreto Apostolicam actuositatem.
[40] Lumen gentium, n. 31.
[41] Gaudium et spes, n. 43.
[42] Populorum progressio, n. 81.
[43] Cfr Heb 13, 14.
[44] Cfr 2 Thes 3, 6 13; Eph, 4, 28.
[45] Gaudium et spes, n. 43.
[46] Ibidem.
[47] Mt 5, 13 16.
[48] Lumen gentium, n. 31.
[49] Ibidem, n. 38.
[50] Gaudium et spes, n. 43.
[51]Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, n. 41.
[52] Ibidem.
[53] Apostolicam actuositatem, n. 2.
[54] Ibidem, n. 3.
[55] Cfr. Ioh 4, 14.
[56] Apostolicam actuositatem, n. 16.
[57] Gaudium et spes, n. 32.
[58] Ibidem, 34.
[59] Apostolicam actuositatem, n. 5.

 

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LA IGLESIA INSISTE: LA PROSTITUCIÓN Y COMERCIO DE MUJERES ES UN INCALIFICABLE MERCADO DE ESCLAVOS –OTRORA COMO HOY- EN EL SIGLO XXI.

Esclavitud -  

La prostitución es una forma de esclavitud moderna”, comentaba un documento reciente del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, publicado el 16 de junio 2007.  

La publicación, Directrices para la Pastoral de la Carretera, atrajo la atención de los medios debido a sus diez mandamientos para los conductores, pero su contenido también incluye una sección sobre la prostitución en la calle (Nos. 85-115).

 

La explotación sexual de mujeres es claramente una consecuencia de diversos sistemas injustos”, comentaba el Pontificio Consejo. Causas como la necesidad de dinero, el uso de la violencia, y el tráfico de seres humanos contribuyen a atrapara a las mujeres en la prostitución.

 

Las víctimas de la prostitución son seres humanos, que en muchos casos gritan pidiendo ayuda, que les liberen de la esclavitud, porque vender su propio cuerpo en la calle no es lo que voluntariamente habrían escogido hacer”, añadía el documento. 

El consejo pidió mayores esfuerzos para liberar a las mujeres de los abusos contra su dignidad humana resultado de la prostitución. Las instituciones católicas, añadía la declaración, han ayudado con frecuencia a las mujeres a escapar de esta situación. Las mujeres necesitan ayuda para poder recuperar su estima y respeto, y para reintegrarse a la vida familiar y comunitaria.

 

Los clientes”, por otro lado, “necesitan luz sobre el respeto y dignidad de las mujeres, los valores interpersonales y la entera esfera de las relaciones personales y la sexualidad”, afirmaba el documento. Los explotadores también necesitan ser iluminados sobre la jerarquía de los valores de la vida y los derechos humanos, recomendaba. 

“Comprometerse a diverso nivel –local, nacional e internacional – por la liberación de las prostitutas es por ello un verdadero acto de seguimiento de Jesucristo, una expresión del auténtico amor cristiano”, concluía el consejo. 2007.XI.

 

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San Ramón Nonato -  Cardenal

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

 

San Ramón Nonato. Cardenal. Año  + 1240.
Se le llama Nonato (no-nacido) porque nació después de morir su madre. Ella murió al dar a luz. Después de la muerte le hicieron cesárea para que el niño pudiera nacer.-

San Ramón nació en Cataluña, España, en 1204. Muy joven entró en la Congregación de Padres Mercedarios que se dedicaban a rescatar cautivos que los mahometanos habían llevado presos a Arget. Lo recibió el mismo San Pedro Nolasco, fundador de
la comunidad.-

Pocos
años después de haber entrado de religioso fue enviado con una gran cantidad de dinero a rescatar a los católicos que estaban esclavizados por los musulmanes en África. Allá gastó todo el dinero en conseguir la libertad de muchos cristianos y enviarlos otra vez a su patria, de donde habían sido llevados secuestrados por los enemigos de nuestra religión.-

Cuando se le acabó el dinero se ofreció el mismo a quedarse como esclavo, con tal de que libertaran a algunos católicos que estaban en grave peligro de perder su fe y su religión por causa de los atroces castigos que los mahometanos les infligían.-

Como entre los musulmanes está absolutamente prohibido hablar de la religión católica, y Ramón se dedicó a instruir en la religión a sus compañeros de esclavitud y aun hasta a algunos mahometanos, le dieron terribles tormentos y lo azotaron muchas veces hasta dejarlo casi muerto. Y al fin, como no se callaba, le amarraron la cara a una correa a la cual le echaron candado, para que no pudiera hablar, y no abrían el candado sino cuando iba a comer.-

El jefe musulmán, con la esperanza de que Ramón volviera a España y le llevara más dinero para rescatar cristianos, lo dejó en libertad. Pero se dedicó a hablar de nuestra religión a cuantas más personas podía. Esto hizo arder en cólera a los mahometanos y lo volvieron a encarcelar y a atormentar. Al fin San Pedro Nolasco envió a algunos de sus religiosos con una fuerte suma de dinero y pagaron su rescate y por orden de sus superiores volvió a España.-

Como premio de tantos heroísmos, el sumo Pontífice Gregorio IX lo nombró Cardenal. Pero San Ramón siguió viviendo humildemente como si fuera un pobre e ignorado religioso.-
El Santo Padre lo llamó a Roma para que le colaborara en la dirección de la Iglesia, y el humilde Cardenal emprendió el largo viaje a pie. Pero por el camino lo atacaron unas altísimas fiebres y murió. Era el año 1240. Apenas tenía 36 años. Pero había sufrido y trabajado muy intensamente, y se había ganado una gran corona para el cielo.-

A San Ramón le rezan las mujeres que van a tener un hijo, para que les conceda la gracia de dar a luz sin peligro ni tormentos.-

San Ramón Nonato: te rogamos también por todos los católicos que tienen que sufrir por defender nuestra santa religión.-

 

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LUTERO AFIRMABA EN REFERENCIA A LOS JUDÍOS: “PRÉNDANLE FUEGO A SUS SINAGOGAS Y ESCUELAS, QUE A SUS RABINOS SE LES PROHÍBA ENSEÑAR BAJO PERDIDA DE VIDA…”  APARTE DE ESCRIBIR UN LIBRO MUY EDUCATIVO LLAMADO “SOBRE LOS JUDÍOS Y SUS MENTIRAS”

¿CÓMO PUEDE SEGUIR JUSTIFICANDO LO INJUSTIFICABLE?

 

RESPUESTA DE CÉSAR VIDAL EL 2003-01-29

 

PERMÍTAME QUE LE EXPLIQUE EL CONTENIDO DEL LIBRO QUE USTED NO HA LEÍDO. 1. “DE LOS JUDÍOS Y SUS MENTIRAS” ES UNA RESPUESTA APOLOGÉTICA CONTRA UN PANFLETO JUDÍO EN EL QUE AFIRMABA TEXTUALMENTE QUE «JESÚS ES UN HIJO DE UNA PUTA Y SU MADRE MARÍA ERA UNA PUTA, AMANTE DE UN HERRERO PAGANO”. 2. EL TEXTO NADA MÁS SE PUBLICADO FUE REPUDIADO PÚBLICAMENTE POR MELANCHTHON (LA MANO DERECHA DE LUTERO) Y POR LAS IGLESIAS EVANGÉLICAS DE SUIZA QUE LO CONSIDERARON . DESDE ENTONCES, DIVERSOS SÍNODOS LUTERANOS HAN REPUDIADO VEZ TRAS VEZ EL ESCRITO.

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Los que más odiaban en España a los judíos no eran los cristianos sino los conversos. Y forzaron su expulsión. Vese claramente en la documentación de época, digo documentos apodícticos, no novelas.-

  

P: Tengo una curiosidad en cuanto a los judíos sefarditas expulsados en 1492. ¿Porqué han conservado la lengua castellana, ladino, y no se conocen casos de que hayan conservado catalán, valenciano, mallorquín...?

R: Casi el noventa por ciento de ellos vivían en Castilla e incluso en la corona de Aragón se hablaba el castellano.

 

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P: Ha dicho que los Reyes Católicos han sido los mejores monarcas que ha tenido España. De estas decisiones: ocupación de un continente entero que no nos pertenecía, asesinato de millones de indígenas, esclavización de otros tantos, imposición de nuestra cultura y religión, expulsión de los judíos, ¿cuál es que más le ha gustado?


R: El trato a los indígenas como súbditos y no como esclavos (a diferencia de otras potencias), la prohibición de la esclavitud de aquellos que habían sido reducidos a ese estado por Colón, la unificación de la cultura de casi todo un continente en el que las luchas tribales eran feroces, la inclusión de ese continente en la esfera occidental, la consumación victoriosa de la lucha secular contra el Islam... hay más pero me falta espacio. 2003-03-29 - Dr. César VIDAL-historiador,filósofo,teologo,dr.en leyes.escritor.

  

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…como Pedro y Pablo, afrontar mares y romper confines anunciando a Cristo…

«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea

 

Homilía atribuida a Eusebio de Alejandría (finales del siglo V)
Sermón sobre el domingo, 16, 1-2; PG 86, 416-421

 

El Sábado llega a ser el primer día de la nueva creación -     La semana se compone, evidentemente, de siete días: de ellos Dios nos ha dado seis para trabajar, uno para orar, descansar y liberarnos de nuestros pecados… Voy a exponerte las razones por las cuales se nos ha transmitido la tradición de guardar el domingo y de abstenernos de trabajar ese día. Cuando el Señor confió el sacramento a los discípulos, “Tomó el pan, pronunció la bendición, lo rompió y lo dio a sus discípulos, diciendo: ‘Tomad, comed: esto es mi cuerpo roto por vosotros para remisión de los pecados’. De la misma manera  les dio la copa diciendo: ‘Bebed todos de él: esto es mi sangre, la sangre de la Nueva Alianza, derramada por vosotros y por la multitud en remisión de los pecados. Haced esto en memoria mía`” (Mt 26,26s; 1C 11,24).
     El día santo del domingo es, pues, aquel en el que se hace memoria del Señor. Por eso se le llama “el día del Señor”. Y es como el señor de los días. En efecto, antes de la Pasión del Señor no se le llamó “día del Señor” sino “primer día”. En este día, el Señor estableció el fundamento de la resurrección, es decir, que inició la creación; en este día dió al mundo las primicias de la resurrección; en este día, como lo hemos dicho, ordenó celebrar los santos misterios. Este día, pues, para nosotros ha sido el comienzo de toda gracia: comienzo de la creación del mundo, comienzo de la resurrección, comienzo de la semana. Este día, que en sí encierra tres comienzos, prefigura la primacía de la santa Trinidad.

 

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San Alonso Rodriguez + 1617 

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

 

San Alonso nació en Segovia (España) en 1533. Al quedarse viudo, el santo solicitó a los padres jesuitas que lo aceptaran en su comunidad, pero no fue admitido debido a que ya bordeaba los 40 años de edad, y tampono tenía estudios en las ciencias y las humanidades. Sin embargo, el superior cambió de parecer, y lo aceptó como hermano lego, y sería ésta la profesión que lo llevaría a la santidad.-

Los superiores lo enviaron a la isla de Mallorca como portero del colegio de los jesuitas de Montesión, y de todos los amigos que San Alonso tuvo mientras fue portero, el más santo e importante de todos fue San Pedro Claver. Este gran apóstol vivió tres años con San Alonso en aquella casa, y una noche, por revelación divina, San Alonso supo que su amigo estaría destinado a la evangelización en Sudamérica. Al poco tiempo, San Pedro Claver viajó a Colombia, donde bautizó a más de 300,000 esclavos negros en Cartagena, además de protegerlos y velar por ellos.

El santo portero también sufrió terribles ataques en su cuerpo; de vez en cuando, por ejemplo, sufría de sequedades tan espantosas en la oración; pero San Alonso poseyó el don de la curación.

El 29 de octubre de 1617 sintiéndose sumamente lleno de dolores y de angustias, al recibir la Sagrada Comunión, inmediatamente se llenó de paz y de alegría, y quedó como en éxtasis. Dos días estuvo casi sin sentido y el 31 de octubre despertó, besó con toda emoción su crucifijo y diciendo en alta voz: "Jesús, Jesús, Jesús", expiró.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

La naturaleza canta las glorias del Creador y el hombre

sepa gozar en armonía con todo lo creado.

 

Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.

Anno Domini 2007 - "In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

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El mundo, visto a través de Dios, es fraterno y hermoso, hasta en la hermana muerte, se disfruta en su voluntaria privación. Es el arte de la posesión en Dios, el arte de poseer la tierra con esa extraña lógica de los santos que es su tener y no tener: no teniendo nada, no deseando nada, se posee de verdad todo, siendo libre de las cosas se señorea alegremente el universo.-
¡¡¡ paz y bien !!! Paix et bien!!! frieden und guten! Pace e bene! Peace and godness! “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

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Recomendamos vivamente: ‘La otra memoria histórica’. Autor don Nicolás SALAS. Editorial ALMUZARA. Un libro indispensable y riguroso con 500 testimonios gráficos y documentales de la represión marxista en España (1931-1939).

3º ‘Europa y la Fe’. Editor: Ciudadela Libros. Autor: Hilaire Belloc.
Páginas: 237 - ISBN: 978-84-96836-23-5 -

En esta obra se trata con un realismo histórico apabullante el tema de Europa y su relación con la fe católica. No se debería desconocer este ensayo histórico admirable en que su autor explica cómo la Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos. Es muy posible que no se haya escrito una mejor visión de conjunto de la civilización occidental que este libro.

4º ‘Jesús de Nazaret’ – ‘Benedicto XVI’. 2007;al siglo: Joseph Cardenal Ratzinger

5º ‘El Libro negro de las nuevas persecuciones anticristianas’, Thomás Grimaux es el autor - Favre, 160 páginas. Valeurs Actuelles, 2008 -. Todo un acierto.

6º ‘LA LEYENDA NEGRA’, de PHILIP W. POWELL (1913-1987), publica la editorial Áltera en su colección ‘Los Grandes Engaños Históricos’. 2008 – Como también:

‘LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA’. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

Grüss Gott. Salve, oh Dios.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).