Monday 21 April 2014 | Actualizada : 2014-04-18
 
Inicio > Eucaristia > Sangre - 2º El misterio de la sangre Marthe 'Marta ROBIN de Jean GUITTON

«Dios es el Señor de todas las almas y, para cada uno, Señor de todos los días». Marta ROBIN. Châteauneuf-de-Galaure. 1930.

 

 

Portrait de Marthe ROBIN.

 

MARTA ROBIN – Por Jean GUITTON, filósofo*.

 

Marta Robin nació el 13 de marzo de 1902 en el departamento de la Drôme, en Châteauneuf-de-Galaure. Jamás abandonó su casa paterna, en la que murió el 06 de febrero de 1981. ¿Quién era? Voy a intentar definirla partiendo de lo visible hacia lo invisible.

Era una campesina francesa, Sencillamente: "una mujer que recibía en su casa", como dice un texto del antiguo Egipto, muchos siglos antes de nuestra era. Oh bello amigo, lo que mi corazón sueña es poseer tus bienes como señora de la casa, cogido tu brazo de mi brazo".

Nuestro mundo rural europeo esconde ciertos seres sencillos, sin cultura, sin pretensiones, nacidos para ayudar a otros y cuya vida se gasta en recibir a personas que acuden pidiendo ayuda: una curación, un remedio, una simple palabra misteriosa que les dé esperanza. Son los curanderos, las adivinas: Se sabe encontrarlos en su retiro. Se viene desde lejos para verles, como Sócrates fue a ver a la Pitonisa. Se les llama por su nombre, sin más. La mujer está allá en su casa. Se llama. Se entra. Allí está. Os atiende. Así era aquella que no podía llamarse más que Marta. Pero hace falta ir más alto, mucho más alto para definirla.

Marta fue una mística, una mística de primera magnitud. Los místicos difieren en magnitud como las estrellas. Tomo el término místico en su significación técnica, El misticismo es un contacto inmediato con la realidad. El místico tiene la impresión de tener no menos, sino más conocimiento y luz, de estar en relación con el ser infinito. Lo que Beethoven decía de la música: que es una revelación más alta que la sabiduría, el místico puede pensarlo de sus estados. El más notable es el éxtasis, en el que se rompe la ligazón con el mundo. Pero existen muchos otros que los doctores en todas las grandes religiones han designado, distinguido y catalogado. Marta conoció todos estos estados místicos. Los había rebasado, como lo diré con frecuencia en esta obra.

Marta ha sido la primera mística que ha vivido en la bisagra de los tiempos históricos: antes y después de Hiroshima, que considero como una fecha solemne que divide para siempre la aventura humana. Empezamos a tomar conciencia de esto como ciegos deslumbrados de repente. Hiroshima es un nuevo comienzo que rechaza la época anterior a un pasado absoluto. Casi ningún pensador héroe o santo ha podido pasar este umbral fatal y comparar las dos vertientes de la historia. Es demasiado pronto. Pero me parece que Marta había previvido, por decirlo así, este paso en lo que tiene de más profundo.

Hay que añadir que la vida de Marta se desenvuelve en un siglo científico, crítico, informado; en el que el fenómeno místico se analiza, se diseca, explica y reduce, como sucede con todo lo que hasta ahora era "maravilloso" o legendario". Marx y Freud permanecen como los maestros de los análisis reductores y de las explicaciones de lo alto por lo bajo. Foucault, Althusser, Lacan son nuestros maestros. Y para todos el místico es un sospechoso. Marta está en juicio: lo estará sin duda siempre.

Pero aún no he dicho lo específico de Marta, lo que la define esencialmente, Marta fue una estigmatizada.

Los estigmatizados forman entre los místicos una categoría limitada, algo así como los cosmonautas. Su característica es reproducir en su cuerpo ciertas heridas que, según el Evangelio, Jesús soportó en la Cruz. En nuestra época, más aun que en otras ocasiones, la prudencia aconseja suponer en principio que este fenómeno sanguíneo se explica por el poder de la sugestión, por histeria o enfermedad mental y no por una causa noble y trascendente. Por lo demás, y como diré en este estudio, las causalidades pueden ser efectivas en niveles diferentes, siendo la inferior sublimada por la superior. Queda, pues, que un estigmatizado es un místico de un género poco común en el que los rasgos del misticismo se encuentran llevados a una intensidad tal cercana al escándalo.

Pero en este siglo sabio en que la observación, la información, la crítica han realizado progresos considerables, el caso que yo propongo es una especie de provocación. Interpela como un desafío a todos los que tienen curiosidad. Interpela a los creyentes, a los no creyentes, a todos los que en diversas religiones y sobre todo en el cristianismo buscan los signos del Espíritu.

El doctor Imbert-Gousbeyre, en una obra célebre, contaba 321 estigmatizados en la Edad Media conocidos históricamente, al margen de los legendarios. Aunque se doble el número aún quedaría muy corto. Y, sin duda, no sehabría jamás reflexionado sobre la paradoja de los estigmatizados sin la historia incontestable de un santo excepcional: Francisco de Asís. En él se manifiesta el enigma que plantea a nuestra inteligencia la historia de los grandes estigmatizados católicos, que es la desproporción entre la causa y el efecto. ¿Quién más poético más cósmico, más amigo de la vida, de la naturaleza; más alegre que el poverello? ¿Quién se asemeja más a Jesús? Nadie niega que sobre el Alvernia un serafín imprimió en él las sagradas señales. ¿Cómo se realiza la simbiosis entre la vida y la muerte? No lo sabemos.

Añado que, entre todas las personas que he tratado en mi larga vida, Marta es la que me ha dado esa impresión tan extraña, mezcla de curiosidad, envidia y sorpresa que todo espíritu siente ante el "genio".

Tomo el término "genio" en su acepción más simple: todo niño da al adulto esta impresión. El genio difiere totalmente del talento, que por el esfuerzo o táctica busca imitar al genio sin conseguirlo jamás. Marta se asemejaba al niño aun por la voz. Ella no tenía ningún talento, salvo para bordar. No había seguido cursos de religión, su catequesis era elemental. Estaba más allá de toda cultura. Más allá de la pobreza, porque no consumía nada, alimentándose del aire del tiempo y de la eternidad. Más allá del dolor, reducida a un minimum vital. Presente, sin embargo, de rondón a todos y a todo, dando respuesta a toda incertidumbre, aventando, por así decir, los problemas para llegar a la solución. Marta recibía a hombres de Estado, obispos, especialistas de cualquier tipo, a sus vecinos campesinos que hablaban con ella del ganado y de las cosechas, a sus amigos, a sus familiares, a los niños que trepaban por su lecho; pero también a los desarraigados, a los rechazados, a los marginados. Leeremos sus relaciones con los condenados a muerte, con una amiga que moría muy lejos de ella.

Cuando una persona con unas sencillas palabras excita en nosotros una de esas emociones raras, repentinas, suaves, un tanto melancólicas y no obstante luminosas que nos hacen tomar conciencia del misterio de nuestro destino, cuando esto despierta en nosotros ese deseo del que habla Nietzsche de llegar a ser lo que somos pero de una manera más noble, entonces decimos que ha pasado un ángel. La visita del ángel es furtiva, llena de humor y de amor, incomprendida en el momento, extrañamente interrumpida, crepuscular como la del peregrino de Emaús. Te das cuenta de su presencia cuando desaparece y te encuentras solo en la noche.

Voy a decir aquí dos palabras sobre un problema insoluble que con frecuencia se abordará en estas páginas. Cuando se lee la vida de ciertos grandes artistas, sobre todo entre los músicos o poetas, se observa que las más altas manifestaciones del genio parecen estar condicionadas a estados enfermizos, como estados de agotamiento físico o una avería del sistema nervioso. Virgilio ya planteó el problema sin resolverlo. ¿Qué ligazón existe entre estas deficiencias y el genio? Quien lo descubriera esclarecería el misterio humano. Y nos enseñaría quizás cómo se puede sacar provecho de una alteración del cuerpo o del espíritu para conseguir un equilibrio superior.

Aún no he dado la definición, la más profunda y más verdadera de Marta Robin. No he penetrado en su secreto. Estoy en la zona visible, pública, explorable de su ser. ¿Qué sentido daba a los extraños fenómenos que sucedían en ella?

Ciertamente ella había aceptado su destino de enferma, que no dependía de su mano, con el coraje que aconsejan los sabios. Pero había mucho más en lo secreto de su corazón. Porque ella había concebido un proyecto apenas expresable, insensato: el de ligarse al problema de la miseria. Sobre este punto ha sido la relectura de Péguy y de sus poemas dramáticos sobre Juana de Arco lo que me ha permitido comprenderla mejor. Marta iba mucho más lejos que Víctor Hugo en Los Miserables.

¿Qué miseria? En primer término el dolor humano, el hambre, la pobreza, la desigualdad de condiciones, todo lo que es infierno en este mundo y que el progreso técnico no ha abolido. Pero a los ojos de Marta había otro infierno. Ella creía en el drama de la salvación. La existencia nos impone una elección entre la vida y la muerte. El hombre ha pecado. Mas existe una ley de sustitución que permite al inocente pagar el rescate por el pecador. Cristo, el inocente absoluto, es el primero, y el solitario.

Ella se ponía a las puertas del infierno para que éste permaneciera vacío. Imaginaba que tal era su principal misión, su tarea, su oficio: plantar cara a la miseria. Y si era preciso hacerle frente sola.

Me doy cuenta que este libro sobre Marta es desconcertante, molesto para muchos que me van a dejar enseguida, dudosos de la verdad que cuento. Y quiero responder a sus objeciones sobre la verosimilitud de este relato y sobre su oportunidad.

Porque el primer pensamiento que se presenta es el de la imposibilidad. Se dirá que en el siglo de la información, si un ser humano permanece largo tiempo inédico, tal cosa interesaría a los sabios, tanto como el viaje a la luna. Esto se sabría. Los periodistas, cuyo oficio es sacar a la luz lo que se disimula, habrían hablado de ello repetidas veces. Por otra parte, ya se sabe que el dogma fundamental de la ciencia es la imposibilidad del milagro. Es por tanto necesario concluir, bajo pena de irrisión, que consciente o inconscientemente, por superchería o estratagema Marta se alimentaba. Y que los "testigos" o bien engañan o, más probablemente, se engañan.

Tal debate inevitable está constantemente sobreentendido en este libro. Pero quiero señalar las dificultades de la postura negativa. Marta recibió millares de visitantes en treinta años y con frecuencia, se trataba de espíritus desconfiados: había gentes de leyes, psiquiatras, eclesiásticos educados para sospechar de los místicos y gustosamente incrédulos en estas materias. Todos han intentado explicar el fenómeno por alguna superchería. También yo como ellos me preguntaba: ¿Quién, pues, la avitualla clandestinamente? Observé como un detective las miradas, las entradas, las medias palabras de aquellas tranquilas madres que vivían en casa. El engaño no solamente era improbable, sino imposible. Suponer que Marta haya podido engañar a inquisidores tan diferentes es más improbable que la ausencia de alimentación.

Yo llegué a preguntarle sobre este asunto. Sus respuestas eran dulcemente irónicas. No es nada interesante que yo no coma. Después de todo estoy en mi casa y tengo mis vacas y leche. ¿Quién me va a impedir beberlo? No se fije Vd. en tales cosas". Por su parte ella estaba sobre y más allá de esto. "¿Pero, por qué, Marta, has rehusado ser llevada a una clínica donde podías haber sido observada durante unos meses sin interrupción, para poder dar una prueba de vuestro ayuno?" «Yo estoy en mi casa», respondía. "Y ¿creéis que eso convencería a la gente? Los que no lo admiten tampoco lo admitirían. Soy la dueña de mi cuerpo y me quedo en mi casa. Moriré aquí donde he vivido".

En el examen del fenómeno Marta (como en el del Santo Sudario) he encontrado incrédulos favorables y teólogos escépticos. Los primeros son espíritus ávidos de novedad: Marta es una especie de sábana viviente y la NASA la hubiera podido analizar. Pero por otra parte, muchos teólogos me han manifestado sus reservas: "Vuestro libro no estará conforme con el espíritu del Vaticano II. El Concilio restringe el ámbito de lo maravilloso. Reemplaza el temor servil del infierno por el amor misericordioso. La Cruz queda anulada, absorbida en la resurrección". A lo que he respondido que este concilio —al que yo asistí— no ha eliminado jamás los textos del Evangelio donde se habla del fuego eterno, donde Satán interviene o se anuncia el Juicio, donde la idea de una sustitución redentora del inocente por el pecador para rescatar al pueblo permanece como fondo del drama.

Se me ha preguntado qué pensaba la Iglesia Católica sobre el asunto de Marta Robin. Yo sé que la Iglesia es lenta en conceder coronas: no le gusta elevar demasiado pronto a sus hijos por temor de desanimar a los demás en una familia en la que todos son iguales, todos pecadores. Frente a los estigmatizados la Iglesia de nuestro tiempo, sobre todo después del último Concilio, es prudente. Sabe, como ha sabido siempre y más que nunca, que hay falsificaciones de lo sublime, que el Maligno se disfraza, que Satán puede aparecer como ángel de luz. Más que nunca en nuestro tiempo de ambigüedades es difícil trazar la frontera de lo natural, lo preternatural y lo sobrenatural. Debe pasar mucho tiempo; pero antes de que tengan lugar estos procesos difíciles, existe un criterio de buen sentido que tanto el pueblo cristiano como las élites sabias, emplean comúnmente y sin discusión: consiste en juzgar el árbol por los frutos.

Mas en el caso de Marta los frutos son buenos. Aquí es fácil seguir la regla que aplicaba san Pablo en relación con los carismas de su tiempo: "No tiréis nada. Cribadlo todo y quedaos con lo bueno", Tes 5,19 y 21

Marta crítica para sí misma, como los auténticos místicos formados en la escuela de san Juan de la Cruz, colocaba la privación de favores por encima de los favores. Un día en que yo le hablaba del "anillo místico", la alianza nupcial de oro que algunos ven en su anular y que algunos pintores representan, me dijo: "Es el signo de un desposorio eterno. Creo haberlo visto una docena de veces pero es mejor no verlo." Su proceder en todo era ir más allá de lo accidental para llegar a lo esencial, ir más allá de los símbolos. A todos despedía con las palabras de su gran oración: "En el eterno amor y en la unidad".

Viéndola tan ignorada, tan desconocida en nuestro siglo de ciencia, sospechosa igualmente para los sabios y los clérigos, llegué a decirme cuán curioso es que la humanidad, en este final de un siglo incomparable, gaste miles de millones para enviar lanzaderas espaciales al vacío para explorar astros sepulcrales, para conocer mejor el cerebro, el embrión, las relaciones del espíritu y la materia, para curar el cáncer; y que descuide el examen de este caso único en su género, que podría acrecentar nuestros conocimientos y nuestros poderes. ¿Cómo vivir en estado de ingravidez, de hibernación o sin alimentos? ¿Cómo sobrevivir en las catacumbas atómicas? Aun más, ¿cómo desensombrecer la muerte, explorar el más allá de la muerte? Es por todo esto por lo que encaré la tarea de componer este libro algunos años después de la muerte de Marta, pensando que no tenía derecho a callarme y que era preciso en este proceso aportar un testimonio largamente reflexionado.

Para comprender mejor por qué haya sido este mi destino conviene retroceder tres pasos, como el león, y colocarse al principio tan lejos como sea posible. Así he elegido para presentar este retrato un testimonio paradójico: el de un filósofo descreído, médico de Anatole France, y el más extraño posiblemente al cristianismo, ya que negaba la existencia histórica de Jesús. El Dr. Couchoud era amigo de Marta; y fue este Mefistófeles quien me condujo a mi pesar a su casa. Lo voy a contar. Después iremos nosotros. Poco a poco nos elevaremos hacia su misterio que es también el nuestro, en este umbral del tercer milenio en que vamos hacia lo desconocido.

…[…]…

 

El misterio de la sangre

 

Cuando se escribe sobre Marta Robin, hace falta usar imágenes y nociones que chocan con la sensibilidad contemporánea y que nos parecen (sobre todo después del último concilio) impuras y superadas. ¿Cómo hablar de Marta con exactitud sin pronunciar las palabras sacrificio e inmolación? Es tan grande en nuestra época la crisis de lo sagrado que no nos atrevemos ya a emplear la palabra sacrificio ni cuando se trata de la Eucaristía.

Todavía es más difícil hablar de Marta sin recurrir a la palabra sangre, ya que ella vivió sumergida en el misterio de la sangre. Pero ¿se puede concebir, al final del segundo milenio después de la muerte de Jesús, el misterio de la sangre?

Frecuentemente he tratado este insondable problema de la sangre con un amigo judío que no lo esquivaba. Él creía firmemente en Dios y estaba abierto al problema de Jesús, singularmente al misterio de la Pasión. Robert Aron había sacado de sus estudios sobre la infancia de Jesús en Nazaret y sobre sus subidas anuales a Jerusalén, la idea de que Jesús había estado desconcertado por la sangre, y que jamás pudo aprobar ni pensar el misterio de la sangre.

En Nazaret, a cuya sinagoga él acudía cada sábado, Jesús se había formado con la lectura de la Ley, los salmos y los profetas; mas ésta era una religión de maestros, de rabinos. Sin sacerdotes, sin sacrificadores, sin sacrificio. Por el contrario —me decía Robert Aron— cuando Jesús subía cada año a Jerusalén, el adolescente místico y puro quedaba escandalizado por los berridos de los animales degollados en el templo. Debía sentir horror de esa sangre vertida por los matarifes sagrados. No podía evitar pensar que la sangre era un símbolo malsano, que el culto de Jerusalén era infiel al espíritu de la Ley y los Profetas.

Robert Aron no quería molestarme. Pero me daba a entender que la religión cristiana, nacida de Jesús, había conservado en su raíz una concepción impura del sacrificio y que debía renunciar a esa idea de una sangre vertida para la salvación de la cual no se habla en los Profetas.

Estas charlas con mi gran amigo judío eran privadas, nadie las había escuchado. Puedo confesar ahora que ellas habían inspirado en parte el discurso que yo debía pronunciar para recibir a Aron bajo la cúpula, como él mismo había deseado. (Discurso que Aron oyó en la comisión un jueves, pero que jamás fue pronunciado, pues murió de repente el sábado siguiente, como si nuestro diálogo no debiera proseguirse en la tierra.)

Los lectores de esta obra adivinarán sin duda fácilmente que, cuando intenté precisar en el elogio de Aron la idea de sacrificio, yo no apartaba de mi mente a Marta Robin.

Por lo demás, no se trata de una dificultad propia de un filósofo israelita. El problema era más vasto: nos introduce en el corazón de la actualidad y, quizás más aun, en el corazón del porvenir.

En su obra "Las cosas ocultas desde la creación del Mundo" (Des choses cacheés despuis la fundation du Monde. Ed. Grasset 1983) René Girard plantea el problema más claramente todavía que Robert Aron. En su opinión, Jesús vino para abolir la idea bárbara del sacrificio sangriento. Por un malentendido trágico, Jesús fue víctima de esta mentalidad primitiva que él había intentado hacer desaparecer. Del mismo género es la crítica que se halla en Bultmann este maestro de la exégesis moderna. Pero la originalidad de R. Girard es buscar en este trágico equívoco sobre la sangre la explicación del drama actual de la humanidad.

En las revoluciones y en las guerras de nuestra época vemos repetirse la violencia por todas partes. Algunos hasta intentan legitimarla en nombre del Evangelio y la liberación. ¿Quién no ve que retornamos a la situación de la humanidad primitiva, como si los periodos finales reprodujeran los tiempos de origen? ¿No hay riesgo de que mañana se intente conjurar la suerte derramando sangre, recurriendo a sacrificios reputados como sagrados, bajo formas tanto más crueles cuanto son más perfectas nuestras técnicas?

Debemos avanzar más. Si se pretende determinar las pulsiones inconscientes que han impulsado a los hijos de Adán a hacerse la guerra y a inmolar a sus hijos, como lo hicieron Abraham y Jefté, ¿no se encontraría la idea de que para aplacar a Dios debe derramarse la sangre de los seres queridos?

Creo que he llevado la objeción sobre la sangre a su mayor dureza.

Me corresponde decir cómo me he enfrentado a ella, cómo me va a servir para profundizar y para purificar la idea que yo me hacía de la Redención. Naturalmente no puedo aquí desarrollar un "Tratado sobre el Sacrificio". Me limitaré a indicar los ejes de mi pensamiento.

A mi ver, el sacrificio sangriento está teñido de cierta tosquedad mental, una idea biológica primitiva. Pero es demasiado precipitado detenerse en este aspecto superficial, Yo me he esforzado siempre para encontrar el espíritu que subyace en las mentalidades. Ya nadie admite el sistema de Ptolomeo y la inmovilidad de la tierra. Sin embargo, éste fue durante siglos el soporte de la revelación mosaica y hubo mucha dificultad para abandonarlo. Ahora bien, bajo la imagen primitiva y tosca se ocultaba un espíritu: la Tierra no es el centro de los mundos, pero la caña pensante permanece como el centro inmóvil, a igual distancia de dos infinitudes de grandeza y pequeñez. Así en Pascal resurge lo que estaba mal expresado en Ptolomeo.

Lo mismo sucede con la sangre. A nadie en absoluto se le ocurriría hacer de la sangre el elemento sustancial de nuestro ser, portador y signo de la vida, no sólo corporal sino espiritual. ¿Debo recordar que para los pueblos de la Antigüedad la sangre no se distinguía de lo que hoy llamamos alma, el yo, el espíritu, la conciencia de sí? Aún en nuestros tiempos ilustrados decimos todavía que el soldado "vierte su sangre", mas nadie vincula ya el derramamiento de la sangre con una alianza eterna. Nadie admite ya que la separación radical del cuerpo y la sangre en un macho cabrío, un toro o un cordero sin defecto pueda purificar la conciencia humana. Los cristianos saben que la inmolación estéril de innumerables víctimas animales ha sido sustituida por la inmolación única y eficaz del Hijo de Dios, cuyo cuerpo y sangre han sido misteriosamente sublimadas en el rito eucarístico. Pero será difícil justificar ante una inteligencia moderna, cultivada y crítica que la Iglesia conserve el lenguaje de la sangre.

Yo intento, por mi parte, discernir por medio de un análisis profundo cuál es el espíritu que se significa y se oculta bajo estas mentalidades. Y respondo que éste es el espíritu más profundo y el más puro, el más abismal, el más nuclear de la religión judía y de la religión cristiana, el espíritu de los profetas, el espíritu de los apóstoles, el espíritu de san Pablo y de san Juan, y, para resumirlo de una vez, el espíritu (el más hondo) de Jesucristo.

¿Cuál es este espíritu, este misterio, esta idea? Consiste esta idea en que, a causa de la solidaridad entre los hombres y de su comunión íntima y sustancial, la aceptación por un ser puro de una muerte sangrienta purifica al ser impuro; la idea —que se deduce en consecuencia— de que no hay prueba de amor más grande que dar la vida por quienes se ama. Y encontramos así lo que tácitamente es admitido por la conciencia universal: el sublime valor del darse a sí mismo por amor.

En la tradición de Abraham, de Isaac y de Jacob, el primer profeta que ha traducido esta intuición del corazón humano es el que llamamos "segundo Isaías" cuando describe el estado del justo perseguido y que ofrece su vida por la salvación de los demás. Conocemos todos estos versículos en los que se puede ver un esbozo de la Pasión: "Él fue herido por nuestros pecados, quebrantado por nuestras iniquidades. Él soportó el castigo que nos trae la paz y con sus cardenales hemos sido curados".

Aunque él haya hablado en este texto de un cordero inmolado no ha hecho mención concreta de la sangre. Sin embargo el "pensamiento de la sangre" se expresa por primera vez. Y nadie ha negado jamás que Jesús tenía en la mente a Isaías. Ahí veía su anuncio y su primera imagen.

Como todos los símbolos, el de la sangre es enigmático, ambiguo y puede llegar a ser equívoco. El hermeneuta moderno, exégeta y filósofo, debe profundizarlo y purificarlo: éste es, a mi juicio, el oficio del pensamiento.

Hago notar que el don de la sangre en su más alto grado se llama holocausto. En el holocausto efectivamente la criatura es enteramente consumida, la sangre es aniquilada. El holocausto es, pues, la más perfecta donación que la criatura puede realizar de sí misma. Un holocausto perpetuo tenía lugar mañana y tarde en el templo de Jerusalén inmolando un cordero.

¿Puedo contar aquí que, durante la última guerra, Marta, a quien nada escapaba, se ofrecía cada semana en una especie de holocausto, uniéndose más que cualquier otra mujer a sus hermanos y hermanas de Israel?

Así sucede que, cuando intento descubrir el espíritu en los símbolos, todo se invierte y cambia de sentido. Bajo la corteza bárbara aparece lo sublime. El mito de la sangre, mediante el pensamiento de la sangre se transforma en misterio de la sangre.

Si tratara ahora de definir en el lenguaje abstracto de los filósofos la esencia de lo que la fe llama "misterio de la Encarnación y Redención" me vería obligado a proponer una formulación de este género: "nos encontramos en presencia de un caso particular de una relación posible entre el Infinito y el finito. Caso en el que el finito es asumido, negado de alguna manera, pero sublimado en el Infinito. O, si este elemento infinitesimal que llamamos sangre es elevado a la dignidad de sobre existir en el seno del Infinito ¿cómo concebir que esa sangre, —yo diría más con Pascal— «la menor gota de sangre" asumida por la divinidad, no tenga un valor único en su género? ¿Cómo no había de ser preciosa? Los teólogos inspirados en san Pablo y san Juan, han pensado que la Encarnación, que conlleva sangre, era una segunda Creación, o mejor, que era el coronamiento de la obra de la cual la Creación era soporte y anuncio. El Evangelio de Juan está penetrado de este pensamiento; nos hace asistir a un nuevo Génesis, o mejor, a eso que para el apóstol es el verdadero Génesis.

Por lo demás, para pasar sin transición de la teología más antigua a la ciencia más actual, ¿qué sabemos sobre la sangre al final del siglo más científico de todos? Jean Bernard nos acaba de enseñar que la ciencia de la sangre nació recientemente en 1963. ¿Estamos, quizás, en vísperas de descubrimientos sobre la sangre que van a transformar el arte de curar y, por ejemplo, darnos los medios para controlar el cáncer? Y ¿qué es ese remolino líquido sanguíneo que nos une al cosmos, como nos liga a nuestra raza y a nuestra herencia?

Pero aún hay más. El examen de la paradójica supervivencia de Marta Robin nos conducirá, quizás, a plantear la cuestión de qué sea la nutrición; a buscar la relación de la sangre con el sol, con la atmósfera; a poner a punto los métodos de supervivencia que puedan ayudar a los cosmonautas.

Michelet, para resucitar a los personajes de la historia, analizaba su sangre (o la descomposición de esa sangre) que concebía como una sustancia germinal y terminal de los vivientes. ¿No llamaba al niño "deslumbrante y tierna flor de sangre"? Uno puede preguntarse en este final del siglo si los sabios no terminarán esclareciendo estos arcanos de la sangre que no habían sido percibidos más que por los creyentes, como si se acercara el tiempo en que estarán de acuerdo, como lo esperaba el P. Teilhard, las intuiciones de la fe y las verificaciones de la experiencia. Yo oí decir a Jean Bernard que la sangre es "un fuego líquido, medida del tiempo de nuestro cuerpo, el piloto de nuestras efímeras historias". ¿Sabía que se hacía eco de los textos de la liturgia en la fiesta de la "Preciosa Sangre": aquel de Isaías en el que evoca al desconocido "que viene de Edom y de Bosra, tintos en sangre sus vestidos"; y éste del Apocalipsis: "Estaba vestido de un manto teñido en sangre y su nombre es Verbo de Dios"?

Debo avanzar más aún. Sirviéndome de la experiencia de Marta Robin quiero proponer algunas cuestiones más profundas que se refieren a la relación de la sangre con el fuego. No puedo detenerme en el holocausto. Más allá del holocausto, y sin duda en el corazón de la idea del holocausto, encuentro la de combustión. Más allá de la de inmolación, avanzo hasta la consumación. Más allá de la muerte hasta la resurrección. Más allá de eso, que es hasta una superexistencia que llamo sublimación. Ahora bien la sublimación me parece simbolizada por el fuego, que es a la vez consumidor y consumador. Consumidor: ésta es su imagen física; consumador: ésta es la traducción intelectual de esta imagen. Toda consunción es una figura de la consumación, en la que se puede ver el término final de toda evolución espiritual, que san Pablo definía como el momento en que "Dios será todo en todos".

El sacrificio no es completo si se limita la efusión de la sangre. Hace falta que más allá de esta efusión intervenga el fuego, es decir, el soplo del Espíritu, la única operación que es capaz de transformar.

El sacrificio de Cristo no quedó acabado con su Pasión. Esta no era más que una fase en el proceso del sacrificio total. La fase de sufrimiento era necesaria, pero no era suficiente. Después de esta fase debía existir otra, ésa que llamamos Resurrección. Por la Pasión y la Resurrección el holocausto encuentra al fin su plenitud. Sin duda es así como se debe entender el "perfume de agradable olor" que asciende del sacrificio de Abel. La Resurrección es una nueva creación que se efectúa mediante lo que la Escritura llama fuego. Es el fuego del Espíritu el que lleva a su término el sacrificio de la sangre; es por el fuego del Espíritu como la sangre, transformada en llama se convierte en principio del mundo nuevo, como dice el himno Veni Creator, donde el Espíritu se define por el agua y el fuego: fons, ignis.

Un sacrificio, por tanto, consta de dos partes. La primera es la ablación, es decir el aspecto doloroso que corresponde a la Pasión; la segunda es la oblación. La oblación es la plenitud de la ablación. Desde este punto de vista se puede decir que la misa católica conmemora el acontecimiento único de la ablación del Cristo histórico y lo reproduce místicamente por una oblación repetida sin cesar.

Considerando los sufrimientos de Marta, yo concebía las relaciones de la ablación con la oblación de una manera más perfecta. La ablación está significada por su cuerpo reducido al mínimo, por la prueba semanal, por esa sangre que corría aún por sus párpados. La oblación era permanente: en su estado de conciencia, en sus conversaciones, en sus consejos, en su serenidad, en su alegría, en la impresión, que causaba en sus visitantes, de haber traspasado las fronteras de la muerte o, al menos, de vivir en la cresta del camino entre el tiempo y la eternidad. Me posibilitaba imaginar, con una muy lejana analogía, el estado de Cristo resucitado. Aun cuando se "aparecía" bajo diversas formas, en diversas circunstancias y en diversos lugares, él estaba fuera de este mundo: inmortal, había traspasado la frontera, no estaba sometido al espacio ni al tiempo, a la opacidad de la materia. Mas nosotros sabemos por los testigos que el Resucitado llevaba las señales de sus sufrimientos: se podían tocar los agujeros de los clavos y la cicatriz del costado. Digamos que había consumado la ablación en la oblación.

También podría yo considerar desde este punto de vista el vínculo de la Eucaristía con la Pasión.

En el caso de Marta, el único día en que comulgaba era el martes, el viernes el día en que sufría. Ambos momentos eran tan cercanos que, por decirlo así, no eran sino una sola Hora. El martes, cuando recibía la comunión. Marta entraba de repente en un sueño extático. La hostia atravesaba su garganta oclusa. Decía que, si no fuera por los dolores, en ese momento gozaría del paraíso en la tierra. Pero este estado no duraba más que un día y anticipaba la hora del dolor. El misterio de la Cena y el misterio de la Cruz no formaban en su semana sino un solo acontecimiento interrumpido por un ligero intervalo. Los misterios que la liturgia asocia se reproducían en ella cada semana, sin drama, sin simbolismo, sin lenguaje, sin esos intermediarios que a la vez los interpretan y los ocultan.

El 16 de agosto de 1946 dijo: "Tengo deseos de gritar a los que me preguntan si como, que yo como más que ellos, pues yo me alimento en la Eucaristía de la sangre y de la carne de Jesús. Tengo deseos de decirles que ellos impiden en sí los efectos de este alimento. Bloquean sus efectos´´.

Marta semejaba una hostia por su cuerpo pálido, yaciente y sangrante. El holocausto bajo sus dos aspectos de sangre y fuego (de inmolación y sublimación) estaba allí representado. Bajo estas apariencias visibles, llevado a buscar su sentido interior, yo pensaba con Descartes y quizás con Aristóteles, que la cumbre del valor es el acto en el que se realiza el don de sí mismo y que Aristóteles denomina magnanimidad. El alma de Jesús era magnánima por excelencia, ya que Jesús llevó su magnanimidad hasta aceptar el acontecimiento final de la muerte que le era constantemente presente, mientras que para nosotros la muerte es una cosa vaga de la que no conocemos ni el lugar, ni la hora, ni el modo. Jesús tenía ante sus ojos lo que se iba a cumplir al final, "el bautismo con el que iba a ser bautizado". Marta podía comprender esta presencia de la muerte en el seno de la vida. Más que cualquier otro cristiano, desde la mañana del lunes, sabía lo que le esperaba el viernes, preguntándose si tendría fuerzas una vez más para enfrentarse a ello.

Hice para mí una extraña hipótesis. Imaginaba que la Revelación era propuesta en otros planetas a otros seres pensantes. Suponía que en algún otro planeta de otra galaxia la conservación de los vivientes no estaba ligada al ciclo del carbono, que la adaptación de la máquina pensante a la vida no se producía de la misma manera; que allí no había respiración ni nutrición, y que en esta biología inimaginable, pero que puede pensarse, la sangre no tenía el significado ni la utilización que le damos en la tierra. En tal caso es claro que la "separación del cuerpo y de la sangre" no tendría lugar y que no podría dársele ningún sentido. Suponiendo que Cristo se hubiera encarnado en este planeta imaginario, la prueba que hubiera dado de su Amor eterno hubiera sido diferente. No puedo imaginar el modo; pero el pensamiento abstracto tiene el privilegio de concebir lo que no se puede imaginar.

En esta hipótesis nuestra mentalidad sería otra y otro nuestro lenguaje. Pero el espíritu, es decir, la realidad traducida por el lenguaje y la mentalidad permanecerían idénticas. El misterio del Amor eterno estaría presente bajo formas diferentes. La oblación permanecería idéntica. Sería idéntico eso que nosotros expresamos con esta palabra, tan devaluada y tan profanada: el amor.

Pero volvamos a la condición terrestre. Consideremos una vez más el misterio del cuerpo humano. "Hay descubrimientos a los que no se puede llegar más que por rodeos. Los modernos se obstinan en proceder por línea recta: los círculos platónicos eran un método mucho más seguro". Así habla Joubert. Yo he hecho un rodeo reflexionando sobre la sangre y el fuego. No me gustaría que el lector pudiera creer que estos pensamientos se presentaban a mi espíritu mientras escuchaba a Marta sin verla. Si quisiera resumir en una sola frase el testimonio que deseo dar sobre su misterio, yo diría que en ella lo familiar y lo sublime no se separaban apenas.

Es el carácter propio de la religión del Verbo encarnado y que la distingue de todas las religiones. Esto es lo que anuncia el Evangelio: la buena nueva por esencia. Los que escribieron los Evangelios no eran en modo alguno genios literarios, sino observadores, narradores, reunían pequeños hechos, sencillas palabras. Y de esta colección, llena de lagunas y repeticiones, surge en nuestro espíritu un ser en quien lo familiar y lo sublime se encuentran unidos en el mayor grado que podemos pensar, ya que, si bien es Dios, su historia es la de una existencia humana ordinariamente silenciosa, corriente y común, salvo su fin sangriento.

En las visitas a Marta, lo familiar y lo sublime estaban tan entrelazados que era difícil separarlo. Ciertamente lo familiar ocupaba todo el espacio, pero reflexionando sobre lo familiar se encontraba el elemento sublime cuya frontera no podía trazarse. Quizás, como sugiere Paul Valery, ¿es una misma facultad de intuición profunda la que sublima en nosotros lo familiar y la que nos familiariza con lo sublime? ¿Es quizás un privilegio oculto en nosotros este poder de coincidir con las dos dimensiones del ser?

En la casa de Marta se oía cantar al gallo, mayar al gato, borbollear el agua en la marmita, el ruido de las almadreñas. Todo era tan ordinario como en millones de hogares de este pequeño planeta. Esta diferencia entre la monotonía de la vida y su misterio la encontramos cada día en nuestras experiencias. Toda existencia se desarrolla sobre un fondo silencioso. Toda palabra supone un silencio más profundo que la palabra. Toda cosa dicha supone muchas cosas que no se dicen. Y la multitud de estas pequeñas cosas que se piensan, pero no se dicen; de esos sufrimientos que se soportan, pero que no se expresan; de esas confidencias que mueren en los labios constituye el misterio del ser. En aquella habitación donde pasaban tantas cosas, a primera vista no pasaba nada.

Pero lo que era más incomprensible y más indecible es lo que voy a intentar decir, aunque es casi inexpresable.

Marta decía que sus sufrimientos de orden físico no podían compararse con su sufrimiento de orden moral. Ella tenía la impresión de estar reprobada. Se encontraba desolada, en el sentido más fuerte de esta expresión. Participaba de las mayores tinieblas. Se creía rechazada. La epístola a los Hebreos, que es una meditación sobre la Pasión, dice que Cristo "se hizo pecado" y que tomó sobre sí, no la culpabilidad, pero sí la pena del pecado. Marta se sentía "convertida en pecado".

Baudelaire, entre los modernos, es quizás quien ha expresado de un modo más íntimo la sensación de estar habitado por el asco:

En tu isla, oh Venus, no he encontrado de pie

más que una horca simbólica de la que pendía mi imagen.

Oh Señor, concédeme fuerza y coraje

para poder mirar mi corazón y mi cuerpo sin asco.

Esta sensación de pecado era lo más doloroso para ella en su prueba del viernes. Y, como pensaba que la desgracia del siglo XX era la ruptura que la humanidad había efectuado con Dios (una especie de infierno en la tierra), creía que, probando esta sensación de abandono y de condenación, ella representaba a la humanidad entera en este final del siglo XX.

¡Qué difícil es hablar de sufrimientos humanos cuando alcanzan el paroxismo! El exterior de los combates de Verdún ha podido ser reproducido en el cine por actores que imitaban sus ademanes. Pero el interior, escondido en el corazón de los soldados, ese santuario donde la misma memoria penetra mal, y hasta olvida cuando la prueba ha pasado el umbral de horror, ¿quién lo expresará? En estos casos los sufrimientos son incomunicables. ¿Será por esto que no hay libros sobre la guerra de 1914 verdaderamente bellos y por lo que no los puede haber?

Marta ha "desmitologizado" la Pasión realizándola más que nadie. Ningún ser del siglo XX ha sufrido esta Pasión con tanta regularidad y tanta intensidad. Pero Marta quitó a la Pasión su aspecto dolorista. No conozco ningún místico cuyo lenguaje haya sido tan natural para describir lo inexplicable sin recurrir a esos términos de paroxismo que son casi inevitables. No hablo aquí sino de su palabra. En sus escritos ella ha sacrificado lo que ella misma llamaba elocuencia y que me aconsejaba evitar. Hablando de sus pruebas tenía la sencillez de los relatos evangélicos cuya serena objetividad es conocida.

Si Marta era tan normal, tan natural, tan sencilla era porque su experiencia tenía la intensidad más íntima. Los contrarios no se unían en ella después de su separación, como sucede en los filósofos. En ella se hallaban fundidos, según su expresión, en el eterno amor y en la unidad.

Yo diría que Marta me quitaba la angustia para no dejarme más que la atención; me quitaba el tormento para no dejarme más que la pena; el estremecimiento para dejarme la sensibilidad. Y esta pasión que está siempre mezclada con nuestros amores, Marta me la quitaba para dejarme sólo el amor. Podía comprender esta paradoja de Leon Bloy: "Sólo se sufre por lo que no existe. Lo que es no hace sufrir". El perfecto corredor da la impresión de estar inmóvil, el jinete cabal de estar recto. Y el trabajo más perfecto no deja huellas del trabajo.

Marta era tan simple como el pan que puede comerse a cualquier hora del día, como la leche recién ordeñada que sabe a vaca, como una mañana de primavera, como una conversación junto a la lumbre, como un paseo a Emaús, como el partir el pan, como la vida al borde del lago: dulce, calmosa, familiar, sin sorpresas, o más bien como el chapoteo del agua, el ruido de los zuecos o la risa de los niños. Junto a ella y a su alrededor se entrelazaba lo grande y lo pequeño, lo alto y lo bajo, lo familiar y lo sublime. En resumen, lo más extraordinario de la vida humana es que no es extraordinario sino corriente.

La consecuencia de este carácter de simplicidad es que Marta, a diferencia de la mayoría de los héroes, era imitable. La distancia en que estaba de la condición ordinaria de los hombres era tan grande que le daba derecho a estar más cercana de cada uno de nosotros y de nuestras condiciones ordinarias de la vida. Ella dramatizaba, sublimaba la vida cotidiana dándole una extraña semejanza a su propia vida. Yo le hablaba de las páginas de Catalina Emmerich redactadas por Brentano donde describe la "dolorosa Pasión". Ella respondió: "No conocía estos relatos de Brentano, Yo podría hacerlos. He tenido visiones de la Pasión. Por ejemplo, he oído el griterío al paso de Jesús". No olvidaré cómo pronunciaba esta palabra, griterío (hurler). Lo hacía con fuerza. "Os diré también que he visto algunas miradas a lo largo del camino de la Cruz. Pero ahora ya he superado todo eso".

¡Cuántas veces le he oído decir que hacía falta menospreciar el exterior de las cosas para llegar al interior, que todo debía ser siempre superado!

El fondo de su filosofía era que la más alta expresión de lo sobrenatural es lo sobrenatural hecho carne, que la traducción más exacta de la eternidad es el tiempo, que lo más deseable en lo extraordinario es lo ordinario.

Como no he asistido nunca a su Pasión, he procurado interrogar a los testigos. Todos me han dicho que no era algo espectacular o terrorífico; que la voz de Marta era dulce como un murmullo; que se tenía la impresión de estar en presencia de algo más allá del lenguaje y la experiencia, tanto que uno era incapaz de describir lo que sucedía. Uno de ellos me escribió: "Es el jueves por la tarde cuando comienza la prueba. La sangre nunca había cesado de brotar de sus llagas, en particular de sus ojos. Todas las noches de la semana sangraba de las manos, de los pies y el costado. Pero el jueves, hacia las veintiuna horas, la prueba comenzaba. Yo la oía decir: "Padre mío, Padre mío, que se aparte de mí este cáliz, pero que se haga tu voluntad». A partir de este momento era un gemido, o más bien una lamentación, una melopea melódica en tres notas, y que pudiera compararse a los pequeños gritos que da un recién nacido".

El P. Finet: "Yo volvía el viernes hacia las catorce horas. Para reproducir las tres caídas de la Pasión, Marta había sido movida. Yo la tornaba a su posición; ponía su cabeza en la almohada. Esa cabeza caía sobre un cojín, donde ordinariamente había un chal blanco. Cuando Marta recibiólos estigmas al comienzo de octubre de 1930, ya sufría la Pasión desde su ofrenda victimal de amor en 1925. Añadiré que, en el momento de la estigmatización, a comienzo de octubre de 1930, Jesús, no sólo la marcó aquel día con los estigmas en los pies, las manos y el costado derecho, sino que, además, le encasquetó su corona de espinas profundamente en la cabeza y Marta se puso a sangrar no sólo de los pies, manos y costado, sino también de toda su cabeza; y comenzó a verter cada noche lágrimas de sangre.

Fue en este momento cuando Jesús le dijo que la había elegido para que ella viviera su Pasión más que nadie, después de la Virgen, y que nadie después la viviría más totalmente. Jesús añadió que cada día aumentaría más su sufrimiento y que, por esto, no dormiría jamás durante la noche

Ahora bien, después de la estigmatización, no sólo no ha podido ya Marta comer ni beber, sino lo que, a decir de los médicos que la han examinado, es más grave: no ha dormido más. Ha vivido, pues su pasión día y noche, sin un minuto de descanso; aumentando siempre la gravedad de sus sufrimientos cada tarde del jueves en la hora de Getsemaní. Esta agravación, que se notaba por unos gemidos muy dolorosos, se prolongaba el viernes exactamente hasta el momento después del mediodía, en que ella repetía las últimas palabras de Jesús en la Cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu".

En este momento, daba una especie de inmenso suspiro y durante las dos horas siguientes no mostraba ningún signo de vida, salvo una ligerísima respiración. Frecuentemente me ha explicado cómo, durante estas dos horas, cargada con los pecados del mundo, veía el cielo entero alejarse de ella con horror, hasta el momento en que san Juan intervenía ante la Santísima Virgen para que ella misma obtuviera de parte de nuestro Padre del Cielo, el perdón de todos los pecadores con cuyos pecados estaba cargada. Después de que este perdón estaba concedido, Marta volvía a gemir y sus gemidos, muy dolorosos, se prolongaban toda la tarde del viernes y, durante los primeros años, el lunes hasta las cinco de la tarde. En este momento comenzaba de nuevo a hablar, pero sufriendo siempre, constantemente los dolores de la Pasión. Y esto ha sucedido todos los viernes, desde 1925 a 1981.

El éxtasis duraba hasta el lunes o el martes. Era difícil hacerla volver de él. No podía hacerlo yo más que mandándoselo en virtud de la obediencia, y hacía falta, con frecuencia, repetirlo poco a poco, pues yo temía que, haciéndola volver demasiado deprisa a la tierra, pudiera morir.

Pronunciaba esta oración que me había dictado ella: "Hija mía, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, por María, Madre nuestra, os lo ordeno: volved a nosotros". Entonces recobraba los sentidos y recibía visitas. Se le leía el correo y dictaba sin pausa las respuestas. Yo permanecía con ella hasta media noche".

Como tengo una sensibilidad delicada jamás deseé presenciar una Pasión; he podido, sin embargo, asistir a una comunión. En la habitación se hallaban reunidas una docena de muchachas. Marta había hablado ya con cada una de ellas, preguntándoles, escuchándolas, a veces contando chistes y juegos de palabras. A una de sus amigas que le dijo que iba a marchar a la Martinica para fundar un "hogar de caridad" le comentó, sin sospechar que se estaba definiendo: "La Marta única" y se echó a reír [Martinica suena en francés parecido a Marthe unique -Marta única-.].

Se oró. El sacerdote se revistió de sobrepelliz, cuya blancura apenas se notaba en la oscuridad de la habitación. Avanzó hacia el rostro de Marta, acercó la hostia a sus labios y a su garganta cerrada. La hostia quedó deglutida.

Siempre ha enseñado la Iglesia que la Eucaristía tiene dos aspectos, dos caracteres: es a la vez, se dice, sacrificio y sacramento. En nuestros días se insiste, sobre todo, en el aspecto de sacramento, poniéndose entre paréntesis el aspecto de sacrificio, con la idea, falsamente ecuménica, de no disgustar a nuestros hermanos de la reforma. Después del Concilio se presenta frecuentemente la misa como un banquete; se celebra "cara a los fieles". Ciertamente no se le niega su dimensión de sacrificio, pero a fuerza de pasarlo en silencio esto está en nuestra mente como si no estuviera.

Hago estas advertencias sin ningún espíritu de crítica y para confiar a mis lectores mi impresión cada vez que me encontraba en presencia de Marta. Su ejemplo traía a mi memoria las palabras de mi catecismo en el que se decía que "la misa es la renovación incruenta del sacrificio de la Cruz". A decir verdad, en mi infancia no comprendía este misterio, pero ¿puedo al fin de mi vida, decir que lo comprendo mejor?

De lo que estoy seguro es que este misterio atañe a la sustancia de la fe católica. Cuando me encontraba junto al lecho de Marta, ciertos textos, que yo guardaba en mi memoria parecía como si se iluminaran. Por ejemplo, este versículo de san Pablo (Col 1,24): "Suplo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo, por su cuerpo que es la Iglesia", o también "Vivo yo, mas no yo, es Cristo quien vive en mí", y más, "La vida actúa en vosotros y la muerte en mí".

Sucedía también que después de visitar a Marta en su casa, algunas horas después asistía a la Eucaristía celebrada por el P. Finet. No podía evitar entonces ver sobrepuesta la imagen de Marta sobre el altar. Aquella no era una misa como las otras. Yo proyectaba sobre el blanco mantel lo que había creído ver en el cuarto oscuro.

…[…]…

http://www.conoze.com/doc.php?doc=7296#np8 que agradecemos.

*Jean GUITTON. Eminentísimo filósofo francés. Tenía 97 años y la mente lúcida y crítica de uno de los últimos sabios de la filosofía cristiana europea. Se llamaba Jean Guitton y era todo un místico y un científico, que pasó media vida «reconciliando la ciencia con la fe». Detestaba, sin embargo, que le llamasen «filósofo cristiano». Se declaraba un «creyente inteligente», pero «lleno de dudas» y aseguraba que el «Papa es un actor genial», pero también reconocía que «en vez de tiara lleva una corona de espinas en la cabeza». Ayer 21.III.1999 falleció en París.

Profesor de La Sorbona y miembro de la Academia francesa, este erudito y pensador francés, que ya asistió al Concilio Vaticano II por invitación expresa de Pablo VI, saltó a la popularidad cuando el ex presidente francés François Mitterrand le visitó para escuchar sus ideas consoladoras sobre «el tiempo y la eternidad».

Era un teólogo, un filósofo y un novelista a la vez. Durante toda su vida intentó hacer la síntesis entre el pensamiento moderno y el catolicismo. Autor de una treintena de obras, este cristiano ferviente, amigo de Henri Bergson y Paul Valéry, fue profesor del filósofo marxista Louis Althusser.

Guitton decidió desde muy joven seguir los consejos de su madre y crear puentes entre el mundo moderno y la fe. Y se esforzó por unir estos dos universos cada vez más distantes por obra y gracia de la secularización a través del metarrealismo. Así llamaba a su método para estudiar los fenómenos del universo de una forma espiritual y al mismo tiempo científica.

Al contrario de la mayoría de sus colegas, que interpretan los hechos cosmológicos de forma atea, Guitton creía que tras las circunstancias físico-matemáticas actúa un Creador omnipresente.

Nacido a orillas del Loira, alumno de la Escuela Normal (de magisterio), doctor en Letras, profesor de filosofía en distintos liceos y en la Universidad de Montpellier, fue prisionero de guerra en Alemania de 1940 a 1945.

Tras la contienda, dio clases en Dijon y, finalmente, en La Sorbona. Publicó numerosas obras, entre ellas Dios y la ciencia (que alcanzó sólo en Francia una tirada de medio millón de ejemplares). Gustaba descanzar, decía, pintando cuadros; pintor de gran talento exponía sus obras en la prestigiosa galería Katia Granoff de París. 

Jean Guitton nació el 18 de agosto de 1901 en Saint-Etienne (Francia) y falleció el 21 de marzo de 1999 en París, a los 97 años de edad, confesando su adhesión plena a la Iglesia Católica y al Magisterio Petrino.

 

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‘Lo terrible en muchas sectas no es que prediquen las Santas Escrituras, sino que la envilezcan. Descendiendo en manipulaciones torpes porque se creen iluminados, cada secta con sus predicadores, propone un menú al gusto de su jerarquía’.

«Salieron de entre nosotros; pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros». Primera epístola del Apóstol San Juan - Capítulo 2: 1 Juan 2.

 

Con asechanza: ‘engaño o artificio para hacer daño a alguien’

Si hay algo que une a la mayoría de las sectas y grupos religiosos presentes en Iberoamérica es el odio y el ataque a la Iglesia católica. Es todavía, y con mucho, la religión mayoritaria del continente y, por tanto, el enemigo a batir. Este odio provoca situaciones de tensión entre partidarios de diversos credos e incluso entre miembros de la misma familia. La secta es un ‘sector-división’; divide el demonio, separando las partes, siembra discordias, odio. ¿Qué es lo que más odian las sectas?: la Iglesia fundada por Jesucristo hace dos mil años ‘Una, Santa, Católica y Apostólica’.

 

La vida de todo hombre precisa de un norte, de un itinerario, de un argumento. No puede ser una simple sucesión fragmentaria de días sin dirección y sin sentido.

"...Para que no seamos ya niños que fluctúan y se dejan llevar de todo viento de doctrina por el engaño de los hombres, que emplean astutamente los artificios del error para engañar" (Ef 4, 14).

 

La conciencia moral de la persona crece y se madura precisamente en la Iglesia; la Iglesia le ayuda a "no dejarse llevar de todo viento de doctrina por el engaño de los hombres". En efecto, la Iglesia es "columna y fundamento de la verdad" (1 Tim 3, 15). De modo que la fidelidad al Magisterio de la Iglesia impide que la conciencia moral se desvíe de la verdad sobre el bien del hombre.

No es justo, por tanto, concebir la conciencia moral individual y el Magisterio de la Iglesia como dos contendientes, como dos realidades en lucha. La autoridad que posee el Magisterio por voluntad de Cristo existe a fin de que la conciencia moral alcance la verdad con seguridad y permanezca en ella.

 

Pues la "conversión del corazón" es el don más precioso de este acontecimiento de gracia. El corazón convertido al Señor y al amor al bien es la fuente última de los juicios verdaderos de la conciencia moral. Y, no lo olvidemos, para discernir concretamente lo que esta bien de lo que está mal no basta conocer la ley moral universal, si bien ello sea necesario, sino que se precisa una especie de "connaturalidad" entre la persona humana y el bien verdadero (véase, por ejemplo, Santo Tomás, S. Th. 2, 2 q. 45, a. 2).

En fuerza de esta "connaturalidad", casi por una forma de instinto espiritual, la conciencia se hace capaz de percibir en qué parte está el bien y, por consiguiente, la opción que se impone en un caso concreto. Pues bien, la gracia del sacramento de la penitencia celebrado asidua y fervorosamente produce en la persona humana esta "connaturalización" progresiva y más honda gradualmente con la verdad y el bien.

 

Formar" la conciencia propia es tarea fundamental. La razón es muy sencilla: nuestra conciencia puede errar. Y cuando sobre ella prevalece el error, ocasiona el daño más grave para la persona humana, que es el de impedir que el hombre se realice a sí mismo subordinando el ejercicio de la libertad a la verdad.

Sin embargo, el camino hacia una conciencia moral madura ni iniciarse puede si el espíritu no está libre de una enfermedad mortal hoy muy difundida: la indiferencia respecto de la verdad. Porque, ¿cómo podremos preocuparnos de que la verdad habite en nuestra conciencia si entendemos que estar en la verdad no es un valor de importancia decisiva para el hombre? En efecto, la Iglesia es "columna y fundamento de la verdad" (1 Tim 3, 15). De modo que la fidelidad al Magisterio de la Iglesia impide que la conciencia moral se desvíe de la verdad sobre el bien del hombre.

 

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Benedicto PP. XVI: «La verdad se demuestra a sí misma en el amor».

 

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En Dios todo se entenderá, todo se excusará, todo se perdonará.

 

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«El amor a Dios genera mártires, no violencia».  «Una gota de santidad —decía Gounod— vale más que un océano de genio. Al santo no le añade ni le quita nada ser guapo o feo, docto o iletrado. Su grandeza es de un orden distinto».

 

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Jesucristo, Mesías, y la Sabiduría divina  - La Sabiduría divina aparece en este contexto como el designio misterioso de Dios que está en el origen de la creación y de la salvación. Es la luz que lo ilumina todo, la palabra que revela, la fuerza del amor que une a Dios con su creación y con su pueblo. La Sabiduría divina no se considera una doctrina abstracta, sino una persona que procede de Dios: está cerca de Él “desde el principio” (Prov 8, 23), es su delicia en el momento de la creación del mundo y del hombre, durante la cual se deleita ante él (Prov 8, 22-31).

El texto de Ben Sira recoge este motivo y lo desarrolla, describiendo la Sabiduría divina que encuentra su lugar de “descanso” en Israel y se establece en Sión (Eclo 24, 3-12), indicando de ese modo que la fe del pueblo elegido constituye la vía más sublime para entrar en comunión con el pensamiento y el designio de Dios. El último fruto de esta profundización en el Antiguo Testamento es el libro de la Sabiduría, redactado poco antes del nacimiento de Jesús. En él se define a la Sabiduría divina como “hálito del poder de Dios, resplandor de la luz eterna, espejo sin mancha del actuar de Dios, imagen de su bondad”, fuente de la amistad divina y de la misma profecía” (Sab 7, 25-27).

 

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...del Santo Oficio, podemos hoy serenamente dialogar con la intención de huir del resentimiento, del morbo, los sectarismos, pero con fiel memoria –racional y sentimental- de las victimas de aquella institución, que fue muchas cosas al mismo tiempo: tribunal con jurisdicción especial, empresa paraestatal, instrumento aculturador, símbolo de representación y de identificación ideológica, arma en manos de otros poderes, poder en sí mismo.

 

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La conciencia renacentista e ilustrada era mucho menos cristiana que la conciencia medieval.  La conciencia de aquellos cristianos toleró la esclavitud más o menos como la conciencia actual de muchos cristianos e ilustrados filántropos ha resistido que el comunismo haya matado más de cien millones de hombres, sin mayores aspavientos, o como tolera que la matanza de los niños inocentes, por el aborto, se haya hecho legal y subsidiada.

 

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Es preciso defender la verdad, porque sin esa defensa jamás seremos libres. Y la libertad de expresión con la que quieren acabar los chorizos y demás chusma, es hoy la mejor arma contra el progresivo arruinamiento de nuestra democracia. Los liberticidas lo saben. 2007

 

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La libertad religiosa no es una dádiva del gobierno, es un derecho humano fundamental que todo gobierno que se diga democrático, además de respetarlo, debe fortalecerlo.

 

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Benedicto XVI: el amor «es la fuerza que renueva el mundo».

 

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Tras la caída del comunismo en la antigua Unión Soviética, se constituyó una Comisión para la rehabilitación de las víctimas de la represión política. Su Presidente, Vladimir Paulovich Naumov, afirmó en 1996: «Ningún estamento como la Iglesia sufrió tanto durante el comunismo. Medio millón de sacerdotes fueron perseguidos, deportados o encerrados en campos de concentración. 200.000 fueron exterminados, por orden de Stalin».

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Cien millones de muertes atribuidas directamente a los regímenes comunistas de todo el mundo, en 90 años de existencia, no han sido suficientes para que los partidos comunistas hayan dejado de existir en las democracias modernas.- 2007

 

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El perdón libera el espíritu, desata la alegría, produce magnanimidad y hace noble al culpable como al inocente.

 

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Jesús a sus discípulos - Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo" (Jn 17, 24). Jesús se refiere a sus discípulos,  en  particular a los Apóstoles, que están junto a él durante la última Cena. Pero la oración del Señor se extiende a todos los discípulos de todos los tiempos.

En efecto, poco antes había dicho:  "No ruego sólo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí" (Jn 17, 20). Y si allí pedía que fueran "uno... para que el mundo crea" (v. 21), aquí podemos entender igualmente que pide al Padre tener consigo, en la morada de su gloria eterna, a todos los discípulos muertos con el signo de la fe.

"Los que tú me has dado": esta es una hermosa definición del cristiano como tal, pero obviamente se puede aplicar de modo particular a los que Dios Padre ha elegido entre los fieles para destinarlos a seguir más de cerca a su Hijo. Los sacerdotes son  hombres que el Padre "dio" a Cristo. Los separó del mundo, del "mundo" que "no lo conoció a él" (Jn 17, 25), y los llamó a ser amigos de Jesús. Esta es la gracia más valiosa para toda vida sacerdotal. Esta gracia nos corresponde a cada cristiano, como discípulos de Cristo.

 

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Danos, Señor, la inquietud del corazón que busca tu rostro. Protégenos de la oscuridad del corazón que ve solamente la superficie de las cosas. Danos la sencillez y la pureza que nos permiten ver tu presencia en el mundo. Cuando no seamos capaces de cumplir grandes cosas, danos la fuerza de una bondad humilde. Graba tu rostro en nuestros corazones, para que así podamos encontrarte y mostrar al mundo tu imagen.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

Alégrese la madre naturaleza
con el grito de la luna llena:
que no hay noche que no acabe en día,
ni invierno que no reviente en primavera,
ni muerte que no dé paso a la vida;
ni se pudre una semilla
sin resucitar en cosecha.

 

 

 

Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.

Anno Domini 2007 - "In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20). - In Obsequio Jesu Christi.

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«Cristo es, en todas las cosas, el Todo de todas las partes» Malebranche.

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«Dios es el Señor de todas las almas y, para cada uno, Señor de todos los días». Marta ROBIN. Châteauneuf-de-Galaure. 1930.

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¡¡¡ Paz y bien !!! Paix et bien!!! frieden und guten! Pace e bene! Peace and godness!

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Las ilustraciones que adornan un expuesto, no son obligatoriamente alusivas al texto. Estando ya públicas en la red virtual, las miramos con todo respeto y sin menoscabo debido al ‘honor y buena reputación de las personas’. De allí, hayamos acatado el derecho a la intimidad, al honor, a la propia imagen y a la protección de datos. Tomadas de Internet, las estampas, grabados o dibujos que adornan o documentan este sitio web ‘CDV’, no corresponden ‘necesaria e ineludiblemente’ al tema presentado; sino que tienen por finalidad –a través del arte- hacer agradable la presentación. Tributamos homenaje de sumisión y respeto a todas las personas, particularmente cuyas imágenes aparecen publicadas, gracias.-

Si de manera involuntaria se ha incluido algún material protegido por derechos de autor, rogamos que se pongan en contacto con nosotros a la dirección electrónica, indicándonos el lugar exacto- categoría y URL- para subsanar cuanto antes tal error. Gracias. ‘CDV’.-

"En caso de hallar un enlace o sub-enlace en desacuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica, notifíquenos por e-mail, suministrándonos categoría y URL, para eliminarlo. Queremos proveer sólo sitios fieles al Magisterio". Gracias.-

“Conocereisdeverdad.org = CDV” no necesariamente se identifica con todas las opiniones y matices vertidos por autores y colaboradores en los artículos publicados; sin embargo, estima que son dignos de consideración en su conjunto. ‘CDV’ Gracias.-

CDV” intenta presentar la fe cristiana para la gente más sencilla (catequistas, etc.), en especial para los estratos aparentemente más bajos. ¿La razón? Simple: «Son ellos quienes más necesitan conocer la alegría de Cristo».-

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde ‘CDV’ es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz. ‘CDV’ Gracias.-

In Obsequio Jesu Christi.

 

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Recomendamos vivamente:

1º ‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’. Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr.-Editorial: CIUDADELA. 

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Recomendamos: ‘Desafíos cristianos de nuestro tiempo’, editado por Rialp. El autor, sacerdote, repasa algunos de los problemas más habituales a los que se enfrentan los cristianos hoy. Toca, por ejemplo, la cuestión del evolucionismo y el creacionismo para explicar de qué manera son complementarios, apoyándose en el magisterio de los distintos Papas. Otro tema de actualidad que no soslaya es la presencia del mal en el mundo. Y tampoco evita el cómo enfrentarse al dolor y a la muerte.  En opinión del autor, «la crisis del amor constituye el mar de fondo de las tormentas que agitan las aguas del Primer Mundo», y corresponde a los cristianos retomar el mandamiento nuevo del Señor. El laicismo intransigente en que vivimos anima a tomar ejemplo de los mártires y a hacernos presentes en la vida pública. 2007

 

 Recomendamos vivamente: ‘Inquisición’  historia crítica.

Autores: Catedrático e historiador ‘Ricardo García Cárcel’ y la licenciada en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona-España ‘Doris Moreno Martínez’, investigadora. (Editado por Ediciones Temas de Hoy. Esp.). Cerca de doscientos años después de que Juan Antonio Llorente redactara su clásica ‘Historia crítica de la Inquisición’, los autores de este libro han querido escribir una nueva historia crítica del Santo Oficio, elaborada con la intención de huir del resentimiento, del morbo, los sectarismos, pero con fiel memoria –racional y sentimental- de las victimas de aquella institución, que fue muchas cosas al mismo tiempo: tribunal con jurisdicción especial, empresa paraestatal, instrumento aculturador, símbolo de representación y de identificación ideológica, arma en manos de otros poderes, poder en sí mismo. En este libro se examina la poliédrica identidad de la Inquisición y se responde a muchas preguntas que han inquietado a los historiadores: ¿por qué y para qué se creó el Santo Oficio?. ¿Por qué duro tanto? ¿Fueron los inquisidores hombres o demonios? Los procedimientos penales de la Inquisición ¿fueron normales o excepcionales?. ¿Cuántas víctimas hubo?. ¿Fue la Inquisición culpable del atraso cultural español respecto a Europa?. ¿Gozó de la complicidad o del rechazo de la sociedad?.

 

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Recomendamos vivamente:

‘LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA’. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

In Obsequio Jesu Christi.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).