Friday 28 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
Inicio > Leyendas Negras > Opus Dei - 1º llamados a ser santos; fantasma de Obra; Escrivá de Balaguer

Es difícil calificar una institución –como la Iglesia Católica que, en sus dos mil años- nos ofrece con sus bibliotecas, monasterios, universidades y archivos, nada menos que el ‘patrimonio intelectual de la humanidad’.

 

 

Preguntar, preguntemos, sobre las razones de los apoyos, los silencios, las simpatías y las complicidades contra la libertad para los cristianos en los países mahometanos. Preguntemos...

 

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Alrededor del año 58 de nuestra era vivían en Jerusalén varios miles de judíos creyentes, miembros de la Iglesia Católica recién fundada por Jesucristo que le ordenó ser “Católica y catolizante”. Así lo afirmaban los responsables de la Iglesia a Pablo: "Ya ves, hermano, cuantos miles de judíos son ahora creyentes y todos son fieles observantes de la Ley" (Hch 21,20).

 

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Cristo, fundamento único de la Iglesia - (1 Cor 3, 1-23)

 

καθολικος [kazolikós (pronunciando th como en inglés, o como la z española), que significa universal]. La Iglesia es católica porque la Fe de Jesucristo es católica: universal. En los tres primeros siglos de la Iglesia, los cristianos decían "cristiano es mi nombre, católico mi sobrenombre". Posteriormente se usó el término "Católico", para distinguirse de quienes se hacían llamar cristianos, pero habían caído en herejías. Y así sellaban la universalidad de la salvación en Cristo Jesús Redentor.

Las cuatro notas de la Iglesia son las siguientes:

Unidad: Cristo Jesús fundó una sola Iglesia, que tiene un único fin, la salvación del hombre, y un único objetivo, dar gloria a Dios; por tanto, la Iglesia esta llamada a la unidad en la Fe, en el Culto y en el gobierno.

Santidad: la Iglesia, a pesar de los fallos y faltas de cada uno de los creyentes que aún peregrinan en la Tierra, es en sí misma santa pues Santo es su fundador y santos son sus fines y objetivos.

Catolicidad: con el significado de "universal" la Iglesia es Católica en cuanto busca anunciar la Buena Nueva y recibir en su seno a todos los seres humanos, de todo tiempo y en todo lugar; dondequiera que se encuentre uno de sus miembros, allí está presente la Iglesia.

Apostolicidad: la Iglesia fue fundada por Cristo-piedra angular-sobre el fundamento de Pedro- Cabeza de los Apóstoles, y constituyendo en autoridad y poder a todo el Colegio Apostólico; Pedro y los demás Apóstoles tienen en el Papa –Obispo de Roma- y los Obispos a sus sucesores, que ejercen la misma autoridad y el mismo poder que en su día ejercieron los primeros, proveniente directamente de Cristo.

Con el pontificado del Papa Dámaso (366-384) es cuando -por vez primera- se llama a la Iglesia de Roma, con sede sobre la tumba del apóstol Pedro en la colina vaticana, «Sede apostólica». Y hace 2000 años que la historia certifica la Iglesia.

 

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...guarda el depósito. Evita las palabrerías profanas, y también las objeciones de la falsa ciencia; algunos que la profesaban se han apartado de la fe.

-I Timoteo 6,20-21.

 

La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada. Lo escribe también en todas las cartas cuando habla en ellas de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente - como también las demás Escrituras - para su propia perdición.
-II Pedro 3,15-16

La Tradición engendra la Escritura: “Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta”.
-II Tesalonicenses 2,15

 

Con todo, la Tradición, según el espíritu de los dos grandes precursores del Concilio Vat. II, J.A. Möhler y J.H. Newmann, no es una entidad petrificada; es una tradición viva. Es un acontecimiento en el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a la plenitud de la verdad, según la promesa del Señor (cf. Jn 16, 13), revelándonos sin cesar el Evangelio, que nos ha sido transmitido una vez para siempre, y haciéndonos progresar en la comprensión de la verdad revelada una vez para siempre (cf. Dei Verbum, 8; DS 3020). Según el obispo mártir san Ireneo de Lyon, es el Espíritu de Dios quien mantiene joven y vigoroso el patrimonio apostólico que nos ha sido transmitido una vez para siempre (cf. Adversus haereses III, 24, 1:  Sources chrétiennes, n. 211, París 1974, p. 472).

 

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La palabra "Iglesia" significa "convocación". Designa la asamblea de aquellos a quienes convoca la palabra de Dios para formar el Pueblo de Dios y que, alimentados con el Cuerpo de Cristo, se convierten ellos mismos en Cuerpo de Cristo.

 

La Iglesia es a la vez camino y término del designio de Dios: prefigurada en la creación, preparada en la Antigua Alianza, fundada por las palabras y las obras de Jesucristo, realizada por su Cruz redentora y su Resurrección, se manifiesta como misterio de salvación por la efusión del Espíritu Santo. Quedará consumada en la gloria del cielo como asamblea de todos los redimidos de la tierra (cf. Ap 14,4).

 

La Iglesia es a la vez visible y espiritual, sociedad jerárquica y Cuerpo Místico de Cristo. Es una, formada por un doble elemento humano y divino. Ahí está su Misterio que sólo la fe puede aceptar.

 

La Iglesia es, en este mundo, el sacramento de la salvación, el signo y el instrumento de la Comunión con Dios y entre los hombres.

 

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Porque la verdadera catolicidad es pluriforme: ‘unidad en la multiplicidad y multiplicidad en la unidad’ S. S. Benedicto XVI – P. P.

 

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El folio secreto del santo del Opus Dei

 

 

por V. Messori ("Il Corriere" del 06/10/2002)

 

El clima ha cambiado mucho desde aquel 17 de mayo de 1992, día de la beatificación de Escrivá de Balaguer y Albás. Documentándome entonces para un libro de investigación que escribí sobre el Opus Dei, constaté la amplitud del "complot" para impedir o al menos retrasar la glorificación de aquel hombre. Un grupo transversal, dentro y fuera de la Iglesia, desplegó una machacona campaña en los medios de comunicación de medio mundo. Tiempo atrás, en Italia, hubo además una iniciativa parlamentaria para extender a la Obra la ley represora de las sociedades secretas, aprobada con grandes prisas después del caso P2.

 

El gobierno de Craxi confió al ministro del Interior, Scalfaro, una investigación profunda, que absolvió a los discípulos del sacerdote aragonés, pero que dejó una estela de veneno. La canonización de hoy ha dado, sí, pretexto a alguna pieza pintoresca que, como mera repetición, no ha dejado de utilizar el "deja vu": "masonería católica", "tentáculos clericales", "lobby reaccionario", "club de plutócratas". Y los habituales profesionales de la denigración (tres o cuatro ex-miembros de la Obra, siempre los mismos) han revivido con la historia del cilicio, con las remotas sospechas franquistas, con el oscuro sadomasoquismo hispánico que se habría constatado en Escrivá, padre-padrone. Poca cosa, de todos modos, comparado con el obstinado fuego de contención de hace diez años.

 

Parece, por tanto, haber tenido éxito la estrategia de la Obra, inspirada por el fundador mismo que, frente a los ataques, repetía su máxima: "Sonreir, rezar, perdonar". Y después, "callar y trabajar". Es un hecho que, auspiciada por un clima más distendido, la Obra ha podido dedicar todas las energías a la organización de la jornada de hoy, que promete superar incluso a aquélla de la beatificación, inaudita por la afluencia de peregrinos y por su buena organización, más germánica que hispana.

 

Alguien me ha pasado, por debajo de la mesa, la "hoja de disposiciones" distribuida a los jefes de grupo y que ellos deben utilizar sólo verbalmente. Es evidente su "estilo Opus Dei", como en el tercer punto, donde se recuerda que "no es elegante enarbolar carteles o banderines (ni banderas o estandartes) porque dan una imagen de provincialismo". Se conceden los aplausos, pero "sólo en los momentos oportunos" y, en cualquier caso, "evitando gritos más propios de un estadio", dejando cantar sólo a quien haya dado pruebas de saber hacerlo. Nunca "moverse con ruido" y "renunciar a gastos inútiles". Al final, "dejar la plaza completamente limpia, desalojada de todo desperdicio".

 

Una preocupación por el estilo que habrá agradado ciertamente al nuevo santo que -siendo personalmente sobrio y austero- enseñó siempre que la pobreza cristiana no coincide con la miseria. Que el radicalismo evangélico puede convivir con el buen gusto y las buenas maneras. Y que se puede, se debe, ser devoto y no se deja de serlo por usar la corbata adecuada, si se es laico; o, los sacerdotes, los elegantes gemelos en los puños, como siempre hizo él mismo. Pero evidentemente no está aquí la singularidad de esta canonización. El nuevo santo es único porque en él se reconoce una organización mundial que lo venera como padre, pero de la que siempre ha dicho no ser el fundador.

 

"Soy un fundador sin fundamento" -repetía-. La fundación del Opus Dei no era idea suya, ni lo imaginaba, ni quería crearlo. Sorprende que tantos voluntariosos investigadores del "secreto" de la Obra no se hayan dado cuenta de que justo aquí está el Secreto, el verdaderamente fundante, de una realidad anómala incluso en la Iglesia, donde es la única Prelatura Personal. En el origen no hay una "fundación", sino una "revelación". Todas las familias religiosas católicas nacen del celo de creyentes que individúan una necesidad, un fin, un objetivo sobre el que la caridad y el esfuerzo deben intervenir. Inspirados, sin duda, y guiados por Dios, fundadores y fundadoras, movidos por una necesidad específica, elaboran planes, hacen proyectos, organizan a los colaboradores, forman discípulos. Pues bien: el Opus Dei no nació así.

 

A los 26 años, sacerdote desde hacía sólo tres, Josemaría completaba en Madrid sus estudios de Derecho y mientras tanto colaboraba -con aquel pragmático espíritu suyo, ajeno a toda tentación visionaria o mística- en algunos pequeños encargos pastorales. El 2 de octubre de 1928, a mediodía, en la habitación de una casa de los Padres Paúles en la madrileña calle de García de Paredes, de improviso, "Dios se dignó iluminarlo: vio el Opus Dei, así como el Señor lo quería y como debería ser en el transcurso de los siglos".

 

Son palabras textuales del decreto de canonización. Por tanto, atendiendo al testimonio de Escrivá y a la confianza puesta en él por sus discípulos, la Obra habría sido pensada y querida desde la eternidad por Dios mismo, el cual habría elegido, en su designio inescrutable, a un joven y desconocido sacerdote de Barbastro como simple instrumento para que entrase en la historia este proyecto divino. Asustado por aquella "revelación", don Josemaría trató de eludirla, de huir de la llamada, pero una poderosa evidencia le obligó a cargar sobre sus espaldas lo que, visto humanamente, era una auténtica cruz.

 

Viene de aquí -de estos orígenes misteriosos- la convicción del Opus Dei de tener por confín el mundo y por término el fin mismo de la historia. Escrivá lo ha repetido siempre: "No somos una organización determinada por las exigencias particulares de una época determinada. La Obra no nace de un proyecto terreno, sino divino; y existirá mientras haya hombres sobre la tierra, porque siempre los hombres tendrán un trabajo con el cual santificarse".

 

Guiado por un joven numerario americano, recorría un día los pasillos de "Villa Tevere", el gran edificio del Parioli donde tiene su sede el Prelado, con el que mantuve una entrevista. Manifesté mi admiración no sólo por el gusto, sino también por la solidez de los materiales con los que todo, en aquel laberinto, está construido. "Cierto: pero es para ahorrar. Todo esto debe durar siglos, hasta el retorno de Cristo", me respondió, imperturbable, mi acompañante.

 

Una fuerza tranquila, alejada de todo fanatismo, y a la vez indomable, porque está convencida de realizar un proyecto del Cielo mismo: este es el verdadero Secreto del Opus Dei, del cual San Josemaría Escrivá no fue fundador, sino sólo instrumento, y además, a contrapelo. Un Secreto consolador para las 85.000 personas, en continuo aumento, para las cuales es fuente vigorosa de apostolado y de vida cristiana. Pero, a la vez, un Secreto inquietante para muchos otros: y probablemente se entienda por qué.

 

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La misión de la Iglesia su orden de Cristo, es anunciar la salvación a la ‘nación’ de los pobres, marginados, excluidos y manipulados, primeramente.

 

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La orden más numerosa de la Iglesia Católica

 

Efe - Roma
La Compañía de Jesús, que hoy eligió como nuevo Prepósito al español Adolfo Nicolás, es la orden religiosa masculina de la Iglesia Católica con el mayor número de miembros, 19.126, según el último censo de los jesuitas. 
Fundada por el español San Ignacio de Loyola en 1540 y aprobada por el papa Paulo III, la Compañía de Jesús está presente en 127 países y en todos los campos de la sociedad. 
A lo largo de sus casi 500 años ha sufrido numerosos avatares y en su historia hay momentos difíciles, como cuando fue suprimida en 1773 por el papa Clemente XIV, aunque más tarde, en 1814, la restituyó el papa Pío VII. 
En la época en que estuvo dirigida por el español Pedro Arrupe, desde 1965 a 1983, las relaciones con el Vaticano también fueron difíciles. En aquellos años el compromiso social de los jesuitas, sobre todo en Iberoamérica, desató gran preocupación en el Vaticano.  
Pablo VI denunció que miraban con excesiva simpatía a movimientos políticos radicales enemigos de la Iglesia, en alusión al marxismo. 
Aunque el Pontificado de Juan Pablo I duró sólo 33 días, Albino Luciano tuvo tiempo de enviarles una carta en las que les pedía que no creara «confusión y desorientación» entre los fieles. Juan Pablo II dijo que no estaba satisfecho con la Compañía. 
Los jesuitas, según sus normas, trabajan por la evangelización del mundo, en defensa de la fe y la promoción de la justicia, en permanente diálogo cultural e interreligioso. 
La finalidad de la Compañía es «la perfección cristiana, propia y ajena, para gloria y servicio de Dios».    Dispuestos a ser enviados inmediatamente allí donde el Papa determine que son necesarios, los jesuitas además de los tres votos de los religiosos -pobreza, castidad y obediencia- tienen un cuarto voto, que es de obediencia al Pontífice. 
La presencia de los jesuitas ha sido constante desde su fundación en países donde la religión católica ha sido perseguida o prohibida, como China, Cuba o Vietnam, o con mayoría islámica o budista.


Los jesuitas prestan servicios en los campos más diversos de la sociedad, especialmente en los de acción social y educación. 
En la acción social sus objetivos, proclaman, son impregnar las estructuras de la vida humana con una expresión más plena de amor y justicia, lo que les lleva a estar presentes en centros de estudio y publicaciones, en asociaciones de cooperación al desarrollo, en el voluntariado y en proyectos de apoyo a las clases más necesitadas.
La educación la asumen como participación en la misión evangelizadora de la Iglesia. Tienen instituciones en todos los niveles educativos: universidades, colegios, centros de formación profesional y redes educativas.    Tienen centros en 69 países: 207 instituciones de Educación Superior (universidades), 472 de secundaria, 165 de primaria y 78 de profesional o Técnica, donde estudian 2,5 millones de alumnos. 
En España disponen de 67 colegios, en los que estudian unos 70.000 alumnos y nueve universidades -Pontificia de Comillas, de Madrid; Deusto, en Bilbao; Teología de Granada; INEA en Valladolid; ESADE en Barcelona; ETEA en Córdoba; E.U. Magisterio SAFA en Úbeda; CESTE en Santander e IQS en Cataluña- con 50.000 jóvenes.  

También tienen prestigiosas universidades, como la Gregoriana de Roma. 

[2008.I.]


Los jesuitas publican numerosas revistas especializadas en teología y cuentan con 66 emisoras de radio y 27 televisiones en el mundo, además de 30 editoriales en todo el mundo. Entre sus publicaciones periódicas se encuentra «La Civiltá Cattolica», «América», «Razón y Fe», «Sal Terrae», «Mensajero» y «Migraciones». 
La Compañía de Jesús está regida por el Prepósito General (Padre General), cuyo cargo es vitalicio y sólo se elige uno nuevo en caso de fallecimiento, por enfermedad grave o si, en conciencia, él mismo considera que debe renunciar. Como ha ocurrido ahora.  
Para la elección, no hay candidatos y se hace por mayoría en una votación secreta (hoy han votado 217 de los 225 asistentes).  
Por encima de él, la Congregación General (CG) es el órgano supremo de gobierno.
La disminución de vocaciones que ha afectado a la Iglesia entera en los últimos decenios también se ha hecho patente en la Compañía. En 1996 eran 35.920 y el pasado año habían descendido a 19.216.  
No obstante, según datos de la compañía, en 2007 entraron 486 nuevos novicios, el 40 por ciento en Asia. 
De los 19.216 actuales, 13.491 son sacerdotes. Los escolares (jesuitas preparándose para ser sacerdotes) son 3.049, los Hermanos (jesuitas no sacerdotes) 1.810 y los novicios 866. La edad media es de 57,34 años.    Presentes en 127 países, la Compañía está dividida en 91 provincias, que se agrupan a su vez en diez «Asistencias», de las cuales la más numerosa es la de Asia Meridional con 4.018 jesuitas (el 20,9% del total).    De las 91 provincias, las más numerosa son las de Italia (667 jesuitas) y la de Castilla (España, con 638). Por países, son Estados Unidos y la India los que cuentan con mayor número de jesuitas. En España existen 1.534.    Los jesuitas cuenta actualmente con diez cardenales, aunque sólo dos electores, por ser menores de 80 años (Jorge Mario Bergoglio de Argentina y Julius Riyadi Darmaatmadja de Indonesia) y 91 obispos.
Entre sus miembros se encuentra Federico Lombardi, director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, director de Radio Vaticano y director del centro Televisivo Vaticano.  2008-01-20

http://www.larazon.es/14108/noticia/Religión/La__orden_m%E1s_numerosa_de_la_Iglesia_Cat%F3lica

 

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Medieval - El único momento histórico en que Europa tuvo su unidad fue con la cristiandad medieval. Era la Europa católica. La cristianitas de la Europa medieval era la patria común. La reforma luterana destruyó todo esto, separó a los países y creó los nacionalismos.

Vittorio Messori; escritor, periodista, comentarista e investigador histórico. MMV.

 

Gracias a la Iglesia Católica, antes del 1300, había fundadas en Europa cuarenta y cuatro Universidades, en las que se forja un individuo especial dotado de cierta uniformidad: homo Scholasticus.

 

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Durante el luminoso medioevo - En términos cuantitativos, las catedrales góticas son tan asombrosas como las Pirámides egipcias. Sólo en Francia, durante noventa años, desde 1180 a 1270, se vio la construcción de 80 catedrales y casi 500 abadías.

 

UNIVERSIDADES - La síntesis del saber teológico, filosófico y de otras ciencias realizada por las Universidades en los siglos XIII y XIV, en que se forma el Humanismo, es impensable sin el cristianismo.

 

Entre 1200 y 1400 se fundaron en Europa 52 universidades, 29 de ellas pontificias. Según orden de antigüedad, no en importancia, puesto que la de París fue la más destacada, las fechas de fundación parecen ser las siguientes: Palencia (1208-12), Oxford (1214), París (1215), Padua (1222), Nápoles (1224), Salamanca (1228), Toulouse (1229), Bolonia (1230). Valladolid fue fundada a mediados del S. XIII (1250).

 

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El fantasma de la Obra

 

Este cambio del modo de percibir el Opus Dei se observa también en Italia, según el artículo del periodista Rodolfo Brancoli Il fantasma dell’Opera, publicado en la revista política Liberal (junio-julio 2002), de tendencia centro-izquierda, del que ofrecemos un resumen.

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Como signos externos de este cambio Brancoli menciona una “amplia y respetuosa” entrevista con el prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, publicada el pasado enero en La Repubblica, diario que forma parte de un grupo editorial que ha criticado al Opus Dei en otras ocasiones. “Es el signo más vistoso de un sustancial cambio en el modo de percibir el Opus Dei que se ha manifestado recientemente en el establishment político, cultural y financiero italiano, y que se refleja en los órganos de información directa o indirectamente influidos por ellos. La ocasión en que se ha materializado este cambio ha sido el congreso internacional celebrado en Roma al principio del año, en el centenario del nacimiento del fundador, que ha tenido una cobertura mediática sin precedentes, más allá del ámbito restringido de la prensa católica, y que ha contado con la presencia en la sesión inaugural de exponentes de primer plano del mundo político italiano de todos los sectores”.

Se ha pasado página

Brancoli detecta que “de improviso parece que es ‘in’ entre el político, el empresario, el editor –que hasta hace poco navegaban por otras riberas– aparecer asociados de algún modo públicamente al Opus Dei. En esto existe el riesgo evidente de una trivialización del mensaje de Escrivá, un riesgo del que los hombres y las mujeres de la Obra (cuatro mil en Italia) creo que son plenamente conscientes, más allá de la comprensible satisfacción que esto comporta para quien ha tenido que moverse durante decenios entre desconfianza, hostilidad, insinuaciones, campañas agresivas dirigidas a deslegitimar y en algún caso a criminalizar la Obra. Cómo hacer comprender el carácter revolucionario del mensaje de Escrivá, evitando que sea sofocado por aplausos corteses, es un problema de ellos”, afirma Brancoli.

Pero “hay que dejar constancia de que se ha pasado página, y que al cabo de medio siglo de presencia en Italia se ha recompuesto la imagen, la misma idea del Opus Dei. Hablo de recomposición porque durante algunos decenios parecía que existían dos Opus Dei: uno el de quien había tenido la ocasión de conocerlo personalmente entrando en contacto con sus miembros, y otro el de quien solo había oído hablar de él a través de los medios de comunicación, casi siempre en un contexto de demonización fabulesca (sociedad secreta, masonería católica, lobby político-financiero, grupo de poder...), dando lugar a habladurías que distaban años luz de la realidad conocida por experiencia directa”.

“Es un hecho que el Opus Dei, desde su fundación en España (y, por lo que toca a nosotros, desde su desembarco en Italia en 1946) hasta la beatificación de su fundador en 1992, ha sufrido constantemente ataques, ha sido objeto de tenaces aversiones, de sorda hostilidad, a veces de verdaderas campañas, e incluso, en Italia, objeto de una iniciativa parlamentaria a mitad de los años ochenta que pretendía ponerlo fuera de juego como a una especie de logia secreta”.

Motivos de las incomprensiones

Brancoli explica luego algunos motivos de estas incomprensiones. Uno de ellos es “la originalidad del Opus Dei, su carácter de novedad dentro de la Iglesia, con su propuesta de un ‘instrumento de santificación’ en la vida ordinaria, en el propio trabajo, en la vida matrimonial, si esta es la propia vocación”. Esta plena revalorización de los laicos fue una intuición anticipadora de la teología del laicado que es un elemento característico de la Iglesia postconciliar. “Tan anticipadora que provocó en algunos sectores de la Iglesia una incomprensión duradera, que desembocó en una actitud de declarada hostilidad (con algunos jesuitas en primera fila). Tan anticipadora que expuso a su fundador a la acusación de estar loco, e incluso de ser un hereje”. Sin olvidar tampoco, apunta Brancoli, las incomprensiones provocadas por los celos, la defensa de los exclusivismos, de los territorios protegidos desde hace tiempo.

Esta dificultad de comprender la originalidad del Opus Dei, añade Brancoli, “aumenta cuando a una experiencia que quiere ser exclusivamente religiosa se le aplican criterios de valoración que de religioso no tienen nada”. “Aquella incomprensión en el ámbito eclesial se transformó en otros ambientes en prejuicio y ostracismo, que se hicieron más virulentos por la sensación de vulnerabilidad del Opus Dei que la primera generaba. Así nació y se difundió la leyenda del grupo de poder oculto, en el cual la discreción sobre la pertenencia, la excelencia profesional de algunos miembros, las elecciones personales en el plano temporal de otros, se convirtieron en pruebas innegables de un propósito exclusivamente terreno, la creación de un grupo de poder oculto”.

A quién molesta

“La realidad es que el Opus Dei ha molestado mucho a algunos poderes consolidados. Porque un recién llegado a la sociedad civil, a la que se dirige con su capacidad de atraer talentos profesionales y de estar presente con su mensaje de excelencia en algunos nudos influyentes, molesta no poco a quien pretende controlarla, ya sean ambientes laicistas o clericales, que desde hace tiempo han encontrado sobre el terreno un modus vivendi con una sustancial división de esferas de influencia. Pocas veces se ha captado, por ejemplo, hasta qué punto el espíritu y el estilo del Opus Dei no tienen nada de clerical. Hay afirmaciones muy netas de Escrivá contra la misma idea de un partido único de los católicos, contra las ‘soluciones católicas’, contra la clericalización de los ámbitos de la sociedad civil, contra los triunfalismos, contra la intromisión de clérigos con la pretensión de ser guías en las esferas propias de los laicos creyentes y, por supuesto, contra la pretensión de orientar el voto”.

“Coherentemente, en toda la historia del Opus Dei jamás ha habido un pronunciamiento colectivo a favor o en contra de determinada política. Por la sencilla razón de que no tiene ninguna ni puede tenerla. Y, en el caso de Italia, es indiscutible que de todas las organizaciones católicas que aquí operan es seguramente la que más se ha mantenido alejada de la Democracia Cristiana”.

A los pobres y a los banqueros

Brancoli advierte aquí que el Opus Dei se ha sentido ajeno a algunos sectores del catolicismo italiano, “ya sea aquel todavía aficionado a las formas organizadas tradicionales y a la ocupación de espacios separados (los médicos católicos, los empresarios católicos...); ya sea aquel hiperpolitizado (en la esfera civil, pero también inclinado a una politización de la fe y a la visión de un papel politizado de la Iglesia) y con un ethos pauperista, asistencialista, clasista, tercermundista. Incapaz de comprender que el destinatario del mensaje de redención, y de santificación, es no solo el campesino de los Andes, sino también el banquero de Wall Street (‘de cien almas nos interesan cien’, decía Escrivá) y que una acción dirigida a la formación personal como la que caracteriza al Opus Dei no puede descuidar a ningún grupo y a la vez, para ser eficaz, debe dirigirse a grupos homogéneos en un estilo adecuado a su estado, sin demagogias ni igualitarismos”.

“En este campo se ha dado una confluencia objetiva, en contra del Opus Dei, entre aquella parte del mundo católico que no le perdonaba que no privilegiara a los pobres en su apostolado y que se dirigiera en primera instancia a los ambientes profesionales, y aquella parte del mundo laico a la que le parece estupendo que la Iglesia se dedique a los pobres, y menos bien que se dedique también a los banqueros”.

Con el Concilio y con Juan Pablo II

En Italia, afirma Brancoli, el Opus Dei “ha sufrido una fuerte aversión de sectores del catolicismo militante respecto a una institución que, en la gran desbandada postconciliar, se ha mantenido firmemente fiel al magisterio pontificio. De ahí vino contra el Opus Dei la acusación de orientación anticonciliar, acusación que tiene un aspecto paradójico porque los textos conciliares son una formidable autenticación de la doctrina que Escrivá venía enseñando desde 1928. Y no solo eso, pues el Opus Dei encuentra allí finalmente la solución jurídica que le dará un sólido anclaje en la estructura jerárquica de la Iglesia a través de la fórmula de ‘prelatura personal’. Por lo tanto, la Obra debe mucho al Concilio y es bien consciente de ello”.

“Al anclarse firmemente en el magisterio del Papa, la Obra se identificó con Juan Pablo II, con el que estableció una afinidad innegable. Así que no es extraño que quienes no sintonizan con este Papa, no sintonicen tampoco con la Obra (...) Los miembros del Opus Dei se convierten así en los ‘pretorianos del Papa’ para una publicística hostil hacia ambos”.

“Por su fuerte identificación con Juan Pablo II, el Opus Dei se beneficia del reforzamiento de la talla y de la consideración de este Papa, también en los ambientes más distantes”.

“Se beneficia también de un mayor conocimiento directo, ya que cada año decenas de miles de personas entran en contacto con los centros de la Obra en 23 ciudades italianas. El conocimiento directo permite también verificar que después de todo no es verdad que sea un centro de poder, que no practica una ocupación de espacios, que no hay ‘cordadas’ profesionales en concurrencia con otras de signo diverso. El poder, no solo el político, ha tomado nota de esto, y la información italiana –que durante muchos años ha preferido no entender, aferrándose por pereza o militancia a una imagen negativa cristalizada– ha seguido a su rueda. Hasta dar la impresión de que ahora el Opus Dei esté de moda”.

 

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¿La derecha española es el "brazo político del Opus Dei", como insinúan insistentemente sectores de la izquierda, o la derecha es política e independiente, sin incursiones de la "obra" significativas?

 

No, la derecha no es el brazo del Opus Dei y además, históricamente, los personajes del Opus han tenido en política una tendencia al pacto que desdice totalmente las leyendas negras sobre su intransigencia.

Dr. César VIDAL; historiador,filósofo,teólogo,abogado,escritor protestante.L.D. 2004.12.14 Esp.

 

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La sanficación personal trabajando honestamente.

 

A. ¿Qué es el Opus Dei?

 

B. Historia breve del Opus Dei.

A. ¿QUÉ ES EL OPUS DEI?

1. ¿Qué significa Opus Dei? Opus Dei significa en latín Obra de Dios.

2. ¿Qué es el Opus Dei? Según el punto de vista se pueden dar varias definiciones:

  • Desde el punto de vista espiritual, el Opus Dei es un camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano.
  • Una definición descriptiva: el Opus Dei está formado por personas de todas las profesiones (agricultores, enfermeras, arquitectos, amas de casa,...), que tienen en común la búsqueda de la santidad en esa vida corriente.
  • En cuanto a la actuación, el Opus Dei es una gran catequesis, pues ofrece formación cristiana a quien lo desea.
  • Para los que lo conocen, el Opus Dei es una familia. Aluden así a la caridad cristiana llena de afecto y simpatía acogedora que el Opus Dei enseña en sus medios de formación.
  • Desde el punto de vista jurídico, de organización eclesiástica, el Opus Dei es una Prelatura personal de la Iglesia católica. (Simplificando un poco, una Prelatura personal viene a ser una diócesis con unas características peculiares).

3. ¿Cuando nació el Opus Dei? Dios nuestro Señor hizo ver el Opus Dei a San Josemaría Escrivá el dos de octubre de 1928.

4. ¿En qué países se puede encontrar el Opus Dei? En toda América y buena parte de Europa; en Australia, Nueva Zelanda y en muchos países de Asia y Africa (por ejemplo, Japón, Filipinas, India, Kazajistán, Kenia, Nigeria, Congo, Camerún, etc.).

5. ¿Quién puede pertenecer al Opus Dei? Pueden pertenecer al Opus Dei las personas que han recibido esa vocación divina; una llamada de Dios a buscar la santidad en el trabajo, y a promover en otros ese encuentro con el Señor en la vida ordinaria.

6. ¿Cómo saber si se tiene esa vocación? Una vocación es un gran don divino. Para descubrirla es necesario rezar preguntando a Dios por su voluntad. También se precisa conocer la opinión de los directores del Opus Dei, que lógicamente conocen bien las características de la vocación al Opus Dei y ayudarán a discernir si uno tiene esa vocación.

 

B. HISTORIA BREVE DEL OPUS DEI

En la historia del Opus Dei, como en cualquier institución cristiana, lo principal es la actividad divina en el interior de las personas. Pero esto es difícil de reflejar en breves líneas por ser asuntos espirituales. Si nos fijamos más en los aspectos exteriores, la historia del Opus Dei puede resumirse así:

Inicios del Opus Dei

1928 . . . Fundación. El día dos de octubre, en Madrid, Dios nuestro Señor muestra el Opus Dei a San Josemaría Escrivá.

1933 . . . Se abre el primer centro del Opus Dei: la academia DYA que pronto pasó a ser residencia universitaria.

1941 . . . El obispo de Madrid Mons. Leopoldo Eijo y Garay, que conoce y bendice el Opus Dei desde sus comienzos, otorga su aprobación diocesana. Tres años después ordena a los tres primeros sacerdotes del Opus Dei: Mons. Álvaro del Portillo, D. José Mª Hernández de Garnica y D. José Luis Muzquiz.

1947 . . . La Santa Sede emite la primera aprobación pontificia. El año anterior San Josemaría Escrivá se ha trasladado a vivir a Roma.

1950 . . . Pio XII concede la aprobación definitiva del Opus Dei.

Expansión del Opus Dei

El Opus Dei nació en España, pero con vocación universal. En cuanto lo permitió la segunda guerra mundial, el Opus Dei empezó su desarrollo en otros países:

1946-47 . . . Comienza el Opus Dei en Europa: Portugal, Italia, Gran Bretaña, Francia, Irlanda.
1949-51 . . . Inicios en América: México, EEUU, Chile, Argentina, Colombia, Venezuela.
1951-57 . . . En otros países de Europa y América.
1958 . . . . . . Comienzos del Opus Dei en África y Asia: Kenia y Japón.
1959-62 . . . En otros países.
1963 . . . . . . Se empieza en Oceanía: Australia.
etc . . . . . . . (Actualmente se encuentra en más de sesenta países).

Madurez del Opus Dei

1969 . . . San Josemaría Escrivá convoca un Congreso extraordinario del Opus Dei para estudiar el paso jurídico a Prelatura Personal, figura que acaba de crear el concilio Vaticano II.

1975 . . . Fallece en Roma San Josemaría Escrivá. En ese momento pertenecen al Opus Dei unas 60.000 personas. Le sucede Mons. Álvaro del Portillo.

1982 . . . Juan Pablo II establece el Opus Dei como Prelatura Personal.

1994 . . . Fallece en Roma Mons. Álvaro del Portillo. Le sucede Mons. Javier Echevarría.

2002 . . . Juan Pablo II canoniza a San Josemaría Escrivá, que así entra a formar parte de los santos de la Iglesia católica. En esos momentos hay unas 84.000 personas del Opus Dei.

 

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El ejemplo de los primeros cristianos en

las enseñanzas de San Josemaría

 

Una de las enseñanzas más reiteradas por San Josemaría ha sido la llamada a la santidad en medio del mundo. Este mensaje lo explicitaba muy claramente cuando le preguntaban por la vocación al Opus Dei. En una entrevista que le hace un periodista norteamericano, contesta ilustrando su respuesta con un paralelismo entre la llamada al Opus Dei y la de los primeros fieles: «Si se quiere buscar alguna comparación, la manera más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos. Ellos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban seriamente la perfección a la que estaban llamados por el hecho sencillo y sublime del Bautismo. No se distinguían externamente de los demás ciudadanos»

 

Por Domingo Ramos-Lissón (*)


Introducción


El aprecio de San Josemaría Escrivá de Balaguer por los primeros cristianos se encuentra presente en sus escritos más antiguos [1]. Ya en Consideraciones Espirituales incitaba al lector para que se adentrara en el conocimiento de la vida de los primeros fieles y tratara de acomodar su conducta a esos modelos primigenios [2]. Esta alta estima la extendió también a los Padres de la Iglesia, como se puede observar leyendo sus Homilías [3]. Lo que llama poderosamente la atención es que su interés por los primeros cristianos estará presente —como veremos— a lo largo de toda su vida [4].

Una primera cuestión a dilucidar —aunque pueda parecer obvia— sería la siguiente: ¿a quiénes llamaba San Josemaría con esa expresión de "primeros cristianos"? En sus escritos podemos constatar que considera como tales a quienes vivieron en un arco de tiempo que va desde el núcleo inicial de los "Doce" primeros seguidores del Señor [5] hasta los comienzos del siglo IV, cuando tiene lugar la persecución de Diocleciano y Maximiano [6]. Pensamos, por otra parte, que el lapso de los tres primeros siglos de la Era cristiana representa, con bastante precisión, una primera etapa de la vida de la Iglesia que posee ya una especificidad y unas coordenadas propias, que cambiarán significativamente a partir del Edicto de Milán del 313 [7].

También cabe preguntarse por la procedencia social o cultural de los cristianos de las primeras generaciones, sobre todo si tenemos en cuenta que el cristianismo nace en el seno de la "oikumene", en un momento histórico en el que la sociedad romana aparecía configurada en estratos sociales muy separados [8]. En este sentido observa don Álvaro del Portillo que: «la realidad del Opus Dei recuerda la de los primeros cristianos (...): cada comunidad de fieles reunía a personas de todos los estratos sociales, de todas las proveniencias: gentes convertidas a la fe de Cristo, que era la que les aglutinaba. Estaban representadas en esas comunidades todas las profesiones: había médicos como Lucas, juristas como Zela, financieros como Erasto, universitarios como Apolo, artesanos como Alejandro, pequeños y grandes comerciantes, vigilantes de las cárceles y sus familias, soldados y oficiales, un procónsul —Sergio Paulo—, etc.: eran pobres y ricos, esclavos y libres, gente civil y militares, como Sebastián» [9].

La opción metodológica que hemos adoptado tiene como punto de partida la documentación escrita del Fundador del Opus Dei, en los lugares donde menciona a los primeros cristianos, ya sea con esta misma expresión u otras similares, o con nombres concretos de los primeros fieles. También hemos procurado situar algunos rasgos someros del ambiente histórico de la época, en la medida que podía ayudar a una mejor contextualización de lo tratado, pero sin ánimo de exhaustividad. En nota aparecerán igualmente las referencias bibliográficas y algunas aclaraciones complementarias.

Así pues, desde estos presupuestos vamos a fijar nuestra atención en la santificación de la vida ordinaria en los cristianos de las primeras generaciones, a través de las enseñanzas de San Josemaría. Prestaremos especial atención, en primer lugar, a los aspectos más sobresalientes de la llamada universal a la santidad en medio del mundo, para pasar después al análisis de las situaciones que componen la vida ordinaria de un cristiano con respecto a la santificación de la vida familiar y social. A continuación, examinaremos la proyección apostólica. Por último, haremos un breve resumen conclusivo.


1. La llamada a la santidad en medio del mundo: características principales

Una de las enseñanzas más reiteradas por San Josemaría ha sido la llamada a la santidad en medio del mundo. Este mensaje lo explicitaba muy claramente cuando le preguntaban por la vocación al Opus Dei. En una entrevista que le hace un periodista norteamericano, contesta ilustrando su respuesta con un paralelismo entre la llamada al Opus Dei y la de los primeros fieles: «Si se quiere buscar alguna comparación, la manera más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos. Ellos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban seriamente la perfección a la que estaban llamados por el hecho sencillo y sublime del Bautismo. No se distinguían externamente de los demás ciudadanos» [10].

De las múltiples sugerencias que nos ofrece el texto citado, tal vez convenga subrayar de modo especial, la de la búsqueda de la santidad [11]. Pero hay que entender bien esa búsqueda, en el sentido de respuesta a una llamada que Dios ha ofrecido con anterioridad. San Josemaría Escrivá tiene muy presente que la santidad es un don de los hijos de Dios [12], al que es preciso corresponder con humildad «ya que no son nuestras fuerzas las que nos salvan y nos dan la vida, sino el favor divino. Es ésta una verdad que no puede olvidarse nunca, porque entonces el endiosamiento se pervertiría y se convertiría en presunción, en soberbia y más pronto o más tarde, en derrumbamiento espiritual ante la experiencia de la propia flaqueza y miseria» [13].

De ahí que no considere la santidad como algo abstracto, que se queda anclado en el mundo de las ideas, sino como una realidad encarnada en personas singulares, con nombres propios y manifestaciones externas que se expresaban hasta en el mismo trato fraterno de los primeros seguidores del cristianismo: «"Saludad a todos los santos. Todos los santos os saludan. A todos los santos que viven en Éfeso. A todos los santos en Cristo Jesús, que están en Filipos". —¿Verdad que es conmovedor ese apelativo —¡santos!—que empleaban los primeros fieles cristianos para denominarse entre sí?
—Aprende a tratar a tus hermanos» [14].

De algunos de esos "santos" conocemos sus nombres e incluso ocupan un lugar en el santoral de la Iglesia [15], de otros —la inmensa mayoría— no tenemos esos datos, simplemente porque los avatares de la historia han impedido que llegaran hasta nosotros.

a) La novedad cristiana

La novedad aparece ya desde los comienzos, como un elemento configurador del mensaje cristiano. No en vano la palabra "Evangelio", que tiene raíces muy profundas en el cristianismo primitivo, connota ese sentido de novedad [16]. Una faceta que emerge de la recepción del bautismo, y que es apreciada como tal no sólo por los primeros convertidos al cristianismo, sino también por parte de los judíos y paganos [17]. El sentido de lo novedoso cristiano se comprende mejor si hacemos un análisis comparativo —aunque sea somero— con las religiones coetáneas del siglo I. Esas religiones de la antigüedad estaban muy vinculadas al culto externo, bien fuera por su pertenencia a una determinada etnia, como le sucedía al pueblo de Israel, bien porque se tributara ese culto a los dioses de una polis (civitas), como acontecía en el mundo griego; dándose además una estrecha unión entre lo sacro y lo civil [18]. Existían además otros anclajes de la religiosidad pagana que el cristianismo venía a superar [19], y de ahí que se presentara para muchos como una auténtica nova religio.

San Josemaría tiene también una clara conciencia de la novedad que significa el Opus Dei, y la enlaza con la novitas christiana de los primeros tiempos: «Esta novedad nuestra, hijos míos, es tan antigua como el Evangelio. (...) Así la auténtica espiritualidad del Evangelio fue produciendo frutos abundantes de santidad, en todos los ambientes cristianos de la primera hora» [20].

En otra ocasión no dudará en adjetivar esta novedad, como vieja novedad [21], en tanto que esa novedad participa de la perenne vitalidad de lo divino: «Esta novedad de la Obra —escribe— no es la novedad de un simple fenómeno humano. Es la novedad de las cosas de Dios, que como buen Padre provee a su familia con cosas viejas y nuevas (cfr. Matth. XIII, 52). Novedad, hijas e hijos míos, que no envejece, en cuanto es participación de la única buena-nueva, y que supone —como fenómeno social de los fieles cristianos— la vuelta maravillosa al espíritu con que vivieron los primeros fieles el mensaje de salvación» [22].

Para San Josemaría la novedad cristiana arranca —como no puede ser menos— del seguimiento de Cristo: «Desde que Jesucristo dijo que Él es el Camino, la Verdad y la Vida (Ioann. XIV, 6), e invitó a todos a seguirle (cfr. Matth. XVI, 24), brotó con fuerza en el alma de muchos fieles —desde los primeros tiempos de la Iglesia— el deseo de hacer realidad la búsqueda de la perfección trazada por el Evangelio y practicada ejemplarmente por el mismo Jesucristo: vida de santidad personal y de actividad apostólica» [23].

El texto que acabamos de transcribir nos ofrece una síntesis muy lograda a la hora de aglutinar el seguimiento y la imitación de Cristo con la búsqueda de la santidad. Esta síntesis se fundamenta en la que realizaron con sus vidas los primeros seguidores del Señor, algunos de cuyos testimonios han llegado hasta nosotros, como los de Clemente Romano, Ignacio de Antioquía o Policarpo de Esmirna, entre otros [24].

b) La radicalidad de la vida cristiana

Ahora
bien, el seguimiento de Cristo es también algo novedoso por la radicalidad que conlleva, como hemos señalado en otro lugar [25]. Se puede decir que ningún hombre de la antigüedad clásica o judía se atrevió nunca a pedir a quien le siguiera lo que exigió el Señor. Jesús demanda a sus seguidores una amplísima renuncia que, en algunos casos, detalla con minuciosidad: casa, hermanos, hermanas, padre, madre, esposa, hijos, campos [26].

La nota de radicalidad es señalada por San Josemaría, por ejemplo, en la homilía El Gran Desconocido, a partir del testimonio de vida cristiana narrado en el libro de los Hechos: «En los Hechos de los Apóstoles —dice— se describe la situación de la primitiva comunidad cristiana con una frase breve, pero llena de sentido: perseveraban todos en las instrucciones de los Apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en la oración (Act II, 42) (...). Es doctrina que se aplica a cualquier cristiano, porque todos estamos igualmente llamados a la santidad. No hay cristianos de segunda categoría, obligados a poner en práctica sólo una versión rebajada del Evangelio» [27]. Es decir, las exigencias de la llamada a la santidad afectan a todo cristiano, y a todos se les pide una respuesta que comporte asumir la perfección que ha sido propuesta por el Señor [28]. Así lo expresaba en Camino: «Tienes obligación de santificarte. —Tú también. ¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos?
A todos, sin excepción, dijo el Señor: "Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto"» [29].

Para comprender mejor este aspecto nos puede ayudar la consideración del martirio como un ejemplo de entrega plena, hasta dar la vida, en la radicalidad de la vocación cristiana. Así lo expresaba S. Ignacio de Antioquía, camino de Roma, cuando escribe: «Ahora comienzo a ser discípulo. Que nada visible o invisible me envidie, para que alcance a Cristo. (...) Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios» [30]. Por otra parte, el cristiano de los primeros siglos sabía que la recepción del bautismo llevaba consigo el deber de testimoniar, con su propia vida, la fe que profesaba en Cristo [31].

La perfección paradigmática del martirio irá creando también una atmósfera propicia para que se abra camino la idea de un martirio "espiritualizado" o si se prefiere "incruento", que expresa también el compromiso bautismal cristiano vivido con plenitud [32]. Desde esta óptica se comprende que San Josemaría declarara al ser preguntado sobre la vocación al Opus Dei: «Voy a decírselo en pocas palabras: buscar la santidad en medio del mundo, en mitad de la calle. Quien recibe de Dios la vocación específica al Opus Dei sabe y vive que debe alcanzar la santidad en su propio estado, en el ejercicio de su trabajo, manual o intelectual. (...). La vocación recibida es igual a la que surgía en el alma de aquellos pescadores, campesinos, comerciantes o soldados que sentados cerca de Jesucristo en Galilea, le oían decir: Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto (Mt 5, 48)» [33].

Ese modo de vivir la radicalidad del compromiso cristiano es equivalente a la vivencia de una entrega martirial espiritualizada, que identifica con Cristo en su obediencia perfecta a la voluntad de Dios Padre. En esa clave hay que leer algunos puntos de Camino, que nos hablan de martirio: «¡Qué bien has entendido la obediencia cuando me has escrito: "obedecer siempre es ser mártir sin morir"!» [34]. «Quieres ser mártir. —Yo te pondré un martirio al alcance de la mano: ser apóstol y no llamarte apóstol, ser misionero —con misión— y no llamarte misionero, ser hombre de Dios y parecer hombre de mundo: ¡pasar oculto!» [35].

c) La centralidad de la oración

La
santidad a la que el cristiano está llamado no es una meta inasequible: todos podemos alcanzar la identificación con Cristo [36]. Esta finalidad se lleva a cabo con la puesta en práctica de unos medios determinados, tal y como hicieron los primeros fieles. Desde esta perspectiva enfocaba San Josemaría su enseñanza:

«—Ser santo no es fácil, pero tampoco es difícil. Ser santo es ser buen cristiano: parecerse a Cristo. —El que más se parece a Cristo, ése es más cristiano, más de Cristo, más santo.
—Y ¿qué medios tenemos? —Los mismos que los primeros fieles, que vieron a Jesús, o lo entrevieron a través de los relatos de los Apóstoles o de los Evangelistas» [37].

Será, en efecto, la imitación y el seguimiento de Cristo un elemento configurador de la ascética cristiana. Por eso, a la hora de considerar y valorar los medios ascéticos, la vida de oración ocupará un puesto señero [38]. La mirada del Fundador del Opus Dei se centrará, de nuevo, en la figura del Señor y sus primeros seguidores:

«Recordad lo que, de Jesús, nos narran los Evangelios. A veces, pasaba la noche entera ocupado en coloquio íntimo con su Padre. ¡Cómo enamoró a los primeros discípulos la figura de Cristo orante! [39]. Después de contemplar esa constante actitud del Maestro, le preguntaron: Domine, doce nos orare (Lc 11, 1), Señor, enséñanos a orar así. San Pablo — oratione instantes (Rom 12, 12), en la oración continuos, escribe— difunde por todas partes el ejemplo vivo de Cristo. Y San Lucas, con una pincelada, retrata la manera de obrar de los primeros fieles: animados de un mismo espíritu, perseveraban juntos en la oración (Act 1, 14)» [40].

Este modo de actuar de los primeros cristianos estimula a San Josemaría a proyectar su ejemplo entre los jóvenes, y así se lo indicará a sus hijos: «Tened especial interés en darles a conocer la vida de oración de los cristianos primeros: Los Hechos son un arsenal encantador de noticias» [41].

Una visión globalizante de lo que venimos diciendo sobre la oración nos la ofrece la homilía Vida de oración:

«En los Hechos de los Apóstoles se narra una escena que a mí me encanta, porque recoge un ejemplo claro, actual siempre: perseveraban todos en la enseñanza de los Apóstoles, y en la comunicación de la fracción del pan, y en la oración (Act 2, 42). Es una anotación insistente, en el relato de la vida de los primeros seguidores de Cristo: todos, animados de un mismo espíritu, perseveraban juntos en oración (Act 1, 14). Y cuando Pedro es apresado por predicar audazmente la verdad, deciden rezar. La Iglesia incesantemente elevaba su petición por él (Act 12, 5).
La oración era entonces, como hoy, la única arma, el medio más poderoso para vencer en las batallas de la lucha interior: ¿hay entre vosotros alguno que esté triste? Que se acoja a la oración (Iac 5, 13). Y San Pablo resume: orad sin interrupción (Tes 5, 17), no os canséis nunca de implorar» [42].

En síntesis, vemos cómo San Josemaría pone especial énfasis en sub-rayar la importancia de la «vida de oración». Habría que añadir que no es difícil encontrar expresiones similares en otros lugares de su obra escrita, tales como: «oración constante» [43], «la oración se hace continua» [44], etc., que nos hablan de ese trato ininterrumpido con Dios, que lleva al cristiano a la contemplación divina [45]. O dicho con otras palabras de nuestro autor: «La oración se hace continua, como el latir del corazón, como el pulso. Sin esa presencia de Dios no hay vida contemplativa; y sin vida contemplativa de poco vale trabajar por Cristo, porque en vano se esfuerzan los que construyen, si Dios no sostiene la casa» [46].

2. La vida ordinaria como ámbito de santificación


En los escritos y en la predicación de San Josemaría es muy abundante la referencia a la santificación de la vida ordinaria del cristiano [47]. Se podría reiterar, una vez más, que la santidad a la que alude se desenvuelve normalmente en medio de las ocupaciones de la vida ordinaria. Así en la homilía Trabajo de Dios cita un conocido pasaje de la llamada Epístola a Diogneto: «Saboread estas palabras de un autor anónimo de esos tiempos, que resume la grandeza de nuestra vocación: los cristianos son para el mundo lo que el alma para el cuerpo. Viven en el mundo, pero no son mundanos, como el alma está en el cuerpo, pero no es corpórea. Habitan en todos los pueblos, como el alma en todas las partes del cuerpo (...). Y no es lícito a los cristianos abandonar su misión en el mundo, como al alma no le está permitido separarse voluntariamente del cuerpo» [48]. Por tanto, será en ese ámbito de lo ordinario donde el cristiano ha de poner en práctica los medios que le van a permitir realizar su tarea santificadora [49].

a) Santificación en la vida familiar

Las
familias cristianas de los primeros tiempos son consideradas por San Josemaría el modelo en el que han de mirarse los componentes de las familias actuales [50]. Oigamos sus palabras: «Por eso, quizá no puede proponerse a los esposos cristianos mejor modelo que el de las familias de los tiempos apostólicos: el centurión Cornelio, que fue dócil a la voluntad de Dios y en cuya casa se consumó la apertura de la Iglesia a los gentiles; Aquila y Priscila, que difundieron el cristianismo en Corinto y en Éfeso y que colaboraron en el apostolado de San Pablo; Tabita, que con su caridad asistió a los necesitados de Joppe. Y tantos otros hogares de judíos y de gentiles, de griegos y de romanos, en los que prendió la predicación de los primeros discípulos del Señor» [51].

Al ser preguntado en una entrevista sobre la importancia de educar a los niños en la vida de piedad, San Josemaría responde: «Considero que es precisamente el mejor camino para dar una formación cristiana auténtica a los hijos. La Sagrada Escritura nos habla de esas familias de los primeros cristianos —la Iglesia doméstica, dice San Pablo (1 Cor 16, 19)—, a las que la luz del Evangelio daba nuevo impulso y nueva vida» [52].

Inculcó a sus hijos la esencial dimensión de familia del Opus Dei: «Todos los que pertenecemos al Opus Dei, hijos míos, formamos un solo hogar: la razón de que constituyamos una sola familia no se basa en la materialidad de convivir bajo un mismo techo. Como los primeros cristianos, somos cor unum et anima una (Act. IV, 32) y nadie en la Obra podrá sentir jamás la amargura de la indiferencia» [53]. Este fuerte sentido de unidad se encuentra estrechamente ligado al entendimiento de la Obra como una parte de la Iglesia [54], que procura ser fiel a su vocación específica [55].

Pero, a la vez que subraya con vigor la unidad de la Obra, San Josemaría destaca la necesidad de establecer esas pequeñas comunidades cristianas —las antecitadas Iglesias domésticas paulinas— en torno a unas familias. «De este modo —escribe— formamos pequeñas comunidades cristianas, en todos los grados y en todos los planos de la sociedad, que son una fuente real de vida fraterna y de caridad, de cariño evangélico» [56].

También en el seno de la familia cristiana de los primeros siglos se desarrolla la virginidad [57] como género de vida que se profesa propter regnum caelorum [58]. Los primeros cristianos que vivían la virginidad sin apartarse del mundo [59], lo hacían en el propio ámbito familiar. A ellos alude el Fundador del Opus Dei, cuando en una Instrucción dirigida a sus hijos se refiere a este precedente, que convendrá tener en cuenta en la vida de la Obra, tanto en el aspecto jurídico, como en el espiritual:

«Antes de recogernos —dice— en ese recipiente jurídico, han de tener presente, y nosotros también, que los primeros fieles cristianos —incluso aquellos ascetas y aquellas vírgenes, que dedicaban personalmente su vida al servicio de la Iglesia— no se encerraban en un convento: se quedaban en medio de la calle, entre sus iguales. Este es nuestro caso, puesto que no nos hemos de diferenciar en nada de nuestros compañeros y de nuestros conciudadanos» [60].

Y un poco más adelante en la misma Instrucción expone el motivo por el que algunos miembros del Opus Dei viven el celibato o la virginidad: «Tened siempre presente que es el Amor —el Amor de los amores— el motivo de nuestro celibato: no somos por tanto solterones, porque el solterón es una desgraciada criatura que nada sabe de amor» [61]. El celibato —recuerda en otro momento— proporciona «mayor libertad de corazón y de movimiento, para dedicarse establemente a dirigir y sostener empresas apostólicas, también en el apostolado seglar» [62].
Si lanzamos nuestra mirada a la primitiva cristiandad nos percataremos que la motivación para vivir el celibato y la virginidad por parte de fieles corrientes, es la misma que acaba de mencionar San Josemaría [63].

b) Santificación en la vida social

La
variopinta composición de la sociedad le servía a San Josemaría de excelente ocasión para mostrar la riqueza santificadora que se le ofrece al cristiano de todos los tiempos, comenzando por los primeros. Así lo expresaba en una de sus Cartas: «Lo mismo que entre los primeros seguidores de Cristo, en nuestros Supernumerarios está presente toda la sociedad actual, y lo estará la de siempre: intelectuales y hombres de negocios; profesionales y artesanos; empresarios y obreros; gentes de la diplomacia, del comercio, del campo, de las finanzas y de las letras; periodistas, hombres de teatro, del cine y del circo, deportistas. Jóvenes y ancianos. Sanos y enfermos. Una organización desorganizada, como la vida misma, maravillosa; especialización verdadera y auténtica del apostolado, porque todas las vocaciones humanas —limpias, dignas— se hacen apostólicas, divinas» [64].

Para quien conozca el pensamiento del Fundador del Opus Dei, las palabras que acabamos de transcribir le situarán ante un aspecto central entre las realidades que se han de santificar, según el espíritu del Opus Dei: el trabajo ordinario [65]. Desde este ángulo de visión podemos leer la siguiente reflexión de Surco: «Te está ayudando mucho —me dices— este pensamiento: desde los primeros cristianos, ¿cuántos comerciantes se habrán hecho santos?
Y quieres demostrar que también ahora resulta posible... —El Señor no te abandonará en este empeño» [66].

Es relevante que, en este punto —como en otros muchos—, después de buscar la referencia testimonial de los primeros fieles, San Josemaría salte inmediatamente a la concreción que es aplicable al hombre de nuestros días. Se nota que su sintonía con los primeros seguidores de Cristo no se queda en el plano de la "teoría", sino que late con fuerza su celo apostólico por aquellas personas que puedan recibir su mensaje. Es claro para San Josemaría el sentido santificador del trabajo, a partir de la llamada a la santidad que está presente en todo cristiano: «La actitud del hombre de fe es mirar la vida, con todas sus dimensiones, desde una perspectiva nueva: la que nos da Dios. (...) Esta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente» [67].

Aunque ya hemos aludido a ello, puede resultar conveniente recordar aquí, las grandes dificultades de la vida cultural y política que impregnaban la sociedad en la época imperial romana, y que los primeros fieles tuvieron que superar. Permítasenos traer a la memoria, al menos de forma enumerativa, algunos de los más importantes obstáculos que hubieron de remontar: las persecuciones del Imperio Romano [68], con su secuela de martirios [69] a lo largo de tres siglos; los ataques de la élite intelectual, entre los que destacan los de Frontón de Cirta, Celso y Porfirio [70]; las chanzas burlescas de autores como Luciano [71]; la condena de la opinión pública [72]; las acusaciones de ateísmo, de cultos extranjeros, de charlatanismo y de magia, de convites tiesteos, de antropofagia, etc. [73]. La respuesta cristiana, aunque existan variantes en su formulación, es inequívoca: proclamar la verdad, cumpliendo el mandato de Jesús [74], aún a fuer de que esa actuación le acarree la muerte a quien la manifieste.

3. Proyección apostólica


Proclamar la verdad de Cristo, como decíamos, es la gran tarea de los primeros cristianos y, por eso será uno de los grandes atractivos que descubrirá en ellos San Josemaría. Para él este modo de actuar apostólico será también un ejemplo para los hombres de nuestro tiempo: «Para seguir las huellas de Cristo, el apóstol de hoy no viene a reformar nada, ni mucho menos a desentenderse de la realidad histórica que le rodea... —Le basta actuar como los primeros cristianos, vivificando el ambiente» [75].
Pero aunque la razón de fondo en este modo de proceder sea siempre la del seguimiento de Cristo, el Fundador del Opus Dei percibe la falta de conocimiento de la verdad de Jesús en el mundo circundante [76] y, por tanto, su mirada se dirige también a los primeros fieles, que se encontraron con el mismo problema: «Se vuelve a repetir, en la vida nuestra, la vida de los primeros cristianos. También nosotros encontramos a nuestro paso, en tantas ocasiones, la más desoladora ignorancia religiosa, que nos exige un profundo y continuado apostolado de la doctrina. Y esto no sólo entre los paganos de nuestro tiempo, sino aun entre no pocos que se ofenderían si no se les llamara católicos» [77].

Otra característica digna de consignarse es el modo personalizado de la acción apostólica, que encontramos hecho realidad en la conducta de los cristianos de la primera hora [78]:

«Así actuaron los primeros cristianos. No tenían, por razón de su vocación sobrenatural, programas sociales ni humanos que cumplir; pero estaban penetrados de un espíritu, de una concepción de la vida y del mundo, que no podía dejar de tener consecuencias en la sociedad en la que se movían.

Con un apostolado personal semejante al nuestro, fueron haciendo prosélitos y, durante su cautividad, ya enviaba Pablo a las iglesias los saludos de los cristianos que vivían en la casa del César (Philip. IV, 22). ¿No os conmueve aquella carta que dirige el Apóstol a Filemón, que es un testimonio vivo de cómo el fermento de Cristo —sin pretenderlo directamente— había dado un nuevo sentido, por el influjo de la caridad, a las estructuras de la sociedad heril?
(cfr. Phile. 8-12; Ephes. VI, 5 ss.; Colos. III, 22-25; I Tim. VI, 1 y 2; I Petr. II, 18 ss.).

Somos de ayer y llenamos ya el orbe y todas vuestras cosas: las ciudades, las islas, las aldeas, los municipios, los concejos, los mismos campamentos, las tribus, las decurias, el palacio, el senado, el foro: sólo os hemos dejado vuestros templos, escribía —poco después de un siglo— Tertuliano (Tertuliano, Apologeticus, 37)» [79].

Aun cuando estas últimas palabras de Tertuliano haya que tomarlas con alguna cautela, dada la vehementia cordis del escritor africano, es indudable que la expansión del cristianismo a finales del siglo II y principios del III es muy considerable, dentro de los confines del Imperio Romano [80]. En la línea argumentativa de San Josemaría, la cita tertulianea le sirve para mostrar la eficacia del apostolado individualizado que practicaron nuestros primeros hermanos en la fe.

Un
aspecto del apostolado individual es el de testimoniar con la propia vida la fe que se profesa. El tema tiene una honda raíz bíblica [81] y patrística [82], y toca un punto capital del mensaje cristiano: la coherencia entre la fe y su práctica en la vida del seguidor de Cristo. De ahí que San Josemaría lo recuerde a sus hijos: «Y de esta manera, con un apostolado individual, silencioso y casi invisible, llevan a todos los sectores sociales, públicos y privados, el testimonio de una vida semejante a la de los primeros fieles cristianos» [83].

Pero no se ha de olvidar que el testimonio cristiano está alimentado y promovido por la caridad. Así lo pone de manifiesto San Josemaría en su homilía Con la fuerza del amor de 1967: «Qué bien pusieron en práctica los primeros cristianos esta caridad ardiente, que sobresalía con exceso más allá de las cimas de la simple solidaridad humana o de la benignidad de carácter. Se amaban entre sí, dulce y fuertemente, desde el Corazón de Cristo. Un escritor del siglo II, Tertuliano, nos ha transmitido el comentario de los paganos, conmovidos al contemplar el porte de los fieles de entonces, tan lleno de atractivo sobrenatural y humano: mirad cómo se aman (Tertuliano, Apol., XXXIX), repetían» [84].

Con todo, el testimonio debe ir acompañado de la palabra, que tiene una enorme fuerza comunicativa, y como siempre el referente supremo es Cristo. De su talante dialogador aprenderán las primeras generaciones cristianas a realizar un apostolado personal dialógico [85] Escuchemos en este sentido lo que el Fundador del Opus Dei escribía a sus hijos:

«Podríamos continuar hojeando el Evangelio y contemplar tantas conversaciones de Jesús con los hombres: toda su vida ha sido un continuo diálogo, en busca de las almas; (...). Los primeros Doce —para predicar el Evangelio— tuvieron una conversación maravillosa con todas las personas a las que encontraron, a las que buscaron, en sus viajes y peregrinaciones. No habría Iglesia, si los Apóstoles no hubieran mantenido ese diálogo sobrenatural con todas aquellas almas. Porque el apostolado cristiano no es más que eso: ergo fides ex auditu, auditus autem per verbum Christi (Rom. X, 17); ya que la fe proviene del oír, y el oír depende de la predicación de la palabra de Jesucristo.

¡Qué bien lo entendieron las primeras generaciones cristianas, de las que tanto me gusta hablar, porque son como un modelo de nuestra vocación!» [86].

Un ejemplo más de cómo la primera generación cristiana valoraba la palabra para comunicar el mensaje de Jesús, nos lo glosa San Josemaría con una gran expresividad en la homilía Para que todos se salven:

«Ahora viene a propósito traer a nuestra memoria la consideración de un episodio, que pone de manifiesto aquel estupendo vigor apostólico de los primeros cristianos. No había pasado un cuarto de siglo desde que Jesús había subido a los cielos, y ya en muchas ciudades y poblados se propagaba su fama. A Éfeso, llega un hombre llamado Apolo, varón elocuente y versado en las Escrituras. Estaba instruido en el camino del Señor, predicaba con fervoroso espíritu y enseñaba exactamente todo lo perteneciente a Jesús, aunque no conocía más que el bautismo de Juan (Act 18, 24-25).

En la mente de ese hombre ya se había insinuado la luz de Cristo: había oído hablar de Él, y lo anuncia a los otros. Pero aún le quedaba un poco de camino, para informarse más, alcanzar del todo la fe, y amar de veras al Señor. Escucha su conversación un matrimonio, Aquila y Priscila, los dos cristianos, y no permanecen inactivos e indiferentes. No se les ocurre pensar: éste ya sabe bastante, nadie nos llama a darle lecciones. Como eran almas con auténtica preocupación apostólica, se acercaron a Apolo, se lo llevaron consigo y le instruyeron más a fondo en la doctrina del Señor (Act 18, 26)» [87].

El comentario del Fundador del Opus Dei a este pasaje de los Hechos de los Apóstoles muestra su admiración por el vigor del celo apostólico, que empapa todo el episodio narrado, pero a la vez también hace hincapié en la pronta determinación que lleva a Priscila y Aquila a instruir a Apolo. Es la misma determinación que no se detendrá ni siquiera en los momentos supremos del martirio, aprovechando incluso una ocasión tan excepcional para acercar a Cristo también a sus perseguidores, y tratar así de conseguir su conversión [88].

El apostolado personal, basado en el amor, tendrá también la nota del entusiasmo, propia de quien descubre las inmensas riquezas del mensaje cristiano. Escribe a este propósito San Josemaría: «Me parece tan bien tu devoción por los primeros cristianos, que haré lo posible por fomentarla, para que ejercites —como ellos—, cada día con más entusiasmo, ese Apostolado eficaz de discreción y de confidencia» [89].

Una última cuestión, que se instalaría en el terreno de la finalidad de toda acción apostólica, es la de los resultados. Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer responde con gran realismo, sin caer en utopías, y, con el aval de quien lo tiene bien experimentado, que estarán en relación con la respuesta a la llamada a la santidad: «La eficacia del apostolado nuestro dependerá siempre de nuestro empeño por ser santos. Y la santidad tiene ahora los mismos medios que en los tiempos de los primeros cristianos: no hay otros» [90].

Resumen conclusivo

Una primera impresión que surge de la lectura de los textos seleccionados de San Josemaría es su proximidad —casi inmediatez— con los primeros seguidores de Jesús. Se tiene la sensación de haber superado la barrera del tiempo. Por otra parte, estos escritos rezuman frescura y calor, es decir, los primeros cristianos no son un referente al que se alude de una forma "teórica", sino que tienen el vigor de quienes han encarnado con plenitud la doctrina de Cristo. Se nota que el Fundador del Opus Dei sintoniza sus propias vivencias espirituales con el modelo que ellos representan. En esta misma línea hay que inscribir sus comentarios a pasajes de la Escritura —especialmente del libro de los Hechos de los Apóstoles—, que protagonizan el quehacer apostólico de los primeros seguidores de Cristo.

El testimonio de los primeros fieles, en cuanto a la santificación de la vida ordinaria, representa una manera de vivir el cristianismo, que tiene el atractivo de lo recién nacido y a la vez la plenitud de quien ha seguido al Señor con todas las exigencias que Él ha señalado. Ha quedado muy evidenciado que la llamada a la santidad es la misma en el siglo I que en nuestros días, no sólo en cuanto a la naturaleza intrínseca de la misma, sino también en relación con los medios para alcanzarla. Lo mismo sucede con las exigencias de la vida cristiana: la santidad vivida por nuestros primeros hermanos en la fe estaba fundamentada en el bautismo, con una nota de radicalidad, que lleva al discípulo de Cristo, incluso hasta el martirio. Téngase en cuenta, además, que esta llamada a la santidad tenía lugar en medio del mundo, es decir, en la vida ordinaria y entre personas de todos los estamentos sociales, y en no pocas ocasiones con serias dificultades políticas y sociales. Esta plenitud de vida cristiana es la que verá reflejada Mons. Escrivá de Balaguer en los fieles del Opus Dei.

Mirando también la dimensión apostólica de los primeros cristianos, San Josemaría descubrirá unos perfiles de actuación personalizada, que son pautas de conducta aplicables a nuestros días, avaladas además por los resultados positivos alcanzados en los tres primeros siglos. Así en una espléndida unidad se conjugan el testimonio de unas personas que viven el mensaje de Jesús, y la palabra de ese mensaje, que se comunica persona a persona en el propio ambiente familiar y social.

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1]. Así lo manifestaba en 1933: «Nuestra mayor ambición ha de ser la de vivir como vivió Cristo Señor Nuestro; como vivieron también los primeros fieles, sin que haya división por motivos de sangre, de nación, de lengua o de opinión» (Carta 16-VII-1933, n. 19).
[2]. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Consideraciones Espirituales, Imprenta Moderna, Cuenca 1934, p. 99. Este punto será reproducido íntegramente en Camino, Gráficas Turia, Valencia 1939, n. 925.
[3]. A título de ejemplo bástenos recordar el número considerable de citas de S. AGUSTÍN, que figuran en sus Homilías (cfr. D. RAMOS-LISSÓN, La presencia de San Agustín en las Homilías del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, en «Scripta Theologica» 25 (1993) 901-942). Cfr. Id., El uso de los "loci" patrísticos en las "Homilías" del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, en «Anuario de Historia de la Iglesia» 2 (1993) 17-28.
[4]. La última referencia escrita que hemos encontrado procede de una homilía, El matrimonio vocación cristiana, de la Navidad de 1970 (SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 34ª ed., Rialp, Madrid 1997, nn. 29-30). Cuando estaba en el tramo postrero de su vida terrena, volvería a recordar a sus hijos en el Opus Dei: «De vosotros se puede decir lo mismo que de los primeros cristianos: ¡mirad cómo se aman!» (19-II-1975 en Guatemala).
[5]. Cfr. Carta 24-X-1965, n. 13.
[6]. Deducimos ese término ad quem por la mención (cfr. más adelante la nota n. 9.) de San Sebastián en Instrucción, 8-XII-1941, n. 90, nota 128. Este santo sufrió el martirio durante la persecución de Maximiano (+ aprox. 304).
[7]. Algunos autores, como A. Hamman, consideran como primeros cristianos a quienes vivieron durante los dos primeros siglos, como lo muestra el título de una conocida obra suya: La vie quotidienne des premiers chrétiens (95/197), Hachette, Paris 1971.
[8]. Cfr. A. D"ORS, Derecho Privado Romano, 9ª ed., Eunsa, Pamplona 1997, pp. 48-53; 275-304.
[9]. MONS. ÁLVARO DEL PORTILLO, nota 128 en SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Instrucción, 8-XII-1941.
[10]. Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 18ª ed., Rialp, Madrid 1996, n. 24. En este mismo sentido ver ibid., n. 62.
[11]. Cfr. Carta 11-III-1940, n. 21.
[12]. Cfr. F. OCÁRIZ, La filiación divina, realidad central en la vida y en la enseñanza de Mons. Escrivá de Balaguer, en VV. AA., Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, 2ª ed., Eunsa, Pamplona 1985, p. 178 s.; S. GAROFALO, El valor perenne del Evangelio, en «Scripta Theologica» 24 (1992) 27; J. BURGGRAF, El sentido de la filiación divina, en M. BELDA y otros (eds.) Santidad y mundo. Estudios en torno a las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá, Eunsa, Pamplona 1996, pp. 109-127.
[13]. Es Cristo que pasa, n. 133. Conviene hacer notar el empleo del término endiosamiento, pues vemos en él un equivalente al de "théosis", "théopoiesis" (="deificación", "divinización") que aparece ya en CLEMENTE DE ALEJANDRÍA (Protréptico, XI, 114,4 [SC 2,183]). Esta expresión será muy utilizada por los Padres de la Iglesia en Oriente, y cuenta con una rica polisemia a la hora de expresar la acción del Espíritu Santo en el cristiano (cfr. G. W. H. LAMPE, A Patristic Greek Lexicon, 2ª ed., Claredon Press, Oxford 1968, pp. 649 s.; B.P.T. BILANIUK, The mystery of theosis or divinization, en «Orientalia Christiana Analecta» 195 (1973) 337-359).
[14]. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino, 66ª ed., Rialp, Madrid 1997, n. 469. En este mismo sentido emplea también esta palabra en otras obras suyas: Es Cristo que pasa, n. 96; Forja, 9ª ed., Rialp, Madrid 1996, n. 622.
[15]. Acta Sanctorum, JOANNES MEURSIUM, Antwerp-Bruxelles, 1643 ss; Martyrologium Romanum, Marietti, Torino 1922.
[16]. Cfr. G. FRIEDRICH, s. v. Evangelion, en «Grande Lessico del Nuovo Testamento» 3, 1060-1106.
[17]. Cfr. D. RAMOS-LISSÓN, La novità cristiana negli apologisti del II secolo, en «Studi e Ricerche sull"Oriente Cristiano» 15 (1992) 18s.
[18]. Cfr. A. J. FESTUGIÈRE, Le monde gréco-romain au temps de Notre Seigneur, I, Bloud & Gay, Paris 1935, pp. 53 s.
[19].
Cfr. G. BARDY, La conversión al cristianismo durante los primeros siglos, trad. esp., Desclée de Brouwer, Bilbao 1961, pp. 136-157.
[20]. Carta 11-III-1940, n. 21.
[21]. Carta 9-I-1932, n. 91.
[22]. Carta 25-I-1961, n. 13.
[23]. Carta 11-III-1940, n. 21.
[24]. Cfr. D. RAMOS-LISSÓN, El seguimiento de Cristo (En los orígenes de la espiritualidad de los primeros cristianos), en «Teología Espiritual» 30 (1986) 3-27.
[25]. Cfr. ibid., p. 25; Id., La radicalidad de la vida espiritual de los primeros cristianos, en «XX Siglos» 5 (1994) 42-57.
[26]. Cfr. Mt 19, 29 (=Mc 10, 29; Lc 18, 29). Es una renuncia que afecta incluso al propio yo (cfr. Mt 10, 39; 16, 24; Lc 14, 25-33; Jn 12, 23-26).
[27]. Es Cristo que pasa, n. 134. Un buen comentario a este texto lo encontramos en J. M. CASCIARO, La santificación del cristiano en medio del mundo, en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, pp. 117 s.
[28]. Cfr. Mt 5, 48.
[29]. Camino, n. 291.
[30]. IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Romanos, V, 3-VI, 3 (FPatr 1,154-156).
[31]. El propio Ignacio de Antioquía afirmará esta disposición en el cristiano diciendo: «Si por Éste no estamos dispuestos a morir [para participar] en su pasión, su vida no está en nosotros» (Magnesios, V, 2 [FPatr 1,130]); cfr. Efesios, X, 3 (FPatr 1,114).
[32]. Así lo expresaba Clemente de Alejandría en el siglo II: «Si el martirio consiste en confesar a Dios, el alma que vive puramente en el conocimiento de Dios, que obedece sus mandamientos, es mártir en la vida y en las palabras (...) este hombre es bienaventurado, porque realiza no el martirio ordinario, sino el martirio gnóstico, dejándose guiar de acuerdo con el Evangelio, por amor del Señor» (Stromata, IV, 4, 15 [GCS 52,255]). Conviene aclarar que Clemente emplea aquí la palabra "gnóstico" en el sentido genuino de la "gnosis cristiana", es decir, de "auténtico conocedor de Dios". Esto es algo totalmente distinto de los gnósticos heterodoxos, que tuvo que combatir el mismo Clemente en su propia ciudad de Alejandría.
[33]. Conversaciones, n. 62.
[34]. Camino, n. 622
[35]. Ibid., n. 848.
[36]. Cfr. A. ARANDA, El cristiano, Alter Christus, ipse Christus en el pensamiento del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, en VV.AA., Santidad y mundo, cit., pp. 129-187.
[37]. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Forja, n. 10. En el mismo sentido se puede citar también Camino, n. 470; Carta 19-III-1967, n. 139.
[38]. Sobre los aspectos más relevantes de la oración en los primeros siglos del cristianismo ver: A. HAMMAN, La oración, trad. esp., Herder, Barcelona 1967, pp. 439-776. La vida de oración como actitud contemplativa tiene un lugar destacado en los escritos de San Josemaría: Ver por ejemplo, SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Vida de oración, en Amigos de Dios, 23ª ed., Rialp, Madrid 1997, nn. 238-255. Sobre este aspecto en su vida y doctrina: cfr. J. M. CASCIARO, La santificación del cristiano en medio del mundo, pp. 150-157; F. OCÁRIZ, La filiación divina, realidad central en la vida y en la enseñanza de Mons. Escrivá de Balaguer, en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, pp. 200-203; G. COTTIER, La oración y la estructura fundamental de la fe, en Santidad y mundo, cit., pp. 91-108; M. BELDA, Contemplativos en medio del mundo, en «Romana» 27 (1998) 326-340.
[39]. La representación iconográfica del "orante" ha tenido un enorme influjo en el arte cristiano de los primeros siglos (cfr. H. LECLERCQ, s.v., orante, en «Dictionnaire D"Archeologie Chrétienne et de Liturgie», 12, 2291-2322).
[40]. Es Cristo que pasa, n. 119.
[41]. Instrucción, 9-I-1935, n. 258.
[42]. Amigos de Dios, n. 242.
[43]. Es Cristo que pasa, n. 116.
[44]. Ibid., n. 8.
[45]. Ibid., n. 107
[46]. Ibid., n. 8.
[47]. Basta un repaso a sus homilías publicadas en Es Cristo que pasa y en Amigos de Dios para llegar a esa conclusión.
[48]. Amigos de Dios, n. 63. La cita reproducida en el texto está tomada de la Epístola a Diogneto, VI, 1-10 (SC 33 bis, 64-66).
[49]. Cfr. M. A. TABET, La santificación en la propia situación de vida. Comentario exegético a 1Cor 7, 17-24, en «Romana» 6 (1988/1) 169-176; G. DALLA TORRE, La animación cristiana del mundo, en Santidad y mundo, pp. 191-210.
[50]. Cfr. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, El matrimonio vocación cristiana, en Es Cristo que pasa, nn. 22-38. Vid. también C. BURKE, El Beato Josemaría Escrivá y el matrimonio. Camino humano y vocación sobrenatural, en «Romana» 19 (1994/2) 374-384; F. GIL HELLÍN, La vida familiar, camino de santidad, en «Romana» 20 (1995/1) 224-236; B. CASTILLA CORTÁZAR, Consideraciones sobre la antropología "varón-mujer" en las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá, en «Romana» 21 (1995/2) 434-447. Sobre el concepto de familia en esta época ver A. DE MIER VÉLEZ, Aspectos relativos al término "familia" en el cristianismo antiguo, en «Religión y Cultura» 30 (1994) 437-463.
[51]. Es Cristo que pasa, n. 30. En otra ocasión reproducirá un texto de Tertuliano (Ad uxorem,II,8,6 [CCL 1,393-394]), en el que se describe la excelencia del matrimonio cristiano (Ibid, n. 29).
[52]. Conversaciones, n. 103. Tenemos noticia de algunas "iglesias domésticas": la que se reunía en la casa de Estéfanas (1 Cor 1, 16); la de la casa de Filemón (Filem. 2); la de Cornelio (Act 16, 15); la de Lidia (Act 16, 31); la de Onesíforo (2 Tim 1, 6). La actividad de San Ignacio de Antioquía también debió realizarla casa por casa (cfr. Smirneos, XIII, 1 [FPatr 1,178-180]). Esta situación perdura a lo largo del siglo II, según nos testifica Justino, pues en las Actas de su martirio a la pregunta del prefecto Rústico sobre el lugar donde se reunía con los cristianos, Justino le responde: «Donde cada uno prefiere y puede» (Acta Justini et soc, III, 1 [BAC 75,312]).
[53]. Carta 6-V-1945, n. 23.
[54]. La expresión concreta que en ocasiones empleaba el Fundador del Opus Dei para definir la Obra era: «El Opus Dei es una partecica de la Iglesia» (P. RODRÍGUEZ, El Opus Dei como realidad eclesiológica, en P. RODRÍGUEZ-F. OCÁRIZ-J. L. ILLANES, El Opus Dei en la Iglesia, 3ª ed., Rialp, Madrid 1993, p. 22).
[55]. Cfr. Instrucción, mayo-1935, n. 1.
[56]. Ibid., 85. Completa este pasaje de la Instrucción una nota (155) de Mons. Álvaro del Portillo, que explicita su sentido: «Se trata, realmente, de un retorno a los primeros tiempos del cristianismo, en los que los fieles tenían cor unum et anima una (Act. IV, 32) y, llenos de ese cariño evangélico, se reunían en los hogares de unos y de otros, para alabar y dar gracias a Dios; para recibir la formación, oyendo la palabra divina, explicada de un modo conveniente según las necesidades de cada pequeña comunidad; y para hacer sus planes de apostolado y proselitismo. —Estos son, precisamente, los fines de las reuniones en los hogares de nuestros hermanos Supernumerarios, fuente real de vida fraterna y de caridad».
[57]. Sobre la virginidad y el ascetismo en los primeros siglos se puede consultar: T. CAMELOT, Virgines Christi.
La virginité aux premiers siècles de l"église, Paris 1944; J. JOUBERT, La virginité ou les vrais noces, en «Revue de Droit Canonique» 40 (1990) 117-133.
[58]. Cfr. Mt 19, 12. La virginidad y el celibato eran muy apreciados en la antigua Iglesia. Podemos mencionar algunos testimonios: CLEMENTE ROMANO, Epístola Corintios, I, 38, 2 (FPatr 4,120); IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Esmirneos, XIII, 1 (FPatr 1,178-180); HERMAS, Pastor, Visiones I, 2, 4; II, 3, 2 (FPatr 6,66;78); Semejanzas, IX, 29, 1; IX, 31, 3 (FPatr 6,274;276-278); MINUCIO FÉLIX, Octavio, 31 (CSEL 2,44-45); CIPRIANO, Sobre el vestido de las vírgenes, 3-6 (CSEL 3/1, 189-192); METODIO DE OLIMPO, Banquete, Himno (SC 95,310-321).
[59]. El nacimiento del monacato, con el consiguiente apartamiento del mundo es un fenómeno posterior que tiene sus orígenes a finales del siglo III (cfr. L. BOUYER, La spiritualité du Nouveau Testament et des Pères, Aubier, Paris 1966, p. 369).
[60]. Instrucción, 8-XII-1941, n. 81.
[61]. Ibid., n. 84.
[62]. Conversaciones, n. 92.
[63]. Como botón de muestra podemos citar lo que escribe Atenágoras en el siglo II: «Y hasta es fácil hallar a muchos entre nosotros hombres y mujeres, que han llegado a la vejez célibes, con la esperanza de más íntimo trato con Dios» (Legación, 33 [BAC 116,703-704]).
[64]. Carta 9-I-1959, n. 11.
[65]. Sobre la santificación del trabajo en el pensamiento de San Josemaría: J. L. ILLANES, La santificación del trabajo, Palabra, Madrid 1981; Id., Trabajo, caridad, justicia, en Santidad y mundo, pp. 211-242; J. M. AUBERT, La santificación del trabajo, en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, pp. 215-224; P. P. DONATI, El significado del trabajo en la investigación sociológica actual y el espíritu del Opus Dei, en «Romana» 22 (1996/1) 122-134.
Sobre el trabajo y la espiritualidad de los primeros cristianos: S. FELICI(Ed.), Spiritualità del lavoro nella catechesi dei Padri del III-IV secolo, (Biblioteca de Scienze Religiose 75), LAS, Roma 1986; A. QUACQUARELLI, L"educazione al lavoro: dall"antica comunità cristiana al monachesimo primitivo, en «Vetera Christianorum» 25 (1988) 149-163.
[66]. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Surco, 15ª ed., Rialp, Madrid 1997, n. 490.
[67]. Es Cristo que pasa, n. 46. Toda la homilía En el taller de José expresa, en una apretada síntesis, la enseñanza de Fundador del Opus Dei sobre la santificación del trabajo: cfr. Es Cristo que pasa, nn. 39-56.
[68]. Cfr. P. ALLARD, Histoire des persécutions pendant les deux premiers siècles, 2 vols., 3ª ed., Gabalda, Paris 1903-1905; T. BAUMEISTER, Mártires y perseguidos en el cristianismo primitivo, en «Concilium» (E) 19 (1983) 312-320; J. SIAT, La persécution des chrétiens au début du IIe s. d"après la lettre de Pline le Jeune et la réponse de Trajan en 112, en «Études Classiques» 63 (1995) 161-170.
[69]. Cfr. L. CIGNELLI, Significato del martirio: Pensieri dei Padri della Chiesa, en «Studi Francescani» 92 (1995) 19-41.
[70]. Cfr. P. de LABRIOLLE, La réaction païenne. Étude sur la polemique antichrétienne du Ier au VIe siècle, Artisan du livre, Paris 1948; D. RAMOS-LISSÓN, Alegorismo pagano y alegorismo cristiano en Orígenes. La polémica contra Celso, en A. GONZÁLEZ BLANCO (Ed.), Cristianismo y aculturación en tiempos del Imperio Romano, en «Antigüedad y Cristianismo» (Murcia) 7 (1990) 125-136.
[71]. LUCIANO, De morte Peregrini, Loeb Classical, Harvard University Press- William Heinemann, Cambridge (Ma)-London 1962, Lucian, V, pp. 1-51.
[72]. Un eco de esta condena lo encontramos en TERTULIANO, Apologeticum, III, 1 (CCL 1,91).
[73]. Cfr. H. LECLERCQ, Accusations contre les chrétiens, en «Dictionnaire D"Archeologie Chrétienne et de Liturgie» 1, 265 y ss.
[74]. Mc 16, 15. Tenemos además los testimonios de los Apologistas cristianos del siglo II y del III. A modo de ejemplo de lo que decimos podemos aducir un texto de Arístides que lo corrobora: «Están dispuestos [los cristianos] a dar sus vidas por Cristo, pues guardan con firmeza sus mandamientos, viviendo santa y justamente según se lo ordenó el Señor Dios, dándole gracias en todo momento por toda comida y bebida y por los demás bienes. (...) Éste es, pues, verdaderamente el camino de la verdad, que conduce a los que por él caminan al reino eterno, prometido por Cristo en la vida venidera» (Apología, XV, 10-11 [BAC 116,131]).
[75]. Surco, n. 320. En este mismo sentido se expresa en Camino, n. 376.
[76]. La mente perspicaz de Clemente de Alejandría detectaba ya en su época que «no existe otro mal que la ignorancia» (Stromata, VI, 113, 3 [GCS 52,488]).
[77]. Carta 15-VIII-1953, n. 19. La necesidad de dar doctrina le llevará a asociarla también al campo de la opinión pública (Carta 30-IV-1946, n. 73).
[78]. Cfr. G. BARDY, La conversión al cristianismo durante los primeros siglos, cit., pp. 294-307.
[79]. Carta 9-I-1959, n. 22.
[80]. Cfr. K. BAUS, Manual de Historia de la Iglesia, dirigida por H. JEDIN, I, trad. esp., Herder, Barcelona 1966, pp. 311-319.
[81]. Cfr. Mt 5, 16; Iac 2, 17.
[82]. Cfr. IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Magnesios, IV (FPatr 1,130); Efesios X, 1-2 (FPatr 1,114).
[83]. Instrucción para la obra de San Gabriel, mayo-1935, n. 94.
[84]. Amigos de Dios, n. 225.
[85]. Cfr. D. RAMOS-LISSÓN, El diálogo entre el poder político romano y los cristianos, según la literatura martirial de los tres primeros siglos, en D. RAMOS-LISSÓN(ed.), El diálogo Fe-Cultura en la Antigüedad cristiana, Eunate, Pamplona 1996, pp. 199-225.
[86]. Carta 24-X-1965, n. 13.
[87]. Amigos de Dios, n. 269.
[88]. Podemos traer a colación la acción apostólica de la mártir Potamiena que consigue la conversión del soldado Basílides, camino del martirio, tal y como nos lo cuenta EUSEBIO DE CESAREA, Historia eclesiástica, VI, 5.
Cfr. D. RAMOS-LISSÓN, La conversion personnelle dans la littérature des martys dans l"antiquité chrétienne (I-III siècles) , en «Studia Patristica» 29 (1997) 101-108.
[89]. Camino, n. 971. Un ejemplo de vivir ese entusiasmo de los primeros fieles es el recogido en los Hechos de los Apóstoles, protagonizado por Cleofás y su compañero de Emaús, y que ha dado lugar al punto 917 de Camino: «"Nonne cor nostrum ardens erat in nobis, dum loqueretur in via?" —¿Acaso nuestro corazón no ardía en nosotros cuando nos hablaba en el camino? Estas palabras de los discípulos de Emaús debían salir espontáneas, si eres apóstol, de labios de tus compañeros de profesión, después de encontrarte a ti en el camino de su vida».
[90]. Carta 19-III-1967, n. 139.

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(*) Universidad de Navarra

Tomado del nº 29 (Julio - Diciembre 1999) Pág. 292 y ss. de Romana
Boletín de la Prelatura del Opus Dei - 2004-06-08 –
www.arvo.net 

 

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Una ONG del Opus Dei ayuda a 40.000 mujeres en Kenia

 

José Antonio Méndez
Madrid- La situación del África negra es de sobra conocida: pobreza masiva, enfermedades infecciosas extendidas, falta de recursos sanitarios, guerras olvidadas... Sin embargo, uno de los peores males que afectan a los países subdesarrollados es la carencia de un sistema educativo que les ayude a potenciar su propio desarrollo. Un claro ejemplo de ésta situación es Kenia. 


   En el país sudafricano la educación no es obligatoria. De hecho, sólo acceden a los estudios secundarios un 46 por ciento del total de la población en edad escolar. De éstos, el 70 por ciento son hombres y sólo el 30 por ciento son mujeres, porque las familias de escasos recursos dan prioridad a los estudios de los varones. Así, la mujer se queda, mayoritariamente, sin acceso a la educación y a la cultura.


   Educar y trabajar. Para intentar paliar esta situación, la Fundación Kianda, nacida de la iniciativa de la Fundación del Valle y con la inspiración católica del Opus Dei, promueve en Nairobi, desde 1961, distintas iniciativas destinadas a la promoción de la mujer, ya sea desde su primera educación hasta su capacitación e inserción laboral. Gracias a sus cinco proyectos de trabajo (Kianda Schooll, Kimlea Technical Training Centre, Kibodeni College, Faida Centre y Fanusi Study Centre) han logrado ayudar a 40.000 mujeres africanas desde su creación.


   Kimlea Technicla Training Centre ¬una granja escuela de formación profesional para la mujer rural¬ y Kibondeni College ¬una escuela para la preparación de las mujeres en el sector de hostelería¬ son los dos proyectos educativos más importantes de la Fundación Kianda.


   Entre sus aulas se mueven cerca de 3.000 mujeres keniatas al año y ya han conseguido que en la actualidad haya mujeres trabajando en hospitales, hoteles y colegios, oficios antes reservados sólo a los hombres. El 90 por ciento de las alumnas que pasan por Kibodeni obtienen un puesto de trabajo y el 10 por ciento llegan a abrir pequeños negocios. Tal ha sido su repercusión en la sociedad que al poco tiempo de ponerse en marcha este proyecto, el Ministerio de Educación de Kenia desarrolló un programa nacional incorporando la experiencia de Kibondeni.


   «Kianda» significa «tierra fértil», y es que gracias a iniciativas como esta, el país que sirvió de escenario a «Memorias de África» comienza a desarrollarse por sí mismo. Para colaborar con el proyecto puede hacerse en la cuenta corriente de la Caixa, 2100-1696-23-0200077068.

2004-VI-09

 

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Cristo cambia la vida. El encuentro con Cristo cambia radicalmente la vida de una persona, la lleva a la «metánoia» o conversión profunda de la mente y del corazón y establece una comunión de vida que se convierte en seguimiento. En los Evangelios, el seguimiento se expresa con dos actitudes: la primera consiste en «hacer camino» con Cristo; la segunda, en «caminar detrás» de Él, auténtico guía.

 

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...guarda el depósito. Evita las palabrerías profanas, y también las objeciones de la falsa ciencia; algunos que la profesaban se han apartado de la fe. -I Timoteo 6,20-21.

 

La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada. Lo escribe también en todas las cartas cuando habla en ellas de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente - como también las demás Escrituras - para su propia perdición.
-II Pedro 3,15-16
Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta.
-II Tesalonicenses 2,15

 

Nuestra confesión de Cristo, como Hijo único de Dios, a través de quien nosotros mismos vemos el rostro del Padre (cf. Juan 14, 8), no es un acto de arrogancia que desprecia a las demás religiones, sino un reconocimiento gozoso, pues Cristo se nos ha mostrado sin que hayamos hecho nada para merecerlo. Y Él, al mismo tiempo, nos ha comprometido a seguir dando lo que hemos recibido y a comunicar a los demás lo que se nos ha dado, pues la Verdad donada y el Amor que es Dios pertenecen a todos los hombres. -Juan Pablo II sobre Dominus Iesus.

 

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G.K. Chesterton: "Quienes hablan contra la familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen".

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

Silba, Señor, tu canción,

como buen pastor;

que se oiga por lomas y colinas,

barrancos y praderas.

Despiértanos de esta siesta.

Defiéndenos de tanta indolencia.

Condúcenos a los pastos de tu tierra.

Danos vida verdadera.

Ulibarri, Fl.

 

Por venir a visitarnos, os agradecemos.-

Benedicto PP XVI: 2008.I.01 ‘Día mundial de la paz’ como cada primero de enero. Familia humana: comunidad de paz’ lema 01 enero para el 2008. 40 aniversario de la celebración de la primera Jornada Mundial de la Paz (1968-2008) ‘la celebración de esta Jornada, fruto de una intuición providencial del Papa Pablo VI’.-

Anno Domini 2008 - Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!.

En el frontispicio de todas las iglesias de los jesuitas, en innumerables libros, en los anuncios de sus disputationes y en sus programas catequéticos, campea siempre el lema que resume lacónicamente los fines de la Orden: O.A.M.D.G. (Omnia ad maiorem Dei gloriam: «todo a mayor gloria de Dios»).

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Recomendamos vivamente:

1º ‘Jesús, el Evangelio de Dios’ Edibesa - editorial. Es, sin lugar a dudas, una obra madura de un experimentado pastor y teólogo y un libro oportuno sobre Jesucristo, el protagonista de máxima trascendencia y de permanente actualidad. 2008.-

2º ‘Identidad cristiana’ - La bandera del logos - Coloquios universitarios - Autor: Antonio Aranda (ed.) - Editorial: EUNSA – 2008 - Estamos en el tiempo de la dialéctica: Logos frente a ideología; palabra frente a sistema; razón frente a voluntad de pasión, de sentimiento, de poder público y privado; realidades básicas frente a necesidades sometidas a la pulsión freudiana. Benedicto XVI ha asumido una responsabilidad histórica, en un mundo en que la palabra debe recuperar su dignidad básica, siempre en relación con la realidad y en referencia con el pensamiento. Uno de los problemas acuciantes del pensamiento cristiano, y de la necesaria pregunta por la identidad, es lo fragmentario y lo especializado. La praxis existencial de un cristiano, y de una institución cristiana, es la de la contribución a que los demás descubran la importancia de mantener una relación positiva con la verdad.

3º Jesús de Nazaret– al siglo, Joseph Cardenal Ratzinger: ‘Benedicto XVI’. 2007

Ser cristiano’- al siglo, Joseph Cardenal Ratzinger: ‘Benedicto XVI’- dedicó «a Romano Guardini, con gratitud y admiración». Editor: Desclée De Brouwer.

‘Te ergo, quaesumus tuis famulis subveni, quos pretioso sanguine redemisti’, ‘Socorre, Señor, te rogamos, a tus hijos, a los que has redimido con tu sangre preciosa’.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).