Wednesday 22 October 2014 | Actualizada : 2014-10-13
 
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Los monjes copistas disponían para su trabajo en sus escritorios de: pergaminos, plumas y tinta. También de aceite, alcuza, candil y pabilos para alumbrarse. En frente, un crucifijo, la Sagrada Escritura y, algunos solían tener, la calavera recordando aquello de: -yo fui lo que tú eres, tú serás lo que yo soy-.

 

 

 

El monasterio era importante según el número de monjes y por llegar a tener una biblioteca más amplia, como fuera posible. Querían condesar la luz intelectual.

Ansiosos de transmitir la ‘Palabra’ en primer orden, la Sagrada Escritura y los escritos de los Santos Padres; segundo, ceder o traspasar el pensamiento para que la razón llegue a discernir. O sea, la cultura cuanto más diluida, mejor.

Un viejo dicho muy oriental decía que: ‘un monasterio cristiano es donde las golondrinas tenían confianza y se amaban’; hermosos lugares llenos de espiritualidad, arte y silencio.

En la abadía se intentaba reunir personas de cierta idoneidad física y espiritual (psíquica), idoneidad intelectual e idoneidad moral. Unificaban el esfuerzo de despertar a la humanidad ante el misterio de la existencia humana, de proporcionar un espacio para la reflexión y la plegaria en un mundo que, con diversas circunstancias, siempre está frenético.

La contemplación monacal lo envolvía todo: ocuparse con intensidad para pensar en Dios y considerar sus atributos divinos o los misterios de la religión; después en el ‘archivium’ escribir las experiencias propias para facilitarlas a los que vendrán. Peregrino es el monje, perenne la sabiduría.

Desde los muros conventuales se filtraba el eco del oficio divino y las alabanzas a Dios. Dentro el aire exhalaba la serenidad, la humildad, tanta paciencia, la razón y la mística. Allí anidaban la inteligencia, el pensamiento humano y la inteligencia divina.

La razón universal se armonizaba con el ascendiente divino, purificando la inteligencia, visionando la belleza. El desposeimiento del alma para dejarse crujir por el fuego de las limitaciones y debilidades personales, era necesario para la aparición de la belleza.

En el monasterio se reconocía un conjunto de valores que servirá para avanzar e indagar el fundamento último: Dios en el mensaje crfistiano.

En el recogimiento cotidiano procuraban alcanzar la conversión de la inteligencia y del corazón frente a Dios; solo así llegaban al acogimiento del bien. Necesitaban de la presencia inefable de Dios y lo hacían en una vida largamente ordenada entre dos vías: la meditación-oración-obediencia y el estudio-transmisión del saber.

Conocían la materia humana e iban hacia el intelecto exaltando la Palabra de Dios y el saber humano. Tocando espiritualmente la Palabra-Verbo, desgranaban las letras para ofrecer la ‘palabra bíblica’ y la ‘palabra clásica greco-romana’, conservándola sobre pergaminos. Depauperados para el mundo, joyas para Dios… así eran los monjes copistas

 

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La moral grecoristiana - -Entonces, lo que se traza es cómo la moral griega llega hasta nosotros conformando la cristiana.

 

-La moral griega confluye con la cristiana. En las gnomologías y aquí, en estos cuatro libros, hablan los griegos, pero también los cristianos, como Juan Crisóstomo, Basilio de Cesarea y los dos Gregorios. La moral judía es también una confluencia; se recogen máximas que vienen de la Biblia. Cuando los árabes llegan a Siria todo esto no se acabó.

 

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Espléndida representación medieval de la Navidad- Paris 1250-1300ca.

 

Con el intercambio de los escritos provenientes de los monasterios sirios, palestinos, turcos, cretenses, egipcios, persas u otros, el monacato cristiano de Occidente engrosa sus bibliotecas. Todas las abadías poseían en mayor o menor grado, y perseveran en el siglo XXI, sus propias colecciones de libros o tratados religiosos, filosóficos, clásicos y literarios. (Griegos: Aristófanes, Aristóteles. Esquilo, Eurípides, Heródoto, Hesíodo, Homero, Jenofonte, Luciano, Píndaro, Platón, Plutarco, Sócrates, Sófocles, Tucídides, Zenón etc. - Romanos: Agustín, Boecio, Catulo, César, Cicerón, Hipólito, Horacio, Ireneo, Justino, Juvenal, Lucrécio, Nepote, Novaciano, Orígenes, Ovidio, Plotino, Porfirio, Salústio, Séneca, Tácito, Tibulo, Tito Lívio, Virgílio, etc. etc.).

 

Próspero de Aquitania, seglar († c. a. 455)
Si no fuera por sus escritos, todos marcados por la controversia semipelagiana, y por el testimonio del historiador Gennadio no sabríamos gran cosa de su vida que destaca por su virtud, por la perseverancia en la lucha por la ortodoxia y por el apasionamiento por la verdad.
Parece
ser que era natural de Aquitania y así se añade a su nombre, como apellido, el de su patria y vio la luz a finales del siglo IV. Debió recibir una buena y sólida formación y parece ser que frecuentó la compañía de los monjes que estaban en el monasterio de san Víctor*, en Marsella, al sur de Francia. Consta que nunca entró en el mundo de los clérigos, siempre permaneció en el estado seglar y hay indicios prudentes que llevan a pensar que estuvo casado; de hecho, se le atribuye el «Poema de un esposo a su esposa» en cuyo caso no habría duda sobre su estado matrimonial e incluso se le podría aplicar la profundidad de pensamiento y las claras actitudes de vida cristiana que en él aparecen, pero no puede afirmarse con total seguridad por negar algún autor de peso la autoría prosperoniana del poema.
Bien conocida es la controversia teológica suscitada en el siglo V por la desviada enseñanza de Pelagio contraria al pensar cristiano poseído pacíficamente en
la Iglesia. La reacción de san Agustín -con toda clase de argumentos bíblicos y teológicos- no se hizo esperar en defensa de la fe y la sanción de los concilios de Cartago en los años 416 y 418 con la posterior aceptación del papa parecía haber solucionado para siempre el problema.

Pero no fue así y es aquí donde entra en juego Próspero de Aquitania.

Los monjes de san Víctor en Marsella empiezan a inficionar las Galias con un pelagianismo camuflado que enseña el abad Casiano, escritor y teólogo, secundado por sus monjes. Dice en sus «Colaciones» que admite la doctrina contra los pelagianos expuesta por san Agustín y aprobada por los concilios y los papas, pero sostiene con sus monjes que depende del hombre la primera elección que en términos teológicos se denominará desde entonces el «initium fidei».
Este es el pensamiento teológico que en el siglo XVI recibirá el nombre de semipelagianismo. Próspero detecta el mal larvado y habla, y discute, y visita, y escribe a Agustín propiciando la escritura de los tratados maduros agustinianos «Sobre el don de la perseverancia» y «De la predestinación de los santos» que escribió, ya anciano, el obispo de Hipona.
Es toda una controversia de alto nivel. Como es laico y su fuerza termina en su pobre persona, no cede en la verdad teológica y marcha a Roma para implicar en la defensa de la fe al mismo papa Celestino I que era ya un hombre avezado en este tipo de discusiones y escribió a los obispos galos pidiendo sometimiento al magisterio de la Iglesia recogido de san Agustín.
Se trataba de intrincadas cuestiones que, en sus matices, son para especialistas teólogos y en las que los incautos son fácil presa al engaño. En juego está la idea de Dios y del hombre, el valor de la Redención y la necesidad de los sacramentos. No era poca cosa la que estaba sobre el tapete.
Había que saber conciliar la evidencia del absoluto poder de Dios, su voluntad salvífica universal, y su absoluta libertad con la libertad del hombre que es un ser dependiente y el papel que le concierne en su propia salvación, correspondiendo personalmente a
la gracia. Si se concedía excesivo protagonismo a la libertad humana se llegaba al extremo inaceptable de que el hombre puede llegar a la salvación sobrenatural por sus propias fuerzas; si, por el contrario, se acentuaba la absoluta dependencia del hombre con respecto a Dios, se hacía a Dios responsable de la condenación, cosa igualmente imposible.
Llegar a la expresión técnica de la fe era cosa de preclaras inteligencias, grandes teólogos y extraordinarios santos.
Muerto Casiano y fallecido también san Agustín, no se acabó la discusión entre los seguidores del fraile y tuvo que ser el laico o seglar Próspero quien mantuviera firme y alta la bandera de
la ortodoxia.
Que
se sepa, escribió «La vocación de todos los gentiles», «Contra el autor de las Colaciones», «Sobre la Gracia y el libre albedrío» y «De los ingratos».
Terminó sus días el seglar Próspero siendo secretario nada menos que del papa san León Magno y hasta se piensa que pudo poner su aportación en
la Epístola Dogmática escrita a los Orientales para exponer magisterialmente el misterio de la Encarnación, declarando la unión Personal en Cristo contra la herejía de Nestorio y contra Eutiques y los monofisitas las dos naturalezas de Cristo.
Murió después del año 455, sin que se pueda aventurar con más exactitud la fecha de su muerte en el actual estado de investigación.
Da gusto ver en el siglo V la entrega de un laico sabio y santo responsable de su misión y puesto en la Iglesia sin renunciar al estado que Dios quiso para él. Aunque en aquella época no se hablaba aún de «promocionar al laicado», ni de «laicos comprometidos», se demuestra una vez más que, para cada uno en particular, la santidad no depende del modo de ser Iglesia en la Iglesia, sino de la fidelidad a la gracia de Dios y del esfuerzo por poner en juego todos los dones recibidos.

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* La Abadía de San Víctor de Marsella (en francés: Abbaye de Saint-Victor de Marseille), fue fundada en el siglo V por Saint Jean-Cassien, se edificó cerca de las tumbas de los mártires de Marsella entre los que se encontraba San Víctor de Marsella ( 303 ó 304) que le dio nombre a la Abadía. Desde hace más de 1.700 años es un lugar importante de la iglesia en el sur francés.

Durante el Imperio Romano, el lugar que ocupa la abadía fue, en primer término, una vía romana que, posteriormente, pasó a ser una necrópolis cristiana edificada para acoger a los mártires Volusianus y Fortunatus. Víctor, que fue martirizado (aplastado por una muela), por negarse a abjurar de su fe cristiana y que dio nombre a la abadía, fue oficial de una legión tebana compuesta solamente por cristianos que sufrieron las persecuciones decretadas por los emperadores Diocleciano y Maximiano en el año 303; según Euchére, que fue arzobispo de Lyon, a mediados del siglo V.

Respecto a los orígenes de la abadía, Jean-Baptiste Grosson, en 1773 en su « Recueil des antiquités et des monuments marseillais qui peuvent intéresser l’histoire et les arts » (Selección de las antigüedades y monumentos marselleses que pueden interesar a la historia de las artes) escribió:

 

«El origen de esta iglesia se debe a la piedad de los primeros fieles. En principio no era más que una gruta o caverna muy alejada de la ciudad, que se hallaba en los viejos Campos Elíseos, u ossuarium de los marselleses, se utilizaba como un lugar de retiro para los primeros cristianos, así como para celebrar los Santos Oficios, y servía, asimismo, como sepultura para los mártires. Al lado de esta gruta (que actualmente se encuentra dentro de la iglesia inferior) hay una capilla dedicada a Notre-Dame de Confession, el altar mayor fue construido durante el mandato del emperador Antonino Pío (140.. El cuerpo de Víctor, oficial de las tropas marsellesas, que murió martirizado el 21 de julio del año 303, bajo el mandato de Diocleciano, fue recogido por los feligreses que lo enterraron en dicha gruta».

 

Alrededor de esta gruta, situada fuera de las murallas de Marsella, fue erigido el monasterio por Jean Cassien hacia el año 415, y la iglesia se erigió en el año 440. Finalizada la Antigüedad, el auge de la Abadía de San Víctor de Marsella fue considerable. San Jean Cassien, monje en Belén, monje peregrino en Egipto, diácono de San Juan Crisóstomo en Constantinopla, sacerdote en Antioquía o Roma, se hallaba en la primavera del 416 en Marsella, donde el obispo Procule le retuvo con el fin de que instituyera la vida monástica en la orilla sur del Lacydon (el viejo puerto de Marsella). Desde finales del siglo X y hasta el siglo XVIII, los monjes benedictinos estuvieron al cargo de estos lugares. Es el establecimiento abadiato más antiguo de Occidente.

 

Desde al año 750 y hasta el año 960 San Víctor fue la residencia de los obispos de Marsella. Carlomagno hizo una donación (confirmada por Ludovico Pío y por su hijo Lotario I) a la abadía por medio de la cual obtenía el derecho sobre la sal y otras mercancías, así como los derechos de aduana y de anclaje de todos los navíos que llegaran al puerto de Marsella. Garantizada la pujanza de la Abadía por esta protección, Lotario asumió el control imperial de las regiones del Sur de Francia. Hacia finales del siglo IX – principios del siglo X, la potencia de la abadía benedictina de San Víctor de Marsella se vio gravemente mermada a causa de las incursiones bárbaras que la llevaron a la ruina. Honorato II, a cargo del episcopado de la ciudad en 948, pariente del primer vizconde de Marsella, reconstruyó la abadía y restableció la vida monástica. Pons I, obispo en 977 continuó su obra. El primer abad de San Víctor fue Wilfredus (o Guilfred) en 1005.

 

Óleo siglo XIX ‘Batalla de Poitiers’ de 732, autor: Charles de Steuben.

 

La devastación y fechorías mahometanas también incluyó para la desaparición de la biblioteca monacal con sus antiguos escritos y copias ‘clásicas y religiosas’. Wilfredus (o Guilfred) se impuso reconstruir la abadía, logrando convertirla en un lugar próspero, reconocido y ejemplar que obtuvo del Papa Juan XVIII importantes concesiones que fueron confirmadas y ampliadas por diversos Papas.

 

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En la Biblia los números tienen tres significados distintos: cantidad, simbolismo y mensaje. En las lenguas bíblicas hebrea y griega las letras tienen un valor numérico. Así el 1 sería la A, el 2 la B, etc.

 

 

En el siglo IV hubo gran cantidad de monasterios, sobre todo en la Galia gracias a san Martín de Tours que fue una figura destacada del monacato de esa época. Ninguno de estos monasterios ha llegado hasta nuestros días pero se sabe cómo estaban edificados por un manuscrito del año 400 del biógrafo del santo que describe perfectamente el primero de todos ellos. Era un espacio cerrado por una cerca y en el recinto estaban adosadas a ella las celdas de los monjes. En el centro se alzaban varias construcciones: un edificio de dos plantas; en la de abajo vivía San Martín con algunos compañeros y en la de arriba estaba el refectorio. Estaba también la iglesia y un lugar donde se guardaban las reliquias y otro que servía de enterramiento. En este mismo siglo IV, san Basilio (c.329-379) fundó algunos monasterios en Oriente y redactó una regla.

Entre los siglos IV y V san Agustín fundó varios monasterios y escribió las reglas más antiguas que se conocen...

La vida como vocación, la vocación como servicio, el servicio ‘transmitir la Palabra’, Verbo encarnado como nos comunica Juan en su Evangelio.

El monje es un creyente en Cristo que no teme medirse con las exigencias de la verdad, y que invita a todos a este saludable intercambio. Convictos de dicha pretensión, comentaron los escritos, copiaron e intercambiaron con otras abadías y bibliotecas.

 

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Porfirio.

 

Los primeros escritores cristianos utilizaron el griego helenístico de la koiné, que esla lengua franca de comunicación más frecuente en todos los espacios del Imperio Romano hasta mediados del siglo III, cuando el latín comienza a irrumpir con fuerza en el África proconsular y en la misma Roma.

Pero una lengua lleva consigo toda una cultura y en suma una manera de vivir y de pensar. Esto hace que los primeros cristianos evangelizadores utilicen formas literarias y de habla griegas al dirigirse a los judíos helenizados en primer lugar y luego cuando San Pablo se vuelva a los gentiles para conseguir conversiones, el griego helenista y koinése generalizó totalmente. Por otra parte esta actividad pro-conversione o protrépticaserá  un rasgo también de la filosofía griega helenística, pues se ha centrado en el terreno de la ética: las distintas escuelas trataban de lograr nuevos seguidores por medio de discursos en los que presentaban su filosofía o dogma como la única senda hacia la felicidad (Ramos-Lissón, D. Patrologíap. 53, Eunsa, Pamplona 2005).

Contexto filosófico

Desde esta concepción práctica del helenismo que podemos definir como un periodo de sincretismo cultural, durante el cual agoniza el mundo clásico, o algunos de sus aspectos, y  se  inicia una época en la que una palabra  puede caracterizar el clima en el que viven los espíritus: fermentación.

Vamos a fijarnos ahora en las principales corrientes del pensamiento contemporáneas a los primeros escritores cristianos

a)  Cinismo. Sus máximos exponentes habían sido Diógenes de Sínope (+323 a.C.) y Cratetes (+ c. 295 a.C.) que fueron corrosivamente críticos, y practicarán una vida filosófica individualista y alejada de toda convención social y el desprendimiento de sí mismos. Dión de Prusa (40-120 d.C.) desarrolla su actividad en la época imperial romana. Es el representante de más fuste. Fue desterrado en el año 96 por Domiciano. Se consideró investido de una misión de curación de las almas.

b)  Epicureismo. Fundado por Epicuro, quien en 317 a.C. comienza su enseñanza. La historia ha conservado el dato de que se reunía con un número estimable de discípulos en el jardín de su casa; admirable símbolo para una filosofía amable y halagüeña. Así, la práctica de la filosofía debe eliminar el temor al destino, a la muerte y a los dioses y hacer nacer en los adictos la idea de perseguir el placer, pero no un placer sensual y perturbador sino espiritual y apaciguante, sin dolor de alma y cuerpo (lejano de todo lo que el adjetivo de epicúreo evoca en el lenguaje usual). Muy difundida en el siglo II, pero sin exponentes de relieve. Marco Aurelio, el emperador filósofo presentará a Epicuro como un modelo a imitar. Cierta influencia del epicureismo se observa en Séneca (1-65) En la época de los Antoninos fue grande la expansión de esta escuela, fundada en la alianza que con ella hace el racionalismo en contra del misticismo y la superstición. Los escritores cristianos son bastante críticos del epicureismo, coincidiendo en este punto con la opinión común del pueblo pagano.

c)  El estoicismo es la escuela que ofrece más puntos de contacto con el mensaje evangélico, si la comparamos con las anteriores. Fundada por Zenón de Kition (333-263 a. C.), quien por enseñar en el pórtico de Peisianactos (pórtico en griego es stoa ) , hizo que se conociese su doctrina y movimiento como estoicismo.

Los estoicos  aportaron ciertos elementos innovadores al estudio de la Lógica, sostuvieron un materialismo gnoseológico, y consideraban al cosmos invadido por una necesidad absoluta y revestido de caracteres divinos, identificando a Dios con la naturaleza. El Todo cósmico es unificado por el Logos (“la razón en la materia, es decir, Dios” Stoicorum Vetera Fragmenta, I, 85, 175) No obstante tener un carácter marcadamente especulativo, su motivación es fundamentalmente ética. La enseñanza estoica consideraba vanas las pasiones humanas y proclamaba, que teniendo el hombre una participación del Logos, un logos individual, el cual le permitía descubrir el determinismo del universo en sus férreas leyes, no quedaba otra alternativa que plegar decididamente los deseos al orden fatal de los sucesos interiores y exteriores. Con lo cual se alcanzaba la virtud por excelencia del sabio: la ataraxia o imperturbabilidad. Esta es la virtud estoica: la apatheia (ausencia de pathos = pasiones que son fuente de infelicidad)

De las tres fases que se suelen distinguir de la Stoa, la tercera, o sea la “nueva” (siglos I y II) es la que coincide con el origen de la literatura cristiana. Séneca será el personaje más representativo. La similitud entre algunas enseñanzas suyas y la doctrina cristiana hará exclamar a Tertuliano: Seneca saepe noster(De anima, 20, 1), y como ya sabemos se escribe en el siglo IV una carta apócrifa entre Séneca y S. Pablo.

d)  Plotino (205-270) es considerado como el fundador del neoplatonismo. La historiografía viene llamando neoplatonismo a esta tendencia que a partir de Plotino se prolonga en varias escuelas hasta el 529, fecha en que Justiniano clausura la de Atenas, de la que era entonces jefe Damascio. Hay datos que inclinan a pensar que el maestro de Plotino, Amonio Sacas(+ 242) -del que apenas conocemos más que el nombre-, fue primero cristiano (existe la hipótesis de que quizá fue el autor de los escritos del Pseudo-Dionisio) y volvió después al paganismo.

La característica central del sistema de Plotino procede sin duda de su preocupación por el tema del destino del hombre, pero Plotino lo resuelve proponiendo un método de purificación que se apoya en una ‘concepción metafísica extremadamente espiritualista. La realidad es para Plotino puro espíritu en interno dinamismo descendente y ascendente. El nivel superior es causa de lo inmediatamente inferior, entendiendo ese dinamismo como “emanación”, en la que hay una pérdida gradual: cada efecto es ligeramente inferior a su causa. Sin embargo la imperfección por su inferioridad puede superarse si vuelve a su causa.

Precisamente la meta del camino ascético es el espíritu en su nivel más alto, nivel al que el hombre llega por su esfuerzo, en un contacto o presencia que está más allá del mero conocimiento inteligible. Plotino enseñaba que en la cima de la jerarquía del ser está el Uno; Dios es desconocido y Absoluto, pero aprehendido por el alma con una presencia que transciende todo conocimiento.

Pero los neoplatónicos se sitúan polémicamente frente a la actitud religiosa del cristianismo que afirma la contingencia e historicidad del mundo real, creado por un Dios absolutamente trascendente e inaccesible al simple esfuerzo natural del hombre. Sin embargo, las mutuas influencias de neoplatonismo y autores cristianos son un lugar común de la historiografía de este periodo. Discípulos de Plotino fueron Clemente de Alejandría, Orígenes y Porfirio. La interpretación alejandrina de la sagrada Escritura hecha, sobre todo por Orígenes, es aplicación del método de Plotino a las fuentes de la Revelación lo mismo que sus colegas paganos hacían para la explicación de Homero, según podemos ver en las Cuestiones homéricas de Porfirio (Ramos-Lissón, D. Patrología p. 56,  Eunsa, Pamplona 2005). Pero Orígenes ha adquirido su modo propio de especulación filosófica, aquella preparación propedéutica para la formación teológica de sus alumnos, que como nos enseña Benedicto XVI en su primera audiencia dedicada al alejandrino:  “Consiste, principalmente, en haber fundamentado la teología en la explicación de las Escrituras. Hacer teología era para él esencialmente explicar, comprender la Escritura; o podríamos decir incluso que su teología es una perfecta simbiosis entre teología y exégesis”. Porfirio (232-301 ),  continúa el círculo de Roma fundado por Plotino;- editor  de las obras de su maestro y autor de comentarios a  Platón y Aristóteles, de los que sólo nos ha llegado la Introduccióna las Categorías, y de una Vida de Plotino, - escribió otras muchas obras, la mayoría perdidas -entre  ellas una Contra los cristianos-, en parte conocidas por o los extractos que de ellas hace Eusebio de Cesarea  en su Preparatio evangelica. En su explicación de la realidad y en su reflexión moral y soteriológica es un puro  continuador de las doctrinas plotinianas. También parece que hace más concesiones que éste a las prácticas teúrgicas y mágicas de las religiones paganas, cuyo contraste con el cristianismo subraya  contra éste. También parece que hace más concesiones que Plotino a las prácticas teúrgicas y mágicas de las religiones paganas, cuyo contraste con el cristianismo subraya  contra éste. 


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Orígenes: vida y obra – (185ca. 283ca. En nuestras meditaciones sobre las grandes personalidades de la Iglesia antigua, conocemos hoy a una de las más destacadas. Orígenes de Alejandría es, en realidad, una de las personalidades determinantes para todo el desarrollo del pensamiento cristiano. Recoge la herencia de Clemente de Alejandría, sobre quien meditamos el miércoles pasado, y la proyecta al futuro de manera tan innovadora que lleva a cabo un cambio irreversible en el desarrollo del pensamiento cristiano. Fue un verdadero "maestro"; así lo recordaban con nostalgia y emoción sus discípulos:  no sólo era un brillante teólogo, sino también un testigo ejemplar de la doctrina que transmitía. Como escribe Eusebio de Cesarea, su biógrafo entusiasta, "enseñó que la conducta debe corresponder exactamente a la palabra, y sobre todo por esto, con la ayuda de la gracia de Dios, indujo a muchos a imitarlo" (Hist. Eccl. VI, 3, 7).

Durante toda su vida anhelaba el martirio. Cuando tenía diecisiete años, en el décimo año del emperador Septimio Severo, se desató en Alejandría la persecución contra los cristianos. Clemente, su maestro, abandonó la ciudad, y el padre de Orígenes, Leónidas, fue encarcelado. Su hijo anhelaba ardientemente el martirio, pero no pudo realizar este deseo. Entonces escribió a su padre, exhortándolo a no desfallecer en el supremo testimonio de la fe. Y cuando Leónidas fue decapitado, el joven Orígenes sintió que debía acoger el ejemplo de su vida. Cuarenta años más tarde, mientras predicaba en Cesarea, declaró:  "De nada me sirve haber tenido un padre mártir si no tengo una buena conducta y no honro la nobleza de mi estirpe, esto es, el martirio de mi padre y el testimonio que lo hizo ilustre en Cristo" (Hom. Ez. 4, 8).

En una homilía sucesiva —cuando, gracias a la extrema tolerancia del emperador Felipe el Árabe, parecía haber pasado la posibilidad de dar un testimonio cruento— Orígenes exclama:  "Si Dios me concediera ser lavado en mi sangre, para recibir el segundo bautismo habiendo aceptado la muerte por Cristo, me alejaría seguro de este mundo... Pero son dichosos los que merecen estas cosas" (Hom. Iud. 7, 12). Estas frases revelan la fuerte nostalgia de Orígenes por el bautismo de sangre. Y, al final, este irresistible anhelo se realizó, al menos en parte. En el año 250, durante la persecución de Decio, Orígenes fue arrestado y torturado cruelmente. A causa de los sufrimientos padecidos, murió pocos años después. Tenía menos de setenta años.

Hemos aludido a ese "cambio irreversible" que Orígenes inició en la historia de la teología y del pensamiento cristiano. ¿Pero en qué consiste este "cambio", esta novedad tan llena de consecuencias? Consiste, principalmente, en haber fundamentado la teología en la explicación de las Escrituras. Hacer teología era para él esencialmente explicar, comprender la Escritura; o podríamos decir incluso que su teología es una perfecta simbiosis entre teología y exégesis. En verdad, la característica propia de la doctrina de Orígenes se encuentra precisamente en la incesante invitación a pasar de la letra al espíritu de las Escrituras, para progresar en el conocimiento de Dios. Y, como escribió von Balthasar, este "alegorismo", coincide precisamente "con el desarrollo del dogma cristiano realizado por la enseñanza de los doctores de la Iglesia", los cuales —de una u otra forma—  acogieron la "lección" de Orígenes.

Así la tradición y el magisterio, fundamento y garantía de la investigación teológica, llegan a configurarse como "Escritura en acto" (cf. Origene:  il mondo, Cristo e la Chiesa, tr. it., Milán 1972, p. 43). Por ello, podemos afirmar que el núcleo central de la inmensa obra literaria de Orígenes consiste en su "triple lectura" de la Biblia. Pero antes de ilustrar esta "lectura" conviene echar una mirada de conjunto a la producción literaria del alejandrino. San Jerónimo, en su Epístola 33, enumera los títulos de 320 libros y de 310 homilías de Orígenes. Por desgracia, la mayor parte de esta obra se ha perdido, pero incluso lo poco que queda de ella lo convierte en el autor más prolífico de los tres primeros siglos cristianos. Su radio de interés va de la exégesis al dogma, la filosofía, la apologética, la ascética y la mística. Es una visión fundamental y global de la vida cristiana.

El núcleo inspirador de esta obra es, como hemos dicho, la "triple lectura" de las Escrituras desarrollada por Orígenes en el arco de su vida. Con esta expresión aludimos a las tres modalidades más importantes —no son sucesivas entre sí; más bien, con frecuencia se superponen— con las que Orígenes se dedicó al estudio de las Escrituras. Ante todo leyó la Biblia con el deseo de buscar el texto más seguro y ofrecer su edición más fidedigna. Por ejemplo, el primer paso consiste en conocer realmente lo que está escrito y conocer lo que esta escritura quería decir inicialmente.

Orígenes realizó un gran estudio con este fin y redactó una edición de la Biblia con seis columnas paralelas, de izquierda a derecha, con el texto hebreo en caracteres hebreos —mantuvo también contactos con los rabinos para comprender bien el texto original hebraico de la Biblia—, después el texto hebraico transliterado en caracteres griegos y a continuación cuatro traducciones diferentes en lengua griega, que le permitían comparar las diversas posibilidades de traducción. De aquí el título de "Hexapla" ("seis columnas") atribuido a esta gran sinopsis. Lo primero, por tanto, es conocer exactamente lo que está escrito, el texto como tal. En segundo lugar Orígenes leyó sistemáticamente la Biblia con sus célebres Comentarios, que reproducen fielmente las explicaciones que el maestro daba en sus clases, tanto en Alejandría como en Cesarea. Orígenes avanza casi versículo a versículo, de forma minuciosa, amplia y profunda, con notas de carácter filológico y doctrinal. Se esfuerza por conocer bien, con gran exactitud, lo que querían decir los autores sagrados.

Por último, incluso antes de su ordenación presbiteral, Orígenes se dedicó muchísimo a la predicación de la Biblia, adaptándose a un público muy heterogéneo. En cualquier caso, también en sus Homilías se percibe al maestro totalmente dedicado a la interpretación sistemática del pasaje bíblico analizado, fraccionado en los sucesivos versículos. En las Homilías Orígenes aprovecha también todas las ocasiones para recordar las diversas dimensiones del sentido de la sagrada Escritura, que ayudan o expresan un camino en el crecimiento de la fe:  la primera es el sentido "literal", el cual encierra profundidades que no se perciben en un primer momento; la segunda dimensión es el sentido "moral":  qué debemos hacer para vivir la palabra; y, por último, el sentido "espiritual", o sea, la unidad de la Escritura, que en  todo  su desarrollo habla de Cristo. Es el Espíritu Santo quien nos hace entender el contenido cristológico y así la unidad de la Escritura en su diversidad.

Sería interesante mostrar esto. En mi libro Jesús de Nazaret he intentado señalar en la situación actual estas múltiples dimensiones de la Palabra, de la sagrada Escritura, que ante todo debe respetarse precisamente en el sentido histórico. Pero este sentido nos trasciende hacia Cristo, a la luz del Espíritu Santo, y nos muestra el camino, cómo vivir. Por ejemplo, eso se puede percibir en la novena Homilía sobre los Números, en la que Orígenes compara la Escritura con las nueces:  "La doctrina de la Ley y de los Profetas, en la escuela de Cristo, es así —afirma Orígenes en su homilía—:  la letra, que es como la corteza, es amarga; luego, está la cáscara, que es la doctrina moral; en tercer lugar se encuentra el sentido de los misterios, del que se alimentan las almas de los santos en la vida presente y en la futura" (Hom. Num. IX, 7).

Sobre todo por este camino Orígenes llega a promover eficazmente la "lectura cristiana" del Antiguo Testamento, rebatiendo brillantemente las teorías de los herejes —sobre todo gnósticos y marcionitas— que oponían entre sí los dos Testamentos, rechazando el Antiguo. Al respecto, en la misma Homilía sobre los Números, el Alejandrino afirma:  "Yo no llamo a la Ley un "Antiguo Testamento", si la comprendo en el Espíritu. La Ley es "Antiguo Testamento" sólo para quienes quieren comprenderla carnalmente", es decir, quedándose en la letra del texto. Pero "para nosotros, que la comprendemos y la aplicamos en el Espíritu y en el sentido del Evangelio, la Ley es siempre nueva, y los dos Testamentos son para nosotros un nuevo Testamento, no a causa de la fecha temporal, sino de la novedad del sentido... En cambio, para el pecador y para quienes no respetan el pacto de la caridad, también los Evangelios envejecen" (Hom. Num. IX, 4). Benedicto PP. XVI, Obispo de Roma 25.IV.2007

 

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En los comienzos de la Edad Media la producción de copias de la Biblia en su totalidad, era rara y se copiaban algunos libros individuales o colecciones de libros de la Biblia para usos concretos. En este sentido, los Evangeliarios fueron creados como libros de estudio, meditación y también como libros para ser expuestos en ceremonias y usos ornamentales. Los Evangeliarios llegaron a convertirse en el modo de expresión más idoneo para desarrollar toda la profusión de miniaturas e iluminaciones hasta aproximadamente finales del siglo XI. A lo largo de la historia, los evangeliarios han sido valiosos objetos artísticos. En concreto, en ellos ha tenido especial manifestación el arte de la miniatura desarrollada principalemente en el periodo carolingio y románico.
Carlomagno creó cuatro grandes escuelas en las que se crearon verdaderas obras de arte en miniaturas sobre los libros litúrgicos:

    * Escuela palatina, último cuarto del siglo VIII.
Creada en la corte, originada en el Evangeliario de la Coronación (Viena), que según la tradición fue hallado por Otón III a los pies del cadáver de Carlomagno, cuando se abrió su sepulcro
    * Escuela de Ada. Relacionada con la anterior, emplea abundantemente el oro y la plata.
    * Escuela de Tours, segundo tercio del siglo IX. Gira en torno a la figura de Alcuino, pariente de Carlomagno. Se siente influencia irlandesa. Una derivación de esta escuela es la escuela de corte de Carlos I el Calvo, del último tercio del s. IX.
    * Escuela de Reims, primer cuarto del siglo IX. Marca la evolución hacia el románico.
    * Otras escuelas. Relacionadas con la escuela de Reims están las de Saint Denis, Metz y Fulda, que se relacionan con las obras otonianas del siglo X.

 

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...del monacato a nuestros días...

 

ELOGIO DE LOS MULTICOPISTAS - LA ley prohíbe ahora la copia fotográfica de libros, que lleva el horrible nombre de reprografía, siendo realmente cosa tan inocente, y, a veces, imprescindible. La vida de los libros, siempre fue más larga que la de los hombres, pero ahora no es éste el caso precisamente. Una generación de libros veía antiguamente muchas generaciones de hombres, y ahora sucede exactamente lo contrario; y, cuando necesitamos un libro no para el estudio exactamente, sino como se necesitan los libros que nuestra ánima necesita, no hay muchos más expedientes, para conseguirlo, que copiarlo.

 

Desde luego, la ley exige, en el momento de la publicación de un libro, un depósito de algunos ejemplares, y este depósito burocrático es algo así como un Arca de Noé en la que al menos esos ejemplares de la obra de un mismo autor se salvan y quedan preservados de la guillotina o del trapero. Y quizás también puede encontrarse algún ejemplar igualmente, preservado en las librerías de viejo, ahora, por cierto, verdaderos Clubs Juveniles, porque los libros con algunos meses ya son viejos, o al menos han sido precipitadamente jubilados.

 

En realidad, la historia del libro, y precisamente la historia de los grandes textos fundantes de la cultura humana, ha sido una historia de la copia de esos libros, cuyas variantes y hasta errores de los diversos copistas son cuidadoso objeto de estudio por parte de la filología y de la hermenéutica, una tarea igual o mayor de penosa, por cierto, que la tarea de los copistas. Y sabemos que ésta era terrible, porque ellos mismos nos han hecho llegar su propia queja.

 

La imagen de Berceo, sentado en su portaliello frente a un prado florecido, con buen recado de escribir, y quizás un gallo a su lado para pautarle el tiempo, es, al fin y al cabo, como la del Erasmo de Holbein o las distintas representaciones de San Jerónimo, con un león a sus pies, y un gran reloj de arena, o una calavera sobre la mesa, una figura de cámara apacible para gentes de letras, pero no son la figura del copista. En un códice de Saint-Aignan de Orleans, un copista del siglo VIII escribe humildemente, al finalizar la copia del texto: Amigo lector, ten cuidado con los dedos, no manches la escritura de la página, porque el hombre que no sabe escribir no sabe el trabajo que cuesta. Como es dulce el puerto para el navegante, así es dulce la última línea para el escritor. Y el copista aureliacense escribía, por su parte, en otro códice: Atención a los dedos, lector; no los pongas sobre la escritura. No sabéis cuánto cuesta escribir; es una tarea abrumadora; encorva la espalda, oscurece los ojos, cansa el vientre, quebranta las costillas. De manera que el lector de esos libros tenía inmediatamente la conciencia de que manejaba algo precioso, que había costado un trabajo ímprobo. Pero la reprografía de entonces tenía estos costes humanos; porque o se copiaba uno mismo el libro que deseaba, o encargaba que se lo copiasen o lo adquiría ya copiado, y ambas opciones eran caras, y asunto lento y de mucha espera y desazón. Por eso también constituía un regalo fabuloso un libro copiado, y no digamos nada si, a la vez, llevaba miniaturas de escenas, o letras capitulares historiadas. En verdad, se trataba de tesoros codiciables y codiciados, y, por lo tanto, materia de disputa, llegado un caso extremo. Y el asunto llegó a este extremo por lo menos en el caso de uno de estos copistas, llamado Koluma-kill, que quiere decir paloma de la celda, y fue conocido en el santoral medieval como San Columba. Pertenecía a la familia real irlandesa, porque era un O´Neill, pero se hizo monje, y, enseguida se vio enredado en dos pasiones, una la de edificar monasterios -el mal de piedra que luego se diría en el Císter-, y la otra la de copiar manuscritos, que al final se reveló como una pasión de fatales consecuencias.

 

A no todo el mundo, en efecto, le parecía bien que se copiaran sus libros, y con alguna frecuencia se negaba la autorización para ello; la joya que era un libro entonces aumentaba de valor siendo un ejemplar único, y las copias eran tan buenas que podían resultar más hermosas que el original mismo. Y el caso fue que Columba marchó, un día, a visitar a su maestro Finnian y vio allí, en la iglesia, un hermosísimo salterio que estaba, naturalmente, atado con una cadena de muy fuertes eslabones, como lo estaban los libros en general, en todas las bibliotecas de esos tiempos -el siglo VI, y de bastante después- y Columba se prendó del precioso salterio. Pero, como no obtuvo licencia para copiarlo, se dispuso a hacerlo, de todas maneras, bajando, a escondidas, por la noche hasta el lugar donde el salterio se hallaba, y, según se dijo, alumbrándose con la mano izquierda, que le relucía como una linternilla, aunque bien puede ser que tuviera una candela en esa mano, y esta se transparentara como las que pinta Georges de la Tour, como lámpara maravillosa de color rojizo. Pero sucedió de pronto que, cuando Columba estaba acabando de copiar el libro, Finnian le sorprendió y le pidió a aquél que le entregase la copia; y, como se negó a ello, tomó éste el asunto tan por la tremenda y como peor podía tomarse, y se presentó ante el rey Diarmid, que dio una sentencia más bien enigmática, porque dijo: A cada vaca su becerro.

 

Columba, sin embargo, comprendió, enseguida, que esta respuesta de aspecto tan casero, pero nada claro, no podía conducir a buena parte, y se largó deprisa. Y acertó, porque este salterio dio lugar, enseguida, a una guerra entre irlandeses del norte e irlandeses del sur, y llegó a llamársele, por eso, El salterio de las batallas. Es decir, que, si una vez hubo una guerra por la belleza de una mujer, Helena, también la hubo por la belleza de un libro, como vemos, o por lo menos a consecuencia de la reprografía. Lo que nos ilustra, por lo menos, acerca de que aunque aquellos remotos tiempos no eran precisamente ni feministas ni de mucha lectura, es indudable que daban una verdadera importancia a una mujer y a un libro. Son las contradicciones de la historia y de la condición humana.

 

En vista de la guerra, de todos modos, el sínodo de obispos de Teilte, desterró de Irlanda a Columba, que, al fin y al cabo, era el que la bahía desatado, y éste se fue navegando en aquella naves de juncos calafateados con pez, a la isla de Jona, que era verdaderamente una desolación comparada con la verde Erín; y, allí, aunque se dedicó a construir más monasterios, le entró mucha melancolía. Ni el cuco le parecía que cantaba como en Irlanda, y decía a sus monjes que, si llegaba allí desde Irlanda una cigüeña, la atendiesen con cuidado, porque ella, la pobrecilla, ninguna culpa tiene para estar desterrada. La misma desolación sentía que nosotros cuando, por ley incluso, nadie nos quiere copiar el libro que necesitamos muy de veras. ¡Qué le vamos a hacer! Esperar a algún descuido, y que no nos sorprendan reprografiando. ABC. JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO Escritor-  ESP. 2003-VI-02

 

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…de libros, traducciones, falsificaciones y otros…


El destino de Eusebio estuvo unido desde su juventud al de la Biblioteca de Cesarea y a su colección de libros, que permanecería única en el cristianismo antiguo por la cantidad y calidad e los textos conservados, solitaria como el itinerario cultural del obispo de Cesarea y valiosa como su herencia. Si la memoria de la Biblicota permanecerá unida a los nombres de Orígenes, Pánfilo, Eusebio y sus sucesores, su suerte, al contrario, pudo depender sólo en parte de los cuidados de ellos. Después del periodo de formación y ordenación, que se prolongó hasta comienzos del siglo IV, sus condiciones fueron prósperas durante todo el siglo, desde que la biblioteca quedó directamente bajo control de los obispos de Cesarea, desde Eusebio (obispo del 313 hasta su muerte, en el 339 o 340), hasta sus sucesores. Entre los que destacan Acacio (340-366) y, poco después, Gelasio y Euzoio. Pero los cuidados de los bibliotecarios más antiguos no consiguieron impedir una progresiva decadencia en los siglos siguientes, precipitada por la conquista árabe de la ciudad hacia el año 638. De cualquier forma esta reconstrucción está basada en escasas e indirectas noticias porque, como se ha escrito con una imagen sugestiva, el espeso velo del pasado se ha depositado de forma impenetrable sobre la suerte última de la biblioteca. (Ver. Cf. Ghellinck (1947) 267).

 

Es segura la existencia de un equipado centro de escritura anexo a la biblioteca, en continuidad perfecta con la incansable labor e Pánfilo ayudado por Eusebio y con el trabajo de los taquígrafos y de copistas, asegurado a Orígenes por su mecenas Ambrosio de Nicodemia.

 

Gracias a este centro de escritura y financiación imperial, el obispo de Cesarea puede hacer frente al insólito encargo de Constantino de las cincuenta copias de la Biblia parta las iglesias de Constantinopla (Ver. Cf. Vita Vonstantini IV,36).

 

Es de notar que las fuentes antiguas consideran raros los papiros con más de dos o tres siglos de antigüedad.

 

El fenómeno de las traducciones es una de las características culturales más interesantes en el ámbito del cristianismo, en particular antiguo. Esto se pone de manifiesto en la historia de las múltiples versiones bíblicas y de los otros textos cristianos, cuya circulación se facilita mucho. Antes de Eusebio, antiguas traducciones latinas habían afectado, aparte de Ireneo, a la ‘Didaché’, a las cartas d Clemente de Roma y de Ignacio de Antioquia y a la atribuida a Bernabé. A estas versiones más antiguas se sumarían desde finales del siglo III las que fueron efectuadas no sólo del griego al siríaco y al copto, sino a veces también en sentido inverso. Del siríaco se realizaron las traducciones griegas de Bardesanes (un cristiano herético contemporáneo de Taciano) de las que habla Eusebio en la Historia eclesiástica IV,30, 1—2.. Y que, por lo tanto, seguramente estaban en la biblioteca de Cesara.

 

Bastante intensa ya en los primeros siglos, la circulación de los textos cristianos aumentó considerablemente a partir de la mitad del siglo IV gracias a las traducciones, en gran parte conservadas, de textos solicitadísimos, como los bíblicos, canónicos o apócrifos, y hagiográficos.

 

El aumento de la circulación de los textos y las vicisitudes de las controversias cristológicas tuvieron como efecto, a partir del siglo IV, el crecimiento de un fenómeno ya conocido en el ámbito judío y cristiano: la falsificación literaria. Ésta se producía bien por motivos ideológicos y de propaganda, bien con ánimo d lucro, como sucedía desde hacía siglos en ámbito helenístico y romano.

 

Además del fenómeno pseudo-epigráfico, ya en el ámbito de las Escrituras judías y cristianas, hay indicios de posibles alteraciones de textos, como lo demuestran las maldiciones rituales contra quien osase añadir, quitar o cambiar parte de ellos (ver. Deuteronomio 4,2, retomado mas explícitamente en Apocalipsis 22,18-19.

 

Sin embargo ya en el siglo V se discutía la manipulación de las obras de Orígenes, y Cirilo, patriarca de Alejandría, recurrió a los archivos patriarcales para resolver una duda de autenticidad que la plantearon en dos ocasiones colegas obispos sobre una carta de su gran predecesor Atanasio que circulaba falsificada (Ver Eoistula 45).

 

En el siglo VII el recurso a las falsificaciones era tan corriente y organizado que en el III Concilio Ecuménico de Constantinopla (680-681) dedicó tres sesiones a verificar la autenticidad e las actas del precedente, celebrado en el año 553.

 

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Ref. ‘Filología e historia de los textos cristianos’ Pág. 140-146 – año 2005

 

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San Jerónimo – Nació en Estridonia –pequeño centro entre la Dalmacia y Panonia-, poco después destruido por los godos y no identificable con seguridad.

 

Quizás entre las actuales Croacia y Bosnia, hacia la mitad del siglo IV(según fuentes antiguas en el año 331, pero probablemente alrededor del 347). Se trasladó a Roma muy joven y completó su educación bajo la guía del excelente gramático Elio Donato, formándose sobre todo con Cicerón y Virgilio. La formación cultural romana fue decisiva para el joven proveniente de los confines de la latinidad y le permitió adquirir una extraordinaria familiaridad con los autores ya considerados clásicos.

 

Jerónimo tuvo un regreso a roma que duró sólo un trienio (382-385), pero fue denso en acontecimientos. Gran éxito intelectual, colabora con Paulino y luego, mucho mas importante, con el papa Dámaso. Difundió, además, el estudio de la Biblia en los círculos de la aristocracia femenina, conquistada por la hábil propaganda papal. En ella destacaban las viudas Marcela y Paula, cultas y riquísimas, y la hija de ésta última, Julia Eustoquio.

 

Jerónimo fue obligado abandonar Roma por las reacciones del papa Siricio.

 

Jerónimo recaló primero en Chipre con Epifanio, después en Antioquia con Paulino y Evagrio, y a continuación en los santos lugares. Donde desde hacía ya mas de medio siglo se habían intensificado las peregrinaciones cristianas. El grupo llega a Egipto y en Alejandría, Jerónimo conoció a Dídimo, el último gran maestro del ‘didaskaleion’, y escuchó sus valiosas lecciones exegéticas y teológicas, arraigadas en la más auténtica línea alejandrina. Desde el año 386 el grupo procedente de Roma se estableció en  Belén, donde fundó una comunidad monástica masculina y otra femenina, estratégicamente situadas a poca distancia de las más importantes bibliotecas cristianas de la época: la de Jerusalén y la de Cesarea.

 

De ese ambiente Jerónimo no se movería durante treinta y cinco laboriosísimos años, a los que se remonta su gran producción filológica y literaria, pero que fueron tormentosos por feroces polémicas ideológicas y personales, entristecidos por sucesos trágicos. En el año 404 la muerte de Paula; después, la noticia inaudita de la caída de Roma invadida por los godos de Alarico el 24 de agosto del 410, y la de la consiguiente muerte de Marcelo; en el 416 el saqueo de los monasterios de Belén por los fanáticos seguidores del monje británico Pelagio. Y al final, la muerte d Eustoquio. Pocos meses después, el 30 de setiembre del 419, moría también Jerónimo. Así contribuyó como pocos a la construcción de la mentalidad cristiana y de la propia cultura occidental.

 

 

 

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Bizancio - Persia 632 d.C.

 

El monacato oriental es indefectiblemente bizantino-

 

La antigua Bizancio pasó a llamarse Constantinopla el 8 de noviembre del año 324, y se convertía en la capital del Imperio Romano reunificado por Constantino el Grande. El Arte Bizantino desde entonces nunca ha dejado de existir, y aunque con la llegada de los otomanos en el siglo XV pareció debilitarse, las fuertes sumas pagadas por los monjes orientales a los turcos mahometanos, para no ser aniquilados junto a sus bibliotecas y obras culturales, lo resguardó en los antiguos monasterios de Asia Menor. Por otra parte se extendió por Europa hasta Rusia y también por Armenia, Georgia y otras regiones euroasiáticas. La Iglesia Ortodoxa mantuvo el esplendoroso arte bizantino, en algunas ocasiones con no pocos problemas, pero siempre con decidida voluntad. Bizancio tuvo una primera época de esplendor que coincidió con la subida al poder de Justiniano. La arquitectura sirvió para asombrar a los habitantes del Imperio y de fuera de él. Los intentos de Constantinopla porque las tensiones religiosas, muy abundantes, se redujeran, contribuyeron asimismo a que la fiebre arquitectónica se extendiera hasta en los dominios godos, Siria, Palestina, Egipto y el Norte de África. Además de la fantástica arquitectura el arte bizantino se caracterizó por los maravillosos mosaicos y por los iconos. Tras el tiempo de Justiniano, que nos dejó la Basílica de Santa Sofía, luego profanada por el vandalismo mahometano y transformada en mezquita, siendo hoy un museo, es decir: un lugar en sí nada sacro. Santa Sofía, ejemplar único en el mundo merece un trato sacrosanto.

Llegó el periodo iconoclasta. Se ha sugerido que se debió más que a factores religiosos, a asuntos políticos; sea como fuere León III, el Isáurico, en 726, ordenó destruir la imagen de Cristo que se encontraba a la entrada de palacio y con este gesto se inicia la prohibición de las imágenes sagradas, tras el efímero periodo de la emperatriz Irene, partidaria de las imágenes, se volvió a una dura persecución que no finalizaría hasta el año 843. La cuestión iconoclasta tuvo mucho que ver también a causa del confronto con el islamismo, las inquietudes que cuestionaba esta nueva secta que se infiltraba en las fronteras permeables. San Juan Damasceno y el monje del monasterio de San Juan Studios, Teodoro, fueron los que idearon la teoría más sutil en defensa de las imágenes. Teoría que llegaría a imponerse; sostenía que Jesús había sido hombre y Dios, por ello visible, la reverencia que se hacía a la imagen se hacía a la persona de Jesús y a su naturaleza divina, no a los materiales de la obra. (Ciertamente, si en la época de Cristo hubiera existido la máquina fotográfica, ¿quién habría dudado de tirarle una fotografía o guardar su imagen?) El periodo iconoclasta supuso que el arte bizantino quedara, durante más de cien años, casi dormido; los mejores artistas emigraron a los confines del Imperio y algunas obras, pocas, han llegado hasta nosotros. Pero el resurgir de Bizancio, su época más fructífera y esplendorosa, iba a producirse muy pronto, con la llegada al poder de la dinastía macedónica y de los Comneno. Constantinopla era la capital del mundo; una ciudad enorme, impresionante; ninguna podía compararse a ella y desde ella salían los mejores mosaicistas requeridos por todo el orbe, Córdoba, Venecia,...Bizancio extendió su influencia desde Palestina a Rusia y Occidente comenzó a mirar con evidente envidia el poder bizantino. Las Cruzadas fueron un evidente perjuicio para el Imperio de Oriente y las enemistades fueron en aumento. La separación definitiva de las Iglesias se había producido poco antes de que Alejo Comneno alcanzara el poder, y los cruzados entraban salvajemente en Constantinopla en 1204. A pesar de estos avatares la cultura y el arte bizantinos no palidecieron durante los años de dominio latino, emigrando los artistas a otros lares o, incluso, trabajando en la propia Constantinopla. La entrada triunfal de Miguel Paleólogo, en 1261, en la capital del Imperio devolvió a Bizancio su carácter y su malherido orgullo. Casi doscientos años se mantuvo el Imperio, en 1453 los turcos otomanos musulmanes tomaban Constantinopla y el arte bizantino se refugió en los monasterios, tras gravosos pagos, y en otros países como Armenia, Georgia, Bulgaria, Rusia o Grecia. Hasta el siglo XIX aun se realizaban iconos de calidad, eso sí no tan prodigiosos como los de la época de esplendor.

 

Arquitectura bizantina - Como no podría ser de otra manera el Arte en Bizancio está íntimamente unido a los aconteceres históricos, por lo tanto son cuatro los acontecimientos que marcarán la evolución del arte y consecuentemente de la arquitectura, a saber: Justiniano, la época iconoclasta, la invasión de los cruzados de 1204 y la toma de Constantinopla por los turcos en 1453. La liturgia oriental, a diferencia del cristianismo occidental en donde los oficiantes de la misa están más alejados de los fieles, imponía una estructura en la planta de las iglesias peculiar. El ejemplo más claro lo tenemos en Santa Sofía, su planta es central con cúpula. Hacia Oriente, la misa es el centro que agrupa a los creyentes. En Santa Sofía vemos como se dispone todo para sostener a la inmensa cúpula. La innovación bizantina consiste en que dicha cúpula se sostiene sólo en cuatro puntos, que son las cuatro pechinas (cada uno de los cuatro triángulos curvilíneos que forman el anillo de la cúpula con los arcos torales sobre que estriba) que se encuentran en los ángulos sobre cuatro pilares. Las cúpulas romanas se asentaban sobre muros directamente en el suelo. La cúpula de Santa Sofía parece estar suspendida en el aire. Impresionantes las galerías laterales, los dos pórticos, uno habilitado como nártex y los maravillosos mosaicos.(1) Los modelos se repiten en Bizancio aun en las provincias más alejadas. Sin embargo los turcos han empobrecido –también en el arte- la magnífica riqueza sacra de las antiguas iglesias, blanqueándolas y quitando los fabulosos mosaicos; no ha ocurrido, afortunadamente, lo mismo en otros lugares donde los cristianos protegen la cultura artística-religiosa, como por ejemplo Ravena en donde podemos admirar las maravillas de los maestros orientales en San Apolinar y en San Vital. Con el tiempo las inmensas cúpulas dejaron de realizarse y tras el periodo iconoclasta, comienzan a proliferar las iglesias con mayor número de cúpulas dispuestas sobre tambores cilíndricos, lo cual agradecía el aspecto exterior de la construcción. Muchas de ellas tienen doble nártex νáρθηξ (atrio o vestíbulo situado a la entrada de las iglesias paleocristianas y bizantinas). La expansión de la arquitectura religiosa bizantina tiene un esplendoroso ejemplo en la Catedral de San Marcos, en Venecia, a pesar que tiene planta de cruz griega y que su aspecto denota mucha menos liviandad que las iglesias puramente bizantinas. No obstante, la Catedral de Venecia, donde se mantienen los restos del Apóstol Marcos, se conservan perfectamente los típicos mosaicos bizantinos, blanqueados ‘por no decir obscurecidos’ por los musulmanes, lamentablemente en la magnífica Santa Sofía. En Venecia, San Marcos impresiona por su suntuosidad y magnitud, verdaderamente es un museo de la cultura bizantina. El tipo de iglesia bizantina con planta de cruz griega y varias cúpulas se repite en Bulgaria, Servia y Valaquia, pero es en Rusia y en Ucrania en donde se generó la última época dorada del Arte Bizantino. Los ejemplos más característicos, que no los únicos, son Santa Sofía de Kiev, con cinco naves, cubierta de cúpulas y con los mosaicos más puros de Bizancio y las iglesias de la Anunciación y San Basilio, en Moscú, ésta última una de las más originales con sus nueve cúpulas puntiagudas. Haciendo un breve recordatorio la iglesia bizantina se componía de cúpula y planta centralizada, nártex doble, presbiterio, altar bajo baldaquino o ciborio, coro o bema (espacio elevado entre el ábside y la nave) y las dos cámaras o sacristías (prothesis y disconicon).

[1] Procopio de Cesáreanos invita a un recorrido maravilloso por Santa Sofía de Constantinopla: “El Emperador, sin mirar en gastos, mandó poner toda la diligencia en la construcción, y para ello convocar artífices de todo el orbe. Antemio de Trales, el máximo ingeniero en su época y de todos los tiempos, se puso al servicio de la empresa imperial, sólo atento a dirigir la obra, haciendo los planos y la maqueta del edificio. Asistía también a la obra Isidoro de Mileto, hombre de inteligencia superior, digno de que el emperador Justiniano le encomendara este trabajo....

                    Así la iglesia acabó siendo un espectáculo hermosísimo, una maravilla para los ojos que podían contemplarla, y completamente increíble para los que la conocían de oídas. Alzándose, casi hasta el cielo con sus ejes verticales... es más alta que los demás edificios de la ciudad. Y siendo ella misma un ornato de la ciudad, brilla tanto más cuanto que, rodeada por los demás edificios, desde la iglesia, como desde un observatorio, se contempla toda la ciudad. Está dotada de tanta elegancia, y tan acertadamente se extiende en su longitud y anchura, que ninguna de ellas parece desmesurada.

                    La enriquece también su indescriptible aspecto, porque tanto por su amplitud como por sus proporciones es de una elegancia máxima; y superando en grandiosidad a lo que es habitual, resulta más armoniosa que las moles gigantes. Está inundada de luz y de esplendor solar, de tal modo que dirías que no es un lugar iluminado por el sol, sino que en ella misma se engendra la luz. ¡Tan dotado está de luminosidad este templo!  (De aedificiis I,1, 23)

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Entre la juventud rural egipcia brotó el mayor número de monjes en el sc. III, IV, y V.

 

Escultura -Muy pocas esculturas bizantinas se han conservado, y en todas ellas se observa el gusto por lo grecorromano. Sin embargo acaso sea el hieratismo lo más específico de las obras, casi siempre de emperadores. Hay que recordar la estatua de Barletta y el marfil Barberini del museo del Louvre. Otras obras se conservan en dípticos, pero prácticamente nada obedece a temas religiosos.

 

Pintura - Tanto la pintura al fresco como el mosaico adquirieron gran relieve en Bizancio. Se podría decir que es el arte más genuinamente bizantino, más, incluso, que la arquitectura. Por todos los rincones del imperio se encontraban delicadas pinturas llenas de expresividad; una parte relevante provenía de la tarea paciente de los monjes. El autor de estas líneas aún recuerda estupefacto el impacto que le produjo ver , “in situ”, el maravilloso “Prendimiento de Cristo”, una pintura al fresco del siglo X, en Goreme (Turquía). Pero no sólo son un prodigio los mosaicos y los frescos, el arte de la miniatura adquirió con Bizancio, una belleza y minuciosidad extremas, conservándose –gracias a la Iglesia-  importantes colecciones religiosas. El mosaico bizantino requería unas manos diestras para manejar con soltura la pasta vítrea. Intercalaban esa pasta con cubos de mármol o de nácar y con láminas de oro o plata. Los colores los conseguían mediante las mezclas de diversos óxidos metálicos. Ejemplos exquisitos son los de San Vital de Rávena en donde podemos observar a un Cristo entronizado imberbe maravilloso, aún no aparecía el Cristo siríaco, barbado, que si lo encontramos en Santa Sofía en Constantinopla, en un mosaico del siglo XII, todo perfección y naturalidad. La pintura al fresco, en cierta forma inferior al mosaico, alcanzó con los artistas bizantinos una plenitud alta e incomparable, innovando el arte del color. Las obras más importantes son del siglo XII, sin embargo aún quedan, rutilantes, los frescos de Capadocia, como los que se encuentran en las iglesias de Tokale Kilisse, y de Kiliçlar Kusluk, en Göreme, fechados a finales del siglo X, o los de la iglesia de Panagia Chalkeon, en Tesalónica, en donde se halla un interesante Juicio Final. No obstante, la época más importante llega con los Comnenos. Con Manuel I la iglesia de San Pantaleón, en Nerezi, se llena con los mejores frescos del Arte Bizantino, encargados por Alejo Comneno destaca sobre todo el Threnos o Llanto de la Virgen, una iconografía muy semejante a la “Piedad”, con María llorando sobre el cuerpo de Jesús muerto. En los siglos siguientes se siguió trabajando con asiduidad el fresco y han quedado nombres importantes en la historia del Arte como los Damaskinos, Koltzas, Teofanes, Tzanes, Fournia, y, sobre todo, el ruso Andrei Rublev, con su gran icono de la Trinidad. Las miniaturas son otras composiciones excelentes. Casi todas sin firma, estos manuscritos se encuentran desperdigados por muchas bibliotecas y museos del mundo. El monacato era un cofre donde se protegía y conservaba ‘edn su propio contexto cultural’, el manuscrito, los documentos y otras de arte. Destacanse las “Homilías” de San Gregorio Nacianceno, el Rollo de Josué y el Salterio de París. También los monasterios fueron lugares en donde el arte de la miniatura alcanzó niveles esplendorosos, los monjes ilustraron gran cantidad de Biblias, Evangelios, Leccionarios y Salterios; algunos de ellos han llegado hasta nosotros. El Arte del Icono comentaba que la pintura, más que la arquitectura, era el arte bizantino por excelencia, pues bien, dentro de la pintura es el icono su estandarte más representativo. En los primeros tiempos de Bizancio se denominaba icono a toda representación de Cristo, de la Virgen, de algún santo o de cualquier acontecer de la historia sagrada, representación que podía haber sido pintada o esculpida, pequeña o grande, móvil o fija. Con el tiempo el término ‘icono’ ha quedado reducido a las pinturas sacras sobre estructuras portátiles, ya sean de madera o metal. Según Ros, el origen del icono fue de carácter funerario, un intento de honrar la memoria del difunto. En los primeros siglos del cristianismo, a pesar de los rigores iconoclastas, pronto aparecieron retratos de la Virgen y de Jesús, atribuidos a San Lucas y considerados auténticos. Adquirieron como es lógico un poder de gran atracción. El valor del icono se fue degradando, atribuyéndole el pueblo sagradas funciones que no eran las propias de la representación artística. Los iconos volaban, aparecían, lloraban, curaban lo incurable, en fin, todo un rosario de excesos, a los cuales se opusieron los Padres de la Iglesia y los iconoclastas. Esas guerras purificaron la función y el significado de los iconos. No hay muchos iconos de los primeros siglos. El paso del tiempo no es bueno para ellos y para todos, no perdona. Sin embargo si son abundantes los de los siglos XIV y XV. Del siglo XII (1131), se conserva una tabla llamada Nuestra Señora de Vladimir, también llamada la Eleoussa o Virgen de la Ternura; es la primera vez que se establece una conmovedora relación de la Virgen con el Niño Jesús, antes desconocida en el arte bizantino. También del mismo siglo es una iconostasis del Monasterio de Santa Catalina, en el Sinaí, en donde se observa el Bautismo, la Transfiguración, Deesis, Resurrección de Lázaro y Entrada de Jesús en Jerusalén. Con la tercera edad de oro y la expansión del arte bizantino, los iconos se llegaron a producir en gran cantidad, muchos de ellos obras de arte de primera magnitud, sin embargo la rigidez ritual bizantina influyó en la evolución lógica de un arte que no le ha quedado más remedio que repetir modelos.

 

Literatura - La importancia que tuvieron los escritores y traductores bizantinos (largamente monjes palestinos, egipcios, sirios, persas, armenios, cretenses, etc.) en el conocimiento por parte de Occidente de los clásicos griegos, fue definitiva. Cabe destacar la gran influencia en los siglos XVI y XVII de la Scala Paradisi, de Juan Clímaco, monje bizantino sc. VI y VII, quien en la citada obra, pretende describir los pasos que se deben dar para que el alma alcance a Dios. Su teoría se basa en la “hesiquia” o quietud. Nuestro Miguel de Molinos, siglos más tarde, volvería a predicar el quietismo (“el alma es un papel en blanco, en donde Dios escribe lo que quiere”) y Fray Luis de Granada, estudia a Clímaco y se las tiene que ver con el Santo Oficio, con sus obras Libro de Oración y Guía de Pecadores en el Index inquisitorial. La nómina de autores bizantinos es muy extensa valiendo resaltar los autores a carácter religioso. El propio Clímaco fue escritor de obligada lectura en los cenobios ortodoxos, también Daniel el monje, su descubridor y los conocidísimos Focio, Juan Damasceno y Teodoro, Gregorio Magno, Gregorio Nacianceno y Gregorio de Tours, Procopio de Cesarea, Pablo el Silenciario, Teofanes, Pseudo-Dionisio y, por supuesto, San Juan Crisóstomo y Cirilo de Alejandría. Muchos, muchísimos más había –entre grandes cristianos- que engrandecieron la literatura oriental y occidental, y que ejercieron una influencia decisiva en ella. Desde el año 1054, año del Cisma de Oriente, mucha agua ha corrido y sabiamente, hoy, ambas corrientes cristianas se tienden mutuamente, las manos. Los sufrimientos y las persecuciones para los dos pulmones de la Iglesia, como dijera Juan Pablo II Magno, no fueron en vano, bien valió para dialogar y amarse en la auténtica caridad de Cristo.  

 

Música [2] -  Como en el resto de las músicas de la tradición cristiana, la bizantina tiene sus orígenes en la hebrea y en la griega, pero como ocurre con todas, desarrollará características específicas que le llevarán por otros caminos que los de la música occidental.  En el arte Paleocristiano, los “Tehillim” eran los Salmos o, en traducción literal del hebreo, “Cantos de alabanza”. Una de las primeras colecciones de himnos cristianos es el “Salterio Gnóstico” y en él se inspiró San Efrén de Edesa para componer cantos en sirio que tendrían su influencia en todo Oriente. Así encontramos los cantos de la liturgia ortodoxa de Pascua, recopilados en el siglo VII por San Juan Damasceno en una colección de salmos a ocho voces; se siguen cantando en la actualidad, siempre son voces masculinas y el resultado es impactante. Esos coros no parecen humanos, los matices y modulaciones se implican mágicamente con los inciensos, los iconostasios y los dorados y negros. Es una de las esencias de la tradición ortodoxa; su música, siempre coral, también la dieron a conocer grandes compositores de siglos venideros que mencionaremos en su momento, pero hay que recordar a Rimsky-Korsakov, Tchaikovsky, Rachmaninov y muchos más. Siempre estuvo presente la música en la adoración a Dios tanto en judíos como en cristianos, y exceptuando el lapsus del Concilio de Laodicea (360), en el cual se prohíbe la interpretación y composición de himnos particulares (porque cabía el peligro de textos no acuerdos al Magisterio), ha sido una de las artes más exultantes, con lo cual su riqueza y diversidad son excepcionales.

[2] El canto gregoriano se caracteriza porque sus notas, escritas sobre un tetragrama, son cuadradas, romboidales y caudadas. Las dos primeras se llaman punctum y la que tiene un añadido vertical, virga.  La cuadrada, independiente, se usa en los cantos silábicos, las otras dos en grupos de dos o más notas, son las llamadas neumas. Cada una de éstas notas tiene el valor de una corchea, independientemente de su forma. En ocasiones aparece una nota con forma estriada o dentada, se le llama quilisma y sirve como unión. Se usan las claves de do y fa. El gregoriano tiene un ritmo libre, por lo tanto no se usa el compás.

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Arquitectura  - Un ejemplo muy importante tenemos en España de arquitectura visigoda, es la pequeña basílica de San Juan de Baños, en Palencia. Dedicada en el año 661 por Recesvinto consta de tres naves separadas por columnas y arcos. Según las excavaciones practicadas tenía antiguamente tres ábsides cuadrados, dos de ellos habilitados como sacristías, el Diaconicum, que servía para que se vistieran los diáconos y la Prothesis en donde las vírgenes hacían el pan sin levadura. Los capiteles son corintios germánicos, pero el arco de entrada, el triunfal, el ábside central poseen excepcionales frisos esculturados desconocidos en todo occidente. La espadaña, sin embargo, es un añadido posterior. Otra iglesia conservada está en la provincia de Zamora, se trata de San Pedro de la Nave, y está fechada a finales del siglo VII. En ella encontramos como característica muy especial los capiteles historiados. También en buen estado hay dos santuarios visigóticos, uno en la provincia de Burgos, el de Quintanilla de las Viñas, con gran decoración de relieves y el otro en Santa Comba de Bande, en Orense, cuya planta es de cruz griega con ábside cuadrado en uno de sus brazos, recuerda a las edificaciones religiosas de Asia Menor. Uno de los elementos fijos de la arquitectura visigótica es el arco de herradura del cual no se sabe si era propio del territorio hispano o si fue introducido por los godos. Los motivos decorativos casi siempre son geométricos, aunque tengamos la excepción de los capiteles de San Pedro de la Nave en donde se describe a Daniel en el foso de los leones y a la mano de Dios impidiendo el sacrificio de Isaac por Abraham y también los frisos de Quintanilla de la Viñas con pájaros, cuadrúpedos, anagramas y símbolos. La arquitectura asturiana recoge la tradición visigótica pues fue el último reducto no islamizado tras la invasión musulmana. Se desarrolló bajo el reinado de Alfonso II (789-842) y de su hijo Ramiro I (842-850). El primero de ellos mandó edificar la Cámara Santa de Oviedo, San Julián de los Prados, una iglesia con planta basilical de tres naves, con arcos de medio punto, Santa María de Bendones y San Pedro de Nora. Ramiro I erigió Santa María del Naranco, en realidad el Aula Regia, y San Miguel de Lillo antes del 848. La primera de ellas posee unos arcos muy peraltados desterrando el arco de herradura visigótico, fenómeno usual en la arquitectura asturiana prerrománica. En San Miguel de Lillo (en tiempos ligno, de “Lignum Crucis”) las jambas de la puerta están decoradas con relieves en los que se distinguen juegos de circo aunque el resto de la decoración en frisos y capiteles sea con motivos geométricos. Otras iglesias son Santa Cristina de Lena y la que se encuentra en el monasterio benedictino de San Salvador de Valdediós, que fue fundado por Alfonso III en el año 893, ésta última tiene tres naves con nártex y pórtico lateral Alvaro de Córdoba escribió en el año 854 su “Indicus Luminosus”, en él mostraba su gran preocupación por la progresiva islamización de la sociedad. Esa causa, las penurias económicas de la población atenazada por una fuerte sequía y la persecución religiosa –por parte de los musulmanes- a la que fueron sometidos los mozárabes cordobeses, justificaron que en el siglo X emigraran a otras tierras llevando con ellos su técnica constructora. Entre las diferencias existentes entre el arte visigótico y el mozárabe hay una muy acusada en la forma de construir, es el arco de herradura, ya con la elevación de los arcos árabes. Son, afortunadamente, muchas las iglesias conservadas mozárabes. Uno de los mejores ejemplos puede ser el de San Miguel de Escalada, edificado en el año 913. Tiene un maravilloso pórtico lateral con doce arcos de herradura y una planta de tres naves. Son destacables también San Millán de la Cogolla, Santa María de Melque,, San Baudelio de Berlanga y San Pedro de Roda. En la época de estos tres estilos arquitectónicos que acabamos de comentar no floreció precisamente la escultura. Es un periodo prácticamente anicónico; solo conservamos algunos frisos y capiteles con relieves. Es, no obstante, el tiempo en el que un monje del siglo IX, de Liébana, llamado Beatus, escribió sus famosos “Comentarios al Apocalipsis”.

 

Agradecemos el texto enviado por don Luis Aguilera de Sónsoles – Curitiba Br.

 

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Abd Al- Rahman Al Sufi vivió en la Corte del Emir Adud ad-Daula en Isfahan, Persia, y trabajó traduciendo y expandiendo con comentarios obras de contenido astronómico procedentes de los griegos, en especial el Almagesto de Ptolomeo. Hizo hincapié en corregir datos de algunas estrellas ya descritas por Ptolomeo y sobre todo revisó brillo y la magnitud. Ha sido uno de los primeros en averiguar y describir la agrupación de estrellas Magallanes que sólo es visible desde Yemen; no en la ciudad donde residió Isfahan y que no fue divisada por un europeo hasta que hizo el viaje Magallanes en el siglo XVI.
Se le considera como uno de los mejores traductores del idioma árabe de las obras astronómicas procedentes del mundo helenístico y sobre todo de aquellas que proceden de Alejandría, fue el primero que intentó relacionar el nombre de las estrellas y constelaciones en griego con la denominación en árabe, tarea muy importante ya que muchas estrellas carecían de traductores y a veces se confundían.
Fue uno de los primeros en observar que el plano de la eclíptica está inclinado respecto al ecuador celeste y realizó cálculos para averiguar la duración del año trópico. Observó, describió y catalogó las características de las estrellas, identificando sus posiciones, su magnitud aparente, su brillo, color y fue asociando las estrellas a sus correspondientes constelaciones. Para cada constelación proporcionó dos dibujos uno con el punto de vista desde fuera de la esfera celeste y otro con el punto de vista desde dentro de la esfera celeste (tal y como se puede ver desde la tierra). Al Sufi escribió sobre la medición y uso del astrolabio, encontrando numerosos nuevos usos para este instrumento.
Al Sufi publicó su famoso "Libro de las estrellas fijas" en 964

 

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Los dípticos servían como libro de memoria. Las caras, esculpidas, eran las cubiertas; el reverso, plano de marfil liso, se revestía con cera para tomar notas o para recordatorio. Este servicio ha salvado de la destrucción muchos dípticos consulares" (10). La mayor parte de los conservados se encuentra en las iglesias, porque en ellas continuaron prestando la misma función. En las iglesias y catedrales se ponían los dípticos sobre el altar en las fiestas solemnes para leer al final del oficio los nombres de los bienhechores a quienes se tenían que recitar preces (11).

Aunque en España hoy sólo existe un díptico consular, el del cónsul Flavius Strategius Apion (año 539), que se custodia en la catedral de Oviedo (12), creemos que a estas tierras de la Pars Occidentalis llegaron más ejemplares, que algunos artistas hispanos de la Alta Edad Media tendrían oportunidad de conocer. Tal sospecha se apoya en el hecho de que el díptico de Apion, en el que el retrato del cónsul, en marcado en un medallón, se reduce al busto, no pudo servir de modelo al escultor que hizo los relieves que decoran las jambas del pórtico de San Miguel de Lillo (13), ni tampoco al dibujante del signo de Sancho III.

El creador del signum regis Sancii debió de tener en consideración un díptico, donde la efigie del magistrado, sentado de frente y bajo palio, llevando en su mano izquierda el cetro y el mappa en la derecha, había sido tallada con esmero. A título de ejemplo podríamos citar: el díptico de Flavius Anastasius (año 517), de diseño muy bizantino, o el de Boecio (año 510), a cuyos pies hay sacos de mone das y vajilla, objetos alusivos a la sparsio, ceremonia consistente en repartir dinero a la muchedumbre (14).

André Grabar ya advirtió que "los cristianos tomaron como modelos de sus retratos las sacrae imagines de la monarquía romana", y muy especialmente los dípticos consulares (15).

Resulta manifiesta la influencia que los modelos bizantinos ejercieron en los manuscritos altomedivales. Entre el retrato del emperador Otón III, reflejado en una miniatura del Evangeliario de Bamberg, de fines del siglo X, y el de Sancho III, plasmado en su signatura, de mediados del siglo XII, existen pocas diferencias; quizás, porque ambos personajes vivieron en una sociedad en la que se soñaba con el restablecimiento de la antigua dignidad imperial. Mientras que Otón III sostiene con su mano derecha el cetro y con la izquierda el globo, que remite a la idea del Imperio gobernado por él, Sancho III mantiene el cetro con la izquierda y el mappa en la derecha, atributos propios de los cónsules, cuyo poder les era conferido por el Emperador, en este caso por su padre Alfonso VII, al que alude la leyenda que enmarca el signo. ¿Cabría equiparar las atribuciones de Sancho III, que en vida de su padre se titulaba rey, con las de un cónsul romano?

…[…]…

10) José Pijoán: Summa Artis, vol. VII: Arte cristiano primitivo, arte bizantino hasta el saqueo de Constantinopla por los cruzados el año 1204, Madrid, 1974, Edi. Espasa-Calpe, p. 284.

(11) Ibid.

(12) Ibíd., p. 293.

(13) No nos cabe la menor duda de que el autor de las jambas de esta iglesia, construida en el siglo IX por iniciativa del monarca asturiano Ramiro I, se inspiró en un díptico consular en el que el cónsul, de cuerpo entero y escoltado por las personificaciones de Roma y Constantinopla, presidía la venatio o lucha de hombres con fieras. Autores como H. Schlunk, J. Fontaine y J. Yarza suponen que los mencionados relieves son copia de un díptico del cónsul Areobindus (año 506) (Jacques Fontaine: L´art préroman hispanique, vol. I, Yonne, 1973, Edi. Zodiaque, p. 322. Joaquín Yarza: Arte y arquitectura en España 500/1250, Madrid, 1979, Edi. Cátedra, pp. 56-57), mas, tanto pudo servir de modelo uno de los varios ejemplares que de este cónsul se conservan, como el de Anastasius Paulus Probus (año 517), o el de cualquier otro de similares características.

(14) José Pijoán: Ob. cit., p. 288.

(15) André Grabar: Las vías de la creación en la iconografía cristiana, Madrid, 1985, Edi. Alianza, p. 80.

 

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Tormenta en el mar, del Evangeliario de Hitda, h. 1000-1025

 

MONASTERIOS PRIMIGENIOS EUROPEOS. San Columbano 543 †615 incansable constructor de monasterios.

 

Benedicto XVI presenta la figura de san Columbano 543 †615 incansable constructor de monasterios.

 

Hoy quisiera hablar del santo abad Columbano, el irlandés más famoso de la Alta Edad Media: con razón puede ser llamado un santo "europeo", pues como monje, misionero y escritor trabajó en varios países de Europa occidental. Junto a los irlandeses de su época, era consciente de la unidad cultural de Europa. En una de sus cartas, escrita en torno al año 600, dirigida al Papa Gregorio Magno, se encuentra por primera vez la expresión "totius Europae - de toda Europa", en referencia a la presencia de la Iglesia en el continente (Cf. Epistula I,1).

Columbano había nacido en torno al año 543 en la provincia de Leinster, en el sudeste de Irlanda. Educado en su casa por óptimos maestros que le encaminaron en el estudio de las artes liberales, se encomendó después a la guía del abad Sinell de la comunidad de Cluain-Inis, en Irlanda del norte, donde pudo profundizar en el estudio de las Sagradas Escrituras.

Cuando tenía unos veinte años entró en el monasterio de Bangor, en el nordeste de la isla, donde era abad Comgall, un monje conocido por su virtud y su rigor ascético. En plena sintonía con su abad, Columbano practicó con celo la severa disciplina del monasterio llevando una vida de oración, ascesis y estudio. Allí fue ordenado sacerdote. La vida en Bangor y el ejemplo de abad influyeron en su concepción del monaquismo que Columbano maduró con el tiempo y difundió después en el transcurso de su vida.

A la edad de unos cincuenta años, siguiendo el ideal ascético típicamente irlandés de la "peregrinatio pro Christo", es decir, de hacerse peregrino por Cristo, Columbano dejó la isla para emprender con doce compañeros una obra misionera en el continente europeo. Debemos recordar que la migración de pueblos del norte y del este provocó un regreso al paganismo de regiones enteras que habían sido cristianizadas.

Alrededor del año 590 este pequeño grupo de misioneros desembarcó en la costa bretona. Acogidos con benevolencia por el rey de los francos de Austrasia (la actual Francia), sólo pidieron un pedazo de tierra sin cultivar. Se les entregó la antigua fortaleza romana de Annegray, en ruinas, recubierta por la vegetación. Acostumbrados a una vida de máxima renuncia, los monjes lograron levantar en pocos meses de las ruinas el primer monasterio. De este modo, la reevangelización comenzó a desarrollarse ante todo a través del testimonio de vida.

Con el cultivo de la tierra comenzaron también un nuevo cultivo de las almas. La fama de estos religiosos extranjeros que, viviendo de oración y en gran austeridad, construían casas y roturaban la tierra, se difundió rápidamente, atrayendo a peregrinos y penitentes. Sobre todo muchos jóvenes pedían ser acogidos en la comunidad monástica para vivir como ellos esta vida ejemplar que renovaba el cultivo de la tierra y de las almas. Pronto tuvieron que fundar un segundo monasterio. Fue construido a pocos kilómetros, en las ruinas de una antigua ciudad termal, Luxeuil. El monasterio se convertiría en centro de la irradiación monástica y misionera de la tradición irlandesa en el continente europeo. Se erigió un tercer monasterio en Fontaine, a una hora de camino hacia el norte.

En Luxeuil, Columbano vivió durante casi veinte años. Allí el santo escribió para sus seguidores la Regula monachorum --durante un cierto tiempo más difundida en Europa que la de san Benito--, perfilando la imagen ideal del monje. Es la única antigua regla monástica irlandés que hoy poseemos. Como complemento, redactó la Regula coenobialis, una especie de código penal para las infracciones de los monjes, con castigos más bien sorprendentes para la sensibilidad moderna, que sólo se pueden explicar con la mentalidad de aquel tiempo y ambiente. Con otra obra famosa, titulada De poenitentiarum misura taxanda, que también escribió en Luxeuil, Columbano introdujo en el continente la confesión privada y reiterada con la penitencia, que preveía una proporción entre la gravedad del pecado y la reparación impuesta por el confesor. Estas novedades suscitaron sospechas entre los obispos de la región, una sospecha que se convirtió en hostilidad cuando Columbano tuvo la valentía de reprenderles abiertamente por las costumbres de algunos de ellos.

Este contraste se manifestó con las disputa sobre la fecha de Pascua: Irlanda seguía la tradición oriental, a diferencia de la tradición romana. El monje irlandés fue convocado en el año 603 en Châlon-sur-Saôn para rendir cuentas ante un sínodo de sus costumbres sobre la penitencia y la Pascua. En vez de presentarse ante el sínodo, mandó una carta en la que minimizaba la cuestión, invitando a los padres sinodales a discutir no sólo sobre el problema de la fecha de Pascua, según él un problema pequeño, "sino también sobre todas las normas canónicas necesarias que son descuidadas por muchos, lo cual es más grave" (Cf. Epistula II,1). Al mismo tiempo, escribió al Papa Bonifacio IV --unos años antes ya se había dirigido al Papa Gregorio Magno (Cf. Epistula I)-- para defender la tradición irlandesa (Cf. Epistula III).

Dado que era intransigente en cuestiones morales, Columbano entró en conflicto también con la casa real, pues había reprendido duramente al rey Teodorico por sus relaciones de adulterio. Surgió una red de intrigas y maniobras a nivel personal, religioso y político que, en el año 610, provocó un decreto de expulsión de Luxeuil de Columbano y de todos los monjes de origen irlandés, que fueron condenados a un exilio definitivo. Les escoltaron hasta llegar al mar y fueron embarcados en una nave de la corte rumbo a Irlanda. Pero el barco encalló a poca distancia de la playa y el capitán, al ver en ello un signo del cielo, renunció a la empresa y, por miedo a ser maldecido por Dios, volvió con los monjes a tierra firme. Éstos, en vez de regresar a Luxeuil, decidieron comenzar una nueva obra de evangelización. Se embarcaron en el Rin y remontaron el río. Después de una primera etapa en Tuggen, en el lago de Zurich, se dirigieron a la región de Bregenz, en el lago de Costanza, para evangelizar a los alemanes.

Ahora bien, poco después, Columbano, a causa de problemas políticos, decidió atravesar los Alpes con la mayor parte de sus discípulos. Sólo se quedó un monje, llamado Gallus. De su monasterio se desarrollaría la famosa abadía de Sankt Gallen, en Suiza. Al llegar a Italia, Columbano fue recibido en la corte imperial longobarda, pero muy pronto tuvo que afrontar grandes dificultades: la vida de la Iglesia estaba lacerada por la herejía arriana, todavía mayoritaria entre los longobardos por un cisma que había separado a la mayor parte de las Iglesias de Italia del norte de la comunión con el obispo de Roma.

Columbano se integró con autoridad en este contexto, escribiendo un hermoso libelo contra el arrianismo y una carta a Bonifacio IV para convencerle a comprometerse decididamente en el restablecimiento de la unidad (Cf. Epistula V). Cuando el rey de los longobardos, en 612 ó 613, les entregó un terreno en Bobbio, en el valle de Trebbia, Columbano fundó un nuevo monasterio que luego se convertiría en un centro de cultura comparable al famoso de Montecasino. Allí acabó sus días: falleció el 23 de noviembre de 615 y en esa fecha es conmemorado por el rito romano hasta nuestros días.

El mensaje de san Columbano se concentra en un firme llamamiento a la conversión y al desapego de las cosas terrenas en vista de la herencia eterna. Con su vida ascética y su comportamiento sin compromisos frente a la corrupción de los poderosos, evoca la figura severa de san Juan Bautista. Su austeridad, sin embargo, nunca es un fin en sí misma, sino que no es más que un medio para abrirse libremente al amor de Dios y corresponder con todo el ser a los dones recibidos de El, reconstruyendo en sí la imagen de Dios y al mismo tiempo trabajando la tierra y renovando la sociedad humana.

Dice en sus Instructiones: "Si el hombre utiliza rectamente esas facultades que Dios ha concedido a su alma, entonces será semejante a Dios. Recordemos que debemos devolverle todos los dones que nos ha confiado cuando nos encontrábamos en la condición originaria. La manera de hacerlo nos la ha enseñado con sus mandamientos. El primero de ellos es el de amar al Señor con todo el corazón, pues Él, en primer lugar, nos ha amado, desde el inicio de los tiempos, antes aún de que viéramos la luz de este mundo" (Cf. Instructiones XI).

El santo irlandés encarnó realmente estas palabras en su vida. Hombre de gran cultura y rico de dones de gracia, ya sea como incansable constructor de monasterios, ya sea como predicador penitencial intransigente, dedicó todas sus energías a alimentar las raíces cristianas de la Europa que estaba naciendo. Con su energía espiritual, con su fe, con su amor a Dios y al prójimo se convirtió en uno de los padres de Europa: nos muestra hoy dónde están las raíces de las cuales puede renacer nuestra Europa.

Intervención durante la audiencia general miércoles, 11 junio 2008 – Benedicto XVI-Obispo de Roma.

 

El Libro de Kells (Book of Kells en inglés; Leabhar Cheanannais en irlandés), también conocido como Gran Evangeliario de San Columba [Columbano], es un manuscrito ilustrado con motivos ornamentales, realizado por monjes celtas hacia el año 800. Pieza principal del cristianismo irlandés y del arte irlando-sajón, constituye, a pesar de estar inconcluso, uno de los más suntuosos manuscritos iluminados que han sobrevivido a la Edad Media. Debido a su gran belleza y a la excelente técnica de su acabado, este manuscrito está considerado por muchos especialistas como uno de los más importantes vestigios del arte religioso medieval. Escrito en latín, el Libro de Kells contiene los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento, además de notas preliminares y explicativas, y numerosas ilustraciones y miniaturas coloreadas. En la actualidad el manuscrito está expuesto permanentemente en la biblioteca del Trinity College de Dublín (Irlanda), bajo la referencia MS 58. En definitiva constituye la más impresionante muestra de arte Celta original.

 

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La fe cristiana debe ser descendida a una experiencia histórica concreta que alcance al hombre en la verdad más profunda de su existencia. La comprensión del cristianismo como real transformación de la existencia del hombre, si por un lado empuja a la reflexión filosófica a un nuevo acercamiento a la religión, por otro la anima a no perder la confianza en poder conocer la realidad.

 

El hombre no sólo ve; contempla, y por lo tanto se sabe trascendente.

El hombre sabe, y sabe que sabe; reza, y sabe que reza.

 

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Cristo sujetando una esfera con el monograma chi-rho (detalle),

Altar de oro de Basilea, actualmente en el Museo Cluny de París


 

…de cómo se iba cristianizando la sociedad en aquellos años del imperio romano entre el 300 al 400ca. Y los monjes eran como embajadores del mensaje cristiano, plenitud de bondad y amor, a través de los escritos que emanaban del magisterio episcopal.

 

El siglo IV contempló la conversión al cristianismo de la gran masa de la población del imperio romano. La cristianización, que había sido un fenómeno básicamente urbano hasta el siglo III dejando al mundo rural (pagus) en el paganismo, llegó a todas las provincias del imperio ya a principios del siglo IV. Si en el siglo III había seis obispados en el norte de Italia, se encuentran cerca de cincuenta en el siglo IV, y setenta en las Galias, comprendiendo casi toda la región. En España, como atestigua el concilio de Elvira, también se había extendido el cristianismo por casi toda      la península. Los inicios del cristianismo en Irlanda habría que situarlos a fines de este siglo IV. La presencia cristiana es importante en los territorios comprendidos entre la desembocadura de Rin y del Danubio.

La Iglesia egipcia, con cerca de noventa sedes episcopales, se muestra en el siglo IV con capacidad de emprender la evangelización en su entorno, tarea en la que desempeñaron un papel significativo San Atanasio, del que también partió la idea de la evangelización de Etiopía, y los monjes, centrados en la evangelización de sacerdotes paganos. Constantino impulsó la plena cristianización de Palestina erigiendo iglesias en los lugares de mayor tradición cristiana, pero el campo se resistió durante mucho tiempo a la cristianización. También bajo el reinado de Constantino se inició la evangelización en la Arabia romana donde llegó a haber diez y ocho obispados en esta región en la época del concilio de Calcedonia. La ciudad de Antioquia, capital siria, que contaba con cinco templos, se puede considerar totalmente cristiana a finales del siglo IV, tarea misionera en la que destacó Juan Crisóstomo. La acción de Antioquia se extendió en su entorno, sobre todo a las poblaciones fenicias y sirias. Puede que en el siglo IV también la población rural fuera cristiana. En toda la región, fue decisiva la colaboración del monacato. Desde Antioquía  se evangelizó a los nómades árabes, con la colaboración, mas tarde, de los nestorianos, llegando a la costa occidental del golfo pérsico y a la India. En el siglo IV se sitúa también la conversión Georgia. En este siglo encontramos que toda el Asia Menor, ciudades y campos, es ya cristiana; el obispadote Cesárea cuenta con cincuenta corepíscopos. Fue Capadocia y su capital Cesárea el núcleo que dinamizó la evangelización de la región.

La evangelización de los campos fue la nota característica de este periodo. Sus gentes apenas habían sido influidas por la cultura helenística y seguían fieles a sus religiones ancestrales con las que se enfrentaron los misioneros cristianos. Esta evangelización de gentes sencillas se basó en el culto a los mártires y santos y en las reliquias. No persiguió la destrucción total de la religión pagana sino que trató de integrar sus fiestas en el nuevo ciclo litúrgico cristiano, levantando los templos en el lugar de los antiguos paganos. Este proceso fue largo y se mezcló ya con la evangelización de los pueblos germánicos. La iglesia local con su obispo al frente aparece como el agente principal de la misión al lado de los monjes. El misionero más conocido de este periodo es San Martín de Tours (370-397) el cual fundó seis parroquias en la Galia. Para estas parroquias se creó un clero propio, tenían pila bautismal y cementerio al lado y poco a poco fueron adquiriendo un patrimonial del que se sustentaba el clero.

Otros templos no tenían carácter de parroquia dependientes del obispo, sino que eran privados. Dada la decadencia social y económica de las ciudades en los últimos tiempos del imperio, aumentaron los latifundios y con ellos el auge de las villas, centro de la vida agraria y social. Del propietario dependían los campesinos ocupando el vacío que dejaba el poder público. Estos señores construían una iglesia para atender cristianamente a sus súbditos y le otorgaban un patrimonio al que consideraban de su propiedad; también se beneficiaban de sus frutos y nombraban al cura naciendo así lo que se llamó la ‘iglesia propia’, característica de gran parte de la edad media.

El clero – La nueva etapa de libertad en la que entró la Iglesia tras la conversión de Constantino (aunque las persecuciones continuaron en tantas partes), cambió el status jurídico de los clérigos otorgándoles algunos privilegios. El privilegio del fuero les sustraía a la justicia civil; el peculio clerical y la inmunidad fiscal les eximía de los servicios públicos y de las cargas tributarias.

En el siglo IVV suele aceptarse la división del clero entre clero superior, al que pertenecen los obispos, presbíteros y diáconos, cuya consagración depende del obispo y el clero inferior, que suele agrupar a subdiáconos, acólitos, exorcistas, hostiarios y lectores. Los clérigos inferiores no tenían delimitado su estatuto y variaba según las comunidades.

Los obispos – A partir del siglo IV, tras la cristianización de la sociedad, el obispo dejó de ser responsable de una comunidad local urbana para serlo de un territorio con diversas iglesias particulares dependientes de él, naciendo así las diócesis a la que se limitaba el ejercicio de sus competencias.


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El monacato en Palestina, Siria y Asia Menor -

Los orígenes del monacato en Palestina está ligados a san Hilarión, fundador de una laura cerca de Gaza, y Carintón, que creó la laura de Farán, cerca de Jerusalén. Laura significa etimológicamente ‘desfiladero’ o ‘barranco’. Los monjes del desierto de Judá eligieron para sus moradas las grutas o cavernas naturales que se hallaban en los desfiladeros o barrancos, o construían sus cabañas cerca de ellas. El estilo de las lauras era parecido a las colonias de Nitria o Las Celdas.  Pero en la laura existe una mayor dependencia de los monjes con respecto a su superior. La época dorada de las lauras fue la de san Eutimio, cuyo discípulo, San Sabas, redactó el primer Typicon, obra compleja que es a la vez calendario, ordo, ceremonial, martirologio, breviario y regla monástica.

Siguiendo el ejemplo dejado por Hilarión, las regiones de Gaza se llenaron pronto de anacoretas que fueron evolucionando hacia un sistema más comunitario, primero de lauras y luego de monasterios, en los que se observaba la vida común. En esta región destacaron más adelante san Doroteo y san Epifanio, fundador de un monasterio que rigió durante treinta años antes de ser elegido Obispo de Salamina en Chipre.

La época de mayor esplendor en el Sinaí fue el siglo V. El emperador Justiniano en el 557 fundó el monasterio de santa Catalina, cerca de la Zarza Ardiendo, para reunir a los monjes de la región que sufrían los asaltos de los beduinos.(Este monasterio tiene monjes aún y fue visitado por el Papa Juan Pablo II a inicios del sc. XXI). Entre los monjes más ilustres figura san Juan Clímaco, autor de la Escala del paraíso, luego abad del monasterio. Esta obra, destinada a tener gran influencia, está dividida en treinta escalones o peldaños comparándolos con la vida de Jesús. Los 30 capítulos se agrupan en tres partes que responden a las etapas tradicionales de la vida espiritual, vía purgativa, iluminativa y unitiva, en las que pervive la influencia de Evagrio Póntico.

Eustacio de Sebaste fue el introductor del monacato en Asia Menor. Discípulo suyo san Basilio el Grande el cual, antes de optar definitivamente por la soledad monástica, emprendió un largo viaje que le llevó a conocer las experiencias monásticas de Egipto, Siria, Palestina y Mesopotamia. En Atenas estudió filosofía griega; también Orígenes dejó en él una huella profunda. Toda esta formación y experiencias quedaron plasmadas en su configuración monástica. Influido por el platonismo, la conciencia de la purificación espiritual y el dualismo entre el cuerpo y el alma, son componentes fundamentales de su vida ascética.

San Basilio escribió dos cartas con su ideal monástico, las denominadas reglas morales y sobre todo el Ascetikón. De todas estas obras se puede extraer el ideal monástico de la regla de san Basilio el Grande. La comunidad debe estar compuesta por un grupo relativamente pequeño de monjes que vive, trabaja, comen, estudian y oran juntos.  La comunidad debe estar compuesta por un grupo relativamente pequeño de monjes que vive, trabaja, comen, estudian y oran juntos. La comunidad no nace de la sumisión a una regla o a un padre carismático sino de la relación de amor, edificación y corrección fraterna. En esta concepción comunitaria, la vida anacorética no tiene cabida. El trabajo manual no debe agobiar al monje; en cambio, el estudio de la sagrada escritura y teología adquiere su importancia. La castidad supone lucha contra la concupiscencia y búsqueda de la perfección del alma. La pobreza tiene también relieve pues el monje renuncia a poseer como propio cualquier cosa. La obediencia es exigencia de la vida cristiana y la liturgia adquiere importancia.  La vida monástica no está totalmente aislada del mundo pues mediante el servicio eclesial los monasterios llevan a cabo una labor cultural y social.

San Basilio no fundó una orden propiamente dicha como san Pacomio pero su influencia fue tan grande que los monasterios de oriente y países eslavos siguieron sus reglas. Las mismas reglas monásticas occidentales beben en la fuente de san Basilio.

Los principales centros del anacoretismo sirio fueron las montañas de Shiggar, cerca de Nísibe, las regiones limítrofes a Edesa, las montañas cercanas a Antioquia y los desiertos de Calcis, Apamea y Zeugma; es decir, toda Siria conoció la presencia de algún monje. Cada uno practica un rigorismo ascético extremo, tiene su propia originalidad espiritual y quieren permanecer absolutamente solos, en total separación del mundo, a pesar de que no se alejaban demasiado de las ciudades.

Los estilistas constituyen la forma más característica del anacoretismo sirio. A pesar de su radicalidad, no fue una moda pasajera o fórmula extravagante de algunos sino que mantuvo su vigor y aprecio desde el siglo V al X. Al principio fue tomado como una novedad peligrosa. Los monjes egipcios rompieron la comunión con Simeón el Grande cuando supieron el modo de vida que había abrazado. Pero más adelante, al comprobar la seriedad de su conducta, reanudaron la comunión con él.

El mas famoso fue el mencionado Simeón el Grande que había nacido hacia el 390. Al principio se unión a un grupo de ascetas; luego estuvo diez años en el monasterio de Teleda y, expulsado de él por su excesivo rigorismo, llevó después una vida solitaria que le dio gran fama en las afueras de Telanisos, cerca de la calzada que unía las ciudades de Apamea y Ciro. Acudían a él numerosas gentes que querían llevarse un trozo de ropa y para evitarlo se subió a una columna. La columna de san Simeón se convirtió en un faro que atrajo a numerosas muchedumbres durante 37 años. En la columna supo armonizar la soledad y el apostolado y desde ella evangelizó a las gentes que acudían a él. Murió el 459 y fue sepultado al pié de su columna. Sus innumerables devotos construyeron una gran basílica iniciada en el 476 y terminada en el 490 de la que permanecen los restos.

No conocemos el número de estilistas pero debieron de ser muchos y perfectamente aceptados e integrados en la vida de la iglesia siria. En la región de Constantinopla tenían un puesto específico en la legislación de aquella iglesia. Se extendieron a Palestina, Egipto y Constantinopla, aunque en menor proporción. En occidente, no fueron aceptados. El estilita hacía su vida sobre una de las muchas columnas que había en la región debido a las grandes construcciones romanas allí existentes en las que colocaban una pequeña plataforma con una valla sobre la que vivía. Los buenos estilitas no bajaban nunca. Otros participaban a veces en acontecimientos importantes de la iglesia. Un presbítero solía acercarse a la columna y celebraba la misa.

Hubo otras formas especiales y radicales del anacoretismo sirio: los reclusos se recluían de por vida en grutas naturales, chozas, casas de barro, sepulcros, templos paganos, torres, cisternas; los idiotas o locos fingían serlo para que el pueblo los despreciara, entre los que hubo un santo, san Simeón el Idiota (590); los destechados vivían entre cuatro paredes sin techo, los estacionados siempre en pié sin acostarse para dormir; los dendritas en los árboles; los pastores a la intemperie, a cuatro patas, alimentándose de hierbas como los animales; y los itinerantes sin detenerse jamás en parte alguna.

 

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Juan CASIANOJuan Casiano es uno de los padres del monacato en las Galias.Nacido hacia el 360, emprendió una peregrinación a Palestina e ingresó en un monasterio en Belén. Posteriormente conoció el monacato egipcio. A partir del 400 sirvió de cerca en Constantinopla a Juan Crisóstomo. Después pasó varios años en Roma. Desde el 417 lo encontramos en Marsella (Francia) donde fundó dos monasterior, san víctor y san Salvador. Aquí desarrolló su actividad como escritor monástico y autor teológico. Su obras sobre la vida monástica, ‘De institutis coenobiorum’ y ‘Collationes Patrum’, han tenido enorme influencia posterior. La regla de Casiano no es más que un resumen del primero de los libros.

Casiano piensa que es necesario una reorganización del monacato de las Galias integrando los ideales del anacoretismo y del cenobitismo. Los principios fundamentales de su doctrina monástica son los mismos de Evagrio armonizados con la teología de Orígenes: la ascesis hace subir al hombre por las gradas de la imitación de Cristo hasta llegar a la unión con Dios. Todo ello guiado por las dos formas básicas de la vida monástica, la vida activa (ascesis) y la vida contemplativa (contemplación). Todos los legisladores posteriores se inspiran en Casiano, sobre todo san Benito. De esta forma influyó en todo el monacato de occidental pues no sólo transmite la experiencia monástica de oriente a través de sus obras, sino que él mismo elabora una síntesis monástica que está en la base de la obra de san Benito.

 

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Boecio aprendió —y nos lo enseña a nosotros— a no caer en el fatalismo, que apaga la esperanza. Nos enseña que no gobierna el hado, sino la Providencia, la cual tiene un rostro. Con la Providencia se puede hablar, porque la Providencia es Dios. De este modo, incluso en la cárcel, le queda la posibilidad de la oración, del diálogo con Aquel que nos salva. Al mismo tiempo, incluso en esta situación, conserva el sentido de la belleza de la cultura y recuerda la enseñanza de los grandes filósofos antiguos, griegos y romanos, como Platón, Aristóteles —a los que había comenzado a traducir del griego al latín—, Cicerón, Séneca y también poetas como Tibulo y Virgilio.

 

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Evangeliario de Otón III - El evangeliario es uno de los ejemplos más representativos del arte otónida y hoy en día se conserva en el Museo de Munich. Está realizado en el siglo X y, como era usual en los documentos de aquella época, el documento está decorado con ilustraciones de diversos artistas. En la imagen aparece la parte central del evangeliario de Otón III, realizado en oro y piedras preciosas y es posible apreciar la delicadeza de las figuras que en ella aparecen representadas. En la miniatura se representa a la Virgen rodeada por los apóstoles mientras Cristo sostiene con sus manos el alma de la Virgen, y unos ángeles se disponen a llevarla hasta el cielo.


2008 - Leyre es el único monasterio que al cabo de más de mil cien años sigue en pie y continúa en su plena función monástica. Año 848ca. encuentran referencia a Mahoma…
Los primeros nacen en los siglos IX, X. Pero el gran impulso lo dieron la orden que se llamó de los "monjes blancos", la Orden del Císter, apoyados por los reyes leoneses o asturleoneses de lo que en ese tiempo era Gallaecia. Era una orden más jerarquizada, mucho más severa. En pocos años en Europa había 500 monasterios de esa orden. En España entraron tarde y está discutido cuál fue el primero. Sólo se tiene documentación cierta del Monasterio de Sobrado como fundado por esta orden en 1142 gracias a doce monjes que vinieron a alojarse en la casa de la familia más poderosa de entonces, que era la familia Traba, de la cual he escrito un libro, porque con esta familia se educaban y criaban los reyes de la época, como en el caso de Alfonso VII. La Iglesia de Santiago y esta familia eran los más poderosos de Gallaecia. Con el Císter hubo una revolución en la agricultura, en las obras hidraúlicas (se conservan presas hechas por ellos), todo a partir de una severidad muy grande en la disciplina de los monjes y eso le da una expansión brutal. Algunos de sus monasterios gallegos como Sobrado eran imperios económicos. Los del Císter solían preferir los lugares aislados, solitarios, mientras que los Benedictinos preferían los caminos, los lugares urbanos. Samos está en el camino de Santiago. El Monasterio de San Martín Pinairo es el segundo edificio en superficie después del Escorial y está dentro de Santiago.

Archivos monacales. - La primera noticia histórica auténtica que tenemos sobre el monasterio de Leyre es, sin duda, la visita de San Eulogio de Córdoba el año 844. Y cuando se puede acreditar una tan antigua referencia, se puede tener el lujo de renunciar a las noticias apócrifas de los falsos cronicones y de las leyendas piadosas.

El viaje de San Eulogio -El hecho cierto es que a mediados del siglo noveno (IX) existía en este mismo emplazamiento el monasterio de Leyre y era un centro importante de vida espiritual. La noticia nos llega de Córdoba, a la sazón centro espiritual y político de los musulmanes españoles. En efecto, el presbítero Eulogio, futuro mártir y santo tan venerado en toda España, iba de viaje hacia las tierras germánicas. No pudo pasar los Pirineos por la Marca Hispánica de Cataluña, en guerra entonces, pero nos dejó en la noticia de su viaje una precisa referencia a los principales monasterios de Navarra y Aragón. De los cinco que cita, Leyre es el único que al cabo de más de mil cien años sigue en pie y continúa en su plena función monástica.
El nombre de Leyre aparece por dos veces en la carta que el propio Eulogio escribió poco después del
848 a Wilesindo, obispo de Pamplona. La referencia es breve pero muy concreta. Al hablar de su proyecto de ir a San Zacarías, añade: “Antes de ir a dicho lugar me detuve muchos días en el monasterio de Leyre, donde conocí varones muy señalados en el temor de Dios”. Y luego, al momento de las despedidas, insiste saludando “a Fortún, abad del monasterio de Leyre con toda su comunidad”. Estas breves referencias se confirman con otras de la Vita vel passio Sancti Eulogii, escrita por su amigo Alvaro de Córdoba, documento que confirma la verdad del viaje pirenaico, y con un curioso texto del Apologéticus martyrum del propio San Eulogio: “Estando yo en Pamplona y viviendo en el monasterio de Leyre. la curiosidad de saber hízome registrar todos los libros allí conservados. De improviso cayeron mis ojos en las páginas de un opúsculo sin nombre de autor, que contenía la siguiente historia acerca del nefando profeta: ‘Nació el heresiarca Mahoma...’. Y sigue después una amplia referencia.
Se confirma así plenamente la referencia del viaje y además de insistir en que estuvo en Leyre, aporta un nuevo dato muy valioso.
Que nuestro monasterio disponía de una importante biblioteca. Sus libros despertaron la curiosidad de Eulogio, que era un sacerdote ilustrado y erudito,
y lo más notable es que aquel hombre tan avezado en la dialéctica con los musulmanes, fue en Leyre donde encontró un libro sobre Mahoma, que no conocía, y que le sirvió para argumentar poderosamente en una de sus obras apologéticas.
Este es el punto de partida de la historia de Leyre. Cabe muy fundadamente sospechar que el monasterio no era de reciente fundación. Pero resulta difícil aventurar cómo era el monasterio y cuál pudo ser su origen. Se ha supuesto, como conjetura, que el movimiento monástico pirenaico pudo venir de las Galias y más concretamente, que fue reflejo del renacimiento monasterial de tiempo de Carlomagno. No hay dato concreto que permita afirmarlo.

Las Santas Nunilo y Alodia

A mediados del siglo IX hallamos también otra referencia bastante concreta. Importante, porque es el inicio de una devoción que llegó a ser muy típica del monasterio. La de las santas mártires Nunilo y Alodia.
Nacieron hacia el año 830, de padres acomodados, en Adahuesca, cerca de la fortaleza de Alquézar, en tierras de Barbastro, siendo Califa Abd al-Rahman II. Su padre era mu-ladi (convertido al Islam) y su madre había continuado siendo cristiana. San Eulogio de Córdoba hace mención expresa de su glorioso martirio. Fueron decapitadas por confesar heroicamente la fe católica en la ciudad de Huesca un 21 de octubre antes del año 848, a la edad de 18 y 14 años, respectivamente.

Los restos de sus cuerpos, por deseo de los Reyes de Navarra, fueron trasladados, pocos años mas tarde, al Monasterio de Leyre en donde reposaron durante diez siglos en la arqueta arábigo-persa, que fue el relicario que contuvo las reliquias de las Santas hasta la época de la desamortización definitiva, año 1862. La devoción a las Santas ha sido singular en el Reino de Navarra. Se extendió pronto a la Rioja y en el siglo XVI a Toledo. En el 1491 el Conde de Lerín y Condestable del Reino, cuñado de Fernando el Católico, marchó exilado de Navarra, junto con su familia y otros caballeros beamonteses a la toma de Granada y con ellos fueron dos imágenes góticas de las Santas, actualmente Patronas de Huéscar y La Puebla, en la región granadina. Después de muchos avatares históricos, en la actualidad, las reliquias de las santas se encuentran repartidas en su mayor parte entre Leyre y el pueblo de Adahuesca.
Los cartularios procedentes de Leyre, que se guardan en varios archivos españoles, se abren con un documento fechado unos años después de la visita de San Eulogio. Una escritura fechada probablemente entre el
850-52 contiene la donación de los inmediatos lugares de Esa (Vesa) y Benasa, en favor del monasterio. Son las más antiguas propiedades que se le conocen y es muy lógico que por ahí comenzase Leyre a redondear sus tierras. La donación aparece como efectuada por el rey Iñigo Ximénez Arista juntamente con Wilesindo, obispo de Pamplona. Y se consigna en el documento como razón de ser de esta entrega, el traslado a Leyre de las reliquias de las Santas Nunilo y Alodia, efectuado probablemente por aquellas mismas fechas.
Pero cualquiera que sea el valor del documento, es un hecho cierto que es por entonces, cuando se inicia la multisecular devoción por las reliquias de “las Santas” de Leyre. Luego, en el siglo XI la devoción de las Santas cuenta ya para entonces una firme tradición.

Las invasiones de los siglos IX y X

Eran aquellos momentos difíciles para el incipiente reino de Pamplona. Había nacido con Iñigo Arista como una transacción entre los grupos vascos de la montaña y las fuerzas que reunían los Beni-Casi, navarros islamizados sólidamente afincados en el valle de Ebro. Estos, mantuvieron al comienzo una influencia preponderante. Para liberarse de su presión los monarcas navarros buscaron la alianza de los asturianos. Cuando el 848 viaja San Eulogio por Navarra, las relaciones entre musulmanes y navarros eran muy buenas. Se iba de Córdoba a Zaragoza y de Zaragoza a Pamplona sin dificultad en el paso. Diez años más tarde tendrá lugar en Albelda la “auténtica” batalla de Clavijo, en la que los navarros, apoyando al asturiano Ordoño I, derrotan a los Beni-Casi. Sin embargo, las alternativas se sucedieron y con ellas las batallas y las invasiones.
En estas campañas, se castigaba a los monarcas navarros por su alianza con los Beni-Casi, rebeldes frente a Córdoba.
El año 920 Abderramán III lleva su campaña a la zona estratégica de Leyre. Remonta el Aragón por la vía clásica de las invasiones del Sur. El choque y la derrota cristiana se produce en Liédena y la Foz de Lumbier, a la entrada del valle del Irati. Abderramán sigue a Pamplona a donde llega al cabo de cuatro días. La ciudad está abandonada. En su obra de destrucción se cita expresamente el saqueo y derribo de la iglesia catedral.
Luego, en la segunda mitad del siglo X. mejoraron las relaciones entre Pamplona y Córdoba.

Leyre, Corte y Obispado

Con sus alternativas políticas, se comprende que la vida en Pamplona y en Navarra durante ese siglo largo en que sufre tan reiteradas invasiones, hubo de ser muy angustiosa. Con todo se llegó a organizar un buen sistema defensivo. El avance de las tropas cordobesas se hacía preferentemente por los ríos. El Ega fue el camino de la penetración. Leyre constituía la altura inexpugnable en la que buscaron seguridad los fugitivos de Pamplona.
La Monarquía se refugió en Leyre. Se creó entonces una situación que durará en el siglo X y buena parte del Xl. Comienza la costumbre, discutida hoy por historiadores, de que los obispos de Pamplona se elijan entre los monjes de Leyre. También queremos recordar que el último rey de la dinastía de los
Arsita, Fortún Garcés, el monarca que había estado tanto tiempo en Córdoba y que era abuelo de Abderramán III, al ser depuesto, pasó a ser monje de Leyre.
Puede decirse muy bien que desde estos siglos IX y X aparece ya Leyre como el más importante de los centros monásticos de Navarra. Paralelamente se intensificaba la actividad religiosa. La vida espiritual se adivina floreciente… mucho culto de las reliquias.

La iglesia más antigua

Este primer momento de esplendor de Leyre en el siglo X, hubo de reflejarse en algunas construcciones monásticas. Los datos arqueológicos son pocos. Se limitan a los cimientos de construcciones anteriores. Bajo el pavimento de la gran nave gótica del siglo XIV se conserva con gran precisión el trazado de un templo anterior. En su esquema es de tres naves relativamente cortas. Todo hace pensar que esta fue la primera iglesia de Leyre.

Primera consagración

De la historia que sigue tenemos ya un magnifico testimonio vivo. Es la gran cabecera románica, que es la pieza inicial del románico de Navarra y prototipo de las grandes construcciones del románico español.
Fue probablemente una obra de ampliación de la iglesia primitiva, que en algún aspecto previo pudo empezar en los últimos tiempos del siglo X, es en definitiva obra del siglo Xl y culmina en la consagración del año 1057. Su planteamiento es del tiempo de Sancho el Mayor. La grandeza que Leyre alcanza bajo su reinado se mantiene con su hijo y con su nieto y comienza a decaer al advenimiento de los reyes aragoneses.
Parece indudable que Sancho el Mayor se educó de niño en el monasterio, pues en un documento llama al abad Sancho
domino et magistro meo. De ahí el gran afecto que le unió a Leyre y que supo transmitir a sus sucesores. Su padre, don García de Nájera, que murió en 1054 en la batalla fratricida de Atapuerca, había sido curado en Leyre de una grave enfermedad, según decía, gracias a las oraciones de los monjes. Lo afirma en documento de 18 de noviembre da 1050 en el que hace una donación a Leyre.
Durante el reinado de Don García se dio el gran impulso a la construcción de la cabecera románica que se iba a consagrar muy poco tiempo después de su muerte. Y los tres últimos reyes de la auténtica dinastía navarra aparecen asociados en este momento memorable. La identificación arqueológica del templo consagrado en 1057 responde a la unidad arquitectónica que hoy se denomina cabecera de la iglesia, con sus naves, ábsides y cripta.

Segunda consagración

Cuarenta y un años más tarde, cuando concluía el siglo, tendrá lugar una nueva consagración de Leyre. Del día 24 de octubre de 1098 se conservan dos documentos: el acta de la ceremonia y una escritura de donaciones efectuadas con motivo de la consagración. Que fue importante esta consagración lo acredita tan numeroso cortejo episcopal y de lo mejor del monacato pirenaico. Pero no resulta tan fácil identificar sobre el edificio actual la traza arquitectónica de las construcciones a que afectó tan brillante acto. Los reconstructores cistercienses de los siglos XIII y XIV se mostraron respetuosos con la cabecera románica, pero para habilitar una gran nave gótica, apenas dejaron en pie los muros laterales de la iglesia románica del siglo XII.
Para cuando llega el momento de esta segunda consagración había variado ya la situación de Leyre en el panorama eclesiástico de Navarra. Y el hecho cierto es, que están ya en presencia los factores de un cambio de orientación que iba a ser fértil en penosas consecuencias.

http://www.monasteriodeleyre.com/sigloix.htm 2008-VI-11

 

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Breves noticias sobre los primeros representantes de la literatura monástica

 

La literatura hagiográfica que nace en el siglo IV está estrechamente relacionada con el monaquismo. Hasta entonces en la Iglesia se había venerado sólo como santos a los mártires, y se habían transmitido sus testimonios en panegíricos, vidas y actas de mártires. Con los monjes apareció en escena un segundo grupo de cristianos ejemplares a los que se peregrinaba como a "santos vivientes", al tiempo que se acudía también a los santos lugares de la vida de Cristo en Palestina y a las tumbas de los santos (principalmente de los apóstoles y mártires en Roma). Y se escribían y divulgaban sus vidas.

Entre la literatura monástica están las siguientes obras:

  • la Regla de San Pacomio, que fue escrita ya en vida de él (*9 de mayo de 347). Se ha conservado íntegra sólo en la traducción latina de San Jerónimo. Se divide en cuatro partes con un total de 193 instrucciones breves. El original fue escrito en copto. La base espiritual de la regla de San Pacomio y la medida para todo es la Sagrada Escritura. Sus dos características supremas son la funcionalidad de todas sus instrucciones para promover la vida cenobítica y la moderación que ella mantiene en todo. La virtud fundamental es la obediencia como función creadora y conservadora de la comunidad.
  • las Reglas de San Basilio el Grande. San Basilio conoció los centros monásticos de Siria, Mesopotamia, Palestina y Egipto. Para sus reglas también se inspira en la Regla de San Pacomio, pero sus reglas son totalmente nuevas, de acuerdo con el tiempo que se vivía. San Basilio moderó el afán de ascetismo que había en su época en su Corpus asceticum. Las Reglas de San Basilio representan una colección de normas concretas nacidas de la experiencia y que obedecen a unos principios básicos comunes. El primer principios es el de San Pacomio: la Sagrada Escritura. El segundo es el integrar el monacato en la Iglesia total. Basilio fundamenta sus Reglas en el mandamiento del amor recíproco.
  • los escritos monásticos de San Agustín: tiene reglas masculinas y femeninas, y su De opere monachorum,.
  • el opus de Evagrio Póntico (nacido en 345 en Ibora, en el Ponto) consta fundamentalmente de dos géneros: comentarios bíblicos (según el método exegético alegórico origenista) y escritos ascéticos y monásticos (que se cimientan en la mística origenista pero sin limitarse a repetirla).
  • los escritos de Simeón de Mesopotamia (Macario), de la misma época de Evagrio. Se atribuyeron a San Macario, uno de los padres del monacato egipcio. Fue un griego culto que vivió con su comunidad monástica en la parte superior del Éufrates. Escribió cartas, homilías y logia (dichos).
  • los escritos de Juan Casiano, que es el tercer gran escritor del siglo IV. Nació hacia el año 360 y murió después del 432.. Entre otros escritos suyos están las Institutiones y las Collationes.
  • las vidas e historias de santos: Vita Antonii de Atanasio, Vita Macrinae y la Vita Gregorii Thaumaturgi de Gregorio de Nisa, la Vita Ambrosii de Paulino de Nola y la Via Augustinii de Posidio.
  • los itinerarios, como el Itinerarium Egeriae.

 —Bibliografía: Drobner, 383-416.

 

 

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".

«El crecimiento económico no debe separarse jamás de la búsqueda de un desarrollo humano y social integral. A este respecto, la Iglesia, en su doctrina social, subraya la importancia de la aportación de los cuerpos intermedios según el principio de subsidiariedad, para contribuir libremente a orientar los cambios culturales y sociales y dirigirlos a un auténtico progreso del hombre y de la colectividad. A este propósito, en la encíclica Spe salvi reafirmé que «las mejores estructuras funcionan únicamente cuando en una comunidad existen unas convicciones vivas capaces de motivar a los hombres para una adhesión libre al ordenamiento comunitario» (n. 24)». Benedicto PP. XVI – 2008.V.31

 

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Pedimos disculpas por los errores que tantas veces cometemos. No son por mala voluntad, ni por ignorancia, sino por no saber. No está mal recordar que una cosa es la ignorancia (= no saber lo que a uno no se le alcanza) y la nescencia (= no saber lo que uno debería saber).

 ‘Apud Dominum misericordia et copiosa apud Eum redemptio’

Jesús misericordia : Kyrie eleison. Christe eleison. Kyrie eleison.

¿Por qué repetimos y recomendamos algunos libros? - No responde esta habitual insistencia a ningún imperativo ni legal, ni moral, ni de compromiso alguno. El único compromiso es el del servicio a la conformación de una cultura católica que hoy es más necesaria que nunca.

Recomendamos vivamente:

1º Título: LA BIBLIA COMENTADA POR LOS PADRES DE LA IGLESIA
Antiguo Testamento 10:Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los cantares
J. Robert Wright (encargado del volumen)Ciudad Nueva Madrid 2008-533 páginas

2º Título:Europa y la Fe’. Editor: Ciudadela Libros. Autor: Hilaire Belloc.
Páginas: 237 - ISBN: 978-84-96836-23-5 -

En esta obra se trata con un realismo histórico apabullante el tema de Europa y su relación con la fe católica. No se debería desconocer este ensayo histórico admirable en que su autor explica cómo la Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos. Es muy posible que no se haya escrito una mejor visión de conjunto de la civilización occidental que este libro.

3º Título:Cristo y el tiempo’- La Historia, como historia de la salvación -
Autor: Oscar Cullmann - Editorial: Cristiandad -

Las ilustraciones que adornan un expuesto, no son obligatoriamente alusivas al texto. Estando ya públicas en la red virtual, las miramos con todo respeto y sin menoscabo debido al ‘honor y buena reputación de las personas’. De allí, hayamos acatado el derecho a la intimidad, a la dignidad-mérito-honra-respetabilidad-pundonor, a la propia imagen y a la protección de datos. Tomadas de Internet, las estampas, grabados o dibujos que adornan o documentan este sitio web ‘CDV’, no corresponden ‘necesaria e ineludiblemente’ al tema presentado; sino que tienen por finalidad –a través del arte- hacer agradable la presentación. Tributamos homenaje de sumisión y respeto a todas las personas, particularmente cuyas imágenes aparecen publicadas, gracias.-

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).