Thursday 27 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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P: ¿No cree que las muchas veces minusvaloradas culturas celtas y germánicas (especialmente la vikinga) eran superiores a las supervaloradas incaica y azteca, dado que estas últimas no conocían el hierro, la rueda, y además practicaban salvajes sacrificios colectivos y la sodomía?


R: Creo que es muy difícil comparar. Los germanos tenían una cultura interesante; lo de los vikingos es más dudoso (por ejemplo, eran muy malos navegantes) pero incas y aztecas, a pesar de manifestaciones sociales escalofriantes, contaban con culturas impresionantes. 2004-06-08. Dr. César VIDAL. ESP.


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Del fraile español que fundó la primera universidad americana hace ahora 450 años

  

            Sí señores, 450 años ya de que la primera universidad americana viera la luz, algo que no ocurre por casualidad, sino por obra y gracia del trabajo y el esfuerzo desplegado por uno de esos grandes personajes de la historia española a menudo olvidado de todos.

 

 

Fray Tomás de San Martín.

Museo de San Marcos.

           Tomás de San Martín nace el 7 de marzo de 1482 en la ciudad de Palencia. Imbuído en su juventud del ideal caballeresco, acabará sin embargo ingresando en el convento dominico de San Pablo de su ciudad natal, cosa que hace a los veintidós años de edad. Y nada tiene de particular que lo haga justamente en Palencia, sede de la primera universidad de España, por razones que tendremos ocasión de comprender. Como quiera que sea, Tomás cursa estudios de teología y ejercerá como lector de artes y regente de estudios. Enviado a Sevilla para enseñar en el Colegio de Santo Tomás de Aquino, se gradúa como maestro en Artes y Teología.

 

            Fray Tomás viaja por primera vez a las Indias en 1528, concretamente a La Española, acompañando a otro dominico, Fray Tomás Ortiz, en la expedición de García de Lerma. Y aunque retorna a España, en 1540 se halla de nuevo en América, esta vez en el Perú, donde es elegido provincial de su orden. El asesinato de Pizarro le convierte en hombre clave de la reconciliación de los españoles, mostrándose implacable con la dureza de los conquistadores para con los indígenas americanos. Al producirse la rebelión de los encomenderos, el virrey Blasco Nuñez Vela lo envía al Cuzco a mediar con el rebelde Gonzalo Pizarro.

 

            Pero la obra por la que Fray Tomás de San Martín pasa a la historia no es otra que la fundación de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, primera universidad fundada en América, que lo fue mediante la Real Cédula del 12 de mayo de 1551 por el Rey Carlos I de España en Valladolid, que fundaba la Real Universidad de la Ciudad de los Reyes, o Real Universidad de Lima, a partir de los Estudios Generales llevados a cabo en los claustros del Convento del Rosario de la Orden de Santo Domingo, cerca de la plaza de Armas de Lima desde 1548. La universidad comienza a funcionar el 2 de enero de 1553, en la Sala Capitular del Convento de Nuestra Señora del Rosario, y es su primer rector Fray Juan Bautista de la Roca. Será sancionada por la bula papal Exponi Nobis de San Pío V de fecha 25 de julio de 1571.

 

            La Real Cédula de 1570 dispone la libre elección del rector por los docentes del claustro, lo que propiciará la elección en 1571 del Dr. Pedro Fernández de Valenzuela como primer rector laico, y el cambio de orientación de la universidad. Tras esta reforma, la universidad se traslada a donde se hallaba el Convento de la Orden de San Agustín. El 6 de septiembre de 1574 se elige por sorteo su nombre oficial, adoptando al evangelista San Marcos como patrono y el nombre de Real y Pontificia Universidad de San Marcos. En 1575, vuelve a cambiar su ubicación, trasladándose esta vez a la Plaza del Estanque, después llamada Plaza de la Inquisición, y donde hoy día se encuentra el Congreso del Perú, lugar en el que funcionará durante toda la época del Virreinato.

 

            La Universidad inicia su andadura con las facultades de teología y de artes. Posteriormente se crearían los cánones de leyes y medicina, adoptando en lo académico las normas que regían en España, y en consecuencia, la enseñanza de filosofía como base de cualquier otro estudio superior.

 

 

Universidad de San Marcos  

            La Universidad de Lima es la más antigua universidad americana, aunque lo es por apenas 132 días, ya que el 21 de septiembre del mismo año 1551 se funda en la ciudad de Méjico la Universidad del mismo nombre. Para que se hagan Vds. una idea, la Universidad de Harvard, Harvard College en origen, Harvard University desde 1780, tal vez la universidad americana más antigua de lengua inglesa y considerada hoy la mejor universidad del mundo, apenas data de 1636, es decir, casi un siglo, 85 años para ser precisos, posterior a la universidad peruana.

 

            Por lo que hace a nuestro Fray Tomás, nombrado primer obispo de La Plata, nuestro fraile fundador de universidades no llegará a tomar posesión, al fallecer en el Convento del Rosario en Lima el 31 de Agosto de 1555. Tenía 72 años de edad. Fray Tomás dispone de una estatua en la propia universidad que fundara, pero lamentablemente y como ocurre con tantos de los grandes sabios de nuestra historia, su recuerdo en España se halla muy relegado.             ©L.A.

http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=27082

Actualizado 15 enero 2013

 

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Chankillo - Perú


Ancha cuyasqay Qosqo runakuna, anti orqokunaq Patampi Tiyaq Wawallaykuna:

Jatum kusikuywanmi, sonqoy llanllarinankama, kunam punchau qankunata imaynam kuyasqayta reqsechinaypaq llaqtqykichisman chayamuni, taytaykichis jina, michiqniykíchís jina.

Dios Yayaq, Dios Churiq, Dios Espíritu Santoq Sutimpi.


(Amados hijos campesinos del Cuzco y de todo el Ande Peruano: Con gran ilusión y alegría llego hoy hasta vosotros para expresaros mi sincero y paternal afecto. Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo estén con vosotros). S.S. Juan Pablo PP II – Magno.


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Visión objetiva: Con frecuencia en los análisis históricos se peca de falta de objetividad por juzgar con valores actuales los sucesos del pasado. Esto no significa relativizar el juicio valórico de los sucesos, sino extirpar ciertos moralismos actuales que no son reales, que suponen una "moral" moderna y postmoderna que juzga enloquecidamente las cosas. Desde una perspectiva objetiva tenemos que condenar sin reserva los errores ocurridos en l período analizado, pero sin rasgar vestiduras por la "monstruosa" noticia del descubrimiento y civilización europea en América, maldiciendo la hora en que se produjo al estilo del cuestionado activista verde Jacques Cousteau quien declaró en 1992 que la llegada de la Colón a América "fue un desastre peor que la lluvia de meteoritos que acabó con los dinosaurios en la prehistoria".

Aquí la premisa tribalista de "cada uno en su tierra sin invadir otra" queda desvanecida por el absurdo ante el dinamismo y realidad de la historia. Toda civilización es el fruto de una mezcla frecuentemente nada pacífica. La misma epopeya del Pueblo de Dios suponía conquistar una tierra prometida ocupada por tribus locales. Los mismos europeos provienen de invasiones y nuevas invasiones que mezclaron sus sangres e hicieron nacer las distintas culturas que dan alma al Viejo Mundo.


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Perú – Civilización Nazca -  En las excavaciones arqueológica zona Cahuachi precolombinas, han encontrado hoy, dos esqueletos ‘madre e hijo’ sacrificados a las divinidades. El niño era un nonato, no habiendo salido del claustro materno aún. La crueldad en las relaciones civiles eran duras y en los cultos religiosos, eran realmente escalofriantes y pavorosas entre los habitantes de la civilización Nazca. 2008.IX.18

http://tv.repubblica.it/copertina/per-segreti-dei-nazca/24198?video&ref=hpmm


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¿Cuál era la situación de los indios cuando llegan los españoles?, ¿vivían en una especie de paraíso? Hablar de genocidio para referirse a la actitud que los españoles adoptaron con los nativos americanos es, cuanto menos, un error de conocimiento histórico. Un genocidio implica la voluntad de acabar con un pueblo borrando en la medida de lo posible su rastro sobre la tierra. 
Y si tuviéramos que hablar en términos de intereses, esto estaría muy lejos de los objetivos de la Corona española en América. Pero es que, además, el español demostró con su conducta que no le interesaba en absoluto arrancar del continente americano a su población nativa. ¿Para qué entonces crear escuelas, colegios y muy pronto Universidades? Recordemos la temprana fecha de fundación de la Universidad de Santo Domingo (1538), seguida muy pronto por las de Lima y México. O la de San Francisco Xavier de Chuquisaca, en Bolivia, creada en 1624. Pero la razón más importante es que la Corona impulsa la colonización americana con un objetivo prioritario: la evangelización de los indígenas. El problema está en que hay mentes que no tienen capacidad para entender algo tan aparentemente sencillo. Por supuesto que también existían intereses económicos (¿en qué proceso colonizador no los ha habido?), pero no eran ni únicos ni priorizaban sobre los religiosos.


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1541: el 14 de mayo en Roma, el papa Paulo III expide la bula que crea el obispado de Lima (Perú), con lo que la iglesia levantada por el conquistador Francisco Pizarro se convierte en catedral.


ángel arcabucero - pintura cuzqueña


La Iglesia católica en el Continente Americano está de fiesta. Durante este 2012 al menos tres importantes circunscripciones eclesiásticas de la región festejarán sus aniversarios con especiales “jubileos” o “años santos”. Se trata de Santa María la Antigua de Panamá, Cusco de Perú y Bogotá de Colombia. Y Benedicto XVI se unirá concretamente a estas celebraciones.

La primera diócesis en tierra firme del continente fue creada por el Papa León X el 9 de septiembre de 1513 bajo el nombre de Santa María la Antigua, en honor a una imagen de la Virgen traída a América desde Sevilla, España.

En 2013 esa demarcación cumplirá 500 años. Con motivo de esta efeméride la Iglesia católica panameña convocó a un jubileo que comenzará el próximo 28 de noviembre 2012 con una ceremonia en la cual estará presente el enviado papal el purpurado canadiense Marc Ouellet, prefecto de la Congregación para los Obispos y presidente de la Pontificia Comisión para América Latina.

Esa celebración motivó al gobierno de Panamá a buscar una visita del Papa al país, aprovechando la coyuntura del viaje apostólico a Brasil previsto para julio de 2013 con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud que tendrá lugar en Río de Janeiro.

 

También por estos meses la Arquidiócesis de Cusco, en el Perú, lleva a cabo los festejos con motivo del 475 aniversario de su fundación. Erigida por el Papa Paulo III el 8 de enero de 1537, fue la primera diócesis de Sudamérica.

En enero pasado inició el jubileo de la demarcación eclesiástica peruana, cuyos actos centrales tendrán lugar del 24 al 28 de octubre 2012. En esa ocasión representará a Benedicto XVI como enviado especial el cardenal Eduardo Vela Chiriboga, arzobispo emérito de Quito (Ecuador).

A estos dos años jubilares se ha sumado un tercero con motivo de los 450 años de vida de la Arquidiócesis de Bogotá, capital de Colombia, que fue inaugurado el pasado 8 de septiembre por el arzobispo Rubén Salazar Gómez. Todavía se desconoce si el Papa enviará a un representante a la celebración colombiana.

 

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“Peruanos ejemplares”, el patrimonio espiritual de Perú en un libro

Entrevista con su autor, José Antonio Benito

LIMA, viernes 18 de diciembre de 2009 (ZENIT.org).- José Antonio Benito, miembro de la Asociación Española de Americanistas, acaba de presentar en Lima el libro "Peruanos ejemplares" (Editorial Paulinas), un acto de justicia con el patrimonio espiritual de ese país, según reconoce el autor.

Doctor en Historia de América por la Universidad de Valladolid (España), miembro ordinario de la sección de Historia del Instituto "Riva/Agüero" y de la Academia Peruana de Historia de la Iglesia, Benito es coordinador del área de Historia de la Universidad Católica Sedes Sapientiae y del CEPAC (Centro del Patrimonio Cultural), docente de la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima, así como de la Redemptoris Mater del Callao.

"La santidad no es arqueología o patrimonio de otros tiempos", constata el autor en esta entrevista concedida a ZENIT. "Tampoco privilegio de seres excepcionales y un poco ´raros´ o ´especiales´. Es la vida plena y feliz de los hombres más revolucionarios y comprometidos, fascinados por el amor de Cristo".

--¿Por qué un historiador español se pone a escribir un libro sobre "Peruanos ejemplares"?

--José Antonio Benito: En 1995 llegué a Arequipa y desde 1999 resido en Lima, aunque siempre con el corazón en la Ciudad Blanca y en todo el Perú, especialmente en el territorio recorrido por Santo Toribio Mogrovejo.

El libro ha nacido de mi estupor por el patrimonio espiritual de esta tierra ensantada que es el Perú y mi deseo de conocer más y de que sea conocido. En Arequipa comencé a escribir en los periódicos "Arequipa al día" y "El Pueblo" semblanzas de peruanos célebres, unas cortas en forma de carta y con el pseudónimo de Juan Kusikuna, otras más largas en la revista del Archivo Arzobispal y de las universidades.

En el año 2000 tuve que preparar apuntes para el curso de Antropología de la Universidad Católica Sedes Sapientiae. En 2004, Catequesis Familiar me pidió que les preparase pequeñas biografías que sirviesen como modelos para los jóvenes. En la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima dirigí varios cursos de Historia de la Iglesia del Perú que me obligaban a investigar sobre los santos, beatos, siervos de Dios. De igual modo, he colaborado con la Real Academia de la Historia de España y su proyecto de 25.000 biografías.


--¿Quiénes son estos peruanos ejemplares de los que habla en el libro?

--José Antonio Benito: En primer lugar los cinco santos (Martín de Porras, Rosa, Toribio de Mogrovejo, Juan Macías, Francisco Solano) a los que añado san José, por ser patrono del Perú, y santa Narcisa Martillo Morán; luego, los beatos Ana de los Ángeles, Luis Tezza, Ascensión Goñi y José de Calasanz.

A continuación, todos los venerables y siervos de Dios: Fray Diego de Ortiz (1532-1571), protomártir del Perú, en Vilcabamba y que fue muerto en 1572 por denunciar la incoherencia cristiana de Tito Cusi Yupanqui y familia, el agustino Luis López de Solís (1535-1606), el mercedario Gundisalvo ( Fray Gonzalvo) Díaz de Amarante (1540- El Callao en 1618), Diego Martínez, SJ (1542-1626), Juan Sebastián de la Parra (1550-1622), el popular P. Pedro Urraca (1583-1657), Juan de Alloza SJ (1597-1666), Francisco del Castillo (1615-1673) S.J., el sastre indio Nicolás de Dios Ayllón (1618), el juandediano. Francisco Camacho (1629-1698), Luisa de la Torre Rojas (Beatita de Humay) (1819-1869), Rafaela de la Pasión Veintemilla (1836-1918), fundadora de las Agustinas Hijas del Santísimo Salvador, Pío Sarobe Otaño (1855-1910), misionero en Ocopa, Sor Teresa de la Cruz Candamo (1875-1953), Mons. Octavio Ortiz Arrieta (1879-1958), Melchora Saravia Tasayco, la Melchorita (1895-1951), Monseñor Emilio Lissón Chavez, arzobispo de Lima (1872-1961), Martín Fulgencio Elorza Legaristi, obispo de Moyobamba, pasionista (1899-1966), y, finalmente, los candidatos mártires de Chimbote, los Padres franciscanos: Miguel Tomazek y. Zbigniew Strzalkowski, así como el sacerdote diocesano italiano P. Sandro Dordi, Juan J. McKniff, OSA (1905-1994), y el P. José Alvarez (Apaktone) OP.

--Además de los grandes santos peruanos figuran otras figuras más contemporáneas a quiénes usted conoció personalmente. ¿Qué puede comentarnos sobre algunos de estos "peruanos ejemplares"? 

--José Antonio Benito: Se añaden, además, otras biografías de personajes que practicaron la virtud en Perú, tanto en el virreinato (Antonio Ruiz de Montoya, Úrsula de Cristo, Sebastián de Antuñano, Antonia Lucía del Espíritu Santo), como en la época republicana (José Ramón Rojas, "Padre Guatemala", por ser ese país su lugar de nacimiento, el apóstol de Ica (1775-1839) Teresa del Sagrado Corazón (1857-1950), Mateo Crawley-Boevey (1875-1960), arequipeño que recorrió el mundo para ponerlo a los pies del Corazón de Cristo,Pascualito Fuster 1888-1950, quien, a pesar de su discapacidad, desde Barranco, fue el vagabundo limosnero y fomentador de vocaciones sacerdotales; el simpático Padre Manuel Pardo, S.J. (1877-1906), los heroicos salesianos Ladislao Milharcis y Miguel Córdova que dieron su vida por salvar a varios niños; las tres religiosas mártires: Augusta Rivas. 1920-1990, Irene McCormamack. 1939-1991, Juana Sawyer. 1932-1983. Aunque no nació ni murió en Perú presentamos a Teresa de Calcuta por sus visitas a Perú: 1910-1998. Por último, dos semblanzas de peruanos entrañables, el Hermano Julio Corazao (1934-1996), marianista, empedernido catequista itinerante, y Germán Doig (1957-2001), pionero de la nueva evangelización de una nueva época en el tercer milenio. El estudiante Pool Cuadros. 1979-2003, a quien tuve como catequista cuando fui coordinador del grupo en la PUCP. Consuelo Lazo Carpio (1919-1951), joven arequipeña, modelo de apóstol juvenil. El gigante de la caridad. P. Carlos Pozzo, S.J., con quien trabajé los cinco años que viví en Arequipa. Andrés Aziani 1953-2008, doctor en filosofía, pionero de Comunión y Liberación en Perú, apasionado de la vida desde su cátedra y su amor incondicional a Cristo, la Iglesia y los jóvenes; Monseñor José Dammert Bellido 1917-2008, a quien entrevisté en Jn 19 y me impactó por su honda espiritualidad, su sencillez y su amplísima cultura; el  P. Antonio San Cristóbal, claretiano ejemplar y el mejor historiador del arte barroco del Perú; el P. Juan Serpa, el buen samaritano del Cercado de Lima, creador de obras en beneficio de los más pobres y el auténtico padre de todos los quechuaparlantes.

--Aparecida es el marco de sus reflexiones. En el contexto de la Iglesia peruana actual ¿Cuál cree que es el horizonte que dibuja Aparecida, los retos, las herramientas que proporciona y lo que este documento dice y que no se debe dejar pasar por alto?

--José Antonio Benito: Aparecida nos interpela especialmente a los católicos, a los de casa, lanzándonos a la misión como discípulos y misioneros. Los santos son la encarnación viva del estimulante magisterio de Aparecida, en el aquí y ahora de nuestra realidad.

--¿Qué mensaje personal puede dejarnos a partir de su libro?

--José Antonio Benito: La santidad no es arqueología o patrimonio de otros tiempos; tampoco privilegio de seres excepcionales y un poco "raros" o "especiales". Es la vida plena y feliz de los hombres más revolucionarios y comprometidos, fascinados por el amor de Cristo y que vivieron del modo más sencillo y alegre el amor a los demás.

Los santos del Perú son su mayor riqueza. Urge conocerles para vivir su estilo con pasión. Cuanto más los conozcamos y los hagamos conocer, ayudaremos a forjar las personas que el Perú necesita.


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-azteca-


La Iglesia os presenta el mensaje salvador de Cristo, en actitud de profundo respeto y amor. Ella es bien consciente de que cuando anuncia el Evangelio, debe encarnarse en los pueblos que acogen la fe y asumir sus culturas.

Vuestras culturas indígenas son riqueza de los pueblos, medios eficaces para transmitir la fe, vivencias de vuestra relación con Dios, con los hombres y con el mundo. Merecen, por tanto, el máximo respeto, estima, simpatía y apoyo por parte de toda la humanidad. Esas culturas, en efecto, han dejado monumentos impresionantes –como los de los mayas, aztecas, incas y tantos otros– que aún hoy contemplamos asombrados. DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II - A LOS INDÍGENAS; Ciudad de Guatemala, lunes 7 de marzo de 1983


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Un gozo íntimo y una trepidante conmoción invaden Nuestro ánimo al ver que la Providencia Nos ha reservado el privilegio de ser el primer Papa que llega a esta nobilísima tierra, a este cristiano Continente, donde un día arcano - predestinado en los designios salvíficos de Dios - comenzó a añadirse la altura de la Cruz sobre las cimas andinas y, en los viejos caminos de los chibchas y de los mayas, de los incas, aztecas y tupis-guaraníes, empezó a dibujarse la silueta de Cristo.

¡Pueblos de América Latina! mecidos en idénticos mares; cuyos ríos y cordilleras entrelazan comunidades de gentes honradas, pacientes, trabajadoras e hidalgas; cuyas fisonomías peculiares tienen el rasgo común de la fe en Cristo que ha vivificado siglos de historia y suscitado innumerables iniciativas promotoras de vuestra cultura y de vuestro bienestar. Pueblos de América! A todos y cada uno va, desde el suelo de la hospitalaria Colombia, Nuestro saludo, Nuestro afecto, Nuestra plegaria. Y Nuestro corazón se dilata para agradecer a Dios el don inmenso de vuestras creencias católicas y para implorar de El que el dinamismo de vuestra fe, tradicional y renovada, despierte cada vez más el sentido de fraternidad y de colaboración armoniosa en orden a una constante convivencia pacífica, e impulse y consolide los esfuerzos por un progreso ordenado que, con el desarrollo técnico y el cultivo racional de tantas riquezas como el Señor puso en vuestros suelos, alcance equitativamente a todas las familias y categorías, en conformidad con los principios de justicia y de caridad cristianas. DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI – P.P. DURANTE EL ENCUENTRO CON EL PRESIDENTE DE COLOMBIA-Jueves 22 de agosto de 1968


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Perú es un país grande (un millón trescientos mil kms. cuadrados y 18.230.000 habitantes), constituido por tres regiones geográficas (costa, sierra y selva) y no menos compleja étnicamente. En tiempos estuvo aquí el Imperio de los Incas y buena parte de la población habla todavía sus lenguas (quechua, aymara y otras). Al mismo tiempo toda la nación es católica y la Iglesia constituye un vínculo particular entre todos los habitantes del país. Asimismo existe "el problema social" en gran escala y la responsabilidad de la Iglesia en solucionarlo adecuadamente. JUAN PABLO II – Pont.Max. AUDIENCIA GENERAL- Miércoles 13 de febrero de 1985


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 El cristianismo fecundó y mejoró las culturas indígenas  -

 No tiene sentido querer volver al pasado pagano por la vía del indigenismo. Las culturas latinoamericanas son fruto de un mestizaje entre el Evangelio y muchos elementos precolombinos. Hay una religiosidad popular sincera y auténtica, por ejemplo ante santos patronales o la Virgen (Guadalupe, Aparecidad, etc...) que la Iglesia ha de "proteger, promover y en casos necesarios, purificar". Va ligado a un amor a la Iglesia Universal.


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Grandeza y miseria de los incas.


El gran imperio de los incas, bastante desarrollado en comparación con los pueblos que tiranizaba, que estaba regido por un socialismo imperial donde ambiente social era de un orden implacable y donde la religiosidad se manifestaba a través de sacrificios humanos y la antropofagia, producía una felicidad negativa a los incas y daba lugar a un imperio con pies de barro. La llegada de los españoles cambió todo.


El gran imperio de los incas 


El mayor y el más efímero de los imperios que los españoles hallaron en América fue el de los incas. Se extendía desde más arriba de Quito hasta más abajo de la ciudad chilena de Talca. Abarcaba, pues, lo que hoy es el sur de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y más de la mitad de Chile. Allí, entre los Andes y el Pacífico, vivieron entre 15 y 30 millones de indios, orgánicamente unidos bajo la capital incaica de Cuzco.

Antiguas leyendas, en las que sin duda hay un fondo histórico, hablan de los incas como de un pueblo fuerte y belicoso, que conducidos por un Hijo del Sol, desciende en el siglo XII de las altiplanicies andinas -la zona del lago Titicaca- emigrando a tierras bajas de mayor riqueza agrícola. Se instalan, con guerras de conquista, entre pueblos afines, asimilan otras culturas, como las de Chavín, Tiahuanaco, Moche, Nazca, y llegan así a establecer en el siglo XV un gran imperio, cuya capital es el Cuzco, que significa punto central.

Desde el Cuzco, ciudad sagrada del Sol, situada a 3.500 metros de altura, salían al norte, sur y este una red de caminos que se calcula en unos 40.000 kilómetros. Las vías principales eran hacia Quito, al norte, y hacia Chile, al sur. Cada dos o tres kilómetros había un tambo, almacén y puesto de relevos. Allí vivían dos chaskis, y si llegaban paquetes o mensajes, uno de ellos lo llevaba corriendo hasta el próximo tambo, y así era posible trasladar por todo el imperio cosas o documentos a unos diez kilómetros por hora. Esta facilidad para las comunicaciones permitía al Inca gobernar eficazmente la gran extensión del imperio, el Tahuantinsuyu, que estaba dividido en cuatro grandes suyus o regiones. Una mitad era Hanan, compuesto al norte por Chinchay-Suyu, y por el Anti-Suyu, al este montañoso. Y la otra mitad, Hurin, estaba formada por Cunti-Suyu, al poniente, y Colla-Suyu al sur.



Un mundo alto y hermoso 

En junio de 1533, yendo Hernando Pizarro en comisión de servicio hacia Pachacámac, queda maravillado por los altos caminos incaicos de los Andes, y el corazón se le ensancha ante la majestad de aquellos paisajes grandiosos, como lo expresa en una carta:

«El camino de la sierra es cosa de ver, porque en verdad, en tierra tan fragosa, en la cristiandad no se han visto tan hermosos caminos, toda la mayor parte de la calzada. Todos los arroyos tienen puentes de piedra o de madera. En un río grande, que era muy caudaloso y muy grande, que pasamos dos veces, hallamos puentes de red, que es cosa maravillosa de ver. Pasamos por ellos los caballos... Es la tierra bien poblada; tienen muchas minas en muchas partes de ella; es tierra fría, nieva en ella y llueve mucho; no hay ciénagas; es pobre de leña. En todos los pueblos principales tiene Atabalipa puestos gobernadores y asimismo los señores antecesores suyos... Tienen depósito de leña y maíz y de todo lo demás. Y cuentan por unos nudos, en unas cuerdas [quipus], de lo que cada cacique ha traído. Y cuando nos habían de traer algunas cargas de leña u ovejas o maíz o chicha, quitaban de los nudos, de los que lo tenían a cargo, y anudábanlo en otra parte. De manera que en todo tienen muy gran cuenta e razón. En todos estos pueblos nos hicieron muy grandes fiestas e bailes» (+Morales Padrón, Historia del descubrimiento 487-488).


Socialismo imperial 

Crónicas antiguas hablan de una serie de Incas legendarios, pero propiamente el imperio incaico histórico dura un siglo, en el que se suceden cuatro Incas, o cinco si incluimos a Atahualpa. El primero de ellos es Titu-Manco-Capac, que con sus conquistas extendió mucho el imperio, y que fue llamado Pachacutec, el reformador del mundo (pacha, mundo; cutec, cambiado). Este gran Inca, a partir de 1438 -un siglo antes de la llegada de los españoles-, organiza por completo el imperio incaico con un criterio que podríamos llamar socialista.

En efecto, el imperio inca no debe sus formas a unas tradiciones seculares, que se van desarrollando naturalmente, por decirlo así, sino que se configura exactamente según una idea previa. El individuo, pieza anónima de una máquina muy compleja, queda absorbido en un Estado que le garantiza el pan y la seguridad, y una autoridad política absoluta, servida por innumerables funcionarios, hace llegar el intervencionismo gubernativo hasta las más nimias modalidades de la vida social.

Una parte de la tierra se dedica al culto religioso, otra parte es propiedad del Inca, y según explica el jesuita José de Acosta (1540-1600) «la tercera parte de tierra daba el Inca para la comunidad. De esta tercera parte ningún particular poseía cosa propia, ni jamás poseyeron los indios cosa propia, si no era por merced especial del Inca, y aquello no se podía enajenar, ni aun dividir entre dos herederos. Estas tierras de comunidad se repartían cada año, según era la familia, para lo cual había ya sus medidas determinadas» (Historia natural VI, 15).

La reconstrucción de Cuzco, por ejemplo, es una muestra muy significativa de este socialismo imperial. Pachacutec hace primero levantar un plano en relieve de la ciudad soñada, en seguida vacía de sus habitantes la ciudad real, y una vez reconstruida completamente, adjudica los lugares de residencia a cada familia de antiguos o nuevos habitantes, al mismo tiempo que prohíbe a cualquier otro indio establecerse en la ciudad insigne. Éste es el planteamiento que el Inca sigue en el gobierno de todos los asuntos: elabora un plan, y dispone luego su aplicación práctica por medio de funcionarios, que al ostentar una delegación del poder divino, no pueden ser resistidos por el pueblo. De este modo el Inca reforma el calendario, impone el quechua, regula detalladamente la organización del trabajo, los modos de producción y el comercio, reforma el ejército, funda ciudades y templos, precisa el modo de vestir o de comer o el número de esposas que corresponde a cada uno según su grado en la escala social, sujeta todo a número y estadística, y consigue así que apenas sector alguno de la vida personal o comunitaria escape al control de la sagrada voluntad del Inca, el Hijo del Sol.

Por lo demás, siendo divino el Inca, la obediencia cívica adquiere una significación profundamente religiosa, pues toda resistencia a los decretos reales es un sacrilegio, no sólo un delito. Esta divinización del Inca fue creciente, y culminó con Huayna Capac -padre de Atahualpa-, que reinó casi hasta la entrada de los españoles. Según informa Acosta, este Inca «extendió su reino mucho más que todos sus antepasados juntos», y «fue adorado de los suyos por dios en vida», cosa que no se había hecho con los Incas anteriores. Y por cierto, cuando murió, en las solemnes celebraciones funerarias, «mataron mil personas de su casa, que le fuesen a servir en la otra vida» (Hist. natural VI,22).



Ambiente social 

Los niños incas debían ser educados, ya desde su primera infancia, en la vida disciplinada que habían de llevar siendo adultos. Las madres no los tomaban nunca en brazos, les daban baños de agua fría, no les toleraban caprichos ni rebeldías, y quizá por motivo estético, les deformaban el cráneo, apretándolo entre dos planchas. El incesto era proscrito al pueblo con pena de muerte, pero en cambio, a partir de Tupac Inca Yupanqui, abuelo de Atahualpa, era obligado que el Inca se casara con una hermana carnal. A esta norma contraria a la naturaleza atribuye en parte el padre Acosta la caída del imperio incaico (Hist. natural VI,18).

A los hombres adultos se les asignaba el trabajo sin discusión, y también podían ser trasladados (mitimaes) según las conveniencias políticas o laborales. Como dice la profesora Concepción Bravo Guerreira, «el desplazamiento de familias, de ayllus completos o de grupos étnicos en masa, fue práctica común entre los incas» (en AV, Cultura y religión... 272). El ayllu, mucho más organizado que el calpulli azteca, era el clan que enmarcaba toda la vida familiar y laboral del individuo.

Las mujeres eran tratadas con cierta consideración -mejor que en otros pueblos integrados al imperio-, pero eran consideradas como bienes del Estado. Ciertos funcionarios las seleccionaban y distribuían, de manera que las nobles o las elegidas, instruidas en acllahuasi, eran entregadas como esposas a señores y curacas, o destinadas para vírgenes del Sol; y las otras, dadas como esposas o concubinas a hombres del pueblo o incluso a esclavos.

Éstos, los yanacunas, a diferencia de los servidores, no estaban registrados, ya que el Estado no los consideraba personas, sino cosas de sus dueños. A veces procedían de origen hereditario, y otras veces eran reclutados de los ayllus, y en ocasiones se trataba de prisioneros de guerra no sacrificados. Su número, para atender las necesidades políticas o productivas, fue creciendo al paso de los siglos.

Sobre este pueblo, y distante de él como corresponde al Sol, gobernaba con gran esplendor el Inca sagrado, rodeado de una panaca o ayllu real, es decir, de una gran corte de familiares y servidores -de Tupac Inca Yupanqui, sucesor de Pachacutec, se dice que tuvo ciento cincuenta hijos-, y auxiliado en las tareas políticas por un cuerpo aristocrático de orejones de sangre real -así llamados después por los españoles a causa de sus orejas, estiradas por adornos-, que extendían a las provincias la autoridad imperial por medio de una compleja red de curacas y funcionarios.


Orden implacable

La antigua legislación incaica establecía un régimen muy duro, que recuerda al azteca en no pocos aspectos. Podemos evocarla recordando algunos textos del indio cristiano Felipe Guamán Poma de Ayala, yarovilca por su padre e inca por su madre, nacido en 1534, el cual transmite, en su extraño español mezclado de quechua, muchas tradiciones orales andinas:

«Mandamos que no haiga ladrones en este reino, y que por la primera [vez], fuesen castigados a quinientos azotes, y por la segunda, que fuese apedreado y muerto, y que no entierren su cuerpo, sino que lo comiesen las zorras y cóndores» (Nueva crónica 187). El adulterio tiene pena de muerte (307), y también la fornicación puede tenerla: «doncellas y donceles» deben guardarse castos, pues si no el culpable es «colgado vivo de los cabellos de una peña llamada arauay [horca]. Allí penan hasta morir» (309). Está ordenado que quienes atentan contra el Inca o le traicionan «fuesen hechos tambor de [la piel de la] persona, de los huesos flauta, de los dientes y muelas gargantilla, y y de la cabeza mate de tener chicha» (187; +334). Esta pena es aplicada también a los prisioneros de guerra que no son perdonados a convertidos en yanacuna. El aborto es duramente castigado: «Mandamos la mujer que moviese a su hijo, que muriese, y si es hija, que le castiguen doscientos azotes y destierren a ellas... Mandamos que la mujer que fuese puta, que fuese colgada de los cabellos o de las manos en una peña y que le dejen allí morir»... (188).

Las normas del Inca, al ser sagradas, eran muy estrictas, y estaban urgidas por un régimen penal extraordinariamente severo. Además de las penas ya aludidas, existían otras también terribles, como el «zancay debajo de la tierra, hecho bóveda muy oscura, y dentro serpientes, culebras ponzoñosas, animales de leones y tigre, oso, zorra, perros, gatos de monte, buitre, águila, lechuzas, sapo, lagartos. De estos animales tenía muy muchos para castigar a los bellacos y malhechores delincuentes». Allí eran arrojados «para que les comiesen vivos», y si alguno, «por milagro de Dios», sobrevivía a los dos días, entonces era liberado y recibía del Inca honras y privilegios. «Con este miedo no se alzaba la tierra, pues había señores descendientes de los reyes antiguos que eran más que el Inca. Con este miedo callaban» (303).

Al parecer, el imperio de los incas, férreamente sujetado con normas y castigos, consiguió reducir el índice de delincuencia a un mínimo: «Y así andaba la tierra muy justa con temeridad de justicia y castigos y buenos ejemplos. Con esto parece que eran obedientes a la justicia y al Inca, y no había matadores ni pleitos ni mentiras ni peticiones ni proculadrones ni protector ni curador interesado ni ladrón, sino todo verdad y buena justicia y ley» (307). Guamán, sin poder evitarlo, recuerda aquellos tiempos, que él no conoció directamente, con una cierta nostalgia...


Artes y ciencias

La arquitectura de los incas, realizada con una gran perfección técnica, apenas tiene concesiones al adorno decorativo, y se caracteriza por la sobria simplicidad de líneas, la solidez imponente y la proporción armoniosa. Esta misma tendencia a la simetría de un orden elegante se aprecia en la cerámica, de adornos normalmente geométricos. La orfebrería llegó a niveles supremos de técnica, belleza y refinamiento. Los instrumentos musicales más usuales, en los que sonaban melancólicas melodías, fueron silbatos y ocarinas, cascabeles y tambores, y sobre todo las flautas, muy perfectas. Los incas no conocieron la escritura, pero sí alcanzaron notables expresiones en canto, poesía y leyendas de tradición oral.

En el campo científico permanecieron los incas en un nivel bastante rudimentario, y casi siempre práctico. Empleaban el sistema decimal en cuentas y estadísticas, hábilmente llevadas en los quipos, cuerdas con nudos. Sus conocimientos astronómicos eran considerables, pero muy inferiores a los de los aztecas. Conocían el círculo, comenzando por la imagen del Sol, pero no alcanzaron a aplicarlo ni a la rueda ni al torno, ni a bóvedas ni a columnas. Sin estos medios fundamentales, hicieron los incas, sin embargo, notables obras de caminos y puentes, canales y terrazas de cultivo. En la organización de la ganadería -llamas y alpacas, principalmente-, alcanzaron un desarrollo importante, y también en el de la agricultura, aunque no conocieran el arado.


Religiosidad

Los incas asumen los cultos de los pueblos vencidos, al mismo tiempo que les imponen su religión de Estado. Se produce, pues, una subordinación de las religiones tribales a la religión solar de los incas. Un dios Creador, Viracocha o Pachacamac, invisible, incognoscible e impensable, está desde los orígenes legendarios por encima del dios Sol y de los diversos ídolos. Garcilaso de la Vega, hijo de un capitán español y de una india noble (1539-1616), en cuanto «indio católico por la gracia de Dios», asegura que Pachacamac (pacha, mundo, cama, animar) es ciertamente el Creador, «la divinidad suprema que da la vida a los seres y al universo» (Comentarios Reales II,6; +Acosta, Hist. natural VI, 19; 21).

Este elevado culto, sin embargo, queda de hecho limitado a las clases superiores, en tanto que el pueblo venera las huacas, nombre con el que se designan todas las sacralidades fundamentales, ídolos, templos, tumbas, momias, lugares sagrados, animales, aquellos astros de los que los ayllus (clanes) creían descender, los propios antepasados, y en fin, la huaca principal, el Sol. Incluso los incas «adoran los árboles de la coca que comen ellos y así les llaman coca mama [la coca ceremonial]» (Guamán 269).

El mundo de los incas, a diferencia del de los aztecas, apenas produjo notables lugares de culto, fuera del conjunto de templos de Tiahuanaco o del Cuzco. Poseía, eso sí, al modo de los aztecas, un importante cuerpo sacerdotal, numeroso y fuertemente jerarquizado. Y el Inca, como hijo del dios Solar, era la suprema autoridad religiosa.

Por lo demás, en el imperio inca, como en el azteca, toda la vida cívica se ve enmarcada en una sucesión de fiestas religiosas: se practica la confesión de los pecados, se celebran mortificaciones, ayunos y oraciones solemnes, hay ceremonias para la interpretación de signos fastos o nefastos, y también a veces embadurnan las huacas e imágenes divinas con la sangre de las víctimas sacrificadas. Especial importancia tiene también en la religiosidad de los incas la exposición de las momias de los antepasados en fiestas públicas o domésticas.


Sacrificios humanos

Al parecer, los incas en sus sacrificios religiosos ofrendaban normalmente víctimas sustitutorias, como llamas. Garcilaso y el jesuita Blas Valera (1548-1598), experto en quechua e historia del Perú, niegan que practicaran sacrificios humanos.

Pero, como dice Concepción Bravo Guerreira, «numerosas informaciones, corroboradas por estudios arqueológicos, nos permiten afirmar que, aun cuando no fue muy usual, esta práctica no fue ajena a las manifestaciones religiosas de los incas. Las víctimas humanas [copaccochas], niños o adolescentes sin mácula ni defecto, eran sacrificadas con ocasión de ceremonias importantes en honor de divinidades y huacas, y también para propiciar buenas cosechas o ahuyentar desastres de pestes o sequías» (AV, Cultura y religión 290; +271). Recientes investigaciones, hechas en la región selvática sureste del Perú, han comprobado en ciertas tribus la persistencia actual del sacrificio ritual de doncellas (25-5-1997).

Guamán Poma de Ayala, cuando describe al detalle el Calendario cívico-religioso de los incas, hace ver que los sacrificios humanos se producían entre los incas -no precisa la época- de forma ordinaria; así, por ejemplo, en la fiesta Ynti Raymi de junio (N. crónica 247), en la Chacra Yapuy Quilla (mes de romper tierras) de agosto (251) o en la Capac Ynti Raymi (fiesta del señor Sol) (259). El Inca supremo es quien ordenaba las normas de estos sacrificios (265, 273), y los tocricoc (corregidores) y michoc incas (jueces) debían rendirle cuentas de su fiel ejecución (271).


Antropofagia

No es posible en algunas cuestiones hacer afirmaciones generales acerca del imperio inca, dada su enorme extensión y la relativa tolerancia que mantenía hacia los cultos y costumbres de las tribus sujetas.

Hay, sin embargo, «datos suficientes -escribe Salvador de Madariaga- para probar la omnipresencia del canibalismo en las Indias antes de la conquista. Unas veces limitado a ceremonias religiosas, otras veces revestido de religión para cubrir usos más amplios, y otras franco y abierto, sin relación necesaria con sacrificio alguno a los dioses, la costumbre de comer carne humana era general en los naturales del Nuevo Mundo al llegar los españoles. Los mismos incas que, si hemos de creer a Garcilaso, lucharon con denuedo contra la costumbre, se la encontraron en casi todas las campañas emprendidas contra los pueblos indios que rodeaban el imperio del Cuzco, y no consiguieron siempre arrancarla de raíz aun después de haber conseguido imponer su autoridad sobre los nuevos súbditos».

«Sabemos por uno de los observadores más competentes e imparciales, además de indiófilo, de las costumbres de los naturales, el jesuita Blas Valera, que aún casi a fines del siglo XVI, "y habla de presente, porque entre aquellas gentes se usa hoy de aquella inhumanidad, los que viven en los Antis comen carne humana, son más fieros que tigres, no tienen dios ni ley, ni sabe qué cosa es virtud; tampoco tienen ídolos ni semejanza de ellos; si cautivan alguno en la guerra, o de cualquier otra suerte, sabiendo que es hombre plebeyo y bajo, lo hacen cuartos, y se los dan a sus amigos y criados para que se los coman o vendan en la carnicería: pero si es hombre noble, se juntan los más principales con sus mujeres e hijos, y como ministros del diablo, le desnudan, y vivo le atan a un palo, y con cuchillo y navajas de pedernales le cortan a pedazos, no desmembrándole, sino quitándole la carne de las partes donde hay más cantidad de ella; de las pantorrillas, muslos, asentaderas y molledos de los brazos, y con la sangre se rocían los varones, las mujeres e hijos, y entre todos comen la carne muy aprisa, sin dejarla bien cocer ni asar, ni aun mascar; trágansela a bocados, de manera que el pobre paciente se ve vivo comido de otros y enterrado en sus vientres. Las mujeres, más crueles que los varones, untan los pezones de sus pechos con la sangre del desdichado para que sus hijuelos la mamen y beban en la leche. Todo esto hacen en lugar de sacrificio con gran regocijo y alegría, hasta que el hombre acaba de morir. Entonces acaban de comer sus carnes con todo lo de dentro; ya no por vía de fiesta ni de deleite como hasta allí, sino por cosa de grandísima deidad; porque de allí adelante las tienen con suma veneración, y así las comen por cosa sagrada. Si al tiempo que atormentaban al triste hizo alguna señal de sentimiento con el rostro o con el cuerpo, o dio algún gemido o suspiro, hacen pedazos sus huesos después de haberle comido las carnes, asadura y tripas, y con mucho menos precio los echan en el campo o en el río; pero si en los tormentos se mostró fuerte, constante y feroz, habiéndole comido las carnes con todo el interior, secan los huesos con sus nervios al sol, los ponen en lo alto de cerros, los tienen y adoran por dioses, y les ofrecen sacrificios"» (Auge y ocaso 384-385). Escenas semejantes describe Cieza de León en 1537, como vistas por él mismo en la zona de Cali y de Antioquia, al extremo norte del imperio incaico (Crónica del Perú cps. 11-12, 19, 26, 28).

Por otra parte, en algunas regiones del imperio inca la antropofagia se hace necrofagia. Cuando Guamán refiere las ceremonias fúnebres propias de los Anti-Suyos, escribe: «son indios de la montaña que comen carne humana. Y así apenas deja el difunto que luego comienzan a comerlo que no le dejan carne, sino todo hueso... Toman el hueso y lo llevan los indios y no lloran las mujeres ni los hombres, y lo meten en un árbol que llaman uitica, allí lo meten y lo tapan muy bien, y de allí nunca más lo ven en toda su vida ni se acuerdan de ello» (N. crónica 292).



Felicidad negativa de los incas

Louis Baudin, al considerar el estado de ánimo de los incas, habla de una «felicidad negativa: el imperio realizaba lo que D’Argenson llamaba una "cáfila de hombres felices". No despreciemos demasiado este resultado. No es poca cosa haber evitado los peores sufrimientos materiales: el del hambre y el del frío. Rara vez el Perú conoció la carestía, a pesar de la pobreza de su suelo, mientras que la Francia de 1694 y de 1709 sufría todavía crueles hambres. No es poca cosa tampoco haber suprimido el crimen, y establecido, al mismo tiempo que un orden perfecto, una seguridad absoluta» (El Imperio Socialista de los Incas 357-358). En efecto, los Incas imperiales, eliminando totalmente la libertad cívica de sus súbditos, enmarcándoles en un cuadro social y religioso totalitario, y sacándoles de la pereza y del hambre, les dieron un cierto grado de paz y prosperidad.

Los mayores y primeros elogios de los Incas proceden de los mismos cronistas españoles. Según el padre Acosta, «hicieron estos Incas ventajas a todas las otras naciones de América en policía y gobierno» (Hist. natural VI,19). Y quienes conocieron su régimen concuerdan en que «mejor gobierno para los indios no le puede haber, ni más acertado» (VI,12). Es cierto que «la mayor riqueza de aquellos bárbaros reyes era ser sus esclavos todos sus vasallos, de cuya trabajo gozaban a su contento. Y lo que pone admiración, servíase de ellos por tal orden y por tal gobierno, que no se les hacía servidumbre, sino vida muy dichosa» (VI,15). «Sin duda, era grande la reverencia y afición que esta gente tenía a sus Incas» (VI,12).

Más antiguo y valioso es aún el testimonio del soldado cronista Cieza de León (1518-1560), que conoció el Perú en los años caóticos que siguieron a su conquista. Dice así: «Como siempre los Incas hiciesen buenas obras a los que estaban puestos en su señorío, sin consentir que fuesen agraviados ni que les llevasen tributos demasiados», ayudando también a las regiones más pobres, «con estas buenas obras, y con que siempre el Señor a los principales daba mujeres y preseas ricas, ganaron tanto las gracias de todos que fueron de ellos amados en extremo grado, tanto que yo me acuerdo por mis ojos haber visto a indios viejos, estando a vista del Cuzco, mirar contra la ciudad y alzar un alarido grande, el cual se les convertía en lágrimas salidas de tristeza contemplando el tiempo presente y acordándose del pasado, donde en aquella ciudad por tantos años tuvieron señores de sus naturales, que supieron atraerlos a su servicio y amistad de otra manera que los españoles» (El señorío de los Incas 13).



Un imperio con pies de barro

El totalitarismo del imperio inca, ajeno al mundo circundante, flotando en una cierta intemporalidad, se diría pensado para durar indefinidamente. Por el contrario, era tremendamente vulnerable. Aquel mundo hierático y compacto, alto y hermoso, mayor que media Europa, y con un ejército perfectamente organizado, tan adiestrado en la defensa como en el ataque, fue conquistado rápidamente por un capitán audaz, Francisco Pizarro, con 170 soldados. Parece increíble.

Pero es explicable. Al decir de Voltes, los españoles tomaron «los mandos del imperio inca como si fuesen los de una locomotora. En el Perú antiguo no se pensaba en otra cosa que en obedecer, y preso y muerto Atahualpa, se siguió obedeciendo a quienquiera que mandara, y así lo hizo el último obrero drogado por la coca, y lo hizo el astrónomo, y lo hizo el cirujano que practicaba trepanaciones y el constructor que levantaba las obras que hoy siguen pasmándonos con sus misterios técnicos insolubles, como, por ejemplo, los que se entrañan en la edificación de Machu-Picó, en sus picachos de vértigo» (Cinco siglos 68-69).

Analizando El imperio socialista de los Incas, el economista e historiador Louis Baudin, habla de un «imperio geométrico y frío, vida de uniformidad y hastío», donde nada se ha dejado al azar o a la creatividad personal. «Ni ambición, ni deseo, ni gran alegría, ni gran pena, ni espíritu de iniciativa, ni espíritu de previsión. La existencia transcurre siguiendo el curso inmutable de las estaciones. Nada que temer, nada que esperar; un camino exactamente trazado sin desviación posible, una rectitud de espíritu impuesta sin deformación imaginable; una vida calma, monótona, incolora; una vida apenas viviente.

El indio se deja mecer por el ritmo de los trabajos y de los días, y termina por acostumbrarse a esta somnolencia, por amar esta nada. Su señor es un dios que le sobrepasa infinitamente, y su fin no es sino evitar cualquier sanción» (164). Esta ordenada masa de hombres lentos, melancólicos y pasivos va a ceder casi sin resistencia ante el impulso poderoso de un pequeño fermento de hombres activos y turbulentos, que proceden del mundo cristiano de la libertad. Recordemos cómo sucedió.



Descubrimiento del Perú

A comienzos del siglo XVI, el Perú fue para los hispanos una región adivinada, ilusoria, llena de riquezas, buscada desde Panamá y desde el Río de la Plata. Partiendo de Panamá en 1522, el alavés Pascual de Andagoya no logró costear sino una parte de la actual Colombia, consiguiendo sólo vagas noticias del imperio de los incas (+Relaciones y documentos).

A su regreso, Francisco Pizarro (1475-1541) oye estas referencias, y empieza a soñar en la conquista del Incario. Extremeño de Trujillo, llegado a las Indias en 1502 en las naves de Ovando, era Pizarro hombre de muchas y variadas experiencias indianas, adquiridas militando con Ojeda, Enciso, Balboa, Morales, Pedrarias. Obtiene, pues, Pizarro licencia del gobernador Pedrarias, y se asocia con Diego de Almagro y el clérigo Hernando Luque para formar una compañía descubridora.

Las primeras expediciones (1524-1525 y 1526-1528), escasas de conocimientos geográficos, de hombres y de medios, consiguen sólo aproximarse al imperio de los Incas y conocerlo mejor, pero pasan por calamidades durísimas, casi insuperables, sufren graves pérdidas, y llegan a una situación límite, en la que parece inevitable abandonar el intento. Concretamente, en septiembre de 1527, estando refugiados en la isla del Gallo, cuando decide Pizarro jugarse el todo por el todo. Traza una raya en la arena de la playa, y dice a sus compañeros: «por aquí se va a Panamá a ser pobre; por allá, al Perú, a ser rico y a llevar la santa religión de Cristo, y ahora, escoja el que sea buen castellano lo que mejor estuviere». Trece hombres, los Trece de la Fama, se unen a su jefe. Esta expedición, la segunda, alcanza hasta Túmbez, donde llegan a saber que hay en el Perú una guerra civil, en la que dos hermanos se disputan el imperio de los incas. Regresados todos a Panamá, decide Pizarro viajar a España, para intentar el asalto final con más autoridad y medios.

El emperador Carlos I recibe con agrado las noticias de Pizarro, que ha llegado con un grupo de indios y también con oro, y en 1529 se establece el documento de Capitulación para la conquista. Pizarro coincide en la corte con el famoso Hernán Cortés, otro extremeño, de Medellín, que le aconsejó según sus experiencias de México. Recoge el ahora gobernador Pizarro a sus hermanos Hernando, Gonzalo y Francisco Martín de Alcántara, y vuelve a Panamá.



Caída del Imperio incaico 

La expedición tercera, la de la conquista, se inicia en enero de 1531. Pizarro, que tiene entonces unos 56 años, se hace a la mar en tres navíos, acompañado de tres frailes, entre ellos fray Vicente Valverde, 180 soldados y 37 caballos. De Panamá llegan después más refuerzos. Tras muchas penalidades, alcanzan Túmbez, donde queda una guarnición. Siguen adelante y fundan San Miguel, sitio donde permanecen todavía cinco meses. Ahora sí están en las puertas de un imperio inca, que estaba en grave crisis.

En efecto, Huayna Capac, tercero de los Incas históricos, antes de morir en 1523, hace reconocer en el Cuzco como Huáscar Inca, sucesor suyo, a su hijo Titu-Cusi-Huallpa, hijo de reina (coya). Pero deja como gobernador del norte, en la marca septentrional que estaba sostenida por sus generales, a su hijo Atau-Huallpa, nacido de una india quiteña (ñusta). Atahualpa se alza en guerra contra su hermano y prevalece sobre él... Así están las cosas en el Perú cuando en 1532 llega Pizarro con su hueste mínima. El Inca usurpador recibe en ese tiempo, sin especiales alarmas, noticias de los visitantes. El 24 de septiembre sale Pizarro con sus hombres a su encuentro, hacia Cajamarca. El Inca duda entre eliminarlos sin más, o dejarles entrar primero, recibir de ellos noticias y obsequios, y suprimirlos después. Aconsejado por su corte, decide lo segundo.

Conocemos bien los detalles del primer encuentro entre Atahualpa y Pizarro, que se produjo en Cajamarca, pues tuvo cronistas, como Francisco de Xerez y Diego Trujillo, que fueron testigos presenciales. El Inca, llevado en litera, se presentó en toda su majestad ante un grupo deslucido de unos 170 barbudos. El padre Valverde, dominico, inició su discurso religioso, y presentó al Inca su breviario, donde estaba escrita la verdad, pero Atahualpa tiró el libro al suelo, despreciativo. Entonces Pizarro se armó rápidamente de espada y adarga, «entró por medio de los indios, y con mucho ánimo, con solos cuatro hombres que le pudieron seguir, allegó hasta la litera donde Atabalipa estaba, y sin temor le echó mano del brazo, diciendo: "Santiago". Luego soltaron los tiros y tocaron las trompetas, y salió la gente de pie y de caballo...

«En todo esto no alzó indio armas contra español; porque fue tanto el espanto que tuvieron de ver entrar al Gobernador entre ellos, y soltar de improviso la artillería y entrar los caballos de tropel, como era cosa que nunca habían visto; con gran turbación procuraban más huir por salvar las vidas que de hacer guerra» (Xerez, Verdadera relación 112). Y de esta manera, después de «poco más de media hora» de combate, el imperio formidable de los Incas, tras un siglo de existencia, quedó sujeto a la Corona española. Era el 15 de noviembre de 1532.

Como sucedió en México, donde los aztecas creyeron al principio que los españoles eran divinos (teúles), también en el Perú, según afirma el padre Acosta, los incas, sobrecogidos ante el poder nuevo de los españoles, «los llamaron Viracochas, creyendo que era gente enviada por Dios, y así se introdujo este nombre hasta el día de hoy, que llaman a los españoles Viracochas» (Hist. natural VI,22). Por otra parte, los jefes españoles -también a semejanza de lo ocurrido doce años antes en México, con Moctezuma-, tratan cortésmente con Atahualpa, «teniéndole suelto sin prisión, sino las guardas que velaban» (Xerez 114).

En esta situación, el Inca sigue ejerciendo cierta autoridad sobre el imperio. Rodeado de sus familiares y siervos, manda que su hermano Huáscar sea asesinado. Y tres ejércitos incaicos, en Quito, Cuzco y Jauja, reciben todavía órdenes suyas, en las que más de una vez, como es natural, ordena la eliminación de los españoles...

El profesor Ballesteros Gaibrois hace notar que «los españoles estaban en verdad sitiados en Cajamarca, y para ellos la situación era realmente de vida o muerte. Los últimamente llegados [de Chile] con Almagro, abogaban por la rápida supresión del monarca indio, aduciendo su traición», que no era tal, sino legítima defensa. «Cada parte tenía razones para actuar como actuaron, pero el proceso carecía de legalidad, y sólo las poderosas razones de la guerra y el espíritu de conservación llevaron a la ejecución de un reo que realmente no lo era» (AA, Cultura y religión 117).

En la votación, 350 votos contra 50 deciden la muerte de Atahualpa, y Pizarro cede de mala gana. La ejecución se produce el 24 de junio de 1533, y Carlos I, en carta de 1534, le hace reproches a Pizarro con amargura, sobre todo porque el Inca no ha sido muerto en guerra, sino en juicio: «La muerte de Atahualpa, por ser señor, me ha desplacido especialmente siendo por justicia».

Durante unos años, Pizarro consolida la conquista, domina la primera anarquía que se produce al venirse abajo el orden imperial, vence las sublevaciones indias alentadas por otro hijo de Huayna Capac, Manco Inca, impulsa una primera organización mínima, manteniendo en lo posible las estructuras incaicas ya existentes, y al norte del Cuzco, cerca del mar, funda Lima, en 1535, la que fue llamada Ciudad de los Reyes, por haber sido fundada en el día de la Epifanía.


Conquista de Chile 

Después de la fracasada expedición de Almagro, nada se había intentado hacia Chile. Don Pedro de Valdivia, hidalgo extremeño, maestre de campo y hombre de confianza de Pizarro, le pide a éste autorización para intentar la conquista de Chile. Parte del Perú a comienzos de 1540, con una docena de hombres -el nombre de Chile inspiraba temor y casi nadie se animaba a la empresa-. Se le suman más hombres por el camino, hasta 150, la mayoría de ellos hidalgos, de los que incluso 33 sabían leer y escribir, y 105 firmar: gente culta.

Superando grandes resistencias de indios, desiertos y distancias, llega Valdivia a fundar en 1541 Santiago de Chile. En sus cartas a Carlos I se nota que él, como Hernán Cortés, el primer mexicano, se ha enamorado de aquella tierra -«para perpetuarse no la hay mejor en el mundo»-, y viene a ser el primer chileno.

Con mucha solicitud por poblar, se fundan en su tiempo ciudades como La Serena (1544), Concepción (1550), Valdivia (1552), La Imperial (1552) y Villarrica (1552). Finalmente Valdivia, en 1553, acudiendo a sofocar la insurrección de Arauco, conducida por su antiguo paje, el valeroso Lautaro, muere con todos sus compañeros en Tucapel.




Antes y ahora

Los cronistas de la época dejan ver en ocasiones que al encontrarse los españoles y los indios, tanto en el Perú como en otros lugares de América, se produjo a veces una relativa degradación moral de los indios, que ya no se sujetaban a sus antiguas normas, y que todavía no habían asimilado los ideales cristianos. Es ésta, por ejemplo, una tesis continua en la obra de Guamán, cristiano sincero, que idealiza quizá un pasado inca, que él, nacido en 1534, no pudo conocer personalmente. Él piensa que los incas «guardaron los mandamientos y buenas obras de misericordia de Dios en este reino, lo cual no lo guardan ahora los cristianos» (Nueva crónica 912).

Guamán piensa que la atención de huérfanos e inválidos, enfermos y pobres, antes era mejor (898-899). Ahora abundan el juego, las deudas y los robos, cosas que antes apenas se daban (914, 929, 934). Ahora hay pereza y rebeldía en el indio, mientras que antiguamente «el indio tenía tanta obediencia como los frailes franciscanos y los reverendos padres de la Compañía de Jesús. Y así los indios besaban las manos y el corazón del cacique principal para salir a trabajar... Antes había más humildad y caridad y amor del servicio de Dios y de su Majestad en todo este reino. Ahora está perdido el mundo» (876). Antes, «en tiempo de los Incas no había adúlteras, putas, mal casadas» (929), «no hubo adúltera ni lujuriosa mujer, y a ésta luego le mataba en este reino» (861). Pero ahora las indias, en trato con españoles y españolas, se han echado a perder, y «salen muy muchos mesticillos y mesticillas, cholos y cholas. Y así no hay remedio en este reino» (861). Antes «los Incas a los indios, indias borrachos los mandaba matar luego como a perros y puercos. Ahora en esta vida se les perdona por Dios y así recrece más» el vicio (882).

El indio Guamán, al recordar el caído imperio incaico, no quiere que sea restablecido, pero sí que se aplique a los indios conversos una ascética cristiana de dureza incaica. Y así pretende que «todos los indios en este reino obedezcan todo lo que manda la santa madre Iglesia y lo que mandan los prelados y curas y sacerdotes, los diez mandamientos, el evangelio y la ley de Dios que fuere mandado. Y que no pasen de más ni menos. Y a los que pasasen, sea castigado y quemado en este reino» (860)...

En los ingenuos escritos de Guamán se aprecia a veces que le sale el inca, pero en otras ocasiones hace observaciones realmente conmovedoras: «Mira, cristiano lector, aprende de esta gente bárbara que aquella sombra de conocer al Creador no fue poco. Y así procura de mezclar [todo lo bueno que esos indios vivieron] con la ley de Dios para su santo servicio» (62).


Del orden al caos

El socialismo totalitario de los Incas de tal modo era un todo, que una vez descabezado por los españoles, cae totalmente. Ya muy pronto los incas, completamente desorganizados y desmoralizados, no suponen un peligro para los viracochas españoles. Más bien encuentran éstos el peligro en las guerras civiles que ellos mismos producen, hasta dar en un caos de anarquía...

En efecto, por esos años, el Perú era un hervidero de guerras civiles entre los españoles, algo vergonzoso para aquellos indios, tan hechos a la disciplina imperial del Inca. Luchan Francisco Pizarro y Diego de Almagro (1537-1538); pelean a muerte el hijo de Almagro y Vaca de Castro, nuevo gobernador del Perú (1541-1542); se rebela Gonzalo Pizarro contra las Leyes Nuevas que llegan de España, y es muerto el virrey Núñez de Vela (1544-1546); lucha Gonzalo Pizarro contra el licenciado La Gasca, eclesiástico enviado por la Corona con plenos poderes, y el primero es derrotado y muerto (1547-1548); se alza Hernández Girón contra la Audiencia de Lima (1553-1554), y finalmente La Gasca impone la autoridad de la Corona. Sólo entonces el virreinato del Perú se afirma y va adelante.



Del caos al orden

La Gasca trajo al Perú la paz, tras veinte años de caos. Y el virrey Francisco de Toledo estableció el orden, hasta el punto que ha sido llamado «el nuevo Pachacutec» del mundo hispano-incaico. Toledo hizo personalmente una visita larga y minuciosa del antiguo imperio, y tras recoger amplias informaciones de los funcionarios de provincias -publicadas en el siglo XIX en cuatro tomos, con el título Relaciones geográficas de las Indias-, fue configurando un orden nuevo, no indio, ni hispano, sino hispanoindio. Según Louis Baudin, «los destinos de un pueblo han sido rara vez dirigidos por administradores tan grandes como el presidente La Gasca o el virrey F. de Toledo» (Imperio socialista 367).

En efecto, dice el mismo autor en otra obra, «los españoles han destruido los ídolos y los quipos, pérdida irreparable, pero han conservado muchas instituciones y no han tratado de suprimir a los habitantes, como colonizadores menos bienintencionados no han dudado de hacer en otras partes. En un estilo muy actual, el Rey de España designaba al Perú como un «reino de ultramar» y no como una colonia, y lo miraba como una réplica de la metrópoli al otro lado del océano, no como un territorio para explotar. Los indígenas gozaban de las disposiciones protectoras "inverosímilmente modernas" de las leyes de Indias [J. A. Doerig], y ya desde mediados del siglo XVI, Lima vino a ser uno de los grandes centros culturales del Nuevo Mundo» (Les incas 165).



Perú cristiano de 1550

Daremos aquí solamente unos pocos datos significativos. Cieza de León describe la situación de las diócesis y de los religiosos misioneros del virreinato del Perú en 1550, cuando él regresó a España, es decir, a unos quince años de la conquista del Perú y de la fundación de Lima.

Hay ya cuatro obispados constituidos: en Cuzco (con Huamanga, Arequipa y la Paz), en la Ciudad de los Reyes, sede del arzobispo Loaysa, en Quito (con San Miguel, Puerto Viejo y Guayaquil), y en Popayán (Crónica cp.120). Y en esas mismas fechas son ya muchas las comunidades de religiosos establecidas: en Cuzco (dominicos, en el mismo lugar de Coricancha, el templo principal del Sol, franciscanos y mercedarios), la Paz (franciscanos), Chuquito (dominicos), Plata (franciscanos), Huamanga (dominicos y mercedarios), Ciudad de los Reyes (franciscanos, dominicos y mercedarios), Chincha (dominicos), Arequipa (dominicos), León de Guanuco (dominicos), Chicama (dominicos), Trujillo (franciscanos y mercedarios), Quito (dominicos, mercedarios y franciscanos).

Y «algunas casas habrá más de las dichas, que se habrán fundado, y otras que se fundarán por los muchos religiosos que siempre vienen proveídos por su Majestad y por los de su Consejo real de Indios, a los cuales se les da socorro, con que puedan venir a entender en la conversión de estas gentes, de la hacienda del Rey, porque así lo manda su Majestad, y se ocupan en la doctrina de estos indios con grande estudio y diligencia» (cp.121).



Lima cristiana en 1600

El fraile jerónimo Diego de Ocaña, enviado desde su monasterio extremeño de Guadalupe, como visitador y limosnero de las cofradías de esta advocación de la Virgen, llegó a Lima en octubre de 1599, donde visitó al arzobispo don Toribio Alfonso Mogrovejo y presentó sus respetos al virrey don Luis de Velasco. Dos años estuvo en la Ciudad de los Reyes, que llevaba entonces sesenta y cinco años desde su fundación, y las informaciones que de ella nos dejó (A través de la América del Sur) merecen ser recordadas en extracto.

«En esta ciudad asiste de continuo el virrey, los oidores y Audiencia real, el arzobispo [por entonces casi siempre ausente en interminables visitas pastorales] con su cabildo, porque esta iglesia de Lima es la metrópoli; aquí está el tribunal de Inquisición y el juzgado de la Santa Cruzada. Hay universidad [la de San Marcos, creada en 1551, abierta a españoles, indios y mestizos], con muchos doctores que la ilustran mucho, con las mismas constituciones de Salamanca. Hay cátedras de todas ciencias [concretamente: Teología, Leyes, Cánones, Medicina, Gramática y Lenguas indígenas]; provéense por oposición; tiénenlas muy buenos supuestos. Florecen mucho los criollos de la tierra en letras, que tienen muy buenos ingenios. Y en particular los conventos, donde también se leen artes y teología y cada semana hay conclusiones [reuniones de estudio] en los conventos, que son muchos y muy buenos, con muy curiosas iglesias. En particular la de santo Domingo, hay doscientos frailes; en san Francisco hay más de doscientos; en san Agustín hay otra iglesia de tres naves muy buena y muchos frailes; en nuestra Señora de las Mercedes muy buen claustro y muchos frailes; en la Compañía de Jesús, mucha riqueza y curiosidad de reliquias, muchos religiosos y muy doctos que lucen mucho en las conclusiones. Conventos de monjas, la Encarnación, donde hay doscientas monjas de lindas voces, mucha música y muy diestras, y que en toda España no se celebran con más solemnidad las fiestas como en este convento»... Y siguen sus elogios sobre los conventos de la Concepción, de santa Clara, de las descalzas de san José y del convento de la Santísima Trinidad, «que son cinco» de mujeres.

Fuera de la ciudad hay casa de los frailes descalzos, «y hay en ella santísimos hombres; está de la otra parte del río, donde acude mucha gente a consolarse con la conversación de aquellos religiosos. Hay también otros lugares píos y de devoción, como es nuestra Señora de Copacabana, la Peña de Francia [muy citada por Guamán], nuestra Señora del Prado, Monserrate. Y nuestra Señora de Guadalupe, camino de la mar; es buena iglesia, está en sola esta casa de los lugares píos el Santísimo Sacramento y, así, es muy frecuentada de mucha gente».

«Hay en esta ciudad cuatro colegios muy principales que ilustran mucho a esta ciudad, como es el colegio Real, el de san Martín, el del Arzobispo, y el seminario de los padres de la Compañía; y sólo éste tiene 120 colegiales. De estos colegios se gradúan muchos en todas facultades, con que le universidad se va aumentando y la ciudad de Lima ilustrando mucho. Hay hospitales para españoles y para indios, muy buenos y bien proveídos, con muchas rentas, como es el hospital de san Andrés, que es de los españoles, y el de santa Ana, que es de los naturales, y el hospital de san Pedro, que es para curar clérigos pobres. Hay otro fuera de la ciudad, de la otra parte del río, que es el de san Lázaro, donde se curan llagas; y a todos éstos se acude con mucha limosna que para ellos se pide. Hay muchas cofradías en todos los conventos, y todas hacen sus fiestas y con mucha abundancia de cera que gastan; y las noches de las vísperas ponen en las iglesias luminarias y arrojan cohetes y hacen muchas invenciones de fuegos, con que en esta tierra nueva se celebran las fiestas» (cp.16).

Aquella Lima de 1600, cabeza de la América hispana del sur -que sólo hacia 1800 llega a tener unos 50.000 habitantes, como Santiago de Chile, o La Habana-, era un mundo abigarrado de blancos e indios, mestizos y negros, encomenderos y funcionarios, clérigos y frailes, descendientes de conquistadores, muchas veces venidos a menos -«verse nietos de conquistadores y sin tener qué gastar»-, todos luchando por mantenerse o subir, y todos celosos de mantener en casa y cabalgaduras, vestidos y criados, una buena imagen. Particularmente las mujeres, según nuestro buen monje jerónimo, ofrecían una buena presencia: «el mujeriego de Lima es muy bueno. Hay mujeres muy hermosas, de buenas teces de rostros y buenas manos y cabellos y buenos vestidos y aderezos; y se tocan y componen muy bien, particularmente las criollas, que son muy graciosas y desenfadadas» (cp.17).

No hay en Lima, por supuesto, un ejército de ocupación, como no lo había en ningún lugar de Hispanoamérica. «Hay en esta ciudad dos compañías de gentiles-hombres muy honrados. La compañía de arcabuces tiene cincuenta hombres; la compañía de lanzas tiene cien hombres. Las compañías son muy lucidas y de gente muy honrada y mal pagada. Estas dos compañías son para guarda del reino y de la ciudad», pero sobre todo sirven para dar categoría y esplendor a la Ciudad de los Reyes; en efecto, «ilustran mucho la ciudad porque tienen buenos morriones y grabados y muchos penachos; y salen de continuo muy galanes y bien aderezados con sus trompetas y estandartes que lucen mucho todas las veces que salen».

Fray Diego de Ocaña concluye en fin: «Es mucho de ver donde ahora sesenta años no se conocía el verdadero Dios y que estén las cosas de la fe católica tan adelante» (cp.18).


Otras ciudades cristianas del 1600

También Guamán, a pesar de su actitud, que ya vimos (84), tan crítica hacia todos los españoles, hace de Lima un juicio muy elogioso. En dicha ciudad vive «con toda su policía y cristiandad y caridad y amor de prójimo, gente de paz, grandes servidores de Dios y de su Majestad»; en Lima «corre tanta cristiandad y buena justicia» (Nueva crónica 1032). Y siguiendo a Guamán en sus pintorescas informaciones y apasionados juicios -él pasó muchos años viajando por la región-, podemos asomarnos también a las otras ciudades del virreinato del Perú, a cada una de las cuales dedica una página descriptiva y calibradora.

Nuestro autor habla mal de Quito y de Trujillo, «malos cristianos», «gente de poca caridad»; medianamente de Ica, Nazca, Oropesa y Huamanga; y elogiosamente -«gente cristianísima», «muchas limosnas, todo verdad», «fieles servidores de Dios y de su Majestad», etc.- acerca de Santa Fe de Bogotá, Popayán, Atres, Riobamba, Cuenca, Loja, Cajamarca, Conchocos, Paita, Zana, Puerto Viejo, Guayaquil, Cartagena, Panamá, Guánuco, la ciudad de su familia -«es de la corona real, que desde los Incas fue así, fiel como en Castilla los vizcainos»-, Callao, Camana, Cañete, Pisqui, Cuzco, Arequipa -«todos se quieren como hermanos, así españoles como indios y negros»-, Arica, Potosí, Chuquisaca, Chuquiyabo, Misque -«tierra de santos, muy buena gente»-, Tucumán y Paraguay, Santiago de Chile -«buena gente cristiana»- y el fuerte chileno de Santa Cruz.

Ésa era la presencia del cristianismo en el extenso virreinato del Perú hacia 1600, unos sesenta y cinco años después de la conquista. Para saber más de esa realidad tan sorprendente y entender mejor sus causas, conozcamos los hechos de algunos apóstoles del Perú.

José María Iraburu. ARBIL.2000-


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«La Iglesia hubo de asumir la tarea de introducir la ley del Evangelio y la ética del sermón de la montaña entre gentes para quienes el homicidio era la más honrosa de las ocupaciones y la venganza era sinónimo de justicia... (Los bárbaros eran pueblos guerreros que asombraban a los romanos por sus costumbres y conductas salvajes)» …[…]… C. Dawson

También lo mismo sucedió con el descubrimiento del ‘nuevo mundo’ frente a las prácticas sanguinarias y antropófagas autóctonas.


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Con el encuentro (2002) en la Ciudad de Sucre, la Fundación quiso unirse al gozoso 450 Aniversario de la creación de la Iglesia Particular de La Plata, hoy Sucre. El 27 de Junio de 1552, el Papa Julio III, mediante la Bula "Super Specula", dispuso la erección canónica de la Diócesis de La Plata, a petición del Emperador Carlos I de España y V de Alemania, dando lugar sucesivamente a numerosas otras iglesias particulares en Argentina, Bolivia, Chile y Perú. Pasó a ser Arzobispado de La Plata, el 20 de Julio del año 1609, con las sufragáneas de La Paz, Santa Cruz de la Sierra, Paraguay, Tucumán y Buenos Aires. Este nombre se mantuvo hasta que, a partir del 11 de noviembre de 1924, se denominó Arzobispado de Sucre, abarcando la casi totalidad del Departamento de Chuquisaca. La diócesis de La Plata tuvo también el nombre de Charcas, por ser el centro de los habitantes "charcas" que vivían en esta zona, aunque este nombre se utilizó más para referirse a los habitantes y a toda la región de lo que hoy constituye el territorio boliviano.


En la "implantatio" de esta Iglesia particular, cuando en Europa se celebraba el concilio de Trento, se dieron algunos datos que configuran y encuadran el estilo de aquella seria y profunda evangelización: siete años después de la creación de la Diócesis,  el 12 de junio de 1559, Felipe II creó la Audiencia Real en La Plata; la creación de la Diócesis se adelantó, pues, a la del gobierno civil. Ese mismo año de 1559, la Diócesis de La Plata creaba el "Hospital Santa Bárbara", que ahora cumple 443 años de vida, confirmándose que la Diakonía acompañó a la acción evangelizadora de la Iglesia, en este caso para ayudar y confortar a los seres humanos en sus enfermedades. Junto a estas instituciones, en el año 1624, se fundó la Universidad Real Mayor y Pontificia San Francisco Xavier de Chuquisaca, por bula de Gregorio XV, culminando la evolución del Colegio que los Jesuitas crearon en 1581, base de esta Universidad de la Compañía de Jesús. Pronto, el Domingo siguiente a la fiesta de Reyes del año 1602, se entronizó solemnemente en la Diócesis la imagen de la Virgen de Guadalupe, pintada expresamente por Fray Diego de Ocaña, en una réplica de la Virgen extremeña. La organización eclesial, el ejercicio de la caridad, la educación e instrucción de la gente y la Virgen fueron los pilares, que aún perduran, de aquella evangelización.


 A esto se añade una profunda inculturación: El religioso dominico, Fray Domingo de Santo Tomás, segundo Obispo de esta Diócesis de La Plata, en el antiguo Alto Perú, nombrado por Pío IV, fue uno de los primeros europeos que aprendió a la perfección el idioma keschwa (quechua), escribió la primera gramática y el primer vocabulario de esta lengua: "Gramática o arte de la lengua general de los ´Reynos´ del Perú", publicada en Valladolid en 1560, y el "Vocabulario de la Lengua del Perú", y acabó de edificar la Iglesia Catedral de la ciudad y, sobre todo, "edificó la Catedral del alma de los Indios", como se lee en un escrito de su tiempo, dedicando a ellos la mayor parte de su vida. Asistió al Segundo Concilio Provincial de Lima, cuyo objetivo claro y fundamental fue "la evangelización de los Indígenas", para lo cual dos eran los presupuestos fundamentales que se acordaron y pusieron en práctica: aprender el idioma indígena y promover la formación del clero nativo. Bajo este imperativo, el 13 de enero de 1595, se fundó el actual Seminario Conciliar de San Cristóbal en La Plata (hoy Sucre), con el propósito de formar al clero nativo, propósito y edificio que siguen en pié.


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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender, alumbrar e ilustrar el contexto:


El ideal de la caballería en La Araucana de Alonso

de Ercilla y Zúñiga: Caballeros en el Flandes Indiano.


 Profundo estudio del autor, la época histórica donde se enmarca, tratando el tema de la guerra justa, su obra literaría, en especial La Araucana, el primer gran poema épico dedicado a la conquista de América y libro de valor intrínseco en la conformación de la identidad cultural chilena, y profundiza en el ideal caballeresco, con sus luces y sus sombras, que impulsa al autor y a los conquistadores, esos hombres que estuvieron, más allá de sus fallas, dispuestos a combatir no sólo a los hombres que se opusieran a Cristo, la Iglesia y el Rey sino también contra todo obstáculo. Hombres, clima, tierra, frutos, fieras, insectos, enfermedades, lo desconocido y hostil. Ideales caballerescos que también poseen en muchas ocasiones los indios.

Sobre el autor, la fuente y el contexto.

"Don Alonso de Ercilla tan ricas Indias en su ingenio tiene,
Que desde Chile viene a enriquecer la musa de Castilla."
Lope de Vega, Laurel de Apolo

Alonso de Ercilla, conquistador, poeta y caballero. 

Nació don Alonso de Ercilla en Madrid el 7 de Agosto de 1553, ligado a la nobleza y hombre culto. Fue paje del futuro Rey Felipe II, a quien dedicaría su obra La Araucana. Cuando el príncipe marchó a Inglaterra a casarse con María Tudor, un joven Ercilla formó parte de su séquito. Pero Ercilla no sólo acompañó a su príncipe en las lides del amor sino que, producto de su época y de su ferviente deseo de aventuras al servicio del Rey, decidió partir a las Indias. 

Ercilla y Zúñiga tuvo indudablemente origen noble. En 1555, cuando ya había acaecido la muerte de Pedro de Valdivia en manos araucanas, se embarcó el joven Alonso rumbo a las Indias. Salió del puerto de San Lucár de Barrameda el 15 de Octubre. La nave capitana de la expedición llevaba consigo a los nombrados Virrey del Perú y Gobernador de Chile, Andrés Hurtado de Mendoza y Jerónimo de Alderete. Este último falleció en la isla de Taboga producto de una fiebre tropical, en abril de 1556. Ese mismo año el gran Emperador, Carlos V, abdicó a favor de su hijo Felipe II. Mientras tanto nuestro autor siguió camino a Lima, donde permaneció hasta principio de 1557. 

El Virrey del Perú, Hurtado de Mendoza, nombró a su propio hijo Don García como nuevo Gobernador de Chile quien tenía bajo sus órdenes al futuro autor de la Araucana. Corría aún el año 1557 cuando Ercilla llega finalmente a Chile, escenario de sus aventuras y de su obra inmortal. 

Cantó el poeta las batallas y entreveros en los que fue protagonista pero sin esmerarse por remarcar su presencia. Las hazañas narradas nunca son de su potestad pues él se ocupó de reseñar las de aquellos que resaltaron como arquetipos caballerescos. Sólo se ocupó nuestro autor de decir que estuvo allí donde se dieron los sucesos pues eso garantiza otra cuestión: la fidelidad y el rigor del relato que realizó.

"Ciento treinta mancebos florecientes
fueron en nuestro campo apercebidos:
hombres trabajadores y valientes
entre los más robustos escogidos,
de armas e instrumentos convenientes
secreta y sordamente prevenidos:
yo con ellos también, que vez ninguna,
dejé de dar tiento a la fortuna. " (i)

Estuvo Don Alonso en tierra de guerra araucana durante los años 1557 y 1558 hasta que un lamentable incidente que lo alejó de la tierra en la que todo lo arriesgó. Se trató de un conflicto con otro caballero, don Juan de Pineda, durante una justa suscitado para desgracia de nuestro autor en presencia de Don García. Ante este incidente, que no pasó de unos duros puñetazos entre ambos hidalgos, el gobernador ordenó que ambos fueran ejecutados al alba del día siguiente. Corría el mes de junio de 1558. Ninguno de los gentilhombres que acudieron como intercesores de Ercilla (muy respetado entre los suyos) pudo hacer nada ante el gobernador que, airado, se retiró a sus habitaciones. Sólo la intervención de una joven dama, que mantenía amistosas relaciones con Don García, pudo evitar tan infeliz desenlace. Es a ella, y a la Providencia, a quien debemos La Araucana. 

Ercilla logró sortear, una vez más, la muerte pero no pudo escapar al destierro. Luego de una prisión de tres meses, de la que salía para participar de cuanto entrevero con los indios se suscitara, salió hacia Lima durante los primeros días del caluroso verano chileno. Jamás regresaría a esa tierra, al menos no físicamente. Sólo diecisiete meses pasó nuestro autor en tierras australes.



En Lima, donde tampoco gozaba del favor del gobierno pues recordemos que el Virrey era el progenitor del Gobernador de Chile, pasó Ercilla no pocas penurias económicas y ciertas deshonras no propicias para un caballero de su alcurnia. Ante esto no tardó en pedir rescate a su Señor don Felipe II quien, hacia fines de 1560 y por Real Cédula, ordenó que se le diese algún cargo relativo a sus dotes como guerrero y buen vasallo. 

Luego de aventuras guerreras, penurias y éxitos económicos casó don Alfonso con doña María de Bazán y fue nombrado por el rey gentilhombre de la Corte y Caballero de la Orden de Santiago (ii). Desde 1580 ejerció como censor de libros por encargo del Consejo de Castilla. Falleció el 29 de noviembre de 1594, apenas un siglo después de iniciada la Conquista de América. 

La Araucana, entre la crónica y la épica.

La obra de Ercilla, compuesta en octavas reales, dividida en tres partes y con un total de treinta y siete cantos, representa el primer gran poema épico dedicado a la conquista de América. 

"Chile tiene el honor -dice Roque Esteban Scarpa- gracias a don Alonso de Ercilla y Zúñiga, de ser la única nación posterior a la Edad Media cuyo nacimiento es cantado en un poema épico como lo fueron España con el Cantar del Mio Cid, Francia con la Chanson de Roland o el pueblo germano con Los Nibelungos".(iii) 

Más allá de lo retórico de esta comparación, lo cierto es que la obra de Ercilla representa una concreta mixtura entre la crónica y la épica. En ella el autor se esfuerza por dar a conocer la realidad de la guerra de Chile. No importa demasiado el carácter ambiguo de su descripción histórica pues Ercilla es, como dice Maritain, un ´cazador de esencias´ que no se somete a un rigor histórico sino a brindar un testimonio de hechos que lo tuvieron como testigo y protagonista, destacando en éste lo más sublime de la guerra y también lo más bestial. El carácter de ´poeta cronista´ que lo distingue puede en principio verificarse en su esfuerzo de imparcialidad, su ausencia de idealizaciones o abstracciones a la hora de describir, indistintamente en indios y europeos, lo bello, bueno y verdadero, pero también lo bajo, cruel e innoble. 

La primera parte de la obra consta de quince cantos y se ocupa de narrar los comienzos de la Conquista de Chile.

Con una visión renacentista de paisaje y del hombre americanos, Ercilla describe las hazañas bélicas que protagonizan españoles y araucanos, sin dudar un ápice (en virtud de aquella ´caza de esencias´ que mentáramos) en exaltar, cuando cuadra, la bravura de los indios. Es interesante señalar a este respecto que, si bien el autor de La Araucana no deja de reconocer el carácter guerrero de los araucanos, tampoco elude el hecho mismo de la justicia que enmarca la guerra contra ellos. Se trata, en suma, de indígenas doblemente reacios: al Rey y a Dios. Es por eso que, aún cuando admira el espíritu guerrero indio, no ceja en su labor de reconocer la necesidad de combatirlo. 

La primera parte de La Araucana, costeada por su autor, fue publicada en 1569 y, ante la buena acogida, Ercilla decidió publicar la Segunda parte en 1578 y la tercera en 1589. El poema completo, con sus tres partes, se publicó en Madrid en 1590. 

Cuestión esencial es la relación entre La Araucana y el Quijote. Según menta José Toribio Medina, sin duda Ercilla y Cervantes debieron conocerse durante la campaña de Portugal y las Islas Azores, emprendida por Felipe II entre 1580 y 1582, en la cuál ambos escritores-soldados participaron. 

Es sin embargo Cervantes mismo quien puede darnos mayor información acerca de su deferencia hacia la obra de Ercilla.

En su obra magna, al describir el escrutinio que el cura y el barbero realizan en la biblioteca del ´caballero de la triste figura´, destaca tres libros especiales. Vale la pena transcribir el bello diálogo: 

" -Y aquí vienen tres [libros], todos juntos: La Araucana, de Don Alonso de Ercilla, La Austríada de Juan Rufo, jurado de Córdoba, y El Monserrato, de Cristóbal de Virués, poeta valenciano. 

"-Todos esos tres libros - dijo el cura - son los mejores que en verso heroico en lengua castellana están escritos, y pueden competir con los más famosos de Italia: guardensé como las más ricas prendas de poesía que tiene España." (iv)

Este ensalzamiento del más grande de la literatura española puede darnos alguna idea sobre lo importante de la obra ercillana. Mas sin duda la íntima unión que se expresa entre ambos autores es la pasión por el sentido heroico de la existencia expresada en la obra literaria. Se trata, en suma, de lo descrito por Cervantes con diamantinas palabras en el famoso discurso de las ´armas y la letras´. 

Ercilla y Cervantes pertenecieron a la España que no quiere dejar de ser medieval y que renuncia a trocar la caballería por el mercantilismo. Son dos hombres de letras a caballo entre la España medioeval y la del Renacimiento. 

Por otro lado no puede desconocerse el valor intrínseco de La Araucana en la conformación de la identidad cultural chilena. Ha sido justamente Sarmiento, siempre tan dado a las cosas de allende la cordillera, quien ha retratado está cuestión con su eximia prosa: 

"La historia de Chile está calcada sobre La Araucana, y los chilenos, que debían reputarse vencidos con los españoles, se revisten de las glorias de los araucanos a fuer de chilenos estos y dan a sus más valientes tercios (...) y a sus naves [los nombres] de Lautaro, Colocolo, Tucapel, etc. Y creemos que estas adopciones han sido benéficas para formar el carácter guerrero de los chilenos, como se ha visto en la guerra reciente con el Perú". (v)

Muy debajo de La Araucana en los peldaños de la literatura se encuentra La Argentina de Martín del Barco Centenera.

Sin discutir las deficiencias literarias de ésta última es interesante comprobar que se caracteriza por ser también una obra fundacional, en la que se imprime la fisonomía de un pueblo. Pero La Araucana, más allá de su valor cultural fundacional, es una obra excelente desde el punto de vista literario. Es claro que no se ha visto exenta de críticas referidas sobre todo a su valor como fuente historiográfica. Ha sido especialmente el importante publicista chileno Diego Barros Arana quien ha objetado el carácter de crónica versificada de la obra. El juicio del etnólogo es terminante: "hay que tomar con reserva en las investigaciones etnográficas de los pueblos aborígenes los datos de poemas y crónicas versificadas." (vi) 

Es importante preguntarse hasta que punto es fundamentada esta crítica. ¿Se ha dejado llevar Ercilla por su fantasía de poeta o por sus ideales caballerescos al retratar al indígena, o bien hay datos que se corroboran por otras fuentes? Creemos suficiente remitirnos a lo dicho en este mismo apartado. Ercilla es un poeta que narra y lo hace describiendo esencias lejos, muy lejos, de la pretensión de "describir los hechos tal cual sucedieron", aunque sin soslayar la importancia de la objetividad de su narración. 

Otra crítica realizada a La Araucana es la aparente ausencia de protagonista. Es cierto que Ercilla no dedica la obra a la narración de las proezas de un personaje en particular. Pero no menos verdadero es el hecho de su constante mención a sus camaradas de armas. Casi cien nombres de caballeros españoles aparecen atiborrando sus páginas. Pero creemos además que el hecho de no personalizar la obra en un hombre en particular tiene que ver con la idea que el autor tiene de la epopeya americana, idea que resume de alguna manera la percepción que debe tenerse de aquel excelso acontecimiento.



"Hablar de heroísmo y de conquistadores - dice Blanco Fombona refiriéndose a la Conquista - parece redundancia. Aducir ejemplos, sería citar la vida de todos y cada uno de ellos." (vii) 

El contexto histórico: la Conquista de Chile, la rebelión indígena y la guerra justa.

El período que nos ocupa es el que enmarca la llegada de Ercilla a Chile y lo más álgido de la lucha contra el araucano. El primer término cronológico que enmarca es la muerte de Pedro de Valdivia. En ese sentido podemos hablar del período posvaldiviano, que se desliza desde la muerte del conquistador en 1553 hasta 1561, momento en que termina el gobierno de Don García Hurtado de Mendoza. (viii)

La muerte de Pedro de Valdivia produjo en Chile una disputa entre los posibles sucesores del cargo de gobernador ya que ni Alderete ni Francisco de Aguirre, designados por Valdivia como sucesores, se encontraban dentro del territorio. Tres fueron los que se llegaron a plantear ocupar dicho cargo: Francisco de Aguirre, Rodrigo de Quiroga y Francisco de Villagra. Este último, valeroso caudillo y guerrero, fue quien finalmente, con el apoyo de los Cabildos del Sur (La Imperial, Valdivia y Concepción), logró convertirse de hecho, en Gobernador de Chile. Esto se hizo sin esperar el consentimiento del Virreinato del Perú pues la situación era de emergencia. Se necesitaba de un jefe que condujera a los españoles en contra de la amenaza de los araucanos, que, comandados por Lautaro, ya habían demostrado su tremenda capacidad guerrera derrotando a Valdivia en Tucapel.

Villagra tomó el mando según los dispuesto por los cabildos y se puso inmediatamente en campaña organizando una fuerza de alrededor de 150 soldados (cantidad notable para el período), con los que se dirigió hacia el territorio araucano. Allí, en la planicie de Marigüeño cercana a Laraquete, lo esperaba Lautaro con 15.000 conas. El enfrentamiento se produjo el 26 de febrero de 1554 y en él, los araucanos, utilizando la misma táctica de ataques en oleadas, lograron infringir una terrible derrota a los españoles de los cuales sólo sobrevivieron unos 50 hombres. A esta batalla se refirió Ercilla sin soslayar la figura de Villagra, exaltado con las virtudes propias del caballero:

"Villagrán la gran batalla en peso tiene
que no pierde una mínima su puesto;
de todo lo importante se previene;
aquí va, y allí acude, y vuelve presto:
hace de capitán lo que conviene
con osada experiencia, y fuera desto,
como usado soldado y buen guerrero
se arroja a los peligros el primero." (ix)

Esta terrible derrota hizo que el temor que ya existía hacia los araucanos por la muerte de Valdivia, se transformara en pánico. Producto de esto fue el abandono de la ciudad de Concepción, narrada bellamente por Ercilla, en la que sus habitantes fugaron desordenadamente al ver llegar a los maltrechos y derrotados sobrevivientes de la batalla. El propio Villagra y su malherida hueste debió emprender el camino hacia Santiago, dejando absolutamente desamparadas a las otras ciudades sureñas.

Evidentemente esto sirvió para avivar la disputa por el cargo de Gobernador que aún no estaba definido oficialmente. El cabildo de Santiago sin embargo decidió respaldar a Villagra, quien afirmaba que había sido derrotado por falta de hombres y recursos, y le dio los fondos para organizar un nuevo cuerpo militar, pues la amenaza araucana apuntaba al parecer ahora al mismo Santiago.

Villagra salió nuevamente en persecución de Lautaro, pero éste desarrolló una táctica de guerrillas, atacando y luego huyendo a un refugio secreto en un lugar llamado Peteroa, cercano al río Mataquito. Sin embargo, en la madrugada del 1 de abril los españoles cayeron sobre los desprevenidos araucanos quienes, a pesar de su tenaz resistencia, fueron masacrados. Allí aconteció la muerte del gran caudillo Lautaro que Ercilla tristemente describió para la posteridad:

"Por el siniestro lado, ¡oh dura suerte!,
rompe la cruda punta , y tan derecho,
que pasa el corazón más bravo y fuerte
que jamás se encerró en humano pecho;
de tal tiro quedó ufana la muerte;
viendo de un solo golpe tan gran hecho
y usurpando la gloria al homicida,
se atribuye a la muerte esta herida." (x)

La cabeza del noble aborigen fue llevada a Santiago y exhibida orgullosamente como trofeo en la Plaza de Armas. Así, cuando llegó el nuevo gobernador, don García Hurtado de Mendoza (y con él nuestro autor), ya se había superado la grave crisis ocasionada por Lautaro.

Sin duda era don García hombre de gran decisión y energía para su joven edad, aunque a veces no poco cruel.xi Don García trajo a Chile lo que fue el más poderoso ejército español para su época: cerca de cuatrocientos hombres, o tal vez más, bien equipados, con tal cantidad de armas y caballos que sirvieron por mucho tiempo a las necesidades del naciente dominio hispánico.

Cómo hemos dicho, después de tomar posesión del cargo en La Serena, se dirigió Don García por mar hacia el Sur, sin pasar por Santiago, y desembarcó en la Isla Quiriquina en el invierno de 1557. Allí construyó el mentado fuerte de Penco para establecerse, pues no se atrevía a pasar al continente mientras no llegara la caballería que venía por tierra con 500 caballos.

Más tarde ya en el continente se produjeron los primeros enfrentamientos con los araucanos. Estos ya había elegido un reemplazante en el cargo de Gran Toqui que había ocupado Lautaro.

La designación recayó en Caupolicán, fuerte mocetón aunque, al parecer, sin la capacidad estratégica de su antecesor. Dos batallas se produjeron en éste período: la de Lagunillas y Millarapue, en las cuáles se impuso la superioridad bélica de los europeos que ésta vez estaban muy bien abastecidos de cañones y arcabuces. Los indígenas, a pesar de su temeridad en la batalla, fueron masacrados masivamente. A estas trágicas derrotas se sumó tiempo más tarde, la captura de Caupolicán en Pilmaiquén por parte del capitán español Reinoso, quien ordenó que se sometiera al toque a una muerte terrible: que una estaca le atravesara las entrañas hasta fallecer.

A éste hecho se suma el suplicio de Galvarino a quien se le habían cercenado sus brazos como forma de amedrentar el resto de los araucanos y mostrar la violencia y crueldad con que se llevó a cabo la Guerra de Arauco. Ercilla, que fue testigo presencial de este hecho lo narra con inusitada impresión:

"Donde sobre una rama destroncada
puso la diestra mano, yo presente,
la cual de un golpe con rigor cortada
sacó luego la izquierda alegremente
que del tronco también saltó apartada." (xii)

Sea por los excesos de autoridad de su hijo o por los suyos propios de los cuales se recibieron numerosas acusaciones, el hecho es que don Andrés Hurtado de Mendoza, padre de García, fue destituido de su cargo y junto a él, su hijo. 

La guerra contra el araucano, como la emprendida contra todos los indígenas rebeldes durante la conquista de América, se encuentra enmarcada en el concepto de guerra justa. Esta noción fue profusamente tratada y estudiada, mediante un encargo del Rey, por los teólogos de la Universidad de Salamanca entre los que destaca Francisco de Vitoria. Es este un indicio más de la importancia brindada por España a mantener la ´cosas nuevas´, presentadas por el Nuevo Mundo, en el ámbito de la legalidad y la legitimidad aseguradas por una doble fuente potestativa: el Rey y la Iglesia. 

En sus lecciones y disertaciones en la citada universidad Vitoria se explayó sobre la cuestión de la guerra justa y son esas reflexiones las que compiladas llegan a nosotros bajo la forma de las "Relecciones sobre los indios y el Derecho de Guerra". En la última parte de esta obra, realizada según el método de la escolástica, Vitoria explícita la cuestión de si es lícito o no a los cristianos hacer la guerra, a lo cual responde afirmativamente partiendo del doble basamento de la Tradición (especialmente San Agustín y Santo Tomás) y las Sagradas Escrituras. Sin embargo la cuestión más interesante (y especialmente referida a nuestro trabajo) es el examen que Vitoria realiza acerca de las causas para realizar la guerra justa. Enumera en primer término cuatro motivaciones erróneas: 

"La diversidad de religión no es causa justa para una guerra (...) no es causa justa de una guerra el deseo de ensanchar el imperio (...) Tampoco es causa justa de una guerra la gloria o cualquiera otra ventaja del príncipe" - y termina apuntando: "La única y sola causa justa de hacer la guerra es la injuria recibida" (xiii)

Es claro que el Vitoria no se refiere a cualquier injuria sino a aquella de suyo tan grave que implique un daño irreparable a los propios. En ese caso el príncipe, que es el único que puede declarar la guerra justa, no sólo puede sino que debe propiciar los medios de la reparación. En el caso de los araucanos esto se explícita, no por la renuencia a aceptar la fe cristiana o la potestad del Rey sino por los ataques realizados contra los súbditos directos de éste y el obstáculo presentado en la esencial propagación de la fe católica, misión primera de España. 

Pero para esclarecer aún más un concepto de suyo complejo como es el de la guerra justa es necesario remitirse también a Ercilla quien en el último canto de su obra hace explícitas las razones de la guerra contra los indios rebelados apoyándose en el derecho de gentes como noción derivada del derecho natural.

"Por ella [la guerra] a los rebeldes insolentes
oprime la soberbia y los inclina,
desbarata y derriba a los potentes
y la ambición sin término termina;
la guerra es de derecho de las gentes
el orden militar y disciplina
conserva la república y sostiene,
y las leyes políticas mantiene." (xiv)

El si vis pacem parabellum latino encuentra así su paralelo en el "el que quiera bevir en paz, que se apareje para la guerra" (xv) del Infante Don Juan Manuel. Ese es el criterio sobre el que descansa la expresión de nuestro autor. Aún cuando se trate de una terrible realidad la guerra parece ser, en la época de Ercilla y en muchas otras, el único recurso para mantener el orden y poder así cumplir la misión evangelizadora y civilizadora que España asumió para y en América. 

En el sentido indicado Ercilla es un ejemplo preclaro. Él llegó de España ya formado por la literatura renacentista, por la teología y por las discusiones jurídicas sobre el Nuevo Mundo que ya señaláramos. 
Nos parece interesante culminar este apartado con palabras de Anderson Imbert: 

" La poesía manaba de su alma de español del Renacimiento, lector de Virgilio, de Lucano y de Ariosto, soldado del reino católico de Felipe II, enemigo del indio, no por codicia, sino porque el indio era enemigo de su fe." (xvi) 

Presencias y ausencias del ideal caballeresco en La Araucana.

"En él se resumió la guerra"
Alonso de Ercilla. La Araucana.

Las diversas acepciones del término caballero o caballería.

Al igual que en la mayoría de los cronistas de la época Ercilla menciona el término ´caballero´ en varios sentidos (xvii). Esta diversidad de acepciones evidencia, según Nelly Porro, "no sólo el desgaste de la palabra sino el de un ideal, aún más deteriorado que el término que lo representa". (xviii) 

El primer verso de La Araucana incluye el término caballería en el sentido primigenio y original del término. Así lo explícita Ercilla cuando se refiere al

"valor, los hechos, las proezas
de aquellos españoles esforzados,
que a la cerviz de Arauco no domada
pusieron duro yugo por la espada" (xix)

He ahí la presentación de la obra que, como se ha dicho, es un canto a los trabajos conquistadores de los españoles pero también a la valentía, aunque infiel y digna de ser batida, de los indígenas. En ese sentido podemos decir que Ercilla imprime a su obra un carácter épico que se sostiene en la acepción principal y original del término ´caballería´. 

En el resto de la obra se retorna a este sentido original pero se utiliza la palabra para designar otras cuestiones, a saber: 

Aparece, en primer término, el sentido elemental del caballero como hombre de a caballo, más allá de que haya sido o no armado como tal.

En este sentido es interesante ver la diferenciación social que realiza entre el infante y el caballero cuando analiza el caso de Valdivia al decir:

"A Valdivia mirad, de pobre infante
Si era poco el estado que tenía,
Cincuenta mil vasallos que delante
Le ofrecen doce marcos de oro al día." (xx)

Esta diferenciación social puede basarse, con los matices propios de la situación indiana, en aquella otra definición primigenia que Cardini explicita entre milites y rustici y que tenía implicancia en las funciones sociales y en los ´géneros de vida´, en tanto los caballeros tenían el privilegio de llevar armas y estaban exentos de las cargas impositivas merced a su dedicación a la defensa de los rustici y la sociedad toda. (xxi)

Pero, en el caso de Ercilla y la apreciación acerca del origen social del gran capitán, no está implícita la negación de la alta estima que Ercilla le tiene a pesar de no haberlo conocido. Más adelante, al narrar el combate en el que Valdivia ofrenda su vida, Ercilla revaloriza al soldado que éste fue:

"pero el Gobernador osadamente
que también hasta allí estuvo confuso,
les dice: Caballeros, ¿qué dudamos?
¿Sin ver los enemigos nos turbamos?" (xxii)

Esto habla a las claras de que, independientemente de que estuviesen presentes en algunas ocasiones la codicia y la falta de escrúpulos, lo majestuoso es que aquellos que cayeron en esos vicios se redimieron con muerte gloriosa en el justo combate. El caso de Valdivia resulta ejemplo preclaro de lo dicho. 

Pero la diferenciación entre caballero e infante (xxiii) no remite exclusivamente al origen sino también, y principalmente, a las dotes como guerrero. En no pocas ocasiones Ercilla destaca la diferencia existente entre el caballero, arrojado e impertérrito ante el peligro, y el infante, muchas veces vencido por el miedo. Por ejemplo cuando se refiere a los ´peones´ (xxiv) que "casi moverse al trote no podían, que con sólo el temor los detenían." (xxv) 

En otro pasaje nuestro autor comenta que ante la falta de guerreros Don García optó por hacer mover "al común y caballeros, alegres (los primeros) de llevar tan buena guía". (xxvi)

Por otro lado Ercilla habla de una caballería cristiana. Lo hace al referirse a dos batallas que, gloria también del Imperio Español, representan una diferencia importante con el contexto de la araucanía. Se trata de las batallas de San Quintín y de Lepanto.

"..mas la fuerza y virtud tan conocida
de aquella audaz caballería cristiana
la multitud pagana contrastando,
iba de punto en punto mejorando." (xxvii)

Aún hay otro sentido con el que Ercilla utiliza el término caballería y es el asignado a los propios araucanos. Más esto, que puede resultar ciertamente contradictorio, se expresa en la traslación que nuestro autor realiza de las virtudes españolas a los personajes indios de su obra. (xxviii)

Defectos y virtudes del caballero.

Bazán Lazcano adjudica la decadencia del ideal caballeresco a cierta ´deshumanización´ paradojalmente asociada al ´humanismo´ en clave renacentista. (xxix) Consideramos que, en modo muy general, esta explicación es satisfactoria. Es justamente el espíritu renacentista, con su sobrevaloración de lo útil por encima de lo bueno, de lo mercantil sobre lo bello y del ahorro sobre lo honroso y verdadero, el que propicia el quiebre de la institución de la caballería. Sin embargo esto no se da con tanta facilidad en el caso de España que permanece ´atrasada´ en la adquisición de todos los hábitos propios del capitalismo mercantil. Este ´atraso´ (afortunado según se mire) está explicado en parte por la irrupción de América en la historia de la mano de España pues la conquista hizo que los hombres de España se inflamaran en las ideas caballerescas que "nutrieron su alma y los llevaron así a vastas realizaciones".(xxx)

De todas formas no podemos decir que el traspaso de la caballería, tal el objeto parcial de nuestro trabajo, haya sido tan puro cómo para destacar una caballería medieval en América. Y es que el ´hecho americano´ pulió cada una de las instituciones que España desinteresadamente ofreció. Esto nos lleva a considerar que podemos hablar de una caballería indiana en el mismo sentido que hablamos de una Iglesia indiana: se trata de instituciones imposibles de explicar sin recurrir a su origen. (xxxi) Es por este contraste que podemos hablar de la continuidad o no del ideal caballeresco en tanto se respeta la institución originaria. 

Una cuestión también esencial es la que plantea Tudela Velasco al referirse a "la antinomia entre los postulados ideales de la caballería y el real cumplimento de los mismos.." (xxxii)

La autora citada se ocupa de la degradación del ideal caballeresco en España pero no de ésta en America. Consideramos, a modo de hipótesis, que el problema grave no es la falta del debido respeto al ideal sino justamente el hecho de que este ideal se vea subvertido por la mala práctica. Mientras un caballero sea objeto de sanción por el no cumplimiento de los deberes la caballería puede seguir andando pero el problema se suscita cuando la mala praxis constante genera un cambio en el ideal propio de la institución caballeresca.



Desde otro punto de vista Roxana de Andrés Díaz manifiesta que la decadencia de la caballería se remota al mismo siglo XIII, momento en el que se produce la llamada ´sacralización´ de la vida militar. Consideramos cuestionable esta perspectiva de la que nos ocuparemos en el apartado correspondiente a la religiosidad del caballero. (xxxiii)

La caballería americana se vió en cierta medida ´flexibilizada´ por las ´cosas nuevas´ del Nuevo Mundo. La distancia espacial y cultural, la realidad de una conquista inédita y el enfrentamiento a costumbres culturales radicalmente distintas, hacen de la caballería (como muchas otras cuestiones del ´trasplante´) una institución que ciertamente pierde el destello original. Tal parece ser la idea general. Lo que procuramos realizar en este trabajo es el escrutinio de las diversas manifestaciones indianas de la caballería y su contraste con el ideal original. En las conclusiones procuraremos esbozar nuestra idea al respecto, emergente de la tarea emprendida. 

Las cuestiones dadas en torno al problema de la pervivencia o pérdida del ideal caballeresco son claramente visibles en La Araucana donde Ercilla demuestra rigurosamente cómo muchas cosas permanecen al margen no ya de lo caballeresco sino también de la más elemental cosmovisión ética religioso.(xxxiv)

"Sólo diré que es opinión de sabios
que adonde falta el rey sobran agravios". (xxxv)

No es posible eludir que cierta falta de autoridad, sobre todo en lugares de guerra constante como el Flandes indiano (xxxvi) que fue Chile, es la que explica en parte el relajamiento de las costumbres y pone en peligro la pervivencia de ideales superiores como el de la caballería. Pero es también innegable que el autor de La Araucana pone a nuestra disposición todo un concierto de ejemplos que atestiguan hasta qué punto el ideal de la caballería se conserva sino intacto al menos plenamente vigente. 

Antes de continuar con el escrutinio de los defectos y virtudes del caballero es menester dejar en claro cuáles eran estos según el ideal al que hacemos referencia. 

Según Llulio es competencia del caballero mantener la fe católica, combatir contra los infieles, defender y ayudar al señor de quien se es vasallo [el capitán en el caso del caballero conquistador], participar en los torneos y las partidas de caza; defender la tierra y si es dominio suyo, gobernarla con sabiduría. El caballero debe ser amante del Bien Común pues "para la común utilidad de las gentes fue establecida la caballería". Debe ejercitarse además en la virtud, específicamente en las virtudes teologales (fe, esperanza, caridad) y las cardinales (justicia, prudencia, fortaleza, templanza), sin que por ello falten la sabiduría, la lealtad, la largueza, la magnanimidad. (xxxvii) Pero, por sobre todo lo otro o, para mejor decirlo, a partir de todo lo otro, el caballero debe saber que su mayor obligación es para con Dios, de quien se reconoce vasallo y deudor absoluto. 

La lealtad, también nombrada en los textos como fidelidad, es esencial en el oficio de la caballería. Se trata en principio de cumplir la palabra empeñada en la obediencia al jefe y, además, no traicionar la fe jurada hacia la protección y defensa de todos los estados de la sociedad. (xxxviii)

"Observamos que la lealtad -dice Porro- virtud ideal, aparece en la obligación de guardar pleito homenaje o lo recibido en encomienda." (xxxix)

Pero la lealtad, que es una virtud suprema en el caballero durante el combate, está especialmente enfocada en la imagen del capitán por el que la batalla adquiere o pierde sentido. De ahí que si el jefe no es apto o adolece de flaquezas indisimulables, la obediencia desfallece. Si no existen en el capitán cualidades que naturalmente lo impongan como jefe es poco probable que coseche la lealtad de sus caballeros. (xl) Pero cuando el capitán lo es en todo el sentido del término los caballeros no dudan en su arroja por acompañarlo en lo que la batalla depare.

"Con gran presteza, del amor movidos,
adonde Villagrán ven se arrojaban
y los agudos hierros atrevidos
de nuevo en sangre nueva remojaban" (xli)

Sin duda lo opuesto a la lealtad es la traición y quien cae en ella merece la muerte. "Es traidor quien no sirve al Rey y olvida la lealtad que le debe y la obligación que cómo caballero tiene de seguir a sus mayores." (xlii)

Más es traidor también quien abandona a sus compañeros de armas, por cobardía. Así cómo la lealtad es manifestación de la valentía y el arrojo, la traición es secuela de la cobardía. No hay cosa que repugne más al caballero. 

"Si la caballería conviene tan fuertemente con el valor -dice Llulio - que echa de su Orden todos los amigos del deshonor, si no recibía a los que tiene valor, lo aman y lo mantiene, se seguiría que la caballería se podría destruir algo con la vileza, lo que no podría restablecer con la nobleza."

La cobardía es de suyo una noción anticaballeresca. Se trata de la negación más absoluta del ideal sólo comparable, quizás, con la afrenta al Rey y a la Iglesia. 

El caballero, aún junto a sus camaradas, combate sólo. Incluso la enseñanza militar que recibía estaba orientada al combate individual: "en él se resumió la guerra" sintetiza Ercilla. (xliii) El arrojo y la intrepidez imponen la lucha cuerpo a cuerpo con el sólo auxilio de la destreza en el manejo del caballo, la protección de la armadura y la proximidad, siempre cuidada, del compañero de armas. Para el caballero no es admisible, por deshonrosa, la emboscada. No se traiciona a nadie, ni siquiera al enemigo. 

Y si la traición es de total talante anticaballeresco lo es también la masacre o la crueldad para con el enemigo ya vencido. Lo dice nuestro autor al contar el término de una batalla en la que un grupo de españoles "hasta allí cristianos que los términos lícitos pasando, con crueles armas y actos inhumanos, iban la victoria deslustrando." (xliv)

De este modo se comprende cómo la victoria no tiene sentido para el caballero si se comenten crueldades que deslucen o degeneran el fin último de la pela: la preponderancia de la religión verdadera y la civilización sobre el error y la gentilidad. 

Creemos necesario recurrir a unos significativos versos ercillanos que sintetizan lo expresado hasta ahora:

"Tener en mucho un pecho se debría
a do el temor jamás halló posada,
temor que honrosa muerte nos desvía
por una vida infame y deshonrada:
en los peligros grandes la osadía
merece ser de todos estimada:
el miedo es natural en el prudente
y el saberlo vencer, es ser valiente." (xlv)

Por otro lado la negación de la cobardía y la afirmación del valor se evidencia en la defensa del caballero a los pobres, los desprotegidos de toda jaez, los huérfanos y las viudas. 

La Araucana es pródiga en ejemplos acerca del socorro a las viudas y huérfanos. Es interesante verificar que esta protección de las viudas, especificada en todos los códigos caballerescos, nos se acota a las mujeres españolas. Muy por el contrario. Ercilla narra constantemente la asistencia a las viudas araucanas en páginas llenas de caridad y amor cristiano hacia los infieles. Por caso ponemos el encuentro de Ercilla con Tegualda, la joven viuda de un mapuche muerto en asalto al fuerte español. La mujer le ruega al conquistador que le deje llevar el cuerpo de su amado a lo que Ercilla accede sin condicionamiento alguno:

"Movido pues a compasión de vella
firme en casto ya amoroso intento,
de allí salido me volví con ella
a mi lugar y señalado asiento." (xlvi)

Cómo ya ha quedado esbozado el caballero no entiende la vida sin honor y, sin éste, la muerte pierde sentido. La honra es, según nos dice García Morente, "el reconocimiento en forma exterior y visible de la valía interior e invisible." (xlvii)

El honor no representa para el caballero más que el ideal al que se debe aspirar, la forma ideal que todo hombre, y más aún un paladín de la caballería, debe propugnar hacer de sí mismo. La honra es lo que diferencia al hombre que se es del que se debería ser. 

"...entre lo que cada uno de los hombres es realmente - continua García Morente - y lo que en el fondo de su alma quisiera ser, hay un abismo. Ennoblécese, empero, nuestra vida real por el continuo esfuerzo de acercar lo que en efecto somos a ese ser ideal que quisiéramos ser..." (xlviii)

Nada más abyecto para el caballero que la evidencia de sus propias miserias o flaquezas. Pero, y esto lo explica magistralmente García Morente, no hay hipocresía en esta actitud. El caballero no muestra sus vicios no por fingimiento o hipocresía sino por respeto al ideal, al arquetipo. Si se finge, podemos decirlo, no se es caballero. En este sentido el caso modelo de la negación del ideal honroso del caballero parece ser el de los cobardes Infantes de Carrión que nos describe el Cantar del Mio Cid. Allí encontramos el antitestimonio que dichos infantes pregonan y del cuál, y he aquí la base de la distinción, terminan por hacer gala. Al fin terminan por reconocer y defender su propia infamia. Todo ante el estupor y la airada respuesta de los veros caballeros. 

El caballero español y cristiano no puede aceptar lo infame y deshonroso pero no por él mismo sino por el ideal arquetípico al que propende constantemente. No se trata de presentarse a sí mismo como un caballero puro sino cómo un pecador que aborrece el pecado y pugna por superarlo. En este sentido se explica la defensa y el respeto que el caballero debe imponer a los demás acerca de su persona: no se trata de la defensa de sí mismo sino de lo que él representa. 

Una imagen precisa de lo dicho nos ofrece Ercilla cuando narra la predisposición de los caballeros en Chile al enfrentar la posibilidad de huir ante los embates del araucano.

"La vida ofreced acabar contenta
por no estar al rigor de ser juzgado;
teme más que a la muerte alguna afrenta
y el verse con el dedo señalado" (xlix)

Es decir que el honor mancillado y el estigma que esto supone es, para el caballero, algo imposible de pensar. El sentido del honor ínsito en el caballero le hace desprenderse de toda comodidad o ventaja en el combate. Se sabe acompañado por Cristo y eso le basta para afrontar las penurias y la muerte. Ercilla reafirma esto cuando comenta cómo uno de los españoles, a punto de entrar en combate, se anima a solicitar mayor cantidad de gente para emprenderlo, a lo que un hidalgo responde:

"A Dios plugiera
fuéramos sólo doce y dos faltaran
que doce de la fama nos llamaran." (l)

Pero es menester ver, como dice Guarda, el anverso y el reverso de la medalla del conquistador. 

Cierto es que, a veces, la justicia administrada era de una crueldad sorprendente: los desnarigamientos y desorejamientos estaban a la orden del día y el mismo Ercilla nos relata el terrible castigo dado a Galbarino al caer prisionero cuando, en modo atroz, se le cortan ambas manos y se lo deja libre. (li)

Otra falla característica del caballero conquistador que, por otra parte, no es hipócrita en ocultarla, es la codicia. Ercilla tampoco la oculta y se lamenta de ella en canto triste:

¡Oh incurable mal! ¡Oh gran fatiga,
con tanta diligencia alimentada!
¡Vicio común y pegajosa liga
del provecho y bien público enemiga! (lii)

Y otro gran cronista como Bernal Díaz, al mentar a sus camaradas casi martirizados, es veraz al decir: "...murieron cruelísima muerte por servir a Dios y Su Majestad, e dar luz a los que estaban en tinieblas...y también por buscar riquezas, que todos comúnmente venimos a buscar." (liii) Cómo se ve, no sólo se oculta la codicia sino que se la ubica con absoluta franqueza entre las cuestiones que a América los trajeron. Por ello sería un error, cuando no una infamia, hacer de la codicia el rasgo central del conquistador. Primero porque el afán de riquezas es un objetivo nimio en relación a la misión que el caballero conquistador hace suya y por la que ofrenda la vida. Y, segundo, porque hacer del español de la empresa indiana poco menos que un capitalista es no sólo un absurdo sino un desacierto histórico francamente insoslayable. El consumismo, el afán de acumulación y la compulsión del ahorro y la mezquindad no son vicios que puedan adjudicársele al caballero sin realizar una grosera deformación histórica. (liv)

La Araucana, en fin, si bien expresa las condiciones del antitestimonio español, exalta sobre todo a una estirpe de hombres que dieron a España y la Iglesia el dominio cultural, político y espiritual de la cuarta parte del globo. 

Lo cierto es que esos hombres estuvieron, más allá de sus fallas, dispuestos a combatir no sólo a los hombres que se opusieran a Cristo, la Iglesia y el Rey sino también contra todo obstáculo. Hombres, clima, tierra, frutos, fieras, insectos, enfermedades: todo allí resulta desconocido y casi hostil. 

La importancia de la ´caballería´ araucana. 

Es menester aclarar en un principio que no existió tal caballería indígena, al menos no en el sentido europeo del término. Si hablamos de caballería araucana es por dos razones: primero por que se trata de fuerzas indígenas montadas a caballo lo cual remite a la definición básica del caballero y, segundo porque es el mismo Ercilla quien, sin hacerlo en forma explícita pero haciéndolo al fin, considera que muchos ideales caballerescos están presentes en los indios. En este sentido puede pensarse que el autor plantea ideales que exceden los lindes de una cultura, la europea, para plantarse en cualquier tiempo y lugar. Se trata del honor, de la valentía, de la entrega por una causa. Este no es un dato menor en la obra del español pues, como ya hemos enfatizado, si algo distingue a La Araucana es la desprejuiciado alabanza de las virtudes guerreras indígenas. Es claro que esto no hace separar un ápice a Ercilla de la plena convicción de la guerra justa pero si lo establece cómo un autor verídico (en el sentido de que está munido de rigor histórico) y justo. Además se verifica en nuestro autor lo que en todo noble guerrero: el reconocimiento de la valía del enemigo. 

Sólo en este sentido muy general podemos hablar de una caballería araucana. 



La cuestión central es que, más allá del valor personal del indígena, su organización militar era excelente. En su Crónica Bibar describe impresionado las formaciones guerrearas araucanas comparándolas incluso con la falange romana. Indudablemente el aspecto y la ferocidad de los indios hacían de ellos enemigos implacables. 

"Su aspecto debía ser aterrador -dice Zapater- las armaduras de cuero, las cabezas de felino mostrando los colmillos, los adornos de plumas, las pinturas faciales, su valor individual, explican el asombro y admiración que provocaron en los conquistadores españoles." (lv)

Puede decirse que los indígenas son los grandes protagonistas de la obra ercillana. Nuestro autor los admira profundamente y nada le impide exaltar y embellecer sus cualidades. Pero, como dice Solar Correa, Ercilla fue "historiador para los españoles y poeta para los araucanos." (lvi) 

Esta exaltación del araucano le permite a nuestro autor describir a indios que hablan de astronomía, discuten sobre regímenes políticos (sobre la noción de Bien Común por ejemplo), se tratan entre sí como pares y a sus mujeres las llaman galante y respetuosamente ´señoras´. 

Pero hay algo esencial que entender y es que, más allá de la soberbia prestancia con que Ercilla describe a los araucanos y la falta de protagonismo aparente de los españoles, estos últimos son los que siempre terminan venciendo. Al respecto es sintomático que el primer libro de la obra termine con el triunfo del precitado Villagrán en las márgenes del Mataquito y con la muerte del gran Lautaro. Al finalizar el libro segundo vemos a la mesnada gloriosa de Don García paseando sus estandartes victoriosos por la Araucanía luego de haber vencido a Galvarino. Y, al fin, en el término del tercer libro, eliminado Caupolicán, los españoles quedan dueños de todo el país. 

Pero es preciso detenerse en el hecho de que los indígenas de Ercilla son, en realidad, almas españolas en cuerpos araucanos: piensan, sienten y obran del mismo modo que el peninsular del siglo XVI. Más esto no obsta para continuar considerando que Ercilla carece de rigor histórico sino que consolida la idea de que se trata de un hombre de su tiempo y que le es difícil (tanto como a nosotros hoy) abstraerse de la realidad física y metafísica de su época. Es por eso que los más genuinos y brillantes aspectos del alma hispánica están presentes en los araucanos que Ercilla nos describe: el orgullo nacional (es esencia saber que los mapuche carecían del concepto de nacionalidad), la preocupación religiosa, el culto a la mujer, la generosidad, el pundonor. Hasta el amor del mapuche, casi exclusivamente fisiológico, aparece en el poema transfigurado como sentimiento noble y poético. 

Y también, he aquí lo que más nos interesa, Ercilla convierte a los araucanos en poco menos que caballeros medievales y no duda en atribuirles todas sus virtudes y cualidades. 

¿Hasta que punto estos anacronismos son sancionables? ¿Afectan la realidad histórica que Ercilla permitió descubrir? Creemos que no, a no ser que seamos nosotros lo que planteemos el anacronismo y juzguemos la obra ercillana con los ojos de un historiador o un etnógrafo del siglo XXI. 

El caballero y la religión.

"Siempre el benigno Dios por su clemencia
nos dilata el castigo merecido". 
Alonso de Ercilla, La Araucana.

La intervención sobrenatural. 

El hecho de la conquista de América, llevado a cabo por hombres y por ende con cosas sublimes y miserables, contó además con la intervención divina, presente en toda la historia humana. En este sentido la empresa indiana tuvo a su favor, según Ezcurra Medrano, "...una especial protección de Dios que se manifestó muchas veces en acontecimientos de carácter sobrenatural y sin la cuál el esfuerzo meramente humano hubiera sido impotente para triunfar sobre una raza belicosa y una naturaleza hostil." (lvii)

Otra cuestión, concomitante pero que no desmerece la intervención divina en los sucesos históricos de la conquista, es el carácter profundamente religioso del hombre español del siglo XVI. Existe cierta determinación vital por lo religioso en ese hombre que cargaba en su mochila la doble gloria de la Reconquista y de la propagación de la religión, una fe inquebrantable y una certeza única de que la verdad reposa en la Iglesia Católica. Al respecto decía Maeztu: 

"Y así puede decirse que la misión histórica de los pueblos hispánicos consiste en enseñar a todos los hombres de la tierra que si quieren pueden salvarse, y que su elevación no depende sino de su fe y su voluntad." (lviii)

Queremos evitar nosotros caer en el error tan común de realizar una tajante separación entre el clérigo y el soldado, entre el operario espiritual y el militar. Lo cierto es que, como quedó dicho, ambos participaron de la misma empresa desde distintos oficios. Desconocer esto puede derivar en agrias imputaciones hacia el conquistador separando a éste del pensar y el accionar del teólogo y el misionero. A modo de ejemplo citamos al jesuíta Blas Valera quien al hablar de la conquista del Nuevo Mundo dirá que fue "providencia y batalla suya a favor del Evangelio, que no fortaleza de los españoles." (lix)

La manifestación de la tarea común queda testimoniada en la participación de los mismos sacerdotes regulares en más de un entrevero contra los indígenas, sobre todo en el Flandes indiano que Chile fue. (lx)

Ercilla recala constantemente en la vinculación estrechísima entre caballería y religión. Lo hace, como recalcamos más arriba, con la constante mención a la caballería ´cristiana´, pero también al hacer referencia a la analogía entre la labor del clérigo y la del soldado.

Y es que el oficio del caballero, al igual que el del Orden Sagrado, implica un voto eterno. Cuando se es recipiendario del orden de la caballería, se lo es para siempre. Se trata de la adquisición de un estado, al que se puede faltar y degradar, pero que no se pierde en modo alguno. 

Aparece aquí el concepto, utilizado por Roxana de Andrés Díaz y por Franco Cradini, de la ´sacralización´ de la caballería. El rito de la investidura del caballero es, para la época en la que escribe y combate Ercilla, claramente contrapuesto al otrora laical. La confesión y el baño, por lo que el caballero quedaba limpio en alma y cuerpo, la vela de armas y la bendición, la comunión matinal hablan de un modo sacral de recibir y vivir el oficio de la caballería. La literatura militar y religiosa de la época es mas que explícita a este respecto. (lxi)

Ahora bien, en virtud de esa misma religiosidad del hombre español del siglo XVI y la consiguiente consagración de sus armas a la causa de Dios y de la Iglesia, la intervención sobrenatural es una constante en toda acción española. 

La primera alusión al respecto dada en La Araucana es parte del relato autobiográfico del autor que narra su llegada a tierras chilenas en medio de una tormenta y un ataque de los mapuche. En ese momento, cuando nada podía estar peor, a merced del mal clima y de los indígenas:

"Cayó un rayo de súbito, volviendo
en viva llama aquel nubloso velo;
y en forma de lagarto discurriendo,
se vió hender una cometa del cielo;
el mar bramó, y la tierra resentida
del gran peso gimió como oprimida" (lxii)

La ayuda sobrenatural puede verse también en la visión que el propio autor tuvo de la Virgen María. Esta visión, ocurrida durante un sueño del caballero, explicita la constante protección de Nuestra Señora hacia los españoles. Este ejemplo, sumado a la rica descripción que el autor realiza de las batallas de San Quintín y de Lepanto, combates en los que el rezo colectivo del Rosario aseguró la victoria hispana, da una completa idea acerca de la importancia del culto a María y de la efectiva participación de Ella en la conquista. Es por ello que no es extraña la constante invocación a Nuestra Señora en la batalla. Cuenta Rosales que, durante el gobierno del precitado Villagra, un caballero de nombre Miguel de Velasco disparaba gritando: "Nuestra Señora de la Nieves, Cierra España, Cristianos." (lxiii)

La acción milagrosa de Dios es uno de las constantes de la obra. Lo dice así Ercilla:

"Y manifiesto vemos hoy en día
que, porque la ley sacra se extendiese
nuestro Dios los milagros permitía
y que el natural orden se excediese,
presumirse podrá por esta vía
que para que a la fe se redujese
la bárbara costumbre y ciega gente
usase de milagros claramente."

Por otro lado, la ayuda sobrenatural presente en el poema contrasta con la presencia del demonio y lo demoníaco. He ahí la presencia de lo preternatural que, bajo la absurda imitatio dei que el diablo propaga, se convierte en un obstáculo para la enseñanza del Evangelio que debe ser combatido de igual manera por clérigos y caballeros. (lxiv)

Más la presencia del diablo contrasta con la del Creador cuando Dios mismo se aparece en el límpido cielo anterior al asalto de La Imperial e interpela a los indígenas:

"¿a dónde andáis, gente perdida?
Volved, volved el paso a vuestra tierra
No vais a la Imperial a mover guerra." (lxv)

Ercilla incluso da fecha a la concreción de este milagro que hace huir despavoridos a los atónitos mapuche: 23 de abril del "año quinientos y cincuenta y cuatro sobre mil por cierta cuenta". 

Vemos, además, en Ercilla una constante alusión a las deidades paganas. Las reminiscencias de Ariosto, Virgilio y, sobre todo, Lucano, y se hallan en muchos detalles de la obra. Pero, y esto es resultado de nuestro escrutinio de la misma, la concepción y el plan de La Araucana, transitan por andariveles distintos a los de la epopeya clásica. Se trata, ya lo hemos dicho, de una narración épica realizada por un español del Renacimiento pero, a la vez, profundamente medieval. 

Caballería y sentido cristiano de la muerte.

Ha sido Manuel García Morente quien mejor explica, a nuestro modesto entender, la imagen de la muerte que tiene el caballero:

"El desprecio a la muerte tampoco procede ni de fatalismo, ni de abatimiento o embotamiento fisiológico, sino de firme convicción religiosa; según la cual el caballero cristiano considera la breve vida del mundo como efímero y deleznable tránsito a la vida eterna." (lxvi)

Pero el sentido caballeresco de la muerte que es, cómo hemos dicho, el mismo que el cristiano, no sólo remite a la muerte que se ofrenda sino también a la que se quita al enemigo. El problema de la muerte del enemigo, más moderno que medieval, estaba en rigor explicado en el pensamiento de San Bernardo quien en su célebre De laude novae militiae aclara las dudas acerca de la justicia del que mata y muere por la causa de Cristo. Citamos in extenso por la importancia del texto para explicar este punto de nuestro trabajo. 

"La muerte que se da o recibe por amor de Jesucristo, muy lejos de ser criminal es digna de mucha gloria. Por una parte se hace una ganancia para Jesucristo, por otra es Jesucristo mismo el que se adquiere; porque este recibe gustoso la muerte de su enemigo en desagravio suyo y se da más gustoso todavía a su fiel soldado para su consuelo. Así el soldado de Jesucristo mata seguro a su enemigo y muere con mayor seguridad. Si muere a sí se hace el bien; si mata lo hace a Jesucristo, porque lleva en vano a su mano la espada, pues es ministro de Dios para hacer venganza sobre los malos y defender la virtud de los buenos." (lxvii)

El caballero siente desprecio por la muerte. No le teme más que a un muerte poco ´honrosa´ y lejos se halla de nuestro temor febril hacia el término de la vida. Más aún, el final del conquistador siempre es cristiano.

"Id alegre, hermano mío -exhorta Zumárraga- pues vais por camino tan trillado por donde han ydo cuantos han nacido; ya aún en la compañía hallareys al Hijo de Dios con su sagrada Madre." (lxviii)

Sin duda la cuestión del fin cristiano del conquistador es una de las más importantes para reconocer las manifestaciones de la fe presentes en el Nuevo Mundo. Y es que en el fin del hombre, el gran tema de ayer, de hoy y de siempre, a pesar de las variantes temporales, hay una unidad general de enfoque que hace aquilatar la profundidad de las convicciones y madurez de la fe. A ese respecto sabemos que el caballero español, nos lo dice García Morente, es un "impaciente de la eternidad". 

Conocida es el cristiano fin de Pizarro, quien muere cruelmente y tiene tiempo de perdonar a sus asesinos, hacer profesión de fe y lucidez necesaria para realizar todo esto en forma solemne. (lxix)

No se trata, es menester aclararlo, de jugar temerariamente la vida o de adquirir la muerte casi mediante el suicidio. Se busca la gloria de una buena muerte pero no entregar la vida en una inmolación temeraria rayana con el nihilismo. Se combate, nos dice Ercilla, con "ánimo feroz y matando, la muerte se dilataba." (lxx)

"La meta de todos los caballeros -dice Sáenz- debía ser según los viejos poemas francos ´conquerre lit en paradis´. Esos rudos hombres de guerra, que había galopado por tantos caminos, sufrido la inclemencia de tantos climas, dormido tantas veces al raso, y pasado tantos días sin poder casi quitarse las armas, se hacía una idea ingenua de la beatitud eterna: ´el reposo es una buena cama´. No será muy teológico pero era una imagen esperanzadora." (lxxi)

Esta imagen de la muerte cristiana contrasta con la que el autor expresa de la muerte del indígena que termina sus días sin aceptar la verdadera Fe. Es el caso de Lautaro que, aún cuando afronta la muerte con hombría y entereza de ánimo, pierde la salvación eterna cuando su "alma, del mortal cuerpo desatada, bajó furiosa a la infernal morada." (lxxii) Más cuando nuestro autor no escatima palabras de exaltación para con la honrosa muerte de los bravos araucanos no podemos olvidar aquello de la traslación de las virtudes caballerescas al hombre del Arauco. Esto es bien claro en la narración que Ercilla realiza de un sangriento combate que tiene cómo final la eliminación de todos los mapuche, incluso el cacique Lautaro.

"¡Morir!, ¡morir!, no dicen otra cosa
Morir quieren, y así la muerte llaman
Gritando: ¡Afuera vida vergonzosa!" lxxiii

Lo cierto es que el caballero español no teme a la muerte sino a la vida deshonrosa, manchada por el dolor de la traición, la cobardía o la pérdida del decoro. La vida, si es vivida como corresponde, sólo es tránsito hacia la eternidad. Al caballero cristiano español la cabe a la perfección aquello del Apóstol de los Gentiles: "Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, morimos para el Señor. En fin, sea que vivamos, sea que muramos, del Señor somos" (Rom. 14,8; Flp. 1,20) 

La cuestión de la ´demonización´ del indio. 

Ha sido Vicente Sierra quien develara las claves del sentido misional de la conquista de América en su obra homónima. Los conquistadores, incluidos los del Flandes indiano, tuvieron bien en claro la labor misional que subsidiaban pues, huelga decirlo, la prevalencia de ese sentido estaba dado por el interés de los Reyes Católicos y sus continuadores. El antitestimonio, parte inescindible de cualquier emprendimiento humano, no hace más que confirmar lo antedicho. 

Pero así como la evangelización fue preocupación esencial y aneja a la conquista también lo fueron los obstáculos para su cabal realización. De esa forma, cuando los indígenas no supieron ni quisieron sujetarse a la ´civilización´ y al ´evangelio´, impidiendo a su vez la fidelidad de otros, se los combatió férreamente. (lxxiv)

En la base de la infidelidad se encuentra la explicación demonológica, es decir, la influencia del demonio en el retardo o la no aceptación de la fe y la civilización (planteadas como parte de un mismo esquema). El concepto de ´demonización´, bastante utilizado en los trabajos actuales de historia de la Iglesia, es bastante ambiguo y muchas veces mal utilizado. Según cierto sentido, más ideológico que historiográfico, se demonizó a los indígenas como forma de legitimar las conquistas y las subsecuentes atrocidades. Esta perspectiva, centrada en la dialéctica materialista, suele primar lamentablemente en muchos trabajos sobre la historia de la evangelización. 

Aquí hablamos de demonización en el sentido dado durante los tres siglos de evangelización: el español, sea éste laico o religioso, concibe que América era hasta la llegada del cristianismo civitas diaboli y que la verdadera religión, la de Cristo, podía salvar a aquellos que se encontraban bajo el diabólico yugo. (lxxv)

Alonso de Ercilla, como soldado y vero devoto, no escapa a esta cuestión doctrinal al iniciar su narración poética:

"Gente es sin Dios ni ley, aunque respeta
aquel que fue del cielo derribado
que como grandioso y gran profeta
es siempre en sus cantares celebrado" (lxxvi)

No duda nuestro autor en dar al araucano un carácter idolátrico al afirmar que todas las ceremonias están determinadas por la adoración a los demonios y al diablo. Son los hijos de Eponamón y, cómo tales, adversarios de la fe católica. En este sentido, más que legitimar la conquista como dicen algunos teóricos, se libra una guerra que tiene resonancia sobrenaturales. ¿No es ese, acaso, el sentido de gran parte de las acciones caballerescas? ¿No se realiza el combate en nombre del Rey pero también en el de Jesucristo? La comprensión de esta cuestión es esencial. 

De acuerdo a lo dicho el combate del caballero español en las Indias es el que se entabla permanentemente en la historia: el de los cristianos como soldados de Cristo y el de los esbirros de Satanás. Pero, a riesgo de ser repetitivos, volvemos a decir que esa lucha en América no tiene cómo protagonista a la totalidad de los indígenas sino contra aquellos que levantan las armas infieles contra el Rey que propaga la Fe verdadera y, por ende, contra Jesucristo. 

Las armas indígenas son ilícitas en tanto éstos "en desprecio del Santo Sacramento la recebida ley y fe jurada habían pérfidamente quebrantado." (lxxvii) Y representan los indios no sólo un obstáculo para a conversión de aquellos naturales que aceptan la evangelización sino también la sola posibilidad de vivir en paz: "estupros, adulterios y maldades, por violencia sin término concluyen, no reservando edad, estado y tierra..." (lxxviii)

Según nuestro autor los indios no hacen más que cumplir con la misión que el propio demonio les impone. Así nos dice que el diablo se les apareció a los indígenas poco antes del asalto a La Imperial en forma de "dragón horrible y fiero, con enroscada cola envuelta en fuego" y en medio de una terrible y confusa tormenta. En ese momento les dijo que rápidamente ´caminaran´ sobre el pueblo español "amedrentado (...) y que al cuchillo y fuego le entregasen sin dejar hombre a vida y muro alzado." (lxxix)

Pero, cómo ya hemos citado, no tuvo éxito el demonio porque poco después de su tétrica aparición Dios mismo entró en escena, en histórico milagro que Ercilla ubica perfectamente en la cronología de la Guerra del Arauco. (lxxx)

El corolario de esta cuestión debe ser el hecho, de suyo innegable, de la conversión de la América indígena a la fe católica. Y es que sin la aceptación de este hecho no se comprende y, menos se honra, el esfuerzo y la abnegación de tanto clérigo y caballero en el combate por la evangelización y la hispanización del indio. Y es Ercilla quien nos brinda un fuerte testimonio de esto cuando, al narrar el famoso suplicio de Caupolicán, tan señalado por los ´indigenistas´, nos cuenta también la aceptación de la Santa Fe católica por el otrora temible cacique, tan soslayada por aquellos.

"Pues mudóle Dios en un momento,
obrando en él su poderosa mano,
pues con lumbre de fe y conocimiento
se quiso baptizar y ser cristiano" lxxxi

En ese hecho fundamental se resume de alguna manera la epopeya americana: el indígena que antes de morir arenga a sus hombres para que reconozcan al verdadero y único Dios. Es menester dejar sentado, entonces, que la mentada demonización jamás obnubiló el verdadero sentido de España y la Iglesia en América: la insoslayable e imprescindible evangelización. 

A modo de conclusión. 

En este trabajo hemos procurado presentar una visión panorámica de la cuestión de la caballería en Indias a partir del examen de la Obra de Alonso de Ercilla y Zúñiga, protagonista, testigo y narrador de uno de los sucesos más aciagos de la conquista como fue la Guerra del Arauco. 

Luego de una breve presentación del autor, la obra y la circunstancia histórica que narra la gesta, nos hemos abocado al análisis de algunos puntos específicos referidos a la caballería, esto es, las diversas acepciones del término en la obra estudiada, los defectos y virtudes del caballero en Chile y, para terminar, la relación entre caballería y religión. 

Una primer conclusión. Aún con la ausencia de ciertas cuestiones que se verifican en la caballería medioeval, el ideal esencial de la conquista indiana es el de la caballería. Y esto, lo repetimos, tanto para la conquista militar y política como para la espiritual. El sentido caballeresco comprobado en Ercilla y los suyos, y esto para ejemplificar a partir de lo estudiado, se realiza también en la acción misional de los jesuítas, mercedarios, franciscanos o dominicos. Unos y otros son miles Christi, soldados de la cristiandad empeñados en diversas tareas pero con un fin común. 

"Toda España, en su Siglo de Oro, -dice el P. de Vizcarra- estaba convencida de que Dios le había confiado la misión de defender en Europa el catolicismo, contra los turcos y herejes, y de propagarlo entre los infieles del mundo recién descubierto. Por eso todos los españoles se sentía, en cierto modo, paladines del catolicismo, aunque fuesen atrevidos capitanes o simples soldados." (lxxxii)

En este sentido superior puede decirse, y decimos, que la caballería española no pierde su fulgor en América. Lo dice también Don Ramiro de Maeztu citando a Santa Teresa:

"Todos los que militáis
debajo de esta bandera,
ya no durmáis, ya no durmáis
que no hay paz sobre la tierra." lxxxiii

Una vez verificada esta cuestión, partiendo de una generalización pero también de una comprobación elemental, podemos establecer la pervivencia o ausencia del ideal caballeresco en la conquista de Indias.

Es indudable que la ausencias son comprendidas por el nuevo contexto histórico suscitado. Más, si bien es cierto que muchas cuestiones se perdieron en el ´trasplante´, la esencia del ideal permaneció intacto. 

Verdad es que el ideal se había visto perturbado en la Castilla que le diera origen. Lo dice con claridad meridiana Fernández de Oviedo cuando lamenta que "no todos los blasones de armas son probados". Pero la empresa indiana, que empezó donde terminó la Reconquista, dio nuevos bríos al ideal y, si bien aparejó cuestiones novedosas, también vigorizó aquellas que resultaban originales y esenciales. 

Por otro lado es preciso indicar que el ideal caballeresco es intemporal pues no puede ni debe circunscribírselo a un tiempo determinado ya que las virtudes que lo nutren y explican son necesarias y universales. No referimos, para ser claros, a la restauración de la caballería que tanta falta hace en estos tiempos aciagos y oscuros. 

Y, a propósito, no quisiéramos terminar este trabajo sin unos versos del inolvidable Padre Castellani, que pone en palabras lo que nosotros sentimos y anhelamos:

Dueña de la historia, viento de tus cascos.
Te vas sin irte, aún queda tu hidalguía en el alma serena del jinete.
Te vas sin Irte inmortal Caballería.
No has de morir, aún se escucha
tu música romántica y bravía
y entre trompas y timbales sueñas
te vas sin irte, INMORTAL CABALLERIA..

·- ·-· -··· ·· ·-··

Sebastián Sánchez. tizona@ciudad.com.ar Agradecemos al autor

Bibliografía.


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Notas

-i.- Alonso de ERCILLA y ZÚNIGA, "La Araucana", Porrúa, México, 1988 [1590], II Parte, Canto XVII, p. 248 

-ii.- La Orden de los Caballeros de Santiago de la Espada nació a la luz de la devoción que en España se le propicia al Apóstol. Trece caballeros comenzaron a defender, a partir del año 1161, a aquellos que peregrinaran en señal de devoción a Santiago. En un principio se constituyeron como organización eclesiástica según la Regla de San Agustín pero con una diferencia: los clérigos llevaban vida conventual pero los caballeros podían contraer matrimonio. En 1175 el Papa Alejandro III tomó a la orden bajo su protección y aprobó sus estatutos. Parte del documento del Papa exigía a los caballeros de la misma que debían ser: "... humildes y pobres, sin propiedad alguna, caritativos con los huéspedes necesitados, y sin murmuración ni discordia, prontos siempre para socorrer a los cristianos y en especial a los canónigos, monjes, templarios y hospitalarios." Cf. Alfredo SÁENZ: "La caballería. La fuerza armada al servicio de la Verdad desarmada.", Buenos Aires, Gladius, 1991, pp. 45y ss. Asimismo, para comprender la importancia de la devoción a Santiago Apóstol en América, véase: Zacarías de VIZCARRA: "La vocación de América", Buenos Aires, Gladius, 1995, especialmente parte V. 
-iii.- Del Prólogo breve, Alonso de ERCILLA, "La Araucana", Selección y notas de Roque Esteban Scarpa, Andrés Bello, Santiago, 1982. 

iv.- Miguel de CERVANTES SAAVEDRA: "El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha", Buenos Aires, Sopena, 1938, I Parte, Cap. VI, p. 42. 

-v.- Citado por Roberto CASTILLO SANDOVAL en: ¿´Una misma cosa con la vuestra´?: el legado de Ercilla y la apropiación poscolonial de la Patria araucana en el Arauco domado, en: Revista Iberoamericana, Vol. LXI, (170-171), 1995, p. 232.

-vi.- Citado por Horacio ZAPATER: "Aborígenes chilenos a través de cronistas y viajeros" , Andrés Bello, Santiago, 1978, p. 12. 

-vii.- R. BLANCO FOMBONA: "El conquistador español del siglo XVI", Madrid, Mundo Latino, 1951, p. 45. 
-viii.- A efectos de realizar una sucinta descripción del período que enmarca los hechos narrados en La Araucana hemos recurrido al trabajo de Carlos ARAMAYO ALZERRICA: "Forjadores de América", Santiago, Francisco de Aguirre, 1975; al de Leopoldo CASTEDO: "Resumen de la Historia de Chile", Santiago de Chile, 1954, Tomo I y finalmente al de Sergio VILLALOBOS: Breve Historia de Chile, Santiago, Universitaria, 1983. 

-ix.- "La Araucana", I, c. V, p. 84. Al respecto es interesante observar cómo ERCILLA enumera las virtudes propias del capitán al tiempo que lo distingue del caballero. TUDELA VELASCO se refiere a esta cuestión y pondera las virtudes propias del capitán haciendo referencia hace lo propio cuando indica que debe ser ´sabidor´ de su oficio, elocuente para animar a la hueste y celoso guardián del orden. Cf. María Isabel Pérez de TUDELA VELASCO: La ´dignidad´ de la caballería en horizonte intelectual del s. XVI, en: "La España Medieval", V, Estudios en memoria del Prof. D. Claudio SANCHEZ ALBORNOZ, Vol. II, Madrid, Universidad Complutense, 1986, p.827.

-x.- "La Araucana", I, c. XIV, p. 200.

-xi.- Esto quedó demostrado desde el primer momento que llegó a Chile la primera medida que adoptó después de tomar posesión del cargo en La Serena en abril de 1557, fue apresar a los dos personajes que se disputaban el cargo de gobernador, Aguirre y Villagra, encadenarlos y embarcarlos hacia Perú. Esta medida fue considerada injusta pues ninguno de los dos viejos conquistadores pensaba desconocer la autoridad de García Hurtado y ambos habían arriesgado su vida más de una vez por consolidar y acrecentar los dominios de España en Chile. Esta actitud, más lo que tuvo con Ercilla y sobre todo la forma en que trató a los araucanos capturados (suplicios de Galvarino y Caupolicán), dejaron la imagen de hombre cruel, estricto e inflexible de Mendoza tanto para sus compañeros como para la posteridad. 

-xii.- "La Araucana", II, c. XXII, p. 314.

-xiii.- Francisco de VITORIA: "Relecciones sobre los indios y el derecho de guerra", Espasa Calpe, Madrid, 1946, pp. 117- 121. Al respecto es importante conocer las divergencias dadas entre el P. Vitoria y el dominico Bartolomé de Las Casas acerca de la legitimidad del Imperio Español en América. Mientras el teólogo de la escuela salmantina reconoce al menos ocho causas de la expansión de España sobre el Nuevo Mundo, Las Casas alude a la evangelización como razón única y niega la legitimidad de los justos títulos de los Reyes españoles. Cf. Ramón MENENDEZ PIDAL: "El P. Las Casas y Vitoria, con otros temas de los siglos XVI y XVII", Buenos Aires, Espasa Calpe, 1966, pp. 9 y ss.

-xiv.- "La Araucana", III, c. XXXVII, p. 501.

-xv.- Infante DON JUAN MANUEL: "Libro del cavallero et del escudero", citado por Francisco GARCÍA FITZ: La didáctica militar en la literatura castellana, Anuario de Estudios Medievales, 19, Barcelona, 1989, p. 278. 

-xvi.- Enrique ANDERSON IMBERT: "Historia de la Literatura hispanoamericana", Vol. I , FCE, México, 1954, pp. 72 y ss.

-xvii.- Cf. Nelly PORRO GIRARDI: Rasgos medievales en la caballería indiana.. La institución a través de cronistas peruanos (1533-1653), en: VI Congreso del Instituto Internacionales de Historia del Derecho Indiano, Diciembre de 1980, Valladolid, Casa Museo de Colón, 1983. Seguimos en parte de esta clasificación los ítems planteados por esta autora. 

-xviii.- Ibidem, p. 365. 

-xix.- "La Araucana", I, C. I, p. 15. 

-xx.- Ibidem, I, C. III, p. 45. 

-xxi.- Cf. Franco CARDINI: El guerrero y el caballero, p. 86. 

-xxii.- Ibidem, I, C. III, p. 48.

-xxiii.- Cf. Nelly PORRO GIRARDI: Op. Cit. p. 369.

-xxiv.- Ibidem. 

-xxv.- "La Araucana": I, C. VI, p.94. 

-xxvi.- Ibidem: I, C, XIII, p.189. 

-xxvii.- Ibidem: II, c. XXIV, p. 345. 

-xxviii.- Vid. apartado sobre la importancia de la ´caballería´ araucana.

-xxix.- Marcelo BAZAN LAZCANO, La caballería en América, en: Nuestra Historia, 5, Buenos Aires, 1969. 

-xxx.- Marcelo BAZAN LAZCANO, Op. Cit., p. 278. 

-xxxi.- Quizás la comparación con la Iglesia no sea del todo apropiada pues se trata de una ´institución´ universal cuyo fin último es la salvación de todos los hombres. Sin embargo, y a afectos del análisis, dejamos intacta esta parte de nuestro texto. 

-xxxii.- PEREZ de TUDELA VELASCO: Op. Cit., p.816. 

-xxxiii.- Cf. Roxana de ANDRÉS DÍAZ: Las fiestas de caballería en la Castilla de los Trastámara, en: "La España Medieval", T.V, Madrid, Editorial de la Universidad Complutense, 1986, pp. 84 y ss. 

-xxxiv.- Evitaremos caer en generalizaciones ideologizadas que pretenden mostrar lo ´esencialmente perverso´ de los conquistadores. Cómo dijo alguna vez Céspedes del Castillo los conquistadores no eran ángeles del cielo ni monstruos de crueldad, sólo hombres empeñados en una de las más maravillosas empresas de la historia. 

-xxxv.- "La Araucana", I, C. IV, p. 62. 

-xxxvi.- La expresión ´Flandes indiano´ adjudicada a Chile es autoría del P. Diego de Rosales que la utiliza sabiendo que la sola mención de ese Estado europeo en perpetua guerra tiene clara significación para los españoles. Cf. "Historia general del Reino de Chile. Flandes Indiano", Valparaíso, 1837 (3Vols.) 

-xxxvii.- Raimundo LLULIO: "Libro de la Orden de la Caballería", citado por Azucena Adelina FRABOSCHI: "La educación del caballero medieval", EDUCA, Buenos Aires, 2001. 

-xxxviii.- Todo la Europa medieval y, por supuesto Castilla, estuvo instaurada en torno al orden tripartito que le otorgan los principios cristianos. Así, la sociedad se compone del clero cuya ocupación es asistir, mediante la oración y el ministerio pastoral, a las necesidades espirituales de la sociedad. Por otro lado, los guerreros, que con la fuerza de la espada debían hacer respetar la justicia y todos los bienes excelentes que propician el Bien Común. Función esencial del caballero es proteger a los débiles, sobre todo a los huérfanos y viudas, y defender con su vida a la Iglesia. Por último se encuentran los campesinos, que con su esfuerzo cultivaban la tierra y con su trabajo abastecían sus propias necesidades y las de los otros dos estados.
No cabe aquí el esquema mecanicista del materialismo histórico que pretende acotar la sociedad feudal (y todas las sociedades históricas) a un mero planteo de clases y de lucha entre ellas. Los estados de la sociedad medioeval no implican lucha entre ellos sino más bien armonía, es decir, que se basamentaban en la justicia. 

-xxxix.- Nelly PORRO GIRARDI. Op. Cit. p. 386. 

-xl.- Cf. Manuel GARCÍA MORENTE: "Idea de la hispanidad", Madrid, Espasa Calpe, 1961, p. 72. 

-xli.- "La Araucana", I, C. Vi, p. 90. 

-xlii.- Raimundo LLULIO: "Libro de la Orden de Caballería", citado por Alfredo SÁENZ: "La caballería", Buenos Aires, Gladius, 1991, p. 76. 

-xliii.- "La Araucana", I, c. III, p. 52. Cf. asimismo Francisco GARCÍA FITZ: Op. Cit., p.274. 

-xliv.- Ibidem: II, c. XXVI, P. 367. 

-xlv.- Ibidem, I, C. VII, p. 99. Otro ejemplo precioso que expresa muy bien el tema de la valentía y la lealtad en el caballero es el de Pedro LOZANO: "Historia de la conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán", T. IV, Buenos Aires, 1874, pp. 248 y 249. Allí relata el jesuíta la muerte del conquistador Juan Gregorio Bazán y su yerno, Diego Gómez de Pedraza. Transcribimos parte del texto: "Herido como estaba [Bazán] se fue retirando a un bosque cercano sin dejar de pelear (...) a esta sazón su yerno (...), ya mal herido, tiraba a ganar el mismo bosque por otro lado y atribuyendo Don Sancho de Castro a fuga la presente retirada, gritó: "señor Diego Gómez de Pedraza, vuesa merced es caballero, vuelva, no huya. Replicó pronto Pedraza muy sobre sí: yo caballero soy, no voy huyendo sino a mejorar de lugar saliendo de esta estrechura y para que nadie crea es cobardía, aquí me quedo y moriré como caballero. Apeóese del caballo e intentó socorrer a su suegro pero ya era en vano porque estaba muerto y cargando otra multitud bárbara sobre él, le mataron de la misma manera a flechazos. Este fue el fin desgraciado aunque tan honroso de estos dos caballeros..." 

-xlvi.- "La Araucana", II, c. XX, p. 287. 

-xlvii.- Cf. GARCÍA MORENTE: Op. Cit., p. 75. 

-xlviii.- Ibidem. 

-xlix.- "La Araucana", I, C. V, p. 87. 

-l.- Ibidem: I, C. IV, p. 65. 

-li.- Vid. nota 11. 

-lii.- "La Araucana": I, C. III, p. 45. 

-liii.- Citado por Gabriel GUARDA: "Los laicos y la cristianización de América, Siglos XV -XIX", Santiago, Nueva Universidad, Universidad Católica de Chile,1973, p. 188. 

-liv.- Lamentablemente no han sido pocos los desaciertos de esta especie, motivados las más de las veces por cuestiones de índole ideológica y otras por crasa ignorancia. Tomando un ejemplo entre cientos recordamos el libro del P. Gustavo GUTIERREZ : "Dios o el oro en Indias. Siglo XVI" , Lima, Instituto Bartolomé de Las Casas, 1989. 

-lv.- ZAPATER, Op. Cit. p 79. 

-lvi.- Eduardo SOLAR CORREA: "Semblanzas literarias de la colonia", Santiago, Editorial Francisco de Aguirre, 1969, p. 10. 

-lvii.- Alberto EZCURRA MEDRANO: Lo sobrenatural de la conquista, en: Gladius, Buenos Aires, 24, Agosto 1992, p. 11. El tratamiento del tema de lo sobrenatural en la conquista remite en realidad a un tema de otro orden cuál es el de la posición del historiador católico frente a la intervención de Dios en la historia. Tema éste que excede con mucho el marco de este trabajo pero que nos preocupa sobremanera en la determinación de lo que es y, Dios mediante, lo que será nuestra tarea historiográfica. 

-lviii.- Ramiro de MAEZTU: "Defensa de la Hispanidad", Buenos Aires, Poblet, 1952, p. 75. 

-lix.- Citado por Gabriel GUARDA: Op. Cit., p. 184. 

-lx.- Pedro MARINO de LOVERA describe la actuación del clérigo Nuño de Abrego en el ataque que las fuerzas mapuche lideradas por Lautaro (combate descrito por Ercilla) hicieron a la ciudad de Concepción en diciembre de 1555. Allí se dice cómo el sacerdote "con su espada y rodela a la puerta de la fortaleza arrimado a un lado, y al otro Hernando Ortiz, sin apartarse ninguno de los dos un punto de su puesto sobre apuesta, más por estar picados entre sí que por picar a los enemigos, aunque en efecto hicieron tal estrago en ellos que pudiera cualquiera de los dos aplicarse el nombre de Cid [sin] hacerle agravio". Cf. de este autor: "Crónica del Reino de Chile", Madrid, BAE, T. CXXXI, 1960, p. 183. 

-lxi.- Significativa es, en este sentido, la plegaria de caballeros que se encuentra en muchos Libros de las Horas desde el siglo XIV al XVI y que por su valor intrínseco nos proponemos compartir con el lector: 
"Obtenedme el don de esta gracia divina que será la protectora y la señora de mis cinco sentidos, que me hará trabajar en las siete obras de misericordia, creer en los doce artículos de fe y practicar los mandamientos de la Ley, y que, por fin, me librará de los siete pecados capitales, hasta el último día de mi vida." Citado por Alfredo SÁENZ: Op. Cit., p. 131. 

-lxii.- "La Araucana", II, C. XVI, p. 233. 

-lxiii.- Diego de ROSALES: Op. Cit., T. II, P.344. 

-lxiv.- Vid. apartado sobre la ´demonización´ del indio. 

-lxv.- "La Araucana": I, C. IX, p. 125. 

-lxvi.- Manuel GARCÍA MORENTE: Op. Cit., p. 65. 

-lxvii.- SAN BERNARDO, "Obras Completas", citado por Gabriel GUARDA: Op. Cit., p.183. 

-lxviii.- Cf. Joaquín GARCÍA ICAZBALCETA: "Fray Juan de Zumárraga. Primer Obispo y Arzobispo de México", Buenos Aires, Espasa Calpe, 1952, p. 39. 

-lxix.- En su testamento de 1539 el gran conquistador se arrepiente de sus flaquezas en bello texto que bien vale la pena reproducir: "...con mi malicia e ignorancia e persuasión del diablo muchas veces ofendí mi Dios y Criador y Redentor, quebrando sus mandamientos e no cumpliendo las obras de misericordia ni usando mis cinco sentidos como se debía, ni haciendo las obras que según nuestra Santa Fe Católica era obligado...". Citado por GUARDA: Op. Cit. p. 229 y ss. Véase la notable identidad de estas palabras con la oración de la caballería que hemos transcripto en la nota 60. 

-lxx.- "La Araucana": II, C. XXII, p. 311. 

-lxxi.- Alfredo SÁENZ: Op. Cit. p. 175 - 176. 

-lxxii.- "La Araucana": I, C. XIV, p. 200. 

-lxxiii.- Ibidem: I, C. XV, p. 214. 

-lxxiv.- Vid. 1. c. Los argumentos sobre la guerra justa. 

-lxxv.- Hemos analizado este tema en nuestro trabajo La lucha contra el demonio en la evangelización americana, en: Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, N°46/47, Junio y Julio de 2001. Asimismo hacemos hincapié en el concepto de ´demonización´ en: Demonología en Indias. Idolatría y mímesis diabólica en la obra de José de Acosta, trabajo aceptado para publicación en Revista Complutense de Historia de América. 

-lxxvi.- "La Araucana", I, C. I, p. 21. 

-lxxvii.- Ibidem: II, C. XVI, p. 234. 

-lxxviii.- Ibidem: I, C. XI, p. 159. 

-lxxix.- Ibidem: I, C. IX, p. 124. 

-lxxx.- Vid. apartado sobre la ayuda sobrenatural. 

-lxxxi.- "La Araucana": III, C. XXXIVI, p.473. 

-lxxxii.- Zacarías de VIZCARRA: Op. Cit., p. 36. La cursiva es nuestra. 

-lxxxiii.- Citado por Ramiro de MAEZTU: Op. Cit., p. 117.

ARBIL. VIII. MMII


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Hallan un centro ceremonial junto a la ciudad inca de Machu Picchu


DAVID KEYS

LONDRES. Una expedición anglo-estadounidense, financiada por la Real Sociedad Geográfica Británica, ha descubierto una complejo de grandes edificios ceremoniales y de observación del sol que hasta ahora eran desconocidos y que se encuentran dispersos y ocultos en un kilómetro y medio cuadrado por la impenetrable selva. El hallazgo se produjo mientras se exploraba una cordillera situada frente a la famosa «ciudad perdida» de los incas. Se da la circunstancia de que varias de sus estructuras se hallan alineadas directamente con la ciudad inca o con el monte Machu Picchu, que domina tan espectaculares ruinas.
Por el momento, mediante el reconocimiento mediante infrarrojos desde el aire y la exploración de la selva, el equipo -dirigido por el británico Hugo Thomson y por el estadounidense Gary Ziegler- ha encontrado 33 edificios. También se han hallado otros siete, que originalmente ya habían sido localizados por el explorador norteamericano Hiram Bingham en 1912, pero cuya ubicación no se conocía, ya que Bingham no había dejado reseñadas las coordenadas geográficas de su exacto emplazamiento.
Comentando este hallazgo, uno de los codirectores de la expedición, el arqueólogo estadounidense Gary Ziegler, declara que «se trata de un descubrimiento importante que podría cambiar el conocimiento que tenemos de Machu Picchu, ya que el yacimiento de Llactapata está estrechamente relacionado con la ciudad». Bien es cierto que Machu Picchu, como cualquier importante ciudad, estaba rodeada de otras poblaciones menores, que la avituallaban, y de centros ceremoniales.
El británico Hugh Thomson, que acaba de regresar tras cuatro meses en Perú, añade que «éste debe de ser uno de los últimos lugares que quedan en el planeta donde todavía se están localizando monumentos arqueológicos que no se encuentran enterrados. Estamos entusiasmados por este nuevo y feliz hallazgo», concluyó.
El examen preliminar de los edificios sugiere que el complejo era un gran centro religioso y ceremonial utilizado por los incas para sus rituales litúrgicos y para hacer observaciones astronómicas. En el área explorada, que está situada a unos 6.5 kilómetros de Machu Picchu, la expedición anglo-estadounidense ha identificado, además de los edificios, ocho plazas y siete plataformas ceremoniales de tres metros de altura, y un conjunto de caminos amurallados que conectan las estructuras más importantes.
Entre estas construcciones se incluyen un gran almacén, un templo dedicado al sol (semejante en varios aspectos al gran templo del sol de Cuzco, la capital inca), y un observatorio de dos plantas, erigido para estudiar los equinoccios y los solsticios.
Los arqueólogos creen que el conjunto ceremonial fue construido al mismo tiempo que Machu Picchu por el emperador inca Pachacuti, a mediados del siglo XV. El complejo, bautizado como Llactapata (que en inca significa «pueblo llano»), parece haber sido erigido al mismo tiempo que la «ciudad perdida» como parte de un mismo plan urbanístico, lo que explica que los edificios de Machu Picchu tanto como los de Llactapata están alineados entre sí y con el monte que domina la urbe inca. La propia ciudad -cuyas ruinas visitan 500.000 turistas al año- se utilizaba, casi con toda seguridad, para proporcionar una cómoda residencia estacional al emperador y a su séquito, lo mismo que centros para sus actividades religiosas, y posiblemente se utilizaba durante el invierno, cuando Cuzco, la capital inca, padece los rigores de un clima extremedamente frío. Llactapata, por su parte, parece haber cumplido sólo una función de naturaleza litúrgica. Los dos emplazamientos, por consiguiente, se complementaban, formando un gran todo enfrentado, que estaba dividido por el río Aobamba.
Los arqueólogos afirman que el nuevo hallazgo reafirma la necesidad de ampliar los límites del Santuario Histórico de Machu Picchu, para acoger y dar protección a un territorio más amplio. En la actualidad, el yacimiento de Llactapata no se encuentra dentro de las áreas que controla el Servicio de Parques Nacionales peruano, por lo que resulta muy vulnerable a la acción de los saqueadores, cuya presencia ha sido detectada por indicios hallados y que sugieren que el emplazamiento pudo haber sufrido su visita en el pasado, mucho antes de que se tuviera noticia alguna de su existencia. ABC. 2003-11-07 – ESP.


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¿Conoces a alguien más comprometido con la causa de los desheredados y la de los indígenas de América que Dom Helder Câmara, el irreductible arzobispo brasileño? [por cierto, Maese J. M., que he sabido que Dom Helder vive todavía, con más de 90 años hermosamente vividos a sus espaldas]

Pues bien, monseñor Câmara, invitado en mayo de 1992 por Manos Unidas, declaró en una rueda de prensa con motivo del V Centenario del Descubrimiento y Evangelización de América lo siguiente: 
 

«Siento una profunda alegría porque España haya descubierto el Nuevo Mundo y haya llevado allí el Evangelio, ayudando a aquellos países a aparecer en el concierto de los pueblos como unos hermanos más».

«Admitiendo que hubo algunos aspectos negativos, propios de toda gran obra, hay motivos más que suficientes para afirmar que el balance es ampliamente positivo, que ha merecido la pena y sobran razones para esa celebración».

«Ahora son muchos los problemas, pero América no es un continente abandonado ni está desanimado, hay muchas iniciativas y se trabaja con ilusión y esperanza. 
Sobre la situación en Brasil, se exagera mucho, pero yo quiero transmitir aquí optimismo y esperanza*».

«Sin justicia, la caridad no es caridad, y sin apertura al amor la justicia no es justicia. (...) Hay que unirse y ayudar a un mundo que desea crecer y que puede aportar cosas importantes para un mundo mejor, como hace Manos Unidas, a través de la "Campaña contra el hambre". (...) Lo importante es lo positivo y hay mucho más positivo que nunca en la Iglesia actual».

Concluyó alineándose con las tesis de la Santa Sede favorables al control natural de la natalidad, pero esto, claro, es otra historia...

(*Con respecto a la actual sociedad brasileña, el cardenal Aloisius Lorscheider, si mal no recuerdo, arzobispo de Sâo Paulo, conocido por sus posiciones abiertamente progresistas dentro de la Iglesia, acaba de declarar que si Brasil es un conglomerado de etnias y grupos con clara vocación multicultural y, sin embargo, vive cohesionado y sin especiales problemas de violencia racial o similares es gracias a la secular presencia -querida, según todas las encuentas, por bastante más del 90% de los brasileños- de la Iglesia católica y su visión universal y fraternal del ser humano)

> A lo largo de este post has puesto en entredicho 
> cosas que hasta un niño de diez años sabe.

No te fíes... 
 

Re: 1492, según Dom Helder Câmara 
  
Dom Helder Câmara falleció a finales del pasado mes de agosto de 1999. Dedico estos artículos a su luminosa memoria. 
 

[El 1 de febrero de 1992, mons. Carlos Amigo Vallejo, arzobispo de Sevilla, declaró a la prensa: 
 

Los obispos americanos elogian el V Centenario y aquí pedimos perdón.

En efecto, por poner un ejemplo, el arzobispo de Santo Domingo afirmaba a mediados de marzo del mismo año: la leyenda negra es de una ignorancia superlativa. Meses después, los obispos belgas salieron en defensa de la obra evangelizadora en América.

Otras opiniones de peso: 
 

La América precolombina era casi un desierto: sus dos principales polos de población, Perú y México, no contaban cada uno más de tres o cuatro millones de habitantes (Jean-François REVEL, en su artículo ¡Abajo Moctezuma!, publicado en "La Vanguardia" en enero del 92, y en el que detalla las salvajadas aztecas).

La evangelización de América es una de las páginas más gloriosas de la historia de la Iglesia (Juan Pablo II, 1992).

No debemos olvidar que la colonización española es el único caso en la historia de los imperios de Occidente que tuvo por contrapartida la insurgencia de voces condenatorias de la guerra de conquista y surgimiento de una verdadera conciencia anticolonial, que fundamentó una filosofía moral y jurídica en el pensamiento y en la acción de sus hombres más eminentes... (Augusto ROA BASTOS, "ABC" 5/5/91). En el diario "El Sol", tras calificar de hipócrita la actitud de la izquierda iberoamericana ante el 92, Roa Bastos escribió: [1492] es una fecha intachable y universal que el mundo está obligado a celebrar.

De la agencia "ACI"

LO QUE BRASIL ES SE LO DEBE AL EVANGELIO, DICE EL CARDENAL SODANO RIO DE JANEIRO, 27 Abril de 2000 (ACI).- El cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado Vaticano, presidió la Misa por los 500 años de la evangelización de Brasil agradeciendo el testimonio de los "valerosos misioneros" que lo dejaron todo para convertir a Cristo las tierras americanas. 
"Lo que son los brasileños hoy, lo deben a la acción de numerosos misioneros, como los mártires de Cunhaú, recientemente beatificados por el Santo Padre", afirmó el Purpurado al dirigir su homilía ante los cientos de miles de personas que se congregaron en la playa de Coroa Vermelha, a pesar de la lluvia. 
"Con el alma llena de alegría, hoy celebramos aquel 26 de abril de 1500, cuando fue celebrada la primera Misa. Por primera vez, el Evangelio de Cristo fue proclamado en estas tierras", agregó el Purpurado en el mismo lugar en el que hace 500 años el franciscano Henrique de Coimbra, capellán de la escuadra de Pedro Álvares Cabral, celebró la primera Eucaristía en tierras brasileñas. 
En el altar -conformado por un bloque único de mármol rosado con una cruz de madera de aproximadamente 10 metros de altura-, el cardenal Sodano recordó que la Misa era un acto de acción de gracias "a Dios por la semilla sembrada a lo largo de cinco siglos por tantos intrépidos misioneros". "Parafraseando al Santo Padre, Dios renueva su alianza con Brasil por las obras de sus valerosos misioneros", indicó. 
El Purpurado reconoció que "no podemos olvidarnos de que algunos misioneros no honraron su condición de discípulos de Cristo" pero aclaró que "eso no quiere decir que el anuncio del Redentor no haya sido un don precioso para este país". 
Tras señalar que el Santo Padre lo envió "para portar sus esperanzas, esperanza depositada en todo el continente latinoamericano", hizo una serie de pedidos por Brasil, el pueblo, la renovación en el país, la justicia, etc.  "Hoy, más que nunca, digamos todos en coro: alabado sea Nuestro Señor Jesucristo", concluyó. 
La Misa comenzó a las 9:00 a.m. en Coroa Vermelha, Santa Cruz Cabrália. Entre los asistentes se encontraban el Vice-presidente de Brasil, Marco Maciel, y varias autoridades locales, así como una delegación de indios Pataxós, tribu residente en Santa Cruz Cabrália. 
Previamente, el Presidente del Episcopado, Mons. Jayme Chemello, dirigió unas palabras en las que reconoció el sentido histórico de la fecha y también pidió perdón por los errores cometidos por los agentes pastorales en estos siglos. Mons. Chemello leyó un mensaje del episcopado brasileño en el que señaló que "en esta Eucaristía hacemos memoria del sufrimiento, de las masacres, de la esclavitud de nuestros hermanos negros e indios". "A los indios y a aquéllos que como esclavos fueron deportados de Africa no cesamos de pedirles perdón", agregó. 
Después un indio Matalauê pronunció unas palabras en las que protestó por la celebración afirmando que fueron "500 años de sufrimiento, de masacre, de devastación", sin reconocer la labor de los misioneros. 
La Eucaristía continuó con himnos de alabanza, una procesión afro para llevar el Evangelio hasta el altar y el ofertorio en el que dos familias -una de ascendencia europea y otra local- prepararon el altar, con la ayuda de diáconos. 
Finalmente, Mons. José de Santana, Obispo de Eunápolis, irguió la imagen de Nuestra Señora de Aparecida, Patrona de Brasil, para un homenaje. La misa fue acompañada en vivo en diversos templos de Brasil. Al medio día repicaron todas las campanas en Brasil, para celebrar el acontecimiento.

"UN ÉXITO LA CELEBRACIÓN DE LOS 500 AÑOS" DICE MONS. DAMASCENO RIO DE JANEIRO, 27 Abr. (ACI).- El Secretario General del La Conferencia Nacional de Obispos del Brasil (CNBB), Mons. Raymundo Damasceno Assis, señaló que la misa para celebrar los 500 años de la Evangelización del Brasil fue "un éxito y un momento de gran intensidad" a pesar de los temores y de la intensa lluvia. 
La celebración, que comenzó poco después de la 9:00 a.m. -hora local-, tuvo más de dos horas de duración y contó con la presencia de 500 obispos, entre ellos mons. Carlos Filipe Ximenes Belo, de Timor Oriental y Premio Nobel de la Paz de 1996. 
También fue significativa la presencia de una delegación importante de indígenas Pataxo, la más importante etnia local, cuya participación había sido puesta en duda tras el enfrentamiento de un grupo de indígenas con la policía militar el sábado pasado. 
A pesar de la fuerte lluvia, más de 50.000 personas se quedaron para escuchar el canto final del "Ave María" interpretado por la cantante bahiana Daniela Mercury. 
La única ausencia episcopal fue la de Mons. Franco Masserdotti, Presidente del Consejo Indigenista Misionero (CIMI), que había participado en la marcha del día sábado, y que dijo que participar en la misa era "incompatible con el acto de violencia" adjudicado a la policía. Mons. Assis señaló que "la decisión de Mons. Masserdotti es personal y nadie va a obligarlo a ir a la misa", pero resaltó que "ningún otro obispo manifestó la misma disposición". "La misa fue una hermosa ceremonia, una celebración muy digna de esta gran ocasión", concluyó el Prelado.

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ARZOBISPO DENUNCIA IDEOLOGIZACIÓN EN CRÍTICAS A LA EVANGELIZACIÓN RIO DE JANEIRO, 28 Abril 2000 (ACI).- A raíz de las interminables polémicas suscitadas por la celebración de los 500 años de la Evangelización en el Brasil, especialmente por el desconcierto suscitado en el país por la inclusión de duras críticas durante la Misa celebrada en Puerto Seguro, Mons. Eusébio Oscar Scheid, S.C.J., Arzobispo de Florianópolis, publicó un artículo en "Voz Viva", lamentando la pérdida de objetividad histórica por causa de la ideología. 
En su artículo, el Arzobispo concuerda con los críticos del evento que "no se hagan gastos y pompas por un evento que después de 500 años de historia, es susceptible de diversas interpretaciones"; pero señala que "no es correcto hacerse un juicio crítico de los acontecimientos de entonces a partir del modo de vivir y pensar de las circunstancias de hoy". "La historia no se hace a partir de criterio de juicio preestablecido", agregó el Prelado. 
Mons. Scheid señala que "no es posible, honestamente" aceptar que "los ocupantes de los navíos de Pedro Álvares Cabral fueron exclusivamente ‘conquistadores y crueles genocidas´. Si así fuese, no habrían, por cierto, en aquellas famosas naves, hijos de San Francisco, misioneros, evangelizadores y catequistas". "Se sabe muy bien cuantas oposiciones y disensos hubo entre los ‘colonizadores’ y los ‘evangelizadores’", señala además el Prelado. 
Mons. Scheid también rechaza que la "conquista" haya tenido a la Iglesia Católica como "sujeto histórico", algo que suele repetirse incluso, lamentablemente en círculos católicos. "Igualar simplemente la evangelización el trabajo misionero de la Iglesia, la intrepidez de verdaderos mártires del inicio de nuestra historia, con los colonizadores es extremadamente ofensivo e insustentable", señala el Prelado. 
Sobre todo, Mons. Scheid señala su discrepancia "con la tendencia de criticar hoy el ayer de medio milenio atrás". "No acepto el modo de colonización, y tal vez tampoco acepte (hoy) el modo de evangelizar de no pocos misioneros en los primeros tiempos de nuestra historia, hermanos míos en la fe en la propagación de la misma", dice el Arzobispo, "¿Quiénes somos nosotros, hoy, para criticar los métodos de evangelizar de hace 500 años?", concluyó.] 


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Unión de reinos. La monarquía de los Reyes Católicos amplió, en opinión de Luis Suárez, el modelo que la Corona de Aragón había establecido, y creó «una unión de reinos», entre los que se encontraban «todos los españoles, además de dos italianos». La base fundamental estaba en una división del poder en dos niveles, el mas alto, es decir, la soberanía, era único y correspondía a la Corona, con responsabilidades en diplomacia, guerra, justicia y economía. Otro nivel le correspondía a cada reino, porque cada uno de ellos conservaban sus cortes, sus fueros y su propia organización. Este sistema, subrayó Luis Suárez, «fue capaz de crear libertades porque, apoyándose en principios morales del cristianismo llegó a reconocer la existencia de derechos naturales en el hombre». La teoría y la doctrina «no siempre se aplica», dijo, pero fue «el sistema mediante el cual España no creo un imperio colonial sino una Unión de Reinos en donde México y Perú, más tarde Chile o Nueva Granada, aparecían como entidades políticas». 2004-04-13


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Muchos errores se cometen por ignorancia de la historia y esa ignorancia sirve también de arma tanto defensiva como ofensiva de quienes no están interesados en el conocimiento de la verdad sino en la confusión entre verdad y error, entre el bien y el mal.


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El incremento de los estudios superiores determinó que, en el capítulo del célebre convento Cusqueño (01/07/1548), Fray Tomás de San Martín solicitase fundar una Universidad o Estudio General en Lima o también llamada ciudad de los reyes. La iniciativa eclesiástica fue acogida y recibió un poderoso impulso laico del Cabildo limeño. Se nombraron dos procesadores, civil y eclesiástico, los que al término de una feliz gestión determinaron la fundación de la Universidad. La cual fue hecha por Real Cédula firmada por el rey Carlos V en la ciudad de Valladolid, el 12 de Mayo de 1551. Mientras que solamente en el 1635 es fundada en Boston – Norte América, la primera escuela secundaria.

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La Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Decana de América, fundada el 12 de Mayo de 1551, fue el inicio de la historia universitaria del continente. Los dominicos en sus conventos del Cuzco, principal ciudad peruana en el siglo XVI, y de Lima, estudiaban Artes y Teología para ejercitar a los antiguos miembros y preparar a los novicios de la Orden.

El incremento de los estudios superiores determinó que, en el capítulo del célebre convento Cusqueño (01/07/1548), Fray Tomás de San Martín solicitase fundar una Universidad o Estudio General en Lima o también llamada ciudad de los reyes. La iniciativa eclesiástica fue acogida y recibió un poderoso impulso laico del Cabildo limeño. Se nombraron dos procesadores, civil y eclesiástico, los que al término de una feliz gestión determinaron la fundación de la Universidad. La cual fue hecha por Real Cédula firmada por el rey Carlos V en la ciudad de Valladolid, el 12 de Mayo de 1551.

La Universidad inició funciones el 2 de Enero de 1553 en la sala Capitular del Convento del Rosario de la Orden de los Dominicos, con la concurrencia de la Real Audiencia presidida por el licenciado Andrés Cianca y el enviado de la Corona D. Cosme Carrillo, primer miembro laico del cuerpo docente.

Durante la época virreinal las facultades fueron cinco. En el período republicano, hasta 1969 llegaron a diez. Al inaugurase los estudios de la Universidad sus asignaturas iniciales correspondían a las facultades de Teología y Arte. Con la incorporación de graduados en Derecho aparece la Facultad de Cánones. Luego se crea la Facultad de Leyes. La Facultad de Medicina funcionó en el siglo XVII. Con el Reglamento de Instrucción Pública de 1850 surgen dos facultades efímeras: Matemáticas y Ciencias Naturales, las cuales fueron unificadas en 1862 bajo el nombre de Facultad de Ciencias Naturales y Matemáticas, posteriormente en 1876 toma el nombre de Facultad de Ciencias. En este año también se crea la Facultad de Ciencias Económicas y Comerciales. Es así como ya en el siglo XIX, San Marcos tenía seis facultades: Teología, Letras, Derecho, Medicina, Ciencias Políticas y Administrativas y la facultad de Ciencias.

En el presente siglo fueron organizadas cinco nuevas facultades, cuatro en el área de Ciencias: Farmacia y Bioquímica, Odontología, Medicina Veterinaria, Química y una en el área de humanidades: Educación. La de Teología adquirió un régimen distinto en 1935 y dejó de formar parte de San Marcos. En consecuencia, en 1969 sólo existían tres facultades que procedían de la época colonial: Letras y Ciencias Humanas (ex facultad de Artes), Derecho (Leyes y Cánones) y Medicina. La Universidad Nacional Mayor de San Marcos es la única de América que presenta una continuidad ininterrumpida. Desde su inicio con el rector Fray Juan Bautista de la Roca hasta nuestros días, han guiado su destino 210 rectores.

En los claustros sanmarquinos se han formado muchas de las figuras más notables del arte, ciencia y política del Perú y América, y de sus aulas han egresado la mayoría de profesionales y estudiosos que prestan sus servicios en las principales universidades, así como en empresas e instituciones nacionales y extranjeras.

Nuestra Universidad ha transitado, desde su fundación, por cinco diferentes locales: tres durante el siglo XVI, uno desde la segunda mitad del siglo XIX y posteriormente, en este último siglo, en la Ciudad Universitaria. El primer local fue el Convento de Nuestra Señora del Rosario de la Orden de los Dominicos, el segundo local se situó casi a extramuros en la parte de San Marcelo, donde poco antes había funcionado el Convento de la Orden de San Agustín. En 1575 ocupó su tercer local, situado en la primitiva Plaza del Estanque, después llamada de la Inquisición, actual local del Congreso. Posteriormente se trasladó al local del antiguo Convictorio de San Carlos (Parque Universitario) durante el gobierno de Manuel Pardo y finalmente hoy en día, ocupa la Ciudad Universitaria ubicada entre la Avenida Venezuela y la Avenida Universitaria.

http://www.unmsm.edu.pe/Sanmarcos/Index.htm 


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La selva engulló la ciudad perdida de los incas 


«Al Illmo. y Exmo Señor D. Antonio de Mendoça, Visso Rey y Capitán General por su Magd, en estos Reinos y Provincias del Piru. 1551-1557» 

MADRID. Trinidad de León-Sotelo- «ABC. DOMINGO X. FEBRERO MMII


Estas páginas cuentan el descubrimiento de una ciudad perdida durante siglos, engullida por la selva, que puede significar toda una revolución de la cultura inca. Una historiadora madrileña, descubridora de una crónica inencontrada durante cuatro siglos, y un historiador y periodista gallego, convertido en explorador en territorio inca, pueden cambiar el curso de la arqueología peruana tal y como se entendía hasta ahora.


Todo empezó un día de 1987 cuando Carmen Martín Rubio, doctora en Historia de América y especialista en temas andinos, con tres doctorados «honoris causa» en Perú, que ha trabajado mucho por la cultura andina, descubrió en la biblioteca de la Fundación Bartolomé March, de Palma de Mallorca, la crónica de Juan de Betanzos, perdida desde 1607, titulada «Al Illmo. y Exmo Señor D. Antonio de Mendoça, Visso Rey y Capitán General por su Magd, en estos Reinos y Provincias del Piru. 1551-1557», que ha revolucionado la cultura inca. «Casi me desmayo o me da un infarto, al comprobar que la historia más profunda del Perú estaba en mis manos», recuerda Martín Rubio.

ASÍ ERA JUAN DE BETANZOS

Como primicia para ABC, la historiadora relata que en el verano de 2001 halló un documento en el que se premia a Betanzos con una encomienda por ayudar a la pacificación del Perú, en la que se afirma que es un hijodalgo, que tiene sus propios hombres y armas. Pero hay más datos que muestran su importancia y dan credibilidad a lo que narra de Vilcabamba la Grande, la ciudad inca que Hiram Binghan, creyó descubrir cuando en 1911 encontró Machu Picchu.

Betanzos fue la mano derecha de Francisco Pizarro, a quien ayudó en el cerco de Lima contra Manco Inca. Después pasó a las órdenes de Gonzalo Pizarro por estar de acuerdo con éste, que no aceptaba las nuevas leyes de Carlos V, en 1542. Posteriormente, lo deja y es entonces cuando recibe la encomienda de manos de Pedro Lagasca, conocido como «el pacificador». Para entonces ya estaba casado con la princesa inca Cuxirmay Ocllo, llamada después doña Angelina, que había tenido dos hijos con Pizarro. El matrimonio le permite a Betanzos entrar en la panaca real de los sabios del último gran emperador inca, Atahualpa. Betanzos fue el primer español que escribió en quechua y a él se deben dos doctrinas y dos vocabularios del español al quechua

Relata Martín Rubio que la crónica de Betanzos se divide en dos partes: orígenes y expansión del imperio inca hasta convertirse en un gran Estado, y otra que se refiere a las guerras entre Atahualpa y Huascar, hijos de Huayna Capac; al asentamiento de Pizarro en territorios andinos, y al levantamiento de Manco Inca, hermano de los anteriores, que puso cerco a Cuzco y a Lima. Derrotado se retira a la selva de Vilcabamba -decisión que hará posible la historia del descubrimiento que aquí se narra-, donde estableció un reino neoinca y una guerra de guerrillas que duró cuarenta años.

De nuevo es importante la figura de Betanzos, porque dado que la Corona española trataba de acabar con la sublevación, nuestro hombre se ofrece a entrar en la selva, establecer un diálogo con el sucesor de Manco Inca y convencerlo para que la abandone, algo que consigue junto con otras personas, tras varios intentos. Pero no hubo el final apetecido, ya que Tito Cusi Yupangui comienza otra sublevación. Muere envenenado y su sucesor es Tupac Amaru.

En 1572 el virrey Francisco de Toledo, que tenía intrucciones muy precisas de Carlos V para terminar con el foco armado, crea un gran ejército y va tomando Pampaconas -lugar por el que también han pasado Martín Rubio y Del Valle- y otras fortalezas que custodiaban Vilcabamba la Grande. Como detalle de interés cuenta Carmen que «uno de los capitanes que formaron parte de aquel ejército fue Martín Oñaz de Loyola, sobrino de San Ignacio de Loyola, que tomó prisionero a Tupac Amaru». Éste fue decapitado en el Cuzco, un hecho que dio lugar a numerosos mitos.


LA QUEMA DE LA CIUDAD

Pero el rey mandó quemar Vilcabamba la Grande antes de que entraran los españoles, aunque este dato no hace temer a Del Valle por el descubrimiento, «ya que el fuego en la piedra es menos dañino que el paso del tiempo». El caso es que se construye Vilcabamba la Nueva, que fue un importante centro minero, y Vilcabamba la Grande queda abandonada, convirtiéndose en una ciudad perdida entre una vegetación exuberante, por la que surge un gran interés en el siglo XIX. Han sido dos españoles los que han dado con ella.

Carmen Martín Rubio y Santiago del Valle se conocieron cuando él fue a entrevistarla, sabedor de que había encontrado la crónica de Betanzos, para un documental que le encargó la Consejería de Cultura de la Xunta de Galicia. Recuerda Santiago que su padre fue hombre que educó a sus hijos en el gusto por la naturaleza y así «hemos salido con afición por la espeleología, las cuevas, los desiertos»... Nada extraño pues que allá por 1994 decididiera ir a Machu Picchu para hacer el camino inca. Así que tampoco asombra que se embarcara en la aventura de Vilcabamba la Grande.

Cuando en 1996, Carmen descubre en la Biblioteca Nacional un documento en el que le dicen a Francisco de Toledo cómo ir hasta Vilcabamba, y halla en 1999 en el Archivo de Indias de Sevilla el acta de la toma de posesión de Vilcabamba el 24 de junio de 1592, logra cerrar el círculo que había abierto con la crónica de Betanzos. «Él me puso en el camino de la ciudad, los otros documentos lo abrieron», dice. Efectivamente, en el acta figuran una serie de nombres y lugares que le permitieron informar con precisión a Del Valle acerca de por dónde había que ir.

CUATRO EXPEDICIONES

Pero antes de tener tantos elementos de conocimiento, Del Valle y Martín Rubio tomaron una decisión: «Nos vamos a buscar Vilcabamba». Así comenzaron una serie de exploraciones. La primera, en 1997; la segunda, en 1998; la tercera, en 1999, y la cuarta en 2001. En 1997, ambos viajan juntos, aunque dado los múltiples peligros -por ejemplo, ella y su caballo estuvieron a punto de caer por un precipicio de 1.500 metros de altura y es necesario abrirse paso macheteando- la investigadora no ha repetido experiencia, claro que mantienendo con Santiago «un contacto científico». Pero con ser mucho el riesgo físico no lo es menos el económico -habrán gastado entre los dos casi cuatro millones de pesetas (unos 24.000 euros) de su propio pecunio-, al no contar con subvenciones, salvo alguna pequeña ayuda, por ejemplo, de una firma alimentaria.

Ahora, por fin, en 2002 el Instituto Nacional de Cultura (INC) de Perú, ha otorgado a la expedición una ayuda de un cuarto de millón de euros para limpiar la zona donde se encuentra «presuntamente» la ciudad perdida. Que se haya citado la palabra entrecomillada es vital para los expedicionarios, ya que «se está más cerca de un reconocimiento oficial».

Tanto Carmen como Santiago están convencidos de que bajo la extrema frondosidad se encuentra Vilcabamba la Grande, ya que no se han descubierto los restos y el camino por casualidad, sino siguiendo una línea de estudios rigurosos basados en los documentos hallados y datos en base a la toponimia.

Uno de los motivos por los que Vilcabamba no ha sido descubierta por otros historiadores es, según Martín Rubio, que han buscado por las zonas bajas del lugar y no en la montaña. Esta diferencia es fundamental, ya que, como ella explica, «mi tesis doctoral, «La ciudad inca», versa sobre arquitectura y urbanismo incaico. Los incas nunca construían en los valles por el peligro de los ofidios u otros animales y por que la altura permitía defenderse mejor del enemigo. Eran ciudades de control -del oro y la coca- y de defensa. Pienso que hemos llegado a Vilcabamba, porque previamente hemos localizado los adoratorios y las fortalezas que preceden a una ciudad inca. En Pampaconas, que la precede, hay también elementos clave para uso colectivo como las masmas, kalancas y morteros que no pueden ser más que incas. Como experta en ciudades incas puedo decir que el lugar en el que estamos trabajando tiene todas las características precisas». Para esta mujer, la montaña donde está Vilcabamba puede ser otro Machu Picchu y parte de la historia de España está allí, a pesar de que según Carmen «en España nadie parece interesarse».


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El termino "evangélico" es un termino que adoptaron algunas sectas protestantes [metodistas, bautistas, presbiterianos, etc.] al concluir una propia conferencia, en la ciudad de Panamá en el año de 1906, donde se dieron cuenta del escándalo que producía seguir llamándose cada uno por su nombre, [pentecostales, testigos, adventistas, episcopales, metodistas, bautistas, etc., etc., etc]; complicando con ello a los Latino-Americanos en su proyecto de proselitismo, que veían con sospecha la variedad y la diversidad de doctrinas y creencias entre los protestantes que invadían nuestras tierras desde los USA.

Es como decir "gillette" para denominar una navaja de rasurar; "shampoo" para denominar el liquido con el cual se lava el cabello. ¡Una secta para cada gusto!.

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"Las sectas protestantes dicen que solamente la Biblia es fuente de revelación. ¿Podrían ustedes con la sola Biblia dar el capítulo y versículo donde se afirma que S. Mateo, S. Marcos, S. Lucas y S. Juan son los autores de los Evangelios que llevan su nombre y certificarlo de forma apodíctica, sin tener que recurrir a la Tradición de la Iglesia Católica?. Esto es sumamente importante, ya que más del 90 % de lo que sabemos acerca de Jesús, está en estos cuatro (4) sagrados documentos del origen del cristianismo y –siguiendo vuestra tesis-, no encontrando en la Biblia tal afirmación, no son dignos de considerarlos Palabra Divina con todas sus consecuencias." ¿Hay algún protestante que pueda responder a esta pregunta?


Dice Tomás de Aquino que omnis error ex superbia causatur (todo error tiene por causa la soberbia)


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"No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin. (Lucas 1:30-33) "


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¿Y las humanas doctrinas de los predicadores protestantes con esas sectas que se multiplican como hongos parasitarios? [sectas bautistas –norte y sur- tenemos no menos de 19].¡Que muchos viven a costa ajena y sin mayores escrúpulos! Sí, con mucha charlatanería... y Biblia bajo el brazo.


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No puede haber un diálogo al precio de la verdad.


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Un concepto esencial del mensaje del Papa Benedicto XVI es precisamente este: “entre la ecología de la naturaleza y la ecología del hombre existe identidad de destino. El cuidado de la creación debe ser uno con el cuidado de la "inviolabilidad de la vida humana en cada una de sus fases y en cualquier condición” 2009


Gracias por venir a visitarnos


Iglesia de Cristo -fundada hace 2000 años, inmutable guardiana en la sucesión apostólica- de la Fe y la Tradición bíblica; anunciadora del Evangelio al orbe todo: por ello ‘Iglesia Católica’ y las puertas del infierno ni los ataques protestantes* podrán contra ella, porque Jesús de Nazareth así nos lo ha prometido. La Iglesia custodia la Palabra-que es manantial de bondad y gloria a todos los hombres de buena voluntad; domiciliada está en la colina vaticana–Roma, Italia, 2000 años ha.

*Protestantes: seguidores de Lutero, Calvino, o miles de nuevos silvestres blablá en alrededor de unas 30.000 sectas.


Recomendamos - Autor: Joseph Ratzinger – S.S. BENEDICTO XVI

La fraternidad de los cristianos” Joseph Ratzinger Ediciones ‘sígueme’

“Verdad, valores, poder” Joseph Ratzinger. Editorial Rialp

“Principios de moral cristiana”         98 p.p.     6,00 € editorial EDICEP

“Evangelio, catequesis, catecismo”  80 p.p.     4,75 € “

“La eucaristía, centro de vida”        170 p.p.  10,00 € “

“En el principio creó Dios”              128 p.p.    7,25 € “

“La provocación del discurso sobre Dios”  - Editorial TROTTA

“Dios y el mundo” Editorial Galaxia Gutenberg

‘El Libro negro de las nuevas persecuciones anticristianas’, Thomás Grimaux es el autor - Favre, 160 páginas. Valeurs Actuelles, 2008 -. Todo un acierto.

‘LA LEYENDA NEGRA’, de PHILIP W. POWELL (1913-1987), publica la editorial Áltera en su colección ‘Los Grandes Engaños Históricos’. 2008 –

Grüss Gott. Salve, oh Dios.


Las estampas, grabados o dibujos que adornan o documentan esta página, no corresponden ‘necesaria e ineludiblemente’ al texto presentado; tienen por finalidad –a través del arte- hacer agradable la presentación. Gracias. †

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).