Sunday 26 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
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San Cirilo de Jerusalén (en griego: Κ?ριλλος Α? ?εροσολ?μων) (315 - 386) Obispo griego y miembro destacado de la patrística.

 

 

Patrología - 0.D: Padres de la Iglesia

San Cirilo de Jerusalén (nace en el 313 ó 315 † 386).

A Cirilo de Jerusalén, lo mismo que a otros grandes obispos del siglo IV, le tocó vivir una de las épocas más difíciles de la historia de la Iglesia. Las controversias teológicas sobre la divinidad del Verbo, que exigían, ciertamente, una precisión suma en la formulación de los conceptos que se discutían, habían llegado a ser en aquellos días encarnizadas y poco edificantes. Cirilo, suave por temperamento, las aborrecía; quería permanecer neutral en la lucha, prefería estar alejado del campo de batalla, deseaba instruir más que polemizar, y por eso su figura adquiere el porte de un apóstol y de un obispo pacificador.

         Nació en Jerusalén o en sus cercanías, hacia el 313 ó 315. Fue uno de aquellos jóvenes ascetas que, sin retirarse al desierto, hacía una vida de santidad y continencia perfecta. Tal vez fuese más verídico afirmar con un sinaxario griego, que desde joven se retiró a un monasterio, en donde pasó la juventud consagrado a la ciencia y al conocimiento de la Escritura. Su buena preparación le hacia un candidato seguro al sacerdocio, y por eso, alrededor de sus treinta años San Máximo de Jerusalén le ordenó de presbítero.

         En 348 era ya obispo. Sobre su consagración episcopal se cierne una sombra un tanto obscura. San Jerónimo nos dice que Acacio de Cesarea, metropolita palestinense, en acción común con otros obispos arrianos, habrían ofrecido a Cirilo la sede episcopal jerosolimitana, a condición de que repudiase la ordenación sacerdotal que había recibido de San Máximo. Cirilo, prosigue el Solitario de Belén, habría aceptado y, después de permanecer algún tiempo como simple diácono y haber depuesto los obispos arrianos a Heraclio, nombrado por San Máximo para sucederle, habría recibido cual recompensa la sede de Jerusalén. Rufino de Aquileya parece insinuar lo mismo.

         Observamos, sin embargo, que Jerónimo, al hablar de San Cirilo, transluce una información deficiente, que le lleva en muchos casos a afirmaciones erróneas; su testimonio, por tanto, es poco aceptable. Ofrece más garantía Teodoreto cuando dice que Cirilo, por su valiente defensa de la doctrina apostólica, mereció ser colocado al frente de la diócesis de Jerusalén a la muerte de San Máximo. Los Padres del concilio primero de Constantinopla (381), en carta al papa Dámaso, a más de afirmar que Cirilo fue obispo de Jerusalén y que había sido ordenado canónicamente por los obispos de la provincia eclesiástica, le presentan como un atleta, que había luchado en varias ocasiones contra los arrianos. Hilario de Poitiers fraternizó con él en Seleucia y San Atanasio le trataba como amigo.

         Los primeros años de su episcopado los pasó Cirilo consagrado a una intensa actividad episcopal. La aparición de una luminosa cruz en el cielo de Jerusalén el 7 de mayo de 351 reforzó la actuación espiritual del obispo y fue un motivo poderoso de entusiasmo y fervor, tanto para él como para sus fieles. Cuando, en 357, Basilio el Grande visitó la iglesia de Jerusalén, nos asegura que estaba muy floreciente y nos informa también de que un gran número de santos le habían acogido y venerado.

         De estos primeros años apacibles de su episcopado datan las principales obras de San Cirilo, En la Cuaresma del 348 predicó a los fieles de Jerusalén, de una manera sencilla, sus famosas “Catequesis.” Dieciocho de ellas, dirigidas a los catecúmenos, las tuvo en la basílica de la Resurrección, erigida por Constantino en el emplazamiento del sepulcro del Señor. En ellas habla del pecado, de la penitencia, del bautismo y les comenta el Símbolo, artículo por artículo. Otras cinco, llamadas mistagógicas, las predicó a los neófitos, en la capilla particular del Santo Sepulcro, durante la semana de Pascua de aquel mismo año. Comenta el Santo, en un lenguaje íntimo y más cordial, las ceremonias del bautismo e instruye a los recién bautizados sobre la confirmación, la Eucaristía y la liturgia. Son verdaderas obras maestras en su género. Por ello le considera la Iglesia como el príncipe de los catequistas.

         Después de diez años de paz e intenso apostolado se inicia una vía dolorosa para el santo obispo de Jerusalén. Por la interpretación del canon séptimo del concilio de Nicea, Cirilo se vio envuelto en una controversia, triste por los resultados, con el metropolita de Cesarea, Acacio. Este canon séptimo reconocía a la sede de Jerusalén un primado de honor que Cirilo justamente reclamaba y que Acacio, antiniceno por convicción, rechazaba de plano. Un conflicto de orden puramente jurisdiccional degeneró en polémica doctrinal. Cirilo veía en Acacio un obispo arriano y Acacio en Cirilo un defensor de las decisiones de Nicea. Durante la discusión el metropolita de Cesarea citó al obispo de Jerusalén a comparecer en su presencia. Cirilo, con sobrada razón, se negó a ello. Acacio reunió un sínodo en 357 ó 358 y lo depuso, según decía él, por contumaz. Cirilo, con pleno derecho, apeló a un concilio superior e imparcial, apelación que fue aceptada por el emperador Constancio, pero que antes de llevarse a cabo Cirilo tuvo que acceder a la fuerza y salir de su diócesis camino del destierro. Las intrigas de Acacio se habían impuesto a los principios de la legalidad.

         El obispo de Jerusalén se dirigió a Antioquía, cuya sede estaba vacante por muerte del titular. Prosiguió entonces su viaje hacia Tarso, donde el obispo Silvano le acogió benévolamente y le permitió ejercer las funciones episcopales, singularmente la predicación. Como Silvano era partidario del grupo arriano de los homeousianos, le puso en relación con los gerifaltes de este partido. Junto a ellos aparece Cirilo en el concilio de Seleucia del 359 y gracias al apoyo de este grupo y sus enérgicas reclamaciones recobró su silla. Pero al año siguiente (360), Acacio se vengó de él en el sínodo de Constantinopla, teniendo que iniciar Cirilo otro destierro, sin que sepamos ni el lugar ni las circunstancias del mismo.

         A finales del 362, Cirilo entró de nuevo en su diócesis. Por esta época Juliano el Apóstata había dado órdenes a los judíos de reconstruir el antiguo templo jerorolimitano. El santo obispo, en medio de su pena, predijo el fracaso de tan impía empresa, como así efectivamente aconteció.

         Por los años 365-366 había quedado vacante la sede de Cesarea, por la muerte de Acacio. Cirilo nombró un sucesor en la persona de Filumeno. Desconocemos si por muerte o depuesto por los arrianos, el caso es que la diócesis de Cesarea volvió a quedar sin obispo. Eligió entonces Cirilo para esta sede metropolitana a su sobrino Gelasio, un sacerdote recomendado por su ciencia, por la pureza de la fe y también por su santidad. La elección no fue del agrado de los arrianos, que con sus intrigas le depusieron, y el mismo Cirilo tuvo que salir de su diócesis por tercera vez, camino del nuevo destierro, que duró once años (367-378) y del que nada sabemos.

         Con la subida de Graciano al trono del Imperio, Cirilo pudo volver a su iglesia jerosolimitana, a finales del 378. Parece que durante su ausencia se habían dado la cita en Jerusalén, con permisión, naturalmente, de los obispos intrusos, todos los errores dogmáticos. El Santo encontró a sus fieles excitados y divididos. A esta división había seguido una relajación grande en las costumbres. En los ocho años que todavía permaneció al frente de su diócesis cumplió con la misión de un gran pastor para devolver a su iglesia el antiguo fervor. La historia nos dice que consiguió unir con la Iglesia católica los macedoníanos de Jerusalén y que obtuvo asimismo la sumisión de cuatrocientos monjes partidarios de Paulino de Antioquía. Murió en 386, a la edad de 70 ó 72 años, después de unos veintisiete de episcopado y dieciséis de destierro. En 1882 fue declarado Doctor de la Iglesia.

         Los dolores físicos de San Cirilo, inherentes a un destierro de dieciséis años, se vieron todavía aumentados con sufrimientos morales. Ya en sus días se polemizó en torno a su ortodoxia. Por sus relaciones con el partido arriano de los homeousianos se le ha considerado arrianizante por lo menos. Por otra parte, San Cirilo, en sus escritos, no habla ni una sola vez de Arrio ni de los arrianos, no usa nunca la palabra omousios ni otros términos que se prestaban a discusión.

         Estos hechos ciertos han sido maliciados por los adversarios del santo obispo. Lo que era en San Cirilo un acto de prudencia lo convirtieron sus enemigos en motivo de escándalo. Si bien es cierto que San Cirilo comunicó con los homeousianos, es todavía más seguro que nunca varió en su fe, que fue la de la Iglesia de Roma. Porque quiso desde un principio el obispo jerosolimitano observar la más estricta neutralidad entre los partidos, por eso evita toda palabra, frase, fórmula que pueda enturbiar la convivencia o acrecentar la división. Un temperamento suave como el suyo y un auditorio sencillo, como eran sus fieles, explica satisfactoriamente que no utilizase nunca la palabra omousios; una catequesis dada a quienes todavía no eran cristianos, no se prestaba ciertamente para altas discusiones teológicas. Ante aquel auditorio hubiesen resultado cuestiones bizantinas. San Cirilo, con gran espíritu sacerdotal, quería instruir y no polemizar. Ni dejemos de observar que si sostuvo a los homeousianos fue en lucha con los homeos, que representaban la facción intransigente de Arrio. También San Hilario de Poitiers les apoyó. Muchos de los homeousianos en el fondo eran completamente ortodoxos.

         Es indiscutible que sus enseñanzas son de una ortodoxia incensurable y que, a pesar de que evita deliberadamente la palabra omousios, combate, sin embargo, con decisión la doctrina de Arrio. En las obras del obispo jerosolimitano la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía se halla más claramente que en todos los Padres anteriores a él. Hermosa es también la insinuación que hace a sus fieles de cómo han de acercarse a recibir la sagrada comunión. “Haced de vuestra izquierda — les dice — como un trono en que se apoye la mano derecha, que ha de recibir al rey. Santificad luego vuestros ojos con el contacto del cuerpo divino y comulgad. No perdáis la menor partícula. Decidme: si os entregasen pajuelas de oro, ¿no las guardaríais con el mayor cuidado? Pues más precioso que el oro y la pedrería son las especies sacramentales.” No deja de ser un gran mérito de San Cirilo de Jerusalén haber expuesto unas enseñanzas tan claras, antes de que estuviesen en circulación las obras de los grandes escritores eclesiásticos.

         San Cirilo no es un teólogo como otros escritores de su tiempo, es un catequista que enseña. No es original ni como pensador ni como escritor, pero es un testimonio acreditado de la fe tradicional. Sus “Catequesis” son eso: una exposición sencilla y popular de la fe cristiana. Su mejor elogio es el odio de los arrianos. Los arrianos le odiaban porque veían en él un enemigo temible. Por odio tuvo que salir tres veces desterrado de la ciudad santa y por mantener sus creencias se vio obligado a recorrer las ciudades del Asia Menor, cual peregrino errante que sufre por amor a Cristo. Pero al fin sus penas recogieron el triunfo. Pocos años antes de su muerte pudo asistir al concilio ecuménico de Constantinopla, que definía como verídicas las enseñanzas de San Cirilo y de otros muchos obispos que, como él, habían sostenido una violenta lucha contra el arrianismo. El sueño de San Cirilo de ver apaciguados los espíritus entraba en su fase inicial y así entregaba su alma a Cristo, por quien tanto había sufrido.

         Ursicino Domínguez Del Val, O. S. A.



Catequesis de San Cirilo de Jerusalén.

Introducción.

Las catequesis de adultos en el gran siglo de la patrística.

         El siglo de oro de la patrística es el período comprendido entre los concilios de Nicea y Calcedonia (325-451). Es, desde luego, el período en el que la actividad literaria de los Padres de la Iglesia alcanza los mayores niveles. En parte, esa notable actividad escritora responde a las discusiones teológicas y al interés en combatir lo que la Iglesia fue calificando como herejías. También en el siglo IV se celebran los dos primeros concilios ecuménicos, el de Nicea, en el año 325, y el I de Constantinopla, en el 381. El concilio de Nicea fijó en su Credo la identidad de naturaleza (hamoousia) del Hijo con el Padre: el Hijo es homoousios con el Padre, “de la misma naturaleza” que el Padre, con las características que además declara el Credo de Nicea. En la lucha contra el arrianismo se destaca sobre todo la figura de Atanasio, obispo de Alejandría. Arrio había sostenido una semejanza, pero no identidad de naturaleza entre el Hijo y el Padre. Por su parte, el Concilio I de Constantinopla (a. 381), aunque está en línea de continuidad con Nicea, desarrolla más el credo de éste, especialmente en lo referente al Espíritu Santo, la Iglesia, el bautismo, la resurrección de los muertos y la vida eterna. Por la continuidad y relación entre ambos concilios, el Credo o Símbolo que aprobó el Concilio I de Constantinopla suele ser llamado niceno-constantinopolitano y ha figurado desde entonces en la liturgia romana, la más extendida en toda la Iglesia.

         Por otra parte, en el siglo IV continúa practicando la Iglesia el bautismo de adultos, aunque sea cada vez más frecuente el bautismo de niños hijos de padres cristianos. Aunque el siglo III es la época en que alcanzó su mayor auge el catecumenado de adultos, es en el siglo IV cuando se da mayor abundancia de testimonios literarios de este tipo clásico de catequización. En realidad, junto a una incipiente decadencia en la actividad pastoral, quizá porque ya no se está en los tiempos gloriosos y heroicos de las persecuciones, se ha progresado en el estudio y la exposición teológica del cristianismo. Los siglos IV y V serán también, tanto en Oriente como en Occidente, aunque con características diferentes, la época de las mayores disputas teológicas.

         Nicea y Constantinopla elaboraron sus confesiones de fe, llamadas también símbolos. Pero junto a los símbolos de estos concilios se elaboraron también otros muchos1, antes o después de ellos. Estos credos eran como una “regla de fe,” de tal manera que quienes los profesaban podrían ser considerados cristianos en el camino adecuado: profesaban un “recto parecer” u ortodoxia. Los credos han sido siempre señas de identidad de las comunidades cristianas.

         Los credos tuvieron una extraordinaria importancia y por eso los ha conservado la Iglesia. Al tratarse de formulaciones muy ajustadas, expresaban con una precisión terminológica típicamente griega especialmente lo que se refiere a la ontologia de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. A estos se fueron añadiendo otras afirmaciones, que también formaban parte del depósito de la fe, sobre la Iglesia, el bautismo y la segunda venida de Cristo. De la importancia de las afirmaciones de los símbolos de la fe pueden darse algunas explicaciones breves. Si, por ejemplo — por mencionar lo fundamental de las afirmaciones de Nicea —, se afirmara que Cristo no es de la misma naturaleza o sustancia que el Padre (los latinos, con total exactitud, tradujeron en seguida “consustancial al Padre”), se admitiría un estado de subordinación y de dependencia como creatural del Hijo al Padre que haría que Jesucristo no fuera en realidad el Hijo de Dios, salvador y redentor del hombre, sino a lo sumo un instrumento que Dios utiliza o quizá como una especie de Dios de segunda categoría, todo lo cual llevaría al absurdo de destruir el cristianismo. Por otra parte, y por motivos semejantes, fue necesario añadir enseguida al Credo un tercer artículo sobre el Espíritu Santo.

         Pero no se trata de explicar ahora todos los detalles. Sí es necesario decir que, en el conjunto del catecumenado y de las catequesis conducentes al bautismo, la praxis de la Iglesia llevó a ésta a hacer entrega, traditio, del Credo, traditio Symboli, a los que pedían el bautismo. En esta entrega del Credo se le confiaba al catecúmeno, cuando ya faltaba poco para el bautismo, el Símbolo (o contenido, que es lo que originariamente significa la palabra) de la fe. Esta entrega de la fe de la Iglesia se hacía durante la cuaresma y terminaba con la devolución, redditio Symboli que terminaba pocos días antes de la Pascua con la profesión pública de la fe cristiana. En la Pascua recibían el bautismo y la unción del Espíritu Santo (la confirmación) los catecúmenos que habían profesado su fe mediante el Símbolo.

         Lógicamente en esa misma celebración se incorporaban plenamente a la Eucaristía, más allá de la escucha de la palabra de la Escritura proclamada (lo que posteriormente se llamó “Misa de los catecúmenos” y a la que antes del bautismo ya podían asistir éstos). Con el bautismo recibido en la Pascua se les abría a los recién bautizados, neófitos, la puerta para participar en toda la liturgia.

         Todo el período enmarcado por la traditio y la redditio Symboli estaba ocupado por una intensa etapa de catequización. En las catequesis de san Cirilo de Jerusalén, la primera de ellas, Procatequesis, y las dieciocho siguientes, son catequesis sobre el Credo y van recorriendo cada uno de sus artículos. Se añaden después cinco catequesis mistogógicas, de las que luego se hablará, pronunciadas ante los recien bautizados en la semana de Pascua.


Cirilo de Jerusalén

         Cirilo de Jerusalén, declarado doctor de la Iglesia en 1882, fue obispo de la ciudad durante un largo período. Nació hacia el año 314 en Jerusalén o en sus alrededores. Fue hombre de amplia cultura, como manifiesta el uso que hace del lenguaje, de la filosofía y de sus conocimientos — en los moldes de la época — de ciencias naturales. Debió estar muy bien dotado para la oratoria. La obra más conocida suya son precisamente estas Catequesis, pronunciadas en Jerusalén el año 347 o 348. Entre estas fechas y el año 351 debe colocarse su ordenación como obispo de Jerusalén, de modo que no se sabe con certeza si las catequesis las impartió siendo ya obispo o sólo presbítero.

         Pero desde algún momento próximo al año 350 y hasta su muerte, el 18 de marzo del 387, ocupó la sede episcopal de Jerusalén. Sin embargo esos casi cuarenta años fueron con frecuencia agitados en la vida y el ministerio de Cirilo. Se dieron, en efecto, varias circunstancias complejas: recibió la ordenación episcopal del obispo arriano de Cesarea, Acucio, lo que a algunos les despertó la sospecha de arrianismo en su persona. El texto de las Catequesis, como podrá observarse, anula estas sospechas, pero hubo quienes se sintieron fuertes en ellas por cuanto Cirilo no menciona en las catequesis a Arrio ni utiliza el célebre adjetivo homoousios tan característico de Nicea. Los conflictos, por otra parte, se desataron entre el mencionado Acacio y Cirilo. Un sínodo de Jerusalén le depuso en el 357. Rehabilitado en el 359, fue desterrado una segunda vez, por obra de Acacio, en el 360. Un par de años después pudo regresar de nuevo a Jerusalén, donde reanudó sus tareas hasta que en el año 367 fue enviado por el emperador Valente al destierro por tercera vez. Sólo once años más tarde, en el 379, bajo el emperador Teodosio, pudo volver de nuevo a Jerusalén, donde ya desarrolló el ministerio hasta su muerte en el 387. El año 381 había participado en el concilio I de Constantinopla.


Las Catequesis.

         No estamos ante un teólogo creativo, sino ante un catequista, un excelente expositor y un divulgador de la conciencia dogmática de la Iglesia en la época de las catequesis catecumenales. Se trata, en primer lugar, de catequesis sobre el Credo, utilizándose el que parece haber estado en uso en Jerusalén, que también se reproduce tras la catequesis V. Es, en general, el orden de las afirmaciones del Símbolo el que señala la temática de las catequesis. La Procatequesis y las catequesis I-III ponen a los oyentes ante la situación en que se encuentran, disponiéndose de manera ya muy próxima a la recepción del bautismo y como quienes tendrán que hacer antes profesión pública de su fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Una visión de conjunto de las creencias cristianas la da, por otra parte, la Catequesis IV, sobre los “diez dogmas.” En ella la concepción virginal de Cristo, su resurrección, el juicio venidero, lo referente a cuerpo y alma y la resurrección de los muertos, además del valor de la Sagrada Escritura, completan lo que en las catequesis VI-XVII será la imagen cristiana del Dios en el que se cree. Dos catequesis, XVI y XVII, se dedican al Espíritu Santo. La XVIII expone la resurrección de los muertos y la vida eterna. Las Catequesis de Cirilo son un indicador muy preciso del desarrollo alcanzado a mediados del siglo IV por la conciencia dogmática eclesial. En esa época la Iglesia articula perfectamente, ya desde Nicea como igualmente lo hará con algo más de detalle en I Constantinopla, los enunciados de una fe que con el desarrollo de la teología se ha sabido objetivar a sí misma y ha sabido dar cuenta de por qué los acontecimientos de la salvación, a partir de la Escritura y de la predicación, han sido y son de una manera determinada. Por otra parte, las cinco últimas catequesis son mistagógicas, es decir, conducen a la comprensión de los “misterios” (sacramentos) que los recién nacidos a la nueva vida, “neófitos,” acaban de vivir de modo efectivo al recibirlos en la celebración de la Pascua. Las cinco catequesis mistagógicas están dedicadas a Bautismo, Confirmación y Eucaristía, que configuran la iniciación cristiana. Constituyen estas catequesis un valiosísimo testimonio litúrgico.

         En su conjunto, pues, esta obra de Cirilo constituye uno de los documentos catequéticos más importantes de la época patrística. Dada la importancia que tuvo el desarrollo de los distintos Credos, pero que fueron idénticos en lo esencial, es muy lógica la estructura general de las Catequesis que aquí se encontrarán. Por otra parte, es sorprendente el detalle con que se cita la Escritura. La excelente trabazón del desarrollo argumental, aunque a veces lleve a Cirilo a ciertas digresiones quizá no necesarias, permite percibir una extraordinaria agilidad en el manejo de la Escritura. Tal vez un lector que conozca a fondo la teología de Pablo y sus ejes centrales: el cristocentrismo, la antropología cristiana, el pecado y la gracia, fe y justificación, etc., eche de menos una mayor influencia del Apóstol en las exposiciones de Cirilo. Pero es que Cirilo es más bien un testigo de hasta dónde había llegado la conciencia dogmática de la Iglesia, en la cual había sido necesario consumir demasiadas energías en las disputas cristológicas y trinitarias.

         Por último, algunas observaciones sobre la presente edición. No es necesario decir que los epígrafes no pertenecen al texto de las Catequesis. Por otra parte, se han introducido muchas notas explicativas, de desigual extensión pero en cualquier caso muy frecuentes. En algunas ocasiones tienen carácter filológico, pero más a menudo se refieren al contenido.

         El trabajo de traducción se ha hecho sobre la versión latina, publicada junto con el original griego en el volumen 33 de la Patrología graeca de Migne, (a menudo se citará: PG 33, más la indicación de la correspondiente columna). Se ha procurado, sin embargo, tener presente el texto griego cuando la versión latina, por lo demás excelente, perdía algún matiz. Se han tenido también en cuenta las observaciones que con frecuencia se encuentran en el Migne sobre el estado de textos y códices. Conviene tener en cuenta que el original fue propiamente transmitido de modo oral. Los taquígrafos, como es frecuente en las piezas de oratoria clásica, copiaban lo mejor que podían lo que estaba pronunciándose en un estilo muy vivo, directo y, en ocasiones, en cierto modo coloquial.

         En cuanto a las citas bíblicas, se ha procurado seguir el texto de la versión castellana de la Biblia de Jerusalén. Han sido también con frecuencia muy útiles, e incluso en ocasiones se han citado literalmente, las notas de esa misma Biblia. A veces, sin embargo, sobre todo en pasajes del Antiguo Testamento, el recurso de Cirilo a la versión griega de los LXX hacía inevitable traducir de acuerdo con esa versión. No obstante, en bastantes casos se han mantenido los textos traducidos por la Biblia de Jerusalén desde el original hebreo. Para las referencias de siglas, capítulos y versículos han sido utilísimos los datos, en general muy precisos, contenidos en la edición de la Patrología graeca.

1. Cf. S. SABUGAL, Credo. La fe de la Iglesia. El símbolo de la fe: Historia e interpretación. Zamora (Ediciones Monte Casino), 1986 J.N.D. KELLY, Primitivos credos cristianos, Salamanca, Secretariado Trinitario, 1980.



Procatequesis.

         Procatequesis, o palabra previa a las catequesis, de nuestro santo Padre Cirilo, arzobispo de Jerusalén

         1. Ya exhaláis, iluminandos1, el olor de la felicidad. Son ya flores de mayor calidad las que buscáis para tejer las coronas celestes. Ya despedís la fragancia del Espíritu Santo. Estáis ya en el vestíbulo del palacio real: Ojalá seáis también introducidos por el mismo Rey! Brotaron ya las flores de los árboles: esperemos que se dé también el fruto maduro.

         Anteriormente habéis dado el nombre2, ahora se os llama a la milicia. Tened en las manos las lámparas para salir a buscar a la esposa: tenéis el deseo de la ciudad celeste, el buen propósito y la lógica esperanza. Pues es veraz el que dijo: “A los que aman a Dios todo les contribuye al bien”3. Pues Dios es generoso para hacer el bien y, por lo demás, espera la sincera voluntad de cada uno; por eso añade el Apóstol: “A aquellos que han sido llamados según su designio.” Cuando existe un propósito sincero, hace que seas llamado; pero si sólo tienes dispuesto el cuerpo, pero estás ausente con la mente, perderás el tiempo.


No ir al bautismo sólo por curiosidad

         2. Al bautismo se acercó también en cierta ocasión Simón Mago, pero no se sintió iluminado: y realmente bañó su cuerpo en el agua, pero no dejó que el Espíritu iluminase su corazón; el cuerpo bajó a la piscina; pero el alma no quedó sepultada con Cristo ni resucitó juntamente con él. Pongo este caso como ejemplo para que tú no caigas. Pues todo esto les sucedía a ellos en imagen4 y ha sido escrito para enseñanza de los que viven hasta el día de hoy. Que nadie de vosotros se vuelva intrigante con las cosas de la gracia para que no le turbe ningún germen de amargura. Que nadie de vosotros entre diciendo: veamos qué hacen los fieles; una vez dentro, veré lo que hacen. ¿Es que crees que verás sin que tú seas visto? ¿O es que piensas que te enterarás de lo que allí se hace, pero que Dios no escrutará tu corazón?


Entrar al banquete con el vestido apropiado

         3. Se cuenta en los evangelios que alguien fue a curiosear en unas bodas, pero entró con un vestido inapropiado, se acomodó y comió. El esposo lo había permitido. Pero al ver las vestiduras blancas de todos, lo oportuno hubiera sido vestirse del mismo modo. Y realmente tomaba los mismos alimentos que los demás, pero se diferenciaba en el vestido y en la intención. Entonces el esposo, aunque magnánimo, era hombre de criterio. Y al dar una vuelta contemplando a cada uno de los comensales, ponía su atención no en el hecho de que comían sino en el modo de comportarse. Al ver a un extraño vestido con traje que no era de fiesta, le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado hasta aquí?”5 ¿Con qué vestido? ¿con qué conciencia? Pase que el portero no te lo haya prohibido por la liberalidad del dueño. Pásese también por alto que ignorabas con qué vestido era preciso entrar al banquete. Pero, una vez dentro, viste los vestidos resplandecientes de los comensales. ¿No debías haber aprendido de tus propias observaciones? ¿No debiste entrar del modo adecuado para poder salir también adecuadamente? Pero entraste de manera intempestiva y fuiste también intempestivamente expulsado. (El dueño) ordena a sus servidores: “Atadlo de pies,” pues con ellos entró temerariamente; “atadlo de las manos,” con las que no supo ponerse un vestido resplandeciente, y “arrojadlo a las tinieblas exteriores,” pues es indigno del banquete nupcial. Ves lo que le sucedió a aquel hombre; mira, pues, con cautela por tus cosas.


Disponerse rectamente

         4. De hecho nosotros somos ministros de Cristo y acogemos a cualquiera y, haciendo las veces de portero, franqueamos la entrada. Puede ser que entres con un alma de pecador manchada en fango. Entraste, fuiste admitido, tu nombre quedó inscrito ¿Te das cuenta del aspecto venerable de la Iglesia? ¿Ves el orden y la disciplina? ¿Ves la lectura de las Escrituras canónicas, el constante recuerdo de las personas señaladas en los catálogos eclesiásticos, el orden y la formalidad en la enseñanza. Deben instruirte tanto el respeto al lugar como la contemplación de lo que ves. Mejor si ahora sales oportunamente, para luego entrar en un momento mucho más oportuno. Si ahora entraste con el vestido interior de la avaricia, deberás volver a entrar con otro; despójate y no te cubras con el vestido que llevaste. Desvístete, te ruego, del libertinaje y la inmundicia y cúbrete con la estola resplandeciente del pudor. Yo te lo advierto antes de que entre el esposo de las almas, Jesús, y examine las vestiduras. Tienes tiempo a tu disposición: se te concede la penitencia de los cuarenta días; tienes una grandísima oportunidad de desvestirte y lavarte, y de vestirte de nuevo y entrar. Pero si te mantienes en el mal propósito de tu alma, la culpa no será de quien te está advirtiendo: no esperes recibir la gracia. Te recibirá el agua, pero no te acogerá el espíritu. Quien se haga consciente de su propia herida, recibirá un bálsamo; si alguno está caído, se levantará. Que nadie sea entre vosotros como el mencionado Simón, que no haya simulación alguna, ni interés en averiguaciones inoportunas.


La misma Iglesia purificará tu intención

         5. Es posible que te guíe también otro pretexto. Alguna vez sucede que un hombre viene aquí para granjearse el amor de una mujer o algo semejante: y también puede decirse lo mismo a la inversa. Igualmente, tal vez es el siervo el que ha querido agradar a su amo, o un amigo a su amigo. Pero acepto la atracción de este cebo y te acojo, aunque vengas con una intención torcida, con la buena esperanza de que te salves. Acaso no sabías a dónde venías ni cuál era la red que te cogía. Caíste en las redes de la Iglesia: con vida serás cogido; no huyas; es Jesús quien te ha echado el anzuelo, y no para destinarte a la muerte, sino para, entregándote a ella, recobrarte vivo: pues es necesario que tú mueras y resucites, si es cierto lo dicho por el Apóstol: “Muertos al pecado, pero vivos para la justicia”7. Muere a los pecados y vive para la justicia; hazlo desde hoy.


6. Considera con qué dignidad te regala Jesús.

         Te llamaban catecúmeno porque en ti resonaba el eco de una campana exterior: oías en esperanza, pero no veías8, oías los misterios, pero sin comprenderlos; oías las Escrituras, aunque sin entender su profundidad. Ya no es necesario hacer que nada resuene en tus oídos, pues sólo existe el sonido interior a ti: pues el Espíritu que habita en ti9 hace de tu corazón una morada divina.

         Cuando oigas lo que está escrito de los misterios, entenderás lo que ignorabas. Y no creas que lo que recibirás es de escaso valor. Pues siendo tú un hombre miserable, será Dios quien te pondrá nombre. Escucha a Pablo cuando dice: “Fiel es Dios”10. Oye el otro pasaje de la Escritura: “Dios fiel y justo”11. Viendo esto anticipadamente, el salmista dijo de parte de Dios y previendo que los hombres recibirían de Dios un nombre: “Yo dije: dioses sois e hijos todos del Altísimo”12. Pero guárdate de llevar un nombre insigne con un propósito torcido. Has entrado en la lucha, soporta el esfuerzo de la carrera; no dispones de otra oportunidad semejante13. Si lo que se te propusiese fuese la fecha de la boda, ¿acaso no te ocuparías en la preparación del banquete dejando otras cosas? ¿Serás capaz de ocuparte de lo corporal, olvidándote de lo espiritual, justo cuando estás preparando tu alma para consagrarla al esposo celestial?


Sólo hay un bautismo

         7. No es posible recibir el bautismo14 una segunda o tercera vez, pues si así fuese, se podría decir: lo que salió mal una vez, lo arreglaré en otra ocasión. Pues si una vez salió mal, la cosa no admite arreglo15, pues “uno es el Señor, una es la fe y único el bautismo”16. Sólo los herejes son bautizados de nuevo cuando en realidad no se hubiese dado este bautismo.


Buena disposición te ánimo

         8. Pero Dios pide de nosotros otra cosa que una buena disposición de ánimo. No digas: ¿Cómo se me perdonarán los pecados? Te respondo: con que quieras y creas. ¿Qué hay que sea más sencillo que esto? Pero si tus labios expresan el deseo, pero no lo expresa tu corazón, sábete que el que puede juzgar es conocedor de los corazones. Abandona desde este día toda maldad; que no profieras palabras gruesas con tu lengua; que no peque más tu ojo ni vague tu pensamiento entre realidades vanas.



Perseverancia en las catequesis

         9. Estén prontos tus pies para las catequesis. Recibe con buen ánimo los exorcismos: al ser insuflado o exorcizado, que ello te sirva para la salvación. Piensa que el oro es algo infecto y adulterado, mezclado con diversas materias como el cobre, el hierro y el plomo17. Lo que deseamos es oro solo, pero sin el fuego no puede ser expurgado de los elementos ajenos mezclados con él: así, el alma no puede ser purificada sin los exorcismos, que son de origen divino y deducidos de las Escrituras. Tu rostro fue cubierto con un velo para que tu mente pudiese estar más atenta y para que tu mirada dispersa no hiciese que también se distrajese tu corazón. Pero aunque los ojos estén velados, nada impide que los oídos reciban la ayuda de la salvación. Pues como los que expurgan el oro soplando al fuego con finos instrumentos funden el oro que está dentro del crisol, y al avivar la llama consiguen mejores resultados18, así los exorcizados expulsan su temor gracias al Espíritu divino y hacen revivir su alma alojada en su cuerpo como en un crisol. De ese modo huye el diablo hostil, pero se asienta la salvación y permanece la esperanza de una vida eterna. El alma, liberada del pecado, obtiene la salvación. Permanezcamos, pues, en la esperanza, hermanos; esforcémonos y esperemos para que el Dios de todas las cosas, viendo el propósito de nuestra mente, nos limpie de los pecados, nos permita esperar lo mejor de nuestras cosas y nos conceda una saludable penitencia. Dios es el que ha llamado y tú el que has sido llamado.

 

10. Persevera en las catequesis

         Aunque nuestra oratoria posterior será más amplia, que tu ánimo no decaiga nunca. Pues recibirás armas contra los poderes enemigos; recibirás armas contra los herejes, los judíos, los samaritanos y los gentiles. Tienes múltiples enemigos: recibe dardos múltiples, pues contra muchos habrás de luchar; has de aprender cómo vencer al griego, cómo luchar contra el hereje, contra el judío y contra el samaritano19. Las armas están preparadas, y está plenamente dispuesta la espada del Espíritu20. Las manos deben luchar valerosamente para combatir la batalla del Señor, para vencer a las potestades que se oponen, para que permanezcas invicto de todas las asechanzas de los herejes.


La exposición será progresiva

         11. Pero te doy un consejo. Aprende lo que se diga y guárdalo para siempre. No creas que éstas son las homilías acostumbradas: son de calidad y dignas de fe. Pero si en ellas hay en un día determinado algo que no se dice, lo aprenderemos al día siguiente. Pero la doctrina, ordenadamente expuesta, acerca del bautismo de la regeneración21, ¿cuándo se transmitirá otra vez si hoy se descuida? Piensa que es tiempo de plantar árboles; si no cavamos y penetramos hasta el fondo, ¿cuándo será posible plantar otra vez de modo correcto lo que ya en una ocasión se ha plantado mal? Piensa que la catequesis es un edificio; si no cavamos y ponemos los cimientos, y si no se traba ordenada y adecuadamente la estructura de la casa, de modo que nada quede suelto o cortado y el edificio se convierta en ruinas, todo el trabajo realizado será inútil. Conviene poner ordenadamente una piedra junto a otra y situar un ángulo frente a otro; al suprimir los salientes, surgirá un edificio proporcionado. Del mismo modo, te traemos hasta aquí como las piedras de la ciencia: habrá que oír lo que se refiere al Dios vivo; lo que se refiere al juicio; es necesario oír acerca de Cristo y acerca de la resurrección. Se dicen también ordenadamente otras muchas cosas que ahora22 se mencionan de modo disperso, pero que se expondrán en su lugar adecuado. Estas cosas debes entenderlas unitariamente, relacionando en la memoria afirmaciones anteriores y posteriores. En caso contrario, el arquitecto construirá bien, pero el edificio será frágil y a punto de caer.


Guardar el secreto de lo que se escucha

         12. Cuando se dé una catequesis, si un catecúmeno te pregunta qué han dicho los doctores, no cuentas nada al exterior23. Es el misterio y la esperanza de la vida futura lo que te transmitimos. Guárdale el secreto a aquél que te da sus dones. Que nadie te diga nunca: ¿qué mal te causa esto si también yo lo habré de aprender? Porque también los enfermos suelen pedir vino; pero si se les da cuando no se debe, se les ocasiona un delirio, con lo que se origina un doble mal: muere el enfermo y se critica al médico. Lo mismo sucede al catecúmeno que oye de quien tiene fe en los misterios: el delirio lo padece el catecúmeno (pues al no conocer lo que ha oído, lo denigra haciéndolo objeto de burla), pero a la vez el fiel es condenado como traidor. Tú ya estás en la divisoria24; procura no hablar de modo temerario. No es que lo que se dice sea indigno de ser contado, sino que ciertas cosas no deben ser confiadas a algunos. También tú fuiste catecúmeno, y no te contaba lo que yo aquí decía; cuando conozcas por tu experiencia la sublimidad de lo que se enseña, entonces entenderás claramente que los catecúmenos no deben oír todavía todo eso.


Estar atentos a todos los detalles

         13. Todos los que os habéis inscrito habéis sido engendrados como hijos e hijas de una misma madre25. Cuando entréis poco antes del momento de los exorcismos, hable cada uno de vosotros lo referente a la piedad. Y mirad si falta alguno de vosotros. Cuando se te invita a un banquete, ¿es que no esperarás a quien está invitado juntamente contigo? Y si tienes un hermano, ¿acaso no buscarás lo que es bueno para ese hermano? No indagues después lo que no te atañe, ni te intereses por lo que sucede en la ciudad o en el pueblo, ni por lo que hacen el emperador, el obispo o el presbítero. Mira hacia arriba: es lo que pide tu “kairós”25. ¡Basta ya; sabed que yo soy Dios!27. Si ves a algunos fieles ociosos y libres de preocupaciones, es porque se sienten seguros, son conscientes de lo que han recibido y tiene la gracia consigo. Tú estás todavía en la duda de si serás o no admitido; no imites a los despreocupados28, pues no debes abandonar el temor.

         14. Cuando se haga el exorcismo, mientras se acercan los que han de recibirlo, estén juntos los hombres con los hombres y las mujeres con las mujeres. Hago referencia con esto al arca de Noé, en la cual estaban Noé y sus hijos, su mujer y las mujeres de sus hijos29. Y aunque una era el arca, con su puerta cerrada, todo se dispuso con decencia. Igualmente, aunque la iglesia esté cerrada y todos vosotros dentro, esté todo separado para que estén los hombres con los hombres y las mujeres con las mujeres, de modo que lo que quiere ser ayuda para la salvación no se convierta en ocasión de perdición. Pues aunque sea hermoso sentarse unos junto a otros, debe quedar lejos el peligro de turbación. Y entonces, sentados los hombres, tengan algún libro útil en las manos. Que uno lea y el otro escuche. Si no tienen libro, uno ore y el otro hable algo útil. Esté también agrupado el conjunto de las vírgenes, que deben salmodiar o leer, pero en silencio: deben hablar los labios, pero no debe llegar la voz a oídos ajenos. No tolero que la mujer hable en la asamblea30. y la casada actúe también de modo semejante: que ore y mueva sus labios, pero no se oiga su voz, imitando lo dicho por Samuel de que del alma estéril brote la salvación de Dios benévolos31, pues a eso es a lo que se refiere Samuel.



Mantener el interés

         15. Veré el interés de cada hombre y la piedad de cada mujer. Inflámese la mente de piedad, puesto que cada alma será moldeada. Humíllese y macháquese la dureza de la infidelidad, despréndanse las escorias superfluas del hierro quedando sólo lo que es puro: que se pierda la herrumbre para que aparezca el material noble. Que Dios os muestre en alguna ocasión aquella noche y las tinieblas convertidas en luz de las que se dice: “Ni la misma tiniebla es tenebrosa para ti, y la noche es luminosa como el día”32. A cada uno de vosotros se le abrirá entonces la puerta del paraíso33. Entonces gozaréis de las aguas llenas de fragancia y que os traen a Cristo. Que percibáis entonces la llamada de Cristo y la fuerza de las realidades divinas34. Mirad ya ahora hacia arriba con los ojos abiertos de la mente: contemplad en vuestro ánimo los coros de los ángeles, al Padre señor de todas las cosas en su trono, al Hijo unigénito sentado con él a su derecha y al Espíritu presente junto a ellos, y a los tronos y dominaciones como siervos. E imaginad que cada uno de vosotros ya haya conseguido la salvación. Vuestros oídos lo habrán escuchado: desead oír aquella voz hermosa con que os aclamarán los ángeles al recibir vosotros la salvación: “¡Dichoso el que es perdonada su culpa, y le queda cubierto su pecado!35. Entraréis entonces como astros de la Iglesia resplandecientes en vuestro cuerpo y en vuestra alma.


Exhortación al proceso en el que se va a entrar

         16. Y realmente es algo grande el bautismo de que hablamos: rescate de los cautivos, perdón de los pecados, muerte del pecado, nuevo nacimiento del alma, vestidura luminosa, santo sello imborrable36, vehículo al cielo, delicias del paraíso, medio para el reino, don de la adopción como hijos. Por lo demás, ten en cuenta que el dragón observa junto al camino a quienes pasan: procura que no te muerda por tu infidelidad; él ve a los muchos que se salvan y busca a quien devorar37. Te acercas al Padre de los espiritus38, pero es necesario pasar por aquel dragón. ¿Cómo le evitarás? Calza tus pies con el celo por el evangelio de la paz39, para que, aunque te clave el diente, no te hiera: ten la fe en tu interior y una esperanza firme. Cálzate bien para que entres hasta el Señor aunque el acceso esté ocupado por el enemigo40. Prepara tu corazón para recibir la enseñanza y para la participación en los santos misterios. Ora frecuentemente para que Dios te regale con los misterios celestes e inmortales, y no le dejes ni de día ni de noche. Y cuando el sueño se aparte de tus ojos, que tu mente se ocupe en la oración. Si ves que algún torpe pensamiento asalta tu alma, que te ayude la idea del juicio, que te recordará la salvación; ten ocupada tu mente en aprender para que olvide los pensamientos depravados. Si ves a alguien diciéndote: ¿Entrarás allí para bajar al agua? ¿Acaso no tiene baños la nueva ciudad?41, sábete que el dragón marino maquina estas cosas contra ti42; no atiendas a las voces de quienes te hablen, sino al Dios que actúa43. Guarda tu alma para que no puedas ser cogido por artimañas, de modo que, manteniéndote en la esperanza, llegues a ser heredero de la salvación eterna.

         17. En verdad anunciamos y enseñamos estas cosas en cuanto hombres: no construyáis este edificio nuestro con heno, pajas y rastrojos, para evitar sufrir daño si llega a arder. Haced la obra con oro, plata y piedras preciosas44. Yo te lo digo, pero es a ti a quien toca poner manos a la obra, que es Dios quien debe rematarla. Afirmemos nuestra mente, pongamos en tensión nuestra alma, preparemos el corazón: nos va en ello la vida, pues esperamos las realidades eternas45. Pero poderoso es Dios (que ha escrutado vuestros corazones y ha percibido quién es veraz y quién es falso) como para proteger al sincero y hacer fiel al hipócrita y al simulador. Pues Dios puede hacer fiel al infiel con tal de mostrarle el corazón.

         Que sea él quien borre el protocolo que existe contra vosotros46 y que se olvide de vuestros anteriores delitos, alistándoos en la Iglesia y haciéndoos soldados suyos mientras os ciñe las armas de la justicia: que os llene de las realidades celestiales de la nueva Alianza y os conceda eternamente el sello imborrables47 del Espíritu Santo: en Cristo Jesús nuestro Señor, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos48. Amén.


1. Se prefiere la traducción “iluminandos,” los que han de ser iluminados, por responder al sentido de la ex- presión griega, ser traducción literal de la versión latina y referirse de hecho a quienes con el bautismo en la próxima Pascua habrían de recibir la máxima iluminación de su vida. La expresión es frecuente entre los Padres para designar a quienes recibirían en pocas semanas (por ejemplo, en la siguiente Pascua) el bautismo.

2. Referencia a la inscripción del nombre, requisito previo al comienzo de las catequesis cuaresmales sobre el credo.

3. Cf Rom 8:28.

4. 1 Cor 10:6.

5. Mt 8:28.

6. Mt 22:13.

7. Cl Rom 6:11,14, cf. 1 Pe 2:24.

8. El original griego es más expresivo, pero la traducción necesariamente ha de traicionar el sentido exacto. El griego “catecúmeno” viene del también griego “echos,” eco. En realidad, semánticamente, catecúmeno es aquél en quien se hace resonar un eco. Catequesis, sustantivo abstracto, es la acción de que algo resuene en el interior del oyente. La resonancia es aquí la del anuncio del mensaje de la salvación en Jesucristo.

9. Cf. Rom 8:9-11; I Cor 1:9.

10. Cf I Cor 1:10.

11. Dt 32:4.

12. Sal 82:6.

13. Como “oportunidad” se traduce kairós; el tiempo oportuno de la salvación (Cf. 2 Cor 6:2). Con ello, el periodo catequético a que se va a dar comienzo es presentado como una extraordinaria posibilidad de salvación para el catecúmeno.

14. Bautismo, griego aquí loutrón, lavado.

15. Con todo esto la afirmación fundamental es que el bautismo no puede repetirse.

16. Ef 4:5

17. Cf. Ez 22:18.

18. Cf catequesis 16, n. 18; cf infra, núm. 15.

19. Las cuatro clases de enemigos representan maneras diferentes de oponerse religiosamente o ideológicamente a la verdad del Evangelio.

20. Cf Mt 26:41; Ef 6:17.

21. peri toû loutroû tês palingenesías, liter. “acerca del lavado de la regeneración” o, quizá incluso mejor, acerca del “nuevo nacimiento” o del “nuevo ser dado a luzc.” Por primera vez en las catequesis se afirma que el bautismo es un lavatorio en el que el hombre nace de nuevo.

22. En las homilías de costumbre mencionadas más arriba.

23. Cf cat. 5,12 y cat. 6,29. Cirilo considera que es muy distinta la situación del catecúmeno y del iluminando. Se trata, de acuerdo con lo que se dijo en la introducción, de una etapa diferente, pues en el plazo que va desde el comienzo de la cuaresma hasta el tiempo pascual fueron pronunciadas estas catequesis, que intentan proporcionar una vivencia (y un conocimiento) de los misterios más íntimos de la fe. La imposición de no contar nada fuera no hace más que poner en práctica la disciplina del arcano. En el fondo se admite que incluso quien está comenzando a ser catequizado de cara a la iniciación cristiana, no es capaz de asimilar vitalmente en este momento lo que será el contenido de las catequesis de esta última cuaresma y del tiempo pascual.

26. Cf. más arriba, nota 13, Cf. además sobre el kairós los vocabularios y manuales de teología bíblica.

27. Sal 26:11 .

28. Cirilo es plenamente consciente de que el que dejará de ser catecúmeno y pasará al grupo de los que tienen fe es mucho lo que se está jugando. Una vez que uno es “fiel” (tiene fe), puede descansar en esa fe. Pero el que no ha recibido el bautismo no debe vivir en la despreocupación. La edición de Migne PG 33,354, nota 9, comenta: “No culpa Cirilo a los fieles porque estén sin preocupaciones. Dice solamente que, una vez recibido el bautismo, están ya libres de la preocupación que acerca de su futuro debe existir en el todavía no bautizado.”

29. Cf Gén 7:9.

30. Cf 1 Tim 2:12; 1 Cor 14:34.

31. Referencia al episodio de la súplica de Ana, I Sam I, 10 ss.

32. Sal 139:12.

33. Vid., cat. 19, n. 9.

34. Vid. cat. 3, núms. 3 y 13.

35. Sal 32:1. Cf Sal 65:3b-4: “Hasta ti toda carne viene con sus obras culpables; nos vence el peso de nuestras rebeldías, que tú las borras.”

36. Por “sello” se traduce la expresión griega sfragis, de donde los teólogos deducirán más tarde la doctrina del “carácter” sacramental, que expresa, aplicado al bautismo y con los matices propios de este sacramento, que quien se hace bautizar es propiedad de aquel que le ha sellado, Jesucristo. Con el “carácter” se expresa también una garantía de la salvación recibida en el bautismo. Cf al respecto, además de los tratados sobre los sacramentos del bautismo, confirmación y orden, también los diccionarios bíblicos: art. Sello, en X. Vocabulario de teología bíblica, Barcelona, ed. revisada, 1973, 841-842.

37. Cf. 1 Pe 5:8.

38. Hebr 12:9 contrapone, todo el versículo, la situación anterior al encuentro con Jesucristo, que supuso el co mienzo del catecumenado, y la nueva realidad en que se está a punto de entrar al culminar la iniciación cristiana: “Además, teníamos a nuestros padres según la carne, que nos corregían, y les respetábamos. ¿No nos someteríamos mejor al Padre de los espíritus para vivir?” Cf Núm 27:16; 2 Mac 3:24 habla de Dios como “el Soberano de los Espíritus y de toda Potestad.”

39. Cf. Ef 6:15 (y su contexto).

40. Cf. cat. 1, núm. 5.

41. Se refiere a baños públicos construidos entonces recientemente en la ciudad de Jerusalén. En cualquier caso, la pregunta está pensada como una posible burla hacia el candidato al bautismo de parte de quienes pensaran que, no siendo el bautismo nada superior a los baños humanos, la ciudad tenia mejores instalaciones que las piscinas bautismales de las iglesias. La expresión supone el bautismo de inmersión.

42. Sin entrar ahora en mayores detalles, cf, sobre “el dragón marino,” las alusiones de Is 27:1, Jb 3:8, Apoc 12:3 (donde el “gran Dragón rojo” es referencia a Satanás). Cf. también Gén 3:15: en el contexto del primer anuncio del Evangelio. Por eso la afirmación aquí de Cirilo lleva adjunto el anuncio de un Dios en definitiva victorioso frente al diablo como enemigo personal del hombre.

43. Cf. cat. 3, n. 3; cat., 17, n. 35.

44. Cf. 1 Cor 3 12-15.

45. Cf. cat. 1, n. 5.

46. Cf Col 2:14; “Canceló la nota de cargo que habia contra nosotros, la de las prescripciones con sus cláusulas desfavorables....”

47. Cf. lo dicho en nota 36.

48. La edición de las catequesis en PG 33 contiene un nota final “al lector,” cuyo texto señala: “Estas catequesis a los que han de ser iluminados muéstralas a los que han de recibir el bautismo y a los que ya lo recibieron. Pero no se las entregues en modo alguno a los catecúmenos y a los que no sean cristianos, pues en caso contrario habrás de dar cuenta a Dios. Y si sacas copia de un ejemplar de las mismas, hazlo como en la presencia de Dios” (PG 33, 365-366).



I. Invitación al Bautismo.

         Pronunciada en Jerusalén, contiene una introducción a los que se aproximan al bautismo. El punto de partida es Is 1:16: “Lavaos, purificaos, quitad de delante de mis ojos las fechorias de vuestras almas”1.

         Dios os aguarda

         Sois ya discípulos de la nueva Alianza y partícipes de los misterios de Cristo, ahora por vocación, pero dentro de poco también como un don: haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo2 para que se alegren los moradores del cielo. Pues si, como dice el evangelio, “habrá alegría por un solo pecador que se convierte”3, ¿cuánto más no moverá a la alegría a los habitantes del cielo la salvación de tantas almas? Habiendo entrado por un camino ancho y hermoso, recorred cautelosamente la senda de la piedad. Pues el unigénito Hijo de Dios está plenamente dispuesto para vuestra redención y señala: “Venid todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”4. Los que lleváis el pernicioso vestido de vuestras ofensas5 y estáis oprimidos por las cadenas de vuestros pecados, escuchad la voz del profeta que dice: “Lavaos, purificaos, quitad de delante de mis ojos las maldades de vuestra alma”6, de modo que os aclame el coro de los ángeles: “Dichoso el que es perdonado de su culpa, y le queda cubierto su pecado”7. Los que habéis encendido hace poco por primera vez las lámparas de la fe8, sostenedlas en las manos sin que se apaguen, para que aquel que en otro tiempo abrió por la fe el paraíso al ladrón en este santísimo monte del Gólgota9 os conceda también a vosotros cantar el cántico nupcial.

         Nuevo nacimiento desde el pecado al hombre nuevo

         2. Si alguno es ahora esclavo del pecado, prepárese mediante la fe para la regeneración liberadora de la adopción filial. Y abandonada la funesta servidumbre de los pecados, una vez dedicado al dulce servicio del Señor será juzgado digno de disfrutar la herencia del reino celestial. Desvestíos por medio de la confesión del hombre viejo, que se corrompe por las concupiscencias del error, para revestiros del hombre nuevo, que se renueva por el conocimiento de aquel que le creó10. Recibid por la fe las arras del Espíritu11 para que podáis ser recibidos en las moradas eternas12. Acercaos (a recibir) el sello espiritual para que podáis ser reconocidos favorablemente por vuestro dueño13. Seréis contados en la santa y fiel grey de Cristo a fin de que, como en otro tiempo fuisteis separados a su derecha, ahora consigáis la vida eterna que se os ha preparado. Quienes sufren todavía la aspereza de su pecados (como la de una piel con vello), se quedarán en pie a la izquierda, puesto que todavía no han tenido acceso a la gracia de Dios, que se da por medio de Cristo en el lavatorio de la regeneración. Pero no me refiero a la regeneración de los cuerpos, sino al nuevo nacimiento del alma por el Espíritu. Pues los cuerpos son engendrados por padres visibles, pero las almas vuelven a nacer de nuevo por la fe; ya que “el Espíritu sopla donde quiere” (Jn 3:8)14. Si se te considera digno, te será licito oír: “Bien, siervo bueno y fiel” (Mt 25:21), lo que sucederá cuando tu conciencia no te pueda acusar en absoluto de simulación.


Aprestarse a escuchar a Dios

         3. Si alguno de los que están aquí cree que podrá tentar a la gracia de Dios, se engaña a sí mismo e ignora la fuerza de las cosas. Ten, hombre, un ánimo sincero y libre de engaño por causa de aquel que escruta corazones y entrañas (cf. Sal 7:10; Jer 11:20). Quienes hacen alistamientos de soldados, examinan la edad 15 y los cuerpos; así, cuando Dios hace un alistamiento de las almas, examina las voluntades y, si alguien vive en la hipocresía, lo rechaza por inadecuado para una verdadera milicia. Pero si lo encuentra digno, le otorga su gracia de manera muy rápida16. No da lo santo a los perros (cf. Mt 7:6), sino que, cuando ve una conciencia honesta, le confiere el sello saludable y admirable17 temido por los demonios y que reconocen los ángeles; de manera que aquellos huyen expulsados, pero éstos lo abrazan como por un parentesco familiar. Por consiguiente, quienes reciben aquel sello espiritual y saludable, es necesario que se esfuercen también personalmente. Del mismo modo que quienes se sirven de una pluma para escribir o de una flecha también tienen que esforzarse, asimismo la gracia necesita del esfuerzo de los que creen.


Del catecumenado a los frutos de la fe

         4. No recibes armas corruptibles sino espirituales. Serás introducido en un paraíso racional, recibiendo un nuevo nombre que antes no tenías (probable alusión a Apoc 2:7b,17c)18. Antes eras catecúmeno, ahora serás llamado fiel19. Eres trasplantado a buenos olivares, desde un olivo silvestre a un buen olivo (cf. Rom 11:24); de los pecados a la justicia, de la suciedad a la pureza. Eres hecho partícipe de una vid santa: si permaneces en la miel, crecerás como un sarmiento fructífero; pero si no permaneces, serás consumido por el fuego. Así pues, produzcamos fruto dignamente. Que no nos suceda lo mismo que a aquella vid infructuosa, no sea que, al venir Jesús, la maldiga por su esterilidad (cf. Mt 21:10). Que todos puedan, en cambio, pronunciar estas palabras. “Pero yo, como verde olivo en la casa de Dios, confio en el amor de Dios para siempre jamás” (Sal 52:10). No se trata de un olivo sensible, sino inteligible, portador de la luz. Lo propio de él es plantar y regar (cf. tal vez 1 Cor 3:6); pero a ti te corresponde aportar el fruto. Por ello, no desprecies la gracia de Dios: guárdala piadosamente cuando la recibas.


Reconocer los pecados para cambiar de vida

         5. El tiempo presente es tiempo de confesión. Confiesa todo lo que hiciste, de palabra o de obra, tanto de noche como de día. Reconócelo en el tiempo aceptable, y recibe el tesoro celestial en el día de la salvación (cf. 2 Cor 6:12). Entra con interés en los exorcismos. Sé asiduo a las catequesis y graba en tu memoria lo que allí se diga. Pues no se hablará sólo para que lo oigas, sino para que selles mediante la fe20 lo escuchado. Suprime de tu pensamiento toda preocupación humana, pues se trata de una carrera con tu propia alma. Abandona completamente lo que es del mundo. Pues se trata de cosas pequeñas; en cambio, son grandes los dones del Señor. Abandona lo que tienes delante y ten fe en lo que ha de venir. Tantos años has vivido inútilmente en la órbita del mundo. ¿No te dedicarás durante cuarenta días a la oración por tu alma? “Rendíos y reconoced que yo soy Dios,” dice la Escritura (Sal 46:11). Deja de hablar muchas cosas inútiles y deja de murmurar o de escuchar con agrado a quien murmura21. Manifiéstate más bien pronto y dispuesto a la súplica. Muestra, por la práctica de una vida más austera, la fortaleza y los nervios de tu alma. Limpia tu copa (cf. Mt 23:26) para que quepa en ella una gracia más abundante; pues el perdón de los pecados se da a todos por igual pero la comunión del Espíritu Santo se concede según la medida de la fe de cada uno (Rm 12:6). Si poco trabajas, recibirás poco; pero si haces mucho, mucha será tu paga. Corres para ti mismo, mira tu propia conveniencia.



Perdón de los demás y fidelidad en la asistencia a las asambleas

         6. Si tienes algo contra alguien, perdónale. Vas a recibir el perdón de los pecados: es necesario que también tú perdones a quien pecó contra ti. De otro modo, ¿cómo te atreverías a decirle al Señor: Perdóname mis muchos pecados cuando tú ni siquiera unas pocas cosas perdonas a quien es consiervo tuyo (Mt 18:23-35)? Manifiesta interés en las sinaxis22, y no sólo ahora cuando los miembros del clero te exigen ese interés, sino también una vez que hayas recibido la gracia. Pues si ello es bueno y laudable antes de que la recibas, ¿dejará de ser bueno después de que se haya otorgado? Si antes de que estuvieses injertado había que regarte y cuidarte con esmero, ¿no era esto mucho mejor una vez plantado? Sostén el combate por tu propia alma, sobretodo en estos días. Alimenta tu alma con la lectura espiritual, pues un banquete espiritual te ha preparado el Señor. Di tú también con el salmista: “El Señor es mi pastor, nada me faltará: él me ha colocado en la tienda, en el aprisco. Hacia las aguas de reposo me conduce, y conforta mi alma” (Sal 23:1-3). Con ello se alegrarán a la vez los ángeles y el mismo Cristo, el gran sumo sacerdote, viendo confirmado el propósito de vuestra voluntad, ofreciéndoos él también a todos vosotros, dirá al Padre: “Henos aquí a mí y a los hijos que Dios me ha dado” (Is 8:18 y Hebr 2:13), y os custodiará a todos vosotros como agradables a él. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.


1. Por estas palabras introductorias y por el contenido mismo, se observa que la presente catequesis es una invitación al bautismo.

2. Ez 18:31b.

3. Lc 15:31.

4. Mt 11:28.

5. Cf. Procatequesis, n. 3; cat. 15: n, 25.

6. De nuevo Is 1:16.

7. Sal 32:1. Se trata de un característico salmo penitencial.

8. Procat., 1, ya señalaba: “Tened en las manos las lámparas para ir a buscar a la esposa.” A ese mismo hecho hace alusión otra vez la presente catequesis; los catecúmenos que en breve habrían de recibir el bautismo llevaban lámparas encendidas.

9. Cf Lc 23:43.

10. Cf Ef 4:22-25; Col 3:10.

11. Cf 2. Cor 5:5.

12. C£ Lc 16:9.

13. Cf. Procatequesis, nota 36. Cf. cat. 15, núm. 25.

14. En las frecuentes alusiones concretas, ahora a Jn 3:8, pero constantemente con la mención del nuevo nacimiento, etc., se ve toda la influencia de Jn 3:1-21, conversación de Jesús con Nicodemo, en las catequesis de Cirilo. En el fondo se da a entender con ello la idea frecuentísima en la catequesis patrística de que por la fe y el bautismo el hombre es engendrado de nuevo: la iniciación cristiana como creación de una humanidad nueva.

15. También puede traducirse por “las medidas.”

16. Vid. cat. 3, núm. 1.

17. En esta misma catequesis, núm. 2, se ha hecho, ya mención de este “sello espiritual....” También se ha hecho mención de la anterior nota 36 y de cat. 15, núm. 21. No se volverá a insistir más sombre esto, únicamente, recordar que la ed. de Migne, PG 33,373 vuelve a mencionar la semejanza entre el “sello” y el “carácter del bautismo” con las marcas impresas en los ganados para distinguir quiénes eran sus dueños, o también con las señales grabadas con hierro candente en los soldados. Una cierta tosquedad en la comparación permite hacer entender de modo bastante plástico que el bautizado será ahora siervo sólo de Cristo.

18. Se reproduce aquí íntegra la nota que inserta la mencionada edición de PG 33, col. 374; ““Serás introducido en un nuevo paraíso racional, recibiendo un nuevo nombre.” No me resisto apenas a pensar que aquí se alude a dos pasajes del Apocalipsis, c, II, v. 7: “Al vencedor le daré a comer del leño de la vida, que está en el paraíso de mi Dios,” y v. 17: “Al vencedor le daré una piedrecita blanca, y grabado en la piedrecita, un nombre nuevo.” Pues aunque Cirilo no utiliza el libro del Apocalipsis como canonico, mencionó en sus catequesis algunas de sus afirmaciones. Afirma que al bautizado se le ha de abrir el paraíso, cat. 13,9, cuando, hechas las renuncias mirando desde el poniente y vuelto hacia el oriente, hace un pacto con Cristo. Pero es injertado en el verdadero olivo que es Cristo cuando es ungido antes del bautismo con el aceite exorcizado, cat. 20, n. 3. En Cristo somos, por último, injertados como en una viña cuando por el bautismo comulgamos (cat. 19, n. 7) con su muerte y su sepultura (por la que se ha plantado en la tierra la vid verdadera, cat. 14, n. 11).”

19. Cf Procat., n. 4; cat. 5, n. 1.

20. Cf en esta catequesis, núm. 6, procat., núm. 17.

21. Cf. Procat., núm. 16.

22. Asambleas o reuniones sagradas.



II. Invitación a la Conversión.

         Pronunciada en Jerusalén, trata sobre la conversión y el perdón de los pecados, y acerca del enemigo. La lectura de base es de Ezequiel 18:20b-21: AI justo se le imputará su justicia y al malvado su maldad. En cuanto al malvado, si se aparta de todos los pecados que ha cometido, observa todos mis preceptos y práctica el derecho y la justicia, vivirá sin duda, no morirá.”1


Realidad del pecado

         1. Realidad temible es el pecado y gravísima enfermedad del alma es la iniquidad: le secciona los nervios y además la dispone al fuego eterno. La maldad se da cuando hay delectación libre, un germen que lleva voluntariamente al mal. Ya el profeta señala con claridad que el pecado se comete de modo espontáneo y libre: “Yo te había plantado de la cepa selecta, toda entera de simiente legítima. Pues ¿cómo te has mudado en sarmiento de vid bastarda?” (Jer 2:21). La plantación es buena, pero el fruto es malo, malo por la libre voluntad: el que plantó está libre de culpa, pero la viña será aniquilada por el fuego; plantada para el bien, produjo el mal por su propio deleite. Pues, según el Eclesiastés, “Dios hizo sencillo al hombre, pero él se complicó con muchas razones” (Ecl 7:29). Y el Apóstol dice: “Hechura suya somos, creados... en orden a las buenas obras” (Ef 2:10). Pues siendo bueno el creador, creó “en orden a las buenas obras,” pero la creatura se volvió al mal por su propio arbitrio. Grave mal es, según esto, el pecado. Pero no es irremediable: es grave para quien permanece en él. Pero es fácil de sanar a aquel que lo rechaza en la conversión. Imagínate que alguien tiene fuego en sus manos. Sin duda se abrasará mientras retenga el carbón, pero si lo arroja fuera de sí, suprime la causa de su quemadura. Pero si alguien piensa que no se quema al pecar, a ese tal le dice la Escritura: “¿Puede uno meter fuego en su regazo sin que le ardan los vestidos?” (Prov 6:27). Así pues, el pecado abrasa los nervios del alma.


El origen del pecado en el interior del hombre

         2. Pero dirá alguno ¿Qué es el pecado? ¿Es un animal, un ángel o un demonio? ¿Qué es lo que lo produce?2. Atiende bien: no es un enemigo que te invada desde fuera, sino algo que brota de ti mismo. “Miren de frente tus ojos” (Prov 4:25) y no experimentarás la pasión. Ten lo tuyo, no te apoderes de lo ajeno y no existirá en ti la rapiña. Acuérdate del juicio y no existirán en ti la fornicación ni el adulterio ni el homicidio ni nada que sea pecaminoso. Pero si te olvidas de Dios, comenzarás a pensar en el mal y a realizar lo ilícito.


El diablo y el pecado

         3. Pero no sólo tú eres origen y autor de lo que haces: hay también un depravado instigador, el diablo3. El tienta a todos, pero no puede con los que no consienten. Por ello dice el Eclesiastés: “Si el espíritu del que tiene poder se abate sobre ti, no abandones tu puesto”4. Cierra tu puerta y hazlo huir lejos de ti para que no te cause daño. Pero si das entrada con indiferencia al pensamiento libidinoso, oponiéndose a tu ánimo, plantará en ti sus raíces, atará tu mente y te arrastrará hasta la cueva de los malvados. Y si acaso dices: Soy fiel, no podrán conmigo los malos deseos, aunque frecuentemente los tenga en mi ánimo. ¿Ignoras tal vez que la raíz que permanece tiempo ligada a la piedra acaba siempre rompiéndola? No aceptes siquiera el germen, porque hará añicos tu fe. Arranca de raíz el mal antes de que florezca, no sea que, actuando negligentemente desde un comienzo, tengas luego que pensar en el fuego (cf. Jer 23:29) y en el hacha (Mt3:10). Cúrate a tiempo la inflamación de ojos, para que no te quedes ciego y busques entonces médico.

         4. Causante primero del pecado es el diablo, origen de la maldad. Esto no lo he dicho yo, sino el Señor: “Porque el diablo peca desde el principio”5. Antes que él nadie pecó. Pero no pecó por fuerza de la naturaleza6, como si hubiese estado obligado al pecado (en ese caso, habría incurrido en pecado quien le hubiese hecho tal), sino que, creado bueno, se convirtió en diablo tomando nombre de su actuación7. Pues, habiendo sido arcángel8, se le ha llamado posteriormente diablo (o calumniador, Satanás), habiéndosele considerado después así en virtud de la cosa misma. Satanás es, pues, lo mismo que adversario9. Las pruebas no las aporto yo, sino el profeta Ezequiel: “Eras el sello de una obra maestra y corona de hermosura, engendrado en el paraíso divino” (Ez 28:12 var.). Y poco más abajo: “Fuiste perfecto en tu conducta desde el día de tu creación, hasta el día en que se halló en ti iniquidad” (28:15)10. Esto no te vino de fuera, sino que tú mismo engendraste el mal. Poco más abajo señala la causa: “Tu corazón se ha pagado de tu belleza, has sido herido por la muchedumbre de tus pecados, sí, por tus pecados. Yo te he precipitado en tierra” (28:17 var.). Lo mismo dice el Señor en el Evangelio en el mismo sentido: “Veía a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lc 10:18). Ya ves la consonancia entre ambos Testamentos. Al caer aquél, arrastró a muchos consigo. A quienes le siguen les sugiere malos deseos, de lo que se siguen el adulterio, la fornicación y cualquier clase de mal. Por causa suya fue expulsado nuestro primer padre Adán del paraíso y cambió éste, del que brotaban frutos admirables, por una tierra que le ofrecía espinas.


Esperanza para el pecador

         5. Entonces, dirá alguno, ¿hemos perecido engañados? ¿no habrá salvación alguna? Caímos, ¿podremos levantarnos? (Jer 8:4). Hemos quedado ciegos ¿podremos recuperar la vista? Estamos cojeando, ¿no hay esperanza de que caminemos correctamente alguna vez? Diré en resumidas cuentas: ¿No podremos alzarnos después de haber caído? (cf.Sal 41:9) ¿Es que acaso quien resucitó a Lázaro, con hedor ya de cuatro días (Jn 11:39), no te resucitará vivo también a ti? Quien derramó su preciosa sangre por nosotros nos liberará del pecado para que no claudiquemos de nosotros mismos (cf. Ef 4:19)11, hermanos, cayendo en un estado de desesperación. Mala cosa es no creer en la esperanza de la conversión. Quien no espera la salvación acumula el mal sin medida; pero el que espera la curación, fácilmente es misericordioso consigo mismo. Igualmente el ladrón que no espera que se le haga gracia llega hasta la insolencia; pero, si espera el perdón, a menudo termina por hacer penitencia. Si incluso una serpiente puede mudar la piel, ¿no depondremos nosotros el pecado? También la tierra que produce espinas se vuelve feraz si se la cultiva con cuidado: ¿Acaso podremos obtener nosotros de nuevo la salvación? La naturaleza es, pues, capaz de recuperación, pero para ello es necesaria la aceptación voluntaria.


Misericordia y amor de Dios hacia el pecador

         6. Dios ama a los hombres, y no en escasa medida. No digas tú entonces: He sido fornicario y adúltero, he cometido grandes crímenes, y ello no sólo una vez sino con muchísima frecuencia. ¿Me perdonará, o más bien se olvidará de mí? Escucha lo que dice el salmista: “¡Qué grande es tu bondad, Señor!” (Sal 31:20). Tus pecados acumulados no vencen a la multitud de las misericordias de Dios. Tus heridas no pueden más que la experiencia del médico supremo. Entrégate sencillamente a él con fe; indícale al médico tu enfermedad; di tú también con David: “Sí, mi culpa confieso, acongojado estoy por mi pecado” (Sal 38:19). Y se cumplirá en ti lo que también se dice: “Y tú has perdonado la malicia de mi corazón” (Sal 32:5)12.

         7. ¿Quieres ver el amor de Dios al hombre tú, que hace poco que vienes a las catequesis? ¿Quieres contemplar la benignidad de Dios y la enormidad de su paciencia? Mira el caso de Adán. Es el primer hombre que Dios creó, y pecó: ¿no pudo advertirle de que a continuación moriría? Pero mira lo que hace el Dios que tanto ama a los hombres. Lo arroja del paraíso (pues por el pecado no era digno de vivir allí). Y lo coloca en cualquier lugar fuera de allí (cf. Gén 3:24), para que, al ver de dónde ha caído y a dónde ha sido arrojado, consiga luego la salvación mediante la conversión. Caín, primer hombre dado a la luz, se convirtió en fratricida; maquinador del mal, autor y causante de asesinatos, y primer envidioso, quitó después de en medio a su hermano. ¿A qué pena se le condena?: “Vagabundo y errante serás en la tierra” (Gén 4:12). Grande fue el pecado, pero leve el castigo.

         8. Y ésta fue verdaderamente la clemencia de Dios, pero pequeña todavía con respecto a lo que siguió. Pues piensa en lo que sucedió en tiempo de Noé. Pecaron los gigantes y la maldad se extendió grandemente sobre la tierra (cf. Os 4:2)13. Por ella se provocó el diluvio: en el año quinientos profirió Dios su amenaza (cf. Gén 6:13)14. ¿No crees que la benignidad de Dios se extendió durante cien años cuando se podía haber infligido el castigo al momento? Todo lo alargó para dar lugar a la conversión. ¿Acaso no ves la bondad de Dios? Ni siquiera aquellos hombres, si hubiesen recobrado entonces el buen sentido, habrían notado que les faltaba la clemencia divina.


La bondad de Dios es mayor que el pecado

         9. Hablemos ahora de aquellos que se han salvado a través de la conversión. Habrá entre las mujeres quien diga: soy una prostituta, he sido adúltera, manché mi cuerpo con toda clase de lujuria. ¿Qué posibilidad existe de salvación? Observa, mujer, el caso de Rahab, que también para ti hay salvación. Pues si la que se dedicaba a la prostitución abierta y públicamente obtuvo su salvación mediante la conversión, ¿acaso quien abusó de su cuerpo alguna vez antes de haber recibido la gracia no obtendrá la salvación por la penitencia y el ayuno? Date cuenta de cómo se salvó, pues simplemente dijo: “Yahveh, vuestro Dios, es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra” (Jc 2:11)15. No se atrevía por pudor a decir que era suyo. Pero si deseas recibir el testimonio recogido en las Escrituras acerca de su salvación, tienes escrito en los Salmos: “Cuento a Rahab y a Babilonia entre los que me conocen” (Sal 87:4). Grande es la benignidad de Dios, que en las Escrituras hace memoria incluso de las meretrices. Y no dice simplemente “cuento a Rahab y a Babilonia,” sino que añadió lo de “entre los que me conocen.” Así pues, los hombres y mujeres pueden obtener la salvación mediante la conversión.

         10. Y aunque todo el pueblo hubiese pecado, ello no supera a la benignidad divina. El pueblo había fabricado un becerro, pero Dios no se arrepintió de su clemencia. Negaron los hombres a Dios, pero Dios no se negó a sí mismo (cf. 2 Tim 2:13). “Entonces ellos exclamaron: “Estos son tus dioses, Israel”“ (Ex 32:4); y sin embargo, según su modo de actuar, el Dios de Israel los custodió. Tampoco fue el pueblo el único que pecó, pues también peco Aarón, el sumo sacerdote. Moisés, en efecto, dice: “También contra Aarón estaba Yahvé violentamente irritado... Intercedí también entonces en su favor y Dios le perdonó” (Dt 9:20). Ya Moisés, suplicando en favor del sumo sacerdote pecador, suavizó la ira de Dios. ¿Jesús, el Hijo único que ora por nosotros, no aplacará a Dios? No le impidió a Aarón, a pesar de su culpa, que llegase a ser sumo sacerdote. ¿Te obstaculizará a ti que, por provenir de los gentiles, entres en la salvación? Haz igualmente penitencia tú también, oh hombre: no se te negará la gracia. Adopta después una vida irreprensible: Dios ama verdaderamente a los hombres y nadie puede explicar su clemencia a causa de su dignidad personal: incluso aunque se juntasen todas las lenguas de los hombres, ni siquiera así podrían explicar una parte de su benignidad, es decir, ni siquiera una parte de lo que se ha escrito acerca de la benignidad de Dios para con los hombres. Pero tampoco sabemos además cuánto perdonó a los ángeles, pues también a ellos les perdona, pues realmente sólo existe uno que esté sin pecado, el que nos libra de éste, Jesús16. Pero ya se ha dicho suficiente acerca de los ángeles.


El ejemplo de la conversión de David

         11. Pero si lo deseas, te presentaré también otros ejemplos que se refieren a nosotros: piensa en el bienaventurado David, claro ejemplo de conversión. Gravemente pecó cuando, después de acostarse, paseó en las horas de la tarde por la terraza mirando descuidadamente y cayendo en su debilidad humana (cf. 2 Sam 11:2). Cometió el pecado, pero, al confesarlo, no desapareció totalmente el brillo de su alma. Se presentó el profeta Natán, que le corrigió diligentemente y fue el médico de sus heridas (cf. 2 Sam 12:1-1 5a). “Se ha airado el Señor y has pecado”17. Esto se lo decia un particular al rey. Pero el rey, pese a la dignidad de la púrpura, no se indignó. Pues no tenía en cuenta a quien hablaba, sino al que le había enviada a éste. No le cegó la cohorte de soldados que le rodeaba, pues pensaba en el ejército de los ángeles del Señor y temblaba “como si viese al invisible.” Y respondió al enviado, o más bien, al Dios que le enviaba: “He pecado contra el Señor” (2 Sam 12:13). Ya ves la sumisión y la confesión del rey: ¿Acaso alguien le había declarado convicto? ¿Había muchos que conociesen el delito? El hecho se había producido rápidamente, pero el profeta se había presentado pronto como acusador. Apenas producida la ofensa, se confiesa el pecado. Al ser reconocido con claridad y sencillez, fue sanado rapidísimamente. Pues el profeta Natán, que le había conminado, le dice al momento: “También Yahvé perdona tu pecado” (ibid). Observa cómo cambia muy rápidamente el Dios que ama a los hombres. Dice, no obstante: “Provocando (a Dios), has provocado a los enemigos del Señor” (2 Sam 12:14, según versiones). Tenias muchos enemigos a causa de la justicia, pero te protegía la castidad. Pero cuando has descuidado esta protección, tienes a tus enemigos en pie para alzarse contra ti. Esta fue la forma como le consoló el profeta.

         12. Pero el bienaventurado David, a pesar de haber oído lo de que “Dios ha perdonado tu pecado,” no descuidó hacer penitencia aunque fuese rey, sino que, en lugar de la púrpura, se vistió de saco, y se sentaba no en asientos de oro, sino sobre ceniza y en el suelo18. Pero no sólo se sentaba en la ceniza, sino que también se alimentaba de ella, como dice él mismo: “El pan que como es la ceniza” (Sal 102:10). Su ojo lujurioso lo colmó de lágrimas, según dice: “Baño mi lecho cada noche, inundo de lágrimas mi cama” (Sal 6:7). Cuando los príncipes le exhortaban a que probase el pan, no asintió y continuó su ayuno hasta el séptimo día (2 Sam 12:17-20). Si el rey se manifestaba así, ¿no harás lo mismo tú que eres un simple particular? Después de la rebelión de Absalón, al ofrecérsele (al rey) diversos caminos para la huida, eligió hacerlo a través del monte de los Olivos (2 Sam 15:23), como invocando en su mente al Libertador, que desde aquí había de ascender a los cielos19. Y como le hiriese Semeí con duras maldiciones, respondió: “Dejadlo”20, pues sabía que a quien perdona se le dará el perdón21.


Otros ejemplos de penitencia

         13. Ves que es cosa buena el confesar. Y ves que es la salvación para los que se convierten. También Salomón había caído (I Re 11:4), pero, ¿cuál es la razón de decir: “Después hice penitencia”22? También Ajab, rey de Samaria era un malvado adorador de ídolos, de notoria maldad, asesino de profetas, impío, codicioso de campos y viñas ajenas (I Re 20-21). Pero cuando hizo perecer a Nabot por instigación de Jezabel, y una vez llegado el profeta Elías que quiso amenazarle, rasgó sus vestidos y se vistió de saco. ¿Qué dice entonces el Dios misericordioso a Elías?: “¿Has visto cómo Ajab se ha humillado en mi presencia?” (I Re 21:29), como queriendo calmar el genio del profeta inclinándolo hacia el penitente. Y dice: “No traeré el mal en vida suya” (ibid.; para todo el episodio, cf. 1 Re 21:17-29). Y aunque el rey, después del perdón, no habría de apartarse del pecado, Dios le perdona incondicionalmente, no porque desconociese el futuro, sino concediendo su misericordia en el momento en que está mostrando la conversión. Propio de un juez justo es dictar sentencia ajustada a cada uno de los hechos.

         14. En otra ocasión estaba en pie Jeroboam ofreciendo sobre un altar sacrificios a los ídolos: su mano sufrió una parálisis por haber mandado apresar al profeta que le recriminaba. Pero al experimentar por sí mismo la potestad de aquel hombre, exclamó: “Aplaca, por favor, el rostro de Yahvé tu Dios” (1 Re 13:6; cf. 13:1ss). Y en virtud de esta palabra le fue restablecida totalmente la mano. Pero si un profeta curó a Jeroboam, ¿acaso no podrá Cristo liberarte sanándote de tus pecados? También Manasés cometió numerosos crímenes: fue el que hizo matar a Isaías, se contaminó con todo género de idolatrías y llenó a Jerusalén de muertes de inocentes (2 Re 21:16). Pero, conducido cautivo a Babilonia, por la experiencia de su propio mal utilizó la medicina de la conversión. Pues dice la Escritura que Manasés se humilló profundamente en presencia del Dios de sus padres y “oró a él y Dios accedió, oyó su oración y le concedió el retorno a Jerusalén, a su reino” (2 Crón 33:12:13). Si éste, que había hecho aserrar al profeta23, se salvó mediante la conversión, ¿no te salvarás también.tú, que no has cometido nada tan grave?


Confiar en la posibilidad de la conversión. Ezequías

         15. No desconfíes sin motivo de la fuerza de la conversión. ¿Quieres saber realmente la fuerza que tiene la penitencia? ¿Quieres conocer a fondo esta fortísima espada de la salvación y aprender el valor que tiene la confesión?24. Por la conversión aniquiló Ezequías a ciento ochenta y cinco mil enemigos (2 Re 19:35). Y esto es realmente admirable, pero es poco en comparación con el hecho de haber cambiado mediante la conversión la sentencia divina que ya había sido pronunciada contra él. Pues Isaías le había dicho en su enfermedad “Da órdenes acerca de tu casa, porque vas a morir y no vivirás” (2 Re 20:1). Y no había, pues, expectativas, una vez que el profeta había dicho “vas a morir.” Sin embargo, no revocó Ezequías su conversión, acordándose de lo que está escrito: “Por la conversión y calma seréis liberados” (Is 30:15)25. Se volvió a la pared y elevando desde el lecho su mente al cielo (el grosor de las paredes no podía impedir sus devotas preces), exclamó: “¡Señor, acuérdate de mí!” (cf. Is 38:3), como si dijera: “Para mi salud me basta que te acuerdes de mí, tú que no estás sometido al tiempo, sino que has creado las leyes de la vida. La razón de nuestra vida no está en el origen ni el tamaño de cada uno de los astros, como algunos sueñan, sino que eres tú quien rige la vida y su duración según los planes de tu voluntad.” A causa del anuncio del profeta (cf. Is 38:1) había perdido (Ezequías) la esperanza de vivir, pero el tiempo de su vida le fue prorrogado en quince años, de lo que se le ofreció como signo el retroceso del sol (38:8). El sol volvió atrás por Ezequías. E igualmente llegó a faltar el sol a causa de Cristo, no retrocediendo sino apagándose26, mostrando así la diferencia entre Ezequías y Jesús. Pero si aquel pudo anular la sentencia de Dios, ¿no podrá Jesús conceder el perdón de los pecados? Apártate de ellos y llóralos en tu alma; cierra las puertas y ora para que te sean perdonados (cf. Mt 6:6), de modo que Dios sofoque las llamas ardientes que brotan de ti, pues la confesión27 puede extinguir el fuego y amansar a los leones.


Los tres jóvenes y Nabucodonosor

         16. Pero si no crees, piensa en lo que les sucedió a Ananías y a sus compañeros. ¿Cuántos sextarios de agua28 se necesitaban para apagar una llama que se elevaba hasta los cuarenta y nueve codos (Dan 3:47)? Pero donde más alta era la llama, allí se derramó la fe como si fuese un río, y señalaban el remedio de los males: “Eres justo en todo lo que nos has hecho... Sí, pecamos, obramos inicuamente” (Dan 3:27,29). Y la penitencia disolvió las llamas. Pero si desconfias de que la conversión pueda apagar el fuego de la gehenna, aprende de lo que les sucedió a Ananías y a sus compañeros. Aunque algún oyente agudo podrá decir: “Dios los liberó entonces justamente.” Puesto que no quisieron dar culto al ídolo, les concedió Dios la fuerza y el poder. Y como verdaderamente fue así, pasaré ahora a otro ejemplo de conversión.

         17. ¿Qué opinión tienes acerca de Nabucodonosor? ¿No has oído por las Escrituras que fue sanguinario y fiero como un león? ¿No has oído que sacó los huesos de los reyes de sus sepulcros para arrojarlos al aire? (cf.Jer 8:1ss)? ¿No has oído que se llevó al pueblo al destierro y que cegó los ojos del rey tras hacerle contemplar la degollación de sus hijos? (2. Re 25:7) ¿Y que destrozó a los querubines? No me refiero a los querubines que sólo con la mente se contemplan. ¡Quita esta idea de tu cabeza! Me refiero a los querubines que estaban esculpidos, pero también al propiciatorio desde el cual Dios hablaba (cf. Ex 25:17-22). También profanó el velo del santuario. Tomando el incensario, lo llevó al templo de los ídolos29. Transformó todos los objetos de la ofrenda, arrasó el templo desde sus cimientos. Mereció innumerables castigos por los reyes muertos y por los santos a los que injurió. Y puesto que había reducido al pueblo a servidumbre y había colocado los vasos sagrados en los templos de los ídolos, ¿acaso no era digno de padecer mil muertes?

         18. Has visto la magnitud de los crímenes. Vuélvete ahora a la clemencia de Dios. Era (Nabucodonosor) como una fiera: vivía de modo solitario y tenía que ser golpeado para ser domesticado. Tenía las garras de un león, con las cuales agarraba a los santos, y las crines de los leones. Era, en efecto, un león rápido y rugiente. Comía heno como el buey y era como un jumento que no sabía quien le había dado el reino30. Su cuerpo se cubrió de rocío, pero no creyó al ver el fuego apagado por ese mismo rocío. ¿Y que es lo que sucedió?: “Al cabo del tiempo fijado, yo, Nabucodonosor, levanté los ojos al cielo... y bendije al Altísimo, alabando y exaltando al que vive eternamente” (Dan 4:31). Cuando reconoció al Altísimo y dirigió a Dios estas palabras de su ánimo agradecido, se arrepintió de sus acciones confesando su propia debilidad. Dios le restituyó entonces el honor del reino.


Exhortación final

         19. ¿Qué, pues? A Nabucodonosor, que tantos males había hecho, Dios le dio, al haber confesado, el perdón y el reino: y a ti, si te conviertes, ¿no te dará el perdón de los pecados y el reino de los cielos, si te conduces dignamente? Dios es clemente, pronto en perdonar y tardo para la venganza. Así pues, que nadie desespere de su propia salvación. Pedro, el príncipe de los apóstoles, negó tres veces al Señor ante una sierva cualquiera. Pero, tocado por el arrepentimiento, lloró amargamente: al llorar, manifiesta la conversión íntima del corazón; y por ello no sólo recibió el perdón por su negación, sino que también conservó la dignidad de Apóstol.

         20. Hay, pues, hermanos, multitud de pecadores que se convirtieron y consiguieron la salvación, confesad también vosotros ardientemente al Señor para que recibáis el perdón de los pecados precedentes y, hechos dignos del don celestial, podáis heredar el reino de los cielos con todos los santos, en Cristo Jesús, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén31


1. El tema de la catequesis es la conversión que se requiere antes del bautismo. La catequesis exhorta a la penitencia que pide el artículo del Credo “un único bautismo de conversión para el perdón de los pecados.” Cf. sobre este particular la cat. 18, núm. 22. Es necesario también señalar que en ciertos códices se dice “trata sobre la conversión y el perdón de los pecados,” pero en la explicación frontal del tema no se añade “acerca del enemigo,” es decir, el diablo. Realmente el examen de la catequésis aclara que el tema es esencialmente la conversión y el perdón de los pecados, no siendo el diablo aquí más que un tema secundario.

2. Cf cat. 4, núm. 21.

3. Cat. 4, núms. 21:24.

4. Ecl 10:4, que completa el consejo con las palabras: “que la flema libra de graves yerros.” Es la versión de la Biblia de Jerusalén, y el versiculo parece ser de por si un consejo de prudencia ante los errores de la autoridad. La interpretación que hace el texto de la catequesis supone otro contexto diferente, el de la tentación, pero la intención es válida: mantenerse firme en las dificultades de la tentación.

5. En realidad la frase no es del Evangelio, sino de 1 Jn 3:8: “Quien comete el pecado es del Diablo, pues el diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo.” Pero en una línea semejante sí existe en Jn 8:44, puesta en boca de Jesús, esta afirmación: “Este (el diablo) era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira.”

6. Probablemente, al negar la posibilidad de pecar “por fuerza (mejor, “por necesidad”) de la naturaleza,” como si el pecado fuese una exigencia ontológica del ser del diablo, está pensando Cirilo en la afirmación al respecto extendida entre gnósticos y maniqueos (cf. PG 33, 386, nota 8).

7. La palabra griega diábolos, significa “calumniador,” “detractor,” “acusador,” funciones que realiza sobre y contra el hombre.

8. Esta idea del origen angélico del diablo se repite también en Cirilo, por ejemplo, en cat. 8, n. 4.

9. Variante también posible: “Satanás significa pues diablo” (o calumniador). De hecho, en las versiones griegas de la Biblia la expresión hebrea “Satán” se traduce a menudo por diábolos.

10. El oráculo profético se refiere propiamente a la caída del rey de Tiro. En realidad, el pasaje entero, Ez 28:1-19, es un poema-oráculo contra aquel. Una nota de la Biblia de Jerusalén a 28:11, donde comienza la predicción de la mencionada caída, señala: “Por una acomodación espontánea, la tradición cristiana ha aplicado a menudo este poema a la caída de Lucifer.”

11. Esta versión de Ef 4:19, es más próximo a la traducción que hace la Vulgata del versículo, examinando el cual y su contexto se percibe la idea paulina de que, privado el hombre del contacto con Cristo, se termina por caer en una situación de desenfreno que perjudica al mismo ser humano como tal: Ef 4:17. Es una idea afin a Rom 1:18-32.

12. Todo el Salmo 32 es importante como expresión del perdón tras el reconocimiento del pecado. El versículo 5, completo, señala: “Mi pecado te reconocí, y no oculté mi culpa; dije: “Me confesaré a Yahveh de mis rebeldías.” Y tu absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado.”

13. A la iniquidad extendida sobre Israel, según Oseas, hace aquí referencia la edición de PG 33,391, nota 62. Pero más bien habría que pensar en Gén. 6:1-4, pasaje sobre el que tiene un indudable valor sintético la nota general de la Biblia de Jerusalén.

14. La mención del año “quinientos” y “seiscientos” se refiere a años de la vida de Noé, si se toman al pie de la letra Gén 5:32 y 7:6.

15. La Biblia de Jerusalén comenta a este versículo: “Rajab se ha salvado por su fe, Hb 11,31, y justificado por sus obras, Sant 2:25. Esta extranjera, que con su fe y su caridad consigue la salvación de toda su casa, se ha convertido entre los Padres en imagen de la Iglesia.”

16. Sobre la difícil afirmación de Cirilo acerca del pecado de los ángeles, cf. PG 33, 394-395.

17. Esas palabras no son propiamente de la Escritura. Según PG 33, 396, pueden ponerse en relación con Isaías 64:4: “He aquí que estuviste enojado, pero es que fuimos pecadores,” en el contexto de una meditación-súplica a la vista de la historia de Israel.

18. Interpretación de 2 Sam 12:16.

19. Cirilo hace aquí alusión a Lc 24:50-51, la Ascensión, en combinación con Hech 1:12: “... se volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos.”

20. Más exactamente: “Dejadle que maldiga, pues se lo ha mandado Yahvé” (2 Sam 16:11).

21. Cf. de hecho 2 Sam 16:12: “Acaso Yahvé mire mi aflicción (tal vez “mi falta”) y me devuelva Yahvé bien por las maldiciones de este día.”

22. La frase es traducción tanto del original griego como de la versión latina. Parece hacer referencia a Prov 24:32, pero aquí Cirilo, como observa PG 33,390, utiliza un débil y complicado argumento para hablar de la conversión de Salomón, interpretando como tal el contexto por Prov 24:30-34.

23. Es una traducción judía la que menciona esta forma de martirio de Isaías, aunque los datos no son plenamente seguros.

24. La “confesión” mencionada aquí es la confesión de fe. Debe tenerse en cuenta que tras la “entrega,” traditio del Símbolo de la fe tiene que venir la “confesión” de fe en la “devolución” o redditio del Credo. Cirilo se refiere a la fuerza que tiene la confesión de la fe en el camino que conduce a la iniciación cristiana.

25. Por otra parte, la enfermedad, la curación y el subsiguiente cántico de acción de gracias de Ezequías aparece también en Is 38.

26. Sobre Ezequías cf. también Eclo 48:26. En el caso de Jesús, cf. el oscurecimiento del sol en Mc 15:33 par.

27. El tema al que se apunta sigue siendo la confesión de fe que se hará en la devolución del credo.

28. Sextario: medida de capacidad equivalente a poco más de medio litro en nuestro sistema de medidas.

29. Cf. una descripción general en Dan 1:2.

30. Es la afirmación de que el poder viene de Dios. Cf. cat. 8, n. 5. Sobre el tema, en el Nuevo Testamento, cf.Jn 19:11 y Rom 13:1-8.

31. Las ediciones de las catequesis de Cirilo de Jerusalén, presentan con frecuencia un segundo ejemplar de esta segunda catequesis, deducido de los códices existentes y en parte a base de conjeturas sobre los mismos (por ejemplo, PG 33,407-424). No se ha creído aquí necesario ofrecer ninguna de esas versiones, porque son variantes que probablemente se deben a que están transcritas en ocasiones diferentes en que se pudo pronunciar la misma catequesis sobre la conversión.



III. El Bautismo.


         Pronunciada en Jerusalén, trata sobre el bautismo. Toma pie de la Carta a los Romanos 6:3-4: ¿0 es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados con el bautismo en la muerte, etc. (Ro 6:3-4).


Os encamináis hacia el bautismo

         1. “¡Aclamad cielos, y exulta, tierra!” (Is 49:13) por aquellos a los que habrá que asperger con el hisopo y que serán purificados con el hisopo intelectual por la fuerza de aquel que en su pasión aceptó el hisopo y la caña (cf. Jn 19:29). Y alégrense las potencias de los cielos; prepárense las almas que habrán de ser desposadas por el divino esposo, pues está escrito “voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor” (Is 40:3; cf. Mt 3:3 par). No se trata de algo sin importancia, ni de la unión ordinaria y temerosa de los cuerpos, sino del Espíritu que todo lo escruta según la fe1 haciendo las delicias de cada cual. Pues los desposorios y los acuerdos humanos no siempre se hacen con el debido juicio, pues un esposo se inclina siempre con mayor rapidez hacia donde parece haber riquezas o prestancia de la figura. Aquí, por el contrario, no se mira a la hermosura de los cuerpos, sino a si existe una conciencia experta en apercibir al alma; no se atiende a las riquezas de la condenación sino a las que ha preparado la piedad.


Estar bien dispuestos

         2. Por tanto, hijos de la justicia, dirigid vuestro modo de obrar a Juan, que exhorta diciendo: “Rectificad el camino del Señor” Un 1:23). Quitad todos los impedimentos y tropiezos para encaminaros derechos a la vida eterna. Por la fe sincera del alma preparaos unos vasos limpios para recibir al Espíritu Santo. Comenzad a lavar vuestros vestidos mediante la conversión para que, llamados al tálamo del esposo, seáis hallados limpios. Pues el esposo llama a todos sin distinción, ya que se trata de una gracia abundante2. Todos son reunidos por la llamada en voz alta de quienes hacen el anuncio3, pero él discierne después quiénes entran en esta boda que ya estaba prefigurada4. Que no suceda ahora que alguno de los que dieron el nombre oiga aquello de: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?” (Mt 22:12). Ojalá se os conceda a todos vosotros oír: “¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor!” (Mt 25:21). Pues hasta ahora os quedabais fuera de la puerta; que ahora podáis decir todos: “El Rey me ha introducido en sus mansiones” (Cant 1:3). “Exulta mi alma en mi Dios, porque me ha revestido de ropas de salvación y con la túnica de la alegría. Me ha puesto, como un esposo, una diadema, como la novia se adorna con sus aderezos” (Is 61:10) 5. Para que el alma de todos vosotros sea encontrada “sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada” (Ef 5:27). No me refiero a antes de que consigáis la gracia (pues habéis sido llamados precisamente a recibir el perdón de los pecados), sino a que, cuando la gracia se os conceda, no haya nada condenable en vuestra conciencia que se oponga al bautismo.


Estar preparados

         3. Pues se trata de una gran cosa, hermanos, y a ella debéis acercaros con singular cuidado. Póngase cada uno de vosotros ante Dios en presencia de las miríadas de los muchos ejércitos de los ángeles. El Espíritu Santo sellará vuestras almas, pues habréis de ser seleccionados para la milicia del gran rey6. Preparaos, pues, y estad dispuestos, no revestidos de blanquísimos vestidos materiales, sino de un alma penetrada por la piedad7. No te acerques a este lavatorio como si fuera pura y simplemente agua, sino por atención a la gracia del Espíritu Santo, que se otorga conjuntamente con el agua. Pues los dones que se ofrecen en los altares de los gentiles, al no ser otra cosa que lo que son por naturaleza, quedan contaminados por la invocación de los ídolos. Pero, en nuestro caso, el agua, al invocarse sobre ella al Espíritu Santo, a Cristo y al Padre, adquiere la fuerza de la santidad8.



Renacer en el cuerpo y el alma por el agua y el Espíritu

         4. Al estar el hombre compuesto de alma y cuerpo, la purificación es doble: incorpórea para la parte no corporal, corporal para el cuerpo. Pues a la vez que el agua limpia al cuerpo, así el Espíritu sella el alma, para que, asperjados, con el corazón a través del Espíritu y, lavados por el agua, también con el cuerpo tengamos acceso a Dios9. El descenderá al agua. Por eso no debes fijarte en la pobreza del elemento material, pues habrás de recibir con eficacia la salvación: sin ambas cosas no puedes recibir la salvación. No soy yo quien lo dice, sino el señor Jesucristo, que es quien tiene la potestad sobre este asunto, pues él dice: “El que no nazca de nuevo”10, añadiendo “de agua y de Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Jn 3:5). Tampoco posee perfectamente la gracia quien es bautizado con agua, pero no recibe el Espíritu Santo. Incluso si alguien, estando instruido en las obras de las virtudes, no recibe el sello a través del agua, tampoco entrará en el reino de los cielos11. Esta afirmación parece atrevida, pero no es mía, pues es Jesús quien la ha pronunciado: la prueba para ella tómala tú de la Sagrada Escritura. Cornelio era hombre justo, tenido por digno de contemplar a los ángeles, que adecuadamente había hecho llegar hasta Dios sus súplicas y sus limosnas. Pedro vino hasta él y fue derramado el Espíritu sobre los que creían, hablaron en lenguas y profetizaron (Hech 10:34-44) y, sin embargo, después de esta gracia del Espíritu, dice la Escritura: “Y mandó (Pedro) que fueran bautizados en el nombre de Jesucristo” (10:48)12, para que, una vez regenerada ya el alma por la fe, también el cuerpo recibiese la gracia a través del agua.


La salvación a través del agua, en la historia de Israel

         5. Pero si alguien desea saber por qué razón se da la gracia a través del agua, y no por algún otro elemento, lo averiguará examinando las Escrituras. Ciertamente es gran cosa el agua, el más hermoso de los cuatro elementos fundamentales del mundo13. Pues la morada de los ángeles es el cielo; pero los cielos se componen de agua, la tierra es la sede del hombre y también la tierra ha brotado de las aguas: formada antes de la constitución en seis días de todas las cosas creadas, “el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gén 1:2). Principio del mundo es el agua y principio de los evangelios es el Jordán. La liberación del Faraón tuvo lugar para Israel a través del mar: la liberación de los pecados la obtiene el mundo por el lavatorio del agua en la palabra de Dios (cf. Ef 5:26). Donde quiera que se establece una alianza entre quienes sea, allí interviene el agua. Fue después de un diluvio cuando se sancionó la alianza con Noé (Gén 9:9). La alianza con Israel se abordó desde el monte Sinaí, pero con lana escarlata e hisopo (Hebr 9:19; cf. Ex 24:6-8)14. Elías fue tomado, pero no sin agua, pues primeramente se acerca al Jordán, pero después penetra en el cielo en un carro y transportado en un torbellino (2 Re 2:7-11). Primero se lava el sumo sacerdote, y después ofrece el incienso, pues Aarón fue lavado antes de ser hecho sumo sacerdote (cf. Lev 8:6). Pues, ¿cómo oraría por los demás el que antes no hubiese sido purificado por el agua? Símbolo del bautismo era también la pila colocada en el tabernáculo15 .


La figura de Juan el Bautista

         6. El bautismo es el fin de la Antigua y el comienzo de la Nueva Alianza. Pues el primer personaje importante fue Juan, el mayor entre los nacidos de mujer (cf. Mt 11:11), que fue el último de los profetas: “Pues todos los profetas, lo mismo que la Ley, hasta Juan profetizaron” (Mt 11:13). Pero él mismo fue el comienzo de las realidades evangélicas. Dice, en efecto, “comienzo del Evangelio de Jesucristo,”(Mc 1:1), indicando que es entonces cuando “apareció Juan bautizando en el desierto” (1:4). Aunque recuerdes a Elías, el Tesbita, el que, tomado al cielo, tampoco él es mayor que Juan. También fue transportado Henoc, y tampoco es mayor que Juan. Moisés es mayor legislador y todos los profetas son admirables, pero no son mayores que Juan. No es mi intención hacer comparaciones entre profetas, pero tanto de aquellos como de nosotros dijo el Señor Jesús: “No ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan” (Mt 11:11), y no se refiere a nacidos de vírgenes, sino de mujeres. Y si la comparación se hace entre consiervos y el siervo mayor, mucho mayor es la superioridad y la gracia del hijo frente a los siervos. ¿Ves a qué gran hombre eligió Dios como dador de esta gracia? Fue alguien que nada poseía y era amante de la soledad, pero no aborrecía el trato con los hombres; comía langostas, pero dejaba volar su alma (cf. Is 40:30-31), saciaba su hambre con miel, mientras hablaba palabras sabias y más dulces que la miel. Iba vestido con pelo de camello, mientras daba en sí mismo ejemplo de vida ascética. Cuando era gestado en el seno de su madre, fue santificado por el Espíritu Santo (Lc 1:15). Del mismo modo fue santificado Jeremías (Jer 1:5), pero no fue profeta ya antes de salir del útero. Sólo Juan saltó de gozo en el interior del útero (Lc 1:44) y, al no ver con los ojos del cuerpo, reconoció en el Espíritu a su Señor. Puesto que era grande la gracia del bautismo, grande tenía que ser también su autor.


La predicación de Juan

         7. Juan bautizaba en el Jordán y toda Jerusalén se acercaba hasta él gozando de las primicias de los bautismos16. Es en Jerusalén donde tienen su comienzo todos los bienes. Sabed vosotros, jerosolimitanos, cómo los que se acercaban se dejaban bautizar por él. “Confesando sus pecados,” dice (Mt 3:6). Primeramente mostraban sus heridas, y después él aplicaba la medicina, confiriendo a los que creían el rescate del fuego eterno. Si quieres que se te demuestre que el bautismo de Juan libraba de la amenaza del fuego, óyele a él mismo: “Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira que os amenaza? (Mt 3:7). No seas, pues, víbora. Pero si has sido alguna vez raza de víbora, despójate — está queriendo decir — de tu primitiva condición pecadora. Pues si una serpiente, al sentir la angustia del envejecimiento, cambia su piel y, renovándose, se rejuvenece con un nuevo cuerpo, también tu debes entrar por la puerta estrecha (Mt 7:13-14) mediante el ayuno que te libra de la perdición. Despójate del hombre viejo con sus obras (Col 3:9b) y di aquello del Cantar de los Cantares: “Me he quitado mi túnica, ¿cómo ponérmela de nuevo?” Pero tal vez hay entre vosotros algún simulador al acecho del favor de los hombres, que simule piedad pero no crea de corazón, sino que más bien imita la hipocresía de Simón Mago. Ese no viene hasta aquí para recibir la gracia, sino para husmear qué se le va a dar. Escuche también éste a Juan: “Ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles. Todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego” (Mt 3:10). Suprime la simulación, pues el juez es inexorable.


Dar frutos de conversión

         8. ¿Qué es, pues, lo que hay que hacer? ¿Cuáles son los frutos de la penitencia? “El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene” (Lc 3:11)17 y “el que tenga para comer, que haga lo mismo.” ¿Deseas disfrutar de la gracia del Espíritu Santo, y no te consideras digno de los que son pobres en alimentos sensibles? ¿Quieres las cosas grandes y no te comunicas en las pequeñas? Aunque hayas sido publicado y te hayas dado a la fornicación, ten esperanza en la salvación. “Los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios” (Mt 21:31). De ello es testigo también Pablo cuando dice: “Ni los impuros, ni los idólatras, etc..., heredarán el Reino de Dios. Y tales fuisteis algunos de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados” (I Cor 6:9-11). No dice: “Algunos habéis sido,” sino “esto habéis sido.” Se puede perdonar el pecado cometido por ignorancia, pero será condenando quien persevere en el mal.


Bautismo “en Espíritu Santo y fuego”

         9. Para una mayor alabanza del bautismo tengo que referirme ya al mismo Hijo de Dios, pues de los hombres no puedo ya decir nada. Grande es realmente Juan, pero no si se le compara al Señor. Fuerte es su palabra, pero no en comparación con la palabra del Verbo. ¿Qué es un ilustre portavoz en comparación al rey? Bueno es quien bautiza en agua, pero ¿qué es en comparación con quien bautiza en Espíritu Santo y fuego? (Mt 3:11). En Espíritu Santo y fuego bautizó el Salvador a los apóstoles cuando “de repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (Hech 2:2-4).


El martirio puede ser bautismo

         10. Si alguno no recibe el bautismo, no obtiene la salvación. Sólo se exceptúan los mártires que, incluso sin el agua, reciben el reino. Pero el que salvó al mundo mediante la cruz dejó brotar sangre y agua de su costado traspasado (Jn 19:34), para que unos, en tiempos de paz, fuesen bautizados con el agua, mientras otros, en épocas de persecución, fuesen bautizados con su propia sangre. Pues también el Salvador dio al martirio el nombre de bautismo al decir: “¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?” (Mc 10:38)18. Y realmente los mártires confiesan, convertidos en “espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres” (1 Cor 4:9); también poco después confesarás tú. Pero no es tiempo todavía de que oigas hablar de esto.


El bautismo de Jesús

         11. Jesús santificó el bautismo cuando él fue bautizado. Si el Hijo de Dios se hizo bautizar, ¿quién podrá despreciar el bautismo sin faltar a la piedad? Pues no fue bautizado Jesús para recibir el perdón de los pecados (pues estaba libre del pecado), sino que, a pesar de ello, fue bautizado para otorgar la gracia y la dignidad Divina a quienes se bautizan. Pues “así como los hijos participan de la sangre y de la carne, participó él también de las mismas” (Hebr 2:14), para que, hechos partícipes de su presencia corporal, también tuviésemos parte en su gracia: para eso se hizo bautizar Jesús, para que por ello la consiguiésemos, por la comunión en la misma realidad, junto con el honor de la salvación. Según el libro de Job, había una bestia en las aguas capaz de engullir el Jordán con su boca (cf. Job 40:15-24). Al tener que ser machacadas las cabezas del dragón (Sal 74:14)19, descendiendo (Jesús) al agua, ató al fuerte (cf. Mt 12:29) para que recibiésemos el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones (cf. Lc 10:19). Muy pequeña era la bestia, pero horrenda. Ningún barco de pesca podría llevar siquiera una escama de su cola; la perdición le precedía, infectando con su contagio a los que se encontraban con ella20. Apareció la vida para frenar a la muerte, y para que pudiésemos decir que hemos conseguido la salvación: “¿Dónde esta, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” (1 Cor 15:55). Pues por el bautismo es destruido el aguijón de la muerte.


También tú descenderás al agua del bautismo

         12. Desciendes al agua llevando los pecados, pero el alma queda sellada por la invocación de la gracia. Ello te libra de ser absorbido por la bestia salvaje. Has descendido muerto en tus pecados, pero asciendes vivificado en la justicia (Rm 6:11). Si has sido injertado en una muerte semejante a la del Salvador, también serás considerado digno de su resurrección (Rm 6:5). Pues Jesús murió tomando sobre sí todos los pecados del mundo para, tras aniquilar el pecado, resucitarte en la justicia. También tú, descendiendo al agua, y sepultado en cierto modo en ella como él estuvo en el sepulcro, eres resucitado caminando en novedad de vida.


El bautismo te dará la fuerza para la lucha

         13. Después, cuando Dios te haya concedido aquella gracia, te hará posible luchar contra las potestades contrarias. Así como él, después del bautismo, fue tentado durante cuarenta días. Y no porque no pudiese salir antes vencedor, sino porque quería hacer todas las cosas ordenada y sucesivamente. También tú, antes del bautismo, temías encontrarte con tus adversarios. Pero después que has recibido la gracia, confiado en las armas de la justicia, lucha ahora y, si quieres, anuncia el Evangelio.


Jesús comienza tras el bautismo su tarea de evangelización

         14. Jesucristo era Hijo de Dios. Sin embargo, no evangelizaba antes de recibir el bautismo. Si el mismo Señor administraba los momentos con un cierto orden, ¿acaso debemos nosotros, que somos siervos, atrevernos a algo fuera de ese orden? Jesús comenzó su predicación cuando “descendió sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma” (Lc 3:22). No quiere decir que Jesús fuese el primero en verlo (pues lo conocía antes de que apareciese en forma corporal). Lo importante era entonces que lo viese Juan. Pues dice: “Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es...” (Jn 1:33)21. Y también sobre ti, si tienes una piedad sincera, descenderá el Espíritu Santo y la voz del Padre descenderá desde lo alto sobre ti; no, “Este es mi Hijo” (Mt 3:17), sino “Ese ha sido hecho ahora hijo mío”22. Sólo de él (Jesús) se ha dicho: “En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios” (Jn 1:1). Es adecuado el verbo es, puesto que el Hijo de Dios existe siempre. Pero lo adecuado para ti es “ha sido hecho ahora,” puesto que, el ser hijo, no lo eres por naturaleza, sino que has conseguido por adopción el ser llamado hijo. El lo es desde toda la eternidad, pero tú adquieres esa gracia como un don.


Convertirse para hacerse bautizar y recibir el don del Espíritu Santo

         15. Prepara, pues, el receptáculo de tu alma para que seas hecho hijo de Dios, y ciertamente heredero de Dios, coheredero de Cristo (Rm 8:17). Lo conseguirás si te preparas para lograrlo: acercándote por la fe para conseguir una firme convicción, dejando a un lado el hombre viejo. Pues se te perdonará todo el mal que hayas hecho, la fornicación, el adulterio o cualquier otra clase de maledicencia y pecado. ¿Qué mayor pecado que haber crucificado a Cristo? Pues también esto lo expía el bautismo. Pues al acercase aquellos tres mil que habían crucificado al Señor, les hablaba Pedro23 y, cuando preguntaron: “¿Que hemos de hacer, hermanos?” (Hech 2:37), nos advertiste, oh Pedro, de nuestra ruina, diciendo: “Matasteis al Jefe que lleva a la vida” (Hech 3:15). ¿Qué emplasto se colocará en la herida? ¿Cómo se limpiará tanta suciedad? ¿Cuál será la salvación para tanta perdición? Respondió él: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hech 2:38). ¡Oh inenarrable clemencia de Dios! No esperan salvación alguna, pero se les agracia con el don del Espíritu Santo. Ya ves qué poder tiene el bautismo. Si alguno de vosotros crucificó a Cristo con palabras blasfemas, o si alguno por ignorancia lo negó ante los hombres o si, finalmente, alguno por sus malas acciones hizo que se maltratase la verdad, ese tal conviértase y tenga esperanza, pues la gracia permanece activa.


Confianza en la misericordia de Dios

         16. “Confía, Jerusalén: el Señor suprimirá tus pecados” (Sof 3:14-15)24. “El Señor limpiará la inmundicia de sus hijos e hijas, con viento justiciero y viento abrasador” (Is 4:4). Derramará sobre vosotros agua pura y seréis purificados de todo vuestro pecado (cf. Ez 36:25). Llegarán hasta vosotros los coros angélicos y dirán: “¿Quién es ésta que sube del desierto, apoyada en su amado?” (Cant 8:5). El alma que antes era esclava cuenta ahora al Señor como su amado. Y éste, al recibirla, exclamará: ¡Qué bella eres, amada mía, qué bella eres!.. tus dientes, un rebaño de ovejas de esquileo” (Cant 4:1-2), ello como confesión que ha brotado del dictado de la conciencia. Y también se dice: “Todos los partos serán dobles” (Cant 4:2), porque se trata de una doble gracia: me refiero a que se consigue por el agua y el Espíritu, y se anuncia en la antigua y en la nueva Alianza. Haga Dios que todos vosotros, realizando este ayuno25 y teniendo bien en cuenta lo que se dice, “fructificando en toda obra buena” (Col 1:10), manteniéndonos en pie ante el Esposo con corazón irreprensible, consigáis el perdón de los pecados de parte de Dios, a quien sea la gloria con el Hijo y en el Espíritu Santo por los siglos. Amén.


1. Cirilo parece estar aludiendo al conocimiento que Cristo tiene de lo íntimo del hombre y, por consiguiente, el conocimiento que de sí mismo y de los demás tiene el que se acerca a Cristo de modo tan íntimo como puede serlo a través del bautismo. En esta linea es útil recordar I Cor 2, quizá especialmente 2,10-16: “Porque a nosotros nos lo ha revelado Dios por medio del Espiritu; y el Espiritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios. En efecto, ¿qué hombre conoce lo íntimo del hombre sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espiritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espiritu del mundo, sino el Espiritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado, de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales en términos espirituales. El hombre naturalmente no capta las cosas del Espiritu de Dios; son necedad para él. Y no las puede conocer, pues sólo espiritualmente pueden ser juzgadas. En cambio, el hombre de espiritu lo juzga todo; y a él nadie puede juzgarle. Porque “¿quién conoció la mente del Señor para instruirle!” (Is 40:13). Pero nosotros tenemos la mente de Cristo.”

2. El bautismo es considerado aquí como gracia (cháris) o don.

3. La expresión griega habla de “anunciadores” o, mejor, “pregoneros” (la versión latina habla de pracconum), refiriéndose expresamente a quienes anuncian el kerygma (megalofónon kerykon toné).

4. Vid. procat., núm. 3.

5. Se tiene en cuenta la versión de la Biblia deJerusalén, pero también el texto mismo de las catequesis.

6. Téngase en cuenta lo dicho ya varias veces sobre el “Carácter,” referido al bautismo y a la confirmación (o ambos sacramentos a la vez). Para la comprensión de toda la frase debe incluirse también el hecho de que el “carácter” con el que se podía “sellar” en una tropa a los soldados era expresión del compromiso de un soldado con su señor. En la patrística latina, en la que Tertuliano pone definitivamente en circulación el término sacramentum, este término proviene originariamente, con un importante matiz religioso, del compromiso juridico-militar contraído por el soldado con su jefe.

7. Cf. cat. 4, núm. 18.

8. Probablemente se está refiriendo Cirilo a la bendición del agua previa a la administración propiamente dicha del bautismo. Puede referirse también simplemente al hecho central de la colación del bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espiritu, pero es tal vez más probable lo anterior.

9. Cf Hebr 10:22; “... Acerquémonos con sincero corazón, en plenitud de fe, purificados los corazones de conciencia mala y lavados los cuerpos con agua pura.”

10. Jn 3:3. Los editores del evangelio de Juan, de acuerdo con los códices, suelen preferir la versión “de lo alto.” Sin embargo, entre los Padres es frecuentisima la idea del “nuevo nacimiento” (cf I Pe 1:3).

11. Cf el caso, sin embargo, del bautismo de los mártires en el núm. 10 de la presente catequesis.

12. El razonamiento de Pedro había sido previamente (10,47): “¿Acaso puede alguno negar el agua del bautismo a éstos que han recibido el Espiritu Santo como nosotros?” En esta acción de Pedro es también el sello del bautismo el que reafirma el buen camino en que se encuentra Cornelio, lo cual ya había quedado atestiguado por el descenso del Espiritu sobre él y su gente. Todo el episodio y sus consecuenias es el bautismo de los primeros cristianos procedentes de la gentilidad, en Hch 10:1-11,18. Un cierto parecido guarda el episodio más tardío de Hch 19:1 -7.

13. Mención de la concepción filosófica, muy extendida en la antiguedad y ya vulgarizada más que auténticamente defendida en la época de las catequesis de Cirilo, según la cual son cuatro los elementos del mundo (aire, agua, tierra y fuego). La cuestión es para el dogma cristiano prácticamente irrelevante mientras no lleve a la negación del elemento espiritual del hombre. Alusión a elementos fundamentales del mundo se encuentra en cat. 9, núm. 5. Evidentemente, en ésta y en otras afirmaciones la concepción cosmológica del mundo es antigua. Lo decisivo, no obstante, en las imágenes de Cirilo es el simbolismo del agua bautismal que se expone inmediatamente a continuación.

14. Alusión también, según el relato de Exodo, al rito de lo que seria la Eucaristía a partir de la última Cena.

15. Éx 40:7: “Pondrás la pila entre la Tienda del Encuentro y el altar, y echarás agua en ella.” La pila no se encuentra propiamente dentro del tabernáculo, sino en el atrio del tabernáculo.

16. Se prefiere dejar el plural “de los bautismos” del original, pues ayuda a comprender la sustancial diferencia entre el “bautismo de conversión” deJuan (Lc 3:2), que se queda más bien en los límites de lo simbólico, y la novedad de la eficacia del bautismo de Jesús. Pero sería un error desconocer la importancia real del bautismo de Juan.

17. El mismo Cirilo hace aquí, como si se tratese de una nota, la siguiente observación: “Creíble era aquel maestro, puesto que era el primero en practicar lo que enseñaba y no hacia lo que le prohibía su conciencia.”

18. Como recuerda la nota de la Biblia de Jerusalén a Mc 10:38, “según la fuerza original del término griego “bautizar,” Jesús será “sumergido” en un bautismo dc sufrimientos.” En realidad el cristiano sabe que, al hacerse bautizar, es sumergido en la muerte de Jesús. Cf. el conocido pasaje Rom 6:3-11.

19. Cf Ez 29:3: donde se menciona a “Faraón, rey de Egipto, gran cocodrilo, recostado en medio de sus Nilos” (la imagen se prolonga en los versículos siguientes; cf. Ez 32:1ss.). Los textos de Ezequiel evocan la victoria en el agua sobre Satanás. Desde ese punto “las cabezas machacadas del dragón” pueden interpretarse como la victoria sobre el diablo que se consigue a través del agua bautismal.

20. Cf. la descripción del Leviatán en Job 40:25-41,26.

21. Cirilo no transcribe completo Jn 1:33, que concluye: “... ése es el que bautiza con Espiritu Santo.”

22. Vid. más abajo cat. 11l,9.

23. Los “tres mil” es mención de Hech 2:41. Pero la aseveración de que éstos “habían crucificado al Señor” supone las afirmaciones de Hch 2:23; “... Vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos.”

24. La versión que se da de Sof responde a la forma como Cirilo cita al profeta.

25. Se trata del ayuno de los cuarenta dias de la Cuaresma.



IV. Los Diez Dogmas.

         Pronunciada en Jerusalén, trata de los “diez dogmas.” Se parte de Col 2:8: Mirad nadie os esclavice mediante la vana falacia de una filosofía, fundada en tradiciones humanas, según los elementos del mundo y no según Cristo1 .


Finalidad: la catequesis sobre los dogmas es necesaria para evitar la desorientación

         1. El vicio imita a la virtud y la cizaña pretende pasar por trigo, porque en el aspecto es ciertamente semejante al trigo, pero los entendidos la distinguen por el gusto. También el diablo se transforma en ángel de luz (2 Cor 11:14), no para volver a donde estuvo (pues su corazón es inflexible como un yunque, sin posibilidad de un nuevo arrepentimiento), sino para envolver en la niebla de la ceguera y en el pestilente estado de la incredulidad a quienes llevan una vida semejante a la de los ángeles. Muchos van como lobos vestidos de oveja, pero con uñas y dientes de otra clase: vestidos de piel suave, disfrazándose con tal aspecto ante los sencillos, arrojan por sus dientes el mortal veneno de la impiedad. Por eso nos es necesaria la gracia para observar con mirada vigilante y aguda, no sea que, comiendo cizaña en lugar de trigo, caigamos en el vicio por ignorancia o que, creyendo que es oveja quien es lobo, nos convirtamos en su presa. Como también podría ser que, tomándolo por un ángel bienhechor, cuando es en realidad el diablo artífice de la ruina, seamos devorados por él. Pues “está rondando como león rugiente, buscando a quien devorar,” como dice la Escritura (I Pe 5:8). Por esto hace la Iglesia sus advertencias; por esto se imparte esta enseñanza; por este motivo se establecen estas lecturas.


Además de las buenas obras, se requieren creencias correctas

         2. Pues la piedad consta de dos cosas, los sagrados dogmas y las buenas obras: ni es agradable a Dios la doctrina sin buenas acciones, ni Dios acepta las obras separadas de las creencias religiosas. ¿Qué utilidad tiene el recto sentir acerca de Dios si se fornica deshonestamente? Y, a la inversa, ¿de qué sirve obrar con pudor — lo que en sí es correcto si luego se blasfema impíamente? Por consiguiente, es de gran valor el conocimiento que se pueda tener de los dogmas. Para ello es necesario tener una mente vigilante, como quiera que hay quienes obtienen su botín por medio de la filosofía y vanas falacias (Col 2:8). Los gentiles seducen a diversas realidades mediante un hablar suave, pues “miel destilan los labios de la meretriz” (Prov 5:3). Y quienes provienen de la circuncisión engañan a quienes se les acercan con falsas interpretaciones de la sagrada Escritura (cf. Tit 1:10-11), comentándola desde su infancia hasta su vejez y envejeciendo en la ignorancia de la realidad (cf. 2 Tim 3:7). Los herejes, por su parte, engañan a los humildes mediante la blandura de su lenguaje y la suavidad en el decir (cf. Rom 16:18), entrelazando con el dulce nombre de Cristo los dardos envenenados de los decretos impíos. De todos ellos a la vez dice el Señor: “Mirad que nadie os lleve a engaño” (Mt 24:4). Por ello se entrega la doctrina de la fe y se hacen exposiciones de la misma2.


Se procederá ordenadamente

         3. Pero antes de transmitiros aquello que pertenece a la fe, creo que haré bien enunciando en un breve compendio los temas fundamentales de las verdades necesarias, no sea que por las muchas cosas que hay que decir o por la misma duración de toda la santa Cuaresma pierdan la memoria del conjunto quienes entre vosotros tengan una mente más sencilla. Enumerando ahora por capítulos, no olvidaremos lo que después se ha de tratar más ampliamente. Llévenlo con paciencia los que tienen hábitos mentales más perfectos y unos sentidos más ejercitados en la distinción entre el bien y el mal, pues oirán un exordio muy simple y una introducción suave, para que a la vez obtengan provecho aquellos que necesitan de la catequesis y quienes ya tienen ciencia se alegren de recuperar en su memoria lo que ya sabían.


Acerca de Dios (dogma I)

         4. A modo de fundamento, establézcase firmemente en vuestra alma la verdad acerca de Dios3. A saber, un Dios que es solamente uno, no engendrado4 por otro, y sin nadie que vaya a sucederle, que no tuvo principio ni tendrá nunca fin, y que es él mismo bueno y justo. Si alguna vez oyes a un hereje que diga que hay algún otro que sea bueno o justo5, dándote cuenta al punto de la herejía, reconoce el dardo envenenado. Algunos se atrevieron, mediante un discurso malévolo, a dividir al Dios único: y unos dijeron que el autor y dueño del alma es otro que el de los cuerpos, enseñándolo necia e impíamente. Pues, ¿cómo es posible que un único hombre sea siervo de dos señores si dice el Señor en el Evangelio: “Nadie puede servir a dos señores” (Mt 6:24)? Por consiguiente, sólo hay un Dios, autor a la vez de las almas y los cuerpos. Uno es el creador del cielo y de la tierra, hacedor de los ángeles y de los arcángeles, artífice de las múltiples realidades, Padre desde la eternidad de su único Hijo, Jesucristo, Señor nuestro, por quien hizo todo (cf. Jn 1:3) lo visible y lo invisible (Col 1:16).

         5. El Padre de Nuestro Señor Jesucristo no está circunscrito a un lugar ni es menor que el cielo, pero los cielos son obra de sus dedos (cf. Sal 8:4) y toda la tierra se contiene en su puños. Está a la vez en el interior y fuera de todas las cosas. Y no creas que el sol le supera a él en luminosidad o es siquiera igual. Pues quien hizo el sol debe ser sin comparación mucho mayor y luminoso. Tiene conocimiento previo de las cosas futuras y es más potente que todas ellas, todo lo sabe y todo lo hace según su voluntad: no está sujeto a la sucesión de las cosas ni a lo que marcan los astros, al azar o a la necesidad del hado. Es perfecto en todas las cosas y posee por igual toda clase de virtud. Ni disminuye ni se agranda, sino que se mantiene siempre igual y del mismo modo. Ha preparado castigo a los pecadores y la corona a los justos.

         6. Ahora bien, puesto que muchos se han apartado de modos diversos del único Dios: algunos hicieron Dios al sol para permanecer sin Dios durante la noche; otros a la luna para no tener Dios durante el día; otros hicieron Dios a otras partes del mundo; algunos a las artes y otros a los alimentos o a sus pasiones. Unos enfermaron por el amor de las mujeres, otros consagraron a Venus una imagen solemnemente colocada y, bajo esta apariencia visible, prestaron adoración a los vicios y afectos de su alma. Hubo quienes, atónitos ante el fulgor del oro, juzgaron que éste y otros materiales eran dioses7. Pero si alguno graba bien en su interior la doctrina de que Dios es el principio único y cree en él de corazón, impedirá el atropello y el ímpetu de los vicios de la idolatría y del error de los herejes8. Por tanto, pon por la fe este primer dogma9 en tu alma.


Acerca de Cristo (dogma II)

         7. Cree también en el solo y único Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, Dios engendrado de Dios, engendrado como vida de la vida, como luz de luz, semejante en todo al Padre10, que no comenzó a existir en el tiempo, sino que fue engendrado desde la eternidad antes de todos los siglos y antes de todo lo que se pueda pensar. El es la sabiduría, el poder de Dios y la justicia en persona11, y está sentado a la derecha del Padre antes de todos los siglos. Pues no fue coronado por Dios, como algunos pensaron después de su pasión ni se sentó a su derecha como premio a su paciencia. En realidad tiene la dignidad regia desde el comienzo de su existencia (aunque ha sido engendrado desde toda la eternidad): siendo Dios, su sabiduría y su potestad, se sienta junto al Padre, como ya se ha dicho; reina juntamente con el Padre y lo gobierna todo con él. Nada absolutamente le falta de la dignidad divina12 y tiene un conocimiento perfecto de aquel por quien ha sido engendrado como él es a su vez conocido por quien le engendró (cf. Jn 10:15). Para decirlo en resumen, recuérdese lo escrito en los Evangelios: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo” (Mt 11:27).

         8. Pero no separes al Hijo del Padre ni creas, al relacionarlos, en una “filio-paternidad” como mezcla de uno y otro. Cree, en cambio, en que es el Hijo unigénito de Dios, Dios-Palabra antes de todos los siglos13. Pero no es palabra que, una vez pronunciada, se perdió en el aire ni semejante a las palabras que carecen de consistencia sólida y propia: es la Palabra-Hijo, creador de quienes se sirven de la palabra y de la razón; es la Palabra que escucha al Padre y habla él mismo. Si Dios lo permite, hablaremos de estas cosas en su momentos, pues no nos olvidamos de nuestro plan, que es ahora enumerar sólo los temas de una necesaria introducción a la fe.


La Concepcion Virginal (dogma III)

         9. Cree también que el unigénito Hijo de Dios descendió del cielo a la tierra por causa de nuestros pecados, asumiendo nuestra humanidad, sujeta a las mismas debilidades a las que nosotros estamos sometidos; que nació de una santa Virgen, y por obra del Espíritu Santo. Esta humanidad la asumió, no según una apariencia o mediante algún tipo de ficción, sino de modo verdadero. Ni a través de una virgen, como arrastrado a lo largo de un canal, sino habiéndose encarnado verdaderamente desde ella (y verdaderamente alimentado de ella con leche), comiendo y bebiendo además verdaderamente como nosotros. Porque si la asunción de la naturaleza humana fue un fantasma (y un engaño visual), también la salvación habría sido un engaño. (Doble era Cristo: hombre en lo que podía verse, y Dios en lo que quedaba oculto)15. En cuanto hombre, comía verdaderamente como nosotros, pues experimentaba estados corporales semejantes a los nuestros; pero, en cuanto Dios, alimentaba con cinco panes a cinco mil hombres (Mt 14:17-21). En cuanto hombre, murió verdaderamente, pero en cuanto Dios llamó a la vida a un muerto ya de cuatro días (Jn 11:39-44). Como Dios, caminó también tranquilamente sobre las aguas.


Acerca de la Cruz (dogma IV)

         10. Fue verdaderamente crucificado por nuestros pecados16. Pero si quieres negarlo, te convencerá este conocido lugar, este dichoso Gólgota en el que estamos congregados por causa del que fue clavado en la cruz: todo el orbe está lleno de los pedazos en que ha sido cortado el leño de la cruz. Pero no fue crucificado por sus pecados, sino para que fuésemos liberados de los nuestros propios. Fue entonces despreciado por los hombres, golpeado como hombre con bofetadas (Mt 26:27). pero la creación lo reconoció como Dios, pues, al ver el sol a Dios sujeto a la ignominia, se ocultó temeroso no pudiendo soportar el espectáculo (Lc 23:45).


La sepultura

         11. Se le colocó, como hombre, en un monumento en la roca (Mt 27:60), pero las piedras, al temblar, se resquebrajaron (Mt 27:51). Descendió al sheol, para rescatar allí a los justos17. ¿Querías acaso, te pregunto, que los vivos gozasen de la gracia de Dios sin ser muchos de ellos santos? ¿Que no consiguiesen la libertad quienes estaban prisioneros largo tiempo desde Adán? El profeta Isaías anunció con voz excelsa muchas cosas acerca de él. ¿No querías, pues, que el rey los liberase descendiendo con su anuncio? Allí estaban David, Samuel y todos los profetas. E incluso el mismo Juan, que decía por sus enviados: “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?” (Mt 11:3). ¿No desearías que, descendiendo, liberase a esos hombres?


La Resurrección (dogma V)

         12. Pero quien había descendido a los infiernos18, subió de nuevo. Y Jesús, que había sido sepultado, resucitó verdaderamente al tercer día. Si alguna vez te sientes vejado por los judíos, replícales recordándoles que Jonás salió de la ballena al cabo de tres días (Jon 2:1:11; Mt 12:40). Y si también un muerto recobró la vida al contacto con los huesos de Elíseo (2 Re 13:21), ¿no habrá de ser resucitado19 con mucha más facilidad el creador de los hombres? Por tanto, realmente resucitó y, vuelto a la vida, se dejó ver de nuevo por los discípulos, y los doce discípulos fueron testigos de la resurrección (Hech 2:32; 3:15; cf. 1 Cor 15:5), los cuales dieron testimonio de la resurrección no sólo con sus palabras, sino llegando hasta los suplicios y la muerte con la esperanza de una verdadera resurrección. Ciertamente “por declaración de dos o tres testigos será firme una causa,” según la Escritura (Dt 19:15; cf. Mt 18:16). Y siendo doce los que testifican acerca de la resurrección de Cristo, ¿sigues todavía sin creer en ella?



La Ascensión20

         13. Una vez que Jesús terminó el curso de sus sufrimientos y liberó a los hombres de sus pecados, ascendió en una nube (Hech 1:9) recogido de nuevo en los cielos; los ángeles estaban junto al que ascendía y los apóstoles contemplaban. Pero si alguien desconfía de lo que decimos, crea en virtud y por el poder de las cosas que ahora se ven. Pues cuando los reyes mueren, pierden con la vida su poder, pero Cristo crucificado es adorado por todo el orbe21. Anunciamos a un crucificado y tiemblan los demonios. Muchos han sido en las diversas épocas clavados a una cruz. Pero ¿acaso hizo huir al demonio la invocación de algún otro crucificado que no fuese él?

         14. Por consiguiente, no nos avergoncemos de la cruz de Cristo y, si ves a alguien que la esconda, haz tú con ella la señal en tu frente para que los demonios, viendo el signo regio, huyan lejos aterrados22. Haz este signo al comer y al beber, cuando te sientes, te acuestes y te levantes, al hablar y cuando estés andando; en una palabra, en toda circunstancia. Pues aquel que aquí fue crucificado, está ahora arriba en los cielos23. Pues si, después de crucificado y sepultado, se hubiese quedado en el sepulcro, tal vez habría que ruborizarse; pero el que fue clavado en el Gólgota a la cruz, desde la tumba mirando al Oriente en el monte de los Olivos (Zac 14:4) ascendió en el monte al cielo (Lc 24:50-51; Hech 1:12: “Desde el monte llamado de los Olivos”). Descendiendo de la tierra a los infiernos24 y vuelto de allí hasta nosotros, retornó desde nosotros de nuevo al cielo, aclamándole el Padre y diciendo: “Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies” (Sal 110:1).


El Juicio Venidero (dogma VI)

         15. Este Jesucristo que ascendió vendrá de nuevo del cielo, no de la tierra. He dicho “no de la tierra,” pues de la tierra sí han de venir en este tiempo muchos anticristos (cf. I Jn 2:18). De hecho, como veis, muchos han comenzado a decir25: “Yo soy el Cristo” (Mt 24:5), después de lo cual ha de venir la “abominación de la desolación” (Mt 24:15 par.; cf. Dn 9:27; 11:31; 12:11), usurpando para sí en falso el nombre de Cristo. Pero tú — hazme el favor — no esperes que el verdadero Cristo, Hijo unigénito de Dios, tenga que venir de la tierra, sino de los cielos, y habrá de ser visto por todos con el máximo fulgor y el máximo resplandor, rodeado de una escolta de ángeles, para juzgar a vivos y muertos. Así obtendrá el reino celeste, sempiterno y carente de todo fin. Ten certeza de todo esto y sé cauto cuando muchos digan que se acerca el final del reino de Cristo.


El Espiritu Santo (dogma VII)

         16. Cree también en el Espíritu Santo y piensa de él lo que has aceptado del Padre y del Hijo, y no según los que enseñan cosas erróneas sobre él26. Aprende por tanto que este Espíritu Santo es uno y, además, indiviso y omnipotente. Al realizar muchas cosas, no obstante, no se divide. Conoce los misterios, todo lo escruta, hasta las profundidades de Dios; descendió sobre el Señor Jesucristo en forma de paloma (cf. Lc 3:22), había estado actuante en la ley y los profetas, pero también ahora sella tu alma con ocasión del bautismo27: de su santidad necesita ahora toda la naturaleza racional y, si alguien se atreviere a blasfemar contra él, no se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero (Mc 3:29 par.). Juntamente con el Padre y el Hijo posee el honor y la gloria de la divinidad; también de él necesitan los tronos y las dominaciones, los principados y las potestades28. Pues sólo hay un Dios, Padre de Cristo; y hay un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios; y un solo Espíritu Santo, que todo lo santifica y lo deifica, y que habló en la Ley y los Profetas, en la antigua y en la nueva Alianza.

         17. Ten siempre esta señal en tu mente, pues a ella se le está anunciando todo esto de modo sumario; pero si Dios lo permite, todo lo explicaremos más ampliamente, según nuestras fuerzas, demostrándolo según las Escrituras. Pues, acerca de los divinos y santos misterios de la fe, no debe transmitirse nada sin las Sagradas Escrituras, ni deben aducirse de modo temerario cosas simplemente probables y apoyadas en argumentos construidos con palabras artificiosas. Y no creas, pues, que voy a proceder de este modo, sino probando por las Escrituras lo que te anuncio. Pues esta fe, a la cual debemos nuestra salvación, no recibe su fuerza de los comentarios y las disputas, sino de la demostración por medio de la Sagrada Escritura.


Sobre el Alma (dogma VIII)

         18. Tras el conocimiento de esta venerable, gloriosa y santísima fe, debes conocerte también a ti mismo: ¿Quién eres tú?29. Como hombre, tú has sido hecho compuesto de alma y cuerpo y, según se ha dicho poco antes30, el mismo Dios es autor de tu alma y de tu cuerpo. Debes saber también que tienes un alma libre que es obra maestra de Dios, hecha a imagen de su creador: inmortal por causa de Dios que le confiere la inmortalidad; un ser vivo dotado de razón y libre de la corrupción por causa de quien le otorgó todo ello; con capacidad de hacer lo que desee.

Horóscopo/Astrólogo: Pues tú no pecas por la posición de los astros cuando naciste31 ni te ves enredado en la fornicación de modo fatal, ni tampoco, según deliran algunos, te fuerza la conjunción de los astros a caer en la lascivia contra tu voluntad. ¿Por qué, al no querer reconocer tus propios males, atribuyes tu culpa a los astros inocentes? Y no me hables, después de todo esto, de los astrólogos, pues dice de ellos la Escritura: “Que vengan ahora y que te salven los que hacen la carta del cielo,” para añadir poco más abajo: “Helos ahí como briznas de paja, que serán consumidos por el fuego; no podrán escapar de los brazos de las llamas” (Is 47:13-4). 19. Pero aprende también esto: antes de que el alma viniese a este mundo, no cometió pecado. Pero habiendo venido inocentes, pecamos ahora voluntariamente32. No pienses que estoy interpretando mal aquello de: “Pero si hago lo que no quiero...” (Rm 7:16), sino recuerda aquello otro: “Si vosotros queréis, si sois dóciles, comeréis los bienes de la tierra; si no queréis y os rebeláis, seréis devorados por la espada” (Is 1:19-20) y, por otra parte: “Como ofrecisteis vuestros miembros al servicio de la impureza y de la iniquidad para la iniquidad, así ahora entregad vuestros miembros al servicio de la justicia para la santidad” (Ro 6:19). Acuérdate también de lo que dice la Escritura: “Como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios...” (Rm 1:28) y “lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto” (Rm 1:19) y, por otra parte, “han cerrado sus ojos” (Mt 13:15, citando Is 6:9-10). Acuérdate de Dios cuando increpa y dice: “Yo te había plantado de la cepa selecta, toda entera de simiente legítima. Pues, ¿cómo te has mudado en sarmiento de vid bastarda?” Jer 2:21).

         20. El alma es inmortal. Y son semejantes todas las almas: tanto de los hombres como de las mujeres. Sólo son diferentes los miembros de los cuerpos. No existe una clase de almas pecadoras por naturaleza y otras que actúen debidamente, pues todas actúan según su voluntad y el albedrío de cada una, mientras no hay diversidad en la sustancia de las almas y es semejante en todas ellas.

         En fin, me doy cuenta de que he dicho muchas cosas y que se nos está pasando el tiempo. Pero, ¿qué deberá anteponerse a la salvación? ¿No serás capaz de esforzarte un poco para obtener fuerzas frente a los herejes? ¿Y no quieres conocer los desvíos del camino para no caer, por imprudencia, en el precipicio? Quienes estas cosas te enseñan, no piensan obtener la más mínima ganancia con que tú las aprendas. Y tú, que eres el que las aprendes, ¿no deberás acoger de buen grado la multitud de cosas que se dicen?

         21. El alma es libre y dueña de sí misma. El diablo puede ciertamente sugerir, pero no puede forzarla a actuar privándola de la voluntad. Cuando viene a ti el pensamiento de la fornicación, si quieres, lo admites, pero no si lo rechazas. Pues si tuvieras necesariamente que fornicar, ¿por qué motivo habría preparado Dios la gehenna? Si por naturaleza hace lo recto, y no libremente, ¿con qué fin habría dispuesto Dios premios inefables? Mansa es la oveja, pero nunca ha sido coronada por su mansedumbre, puesto que esa mansedumbre no le viene por determinación de su voluntad, sino por su modo de ser.


Sobre el Cuerpo (dogma IX)

         22. Ya has oído, querido, bastantes cosas acerca del alma; si puedes, escucha ahora también acerca del cuerpo. Y no pienses lo que algunos dicen de que el cuerpo no lo ha hecho Dios, y creen que el alma habita en él como en un recipiente que le es ajeno, inclinándose por tal motivo a la práctica de la fornicación33. ¿Qué es lo que ellos recriminan al cuerpo admirable? ¿Qué es lo que le falta de decencia y armonía? ¿Qué es lo que carece de estética en su estructura? ¿No deberán caer en la cuenta tanto de la espléndida configuración de los ojos como de la posición oblicua de los oídos, para poder oír sin dificultad, o del olfato capaz de distinguir olores o también los aromas suaves, o en la doble capacidad de la lengua para gustar de las cosas y para poder hablar, sin olvidar la capacidad pulmonar para respirar el aire sin cesar? ¿Quién dio al corazón su movimiento continuo? ¿Quién anudó los nervios a los huesos de modo tan sabio? ¿Quién asignó una parte del alimento a la reparación de las fuerzas de la naturaleza, destinando otra a la defecación, haciendo cubrir pudorosamente las partes menos nobles? ¿Quién es el que hizo que la débil naturaleza humana pudiese perpetuarse mediante una sencilla unión?

         23. Y no me digas que el cuerpo es causa del pecado34. Pues si el cuerpo es la causa del pecado, ¿por qué no pecan los muertos? Coloca una espada a la derecha de un hombre que haya muerto hace poco, no matará a nadie. Ya pueden desfilar, ante un joven recientemente muerto toda clase de hermosuras; no experimentará ninguna lascivia. ¿Por qué? Porque el cuerpo no peca por sí mismo; es el alma quien peca por medio del cuerpo. El cuerpo es como el instrumento del alma, como si fuese vestido y su abrigo: se hace inmundo si es ella la que lo mueve a la fornicación; pero si se une a un alma santa, se convierte en templo del Espíritu Santo. Y no lo digo esto yo, sino el apóstol Pablo: “¿No sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros?” (I Cor 6:19). Respeta, por tanto, tu cuerpo como templo del Espíritu Santo. No manches tu carne con la fornicación; no ensucies este vestido tuyo hermosísimo. Pero si lo ensuciaste, lávalo ahora por la penitencia: hazlo mientras todavía hay tiempo.

         24. En lo referente a la castidad, ponga atención sobre todo el orden de los monjes y de las vírgenes35, que viven en el mundo una vida semejante a la de los ángeles, pero escuche también todo el pueblo de la Iglesia. Grande es, hermanos, la corona que os está preparada y, para que no cambiéis tan gran dignidad por un placer mezquino, oíd al Apóstol cuando dice: “Que no haya ningún fornicario o impío como Esaú, que por una comida vendió su primogenitura” (Hebr 23:26). Y, escrito en los libros evangélicos tu nombre a causa del propósito de pureza, cuida de que después no se tenga que borrar a causa de la torpeza cometida.

         25. Tampoco debes, si cumples perfectamente el deber de la castidad, engreírte frente a los que, unidos en matrimonio, siguen un inferior estado de vida. Como dice el Apóstol, “tened todos en gran honor el matrimonio, y el lecho conyugal sea inmaculado” (Hebr 13:4). Además, tú que vives íntegramente la castidad, ¿acaso no has nacido de padres casados? No porque poseas oro, desprecies la plata, sino que posean esperanza plena también los que viven legítimamente en matrimonio, puesto que no viven licenciosamente su unión en la pasión y el desenfreno, sino de acuerdo con lo que debe ser, concediéndose a veces tiempos para dedicarse a la oración (cf. I Cor 7:5); estos tales ofrecen sus cuerpos puros, juntamente con su vestimenta, en las asambleas de la Iglesia, pues contrajeron nupcias no por disfrutar de las pasiones, sino por la procreación de los hijos.

         26. No hay que reprobar, defendiendo un matrimonio único, a quienes se deciden por segundas nupcias. Pues aunque la continencia es cosa hermosa y admirable tampoco hay que ignorar la debilidad de la carne, lo que se puede remediar con un segundo matrimonio. El Apóstol dice, en efecto: (A los débiles y a las viudas) “bien les está quedarse como yo. Pero si no pueden contenerse, que se casen; mejor es casarse que abrasarse” (I Cor 7:8-9). Y deséchese todo lo demás, la fornicación, el adulterio y toda clase de lascivia; pero consérvese el cuerpo puro para el Señor, para que también el Señor respete el cuerpo. Nútrasele (al cuerpo) con alimentos para vivir y dénsele los cuidados adecuados, pero no para que se entregue a los placeres.


Sobre los alimentos

         27. Estas deben ser vuestras normas sobre los alimentos; de hecho hay muchos que tienen problemas con esa cuestión. Pues unos se manejan sin problemas con lo sacrificado a los ídolos, otros se abstienen, por razones de práctica de la vida ascética, de algunas de las cosas ofrecidas y condenan a quienes las comen36, y así se mancha de modos diversos el alma de algunos con respecto a los alimentos (I Cor 8:7), al ignorar las causas válidas para comer o abstenerse. Ayunamos de vino y nos abstenemos de carnes, no porque por motivos religiosos los aborrezcamos, sino en la expectativa de la gratuidad, de modo que, despreciando lo sensible, gocemos del banquete espiritual y verdadero. De modo también que, sembrando ahora en lágrimas, recojamos la cosecha de la alegría en el mundo venidero (cf. Sal 126:5-6). No despreciéis, por tanto, a los que comen, pues toman alimento por la debilidad de sus cuerpos; tampoco reprendas a los que toman un poco de vino por su estómago y sus frecuentes enfermedades37, ni los condenes como pecadores; tampoco odies las carnes, pues algunos tales había conocido el Apóstol cuando decía que “prohiben el matrimonio y el uso de alimentos que Dios creó para que fueran comidos con acción de gracias por los creyentes” (I Tim 4:3). Por consiguiente, si tú te abstienes de estas cosas, no lo hagas como si fuese abominable, pues si así fuese no obtendrías la gracia; más bien déjalas, aun siendo buenas, por lo más auténtico que se te propone, que es mucho mejor.

         28. Evita totalmente comer lo que fue ofrecido a los ídolos, pues no se trata de que lo diga yo actualmente, sino que de tales alimentos se preocuparon los mismos Apóstoles y, en aquella época, incluso Santiago, obispo de esta Iglesia; pues los apóstoles y presbíteros escribieron una epístola a todos los gentiles con la finalidad de que se abstuviesen primera y principalmente de lo inmolado, pero también de la sangre y de lo ahogado (Hech 15:2029)38. Pues muchos hombres de fiera índole que viven como perros lamen la sangre como bestias salvajes y se hinchan de animales ahogados. Pero tú, que eres siervo de Cristo, observa esto cuando comas para hacerlo piadosa y religiosamente. Con esto basta acerca de los alimentos.


Sobre el vestido

         29. Lleva un vestido sencillo, y no como ornato sino para cubrirte lo necesario; no para deleitarte con molicie, sino para calentarte en invierno y cubrir pudorosamente tu cuerpo; pero no caigas en la complicación innecesaria del vestido, con el pretexto de que te has de cubrir, o en cualquier otra necedad.


Sobre la Resurrección (dogma X)

         30. De este cuerpo usa, por favor, moderadamente; sábete que habrás de ser resucitado de entre los muertos para ser juzgado precisamente con ese cuerpo39. Pero si te viniere cualquier pensamiento de desconfianza, como si ello no pudiese suceder, juzga por otras cosas tuyas que tampoco parecen reales. Pues tú mismo, dime, piensa dónde estabas hace cien años o más. Y, si partiste de ser una realidad tan pequeña y vil, ¿cómo es que has llegado a tal desarrollo con tal armonía de tu figura externa? El que hizo que existiera lo que no existía anteriormente, ¿acaso no podrá resucitar a lo que ya fue y murió? El que cada año, en favor nuestro, levante el trigo que, sembrado, perece y se pudre, ¿tendrá dificultad en resucitarnos a nosotros mismos por quienes él mismo resucitó? Ves cómo los árboles se mantienen ahora durante tantos meses sin fruto y sin hojas; pero todos ellos, pasado el invierno, recobran la vida tras haber estado como muertos. ¿No seremos nosotros, mucho más y mucho más fácilmente, llamados de nuevo a la vida? La vara de Moisés se transformó, por voluntad de Dios, en algo muy diferente de ella misma, en una serpiente. ¿No podrá, pues, el hombre caído en la muerte ser restituido a sí mismo?

         31. No hagas caso de los que dicen que no resucita este cuerpo, pues resucitará. Testigo de ello es Isaías cuando dice: “Resucitarán los muertos, y se levantarán los que están en los sepulcros” (Is 26:19)40 y, según Daniel: “Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno” (Dan 12:2).

         Por lo demás, la resurrección es para todos los hombres, pero no será para todos igual. Pues todos recibiremos cuerpos eternos, pero no todos iguales. Los justos lo recibirán para unirse eternamente al coro de los ángeles, y los pecadores para sufrir eternamente las penas por sus pecados.


El bautismo

         32. Por todo lo cual, el Señor, por su bondad para con los hombres, les concedió a éstos la conversión del bautismo, para que, arrojando la mayor parte del peso de los pecados, e incluso todo el lastre (cf. Hebr 12:1), por la obtención del sello por medio del Espíritu Santo lleguemos a ser herederos de la vida eterna. Pero, puesto que ya antes hablamos suficientemente acerca del bautismo, pasemos ahora a los temas de instrucción que quedan.


Las Sagradas Escrituras (dogma XI)

         33. Todo esto nos lo enseñan las Escrituras de la antigua y de la nueva Alianza, inspiradas por Dios. Uno mismo es el Dios de ambas alianzas, que en la antigua preanunció que Cristo se manifestaría en la nueva y que nos condujo por la Ley y los Profetas como pedagogo hasta Cristo. “Antes de que llegara la fe, estábamos encerrados bajo la vigilancia de la Ley” (Gál 3:23), y “la Ley ha sido nuestro pedagogo hasta Cristo. Pero si alguna vez oyes a alguno de los herejes denigrando a la Ley o los profetas, replícale con aquella palabra saludable que dice: “No vino Jesús a abolir la Ley, sino a cumplirla”41. Aprende también de la Iglesia con afán cuáles son los libros del Antiguo Testamento y cuáles del Nuevo, y hazme el favor de no leer ninguno de los apócrifos42, Pues si no estás al tanto de lo que todo el mundo conoce y confiesa, ¿por qué pierdes lastimosamente el tiempo con cuestiones dudosas y controvertidas? Lee las Sagradas Escrituras, o sea, estos veintidós libros del Antiguo Testamento que tradujeron los setenta y dos intérpretes43.

         34. Después que murió Alejandro, rey de los Macedonios, dividido su reino en cuatro principados, Babilonia, Macedonia, Asia y Egipto, uno de los que reinaron en Egipto, Ptolomeo Filadelto, príncipe estudiosísimo de las letras, hacía acopio de libros de cualesquiera lugares. Oyó hablar a su bibliotecario Demetrio Falereo sobre las Escrituras de la Ley y los Profetas. Pensaba rectamente que por la fuerza no se obtienen los libros, sino que uno se gana a sus poseedores más bien por los regalos y la amistad. Sabiendo que, al forzar violentamente, lo que se da contra la voluntad propia queda frecuentemente corrompido por el engaño, mientras que lo que se enseña de modo espontáneo se regala con toda sinceridad, envió al entonces sumo sacerdote Eleazar numerosos presentes para adornar el templo de Jerusalén, haciendo venir a él a seis hombres por cada una de las doce tribus de Israel. Después, con la finalidad de comprobar si los libros estabano o no inspirados por Dios, buscando que los intérpretes enviados no se pusiesen de acuerdo entre sí, los hizo colocar a cada uno de ellos en estancias propias en donde está el Faro de Alejandría44, ordenando a cada uno traducir toda la Escritura. Terminaron el trabajo en el lapso de setenta y dos días, y el rey reunió todas las versiones, elaboradas en lugares separados y sin contacto entre los autores, comprobando que coincidían completamente no sólo en cuanto al sentido, sino en los términos mismos. La obra, pues, no era una creación verbal ni artificio de humanos sofismas, sino una versión de las Sagradas Escrituras, dictadas por el Espíritu Santo y con la inspiración de ese mismo Espíritu.

         35. Lee, pues, los veintidós libros, pero no quieras saber nada de los apócrifos. Medita y estudia sólo aquellos, que son los que en la Iglesia leemos con confianza cierta; mucho más prudentes y piadosos que tú eran los Apóstoles, así como los antiguos obispos de la Iglesia que nos los transmitieron; por tanto, tú, que eres hijo de la Iglesia, no conculques sus leyes. Medita en serio los veintidós libros del Antiguo Testamento, cuyos nombres esfuérzate en grabártelos de memoria tal como te los diré ahora. Los cinco primeros son los libros de la Ley, de Moisés: Génesis, Exodo, Levítico, Números, Deuteronomio. Después, cl libro de Josué y el de los Jueces, el séptimo y que se considera conjuntamente con Rut. De los restantes libros históricos, el primero y segundo de los Reinos se consideran uno entre los hebreos, y lo mismo sucede con el tercero y el cuarto45. De modo semejante sucede entre ellos con el primero y el segundo de los Paralipómenos, a los que consideran un único libro; también los dos libros de Esdras46 son contados como uno. El de Ester es el libro duodécimo. Estos son los históricos. Cinco están escritos en verso: Job, el libro de los Salmos, Proverbios, Eclesiastés y el Cantar de los cantares, que es el libro diecisiete. Siguen cinco proféticos: un libro de los Doce profetas47 y la Epistola48, más los libros de Ezequiel y Daniel, el vigésimo segundo del Antiguo Testamento.

         36. Los Evangelios del Nuevo Testamento son sólo cuatro, pues los demás son apócrifos y perjudiciales. También los maniqueos escribieron un “Evangelio según Tomás” que, revestido del buen olor de la denominación de “Evangelio,” corrompió las almas de la gente más sencilla. Acepta también los Hechos de los doce Apóstoles y, además, las siete epístolas católicas de Santiago, Pedro, Juan y Judas. Por fin, lo que sirve a todos de señal y es obra última de los discípulos: las catorce epístolas de Pablo. Todo lo demás déjese fuera, en un segundo plano. Todo aquello que no se lee en las Iglesias, tampoco lo leas privadamente, como ya oíste49. Pero de todo esto ya es suficiente.

         37. Huye de toda maquinación diabólica y no creas al dragón caído, que por propia voluntad mudó en otra su naturaleza buena; es capaz de persuadir a quienes consientan en ello, pero no puede quitar a nadie su libertad. Tampoco hagas caso de las predicciones de los astrólogos ni a quienes observan las aves, como asimismo tampoco escuches a cualquiera ni a las imaginativas adivinaciones de los griegos. A los filtros mágicos, los encantamientos y las perniciosas evocaciones de los muertos ni siquiera les prestes oído. Apártate de toda clase de intemperancia, y no te des a la gula ni ames la voluptuosidad. Manténte por encima de toda avaricia y usura. No asistas a los espectáculos de los gentiles. No utilices nunca amuletos en caso de enfermedad. No frecuentes ninguna taberna puerca o sórdida. Tampoco practiques la religiosidad samaritana o judía, pues para algo superior te liberó Jesucristo. Manténte alejado de toda observancia del Sábado y no consideres puros o limpios a alimentos que de por sí son indiferentes. pero sobre todo odiarás todas las reuniones de los herejes infractores; pon todos los medios para favorecer tu alma con los ayunos, las limosnas y las lecturas de los oráculos divinos para que, por la temperancia y la guarda de los sagrados dogmas, goces, por el tiempo que te quede de vivir en la carne, de la única salvación, la cual se otorga por el bautismo. Y así, adscrito por Dios Padre al ejército celestial, merezcas también la corona del cielo: en Jesucristo nuestro Señor, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


1. El título de la catequesis expresa perfectamente su contenido, pues se trata de exponer nuclearmente diez “contenidos” de la fe, que pueden enunciarse así: Dios, Cristo, nacimiento virginal, la cruz, la resurrección, la segunda venida de Cristo, el Espíritu Santo, el alma, el cuerpo, la resurrección del hombre, las sagradas Escrituras. En esta enumeración, el tema de la Escritura sería el undécimo de los expuestos. Si se cuenta de este modo, estamos ante once, y no ante diez dogmas. Por eso algunos códices hablan de catequesis “de los once dogmas.” La exposición de cada uno de los dogmas puede con frecuencia a su vez, de acuerdo con el contenido, subdividirse de modo diverso. Pero esto son cuestiones secundarias. Más importante es señalar la importancia que se da al “dogma” en estas catequesis de Jerusalén, elaboradas veinte años después del concilio de Nicea. Representan un importante testimonio del edificio dogmático que se desprende de aquel primer concilio ecuménico. Por ello y porque el conjunto de estas catequesis siempre respeta la estructura dogmática cronológicamente previa a ellas, pero posterior al Nuevo Testamento, las catequesis de Cirilo son no sólo un testimonio catequético importante, sino un reflejo de la fe dogmática y objetiva (lo que los teólogos han llamado fides quae) de la Iglesia de su época. Más observaciones concretas se harán en las notas que se añaden. Como observaciones generales son importantes las que se contienen en PG 33,449-454.

2. El original griego habla de la “enseñanza (didaskalia) de la fe” en lo cual se hace “exégesis.” En último término, ésta y las siguientes catequesis se apoyan, en cuanto a sus contenidos, en el “Símbolo,” el Credo en el que se agrupan las afirmaciones de la fe “objetiva.”

3. Como “verdad” acerca de Dios se ha traducido aquí la palabra griega “dogma.”

4. O “ingénito,” sin origen en momento determinado alguno.

5. Quizá es útil recordar aquí Mt 23:8-10.

6. Vid, las poéticas expresiones de Is 40:12.

7. Por la descripción detallada y drástica del pecado, este pasaje recuerda la que Pablo hace en Rom 1:18-32.

8. Toda esta insistencia en que Dios es el único recuerda el credo bíblico contenido en el “Escucha, Israel” de Dt 6:4-9.

9. Se continúa utilizando la terminología adoptada al principio del punto 2.

10. “Semejante en todo,” homoíon katá pánta. El término “homoíon’’ se encontró en el núcleo de la condena del arrianismo por el concilio de Nicea, no demasiados años antes de ser pronunciadas las presentes catequesis La precisión del credo niceno al respecto consiste en señalar que Jesucristo es de la misma naturaleza, “consustancial” (homoousion v no homoioousion con el Padre). Cirilo no parece hacerse aquí eco exacto -sin ponerla tampoco en duda- de la fórmula de Nicea. Sin embargo, que la doctrina de Cirilo es acorde con la enseñanza del concilio lo prueba el resto del punto 7.

11. En la persona de Jesús están porque son subsistentes en la unicidad de su persona la sabiduría, el poder, e incluso la justicia de Dios. Como “justicia” emplea Cirilo el conocido término paulino de dikaiosyne.

12. Es fórmula claramente antiarriana.

13. Cf. catequesis 11, n. 10.

14. En la catequesis 11.

15. Las palabras que se acaban de transcribir en el último paréntesis no se encuentran en todos los códices.

16. La insistencia en la realidad de la crucifixión está presente por todas partes en las catequesis de Cirilo. Esta insistencia es aún más comprensible en la ciudad en la que habían tenido lugar los acontecimientos de la Pasión.

17. El oyente de las catequesis está aquí ante la afirmación de lo que el credo y la dogmática llamarán el “descenso a los infiernos.” En la afirmación del descenso a los infiernos debe distinguirse entre la expresión, como modo de hablar, de la materialidad de un “descenso” a las regiones inferiores de la tierra (con lo que se utiliza como imagen la del sheol judío) y lo que se quiere realmente expresar: la liberación de Cristo es eficaz para los hombres de cualquier época. Ello se expresa mediante la afirmación de que todos estuvieron “esperando” fisicamente. Pero el tema, pues, es la universalidad de la redención. En el Nuevo Testamento se expresa bellamente todo esto en /1P/03/18ss.

18. Téngase en cuenta que infierno viene de “inferior.” En todo esto no se trata de una afirmación sobre el estado de condenación, sino sobre la universalidad del valor de la muerte de Cristo. Ver lo dicho en la nota 17.

19. La afirmación, en sentido pasivo, de resucitar no indica que Jesús no fuese agente activo de su propia resurrección, sino que ésta se produce en unión con el Padre. Por eso es exacta la afirmación de Hch 3:15 de que “Dios le resucitó (a Jesús) de entre los muertos.” Se trata de una confirmación más de la unión de Jesús con el Abba, el Padre. Para una profundización de la unión de Jesús y el Padre, cf. los estudios publicados por J. Jeremías, especialmente Abba. El mensaje central del Nuevo Teslamento, Salamanca 1981.

20. El texto original y la versión latina del mismo emplean la palabra “Asunción,” pero el contenido se refiere a lo que en la Iglesia de Occidente se llama “Ascensión,” término que se utiliza por tanto en la presente traducción.

21. Cf. cat. 13, núms. 3:36, 39.

22. Cat. 13, núm. 16.

23. Cat. 13, núm. 4.

24. Vid. más arriba, nota 17.

25. Probablemente es una alusión al hecho de que, hasta la época de Cirilo de Jerusalén, la historia de las herejías ha tenido ya tiempo de escribir en el cristianismo algunas de sus páginas.

26. Con lo cual Cirilo afirma la identidad de naturaleza del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo.

27. El momento del bautismo es presentado por el texto original como un kairós, es decir, como una oportunidad salvífica. Por otra parte, el empleo del verbo “sellar” (de nuevo, sfragidsein) remite a lo que anteriormente se señaló varias veces sobre la teología del “carácter,” referido tanto al bautismo como al don del Espíritu y a la confirmación. Cf. Procatoquesis, nota 36.

28. Al aplicar al Espíritu Santo todo lo que se dice del Hijo, se le atribuye lógicamente también a aquél lo que se dice sobre el triunfo y la supremacía de Cristo en Col I,16 y Ef 1:2. También en esto se observa que, si bien Cirilo de Jerusalén no es, propiamente hablando, creativo en teología trinitaria, es al menos un buen testigo de la misma.

29. El tema ya se mencionó en la catequesis 3, núm. 4.

30. Ibid.

31. En este, como en otros momentos, las catequesis se manifiestan contra la astrología y la creencia en los horóscopos.

32. Vid. cat. 6, núms. 27, 28.

33. El autor quiere defender, con razón, la dignidad del cuerpo, procurando evitar que una justa valoración del alma, lo más específico y característico del hombre creado, redunde en detrimento de la realidad somática del hombre. La enseñanza posterior de la unidad sustancial de alma y cuerpo explicará todo esto con mayor claridad, además del mejor conocimiento que hoy día se tiene de la antropología neotestamentaria con sus conceptos de soma, psyché, etc., especialmente en las cartas de Pablo. Sobre todo esto puede consultarse con provecho el estudio de F.P. FIORENZA y J.-B. METZ, El hombre como unidad de cuerpo y alma, Mysterium Salutis II/2, Madrid 1970, 661-715. El interés del presente párrafo de la catequesis está centrado especialmente en defender que, puesto que el cuerpo es una realidad del hombre con dignidad plena, “no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo” (I Cor 6:13).

34. Probable alusión al maniqueísmo que, entendiendo mal la relación entre alma y cuerpo, colocó en éste, entendiéndolo peyorativamente como materia innoble, la causa o la ocasión exclusiva del pecado.

35. La institución de los “continentes,” de los monjes y de las virgcnes es ya muy apreciada en la Iglesia de mucho tiempo antes de estas catequesis. Es posible que entre los oyentes se encontrasen quienes ya practicaran una vida monástica o viviesen en la virginidad. Debe tenerse en cuenta que la expresión “monje” en la Iglesia antigua se aplica con frecuencia a quienes viven en la continencia, pero no necesariamente haciendo vida común con otros de su mismo estado, sino en sus domicilios en las ciudades (mónachos, de monos: solo).

36. Explicando el problema (Rm 14:1-15,13; I Cor 8; 10:14-33), Pablo, aun teniendo el criterio de que no importa comer carne previamente sacrificada a los ídolos, quiere que se respeten por todos las opiniones de cada uno. Cf. p. ej., Rom 14:3: “El que come, no desprecie al que no come; y el que no come, tampoco juzgue al que come.”

37. La frase está tomada del caso en realidad diferente de 1 Tm 5:23.

38. Cirilo parece considerar la importancia que para su época tienen todavía las prescripciones de la asamblea de Jerusalén. Ésta (Hech 15:5-35) se reunió para resolver si la adopción de la circuncisión y de la Ley judías eran un paso previo a la entrada de los gentiles en la Iglesia. Pero, en el fondo, el tema que se ventilaba era si era justa la predicación paulina (el “evangelio de Pablo”), según el cual la justificación del pecador no se conseguía por las obras (y, en ellas, las obras de la Ley), sino por la fe. El tema, capital en Pablo, se aborda con sumo detalle especialmente en sus cartas a Gál y Rom. El papel moderador de Pedro fue decisivo en la asamblea (Hech 15:7-12) a favor de que el hombre se justifica gratuitamente en Cristo. Sin negar esto, pero a causa de Santiago, cultural y religiosamente muy próximo a las observancias judías, se adoptó una solución de cierto compromiso, “no imponeros más cargas que estas indispensables: abstenerse de los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza” (Hech 15:28-29). Aparte de la cuestión de “la impureza,” que con toda probabilidad se refiere a la fornicación y cuyo rechazo moral es normal, es lógico que las otras prescripciones cayeran muy pronto en desuso, especialmente en las Iglesias de Occidente, en las que muy poco después de los años centrales de la predicación de Pablo ya no se haría cuestión de que la ley judía había caducado en todos sus aspectos litúrgicos y jurídicos. Pero no parece extraño que en la Iglesia de Jerusalén, por una cierta memoria histórica que la catequesis de Cirilo parece reflejar, todavía se mantuviese cierto respeto a aquel circunstancial decreto jerosolimitano. Podría decirse, por otra parte, que en las presentes catequesis no está, todo lo presente que podría, el influjo de la antropología teológica paulina. Para algunos detalles sobre este pasaje de las catequesis, cf. PG 33,491-492, nota 1.

39. Vid. cat. 18, núm. 9.

40. Se respeta la versión de Cirilo, aunque otras versiones de la Biblia darían una traducción incluso más expresiva.

41. La frase, en labios de Jesús, es: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas” (Mt 5:17).

42. Libros bíblicos no auténticos, aunque la expresión se aplica especialmente a los llamados “evangelios apócrifos.” Se trata de libros no aceptados en el canon bíblico.

43. Los “setenta y dos” intérpretes son comúnmente conocidos en números redondos, como “Los Setenta.” Los datos, sobre ellos y su trabajo, son en gran parte legendarios en la forma como se explican en el párrafo 34 de la catequesis. No se puede precisar el número de traductores y se debe admitir que seguramente en la época en que se hizo la traducción en el reinado de Tolomeo II, rey de Egipto entre el 285 y el 247 a. C., ya existían al menos versiones griegas parciales del AT. Por lo demás, la versión de los LXX fue muy apreciada por los mismos autores del NT, que se sirven de ella con frecuencia. Fue utilísima en el judaísmo de la diáspora y, ya en el Cristianismo, ejerció un enorme influjo en la Patrística. A esta versión se refiere aquí en gran parte la catequesis de Cirilo. También hay que decir que el número de libros del AT depende de cómo éstos se cuenten. En nuestro cómputo son alrededor de cuarenta y cinco.

44. El célebre faro se construyó en la época de Tolomeo II.

45. En la clasificación griega y en la cristiana antigua, adaptada también por la versión de San Jerónimo, los libros de Samuel y de los Reyes reciben el nombre de “Libros de los Reinos.”

46. Aquí, Esdras y Nehemías.

47. Los doce profetas menores.

48. La “Carta de Jeremías” se encuentra en Bar 6.

49. Libros bíblicos son los que “se leen” en las comunidades cristianas, es decir, la norma o el “canon” que se utiliza para saber que un libro forma parte de la Escritura es el hecho de que su utilización litúrgica y en la predicación es fructuosa y alimenta la fe. Este consenso de la Iglesia universal se fue formando propiamente durante siglos y no puede decirse que estuviese ya completamente cerrado en la época de Cirilo de Jerusalén. De ahí que no se mencionen libros del Antiguo o del Nuevo Testamento que sólo más tarde entrarían a formar parte definitivamente del canon bíblico. Los libros que se integraron en un segundo momento en el número de los canónicos reciben el nombre de “deuterocanónicos.” Pero, en cualquier caso, sin descender a pormenores, toda esta valoración de los libros bíblicos debe entenderse desde la asistencia del Espíritu a la Iglesia.



V. La Fe.

         Pronunciada en Jerusalén, sobre “la fe.” El punto de partida es Hebr 11:1-2: “La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. Por ella fueron alabados nuestros mayores”1 .


El paso del orden de los catecúmenos al de los fieles

         1. La grandeza de la dignidad que Dios os ha otorgado al haceros pasar del orden de los catecúmenos al de los fieles la expresa el apóstol Pablo al decir: “Fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión con su hijo Jesucristo” (I Cor 1:9). Pero, si a Dios se le llama “fiel,” también tú recibes este calificativo al haber crecido en dignidad. Pues así como a Dios se le llama bueno, justo, omnipotente (además de señor de todo) y creador de todas las cosas, también se le llama “fiel.” Piensa, por tanto, a qué dignidad eres promovido, puesto que habrás de participar de este apelativo divino.

         2. Aquí se busca si hay alguno entre vosotros que ya sea fiel en lo íntimo de su conciencia2. Pues, “un hombre fiel, ¿quién lo encontrará?” (Prov 20:6). No se trata de que me descubras tu conciencia, pues has de ser juzgado en circunstancias humanas, sino de que muestres la sinceridad de tu fe al Dios que escruta los riñones y los corazones (cf. Sal 7:10) y “conoce los pensamientos del hombre” (Sal 94:13). Gran cosa es ciertamente un hombre fiel, y es más rico que todos los ricos aunque se encuentre privado de todas las riquezas3, y todo ello precisamente por el hecho de despreciarlas. Pues los que son ricos en lo exterior, aunque posean muchas cosas, son torturados por su pobreza interior: cuantas más cosas reúnen, más les mortifica el deseo de poseer lo que les falta. Pero el hombre fiel -y esto es lo más admirable- es rico en su pobreza sabiendo que lo único necesario es vestirse y alimentarse y, contento con ello (I Tim 6:8), desprecia las riquezas.


La fe genera comunión y confianza y es expresión de ellas

         3. Tampoco hay que pensar que el prestigio de la fe sólo se da entre quienes nos amparamos bajo el nombre de Cristo, sino que todo lo que se hace en el mundo, incluso por parte de quienes están lejos de la Iglesia, queda penetrado por la fe4. Por medio de una fe, dos personas extrañas se unen por las leyes nupciales; personas ajenas una a otra entran en la comunión de cuerpos y bienes mediante la fe que se hace presente en el contrato matrimonial. También en una cierta fe se apoya el trabajo agrícola, pues no comienza a trabajar quien no tenga esperanza de recibir frutos. Con fe recorren los hombres el mar cuando, confiando en un pequeño leño, cambian la solidez de la tierra por la agitación de las olas, entregándose a inciertas esperanzas y mostrando una confianza más segura que cualquier áncora. En la confianza, finalmente, se apoyan los negocios de los hombres, y esto no sólo sucede entre nosotros, sino también, como se ha dicho, entre quienes son ajenos a lo nuestro. Pues, aunque no aceptan las Escrituras, tienen doctrinas propias que aceptan con confianza5.


Fuerza de la fe en situaciones diversas

         4. A la verdadera fe os llama también la lectura de hoy indicándoos el camino por el que podéis agradar a Dios, pues señala que “sin fe es imposible agradarle” (Hebr 11:6). Pero, ¿cómo se resolverá el hombre a servir a Dios si no cree en él como remunerador? ¿Cómo mantendrá una muchacha su propósito de virginidad o será casto un joven si no creen en la corona inmarcesible de la castidad? La fe es el ojo que ilumina toda la conciencia y favorece la intelección, pues dice el profeta: “Si no creéis, no entenderéis”6.La fe, según Daniel, cierra la boca de los leones (cf. Hebr 11:33), pues de él dice la Escritura: “Sacaron a Daniel del foso y no se le encontró herida alguna, porque había confiado en su Dios” (Dn 6:24).

         ¿Hay acaso algo más terrible que el diablo? Pues contra él no tenemos otra clase de armas que la fe (cf. 1 Pe 5:9): un escudo incorpóreo frente a un enemigo invisible, que lanza múltiples venablos y acribilla con saetas a quienes, en la noche oscura, no están vigilantes. Pero, aunque reine la oscuridad y el enemigo no esté a la vista, tenemos como armadura la fe, como dice el Apóstol: “embarazando siempre el escudo de la fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del Maligno” (El 6:16). A menudo lanza el diablo el dardo encendido del deseo voluptuoso, pero la fe lo extingue iluminando nuestro juicio y aligerando nuestra mente7.


La fe en la historia de Abraham, Padre de las naciones

         5. Muy ampliamente podría hablarse de la fe y nunca habría tiempo suficiente para terminar de hablar de ella. Pero, de las figuras de la antigua Ley, nos bastará con Abraham, puesto que hemos sido adoptados como hijos también por su fe (cf. Rom 4:11 b). El no fue justificado sólo por sus obras, sino también por su fe (Sant 2:24; cf. 2:14-26)8. Pues había hecho muchas cosas correctamente, pero nunca había sido llamado “amigo de Dios” hasta después de que creyó9, y toda su actuación alcanzó su consumación mediante la fe. Por la fe abandonó a sus parientes; por la fe dejó patria, región y casa (Hebr 11:8-10). Y, como él fue justificado, también tú serás justificado10. Su cuerpo estaba ya agotado, pero así habría de recibir posteriormente hijos: siendo él mismo anciano, tenía una esposa anciana, Sara, pero ya sin esperanza de hijos. Pues bien, es a este anciano a quien Dios promete una futura prole. Pero él “no vaciló en su fe al considerar su cuerpo ya sin vigor” (Rm 4:19), sino que atendió al poder del que se lo prometía, “pues tuvo como digno de fe al que se lo había asegurado” (Hebr 11:11). Por ello, como de unos cuerpos muertos y en contra de lo pensado, recibió un hijo (cf. Hebr 11:12; Rom 4:18-22). Después, al recibir la orden de ofrecer el hijo recibido (Gén 22), a pesar de que había oído aquello de “por Isaac llevará tu nombre una descendencia” (Gén 21:12b), ofreció a su hijo único a Dios, pues “pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar de entre los muertos” (Hebr 11:19). Y después de haber atado a su hijo y colocarlo sobre la leña, lo sacrificó ciertamente en su voluntad, pero recobró vivo a su hijo por la bondad de Dios que en el mismo lugar puso un cordero que sustituyera a su hijo. Y así, teniendo verdaderamente fe, “recibió la señal de la circuncisión como sello de la justicia de la fe que poseía siendo incircunciso” (Rm 4:11, que utiliza Gén 17:11), una vez aceptada la promesa de que se convertiría en padre de muchas naciones (cf. Gén 12:2-3); 15:5,18; 17:5; Rom 4:11)11.

         6. Veamos ahora cómo Abraham fue padre de muchas naciones. Claramente lo es de los judíos, según la descendencia de la carne. Pero si, al explicar la profecía, atendiéramos a la descendencia carnal, nos veríamos obligados a entender equivocadamente el oráculo; pues no es, según la carne, padre de todos nosotros. Sin embargo, el ejemplo de su fe nos hizo a todos hijos de Abraham (cf. Rom 4:12). ¿Por qué así? Entre los hombres es increíble que alguien resucite de entre los muertos, del mismo modo que es igualmente increíble que brote descendencia de un seno estéril. Pero cuando se anuncia que Cristo, que fue crucificado en el madero, resucitó de entre los muertos, lo creemos. Por la semejanza de la fe llegamos a ser hijos adoptivos de Abraham. Y entonces, después de la fe, recibimos el sello espiritual. Somos circuncidados en el lavatorio por medio del Espíritu Santo, pero no en el prepucio sino en el corazón, según lo que afirma Jeremías: “Circuncidaos para Yahvé y extirpad los prepucios de vuestros corazones” (Jer 4:4) o, según el Apóstol, de quien son estas expresiones: “Por la circuncisión en Cristo... Sepultados con él en el bautismo” (Col 2:11-12), etc.


De nuevo, la fuerza de la fe

         7. Si guardamos esta fe, nos veremos libres de la condenación y adornados de todo género de virtudes. Pues la fe tiene poder para mantener a los hombres andando sobre las aguas. Pedro era un hombre semejante a nosotros, formado de carne y sangre y que se alimentaba con los mismos alimentos. Pero cuando Jesús le dijo: “Ven,” por la fe “se puso a caminar sobre las aguas” (Mt 14:29-31), teniendo sobre ellas en la fe un cimiento más firme que cualquier otro; el peso del cuerpo era suprimido por la agilidad de la fe. Y mientras creyó, anduvo con paso firme sobre las aguas; pero cuando dudó, comenzó a hundirse (14:30). Al alejarse y disminuir poco a poco la fe, era arrastrado hacia el fondo. Cuando Jesús se dio cuenta de la dificultad, él, que es capaz de curar las aflicciones íntimas del alma, exclamó: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (14:31). Y con la fuerza de él, que le cogió la mano derecha, con lo que recobró la fe, llevado de esta mano por el Señor, continuó como antes andando sobre las aguas. Indirectamente habla de esto último el Evangelio cuando señala: “Subieron a la barca...” (14:32). No dice que Pedro subiera después de nadar, sino que nos insinúa que el espacio que recorrió hasta Jesús lo hizo andando y, tras recorrerlo de nuevo, subió a la barca.

         8. La fe tiene tanta energía como para no sólo salvar a quien cree, sino para que se salven unos por la fe de otros. Pues no tenía fe aquel paralítico de la ciudad de Cafarnaún, pero sí tenían fe quienes lo transportaban o introdujeron a través del tejado. El alma del enfermo sufría juntamente con el cuerpo la enfermedad. No creas que temo que él me acuse, pues el mismo Evangelio dice: “Viendo Jesús,” no la fe de él, sino “la fe de ellos, dice al paralítico: Levántate”12. Los que lo llevaban (al paralítico) eran quienes creían y la curación sobrevino al que estaba paralítico13.


“El Señor domina desde las  alturas":  "camina  sobre  el  mar y aplaca las olas” (Esposizioni sui salmi, III, Roma 1976, p. 231).


Algunos se han salvado por la fe de otros

         9. ¿Quieres conocer todavía con mayor seguridad que algunos se salvan por la fe de otros?: Murió Lázaro y habían pasado un día, un segundo día y un tercero; al muerto se le habían debilitado los nervios y la putrefacción ya hacía mella en el cuerpo. ¿Cómo podía creer un muerto de cuatro días y suplicar para sí un libertador? Pero lo que en vida le faltó al difunto, lo suplieron sus hermanas. Pues una de ellas, al llegar el Señor, se inclinó a sus pies y, cuando él dijo: “¿Dónde lo habéis puesto?” y ella respondió: “Ya hiede de cuatro días,” él exclamó: “Si crees, verás la gloria de Dios” (Jn 11:17 ss). Es como si dijera: haz tú las veces del muerto en lo que respecta a la fe. Y tanto pudo la fe de las hermanas como para sacar al muerto de las fauces del hadeas. Así, pues, teniendo fe unos por otros, pudieron resucitar muertos. Y tú, teniendo fe para ti mismo, ¿no sacarás un provecho mucho mayor? Pero si no tienes ninguna fe, o la tienes escasa, clemente es el Señor para volverse propicio hacia ti cuando te conviertes. Con sencillez y de corazón, di simplemente: “Creo, Señor, ayuda a mi incredulidad” (Mc 9:23). Pero si crees que tienes fe, aunque todavía de modo imperfecto, es necesario que tú también digas con los Apóstoles: “Señor, auméntanos la fe” (cf. Lc 17:5). Pues ya tienes algo en ti, pero recibirás algo de lo mucho que en él se contiene.


La fe “objetiva” junto con la fe como actitud

         10. Por su nombre la fe es única, pero es en realidad de dos clases. Hay una clase de fe que se refiere a los dogmas, que incluye la elevación y la aprobación del alma con respecto a algún asunto. Ello reporta utilidad para el alma, como dice el Señor: “El que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio” (Jn 5:24) y, además: “El que cree en él (en el Hijo), no es juzgado” (Jn 3:18), “sino que ha pasado de la muerte a la vida” (Jn 5:24)14. ¡Oh gran bondad de Dios para con los hombres! Los justos agradaron a Dios con el trabajo de muchos años. Pero lo que ellos consiguieron esforzándose en un servicio a Dios durante largo tiempo, esto te lo concede a ti Jesús en el estrecho margen de una sola hora. Si crees que Jesucristo es Señor (Cf. Rm 10:9; Flp 2:11) y que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo (Rm 10:9; cf. Rm 1:4 ss; cf. I Co 12:3) y serás llevado al paraíso por quien en él introdujo al buen ladrón (Lc 23:43). Y no desconfias de que esto pueda hacerse, pues el que salvó en este santo Gólgota al ladrón tras una fe de una sola hora, ese mismo te salvará a ti también con tal de que creas.


Los carismas que brotan de la fe

         11. Pero hay otra clase de fe, que es dada por Cristo al conceder ciertos dones. “Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carismas de curaciones...” (1 Cor 12:8:9). Esta fe, dada como una gracia por el Espíritu, no es sólo dogmática, sino que crea posibilidades que exceden las fuerzas humanas. Pero quien tenga esta fe, dirá “a este monte: “Desplázate de aquí allá,” y se desplazará” (Mt 17:20). Y cuando alguno, al decir esto mismo, “crea que va a suceder lo que dice” “y no vacile en su corazón” (Mc 11:23), recibirá aquella gracia. De esta fe se dice: “Si tuviereis fe como un grano de mostaza” (Mt 17:20). Pues el grano de mostaza es de un volumen muy reducido, pero dotado de una fuerza como fuego y, sembrado en un espacio estrecho, hace crecer grandes ramas y se desarrolla, pudiendo albergar a las aves del cielo (cf. Mt 13:32). Del mismo modo, también la fe obra grandes cosas en el alma en rapidísimos instantes. Pues, una vez que se le ha infundido la luz de la fe, se hace una imagen acerca de Dios y piensa en cómo es en la medida en que puede entenderlo. Abarca los extremos de la tierra y, antes de la consumación de este mundo, ya ve el juicio y la concesión de los bienes prometidos. Ten, pues, esta fe que está en ti y a él se refiere, para que también de él recibas la que está en él y que actúa por encima de las fuerzas humanas15.


La confesión de la fe en el Símbolo

         12. Al aprender y confesar la fe16, debes abrazar y guardar como tal sólo la que ahora te es entregada por la Iglesia con la valla de protección de toda la Escritura. Pero, puesto que no todos pueden leer las Escrituras — a unos se lo impide la impericia y a otros sus ocupaciones —, para que el alma no perezca por la ignorancia, compendiamos en pocos versículos todo el dogma de la fe. Quiero que todos vosotros lo recordéis con esas mismas palabras y que os lo recitéis en vuestro interior con todo interés, pero no escribiéndolo en tablillas, sino grabándolo de memoria en tu corazón17. Y cuando penséis en esto meditándolo, tened cuidado de que en ninguna parte nadie de los catecúmenos escuche lo que se os ha entregado.

         Os encargo de que esta fe la recibáis como un viático para todo el tiempo de vuestra vida y que, fuera de ella, no recibáis ninguna otra: aunque nosotros mismos sufriésemos un cambio, y hablásemos cosas contrarias a lo que ahora enseñamos o aunque un ángel contrario, transformado en ángel de luz (cf. 2 Cor 11:14), quisiera inducirte a error. Pues “aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema!” (Gál 1:8)18.

         La fe que ahora estáis oyendo con palabras sencillas, retenedla en vuestra memoria; considera cuando sea oportuno, a la luz de las Sagradas Escrituras, el contenido de cada una de sus afirmaciones. Esta suma de la fe no ha sido compuesta por los hombres arbitrariamente, sino que, seleccionadas de toda la Escritura las afirmaciones más importantes, componen y dan contenido a una única doctrina de la fe19. Y así como la semilla de mostaza desarrolla numerosos ramos de un grano minúsculo, también esta fe envuelve en pocas palabras, como en un seno, todo el conocimiento de la piedad contenido tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Así, pues, hermanos considerad y conservad las tradiciones que ahora recibís y grabadlas en la profundidad de vuestro corazón (cf. 2 Tes 2:15).

         En este momento parece entregar Cirilo el Símbolo, pero se transcribe al terminar totalmente la catequesis y aparte. El Símbolo jerosolimitano no se encuentra directamente en el texto de las catequesis.


la barca de la Iglesia que Cristo fundó, triunfará…, portae inferi non praevalehunt) (Matth. 16,18) las puertas del infierno no prevalecerán, le dijo Cristo a su Iglesia Católica - «Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea 


Guardar celosamente la fe que se entrega en el Símbolo

         13. Vigilad piadosamente que en ninguna parte el enemigo asalte a ninguno por estar pasivo o perezoso; que ningún hereje corrompa nada de lo que os ha sido entregado. Porque la fe20 es como plata que os habíamos prestado y que se devuelve al prestamista. Pero Dios os pedirá razón del depósito. Os “conjuro,” como dice el Apóstol, “en presencia de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo, que ante Poncio Pilato rindió tan solemne testimonio, a que conservéis sin mancha esta fe que os ha sido entregada hasta la Manifestación de nuestro Señor Jesucristo”21.

         “Manifestación que a su debido tiempo hará ostensible el Bienaventurado y único Soberano, el Rey de los reyes y el Señor de los señores, el único que posee inmortalidad, que habita en una luz innacesible, a quien no ha visto ningún ser humano ni le puede ver. A él el honor y el poder por siempre. Amén.” (1 Tim 6:15-16)


1. El tema de esta catequesis suele definirse como “sobre la fe y el símbolo,” pero con frecuencia se le llama “Sobre la fe.” Un símbolo en uso en la Iglesia de Jerusalén se transcribe tras la presente catequesis.

2. Cf. 1 Cor 4:2-4.

3. Prov 17:6, según la versión de los Setenta

4. Las líneas que siguen tienen como objetivo más directo explicar que también existe una fe humana, en los contratos, etc., que es utilizada aquí para dar una idea explicativa de lo que puede ser la fe en el ámbito cristiano. Todo el resto del párrafo 3 deja entrever, por otra parte, con bastante claridad la conciencia de distinción que existe entre el cristiano y los que viven fuera de la Iglesia.

5. Doctrinas filosóficas, religiones, sectas, etc.

6. Cf. Is 7:9: versión de los Setenta. Sobre la dificultad del versículo,, es muy útil, de modo resumido, la nota de la Biblia deJerusalén. A un teólogo la versión de los LXX, utilizada aquí por Cirilo, le recuerda inevitablemente el planteamiento del téologo medieval Anselmo de Canterbury sobre la fe como medio que posibilita la penetración en el misterio de Dios (Fides quaerens intellectum).

7. Vid. procat, n. 10, y cat. 16, n. 19.

8. Sobre el tema de la justificación por la fe es determinante, dentro del canon neotestamentario, la amplísima exposición de Pablo en Rom (el núcleo de la carta es tal vez 3:21-32) y Gál. La exposición de Sant 2:14-26 necesita una adecuada exégesis y es, en parte, una respuesta a las exageraciones de ciertos seguidores de Pablo para quienes serian innecesarias las obras de vida eterna, necesaria manifestación de la fe que en rigor, es la única realidad que justifica al hombre. Sobre el tema son muy interesantes los trabajos de O.H. Pesch y F. Mussner contenidos en la exposición de la dogmática Mysterium Salutis, t. IV/2, Madrid 2 1984

9. Gén 15:6: “Y creyó él en Yahvé, el cual se lo reputó por justicia.”

10. Rom 4:23: “Y la Escritura no dice solamente por él que le fue reputado, sino también por nosotros, a quienes ha de ser imputada la fe....” Sobre los acontecimientos del AT como figura o “tipo” de las realidades cristianas, cf I Cor 10:1-13.

11. Toda la concepción de Pablo sobre la fe de Abraham tiene relación con el proceso de fe del cristiano. Si se atiende a Rom 4: se observa que como Abraham, el cristiano recibe, en el kerigma y en el proceso de catequización conducente al bautismo, una promesa a la que, como Abraham, responde con la fe. La circuncisión que Abraham recibe cuando en él ha quedado suficientemente probada la fe, es imagen es decir, también “sello” (el sfragis del N T y de las catequesis de Cirilo) del signo bautismal o del “carácter” sacramental del bautismo, del que ya tantas veces se ha hablado. En el fondo, el proceso de cristianización del hombre hasta que en él se hace activo el sello del bautismo, no es más rápido que el hábito maduro de la fe en Abraham.

12. Mt 9,2. En realidad, en el versículo mencionado las palabras de Jesús al paralítico son: “¡Animo, hijo, tus pecados te son perdonados!” Las palabras “Levántate, vete a tu camilla y vete a tu casa” aparecen en el v. 6, tras la controversia de Jesús con los circunstantes.

13. No todos los códices parecen atribuir el párrafo 8 al texto de las catequesis de Cirilo de Jerusalén, sino, al menos en parte del párrafo, a un comentario de Cirilo de Alejandría al cuarto evangelio. Pero aquí se transcribe el párrafo siguiendo el estado del texto tal como aparece en PG 33,515 (cf ibid, nota 1).

14. Cuando Cirilo ha indicado que “hay una clase de fe que se refiere a los dogmas,” esa fe está concebida como el acto por el que quien cree se pone confiadamente en manos de Dios y acepta todo lo que él manifiesta, además de que le confía su existencia. Este segundo aspecto queda subrayado por las tres citas del evangelio de Juan que aparecen poco más abajo. En el párrafo 11 se entenderá por fe, aunque emparentado con la anterior, más bien el hecho de que Dios reparte gratuitamentc sus dones para bien de todos. Estos y otros aspectos brotan del tronco único de la fe.

15. El lenguaje de la catequesis parece como si diese a entender que los carismas, tal vez por lo que a menudo tienen de extraordinario, son como “más dificiles” y como si dependiesen de Dios en mayor medida que la “fe dogmática>. Naturalmente, esto necesitaría mayor precisión de lenguaje.

16. Aquí por “la fe” debe entenderse el Credo o símbolo de la fe que debe memorizarse para la redditio o devolución.

17. La prohibición de la escritura material del Credo, insistida con frecuencia en los primeros siglos del cristianismo, se hacia para evitar que cayese en manos paganas. El contenido del credo formaba parte también de la disciplina del arcano y tampoco debía mostrarse siquiera a los catecúmenos, considerados aquí como tales quienes no habían llegado a las catequesis sobre el Símbolo.

18. “Anatema,” puede significar “diana de maldicióm.” Cirilo añade “para vosotros” (:”... sea anatema para vosotros”). Pablo insiste machaconamente en la idea en 1,9.

19. Puede entenderse también “enseñanza de la fe,” con lo que parece entenderse claramente que el credo y la dogmática son fuente de enseñanza, didaskalia, de la fe.

20. Puede entenderse tal vez “el Símbolo de fe” o el Credo, pero quizá más bien la proclamación del Credo como profesión de la fe que se ha llegado a tener.

21. Cita de sobre todo 1 Tm 6:13-14: pero el “conjuro” pertenece a 5:21 y el “conservéis,” en plural, es una adaptación a la pluralidad de oyentes de la catequesis. La “Manifestación” (epifaneia) es un término para expresar la venida en gloria de Jesucristo al final de la historia, que Pablo y amplios círculos de la primera Iglesia creían tal vez cronológicamente próxima.



Símbolo Jerosolimitano.


         La fe santa y apostólica, entregada a los que han de ser iluminados para que la confiesen1.

         I. Creemos2 en un solo Dios3, Padre4 todopoderoso5, autor del cielo y de la tierra6, de todo lo visible y lo invisible7.

         II. Y en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios8, nacido del Padre y Dios verdadero antes de todos los siglos, por quien todo fue hecho9

         III. Que vino en cerne10 y se hizo hombre de una Virgen y por obra del Espíritu Santo11.

         IV. Fue crucificado y sepultado12.

         V. Resucitó al tercer día13.

         VI. Y ascendió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre14.

         VII. Y ha de venir en gloria15 a juzgar a vivos y muertos16: su reino no tendrá fin17.

         VIII. Y en el Espíritu Santo Paráclito18, que habló por los profetas19.

         IX. Y en un bautismo de conversión20 para el perdón de los pecados.

         X. Y en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica21.

         XI. Y en la resurrección de la carne22.

         XII. Y en la vida eterna23.


1. Este Símbolo de la fe o Credo está deducido de distintos lugares de las catequesis de Cirilo. Es el resultado de la elaboración que se explica en Migne PG 33,533-535. Sobre los avatares redaccionales de la presente versión, cf ibid., 523-531. La denominación de “apostólica” manifiesta que los contenidos de la fe que aquí se expresan coinciden, aunque la formulación pueda parecer distinta, con los que los apóstoles predicaron. Se respetan también aquí las citas bíblicas añadidas en Migne, salvo algún retoque secundario.

2. Cf Jn 14:1.

3. Is 45:18; 1 Co 8:6.

4. Rom 8:15-16.

5. Por ej., Jer 32:19.

6. Cf. Sal 136. Gén 1:1-2:25 contiene los dos relatos clásicos de la creación.

7. Cf. Col I,16.

8. Jn 1:18; 3:16.

9. Especialmente ilustrativo es Jn 1:1-2;cf. I Jn 1:1.

10. 1 Jn 4:2.

11. Cf Lc 1:35.

12. Cf 1 Cor 15:3-4. Los expertos están en general de acuerdes en que muy probablemente I Cor 15:3-4 transcribe una confesión de fe anterior a la redacción de la carta. De ello se deduciría con claridad que data de los más antiguos tiempos de la Iglesia la costumbre de fijar o de reunir en los credos o símbolos de la fe (“símbolo” = concepto = reunión o compendio) las afirmaciones cristianas esenciales.

13. Aparte de los relatos evangélicos, cf. 1 Cor 15.

14. Mc 16:19. Cf Hech 1:9.

15. Mt 25:31.

16. Cf. 1 Ts 4:16-17.

17. Cf. Lc 1:32.

18. Jn 16:5-15.

19. 2 Pe 1:19-21.

20. El sentido de “un bautismo” es en estos credos antiguos el de “un único” o “un solo bautismo.” La idea que con esta unicidad se expresa es que el bautismo no puede recibirse más que una vez, aunque se hubiere caído posteriormente en la herejía. Fue un grave problema de la Iglesia antigua, ante el que ésta decidió con claridad la unicidad del bautismo. “Bautismo de conversión” o de penitencia expresa que el bautismo significa y sella eficazmente la conversión del hombre.

21. Las llamadas “cuatro notas” o características de la Iglesia.

22. De nuevo, I Cor 15.

23. La expresión “vida eterna,” aplicada a la vida del mundo futuro, aparece con frecuencia en el NT: por ejemplo, Mt 25:46; cf. Jn 5:29; I Cor 15.

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Nuestra atención se concentra hoy en san Cirilo de Jerusalén. Su vida representa el cruce de dos dimensiones: por una parte, la atención pastoral, y por otra, la participación, a pesar suyo, e las encendidas controversias que turbaron entonces a la Iglesia de Oriente.


Nacido en torno al año 315, en Jerusalén o alrededores, Cirilo recibió una óptima formación literaria, que se convirtió en el fundamento de su cultura eclesiástica, centrada en el estudio de la Biblia. Ordenado presbítero por el obispo Máximo, cuando éste murió o fue depuesto, en el año 348, fue ordenado obispo por Acacio, influyente metropolitano de Cesarea de Palestina, filo-arriano, convencido de que era su aliado. Por este motivo, se dio la sospecha de que había alcanzado el nombramiento episcopal tras haber hecho concesiones al arrianismo.


En realidad, muy pronto, Cirilo se enfrentó a Acacio no sólo en el campo doctrinal, sino también en el de la jurisdicción, pues Cririlo reivindicaba la autonomía de su propia sede con respecto a la del metropolitano de Cesarea. En unos veinte años, Cirilo experimentó tres exilios: el primero, en el año 357, tras haber sido depuesto por un Sínodo de Jerusalén; seguido, en el año 360, de un segundo exilio provocado por Acacio y, por último, de un tercero, más largo --duró once años--, en el año 367, por iniciativa del emperador filo-arriano Valente. Sólo en el 378, después de la muerte del emperador, Cirilo pudo volver a tomar definitivamente posesión de su sede, restableciendo entre los fieles la unidad y la paz.


A favor de su ortodoxia, puesta en duda por algunas fuentes de la época, abogan otras fuentes de la misma antigüedad. Entre ellas, la más autorizada, es la carta sinodal del año 382, después del segundo Concilio ecuménico de Constantinopla (381), en el que Cirilo había participado con un papel destacado. En esa carta, enviada al pontífice romano, los obispos orientales reconocen oficialmente la más absoluta ortodoxia de Cirilo, la legitimidad de su ordenación episcopal y los méritos de su servicio pastoral, al que la muerte puso punto final en el año 387.


De él conservamos 24 famosas catequesis, que pronunció como obispo hacia el año 350. Introducidas por una «Procatequesis» de acogida, las primeras 18 están dirigidas a los catecúmenos o «iluminandos» («photizomenoi»). Fueron pronunciadas en la basílica del Santo Sepulcro. Las primeras (1-5) hablan respectivamente de las disposiciones previas al Bautismo, de la conversión de las costumbres paganas, del sacramento del Bautismo, de las diez verdades dogmáticas contenidas en el Credo o Símbolo de la fe.


Las sucesivas (6-18) constituyen una «catequesis continua» sobre el Símbolo de Jerusalén, en clave anti-arriana. Entre las últimas cinco (19-23), llamadas «mistagógicas», las dos primeras desarrollan un comentario a los ritos del Bautismo, las últimas tres hablan del crisma, del Cuerpo y de la Sangre de Cristo y de la liturgia eucarística. Incluyen la explicación del Padrenuestro («Oratio dominica»), que presenta un camino de iniciación a la oración, que se desarrolla paralelamente a la iniciación a los tres sacramentos, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.


El fundamento de la educación en la fe cristiana se desarrollaba, en parte, en clave polémica contra los paganos, judeocristianos y maniqueos. La argumentación se fundamentaba en la aplicación de las promesas del Antiguo Testamento, con un lenguaje lleno de imágenes. La catequesis era un momento importante, enmarcado en el amplio contexto de toda la vida, en particular la litúrgica, de la comunidad cristiana, en cuyo seno materno tenía lugar la gestación del futuro fiel, acompañada por la oración y el testimonio de los hermanos.


En su conjunto, las homilías de Cirilo constituyen una catequesis sistemática sobre el renacimiento a través del Bautismo. Al catecúmeno, le dice: «Caíste en las redes de la Iglesia (Cf. Mateo 13,47): con vida serás cogido; no huyas; es Jesús quien te ha echado el anzuelo, y no para destinarte a la muerte, sino para, entregándote a ella, recobrarte vivo: pues es necesario que tú mueras y resucites (Cf. Romanos 6, 11.14)… Muere a los pecados y vive para la justicia; hazlo desde hoy» («Procatequesis» 5).


Desde el punto de vista doctrinal, Cirilo comenta el Símbolo de Jerusalén recurriendo a la «tipología» de las Escrituras, en relación «sinfónica» entre los dos Testamentos, hasta llegar a Cristo, centro del universo. La tipología será eficazmente descrita por Agustín de Hipona: «El Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo, mientras que el Antiguo se hace manifiesto en el Nuevo» («De catechizandis rudibus» 4, 8).


La catequesis moral está anclada con una profunda unidad en la catequesis doctrinal: hace que el dogma descienda progresivamente en las almas, que de este modo son alentadas a transformar los comportamientos paganos en la nueva vida en Cristo, don del Bautismo.


Por último, la catequesis mistagógica constituía la cumbre de la educación que impartía Cirilo a los que ya no eran catecúmenos, sino neobautizados o neófitos durante la semana de Pascua. Les llevaba a descubrir, en los ritos bautismales de la Vigilia pascual, los misterios encerrados en ellos y que todavía no les habían sido desvelados. Iluminados por una fe más profunda gracias al Bautismo, los neófitos eran capaces finalmente de comprenderlos mejor, al haber celebrado los ritos.


En particular, con los neófitos de origen griego, Cirilo insistía en la facultad visiva, más afín a ellos. Era el paso del rito al misterio, que valorizaba el efecto psicológico de la sorpresa y de la experiencia vivida en la noche pascual.


Este texto explica el misterio del Bautismo: «Fuisteis sumergidos tres veces en el agua, levantándoos también tres veces. También en esto significasteis en imagen y simbólicamente la sepultura de Cristo por tres días. Pues, así como nuestro salvador pasó tres días y tres noches en el seno de la tierra (Cf. Mateo 12, 40), también vosotros imitasteis el primer día que Cristo pasó en el sepulcro al levantaros del agua por primera vez y, con la inmersión, la primera noche. Pues del mismo modo que el que está en la noche ya no ve, y el que se mueve en el día camina en la luz, vosotros, al sumergiros, como en la noche, dejasteis de ver, pero, al salir, fuisteis puestos como en el día. En el mismo momento habéis muerto y habéis nacido, y aquella agua llegó a ser para vosotros sepulcro y madre. … Para vosotros… el tiempo de morir coincidió con el tiempo de nacer. Y un tiempo único ha logrado ambas cosas, pues con vuestra muerte ha coincidido vuestro nacimiento» («Segunda Catequesis Mistagógica», 4).


El misterio que hay que aferrar es el plan de Dios, que se realiza a través de las acciones salvíficas de Cristo en la Iglesia. A su vez, la dimensión mistagógica está acompaña por la de los símbolos que expresan la vivencia espiritual que hacen «estallar».


De este modo, la catequesis de Cirilo, en virtud de los tres elementos descritos --doctrinal, moral y, por último, mistagógico-- se convierte en una catequesis global en el espíritu. La dimensión mistagógica se convierte en síntesis de las dos primeras, orientándolas a la celebración sacramental, en la que se realiza la salvación de todo el hombre.


Se trata, en definitiva, de una catequesis integral que implica el cuerpo, el alma y el espíritu y sigue siendo emblemática para la formación catequística de los cristianos de hoy.  S.S. BENEDICTO XVI. PONT. MAX

[© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana] 27.VI.MMVII


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La ecología es una ciencia humana, es decir, un saber que sólo surge del hombre y que él desarrolla

 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).