Saturday 25 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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Pocos pueblos tan abundantes en dioses como el antiguo Egipto. Mas Drioton ha probado exhaustivamente la existencia también en esta religión de esta doble corriente ambivalente, monoteísta-politeísta (v. EGIPTO VII).



Tras el examen de los textos, llega a estas conclusiones: «1) Que una verdadera doctrina monoteísta está atestiguada en Egipto por documentos, los más antiguos de los cuales remontan al Imperio Antiguo. 2) Que esta doctrina se ha mantenido viva de un extremo a otro de la época faraónica, ya que ha inspirado sin discontinuidad nuevas obras literarias. 3) Que se conservaban principalmente mediante los libros de sabiduría enseñados en las escuelas de los escribas, pero que el efecto de esta enseñanza se hacía sentir también en toda la clase cultivada. 4) Que jamás esta doctrina se juzgó contraria al politeísmo ambiente, antes bien se concilió siempre con él en la práctica de una manera perfecta. Yo añado que tal equilibrio entre estas dos doctrinas contradictorias sólo ha podido realizarse, dada la mentalidad conservadora de los antiguos egipcios, porque ambas estaban apoyadas por una tradición venerable» (La religion égyptienne, en M. Brillant, III, 40; cfr. J. Vandier, La religion égyptienne, I, París 1949, 240-243).


Amenemope


Sólo añadiremos que si este Dios de los sabios era conocido por todas las clases cultas -únicas que podían dejarnos documentos-, no podía menos de traslucir también a las clases populares. Tenemos aquí, pues, también todos los inicios para suponer la ambivalencia en todas las clases sociales: del espíritu religioso y pureza .noral individuales dependería el que la corriente monoteísta se manifestase con más o menos frecuencia, con más o menos vigor.

      Si pasamos a la India, en los tiempos más arcaicos de que nos hablan los documentos antiguos aparece ya desvaída la figura del primitivo Dyaus, antiguo ser supremo, pero se presenta Varuna con tales características -omniscencia y omnipotencia por derecho propio, como consecuencia de su mismo modo de ser, y, sobre todo, moralidad y bondad- que la religión india estuvo a punto de convertirse en m. puro (V. ARIOS; INDIA VI). Aunque le rodeen otros dioses, ya uno de los himnos más antiguos del Rig Veda (1,164) nos advierte que se trata -cual Vandier consigna también de Egipto- de nombres diferentes aplicados a un mismo Ser o Realidad: «Le llaman Indra, Mitra, Varuna, y también celeste Garutman de bellas alas: el ser real es UNO, aunque los sabios le den varios nombres» (v. VEDAS, LIBROS DE Los). Y la tendencia a la unidad se acrecienta en los Upanisads -aunque Varuna como nombre haya ya sido olvidado-, con la doble vertiente, panteísta y personal, que coexisten: el pueblo seguiría la corriente de lacreencia en un Dios personal. Hoy es ésta la creencia que predomina en la India- sectas varias vishnuitas o sivaítas-, y no hay hindú que la ignore, de modo que está realmente al alcance de todos.

      Politeísmo se da _en China, pero la corriente monoteísta aparece viva en la descripción que los textos nos hacen del Cielo, su Dios supremo, personal: «El alto Cielo es sin sonido u olor... envía la calamidad para humillarnos... El Cielo lo ha hecho, ¿qué diré yo?... El Cielo te protege con gran seguridad, te hace virtuoso para que puedas gozar toda dicha... ilumina y gobierna este bajo mundo... El gran Cielo es inteligente y te acompaña en todos tus caminos; todo lo ve, y está presente a tus yerros y condescendencias..., a toda facultad y parentesco dio su ley..., lo justo es manifestar en la conducta conformidad con el Cielo: es la vía del Cielo».



      La misma corriente bivalente se observa en la religión de las regiones mesopotámicas (v. ASIRIA III; BABILONIA III) de donde salieron los patriarcas hebreos con su m. ya exclusivo. Baste recordar la figura de An, padre y rey de todos los dioses, único que ha escapado al antropomorfismo y a las miserias morales humanas, y cuyo culto perdurará hasta el periodo helenístico, y por cuya delegación gobiernan todos los demás dioses de turno; la misma triada suprema celeste -An, Enlil, Enki-, se presenta casi como una verdadera trinidad en un solo Dios. Y el mismo m. de base aparece en el dios cananeo El -«creador de cielos y tierra», «creador de todas las cosas creadas», «creador de la tierra»-, cuyo permiso necesitan para actuar todos los demás dioses -incluido el mismo Baal (v.)-, y cuyo nombre no desdeñaron los patriarcas, que lo tomaron para designar a su dios monoteísta (v. CANAÁN II).


Cuzco - Perú


      De la América recién descubierta baste recordar como ejemplo algunos testimonios de misioneros y viajeros de aquel tiempo (v. t. AMÉRICA VI). De la Española, Cuba y demás Antillas, dice Las Casas que tenían conocimiento del Dios verdadero, le llamaban Cemí, le ofrecían primicias, creían recibir de él el sol, los frutos, la lluvia, los hijos, y todos los bienes, se le llamaba el Señor Grande, y se le consideraba como morando en los cielos, honrándosele con ayunos muy rigurosos; este conocimiento alcanzaba su mayor pureza entre los Lucayos (cfr. Apologética Historia, cap. 166 y 167); creían igualmente en una retribución futura, según la moralidad de las obras hechas en vida (cfr. Historia de las Indias, cap. 96).



      De los indios de la costa de Florida a México dice Cabeza de Vaca (Naufragios, cap. 35): «Y preguntados (los indios) en qué adoraban y sacrificaban, y a quién pedían el agua para sus maizales y la salud para ellos, respondieron que a un hombre que estaba en el cielo. Preguntámosle cómo se llamaba, y dijeron que Aguar, y que creían que él había creado el mundo y las cosas de él. Tornámosles a preguntar cómo sabían esto, y respondieron que sus padres y abuelos se lo habían dicho, que de muchos tiempos tenían noticia de esto, y sabían que el agua y todas las buenas cosas las enviaba aquél».

      En México, según Sahagún, se invocaba a Ometecuhtli: «Vos, Señor, sois el padre y la madre de todos los dioses, y sois el dios más antiguo». El m. era más puro en Teotitlán y Texcoco, donde se llamaba Teotl al Ser supremo, considerándolo como causa primera universal, invisible, irrepresentable en figuras, sin mitos denigrantes: se le daban los epítetos de Tloque Nahuaque -«el que lo posee todo en sí mismo»-, e Ipelnemohuani -«el que nos hace vivir»Si pasamos a los mayas (v.), los motules del Yucatán creían en un solo Dios, creador del cielo, de la tierra y de todas las cosas, según Martín de Palomar. En el Popol Vuh de los Quichés de Guatemala aparece Hunahpu como dios creador; y entre los mayas está el dios Hunabku, que literalmente significa «Dios único», que parece ser el único que primitivamente adoraron. La pluralidad de dioses se consideraba una corruptela, por lo que existían multitud de profecías -algunas conservadas en los Libros de los Chilam- que anunciaban una futura predicación del Dios único, lo que favoreció no poco la conquista española (Landa, Relación de las cosas del Yucatán, I, 97). Las Casas, refiriéndose a las regiones de Centroamérica -dominio maya-, afirma por su parte: «Ya se dijo arriba... cómo por mucha parte de las tierras y provincias de que vamos diciendo adoraban a un solo Dios, que llamaban Chicuna, que quiere decir principio de todo, que moraba en el cielo, a quien ocurrían en todas sus angustias y necesidades y ofrecían sus sacrificios; así que puede colegirse que aquella mitad de las joyas y riquezas ofrecían al principio de todo, que tenían por Dios del Cielo, para que los guiase por sus caminos» (Apologética Historia, cap. 242).

      En el Perú, sobre todos los dioses, incluso sobre el Sol, se elevaba el Ser supremo Pachacamac o Viracocha: todos podían invocarlo, aunque sólo se le dirigían oraciones mentales; al pronunciar su nombre se inclinaba la cabeza, se elevaban los ojos al cielo, bajándolos luego; se le consideraba creador e infinitamente poderoso y adorable, indefinible e imposible; los incas (v.) lo trataban con respeto extraordinario, aunque jamás le ofrecían ofrenda alguna, ya que nada podía ofrecérsele que no fuera suyo, pues a Él pertenecía el universo entero (cfr. Cieza de León, Primera parte de la Crónica del Perú, caps. 43, 98 y 101). Garcilaso de la Vega (Comentarios Reales, 11,6) no vacila en identificarlo con el Dios de los cristianos. Y Martín Morúa advierte que aunque el culto oficial a Pachacamac -creador invisible, supremo y misericordioso- fuera introducido por un inca, preexistía ya de mucho antes como no oficial (Historia del origen y genealogía real de los reyes incas del Perú, Madrid 1946, 62-63 y 108-109).


      V. t.: DIOS II; PROVIDENCIA I.

PACIOS LÓPEZ.

BIBL.: L. VANNICELLI, Monoteísmo, en Enciclopedia Cattolica, VIII, Ciudad del Vaticano 1952, 1311-1319; R. PETAZZONNI, Dio, L´Essere celeste nelle credenze dei Popoli Primitivi, Roma 1922; W. SCHMIDT, Ursprung der Gotteside, 1-IX, Münster 1917-49; íD, Manual de Historia comparada de las religiones (Origen y formación de la religión. Teorías y hechos), 2 ed. Madrid 1941; W. KoPPERs, La religione dell´uomo primitivo, Roma 1947f1), Der Urmensch und -sein Weltbild, Viena 1949; H. PINARD DE LA BOULLAYE, Estudio comparado de las religiones, MI, Barcelona España 1964 (cfr. índice de materias); E. KÓNIC, Cristo y las religiones de la tierra, I, Madrid España1968, 531 ss.


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Patrología - 0.E: Padres de la Iglesia - San Cirilo de Jerusalén (nace en el 313 ó 315 † 386).

Vl. El Señorío del Dios único.

         Pronunciada en Jerusalén, “sobre la monarquía de Dios” (o el señorío del Dios único), basándose en el “Creo en un solo Dios,” pero tratando también “acerca de las herejias.” La lectura es de Is 45:16:17 (LXX): “Renovaos conmigo, ¡oh islas! Israel será salvado por Yahvé con salvación perpetua. No quedaréis abochornados ni afrentados nunca jamás.”


Glorificación conjunta de Padre, Hijo y Espíritu Santo

         1. Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo (2 Cor 1:3). Bendito también su Hijo Unigénito (Rm 9,5). Cada vez que se piensa en “Dios,” se piensa en el “Padre,” para celebrar de modo indiviso la glorificación del Padre y del Hijo juntamente con el Espíritu Santo. Pues no tiene una gloria el Padre y otra el Hijo, sino una única e idéntica (y juntamente con el Espíritu Santo). Y es que realmente se trata del Hijo unigénito del Padre de modo que, cuando es glorificado el Padre, comunica también al Hijo, juntamente con él, la gloria. Pues si la gloria del Hijo brota del honor del Padre1, a su vez, al ser glorificado el Hijo, se honra con el máximo honor al Padre de tanta bondad.


Alabanza al Dios único

         2. Pero si la mente entiende las cosas muy rápidamente, la lengua procede laboriosamente con las palabras y con el enunciado de proposiciones intermedias. También el ojo abarca de un golpe un numeroso coro de astros, pero cuando alguien quiere explicar cuál es el lucero de la mañana, cuál el de la tarde o cuál cada uno de ellos, necesita de muchas palabras. Del mismo modo abarca el pensamiento, en un velocísimo instante, la tierra, el mar y todos los confines del mundo; pero lo que se expresa en un instante no se expresa más que con palabras muy amplias. Y todo esto que acabamos de exponer es un gran ejemplo, aunque todavía pobre y débil. Pues de Dios no decimos lo que se debe, sino lo que cada uno conoce, aunque es lo que la naturaleza humana percibe y cuanto puede soportar nuestra debilidad. Pues no decimos qué es Dios, sino que inocentemente confesamos que nos falta un detallado conocimiento acerca de él; pues en lo que respecta a Dios es gran ciencia confesar la ignorancias. Por tanto, “Cantad conmigo al Señor, cantemos juntos a su nombre” (Sal 34:4), todos juntos, pues no basta que cante uno solo. Incluso, aunque nos reunamos todos a la vez, tampoco basta para lo que hemos de hacer. Y no me refiero sólo a los que estáis aquí, pues incluso, aunque estuviesen juntos todos los miembros de la Iglesia universal presente y futura, no serían, sin embargo, suficientes para alabar al Pastor de acuerdo con su dignidad.


Alabanza a Dios desde la pequeñez del hombre

         3. Grande y honorable era Abraham, pero grande para los hombres. Y cuando se acercó a Dios, dijo ingenuamente confesando la verdad: “Soy tierra y ceniza” (Gén 18:27)3. Y no dijo “tierra,” callándose a continuación, para que no pareciese que se estaba refiriendo a algo grande, sino que añadió “y ceniza” para dar a entender algo con poca solidez y fácil de disolver. ¿Hay acaso algo más débil y endeble que la ceniza? Compara, por ejemplo, la ceniza con una casa, y la casa con una ciudad, la ciudad con una provincia, la provincia con el territorio de los romanos y el territorio de los romanos con el mundo entero y, por último, toda la tierra, con todos sus detalles, con el cielo que la envuelve en su regazo: en proporción al cielo, la tierra es como el centro de una rueda comparada con toda la extensión de ésta. Tal es la comparación entre la tierra y el cielo. Pero, además, el cielo que observamos es el primero, que tiene menos importancia que el segundo, y éste menos que el tercero. Estos son los que la Escritura denominó como cielos4, pero ello no quiere decir que ése sea su número exacto. Pero aunque con tu inteligencia percibieses todos los cielos, ni siquiera ellos bastarían para alabar a Dios como él es, y tampoco aunque resonasen con mayor fuerza que el trueno. Pero si toda la grandeza de los cielos no es capaz de celebrar a Dios cuanto éste se merece, ¿podrán acaso “la tierra y la ceniza,” lo más pequeño y exiguo de todas las cosas, entonar a Dios un himno digno de él o hablar con dignidad del Dios que “está sentado sobre el orbe terrestre, cuyos habitantes son como saltamontes” (Is 40:22)?

         4. Quien intente hablar de lo referente a Dios, exponga en primer lugar los límites de la tierra. Habitas la tierra, pero desconoces los límites de esta tierra que es tu domicilio: ¿cómo podrás entender a su autor debidamente en tu interior? Ves las estrellas, pero no a su autor. Enumera primeramente aquellas que puedes ver y entonces conocerás al invisible, al que “cuenta el número de las estrellas, y llama a cada una por su nombre” (Sal 147:4). El agua recientemente caída en unas fuertes lluvias nos puso perdidos; cuenta ahora las gotas caídas en esta ciudad. Pero no digo ya en esta ciudad: cuenta, si puedes, las que cayeron en tu tejado durante una hora. No, no puedes: reconoce tu impotencia. De ahí aprenderás el poder de Dios: “El atrae5 las gotas de agua” (Job 36:27), las que se derraman en todo el orbe y no sólo en este sino en todo tiempo. Obra de Dios es el sol, realmente algo grande, pero mínimo si se le compara con todo el cielo. Pues mira en primer lugar hacia el sol y busca después, con más curiosidad, al Señor. “No busques lo que es más profundo ni investigues lo que es más fuerte que tú: limítate a conocer lo que se te ha mandado” (Ecl 3:22 LXX).


El Hijo y el Espíritu Santo conocen al Padre y lo revelan

         6. Alguno dirá: ¿Acaso no está escrito: “Los ángeles (de los niños) ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos” (cf. Mt 18:10). Pero los ángeles ven a Dios, no como él es, sino en cuanto pueden captarlo6. Pues el mismo Jesús es quien dice: “No que nadie haya visto al Padre, excepto el que ha venido de Dios; éste ve al Padre” (Jn 6:46). Lo ven los ángeles en cuanto son capaces y, en cuanto pueden, los arcángeles7 y, de un modo más excelente que los primeros, también los tronos y las dominaciones, a quienes son aquellos inferiores en dignidad. En realidad, sólo el Espíritu Santo puede, juntamente con el Hijo, ver a Dios como es. Pues “él lo escruta todo y lo conoce todo, hasta las profundidades de Dios” (I Cor 2:10); de manera que es cierto que incluso el Hijo unigénito, en cuanto conviene, también conoció al Padre a una con el Espíritu Santo, pues dice: “tampoco al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11:27). Ve él a Dios, como es debido, y lo revela, con el Espíritu Santo y por el Espíritu Santo, a cada uno segun su capacidad. Por otra parte, de la divina eternidad participa también, juntamente con el Espíritu Santo, el Hijo, el cual “desde toda la eternidad” (2 Tim 1:9) fue engendrado sin esfuerzo y conoció al Padre, conociendo el engendrador al engendrado. Pero, en cuanto a los ángeles, siendo limitado su conocimiento — pues como dijimos, es el Unigénito el que según su capacidad les revela (a Dios) juntamente con y por medio del Espíritu Santo, que ningún hombre se avergüence de confesar su ignorancia. Ahora estoy yo hablando y cualquier otro lo hará en su momento, pero no podemos expresar con palabras cómo sucede todo esto: ¿cómo podría yo explicar a aquel que nos dio el poder hablar? Tengo yo un alma, pero no puedo aclarar sus características. A quien me concedió el alma, ¿cómo podré yo explicarlo?


Sólo hay Dios único, eterno e infinito. Propiedades de Dios

         7. Para nuestra piedad nos basta una sola cosa, saber que tenemos a Dios: el Dios único, el Dios que existe desde la eternidad, sin variación alguna en sí mismo, ingénito, más fuerte que ningún otro y a quien nadie expulsa de su reino. Se le designa con múltiples nombres, todo lo puede y permanece invariable en su sustancia. Y no porque se le llame bueno, justo, omnipotente, “Dios de los ejércitos”9, es por ello variable y diverso, sino que, siendo uno y el mismo, realiza innumerables operaciones divinas. Y no tiene más de alguna parte y menos de otra, sino que en todas las cosas es semejante a sí mismo. No es grande sólo en la bondad, pero inferior en la sabiduría, sino que es semejante en sabiduría y bondad. Tampoco es que en parte vea y en parte esté privado de visión, sino que todo lo ve, todo lo oye y todo lo entiende. No es que, como nosotros, comprenda en parte las cosas y en parte las ignore: este modo de hablar es blasfemo e indigno de la personalidad divina. Conoce previamente lo que existe, es santo y ejerce su poder sobre todo; es mejor, mayor y más sabio que todas las cosas. No se le puede señalar principio ni forma ni figura. Pues “no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro,” dice la Escritura (Jn 5:37). Por lo cual también Moisés dice a los israelitas: “Tened mucho cuidado de vosotros mismos: puesto que no visteis figura alguna” (Dt 4:15)9. Pues si la mente no puede imaginar algo que se le parezca10, ¿podrá acaso penetrar en lo propio de su persona?


Errores acerca de Dios

         8. Muchos se imaginaron muchas cosas, pero todos erraron. Algunos pensaron que el fuego es Dios (cf. Sab 13:2), otros que Dios es como un hombre alado por aquello que está escrito: “Escóndeme a la sombra de tus alas” (Sal 17:8)11. Se han olvidado de nuestro Señor Jesucristo unigénito que, refiriéndose a sí mismo, clama de modo idéntico a Jerusalén: “¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo sus alas, y no has querido!” (Mt 23:37). Pues al indicar con el nombre de las alas el poder de alguien que protege, éstos, en un malentendido y cayendo en los hábitos humanos, valoraron al modo humano al que es inescrutable. Otros no dudaron en señalarle siete ojos, por aquello que está escrito: “Los siete ojos del Señor, mirando sobre toda la tierra” (Zac 4:10, LXX); pero si los siete ojos le estuviesen puestos alrededor de manera diferente, Dios vería las cosas en parte, pero no totalmente. Pero decir esto de él sería blasfemo e insultante. Pues se ha de creer que Dios es perfecto en todo, según aquella palabra del Salvador: “Vuestro padre celestial es perfecto” (Mt 5:48): perfecto en el ver, perfecto en su poder, perfecto en su grandeza, perfecto en su conocimiento previo, perfecto en la bondad, perfecto en la justicia, perfecto en la benignidad: no limitado a un lugar, sino autor de los lugares; existente en todos los lugares, pero no circunscrito a ninguno. “Los cielos son mi trono” -y el que destaca es aquel que está sentado- “y la tierra el estrado de mis pies” (Is 66:1; cf. Hech 7:49). Su poder llega, sin embargo, hasta las regiones inferiores de la tierra.


La grandeza de Dios, fuente y origen por medio de Cristo de toda la realidad

         9. El es el único que está presente en todas partes, viendo todo, comprendiendo todo, construyéndolo todo por medio de Cristo. Pues “todo se hizo por él, y sin él nada se hizo de cuanto existe” (Jn 1:3; cf. Col 1:15 ss). El es la fuente máxima e indeficiente de todo bien, río de beneficios, luz eterna que brilla sin cesar, fuerza insuperable destinada a nuestras debilidades, de quien ni siquiera podemos oír su nombre. Dice Job: “¿Pretendes alcanzar las honduras de Dios, llegar hasta la perfección del Omnipotente?” (Job 11:7). Si ni sus obras grandes y pequeñas pueden abarcarse, ¿podrá acaso abarcarse al que todo lo hizo? “Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó lo que Dios ha preparado para los que le aman” (Is 64:3, citado según I Cor 2:9). Si lo que Dios ha preparado supera la capacidad de nuestros pensamientos, ¿podremos acaso abarcar en nuestro ánimo a quien lo preparó? “¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e irrastreables sus caminos!” dice el Apóstol (Rm 11:33). Y si sus juicios y sus caminos no pueden comprenderse, ¿por ventura se le comprenderá a él mismo?


Diversos tipos de idolatría

         10. Siendo Dios, por consiguiente, tan grande, e incluso más todavía12; siendo, pues, tan inmenso el Dios bueno y grande, no se arredra el hombre al decir a una piedra esculpida por él: “Tú eres mi dios” (Is 44:17)13. ¡Gran ceguera, que desde tanta majestad cayó en tan gran indignidad y vileza!” Arbol que Dios hizo, crecido con las lluvias y que luego, quemado por el fuego, se convierte en ceniza; y a esto, digo, le llaman dios, mientras se desprecia al Dios verdadero. Ha florecido la perversidad de la idolatría. Incluso el gato, el perro y el lobo han sido adorados como si fuesen Dios; y también el león, devorador de los hombres, ha sido adorado en lugar del Dios que tanto los ama. También han sido adorados la serpiente y el dragón, émulos de aquel que nos arrojó del paraíso, mientras el que creó el paraíso ha sido despreciado. Incluso — vergüenza da decirlo, pero lo diré — algunos han adorado a la cebolla. El vino ha sido dado para alegrar el corazón del hombre (cf. Sal 104:15). Pues bien, en lugar de Dios se adora a Baco14. El trigo lo hizo Dios diciendo: “Produzca la tierra vegetación: hierbas que den semillas y árboles frutales que den fruto, de su especie, con su semilla dentro, sobre la tierra” (Gén 1:11I)15, con la intención de que el pan fortaleciese el corazón del hombre. ¿Por qué, pues, se ha adorado a Ceres? También el fuego se enciende hasta hoy mediante el choque de dos piedras. ¿Por qué, pues, se considera a Vulcano creador del fuego?


Idolatría, politeísmo y errores sobre Dios

         11. ¿Y de dónde viene el error de los griegos de admitir una pluralidad de dioses? Dios es incorpóreo. ¿De dónde, pues, se imputan estupros y adulterios a los que ellos llaman dioses?16. No menciono las transmutaciones de Júpiter en un cisne; y me ruborizo al referirme a las transformaciones en oro, pues los ungidos son indignos de Dios. Por convicto de adulterio se ha tenido al dios de los griegos, pero, si lo es, no se le llame Dios. Cuentan también, de aquellos a quienes llaman sus dioses, sus muertes, sus descalabros y sus fulminaciones. ¿Ves en qué ha ido a parar tanta majestad? ¿No fue real el motivo por el que descendió del cielo el Hijo de Dios para sanar tanta herida? ¿Fue acaso en vano la venida del Hijo para conocer al Padre? Sabes qué es lo que movió al Hijo único para descender desde la diestra del Padre. Se despreciaba al Padre y hubo que enmendar el error por medio del Hijo. Pues fue conveniente que él, por quien todo fue hecho, ofreciese todas las cosas al Señor de todo. Había que curar la herida. ¿Y qué podía ser más grave que esta enfermedad por la que se daba culto a una piedra como si fuese Dios?17


Dios nos libre del error

         35. Pero Dios nos guarde de semejante error. Y os pague por vuestra enemistad con el dragón, para que, como ellos están al acecho de vuestro talón, también vosotros aplastéis su cabeza (cf. Gén 3:15). Acordaos de lo que se os dice. ¿Qué acuerdo puede haber de nuestras cosas con las suyas? ¿Cómo pueden compararse luz y tinieblas, o la seriedad y la santidad de la Iglesia con las execrables instituciones de los maniqueos? Aquí hay orden, disciplina, seriedad, castidad. Aquí es malo incluso mirar a una mujer para satisfacer la pasión. Aquí el matrimonio es algo muy santo; hay aceptación de la continencia (quiero decir la viudedad) y la dignidad de la virginidad compite con los ángeles; aquí se reciben los alimentos con acción de gracias; aquí existe un ánimo agradecido hacia el autor de todas las cosas. Aquí se adora al Padre de Cristo: se enseñan la reverencia y el temor a quien envía la lluvia. Al Dios que truena y brilla le tributaremos gloria y honor.


La Iglesia os mantendrá en la verdad

         36. Estás agregado a las ovejas: huye de los lobos; no te apartes de la Iglesia. Odia también a quienes pusieron en duda todo esto y no te fíes incautamente de ellos si no es tras un larguísimo tiempo de penitencia18. Se te ha transmitido la verdad del señorío del Dios único. Distingue las explicaciones como se pueden distinguir las hierbas. “Sé un buen administrador19, quedándote con lo bueno y absteniéndote de todo género de mal” (cf. I Tes 5:21-22). Y si alguna vez has caído en todo esto, odia el error una vez reconocido. Pues te será un camino de salvación si expulsas el vómito: si lo aborreces en tu interior, si te apartas de estas cosas no sólo con los labios sino con el corazón; si adoras al Padre de Cristo, Dios de la Ley y los Profetas; si reconoces que es bueno y justo el Dios uno e idéntico. El cual os conserva a todos estables en la fe, protegiéndoos de toda caída y de toda ofensa: en nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


1. Probable préstamo de Prov 17:6

2. Los términos en que se expresa aquí Cirilo no son excesivamente precisos, pero se mueve en el ámbito de lo que a veces se califica como “teología negativa,” a la vista de que de Dios sabemos más lo que no es que lo que es. En cualquier caso, la afirmación fundamental quiere ser ahora esta: puesto que de Dios es infinitamente más lo que no sabemos que lo que podemos expresar, es bueno para el hombre confesar sus limites en el conocimiento de Dios, es decir, las mismas limitaciones del oficio teológico.

3. En el texto original griego, “tierra,” más bien que polvo, que seria tal vez mejor versión bíblica. Pero “tierra” es más adecuado para la continuación del discurso de Cirilo.

4. El apóstol Pablo, refiriéndose a sus experiencias personales, relata en 2 Cor 12:2: “Sé de un hombre en Cristo, el cual hace catorce años... fue arrebatado hasta el tercer cielos. La Biblia de Jerusalén apostilla: “Es decir, hasta lo más alto de los cielos.” De modo general, Pablo y Cirilo en nuestro texto, utilizan la cosmología antigua, en general geocéntrica, para la descripción de lo que les interesa. En la presente catequesis se utilizan estas divagaciones simplemente para explicar la pequeñez del ser humano (cf. Sal 8:4-5), para lo que el punto de partida fue la expresión de Abraham en Gén 18:27.

5. En el texto de Cirilo, “numera” o “cuenta” en vez de “atrae” lo que se adapta mejor a lo que se expone.

6. Al lector le podrían surgir aquí ciertas dudas de si Cirilo admite con seguridad, o en qué medida, lo que la fe de la Iglesia fue afirmando después con absoluta certeza acerca de la visión intuitiva de Dios (es decir, “como él es,” sin intermediarios ni imágenes). Pero esta duda interpretativa no impide la comprensión general del presente párrafo 6.

7. Por supuesto, visión intuitiva o directa de Dios no significa que ninguna criatura, tampoco los ángeles, captan todo lo que Dios es.

8. “Dios de los ejércitos”: se traduce así aquí la expresión “Sabaoth,” transcrita del hebreo por Cirilo en el mismo texto griego, como en la liturgia latina se conservó, hasta la reforma litúrgica del Vat. II, la expresión “Dominus Deus Sabaoth” (“Señor Dios de los ejércitos”), pero que tiene su origen en la visión de Isaías en su vocación (Is 6:3).

9. Dt 4:15-16 señala: “Tened mucho cuidado de vosotros mismos: puesto que no visteis figura alguna el día en que Yahvé os habló en el Horeb de en medio del fuego, no vayáis a pervertiros y os hagáis alguna escultura de cualquier representación que sea: figura masculina o femenina.” La prohibición pretende evitar la divinización de las obras humanas a modo de ídolos. En la catequesis de Cirilo aparece en el contexto de que Dios es infinitamente mayor que cualquier representación que pueda hacerse de él.

10. Cf cat. 9, núm. 1.

11. Mientras que la identificación de Dios con el fuego es una representación pagana (piénsese, por ejemplo, en la imagen de Vulcano), la súplica de Sal 17:8 no es más que la expresión poética de una súplica de protección a Dios.

12. Aquí, entre paréntesis, como en nota, apostilla Cirilo: “Pues no seria capaz de hablar cuanto exige la dignidad del asunto ni aun cuando transformara en lengua toda mi persona; e incluso ni aunque se reunieran todos los ángeles hablarían de acuerdo con esa dignidad.”

13. Cf. toda la sátira contra la idolatría (Is 44:9-20) en el precioso marco de la elección y bendición de Israel por el Dios único, creador y señor de la historia (todo Is 44 en el “Libro de la consolación de Israel” o “Deuteroisaís”).

14. Mitológico Dios del vino y de la embriaguez.

15. Aunque se prefiere, como de ordinario, la versión de la Biblia de Jerusalén, la que da Cirilo, por contener términos más próximos a los cereales y a la hierba, se adapta mejor a lo que quiere decir en general y a la mención de Ceres, diosa mitológica de las mieses.

16. La concepción frecuentemente antropomórfica de los dioses paganos lleva a menudo la consecuencia de que se les atribuyen acciones y pasiones que sólo son pensables en una concepción prácticamente materialista de la divinidad.

17. Entre los párrafos 12 y 33 de la catequesis, Cirilo expone bajo la denominación genérica de “herejías” toda una serie de concepciones aberrantes de la naturaleza del único Dios. Se centra, tal vez con excesiva prolijidad, en la descripción de las desviaciones religiosas del maniqueísmo, especialmente en la concepción dualista que éste tiene de la divinidad. El detalle de la exposición de Cirilo es perfectamente explicable en una sociedad en la que el maniqueísmo había tenido y tenía una gran influencia, pero puede resultar más difícilmente comprensible para el Iector actual. A modo de ejemplo, se transcriben aquí, en la nota, el párrafo 12, parte del 13 y el 34. Pero en el cuerpo del texto se pasa directamcnte a los párrafos 35 y 36, con los que la catequesis concluye.

12. Pero no sólo entre los gentiles logra el diablo estas victorias, sino que también muchos de los que engañosamente son llamados cristianos, mal llamados así con la fragancia del nombre de Cristo, se han atrevido a enajenar impiamente a Dios de sus criaturas (18). Me refiero a los herejes, de infausto nombre y hombres alejadísimos de Dios que, simulando amar a Cristo, en realidad le siguen sólo odiándolo. Pues quien profiere insultos contra el Padre de Cristo, es enemigo de Cristo. Se atrevieron a atribuirle dos divinidades, una buena y otra mala. ¡Qué gran ceguera! Pues si se trata de divinidad, es sin duda buena y, si no es buena, ¿por qué se le llama divinidad? Pues de Dios lo propio es la bondad. Una de las dos divinidades sobra, pues lo propio de Dios es la benignidad, la beneficencia, la omnipotencia. Si le llaman Dios, junto a la denominación añadan también lo que es propio de él y su modo de obrar; pero si le despojan de su modo de actuar, no le den entonces una calificación sin sentido.

13. No han temido los herejes hablar de dos dioses, fuentes respectivamente del bien y del mal, y ambos no engendrados (19). Pero si ambos son no engendrados, ambos son iguales e igualmente potentes: ¿Cómo, pues, puede la luz suprimir las tinieblas? ¿Son acaso alguna vez las dos cosas juntas, o por separado? Pero no pueden serlo a la vez. Pero, “¿qué unión hay entre la luz y las tinieblas?” dice el Apóstol. Y si están a mucha distancia entre sí, cada uno ocupa su lugar; pero si viven en lugares separados, es evidente que nosotros nos movemos en el territorio del Dios único. A ese único es al que nosotros adoramos. Puede, pues, concluirse, aunque les obedeciésemos, que sólo a un Dios hay que adorar. Pero veamos directamente en ellos qué dicen por ventura del Dios bueno. ¿Es poderoso o no lo es? Si lo es, ¿de dónde ha surgido el mal contra su voluntad? ¿Y cómo, si él no quiere, se introduce el mal? Pues si, sabiéndolo, no puede impedirlo, le acusan de impotencia; y si puede y no lo impide, lo acusan de traición. Pero mira su insensatez: algunas veces llaman malo a Dios como si nada tuviese en común con lo bueno al crear el mundo...

14. Esto lo denuncia la Iglesia y lo enseña, alcanzando incluso hasta el fango, para que tú no te enlodes con él: muestra las heridas para que tú no te lastimes. Debe bastarte con esto: guárdate de experimentarlo. Cuando Dios truena, todos temblamos, pero estos rompen con gritos blasfemos. Y si Dios lanza rayos, todos nos echamos al suelo. Pero ellos lanzan improperios contra el cielo. Jesús dice de su Padre que “hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos” (Mt 5:45). Ellos, en cambio, afirman que las tormentas se originan de las pasiones amatorias, atreviéndose a decir que hay en el cielo una virgen bella con un joven hermoso...

18. Se expresa así una desconfianza grande en la conversión de quienes han sido maniqueos, que con frecuencia envolvieron su conversión en una notable falta de sinceridad, en declaraciones ambiguas e incluso la mentira y el perjurio.

19. La primera parte de la cita acomodada de 1 Ts 5:21-22 no está en el Nuevo Testamento, y desde luego no en la cita que se haga de Pablo. Sin embargo, la invitación a ser un buen administrador, muy ulilizada por los Padres citándola como expresión neotestamentaria, podría ser muy bien un texto apócrifo e incluso haber figurado en códices originales que no se hayan conservado. En todo caso, el texto de 1 Ts es aquí utilizado para advertir del grave peligro que pudo suponer el maniqueísmo en tensos períodos de la Iglesia antigua.



VII. Dios Padre.

         Pronunciada en Jerusalén, sobre la palabra “Padre” del Símbolo. La lectura de base es de la epístola a los Efesios: “Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra” (Ef 3:14-15).1


Transición al nuevo tema: Dios Padre

         1. El día de ayer os hablamos suficientemente del señorío del único Dios2. Digo “suficientemente” y no lo que pedía la dignidad del tema, pues llegar hasta ahí es totalmente imposible a la naturaleza mortal; en cuanto nos fue concedido a nuestra debilidad, perseguimos, apoyados en la fe, las erróneas desviaciones de los herejes sin Dios. Una vez expulsada su basura, pernicioso veneno para las almas, y reteniendo sus hechos en la memoria, no nos sentimos como heridos sino que concebimos un mayor odio hacia ellos. Pero volvamos ahora a nosotros mismos y acojamos los dogmas saludables de la verdadera fe, uniendo a la dignidad del Dios único la prerrogativa paterna y creyendo en un único Dios Padre. No se debe creer simplemente en un Dios único: acojamos también piadosamente al Padre de su único Hijo nuestro SeñorJesucristo.


La afirmación de que Dios es Padre de Cristo, más allá de la imagen de Dios en los judíos

         2. Y es por razón de los judíos por lo que hemos de sentir estas cosas más sublimes. Pues ellos admiten en sus enseñanzas que sólo hay un único Dios (a pesar de que a veces lo han negado mediante el culto a los ídolos). Pero no lo aceptan como Padre de nuestro Señor Jesucristo. Con lo cual son de sentir contrario a sus propios profetas, que afirman en la Sagrada Escritura: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (Sal 2:7)3. Viven agitados hasta el día de hoy y “conspiran aliados contra Dios y contra su Ungido” (Sal 2:2), creyendo poder conseguir el favor del Padre sin mostrar piedad hacia el Hijo. Con ello ignoran que nadie va al Padre sino por el Hijo (cf. Jn 14:6), que dice: “Yo soy la puerta” (Jn 10:9) y “Yo soy el camino” (Jn 14:6). Así, pues, quien rechaza el camino que conduce al Padre y niega la puerta, ¿cómo podrá tener con honor acceso hasta Dios? Contradicen lo que está escrito en el Salmo 89: “El me invocará: ¡Tú, mi Padre, mi Dios y roca de mi salvación! Y yo haré de él el primogénito, el Altísimo entre los reyes de la tierra”4. Si estas cosas se hubiesen dicho en referencia a David o a Salomón o a cualquier sucesor suyo, que muestren cómo “su trono” (Sal 89:30), que, en su opinión, es a lo que se refiere el profeta, es como los días del cielo, y “su trono será como el sol ante mí” y “por siempre se mantendrá como la luna” (vv. 37-38). ¿Cómo no sienten temor ante aquello que está escrito: “Desde el seno, antes de la aurora, te he engendrado” (Sal 110:3)5. Y aquello otro: “Durará tanto como el sol, como la luna de edad en edad” (Sal 72:5). Pero esto, referido al hombre, es expresión de máxima ingratitud.


Centrarse en que Dios es Padre de Cristo

         3. Pero los judíos son a menudo víctimas, y ello voluntariamente, de la enfermedad de la incredulidad según los pasajes aducidos u otros de la Escritura. Acojamos nosotros, sin embargo, la piedad que la fe nos enseña, adorando al Dios único, Padre de Cristo, que concede a todos la fuerza de engendrar (cf. Ef 3:15) y a quien no se podría con buena conciencia suplantarlo en tal dignidad. Y creamos en un único Dios Padre ya antes de que pongamos en claro las cuestiones acerca de Cristo. La fe en el Hijo único debe quedar grabada en el alma de los que escuchan sin que se pueda separar lo más mínimo de lo que se diga acerca del Padre.

 

Un solo Dios, pero Dios Padre y Dios Hijo

         4. Pues el nombre de Padre, por su misma denominación, fija en el ánimo a la vez el conocimiento del Hijo, del mismo modo que también quien pronunció el nombre del Hijo ha tenido inmediatamente también la idea del Padre: pues el Padre es Padre del Hijo, y el Hijo es Hijo del Padre. Por tanto, que nadie por el hecho de que decimos “en un solo Dios, Padre todopoderoso; creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible,” y porque después añadimos: “y en un solo Señor Jesucristo,” sospeche alevosamente que es posterior en lugar y orden al cielo y a la tierra. Por consiguiente, antes de llamar Dios a cada uno de ellos, hemos hablado del Padre, pero de modo que, a la vez que pensamos en el Padre, en el mismo acto pensemos en el Hijo. Y entre el Hijo y el Padre no existe ninguna otra realidad intermedia6.


Dios es por naturaleza Padre de Cristo desde toda la eternidad

         5. De manera abusiva se considera padre de muchas cosas a Dios, pero por naturaleza y en verdad es Padre de su Hijo único nuestro Señor Jesucristo. Y no es que haya llegado a ser Padre en el transcurso del tiempo, sino que existe eternamente como Padre de su Hijo unigénito. Pues no ha sucedido que, no teniendo anteriormente descendencia, haya llegado después a ser Padre, sino que Dios tiene toda la dignidad paterna anteriormente a toda sustancia y a todo sentido, antes de los tiempos y de todos los siglos. Y la tiene en mayor medida que todos los demás títulos. No ha recibido la paternidad de un modo pasivo7 o por una mutación de sí mismo; no por un añadido o por ignorancia; tampoco porque haya fluido algo de sí ni porque se haya hecho más pequeño o haya sufrido alteración. Pues “toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de rotación” (Sant 1:17)8. El Padre, perfecto, engendró perfecto al Hijo entregándole todo a quien engendró: “Todo me ha sido entregado por mi Padre” (Mt 11:27), y el Padre es honrado por el Hijo único; pues “yo, dice el Hijo, honro a mi Padre” (Jn 8:49) y, además: “... como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (Jn 15:10). Decimos así, pues, a una con el Apóstol: “¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo!” (2 Cor1:3), y aquello de “doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra” (Ef 3:14-15). Lo glorificamos juntamente con su único Hijo9, reconociendo a Cristo Jesús como Señor “para gloria de Dios Padre” (c. Flp 2:11).


El Dios vivo del Evangelio

         6. Adoramos así, pues, al Padre de Cristo, hacedor del cielo y de la tierra, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, en cuyo honor fue construido primeramente aquel templo y ahora este, situado en la parte opuesta10. No nos apoyaremos11 en los herejes que separan totalmente el Antiguo Testamento del Nuevo, sino que escucharemos a Cristo cuando dice en el templo: “¿No sabíais que yo debía estar en las cosas que miran al servicio de mi Padre?” (Lc 2:49) o lo de “Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado.” Con estas palabras declaró de modo muy evidente que aquel templo de Jerusalén era la casa de su Padre. Pero si alguien, ante los que no creen, desea ávidamente recibir más pruebas de que el Padre de Cristo es el mismo que el creador del mundo, oígale de nuevo a él diciendo: “¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre, que está en el cielo” (Mt 10:29); y: “Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta” (Mt 6:26), o aquello otro: “Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo” (Jn 5:17).


Por su bondad nos ha hecho Dios hijos suyos como adoptivos

         7. Pero para que nadie por simpleza o por astuta maldad atribuya a Cristo la misma dignidad que a otros hombres justos, por lo que él mismo dice: “Subo a mi Padre y vuestro Padre” (Jn 20:17), será bueno prevenirle de que un mismo nombre de “Padre” tiene distintos significados. Dándose cuenta de lo cual, dijo con cautela: “Voy a mi Padre y a vuestro Padre.” Y no dijo “a nuestro Padre,” sino que hizo la distinción anterior, señalando primeramente lo que es propio suyo, “a mi Padre,” que lo era por naturaleza. Y entonces añadió “y vuestro Padre,” que lo era por adopción12. Pues aunque nos concedió, especialmente en las súplicas, decir; “Padre nuestro, que estás en los cielos” (Mt 6:9 par.), le llamamos así por benignidad suya, pues no le llamamos Padre porque hayamos sido engendrados por él de modo natural en el cielo, sino que, trasladados de la esclavitud a la adopción, nos ha sido concedido con bondad inefable por gracia del Padre, por el Hijo y el Espíritu Santo.

         8. Pero quien quiera llegar a saber por qué llamamos “Padre” a Dios oiga al gran pedagogo que es Moisés, que dice: “¿No es él tu padre, el que te creó, el que te hizo y te fundó?” (Dt 32:6)13; y al profeta Isaías: “Pues bien, Yahvé, tú eres nuestro Padre; nosotros la arcilla, y tú nuestro alfarero, la hechura de tus manos todos nosotros” (Is 64:7). El don del profeta explicó con toda claridad (o la gracia, hablando por el profeta) que, si le llamamos Padre, es por gracia y adopción de Dios.

         9. Y para que sepas con más cuidado que no sólo se llama “padre” en las Escrituras al que lo es por naturaleza, escucha a Pablo: “Pues aunque hayáis tenido diez mil pedagogos en Cristo, no habéis tenido muchos padres. He sido yo quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús” (I Cor 4:15). No porque les hubiese engendrado según la carne, sino porque los había instruido y los había regenerado por el Espíritu. Por eso era Pablo padre de los corintios. Oye también a Job cuando dice: “Era el padre de los pobres” (29:16), llamándose a sí mismo padre, no porque hubiese engendrado a todos, sino porque los había tomado a su cuidado. Que también el Hijo unigénito de Dios, cuando fue clavado en la cruz según la carne, viendo a María, madre de su propia carne, y a Juan, el predilecto de sus discípulos, le dijo a éste: “Ahí tienes a tu madre”; y a María: “Ahí tienes a tu hijo” (Jn 19:26-27), hacia el que ella en lo sucesivo había de mostrar su caridad. Con las cuales palabras se vio claro indirectamente lo dicho por Lucas: “Su padre y su madre estaban admirados” (Lc 2:33). De tales palabras se apoderan los herejes cuando enseñan que él nació de un hombre y una mujer. Igualmente María es llamada madre de Juan por la caridad14, no porque lo hubiese engendrado. Así también José es llamado padre de Cristo, y no por razón de generación (pues “no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo” (Mt 1:25), sino por el cuidado puesto en alimentarlo y educarlo.



Más explicaciones de la paternidad de Dios hacia los hombres

         10. Esto, por consiguiente, se os ha dicho a vosotros de paso como advertencia. Pero añadamos también otro testimonio para mostrar que Dios es llamado en sentido amplio padre de los hombres. Pues en Isaías se dice refiriéndose a Dios: “Porque tú eres nuestro Padre, que Abraham no nos conoce, ni Israel nos recuerda” (Is 63:15)15 ¿Puede aducirse todavía algo más? Cuando dice el salmo: “Padre de los huérfanos y tutor de las viudas es Dios en su santa morada” (68:60). ¿Acaso no es a todos manifiesto que, cuando a Dios se le llama padre de los huérfanos, si éstos perdieron poco antes a sus padres, no es porque Dios los haya engendrado, sino porque toma a su cargo el cuidado y la defensa de los mismos? De los hombres, por consiguiente, como queda dicho, es padre sólo en un sentido amplio. Pues Dios es, por naturaleza, sólo padre de los hombres, aunque de Cristo lo es antes de los tiempos, como él mismo dice: “Ahora, Padre, glorificame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado, antes que el mundo existiese” (Jn 17:5).

         11. Creemos, pues en un solo Dios Padre, irrastreable e indescriptible. A él no lo ha visto hombre alguno; sólo “el Hijo único lo ha contado” (Jn 1:18), pues “aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre” (Jn 6:46). Los ángeles en el cielo ven continuamente su rostro (cf. Mt 18:10), cada uno según la medida de su propio orden y lugar. Pero la pura visión del esplendor del Padre está propiamente y de modo real reservada al Hijo juntamente con el Espíritu Santo.

         12. Pero al llegar a este punto de nuestro discurso, estimulado por el recuerdo de lo que poco antes decía que a Dios se le llama Padre de los hombres, me sorprende en gran medida la ingratitud de los hombres, pues, en su inefable bondad, Dios ha querido ser llamado padre de los hombres: quien está en los cielos, padre de los que habitan en el mundo; el autor de los siglos, padre de los que viven en el tiempo; el que “abarcó con su palmo la dimensión de los cielos” (Is 40:12) es padre de los que habitan la tierra como saltamontes (cf. Is 40:22). Pero el hombre, abandonando a su padre del cielo, ha dicho al leño: “Tú eres mi padre,” y a la piedra: “Tú me has engendrado.” Y por lo tanto, según me parece, es a la naturaleza humana a la que habla el salmo: “Olvida a tu pueblo y la casa de tu padre” (Sal 45:11), el padre a quien elegiste y a quien hiciste llamar para tu perdición.



El diablo, padre de la mentira. La paternidad divina

         13. Y no sólo a los leños y a las piedras, sino al mismo Satanás, que pierde a las almas, eligieron algunos como padre. A ellos decía el Señor increpándoles: “Vosotros hacéis las obras de vuestro padre” (Jn 8:41), es decir, del diablo, que no es padre de los hombres por naturaleza, sino a causa del engaño. Pues al modo como Pablo, a causa de la enseñanza piadosa que les había transmitido a los Corintios, es llamado padre de los mismos (1 Cor 4:15), así también el diablo es llamado padre de quienes se van con él (cf. Sal 50:18) por propia voluntad. No toleraremos, pues, a quienes torcidamente interpretan aquello de “en esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del Diablo” (I Jn 3:10), como si existiesen algunos entre los hombres que por naturaleza hubieran de salvarse o perderse16. Pues a la santa adopción que hemos mencionado no somos llevados por necesidad, sino por decisión libre de nuestra alma. Tampoco Judas fue traidor (cf. Lc 6:16b) por naturaleza, hijo del diablo y de la perdición (cf.Jn 17:12); pues, si no fuese así, no habría arrojado desde el principio a los demonios en el nombre de Cristo. Pues Satanás no expulsa a Satanás (cf. Mc 3:23-25), ni a su vez Pablo fue cambiado de perseguidor en anunciador, sino que se trató de una opción totalmente voluntaria, según dice Juan: “Pero a todos los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre” Un 1:12). Pues no antes de creer, sino por la fe fueron considerados dignos de llegar a ser hijos de Dios por su libre albedrío.


Confianza en Dios Padre

         14. Conociendo pues, esto, caminemos según el espíritu, para llegar a ser dignos de la adopción divina. “Pues todos los que son guiados por el espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8:14). Pues de nada nos serviría haber conseguido el nombre de cristianos, si a ello no siguen las obras, no sea que tal vez se nos diga aquello: “Si sois hijos de Abraham, haced las obras de Abraham” (Jn 8:39). Pues si llamamos Padre a quien juzga sin acepción de personas según las obras de cada uno, pasemos el tiempo temiendo por nuestra vida, sin amar “al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Jn 2:15). Por consiguiente, queridos hijos, demos gloria por nuestras obras al Padre que está en los cielos, para que vean nuestras buenas obras y glorifiquen al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5:16). Confiémosle todas nuestras preocupaciones (cf. I Pe 5:7), pues nuestro Padre sabe de qué tenemos necesidad (cf. Mt 6:8).


Amor a Dios y amor a los padres

         15. Y honrando a nuestro Padre celestial, sigamos los pasos de “nuestros padres según la carne” (Hebr 12:9), como manifestó abiertamente el Señor en la Ley y los Profetas diciendo: “Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra” (Ex 20:12). Y este mandamiento oíganlo sobre todo, de entre los presentes, quienes tienen padre y madre. “Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es justo. Pues no dijo el Señor: “El que ama a su padre o a su madre no es digno de mí,” de modo que interpretases torcidamente, por ignorancia, lo que estaba bien escrito, sino que añadió: “más que a mí”.” Pues cuando nuestros padres en la tierra pensasen lo contrario del Padre que está en los cielos, habría que seguir entonces lo dicho; pero si no nos presentan ningún impedimento para la piedad, nosotros, arrastrados por el furor de un ánimo ingrato, olvidándonos de los beneficios que de ellos hemos recibido, los despreciamos. Hay lugar entonces para aquella sentencia: “Quien maldiga a su padre o a su madre, morirá” (Éx 21:17).


El deber de piedad para con los padres

         16. La primera virtud de los cristianos es la piedad, honrar a los padres, remunerar los trabajos de quienes nos dieron la vida y procurarles con el mayor afán lo que les sea de ayuda. Pues, por mucho que les demos, nunca podremos darles la vida como ellos nos la dieron a nosotros. De modo que, al disfrutar ellos de la alegría que les proporcionamos (cf. Ecclo 3:3 es), nos fortalezcan a su vez con las bendiciones que el suplantador Jacob obtuvo astutamente (cf. Gén 27:36). Y el Padre celestial, aceptando gratamente nuestra buena voluntad, nos haga dignos de que resplandezcamos como el sol en el Reino del Padre (cf. Mt 13:43), a quien sea la gloria con el Hijo único y protector nuestro Jesucristo, y con el Espíritu Santo vivificador, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.


1. La expresión traducida por “paternidad” quizá es literalmente más bien “lo engendrado por un Padre,” y en este sentido podría tal vez entenderse como “familia” o “descendencia.”

2. De hecho el tema ha sido también algo así como lo que los dogmáticos llaman De Deo uno, es decir, el tratado dogmático sobre Dios en cuanto Dios único. Pero la anterior catequesis trató acerca de Dios con intención de rebatir todo lo referente al dualismo maniqueo, razón por la que se produjeron las abundantes digresiones mencionadas. Desde la presente catequesis hasta la XVII la exposición sigue más bien la articulación trinitaria del Credo.

3. Sal 2:7 debe verse en su contexto y en relación con otros pasajes de la Escritura. Puede decirse que todo el Salmo 2 es una descripción del drama del Mesías-Siervo contra el que arremeterán muchos de los que han sido interpelados por él. Sal 2:7-9 es prácticamente la respuesta de Dios a la agitación de las naciones, los pueblos, los reyes y los caudillos “contra Dios y contra su Ungido” (vv. 1-2). La interpretación mesiánica de Sal 2 es, pues, evidente, sobre todo relacionándolo con Sal 110 y con los poemas del Siervo de Yahvé en el Deuteroisaías.

4. Sal 89:27-28, versículos que también se interpretan en sentido cristológico.

5. La versión que se ofrece del versículo es la correspondiente al texto griego.

6. Estas explicaciones de Cirilo son un claro esfuerzo, características de la tradición patrística desde el concilio de Nicea (año 325) y Atanasio, por expresar simultáneamente la unidad de Dios, tal como se vio en la catequesis anterior, pero al mismo tiempo la pluralidad trinitaria, Padre, Hijo y Espiritu, en la unidad divina sustancial, en la que en el párrafo que acaba de terminar Padre e Hijo gozan de exactamente igual dignidad. Las catequesis de Cirilo se convierten así en una transmisión exacta de la fe objetiva de la Iglesia contenida en el Símbolo.

7. No “ha sido hecho” Padre, es decir, no ha recibido de nadie la paternidad ni tampoco ha llegado a ella a través de ninguna evolución.

8. El Padre es calificado así como Dios de los astros, pero en él no se dan las variaciones y las rotaciones que se dan en el firmamento.

9. De nuevo añade Cirilo entre paréntesis como si fuese una nota: “Pues “todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre”) y, a su vez: ‘Quien confiesa al Hijo posee también al Padre’ (I Jn 2:23b).” Las afirmaciones de I Jn, en el contexto de lo que es el contenido de la carta, tienen un carácter más bien cristocéntrico que trinitario. En general puede decirse que el Nuevo Testamento parte siempre, a la hora de exponer el misterio de Dios, no de la perspectiva general de Dios ni de un concepto abstracto de la divinidad, sino del acontecimiento y de la realidad de Jesucristo, verdadero punto focal desde el que debe entenderse la relación del hombre con Dios y toda la Historia de la salvación. Es el mantenimiento del debido equilibrio de las relaciones internas en la unidad sustancial del Padre y el Hijo lo que llevó a la formulación de la dogmática trinitaria. Esto tuvo, sin embargo, la contrapartida tal vez inevitable de que los aspectos salvíficos de la confesión de fe cristiana quedaron en los Símbolos en un cierto segundo plano.

10. Alusión al lugar del templo en el que Cirilo está pronunciando la catequesis

11. Al exponer la cuestión de que aquí se trata.

12. Lo inaudito de la relación que en el cristianismo se establece entre el hombre y Dios reside en que el hombre puede llamar a Dios “Padre,” pues, aunque no es hijo de Dios por naturaleza, sí lo es en Cristo por adopción. La expresión de Jesús, en Jn 20:17b: “Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” se interpreta seguramentc de un modo más adecuado entendiendo que, precisamente por la resurrección de Jesús, los hombres han sido hechos hijos de Dios. Con la resurrección de Jesús, se les da también a los hombres el Espíritu, “que se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios” (Rm 8:16). Rom 8:15 expone también que por el Espíritu podemos llamar “Padre” a Dios: “Pues no recibisteis un espiritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!” Cf. anteriormente, cat. 4, nota 19.

13. Conviene recordar que todo Dt 32 tiene un carácter épico. Como cántico hace memoria de la historia de salvación que Dios ha hecho con Israel. Está puesto en boca de Moisés (Dt 32:44), pero probablemente tuvo existencia independiente antes de ser introducido en el Deuteronomio. Es uno de los numerosos casos en que la confesión de fe se hace en medio de la historia concreta de salvación de Israel. Cf. también, por ejemplo, los salmos 78, 105 y 136. El acertado procedimiento de insertar la salvación en la historia se aplica también en el Nuevo Testamento, por ejemplo, en numerosos anuncios kerigmáticos del libro de los Hechos.

14. “Por la caridad” por la que se le ha encargado tener hacia Juan actitud de madre.

15. En la Biblia, el versículo añade además: “Tú, YaLvé, eres nuestro Padre, tu nombre es “EI que nos rescata desde siempre.”

16. Cf. cat. 4, núm. 20.

17. Cf., para toda la frase, Mt 10:37: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mi,” que se prolonga con el correlato siguiente: “el que ama a su hijo o a su hija más que a mi, no es digno de mi.” Se trata de la expresión, en el terreno del amor entre padres e hijos, de la contundente prescripción de Dt 6:5: “Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza,” que se hace presente en el Evangelio cuando a Jesús se le pregunta cuál es el primer mandamiento (Mc 12:38-34 par.).



VIII. Omnipotencia y Providencia de Dios.

         Pronunciada en Jerusalén, sobre lo de “todopoderoso’’ (que todo lo tiene bajo su poder). La lectura es de Jeremías: “El Dios grande, el Fuerte, cuyo nombre es Yahvé Sebaot, grande en designios y rico en recursos... (32:18-19)1.


Tema fundamental: la omnipotencia de Dios, Padre providente

         1. Por el hecho de que creemos en un solo Dios, rechazamos todo error acerca de una pluralidad de dioses, sirviéndonos de estas armas frente a los gentiles y frente a toda la resistencia de los herejes. Pero al añadir “un solo Dios Padre,” luchamos contra los que provienen de la circuncisión, que niegan al Hijo Unigénito de Dios. Pues, como se dijo en el día de ayer, antes incluso de que expliquemos lo que se refiere a nuestro Señor Jesucristo, simplemente por haber dicho Padre, ya quisimos indicar que es Padre del Hijo. Así, del mismo modo que entendimos que existe Dios, pensemos también que tiene un Hijo. Pero a esto añadimos ahora que es todopoderoso (que todas las cosas las tiene bajo su poder). Esto lo afirmamos por causa de los gentiles, de los judíos y de los herejes.


Dios, presente y activo en todo

         2. Pues algunos de los gentiles dijeron que Dios es el alma del mundo. Otros, por su parte, dijeron que sólo sobre los cielos tiene potestad, pero ésta no alcanza hasta la tierra. Algunos también, arrastrados por un error semejante, pervirtiendo el sentido de “Oh Yahvé, en los cielos tu amor, hasta las nubes tu verdad” (Sal 35:5)2, circunscribieron a las nubes y al cielo la providencia de Dios, pero enajenando de Dios lo que hay en la tierra. Se olvidaron del salmo: “Si hasta los cielos subo, allí estás tú, si en el sol me acuesto, allí te encuentras” (Sal 139:8). Pues si nada hay más allá del cielo, y puesto que el infierno está por debajo de la tierra, sin duda que el que gobierna lo de más abajo alcanza también la tierra.


Diversos aspectos del poder de Dios

         3. Pero los herejes, por otra parte, como se ha dicho anteriormente, no conocieron a un Dios único omnipotente. Pues omnipotente es el que domina sobre todas las cosas y todo lo tiene sujeto a su poder. Y quienes dicen que (Dios) es señor del alma, pero no del cuerpo, afirman con ello que ninguna de las dos realidades es perfecta, pues cada una de las dos carece de la otra. Y si alguien tiene potestad sobre el alma, pero no sobre el cuerpo, ¿a título de qué sería omnipotente? ¿Y dónde estaría la omnipotencia del que dominara sobre los cuerpos, pero no sobre los espíritus? Sin embargo, es cierto que Dios declara convictos a aquellos de quienes dice: “Temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna” (Mt 10:28). Pues si no tiene potestad sobre ambos, ¿cómo pudo el Padre de nuestro Señor Jesucristo someter a uno y otro al suplicio? ¿Y cómo podrá, invadiendo un cuerpo ajeno a su potestad, entregarlo a la gehenna si antes no ata al fuerte para saquear su ajuar?3.


Dios ejerce su dominio aún permitiendo la acción del diablo

         4. Pero la divina Escritura y los dogmas de la verdad han conocido a un Dios único, el cual tiene muchas cosas sometidas al imperio de su poder, pero muchas cosas las permite porque quiere4. Pues también ejerce su dominio sobre los adoradores de ídolos, pero los soporta por su paciencia; a los herejes que le rechazan también los tiene bajo su poder, pero los tolera con su longanimidad. También tiene sometido al diablo, pero lo acepta con su tolerancia. Y no sufre por impotencia como si se le venciese (a Dios). Pues, desde siempre, también (el diablo) estuvo entre las criaturas de Dios, que no fue quien le engañó -ello sería algo indigno- sino otros ángeles, que también son criaturas. Le permitió, sin embargo, vivir por dos razones: para que, al vencerlo, se sintiese afectado por una mayor vergüenza y para que los hombres recibiesen la corona5. ¡Oh providencia de Dios llena de sabiduría, que asumió aquella perversa voluntad para otorgar la salvación a quienes creyeran. Cuando se sirvió de la intención hostil de los hermanos de José para la realización de sus planes, permitiendo que vendiesen a su hermano por odio, de ello tomó ocasión para constituir en gobernador a quien él quería6. De modo semejante concedió luchar con el diablo para que fuesen coronados los vencedores; así, conseguida la victoria, el diablo, vencido por quienes son inferiores a él, se cubriría de mayor vergüenza. Los hombres, en cambio, quedarían ennoblecidos de modo insigne tras haber vencido a quien en otro tiempo había sido arcángel.


Dios reina también sobre el hombre pecador

         5. Nada, pues, se encuentra sustraído al poder de Dios. De él dice la Escritura: “Toda cosa es sierva suya” (Sal 119:91). Toda la realidad es realmente su sierva, aunque en esta realidad no se cuentan su Hijo único ni su Espíritu Santo7. Y todas aquellas criaturas que sí son siervos sirven al Señor por el Hijo único en el Espíritu Santo8. Dios, pues, domina sobre todas ellas y soporta a los homicidas, a los ladrones, a los libertinos por su paciencia, de modo que, una vez determinado el tiempo en que dará a cada uno según sus méritos tras la tregua de un tiempo duradero, sin haber vuelto su corazón a la conversión, sean condenados con mayor gravedad. Reyes de los hombres son los que gobiernan en el mundo, aunque no sin haber recibido el poder de lo alto (cf. Jn 19:11). Esto lo experimentó en cierta ocasión Nabucodonosor cuando dijo “que su imperio es un imperio eterno y su poder dura de generación en generación” (Dan 4:31).


Recto uso del dinero

         6. Las riquezas, el oro y la plata no son del diablo como algunos piensan9. “Del hombre fiel es todo el mundo de las riquezas, pero el que no lo es no tiene siquiera un óbolo”10. Pero nadie es más infiel que el diablo, como claramente lo dijo Dios por medio del profeta: ¡”Mía es la plata y mío el oro!” (Ag 2:8), “y se lo doy a quien quiero” (Lc 4:6). Lo único que debes hacer es usar bien de ello. No debes criticar más el dinero. Pero cuando tú utilizas mal algo que es bueno sin querer culpar a tu propia administración, diriges tu queja impíamente contra el creador. “Tuve hambre y me disteis de comer” (Mt 25:35): no hay duda de que fueron vuestras propias riquezas. “Estuve desnudo y me cubristeis” (Mt 25:36): en ello intervino vuestro dinero. ¿Quieres saber que las riquezas pueden ser la puerta del reino de los cielos?: “Vende lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo” (Mt 19:21).


Lo que se posee es de por sí bueno 11

         7. Estas cosas las he dicho a causa de los herejes, que condenan al anatema las propiedades, el dinero y los cuerpos. Pues ni deseo que seas esclavo de las riquezas ni, por otra parte, que las mires como enemigas, pues te han sido dadas por Dios como ayuda. Por consiguiente, no vayas diciendo de vez en cuando que el dinero es del diablo, pues aunque (éste) diga: “Todo esto te daré porque a mí me ha sido entregado” (Lc 4:6), alguno puede, sin embargo, refutar incluso esas palabras, puesto que no puede creerse a un mentiroso. Quizá, sin embargo, amilanado ante el poder de quien estaba presente, dijo la verdad, puesto que no afirma: “Todo esto te daré porque es mío,” sino “porque a mí me ha sido entregado.” No usurpó la propiedad, sino que declaró una encomienda y una simple administración a él confiada. Oportunamente se preguntan los intérpretes si mintió o dijo la verdad.


Conclusión: el poder del Señor Dios

         8. Por tanto, sólo hay un único Dios Padre omnipotente, a quien muchos herejes se han atrevido a atacar con improperios: no han sentido temor de injuriar al Señor de los ejércitos que se sienta sobre los querubines12. Han osado infamar con blasfemias al Señor Adonai13, no se arredraron de afrentarle con ellas a aquel a quien las voces de los profetas celebran como Dios todopoderoso. Tú, en cambio, adora al único Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo14. Huye del error del politeísmo; escapa también de cualquier herejía y di, según lo del libro de Job: “Yo por mí a Dios recurriría, expondría a Dios mi causa. El es autor de obras grandiosas e insondables, de maravillas sin número” (Job 5:8-9), y aquello de “el honor proviene del Todopoderoso”15, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


1. Para la comprensión de esta catequesis conviene tener en cuenta el ambiente intelectual y religioso circundante: se hacen las distintas afirmaciones en contra de los maniqueos, que subrayan la maldad intrínseca al menos de una parte de la creación, y también en contra de los arrianos, que ponen en duda la igualdad, en cuanto a naturaleza y dignidad, del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Téngase en cuenta, además, que la afirmación que se hace de que Dios es “todopoderoso” tiene en el original griego el sentido semántico de aquel “que domina sobre todas las cosas” (pantocrátor), lo cual facilita a su vez la relación entre omnipotencia y providencia de Dios.

2. Cf. también Sal 57:11 y 108:5.

3. Vid. Mc 3:27 par.: “Pero nadie puede entrar en casa del fuerte y saquear su ajuar, si no ata primero al fuerte; entonces podrá saquear su casa.” El texto evangélico, dificil de interpretar, debe entenderse desde su contexto: el diablo, aún armado de su propia fortaleza, puede ser vencido en el hombre por el poder de Dios, de modo que al fuerte -en esta caso, el diablo- se le arrebata la presa (cf. Is 49:24-25). Todo esto, sin embargo, parece quedar como forzado en el texto de Cirilo, que en cualquier caso aplica el pasaje a la realidad de la omnipotencia de Dios.

4. Con ello se distingue claramente entre lo que es voluntad de Dios y lo que éste simplemente permite. Lo que Dios permite sin ser objeto de su voluntad puede existir tanto en el campo de lo físicamente existente (incluyéndose aquí, por tanto, también el mal físico: enfermedad, etc.) como en el del mal moral (por ejemplo, cuando Dios permite el pecado individual o de unos hombres contra otros). En este caso, sin que Dios lo quiera, lo permite o tolera, conociendo él en el misterio de sus designios cómo podrá servirse para bien de los hombres del mal que él no ha querido. La bondad de Dios es por naturaleza incompatible con una supuesta voluntad suya del mal. Esta es originariamente la pregunta que da origen a la Teodicea.

5. La corona de la victoria a sus méritos.

6. Vid. toda la historia de José en Gn 39-48.

7. Esta afirmación de que Hijo y Espiritu Santo están colocados fuera del resto de la realidad sierva es tal vez intencionadamente antiarriana, pues con ella se trata de afirmar la igualdad en dignidad de Padre, Hijo y Espiritu Santo, sin que ninguno de estos dos esté sometido o subordinado al Padre.

8. Vid. más adelante cat. X, núm. 9.

9. Se condena aquí un rigorismo que considera malas las riquezas en sí mismas.

10. Moneda de un valor muy inferior a una peseta. La frase está tomada de Prov 17:6 LXX.

11. Al menos ésta es una de las cuestiones expuestas en este núm. 7. Aunque se relativizan las riquezas de modo total, no se las condena por sí mismas, con lo cual está Cirilo muy lejos de lo que en la historia de la Iglesia serán siempre los movimientos cátaros, etc.

12. Cf. Is 6:2-3 (mención de “serafines”); Sal 80:2.

13. La fórmula Adonai es sobre todo para dirigirse a Dios: “¡Señor mío!” (cf. Gén. 18:3).

14. La fórmula es de Rom 15:6: “...glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.”

15. La edición de PG 33,635 remite aquí a Job 36:22, que tanto en la biblia hebrea como en LXX reza: “Mira, Dios es sublime por su fucrza, ¿quién es maestro (o: poderoso) como él.” Pero se prefiere en este caso dejar como está el texto de la catequesis.



IX. Dios Creador de Todas Las Cosas.

         Pronunciada en Jerusalén sobre lo de “creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible.” La lectura es de Job: “¿Quién es este que empaña mi proyecto, reteniendo las palabras en su corazón y creyendo esconderse de mi?” (Jb 38:2 LXX)1.

         No se puede ver a Dios directamente en esta vida

         1. No es posible ver a Dios con los ojos de la carne: pues lo que es incorpóreo no puede entrar con estos ojos. Esto lo testificó también el mismo Hijo unigénito de Dios al decir: “A Dios nadie lo ha visto jamás.” Pues aunque alguien interpretase lo que está escrito en Ezequiel como si éste tuviese una visión directa, escuche lo que dice la Escritura: “Vio la semejanza de la gloria del Señor” (Ez 1:28), no al mismo Señor, sino a “la semejanza de la gloria,” como tampoco directamente a la gloria como ella realmente es. Pero, habiendo contemplado sólo una semejanza de la gloria, pero no la gloria misma, cayó a tierra por el miedo (ibid.). Pero la contemplación de la semejanza de la gloria despertaba en los profetas el temor y la inquietud de que Dios les arrebataría la vida si alguien intentaba contemplarlo directamente, según aquello de que “no puede verme el hombre y seguir viviendo” (Ex 33:20)2 Por este motivo Dios, por su grandísima bondad, ha extendido los cielos como velo de su grandísima bondad para que no perezcamos. Esta palabra no es mía sino del profeta, que dice: “Ah, si rompieses los cielos y descendieses — ante tu faz los montes se derretirían” (Is 63:19). Y, ¿por qué te admiras si Daniel cayó al suelo tras haber contemplado la semejanza de la gloria? En cierta ocasión vio Daniel a Gabriel, siervo de Dios3, e inmediatamente se turbó en su ánimo y cayó sobre su rostro. No se abrevió el profeta a responder hasta que el ángel adoptó figura de hombre (cf. Dan 8:17 y 10:15-16). Y si la visión de Daniel suscitaba temor en los profetas, ¿acaso no hubiesen perecido todos si el mismo Dios se hubiese dejado ver como es?


Conocimiento a Dios a través de las criaturas

         2. No se nos ha dado conocer la naturaleza divina con ojos corporales; pero por las obras de Dios podemos alcanzar una idea de su poder, según lo que dice Salomón: “Pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor” (Sab 13:5)4. No dice simplemente que por las criaturas se deduzca al creador, sino que añadió: por analogías. Pues Dios parece tanto mayor a cada uno cuanto mayor sea la contemplación de las criaturas adquirida por el hombre. Y cuanto más ha sometido a su propio ánimo a la contemplación, mayores son el conocimiento y la imagen que tiene del mismo Dios.


No es posible comprender plenamente a Dios

         3. ¿Quieres conocer que no es posible llegar a abarcar toda la naturaleza de Dios? Aquellos tres jóvenes que iban camino del fuego exclamaban celebrando a Dios con alabanzas: “Bendito tú, que sondeas los abismos, que te sientas sobre querubines” (Dan 3:55). Y ahora te pregunto: “Dime cuál es la naturaleza de los querubines y piensa entonces cómo es aquel que se sienta sobre ellos.” Por su parte, el profeta Ezequiel, en cuanto era posible, hizo una descripción de los mismos diciendo: “Tenían cada uno cuatro caras” (Ez 1:6): el primero, de hombre; el segundo, de león; el tercero, de águila; el último, de toro (cf. Ez 1:10). También “cada uno tenía seis alas” (Is 6:2) y ojos por todas partes, y avanzaban como sobre una rueda en cuatro direcciones (cf. Ez 10:11-12). Sin embargo, incluso tras esta descripción del profeta, no podemos llegar por la lectura a comprenderlo todo. Pues si no podemos comprender siquiera el trono que ha descrito, ¿cómo podremos abarcar al Dios invisible e inefable que en él se sienta? Es ciertamente imposible escrutar de modo íntimo la naturaleza de Dios, pero sí se puede tributar gloria y honor al que conocemos por sus obras.


De nuevo, la verdadera relación entre Dios Padre y Dios Hijo

         4. Estas cosas se os dicen a vosotros del modo consecutivo y ordenado de la fe6. Y puesto que decimos: “Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible,” recordamos así que él es el Padre de nuestro señor Jesucristo y que es el mismo que hizo el cielo y la tierra. De este modo quedamos protegidos frente a las desviaciones de los herejes ajenos a Dios, que se han atrevido a injuriar al sapientísimo creador de todo este mundos: ven con los ojos de la carne, pero están privados de la comprensión de la mente.


Sabiduría previsora de Dios al crear

         5. ¿Qué es lo que tienen que criticar en esta obra máxima de Dios? Se deberían haber sentido llenos de estupor al contemplar las curvaturas celestes, adorando así a quien puso el cielo como bóveda y de la naturaleza fluida de las aguas formó la sustancia del cielo. Pues dijo Dios: “Haya un firmamento en medio de las aguas” (Gén 1:6). Una sola vez lo dijo Dios y se mantiene sin caerse. El cielo es agua, pero son de fuego los seres clavados en él, el sol, la luna y las estrellas. Pero, ¿cómo se mueven en el agua estos seres ígneos?8 Si a alguno le vienen dudas a causa de las naturalezas contrarias del fuego y del agua, acuérdese del fuego que, en tiempo de Moisés, ardió en medio del granizo (cf. Ex 9:23) y considere la sapientísima disposición de Dios en la creación. Pues ya que las aguas eran necesarias para la marcha posterior de la tierra, preparó en lo más alto un cielo de agua para que, cuando las regiones celestes necesitaran de la irrigación por lluvias, el cielo se encontrase preparado y dispuesto para ello por su naturaleza. 



El admirable orden del universo, de las estaciones y del mundo

         6. Entonces, ¿qué? ¿No habrá que admirarse de la construcción del sol? Pues, apareciendo con la modestia de una vasija, contiene una enorme energía: apareciendo por el Oriente, emite luz hasta el Occidente. Decía el salmista describiendo sus salidas matutinas: “Y él, como un esposo que sale de su tálamo” (Sal 19:6). Con dulzura se describía así el modo a la vez esplendoroso y suave como comienza a derramar su luz sobre los hombres. Y cuando el sol se encuentra en pleno centro del día, a menudo huimos de él por el excesivo calor, pero en su salida ha alegrado a todos cuando hace su aparición como “el esposo.” Considera la posición del sol, que es plenamente la adecuada, si bien no la ha establecido él mismo, sino el que con su mandato determinó su curso. En verano se encuentra en su máxima altura, los días se hacen más largos, dando oportunidad a los hombres para sus trabajos. En invierno, sin embargo, limita su carrera, de modo que la época del frío no se prolongue sino que las noches, haciéndose más largas, sirvan de ayuda a los hombres para su descanso y para que la tierra produzca sus frutos. Mira también cómo los días se suceden unos a otros en el orden adecuado: se alargan en verano y en invierno se acortan, pero en la primavera y el otoño se hacen agradables los días con una duración semejante; e igualmente hacen las noches. De todos ellos dice el salmista: “El día al día comunica el mensaje, y la noche a la noche transmite la noticia” (Sal 19:2). Es como si clamaran ante unos herejes que no quieren oír y, en medio de su orden admirable, dijeran que no hay otro Dios que el que creó y dispuso los confines del mundo poniéndolo todo en orden.


El sabio ritmo del día y de la noche

         7. Que nadie haga mención de quienes dicen que uno es el creador de la luz y otro el de las tinieblas9. Recuerde las palabras de Isaías: “Yo (Yahvé) modelo la luz y creo la tiniebla” (Is 45:7). ¿Por qué, pues, te encolerizas con éstas? ¿Por qué soportas tan mal el tiempo que te ha sido dado como descanso? El siervo no conseguiría de sus señores descanso alguno de sus trabajos si las tinieblas de la noche no le trajesen la tregua. ¿Y cómo es que con tanta frecuencia, fatigados del trabajo del día, es por la noche como nos rehacemos? Y el que el día anterior se dio a sus trabajos, por la mañana aparece robusto y ágil por el descanso nocturno. ¿Y qué mejor que la noche para conducir a la sabiduría? Pues en ella meditamos muy a menudo en lo que se refiere a Dios; en ella nos dedicamos a la lectura y la contemplación de los divinos oráculos. ¿Cuándo se esfuerza nuestra mente con mayor tenacidad en entonar los salmos o en derramar nuestras súplicas?10. ¿No es acaso cuando es de noche? ¿Y cuándo, si no en la noche, recordamos con más frecuencia nuestros pecados? No admitamos por tanto, perversamente, que existe otro autor para las tinieblas, pues la experiencia demuestra que también ellas son buenas y muy útiles.


La luz de las estrellas, el sol y la luna

         8. Convendría que éstos (los mencionados) se asombraran y admirasen no sólo de la grandeza del sol y de la luna, sino también de las ordenadas danzas y el libre movimiento de las estrellas, al que nada perturba mientras cada una de ellas aparece en el momento oportuno. Y cómo unas son signo del verano y otras del invierno: unas indican el comienzo de la siembra y otras el de la época de la navegación. Y es precisamente el navegante, que se mueve en las inmensidades de extensas olas, el que dirige su barco mediante la observación de las estrellas. De todo esto dice señaladamente la Escritura: “Haya luceros en el firmamento celeste, para apartar el día de la noche, y valgan de señales para solemnidades, días y años” (Gén 1:14), pero no para fábulas sobre astrología y genealogía11.

         Advierte también de qué modo tan hermoso nos va dando Dios la luz del día poco a poco. Pues no vemos que el sol salga de modo repentino, sino que primeramente aparece una luz limitada para que, preparándose las pupilas, puedan captar la fuerza cada vez mayor de los rayos solares. Considera también cómo mitiga las tinieblas nocturnas con la suavidad del resplandor de la luna.


Dios, Señor de los elementos y fenómenos naturales

         9. ¿Quién es el padre de la lluvia? ¿Quién hizo las gotas del rocío? ¿Quién concentró el vapor en las nubes ordenando que sostuviesen el agua de las tormentas? ¿Y acaso no hace acercarse desde el norte a nubes vestidas de un aéreo resplandor, mientras según los momentos va haciendo cambiar su aspecto y su forma en figuras distintas del mundo o de cualquier otro género? ¿Quién hay que pueda numerar con conocimiento de causa a las nubes? Sobre ello se dice en el libro de Job: “¿Quién tiene pericia para contar las nubes? ¿Quién inclina los odres de los cielos?” (Job 38:37). Y aquello otro: “El cuenta a las nubes con su sabiduría” (26:8 LXX) y las nubes no son “un velo opaco” para él (cf.Job 22:14). Gran cantidad de agua se contiene en las nubes, pero no se rompen, pues aquella cae a tierra en perfecto orden. ¿Quién es el que saca a los vientos de sus depósitos? (cf. Sal 135:7). ¿Quién es, como antes dijimos, el que produce las gotas de rocío? (cf. Job 38:28). ¿De qué útero sale el hielo? (38:29). Porque, aunque es una sustancia acuosa, tienen las propiedades de la piedra. A veces incluso el agua se convierte en “nieve como la lana,” pero otras se somete a la voluntad de aquel que “esparce la escarcha cual ceniza” (Sal 147:16). Pero en ocasiones se convierte en sustancia pétrea. Y desde luego somete y gobierna al agua según su voluntad. La naturaleza del agua es única, pero está dotada de un poder y una eficacia múltiples. El agua en las vides es vino que alegra el corazón del hombre, es en los olivos aceite que da brillo al rostro del hombre y pan que fortalece el corazón del hombre (cf. Sal 104:15), como es también capaz de convertirse en toda clase de frutos.


Variedad de la creación

         10. Ante esto, ¿qué habrá que hacer? ¿Habrá que proferir insultos contra el Hacedor del mundo o habrá más bien que adorarlo? Y no hablo de las cosas ocultas de su sabiduría. Quisiera más bien que contemplaras la primavera, reteniendo la variedad de sus flores que todas son iguales y a la vez distintas: el púrpura de la rosa y la excelsa blancura del lirio. Pues, aunque ambos proceden de la misma lluvia y del mismo suelo, ¿quién es el que las hace distintas y las construye? Quisiera también que consideraras qué habilidad del único artífice es la que hace que árboles de la misma clase sirvan a veces para dar sombra y a veces para desparramarse en frutos diversos. Una parte de la vid se destina a la quema, otra a convertirse en renuevos, otra en follaje, otra en horquillas y, por fin, una última en uvas. Asómbrate también, en una caña, de la amplitud del espacio que su autor puso entre sus nudos. En un mismo terreno salen serpientes, jumentos, árboles, alimentos, oro, plata, cobre, hierro, piedra. Una es la sustancia de las aguas, y salen de ellas las especies de los peces y de las aves, de manera que unos nadan en el agua mientras las aves vuelan en el aire.



La inmensidad del mar, dominada por el Creador

         11. “Ahí está el mar, grande y de amplios brazos, y en él, el hervidero innumerable de animales, grandes y pequeños” (Sal 104:25). ¿Quién podrá exponer la hermosura de los peces que ahí viven? ¿Quién la magnitud de los cetáceos o la naturaleza de los animales anfibios que viven tanto en la tierra árida como en el agua? ¿Quién puede exponer la profundidad y la hondura del mar o el inmenso ímpetu de las olas? Se mantiene, sin embargo, dentro de los límites que le ha fijado quien le dijo: “Llegarás hasta aquí, no más allá..., aquí se romperá el orgullo de tus olas” (Job 38:11). Explica claramente el mandato que se le ha impuesto el hecho de que las olas, al retirarse, dejan una línea visible en las orillas. A los que la ven se les indica así que el mar no habrá de pasar de los límites establecidos.


El vuelo excelso de las aves

         12. ¿Quién puede captar la naturaleza de las aves del cielo? ¿Cómo es que unas poseen una lengua experta en el canto, mientras otras poseen una gran variedad de colores en sus plumas y algunas, como las aves de presa, se mantienen, en medio del vuelo, inmóviles en el aire? Pues es por mandato de Dios por lo que “el halcón emprende el vuelo, despliega sus alas hacia el sur” (Job 9:26). ¿Qué hombre percibe cómo “se remonta el águila” a “las alturas” (39:27). Pues si con toda tu capacidad de pensar no puedes darte cuenta de cómo las aves se elevan a lo alto, ¿cómo podrás entonces abarcar con tu mente al autor de todas las cosas?



Diversidad y enseñanzas del mundo animal

         13. ¿Quién ha llegado a saber simplemente los nombres de todas las fieras? ¿Y quién se ha dado cuenta de la naturaleza de cada una de ellas y de su fuerza? Pero si ni siquiera conocemos sus nombres, ¿cómo podremos abarcar a su autor? Uno fue el precepto de Dios, por el que dijo: “Produzca la tierra animales vivientes de cada especie: bestias, sierpes y alimañas terrestres de cada especie” (Gén 1:24). Por un único mandato brotaron, como de una única fuente, las diversas clases de animales: la mansísima oveja, el león carnicero. Por su parte, movimientos diversos de animales irracionales reflejan una variedad de inclinaciones humanas: la zorra, por ejemplo, expresa la perfidia humana; la serpiente, a los que hieren a sus amigos con dardos venenosos; el caballo que relincha, a jóvenes voluptuosos12. Sin embargo, la hormiga diligente sirve para estimular al negligente y al perezoso. Pues cuando alguien, en su juventud, vive en la desidia y el ocio, los mismos animales irracionales le estimulan según el mismo reproche que recoge la Escritura: “Vete donde la hormiga, perezoso, mira sus andanzas y te harás sabio” (Prov 6:6). Pues cuando veas que guarda alimentos para el tiempo oportuno, imítala y recoge para ti mismo como tesoros, para la vida futura, los frutos de las buenas obras. Por otra parte: “Ponte a la obra y aprende qué trabajadora es” (Prov 6:8 LXX)13. Observa cómo, recorriendo toda clase de flores, produce miel para tu servicio, para que también tú, haciendo el recorrido por las Sagradas Escrituras, consigas tu salvación eterna y, saciado por ellas, digas: “¡Cuán dulce al paladar me es tu promesa, más que miel a mi boca!” (Sal 119:103).


Cualidades diversas de animales salvajes

         14. ¿Acaso, pues, no es el Creador digno de toda alabanza? ¿O es que, porque tú no conozcas la naturaleza de todas las cosas, han de ser por ello inútiles los seres creados? ¿Puedes, quizá, llegar a conocer las cualidades de todas las hierbas? ¿O eres capaz de aprender qué utilidad tiene lo que proviene de cualquier animal? Pues es cierto que incluso de las víboras venenosas proceden ciertos antídotos para la salud de los mortales. Pero me dirás: las serpientes son cosa horrenda. Teme al Señor y no podrá hacerte daño. El escorpión cobra fuerza al picar: teme al Señor y no te picará. El león está sediento de sangre: teme al Señor — como en cierta ocasión Daniel (Dan 6:23) — y (el león) permanecerá tranquilo junto a ti. Realmente son de admirar las fuerzas de los mismos animales: unos clavan con el aguijón, mientras la fuerza de otros reside en sus dientes; los hay que luchan con sus garras; la fuerza, por último, del basilisco reside en su mirada. Por las diversas cualidades de su obra puedes, pues, comprender la capacidad del Creador.


La misma maravilla del cuerpo humano

         15. Pero hay otra cosa que desconoces: hay algo muy distinto entre ti mismo y los animales que están fuera de ti, porque tú puedes entrar dentro de ti mismo y conocer por tu propia naturaleza al Creador. Pues, ¿qué es lo que hay en tu cuerpo que sea digno de reprensión? Practica la continencia y nada en tus miembros será malo. En un principio Adán está desnudo en el paraíso juntamente con Eva. Por sus miembros, desde luego, no era digno del oprobio ni del rechazo. Por tanto, causa del pecado no son los miembros, sino aquellos que se sirven mal de ellos14. Sabio es, sin embargo, el que creó los miembros. ¿Quién es el que preparó el hueco del útero para la procreación de los hijos? ¿Quién dio vida en él al feto inanimado? ¿Quién realizó la conexión de los nervios y los huesos y los rodeó con la piel y la carne? ¿Quién ha hecho que, nada más nacer, el niño tome la leche de los pechos de su madre como de su fuente? ¿Cómo se convierte el infante en niño y el niño en joven, más tarde en hombre y, por último, ese mismo se vuelve anciano, sin que además nadie sea capaz de advertir que sea en momentos precisos cuando esos cambios se producen? ¿Cómo se convierte una parte del alimento en sangre, otra parte se integra en la propia carne y otra parte se desecha? ¿Quién es el que hace que el corazón se mueva con movimiento continuo? ¿Quién tan sabiamente protegió la suavidad de los ojos con el movimiento de los párpados? Pues ciertamente los grandes libros de los médicos apenas trataron suficientemente de la admirable estructura de los ojos. ¿Quién hizo la distribución de la respiración por todo el cuerpo? Ves ahí, oh hombre, la sabiduría del autor que todo lo hizo15.



Conclusión: Dios desde sus obras

         16. Nuestras palabras ya han explicado todo esto con bastante amplitud, aunque pasando por alto muchas cosas y dejando también otras más, sobre todo de carácter incorpóreo e invisible, para que odies a quienes injurian al sabio y buen artífice. Y por lo que se ha dicho y leído, que tú mismo podrás recordar y meditar, entenderás de modo análogo, por la magnitud y belleza de las criaturas, al autor de las mismas (cf. de nuevo Sab 13:5). Doblando piadosamente tu rodilla ante el autor de todas las cosas, sensibles y racionales, visibles e invisibles, con expresión de agradecimiento, de recuerdo y de bendición, alabarás a Dios con los labios y el corazón diciendo: “¡Cuán numerosas tus obras, Yahvé! Todas las has hecho con sabiduría” (Sal 104:24). A ti el honor, la gloria y la magnificencia ahora y por lo siglos de los siglos. Amén.


1 Las palabras de Dios son una queja, desde la sabiduría del Creador, contra la petulancia del hombre.

2. Tampoco en esta ocasión tiene desperdicio la nota de la Biblia de Jerusalén a este versículo.

3. El ángel Gabriel.

4. Sab 13:1-9 es uno de los más conocidos pasajes bíblicos que exponen la posibilidad de llegar a Dios a través de las criaturas, fruto de la potencia divina. Conviene recordar que, aunque Pablo utiliza relativamente poco este modo de argumentar, son muy conocidas sus indicaciones al respecto en Rom 1:19-20, versículos seguramente inspirados en Sab 13:1. Sab 13:6 puede haber inspirado también la redacción de Hech 1 7:27.

5. Más literal: “análogamente” o “de modo análogo,” con lo que, empleando Cirilo un término abstracto de corte filosófico, no se establece simple igualdad o identidad entre Dios y las criaturas, sino analogía, que la tradición filosófica cristiana tan bien ha sabido distinguir de la univocidad y de la equivocidad ontológica.

6. Se refiere al orden en que se encuentran las afirmaciones del Credo.

7. Al reafirmar la realidad de Dios como “Padre de nuestro Señor Jesucristo,” insistiendo una vez más, al mismo tiempo, en que es creador de todo, se hace resaltar otra vez la enseñanza cristológica y trinitaria de Nicea.

8. Conviene señalar, a la hora de entender lo que la catequesis de Cirilo enseña sobre la creación, que una cosa es la afirmación fundamental contenida en los dos relatos de la creación del libro del Génesis (en 1,1-2,4a y 2:4b-25) de que el mundo no tiene su origen en si mismo, sino en Dios, y otra cuestión distinta es el modo como se hace la descripción del universo en esos mismos capítulos y, en general, en los autores antiguos, bíblicos o extrabíblicos, o en los mismos autores cristianos de la antigüedad. La exposición del universo, como es el caso también de Cirilo, pone en el centro a la tierra y no al sol. El sol, la luna y las estrellas, en este mismo cuadro, son poco más que meros adornos muy interesantes del “cosmos.” Sin embargo, esto no invalida en absoluto la afirmación bíblica fundamental, que también lo es aquí de Cirilo como de toda la tradición cristiana: el universo debe su origen a algo más grande y distinto de él, a lo cual llamamos “Dios.”

9. De nuevo, los maniqueos, y de nuevo alusión a su concepción de la lucha eterna entre los dos principios también eternos y antagónicos del bien y del mal.

10. Puede ser una simple alusión a la facilidad ambiental de dirigirse a Dios en la oración y en el silencio de la noche, pero es también muy probable que Cirilo tenga en su mente las vigilias de oración, frecuentes en las iglesias palestinas de su época (cf. PG 33,646, nota 7).

11. Tit 3:9 recomienda expresamente que se eviten las “discusiones necias, genealogías”; tal vez a cuestiones parecidas se refiere la advertencia de 2 Tim 3:7 frente a algunos “que siempre están aprendiendo y no son capaces de llegar al pleno conocimiento de la verdad.” Las frecuentes alusiones de Pablo al ambiente pseudorreligioso especialmente en Col 2 — reflejan el medio en el que tuvo que desenvolverse la Iglesia del Nuevo Testamento, en el cual competian muy diferentes concepciones de lo divino y en el que era muy fácil verse simplemente en una atmósfera de extendido relativismo. Este ambiente todavía perdura en la antigüedad ya tardía de mediados del siglo IV, cuando se pronuncian las catequesis de Cirilo.

12. De manera algo lejana, podría haber aquí una alusión a Jr 5:8 y su contexto.

13. Refiriéndose a la comparación con la actividad de las abejas.

14. Tras la descripción de la caída, señala Gén 3:7 que “entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores.” La intención evidente del texto sagrado es hacer presente que es precisamente por el pecado que está en el hombre por lo que éste se siente tentado a hacer mal uso de toda la realidad creada, incluyendo en ella su propio cuerpo. Pero ni su cuerpo ni sus miembros son de por si malos.

15. Desde casi el comienzo de este núm. 15 (“¿qué es lo que hay en tu cuerpo que sea digno de reprensión?..”), existe una variante del texto transmitido, contenida en el códice de una supuesta homilía de San Basilio. Por el interés de la variante, se traduce también en la presente nota de acuerdo con el texto ofrecido por PG 33,655-658: “¿ Qué es lo que se ha plasmado en tu cuerpo que sea reprensible? Sal a decirlo. Modera tu pensamiento nada malo saldrá de tus miembros. Cada uno de ellos ha sido hecho para nuestro uso. Guía tu reflexión hacia la piedad y sigue los mandatos divinos, pues ningún miembro peca cuando actúa o se somete en el ámbito de las cosas para las que ha sido hecho. Si no lo quieres, tu ojo no mira depravadamente ni el oído escucha lo que no le conviene; tampoco la mano se apodera de nada indebidamente ni los pies se encaminan a la injusticia; ni tomas afecto a lo ajeno ni fornicas ni deseas la mujer de tu prójimo. Suprime del corazón los pensamientos desviados. Date cuenta de cómo fuiste hecho por Dios y darás más gracias a quien te formó. De entrada, Adán estaba desnudo mientras se deleitaba en el paraíso, pero, al recibir el mandato y no guardarlo, extendió indebidamente su mano (no porque la voluntad estuviese en la mano, sino porque, con el deseo de su ánimo, alargó su mano hasta donde no debía). Así cayó en la desobediencia privándose de los bienes de que disfrutaba. Del mismo modo, los miembros no son causa de pecado para quienes se sirven de ellos sino que lo es el que el ánimo se sienta indebidamente inducido, según lo dicho por el Señor: “Porque del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones” (Mt 15:19) y otras cosas semejantes, para todo lo cual querrías servirte de tus miembros cuando habían sido admirablemente puestos al servicio del alma y colocados como siervos de la razón. Debes regirlosy gobernarlos por la acción de la piedad. Refrénalos con el temor de Dios. Somételos dóciles con el deseo de la templanza y del ayuno, y nunca se alzarán contra ti ejerciendo su tiranía: más bien te guardarán llevándote a una gran victoria contra el diablo, mientras esperas la inmarcesible y eterna corona de la victoria....” Esta variante, sin embargo, no parece anular el texto que continúa tras la nota 14.



X. Un Solo Señor Jesucristo.

         Sobre aquello de “Y en un solo Señor Jesucristo.” Se parte del pasaje de 1 Co 8:5-6: “Pues aun cuando se les dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses y de señores, para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros”1.


El Hijo, puerta para llegar al Padre

         1. Aquellos a quienes se ha enseñado a creer en “un solo Dios, Padre todopoderoso,” deben creer también en el Hijo unigénito. Pues “todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre” (I Jn 2:33). “Yo soy la puerta” (Jn 10:9), dice Jesús. “Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14:6) . Si niegas la puerta, te permanecerá cerrado el conocimiento que lleva al Padre. “Nadie conoce bien al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11:27b). Pues si niegas a aquel que revela, permanecerás en la ignorancia. Dice una sentencia en los Evangelios: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehusa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él” (Jn 3:36). El Padre se indigna cuando el Hijo unigénito es privado de su honor. Un rey considera grave que alguien insulte a un simple soldado. Por tanto, si se trata indecorosamente a alguien de las personas más honorables, compañeros o amigos, más se enciende la propia cólera. Y si alguien injuria al Hijo único del Rey, ¿quién aplacará y suavizará al Padre del Hijo unigénito de tal modo conmovido?


Es en el Hijo en quien se cumplen los designios de Dios

         2. Si alguien, por consiguiente, quiere ser piadoso para con Dios, adore al Hijo; de otro modo, el Padre no admitirá su culto. El Padre exclamó desde el cielo diciendo: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3:17). En el Hijo se complugo el Padre. Si tú no encuentras también en él tu complacencia, no tendrás la vida. No te dejes arrastrar por los judíos, que mala y astutamente dicen, sí, que hay un solo Dios. Pero, junto a este reconocimiento de que sólo hay un Dios, reconoce a la vez que existe un Hijo único de Dios. No he sido yo el primero en decir esto, sino que acerca de la persona del Hijo dice el salmista: “Voy a anunciar el decreto de Yahvé: El me ha dicho: “Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy”“ (Sal 2:7) 2. No atiendas, pues, a lo que dicen los judíos, sino a lo que hablan los profetas. ¿Te asombras de que desprecien las voces de los profetas cuando ellos mismos los lapidaron y entregaron a la muerte?


Diversas denominaciones de Cristo en la Escritura

         3. Tú cree “en un solo Señor Jesucristo, Hijo unigénito de Dios.” Decimos “un solo Señor Jesucristo,” porque es una filiación única; decimos “único,” para que su actividad múltiple, que se expresa mediante nombres diversos, no te lleve a hablar impíamente de hijos diversos. Se le llama “puerta” (Jn 10:7), pero no pienses, por esta denominación, que se trata de una puerta de madera, sino racional, viva y que se da cuenta de quiénes pasan. Se le llama “camino” (Jn 14:6), pero no porque sea pisado por los pies, sino porque conduce hasta el Padre. Se le llama “oveja,” pero no desprovista de razón, sino que por su preciosa sangre limpia al mundo de sus pecados: es llevada ante el esquilador y sabe cuándo conviene guardar silencio (cf. Hech 8:32; vid. Is 53:7-8). Pero esta misma oveja cambia a la vez su nombre por el de pastor cuando dice: “Yo soy el buen pastor” (Jn10:11) 3. Es oveja por su humana naturaleza, pero es pastor por el amor a los hombres que muestra su divinidad. Pero, ¿quieres saber cómo nos referimos a ovejas racionales? Dice el Salvador a los apóstoles: “Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos” (Mt 10:16). También se le llama “león” (cf. Gén 49:9)4, pero no porque sea devorador de hombres, sino que con tal denominación se muestra la dignidad regia de la propia naturaleza y su propio vigor en el que puede confiar. Se le llama también león en oposición al “adversario, el Diablo,” que “ronda como león rugiente, buscando a quién devorar” (I Pe 5:8). Pues viene el Salvador, no mudando su mansedumbre natural, sino como el poderoso león de la tribu de Judá (cf. Apoc 5:5), trayendo la salvación a los que creen y aplastando al adversario. Se le llama “piedra,” no inanimada ni tampoco extraída con manos humanas (cf. Dan 2:34), sino “piedra angular” (cf. Sal 118:225; cf. Mt 21:42 par), en la que quien crea no será confundido (cf. Is 28:16).


Más denominaciones de Cristo

         4. Se le llama “Cristo”6, aunque no ha sido consagrado por manos humanas, sino ungido por el Padre para un sacerdocio eterno superior a las cosas de los hombres (cf. Hech 4:27). Se le cuenta entre los que han muerto, pero sin permanecer entre los muertos7, como todos los demás en el Hades (cf. Hech 2:31), sino el único libre entre los que murieron. Se le llama “Hijo del hombre” (Mt 16:13); no como cada uno de nosotros, que hemos tenido nuestro nacimiento en esta tierra, sino como quien ha de venir sobre las nubes a juzgar a los vivos y a los muertos (Mt 24:30)8. Se le llama “Señor,” no de manera abusiva, como a los “señores” que hay entre los hombres, sino como quien tiene un poder natural y eterno9. Se le llama “Jesús” con nombre apropiado10, que hace referencia a su labor como médico11. Se le proclama “Hijo”12, que no ha llegado a serlo por adopción, sino que por naturaleza ha sido engendrado Son muchas realmente las denominaciones de nuestro Salvador. Pero que esta multitud de nombres no te haga pensar en una multitud de hijos. Y que no pienses, a causa de los errores de los herejes, que dicen que uno es el Cristo, pero otro es Jesús, y otra es la puerta, y así sucesivamente. Frente a todo ello te previene la recta fe: en un solo Señor Jesucristo. Aunque las distintas denominaciones sean muchas, bajo ellas es una única realidad lo que se entiende.


Jesucristo, Salvador y Señor

         5. El actúa como Salvador diversamente según las circunstancias de cada uno. Para quienes necesitan de la alegría, él es la viña (cf.Jn 15:1). Para quienes tienen necesidad de entrar, él es la puerta (Jn 10:7). Para quienes tienen que presentar sus súplicas, ha sido constituido “único mediador” (1 Tim 2:5) y “Sumo Sacerdote” (Hebr 7:26). Pero, a su vez, se convierte en oveja en favor de los pecadores para ser sacrificado en su lugar (Is 53:6-7). Se hace todo para todos permaneciendo él lo que es según su naturaleza. Pues permaneciendo así y detentando una dignidad de hijo que no está sujeta a mutación alguna, desciende hasta nuestras debilidades como médico excelente y maestro bondadoso. Y esto siendo en verdad el Señor, que no ha adquirido el señorío para provecho propio, sino que posee por naturaleza la dignidad de ese señorío13. No es llamado abusivamente “Señor” nuestro, sino que verdaderamente lo es: cuando por voluntad del Padre domina sobre las propias criaturas. Nosotros ejercemos un derecho de dominio sobre hombres iguales a nosotros en honor y que están sujetos a las mismas debilidades: a menudo mandamos sobre quienes nos sobrepasan en edad y no es raro que un joven gobierne sobre criados más viejos. Pero en nuestro Señor Jesucristo no existe tal tipo de dominio. Pues en primer lugar es Hacedor y, después, Señor: en primer lugar ha hecho la voluntad del Padre, y es después cuando domina sobre las cosas que ha hecho.


Cristo, siempre en unión con el Padre

         6. “Cristo Señor”14 es aquel que “nació en la ciudad de David”15. ¿Y quieres saber que Cristo el Señor está con el Padre ya antes de hacerse hombre16, de modo que lo que se dice no lo aceptes sólo por la fe, sino que tengas también una prueba desde el Antiguo Testamento? Busca el primero de los libros, el Génesis, donde dice Dios: “Hagamos al ser humano,” no dice a mi imagen, sino “a nuestra imagen” (Gén 1:26). Y después de que Adán fue hecho, dice: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya” (1:27). No restringió, pues, la dignidad divina a sólo el Padre, sino que también se refirió conjuntamente al Hijo, declarando así que el hombre no es simplemente obra de Dios, sino también de nuestro Señor Jesucristo, que también es verdadero Dios. Este mismo es el Señor, que coopera con el Padre, como lo hizo también en el asunto de Sodoma, según lo dicho por la Escritura: “Entonces Yahvé hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de parte de Yahvé”17. Y en otra ocasión, se mostró a Moisés en cuanto éste fue capaz de verlo (cf. Ex 3:2-6; 33:18-20; 34:5-6). Pues el Señor es benigno y siempre desciende indulgentemente a nuestras debilidades.


Cristo, aparecido a Moisés

         7. Y para que sepas que es él mismo el que se apareció a Moisés, acepta este testimonio de Pablo: “Pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo” (I Cor 10:4) y, además (refiriéndose a Moisés): “Por la fe, salió de Egipto” (Hebr 11:27), poco después de haber dicho: “estimando como riqueza mayor que los tesoros de Egipto el oprobio de Cristo” (Hebr 11:26)18. Y Moisés le dice: “Déjame ver, por favor, tu gloria” (Ex 33:18). ¿Acaso no ves que también entonces los profetas veían a Cristo, aunque en la medida en que eran capaces de ello? “Déjame que te vea,” clamaba Moisés. Pero Dios le dice: “No puede verme el hombre y seguir viviendo” (Ex 33:20). Por consiguiente, puesto que nadie podría ver el rostro de la divinidad, adoptó el rostro del hombre para que, viéndolo, viviésemos19. Pero cuando quiso mostrarlo con brillo, es decir, cuando su rostro “resplandeció como el sol,” “los discípulos cayeron rostro a tierra llenos de miedo” (Mt 17:2-6). Por consiguiente, si al brillar el rostro de su cuerpo no lo hacía cuanto podía sino cuanto eran capaces de soportarlo los discípulos, ¿cómo podría nadie mirar a la majestad de la divinidad? “Grande es, Moisés, lo que deseas,” dice el Señor. “Doy mi aprobación, sin embargo, a tu deseo no saciado. “Haré también esto que me acabas de pedir” (Ex 33:17), en la medida en que tú puedes captarlo.” “Mira, hay un lugar junto a mí; tú te colocarás sobre la peña. Y al pasar mi gloria, te pondré en una hendidura de la peña y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. Luego apartaré mi mano, para que veas mis espaldas; pero mi rostro no se puede ver” (Ex 33:21-23) 20


La presencia de Cristo entre los israelitas, invocada por Moisés

         8. Guarda con firmeza, a causa de los Judíos, todo lo que voy a decir. Pues era nuestro propósito mostraros que, junto al Padre, se encontraba el Señor Jesucristo. Porque dice el Señor a Moisés: “Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre de Yahvé” (Ex 33:19). El que es el Señor en persona, ¿a quién llama Señor?21. Ves cómo, aunque de modo oscuro enseñó la piadosa doctrina acerca del Padre y el Hijo. Y además, en las palabras que siguen se encuentra escrito22 “Descendió Yahvé en forma de nube y se puso allí junto a él. Moisés invocó el nombre de Yahvé. Yahvé pasó por delante de él y exclamó: “Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes; que castiga la iniquidad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación”.” Después, según lo que sigue, Moisés, cayendo en tierra de rodillas y adorando al Padre ante el Señor, a quien llamaba, dice: “Dígnese mi Señor venir de en medio de nosotros” (Ex 34:5-9, para todo en conjunto).


Cristo es, como el Padre, Señor de todo

         9. Tienes así una primera demostración. Admite otra que es evidente. “Dijo el Señor a mi Señor: “Siéntate a mi derecha”“ (Sal 110:1). El Señor dice estas cosas al Señor, no al siervo23. Pero se trata del Señor de todas las cosas, de su propio Hijo al que todo se lo sometió (cf. 1 Cor 15:27-28; Hebr 2:8). “Mas cuando dice que “todo está sometido,” es evidente que se excluye a Aquel que ha sometido a él todas las cosas” (1 Cor 15:27)..., “para que Dios sea todo en todo” (15:28). Señor de todo es el Hijo unigénito: es Hijo del Padre, sumiso a él y que no ha usurpado su soberanía, sino que la ha recibido espontáneamente y de modo natural. Pues ni el Hijo se la robó al Padre ni éste ha sentido envidia del Hijo al entregarle el dominio. Es este mismo el que dice: “Todo me ha sido entregado por mi Padre” (Mt 11:27). Pero no me ha sido entregado como si anteriormente careciese de ello24, aunque las conservo cuidadosamente sin que se empobrezca su largueza.


Más sobre el señorío de Cristo

         10. Por consiguiente, el Hijo de Dios es “Señor.” Señor nacido en Belén de Judá, según las palabras del ángel a los pastores: “Os anuncio una gran alegría...: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2:10-11). Del cual, en otro lugar, dice uno de los Apóstoles: “El ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todo” (Hech 10:36). Y cuando dice “de todo,” no sustraigas absolutamente nada a su soberanía, pues tanto los ángeles como los arcángeles, “los Principados, las Potestades” (Col 1:16) o cualquier otra de las realidades creadas nombradas por los apóstoles, todo ha sido sometido al señorío del Hijo. Es Señor de los ángeles, como tienes en los evangelios: “Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían” (Mt 4:11). No dice “le ayudaban,” sino “le servían,” es decir, realizaban un oficio servil. Y cuando iba a nacer de la Virgen, le sirvió entonces Gabriel, que convirtió así su propia dignidad en servicio (cf. Lc 1:26 ss.). Cuando tenía que ir a Egipto para deshacer los ídolos de éste25, de nuevo un ángel se aparece en sueños a José (cf. Mt 2:13). Habiendo resucitado tras su crucifixión, un ángel lo anunció y, como un siervo diligente, dijo a las mujeres: “Ahora id enseguida a decir a los discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis”: Ya os lo he dicho” (Mt 28:7). Como si dijera: no he descuidado el encargo; testifico que os lo he dicho para que, si lo descuidáis, no sea mía la culpa sino de quienes han sido negligentes. Así, pues, aquel es el único Señor Jesucristo, acerca del cual la lectura que se proclamó26 contiene estas palabras: “Pues aun cuando se les dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses y de señores, para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros” (I Cor 8:5-6).


Aarón y Josué, figuras de Cristo sacerdote y salvador

         11. Jesucristo es llamado así con un doble vocablo: Jesús, porque otorga la salvación; Cristo, porque posee el sacerdocio27. Dándose cuenta perfectamente de la situación, el divino profeta Moisés llamó con estos nombres a dos hombres escogidísimos: a Ausés, sucesor suyo en la jefatura, al que llamó Jesús cambiándole el nombren, y a su propio hermano Aarón, añadiéndole el nombre de Ungido29; de esta manera, por medio de estos dos hombres eximios, representaba la potestad regia y la potestad pontifical que habían de estar unidas en el Jesucristo único que habría de venir. Pues Cristo es sumo pontífice a semejanza de Aarón, si es verdad aquello de que “tampoco Cristo se apropió la gloria del Sumo Sacerdocio, sino que la tuvo de quien le dijo: ... Tú eres sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec” (Hebr 5:5-6). Y en muchas cosas fue imagen de él, Josué, hijo de Nun30, pues la jefatura sobre el pueblo tuvo su comienzo en el Jordán31, donde también Cristo comenzó a evangelizar una vez recibido el bautismo (Mt 3:13). El hijo de Nun hizo doce partes de toda la herencia (Jos 14:1-5) yJ esús envió a doce apóstoles de la verdad como predicadores a todo el mundo (Mt 10). Como imagen (de Jesús), protegió él (Josué) a la prostituta que había creído (Jos 2:1 ss; 6:17 cf. Hebr 11:31). Pero el verdadero32 exclama: “En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios” (Mt 21:31). Ante el clamor de la alegría, aunque aquello sólo era imagen, se derrumbaron las murallas de la ciudad de Jericó (Jos 6:20), y por la palabra de Jesús: “No quedará aquí piedra sobre piedra” (Mt 24:2), cayó lo que a nosotros se opone, el templo de los judíos. Y no porque la sentencia de Jesús fuese causa del derrumbe, sino que esta caída la provocó el pecado de los impíos.


Jesús, Salvador, llamado así por el ángel

         12. Unico es el Señor Jesucristo, nombre admirable indirectamente anunciado por los profetas. Pues dice el profeta Isaías: “Mira que viene tu salvación; mira, su salario le acompaña” (Is 62:11)33. Pero Jesús, en hebreo, significa “salvador”; sin embargo, la gracia otorgada a los profetas, previendo el torcido sentimiento de los judíos hacia la destrucción del Señor, les ocultó la verdadera denominación para que no pudiesen, conociéndolo demasiado pronto, estar al acecho contra él de manera más insidiosa. Pero Jesús fue llamado claramente de ese modo, no por todos, sino por el ángel, que no vino por su iniciativa, sino por la autoridad de Dios, y dijo a José: “No temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombra Jesús” (Mt 1:20-21). Y al dar razón de este nombre, añadió de modo inmediato: “Porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (1:21b). Pero has de entender cómo puede tener un pueblo quien todavía no ha nacido, y es que en realidad ya existía antes de nacer. Esto es lo que de su persona dice el profeta: “Yahvé desde el seno materno me llamó: desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre” (Is 49:1)34. Por eso predijo el ángel que habría de ser llamado Jesús. Como también deben entenderse de las insidias de Herodes estas palabras: “En la sombra de su mano me escondió” (Is 49:2).


El Salvador que sana

         13. Así pues, “Jesús” significa en hebreo “salvador,” y en la lengua griega, “el que sana”35. En realidad él es médico de las almas y los cuerpos, y sanador de los espíritus: cura a los que están ciegos en sus ojos sensibles, pero lleva también la luz a las mentes: es médico de los que están visiblemente cojos, y dirige también los pies de los pecadores a la conversión cuando dice al paralítico: “No peques más” (Jn 5:14) y: “Toma tu camilla y anda” (5:8)36. Pues ya que a causa del pecado del alma había sido entregado el cuerpo a la parálisis, sanó primero el alma para llevar también después la medicina al cuerpo. Por tanto, si la mente de alguien está agarrotada por la enfermedad de los pecados, tiene ahí médico. Pero si alguien es de poca fe, dígale: “Ayuda a mi incredulidad” (Mc 9:23). Y si alguien está plagado de enfermedades corporales, no desconfíe, sino acérquese, que también recibirá remedio, y reconozca que Jesús es el Mesías.



Eternidad e inmutabilidad del sacerdocio de Cristo

         14. Los judíos conceden que Jesús es algo más, pero niegan que sea el Mesías. Por ello dice el Apóstol: “¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo (1 Jn 2:22)?” Pero Cristo es el sumo sacerdote con un sacerdocio intransferible37. No comenzó en el tiempo a ser sacerdote ni tiene sucesor alguno en su pontificado, tal como nos oísteis hablando el domingo en la asamblea33 sobre aquello de “según el orden de Melquisedec” (Sal 110:4; cf. Hebr 5:6)39. No ha obtenido el pontificado por sucesión corporal ni ha sido ungido con óleo terreno40, sino que procede del Padre antes de los siglos; y es tanto más excelente que otros cuanto ha sido Sacerdote a través de un juramento: “Pues los otros fueron hechos sacerdotes sin juramento, mientras éste lo fue bajo juramento por Aquel que le dijo: “Juró el Señor y no se arrepentirá...”“ (Hebr 7:20b-21a). Para la seguridad del asunto bastaba con la voluntad del Padre. Pero esta seguridad se ha duplicado al añadirse a la voluntad además un juramento: “Para que mediante dos cosas inmutables por las que es imposible que Dios mienta, nos veamos más poderosamente animados” (Hebr 6:18)41 quienes acogemos a Jesucristo Hijo de Dios.


Pese a los anuncios, Cristo fue rechazado

         15. A este Cristo le rechazaron los judíos cuando llegó42, pero lo confesaron los demonios (cf. Lc 4:41). Tampoco lo ignoraba el patriarca David cuando decía: “Aprestaré una lámpara a mi ungido” (Sal 132,17). Algunos han entendido esta lámpara como el esplendor de la profecía; otros han entendido por esta lámpara la carne tomada de la Virgen, según aquello que dice el apóstol: “Llevamos este tesoro en vasos de barro” (2 Cor 4:7). No desconocía a Cristo el profeta al decir: “Anunciando a los hombres a su Cristo” (Am 4:13 LXX). También lo había conocido Moisés, lo había conocido Isaías y también Jeremías: ninguno de los profetas lo desconoció. Lo reconocieron incluso los mismos demonios. “Les conminaba,” y, se añade, “porque sabían que él era el Cristo” (Lc 4:41). Los príncipes de los sacerdotes lo ignoraron, pero lo confesaron los demonios. Mientras los príncipes de los sacerdotes le desconocían, lo anunciaba la mujer samaritana diciendo: “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?” (Jn 4:29).


Universalidad del cristianismo

         16. Este Jesucristo es el “Sumo Sacerdote de los bienes futuros” (Hebr 9:11), que por la largueza de su divinidad nos comunicó a todos su mismo nombre. Cuando alguien es rey, no comunica a los demás la denominación de su dignidad regia. Pero Jesús, el Cristo, Hijo de Dios, se dignó denominarnos con el nombre de cristianos. Verdaderamente, dirá alguno, se trata de algo nuevo. Este nombre de “cristianos” no se había oído anteriormente, y a veces se despierta oposición a las cosas nuevas simplemente por el hecho de ser nuevas. De esto trató el profeta al decir: “A sus siervos les dará un nombre nuevo tal que quien desee ser bendecido en la tierra deseará serlo en el Dios del Amén...” (Is 65:15-16)43. Preguntemos a los judíos: ¿servís a Dios o no? Mostradme, si acaso, vuestro nuevo nombre. Pues en tiempo de Moisés y de los demás profetas erais llamados judíos e israelitas, e igualmente después del retorno de Babilonia y hasta nuestros días. ¿Tenéis acaso un nuevo nombre? Pero nosotros, sirviendo al Señor, tenemos un nombre nuevo: y es realmente nuevo, nombre nuevo que “será bendecido sobre la tierra”: este nombre ha arrebatado toda la tierra, como quiera que los judíos están limitados a los confines de una sola región, pero los cristianos están extendidos por todo el mundo. Lo que ellos anuncian es el nombre del Hijo unigénito de Dios.


Pablo, anunciador del Evangelio tras haber perseguido a los cristianos

         17. ¿Quiéres saber que los apóstoles conocieron y anunciaron el nombre de Cristo, y que más bien tuvieron en sí mismos al mismo Cristo? Pablo dice a sus oyentes: “... ya que queréis una prueba de que habla en mí Cristo” (2 Cor 13:3). Pablo anuncia a Cristo diciendo: “No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús” (2 Cor 4:5). Pero, ¿quién es el que así habla? El que anteriormente era perseguidor. ¡Oh gran milagro! El que antes fue perseguidor anuncia ahora a Cristo. ¿Y por qué razón? ¿Ganado por el dinero? Pero no había nadie que lo persuadiese con tales artes. ¿O acaso lo había visto personalmente en la tierra y actuaba impulsado por reverencia y pudor? En realidad ya había marchado al cielo. El (Pablo) había partido como perseguidor y, luego de tres días en Damasco, el que se dedicaba a perseguir se convierte en su pregonero (Hech 9:1-25). ¿En virtud de qué? Algunos citan testigos de su casa para cosas familiares, pero yo te he traído como testigo a quien antes había sido enemigo. ¿Todavía tienes dudas? Grande es ciertamente el testimonio de Pedro y Juan, pero podría considerarse con cierta sospecha, pues eran familiares (de Cristo). Pero cuando quien antes era enemigo ahora afronta la muerte en favor del mismo asunto, no hay ya lugar para dudar acerca de la verdad.


Conversión de Pablo a Jesucristo. Fecundidad de su actividad escritora

         18. Mientras se habla de estas cosas, sorprende gratamente el admirable designio del Espíritu Santo de que fuesen muy escasas en número las cartas de los demás, pero concedió a Pablo, que anteriormente había sido perseguidor, que escribiese catorce. Y no es que restringiese esa gracia en Pedro yJuan, como si fuesen menores. Nada de eso, sino que para afirmar la autoridad indudable de la doctrina, a quien antes había sido enemigo y perseguidor le concedió escribir ampliamente para que así tuviésemos todos una fe cierta. Ciertamente todos se asombraban de Pablo y decían: “¿No es éste el que en Jerusalén perseguía encarnizadamente a los que invocaban ese nombre, y no ha venido aquí con el objeto de llevárselos a todos a los sumos sacerdotes?” (Hech 9:21). “No os asombréis,” dice Pablo, sé que para mí “es duro dar coces contra el aguijón” (Hech 26:14)44. Sé que “no soy digno de ser llamado apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios” (I Cor 15:9), pero “por ignorancia” (I Tim 1:13). Pues creía que la predicación de Cristo era la ruina de la Ley: no sabía que él había venido a cumplir la Ley, no a anularla (cf. Mt 5:17). “Y la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí” (I Tim 1:14).


Innumerables testimonios y testigos de Cristo

         19. Queridos, hay muchos testimonios acerca de Cristo45. Desde el cielo testifica el Padre acerca del Hijo (cf. Mt 3:17; 17:5); testifica el Espíritu Santo descendiendo corporalmente bajo el aspecto de paloma (Lc 3:22); testifica el arcángel Gabriel anunciando el evangelio a María (Lc 1:26-38); testifica la Virgen madre de Dios (ibid.); testifica el lugar dichoso del pesebre (Lc 2:7). Es testigo Egipto, que acogió en cuerpo al Señor cuando era todavía un niño muy pequeño. Es testigo Simeón, que lo tomó en brazos y dijo: “Ahora, Señor, puedes según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos” (cf. Lc 2:28-31). Y Ana, la profetisa, continente (y viuda)46 piadosísima y que llevaba una vida ascética, testifica igualmente de él (Lc 2:36-38). Testifica Juan Bautista, el mayor de los profetas (Jn 1:15; 1:19 ss) y el primero del Nuevo Testamento, que en cierto modo conecta en sí ambas Alianzas, la antigua y la nueva47. Entre los ríos es testigo el Jordán, entre los mares, el de Tiberíades. Dan testimonio los ciegos, los cojos, los muertos llamados de nuevo a la vida. Los demonios dan testimonio diciendo: “¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret?.. Sé quién eres tú: el Santo de Dios” (Mc 1:24). Testifican los vientos refrenados por su poder (Mt 8:23-27); testifican los cinco panes repartidos entre cinco mil hombres (Mt 14:13-21). Lo testifica el santo leño de la cruz, que se contempla entre nosotros hasta el día de hoy y que ha llenado casi todo el mundo con los trozos que algunos, por su fe, han cogido de él. Testifica en el valle la palmera que proporcionó las palmas a los niños que en su momento acogieron con alabanzas a Cristo (Jn 12:13). Da testimonio Getsemaní como mostrando también todavía a Judas a quienes entienden lo sucedido (Mt 26:47 ss). Este santo monte, el Gólgota, destacando sobre los demás, también testifica al dejarse ver; también dan testimonio el santo sepulcro y la piedra junto a él colocada hasta el día de hoy (cf. Mt 27:60). El sol que está ahora luciendo es testigo por haber experimentado un eclipse en la pasión. Testigo fueron también las tinieblas que en aquella ocasión se extendieron desde la hora sexta hasta la hora nona (Lc 23:44). Testigo es la luz que iluminó desde la hora nona hasta la tarde. Testigo es el monte santo de los Olivos desde el cual ascendió al Padre (Hech 1:912). Testigos también las nubes de tormenta que acogieron al Señor48. Igualmente las puertas celestiales que acogieron al Señor, de las que dice el salmista: “¡Alzaos, puertas, alzad los dinteles, puertas eternas, para que entre el rey de la gloria!” (Sal 23:7). Testifican asimismo quienes con anterioridad habían sido enemigos, de los que ahora hay que recordar al bienaventurado Pablo, que por un cierto tiempo vivió en la enemistad, pero (después) ejerció su ministerio de modo duradero. Testifican los doce apóstoles, que no sólo con palabras predicaron sino también con sus propios tormentos y su muerte. Testifica la sombra de Pedro, que en nombre de Cristo sanaba a los enfermos (Hech 5:15); testifican los pañuelos y los mandiles, que a través de Pablo realizaban igualmente curaciones con el poder de Cristo. Son testigos los persas, los godos y todos los convertidos de los gentiles que no dudan en enfrentarse a la muerte por aquel49 a quien no vieron con los ojos de la carne. Testifican los demonios, exorcizados hasta el día de hoy por el servicio de los fieles.


Con tantos testigos la fe se hace evidente

         20. Muchos, diversos y diferentes son los testigos. ¿Se rehusará, pues, la fe a un Mesías comprobado por tantos testimonios? Si alguien, por consiguiente, no ha creído ya antes, crea ahora; pero si ya creyó, reciba un mayor incremento de fe: creyendo en nuestro Señor Jesucristo, sepa de quién recibe la forma de llamarla. Has sido llamado cristiano: que no sea blasfemado por tu causa nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, sino que tus buenas obras resplandezcan ante los hombres, para que los hombres que las vean glorifiquen en Cristo Jesús, Señor nuestro, al Padre que está en los cielos (Mt 5:16), a quien sea la gloria ahora y por lo siglos de los siglos. Amén.


1. Las catequesis dan ahora un importante giro hacia la persona de Jesucristo haciendo ver que es en él en quien se cumplen las mismas Escrituras de la Antigua Alianza, en una línea semejante, por ejemplo a lo que se expone en la célebre predicación kerigmática de Pablo en Antioquía de Pisidia: “También nosotros os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres, Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús, como está escrito en los salmos: “Hijo mío eres tú; y yo te he engendrado hoy”“ (Hech 13:33; cf. su contexto). La cita que hace aquí Hech es de Sal 2:7, pasaje al que hace referencia estricta, de carácter plenamente cristocéntrico, el núm. 2 de la presente catequesis.

2. Cf. sobre la interpretación cristológica de este salmo el final de la nota anterior. Pero es todo el salmo el que debe entenderse cristológicamente, especialmente por lo que se refiere al drama de la pasión y al señorío mesiánico. Eso es lo que explica su frecuentísima utilización en los escritos del Nuevo Testamento.

3. Para toda la alegoría del Buen Pastor cf Jo 10:1-21.

4 Con ello se admite la interpretación cristológica del “león de Judá”: el Mesías tenía que ser, y Jesús lo es de hecho, de la tribu de Judá. Cf. el importante texto de Apoc 5:5: “No llores; mira, ha triunfado el León de la tribu de Judá, el Retoño de David; el podrá abrir el libro y sus siete sellos.”

5. Mt 21:42 par, en la parábola de los viñadores homicidas, afirma expresamente que Cristo es la “piedra angular” rechazada al menos por una parte de quienes debían haberle acogido en primer lugar. Con ello también las palabras de Sal 118:22 se interpretan en clave cristológica. Casi más explícito todavía es Hech 4:11.

6. “Christós” es un adjetivo verbal griego, que significa “ungido” y traduce el hebreo “Mesías,” del mismo significado. Cuando Mt 1:16 habla de “Jesús, llamado Cristo” está queriendo indicar que en Jesús se ha reconocido al Mesías aguardado desde toda la historia de salvación que Dios ha establecido desde los siglos con toda la humanidad, pero concretándose en la historia de Israel. En Cristo ha puesto Dios su Espíritu (cf. Is 42:1). Jesús de Nazaret es aquel a quien “Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder,” según la versión que de Is 61:1 ofrece Hech 10:38. Según Lc 4:17-21, Jesús interpreta Is 61:1-2 viendo cumplidas en sí mismo las palabras de Isaías. Por todo ello es Jesús la personificación y presencia más explícitas y claras de Dios en el mundo. Jesús es, pues, de manera definitiva el “Cristo,” “Mesías,” “ungido” de Dios para la salvación del hombre.

7. Apoc 1:18; Jesús, al manifestarse, se presenta como “el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos.”

8. Mt 24:30, sobre la venida definitiva del Hijo del hombre al fin de los tiempos: “Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo-del-hombre, y entonces se golpearán el pecho todas las razas de la tierra y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria.” La imagen del “Hijo del hombre” es de carácter apocalíptico, es decir, como descripción de contornos es borrosa; pero el término, empleado en Dn 7:13-14 sirve, precisamente en su imprecisión, para manifestar algo que va bastante más allá de su sentido literal. La excelente nota de la Biblia de Jerusalén a Dn 7:13 habla de un sentido de la expresión “Hijo del hombre” a la vez colectivo e individual (basándose en Dn 7:18-22) puesto que “el Hijo de hombre se identifica de algún modo con los santos del Altísimo: pero el sentido colectivo (igualmente mesiánico) prolonga el sentido personal, ya que el Hijo de hombre es a la vez la cabeza, el representante y el modelo del pueblo de los santos.” Y añade la misma nota: “Por eso pensaba San Efrén que la profecía se refiere en primer lugar a los judíos (los Macabeos), luego, por encima de ellos, y de una manera perfecta, a Jesús.” Por todos estos motivos puede quizá decirse que el titulo de Hijo de hombre o del hombre, aplicado a Jesús, es útil para indicar, en Jesucristo, la imagen definitiva del hombre, de su realidad y de su historia. A estas especulaciones bíblicas sobre antropología cristiana no son probablemente ajenas las afirmaciones de I Cor 15:47: “El primer hombre, salido de la tierra, es terreno, el segundo, viene del cielo.”

9. Cf más abajo, núms. 5 y ss.

10. Cf. Mt 1:21: “... tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.”

11. Cf. más abajo, núms. 11 y 13.

12. El tema se expone en una gran parte de la cat. 11.

13. Vid. cat. 11, núm. 22.

14. Según lo dicho en la nota 6, la traducción podría ser “el Mesías Señor.”

15. Lc 2:11; “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador que es el Cristo Señor.”

16. Es el tema de la preexistencia del Hijo y su misma igualdad de naturaleza divina con el Padre lo que ahora se aborda.

17. Gén 19:24. El hecho de mencionarse dos veces a Yahvé, el Señor, lo interpreta Cirilo como una referencia conjunta a Padre e Hijo.

18. Es realmente curioso, pero al tiempo extremadamente importante, que, por ejemplo, en el citado Hebr 11:26 pero también en otros textos anteriores o que seguirán, se ponen en relación con el acontecimiento Cristo numerosos textos del Antiguo Testamento. Esto contribuye a una auténtica unificación cristocéntrica de la Escritura.

19. Cf. toda la catequesis 12 sobre la encarnación de Cristo.

20. El texto de la catequesis ha parafraseado en algunos momentos las frases citadas del Exodo.

21. El razonamiento es semejante al de Mt 22:41-46 par. Cf. el párr. 9 de esta misma catequesis.

22. Según nuestro conocimiento actual de la situación redaccional se trata, de acuerdo con la cita que se aduce, de versículos anteriores del Éxodo.

23. Cf. cat. 7, núm. 2.

24. Se rechaza así la imagen subordinacionista del Hijo (un ser sometido al Padre como si no fuese de su misma naturaleza) y, sobre todo se excluye la idea adopcionista, la del Hijo como si Jesús hubiese llegado a ser adoptado como Hijo en algún momento de su historia (por ejemplo, en el bautismo en el Jordán). Una vez más se deja aquí sentir el influjo aclaratorio del concilio de Nicea acerca de la igualdad de naturaleza entre el Padre y el Hijo.

25. En ocasiones los Padres de la Iglesia han interpretado Is 19:1, donde en un oráculo contra Egipto se presenta a Yahvé en contra de los ídolos de este país, como afirmación acerca de Cristo, que con su viaje a Egipto en su infancia (cf. Mt 2:13 ss) habría destruido a los ídolos allí existentes. Cf. datos sobre estas afirmaciones patrísticas en PG 33,674, nota 5.

26. La nota de la que tomaba pie la catequesis.

27. El nombre de Jesús, salvador, es hebreo. Cristo, del griego christós, ungido. El griego es traducción del hebreo Messiáh, castellanizado “Mesías”). La función sacerdotal de Cristo es resaltada de modo especial en este párrafo 11.

28. “Ausés” es una transcripción probablemente errónea de “Nave,” forma con que a veces se ha transcrito a su vez el nombre de Nun, el padre de Josué (cf. Jos 1:1: “Josué, hijo de Nun y ayudante de Moisés”). Teniendo en cuenta que en algunas versiones griegas de la Biblia se transcribe “Josué” como “Jesús,” puede entenderse la referencia del nombre “Ausés’’ y por qué afirma el texto de la catequesis que los nombres de “Jesús,” el “Cristo,” ya se dan en el Antiguo T estamento.

29. Sobre la investidura sacerdotal de Aarón y sus hijos, cf Lev 8.

30. En el texto griego original se lee “Jesús de Nave” (cf. lo expuesto en nota 28), aunque con las variantes “hijo de Nave” o “Jesús, hijo de Nave.”

31. El paso del Jordán por el pueblo es el primer episodio notable del liderazgo de Josué (cf Jos 3-4).

32. Aquel a quien la imagen se refiere, Jesús.

33. La versión de Cirilo, más apropiada a sus propósitos didácticos y apoyándose en los LXX, personifica la frase: “Mira que viene tu salvador. Pero, en cualquiera de las versiones, el oráculo de Isaías puede contener una referencia cristológica.

34. Is 49:1 contiene el comienzo del segundo de los cantos del Siervo de Yahvé, anteriormente mencionados. Cirilo aplica las frases transcritas a Jesús en el instante mismo de la encarnación, por el anuncio del ángel, en el seno de Maria.

35. Conforme la etimoligía hebrea es clara, la griega, es mucho más discutible, puesto que no existe relación entre el griego lesous, transc ripción del hebreo, y el también griego iatrós, médico, de origen diferente.

36. Cf. Cirilo de Jerusalen, Homilía in paralyticum iuxta piscinam iacentem, núms. 13, 17, 18 (PG 33,1 145-1.148:1.149-1.152).

37. Desde el sentido estricto de las palabras, el “sacerdocio” y la palabra “sacerdote” sólo se dicen de Cristo en el Nuevo Testamento. El sacerdocio de Cristo es único, como única es también la acción salvífica por la que Dios ha rescatado a los hombres de su situación “de una vez por todas,” según la repetida y central insistencia de la carta a los Hebreos (cf. Hebr 7:27). Esta afirmación coincide también con la de que Cristo es el único mediador (I Tim 2:5). Para la designación de distintos grados del ministerio ordenado, el Nuevo Testamento utiliza más bien las expresiones de “episcopos,” presbítero y diácono.

38. Probable alusión a alguna homilía de la que no hay transcripción o al menos no se conserva.

39. CL Hebr 5:5-6: “De igual modo, tampoco Cristo se apropió de la gloria del Sumo Sacerdocio, sino que la tuvo de quien le dijo: Hijo mio eres tú; yo te he engendrado hoy (cf Sal 2:7). Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec” (Sal 110:4). En un mismo párrafo se unen, pues, la generación y el sacerdocio eternos del Hijo.

40. Cf. cat. 11, núms 1 y 15

41. El párrafo, de razonamiento algo complejo, habla de la certeza de la salvación apoyada en el doble motivo de que Dios hizo una promesa al padre de la fe, Abraham (Gén. 12:1 ss). Pero también Abraham “recibió la señal de la circuncisión como sello” (Rm 4:11, cf Gn 17:11 ss). La promesa de Dios y el sello de la misma constituyen la doble seguridad que es para el cristiano 1) el proyecto de Dios en Cristo y 2) el sello bautismal.

42. Como una de las expresiones más compendiosas de esta afirmación, cf Jn 1:11, pero el rechazo deJesús está presente en todas las páginas del evangelio de Jn, en los sinópticos (cf. todo lo que es, en general Mt 20-23) o en la síntesis paulina sobre el puesto de Israel en la historia de la salvación, Rom 9-11.

43 Al transcribir la cita de Is, se ha preferido la versión de la Biblia de Jerusalén.

44. El “no os asombréis” no pertenece al texto de los Hechos, sino que es redaccional.

45. Cf. como testimonio acerca de la muerte y resurrección lo que se recoge en cat. 13, n. 38 s. y en cat. 14, no. 22-23.

46. “Continente” es el nombre dado en la antigüedad cristiana a los que practicaban en castidad la continencia por el Reino de los Cielos.

47. Juan Bautista pertenece todavía a la antigua Alianza, pero es precursor del Mesías, que desea ser bautizado por él (Mt 3:13) Lc 7:28 sitúa perfectamente a Juan en su puesto en la historia de la salvación: “Os digo (en boca de Jesús): Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan; sin embargo, el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él.”

48. Probable alusión algo literaria a Hech 1:9.

49. Cristo.



XI. El Hijo Unigénito de Dios.

         Sobre las palabras (del Símbolo): “Hijo unigénito de Dios, nacido del Padre, Dios verdadero antes de todos los siglos, por quien todo fue hecho.” Se parte de Hebr 1:1 ss: “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo...”1.


Cristo, superior a todos los demás ungidos como Hijo único y eterno de Dios Padre

         1. Con lo que ayer os dijimos se explica suficientemente, por nuestra parte, que esperamos en Jesucristo. Pero no hay que creer en Jesucristo en un modo simple y vulgar, ni hay que aceptarlo como a uno cualquiera de los muchos que, de modo abusivo, han sido llamados “Cristos”>. Ellos eran “cristos” como tipo e imagen, pero es éste el verdadero Cristo, que no fue escogido de entre los hombres y promovido al sacerdocio, sino que recibió del Padre eterno la dignidad sacerdotal. Por eso la fe nos advierte que no pensemos que se trata de uno cualquiera de los “cristos” (ungidos) corrientes: a la confesión de fe se añade que creemos “en un solo Señor Jesucristo, hijo único de Dios.”


Hijo de Dios Padre por naturaleza

         2. Cuando oyes hablar del Hijo, no pienses en la adopción, sino en un Hijo por naturaleza, Hijo Unigénito que no tiene ningún otro hermano. Por eso se le llama Unigénito, porque no tiene ningún hermano en la dignidad de la deidad y en la generación paterna. Pero no le llamamos Hijo de Dios por nuestro propio impulso, sino porque el Padre mismo le dio el nombre de Hijo, y es verdadero el nombre que los padres ponen a los hijos.


Pedro, en nombre de los apóstoles, reconoce a Jesús como Hijo de Dios

         3. Nuestro Señor Jesucristo se revistió en aquel entonces de la naturaleza humana, pero esto era desconocido de muchos. Cuando él, sabiendo que se ignoraba, lo quería enseñar, reuniendo a los discípulos les preguntaba: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?” (Mt 16:13). No buscaba una gloria efimera,sino que deseaba decirles la verdad para que no sucediese que, estando ellos conviviendo con el Hijo unigénito de Dios, y Dios mismo, le despreciasen como a un simple hombre. Cuando ellos dicen: “... unos, que Elías; otros, que Jeremías” (16:14), es como si les respondiera: tienen excusa los que no lo saben pero vosotros, que sois apóstoles y curáis leprosos en mi nombre, expulsáis demonios y devolvéis a muertos a la vida, debéis saber quién es aquel por quien realizáis esas maravillas. Cuando todos se mostraban reticentes (pues esta realidad excedía las fuerzas humanas), Pedro no utilizó palabras propias ni razonamientos humanos, sino que, inundado de luz en su mente iluminada por el Padre, le dice: “Tú eres el Cristo” (Mt 16:16), añadiendo: “El Hijo de Dios vivo” (ibid.). E inmediatamente se añade una declaración de bienaventuranza, conformada con la afirmación de que era una revelación procedente del Padre. Pues dice el Salvador: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos (16:17). Así pues, quien reconoce a nuestro SeñorJesucristo como Hijo de Dios, es hecho partícipe de la bienaventuranza; pero quien niega al Hijo de Dios se hace infeliz y desgraciado3.


Hijo en todo semejante al Padre

         4. Cuando se le llama Hijo, no pienses que se trata de una exageración, sino que es hijo verdaderamente, por naturaleza, sin un comienzo. No ha pasado de la servidumbre a la adopción, sino que es Hijo engendrado desde toda la eternidad, mediante un proceso de generación inescrutable e inabarcable. De un modo semejante, cuando oyes hablar de “primogénito” (cfr. Hebr 1:6), no lo entiendas al modo humano, pues los hombres tienen además otros hermanos, y en algún lugar está dicho: “Israel es mi hijo, mi primogénito” (Ex 4:22). Pero así como Rubén fue despojado de su honor de primogénito de Jacob por haberse introducido en el lecho de su padres, también Israel crucificó al Hijo arrojándolo de la viña de Dios Padre (Mt 21:39 ss)4. Y a otros la Escritura dice: “Hijos sois de Yahvé vuestro Dios” (Dt 14:1). Y, en otro lugar: “Yo había dicho: “¡Vosotros, dioses sois, todos vosotros, hijos del Altísimo!”“ (Sal 82:6)6. Pone: “Dije,” y no: “He engendrado.” Pues ellos recibieron por la voz y la palabra de Dios la adopción que no tenían. Pero él (el Mesías) no pasó de ser una cosa a convertirse en otra, sino que desde un principio nació como Hijo del Padre existiendo antes de cualquier comienzo y antes de los siglos. Es Hijo del Padre en todo semejante a su progenitor; eterno del Padre eterno, engendrado como vida de la vida, luz de luz, verdad de la verdad, sabiduría de la sabiduría, Rey de Rey, Dios de Dios, potestad de potestad.


Generación eterna del Hijo

         5. Cuando oigas el Evangelio que dice: “Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham” (Mt 1:1), entiende esto en lo referente a la carne. Pues es realmente hijo de David para siempre, pero es Hijo de Dios antes de todos los siglos y sin un principio7. Y asumió realmente lo que no tenía8, pero lo que tiene lo tiene desde la eternidad como engendrado del Padre. Tiene dos padres: uno, David, según la carne; el otro, según la divinidad, Dios Padre. Aquello que tiene de David está sometido al tiempo, puede constatarse y es un linaje que se puede detallar, pero lo que procede de la divinidad no está sometido al tiempo ni al espacio, ni tiene una ascendencia de la que se pueda dar cuenta:”De su ascendencia, ¿quién se preocupa?”9. Dios es espíritu, y lo que es espíritu se engendra espiritualmente, de modo incorpóreo sin que pueda rastrearse linaje alguno. El mismo Hijo dice del Padre: “El me ha dicho: “Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy...”“ (Sal 2:7). Ese “hoy” no expresa algo reciente, sino eterno. Es un “hoy” sin tiempo, antes de todos los siglos: “... Desde el seno antes de la aurora te he engendrado” (Sal 110:3, versión clásica griega).


Creer en el Hijo de Dios

         6. Cree, por tanto, en Jesucristo Hijo de Dios vivo, Hijo unigénito, según el Evangelio, que dice: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3:16). Y, a su vez: “El que cree en él (el Hijo) no es juzgado” (3:18), sino que ha “pasado de la muerte a la vida” (I Jn 3:14). Pero “el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él” (Jn 3:36), “porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios” (Jn 3:18). De él daba testimonio Juan diciendo: “Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1:14). Con temor ante él decían los demonios: “¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo” (Mc 5:7; cf. Lc 4:34).



El Padre engendra al Hijo en la suma perfección 10

         7. Por consiguiente, el Hijo de Dios lo es por naturaleza y no por adopción, engendrado por el Padre. Pero el que ama al que le engendró ama también a quien él ha engendrado. Pero quien desprecia al engendrado por él transmite su afrenta a su progenitor. Y cuando oigas hablar de que Dios engendra, no andes pensando en la generación corporal, ni pienses en una reproducción que entraña corrupción, no sea que vayas a caer en la impiedad. “Dios es espíritu” (Jn 4:24) y su generación es espiritual; pues los cuerpos, por su parte, engendran cuerpos y en la generación corporal debe haber un transcurso de tiempo.

         Sin embargo, en la generación del Hijo desde el Padre no hay ningún intervalo temporal. Además, cuando se engendra algo, es engendrado como realidad imperfecta; sin embargo, el Hijo de Dios ha sido engendrado como perfecto: existiendo en la actualidad, existe desde el principio, nació sin un comienzo. De ese modo nacemos nosotros, pasando después de la ignorancia infantil al uso de razón: imperfecto es, oh hombre, tu nacimiento, aunque se produce un crecimiento mediante sucesivos añadidos. Pero en el caso que nos ocupa no pienses nada semejante ni te venga a la mente debilidad alguna del progenitor, (como si dijeses): engendró a alguien imperfecto que, pasando el tiempo, logró la perfección. Al progenitor lo acusas de debilidad al decir que lo que después fue concedido por el transcurso del tiempo no se había dado, según tu parecer, desde el principio.

         8. No creas, por tanto, que se trata de una generación humana ni semejante a como Abraham engendró a Isaac. Pues Abraham no engendró a Isaac porque quisiese, sino porque alguien distinto a él se lo concedió. Cuando es Dios y Padre el que engendra, no hay en ello ignorancia ni tampoco deliberación. Y decir que no sabía lo que engendraba es una impiedad grandísima. Decir también que estaba sopesando las circunstancias y que luego comenzó a ser padre es también impiedad de la misma categoría: pues no es que Dios existiese primeramente sin hijos y que después, en un momento determinado, llegase a ser padre, sino que siempre ha tenido al Hijo. Lo engendró, no al modo como los hombres generan a los hombres, sino como lo conoció únicamente él, el que lo engendró antes de todos los siglos como Dios verdadero.

         9. Al ser, pues, el verdadero Dios Padre, engendró un Hijo, Dios verdadero, semejante a él. Y no como los maestros tienen discípulos, es decir, tampoco al modo como Pablo dice a algunos: “He sido yo quien, por el Evangelio, os engendró en Cristo Jesús” (I Cor 4:15). Pues quien no era hijo por naturaleza ha llegado a serlo como discípulo. Pero en el caso que nos ocupa se trata de un hijo por naturaleza, de un verdadero hijo. Tampoco como vosotros, los que vais a ser iluminados, sois hechos ahora hijos de Dios; pues también vosotros sois hechos hijos, pero en adopción por gracia, según lo que está escrito: “A todos los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Ellos no nacieron de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nacieron de Dios” (Jn I, 12-13)11. Y nosotros nacemos ciertamente del agua y del Espíritu (cf. Jn 3:5), pero no es así como Cristo ha nacido del Padre. Recuérdese que en el momento del bautismo la voz dijo: “Este es mi hijo” (Mt 3:17; cf. 17:5), y no: “Este ha sido hecho ahora Hijo mío.” Al decir “Este es mi Hijo,” declaraba que ya era Hijo antes de realizarse el bautismo.

         10. El Padre no engendró al Hijo como la mente genera en los hombres la palabra. Pues en nosotros la mente es algo subsistente, pero la palabra que se pronuncia se pierde en el aire. Nosotros hemos sabido, sin embargo, que Cristo nació no simplemente como una palabra que se pronuncia, sino como Palabra subsistente y viva, no proferida y difundida con los labios, sino engendrada desde el Padre eterno de modo inefable y con una sólida subsistencia12. “En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios” (Jn 1:1), sentado a la derecha (cf. Sal 110:1). Palabra que entiende la voluntad del Padre, Palabra que todo lo construye según su beneplácito, Palabra que baja y asciende (cf. Ef 4:10)13. Pero una palabra, cuando se profiere, no baja y sube al pronunciarla, sino que se expresa diciendo: “Yo hablo lo que he visto donde mi Padre” (Jn 8:38). Es una Palabra llena de autoridad y que ejerce su dominio sobre todas las cosas, pues el Padre ha entregado todo al Hijo (cf. Jn 13:3 y Mt 11:27)14.

         11. Lo engendró el Padre, pero no como alguno lo entendió, sino como él solo sabe15. Pues no nos abrevemos a explicar cómo lo ha engendrado. Sólo podemos hablar de cómo no ha sido dicha generación. Es cierto que el Hijo procede del Padre, aunque también toda la naturaleza engendrada o creada. “Pregunta a la tierra y te lo dirá” (Job 12:8 hebr.). Aunque interrogues a todas la cosas que hay sobre la tierra, no te lo podrán decir. Y es que el globo terráqueo no puede explicar quién es su modelador ni su artífice. Y no sólo la tierra lo ignora, sino que también el sol lo desconoce. Pues el sol fue creado el cuarto día sin saber qué había sido creado en los tres días anteriores. Pero quien desconoció lo que se hizo en los tres días anteriores a él, no puede evidentemente decir quien fue el autor. Tampoco lo dirá el cielo, pues éste fue puesto por Cristo, por voluntad del Padre, como si fuese una humareda. Tampoco los cielos de los cielos ni las aguas que están sobre los cielos serán quienes lo cuenten. ¿Por qué, pues, te lamentas, oh hombre, de no saber lo que los mismos cielos ignoran? Y no son sólo los cielos los que ignoran esta generación, sino que incluso no lo saben las criaturas angélicas. Si alguien -suponiendo que fuese posible- subiese al primer cielo y, al observar el lugar de los ángeles que allí habitan16, acercándose, preguntase cómo Dios ha engendrado a su Hijo, tal vez le respondería: Más arriba los hay mayores y más altos que nosotros. Pregúntales a ellos. Sube hasta el segundo y tercer cielo: alcanza, si es que puedes, hasta los tronos y dominaciones, y también los principados y las potestades. Si alguien llegara hasta allí — es imposible —, renunciarían a describirlos, puesto que ni siquiera los habrían explorado.

         12. Siempre me he asombrado de la curiosidad de algunos que, opinando temerariamente de cuestiones religiosas, caen en la impiedad. Piensan que los tronos y las dominaciones, creados por Cristo, y además los principados y las potestades17 están sin descubrir, y así intentan averiguar al Creador con mayor curiosidade18. Dime en primer lugar, tú que eres muy atrevido, qué diferencia hay eritre trono y dominación. Busca entonces las cosas que atañen a Cristo. Dime qué es un “principado” y una “potestad” o qué es un “poder” y un ángel. Indaga entonces con curiosidad al Creador, pues “todo se hizo por él” (cf. Jn 1:3). Pero no quieres interrogar a los tronos y dominaciones o quizá más bien es que no puedes. Y, ¿quién hay que conozca hasta la profundidades de Dios sino el Espíritu Santo (cf. 1 Cor 2:10-11), que es el que habló en las Escrituras? Pero ni siquiera el mismo Espíritu Santo habló en las Escrituras de (I modo de) la generación del Hijo por el Padre. ¿Por qué indagas afanosamente lo que ni el mismo Espíritu Santo describió en las Escrituras? Y si ignoras lo que ha quedado escrito, ¿podrás indagar las cosas que no se han escrito? Muchas son las cuestiones de que trata la Escritura: si lo escrito no podemos abarcarlo, ¿por qué fatigarnos nuestro ánimo con lo que no está escrito? Nos es suficiente con saber que Dios engendró a un único Hijo.

         13. No te dé vergüenza confesar tu ignorancia cuando en ella tienes algo de común con los ángeles19. Sólo quien engendró conoce a quien engendró, y el que por él ha sido engendrado conoce a su progenitor. Y el que ha engendrado sabe lo que ha engendrado. Y el Santo Espíritu de Dios da testimonio en la Escritura de que el engendrado es Dios sin que haya habido un comienzo. “En efecto, ¿qué hombre conoce lo íntimo del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Cor 2:11). “Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo” (Jn 5:26). Y, además, “para que todos honren al Hijo como honran al Padre” (5:23). Y: “Como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere” (5:21). Y ni el que engendra queda disminuido en nada ni el engendrado carece de cosa alguna (sé que ya he hablado de estas cosas)20. Pero es por seguridad nuestra por lo que estas cosas se han repetido con frecuencia. Ni quien engendró tiene padre ni el engendrado tiene hermano. Ni el engendrador se convirtió de este modo en hijo ni el engendrado llegó a ser padre. De un solo Padre ha sido engendrado un Hijo único. No se trata de dos ingénitos ni de dos unigénitos. Sino que sólo hay un Padre ingénito (ingénito es el que no tiene Padre) y hay sólo un Hijo, engendrado eternamente por el Padre: no nacido en el tiempo, sino engendrado antes de los siglos: y que tampoco ha experimentado un crecimiento, sino que ha sido engendrado como actualmente es.

         14. Creemos, por consiguiente, en el Hijo unigénito de Dios, nacido del Padre como Dios verdadero21. Pues un Dios verdadero no engendra un dios falso, como ya se ha dicho. Ni engendró tras haber deliberado consigo mismo, sino que lo hizo desde la eternidad de un modo mucho más rápido, como es lógico, que nuestras palabras y nuestro pensamiento. Pues nosotros, cuando hablamos en el tiempo, empleamos tiempo, pero, cuando se habla del poder divino, el acto de engendrar está fuera del tiempo. Y, como se ha dicho muy a menudo, no es que llevara al Hijo de la no existencia al ser, ni al que no era lo recibió en adopción; sino que el Padre, que existía desde la eternidad, engendró eterna e inenarrablemente a su Hijo único, que no tenía ningún otro hermano. Tampoco se trata de dos principios, sino que cabeza del Hijo es el Padre22, que es el principio único. Así pues, el Padre engendró al Hijo como Dios verdadero, llamado “Emmanuel,” que, entendiéndolo bien, se traduce como “Dios con nosotros” (cf. Mt 1:23)23.

         15. ¿Quieres darte cuenta de que es Dios el que ha nacido del Padre y que después se ha hecho hombre? Escucha al profeta: “Este es nuestro Dios, ningún otro es comparable a él. El descubrió el camino entero de la ciencia, y se lo enseñó a su siervo Jacob, y a Israel su amado. Después apareció ella en la tierra, y entre los hombres convivió” (Bar 3:36-38). ¿Crees que Dios, después de la Ley de Moisés no se ha hecho hombre? Acoge también otro testimonio de la divinidad de Cristo acabado de leer: “Tu trono, oh Dios, para siempre jamás” (Sal 45:7). Y para que a propósito de estos pasajes no se pensase que con su venida en carne llegó después, como desarrollándose, a la cima de la divinidad, dice abiertamente: “Por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros.” ¿No ves acaso que el Mesías Dios ha sido ungido por Dios Padre?

         16. ¿Quieres que se te ofrezca también un tercer testimonio de la divinidad de Cristo? Oye a Isaías que dice: “Los productos de Egipto, el comercio de Kush... vendrán a ti y tuyos serán”; y poco después: “Ante ti se postrarán y te suplicarán: “Sólo en ti hay Dios, no hay ningún otro, no hay más dioses.” De cierto que tú eres un Dios oculto, el Dios de Israel, salvador” (Is 45:14-15)24. Ves a Dios Hijo que tiene en sí mismo a Dios Padre. Sólo le falta decir lo que dijo en los Evangelios: “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn 14:11). No dice “yo soy el Padre,” sino “yo estoy en el Padre y el Padre está en mí.” Y, a su vez, no dijo: “Yo y el Padre soy uno,” sino “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10:30), para que ni los separemos a uno del otro, ni hagamos mezcla de Padre e Hijo. “Uno,” porque es una la dignidad de la divinidad, puesto que es Dios quien engendró a Dios. “Uno” por la prerrogativa del Reino, pues no es que sobre unas cosas reine el Padre y sobre otras el Hijo, como si éste, a semejanza de Absalón25, se alzase contra el Padre. En realidad, el Hijo reina sobre las mismas cosas sobre las que reina el Padre. Son “uno” también porque no hay disonancia alguna o separación, pues no son unos los deseos del Padre y otros los del Hijo. “Uno” porque no son unas las obras de Cristo y otras las del Padre. El ordenamiento de todas las cosas es unitario, ya que el Padre ha actuado a través del Hijo: “Pues él habló y así fue; él ordenó y fueron creados” (Sal 148:5 LXX), dice el salmista. Pero el que dice, dice a quien oye; y quien manda, manda a quien está presente.

         17. El Hijo es, por tanto, verdadero Dios, teniendo en sí mismo al Padre, pero no transformado en el Padre: pues tampoco se hizo hombre el Padre, sino el Hijo — digámoslo en verdad y libremente. No padeció por nosotros el Padre, sino que el Padre envió al que padeció por nosotros. Ni tampoco digamos nunca: “Había un tiempo en el cual no existía el Hijo”26. Tampoco admitamos una filio-paternidad, sino que avancemos por el camino regio sin desviarnos a la izquierda o a la derecha. Ni, creyendo honrar al Hijo, le llamemos a éste Padre ni, pensando en tributar honor al Padre, creamos que el Hijo es una de las cosas creadas. Más bien el Padre único sea adorado a través del Hijo único, sin que se “distribuya” la adoración. Predíquese un Hijo único, sentado a la derecha del Padre antes de los siglos, que no ha recibido en el tiempo esto de sentarse con el Padre tras el sufrimiento y como resultado de una evolución, sino que lo posee desde la eternidad.

         18. “El que ve al Hijo, ve al Padre”27. Pues en todo es semejante el Hijo a quien lo engendró: vida que procede de vida, luz de luz, poder de poder, Dios de Dios. En nada son diferentes las características de la divinidad en el Hijo, y quien ha sido considerado digno de ver la divinidad del Hijo ha sido llevado con ello a gozar del Padre. Este modo de hablar no es mío, sino del Hijo unigénito: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14:9)29. Y, para decirlo más compendiosamente, debemos evitar tanto separar como confundir: no digas nunca que el Hijo es ajeno al Padre ni aceptes a quienes dicen que el Padre es a veces Padre y a veces Hijo: son afirmaciones extrañas e impías, no testimonios de la Iglesia, pues el Padre permaneció tal aunque hubiese engendrado al Hijo sin sufrir él mismo transformación. Engendró a la Sabiduría (cf. I Cor 1:24), pero él no fue despojado de ella; engendró la fuerzan sin perder con ello su energía. Engendrando a Dios, no fue despojado de su divinidad ni nada perdió quedando disminuido o transformado, ni a su vez el engendrado carece de algo: perfecto es el que engendró y perfecto es el engendrado. Dios es quien engendró y Dios es el que ha sido engendrado, el cual es Dios de todas las cosas y llama Padre a su Dios, sin miedo de decir: “Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Jn 20:17).

         19. Pero para que no creas que se trata de una paternidad igual tanto para el Hijo como para las demás criaturas, en las frases que siguen hizo una distinción. Pues no dijo: “Subo a nuestro Padre,” de modo que se dedujese una comunidad de las criaturas con el Unigénito; sino que dice: “mi Padre y vuestro Padre.” De un modo, mío, por naturaleza; y de otro modo, vuestro, por adopción. Y, a su vez: “A mi Dios y a vuestro Dios.” De una forma, Padre mío por vínculo natural y como Hijo unigénito; de otra forma, vuestro como criaturas. Por consiguiente, el Hijo de Dios es verdadero Dios, engendrado de modo inefable antes de todos los siglos. Os repito a menudo todo esto para que se os grabe bien en vuestra mente. Cree ciertamente que Dios tiene un Hijo, pero no tengas mayor curiosidad en el cómo, pues si lo indagas no encontrarás respuesta. No te ensalces a ti mismo, no sea que caigas.

         Entrégate simplemente a la meditación de lo que se te confía. Dime quién es en realidad el que engendró y te darás cuenta entonces de qué engendró. Si con el pensamiento no puedes abarcar la naturaleza del que engendra, no escrutes con impaciencia quién es el engendrado.

         20. Para la piedad te basta saber que dijimos que Dios tiene un Hijo único: un Hijo engendrado por naturaleza, que no comenzó a existir cuando nació en Belén, sino antes de todos los siglos. Escucha, en efecto, al profeta Miqueas, que dice: “Mas tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquél que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño” (Miq 5:1). No pongas tu atención, por tanto, en aquél que entonces nació en Belén, sino adora al que desde la eternidad ha sido engendrado por el Padre. No toleres a quien diga que el Hijo comenzó a existir en algún momento del tiempo, sino que debes reconocer que el Padre es principio sin tiempo, un principio que nada tiene que ver con un Hijo temporal, inabarcable, él por su parte sin principio: en suma el Padre30, fuente del río de la justicia, del Unigénito, a quien engendró como el sólo sabe. ¿Quieres saber que nuestro Señor Jesucristo es también rey eterno? Escúchalo otra vez cuando dice: “Vuestro padre Abraham se regocijó pensando en ver mi Día; lo vio y se alegró” (Jn 8:56). Pero al endurecerse los judíos ante esto, les dijo algo todavía más duro: “Antes de que Abraham existiera, Yo Soy” (8:58). Y, a su vez, dice al Padre: “Ahora, Padre, glorifíicame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese” (Jn 17:5). Claramente lo dijo: Antes que el mundo fuese, yo tenía gloria junto a ti. Y dice a su vez: “... me has amado antes de la creación del mundo” (17:24).

         21. Creamos, por consiguiente, “en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, que nació del Padre como Dios verdadero antes de todos los siglos, y por el cual “todo se hizo” (Jn 1:3)”: “los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades, todo fue creado por él” (Col 1:16), y ninguna de las cosas creadas está sustraída a su poder. Enmudezca toda herejía que hable de diversos agentes y autores del mundo; conténgase la lengua que azota con blasfemias a Cristo Hijo de Dios; callen quienes dicen que el sol es el Cristo, pues él no es este sol brillante, sino el artífice del sol; enmudezcan quienes dicen que el mundo es obra de los ángeles, pues pretenden invadir lo que es prerrogativa del Hijo único. Tanto las cosas visibles como invisibles, los tronos y dominaciones (cf. Col 1:16), y “todo cuanto tiene nombre,” todo ha sido hecho por Cristo. El Hijo reina sobre las cosas que han sido hechas por él, y no cogiendo los despojos de otros sino ejerciendo su señorío sobre sus propias obras, como dijo el evangelista Juan: “Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe” (JUn 1:3). Todo ha sido hecho por él, actuando el Padre a través del Hijo.

         22. Querría aducir un ejemplo de lo que se dice, aunque sé que es un ejemplo débil. Pues, ¿cuál de las cosas visibles puede ser un ejemplo idóneo de la invisible potestad divina? Adúzcase, sin embargo, como un ejemplo débil, puesto por un débil a los débiles. Es, pongamos por caso, como si un rey que tiene un hijo que también es rey juntamente con él, y deseando fundar una ciudad, pone ante él una maqueta de la ciudad que ha de construir. El hijo, con la maqueta, llevará a su término el proyecto. Del mismo modo, cuando el Padre quiso hacer todas las cosas, el Hijo fue quien lo realizó todo en obediencia al Padre, de modo que esa obediencia preserva incólume para el Padre la libertad de su poder supremo, pero el Hijo tiene el dominio sobre las cosas que ha hecho: de ese modo ni queda rebajado el dominio del Padre sobre las cosas que ha hecho ni el Hijo obtiene poder sobre cosas hechas por otro, sino sobre las que él mismo ha fundado. Pues no fueron los ángeles quienes fundaron el mundo -de ello ya se ha hablado31-, sino el Hijo unigénito engendrado, como dijimos, antes de todos los siglos. Por él todo fue hecho, sin excluir nada de su actividad creadora. Y todo sea dicho hasta aquí por nosotros por la gracia de Cristo.

         23. Volviendo ahora a la confesión de fe, concluyamos ya estas palabras. Todo lo hizo Cristo, los ángeles, los arcángeles, las dominaciones y los tronos. No es que el Padre careciese del poder suficiente para crear por sí mismo, sino que quiso que el Hijo reinase sobre las cosas que había hecho, mostrándole el ordenamiento de las cosas que habían de ser creadas. Pues dice el Unigénito tributando honor a su Padre: “El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; lo que hace él, eso también lo hace igualmente el Hijo” (Jn 5:19). Y a su vez: “Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo” (Jn 5:17). No existe contradicción entre las actuaciones de ambos. “Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío” (Jn 17:10), dice el Señor en el Evangelio. Esto puede conocerse con claridad, tanto desde el Antiguo como desde el Nuevo Testamento. Pues el que dice: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gén 1:26), es que se estaba dirigiendo a alguien que estaba a todas luces presente. Pero quien más claramente habla (en este sentido) es el salmista, que dice: “El lo dijo, y existió; él lo mandó, y fueron creados”32, como si el Padre mandase y dijese, y el Hijo todo lo ejecutase según sus deseos. Esto lo dijo, en sentido místico, también Job: “El sólo desplegó los Cielos y holló la espalda de la Mar (Job 9:8), queriendo decir con ello a los inteligentes que quien, estando aquí, caminaba sobre el mar era el que anteriormente había hecho los cielos33. Y, por su parte, el Señor dice: “¿Fuiste tú34 quien tomó la tierra como barro e hiciste un ser viviente a quien, dotado de la facultad de hablar, lo pusiste sobre la tierra?” (Job 38:14 LXX). Y, un poco más abajo: “¿Se te han mostrado las puertas de la Muerte? ¿Has visto las puertas del país de la Sombra? (38:17). Con ello declara que el que, por su bondad, descendió a los infiernos es quien desde el principio hizo al hombre del barro.

         24. Cristo es, por consiguiente, Hijo unigénito de Dios y autor del mundo. Pues “en el mundo estaba, y el mundo fue hecho por él” (Jn 1:10). Y “vino a su casa” (1:11), como nos enseña el Evangelio. Cristo no es autor, en unión con el Padre, sólo de las cosas que se ven, sino también de las que no se ven. Pues “en él, según el Apóstol, fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia” (Col 1:16-17). Incluso si te refieres a los siglos35, el autor de éstos, en obediencia al Padre, es también Jesucristo, pues “en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos” (Hebr 1:2). Al cual sea la gloria, el honor y el poder, con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.


1. Hasta Hebr 1:4 el texto reza: “... a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos; el cual siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, con una superioridad sobre los ángeles tanto mayor cuanto más les supera en el nombre que ha heredado.” De todo esto. que forma como el prólogo de la carta a los Hebreos, parece tomar pie la presente catequesis para hacer una exposición sobre la generación eterna, desde el Padre, del Logos, Palabra de Dios que se nos ha dirigido de un modo más definitivo que los Profetas. La identidad de naturaleza entre el Hijo y el Padre confiere también a esta catequesis una clarísima impronta antiarriana a base de una gran fidelidad al sentido del Símbolo de la fe.

2. Cf. cat. 16, núm. 13.

3. El evangelio de Mateo, que distribuye de un modo casi didáctico sus diversas secciones, coincide con Mc y Lc en que este episodio de la “profesión de fe” es como una piedra miliar en medio de la narración evangélica. Han disminuido los contactos de Jesús con las masas que le han estado siguiendo en el primer periodo de su actividad pública, pero Mt 16:13-17 (dejando aparte la cuestión del primado en 18-20) es la primera expresión inequívoca, de parte de los apóstoles, de la realidad de Jesús como Hijo. Quizá es interesante señalar que Jesús se dedicará a partir de ahora más intensamente a la formación del grupo de los apóstoles. Ello se echa de ver con bastante claridad en numerosos pasajes de los cáps. 18-20 de Mateo. Por otra parte, el reconocimiento de Jesús como Hijo de Dios va unido al “primer anuncio” de la Pasión (Mt 16:21: “Desde entonces...”) y a la explicación de que quien es discípulo de Jesús sigue un camino semejante al suyo (16:24-26), aunque en la transfigurarión (17:1-8) se ofrece una prefiguración de la resurrección.

4. Cf. Gén. 49:4, que hace alusión al incesto mencionado en 35,22.

5. El paralelismo parece literariamente algo forzado. La comparación, sin embargo, parece establecerse entre Rubén, que ha actuado mal con su padre, e Israel, que según la parábola de los viñadores homicidas, ha rechazado al Hijo enviado por el Padre (cf Mt 21:33-46). Con raspecto al texto original de la catequesis debe decirse, sin embargo, que los códices son aquí algo confusos (cf. PG 33,695, nota 2).

6. Según la aplicación que de este texto hace Jn 10:34-35 (“Si llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Dios — y no puede fallar la Escritura —, a aquél a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo, ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: “Yo soy Hijo de Dios”?”), se utiliza más bien una parte de Sal 82,6 para resaltar el rechazo que los judíos hacen de Cristo. Gran parte de este párrafo y de la presente catequesis se mueven en el contexto del siempre posible rechazo de Jesús Mesías Hijo de Dios.

7. No es que comenzara a ser Hijo de Dios en un momento determinado, sino que lo es desde siempre.

8. La naturaleza humana y la debilidad humana de la carne en la “encarnación” (cf Jn 1:14, completándolo, por ejemplo, con 2 Cor 8:9b y Hebr 2:14-15).

9. La frase, adaptada de Is 53:8, responde bien al curso de las ideas de Cirilo, pero se adapta mal al texto hebreo profético, que más bien expresando el rechazo del Siervo, debe traducirse: “de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa?” Cf. la nota correspondiente de la Biblia de Jerusalén.

10. La catequesis desarrolla de aquí al final, con una extraordinaria prolijidad, todo lo que puede decirse sobre la generación eterna del Hijo por el Padre. También se menciona, por ejemplo, la intervención del Hijo en la creación de los ángeles, los Tronos, Dominaciones, etc., y, en general de acuerdo con Col 1:15-20, su acción en la creación del universo, (cf. especialmente el núm. 12 y la nota 17). Estas ideas, ampliamente expuestas, abarcan hasta el final de la catequesis, razón por la que se suprimen los epígrafes. El hecho de que la exposición sea repetitiva es probabitmente la razón por la que en la edición de Fr. Albino Ortega sólo se recogen los cinco primeros párrafos. No obstante, tiene interés la reproducción completa, pues se trata de un excelente testimonio de la ortodoxia eclesiástica siguiendo las huellas del Concilio de Nicea. Permite así ver la identidad de naturaleza entre el Hijo y el Padre.

11. De Jn 1:13 se prefiere la posible lectura en plural del texto original (“Ellos... nacieron... nacieron...”), simplemente porque está más en consonancia con el decurso de las ideas.

12. Se traduce como subsistencia el griego “hypóstasis” (que equivaldría al término latino filosófico “suppositum”). Es algo así como “lo que sub-yace en el fondo” e indica una idea de consistencia propia, que es lo que ha permitido la distinción de tres hipóstasis o sub-sistencias en Dios y que en la tradición latina occidental han sido denominadas personas. Así se habla de tres personas distintas en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

13. Ef 4:10 debe verse en el contexto de al menos 4:7-10 (o 7-13), como la acción de Cristo repartiendo sus dones al descender a la miseria humana y retornar a la gloria del Padre. Un examen atento de todo el texto permite relacionar la encarnación y la redención de los hombres con el enriquecimiento gratuito de éstos a través de los dones y carismas.

14. Jn 13:3: “... sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía.” Se remachan con este texto las ideas de procedencia del Padre así como “salir” “volver” (o el “bajar” “subir” anteriores), todo ello como expresión muy intensa de la unión del Hijo con el Padre, Mt 11:27, formando parte de lo que los exegetas han calificado a veces de lógion joánico’“ insiste en una idea semejante: “Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.”

15. Vid. la nota anterior.

16. Además de dar por válida la imagen del universo que considera real una pluralidad de cielos, se entiende aquí como un supuesto que los ángeles habitarían los distintos niveles de ese firmamento. Son formas de hablar en las que la afirmación válida es que no se conoce ni nadie sabe cómo se da exactamente la generación del Hijo por el Padre.

17. Cf. para esto (también en el anterior núm. 11) Col 1:16, en el contexto de lo que es la composición de 1:15-20. Los vv. 15-17 son especialmente importantes para señalar a Cristo en el acto de la creación:

“El es Imagen de Dios invisible,

Primogénito de toda la creación,

porque en él fueron creadas todas las cosas,

en los cielos y en la tierra,

las visibles y las invisibles,

los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades:

todo fue creado por él y para él,

él existe con anterioridad a todo

y todo tiene en él su consistencia.”

Vid. Ef 1:10: “volver a hacer que todo tenga a Cristo por cabeza” (anakefalaiósasthai, re-capitulari); 1 Cor 8:6b. Cf. la interesante nota de la Biblia deJerusalén (ed. revisada de 1988) a Col 1:15 ss. sobre la primacia de Cristo y su acción causativa en el orden de la creación y de la redención del universo.

18. Cirilo parece acusarles de oscuras especulaciones que no aclaran la sencillez del acto creador de Dios en Cristo.

19. Cf cat. 6, núm. 6.

20. Vid. más arriba el párr. 7, cat. 10, núm. 9.

21. Como Dios verdadero es una expresión claramente antiarriana para subrayar la identidad de naturaleza entre el Hijo y el Padre. Más detalles en PG, 33,708, nota 3.

22. Cf. I Cor 11:3: “... y la cabeza de Cristo es Dios.”

23. Cf. Is 7:14.

24. De estos versículos se ha preferido una vez más la versión de la Biblia de Jerusalén.

25. Para la historia de Absalón, cf. 2 Sam 15-19.

26. Esta expresión es típicamente arriana. Se encuentra transmitida por Atanasio y expresaría el comienzo de la existencia del Hijo en el tiempo. Con ello se defendería una inferioridad del Hijo al Padre y, en último término, una subordinación a él. Una exposición de la complicada historia de la cristología, en P. SMULDERS, Desarrollo de la cristología en la historia de los dogmas y en el Magisterio eclesiástico, en Mysterium Salutis, t. III, Madrid 1980, esp. 344 ss.

27. Es tal vez una adaptación de Jn 14:9: “El que me ha visto a mi ha visto al Padre.” Jn 14:9c-11, sobre todo, en todo su amplio contexto, es muy ilustrativo de la realidad y las relaciones Padre-Hijo.

28. Cf. la nota anterior. Vale la pena de nuevo tener en cuenta el contexto fuertemente cristocéntrico representado por Jn 14:6-12 dentro del “testamento” de Jesús.

29. Cf. ibid.: “... para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.” En 1 Cor 1:30, esbozando tal vez Pablo lo que será el programa de su posterior Carta a los Romanos, dirá: “De él os viene que estéis en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención.”

30. En la tradición teológica y en el Magisterio eclesiástico, el Padre ha sido llamado “principio sin principio,” mientras que el Hijo ha sido calificado como “principio de principio.” Ver, por ejemplo, la Bula Cantate Domino, del concilio de Florencia, año 1442, párr. 2 (Denzinger-Schönmetzer, núm. 1.331).

31. Se ha hecho alusión a ello en el núm. 21.

32. El “hagamos” de Gén 1:26 se interpreta como del agente plural Padre e Hijo, y en la cita que aquí se hace se entiende “éI lo mandó” como que el Padre “mandó” al Hijo que crease. En cualquier caso se entienden ambos textos como una intervención directa del Hijo en la creación, que es lo que aquí interesa a Cirilo subrayar.

33. Posiblemente quiere decir Cirilo: el mismo Jesús que, en los evangelios, camina sobre el agua del mar (Mt 14:25 par) es el que había intervenido también en la creación de los cielos.

34. Dirigiéndose irónicamente al hombre.

35. La expresión puede traducirse por “los siglos,” literalmente “eones,” de acuerdo con el griego. Puede, por tanto, designar también las “edades” del mundo, las eras y las épocas.


María es traspasada por una espada de dolor frente a su Hijo condenado inocentemente


XII. La Encarnación de Cristo.

         Pronunciada en Jerusalén, sobre lo de “se encarnó y se hizo hombre.” Se parte del pasaje de Isaías: “Volvió Yahvé a hablar a Ajaz diciendo: “Pide para ti una señal de Yahvé tu Dios...” (7:10-11), y: “He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel” (7:14), etc.1


El Hijo de Dios se ha hecho hombre

         1. Como alumnos de la pureza y discípulos de la prudencia, celebremos con labios castos al Dios nacido de la Virgen. Quienes nos consideramos dignos de alimentarnos del cordero racional2, comamos de él tanto la cabeza como las patas3, significando la divinidad mediante la cabeza y la humanidad mediante las patas. Los que escuchamos los Evangelios oigamos al teólogo Juan, que tras escribir: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios” (Jn I,1), añadió después: “Y la Palabra se hizo carne” (1:14). Tampoco se debe adorar a un simple hombre4 ni tampoco a sólo Dios sin hacer referencia a la humanidad. Pues si Cristo es Dios, como sucede en realidad, pero no asume la naturaleza humana, no tenemos la salvación. Adóresele, por consiguiente, como Dios, pero créase también que se ha revestido de la naturaleza humana. Tampoco es aceptable que se le llame hombre dejando aparte la divinidad ni lleva a la salvación separar la humanidad de la confesión de la divinidad. Reconozcamos la presencia del rey y del médico. Jesús es rey que aportará salvación ciñéndose con el lienzo de la humanidad y tras haber sanado lo que estaba enfermo. Como perfecto maestro de niños, se ha hecho niño con ellos “para enseñar a los simples la prudencia” (Prov 1:4). El pan del cielo ha descendido a la tierra para alimentar a los que tienen hambre.


No rechazar a aquél en quien se cumple la profecía de la encarnación

         2. Pero los judíos, cuando rechazan a aquel que ha venido, esperan a aquel que ha de venir con dureza: ellos repudiaron a Cristo, pero acogerán, inducidos a error, al impostor que venga. Así se hará verdadera la palabra del Salvador: “Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis” (Jn 5:43). Sería estupendo hacer esta pregunta a los judíos: ¿dice verdad o mentira el profeta Isaías cuando señala que el Emmanuel nacerá de una virgen? (cf. Is 7:14). No es de extrañar que lo acusen de mentiroso, pues es costumbre para ellos no sólo acusar a los profetas de mentir, sino incluso lapidarlos. Ahora bien, si el profeta dijo la verdad, señalad quién es el Emmanuel. Más todavía: el que ha de venir, y al que esperáis, ¿ha de nacer de una virgen o no? Si no nace de una virgen argüís al profeta de falsedad. Y si esperabais que ello sucediera en el futuro, ¿por qué lo rechazáis cuando ya se ha cumplido?


Verdadera humanidad plena y concepción virginal de Cristo

         3. De su error serán sacados los judíos cuando lo permitan5, y será glorificada la Iglesia de Dios, pues nosotros acogemos verdaderamente al Dios que es Palabra hecha hombre. Esto ha sucedido, no por la voluntad de hombre y de mujer, como dicen los herejes, sino que se ha hecho hombre de una virgen y por el Espíritu Santo, como dice el Evangelio. Y no en apariencia, sino en verdad. Y me gustaría que te dieras cuenta de que ahora es el tiempo de transmitir la doctrina de que él ha recibido la naturaleza humana de una virgen. Ahora recibirás las pruebas de esta realidad. El error de los herejes es múltiple, pues éstos negaron de modo total que él hubiera nacido de una virgen6; otros concedían la realidad de su nacimiento, pero no de una virgen, sino de la unión de un hombre y una mujer. Otros dicen que no es el Mesías Dios quien se ha hecho hombre, sino un hombre deificado7. Estos se atrevieron a decir que no una Palabra preexistente se hizo hombre, sino que fue coronado (como Dios) un hombre con méritos propios8.


Haremos frente a las objeciones

         4. Pero tú acuérdate de las cosas que ayer se dijeron sobre la divinidad. Cree que el Hijo unigénito de Dios es el que a su vez ha nacido de la Virgen. Cree al evangelista Juan cuando dice: “La Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros. Es realmente Palabra eterna, engendrado del Padre antes de todos los siglos, aunque en el tiempo ha tomado carne por causa nuestra. Muchos están en contra de esto y dicen: ¿Qué es lo que ha pasado tan grave para que Dios descendiese hasta lo humano? A lo que puede decirse: “Después apareció ella9 en la tierra, y entre los hombres convivió” (Bar 3:38). O bien (se plantean): ¿es posible que una virgen dé a luz sin un hombre? Al encontrarnos, pues, que se nos contradice ampliamente y que se nos presenta batalla en diversos frentes, se hace preciso que aniquilemos todo ello mediante la gracia de Cristo y mediante los discursos que aquí ofrecemos.


El Hijo asumió la carne de la más excelente de las criaturas

         5. Preguntémonos, en primer lugar, por qué vino Jesús. Y no repares en mis razonamientos, a los que quizá podría contradecirse mediante sofismas. Ahora bien, si no aceptas los testimonios de los profetas acerca de cada una de estas cosas, no creerás en lo que digamos. Si no aprendes por las Escrituras lo referente a la Virgen, al lugar, al tiempo y al modo, tampoco recibas testimonio de hombre alguno10. Pues sobre éste que ahora está aquí y os instruye puede recaer alguna sospecha, pero sobre el que pronunció las profecías, hace mil años e incluso más tiempo, ¿quién puede tener reticencias si está en su sano juicio? Por tanto, si buscas la causa de la venida de Cristo, acude simplemente al primer libro de la Escritura. En seis días hizo Dios el mundo. Pero éste existe para el hombre. Resplandezca el sol con sus fulgores espléndidos: fue hecho para que luzca en favor del hombre. Todos los animales fueron hechos para nuestro servicio; y las hierbas y los árboles fueron creados para que los utilizásemos. Son todas criaturas buenas11, pero ninguna de ellas es imagen de Dios excepto únicamente el hombre. Una simple orden hizo el sol, mientras que el hombre fue formado por las manos de Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como nuestra semejanza” (Gén 1:26)12. Y si se tributa honor a la imagen de madera de un rey terreno, ¿cuánto más deberá hacerse con la imagen de Dios? Pero ésta, la más excelsa de las criaturas de Dios, que estaba feliz en el paraíso, fue expulsada de allí por la envidia del diablo (Gén 3:23-24; Sab 2:24). Feliz se encontraba el enemigo al ver postrado a aquel a quien había envidiado. ¿Querrás tú acaso ser como ese enemigo que se alegraba?

         Este no se había atrevido a acercarse al hombre a causa de su tuerza, pero sí, por ser más débil, se dirigió a la mujer cuando ésta todavía era virgen. Fue después de su salida del paraíso cuando “conoció el hombre a Eva, su mujer” (Gén 4:1) .


El pecado se había extendido por la tierra

         6. Sus sucesores en la progenie humana fueron Caín y Abel, y Caín fue el primer homicida. Más tarde tuvo lugar el diluvio a causa de la multiplicación de la maldad de los hombres13. Un fuego del cielo cayó sobre los habitantes de Sodoma a causa de su impiedad (cf. Gén 19). En épocas posteriores Dios eligió a Israel, pero también éste cayó en la perversión y el pueblo elegido quedó herido de muerte: Moisés se encontraba en el monte ante Dios, y el pueblo, en lugar de a Dios, adoró a un becerro (Ex 32:1-6). Mientras que en la ley de Moisés se decía: “No cometerás adulterio” (Ex 20:14), un hombre se atrevió a pecar entrando en un lugar de prostitución (cf. Núm 25:1-9). Posteriormente a Moisés, fueron enviados profetas que cuidasen de Israel. Pero cuando éstos traían la medicina, se lamentaban vencidos por la fuerza de la enfermedad, de tal manera que alguno de ellos clamaba: “¡Ay de mí, que ha desaparecido de la tierra el fiel, no queda un justo entre los hombres!” (Miq 7:2); o también: “Todos están descarriados, en masa pervertidos. No hay quien haga el bien, ni uno siquiera” (Sa 14:3). Y, a su vez: “Tiene pleito Yahvé con los habitantes de esta tierra, pues no hay fidelidad ni amor, ni conocimiento de Dios en esta tierra; sino perjurio y mentira, asesinato y robo, adulterio y violencia, sangre que sucede a sangre” (Os 4:1-2). Y: “Sacrificaban sus hijos y sus hijas a los demonios” (Sal 106:37). Se ocupaban con hechicerías sagradas y con la vanidad de sus vergüenzas. Así dice: “Sobre ropas empeñadas se acuestan junto a cualquier altar” (Am 2:8; cf. Dt 24:12-13).


Gravedad del pecado

         7. Muy grande era la herida de la humanidad. Desde los pies hasta la cabeza nada había íntegro en ella. No había lugar ni para una gasa ni para aceite ni para unas vendas. Después, entre lamentos y fatigas, decían los profetas: “¿Quién traerá de Sión la salvación de Israel?” (Sal 14:7). Y, por otra parte: “Esté tu mano sobre el hombre de tu diestra, sobre el hijo de Adán que para ti fortaleciste, ya no volveremos a apartarnos de ti.” (Sal 80:18-19a). Y otro profeta suplicaba diciendo: “¡Yahvé, inclina tus cielos y desciende!” (Sal 144:5). Las heridas de los hombres son más fuertes que nuestros remedios. “Han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas” (1 Re 19:10). No es posible evitar el mal; para evitarlo, haces falta tú14.


Dios viene a los hombres, aunque no se le acoja

         8. El Señor escuchó esta súplica de los profetas: el Padre no se desentendió de nuestra estirpe en camino hacia la destrucción y envió desde el cielo a su Hijo como Señor y como médico. Dice uno de los profetas: “Enseguida vendrá a su Templo — el lugar donde lo lapidasteis — el Señor a quien vosotros buscáis” (Mal 3:1)15. Después, oyendo esto otro de los profetas, le dice: “Si anuncias que Dios viene para la salvación, ¿hablas de modo oculto?”: “Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén, clama sin miedo. Di a las ciudades de Judá: “Ahí está vuestro Dios. Ahí viene el Señor Yahvé con poder”“ (Is 40:9-10). Pero, por otra parte, el Señor mismo dice: “He aquí que yo vengo a morar dentro de ti, oráculo de Yahvé. Muchas naciones se unirán a Yahvé aquel día” (Zac 2:14-15). Pero los israelitas rechazaron la salvación que les ofrecí: “Vengo a reunir a todas las naciones y lenguas” (Is 66:18), pero “vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1:11). Y, cuando vienes, ¿qué es lo que les das a los gentiles: “Vengo a reunir a todas las naciones... Pondré en ellos señal” (Is 66:18-19). Pues, por mi combate en la cruz, a cada uno de mis soldados les daré una señal para tenerla en la frente16, y otro profeta dijo: “El inclinó los cielos y bajó, un espeso nublado debajo de sus pies” (Sal 18:10). Pero el que bajó de los cielos permaneció ignorado de los hombres.


Estaba previsto el nacimiento del Mesías

         9. En otro momento, Salomón, oyendo a su padre David hablar de estas cosas, tras haber construido aquel templo admirable, y viendo de lejos al que tenía que venir a él, dice: “¿Es que verdaderamente habitará Dios con los hombres sobre la tierra?” (1 Re 8:27). La respuesta de David, en un salmo dedicado a Salomón, era afirmativa: “Caerá como rocío sobre el vellón” (Sal 72:6)17. Rocío, a causa de su origen celeste; sobre el vellón, por tratarse de la humanidad. Y el rocío cae sobre el vellón silenciosamente, de modo semejante a como los Magos, ignorantes del misterio de la Natividad, dijeron: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?” (Mt 2:2), y un Herodes turbado por aquel que había nacido indagaba y se informaba “del lugar donde había de nacer el Cristo” (2:4).


Signos de humildad del Mesías victorioso

         10. ¿Y quién es el que vino? Dice en lo que sigue18: “Durará tanto como el sol, como la luna de edad en edad” (Sal 72:5). Dice a su vez otro de los profetas: “¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey, justo él y victorioso” (Zac 9:9). Muchos son los reyes. ¿A quién te refieres, profeta? Danos una señal que no tengan los otros reyes. Si te refieres a un rey vestido de púrpura, ya hay otros que tienen este privilegio en el vestido. Si se trata de que está rodeado de una escolta de soldados o que va sentado en carros dorados, también estos distintivos los tienen otros. Danos un signo propio de este rey cuya venida anuncias. Responde el profeta diciendo: “He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna” (ibid.), pero no en carros. Aquí está la señal única y singular del rey que llega19. Jesús es el único entre los reyes que, montando un asna que todavía no ha llevado ninguna carga, entra en Jerusalén entre aclamaciones como un rey. ¿Y qué hace este rey al llegar?: “Y tú en la sangre de la alianza sacaste a los prisioneros del lago que no tenía agua” (Zac 11:11).


En el mismo lugar donde se dan las catequesis fue crucificado el Mesías

         11. Era, desde luego, verosímil que fuese sentado en un pollino. Pero darnos más bien un signo acerca de sobre qué se apoya este rey que ahora viene. No ofrezcas un signo que esté lejos de la ciudad, no sea que no nos demos cuenta. Muéstranos un signo muy visible a los ojos para que, incluso estando en la ciudad, lo veamos aquí mismo. A esto responde el profeta diciendo: “Se plantarán sus pies aquel día en el monte de los Olivos que está enfrente de Jerusalén, al oriente” (Zac 14:4). ¿Acaso hay alguien que no vea este lugar, aun estando dentro de la ciudad?20.


Los signos mesiánicos de los milagros y del juicio de los ancianos del pueblo

         12. Tenemos dos signos, pero queremos ver un tercero. Di qué ha de hacer el Señor cuando venga. Dice otro profeta: “Mirad que vuestro Dios viene vengador, es la recompensa de Dios, él vendrá y os salvará. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo” (Is 35:4-6). Dígasenos también otro testimonio. Dices, profeta, que ha de venir el Señor realizando signos como nunca se habían hecho (cf.Jn 15:24a). ¿De qué otra forma dices que se ha manifestado?: “El Señor entra en el juicio de los ancianos de su pueblo y de sus jefes” (Is 3:14). Este es el signo principal: el Señor es juzgado y tiene que soportarlo, por sus siervos, los ancianos.


Alusión al miedo a ver a Dios directamente

         13. Al leer esto los judíos, no se dan cuenta; los oídos de su corazón se han cerrado para no oír. Pero creamos nosotros en Jesucristo “que vino en la carne y se hizo hombre” y al que, de otro modo, no lo hubiéramos podido percibirá21. Al no poder nosotros ver a Dios como él es ni gozar de él, se hizo lo que nosotros somos para que tuviésemos así la capacidad de disfrutarlo. Pues si no tenemos capacidad para ver perfectamene el sol, que fue hecho el cuarto día, ¿podremos ver a Dios, su autor? El Señor descendió en el fuego sobre el monte Sinaí, pero el pueblo no soportaba verlo, sino que “dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros, que podremos entenderte, pero que no hable Dios con nosotros, no sea que muramos” (Ex 20:19). Y, por otra parte: “¿Qué hombre ha oído como nosotros la voz del Dios vivo hablando de en medio del fuego, y ha sobrevivido? (Dt 5:2). Pues si oyes la voz de Dios, él está llamando a la muerte22 y, si te das cuenta de que es Dios mismo, ¿cómo no habrá de atraer él la muerte? ¿De qué te asombras “si el mismo Moisés dijo: “Espantado estoy y temblando”“ (Hebr 12:31)23?


Dios se hace hombre para ser mejor entendido

         14. ¿Qué querrías, pues? ¿Que aquel que vino para la salvación se convierta para nosotros en causa de muerte porque no podríamos soportar su presencia? ¿No será mejor que él adapte su gracia a nuestra capacidad? Daniel no soportaba la presencia del ángel, y tú, ¿soportarías la visión directa de los ángeles del Señor? Cuando se apareció Gabriel, cayó al suelo Daniel (cf. Dan 10:9). ¿Cómo era y cuál era el aspecto del que se aparecía?: “Su rostro era como el aspecto del relámpago, sus ojos como antorchas de fuego” (no dice “como horno de fuego”), “y el son de sus palabras como el ruido de una multitud” (10:6), pero no como el de “doce legiones de ángeles” (cf. Mt 26:53). Sin embargo, el profeta se postró en tierra y, acercándose el ángel, dijo: “No temas, Daniel,” ponte en pie y levanta tu ánimo, que “fueron oídas tus palabras” (cf. Dan 10:12). Y dice Daniel: “Me levanté temeroso”24. Sin embargo, no le respondió hasta que una mano le tocó (cf. 10:10). Y después de que el que se aparecía se transformó en lo que se veía como un hombre, entonces comenzó Daniel a hablar. ¿Y qué es lo que dijo?: Señor, al verte a ti, se han revuelto mis entrañes. No habrá en mí fortaleza, pues tu hálito no se quedó en mí. Si la visión del ángel arrebató al profeta su voz y su fuerza, ¿permitiría un respiro la aparición del mismo Dios? Y, dice la Escritura, hasta que lo vio con aspecto de hombre, no tuvo lugar en Daniel una nueva creación. Por tanto, una vez demostrada por experiencia nuestra debilidad, el Señor asumió lo que era preciso en bien del hombre. En efecto, el hombre estaba deseoso de oír hablar a alguien semejante a él. De esa naturaleza de similares cualidades se revistó el Salvador para que así los hombres fuesen enseñados con mayor facilidad.


El Hijo se hace carne para salvar al hombre

         15. Pero hay también otra razón. Cristo vino para ser bautizado y santificar así el bautismo. Vino para obrar milagros andando sobre las aguas del mar (cf. Mt 14:25). Pero, antes de su venida en carne, “lo vio el mar y huyó, retrocedió el Jordán,” (Sal 114:3): el Señor asumió un cuerpo que se sostenía en el mar y al que el Jordán acogió con temor. Y esto es una razón. Pero hay otra más: por medio de la virgen Eva apareció la muerte. Era, pues, oportuno que por medio de una virgen, o más bien proviniendo de una virgen, brotase la vida, para que, como a aquella la engañó la serpiente, a ésta Gabriel le trajese la buena noticia. Los hombres, al abandonar a Dios, fabricaron imágenes de forma humana. Pero, puesto que se adoraba engañosamente como Dios a una ficción de apariencia humana, Dios se hizo verdaderamente hombre para deshacer el engaño. El diablo usaba contra nosotros del instrumento de la carne. Consciente de ello, Pablo dice: “Advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza...” (Rm 7:23). Pero con las mismas armas con que el diablo nos combatía, con esas mismas hemos sido salvados. El Señor tomó de nosotros lo que es semejante a nosotros, para llevar la salvación a la naturaleza humana. Asumió nuestra semejanza para conceder una mayor gracia a lo que se encontraba en situación deficiente y para que la naturaleza humana pecadora se hiciese partícipe de Dios. “Donde abundó pecado, sobreabundó la gracia” (Ro 5:20). Convenía que el Señor padeciera por nosotros, y el diablo no se habría atrevido a acercarse a él si lo hubiese conocido: “pues de haberla conocido23, hubieran crucificado al Señor de la gloria” (I Cor 2:8). Por tanto, el cuerpo fue arrojado a la muerte para que, cuando el dragón creía que él lo devoraría, en realidad vomitaría incluso a los que ya había devorado26. “Consumirá a la muerte definitivamente. Enjugará el Señor Yahvé las lágrimas de todos los rostros...” (Is 25:8).


La encarnación es el cumplimiento de la Ley y los Profetas

         16. Pero, ¿acaso Cristo se hizo hombre en vano? ¿Son nuestras enseñanzas fruto de la charlatanería y falacias del ingenio humano? ¿Es que no son las Sagradas Escrituras nuestra salvación? ¿Es que no lo son las predicciones de los profetas? Se me ha encomendado que este depósito27 lo guarde inmóvil y que nadie te mueva de él. Cree que Dios se ha hecho hombre. Y realmente se demostró que fue posible que él se hiciese hombre. Y si los judíos rechazan creer más allá de su propia fe, pongámonos de acuerdo con ellos en esto: ¿Qué anunciamos de nuevo cuando decimos que Dios se ha hecho hombre si vosotros mismos decís que Abraham dio hospedaje al Señor (cf. Gén 18:3). ¿Predicamos de modo insolente cuándo Jacob dice: “He visto a Dios cara a cara, y tengo la vida salva” (Gén 32:31). El mismo Señor que comió con Abraham (Gén 18:8) es el que comió con nosotros. ¿Qué decimos, pues, de inusual? Tenemos también dos testigos que en el monte Sinaí estuvieron junto al Señor: Moisés estuvo en la hendidura de la roca (Ex 33:21-23) y Elías también en la entrada de la cueva (I Re 19:9). Ambos estuvieron presentes cuando él se transfiguró en el monte Tabor y señalaban a los discípulos la partida que él habría de realizar en Jerusalén (Lc 9:30-31)28. La encarnación fue posible, como anteriormente se demostró. Sobran ahora más demostraciones, que pueden dejarse a la curiosidad de los estudiosos.


El Salvador vino durante la dominación romana en Palestina

         17. Por lo demás, os habíamos prometido que en nuestras palabras daríamos cuenta del lugar y el tiempo de la venida del Salvador. Y no debemos terminar como reos de una falsa promesa, sino que deberemos despedirnos de vosotros dejándoos suficientemente protegidos como candidatos de la Iglesia. Indaguemos, por tanto, el tiempo en que vino el Salvador, puesto que su venida está aún reciente, aunque alguien lo niegue. Además, ayer como hoy, Jesucristo es el mismo, y lo será siempre” (Hebr 13:8). Moisés dice proféticamente: “Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a ti” (Dt 18:18)29. Dejemos de momento el “como yo,” que se explicará en su lugar. Pero, ¿cuándo llegó aquel profeta esperado? Acude, dice, a las cosas que yo he escrito. Investiga en la profecía de Jacob a Judá: “A ti, Judá, te alabarán tus hermanos” (Gén 49:8), y, un poco más abajo, por no recitarlo todo: “No se irá de Judá el báculo, el bastón de mando de entre tus piernas, hasta tanto que se le traiga el tributo y a quien rindan homenaje las naciones” (Gén 49:10)30. Un signo de la venida de Cristo fue que los judíos perdieron su independencia. Si no hubieran estado en esa época sometidos a los romanos, Cristo no habría venido. Si hubieran tenido un príncipe del linaje de Judá y de David, tampoco habría venido el esperado. Siento reparo incluso en mencionar sus propias instituciones, lo que se refiere a los patriarcas y a su linaje, temas que dejo gustosamente a quienes los conocen. Ahora bien, el que viene como deseado de las naciones, ¿qué señal trae consigo? Dice inmediatamente después: “ata a la vid su borriquillo.” Te das cuenta de que es el pollino del que ya Zacarías (9:9) habló elocuentemente.


Todo sucederá en los días de un gran imperio

         18. Pero buscas también otro testimonio acerca de la época. El (el Señor) me ha dicho: “Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy” (Sal 2:7). Y, un poco más abajo: “Con cetro de hierro los quebrantarás”31. Dije ya en otra ocasión que se llama vara de hierro al imperio Romano32. En lo que queda de él podemos reflexionar a propósito de Daniel. Pues, describiendo e interpretando a Nabucodonosor la imagen de la estatua, le explica también toda la visión de la misma (Dn 2:27-45; cf. 46-49) y anuncia que la piedra, que se ha desprendido del monte “sin intervención de mano alguna” (3:34), dominará sobre todo el orbe. Habla también con toda claridad de este modo: “En tiempo de estos reyes, el Dios del cielo hará surgir un reino que jamás será destruido, y este reino no pasará a otro pueblo” (3:44)33.


Más detalles sobre la época de la venida del Mesías

         19. Semanas-Años en Daniel: Pero buscamos una exposición todavía más clara de la época de su venida. De hecho, al hombre se le induce dificilmente a creer -no cree en lo que se le dice- si no logra abiertamente un cálculo exacto de años. ¿Cuáles son, pues, las circunstancias de la época y la época misma? Cuando ya no hay reyes oriundos de Judá, después reinará el extranjero Herodes. Dice, pues, el ángel que habla a Daniel (y anótame ahora lo que diga): “Entiende y comprende: Desde el instante en que salió la orden de volver a construir Jerusalén, hasta un Príncipe Mesías, siete semanas y sesenta y dos semanas” (Dan 9:25)34. Sesenta y nueve semanas de años son cuatrocientos ochenta y tres. Afirma, por consiguiente, que cuatrocientos ochenta y tres años después de la reconstrucción de Jerusalén, y cuando ya no haya jefes propios, vendrá entonces un rey extranjero en cuya época nacerá el Mesías. Darío el Medo edificó Jerusalén35 en el sexto año de su reinado (Esdr 6:15)36, en el primero de la olimpíada griega sexagésimo sexta. Entre los griegos se llama olimpíada a los juegos que suelen hacerse cada cuatro años. Ello era a causa del día que se consigue cada cuatro años sumando los restos de horas que cada año deja sobrantes el movimiento solar. Herodes era rey en la olimpíada ciento ochenta y seis, año cuarto. Por tanto, desde la olimpíada sesenta y seis hasta la ciento ochenta y seis con ciento veinte olimpíadas y un poco más. Y estas ciento veinte olimpíadas hacen un total de cuatrocientos ochenta años. Los otros tres años que faltan, necesarios para completar el número de semanas, caben en el intervalo que hay entre el primero y el cuarto año. Por consiguiente, ya tienes una demostración a partir de la Escritura, que dice, como ya se ha explicado, que el tiempo desde la orden de reconstrucción de Jerusalén hasta Cristo es de sesenta y nueve semanas (cf., ya antes, Dan 9:25). Aquí tienes esta demostración del momento, aunque no faltan otras interpretaciones de las profecías sobre las semanas de años en Daniel37.


“El Señor domina desde las  alturas":  "camina  sobre  el  mar y aplaca las olas” (Esposizioni sui salmi, III, Roma 1976, p. 231).


Detalles sobre el lugar

         20. Pero escucha ya el lugar de la promesa. Dice Miqueas: “Mas tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias deJudá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño” (Miq 5:1) 38. Por lo que respecta a los lugares, siendo de Jerusalén como eres, ya sabes lo que está escrito en el salmo 132: “Mirad: hemos oído de ella que está en Efratá39, ¡la hemos encontrado en los Campos del Bosque!” (Sal 132:6). Pues hasta hace pocos años se trataba de un lugar poblado de bosque. Has oído, por otro lado, a Habacuc, que dice al Señor: “¡En medio de los años hazla revivir, en medio de los años dala a conocer!” (Hab 3:2). ¿Y cuál será, oh profeta, el signo de que el Señor viene?: “En medio de dos vidas lo conocerás.” Con esto alude claramente al Señor: cuando vengas en la carne, vivirás y morirás; pero, al resucitar de entre los muertos, vivirás de nuevo. Pero, ¿de qué parte de la región de Jerusalén ha de venir? ¿del oriente o del ocaso, del aquilón o del sur? Dínoslo detalladamente. Responde con toda claridad y dice: “Viene Dios de Temán” — pero por Temán se entiende el Sur40 —, “el Santo del monte Farán, con sombras y nubes”41, lo cual lo dijo el salmista en idéntico sentido: “¡La hemos encontrado en los Campos del Bosque!” (Sal 132:6).


Nacimiento virginal

         21. Después preguntamos de quién vendrá y cómo vendrá. Esto nos lo enseña Isaías: “He aquí que una virgen42 está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel” (Is 7:14). Los judíos, que desde antiguo suelen rechazar la verdad, argumentan contra esto y dicen que no está escrito virgen, sino muchacha. Pero, aunque yo conceda esto, encuentro que la verdad se encuentra preguntándose: si una virgen es violada y grita pidiendo auxilio, ¿lo hace después o antes de ser violada? Por consiguiente, si en algún lugar dice la Escritura: “La joven prometida acaso gritó sin que hubiera nadie que la socorriera” (Dt 32:27), ¿acaso no se dice esto de una muchacha que es virgen?43. Y para que conozcas con más claridad que las vírgenes en la Sagrada Escritura también son llamadas “muchachas,” escucha el libro de los Reyes acerca de Abisag, la sunamita, que dice: “La joven era extraordinariamente bella” (I Re 1:4). Y se sabe que ésta es la virgen que fue elegido y llevada hasta David (1:3).

         El signo ofrecido a Ajaz no se refiere a su hijo Ezequías, sino a una virgen, en el futuro

         22. Pero los judíos replican: lo que se dijo a Ajaz se refería a Ezequías. Leamos la Escritura: “Pide para ti una señal de Yahvé tu Dios en lo profundo del sheol o en lo más alto” (Is 7:11). Pero debe tratarse de un signo que cause admiración y sea indiscutible. Un signo había sido el agua sacada de la roca (Ex 17:6), que el mar se abriese (14:21) o que retrocediese el sol (2 Re 20:11)44 y otras cosas semejantes.

         Pero lo que he de decir es una evidencia mayor en contra de los judíos45. Isaías hablaba de todo esto cuando era rey Ajaz, que lo fue durante dieciséis años, período en el que tuvo lugar este oráculo profético. La contradicción de los judíos la refuta su sucesor, el rey Ezequías, hijo de Ajaz, que tenía veinticinco años al acceder al trono (2 Re 18:2). Pero puesto que la profecía fue hecha en el período de los dieciséis años46, es al menos nueve años antes de la profecía cuando nació Ezequías de Ajaz. No hay necesidad, por tanto, de que la profecía se refiera a aquel que ya había nacido incluso antes de que su padre Ajaz comenzase a reinar. Además Isaías no dice que una virgen “estuvo” encinta, sino — como predicción — que lo “estará.”


El linaje de David es eterno

         23. Ya hemos visto con claridad que Cristo nace de una virgen. Ahora habrá que explicar cómo es esta virginidad. “Juró Yahvé a David, y no se arrepentirá: “El fruto de tu seno asentaré en tu trono45” (Sal 132:11), y también: “Estableceré su estirpe para siempre, y su trono como los días de los cielos” (89,30). Y, además: “Una vez he jurado por mi santidad: ¡A David no he de mentir! “Su estirpe durará por siempre, y su trono como el sol ante mí, por siempre se mantendrá como la luna, testigo fiel en el cielo” (Sal 89:36-38). Ves que se habla de Cristo, no de Salomón, pues el trono de éste no permaneció como el sol. Pero si alguien estuviese en desacuerdo porque Cristo no se sentó en el trono de madera de David, recordémosle esta sentencia: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos” (Mt 23:2). No se refiere a una cátedra de madera, sino a la autoridad doctrinal. No busques tampoco el trono de David en uno de madera, sino en la potestad regia. Como testigos de esto acepta a los niños que aclamaban: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!” (Mt 21:9). También los ciegos dicen: “¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!” (Mt 9:27). Y Gabriel anuncia con claridad a María: “El Señor Dios le dará el trono de David, su padre” (Lc 1:32). Y Pablo: “Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David, según mi evangelio” (2 Tim 2:8). Y, al principio de la epístola a los Romanos, dice: “Nacido del linaje de David según la carne” (Rm 1:3). Acoge, por tanto, al que ha nacido de David, de acuerdo con la profecía: “Aquel día la raíz de Jesé47 que estará enhiesta para estandarte de pueblos, los gentiles la buscarán” (Is 11:10).

         24. Pero los judíos se enfurecen fuertemente por estas cosas. Esto lo había previsto también Isaías al decir: “Serán para la quema, pasto del fuego. Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” (Is 9:4-5). Date cuenta de que primeramente era Hijo de Dios y que luego nos ha sido dado. Poco más abajo dice: “Su paz no tendrá fin” (9:6). Los romanos terminan con ellos mismos, pero el reino del Hijo de Dios no tiene un final. Tuvieron un final los persas y los medos. Pero no tiene un final el Hijo de Dios. Y luego sigue: “... sobre el trono de David y sobre su reino, para restaurarlo y consolidarlo” (ibid.). De David surgió, pues, la Virgen santa.


Se insiste en el nacimiento virginal

         25. Convenía, pues, que aquel que es purísimo y maestro de la pureza surgiese de un tálamo puro. Pues si todo el que junto con Jesús tiene el sacerdocio se abstiene de mujeres, ¿cómo iba a nacer Jesús de un hombre y una mujer? “Sí, tú del vientre me sacaste — se dice en los Salmos —, me diste confianza a los pechos de mi madre” (Sal 22:10). Pon atención a “del vientre me sacaste”: con ello se significa que él salió y nació del útero y de la carne de una virgen, pero sin obra de varón, de una manera distinta a la de aquellos que nacen según la ley nupcial.


Es la carne del hombre lo que Dios asume

            26. No teme asumir la carne de unos miembros de los que él es el artífice. Pero, ¿quién es el que nos dice esto? El Señor dice a Jeremías: “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado” (Jer 1:5). Y quien, al hacer a los hombres, tocaba sus miembros sin avergonzarse de ello, ¿se avergonzará de crear, a causa de sí mismo, esta santa carne que es el manto de su divinidad? Es Dios quien en el útero, hasta el día de hoy, da forma a los fetos humanos, de acuerdo con lo escrito en Job: “¿No me vertiste como leche y me cuajaste como queso? De piel y de carne me vestiste y me tejiste de huesos y de nervios” (Job 10:1011). Nada hay abominable en la hechura del hombre mientras no la manche por el adulterio y la lascivia. El que hizo a Adán hizo también a Eva; con las manos divinas fueron hechos tanto el hombre como la mujer. Ninguno de los miembros del cuerpo fue hecho desde un principio abominable. Callen, pues, todos los herejes que acusan a los cuerpos y a quien los hizo49. Nosotros, en cambio, recordaremos la sentencia de Pablo: “¿No sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros”? (1 Cor 6:19). Además, el profeta predijo acerca de la persona de Jesús: “Mi carne es de ellos” (Os 9:12 LXX)50. Y, en otro lugar, está escrito: “Por eso él los abandonará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz” (Miq 5:2)51. ¿Y cuál será el signo de ésta?: “Dará a luz y el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel.” ¿Y cuáles son las arras nupciales de la Virgen, la santa esposa?: “Te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás a Yahvé” (Os 2:22). E Isabel, hablando de lo mismo, dice algo semejante: “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1:45).


Contra las objeciones de los griegos

         27. Pero nos perturban tanto los griegos como los judíos, diciendo que fue imposible que el Mesías naciese de una virgen. Tapemos, en primer lugar, la boca a los griegos por sus fábulas. Quiénes sostenéis que unas piedras que se arrojan pueden transformarse en hombres52, ¿cómo decís que es imposible que una virgen dé a luz? Quienes fabuláis que una hija nació de un cerebro53, ¿afirmáis que un hijo no puede salir del útero de una virgen? Quienes afirmáis, falsamente, que Baco salió del muslo de Júpiter, como si fuese un útero preñado, ¿cómo es que rechazáis nuestra verdad? Lo que digo es indigno del presente auditorio. Pero esto lo decimos para que rechaces a los griegos, que con sus fábulas se desmienten a sí mismos.

         El parto de Sara y otros prodigios con Moisés y Aarón hacen comprender el milagro de la concepción virginal

         28. A los que provienen de la circuncisión arguméntales así: ¿qué es más difícil, que una anciana estéril dé a luz o que lo haga una virgen que está en la flor de la edad? Sara era estéril y, ya sin la regla (Gén 11:30; 18:11), dio a luz fuera de su capacidad natural (cf. Gén 21:2). Por consiguiente, si es posible que una estéril engendre de un modo no natural, también, más allá de la naturaleza puede una virgen ser madre. Así pues, o bien rechazas ambas cosas o las admites las dos. Pues el mismo Dios es el que hizo aquello y esto. No te atreverás a decir que aquello es posible para Dios, pero esto es imposible. ¿Y qué hay, por ejemplo, de natural en que la mano de un hombre cambie de aspecto en el espacio de una hora, pero luego vuelva a recobrarlo? ¿Cómo es, pues, que la mano de Moisés se volvió blanca como la nieve, pero volvió de modo instantáneo a su estado anterior? (vid. Ex 4:6-7). Y dices: es Dios quien ha operado el cambio. Y si Dios puede esto, ¿no puede también lo otro? Y aquel signo iba destinado a los egipcios (Ex 4:8-9), pero éste ha sido dado al mundo entero.

         ¿Qué trabajo es más difícil, oh judíos, que una virgen dé a luz o que una vara se convierta en un ser vivo? Confesad que, en tiempos de Moisés, una vara rígida tomó aspecto de serpiente que causaba miedo al mismo Moisés. De modo que el que antes sostenía la vara huía después de ella como de un dragón, pues realmente lo era, pero en realidad huía, no por aquello que sostenía sino de pavor ante el que había provocado el cambio54. Si, pues, de la vara salían unos ojos que podían ver, ¿no puede nacer, si Dios quiere, un niño de un útero virginal?

         Y no menciono ahora que la vara de Aarón produjo en una sola noche (cf. Núm 17:23) lo que otros árboles producen en el espacio de muchos años. Pues, ¿quién ignora que una vara desprovista de corteza, aunque se la plante en medio de un río, no germinará jamás? Pero Dios no está al servicio de los árboles, sino que es autor de la naturaleza. Y una vara sin frutos, seca y sin corteza floreció, germinó y dio nueces como fruto (cf. ibid.). Y aquel que concedió a la vara — ante un sacerdocio que sólo era tipo, es decir, figura de otro55 — fruto más allá de su capacidad, ¿no habría de conceder el parto a una virgen en razón del verdadero sumo sacerdote?


También es milagroso el nacimiento de Eva

         29. Todos estos ejemplos son muy notables. Sin embargo, los judíos los discuten. Y no asienten a estos ejemplos de la vara si no se les convence mediante partos admirables del mismo género y no naturales. Pregúntales, pues, de ese modo: ¿de quién nació Eva al principio? ¿Qué madre la hizo si carecía de ella? Pero la Escritura dice que fue hecha de la costilla de Adán (Gén 2:22). Pero si Eva fue hecha de la costilla del hombre sin necesitar una madre, ¿no podría nacer un niño del vientre de una virgen sin concurso de varón? Las mujeres están sometidas al hombre para procrear56. Pues Eva había nacido de Adán, sin ser concebida por una madre, sino salida de un hombre como si él la hubiese dado a luz: la deuda de esta gracia la devolvió María cuando, por la fuerza de Dios, no por un hombre sino por sí sola, concibió intacta y por el poder del Espíritu Santo.


La misma creación del hombre es un milagro

         30. Pero hay otro ejemplo mucho mejor. Aunque parezca asombroso que unos cuerpos se generan de otros, es, sin embargo, posible. Y más asombroso es que el hombre se haga del polvo de la tierra57. Y todavía es más admirable que de una masa de lodo aparezcan los párpados y la luz de los ojos, y que de un poco de barro nazcan la solidez de los huesos, la suavidad de los pulmones y las diversas clases de miembros. Todo eso es admirable. Y que un barro que ha cobrado vida recorra el mundo por cualquier lugar y edifique, y que enseñe y hable, realice trabajos fabriles o haga tareas de gobierno, todo ello es digno de admiración. Por tanto, judíos ignorantes, ¿de dónde ha salido Adán? ¿Acaso no ha moldeado Dios su figura admirable tomando polvo de la tierra? ¿Qué, pues? Si el lodo se transforma en ojo, ¿no engendrará una virgen a un hijo? Lo que al juicio humano parece más imposible se convierte, sin embargo, en realidad. ¿Y no habrá de realizarse lo que por sí mismo es posible?


Desposada sin haber roto su virginidad

         31. Hagamos memoria, hermanos, de estas glorias y usémoslas como armas arrojadizas. No sigamos a los que enseñan heréticamente una venida de Cristo sólo en apariencia o discutible58. Rechacemos también a quienes dicen que el nacimiento del Salvador tuvo lugar de un hombre y una mujer, que se han atrevido a decir que ha sido engendrado de José y María, basándose en aquello que está escrito: “Tomó consigo a su mujer” (Mt 1:24). Recordemos a Jacob, que, antes de tomar a Raquel, dijo a Labán: “Dame a mi mujer” (Gén 29:21). Como aquélla antes de sancionar las nupcias ya era llamada esposa de Jacob simplemente por haber quedado prometida con él, así también María fue llamada esposa de José a causa del desposorio. Observa el modo cuidadoso de hablar del Evangelio al decir: “Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José” (Lc 1:26). Y, a su vez, cuando se habla del empadronamiento y de que José subió para empadronarse, ¿qué dice la Escritura?: “Subió también José desde Galilea... para empadronarse con María, su desposada mujer, que estaba encinta” (Lc 2:4-5). Y, aunque estaba embarazada, no dijo simplemente “su mujer,” sino su “mujer desposada.” “Dios envió a su Hijo,” dice Pablo, no hecho de hombre y mujer, sino sólo “nacido de una mujer” (Gál 4:4), en este caso, de una virgen. Que a una virgen se le llame sin mas “mujer” es algo que ya antes mostramos. De una virgen nació quien hizo las almas vírgenes.


Los múltiples testigos frente a la herejía

         32. Te asombras de lo que ha sucedido. Pero también estaba asombrada la misma que lo engendró. Pues a Gabriel le dice: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” Y él responde: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc 1:34-35). Es una concepción pura e incontaminada. Pues donde sopla el Espíritu Santo, desaparece toda mancha. El nacimiento virginal del Unigénito en la carne está exento de impureza. Y si los herejes están en contra de esta verdad, los convencerá de ella el Espíritu Santo tras el enojo del poder del Altísimo que cubrió a la Virgen con su sombra (Lc 1:35): se enfrentará con ellos el día del juicio con el rostro vuelto hacia Gabriel. Será confusión para ellos el lugar del pesebre que acogió al Señor (cf. Lc 2:7). Aportarán su testimonio los pastores que recibieron entonces la fausta noticia (Lc 2:10 ss), y también el ejército de los ángeles que alababan, celebraban y decían: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace” (Lc 2:14). Asimismo el templo al que fue llevado a los cuarenta días (Lc 2:22) “también para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones” (2:24). Testificarán igualmente Simeón, que entonces “le tomó en brazos” (2:28) y la profetisa Ana, que allí estaba (2:36 ss).

         Es verdadero hombre el que ha nacido de la Virgen.


Elogio de la castidad

         33. Ante el testimonio de Dios, juntamente con el del Espíritu Santo y con las palabras de Cristo: “¿Por qué queréis matarme (Jn 7:19), a mí, que soy un hombre que os ha dicho la verdad (cf. 8:46b)?” enmudezcan los herejes que están en contra de su humanidad. Pues le contradicen al decir él: “Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo” (Lc 24:39). Sea adorado el Señor nacido de la Virgen y conozcan las vírgenes el honor y la corona de su propia institución. También el orden de los monjes reconozca la gloria de la pureza. Pues no nos vemos privados los varones de la dignidad de la integridad. Cristo cumplió el tiempo de nueve meses en el vientre de la Virgen, pero el Señor fue hombre durante treinta y tres años, de modo que si una virgen se gloría por un tiempo de nueve meses, mucho más podemos gloriarnos nosotros por una multitud de años.


Dignidad de la castidad y de la virginidad

         34. Corramos todos por la gracia de Dios la carrera de la castidad, “los jóvenes y las doncellas, los ancianos junto con los niños” (Sal 148:12), no siguiendo la lascivia, sino alabando el nombre de Cristo. No ignoremos la gloria de la pureza, pues se trata de una superioridad angélica y de una tarea que va más allá del hombre: respetemos los cuerpos, que en su momento lucirán como el sol. No manchemos con tan bajas pasiones un cuerpo tan digno. El pecado es algo pequeño y que sólo dura un tiempo limitado, pero su oprobio se prolonga por una eternidad de años. Los que siguen la pureza son ángeles que caminan por la tierra. Las vírgenes tienen parte con María Virgen. Elimínese todo adorno llamativo, toda mirada peligrosa y cualquier vestido y perfume que arrastren a las bajas pasiones. En cuanto a todos, el perfume sea la oración, el olor de las buenas obras y la santificación de los cuerpos, para que el Señor nacido de la Virgen, diga también de nosotros, hombres que han guardado su integridad y mujeres que han recibido la corona: “Estableceré mi morada en medio de vosotros... Me pasearé en medio de vosotros, y seré para vosotros Dios, y vosotros seréis para mí un pueblo” (Lev 26:11-12; cf. 2 Cor 6:16; Apoc 21:3; Ez 36:28; Jer 31:31-34). A quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


1. Se profundiza en la presente catequesis en la confesión de la divinidad y la humanidad de Cristo. Se ven asimismo cumplidas en Cristo las profecías de la antigua Alianza. La concepción virginal de Cristo, sobre la que se habla con mucha amplitud, da pie a Cirilo para alabar también la virginidad, el celibato y la vida monástica.

2. Esta extraña expresión se refiere a Cristo.

3. Alusión a la ingestión integra del cordero pascual, figura de Cristo, según Ex 13:9; “Nada de él comeréis crudo ni cocido, sino asado, con su cabeza, sus patas y sus entrañas.”

4. En la persona de Jesús.

5. La concepción virginal de Cristo se abordó ya en la cat. 4, núm. 9.

6. La expresión “de modo total” parece referirse a que ni siquiera podría decirse que la humanidad de Cristo sea más que aparente. La opinión herética según la cual la humanidad de Jesús sería sólo una apariencia se ha calificado en la historia de la teología cristiana con el término técnico “docetismo” (de “dokein,” parecer o aparecer). El docetismo, en sus diversas variantes, se manifestó entre gnósticos y valentinianos. No es ajena a él la teología de Apolinar de Laodicea, que niega el alma humana de Jesús y señala que las funciones intelectuales de éste radicarían sólo en su divinidad. Otras variantes del docetismo perviven en el monofisismo, que se mantuvo largo tiempo pese a ser condenado en Calcedonia (a. 451). De este modo, a la inversa de la negación, en el arrianismo, de que Jesús sea Dios como el Padre, en las concepciones docetas no se afirma una humanidad plena de Jesús. Fue el concilio de Constantinopla el que, en el año 381, siguiendo los pasos de Nicea, afirmó solemnemente la realidad humana plena de Jesucristo. En la presente catequesis, al ser el tema la encarnación de Cristo, Cirilo se mueve en la linea trazada posteriormente por el Concilio de Constantinopla. Por otra parte, la confesión de que la concepción de Cristo fue virginal fue tema especialmente del concilio de Efeso, en el año 431, aunque la Iglesia ya en épocas muy anteriores expresaba esa convicción. Sobre estos temas es importante recordar la historia de los concilios ecuménicos de la Edad Antigua. Pedagógicamente es bastante interesante el capitulo correspondiente de la cristología de J.l. González Faus, La humanidad nueva, cuya primera edición es de 1974, pero se ha reeditado numerosas veces.

7. Es decir, que el hombre Jesús habría llegado, en un momento determinado, a ser Hijo de Dios ---sin haberlo sido antes.

8. Esta especie de supuesta “evolución” del hombre Jesús hasta llegar a ser Hijo de Dios es contraria a los múltiples datos del Nuevo Testamento, especialmente SanJuan, acerca de que desde siempre el Hijo habia estado junto al Padre. Son en esta linea muy importantes las cartas y el evangelio de Juan. De este último, incluso por su mismo planteamiento literario, es decisivo el llamado “prólogo” (Jn 1:1-18). Además, toda la realidad del “Abba,” ya mencionada, las parábolas sobre el Padre que envia el Hijo (cf., por ej., Mc 12:1-12 par.), o las explicaciones paulinas sobre el plan divino de salvación (Gál 4:4 ss; vid. Ef 1:3 ss).

9. Refiriéndose a la Sabiduría.

10. Pues el testimonio de la Escritura es más fuerte que el testimonial de hombre alguno. Quizá es útil tener en cuenta Jn 5:34, cf.8:13ss.

11. La afirmación de la bondad de lo creado, de modo general, en Gén 1:31a, pero la afirmación se había hecho repetidamente en los vv. 10- 25.

12. Es corriente, en la tradición cristiana, considerar la imagen y semejanza de Dios en el hombre en la espiritualidad de éste, es decir, en el carácter espiritual del alma humana. Cirilo lo ha descrito así expresamente en la cat. 4, núm. 18.

13. En general, en los capítulos 1-11 del libro del Génesis, antes del comienzo de la historia de Abraham, no se está ante relatos que tengan un valor histórico que deba tomarse al pie de la letra. Anteriormente ya se habló, por ejemplo, de la imagen del mundo que subyace a los relatos de la creación y que no hay inconveniente en rechazar como tal imagen cf. cat. IX, nota 8). Pero, como entonces se indicó, ello no impide señalar lo que de fondo se quiere afirmar: el mundo proviene de la acción creadora de Dios, que todo lo ha querido hacer bueno (cf la nota 11 de esta catequesis), aunque el hombre, y la creación entera, han sido desde el comienzo víctimas del pecado. Sobre esto es interesante recordar Rom 8:18-25.

14. Referido a Dios. Se expresa un sentimiento de impotencia ante el mal y el pecado. Cf., con respecto a este último, Rom 7:14-23.

15. Sobre intentos de lapidación de Jesús, cf.Jn 8:29; 10:31.

16. La cruz, como señal del combate cristiano.

17. El salmo 72, efectivametite dedicado a Salomón, traza los rasgos del rey ideal, justo, etc. En este sentido, también Salomón es figura del Mesías, de modo que la interpretación tradicional cristiana del salmo lo entiende como descripción de Cristo.

18. El mismo salmo 72, pero se trata en realidad del versículo anterior.

19. Más abajo, en el núm. 17, se insistirá en que este rey mesiánico llega sobre una humilde borrica. Para el cumplimiento de estas palabras, cf Mt 21:1-11.

20. Recuérdese una vez más que el lugar en que Cirilo está catequizando, el Calvario, está en su época incluido en el interior de la ciudad de Jerusalen. Cirilo pide en su catequesis un signo que pueda entenderse desde el lugar del Calvario en el que se encuentran él y sus oyentes.

21. Es decir, la encarnación ayuda a percibir mejor a Dios.

22. Reproduce aquí Cirilo lo que piensa que es la creencia espontánea de los hombres, semejante a la del israelita.

23. Posible referencia a Dt 9:19, que directamente se refiere al miedo que experimenta Moisés ante la ira de Dios porque Israel se ha construido un becerro de oro. Pero Cirilo se refiere más bien al miedo que la religiosidd primitiva y el antiguo Israel experimentan ante la presencia de la divinidad.

24. Estas palabras no parecen ser texto bíblico.

25. Si hubieran conocido la sabiduría de Dios, “una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los príncipes de este mundo...” (1 Cor 2:7-8a).

26. “Los que ya había devorado, son, con toda probabilidd, los justos del Antiguo Testamento. No sólo Cristo no fue “devorado” por el diablo en la muerte, sino que tampoco lo fueron los justos del Antiguo Testamento. Cf. más abajo, cateq. 14, núms. 17 y 19.

27. El “depósito” de la fe, como algo que debe ser conservado es algo en lo que se insiste en las cartas pastorales. Cf. 1 Tm 6:20; 2 Tm 1:12,14. Tematizada en la tradición teológica por Vicente de Lerins en el s. V, la expresión “depósito de la fe” ha sido siempre utilizada por la Iglesia para expresar lo necesario de su fidelidad al mensaje cristiano.

28. La línea de argumentación de Cirilo es ésta; cuando el Señor se hizo presente en el Sinaí, Moisés y Elías estuvieron junto a él en el monte. Es normal que en el momento de la Transfiguración, una de las importantes manifestaciones del Padre y el Hijo en los evangelios, aparezcan también en el monte (en este caso, el Tabor). Pero al mismo tiempo, y éste es el núcleo de la argumentación de Cirilo, al aparecer en la Transfiguración, junto a Jesús, Moisés y Elías, se manifiesta así también que la Ley y los Profetas, los dos pilares esenciales del judaísmo, apuntan hacia Cristo y encuentran en él el cumplimiento de las promesas hechas a los padres.

29. Las palabras están puestas en boca de Dios. Hch 3:22 Iee: “El Señor Dios os suscitará...,” y Hech 7:37 prefiere: “Dios os suscitará....”

30. “Rindan homenaje las naciones” los gentiles. El texto va a ser ufilizado por Cirilo, en un razonamiento algo complejo, para explicar que los gentiles recibieron lo que en buena parte los judíos no quisieron aceptar.

31. Una vez más, con la Biblia de Jerusalén, se prefiere la versión dura del texto hebreo.

32. Todavía existente, en la época de las catequesis de Cirilo, incluso en la rama de Occidente, aunque debilitado. El imperio romano occidental se mantendría, en decadencia constante, hasta el año 476.

33. Las palabras de Daniel se refieren propiamente a la caída del imperio de Nabucodonosor, pero, en un sentido semejante, la catequesis de Cirilo las aplica aquí a que el cristianismo se hace fuerte en la caída del imperio Romano.

34. El “Príncipe Mesías” se entiende aquí inequívocamente de Cristo. Para la interpretación del texto y del número de años de que se habla cf., además de los comentarios exegéticos a Dn, las citas de la Biblia de Jerusalén a 9:23-27.

35. Hizo terminar la reconstrucción.

36. Según el dato completo de Esd 6:15, la fecha de terminación de este templo fue el I de abril del año 515 a.C. Es el templo que, pese a sus transformaciones, estuvo en servicio hasta su destrucción definitiva por los romanos el año 70 de nuestra era.

37. El mismo Daniel habla de la oscuridad de su lenguaje, lo cual pone al lector en guardia contra cálculos excesivamente exactos de fechas.

38. En Mt 2:6: los expertos en la Ley citan este pasaje al rey Herodes para explicarle el lugar del nacimiento de Jesús. Cf.Jn 7:42.

39. “Ella” se refiere al arca de la alianza. El salmo, compuesto quizá para el aniversario del traslado del arca (cf. 2 Sam 6), tiene, especialmente al final, un fuerte contenido mesiánico.

40. Lo que parece que interesa al discurso de Cirilo es la ubicación al sur de Jerusalén, donde de hecho se encuentra Belén, el lugar de nacimIento de Jesús.

41. Hab 3:3. Este versículo y los siguientes contienen una teofanía de Yahvé que seguramente debe entenderse en sentido mesiánico. Es, desde luego, la interpretación de Cirilo en este pasaje.

42. Se prefiere dejar la traducción “virgen,” que ha sido más usual en la Iglesia y la que ha entrado, partiendo de los LXX, en Mt 1:23. La dificultad de esta traducción sólo viene del hecho de que el hebreo ‘almah significa una joven recién casada o una muchacha. No debe ignorarse la importancia del texto griego de los LXX, del texto de Mt 1:23 y de la traducción de la Iglesia referida a la concepción virginal de Cristo. Cirilo, menciona a continuación, rechazándolas, las objeciones a la traducción “virgen.”

43. Cirilo se esfuerza en mostrar que expresiones como “muchacha,” “joven prometida,” etc., se aplican a los casos de mujeres vírgenes.

44. 2 Re 20:11 habla propiamente de “retroceder la sombra” como signo que pide a Dios Ezequías, a través de Isaías, como garantía de su curación. Cf 2 Re 20:1-11 e Is 38:1-8. Lo que Cirilo relata es que los judíos piensan que el signo de que se habla en Is 7:11, referido a Ajaz, será en realidad el signo pedido por su hijo Ezequías en 2 Re 20:8-9.

45. Cirilo añade aquí una vez más, entre paréntesis, como si fuera una nota: “Sé que me he extendido mucho y que se cansarán los oyente s. Pero quisiera que aceptes lo prolijo de mis palabras, pues estas cosas se dicen por Cristo y no deben ser despreciadas.”

46. Es decir, la profecía fue hecha durante el reinado de Ajaz.

47. Padre de David.

48. Se presupone el celibato ministerial.

49. Entran aquí todos los movimientos heréticos influenciados por el maniqueísmo. Más tarde, en la Edad Media, cátaros, albigenses, etc. En el punto que nos ocupa, se caracterizan por considerar al cuerpo como la sede de las tendencias inferiores, esclavizantes o pecaminosas del hombre, mientras que el alma sería sede de sólo los deseos puros etc. Los conceptos bíblicos de “carne” y “espíritu” (especialmente, en el NT, en Pablo) se refieren más bien, respectivamente, al hombre como ser débil e inclinado al pecado, “carne” (pero es un concepto distinto de “cuerpo,” con el que no se identifica la “carne”), o como “espíritu,” todo lo que hay de noble en el hombre y que, a su vez, está llamado a ser vivificado por el Espíritu de Dios (cL Rom 8:16).

50. El texto bíblico es diferente. Leído así, sin embargo, frecuentemente por los Padres, que lo refieren a Cristo. Para detalles, cf PG 33, 719, nota 1.

51. Vid. la nota de la Biblia de Jerusalén a Miq 5:2(b): “Se trata de la madre del Mesías. Miqueas piensa tal vez en el célebre oráculo de la almah, Is 7:14 ss, pronunciado por Isaías unos treinta años antes.” Cf. el núm. 22 de esta misma catequesis y sus notas. Por otra parte, la traducción de las líneas que siguen del presente núm. 26 se adaptará a la versión española del texto hebreo de Miq 5:2, que tiene un sentido más universalista “el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel” que la versión de la que se sirve Cirilo.

52. Alusión a fábulas diversas de contenido mitológico.

53. La diosa Atenea, surgida totalmente armada de la cabeza de Zeus.

54. Cirilo ha dado rienda suelta a su imaginación acerca de la vara de Moisés, pero eso le es útil como término de comparación para ensalzar la concepción virginal de Cristo.

55. El sacerdocio definitivo de Jesucristo, propio de la nueva Alianza.

56. En realidad es claro que el hombre y la mujer se necesitan mutuamente para la procreación. La manera de expresarse Cirilo, lógicamente no “científica,” le es útil a él para expresar una vez más la iniciativa absoluta de Dios en la concepción virginal de Cristo.

57 Gén 2:7, en el contexto del segundo relato de la creación. Sobre el carácter “histórico” de estos relatos sin que esa dificultad afecte al valor de sus afirmaciones sobre la acción creadora de Dios ya se trató era cat. IX, nota 8.

58. Cf. más arriba, cat. IV, núm. 9.

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Agradecemos la fuente: mercaba.org 


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la barca de la Iglesia que Cristo fundó, triunfará…, portae inferi non praevalehunt) (Matth. 16,18) las puertas del infierno no prevalecerán, le dijo Cristo a su Iglesia Católica - «Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea 


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Y ocurrió en verdad, en el escenario de aquella campiña a la orilla del lago de Genesaret. Cuando una muchedumbre hambrienta se abalanzó sobre los discípulos y ellos les querían despedir para que no les complicasen la vida ni les aligerasen la bolsa. Jesús les provocó eso mismo: “dadles vosotros de comer”. No era un problema de Dios, nada más, no era un problema de las autoridades únicamente. Era un problema de ellos, porque aquella hambre, Jesús se la confiaba a sus discípulos. Ellos pusieron la poquedad de unos panes y peces, y con eso el Señor repartió su grandeza hasta la saciedad.

Cada generación tenemos que habérnoslas con esa escena evangélica, porque tenemos delante los pobres que Dios nos da, y nos hace responsables de su hambre hasta decirnos a nosotros también: dadles vosotros de comer. La iniciativas que desde las diferentes organizaciones diocesanas de nuestra Iglesia hemos puesto en marcha, quieren ser un humilde gesto que arrime la esperanza y el amor cristiano a tantas familias y personas que lo están pasado de veras mal. Ni tecnócratas ni santones, sino gente comprometida con el hombre desde el evangelio a flor de piel, por amor a Dios y por amor a cada persona. Dios bendiga estas iniciativas.

Recibid mi abrazo y mi bendición. 01.III.MMX 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).