Thursday 23 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
Inicio > Patrología > Patrología - 0.G: Padres de la Iglesia: universal; Espíritu Santo, crisma, juicio

En la resurrección de los muertos, Dios hará justicia -  Considera también lo que se refiere a la justicia y reflexiona sobre ti mismo. Tienes diversos siervos, de los que unos son buenos y otros malvados. A los buenos los aprecias y a los malos los castigas. Incluso si eres juez, alabas a los buenos y a los malvados los castigas. Si tú, que eres hombre mortal, tienes una noción de lo que es justo, Dios, rey eterno de todas las cosas, ¿no pagará a cada uno según justicia? Y es una impiedad negar esto, pues mira lo que digo: muchos homicidas murieron en la cama sin haber sido castigados. ¿Dónde está, pues, la justicia de Dios? Y a menudo un homicida es reo de cincuenta homicidios, pero ha lavado sus crímenes con una única pena capital. ¿Cómo pagará, pues, los restantes cuarenta y nueve asesinatos? Y argüyes a Dios de injusticia si no existen, después de esta vida, el juicio y la retribución. Pero no debes extrañarte del retraso del juicio. Quien lucha en un certamen, una vez que éste ha concluido, recibe la corona o queda marcado por la vergüenza, pero el árbitro del certamen nunca corona a los que intervienen mientras están combatiendo, sino que aguarda a ver el final de todos los combatientes. Después, examinando el resultado, distribuye los premios de la victoria y las coronas. Así también Dios, mientras dura todavía el combate en este mundo, ayuda parcialmente a los sujetos, pero después les otorga los premios de modo completo y pleno.



Patrología - 0.G: Padres de la Iglesia - San Cirilo de Jerusalén (nace en el 313 ó 315 † 386).

Y en otros profetas


         29. Y si alguien recorre los libros tanto de los doce47 como de los demás profetas, encontrará muchísimos testimonios acerca del Espíritu Santo. Miqueas dice: “Yo, en cambio, estoy lleno de fuerza por el espíritu de Yahvé” (Miq 3:8). Y Joel: “Sucederá después de esto que yo derramaré mi Espíritu en toda carne” (3:1). Y Ageo dice: “... según la palabra que pacté con vosotros a vuestra salida de Egipto, y en medio de vosotros se mantiene mi Espíritu: no temáis” (2:5). De modo semejante, Zacarías: “No obstante, acoged mis palabras y mis mandatos, que yo prescribo en mi Espíritu a mis siervos los profetas” (Zac 1:6 LXX). Y así, otras cosas.


En Isaías y Ezequiel

         30. También Isaías, el predicador elocuentísimo: “Reposará sobre él el Espíritu de Yahvé: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahvé. Y le inspirará en el temor de Yahvé” (11:2-3). Con ello quiere decir que él (el Espíritu) es uno e indivisible, pero son diversos los efectos que produce. Y también: “He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él (Is 42:1). Y también aquello: “Derramaré mi espíritu sobre tu linaje (44:3). Y además: “Ahora el señor Yahvé me envía con su espíritu” (48:16). O bien: “En cuanto a mí, esta es la alianza con ellos, dice Yahvé. Mi espíritu que ha venido sobre ti...” (59:21)49. Y, a su vez: “El espíritu del Señor Yahvé está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahvé...” (61,1)49. Y también, hablando en contra de los judíos: “Mas ellos se rebelaron y contristaron a su Espíritu Santo” (Is 63:10) y: “¿Dónde está el que puso en él su Espíritu Santo?” (63:11).

         También tienes en Ezequiel — si no estás ya cansado de escuchar — lo que ya se ha recordado: “El espíritu de Yahvé irrumpió en mí y me dijo: “Di: Así dice Yahv锓 (Ez 11:5). Pero el “irrumpió sobre mí” se ha de entender correctamente, como queriendo designar la caridad y la clemencia. De modo semejante a como Jacob, una vez que encontró a José, “se echó a su cuello” (Gén 46:29) y como, en los evangelios, aquel padre amantísimo, al ver a su hijo de vuelta, “conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente” (Lc 15:20). Y, también en Ezequiel: “El espíritu me elevó y me llevó a Caldea, donde los desterrados, en visión, en el espíritu de Dios” (Ez 11:24). Y otras cosas ya las oíste antes, cuando hablamos del bautismo50: “Os rociaré con agua pura... y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo” (36:25-26). Y, poco después: “La mano de Yahvé fue sobre mí y, por su espíritu, Yahvé me sacó” (37:1).


En Daniel

         31. El infundió la sabiduría en el alma de Daniel, de modo que un joven fuese juez de ancianos. La casta Susana había sido condenada como impúdica. Nadie la defendía. ¿Quién la habría arrebatado de la mano de los jefes? Era llevada a la muerte y ya estaba en manos de los verdugos (Dan 13:41-45). Pero se presentó su auxiliador, el Paráclito, el Espíritu que santifica a toda criatura inteligente. “Manténte ahí,” le dijo a Daniel. “Tú, que eres joven, arguye a los viejos manchados por la corrupción de pecados de jóvenes. Pues está escrito: “Suscitó el santo espíritu de un jovencito” (13:45). Y, resumiendo brevemente, por la sentencia de Daniel se salvó aquella muchacha pura. Este caso lo hemos resumido, pues no hay tiempo de exponerlo todo. Incluso Nabucodonosor reconoció que en Daniel estaba el Espíritu Santo, pues se refirió a él como “Daniel..., en quien reside el espíritu de los dioses santos” (Dan 4:6)51. Dijo una cosa verdadera y otra falsa. Que tenía el Espíritu Santo era verdad, pero no que era “jefe de los magos.” Pues no era mago, sino conocedor de las cosas por el Espíritu. De hecho, antes (Dan 2:31ss.) había explicado la visión de la imagen que había visto y que no entendía. “Explícame, dice, la visión, que yo, que la vi, no la entiendo.” Ves ahí la potencia del Espíritu Santo, porque quienes vieron no entienden, y los que no vieron conocieron e interpretaron.


En la siguiente catequesis se hablará del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento

         32. Estaríamos inclinados a recoger muchos testimonios del Antiguo Testamento y a explicar con más claridad lo que atañe al Espíritu Santo. Pero queda poco tiempo y es aconsejable que no tengáis tanto que escuchar. Por lo cual, contentos con lo mencionado de la antigua Alianza, volveremos, si Dios lo permite, en la catequesis siguiente a lo que falta del Nuevo. El Dios de la paz, os regale a todos con los bienes espirituales y celestiales por medio de Nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu (cf. Rom 15:30). A él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén52.


1. La presente catequesis y la siguiente, que se tuvieron durante la Semana Santa o alrededor de ella, son un excelente testimonio del progreso de la conciencia teológica de la Iglesia sobre el Espiritu Santo, al que en todo momento, aún distinguiéndolo claramente, se le equipara en dignidad con el Padre y el Hijo. La catequesis suministra amplia información sobre opiniones y corrientes heréticas en torno al Espiritu Santo, pero expone también positivamente la enseñanza de la Escritura sobre él. En este aspecto, la catequesis está dedicada más que nada al Antiguo Testamento, mientras que la XVII expone principalmente la doctrina neotestamentaria.

2. Se reproduce la cita de Mt 12:32 tal como la trae el texto de Cirilo. Pero el texto completo del versículo es: “Y al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro.” Al interpretar el versículo, no debe partirse de si es que acaso hay o no hay pecados que no pueden perdonarse, sino desde el problema de una posible cerrazón existencial del hombre. En este momento -y se expondrá a lo largo de esta catequesis y de la siguiente- se está partiendo de que el acceso del hombre a Jesucristo (y por él al Padre) no se hace con los ojos de la carne ni con la inteligencia sino en virtud de la acción del Espíritu, que en el plan de la salvación -independientemente de que el hombre sea o no sea consciente de ello- es el que hace mediante la gracia que el hombre acceda a Dios y a la salvación que él le ofrece. El que “blasfema contra el Espíritu” cerrándose así a la acción de Dios en él -que uno sea reflexivamente consciente o no de la obra de Dios en él es cuestión secundaria-, se cierra así el camino de la salvación hacia su existencia. Se trata de algo que debe tenerse en cuenta al menos como advertencia..

3. En un lenguaje algo amplio, es una confesión clara de la fe trinitaria. En cuanto al Padre y al Hijo, la frase recuerda I Cor 8:6: “Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y por el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros.” Las catequesis XVI y XVII pretenden hablar del Espiritu Santo de modo que en los oyentes quede equiparado, en su dignidad, al Padre y al Hijo. Se expresa así la madurez de la conciencia dogmática de la Iglesia.

4. Mt 3:16 (Mc 1:10; Lc 3:22) muestran esta unión de Jesús con el Espiritu, del mismo modo que también aparece unido al Padre. Es a partir de ahí como Jesús comenzará su actividad pública.

5. Según parece, en algunos momentos históricos hablaron algunos, para el Antiguo y el Nuevo Testamento, de varios “Padres,” varios “Cristos” y varios “Espiritus,” aunque son cosas demasiado alejadas de nuestra mentalidad. Ver distintos testimonios acerca de los marcionitas, maniqueos, gnósticos, etc. en PG 33,921-922, nota 3.

6. Estas palabras de Mt 28:19 reflejan probablemente, escritas decenios después del Jesús terreno, una fórmula del bautismo expresamente trinitaria y que quizá no puede entenderse como locución literal de Jesús. Pero ello no es un inconveniente si se tiene en cuenta tanto 1) el valor de todos los textos de la Escritura, la cual tiene valor de Palabra divina sin que necesariamente tenga que levantar acta de exactitudes históricas, como 2) la rectitud del empleo de una fórmula trinitaria en la acción de bautizar.

7. Marción (ca. 85-ca. 160) había defendido una oposición total entre un Dios del Antiguo Testamento, rígido, legalista y justiciero, y el Dios del Nuevo Testamento, reflejado sólo en la teología de Pablo y en lo que de ésta se encuentra en Lucas. Marción era un talento organizador y su predicación ofrecía un riguroso sentido de la moralidad, caracteristicas ambas que, junto con su fuerte personalidad, le proporcionaron numerosos seguidores. Fue excomulgado, al llegarse a la convicción de la falta de relación de sus enseñanzas con la fe apostólica, en Roma el año 144.

8. La fe y la piedad que se dirigen al Padre, al Hijo y al Espiritu Santo, puesto que los tres no deben separarse, se dirigen a un Dios único.

9. Sabelio es el último y más importante defensor de lo que desde el s. xix se ha llamado “modalismo,” según el cual no habría en el único Dios más que una hypóstasis, en realidad el Padre, y de la que el Hijo y el Espiritu Santo no serian más que otros modos de manifestarse.

10. El edificio se encontraba sobre el monte Sión y seria la más antigua de las iglesias cristianas de la ciudad de Jerusalén. Cirilo explica a continuación cómo se podia haber pensado en esa iglesia para hacer allí las catequesis sobre el Espíritu Santo, pero se ha mantenido la unidad de lugar.

11. Traducimos por “persona,” clásica en la tradición occidental, la expresión “hipóstasis,” característicamente griega, aunque ésta refleja más exactamente lo que se quiere decir y es la empleada por los documentos de los concilios ecuménicos que abordaron las cuestiones cristológicas y trinitarias.

12. Ireneo de Lyón, nacido posiblemente en Asia Menor alrededor del año 140 y muerto como obispo de Lyón hacia el año 202, es Padre de la Iglesia y el teólogo más importante del siglo II. Sus obras, la célebre Contra las herejías y la Demostración de la predicación apostólica, tienen un fuerte carácter polémico y apologético. Sin embargo, esto no obsta a que en Ireneo pueda observarse una espléndida síntesis de las verdades de la fe en cuanto a la doctrina trinitaria, cristología, antropología teológica, escatología y eclesiología.

13. Es algo exagerada la descripción que la catequesis hace de Simón. Sobre la historia y los problemas de este personaje, cf Hech 8:9-24.

14. Las enseñanzas del gnóstico Valentín (s. ll) han sido muy estudiadas por Antonio Orbe. Dentro de la complejidad del tema puede orientar, entre otras obras de este último, su Introducción a la teología de los siglos II y lll, Salamanca 1988.

15. Vid. nota 7. La atribución a Marción de la afirmación de tres dioses puede resultar exagerada por la polémica, pero se refiere al Padre, al diablo (como principio del mal) y al Dios de los judíos. Naturalmente sólo el primero le interesa a Marción.

16. En su afán por desvincular el Nuevo Testamento del Antiguo, Marción procuró editar el primero sin las citas del segundo. Se pretende así conseguir que Cristo sea una novedad absoluta frente a la antigua Alianza.

17. Cf la obra de A. Orbe citada en nota 14.

18. De origen frigio, en el NO. de Asia Menor, Montano es el promotor, en el siglos II, de lo que se llamó montanismo, secta que valoraba en la Iglesia a los profetas por encima de los obispos. Además del mismo Montano, antiguo sacerdote de Cibeles convertido al cristianismo, se sintieron poseídas del mismo don profético que él sus dos seguidoras Maximila y Priscila. La secta también se caracterizaba por su moral muy austera. La hicieron desaparecer las duras leyes civiles que se dictaron contra ella a partir del s. v. Un célebre montanista fue Tertuliano, autor de importantes obras teológicas católicas antes de su paso a la secta.

19. Vid. anteriormente, núm. 6 y, más arriba, cat. IV, nota 34.

20. Vid. Procatequesis, núms. 2 y 4.

21. Del nombre de Simón Mago viene “simonía,” que es el nombre que en la historia de la Iglesia se ha dado a los intentos de obtener poder eclesiástico mediante la oferta de dinero u otros beneficios.

22. “Como dice la Escritura: de su seno correrán ríos de agua viva.” La afirmación de que de él brotarán ríos de agua viva se puede aplicar al que crea enJesús, pero quizá sobre todo al mismo Jesús: es de su seno del que brotarán los ríos de agua viva, afirmación que se hace en referencia a la Escritura, es decir, al Antiguo Testamento. La Biblia de Jerusalén lo explica así: “Promesa que se ha de vincular a la liturgia de la fiesta de las Tiendas, que comprendía oraciones para pedir la lluvia, ritos conmemorativos del milagro del agua, Ex 17:1-7; cf. 1 Cor 10:4, y lecturas de profecías que anunciaban la fuente que debía regenerar a Sión, Zac 14:8; Ez 47:1 s; cf. Jn 4:1 ss..”

23. El don de la castidad

24. También puede entenderse aquí la limosna.

25. Cf. lo anteriormente dicho en cat. 14, nota 20.

26. En el original griego se entiende mucho mejor la explicación de Cirilo, pues a Aarón y los otros los califica de christós -que es la palabra griega para decir “ungido”-, de donde puede salir la posible confusión con el nombre de Cristo, el Salvador, el ungido por antonomasia.

27. Curiosamente, en hebreo (ruah) y en griego (pueuma) la misma palabra se emplea para indicar “viento” y “espiritu” (o “Espíritu”). En español, “espíritu” está en el mismo grupo que respirar, inspirar, expirar que tienen relación con la acción del aire. A este respecto son dignas de tenerse en cuenta las afirmaciones de Gén 2:7, donde la acción de Dios al crear al hombre se completa con el hecho de que “insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente.” Por otra parte, y de modo general -sobre ello habrá que volver-, en la Escritura se entiende con frecuencia la acción del Espiritu como la de quien completa la obra creadora. Sobre ello, se volverá más adelante.

28. Zac 12:1b describe a Dios como “el que despliega los cielos, funda la tierra y forma el espiritu del hombre en su interior.” Cf. Is 42:5.

29. El texto de los LXX favorece esta traducción, que también puede hacerse (siguiendo a la Biblia de Jerusalén) de este modo: “Tomas por mensajeros a los vientos, a las llamas del fuego por ministros.” La primera traducción responde más al ámbito cultural griego.

30. La misma explicación de Cirilo, “es decir, son espirituales,” de las palabras de Jn 6:63 hace ver que “las palabras que os he dicho son espíritu y son vida” puede entenderse en referencia al Espíritu Santo o quizá simplemente entendiendo que las palabras de Jesús son aliento vital para el que las acepta.

31 Cf. cat. 17, núms. 27,28, etc.

32. Sobre la identidad de las palabras “viento” y “espíritu” en hebreo y griego, cf. la nota 27. El original griego habla aquí de “pneuma” de borrasca: espíritu, viento, soplo... De ahí el posible juego de palabras.

33. El criado de Eliseo.

34. El Sal 139 ensalza el hecho de que a Dios nada se le oculta del interior del hombre. Siempre han sido muy citados, por ejemplo, los vv. 7-8: “¿A dónde iré yo lejos de tu espiritu, a dónde de tu rostro podré huir? Si hasta los cielos subo, allí estás tú, si en el sheol me acuesto, allí me encuentras.” El conocimiento de los hombres — en este caso del ocultamiento que hacen — — que se atribuye a Pedro y Eliseo en los casos del criado de este último y del engaño practicado por Ananías y Safira es como una gracia de estado que el Espiritu Santo concede a la mente profética de Pedro y Eliseo. En éstos se da una situación semejante a aquella en que puede encontrarse a veces un catequista en relación con su catecúmeno. En parte, se trata de casos de discernimiento de espiritus o de valoración, desde el punto de vista de la fe, de situaciones reales.

35. En este caso, a los profetas escritores.

36. Se refiere a que el Espíritu Santo le sugiere la virginidad. Lo que el párrafo menciona es el matrimonio rato que no llega a consumarse y por tanto, puede no ser definitivo. Se ha preferido una traducción menos literal, aunque la estimamos más comprensible. Al pie de la letra, sería: “¿Acaso muchas veces no sucede que una muchacha huye cuando ya está dispuesta para los tálamos nupciales...?”

37. Se piensa en la tarea que realiza el que practica un exorcismo.

38. Sab 6:16 cuadra bien en el contexto de la acción interior del Espíritu Santo, si bien en el texto bíblico se refiere a la sabiduría: “Ella misma va por todas partes buscando a los que son dignos de ella; se les muestra benévola en los caminos y les sale al encuentro en todos sus pensamientos.”

39. La semántica, el significado de “Paráclito” nos remite a “parákalein,” llamar junto a, “ad-vocare’’ Paráclito significa, pues, el “llamado junto a,” como abogado (ad-vocatus) para que ayude, etc. Es el sentido de la misión del Espíritu Santo junto al que cree en Jesucristo.

40. Vid. más arriba, cat. 15, notas 13,45,46.

41. Cf. Hebr 1:14: “¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?”

42. Esa afirmación representa de algún modo la vida interna de Dios: el Padre engendra al Hijo (y el Hijo procede así del Padre). El Espiritu procede del amor entre el Padre y el Hijo. La tradición teológica de la Iglesia de Occidente ha señalado, especialmente a partir del influjo de la teología carolingia, que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. De este modo se añadió al Credo de la Iglesia latina la célebre expresión Filioque (“y del Hijo”). Este añadido, más que en una justificación teológica directa, tiene su origen en el interés por señalar, en contra de la concepción arriana, la igualdad del Padre y el Hijo en cuanto a su dignidad, y así, en este caso, se afirma que el Espíritu Santo proviene de ambos (los teólogos han llamado “procesiones” al hecho de que el Hijo procede del Padre, y el Espiritu Santo del Padre y del Hijo). La tradición oriental, por su parte, ha preferido expresarse diciendo que el Espíritu Santo proviene del Padre a través del Hijo. Esto, dejando de lado la polémica antiarriana -que ya no debería ser necesaria- es quizá incluso más exacto. Se expresa así más adecuadamente que el Hijo es mediador también del Espiritu Santo y, a la vez, que es el Espíritu Santo el que nos lleva a Jesucristo (cf. I Cor 12:3) y, a través de él, al Padre. En último término es una concepción incluso más cristocéntrica y expresa asimismo con mayor claridad que el Padre está en el comienzo de todo. Cirilo de Jerusalén entra, como es lógico, dentro de la concepción teológica trinitaria oriental. Una aceptable exposición práctica de la relación entre Padre, Hijo y Espiritu Santo se da, tomando como base diversos datos bíblicos, en cat. XVII, núm. 19.

43. Los sacramentos de la iniciación cristiana, con los que culminará la presente catequización, serán el objeto de las catequesis 19-23.

44. La historia de Sansón, en Juec 13-16.

45. En la denominación cristiana antigua, los libros I y 2 Sam son denominados I y 2 Re, mientras que nuestros I y 2 Re son allí 3 y 4 Re.

46. También en la denominación antigua Neh es llamado 2 Esd.

47. Los llamados “profetas menores,” desde Oseas a Malaquías.

48. Is 59:21, tal como lo transcribe Cirilo. Pero el texto bíblico prolonga la frase: “... Mi espiritu que ha venido sobre ti y mis palabras que he puesto en tus labios no caerán de tu boca ni de la boca de tu descendencia ni de la boca de la descendencia de tu descendencia, dice Yahvé desde ahora y para siempre.”

49. En Lc 4:18-19 se aplico Jesús a si mismo el versículo completo 61,1.

50. Vid. caí. 3, núm. 15.

51. En la manera de expresarse, Nabucodonosor habla como el pagano que todavía es. Nabucodonosor, dando además a Daniel el nombre de Beltsassar (Dan 4:5), se dirige a él como “jefe de los magos.”

52. Sobre un posible añadido a esta catequesis, según códices, puede verse PG 33,963-966. Pero no hemos creído necesario reproducir aquí este texto.



XVII. El Espíritu Santo (II).

         Pronunciada en Jerusalén, termina lo que quedaba acerca del Espíritu Santo. La lectura se toma de la Primera epístola a los Corintios: “Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro palabra de ciencia...” (I Cor 12:8 ss.).1

         Nos detendremos en puntos fundamentales del Nuevo Testamento

         1. En la catequesis precedente ofrecimos, en cuanto lo permitieron nuestras fuerzas, una pequeña parte de los testimonios referentes al Espíritu Santo. En la presente, en cuanto se nos permita, tocaremos, si Dios quiere, lo que nos queda, es decir, lo referente al Nuevo Testamento. Ya entonces, para no excedernos en el hablar, pusimos límites a nuestra tarea — pues nunca se acabaría de hablar del Espíritu Santo — y ahora daremos cuenta de una pequeña parte de lo que resta. No pretendemos ingenuamente cubrir lo poco que diremos con la multitud de lo que puede extraerse de la Escritura. Tampoco utilizaremos hoy razonamientos e invenciones humanas — no debe hacerse —, sino que nos bastará traer a la memoria las sentencias de la Sagrada Escritura. Es el procedimiento más seguro según el bienaventurado apóstol Pablo, que dice “... de las cuales también hablamos2, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales en términos espirituales” (1 Cor 2:13). Hacemos cosas semejantes a los viandantes y navegantes, los cuales, teniendo en mente la meta de un larguísimo camino, se apresuran adrede, pero acostumbran, por la limitación humana, a detenerse en las distintas ciudades y puertos.


Un solo Dios Padre, un solo Hijo, un solo Espíritu Santo

         2. Pues aunque se han dado divisiones a la hora de disputar acerca del Espíritu Santo, él permanece no obstante indiviso, puesto que es único y el mismo. Igualmente cuando hablábamos del Padre, mencionábamos, por un lado, el sumo y único poder de su persona, y por otro, cómo se llamaba “Padre” y “Todopoderoso” y, además, creador de todas las cosas3 pero esta distribución de las catequesis no significaba una división de la fe. Era único tambien el propósito de la piedad y de nuestra religiosidad cuando hablábamos del Hijo unigénito de Dios, cuando enseñábamos tanto lo que se refiere a su divinidad como lo que atañe a su humanidad. De este modo cuando distribuíamos en cuestiones diversas lo que había que decir acerca de nuestro Señor Jesucristo, predicábamos una fe indivisa en él. Así, pues, también ahora, aun habiendo dividido las catequesis acerca del Espíritu Santo, es una fe indivisa en él la que anunciamos. Pues el Espíritu Santo es uno y el mismo, pues “todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad” (1 Cor 12:11), pero él permanece sin división. Pues no hay otro Paráclito que no sea el Espíritu Santo, pero es único e idéntico aunque con diversas denominaciones: vivo y subsistente4, que habla y actúa. Es santificador de todas las criaturas dotadas de razón que Dios ha hecho por medio de Cristo, los ángeles y los hombres.


Diversas denominaciones, pero un solo Espíritu

         3. Pero que no crean algunos, por su ignorancia y por la diversidad de denominaciones del Espíritu Santo, que se trata de espíritus diversos, y no de uno único e idéntico, el único que existe. Por ello, la Iglesia Católica, que vela por tu seguridad, transmitió en la confesión de fe que creyésemos “en un único Espíritu Santo Paráclito, que habló por los profetas”: para que pudieses darte cuenta de que ciertamente las denominaciones pueden ser muchas, pero Espíritu Santo sólo hay uno. De aquellas muchas denominaciones os hablaremos ahora de algunas.


La relación del Espíritu Santo al Hijo y al Padre

         4. Se llama Espiritu según lo que hemos leído: “Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría” (1 Cor 12:8). Y se le llama Espiritu de Verdad, según lo que dice el Salvador: “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad...” (Jn 16:13). También se le llama Paráclito, como también dijo: “... porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito” (16:7). Y que se trata de una única y misma realidad, a la que se denomina con nombres diversos, se explica claramente por lo que inmediatamente diré. Pues ya se dijo que el Espíritu Santo y el Paráclito son el mismo. Pero está igualmente dicho que son lo mismo el Paráclito y el Espíritu de la verdad: “(Y yo pediré al Padre) y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad” (14:16-17). Y también, “cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad” (15:26). Se le llama Espíritu de Dios, como está escrito: “He visto al Espíritu que bajaba... sobre él” (Jn 1:32), y, a su vez: “Todos los que son guiados por el espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8:14). También se le denomina Espiritu del Padre, como dijo el Salvador: “No seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará por vosotros” (Mt 10:20). Y también Pablo: “Doblo mis rodillas ante el Padre” (Ef 3:14) y, más abajo: “... para que os conceda... que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu” (3:16). Se le llama también Espiritu del Señor, como dice Pedro: “¿Cómo os habéis puesto de acuerdo para poner a prueba el Espíritu del Señor?” (Hech 5:9). Igualmente se le llama Espiritu de Dios y de Cristo, como Pablo escribe: “Más vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no le pertenece” (Ro 8:9). Se le llama asimismo Espiritu del Hijo de Dios, como está dicho: “La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo” (Gál 4:6). Y se le menciona también como Espiritu de Cristo, como ha quedado escrito: “... procurando descubrir a qué tiempo y a qué circunstancias se refería el Espíritu de Cristo” (I Pe 1:11). Y también: “... gracias a vuestras oraciones y a la ayuda prestada por el Espíritu de Jesucristo” (Flp 1:19).



Más denominaciones del Espíritu Santo

         5. Además encontrarás otras muchas denominaciones del Espíritu Santo. Pues se le llama Espíritu de santificación, como está escrito: “Según el Espíritu de santidad” (Rm 1:4)5. También se le llama Espíritu de adopción, como dice Pablo: “Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor, antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar: “¡Abbá, Padre!” (Rm 8:15). Igualmente se le llama Espiritu de revelación, según está escrito: “... os conceda (el Dios de nuestro SeñorJesucristo) espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente” (Ef 1:17). También se le menciona como Espiritu de la Promesa, como se dice en el mismo lugar: “En él también vosotros, tras haber... creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa” (1:13). Se le llama también Espíritu de gracia, cuando a su vez, dice: “el que... ultrajó al Espíritu de la gracia” (Hebr 10:29). Y también se le denomina con otras muchas denominaciones del mismo modo. Oíste claramente también en la catequesis precedente que a él en los Salmos se le llama a veces “bueno” y, a veces, “generoso” (51,14). Y en Isaías se le ha llamado “espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor” (Is 11:2). De todo lo cual se deduce, tanto de lo anterior como de lo que hemos dicho ahora, que realmente son distintas las denominaciones, pero el Espíritu Santo es uno y el mismo, vivo y subsistente, siempre presente juntamente con el Padre y el Hijo. No es proferido mediante palabras por la boca o los labios del Padre o del Hijo, ni mediante ninguna expiración ni tampoco es echado al aire, sino que subsiste en sí mismo6, hablando y actuando él mismo, dispensador y santificador. No es dispensación con desgarro, sino en la concordia, y es la única que da la salvación, la cual procede — como ya dijimos —, del Padre, el Hijo y Espíritu Santo. Quiero que recordéis lo que hace poco dijimos7 y que claramente os deis cuenta de que no se trata, en la Ley y los Profetas, de un Espíritu y de otro distinto en los Evangelios y en los Apóstoles. Sólo hay un único e idéntico Espíritu Santo, que inspiró las Sagradas Escrituras tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.


El Espíritu Santo hizo posible la concepción virginal de María

         6. Este es el Espíritu Santo que vino a Santa María Virgen. Pues como se trataba de engendrar a Cristo, el Unigénito, la fuerza del Altísimo la cubrió con su sombra y el Espíritu Santo, acercándose hasta ella (cf. Lc 1:35), la santificó para esto, para que pudiese tener en su interior a aquel por quien todo fue hecho. No tengo necesidad de muchas palabras para que entiendas que esta gestación estuvo libre de toda mancha y contaminación, pues ya lo aprendiste (cf. cat. 12, núm. 25). Gabriel es quien a ella le dijo: soy mensajero y pregonero de lo que ha de suceder, pero yo no participo en la operación. Pues aunque sea arcángel, soy conocedor de mi orden y de mi oficio. Yo te anuncio la alegría, pero no es por gracia mía por lo que darás a luz: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1:35).


El Espiritu Santo en Isabel, Zacarías y Simeón

         7. Este Espíritu Santo mostró su eficacia en Isabel. Pues no sólo actuó con las vírgenes, sino también entre cónyuges con tal que se trate de un matrimonio legítimo. “E Isabel quedó llena de Espíritu Santo” (Lc 1:41) y profetizó. Y la preclara sierva dijo de su Señor: “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” (1:43). Pues Isabel la llamó bienaventurada (1:45). Lleno del mismo Espíritu, también Zacarías, padre de Juan, profetizó diciendo cuántos bienes causaría este Unigénito, añadiendo además que Juan sería, por su bautismo, precursor suyo. También Simeón el justo fue advertido por el Espíritu Santo de que no vería la muerte antes de contemplar al Mesías del Señor y, recibiéndolo en sus brazos, dio testimonio públicamente en el Templo en lo que a él le tocaba (cf. Lc 2:25-35).


Juan Bautista y el Espíritu Santo

         8. Juan, por su parte, que había sido lleno por el Espíritu Santo desde el seno de su madre (Lc 1:5), fue santificado en orden a bautizar al Señor, no porque él comunicase el Espíritu sino porque anunciaba al que sí lo comunicaba. Pues dice: “Yo os bautizo con agua para conversión; pero el que viene detrás de mí... él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mt 3:11). “En fuego,” ¿por qué? Porque en lenguas de fuego tuvo lugar el descenso del Espíritu Santo. Acerca de lo cual dice el Señor con alegría: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!”



El Espíritu Santo en el bautismo de Jesús

         9. Este Espíritu Santo descendió al ser bautizado el Señor (Mt 3:16) para que no quedase oculta la dignidad del que se bautizaba, según lo que dice Juan: “El que me envió a bautizar con agua, me dijo: Aquel sobre quién veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo (Jn 1:33). Pero mira lo que dice el evangelio: “Se abrieron los cielos.” Abiertos por la dignidad del que descendió. Dice: “Se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él.” (Mt 3:16). Se trataba de un descenso por su propia iniciativa8. Pues era conveniente, como algunos han interpretado, que las primicias y los dones del Espíritu Santo, que se otorgan a los bautizados, se mostrasen en primer lugar en la humanidad del Salvador, que es quién tal gracia confiere9.. Descendió en forma de paloma — como dicen algunos, pura, inocente y sencilla —, cooperando con sus oraciones en favor de los nuevos hijos y del perdón de sus pecados, mostrando así la imagen y el ejemplo10. De este modo se había predicho, en forma misteriosa, que el Mesías habría de manifestarse de esa manera. Pues en el Cantar de los Cantares se exclama acerca del Esposo: “Sus ojos como palomas junto a arroyos de agua” (Cant 5:12)11.


El Arca de Noé, la paloma, el bautismo, el Espíritu Santo12

         10. Según algunos, una imagen de esa paloma venía ofrecida en parte por aquella de la que se cuenta en la historia de Noé (Gén 8:8 ss.). Pues en aquellos tiempos llegó a los hombres, a través de la madera y el agua, la salvación y el comienzo de la nueva humanidad. La paloma volvió a Noé al atardecer, llevando un ramo de olivo (Gén 8:11). Así, dicen, fue el Espíritu Santo quien descendio en realidad junto a Noé, el cabeza de esa nueva humanidad. El (el Espíritu Santo) es el que hizo una unidad de las voluntades y el genio de los linajes diversos. De esta diversidad de intereses eran imagen las distintas naturalezas de los animales encerrados en el arca. Y después que él (Cristo) llegó, los lobos espirituales pastan juntamente con las ovejas, porque la Iglesia apacienta al ternero y al toro junto al león (Is 11:6; 65:25). Hoy día vemos que los príncipes del mundo son guiados y enseñados por los hombres de la Iglesia. Por tanto descendió, como algunos interpretan, una paloma inteligible en el momento del bautismo. Así mostraba que era el mismo el que por el leño de la cruz otorga la salvación a los que creen y el que, al atardecer13, habría de traer la salvación mediante su muerte.


El mismo Jesús habla del Espíritu Santo y lo promete a los Apóstoles14

         11. Y de estas cosas hay que hablar también bajo otro aspecto. Es necesario oír las palabras del Salvador sobre el Espíritu Santo. Pues dice: “El que no nazca de agua y de Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3:5). Y sobre que esta gracia viene del Padre dice: ¡Cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” (Jn 11:13). Y también señala que Dios ha de ser adorado en Espíritu: “Pero llega la hora, y ya estamos en ella, en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que lo adoran, deben adorar en espíritu y verdad” (Jn 4:23-24). Y también: “Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios...” (Mt 12:28), y poco después, en lo que se sigue: “Por eso os digo: todo pecado y blasfemia se perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada. Y al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este siglo ni en el otro” (12:31-32). Y asimismo dice: “Y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y en vosotros está” (Jn 14:16-17). Y también dice: “Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo eseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (14:25-26). Y dice: “Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí” (15:26). También: “Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito... y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio” (16:7-8). Y a su vez, en lo que sigue: “Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros” (16:12-15). He leído expresiones del mismo Unigénito, de modo que ya no prestes atención a palabras humanas.


El don parcial del Espíritu Santo, ya el mismo día de la resurrección

         12. Otorgó el don del Espíritu Santo a los apóstoles. Pues está escrito: “Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidas”“ (Jn 20:22-23). Esta es la segunda vez que se insufló el Espíritu, puesto que la primera (Gén 2:7)15 había quedado oscurecido por los pecados voluntarios. Ahora se cumplió lo que está escrito: “Ascendió soplándote a la cara, librándote de la aflicción” (Nah 2:2 LXX) . ¿De dónde “ascendió”? De los infiernos16. El evangelio narra, en efecto, que, después de su resurrección, sopló Jesús sobre ellos (Jn 20:22). Realmente les da su gracia en este momento, pero la otorgará después con mayor abundancia. Es como si les dijera: estoy en condiciones de dárosla ahora, pero el recipiente no puede recogerla. Recibid por ahora la gracia que podáis, pero esperad una más amplia. “Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos del poder de lo alto” (Lc 24:39). Ahora “recibidla” en parte; más tarde, íntegramente, y seréis completamente portadores de ella. Pues el que “recibe,” a menudo sólo tiene en parte lo que se le concede. Pero el que se reviste, se cubre completamente con la estola. No temáis — dice — las armas del diablo y sus dardos, pues seréis portadores de la fuerza del Espíritu Santo. Acordaos de lo que anteriormente decíamos, que no es el Espíritu Santo el que se divide, sino la gracia que él confiere.



La venida del Espíritu en Pentecostés

         13. Ascendió, pues, Jesús a los cielos y cumplió su promesa. Pues les había dicho: “Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito” (Jn 14:16). Estaban sentados a la espera de la venida del Espíritu Santo. “Al llegar el día de Pentecostés” (Hech 2:2), aquí, en esta ciudad de Jerusalén — en realidad, es algo que nos afecta, pues no hablamos de lo que a otros les sucedió, sino de los dones que se nos han concedido a nosotros —, cuando era, digo, Pentecostés, estaban sentados y llegó del cielo el Paráclito: custodio y santificador de la Iglesia, rector de las almas, guía de los arrojados a las olas y a la tempestad, luz de los perdidos, árbitro de los que combaten y corona de los vencedores.


La venida del Espíritu penetra en el interior del alma

         14. Y descendió para revestir de su poder y bautizar a los apóstoles. Dice el Señor: “Vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hech 1:5). No es que la gracia se haya dividido o se dé sólo en parte, sino que es una fuerza íntegra y que se ha derramado totalmente. Pues así como el que es bautizado por inmersión queda rodeado de agua por todas partes, así los bautizados en el Espíritu se encuentran totalmente envueltos de él. Por otra parte, el agua se derrama de modo externo al cuerpo, pero el Espíritu penetra y bautiza al alma escondida sin que nada se le oculte. ¿De qué te asombras? Toma el ejemplo de la materia, débil y humilde, pero que puede ser útil a los más sencillos. El fuego, al penetrar en el interior del hierro, todo lo convierte en fuego y hace que hierva el metal frío, comenzando así a brillar lo que era negro y oscuro. Pues bien, si el fuego, una realidad material, al introducirse en el interior del hierro, actúa ahí sin encontrar obstáculos, ¿por qué te asombras de que el Espíritu Santo penetre en el interior del alma?


El acontecimiento de Pentecostés en Hech 2

         15. Y para que no se ignorase la grandeza de la gracia que venía, sonó como una trompeta celeste: “De repente vino del cielo un ruido como de una ráfaga de viento impetuoso” (Hech 2:2), que daba así una señal de la venida de aquel que concede a los hombres “obtener con violencia el Reino de Dios” (cf. Mt 11:12). Y hacía que los ojos viesen unas lenguas de fuego y que los oídos oyesen el sonido. Y “llenó toda la casa en la que se encontraban” (Hech 2:2). Aquella casa se convirtió en el receptáculo de una onda inteligible. Los discípulos estaban sentados en el interior y se llenó toda la casa. Fueron bautizados, “sumergidos”17 del todo. de acuerdo con la promesa (cf. Hech 1:5). Se revistieron en el alma y en el cuerpo de un vestidura divina y saludable. “Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (2:3). Recibieron un fuego que no abrasaba, sino que era saludable y que, destruyendo las espinas de los pecados, devolvió al alma su brillo y su esplendor. Este es el que pronto habrá de venir a vosotros. Y mientras corta y retira vuestros pecados, que son como espinas, hará resplandecer en mayor medida el fondo de vuestra alma y os dará la gracia, como entonces la dio a los apóstoles. Se posó sobre ellos bajo la apariencia de unas lenguas de fuego, como queriendo redimir sus cabezas con diademas espirituales en forma de lenguas de fuego. En anterior ocasión, una espada de fuego impedía la entrada al paraíso (Gn 3:24). Ahora, una lengua de fuego que procuraba la salvación devolvió aquella gracia.


El don de lenguas

         16. “Y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (Hech 2:4). El galileo Pedro y Andrés hablan la lengua de los persas o los medos. Juan y los demás apóstoles hablaban en cualquier lengua a gentes que provenían de pueblos diversos. Pues no es ahora cuando ha comenzado a reunirse de todas partes una multitud de gente extranjera, sino que ello sucedió ya desde aquella época. ¿Dónde se encontrará un maestro tan grande que sólo con el ejemplo enseñe a sus oyentes sin haber éstos aprendido previamente su lengua? Muchos años se emplean, mediante la gramática y las demás artes, para sólo aprender a hablar correctamente en griego. Y no todos, sin embargo, lo hablan del mismo modo. Tal vez un rhétor18 consigue hablar hermosamente, pero quizá no un gramático. Y un experto en gramática desconoce tal vez las materias filosóficas. Pero el Espíritu Santo enseñó a la vez muchas lenguas que aquellos hombres no habían aprendido nunca. Esto es realmente una gran sabiduría y una fuerza de Dios. ¿Puede acaso compararse una incultura de tantos años por parte de aquellos con la energía múltiple e inaudita de las lenguas?


El asombro de los creyentes

         17. Se produjo estupor en la multitud de los que estaban escuchando (Hech 2:6), una confusión diferente a la confusión que provenía del mal y que se había producido en Babel (cf. Gén. 11:7-9). Pues en aquella se produjo, con la confusión de lenguas, una división de espíritus y voluntades cuando se concibió un proyecto opuesto a Dios19. Pero aquí los pensamientos de la mente fueron reparados y llamados a la unidad, pues eran intereses piadosos los que estaban de por medio. Por los mismos medios por los que se produjo la caída, se produjo también la conversión. De ahí que se admirasen diciendo: “¿Cómo cada uno de nosotros les oímos?” (Hech 2:8). No tiene nada de extraño que lo ignoréis, pues también Nicodemo desconocía la llegada del Espíritu, y a él le fue dicho: “El Espíritu sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va” (Jn 3:8). Y si alguna vez oigo su voz, desconozco de dónde viene. ¿Cómo podré explicar su persona?


El Espiritu Santo es como el vino nuevo de la nueva Alianza

         18. “Otros en cambio decían riéndose: “¡Están llenos de mosto!” (Hech 2:13).” Decían la verdad pero en plan de burla. Pues se trataba de un vino verdaderamente nuevo: la gracia de la nueva Alianza. Este era un vino realmente nuevo20, de una viña inteligible, que a menudo, según los profetas, ya había dado fruto y que germinó en el Nuevo Testamento. Pues del mismo modo que, tomando un ejemplo gráfico, la viña permanece siempre la misma, pero según el cambio de las estaciones produce siempre frutos nuevos, así, aún permaneciendo siempre el Espíritu como él es, del mismo modo que manifestó a menudo su fuerza en los profetas, decidió ahora algo nuevo y admirable. Ya anteriormente llegó la gracia a los Padres, pero ahora lo hace en mayor medida. Pues ellos recibían realmente una participación en el Espíritu Santo. Pero en esta ocasión21 fueron bautizados (en él) íntegra y plenamente.


Se cumplen la promesa del Espíritu por Jesús y la profecía de Joel

         19. Mas Pedro, que tenía el Espíritu Santo, era plenamente consciente de lo que tenía y dijo: “Judíos y habitantes todos de Jerusalén,” que predicáis a Joel pero desconocéis las Escrituras, “no están estos borrachos, como vosotros suponéis” (Hech 2:14-15). Pues están ebrios, pero no como vosotros pensáis, sino según lo que está escrito: “Se sacian de la grasa de tu Casa, en el torrente de tus delicias los abrevas” (Sal 36:9). Están ebrios con sobria ebriedad, la que destruye el pecado y da vida al corazón, completamente distinta a la borrachera del cuerpo. Pues ésta provoca que olvidemos las cosas que sabemos, pero aquella otra otorga incluso el conocimiento de las cosas desconocidas. Están ebrios de vino de la vid inteligible, él que dice: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos” (Jn 15:5). Y si a mí no me creéis, entended por la misma circunstancia de tiempo lo que digo. “Pues es la hora tercia del día” (Hech 2:15). El (Cristo) había sido crucificado a la hora tercia, como dice Marcos (15:25). Ahora también22 envió la gracia. Pues no son distintas aquella gracia y ésta, sino que el que había sido crucificado y se había comprometido, cumplió así su palabra. Si optáis por aceptar este testimonio, oíd lo que dice: “Es lo que dijo el profeta: Sucederá en los últimos días, dice Dios: Derramaré mi Espíritu...” (Hech 2:16-17; cf.Joel 3:1-5). Pero derramaré quiere decir una donación copiosa, pues Dios “da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano” (Jn 3:34-35). Y le dio la potestad de conceder la gracia del Espíritu Santísimo a quienes desee. “Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas” (Hech 2:17)... “y yo sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu” (2:18; cf.Joel 3:1-2). El Espíritu Santo no hace acepción de personas, pues no busca dignidades sino la piedad del alma. Ni los ricos se endurezcan ni pierdan el ánimo los pobres, sino que simplemente se prepare cada uno para recibir la gracia celestial.


Ante la multitud de datos, reduciremos nuestras pretensiones

         20. Son muchas las cosas que hemos tratado hoy y quizá estén fatigados los oídos. Pero quedan todavía muchas cosas y para concluir la enseñanza sobre el Espíritu Santo serían necesarias una tercera e incluso más catequesis Pero concédasenos la venia de todo ello, pues se nos echa ya encima la fiesta de la Pascua. Por consiguiente, hoy todavía hablaremos de ello, pero no podremos mencionar todo lo que hay en el Nuevo Testamento. Y es que nos quedan muchos datos de los Hechos de los Apóstoles, según los cuales la gracia del Espíritu Santo actuó eficazmente en Pedro y también en todos los demás apóstoles. Hay otras muchas cosas en las epístolas católicas y en las catorce epístolas de Pablo, de las que ahora intentaremos deshojar algunas pocas, como tomándolas de un prado inmenso, con la finalidad de traerlas a la memoria.



La fuerza de las palabras de Pedro. Curación del paralítico. Ananías y Safira

         21. Pues en la fuerza del Espíritu Santo, por voluntad del Padre y del Hijo, “Pedro, presentándose con los Once, levantó su voz” (según aquello: “Clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén,” Is 40:9) y en la red espiritual de sus palabras captó “unas tres mil almas” (Hech 2:41). En todos los apóstoles actuaba una gracia tan intensa que muchísimos de los judíos — que habían crucificado al Mesías — creían y se hacían bautizar en nombre de Cristo, y perseveraban en la enseñanza de los apóstoles y en las oraciones (cf. Hech 2:42). Y en una ocasión en que, por la misma fuerza del Espíritu Santo, Pedro y Juan, a la hora nona, habían subido al templo a orar, sanaron a uno que estaba en la Puerta Hermosa, cojo desde el seno de su madre, hacía cuarenta años (3:110). Así se cumplía lo dicho: “Entonces saltará el cojo como un ciervo” (Is 35:ó). Con la red espiritual de su enseñanza creyeron aquel día cinco mil (Hech 4:4) y declararon convictos de error a los jefes del pueblo y a los sumos sacerdotes. Y ello, no en virtud de su propia sabiduría, pues eran iletrados e ignorantes, sino por la eficacia del Espíritu. Pues está escrito: “Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo...” (Hech 4:8 ss.). Y fue tanta la gracia del Espíritu Santo que se obró por los doce apóstoles en los que habían creído, que éstos eran un solo corazón y una sola alma, pero era común el uso de sus bienes. Pues los que poseían entregaban religiosamente el valor de sus posesiones y ninguno entre ellos pasaba necesidad. Ananías y Safira, que intentaron engañar al Espíritu Santo, hubieron de soportar un castigo adecuado (5: 1-11).


El vigor del Espíritu Santo

         22. “Por mano de los apóstoles se realizaban muchas señales y prodigios en el pueblo” (5:12). Y tanta gracia del Espíritu había sido derramada sobre los apóstoles que, aunque eran sencillos, producían temor (pues había quienes no se atrevían a unirse a ellos, aunque el pueblo los alababa). Pero se les añadían “muchedumbres de hombres y mujeres que creían”... “hasta tal punto que incluso sacaban los enfermos a las plazas y los colocaban en lechos y camillas, para que, al pasar Pedro, siquiera su sombra cubriese a alguno de ellos. También acudía la multitud de las ciudades vecinas a Jerusalén trayendo enfermos y atormentados por espíritus inmundos; y todos eran curados” (5:15-16; cf. 5:13) por la fuerza del Espíritu Santo.


Prendimiento y liberación de los apóstoles

         23. En otra ocasión los doce apóstoles, arrojados — por anunciar a Cristo — a la cárcel por los príncipes de los sacerdotes, fueron sacados de allí de noche por el Angel23 en contra de lo que se hubiera podido esperar. Y llevados desde el templo al tribunal hasta ellos24, les reprendieron hablándoles valientemente de Cristo. Y cuando añadieron que “Dios dio también el Espíritu Santo a los que le obedecen” (Hech 5:32) y les azotaron con cuerdas, marcharon alegres y no cesaban de enseñar y anunciar la buena noticia de Cristo Jesús (cf. 5:40-42).


La fuerza del Espíritu Santo en el diácono Esteban

         24. Pero la gracia del Espíritu Santo no fue eficaz sólo en los doce apóstoles, sino también en los hijos primogénitos de esta Iglesia a veces estéril. Me refiero a los siete diáconos. Estos fueron elegidos, como dice la Escritura, “llenos de Espíritu y de sabiduría” (Hech 6:3). Uno de ellos, Esteban, llamado así dignamente por la corona25, primicia de los mártires, “hombre lleno de fe y de Espíritu Santo” (6:5), “realizaba entre el pueblo grandes prodigios y señales” (6:8). Con él entablaban discusiones algunos, “pero no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba” (6:10). Atacado con calumnias y llevado a juicio, brillaba con fulgores angélicos. Pues “fijando en él la mirada todos los que estaban sentados en el Sanedrín, vieron su rostro como el rostro de un ángel.” Y después de haber refutado, con una sabia apología de sí mismo, a los judíos, de dura cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos, y que siempre se resisten al Espíritu Santo (Hech 7:51), “vio la gloria de Dios y al Hijo del hombre que estaba en pie a la diestra de Dios.” Pero no lo vio por su propio poder, sino que, como dice la Sagrada Escritura, “lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios” (7:55).


En el diácono Felipe. Conversión del eunuco etíope

         25. En la misma fuerza del Espíritu Santo, también Felipe, en el nombre de Cristo, expulsaba en alguna ocasión, en una ciudad de Samaria, espíritus inmundos que daban fuertes gritos. Y curó a paralíticos y cojos, y convirtió a Cristo a una gran multitud de aquellos que habían creído (Hech 8:4-8). Habiendo bajado a ellos Pedro y Juan, les hicieron, por la imposición de las manos, partícipes del Espíritu Santo (8:14-17). De lo cual fue merecidamente privado sólo Simón Mago (18-24). En otro momento, llamado por el Angel del Señor a ponerse en camino a causa de aquel piadosísimo eunuco etíope (8:26 ss.), oyó claramente al mismo Espíritu Santo: “Acércate y ponte junto a ese carro” (8:29). Instruyó al etíope y lo bautizó, y envió así hasta Etiopía el mensaje de Cristo, según lo que estaba escrito: “Tienda hacia Dios sus manos Etiopía” (Sal 68:32). Y, arrebatado por un ángel26, anunciaba el evangelio a todas las demás ciudades.


En el apóstol Pablo

         26. Del mismo Espíritu Santo estuvo lleno también Pablo, después que fue llamado por Nuestro Señor Jesucristo. Como piadoso testigo de esto tenemos al piadoso Ananías, que se encontraba en Damasco y le dijo a Pablo: “Saúl, hermano, me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo” (Hech 9:17). Y él, que actuó rápidamente, devolvió a los ojos cegados de Pablo el uso de la luz, imprimiendo un sello27 en su alma. Lo convirtió así en vaso de elección (cf. Hech 9:15), para que llevase ante los reyes y los hijos de Israel el nombre del Señor que se le había aparecido. Al que antes había sido perseguidor lo convirtió en heraldo y en siervo bueno, que llevó el evangelio desde Jerusalén hasta Iliria; llenó a la Roma imperial con sus enseñanzas y extendió hasta España su voluntad diligente de anunciar el Kerigma28. Abordó, además, mil tareas y realizó signos y prodigios. Pero de momento baste con lo dicho.


El Espiritu Santo ilumina a Pedro

         27. En la fuerza, por consiguiente, del mismo Espíritu Pedro en Lidda (actual Dióspolis), devolvió la salud en nombre de Cristo al paralítico Eneas (9:32-35). Y en Joppe levantó de entre los muertos a Tabita (9:36-37), que se dedicaba a hacer buenas obras. Y estando en la parte más alta de la casa, en un éxtasis, vio el cielo abierto y que bajaba como un gran lienzo, en el que había numerosas figuras y animales, de modo que no se pudiera decir que nadie, aunque fuese griego, fuera vulgar o inmundo (10:14-16). Llamado por Cornelio, oyó (Pedro) claramente del mismo Espíritu Santo: “Ahí tienes unos hombres que te buscan. Baja, pues, al momento y vete con ellos sin vacilar, pues yo les he enviado” (10:19-20). Y para explicar con más claridad que también los que creen de entre los gentiles son hechos partícipes de la gracia del Espíritu Santo, al llegar Pedro a Cesarea y enseñar lo que se refiere a Cristo, dice la Escritura acerca de Cornelio y de los que estaban presentes: “Estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra” (10:44), de tal manera que los que habían venido con Pedro de entre los circuncisos se asombraban y, estupefactos, decían: “Que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles” (v. 45)29.


La comunidad de Antioquía y la primera misión de Bernabé y Pablo

         28. Y en Antioquía de Siria, ciudad nobilísima, se desarrolló admirablemente el anuncio de Cristo y desde el lugar en que estamos fue enviado a Antioquía, como colaborador de aquella buena obra, Bernabé, “un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe” (Hech 11:24). Al ver una gran mies de creyentes en Cristo, llevó como ayudante a Pablo desde Tarso a Antioquía. Y como hubiesen reunido una gran multitud en la asamblea, todos instruidos en sus mandatos y congregados allí, sucedió que “en Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de cristianos (11:26). En Antioquía derramó Dios de modo muy abundante el Espíritu. Había allí profetas y doctores (13:1), con los cuales también estaba Agabo (12:28). “Mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: “Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado” (13:2). Entonces, tras haberles impuesto las manos, fueron enviados por el Espíritu Santo (cf. 13:3). Está, pues, claro que el Espíritu que habla y envía, está vivo, tiene subsistencia propia y, como dijimos, actúa con eficacla.


pergamino del 1086ca. - ilustración bíblica


La controversia de Antioquía y el llamado “concilio” de Jerusalén

         29. El mismo Espíritu Santo, que, en consenso con el Padre y el Hijo, inspiró en la Iglesia el Nuevo Testamento, nos liberó de las dificiles cargas de la Ley, quiero decir las que se refieren a lo puro e impuro y a los alimentos. Nos liberó de los sábados, de los novilunios y de la circuncisión, las aspersiones y los sacrificios (cf. Rom 8:2; Hech 15:10; Hebr 9:10), las cuales cosas, dadas por un tiempo, eran “una sombra de los bienes futuros” (Hebr 10:1). Pero cuando ha llegado la verdad, adecuadamente han sido suprimidas. Al suscitarse la controversia en Antioquía por parte de quienes decían que era necesario circuncidarse y observar las normas de Moisés, fueron enviados Pablo y Bernabé. Los apóstoles, que se encontraban entonces en Jerusalén, con todo el bagaje de la ley y de las figuras, liberaron a todo el orbe mediante una carta que escribieron. Pero no se atribuyeron a sí mismos la autoridad de un asunto de tanta envergadura, sino que en la epístola declaran: “Nos ha parecido30 al Espíritu Santo y a nosotros no imponernos más cargas que estas indispensables: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza (Hech 15:28-29). Mediante lo que escribieron dieron a entender abiertamente que, aunque aquello lo habían escrito los apóstoles, que eran hombres, aquello era, sin embargo, un mandato del Espíritu Santo y afectaba al mundo entero. Por todo el mundo, tomándolo consigo, lo llevaron Pablo y Bernabé.


La fuerza del Espíritu en los viajes misioneros de Pablo

         30. Llegados a este punto de mis palabras, ruego de vuestro amor que me concedáis la venia. Se lo suplico también al Espíritu Santo que habitaba en Pablo, si no me es posible que lo logre todo, tanto por mi debilidad como por la propia fatiga de vosotros que estáis oyendo. Pues, ¿cuándo he explicado dignamente sus hazañas admirables en nombre de Cristo y por obra del Espíritu Santo? Lo sucedido en Chipre con el mago Elimas (Hech 13:5-12) o la curación del tullido en Listra (14:8-10), y lo de Cilicia (15:41), Frigia y Galacia (16:6), Misia (16:8) y Macedonia (16:99 ss.). O también lo de la ciudad de Filipos (16:12 ss.). Me refiero a su predicacción y a la expulsión, en nombre de Cristo, de un espíritu de adivinación (16:16-18). También, tras el terremoto, la salvación que se dio por el bautismo al guardián de la cárcel con toda su casa (16:25-34). Igualmente, lo sucedido en Tesalónica (17:1 ss.) o su discurso entre los atenienses en el Areópago (17:22 ss.). O sus trabajos de enseñanza en la ciudad de Corinto y en toda Acaya (18:1 ss.). ¿Cómo habré de continuar diciendo todo lo que, por medio de Pablo, hizo el Espíritu Santo en Efeso? A él (el Espíritu Santo) lo conocieron, por la enseñanza de Pablo, quienes anteriormente no lo conocían. Pues después de que Pablo les impuso las manos y vino sobre ellos el Espíritu Santo, “se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar” (Hech 19:6). Y tanta era la gracia del Espíritu sobre él que no sólo el contacto con él producía la salvación, sino que también los pañuelos y los mandiles que se habían separado de él curaban las enfermedades y se retiraban los malos espíritus (Hech 19:12). Además, los que se habían dedicado a las artes esotéricas “reunieron los libros y los quemaron delante de todos” (19:19).

         31. Paso por encima de lo realizado también en Tróade, en Eutico, que, vencido por el sueño, “se cayó del piso tercero abajo” y “lo encontraron ya cadáver” (Hech 20:9), pero fue devuelto sano y salvo por Pablo (cf. 20:10). Paso por alto la profecía que expuso ante los presbíteros de Efeso convocados en Mileto, a los que explicó ampliamente: “Solamente sé que en cada ciudad el Espíritu Santo me testifica que...,” etc. (20:23 ss.). Por las palabras “en cada ciudad” hacía Pablo referencia a las cosas admirables que había hecho en cada lugar y que provenían de la acción del Espíritu Santo: por voluntad de Dios y en nombre de Cristo que hablaba en él. Por la fuerza de este Espíritu Santo, Pablo también venía decidido a esta santa ciudad de Jerusalén, aunque Agabo profetizaba por el Espíritu las cosas que le habían de suceder (cf. Hech 21:10). Pero él exponía entre los pueblos su doctrina con la confianza de Cristo. Trasladado a Cesarea (23:23 ss.), sentado en medio de los jueces, ante Félix (24:10 ss.) o bien ante el procurador Festo o ante el rey Agripa, Pablo, por el Espíritu Santo y con la sabiduría de la gracia vencedora, consiguió que el mismo rey de los judíos, Agripa, dijese: “Por poco, con tus argumentos, haces de mí un cristiano” (26:28). El mismo Espíritu Santo concedió a Pablo que en la isla de Mileto no resultase herido en absoluto al ser mordido por una víbora y que realizase diversas curaciones con enfermos (Hech 28:1-9). El mismo Espíritu Santo condujo al antiguo perseguidor como heraldo a la Roma regia. Persuadió a muchos de los judíos que allí vivían a que creyesen en Cristo y a quienes contradecían les hablaba claramente: “Con razón habló el Espíritu Santo a vuestros padres por medio del profeta Isaías..., etc.” (28:25)31.


Pablo mismo estaba lleno del Espíritu Santo

         Pero que Pablo estaba lleno del Espíritu Santo, y también los demás apóstoles semejantes a él y a los que después de ellos creen en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo32, escucháselo claramente a él mismo que en sus cartas escribe: “Mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría,” sino que fueron una demostración del Espíritu y del poder” (1 Cor 2:4). Y también: “... y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones” (2 Cor 1:22). Y: “Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a nuestros cuerpos mortales” (Rm 8:3). Y a su vez, escribiendo a Timoteo, le dice que ha conservado el depósito de la fe (cf. 2 Tim 4:6-8) “por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5:5).


El Espiritu Santo tiene su propia actuación

         33. Y que el Espíritu Santo tiene su propia subsistencia, vive, habla y anuncia lo que ha de suceder es algo que muchas veces ya hemos dicho en las cosas tratadas anteriormente. De modo penetrante escribe Pablo a Timoteo: “El Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe” (1 Tim 4:1). Esto lo vemos no sólo en los tiempos antiguos, sino en la escisiones de nuestra época, puesto que los herejes enseñan diversos errores que adoptan formas diferentes. Y dice él también: “... que en generaciones pasadas no fue dado a conocer a los hombres, como ha sido ahora revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu” (Ef 3:5). Y a su vez: “Por eso, como dice el Espíritu Santo” (Hebr 3:7), y: “también el Espíritu Santo nos da testimonio de ello” (Hebr 10:15). También aclama a los soldados de la justicia diciendo: “Tomad, también, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios; siempre en oración y súplica” (Ef 6:17-18). Y de nuevo: “No os embriaguéis de vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu. Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados” (5:18-19). Y, por último: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros.”


Se debe aceptar, pues, al Espiritu Santo

         34. Por todo lo cual y por otras muchas cosas que no se han mencionado se recomienda vivamente que los hombres acepten la fuerza personal, santificadora y eficazmente activa del Espíritu Santo. Pues me faltaría tiempo para hablar, si quisiera continuar, de lo que queda por decir acerca del Espíritu Santo en las catorce epístolas de San Pablo, en las que él enseñó diversa, íntegra y piadosamente. Pero que se nos conceda el don de la fuerza del Espíritu Santo mismo para que se nos dispensen las cosas que hemos pasado por alto por escasez de tiempo y a vosotros, que estáis escuchando, se os conceda un conocimiento más completo de lo que falta. Quienes entre vosotros sean estudiosos, aprendan estas cosas mediante una más frecuente lectura de la Sagrada Escritura, aunque de las presentes catequesis y de lo que anteriormente tratamos han sacado una fe más firme “en un solo Dios Padre todopoderoso y en nuestro SeñorJesucristo, su Hijo unigénito; y en el Espíritu Santo Paráclito.” Pero este término y la denominación “Espíritu” se adoptan muy frecuentemente en la Escritura — pues del Padre se dice: “Dios es espíritu,” como está escrito en el evangelio de Juan (4:24) — y también sobre el Hijo: “El Espíritu ante nuestro rostro, Cristo el Señor,” como dice el profeta Jeremías (Lm 4:20)33. Y acerca del Espíritu Santo: “Pero el Paráclito el Espíritu Santo” (Jn 14:26), como se ha dicho. Por tanto, lo que se ha percibido piadosamente en la fe arrincone también el error de Sabelio34. Pero volvamos ahora a lo que urge y a vosotros os es útil.



El sellará tu alma

         Ten cuidado de que no te suceda que, a ejemplo de Simón, te acerques al bautismo con simulación, pero tu corazón no esté buscando la verdad. Nosotros debemos advertírtelo y tú debes precaverte. Dichoso tú, si te mantienes en la fe. Pero si por infidelidad caes, rechaza ya desde este día la infidelidad y revístete de firmes convicciones. Pues cuando se acerque el tiempo del bautismo y vayas a los obispos o a los presbíteros o a los diáconos (en todos los lugares se concede la gracia, tanto en los pueblos como en las ciudades, tanto por medio de incultos como de eruditos, por siervos y por libres, como quiera que no es gracia que viene de los hombres, sino que es un don concedido por Dios por medio de los hombres), tú acércate al que bautiza, pero no detengas tu mente en el aspecto del hombre al que ves, sino acuérdate del Espíritu Santo del que ahora hablamos. Pues él está dispuesto a sellar tu alma y te regalará una señal celestial y divina ante la que tiemblan los demonios, según está también escrito: “En él también vosotros, tras haber... creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa” (Ef 1:13).


Acercarse con sinceridad para recibir la fuerza del Espíritu

         36. Pero él prueba al alma y no arroja las piedras preciosas a los cerdos (Mt 7:6). Si te acercas con fingimientos, los hombres ciertamente te bautizarán, pero no te bautizará el Espíritu. Pero si te acercas desde la fe, los hombres harán lo que corresponde a lo que se ve con los ojos y el Espíritu Santo concederá lo que no es exteriormente visible. En el espacio de una hora te acercas al examen o a la selección de un importante ejército. Pero si ese tiempo no lo aprovechas, te sobrevendrá un mal incorregible. Sin embargo, si te haces digno de la gracia, tu alma se iluminará y recibirás una luz que no tenías. Cogerás armas terribles para los demonios, de modo que, si no las pierdes, tendrás una señal en el alma y no se te acercará el demonio. Saldrá huyendo de horror, puesto que los demonios se arrojan con el Espíritu de Dios (Mt 12:28).

         37. Si crees, no sólo recibirás el perdón de los pecados, sino que también realizarás cosas superiores a las fuerzas humanas. Y ojalá seas digno también del don de profecía. En tanto recibirás la gracia en cuanto la puedas recibir y no en la medida en que yo digo. Pues puede ser que yo diga cosas pequeñas, pero tú las recibas mayores, pues grande es la fe para obtener cosas. Pero el Paráclito será para ti principalmente guardián y defensor. El Paráclito se preocupará de ti como de su propio soldado, de tus entradas y salidas (cf. Sal 121:8) y de los que te acechan. Y te ha de dar los dones de toda clase de gracias, si no le contristas por el pecado. Pues está escrito: “No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención” (Ef 4:30). ¿Y qué es, pues, queridos, cuidar la gracia? Estad preparados para acogerla y, una vez recibida, no la echéis a perder.

         38. Y el mismo Dios de todas las cosas, que habló en el Espíritu Santo por los profetas; que lo envió a los apóstoles el día de Pentecostés en este lugar donde estamos, que os lo envíe también a vosotros y que asimismo por él nos proteja a nosotros, otorgándonos su bien a todos. De este modo, en todo tiempo produciremos los frutos del Espíritu Santo: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí (Gál 5:22-23), en Cristo Jesús Señor nuestro. Por el cual y con el cual, juntamente con el Espíritu Santo, sea gloria al Padre ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.


1. La presente catequesis presenta un acopio de datos acerca del Espiritu Santo en el Nuevo Testamento, como ya se indicó, pero el desarrollo se realiza especialmente exponiendo la acción del Espiritu en los distintos personajes de los evangelios y en los Hechos de los Apóstoles.

2. Se refiere según las palabras de I Cor 2:12, a “las gracias que Dios nos ha otorgado.”

3. Sobre estos asuntos, cf. las cat. 6, 7, 8 y 9.

4. Subsistente: la expresión se refiere a que el Espíritu Santo posee las características de la subsistencia e Hipóstasis (ambas palabras significan lo mismo, con la diferencia de que la primera proviene del latín (subsistere y sub-stare) y la segunda del griego (hypó-stánai). Expresado con palabras sencillas, es como si dijéramos que el Espiritu Santo tiene consistencia propia, como también la tienen el Padre y el Hijo, pero es la propia sub-sistencia de cada uno lo que permite distinguirlos y reconocerles a cada uno personalidad propia (“tres personas distintas” aunque relacionadas entre sí). El lenguaje teológico de nuestro siglo (especialmente en K. Rahner) ha venido hablando con frecuencia de relaciones subsistentes al referirse a las personas en Dios. Es interesante, al hablar de personas en el Padre, Hijo y Espiritu Santo, que se hable necesariamente de relación y no de individualidad o aislamiento. Según esto, el concepto de persona humana debe también incluir esta afirmación: la persona no es tal más que en relación necesaria al otro. De este modo, el individuo no encuentra su verdadera realización más que cuando consigue salir de su individualidad aislada para entrar en la persona del otro. En realidad, la persona de Jesucristo no se entiende más que en relación al Padre y al Espíritu Santo. Los términos que se explican en el párrafo 4 son bastante elocuentes al respecto. Sobre todo esto, cf. también cat. Xl, nota 12.

5. La afirmación, en el contexto de Rom 1:3-4, se refiere en sentido propio a Jesucristo: “... su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espiritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos.” El texto, ya mencionado anteriormente, expresa en un contexto todavía más amplio, Rom 1:1-7, la íntima unión del Hijo con el Padre y el Espiritu (cf. además lo dicho en la nota 4). Todo, en el marco de la salvación por la resurrección y del señorio de Cristo (1:4).

6. Literalmente: “es subsistente.” Vid. nota 4.

7. Cf. cat. 16, núms. 3 y 6.

8. Cf. cat. 21, núm. 1.

9. El planteamiento es claramente cristocéntrico: lo que se ha de realizar en los cristianos se hace patente en primer lugar en Jesús, puesto que el camino del cristiano es el que, como primero de todos, ha recorrido Jesús. Si el Espíritu Santo ha de descender sobre cada uno, es porque en primer lugar ha descendido sobre Jesús (en su bautismo y, antes, sobre María en su concepción).

10. Jesús, manifestado en el bautismo, es la imagen y el ejemplo de lo que será la trayectoria del cristiano.

11. Es decir, las palabras citadas del Cantar de los Cantares serían profecía de la manifestación del Espiritu Santo en el bautismo.

12. El arca de Noé, el agua, la paloma han sido siempre imagen del bautismo. La primera expresión literaria de esto, ya en I Pe 3:20-21: “...en los días en que Noé construía el Arca,... fueron salvados a través del agua; a ésta corresponde ahora el bautismo que os salva.”

13. “Al atardecer,” como la paloma de Noé junto a la madera del arca. Era ya por la tarde cuando muere Jesús.

14. De hecho, en el Nuevo Testamento, el orden de los acontecimientos es el siguiente: actividad y predicación de Jesús, promesa del Esplritu Santo (a ello se refiere especialmente el presente párrafo 11), su muerte, resurrección en Pentecostés, cuando tiene lugar el cumplimiento de la promesa del Espiritu. Jn 20:22, sin embargo, tal como señala el comienzo del párr. 12, indica que el mismo día de la Resurrección ya recibieron los apóstoles una comunicación del Espiritu Santo.

15. En la creación, un soplo o hálito de vida.

16. Recuérdese lo dicho anteriormente sobre el “descenso a los infiernos” tras la muerte y sepultura de Jesús.

17. Ya se explicó que “bautismo,” “bautizado,” tienen que ver, etimológicamente, con “inmersión” y “sumergidos.” En las presentes expresiones de Cirilo hay como una referencia a una “inmersión” en el Espiritu.

18. Maestro de retórica u oratoria.

19. Todo el episodio de la torre de Babel, en Gén 11:1-9.

20. El mismo Jesús emplea la imagen del “vino nuevo,” por ej., en Mt 9:17.

21. En el acontecimiento de Pentecostés narrado en Hech 2.

22. El día de Pentecostés. Es decir, Jesús fue crucificado a la hora tercia y la venida del Espíritu Santo en Pentecostés tuvo lugar también a la hora tercia.

23. El texto de Hech 5:19 dice: “el Angel del Señor.” La expresión equivale generalmente, en el Antiguo Testamento, a Dios mismo. Todo el episodio, a partir de 5:17.

24. Los príncipes de los sacerdotes.

25. “Stéphanos” significa en griego corona. Cirilo piensa quizá en la corona del martirio. Es el primer mártir cristiano conocido.

26. Hech 8:39 dice: “El Espiritu del Señor arrebató a Felipe.” Aunque en una de las variantes textuales se encuentra: “El Espiritu Santo cayó sobre el eunuco, y el Angel del Señor arrebató a Felipe.”

27. De nuevo “sfragis,” sello, con el mismo sentido del “carácter” sacramental que ya anteriormente se expuso.

28. La afirmación de Cirilo de que Pablo estuvo en España es clara pero poco concreta. Sobre el interés manifestado por Pablo en llegar hasta España, cf. Rom 15:24. En general, no cabe la menor duda de la fuerza del Espiritu Santo en la itinerante actividad misionera de Pablo, que es entre los apóstoles aunque no pertenece al grupo originario de “los Doce” quien quizá más hizo por la universalización del cristianismo.

29. El relato de Hech 10 hace ver que dentro del lienzo “había toda suerte de cuadrúpedos, reptiles de la tierra y aves del cielo” (v.12). A Pedro se le invita a comer de estos animales con el argumento de que “lo que Dios ha purificado no lo llames tú profano” (v.15). Con ello, además de que se anula la distinción entre alimentos puros e impuros, se afirma también simbólicamente que no existen hombres puros e impuros. Asi cualquier hombre, aunque fuese “gentil,” podia recibir el anuncio del Evangelio. Este es el sentido de las palabras de la catequesis de Cirilo en el presente párrafo. Pablo fue especialmente el apóstol de los gentiles, pero Pedro llegó, mediante esta visión, al conocimiento de que la salvación en Jesucristo estaba destinada a los hombres de cualquier pueblo. El final del episodio es el bautismo de los primeros gentiles, cuya necesidad queda evidenciada por el descenso del Espiritu sobre los presentes (vv. 44-48). Todo el significativo episodio ocupa integro el capitulo 10 de los Hechos y se presenta como una prueba de que el Espiritu Santo amplió el horizonte de la misión cristiana.

30. “Nos ha parecido” se ajusta más tanto al NT griego como a la versión de la Vulgata. El episodio al que se refiere el presente párrafo fue extremadamente importante (completa, por otra parte, el sentido, el bautismo del centurión romano Cornelio y de los primeros gentiles) pues se trataba de dilucidar si era necesaria la incorporación previa a la ley judía de quienes querían hacerse cristianos. La respuesta de los apóstoles en la asamblea de Jerusalén fue negativa. Aparte de lo que esto pudo suponer de aprobación del camino de Pablo y de sus concepciones teológicas (cf. Gál 2:1-10), supuso la desconexión jurídica definitiva del cristianismo de todo el mundo del judaísmo. Eso liberó a la nueva fe de todo aspecto de reclusión en un gheto y permitió al cristianismo adoptar aires de auténtica universalidad.

31. Salvo dos versículos más de epílogo, el libro de los Hechos se cierra, de modo bastante sentencioso, con la cita que Pablo hace de Is 6:9-11, precedida de Hech 28:24-25 (los hechos referidos tienen lugar en Roma): “Unos creían por sus palabras y otros en cambio permanecía incrédulos. Cuando en desacuerdo entre sí mismos ya se marchaban, Pablo dijo esta sola cosa: “Ve a encontrar a este pueblo y dile: Escucharéis bien, pero no entenderéis miraréis bien, pero no veréis..”“ Todo el conjunto está formado por Hech 28:24-28. Este último versiculo recoge también una frase bastante lapidaria de Pablo: “Sabed pues, que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles, ellos si que la oirán.” Con todo ello, el drama de Pablo es el mismo drama de Jesús, tan perfectamente descrito en Mateo y, en otra perspectiva, en Juan: el rechazo por el pueblo que tan ansiosamente había esperado durante siglos. Pero también este desarrollo dramático de los acontecimientos contribuyó a la universalización del cristianismo.

32. Algunos códices añaden aquí “consustancial,” quedando la frase “y el Espiritu Santo consustancial,” pero es muy dudoso que esté empleada aquí la palabra en la alocución original de Cirilo, puesto que no aparece en la mayoría de los códices. Es, con bastante probabilidad, una añadidura posterior, aunque se trate de una precisión correcta.

33. Es una interpretación cristológica de un texto cuya literalidad la permite. La Biblia de Jerusalén, cuya versión no se ha adoptado aquí para respetar más el discurso de Cirilo, traduce: “Nuestro aliento vital, el ungido de Yahvé.”

34. Es decir, puesto que el Padre, el Hijo y el Espiritu Santo tienen personalidad propia y distinta, no hay lugar para afirmar que los tres son simplemente modos distintos de presentarse el Dios único.



XVIII. La Resurrección Universal la Iglesia Católica la Vida Eterna.

         Pronunciada en Jerusalén, sobre aquello de: “Y en la Iglesia, una, santa y católica.” Y sobre la “resurreción de la carne.” Y “la vida eterna.” La lectura es de Ezequiel: “La mano de Yahvé fue sobre mi y, por su espíritu, Yahvé me sacó y me puso en medio de la vega, la cual estaba llena de huesos...” (Ez 37:1 ss.)1.


La resurrección de los muertos, fuente de esperanza

         1. La raíz de toda operación es la esperanza de la resurrección. Pues la esperanza del premio da al alma fuerzas para emprender buenas obras. Pues el obrero se encuentra dispuesto a soportar los trabajos si divisa el premio de sus fatigas, pero se derrumban el ánimo y el cuerpo de los que no avizoran recompensa alguna. Un soldado que espera la recompensa del combate está pronto para la lucha, pero nadie milita a favor de un rey que, falto de juicio, no recompensa el mérito de los esfuerzos, ni está dispuesto a afrontar la muerte por ese mismo rey. Así también, toda alma que cree en la resurrección se modera y se atempera a sí misma. Pero la que no cree en la resurrección, se entrega a su propia perdición2. Quien cree que el cuerpo pervivirá con la resurrección, cuida aquello que le sirve de estola y de vestido, y no lo contamina con el libertinaje. Pero el que no cree en la resurrección, se entrega a la fornicación usando del propio cuerpo como si fuese ajeno. Es, desde luego, una importante doctrina y enseñanza de la Iglesia la fe acerca de la gran resurrección de los muertos. Se trata de algo completamente esencial, cuya verdad, aunque choca realmente con la contradicción de muchos, puede ser plenamente comprobada. Están en contra de ella los griegos, no la creen los samaritanos y la deshacen los herejes. Se la contradice de múltiples maneras, pero es una verdad simple y sencilla.


Objeciones en contra de la resurrección de los muertos

         2. Esto es lo que oponen tanto los griegos como los samaritanos: una vez que el hombre ha perecido y ha muerto, se pudre y lo devoran los gusanos. También mueren los mismos gusanos. Y después de suceder todo esto al cuerpo, putrefacción y muerte, ¿cómo, pues, resucita? Los peces devoran a los que han sufrido un naufragio y ellos, a su vez, son devorados por otros. De quienes luchan con las fieras se comen, destrozándolos, incluso los huesos. Los buitres y los cuervos están volando por todas partes comiéndose las carnes de los cadáveres arrojados al suelo. ¿Cómo podrán reunirse esos cuerpos? Pues es posible que, de las aves que los devoraron, una haya muerto en la India, otra en Persia, otra en los países bárbaros. Los cadáveres de otros que ardieron en las llamas, reducidos a cenizas fueron dispersados por las tormentas o el viento. ¿Cómo podrá reunirse su cuerpo?


A Dios todo le es posible

         3. Para ti, desde luego, hombrecillo pequeño y débil, los países bárbaros están lejos de la India e Hispania lo está de Persia. Pero para Dios, que tiene el mundo entero en un puño, todo está próximo. No pienses que Dios es tan débil como tú y, por tanto, incapaz, sino piensa más bien en tu propia potencia. Además, el sol, siendo una obra pequeña de Dios, llena toda la tierra con el calor de sus rayos. También el aire, hecho por Dios, rodea todo lo que hay en el mundo. Pero Dios, que es el creador del sol y del aire, ¿estará acaso lejos del mundo? Supón que se encuentran mezclados granos diversos de semillas — te propongo ejemplos débiles a ti, que eres débil en la fe — y supon que todos los tienes en un puño. A ti, que eres hombre, ¿te es cosa dificil, o más bien fácil, distinguir lo que tienes en el puño y poner cada una de las semillas con las de su clase? Es decir, si tú puedes discernir lo que tienes en tu mano, ¿no podrá Dios discernir y restituir a su lugar lo que tiene en la suya? Considera lo que digo y si tal vez no será impío negarlo.


En la resurrección de los muertos, Dios hará justicia

         4. Considera también lo que se refiere a la justicia y reflexiona sobre ti mismo. Tienes diversos siervos, de los que unos son buenos y otros malvados. A los buenos los aprecias y a los malos los castigas. Incluso si eres juez, alabas a los buenos y a los malvados los castigas. Si tú, que eres hombre mortal, tienes una noción de lo que es justo, Dios, rey eterno de todas las cosas, ¿no pagará a cada uno según justicia? Y es una impiedad negar esto, pues mira lo que digo: muchos homicidas murieron en la cama sin haber sido castigados. ¿Dónde está, pues, la justicia de Dios? Y a menudo un homicida es reo de cincuenta homicidios, pero ha lavado sus crímenes con una única pena capital. ¿Cómo pagará, pues, los restantes cuarenta y nueve asesinatos? Y argüyes a Dios de injusticia si no existen, después de esta vida, el juicio y la retribución. Pero no debes extrañarte del retraso del juicio. Quien lucha en un certamen, una vez que éste ha concluido, recibe la corona o queda marcado por la vergüenza, pero el árbitro del certamen nunca corona a los que intervienen mientras están combatiendo, sino que aguarda a ver el final de todos los combatientes. Después, examinando el resultado, distribuye los premios de la victoria y las coronas. Así también Dios, mientras dura todavía el combate en este mundo, ayuda parcialmente a los sujetos, pero después les otorga los premios de modo completo y pleno.


Otros indicios de la resurrección

         5. Pero si, a tu parecer, la resurrección de los muertos no existe, ¿qué haces condenando a los que excavan en los sepulcros? Pues si el cuerpo perece irremisiblemente y no existe esperanza ninguna de resurrección, ¿por qué se castiga a los profanadores de tumbas? Te das cuenta, aunque lo niegues con los labios, de que permanece en ti una conciencia indeleble de la resurrección.



Cambios que se observan en seres inferiores hacen creíble la resurrección

         6. Pero, por lo demás, un árbol cortado vuelve a brotar ¿No lo hará también un hombre que ha perdido su vida? Incluso lo que se ha cortado al segarlo se queda en las eras para que lo recojan. ¿Y no se quedará en la era el hombre que ha sido segado en este mundo?3. También los sarmientos de la vid y las ramas de otros árboles, cuando se cortan completamente y se trasplantan, cobran vida y reportan fruto. Y el hombre, por el cual son aquellas cosas, ¿no resurgirá aunque haya ido a parar a la tierra? Y si comparamos distintos trabajos o dificultades ¿qué es más, dar forma desde sus inicios a una estatua que antes no existía o restituírsela a una que la había perdido? El Dios que nos hizo de la nada, una vez que ya tuvimos existencia pero luego la perdimos, ¿no podrá de nuevo despertarnos a la vida? Pero tú no crees, por ser griego lo que está escrito acerca de la resurrección. Considera en cambio estas cosas desde la perspectiva de lo que ya existe y entiéndelo en tu interior desde lo que puede verse hasta el día de hoy. Si se desea, se siembra trigo o cualquier clase de semilla. Cuando la semilla cae, muere y se pudre: ya no sirve para alimento. Pero lo que se ha podrido brota de ahí como hierba y lo que al caer era pequeño se levanta ahora hermosísimo4. Pero el trigo fue credo por causa nuestra, pues el trigo y otras semillas se hicieron no por sí mismos sino para nuestro uso. Y si las cosas que fueron hechas para nosotros reviven después de muertas, nosotros, por quien esas cosas se hicieron, ¿no resucitaremos después de muertos?

         7. Es, como ves, tiempo de invierno. Los árboles están como muertos. ¿Dónde están las hojas de la higuera? ¿Dónde están las uvas de la vid? Pero estas cosas que están muertas en invierno, incluso entonces tienen su fuerza y, cuando llegue el momento, se les devolverá, como despertadas de la muerte, la fuerza de la vida. Dios, percibiendo tu infidelidad, te ha mostrado todos los años en estos claros indicios la resurrección para que, viendo lo que sucede en los seres inanimados, creyeses con respecto a los seres dotados de razón. Aparte de esto, moscas y abejas, ahogadas muchas veces en el agua, reviven después de un rato y ciertas especies de sapos permanecen inmóviles en invierno, pero más tarde, en verano, se despiertan. A ti, que piensas cosas pequeñas y de poco valor, se te presentan estos ejemplos. Ahora bien, el que, más allá de lo natural, da vida a seres desprovistos de razón y despreciables, ¿no nos dará lo mismo a nosotros, por quienes hizo todos estos seres?


El supuesto ejemplo del ave Fénix

         8. Pero los griegos todavía buscan una resurrección de los muertos más clara y argumentan que, aunque es cierto que reviven los seres mencionados, es porque en realidad no habían sufrido plenamente la putrefacción y desean ver abiertamente un animal que se haya podrido completamente y haya resucitado. Dios ya conocía esta obstinación de los hombres para no creer y dispuso para esto el ave que llaman Fénix. Esta, como escribe Clemente5 y otros muchos saben, es única en su género, llega al país de los egipcios cada cuatrocientos años y es un ejemplo de resurrección. Y no lo hace en lugares desiertos, de modo que aquello quedara como algo misterioso, sino en una ciudad famosa, haciéndose visible de manera que pueda ser tocada con las manos, pues de otro modo nadie lo creerías. Pues, después de haberse construido el nido con incienso, mirra y otros aromas, introduciéndose en él una vez agotado su cupo de años, muere a la vista de todos y se corrompe. Pero más tarde, de la carne podrida del ave muerta brota un gusano y éste, al crecer, se transforma en ave7. Después, a esta Fénix le crecen las plumas. Una vez rehecha esta Fénix como era anteriormente, va volando por los aires tal como era antes de morir, mostrando a los hombres con toda evidencia la resurrección de los muertos. El ave Fénix es ciertamente admirable, pero, como ave, está desprovista de razón y nunca ha cantado salmos a Dios. Nunca ha sabido quién es el Hijo Unigénito de Dios. Pero si a un animal irracional, que desconoce a su propio creador, le fue concedida la resurrección, ¿no se nos otorgará a nosotros, que glorificamos a Dios y guardamos sus preceptos?

         El que creó al hombre desde una realidad humilde puede también devolverlo a la vida

         9. Pero puesto que el signo del ave Fénix, aún buscándolo mucho, es raro y siguen sin darle crédito, recibe otra prueba basada en las cosas que ves todos los días. Hace cien o doscientos años, ¿dónde estábamos todos nosotros, tanto los que hablamos como los que escucháis? ¿Acaso desconocemos cómo se formaron nuestros cuerpos? ¿Es que no sabes cómo somos engendrados de una materia débil, informe y simple? El hombre vivo se forma de una única especie y de un principio débil. Y eso que no tiene fuerzas y es débil se transforma en carne compacta y en la fortaleza de los nervios. Y también en la claridad de los ojos, en la capacidad de la nariz para oler, en la capacidad auditiva de los oídos, la lengua que habla, el corazón que se mueve, la habilidad de las manos para trabajar, la agilidad de los pies y toda la variedad de los miembros de diverso género. Y lo que es tan poca cosa y débil se convierte en constructor de naves, albañil, arquitecto y operario de cualquier arte, soldado, príncipe, legislador o rey. El Dios que nos hizo de unos comienzos humildes, ¿no podrá levantarnos una vez que hayamos caído? El que dio cuerpo a una realidad tan vil, ¿no podrá despertar de nuevo a un cuerpo muerto? El que hizo lo que no existía, ¿no despertará a lo que existe, aunque haya perecido?



La semejanza con las fases de la luna8

         10. Una razón manifiesta de la resurrección de los muertos, y que está atestiguada todos los meses, tómala también del cielo y de los astros. De hecho, la luna, que llega a faltar completamente, de manera que nada se ve ya de ella, aparece nueva otra vez y queda restaurada en sus antiguas dimensiones. Y para una demostración perfecta de este mismo asunto, la luna se derrite con el paso de los años en sangre, pero después recupera su aspecto luminoso. Dios es quien, en su providencia, prepara estas cosas para que también tú, que eres hombre y tienes sangre en tu interior, no niegues tu fe a la resurrección de los muertos. Así lo que ves en la luna, crees que también sucederá en ti. Sírvete, pues, de estas palabras en contra de los griegos. Pues contra los que no aceptan las Escrituras debes luchar con armas no tomadas de la Escritura, es decir, sólo con razonamientos y demostraciones. Pues a éstos no se les ha descubierto quién es Moisés ni quién es Isaías, y desconocen los Evangelios y a Pablo.

         Frente a los samaritanos: el Dios de Abraham, Isaac y Jacob no es un Dios de muertos, sino de vivos

         11. Pasa ahora, te lo ruego, a los Samaritanos, que, puesto que sólo admiten la Ley, no aceptan a los profetas, la lectura de la que hemos partido, de Ezequiel, puede resultar ineficaz, pues, como dije, en ellos no hay lugar para los profetas. ¿De dónde buscaremos, pues, la fe para los samaritanos? Vayamos a los libros de la Ley. Dice, pues, Dios a Moisés: “Yo soy... el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” (Ex 3:6), que sin duda viven y existen9. Pues si Abraham murió, y también Isaac y Jacob, se trata de un Dios de quienes no existen. ¿Y desde cuándo se dice que un rey es rey de unos soldados que no tiene? ¿Y quién es el que muestra riquezas que no posee? Es necesario, pues, que existan Abraham, Isaac y Jacob para que el Dios de las cosas que existen sea dios. Pues no dijo: era Dios de ellos, sino soy. Y que existe un juicio lo dice Abraham refiriéndose al Señor: “El juez de toda la tierra ¿va a fallar una injusticia?” (Gén 18:25).


Los signos del poder de Dios en Aarón, Moisés y la mujer de Lot

         12. Pero contra esto dicen también los insensatos de Samaria: nada impide que continúen vivas las almas de Abraham, Isaac y Jacob, pero los muertos no pueden resucitar. Es como si dijera: fue posible que la vara del justo Moisés se convirtiera en una serpiente (Ex 4:3), pero los cuerpos de los justos no podrán vivir y resucitar. Y aquello se hizo fuera de las leyes de la naturaleza. ¿No podrá hacerse esto, que es tan acorde con la naturaleza? También la vara de Aarón, cortada y seca, floreció sin el contacto con las aguas (Núm 17:23) y, aunque estaba a cubierto (17:22), produjo las yemas que suelen brotar en los campos y, en un lugar árido como estaba, produjo en el espacio de una noche los frutos que árboles regados con frecuencia producen después de muchos años. Con la vara de Aarón fue como si resucitara de entre los muertos. ¿No resucitará, pues, el mismo Aarón? Para conservarle el sumo sacerdocio, Dios realizó el milagro en su vara. ¿No otorgará, pues, la resurrección al mismo Aarón? También, por procedimientos no naturales, fue convertida la mujer en sal y en sal fue transformada su carne (Gén 19:26). ¿Acaso no podrá convertirse la carne simplemente en carne? Y si la mujer de Lot fue convertida en estatua de sal, ¿no resucitará la esposa de Abraham? ¿En virtud de qué se hizo como nieve, durante el tiempo de una hora, la mano de Moisés, siendo establecida después en su estado anterior? (cf. Ex 4:ó-7)? Sin duda por el poder de Dios. ¿Y es que este poder, eficaz en otro tiempo, ha perdido ya su fuerza y su eficacia?



La resurrección es posible como fue posible la creación

         13. ¿De qué material fue hecho el hombre en sus comienzos, oh Samaritanos, los más necios de todos los hombres? Acercaos al primer libro de la Escritura, que también vosotros lo habéis recibido: “Entonces Yahvé Dios formó al hombre con polvo del suelo” (Gén 2:7). El polvo se transforma en carne, ¿y la carne no volverá otra vez a ser carne? ¿Se os ha de explicar de dónde provienen los cielos, la tierra y los mares? ¿De dónde el sol, la luna y los astros? ¿Cómo de las aguas provienen las aves y los peces? ¿Y el modo como provienen de la tierra todos los animales? Tantísimos miles de seres han sido llevados de la nada a la existencia. Y nosotros, los hombres, que llevamos impresa la imagen, ¿no resucitaremos? Verdaderamente todo este asunto rebosa incredulidad. Y hay muchos motivos para condenar a los que rehusan la fe, puesto que Abraham dice de Dios que él es “juez de toda la tierra” (Gén 18:25). Y es grave que no crean precisamente los que aprenden la ley, pues allí está escrito que el hombre ha sido formado de la tierra (Gén 2:7; 3:19): son los que allí leen quienes rehúsan creer.


No hay argumentos bíblicos en contra de la resurrección

         14. Y estas cosas las decimos frente a los que se han de contar entre los infieles. Pero para los que creemos es oportuno referirse a los profetas. Algunos, sin embargo, que se sirven de los profetas, no creen en lo que éstos han escrito y aducen aquello de “no se levantarán en el Juicio los impíos” (Sal 1:5)10. O también aquello otro: “El que baja al sheol no sube más” (Job 7:9). 0 incluso: “No alaban los muertos a Yahvé” (Sal 115:17). Con ello utilizan mal lo que ha sido correctamente escrito. Sin detenernos demasiado y en la medida en que podamos, será bueno hacerles frente ahora. Pues si se dice que “los impíos no se levantarán en el Juicio,” con esto se quiere decir, no que habrán de resucitar “en el juicio,” sino que lo harán en condenación. Dios, en efecto, no necesita hacer muchas indagaciones, sino que, a la vez que resuciten los impíos, seguirán a continuación sus castigos. Y si se dice “no alaban los muertos a Yahvé,” con esto se quiere decir que en esta vida se crea un espacio de penitencia y perdón. Una vez sobrevenida la muerte, a los que hayan muerto en pecado, ya no se les permitirá que alaben, sino simplemente lamentarse. Pues la alabanza es propia de quienes dan gracias, pero los lamentos de quienes sufren azotes. Por consiguiente, los justos alabarán, pero los que hayan muerto en sus pecados ya no tendrán tiempo para glorificar a Dios.


Job y los profetas también la mencionan

         15. En cuanto al contexto de las palabras “el que baja al sheol no sube más” (Job 7:9), observa lo que va a continuación, pues se dice: “No regresa otra vez a su casa, no vuelve a verle su lugar” (7:10). Pues como el mundo entero ha de perecer, también toda casa ha de ser destruida. ¿Cómo habrá de volver a su casa si toda la tierra ha de ser hecha nueva? Sería bueno que oigan a Job cuando dice: “Una esperanza guarda el árbol: si es cortado, aún puede retoñar, y no dejará de echar renuevos. Incluso con raíces en tierra envejecidas, con un tronco que se muere en el polvo, en cuanto siente el agua, reflorece y echa ramaje como una planta joven. Pero el hombre que muere queda inerte, cuando un humano expira, ¿dónde está?” (14:7-10). Es como si estuviera sonrojando a alguien e increpándole, pues así se ha de interpretar el interrogante “¿dónde está?” Pues dice que, puesto que el árbol perece y resucita, ¿acaso el hombre, por quien se hicieron los árboles, no resucitará? Y para que no creas que violento el texto, lee lo que sigue, donde con interrogantes se pregunta: “Muerto el hombre, ¿puede revivir?” (Job 14:14) y dice: “Aunque haya muerto el hombre, vivirá” (14:14 LXX), e inmediatamente añade: “Todos los días de mi milicia esperaría, hasta que llegara mi relevo” y, a su vez, en otro lugar: “que ha de alzar sobre la tierra mi piel, que estas fatigas soporta” (Job 19:25-26)11. Y el profeta Isaías dice: “Revivirán tus muertos, tus cadáveres resurgirán” (Is 26:19). Y muy claramente el profeta que ahora hemos mencionado, Ezequiel, dice: “He aquí que yo abro vuestras tumbas; os haré salir de vuestras tumbas” (Ez 27:12). Y Daniel dice: Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno” (Dan 12:2).


Resurrecciones de muertos en el Nuevo Testamento, en Elías y Eliseo

         16. Otros mucho pasajes de la Escritura dan también testimonio de la resurrección de los muertos. Hay otras muchas sentencias y dichos acerca de este asunto. Pero ahora, como para refrescar la memoria, mencionamos sólo de pasada la resurrección de Lázaro cuatro días después de muerto (Jn 11:39-44). También de pasada, por la escasez de tiempo, el hijo resucitado de la viuda (Lc 7:11-16). Y, sin insistir, recuérdese igualmente a la hija del jefe de la sinagoga (Mt 9:25). Recuérdese también que las losas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron (Mt 27:51-53) al abrirse los sepulcros12. Pero tráigase a la memoria, en primer lugar, que Cristo resucitó de entre los muertos. He pasado por alto a Elías y al hijo de la viuda que él resucitó (I Re 17:19 ss), y a Eliseo, que en varias ocasiones hizo milagros semejantes (2 Re 4:8 ss. 38 ss.), tanto vivo como después de muerto. Estando en vida, obró la resurrección por su propio espíritu, de modo que no sólo se honrase a las almas de los justos, sino que se tuviese fe en que en los cuerpos de los justos existe una fuerza profunda. Con ocasión de que colocaron un cadáver en la tumba de Eliseo, el muerto, al contacto con el cuerpo muerto del profeta, cobró vida (2 Re 13:21). El cuerpo muerto del profeta hizo lo que parecía propio de su alma y lo que yacía muerto dio vida a un muerto: lo que estaba otorgando la vida, eso mismo permaneció, igualmente que antes, entre los muertos. ¿Por qué razón?: para que, en caso de que Eliseo hubiese resucitado, el hecho no se le atribuyese sólo a su alma y para mostrar que, incluso estando el alma ausente, existía cierta fuerza y poder en el cuerpo de los santos por el alma justa que tantos años había habitado en él y de él se había servido13. Y no neguemos nuestra fe a este hecho como si no hubiese existido, pues si los pañuelos y los mandiles, que son algo exterior a la persona, aplicados a los cuerpos de los enfermos, daban fuerzas a los débiles (Hech 19:12), ¿cuánto más no resucitaría a un muerto el cuerpo del profeta?



Resurrecciones en el NT. Resurrección al final de los tiempos

         17. Sobre esto habría que decir otras muchas cosas si estudiásemos lo asombroso de estos hechos según cada uno de sus detalles, pero estáis soportando el esfuerzo del ayuno de la preparación de la Pascua y de la Vigilia14. Por tanto, sólo se dirán algunas cosas por encima, pues, arrojando unas pocas semillas y recibiéndolas vosotros como buena tierra que sois, reportaréis fruto ampliándolo por vuestra cuenta. Hágase memoria de que también los apóstoles resucitaron muertos: Pedro, en Joppe, a Tabita (Hech 9:36-42); Pablo, en Tróade, a Eutico (20:7-12), y también los demás apóstoles, aunque no está consignado por escrito lo que cada uno de ellos hizo prodigiosamente. Acordaos de todo lo que se ha dicho en la Primera epístola a los Corintios y que Pablo escribió contra los que decían: “¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida?” (15:35). Y de lo que dice: “Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó” (15:16). Y de que llama necios (15:36) a los que no lo creen y de todo lo que en ese lugar15 se expone acerca de la resurrección de los muertos y de lo que escribió de ese tenor a los tesalonicenses: “Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los muertos, para que nos os entristezcáis como los demás, que no tienen esperanza” (I Tes 4:13), y todo lo que sigue pero, sobre todo, aquello de “los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar” (4:16).

 

La grandeza final del estado de resucitados

         18. Observad principalmente lo que Pablo dice como señalando con el dedo: “Es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad” (I Cor 15:53). Pues este mismo cuerpo resucitará, no como es, débil, sino perdurable, aunque será el mismo cuerpo. Pero se transformará revestido de incorruptibilidad: como el hierro introducido en el fuego se convierte en fuego o, más bien, como es conocido por quien lo mueve, Dios. Por consiguiente, resucitará este mismo cuerpo, pero no se quedará como ahora, sino que perdurará eternamente. Ya no necesitará para vivir de los alimentos de que nosotros nos servimos, ni de escaleras para subir, pues se hará “espiritual” (1 Cor 15:44)16, algo admirable y cuya dignidad no somos capaces de explicar suficientemente. “Entonces los justos, dice, brillarán como el sol y la luna y como el fulgor del firmamento” (cf. Dn 12:3 y Mt 13:43). Dios, que conoce previamente la dificultad de los hombres para creer, ya había concedido a pequeñísimos gusanos que en verano despidiesen de su cuerpo rayos luminosos, de manera que por lo que se ve se creyese en lo que se espera. Y desde luego, el que concedió una parte, también podía otorgar el todo. Y el que hizo que un gusano resplandeciese de luz, mucho más hará que resplandezca el hombre justo.


También el cuerpo participará de la gloria o del castigo

         Resucitaremos, pues, teniendo todos cuerpos eternos, pero no todos semejantes: si alguien es justo, recibirá un cuerpo celeste para que pueda tratar libremente con los ángeles; pero si alguien es pecador, recibirá un cuerpo eterno capaz de sufrir el castigo de sus pecados de modo que, ardiendo en el fuego eterno, nunca se consuma. Y ambas cosas están bien hechas por Dios. Pues nada hacemos nosotros sin el cuerpo. Blasfemamos por la boca, y por la boca rezamos; fornicamos mediante el cuerpo, y también mediante el cuerpo guardamos la pureza; robamos con la mano, y con la mano damos limosna. E igualmente todo lo demás. Si el cuerpo ha servido para todo, también ha de ser partícipe de la suerte que nos ha de corresponder en el futuro.


Usar rectamente el cuerpo

         20. Mortifiquemos, por tanto, hermanos, los cuerpos y no abusemos de ellos como si fuesen de otros. Ni digamos, de acuerdo con los herejes, que este vestido del cuerpo es ajeno, sino respetémoslo como propio, pues deberemos dar cuentas a Dios de todas las cosas que hagamos con el cuerpo. No digas: “Nadie me ve” (Eclo 23:26) ni pienses que no hay testigo alguno de lo que haces. En efecto, la mayor parte de las veces no hay ningún hombre que lo atestigüe. Pero hay un testigo que nos formó y que no yerra, y permanece fiel en el cielo (cf. Sal 89:38) viendo lo que se hace. También permanecen en el cuerpo las manchas de los pecados. Y así como, cuando ha habido una llaga en el cuerpo, queda una cicatriz aunque se haya aplicado alguna medicina, del mismo modo el pecado deja señal en el alma y en el cuerpo y las huellas de las cicatrices permanecen en ambos. Sólo quedan suprimidas por los que reciben el lavatorio17. Por el bautismo sana Dios, además, las heridas del alma y del cuerpo, pero protejámonos a nosotros mismos de un modo general contra lo que nos sobrevenga en el futuro y guardemos limpio este vestido del cuerpo y no perdamos la salvación del cielo por la más mínima fornicación y lascivia o por cualquier otro pecado. Acerquémonos en cambio a la herencia del reino eterno de Dios, del cual ese Dios os haga a todos dignos por su gracia.


Quede bien grabada la resurrección de los muertos

         21. Sea suficiente lo dicho para demostrar la resurrección de los muertos. Y la profesión de fe, que otra vez os hemos repetido, hacedla vosotros con toda diligencia y con las mismas palabras, de modo que se os grabe en la memoria18.


Hablaremos de la Iglesia, una, santa y católica

         22. La Profesión de fe también contiene esto: “Y en un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Y en la Iglesia, una, santa y católica. Y en la resurrección de la carne. Y en la vida eterna>> Acerca del bautismo y la penitencia ya hablamos en anteriores catequesis. Lo que ahora acabamos de decir sobre la resurrección de los muertos es por aquello de “y en la resurrección de la carne.” Hablaremos, pues, de lo que nos queda, sobre lo de “Y en la Iglesia, una, santa y católica,” en lo cual, aunque se pueden decir muchas cosas, seremos breves.



La Iglesia es católica, Universal, en todo

         23. Se le llama “católica” porque está difundida por todo el orbe desde unos confines a otros de la tierra y puesto que enseña de modo completo, y sin que falte nada, todos los dogmas que los hombres deben conocer sobre las cosas visibles e invisibles, celestiales y terrenas. Y también porque ha sometido al culto recto a toda clase de hombres, príncipes y hombres comunes, doctos e inexpertos. Y finalmente porque sana y cura toda clase de pecados que se cometen con el alma y el cuerpo. Ella (la Iglesia) posee todo género de virtud, cualquiera que sea su nombre, en hechos y en palabras y en dones espirituales de cualquier especie.


“Iglesia” es “asamblea”

         24. “Iglesia” es una denominación muy adecuada porque convoca a todos y los reúne conjuntamente19, como dice el Señor en el Levítico: “Congrega a toda la comunidad a la entrada de la Tienda del Encuentro” (Lev 8:3). Es digno de notarse que esta palabra “ekklesíason”20 se emplea en las Escrituras por primera vez en este lugar, cuando el Señor concede a Aarón el sumo sacerdocio. Y en el Deuteronomio dice Dios a Moisés: “Reúne al pueblo para que yo les haga oír mis palabras a fin de que aprendan a temerme” (Dt 9:10). Y cuando habla de las tablas21: “... en las que estaban todas las palabras que Yahvé os había dicho de en medio del fuego, en la montaña, el día de la Asamblea” (Dt 9:10), como si así lo dijese con más claridad. En el día en que, llamados por Dios, fuisteis congregados. También el Salmista dice: “Te daré gracias en la gran asamblea, te alabaré entre un pueblo copioso” (Sal 35:18).


La verdadera Iglesia-asamblea ha pasado a ser la de los gentiles

         25. Ya antes había cantado el salmista: “En las asambleas22 bendecid a Dios, al Señor desde las fuentes de Israel (Sal 68:27 LXX). Pero, si tenía que ser así, por causa de las insidias tramadas contra el Salvador quedaron los judíos privados de la gracia y Dios edificó una segunda Iglesia, formada partiendo de los gentiles, nuestra santa Iglesia de los cristianos, acerca de la cual dijo a Pedro: “Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16:8). De ambas Iglesias decía David en abierta profecía: de la primera, que fue rechazada (“Odio la asamblea de malhechores,” Sal 26:5). De la segunda dice, en el mismo salmo, que fue construida: “Amo, Yahvé, la belleza de tu casa” (26:8) y, un poco después, en el mismo salmo: “A ti, Yahvé, bendeciré en las asambleas” (26:12). Fue rechazada, pues, la que estaba en la tierra de los judíos. Pero por todo el mundo se multiplican las Iglesias de Cristo, de las cuales está escrito en los Salmos: “¡Cantad a Yahvé un cantar nuevo: su alabanza en la asamblea de sus amigos!” (Sal 149:1). De acuerdo con lo cual dijo el profeta a los judíos: “No tengo ninguna complacencia en vosotros, dice Yahvé Sebaot” (Mal 1:10). E inmediatamente añade: “Pues desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi nombre entre las naciones” (1:11). Y de esta misma santa Iglesia católica escribe Pablo a Timoteo: “... para que sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad” (I Tim 3:15).


Distinguir duramente la Iglesia católica

         26. Pero el nombre de “Iglesia” se acomoda a realidades diversas, de modo que también de la multitud que se encontraba en el teatro de los efesios está escrito: “Dicho esto, disolvió la asamblea” (Hech 19:40). También alguien dijo intencionadamente que la “asamblea de malhechores” (Sal 26:5) es el conjunto de los herejes: me refiero a los marcionitas, maniqueos y a los restantes. Por tanto, la fe te muestra muy cautamente que esto es lo que has de sostener: “Y en la Iglesia, una santa, católica,” para que, huyendo de esos grupos abominables, te adhieras siempre a la santa Iglesia católica, en la cual volviste a nacer. Y si alguna vez viajas por ciudades diversas, no preguntes simplemente dónde está el “Kyriakón”23, pues también las restantes sectas y herejías de los impíos se esfuerzan en hacer presentables sus madrigueras con el nombre de “Kyriakón,” ni simplemente dónde está la iglesia, sino dónde hay una iglesia católica, pues éste es el nombre propio de esta santa Iglesia, madre de todos nosotros. Ella es ciertamente la esposa de nuestro Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios (pues está escrito: “como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella,” etc., Ef 5:25 ss) y ofrece una imagen y una imitación de “la Jerusalén de arriba,” que “es libre; ésa es nuestra madre” (Gál 4:26). Habiendo sido ella anteriormente estéril, ahora es madre de una numerosa prole (cf. Gál 4:27 e Is 54:1).



Extendida sin fronteras por la paciencia de los mártires

         27. Repudiada la primera24, en la segunda, es decir, en la Iglesia católica, como dice Pablo, los puso Dios a algunos como apóstoles; en segundo lugar como profetas; en tercer lugar como maestros; luego los milagros; luego el don de las curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad de lenguas” (I Cor 12:28) y toda clase de cualquier virtud. Me refiero a la sabiduría y a la inteligencia, la templanza y la justicia, la misericordia y la humanidad, y la paciencia invencible en las persecuciones. Fue ésta, “mediante las armas de la justicia, las de la derecha y las de la izquierda, en gloria e ignominia” (2 Cor 6:7-8), la que redimió, en primer lugar, a los santos mártires en sus persecuciones y angustias con coronas diversas, unidas entre sí por las numerosas flores del sufrimiento. Ahora, en tiempos de paz, ese sufrimiento recibe, por gracia de Dios y de mano de reyes y hombres conspicuos por la grandeza de su dignidad, los honores que le deben incluso los hombres de cualquier linaje y apariencia. Y mientras tiene fronteras determinadas el poder de los soberanos de pueblos distribuidos por lugares diversos, sólo la santa Iglesia católica posee una potestad sin fronteras en todo el mundo. Pues, como está escrito, Dios puso en su término la paz (Sal 147:14). Pero si sobre este asunto quisiera decirlo todo, necesitaría un discurso de muchas horas.


“Y en la vida eterna”

         28. Instruidos en esta santa Iglesia católica por preceptos y costumbres preclaras, poseeremos el Reino de los cielos y obtendremos en herencia vida eterna. Por lo cual soportamos todas las cosas para que el Señor nos la conceda. Pues la meta que nos hemos fijado no consiste en cosas limitadas, sino en la consecución de la vida eterna, y ésta es nuestra lucha. Por eso se nos enseña en la confesión de fe que, después de en la resurrección de la carne, es decir, de los muertos, creamos también en la vida eterna, por la cual los cristianos estamos luchando.

         29. Así pues, el Padre es real y verdaderamente vida, y por el Hijo derrama a todos, como de una fuente, y en el Espíritu Santo, los dones celestiales. Por su benignidad nos han sido prometidos también a los hombres de modo veraz los dones de la vida eterna. Y a esto no se le puede negar, como si fuese cosa imposible, la fe: debemos creer, no mirando a nuestra debilidad, sino en atención a su poder: “Para Dios todo es posible” (Mt 19:26). Que ello es posible y que esperamos la vida eterna lo dice Daniel: “Los que enseñaron a la multitud la justicia (brillarán) como las estrellas, por toda la eternidad” (Dan 12:3). Y Pablo dice: “Y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tes 4:17). Este “estar siempre con el Señor” designa a la vida eterna. Muy claramente lo dice también el Salvador en los evangelios: “E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna” (Mt 25:46).



Conseguir la vida eterna obrando el bien

         30. Son muchas las pruebas que pueden darse acerca de la vida eterna. Y a quienes deseamos obtenerla, la Sagrada Escritura nos señala los modos de adquirirla. De ellos aduciremos ahora unos testimonios, pocos a causa de lo ya prolijo de mis palabras, dejando a los estudiosos el resto de lo que se pueda investigar. Pues algunas veces dicen que se obtiene por la fe, pues está escrito: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Jn 3:36). Y este mismo25 dice: “En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna” (5:24), además de lo que sigue. Pero otras veces dicen que se obtiene por la predicación del Evangelio, pues dice: “El segador recibe el salario, y recoge fruto para vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador” (4:36). También a veces se dice que por el martirio y la confesión de Cristo. Dice, en efecto: “El que odia su vida en este mundo la guardará para la vida eterna” (12:25). E igualmente poniendo a Cristo antes que el dinero y el parentesco de cualquier clase: “Todo el que haya dejado casas, hermanos, hermanas... heredará vida eterna” (Mt 19:29). Y por la observancia de los mandamientos: “No matarás, no cometerás adulterio,...” (19:18), como respondió a aquel hombre que se acercó y dijo: “Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?” (19:16). Pero, además, apartándose de las malas obras y dedicándose al servicio de Dios, pues dice Pablo: “Al presente, libres del pecado y esclavos de Dios, fructificáis para la santidad; y el fin, la vida eterna” (Rm 6:22).

         31. Hay otras formas de conseguir la vida eterna, pero las he pasado por alto para no ser tan abundoso. Puesto que Dios ama a los hombres tan intensamente, no ha abierto una sino múltiples puertas a la entrada a la vida eterna para que todos, en cuanto esté de su parte, disfruten de ella sin impedimento alguno. Entretanto hemos dicho brevemente estas cosas acerca de la vida eterna. Son lo que en último término hay que enseñar acerca de la fe y son su final. Ojalá la consigamos por gracia de Dios todos nosotros, los que os instruimos y los que escucháis.


Habrá una preparación de las ceremonias de la Pascua

         32. Por lo demás, amados hermanos, hablar de estos mandatos os exhorta a todos vosotros a disponer el alma para la recepción de los dones celestiales. Acerca de la fe santa y apostólica os hemos hablado, cuanto nos ha sido permitido y por la gracia de Dios, en estos pasados días de Cuaresma. No es que sólo se hayan podido decir estas cosas, pues hemos pasado por alto otras muchas que tal vez por mejores maestros serían pensadas de modo más sublime. Pero puesto que ya está ahí el día de Pascua, en que vuestra caridad será iluminada en Cristo por el lavado de la regeneración, seréis instruidos, si Dios quiere, en las cosas que conviene26: con cuánta piedad y en qué orden conviene entrar una vez que os llamen, por qué razón se celebra cada uno de los santos misterios del bautismo y con cuánta reverencia y orden se debe ir desde (el lugar del) bautismo hasta el altar santo de Dios para gozar de los misterios espirituales y celestiales que allí se distribuyen27, de modo que, por la iluminación previa de vuestra alma por esta palabra de doctrina, conozcáis por cada uno de esos detalles la grandeza de los dones que Dios os ha concedido.


Habrá catequesis mistagógicas en la semana de Pascua

         33. Pero después del día santo y saludable de Pascua, comenzando desde el segundo día después del sábado28, entraréis, inmediatamente después de la asamblea litúrgica, en el lugar santo de la resurrección para oír, si Dios quiere, otras catequesis29, en las que seréis instruidos también en las razones y en las causas de cada una de las cosas llevadas a cabo. Recibiréis también las razones tanto desde el Antiguo como desde el Nuevo Testamento: en primer lugar, acerca de lo que se ha dicho inmediatamente antes del bautismo, pero, además, cómo habéis sido purificados de los pecados por el Señor mediante el lavatorio de agua con la palabra30 y de qué modo, corno los sacerdotes, habéis sido hechos partícipes del nombre de “Cristo”31. O también cómo se os ha dado la señal de la comunicación del Espíritu Santo32. Y también acerca de los misterios de la nueva Alianza, que tomaron aquí33 su inicio: qué es lo que la Sagrada Escritura nos ha transmitido acerca de ellos y en qué consisten su fuerza y su poder34. Y de qué modo hay que acercarse a ellos y cuándo y cómo se han de celebrar. Y como última cosa de todas, por qué debéis en el tiempo posterior vivir y manteneros, tanto en palabras como en obras, de un modo digno de la gracia recibida, para que todos vosotros podáis gozar de la vida eterna35. y estas cosas, si es voluntad de Dios, os las explicaremos nosotros.



La alegría de la Iglesia porque va a crecer el número de sus hijos

         34. “Por lo demás, hermanos míos, alegraos en el Señor; os lo repito, estad alegres” (cf. Flp 3:1; 4:4), pues “se acerca vuestra liberación” (Lc 21:28) y el celeste ejército de los ángeles espera vuestra salvación. Y ya se oye “la voz del que clama en el desierto: “Preparad el camino del Señor” (Mt 3:3). Pero el profeta clama: “Sedientos, venid al agua” (Is 55:1), e inmediatamente, en lo que sigue: “Hacedme caso y comed cosa buena, y disfrutaréis con algo sustancioso” (55:2). Y no mucho después oiréis aquel extraordinario pasaje: “Resplandece, resplandece, Jerusalén, que ha llegado tu luz” (Is 60:1 LXX). De esta Jerusalén dijo el profeta: “Tras de lo cual se te llamará Ciudad de Justicia, metrópoli fiel de Sión” (1:26 LXX) a causa de la Ley que partió de Sión y de la palabra del Señor que se originó de Jerusalén (cf. 2:3). Desde aquí regó como lluvia el orbe entero. A ella también le dice el profeta acerca de vosotros: “Alza en torno los ojos y mira: todos ellos se han reunido y han venido a ti” (49:18). Y ella responde diciendo: “¿Quiénes son estos que como nube vuelan, como palomas a sus palomares?” (40:8): nubes por lo espiritual y palomas por la sencillez. Y a su vez: “¿Quién oyó tal? ¿Quién vio cosa semejante? ¿Es dado a luz un país en un sólo día? ¿O nace un pueblo todo de una vez? Pues bien: Tuvo dolores y dio a luz Sión a sus hijos” (66:8). Todas las cosas serán llenas de un gozo inefable por el Señor, que dice: “Convertiré a Jerusalén en exultación y a mi pueblo en alegría.”


De Dios os dé alegría, os bendiga y os ayude

         35. Sea permitido decir también de vosotros ahora: “¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra!.., pues Yahvé ha consolado a su pueblo y de sus pobres se ha compadecido” (Is 49:13). Es por la bondad de Dios, que os dice: “He disipado como una nube tus rebeldías, como un nublado tus pecados” (44:22). Y vosotros, honrados con el nombre de fieles y de quienes está dicho: “a los que me sirven se les impondrá un nombre nuevo, que será bendecido sobre la tierra” (65:15-16), diréis con alegría: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo... En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según las riquezas de su gracia que ha prodigado sobre nosotros” (Ef 1:3-8), etc. Y también: “Pero Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo...” (2:4-5). Y del mismo modo alabad de nuevo al Señor, autor de los bienes, diciendo: “Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres, él nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos, en esperanza, herederos de vida eterna” (Tit 3:4-7). “El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente, iluminando los ojos de nuestro corazón” (Ef 1:17-18) y os guarde en todo tiempo en buenas obras, palabras y pensamientos. A él sean la gloria, el honor y el poder por medio de nuestro Señor Jesucristo, con el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los infinitos siglos de los siglos. Amén.


1. Se trata de la última de las catequesis antes del bautismo. Al final se prometen las catequesis mistagógicas. El orden resurrección-lglesia católica es inverso a cómo ambas realidades se encuentran en el Símbolo. Pero no parece que el asunto tenga mayor importancia (cf. PG 33, 1.013-1.014). Vid. más abajo la nota 3.

2. Se refiere a que carece de un estímulo para obrar el bien.

3. Cf. Mt 3:12: “En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga.” La expresión de Cirilo tiene, en cuanto a los términos empleados, cierto parecido con esta de Mt, pero el evangelista más bien se refiere a la acción de Jesús, en su primera venida, con respecto a los hombres. En general, es bueno tener presente, con respecto a los presentes párrafos, que, en un primer momento, más que aportar el testimonio bíblico de la resurrección, la catequesis pretende oponerse a la actitud en contra de griegos y samaritanos defendiendo su posibilidad. Es sobre todo entre los párrafos 14 y 21 cuando se ofrecerá una visión más específicamente bíblica de esta esperanza fundamental del cristiano.

4. También aquí los términos son semejantes a la comparación que Jesús establece con el grano de trigo en Jn 12:24.

5. Clemente Romano, Epístola I a los Corintios, cap. 25 Madrid 1950 (BAC 65), pp. 249-250.

6. La ciudad se refiere a la antigua Heliópolis. Pero, por supuesto, aunque se haga la cita de autoridad de Clemente, todo lo referente al ave Fénix, que ardía y más tarde resurgía de sus propias cenizas, es algo puramente mitológico. En ocasiones, el ave Fénix fue utilizada por los antiguos cristianos como símbolo -pero sólo símbolo- de la resurrección.

7. También en esta ocasión, entre paréntesis y como en nota, añade Cirilo: “No dejes de dar crédito a este asunto, pues sabes igualmente que también la prole de las abejas se forma a partir de unos gusanos y has visto que de los huevos muy blandos de las aves salen las plumas, los huesos y los nervios.”

8. Intenta la catequesis establecer un paralelismo entre las fases de la luna y la resurrección. Más que de argumentaciones habría que hablar aquí de ejemplos que facilitan la aceptación de la idea de resurrección. Al final del párrafo, señala Cirilo que lo que intenta, frente a los griegos, es no tomar argumentos sacados de la Escritura, sino que puedan ser comprendidos desde la razón. A partir del párrafo 11 al dirigirse a los Samaritanos, utilizará pasajes del Pentateuco, lo que ellos admiten de la Escritura. Los samaritanos posteriores admitieron también el libro de Josué.

9. El argumento de que los patriarcas están vivos es empleado por el mismo Jesús en favor de la resurrección: “Y en cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído aquellas palabras de Dios cuando os dice: `’Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob?” No es un Dios de muertos, sino de vivos” (Mt 22:31-32). La afirmación de que los padres en la fe están vivos es al menos un marco de referencia desde el cual se puede entender la afirmación cristiana de la resurrección de los muertos.

10. “Se levantarán.” El texto griego de los LXX, el empleado por Cirilo, admite también la traducción “resucitarán” (anastésontai) aunque más bien debería traducirse por “se alzarán” o “se mantendrán en pie.”

11. Más explícito todavía -es uno de los textos del AT que clásicamente se aducen sobre la resurrección o, al menos, sobre la vida más allá de la muerte- es el texto hebreo de estos mismos versículos: “Yo sé que mi Defensor está vivo y que él, el último, se levantará sobre el polvo. Tras mi despertar me alzará junto a él, y con mi propia carne veré a Dios.” Y continúa el v. 27: “Yo, sí, yo mismo le veré, mis ojos le mirarán, no ningún otro.”

12. Todos los casos de resurrección mencionados son cualitativamente distintos de la resurrección de Jesús, puesto que “Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más... la muerte no tiene ya señorío sobre él” (Rm 6:9) y, por tanto, son también distintos de la resurrección de todos los hombres al fin de los tiempos. Pero son muy útiles para hacer ver la capacidad de Dios para resucitar a los muertos.

13. Conviene recordar, de todos modos que cuando un santo realiza un milagro o éste se obtiene por su intercesión, no es en realidad el santo el que hace el milagro, sino el poder de Dios que de él se sirve como simple instrumento.

14. Se alude al ayuno, con frecuencia de varios dias, de los dias de Semana Santa y de preparación de la Vigilia Pascual.

15. 1 Cor 15 es el pasaje más amplio en toda la Biblia sobre la resurrección de los muertos.

16. I Cor 15:42-47: “Así también en la resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita incorrupción; 43 se siembra vileza, resucita gloria, se siembra debilidad, resucita fortaleza; 44 se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual. Pues si hay un cuerpo natural, hay también un cuerpo espiritual. 45. En efecto, así es como dice la Escritura: Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente (Gén. 2:7); el último Adán, espíritu que da vida. 46. Mas no es lo espiritual lo que primero aparece, sino lo natural; luego, lo espiritual. 47. El primer hombre, salido de la tierra, es terreno, el segundo viene del cielo....”  El pasaje hace ver, en primer lugar, lo que se señaló en la nota 12 de que la resurrección final de los muertos es algo muy diferente de las resurrecciones operadas por Jesús en los evangelios o de los milagros de resurrección que se realizan en algunos pasajes del libro de los Hechos. En todos estos casos se trata de un restablecimiento del tipo de vida que los hombres llevaban. Según los versículos citados de I Cor 15, se habrá restablecido la vida, en dichos milagros, pero en “corrupción” (corruptibilidad), “vileza,” “debilidad” y “cuerpo natural,” mientras que la resurrección prometida al final de la historia es una resurrección prometida en incorrupción,” “gloria,” “fortaleza,” “cuerpo espiritual.” Con respecto a la antítesis “cuerpo natural” — ”cuerpo espiritual,” las expresiones originales griegas soma psychikón-soma pneumatikón se refieren respectivamente al ser humano (que es propiamente como debe entenderse aquí la palabra “soma”) con su vida natural, la que le aporta la psyché y, en la resurrección, al ser humano, al hombre, penetrado por el Pneuma, el Espiritu de Dios. Es decir, más allá de lo que habian sido sus propias fuerzas vitales que por otra parte, también eran don de Dios al crearlo, el hombre resucitado del final de los tiempos es alguien vivificado en su realidad por el Espiritu de Dios. Es el sentido que tiene la expresión “cuerpo espiritual” de 1 Cor 15:44.

17. El lavatorio o lavado de la purificación, el bautismo. Cf. catequesis 1,19 y 20.

18. Parece exhortar a una constante profesión de fe mediante la recitación repetida del Símbolo.

19. “Ekklesía,” de “ek-kalein,” llamar de o convocar, significa asamblea convocada o incluso convocatoria (desde el punto de vista semántico).

20. Un adjetivo derivado de ekklesia, empleado aquí por Cirilo, que lo toma de Lev 8:3 LXX para designar la comunidad o la asamblea.

21. Las tablas de la Ley.

22. Cirilo dice “en la Iglesia,” adaptándolo al tema que en estos momentos desarrolla.

23 Expresión griega, derivada de Kyrios, Señor, para denominar un edificio eclesiástico 0 algún conjunto de ellos.

24. La imagen del “repudio” está tomada de la orden que Abraham recibe de Dios para abandonar a su esclava Agar. En Agar y en la verdadera esposa de Abraham, Sara, ve Pablo, en Gál 4:21-31, la imagen de las alianzas, históricamente sucesivas, con Israel y la Iglesia. A todo esto se está refiriendo la catequesis de Cirilo con la finalidad de que los oyentes distingan las características (“notas”) de la Iglesia: una, santa, católica, apostólica.

26. Se refiere a las normas prácticas sobre cómo actuar en la celebración de la Pascua, que va a incluir bautismo, confirmación y eucaristia, y acerca de las actitudes que deben adoptarse en dicha celebración.

27. La distribución de la Eucaristía en la Comunión.

28. Es decir, en nuestra distribución de la semana, el lunes de Pascua.

29. Son las catequesis mistagógicas, aquí recogidas entre la XIX y la XXIII.

30. Es tal vez cita de Ef 5:26, que conviene comenzar en el versículo anterior: “... como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a si mismo por ella, para santificarla mediante el baño del agua, en virtud de la palabra....” Tanto Ef 5:26 como el texto de Cirilo al que todo esto hace referencia parecen ser mención de que en el bautismo, como en todos los sacramentos, hay un doble elemento: la acción realizada (en el bautismo, el lavado con agua) y las palabras empleadas como fórmula bautismal (“Yo te bautizo...”). Pero quizá las palabras de Cirilo hacen alusión a la doble realidad de que los sacramentos, en este caso el bautismo, no son sin más realidades que deben administrarse sin un trabajo previo de impartir la Palabra de la evangelización. De hecho, la Biblia de Jerusalén comenta a Ef 5:26: “El bautismo exige, para su plenitud, el acompañamiento de la proclamación de la Palabra, concretada en la evangelización del ministro y la profesión de fe del bautizado....” En el caso del bautismo de niños, los padres y padrinos, que le “prestan” al párvulo la fe en nombre de la Iglesia, deben recibir antes de modo adecuado el Evangelio.

31. Puesto que “Cristo,” como tantas veces se ha señalado, significa “ungido.”

32. En la caT. XXI. Se trata de la Confirmación.

33. En Jerusalén, porque aquí comenzó en la última Cena la celebración de la Eucaristía.

34. A la Eucaristía se dedicarán la cuarta y quinta catequesis mistagógicas.

35. Parece prometerse aquí una sexta catequesis mistagógica que desde luego no se encuentra entre las que nos han quedado de hecho. PG 33,1.055, nota 2, expone la siguiente suposición: o bien no pudo pronunciarla Cirilo o, más probable según el editor de las catequesis publicadas en PG las cinco catequesis mistagógicas fueron pronunciadas de lunes a viernes, mientras que el sábado se habría celebrado ya la Eucaristía del domingo in albis, en la que los recién bautizados dejaban ya sus vestiduras blancas. Seria más que probable que, por tratarse de una homilía dominical, habría tenido que variarse el tema previsto. Abundantes consejos morales se hallan, en todo caso, en la última de las catequesis mistagógicas.



XIX. (Mistagógica I). El Sentido de los Ritos Bautismales Realizados (I).

A los recién iluminados. La lectura se toma de la primera epístola de Pedro: “Sed sobrios y velad” (I Re 5:8), etc., hasta el fin de la carta.


Introducción.

         1. Ya hace tiempo que deseaba, hermanos e hijos queridísimos de la Iglesia, tratar de estos misterios espirituales y celestiales. Pero, consciente de que la fe es mayor por lo que se ve que por lo que se oye, he esperado a este momento para, encontrándoos más preparados desde lo que ya habéis experimentado, poder conduciros con más facilidad a este prado del paraíso lleno de luz y fragancia. Ya habéis sido hechos capaces de estos misterios divinos una vez que habéis sido considerados dignos del lavatorio divino vivificante. Por tanto, cuando se os ha de servir la mesa en que habéis de recibir dones más perfectos, podéis estar ciertos de que os instruiremos en todo esto con mayor cuidado para que conozcáis la fuerza y la eficacia que se han operado en vosotros en la vigilia del bautismo.


El paso del Mar Rojo como figura de la liberación cristiana

         2. En primer lugar, entrasteis en el atrio que está antes del baptisterio y escuchasteis vueltos de pie hacia Occidente. Se os ordenó extender la mano y renunciasteis a Satanás como si estuviese presente. Debéis saber que la figura de este asunto ya está contenida en la historia antigua: cuando Faraón, durísimo y cruel tirano, oprimía al libre y generoso pueblo de los hebreos, Dios delegó en Moisés para que los sacase de la cruel servidumbre de los egipcios. Y se untaban las jambas de la puerta con la sangre del cordero para que el exterminador pasase por alto las casas marcadas por la señal. De modo totalmente milagroso, el pueblo hebreo fue así proclamado libre. Y cuando el enemigo persiguió a los liberados, uniéndose los dos brazos del mar sobre él, según lo que se cuenta en aquel relato asombroso, rápidamente se hundió su poderío en las aguas del Mar Rojo1.


El diablo ha sido vencido como lo fue el Faraón

         3. Pero debo pasar de lo viejo a lo nuevo, de la figura a la verdadera realidad. En aquel entonces Moisés es enviado por Dios a Egipto, mientras que ahora es Cristo enviado al mundo. Aquel, para sacar de Egipto al pueblo oprimido; Cristo, para liberar a los que están oprimidos en el mundo bajo el peso del pecado. Entonces fue la sangre del cordero la que alejó al exterminador, pero ahora lo ha sido la sangre de Jesucristo, el cordero inmaculado. Ha sido esta sangre la que ha expulsado a los demonios. Aquel tirano persiguió a aquel pueblo hasta el mar. También a ti, con la misma audacia, te perseguía sin pudor el príncipe de los demonios hasta las fuentes de la salvación. Aquel quedó sumergido en el mar, y éste desaparece en el agua saludable.


La renuncia a Satanás en el rito bautismal

         4. Pero oíste que se te mandaba que extendieses la mano como hacia alguien que estuviese presente y dijeras: Renuncio a ti, Satanás. Y quiero explicar por qué estuvisteis vueltos hacia Occidente, pues es necesario que lo haga. La razón es que el Occidente es el lugar hacia donde se perciben las tinieblas: su poder está en las tinieblas, siendo él mismo la oscuridad. Por eso, para mantener la razón de lo que se dice en el Símbolo, mirando hacia el oeste, renunciáis al príncipe de las tinieblas y de las sombras. ¿Qué es lo que dijo cada uno de vosotros mientras estaba de pie?: “Renuncio a ti, Satanás, a ti que eres tirano maligno y muy cruel. Ya no temo -dijiste- tu fuerza: Cristo la deshace haciéndome partícipe de su sangre y de su carne para, por ellas, destruir la muerte con su muerte para que no esté sometido eternamente a esclavitud”2. “Renuncio a ti, serpiente astuta y sutilísima. Renuncio a ti que eres el traidor y que, simulando amistad, pergeñaste toda iniquidad proponiendo la caída a nuestros primeros padres. Renuncio a ti, Satanás, autor e instrumento de toda maldad.”


Renuncia a las obras de Satanás

         5. Después, en la segunda fórmula, se te enseña a proclamar: ...y a todas tus obras. Se refiere a las obras de Satanas, a todo lo que es pecado y a lo que es necesario renunciar del mismo modo que, si alguien escapa del tirano, también rechaza completamente sus armas. Pues toda clase de pecado se cuenta entre las obras del diablo. Debes saber, sin embargo, que lo que dices, especialmente en la hora del temor, está consignado por escrito en los libros de Dios. Y si alguna vez admites alguna cosa contraria a ellos, serás juzgado como quien ha roto la alianza. Renuncias, por tanto, a las obras de Satanás, es decir, a todas las acciones y pensamientos que se apartan de la razón.


Y a todas sus pompas. Especialmente se mencionan los espectáculos

         6. Después dices: ...y a toda su pompa. Son pompa del diablo las locuras de los teatros, las carreras de caballos en los hipódromos, la caza en el circo y otras vanidades por el estilo, de las que el santo, pidiendo ser liberado, exclama a Dios: “Aparta mis ojos de mirar vanidades” (Sal 118[119]:37)3. Que estas vanidades no te llenen de preocupaciones en tu corazón cuando observes la petulancia de los comediantes, llena de chismorreos e indecencia, o cuando ves bailes llenos del furor y demencia de hombres afeminados, ni tampoco lo que se ve por parte de quienes, en las cacerías circenses, se exponen a las fieras acariciando su desgraciado vientre, pues se convierten ellos mismos en alimento de fieras inmisericordes. Para decirlo más exactamente, por el vientre, al que reconocieron como único Dios (cf. Flp 3:19), arrojan su vida a un precipicio con tales certámenes fuera de lo común. Apártate también de las carreras de caballos, absolutamente demenciales y que son espectáculo para espíritus indolentes. Todo esto son pompas del diablo.


Lo sacrificado a los ídolos

         7. Como pompa del diablo debe contarse también lo que suele utilizarse en las fiestas de los ídolos, las carnes, los panes y otras cosas tales que se han contaminado por la invocación de los demonios impuros. Pues el pan y el vino de la Eucaristía eran simple pan y vino antes de la invocación de la santa y adorable Trinidad, pero, una vez hecha la invocación, se convierten el pan en el cuerpo y el vino en la sangre de Cristo; de igual modo tales alimentos, pertenecientes a la pompa de Satanás, siendo por naturaleza simples y comunes, por la invocación de los demonios quedan profanados y contaminados4.



No dar culto a Satanás

         8. Después dices: ... y a todo tu culto. Culto al diablo son las súplicas en los templos de los ídolos, las cuales se hacen en honor de imágenes inanimadas: encender lámparas y ofrecer perfumes a las fuentes o a los ríos; así como algunos, equivocados por sus sueños o engañados por los demonios, se acercaron hasta aquellas aguas, creyendo que encontrarían medicina para sus enfermedades corporales. Y así otras cosas semejantes. No te mezcles con tales cosas. Los augurios, la adivinación, los presagios, los amuletos, las inscripciones en placas, las artes de la magia y otras parecidas y cualquier cosa semejante a ellas, todo es culto del diablo. Huye, por tanto, de todo ello. Pues si sucumbes a estas cosas tras la renuncia a Satanás y después de haberte agregado a Cristo, experimentarás un tirano más cruel. Este trataba contigo familiarmente en otro tiempo y te reducía a dura esclavitud. Ahora la habrás tú aumentado más y, si quedas privado de Cristo, experimentarás la sujeción de aquél5. ¿Acaso no has oído lo que nos anuncia la vieja historia de Lot y sus hijas? (Gén. 19:15 ss). ¿No fue guardado incólume con sus hijas cuando subía al monte mientras su mujer quedó convertida en estatua de sal como monumento perenne que recordase unos afectos torcidos y una conversión tardía? Pon atención a ti mismo y no mires hacia atrás con la mano del arado (cf. Lc 9:62) y volviéndote al sabor amargo de las cosas de esta vida. Escápate, en cambio, hasta el monte (cf. Gén 19:17) que es Jesucristo, piedra no tallada con las manos y que llenó el mundo entero (cf. Dan 2:35-45).


Se ha hecho profesión de fe volviéndose a la región de la luz

         9. Así, pues, cuando renuncias a Satanás, anulando completamente cualquier pacto con él y las antiguas alianzas con el infierno, se te abre el paraíso que Dios plantó al Oriente (Gén 2:8), del que fue expulsado nuestro primer padre al violar el mandato de Dios (Gén 3:23). Símbolo de esta realidad es cuando te volviste del Occidente al Oriente, que es la región de la luz. Entonces se te mandó que dijeras: “Creo en el Padre, y en el Hijo y en el Espíritu Santo, y en un único bautismo de conversión.” De todo lo cual, en cuanto nos lo concedió la gracia de Dios, ya te hemos hablado extensamente.


Memoria de la vestidura blanca

         10. Por consiguiente, mantén la vigilancia fortalecido con estas palabras. Como se ha leído, “vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar” (I Pe 5:8)6. En épocas anteriores os podía encerrar la muerte en sus dominios, pero en el santo lavatorio de la regeneración enjugó Dios “las lágrimas de todos los rostros” (Is 25:8). Una vez despojado el hombre viejo, ya no harás más luto, sino que celebrarás la fiesta revestido con la túnica de la salvación de Jesucristo (cf. Rom 13:14)7.

         11. Y esto es lo que se hizo en el atrio exterior; pero, si Dios quiere, cuando en las siguientes catequesis mistagógicas entremos en el Santo de los santos, conoceremos el significado de lo que allí se hace. A Dios Padre sea la gloria, el poder y el esplendor con el Hijo y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.


1. Todo el relato del paso del Mar Rojo, en Ex 14:15 ss. Para el paso “a pie enjuto” de los israelitas y el hundimiento de los perseguidores, cf. 14:22-31. El paso a través del Mar Rojo por Israel es quizá el momento central de la liberación narrada en el Exodo y que, en la redacción final del segundo de los libros de la Biblia, va seguido de un salmo triunfal de alabanza, Ex 15:1 ss. Tanto la proclamación del paso del Mar Rojo como el himno de acción de gracias (“Cántico de Moisés”) fueron pronto incorporados a la liturgia cristiana de la Vigilia Pascual, al entender, como expone la catequesis, que el paso del Mar Rojo tenía un valor de “figura” -tipos es la expresión de Cirilo- de la liberación de los bautizados en Cristo. Con ello se afirma, como se continúa explicando en los párrafos sucesivos, que todas las realidades de la liberación de Israel son “figura” o typos de la liberación cristiana; especialmente en este caso imagen del bautismo. Cf. 1 Cor 10:1-6. Además, la sangre del cordero utilizada para señalar las puertas (cf. Ex 12:21-23), es figura de la sangre de Cristo como verdadero cordero pascual (cf. I Pe 1:20). Cf. también Apoc 5:9-12; 7:14.

2. Cf. Hb 2:14-15, que expresa que el máximo temor del hombre es la muerte. Miedo a morir es no sólo temor a la muerte fisica, sino a todas aquellas cosas que matan al hombre al no ser existencialmente capaz de aceptarlas: el fracaso, la enfermedad, la pérdida de capacidad economica, riesgos de diversos tipos, etc. La afirmación del texto citado de Hb es que la fuerza del “señor de la muerte,” el Diablo, capaz de espolear lo que destruye al hombre, ha quedado destruida en la muerte de Cristo.

3. Se hace mención aquí y en los próximos párrafos del apartamiento que los primitivos cristianos practicaban con respecto a los espectáculos públicos y otras “vanidades” del mundo. El asunto aparece mencionado, por ejemplo, en Hipólito (La tradición apostólica, núm. 16, con respecto a las profesiones relacionadas con los espectáculos) o Clemente de Alejandría (El pedagogo, L. lll, c. IV: “qué consagrar el tiempo”).

4. Lo más oportuno, para valorar este párrafo, es recordar la enseñanza de Pablo en 1 Cor 8-10 acerca de la conducta del cristiano con respecto a las carnes sacrificadas a los ídolos. En sí misma, esta carne que, una vez sacrificada, se podía encontrar en los mercados, no es más que un alimento normal que no hay dificultad, desde el punto de vista moral, en que se consuma. Pero, a la vista de que “la ciencia hincha, el amor, en cambio, edifica” (I Cor 8:1), Pablo explica que el cristiano que se sienta “fuerte” como para comer de lo sacrificado a los ídolos no debe escandalizar a los “débiles” (8:7-13) que piensen que espiritualmente se contaminan al tomar de tales alimentos. En evitar el escándalo insiste Pablo en 10:23 ss. El tema reaparece también en Rom 14:1-15:13. En cualquier caso, lo que siempre queda prohibido al cristiano es la participación en el culto a los ídolos, culto con el que se rompe al abrazar la fe en Cristo.

5. Todo esto recuerda las advertencias de Hebr 6:4 ss.

6. Por mayor fidelidad al texto bíblico, se transcribe “vuestro adversario,” no “nuestro,” que es como figura en el texto original de las catequesis. Por lo demás, esta catequesis ha señalado con fuerza el poder del Diablo, del que han sido liberados los recién bautizados; por tal motivo, se encarece la necesidad de la vigilancia.

7. Para una descripción más completa de la novedad de vida, cf. Rom 13:11-14. La alusión a la “túnica” en las últimas palabras del párrafo es probablemente una mención de la vestidura blanca que se imponia en el bautismo y que los recién bautizados llevaban puesta en los días siguientes. Se trataba, en cualquier caso, de resaltar la diferencia entre el hombre viejo y el hombre nuevo.



XX. (Mistagógica II). El Sentido de los Ritos Bautismales Realizados (II).

         Acerca del bautismo. La lectura es de la Carta a los Romanos desde: “¿O ignoráis que los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados en su muerte? hasta las palabras: “Pues no estáis ya bajo la Ley, sino bajo la gracia” (Ro 6:3-14)1.

         1. Las mistagógicas que se tienen todos los días, es decir, estas enseñanzas que explican los misterios, nos son útiles, pues siempre explican nuevas doctrinas y nuevas cosas. Pero os son útiles sobre todo a vosotros, que habéis sido cambiados de lo viejo a lo nuevo. En esa línea os expondré ciertas cosas que se derivan de la mistagogia de ayer, para que aprendáis qué simboliza lo que realizasteis en el interior del edificio.


La túnica y el hombre viejo

         2. Inmediatamente después de que entrasteis, os despojasteis de la túnica: ésta era imagen del hombre viejo, del que os habéis despojado con sus obras (cf. Col 2:12 ss; 3:1 ss. 9ss.; cf. Ef 2:1-10). Al despojaros, os quedasteis desnudos, imitando también en esto a Cristo desnudo en la cruz, el cual con esta desnudez, “una vez despojados los Principados y las Potestades, los exhibió públicamente, incorporándolos a su cortejo triunfal” (Col 2:15). Y puesto que habitaban en vuestros miembros las potestades adversas, ya no os es lícito seguir llevando aquella vieja túnica: y no me refiero a la que se percibe con los sentidos, sino al “hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias” (Ef 4:22). Y que nunca suceda que el alma se revista de nuevo de la vestimenta de que una vez se despojó, sino que diga como aquella esposa de Cristo de la que se habla en el Cantar de los Cantares: “ — Me he quitado mi túnica, ¿cómo ponérmela de nuevo?” (Cant 5:3). ¡Oh realidad admirable! Desnudos estuvisteis ante los ojos de todos, pero no sentíais vergüenza. Llevabais realmente la imagen del primer padre Adán, que estaba desnudo en el paraíso y no se avergonzaba.


La unción probautismal

         3. Y después, así despojados, fuisteis ungidos con el óleo exorcizado desde los pelos de la cabeza hasta los pies y fuisteis hechos partícipes del buen olivo que es Jesucristo. Sacados del olivo silvestre, habeis sido injertados en un buen olivo y hechos partícipes de la riqueza del verdadero olivo (Rm 11:17-24)2, Por consiguiente, el óleo exorcizado era símbolo de la comunicación de la abundancia de Cristo y hace huir rápidamente a todo vestigio de poder adverso. Pues así como la insuflación de los santos3 y la invocación del nombre de Dios abrasan a los demonios, al modo de fortísima llama, y los ponen en fuga, así también ese aceite exorcizado por la invocación de Dios y por la oración adquiere tanta fuerza que no sólo purga, quemándolos, los vestigios de los pecados, sino que incluso hace huir a todas las potencias invisibles del Maligno.


Las entradas y salidas del agua, señal y realización de muerte y de vida

         4. Después fuisteis conducidos hasta la santa piscina del divino bautismo, como fue llevado Cristo de la cruz al sepulcro. Y se os preguntó uno por uno si creíais en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Pronunciasteis la confesión que os lleva a la salvación4, y fuisteis sumergidos por tres veces en el agua, levantándoos también tres veces. También en esto significasteis en imagen y simbólicamente la sepultura de Cristo por tres días. Pues, así como nuestro salvador pasó tres días y tres noches en el seno de la tierra (cf. Mt 12:40 par), también vosotros imitasteis el primer día que Cristo pasó en el sepulcro al levantaros del agua por primera vez y, con la inmersión, la primera noche. Pues del mismo modo que el que está en la noche ya no ve, y el que se mueve en el día camina en la luz, vosotros, al sumergiros, como en la noche, dejasteis de ver, pero, al salir, fuisteis puestos como en el día. En el mismo momento habéis muerto y habéis nacido, y aquella agua llegó a ser para vosotros sepulcro y madre. Lo que Salomón dijo a propósito de otras cosas os cuadra a vosotros perfectamente; decía él: “Hay tiempo para nacer, y tiempo para morir” (Ecl 3:2). Pero para vosotros es a la inversa: tiempo de morir y tiempo de nacer. Y un tiempo único ha logrado ambas cosas, pues con vuestra muerte ha coincidido vuestro nacimiento.


En qué sentido hemos pasado por la muerte, sepultura y resurrección de Cristo

         5.¡Oh nueva e inaudita realidad! No hemos muerto ni hemos sido sepultados de modo verdadero, ni resucitamos después de que hubiésemos sido verdaderamente crucificados, pero sí se ha realizado en imagen una imitación de aquellas cosas, y es de aquí de donde ha brotado la salvación5. Cristo fue verdaderamente crucificado, verdaderamente fue sepultado y verdaderamente resucitó, y todo ello nos ha sido regalado a nosotros por gracia para que, hechos partícipes de sus sufrimientos, obtengamos en verdad la salvación. ¡Oh amor exuberante hacia los hombres! Cristo recibió los clavos en sus pies y manos incontaminados, soportando así el dolor; y ahora, por la comunicación en sus dolores, se me agracia a mí sin haber pasado por dolores ni trabajos.



El bautismo nos concede el perdón de los pecados, la adopción y la participación en los sufrimientos de Cristo

         6. Nadie piense, pues, que el bautismo consiste sólo en la gracia del perdón de los pecados y de la adopción, como era el bautismo de Juan, que confería sólo el perdón de los pecados. Nosotros, por el contrario, sabemos bien que es para el perdón de los pecados, pero también otorga el don del Espíritu Santo y es realización7 y expresión de los sufrimientos de Cristo. De aquí que Pablo dijera: “¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte” (Rm 6:3-4). Esto se lo decía a quienes estaban convencidos de que el bautismo otorgaba ciertamente el perdón de los pecados y la adopción, pero sin que ellos hubiesen participado, en cierta identificación con él, en los verdaderos sufrimientos de Cristo.


Partícipes de la muerte y resurrección de Cristo

         7. Para que aprendiéramos, por tanto, que todo lo que Cristo soportó fue por nosotros y por nuestra salvación — y, desde luego, no lo sufrió sólo en apariencia — y que, además, somos hechos partícipes de sus sufrimientos, Pablo exclamaba con viveza y con fuerza: “Porque si hemos sido injertados en él por la semejanza a su muerte, seremos también partícipes de la resurrección” (Rm 6:5). Hermosamente dice “injertados.” Pues realmente aquí se ha plantado la vid verdadera8 y nosotros, por la comunión del bautismo en la muerte, hemos sido injertados en él. Pues en Cristo se dio verdaderamente la muerte; en él realmente el alma se separó del cuerpo, verdadera fue también la sepultura y en una sábana limpia fue envuelto su santo cuerpo (Mt 27:59). Todo esto aconteció en él de modo real. En vosotros se da una semejanza de su muerte y de sus padecimientos, aunque en la salvación no hay semejanza sino realidad.

         8. Cuando ya os hemos instruido suficientemente acerca de todo esto, os ruego que os esforcéis en retenerlo en la memoria con el fin de que yo, aunque indigno, pueda decir de vosotros: “Os alabo porque en todas las cosas os acordáis de mí y conserváis las tradiciones tal como os las he transmitido” (I Cor 11:2). Poderoso es Dios que os presenta aquí “como muertos retornados a la vida” (cf. Rom 6:13) para concederos que andéis en novedad de vida (cf. Rom 6:4). A él sea la gloria y el poder ahora y por los siglos. Amén.


1. En la catequesis anterior se han recordado la renuncia a Satanás y la profesión de fe, ritos realizados en el atrio exterior del templo. En la segunda catequesis mistagógica se recuerda el desvestirse la túnica y su significado, la unción prebautismal, el interrogatorio acerca de la fe y la triple inmersión y emersión en la piscina bautismal. Se explica con detalle el significado de todos estos ritos.

2. La alusión de Cirilo a la alegoría paulina del olivo y el acebuche no expresa toda la riqueza del pensamiento de Rom 11:16-24, que está en el contexto de Rom 9-11. El tema de estos capítulos de la carta es la “elección,” en primer lugar, de Israel en el plan de conjunto de la Historia de la salvación y, en un segundo momento, tras el rechazo de Israel, la elección de los cristianos en la Iglesia. Aunque esta segunda elección, la de los gentiles, no anula la elección primera del pueblo judío — Pablo señala que los israelitas son “la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas y los patriarcas” y de ellos “también procede Cristo según la carne” (Ro 9:4-5) —, también los gentiles son llamados a participar de la riqueza abundante que es Cristo. En la mentalidad de la acción catequética de la Iglesia antigua se incluye la idea de que el catecúmeno y el cristiano han sido llamados y elegidos para ser un signo ante el mundo de la vida que Dios da. A los recién bautizados se les recuerda ahora esta realidad.

3. Soplo dentro del rito bautismal para ahuyentar al diablo. “Los santos” se refiere probablemente, siguiendo el uso atestiguado ya desde las cartas de Pablo, a los cristianos bautizados.

4. “Confesión salvadora” responde tal vez a lo expresado en Rom 10:9-10: “Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación.” “Justificación” y “confesión” parecen, pues, aspectos diferentes del proceso de rescate (“redención”) del hombre. La confesión de fe da una especial firmeza a la salvación inicialmente obtenida por la justificación por la que ya el hombre era liberado de modo fundamental del pecado y hecho hijo de Dios por adopción.

5. Cf. catequesis 21, núm. 2.

6. Se expuso en cat. 4, núms. 10-12.

7. Typos/Antitypos: Se traduce por “realización” la expresión original antitypos, que es prácticamente, incluso en el lenguaje de Cirilo, un término técnico. En la cat. XIX, núm. 2, se decía que los acontecimientos en torno a la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto eran figura o imagen, typos de lo que habría de ser la liberación definitiva en Cristo. Antitypos del presente párrafo es más bien “contrafigura,” es decir, una imagen -en cuanto en este caso, el bautismo es signo visible y “visibilizante”- que al mismo tiempo realiza efectivamente, para quien recibe el bautismo, la muerte y resurrección de Cristo. Con ello se está en el concepto de lo que es un sacramento.

8. El “aquí” se refiere al lugar del sepulcro de Jesús, en Jerusalén, donde se están impartiendo las catequesis. La imagen del injerto, por otra parte, se une aquí a la alusión a la alegoría de la vid y los sarmientos, en la que Jesús, según Jn 15:1, se entiende a sí mismo como “la vid verdadera”.



XXI. (Mistagógica III). La Unción con el Crisma.

         La unción con el crisma. La lectura es de la Primera carta de Juan, desde las palabras “En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo y lo sabéis todo” (I Jn 2:20)1 hasta “tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su Venida” (2:28).


Bautismo y don del Espíritu

         1. Bautizados en Cristo y revestidos de Cristo (cf. Gál 3:27), habéis sido hechos semejantes a la imagen del Hijo de Dios (cf. Rom 8:29). El Dios que nos predestinó de antemano para la adopción (cf. Ef 1:5) nos hizo conformes al cuerpo glorioso de Cristo2. Habiendo venido a ser partícipes de Cristo (cf. Hebr 3:14), sois llamados, no de modo inmerecido, “Cristos”3 De vosotros dijo Dios: “No toquéis a mis ungidos” (Sal 105:15). Fuisteis hechos “Cristos” al recibir la imagen4 del Espíritu Santo y todas las cosas de cara a vosotros se han realizado en imagen, puesto que verdaderamente sois imágenes de Cristo. Y él verdaderamente, una vez bautizado en el Jordán y después de comunicar la fragancia de los efluvios de su divinidad a las aguas, salió de éstas y el Espíritu Santo descendió a él en forma visible posándose sobre él como alguien que le era semejante. De modo también semejante, después de que subisteis de las sagradas aguas de la piscina, se os ha dado el crisma, imagen realizada de aquel con el que fue ungido Cristo: En realidad es el Espíritu Santo. Sobre él dijo también el bienaventurado Isaías en su profecía, y refiriéndose a la persona del Señor: “El Espíritu del Señor Yahvé está sobre mí, por cuanto me ha ungido Yahvé. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado...”5.


A semejanza de Cristo

         2. Cristo no fue ungido con óleo o ungüento corporal, sino que el Padre, al constituirlo en Salvador del universo entero, lo ungió con el Espíritu Santo. Como dice Pedro: “Dios a Jesús de Nazaret lo ungió con el Espíritu Santo” (Hech 10:38); y el profeta David clamaba diciendo: “Tu trono es de Dios para siempre jamás; un cetro de equidad, el cetro de tu reino; tú amas la justicia y odias la impiedad. Por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros” (Sal 45:7-8). Y del mismo modo que Cristo verdaderamente fue crucificado, fue sepultado y resucitó, a vosotros se os concede en el bautismo, y por don divino, ser crucificados con él, ser sepultados y resucitar. E igualmente sucede acerca de la crismación: él fue ungido con el óleo inteligible de la alegría, esto es, con el Espíritu Santo6. Se llama óleo de la alegría porque causa una alegría espiritual; y vosotros habéis sido ungidos con ungüento al ser hechos partícipes de la misma suerte de Cristo.


La eficacia de la crismación

         3. Pero date cuenta de que no se trata de un ungüento pobre y vil. Pues así como el pan de la Eucaristía, tras la invocación del Espíritu Santo, no es pan común sino el cuerpo de Cristo, así también este santo ungüento, después de la invocación, ya no es un simple ungüento ni, por decirlo así, un ungüento común; se da en él a Cristo y al Espíritu Santo, es presencia de su divinidad y realidad efectiva7. Y mientras se unge el cuerpo con ungüento visible, queda santificada el alma por el Espíritu Santo que da la vida.


Las diversas unciones y su finalidad

         4. Fuisteis ungidos en primer lugar en la frente, para ser liberados de la vergüenza que el primer hombre que pecó exhibía por todas partes8 y para que, a cara descubierta, contempléis la gloria del Señor como en un espejo (cf. 2 Cor 3:18)9. Después, en los oídos, para que pudieseis oír los divinos misterios, de los que Isaías decía: “Mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como los discípulos” (Is 50:4); y el Señor Jesús, en el Evangelio: “El que tenga oídos, que oiga” (Mt 11:15). Luego fuisteis ungidos en la nariz, para que, al recibir el divino ungüento, dijeseis: “Somos para Dios el buen olor de Cristo entre los que se salvan” (2 Cor 2:15). También fuisteis ungidos en el pecho, para que, “revestidos de la justicia como coraza,” pudieseis “resistir a las asechanzas del Diablo” (Ef 6:14-11). Pues, al modo como Cristo, tras el bautismo y la venida a él del Espíritu Santo, derrotó al Adversario (cf. Mt 4:1 ss. par), también vosotros, después del sagrado bautismo y el místico ungüento, revestidos de la armadura del Espíritu Santo, podáis resistir contra toda potestad adversa (cf. Ef 6:10-18), a la cual podáis vencer diciendo: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” Cristo (Flp 4:13).


Habéis recibido el nombre de cristianos

         5. Considerados dignos de esta santa unción, sois llamados cristianos, realizando la verdad de este nombre por medio del nuevo nacimiento. Pues, antes de seros conferida esta gracia, propiamente no erais dignos de este nombre, sino que luchabais para ser cristianos.


La descendencia de Cristo también es ungida

         6. Pero debéis saber que la figura de este crisma (o unción) se encuentra ya en la Escritura de la antigua Alianza. Pues, cuando Moisés comunicó a su hermano el designio de Dios de hacerlo sumo sacerdote, lo ungió tras haberlo lavado con agua (Lev 8:1 ss.) y fue llamado “Cristo”10 por un crisma o unción que eran figura. También cuando el sacerdote promovió rey a Salomón, lo ungió después de haberlo lavado en el Guijón (1 Re 1:39-45). Y esto les sucedía en figura; pero a vosotros, no en figura, sino en verdad, si es que realmente habéis sido ungidos por el Espíritu Santo. Cristo es el principio de vuestra salvación: él es las primicias (1 Cor 15:23), pero vosotros la siega: no hay duda de que también a la cosecha se le transmite la santidad.

         7. Guardad incontaminado este crisma. Os instruirá acerca de todo si permanece en vosotros, como ya anteriormente oísteis al bienaventurado Juan hablando de estas cosas (cf. 1 Jn 2:27) y haciendo diversos razonamientos sobre esta cuestión11. Pues éste es un crisma santo, salvaguardia espiritual del cuerpo y saludable custodia del alma. Ya desde los tiempos antiguos, el bienaventurado Isaías profetizaba diciendo: “Sucederá en días futuros que el monte de la Casa de Yahvé será asentado en la cima de los montes y se alzará por encima de las colinas. Confluirán a él todas las naciones...” (Is 2:2). Llama “monte” a la Iglesia, al decir que “será asentado en la cima de los montes” y que participarán en un “convite de buenos vinos” (Is 25:6), ungidos con aceite12. y, para confirmarte más en todo esto, escucha lo que dice de este místico ungüento: “Transmite todo esto a los pueblos: el proyecto que Dios tiene sobre todas las naciones” (Is 25:7 LXX) 13 Ungidos, pues, con este santo ungüento, guardadlo en vosotros inmaculado e irreprensible, sacando provecho por medio de buenas obras y agradando al autor de vuestra salvación, Cristo Jesús, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


1. Se ha preferido “lo sabéis todo” a “todos lo sabéis,” en parte porque, según códices, es una lectura posible y porque se respeta así la versión utilizada por Cirilo.

2. Quizá anticipa algo Cirilo las expresiones de Flp 3:20-21: “Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas.”

3. Cf. una afirmación semejante en cat. 18, núm. 33; cf. una explicación en el núm. 6 de esta catequesis. La unción del Espíritu, que en nosotros, como sacramento separado, costituye la Confirmación, se denomina en griego chrisma, “acción de ungir” o “crismación.” El nombre “Cristo,” del adjetivo verbal christós, significa, pues, Ungido. De ahí que “cristiano” sea el que participa de la misma unción de Cristo, al que Hech 10:38, utilizando Is 61:I, califica como aquel a quien Dios “ungió con el Espiritu Santo y con poder.”

4. Original, “antitypo.” Cf. la nota 7 de la anterior catequesis.

5. Is 61,1 ss se refiere, de modo directo, con gran probabilidad, a la misión del profeta, sea quien sea el autor, pues este párrafo pertenece ya al Tritoisaias. El presente pasaje es un eco de los cantos del Siervo (ver especialmente Is 42:1 ss. 7 ss.; 49,1 ss. 8 ss.; 50:4 ss.) y alcanza su plenitud de sentido aplicado a Jesús, en quien se cumple de modo eminente la misión profético-mesiánica: vid. especialmente la aplicación que Jesús hace del texto de Isaías a sí mismo según Lc 4:16-21.

6. Hech 10:38, sobre todo en su contexto, tiene un fuerte sabor kerigmático. El discurso de Pedro ante el centurión romano Cornelio, gentil sobre el que desciende el Espiritu Santo y es hecho luego bautizar (Hech 10:44-48), es en la práctica una descripción del ser y de la misión de Jesús: “... cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espiritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él.” La unción con el Espiritu Santo que el Padre concede al cristiano a semejanza de Cristo -el Espíritu Santo desciende sobre Jesús también tras su bautismo en el Jordán, según los Sinópticos- le hace también al seguidor de Cristo “activo.” En la medida en que el cristiano posee la unción del Espíritu Santo -de ello es sacramento específico la Confirmación- puede también él participar en “hacer el bien” y “curar a los oprimidos por el Diablo.”

7. “Realidad efectiva” (energetikón ginómenon, efficiens factum en la excelente versión latina) es expresión de la concepción de lo que es un sacramento según lo comentado en cat. XX, nota 7.

8. La edición de Migne, op. cit., 1.091, hace aquí mención de Gén 3:7-8 como expresión de la vergüenza por el pecado cometido.

9. Cirilo hace alusión a la expresión mencionada de Pablo, que se encuentra en el importante contexto de 2 Cor 3:4-18 sobre la diferencia entre el ministerio de la antigua Ley y de la nueva Alianza.

10. Es decir, “ungido.” Cf. Lev 4:5: “El sacerdote ungió....” Lo que se intenta exponer aquí (como, en general, al explicar el nombre de “Cristo,” versión griega del hebreo “Mesías,” ungido) es que si Cristo es el ungido de Dios, también el cristiano, ungido a su vez como Jesús, el Cristo, participa así de la unción del Espiritu.

11. Cf. supra, cat. 17, núm. 37, sobre la acción interior del Espíritu Santo.

12. Cf. supra, núm. 2.

13. En el contexto de 25:7 LXX, el proyecto de Dios es derramar su unción sobre todas las naciones. Esto recuerda, por otra parte, Hech 2:16 ss.



XXII. (Mistagógica IV). El Cuerpo y la Sangre del Señor.

         Sobre el cuerpo y la sangre del Señor. La lectura es de la Primera carta de Pablo a los Corintios: “ Yo recibí del Señor lo que os he transmitidos (I Cor11:23), etc.1.


Institución de la Eucaristía

         1. Incluso esta sola enseñanza de Pablo sería suficiente para daros una fe cierta en los divinos misterios. De ellos habéis sido considerados dignos y hechos partícipes del cuerpo y de la sangre del Señor. De él se dice que “la noche en que fue entregado” (I Cor 11:23), nuestro Señor Jesucristo “tomó pan, y después de dar gracias, lo partió” (1 Cor 11:23-24) “y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “tomad, comed, éste es mi cuerpo.” Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: “Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre”“ (Mt 26:26-28). Así pues, si es él el que ha exclamado y ha dicho acerca del pan: “Este es mi cuerpo,” ¿quién se atreverá después a dudar? Y si él es el que ha afirmado y dicho: “Esta es mi sangre,” ¿quién podrá dudar jamás diciendo que no se trata de su sangre?


Fe en el cuerpo y la sangre del Señor

         2. En una ocasión, en Canan de Galilea, cambió el agua en vino (Jn 2:1-10), que es afin a la sangre. ¿Y ahora creeremos que no es digno de fe al cambiar el vino en sangre? Invitado a unas bodas humanas, realizó aquel prodigio admirable. ¿No confesaremos mucho más que a los hijos del tálamo nupcial les dio para su disfrute su propio cuerpo y sangre? 2.


Apariencias de pan y vino, pero realidad del cuerpo y sangre de Cristo

         3. Por ello, tomémoslo, con convicción plena, como el cuerpo y la sangre de Cristo. Pues en la figura de pan se te da el cuerpo, y en la figura de vino se te da la sangre, para que, al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, te hagas partícipe de su mismo cuerpo y de su misma sangre. Así nos convertimos en portadores de Cristo, distribuyendo en nuestros miembros su cuerpo y su sangre. Así, según el bienaventurado Pedro, nos hacemos “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1:4).


El “escándalo” del Pan de vida

         4. En cierta ocasión, discutiendo Jesús con los judíos, decía: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Jn 6:53). Pero como aquellos no entendiesen en sentido espiritual lo que se estaba diciendo, se retiraron ofendidos (cf. 6:60) creyendo que les invitaba a comer carnes3.


La Eucaristía, pan de la nueva Alianza para salud del hombre

         5. Existían también, en la antigua Alianza, los panes de la proposición; pero, puesto que se referían a una alianza caduca, tuvieron un final. Pero, en la nueva Alianza, el pan es celestial y la bebida saludable, y santifican el alma y el cuerpo. Pues, como el pan le va bien al cuerpo, así también el Verbo4 le va bien al alma.


La certeza del don del cuerpo y la sangre de Cristo

         6. Por lo cual no debes considerar el pan y el vino (de la Eucaristía) como elementos sin mayor significación. Pues, según la afirmación del Señor, son el cuerpo y la sangre de Cristo. Aunque ya te lo sugieren los sentidos, la fe te otorga certidumbre y firmeza. No calibres las cosas por el placer, sino estáte seguro por la fe, más allá de toda duda, de que has sido agraciado con el don del cuerpo y de la sangre de Cristo.


La mesa que ha preparado el Señor

         7. La fuerza de todo esto te la explica el profeta David cuando exclama: “Tú preparas una mesa ante mí, frente a mis enemigos” (Sal 22:23). Lo cual quiere decir: antes de tu venida, los demonios habían preparado a los hombres una mesa contaminada, sucísima, que rezuma el poder del diablo. Pero, una vez que llegaste, Señor, “has preparado una mesa ante mí.” Y cuando el hombre dice a Dios: “has preparado ante mí una mesa,” ¿qué otra cosa significa que la mística e inteligible mesa que Dios nos ha preparado “frente a los enemigos,” los contrarios, es decir, frente a los demonios? Y así es, en efecto, pues aquella mesa mantenía la comunión con los demonios, pero ésta la mantiene con Dios. “Unges con óleo mi cabeza”5. Con óleo ungió tu cabeza en la frente mediante el sello6 que tienes de Dios, para que Dios te santifique y te hagas imagen de lo que el sello expresa7. “Mi copa rebosa.” Se trata del cáliz que Jesús tomó en las manos y, dando gracias, dijo: “Esa es mi sangre..., que es derramada por los muchos para perdón de los pecados” (Mt 26:28).


Las nuevas vestiduras de la justicia

         8. Por ello Salomón, en el Eclesiastés, queriendo señalar esta gracia dijo: “Ven, come con alegría tu pan” (Ecl 9:7). Se refiere el pan espiritual; dice “ven,” porque llama a la salvación y da la felicidad. “Y bebe de buen grado tu vino” (ibid.), que se refiere al vino espiritual. “Y no falte ungüento sobre tu cabeza” (Ecl 9:8b): ¿Ves cómo también se designa así al crisma espiritual? “En toda sazón sean tus ropas blancas, ... que Dios está ya contento con tus obras” (ibid., 8a y 7b). Pues, antes de que tuvieses acceso a la gracia, tus obras eran “vanidad de vanidades” (Ecl 1:2)8. Pero, una vez que te despojaste de tus viejas vestiduras y te pusiste las que están espiritualmente limpias, debes estar siempre vestido con éstas. No te decimos que es necesario que siempre vayas vestido de blanco, sino que te revistas de lo que es blanco, puro y espiritual y que digas, de acuerdo con el bienaventurado Isaías: “Con gozo me gozaré en Yahvé, exulta mi alma en mi Dios, porque me ha revestido de ropas de salvación, en manto de justicia me ha envuelto...” (Is 61:10).


Compendio sobre el cuerpo y la sangre de Cristo

         9. Puedes quedarte con la idea y tener la fe certísima en que lo que se ve como pan no es pan, aunque tenga ese sabor, sino el cuerpo de Cristo, y que lo que se ve como vino no es vino, aunque a eso sepa, sino la sangre de Cristo. Y no olvides lo dicho antiguamente por David en los Salmos: “... para sacar de la tierra el pan, y el vino que recrea el corazón del hombre, para que lustre su rostro con aceite y el pan conforte el corazón del hombre” (Sal 104:14-15). Conforta tu corazón tomando aquel pan como espiritual y pon alegre el rostro de tu alma. Cubriéndolo con la pureza de tu conciencia y reflejando “como en un espejo la gloria del Señor,” camines “cada vez con mayor gloria” (2 Cor 3:18) en Cristo Jesús, Señor nuestro, a quien sean el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.



1. El tema es, pues, la Eucaristía, el tercero de los sacramentos que se reciben en la iniciación cristiana.

2. La expresión “los hijos del tálamo nupcial” — la traducción podría ser, en rigor, también “los siervos” — seria una reminiscencia, por ejemplo, de Mt 9:15: “¿Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio, entonces ayunarán.” Es precisamente en ausencia del novio o del “Esposo,” como con tanta poesía ha expresado el Cantar de los Cantares, cuando sus amigos y sus invitados, al “ayunar” por la ausencia, se alimentan, sin embargo, del cuerpo y de la sangre de Cristo, anunciando “la muerte del Señor, hasta que venga” (I Cor 11:26). Es decir, el cuerpo y la sangre de Jesús son el alimento del cristiano mientras está a la espera de la venida definitiva del Señor.

3. Cf. Jn 6:61-67. La confesión de Pedro ante el rechazo que de Jesús hacen “los judíos” (Jn 6:67 ss.) ocupa en el evangelio de Juan un lugar semejante al de la confesión, también de Pedro y en nombre de los demás apóstoles, en Mt 16:16 par. Es decir, en la medida en que Jesús va desvelando el misterio de su persona y de su misión (destinado a la cruz en los Sinópticos, Mt 16:21 ss. par; entregado a los hombres como verdadero pan de vida según Jn 6:26-66), solamente lo aceptan aquellos que han venido siendo preparados por el mismo contacto con él. En cuanto a la Eucaristía puede, por tanto, decirse que sólo pueden aceptarla como presencia viva de la Pascua de Jesucristo salvador quienes han sido previamente instruidos y dispuestos por la Palabra de la predicación y el contacto con el Dios de Jesús. Por eso, tras la iniciación cristiana, es buen momento para una catequesis que “conduzca al misterio” (catequesis “mistagógica”) de la Eucaristía. El tema de la Eucaristía, por la posibilidad del escándalo semejante al de los judíos en Jn 6, entraba dentro del llamado “secreto” o “disciplina del arcano” en la Iglesia antigua.

4. “El Verbo” o “la Palabra,” refiriéndose a la Palabra que es Cristo.

5. Sal 23:5 del que ya se ha citado la primera mitad, dice completo: “Tú preparas una mesa ante mi, frente a mis enemigos; unges con óleo mi cabeza, rebosante está mi copa.”

6. Cf. de nuevo lo dicho ya en varios momentos sobre el “sello,” “carácter,” etc. (vid. supra, Procatequesis, nota 36).

7. Cf., hablando de la diadema del sacerdote, Ex 28:36: “Harás además, una lámina de oro puro y en ella grabarás como se graban los sellos: “Consagrado a Yahvé”.”

8. De modo genérico, ante el comienzo del Eclesiastés (o Cohélet, “el de la asamblea,” de qahal, asamblea; por tanto, también “predicador”; “ecclesia” en griego es asamblea y “eclesiastés” seria “el encargado de la asamblea” en cuanto “predicador”) la Biblia deJerusalén señala acertadamente acerca de 1,2: “a) el determinismo del cosmos, marco monótono de la vida humana, provoca hastío en el Eclesiastés, al contrario de la admiración y adoración que expresan Jb 38-40 o el Sal 104.” Y más específicamente sobre la célebre expresión “vanidad de vanidades,” citada aquí por Cirilo: “b) El término... significaba en primer lugar “vaho,” “aliento,” y forma parte del repertorio de imágenes (el agua, la sombra, el humo, etc.) que en la poesía hebrea describen la fragilidad humana. Pero la palabra ha perdido su sentido concreto y para Qo únicamente evoca lo ilusorio de las cosas y, en consecuencia, la decepción que éstas le reservan al hombre.” Todo esto, de cara a la situación de los recién bautizados, hace comprender la “vanidad de vanidades” que en definitiva son las obras del hombre anterior al bautismo.



XXIII. (Mistagógica V). La Celebración de la Eucaristía.

         De la Primera carta de Pedro: Rechazad, por tanto, toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias,” etc. (I Pe 2:1 ss.).


Transición1

         1. En las asambleas anteriores oísteis hablar abundantemente, por don de Dios, tanto del bautismo como de la crismación y de la toma del cuerpo y de la sangre de Cristo. Pero debemos pasar ahora a lo que sigue, con lo cual pondremos fin al edificio de vuestra enseñanza espiritual.


El lavatorio de las manos, signo de la inmunidad del pecado

         2. Habéis visto cómo el diácono alcanzaba el agua, para lavarse las manos, al sacerdote y a los presbíteros que estaban alrededor del altar. Pero en modo alguno lo hacía para limpiar la suciedad corporal. Digo que no era ése el motivo, pues al comienzo tampoco vinimos a la Iglesia porque llevásemos manchas en el cuerpo. Sin embargo, esta ablución de las manos es símbolo de que debéis estar limpios de todos los pecados y prevaricaciones. Y al ser las manos símbolo de la acción, al lavarlas, significamos la pureza de las obras y el hecho de que estén libres de toda reprensión. ¿No has oído al bienaventurado David aclarándonos este misterio y diciendo: “Mis manos lavo en la inocencia y ando en torno a tu altar, Señor” (Sal 26:6)? Por consiguiente, lavarse las manos es un signo de la inmunidad del pecado.


El beso de la paz2

         3. Después, el diácono exclama: “Hablaos, y besémonos mutuamente.” Y no pienses que este ósculo es de la misma clase que los que se dan los amigos mutuos en la plaza pública. Este beso no es de esa clase. Pues reconcilia y une unas almas con otras, y les garantiza el total olvido de las injurias. Es signo, por consiguiente, de que las almas se funden unas con otras y de que deponen cualquier recuerdo de las ofensas. Por eso decía Cristo: “Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda” (Mt 5:23-24). Por tanto, el ósculo es reconciliación y, por ello, es santo, como dice en alguna parte el bienaventurado Pablo: “Saludaos los unos a los otros con el beso santo” (I Cor 16:20); y Pedro: “Saludaos unos a otros con el beso de amor” (I Pe 5:14).

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anáfora. (Del lat. anaphŏra, y este del gr. ἀναφορά, repetición).

1. f. En las liturgias griega y orientales, parte de la misa que corresponde al prefacio y al canon en la liturgia romana, y cuya parte esencial es la consagración

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Invocaciones iniciales al comienzo de la anáfora

         4. Después exclama el sacerdote: “Arriba los corazones.” Pues verdaderamente, en este momento trascendental, conviene elevar los corazones hacia Dios y no dirigirlos hacia la tierra y los negocios terrenos. Es, por tanto, lo mismo que si el sacerdote mandara que todos dejasen en ese momento a un lado las preocupaciones de esta vida y los cuidados de este mundo, y que elevasen el corazón al cielo hacia el Dios misericordioso. Luego respondéis: “Lo tenemos (levantado) hacia el Señor,” con lo que asentís a la indicación por la confesión que pronunciáis. Que ninguno que esté allí, cuando dice: “Lo tenemos hacia el Señor,” tenga en su interior su mente llena de las preocupaciones de esta vida. Pues debemos hacer memoria de Dios en todo tiempo. Pero si, por la debilidad humana, se hiciere imposible, al menos en aquel momento hay que esforzarse lo más que se pueda.


Es justo, por nuestra parte, dar gracias al Señor

         5. Después de esto dice el sacerdote: “Demos gracias al Señor.” Pues debemos estar verdaderamente agradecidos de que cuando éramos indignos, nos llamó a tan inmensa gracia, y de que, cuando éramos enemigos, nos reconcilió (cf. Rom 5:10) y nos concedió el Espíritu de adopción (Rm 8:15). Vuestra respuesta es: “Es digno y justo”3. Pues, cuando damos gracias, hacemos algo digno y justo, aunque él, sin seguir estrictamente lo justo, sino yendo más allá de ello, nos hizo bien y nos hizo dignos de tan grandes bienes.


El comienzo de la anáfora y el “Santo”

         6. Hacemos mención, después, del cielo, de la tierra y del mar; del sol y de la luna, de los astros y de toda criatura, dotada de razón o sin ella, visible o invisible; de los ángeles, de los arcángeles, de las virtudes, dominaciones, principados, potestades y tronos; de los querubines dotados de muchos rostros4; todos diciendo aquello de David: “Cantad conmigo al Señor” (Sal 34:4). Hacemos también mención de los serafines que, en el Espíritu Santo, vio Isaías alrededor del trono de Dios y que cubrían con dos alas su rostro, con dos alas los pies, y con dos volaban diciendo: “Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos” (Is 6:2-3). Recitemos, por tanto, esta teología5, para que, en la entonación comunitaria de las alabanzas, nos unamos a los ejércitos que están por encima del universo.


La epíclesis o invocación del descenso del Espíritu Santo sobre los dones del altar

         7. A continuación, después de santificarnos a nosotros mismos mediante estas alabanzas espirituales6, suplicamos al Dios misericordioso que envíe al Espíritu Santo sobre los dones presentados7, para que convierta el pan en cuerpo de Cristo y el vino en la sangre de Cristo. Pues habrá quedado santificado y cambiado lo que haya sido alcanzado por el Espíritu Santo.

 

Oramos por todos los que lo necesitan

         8. Pero después que ha sido realizado el sacrificio espiritual, culto incruento sobre aquella hostia de propiciación, rogamos a Dios por la paz de todas las Iglesias, por el buen gobierno del mundo, por las autoridades, por los soldados, por los amigos, por aquellos que están sujetos a enfermedades, por los que son presa de la aflicción y, en general, oramos y ofrecemos esta víctima por todos los que tienen alguna necesidad.


También por los difuntos

         9. Recordamos también a todos los que ya durmieron: en primer lugar, los patriarcas, los profetas, los apóstoles, los mártires, para que, por sus preces y su intercesión, Dios acoja nuestra oración. Después, también por los santos padres y obispos difuntos y, en general, por todos cuya vida transcurrió entre nosotros, creyendo que ello será de la mayor ayuda para aquellos por quienes se reza.


Utilidad de la oración por los difuntos

         10. Quiero aclararos esto con un ejemplo, puesto que a muchos les he oído decir: ¿de qué le sirve a un alma salir de este mundo con o sin pecados si después se hace mención de ella en la oración? Supongamos, por ejemplo, que un rey envía al destierro a quienes le han ofendido, pero después sus parientes, afligidos por la pena, le ofrecen una corona: ¿Acaso no se lo agradecerá con una rebaja de los castigos? Del mismo modo, también nosotros presentamos súplicas a Dios por los difuntos, aunque sean pecadores. Y no ofrecemos una corona, sino que ofrecemos a Cristo muerto por nuestros pecados, pretendiendo que el Dios misericordioso se compadezca y sea propicio tanto con ellos como con nosotros.


El Padre nuestro, entre la plegaria eucarística y la comunión

         11. Y, después de todo esto, recitamos aquella oración que el Salvador entregó a sus mismos discípulos, llamando con conciencia pura Padre a Dios y diciendo: “Padre nuestro que estás en los cielos” (Mt 6:9)8. ¡Oh gran misericordia de Dios para con los hombres! juntamente con su amor. Hasta tal punto se compadeció de quienes se apartaron de él y se afirmaron en los mayores males que les concedió el olvido de las injurias y la participación en la gracia de modo que le llamasen Padre: “Padre nuestro que estás en los cielos.” Pues del cielo habían de ser quienes llevaran la imagen del cielo9, en quienes Dios habita y con quienes él camina10.

         12. “Santificado sea tu nombre.” Por su naturaleza el nombre de Dios es santo, digámoslo nosotros o no lo digamos. Pero ya que, por medio de quienes pecan, se le profana en ocasiones, según aquello de que “el nombre de Dios, por vuestra causa, es blasfemado entre las naciones” (Is 52:5, tal como aparece citado en Rom 2:24), oramos para que en nosotros sea santificado el nombre de Dios. Y no es que comience a ser santo porque anteriormente no lo fuese, sino que en nosotros se hace santo cuando nos santificamos nosotros mismos y hacemos cosas dignas de la santidad.

         13. “Venga tu Reino” (Mt 6:10). Es propio del alma pura decir con confianza: “Venga tu Reino.” Pues quien haya oído a Pablo, que dice: “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal” (Ro 6:12), y sea consciente de su pureza en obras, pensamientos y palabras, clamará a Dios: “Venga tu Reino.”

         14. “Hágase tu Voluntad en la tierra como en el cielo.” Los bienaventurados ángeles de Dios hacen la voluntad de éste, como decía David en los Salmos: “Bendecid a Yahvé, ángeles suyos, héroes potentes, ejecutores de sus órdenes, en cuanto oís la voz de su palabra” (Sal 103:20)11. Tu oración, por consiguiente, tiene esta fuerza y esta significación, como si dijeras: “Como se hace tu voluntad en los ángeles, así se haga, Señor, en la tierra sobre mí.”

         15. “Danos hoy nuestro pan necesario” (Mt 6:11)12, El pan ordinario no es sustancial. Pero este pan, que es santo, es sustancial, como si dijeras que está dirigido a la sustancia del alma. Este pan no va a parar al vientre ni entra en la defecación, sino que se reparte entre todo tu ser para utilidad del cuerpo y del alma. El “hoy” se dice por “todos los días.” Como también Pablo decía: “Cada día mientras dure este hoy” (Hebr 3:13)13.

         16. “Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt 6:12). Tenemos realmente muchos pecados, puesto que causamos ofensas con la palabra y el pensamiento y realizamos muchas cosas, merecedoras de condenación. Y “si decimos: “No tenemos pecado,” nos engañamos y la verdad no está en nosotros,” como dice Juan (1 Jn 1:8). Hacemos, pues, un pacto con Dios, orando para que nos perdone los pecados, como también nosotros perdonamos sus deudas a nuestros prójimos. Sopesando, por tanto, lo que recibimos a cambio, no titubeemos ni dudemos en perdonar las mutuas ofensas. Las ofensas que se nos hacen son pequeñas, ligeras y fáciles de olvidar. Pero las que cometemos contra Dios son grandes y sólo pueden borrarse con la ayuda de su sola benignidad. Guárdate, pues, de que, por cosas pequeñas y por naderías dirigidas a ti, te excluyas a ti mismo del perdón de los pecados ante Dios.

         17. “Y no nos dejes caer en la tentación (Mt 6:13), Señor.” ¿Acaso el Señor nos enseña a pedir que no seamos tentados en absoluto? ¿Y cómo es que en otro lugar se dice: “Quien no ha pasado pruebas poco sabe” (Eclo 34:10)14, y también: “Considerad como un gran gozo, hermanos míos, el estar rodeados por toda clase de pruebas.” Pero entrar en tentación, ¿acaso no significa hundirse en ella? Pues la tentación es algo semejante a un torrente difícil de atravesar. Pero, aquellos a quienes no se los traga la tentación, la atraviesan como hábiles nadadores sin ser arrastrados por nada. Pero los que no son así, se hunden nada más entrar. Así fue, por poner un ejemplo, Judas. Al entrar en la tentación de la avaricia, no nadó sino que se hundió, y se ahogó en cuerpo y en espíritu. Pedro entró en la tentación de la negación, pero, a pesar de haber entrado, no se hundió, sino que, llorando intensamente, fue liberado de la tentación. Oye también, por su parte, al coro de los santos incólumes, que prorrumpe en acción de gracias al ser liberado de la tentación:


         “Tú nos probaste, oh Dios,

         nos purgaste, cual se purga la plata;

         nos prendiste en la red,

         pusiste una correa a nuestros lomos,

         dejaste que un cualquiera a nuestra cabeza cabalgara,

         por el fuego y el agua atravesamos;

         mas luego nos sacaste para cobrar aliento” (Sal 66:10-12).


¿No ves la alegría confiada de quienes han pasado sin haberse hundido? “Mas luego, se añade, nos sacaste para cobrar aliento.” Que ellos llegaran a cobrar aliento significa que fueron liberados de la tentación15.

         18. “Mas líbranos del maligno.” Si el “no nos dejes caer en la tentación” quisiese decir no ser tentado en modo alguno, no habría añadido “mas líbranos del maligno16. El maligno es el diablo como adversario del que pedimos ser liberados. Y después, acabada la oración, dices: “Amén.” Por este “Amén,” que significa “así sea,” refrendas y confirmas lo que se contiene en esta oración que Dios nos ha entregado.


“Las cosas santas a los santos.” Invitación a la comunión

         19. Después de todo esto dice el sacerdote: “Las cosas santas a los santos”17. Santas son las cosas que están sobre el altar, puesto que sobre ellas ha venido el Espíritu Santo. Santos sois también vosotros, enriquecidos por el don del Espíritu Santo. Y las cosas santas son buenas para los santos. Vosotros, además, añadís: “Sólo hay un santo y un solo Señor Jesucristo.” Pues realmente sólo uno es santo, santo por naturaleza; pero también nosotros somos santos, pero no por naturaleza, sino por participación y por la práctica de las obras y el deseo.


La comunión del cuerpo y la sangre del Señor

         20. Oíste después la voz del salmista que os invitaba, por medio de cierta divina melodía, a la comunión de los santos misterios y decía: “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Sal 34:9)18. Pero no juzguéis ni apreciéis esto como una comida humana: quiero decir, no así, sino desde la fe y libres de toda duda. Pues a los que los saborean no se les manda degustar pan y vino, sino lo que éstos representan en imagen, pero de modo real: el cuerpo y la sangre del Señor.

 

La comunión del cuerpo de Cristo

         21. No te acerques, pues, con las palmas de las manos extendidas ni con los dedos separados, sino que, poniendo la mano izquierda bajo la derecha a modo de trono que ha de recibir al Rey, recibe en la concavidad de la mano el cuerpo de Cristo diciendo: “Amén.” Súmelo a continuación con ojos de santidad cuidando de que nada se te pierda de él. Pues todo lo que se te caiga considéralo como quitado a tus propios miembros. Pues, dime, si alguien te hubiese dado limaduras de oro, ¿no las cogerías con sumo cuidado y diligencia, con cuidado de que nada se te perdiese y resultases perjudicado? ¿No procurarás con mucho más cuidado y vigilancia que no se te caiga ni siquiera una miga, que es mucho más valiosa que el oro y que las piedras preciosas?


La comunión de la sangre de Cristo

         22. Y después de la comunión del cuerpo de Cristo, acércate también al cáliz de la sangre: sin extender las manos, sino inclinándote hacia adelante, expresando así adoración y veneración, mientras dices “Amén,” serás santificado al tomar también de la sangre de Cristo. Y cuando todavía tienes húmedos los labios, tocándolos con las manos, santifica tus ojos y tu frente y los demás sentidos. Por último, en oración expectante, da gracias a Dios, que te ha concedido hacerte partícipe de tan grandes misterios.

         23. Guardad íntegras estas tradiciones, y guardaos a vosotros mismos sin mancha. No os apartéis de la comunión ni mancilléis con vuestros pecados estos sagrados y espirituales misterios. “Que él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes 5:23), a quien sea la gloria, el honor y el imperio con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.


1. La catequesis expone los diferentes ritos de la celebración de la Eucaristía, después de terminada la liturgia de la Palabra. Se observa la continuidad ininterrumpida en lo esencial y en bastantes detalles de los ritos si se compara este texto de Cirilo con tradiciones más antiguas, empezando por la misma relación de I Cor 11:17 ss., espec. 23 ss, y continuando por los testimonios, entre otros muchos, de la Didaché, Justino, Hipólito de Roma, las Constituciones Apostólicas, además de los numerosisimos formularios de las diversas Iglesias.

2. En la liturgia de la Eucaristía aquí descrita, el abrazo de paz se tiene antes de entrar en la proclamación de la anáfora. La oportuna mencion expresa de Mt 5:23-24 confirma el sentido de esta colocación del abrazo de paz: el mutuo beso de paz expresa la reconciliación entre los presentes en la celebración de la Eucaristía antes de la común acción de gracias que es la plegaria eucarística.

3. Es el sentido directo de las expresiones del texto original.

4. Cf Ez 10:21.

5. “Teología” está aquí empleada, no en el sentido actualmente corriente de “conocimiento de Dios,” sino en el sentido cultual de alabanza o celebración de Dios. La frase podría traducirse: “Recitemos, por tanto, esta liturgia divina.”

6. Vid. la insistencia de esta idea infra., núm. 19.

7. “Suplicamos al Dios misericordioso...,” etc. (en el original, philanthropon) es fórmula griega muy corriente para la epíclesis Cf. en la edición mencionada de MIGUE PG 33,1.115, nota 1.

8. El Padre nuestro, completo en Mt 6:9-13. Como en casi toda esta versión, también aquí se utilizará la de la Biblia de Jerusalén, no la versión litúrgica oficial española actual. Con respecto a la versión “cotidiano,” O “de cada día,” aplicado al pan según Mt 6:11, véase más abajo el núm. 15.

9. Cf. I Cor 15:49: “Y del mismo modo que hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del celeste,” lo cual queda expuesto en I Cor al hablar del modo de la resurrección.

10. Cf. 2 Cor 6:16, que cita a Ez 37:27: “Porque nosotros somos santuario de Dios vivo, como dijo Dios: “Habitaré en medio de ellos y andaré entre ellos; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”.”

11. El texto original de la catequesis señala, de modo más expreso “haciendo sus voluntades” o “sus deseos,” pero la traducción ofrecida responde mejor al sentido bíblico original y a la versión de los LXX.

12. Esta traducción es discutible, pero Mt 6:11, cuya traducción siempre causó problemas, admite diversas interpretaciones. El texto griego de Mt llama a este pan epiousios, que puede traducirse por “cotidiano,” pero también por “sustancial” (en cuanto derivado de ousía y de épeinai). Es sobre este sentido sobre el que Cirilo basa su explicación. La traduccian “necesario” puede mediar entre los sentidos de cotidianeidad y de necesidad sustancial.

13. El “hoy” de cada día en que Dios constantemente está llamando al hombre. En otro orden de cosas, la catequesis participa de la opinión extendida comúnmente entonces, de que Pablo es el autor de la carta a los Hebreos.

14. Cf. también Rom 5:3-4.

15. La idea que subyace a todo el párrafo es la, a pesar de todo, fragilidad del discípulo, que siempre puede decir no a su Señor. El ejemplo de Pedro es aducido por Cirilo para expresar que la caída en el pecado siempre puede encontrar solución en la misericordia de Dios.

16. La expresión ponerou puede referirse al mal en general o al “maligno,” refiriéndose en este caso al diablo. Cirilo se inclina por esta segunda interpretación.

17. Según recuerda PG 33,1.123, nota 1, esta expresión, como invitación a la comunión, se encuentra en todas las liturgias griegas, en la liturgia mozárabe y en diversas liturgias latinas.

18. El Sal 34 es empleado frecuentemente en diversas liturgias antiguas como canto de comunión, a la que se aplica especialmente el mencionado versículo 9.

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Si la ciencia existe en alguna parte, y no puede existir sino en un ser que vive, y existe siempre; y si cualquier ser en el que algo siempre existe, debe existir siempre: siempre vive el ser en el que se encuentra la ciencia. Si nosotros somos los que razonamos, es decir, nuestra alma; si ésta no puede razonar con rectitud sin la ciencia y si no puede subsistir el alma sin la ciencia, excepto el caso en que el alma esté privada de ciencia, existe la ciencia en el alma del hombre. La ciencia existe en alguna parte, porque existe y todo lo que existe no puede no existir en parte alguna. Además la ciencia no puede existir sino en un ser que vive. Porque ningún ser que no vive puede aprender algo; y no puede existir la ciencia en aquel ser que no puede aprender nada. Asimismo, la ciencia existe siempre. En efecto, lo que existe y existe de modo inmutable es necesario que exista siempre. Ahora bien, nadie niega la existencia de la ciencia. En efecto, quienquiera que admita que no se puede hacer que una línea trazada por el centro de un círculo no sea la más larga de todas las que no se tracen por el dicho centro, y que esto es objeto propio de alguna ciencia, afirma que existe una ciencia inmutable. Además nada en lo que algo existe siempre, puede no existir siempre. Efectivamente, ningún ser que existe siempre permite que sea sustraído alguna vez el sujeto en el que existe siempre. Desde luego cuando razonamos, esto lo hace nuestra alma. En efecto, no razona sino el que entiende: mas ni el cuerpo entiende, ni el alma con el auxilio del cuerpo, porque cuando quiere entender se aparta del cuerpo. Aquello que es entendido existe siempre del mismo modo; y nada propio del cuerpo existe siempre de la misma manera, luego el cuerpo no puede ayudar al alma que se esfuerza por entender, le basta con no serle obstáculo. Asimismo nadie sin ciencia razona con rectitud. Pues el recto raciocinio es el pensamiento que tiende de lo cierto al descubrimiento de lo incierto, y nada cierto hay en el alma que ésta lo ignore. Mas todo lo que el alma sabe, lo posee en sí misma, y no abraza cosa alguna con su conocimiento sino en cuanto pertenece a una ciencia. En efecto, la ciencia es el conocimiento de cualesquiera cosas. Por consiguiente, el alma humana vive siempre. San Agustín


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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).