Friday 20 January 2017 | Actualizada : 2016-12-24
 
Inicio > Patrología > Patrología - 0.I: Padres de la Iglesia, Dios Luz primera suprema inefable; ángel


El amor de Dios es celoso; no se satisface si se acude a su cita con condiciones [. . . ] (J. ESCRIVA DE BALAGUER, Amigos de Dios,28).

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Además de dos clases de fuego, conozco también dos géneros de luz. Es la primera la que procede del principio conductor que endereza nuestros pasos hacia Dios. La otra es engañosa, imprudente y enemiga de la luz verdadera. Finge ser ésta para apropiarse de su resplandor, pero aunque aparente ser luz de mediodía y más brillante que la luz, es tenebrosa hasta el extremo. A mi entender, por esto se dice que algunos huirán en la oscuridad del mediodía 157. Ciertamente es noche, mas quienes están corrompidos por el lujo la consideran como luz. ¿Qué dice David? “La noche me rodeaba y, mísero de mi, no lo sabía, pensaba que el lujo era luz 158.” Lo mismo les sucede a quienes se entregan a la molicie. En cambio nosotros estamos iluminados por la luz del conocimiento. Esto es “sembrar la justicia 159” y recolectar el fruto de la vida, pues la acción nos procura la contemplación. Así aprenderemos todas las cosas y también a distinguir cuál es la verdadera luz y cuál la falsa y cuando tropecemos con ésta no creeremos que se trate de aquélla. Seamos luz, que los discípulos oyeron cómo les decía la gran luz: “vosotros sois la gran luz del mundo 160.” Seamos luminarias del mundo llevando en nosotros al Logos de vida, la fuerza que a todos vivifica. Apoderémonos de la naturaleza divina, de la más primitiva y pura luz. Vayamos a su esplendor sin que nuestros pies tropiecen en los montes oscuros y enemigos. Mientras luzca el día “caminemos con decoro propio del día, no en festines y borracheras, no en amancebamientos y libertinajes 161,” pues los robos pertenecen a la noche.


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Patrología - 0.I: Padres de la Iglesia - San Gregorio Nacianceno - Nació el año 329-330 cerca de Nacianzo, en la Capadocia (Asia menor).

Homilía 40


         Ayer celebramos el espléndido día de la luz. Era conveniente poner de manifiesto que la alegría que nos da nuestra salvación es mucho mayor que la que proporcionan a los que aman la carne las fiestas por un matrimonio, un nacimiento, una onomástica, una mayoría de edad, la inauguración de una casa nueva. Hoy, a su vez, nos entretendremos hablando sobre el Bautismo y sobre el beneficio que nos procura. Nuestro discurso de ayer sobre este punto fue breve, porque apremiaba el tiempo y, además, porque no deseábamos extendernos, ya que la excesiva duración de un discurso es tan dañina para los oyentes como un exceso de comida para el cuerpo. Importa prestar atención a lo que se dice y escuchar la predicación de cosas tan importantes no de pasada, sino con gran empeño, ya que la iluminación consiste también en esto, en advertir la fuerza del misterio.


         2. La Escritura conoce tres tipos de nacimientos: el que proviene del cuerpo, el del Bautismo y el de la resurrección. De éstos, el primero está en relación con la noche, con la esclavitud y la pasión; el segundo, propio del día, de la libertad y de la destrucción de las pasiones, aparta, como si de un velo se tratara, todo lo adquirido desde el nacimiento y conduce a la vida suprema. El tercero es mucho más temible y breve. Reúne a todo el género humano en poco tiempo para que se coloque al lado del Creador y rinda cuentas de su servidumbre, de su comportamiento en la tierra, de si se ha dejado llevar sólo por la carne o si se ha alzado junto con el Espíritu y ha agradecido el don de la Creación. Yo creo que Jesucristo enalteció cada uno de estos nacimientos. El primero por aquel soplo primero y vivificante 1. El segundo por la Encarnación 2 y por el Bautismo 3 con el que El mismo fue bautizado. El tercero por la Resurrección 4, a la cual El mismo dio comienzo: de la misma forma que fue el primogénito entre muchos hermanos 5, así también fue considerado digno de serlo entre los muertos 6.


         3. No es éste, sin embargo, el momento adecuado para hablar sobre dos de estos tres tipos de nacimiento, el primero y el último. Es menester que meditemos acerca del que está en medio, el que recibe el nombre de Día de la Luz 7. El Bautismo es esplendor de las almas, transformación de la vida, pregunta hecha a Dios por nuestra conciencia. El Bautismo es ayuda a nuestra fragilidad. El Bautismo es abandono de la carne, compañía del Espíritu, unión al Logos, restauración de la naturaleza humana, cataclismo del pecado, participación de la luz y destrucción de la tiniebla. El Bautismo es vehículo que conduce a Dios, peregrinación junto a Cristo 8, apoyo de la Fe, perfección de la mente, llave del Reino de los cielos, cambio de vida, destrucción de la esclavitud, liberación de las ataduras, mudanza en nuestra composición. En fin, ¿a qué hacer más enumeraciones? El Bautismo 9 es el más bello y el mayor de los dones de Dios. A la manera como determinadas cosas, en atención a la amplitud de su significado y a su importancia, pueden ser llamadas “santo entre los santos” o “cantar de los cantares,” así también el Bautismo es la más santa entre todas las iluminaciones que existen entre nosotros.


         4. Como Cristo, dador de este don, es nombrado con muchos y diferentes apelativos, así también el don por El concedido recibe multitud de denominaciones diversas, ya sea por la alegría que experimentamos cuando se nos concede, pues los que aman algo apasionadamente se recrean en nombrar el objeto de su amor, ya sea porque la variedad de sus beneficios nos mueve a emplear muchos nombres distintos para designarlo. Lo llamamos don, gracia, bautismo, unción, iluminación, vestidura de incorrupción, baño de regeneración, sello, cuanto de precioso hay. Don, porque se otorga a quienes nada habían; gracia, porque se da a los deudores; bautismo, porque el pecado es sumergido en el agua a la par que nosotros; unción, porque es sagrado y real, que tales eran las dignidades que requerían la unción; iluminación, porque es esplendor; vestidura, porque vela nuestra vergüenza; baño, porque purifica; sello porque significa y conserva el poder. Por él los ciegos se alegran junto a nosotros, los ángeles lo glorifican porque su esplendor es semejante al de ellos e imagen de la felicidad de lo alto. Deseamos exaltarlo con himnos, mas no podemos hacerlo con la dignidad requerida.



         5. Dios es la luz suprema, inalcanzable e inefable. No se puede comprender con la mente ni expresarse con palabras. Es la luz que ilumina toda naturaleza racional 10. Dios es entre las naturalezas inteligentes lo que el sol entre las sensibles. Se nos muestra en proporción a nuestra purificación; lo amamos en proporción a nuestra contemplación; lo comprende nuestra mente en la medida en que lo hayamos amado; El mismo se contempla y se comprende, difundiéndose muy escasamente entre lo que queda fuera de El. Mas cuando hablo de la luz, hablo de la que se contempla en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, cuya riqueza consiste en su única naturaleza y en el estallido único de su resplandor. La segunda luz es el ángel, que es emanación o participación de la luz primera. Posee su propia luz, por su sumisión y servicio a Dios. No sé si se difunde la luz según el orden de su colocación o si, por el contrario, cada ángel es colocado en un lugar conforme a su luminosidad. Por fin, la tercera luz es el hombre, como resulta evidente también a quienes no son cristianos. Estos llaman luz al hombre 11 (en la lengua homérica, que San Gregorio había estudiado como todos los griegos cultos de su tiempo, y en la lengua poética de carácter más elevado, el término phós, photós (gen.) designaba al hombre. Era habitual relacionarlo con el término phôs, phôtós que significaba luz. Esta derivación seudoetimológica se lee también en Clemente de Alejandría, Paedag., 1, 6,) con arreglo a la fuerza de su razón. Para nosotros, reciben el nombre de luz sobre todo aquellos hombres que más se parecen a Dios y se le acercan más. Y aún cabe hablar de otra luz: la que dispersó las tinieblas primitivas, la luz anterior a la creación visible, el movimiento rotatorio de las estrellas y aquel supremo esplendor que ilumina todo el mundo 12. 


         6. Luz era también la orden primera dada al primer hombre 13, ya que “lámpara y luz es la ley” 14 y “luz son tus mandatos sobre la tierra” 15. Mas después, las tinieblas envidiosas la convirtieron en mal. Para quienes la seguían, luz ejemplar y oportuna era la ley escrita, que esbozaba la verdad y el misterio de la gran luz, si es verdad que el rostro de Moisés fue glorificado por ella 16. Por ilustrar más nuestras palabras diremos que luz era lo que apareció a Moisés en llama de fuego, cuando ardía la zarza sin consumirse 17 revelando así su naturaleza y su fuerza. Luz lo que guió a Israel en la columna de fuego y mitigó el rigor del desierto 18. Luz lo que arrebató a Elías en un carro de fuego, que no abrasaba al raptado 19. Luz lo que alumbró a los pastores 20 cuando la luz que está fuera del tiempo se mezcló con la que es temporal. Luz la hermosura de la estrella que precedía el camino de Belén 21, para conducir a los Magos y revelarles a la luz que estaba sobre nosotros y habitó a nuestro lado. Luz la naturaleza divina mostrada en el monte a los discípulos, que no pudieron resistir su esplendor 22. Luz la visión que rodeó a Pablo que por aquel resplandor en sus ojos quedó curado de las tinieblas del alma  23. Luz es también el esplendor que, cuando los justos resplandezcan como el sol 24 y Dios se siente en medio de dioses 25 y reyes para determinar y juzgar quiénes y qué cosas son dignos de la felicidad de lo alto, sobrevendrá desde el cielo a quienes se hayan purificado aquí en la tierra. Además de todo esto y de manera muy particular, luz es la iluminación del Bautismo de que ahora tratamos, que comprende el grande y admirable misterio de nuestra salvación.


         7. No cometer pecado es exclusivo de Dios, de la naturaleza primera y sin composición 26, pues la simplicidad es pacífica y no conoce sediciones ni revueltas. Me atrevería a decir que es conforme también a la naturaleza angélica, o al menos que le conviene, dada su proximidad a Dios. Por el contrario, propio es el pecar de la humana condición y de su composición terrena, pues la composición es el principio de separación. No estimó conveniente el Señor abandonar sin ayuda a lo que El había creado, ni mirar con desdén cómo corría peligro de apartarse de El 27. Así, igual que nos creó antes de que existiéramos, cuando ya nos había dado la existencia nos creó con una forma más divina y sublime que la primera. Ella es, por una parte, señal para quienes comienzan y por otra, para los avanzados en edad y gracia, es enmienda de la imagen que ha cometido un error a causa del mal 28. Y ello al objeto de que no llegáramos a ser peores por la desesperación dejándonos caer de nuevo hacia el mal, hasta precipitarnos finalmente por completo fuera del bien arrastrados por la desesperación, despeñándonos en un abismo de males, tal y como se dice en la Escritura. Mas a la manera como quienes recorren un largo camino reposan de la fatiga en alguna posada, así nosotros debemos continuar nuestro peregrinaje frescos y de buena gana. Esto es la fuerza y la gracia que el Bautismo trae consigo, no un diluvio como antaño, sino la purificación de nuestro pecado y la completa purgación de las ataduras y mancillas que, a causa del mal, se nos adhieren.


         8. Como quiera que estamos constituidos de dos partes, de alma y cuerpo, de una naturaleza visible y de otra invisible, doble ha de ser también nuestra purificación, esto es, con agua y con Espíritu 29. La primera debe recibirse de modo visible y corpóreo, la segunda de modo incorpóreo e invisible. La primera es tipo 30 de la segunda, real y purificadora de las entrañas. El Espíritu actúa como remedio del primer nacimiento, sustituye lo antiguo por lo nuevo, lo que ahora somos por semejanza con Dios. Revivifica sin necesidad de fuego y reconstruye sin previa destrucción. Por resumirlo en pocas palabras, diremos que la eficacia del Bautismo consiste en pactar con Dios una segunda vida, una conducta más recta. Ha de temerse mucho y guardar su alma cada uno con sumo cuidado para evitar que nos comportemos como farsantes en este convenio. Pues si Dios confirma su pacto con los hombres ofreciéndose El mismo como prenda ¿cuán grande no sería el delito de ser hallado transgresor del acuerdo que hemos firmado con Dios y responsable de esta falacia, además de culpable del resto de los pecados? Y ello sin una segunda regeneración, reconstrucción o restablecimiento en el antiguo estado, aunque la busquemos con muchos suspiros y lágrimas que sólo con gran dificultad nos lograrán una completa cicatrización. Es verdad que yo creo que la cicatrización tiene lugar y me alegraría muchísimo que consiguiéramos incluso borrar las cicatrices, pues también yo estoy necesitado de misericordia 31. Mas lo mejor es no tener que recurrir a una segunda purificación y mantenerse en la primera 32. Esta es igual para todos y no resulta penosa. Es igual para esclavos y señores, para pobres y para ricos, para los humildes y para los grandes, para los del noble linaje y para los del común, para los deudores y para los que no lo son 33. En esto se asemeja al soplo del aire, a la luz, a las transformaciones de la edad y a la contemplación de la creación, o sea, a todos los grandes deleites que nos son comunes a todos, y, proporcionalmente, también a la Fe.


         9. Necio es procurarse una curación penosa cuando se dispone de otra fácil y desechando la gracia de la piedad, hacerse deudor de un castigo y buscar una reparación proporcionada al pecado. ¿Cuantas lágrimas será preciso derramar para que igualen a la fuente que es el Bautismo? ¿Quién nos garantiza que el fin de nuestra vida esperará a que estemos curados y que no nos llegará el Juicio cuando seamos aún deudores necesitados del fuego de allá? Tú que eres un buen agricultor, suplicarás al Señor que tenga compasión de la higuera y que no la arranque todavía aunque se le reproche ser estéril, sino que permita abonarla otra vez 34, esto es, que acepte las lágrimas, los suspiros, las invocaciones, el dormir sobre el suelo, las vigilias, la consumición del alma y del cuerpo, la enmienda de la confesión y de una vida más honesta. Y aún así seguiremos sin saber si el Señor tendrá compasión del árbol que ociosamente ocupa su lugar y ello cuando otro, necesitado de misericordia, empeora por culpa de la paciencia derrochada con aquél. Seamos sepultados juntamente con Cristo por medio del Bautismo para que también resucitemos con El 35. Descendamos con El para que junto a El ascendamos. Subamos con El para que con El seamos glorificados. 10. Si te atacare después del Bautismo aquel que persiguió y tentó a la misma luz 36, y sin duda te acosará pues asedió incluso al Logos, a mi Dios, a lo que de la Luz oculta se mostraban, tú cuentas con el remedio para vencerlo. No temas la contienda. Opónle el agua, el Espiritu 38 que apagará los dardos encendidos del maligno 39. Es Espíritu, pero funde los montes. Es agua que apaga el fuego. Si te presenta la pobreza, que hasta eso osó, y pide que las piedras se conviertan en pan poniendo ante tus ojos el hambre 40, no ignores lo que se propone. Argúyele con lo que no ha podido aprender. Pon ante él la palabra que da vida, que es el pan bajado del cielo que da la vida al mundo 41. Si te tienta con la vanagloria, pues también recurrió a ella conduciéndolo sobre el pináculo del templo y diciéndole “arrójate” para que revelara así su naturaleza divina 42, no permitas que el orgullo te haga caer. Si lo consiguiera, no se detendría ahí. Es insaciable, todo lo ambiciona. Halaga con suavidad, mas luego emplea malevolencia. Esa es su forma de combatir. Y el ladrón es también conocedor de la Escritura. De allí saca el “escrito está” acerca del pan. De allí el “escrito está” sobre los ángeles. “Escrito está,” dicen, “que encargará a sus ángeles que te alcen sobre sus manos.” ¡Oh hábil maestro del mal! ¿Por qué te callaste lo que sigue? Aunque lo silencias me lo sé muy bien: “yo haré que pises sobre el áspid y el basilisco, que pisotees serpientes y escorpiones” 44, porque estás defendido por la Trinidad. Si te tentare con la avaricia, ofreciéndote en un momento y de una sola mirada todos los reinos, como si fueran tuyos, pidiéndote que a cambio le adores, despréciale por indigente. Di, confiado en el sello 45: “yo soy imagen de Dios, no se me ha dejado al margen de la gloria divina como por tu orgullo sucedió contigo. Yo me he revestido de Cristo 46, me he transformado en Cristo por el Bautismo: “adórame.” Se alejará, bien lo sé, vencido y avergonzado a causa de estas palabras, propias de Cristo, Luz primera, y de quienes por El están iluminados. Tales cosas concede el Bautismo a quienes lo han comprendido. Este es el banquete oportunamente ofrecido a los hambrientos.


         11. Seamos, por tanto, bautizados para obtener la victoria. Tomemos parte en las aguas purificadas, más aptas para limpiar que el hisopo, más puras que la sangre legal, más sagradas que las cenizas de ternera 47, purificadoras de lo corrompido con una purgación sólo momentánea y corporal, pero incapaces de la completa aniquilación del pecado. De lo contrario ¿qué razón habría para que fuesen de nuevo purificados quienes habían recibido ya una purificación? Aceptemos hoy ser bautizados para evitar que mañana nos veamos obligados a hacerlo. No aplacemos el beneficio, como si de una injuria se tratara. No aguardemos a ser peores para conseguir mayor perdón 48. No hagamos de Cristo objeto de negocios y ganancias. No carguemos más de lo que podemos soportar, no sea que se nos hunda nuestra nave y perdamos toda la gracia, quedando privados de todo por haber deseado más de lo que era decoroso. Corre hacia el don mientras aún seas señor de tus pensamientos, cuando aún no estés enfermo de cuerpo y de mente, mientras no te consideren tal quienes te rodean 49. En efecto, mientras tu bien no dependa de otros, tú eres su dueño. Mientras tu lengua no vacile o esté seca o, por no decir más, cuando aún no esté impedida para pronunciar las palabras de este misterio. En tanto que puedas ser fiel, no cuando se sospeche que no lo eres, sino cuando seas conocido como tal. No cuando suscites compasión, sino mientras eres tenido por feliz. Cuando para ti sea evidente el don y no ambiguo. Cuando la gracia llegue hasta tus entrañas, no cuando estén a punto de lavar tu cuerpo con el agua fúnebre. Cuando todavía te rodeen las lágrimas, indicio de tu partida, reprimidas quizá por deferencia hacia ti, mientras tu esposa e hijos tratan de apartar la muerte y buscan tus últimas palabras. Cuando no haya a tu lado un médico inexperto tratando de alargar tus horas sin ser dueño de ellas y con un movimiento de cabeza sopese tu salvación y medite sobre tu enfermedad después de tu muerte o aumente su salario por las salidas o insinúe la ausencia de esperanza. Mientras no disputen a tu cabecera el que bautiza y el que pretende un lucro, intentando el primero darte el viático y el segundo ser designado heredero. Ninguna de tales situaciones es adecuada al momento.


         12. ¿Por qué confías como bienhechor en la fiebre y no en Dios? ¿Por qué te guías por la ocasión y no por lo que es razonable? ¿Por qué atiendes al amigo insidioso y no al deseo que salva? ¿Por qué no aprovechas la ocasión propicia en vez de hacer las cosas a la fuerza? ¿Por qué no actúas sin embarazo y dejas este asunto para cuando te resulte arduo? ¿Por qué te es necesario pensar en tu muerte con ocasión de la de otro y no reflexionas sobre ella como si estuviera ya presente? ¿Por qué buscar remedios que no servirán para nada? ¿Por qué esperas al sudor del momento crucial, cuando la muerte es ya inminente? Cúrate antes de que sea necesario, apiádate de ti, único médico de tu enfermedad. Procúrate la medicina que da realmente la salvación. Teme al naufragio mientras navegas con vientos favorables y estarás menos expuesto a naufragar porque el viento te prestará ayuda. Sea el don celebrado, no llorado. Sea cultivado el talento, que no escondido en tierra 50. Medie cierto tiempo entre la gracia y la muerte para que no sólo sean borradas las malas palabras, sino que dé tiempo a escribir encima las buenas. Para que no sólo tengas la gracia, sino también la gratificación. Para que no sólo huyas del fuego, sino que te hagas también heredero de la gloria. Al don se debe el cultivarla. Huir del sufrimiento parece grande a los de alma mezquina. Para los de nobles sentimientos, sólo es grande lograr el premio.


         13. Conozco tres clases de personas que se salvan: los esclavos, los mercenarios y los hijos. Si eres esclavo teme los golpes. Si mercenario, mira sólo por tu interés. Si, en cambio, eres hijo y superior a otros, respeta a quien es padre. Cultiva el bien porque es bueno obedecer al padre. Aunque nada obtuvieres, ésta será precisamente la recompensa: complacer a tu padre. ¡Ojalá no despreciemos estas cosas! Así como es absurdo preocuparse de la riqueza antes que de la salud, purificar el cuerpo y descuidar la purificación del alma, buscar la libertad de la esclavitud terrenal y no aspirar a la del mundo superior, así también lo es poner empeño por tener una casa suntuosa o por vestirse con lujo y no preocuparse de ser uno mismo. Si el bien fuera venal, no escatimarías riqueza alguna para comprarlo. Mas cuando la misericordia está a tu disposición, desprecias la caridad que tan a mano te queda. Todo momento es apto para tu baño, como también lo es para la muerte. Te grito con Pablo 51, es decir, con voz poderosa: “Aquí está, ahora, el momento propicio. Este es el día de la salvación.” El no define “ahora” como un momento concreto, sino que lo aplica a todos los momentos. Y luego: “despierta tú que duermes 52 y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo,” disolviendo la noche del pecado. Porque en la noche mala es la esperanza, como afirma Isalas 53 y al rayar el alba es más útil ser apresado.


         14. Siembra cuando sea el momento oportuno y cosecha y llena tus graneros cuando llegue el tiempo propicio para ello. Planta en la estación adecuada y vendimia el racimo de uvas cuando esté maduro. Hazte a la mar confiado en la primavera y una vez llegado el invierno y embravecido el mar saca tu nave a tierra. Ten momento para la guerra, para la paz, para el matrimonio, para las cosas fuera del matrimonio, para la amistad, para la discordia si es que te ves movido a ella, y para cualquier otra circunstancia, según recomienda Salomón 54. Ha de acatarse su consejo, ya que es útil. Procúrate la salvación y considera cualquier oportunidad como apta para el Bautismo. Si nunca prestas atención al hoy y acechas el mañana, te pasará inadvertido que el maligno, según es en él costumbre, te engaña cada poco tiempo. “Dame a mi el presente y el futuro a Dios. A mí la juventud, a Dios la vejez. A mi los placeres, a él la inutilidad.” ¡Cuán grande es el peligro que te rodea! ¡Cuán grandes las desgracias! ¡Mayores de lo que piensas! Fuiste víctima de la guerra, te sepultó un terremoto, te tragó el mar, te devoró una fiera, te consume una enfermedad o, tal vez algo diminuto: se te ha atragantado una migaja de pan. ¡Qué hay más fácil que hacer morir a un hombre, por muy orgulloso que esté de ser imagen de Dios! Tal vez acabó contigo una fiesta inmoderada, o te derribó del viento, o quizás una medicina que en vez de saludable resultó dañina, o un juicio inhumano, o un verdugo inexorable, o, en fin, cualquiera de las cosas que produce una muerte súbita y más poderosa que el socorro con que se acude a remediarla.


         15. Mas si te previenes con el sello y aseguras tu futuro con la más sólida y bella de las ayudas, marcado en alma y cuerpo con Espíritu y ungüento al igual que antaño hiciera Israel durante la noche con la sangre que protegía a los primogénitos 55, ¿qué podrá sucederte? ¿Qué es lo dispuesto para ti? Escucha los Proverbios 56: “si te acostares,” dice, “no sentirás temor. Te acostarás y dormirás un dulce sueño.” Recibe de David la buena nueva 57: “no temerás al terror de la noche, ni a la desgracia y el demonio del mediodía.” Para ti que aún estás en la vida, es esto importantísimo a fin de obtener seguridad. Pues difícilmente puede alguien adueñarse de un ganado marcado, en tanto que el que no lo está resulta asequible a los ladrones. Y una vez muerto, tu entierro te será favorable, más brillante que el vestido, más precioso que el oro, mayor que la sepultura, más piadoso que estériles libaciones, más adecuado que las primicias de frutos en sazón que los muertos ofrecen a sus muertos 58 haciendo la costumbre ley. Piérdase todo para ti, todo se te arrebate: riquezas, propiedades, tronos, honores, todo cuanto pertenece al tumulto de este mundo. Atiende tú, sin embargo, a que tu vida termine con seguridad sin quedar privado de ninguna de las ayudas dispuestas para nuestra salvación.


         16. ¿Temes acaso la gracia y demoras la purificación por no corromperla 59, con temor de no disponer de otra? ¿Qué pues? ¿No te inspira mayor temor correr peligro en la persecución y verte privado de lo más importante que posees, que es Cristo? ¿Por tal motivo huyes de ser cristiano? ¡Recházalo! Tal miedo no es propio de una persona sana, es razonamiento de demente. ¡Oh imprudente precaución, si es menester decirlo! ¡Ah, mañas del maligno! ¡Es oscuridad y cómo finge! Si no puede vencer en enfrentamientos abiertos conspira en la oscuridad. Se presenta como consejero, como si fuera bueno, procurando que de ningún modo podamos escapar a su acoso. Esto es, sin duda alguna, lo que trama también en este caso. Pues no pudiendo persuadir manifiestamente a despreciar el Bautismo, desea causar daño mediante una falsa seguridad para que tu propio temor te haga olvidar lo que temes: temeroso de destruir el don, por tal motivo precisamente, te privas de disfrutarlo. Falso es el maligno y jamás dejará de serlo hasta que no compruebe que nos apresuramos hacia el cielo del que él fue arrojado 60. Mas tú, varón de Dios, descubre la estrategia del enemigo y entabla combate contra él por defender lo que verdaderamente importa 61. Mientras seas catecúmeno, estarás a la puerta de la religión cristiana 62. Es preciso que estés dentro, que traspases el umbral, que examines las cosas santas de los santos y que habites con la Trinidad. Grandes son las cosas por las que luchas. Has menester de una gran seguridad. Defiéndete con el escudo de la Fe. Se atemorizará en tu presencia cuando emplees tales armas. Por eso quiere despojarte de la gracia, para una vez desarmado y sin amparo, dominarte con facilidad. Busca adueñarse de cada edad, de cada forma de vida por un medio distinto. Recházalo recurriendo a todos los procedimientos.


         17. ¿Eres joven? levántate contra las pasiones con la ayuda de Dios, sé contado entre los de su ejército, compórtate ante Goliat como el más valiente, vence a mil o a diez mil. Disfruta así de la flor de la vida sin permitir que tu juventud se marchite, muerta por tener una fe imperfecta. ¿Eres anciano y estás próximo al fatal desenlace? Respeta tus canas. Muestra la sensatez que se te pide en lugar de la debilidad que ahora exhibes. Ayuda a la escasez de tus días, cree en la purificación de la ancianidad. ¿Por qué estando en lo profundo de la vejez y en los últimos alientos temes las cosas de la juventud? ¿Esperas acaso que tú, más odiado que compadecido, serás bañado una vez muerto? ¿O es que, siendo tú mismo un residuo de vida, amas aún los residuos de los placeres? Es vergonzoso que se haya marchitado tu juventud y, en cambio, demores tu purificación, o lo aparentes al menos, porque no se ha marchitado igualmente el libertinaje. ¿Eres niño? Que no se aproveche el mal de esa circunstancia. Sé consagrado siendo aún feto, dedicado al Espíritu mientras eres diminuto. Tú, temeroso del sello por la debilidad de la naturaleza humana, eres una madre mezquina y con poca fe. Ana, al contrario, antes de que Samuel naciera prometió a Dios que, una vez nacido, lo consagraría al instante y lo criaría con las vestiduras sacerdotales 63. Ella no temía la naturaleza humana porque tenía fe en Dios. No necesitas amuletos ni encantamientos. Por ellos entra el maligno en los hombres imprudentes y toma para si la veneración a Dios debida. Entrégate tú en persona a la Trinidad, amuleto poderoso y lleno de hermosura.



        18. ¿Qué pues? ¿Eres virgen consagrada? Sella tu virginidad con la purificación. Haz de ella la compañera de tu vida, tu amiga. Que ella te dirija, que disponga ordenadamente tus actos, tus palabras, tu cuerpo entero, cada uno de sus movimientos y sentidos. Hónrala para que te adorne, para que corone tu cabeza con una diadema de gracias 64 y te custodie con una corona de alegría. ¿Estás sujeto por el vinculo del matrimonio? Unete al sello: haz que conviva contigo como guardián prudente. ¿Cuántos eunucos y vigilantes calculas que serian necesarios para ofrecerte una protección segura como la que éste te brinda? ¿Estás muy íntimamente unido a la carne? No temas la perfección. Tú eres puro también después del matrimonio. Mío es el riesgo, yo soy el testigo. Si bien la virginidad es un tesoro precioso, no por ello el matrimonio ha de contarse entre las cosas deshonrosas 65. Imito a Cristo, esposo purísimo y comensal en unas bodas, que hace milagros en unos esponsales y dignifica a los esposos con su presencia 66. Sea el matrimonio puro y sin mezcla de malos deseos. Sólo te pido una cosa: ampárate en la seguridad del don y ofrécele la castidad que es decorosa. De común acuerdo 67 fijad un plazo para la oración que es la más valiosa de todas la ocupaciones. No estoy ahora promulgando leyes, sino aconsejando y si deseo ligar algunos de tus derechos, es por tu bien y por vuestra seguridad 68. Diré, en fin, que no existe vida ni tarea, para las cuales el Bautismo no sea provechoso en extremo. Si eres libre, recibe un freno. Si esclavo, la equiparación en la estima. Si estás abatido, recibe ánimos. Si despreocupado, la disciplina. Si eres pobre, recibe una riqueza que no se te arrebatará. Si rico, la buena administración de tus posesiones. No conspires hábilmente contra tu propia salvación, no emplees astucias contra ella. Aunque engañáramos a los demás, no podríamos engañarnos a nosotros mismos. Arriesgado es e insensato jugar con la propia salvación.


         19. ¿Vives, acaso, de una actividad pública? ¿Te manchas con el cuidado de la cosa pública y corres el riesgo de malbaratar la benevolencia divina? Simple es mi consejo. Si te es posible, evita el foro y toda su bella cohorte, ceñido con alas de águila, o de paloma, por mejor decir. Pues ¿qué tienes que ver tú con el César ni con lo que es el César? 69 Huye y no descanses hasta que encuentres un lugar donde no haya pecado, ni exista la culebra que muerde en el camino para impedirte enderezar tus paso hacia Dios. Aparta tu alma del mundo. Abandona Sodoma, huye del incendio. Camina sin volver atrás la vista, no sea que quedes convertido en estatua de sal. Escapa al monte, para no ser arrebatado ni quedar atrás 70. Mas si ya estabas entregado a los deberes públicos y estás ligado por ellos, habla de eso contigo mismo. O mejor, seré yo quien hable contigo. Lo óptimo es conservar los bienes propios y la purificación. No obstante, si ello no es posible, vale más contaminarse un poco con los afanes públicos, que verse por completo privado de la gracia. Al igual que, según yo, es mejor recibir reproches del padre o del señor, que ser rechazado por él, y es mejor recibir una iluminación pequeña que permanecer en la más completa oscuridad 71. Mas con todo propio es de los prudentes elegir lo mejor y más perfecto del bien y lo más insignificante y llevadero del mal. Por tanto, no te atemorices en exceso ante la purificación. Siempre aquellas ocupaciones nuestras que están rectamente dirigidas son juzgadas por quien es juez y benevolente de todas nuestras cosas. Y a menudo, quien en el desempeño de las tareas públicas se comportó con rectitud, obtuvo más que quien, libre de afanes, no dispuso todo con prudencia. Pues, a mi entender, tiene más valor el que avanza un poco cuando tiene los pies atados, que el que corre sin que nada le agobie, más puro es quien está cubierto de fango que aquél que está limpio porque ha recorrido un camino limpio. Y como prueba de lo dicho aportaré que la prostituta Raab quedó justificada por una sola acción: por su hospitalidad 72, aunque el resto de sus cosas no mereciera alabanza. Y aunque el publicano no mereciera ser enaltecido por su comportamiento, fue ensalzado por una sola cosa: su humildad 73. Y ello para que tú aprendas que no debes desesperar fácilmente de ti mismo.


         20. Mas quizás alguien diga: “¿qué gano yo con recibir el Bautismo con prontitud y con apartarme pronto de los placeres de la vida, cuando aún me sería posible disfrutarlos y postergar la recepción de la gracia? No se beneficiaron más los trabajadores tempranos de la viña, pues les fue dado el mismo salario que los últimos” 74. Quien quiera que seas tú que te expresas así, has resuelto todas las dificultades al descubrir cuál era el motivo oculto por el que retrasabas tu purificación. No apruebo yo tu conducta, que es perversa, pero sí la sinceridad de tus palabras. Mas ¡ea! interpretemos esa parábola para que tu ignorancia no te cause daño al leer lo que está escrito. Considera en primer lugar que este pasaje no trata del Bautismo, sino de los que reciben la Fe en diferentes momentos y, por consiguiente, también en momentos diferentes entran en la viña bellísima que es la Iglesia. Pero el trabajo le reclama a cada uno a partir del día y de la hora en que se convierte. Ciertamente, los primeros aportaron un mayor esfuerzo, pero en cuanto a la disposición no superan a los últimos. Es más: quizás a éstos, aunque parezca paradójico, se les deba mayor paga. El único motivo de haber llegado el último al trabajo de la viña es haber sido llamado también el último. Examinemos con detenimiento lo que a unos y a otros distingue. Los que creyeron en primer lugar, no entraron a la viña hasta que no se ajustó el salario. En cambio los otros, sin convenir nada, fueron a trabajar, dando así prueba de una mayor fe. Unos mostraron un talante envidioso y murmurador. Nada de eso puede reprocharse a los otros. Aquellos tuvieron como salario lo entregado, aunque eran perversos y por culpa de la necedad quedaron privados de un mayor premio, como era lógico. Estos, por el contrario, recibieron la gracia como jornal. Observemos qué aconteció a quienes llegaron tarde: es claro, recibieron igual salario. ¿Por qué entonces los tempranos acusan de inicuo a quienes les contrató, reprochándole esa igualdad? Todo ello deja a los primeros desprovistos de la gracia ganada con su sudor, a pesar de que fueron antes a trabajar. Se desprende de todo ello que fue justa la distribución de un paga igual, pues se atenta el salario al esfuerzo de la voluntad.


         21. Y aunque la parábola, con arreglo a tu interpretación, ensombreciera la eficacia del Bautismo ¿qué habría de malo en que quienes se entregaron antes a la tarea y sufrieron el calor de la jornada no envidiaran a los últimos, logrando precisamente por esto tener más que ellos, a saber, un mayor amor a los hombres, consiguiendo así que el pago fuera verdaderamente salario y no gracia? Por otro lado, para cobrar el jornal, la parábola exige que los trabajadores entren a la viña y excluye a quienes se dispersan por los caminos, error éste que es, precisamente, el que tú corres el riesgo de cometer. De suerte que, si fuese seguro que tú habrías de obtener el don pensado de ese modo y procurando sustraerte a parte de la labor que se te ha asignado, tal vez seria comprensible que te refugiaras en tales razonamientos y pretendieras sacar alguna ganancia a espaldas de tu Señor. Y ello por no hablar de que una mayor fatiga será considerada siempre una gran merced por todo aquél que no tenga mentalidad de mercader. Mas puesto que estás expuesto a ser definitivamente expulsado de la viña por ese mercantilismo tuyo y a que, mientras corres en búsqueda de lo menor, seas castigado con la privación de lo que es más importante, escucha mis amonestaciones. Deja estar tantas explicaciones equivocadas y tantas objeciones. Acércate al don sin hacer silogismos, no sea que con tantos sofismas acabes por elegir en perjuicio tuyo antes de haber obtenido el cumplimiento de tu esperanza.


S.S. Papa Francisco en San Juan de Letrán. IV. MMXIII - ROMA. IT.


         22. “¿Qué, pues? ¿No es acaso Dios amador de los hombres? El conoce los pensamientos, sopesa los deseos y toma el deseo del Bautismo mismo.” Tus palabras son como un enigma. ¿Crees que Dios, por su bondad, estima igual a quien está iluminado y a quien no lo está? ¿O que piensa que alguien que no cumple aquellas cosas que abren el camino del cielo se afana realmente por alcanzarlo? Me atreveré a decir cuanto pienso al respecto y entiendo que las personas sensatas serán de mi misma opinión. De cuantos obtienen el Bautismo, unos estaban completamente ajenos a Dios y a la salvación y se entregaban a todo linaje de maldades, afanándose en ellas. Otros sólo a medias eran malos y estaban entre la virtud y el pecado. Algunos obraban mal, más no se conformaban con sus obras, sino que las soportaban como soporta la enfermedad quien tiene fiebre. Algunos ya antes de su purificación eran dignos de alabanza. Había quienes, por naturaleza o imponiéndose violencia, se purificaban antes del Bautismo con vistas a recibirlo y, después de lograda la perfección, se mostraban mejores y más seguros, fuera para alcanzar el bien, fuera para conservarlo. De todos éstos, los mejores son los que siendo realmente malos abandonan su pecado, al menos en parte. Quienes se comportan así y se purifican antes del Bautismo, son los más dignos de honra y quienes reciben una mayor recompensa. Pues aunque el Bautismo aniquile los pecados, no destruye las buenas acciones. Así pues, los mejores de todos son los que cultivan la gracia y se pulen lo más posible a sí mismos para alcanzar de este modo la belleza mayor.


         23. Por consiguiente, de entre quienes no llegan al Bautismo, algunos son completamente bestiales o animales, según su necedad y su maldad. Estos y el resto de los malvados no tienen el menor respeto por la gracia que han recibido, que es, a mi parecer, una verdadera gracia, en cuanto que si se concede es querida y si no se concede, despreciada. Otros, conocen y honran la gracia que reciben, pero la retrasan, unos por pereza y otros porque son insaciables para los placeres. Algunos hay que ni siquiera están en situación de recibirla, sea porque son aún de tierna edad, sea porque alguna grave e inesperada desgracia les pone en el trance de no poder recibir la gracia ni aunque la desearan. Al igual que hemos encontrado grandes diferencias entre los diversos tipos de hombre que antes hemos examinado, las encontraremos también entre éstos. Los peores de todos son quienes desprecian totalmente el Bautismo. Son peores que los perezosos y los insaciables. Y éstos, a su vez, son peores que quienes no llegan al Bautismo por ignorancia o porque están impedidos, pues el impedimento no es sino un pecado involuntario. Entiendo yo que los primeros deberán rendir cuenta no sólo del resto de sus malas acciones, sino también de su desprecio por el Bautismo, mientras que los segundos, ciertamente habrán de rendir cuenta, pero menos que aquellos, pues su necedad y no su malevolencia es lo que les ha privado de la salvación. Los últimos, por fin, no obtendrán la gloria del cielo, pero tampoco serán castigados por el Juez justo, porque aunque estén sin el sello del Bautismo, ello no les es reprochable, porque más que procurarla, han padecido esta privación. En efecto, no por no ser digno de castigo se merece ya el premio porque, al contrario, el hecho de no merecer premio no significa que se merezca castigo. Considera, además, este otro punto: si tú juzgaras reo de la pena capital a quien ha sido asesino sólo con la intención, pero sin cometer el asesinato, entonces también podría considerarse bautizado a quien ha querido recibir el Bautismo sin llegar a recibirlo. Si no vale el primer caso, tampoco el segundo. O míralo de este otro modo: si para obtener la eficacia del Bautismo basta sólo con desear recibirlo y por tal título pretendes obtener la gloria del cielo, entonces para disfrutar la gloria te será suficiente el desearla. ¿Qué te importa si no la obtienes dado que, en cualquier caso, la has deseado ya?


         24. Por consiguiente, después de haber oído esas palabras de “volveos a El y sed iluminados y vuestros rostros no se avergonzarán 75” por haberse apartado de la gracia, recibid la iluminación mientras aún sea tiempo a fin de que las tinieblas no os persigan y se apoderen de vosotros 76 apartándoos de la iluminación. Después de abandonar la vida viene la noche 77, en que nadie puede trabajar. Aquellas palabras de David, éstas de la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo 78. Tomad en cuenta los reproches que Salomón dirige con dureza a quienes son perezosos o excesivamente lentos 79. “¿Hasta cuándo, perezoso, seguirás acostado?” ¿Cuándo despertarás de tu sueño? Alegas esto y aquello y pones como excusa tus pecados 80. Dices: voy a esperar a la fiesta de la luz; me resulta especialmente querida la Pascua; aguardo el día de Pentecostés; es mejor, puesto que se es bautizado con Cristo, resucitar con Cristo el día de la Resurrección o venerar la venida del Espíritu Santo. ¿Y qué? Vendrá de pronto el final, en el día que no supones y a la hora que desconoces. Te sobrevendrá, como un mal compañero de viaje, la escasez de gracia y pasarás hambre entre tanta abundancia de bienes. Te hubiera sido preciso prepararte con la actitud opuesta a gozar de los opuestos beneficios. Procurarte con empeño una cosecha abundante y remediar tu sed en la fuente, como hace la cierva sedienta 81 corre con diligencia hacia los manantiales y apacigua con el agua la fatiga de su carrera. Más te vale eso que padecer lo mismo que Ismael, secarse por falta de agua 82 o, según el mito, sufrir el castigo de la sed en medio de fontanas 83. Es terrible dejar a un lado el comercio y afanarse sólo en el trabajo. Es terrible desdeñar el maná y desear alimentos. Es terrible cambiar de opinión y darse cuenta del daño cuando ya no hay remedio, es decir, después de salir de este mundo, al tiempo del amargo final de todo lo vivido por cada uno, al momento del castigo para los pecadores y del esplendor para quienes se han purificado. Por tanto, no dudéis en acercaros a la gracia, apresuraos para que no se os adelante el ladrón, ni os aventaje el adúltero, ni el insaciable os sobrepase en estima, ni el asesino se apodere del bien por delante de vosotros, ni el publicano, ni el libertino, ni ninguno de los que arrebatan con violencia el reino de los cielos 84 y lo saquean. Que el reino de los cielos requiere una violencia voluntaria, aunque sea gobernado con bondad.


         25. Si quieres hacerme caso, seas quien fueres, sé lento para el mal y veloz para ganar la salvación, que igualmente perversas son la presteza para obrar el mal y la demora en hacer el bien. Si fueres convocado a un banquete, no te apresures. Si a negar tu fe, apártate. Si por caso algún horrible compañero te dijere 85: “ven con nosotros, participa en un derramamiento de sangre, sepultemos injustamente a un hombre inocente,” tú no prestes atención. Ganarás dos cosas muy importantes: conocer su pecado y apartarte de su compañía. Pero, en cambio, si fuere el gran David quien te dice 86: “vamos, regocijémonos con el Señor”; o si otro profeta 87: “venid, subamos al monte del Señor”; o si el mismo Salvador te invitara diciendo 88: “venid a mí cuantos estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré” o “levantaos, vayámonos de aquí 89,” esplendorosamente radiantes, brillantes más que la nieve, más blancos que la leche, resplandecientes más que el zafiro 90, entonces no te resistas, no te retrases. Seamos como Pedro y Juan que corren al sepulcro y a la resurrección 91. A ejemplo suyo, corramos nosotros al Bautismo, corramos juntos, rivalicemos, disputemos por alcanzar el bien los primeros. No digas: “Me voy y volveré. Mañana recibiré el Bautismo,” si puedes recibir hoy el beneficio. “Estén presentes mi madre, mi padre, mis hermanos, mi mujer, mis hijos, mis amigos, todo cuanto me es querido. Sólo entonces me salvaré. Ahora no tengo tiempo para ser iluminado 92.” Teme, no sea que te resulten compañeros de desgracia aquellos a quienes quisiste tener como camaradas de tu alegría. Si están presentes, acógelos con cariño. Si faltan, no los esperes. Debe darte vergüenza decir: “¿qué ventajas obtendré con el Bautismo? ¿Dónde está la vestidura bautismal con que resplandeceré? ¿Dónde está lo que protege a quienes me bautizan y qué me garantiza que seré bien considerado por ellos?” Sin duda, en tu opinión éstas son cosas indispensables. Por eso mismo será menor la gracia que recibas. No repares en minucias cuando de grandezas se trata, no te permitas nada mezquino. Lo mayor de cuanto se ve es el misterio. Ocúpate de producir fruto para ti mismo. Revístete de Cristo 93, aliméntate con una vida honesta. A la manera como yo me complazco en ser tratado con deferencia, Dios, que concede las cosas más grandes, se goza también de eso. Para Dios nada es tan grande que no pueda ser dado a quien es pobre. No menosprecien los pobres tales cosas, pues en ellas no encontrarán qué disputar a los ricos. En todo lo demás hay diferencia entre pobres y ricos, mas en ésta sólo es rico el que está decidido a serlo.


         26. Que nadie detenga tu marcha hacia delante, que nadie reprima tu buena voluntad. Mientras el deseo sea vehemente, arrebata lo deseado. Sea endurecido con el frío el hierro aún caliente, no sea que de repente ocurra algo que rompa el deseo. Yo soy Felipe, sé tú Candace. Di: “ahí hay agua, ¿qué impide que yo sea bautizado?” 94. Aprovecha el momento oportuno, alégrate por el bien y, dicho esto, sé bautizado y tras bautizado, salvado. Aunque seas etíope de cuerpo, sé de alma blanco. Alcanza la salvación, que para las personas sensatas nada hay más alto ni venerable. No digas: “que me bautice un obispo, que sea metropolitano 95, peregrino a Jerusalén 96.” La gracia no obedece al lugar sino al Espíritu. Ni digas: “que sea de noble cuna, pues seria terrible que mi noble linaje fuera injuriado por quien me bautiza. Que sea presbítero, pero no casado y que su comportamiento sea moderado 97 y su vida angélica. Seria espantoso que en el mismo momento de mi purificación recibiera yo una mancha.” No atiendas a la probidad del que evangeliza ni a la de quien te bautiza. Otro es el juez de éstos, otro quien examina lo oculto, que si el hombre ve las apariencias, Dios distingue en el corazón 98. En lo que atañe a tu purificación, tú fíate de cualquiera, reparando solamente en que quien te bautice sea persona autorizada por la Iglesia 99 y no uno de los que públicamente se han apartado de ella y, por ende, han sido por ella condenados. Estando necesitado de curación, no te ocupes en juzgar a los jueces, no te pongas a distinguir sobre los méritos de quienes te purifican, ni a discernir entre tus progenitores. Tal vez haya uno que sea mejor o más miserable que otro. En cualquier caso, son superiores a ti. Reflexiona como sigue: si un anillo de hierro y otro de oro tienen grabada la misma imagen, una vez que hayan imprimido su efigie en la cara ¿quién distinguirá qué imagen pertenece a cada uno de ellos? Por muy sabio que seas ¿reconoces en la cera la materia de la imagen acuñada? Dime cuál es la marca producida por el anillo de hierro y cual por el de oro. Una sola es la efigie, pues la diferencia estribaba en la materia, no en la imagen impresa. Esto ha de servirte de ejemplo por lo que respecta a cada uno de los que bautizan. Aunque uno sea superior por su modo de vida, la eficacia del Bautismo es siempre la misma. Cualquiera que esté constituido en la misma Fe, ha de ser considerado por ti como poseedor de la misma perfección.


         27. Aunque seas rico, no desprecies recibir el Bautismo junto con alguien que sea pobre, ni porque tengas linaje noble desdeñes ser bautizado junto a uno de humilde cuna, no porque seas señor creas que es indigno acercarse a la fuente bautismal con quien ha sido esclavo hasta hace poco. No superarás en humildad a Cristo, por quien eres tú bautizado hoy y que por ti tomó apariencia de esclavo 100. A partir de este día tú te has transformado, se han transformado todas las antiguas características de tu temperamento y Cristo se ha sobrepuesto a todos, imponiendo una sola forma. Sabedor de cómo bautizaba Juan, no te niegues a revelar tus pecados, para que con la vergüenza de esta vida, evites la de la venidera, que esto forma parte del castigo en la vida futura. Mostrarás que realmente odias al pecado cuando lo reveles y aparecerá claro que has triunfado sobre él, pues lo consideras digno de violencia. No desprecies someterte al exorcismo, ni renuncies a él por su larga duración. El es prueba de legitimidad en la gracia. ¿Te fatigarás tanto como la reina de los etíopes que vino desde los confines de la tierra para oir la sabiduría de Salomón? Y para quienes rectamente lo entienden “aquí hay algo mayor que Salomón 101.” No retrocedas ante la longitud del camino, ni ante la anchura del mar, ni ante el fuego si es que llegara a darse, ni ante ninguna otra cosa, ante ningún impedimento pequeño o grande, hasta que alcances la gracia. Mas siéndote posible alcanzar lo deseado sin necesidad de fatigas ni trabajos, ¿no sería gran necedad aplazar la posesión del don? “Los sedientos,” dice la Escritura, “acudid al agua,” es Isaías quien te exhorta 102 “y los que no tenéis dinero, venid, venid, comprad y bebed vino” de balde. ¡Oh, premura de la bondad! ¡Oh, magnifica disposición de quien contrata! Este bien sólo te cuesta el quererlo. El acepta este deseo en lugar de una gran fortuna. Está sediento de ser deseado con ansia, da de beber a quienes lo quieren. Dispensa favores reclamando favor para sí mismo. Es un bienhechor servicial. Da más de lo que cualquiera seria capaz de coger. Sólo se nos reprocha la mezquindad de pedir cosas pequeñas e indignas de quien nos las da. Bienaventurado aquél a quien Cristo pide de beber, como hizo con aquella samaritana, a la que dio “una fuente de agua que salta hasta la vida eterna 103.” “Bienaventurado el que siembra al lado de las aguas 104,” al lado de todas las almas, que mañana serán labradas y regadas, pero que hoy son pisadas por el asno y el buey, improductivas, secas y atormentadas por el desprecio. Bienaventurado quien, aunque sea torrente de juncos, bebe en la casa del Señor 105. Así pasa de ser portador de juncos a portador de trigo, cultiva alimentos aptos para el hombre, en vez de frutos amargos e inútiles. A procurar esto ha de enderezarse toda nuestra diligencia, impidiendo que nos apartemos de esta gracia común.


         28. “De acuerdo,” dirá alguno, “con que todas estas cosas se apliquen a quienes desean el Bautismo. Mas ¿qué pensar de quienes son aún niños e incapaces para apreciar el castigo y la gracia? ¿Habremos de bautizarlos también?” Sin lugar a dudas, si es que nos apremia algún peligro. Mejor es ser santificado sin percibirlo, que morir sin el sello de la perfección. Hallamos un claro modelo en la circuncisión, practicada a los ocho dias 106. Era un símbolo del sello, que se practicaba a quienes no tenían aún uso de razón. Otro tanto sucedía con las señales puestas en los dinteles 107, que protegieron a los primogénitos mediante cosas carentes de conocimiento. Por lo demás, entiendo que cumplida la edad de tres años poco más o menos, tan pronto como sea capaz de escuchar algún contenido del misterio y de dar alguna respuesta y cuando pueda uno figurarse algo, aunque no lo entienda perfectamente, ha de procederse a santificar los cuerpos y almas con el gran misterio de la perfección. En efecto, aunque comienzan a rendir cuentas de su vida sólo cuando su razón esté completa y hayan entendido el misterio, pues la ignorancia propia de la edad les disculpa de pecado, no obstante, bajo todos los puntos de vista, es más ventajoso protegerse con el Bautismo. Y ello a causa de los repentinos ataques de los peligros, que caen sobre nosotros con mayor ímpetu que cualquier socorro 108.


         29. Mas arguyes: “Cristo, siendo Dios, fue bautizado a los treinta años 109. ¿Exigirás tú que el Bautismo se reciba antes de esa edad?” Al decir que era Dios, tú mismo has resuelto la cuestión. El era la pureza misma, y no necesitaba de purificación, pero se purificó por ti, al igual que se encarnó por ti aunque era incorpóreo. No corrió ningún peligro que hiciera imprudente retrasar su bautismo, pues como sucedió con su nacimiento, él era el administrador de su propia pasión. En cambio tú estuviste sometido a un peligro no pequeño por el mero hecho de nacer de la sola corrupción, sin estar recubierto de incorruptibilidad. Repara en esto: a El le convenía aquel momento para su bautismo, cosa que no puede decirse de ti. El se manifestó a la edad de treinta años y no antes, para no parecer ostentoso, sentimiento éste propio de las personas ineptas, y porque a esa edad estaba en posesión de una perfecta prueba de virtud y convenía que lo manifestara. Era necesario que se sometiera a la pasión salvadora del mundo y que a tal pasión concurriesen cuantas cosas son propias de ella: la manifestación que se dio en su bautismo, el testimonio del cielo, el anuncio, la reunión de multitudes, los milagros. Era preciso que todas estas cosas formaran un todo, sin división ni separación de intervalos. A partir del bautismo y de la manifestación se desató el terremoto de cuantas cosas ocurrieron, que terremoto es llamado por la Escritura ese momento 110. A partir de la multitud se desencadenó la ostentación de signos y prodigios que conducían al Evangelio. Mas de los milagros se siguió la envidia, de la envidia el odio, del odio la maquinación y la traición, de esto, por fin, la cruz y cuanto nos ha salvado. En la medida en que nos resultan comprensibles, así fueron las cosas referentes a Cristo. No excluyo, con todo, que pueda encontrarse alguna otra explicación, más secreta que ésta.


         30. ¿Qué necesidad tienes tú de decidir mal por seguir ejemplos que te exceden, cuando conocemos muchas otras cosas de aquel tiempo, cuya narración nos las presenta como realizadas en el tiempo y de manera diferente a como ahora las hacemos? Te pondré algunos ejemplos. El ayunó inmediatamente antes de la tentación 111, nosotros antes de la Pascua. El ayuno, ciertamente, es idéntico, pero no es pequeña la diferencia entre ambos momentos. El opone a las tentaciones los ayunos, mientras que para nosotros ayunar equivale a morir juntamente con Cristo y nos sirve como purificación que precede a la fiesta. El, como era Dios, ayunó cuarenta días, mientras nosotros ayunamos con arreglo a nuestra limitación, bien que el celo estimule a algunos a lanzarse por encima de sus propias fuerzas 112. Junto a eso, El enseñó a sus discípulos el misterio de la Pascua en el cenáculo, después de la cena, el día inmediatamente anterior a la Pasión 113. A nosotros, en cambio, nos enseña eso mismo en las casas de oración, antes de la cena y cuando ya ha resucitado. El resucitó a los tres días, nosotros al cabo de mucho tiempo. No es que nuestras cosas sean distintas de las que El hizo, ni que estemos sometidos al tiempo, sino que lo que se nos ha transmitido es como una reproducción que dista mucho de ser igual al original. ¿Qué tiene de extraño que recibiendo el Bautismo por nosotros, respecto al momento en que lo hizo difiera del modo en que lo recibimos nosotros? Lo que propones me parece grande y admirable, pero va en detrimento de tu propia salvación.


         31. Si en algo tenéis mi doctrina, permitid que os exhorte a esto, a que os superéis a vosotros mismos por buscar el bien. Comenzad un doble certamen, uno que os purifique antes del Bautismo y otro que conserve el Bautismo. En efecto, os halláis ante una doble dificultad: adquirir un bien que no poseéis y conservarlo una vez que lo hayáis adquirido. Pues a menudo la negligencia destruye lo adquirido con esfuerzo o al contrario, la diligencia logra recuperar lo que había destruido la pereza. Buenos son para alcanzar lo que deseas las vigilias, los ayunos, dormir en el suelo, las oraciones, las lágrimas, la lamentación por los necesitados y compartir algo con ellos. Que todo ello sirva como expresión de agradecimiento por lo que has recibido y también para su salvaguardia. Cuentas con un beneficio que te permitirá recordar muchos mandatos. No lo descuides ¿Se te acerca un menesteroso? Recuerda cuánto has mendigado tú y cuánto te has enriquecido. ¿Se te acerca tal vez alguno necesitado de pan o de bebida, un Lázaro 114, quizás, o cualquier otro que esté echado ante tu puerta? Respeta la mística mesa a la que te has acercado, el pan en que tomaste parte, la bebida de que has participado una vez llegado a perfección con los sufrimientos de Cristo. ¿Te ha llegado de improviso un extraño, un extranjero sin casa? Acoge en él a quien por ti peregrinó en su propia heredad 115, a quien, merced a la gracia, se ha establecido en ti y te transporta a la morada celestial. Sé Zaqueo, aquél que hasta ayer era publicano y hoy se ha hecho generoso 116. Cosecha todos los frutos que vienen con el advenimiento de Cristo a fin de que, después de verle, parezcas grande, aunque seas pequeño en lo referente a la edad corporal 117. ¿Yace ante tu casa un enfermo, un herido, quizás? Honra la salud que Cristo te ha concedido, las heridas de que El te restableció. “Si vieres a alguien desnudo, vístele” 118, dando así honor a tu vestido de inmortalidad, que es Cristo, pues “cuantos en Cristo habéis sido bautizados, os habéis revestido de Cristo 119.” Si encuentras a un deudor postrado ante ti, rompe todo contrato, justo o injusto 120. Ten memoria de los diez mil talentos que Cristo te condonó 121. No quieras ser recaudador cruel de una deuda insignificante. ¿Con quién todas estas cosas? Con quienes contigo son siervos, pues si del Señor has recibido más que ellos, ten presente que habrás de rendir cuentas de la benevolencia de Aquél cuya misericordia no imitaste aunque te dio ejemplo de ella.


         32. Baña tu imagen 122 y no sólo tu cuerpo. Que junto a la absolución de los pecados quieras también adoptar la reforma de tu vida. Que no sólo se limpie el fango que te cubre, sino que además quede purificada la fuente de que brota. No se grabe en tu alma solamente el deseo de cobrar algo de honra, sino también el de perder con honra algo o, lo que es más fácil, el de desprenderte de lo injustamente adquirido. ¿Qué provecho lograrías si se te perdonase el pecado, mas no quedara reparado el daño que causaste a quien padeció tu injusticia? ¿No son acaso dos tus faltas, adquirir injustamente y conservar lo adquirido? Has sido absuelto de lo primero, pero sigues siendo injusto por lo que hace a lo segundo. Dado que aún sigues en posesión de lo ajeno, tu pecado no ha sido destruido, sino sólo temporalmente suspendido. Osaste cometer uno antes del Bautismo. Permanece el otro tras haber sido bautizado, que el baño perdona lo cometido antes de su recepción, no lo que al presente se comete. Se requiere que la purificación no sea una argucia tramada astutamente, sino un sello. Debes brillar de verdad, no sólo en apariencia. No te ha de servir la gracia como velo de tus pecados, sino para liberarte de ellos. “Bienaventurados aquellos cuyas injusticias han sido perdonadas,” o sea, quienes han obtenido una completa purificación, “y aquellos cuyos pecados han quedado ocultos 123,” que son quienes aún no están purificados anteriormente. “Bienaventurado el hombre al que el Señor no le imputa su pecador 124.” Esta es la tercera clase de pecadores: aquellos cuyas acciones no son loables, pero tienen una forma de pensar irreprensible.


         33. ¿Qué digo? ¿Cuál es mi discurso? Ayer eras la cananea 125 cuya alma estaba encorvada a causa del pecado 126. Hoy has sido erigido por el Logos. No vuelvas a encorvarte hasta caer por tierra, oprimido por el maligno con un collar de madera, no sea que resulte imposible levantarte de tu postración. Ayer desfallecías a causa de un flujo de sangre 127, pues de ti manaba el rojo pecado. Hoy, secado ya el flujo, floreces. Tocaste la orla del manto de Cristo y detuviste el flujo. Conserva tu pureza, no sea que recaigas en la hemorragia al querer apoderarte de Cristo por la fuerza para robar tu salvación. Por mucha que sea su benevolencia, Cristo no quiere ser robado en exceso. Ayer yacías acostado en un lecho, abandonado y quebrantado, sin que nadie te echase a la piscina cuando se agitaban las aguas 128. Hoy te has encontrado con el hombre que es Dios o, mejor dicho, con quien es Dios y hombre. Te levantó del camastro, incluso has cargado al hombro tu yacija y has esculpido en una columna el beneficio recibido. No te acuestes de nuevo en tu camastro volviendo a pecar, no regreses al miserable descanso del cuerpo entregado a los placeres. Tal como estás, camina recordando el precepto de “estás curado. Anda y no peques más para que no te suceda algo peor 129,” es decir, para que no seas peor después de haber recibido el beneficio. “Lázaro, sal fuera 130.” Estando en el sepulcro escuchaste esa potente voz, ¿qué voz más poderosa que la del Logos? y saliste. Aunque no eras un cadáver de cuatro días 131 sino de muchos, resucitaste con quien lo hizo al tercer día y te viste libre de las ataduras fúnebres. No quieras morir de nuevo y permanecer junto a quienes habitan los sepulcros 132. No te ates con las vendas de tus pecados, pues no tienes garantizado que vayas a resucitar otra vez de entre los muertos antes de que llegue el momento de la última y común resurrección, cuando El reclame a todas las criaturas no para curarlas, sino para juzgarlas y para que rindan cuentas de si han administrado bien o mal sus tesoros 133.


         34. Si antes estabas cubierto de lepra, o sea, de un mal que te deformaba, y te has apartado de esa materia miserable y has recuperado una imagen sana, muéstrame la purificación a mí, que soy tu sacerdote, a fin de que advierta cuánto más honrosa es ésta que la prescrita en la ley 134. No seas uno de los nueve ingratos. Imita al décimo que, aun siendo samaritano, era el más noble de todos. Robustécete para que no se renueve tu enfermedad y se haga difícil curar la deformidad de tu cuerpo. Aún hace poco que la mezquindad y la tacañería secaban tu mano (Lc 6:6) 135. Extiéndala hoy la generosidad y la misericordia. Buena medicina es para una mano enferma distribuir lo que se posee, repartir a los menesterosos, prodigar el agua de que tenemos abundancia, sin miedo a llegar hasta el fondo. Quizás éste te proporcionaría alimento, como le ocurrió a la de Sarepta, sobre todo si por casualidad aconteciere el caso de tener que alimentar a Elías 136. Buena medicina es estimar como un bello estado la pobreza padecida por Dios, que por nosotros se hizo pobre. Si fueres sordo o mudo 137, que sople en tus oídos el Logos, y, todavía mejor, si puedes quedarte con El después de que te haya soplado. No cierres tus oídos a las enseñanzas y amonestaciones del Señor, como una serpiente a los encantamientos. Si eres ciego 138 y estás falto de luz, esclarece tus ojos para no dormirte en la muerte 139. Contempla la luz en la luz del Señor 140, ve al Hijo en el Espíritu de Dios, contempla la triple e indivisible Luz. Si por entero acoges al Logos, reunirás en tu alma todos los cuidados de Cristo, los mismos con los que El fue curando una a una todas las enfermedades. Mira que no ignores la medida de la gracia. Mira que el adversario no siembre en torno tuyo la cizaña mientras duermes descuidado 141. Mira que no te conviertas en digno de lástima por el pecado, al haber sentido el maligno envidia de tu pureza. Mira de no alegrarte excesivamente por el bien para que no te ensalces sin modestia y caigas en la presunción. Mira por trabajar siempre con todo empeño por tu purificación, colocando en tu corazón las gradas 142, y por conservar con sumo cuidado la remisión que conforme al don obtuviste. Así, tu perdón será obra de Dios y conservarte en ese estado, obra tuya.


         35. ¿Cómo será esto? Recuerda la parábola 143 y te ayudarás de la forma mejor y más perfecta. Expulsado por el Bautismo, salió de ti el espíritu impuro y material. No soporta la persecución, no se aviene a permanecer sin hogar y sin techo. Camina por lugares áridos, carentes de la divina irrigación, y no quiere continuar en ellos. Vaga en busca de descanso sin encontrarlo. En su camino da con almas bautizadas cuya maldad fue sepultada por el baño. Se atemoriza ante el agua, se ahoga en la purificación como legión en el mar 144. Vuelve otra vez a la casa de la que salió. Es un espíritu desvergonzado y pendenciero. Ataca de nuevo, lo intenta una vez más. Si ve que Cristo vive allí, que el espacio que él abandonó lo habita Cristo, se retira fracasado y su perpetuo vagar suscita lástima. Mas si halla en ti un lugar barrido y aderezado, mas vacío y estéril, dispuesto para recoger a uno u a otro inquilino, se arroja sobre él, se establece en su interior con mayor aparato y llega a ser esta situación peor que la primera. Y aún más grave, porque al principio habrá esperanza de corrección y seguridad y, sin embargo, ahora la maldad es evidente y en ausencia del bien se presenta la perversión de suerte que posee aquel lugar con toda seguridad.


         36. Volveré a recordarte las iluminaciones valiéndome de lo que recogen los oráculos divinos. A mi también me agrada recordar tales cosas, pues ¿qué más dulce que la luz, para quienes la han gustado? Te iluminaré con las divinas palabras. “Ha amanecido la luz para el justo” y “la alegria145” es su compañera. “La luz permanecerá para siempre con los justos 146.” Se le dice a Dios: “desde los montes eternos iluminarás de forma admirable 147.” Se trata, a mi entender, de las potencias angélicas que con nosotros colaboran para nuestra mejora. “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré 148?” Has oído a David suplicar que le fueran enviadas la luz y la verdad 149. Se alegra porque las ha obtenido ya. Cuando dice que le ha sellado la luz de Dios 150 se ha de interpretar que la luz se ha revelado y que ha conocido signos que se le ha concedido la iluminación. De una sola luz debemos huir: de aquélla que es producto del fuego cruel. No caminemos en la luz de nuestro fuego y con la llama que nos consume. Conozco un fuego purificador. Es aquél que Cristo, llamado también místicamente fuego, vino a traer a la tierra. Es un fuego destructor de lo material, de la naturaleza perversa. El quiere que se extienda con la máxima rapidez posible, desea la veloz difusión del beneficio, porque las brasas de este fuego son nuestro socorro. Conozco, en cambio un fuego que no purifica, que reprende. Es ya el de Sodoma 151 que llovió sobre los pecadores mezclados con azufre y pez 152, ya el fuego preparado para el diablo y sus ángeles 153, ya el que rodea el rostro del Señor y abrasa en torno suyo a todos sus adversarios 154. Este es el más terrible de todos y unido al gusano infatigable 155, jamás se apaga, es eterno para los perversos. Todo ello es propio del poder destructor divino, a no ser que se entienda que Dios prefiere una actitud más benevolente y conforme con su dignidad 156.


         37. Además de dos clases de fuego, conozco también dos géneros de luz. Es la primera la que procede del principio conductor que endereza nuestros pasos hacia Dios. La otra es engañosa, imprudente y enemiga de la luz verdadera. Finge ser ésta para apropiarse de su resplandor, pero aunque aparente ser luz de mediodía y más brillante que la luz, es tenebrosa hasta el extremo. A mi entender, por esto se dice que algunos huirán en la oscuridad del mediodía 157. Ciertamente es noche, mas quienes están corrompidos por el lujo la consideran como luz. ¿Qué dice David? “La noche me rodeaba y, mísero de mi, no lo sabía, pensaba que el lujo era luz 158.” Lo mismo les sucede a quienes se entregan a la molicie. En cambio nosotros estamos iluminados por la luz del conocimiento. Esto es “sembrar la justicia 159” y recolectar el fruto de la vida, pues la acción nos procura la contemplación. Así aprenderemos todas las cosas y también a distinguir cuál es la verdadera luz y cuál la falsa y cuando tropecemos con ésta no creeremos que se trate de aquélla. Seamos luz, que los discípulos oyeron cómo les decía la gran luz: “vosotros sois la gran luz del mundo 160.” Seamos luminarias del mundo llevando en nosotros al Logos de vida, la fuerza que a todos vivifica. Apoderémonos de la naturaleza divina, de la más primitiva y pura luz. Vayamos a su esplendor sin que nuestros pies tropiecen en los montes oscuros y enemigos. Mientras luzca el día “caminemos con decoro propio del día, no en festines y borracheras, no en amancebamientos y libertinajes 161,” pues los robos pertenecen a la noche.


         38. Hermanos, purifiquemos todo nuestro cuerpo, santifiquemos nuestros sentidos todos. Nada haya en nosotros de imperfecto, nada de nuestro primer nacimiento. Que nada quede privado de la luz. Iluminemos nuestros ojos para ver rectamente, sin admitir en nuestro interior ninguna imagen disoluta procedente de una contemplación curiosa e indiscreta. Bien que no rindiéramos culto al placer, mancillaríamos nuestro alma. Haya en nosotros viga o paja 162, hemos de purificarnos para poder ver también las cosas de los demás. Iluminemos nuestro oído y nuestra lengua para que escuchemos lo que dice el Señor Dios 163 y se nos haga audible su misericordia matutina 164 y captemos el júbilo y la alegría que invaden los oídos divinos. No seamos espada punzante 165 ni afilada daga166, no acojamos bajo nuestra lengua a la fatiga y al trabajo167. Respetando las lenguas de fuego168, hablemos de la sabiduría de Dios oculta en el misterio 169. Guardemos nuestro olfato para no acabar afeminados y cubiertos de polvo en vez de sumergidos en aromas agradables. Aspiremos el ungüento que se ha derramado en nosotros 170 para apropiarnos espiritualmente de él y transformarnos en él hasta el punto que de nosotros exhale el mismo perfumado olor. Purifiquemos el tacto, el gusto, el paladar. Nada suave toquemos, nada nos alegre por su tersura. Acariciemos al único digno de ser acariciado, al Logos que por nosotros se encarnó, haciéndonos en esto imitadores de Tomás 171. Evitemos ser tentados por infusiones y golosinas que son hermanas de las tentaciones más cruentas. Gustemos sólo y probemos al buen Señor 172, cuyo gusto es el más dulce y perdurable. No atendamos a refrescar por breve plazo el cruel conducto que nos da placer, pero descuida lo que se le da y no lo retiene. Alegrémonos, en cambio, con estos discursos, más dulces que la miel 173.

         39. Además de cuanto queda dicho, bueno es que purificando nuestra cabeza en la medida en que puede ser purificada la que es taller de las sensaciones, alcancemos a Cristo cabeza, a partir del cual se entrama y ordena todo el cuerpo 174, y que disminuyamos el pecado que pretende alzarse sobre nosotros y hacerse con lo mejor de nosotros mismos. Es menester santificar y purificar al hombre que somos para que sea capaz de levantar la Cruz de Cristo, cosa que no resulta fácil para todos. Bueno es que pies y manos lleguen a la perfección. Las manos para que se alcen santas en todos los lugares y se aferren a las enseñanzas de Cristo, para que no se irrite el Señor 175 y para que merced a nuestras obras se haga creíble la palabra de Dios, como aquélla que fue puesta en manos del profeta 176. Los pies, para que no se apresuren a verter sangre 177 y a hacer el mal, sino que estén prontos para el Evangelio y para el galardón de la vocación suprema 178, para que reciban a Cristo, que lava y purifica los pies 179. Si existe una purificación del vientre, capaz de contener y digerir los alimentos que provienen del Logos, bueno es también que no llegue el vientre a hacerse dios por el lujo y los alimentos que lo dejan inactivo, sino que se purifique cuanto pueda, que se haga pequeño para acoger en su interior al Logos y padecer con justicia por el error de Israel. Imagino también que el corazón y cuanto está en el interior del hombre es digno de honra. A ello me persuade David, que quería crear dentro de sí un corazón puro y que un espíritu recto renovara sus entrañas 180. Con ello, según mi parecer, se refería a lo intelectual, a los movimientos del alma o pensamientos.


         40. ¿Qué decir de los lomos y de los riñones 181? No olvidemos tales partes. También ellas han de someterse a la purificación. Tengamos los lomos ceñidos y sujetos por la continencia, con arreglo a lo que la Ley prescribía a Israel para celebrar la Pascua182. Sin educarse en tales cosas, nadie puede huir limpiamente de Egipto ni escapar al exterminio. Sométanse los riñones a una hermosa transformación, trasladando a Dios todo su deseo, para poder decir: “Señor, en ti todo mi deseo 183” y “no ambicioné el día del hombre 184.” Es preciso ser hombre de deseos del Espiritu185. Si consiguiéramos esto, parecería la serpiente, cuya fuerza, en gran parte reside en los ojos y en los lomos, puesto que ella morirá junto a su poderío sobre tales lugares. No te asombres si rindo veneración extraordinaria a nuestras partes indignas 186, matando y reprendiendo con mi palabra levantada contra la materia. Entreguemos a Dios todos nuestros miembros sobre la tierra, consagrémosle todos, no sólo un lóbulo del hígado, o los riñones, o la grasa de una u otra parte de nuestro cuerpo. ¿Por qué despreciar el resto de nuestro cuerpo? Ofrezcámonos enteros como oblaciones racionales y víctimas perfectas. No hagamos una ofrenda sacerdotal reducida a nuestro brazo o a nuestro pecho. Sería poco. Si nos damos enteros, enteros nos recibiremos, que recibir es entregarse a Dios y celebrar la ceremonia de nuestra salvación.


         41. Sobre todo esto, antes de ello, conserva el depósito 187 por el que vivo y soy ciudadano, aquél que deseo tomar como compañero, por el que soporto toda clase de sufrimientos y desprecio todo placer. Consiste en la confesión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Esto es lo que hoy te confío, con esto te bautizo y te ensalzo. Te lo entrego como compañero para toda la vida y como patrono. Que hay una sola naturaleza divina y una única potencia, que se halla unitariamente en las tres personas y las abarca de forma separada. No hay desigualdad en cuanto a sus esencias o naturalezas, no hay aumento ni disminución por sobreabundancia o ausencia. Por todas las partes es igual y lo mismo 188, como una es la hermosura y grandeza de los cielos. Es una naturaleza unida e infinita para tres seres infinitos. Considerados separadamente, como Padre e Hijo, como Hijo y Espíritu Santo, en cuanto que cada uno mantiene su peculiaridad 189, cada uno de ellos es Dios. Los tres, considerados cada uno con el otro, son Dios. Son tres por su igualdad en la sustancia, son Dios por su única soberanía. No alcanzo a concebir la unidad y estoy iluminado por la Trinidad. No alcanzo a distinguir la Trinidad y me veo transportado a la unidad. Cuando contemplo a uno de los tres, pienso que se trata de la totalidad y colmo mi vista, pero se me escapa lo que es más importante. No puedo abarcar la grandeza de uno, ¿por qué debo dar más al resto? Cuando reúno a los tres en mi mente veo un solo esplendor y no puedo calcular ni distinguir a la luz que se hace única.


         42. ¿No quieres hablar de sufrimiento por que no sufra Dios, ajeno a todo sufrimiento? Pues yo me niego a hablar de creación 190 para no destruir a Dios con esa violenta e injusta división que separa al Hijo del Padre o al Hijo de la naturaleza del Espíritu Santo 191. No sólo es absurdo que quienes son calculadores 192 de la naturaleza divina unan a Dios una criatura, sino también que dividan a esa misma criatura. Y así como el Hijo es separado del Padre por los abyectos y terrenos, así, a su vez, algunos separan del Hijo la naturaleza del Espíritu Santo, de suerte que Dios mismo y la creación entera padecen violencia a manos de esta nueva teología 193. Nada, oh, hombres, hay en la Trinidad que sea servil, creado o accidental 194. Eso es lo que aprendí de un sabio 195. “Y si agradare aún a los hombres no sería siervo de Cristo” dice el apóstol divino 196. Si adorase a una criatura o en su nombre fuere bautizado, no llegaría a ser divino ni a transformar mi primera generación. ¿Qué podría reprochar entonces a los adoradores de Astarté o de Camos, ídolo de los sidonios? 197 ¿Qué a quienes veneran la imagen de una estrella, ser ciertamente superior a las imágenes fabricadas por quienes adoran ídolos 198, mas con todo algo creado y hecho? ¿Qué puedo reprocharles si yo o no adoro a dos de los seres en cuyo nombre he sido bautizado, o adoro a quienes son siervos como yo soy? 199 Ciertamente son siervos, aunque superiores a mí en honor. Pero ello nada obsta, porque también entre los esclavos existe diversidad de categorías.


         43. Quiero decir que el Padre es mayor en cuanto de El procede el ser igual y el existir de los seres iguales a El. Todos me concederán esto. Temo la palabra “principio,” no sea que haga al Padre principio de lo que le es inferior 200. En tal caso, queriendo honrarlo, le ofendería, pues no hay gloria para aquél de quien deriva la humillación de quienes proceden de él. Miro además con desconfianza tu deseo insaciable no sea que, amparado en la palabra “mayor,” dividas en dos la naturaleza y emplees esa palabra para todo. El término “mayor” no hace referencia a la naturaleza, sino a la causalidad. Entre seres de igual naturaleza nada significa “mayor” o “menor.” Aunque quisiera honrar al Hijo, en cuanto Hijo, más que al Espíritu Santo, no me lo permitiría el Bautismo, que me hace perfecto merced al Espíritu. ¿Temes, acaso, ser tachado de triteísta? Mantén lo bueno, o sea, la unidad entre los tres. Pásame a mi la lucha. Permíteme ser constructor de la nave de que haces uso. Y si ya tienes un constructor para tu nave, permíteme que construya tu casa, aunque tú luego la habites con tranquilidad y sin haber experimentado fatiga alguna. Navegarás bien o bien habitarás la casa si yo te la preparo, aunque no hayas trabajado en ello con empeño. ¿Ves cuánta es mi benevolencia? ¿Ves cuánta la bondad del Espíritu? Sea mía la batalla y la victoria tuya. Saldré yo a la palestra, mientras tú vives en paz encomendando al que combate por ti, echándome una mano con tu fe. Tres piedras tengo para lanzarlas con honda contra el invasor 201. Tres veces soplaré en el hijo de la viuda de Sarepta para devolver la vida a los muertos 202. Tres veces lloverá sobre los leños 203 con que consagré el sacrificio. Con agua encenderé fuego 204, cosa realmente sorprendente. Haciendo uso de la fuerza del misterio, derribaré a los profetas de la vergüenza.


         44. ¿A qué prolongar más mi homilía? Es éste momento de enseñar, no de rebatir. En presencia de Dios y de los ángeles elegidos doy testimonio de que serás bautizado en esta Fe 205. Si crees algo distinto de lo que enseña mi predicación 206, ven y corrígete. No en vano escribo lo ya escrito, enseño lo que he aprendido, lo que me fue entregado en mi juventud y he mantenido hasta las canas. Míos son el peligro y el honor. Yo soy el administrador de tu alma, quien te ha hecho perfecto mediante el Bautismo. Si realmente eres así y has sido sellado con tan hermosas palabras, custodia lo que está escrito y, en medio de lo mudable, permanece inmutable para aquello que requiere inmutabilidad. Aprende lo bueno de Pilato. El había escrito injustamente, tú con justicia. Di a quienes pretenden disuadirte: “lo escrito, escrito está” 207. Digno es de reproche que cuando lo decoroso es pasar fácilmente del mal al bien y con dificultad del bien al mal, nos prestemos a abandonar el bien y opongamos resistencia a dejar el mal. Si eres bautizado con arreglo a mi enseñanza, “no cerraré mis labios” 208, prestaré mis manos al Espíritu. Apresurémonos hacia la salvación, levantémonos en busca del Bautismo. Palpita en él el Espíritu de perfección. Ya está el don preparado y dispuesto. Si aún renqueas y te niegas a acoger perfectamente a Dios, busca tu bautismo y a quien te quiera bautizar. Yo no tengo tiempo para dividir la divinidad, ni para hacer de ti un muerto en el mismo instante de tu generación. Tal serás si haces naufragar al momento tu salvación, privándote de gracia y de la esperanza de gracia. Pues si suprimes de la Trinidad algo de naturaleza divina, habrás destruido todo y, en lo que a ti se refiere, tu propia perfección.


         45. Mas aún no posee tu alma señal alguna de palabra, buena ni mala. ¿Será acaso necesario que, al objeto de que alcances la salvación, grabe yo y modele hoy en ti la doctrina? Entremos al interior de la nube 209. Dame las tablas de tu corazón 210. Soy para ti Moisés, aunque parezca osado decirlo. Con el dedo de Dios escribiré un nuevo decálogo 211 Escribiré para ti un compendio de la doctrina salvadora. Si eres una fiera herética o salvaje, quédate abajo o te expondrás a ser lapidado por la palabra de la verdad 212. Te bautizaré enseñándote en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Uno es el nombre común a los tres: Dios. Aprenderás a repudiar con palabras y gestos toda falta de fe en Dios, para que de ese modo puedas unirte a la naturaleza divina. Cree que todo el mundo, lo visible y lo invisible 213, ha sido creado por Dios de la nada y que es gobernado por la Providencia del Creador y que será transformado en una más favorable condición. Cree que no existe una sustancia del mal, ni un reino del mal, que el mal no tiene principio, ni existe por si mismo o por Dios, sino que es obra nuestra y del maligno, que entra en nosotros por descuido nuestro, pero no por obra del Creador 214. Cree que el Hijo de Dios, el Logos anterior al tiempo, que procede del Padre fuera del tiempo y del cuerpo, al final de los tiempos nació por ti como hijo del hombre. Que proviene de la Virgen María de forma misteriosa y sin mancilla, pues no es posible que haya mancha alguna en donde habita Dios y en el cauce a través del cual actúa la salvación. Es hombre perfecto y perfecto Dios aquél que sufrió por ti para ganarte una perfecta salvación, para disolver toda condena de pecado. Impasible en su naturaleza divina, padeció en la humanidad adquirida. Por ti se hizo hombre tanto cuanto tú por El llegarás a ser Dios. Por las injusticias es conducido a la muerte, crucificado y sepultado, tanto cuanto es capaz de gustar la muerte. Resucitó al tercer día, subió a los cielos para llevarte con El a ti que permaneces en la tierra. Retornará con una venida gloriosa para juzgar a vivos y muertos. Entonces no será carne ni incorpóreo, sino, según dijo con palabras cuyo sentido El conoce, tendrá un cuerpo divinizado, para que puedan mirarle quienes le traspasaron y permanezca Dios sin el espesor de la carne. Admite, además de lo anterior, la resurrección, el juicio y la retribución, acorde con las justas balanzas de Dios. Esta recompensa es luz para quienes han purificado su mente, es decir, Dios verá y conocerá la medida de su pureza y les retribuirá con lo que llamamos Reino de los cielos. Habrá oscuridad, en cambio, para aquellos cuyo principio conductor esté ciego, para quienes sean extraños a Dios, y ello estará en proporción con su ceguera en la tierra. El décimo punto es: sobre la base de estas doctrinas, haz el bien, porque “la fe sin obras está muerta” 215, al igual que los hechos sin fe. He ahí lo que del misterio puede darse a conocer, lo que no es misterio para los oídos de muchos 216. El resto lo aprenderás cuando estés dentro, pues te lo concederá la Trinidad y tú lo ocultarás dentro de ti, velado por el sello.


         46. Pero he de anunciarte algo. El estado al que llegarás después del Bautismo y antes del gran estrado, es una prefiguración de la gloria futura 217. La salmodia que te recibirá es preludio del himno del cielo. Las lámparas que encenderás simbolizan el misterio de la iluminación celeste con que iremos al encuentro del Esposo, como almas luminosas y vírgenes, con las radiantes lámparas de la Fe. Almas que no se queden dormidas por pereza 218, haciendo que les pase inadvertida la inesperada presencia de aquél al que aguardaban. Almas que no estén carentes de alimento o aceite, desprovistas de obras buenas, para que no se vean expulsadas de la cámara nupcial 219. Veo su sufrimiento digno de lástima. Llegó aquél cuya venida era a voces reclamada. A su encuentro saldrán unas, prudentes, con lámparas encendidas y con suficiente provisión de aceite para ellas. Otras, en cambio, se agitarán pidiendo aceite en momento inoportuno a aquellas que lo tienen. Llegará rápido el Esposo. Unas entrarán con El y las otras encontrarán las puertas cerradas porque mientras se preparaban, habrán desperdiciado el tiempo conveniente. Muchos llorarán, porque comprenderán demasiado tarde el daño que les ha causado su negligencia. No podrán entrar en la cámara nupcial por mucho que supliquen, pues se la cerraron con su necedad. Habrán imitado en cierto modo a quienes despreciaron el banquete que el buen padre preparaba para el buen hijo que iba a casarse 220. Uno, porque había tomado mujer. Otro, porque había comprado un campo. Otro, porque había adquirido una yunta de bueyes. Poco provecho les hicieron sus compras, que por cosa de poca importancia se vieron privados de lo que mucho valía. Ninguno haya tan orgulloso y descuidado que lleve un vestido sucio, impropio de un convite nupcial. Aunque en la tierra se considere a si mismo digno del esplendor del cielo y entre, inconsciente, en el banquete, engañándose con vanas esperanzas, ninguno de éstos tiene un lugar en el cielo. ¿Y después? Cuando estemos dentro sólo el Esposo sabe qué enseñará y qué será de las almas que con El entraron. Yo pienso que estará con ellas, enseñándoles lo más perfecto y puro. De eso también podremos tener parte nosotros, maestros y discípulos de cosas tales, en Cristo mismo Señor nuestro, a quien la gloria y el poder por los siglos. Amén.

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1 Esto es, cuando Dios sopló en el compuesto terreno que constituía el cuerpo humano su propio hálito, para hacer del hombre un ser viviente. Cf. Gén. 2:7.

2 Cf. Lc. 2:7.

3 Cf. Lc. 3:21.

4 Cf. Lc. 24:1 ss.

5 Cf. Rom. 8:29

6 Cf. Col. 1:18

7 En la fiesta de las Luces, como ya se ha dicho en la introducción, se celebraban simultáneamente la Epifanía (cf. Homilía 39) y el Bautismo de Cristo, al cual está dedicada esta Homilía.

8 En cuanto el Bautismo nos arranca al dominio del adversario y nos introduce en el Reino de Dios.

9 En todo este pasaje San Gregorio ha empleado el término “iluminación” que designaba normalmente al bautismo, según una sinología difundida entre el cristianismo antiguo.

10 La terminología de la luz tiene aquí una eficacísima aplicación.

11 En la lengua homérica, que San Gregorio había estudiado como todos los griegos cultos de su tiempo, y en la lengua poética de carácter más elevado, el término phós, photós (gen.) designaba al hombre. Era habitual relacionarlo con el término phôs, phôtós que significaba luz. Esta derivación seudoetimológica se lee también en Clemente de Alejandría, Paedag., 1, 6,

28, 2.

12 Cf. Gén. 1:17.

13 Cf Gén 2 16 17.

14 Cf. Sal. 118:105.

15 Cf. Prov. 6:23.

16 Cf. Ex. 34:29.

17 Cf. Ex. 3:2.

18 Cf. Ex. 13:21.

19 Cf. 2 Re. 2:11.

20 Cf. Lc. 2:9.

21 Cf. Mt. 2:9.

22 Cf. Mt. 17:1 ss.

23 Cf. Act. 9:3.

24 Cf. Sab. 3:7.

25 Cf. Sal 82:1 y 6

26 Según la enseñanza del neoplatonismo, (asumida aquí por San Gregorio y que puede encontrarse igualmente en San Gregorio de Nisa, cf. El alma y la resurrección, la naturaleza divina es simple, o sea, no compuesta de partes, que implicarían la necesidad de postular en Dios la existencia de algo distinto a Dios mismo.

27 Se hace referencia de nuevo a la interpretación de la historia de la humanidad y de su calda, dominadas por la visión providencial de Dios.

28 El Bautismo, en efecto, es purificación de los pecados cometidos. Recuérdese que todavía en tiempos de San Gregorio era costumbre,

costumbre que el propio San Gregorio intenta limitar, bautizarse sólo a edad adulta e incluso avanzada. En cambio, para quienes están al comienzo de su vida, y, por consiguiente, probablemente no han cometido pecado, el Bautismo es un “sellos,” signo de pertenencia a Cristo.

29 Cf. Jn. 3:5.

30 Término técnico de la exégesis cristiana antigua. El Typos era un acontecimiento, un hecho, una cosa concreta que “prefiguraba” otro acontecimiento, otro hecho, otra cosa, igualmente concretos, pero dotados de un significado más profundo y mayor. El paso de

los hebreos a través del mar Rojo era tipo del Bautismo. La piedra que suministraba milagrosamente a los hebreos el agua en el desierto, era tipo de Cristo (cf. I Cor. 10:1-4). Así, el agua del Bautismo tiene un significado típico por cuanto es, como el agua del mar Rojo, prefiguración de la purificación espiritual del cristiano.

31 Referencia a la penitencia que San Gregorio concede a quien se arrepiente y que espera obtener él mismo, en cuanto pecador. Cf. lo leído en la Homilía 39, cp. 16-19.

32 Mejor gozar de la purificación del Bautismo, que es más asequible, que no de la penitencia, más penosa.

33 De esta referencia a la realidad social de Constantinopla extraemos una noticia sobre el empobrecimiento de las clases más débiles, en época de graves desequilibrios sociales.

34 Cf. Lc. 13:8.

35 Cf. Rom. 6:4.

36 Cf. Mt. 4:2 ss.

37 Esto es, a través de la carne humana. De nuevo otra referencia al “engaño” de Cristo, que se escondió bajo la envoltura de la carne humana para desconcertar al demonio que quería apoderarse de él. Cf. Homilía, 39, 1 y 14.

38 El Espíritu, que está presente en el Bautismo. Cf. Jn. 3:5.

39 Cf. Ef. 6:16

40 Cf. Mt. 4:3.

41 Cf. Jn. 6:33.

42 Cf. Mt. 4:6.

43 Cf. Sal. 90:11.

44 Cf. Sal. 91:13.

45 Sobre este término empleado para designar el Bautismo, cf nota 28.

46 Cf. Gál. 3. 27.

47 Esto es, los ritos de purificación minuciosamente prescritos por la Ley.

Cf. Heb. 9:13.

48 O sea, esperar a los últimos años de la vida antes de recibir el Bautismo, significa gravarse todavía más con los pecados y tener necesidad de una mayor gracia por parte de Dios.

49 Era costumbre postergar el Bautismo hasta los últimos momentos de la vida, permaneciendo hasta entonces como simple catecúmeno, precisamente por una equivocada interpretación del significado del Bautismo como purificación de todas las culpas cometidas en el pasado.

50 Cf Mt. 25:14-30.

51 Cf. 2 Cor. 6:2.

52 Ef. 5:14.

53 Cf. Is. 38:13.

54 Cf. Ecl. 3:1 ss.

55 Cf. Ex. 12:22 ss.

56 Prov. 3:24.

57 Sal. 90:5.

58 Cf. Mt. 8:22.

59 El retraso en recibir el Bautismo puede ser debido al temor a perder la gracia que el Bautismo confiere, al volver a pecar de nuevo.

60 Cf. Lc. 10:18.

61 El texto está corrompido. Lo hemos traducido siguiendo una conjetura de los editores Maurinos.

62 La condición de catecúmeno era la correspondiente al cristiano que estaba a la espera del Bautismo. En época paleocristiana el catecumenado tenía la función precisa de preparar para el Bautismo al recién convertido. En el siglo IV, cuando la población era ya cristiana, al menos de nombre, la condición de catecúmeno era aquélla en que se encontraba quien esperaba el Bautismo. Pero las situaciones eran intrínsecamente distintas, pues la espera del catecúmeno en el siglo IV no era aquélla tan exigente de la época preconstantiniana.

63 Cf. I Sam. 1:11 ss.

64 Cf. Ecl. 32:2.

65 En la actitud común del cristianismo en la edad antigua, al menos del ortodoxo, que evitaba los excesos rigoristas de ciertas sectas heréticas. Como puede verse, acentuaba la actitud tomada por San Pablo en I Cor. 7.

66 Cf. Jn. 2:1 ss.

67 Cf. 1 Cor. 7:5

68 Si hemos entendido bien este pasaje, esto significa que, dado el carácter de la cuestión afrontada (las relaciones matrimoniales) el escritor se desenvuelve entre alusiones, San Gregorio admite revocar algunos de los derechos de los esposos, aconsejándoles la continencia y se excusa poniendo por delante que lo hace por su propio bien.

69 Cf. Lc. 20:20 ss.

70 Cf. Gén. 19:18-26.

71 Todavía en el s. IV la vida política se desarrollaba reclamando la corresponsabilidad de cristianos y paganos juntos y ciertas funciones

oficiales (por ejemplo las de la religión y el culto) eran todavía paganas. El cristiano debía preguntarse cómo conjugar simultáneamente las leyes del Estado y las de su fe. La respuesta había sido absoluta (y dramática), en la época preconstantiniana: Tertuliano había excluido cualquier participación del cristiano en la vida pública, en sus obligaciones y prácticas idolátricas. Mas lo que era admisible en las reducidas comunidades cristianas de los siglos segundo y tercero, resultaba impracticable en el siglo IV, cuando la participación del cristiano en la vida política, comenzando por el emperador, era una cosa normal.

72 Cf Jos. 2:1 ss; 6:17 ss.

73 Cf. Lc. 18:9-14.

74 Cf. Mt. 20:1 ss.

75 Cf. Sal. 33:6.

76 Cf Jn. 12:35

77 Jn. 9:4.

78 Cf. Jn. 1:9.

79 Cf. Prov. 6:10.

80 Cf. Sal. 140:4.

81 Cf. Sal. 41:2.

82 Cf Gén 21 15 19

83 Alusión al mito de Tántalo que fue castigado por haber ofrecido a los dioses un banquete en que se sirvió la carne de su propio hijo, Pélope, con la condena a permanecer sumergido en el agua del Tártaro, rodeado de suculentas viandas y de bebidas restauradoras, pero sin poder probarlas. 84 Cf. Mt. 11I, 12.

85 Prov. 1:11.

86 Sal. 94:1.

87 Miq 4:2

88 Mt. 11:28.

89 Jn. 14:31.

90 Cf. Lam. 4:7.

91 Cf. Jn. 20:3.

92 Nótese la vivacidad de estas referencias concretas que nos representan una sociedad sólo superficialmente cristianizada, que en las

ceremonias más significativas y esenciales del cristianismo veía sólo un medio para explayar su propio lujo.

93 Cf Gál 3 27

94 Act. 8:36.

95 Observa Bernardi, op. cit., p. 214, que en aquella época Constantinopla dependía aún del metropolitano de Heraclea. Esta afirmación manifiesta la vacuidad de las excusas aducidas por tales personas, pues era poco probable que el obispo metropolitano de Nicea se desplazase expresamente para administrar un bautismo.

96 O sea, un obispo que había ido en peregrinación a los lugares santos y había adquirido así un titulo de mérito. La peregrinatio ad loca sancta era una costumbre de gran significado espiritual para los cristianos, a partir del siglo IV.

97 Con este término, que originariamente (s. II) designaba la secta instituida por el hereje Taciano, se aludía generalmente a quienes llevaban una vida de rigurosa abstinencia, más dura de lo prescrito por las normas de la propia Iglesia.

98 Cf 1 Sam. 16:7.

99 Por consiguiente, no es válido el bautismo administrado por un hereje. Es ésta una precaución que era necesario seguir con cuidado en la época en que San Gregorio regía la iglesia de Constantinopla.

100 Cf. Flp. 2:7.

101 Cf. Mt 12:42.

102 Cf. Is. 55:1.

103 Cf. Jn. 4:7.

104 Cf. Is, 32:20.

105 Cf. Joel 4:18.

106 Cf. Gén. 17:12

107 Cf. Ex. 12:22.

108 El hecho de que San Gregorio aconseje esperar tres años antes de administrar el bautismo a los niños, que en cualquier caso, pueden ser bautizados antes si hay necesidad de ello, no significa que crea que no existe, de hecho, el pecado original. Lo que San Gregorio mantiene es que antes de esa edad el niño sustancialmente no es capaz de pecar, aunque por efecto del pecado de Adán, tenga la inclinación al pecado.

109 Cf. Lc. 3:23.

110 Cf. Mt. 21:10.

111 Cf. Mt. 4:2.

112 Un reproche contra quienes, a la manera de los “encratitas” a que se ha hecho referencia antes (cf. 26), se imponían normas rigurosas de vida que no secundaban, e incluso tal vez se oponían soberbiamente, a los preceptos y costumbres de la Iglesia.

113 Cf. Lc. 22:17 ss.

114 Cf. Lc. 16:20 ss.

115 Cf. Jn. 1:11.

116 Cf. Lc. 19:2 ss.

117 Otra alusión al concepto de aetas spiritalis. Zaqueo era de cuerpo menudo, aunque en rigor no se pueda hablar de edad por la baja estatura de Zaqueo, pero fue espiritualmente grande. En cualquier caso, el texto griego habla expresamente de la “edad.”

118 Is. 58:7.

119 Gál. 3:27.

120 Cf Mt. 18:26.

121 Cf. Mt. 18:23 ss.

122 Esto es, del alma, hecha a imagen y semejanza de Dios (cf. Gén. 1: 26).

123 Sal. 31:1.

124 Sal. 31:2.

125 Cf Mt. 15:22

126 Cf. Lc. 13:11.

127 Cf Lc. 8:43 ss.

128 Cf Jn. 5:7

129 Jn. 5:14.

130 Jn 11:43

131 Cf. Jn. 11:39.

132 Cf. Sal 67:7

133 Cf. Mt. 25:14-30.

134 Cf. Lc. 17:12 ss.

135 Cf. Lc. 6:6.

136 Cf. I Re. 17:9.

137 Cf. Mc. 7:32.

138 Cf. Lc. 18:35.

139 Cf. Sal. 12:4.

140 Cf. Sal. 35:10.

141 Cf. Mt. 13:25.

142 Cf Sal. 83:6.

143 Cf. Lc. 11:24 ss.

144 Cf Mc. 5:9 ss.

145 Sal. 96:11.

146 Is. 60:19.

147 Sal. 75:5.

148 Sal. 26:1.

149 Cf. Sal. 42:3.

150 Cf. Sal. 4:7.

151 Cf. Gén. 19:24.

152 Cf. Sal. 10:7.

153 Cf. Mt. 25:41.

154 Cf. Sal. 96:3.

155 Cf. Mc. 9:48.

156 San Gregorio se pregunta si no será un pensamiento más lógico y consonante con la bondad y generosidad de Dios creer que el castigo del infierno no tenga como fin la destrucción del hombre pecador, sino purificarlo y cancelar las culpas por él cometidas. Las penas del infierno, por consiguiente, no serían eternas ni definitivas, sino que tendrían como fin mejorar al hombre. En último término, este pensamiento se remonta a la doctrina de Orígenes, ampliamente profundizada por San Gregorio de Nisa en su diálogo El alma y la resurrección.

157 Cf. Is. 5:20.

158 Sal. 138:11 ss.

159 Os 10:12.

160 Mt. 5:14.

161 Rom. 13:13.

162 Cf. Mt. 7:2-5.

163 Cf. Sal. 84:9.

164 Cf. Sal. 142:8.

165 Cf. Sal. 56:5.

166 Cf. Sal. 51:4.

167 Cf. Sal. 10:7.

168 Cf. Act. 2:3.

169 Cf.1 Cor 2:7.

170 Cf. Cant. 1:3.

171 Cf. Jn. 20:27.

172 Cf. Sal. 33:9.

173 Cf. Sal. 18:11.

174 Cf. Col. 2:19.

175 Cf. Sal. 2:12.

176 Cf. Jer. 50:1.

177 Cf. Sal. 13:3.

178 Cf Flp. 3:14.

179 Cf.Jn. 13:5 ss.

180 Cf Sal. 50:12.

181 Cf. Ef.ó, 14.

182 Cf.Ex. 12:11.

183 Sal. 38:10.

184 Jer. 17:16.

185 Cf. Dan. 9:23.

186 Cf 1 Cor. 12:23.

187 Cf. 2 Tim. 1:14.

188 A partir de este punto, en la exposición del símbolo de la Fe que ocupa todo el capitulo 41 y el siguiente, San Gregorio retoma la polémica contra los arrianos.

189 Término técnico (idiótes), que indica en qué una hipóstasis se distingue de la otra, aunque las tres sean Dios. La polémica está dirigida no sólo contra los arrianos, sino también contra los pneumatómacos quienes, aunque reconocían la naturaleza divina del Hijo, negaban al Espíritu Santo esa prerrogativa.

190 Los arrianos se escandalizaban al oir hablar de generación del Hijo, porque el término implicaba, según ellos, una pasión por parte del Padre. Mas, objeta San Gregorio, aún es más grave hablar de creación del Hijo, cosa que le rebajaría a la categoría de simple criatura.

191 En efecto, según los arrianos el Hijo era una criatura, aunque distinta de los demás. Lo mismo sostenían los pneumatómacos. En cambio, para ambos, el Espíritu era poco más que una criatura angélica, de dignidad infinitamente inferior a la del Hijo.

192 O sea, distinguiendo la suprema naturaleza del Padre, único Dios, de las del Hijo y el Espíritu Santo, creaturas ambos, pero de diferente dignidad. 

193 La teología nueva es la de los arrianos, naturalmente. El término “nuevo,” que los Capadocios aplican con frecuencia a los arrianos, connota que los herejes se han apartado de la enseñanza tradicional de la Iglesia.

194 Siervas de Dios son, lógicamente, todas las criaturas y tales serian el Hijo y el Espíritu Santo si hubieran sido creados. Es ésta una

argumentación habitual en San Gregorio. 

195 No sabemos a quién se refiere San Gregorio con esta alusión. Según un escolio, que no sabemos en qué se apoya, nuestro escritor se estaría refiriendo a San Gregorio Taumaturgo.

196 Gál 1:10

197 Astarté era una divinidad adorada por los fenicios. Camos un ídolo de los moabitas (cf. núm. 21:29) al que Salomón edificó un templo (cf. I Re. 11: 7).

198 Alusión a la teología solar, ampliamente difundida en la última edad imperial. El culto al sol, nota San Gregorio, es más noble que el culto al resto de los ídolos, pero sigue siendo el culto a una criatura. Los arrianos se colocan al mismo nivel que los paganos.

199 En cuanto creaturas, el Hijo y el Espíritu Santo serian tan siervos de Dios como los hombres.

200 Sobre este fragmento de teología trinitaria, cf. la introducción.

201 Cf. 1 Sam. 17:40.

202 Cf. 1 Re. 17:21.

203 Cf 1 Re. 18. 34.

204 O sea, el fuego del Espíritu Santo que se nos entrega en el Bautismo, con el agua que es instrumento de ese sacramento.

205 En tono solemne, San Gregorio garantiza la perfecta ortodoxia de la profesión de Fe que deberá pronunciar el bautizado.

206 Esto es, si ha sido instruido de manera distinta a como requiere la ortodoxia nicena.

207 Jn 19:22.

208 Sal. 39:10.

209 Cf. Ex. 33:9 ss.

210 Cf Cf. Ex. 31:18.

211 Cf. ibid.

212 Cf. Ex. 19:13.

213 El mundo invisible es aquél que en la Homilía 38 (cap. 8), ha sido llamado “mundo intelectual,” el de los ángeles, que son sustancias intelectuales e invisibles, pero también creadas.

214 Una afirmación dirigida, sobre todo, contra los maniqueos, que creían en la existencia de dos principios originantes contrapuestos, uno para el bien y el otro para el mal. El mal, sin embargo, no tiene subsistencia, según enseñaba el neoplatonismo y como se lee a menudo en las obras de San Gregorio de Nisa (cf. Gran homilía catequética, cp. 7; El alma y la resurrección.)

215 Sant. 2:20.

216 Estas palabras de San Gregorio han hecho pensar en la existencia de un misterio cristiano, más escondido e importante, en la enseñanza de nuestro escritor. En realidad el Nacianceno quiere decir simplemente que la fórmula de Fe expuesta hasta ese momento, indica sólo sumariamente lo capital de la doctrina cristiana, lo necesario para que sea conocida por los extraños. Otras doctrinas igualmente importantes están contenidas en la doctrina de la Iglesia.

217 Como ha notado Bernardi op. cit., pp. 215-216, Gregorio describe aquí la procesión de los recién bautizados. A la salida del baptisterio entrarán en la Iglesia, que les había estado prohibida hasta ese momento, y se detendrán ante el tabernáculo, ante el estrado en que están el obispo y el clero, a una y otra parte. En el medio se encuentra el altar para el sacrificio. Durante la entrada de los bautizados en la iglesia, el clero y los demás fieles entonarán las salmodias, prefiguración de los dulcísimos cantos del cielo, mientras la procesión se detendrá llevando en las manos las lámparas encendidas, símbolo de la Fe.

218 Cf. Mt. 25. 1 ss.

219 Cf. Mt. 22:11-14.

220 Cf. de nuevo Lc. 14:15 ss. Todo este pasaje evoca los textos de San Mateo y San Lucas, entretejiéndolos entre si.

Agradecemos la fonte: mercaba.org - 2005


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San Gregorio de Nisa. Su fallecimiento en el †394 ca.

La fecha del nacimiento de San Gregorio de Nisa no se puede afirmar con precisión, pero debió ocurrir entre los años 331 a 335. Por línea paterna descendía de una familia de antigua raigambre cristiana, originaria del Ponto, que había sufrido persecución por confesar la fe; y por línea materna, de una familia de Capadocia que destacaba en la vida militar y civil. Tres de sus hermanos — Macrina, Basilio (llamado el Grande) y Pedro — son venerados como Santos por la Iglesia.

         La educación de Gregorio corrió a cargo de su hermano mayor, Basilio. Fue profesor de Retórica, pero animado por sus amigos, en especial por el que luego sería San Gregorio Nacianceno, se retiró al monasterio de Iris, en el Ponto, para dedicarse a prácticas ascéticas y al estudio de la Teología. Su hermano Basilio, metropolita de Cesarea, le consagró obispo en el año 371, para ocupar la sede de Nisa. Por su fidelidad al Concilio de Nicea, fue depuesto por un sínodo de obispos arrianos, celebrado en su ausencia con la ayuda del gobernador del Ponto. Muerto el Emperador Valente, que era arriano, San Gregorio volvió a su sede, y en el año 381 tomó parte muy activa — con San Gregorio Nacianceno — en el Concilio I de Constantinopla, que resolvió definitivamente la cuestión arriana, reafirmando la fe de Nicea y exponiendo la divinidad y consustancialidad del Espíritu Santo. En sus últimos años, se le nombró Arzobispo de Sebaste y redactó los escritos más memorables de su doctrina espiritual, hasta su fallecimiento en el 394.

         Su producción literaria no comienza antes del 370, en plena madurez. Tiene escritos de carácter teológico, exegético, homilético y ascético.

         Su obra titulada La creación del hombre pertenece al género exegético, y la escribió a instancias de su hermano Pedro, obispo de Sebaste, con el fin de completar las homilías de San Basilio sobre los seis días de la creación, que narra el Génesis. El texto que se recoge es un comentario a la creación del hombre, hecho por Dios a su imagen y semejanza, lo que constituye su mayor dignidad y su máxima excelencia sobre las demás criaturas terrenas.

         La profundidad de las obras de San Gregorio de Nisa, que escribió también libros de teología mística, le han valido el sobrenombre de el teólogo, con que es conocido especialmente entre los griegos.

Loarte



El hombre, señor de la creación (La creación del hombre, Il-IV).

         Todavía no se hallaba en este hermoso domicilio del universo la criatura grande y excelente que llamamos hombre. Realmente no era conveniente que apareciera el soberano antes que los súbditos sobre quienes tenía que mandar. Preparado primeramente el imperio, era lógico que se proclamare luego el emperador; es decir, después que el Hacedor de todas las cosas le hubo dispuesto la creación entera a modo de regio palacio.

         Ese palacio es la tierra, las islas, el mar y, finalmente, el cielo, tendido sobre todo como una bóveda. Y en este palacio se reunieron riquezas de todo linaje; riquezas llamo a la creación entera, cuantas plantas y árboles hay en ella, y cuanto en ella siente, respira y está animado. Y si entre las riquezas hay que contar otras cosas que, por su elegancia o la belleza de su color, tienen los hombres por preciosas — por ejemplo, el oro, la plata y las piedras preciosas, que codician los hombres —, también éstas, en abundancia, las escondió Dios, como regios tesoros, en las profundidades de la tierra.

         Después hizo aparecer al hombre en el mundo para que fuera, de una parte, espectador de sus maravillas, y de otra, amo y señor; y por la hermosura y grandeza de lo que contemplaba, rastreara el poder inefable de quien lo hiciera todo, que ningún discurso alcanza. He aquí la causa por la que el hombre fue introducido el último en el mundo, después de creado todo lo demás; no es que fuera echado al último lugar como despreciable, sino que, apenas nacido, recaía sobre él la realeza de la creación que había de estarle sujeta.

         Un excelente anfitrión no introduce a su convidado en casa antes de que esté dispuesta la comida. Primero se prepara todo dignamente, se adorna espléndidamente la casa, el comedor, la mesa; una vez que todo está a punto, se introduce al convidado dentro del hogar. Así el Señor, nuestro anfitrión opulento y espléndido, después que hubo adornado elegantemente su casa y preparado un gran convite en el que no había de fallar deleite alguno, introdujo finalmente al hombre, al que le tocaba no adquirir lo que faltaba, sino gozar de lo que allí había. De ahí que hiciera Dios que el hombre, por su constitución misma, constara de dos elementos, mezclando lo espiritual con lo terreno. De este modo habría de resultarle connatural y propio el doble goce: de Dios, por la parte más divina de su naturaleza; de los bienes de la tierra, por la sensación, que es también terrena.

         Tampoco hay que pasar por alto que la creación es, por decirlo así, improvisada por el divino poder: los cimientos del mundo y todo el universo aparecen sin más arte, al mandato de Dios. Pero la creación del hombre va precedida de un consejo; el artífice, por la pintura de su Verbo, delinea de antemano su obra futura; y nos dice cómo ha de ser y de qué original ha de copiar la imagen, para qué fin será creado, qué hará en cuanto nazca y sobre quiénes imperará. Todo lo discute de antemano el Verbo, a fin de que el hombre reciba una dignidad más antigua que su mismo nacimiento, y, antes de recibir el ser, posea la soberanía sobre los demás seres creados. Por eso cuenta la Escritura que dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, e impere sobre los peces del mar, sobre las bestias de la tierra, y sobre las aves del cielo, y sobre la tierra entera (Gn 1:26).

         ¡Oh maravilla! Es creado el sol, y no precede consejo alguno. Lo mismo el cielo, que no tiene igual por su belleza en la creación. Toda esa maravilla surge al imperio de una sola palabra, sin que la Escritura nos diga de dónde, ni cómo, ni cosa otra alguna. Y así, sucede con todas y cada una de las demás criaturas: los astros, el aire que nos separa de ellos, el mar, la tierra, los animales, las plantas, todo se produce por la simple palabra de Dios. Sólo para la formación del hombre se prepara el Hacedor del universo con una deliberación, y dispone previamente la materia de la obra, y determina el ejemplar de belleza a que ha de asemejarse, y, señalado el fin para el que ha de nacer, le fabrica una naturaleza correspondiente y propia para las operaciones que ha de ejecutar y acomodada al fin que se le propone.

         A la manera que, en las cosas humanas, los artífices dan a los instrumentos que fabrican aquella forma que parece ser la más idónea al uso a que se destinan, así el Artífice sumo fabricó nuestra naturaleza como una especie de instrumento, apto para el ejercicio de la realeza; y para que el hombre fuera completamente idóneo para ello, le dotó no sólo de excelencias en cuanto al alma, sino en la misma figura del cuerpo. Y es así que el alma pone de manifiesto su excelsa dignidad regia, muy ajena a la bajeza privada, por el hecho de no reconocer a nadie por señor y hacerlo todo por su propio arbitrio. Ella, por su propio querer, como dueña de sí, se gobierna a sí misma. .¿Y de quién otro, fuera del rey, es propio semejante atributo?

         Según la costumbre humana, los que labran las imágenes de los emperadores tratan primeramente de reproducir su figura y, revistiéndola de púrpura, expresan juntamente la dignidad imperial. Es ya uso y costumbre que a la estatua del emperador se le llame emperador; así, la naturaleza humana, creada para ser señora de todas las otras criaturas, por la semejanza que en sí lleva del Rey del universo, fue levantada como una estatua viviente y participa de la dignidad y del nombre del original primero. No se viste de púrpura, ni ostenta su dignidad por el cetro y la diadema, pues tampoco el original lleva esos signos. En vez de púrpura se reviste de virtud, que es la más regia de las vestiduras; en lugar de cetro se apoya y estriba sobre la bienaventuranza de la inmortalidad; y en el puesto de la diadema se ciñe la corona de la justicia; de suerte que, reproduciendo puntualmente la belleza del original, el alma ostenta en todo la dignidad regia.


¿Qué significa ser cristiano? (Epístola a Armonium, 4-11).

         ¿Qué significa ser cristiano? Seguro que la consideración de este asunto nos deparará mucho provecho.

         En efecto, si captamos con precisión lo que se significa con este nombre — cristiano —, recibiremos gran ayuda para vivir virtuosamente. Pues nos esforzaremos, mediante una conducta más elevada, en ser realmente lo que nos llamamos.

         Así le sucede, por ejemplo, al que se llama médico, orador o geómetra: no deja que se le prive de este titulo a causa de su incompetencia, como le ocurriría si en el ejercicio de su profesión se le encontrara sin la experiencia debida. Por el contrario, como no quiere que su nombre se le aplique falsamente, se esfuerza por hacerlo verdadero en su trabajo. Lo mismo debe apreciarse en nosotros. Si buscamos el verdadero sentido de ser cristiano no querremos apartarnos de lo que significa el nombre que llevamos, para que no se emplee contra nosotros la anécdota de la mona, tan divulgada entre los paganos.

         Cuentan que en la ciudad de Alejandría un titiritero había domesticado a una mona para que danzase. Aprovechando su facilidad para adoptar los pasos de la danza, le puso una máscara de danzante y la cubrió con un vestido apropiado. Le puso unos músicos y se hizo famoso con el simio, que se contoneaba con el ritmo de la melodía. El animal, gracias al disfraz, ocultaba su naturaleza en todo lo que hacía. El público estaba sorprendido por la novedad del espectáculo; pero había un niño mas astuto, que mostró a los espectadores boquiabiertos que la mona no era más que una mona.

         Mientras los demás aclamaban y aplaudían la agilidad del simio, que se movía conforme al canto y la melodía, el chico arrojó sobre la orquesta golosinas que excitan la glotonería de estos animales. Cuando la mona vio las almendras esparcidas delante del coro, sin pensarlo más, olvidada enteramente de la música, de los aplausos y de los adornos de la vestimenta, corrió hacia ellas. Cogió con las manos todas las que encontró y, para que la máscara no estorbase a la boca, se quitó con las uñas apresuradamente la engañosa apariencia que la revestía. De este modo, en vez de admiración y elogios, provocó la risa del público, puesto que, bajo los restos del disfraz, aparecía risible y ridícula.

         La falsa apariencia no le fue suficiente a la mona para que la considerasen un ser humano, pues su verdadera naturaleza se descubrió en su glotonería por las chucherías. Así, también serán descubiertos por las golosinas del diablo aquellos que no conformen realmente su naturaleza a la fe cristiana y sean una cosa distinta de lo que profesan.

         En efecto, la vanagloria, la ambición, el afán de riquezas y de placer, y todas las demás cosas que constituyen la perversa mercancía del diablo son presentados como chucherías a la avidez de los hombres, en lugar de higos, almendras o cualquiera de esas cosas. Esto es precisamente lo que lleva a descubrir con facilidad a las almas simiescas: quienes simulan el cristianismo con fingimiento hipócrita, se quitan la máscara de la templanza, de la mansedumbre o de cualquier otra virtud en el tiempo de la prueba.

         Es necesario conocer la tarea que lleva consigo llamarse cristiano. Sólo así llegaremos a ser de verdad lo que el nombre exige, para que no suceda que, si nos revestimos con el mero ropaje del nombre, aparezcamos ante Aquél que ve en lo escondido como algo distinto de lo que aparentamos ser en lo exterior.


La Meta Divina y la Vida Conforme a la Verdad (1).

Primera Parte: la Meta Divina.

         Si alguien aleja un poco del cuerpo la facultad de conocer, si se libera de la servidumbre de sus impresiones irracionales, y mira su alma desde arriba por medio de una reflexión sincera y pura, ése verá claramente en su misma naturaleza la caridad de Dios para con nosotros, y la voluntad del Creador hacia nosotros. En efecto, por medio de esta reflexión encontrará que existe en el hombre el impulso connatural e innato de un deseo que lo lleva hacia lo bello y lo excelente; y que existe en su naturaleza el amor impasible y feliz de esta “Imagen” inteligible y bienaventurada cuya imitación es el hombre.

         Pero si el alma está despreocupada y no se mantiene en guardia contra sus distracciones, una carrera errante, de una a otra de las cosas visibles y efímeras va a seducirla y a encantarla. Con una pasión descabellada y un amargo placer la arrastrará hacia un mal temible, que nace de las voluptuosidades de la vida, y que engendra la muerte para cualquiera que se prenda de ellas.

         Ahora bien, la gracia de nuestro Salvador concede, a aquellos que la reciben con un ardiente deseo, un remedio salvífico para sus almas: el conocimiento de la verdad. Por ella, la carrera errante que encantaba al hombre termina; el sentido menospreciable de la carne se apaga; el alma es conducida hacia lo divino y hacia su propia salvación por medio de la luz de la verdad: recibe la revelación del conocimiento.

         Con magnanimidad, ustedes se decidieron a recibir este conocimiento. Con generosidad, ustedes dan riendas sueltas al amor de Dios, según la misma naturaleza que Dios quiso atribuir al alma. En sus actos ustedes cumplen en común lo que es propio a la “vida apostólica.” Desean de nosotros una palabra que les guíe y les conduzca sin rodeos en el viaje de la vida, mostrándoles con precisión cuál es la meta de esta vida para aquellos que participan de ella — cuál es la voluntad de Dios, buena, favorable y perfecta -; cuál es el camino hacia esta meta, y cómo deben comportarse los unos hacia los otros que la recorren — cómo los superiores deben dirigir el “coro filosófico” -; y que trabajos deben asumir aquellos que quieren alcanzar la cumbre de la virtud y preparar dignamente su alma para la venida del Espíritu.

         Puesto que ustedes nos reclaman esta palabra, y la quieren no sólo oral sino por escrito, a fin de guardar estas líneas como una bodega de la memoria y poder sacar de ella con oportunidad lo que les será útil, trataremos de responder a sus deseos dejándonos llevar por la gracia del Espíritu.



         El principio de la vida cristiana: fe y bautismo

         Sabemos muy bien que entre ustedes la regla de la piedad está establecida en la recta doctrina. Ustedes creen firmemente que hay una sola Deidad en bienaventurada y eterna Trinidad. Esta Deidad no sufre absolutamente ningún cambio, sino que debe ser pensada y adorada en una sola esencia, una sola gloria y una voluntad idéntica en sus tres hipóstasis. Hemos recibido esta confesión de muchos testigos, y la proclamamos nosotros también, para gloria del Espíritu que nos lavó en la fuente del sacramento.

         Sabemos que esta profesión de fe, piadosa y sin error, firmemente establecida en el fondo del alma, la tenemos en común con ustedes; y conocemos el impulso de ustedes y la ascensión de sus actos hacia el bien y la beatitud; por eso nos limitaremos a escribirles algunos breves principios de instrucción. Los elegimos entre los escritos que nos dio el Espíritu, y en muchos lugares mencionamos las mismas palabras de la Escritura, para apoyar lo que decimos sobre su autoridad y para manifestar que le estamos subordinado. Así no tendremos la impresión de abandonar la gracia de arriba para producir nosotros mismos las elucubraciones ilegítimas de un pensamiento bajo y sin valor, ni de forzar con las filosofías del exterior nuestros ejemplos de piedad, para introducirlos subrepticiamente en la Escritura después de haberlos hecho brotar de una vana presunción.

         Pues, aquel que quiere conducir hacia Dios su alma y su cuerpo siguiendo la ley de la piedad y devolverle “el culto incruento y puro,” estableciendo como guía de su vida esta fe piadosa que las palabras de los santos nos hacen entender a través de toda la Escritura, aquél debe ofrecer a la carrera de la virtud un alma dócil y bien dispuesta: que se aparte con toda pureza de las trabas de esta vida, y de todas las servidumbres con relación a las cosas bajas y vanas. En resumen, que pertenezca todo entero, por su fe y su vida, a Dios sólo.

         El sabe perfectamente que allí donde está la fe piadosa y una vida irreprochable, allí también está el poder de Cristo; y que allí donde está el poder de Cristo, allí también está la derrota de todo mal, y de la muerte que nos roba la vida.

         Porque los vicios no tienen en sí un poder suficientemente grande como para poner obstáculo al poder soberano; sino que se desarrollan naturalmente en la desobediencia a los mandamientos. Es lo que experimentó en otros tiempos el primer hombre, y lo que experimentan ahora todos aquellos que imitan su desobediencia con una elección deliberada.

         Al contrario, aquellos que se acercan al Espíritu con una disposición recta, y guardan la fe con una certeza plena, son purificados por el mismo poder del Espíritu, no permaneciendo en su conciencia ninguna mancha. Lo afirma el Apóstol: nuestro evangelio no les fue manifestado sólo con palabras, sino también con el poder y en el Espíritu Santo, y con plena certeza (1 Ts 1:5), como ustedes bien lo saben. Y también: que el espíritu de ustedes, su alma y cuerpo, sean guardados irreprochables para el advenimiento de nuestro Señor Jesucristo (1 Ts 5:23), quien por el bautismo ha conseguido la prenda de la resurrección a aquellos que él hace dignos, a fin de que el talento confiado a cada uno le obtenga por su labor la riqueza invisible.

         “La edad perfecta” del cristiano es la obra del Espíritu y del alma que se hizo libre

         Porque, hermanos míos, el santo bautismo es grande: suficientemente grande para procurar a aquellos que lo reciben con temor la posesión de las realidades inteligibles. El Espíritu es rico y no es envidioso de sus dones: se vierte siempre como un torrente en aquellos que reciben la gracia; y los Apóstoles colmados de esta gracia, han manifestado a las Iglesias de Cristo los frutos de su plenitud. En aquellos que reciben ese don con toda rectitud, el Espíritu permanece; según la medida de la fe de cada uno, él es su huésped; él opera con ellos y construye en cada uno el bien, según la proporción del celo del alma en las obras de la fe.

         El Señor lo dijo a propósito de la mina: la gracia del Espíritu Santo se da a cada uno en vista a su trabajo, es decir, para el progreso y crecimiento de aquel que lo recibe. Porque es necesario que el alma regenerada sea alimentada por el poder de Dios hasta la medida de la edad del conocimiento en el Espíritu; está, pues, irrigada con generosidad por la savia de la virtud y el enriquecimiento de la gracia (ver Lc 19:23 ss).

         El alma que ha sido regenerada por la potencia de Dios debe nutrirse del Espíritu hasta el límite de la edad intelectual, irrigada continuamente por el sudor de la virtud y por la abundancia de la gracia.

         El cuerpo del niño recién nacido no permanece mucho tiempo en la edad más tierna, sino que es fortificado por los alimentos corporales, crece según la ley de la naturaleza, hasta la medida que le es dada. Algo parecido se produce en el alma que recién renació: su participación en el Espíritu anula la enfermedad que había entrado con la desobediencia, y renueva la belleza primitiva de la naturaleza. El alma así renacida no permanece siempre niña, incapaz, inmóvil, dormida en el estado en el cual estaba en su nacimiento; sino que se nutre con los alimentos que le son propios, y hace crecer su estatura por medio de diversos ejercicios y virtudes, según las exigencias de su naturaleza. Por el poder del Espíritu y mediante su propia virtud, se volverá inexpugnable para los ladrones invisibles que lanzan contra las almas sus innumerables invenciones.

         Es necesario pues, progresar siempre hacia el “hombre perfecto,” según estas palabras del Apóstol: Hasta que alcancemos todos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al “hombre perfecto,” a la medida de la edad de la plenitud de Cristo; a fin de que no seamos más niños, sacudidos y llevados por cualquier viento de doctrina según los artífices del error; sino viviendo según la verdad, crezcamos en todas las cosas hacia Aquel que es la cabeza, Cristo (Ef 4:13-15). Y en otro lugar el mismo Apóstol dice: No se conformen al mundo presente, sino transfórmense renovando su mente, a fin de discernir cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto (Rm 12:2).


La “voluntad perfecta” de Dios.

         Lo que el Apóstol entiende por “la voluntad perfecta” es que el alma tome la forma de la piedad, en la medida que la gracia del Espíritu la hace florecer hasta la belleza suprema, trabajando con el hombre que sufre en su transformación.

         El crecimiento del cuerpo no depende de nosotros, porque no es según el juicio del hombre ni según su agrado que la naturaleza mide su estatura: ella sigue su propia tendencia y necesidad. Por el contrario, en el orden del nuevo nacimiento, la medida y la belleza del alma — dadas por la gracia del Espíritu, que pasa por el celo de aquel que la recibe — crecen según nuestra disposición. Mientras más extiendas tu combate en favor de la piedad, también más se extenderá la estatura de tu alma, por medio de estas luchas y estos trabajos a los cuales nuestro Señor nos invita diciendo: Luchen por entrar por la puerta estrecha (Lc 13:24; ver Mt 7:13), y también: ¡Háganse violencia! Son los violentos quienes arrebatan el reino de los cielos (ver Mt 11:12). Y también: Aquel que persevere hasta el fin, ése se salvará (Mt 10:22). Y: Por su perseverancia tomarán posesión de sus almas (Mc 13:12). A su vez dice el Apóstol: Por la paciencia, corramos la carrera que se nos propone (Hb 12:1), y también: Corran de manera que ganen el premio (1 Co 9:24), y de nuevo: Como servidores de Dios por medio de una paciencia incansable (2 Co 6:4)

         Nos invita pues a correr, y a dirigir todo nuestro esfuerzo a estos combates, puesto que el don de la gracia está proporcionado a los esfuerzos de aquel que la recibe.

         Porque es la gracia del Espíritu la que concede la vida eterna y la alegría inefable en los cielos; y es el amor el que por la fe acompañada de las obras, gana el premio, atrae los dones y hace gozar de la gracia. La gracia del Espíritu Santo y la obra buena concurrente al mismo fin colman con esta vida bienaventurada el alma en la que ellas se reúnen.

         Al contrario, separadas, no procurarían al alma ningún beneficio. Porque la gracia de Dios es de tal naturaleza que no puede visitar a las almas que rehúsan la salvación; y el poder de la virtud humana no basta por sí solo para elevar hasta la forma de la vida celestial a las almas que no participan de la gracia. Si el Señor no edifica la casa ni guarda la ciudad, dice la Escritura, en vano vigila el guardián y trabaja el que construye (Sal 126:1). Y también: No son sus espadas las que conquistaron la tierra, no son sus brazos los que los salvaron — aun si los brazos y las espadas han servido en el combate — sino tu mano y tu brazo (oh Señor), y la luz de tu rostro (Sal 43:4).

         ¿Qué quiere decir esto? Que desde arriba el Señor lucha con los que luchan — y que la corona no depende solamente del trabajo de los hombres ni tampoco de sus esfuerzos -. Las esperanzas descansan finalmente sobre la voluntad de Dios.

         Es necesario, pues, saber en primer lugar cuál es la voluntad de Dios; mirarla dirigiendo hacia ella todos nuestros esfuerzos; y, tendidos hacia la vida bienaventurada por el deseo, disponer en vista a esta vida nuestra propia existencia.

         La “voluntad perfecta” de Dios consiste en purificar el alma de toda mancha por la gracia, elevarla por encima de los placeres del cuerpo, y que se ofrezca a Dios, pura, tendida por el deseo, y hecha capaz de ver la luz inteligible e inefable.

         Entonces el Señor declara al hombre “bienaventurado”: Bienaventurados los corazones puros, porque verán a Dios (Mt 5:8). Y en otra parte ordena: Sean perfectos como su Padre del cielo es perfecto (Mt 5:48).

         El Apóstol exhorta a correr hacia esta perfección cuando dice: Para llevar a todos los hombres hasta la perfección en Cristo, me fatigo luchando (Col 1:28).


luz es la gracia del bautismo: el agua bautismal engendra gracia, libertad y luz


La libertad del alma librada de la vergüenza.

         Para los que desean una vida auténticamente filosófica, David, hablando en el Espíritu, enseña el camino de la verdadera filosofía -el camino que deben tomar para llegar a la meta perfecta-, los bienes que deben pedir a Aquel que da: Que mi corazón, dice, se vuelva inmaculado en tu justicia, a fin de que no pase vergüenza (Sal 118:80). Diciendo esto, invita a aquellos que por sus malas acciones se han cubierto de vergüenza, a temer esta vergüenza y a desembarazarse de ella como de un vestido manchado, un vestido de infamia.

         Dice también: No tendré vergüenza si escudriño todos tus mandamientos (Sal 118:6). Observa cómo el Espíritu pone en el cumplimiento de los mandamientos la “libertad” del alma.

         David dice también: Construye en mí, oh Dios, un corazón puro; establece en mi seno un espíritu nuevo y recto; afiánzame con el Espíritu soberano (Sal 50:12).

         En otra parte pregunta: ¿Quién subirá a la montaña del Señor? (Sal 23:3). Entonces responde: El hombre de manos inocentes, y puro corazón (Sal 23:4).

         He aquí quien subirá a la montaña del Señor: aquel que es puro en todas las cosas, quien por el pensamiento, el conocimiento o los actos, no manchó su alma hasta el fondo obstinándose en el mal; aquel que habiendo recibido el “Espíritu soberano,” reconstruyó con obras y con buenos pensamientos su corazón, que había sido destruido por el mal.


El alma se vuelve la esposa de Cristo, se asimila a El

         El Santo Apóstol, hablando a los que decidieron vivir en la virginidad, describe cual debe ser este género de vida: La virgen, dice, piensa en las cosas del Señor, cómo ser santa en el cuerpo y en el espíritu (1 Co 7:34), queriendo significar con esto cómo purificarse en cuanto al alma y a la carne. Y exhorta a huir de todo pecado -visible o escondido- es decir, a abstenerse enteramente de las faltas que se cometen con las acciones y de las que se cumplen en el pensamiento. Porque la meta para el alma honrada con la virginidad consiste en acercarse a Dios y hacerse la esposa de Cristo.

         Aquel que desea unirse con alguien debe, por supuesto, adoptar su manera de ser, imitándolo. Es pues una necesidad para el alma que desea convertirse en esposa de Cristo, hacerse conforme a la belleza de Cristo, por medio de la virtud, según el poder del Espíritu. Porque no es posible que se una a la luz aquel que no brilla con el reflejo de esta luz. Y he aprendido del Apóstol Juan: Cualquiera que tiene esta esperanza se santifica, como Cristo mismo es santo (1 Jn 3:3). El Apóstol Pablo escribe también: Sean mis imitadores como yo lo soy de Cristo (1 Co 11:1).

         El alma que quiere levantar vuelo hacia lo divino y adherirse fuertemente a Cristo, debe pues alejar de sí toda falta; las que se cumplen visiblemente con las acciones: quiero decir, el robo, la rapiña, el adulterio, la avaricia, la fornicación, el vicio de la lengua, en resumen, todos los géneros de faltas visibles; y también los males que se introducen subrepticiamente en las almas, y que permaneciendo escondidos para la gente del exterior, devoran al hombre de una manera cruel: es decir, la envidia, la incredulidad, la malignidad, el fraude, el deseo de lo que no conviene, el odio, el fingimiento, la vanagloria, y todo el enjambre engañador de estos vicios que la Escritura odia, que rechaza con disgusto al igual que los pecados visibles, como si fueran de la misma ralea y generados del mismo mal.

         Porque ¿de quién el Señor dispersará los huesos? ¿No es acaso de aquellos que quieren agradar a los hombres? ¿A quién el Señor rechazará como maldito y asesino? ¿No es acaso al hombre engañador y pérfido? ¡El hombre de sangre y de fraude, el Señor lo maldice! (Sal 5:7). ¿Y David no condena abiertamente a aquellos que dicen “Paz” a su prójimo pero cuyo corazón está lleno de maldad (Sal 27:3).


La regla de la verdad: “Aquel que ve en lo secreto”

         Dios llama, pues, “obra de pecado” al movimiento del corazón que se produjo en secreto (Sal 57:3). En consecuencia, exhorta a no buscar alabanzas de los hombres, y a no enrojecerse por sus menosprecios. Porque la Escritura declara privados de recompensa en el cielo a aquellos que socorren al pobre con ostentación, y que se glorifican de sus limosnas en la tierra. Si, en efecto, buscas agradar a los hombres, y das para ser alabado, el salario de tu buena acción te está pagado por las alabanzas humanas en vista de las cuales has mostrado beneficencia. No busques, pues, más recompensa en el cielo, tú que colocas tus trabajos aquí abajo; y no esperes honores cerca de Dios, tú que los has recibido de los hombres.

         ¿Deseas una gloria inmortal? Muestra tu vida en lo secreto, a Aquel que es suficientemente poderoso para procurar la gloria que deseas. ¿Temes una vergüenza eterna? Teme a Aquel que desvelará tu vergüenza en el día del juicio.

         ¿Pero cómo entonces el Señor dijo: que la luz de ustedes brille delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre de ustedes que está en los cielos (Mt 5:16)? Es que anima al hombre que cumple los mandamientos de Dios para hacer todas sus acciones mirando hacia Dios -a agradar a Dios solo, sin correr detrás de cualquier gloria que viene de los hombres-; a huir más bien de sus elogios, así como de la ostentación; a hacerse conocer por todos por su vida y sus obras, de tal manera que los espectadores -no dijo: “admiraran la demostración”-, sino glorifiquen al Padre de ustedes que está en los cielos (ibíd.).

         Lo que ordena aquí es referir toda la gloria al Padre, y cumplir toda acción en vistas a la voluntad del Padre. Y así estará cerca del Padre, en quien se encuentra la recompensa de las obras de virtud.

         El Señor te invita a huir del elogio que viene de los hombres y de la tierra y de desviarte de él. Porque no solamente aquel que lo busca y lo atrae se priva de la gloria de la vida eterna, sino que puede desde ahora esperar el castigo. Pobres de ustedes, dice el Señor, cuando los hombres hablen bien de ustedes (ver Lc 6:26).

         Huye, entonces, de todo honor humano, cuyo fin es la vergüenza y la confusión eternas, y tiende hacia las alabanzas de arriba, de las cuales David canta: Mi alabanza está cerca de ti (Sal 21:26), y: Mi alma se gloría en el Señor (Sal 33:3).

         Aun cuando se trate simplemente del comer, el bienaventurado Apóstol recomienda no tomar de cualquier manera la comida que se encuentra preparada, sino dar gloria en primer lugar a Aquel que da los medios para sostener la vida. Es, pues, en todas las cosas que ordena menospreciar la gloria de los hombres y buscar sólo la gloria de Dios.


Quien busca las alabanzas no tiene fe

         Aquel que busca la gloria de Dios, el mismo Señor lo llama “fiel”; mientras que junta con los “infieles” a aquel que ambiciona los honores de aquí abajo. ¿Cómo podrían creer — dice — ustedes que reciben gloria los unos de los otros, y no buscan la gloria que viene sólo de Dios? (Jn 5:44).

         ¡Y el odio! Aprende del Apóstol Juan lo que es: Aquel que odia a su hermano es un homicida — dice — y ustedes saben que ningún homicida tiene la vida eterna (1 Jn 3:15). Rechaza pues de la vida eterna a aquel que tiene odio contra su hermano como si fuera un homicida; o más bien dice abiertamente que el odio es un homicidio. Porque aquel que suprime y destruye el amor del prójimo, y que en lugar de amigo se vuelve enemigo, puede ser considerado verdaderamente como quien entretiene contra su prójimo el odio escondido que alimentan los homicidas hacia las víctimas que se proponen derribar.

         Que no hay ninguna diferencia entre las faltas escondidas en el interior y las que se ven y aparecen, el Apóstol lo muestra con sagacidad reuniéndolas y colocándolas sobre el mismo plano: Como no juzgaron bueno guardar el conocimiento de Dios, Dios los abandonó a sus inteligencias depravadas, de tal manera que hacen lo que no hay que hacer, llenos de iniquidad, de malicias, de fornicación, de avaricia, de maldad, llenos de envidia, de homicidios, de querellas, de fraude, de maleficencia; maldicientes, detractores, detestables para Dios, despreciativos, orgullosos, altaneros, inventores de calamidades, desobedientes a sus padres, insensatos, desordenados, sin afectos, sin lealtad, sin misericordia. Ellos no conocen la justicia de Dios -y sabiendo que aquellos que hacen estas cosas son dignos de muerte- no solamente las hacen, sino que aprueban a los que las hacen (Rm 1:28-32).

         ¿Ves cómo flagela la maldad, el orgullo, el engaño y los demás vicios escondidos, al mismo tiempo que el asesinato, la avaricia y todos los crímenes de esta naturaleza? En cuanto el mismo Señor, proclama: lo que está elevado entre los hombres es abominación delante de Dios (ver Lc 16:5b); y: Aquel que se eleva será abajado, aquel que se abaja, será elevado (Lc 14:11). La Sabiduría dice también: Un corazón que se eleva es impuro delante de Dios (Pr 16:5).


La “ley del pecado”

         También en otros libros de las Escrituras se podrían encontrar muchos otros textos que condenan las faltas escondidas en las almas. Estos vicios son malos y difíciles para sanar: se fortifican en la profundidad del alma, hasta el punto que no es posible extirparlos y arrancarlos por la sola fuerza y celo del hombre. Se lo alcanza sólo atrayendo por la oración el poder del Espíritu, para combatir juntos; entonces uno se hace dueño de este mal, que es un tirano interior. El Espíritu nos lo enseña por medio de la voz de David: Purifícame de mis pecados ocultos; preserva a tu servidor de los vicios que están en él como extranjeros (Sal 18:13-14).

         Es necesario, pues, vigilar de cerca, volviéndose con frecuencia hacia el alma como el jefe de guerra que grita y manda: Hombre, guarda tu corazón con toda vigilancia, porque de él procede la vida (Pr 4:23). Ahora bien, la guarda del alma es el juicio de la piedad, fortificado por el temor de Dios, la gracia del Espíritu y las obras de la virtud. Aquel que arma su alma con ellos desvía con facilidad los asaltos del tirano, quiero decir, el fraude y la codicia, el orgullo y la cólera, la envidia y todos los movimientos perversos del mal que se forman en el interior del hombre.


Nadie puede servir a dos maestros

         El cultivador de la virtud debe ser, pues, un hombre franco y firme, sabiendo cultivar los únicos frutos de la piedad; que no extravíe nunca su vida sobre los caminos del mal; que nunca aleje de la fe el juicio de la piedad, sino que sea alguien simple y derecho.

         Que ignore los sentimientos extraños a su propio camino. Porque el camino abrazado por el hombre solo y aquel que pasa por la unión con una mujer no podrían conseguir el mismo salario de vida.

         El bienaventurado Moisés dijo: No engancharás juntos en tu arado animales de distintas especies tales como un buey y un asno; sino que trillarás tu grano poniendo bajo el yugo a los animales de una misma especie. No tejerás lino con lana ni lana con lino en un mismo vestido. En el suelo de la tierra no sembrarás dos semillas distintas, la una sobre la otra ni el mismo año. No aparearás dos animales de especies distintas, sino que juntarás aquellos de la misma especie (ver Dt 22:10 y Lv 19:19).

         ¿Qué quieren decir estos enigmas para el santo? Que no se debe sembrar en la misma alma el vicio y la virtud, compartir su vida entre contrarios, cultivando al mismo tiempo las espinas y el trigo. La esposa de Cristo no debe cometer el adulterio con los enemigos de Cristo: no puede engendrar por una parte la luz y por otra las tinieblas.

         Porque estas cosas no están hechas para caminar juntas, ni tampoco las partes de la virtud con las del vicio. ¿Qué tipo de amistad podría establecerse entre la moderación y la intemperancia? ¿Qué acuerdo entre la justicia y la injusticia? ¿Qué sociedad entre la luz y las tinieblas? ¿No sucederá de manera infalible que el uno perderá el terreno en favor del otro y no deseará permanecer frente al asaltante?

         Es necesario que el sabio agricultor desparrame, como de una fuente buena para beber, las aguas puras de la vida, sin mezcla de ningún lodazal; porque debe conocer sólo las únicas cosechas de Dios, y trabajar en ellas con perseverancia durante toda su vida. Entonces, incluso si un pensamiento extraño aparece bajo la cobertura de los frutos de la virtud, Aquel que lo ve todo mirará tus trabajos; y con prontitud, por medio de su propio poder, cortará esta raíz de malos pensamientos, falsa y escondida, antes de que brote. Porque si alguien persevera en los trabajos de la virtud, la gracia del Espíritu lo acompaña destruyendo cuanto antes las semillas del vicio. Y es imposible que aquel que se adhiera siempre a Dios pierda la esperanza o sea dejado sin defensa.


La oración obtiene todo

         Has leído en el Evangelio la historia de esta viuda que expone a un juez inicuo una gran injusticia. Mucho tiempo y perseverancia en su requerimiento triunfan de las costumbres del juez y la lleva a sacar venganza del injusto agresor. Pues bien, tú también no te desanimes cuando reces. Porque si la audacia de esta mujer llegó a quebrar la arbitrariedad de un juez sin piedad, ¿cómo podría ser posible desesperar de la solicitud de Dios, de quien sabemos que la misericordia previene a menudo a aquellos que lo invocan? Por otra parte, el mismo Señor espera la perseverancia de nuestras oraciones en esta parábola. El nos exhorta a insistir: Vean, explica, lo que dice el juez inicuo. ¿Y Dios no hará justicia a los que gritan a él día y noche? Yo les digo: les hará justicia y pronto (Lc 18:6-8).


Los dones del Espíritu

         El Apóstol, sabiendo que muchos esfuerzos y combates esperan a los discípulos de la piedad en sus progresos hacia la perfección, proponiendo a todos la meta verdadera, escribe: ...corrigiendo a todos los hombres e instruyéndolos con toda sabiduría, a fin de que cada uno llegue a la perfección en Cristo. Por eso me fatigo luchando (Col 1:28-29). Además, pide que aquellos que por el bautismo se hicieron dignos de recibir el sello del Espíritu, adquieran el crecimiento de “la edad del conocimiento” (edad espiritual) bajo la conducción del Espíritu: Habiendo tenido noticia de la fe de ustedes, y de la caridad que tienen para con todos los santos, no ceso de orar por ustedes y de pedir que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les de el Espíritu de sabiduría y de revelación en su conocimiento: que los ojos de su corazón sean iluminados para que sepan cuál es la esperanza de su llamado y la riqueza de la gloria de su herencia entre los santos, y cuál es la grandeza supereminente de su poder, a favor nuestro, para nosotros los creyentes (Ef 1:16-19).

         Después habla del modo de participación del Espíritu: según la operación de su potencia, que él obró en Cristo resucitándolo de entre los muertos (ibíd., 1:19). Se expresa claramente sobre la participación con el Espíritu y sobre la acción de éste en favor de aquellos que lo reciben: ... para que ustedes también reciban de la misma manera su plenitud.

         Un poco más lejos en la misma epístola, implora para ellos algo mejor, pidiendo que baje sobre ellos el perfecto poder del Espíritu: Por eso doblo las rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma su nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que según la riqueza de su gloria, les conceda ser poderosamente fortalecidos en el hombre interior por su Espíritu; que Cristo habite por la fe en sus corazones, que arraigados y fundados en la caridad, puedan comprender, en unión con todos los santos, cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y conocer la caridad de Cristo, que supera toda ciencia, para que sean llenos de toda plenitud de Dios (Ef 3:14-19).


El camino supereminente

         Ya en otra epístola habla a sus discípulos de las mismas realidades, revelándoles el tesoro del Espíritu, y exhortándolos a participar de él: Aspiren a los mejores dones. Pero quiero mostrarles un camino mejor. Si yo hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como un bronce que suena o un címbalos que retiñe. Y si tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, y tuviera una fe que trasladara montañas, si no tengo caridad, no soy nada. Y si repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, para nada me aprovecha (1 Co 13:1-3).

         ¿Pero, qué es pues la superioridad de la caridad y cuáles son sus frutos? ¿De qué males aleja a aquel que la posee, y qué bienes procura? El Apóstol lo muestra con sabiduría con estas palabras: La caridad es longánima, es benigna, no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha; no es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera. La caridad jamás terminar (1 Co 13:4-8).

         Esto es hablar con una perfecta sabiduría y exactitud. La caridad jamás terminará. ¿Qué significa esto? Si alguien consigue estos carismas que el Espíritu concede -quiero decir las lenguas de los ángeles, la profecía, la ciencia, el don de sanación- pero no está aun plenamente liberado, por la caridad del Espíritu, de las pasiones que lo perturban desde el interior, y no recibió aun en su alma el perfecto remedio de la salvación, ése permanece en el temor de una caída, porque no tiene la caridad que funda y confirma en la estabilidad de la virtud.

         No te quedes pues en los dones. ¡Y no pienses que con la gracia rica y generosa del Espíritu, nada te falta para la perfección! sino que cuando afluyan hacia ti esta profusión de dones, entonces hazte pobre de espíritu. Acurrucado bajo el temor de Dios y contando solo con la caridad como fundamento del tesoro de la gracia para el alma, sigue combatiendo toda impresión descabellada antes de haber alcanzado la cumbre de la meta de la piedad: el mismo Apóstol te precedió, y trae allí a sus discípulos por su oración y por su doctrina, mostrincircuncisión, lo que vale es ser una nueva criatura. Y a todos los que siguen esta norma, paz y misericordia, así como al Israel de Dios (Ga 6:15-16).


La nueva criatura

         Dice también: Si alguien es de Cristo, se ha hecho criatura nueva, y lo viejo pasó (2 Co 5:17). Ser “nueva criatura” es la regla apostólica: regla que el Apóstol en otra epístola expresa con penetración:... a fin de presentársela a sí gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e inmaculada (Ef 5:27).

         Llama pues “nueva creación” la inhabitación del Espíritu Santo en el alma pura y sin mancha, alejada de toda malicia, perversidad o torpeza. Cuando el alma, en efecto, haya alcanzado el odio al pecado, y se haya entregado a Dios según sus fuerzas por medio del gobierno de la virtud, cuando reciba la gracia del Espíritu y se encuentre transformada por la divina gracia, será enteramente nueva y recreada. La advertencia: Purifíquense de la vieja levadura para transformarse en una masa nueva (1 Co 5:7) expresa la misma enseñanza. Así también: Celebremos este banquete, no con la vieja levadura, sino con los ázimos de pureza y de verdad (1 Co 5:8).

         Puesto que el enemigo tiende sus trampas al alma por todos lados lanzando hacia ella su maleficencia, y que las fuerzas humanas son por sí mismas inferiores en semejante combate, el Apóstol nos ordena armar nuestro miembros con las armas celestiales: nos invita a revestirnos con la coraza de la justicia, a calzar nuestros pies con la preparación de la paz, a ceñirnos con la verdad, tomando por encima de todo eso el escudo de la fe con que poder apagar los encendidos dardos del maligno (ver Ef 6:14-16). Los dardos encendidos son las pasiones no reprimidas. Nos exhorta también a tomar el casco de la salvación y la espada santa del Espíritu. Por la espada santa se entiende la Palabra poderosa de Dios. El alma debe armar su mano derecha con ella para rechazar las maquinaciones del enemigo.

         Pero, ¿cómo podemos tomar estas armas? Apréndelo del mismo Apóstol: Por la oración continua y la súplica -dice-. Recen en el Espíritu en todo tiempo. Por eso vigilen en todo tiempo y con perseverancia (Ef 6:18). Y ora por todos con estas palabras: Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, y la caridad de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté con todos ustedes (2 Co 13:13). Y también: Que el espíritu de ustedes, alma y cuerpo, se conserve entero, sin mancha para la venida de nuestro Señor Jesucristo (1 Ts 5:23).


El cristiano perfecto: “el mayor mandamiento”

         ¿Ves cuántos medios de salvación te mostró? Y todos tienden hacia el único camino y la única meta, que es la de ser un cristiano perfecto. Es el fin hacia el cual deben apurarse, por medio de una fe robusta y una esperanza constante, aquellos que están prendados por la verdad y que se adelantan con alegría, con pleno fervor en lo más fuerte de la lucha. Para ellos la carrera de la vida se cumple con facilidad hasta la cumbre de estos mandamientos de donde se desprende toda la Ley y los profetas. ¿Qué mandamientos? Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todo tu pensamiento, y a tu prójimo como a ti mismo (Dt 6:5).

         Tal es la meta de la piedad, que el mismo Señor y los Apóstoles por él formados nos han transmitido. ¡Y si con algunas digresiones prolongamos un poco nuestro discurso, preocupados por establecer la verdad más que de economizar las palabras, ¡no se nos censure! Porque una vez conocidas las reglas de la filosofía, conociendo así claramente el trabajo del viaje y el fin de la carrera, todos repudiarán la presunción y la gloria que inspiran los éxitos alcanzados. Para una vida eterna renunciarán a sus almas, como dice la Escritura, y mirarán hacia una sola riqueza: la que Dios propone a los que lo aman, como el premio ganado por su amor a Cristo, porque llama a ello a todos aquellos que se ofrecen con prontitud para sostener la lucha, a todos aquellos para quienes la cruz de Cristo basta como viático en el país de esta vida.

 

El cristiano perfecto: “que renuncie a sí mismo y cargue con su cruz”

         Con alegría y buena esperanza deben, llevando su cruz, seguir al Dios Salvador. Que adopten como ley y como itinerario de su vida la economía divina, como lo dice el mismo Apóstol: Sean mis imitadores como yo lo soy de Cristo (1 Co 11:1). Y también: Por la paciencia corramos el combate que se nos ofrece, puestos los ojos en Jesús, que es el autor y consumador de la fe: el cual, en vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz, sin hacer caso de la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios (Hb 12:1-2).

         Es de temer, en efecto, que transportados por los dones del Espíritu, encontremos en nuestros pequeños éxitos de virtud un motivo para enorgullecernos y gloriarnos; entonces caeríamos de nuestro impulso antes de alcanzar el término de nuestra esperanza. Todo el trabajo ya hecho se volvería inútil, y aparecería que somos indignos de la perfección hacia la cual la gracia del Espíritu nos arrastra.


“Tendidos hacia lo que está adelante”

         No debemos, pues, bajo ningún pretexto aflojar la intensidad de nuestro esfuerzo, ni dejar el combate que nos espera, ni ocupar nuestro espíritu con lo que está atrás -si algo bueno se hizo-, sino olvidar todo eso y con el ejemplo del Apóstol: tender hacia lo que nos precede (Flp 3:13).

         Mientras nuestro corazón se rompe bajo la tensión del esfuerzo, con un deseo insaciable de justicia -porque sólo de ella deben tener hambre y sed aquellos que buscan alcanzar la perfección-, nos volveremos humildes, y compenetrados por el temor de Dios, viendo que estamos lejos de las promesas, y exiliados de la perfecta caridad de Cristo. Porque aquel que ama esta caridad y que mira hacia arriba, hacia la promesa, no se exalta con los éxitos logrados, ni cuando ayuna, ni cuando vigila, ni cuando aplica su celo a otras formas de virtud; sino lleno del deseo de Dios, y mirando con intensidad hacia Aquel que lo llama, considera todo lo que hace por alcanzarlo como poca cosa y como indigno de recompensa. Mientras dura esta vida, se sobrepasa continuamente a sí mismo, acumulando trabajos sobre trabajos y virtudes sobre virtudes, hasta que esté frente a Dios, precioso por sus obras, pero no teniendo conciencia de haberse hecho digno de El.


El amor sin medida

         Porque acá reside la cumbre de la “filosofía”: que aquel que es grande por las obras se abaje en su corazón y condene su vida con temor de Dios haciendo caer la opinión que tiene de sí mismo.

         Así gozará de la promesa en la medida en que creyó y en que amó, no en la medida en que trabajó y se cansó.

         Porque los dones son muy grandes para que pueda encontrar trabajos dignos de ellos. Lo que hace falta es una gran fe y una gran esperanza; entonces la recompensa se medirá en base a estas dos virtudes, y no a los ejercicios. El soporte de la fe es la pobreza según el Espíritu, y el amor de Dios sin medida.


Segunda Parte: la Vida Común.

         Pienso haber dicho lo suficiente sobre la meta que esperan aquellos que abrazan la vida filosófica. Queda por precisarse cómo deben vivir juntos, qué ejercicios elegir, cómo correr la carrera compitiendo los unos con los otros, hasta que alcancen la ciudad de arriba.


La pobreza perfecta

         Es necesario que menospreciando absolutamente los espejismos de esta vida, renunciando a sus padres, renunciando también a todas las glorias de aquí abajo, prendado de la gloria celestial, y unido espiritualmente a sus hermanos según Dios, el monje reniegue aun de su propia alma para ganar la vida eterna. Renegar de su alma, consiste en no buscar de ninguna manera su voluntad propia. Sino más bien que la voluntad del hombre realice “la Palabra de Dios” -esta Palabra que mandó-, y la tenga como el buen piloto que dirige a toda la asamblea de los hermanos, en la unanimidad, hacia el puerto de la voluntad de Dios.

         Que no posea nada; que no considere nada como propio, al margen de la comunidad, salvo el vestido que cubre su cuerpo. Porque si no tiene nada, si se encuentra desnudo, despojado de la preocupación de su propia vida, servirá al bien común y ejecutará de buen grado las órdenes de los superiores, en la alegría y la esperanza, como un servidor de Cristo bien dispuesto, que comparte la necesidad común de los hermanos. Esto, el mismo Señor lo quiere y lo ordena, cuando dice: Aquel que quiere ser grande, y ser el primero entre ustedes, ser el último y el servidor de todos (Mc 9:34).


El servicio humilde y gratuito

         Este servicio debe ser, pues, gratuito, y no dará ningún honor y gloria al servidor, a fin de que éste no parezca “servir para ser visto y agradar a los hombres,” como dice la Escritura (ver Ef 6:6). Al contrario, que sirva como si sirviera al Señor en persona; que camine por el camino angosto, y cargue sobre sí con fervor el yugo del Señor. Si El lo sostiene desde el comienzo hasta el fin, él mismo será llevado hasta el fin con alegría y buena esperanza.

         Debe ubicarse más abajo que todos, y servir a sus hermanos como si fuera deudor de un crédito. Que deje caer en su alma las preocupaciones de todos, y que cumpla la caridad en toda su amplitud, porque es debida.


Los superiores son más servidores que todos los demás

         Los superiores de este coro espiritual deben considerar la grandeza de este cargo, prever los artífices del mal que construyen trampas a la fe, y correr la carrera de la manera que conviene a su autoridad, sin que nunca el poder les inspire ideas de grandezas. Porque allí reside un peligro; y algunos que parecían ser superiores a los demás y dirigirles hacia la vida celestial, se perdieron en secreto por su orgullo.

         Pues es conveniente que aquellos que están establecidos en el cargo de superiores, se sacrifiquen más que los demás, tengan sentimientos aún más humildes que sus subordinados, y presenten a sus hermanos, por sus propias vidas, el mismo tipo de servicio. Que miren a los que les son confiados como depósitos pertenecientes a Dios.

         Si actúan así, forjando el coro sagrado por sus cuidados cotidianos, manifestando la doctrina según la necesidad de cada uno para salvar la disposición que distinga a cada uno -y si en lo secreto tienen en el pensamiento un sentimiento humilde, como buenos servidores que vigilan sobre la fe-, ganan para ellos mismos, por medio de una vida tal, una gran recompensa.

         Ocúpense, pues, de aquellos que dependen de ustedes, como los buenos pedagogos se ocupan de niños jóvenes confiados por sus padres: estudian el temperamento de los niños, y usan de la vara con unos, de una exhortación con otros, de elogios con los terceros, etc. Y no hacen nada de todo eso por favor o por enemistad, sino que adaptan sus medios a los casos que se presentan y al carácter del niño, para prepararlo con seriedad a la vida.

         Ustedes también, dejando toda animosidad contra los hermanos, y toda presunción, ajusten sus palabras a las fuerzas e inteligencias de cada uno. Den a uno muestras de estima, avisen al otro, exhorten tal otro; como un buen médico que procura remedios según la necesidad de cada uno: observa a sus pacientes, y aplica a uno remedios benignos, a otro algunos más violentos; no agobia a ninguno de los que necesitan sus cuidados, sino que adapta su arte a las almas y a los cuerpos. Tú entonces, confórmate a las necesidades de la causa, a fin de educar bien el alma del discípulo que tiene los ojos puestos en ti, y de presentar al Padre la virtud de esta alma toda resplandeciente, como digna heredera de sus dones.

         Si se comportan así los unos con los otros -los que están establecidos como superiores, y aquellos que los tienen por maestros-, los unos obedeciendo con alegría a los superiores, los otros conduciendo con felicidad a los hermanos hacia la perfección, honrándose recíprocamente (ver Rm 12:10), entonces vivirán sobre la tierra la vida de los ángeles.

         Que ningún humo de orgullo se manifieste entre ustedes; sino que la simplicidad, la armonía, un porte franco, forjen el coro.

         Y que cada uno se persuada no solamente de que es inferior al hermano que vive con él, sino aún que es inferior a todo hombre: cuando haya entendido esto, será verdaderamente discípulo de Cristo. Como lo ha dicho el Salvador, el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado (Lc 14:11). Y también: Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos, pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos (Mt 20:28 y Mc 23:12). Y el Apóstol: No nos predicamos a nosotros mismos, sino al Señor Jesucristo, siendo para ustedes servidores por amor a Jesús (2 Co 4:5).

         Conociendo, pues, los frutos de la humildad y el castigo del orgullo, imiten al Maestro amándose los unos a los otros. Por el bien común, no vacilen más frente a la muerte que frente a cualquier otro sufrimiento; caminen para Dios sobre el camino por donde éste marchó entre nosotros; avancen como un solo cuerpo y una sola alma, hacia la llamada de arriba; amen a Dios y ámense los unos a los otros. Porque la caridad y el temor del Señor, es el más alto cumplimiento de la ley.


El orden de la caridad

         Cada uno de ustedes debe establecer el temor y la caridad como un fundamento fuerte y firme en su alma, e irrigarla sin cesar con buenas acciones y con la oración perseverante. Porque la caridad hacia Dios no nace ni se desarrolla naturalmente en nosotros por azar, sino con penas y con grandes cuidados, y con la ayuda de Cristo.

         Así dice la Sabiduría: Si la buscas como se busca la plata, cual si excavaras un tesoro, entonces comprenderás el temor de Yahvé y hallarás el conocimiento de Dios (Pr 2:4-5). Ahora bien, encontrando el conocimiento de Dios, tomarás el temor con facilidad, y cumplirás felizmente lo que viene después, quiero decir la caridad para con el prójimo. Porque una vez adquirido con trabajo el amor de Dios, que es el primero y el más grande, el otro que es menor, se agrega al primero con menos dificultad. Pero si el primero falla, el segundo no puede existir auténticamente.

         ¿Cómo, en efecto, aquel que no ama a Dios con todo su corazón y todo su espíritu, podría darse con sinceridad y asiduamente al amor de sus hermanos, puesto que no cumple para Dios esta caridad a la que uno puede aplicarse solamente para él?

         El inventor del pecado encuentra desarmado a este infeliz que no entrega a Dios su alma entera ni comulga con su caridad. Le hace dar un traspié y pronto lo domina por medio de golpes pérfidos: una vez hace parecer pesados los mandamientos de la Escritura e insoportable el servicio de la comunidad; otra vez exalta al hermano llevándolo a la jactancia y al orgullo, a propósito de este servicio que hace a sus co-servidores: lo convence que cumplió ampliamente los mandamientos del Señor, y que es grande en los cielos. Ahora bien, esto no es poca injusticia.

         El servidor ferviente y que busca hacer el bien, debe confiar al maestro el juicio a aplicar a su buena voluntad. Que no se haga juez en lugar del maestro, ni tampoco panegirista de su propia vida; porque si es él quien se vuelve juez menospreciando la verdad, no obtendrá recompensa: se recompensó a sí mismo con sus propias alabanzas y con su presunción sustituyó el juicio del superior.


El testimonio del Espíritu

         Es el Espíritu de Dios quien debe dar testimonio a nuestro espíritu -lo dice San Pablo- y no nos corresponde a nosotros la evaluación de nuestros actos según nuestro propio juicio. Porque dice: no es el que a sí mismo se recomienda quien está aprobado, sino aquel a quien recomienda el Señor (2 Co 10:12). Ahora bien, cualquiera que no espera con paciencia la recomendación del Señor, sino que se adelanta al juicio de éste, se pierde en las opiniones humanas, organizando con su propia industria su propia gloria entre sus hermanos, y haciendo la obra de un infiel. Porque es infiel aquel que persigue las obras humanas en lugar de las del cielo; el mismo Señor lo dijo: ¿Cómo van a creer ustedes que reciben la gloria unos de otros y no buscan la gloria que procede del único Dios? (Jn 5:44).

         ¿Con quién podría compararlos? Tal vez con los que purifican el exterior de la copa y del plato, pero el interior está lleno de vicios (ver Mt 23:25). ¡Vigilen en no soportar nada parecido! Ustedes que han dado sus almas “arriba,” ustedes que tienen un solo pensamiento: agradar al Señor -y que no quieren perder el recuerdo del cielo, ni recibir los honores de esta vida-, corran pues, escondiendo a la estima de los demás su carrera espiritual. Así el tentador, que sugiere los honores de la tierra, no tendrá la oportunidad de arrancar el espíritu de ustedes de las verdaderas cosas que lo ocupen, y de postrarlo sobre cosas vanas y llenas de mentiras. Si no encuentra ninguna oportunidad para entrar, para seducir a aquellos que por medio del alma viven “arriba,” está perdido: yace muerto. Porque es la muerte del diablo probar que su maleficencia es ineficaz y sin resultado.



Los ojos siempre hacia Dios

         Si, en cambio, la caridad de Dios está presente en nosotros, el resto vendrá necesariamente con ella: el amor de los hermanos, la dulzura, la sinceridad, la perseverancia y el celo en la oración, en fin, todas las virtudes.

         Este tesoro es grande. Por eso para adquirirlo, grandes trabajos son necesarios, trabajos que no apuntan a ser vistos por los hombres, sino para agradar al Señor que ve en lo secreto: a él debemos mirar siempre. ¡Y es necesario explorar el interior de nuestra alma, y meditar los argumentos de la piedad, a fin de que el adversario no encuentre ninguna entrada falsa, ni una plaza libre para sus maquinaciones, que no se ocupe en educar y conducir al “conocimiento del bien y del mal” las partes débiles del alma!

         El espíritu dócil a Dios sabe educar estas partes débiles: se asocia toda el alma, la torna hacia el Señor; y con su amor para con Dios, con reflexiones secretas de la virtud, y con la obediencia a los preceptos, él saca el remedio para sanar las partes heridas y apoyarlas sobre las que permanecen sólidas.

         Al final, hay una sola guardia del alma, una sola vigilancia, que consiste en acordarse de Dios con un deseo constante y estar siempre ocupados con buenos pensamientos. No nos sustraigamos a este esfuerzo: ni cuando comamos, ni cuando bebamos, ni cuando estemos descansando, ni cuando hagamos una que otra cosa, ni cuando hablemos; a fin de que todo lo que viene de nosotros convenza y termine en la gloria de Dios y no en la nuestra propia, y que nuestra vida no tenga ninguna mancha que venga de la maquinación del Maligno.

         Por otra parte, para aquellos que aman a Dios, el trabajo de los mandamientos será fácil y agradable, porque el amor de Dios hace la carrera amable y ligera. Por eso el Maligno lucha también, de todas formas, para ahuyentar de nuestras almas el temor del Señor y disolver la caridad hacia Dios. Rivaliza con ella con placeres prohibidos e incentivos que seducen; y si sorprende al alma desprovista de sus armas espirituales y sin guardia, anula todos nuestros trabajos. Nos hace brillar la gloria de la tierra, dejando a la sombra la del cielo; y en la imaginación de los engañados, hace turbias las cosas que son realmente buenas, para hacer parecer más brillantes las que son buenas sólo en apariencia.

         Porque es hábil: si encuentra la guardia adormecida, no atenta, él toma la oportunidad. Entra, salta por encima de los trabajos de la virtud, y siembra por encima del trigo su cizaña: quiero decir el orgullo, el insulto, la vanagloria y el deseo de los honores, la contestación y las otras obras del mal.

         Hay que vigilar, pues, acechará por todos los lados la venida del enemigo: entonces, aún si del fondo de su imprudencia tira algún artefacto, éste será rechazado antes de tocar al alma.

         El sacrificio aceptado

         Acuérdense también de esto y medítenlo: Abel ofreció al Señor un sacrificio de los primogénitos de su rebaño y de su grasa; Caín ofreció frutas de la tierra, pero no de los primeros frutos. Ahora bien, dice la Escritura, que Dios aceptó los sacrificios de Abel pero no los dones de Caín. ¿Qué nos enseña este relato? Que Dios acepta lo que se le presenta con temor y con fe, pero no acepta una ofrenda hecha sin caridad.

         Más tarde Abraham recibió la bendición de Melquisedec, solamente después de haber ofrecido al sacerdote de Dios las primicias y las partes principales de todo lo que poseía (ver Hb 7:4; ver Gn 14:18); por las primicias y los mejores frutos hay que entender a la misma alma y el mismo espíritu. La Escritura nos invita, pues, a ofrecer a Dios nuestras alabanzas y nuestras oraciones sin escatimarlas, y a presentar al Señor no cualquier cosa sino lo que hay de principal en el alma: o más bien a elevarla enteramente hacia Dios con toda nuestra caridad y todo nuestro fervor. Así, siempre alimentados por la gracia del Espíritu, y atrayendo hacia nosotros el poder de Cristo, corramos con facilidad la carrera de la salvación. Y esta carrera para la justicia nos parecer liviana y agradable, porque Dios vendrá en nuestro socorro alentando el ardor de nuestros esfuerzos. A través de nosotros cumplir él mismo las obras de la justicia.


La virtudes están relacionadas

         Ya se habló bastante sobre la cuestión. En cuanto a las partes de las virtudes, cuáles son las principales para hacer pasar antes de las demás, después las que vienen en segundo lugar y así sucesivamente, no se puede precisar. Porque las virtudes están relacionadas y es entre ellas que elevan hasta el coronamiento a aquel que las cultiva. La sencillez, en efecto, lo entrega a la obediencia, la obediencia a la fe, ésta a la esperanza, y la esperanza a la justicia; la justicia lo lleva al servicio caritativo, y éste servicio a la humildad. La dulzura lo recibe de la humildad y lo lleva a la alegría; la alegría a la caridad, la caridad a la oración. Y así recibiéndolo las unas de las otras y atándoselo las unas y las otras, lo llevan y lo hacen subir hasta la cumbre de su deseo -mientras que, por el contrario, la malicia hace caer a sus adeptos hasta la última perversidad, pasando por todos sus niveles-.


En semana santa, los penitentes cubren sus rostros en símbolo de dolor y humildad por las faltas cometidas, sintiéndoe de esta manera, indignos de mostrar sus caras por tanto pecado cometido. Luego de la penitencia, oración y confesión debidas, entraran en la comunidad con una alegría inmensa y una sonrisa contagiosa, propias de la Pascua


La cumbre de las virtudes: la oración

         Sobre todo perseveremos en la oración. Porque ella es el corifeo del coro de las virtudes y es también por medio de ella que pedimos a Dios todas las demás. Aquel que persevera en la oración comulga con Dios: le está unido por una consagración mística, una fuerza espiritual, una disposición que no se puede expresar. Porque, en adelante, tomando al Espíritu como guía y como sostén, arde con la caridad del Señor y hierve de deseos, no pudiendo saciarse con la oración. Más y más se enciende con el amor al bien y reaviva el fervor de su alma según esta palabra de la Escritura: Aquellos que me comen tendrán más hambre, aquellos que me beben tendrán más sed (Sir 24:20). Y también: En mi corazón me has dado la alegría (Sal 4:8). Y el mismo Señor ha dicho: El reino de los cielos está dentro de ustedes (Lc 17:21).

         ¿Cuál es ese reino dentro de nosotros? ¿Y qué podría ser distinto de esta felicidad que, “desde arriba” nace en las almas por medio del Espíritu? En efecto, no es más que la imagen de las arras, la señal de la felicidad eterna de que gozarán las almas de los santos en la eternidad. El Señor nos consuela, pues, por la fuerza del Espíritu, en todas nuestras tribulaciones: es así que nos salva y que nos hace partícipes de los bienes espirituales y de los carismas del Espíritu. Nos consuela — dice la Escritura — en todas nuestras tribulaciones (2 Co 1:4). Y también: Mi corazón y mi carne se lanzan alegres hacia el Dios viviente (Sal 83:3), y: Es como un festín que mi alma saborea (Sal 62:6). Todo esto nos sugiere en símbolos la alegría y la consolación que vienen del Espíritu.

         De tal manera se nos muestra la meta de la piedad; de tal manera se propone a aquellos que abrazan “la vida preciosa a los ojos de Dios.” Esta vida se resume en la purificación del alma y en la inhabitación del Espíritu, en la medida que progresan las buenas obras. Que cada uno de ustedes prepare su alma según estos ejemplos: que llegue hasta llenarla del amor de Dios, y que se consagre a la oración y a los ayunos según la voluntad de Dios. Que guarde presente en su memoria las palabras del Apóstol que nos ordena: Oren sin cesar (1 Ts 5:17), y ...perseverando en la oración (Rm 12:12). Y también las del Señor en el Evangelio: ¿Cuánto más Dios hará justicia a sus elegidos que gritan hacia él día y noche? (ver Lc 18:6-7). Porque dice la Escritura que propuso esta parábola para enseñar que hay que orar siempre sin cansarse nunca (Lc 18:1).

         Que el celo para la oración nos procura grandes bienes y que el mismo Espíritu habita en las almas, el Apóstol lo demuestra con sagacidad por medio de las exhortaciones que nos dirige: por la oración constante y la súplica, rezando en el Espíritu en todo tiempo; vigilando, vueltos hacia El, con toda perseverancia y oración (Ef 6:18).

         Si alguno de los hermanos se da a esta parte de las virtudes -quiero decir la oración- es a un hermoso tesoro que da sus cuidados, y está prendado de la mayor riqueza; con tal que se aplique con una conciencia recta y firme y no flote voluntariamente al capricho de su pensamiento. Lejos de saldar como por necesidad un pago del cual no puede sustraerse, debe rezar como si diera curso libre al amor y al deseo de su alma, y hacer sentir a todos sus hermanos los buenos frutos de su constancia.


La oración de uno es bendición para todos

         Todos los demás deberán darle tiempo, y regocijarse con él por su asiduidad en la oración; así tendrán ellos mismos parte en sus buenos frutos, porque se hacen socios de su vida, por el hecho de cooperar con ella. Por otra parte, el Señor dar el medio para rezar a todos aquellos que se lo piden, según esta palabra: “Aquel que da al orante la oración.” Hay que pedir, pues.

         Sepan también que aquel que persevera en la oración -asunto tan importante- empeña en este combate todos sus esfuerzos y todo su poder. Porque las grandes recompensas exigen grandes trabajos; tanto más que el mal acecha por encima de todas estas gentes: les pone trampas por todos los lados, corre alrededor de ellos, esforzándose en desviar su celo. De allí viene la torpeza, el agobio del cuerpo y del alma, la indolencia, la acedia, la dejadez, la impaciencia, y todos los demás movimientos y obras del vicio. Por ellos, el alma se pierde: tomada poco a poco por todas sus partes, abandona y se reúne con su propio enemigo.

         Es necesario, pues, encargar al alma el control de la razón, como un sabio piloto: nunca entregar su pensamiento a las agitaciones del espíritu malo; no dejarse llevar sobre sus aguas; sino mirar derecho hacia el refugio “de arriba,” y ofrecer el alma a Dios, quien la confió en depósito y quien la vuelve a pedir. Porque no se trata de arrojarse de rodillas, de mostrarse asiduo y celoso para la Escritura -como aquellos que se dan a la oración- y dejar al mismo tiempo al pensamiento vagar lejos de Dios: ¡no! Se debe rechazar toda distracción del pensamiento, toda reflexión intempestiva, y entregar a la oración el alma entera con el cuerpo.

         Los superiores deben colaborar a la resolución de aquel que reza así, y mantener su deseo con todo su celo y todos sus alientos. Y que vigilen con cuidado para purificar su alma.

         Porque el fruto de las virtudes de aquellos que rezan así está invisible para el entorno y se vuelve extremadamente útil, no solamente para el hermano que progresa rápidamente, sino también para los demás jóvenes, para los que tienen necesidad de aprender: porque este hermano que corre adelante los arrastra; no les queda más que mirar e imitar.

         Ahora bien, el fruto de esta oración pura, es la sencillez, la caridad, el espíritu de humildad, la paciencia, la inocencia, y el resto, que produce desde esta vida, antes de los frutos eternos, el esfuerzo del hermano asiduo en la oración.

         Con tales frutos, la oración se hace bella; pero si faltan, ella pierde su esfuerzo. Y lo que es verdad de la oración lo es de toda la vía filosófica: si ella tiene esta fecundidad, es verdaderamente el camino de la justicia y conduce hacia su fin auténtico; pero si permanece sin fecundidad, su nombre se vacía de toda significación, y se asemeja a las vírgenes locas, que se quedaron sin aceite para las bodas cuando había llegado el momento.

         Ellas no tenían en el alma la luz que es el fruto de la virtud, ni en el pensamiento la lampara del Espíritu. Por eso la Escritura las llama “locas,” y con razón, porque su virtud se apagó antes de la llegada del esposo; por eso las excluyó de la recompensa, es decir de las bodas de arriba. Porque no tenían la fuerza del Espíritu, no les tomó en cuenta el celo de su virginidad; y tuvo totalmente razón. Porque ¿a qué sirve trabajar una viña si no da frutos? Es para tener frutos que el viñador asume su trabajo.

         ¿Y para qué el ayuno, la oración y las vigilias, si no hay paz, ni alegría, ni caridad, ni los demás frutos de la gracia del Espíritu que el Santo Apóstol enumera (Ga 5:22)? Para ellos, el hermano prendado de la alegría de arriba asume todo su esfuerzo; por ellos atrae desde arriba al Espíritu; y tomando consigo la gracia, lleva frutos y goza con felicidad de la cosecha que la gracia del Espíritu ha cultivado en la humildad de sus sentimientos y en su coraje en el trabajo.



La alegría

         Es necesario poner todo su ánimo, toda su caridad, toda su esperanza, en los trabajos de la oración, del ayuno y de los demás ejercicios y, sin embargo, permanecer convencidos de que las flores y los frutos de este trabajo son la obra del Espíritu. Si alguien, en efecto, pone el éxito a su cuenta y atribuye todo a sus esfuerzos, la jactancia y el orgullo crecerán en él en lugar de los buenos frutos. Ahora bien, estas pasiones se propalan como una podredumbre en las almas de aquellos que se dejan llevar por ellas: corrompen y anulan su trabajo.

         ¿Qué debe, pues, hacer aquel que vive para Dios y para su esperanza? Sostener alegremente los combates de la virtud, pero fundar en Dios solo la libertad del alma, su liberación de las pasiones, su ascensión hacia la cima de las virtudes. Poner en El sólo la esperanza de la perfección, y creer que en Dios está la “filantropía.”

         El hermano que está en estas disposiciones goza de la gracia de Aquel en quien creyó una vez para siempre. Corre sin fatiga y menosprecia la maleficencia del enemigo; porque le es en adelante extranjero, la gracia de Cristo lo ha liberado de sus pasiones.

         Y de las mismas maneras que las pasiones malas, cuando se introducen en la naturaleza de los buenos por su negligencia, los hacen caer, produciendo en ellos, sobre una pendiente fácil y rápida, un tipo de placer natural, y llevando como frutos la codicia, la envidia, la depravación, y las demás partes del mal que es nuestro enemigo, así los servidores de Cristo y de la verdad reciben de la gracia del Espíritu — mediante la fe y las obras virtuosas — bienes que están por encima de su naturaleza. Llevan frutos con una inefable alegría, y realizan sin esfuerzo la caridad sin fingimiento y sin retorno, la fe inquebrantable, la paz inviolable, la verdadera bondad, y todas las demás perfecciones. Entonces el alma vuelta mejor que sí misma y más fuerte que la maldad de su enemigo, se presenta al Espíritu adorable y santo como una habitación pura. Recibe de él la inconmovible paz de Cristo, por medio de la cual adhiere al Señor y se une definitivamente con él.

         La cumbre de la alegría: participar de la Pasión de Cristo

         Cuando el alma recibió la gracia del Espíritu, se unió por medio de ella al Señor, y se hizo un solo espíritu con él, no sólo ejecuta rápidamente las obras de la virtud que se volvió suya -sin tener que luchará contra el enemigo, puesto que en adelante ella es más fuerte que los asaltos de su mal designio- sino, lo que sobrepasa todo lo demás, ella recibe en sí misma los sufrimientos de la Pasión del Salvador: y está colmada de felicidad por ella, más que los aficionados de esta vida de acá abajo que gozan de honores, de glorias y del poder que vienen de los hombres.

         Porque, para el cristiano que recibió la gracia y que, por el don del Espíritu y el buen gobierno de su vida, progresa “hacia la medida de la edad del conocimiento,” la gloria, la satisfacción, el gozo que sobrepasa toda voluptuosidad, es el ser odiado a causa de Cristo, ser perseguido, aguantar todos los ultrajes y todas las humillaciones por la fe en Dios.

         Porque la esperanza de un hombre así en la resurrección y en los bienes futuros es total; pues todos los ultrajes, todos los tormentos, los suplicios, los sufrimientos cualesquiera que sean y hasta la misma cruz, le son bienestar, descanso, y prenda de tesoros celestiales. Felices ustedes, dice el Señor, cuando todos los hombres los maldigan y los persigan, y digan contra ustedes todo el mal posible, mintiendo a causa de mí. Regocíjense y estén alegres, porque la recompensa de ustedes es grande en los cielos (Mt 5:11-12; ver Lc 6:22-23).

         Y el Apóstol: Me regocijo en las tribulaciones (Rm 5:3). En otra parte: Con gusto me gloriaré de mis debilidades, para que viva en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis debilidades, en los ultrajes, en los contratiempos, en los encarcelamientos: porque cuando soy débil entonces soy fuerte (2 Co 12:9-10). Y también: Como servidores de Dios, con inagotable paciencia (2 Co 6:4). La misma gracia del Espíritu Santo, en efecto, tomó posesión del alma toda entera, y llenó su morada con alegría y con fuerza. Por medio de la esperanza de los bienes futuros saca del alma el sentimiento del dolor presente, y le hace dulce los sufrimientos de la Pasión del Señor.

         Puesto que es “hacia arriba,” con la fuerza del Espíritu que los ayuda, que ustedes edifican el poder y la gloria, condúzcanse como ciudadanos “de arriba.” Como fundamentos, lleven con alegría todos sus trabajos y todos sus combates: así serán juzgados dignos de ser morada del Espíritu y los coherederos de Cristo. No se dejen llevar nunca por el relajamiento, ni por la desidia siguiendo la pendiente de la facilidad, porque caerían y se volverían para los demás una ocasión de pecado.

         Pero si algunos no han alcanzado todavía la intensidad de la oración más alta, ni la energía y la fuerza que son obligatorias en este asunto, y si se ven atrasados en esta virtud, que cumplan entre otras la obediencia, por el poder de Dios: sirviendo con buen ánimo, trabajando alegremente, ocupándose de lo necesario con gusto.

         Pero no sueñen con ser recompensados por la estima y la opinión de los hombres. Y no se entreguen a sus trabajos con indiferencia y negligencia, ni como si sirvieran a cuerpos y almas que les son extranjeros, sino como si sirvieran a los servidores de Cristo, como si socorrieran a “nuestras propias entrañas.” Así es como la obra de ustedes aparecerá pura y sin fraude delante del Señor.

         Que nadie se borre frente al esfuerzo de las buenas obras, como si fuera incapaz de ejecutar estas acciones que salvan al alma; porque Dios no prescribe a sus servidores cosas imposibles. Nos dio el ejemplo de su caridad y de su bondad divinas, ricas y desparramadas con profusión sobre todos; y da a cada uno, según su voluntad, el hacer el bien que puede. Ninguno de aquellos que quieren firmemente ser salvados fracasan. Quienquiera que sea, dice el Señor, que dé un vaso de agua fresca a uno de los míos por ser mi discípulo, en verdad les digo que no perderá su recompensa (Mt 10:42; ver Mc 9:41).

         ¿Qué hay más fácil que este mandamiento? Y por un vaso de agua fresca, una recompensa celestial. Fíjense la desmedida de esta “filantropía”: Lo que han hecho a uno de estos, dice, me lo han hecho a mí (Mt 25:40). El mandamiento es pequeño, pero el salario de la obediencia es grande: está pagado por Dios con magnificencia.


Seremos juzgados en el amor

         El no pide, pues, nada que supera tus fuerzas. Pero, sea que hagas una cosa pequeña, sea que hagas una grande, el salario resulta según tu intención: si actúas en nombre y por el temor de Dios, el don viene a ti resplandeciente e inamisible; si por el contrario, es para la pompa, para la gloria humana, escucha al mismo Señor que afirma: En verdad les digo, que ya han recibido su paga (Mt 6:2).

         Para preservarnos de semejante desgracia, advierte a sus discípulos y a nosotros mismos a través de ellos: Cuídense de hacer su limosna, su oración y su ayuno delante de los hombres; porque entonces no tendrán recompensa de su Padre que está en los cielos (Mt 6:1 ss).

         La gloria que está cerca del Padre

         El ordena evitar, y aun huir de estas alabanzas muertas que vienen de los mortales, y de la gloria efímera que huye de nosotros, y buscar la única gloria cuya belleza es indecible y no tiene fin.

         Que podamos, por medio de esta gloria que nos será dada, glorificará también nosotros al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

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En el mar de Galilea Jesús llamó a Pedro para seguirle en la Iglesia católica


todo el cosmos alaba al Creador


gracias por venir a visitarnos


La Iglesia católica expandida sin fronteras por la paciencia de sus martires +

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).