Monday 27 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
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Marranos eran los judíos o los moros conversos, a veces de forma forzada, y que no eran bien aceptados por la comunidad de los que se consideraban cristianos viejos. Más tarde esa palabra despectiva de marranos (que proviene del árabe para indicar lo prohibido) se aplicó a los cerdos. El pobre animal gusta de chapotear en el barro y la suciedad porque su piel no transpira bien. Puede que subsista un resto del tabú del cerdo por ser omnívoro y por parecerse tanto por dentro a la anatomía humana. Por tanto eventualmente podría haberse comido a un niño. Aparece aquí el tabú del canibalismo. Por ahí debe de andar la explicación de que el cerdo sea alimento prohibido para judíos y musulmanes. Desde luego, no es verosímil la teoría de que esa prohibición se basaba en argumentos de higiene, de temor a la triquinosis.

 

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1492: la expulsión de los judíos, por Pilar Blanco

 

En las siguientes líneas trataremos nos aproximaremos a la expulsión de los judíos llevada a cabo por los Reyes Católicos en 1492. Aunque por generalizar suele decirse que se les expulsó de España en 1492, cabría hacer una pequeña puntualización: en 1492 fueron expulsados de Castilla y Aragón, pero no se les echó de Navarra hasta 1498[1]. Sobra decir que en América no hubo necesidad de dictar un decreto semejante.

 

Los motivos de la expulsión, las leyes que había por aquel entonces sobre los judíos, el papel de la Inquisición, su situación a finales del siglo XV y las consecuencias de su partida, serán los elementos que analicemos a continuación.


orfebrería (platería judía), origen polaco del 1778

 

1. Los judíos en  la primera mitad del siglo XV

1.1. La masacre de 1391

 

Aunque lo que vamos a tratar en este capítulo se sale de los límites de la Edad Moderna, es absolutamente necesario para comprender la situación que se encontraron los Reyes Católicos, por lo que no podemos (ni debemos) obviarlo. Si bien está documentada la presencia de judíos en la península Ibérica desde el siglo I[2], para nuestro estudio tomaremos como punto de partida el año 1391.

 

Este año de 1391 podemos considerarlo un punto y aparte respecto al periodo anterior y un giro radical en la relación de judíos y cristianos. Por todas partes se desencadenaron levantamientos y persecuciones contra los judíos que acabaron con unas cifras de muertos y conversiones elevadísimas. La pregunta es, ¿por qué estas revueltas?

 

El motivo que se ha considerado tradicionalmente como desencadenante de todo son las predicaciones del arcediano de Écija, Fernán Martínez, que desde 1378 incitaba a sus fieles a cortar toda relación con los judíos y destruir sus sinagogas. No debemos pensar que la Iglesia y el rey apoyaban a Fernán Martínez, pues así hablaba el rey Juan I refiriéndose a él en una carta:

 

“Aunque su celo es santo y bueno, debe mirar que con sus sermones y pláticas no conmueva al pueblo contra los judíos, ca aunque son malos y perversos, están bajo mi amparo y poderío real”[3]

 

Esta declaración nos pone de manifiesto dos realidades que se mantendrán hasta la expulsión: existía hostilidad hacia los judíos por parte de la sociedad pero, al mismo, estaban bajo protección del rey.

 

El problema se agravó cuando en un lapso de tres meses murieron Juan I y el arzobispo de Sevilla, lo que permitió la llegada al arzobispado del controvertido clérigo. Esto se explica por la debilidad de la autoridad real en ese momento: a la muerte de Juan I había subido al trono su hijo, Enrique III, con tan sólo 11 años.

 

Ya desde su puesto de arzobispo sevillano Fernán Martínez lleva a la práctica sus teorías y en la primera mitad de 1391 se producen ataques contra las juderías de Sevilla, se queman sinagogas y se mata a casi 400 judíos. La ola de violencia se extiende pronto a otras ciudades castellanas: Ciudad Real, Toledo, Cuenca... Asimismo, se producen revueltas en Aragón: Mallorca, Valencia, Lérida o Barcelona son buenos ejemplos.

 

Joseph Pérez explica que, más allá de cuestiones religiosas, tras las predicaciones de Fernán Martínez había motivos socio-económicos. “Se cree descubrir en el otro, en el que no comparte la fe de la masa, al responsable de todos los males que aquejan a la sociedad. El contraste entre la miseria del pueblo y la relativa prosperidad de unos pocos judíos parece un escándalo: el odio social hacia el rico se convierte en odio religioso hacia el no católico”[4]

 

Las consecuencias de estas matanzas fueran terribles tanto para los judíos como para la hacienda pública de los reinos españoles, puesto que en adelante las aportaciones judías fueron mucho menos significativas. Esto se debió no sólo al número de muertos (Luis Suárez habla de millares y entre ellos una buena cantidad de suicidios[5]) sino a la importancia que alcanzó a partir de este momento el marranismo, es decir, el fenómeno de los conversos.

 

Sobre la sinceridad de estas conversiones y de las sucesivas hablaremos más adelante, pero apuntamos ya aquí que es la piedra angular sobre la que gira la expulsión. Simplemente señalar que si hasta ahora, los conversos eran contemplados por los judíos como “traidores” por haber abandonado la fe, a partir de este momento son los creyentes los que se muestran hostiles hacia los “cristianos nuevos”.

 

1.2. Las leyes de Ayllón de 1412

 

En 1412 Catalina de Lancaster, madre de Juan II y regente de Castilla, promulga las leyes de Ayllón, las cuales podemos considerar el prólogo de la expulsión que tendrá lugar a finales del siglo XV. En el propio documento la reina regente nos cuenta la razón por la que toma la decisión, argumento que volveremos a ver más adelante: “e por quitar e arredrar a los dichos cristianos del mi pueblo de toda ocasión de herejía”[6]

 

En 1407 había muerto Enrique III, dejando como heredero a Juan, de tan solo dos años. Vemos de nuevo aquí como la debilidad real es perjudicial para los intereses de los judíos. Catalina y su cuñado Fernando (después conocido como Fernando de Antequera) se hacen cargo del gobierno, mientras empieza a difundirse un rumor de que el rey ha muerto envenenado por un médico judío. Al mismo tiempo en pleno cisma de la Iglesia, el sínodo de Pisa reduce la autoridad de Benedicto XIII, que queda limitada al ámbito aragonés y ese mismo año muere Martín I de Aragón sin descendencia. Benedicto XIII encuentra el modo perfecto de ganar legitimidad: debía apoyar al infante don Fernando en su subida al trono de Aragón y, juntos, eliminar el problema judío de la península. Pero esta vez, no se haría por medio de la violencia sino por medio de leyes que restringieran la libertad de los judíos. Lo que se pretendía era “hacerles presente su triste condición para que se persuadiesen de la conveniencia de abandonar su religión”[7] y se acercaran al cristianismo.

 

Según estas leyes, a los judíos se les retira la autonomía judicial de la que disfrutaban las aljamas, se les prohibe realizar una serie de oficios (ni médicos, ni arrendadores de impuestos, ni zapateros, ni peleteros...), se les obliga a llevar barba y pelo largo que demostraran “su suciedad” y, para evitar confusiones, deben coser a su ropa una rodela bermeja. Pero sin duda, la medida más radical es la obligación de vivir en barrios separados de los que solo pueden salir bajo ciertas condiciones. Todo esto, es fácilmente deducible, dificultaba la vida de la comunidad hebrea y, extendido en el tiempo, conseguiría su desaparición.

 

Estas leyes se hicieron extensivas a Aragón en 1415, añadiendo algunas disposiciones como la de no poder disponer de más de una sinagoga por aljama o el considerar ilícito la posesión de un Talmud. Asimismo, se les obligaba a escuchar tres sermones al año, poniendo así de manifiesto la clara intención catequética de los reyes de la península[8].

 

Esta intención queda igualmente demostrada en la conocida como “Disputa de Tortosa” que se inició en 1413 y duró casi dos años, donde trató de convencerse a los judíos de que el Mesías ya había llegado, que los rabinos habían  falsificado el Talmud y que, por tanto, su fe era falsa y debían convertirse.

 

A consecuencia de lo comentado, el número de conversiones entre 1412-1415 fue elevadísimo. Netanyahu cuenta que, según la tradición de los judíos españoles transmitida por los cronistas, constituyó aproximadamente la mitad de la población judía original. Señala asimismo el duro golpe que supuso para los judíos el que se produjera un movimiento masivo de conversión “voluntaria”, la cual justifica por presiones sociales y económicas[9].

 

Aunque los resultados de estas medidas fueron bastante positivos, inversamente al número de bautismos, se fortalecía la fe y la capacidad para enfrentarse al sufrimiento de una buena parte de los judíos. Por establecer comparaciones históricas, actuación semejante nos encontramos en las persecuciones de los romanos contra los cristianos en los primeros siglos.

 

1.3. Restauración parcial y hostilidad popular

 

Entre 1420 y mediados de siglos se reduce la tensión que había existido en los años precedentes por parte del Papa y de los reyes y se dejan en suspenso algunas de las disposiciones anteriormente aprobadas. Además tiene lugar una asamblea en Valladolid en 1432 donde los procuradores de las aljamas de Castilla organizan su gobierno interno. El rey aprueba lo decidido aquí, lo cual supone el reconocimiento de una comunidad legal y autónoma, aunque siempre considerada inferior.

 

El fenómeno de las conversiones parece detenerse en torno a 1460, o al menos eso deduce Netanyahu del estudio de las fuentes hebreas. Si bien es cierto que volverán a retomarse con fuerza en la última década del siglo XV[10].

 

Sin embargo, la mayor transigencia oficial es inversamente proporcional al odio popular. Para explicar esto hay que partir de la posición que ocupaban los judíos dentro de la organización del reino.

 

Al estar en su mayoría mucho mejor preparados intelectualmente que los cristianos, eran muy apreciados y “utilizados” por los monarcas, lo cual no hacía sino despertar las envidias cristianas. Por otro lado, hay que contar también el importante papel que jugaron los judíos en el apoyo de unos u otros en las luchas de poder entre monarquía y nobleza, así como en las internobiliarias, por lo que también aquí encontraban enemigos.

 

Hinojosa Montalvo recoge en su trabajo la importancia de las relaciones entre los judíos y las altas esferas del poder[11]. Las actividades judías se desarrollaban sobre todo en tres campos: las actividades que requerían conocimiento de la lengua árabe, la medicina y las finanzas y la administración. En este tercer campo deben incluirse los préstamos, papel fundamental, puesto que para los cristianos la usura estaba prohibida. Los judíos se convirtieron en prestamistas tanto de reyes como de particulares, lo cual acabó convirtiéndose en uno de sus grandes problemas.

 

A raíz de lo mencionado surgieron fundamentalmente en Castilla muchísimas leyendas que acusaban a los judíos de brujería y actuaciones sacrílegas, muchas de las cuales son recogidas por Fray Alonso de Espina en su obra Fortalitium Fidei. La difusión de esta obra fue inmensa gracias a la imprenta, convirtiéndose en una de las primeras obras impresas en España (1471)[12].

 

Pero por duras que puedan ser las acusaciones contra los hebreos, mucho peores serán las que se viertan contra los conversos, los cuales se conviertan en blanco de todas las críticas.

 

2. El problema converso y el nacimiento de la Inquisición

 

El número de conversos que había en España durante el reinado de los Reyes Católicos es muy difícil de saber con certeza. Según Joseph Pérez, serían menos de doscientas mil personas, lo que supondría menos del 5% de la población (todo según sus cálculos)[13]. Elliot no nos aporta un número exacto, pero sí dice que “igualaban y quizá superaban a aquellos de sus hermanos que habían sobrevivido a las matanzas y seguían fieles a la fe sus antepasados”[14]

 

La situación de los marranos es ciertamente dramática, puesto que no son bien recibidos ni por judíos (como tendremos ocasión de estudiar más adelante con los trabajos de Netanyahu) ni por cristianos: unos y otros desconfían de ellos.

 

El “problema” para los cristianos es que ante los conversos ya no valen las discriminaciones legales: estando bautizados son súbditos de pleno derecho y no tienen obligación de acogerse a la normativa judía. Sin embargo, la desconfianza hacia ellos y la sospecha de que seguían siendo judíos en la intimidad, era una dura losa para los cristianos viejos.  Esto fue lo que determinará en la segunda mitad del siglo XV la aparición de los tribunales de la Inquisición, destinados a juzgar a los cristianos por “delitos” de herética pravedad.

 

2.1. La revuelta de 1449

 

En 1449 nos encontramos en Toledo cómo una cuestión fiscal acaba desatando una revuelta contra los conversos. Nos referimos al tributo extraordinario ordenado por Álvaro de Luna y que debía recaudar uno de los cristianos nuevos, Alonso de Cota. El descontento por este impuesto hizo estallar una revuelta contra el valido, la cual estuvo encabezada por Pero Sarmiento. Cuando la corona reprimió el levantamiento, Sarmiento arguyó que la culpa de todo la tenían los conversos que desde sus posiciones administrativas querían enriquecerse a costa del pueblo[15].

 

A raíz de esto Sarmiento promulgó una sentencia, considerada el primer estatuto de limpieza de sangre, que prohibía a los conversos y sus descendientes ocupar cualquier tipo de cargo público. Se justificaba la discriminación “por razón de las herejías e otros delitos, insultos, sediciones y crímenes por ellos fasta ahora cometidos”[16]. Dicha sentencia fue revocada al año siguiente por una bula de Nicolás V en la que recordaba que todos los cristianos tienen los mismos derechos eclesiásticos y civiles[17], pero nos sirve para conocer la actitud cristiana en ese momento.

 

2.2. La primera Inquisición

 

Acercándonos ya al reinado de Isabel y Fernando, en 1461 fray Alonso de Espina convenció al superior general de los jerónimos[18], fray Alonso de Oropesa, de la necesidad de llevar a cabo una acción conjunta para acabar con la “perversión” que representaban judíos y conversos[19]. Fue entonces cuando propusieron a Enrique IV la introducción de la Inquisición, institución que ya existía en Aragón y que había nacido en época medieval para luchar contra la herejía de los albigenses. Enrique IV autorizó la instauración de la “Inquisición antigua”, aunque pronto demostró ser poco eficaz[20].




2.3. Los conversos en la guerra civil castellana

 

En estos años se desata la guerra civil castellana al ponerse en cuestión la legitimidad de Juana la Beltraneja. Ésta tiene lugar en dos fases, la primera se extienda entre 1465 y 1468  y termina con la firma del tratado de los Toros de Guisando. Según dicho acuerdo, Isabel sería la heredera de su hermano Enrique y Juana, su sucesora. En 1469 se produce el matrimonio entre Isabel y Fernando, lo cual supone la ruptura de dicho acuerdo y, consecuentemente, el inicio de la segunda fase de la guerra que se extenderá durante diez años más.

 

En esta contienda los judíos y conversos juegan un papel fundamental decantándose por el bando de Isabel a partir de 1468. En ese año había muerto el infante don Alfonso, hermano de Isabel y heredero al trono para una parte de la nobleza, por lo que ahora ese puesto pasaba a ser ocupado por Isabel.

 

Una vez suspendido el acuerdo, conversos y judíos no abandonaron a Isabel: los levantamientos contra los marranos que se habían producido en algunas ciudades castellanas entre 1470 y 1473 aconsejaban una pronta resolución del conflicto y el establecimiento de una autoridad real fuerte. A medida que avanzaba la contienda parecía evidente que Isabel y Fernando serían los que consiguieran dicho restablecimiento, como de hecho así sucedió.

2.4. La Inquisición de los Reyes Católicos

 

En los primeros años de reinado de los Reyes Católicos se mantuvo una actitud tolerante tanto hacia los judíos como hacía los conversos, muchos de los cuales ocupaban cargos importantes en la corte. Sirva como ejemplo Abraham Seneor, judío practicante y tesorero de la Hermandad.

 

Pero al mismo tiempo empezaron a abundar las “reconversiones” de conversos a la fe judía. Esta situación preocupaba especialmente a los auténticos convertidos, que temían que su propia posición se viese amenazada por la apostasía de éstos. Esta razón ha hecho plantear a algunas investigadores que fueron los propios conversos los que presionaron para que se estableciese en Castilla un potente tribunal inquisitorial, que los reyes solicitaron en Roma en 1478[21].

 

El permiso fue concedido por el Papa, estableciéndose en Castilla el Santo Oficio. Fue puesto bajo el control directo de la Corona y en 1483 se convirtió en el Consejo de la Suprema y General Inquisición, cuya tarea era juzgar a aquellos cristianos (no judíos ni moriscos, pese a lo que se dice muchas veces) de quienes se sospechara delito de herética pravedad.

 

No debemos olvidar que para la mentalidad de la época el hereje no cometía sólo un pecado personal, sino que constituía un peligro para el conjunto de la sociedad, en tanto que su cohesión se veía amenazada y podía pervertir a los demás. Visto así, no es de extrañar que tanto las autoridades religiosas como los reyes quisieran combatir la herejía.

 

Aunque de inicio el Santo Oficio se implantó únicamente en Castilla, en 1487 Fernando logró trasladarlo también a Aragón. Elliot explica que esto animó a un número indeterminado de conversos (habla de entre seiscientos y tres mil) a abandonar el país llevándose consigo sus capitales, por el miedo a ser juzgados y condenados[22].

 

De esta forma la Inquisición, más allá de un tribunal de fe, se convertía en un organismo unificador del nuevo estado que querían crear los reyes católicos. Al hablar de “unificador” nos referimos tanto al elemento religioso (la devoción religiosa común servía como sustituto a la ausencia de una nacionalidad española) como al político y judicial (única institución con potestad en ambos reinos).



María, madre del Cristo, mujer judía

 

3. Judíos y conversos tras la instauración del Santo Oficio

 

En este capítulo vamos a ver la evolución que se produce en las relaciones con los judíos y conversos. Empezaremos así con la protección de los reyes sobre ellos que se extendió durante buena parte del reinado, para continuar con la hostilidad popular y las medidas que ésta “obligó” a adoptar.

3.1. Protección real

 

Si algo cabe destacar del reinado de los Reyes Católicos es la protección que ofrecieron a los judíos y conversos, por muy increíble que esto pueda parecernos sabiendo lo que sucederá en 1492.

 

Esto no quiere decir que Isabel y Fernando abandonaran su objetivo de conseguir una mayor unidad religiosa en sus reinos y a tenor de la documentación conservada es evidente que pretendían alcanzar la conversión de los judíos. Siguiendo las teorías de San Agustín, debía tolerarse la presencia de los judíos para que con el ejemplo cristiano abandonaran su error[23].

 

Encontramos algunos documentos en los que se evidencia la protección mencionada. El primero, es una carta firmada en 1477 y dirigida a la aljama de Trujillo en la que Isabel dice:

 

“Todos los judíos de mis reinos son míos y están bajo mi amparo y protección y a mí pertenece de los defender y amparar y mantener en justicia”[24]

 

Ideas similares encontramos en la carta que envía Fernando a Segovia (en ausencia de su esposa) el 9 de marzo de 1479:

 

“Tomo y recibo a las dichas aljamas y judíos de ellas y a cada uno de ellos y a todo lo suyo en mi guarda y seguro y so mi amparo y defendimiento real”[25]

 

El último de los documentos que vamos a mencionar lo destacamos sobre todo por su fecha: 1490, tan solo dos años antes del edicto de expulsión. Aunque los términos ya han cambiado, se reitera la tolerancia y protección hacia ellos:

 

“De derecho canónico y según las leyes de estos nuestros reinos, los judíos son tolerados y sufridos, y Nos les mandamos tolerar y sufrir que vivan en nuestros reinos, como nuestros súbditos y vasallos”[26]

 

Prueba de que esa protección era percibida por los judíos la encontramos en la carta que envían los judíos castellanos a las comunidades hebreas de Roma y Lombardía en 1487 en la cual ensalzan a los reyes católicos y se refieren a ellos como monarcas “justos y caritativos”[27].

3.2. Intolerancia popular

 

Pese a lo que venimos comentando sobre la actitud de los reyes católicos hacia sus súbditos de origen hebreo, no parece que sus medidas fueran muy eficaces. Esto podría explicarse porque eran las autoridades locales las que debían hacerlas efectivas, pero eran esas mismas autoridades las grandes enemigas de judíos y conversos en tanto en cuanto los veían como una amenaza para su propios poder. El historiador Luis Suárez recoge hasta 7 episodios que demuestran el sentir popular hacia ellos[28].

 

El gran problema para judíos y conversos llegó en 1480 cuando el Tribunal de la Inquisición empezó a funcionar. Muy pronto, aquellos que buscaban manifestar su hostilidad hacia el judaísmo encontraron en el Santo Oficio un camino directo para sus intenciones y las acusaciones de herejía y apostasía contra los conversos se convirtieron en algo habitual, muchas veces con ninguna base sólida.

 

Encontramos así la curiosa paradoja de que los monarcas que en 1492 llevarán a cabo la expulsión de los judíos en los primeros años de su reinado reiteran continuamente su protección, mientras que al mismo tiempo la hostilidad popular crece exponencialmente. Pero, pese a que la defensa que hacen los soberanos es evidente, no podemos obviar que a medida que avanzaba su reinado la actitud hacia los judíos iba endureciéndose como demuestran una serie de leyes promulgadas en 1476 y 1480. Y esto es muy probablemente consecuencia de lo anterior: las autoridades locales cristianas (civiles y religiosas) alertan continuamente sobre el peligro que supone para la sociedad la presencia de judíos y conversos y sobre la necesidad de tomar medidas radicales contra ellos.

 

3.3. Las leyes de Madrigal (1476)

 

Las leyes de Madrigal podemos considerarlas una “reinstauración” de las leyes que ya se habían promulgado años atrás pero que parece estaban un poco olvidadas.

 

En estas cortes los procuradores de las ciudades transmitieron dos denuncias a los reyes: los judíos no estaban cumpliendo las disposiciones relativas a la prohibición de joyas y adornos ni llevaban el símbolo identificativo de su condición y, por otro lado, estaban abusando de los cristianos tratando de imponerles muchos contratos en fraude de usura. Como decimos, los monarcas recurrieron a las leyes que ya estaban vigentes.

 

En lo que respecta a la usura, los reyes recurren a lo decidido en las cortes de Toledo de 1462, donde Enrique IV estableció un interés del 33% como máximo autorizado.

3.4. Las leyes de Toledo (1480)

 

En las cortes de Toledo de 1480 de nuevo los reyes deben hacer frente a una petición de las autoridades locales que reclamaban el cumplimiento de las leyes vigentes pero no aplicadas: la obligación de separar las juderías de los lugares de habitación de los cristianos. Ante esta exhortación, Isabel y Fernando ordenaron que en el plazo de dos años se lograra la separación más completa posible[29].

 

Merece la pena recalcar cómo tanto estas cortes como las de Madrigal demuestran el sentimiento popular antijudío: no son resoluciones arbitrarias de quienes ejercen el poder, sino la respuesta a demandas “populares”.

 

Llevada a la práctica, estas leyes supusieron el cambio de emplazamiento de las aljamas para alejarlas más de la ciudad, la reducción de su perímetro y la alteración del trazado de sus calles. Igualmente, los judíos solo podían salir para trabajar y siempre con permiso de la autoridad cristiana.

 

En las cartas que se enviaron a las ciudades donde se les inquiría a cumplir la orden se daba el motivo principal de estas leyes, motivo recogido de nuevo por Suárez:

 

La separación era “cumplidera a servicio de Dios y aumento de nuestra santa fe”, porque la experiencia comprobaba que de la comunicación entre cristianos y judíos se derivaban “confusión y daño de nuestra santa fe”[30]

 

Además del evidente motivo religioso, habría que señalar uno más: era una cuestión de orden público y había que terminar con la convivencia conflictiva entre judíos, conversos y cristianos viejos. Ya hemos señalado anteriormente, que estas dos razones fueron las mismas que impulsaron la aparición del tribunal de la Inquisición.

 

Con la creación de estos guetos los reyes se mantenían firmes en su postura de proteger a los judíos, pero por otra parte exigían que éstos se apartaran del resto de la población como medida de protección hacia ella. Joseph Pérez ve en esta segregación una discriminación absoluta que supone una serie de trabas para el desarrollo de una vida normal y que tenía como objetivo “hacer la vida imposible a los judíos” para que ellos mismos acabaran convenciéndose de que la única forma de llevar una vida normal era la conversión[31].

 

Por otro lado, al apartar por completo a los judíos se pretendía cortar hipotéticas comunicaciones entre conversos y judíos, en pos de una mayor unidad entre cristianos nuevos y cristianos viejos.

3.5. La expulsión de Andalucía (1483)

 

En 1483 la Inquisición en Andalucía llegó a una conclusión: aunque la medida de separar los lugares de habitación de judíos y cristianos era útil y beneficiosa para los cristianos, no era suficiente. Había que dar un paso más si se quería proteger a la población autóctona: las juderías debían desaparecer.

 

Suárez explica así la situación:

 

“Los informes inquisitoriales confirmaron y robustecieron tal conciencia (se refiere al mal que hacía la coexistencia entre judíos, conversos y cristianos): los conversos judaizaban, es decir, habían vuelto a sus prácticas judías, normas dietéticas, circuncisión, libros y oraciones; si así podían hacerlo era porque existían en el reino zonas y lugares en donde dicha práctica era reconocida por las leyes. No se podía, a juicio de dichos eclesiásticos (la Inquisición), mantener por más tiempo tan grave contradicción.(...) Si no bastaba la separación, había que suprimir las juderías”[32]

 

De esta forma, la Inquisición emitió un decreto que obligaba a los judíos de Sevilla, Cádiz y Córdoba a abandonar sus casas en un plazo de seis meses. Esta expulsión podemos considerarla el antecedente inmediato de la de 1492, aunque existe una diferencia fundamental entre ambas: en este caso, no fue una decisión real, sino del inquisidor general, Tomás de Torquemada.

 

Tres años después, en Aragón se disolvieron las juderías de Zaragoza y Albarracín, aunque en este caso se debió al ataque y asesinato por parte de los conversos del inquisidor general de Aragón, Pedro de Arbués, que se negaban a la instauración del Santo Oficio. Aunque los motivos de estas expulsiones en uno y otro reino son muy diferentes, estaban sentando precedente y la expulsión de la Península estaba cada vez más cerca.

 

4. El porqué de la expulsión

 

Antes de meternos de lleno en los motivos de la expulsión de los reyes católicos, conviene repasar cuál era la situación de la comunidad judía en el resto de Europa. Y es que, pese a la leyenda negra y las acusaciones de antisemitismo que tradicionalmente se han lanzado contra España, Castilla y Aragón fueron de los últimos en sumarse a la lista de expulsiones masivas.

 

Esa “lista” sería la siguiente[33]:

 

-       En Inglaterra fue Eduardo I en 1290 quien los envió al exilio, de donde no se les permitió volver hasta 1656

-       En Francia se les expulsó en 1182, pero dicho decreto fue revocado en 1198. La orden de expulsión definitiva se dio en 1323.

-       En los principados alemanes las expulsiones se gestaron a mediados del siglo XV

-       En Italia hay que distinguir entre el ducado de Parma (en 1488) y el de Milán (en 1490)

 

Detrás de estas expulsiones estaba la mentalidad propia de la época: los judíos no tenían cabida en el ideal de sociedad unida en Cristo y por Cristo que desde el IV Concilio de Letrán (1215) preconizaba la Iglesia. Por tanto, hubo que tomar diversas medidas para intentar que adoptaran el Catolicismo, que fueron desde la fuerza bruta a la directa persuasión.

 

Cuando finalmente en España se llevó a cabo la expulsión las grandes potencias no hicieron más que felicitar a los monarcas por ella. Antonio Domínguez Ortiz señala que a España llegaron además felicitaciones de la Universidad de París, de Maquiavello, Guicciardini o Pico della Mirándola entre otros muchos[34].

 

Aunque siguiendo las ideas que llegaban de Roma y Europa parece evidente, el motivo que llevó a los reyes católicos a decidir la expulsión es posiblemente el más comprometido de todo lo que hemos comentado hasta el momento y muy probablemente uno de los que más ha interesado a los historiadores en el conjunto de la España Moderna. Las teorías que se han dado al respecto son de lo más variadas, desde las puramente marxistas a las que aducen motivos religiosos o simplemente políticos, por lo que en las próximas líneas profundizaremos más en cada una de ellas.



San José, judío y padre putativo de Jesús


4.1. Razones económicas

 

Una de las explicaciones que se ha dado a la expulsión es el móvil económico: los reyes querían expulsar a los judíos para quedarse con sus bienes. Sin embargo, no hace falta hacer un análisis muy profundo para descubrir que esta teoría no se adecúa a la realidad. Se conserva incluso una carta que envía el propio rey don Fernando al gobernador de Aragón  el 11 de junio de 1492 donde niega la acusación que le harían años después:

 

“Tenemos admiración que penséis que queremos tomar para Nos los bienes de los judíos, porque es cosa muy apretada de Nuestra voluntad (...). Bien queremos que nuestra corte cobre, como es razón, todo lo que de justicia le perteneciere en los dichos bienes, así por las deudas que nos deben los judíos como por razón de la pecha y otras rentas reales que tenemos sobre esa aljama; pero pagado lo que a Nos pertenece y lo que se debe a los acreedores, lo que quedere se debe restituir a los judíos, a cada uno lo suyo, para que hagan dello su voluntad”[35]

 

 

Prueba de que las intenciones de los monarcas no eran estas la encontramos en que ellos no se beneficiaron mucho de la operación, sino que fueron algunos particulares los que se apropiaron de los bienes inmuebles de los judíos a precios ínfimos[36]. Es más, si hablamos de temas económicos, a los reyes les habría resultado más provechoso el haber mantenido a los judíos como contribuyentes, que el apropiarse de sus inmuebles[37].

 

En relación con esto, se ha magnificado la riqueza que en estos momentos tenían los judíos españoles. Como explica Hinojosa en su trabajo, a lo largo de los siglos se ha creado el estereotipo del judío dedicado a la usura, los arriendos y el comercio, que desprecia los trabajos duros y relacionados con la tierra y que, por supuesto, es rico y se dedica a oprimir a los cristianos[38]. Dentro de esta afirmación podríamos distinguir dos partes: la primera es bastante verídica, la segunda no. Si es cierto que la mayor parte de los judíos vivían de actividades mercantiles y crediticias, pero carece de toda verdad el que todos los judíos nadaran en la abundancia y quisieran masacrar a los cristianos. Esto podemos comprobarlo incluso en el fragmento de la carta citada anteriormente, donde se pone de manifiesto que los judíos habían contraído deudas.

 

Mezclando las razones económicas y sociales, debemos hacer mención a las teorías marxistas de Kamen y Haliczer.

 

Para Henry Kamen la expulsión era una exigencia de la vieja nobleza feudal que quería enfrentarse al “capitalismo comercial” encarnado por los judíos y que ponía en cuestión su preponderancia dentro de la sociedad[39]. Sin embargo, Suárez contraargumenta esta hipótesis señalando que precisamente era la nobleza quien más empleaba a los judíos en las tareas de recaudación de rentas y quienes, por tanto, más los necesitaban[40].

 

Joseph Pérez por su parte llama la atención sobre un hecho fundamental, al que ya hemos aludido de pasada: no todos los judíos formaban parte de esa burguesía de la que la nobleza podía tener cierto miedo. Esta idea se fundamenta en la teoría del papel de los judíos en los orígenes del capitalismo y de la economía monetaria[41].

 

Es más, en el propio decreto de expulsión se prohibe a los nobles dar cobijo a los judíos bajo pena de perder todos sus bienes:

 

“E mandamos e defendemos que ningunas ni algunas personas de los dichos nuestros reynos de qualquier estado, condiçion, dignidad que sean, non sean osados de resçebir ni acoger ni defender ni tener publica ni secretamente judio ni judia, pasado el termino de fin de jullio en adelante para siempre jamas, en sus tierras ni en sus casas nin en otra parte alguna de los dichos nuestros reynos e señorios so pena de perdimiento de todos sus bienes, vasallos e fortalezas e otros herdamientos e otrosi de perder qualesquier merédes que de nos tengan para la nuestra camara e fisco”[42].

 

Haliczer por su parte se refiere al patriciado urbano como grupo antijudío que “obligó” a los reyes católicos a su expulsión. Como los monarcas se habían apoyado en estas oligarquías para reducir el poder de la nobleza, no les quedaba más opción que cumplir sus deseos.  Sin embargo, tanto Suárez como Pérez están de acuerdo en que los reyes católicos cercenaron notablemente la independencia de las ciudades de modo radical, en pos de un poder centralizado presidido por ellos mismos[43].

4.2. Razones sociales

 

En este caso nos referimos al clima de terror, vejaciones y calumnias que se dio en la España de los reyes católicos en contra de judíos y conversos y que los monarcas habrían tratado de solucionar cortando el problema de raíz.

 

En 1485 por ejemplo, un dominico aconsejó a la población no comprar alimentos a los vendedores judíos por el riesgo que entrañaba el comerse un producto tocado por ellos y un tiempo después el alcalde de Segovia prohibió a los judíos cocer el “pan cenceño” en los hornos públicos para evitar que contaminara el pan cristiano.

 

Pero sin duda, el ejemplo más evidente lo encontramos en el caso del Santo Niño de la Guardia que tuvo lugar en 1479 pero que salió a la luz once años después. En junio de 1490 fue detenido un converso, Benito García, del que se sospechaba que llevaba Formas consagradas. Confesó que desde hacía algunos años estaba tratando de volver a su antigua fe judía, junto con otro cristiano nuevo, Juan de Ocaña, y varios miembros de la familia Tembleque que ahora usaban el apellido Franco.

 

A partir de aquí entra en escena un tal Yosef Franco, compañero de celda de Benito García, que teóricamente habría confesado que en 1479 había formado parte, junto con otros judíos, del asesinato ritual de un niño cristiano en La Guardia (Toledo). Aunque después se retractó y dijo que él simplemente se lo había oído a Alonso Franco,  fue imputado por el asesinato del mencionado niño cuya sangre habría sido mezclada con una Forma consagrada con la intención de desencadenar una epidemia de rabia. 

 

A pesar de que esta historia tiene varios puntos cuestionables (¿quién era ese niño? Por qué nadie le había reclamado en once años? ¿por qué si el suceso había tenido lugar en Toledo se juzgaba a los acusados en Ávila?) tuvo un gran éxito entre la población e inmediatamente se inició una fuerte devoción hacia el Santo Niño de La Guardia, que no hace sino poner de manifiesto el antijudaísmo del momento.

 

Todos estos problemas habrían llevado a los reyes católicos a ceder ante la presión popular para conseguir una pacificación y unidad de los reinos. Esta idea podemos encuadrarla tanto dentro de las razones sociales como de las políticas, que vamos a desarrollar a continuación.

4.3. Razones políticas

 

En la obra de Julián Marías España Inteligible se desliza la idea a la que estamos aludiendo:

 

“En la Edad Moderna, que empieza a ser racionalista, surge un principio de unitarismo y uniformidad. Se piensa que, puesto que España es cristiana, los españoles deben ser cristianos; se desliza en las mentes la noción, más o menos clara, de que el que no es cristiano no es plenamente español, es en alguna medida desleal” [44]

 

Los inquisidores habrían planteado a los reyes católicos que mientras se mantuviera el status legal de los judíos, no sería posible conseguir la misión a ellos encomendada y que la única solución sería o bien la expulsión o bien el sometimiento de los judíos a la jurisdicción del Santo Tribunal[45].

 

En este sentido, lo que se perseguía tratando de imponer una unidad religiosa tenía un objetivo político, puesto que la recién creada monarquía moderna se asentaba en ese principio de unidad. Del mismo modo, expulsando a los judíos no sería tan difícil la plena integración de los conversos en la sociedad española.

 

En esta misma línea se mueve Joseph Pérez, quien afirma que:

 

“La tolerancia medieval –o lo que suele llamarse así- se explica por la situación de la península, dividida en territorios moros y cristianos. Con el final de la Reconquista ya no tiene sentido la tolerancia anterior; España se convierte en una nación cristiana más. Como todas las que existen en Europa. No es casual que el decreto de expulsión de los judíos se haya firmado tres meses después de la toma de Granada”[46]

 

Y efectivamente, no parece descabellado pensar que el clima de euforia que vivían los reyes católicos tras culminar la Reconquista pudo haber influido en su deseo de “limpiar” sus reinos de moriscos (cuya expulsión tendrá lugar unos años después) y judíos.

 

Es más, se han conservado varias crónicas según las cuales Fernando e Isabel hicieron una devota promesa según la cual se comprometían a expulsar a los judíos de sus reinos si Dios les ayudaba en la guerra de Granada[47]. Aunque esta historia se cae por su propio peso porque ya hemos mencionado que los propios reyes salieron, en cierto sentido, perjudicados por la marcha de los judíos, la “leyenda” tuvo éxito.




4.4. Razones religiosas

 

Los motivos que hemos argüido hasta el momento pudieron influir en mayor o menor medida en la decisión de los monarcas pero, ¿por qué intentamos “buscarle tres pies al gato” y no nos ceñimos a las razones que ellos mismo transmiten en el documento, que son puramente religiosas? Así se explica en el decreto de expulsión de la corona de Castilla:

 

“según es notorio e según somos  ynformados de los ynquisidores e de otras muchas personas religiosas, eclesiásticas e seglares, consta e pareçe el gran daño que a los christianos se a seguido e sigue de la participaçion, conversaçion y comunicaçion que han tenido e  tienen con los judíos, los quales se prueba que se procuran siempre, por quantas bias e maneras pueden, de subvertir e subtraer de nuestra Santa Fe Catolica a los fieles christianos e los apatar della e atraer e perbertir a su dañada creençia e opininion, ynstruyéndolos en las çeremonias  e obserbançias de su ley”[48]

 

Algo muy similar se dice en el correspondiente a la corona de Aragón:

 

“por los padres inquisidores de la heregia y apostasía en las diócesis de nuestros reynos y senyorios puestos y constituidos, somos informados haver fallado muchos y diversos christianos haver tornado y passado a los ritos judaicos y estar y vivir en la ley e superstición judaica (...) e que de la dicha heregia e apostasía han seydo causa los judios y judias que en los dichos nuestros reynos y senyorios moran y habitan por la conversaçion y comunicación que con los dichos crhistianos tenian y tienen”[49]

 

Es decir, a la luz de los textos, el motivo queda bastante claro: es el celo de la religión lo que inspira a los reyes a la hora de expulsar a los judíos. Pero cabe en este momento hacer una precisión: esta actitud no es antisemita, adjetivo con el que muchas veces se ha calificado a los reyes, sino antijudía, que es bien distinto. Esto queda bien explicado por Suárez y Ladero Quesada:

 

“Los reyes distinguieron bien entre ideas y personas; ellos trataban de eliminar para siempre el judaísmo como doctrina religiosa tolerada”[50]

 

“El objetivo principal (...) no fue agredir a quienes llevaran sangre de la nación judía, aunque al señalar a muchos de sus miembros alentaron indirectamente fenómenos de xenofobia, sino desarraigar al judaísmo como fe religiosa”[51]

 

Este celo al que nos referimos no debe parecernos exagerado. A finales del siglo XV se consideraba que la autoridad de los reyes (de todos, no sólo de los españoles) procedía de Dios, lo cual generaba en ellos el “deber” de guiar a su pueblo y de que éste profesara la religión “correcta”. Conocidas son las preocupaciones que años después sufrirá Felipe II con el problema protestante: se consideraba a sí mismo responsable de la fe de su pueblo y, por ende, culpable de su condena si no volvían a la ortodoxia. Algo semejante podemos intuir en los reyes católicos.

 

Como explica Luis Suárez, en estas cuestiones había dos posibilidades: “si la Monarquía se considera superior a la religión puede aceptar que dos o más confesiones religiosas le estén sometidas, pero si ella se presenta como sumisa a una determinada fe no resulta posible aceptar dicha pluralidad”[52]. En el caso de los reyes católicos, es evidente el máximo religioso: si todo debía supeditarse a la fe, era incongruente el permitir que judíos y moriscos siguieran viviendo en sus reinos.

 

Por lo explicado anteriormente sobre los conversos, es de suponer que los reyes pretendían proteger de la “perfidia judaica”, como lo llamó el rey don Fernando, no tanto a los cristianos viejos (que por supuesto también) como a los conversos. Esto se explicaría por las continuas acusaciones que se vertían contra ellos de seguir practicando su religión original.

 

La pregunta ahora es, ¿eran ciertas estas acusaciones? Netanyahu ha dedicado buena parte de su obra a demostrar lo contrario y para ello ha estudiado los responsa y lo que él denomina la literatura polémica, homelética y hexegética judía.

 

En esta literatura a partir de 1391 y siguiendo la misma táctica cristiana que hemos visto por ejemplo en la disputa de Tortosa, intentaban probar la falsedad del Cristianismo. Hasta este momento la literatura judía se había limitado a defender la verdad del judaísmo, por lo que el cambio de estrategia no tiene para el autor más explicación que “el polemista judío trataba de salvar para el judaísmo a los marranos seducidos por la doctrina cristiana”[53].

 

Entre estas obras, cabría destacar la de Durán y sobre todo la de Crescas, “líder oficial” de los judíos de Aragón. En su Refutación del dogma cristiano analiza las creencias cristianas desde un punto de vista estrictamente lógico para llegar a la conclusión de que muchos de los dogmas son incompatibles con la razón humana. Esta obra está escrita en catalán, lo cual es para Netanyahu una prueba irrefutable de que estaba destinada a los conversos[54].  Aunque puede resultar interesante este punto de vista, ¿no podría ser que, como argumentan los reyes católicos, quisieran convertir al judaísmos a los cristianos viejos y por ello escribieran en su idioma?

 

El otro punto fuerte de la obra de Netanyahu es en el que intenta demostrar que los judíos no veían con buenos ojos a los que se habían convertido al Cristianismo y que no querían tener trato con ellos.

 

Pone como ejemplo un texto de Arama, escritor judío de mediados del siglo XV, en el que dice:

 

“Tanto más ahora cuando casi todos ellos (...) han quitado de sus sendas el acercamiento al Dios de Israel (...). Más aún, le han vuelto sus espaldas, y así aceleran su paso y se esfuerzan por apartarse de él hasta alejarse todo lo posible” [55]

 

Parece quedar claro que la inmensa mayoría de los marranos estaban cristianizados, no tenían intención de volver al judaísmo y, por tanto, no lo practicaban en secreto. Sin embargo, algunas páginas después reconoce el mismo autor que sí hubo personas que intentaron compaginar las dos religiones:

 

“Algunos de los criminales de Israel pensaron que les sería ventajoso mantener la doble práctica religiosa, a saber, adorar a Dios y las deidades extrañas. Debieron convencerse de los errado de ese razonamiento. Dios no va a tolerar la abominación de ese culto, porque es un Dios santo, celoso y vengativo, y no perdonará este vuestro crimen aunque le adoréis”[56]

                                                                      

De todo esto debemos concluir que es muy probable, como ya hemos dicho en las primeras hojas, que los marranos no fueran bien vistos ni por los judíos ni por los cristianos, pero eso no supone que no hubiera “criptojudíos” que se hubieran cambiado de religión simplemente por motivos sociales.



 

5. LA EXPULSIÓN

5.1. Los decretos

 

Al hablar de la expulsión debemos hablar de tres decretos: el escrito por el Inquisidor general fray Tomás de Torquemada, el firmado por el rey don Fernando para la Corona de Aragón y el suscrito por Isabel y Fernando para los territorios de Castilla[57]. El primero se fecha el 20 de marzo de 1492 y los otros dos el 31 del mimo mes.

 

Ya en la carta de Torquemada a las autoridades civiles y religiosas de los obispados, se pide que se expulse a los judíos, lo cual da cuenta de la influencia del clérigo entre los monarcas. Cabría preguntarse hasta qué punto esta ordenanza era legal, porque ya hemos mencionado anteriormente que la Santa Inquisición no tenía autoridad alguna sobre la comunidad judía, con todo, impulsó el posterior edicto de los reyes.

 

En los tres documentos se menciona como motivo de la expulsión el mencionado anteriormente, la defensa y exaltación de la Fe católica, pero en el de la Corona de Aragón se dan dos argumentos más: los judíos son ingratos y usureros.

 

“E como los judíos por su propia culpa se han sometido a perpetua servidumbre y sean siervos e cativos nuestros y si son sostenidos y tollerados es por nuestra piedat y gracia, y si se desconocen y son ingratos no bibiendo quietamente y de la manera susodicha es cosa muy justa que pierdan la dicha nuestra gracia e que sin ella sean de nos tratados como hereges (...). y sobre esto anyadiendo a su inquieto y perverso vivir, fallamos los dichos judñios por medio de grandissimas e insuportables usuras devorar y absorber las faziendas y sustancias de los christanos”[58]

 

Asimismo, señalan que esta es la última opción que les queda puesto que las medidas tomadas hasta el momento no habían sido suficientes:

 

“En las cortes que hizimos en la çibdad de Toledo el año pasado de mill e quatroçientos e ochenta años, mandamos apartar a los dichos judíos en todas las çibdades e villas e lugares de los nuestros reynos e señorios e dalles juderías e lugares apartados donde bibiesen, esperando que con su apartamiento se remediaria. E otrosi obimos procurado e dado orden, como se hiziesen inquisiçion en los dichos nuestros reynos e señorios, la qual como sabeys ha mas de doze años que se a fecho e faze, e por ella se an hallado muchos culpantes según es notorio e según somos  ynformados de los ynquisidores e de otras muchas personas religiosas, eclesiásticas e seglares, consta e pareçe el gran daño que a los christianos se a seguido e sigue de la participaçion, conversaçion y comunicaçion que han tenido e  tienen con los judíos, los quales se prueba que se procuran siempre, por quantas bias e maneras pueden, de subvertir e subtraer de nuestra Santa Fe Catolica a los fieles christianos”[59]

 

Con estos decretos los reyes no querían ir en contra del derecho que siempre habían defendido, por lo que establecieron una serie de condiciones con las que intentaba, en la medida de lo posible, ser justos[60]:

 

-       La existencia de un delito social, la “herética pravedad” (además de la usura en Aragón) que pudiera justificar su expulsión. De esta forma se acogían al “ralliement” o mal menor que años después defendería León XIII.

-       Se les concedía un plazo de cuatro meses para que pudieran decidir si convertirse y quedarse o permanecer fieles a su fe y marcharse.

-       Se da a los judíos la posibilidad de llevarse sus bienes muebles y vender los inmuebles antes de su partida, aunque manteniéndose una ley ya existente se les prohibía llevarse oro y plata.

 

De este modo, se explica en los documentos cómo debía organizarse la salida, dándoles de plaza hasta el 31 de julio de ese año para que

 

“Salgan de todos los dichos nuestro reinos e señoríos con sus hijos e hijas, criados e criadas e familiares judios, asi grandes como pequeños, de qualquier hedad que sean, e non sean osados de tornar a ellos ni estar en ellos ni en parte alguna de ellos de  bibienda ni de paso ni en otra manera alguna, so pena que si no lo hiziesen e cumpliesen asi e fueren hallados estar en los dichos nuestros reynos e señorios e benir a ellos en cqualquier manera yncurran en pena de muerte e cpnfiscaçion de todos sus bienes para la nuestra camara e fisco”[61]

 

Asimismo siguiendo la tradición antes mencionada, se comprometen a proteger a los judíos hasta su marcha, aunque al mismo tiempo se pide a los cristianos que no les den protección bajo penas muy graves.

5.2. Las consecuencias

 

Los investigadores no se ponen de acuerdo sobre si los reyes católicos preferían la conversión de los judíos o que éstos abandonaran sus reinos. Sea como fuere, parece que el número de desterrados superó ampliamente al de convertidos[62], algo que se explica por lo dicho anteriormente: los judíos que no habían “sucumbido” al cristianismo y a las persecuciones tenían una fe muy fuerte. Además, los rabinos compararon esta salida con el Éxodo de Egipto y les animaban diciendo que no tardaría en producirse una nueva manifestación de Dios[63].

 

En el lado contrario, los judíos que se convirtieron entraron a engrosar la lista de los “conversos”, que siguieron siendo considerados inferiores a los cristianos viejos, por lo menos para las masas populares.

 

Según la crónica de Bernáldez, una de las pocas que se conservan sobre la expulsión, habrían salido de España unos 170.000 judíos, si bien trabajos más recientes han reducido esos números hasta los 50.000, teniendo en cuenta que algunos regresaron[64]. Asunción Blasco, remitiéndose a un congreso celebrado en 1992 en Jerusalén, habla de 100.000 exiliados[65], mientras que Elliot lo cifra entre 120.000 y 150.000[66].

 

Muchos de los expulsados se refugiaron en Portugal y Navarra, aunque pocos años después (1496 y 1498 respectivamente) sufrieron el mismo drama. Otros marcharon al sur de Francia, los Países Bajos, el norte de África o el Imperio Otomano, siendo estos últimos los más afortunados en su recibimiento.

 

En estas zonas, sobre todo en Turquía, se crearon las comunidades sefardíes de judíos hispanos donde trataron de conservar su propia cultura, lo cual explica el que todavía en algunos zonas se haya mantenido el castellano. Prueba de que los judíos se sintieron desahuciados de su propia patria la encontramos en el siguiente texto de Yosef ben Meir Garzón:

 

“Si el rey de España nos hubiera enviado a nuestro país, no nos habría expulsado.  Pero fuimos expulsados de nuestro país de modo que cada cual se dirigiera a un país extranjeros, y por eso lo llamamos expulsión”[67]

 

En cuanto a las consecuencias económicas, se piensa que incidió negativamente en la economía urbana, pero que no fue tan dramático como muchas veces se ha planteado. Hay que partir de que la mayor parte de los judíos ricos se habían convertido o exiliado con antelación y que la mayoría de los que marcharon eran pequeños mercaderes, artesanos, pequeños financieros[68]...

 

Frente a lo enunciado, Elliot aporta unos datos mucho más negativos que podemos considerar superados por buena parte de la historiografía. Señala que los recursos con los que contaba España para llevar a cabo grandes empresas se vieron inevitablemente reducidos con la expulsión y que el vacío dejado por los judíos fue ocupado por banqueros italianos y flamencos que aprovecharon la ocasión para “explotar” a España[69].



 

6. CONCLUSIÓN

 

Después de estas páginas podemos concluir que la expulsión de los judíos llevada a cabo por los reyes católicos fue una cuestión de “interés nacional”. La presión popular, las motivaciones políticas, pero sobre todo el trasfondo religioso, “obligaron” a los monarcas a decidirse por una solución tan drástica.

 

Parece evidente que las razones económicas, si bien pudieron tener una pequeña influencia, no fueron en ningún caso el desencadenante de la cuestión. Y en lo que respecta a Netanyahu, aporta unos datos muy interesantes, pero cuya interpretación no acaba de convencer a los historiadores.

 

La expulsión igualó definitivamente a España con el resto de países europeos, expulsando de sus fronteras a las comunidades no cristianas. El ideal de “una nación, una misma fe” que venía fraguándose desde época medieval llegó a su apogeo en el siglo XVI. Después de la revolución de Lutero y del fracaso en los intentos por restablecer la unidad religiosa de la cristiandad, se llegará al principio cujus regio ejus religio que triunfa en la paz de Augsburgo de 1522 y en los tratados de Westfalia. Podemos considerar que Isabel y Fernando hicieron lo que se esperaba de unos monarcas cristianos que además habían recibido del Papa el título de “católicos”, aunque no dudamos de que dicha decisión fue difícil por las buenas relaciones que ellos mismo mantenían con algunos judíos.

 

Con todo hay que decir que decir que, pese a la expulsión, desde finales del siglo XVI volvemos a encontrar judíos en España. La mayor parte de ellos llegaron procedentes de Portugal, especialmente a partir de la unión de reinos que se produjo en 1580. Pese a que como hemos mencionado anteriormente los judíos portugueses habían sido expulsados en 1496, muchos de ellos fueron obligados al bautismo consiguiéndose así conversiones poco sinceras. Al no instaurase la Inquisición en Portugal hasta 1536, los conversos vivieron con cierta libertad, practicando el criptojudaísmo y dedicándose al comercio ultramarino del imperio portugués. Cuando éste decreció, sus miradas se dirigieron a España, donde fueron bien acogidos como aliados económicos[70]. Dicho lo cual, entre el pueblo los judíos seguían sin estar bien considerados y el mejor ejemplo que podemos encontrar sobre esto es la obra de Execración contra los judíos de Quevedo, fechada en 1633.

 

Apéndice documental

1. Carta de Fray Tomás de Torquemada al obispo de Gerona expulsando a los judíos de esa ciudad y de su diócesis.

 

Archivo de la Cronoa de Aragón, Real Patrimonio. Apéndice general, v. 88. fols. 3-13. Publicado por Rafael CONDE, La expulsión de los judíos de la Corona de Aragçon. Documentos para su estudio, Zaragoza: Intitucuíon Fernando el Católico, 1991. Apéndice 1, pp. 197-199.

 

Santa Fe, 20 de marzo de 1492

 

Littera dicti reverendi Inquisitoris

 

Muy ilustre senyor don Enrique, infante de Aragon e visorey en el Principado de Cathalunya por el rey nuestro senyor. Yo, fray Tomás de Torracremada, del Orden de Predicadores, prior del monasterio de Santa Cruç de Segovya, confessor y del Consejo del Rey de la Reyna, nuestros senyores, Inquisidor General de la Heretica Pravidad en todos sus reynos y senyorios dados y deputado por la Sancta Sede Apostolica, notifico y fago saber a vuestra illustre senyoria e al muy reverendo senyor Obispo de gerona y a sus vicarios generales y officiales y a los otros juezes eclesiasticos e al portantevus de Governaodr Gnereal del dicho Principado y al baylle, vaguer, consejeros, jurados, paeres, alguaziles y a todos qualesquiera otros officiales y sus lugartenientes e qualesquiere scuderos, hombres buenos de la dicha cibdad e obispado de Gerona y de las otras vilas e lugares dell, y a todos y qualquiera personas particulares assi eclesiasticas como seglares de cualquier stado e condicion que sean, e a cada uno e a cualquiera dellos a quien esta mi carta fue mostrada y della supieran, que de la Inquisición que en stes reynos e en ese obispado se a fecho e face a parecido y consta por los processos y actos dello en el gran danyo que a los cristianos se les a seguido de la participacion, conversacion e comunicación que han tenido con los judios. Se prueva que ha procurado con diversas vias, formas e maneras pudieren subgaer de nuestra Sancta Fe Catholica y apartar della y traher e pervertir a su danyada creencia y opinion, instruiondoles en les cerimonias y observancias de su ley, faziendo ayuntamientos donde les leyan e ensenyaraven lo que habian de tener y mantener y guardar en observancia de la dicha ley, procurando de circuncidar a ellos y a sus fijos, dandoles libros por donde deprensiessen les oraciones que havien de fazer cada anyo, e juntandose con ellos en los tiempos de sus ayunos a ller e enseyarles las istorias de su ley, notificandoles las pascuas, fiestas, ayunos antes que viniyesen, avisandoles de lo que havien de guardar e fazer, dandoles e levandoles de sus manos pan acimo e carnes muertas con sus serimonias para celebrar las dichas fiestas y pascuas, instruyendoles en les coses de que se havien de apartar, asi en los comeres como en las otras cosas, persuadiendoles en quanto podian teniessen e guardasen su ley, fasiendoles entender que la laey de los crhistianos es burla e que los crhistianos son ydolatras, segund que todo pereçe y consta por grande numero de testigos e confessiones, assi de los dichos judios como de los que fueren pervertidos y enganiados por ellos, lo qual ha redundando en gran danyo y detrimento e oprobio de nuestra Sancta Fe Catholica, segund que es manifiesto e notorio a todos los destos reynos e dese obispado.

 

E porque conviene remediar como cessar tant gran oprobio e offensa de la religion crhisitiana e non haia lugar de mas offendella, asi en los que aquí Dios a querido guardar como en los que caeron y se emandaron y se han reduzido a nuestra madre Sancta Yglesia conosciendo y confessando sus errores han fecha penitencia dellos, no haian de tornar a reincidir en ellos. La qual, segund la flaquesa de nuestra humanidad y sciencia y sucgestion diabolica que nos guarrea ligerament podria si la causa principal no se quitase participacion e comunicación que los judios fasta aquí han tenido y les han puesto y doctrinado en ello, acordé de lo notificar y aser saber al Rey y a la Reyna nuestros senyores.

 

E como querer que sus Altezas, como catholicos principes, acordaron de provaher cerca dello, obieron por bien que jo proviesa por mi officio en la forma seguient, por ende, con voluntat y consentimiento de sus Altezas, acordé de dar y doy sta mi carta, por el tenor del qual mando a todos y a qualesquiera judios y judias de quialquiera edat que sean de la dicha cibdat y obispado de Gerona e de todas sus villas y lugares y a cada uno y a qualquiere dellos que, fasta en la fin del mes de lulio, primero que verna deste presente anno, salgan e se absenten e vagen de la dicha cibdad e de todo su obispado e villas e lugares dell con todos sus fijos e fijas e familiares, criados e criadas; e no vuelven ni tornen ni entren perpetuamente en ell ni en parte alguna dell, apercibiendolos que , si aci no lo fasieran e complieran e fueran fallados en la dicha cibdad e obispado e en sus terminos, que procederé y manderé proceder contra ellos segund e como fallare por derecho.

 

E porque sto se pueda maior cumplir e exequtar, exorto e suplica a vuestra muy ilustre Senyoria y al muy reverndo senyor obispo y a sus vicarios generales e oficiales e a otros cualesquiera scuderos, ombres buenos de la dicha cibdad de Gerona e de las otras vilas e lugares del dicho su obispado e a todos qualesquiera personas partculares asi ecelsiasticas como seculares de cualquier stado y condicion que sena y a cada uno y qualquiere de vosotros que fagades gardar y complir todo lo contenido en sta mi carta y cada cosa y parte dello. E si los dichos judios e qualquiere dellos no fizieron e complieron lo por mi a ellos mandado en el suso dicho e fueran rebelles e inobedientes a mis mandamientos, dentro de otros nueve dies primeros seguientes despues de passado el dicho termino, que assi assigno, los quelaes vos do por tres canonicas moniciones y termino prempemptorio, dandovos tres dies por cada termino y dilacion, non particypeis nin comuniqueús en publico ni en occulto con los dichos judios y judias o con alguno dellos ni los recepteys ni recebays en vustros lugares e cases  ni favorescays ni deys ni fagays dan mantenimiento nin viandas algunas pora sus sutenctacion no tracteys con ellos en comprar, vender o trocar o cambiar o fazer otras cualesquiera cosas, e los aparteys de vuestro comercio e participacion en todas les cosas, e agora n en algun tiepo ni por alguna manera consentays, permitays ni deys lugar que algunos de los dichos judios e judias vecinos de la dicha cibdad de Gerona e su obispado e en todas les otras us villas e lugares ni otros qualesquiera de otras partes moren e vengan ni estan en esa dicha cibdat ni en todo su obispado. E ansi lo faciendo  e compliendo, fareys lo que debeys al servicio de nuestro Senyor e ensalcimiento de Nuestra Sancta Fe Catholica.

 

En otra manera, lo contrario faziendo o el termino pessado, repetidas las dichas canonocas moniciones, dende agora por stonces e stonce por agora, ponemos e promulgamos sentencia de excomunion maior en vos y en cada uno de vos que lo contario fazieredes o fazieren en stos scritos y por ellos, la absolucion de la qual en mi reservo. E so la dicha pena e sentencia de excomunicacion, mando a los dicho juezes e officiales seculares de la dicha cibdad e de las dichas villas e lugares del dicho obispado cada que fueron sobre ellos requeridos. E a los scrivanos assi mesmo fueran requiridos en fe e testimonio de la dicha lectura e publicacion y auctentica forma. E assi mesmo, mando en virtut de obediencia a todos los curas e benefficiados de todas las yglesias de la dicha cibdat e obispado que los deies de los domingos y fiestes, quando acharan les plegarias, publiquen a sus parrochianos como los dichos judios han de salir dentro del dicho tempo e como dende en adelante non pueden comunicar con ellos so pena de exomunicacion.

 

En testimonio de lo qual mandamos da e dimos esta nuestra carta firmad de nuestro nombre e sellada en nuestro sello referrendada de nuestro secreto, dada en la volla de Sancta Fe aveunte dies del mes de março, anno del nacimiento de nuestro Salvador Jhesucrhisto de mil e quatrocientos noventa y dos anyos.

 

Fray Thomas, Prior et Inquisitor Generalis. Por mandado de su reverencia paternidad: Johan de Revenga

2. Real provisión de los reyes para la corona de Castilla

 

Archivo General de Simancas, Patronato Real, leg. 28, fol. 6. Publicado por Luis SUÁREZ FERNÁNDEZ, Documentos acercada de la Expulsión de los judíos. Valladolid .CSIC,1964, nº 177,pp. 391-395.

 

Granada , 31 de marzo de 1492

           

Don Fernando e doña Isabel, por la graçia de Dios rey e reyna  de Castilla, de León, de Aragón, de Seçilia, de Granada, de Toledo, de Valençia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Çerdeña, de Córdoba, de Córçega, de Murçia, de Jaén, de Algarbe, de Algezira, de Gibraltar e de yslas Canaria, conde e condesa de Barçelona e señores de Vizcaya e de Molina, duques de Athenas e de Neopatria, condes de Rosellon e de Çerdania, marqueses  de Oristan e de Goçiano, al prínçipe don Juan, nuestro muy caro e muy amado hijo, e a los ynfantes, perlados, duques, marqueses, condes , maestres de las ordenes, priores, ricos omes, comendadores, alcaydos de los castillos e casas fuertes de nuestros reynos e señorios e a los conçejos, corregidores, alcaldes, alguaziles, merinos, caballeros, escuderos, ofiçiales e omes buenos de la muy leal çibdad de Burgos e de las otras  çiudaes e villas e lugares de su obispado e de los otros arçobispados e obispados e diócesis de los nuestros reynos e señorios e a las aljamas de los judíos de  la dicha çibdad de Burgos e de todas las dichas çibdades de villas e lugares de los dichos nuestros reynos e señorios e a todos los judíos e personas singulares dellos, así barones como mugeres de qualquier ley, estado, dignidad, preminençia e condiçion que sean, a quien lo de yuso en esta nuestra carta contenido atañe o atañer puede en qualquier manera, salud e graçia.

 

Bien sabedes o debedes saber que porque nos  fuimos informados que en estos nuestros reynos abia algunos malos christianos que judiçaban e apostataban de nuestra santa Fe católica , de lo qual hera mucha causa la comuniçacion de los judíos con los christianos, en las cortes que hizimos en la çibdad de Toledo el año pasado de mill e quatroçientos e ochenta años, mandamos apartar a los dichos judíos en todas las çibdades e villas e lugares de los nuestros reynos e señorios e dalles juderías e lugares apartados donde bibiesen, esperando que con su apartamiento se remediaria. E otrosi obimos procurado e dado orden, como se hiziesen inquisiçion en los dichos nuestros reynos e señorios, la qual como sabeys ha mas de doze años que se a fecho e faze, e por ella se an hallado muchos culpantes según es notorio e según somos  ynformados de los ynquisidores e de otras muchas personas religiosas, eclesiásticas e seglares, consta e pareçe el gran daño que a los christianos se a seguido e sigue de la participaçion, conversaçion y comunicaçion que han tenido e  tienen con los judíos, los quales se prueba que se procuran siempre, por quantas bias e maneras pueden, de subvertir e subtraer de nuestra Santa Fe Catolica a los fieles christianos e los apatar della e atraer e perbertir a su dañada creençia e opininion, ynstruyéndolos en las çeremonias  e obserbançias de su ley, haziendo ayuntamientos donde les leen e enseñan lo que han de creer e guardar según su ley, procurando de çircunçidar a ellos e a sus fijos, dandoles libros por donde rezasen sus oraçiones e declarandoles los ayunos que han de ayunar e juntandose con ellos a leer y enseñarles las ystorias de su ley , notificandoles las pascuas antes de que vengan , avisandoles de lo que en ellas han de guardar  y hazer , dandoles y llebandoles de su casa el pan çençeño e carnes muertas con çerimonias, instruyendoles de las cosas que se an de apartar, asi en los comeres como en las otras cosas por obserbançia de su ley e persuadiéndoles en quanto pueden a que tengan e guarden la ley de Muysen, haziendoles entender que non ay otra ley ni verdad salvo aquella .Lo qual consta por muchos dichos e confesiones, asi de los mismos judios como los que fueron pervertidos y engañados por ellos, lo qual ha redundado en gran daño, detrimento e oprobio de nuestras santa Fe catolica .

 

Y como quiera que de mucha parte desto fuimos ynformados antes de agora u conoçemos que el remedio verdadero de todos estos años e ynconbinientes estaba en aprestar del todo la comunicaçion de los dichos judios con los christianos  e hecharlos de todos nuestros reynos, quisimos nos contentar con mandarlos salir de todas las cibdades e villas e lugares del andaluzia , donde pareçia que abian fecho mayor daño, creyendo que aquello bastaria para que los de las otras çiudades e villas e lugares de los nuestros reynos e señorios çesasen de hazer e cometer lo suso dicho. E porque somos ynformados que aquello ni las justiçias que se an fecho en algunos de los dichos judios que se an fallado muy culpantes en los dichos crimines e delitos contra nuestra santa Fe catolica no basta para entero remedio para obviar e remediar como çese tan gran obprobio e ofensa de la fe y religion christiana, porque cada dia se halla e pareçe que los dichos judios creçen en continuar su malo y dañado proposito donde biven e conversan, y porque no aya lugar de mas ofender a nuestra santa Fe, asi que Dios hasta aquí ha querido guardar como en los que cayeron, se enmendaron e reduzieron a la santa Madre Yglesia, lo qual según la flaqueza de nuestra humanidad e abstucia e subgesçion diabolica que continuo nos guarrea ligeramente podria acaesçer si la causa prençipal desto no se quita, que es hechar los judios de nuestros reynos. Porque quando algun grave y detestable crimen es cometido por algunos de algun colegio o unibersidad es razon que el tal colegio e unibersidad sean disolvidos e anihilados e los menores por los mayores e los unos por los otros punidos, e que aquellos que perbierten el bien e onesto bevir de las çibdades e villas e por contagio pueden dañar a los otros sean expelidos de los pueblos e aun por otras mas leves causas que sean en daño de la republica, quanto mas por el mayor de los crimines e mas peligrosos e contagioso como lo de este.

 

Por ende nos, con consejo e pareçer de algunos perlados se grandes e cavalleros de nuestros reynos e de otras personas de çiençia e conçiencia de nuestro consejo, abiendo abido sobre ello mucha deliberaçion, acordamos de mandar salir todos los dichos judios e judias de nuestros reynos e que jamas tornen ni vuelvan a ellos ni a alguno dellos. Y sobre ello mandamos dar esta nuestra carta, por la qual mandamos a todos los judios e judias de qualquier hedad que sean que biben e moran en los dichos nuestros reynos e señoríos, asi los naturales dellos como los non naturales, que en qualquier manera e por qualquier causa ayan benido e esten en ellos, que faltan en fin del mes de jullio primero que biene de este presente año salgan de todos los dichos nuestro reinos e señoríos con sus hijos e hijas, criados e criadas e familiares judios, asi grandes como pequeños, de qualquier hedad que sean, e non sean osados de tornar a ellos ni estar en ellos ni en parte alguna de ellos de  bibienda ni de paso ni en otra manera alguna, so pena que si no lo hiziesen e cumpliesen asi e fueren hallados estar en los dichos nuestros reynos e señorios e benir a ellos en cqualquier manera yncurran en pena de muerte e cpnfiscaçion de todos sus bienes para la nuestra camara e fisco, en las quales penas yncurran por ese mismo fecho e derecho son otro proçeso, sentenía ni declaración. E mandamos e defendemos que ningunas ni algunas personas de los dichos nuestros reynos de qualquier estado, condiçion, dignidad que sean, non sean osados de resçebir ni acoger ni defender ni tener publica ni secretamente judio ni judia, pasado el termino de fin de jullio en adelante para siempre jamas, en sus tierras ni en sus casas nin en otra parte alguna de los dichos nuestros reynos e señorios so pena de perdimiento de todos sus bienes, vasallos e fortalezas e otros herdamientos e otrosi de perder qualesquier merédes que de nos tengan para la nuestra camara e fisco.

 

E porque los dichos judios e judias puedan durante el dicho tiempo fasta el fin del dicho mes de jullio mejor disponer de se e de sus bienes e hazienda, por la presente los tomamos e recibimos so nuestro seguro e anparo e defendimiento real e los aseguramos a ellos e a sus bienes para que durante el dicho tiempo fasta el dicho dia a fin del dicho mes de jullio puedan andar e estar seguros e puedan entrar e vender e trocar e enagenar todos sus bienes muebles e raíces disponer dellos libremente a su voluntad, e que durante el dicho tiempo no les sea fecho mal ni daño desaguisado alguno en sus personas ni en sus bienes contra justicia, so las penas en que cayen e yncurren los que quebrantan nuestros seguro real. E así mismo damos licencia e facultad a los dichos judios e judias que puedan sacar fuera de todos los dichos nuestros reynos e señorios sus bienes e hazienda por mar e por tierra, con tanto que no saquen oro, ni plata, ni moneda amonedada, ni las otras cosas vedadas por las leys de nuestros reynos salvo en mercaderias que nos sean cosas vedadas o en canbios.

 

E otrosi mandamos a todos los concejos, justicias, regidores, cavalleros, escuderos, ofiçiciales e omes buenos de la dicha çibdad de Burgos e de las otras çibdades e villas e lugares de los nuestros reynos y señorios e a todos los nuestros vasallos, subditos e naturales que guarden, cumplan e fagan cumplir esta nuestra carta e todo lo que en ella contenido e den e fagan dar todo el fabor e ayuda que para ello fuere menester, so pena de la nuestra merced e de confiscación de todos sus bienes e oficios para nuestra camara e fisco. E porque esto pueda benir a noticia de todos e ninguno pueda pretender ignorancia, mandamos que esta nuestra carta sea pregonada por las plazas e lugares acostumbrados desa dicha çcibdad  de las principales çibdades e villas e lugares de su obispado por pregonero e ante escrivano publico. E los unos ni los otros non fagades ni fagan ende al por alguna manera so pena de la nuestra merced e de pribaçion de los oficios e confiscaçion de los bienes a cada uno que lo contrario faziere. E demas mandamos al omme que les esta nuetra carta mostrare que los emplaçe que parezcan ante nos en nuestra corte, doquier que nos seamos del dia que los enplazare, fasta quinze dias primeros siguientes so la dicha pena, so la qual mandamos a cualquier escrivano publico que para esto fuere llemado que dé ende al que vos la mostrare testimonio, signado con su signo, porque nos sepamos como se cumple nuestro mandado.

 

Dada en la nuestra çibdad de Granada a XXXI del mes de março año del nacimiento de nuestro Señor Ihesuchristo de mil e quatroçientos e nobenta e dos años.

 

Yo el rey. Yo la reina

 

Yo Juan de Coloma, secretario del Rey e de la reyna, nuestros señores, la fize escribir por su mandado.

 

3. Real provisión del rey don Fernando para la corona de Aragón

 

Archivo de la Corona de Aragón, registro de chancillería 3665 bis, folios 129v-131. Publicado por Rafael CONDE, La expulsión de los judíos de la Corona de Aragón, pp. 41-44.

 

Granada, 31 de marzo de 1492

 

Super expulsione judeorum a regnii et dominiis serenissimi domini Regis tam occiduis quam oreintalibus.

 

Nos don fernando etc, al illustrismo principe don johan, nuestro muy caroe muy amado primogénito e universal sucesor e nuestros reynos y tierras, salut e paternal benediccion. E a los lugartientes generales nuestros, arçobispos, obispos y otros qualesqiuere prelados, y a los duques, marqueses, condes e vizcondes, nobles, varones y a quelaesquiere que se digan senyores vasallos, e a los gobernadores, justicias, bayles, merinos e otros cualesquiere officiales nuestros e de nuestros reynos y senyorios, e de las ciudades, villas e logares delllos y de cada uno dellos mayores y menores, e a las dichas ciudades, villas e logares, e a los concejos dellos y dellas, y a todos y qualesquiere subditos y naturales nuestros de qualquiiere stado, grado, sexo, dignidat e condicion sean, salut e dilection. E a las aljamas de judios e a cada una dellas zy a qualesquiere judios, hombres y mugeres en qualquiere edat constituydos e constituydas en nuestros senyorios, assi de aqua mar como de alla mar, stantes y habitantes, notificamos y vos fazemos saber como, por los padres inquisidores de la heregia y apostasia en las diocesis de nuestros reynos y senyorios puestos y constituidos, somos informados haver fallado muchos y diversos crhistianos haver tornado y passado a los rytos judaicos y star y vivir en la ley y supersiticion judaica, faziendo sus ceremonias, blasfemando el santo nombre de Jhesuchristi nuestro senyor y redemptor, apartandose de a doctrina evangelica y de su sanctissima ley y del verdadero culto de aquella, e que de la dicha hergia y apostasia han seydo causa los judios y judias que en los dichos nuestros reynos y senyorios moran y habitan por la conversación y comunicación que con los dichos crhristianos tenian y tienen, los queales postposado nuestro temor, con grande studio, cura y soliítud los induzian y atrahian a la dicha ley mosayca, docmatizando y enseyandoles los preceptos y ceremonias de aquella y faziendololes guardar el sabado y las pascuas y fiestas dellas.

 

Por lo qual, los dichos padres inquisidores de algunas ciudades y tierras nuestras, de nuestra voluntad y peermiso, echaron los judios y judias que en ellos stavan, reputando que los crhistianos, para que fuessen de judayzar apartados y en la Sanca Fe Catholica impuestos y habituados, no podian ser en otra manera remediados, persuadiendonos el venrable prior de Sancta Cruz, General Inquisidor de la dicha herética pravedad en los reynos y senyorios nuestros, por descargo de su oficio y de nuestra real consciencia, que para extirpar del todo la dicha heregia y apostasia de todos los dichos nuestros reynos y senyorios echassemos dellos perpetuamente e para siempre los dichos judios y judias, diziendo que las lepra y tan contagiosa, si no con la dicha expulsión, no era posible remediar, y que a él, por el cargo que tenia, le convinia de lo assi proveer, suplicandonos  le diesemos para ello nuestro consentimiento y favor, lo mismo proveyendo y mandando. E nos, que precipuamente desseamos que en nuestros tiempos la Sancta Fe Catholica sea prosperada y enxcaláda y la heretica pravidat de nuestros reynos y senyorios sea del todo extirpada, con madura y provida deliberacion de nuestro sacro Real concejo, recebida mayor informaíon de la dicha diabolica y perfida induccion y suggestion de los dichos judios, de la qual nuestra real consciencia es verdaderamente infromada y certificada, fallamos la natura y condicion de los judios por su afectada ceguedat y grande obstinacion ser studiosa y sollicita y ahun atrevida a subvertir los christianos y astuta y muy cautelosa para traherlos a su perfidia judayca, mayormente aquellos que, por venir dellos, reputan que los pueden mas facilmente pervertir.

 

E como los judios por su propia culpa sean sometidos a perpetua servidumbre y sean siervos e cativos nuestros y si son sostenidos y tollerados es por nuestra piedat y gracia, y si se desconocen y son ingratos no biviendo quietamente y de la manera susodicha es cosa muy justa que pierdan la dicha nuestra gracia e que sin ella sean de nos tratados como hereges y fautores de la dicha heregia y apostasia, por el qual crimen cometido por alghunos de algun collegio o unviersidat es razon que la tal universidat y collegio sean disolvidos y anichilados y los menores por los mayores y los unos por los otros punidos. Y sobre sto, anyadiendo a su inquieto y perverso vivir, fallamos los dichos judios por medio de grandissimas e insuportables usuras devorar y absorber las faziendas y sustancias de los crhistianos, exerciendo iniquamente y sin piedat la pravidat usuraria contra los dichos crhistianos publicamente y manifiesta, como contra enemigos, y reputandolos ydolatras, de lo qual grabes querellas de nuestros subditos y naturales a nuestras orejas han pervenido; y como quiera que hayamos entendido en ello, con suma diligencia havemos conocido stando los dchos judios entrellos no poderse remediar.

 

E ya sea nos fuesse licito y permesso, segund su prefidia y segund los dichos actos tan nefarios y detestables por ellos cometidos, de los quales es cierto que por su obstinada infidelidat son incorregibles, punirlos de mayores y mas grandes penas, pero solamente havemos deliberado darles tal pena que, aunque sea menor de la que ellos merecen, reputamos ser cumplida, pues satisface la salud de las animas de los crhistianos subditos y naturales nuestros y porque su salut cinsiste en apartarlos de la platica, conversacion y comunicación de judios y judias, la qual en todo tiempo passado, assi la poca como la mucha, ha causado la dicha heregia y apostasia e depauperacion de las faziendas de los crhistianos. Atendido que los crhistianos que son venidos a alguna tierra por ser manifiestos usurarios y los que pervierten el casto y honesto bivir deven ser de las ciudades y villas expleiidos, esso mismo lo que por contagio pueden danyar a los otros y ahun por otras mas leves causas ahunque no conciernan sino la pulicia y publica utilidat temporal, quanto mas los infieles usurarios, manifiestos seductores de los catholicos y fautores de hereges de entre los catholicos crhristianos por preservacion y conservacion de las animas dellos y de la religion crhistiana deven ser expeliidos y apartados, pues quitando la ocasión de errar es quito el error.

 

E attendido que los cuerpos de todos los judios que en nuestros reynos y senyorios moran son nuestros, de los quales podemos por poderio real e suprema potestat ordenar e disponer a nuestra voluntadm usando del y della por esta tan urgente y necessaria causa; por ende, conformandonos con el dicho Padre prior, Inquisidor General, favoreciendo el Santo Oficio de la dicha Inquisición por cuya auctoridat, catholicamente proveyendo de nuestra voluntad y consentimiento, el dicho Padre por sus letras provee sobre la dicha expulsion general a favor de la fe y por tanto beneficio de las animas, cuerpos, faziendas de los crhistianos subditos nuestros, por este nuestro real edicto perpetuo para siempre valedero, mandamos echar y echamos de todos nuestros reynos y senyorios occiduos y orientales a todos los dichos judios y judias, grandes y pequenyos, que en los dichos reynos y senyorios nuestros stan y se fallan, assi en las tierras realencas como de la Yglesia y en otras de qualesquiere subditos y naturales nuestros y en qualesquiere otrs en los dichos nuestros reynos e senyorios contenidas: los quelaes judios e judias hayan en sean tenidos sallir e salgan de todos los dichos reynos y senyorios nuestros daqui a por todo el mes de jullio primero viniente, de manera que passado el dicho tiempo algun judio ni judia grande ni pequenyo, de qualquiere edat seam no puede star ni ste en parte alguna de los dichos reunos y senyorios nuestros, ni pueden bolver a aquellos para star no passar por ellos o por alguna parte dellos so pena de muerte y de perdiçion de bienes a nuestra camara y fisco aplicaderos, la queal pena sea incurrida ipso facto e sin processo e declaracion alguna.

 

Esta misma pena incurran qualesquiere personas de quantaquiere preheminencia o dignidat y de qualquier stado o condicion sean que despues del dicho tiempo judio o judia de qualquiere edat acogera, terna o receptara en los dichos reynos y senyorios nuestros o en parte alguna dellos, pues por ello los que tal cosa fizieren cometeran crimen de recetadores y fautores de hereges. Pero durante el dicho tiempo e quarenta dias despues que seran sallidos los dichos judios e judias tomamos a ellos y a ellas y los bienes dellos y dellas so nuestro amparo y defendimiento e so la saguridad e salvaguarda real nuestras, de tal manera que ninguno sea osado fazerles mal ni danyo en personas ni bienes suyos, y quien lo fiziere incurra en pena de quebrantador de nuestra real seguridat.

 

Por ende a vos, el dicho illustrisimo Principe, nuestro fijo, el intento nuestro declaramos; a vosotros dichos prelados y ecclesiasticos dezimos, exortamos y encargamos, y a vosotros sobredichos duques, marqueses, condes, vizcondes, nobles, barones, officiales, subditos y naturales nuestros, segund que a cada uno de vos atanye o atanyer puede, mandamos que el presente nuestro edicto e todo lo en el contenido guardeys y cumplays, guardar y cumplir fagays realmente y con efecto, guardando vos los unos y los otros de faxer o consentir directamente o indirectamente lo contrario, si los eclesiasticos nuestra gracia desseys alcançaz y los otros las dichas penas, ira e indignacion nuestras evitar, no obstante qualesquiere leyes, fueros, constituciones, usos y costumbres de los dichos nuestros reynos y senyorios y de cada uno dellos como no puedan comprehender lo contenido en este nuestro edicto ni ordenar o disponer en contarario de aquel, por ser fecho y proveyendo el dicho edicto a fsvor de la Fe, adheriendo y favoreciendo el santo Oficio de la Inquisición por cuya auctoridat la dicha expulsion es proveyda.

 

E atendido que las dichas aljamas de judios e los singulares dellas e otros jdios universalmente y singularmente son tenidos y obligados a crhsitianos proveyemos y mandamos que de sus bienes muebles y sedientes, drechos, nombres y acciones se fga lo que por otra nuestra provision de la data de aquest, que con la presente se publicara, es proveydo, a effecto que sus creadores sean pagados y lo que restare les sea dexado y restituido y se lo puedan liberamente levar segund la forma en la dicha nuestra provision, a la qual nos referimos, contenida. E porque de lo sobredicho ignoranci allegar no se pueda, mandamos lo contenido en la presente sea preconizado por voz de crida publica en las ciudades de los dichos reynos y senyorios nuestros por los lugares acostumbrados dellas. En testimonio de lo qual, mandamos fazer la presente con nuestro sello secreto en el dorso sellada.

 

Dada en la nuestra ciudat de Granada a XXXI dias del mes de março, anyo del naciemieno de nuestro Senyor, mil quatrocientos noventa dos.

 

Yo el rey

 

Dominus rex ex deliberacione regii Consilii mandavit mihi Johanni de Coloma. Visa per generalem thesaurarium. Probata.

 

Bibliografía

-       BLASCO MARTÍNEZ, A., “Razones y consecuencias de una decisión controvertida: la expulsión de los judíos de España en 1492”, Kalakorikos, 10, 2005, pp. 9-36.

-       CABO ASEGUINOLAZA, F., y FERNÁNDEZ MOSQUERA, S., Introducción a QUEVEDO, Execración contra los judíos, Barcelona: Crítica, 1996

-       ELLIOT, J.H., La España Imperial. 1469-1716, Barcelona: Vicens Vives, 2005.

-       HINOJOSA, E., “Los judíos en la España medieval. De la tolerancia a la expulsión” en MARTÍNEZ SAN PEDRO, M.D., (coord.), Los marginados en el mundo medieval y moderno: Almería, 5 a 7 de noviembre de 1998, Almería: Instituto de Estudios Almerienses, 2000, pp. 25-41.

-       MITRE, E., “Otras religiones, ¿otras herejías? (los judíos en el medievo europeo y el especial caso hispánico)”, Hispania Sacra, Vol. 54, Nº 110, pp. 515-552.

-       NETANYAHU, B., Los marranos españoles según las fuentes hebreas de la época (siglos XIV-XVI), Junta de Castilla y León. Consejería de Cultura y Turismo, 1994.

-       PÉREZ, J., Historia de una tragedia. La expulsión de los judíos de España, Barcelona: Crítica, 1993.

-       SUÁREZ, L., La expulsión de los judíos de España, Madrid: editorial Mapfre, 1991.

http://articulosforoarbil.blogspot.com.es/2013/07/1492-la-expulsion-de-los-judios-por.html

01.2014

 

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Extraño que un judío que es el líder de la sinagoga Coral de Moscú, se ocupe de exigir disculpas a España por lo que pasó a los sefardíes, él no lo es, mientras que no se le oye hablar de los progromos que ha sufrido su pueblo durante los zares y la revolución rusa. Sí que ha hablado y mucho del que se sufrió en 1938 a mano de los nazis. ¿No extraña que este individuo sea tan selectivo en sus denuncias?


 

 

Rabino Goldschmidt, déjenos en paz de una vez 

17. 02. 2014-02-17 

A las 12:10 PM, por Luis Fernando 

 

En 1492 España se unió a la lista de países que habían decidido expulsar de sus territorios a los judíos. Efectivamente, la medida fue precedida por otras similares en naciones como Inglaterra, Francia o Alemania, pero a diferencia de lo ocurrido en esas naciones, los Reyes Católicos no actuaron movidos por el ánimo de lucro y sí por cuestiones religiosas. Aparte del caso del niño supuestamente asesinado por judíos en una representación blasfema de la Pasión de Cristo -los historiadores dicen que fue un fraude-, lo que sí era cierto es que ciertos sectores del judaísmo en este país intentaban devolver a la fe talmúdica a algunos de los que se habían convertido previamente al catolicismo. Con esto no digo que estuviera justificada su expulsión. En mi opinión fue sumamente injusta y además una desgracia para España. Eso sí, en ningún otro país se dio una medida como la provisión de 18 de julio de 1492, propuesta por la Reina Isabel, que buscaba evitar y castigar los maltratos contra judíos que habían tenido lugar en algunas poblaciones. Desde luego, nada comparado con lo que un tal Martín Lutero, ex-monje agustino alemán, proponía en su obra “Acerca de los judíos y sus mentiras", de 1543:

 

“¿Qué podemos hacer nosotros, los cristianos, con esa gente rechazada y maldita, los judíos, a los que no podemos aguantar, porque se encuentran en medio de nosotros y sabemos mucho de sus mentiras, sus perversiones y sus maldiciones?…. Y no permiten que los convirtamos. Si deseamos salvar a alguno del fuego y de las cenizas tenemos que emplear una enorme amabilidad junto con la oración y el temor de Dios…

 

Voy a ofrecer una sincera sugerencia:

 

- Primero, prender fuego a las sinagogas y sepultar lo que no pueda quemarse, para que nadie pueda ver de las mismas ni piedra ni resto…;

 

- Segundo, hay que despojarles de sus casas y destruirlas, porque tal y como hemos averiguado, realizan en ellas los mismo actos que en las sinagogas, alojándolos después bajo alguna techumbre o en un establo de vacas, como si fueran gitanos, para que se enteren de que no son señores en nuestro país, como pretenden, sino que se encuentran en exilio y cautiverio…;

 

- Tercero, hay que quitarles los libros de oraciones y los libros del Talmud…;

 

- Cuarto, prohibir a los rabinos que enseñen, so pena de recibir castigos corporales y la muerte…;

 

- Quinto, prohibir totalmente a los judíos andar por los caminos…;

 

- Sexto, prohibir sus negocios usurarios y arrancarles todo el dinero y los objetos valiosos de oro y plata, dejándolos en depósito…;

 

- Séptimo, dar a los judíos y las judías jóvenes y sanos, mazos, azadas y husos para que se ganen el pan con el sudor de su frente… Sin duda, existen razones para temer que serían capaces de hacernos daños.. si fueran siervos nuestros o trabajaran para nosotros…

 

Seamos entonces tan sensatos como los pueblos de Francia, de España, de Bohemia… y expulsémoslos para siempre del país.”

 

Como ven ustedes, en algunas naciones europeas se proponían cosas peores que simplemente expulsarles. Por otra parte, no existe otra nación en el mundo que, a posteriori, haya tratado tan bien a los descendientes de los judíos expulsados siglos atrás. Tanto es así, que hoy un judío que viva en cualquier lugar del mundo, puede obtener la nacionalidad española si demuestra sus orígenes sefardíes.

 

Y sin embargo, el líder de los rabinos europeos, el Sr. Pinchas Goldschmidt, no ha tenido otra idea mejor que solicitar a España que pida perdón por lo que ocurrió hace 522 años:

 

Y creo también que el pueblo judío merece, finalmente, una disculpa. El Gobierno español no se ha disculpado ante los judíos a día de hoy, con el Rey Juan Carlos perdiendo una gran oportunidad durante su visita a una sinagoga en 1992

 

Va más allá y pide que antiguas sinagogas que se usan hoy como museos e iglesias puedan ser dedicados de nuevo al rezo judío, “para así corregir errores históricos“. O sea, más o menos lo mismo que solicitan los musulmanes respecto a la catedral de Córdoba.

 

Mire, sr. Goldschmidt, haga usted el favor de dejarnos en paz. Nosotros no tenemos la culpa de lo que ocurrió hace más de cinco siglos. Y si usted entra en el juego de responsabilizar a los españoles por lo que pasó hace 522 años, abre la puerta a que se responsabilice a su pueblo de lo que ocurrió hace casi dos mil años en las afueras de Jerusalén. O lo que ocurrió en Jamnia medio siglo después, cuando se expulsó sin miramientos a los judeocristianos de las sinagogas. ¿Cómo puede ser tan obtuso como para no entender que sus declaraciones provocan que muchos retomen aquello del pueblo deicida?

 

Además, si le parece, hablamos de expulsiones de pueblos de sus territorios ocurridas no hace siglos sino hace cincuenta años. Puede usted echar un vistazo a Palestina, a ver qué se encuentra ahí.

 

Usted, rabino, es un necio que hace un flaco favor a la causa del judaísmo en Europa y en el mundo. Desde luego, en España estas cosas sientan mal.

 

Hágase un favor a sí mismo y a su gente y lea el capítulo 18 del libro de Ezequiel. Y deje de pedir que los hijos -en este caso tataranietos- se hagan responsables de los pecados de sus padres. A menos, claro, que usted esté de acuerdo que hoy sigue vigente esto: “Y todo el pueblo contestó diciendo: Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos” (Mt 27,25). Yo no creo que eso le afecte ya. Por eso no le solicito que pida perdón. Sí que le vuelvo a decir que nos deje en paz. Y si de paso, acepta a Jesucristo como Señor y Mesías, salvará su alma. Nada mejor puede pasar en su vida.

 

Luis Fernando Pérez Bustamante 

http://infocatolica.com/blog/coradcor.php/1402171210-rabino-goldschmidt-dejenos-en#more23017 

 

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“De la misma manera que la ecología nos habla del respeto a la naturaleza y de la necesidad de conservarla, el ser humano debe respetar su propia naturaleza para no degradarla. Los valores permanentes como la verdad, la dignidad humana, la ley moral natural, etc., no se crean sino que se descubren, son realidades que el hombre y la mujer de hoy han de tener la honradez de querer hallar”. Carlota Sedeño Martínez – Esp. 21. I. MMXIV



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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).