Tuesday 17 January 2017 | Actualizada : 2016-12-24
 
Inicio > Temas Católicos > 1 - Iglesia 1º misterio designio de Dios; Iglesia: antes y después, enseñanza

 

27. La Eucaristía no sólo es expresión de comunión en la vida de la Iglesia; es también proyecto de solidaridad para toda la humanidad. En la celebración eucarística la Iglesia renueva continuamente su conciencia de ser «signo e instrumento» no sólo de la íntima unión con Dios, sino también de la unidad de todo el género humano.[25] La Misa, aun cuando se celebre de manera oculta o en lugares recónditos de la tierra, tiene siempre un carácter de universalidad. El cristiano que participa en la Eucaristía aprende de ella a ser promotor de comunión, de paz y de solidaridad en todas las circunstancias de la vida. La imagen lacerante de nuestro mundo, que ha comenzado el nuevo Milenio con el espectro del terrorismo y la tragedia de la guerra, interpela más que nunca a los cristianos a vivir la Eucaristía como una gran escuela de paz, donde se forman hombres y mujeres que, en los diversos ámbitos de responsabilidad de la vida social, cultural y política, sean artesanos de diálogo y comunión».

 

 

Tras una noche de dura fatiga sin ningún resultado, Jesús invita a Pedro a remar mar adentro y a echar de nuevo la red. Aun cuando esta nueva fatiga parece inútil, Pedro se fía del Señor y responde sin dudar: «Señor, en tu palabra, echaré la red» (Lc 5,4). La red se llena de peces, hasta el punto de romperse. Hoy, después de dos mil años de trabajo en la barca agitada de la Historia, la Iglesia es invitada por Jesús a «remar mar adentro», lejos de la orilla y las seguridades humanas, y a tirar de nuevo la red. Es hora de responder de nuevo con Pedro: «Señor, en tu palabra, echaré la red».

 

 

La Iglesia es evangélica porque evangeliza en la universalidad (Katholikós) de su misión. Y lo hace con el Evangelio que es en primer lugar, la Obra de Cristo, lo que predica y lo que hace Jesucristo. Dar la vida por el Evangelio es lo mismo darla por Cristo Jesús. Y este Evangelio que es la Obra de Jesús, debe ser predicado en el mundo entero Mc. 13,10; 16,15. La Iglesia -solo ella con las palabras de Pedro en la sucesión apostólica- predica al mundo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” Mt.16,18. Y por esta verdad absoluta, ‘las sectas manipuladoras de la Biblia’, o ‘las idolatrías ε?δωλολατρε?α contemporáneas’, la acosan, la persiguen sin tregua hasta el derramamiento de sangre. Como un yunque, en el que se han gastado tantos martillos durante 2000 años, la Iglesia ‘nuevo pueblo de Dios’ (Mc.6,30), -ofrece la salvación- teniendo como destinatarios a todos los pueblos. Esa es su misión católica y catolizante, para quien pregunte: ¿Quién es éste?, lo descubra con Pedro que le confiesa como Mesías (Mc 8,29). Es Jesús que con su obra, nos ha conseguido la salvación. Siendo luz, buena sal y fermento en el mundo, evangeliza la Iglesia Katholikós con su proposición universal; alumbrando el amor y la esperanza a tantos corazones destrozados.

 

Iglesia Católica año 153 - Ya el mártir san Justino, en su Primera Apología, escrita aproximadamente el año 153, proclamaba la realización del versículo del cántico, que dice:  "de Jerusalén saldrá la palabra del Señor" (cf. v. 3). Escribía:  "De Jerusalén salieron doce hombres hacia todo el mundo. Eran ignorantes; no sabían hablar, pero gracias al poder de Dios revelaron a todo el género humano que habían sido enviados por Cristo para enseñar a todos la palabra de Dios. Y nosotros, que antes nos matábamos los unos a los otros, no sólo no luchamos ya contra los enemigos, sino que, para no mentir y no engañar a los que nos interrogan, de buen grado morimos confesando a Cristo" (Primera Apología, 39, 3:  Gli apologeti greci, Roma 1986, p. 118).

 

"Cuando venga el Consolador, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí" (Jn 15, 26).

 

+++

 

La Iglesia es la imagen y figura típica de Dios; también es la imagen del universo, constituido de sustancias visibles e invisibles; del mundo sensible puede ser solamente imagen, como es imagen simbólica del hombre y también imagen y tipo del alma, tomada en absoluto, en cuyo caso representa a la inteligencia mediante el santuario y a la razón mediante el templo, a la vez que lo unifica todo en el misterio del altar. Todo aquel que en verdad sepa iniciarse de manera sabia y clara, hará de su alma una Iglesia de Dios. En efecto, cada hombre es una Iglesia mística. San Máximo el Confesor  (580 - 662) Miembro de una conocida y rica familia de Constantinopla, emprendió una feliz carrera en la corte de Constantinopla, llegando a ser  secretario del emperador Heraclio.

 

+++

Dioclesiano – su reino (284-305) odio contra los cristianos

 

«Es mártir el que, aunque parece que le arrancan la vida con violencia por seguir a Jesucristo, la entrega voluntariamente. San Agustín ha definido lo que hace al mártir: no la condena ni el tormento, sino la causa: por Jesucristo. Los mártires no mueren por cualquier causa, sino por el llamado odio contra la fe, y los mártires de todos los tiempos –también los de los tiempos recientes– expresan el amor hacia Dios por encima de todo. El martirio es la expresión mayor que pueda existir del amor a Dios. Y un amor tan grande es, a su vez, un don de Dios, pues no se funda en la fortaleza humana, sino que proviene de la fortaleza del Espíritu Santo que, en los mártires, a pesar de su debilidad, les lleva a tal grado de amor».

 

+++


LA IGLESIA ES MISTERIO


13. Sabemos muy bien que esto es un misterio. Es el misterio de la Iglesia. Y si nosotros, con la ayuda de Dios, fijamos la mirada del ánimo en este misterio, conseguiremos muchos beneficios espirituales, precisamente aquellos de los cuales creemos que ahora la Iglesia tiene mayor necesidad. La presencia de Cristo, más aún, su misma vida se hará operante en cada una de las almas y en el conjunto del Cuerpo Místico, mediante el ejercicio de la fe viva y vivificante, según la palabra del Apóstol: Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones(24). Y realmente la conciencia del misterio de la Iglesia es un hecho de fe madura y vivida. Produce en las almas aquel sentir de la Iglesia que penetra al cristiano educado en la escuela de la divina palabra, alimentado por la gracia de los Sacramentos y por las inefables inspiraciones del Paráclito, animado a la práctica de las virtudes evangélicas, empapado en la cultura y en la conversación de la comunidad eclesial y profundamente alegre al sentirse revestido con aquel sacerdocio real que es propio del pueblo de Dios(25). El misterio de la Iglesia no es un mero objeto de conocimiento teológico, ha de ser un hecho vivido, del cual el alma fiel aun antes que un claro concepto puede tener una casi connatural experiencia; y la comunidad de los creyentes puede hallar la íntima certeza en su participación en el Cuerpo Místico de Cristo, cuando se da cuenta de que es el ministerio de la Jerarquía eclesiástica el que por divina institución provee a iniciarla, a engendrarla(26), a instruirla, a santificarla, a dirigirla, de tal modo que mediante este bendito canal Cristo difunde en sus místicos miembros las admirables comunicaciones de su verdad y de su gracia, y da a su Cuerpo Místico, mientras peregrina en el tiempo, su visible estructura, su noble unidad, su orgánica funcionalidad, su armónica variedad y su belleza espiritual. No hay imágenes capaces de traducir en conceptos a nosotros accesibles la realidad y la profundidad de este misterio; pero de una especialmente —después de la mencionada del Cuerpo Místico, sugerida por el apóstol Pablo— debemos conservar el recuerdo, porque el mismo Cristo la sugirió, y es la del edificio del cual El es el arquitecto y el constructor, fundado, sí, sobre un hombre naturalmente frágil, pero transformado por El milagrosamente en sólida roca, es decir, dotado de prodigiosa y perenne indefectibilidad: Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (27).

 

(24) Eph. 3, 17.

(25) Cf. 1 Pet. 2, 9.

(26) Cf. Gal. 4, 19; 1 Cor. 4, 15.

(27) Mat. 16, 18.

 

DE LA CARTA ENCÍCLICA ?«ECCLESIAM SUAM» DEL SUMO PONTÍFICE? PABLO VI EL "MANDATO" DE LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO

6 de agosto del año 1964

 

+++


 

A la Iglesia le sienta bien la libertad.

 

 

 

+++

 

 

 

14 Demos gracias a Dios, que siempre nos hace triunfar en Cristo, y por intermedio nuestro propaga en todas partes la fragancia de su conocimiento. 2da. Corintios, cap. 2do.

 

 

 

+++

Pedro mártir crucificado en cruz invertida; Pablo,

mártir decapitado, ambos en ROMA-Italia

 

Santos Mártires de Roma - Santos Protomártires de la Santa Iglesia Romana. Tanto el historiador pagano Tácito, como el Papa Clemente, en su Carta a los Corintios, testifican que muchos cristianos sufrieron martirio en medio de indecibles tormentos con la persecución desencadenada por el emperador Nerón después del incendio de Roma, en el año 64.-

Algunos de ellos fueron quemados como antorchas humanas en los banquetes nocturnos, otros crucificados o echados como alimento de animales salvajes. Estos mártires murieron antes que San Pablo y San Pedro y son llamados "Los discípulos de los Apóstoles".-

Santos Mártires de Roma

Himno

Testigos de la sangre
Con sangre rubricada,
Frutos de amor cortados
Al golpe de la espada.-

Testigos del amor
En sumisión callada;
Canto y cielo en los labios
Al golpe de la espada.-

Testigos del dolor
De vida enamorada;
Diario placer de muerte
Al golpe de la espada.-

Testigos del cansancio
De una vida inmolada
Al golpe de Evangelio
Y al golpe de la espada.-

Demos gracias al Padre
Por la sangre sagrada;
Pidamos ser sus mártires,
Y a cada madrugada
Poder mirar la vida
Al golpe de la espada. Amén

Oración

. Señor, tú que fecundaste con la sangre de numerosos mártires los primeros gérmenes de la Iglesia de Roma, haz que el testimonio que ellos dieron con tanta valentía en el combate fortalezca nuestra fe, para que también nosotros lleguemos a obtener el gozo de la victoria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.-

 

+++

  

El obispo, cualificado por la plenitud del sacramento del Orden, es el administrador de la gracia del sumo sacerdocio, sobre todo en la Eucaristía que él mismo celebra o manda celebrar y por la que la Iglesia vive y se desarrolla sin cesar. Toda legítima celebración de la Eucaristía es dirigida por el obispo, al cual le fue confiada la tarea de ofrecer a la Divina Majestad el culto cristiano y de regularlo según los mandamientos del Señor y las leyes de la Iglesia, que su criterio particular determinará más tarde para su diócesis. De esta manera, los obispos, al orar y trabajar por el pueblo, difunden de muchas maneras y abundantemente la plenitud de la santidad de Cristo. Por medio del ministerio de la Palabra, comunican a los creyentes la fuerza de Dios para la salvación y santifican a los fieles por medio de los sacramentos, cuya administración frecuente y provechosa determinan con su autoridad. Ellos regulan la administración del Bautismo, que da una participación en el sacerdocio real de Cristo. Ellos son los ministros originarios de la Confirmación, y los que realizan las ordenaciones sagradas y fijan la manera de celebrar el sacramento de la Penitencia. Además, animan y enseñan con todo cuidado a su pueblo para que participe en la liturgia, sobre todo en el santo sacrificio de la Misa, con fe y con respeto sagrado. Finalmente, deben ayudar a sus fieles con el ejemplo de su vida, evitando el mal y, con la gracia de Dios, intentando el bien con todas sus fuerzas para llegar a la vida eterna junto con el rebaño que les fue confiado. - Constitución Lumen gentium, 26 – VATICANO II

 

+++

 

Todo nosotros somos la comunidad de los santos; nosotros, bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; nosotros, que vivimos del don de la carne y la sangre de Cristo, por medio del cual quiere transformarnos y hacernos semejantes a sí mismo. Sí, la Iglesia está viva; ésta es la maravillosa experiencia de estos días.

Y la Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma el futuro del mundo y, por tanto, indica también a cada uno de nosotros la vía hacia el futuro. La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia está viva; está viva porque Cristo está vivo, porque él ha resucitado verdaderamente. En el dolor que aparecía en el rostro del Santo Padre en los días de Pascua, hemos contemplado el misterio de la pasión de Cristo y tocado al mismo tiempo sus heridas. Pero en todos estos días también hemos podido tocar, en un sentido profundo, al Resucitado. Hemos podido experimentar la alegría que él ha prometido, después de un breve tiempo de oscuridad, como fruto de su resurrección. ¡La Iglesia está viva!. Somos testigos de la presencia transfigurante de Dios. Estamos inmersos en el gran campo de la construcción del Reino de Dios que se expande en el mundo, en cualquier manifestación de la vida.

La santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor: no es indiferente para él que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. Por eso, los tesoros de la tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en el que todos puedan vivir, sino subyugados al poder de la explotación y la destrucción. La Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud.

El pastor de todos los hombres, el Dios vivo, se ha hecho él mismo cordero, se ha puesto de la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados. Precisamente así se revela Él como el verdadero pastor: “Yo soy el buen pastor [...]. Yo doy mi vida por las ovejas”, dice Jesús de sí mismo (Jn 10, 14s.). No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres. 

“Maestro, por tu palabra echaré las redes”. Se le confió entonces la misión: “No temas, desde ahora serás pescador de hombres” (Lc 5, 1.11). También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera. Los Padres han dedicado también un comentario muy particular a esta tarea singular. Dicen así: para el pez, creado para vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital para convertirlo en alimento del hombre. Pero en la misión del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios. Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo. 

¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida. Amén. S. S. Benedicto XVI  - P.P.  2005.

 

+++

 

LA IGLESIA - El tema del designio de Dios

 

Los cristianos son depositarios de un secreto, pero la mayoría de las veces se comportan como si lo ignoraran. Tienen acceso al misterio "escondido desde los siglos, en Dios" (Ef 3, 9): Jesucristo es el Salvador de la humanidad, y su intervención en este mundo debe ser considerada como el acontecimiento decisivo de la Historia humana. Esta afirmación central de la fe, ¿la llevan los cristianos en el corazón de su existencia? ¿Es de verdad la luz que ilumina su camino? Muchas veces parece que no.

Esta situación se explica si nos referimos a los siglos de cristiandad. Todos los hombres del mundo occidental estaban bautizados y eran considerados cristianos. Pero cuando los cristianos no tienen medios concretos para comprender que su condición normal es la de "estar dispersos" entre los demás hombres, no se ven empujados por las circunstancias a percibir en su interior aquello que es lo específico del cristianismo. Muchas veces, sin darse cuenta, reducen fácilmente esto a algunas exigencias evangélicas, perdiendo de vista que el Evangelio es ante todo una Persona, Alguien. Y entonces se imaginan que el cristiano se distingue del no cristiano por diversas actitudes que le son propias, tales como el desinterés, el amor a los más pobres, etc. Esto, evidentemente, no es falso, pero es incompleto.

 

Hoy, que la Iglesia está un poco por todas partes en estado de misión, cristianos y no cristianos se codean a diario. Este contacto revela a menudo al cristiano que, teniendo todo en cuenta, él no es mejor que los demás, y, suponiendo que la sabiduría en la que se inspira sea superior a cualquier otra, el testimonio que de ella da a los demás no llega nunca hasta donde podría llegar. ¿Dónde está entonces la originalidad del testimonio cristiano en el mundo actual? El Concilio Vaticano II, en la Constitución dogmática sobre la Iglesia, entre otras cosas nos recuerda que todos los hombres, de una manera o de otra, pertenecen al Pueblo de Dios. Pero entonces, ¿por qué se necesita la misión y cuáles son las tareas que dicha misión requiere?

 

En verdad, la única realidad propia del cristianismo tiene un nombre: Jesucristo. En El y solo en El tienen consistencia los designios divinos de salvación. El formulario de la fiesta del Sagrado Corazón nos invita a profundizar en este dato fundamental para ver lo que se deduce de él para la vida cristiana y el contenido del testimonio de la fe.

 

El misterio oculto desde la eternidad en Dios ()

 

Desde toda la eternidad, Dios tuvo el designio de crear por amor y de llamar a los hombres a la filiación adoptiva en unión de vida con el Verbo encarnado, con Cristo recapitulador, a fin de que por su don mutuo, que es el don del Espíritu Santo, se edifique la Familia del Padre. Este designio es, en primer lugar, un designio de salvación, puesto que el hombre no puede dar por sí mismo una respuesta a Dios que tenga la cualidad de ser una respuesta "filial", y el amor divino que le anima es lo suficientemente grande como para alcanzar al hombre, incluso cuando le rechaza e incluso en su pecado.

¿En qué sentido ha permanecido este misterio oculto hasta el momento de la Encarnación del Hijo de Dios? O también, lo que viene a ser lo mismo, ¿por qué Jesús de Nazaret ha intervenido tan tarde en la historia de la humanidad? ¿Qué significado hay que dar a este largo caminar de los hombres, que hay que calcular en un mínimo de quinientos mil años, que es tanto como decir doscientas cincuenta veces el tiempo que nos separa hoy de Jesús?

En primer lugar, que el misterio de la salvación haya permanecido oculto en Dios no significa de ninguna manera el que hasta la Encarnación haya sido solamente un puro proyecto sin ninguna realidad. Por el contrario, hay que afirmar que por parte de Dios todo se ha cumplido desde el principio: la iniciativa divina de la salvación, que tiene lugar en la creación, es la misma que se manifestará en Jesús de Nazaret. La creación del hombre a imagen y semejanza de Dios no es extraña a la acción del Verbo eterno, imagen perfecta del Padre, y la Historia de la humanidad no se puede comprender sin la acción del Espíritu Santo, que es el que reúne a los hombres y da unidad en el amor, porque El es el don mutuo del Padre y del Hijo.

Si el misterio de la salvación, que tiene toda su consistencia en Dios, ha permanecido, sin embargo, oculto a los ojos de los hombres durante tanto tiempo, esto no ha podido ser más que por una razón esencial, relativa a la naturaleza misma de este misterio. La explicación de que la Encarnación tardara tanto tiempo se basa en lo siguiente: la salvación de la humanidad es un misterio de amor y, por consiguiente, un misterio de reciprocidad. A la iniciativa de Dios debe corresponder la respuesta del hombre. Inspirado por el amor, el gesto creador de Dios es infinitamente respetuoso para con el hombre. Este no sale ya completamente fabricado de las manos de Dios, sino que recibe el poder de construirse a sí mismo, de irse elaborando lentamente a través de los años. ¡Cuánto tiempo ha sido necesario para que la humanidad aprenda a hablar y después a escribir! ¡Cuánto tiempo ha sido necesario para que un pueblo llegue al descubrimiento del Dios Todo-Otro, a través de los acontecimientos de su propia historia! Sin duda alguna, el pecado del hombre ha frenado la marcha de la humanidad, invitándola sin cesar a seguir unos caminos que no tenían salida. Pero, de todos modos, se necesitaba mucho tiempo para que la historia humana desembocara en esta mujer humilde, la Virgen María, que es la que ha vivido con toda verdad y con toda lucidez la religión de la Espera o del Adviento. María es la mujer en quien la libertad espiritual del hombre ha producido los más abundantes frutos; la que nos ha manifestado, en el más alto grado, hasta dónde el gesto creador del Amor ha querido manifestar el respeto por el hombre, su criatura. Desde ahora en adelante, la religión de la Espera puede dar lugar a la religión de la Realización. La Encarnación del Hijo de Dios no entrañará para la humanidad ninguna secreta alienación. Jesús, en cuanto hombre, ha sido engendrado por una mujer y preparado por ella para su misión de mediador de la salvación.

 

El designio eterno engendrado en Cristo Jesús nuestro Señor ()

 

La iniciativa divina de gracia en los designios de salvación, que ha estado obrando constantemente durante el período de la historia humana anterior a la venida del Hijo, desemboca en el misterio de la Encarnación. Esta iniciativa divina nos descubre el significado final de la larga marcha de la humanidad hasta llegar a Cristo. Ya desde el principio el llamamiento divino a la filiación adoptiva está grabado, en cierta manera, en el corazón de la libertad humana, impidiendo al hombre el contentarse definitivamente con la posesión de los bienes creados, haciéndole acceder con Israel al plano de la fe, embarcándole en esta extraordinaria aventura espiritual que es la esperanza mesiánica, esta esperanza humana que va a salvar al hombre, ajustándole perfectamente a la iniciativa divina. Pero este plan de Dios desemboca necesariamente en la Encarnación, porque solo el Hombre-Dios puede dar a Dios una respuesta verdaderamente filial, sin dejar por eso un solo momento de ser criatura. Solo el Hombre-Dios puede cerrar de una manera adecuada el lazo de reciprocidad perfecta entre Dios y la humanidad. O, dicho de otro modo: el momento preciso en que la humanidad ha alcanzado en uno de sus miembros su propia cima, es también el momento en que Dios le ha dado el testimonio supremo de su amor: el envío de su Hijo eterno.

El misterio oculto desde todos los siglos ha sido, por fin, revelado. La historia de la salvación comienza verdaderamente en Cristo nuestro Señor. Esto, que es revelado, no es una doctrina, sino la salvación que se ha hecho efectiva. Es el reencuentro del hombre con Dios, que se ha realizado al fin. La iniciativa gratuita del Padre encuentra en Jesús una respuesta perfecta, y la historia de la salvación se manifiesta como una empresa convergente de Dios y el hombre. El Hombre-Dios, el Hombre de entre los hombres que supera con éxito la aventura humana, concilia en su Persona la paradoja esencial de la vocación del hombre: su obediencia de criatura hasta morir en la Cruz es una obediencia filial: la del Unigénito del Padre. En Cristo, la adopción filial se ofrece a todos los hombres, cuya aspiración más íntima ha sido colmada así por encima de toda medida. Todos podrán decir al Padre común un "sí" verdaderamente filial, siendo únicamente, pero de una manera total, fieles a su condición de criatura. Finalmente, el envío del Hijo entraña el envío del Espíritu Santo, que es común al Padre y al Hijo; el Espíritu de amor que sella la unidad de sus relaciones personales. Porque habiéndose asociado en Cristo la humanidad en estas relaciones inefables, el mismo Espíritu que está obrando en la creación desde sus orígenes, también puede ser enviado desde ahora a toda la humanidad, para significar con ello que ha adquirido la adopción filial en el Hijo unigénito y, al mismo tiempo, para sellar en la unidad del amor el reencuentro efectivo de Dios y el hombre.

 

La sabiduría de Dios en su diversidad inmensa, revelada por medio de la Iglesia ()

 

La resurrección de Cristo marca el final del primer acto de la historia de la salvación. Se ha edificado el Templo del reencuentro perfecto de Dios y del hombre. Sus sólidos cimientos se han colocado ya de una manera definitiva. El Cuerpo resucitado de Cristo es ya para siempre el "sacramento" primordial del diálogo de amor entre Dios y la humanidad.

Pero habiéndose dado ya el primer paso, todavía continúa la historia de la salvación. La piedra angular ha sido colocada ya de una manera sólida, y el templo del diálogo de Dios y el hombre va adquiriendo forma de una manera progresiva, hasta que todas las piedras hayan sido colocadas en su sitio. La historia de la salvación es la historia de la Iglesia. Familia del Padre y Cuerpo de Cristo.

La tradición ha esclarecido rápidamente la de la Iglesia, es decir, la diversidad infinitamente variada de su rostro, como resultado de la variedad de sitios en que ha sido implantada entre los hombres y los pueblos. Esta catolicidad no es una dimensión "superficial" del ser de la Iglesia. No quiere decir solamente que la Iglesia no excluye a nadie en su llamada a la salvación, sino que dice de una manera positiva que todos los hombres y todos los pueblos están llamados -con todo lo que dichos pueblos son, humanamente hablando- a ser, unidos a Cristo, los aliados irreemplazables de Dios en la edificación de su Reino; que todos y cada uno de ellos son una piedra original que deben aportar a la construcción, piedra que todos y cada uno de ellos tiene que descubrir. Toda la riqueza de la creación de Dios, libre de la hipoteca del pecado, es la que debemos volver a encontrar transfigurada, en el Reino, desplegando para ello toda la sabiduría divina en su rica diversidad.

El origen de esta dinámica salvadora es el Espíritu Santo. Sus dones son infinitamente variados y se manifiestan en la medida en que los hombres trabajan en la edificación del Reino, siguiendo a Cristo. La condición previa para que se produzca este dinamismo es la de estar arraigados en la caridad de Cristo. Es preciso amar como Cristo ha amado, sin que nos detenga ninguna frontera, amar hasta el don total de sí mismo, hasta el don de la vida. Tal amor es siempre un brote imprevisto, una novedad. Es la conducta de los hijos del Padre, una conducta que es auténticamente humana, en la que el hombre moviliza, en Cristo, todas sus energías; una conducta que no cesa de apoyarse en la iniciativa concreta de Dios, de la que revela su fecundidad inagotable. En este reencuentro siempre renovado de Dios y el hombre, la presencia personal del Espíritu y los dones multiformes que El distribuye dan testimonio de que la edificación del Reino continúa y que es la obra conjunta del Dios del Amor y de los hombres a los que ha introducido, de una manera gratuita, en su propia Familia. ¡Oh misterio insondable de la historia de la salvación!

 

 

 

Anunciar a los paganos la incomparable riqueza de Cristo ()

 

Los miembros del Cuerpo de Cristo, esos hombres que han tenido acceso a la revelación del misterio oculto en Dios desde los siglos, se ven empujados por el dinamismo irresistible de su fe a anunciar a sus hermanos la Buena Nueva de la salvación, que de una vez para siempre nos ganó Jesucristo. San Pablo expresa el objeto de la Buena Nueva con estas palabras: es la incomparable riqueza de Cristo.

Si el misterio de la salvación es lo que acabamos de decir, misionar es ofrecer en participación una riqueza que no se posee y de la que no tenemos ni la exclusividad ni el monopolio. El misterio de Cristo trasciende toda expresión particular. Cualquiera que sea la diversidad y la profundidad, los caminos espirituales de todos los hombres y de todas las culturas encuentran en El, y solo en El, su punto de cumplimiento y de convergencia. Cristo es verdaderamente la Luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Por tanto, anunciar a Cristo a todos los que no le conocen es estar uno mismo esperando también un nuevo descubrimiento de su misterio en el corazón de los hombres y de los pueblos que se han de convertir a El; es hacer posible el que la acción del Espíritu, que está obrando en el mundo pagano, fructifique en Iglesia y adquiera una expresión inédita hasta entonces. Misionar es vaciarse de sí, hacerse más pobre que nunca, acompañar a los paganos en su propio camino, participar en su búsqueda y, en esta participación fraterna, hacer aparecer a Cristo como el único que puede dar sentido a esta búsqueda y llevarla hasta su meta.

Además, anunciar a los paganos la incomparable riqueza de Cristo es no solamente llamarlos a reforzar las filas de los constructores del Reino, sino, al mismo tiempo, ayudarles también a reconocer y a promover la verdad del hombre en su condición de criatura en este mundo. Existe una relación indisoluble entre la riqueza del Reino, que es la obra común del Padre y de sus hijos, y la riqueza de la creación restituida a su realidad humana. Lejos de conducirlos a la evasión, el anuncio de la Buena Nueva invita a los hombres a poner manos a la obra, a explotar sus recursos, a hacer que la tierra sea cada vez mas habitable para el hombre, a dar todo su valor a la riqueza de la creación de Dios. El amor que edifica el Reino es inseparable del amor que hace que progresivamente la humanidad acceda a su verdad definitiva, y lo mismo el cosmos todo entero. Esta verdad no se consigue sino más allá de la muerte, pero se va construyendo en este mundo sobre un terreno en el que sin cesar encontramos a la cizaña mezclada con el buen trigo. La separación no se hace hasta después de haber pasado por la muerte.

 

«Salió sangre y agua» (Jn 19, 34)

 

San Juan concede gran importancia a la lanzada que siguió a la muerte de Cristo en la Cruz: "Llegados a Jesús (los soldados), le encontraron muerto, y no le rompieron las piernas. Pero uno de los soldados le abrió el costado con su lanza, y al instante salió sangre y agua" (Jn 19, 33-34). Para el evangelista, toda la economía sacramental de la Iglesia ha brotado, en cierta manera, de Cristo en el momento de su muerte en la cruz, y se funda ante todo en los sacramentos del bautismo y de la Eucaristía.

O, dicho de otro modo, el desarrollo de la historia de la salvación va unido al desarrollo de la sacramentalidad. El templo del reencuentro perfecto de Dios y de la humanidad debe crecer, y los momentos privilegiados de este crecimiento están marcados por la celebración del bautismo y de la Eucaristía. Pero, tanto el significado del bautismo como el de la Eucaristía se refieren al sacrificio de la cruz. Es decir, que hay que conceder gran importancia en cada uno de ellos a la proclamación de la Palabra de Dios. Ella es la que, poco a poco, va labrando el corazón y el espíritu de los creyentes, para que se conviertan en compañeros de Cristo en el cumplimiento de los designios de la salvación. Ella es la que los prepara para el descubrimiento de las incomparables riquezas de Cristo.

 

+++

 

LEY, REY, TEMPLO

 

NOVEDAD TIEMPO- ISRAEL:

 

La concepción del tiempo que acabamos de esbozar ha sido tematizada por Israel tras un largo periodo de reflexi6n y profundización en su experiencia religiosa. Von Rad muestra cómo el calendario festivo israelita denota la influencia de una religión agrícola; sin embargo, «Israel ha historizado unas fiestas que eran antes puramente agrarias», relacionándolas con acontecimientos precisos (la salida de Egipto, la marcha por el desierto...), y no con fenómenos periódicos de la naturaleza (1): Ex 23, IS; Lv 23, 42-43. Esta modificación del sentido de las celebraciones originalmente agrícolas es el primer paso en la comprensión del tiempo como historia. Un segundo paso consistirá en montar sobre una única línea temporal los diversos acontecimientos significativos de su pasado: la época de los patriarcas, la salida de Egipto, la entrada en Canaán, etcétera. 
«De este conjunto de actos salvíficos sucesivos nació una secuencia histórica». No un único suceso, sino una serie de actos coordinados es lo que hace que Israel tome conciencia de la historicidad de su devenir (2). Antes de llegar a tal constatación, seguramente hubo un tiempo en que los diversos eventos del pasado eran celebrados independientemente unos de otros y en distintos lugares. La certidumbre de que es Dios quien dirige los acontecimientos, con vistas a un fin, ha sido determinante en orden a la ordenación y unificación de éstos en una historia. 


Textos como Dt 26, 5-10 y Jos 24, 2-13 atestiguan la preocupación de Israel por abarcar su pasado en una síntesis coherente, teológicamente interpretada.


Cuando, en fin, el documento sacerdotal retrotrae dicha síntesis hasta la creación del mundo y liga esta con la historia de los patriarcas por medio de las cadenas de generaciones, Israel está dando expresión a la versión revolucionaria de un tiempo que discurre. desde su comienzo, por el cauce que Dios le señala y en el que se está gestando progresivamente su plan de salvación. Se elimina así, además, el mas fuerte reducto del pensamiento cíclico (anhistórico), el mito de los orígenes, que en todas las religiones extrabíblicas da lugar a una concepción circular de la temporalidad, al excitar el deseo de recuperar cúlticamente el momento absolutamente privilegiado, mas aún, sagrado, del inicio del mundo; concepción en la que no hay espacio para una intervención de Dios al interior del devenir, puesto que tal devenir no hace sino marcar un ritmo prefijado, que no tolera la introducción de un elemento de novedad. Por el contrario, en el momento en que la fe de Israel inserta el hecho de la creación en la línea del acontecer histórico-salvifico, su pensamiento está maduro para ver en el tiempo el lugar de emergencia de lo nuevo. Repetidamente se ha llamado la atención sobre la importancia que la categoría de novedad tiene en la Biblia (3). Se trata de una idea que depende esencialmente de la fe en la creación. El tiempo historizado por la irrupción en él de Dios puede ser marco de novedades porque su curso, la historia de salvación, está en las manos del ser que lo creó todo. La creación no sólo posibilita la puesta en marcha de la historia, sino la expectación de nuevos actos creadores, productores de lo nuevo, de lo distinto y mejor que lo antiguo. Y esa expectación impone la apertura al futuro y el primado de éste sobre el pasado y el presente en la vivencia creyente del tiempo humano. Israel espera del futuro un nuevo nombre (Is 62, 2); un cántico nuevo (Sal 33, 3; 40, 4; 96, 1; Is 42, 10); una alianza nueva (Jer 31, 31); un espíritu o un corazón nuevo (Ez 11, 19; Sal 51, 12). El Nuevo Testamento incrementara notablemente este catálogo de novedades: nueva Jerusalén (Ap 3, 12; 21, 2); vino nuevo (Mc 14, 25); vida nueva (Rm 6, 4); mandamiento nuevo (Jn 13, 34; I Jn 2, 7); nueva creación (2 Co 5, 17; Ga 6, 15); nuevo hombre (Ef 2, 15; 4, 24; Col 3, 10).
Todas estas novedades, que orientan al hombre de la Biblia hacia el futuro de Dios, se condensan genéricamente en la promesa emitida por su palabra y cubierta por su fidelidad. La escatología bíblica, que tiene su punto de partida en la concepción del tiempo como historia que acabamos de reseñar, resulta inexplicable si no se apela a la idea de promesa, una de las mas ricas teológicamente de todo el AT.(·RUIZ-DE-LA-PEÑA-1. _PRESENCIA-TEOLÓGICA. Pág 53 s.)
......................................
1. VON RAD, G., Théologie del Ancien Testament 11, Genève 1963 (hay 
trad. esp.), 92.
2. Ibid., 93. Cf. MUELLER, H. P., 49-68; WOSCHITZ, K., 231-244.
3. BEHM, J., «Kairós», en TWNT III, 451 ss.; KASPERS, W., Dogma y 
Palabra de Dios, Bilbao 1968, 113-116; MOLTMANN, J., Esperanza y 
planificación del futuro, Salamanca 1971, 287-311.
........................................................................

 

-Dios y las instituciones: Ley, Rey y Templo


INSTITUCIONES-JUDÍAS

Cuando los israelitas dejaron tras de sí la esclavitud de Egipto y el nomadismo del desierto, habitaron la tierra de la actual Palestina y empezaron a adaptarse a un sistema de vida agrícola y sedentario. Esto suponía entrar en contacto frecuente e intenso con los pueblos agrícolas que ya ocupaban el país desde hacía tiempo. La conquista de Canaán no la hemos de imaginar como una victoriosa ocupación total, con la expulsión de los habitantes anteriores, a pesar de algunas descripciones bíblicas. Más bien se trató de una gradual y sucesiva infiltración de grupos diversos de «arameos», que había empezado antes de que llegasen los que propiamente procedían de Egipto. Las tribus autóctonas -cananeos, jebuseos, amorreos...- convivían con los recién llegados con más o menos hostilidad, tolerancia o sincretismo, según los momentos y situaciones. No ha de extrañarnos que la 
religión de los israelitas sufriese transformaciones profundas, provocadas por la transformación de su modo de vida, de nómada a sedentario, y por el influjo de las culturas autóctonas. Estas tenían una religión naturalista, en la que los cultos de la fecundidad eran particularmente importantes. Su principal dios, Baal, era tenido como el poder engendrador que fecunda las tierras con el esperma de la lluvia. Junto a Baal, la diosa Astarté aseguraba la fertilidad, con muchas otras divinidades menores. Su culto se celebraba en santuarios sobre lugares altos, y entrañaba un simbolismo sexual de unión de la divinidad con la tierra, representada por objetos cúlticos como estelas de piedras o troncos de madera clavados verticalmente en el suelo. Los santuarios eran lugares donde se celebraban fiestas y sacrificios vistosos, relacionados con los momentos de la siembra, la siega, la vendimia... y simultáneamente eran lugares de encuentro, como mercados o ferias de transacciones. Todo esto difería mucho de la sobria religión del único Dios personal, propia de los israelitas. 
Es natural que en todos los órdenes, y también en el religioso, la vida de los israelitas sufriese el influjo de aquellas culturas, en muchos aspectos superiores a la suya. Seguían adorando a Yahvé, su Dios, pero participaban en el sistema laboral, social y económico de sus vecinos. Era inevitable que algunos de ellos participasen también en festividades y cultos, que podían tener tanto de acto religioso como de acontecimiento social o de rutina laboral. Y sin necesidad de suponer propiamente una apostasía, las ideas religiosas del entorno irían influenciando las maneras de pensar incluso de los que querían permanecer fieles a Yahvé. El yahvismo tenía conciencia de su originalidad irreductible, pero a la vez, de una manera seguramente imperceptible, se iba contaminando con ideas y formas ajenas. Lo admirable es que la religión de Yahvé no fuera enteramente absorbida en este proceso ni se diluyera en una religión naturalista. Había peligro, y muy grave, de que así fuese, como lo atestiguan las constantes admoniciones contra los cultos cananeos, que llenan los libros históricos de la Biblia. 


Desde el comienzo debió de haber un núcleo de fieles de Yahvé que ofrecían resistencia a esta contaminación: el recuerdo actualizado y engrandecido de la gesta liberadora de Egipto y la adaptación del culto a Yahvé en nuevos santuarios (Siquem, Betel, Silo, Gabaon, etc.) mantuvieron viva la llama del yahvismo. Pronto surgirían las corrientes deuteronómica y profética, caracterizadas por el anhelo de preservar el yahvismo de todo lo que fuese cananeo. Ya habían sido asimilados muchos elementos cananeos: ritos sacrificiales, técnicas oraculares como el «efod», atributos y ceremonial sacerdotales, fiestas antiguas a las que se daba un nuevo sentido... (1). Fue un proceso parecido al de la asimilación y transformación de ritos y fiestas paganas que se dio en los primeros siglos cristianos. Pero finalmente, gracias sobre todo al esfuerzo deuteronómico y profético, la religión de Yahvé se mantuvo como la religión del Dios personal, aunque lastrada con elementos ambivalentes, que fueron continuamente causa de tensiones internas. 
Entre estos elementos quisiera considerar los tres que me parecen más importantes: 

1. La Ley. El pueblo, ahora sedentario, necesitaba un sistema jurídico adaptado a las nuevas condiciones, que fue copiado en gran parte de las costumbres del entorno. Pero la tradición 
yahvista actuaba como fuerza purificadora y relativizadora. La ley tiende a convertirse en absoluto y desemboca en un legalismo. Pero la reacción de raíz yahvista impedirá la consumación definitiva de este movimiento. Por encima de la ley están Yahvé y el hombre con quien Dios ha pactado, objeto del amor de Yahvé. 

2. El Rey. La nueva situación exigía una organización política más coherente. Yahvé la garantiza y la apuntala, pero también la relativiza, impidiendo que venga a ser una religión nacional al servicio únicamente del poder real. Yahvé está por encima del rey y de los poderes políticos, para interpelarlos y juzgarlos. 

3. El Templo y el culto. La nueva situación exigía expresiones de fe más organizadas: surge el templo, el sistema de sacrificios, el cuerpo sacerdotal, el ritual. Pero también esto se relativiza desde el yahvismo. La religión es perversa si se convierte en un sistema para poseer y dominar a Dios, como ocurre en las religiones naturalistas. 

TRASCENDENCIA:
La afirmación del Dios verdadero, Señor de todo y de todos, hace surgir en el seno de todas las mediaciones divinas una tensión, que es la que se manifestará en aquellas tres realidades. El Dios vivo no se deja reducir a nada, al contrario que los ídolos -los dioses que no tienen vida-. Yahvé es irreductible al orden moral, al orden social y al religioso. Siempre es más y siempre es el Otro que lo juzga todo. Encontramos ya planteada la problemática -tan actual- del reduccionismo de Dios a sus mediaciones. Estas son necesarias para que la realidad de Dios se exprese entre nosotros, pero Dios nunca se reduce a ellas. 
Y, quizá, merece la pena notar aquí cómo la lucha contra aquellas tres formas de reduccionismo fue uno de los rasgos esenciales de toda predicación profética, y también de la actividad de Jesús de Nazaret, que fue clavado en la cruz porque se negó a absolutizar la Ley (contra escribas y fariseos), la autoridad política (contra los jefes judíos y romanos) y el Templo (contra los sacerdotes). Cuando se deja a Dios ser Dios, estas tensiones son inevitables; permanecen punzantes allá donde los hombres intenten reducir a Dios a la medida de sus intereses particulares. 

Las leyes de los hombres y la ley de Dios LEY/D
«Vivir en el pacto significa participar de la amistad de Dios con su pueblo. La religión bíblica no es lo que el hombre hace con su solicitud, sino más bien lo que hace gracias a la preocupación de Dios en favor de todos los hombres... Dios nunca es neutral, nunca permanece indiferente ante el bien y el mal. Siempre es parcial en favor de la justicia» (2). 

Más de un lector de la Biblia se habrá visto perdido y abrumado al intentar leer las retahílas de leyes, ordenanzas y preceptos de todo tipo -éticos, sociales, cultuales- que llenan buena parte de los cinco primeros libros de la Biblia. Son prescripciones que se presentan como dictadas por el mismo Dios, o por Moisés en nombre de Dios; pero es fácil ver que, de hecho, son una mezcla acumulativa y a menudo repetitiva de elementos de diversas épocas, que abarcan desde restos del derecho consuetudinario de los primitivos nómadas hasta elaboradas ordenanzas que responden a necesidades religiosas, sociales e incluso económicas de épocas posteriores. Se presenta todo como formando parte del «Código de la Alianza», cuando en realidad se trata de un conglomerado heterogéneo de piezas que se sobreponen unas a otras, se repiten, se corrigen, se adaptan y se crean de nuevo, según las necesidades. G. von Rad explica así el nacimiento del sistema jurídico-religioso israelita. Las tribus que venían del desierto tenían sus costumbres y sus formas de organización. Pero, al establecerse en Canaán, «la convivencia humana de los nuevos sedentarios exigía un nuevo ordenamiento jurídico, ya que la entrada en el nuevo país había transformado profundamente la estructura sociológica de los antiguos grupos seminómadas. No se trataba sólo del paso a la agricultura, pues grupos de familias se establecieron en ciudades y pueblos, y algunos llegaron a ser ricos propietarios de tierras. La economía monetaria hizo grandes progresos, y con ella nació el sistema de préstamos. ¿Cómo habría podido afrontar un simple pastor de la estepa una situación tan súbitamente complicada, si no era aceptando instituciones jurídicas, que ya desde hacia tiempo se habían mostrado válidas en aquellos ambientes?» (3). 

Comienza entonces un largo proceso de adaptación, asimilación y sincretismo jurídico que, en realidad, nunca se dará por acabado. Pero ¿cómo hemos de entender el hecho de que el nuevo conglomerado legal siga presentándose como «Ley de Dios»? Sin reticencias, podemos decir que se trata más bien de leyes de los hombres; pero estas leyes humanas -y a veces demasiado humanas- quieren expresar la única y verdadera Lev de Dios, que es que los hombres reconozcan a Dios como Señor de todo y de todos, organizando su vida de manera que todo 
contribuya al bien de todos los hombres y que todos vean su vida, su dignidad y sus posibilidades respetadas, como conviene a miembros iguales de un mismo pueblo de Dios. Pienso que se ha subrayado poco que el Código de la Alianza representa, docenas de siglos antes de la cacareada revolución francesa, el primer intento serio de edificar la vida social sobre los principios de la igualdad y la fraternidad de todos los miembros del cuerpo social. 

«Porque Yahvé vuestro Dios es el Dios de los dioses y el Señor de los señores, el Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas y no admite soborno; que hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al forastero, a quien da pan y vestido. Ama, pues, al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto» (Deut 10,17-19). 

Los investigadores del antiguo derecho oriental comparado descubren muchas coincidencias entre el derecho israelita y el derecho de otros pueblos de la misma área geográfica. Pero también descubren singularidades muy significativas en el sentido antes dicho (4). Si es verdad que el derecho de Israel se enmarca dentro de las ideas jurídicas de los pueblos de su entorno, es digno de resaltar que la selección, conservación y adaptación no responden, sin más, a las tendencias de aquel derecho ancestral ni a los tabúes sagrados o al juridicismo religioso del antiguo Oriente. Mezclado con elementos muy primitivos e incluso «bárbaros», se encuentra un sentido totalmente original de respeto al hombre y a la vida humana -hasta la de los socialmente más débiles-, que viene del hecho de que todo hombre que ha entrado en la alianza de Dios es protegido y estimado por el mismo Dios. La alianza con Dios se vive respetando a las personas y sus bienes. La fidelidad a Dios se traduce en fidelidad a los hombres. 
Es muy importante la correlación que se establece entre la religión y la moral, tanto individual como social, económica y hasta política. Conviene recordarlo, ahora que muchos -muy interesadamente- critican el que los teólogos o los pastores se metan en temas sociales, económicos o políticos. Uno de los más eminentes investigadores de las ciencias bíblicas, el alemán W. Eichrodt, de quien no se sabe que tuviera conexión alguna con movimientos revolucionarios, y que escribía mucho antes de que se pusiese de moda la teología política, comentaba así las diversas redacciones del Código de la Alianza:

 

FE/COMPROMISO 
«La actuación moral va indisolublemente unida a la adoración de Dios. Lo cual quiere decir, simultáneamente, que el Dios a quien se pide protección considera el cumplimiento de las normas morales tan importante como la adoración exclusiva a El... La configuración justa de la vida social es el objeto principal de la voluntad divina... Las diferencias entre el Libro de la Alianza y el Código de Hammurabi ponen de manifiesto que la vida religiosa que late en aquél ha crecido en realidad hasta convertirse en un profundo sentido moral. Lo demuestra la superioridad de la vida humana frente a todo. En delitos contra la propiedad queda excluida la pena de muerte, que en tales casos el derecho babilónico admitía ampliamente. El esclavo queda protegido de todo trato inhumano: no es una cosa, como lo era en todo el mundo antiguo; es un hombre... Otro rasgo muy característico de la ley israelita es la supresión de toda brutalidad cruel... de las mutilaciones usuales en otros lugares, como era el cortar las manos, la nariz o las orejas, el arrancar la lengua o los pechos, o el marcar con fuego. 
... Se rechaza toda forma de justicia clasista. No hay fuero especial para sacerdotes o para la aristocracia. El forastero es equiparado por la ley al israelita. Hay medidas enérgicas contra la explotación de la viuda, de los huérfanos, de los económicamente débiles. Aunque se mantiene la diferencia entre esclavos y libres, aquellos están defendidos en la ley: un esclavo gravemente maltratado debe ser liberado; el que golpee mortalmente a un esclavo será reo de la falta (Ex 21,26ss). En cambio, en el Código de Hammurabi y en otras legislaciones antiguas encontramos un derecho

abiertamente clasista, que distingue muy claramente entre cortesanos, sacerdotes, ministros, hombres libres y esclavos, así como también entre hombres de diversas

profesiones» (5). 

La cita ha sido larga. Pero el mismo autor todavía continúa notando la protección que la Ley ofrecía a la mujer, para que no fuese maltratada ni abandonada por su marido, especialmente en caso de divorcio. Además, podríamos comentar la legislación sobre el «año sabático»: cumplido un servicio de siete años, los esclavos habían de ser liberados sin pagar rescate (Ex 21,2; Deut 15,1-18). Más adelante (Lev 25,8ss), se establecerá el «año jubilar», que no era, como nuestros «jubileos», un año de festividades religiosas, sino que, cada cincuenta años, los que se habían visto obligados por la necesidad a vender sus tierras podían recuperarlas, ya que -decía el Señor- «la tierra no se puede vender para siempre, porque la tierra es mía» (/Lv/25/23). 
La intención más profunda era algo que actualmente algunos considerarían sumamente peligroso: la negación de un verdadero derecho de propiedad sobre el único medio de producción que entonces había. Se trataba, a lo más, de un mero usufructo durante cincuenta años de todo lo que era únicamente propiedad de Yahvé. Se trataba de evitar la acumulación de bienes inmuebles, impidiendo así que surgiesen notables diferencias sociales. No es extraño que leyes tan sabias -y tan radicales- se atribuyesen al mismo Dios. Pero sus intérpretes -los legistas-, creyendo ser mucho más hábiles, encontraron la manera de reducirlas a mera formalidad religiosa. 
W. Eichrodt nos explica la razón última de la singularidad del sistema legal israelita:

«Las leyes israelitas muestran... un profundo sentido de justicia. La explicación no puede encontrarse en otra cosa que en el conocimiento de un Dios que ha creado al hombre a su imagen y que, por eso, aunque se haga digno de castigo, Dios le protege en su dignidad humana y le respeta el derecho a la da» (6). 

En verdad, el sistema legal había evolucionado notablemente entroncado con el yahvismo. Pero ello no evitó que surgiesen las tensiones que hemos indicado. Este sistema, sustancialmente excelente, no podía impedir que de hecho fuese interpretado de manera formalista y legalista y que, como casi siempre, la ley fuese manipulada en servicio de los más poderosos, o al menos no resultara gravosa para éstos, gracias a la casuística. Menudearán, eso sí, las referencias a los hipócritas piadosos y a los jueces perversos. Los profetas lo decían muy claro: hay fidelidades a la ley que están muy lejos de ser fidelidad a Yahvé. 

El Rey: «ya no quieren que yo reine sobre ellos» (1 Sam 8,7)

REYES/D: El libro de los Jueces mantiene el recuerdo de los tiempos en que las tribus de los israelitas aún no estaban organizadas como unidad política. Se sentían más o menos solidarios por lazos étnicos y de tradición y por la adoración del Dios de sus Padres que les había acompañado y protegido, sobre todo en el tiempo en que un grupo de antepasados -que pronto fueron considerados como antepasados de todos- había conseguido liberarse de los trabajos forzados de Egipto. Cada clan, o cada grupo de clanes, vivía su vida trabajando las tierras donde habían conseguido establecerse. En principio seguían fieles a Yahvé, pero ello no implicaba que, como hemos dicho, no tuviesen también sus atenciones a los dioses de los lugares donde se habían establecido. Los israelitas, en el proceso de sedentarización, tendían a asimilar su vida a la de los cananeos en todos los aspectos; a la larga, también en el aspecto religioso y político. El mismo culto a Yahvé sufrió esta influencia de asimilación (7). Empezaron a ofrecerse a Yahvé sacrificios semejantes a los que los cananeos ofrecían a sus dioses, y en los mismos lugares sagrados donde los ofrecían los cananeos, que empezaron a ser relacionados con las antiguas tradiciones de los Patriarcas y a ser considerados como «lugares santos» o santuarios de Yahvé. No había centralización religiosa ni política: cada grupo tenía su santuario (Siquem, Silo, Gilgal, etc.). El Yahvismo personalista de los nómadas parecía que había de transformarse en una religión localista agraria. Pero no: Yahvé no podía quedar reducido a la categoría de uno de los dioses cananeos de la fertilidad. La religión yahvista nunca se asimiló del todo a la religiosidad cananea, aunque le pidió prestadas muchas de sus formas cultuales. Al contrario, se robusteció en su singularidad frente a la religión de los autóctonos. 

 

 

JUECES - ISRAEL: Algo similar pasó con las estructuras políticas. 
Las tribus tenían una estructura patriarcal simple: un código tradicional ético-religioso bastaba para mantener la cohesión del grupo. La nueva situación creaba nuevos problemas, principalmente cuando las tribus tenían que enfrentarse a otros
grupos poderosos y organizados. En situaciones difíciles podía surgir un cabecilla decidido o inspirado que conseguía aunar los esfuerzos de todos y defender sus intereses improvisando un ejército o planeando una estrategia. Surgieron de esta forma los «jueces» de Israel, con una autoridad más personal y carismática que institucionalizada, cuya actuación se limitaba a una tribu o a una pequeña coalición de tribus. El único jefe y señor de Israel era Yahvé. Pero los israelitas constataban que una organización política más fuerte, como la que tenían sus vecinos, bajo un rey y con un sistema administrativo centralizado, ofrecía muchas ventajas. Algunos empezaron a desear un rey y una organización. Del victorioso Gedeón se dice que le ofrecieron la monarquía hereditaria, pero que la rechazó: «No seré yo el que reine sobre vosotros, ni mi hijo; Yahvé será vuestro rey» (Jue 8,23). 


Así se expresa tradicionalmente el espíritu yahvista (8). 
Abimélek, hijo de Gedeón y de su concubina siquemita, intentó establecerse como rey de los israelitas y cananeos de Siquem. Pero era un hombre irreflexivo que se forjó su propia ruina. Su hermano Jotam pronunció contra sus pretensiones una parábola que ha sido calificada como el texto más antimonárquico de la literatura universal (/Jc/09/07-15). Y es muy chocante que este texto se haya incluido en la Biblia. Unos años después, la amenaza de los «pueblos del mar», los Filisteos, obliga a los israelitas a organizarse para la resistencia y a proclamar un rey en la persona de Saúl. La Biblia constata la ambigüedad de este acontecimiento. El profeta Samuel se resistía a la monarquía, y el mismo Yahvé dice: «me han rechazado a mí para que no reine sobre ellos» (1 Sam 8,7). Yahvé había sido y tenía que seguir siendo el único rey de Israel. Pero parece que el mismo Yahvé accede a una solución de compromiso: «escucha su petición», dice al profeta, «pero les advertirás claramente y les enseñarás el fuero del rey que va a reinar sobre ellos» (ib. 9). El profeta advierte al pueblo de todos los inconvenientes de tener un rey: impondrá tributos; obligará a los jóvenes a servir en el ejército, y a las jóvenes a servir en palacio; dará a sus servidores las mejores tierras y el mejor ganado... Pero el pueblo no le escucha: «Tendremos un rey y nosotros seremos también como los demás pueblos» (ib. 19). Lo que estaba en juego era realmente importante. Hasta entonces, Israel había sido un pueblo de hombres libres e iguales ante Yahvé, que era el único que estaba por encima de todos y que garantizaba la libertad, la dignidad y los bienes de todos. En adelante, estarán sometidos a un hombre, a su corte y a sus servidores. El rey dispondrá de ellos y de sus bienes: «vosotros mismos seréis sus esclavos» (ib. 17). Los textos reflejan los sentimientos de la minoría yahvista, que veía cómo del servicio liberador a un único Señor divino se pasaba al servicio esclavizante de un señor humano. Más aún, se entrevé el peligro de que todo el sistema político y religioso esté más al servicio del rey y de sus «eunucos y servidores» que al servicio del pueblo; y que se apele al carácter sagrado del rey y de la religión para defender los intereses demasiado humanos de los que detentan la autoridad. Los sistemas absolutistas de las monarquías orientales, que los israelitas conocían muy bien, ofrecían abundantes ejemplos de abusos de poder, sancionados por la religión. Yahvé no podía convertirse en mero sancionador de la voluntad del rey. 


PODER/RELIGION:RL/PODER:Toda la inacabable historia subsiguiente -hasta nuestros días- de conflictos entre política y religión, entre la razón de Estado y las exigencias de la fe, parece que ya está presente desde el primer momento en la monarquía israelita. Las religiones de los otros pueblos, a quienes se querían parecer los israelitas, eran religiones de Estado. Bajo la ficción sagrada de que los reyes eran instrumento de los dioses, de hecho los dioses se convertían en instrumento de los reyes para sacralizar su dominio y su opresión. Se podría pensar que la religión de Israel tenía que entrar irremediablemente por este camino, convirtiéndose en lo que ahora llamaríamos una «ideología sacralizadora» del poder político, sustentadora de los poderosos y esclavizadora del pueblo, como ha ocurrido tantas veces en la historia. Pero el yahvismo se resistía intrínsecamente a esa forma de manipulación. Yahvé era un D¿os de libertad que estaba por encima de los reyes y de los poderosos y que no se dejaba poner al servicio de reyes y poderosos. Ningún rey podrá jamás ni acariciar la pretensión de ser señor absoluto. Señor absoluto sólo lo es Yahvé, quien juzga al rey como a los demás y defiende siempre los derechos de todos. Yahvé no sacraliza la «distinción de personas». Es igualitario. Los profetas, empezando por Samuel en el mismo acto de la proclamación de Saúl, se lo harán
saber sin ningún género de dudas... y sufrirán por ello las consecuencias: «Aquí tenéis ahora al rey que os habéis elegido. Yahvé ha establecido un rey sobre vosotros... Si vosotros y el rey que reine sobre vosotros seguís a Yahvé vuestro Dios, está bien. Pero si no escucháis la voz de Yahvé... la mano de Yahvé pesará sobre vosotros y sobre vuestro rey» (I Sam 12,13-15). 

TEOLOGÍA-POLÍTICA Los sucesos que seguirán pondrán de manifiesto la tensión intrínseca que había entre el yahvismo y las pretensiones de poder político absoluto. Saúl preferirá los intereses de los suyos a la voluntad de Yahvé, y éste le
abandonará. David será juzgado por el profeta y castigado, cuando crea poder disponer de los bienes o de la mujer de sus súbditos (cf. 2 Sam l lss.). Lo mismo pasará con Salomón, Josías, Acab y Jezabel; con todos los reyes que, creyéndose amos y señores, hacían «lo que no era agradable a Yahvé». Los libros históricos de la Biblia son libros de verdadera «teología política»: enseñan que ningún señor humano se puede creer señor absoluto de nada ni de nadie; que Yahvé defiende los derechos de todos, y singularmente de los más débiles; y que sólo reconociendo a Yahvé como al único Señor absoluto de todo y de todos, se puede conseguir un sistema de relaciones humanas que lleve al verdadero bien de todos. 

El Templo: «Yo no he habitado en ninguna casa» 
El templo había de llegar a ser uno de los elementos más característicos de la religión judía. Pero, si miramos sus orígenes, veremos que desde la perspectiva del yahvismo era una realidad al menos tan ambigua como la realeza; y así lo dejan entrever patentemente los textos bíblicos. Si con el rey existía el riesgo de
absolutizar el poder político y la razón de Estado por encima de Yahvé, con el templo cabía el peligro de absolutizar el poder sacral y la realidad cultual por encima del mismo Dios. Con una intuición profunda de lo que ha de ser la auténtica religión, los fieles de Yahvé, al igual que no vieron con buenos ojos que el yahvismo fuera utilizado como ideología sancionadora del poder político, tampoco vieron bien que ahora este poder político centralizase y controlase desde el templo los diversos aspectos de la adoración y del culto a Yahvé. Recordemos que el templo estaba construido en el mismo terreno del palacio real y era servido por funcionarios del rey. Los israelitas, en su época seminómada, no tenían tradición de templos. Daban culto a Yahvé a cielo abierto y sobre altares improvisados. La frecuentemente citada «tienda de la reunión», que más tarde sería asimilada a una especie de templo lujoso y elaborado (cf. Ex 26,1; 36,8, etc.), originariamente era la tienda del jefe del clan, adonde se retiraba para ponerse en presencia de Yahvé y adonde convocaba a la gente para comunicarles lo que Dios le inspiraba. Las palabras con las que el profeta Natán responde a la propuesta de David de construir un templo son muy significativas: «No he habitado en una casa desde el día en que hice subir a los hijos de Israel de Egipto hasta el día de hoy, sino que he ido de un lado para otro en una tienda, en una morada. En todo el tiempo he caminado entre los hijos de Israel» (2 Sam 7,6-7). 

En un texto más antiguo se nos dice que propiamente Yahvé ni habitaba en la famosa tienda. Yahvé no tiene una morada limitada sobre la tierra, porque sobrepasa cualquier circunscripción local. 
Pero se hacía notar su presencia concreta en la Nube: «Durante el día la Nube de Yahvé estaba sobre la tienda, y durante la noche había fuego a la vista de toda la casa de Israel» (Ex 40,38: cf Núm 9, l 5) . 

«Yahvé iba al frente de ellos, de día en columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en columna de fuego para alumbrarlos» (Ex 13,21). 

Estos textos muestran la realidad propia de Yahvé como una presencia protectora, personal y permanente en el caminar del pueblo. La nube era un símbolo, más que una verdadera morada. 
La religión yahvista no era la religión del dios de un lugar o de un templo, sino la religión del Dios que «caminaba entre todos los hijos de Israel» (2 Sam 7,7) como un Dios personal. 
Este carácter personal de Yahvé encuentra una expresión insuperable en la promesa que Dios hace a David, por medio del profeta, en el mismo momento en que el rey planea construir el templo como culminación de su obra de organización del estado. Se trata de un texto que iba a tener una importancia capital, porque a través de él las generaciones futuras iban a intuir que lo que Dios quería no era encerrarse en una religiosidad circunscrita a un templo de piedra y a su sistema cultual, sino que quería formarse un pueblo: «Yo he estado contigo en todas tus empresas... Fijaré un lugar a mi pueblo Israel y lo plantaré allí para que more en él; no será ya perturbado y los malhechores no seguirán oprimiéndole como antes» (2 Sam 7,9-10). 

Cuando el rey piensa en un lugar para Dios, Dios manifiesta que es El quien piensa en un lugar de libertad para su pueblo. No es un templo para sí lo que Dios quiere, sino una tierra libre para los hombres. Y añade aún: «Yahvé te anuncia que Yahvé te edificará una casa... Afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza... Yo seré para él padre y él será para mí hijo. Si hace el mal, le castigaré con vara de hombres y con golpes de hombres, pero no apartaré de él mi amor, como lo aparté de Saúl... » (2 Sam 7,11-16). 

En vez de un templo regio, Dios anuncia la promesa de una estirpe de la que El mismo será padre y de la que no apartará su amor, aunque habrá de castigarla si obra el mal. 
La tensión entre la idea de una presencia benévola y personal, propia del yahvismo puro, y la idea de una presencia local en un lugar sagrado erigido y controlado por el rey, a imitación de las concepciones cananeas, fue cediendo en favor de la segunda alternativa, aunque la idea primigenia nunca quedó ahogada del todo. 
David no construyó aún el templo, pero llevó el arca a Jerusalén (no sin temores y vacilaciones, como consta en 2 Sam 6,1-11) y organizó a su alrededor todo un sistema cultual a imitación de los cultos y ceremonias de las religiones del lugar. La unificación política de las tribus bajo el reinado de David comporta la unificación y centralización del culto. El apoyo que el rey dará al nuevo santuario y el esplendor de su ceremonial harán olvidar los antiguos santuarios de Siló, Siquem, Guilgal, etc. Se han puesto los cimientos de una nueva forma de religión localista y estatal. 
Salomón ya no tendrá ningún escrúpulo en construir el templo. De hecho, era una exigencia de la nueva forma de religión. La construcción del templo de Salomón, con su magnificencia proverbial, era -como luego tantos otros templos- más un acto de ostentación y de fortalecimiento del poder real que un verdadero acto de honor al Yahvé liberador. Pero, por desgracia, ya casi nadie lo veía así. El templo fue construido por obreros paganos -fenicios- según modelos de templos paganos. La institución del sacerdocio de los hijos de Sadoc (a quien se legitimó buscándole una genealogía que se remontaba hasta Aarón: cf. 1 Cron 24,1ss) acabó de redondear la nueva situación (9). 


TEMPLO - ISRAEL
 La historia posterior iba a mostrar que la tensión entre el yahvismo personalista y la religión localista y estatal no estaba definitivamente resuelta. Cada vez más, el judaísmo, en el Reino del Sur, tenderá a hacer del culto al templo de Jerusalén la esencia y prácticamente el todo del servicio a Yahvé. Por mimetismo, en el Reino del Norte intentarán revitalizar los antiguos santuarios de allá, en competencia con Jerusalén. Pronto los profetas clamarían contra esta reducción cultualista de la antigua religión. Como síntesis de todos ellos, aporto el oráculo de Jeremías en tiempos de Yoyaquim (608 a.C.): 

«Mejorad de conducta y de obras, y Yo me quedaré con vosotros en este lugar. No fiéis en palabras engañosas diciendo: "¡Templo de Yahvé, Templo de Yahvé, Templo de Yahvé es éste!"... Si realmente hacéis justicia mutua, y no oprimís al forastero, al huérfano y a la viuda, ni andáis en pos de otros dioses, entonces yo me quedaré con vosotros en este lugar» (Jer 7,3-7; cf. 26,1-19). 

Por encima del cultualismo dominante y manipulado por los dominadores, resuena aquí la fuerza del Dios liberador de personas, como en el Éxodo. La religión verdadera del Dios verdadero no se puede reducir jamás al culto y al templo, sino que se manifiesta en las relaciones interpersonales entre los hombres, de quienes Dios quiere ser protector y garante. Y es iluminador pensar que Jesús, como antes el profeta, fue condenado porque, al defender la imagen de Dios Padre de todos y protector de todos, parecía menospreciar todo el sistema cultual y de poder montado alrededor del Templo. Y la historia ha seguido repitiéndose, porque realmente resulta mucho más cómodo dar culto a Dios en templos, por costosos que sean, que respetar y fomentar la libertad y la dignidad de los hijos de Dios. 
............ 
1. G. VON RAD, Teología del Antiguo Testamento 1. Salamanca 1972, pp. 39ss.
2. A.J. HESCHELs Los Profetas I, Buenos Aires 1973, p. 132. 
3. G. VON RAD, op. cit. I, p. 57. 
4. Una buena síntesis de la cuestión, en W. EICHRODT, Teología del 
Antiguo Testamento I, Madrid 1975. pp. 70ss.
5. W. EICHRODT, op. cit. I, p. 69. 
6. Ibid., p. 71.
7. El culto sacrificial habría sido uno de los elementos que los israelitas habrían tomado de la religión cananea. Así: R. DUSSAND, Les origines cananéennes du sacrifice israelite, París 1921. M. NOTH (Historia de Israel, Barcelona España-1966, p. 102) confirma la misma tesis a partir de los textos de Ugarit, que ofrecen una terminología sacrificial muy semejante a la de la Biblia. La mención de sacrificios y la erección de altares se halla en textos deuteronómicos secundarios, como Dt 27,5-7 y Jos 8,30-31, en los que se da una combinación de elementos confusos. 
8. Algunos estudiosos piensan que este pasaje, como algunos otros que mencionaremos luego, puede pro- venir de una época posterior de reafirmación del espíritu antimonárquico. En todo caso, expresa un sentimiento que permaneció siempre más o menos vivo en la conciencia de Israel.
9. Cf. R.E. CLEMENTS, God and Temple, Oxford 1965; H. RENCKENS, La religión de Israel, Florida (Argen- tina) 1970.

JOSEP VIVES - SI OYERAIS SU VOZ - EXPLORACIÓN CRISTIANA DEL MISTERIO DE DIOS - Sal Terra.Col. Presencia Teológica, 48 - SANTANDER 1988.Págs. 63-76 - Mercaba.com

 

+++


EL MISTERIO DE LA IGLESIA -

 ANTES DE LA IGLESIA


INTRODUCCIÓN

I/PREHISTORIA: Hace veinte siglos que existe la Iglesia. Existe incluso con cierta obstinación. No es, por cierto, que le hayan faltado todos los apuros propios para desanimarla de sobrevivir. En el mismo interior de su recinto se han levantado tempestades que hubieran debido aniquilarla. Pero a fin de cuentas existe...
Parece, pues, que en veinte siglos la humanidad habría podido hacerse de la Católica una idea no en exceso fantasiosa, así como ha logrado adquirir una noción razonable de la forma de África y del movimiento de los astros. Pero no hay nada de esto. Puede incluso declararse, sin riesgo de caer en la exageración, que de todas las comunidades humanas, la Iglesia es la que es objeto de los desprecios más caracterizados, más tenaces y más divergentes.

La Iglesia de las apariencias. - La Iglesia, es cierto, presenta un espectáculo sorprendente. ¿Acaso la costumbre impide que nos demos cuenta? 
En medio de los Estados de nuestro planeta, todos limitados en el espacio por fronteras permeables o impermeables, exclusivamente atentos a organizar o a acumular los bienes de la Tierra, existe una sociedad sin fronteras asignables en el espacio, más antigua en el tiempo que todos los Estados modernos, que lleva su propia existencia de manera autónoma, que hace profesión de no preocuparse sino de la eternidad y de los caminos que a ella conducen. Sin embargo, el Gobierno de esta sociedad netamente centralizada sostiene relaciones diplomáticas con gran parte de los Estados.
Además, la Iglesia posee células en casi todas las naciones de la tierra: son las diócesis y, en las diócesis, las parroquias. Posee sus tribunales propios, un código de derecho particular, y establece su jurisprudencia. A sus súbditos, impone ciertas formas de vida determinadas y muy visibles: cada domingo, se dirigen a un lugar de culto común, rehúsan comer carne el viernes, ayunan varias veces al año. Para ellos el matrimonio será indisoluble. Algunos de los miembros de esta sociedad adoptan un género de vida que los distingue de los demás: vestido especial, celibato perpetuo. A lo cual añaden algunos también la obligación de la vida en común, de la pobreza y de la obediencia a un superior.
Ante este panorama, el espectador que no es más que un espectador se irrita, se inquieta o se alegra, según su temperamento.
Algunos confiesan las esperanzas que ponen en la Iglesia. Ésta, con su poderosa organización, su fuerte armazón, su vieja experiencia, ¿no es la muralla de todo orden social, de la «civilización cristiana»? Estos partidarios comprometedores

felicitan a la Iglesia por haber acomodado el mensaje de Cristo a las conveniencias y a las exigencias del tiempo, por haber expulsado el «veneno del Magnificat». Tras esta muralla, unos se apresuran a poner al abrigo su caja fuerte, otros, sus timideces, otros, en fin, su miedo a las novedades. A estas categorías, añadiríanse fácilmente otras aún, por ejemplo la categoría de los que, atacados de revolución, piden a la Iglesia que justifique, bendiga y sostenga la acción subversiva que ellos sueñan.
Pero todos estos se equivocan, partidarios o adversarios. No ven ni verán jamás sino las apariencias de la Iglesia, es decir, que no la verán nunca.

La Iglesia invisible. - En el otro extremo están los cristianos que contemplan con fe el espectáculo de la Iglesia. Pero un menosprecio igual les amenaza y sería ingenuo creer que todos lo han evitado.
Algunos están tentados a no retener de la Iglesia sino la realidad invisible y sobrenatural. Lo visible, lo aparente, no es en la Iglesia seductivo en todos los aspectos. Muy al contrario. El cristiano es decepcionado por sus hermanos cristianos, que no son todos, ni mucho menos, modelo de virtud, decepcionados por los jefes de la Iglesia, que no son todos genios ni siquiera santos. Algunos se extravían, se escandalizan, de ese gran aparato que se llama administración, del movimiento y del ruido tan profanos que produce el movimiento de este gran cuerpo, de los métodos que evocan los Estados de la tierra. Así pues, el cristiano, para salvaguardar su fe en la Iglesia, se encuentra como invitado a negar que el aspecto histórico exterior y visible sea esencial. Se encuentra como forzado a mirar más arriba del rostro terrestre que ofrece la Iglesia, a desechar las apariencias... Al fin y al cabo, ¿no está la Iglesia más por encima de nuestra historia, en el acto de Dios que le da la fe y que justifica? ¿La Iglesia de Dios no está en el interior, en el secreto de los almas que acogen la fe y la justificación? Abandonemos pues, dicen de buena gana estos cristianos, la comunidad humana y visible a sus miserias, a sus mezquindades, a sus escándalos y fijemos nuestra mirada únicamente en la Iglesia Santa e invisible, por encima del tiempo presente, hacia su futuro trascendente. La Iglesia es objeto de nuestra fe y no de nuestra experiencia, ni siquiera religiosa. La Iglesia es una esperanza, no una realidad. La Iglesia es un ideal y no una historia.
La actitud espiritual así esquematizada corresponde ciertamente al protestantismo. Pero se equivocaría quien pensase que no existe entre los católicos en estado de tendencia. Sean lo que fueren las intenciones profundas de sus defensores, sentimientos tales no hacen justicia en modo alguno al misterio de la Iglesia.

La Iglesia y su Misterio. -¿Qué es, pues, el Misterio de la Iglesia? 

MISTERIO: Hay que entenderlo en el sentido original del término Mysterion, tal como lo expone san Pablo en varias ocasiones: (1 Co 2, 7-8; Rm, 16, 25-27; Col, 1, 24-28; 2, 2-3; Ef, 3, 3-12).
No hay que reducir pues el misterio a no ser sino una verdad oculta y obscura al espíritu. El misterio es un acontecimiento que realiza el poder de Dios y que Dios descubre, precisamente cumpliéndolo. Este acontecimiento alcanza a los hombres y solicita su acción. A decir verdad, el misterio es «Cristo entre nosotros» (Colosenses, 1, 24-28), acontecimiento infinito de] cual la Iglesia es una cara.
En este sentido y por esta razón, el misterio de la Iglesia consiste en la solidaridad, en sus muros, de la historia y de la Eternidad Divina, del hombre y de Dios, de lo visible y lo Invisible. 
Hablemos, si se quiere, un lenguaje más directo: la Iglesia es la asamblea de hombres bautizados, animados de la fe sobrenatural en Jesucristo, que reconoce la autoridad de Pedro, de los apóstoles y de sus sucesores, y es al mismo tiempo el instrumento por medio del cual, Dios, en su Misericordia, provee a la salvación eter
rna de todo el género humano. El Misterio es la conjunción de estos dos puntos de vista: sociedad humana por una parte - prolongación de la existencia de Jesucristo por otra.


San Gregorio de Nisa ha expresado el misterio eclesial en una brillante página: «La fundación de la Iglesia es la creación de un nuevo universo... En ella se forma otro hombre a imagen de Aquel que lo ha creado; en ella se encuentra una nueva especie de astros (los Apóstoles), de los cuales se ha dicho: "Vosotros sois la luz del Mundo... Y así como el que mira el mundo sensible y comprende la Sabiduría que se manifiesta en la belleza de los seres se remonta por las cosas visibles a las cosas invisibles, así el que considera este nuevo Cosmos de la creación de la Iglesia ve en él Aquel que es y se hace todo en todos. De este modo conduce su espíritu hacia el Dios incomprensible, como de la mano, a través de los objetos sensibles y los objetos de la fe»1. Es decir, que la Iglesia es una cosa muy distinta de lo que parece. No es solamente el Espejo donde brilla el sol de Justicia, según una expresión del Doctor Niseno 2, sino que es la Morada de Dios. Así pues, la Iglesia no es solamente asamblea humana y objeto de experiencia histórica, sea cual fuere. La Iglesia es misterio de fe, por más que no sea sólo misterio de fe. El Misterio es que el «pequeño rebaño» se haga mediador de la gracia para el género humano entero, a través de todas las épocas a través de todos los continentes. El misterio es que todo hombre se encuentra actor en la historia eclesial, posee en él un papel cierto, y que todo ello no se logrará sino por medio de la obra concentrada de la masa humana, ya que «también nosotros somos colaboradores de Dios».
Henos aquí, pues, en el misterio en el sentido original: verdad que nosotros no hubiéramos podido descubrir si no hubiera intervenido la Revelación sobrenatural; realidad cuya naturaleza permanece para nosotros obscura aún después de la Revelación; acción en que estamos todos implicados, para desempeñar en ella un papel de repercusiones indefinidas y sobrenaturales.
A este respecto, la Iglesia es objeto de fe, no bajo sus aspectos humanos e históricos -esto es objeto de experiencia -, sino en su intimidad sobrenatural, según que es santificada por el Espíritu, participa de la Santidad de Dios, se convierte en el Reflejo de su Verdad y en el Instrumento de su Amor Salvador. Pero siendo el misterio de la Iglesia solidario de apariencias humanas, el escándalo acecha al hombre, a todo hombre, al incrédulo, claro, pero también al creyente. Divina y humana, grande y miserable, la Iglesia es todo esto a la vez. Son dimensiones que nos cuesta admitir y poner de lado. La segunda ofusca a la primera. Así antaño, los judíos que veían al Hijo de Dios ir y venir, comer y beber, estuvieron al borde del escándalo y muchos cayeron en él. Pero «bienaventurado el que no se habrá escandalizado por mi causa» (Lucas 7, 23).

División de la materia.- Nuestro fin es desplegar el misterio de la Iglesia, dar vueltas, por así decirlo, a su alrededor, a fin de considerar sus caras sucesivamente.
En efecto, el Misterio de la Iglesia está en el tiempo que precede la venida de Jesús de Nazaret (cap. l). Está en la génesis de la Iglesia en el curso de la existencia histórica de Jesucristo (cap. II). Está en la naturaleza de la Iglesia (cap. III), en su acción (IV), en su palabra (V). El Misterio está también en el fulgor de la santidad eclesial (cap. VI), está en fin en toda la historia de la Iglesia, presente, pasada y futura (cap. VII).

-.-

 


CAPITULO PRIMERO


EL MISTERIO DE LA IGLESIA-  ANTES DE LA IGLESIA


El origen de la Iglesia plantea un problema. ¿De dónde viene esta comunidad? ¿Cuál es su principio de explicación? ¿Hállase éste en el nivel de la humanidad, y la Iglesia es producto de la historia, como el imperio de los Incas o las civilizaciones industriales? ¿Deberemos decir, por el contrario, que su principio de explicación es transnatural, de suerte que la Iglesia no puede ser nunca tratada como un fenómeno puramente humano? 
A estas preguntas hay que responder desde el principio: la Iglesia no se explica simplemente recurriendo a intenciones y acciones situadas a ras de historia, sino a un Acontecimiento que trasciende absolutamente todo el orden natural histórico y que no obstante se inscribe en él y lo modifica, es decir, a una Decisión de la Voluntad de Dios. Ciertamente, al proclamar esta verdad, se choca inmediatamente con la opinión común, que no ve en la existencia de la Iglesia sino el resultado de leyes sociológicas. Según este modo de ver, la aparición de la Iglesia se explicaría únicamente por la necesidad en que se halla el hombre de vivir en sociedad si quiere subsistir biológicamente, intelectualmente, moralmente y religiosamente. Sin negar la parte de verdad que este concepto encubre, hay que declararlo radicalmente incompleto, reconocerlo perfectamente ilusorio, mientras sea retenido de manera exclusiva.
El principio de la Iglesia es un misterio sobrenatural. Se presenta bajo dos aspectos diferentes.
Por un lado, el origen de la Iglesia está fuera del tiempo, oculto en Dios. Es el Pensamiento Eterno según el cual el Dueño del Tiempo decide escribir la historia de los hombres y conducirla a su término por medio de Jesucristo y de su Iglesia. Dios predestina el tiempo de traer la Iglesia.


Por otro lado, el misterio de la Iglesia desciende al tiempo, aun antes de que la Iglesia aparezca sensiblemente en la historia humana. Dios dirige entonces la historia en previsión de la Iglesia que nacerá, da a luz progresivamente esbozos y bosquejos de la Iglesia futura, a través de los acontecimientos humanos y de manera alusiva. Es la profecía de la Iglesia.
Pero, se dirá tal vez, si la profecía procede por alusiones y esbozos, no merece el nombre de «profecía». De hecho, si «profecía» debe significar «predicción» pura y simplemente, es decir, «anuncio y descripción completa de un acontecimiento futuro claramente circunscrito», no se trata de profecía en el caso que nos ocupa. Pero, en realidad, las profecías del Antiguo Testamento son el anuncio repetido, sucesivo, de la Voluntad de Dios, que orienta la esperanza y la espera de los hombres hacia un Futuro determinado, sin por ello describir con precisión el término futuro, sin dar el retrato de cuerpo entero del acontecimiento anunciado. Por cuanto la profecía se define como acabamos de hacerlo, no es reconocida como verdadera profecía sino después del cumplimiento de los acontecimientos. Así, los judíos, que oyeron a los profetas proyectar hacia el futuro los brillantes cuadros de un Israel triunfante, no podían saber que su pueblo prefiguraba la Iglesia, por más que conocieran perfectamente que su nación preparaba el Reino Universal de Dios. En cuanto a nosotros, que contemplamos ahora el pueblo eclesial, podemos percibir retrospectivamente en los bosquejos del pasado la ascensión de la Iglesia en el horizonte judío.

I. Predestinación de la Iglesia
¿Por qué la Iglesia? La única explicación es la decisión soberana por la cual Dios la destina a nuestra tierra, para una época determinada, en una región determinada. La Iglesia no tiene explicación natural que sea exhaustiva; no es efecto de las causas segundas, aunque sean humanas y espirituales, como si la acción de estas últimas bastara para dar razón adecuada del hecho eclesial.
No obstante, este hecho que ninguna historia explica, se halla en plena historia. La Iglesia está hecha con hombres - ¡nadie lo discute! -, sufre el rechazo de los acontecimientos, influye, en parte, en estos mismos acontecimientos, pero no es su producto. 
Lo decía san Pablo, hace ya mucho tiempo, a los cristianos de Efeso: nuestra unión, tomada sobre la masa humana, es objeto de un Designio Eterno, nuestra comunidad eclesial no es el fruto de un azar ni siquiera providencial:«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha colmado en Cristo de toda suerte de bendiciones espirituales del cielo, así como por él mismo nos escogió antes de la creación del mundo, para ser santos y sin mácula en su presencia, por la caridad; habiéndonos predestinado al ser de hijos suyos adoptivos por Jesucristo a gloria suya... para hacernos conocer el misterio de su voluntad, fundada en su beneplácito, por el cual se propuso el restaurar en Cristo, cumplidos los tiempos prescritos, todas las cosas de los cielos y las de la tierra. Por él fuimos también nosotros llamados como por suerte, habiendo sido predestinados según el decreto de Aquél que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad, para que seamos la gloria y el objeto de las alabanzas de Cristo, nosotros que hemos sido los primeros en esperar en él» (Ef, 1, 3-12 passim).

Así pues, en este tiempo en que el hombre piensa regular la marcha del mundo, la Iglesia está en devenir, a la sombra de Dios, desde siempre y hasta el fin de los tiempos.
La Ekklesia es el Proyecto de Dios sobre el tiempo de los hombres y éste no adquiere forma de historia sino gracias a la Iglesia. Tal es la ley del tiempo que es nuestro. Reconocido esto, hay que descender ahora hacia la historia de los historiadores para reconocer en ella el otro aspecto del misterio. Así podremos discernir cómo anuncia Dios y realiza concretamente su Designio, como se desarrolla la profecía de la Iglesia.

II. La profecía de la Iglesia
En un sentido que hay que aclarar, la Iglesia estaba en el Antiguo Testamento. Estaban persuadidos de ello los Padres, que decían muy simplemente que los Justos del Antiguo Testamento pertenecían ya a la Iglesia.
Bajo otra forma, los primeros cristianos, en la Iglesia de los Apóstoles, expresaban el mismo pensamiento. Tenían conciencia de ser el verdadero Israel, el verdadero pueblo de Dios, y de ponerse a continuación de una historia muy antigua, tan antigua como la historia de Moisés. San Pablo, tan sensible a la novedad del cristianismo, no deja de designar la asamblea de los fieles como el verdadero Israel, y los hijos de la verdad cristiana como los descendientes de Abraham (Gálatas, 4, 28; Romanos, 9, 6-13). Por ello no siente ningún apuro en declarar que Abraham es «padre de todos nosotros», que somos los cristianos (Romanos, 4, 12-16). Como dirá más tarde San Gregorio de Nisa, «si todos los que tienen el corazón puro ven a Dios, los que de hecho le ven son y se llaman Israel a justo título» 
En otro signo aún se manifiesta la conciencia que tienen los cristianos de ser espiritualmente judíos. A los fieles de Cristo, en efecto, pasa de entonces en adelante la palabra laôs (pueblo), aplicada antes a Israel, laôs de Dios. Hecho insignificante, si se quiere, pero que revela la certeza espontánea de que se produce un cumplimiento con la Iglesia de Cristo: el verdadero pueblo se realiza 2. Si el cumplimiento se da con la Ekklesia, el principio pues ha sido puesto antes, antes de Cristo, antes de los cristianos. La Iglesia ha existido, pues, incluso antes de aparecer, lo cual reconocía san Gregorio el Grande cuando escribía: «La Iglesia, situada ya en la Ley Antigua, deseaba a Cristo y le esperaba» 3.Pero si la Iglesia estaba en la antigua Economía, no estaba sino en esperanza, en esbozo. Su presencia es análoga a la presencia de la encina en la bellota. Su crecimiento será una obra de largo aliento, extendida sobre muchos siglos. En este desarrollo, hay ciertos momentos particularmente decisivos.

El esbozo de la Iglesia en el pueblo escogido por Dios.- La profecía de la Iglesia empieza el día en que una multitud de hombres fue reunida por la intervención inmediata de Dios 4.
Que este acontecimiento se dio y que fue realizado por el Dios todopoderoso, es ciertamente el hecho de nuestra historia que más merece extrañarnos. Ya que esta multitud era una banda muy semejante a otras por los instintos y los apetitos. Estaba compuesta por los descendientes de aquellas «setenta» personas que penetraron en Egipto siguiendo las huellas de José y «aumentaron y se multiplicaron hasta el punto de llenar el país» (Éxodo, 1, 7). La continuación de su historia demostrará que esta raza no es menos cruel ni menos inmoral que otras varias. Estos hombres no son más que una raza terrestre.Es también un hecho que esta raza, dispersada a través de Egipto, gracias a Moisés se reagrupará. Pero se reagrupa en nombre de Yahvé y en nombre de la misión que Yahvé ha impuesto a Moisés. Entonces, también en nombre de Yahvé, aquellos hombres, aquellas mujeres, aquellos niños, dejan Egipto (Éxodo, 12, 38). Avanzan por el desierto, renegando y rebelándose, en él se aglutinan unos con otros, acaban por formar un pueblo poco homogéneo, que adora a un mismo Dios, que marcha hacia el mismo fin, la Tierra prometida, y entran por fin, siempre en nombre de Yahvé, en la tierra de Canaán.Y es la reagrupación de estas tribus semitas lo que sancionaba el acontecimiento del Sinaí, dándole un sentido trascendente y definitivo. A decir verdad, la significación del acontecimiento aplasta a ese pobre pueblo. Se comprende bien, ya que a fin de cuentas sucede una cosa inmensa: Dios escoge para sí como pueblo particular a ese conjunto de nómadas indóciles y se lo adhiere decididamente, como si tuviese verdadera necesidad de él. Lo declara solemnemente en frases que debieron de pasar por encima de la cabeza de la masa:

«Seréis para mi entre todos los pueblos la porción escogida, ya que es mía toda la tierra. Y seréis vosotros para mí un reino sacerdotal y nación santa (Éxodo, 19, 5-6).

Desde ahora, este pueblo posee una divisa. Pero no la ha escogido él y es teologal: «Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios», declara Yahvé.
Si el acontecimiento del Sinaí es decisivo, no es porque se rodeara «de truenos y relámpagos, y de una nube espesísima, acompañada de un potente son de trompa» (Éxodo, 19, 16), sino porque es esencialmente la instauración de la Alianza. Aquí está lo sorprendente, el misterio y al mismo tiempo el primer descubrimiento de la Iglesia por venir.
Todo está en esta palabra. La Alianza es un contrato que celebra Dios con esos hombres y no con otros. Que la Alianza tuvo un puesto sin par en el pensamiento religioso del pueblo hebreo y de sus descendientes, es una evidencia 5. El sentido que se le atribuye no es menos notable. Para todo hebreo, la Alianza es un acto imprevisible, cuya iniciativa corresponde únicamente a Dios, por medio del cual Dios escoge a ese pueblo y lo compromete a su servicio de una manera especial, ligándose, por así decirlo, a cambio, a esa nación. Hablar de Alianza, pues, no es declarar que todos los pueblos pertenecen a Dios. Es una cosa muy distinta. Es decir que Dios se vuelve hacia esa porción de humildad, se la adhiere, se «convierte» a ella en nombre de su Fidelidad, porque así lo quiere (Deuteromio, 7, 6). Pero es también inmediatamente una toma de posesión, de suerte que esa raza se convierte en «la porción de Yahvé», su parte de herencia en la tierra, su propiedad en este mundo, como si el resto del Universo no lo fuera, respecto a esta propiedad (Deuteronomio, 32, 9). La Alianza, aunque sea misericordia, es una relación de derecho; crea lazos recíprocos. A partir del Sinaí, los hebreos merecen, pues, el título de pueblo de Dios. Ni siquiera hay necesidad ya de decir explícitamente la pertenencia a Yahvé. Decir «el pueblo» es designar suficientemente al «pueblo de Dios». Esto distingue a Israel de todos los demás, que no son sino «naciones» 6.


Extraño pueblo en verdad, que no debe sino a Dios su existencia, su constitución, su patria (Deuteronomio, 4, 34-38; 32, 6-11; 33, 29), cuya vocación consiste en reservarse para Dios solo. Marcha pues, tras verse rehusar el derecho a desposarse con las hijas de las naciones vecinas, y el de contrastar alianza con esas mismas naciones (Deuteronomio, 7, 1-4). Su política, la única que le es lícita, es creer en Yahvé y no guiarse en absoluto por la sabiduría de los hombres. En estas condiciones, merece ser llamado por Dios «mi hijo primogénito» (Éxodo, 4, 22). Este pueblo es tan de Dios que el profeta Samuel le rehúsa elegir a un rey «que le rija como a las demás naciones» (Samuel, 8, 5). Esto sería atentar contra las prerrogativas de Dios que es el único rey: «A mí me han desechado, dice Yahvé, al no querer que reine sobre ellos» (1 Samuel, 8, 7). Si al cabo se concede la realeza, Dios mantendrá su exclusiva regencia escogiendo al detentador del poder (I Samuel, 10, 24-, II Samuel, 7, 8), disponiendo soberanamente de la estirpe real hasta el fin de los tiempos (II Samuel, 7, 12-16; Jeremías, 23, 5-6; 33, 14; Ezequiel, 33, 24-31; 37, 24-28). Al recibir gobernadores terrestres, el pueblo de Dios, pues, no cambiará de Príncipe. Si por ventura gobernantes y gobernados lo olvidan, los profetas recordarán a los reyes, no sin violencia, que su papel es ministerial y subordinado (I Reyes, 18 a 19; Oseas, 13, 4-11; Isaías, 43, 15; 44, 6).También la fisonomía de este pueblo es curiosamente única. 
Israel es propiedad divina, sin que posea tierra, patria, reyes, existencia, sino en virtud de un decreto especialmente dictado por Dios en su favor. Si las «naciones» poseen sus dioses, Israel, en verdad, es poseído por su Dios, el único dueño del mundo.
¿No evoca todo esto al «pequeño rebaño» mucho más tarde reunido por el Hijo de Dios? Él es, el Hijo de Dios, quien inventa esta reunión. Es también su propiedad. Hablando de lo que acaba de hacer, dice: «mi asamblea, mi Iglesia». ¡Él es quien designa sus jefes. Esto ocurre también en una montaña, pero sin estallido, pues el Verbo de Dios se ha hecho hombre verdadero (cf. Lucas, 6, 12- 16). En fin, a esos Doce, el Hijo de Dios les conducirá lejos de los caminos hollados por los hombres, lejos de sus preocupaciones, desprovistos de medios, para que no tengan más que una preocupación: «venga a nos el Tu reino, hágase Tu Voluntad así en la tierra como en el cielo». Jesús, nuevo Moisés, es más grande que Moisés.


El pueblo testigo, figura de la Iglesia. -Los rasgos propios de Israel se acusan también si se considera la misión que se le da. Ésta no es simplemente existir, durar, prosperar, dominar, política. Sino que es, ante representar un personaje en la escena política. Sino que es, ante todo, testificar que existe un Designio de Dios sobre el mundo, que se cumple en Israel, que se cumple. también, por Israel. Este Designio es nada menos que el Reino universal de Yahvé. Es todo esto lo que Israel debe testificar. Es definido incluso como el pueblo testigo: «He aquí, dice Yahvé, que yo voy a presentarle como testigo a los pueblos» (Isaías, 55, 4). Helo pues el servicio del Reino de Yahvé. Jerusalén no tiene otra razón de existir que la de ser el lugar de donde se proyecta y donde se cumple el designio de Dios:

«De Sión vendrá la Ley y de Jerusalén la palabra de Yahvé» (Miqueas, 4, 2; Isaías, 2, 2-4). «Sobre ti (Jerusalén) nacerá el Señor, y en ti se dejará ver su gloria. Y a tu luz caminarán las gentes, y los reyes al resplandor de tu nacimiento» (Isaías, 60, 2-3).

Testigo de Dios Israel lo es también porque será el instrumento del Reino de Yahvé, no ya en favor de las naciones paganas, como en los textos ahora citados, sino contra ellas (Isaías, 10, 17). Pueblo testigo, lo es más aún y de forma más alta, porque tiene la preocupación de la gloria de Dios y se confiesa responsable de ello ante el mundo entero, como en esta hermosa oración:

«Que todos te conozcan, Señor, como nosotros hemos conocido que no hay otro Dios sino tú, Señor... que todos en la tierra reconozcan que tú eres el Señor, el Dios eterno» (Eclesiástico, 36, 4-17) 

El pueblo testigo es responsable de la verdad, debe proclamarla a los demás, debe en primer lugar guardarla él mismo. Y la conoce bien, esa verdad primordial. Le ha sido presentada solemnemente: «No tendrás otros dioses ante mí» (Éxodos, 20, 3-23). Por tanto, si el pueblo testigo tergiversa, deja de ser testigo, pierde toda su razón de ser, no le queda sino perecer. Así, la apostasía que se declara alrededor del becerro de oro, en ausencia de Moisés, reclama un castigo que prefigura ya la desaparición del pueblo ya que «aquel día, tres mil hombres del pueblo perdieron la vida» (Éxodo, 32, 28). Otros ejemplos hay, igualmente sangrientos. A estos últimos se junta una enseñanza perfectamente clara: «No os dejéis seducir en vuestro corazón... la cólera de Yahvé se inflamaría contra vosotros y pereceríais pronto en este feliz país que os da Yahvé» (Deuteronomio, 10, 17). Es Moisés quien pronuncia estas palabras. Pero después de él otros lo dirán y repetirán. En este asunto, todos los profetas fueron elocuentes, Amós (2, 4-1-6), Isaías (5, 8-30), Jeremías (1, 15-17), o Ezequiel (33, 23-29).


En una palabra, la misión del pueblo de Dios es estrictamente religiosa, aunque deba llevar una existencia política, mezclada a los acontecimientos internacionales. También en esto ese pueblo es único. Tiene de ello conciencia, por otra parte, por más que nunca verificó completamente hasta qué punto debía ser único. En él se anuncia la Iglesia. ¿Acaso no es, en efecto, la nación reunida por Dios, la nación consagrada a Dios, la nación testigo del Dios único? ¿No será esto la Iglesia también? Sin duda es un esbozo muy vago cuyos contornos indecisos no permiten prever todos los rasgos esenciales de la Iglesia por venir. Es un esbozo positivo con todo, en cuando dibuja unas estructuras que se

perpetuarán en la Iglesia de Cristo, a saber: pueblo convocado por Dios, pueblo consagrado a Dios, pueblo testigo de Dios.


 

 

El desarrollo de la profecía.- Así avanza la profecía de la Iglesia. 
A los rasgos que hemos destacado, se añaden otros que sorprenden. En efecto, la profecía entraña un aspecto positivo y un aspecto negativo. El aspecto negativo es el fracaso temporal de este pueblo. El aspecto positivo es la afirmación en el mismo fracaso de que el pueblo tendrá así y todo un futuro indefinido.

El fracaso. -Hay que trazar sumariamente el itinerario de la prueba, para comprender las superaciones. El fracaso es el de la nación y aparentemente el fracaso del Designio de Dios al mismo tiempo.
«Porción de Yahvé» y testigo de Dios, la nación había recibido una misión inmensa y aplastante. Iba a ser inferior a su vocación y a sucumbir bajo el peso de tanta grandeza.
La apostasía del Sinaí, en la misma hora de la elección y de la Alianza, es sintomático. Debía ir seguida de otras muchas. Todo es ocasión para ello: la instalación en la tierra de Canaán entre las tribus idólatras, los contactos con los grandes pueblos de Oriente. Jamás en el pueblo elegido la idolatría será completamente cortada, ni bajo los Jueces ni bajo los Reyes; y el Eclesiástico, dando una ojeada sobre el pasado de la Realeza, debe declarar melancólicamente que «a excepción de David, de Ezequiel y de Josías, todos cometieron iniquidad» (49, 4). Se enseñó a este pueblo que siendo consagrado no podía tener confianza sino únicamente en Dios. La historia del Éxodo le era sometida incesantemente ante los ojos como prueba e ilustración de este destino estrictamente religioso. No obstante, 
Israel no pudo decidirse nunca a no ser más que el pueblo de Dios. Si las tribus reclaman un rey, es porque quieren organizar por sí mismas su seguridad y su grandeza, como si respecto a ellas Dios pudiera faltar a la fidelidad. Tal es su pecado, tal es también el fracaso de la Alianza, y todos tienes conciencia de ello: «A todos nuestros pecados hemos añadido la maldad de pedir un rey que nos gobernase» (I Samuel, 12, 19). Más tarde, les parecerá que la Alianza con Dios sólo es un medio de defensa bastante irrisorio contra los poderosos vecinos que tienen carros y caballos. Entonces buscarán otra cosa, para mayor indignación de los profetas (Isaías, 7, 1-9; 30, 1-7; cf. 22, 8-12). El mismo culto se reduce a servir de garantía contra el infortunio (Isaías, 1, 11-18; Amós, 5, 21-27). En suma, Israel no consiente en ser un pueblo aparte, tal como Yahvé le prescribió cuando declaraba: «Sed santos porque yo soy santo» (Levítico, 11, 45). A despecho de todas las censuras, Israel duda en apoyarse en la única «Roca» (Salmo, 18, 32; Deuteronomio, 32, 3; Isaías, 44, 8; 45, 21). En una palabra, no llega a ser aquello para lo cual ha sido reunido: pueblo de la fe y pueblo de Yahvé.

Así pues, no es sino a duras penas el pueblo de la Alianza. ¿No se rompe ésta finalmente a fuerza de infidelidades? «Me marcharé, declara Yahvé, y volveré a mi habitación» (Oseas, 5, 15), «han violado mi alianza y me han traicionado (Oseas, 6, 7). Los profetas van repitiendo que por voluntad del pueblo se ha roto la alianza, que se ha aniquilado (Isaías, 24, 5). Sin temor a exasperar a sus oyentes, empleando imágenes muy gráficas -la del adulterio por ejemplo-, los profetas, a partir del siglo VIII, declaran que la Alianza se hunde a causa del pecado de Israel (Oseas, 1, 9; 2, 5; Jeremías, 11, 10; 31, 32; Ezequiel, 15, 59; 44, 7).
Cuando aparece el Deutero-lsaías en el siglo VI, se tiene la impresión de que el tiempo de la Alianza mosaica es una época superada. Ningún recuerdo queda, se dirá, ningún sillar sobre el cual se pudiera reconstruir (Isaías, 54, 10; 55, 3; 61, 8 ss). En todo caso, parece que la Alianza mosaica ha sido vana. Israel, pues, perecerá. Es el cumplimiento normal de la profecía amenazadora consignada en el Levítico (26, 14). El Deuteronomio la atestigua de nuevo (28, 15 y ss), resumiendo el pensamiento común a los anteriores profetas: Dios no reprimirá su justa cólera. Ya que el pueblo prácticamente apostata, el contrato celebrado en el Sinaí queda anulado; ya que esta nación rehúsa su función original, puede y debe desaparecer.
Y es lo que ocurre. A despecho de algunos enderezamientos pasajeros, la decadencia de las Doce tribus se producirá paulatinamente. Después de la efímera gloria de Salomón, viene el cisma de las tribus del Norte (hacia 931), después de la
destrucción del reino del Norte (721), la del reino de Judá (587). Es el exilio. Después del fin del exilio, servidumbre sucede a servidumbre, esperando la ruina de Jerusalén (70 después de J. C.) y la dispersión del pueblo judío por la superficie de la tierra.

La superación del fracaso. - Ahora bien es precisamente en el interior y en razón de este largo fracaso, donde se prosigue el bosquejo profético de la Iglesia. En efecto, por oposición y en contraste con el hundimiento del pueblo de la Alianza, se dibuja la figura del futuro. El recuerdo de algunos momentos más importantes bastará para darlo a comprender. Entre los siglos octavo y cuarto, los profetas anunciaron

constantemente la ruina del pueblo escogido, pero inmediatamente y sin transición pasaban a las seguridades de reanudación y de perpetuidad para este mismo pueblo. Así, mientras predicen la aniquilación de Israel, repiten con firmeza la profecía de Natán dirigida a David: «Tu casa y tu Reino subsistirán para siempre ante mí» (11 Samuel, 7, 16).
Sus oráculos explican por otra parte que el pueblo consagrado a la destrucción permanecerá. Figurando el futuro con las imágenes que el pasado o el presente les proporcionan, certifican que el pueblo de Dios dividido por el cisma de 931 será
reconstituido, que los fragmentos dispersos, Israel y Judá, se reunirán (Oseas, 2, 2-3; Ezequiel, 37, 15-19), que volverá David, que una Jerusalén invencible brillará a perpetuidad (Isaías, 54, 11-15; 60, 19-20; Ezequiel, cap. 40-48), que el Reino de Dios le instaurará definitivamente en el pueblo, que por mediación de este último se inaugurará el Reino de Yahvé en el universo. (Isaías, 45, 23-35; cf., 52, 7; 60, 14-16; Jr, 33, 9). Así en la victoria alcanzada por Dios sólo el pueblo de Dios triunfa y recibe contra la muerte una garantía perpetua. La profecía promete un Israel imperecedero, de igual modo que la Iglesia recibirá la misma seguridad de perpetuidad.
¿Pero es en realidad Israel lo que la profecía describe bajo rasgos tan brillantes? ¿Existe una continuidad entre el Israel del presente y el Israel por venir? Sin duda alguna. Es la nación actual la que será el pueblo de Dios en el futuro, o por lo menos los descendientes de esta nación. Cierto que los oráculos proféticos anuncian que la nación actual deberá sufrir recortes, estrecharse a través de amputaciones 
considerables. Israel no conservará sino las dimensiones de un «Resto» 7. Pero permanecerá un resto, declara Amós, desde el siglo octavo (3, 12; 5, 15). Espiritualmente, este pueblo será nuevo. En un futuro indeterminado, una «Nueva Alianza» se concluirá, ya que la primera se ha revelado ineficaz. La Nueva Alianza es una Alianza Eterna (Isaías, 53, 3; Jeremías, 31, 31-34; Ezequiel, 37, 26). Ella abre pues el último período de la historia humana, la época definitiva.

Entonces ocurrirá un acontecimiento considerable. La Alianza y la ley no serán ya inscritas en tablas de piedra como en el Sinaí, sino interiorizadas en el corazón del hombre por el Espíritu de Dios. Desde entonces el sentido espiritual de la justicia habitará las generaciones futuras:

«Pondré mi Ley en el fondo de su ser y la escribiré en su corazón. Entonces seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jr 31, 33). «Derramaré yo mi espíritu sobre toda clase de hombres... Y aun también sobre mis siervos y siervas derramaré mi espíritu... Cualquiera que invocara el nombre del Señor será salvo, porque en el monte Sión y en Jerusalén hallarán la salvación... (Joel, 2, 28-32).

El pueblo del futuro será pues un pueblo de justos, «ellos no dañarán ni matarán en todo mi monte santo; porque el conocimiento del Señor llenará la tierra, como las aguas llenan el mar» (Isaías, 11, 9). Entonces Israel será verdaderamente el pueblo de Dios, rebaño conducido por el Buen Pastor, el mismo Yahvé: «Cuidaré yo mismo de mi rebaño y lo revistaré» (Ezequiel, 34, 12-16). Entonces Israel accederá al rango de nación esposa del Señor: «Tu esposo es tu Creador» (Isaías, 54, 5). La grandeza de este futuro se anuncia también en otras imágenes. Israel es descrito como ciudad y como templo a la vez, del cual Yahvé es el constructor (Isaías, 54, 11-12), donde la Paz ejerce el juicio, donde gobierna la Justicia, donde las puertas se llaman «Alabanza» y los muros «Salvación» (Isaías, 60, 17- 18). 
Esta ciudad merece apelativos teologales: «Te llamarán Ciudad de Justicia» (Isaías, 1, 26), «Ciudad de Yahvé, Sión del Santo de Israel» (Isaías, 60,14), o también, según Ezequiel: «El nombre de la ciudad será en adelante "el Señor está en ella"» (48,35). Así el pueblo futuro se convierte en el pueblo de Dios en un sentido
eminente, ya que será el pueblo de la presencia Divina. Tales caracteres trascienden evidente e infinitivamente el pueblo carnal, el Israel engolfado en sus pecados, sus cálculos, su incredulidad. En particular, tales prerrogativas transfiguran el Israel terrestre, limitado a los individuos de una sola raza. En efecto, si la justicia es constitutiva del Israel futuro, ¿cómo no iban a ser miembros suyos los justos de todos los países, como no iban a entrar en el pueblo de Dios? Estas perspectivas habían sido abiertas desde la revelación hecha a Abraham (Génesis, 12, 1 ss). 

Fueron repetidas y desarrolladas en los profetas; todos están llamados a la salvación, hasta los que habitan «los extremos de la tierra» (Isaías, 49, 6). Más precisamente, la puerta de la Ciudad no se cerrará ante el extranjero fiel al Dios verdadero, no se cerrará tampoco ante el eunuco, y Dios añade: «Juntaré otros a los que ya están juntos», sus preces y sus sacrificios serán recibidos con agrado, ya que «mi casa se llamará casa de oración para todos los pueblos» (Isaías, 56, 3-7). Si bien la igualdad entre todos aún no es proclamada, - Jesucristo será el primero en hacerlo - es ya sin embargo la afirmación de la salvación ofrecida universalmente. Estos rasgos, repitámoslo, no podrían aplicarse al Israel contemplado por los autores de los libros sagrados. Y sin embargo es precisamente su pueblo y su destino lo que describen. Pero las mezquindades, el formalismo legalista, los «cuellos envarados»

han desaparecido. Se levanta otro mundo, espiritual e ilimitado preservado contra toda disgregación y regresión, ¿No es esto una figura de la Iglesia de la tierra, universal e indefectible? Este cuadro evoca al mismo tiempo la Iglesia triunfante, más allá del tiempo y de la tierra. Presenta en efecto un mundo en que ya no se comete el mal, donde el dolor es superado, así como la muerte. Estas previsiones no pueden realizarse en el futuro de la historia, sino sólo en la eternidad de Dios ¿quién lo discutiría? Así la Jerusalén celeste parece oscilar entre cielo y tierra. ¿No es esto también una prefiguración de la Iglesia, que vive en la tierra y se perfecciona en Dios en la eternidad, donde posee «de jaspe los baluartes, de rubíes las almenas, de cristal las puertas y de piedras preciosas los recintos» (Isaías, 54, 11-12), donde

Yahvé será la luz, «cuando los días de su llanto se hayan cumplido» (Isaías, 60, 20; cf., 54, 11-12)? Los dos horizontes, tiempo y eternidad, se superponen, se prolongan uno en otro. El pueblo histórico y terrestre anuncia otro pueblo, el pueblo de los santos admitidos a la visión de Dios. A pesar de la obscuridad inherente a la mezcla de las perspectivas, una cosa es clara: el futuro predecido no se realizará sino a través de una crisis. Ésta será dramática para Israel. Será el tiempo de las desdichas: trastornos nacionales, devastaciones en el país, destrucción de Jerusalén y del templo, esclavitud, destierro. Es la condición absoluta para que un «Resto» fiel y digno del designio de Dios se forme y retoñe. Ahora bien, si se sigue al «Resto» a través de los oráculos de Isaías, se le ve identificarse con un personaje misterioso, «el Servidor de Yahvé» 8. Este último es a la vez la colectividad del «Resto» y un ser individual cuya misión es salvar a Israel y a todos los hombres. Más aún, el Reino de Yahvé se concentra en este personaje. Es el elegido de Dios (Isaías, 42, 1-6), el «Resto», la Alianza del pueblo (Isaías, 49, 8), el Justo (Isaías, 42, 1; 50, 4-5). El Servidor de Yahvé se presenta pues como el verdadero Israel, fiel a la Alianza, instrumento de la salvación universal. Pero el «Resto» es singularmente reducido: no lo constituye más que un solo individuo.
Para el Servidor, igualmente, la crisis es formalmente predecida en términos concretos. Será «objeto de menosprecio y recusación de la humanidad, varón de dolores y visitado por el sufrimiento» (lsaías, 53, 3).
En esta extrema miseria y a causa de esta extrema miseria, se cumplirá la misión confiada antaño a la nación entera y mencionada de nuevo en el caso del Servidor. Él será el instrumento del Reino de Yahvé (Isaías, 49, 6-7). Ofreciendo su vida en expiación, «verá una larga descendencia.... y se cumplirá por él la voluntad de Yahvé... Justificará a muchos con sus sufrimientos, cargando sobre sí los pecados de todos» (Isaías, 53, 10-11). Así pues, a partir del «Resto» de Israel que resume el Servidor, a causa de él, el Reino de Dios va a extenderse y a triunfar: «Yo le concederé multitudes», declara el oráculo (Isaías, 53, 12). La existencia del
Servidor es pues promesa de una fecundidad ilimitada, de una renovación a través de la muerte. Lo que se profetiza es el triunfo de la Cruz, y con éste la predicción de un universo de rescatados por la Cruz.


En el Servidor de Yahvé se ha reconocido a Cristo. Israel, según el designio de Dios, conduce a él, desaparece en él como raza, instrumento de salvación, para surgir de él nuevamente, pueblo de la nueva alianza, reclutado en nombre de la justicia, con vistas a llevar la salvación universal a los extremos de la tierra. Podemos ahora intentar un rápido vuelo por encima de la profecía entera.
Los profetas se dirigían al pueblo histórico, mas para convertirlo. Lo superaban pues sin cesar, mostrándole lo que debía ser. Sus palabras proyectaban más arriba del Israel concreto la imagen de un Israel mejor, y la proyectaban en el futuro que Dios iba a realizar. Así se descubría poco a poco el pueblo tal como Dios lo quería. En cuanto al pueblo histórico, de raza judía, nunca llegó a ser y a permanecer el pueblo de Dios que los profetas le invitaban a hacerse. Por lo demás, ¿qué pueblo hubiera llegado a serlo, sin ser primero renovado y como reconstruido de pies a cabeza? En el plano de la historia, el pueblo judío va de fracaso en fracaso, y esta dolorosa aventura interpretada por los profetas, comprendida por los humildes, enseña la necesaria renuncia a las miras terrestres, el abandono indispensable de las ambiciones humanas, la obligación de una fe absoluta. Sólo un reducido número asimilará estas verdades: es el «Resto». Pero dejado a sí mismo el «Resto» no puede rehacer el pueblo, renovarlo, cambiarle el corazón. El «Resto» será también reducido. Se resume en el Cristo. Él es el instrumento eficaz de la salvación, el «Servidor de Yahvé». Sólo él puede ser, porque es el Verbo de Dios en persona, Entonces Israel podrá volver a salir de la vara de Jessé, de ese hijo de David, crecer y multiplicarse, llenar la tierra. Este será el Israel fiel, universal, el que Dios ha amado desde toda la eternidad, cuyas puertas abre a cualquiera que anhele la justicia. Es la santa «convocación» que nosotros llamamos Iglesia universal. Pero antes es preciso que se haya levantado la Cruz en el Gólgota.

III. Conclusión
El misterio de la Iglesia trabaja pues incluso antes de que su nombre sea pronunciado. Está por encima del tiempo no sólo en la Intención Divina que ha decidido la Iglesia de toda la eternidad, sino también en la providencia sobrenatural que vela incesantemente por su lenta génesis. Es el misterio de la «Previsión Divina».
El Misterio de la Iglesia se inscribe también en el tiempo desde los orígenes del mundo. Por ella en efecto se han producido las intervenciones del Dueño de la Historia. Aparezca pues la Ekklesia en la hora de Dios, sean por ella todos los seres reunidos bajo una sola Cabeza, el Cristo Jesús! Esperando que esta hora suene y para que suene, Dios suscita en el corazón de los mejores el deseo y la esperanza de su reino. A algunos sugiere también los esbozos del futuro con las imágenes ampliadas de] presente. El Misterio de la Iglesia es el misterio de la Presencia Divina en tiempo de Israel. En este tiempo, Dios escribe con la libertad humana una historia particular, compuesta con la alegría y el sufrimiento de los hombres, con su vida y con su muerte. Pero en esta historia, tan parecida a otras y no más espectacular, no hay solamente esperanzas y temores de hombres, hay el Designio de Dios que es Misericordia y Transfiguración.

ANDRÉ DE BOVIS - LA IGLESIA Y SU MISTERIO - Editorial CASAL I VALL - ANDORRA-1962.Págs. 8-29. Agradecemos a mercaba.com

 

+++

 

La Iglesia una, santa, católica y apostólica». «Catolicidad significa universalidad, multiplicidad que se convierte en unidad; unidad que sin embargo sigue siendo multiplicidad».Que Dios nos guíe hacia la plena unidad de modo que el esplendor de la verdad, que sólo puede crear la unidad, sea de nuevo visible en el mundo». S. S. BENEDICTO XVI - 2005-06-29.

 

«La Iglesia no es santa por sí misma, sino que de hecho está formada por pecadores, lo sabemos y lo vemos todos», pero ésta «viene santificada de nuevo por el amor purificador de Cristo». «Dios no sólo ha hablado, nos ha querido (...) hasta la muerte de su propio hijo», S. S. Benedicto XVI – 29 Junio 2005 Festividad de San Pedro.

 

+++

 

«Cada día nacen nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error».

 

Al comentar la segunda lectura, de la carta a los Efesios, el Cardenal Ratzinger se ha referido a los ataques que ha recibido el cristianismo en los últimos años. «Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estas últimas décadas –dijo el cardenal alemán–, cuantas corrientes ideológicas, cuantas modas de pensamiento. La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido agitada con frecuencia por estas ondas, llevada de un extremo al otro, del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo. Cada día nacen nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error. Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, se etiqueta a menudo como fundamentalismo. Mientras el relativismo, es decir, el dejarse llevar» aquí y allá por cualquier viento de doctrina parece la única actitud a la altura de los tiempos que corren. Toma forma una dictadura del relativismo que no reconoce nada que sea definitivo y que deja como última medida solo al propio yo y a sus deseos. Nada más real que la descripción hecha por Ratzinger, y nada más acorde con lo que hubiera dicho Juan Pablo II.
El cardenal alemán se ha limitado a decirles a los electores del nuevo Papa lo que, posiblemente, les habría dicho Juan Pablo II Magno: que no caigan en la tentación de poner en la Sede de Pedro a alguien que no tenga la fortaleza suficiente para resistir a la «dictadura del relativismo»; que elijan a alguien –y éstas son las palabras con que concluyó la homilía– «que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría». 2005-04-18 Inicio del Conclave – Vaticano, Roma, Italia.

 

+++

En la antigüedad, después de la puesta del sol, al encenderse los candiles en las casas se producía un ambiente de alegría y comunión. También la comunidad cristiana, cuando encendía la lámpara al caer la tarde, invocaba con gratitud el don de la luz espiritual. Se trataba del "lucernario", es decir, el encendido ritual de la lámpara, cuya llama es símbolo de Cristo, "Sol sin ocaso".
En efecto, al oscurecer, los cristianos saben que Dios ilumina también la noche oscura con el resplandor de su presencia y con la luz de sus enseñanzas. Conviene recordar, a este propósito, el antiquísimo himno del lucernario, llamado Fôs hilarón, acogido en la liturgia bizantina armenia y etiópica:  "¡Oh luz gozosa de la santa gloria del Padre celeste e inmortal, santo y feliz, Jesucristo! Al llegar al ocaso del sol y, viendo la luz vespertina, alabamos a Dios:  Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es digno cantarte en todo tiempo con voces armoniosas, oh Hijo de Dios, que nos das la vida:  por eso, el universo proclama tu gloria". También Occidente ha compuesto muchos himnos para celebrar a Cristo luz.

 

Cristo es –piedra angular- origen y principio de donde dimana la luz y santidad que le sirve de base, alimento y razón, a su Iglesia Católica. La Iglesia, madre y maestra, respetuosa con la verdad que Cristo le depositara hace 2.000 años, expone con detalles y datos históricos su trayectoria evangélica. Ininterrumpidamente predica a Jesucristo y las virtudes cristianas. Estas sectas (adventistas, álamos, bautistas, jehovistas, etc.)  inexistiendo durante no menos de 1.600 años, y, sin dicha trayectoria histórica, no pasan de tener algunos aviesos parlanchines. Estos, podrán ser menos honrados y veraces, pero han resultado siempre más hábiles en la manipulación y la maniobra inescrupulosa. Ricos en lisonjear, motes y requiebros, como de dividirse inventando por arte de magia, sectas y más sectas día a día.  Porque tanto da para todos: sola gracia, sola fe, sola escritura, solo Cristo, solo gloria a Dios… solo secta; ¡mala combinación la protesta con el resentimiento! ¡extraña y agria hermandad vomita quien es más etéreo que hombre cabal! Lobos rapaces que hacen -cada día- nacer nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error».

 

+++

 

«La Iglesia no es santa por sí misma, sino que de hecho está formada por pecadores, lo sabemos y lo vemos todos», pero ésta «viene santificada de nuevo por el amor purificador de Cristo». «Dios no sólo ha hablado, nos ha querido (...) hasta la muerte de su propio hijo», añadió. Además, Benedicto XVI dijo estar «contento» por la presentación ayer del «Compendio» del Catecismo de la Iglesia Católica, «una nueva guía para la transmisión de la fe, que nos ayude a conocer mejor e incluso a vivir mejor la fe que nos une». «No se puede leer este libro como se lee una novela», advirtió el Pontífice, subrayando que «requiere meditarlo con calma en sus partes y permitir que su contenido, mediante las imágenes, penetre en el alma». «Espero que sea acogido de este modo y pueda convertirse en una buena guía para la transmisión de la fe», aseveró. El volumen, presentado ayer, de doscientas páginas, recoge en 598 preguntas y respuestas la síntesis de ese «Catecismo» que fue promulgado en 1992 por el Papa Juan Pablo II. El «Compendio» no ofrece añadidos ni cambios al contenido de aquel volumen de unas 700 páginas.S. S. BENEDICTO XVI-2005-06-29.

 

+++

 

La misión de la Iglesia tiene como fin la salvación de los hombres, la cual hay que conseguir con la fe en Cristo y con su gracia. Por tanto, el apostolado de la Iglesia y de todos sus miembros se ordena en primer lugar a manifestar al mundo, con palabras y obras, el mensaje de Cristo y a comunicar su gracia. Todo esto se lleva a cabo principalmente por el ministerio de la palabra y de los sacramentos, encomendando de forma especial al clero, y en el que los seglares tienen que desempeñar también un papel de gran importancia. Son innumerables las ocasiones que tienen los seglares para ejercitar el apostolado de la evangelización y de la santificación. El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios. Lo avisa el Señor: «Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos». Este apostolado, sin embargo, no consiste sólo en el testimonio de vida. El verdadero apóstol busca ocasiones para anunciar a Cristo con la palabra, ya a los no creyentes, para llevarlos a la fe; ya a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a mayor fervor de vida: «Porque la caridad de Cristo nos constriñe». En el corazón de todos deben resonar aquellas palabra del Apóstol: «¡Ay de mí si no evangelizare!» Mas, como en nuestra época se plantean nuevos problemas y se multiplican errores gravísimos que pretenden destruir desde sus cimientos la religión, el orden moral e incluso la sociedad humana, este santo Concilio exhorta de corazón a los seglares a que cada uno, según las cualidades personales y la formación recibida, cumpla con suma diligencia la parte que le corresponde, según la mente de la Iglesia, en aclarar los principios cristianos, difundirlos y aplicarlos certeramente a los problemas de hoy.
Decreto Apostolicam actuositatem, 6 – VATICANO II

 

+++

 

En la homilía de San Juan de Letrán, S. S. Benedicto XVI - P. P. explicó de manera insuperable el ministerio del Papa y de los obispos como garantía de que esa red de testigos que es la Iglesia, extendida en el espacio y en el tiempo, permanece fiel a su origen y fuente que es Cristo. Ninguna comunidad (tampoco la Iglesia), ningún hombre (tampoco el Papa) “posee la Verdad”, ni puede imponerla a persona alguna. Y sin embargo los cristianos sabemos que la Verdad no es una idea, sino el Misterio de Dios que se ha revelado en la carne y ha montado su tienda entre nosotros, para ser accesible a todos los hombres. Para la Iglesia, Cristo no es una posesión que se defiende, sino la presencia viva de Dios que continuamente le da forma, le mueve a cambiar, le saca de la tentación de fosilizarse, le llama a una conversión muchas veces dolorosa, y le urge a comunicar su tesoro a los hombres de todo tiempo y lugar. 2005-04

 

+++

 

“El Papa no es un soberano absoluto que lo que piensa y quiere es ley. Al contrario, su ministerio es garantía de la obediencia hacia Cristo y a su Palabra. Él no debe proclamar sus propias ideas, mas debe vincularse constantemente él propio y la Iglesia a la obediencia hacia la Palabra de Dios, en frente a todos los tentativos de acomodamientos y diluentes, como así también afrontar cualquier oportunismo”. 

2005-05-07 – S. S. Benedicto XVI – San Juan de Letrán.

 

+++

 

El cristianismo, como es sabido, no nació en Europa, sino en Asia Menor, en la encrucijada de tres continentes, el asiático, el africano y el europeo. Por este motivo, la interculturalidad de las corrientes espirituales de estos tres continentes pertenece a la forma originaria del cristianismo. Solo la difusión del Islam sustrajo al cristianismo de Oriente próximo gran parte de su fuerza vital, mientras echaba a las comunidades cristianas de Asia; en cualquier caso, a partir de entonces el cristianismo se convirtió en una religión europea. 2003-07-18 Cardenal + Joseph RATZINGER - Al día: S. S. BENEDICTO XVI  - P.P. - 2005

 

+++

 

«Apelar a la tolerancia para desacreditar la posibilidad de convicciones fuertes es un error de bulto, pues la tolerancia se apoya y alimenta de una convicción. La tolerancia no implica relativismo, más bien al contrario.» 2005

 

+++

 

El problema de la convivencia cívica, y el de la convivencia entre personas de diferentes creencias religiosas, tradiciones culturales, etc., es un problema real, en todo tiempo y de modo especial en la época contemporánea. Pretender resolverlo postulando la separación programática entre política y religión es condenarse a hacerlo insoluble, ya que es .precisamente el reconocimiento de la dimensión religiosa del hombre lo que lleva a fundamentar radicalmente la trascendencia de la persona y, por tanto, a poner de relieve la necesidad del respeto a la intimidad de las conciencias y los consiguientes límites de toda autoridad estatal (cfr. Conc. Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae, 1-3).

 

+++

 

 

“¡Oh, cuán breves, cuán falsos, cuán desordenados y torpes son todos los placeres! Los hombres, por estar borrachos y ciegos, no lo entienden así y a manera de estúpidos animales, por unos placeres de esta vida mortal, corren hacia la muerte del alma.” [La Imitación de Cristo]

 

+++

 

«Desgraciado de mí, si con el pretexto de abertura o renovación me pongo a adorar unas vagas y pretenciosas creaciones de mi espíritu, en lugar de adorar al Hijo que vive eternamente en la Iglesia. ¡Desgraciado de mí, si coloco mi confianza en las novedades humanas, cuyo calor momentáneo no es más que el cadáver pronto a desaparecer! ¡Desgraciado de mí, si quisiese sacar sólo mi credo en los pozos profundos de mi verdad, en vez de apoyarme en la sabiduría y en la pureza de las que dotó el Esposo definitivamente a la esposa! ¡Ojalá comprenda siempre mi apego a la tradición, que no es un pero, sino una fuerza, eso que dará origen a mis atrevimientos fecundos!» Este largo párrafo pertenece a una de la obras del cardenal Newman, La Iglesia que Cristo quiso. En otro de sus escritos, Lecture on «Anglican difficulties», el cardenal Newman se refería a las veces en las que el rechazo espontáneo por los fieles al error que campeaba en la acción de los eclesiásticos había salvado a la Iglesia. Utilizaba la analogía del organismo vivo que no tolera los elementos ajenos a él. San Hipólito escribió que «el Espíritu Santo confiere a aquellos que gozan de una fe recta la gracia perfecta de saber cómo los que están a la cabeza de la Iglesia deben enseñarlo y guardarlo todo». Fue el pueblo cristiano, los fieles laicos, quienes sostuvieron a obispos como Atanasio, Hilario y Eusebio de Vercelli.

 

+++

 

El Papa por su parte, llama a la misericordia: la infinita fuerza del perdón. Esa es la fuerza que tiene unida a las familias y a las comunidades. De hecho, es notable que, el perdón es necesario sobre todo con las personas más cercanas.
Frente a tantas pruebas de la Misericordia Divina, la respuesta no puede ser otra que la ¡Confianza!
Confianza que a su vez debe transformarnos en apóstoles de esta misericordia que toca tan profundamente nuestra vidas.
Recordemos un poco aquellas clásicas obras de misericordia, atesoradas en la Palabra de Dios y en la mejor tradición cristiana:
+ Obras de misericordia de los cristianos...
Espirituales:
1. Enseñar al que no sabe.
2. Dar buen consejo al que lo necesita.
3. Corregir al que se equivoca.
4. Perdonar las ofensas.
5. Consolar al que está triste.
6. Sufrir con paciencia los defectos del prójimo.
7. Rogar por los vivos y difuntos.
Corporales:
1. Visitar a los enfermos.
2. Dar de comer al hambriento.
3. Dar de beber al sediento.
4. Dar posada al peregrino.
5. Vestir al desnudo.
6. Redimir al cautivo.
7. Enterrar los muertos.

 

+++

 

 

Alégrese la madre naturaleza
con el grito de la luna llena:
que no hay noche que no acabe en día,
ni invierno que no reviente en primavera,
ni muerte que no dé paso a la vida;
ni se pudre una semilla
sin resucitar en cosecha.

-.- 

“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).   

 -.- 

Cuando la Iglesia celebra el Misterio de Cristo, hay una palabra que jalona su oración: ¡Hoy!, como eco de la oración que le enseñó su Señor (Mt 6,11) y de la llamada del Espíritu Santo (Hb 3,7-4,11; Sal 95,7). Este "hoy" del Dios vivo al que el hombre está llamado a entrar, es la "Hora" de la Pascua de Jesús que es eje de toda la historia humana y la guía:

La vida se ha extendido sobre todos los seres y todos están llenos de una amplia luz: el Oriente de los orientes invade el universo, y el que existía "antes del lucero de la mañana" y antes de todos los astros, inmortal e inmenso, el gran Cristo brilla sobre todos los seres más que el sol. Por eso, para nosotros que creemos en él, se instaura un día de luz, largo, eterno, que no se extingue: la Pascua mística (S. Hipólito, pasc. 1-2).

 

Cuando meditamos, oh Cristo, las maravillas que fueron realizadas en este día del domingo de tu santa Resurrección, decimos: Bendito es el día del domingo, porque en él tuvo comienzo la Creación...la salvación del mundo...la renovación del género humano...en él, el cielo y la tierra se regocijaron y el universo entero quedó lleno de luz. Bendito es el día del domingo, porque en él fueron abiertas las puertas del paraíso para que Adán y todos los desterrados entraran en él sin temor (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía, vol 6, 1ª parte del verano, p.193b).

 

+++

 

Gracias por venir a visitarnos

 

Recomendamos vivamente: Título:¿Sabes leer la Biblia?

Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado - Autor: Francisco Varo – MMVI. Marzo - Editorial: Planeta Testimonio

 

 

Recomendamos: ROMA, DULCE HOGAR, Scott Hahn y su esposa Kimberly cuentan el largo viaje que les llevó de protestantes-evangélicos calvinistas, hasta la casa paterna en la Iglesia Católica. Un camino erizado de dificultades, pero recorrido con gran coherencia y docilidad a la gracia, y cuyo motor era el amor a Jesucristo y a su Palabra en la Sagrada Escritura.

 

Recomendamos: LO PRIMERO ES EL AMOR”, Scott Hahn muestra de nuevo una de sus mejores cualidades como autor: su gran capacidad para explicar las verdades esenciales de la Iglesia Católica fundada por Jesucristo, de un modo accesible y atrayente. En esta obra el incentivo es esta pregunta: ¿Qué clase de amor y qué clase de familia satisfacen nuestros más íntimos anhelos?. Con su clara prosa desarrolla una idea central de la fe cristiana: Dios, la Trinidad de Personas Divinas, es una familia que vive en una comunión de amor. Expone también Hahn la íntima conexión entre la familia divina, la familia de la fe, que es la Iglesia, y las familias de la tierra formadas por un hombre y una mujer. Ed. Patmos – Libros de espiritualidad-225.-

 

Recomendamos: DIOS Y EL MUNDO Joseph Ratzinger. Ed. Galaxia Gutemberg-

 

Aparecerá una multitud de falsos profetas, que engañarán a mucha gente.  Al aumentar la maldad se enfriará el amor de muchos, pero el que persevere hasta el fin, se salvará. Mateo cap.24 Vers.11,12,13

Imprimir   |   ^ Arriba

'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).