…del fingimiento entre ecologistas, grupos homosexuales y lésbicos, hipocresías, alianzas y colaboración entre negociantes y feministas…

Matan niños, les da por igual, tengan semanas o siete, ocho, nueve meses, imitando a Stalin y Hitler, Pol-Pot o Saddam Hussein, entre otros…
Quienes se encogen de hombros ante esta nueva forma de muerte industrial suelen ser los mismos que se erigen en paladines de los derechos de los animales, los mismos que se muestran atribulados ante las consecuencias del cambio climático, los mismos que se rasgan las vestiduras cuando se enteran de que en Guantánamo se dispensa a los reclusos un trato vejatorio.
Luego recuerdan a las víctimas de tal o cual guerra pretérita, organizaban telemaratones solidarios, participaban muy orgullosamente en manifestaciones contra el cambio climático: simulacros de fingida humanidad en una época que había dejado de ser humana. 2007
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«La razón sin Dios y la ciencia sin ética no redimen al hombre». Benedicto PP. XVI. 2007.XI.
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este bebé en estas medidas reproducción exactas, tiene apenas 13 semanas - así es cuando le matan
Decapitar es cortar la cabeza. Degollar es acuchillar el cuello, lo que normalmente supone abrir la arteria aorta que lleva la sangre al cerebro. En ambos casos se produce la muerte, pero son dos técnicas de acabar con la vida de una persona o una res. La decapitación es una horrible y odiosa técnica empleada por los islamistas que, diciendo defender a Mahoma y su enseñamiento, la aplican especialmente contra judíos y cristianos.
La brutalidad de los hechos da la medida de lo que ciertos mahometanos, y todos los terroristas islamistas, están dispuestos a hacer. Y no sólo, también los aborteros. 2004.
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Los seres humanos más pobres son los niños no nacidos, asesinados por el aborto.
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no me asesines, mamá
En verso a una madre
El aborto es duro hierro clavado en el corazón ; pero no todo el que pasea, habla o gobierna, tiene entrañas. A mi correo llegó esta poesía de Juan Antonio Pérez Martínez, que expresa el pensamiento de muchos aunque tal vez no sepamos expresarlo.
"Cuantas gracias te doy Madre, /Por haberme sostenido./En tu vientre nueve meses,
Y feliz haber nacido.
Hoy yo me pongo a pensar, /De qué manera podría./Llamar la atención al mundo,
De tanta hipocresía.
¡La pena de muerte no, /Hay que respetar la vida¡/Que aunque sea un asesino,
Puede arrepentirse un día.
¡La Pena de muerte existe!, /Solo para los inocentes./Que en el vientre de su madre,
Estos, no matan ni mienten.
Tú, madre que has decidido, /Quitarle a tu hijo la vida./Que es parte de tus entrañas,
¡Te pesara mientras viva!.
Es triste ver al gobierno, /Votar la ley del aborto./Queriendo así cambiar,
Una vida por un voto.
¿Y los médicos abortistas, /Que prometieron un día./Luchar con todas sus fuerzas,
Para mantener la vida?.
Esto es amor al dinero, /Que por su cuenta corriente,/Siguen matando y matando,
A bastantes inocentes.
Que conciencia endurecida, /Tienen todos estos doctores./Yo les traería de postre,
Un par de fetos con flores.
Muchos médicos que han hecho, /Un buen trabajo en el día./Llegan a casa contentos,
Por haber salvado una vida.
Como llegaran a casa, /Estos médicos abortistas./¿Alegrándose tal vez,
Por destruir muchas vidas?.
Cuando en el parlamento, /Pidan el voto a lo presente./Todos lo que voten Sí,
Dicen: Muerte al inocente. (…)"
Juan Antonio Pérez Martínez.
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María Victoria Camino
Apdo. 492 Valaldolid – España 2009.04.30
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Decapitado: pena de muerte saludable y defendida por los aborteros.
ABORTO: El niño percibe la voz de su madre.
CIENTÍFICOS CANADIENSES HAN DESCUBIERTO QUE UN NIÑO EN LOS ÚLTIMOS MESES DE GESTACIÓN DISTINGUE LA VOZ DE SU MADRE. CUANDO SE REPRODUCE UNA GRABACIÓN DE LA VOZ MATERNA DURANTE DOS MINUTOS, EL CORAZÓN DEL NIÑO SE ACELERA Y, SI LA VOZ ES DE OTRA MUJER, BAJA EL RITMO CARDÍACO.
SEGÚN LOS AUTORES DEL EXPERIMENTO, MÉDICOS DE LA QUEEN’S UNIVERSITY (NOTARIO, CANADÁ), ESTO MUESTRA QUE LOS NIÑOS DE SEIS MESES O MÁS TIENEN MEMORIA, ASÍ COMO CAPACIDAD DE ATENCIÓN Y DE APRENDER. EL ESTUDIO HA SIDO PUBLICADO EN LA REVISTA ‘PSYCHOLOGICAL SCIENCE’ (MAYO 2003).
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«Es contradictorio defender al débil y justificar el exterminio del no nacido»
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La interrupción del embarazo, absolutamente injustificable, que cuesta la vida, como sucede siempre, a numerosos niños inocentes, sigue siendo una preocupación dolorosa para la Santa Sede y para toda la Iglesia. Tal vez el actual debate de los responsables políticos sobre la interrupción del embarazo en estado avanzado pueda fortalecer la conciencia de que la discapacidad diagnosticada del niño no puede ser un motivo para abortar, porque también la vida del discapacitado es querida y apreciada por Dios, y porque en esta tierra nadie puede tener la certeza de vivir sin límites físicos o espirituales.
Tenemos una idea muy reductiva y jurídica de persona que genera mucha confusión en el debate sobre el aborto. Parece como si un niño adquiriera la dignidad de persona desde el momento en que ésta le es reconocida por las autoridades humanas. Para la Biblia persona es aquél que es conocido por Dios, aquél a quien Dios llama por su nombre; y Dios, se nos asegura, nos conoce desde el seno materno, sus ojos nos veían cuando éramos aún embriones en el seno de nuestra madre. La ciencia nos dice que en el embrión existe, en desarrollo, todo el hombre, proyectado en cada mínimo detalle; la fe añade que no se trata sólo de un proyecto inconsciente de la naturaleza, sino de un proyecto de amor del Creador. La misión de San Juan Bautista está toda trazada, antes de que nazca: «Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos...».
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PRIMER DERECHO<
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Reconocemos todos, sí todos, los horrores de la guerra. Nos da miedo el terrorismo con el que a veces mueren tantas personas inocentes. Nos aterran las angustias de un secuestro. Nos sentimos mal cuando tenemos noticias de que tal o cual familiar o vecino ha sido maltratado en la calle por gente de mal vivir.
Cuando tenemos noticias de alguno de estos sucesos, se produce en nosotros un estado de ánimo que va desde la protesta enérgica contra los prepotentes hasta la rabia que deja la impotencia. Es tan duro contemplar el desprecio por la vida de las personas...
Esta sociedad que tiene a gala preocuparse de la defensa a ultranza de los derechos de todos por igual ¿se ha parado a pensar lo que sucede cada vez que se aborta?.
Evidentemente hay una contradicción, una mentira: no puede pretenderse de verdad y en serio la defensa de los "derechos humanos" y facilitar la muerte del ser humano más inocente.
Posiblemente las palabras autorizadas que transcribo a continuación nos ayuden a entender las atrocidades que los pro-abortistas disimulan.
"La gravedad moral del aborto procurado se manifiesta en toda su verdad si se reconoce que se trata de un homicidio y, en particular, si se consideran las circunstancias específicas que lo cualifican. Quien se elimina es un ser humano que empieza a vivir, es decir, lo más inocente que en absoluto se pueda imaginar: ¡jamás podrá ser considerado un agresor, y menos aún un agresor injusto! Es débil, inerme, hasta el punto de estar privado incluso de aquella mínima forma de defensa que constituye la fuerza implorante de los gemidos y del llanto del recién nacido. Se halla totalmente confiado a la protección y al cuidado de la mujer que lo lleva en su seno. Sin embargo, a veces, es precisamente ella, la madre, quien decide y pide su eliminación, e incluso la procura. Es cierto que en muchas ocasiones la opción del aborto tiene para la madre un carácter dramático y doloroso, en cuanto que la decisión de deshacerse del fruto de la concepción no se toma por razones puramente egoístas o de conveniencia, sino porque se quisieran preservar algunos bienes importantes, como la propia salud o un nivel de vida digno para los demás miembros de la familia. A veces se temen para el que ha de nacer tales condiciones de existencia que hacen pensar que para él lo mejor sería no nacer. Sin embargo, estas y otras razones semejantes, aun siendo graves y dramáticas, jamás pueden justificar la eliminación deliberada de un ser humano inocente". (Evangelium Vitae, nº58) de la Iglesia Católica.
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El «negocio» más importante, los hijos
Artículo de mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, publicado en "La Razón", con motivo del 30 aniversario del fallecimiento de san Josemaría.
Mons. Javier Echevarría
Prelado del Opus Dei
La Razón-España
Desde la antigüedad clásica, se ha dado siempre una especie de dicotomía entre la gran historia y la pequeña historia, entre lo extraordinario y lo cotidiano. Por un lado estaban las grandes gestas de los reyes y de los héroes; por otra, la tarea habitual, a menudo fatigosa, que llenaba la mayor parte de las horas de la gente normal, con la que debía sustentar a su familia. También en países cristianos era habitual pensar en el trabajo como un castigo de Dios. Se recordaba fácilmente que, al expulsar del jardín del Edén a nuestros primeros padres, Yahveh les había dicho: «Comerás el pan con el sudor de tu frente»; y se olvidaba, en cambio, el mandato divino, cuando el Señor indicó al hombre y a la mujer, hechos a su imagen y semejanza: «Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla...».
Durante siglos, el trabajo fue considerado como una realidad carente de dignidad, de la que se libraba quien podía, por su fortuna, por su nacimiento, por su posición social. Hoy, lo que lesiona la dignidad humana no es el trabajo, sino su contrario, el desempleo. En este sentido, el cambio de perspectiva ha tenido un lado positivo. La doctrina social de la Iglesia no ha sido ajena a esa transformación. También han influido la vida y los escritos de autores espirituales, que encuentran un interesante punto de intersección con la doctrina social de la Iglesia. Sobre este tema han tratado varios autores del siglo XX, y de modo especialmente significativo san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. Comentando el mandato divino a Adán de laborar la tierra, afirmaba que el trabajo es algo digno y santo, «un medio necesario que Dios nos confía aquí en la tierra, dilatando nuestros días y haciéndonos partícipes de su poder creador, para que ganemos el sustento y simultáneamente recojamos "frutos para la vida eterna" (Jn 4, 36)» (Amigos de Dios, 57).
Gracias al cambio de valoración madurado en el último siglo, las tareas profesionales se han reconocido como una actividad ordinaria que no rebaja la dignidad humana. Pero, por desgracia, la dedicación a esas ocupaciones supone para muchos la nueva dimensión de lo extraordinario, lo que permite evadirse de la vida corriente. El éxito profesional a toda costa ocupa el centro del nuevo escenario, donde la épica pasa frecuentemente a un segundo plano. La vida ordinaria ha quedado reducida hoy, en la práctica, a la vida doméstica: la familia se nos presenta, por tanto, como la moderna cenicienta, la gran perdedora de esta fiebre laboral. Resulta evidente, en efecto, que una cultura caracterizada por trabajadores «stajanovistas», por padres y madres ausentes del hogar, repercute de manera muy negativa sobre la familia.
Por desgracia, a veces, hoy resulta más fácil romper un matrimonio que romper un contrato profesional. Pero no es éste el único bien que la desmesura laboral pone en peligro. Ante el desbordante incremento de la violencia juvenil, por ejemplo, crece el número de los que sospechan que las causas del fenómeno tienen que ver con esta inversión de valores, con el predominio del frenesí productivo, que lleva al abandono de la fuerza agregativa de la familia.
Un padre ausente, más interesado en la propia carrera que en los hijos, deja de constituir un punto firme de referencia. Asimismo, la relación con una madre ausente acaba siendo, de hecho, una relación prescindible, por más que en el fondo del corazón se considere siempre necesaria. Una escuela, que sacrifica la auténtica formación humana de los alumnos a criterios de eficiencia no ayuda a los jóvenes a dar un cauce sereno, una forma elaborada, a los impulsos de su sensibilidad. Cuando Juan Pablo II hablaba del «evangelio del trabajo», nos descubría que las actividades laborales contienen un horizonte sobrenatural esperanzador.
Realizada con sentido cristiano, esa tarea se convierte en una fuente de humanización para las familias, para las empresas, para la sociedad entera. «"El negocio" más importante son los hijos», dijo en una ocasión San Josemaría a un empresario, para disuadirlo de una excesiva dedicación al trabajo a expensas de la familia. san Josemaría Escrivá falleció hace treinta años, el 26 de junio de 1975. Hoy su mensaje nos llena nuevamente de esperanza. En el mundo actual, que lanza al hombre una continua batería de preguntas, en permanente búsqueda de sentido, el mensaje de san Josemaría nos recuerda esa gran verdad que Benedicto XVI ha vuelto a poner de relieve al proclamar que la Iglesia está viva. La Iglesia ofrece un tesoro de respuestas escondidas, que pueden convertirse en luces que guíen nuestra existencia. 2005.
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Inseguridad y certidumbre
(Conferencia en Madrid, 1999. Edición: Renato José de Moraes)
Por don Julián Marías
Hoy vamos a hablar de un tema que parece paradójico: "Inseguridad y certidumbre". Y parece que en cierto modo hay alguna oposición, pero veremos lo que late debajo de esa contraposición.
La vida humana es inseguridad. Ortega diría que es radical inseguridad. Y efectivamente es así. Por lo pronto, hay un hecho que solemos olvidar a fuerza de manifiesto: es lo que los escolásticos llamaban contingencia. Una realidad contingente es algo que existe pero podría no existir. Es evidente que nosotros, cada uno de nosotros, existe -aquí estamos- sí, pero no somos necesarios. Contingente se opone a necesario; necesario es lo que tiene que existir. La vida humana, evidentemente, no; es real, en cada caso, pero es contingente. De modo que la inseguridad es a radice, es decir, desde su mismo comienzo, desde su origen.
Esto, por una parte; por otra, está expuesta a terminar en cualquier momento. Siempre se ha dicho que el niño puede morir unos días después y que no hay nadie tan viejo que no pueda vivir un día más. Pero dentro de esto, la vida humana tiene una inseguridad radical, en el sentido que puede dejar de existir en cualquier momento.
No solamente eso, sino que además está dependiente de innumerables factores de inseguridad: el azar, que está entretejido con la vida humana absolutamente: casi todo lo que nos ocurre, casi todo lo que nos afecta, lo que nos ha ocurrido en el pasado, depende de azares. Depende de la coincidencia en nuestra vida -en nuestras trayectorias más o menos proyectadas, con mayor o menor coherencia-, de ingredientes, de elementos extraños a ellas, que no se pueden prever y que naturalmente la alteran. De eso hablamos ya el otro día: recuerden ustedes que yo hacía una afirmación, yo insistía en el inmenso puesto que el azar tiene en toda vida, incluso en lo que afecta a sus rasgos capitales, en lo más profundo de ella. Pero insistía en que, con todo, eso que es enteramente ajeno, eso que interrumpe mis proyectos, que altera las trayectorias proyectadas, sin embargo, la vida reobra sobre ese azar ajeno, enteramente ajeno, inseguro, casi siempre imprevisible y hace con él la propia vida, es decir, lo absorbe, lo digiere, diríamos, lo asimila, hace con él nuestra propia vida, y a veces hace lo más auténtico, lo más profundo de nuestra vida.
Pero la inseguridad es manifiesta. Hay naturalmente la interferencia de las demás libertades con la mía. Yo tengo mi libertad, yo proyecto y ejecuto acciones que he planeado, que he decidido, que he querido, sí, pero hay las demás libertades humanas -y aquí me refiero ya no a la interferencia de los azares, que pueden tener cualquier origen, que pueden ser enteramente ajenos a toda vida humana: muchos azares son cósmicos, piensen ustedes en las tempestades o en los accidentes-, pero hay además la interferencia de las demás libertades.
El hombre no vive aislado, el hombre vive en sociedad, en compañía, y cada una de las personas tiene evidentemente su propia libertad, y eso hace que la conducta de los demás sea, en gran medida, imprevisible. Recuerden ustedes como cuando vivimos en una sociedad bien conocida, afín a nosotros, regulada por un repertorio de usos que tienen vigencia, tenemos una cierta normalidad y, por tanto, la inseguridad es menor. Estoy aquí, en esa habitación, con muchas personas, pero cuento con que están sometidas a un sistema de usos y de vigencia parecidos a los míos, que creo conocer, y por tanto en cierto modo preveo lo que supongo que va a ser su conducta. Espero que no se van a indignar demasiado conmigo, espero que no me van a agredir, espero que no me van a matar. No es que sea absolutamente seguro, pero cuento con ello, y puedo hablar con cierta tranquilidad.
Si yo estuviera ahora en una selva de Borneo, entre cortadores de cabezas, pues no sé, estaría un poco menos tranquilo y no sé si me atrevería a hablar con la naturalidad y la calma con que estoy hablando. La interferencia con las otras libertades es un factor capital de inseguridad. hay además la inseguridad de lo colectivo como tal. Lo colectivo engendra inseguridad; ustedes piensen, por ejemplo, que en muchos países actualmente -y en el nuestro en otras épocas que no son por fortuna la actual-, pueden ocurrir cosas enteramente imprevisibles, que alteren absolutamente las formas de la vida. Los que no somos nada jóvenes hemos vivido, por ejemplo, la experiencia increíble de la guerra civil, que naturalmente fue la gran inseguridad sobrevenida que alteró absolutamente todos los proyectos, todas las instalaciones en la vida en que habíamos vivido hasta aquel momento. Pero en fin, en grandes partes del mundo, basta abrir un periódico o ver la televisión, esto está pasando actualmente, y es naturalmente otro factor, un inmenso factor de inseguridad.
Y hay otro más, a lo cual aludía otro día en ese curso, pero que me parece importante, quizá de los más importantes, es que independiente de las acciones individuales humanas, incluso de las acciones colectivas, de las acciones que ejecutan una gran sociedad, una gran comunidad, o una nación, o varias, que tienen sus proyectos, que hacen una guerra, la revolución, hacen una transformación social del tipo que sea, hay algo que aumenta la inseguridad, y es que el resultado siempre es profundamente distinto del conjunto de las acciones individuales. Recuerdo la imagen de los hilos de un tapiz, que forman la trama, pero hay el tapiz mismo, que es el resultado que va más allá de las voluntades, de las voluntades individuales, incluso colectivas, las voluntades que representan con mayor o menor autenticidad la voluntad de un país, de una sociedad, de una clase, de lo que sea.
Como ven ustedes, por tanto, el grado de inseguridad de la vida humana es extremo. La expresión "inseguridad radical" es absolutamente evidente, y hay que contar con ella. Por tanto, es engañoso todo intento de fingir una seguridad que no tiene. En general, los intentos, que han sido muchos y lo siguen siendo, de dar seguridad a la vida humana consiste en su simplificación, consiste en su reducción a formas de realidad que no son la humana, que no son personales. Es evidente que la naturaleza tampoco es enteramente segura, pero tiene un tipo de regularidad, el hombre -por lo menos el hombre moderno- cree en las leyes naturales, cree que hay leyes naturales que se cumplen. Sí, pueden incluir factores de complicación, pero en definitiva, siempre se ha creído, por ejemplo, que los astros tienen regularidad, se pueden conocer las órbitas de los planetas, los desplazamientos incluso de estrellas remotas o hasta de nebulosas. Todo esto -piensen ustedes en los eclipses- se puede predecir con inquietante precisión, incluso astros más bien erráticos, que son los cometas, también se conocen sus trayectorias, y se prevén, se anuncian y hasta poco se anunció que era la última aparición en este siglo de un cometa famoso, que aparecería no sé cuando, no me acuerdo, y no me importa demasiado, porque no voy a estar (risas).
Como ven ustedes, si se reduce la realidad a lo meramente cósmico, evidentemente hay una cierta mayor seguridad, o una inseguridad menor, y naturalmente los cuerpos físicos tienen caracteres, tienen un peso atómico, tienen un número atómico, tienen los elementos y sus compuestos en una cierta regularidad, una cierta seguridad de comportamiento, todo eso da una cierta naturalidad, una cierta seguridad. Evidentemente es menos seguro ya lo biológico, pero con todo también hay una serie de comportamientos que se pueden prever, y que son más bien conocidos. Y también hay evidentemente ciertos comportamientos psíquicos, en la medida en que es un mecanismo de la psiqué humana, o económicos...
Lo que es cierto es que ha habido toda una serie de intentos de dar una cierta seguridad a la vida. Especialmente esto es interesante en la edad moderna, y muy especialmente desde el siglo XVIII. Y de un modo creciente: sobre todo el siglo XIX ha tratado de dar seguridad a la vida. Hay un hecho que me parece sumamente interesante, que es el que en la filosofía del siglo XIX ha usado enormemente un concepto: "lo definitivo". Ustedes piensen, por ejemplo, en Hegel: Hegel termina su historia de la filosofía con un capítulo que titula: “Resultat”. Es un poco el balance general. Está el espíritu que se conoce a sí mismo y termina parodiando el verso sobre la fundación de Roma: Tantae moles erat se ipsam cognosce de mente: de tal volumen, de tal peso fue el que la mente, el espíritu se conociera a sí mismo. Y ya está terminado. En definitiva, Hegel tiene la impresión de que la filosofía y el conocimiento del espíritu termina con él. Es evidente que también ocurre algo muy parecido con Comte, el gran intérprete da la historia, que habla de la ley de los tres estados, que ha hecho evidentemente un esfuerzo de comprender los cambios de la realidad humana. Sí, pero el último estado es el estado positivo, este es el definitivo. No es posible que haya algo después del positivismo, que haya un estado después del positivismo. Lo mismo ocurre con Marx. Marx también llega a algo que es definitivo, no prevé que la realidad humana siga cambiando.
Estos son intentos, intentos de dar seguridad a la vida humana. ¿A qué precio? En definitiva, al precio de la deshumanización. La deshumanización, en el sentido radical de la palabra, es la despersonalización. Si la vida humana no es humana; si la vida humana es cósmica, es material, es elemental, o es meramente biológica, o es puramente social, tendrá una cierta seguridad, no tendrá esa radical inseguridad que antes hemos recordado. Pero si es la vida humana, si es nuestra vida, si es lo que hacemos y lo que nos pasa, si es el diálogo de mí con lo que me rodea, si es la realidad proyectiva, móvil, cambiante, entonces la inseguridad la penetra por todas partes. Es inseguridad radical, que llega hasta la raíz. Lo cual es evidentemente difícil de tolerarse para muchas personas, y esto ayuda a entender, por qué el hombre, sobre todo el hombre de los dos últimos siglos, o tres quizá, acepta con cierta facilidad la renuncia al que es más propio de él, al que es más propio de la vida humana, a cambio de seguridad. Esto ha terminado en una época que es la época de la seguridad; la seguridad social es una de ellas. Pero el puesto que tiene... Quizá me ha ayudado personalmente a entender un poco esto y a pensarlo el contraste, porque yo no tengo seguridad social, por supuesto, ni ninguna otra seguridad. Lo cual me hace un bicho raro en este mundo, pero claro, sobre todo en los últimos 50 ó 60 años, el peso que ha tenido la seguridad es algo increíble.
Yo pienso y lo digo a veces, los jóvenes, incluso no tan jóvenes, han nacido a la vida adulta en la época en que lo primario, lo capital, es la seguridad. Y no ha existido nunca ese tipo de seguridad -que es en muchos sentidos justificada, y deseable, y admirable, lo que se quiera-, no ha existido ni poco ni mucho. Evidentemente no ha existido nada de ello en la mayor parte de la historia...
Entonces tenemos que resignarnos a que la vida humana sea inseguridad, radical inseguridad, y tenemos que vivir, a pesar de todo. Y yo aspiro a que vivamos sin renunciar a lo que somos. Es decir, somos inseguridad, hay que aceptarla. Porque si no, si no aceptamos lo que somos, a cambio de una imagen, de una pretensión, de una ilusión -en el sentido negativo de la palabra- de seguridad, entonces perdemos nuestra realidad. Lo cual me parecería lamentable. Entonces, ¿qué hacemos con la certidumbre? Porque el hombre necesita certidumbres; evidentemente, el hombre necesita saber, el hombre necesita entender, necesita alcanzar certidumbre respecto de algunas cosas. Ya veremos cuales, y en qué medida y qué consecuencias tiene eso.
El hombre necesita no tener una total inseguridad; que sea radical es una cosa, que afecte a su raíz misma es inevitable. Que la inseguridad sea total, es otra cosa. El hombre piensa, el hombre necesita pensar, el hombre necesita razonar, porque necesita saber a qué atenerse. Porque en esa inseguridad que lo rodea, y que lo constituye, insisto yo, tiene que proyectar, tiene que elegir, tiene que hacer algo en cada momento, y para eso necesita saber a qué atenerse. Por consiguiente, necesita certidumbres. Las tiene, en medio de la inseguridad tiene certidumbres, tiene certidumbre de que está existiendo, de que tiene de proyectar, de que su vida le es dada, pero no le es dada hecha, que tiene por tanto que hacerla, que tiene de cierto modo de inventarla, de eso está cierto, de eso tiene certidumbre. Que es insegura, claro, pero eso se sabe con certeza: “yo estoy absolutamente cierto de que mí vida es insegura”, esa puede ser la fórmula total. Es que esto no es certidumbre? Lo es, claro que lo es. No impide la inseguridad, pero dentro de ella me permite cierta orientación. El hombre conoce las cosas, el hombre tiene certidumbres, el hombre lleva toda su historia -que yo creo que no es tan larga como dicen ahora, creo que son unos cuantos miles de años, no hay ni huella, ni muestra de nada anterior a unos cuantos miles de años. Pero evidentemente ha ido acumulando certidumbres.
Una de ellas, una certidumbre absolutamente capital, que conquistó el hombre hace 27 siglos más o menos, 28, es que las cosas consisten, tienen consistencia. El que lo formuló, no creo que fuera el primero que cayó en ello, ¿quién sabe?, pero quien lo formuló, fue Parménides, Parménides de Elea: las cosas consisten. Ustedes imaginen una situación, que es probablemente la de grandes porciones de la humanidad y quizá de toda la humanidad en épocas más antiguas, mucho más antiguas, en que no se tenía la certidumbre de que las cosas consistieran. No consistieran en tal o cual cosa, mas sí tuvieran consistencia, que las cosas tuvieran una cierta manera de comportarse, una manera de ser, con la cual se puede contar. Hay realidades sólidas, hay realidades líquidas, hay realidades gaseosas, de esas realidades algunas son respirables, el aire es respirable... Hay realidades que son potables, que se pueden beber, hay realidades que son comestibles, otras muchas no son, algunas no son ni deglutibles, otras no, no son digestibles.
Hay una de las certidumbres radicales, es la tierra, el suelo, en el cual podemos estar, podemos poner el pie, podemos acostarnos y descansar. Por eso los terremotos -hay otros fenómenos que producen tantas víctimas o más- pero los terremotos son algo atroz, porque es justamente la negación del poder estar, la negación de la estabilidad del mundo, del suelo, de la tierra. El hombre ha vivido durante milenios contando con ello; es evidente que en países que hay terremotos frecuentes, muy frecuentes, la vida tiene un carácter bastante distinto, que por ejemplo aquí donde estamos nosotros ahora, aquí en España hay terremotos mínimos, no contamos con terremotos. En otros lugares no los olvidamos. La gente casi habla de antes del terremoto y después del terremoto. Yo estaba en dos ciudades, una es Cuzco, que visité por la primera vez después de un tremendo terremoto. Había huellas por todas partes. Otra fue en el sur del Chile, en Concepción; estaba destruida la ciudad en una proporción enorme, había habido un tremendo, uno de los terremotos habituales. Se reconstruyen las cosas y la gente sigue viviendo, esperando al próximo terremoto. Es un estado de ánimo evidentemente curioso, pero en definitiva son atenuaciones a esa grave certidumbre de la consistencia, que las cosas consisten. Ustedes imaginen lo que sería vivir sin pensar que no hay consistencia, que las cosas no consisten. Ese es un mundo por ejemplo mágico, no se puede contar con nada porque las cosas no consisten en nada, no tienen un comportamiento que se pueda prever, con la cual se pueda contar, incluso provisionalmente, con inseguridad. Eso es fundamental, es una certidumbre básica, absoluta.
Hay luego otro tipo de certidumbres que son la articulación de la realidad. Es evidente que esta vieja distinción entre lo mineral, lo vegetal y lo animal -que son formas importantes, fundamentales de consistencia- es evidente que el hombre se ha acostumbrado desde muy pronto a vivir en un mundo con los tres reinos, como solía decirse, con consistencias digamos genéricas, pero que evidentemente permiten una serie de certidumbres sobre el comportamiento de las cosas, de las realidades. Hoy es evidente, por ejemplo, que el trato que tenemos con el mineral, con el vegetal y con el animal son completamente distintos. Hay además otros tipos de consistencia, también más concretas. Ustedes piensen lo que significan las especies, las especies vegetales, y de un modo más directo las especies animales. Las especies animales son cientos de miles, probablemente millones, de los cuales conocemos, tenemos certidumbre, de unas cuantas. Evidentemente de ciertos tipos de animales, los animales domésticos, los animales habituales, los animales frecuentes, los animales peligrosos, de los cuales tenemos certidumbre. Sabemos lo que es un toro, sabemos lo que es una oveja, sabemos lo que es un caballo, sabemos lo que es un perro, sabemos lo que es un tigre, lo que es un león, lo que es una mosca, lo que es una avispa etc. Y tenemos evidentemente una serie de certidumbres sobre ellos, y por tanto de pautas de conducta respecto de ellos. Piensen ustedes en el desarrollo de todas las ciencias; el hombre ha hecho ciencia desde muy pronto, y esta ciencia está llena de certidumbres. Piensen en la matemática. Ahora la matemática nos parece una cosa que se aprende en los libros que hay que pasar para aprobar exámenes, y ustedes piensen lo que ha sido la matemática en Grecia, el descubrimiento de los objetos matemáticos. Yo escribí un ensayo bastante largo sobre el descubrimiento de los objetos matemáticos en Grecia. El descubrir lo que era el triángulo, lo que era el círculo, lo que era la pirámide, lo que era el cono, lo que era la esfera, sus propiedades, modo de ser calculados y medidos, cómo operar con ellos. Esto era un tipo curioso de descubrimiento de un tipo curioso de consistencias, que eran meramente consistencias sin existencia. Eso es un modelo de comportamiento, es evidente que para un griego el modelo de realidad eran los objetos matemáticos, que son permanentes, que son fijos, que no les pasa nada, que no se alteran. Sí, pero pasa que no son reales; si fueran reales... Evidentemente ha sido el modelo de las realidades supremas, incluso Dios, de cierto modo. Se lo ha visto como algo que fuera como los modelos matemáticos, pero además fuera real, tuviera realidad.
Ustedes piensen el crecimiento fabuloso de las certidumbres científicas. Hoy la ciencia tiene un número increíble de certidumbres, absolutamente, que se han ido acumulando, que se han ido depositando, que han hecho posible la técnica. No olvidemos que la técnica es también algo originario, es un ingrediente de la condición humana, el hombre es un animal técnico, por supuesto, y siempre lo ha sido. Pero desde el manejo de una piedra tallada toscamente, o pulimentada, hasta la técnica actual, imaginen ustedes, hay una distancia de abismo. Pero la técnica desde hace mucho tiempo es técnica científica, una técnica nacida de la ciencia y por consiguiente nacida de las innumerables certidumbres científicas que han alcanzado un grado de perfección y de certeza en muchos casos extraordinaria. Precisamente en medio de esa radical inseguridad, en la cual he insistido morosamente, hay también la acumulación de innumerables certidumbres.
¿Y la filosofía? La filosofía, Ortega decía que era la busca de la certidumbre radical sobre la realidad radical. Y decía que la realidad radical es mi vida, la mía, de cada cual, una frase que tiene que repetir cada uno: "lo que yo hago y lo que me pasa", yo y mi circunstancia, yo en diálogo activo con lo real que me rodea desde mi cuerpo hasta las más remotas constelaciones, o Dios, si existe, que también forma parte de mi circunstancia. Algo que se constituye en mi vida, que se manifiesta en mi vida, que es por tanto, como dice Ortega, realidad radical. Pues bien, es la busca de una certidumbre radical respecto a la realidad radical, con lo cual precisamente entramos en el punto de partida.
Hemos visto que la inseguridad, la inseguridad radical, la inseguridad plena, es la vida, la vida humana. Es curioso, hemos visto en una especie de recorrido panorámico y hemos visto que en la medida que las cosas son menos reales, son menos inseguras. Curiosamente. Y hemos visto cómo cuando el hombre ha buscado con razón, primariamente, alguna seguridad, lo ha hecho pagando el precio de su reducción a formas inferiores de realidad, a formas menos reales; a última hora, a su condición de persona. Y entonces resulta que, cuanto más realidad, hay más inseguridad.
Pero por otra parte, esa realidad más real que todas las demás, la máxima realidad conocida, que es la persona, necesita certidumbres para poder proyectar, para poder elegir, para poder decidir, para poder vivir, justamente, humanamente, para poder vivir en medio de la inseguridad. Esta es la situación, y esta es la empresa de la filosofía. ¿Dirán ustedes utópica? Sí, en cierta medida sí. Es evidente que la filosofía, si apretamos las cosas, no puede tener éxito, porque no puede superar la inseguridad: se nutre de ella. Pero claro, ya es bastante, el estar en la certidumbre de que la vida es insegura, es una certidumbre. El problema está en abrazarse con esa condición. Piensen en que quizá el núcleo de la cuestión está en que el hombre acepte su inseguridad, tenga la certidumbre de su inseguridad.
Yo les hablaba el otro día del carácter contingente del hombre: el hombre nace en un momento, podría no haber nacido, podría no existir. Se ha insistido mucho en la filosofía contemporánea en la facticidad, decir que el hombre es un facto, un hecho... No estoy muy seguro, es más que un hecho.
Pero en todo caso es algo relacionado a la contingencia, la inseguridad, incluso de la existencia. Por otra parte, tenemos la mortalidad: el hombre, puede morir, a cualquier momento. No es solamente que puede morir, es que tiene que morir. No solamente es posible que muera, es cierto. No olviden ustedes una fórmula: Mors certa, hora incerta, la muerte es cierta, la hora incierta. Justamente, sabemos con certidumbre que hemos de morir, no sabemos cuando. Hay una incertidumbre respecto al cuando, no respecto al desenlace. Decía Pascal: “Sea como sea la comedia, el último acto es sangriento”. Así es la cosa, evidentemente, pero no sabemos cuando. Es decir, la incertidumbre se mantiene, se conserva, lo cual es interesante en muchos sentidos. Pero evidentemente tenemos esa certidumbre y ¿no podemos tener más certidumbres? El hombre suele desviar la mirada, cuando se encuentra consigo mismo, cuando se encuentra con su condición, desvía la mirada, mientras se afana por conocer el comportamiento de los minerales de los astros, de los vegetales, y hasta de los animales, todos los comportamientos sociales, económicos, lo que sea. Cuando se trata de sí mismo, cuando se trata de su condición personal, siente una especie de temor, una especie de pavor. No se atreve a enfrentarse con su inseguridad, y por tanto no busca las certidumbres que podría tener, que yo creo que son muchas, y que se han ido acumulando, y que se han ido consiguiendo a lo largo del tiempo. Yo creo que el hombre está en una enorme cantidad de certidumbres respecto de su propia realidad, respecto de sí mismo. Certidumbres que va olvidando, que no pone en conexión unas con otras, que toma aisladamente, que va abandonando. Yo creo que esto hace justamente que no haga lo que podría hacer, que es superar, mediante la certidumbre, la inseguridad que le pertenece y que no puede evitar nunca.
Vean ustedes que si decimos que buscamos una certidumbre radical respecto a la realidad radical, y decimos “la realidad radical es nuestra vida”, ahí tenemos ya la certidumbre, porque encontramos exactamente la realidad en la cual radican todas las demás. Es la realidad en la cual aparece, se manifiesta, se constituyen como reales todas las demás. Es por tanto el área, el ámbito en que aparece toda realidad en cuanto realidad. En cuanto realidad, que es lo que se trata. No se trata de las cosas, sino de la realidad. La filosofía ve cómo, y dónde, y cuándo se originan las realidades, y qué puesto tienen ellas, y a qué tipo de realidad pertenecen, ah, esto sí lo sabe la filosofía, lo sabe quizá mejor que nunca, aunque no lo domine. Es una certidumbre preciosa, conoce su propia inseguridad, ve su carácter dramático, proyectivo, temporal, con una memoria que salva en cierto modo el pasado, que es certidumbre respecto a lo que ha sido, que puede anticipar o prever en algún grado el futuro y por tanto anticiparlo, tener certidumbre respecto de él, de su configuración, por lo menos respecto de sus deseos, de sus proyectos: todo eso son certidumbres. Y evidentemente un problema capital, la certidumbre definitiva, bueno, que va a ser de mí, esa realidad radical que es mi vida y que está evidentemente amenazada por la muerte, que es cierta, que es inevitable; a pesar de saber que va morir, no sabe de todo, por supuesto, ¿qué quiere decir morir, qué significa, qué es esto de morir?. En general se contentan con cualquier aproximación, con cualquier simplificación, aunque sea evidentemente falsa. Es curioso, porque este es el problema radical. Y respecto de él, hay evidentemente un elemento de inseguridad capital, pero no es posible, no caben certidumbres, no caben ciertas certidumbres, aunque estén amenazadas por un fondo último de inseguridad. Es que el hombre ha puesto su empeño, su esfuerzo, en intentar precisamente alcanzar la certidumbre posible respecto a la propia inseguridad.
Si ustedes repasan un poco los caminos que ha recorrido el pensamiento humano, yo lo veo con asombro, con una cierta zozobra el momento en que el pensador, cuando se va a enfrentar con las cuestiones últimas, con las cuestiones radicales, desvía la mirada, o cierra los ojos. Cierra los ojos porque prefiere no plantearse la cuestión, prefiere no tomar posición plena ante la inseguridad, y tratar de buscar alguna certidumbre, quizá parcial, quizá penúltima, respecto de esa cuestión, de la cual depende, a eso quería llegar, el sentido entero de la vida, el sentido de la realidad radical, que somos cada uno de nosotros. Porque es evidente que si no sabemos, o no tenemos alguna certidumbre acerca de esto, todas las demás certidumbres, que son justificadas justamente en vista de esta certidumbre radical, son penúltimas, y a última hora vanas, a última hora inútiles. Y esto es lo que creo que está causando un grado extraño de desorientación del mundo.
Piensen que es la época de la seguridad, el hombre está lleno de seguridades, tiene incomparablemente más seguridades que ha tenido nunca, pero cuando miramos la dignidad humana, la dignidad personal, evidentemente vemos un estado inquietante de incertidumbre, de inseguridad, de vacilación respecto al sentido mismo de esta vida, que es la que está viviendo cada uno.
Probablemente es una de las épocas, no digo la única, ha habido algunas también análogas, pero es una de las fases de desorientación más difundida, en la cual, el hombre, a última hora, rodeado de seguridades, sabe menos a qué atenerse, está más menesteroso de certidumbre.
Muchas gracias.
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Los tornos, que surgieron a principios del siglo XIII [08 enero 1198 + 16 julio 1216] con una Bula del Papa Inocente III, horrorizado por la cantidad de niños que eran arrojados al Tiber, desaparecieron en la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, en los últimos años han vuelto a algunos lugares de Europa, como a Alemania, Suiza o la República Checa. En España, hubo un intento reciente, pero las autoridades no permitieron que se mantuviera abierto, porque consideraron que hay medios suficientes para entregar a un niño no deseado.
Pero mismo así, es quitar una facilidad de recupero frente a quien desprecia un niño con una acción tan dolorosa, tanto para la victima despreciada como para quien desprecia. 2007.
torno. (Del lat. tornus, y este del gr. τoρνος, giro, vuelta).1. m. Máquina simple que consiste en un cilindro dispuesto para girar alrededor de su eje por la acción de palancas, cigüeñas o ruedas, y que ordinariamente actúa sobre la resistencia por medio de una cuerda que se va arrollando al cilindro.2. m. Armazón giratoria compuesta de varios tableros verticales que concurren en un eje, y de un suelo y un techo circulares, la cual se ajusta al hueco de una pared y sirve para pasar objetos de una parte a otra, sin que se vean las personas que los dan o reciben, como en las clausuras, en las casas de expósitos y en los comedores.3. m. Máquina que, por medio de una rueda, cigüeña, etc., hace que algo dé vueltas sobre sí mismo, como las que sirven para hilar, torcer seda, devanar, hacer obras de alfarería, etc.4. m. Máquina para labrar en redondo piezas de madera, metal, hueso, etc.5. m. Instrumento eléctrico formado por una barra con una pieza giratoria en su extremo, usada por los dentistas para limpiar y limar la dentadura.6. m. torniquete ( dispositivo para que las personas pasen de una en una).7. m. Freno de algunos carruajes, que se maneja con un manubrio.8. m. Vuelta alrededor, movimiento circular o rodeo.9. m. Recodo que forma el cauce de un río y en el cual adquiere por lo común mucha fuerza la corriente.10. m. Der. Acción de pasar la adjudicación del remate, en los arrendamientos de rentas, al postor que ofrece mayores ventajas inmediatamente después de otro que lo tuvo primero y no dio dentro del término las fianzas estipulada.
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El niño a las diez [10] semanas: no matar ni matarle
El apoyo mayoritario, momentáneo, a opciones políticas que apoyan el asesinato por aborto, la manipulación genética, el reconocimiento y la potenciación de las aberraciones sexuales, la ruptura familiar y la explotación laboral, que cercena la libertad educativa y favorece la desintegración social y nacional, dentro de un marco de totalitarismo legal con ilimitación jurídica, no legitima sus acciones, aunque éstas sigan cauces legales
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«Los ignorantes por ser muchos, no dejan de ser ignorantes. ¿Qué acierto, pues, se puede esperar de sus resoluciones?» Benito Jerónimo Feijóo
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‘En el centro el hombre, en el diálogo las soluciones’
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Algunos políticos han propuesto que el Estado castigue a los padres que den una bofetada a uno de sus hijos. Podríamos llegar así a una situación kafkiana: los padres tendrían prohibido por ley tocar un pelo a sus hijos una vez que han nacido, pero podrían matarlos impunemente siempre que tuviesen la precaución de hacerlo antes del parto.
¿Hasta cuando vamos a seguir con la hipocresía de condenar los malos tratos mientras alabamos el aborto?
Bartolomé Cuerda - 2005-09-15 – Hispanidad.com
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Su Santidad Juan Pablo II, «heraldo del Evangelio de Cristo en el corazón de las culturas». Ya conocido como: Juan Pablo Magno - 01.01.2004
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Oh María,
aurora del mundo nuevo,
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
mira, Madre, el número inmenso
de niños a quienes se impide nacer,
de pobres a quienes se hace difícil vivir,
de hombres y mujeres víctimas
de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos muertos
a causa de la indiferencia
o de una presunta piedad.
Haz que quienes creen en tu Hijo
sepan anunciar con firmeza y amor
a los hombres de nuestro tiempo
el Evangelio de la vida.
Alcánzales la gracia de acogerlo
como don siempre nuevo,
la alegría de celebrarlo con gratitud
durante toda su existencia
y la valentía de testimoniarlo
con solícita constancia, para construir,
junto con todos los hombres de buena voluntad,
la civilización de la verdad y del amor,
para alabanza y gloria de Dios Creador
y amante de la vida (EV 105).
Juan Pablo II cierra así su encíclica Evangelium Vitae 1995
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Feliz porque mi mamá no es abortera.
Arder muchas veces – siempre - en deseos de amor, entrega y afecto hacia la Santa Madre Iglesia y hacia el Papa, Vicario de Cristo.
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El mundo no está amenazado por malas personas sino por aquellos que permiten el mal. Einstein
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La vida cristiana no es solamente una vida entre cristianos. Hace falta un profundo respeto hacia todas las personas, cualquiera que sea su creencia o ideología. Un "discípulo" de Cristo es uno que aprende continuamente, como el propio nombre indica. Es uno que está dispuesto a dialogar en serio con los demás, y a descubrir los elementos de verdad que cada planteamiento contiene. 2004 – Esp.
Jutta Burggraf
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Es perverso llamar diálogo a lo que es una negociación. La base definitiva de un diálogo es que no hay violencia, mientras la negociación se puede lograr mediante consenso o chantaje
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El lenguaje es para el poder otro territorio que dominar.
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Iglesia - El cristianismo, como es sabido, no nació en Europa, sino en Asia Menor, en la encrucijada de tres continentes, el asiático, el africano y el europeo. Por este motivo, la interculturalidad de las corrientes espirituales de estos tres continentes pertenece a la forma originaria del cristianismo. Solo la difusión del Islam sustrajo al cristianismo de Oriente próximo gran parte de su fuerza vital, mientras echaba a las comunidades cristianas de Asia; en cualquier caso, a partir de entonces el cristianismo se convirtió en una religión europea. 2003-07-18 Cardenal + Joseph RATZINGER - Al día: S. S. BENEDICTO XVI - P.M. - 2005
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Pedro, Obispo en Roma, mártir bajo Nerón,
crucificado cabeza abajo - 64/67ca.
Pedro - «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16) - Pedro, como portavoz del grupo de los Apóstoles, proclama su fe en Jesús de Nazaret, el esperado Mesías Salvador del mundo. En respuesta a su profesión de fe, Cristo le confía la misión de ser el fundamento visible en que se apoyará todo el edificio de la comunidad de los creyentes: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18).
Ésta es la fe que, a lo largo de los siglos, se ha difundido en todo el mundo mediante el ministerio y el testimonio de los Apóstoles y de sus sucesores. Ésta es la fe que proclamamos hoy, haciendo memoria solemne de los príncipes de los Apóstoles, Pedro y Pablo. Siguiendo una antigua y venerable tradición, la comunidad cristiana de Roma, que tiene el honor de conservar las tumbas de estos dos Apóstoles, «columnas» de la Iglesia, les rinde culto en una única fiesta litúrgica y, al mismo tiempo, los venera como sus patronos celestiales.
2. Pedro, el pescador de Galilea, junto con su hermano Andrés, fue llamado por Jesús, al comienzo de la actividad pública, para que se convirtiera en «pescador de hombres» (Mt 4, 18-20). Testigo de los momentos principales de la actividad pública de Jesús, como la Transfiguración (cf. Mt 17, 1) y la oración en el huerto de los Olivos en la víspera de la Pasión (cf. Mt 26, 36-37), después de los acontecimientos pascuales recibió de Cristo la misión de apacentar la grey de Dios (cf. Jn 21, 15-17) en su nombre.
Desde el día de Pentecostés, Pedro gobierna la Iglesia, velando por su fidelidad al Evangelio y guiando sus primeros contactos con el mundo de los gentiles. Su ministerio se manifiesta, de modo particular, en los momentos decisivos que marcan el ritmo del crecimiento de la Iglesia apostólica. En efecto, es él quien acoge en la comunidad de los creyentes al primer convertido del paganismo (cf. Hch 10, 1-48), y también es él quien interviene con autoridad en la asamblea de Jerusalén sobre el problema de la exención de las obligaciones que imponía la ley judía (cf. Hch 15, 7-11).
Los misteriosos designios de la Providencia divina llevarán al apóstol Pedro hasta Roma, donde derramará su sangre como supremo testimonio de fe y amor al divino Maestro (cf. Jn 21, 18-19). Así, cumplirá la misión de ser signo de la fidelidad a Cristo y de la unidad de todo el pueblo de Dios.
3. Pablo, el antiguo perseguidor de la Iglesia naciente, alcanzado por la gracia de Dios en el camino de Damasco, se convierte en infatigable apóstol de los gentiles. Durante sus viajes misioneros, no dejará de predicar a Cristo crucificado, conquistando para la causa del Evangelio a grupos de fieles en diversas ciudades de Asia y Europa.
Su intensa actividad no impidió al «Apóstol de los gentiles» hacer una amplia reflexión sobre el mensaje evangélico, confrontándolo con las diferentes situaciones que encontraba en su predicación.
El libro de los Hechos de los Apóstoles describe el largo itinerario que, desde Jerusalén, lo lleva primero a Siria y Asia Menor, después a Grecia y, por último, a Roma. Precisamente aquí, en el centro del mundo entonces conocido, corona con el martirio su testimonio de Cristo. Como él mismo afirma en la segunda lectura que acabamos de proclamar, la misión que le confió el Señor consiste en llevar el mensaje evangélico a los paganos: «El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles» (2 Tm 4, 17).
4. Según una tradición ya consolidada, en este día, dedicado a la memoria de los apóstoles Pedro y Pablo, el Papa impone a los arzobispos metropolitanos, nombrados durante el último año, el «palio», como signo de comunión con la Sede de Pedro.
Por tanto, es para mí una gran alegría acogeros a vosotros, amados hermanos en el episcopado, que habéis venido a Roma de diversas partes del mundo para esta feliz circunstancia. Deseo, asimismo, saludar a las comunidades cristianas encomendadas a vuestro cuidado pastoral: están llamadas a dar, bajo vuestra sabia dirección, un valiente testimonio de fidelidad a Cristo y a su Evangelio. Los dones y carismas de cada comunidad son riqueza para todos, y confluyen en un único canto de alabanza a Dios, fuente de todo bien. Ciertamente, entre esos dones, uno de los principales es el de la unidad, bien simbolizada con esta imposición del «palio».
5. La aspiración a la unidad entre los cristianos se pone de relieve también por la presencia de los delegados del patriarca ecuménico de Constantinopla, que han venido para compartir la alegría de esta liturgia y venerar a los Apóstoles patronos de la Iglesia que está en Roma. Los saludo con deferencia y, por medio de ellos, saludo al patriarca ecuménico Bartolomé I. Los apóstoles Pedro, Pablo y Andrés, que fueron instrumentos de comunión entre las primeras comunidades cristianas, sostengan con su ejemplo y su intercesión el camino de todos los discípulos de Cristo hacia la unidad plena.
La cercanía del jubileo del año 2000 nos invita a hacer nuestra la oración por la unidad (cf. Jn 17, 20-23) que Jesús elevó al Padre la víspera de su pasión. Estamos llamados a acompañar esta súplica con signos concretos que favorezcan el camino de los cristianos hacia la comunión plena. Por este motivo, he pedido que en el calendario del año 2000, en la vigilia de la fiesta de la Transfiguración, se introduzca, según la propuesta de Su Santidad Bartolomé I, una jornada jubilar de oración y ayuno. Esta iniciativa constituirá una expresión concreta de nuestra voluntad de compartir las iniciativas de los hermanos de las Iglesias ortodoxas y, a la vez, de nuestro deseo de que ellos compartan las nuestras.
Quiera el Señor, por intercesión de los apóstoles Pedro y Pablo, que se intensifique en el corazón de los creyentes el compromiso ecuménico, para que, olvidando los errores cometidos en el pasado, todos lleguen a la unidad plena que quiso Jesús.
6. «El Señor me libró de todas mis angustias» (Estribillo del Salmo responsorial). En su misión apostólica, san Pedro y san Pablo tuvieron que afrontar dificultades de todo tipo. Sin embargo, lejos de debilitar su acción misionera, fortalecieron su celo en beneficio de la Iglesia y para la salvación de los hombres. Pudieron superar todas las pruebas porque su confianza no se basaba en los recursos humanos, sino en la gracia del Señor, quien, como recuerdan las lecturas de esta solemnidad, libra a sus amigos de todos los males y los salva para su Reino (cf. Hch 12, 11; 1 Tm 4, 18).
Esa misma confianza en Dios debe sostenernos también a nosotros. Sí, el «Señor libra de todas las angustias». Esta certeza debe infundirnos ánimo frente a las dificultades que encontramos al anunciar el Evangelio en la vida diaria. Que san Pedro y san Pablo, nuestros patronos, nos ayuden y nos obtengan el celo misionero que los hizo testigos de Cristo hasta los confines del mundo entonces conocido.
Orad por nosotros, san Pedro y san Pablo apóstoles, «columnas» de la Iglesia de Dios.
Y tú, Reina de los Apóstoles, a quien Roma venera con el hermoso título de Salus populi romani, acoge bajo tu protección al pueblo cristiano encaminado hacia el tercer milenio. Apoya todos los esfuerzos sinceros que se realizan para promover la unidad de los cristianos y vela por el camino de los discípulos de tu Hijo Jesús. Amén.
SOLEMNIDAD DE LOS APÓSTOLES SAN PEDRO Y SAN PABLO
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II - Martes 29 de junio de 1999
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Lo que por el contrario incumbe a la ley es procurar una reforma de la sociedad, de las condiciones de vida en todos los ambientes, comenzando por los menos favorecidos, para que siempre y en todas partes sea posible una acogida digna del hombre a toda criatura humana que viene a este mundo. Ayuda a las familias y a las madres solteras, ayuda asegurada a los niños, estatuto para los hijos naturales y organización razonable de la adopción: toda una política positiva que hay que promover para que haya siempre una alternativa concretamente posible y honrosa para el aborto.
María - "No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin. (Lucas 1:30-33) "
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LA IGLESIA FUNDADA POR CRISTO ES UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA - "Existe una única Iglesia de Cristo, que subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el Sucesor de Pedro...
El Concilio había escogido la palabra "subsistit" precisamente para aclarar que existe una sola "subsistencia" de la verdadera Iglesia, mientras que fuera de su estructura visible existen sólo "elementa Ecclesiae", los cuales —siendo elementos de la misma Iglesia— tienden y conducen a la Iglesia católica...
Por el contrario, las Comunidades eclesiales que no han conservado el Episcopado válido [1] y la genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico [2], no son Iglesia en sentido propio..." Declaración Dominus Iesus
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Cardenales - A los católicos nos asiste la convicción de que los Cardenales no atribuyen ningún poder al Papa. Es Dios mismo quien se sirve de la mediación de un procedimiento electoral y comunica la gracia y la potestad del pontificado romano al nuevo sucesor de San Pedro, éste, enterrado en la colina vaticana, mártir crucificado año 64/67.
Iglesia de Cristo: “norma, normans non normanda” norma que impone norma y no sufre norma.
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Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?». Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas». «Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?». Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. 19 Yo te dará las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo». Evangelio según San Mateo Cap. 16 v.13 al 19.
«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.
El Papa, obispo de Roma y sucesor de San Pedro, “es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles”. LUMEN GENTIUM, 23
En el ejercicio supremo, pleno e inmediato de su poder sobre toda la Iglesia, el Romano Pontífice se sirve de los dicasterios de la Curia Romana, que, en consecuencia, realizan su labor en su nombre y bajo su autoridad, para bien de las Iglesias y servicio de los sagrados pastores.
CHRISTUS DOMINUS, 9
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La comunidad cristiana de Roma está estrechamente ligada a Pedro, pero ciertamente este apóstol no es su fundador. Generalmente se suele fechar la llegada de Pedro en el año 42, siendo su ‘primer Obispo’. Muere mártir de la Iglesia católica en el 64ca. en cruz invertida crucificado; fue enterrado en el pequeño cementerio pagano-cristiano encontrado sobre el montículo vaticano.
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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-
“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).
La belleza de la naturaleza nos recuerda que Dios nos ha encomendado la misión de "labrar y cuidar" este "jardín" que es la tierra (cf. Gn 2, 8-17).
En el Magnificat María nos habla también de sí, de su glorificación ante todas las generaciones futuras: «Ha puesto sus ojos en la humildad de su sierva. Por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada. Porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí». De esta glorificación de María nosotros mismos somos testigos «oculares». ¿Qué criatura humana ha sido más amada e invocada, en la alegría, en el dolor y en el llanto, qué nombre ha aflorado con más frecuencia que el suyo en labios de los hombres? ¿Y esto no es gloria? ¿A qué criatura, después de Cristo, han elevado los hombres más oraciones, más himnos, más catedrales? ¿Qué rostro, más que el suyo, han buscado reproducir en el arte? «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada», dijo de sí María en el Magnificat (o mejor, había dicho de ella el Espíritu Santo); y ahí están veinte siglos para demostrar que no se ha equivocado.
Su fe indefectible que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, durante más de dos mil años, siga sosteniendo la de las generaciones cristianas, aquella y siempre misma fe. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amen ¡Gracias!
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¡Laudetur Iesus Christus!

gracias por venir a visitarnos
Recomendamos 4 libros : en el siglo: Joseph +cardenal Ratzinger - S. S. BENEDICTO XVI P.M.: Fe, verdad y tolerancia; Introducción al cristianismo; La fraternidad de los cristianos; Un canto nuevo para el Señor; Ediciones SIGUEME -
Recomendamos vivamente: La vida cotidiana de los primeros cristianos
Adalbert G. Hamman
Trad. Manuel Morera - Ediciones Palabra, 1999 - Colección Arcaduz - 294 pág.
Iglesia católica, sus casi 300 antes de Constantino - En ese salto que va de "Hechos de los Apóstoles" a esa "iglesia oficial y corrupta" que algunos protestantes y neo-gnósticos sitúan en el 325, con Constantino, pasan unos 250 años de vida cotidiana, de los que sabemos bastantes cosas; las suficientes, al menos, para desmontar historietas neopaganas, gnosticoides y demás morralla en la estela de El Código da Vinci y otras revisiones fantasiosas de los evangelios apócrifos.
Intentemos que, en nuestra libertad, cada vez haya más huellas de Dios †