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El arte y los católicos                 

 

En estas obtusas reacciones se vuelve a probar la incomprensión que desde ciertos ámbitos católicos se profesa a todo arte que no sea esquemático o doctrinario, sino complejo y problemático (o sea, auténtico arte). Fenómeno que, a mi juicio, constituye una de las pruebas más lastimosas de la decadencia de la cultura católica.

 

Juan Manuel de Prada14 febrero 2017

 

Mentiría si afirmase que me han sorprendido las execraciones y anatemas que ha recibido Silencio, la última película de Scorsese, desde ciertos ámbitos católicos. Mentiría también si dijese que me ha escandalizado que, para denigrarla, se hayan empleado recursos torticeros, divulgando interpretaciones falsas o estrambóticas de la película. Pero mentiría igualmente si ocultase que, como artista, tales execraciones me han consternado y lastimado muy profundamente. Pues en estas obtusas reacciones se vuelve a probar la incomprensión que desde ciertos ámbitos católicos se profesa a todo arte que no sea esquemático o doctrinario, sino complejo y problemático (o sea, auténtico arte). Fenómeno que, a mi juicio, constituye una de las pruebas más lastimosas de la decadencia de la cultura católica.

 

Que existe una franca hostilidad hacia el arte en ciertos ámbitos católicos es una evidencia innegable. También lo es, desde luego, que tal hostilidad es en ocasiones la reacción lógica hacia un arte nihilista que se regodea en el feísmo, como expresión de una época que odia la Belleza y acuchilla nuestra sensibilidad. Pero esta hostilidad se dirige también con frecuencia hacia obras muy estimables que, simplemente, no incurren en el sentimentalismo pío. No se nos escapa que en esta hostilidad subyacen razones o sinrazones de tipo ideológico (ya Charles Péguy nos advertía sobre los peligros de convertir la mística en política, de envolver con coartadas religiosas nuestros prejuicios ideológicos); y tampoco que cierto fariseísmo ha hallado en esta hostilidad la excusa perfecta para condenar al artista, que suele ser persona de hábitos licenciosos o heterodoxos. Pero lo cierto es que muchas de las cúspides del arte católico fueron realizadas precisamente por artistas de hábitos licenciosos y heterodoxos, desde Caravaggio a Pasolini, pasando por Lope de Vega u Oscar Wilde. Y es que la Gracia –como también nos enseñase Péguy– utiliza muchas veces la puerta de entrada del pecado para bendecir a sus predilectos. Dios elige con frecuencia a los caídos y a los sucios como depositarios del arte más elevado y sublime; y el rechazo a los artistas “réprobos” es en el fondo rechazo a la Gracia divina. Tal rechazo ha provocado una penosa decadencia del arte católico, hoy náufrago en la más absoluta irrelevancia, que a la vez que expulsa a artistas como Scorsese acoge obras inanes, almibaradas, cursilonas y relamiditas, puro arte des-graciado en el más estricto sentido de la palabra.

 

Sin darnos cuenta, los católicos empezamos a parecernos a aquellos herejes iconoclastas de la Antigüedad, que proclamaban orgullosos su odio a la expresión sensible de la divinidad. La unión del Creador y la criatura no se detiene, para el católico, en el ser racional del hombre, sino que abraza también su ser corporal y, por intermedio de éste, la naturaleza material del universo entero. Y esta unión de Dios con el mundo material y sensible alcanza su expresión más gloriosa en el arte, que es instrumento real e imagen visible de Dios. Rechazar el arte es quitar a la encarnación divina toda realidad y constituye, como escribía Solovief, una terrible “supresión del cristianismo”.

 

A esta tentación iconoclasta se suma cierta infección de raíz puritana, que al rechazar el dogma del pecado original niega la posibilidad del “drama”, que es el meollo constitutivo del verdadero arte. Suprimiendo el pecado original, se niegan las consecuencias del mal en la naturaleza humana; y tal negación ha dado lugar en ámbitos anticatólicos a un arte frívolo en el que las categorías morales se desdibujan hasta hacerse intercambiables, o bien un arte cínico en el que mal se torna fatídicamente invencible y se niega la capacidad del hombre para combatirlo y derrotarlo. Pero en el ámbito católico esta infección puritana también ha tenido consecuencias funestas, dando carta de naturaleza a un arte infantilizado que niega el principio de la felix culpa y la naturaleza dramática de la vida humana, esa “libertad imperfecta” que caracteriza la lucha del hombre en busca de redención. Una lucha que, como nos advertía Flannery O’Connor, se desenvuelve en un territorio que es en gran medida “propiedad del Enemigo”; una lucha que a veces se resuelve en un triunfo, otras en una derrota, y otras en un conflicto desgarrador, con una infinita gama de zonas penumbrosas que cierto catolicismo tentetieso pretende negar. Pero negar esas penumbras es tanto como negar el arte; y, además, es también una sórdida blasfemia.

 

Leonardo Castellani se rebelaba contra esos católicos que reclaman un arte de soluciones netas, de triunfos apoteósicos, un arte sin penumbra ni conflicto. Son católicos que quisieran asignar a Cristo «el papel de un conquistador, de un Atila igualitario y devastador». Pero el mismo Cristo probó en repetidas ocasiones el sabor del fracaso. ¿O acaso no fracasó con el joven rico? ¿Acaso no fracasó con aquellos nueve leprosos que no volvieron a darle las gracias, tras su curación? ¿Acaso no fracasó con Pilatos o con Judas? ¿Acaso cuando sudó sangre en Getsemaní no fue consciente de que su sacrificio iba a ser rechazado por muchos hombres? Cristo sabía que la vida del hombre es drama; sabía que en la vida hay jóvenes ricos, leprosos ingratos, gente acomodaticia o cobarde, traidores y apóstatas; y a todos los amó, sabiendo que muchos flaquearían y vacilarían, e incluso rechazarían su Redención. Y si Cristo los amó, ¿por qué el arte va a ignorarlos? Ciertamente, pintar o escribir las vidas de los santos puede ser una excelente motivo artístico; pero también lo es pintar o escribir la vida de quienes no son (¡de quienes no somos!) heroicos ni impecables. Porque esas vidas conflictivas y dramáticas pueden ayudarnos tanto o más a superarnos; porque, asomándonos a su abismo, entenderemos mejor la misericordia divina, el profundo amor que Cristo nos mostró, inmolándose también por nosotros.

 

Y el verdadero arte católico tiene que asomarse a ese abismo. Castellani consideraba que el gran poeta católico del siglo XIX había sido Charles Baudelaire, que desde luego –apostillaba, con su habitual gracejo– «no es una lectura para chicas que se alimentan de bocadillos y de novelas yanquis, ni para beatos, ni para burgueses, ni para burros, ni para sacerdotes no advertidos, ni para hombres sin percepción artística, ni para la inmensa parroquia de la moralina y de la ortodoxia infantil». Pero esta “moralina” y “ortodoxia infantil” es lo que hoy, tristemente, se exige desde ciertos ámbitos católicos, cuando se preconiza un arte sin conflicto, un arte de soluciones netas y triunfantes. Sólo que esta “moralina” y “ortodoxia infantil”, lejos de ser instrumento para la evangelización, generan repugnancia en las almas sensibles que, sintiendo curiosidad por la fe, rechazan –con buen criterio– las soluciones fáciles.

 

Baudelaire fue condenado como “inmoral” por un tribunal. Pero aquella condena no era católica, sino “burguesa” en el sentido más sombrío y anticatólico de la palabra. Baudelaire fue condenado por el fariseísmo y la majadería religiosa de los gazmoños; fue condenado porque sus libros –auténticas obras de arte– se atrevían adentrarse en el territorio “propiedad del Enemigo”, mostrando ese conflicto desgarrador que es el meollo y la sustancia del drama. Eran, en fin, libros plenamente católicos; pues arte católico no es el que se fuga ante el peligro, sino el que se zambulle en él, a sabiendas de que esa zambullida puede conducirlo hasta el corazón de las tinieblas. Por supuesto, leer a Baudelaire –como Marcelino Menéndez Pelayo escribía sobre La Celestina– «puede tener sus peligros para quien no esté muy seguro de contemplar las obras de arte con amor desinteresado. Pues, cuanto más vigorosa y animada sea la representación de la vida, más participará de los peligros inherentes a la vida misma». Pero es ahí, precisamente ahí, en los “peligros inherentes a la vida misma” donde el artista católico desempeña su labor. Resulta, por cierto, muy instructivo descubrir que La Celestina, obra sumamente escabrosa, gozó desde el primer momento de “franquicia” entre los consultores del Santo Oficio, que la consideraron plenamente católica, pues aunque mostraba el mal sin recato, también retrataba el veneno que el mal introduce en las almas. Sería a principios del siglo XIX, cuando ya la Inquisición se había llenado –en palabras de Menéndez Pelayo– de “jansenistas y hazañeros” (de puritanos y meapilas, diríamos hoy) cuando La Celestina fue incluida en el Índice. Y es que aquellos “jansenistas y hazañeros” ya no eran capaces de entender que el arte que retrata las debilidades del ser humano puede ser profundamente moral, infinitamente más moral que el arte buenista e infantilizado que nos muestra un falso mundo de color de rosa; un mundo sin jóvenes ricos, sin leprosos ingratos, sin cobardes ni traidores, un mundo sin sudores de sangre en Getsemaní.

 

Durante siglos, al arte católico fue un arte lleno de Gracia porque supo adentrarse en el “territorio del Enemigo” y alumbrar el conflicto que se libra en las penumbras del corazón humano. Por eso, la Iglesia no tuvo empacho en abrazar el arte de los muy procaces Plauto y Terencio, o del irreligioso Lucrecio. Gracias a ello, hoy podemos leer a los maestros antiguos, que los monjes de los monasterios salvaron de la destrucción, incorporándolos a una portentosa –utilizamos la afortunada expresión de San Jerónimo– “biblioteca divina”. Decía Barbey d’Aurevilly en el prólogo de Las diabólicas que «los pintores de nervio pueden pintarlo todo y su pintura es siempre moral cuando es trágica e inspira horror hacia aquello que reproduce; sólo son inmorales los impasibles y los burlones». D’Aurevilly tendría que haber incorporado a su elenco de inmorales a los iconoclastas y puritanos de nuestra época.

 

Publicado en L'Osservatore Romano.14.02.2017

 

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LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA ACLARA LA POLÉMICA

 

¿«Sexo» es lo mismo que «género»? 

 

La RAE considera inadmisible que se emplee la palabra género como mero sinónimo de sexo y advierte que para las expresiones discriminación de género y violencia de género existen alternativas como discriminación o violencia por razón de sexo. 

9/02/2017 4:09 PM 

(Actuall/InfoCatólica) La Real Academia Española (RAE), la institución que regula el uso del idioma, defiende que los seres vivos tienen sexo y no género, en normativas que siguen vigentes a la fecha, como son el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD), cuya primera edición se publicó en 2005 y el informe «Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer» del lingüista Ignacio Bosque. 

 

En respuesta a ACI Prensa el día de ayer, Pedro Canellada, de la Secretaría de la Real Academia Española, indicó que el Departamento de «Español al día» asegura que «el informe de Bosque sigue estando vigente, pues sigue colgado en la web. También lo es la información que sobre género da el DPD». 

 

El Diccionario Panhispánico de Dudas asegura que «las palabras tienen género (y no sexo), mientras que los seres vivos tienen sexo (y no género)». 

 

El documento de la RAE considera «inadmisible» que se emplee la palabra género «como mero sinónimo de sexo» y advirtió que «para las expresiones discriminación de género y violencia de género existen alternativas como discriminación o violencia por razón de sexo, discriminación o violencia contra las mujeres, violencia doméstica, violencia de pareja o similares». 

 

El DPD precisa que «en la teoría feminista», con el uso del «término género se alude a una categoría sociocultural que implica diferencias o desigualdades de índole social, económica, política, laboral, etc. Es en este sentido en el que cabe interpretar expresiones como estudios de género, discriminación de género, violencia de género, etc». 

 

La arroba como recurso para masculino y femenino 

 

La Real Academia Española (RAE) también se refirió a la costumbre «en los últimos tiempos, por razones de corrección política, que no de corrección lingüística» de hacer explícita «la alusión a ambos sexos», olvidando «que en la lengua está prevista la posibilidad de referirse a colectivos mixtos a través del género gramatical masculino».

 

Esta posibilidad, advirtió, no tiene «intención discriminatoria alguna, sino la aplicación de la ley lingüística de la economía expresiva». «Solo cuando la oposición de sexos es un factor relevante en el contexto, es necesaria la presencia explícita de ambos géneros». 

 

La DPD también critica el uso de la arroba (@) «como recurso gráfico para integrar en una sola palabra las formas masculina y femenina del sustantivo». «Debe tenerse en cuenta que la arroba no es un signo lingüístico y, por ello, su uso en estos casos es inadmisible».

 

El lingüista Ignacio Bosque, miembro de la RAE, publicó el informe «Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer», que fue suscrito por todos los miembros que asistieron al pleno de la organización, el 1 de marzo de 2012. 

 

El masculino gramatical

 

En su documento, Bosque advierte de la reciente publicación de «numerosas guías de lenguaje no sexista» en centros de estudios, ayuntamientos y otras organizaciones, que «han sido escritas sin la participación de los lingüistas». «Sus autores parecen entender que las decisiones sobre todas estas cuestiones deben tomarse sin la intervención de los profesionales del lenguaje, de forma que el criterio para decidir si existe o no sexismo lingüístico será la conciencia social de las mujeres o, simplemente, de los ciudadanos contrarios a la discriminación», lamentó.

 

Bosque criticó que «si se aplicaran las directrices propuestas en estas guías en sus términos más estrictos, no se podría hablar». «Se ve como algo enteramente natural que la autoridad, el responsable o el gestor que desdobla usuarios y usuarias o ciudadanos y ciudadanas se olvide de su desdoblamiento cuando ya no esté delante de un micrófono o de una cámara. 

 

Una vez abandone la tribuna o el estudio de grabación, dirá que «va a cenar con unos amigos», sin intención de excluir a las mujeres, o que «tiene que ir al colegio a recoger a sus hijos», sin que hayamos de suponer que no tiene hijas. Hablará, en una palabra, como todo el mundo», asegura.

 

El Diccionario Panhispánico de dudas advierte además que «en los sustantivos que designan seres animados, el masculino gramatical no solo se emplea para referirse a los individuos de sexo masculino, sino también para designar la clase, esto es, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos», como en los ejemplos «el hombre es el único animal racional» y «el gato es un buen animal de compañía». 

http://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=28519 -.-.-.-.-.- 

Lamentablemente los que quieren imponer la ideología degenerada (de-género) no quieren saber nada ni de lenguaje ni de ciencia y, por tanto, no van a cambiar. Lo que quieren es imponer que lo del "género" sea una decisión a tomar por cada cual. Como eso no es posible con "sexo" (que descubriría un análisis forense científico) han de buscar otra solución y la han encontrado en "género". Es decir, el "sexo" está en cada una de las células del ser humano y nadie lo puede cambiar, pero el "género" sería una cuestión cultural y elegible a discreción. 

 

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Es un “enemigo” vuelto cada vez más concreto, con una falta de escrúpulos que deja todavía atónito: Cristo sí, Iglesia no. Después: Dios sí, Cristo no. Finalmente el grito impío: Dios ha muerto; más bien: Dios nunca ha existido. 

 

Un discurso muy significativo del Papa Pío XII

A las 1:08 PM, por Daniel Iglesias 21.01.2017 

Discurso a los hombres de Acción Católica en el 30° aniversario de su unión

 

Domingo, 12 de octubre de 1952

 

Papa Pío XII 

 

Al contemplar esta magnífica reunión de hombres de Acción Católica, la primera palabra que viene a nuestros labios es de agradecimiento a Dios por habernos regalado un espectáculo tan grandioso y devoto; después, de reconocimiento a vosotros, queridos hijos, por haberlo querido realizar ante nuestra mirada exultante.

 

Nos sabemos bien cuáles nubes amenazantes se espesan sobre el mundo, y sólo el Señor Jesús conoce nuestra continua ansiedad por la suerte de una humanidad de la que Él, Supremo Pastor invisible, quiso que Nos fuésemos visible padre y maestro. Ella mientras tanto procede por un camino que cada día se manifiesta más arduo, mientras parecería que los medios portentosos de la ciencia debiesen, no digamos «cubrirlo de flores», pero al menos disminuir, si no directamente extirpar, el cúmulo de cardos y de espinas que lo obstruyen.

 

De vez en cuando sin embargo –para confirmarnos en esta preocupada ansiedad– Jesús en su bondad quiere que las nubes se rasguen y aparezca triunfante un rayo de sol; signo de que incluso las nubes más oscuras no destruyen la luz, sino que solamente esconden su fulgor.

 

Y he aquí ahora un pacífico ejército de hombres militantes en la Acción Católica Italiana; cristianos vivos y vivificantes; pan bueno y a la vez preciosísimo fermento en medio de la masa de los otros hombres; ciento cincuenta mil, la mayor parte padres de familia, que viven su bautismo y se esfuerzan para hacerlo vivir a los otros. No sois todos. Cientos de miles de hombres católicos, retenidos por graves motivos, están aquí presentes con el ardor de su espíritu, de su fe, de su amor. Hombres maduros y de toda condición: gerentes, profesionales, empleados, docentes, obreros, trabajadores del campo, militares: todos hermanos en Cristo, todos unidos como en un solo latido de un solo corazón.

 

Quisiéramos que también vosotros pudierais admirar la estupenda visión que se ofrece en este momento a nuestros ojos; anhelaríamos que sintieseis en lo profundo del alma con cuánto amor Nos quisiéramos –si fuese posible– descender en medio de vosotros y abrazaros a todos, como si fueseis uno solo.

 

¡Queridos hijos! Habéis venido a Roma para festejar los treinta años de vuestra Unión –la primera de las Asociaciones Nacionales de Acción Católica–. Hace cinco años, los hombres que coincidieron en la Urbe eran setenta mil; hoy ese número se ha duplicado y es algo más que un símbolo del multiplicado fervor de vuestra vida cristiana.

 

En aquel ya lejano septiembre de 1947 Nos bendijimos vuestro estandarte y le agregamos una medalla de oro. Queremos deciros aquí, en la presencia de Roma y de Italia, que vosotros habéis correspondido bien a nuestras expectativas en estos años de luchas agudas por la civilización cristiana e italiana. Esta medalla está bien allí, sobre vuestra bandera, porque vosotros habéis estado entre los principales artífices de la resistencia que Italia, para sí y para el mundo, ha opuesto a las fuerzas del materialismo y de la tiranía.

 

Hoy a mediodía un nuevo acorde de campanas se ha agregado al anillo sonoro de todos los bronces sagrados de la Urbe, que saludan a María e invitan a los fieles a honrarla. En aquella hora vosotros habéis querido hacernos a Nos, Obispo de Roma, un don particularmente grato. En el corazón de un barrio densamente poblado de nuestra querida Ciudad, por impulso de vuestro incansable Asesor Eclesiástico Central, sobre los diseños de un joven arquitecto miembro de la Acción Católica, ante la admiración de cuantos han podido observar la complejidad del proyecto y la rapidez de la ejecución, gracias a la habilidad y a la tenacidad de los trabajadores, vuestra Unión ha hecho surgir, con todos los edificios y las obras anexas, una iglesia bella y espaciosa, sede de parroquia, dándole el nombre de San León Magno.

 

Nos estimamos que no herimos a nadie diciendo que de este Pontífice, grande entre los grandes, pocos conocen su intrépida actividad por el bien civil y social de Roma y de Italia, para conservar la pureza de la fe y para reordenar y reforzar la organización eclesiástica; quizás no muchos recuerdan que una gran parte de su actividad fue gastada en la lucha contra la herejía monofisita, que negaba en Cristo dos naturalezas, la humana y la divina, realmente distintas, sin fusión ni mezcla.

 

Pero todos saben que, mientas Atila, rey de los hunos, descendía victorioso en Italia, devastando la Venecia y la Liguria, y se aprestaba a marchar sobre Roma, el Papa León reanimó al Emperador, al Senado y al pueblo, todos presas del terror; después partió inerme y fue al encuentro del invasor sobre el Mincio. Y Atila lo recibió dignamente y se alegró tanto de la presencia del summus sacerdos, que renunció a toda acción de guerra y se retiró más allá del Danubio. Este hecho memorable ocurrió en el otoño del año 452, de donde Nos estamos felices de conmemorar aquí solemnemente con vosotros el decimoquinto centenario. ¡Queridos hijos, hombres de Acción Católica! Cuando nos enteramos de que el nuevo templo debía ser dedicado a San León I, salvador de Roma y de Italia de la avalancha de los bárbaros, nos ha venido el pensamiento de que quizás vosotros queríais referiros a las condiciones actuales. Hoy no sólo la Urbe e Italia, sino el mundo entero está amenazado.

 

Oh, no nos preguntéis cuál es el “enemigo”, ni cuáles vestimentas usa. Él se encuentra en todas partes y en medio de todos; sabe ser violento y furtivo. En estos últimos siglos ha tratado de realizar la disgregación intelectual, moral y social de la unidad en el organismo misterioso de Cristo. Ha querido la naturaleza sin la gracia; la razón sin la fe; la libertad sin la autoridad; a veces la autoridad sin la libertad. Es un “enemigo” vuelto cada vez más concreto, con una falta de escrúpulos que deja todavía atónito: Cristo sí, Iglesia no. Después: Dios sí, Cristo no. Finalmente el grito impío: Dios ha muerto; más bien: Dios nunca ha existido. Y he aquí el intento de edificar la estructura del mundo sobre fundamentos que Nos no dudamos en señalar como principales responsables de la amenaza que se cierne sobre la humanidad: una economía sin Dios, un derecho sin Dios, una política sin Dios. El “enemigo” se ha esforzado y se esfuerza para que Cristo sea un extraño en la Universidad, en la escuela, en la familia, en la administración de justicia, en la actividad legislativa, en el consenso de las naciones, allí donde se determina la paz o la guerra. Él está corrompiendo el mundo con una prensa y con espectáculos que matan el pudor en los jóvenes y las jóvenes y destruyen el amor entre los esposos; inculca un nacionalismo que conduce a la guerra.

 

Vosotros veis, queridos hijos, que no es Atila quien presiona a las puertas de Roma; vosotros comprendéis que sería vano, hoy, pedir al Papa que se mueva y vaya a encontrarlo para detenerlo e impedirle sembrar la ruina y la muerte. El Papa debe, en su puesto, vigilar, orar y prodigarse incesantemente, a fin de que el lobo no termine de penetrar en el aprisco para secuestrar y dispersar la grey (cfr. Juan 10,12); también aquellos que comparten con el Papa la responsabilidad del gobierno de la Iglesia hacen todo lo posible para responder a la espera de millones de hombres, los cuales –como expusimos el pasado febrero– invocan un cambio de ruta y miran a la Iglesia como el válido y único timonel. Pero esto hoy no basta: todos los fieles de buena voluntad deben conmoverse y sentir su parte de responsabilidad en el éxito de esta empresa de salvación.

 

¡Queridos hijos, hombres de Acción Católica! La humanidad actual, desorientada, perdida, descorazonada, tiene necesidad de luz, de orientación, de confianza. ¿Vosotros queréis con vuestra colaboración –bajo la guía de la sagrada Jerarquía– ser los heraldos de esta esperanza y los mensajeros de esta luz? ¿Queréis ser portadores de seguridad y de paz? ¿Queréis ser el gran y triunfal rayo de sol que invita a despertar del sueño y a trabajar con fuerza? ¿Queréis convertiros –si a Dios le place así– en animadores de esta multitud humana, en espera de vanguardias que la precedan? 

 

Entonces es necesario que vuestra acción sea ante todo consciente. El hombre de Acción Católica no puede ignorar lo que la Iglesia hace y pretende hacer. Él sabe que la Iglesia quiere la paz; que quiere una más justa distribución de la riqueza; que quiere levantar la fortuna de los humildes y de los indigentes; sabe que Cristo, Dios hecho hombre, es el centro de la historia humana; que todas las cosas han sido hechas en Él y para Él. Él sabe que la Iglesia, cuando augura un mundo distinto y mejor, piensa en una sociedad que tenga por base y fundamento a Jesucristo con su doctrina, sus ejemplos y su redención.

 

En segundo lugar es necesaria que vuestra acción sea iluminadora. En vuestras fábricas, en vuestras oficinas, en las calles, en los lugares donde obtenéis la sana recreación o el necesario descanso, os encontraréis casualmente con hombres “que tienen ojos para ver y no ven” (Ezequiel 12,2). ¡Hoy, por ejemplo, se encuentra pobre gente persuadida de que la Iglesia, que el Papa, quieren la explotación del pueblo, quieren la miseria, quieren –parecería inimaginable– la guerra! Los autores y propagadores de estas horrendas calumnias logran escapar de la justicia de los hombres, pero no podrán sustraerse al juicio de Dios. ¡“Vendrá un día…”! ¡Señor, perdónalos! Entretanto sin embargo es necesario aprovechar toda ocasión para abrir los ojos a esos ciegos, a menudo más víctimas de engaño que culpables.

 

Además, es necesario que vuestra acción sea vivificante. La Acción Católica no será realmente tal si no actúa sobre las almas. Las grandes reuniones, los magníficos desfiles y las manifestaciones públicas son ciertamente útiles. ¡Pero ay con confundir los instrumentos con los fines para los cuales deben ser utilizados! Si vuestra acción no llevase la vida del espíritu adonde está la muerte, si no buscase sanar esa misma vida donde está enferma, si no la fortificase donde está débil, sería en vano. Sabemos que vuestra Presidencia General ha preparado un programa de trabajo “capilar”, para volver eficiente la presencia de los católicos militantes en cada lugar y con todas las personas entre las cuales viven. De esa “base misionera”, como se ha querido llamarla, sed por lo tanto vosotros los principales componentes y propulsores.

 

Vuestra acción sea también unificadora. Estad unidos entre los miembros de una misma Asociación; unidos entre las diversas Asociaciones; unidos con las otras “ramas” de la Acción Católica. Pero estad unidos y haceos promotores de unión también con las otras fuerzas católicas, que combaten vuestras mismas incruentas batallas y tienden a vencer en vuestra misma lucha. –¡Queridos hijos! ¿Queréis ser fuertes? ¿Queréis ser, con la ayuda de Dios, invencibles? Estad prontos para sacrificar al bien supremo de la unión, no digamos los caprichos –es evidente–, sino también cualquier idea o programa que pudiese pareceros genial. La unión, sin embargo, no es uniformidad. Ésta destruiría la variedad de las fuerzas; variedad que no tiene solamente un valor estético, sino que también acarrea ventajas estratégicas y tácticas de primerísimo orden.

 

Vuestra acción sea finalmente obediente. Ninguno más que Nos desea que el laicado salga de un cierto estado de minoría de edad, hoy más que nunca inmerecido, en el campo del apostolado. Pero, por otra parte, es evidente la necesidad de una obediencia pronta y filial, siempre que la Iglesia habla para instruir las mentes de los fieles y para dirigir su actividad. Ella cuida bien de no invadir la competencia de la Autoridad civil. Pero cuando se trata de cuestiones que afectan la religión o la moral es deber de todos los cristianos, y especialmente de los militantes de Acción Católica, cumplir sus disposiciones, comprender y seguir sus enseñanzas. Quisiéramos añadir que también en el seno de la Acción Católica es necesario observar una estricta disciplina entre los varios grados de las Asociaciones. Cuando de hecho se tiene en frente a un ejército de férrea organización, ¿a qué peligros se expondría una milicia desordenada, en la cual cada uno se creyese autorizado a juzgar y a actuar según su propio arbitrio?

 

Y ahora, antes de concluir estas palabras nuestras, quisiéramos confiaros una “consigna”. Vosotros ciertamente recordáis que en el pasado mes de febrero hemos dirigido a los fieles de Roma una cálida exhortación, a fin de que el rostro incluso externo de la Urbe aparezca brillante de santidad y de belleza. Debemos decir que clero y pueblo están trabajando ardientemente para que no resulten vanas nuestras esperanzas y no sea frustrada nuestra confianza. Pero Nos hemos expresado al mismo tiempo el augurio de que el potente despertar, al que hemos exhortado a Roma, sea “pronto imitado por las diócesis cercanas y lejanas, a fin de que a nuestros ojos sea concedido ver volver a Cristo no solamente las ciudades, sino las naciones, los continentes, la humanidad entera”. Para este que podríamos llamar “segundo tiempo” Nos contamos con los hombres de Acción Católica, con toda la Acción Católica.

 

Entonces, mientras los impíos siguen difundiendo los gérmenes del odio, mientras gritan aún: “No queremos que Jesús reine sobre nosotros”: «nolumus hunc regnare super nos» (Lucas 19,15), otro canto se elevará, un canto de amor y de liberación, que exhala firmeza y coraje. Él se elevará en los campos y en las oficinas, en las casas y en las calles, en los parlamentos y en los tribunales, en las familias y en la escuela.

 

¡Queridos hijos, hombres de Acción Católica! Dentro de algunos instantes Nos impartiremos con toda la efusión de nuestro corazón paterno la Bendición Apostólica a vosotros, a vuestros seres queridos, a vuestras obras, a vuestras Asociaciones. Después retomaréis vuestro camino, volveréis a vuestros hogares, reencontraréis vuestro trabajo. Llevad a todas partes vuestra acción iluminadora y vivificante. Y sea vuestro canto un canto de certeza y de victoria.

 

Christus vincit! Christus regnat! Christus imperat! [¡Cristo vence! ¡Cristo reina! ¡Cristo impera!]

 

Fuente: http://w2.vatican.va/content/pius-xii/it/speeches/1952/documents/hf_p-xii_spe_19521012_uomini-azione-cattolica.html

 

Nota del Bloguero: La traducción del italiano es mía. He destacado con letra negrita unas palabras de Pío XII que iluminan un notable significado histórico de este Año del Señor 2017, en el que coinciden tres aniversarios cruciales: los 500 años del inicio de la Reforma protestante ("Cristo sí, Iglesia no"), los 300 años de la fundación de la Masonería moderna ("Dios sí, Cristo no") y los 100 años de la Revolución comunista en Rusia ("Dios ha muerto o, mejor dicho, nunca ha existido").

http://infocatolica.com/blog/razones.php/1701210108-un-discurso-muy-importante-de#more32599

 

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LA HISTORIA DE LOS REYES 

La ruta de los Reyes Magos

 

 

 

Desde mucho antes del nacimiento de Cristo, varias generaciones de sabios escrutaron el horizonte para verificar la profecía: una estrella anunciaría el nacimiento de un rey.

 

José Javier Esparza 

Miércoles, 4. Enero 2017 - 21:39 

Vinieron unos magos de oriente, siguiendo el camino de una estrella, y adoraron al Niño Dios. Esta es una de las tradiciones más sólidas, antiguas y arraigadas del imaginario cristiano. Todo el mundo sabe que la fuente evangélica de esta tradición es el texto de Mateo (2, 1-2). Todo el mundo sabe que Mateo habla de “magos”, sin precisar número ni otra condición. Todo el mundo sabe que la palabra “magos”, en el contexto evangélico, designa específicamente a la casta sacerdotal meda o persa, una de cuyas fuentes de conocimiento era la observación astronómica y cuyos miembros, por otro lado, solían salir de los linajes aristocráticos (de ahí que no sea incongruente llamarlos “reyes”). Todo el mundo sabe, en fin, que la tradición que sigue viva en la Iglesia católica no bebe tanto en el escueto texto evangélico como en otras fuentes apócrifas (el Pseudo Tomás del siglo II, por ejemplo). Y sobre estas cosas que todo el mundo sabe, la tradición (tanto popular como erudita), las revelaciones místicas y el estudio historiográfico han permitido construir hipótesis de gran riqueza e interés. Aquí resumiremos una de ellas basada en tres fuentes. Una, legendaria, es El libro de los reyes magos de Juan de Hildesheim, hacia 1370. Otra, mística, son las Visiones de Anna Katherina Emmerich, finales del siglo XVIII. La tercera, académica, es el imprescindible tratado de Franco Cardini Los Reyes Magos, publicado en el año 2000. 

 

Sabios que escrutan el horizonte

 

Desde mucho antes del nacimiento de Cristo, varias generaciones de sabios escrutaron el horizonte para verificar la profecía: una estrella anunciaría el nacimiento de un rey. Tales observaciones se efectuaban desde una alta montaña que la tradición conoce como Vaus o Victoriales, en el confín occidental de la India. Probablemente se trata del monte Zard Küh, 4.548 m., en Irán, la cumbre más alta de los Montes Zagros. Hay innumerables estudios sobre qué tipo de astro pudo haber sido el que diera el aviso: casi todos los investigadores coinciden en que no fue tanto un astro como una conjunción o, más precisamente, una serie inusual de conjunciones y fenómenos. El hecho es que en esta cumbre habrían confluido tres reyes, o tres magos, o tres magos de estirpe real. Uno, Teokeno, luego llamado Melchor, vivía en Media, la tierra de los medos, a orillas del Caspio, quizás al sur del actual Turkmenistán. El segundo, Mensor, luego llamado Gaspar, de estirpe caldea, gobernaba las islas del Éufrates, tal vez en la actual frontera entre Irán e Irak. El tercero, Sair, luego llamado Baltasar, venía aún más del sur, quizá de lo que hoy es Kuwait, al sur del lago de Basora. A Melchor se le supone un origen indio; a Gaspar, persa; a Baltasar, árabe. Hay que decir que esos nombres no son los únicos que se ha atribuido a los magos en la literatura del cristianismo temprano: en griego se llamaron Apelikón, Amerín y Damascón, y en hebreo Magalath, Serakín y Galgalath. 

 

Los magos vieron la Estrella –fuera lo que fuere- y se pusieron en camino. Gaspar y Baltasar estaban juntos en el momento de divisar la luz, así que emprendieron juntos la ruta. Hay que imaginar el largo y vistoso séquito de sirvientes y escoltas, la caravana de mulas y dromedarios. Una antigua ruta caravanera bordea el desierto de Arabia y Siria, al sur del Éufrates, para descender a lo que hoy es Jordania. Este es el camino que toman Gaspar y Baltasar. En cuanto a Melchor, que viaja en solitario y desde el norte, cruza Babilonia para alcanzar a sus compañeros. Por otro camino –la ruta caravanera del norte, la que bajaba desde el curso alto del Éufrates hasta Damasco- hubiera podido llegar antes a Belén, pero Melchor prefiere viajar junto a Gaspar y Baltasar. De manera que cruza el Tigris y el Éufrates hacia el sur: Sippar, Babilonia, Borsippa, el viejo imperio de Nabucodonosor, ahora en manos de los partos, y se reúne con sus amigos en una ciudad enigmática, en ruinas, una urbe fantasma de la que ya entonces sólo quedaban largas filas de columnas y anchas puertas almenadas, con algunas estatuas de airosa compostura. ¿Cuál era esa ciudad? Es un misterio. Por la descripción, debió de tratarse de alguna vieja capital edificada en tiempos de Alejandro. Nada, en todo caso, quedaba entonces de ella; menos queda hoy. 

 

Los tres reyes comparten camino durante meses hasta llegar a Judea. Entran en Judea, por el sur, por la tierra de los moabitas, que hoy es una dura meseta caliza y entonces era el reino de los nabateos. Un poco más al sur habrían llegado a la fascinante Petra, esa lujosa ciudad monumental excavada en la piedra del desierto. Pero los Reyes tuercen a la derecha, hacia el norte. Atraviesan un arroyo que desemboca en el Mar Muerto –tal vez el curso alto del río Arnón, hoy el Guadalmauyib jordano- y se detienen en Metán. Una de las principales rutas caravaneras de oriente terminaba en Dibón, en la orilla este del Mar Muerto, cerca del río Arnón. Hoy allí no hay absolutamente nada. Estamos en una gran hoya, casi 400 metros por debajo del nivel del mar. Pero se cree que por aquí pasaron los Reyes repartiendo dádivas entre los paisanos.

 

La llegada a Jerusalén

 

Ahora se trata de bordear el Mar Muerto hasta Jerusalén. Los Reyes enfilan hacia el norte y pasan el río Jordán. Hoy aquí hay un puente que llevó el nombre del general Allenby y después se rebautizó con el del rey Hussein. Entonces no había puente, así que los reyes cruzaron en almadías, con todo su multitudinario séquito y sus camellos. Como era sábado, día santo de los judíos, tuvieron que arreglárselas solos: nadie les ayudó. Pasan el Jordán, dejan Jericó a la derecha y, a la izquierda, Qum Ram, donde muchos siglos después aparecerán los manuscritos esenios. 

 

Los Reyes no van directamente a Belén, sino que antes se detienen en Jerusalén. Allí se entrevistan con Herodes, un rey puesto por los romanos para controlar el territorio. Pero Herodes (no confundir con su hijo Herodes Antipas, que es el de la Pasión) dice no saber nada. Para colmo, la estrella que había guiado a los Reyes deja de verse. Desolados, los Reyes Magos entienden que nada tienen que hacer allí y acuden a Belén, algo más de cinco kilómetros al sur por el viejo camino de Hebrón. Pasan por el villorrio de Bayt Jala. ¿Por qué? Es un misterio. El caso es que llegan a Belén. Buscan la gruta en la que ha nacido Dios, como su estrella les dijo. Y lo encuentran. 

 

¿Fue así? No lo sabemos. Pero pudo ser. Si esta fue la ruta, los Reyes pudieron cubrir unos 2.000 kilómetros, desde los Montes Zagros, Mesopotamia y el Golfo Pérsico, hasta Jerusalén y Belén. Un largo camino. Cierto que lo que hallaron en la meta merecía la pena.  

http://gaceta.es/noticias/ruta-los-reyes-magos-04012017-2139 

 

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No todas las culturas son iguales y respetables 

 

«El Islam político tiene la intención de transformar Occidente» El 19 de septiembre 2006, Robert Redeker, filósofo, profesor, miembro de Les Temps Modernes, publicó un texto titulado Frente a las intimidaciones islámicas, ¿qué debe hacer el mundo libre? en Le Figaro, donde afirma que los pensadores islámicos  radicales  influyen mucho en nuestras sociedades occidentales,  que la forma de la educacion islamica es el Corán donde cohabitan odio y violencia, y que si la historia del cristianismo tiene violencia es porque se aparta de las enseñanzas de Jesucristo. Desde entonces, Robert Redeker esta amenazado de muerte ya que el jeque islamista Youssef al-Qaradawi ha decretado una  “fatwa” contra él. Ha concedido una entrevista a nuestra colaboradora Carmen Leal, profesora, miembro de Convivencia Cívica Catalana. 2007.X.

 

 

 

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Santa Madre Teresa, ruega por nos

tú que tan claro tenías el deber, la fidelidad, coherencia y la doctrina 

 

¿En qué han quedado los principios «no negociables»?

 

Evidentemente, las confusiones en torno a la Amoris laetitia tienen graves consecuencias políticas. A la espera de las indispensables aclaraciones, corresponde a los católicos franceses salir de dudas y sacar de las sombras los principios «no negociables».

 

Joël Hautebert –  31/12/2016 10:18 AM 

Después de las últimas elecciones presidenciales y legislativas, los principios «no negociables» estaban en el corazón de los debates internos entre el electorado católico. Quitando algunas raras excepciones (el adre Grosjeaninfocatho…) esta temática, a día de hoy, brilla por su ausencia.

Este inquietante eclipse merece que se indaguen sus causas, que nosotros vamos a intentar discernir explorando dos vías distintas. En primer lugar, el de un nuevo contexto político; y, a continuación, la de una desorientación de los católicos, fruto de una pastoral cuyo eje doctrinal aparece confuso.

A propósito del contexto político, el desafío de las próximas elecciones mira principalmente a la voluntad y la capacidad de los futuros gobernantes para derogar algunas leyes votadas recientemente, y también a limitar la progresión de la cultura de la muerte y de la revolución antropológica.

Tras las precedentes elecciones, el temor –fundado- de una aceleración de este proceso revolucionario animaba los debates. Dado que el quinquenio de François Hollande ha respondido perfectamente a las inquietudes que suscitaba su programa, convendría, quizá, poner al día esos principios, evocados por el Cardenal Ratzinguer en una nota doctrinal publicada el 24 de noviembre de 2002 (Nota doctrinal sobre algunas cuestiones acerca del compromiso y el comportamiento de los católicos en la vida política), recordados posteriormente en un discurso de él mismo -siendo ya el papa Benedicto XVI-, pronunciado el 30 de marzo de 2006.

 

En este último discurso el Papa precisaba que la Iglesia Católica «dedica gustosamente una atención particular a ciertos principios que no son negociables. Entre ellos, los principios que siguen a continuación destacan hoy de manera nítida: la protección de la vida en todas sus etapas, desde el primer momento de su concepción hasta su muerte natural; el reconocimiento y la promoción de la estructura natural de la familia –como una unión entre un hombre y una mujer fundada sobre el matrimonio- y su defensa en contra de las tentativas de hacerla jurídicamente equivalente a otras formas de unión radicalmente diferentes que, en realidad, le reportan un perjuicio y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter específico y su papel social irreemplazable; la protección del derecho de los padres de educar a sus hijos»-

 

Hemos de decirlo claramente, estos principios «no negociables» han adquirido una candente actualidad, si se piensa en la eutanasia y en el delito de limitación numérica para el aborto (punto nº 1), en la desnaturalización del matrimonio y de la filiación (punto nº 2), y finalmente en la enseñanza de la ideología de género en la escuela (punto nº 3). Si por sí mismos ellos solos no pueden (y no deben) constituir una doctrina o un programa político, sí fijan una prioridad en el compromiso político y las opciones electorales. En efecto, están en juego, según la nota 2002, «principios morales que no admiten ni derogación, ni excepción, ni compromiso alguno». Dado que estos criterios se caracterizan por su objetividad moral y su atemporalidad, no se ve cómo el contexto político francés podría alterar su conveniencia: inútil ir más allá en esta dirección.

 

Una profunda confusión.

La segunda explicación atisbada concierne a la profunda confusión que reina a día de hoy en el seno del mundo católico, enmudecido en la afirmación de los reparos doctrinales tradicionales, entre los que se alinean los principios «no negociables». Como demostración, el último texto publicado por la Conferencia episcopal francesa en relación con la política (Cf. L´HN nº 1626 de 19 de noviembre de 2016, p. 6) que no solo no los menciona sino que, por el contrario, incita a la componenda.

Un reciente suceso acaecido en Méjico demuestra que los católicos franceses no son los únicos afectados. Mientras que una parte del episcopado mejicano se comprometió con coraje contra la desnaturalización del matrimonio, el nuevo nuncio, mons. Franco Coppola, recién llegado, ha invitado a los católicos a dialogar más que a manifestarse. Preguntado por su posición a propósito de esas uniones homosexuales, respondió esto«Yo puedo responder con la doctrina de la Iglesia, pero esta no es la respuesta que, como pastor, debo dar». De esta forma, en el nombre del «acompañamiento» y del «caminar» de los homosexuales hacia la Fe, es mejor bajar el tono y desertar del campo político mientras que la propia institución familiar está en juego. Es olvidar, por lo pronto, que la ley es un inmejorable apalancamiento en relación al bien común, y por consiguiente del bien moral y espiritual de los ciudadanos. Cuando una institución mayor del derecho natural hace referencia a, o cuando se trata de legalizar un acto intrínsecamente malo, la «ley» incrementa los riesgos de enraizarse en el pecado. A esto se añaden las graves consecuencias morales de la colaboración con esos actos, a la que están sometidos numerosos ciudadanos, por su función o por su trabajo. Los propósitos del nuncio, reivindicando un lenguaje pastoral explícitamente disociado de la doctrina, socava radicalmente el sentido de la caridad política.

 

Este tipo de posicionamiento «pastoral» aumenta la confusión reinante a propósito de la Carta apostólica Amoris laetitia. El desafío va más allá del caso concreto de los católicos divorciados y «recasados», dado que la noción de «actos intrínsecamente malos» está puesta directamente en cuestión. Si ya no hay normas morales absolutas (cf. los dubia de los cuatro cardenales) porque la conciencia estaría habilitada «para legitimar las excepciones» (dubia 5), la noción de «principios no negociables» inmediatamente pierde toda razón de ser porque, recordémoslo, son una traducción política de «principios morales que no admiten derogación, excepción ni compromiso alguno».

 

Evidentemente, las confusiones en torno a la Amoris laetitia tienen graves consecuencias políticas. A la espera de las indispensables aclaraciones, corresponde a los católicos franceses salir de dudas y sacar de las sombras los principios «no negociables».

Traducido por: José Luis Aberasturi y Martínez. Sacerdote.

Publicado orignalmente en L´Homme nouveau

 

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¡Feliz Navidad! 2016

 

 

 

Decía Chesterton que en Navidad celebramos un trastorno del universo. Adorar a Dios significaba hasta la Navidad alzar la mirada a un cielo inabarcable que nos estremecía con su vastedad; a partir de la Navidad, adorar a Dios significa dirigir la mirada hacia el interior de una cueva lóbrega, para reparar en la fragilidad de un niño que llora en un pesebre. 

 

Juan Manuel de Prada – 18/12/2016 5:45 PM 

Decía Chesterton que en Navidad celebramos un trastorno del universo. Adorar a Dios significaba hasta la Navidad alzar la mirada a un cielo inabarcable que nos estremecía con su vastedad; a partir de la Navidad, adorar a Dios significa dirigir la mirada hacia el interior de una cueva lóbrega, para reparar en la fragilidad de un niño que llora en un pesebre. Las manos inmensas que habían modelado el universo se convierten, de súbito, en unas manos diminutas que tiemblan en el frío de la noche y buscan el calor del pecho de su Madre.

 

Divinidad y fragilidad habían sido hasta ese momento conceptos antitéticos; pero la Navidad los obliga a juntarse, en un pasmoso oxímoron que hace tambalear nuestras certezas y subvierte por completo nuestras categorías mentales. Los hombres, que desde la noche de los tiempos se habían arrodillado ante la furia apabullante de los elementos, deciden arrodillarse de repente ante un recién nacido, mucho más pequeño y desvalido que ellos mismos, pues ni siquiera ha podido ser alumbrado en una posada. Ante una tempestad o una lluvia de estrellas uno puede arrodillarse con miedo; ante un niño que ha nacido en una cueva, como un proscrito, uno sólo puede arrodillarse con amorosa y emocionada piedad.

 

Pero este oxímoron que celebramos en Navidad enseguida golpea nuestra credulidad. ¿En qué cabeza cabe que un Dios que hasta entonces había sido invisible e incorpóreo, omnipotente y glorioso, tome la apariencia (y no sólo la apariencia, sino también el cuerpo y el alma) de un niño? Semejante cosa sólo podría ocurrírsele a un Dios que estuviese loco de remate; pues no hay locura más rematada que la locura de amor. Al asumir Dios la fragilidad de la naturaleza humana, se inauguró una nueva era de la Humanidad, que desde entonces pudo entender mejor el sentido sagrado de la compasión; pues, desde el momento en que Dios se había hecho frágil como nosotros mismos, resultaba más fácil abrazar la fragilidad del prójimo, volviéndonos nosotros también locos de remate (y, en efecto, la caridad siempre ha parecido una forma insufrible de locura a quienes no la sienten).

 

Por eso la Navidad puede considerarse una fiesta de locos rematados; y por eso, cuando falta el manantial originario de esa locura, se convierte en una fiesta indecente, puro sentimentalismo vacuo que revuelve las tripas y estraga el alma, por mucho que finjamos alegría y regocijo (o, sobre todo, cuando fingimos alegría y regocijo). Pues deja de ser verdadera fiesta, para convertirse en un aspaviento disfrazado de algarabía, atracón de turrones y vomitera nocturna; una sórdida orgía consumista, aderezada con unas dosis de humanitarismo de pacotilla.

 

Muchas personas sienten, en medio de los regocijos navideños, una suerte de dolor sordo o sentimiento de amputación, que a veces se identifica con una nostalgia de la inocencia perdida; pero que en realidad es conciencia dolorida de que el sentido originario de la fiesta les ha sido arrebatado, y con él la posibilidad de una genuina felicidad. El hombre contemporáneo persigue la felicidad como si de una fórmula química se tratase; pero esta búsqueda suele saldarse con un fracaso, pues en el mejor de los casos obtiene una sensación efímera de bienestar, o bien un placebo euforizante, apenas un analgésico que le distrae por unos pocos días el dolor en sordina que lo martiriza.

 

Y este dolor (que a veces se presenta como hastío o tedio de vivir, a veces como indolencia y acedia, a veces como desesperación y angustia) es la consecuencia directa de una amputación. No hay felicidad sin una aceptación íntegra de nuestra naturaleza, que incluye una vocación religiosa; y tal vocación no se puede extirpar sin un grave menoscabo de nuestra propia naturaleza. El hombre contemporáneo, al negar su vocación religiosa, se ha convertido en un ser amputado y, por lo tanto, infeliz; y, como el manco que en los días que anuncian tormenta siente un dolor fantasmagórico en el brazo que le ha sido arrancado, el hombre contemporáneo siente más que nunca esa amputación en las fechas navideñas.

 

«Quitad lo sobrenatural y no encontraréis lo natural, sino lo antinatural», nos enseña Chesterton. Quitadle a la Navidad su cataclismo sacro, ese trastorno del universo del que hablábamos más arriba, y no encontraréis la verdadera fiesta, sino su parodia grotesca y antinatural: consumismo bulímico, humanitarismo de pacotilla, torpe satisfacción de placeres primarios; correteos, en fin, de un gallo al que han arrancado la cabeza y que bate las alas desesperadamente, mientras se desangra y agoniza. 

Juan Manuel de Prada 

Publicado originalmente por XL Semanal. 

 

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A solis ortus cardine 

ad usque TERRAE LIMITEM 

Christum canamus Principem 

natum Maria Virgine. 

 

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No se puede permaner en silencio

 

EDITOR Y RESPONSABLE

A la espera de un comunicado de la Casa General de la FSSPX, informamos sobre declaraciones que han publicado el Superior del Distrito de Francia, p. C. Bouchacourt y el Superior del Distrito de Italia, don Pierpaolo Maria Petrucci, superior del Distrito de Italia, declaraciones difundidas también por el Distrito de los EE.UU.

 

Comunicado del Superior de Distrito de Francia sobre la declaración que Francisco firmó con los luteranos.

2 de Noviembre de 2016.

Al leer la declaración conjunta que el Papa realizó con los representantes de la iglesia luterana de Suecia el 31 de octubre, en ocasión del quinto centenario de la revuelta de Lutero contra la Iglesia Católica, nuestra tristeza ha alcanzado una nueva profundidad.

Enfrentados con un verdadero escándalo representado por tal declaración en la cual los errores históricos, los graves ataques contra la predicación de la Fe Católica y un falso humanismo, fuente de tantos males, se siguen unos a otros, no podemos permanecer en silencio.

Bajo el pretexto falaz del amor al prójimo y del deseo de una unidad artificial e ilusoria, la Fe Católica es sacrificada en el altar del ese ecumenismo que pone la salvación de las almas en peligro. Los errores más grandes y la Verdad de Nuestro Señor Jesucristo puestos en pie de igualdad.

¿Cómo podemos estar “profundamente agradecido por los dones espirituales y teológicos recibidos a través de la Reforma”, cuando Lutero manifestó un odio diabólico hacia el Soberano Pontífice, un desprecio blasfemo contra el Santo Sacrificio de la Misa, lo mismo que un rechazo de la Gracia Redentora de Nuestro Señor Jesucristo? El también destruyó la doctrina sobre la Eucaristía rechazando la Transustanciación, apartó a las almas de la Santísima Virgen María y negó la existencia del Purgatorio.

¡No, el Protestantismo no trajo nada al Catolicismo! Arruinó la unidad de la Cristiandad, separó a naciones completas de la Iglesia Católica, hundió a las almas en el error, poniendo su salvación eterna en peligro. Los católicos deseamos que los protestantes regresen al único rebaño de Cristo cristo que es la Iglesia Católica y rezamos por esta intención.?En estos días, cuando celebramos a todos los santos, invocamos a San Pío V, San Carlos Borromeo, San Ignacio y san Pedro Canisio que heroicamente combatieron la herejía protestante y salvaron la Iglesia.

Invitamos a los fieles del Distrito de Francia a orar y hacer penitencia por el Soberano Pontífice de modo que Nuestro Señor, de quien es Vicario, lo preserve del error y lo mantenga en la Verdad, de la cual es el guardián.??Invito a los sacerdotes del Distrito a celebrar una misa de reparación y a organizar una Hora Santa ante el Santísimo Sacramento para pedir perdón por estos escándalos y rogar a Nuestro Señor que aplaque la tempestad que ha venido sacudiendo a la Iglesia por más de medios siglo hasta hoy.

Nuestra Señora, Auxilio de los Cristianos, ¡salva a la Iglesia Católica y ruega por nosotros!

Padre Christian Bouchacourt

Superior de Distrito de la Fraternidad San Pío X

Fuente: La Porte Latine

El enésimo escándalo ante el cual no podemos permanecer en silencio

El sábado 30 de octubre un severo terremoto destruyó la basílica construida en Nurcia en el lugar de nacimiento de San Benito, dejando solo en pie su fachada. Las fotografías que muestran este triste episodio son emblemáticas y simbólicas de la Europa Cristiana, de la cual San Benito es Patrono, pero que está repudiando sus raíces. Estas fotografías son aún más simbólicas de la Iglesia que está arrancándose las entrañas de sus fundamentos, escondiendo las ruinas detrás de una fachada mediática que no puede engañar a aquellos que aman a la Esposa de Cristo y conocen su doctrina y su historia.

La visita del Papa Francisco a Suecia para conmemorar el quinto centenario de la revuelta Luterana, cuyos errores han causado la pérdida de miles de almas y provocada las guerras que hicieron estragos en Europa es solo la última y clara confirmación de esto. ¿Cómo puede uno declararse “profundamente agradecido por los dones espirituales y teológicos recibidos a través de la Reforma”, y agradecer a Dios por esto, como ocurrió en la liturgia ecuménica de Lundt? ¿Cómo se puede decir que “luteranos y católicos han herido la unidad visible de la Iglesia” sin traicionar la propia Fe??Agradecer a Dios por la difusión de la herejía es equivalente a atribuir a Dios mismo el mal, en un acto verdaderamente blasfemo.

Enfrentados con este enésimo escándalo no se puede permaner en silencio, en especial si se tiene un rol importante en la jerarquía eclesiástica, porque quien calla consiente y se hace cómplice.

Don Pierpaolo Maria Petrucci

Fuente: web del Distrito de Italia

 

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Nueva carta de resistencia a la Amoris Laetitia

EDITOR Y RESPONSABLE

Una carta firmada por tres de los editores más reconocidos de publicaciones católicas tradicionales, "Con Imperiosa Preocupación", una acusación que puede resumirse en este párrafo, si bien es solo la introducción de un largo estudio de los errores propiciados por el papa Bergoglio:

Usted ya ha provocado una fractura en la disciplina universal de la Iglesia, donde algunos obispos la mantienen a pesar de Amoris Laetitia mientras que otros, incluyendo aquellos en Buenos Aires, están anunciando un cambio basados únicamente en la autoridad de su escandalosa “exhortación apostólica.” Jamás había sucedido algo así en la historia de la Iglesia.

A continuación, la acusación y la primera parte de sus fundamentos, en la versión castellana de Adelante la Fe.

19 de septiembre, 2016

Fiesta de san Jenaro en el mes de Nuestra Señora de los Dolores

 

Su Santidad:

El siguiente relato, escrito desesperadamente como miembros del laicado, es lo que llamamos una acusación de su pontificado, el cual ha sido una calamidad para la Iglesia, en igual proporción que lo que ha deslumbrado a los poderes de este mundo. El evento culminante que nos impulsó a dar este paso fue la revelación de su carta “confidencial” a los obispos de Buenos Aires autorizándolos, únicamente en base a sus propias ideas expresadas enAmoris Laetitia, a admitir a ciertos adúlteros públicos en “segundas nupcias” a los sacramentos de la confesión y la sagrada comunión sin un firme propósito de enmendar sus vidas abandonando las relaciones sexuales adúlteras.

 

De esta manera usted ha desafiado las propias palabras de Nuestro Señor quien condenó el divorcio seguido por nupcias posteriores como adulterio per se sin excepción, la advertencia de san Pablo sobre el castigo divino para quienes reciban indignamente el sagrado sacramento, la enseñanza de sus dos predecesores inmediatos alineados con la doctrina moral y disciplina eucarística de la Iglesia basadas en la revelación divina, el Código de Derecho Canónico y toda la tradición.

Usted ya ha provocado una fractura en la disciplina universal de la Iglesia, donde algunos obispos la mantienen a pesar de Amoris Laetitia mientras que otros, incluyendo aquellos en Buenos Aires, están anunciando un cambio basados únicamente en la autoridad de su escandalosa “exhortación apostólica.” Jamás había sucedido algo así en la historia de la Iglesia.

 

Y sin embargo, los miembros conservadores de la jerarquía casi sin excepción, conservan un silencio político mientras que los liberales exultan públicamente su triunfo gracias a usted. En la jerarquía, casi ninguno se opone a su imprudente desprecio de la sana doctrina y su práctica, si bien muchos murmuran en privado contra sus depredaciones. Por lo tanto, así como ocurrió durante la crisis arriana, queda en manos de los laicos defender la fe en medio de un abandono casi total del deber por parte de la jerarquía.

 

Si bien no somos nada en el gran esquema de las cosas, como miembros bautizados del cuerpo místico poseemos el derecho otorgado por Dios, con su consiguiente deber establecido en la ley de la Iglesia (cf. CIC can. 212), de comunicarnos con usted y nuestros hermanos católicos por la grave crisis que su gobierno ha provocado en la Iglesia dentro del estado ya crónico de crisis eclesiástica resultante del concilio Vaticano II.

 

Dado que las súplicas privadas han resultado totalmente inútiles, tal como relatamos debajo, publicamos este documento para aliviar nuestro cargo de consciencia frente al gran daño que usted ha causado, y amenaza con causar, sobre las almas y el bien de la Iglesia, y para exhortar a nuestros hermanos católicos a oponerse a su continuo abuso del oficio papal, particularmente en cuanto a las enseñanzas infalibles de la Iglesia sobre el adulterio y la profanación de la sagrada comunión.

 

Al decidir publicar este documento, nos guiamos por la enseñanza del doctor angélico sobre un caso de justicia natural dentro de la Iglesia:

Hay que tener en cuenta, no obstante, que en el caso de que amenazare un peligro para la fe, los superiores deberían ser reprendidos incluso públicamente por sus súbditos. Por eso san Pablo, siendo súbdito de san Pedro, le reprendió en público a causa del peligro inminente deescándalo en la fe. Y como dice la Glosa de san Agustín: “Pedro mismo dio a los mayores ejemplo de que, en el caso de apartarse del camino recto, no desdeñen verse corregidos hasta por los inferiores.” [Summa Theologiae, II-II, Q. 33, Art 4]

También nos guiamos por la enseñanza de san Roberto Belarmino, doctor de la Iglesia, respecto a la Resistencia lícita de un romano pontífice descarriado:

Así como es lícito resistir al Pontífice que ataca al cuerpo, es también  lícito resistir al Papa, que ataca a las almas o que perturba el orden civil, y, a fortiori, al Papa que intenta destruir la Iglesia. Yo digo que es lícito resistirle no haciendo lo que él ordena e impidiendo la ejecución de su voluntad… [De Controversiis sobre el Romano Pontífice, libro 2, Cap. 29].

Los católicos de todo el mundo, y no sólo los “tradicionalistas”, están convencidos que la situación imaginada por Belarmino es hoy una realidad. Esa convicción es el motivo de este documento.

 

Que Dios sea el juez de la rectitud de nuestras intenciones.

 

Christopher A. Ferrara

Columnista Jefe, The Remnant 

 

Michael J. Matt

Editor, The Remnant

 

John Vennari

Editor, Catholic Family News

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LIBRO DE ACUSACIÓN

 

Por la gracia de Dios y la ley de la Iglesia, una denuncia contra Francisco, Romano Pontífice, por el peligro a la fe y el gran daño a las almas y al bien común de la santa Iglesia católica.

¿Qué clase de humildad es esta?

En la noche de su elección, al hablar desde el balcón de la Basílica de San Pedro, usted declaró: “el deber del cónclave es dar un obispo a Roma.” Si bien el público frente a usted provenía de todo el mundo, como miembros de la Iglesia universal, usted sólo dio las gracias porque “la comunidad diocesana de Roma tiene a su obispo.” También expresó su deseo que “este camino de Iglesia, que hoy comenzamos” resulte “fructífero para la evangelización de esta ciudad tan bella.” Pidió a los fieles presentes en la Plaza de San Pedro que oren, no por el Papa, sino “por su obispo” y usted dijo que al día siguiente iría “a rezar a la Virgen para que custodie a toda Roma.”

 

Sus comentarios extraños en aquella ocasión histórica comenzaron con la banal exclamación “¡Hermanos y hermanas, buenas noches!” y terminaron con una intención igualmente banal: “Buenas noches y buen descanso”. Ni una vez, durante su primer discurso, se refirió a sí mismo como Papa ni se refirió a la dignidad suprema del oficio para el cual había sido elegido: el del Vicario de Cristo, cuyo mandato divino es enseñar, gobernar y santificar la Iglesia universal y liderar su misión, la de hacer discípulos a todas las naciones.

 

Casi desde el momento de su elección comenzó una especial campaña interminable de relaciones públicas cuya temática fue su singular humildad frente a los demás Papas, un simple “Obispo de Roma” en contraste a las supuestas pretensiones monárquicas de sus predecesores y sus elaboradas vestimentas y zapatos rojos que usted rechazó. Usted dio indicaciones tempranas de una descentralización radical de la autoridad papal en favor de una “Iglesia sinodal” tomando el ejemplo de la visión ortodoxa del “significado de la colegialidad episcopal y su experiencia de sinodalidad”. Los exultantes medios de comunicación aclamaron inmediatamente “la revolución de Francisco.”

Sin embargo esta ostentosa demostración de humildad ha sido acompañada por un abuso de poder del oficio papal, sin precedentes en la historia de la Iglesia. Durante los últimos tres años y medio usted ha promovido incesantemente sus propias opiniones y deseos, sin el más mínimo respecto o consideración por la enseñanza de sus predecesores, las tradiciones milenarias de la Iglesia, o los enormes escándalos que usted ha causado. En incontables ocasiones, usted ha conmocionado y confundido a los fieles y ha alegrado a los enemigos de la Iglesia con afirmaciones heterodoxas incluso sin sentido, mientras apilaba insulto tras insulto sobre los católicos practicantes, a quienes ridiculiza continuamente como fariseos actuales y “rigoristas.” Su comportamiento personal se ha rebajado frecuentemente enactos y payasadas para quedar bien con el público.

 

Usted ha ignorado consistentemente la beneficiosa advertencia de su predecesor inmediato, quien renunció bajo circunstancias misteriosas ocho años después de haber pedido a los obispos reunidos con él al comienzo de su pontificado “rogad por mí, para que, por miedo no huya ante los lobos.” Para citar a su predecesor en su primera homilía como Papa:

El Papa no es un monarca absoluto cuya voluntad sea ley, sino el custodio de la tradición auténtica y, con ello, el primer garante de la obediencia. Él no puede hacer lo que quiera, y por eso puede también oponerse a quienes quieren hacer lo que se les ocurre. Su ley no es la arbitrariedad, sino la obediencia de la fe.

Una intromisión selectiva en la política, siempre políticamente correcto

Durante su puesto como “Obispo de Roma” usted ha mostrado escaso respeto por las limitaciones de la autoridad papal y su competencia. Se ha entrometido en asuntos políticos tales como las políticas inmigratorias, la ley penal, el medioambiente, la restauración de las relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y Cuba (ignorando la lucha de los católicos bajo la dictadura  de Castro) e incluso oponiéndose al movimiento independentista de Escocia. Sin embargo, se niega a oponerse a los gobiernos secularistas cuando desafían la ley divina y natural con medidas tales como la legalización de las “uniones homosexuales”, una cuestión de derecho divino y natural en la cual un Papa puede y debe intervenir.

 

De hecho, sus numerosas acusaciones a los males sociales—todos ellos políticamente seguros—contradicen sus propias acciones, las cuales comprometen a la Iglesia como testigo contra los diversos errores de la modernidad:

Contrario a la enseñanza inmutable de la Iglesia basada en la Revelación, usted demanda la abolición total global de la pena de muerte, sin importar la gravedad del crimen, e incluso la abolición de las sentencias de muerte, y sin embargo usted jamás ha hecho un llamamiento a la abolición del aborto legalizado, el que ha sido condenado constantemente por la Iglesia como asesinato masivo de inocentes.

 

Usted declara que un simple fiel peca gravemente si no recicla los desechos de su hogar o no apaga las luces innecesarias, y al mismo tiempo usted gasta millones de dólares en eventos masivos vulgares centrados en su persona, en países a los que viaja con grandes comitivas en aeronaves alquiladas que despiden vastas cantidades de dióxido de carbono en la atmósfera. 

 

Usted demanda fronteras abiertas en Europa para los “refugiados” musulmanes, que son predominantemente hombres en edad militar, mientras que usted vive tras los muros de la ciudad del Vaticano que excluye estrictamente a los no residentes—muros construidos por León IV para prevenir el segundo saqueo musulmán de Roma.

 

Usted habla incesantemente de los pobres y las “periferias” de la sociedad pero se alía con la jerarquía rica y corrupta de Alemania y concelebridades y potentados del globalismo que están a favor del aborto, la anticoncepción y la homosexualidad.

 

Usted desprecia las ambiciones de ganancia de las corporaciones y “la economía que mata” mientras honra en sus audiencias privadas y recibe generosas donaciones de los tecnócratas y líderes de corporaciones más importantes del mundo, permitiéndole incluso a Porsche alquilar la Capilla Sixtina para un “concierto magnífico…organizado exclusivamente para los participantes” que pagaron  $6.000 cada uno por un tour de Roma—la primera vez que un Papa permite que este espacio sagrado se utilice para un evento corporativo. 

 

Usted demanda el fin de la “desigualdad” mientras abraza dictadorescomunistas y socialistas que viven lujosamente mientras las masas sufren bajo sus yugos. 

 

Usted condena a un candidato para la presidencia norteamericana como “no cristiano” porque busca prevenir la inmigración ilegal, pero no dice nada contra los dictadores ateos a los que usted abraza, que han cometido asesinatos masivos, persiguieron a la Iglesia y encarcelaron cristianos en estados policiales.

Al promover su opinión personal sobre la política y las políticas públicas como si fueran doctrina católica, usted no ha dudado en abusar incluso de la dignidad de una encíclica papal, usándola para respaldar declaraciones científicas debatibles e incluso demostrablemente fraudulentas respecto al “cambio climático”, “el ciclo de carbono”, “la contaminación de dióxido de carbono” y la “acidificación de los océanos”. El mismo documento demanda también que los fieles respondan a una supuesta “crisis ecológica” apoyando programas medioambientales seculares tales como los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, que usted ha elogiado, si bienllaman a un “acceso universal a la salud sexual y reproductiva”, refiriéndose a la anticoncepción y el aborto.

Un indiferentismo rampante

Si bien difícilmente sea un pionero respecto a las novedades post-conciliares destructivas como el “ecumenismo” y el “diálogo inter-religioso”, usted ha promovido en un grado no visto ni siquiera en los peores años de la crisis post-conciliar un indiferentismo religioso específico que prácticamente deja de lado la misión de la Iglesia como arca de salvación.

 

Respecto a los protestantes, usted declara que todos ellos son miembros de la misma “Iglesia de Cristo” como católicos, sin importar sus creencias, y que las diferencias doctrinales entre católicos y protestantes son, comparativamente, asuntos triviales a ser acordados entre teólogos.

 

Siguiendo esa opinión, usted ha desalentado la conversión de los protestantes, incluyendo el “obispo” Tony Palmer, quien pertenecía a una secta anglicana que pretende ordenar mujeres. Tal como comentó Palmer, cuando habló de “volver a casa a la Iglesia Católica” usted le dio una respuesta espantosa: “Nadie vuelve a casa. Ustedes viajan hacia nosotros y nosotros hacia ustedes, y nos encontraremos en el medio.” ¿En el medio de qué? Al poco tiempo, Palmer murió en un accidente de motocicleta. Sin embargo, por su insistencia, el hombre cuya conversión usted impidió deliberadamente fue enterrado como obispo católico—una burla, contraria a la enseñanza inmutable de su predecesor que sostiene que “las ordenaciones realizadas con el rito anglicano son nulas e inválidas.” [León XIII, Apostolicae curae (1896), DZ 3315]

 

Respecto a las demás religiones en general, usted ha adoptado como programa virtual el mismo error condenado por el papa Pío XI tan solo 34 años antes del Vaticano II: “la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio.” Usted ha ignorado completamente la advertencia de Pío XI que dice que “cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios”. Al respecto, usted ha sugerido incluso que hasta los ateos pueden salvarse meramente haciendo el bien, provocando de esta manera el aplauso de los medios de comunicación masiva.

 

Pareciera que en su visión, la tesis herética de Rahner sobre el “cristiano anónimo” que abraza virtualmente a toda la humanidad suponiendo la salvación universal ha reemplazado definitivamente la enseñanza de Nuestro Señor al contrario: “Quien creyere y fuere bautizado, será salvo; más, quien no creyere, será condenado (Mc 16 16).”

Un absurdo lavado de la imagen del islam

Asumiendo el rol de exégeta del Corán para liberar de culpa el culto de Mohammed y su ininterrumpida conexión histórica con la conquista y la persecución brutal de cristianos, usted declara: “Frente a episodios de fundamentalismo violento que nos inquietan, el afecto hacia los verdaderos creyentes del islam debe llevarnos a evitar odiosas generalizaciones, porque el verdadero islam y una adecuada interpretación del Corán se oponen a toda violencia.” [Evangelii gaudium, 253]

Usted ignora la historia de la guerra islámica contra el cristianismo, que continúa hasta el día de hoy, así como los códigos legales bárbaros del tiempo actual y la persecución de cristianos en las repúblicas islámicas, incluyendo Afganistán, Irán, Malasia, Maldivas, Mauritania, Nigeria, Pakistán, Qatar, Arabia Saudita, Somalia, Sudán, Emiratos Árabes y Yemen. Estos son regímenes de opresión intrínseca a la ley de la sharía, que los musulmanes consideran una orden de Alá para el mundo entero y que ellos intentan establecer donde sea que obtienen un porcentaje de población significativo. Sin embargo, para usted, ¡las repúblicas musulmanas carecen de una comprensión “auténtica” del Corán!

Usted incluso intenta minimizar el terrorismo islámico en Oriente Medio, África y el corazón mismo de Europa, osando proponer una equivalencia moral entre los fanáticos musulmanes que libran la yihad—como lo han hecho desde el surgimiento del islam—y el “fundamentalismo” imaginario de católicos practicantes que usted nunca deja de condenar e insultar públicamente. Durante una de sus palabrerías en conferencia de prensa durante un vuelo, en las que frecuentemente avergüenza a la Iglesia y socava la doctrina católica, usted pronunció esta infame opinión, típica de su absurda insistencia con que la religión fundada por el Dios encarnado y el violento culto perenne fundado por el degenerado Mohammed se encuentran en igualdad moral:

No me gusta hablar de violencia islámica, porque todos los días cuando leo los diarios, veo violencia, aquí en Italia, alguien que mata a la novia, otro que mata a la suegra. Y estos son católicos bautizados, son católicos violentos. Si yo hablo de violencia islámica, debo hablar de violencia católica…creo que en casi todas las religiones hay un pequeño grupo fundamentalista Nosotros lo tenemos. Cuando el fundamentalismo llega a matar, también se puede matar con la lengua -esto lo dice el apóstol Santiago- y también con el cuchillo. Creo que no es justo identificar al islam con la violencia.

Es de no creer que un Romano Pontífice declare que unos actos de violencia aleatorios cometidos por católicos, y sus meras palabras, sean un equivalente moral de la campaña mundial de actos terroristas del islamismo radical, el asesinato masivo, la tortura, la esclavitud y la violación en nombre de Alá. Parece que usted es más rápido para defender el culto ridículo y asesino de Mohammed contra sus oponentes que a la verdadera Iglesia contra sus innumerables acusadores falsos. Quedó lejos de su pensamiento la visión inmutable de la Iglesia sobre el islam, expresada por el papa Pío XI en su Acto de Consagración del género humano al Sagrado Corazón: “Sé Rey de los que aún siguen envueltos en las tinieblas de la idolatría o del islamismo. A todos dígnate atraerlos a la luz de tu Reino.”

Un “sueño” reformador, protegido por un puño de acero

En definitiva, usted parece estar afectado por una manía reformadora que no conoce límites a su “sueño” de cómo debiera ser la Iglesia. Como declara en su manifiesto papal sin precedentes, Evangelii gaudium (nn. 27, 49):

Sueño con una “opción misionera” capaz de transformarlo todo, para que lascostumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación…Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mc 6,37)

Por increíble que parezca, usted profesa que las “estructuras” y “reglas” inmemoriales de la santa Iglesia católica infligían un hambre cruel y muerte espiritual antes de que usted llegara de Buenos Aires, y que ahora usted desea cambiar literalmente todo en la Iglesia para hacerla más misericordiosa. ¿Cómo debieran ver esto los fieles, sino como una terrorífica megalomanía? Usted declara incluso que en su opinión la evangelización no debe estar limitada por miedo a la autopreservación de la Iglesia—¡como si de alguna manera ambas cosas estuvieran contrapuestas!

Su diáfano sueño de reformar todo está acompañado por un puño de acero que aplasta cualquier intento de restaurar la viña devastada durante medio siglo de reformas “imprudentes”. Según lo revelado en su manifiesto (Evangelii gaudium, 94), usted está lleno de desprecio por los católicos tradicionalistas, a quienes acusa precipitadamente de “ensimismados Prometeo neopelagianos” que se “sienten superiores a los demás porque ellos observan ciertas reglas o se mantienen intransigentemente fieles a un estilo particular de catolicismo del pasado.”

Usted ridiculiza incluso una “supuesta solidez doctrina o disciplina” porque, en su opinión, “lleva en cambio a un elitismo narcisista y autoritario, en el que en lugar de evangelizar, se analiza y clasifica a los demás…” Pero es usted quien clasifica constantemente y analiza a otros con una interminable sarta de términos peyorativos, caricaturas, insultos y condenaciones de los católicos practicantes a quienes considera insuficientemente receptivos al “Dios de las sorpresas” que usted presentó durante el Sínodo.

De ahí su brutal destrucción de los pujantes Frailes Franciscanos de la Inmaculada, por su “tendencia definitivamente tradicionalista”.  Esto fue seguido por su decreto que establece que cualquier intento por erigir un nuevo instituto diocesano para la vida consagrada (por ejemplo, para recibir a los desplazados miembros de los Frailes) será nulo e inválido faltando previa “consulta” con la Santa Sede (es decir, un permiso de facto que puede ser y será retenido indefinidamente). Usted reduce así la inmutable autonomía de los obispos en sus propias diócesis mientras predica una nueva etapa de “colegialidad” y “sinodalidad”.

Al apuntar contra los conventos de clausura, avanzó con medidas decretadaspara forzar la entrega de su autoridad local a federaciones gobernadas por burócratas eclesiales,  romper la rutina del claustro para “formarse” en el exterior, el mandato de intrusión del laicado dentro del convento para la adoración eucarística, la increíble descalificación de las mayorías electorales del convento en caso de ser “ancianos”, y el requisito universal de nueve años de “formación” antes de tomar los votos decisivos, cosa que ciertamente sofocará las nuevas vocaciones y asegurará la extinción de muchos de los claustros restantes.

¡Ayúdanos Señor!

 

Un incansable deseo de acomodar la inmoralidad sexual dentro de la Iglesia

Pero nada supera la arrogancia y audacia con la que ha buscado imponer sobre la Iglesia universal la misma práctica maligna que usted autorizó como arzobispo de Buenos Aires: la administración sacrílega del sagrado sacramento a personas viviendo en adulterio y “segundas nupcias” o que conviven sin ni siquiera haberse casado por civil.

Casi desde el momento de su elección usted ha promovido la “propuesta Kasper”rechazada repetidamente por el Vaticano en la época de Juan Pablo II. El cardenal Walter Kasper, un archi-liberal incluso para la jerarquía liberal alemana, hacía tiempo había insistido para la admisión de los divorciados “vueltos a casar” a la sagrada comunión en “ciertos casos” según el falso “camino penitencial” que los habilitaría para recibir el sacramento mientras continúan con las relaciones sexuales adúlteras. Kasper pertenecía al “grupo de San Galo” que hizo lobby para su elección, y luego usted premió su persistencia en el error con ayuda de la prensa que lo presentó felizmente como “el teólogo del Papa.”

Usted comenzó a preparar el camino para su destructiva innovación recurriendo a lo que solo podría llamarse un lanzamiento desenfrenado de eslóganes demagógicos. Tal como declara su manifiesto (Evangelii gaudium, 47) en noviembre de 2013: “La Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles. Estas convicciones también tienen consecuencias pastorales que estamos llamados a considerar con prudencia y audacia. A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores.”

Este desvergonzado recurso a la emoción, parodia la digna recepción del sagrado sacramento en estado de gracia como “un premio para los perfectos” mientras insinúa sediciosamente que la Iglesia negó el alimento eucarístico a “los débiles” durante demasiado tiempo. De ahí su acusación igualmente demagógica que los ministros de la Iglesia han actuado cruelmente como “controladores de la gracia y no como facilitadores” rechazando la sagrada comunión a “los débiles” en oposición a “los perfectos”, y que usted debe remediar esta injusticia con “valentía”.

Por supuesto que la sagrada comunión no es “alimento” o “medicina” para obviar el pecado mortal. Al contrario, se sabe que recibirla en ese estado es profanación que mata el alma y provoca la condenación: “De modo que quien comiere el pan o bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Pero pruébese cada uno a sí mismo, y así coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe, no haciendo distinción del Cuerpo (del Señor), come y bebe su propia condenación. (1 Cor. 11 27-29).”

Como sabe todo niño bien catequizado, la confesión es la medicina por la cual el pecado mortal es remediado, mientras que la Eucaristía (asistida por el recurso regular a la confesión) es el alimento espiritual para mantener e incrementar el estado de gracia que procede de la absolución, para que nadie caiga nuevamente en pecado mortal sino que crezca en comunión con Dios. Pero parece que el mismo concepto de pecado mortal está ausente en sus documentos formales, discursos, afirmaciones y pronunciamientos.

Sin dejar lugar a dudas sobre su plan, unos meses después, en el “consistorio extraordinario de la familia”, planeó los eventos de tal manera que sólo el cardenal Kasper fue el único orador oficial. Durante su discurso de dos horas del 20 de febrero de 2014—el que usted deseó se mantuviera en secreto pero fue filtrado a la prensa italiana como un “secreto” y documento “exclusivo”—Kasper presentó la demente propuesta de admitir a ciertos adúlteros públicos a la sagrada comunión mientras aludía directamente a su eslogan:  “Los sacramentos no son un premio para quien se comporta bien y para una élite, excluyendo a aquellos que más los necesitan [EG 47].” Desde entonces, usted no ha titubeado en su determinación de institucionalizar en la Iglesia el grave abuso de la Eucaristía que había permitido en Buenos Aires.

Al respecto, parece que usted tiene poco respeto por el matrimonio sacramental como hecho objetivo en oposición a lo que la gente siente subjetivamente sobre el estatus de las relaciones inmorales que la Iglesia jamás puede reconocer como matrimonio. En comentarios que por sí solos desacreditarán su extraño pontificado hasta el fin de los tiempos, usted declara que “la gran mayoría de matrimonios católicos son nulos” mientras que algunas personas que conviven sin haberse casado pueden tener un “matrimonio verdadero” debido a su “fidelidad”. ¿Acaso estos comentarios reflejan la situación de su hermana divorciada “vuelta a casar” y de su sobrino que convive?

Esta opinión, que un reconocido canonista llamó “absurda”, provocó una protesta por parte de los fieles del mundo entero. En un esfuerzo por minimizar el escándalo, la “transcripción oficial” del Vaticano cambió sus palabras “la gran mayoría de nuestros matrimonios sacramentales” por “una parte de nuestros matrimonios sacramentales” pero dejó intacta su aprobación de la cohabitación inmoral como “matrimonio verdadero”.

Tampoco parece usted preocupado con el sacrilegio involucrado en la recepción del Cuerpo, Sangre y Divinidad de Jesucristo en la sagrada Eucaristía por parte de los adúlteros públicos y los que conviven. Tal como le dijo a la mujer argentina a la que dio “permiso” telefónico para comulgar mientras vive en adulterio con un hombre divorciado: “un poco de pan y vino no hacen daño.” Usted jamás ha negado los dichos de esta mujer, y son consistentes con su rechazo a arrodillarse durante la consagración o frente a la exposición del Santísimo Sacramento mientras que no tiene dificultad para arrodillarse a besar los pies de los musulmanes durante su grotesca parodia del mandato tradicional del Jueves Santo, que usted abandonó. También se alinean con sus comentarios a la mujer luterana en la iglesia luterana a la que asistió un domingo, que el dogma de la transubstanciación es una mera “interpretación”, que la “vida es más grande que las explicaciones e interpretaciones” y que ella debería “hablar con el Señor” para saber si debiera recibir la comunión en la Iglesia católica—cosa que luego hizo gracias a su evidente apoyo.

Su precipitada y secreta “reforma” del proceso de nulidades está alineada con su escasa consideración del matrimonio sacramental, dado que la impuso sobre la Iglesia sin consultar a ninguno de los dicasterios competentes del Vaticano. Su motu proprio Mitis Iudex Dominus Iesus establece el marco para una verdadera fábrica de nulidades a nivel mundial, con una “vía rápida” y una nueva base nebulosa de procedimientos para la nulidad acelerada. Tal comoexplicó luego el jefe de esta reforma tramada de forma clandestina, su intención expresa es promover entre los obispos “una ‘conversión’, un cambio de mentalidad que los convenza y sostenga en el seguimiento de Cristo, presente en su hermano, el Obispo de Roma, del número restringido de unos pocos miles de anulaciones al inconmensurable [número] de desafortunadosque podría tener una declaración de nulidad …”

¡Así, “el obispo de Roma” demanda de sus hermanos obispos un vasto incremento en el número de nulidades! Un distinguido periodista católico reportó luego la aparición de un dossier de siete páginas en el que oficiales de la curia “‘desacreditaron’ jurídicamente el motu proprio del Papa… acusan al Santo Padre de desechar un dogma importante, y aseveran que ha introducido el ‘divorcio católico’ de facto.” Estos oficiales condenaron lo que el reportero llama “un ‘Führerprinzip’ eclesial, ordenando de arriba hacia abajo, por decreto y sin ninguna consulta o control.” Los mismos oficiales temen que “el motu proprio provoque una avalancha de nulidades y que de ahora en más, las parejas puedan abandonar sus matrimonies católicos sin problemas.” Se sienten “‘fuera de sí’ y obligados a ‘alzar la voz’…”

Pero usted no es más que consistente en la persecución de sus objetivos. Al comienzo de su pontificado, durante una de las conferencias de prensa en un vuelo en la que reveló por primera vez sus planes, usted dijo: “los ortodoxos siguen lo que ellos llaman la teología de la economía y dan una segunda posibilidad [de matrimonio], lo permiten. Creo que este problema debe estudiarse.” Para usted, la falta de una “segunda oportunidad de matrimonio” en la Iglesia católica es un problema a ser estudiado. Claramente, usted ha pasado los últimos tres años y medio planeando imponer en la Iglesia algo que se aproxima a la práctica ortodoxa.

Un distinguido canonista, consultor de la Signatura Apostólica ha advertido que como resultado de su descuida falta de consideración de la realidad del matrimonio sacramental:

“Se está desarrollando una crisis (en el sentido griego de la palabra) en la Iglesia, sobre el matrimonio, y es una crisis que, considero, alcanzará un punto crítico sobre la disciplina y ley matrimoniales…. Creo que la crisis del matrimonio que él [Francisco] está provocando culminará en si la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio, que todos dicen honrar, será protegida concreta y efectivamente en la ley de la Iglesia, o si las categorías canónicas sobre la doctrina del matrimonio se distorsionarán (o simplemente dejarán de considerarse) para abandonar esencialmente el matrimonio y la vida matrimonial en el reino de la opinión personal y la consciencia individual”.

Amoris Laetitia: El verdadero motivo para la farsa del sínodo

Dicha crisis alcanzo su punto más álgido luego de la conclusión de su desastroso “Sínodo de la Familia”. Si bien usted manipuló el evento de principio a fin para conseguir el resultado que deseaba—la sagrada comunión para los adúlteros públicos en “ciertos casos”—no alcanzó sus expectativas gracias a la oposición de los padres sinodales conservadores que usted mismo denunció demagógicamente por sus “corazones cerrados, que a menudo se esconden incluso detrás de las enseñanzas de la Iglesia o detrás de las buenas intenciones para sentarse en la cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas.”

En un abuso brutal de la retórica, usted equiparó a sus oponentes episcopales ortodoxos con los fariseos que practicaban el divorcio con subsiguientes matrimonios según la dispensa mosaica. Estos eran los mismos obispos que defendieron la enseñanza de Jesús contra los fariseos—¡y sus propios planes! Ciertamente, usted parece intentar revivir la aceptación farisaica del divorcio por medio de una “práctica neo-mosaica.” Un periodista católico de renombre, conocido por su enfoque moderado sobre los asuntos de la Iglesia, criticó su comportamiento reprensible: “Que un Papa critique a quienes permanecen fieles a la tradición y los caracterice como inmisericordes alineándolos con los fariseos duros de corazón contra el misericordioso Jesús, es extraño.”

Al final, el “viaje sinodal”  que usted elogió fue revelado nada más y nada menos que como una farsa para ocultar las conclusiones predeterminadas de su patética “Exhortación Apostólica”, Amoris Laetitia. En ella, principalmente en el capítulo ocho, sus escritores fantasma utilizan una ambigüedad astuta para abrir la puerta de la sagrada comunión de par en par para los adúlteros públicos, reduciendo la ley natural que prohíbe el adulterio a una mera “regla general” para la cual pueden haber excepciones en caso de personas con “una gran dificultad para comprender «los valores inherentes a la norma» o puede estar en condiciones concretas que no le permiten obrar de manera diferente… (¶¶ 2, 301, 304)” Amoris es un intento transparente de contrabandear una forma mitigada de ética casuística en asuntos de moralidad sexual, como si así el error pudiera ser confinado.

Su evidente obsesión por legitimar la sagrada comunión para los adúlteros públicos lo ha llevado a desafiar la enseñanza moral inmutable y la disciplina sacramental de la Iglesia intrínsecamente relacionada con ella,  afirmada por sus dos predecesores inmediatos. Dicha disciplina está basada en la enseñanza de Nuestro Señor sobre la indisolubilidad del matrimonio así como también la enseñanza de san Pablo sobre el castigo divino por la recepción indigna de la sagrada comunión. Para citar a Juan Pablo II al respecto:

“La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su práxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio.

La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos.” [Familiaris consortio, n. 84]

Usted ha ignorado las súplicas de sacerdotes, teólogos y filósofos de la moral de todo el mundo, asociaciones católicas y periodistas, e incluso de algunos valientes prelados en medio de una jerarquía silenciosa, de retractarse o “clarificar” las ambigüedades tendenciosas y los errores de Amoris, en particular los del capítulo ocho.

Un error moral grave aprobado ahora explícitamente 

Y ahora, habiendo sobrepasado el uso retorcido de las ambigüedades, autorizó explícitamente tras bambalinas lo que en público consintió ambiguamente. La conspiración salió a la luz al filtrarse su carta “confidencial” a los obispos de la región pastoral de Buenos Aires—lugar donde, como arzobispo, ya había autorizado el sacrilegio masivo en las villas.

En dicha carta usted elogia el documento de los obispos sobre los “Criterios Básicos para la Aplicación del Capítulo Ocho de Amoris Laetitia”—como si fuera un deber “aplicar” el documento para producir un cambio en la disciplina sacramental de dos mil años de Iglesia. Usted escribe: “es muy bueno y explícita cabalmente el sentido del capítulo VIII de “Amoris laetitia”.No hay otras interpretaciones.” ¿Es una coincidencia que este documento provenga de la misma archidiócesis donde, hace tiempo como arzobispo, usted había autorizado la admisión de los adúlteros públicos y los que conviven a la sagrada comunión?

Lo que antes sólo se sugería, ahora se tornó explícito, y quienes insistían con que Amoris no cambia nada han quedado como tontos. El documento que usted ahora elogia como única interpretación correcta de Amoris, socava radicalmente la doctrina y la práctica de la Iglesia que sus predecesores defendieron. En primer lugar, reduce a una “opción” el mandato moral para los divorciados “vueltos a casar” de “vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos.” Según los obispos de Buenos Aires—con su aprobación—es sencillamente “posible plantear que hacen el esfuerzo de vivir en continencia. Amoris Laetitia no ignora las dificultades de esta opción.

Tal como la Congregación para la Doctrina de la Fe declaró de manera definitiva hace tan solo 18 años, durante el reinado del mismo Papa que usted canonizó: “si el matrimonio precedente de unos fieles divorciados y vueltos a casar era válido, en ninguna circunstancia su nueva unión puede considerarse conformé al derecho; por tanto, por motivos intrínsecos, es imposible que reciban los sacramentos. La conciencia de cada uno está vinculada, sin excepción, a esta norma.”  Esta es la enseñanza inmutable de la Iglesia católica desde hace dos mil años.

Más aún, ningún sacerdote parroquial o incluso obispo tiene el poder de honrar en el “foro interno” la afirmación de una persona viviendo en adulterio que dice que según su “consciencia” su matrimonio sacramental era en realidad inválido, porque como advirtió la CDF, “el matrimonio tiene esencialmente un carácter público-eclesial y está regido por el principio fundamental nemo iudex in propria causa («nadie es juez en causa propia»). Por eso, si unos fíeles divorciados y vueltos a casar consideran que es inválido su matrimonio anterior, están obligados a dirigirse al tribunal eclesiástico competente, que deberá examinar objetivamente el problema y aplicar todas las posibilidades jurídicas disponibles.”

Habiendo reducido a una opción una norma moral que no aceptaba excepciones, enraizada en la revelación divina, los obispos de Buenos Aires, citando a Amoris como única autoridad en 2000 años de enseñanzas en la Iglesia, luego declaran: “En otras circunstancias más complejas, y cuando no se pudo obtener una declaración de nulidad, la opción mencionada puede no ser de hecho factible.” Una norma moral universal queda relegada a la categoría de una mera guía a ser ignorada si el sacerdote local la considera “no factible” bajo ciertas “circunstancias complejas” indefinidas. ¿Cuáles son exactamente estas “circunstancias complejas” y qué tiene que ver la “complejidad” con las normas morales que no contemplan excepciones y están fundadas en la revelación?

Finalmente, los obispos llegan a la espantosa conclusión que usted había planeado imponer sobre la Iglesia desde el comienzo del “viaje sinodal”:

No obstante, igualmente es posible un camino de discernimiento. Si se llega a reconocer que, en un caso concreto, hay limitaciones que atenúan la responsabilidad y la culpabilidad (cf. 301-302), particularmente cuando una persona considere que caería en una ulterior falta dañando a los hijos de la nueva unión, Amoris Laetítía abre la posibilidad del acceso a los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía (cf. notas 336 y 351). Estos a su vez disponen a la persona a seguir madurando y creciendo con la fuerza de la gracia.

Con su elogio y aprobación, los obispos de Buenos Aires declaran por primera vez en la historia de la Iglesia que una indefinida clase de personas viviendo en adulterio pueden ser absueltas y recibir la comunión si bien permanecen en ese estado. Las consecuencias son catastróficas.

Por favor, oren por el Santo Padre

Fuente: Adelante la Fe

http://panoramacatolico.info/articulo/jamas-habia-sucedido-algo-asi-en-la-historia-de-la-iglesia

 

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