Thursday 27 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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Christus heri et hodie, principium et finis, alpha et omega... «Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (Misal romano, preparación del cirio pascual).



 

El Verbo eterno, al hacerse hombre, entró en el mundo y lo acogió para redimirlo. Por tanto, el mundo no sólo está marcado por la terrible herencia del pecado; es, ante todo, un mundo salvado por Cristo, el Hijo de Dios, crucificado y resucitado. Jesús es el Redentor del mundo, el Señor de la historia. Eius sunt tempora et saecula: suyos son los años y los siglos. Por eso creemos que, al entrar en el tercer milenio junto con Cristo, cooperaremos en la transformación del mundo redimido por él. Mundus creatus, mundus redemptus.

Desgraciadamente, la humanidad cede a la influencia del mal de muchos modos. Sin embargo, impulsada por la gracia, se levanta continuamente, y camina hacia el bien guiada por la fuerza de la redención. Camina hacia Cristo, según el proyecto de Dios Padre.

«Jesucristo es el principio y el fin, el alfa y la omega. Suyo es el tiempo y la eternidad».

 

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CRISTO ES EL «ALFA Y OMEGA» ETERNO Y TOTAL


Ap 22, 12-14. 16-17. 20

El Apocalipsis es un mensaje dirigido a la Iglesia de los últimos tiempos. El Señor viene en seguida. Por tanto es necesario perseverar en la fidelidad de la fe. La semilla del bien, como la del mal, está madurando, llega el tiempo de la cosecha.
La venida del Señor se anuncia bajo el signo del poder, como juez. Es un anuncio en la línea de Is 40, 14. Viene para dar a cada uno su salario. Para justificar su actuación se pone de relieve la autoidentificación de Cristo con Dios. Usa la misma fórmula que en 1,8. Las afirmaciones del v. 16 indican la posición de Jesús en la historia de la salvación. Es el Mesías prometido que provoca la respuesta ansiosa de los destinatarios.



El profeta se hace portavoz de la esposa y el Espíritu le impulsa a gritar: "Ven". El concepto fundamental, incluso desde el punto de vista meramente estadístico, es el de "venir". "Vengo en seguida", dice el Señor; "ven" grita la comunidad...
Así se expresa la relación de la joven comunidad con Cristo. La Iglesia sabe que el tiempo que le queda es breve y vive en tensión y ansia por la venida del amado.

Pero la espera de este acontecimiento se había amortiguado poco a poco. En la historia de la Iglesia la escatología se ha marginado de la conciencia del pueblo. El retorno del Señor casi se ha borrado del programa de la fe. El grito de "ven, Señor" no se toma en serio. ¿El profeta del Apocalipsis si viviera hoy se atrevería a proclamar "ven, Señor Jesús"? Parece que la actitud de espera ha dado lugar a la de cumplimiento.

 

Jesucristo en la cruz, abrazado por el rey David.
Museo Marés, de Barcelona, España.
Procede de Porquera, Burgos (siglo XIII)

 

La expresión "soy el alfa y la omega" en griego suena igual que para nosotros decir "esto es el abecé" de algo. ¿Es verdad que Cristo es el "abecé´ de la vida cristiana? Parece que nos solucionamos bien la vida sin él.
PERE FRANQUESA


2. 
Jesús anuncia por segunda vez en esta última visión del Apocalipsis su inminente venida. Cuando venga sobre las nubes dará a cada uno su recompensa (11, 18; Is. 40, 10). Y aunque el premio será esencialmente el mismo para todos los santos, habrá diferencias según sean las las obras de cada uno (2, 23; 20, 12 ss.; Mt. 16, 27; Romanos 2, 6). Como Dios (1, 8; 21, 6), dice también Jesús de sí mismo: "Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último" (cfr. 1, 17; 2, 8). Y porque es igual a Dios, Jesús puede juzgarlo todo. En calidad de Juez Supremo y anticipando el juicio final, Jesús pronuncia ya su bienaventuranza sobre cuantos "lavan su ropa" en la sangre del Cordero; es decir, sobre cuantos se apropian por la fe los frutos de su muerte redentora en
la cruz. Estos son los que entrarán en la ciudad celestial y tendrán acceso al árbol de la vida. Los bienaventurados recibirán al fin graciosamente aquella vida eterna que al principio de todos los tiempos quisieron arrebatar los hombres a Dios. Querer ser como Dios sin contar con Dios fue el origen de la culpa y de la pena, la expulsión del Paraíso; querer ser como Dios recibiendo de Dios el fruto sazonado de la cruz, será el principio de la gracia y de la dicha eterna.
Ahora es Jesús mismo el que garantiza la verdad de la profecía que contiene el Apocalipsis. Ha sido Jesús el que ha enviado su ángel para que entregue a Juan, su siervo, la revelación que él ha recibido del Padre (1, 1). Y el que ha enviado su ángel y da ahora fe del mensaje del Apocalipsis, es el Mesías anunciado (el "retoño del tronco de David", cfr. Si, 47, 22), que trae consigo el día de la salvación ("la estrella de la mañana", cfr. Números 24, 17).
Al escuchar a Jesús que anuncia su venida, el Vidente se considera intérprete de los deseos de toda
la Iglesia. El Espíritu que ha sido dado a la Iglesia y que la anima, reclama con la Iglesia la venida del Señor. El clamor de la Iglesia es el clamor de la esposa del Cordero. Pero todos los creyentes somos Iglesia, por lo tanto, Juan invita a todos a gritar con una sola voz: "¡Ven!" Y así despierta la sed del "agua de la vida", que Dios ofrece gratuitamente a todos (cfr. 21, 6; Is. 55, 1; Jn. 7, 37).
EP/MEMORIA: Jesús, "el testigo fiel", responde anunciando por tercera vez su venida. Y su esposa repite de nuevo: "Amén, ¡Ven, Señor Jesús!" Con este grito se cierra el libro del Apocalipsis y se abre el corazón de la Iglesia para la esperanza y para la vida de cara al Señor que ha de venir. "Ven, Señor", traduce la palabra aramea "Marana-tha" (1 Cor. 16, 22), que puede significar también "el Señor ha venido". Su doble sentido señala perfectamente la situación de la Iglesia en el mundo, que vive de la memoria y de la esperanza entre la primera y la segunda venida del Señor.
 

                             - Cristo principio y fin
  


-El Alfa y la Omega es el Cristo Dios.


La segunda lectura es una contemplación del Señor que es el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin; y esta lectura es al mismo tiempo anuncio de la venida del Señor. Se anima a la comunidad cristiana a expresar esta venida no de una manera pasiva, sino a clamar: "¡Ven, Señor Jesús!". Porque los que lavaron sus vestiduras para tener parte en el árbol de la vida y poder entrar por las puertas de la ciudad, es decir, los que creyeron, se han convertido, han sido lavados de su culpa por el bautismo, ésos son los llamados; se sienten llamados por el Espíritu y por la Novia, que dicen: "Ven!". "El que tenga sed y quiera, que venga a beber de balde el agua de la vida". Esta imagen, repetida en el profeta Isaías (55, 1) y utilizada en el tiempo de Adviento, adquirió un significado sacramental para la joven comunidad.
En este momento, la elección de esta lectura para la liturgia sugiere dos actitudes: la de la espera del Espíritu al que la Iglesia de hoy dirige su grito de llamada: Ven, Espíritu Santo; y la de la espera de la segunda venida de Cristo, en el último día. Pues si viene el Espíritu es para conducir a la Iglesia hacia su perfección hasta el día definitivo de su encuentro con el Señor que anuncia su venida, de la que el Espíritu es prenda y anunciador. Así, los acontecimientos de Pentecostés que vamos a celebrar llevan en sí este doble significado: fuerza y luz para la Iglesia que camina; y espera con el Espíritu, nuestro Defensor y guía hacia el último día, a que llegue el retorno de Cristo.

ADRIEN NOCENT - Agradecemos al autor -

 

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“Las palabras que no dan la luz de Cristo, agrandan la oscuridad”.

(Beata Teresa de Calcuta)

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El Dios de nuestra fe

 

1. En las catequesis del ciclo anterior he tratado de explicar qué significa la frase: "Yo creo"; qué quiere decir: "creer como cristiano". En el ciclo que ahora comenzamos, deseo concentrar la catequesis sobre el primer artículo de la fe: "Creo en Dios" o, más plenamente: "Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador...". Así suena esta primera y fundamental verdad de la fe en el Símbolo Apostólico. Y casi idénticamente en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano: "Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador...". Así el tema de las catequesis de este ciclo será Dios: el Dios de nuestra fe. Y puesto que la fe es la respuesta a la Revelación, el tema de las catequesis siguientes será ese Dios, que se ha dado a conocer al hombre, al cual "ha revelado a Sí mismo y ha manifestado el misterio de su voluntad" (Cfr. Dei Verbum , 2).


2. De este Dios trata el primer artículo del "Credo". De El hablan indirectamente todos los artículos sucesivos de los Símbolos de la fe. En efecto, están todos unidos de modo orgánico a la primera y fundamental verdad sobre Dios, que es la fuente de la que derivan. Dios es "el Alfa y el Omega" (Ap 1, 8): El es también el comienzo y el término de nuestra fe. Efectivamente, podemos decir que todas las verdades sucesivas enunciadas en el "Credo" nos permiten conocer cada vez más plenamente al Dios de nuestra fe, del que habla el artículo primero: Nos hacen conocer mejor quién es Dios en Sí mismo y en su vida íntima. En efecto, al conocer sus obras —la obra de la creación y de la redención—, al conocer todo su plan de salvación respecto del hombre, nos adentramos cada vez más profundamente en la verdad de Dios, tal como se revela en la Antigua y la Nueva Alianza. Se trata de una revelación progresiva, cuyo contenido ha sido formulado sintéticamente en los Símbolos de la fe. Al ir desplegándose los artículos de los Símbolos adquiere plenitud de significado la verdad expresada en las primeras palabras: "Creo en Dios". Naturalmente, dentro de los límites en los que el misterio de Dios es accesible a nosotros mediante la Revelación.


3. El Dios de nuestra fe, Aquel que profesamos en el "Credo", es el Dios de Abraham, nuestro Padre en la fe (Cfr. Rom 4, 12-16). Es "el Dios de Isaac y el Dios de Jacob", es decir, de Israel (Mc 12, 26 y par.), el Dios de Moisés, y finalmente y sobre todo es "Dios, Padre de Jesucristo" (Rom 15, 6). Esto afirmamos cuando decimos: "Creo en Dios Padre...". Es el único e idéntico Dios, del que nos dice la Carta a los Hebreos que "muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo..." (Heb 1, 1-2). El, que es la fuente de la palabra que describe su progresiva auto-manifestación en la historia, se revela plenamente en el Verbo Encarnado, Hijo eterno del Padre. En este hijo —Jesucristo— el Dios de nuestra fe se confirma definitivamente como Padre. Como tal lo reconoce y glorifica Jesús que reza: "Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra..." (Mt 11, 25), enseñando claramente también a nosotros a descubrir en este Dios, Señor del cielo y de la tierra, a "nuestro" Padre (Mt 6, 9).


4. Así, el Dios de la Revelación, "Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo" (Rom 15, 6) se pone frente a nuestra fe como un Dios personal, como un "Yo" divino inescrutable ante nuestros "yo" humanos, ante cada uno y ante todos. Es un "Yo" inescrutable, sí, en su profundo misterio, pero que se ha "abierto" a nosotros en la Revelación, de manera que podemos dirigirnos a El como al santísimo "Tú" divino. Cada uno de nosotros es capaz de hacerlo porque nuestro Dios, que abraza en Sí y supera y transciende de modo infinito todo lo que existe, está muy cercano a todos, y más aún, íntimo a nuestro más íntimo ser: "Interior intimo meo", como escribe San Agustín (Confesiones, libro III, cap. VI, 11: PL 32, 687).


5. Este Dios, el Dios de nuestra fe, Dios y Padre de Jesucristo, Dios y Padre nuestro, es al mismo tiempo el "Señor del cielo y de la tierra", como Jesús mismo lo invocó (Mt 11, 25). En efecto, El es el creador.

Cuando el Apóstol Pablo de Tarso se presenta ante los atenienses en el Areópago, proclama: "Atenienses, ... al pasar y contemplar los objetos de vuestro culto (= las estatuas de los dioses venerados en la religión de la antigua Grecia), he hallado un altar en el cual está escrito: "al Dios desconocido". Pues ese que sin conocerle veneráis es el que yo os anuncio. El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él, ese, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por mano del hombre, ni por las manos humanas es servido, como si necesitase algo, siendo El mismo quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas. El ... fijó las estaciones y los confines de las tierras por ellos habitables, para que busquen a Dios y siquiera a tientas le hallen, que no está lejos de cada uno de nosotros, porque en El vivimos, nos movemos y existimos..." (Act 17, 23-28).

Con estas palabras Pablo de Tarso, el Apóstol de Jesucristo, anuncia en el Areópago de Atenas la primera y fundamental verdad de la fe cristiana. Es la verdad que también nosotros confesamos con las palabras: "Creo en Dios (en un solo Dios), Padre omnipotente, creador del cielo y de la tierra". Este Dios —el Dios de la Revelación— hoy como entonces sigue siendo para muchos "un Dios desconocido". Es aquel Dios que muchos hoy como entonces "buscan a tientas" (Act 17, 27). El es el Dios inescrutable e inefable. Pero es Aquel que todo comprende; en "El vivimos y nos movemos y existimos" (Act 17, 28). A este Dios trataremos de acercarnos gradualmente en los próximos encuentros. 24.07.1985

 

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Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo

Rey de amor

 

El último domingo del año litúrgico es la fiesta solemne de Jesucristo, Rey del universo. Celebramos de esta manera como el colofón de la historia humana, que en Cristo tiene su punto omega. Verdaderamente, Cristo es el centro del cosmos y de la Historia. La Historia se cuenta antes de Cristo y después de Cristo, porque el acontecimiento de la Encarnación redentora ha marcado un antes y un después de este acontecimiento. Y Jesucristo es el final de la historia humana, porque en Él quedará recapitulado todo, y hacia Él confluirán todos los caminos de la Historia.
Jesucristo vivió con esta conciencia. Así leemos en el evangelio de San Juan:
«¿Eres tú el rey de los judíos? -Tú lo has dicho, yo soy rey». Jesús tiene conciencia de ser rey, aunque no es un rey como los reyes de este mundo. Mi reino no es de este mundo. Él ha venido para ser testigo de la verdad, para enseñarnos el camino del amor verdadero, para conquistar nuestros corazones con la fuerza de su amor, que no supone violencia ni imposición, sino que convence a fuerza de amor.
«En el atardecer de la vida te examinarán del amor», nos recuerda san Juan de la Cruz, aludiendo al pasaje del Evangelio de este domingo. Seremos examinados de amor por el Rey del amor.
Tuve hambre y me disteis de comer… ¿Cuándo? ¿Cómo? -Cada vez que lo hicisteis con uno de mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. El resumen de toda la vida cristiana es el amor. En este caso, el amor a nuestros hermanos necesitados, con los que Cristo se ha identificado. Por el misterio de la Encarnación, Jesucristo se ha unido de alguna manera con cada hombre. La Encarnación no termina en su humanidad santísima, sino que ha querido prolongarse en cada hombre que viene a este mundo, incorporándolo a ese gran cuerpo, que es su Iglesia.
Cristo se disfraza en el hermano hambriento, sediento, desnudo, para provocar nuestra misericordia hacia Él, en sus hermanos más pobres, de manera que también nosotros alcancemos misericordia.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. De esta manera, el amor cristiano encuentra su camino de ida y vuelta en Jesucristo. Primero, porque Él nos ha amado hasta el extremo, pero, además, porque Él ha colocado en nuestros corazones su amor, y nos lo reclama provocándonos desde el hermano necesitado. Él es verdadero Rey de amor, que al final de la Historia nos concederá la herencia del Reino, preparado por su Padre desde la creación del mundo para todos los elegidos.
+ Demetrio Fernández

obispo de Tarazona – España 2008.XI.23

 


Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

Realeza y realismo - Desde los supuestos humanos, Cristo no podía ser aclamado como rey. Le faltaba cuna, méritos políticos, heroísmos sociales, aclamación popular. Y de Jesucristo ni siquiera se aceptaba su sabiduría y liderazgo social, porque era conocido como el hijo de José y María, y vecino de Nazaret. Por eso el Señor se apresura a clarificar que su reino no es de este mundo. Con ello afirma su realeza y rechaza sospechadas pretensiones de gobierno político y de prevalencia o prestigio social. La realeza de Cristo se engarza esencialmente con su identidad divina y, por tanto, con los valores no aparentes sino reales, originarios y permanentes, radicales y definitivos. Así lo proclama el Señor: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad».

 

La realeza de Cristo nace de la Verdad infinita, goza de la capitalidad universal y está en el origen y en el fin de toda realidad. Cristo es la Verdad porque es Dios. La realidad, todo cuanto es, tiene su origen en Dios. Nada ni nadie tiene en sí mismo fuerza para ser ni para permanecer en la existencia recibida. La Verdad, origen de todo y referencia para todo y para todos, es la que da consistencia a toda sabiduría y verifica el bien en todas sus dimensiones. Dios es quien existe por sí mismo y da la existencia a todo, lo sostiene todo y lo ordena todo hacia la perfección en la plenitud del equilibrio definitivo. Es Dios quien lo rige todo con el mayor de los aciertos y con la más difícil de las estrategias. Dios reina con el amor que se vuelca incondicional y universalmente y, desde el amor infinito, ejerce el máximo respeto que, en el caso del ser humano, se plasma en el don de la libertad. Este don precioso, identifica y dignifica al hombre y le compromete en la corresponsabilidad sobre sí mismo en unión con Dios, creador y salvador suyo.
Las reflexiones precedentes nos llevan a concluir que la realeza de Dios, que está en el origen de todo y de todos, no se impone irremisiblemente a nadie. Se anuncia, se manifiesta, y nos invita a aceptarle. Cristo es la Palabra viva del Padre que nos da a conocer a Dios. Por eso dice: «Quien me ve a mí, ve al Padre». Ésta es la razón por la que el Señor, junto a la clarificación de la esencia de su realeza, clarifica también la identidad de quienes integran su pueblo: «Todo el que es de la verdad escucha mi voz».
El texto evangélico nos enfrenta con la identidad esencial de Cristo y con la identidad vocacional nuestra. Aceptar la realeza de Jesús nos lleva al realismo más integral y fructífero. Ése es el camino. No olvidemos que Cristo dijo de sí mismo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida».
Santiago García Aracil - obispo de Jaén - 2003 nov.

 

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Pentecostés, punto de partida de la misión de la Iglesia

La tarde del día de su resurrección, Jesús, apareciéndose a los discípulos, «sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (Jn 20, 22). El Espíritu Santo se posó sobre los Apóstoles con mayor fuerza aún el día de Pentecostés: «De repente un ruido del cielo –se lee en los Hechos de los Apóstoles–, como el de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (2, 2-3).

El Espíritu Santo renovó interiormente a los Apóstoles, revistiéndolos de una fuerza que los hizo audaces para anunciar sin miedo: «¡Cristo ha muerto y ha resucitado!». Libres de todo temor comenzaron a hablar con franqueza (cf. Hch 2, 29; 4, 13; 4, 29.31). De pescadores atemorizados se convirtieron en heraldos valientes del Evangelio. Tampoco sus enemigos lograron entender cómo hombres «sin instrucción ni cultura» (cf. Hch 4, 13) fueran capaces de demostrar tanto valor y de soportar las contrariedades, los sufrimientos y las persecuciones con alegría. Nada podía detenerlos. A los que intentaban reducirlos al silencio respondían: «Nosotros no podemos dejar de contar lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20). Así nació la Iglesia, que desde el día de Pentecostés no ha dejado de extender la Buena Noticia «hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8).

«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.

 

Alfa y al mismo tiempo Omega

«¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí, ha resucitado» (Mc 16, 6). Así dijo el mensajero de Dios, vestido de blanco, a las mujeres que buscaban el cuerpo de Jesús en el sepulcro. Y lo mismo nos dice también a nosotros el evangelista en esta noche santa: Jesús no es un personaje del pasado. Él vive y, como ser viviente, camina delante de nosotros; nos llama a seguirlo a Él, el viviente, y a encontrar así también nosotros el camino de la vida.

«Ha resucitado..., no está aquí». Cuando Jesús habló por primera vez a los discípulos sobre la cruz y la resurrección, estos, mientras bajaban del monte de la Transfiguración, se preguntaban qué querría decir eso de «resucitar de entre los muertos» (Mc 9, 10). En Pascua nos alegramos porque Cristo no ha quedado en el sepulcro, su cuerpo no ha conocido la corrupción; pertenece al mundo de los vivos, no al de los muertos; nos alegramos porque Él es –como proclamamos en el rito del cirio pascual– Alfa y al mismo tiempo Omega, y existe por tanto, no sólo ayer, sino también hoy y por la eternidad (cf. Hb 13, 8). Pero, en cierto modo, vemos la resurrección tan fuera de nuestro horizonte, tan extraña a todas nuestras experiencias, que, entrando en nosotros mismos, continuamos con la discusión de los discípulos: ¿En qué consiste propiamente eso de «resucitar»? ¿Qué significa para nosotros? ¿Y para el mundo y la historia en su conjunto? Un teólogo alemán dijo una vez con ironía que el milagro de un cadáver reanimado –si es que eso hubiera ocurrido verdaderamente, algo en lo que no creía– sería a fin de cuentas irrelevante para nosotros porque, justamente, no nos concierne. En efecto, el que solamente una vez alguien haya sido reanimado, y nada más, ¿de qué modo debería afectarnos? Pero la resurrección de Cristo es precisamente algo más, una cosa distinta. Es –si podemos usar por una vez el lenguaje de la teoría de la evolución– la mayor «mutación», el salto más decisivo en absoluto hacia una dimensión totalmente nueva, que se haya producido jamás en la larga historia de la vida y de sus desarrollos: un salto de un orden completamente nuevo, que nos afecta y que atañe a toda la historia.


Por tanto, la discusión comenzada con los discípulos comprendería las siguientes preguntas: ¿Qué es lo que sucedió allí? ¿Qué significa eso para nosotros, para el mundo en su conjunto y para mí personalmente? Ante todo: ¿Qué sucedió? Jesús ya no está en el sepulcro. Está en una vida nueva del todo. Pero, ¿cómo pudo ocurrir eso? ¿Qué fuerzas han intervenido? Es decisivo que este hombre Jesús no estuviera solo, no fuera un Yo cerrado en sí mismo. Él era uno con el Dios vivo, unido talmente a Él que formaba con Él una sola persona. Se encontraba, por así decir, en un mismo abrazo con Aquél que es la vida misma, un abrazo no solamente emotivo, sino que abarcaba y penetraba su ser. Su propia vida no era solamente suya, era una comunión existencial con Dios y un estar insertado en Dios, y por eso no se le podía quitar realmente. Él pudo dejarse matar por amor, pero justamente así destruyó el carácter definitivo de la muerte, porque en Él estaba presente el carácter definitivo de la vida. Él era una cosa sola con la vida indestructible, de manera que ésta brotó de nuevo a través de la muerte. Expresemos una vez más lo mismo desde otro punto de vista.


Su muerte fue un acto de amor. En la última Cena, Él anticipó la muerte y la transformó en el don de sí mismo. Su comunión existencial con Dios era concretamente una comunión existencial con el amor de Dios, y este amor es la verdadera potencia contra la muerte, es más fuerte que la muerte. La resurrección fue como un estallido de luz, una explosión del amor que desató el vínculo hasta entonces indisoluble del «morir y devenir». Inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que también ha sido integrada la materia, de manera transformada, y a través de la cual surge un mundo nuevo.

Está claro que este acontecimiento no es un milagro cualquiera del pasado, cuya realización podría ser en el fondo indiferente para nosotros. Es un salto cualitativo en la historia de la «evolución» y de la vida en general hacia una nueva vida futura, hacia un mundo nuevo que, partiendo de Cristo, entra ya continuamente en este mundo nuestro, lo transforma y lo atrae hacia sí. Pero, ¿cómo ocurre esto? ¿Cómo puede llegar efectivamente este acontecimiento hasta mí y atraer mi vida hacia Él y hacia lo alto? La respuesta, en un primer momento quizás sorprendente pero completamente real, es la siguiente: dicho acontecimiento me llega mediante la fe y el bautismo. Por eso el Bautismo es parte de la Vigilia pascual, como se subraya también en esta celebración con la administración de los sacramentos de la iniciación cristiana a algunos adultos de diversos países. El Bautismo significa precisamente que no es un asunto del pasado, sino un salto cualitativo de la historia universal que llega hasta mí, tomándome para atraerme. El Bautismo es algo muy diverso de un acto de socialización eclesial, de un ritual un poco fuera de moda y complicado para acoger a las personas en la Iglesia. También es más que una simple limpieza, una especie de purificación y embellecimiento del alma. Es realmente muerte y resurrección, renacimiento, transformación en una nueva vida.

¿Cómo lo podemos entender? Pienso que lo que ocurre en el Bautismo se puede aclarar más fácilmente para nosotros si nos fijamos en la parte final de la pequeña autobiografía espiritual que san Pablo nos ha dejado en su Carta a los Gálatas. Concluye con las palabras que contienen también el núcleo de dicha biografía: «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (2, 20). Vivo, pero ya no soy yo. El yo mismo, la identidad esencial del hombre –de este hombre, Pablo– ha cambiado. Él todavía existe y ya no existe. Ha atravesado un «no» y sigue encontrándose en este «no»: Yo, pero «no» más yo. Con estas palabras, Pablo no describe una experiencia mística cualquiera, que tal vez podía habérsele concedido y, si acaso, podría interesarnos desde el punto de vista histórico. No, esta frase es la expresión de lo que ha ocurrido en el Bautismo. Se me quita el propio yo y es insertado en un nuevo sujeto más grande. Así, pues, está de nuevo mi yo, pero precisamente transformado, bruñido, abierto por la inserción en el otro, en el que adquiere su nuevo espacio de existencia. Pablo nos explica lo mismo una vez más bajo otro aspecto cuando, en el tercer capítulo de la Carta a los Gálatas, habla de la «promesa» diciendo que ésta se dio en singular, a uno solo: a Cristo. Sólo él lleva en sí toda la «promesa».


Pero, ¿qué sucede entonces con nosotros? Vosotros habéis llegado a ser uno en Cristo, responde Pablo (cf. Ga 3, 28). No sólo una cosa, sino uno, un único, un único sujeto nuevo. Esta liberación de nuestro yo de su aislamiento, este encontrarse en un nuevo sujeto es un encontrarse en la inmensidad de Dios y ser trasladados a una vida que ha salido ahora ya del contexto del «morir y devenir». El gran estallido de la resurrección nos ha alcanzado en el Bautismo para atraernos.


Quedamos así asociados a una nueva dimensión de la vida en la que, en medio de las tribulaciones de nuestro tiempo, estamos ya de algún modo inmersos. Vivir la propia vida como un continuo entrar en este espacio abierto: éste es el sentido del ser bautizado, del ser cristiano. Ésta es la alegría de la Vigilia pascual. La resurrección no ha pasado, la resurrección nos ha alcanzado e impregnado. A ella, es decir al Señor resucitado, nos sujetamos, y sabemos que también Él nos sostiene firmemente cuando nuestras manos se debilitan. Nos agarramos a su mano, y así nos damos la mano unos a otros, nos convertimos en un sujeto único y no solamente en una sola cosa. Yo, pero no más yo: ésta es la fórmula de la existencia cristiana fundada en el bautismo, la fórmula de la resurrección en el tiempo. Yo, pero no más yo: si vivimos de este modo transformamos el mundo. Es la fórmula de contraste con todas las ideologías de la violencia y el programa que se opone a la corrupción y a las aspiraciones del poder y del poseer.


«Viviréis, porque yo sigo viviendo», dice Jesús en el Evangelio de San Juan (14, 19) a sus discípulos, es decir, a nosotros. Viviremos mediante la comunión existencial con Él, por estar insertos en Él, que es la vida misma. La vida eterna, la inmortalidad beatífica, no la tenemos por nosotros mismos ni en nosotros mismos, sino por una relación, mediante la comunión existencial con Aquél que es la Verdad y el Amor y, por tanto, es eterno, es Dios mismo. La mera indestructibilidad del alma, por sí sola, no podría dar un sentido a una vida eterna, no podría hacerla una vida verdadera. La vida nos llega del ser amados por Aquél que es la Vida; nos viene del vivir con Él y del amar con Él. Yo, pero no más yo: ésta es la vía de la Cruz, la vía que «cruza» una existencia encerrada solamente en el yo, abriendo precisamente así el camino a la alegría verdadera y duradera.

De este modo, llenos de gozo, podemos cantar con la Iglesia en el Exultet: «Exulten por fin los coros de los ángeles... Goce también la tierra». La resurrección es un acontecimiento cósmico, que comprende cielo y tierra, y asocia el uno con la otra. Y podemos proclamar también con el Exultet: «Cristo, tu hijo resucitado... brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos». Amén. 15.04.2006

 

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EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE -

1. Hemos escuchado uno de los salmos más célebres de la historia de la cristiandad. En efecto, el salmo 109, que la liturgia de las Vísperas nos propone cada domingo, se cita repetidamente en el Nuevo Testamento. Sobre todo los versículos 1 y 4 se aplican a Cristo, siguiendo la antigua tradición judía, que había transformado este himno de canto real davídico en salmo mesiánico.
La popularidad de esta oración se debe también al uso constante que se hace de ella en las
Vísperas del domingo. Por este motivo, el salmo 109, en la versión latina de la Vulgata, ha sido objeto de numerosas y espléndidas composiciones musicales que han jalonado la historia de la cultura occidental. La liturgia, según la práctica elegida por el concilio Vaticano II, ha recortado del texto original hebreo del salmo, que entre otras cosas tiene sólo 63 palabras, el violento versículo 6. Subraya la tonalidad de los así llamados "salmos imprecatorios" y describe al rey judío mientras avanza en una especie de campaña militar, aplastando a sus adversarios y juzgando a las naciones.
2. Dado que tendremos ocasión de volver otras veces a este salmo, considerando el uso que hace de él la liturgia, nos limitaremos ahora a ofrecer sólo una visión de conjunto.
Podemos distinguir claramente en él dos partes. La primera (cf. vv. 1-3) contiene un oráculo dirigido por Dios a aquel que el salmista llama "mi Señor", es decir, el soberano de Jerusalén. El oráculo proclama la entronización del descendiente de David "a la derecha" de Dios. En efecto, el Señor se dirige a él, diciendo:  "Siéntate a mi derecha" (v. 1). Verosímilmente, se menciona aquí un ritual según el cual se hacía sentar al elegido a la derecha del arca de la alianza, de modo que recibiera el poder de gobierno del rey supremo de Israel, o sea, del Señor.
3. En el ambiente se intuyen fuerzas hostiles, neutralizadas, sin embargo, por una conquista victoriosa:  se representa a los enemigos a los pies del soberano, que camina solemnemente en medio de ellos, sosteniendo el cetro de su autoridad (cf. vv. 1-2). Ciertamente, es el reflejo de una situación política concreta, que se verificaba en los momentos de paso del poder de un rey a otro, con la rebelión de algunos súbditos o con intentos de conquista. Ahora, en cambio, el texto alude a un contraste de índole general entre el proyecto de Dios, que obra a través de su elegido, y los designios de quienes querrían afirmar su poder hostil y prevaricador. Por tanto, se da el eterno enfrentamiento entre el bien y el mal, que se desarrolla en los acontecimientos históricos, mediante los cuales Dios se manifiesta y nos habla.
4. La segunda parte del salmo, en cambio, contiene un oráculo sacerdotal, cuyo protagonista sigue siendo el rey davídico (cf. vv. 4-7). La dignidad real, garantizada por un solemne juramento divino, une en sí también la sacerdotal. La referencia a Melquisedec, rey- $sacerdote de Salem, es decir, de la antigua Jerusalén (cf.
Gn 14), es quizá un modo de justificar el sacerdocio particular del rey junto al sacerdocio oficial levítico del templo de Sión. Además, es sabido que la carta a los Hebreos partirá precisamente de este oráculo:  "Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec" (Sal 109, 4), para ilustrar el particular y perfecto sacerdocio de Jesucristo.
Examinaremos posteriormente más a fondo el salmo 109, realizando un análisis esmerado de cada uno de sus versículos.
5. Como conclusión, sin embargo, quisiéramos releer el versículo inicial del salmo con el oráculo divino:  "Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies". Y lo haremos con san Máximo de Turín (siglo IV-V), quien en su
Sermón sobre Pentecostés lo comenta así:  "Según nuestra costumbre, la participación en el trono se ofrece a aquel que, realizada una empresa, llegando vencedor merece sentarse como signo de honor. Así pues, también el hombre Jesucristo, venciendo con su pasión al diablo, abriendo de par en par con su resurrección el reino de la muerte, llegando victorioso al cielo como después de haber realizado una empresa, escucha de Dios Padre esta invitación:  "Siéntate a mi derecha". No debemos maravillarnos de que el Padre ofrezca la participación del trono al Hijo, que por naturaleza es de la misma sustancia del Padre... El Hijo está sentado a la derecha porque, según el Evangelio, a la derecha estarán las ovejas, mientras que a la izquierda estarán los cabritos. Por tanto, es necesario que el primer Cordero ocupe la parte de las ovejas y la Cabeza inmaculada tome posesión anticipadamente del lugar destinado a la grey inmaculada que lo seguirá" (40, 2:  Scriptores circa Ambrosium, IV, Milán-Roma 1991, p. 195).
(©L´Osservatore Romano - 28 de noviembre de 2003)

 

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Cristo Rey

 

"Rey, cuyo Reino no está armado de palillos, pues no tiene fin” (Santa Teresa) Descendiente del Rey David humanamente. Constituído Rey del universo por Dios, su Padre. Rey, pero sin palacios fastuosos, sin cortesanos ni servidumbre, sin guerras ni victorias, sin tributos ni privilegios. Rey que ha vendido a servir y no a ser servido; no a robarle imágen a los hombres, sino a derramar su sangre para introducirles en su Reino, de Verdad y de Vida, de Santidad y Gracia, de Justicia, de Amor y de Paz. Jesús Martí Ballester - Por P. Jesús Martí Ballester 

1. Con la solemnidad de Jesucristo Rey culmina cada año la Iglesia el curso litúrgico seguido en torno a Jesús, para significar que él es el centro y la vida, "el alfa y la omega, el principio y el fin" (Ap 21,6), el revelador del Padre, por ser la imagen visible de Dios invisible, el primogénito de entre los muertos, la Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia, el primero en todo, el receptáculo de toda la plenitud y el reconciliador y pacificador de todo, por la sangre de su cruz Colosenses 1,12. Pero conviene aclarar que es Rey no como los de este mundo, ni de este mundo (Jn 18,36), por tanto no viene a competir con ningún rey o primer mandatario de la tierra. El Nuevo Testamento asume la tradición davídica, pero con un sentido paradójico: Jesús es hijo de David, pero reina radicalmente desde el no-poder, se identifica con el pobre, con el siervo sufriente, con el niño, como símbolo de quien no tiene poder.
2. En el año 1925, como fruto del Año Santo, el Papa Pío XI, como remedio de la secularización ya avanzando, instituyó esta fiesta para conseguir que los hombres y las instituciones se entregaran a Jesucristo Rey, sujetos por un nuevo título a su autoridad, pues su potestad abraza la entera persona humana, mente, voluntad, y corazón, el cual, apreciando menos los apetitos naturales, debe amar a Dios sobre todas las cosas y estar unido a El sólo. Jesucristo debe reinar en el cuerpo y en los miembros como instrumentos, como dice San Pablo, de justicia paraDios, servidores de la interna santificación del alma. Si estas cosas se proponen a la consideración de los fieles, éstos se inclinarán más fácilmente a la perfección, como escribió en Papa en la Encíclica "Quas primas". Para desde el reinado de Jesús en los corazones llegar a reinar en las sociedades y en la historia. 


3. Cuando el Señor rechazó a Saúl como rey de Israel, mandó a Samuel a buscar a David para ungirle rey en Belén (1 Sam 16,1): "Tomó Samuel el cuerno del aceite y ungió a David. El Espíritu del Señor se apoderó de él" (1 Sam 16,13). Por segunda vez, "Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón en presencia del Señor, ellos ungieron a David como rey de Israel" 2 Samuel 5,3. Jesús, que por genealogía humana es rey como descendiente del rey David, como lo atestigua San Mateo 1,1), fue ungido = Cristo en griego, y Mesías, en hebreo y arameo, por el Espíritu Santo, no por Samuel, como su padre David. Sobre Jesús, el Hijo de David, descendió en el Bautismo el Espíritu Santo (Lc 3,21), como lo testificó Pedro en casa de Cornelio (He 10,34). David, el Ungido del Señor, convertido en Pastor-Rey de pueblos el que era pastor de ovejas, es el tipo de Jesucristo Hijo de David, que hereda su reino, y por eso es profetizado Pastor-Rey por Ezequiel (Ez 34,23). Los enfermos le gritaban: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí” (Mc 10,47). Las multitudes le aclamaban: “¡Hosanna al Hijo de David!” (Mt 21,9). Y San Pablo le exhortará a Timoteo, en su testamento: “Acuérdate de Jesucristo resucitado de entre los muertos, del linaje de David” (2 Tim 2,8).
4. El mismo Jesús se proclamó Pastor Rey, pues los reyes se consideraban Pastores y guías del pueblo: "Yo soy el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas" (Jn 10,11). El pueblo comprendía perfectamente que en el pastor que caminaba delante de su rebaño, tenía la seguridad de ser apacentado, dirigido, defendido, conducido y protegido por una sabiduría y un poder superiores. En una palabra, veían a Dios su Creador y su Señor, conductor y guía de su pueblo, con su providencia a su servicio y su amor fiel e incondicional que lo dirigía con poder.
5. Por eso, la proclamación de Jesús como Rey "nos llena de alegría sabiendo que vamos a la casa del Señor", que es su reino, donde celebraremos su nombre y su victoria Salmo 121.
6. Al degenerar la imagen del rey por el contagio de Israel con otros pueblos gobernados por reyes casi siempre tiranos, y en el mismo Israel por la mala conducta de algunos de sus reyes, era necesaria una larga evolución en su teología para pasar de una visión terrena y humana de mesianismo triunfalista, a la visión del Reino de Dios, que culminará en la cruz, en el más rotundo y clamoroso fracaso. Y lo mismo ha ocurrido en otros países más occidentales y habremos de atenernos al mandato de Jesús: “Los reyes de las naciones las tiranizan. Pero entre vosotros no ha de ser así, sino que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor” (Lc 22,25). Así lo ha hecho El, que ha querido caminar entre valles de tinieblas por donde caminamos nosotros, los hombres, y ha subido el camino del Calvario. Extenuado, le quedan pocos momentos de vida, ya no es un peligro para sus adversarios. Le piden que baje de la cruz, como el diablo en el desierto le pidió que se tirara del pináculo del Templo (Mt 4,5). Jesús no accede. Acepta el plan del Padre: el mesianismo doliente y crucificado; a los insultos responde con el silencio (Mt 27,14). Le provocan furiosos los ladrones (Mt 27,4). Pero hay un ladrón que increpa a su compañero, "lo nuestro es justo, pero éste no ha hecho ningún mal"... Su compasión y sentido de la justicia le hacen lanzar un grito de confianza: "Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino". Jesús, reuniendo sus fuerzas en medio de los tormentos, le responde y le garantiza: "Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso" Lucas 23,35. Jesús, que ha afirmado solemnemente ante Pilato: “Tú lo dices: Yo soy Rey” (Jn 18,37), promete recibir en su reino hoy mismo, al ladrón que viéndole en la cruz, le confiesa rey.


7. Las amenazas y los sarcasmos no han obtenido su respuesta. La oración emocionada de aquel ladrón ajusticiado, sí, y qué respuesta. Yo quiero penetrar en el corazón de cada uno de los dos: del ladrón, reconciliado, aceptando su muerte, pacificado, lleno de esperanza, transfigurado su rostro, antes alterado. Había observado a Jesús, y le había convencido y convertido su paciencia, su bondad, su amor. Y quiero entrar en el Corazón de Jesús que en medio de los tormentos, ve a su lado recién brotada una espiga de la cosecha. Ha comenzado a manifestarse la eficacia de la Sangre derramada. Jesús ya ha comenzado a reinar: Es rey en el corazón de un ladrón bueno, que se dejó seducir por el gesto de Cristo, por sus palabras de amor, de verdad y de perdón. He ahí dos crucificados en la paz de Dios. Son amigos. Los dos van a morir en el amor. Los dos van a ser recibidos por los brazos del Padre. El buen ladrón ha descubierto el mundo de la gracia. En medio de la justicia y de la injusticia, la de Jesús y la suya, ha sabido reconocer en la muerte de Jesús el camino de la vida y ha pasado de la muerte a la vida, del pecado a la santidad. 
8. Pasó en el rodaje de la película “JESÚS DE NAZARET” que dirigió hace algunos años Franco Zeffirelli. Yo guardo un recorte de prensa con unas declaraciones de Robert Powell, que interpretó en esa película a Jesús. Tenía 31 años y no era católico. Su vida cambió radicalmente tras el rodaje de la película. Y reveló que durante el rodaje ocurrieron cosas emocionantes, y conversiones, ente ellas la del que representaba a Judas, que era ateo. Todos los actores sufrieron una crisis religiosa que a muchos les transformó. Jesús Rey no deja indiferentes. El amor engendra vida: “Donde no hay amor, ponga amor y cosechará amor” (San Juan de la Cruz).


9. Dejémonos nosotros invadir por el amor de Jesús para pasar también de nuestra muerte a la vida, por la Eucaristía. Porque El no sólo es el rey del cosmos, pues “todo fue creado por El y para él”, sino que es rey porque nos ha redimido, y porque es la “cabeza del cuerpo, de la Iglesia”. Y como “primogénito de todos los muertos en el que reside toda la plenitud”, quiere “reconciliar consigo todos los seres por la sangre de su cruz”; y reinar dentro de nosotros. “El reino de Dios está dentro de vosotros”. No ha temido que los hombres le robemos imagen, sino que nos ha constituido, por el Bautismo, reyes y sacerdotes para su Padre, para que le ayudemos a instaurar en el mundo su Reino, de la verdad y de la vida, de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz. 
10. El reino de la verdad. En el mundo no hay verdad, el relativismo la manipula. Por eso dice Jesús que su Reino no es de este mundo. Porque en el mundo todo es falso. Los reyes de este mundo, los que tienen el poder, son hombres sujetos a pasiones y mueren: A veces el que menos manda es el rey. Los validos, los cortesanos que les auparon, usurpan el poder. Y por tanto no es verdad que el rey sea el rey. 
11. El Reino de la vida. Más pronto o más tarde llega la muerte: ¿Cuántos reyes célebres podríamos ahora recordar? Carlos V, Felipe II... El reino de este mundo es el reino de la muerte. El reino de Cristo es el Reino de la Vida y si murió, fue por amor, pero venció la muerte. Es el primogénito de los muertos, el primer resucitado. 
12. El Reino de santidad y de gracia. La santidad es el triunfo de las virtudes. La santidad es la vida de Dios, espíritu de Dios, intenciones en el actuar según las intenciones de Dios.
13. El Reino de la justicia. Reino donde se trabaja, donde se mira al hermano como hermano, sin diferencia de clases, donde el que tiene da al que no tiene, donde el que sabe enseña al que no sabe.
14. El Reino del amor. El cimiento del Reino es el amor porque Dios, que es Amor, ha querido, por amor, que participáramos del clima de su Reino en el Amor. Y su Legislador propone como máximo mandamiento, el mandamiento del amor: a Dios y a los hermanos. En el reino del amor no cabe el odio, pero tampoco la mala voluntad, ni la envidia ni el egoísmo. Jesús Rey de Amor, excluye de su reino los partidos y las banderías, las murmuraciones y calumnias, las palabras que ataquen de alguna manera la caridad fraterna. Pero no sólo es negativo el mandato del amor. Cristo Rey quiere positivamente que en su Reino viva la bondad de unos con otros, la comprensión e indulgencia, la tolerancia y la afabilidad sincera y sencilla, sin reticencias; la cordial servicialidad que ve en los hermanos a Dios, que acepta como hecho a el lo que se ha hecho con sus pequeños.


15. El Reino de la Paz. Es natural. ¿A dónde, si no, llegaremos por el camino de la santidad y de la gracia y de la justicia y del amor, sino a la paz, entera y total, a la tranquilidad del orden, al mar en calma de la paz conseguida a costa de superar las embravecidas olas del egoísmo y desamor, del odio y del pecado?
16. “In Pace”, rezaban los epitafios de los primeros mártires cristianos en las catacumbas. “En la Paz”. El mundo con todo su dinero, placer y poder, no puede dar la paz de Dios.
17. "Hemos sido trasladados al Reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados" Colosenses 1,12. Hoy ya no es suficiente hablar de Cristo, dice Juan Pablo II. El gran desafío del testimonio de católicos, ortodoxos y protestantes hoy es «ayudar a la gente a verle». Esta fue la consigna que dio el pontífice a mil quinientos fieles greco-católicos de Ucrania. Tras recordar los años del régimencomunista, el Papa reconoció que «hoy en vuestra tierra se puede hablar libremente de Dios. Pero para el hombre contemporáneo, inmerso en el estruendo y en la confusión de la vida cotidiana, las palabras ya no son suficientes: no sólo quiere oír hablar de Cristo», sino «en cierto sentido verle». «Dad al pueblo la posibilidad de ver a su Salvador, no esperéis a que alguien cree las condiciones favorables al compromiso y trabajo pastoral, suscitadlas vosotros mismos con creatividad y generosidad». Pero sobre todo, «¡testimoniad con la vida y con las obras la presencia del Resucitado entre vosotros! Es el mensaje más elocuente y eficaz que podéis dar a vuestros conciudadanos».
18. Cristo Rey de Amor, has querido comprarnos con tu agonía y con tu sangre, con tu amor. No has temido que los hombres te hagan sombra, sino que les acompañas para que alcancen su plenitud en tu Reino: “Que eres Dios, y no hombre, y no te gusta destruir” 
(Os 11,9). Y “el hombre viviente es tu gloria” (San Ireneo). Déjanos que te digamos que te queremos amar; que no queremos separarnos de Tí, que queremos seguir siempre siendo ovejas de tu rebaño. Con tu gracia y ayuda, lucharemos para dar a conocer al mundo cuánto nos amas. Nos asaltan los enemigos, ¿cuáles? Mundo, demonio y carne. El egoísmo nos quiere dominar. La sensualidad y la vida de sentidos nos quieren acaparar... Por eso nos agarraremos con fuerza y perseverancia a tus sacramentos, a la oración, a la atención a tu presencia y al sacrificio, para que reines en nuestra vida y en nuestro entorno, con la ayuda indispensable de la intercesión segura de la Virgen Madre del Rey.
Amen.
Jesús Martí Ballester

 

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Jesucristo, Rey del universo. - Desde el anuncio de su nacimiento, el Hijo unigénito del Padre, nacido de la Virgen María, es definido "rey", en el sentido mesiánico, es decir, heredero del trono de David, según las  promesas de los profetas, para un reino que no tendrá fin (cf. Lc 1, 32-33). La realeza de Cristo permaneció del todo escondida, hasta sus treinta años, transcurridos en una existencia ordinaria en Nazaret.
Después, durante su vida pública, Jesús inauguró el nuevo reino, que "no es de este mundo" (Jn 18, 36), y al final lo realizó plenamente con su muerte y resurrección. Apareciendo resucitado a los Apóstoles, les dijo:  "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28, 18):  este poder brota del amor, que Dios manifestó plenamente en el sacrificio de su Hijo. El reino de Cristo es don ofrecido a los hombres de todos los tiempos, para que el que crea en el Verbo encarnado "no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16). Por eso, precisamente en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis, él proclama:  "
Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin" (Ap 22, 13).

"Cristo, alfa y omega", así se titula el párrafo que concluye la primera parte de la constitución pastoral Gaudium et spes del concilio Vaticano II, promulgada hace 40 años. En aquella hermosa página, que retoma algunas palabras del siervo de Dios Pablo VI, leemos:  "El Señor es el fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización, centro del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud de sus aspiraciones". Y prosigue así:  "Vivificados y reunidos en su Espíritu, peregrinamos hacia la consumación de la historia humana, que coincide plenamente con el designio de su amor:  "Restaurar en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra" (Ef 1, 10)" (n. 45). A la luz de la centralidad de Cristo, la Gaudium et spes interpreta la condición del hombre contemporáneo, su vocación y dignidad, así como los ámbitos de su vida:  la familia, la cultura, la economía, la política, la comunidad internacional. Esta es la misión de la Iglesia ayer, hoy y siempre:  anunciar y testimoniar a Cristo, para que el hombre, todo hombre, pueda realizar plenamente su vocación.

La Virgen María, a quien Dios asoció de modo singular a la realeza de su Hijo, nos obtenga acogerlo como Señor de nuestra vida, para cooperar fielmente en el acontecimiento de su reino de amor, de justicia y de paz. 20.11.2005

 

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La inteligencia al servicio de Cristo Rey

 

Étienne Gilson (1884-1978). 

Cortesía de Universidad Virtual Santo Tomas (UVST)- Balmesiana

 

«No améis el mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo no está en él la caridad del Padre. Porque todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa y también sus concupiscencias; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.» Bossuet recuerda estas palabras de la primera Epístola de Juan, al final de su Tratado de la concupiscencia, y les añade este breve, pero expresivo comentario: «las últimas palabras de este apóstol nos muestran que el mundo del que Juan habla, es aquel que prefiere las cosas visibles y pasajeras y eternas. » Permitidme añadir a mi vez únicamente que si llegamos a entender el significado de esta definición, el enorme problema que tenemos que examinar juntos se resolverá por sí mismo.

Estamos en el mundo; tanto si nos gusta como si no, es un hecho, y el estar o deja de estar en él no depende de nosotros; sin embargo, nosotros no tenemos que ser del mundo. ¿Cómo es posible estar en el mundo sin ser de él? Este es el problema que ha obsesionado la conciencia cristiana desde la fundación de la Iglesia, y que se muestra especialmente intenso y grave para nuestra inteligencia. Es verdad que la vida cristiana nos ofrece una solución radical a esta dificultad: dejar el mundo, renunciar del todo a él refugiándonos en la vida monástica. Pero en primer lugar los estados de perfección serán siempre el patrimonio de una «élite»; y lo que es aún más importante, los mismos «perfectos» huyen del mundo para salvarle salvándose a sí mismos, y es un hecho observable que el mundo no siempre quiere que le salven. Entre nosotros siempre habrá almas deseosas de huir del mundo, pero no es seguro, ni mucho menos, que el mundo les permitirá siempre huir de él; pues el mundo no sólo se afirma a sí mismo, sino que incluso no quiere admitir que alguien renuncie a él. Esta es la ofensa más cruel que le puede ser infligida. Ahora bien, el uso cristiano de la inteligencia es una ofensa de esta misma clase, y quizá entre todas ellas la que le hiere más profundamente; ya que cuanto más se da cuenta de que la inteligencia es lo más elevado del hombre, tanto más se desea arrogarse su homenaje y someterla sólo a sí mismo. El primer deber intelectual del cristiano es negarle este homenaje. ¿Por qué y cómo? Esto es precisamente lo que hemos de descubrir.

La eterna protesta del mundo contra los cristianos es que le desprecian, y que al despreciarle entienden mal lo que constituye el propio valor de su naturaleza: su bondad, su belleza y su inteligibilidad. Esto explica los incesantes reproches dirigidos contra nosotros n nombre de la filosofía, la historia y la ciencia: el Cristianismo rehúsa tomar en consideración al hombre entero, y con el pretexto de hacerlo mejor, lo mutila obligándole a cerrar los ojos a cosas que constituyen la excelencia de la naturaleza y de la vida, a entender mal el progreso de la sociedad a lo largo de la historia y a considerar sospechosa la ciencia que progresivamente va descubriendo las leyes de la naturaleza y de las sociedades. Estos reproches que tan repetidamente nos han sido hechos, no son ya tan conocidos que dejan de interesarnos; no obstante es nuestro deber no dejar nunca de responder a ellos, y sobre todo no perder de vista lo que ha de ser respondido. En efecto, el Cristianismo es una condenación radical del mundo, pero al mismo tiempo una aprobación sin reservas de la naturaleza; pues el mundo no es naturaleza, sino naturaleza que hace su curso sin Dios.

Esto, que con mayor verdad decimos de la naturaleza, lo podemos afirmar con mayor motivo de la inteligencia, que es el remate de la naturaleza. La tarde de la creación Dios miró su trabajo y juzgó, dice la Escritura, que todo aquello era muy bueno. Pero lo mejor de su trabajo fue el hombre, creado a su imagen y semejanza; y si buscamos el fundamento de la semejanza divina, lo encontraremos, dice San Agustín, in mente, en el pensamiento. Sigamos todavía con el mismo doctor: encontramos que esta semejanza está en toda la parte del pensamiento que es, por decirlo así, la cúspide, aquella parte por la cual él concibe la verdad, en contacto con la luz divina, de la que es una especie de reflejo. El destino del hombre según el Cristianismo, es aprehender la verdad aquí abajo, por medio de la inteligencia, aunque sea de modo oscuro y parcial, mientras espera verla en su completo esplendor. Verdaderamente, lejos de despreciar el conocimiento, lo acaricia: intellectum valde ama.

A menos que alguien pretenda conocer mejor que San Agustín lo que es el Cristianismo, no puede echarnos en cara que lo traicionamos o acomodamos a las necesidades de la causa, por seguir el consejo de este santo: ama la inteligencia y ámala mucho. La verdad es que si amamos la inteligencia tanto como nuestros adversarios, y a veces incluso más, no la amamos del mismo modo. Existe un amor de la inteligencia que consiste en dirigirla hacia las cosas visibles y pasajeras: este amor pertenece al mundo. Pero hay otro que consiste en encaminarla hacia lo invisible y eterno: éste pertenece a los cristianos. Es por lo tanto el nuestro; y si lo preferimos al primero, es porque no nos niega nada de lo que el primero nos daría, y aún nos inunda con todo lo que el otro es incapaz de darnos.

El carácter contradictorio de las objeciones que dirigen al Cristianismo, muestra claramente que hay en él algo que sus adversarios no acaban de entender. Pero es también un consuelo para nosotros el notar que sus objeciones permanecen en tales confusiones. Pues le reprochan el poner al hombre en el centro de todo, pero también que menospreciamos su grandeza. Y yo quiero admitir que podemos equivocarnos diciendo una cosa o la otra, pero no afirmando las dos al mismo tiempo. Y lo que es verdad del hombre en general, es verdad de la inteligencia en particular. Yo le permitiría a uno que reprochara a Santo Tomás de Aquino por haber traicionado el espíritu del Cristianismo exaltando indebidamente los derechos de la inteligencia, o que le reprochara por haber traicionado el espíritu de la filosofía exaltando indebidamente los derechos de la fe, pero no puedo entender cómo pudo hacer ambas cosas al mismo tiempo. ¡Qué misterio, por lo tanto debe esconderse en las profundidades del hombre cristiano para que sus pasos más espontáneos y sólidos parezcan tan misteriosos a quienes los observan desde fuera!

Este misterio, ya que se trata realmente de un misterio, es el misterio de Jesucristo. Es suficiente estar informado de lo que es el Cristianismo, aunque sea vagamente, para conocer en qué consiste este misterio. Por la Encarnación Dios se hizo hombre; es decir las dos naturalezas, divina y humana, se encontraron unidas en la persona de Cristo. Lo que no es tan bien conocido para aquellos que se adhieren a este misterio por la fe, es la sorprendente transformación que él introdujo en toda naturaleza y por lo tanto en la manera en que debemos concebirla desde entonces. Mejor sería decir transformaciones sorprendentes, pues este misterio incluye en sí tantos otros, que nadie podría agotar sus consecuencias.

Démonos aquí por satisfechos examinando una de ellas: la que nos conduce directamente al núcleo de nuestro tema. Desde el momento en que la naturaleza humana fue asumida por la naturaleza divina en la persona de Cristo, Dios ya no domina y gobierna la naturaleza únicamente como Dios, sino también como hombre. Si entre todos los hombres hay uno solo que realmente merece el título de Hombre-Dios, ¿cómo puede dejar de ser el jefe y el soberano de todos los otros , dicho más brevemente, su rey? He aquí por qué Cristo no es sólo el soberano espiritual del mundo, sino también su soberano temporal. Pero sabemos por otro lado que la Iglesia es el cuerpo místico, es decir, según la doctrina de San Pablo, los miembros de Cristo; todos los fieles son por lo tanto sacerdotes y reyes en la medida en que son miembros de Cristo.
Et quod est amplius, dice Santo Tomás, omnes Christi fideles, in quantum sunt membra ejus, reges et sacerdotes dicuntur.
Así pues, desde entonces en todo cristiano hay como una imagen e incluso como una participación de este supremo misterio, la humanidad divinizada por la gracia, revestida en su verdadera miseria por una gracia sacerdotal y real al mismo tiempo, que constituye el misterio del hombre cristiano.

En Pascal tenemos una profundísima interpretación de esta prodigiosa transformación de la naturaleza por la Encarnación; esto es lo que da a su obra la plenitud de su sentido. Que nosotros sólo conocemos a Dios, a través de la persona de Cristo, que era Dios mismo viviendo, hablando y actuando entre nosotros, Dios mostrándose a sí mismo como hombre para ser conocido por los hombre, todo ello es demasiado evidente; pero el gran descubrimiento, o redescubrimiento de Pascal es haber entendido que la Encarnación, al cambiar profundamente la naturaleza del hombre, se ha convertido en el único medio existente para conocer al hombre. Esta verdad aporta un nuevo significado a nuestra naturaleza, a nuestro nacimiento, a nuestro fin. «No sólo» escribió Pascal, «conocemos a Dios únicamente a través de Jesucristo, sino que nosotros mismos sólo nos comprendemos a través de Jesucristo. Entendemos la vida y la muerte sólo a través de Jesucristo. Fuera de Jesucristo no sabemos ni qué es la vida, ni qué es la muerte, ni qué es Dios, ni qué somos nosotros mismos. »

Apliquemos estos principios al ejercicio de nuestra inteligencia; inmediatamente veremos que la del cristiano, en oposición a una que no conoce a Jesucristo, sabe que ha caído y que ha sido redimida, que es incapaz, por lo tanto, de alcanzar su pleno retorno sin la gracia, y en este sentido, así como la realeza de Cristo domina el orden de la naturaleza y de la sociedad, así domina el orden de la inteligencia. Quizá nosotros, católicos, lo tenemos demasiado olvidado, quizá incluso nunca lo hemos entendido, y si alguna vez ha existido una época que necesite entenderlo, es sin duda la nuestra.

¿Qué nos enseña, en efecto, este misterio con respecto a los límites y naturaleza de la inteligencia?

Al igual que la naturaleza coronada por ella, la inteligencia es buena; pero esto sólo es así si en ella y por ella toda la naturaleza mira hacia su fin, que es conformarse a Dios. Pero al tomarse a sí misma como su propio fin, la inteligencia se ha apartado de Dios apartando consigo la naturaleza, y sólo la gracia puede ayudar a ambas a volver a lo que es realmente su fin, puesto que es su origen. El «mundo» es precisamente esta negativa, que separa a la naturaleza de Dios, a participar en la gracia, y la inteligencia pertenece al mundo en cuanto se une con él rechazando la gracia. La inteligencia que acepta la gracia es la del cristiano. Y es al abandono precisamente de este estado cristiano de la inteligencia, a lo que el mundo, por el odio que siente hacia el, nos empuja a que le acompañemos.

Esto es lo que constituye el auténtico peligro para nosotros. No tenemos dudas acerca de la verdad del Cristianismo; estamos firmemente resueltos a pensar como cristianos; pero ¿sabemos lo que hay que hacer para realizarlo? ¿Conocemos exactamente en que consiste el Cristianismo? Los primeros cristianos lo sabían, porque entonces el Cristianismo estaba muy cerca de sus comienzos, y el enemigo contra el que luchaba no podía permanecer desconocido o malentendido por nadie; era el paganismo, es decir, ignorancia al mismo tiempo del pecado que condena y de la gracia de Jesucristo que redime. Por esto la Iglesia, no sólo entonces sino a través de los siglos, ha recordado especialmente al hombre la corrupción de la naturaleza por el pecado, la debilidad de la razón sin la Revelación y la impotencia de la voluntad para hacer el bien si no es ayudada por la gracia. Cuando San Agustín luchó contra Pelagio, que se llamaba a sí mismo cristiano y como tal se consideraba, el gran doctor luchó en realidad contra un intento del paganismo de restaurar el antiguo naturalismo e introducirlo en el mismo corazón del Cristianismo. El naturalismo del Renacimiento fue otro intento de la misma índole, y aún hoy, estamos en un mundo que se cree naturalmente sano, justo y bueno, porque al haber olvidado e1 pecado y la gracia considera su corrupción como la regla de su propia naturaleza.

En todo esto no hay nada que el cristiano no pueda e incluso no deba esperar. Sabemos que la lucha del bien contra el mal sólo acabará con el mundo mismo. Lo que es más grave es que el paganismo constantemente puede intentar penetrar dentro del propio Cristianismo, como en tiempo de Pelagio, y que puede conseguirlo. Es un peligro siempre latente para nosotros y que sólo con gran dificultad podemos evitar. Es muy difícil y casi imposible vivir como cristianos, sentir como cristianos y pensar como cristianos en una sociedad que no es cristiana, cuando no vemos, oímos o leemos casi nada que no ofenda o contradiga al Cristianismo; cuando la vida nos da una obligación y la caridad nos impone el deber de no romper visiblemente con las ideas y costumbres que reprobamos. Esta es también la razón por la que continuamente estamos tentados de disminuir o adaptar nuestra verdad, para aminorar la distancia que separa nuestras formas de pensar de las del mundo, o con la esperanza, a veces sincera, de hacer el Cristianismo más aceptable al mundo y así secundar su labor de salvación.

De aquí los errores, la flojera de pensamiento y las componendas contra las que se ha rebelado en todo tiempo el celo de ciertos reformadores. Restaurar la Cristiandad en la pureza de su esencia, fue en efecto la primera intención de Lutero y Calvino; ésta es aún hoy, la del ilustre teólogo calvinista Karl Barth que emplea todos sus esfuerzos en purificar el protestantismo liberal del naturalismo, y en restaurar la Reforma en un respeto incondicional a la palabra de Dios. Todos sabemos cuan enérgicamente persigue su objetivo. Dios habla, dice Barth; el hombre escucha y repite lo que Dios ha dicho. Por desgracia. Desde el momento en que el hombre se pone a sí mismo como intérprete ocurre inevitablemente que: Dios habla, el barthiano escucha y repite lo que Barth ha dicho. He aquí la razón del porqué, si creemos en este nuevo Evangelio, se atribuirá a Dios el haber dicho que desde el primer pecado la naturaleza está tan corrompida que no queda nada de ella, excepto su propia corrupción, un montón de ruina que la gracia aún puede perdonar pero que nada, de aquí en adelante, podría purificar. Así pues para luchar mejor contra el paganismo y el pelagianismo, esta doctrina os invita a desesperar de la naturaleza, a renunciar a todo esfuerzo para salvar la razón y recristianizarla.

Estos dos peligros nos acosan incesantemente y para que nuestro pensamiento se vea libre de todo ataque, a veces nos reducen a un estado de incertidumbre acerca de lo que es o no es cristiano. Olvidamos la regla dorada que determina todas las decisiones y hace desaparecer toda confusión, una regla que debemos tener presente en el pensamiento como la luz que no puede resistir oscuridad alguna. Es que el catolicismo enseña antes que nada la restauración por la gracia de Jesucristo de la naturaleza herida. La restauración de la naturaleza: en primer lugar tiene que haber naturaleza, y ¡de qué valor, ya que es la obra de un Dios que la creó y la volvió a crear adquiriéndola de nuevo a precio de su propia sangre! Así pues la gracia presupone la naturaleza y la excelencia de la naturaleza que viene a sanar y transfigurar.

En su oposición al calvinismo y al luteranismo, la Iglesia se niega a desesperar de la naturaleza, como si el pecado la hubiera corrompido totalmente, sino que se inclina con ternura sobre ella para curar sus llagas y salvarla. El Dios de nuestra Iglesia no es sólo un juez que perdona, sino que es un juez que puede perdonar únicamente porque primero es un médico que cura. Pero si la Iglesia no desespera de la naturaleza, tampoco espera que ésta pueda curarse por sí misma. Así como se opone al desespero del calvinismo, así también se opone a la loca esperanza del naturalismo que busca en la misma enfermedad el principio de su curación. La verdad del Catolicismo no es un punto medio entre dos errores, que participaría de ambos, sino una verdad real, es decir, una cumbre desde la cual es posible descubrir a la vez en qué consisten los errores y qué es lo que determina su naturaleza. Para el calvinista un católico respeta tanto la naturaleza, que no se distingue en nada de un pagano, salvo por una ceguera adicional que aún le lleva a degradar el propio Cristianismo hacia el paganismo. Pero el católico sabe bien que no hay tal; y que es el calvinista quien, confundiendo la naturaleza con el mundo, no puede ya amar a la naturaleza bajo el mundo que la reviste, o, lo que es lo mismo, amar la obra de Dios y odiar, a un tiempo, pecado que la deforma.

Para el pagano, el santo cristiano es un enemigo de la naturaleza, que se lanza furiosamente, en un arrebato de locura, torturarla e incluso a mutilarla; pero el católico sabe perfectamente que castiga la naturaleza sólo por amor a ella: el mal contra el que él lucha ha entrado demasiado profundamente en ella para que pueda ser arrancado sin hacerla sufrir. Así como el calvinista desespera de la naturaleza creyendo desesperar sólo de su corrupción, así el naturalismo pone su esperanza sólo en la corrupción, cuando cree que la está poniendo en la naturaleza. Sólo el Catolicismo sabe exactamente lo que es la naturaleza y lo que es el mundo y lo que es la gracia, pero lo sabe únicamente porque mantiene los ojos fijos en la unión concreta de naturaleza y gracia en el Redentor de la naturaleza, la persona e Jesucristo.

Nuestra norma ha de ser imitar a la Iglesia si deseamos poner nuestra inteligencia al servicio de Cristo Rey. Pues servirle es unir nuestros esfuerzos a los suyos; hacernos, según San Pablo, sus cooperadores, es decir trabajar con Él o permitirle trabajar en y a través de nosotros para la salvación de la inteligencia cegada por el pecado. Pero para trabajar así nos será necesario seguir el ejemplo que Él mismo nos da: liberar la naturaleza que el mundo nos encubre, hacer de la inteligencia el uso al que Dios la destinó al crearla.

Es aquí, me parece, donde debemos volver sobre nosotros mismos y preguntarnos si estamos cumpliendo con nuestro deber, y de modo especial, si lo cumplimos bien. Todos hemos encontrado, sea en la historia, sea a nuestro alrededor, cristianos que afectando una indiferencia, a veces rayana en desprecio, hacia la ciencia, la filosofía y el arte, creen estar rindiendo homenaje a Dios. Pero este desprecio puede expresar una suprema grandeza o una suprema pequeñez. Me gusta oír decir que toda la filosofía no vale una hora de inquietud, cuando el que me lo dice se llama Pascal, es decir un hombre que al mismo tiempo es uno de los más grandes filósofos, uno de los más grandes científicos y uno de los más grandes artistas de todo tiempo. Una persona siempre tiene derecho a desdeñar aquello que ella sobrepasa especialmente si lo que desdeña no es tanto la cosa en sí como el apego excesivo que nos encadena a ella. Pascal nunca despreció ni la ciencia ni la filosofía, pero nunca les perdonó el haberle ocultado el misterio más profundo de la caridad. Tengamos cuidado pues nosotros, que no somos Pascal, en no despreciar lo que quizá nos sobrepasa pues la ciencia es una de las más altas alabanzas de Dios: el entender lo que Dios ha hecho.

Esto no es todo. No importa cuán elevada pueda ser la ciencia, pero está más que claro que Jesucristo no vino a salvar a los hombres por medio de la ciencia o de la filosofía; vino a salvar a todos los hombres, incluso los filósofos y científicos; y aunque estas actividades humanas no con indispensables para la salvación, sin embargo tienen necesidad de ser salvadas como la tiene el orden entero de la naturaleza que la gracia ha venido a reconquistar. Pero es necesario andar con cuidado para no salvarlas movidos por algún celo indiscreto, que, con el pretexto de purificarlas completamente, sólo lo conseguiría con la corrupción de sus esencias. Hay motivos para temer que esta falta se cometa muy a menudo, y esto con la mejor intención del mundo, en vista de lo que ciertos defensores de la fe llaman uso apologético de la ciencia. Una excelente fórmula, sin duda, pero únicamente cuando se sabe no sólo lo que es la ciencia, sino también lo que es la apologética.

Para ser un apologista eficaz, primero es necesario ser un teólogo; incluso llegaría a decir, un excelente teólogo. Esto es más raro de lo que podríamos suponer, lo cual será un escándalo para aquellos que hablan de teología sólo de oídas, o se contentan repitiendo sus fórmulas sin haber tenido tiempo de profundizar en sus significados. Pero si uno quiere hacer una apologética de la ciencia, no es suficiente con que sea un excelente teólogo, ha de ser también un excelente científico. Digo científico adrede, y no simplemente un hombre inteligente y culto, con un barniz m o menos ligero de ciencia. Si uno desea practicar la ciencia por Dios, la primera condición es que la practique por ella misma, o como si la practicara por ella misma, pues este es el único medio para adquirirla. Lo mismo vale para la filosofía. Es engañarse a sí mismo, pensar que se sirve a Dios cogiendo un cierto número de fórmulas que dicen lo que uno sabe que hay que decir, sin entender por qué es verdad lo que dicen. Tampoco se le sirve denunciando errores por muy falsos que puedan ser cuando al mostrarlos ni siquiera se entiende en qué sentido son falsos. Al menos podemos decir que esto no es servirle como un científico o como un filósofo, que es todo lo que por el momento nos interesa demostrar. Y añadiré que lo mismo vale para el arte, pues es necesario poseerlo antes de ponerlo al servicio de Dios. Se nos ha dicho que es la fe la que construyó las catedrales de la Edad Media. Sin duda, pero la fe no hubiese construido nada si no hubiese habido arquitectos, y si es cierto que la fachada de Notre Dame de París es un anhelo de las almas hacia Dios, ello no impide que al mismo tiempo sea una obra geométrica. Es necesario saber geometría para construir una fachada que puede ser un acto de amor.

Católicos que confesamos el valor eminente de la naturaleza porque es obra de Dios, demostremos por lo tanto nuestro respeto por ella implantando como la primera regla de nuestra acción que la piedad nunca prescinde de la técnica, pues la técnica es aquello sin lo cual incluso la más viva piedad es incapaz de usar la naturaleza para Dios. Nadie ni nada obligan al cristiano a ocuparse de la ciencia, del arte o de la filosofía, pues no faltan otros modos de servir a Dios; pero si este es el modo de servir a Dios que ha escogido, el mismo objetivo que se ha propuesto al estudiarlos, le obliga a la excelencia. Está obligado por la misma intención que le guía, a ser un gran científico, una gran filósofo o un gran artista. Este es, para él, el único medio de llegar a ser un buen servidor.

Tal es, después de todo, al enseñanza de la Iglesia, y el ejemplo que nos ha transmitido. ¿Acaso no dijo San Pablo que «desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son desconocidos mediante las criaturas»? Este es el porqué tantos doctores que fueron también sabios, se inclinaron amorosamente ante la obra de su creación. Para ellos, estudiar es estudiar a Dios en sus obras; un San Alberto Magno jamás pensó saber lo bastante acerca de la naturaleza, pues cuanto mejor la conocía, tanto mejor conocía también a Dios. Pero no existen dos modos de conocerla: una persona posee la ciencia o no la posee, estudia las cosas científicamente o se resigna a no sabes jamás nada de ellas. San Alberto Magno se convirtió por lo tanto ante todo en un sabio, en el propio sentido de este término. De los que se asombran o escandalizan dice que, bestias irracionales, blasfeman de lo que no conocen. Él sabe lo que hace: él no espera hasta que la solicitud de reparar un mal ya cometido le obligue a ocupare él mismo de la ciencia, para repararlo. No cree en la táctica de dejar que los adversarios lo hagan todo con la intención de unirse más tarde a ellos para aprender laboriosamente el uso de las armas que volverá contra ellos. Alberto no estudió las ciencias contra nadie, sino para Dios. Un hombre de esta clase no gasta su tiempo probando que la enseñanza de la ciencia no contradice la de la Iglesia: suprime la cuestión con su propio ejemplo, mostrando al mundo que un hombre puede ser un hombre de ciencia, porque es un hombre de Dios. Tal es pues la actitud que la Iglesia nos recomienda. Al escoger a San Alberto Magno como patrón de las escuelas católicas, la Iglesia nos recuerda permanentemente que estas escuelas nunca deben tener miedo de colocar demasiado alto el nivel de sus enseñanzas y de sus exigencias científicas. Todo lo que se puede hacer bien, puede ser hecho por Dios.

No debemos olvidar nunca que es por Él por quien se hace cuanto hacemos, y sin embargo, olvidar esto, constituye el segundo peligro que nos amenaza. Para servir a Dios por la ciencia o el arte es necesario empezar por practicarlos, como si estas disciplinas fueran en sí mismas sus propios fines; y es difícil hacer un esfuerzo así, sin ser absorbidos por él. Es tanto más difícil cuando estamos rodeados de sabios y artistas que los tratan efectivamente como fines. Su actitud es una expresión espontánea del naturalismo, o para darle un viejo nombre que es su nombre de todo tiempo, del paganismo, en el cual la sociedad tiende siempre a caer de nuevo, porque no lo ha dejado del todo. No obstante, importante liberarnos de él. Es imposible colocar la inteligencia al servicio de Dios, sin respetar íntegramente los derechos de la inteligencia: de lo contrario no sería la inteligencia la que estaría puesta a su servicio; pero todavía es más imposible hacerlo sin respetar los derechos de Dios: de lo contrario, ya no es a su servicio a lo que está puesta la inteligencia. ¿Qué hay que hacer para observar esta segunda condición?

Aquí me veo obligado a representar el ingrato papel de quien denuncia errores, no sólo entre sus adversarios sino entre sus amigos. Para excusar mi manera de proceder, es necesario recordar que el que acusa a sus amigos se acusa a sí mismo en primer lugar. El ardor de su crítica expresa sobre todo la conciencia de la falta que él mismo ha cometido y en la cual siempre se siente en peligro de recaer. Por lo tanto creo que debo decir que uno de los más grandes males que padece el Cristianismo hoy en día, es que los católicos ya no están orgullosos de su fe. Esta falta de orgullo no es incompatible, desgraciadamente, con una cierta satisfacción por lo que el Catolicismo hace o dice, o con un aire optimista más propio en una fiesta que en una Iglesia. Lo que yo siento es que en vez de confesar con toda simplicidad lo que debemos a nuestra Iglesia y a nuestra fe, en vez de mostrar lo que nos aportan y lo que no tendríamos sin ellas, juzgamos que es una buena táctica para los intereses de la propia Iglesia, el actuar como si nosotros, después de todo, no nos distinguiéramos en nada de los demás. ¿Cuál es la mejor alabanza que muchos de nosotros desearíamos? La más grande que el mundo puede darles: es un católico, pero es realmente muy aceptable, nunca hubiese pensado que es un católico.

¿Acaso no se debe desear justamente lo contrario? Realmente, no los católicos que llevan su fe como una pluma en el sombrero, sino los católicos que hacen entrar el catolicismo en sus vidas y obras cotidianas, de tal manera que los incrédulos se preguntan con asombro qué secreta fuerza anima aquel trabajo y aquella vida, y una vez descubierta, se dicen a sí mismos, por el contrario: es un hombre muy bueno, y ahora ya sé el porqué, es porque es un católico.

Para que puedan pensar así de nosotros es necesario que nosotros mismos creamos en la eficacia de la obra divina al transformar y redimir la naturaleza. Creamos en ella, y digámoslo a su debido tiempo, o al menos no lo neguemos cuando nos lo pregunten. Esto no es lo que hacemos siempre. Si existe un principio que nos hayan transmitido y recomendado insistentemente nuestros doctores, es que la filosofía es la esclava de la teología. Ni uno sólo de los grandes teólogos ha dejado de decirlo; ni uno de los grandes Papas ha dejado de recordárnoslo. Y sin embargo es raro que se diga hoy día, incluso entre los católicos. Los hombres se esfuerzan más bien en probar que la fórmula no significa lo que parece significar. Creen inteligente presentar como buen filósofo al cristiano que filosofa como si no fuera cristiano. Dicho en pocas palabras, precisamente porque es un hombre bueno, es un buen filósofo; no se advierte que sea católico. Lo que sería interesante, por el contrario, sería un filósofo que igual que Santo Tomás o Duns Scoto, adquirieran la primacía en el movimiento filosófico de su tiempo, precisamente por el hecho de ser católicos.

Parece que a veces se piensa que un filósofo que se confiesa a sí mismo católico quedaría desacreditado desde un principio, y que para que acepten su verdad, el modo más inteligente es presentarla como si no tuviera nada que ver con el Catolicismo. Temo que éste es también un error de táctica. Si nuestra filosofía tradicional no encuentra hoy en día el prestigio que nosotros desearíamos para ella, no es porque se sospeche que está mantenida por una fe, sino que es más bien, porque siendo en realidad así, pretende no serlo, y porque nadie quiere tomar en serio una doctrina que empieza negando la más evidente de sus fuentes. Recorred la historia de la filosofía francesa en estos últimos años; veréis que los pensadores católicos han sido tomados en serio por los no creyentes en la medida exacta en que han puesto en primer lugar lo que para ellos es realmente lo primero: la persona de Jesucristo y su gracia. Dejad que nos nazca un Pascal o un Malebranche el día de mañana, yo les prometo que nadie les reprochará el ser católicos, pues todo el mundo sabrá que su catolicismo es la fuente de su grandeza. Se preguntarán extrañados de dónde les viene su grandeza y quizá desearán para sí la fe que se la ha dado.

No depende de nosotros el ser un Pascal, un Malebranche o un Maine de Biran, pero podemos preparar el terreno que favorecerá la acción sus sucesores, cuando vengan. Podemos actuar de tal manera que resulte fácil para sus sucesores el sobrepujar estas grandes mentes aclarando la zona de dificultades, que evitables en sí mismas, podrían de otro modo retardar su acción. Nosotros sólo lo conseguiremos restableciendo en su plenitud los valores cristianos, es decir, restableciendo del todo la primacía de la teología.

Aquí, como antes, y quizá con un énfasis aún mayor, diré que el peligro más grande consiste en pensar que para la inteligencia que desea referirse a Dios la piedad no necesita de la técnica. Uno puede sentirse tentado de dirigir el reproche opuesto a quienes se inclinan en aquella dirección, y decirles que actúan como si para ellos la técnica tomara el lugar de la piedad; pero no creo que esto sea lo que ocurre. Tales hombres no sólo han adquirido un impecable dominio de su ciencia o arte, y son a veces la admiración de sus iguales, sino que también han conservado la fe más íntegra, unida a la piedad más viva. Lo que les falta es que no saben que para unir la ciencia que han adquirido con la fe que han preservado, es necesaria una técnica de la fe, lo mismo que una técnica de la ciencia. Lo que yo veo en ellos - digamos mejor, lo que vemos en nosotros mismos - como una dificultad siempre presente, es la incapacidad de conseguir que la razón se guíe por la fe, porque para tal colaboración la fe ya no sirve: lo que es necesario es aquella ciencia sagrada que es la clave del edificio en el cual todas las demás deben tomar su lugar; es decir, la teología El teólogo más ardiente, animado por buenas intenciones, hemos dicho, hará más daño que bien si intenta utilizar a las ciencias sin haberlas dominado pero el sabio, el filósofo, el artista, animado por !a más ardiente piedad, corre hacia las peores desgracias si pretende referir su ciencia a Dios sin haber, si no dominado, al menos practicado la ciencia de las cosas divinas. Y digo practicado, porque esta ciencia igual que las otras, sólo se adquiere practicándola. Puede enseñarnos solamente cuál es el fin último de la naturaleza y de la inteligencia: poniendo ante nuestros ojos aquellas verdades que el mismo Dios ha revelado y que enriquecen con tan profundas perspectivas aquellas verdades que la ciencia nos enseña. Como una transposición por lo tanto de lo que dije a propósito del apologista, diré aquí que es posible ser un sabio, un filósofo y un artista sin haber estudiado teología, pero que sin ella es imposible llegar a ser un sabio, un filósofo o un artista cristiano. Sin ella podemos realmente ser por una parte cristianos y por la otra sabios, filósofos y artistas, pero nuestro cristianismo jamás descenderá hasta nuestra ciencia, filosofía o arte para reformarlos desde dentro y vivificarlos. Para ello no sería suficiente ni la mejor voluntad del mundo. Es necesario saber cómo hacerlo, para poder hacerlo; y como todas las otras cosas, no puede saberse sin haber sido antes aprendido.

Si por lo tanto atribuimos a nuestro catolicismo, nuestro respeto por la naturaleza, la inteligencia y la técnica por la cual la inteligencia investiga la naturaleza, también le atribuimos el conocimiento acerca de cómo dirigir esta ciencia hacia Dios que es su Autor; Deus scientiarium dominus. Y así como me permití recomendar la práctica de las disciplinas científicas o artísticas a aquellos cuya vocación es servir a Dios en estos campos del saber, así me permito recomendar con todas mis fuerzas el aprender y practicar la teología a aquellos que habiendo dominado estas técnicas desean referirlas a Dios seriamente.

No debemos ocultarnos que tanto en un caso como en el otro, se trata de emprender un largo esfuerzo. Será necesaria nada menos, la colaboración de todas las buenas voluntades capacitadas para triunfar en esto. Nos encontramos frente a un nuevo problema, que reclama una solución nueva. En la Edad Media las ciencias fueron privilegio de los clérigos; es decir, aquellos que por su propio estado poseían la ciencia de la teología. El problema por lo tanto no surgió para ellos. Hoy en día, debido a una evolución, cuya investigación no está ahora en nuestro propósito, los que saben teología no son los que hacen ciencia, y los que hacen ciencia, incluso cuando no desprecian la teología, no ven el menor inconveniente en no conocerla. Nada más normal de parte de los que no son católicos, pero nada más anormal de parte los que profesan el Catolicismo. Pues incluso si experimentan el más sincero deseo de poner su inteligencia al servicio de su fe, no lo lograrán nunca, ya que les falta la ciencia de la fe. Para que lo consigan es necesario que se les diga, no cómo hacerlo (pues son ellos quienes deben encontrarlo), sino qué es esta verdad sagrada en la que su inteligencia quiere inspirarse.

Es importante por lo tanto entender que vivimos en un tiempo en que la teología ya no puede ser el privilegio de algunos especialistas dedicados a su estudio por el estado religioso que han abrazado, sin duda los clérigos deben considerarla como su propia ciencia, y mantener su dominio en este campo, pues les pertenece con pleno derecho; y no simplemente mantenerlo, sino ejercitarlo en toda su plenitud, pues es una cuestión de vida o muerte para el futuro de la vida cristiana tanto en las almas como en la sociedad. Tan pronto como la teología renuncia al ejercicio de sus derechos, es la palabra de Dios la que renuncia a hacerse oír, la naturaleza la que se separa de la gracia y el paganismo el que reclama los derechos que nunca ha abandonado. Pero inversamente, si se desea que la palabra de Dios se haga oír, se necesitan oyentes para recibirla. Es necesario que aquellos que quieren trabajar como cristianos en la gran obra de la ciencia, filosofía o arte, sepan cómo oír su voz Y no sólo estén instruidos en sus principios, sino que también y sobre todo, estén imbuidos de ellos.

Aquí, menos que en cualquier otra parte no es ni el número ni la extensión de los conocimientos lo que importa; será suficiente escoger un número muy reducido de principios fundamentales, con tal que la mente de quienes los reciben esté impregnada por ellos, y que la informen desde dentro hasta el punto de llegar a ser una sola cosa con ella, de vivir con ella y a través de ella como una rama injertada que atrae toda la savia del árbol hacia sí para hacerle alimentar su fruto. El escoger estos principios, organizar la enseñanza de los mismos, darlos a los que ella cree que vale la pena, es la tarea de la Iglesia que enseña, no de la ya enseñada. Pero si esta última en ningún caso puede aspirar al dominio, al menos puede hacer valer sus demandas y dar a conocer sus experiencias. Esto es todo lo que he querido hacer al pedir que la verdad de la fe sea enseñada en su plenitud, y que la función magisterial de la teología recobre su plena autoridad.

Alimentaría la más ingenua de las ilusiones si creyera que ahora estoy exponiendo opiniones populares. No lo son entre los no creyentes, los cuales van a acusarme (algunos ya lo han hecho) de querer encender de nuevo las piras funerarias de la Inquisición y encomendar el control de la ciencia a dicho tribunal. Tampoco lo son incluso entre ciertos católicos; quienes sabiendo que, tales ideas conducen a tales réplicas, no juzgan oportuno, en interés de la propia religión, el exponerse a ellas. No obstante para responderles no es necesario abrir de nuevo la discusión acerca de lo que fue la Inquisición y el asunto de Galileo. Sea lo que sea lo que ocurrió en tiempos anteriores, la doctrina oficial y constante de la Iglesia es que la ciencia es libre en todos sus dominios. Nadie pretende que la filosofía y la física puedan o deban ser deducidas de la teología. Santo Tomás incluso enseñó exactamente lo contrario, en contra de algunos de sus contemporáneos que hacían de lo que hoy llamamos ciencia positiva, un caso particular de la Revelación. El pedir que la ciencia y la filosofía se regulen a sí mismas bajo la teología, es en primer lugar pedirles que estén de acuerdo en reconocer sus límites, que se conformen con ser una ciencia o una filosofía, sin pretender transformarse en una teología, tal como vienen haciendo constantemente. Esto es, pues, pedirles que tomen en consideración ciertas verdades enseñadas por la Iglesia respecto al principio, al fin y al naturaleza del hombre, no siempre con la intención de transformarlas en otras tantas verdades científicas y enseñarlas como tales (pues pueden ser objeto de pura fe), sino para evitar en sus investigaciones aventuras sin objeto, que en último término son mucho más prejudiciales para la ciencia mismo de lo que pueden serlo para la Revelación. Cuanto más grande es la autoridad de la fe, tanto más prudente deben ser, antes de comprometerse, aquellos que no están capacitados para hablar en su nombre, pero cuanto más exactas y rigurosas son las disciplinas científicas en las pruebas, tanto más escrupulosas deben ser los científicos en conseguir una valoración ecuánime de todas las afirmaciones que enseñan: el hecho observado, la hipótesis controlada por un experimento, y la teoría que, eximida de todo control experiencial propiamente dicho, será reemplazada mañana por otra, aunque hoy es impuesta a todo intento y propósito como un dogma. Una visita al cementerio de las doctrinas científicas que fueron irreconciliables con la Revelación, nos pondría delante de sepulturas gigantescas. En el curso de nuestra vida, ¿en nombre de cuántas doctrinas, abandonadas ya por sus propios autores, no hemos sido llamados a renunciar a las enseñanzas de la Iglesia? ¿De cuántos falsos pasos se hubieran salvado los historiadores y sabios, si hubieran escuchado la voz de la Iglesia cuando les advertía que estaban excediendo los límites de su competencia?

 

Gentileza de www.arvo.net para la BIBLIOTECA CATÓLICA DIGITAL

2004

 

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Te adoro, Creador incomprensible

Creador incomprensible, yo te adoro. Soy ante ti como un poco de polvo, un ser de ayer, de la hora pasada. Me basta retroceder sólo unos pocos años, y no existía todavía...

Las cosas seguían su curso sin mi. Pero tú existes desde la eternidad.

¡Oh Dios! Desde la eternidad te has bastado a ti mismo, el Padre al Hijo y el Hijo al Padre. ¿No deberías también poder bastarme a mí, tu pobre criatura.. En ti encuentro todo cuanto puedo anhelar. Me basta si te tengo...

¡Dáteme a mí como yo me doy a ti. Dios mío! ¡Dáteme tú mismo! Fortaléceme, Dios todopoderoso, con tu fuerza interior; consuélame con tu paz, que siempre permanece; sáciame con la belleza de tu rostro; ilumíname con tu esplendor increado; purifícame con el aroma de tu santidad inexpresable; déjame sumergirme en ti y dame de beber del torrente de tu gracia cuanto puede apetecer un hombre mortal, de los torrentes que fluyen del Padre y del Hijo: de la gracia de tu amor eterno y consustancial. (Obispo de la Iglesia Católica y Cardenal: Newman)

 

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A menudo se acusa a nuestro Occidente de "descreído y corrupto". La acusación parece injusta si consideramos los heroísmos de santidad que han florecido aquí y el grado de civilización que en varias épocas se ha desarrollado. Sin embargo, hoy los hombres, pagados de sí mismos, pueden dar la impresión de vivir como si Dios no existiese. Por eso, los hombres de hoy deben volver a mirarlo a él. El Señor nos ha recordado en la segunda lectura:  "Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin" (Ap 21, 6). Así pues, a él deben volver todos los hombres, para recobrar el sentido de la existencia, de la vida y de la muerte.

Esta fe se convierte para nosotros en fuente de oración apremiante. En el salmo responsorial hemos cantado:  "En ti espero, Señor, Dios de vivos" y hemos hecho nuestra la hermosa oración del salmo 129:  "De profundis clamavi ad te, Domine; Domine, exaudi vocem meam", "Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz".
Es un salmo que han cantado generaciones de fieles en nuestras parroquias en los momentos de dolor por la muerte de un ser querido. Es un salmo que hoy brota de nuestro corazón para expresar toda nuestra esperanza cristiana, esperanza en la ayuda del Señor durante la vida presente y esperanza de una paz definitiva en la patria celestial.
Esta es la esperanza que nos fortalece incluso en las pruebas más duras de nuestra peregrinación terrena. En efecto, sobre nosotros vela siempre la Providencia de Dios, del Dios que, como escribía nuestro gran Alessandro Manzoni:  "Nunca turba la alegría de sus hijos, si no es para prepararles una más cierta y más grande". Incluso en los momentos más tenebrosos de la historia, el cristiano puede repetir siempre las palabras del "Te Deum":  "In te, Domine, speravi; non confundar in aeternum", "En ti espero, Señor; no quede confundido para siempre".
Desde luego, la confianza en Dios no nos exime de nuestro compromiso personal de trabajar para alejar los males que afligen a nuestra sociedad. Al respecto, la sabiduría de los antiguos españoles nos ha dejado el conocido proverbio que nos propone el ejemplo de quienes trabajan "a Dios rogando y con el mazo dando", es decir, el ejemplo del herrero que está forjando su hierro, y que, a la vez que ora a Dios, no deja de usar su martillo para obtener la obra que pretende realizar. Por lo demás, esta es la traducción popular del principio que nos dejó un gran santo español, san Ignacio de Loyola:  "Confiar en Dios como si todo dependiera de él; y al mismo tiempo trabajar como si todo dependiera de nosotros".
Hermanos y hermanas en el Señor, Cristo nos dijo:  "Confiad, yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33). "Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). "Las puertas del infierno no prevalecerán" (cf. Mt 16, 18).
Son palabras de Dios. Son palabras que ningún hombre podrá jamás borrar. Con esta íntima certeza, miremos serenos al futuro, sin dejar de orar y trabajar por un mundo mejor. Ciertamente, en el mundo hay quienes hablan de violencia y de muerte. Pero, juntamente con el Papa, nosotros queremos gritar al mundo:  "¡El amor es más fuerte que la muerte! ¡El amor triunfará!".

 

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El apóstol san Juan nos ha hablado de su visión de una tierra nueva, diciendo:  "Esta es la morada de Dios con los hombres" (Ap 21, 3). Esa morada definitiva con Dios se hará realidad en la otra vida, pero ya desde ahora la tierra debe comenzar a ser la morada de Dios; de lo contrario, será únicamente la tierra del odio y de la muerte.

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El "hecho" de la Redención, queridos jóvenes, abre de par en par ante nosotros, en nuestro compromiso cotidiano, un horizonte lleno de perspectivas: incluso en las contradicciones que a menudo experimentamos en el presente, sabemos que avanzamos constantemente hacia una meta segura. El verdadero progreso tiende hacia Cristo, hacia aquella plena unión con Él, la santidad, que es también perfección humana. Bien lo evidencia san Pablo en la Carta a los Efesios, donde escribe que el Señor ha establecido todo "para la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos ... al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo" (Ef 4, 13). De este modo los creyentes leen e interpretan la historia: es historia de Cristo y nosotros vivimos con Él, inmersos en Él y avanzando hacia Él. Escribe el Beato Josemaría Escrivá: "En el orden religioso, el hombre continúa siendo hombre y Dios continúa siendo Dios. En este campo el vértice del progreso ya ha sido alcanzado: es Cristo, alfa y omega, principio y fin" (Es Cristo que pasa).

 

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Martirio de un muchacho mexicano de catorce años

 

Setenta y seis años después sigue grabada en la memoria del padre Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, el martirio de su amigo José Sánchez del Río, a tan sólo catorce años, del que él fue testigo presencial. 

 

CIUDAD DEL VATICANO, martes, 22 junio 2004 (ZENIT.org) 

        La Santa Sede promulgó este martes el decreto con el que reconoce el martirio de este adolescente mexicano, nacido el 28 de marzo de 1913 en Sahuayo (Michoacán, México), asesinado «por odio a la fe» el 10 de febrero de 1928, según aclaró el cardenal José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.

        Al narrar el origen de la Legión de Cristo, el padre Maciel explica en el libro «Mi vida es Cristo» el papel decisivo que tendría para su vocación el testimonio de José, a quien conocía pues vivían en pueblos cercanos.

        La familia de Marcial Maciel, que entonces tenía siete años, había tenido que abandonar la casa de la localidad de Michoacán, Cotija, precisamente a causa de la persecución que se desencadenó en el país contra los católicos tras la promulgación de leyes que negaban el derecho fundamental a la libertad religiosa.

        Maciel, que entonces tenía 7 años, recuerda que José le invitó a escaparse con él a la Sierra para unirse a los «cristeros», los católicos que se rebelaron a las imposiciones del Gobierno central que llevaron incluso a la suspensión del culto.

 

        «Pocos días después de su fuga fue capturado por las fuerzas del gobierno, que quisieron dar a la población civil que apoyaba a los cristeros un castigo ejemplar», recuerda el fundador.

        «Le pidieron que renegara de su fe en Cristo, so pena de muerte. José no aceptó la apostasía. Su madre estaba traspasada por la pena y la angustia, pero animaba a su hijo», añade.

        «Entonces le cortaron la piel de las plantas de los pies y le obligaron a caminar por el pueblo, rumbo al cementerio --recuerda--. Él lloraba y gemía de dolor, pero no cedía. De vez en cuando se detenían y decían: "Si gritas ´Muera Cristo Rey´" te perdonamos la vida. "Di ´Muera Cristo Rey´". Pero él respondía: "Viva Cristo Rey"».

        «Ya en el cementerio, antes de disparar sobre él, le pidieron por última vez si quería renegar de su fe. No lo hizo y lo mataron ahí mismo. Murió gritando como muchos otros mártires mexicanos "¡Viva Cristo Rey!"».

        «Estas son imágenes imborrables de mi memoria y de la memoria del pueblo mexicano, aunque no se hable muchas veces de ellas en la historia oficial», concluye el padre Maciel.

 

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«En este Año de la Eucaristía los cristianos se han de comprometer más decididamente a dar testimonio de la presencia de Dios en el mundo. No tengamos miedo de hablar de Dios ni de mostrar los signos de la fe con la frente muy alta. La «cultura de la Eucaristía» promueve una cultura del diálogo, que en ella encuentra fuerza y alimento. Se equivoca quien cree que la referencia pública a la fe menoscaba la justa autonomía del Estado y de las instituciones civiles, o que puede incluso fomentar actitudes de intolerancia. Si bien no han faltado en la historia errores, inclusive entre los creyentes, como reconocí con ocasión del Jubileo, esto no se debe a las «raíces cristianas», sino a la incoherencia de los cristianos con sus propias raíces. Quien aprende a decir «gracias» como lo hizo Cristo en la cruz, podrá ser un mártir, pero nunca será un torturador.

27. La Eucaristía no sólo es expresión de comunión en la vida de la Iglesia; es también proyecto de solidaridad para toda la humanidad. En la celebración eucarística la Iglesia renueva continuamente su conciencia de ser «signo e instrumento» no sólo de la íntima unión con Dios, sino también de la unidad de todo el género humano.[25] La Misa, aun cuando se celebre de manera oculta o en lugares recónditos de la tierra, tiene siempre un carácter de universalidad. El cristiano que participa en la Eucaristía aprende de ella a ser promotor de comunión, de paz y de solidaridad en todas las circunstancias de la vida. La imagen lacerante de nuestro mundo, que ha comenzado el nuevo Milenio con el espectro del terrorismo y la tragedia de la guerra, interpela más que nunca a los cristianos a vivir la Eucaristía como una gran escuela de paz, donde se forman hombres y mujeres que, en los diversos ámbitos de responsabilidad de la vida social, cultural y política, sean artesanos de diálogo y comunión.»

Lean los últimos párrafos de la reciente Carta Apostólica "Mane nobiscum Domine" de Juan Pablo II, coherente con la más pura Tradición cristiana; en nuestra sección ‘Eucaristía’ {use nuestro buscador} Gracias. 2004-10-22.

 

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De los sermones de san Atanasio, obispo de la Iglesia Católica [años 295-373], contra los arrianos - (Sermón 2, 78. 79: PG 26, 311. 314)

 

Las obras de la creación, reflejo de la Sabiduría eterna

 

En nosotros y en todos los seres hay una imagen creada de la Sabiduría eterna. Por ello, no sin razón, el que es la verdadera Sabiduría de quien todo procede, contemplando en las criaturas como una imagen de su propio ser, exclama: El Señor me estableció al comienzo de sus obras. En efecto, el Señor considera toda la sabiduría que hay y se manifiesta en nosotros como algo que pertenece a su propio ser.

Pero esto no porque el Creador de todas las cosas sea él mismo creado, sino porque él contempla en sus criaturas como una imagen creada de su propio ser. Ésta es la razón por la que afirmó también el Señor: El que os recibe a vosotros me recibe a mí, pues, aunque él no forma parte de la creación, sin embargo, en las obras de sus rnanos hay como una impronta y una imagen de su mismo ser, y por ello, como si se tratara de sí mismo, afirma: El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras.

Por esta razón precisamente, la impronta de la sabiduría divina ha quedado impresa en las obras de la creación para que el mundo, reconociendo en esta sabiduría al Verbo, su Creador, llegue por él al conocimiento del Padre. Es esto lo que enseña el apóstol san Pablo: Lo que puede conocerse de Dios lo tienen a la vista: Dios mismo se lo ha puesto delante. Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles son visibles para la mente que penetra en sus obras. Por esto, el Verbo, en cuanto tal, de ninguna manera es criatura, sino el arquetipo de aquella sabiduría de la cual se afirma que existe y que está realmente en nosotros.

Los que no quieren admitir lo que decimos deben responder a esta pregunta: ¿existe o no alguna clase de sabiduría en las criaturas? Si nos dicen que no existe, ¿por qué arguye san Pablo diciendo que, en la sabiduría de Dios, el mundo no lo conoció por el camino de la sabiduría? Y, si no existe ninguna sabiduría en las criaturas, ¿cómo es que la Escritura alude a tan gran número de sabios? Pues en ella se afirma: El sabio es cauto y se aparta del mal y con sabiduría se construye una casa.

Y dice también el Eclesiastés: La sabiduría serena el rostro del hombre; y el mismo autor increpa a los temerarios con estas palabras: No preguntes: «,,Por qué los, tiempos pasados eran mejores que los de ahora?» Eso no lo pregunta un sabio.

Que exista la sabiduría en las cosas creadas queda patente también por las palabras del hijo de Sira: La derramó sobre todas sus obras, la repartió entre los vivientes, según su generosidad se la regaló a los que lo temen; pero esta efusión de sabiduría no se refiere, en manera alguna, al que es la misma Sabiduría por naturaleza, el cual existe en sí mismo y es el Unigénito, sino más bien a aquella sabiduría que aparece como su reflejo en las obras de la creación. ¿Por qué, pues, vamos a pensar que es imposible que la misma Sabiduría creadora, cuyos reflejos constituyen la sabiduría y la ciencia derramadas en, la creación, diga de sí misma: El Señor me estableció al comienzo de sus obras? No hay que decir, sin embargo, que la sabiduría que hay en el mundo sea creadora; ella, por el contrario, ha sido creada, según aquello del salmo: El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos.

 

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¿Dedico algunos minutos a contemplar lo bello en la naturaleza?. ¿La reconozco como obra amorosa del Creador?. ¿Yo mismo me reconozco como obra del corazón y de las manos de Dios?. ¿Le doy gracias a Dios?. ¿Cuántas veces elevo mi corazón a Dios con jaculatorias de loas y gratitud?

 

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En la creación del mundo y del hombre, Dios ofreció el primero y universal testimonio de su amor todopoderoso y de su sabiduría, el primer anuncio de su "designio benevolente" que encuentra su fin en la nueva creación en Cristo.

 

Aunque la obra de la creación se atribuya particularmente al Padre, es igualmente verdad de fe que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el principio único e indivisible de la creación.

 

Sólo Dios ha creado el universo, libremente, sin ninguna ayuda.

 

Ninguna criatura tiene el poder Infinito que es necesario para "crear" en el sentido propio de la palabra, es decir, de producir y de dar el ser a lo que no lo tenía en modo alguno (llamar a la existencia de la nada) (cf DS 3624).

 

Dios creó el mundo para manifestar y comunicar su gloria. La gloria para la que Dios creó a sus criaturas consiste en que tengan parte en su verdad, su bondad y su belleza.

 

 Dios, que ha creado el universo, lo mantiene en la existencia por su Verbo, "el Hijo que sostiene todo con su palabra poderosa" (Hb 1, 3) y por su Espirita Creador que da la vida.

 

 La divina providencia consiste en las disposiciones por las que Dios conduce con sabiduría y amor todas las criaturas hasta su fin último.

 

Cristo nos invita al abandono filial en la providencia de nuestro Padre celestial (cf Mt 6, 26-34) y el apóstol S. Pedro insiste: "Confiadle todas vuestras preocupaciones pues él cuida de vosotros" (I P 5, 7; cf Sal 55, 23).

 

La providencia divina actúa también por la acción de las criaturas. A los seres humanos Dios les concede cooperar libremente en sus designios.

 

La permisión divina del mal físico y del mal moral es misterio que Dios esclarece por su Hijo, Jesucristo, muerto y resucitado para vencer el mal. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo conoceremos plenamente en la vida eterna.

  

¡Laudetur Iesus Christus! 

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¿Es Jesús el Rey de mi vida? †

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).