Monday 24 November 2014 | Actualizada : 2014-11-02
 
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La escritura es un sutil proceso de respeto a la lengua y a las personas, que debería manejarse con toda finura.

 

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Vivir para escribir... sobre la Verdad
Georges Bernanos
pertenece a la corriente de los grandes escritores católicos franceses del siglo XX que, junto a León Bloy (1846-1917) Paul Claudel (1868-1955), Charles Péguy (1873-1914) o François Mauriac (1885-1970), exploraron el problema del mal, la decadencia del hombre y trasladaron al folio en blanco su testimonio de Dios y la realidad de la salvación. La conversión del poeta Claudel fue una de las más fulgurantes: entró en la catedral de Notre-Dame de París, donde un coro entonaba el «Magnificat», y «fue entonces cuando se produjo el acontecimiento que domina toda mi vida. De repente, mi corazón se sintió tocado y creí». El arrebato místico fue de tal magnitud que el poeta se vio «embargado de lágrimas y sollozos».

 

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P: Sobre Shakespeare, ¿era católico como algunos afirman?


R:De hecho, si fuera criptocatólico se explicaría, por ejemplo, porque nunca se quiso divorciar de su mujer a pesar de que era consciente de que le era infiel.

 

A pesar de la largísima lista de grandes científicos creyentes, mucha gente cree que Cristianismo y Ciencia son enemigos irreconciliables ¿Qué se puede decir?

 

Que no se caracterizan por su conocimiento de la Historia. La revolución científica hubiera sido imposible sin el impulso de la universidad de la Edad Media -surgida a impulsos del cristianismo y constante esfuerzo a favor de la educación por parte de la Iglesia Católica.

 

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…que las palabras latinas, cuando las escribimos en castellano, no llevan tildes... Pues no, señor. Vea usted cualquier diccionario solvente y podrá comprobar que sí llevan tildes. Por tanto, hay que escribir "sub iúdice", o, si usted quiere, "sub júdice"; es lo elegante. La lengua latina lo permite porque es nuestra madre.

 

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Por ejemplo, conviene recordar que las mayúsculas llevan tilde cuando corresponde. Esa exigencia se cumple también cuando son palabras importadas de otros idiomas. Así, en la última prueba del certamen "Felipe Álvarez" se proponía a los alumnos que comentaran palabras o expresiones como "COCKTAIL", "EX CATHEDRA" o "SUB IUDICE". Yo habría suspendido la prueba porque habría comentado que debían haberse escrito así: "CÓCTEL", "EX CÁTHEDRA" o "SUB IÚDICE". Convendría que las hojas del examen se revisaran bien antes de dárselas a los alumnos. Además, como muy bien dice el último volumen sobre Ortografía de la RAE, la cuestión ortográfica sigue cada vez más una especie de lógica difusa. No basta solo con decir que una palabra se escribe mal o bien, sino que a veces se puede escribir de dos maneras. Por ejemplo, yo preferiría escribir "ex cátedra", por lo mismo en castellano que se dice "fútbol" y no "foot ball".

 

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Con la cuestión de que en latín no hay tildes. No, no las hay, pero, al trasladar alguna frase latina, le podemos poner las tildes correspondientes a las reglas del español. Por ejemplo, renta per cápita. Es un uso muy frecuente en la lengua culta. Por lo mismo, el referéndum exige la tilde.

 

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Gran novela: «Señor del Tiempo», publicada por Homo Legens, propone una visión del Apocalipsis, la escribió hace exactamente un siglo Robert Hugh Benson, sacerdote anglicano que, como tantos prodigiosos escritores ingleses de su tiempo, se convirtió a la Iglesia Católica fundada por Cristo.

2007-I-06

 

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1290, el 9 de junio muere Beatriz Portinari, la inmortal Beatriz de la Divina Comedia.


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Consejos para escritores de Anton Chejov

• Uno no termina con la nariz rota por escribir mal; al contrario, escribimos porque nos hemos roto la nariz y no tenemos ningún lugar al que ir.
• Cuando escribo no tengo la impresión de que mis historias sean tristes. En cualquier caso, cuando trabajo estoy siempre de buen humor. Cuanto más alegre es mi vida, más sombríos son los relatos que escribo.
• Dios mío, no permitas que juzgue o hable de lo que no conozco y no comprendo.
• No pulir, no limar demasiado. Hay que ser desmañado y audaz. La brevedad es hermana del talento.
• Lo he visto todo. No obstante, ahora no se trata de lo que he visto sino de cómo lo he visto.
• Es extraño: ahora tengo la manía de la brevedad: nada de lo que leo, mío o ajeno, me parece lo bastante breve.
• Cuando escribo, confío plenamente en que el lector añadirá por su cuenta los elementos subjetivos que faltan al cuento.
• Es más fácil escribir de Sócrates que de una señorita o de una cocinera.
• Guarde el relato en un baúl un año entero y, después de ese tiempo, vuelva a leerlo. Entonces lo verá todo más claro. Escriba una novela. Escríbala durante un año entero. Después acórtela medio año y después publíquela. Un escritor, más que escribir, debe bordar sobre el papel; que el trabajo sea minucioso, elaborado.
• Te aconsejo: 1) ninguna monserga de carácter político, social, económico; 2) objetividad absoluta; 3) veracidad en la pintura de los personajes y de las cosas; 4) máxima concisión; 5) audacia y originalidad: rechaza todo lo convencional; 6) espontaneidad.
• Es difícil unir las ganas de vivir con las de escribir. No dejes correr tu pluma cuando tu cabeza está cansada.
• Nunca se debe mentir. El arte tiene esta grandeza particular: no tolera la mentira. Se puede mentir en el amor, en la política, en la medicina, se puede engañar a la gente e incluso a Dios, pero en el arte no se puede mentir.
• Nada es más fácil que describir autoridades antipáticas. Al lector le gusta, pero sólo al más insoportable, al más mediocre de los lectores. Dios te guarde de los lugares comunes. Lo mejor de todo es no describir el estado de ánimo de los personajes. Hay que tratar de que se desprenda de sus propias acciones. No publiques hasta estar seguro de que tus personajes están vivos y de que no pecas contra
la realidad.
• Escribir
para los críticos tiene tanto sentido como darle a oler flores a una persona resfriada.
• No seamos charlatanes y digamos con franqueza que en este mundo no se entiende nada. Sólo los charlatanes y los imbéciles creen comprenderlo todo.
• No es la escritura en sí misma lo que me da náusea, sino el entorno literario, del que no es posible escapar y que te acompaña a todas partes, como a la tierra su atmósfera. No creo en nuestra intelligentsia, que es hipócrita, falsa, histérica, maleducada, ociosa; no le creo ni siquiera cuando sufre y se lamenta, ya que sus perseguidores proceden de sus propias entrañas. Creo en los individuos, en unas pocas personas esparcidas por todos los rincones -sean intelectuales o campesinos-; en ellos está la fuerza, aunque sean pocos.

 

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150 años del nacimiento de Anton Chejov

El amor por la belleza y la verdad

«Chejov era un hombre con dudas de fe, aunque al mismo tiempo estaba convencido de la necesidad que los rusos tenían de creer, y no precisamente en esa religión secular, difundida por intelectuales como Tolstoi y Turgueniev, que hacía del campesino una especie de santo...»


Coleccionaba iconos y tenía un crucifijo en la cabecera de su dormitorio en la casa que se había comprado en Yalta. Le gustaban las lecturas sobre los monasterios de Rusia y las vidas de los santos. Se emocionaba con el sonido de las campanas y acudía a la iglesia para deleitarse con la liturgia ortodoxa, quizás en recuerdo de los días en que cantaba con sus hermanos en esas ceremonias, estimulado por un padre que amaba la música y entonaba himnos en su propia casa, pero que nunca se planteó que esto fuera incompatible con imponer la autoridad sobre sus hijos y subordinados a fuerza de golpes...

Estos detalles no convierten necesariamente a alguien en una persona religiosa, pues el amor por la belleza no siempre es paralelo a la búsqueda de la verdad, más exigente que la mera delectación. Pero si Anton Pavlovic Chejov, nacido el 29 de enero de 1860, no hubiera buscado algo más con estas aficiones, éstas se hubieran agotado en sí mismas. En los últimos años de su vida, el escritor comentaba que había perdido la fe, le incomodaban las inquietudes metafísicas de un Tolstoi y no quería encontrar a Dios en Dostoyevski, y, sin embargo, era el mismo que ponía en boca de Masha, una de las protagonistas de Las tres hermanas, esta reflexión: «Me parece que un hombre debe tener fe o buscarla. De otro modo, su vida está vacía, completamente vacía». Chejov era un hombre con dudas de fe, aunque al mismo tiempo estaba convencido de la necesidad que los rusos tenían de creer, y no precisamente en esa religión secular, difundida por intelectuales como Tolstoi y Turgueniev, que hacía del campesino una especie de santo. Al hombre no se le debe juzgar por lo que es, sino por sus obras. El campesino descrito por Chejov ayunaba y se abstenía de carne en la Cuaresma, pero no enseñaba oraciones a los niños; se emocionaba al oír las Escrituras, aunque era incapaz de leerlas. El campesino idealizado sólo existía en los libros, donde se olvidaba que podía ser bruto e ignorante, o algo mucho peor: ser capaz de la misma bajeza y crueldad que sus amos. No deja de ser una tremenda paradoja que los campesinos se convirtieran, décadas después, en las principales víctimas de un régimen, cuyas ansias de ingeniería social enlazaban con aquellas teorías librescas del siglo XIX.

Irene Nemirovsky, que describió el lado más humano del escritor, afirmó que la obra de Chejov no enseña nada, que no tiene pretensiones morales, como las de otros literatos rusos. También lo afirman aquellos que consideran sus historias como anodinas e insípidas, lo que confirmaría que el propio escritor llegara a decir que podía convertir a un cenicero en protagonista de un cuento. Otros le tachan de autor pesimista y sombrío, mas eso no encaja con la jovialidad y amabilidad, no exentas de melancolía, que testimonian muchos de sus contemporáneos. Pero Chejov nos enseña que sus personajes no son arquetipos, sino seres humanos reales, necesitados de misericordia y de compasión, unas emociones de raigambre cristiana, y que nada tienen que ver ni con sentimentalismos estériles, ni con coartadas para mesianismos políticos. Basta con leer uno de sus relatos, El estudiante, para descubrir a un Chejov que busca a la vez la belleza y la verdad.


Un estudiante de teología, Iván Velilopolski, sale de la aldea, en la que vive con sus padres, para ir de caza. Es Viernes Santo y hace mucho frío. A su regreso, al anochecer, la tristeza cae sobre Iván en forma de pobreza, hambre, oscuridad y un cierto sentimiento de opresión. Podrá calentar sus manos en la hoguera de la granja de Vasilisa y Lukeria, dos viudas que son madre e hija. El estudiante les habla de otra hoguera encendida diecinueve siglos atrás: la del patio del sumo sacerdote Caifás, junto a la que se calentaban guardias, criados y un Pedro que negó tres veces conocer a Jesús. Vasilisa se echa a llorar de emoción e Iván comprenderá después que ese llanto no se debe a su relato, «sino porque Pedro le resultaba cercano a ella y porque se interesaba en todo su ser en lo que había ocurrido en el alma de Pedro». Cuando divisa su aldea, Iván rebosa de una súbita alegría, de una misteriosa felicidad. Su espíritu se ha transformado al pensar que «la verdad y la belleza que

habían orientado la vida humana en el Huerto de los Olivos y en el palacio del sumo sacerdote, habían continuado sin interrupción hasta el tiempo presente». En pocas palabras, no es difícil intuir que la alegría del estudiante se relaciona con la proximidad de la Pascua, que tanto emociona a los cristianos ortodoxos.

Antonio R. Rubio Plo  .  MMX.I. alfayomega.es

 

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DESENVOLVIMIENTO DE LA LITERATURA

CRISTIANA DE OCCIDENTE

 

EN EL SIGLO III

1.- Introducción.

La lengua de la predicación y de la liturgia en Roma era el griego. Sólo al desaparecer la mayoría griega se sintió la necesidad de traducir al latín las Escrituras Sagradas, de predicar en latín y emplear finalmente el latín como lengua de la liturgia. La primera Biblia latina en Roma se remonta a la segunda mitad del siglo II.

El latín cristiano se formó:

1.- Lengua que hablaba el pueblo sencillo.
2.- Se tomó del griego muchas palabras, pues muchas latinas expresaban el culto pagano.
3.- Hubo que dotar a muchos términos latinos ya existentes de nueva significación.
Características de la teología latina cristiana:
1.1.- A fines del siglo II y comienzos del III:
Las discusiones teológicas son sostenidas por lo general aún por griegos. Justino escribe su apología en griego; Marción y otros polemistas trinitarios son asiáticos; Hipólito es oriental y publica sólo en griego.

1.2.- En el siglo III:

La teología latina no se cultiva como en Oriente dentro de una escuela teológica. Tertuliano y Novaciano dos buenos teólogos no fundan ninguna escuela.

1.2.1.- Minucio Félix:

Abogado de formación filosófica, influido particularmente por el estoicismo. Escribió el diálogo Octavio, apología del cristianismo. Celio el interlocutor pagano del diálogo, mira con fuerte escepticismo la fe en los dioses paganos; pero, puesto que Roma le debe su grandeza, todavía la prefiere al cristianismo, cuyo Dios invisible le parece un fantasma y sus seguidores incultos. El cristiano Octavio, por argumentos puramente filosóficos y sin referencia alguna a la Sagrada Escritura refuta el escepticismo filosófico y rechaza como calumnias las acusaciones hechas a los cristianos.

1.2.2.- Hipólito:

Posiblemente era oriundo de Alejandría y permaneció en Roma como presbítero de la iglesia local. Su rigorismo en la cuestión de la penitencia lo convirtió en adversario irreconciliable del papa Calixto (217-222) y cabecilla de un grupo de oposición, numéricamente escaso, pero espiritualmente importante. Las fuentes no apoyan el hecho de considerarle el primer antipapa de la historia de la Iglesia. Tampoco existen pruebas ciertas de que fuera el escritor Hipólito desterrado a Cerdeña por el emperador Maximino Traciano junto con el papa Ponciano y de que se hubiera reconciliado allí con él, muriendo en el destierro. No se excluye que hubiera pertenecido por algún tiempo al cisma novaciano y, después de 253, muriera nuevamente admitido en la Iglesia. Eusebio y Jerónimo dan una lista de sus escritos.

Con Orígenes comparte el amor a los estudios bíblicos y con él practica la exégesis alegórica pero con método más sobrio. Nos han llegado su comentario original a Daniel en griego, y en versión, una exposición del Cantar de los cantares.
La solicitud por el mantenimiento de las tradiciones apóstolicas determinó su segunda preocupación. La Traditio apostolica no se ha conservado en su lengua original, pero forma el núcleo de una serie de constituciones eclesiásticas, como la Ordenación apostólica, el Testamento de nuestro Señor Jesucristo, los Cánones de Hipólito , y el libro octavo de las Constituciones apostólicas. Intentó asegurar las reglas y fórmulas más importantes para la colación de las órdenes, las varias funciones de los oficios eclesiásticos, la administración del bautismo y la celebración de la eucaristía en la forma tradicional. Influyó en oriente, sobre todo en Egipto.

Los escritos dogmáticos y antiheréticos tienen como fin asegurar la tradición apostólica en orden de la doctrina. El Sintagma trataba de 32 herejías aparecidas hasta su tiempo. También se le atribuye el Philosophoumena o Refutación de todas las herejías . Exponía los errores de la filosofía, las aberraciones de las religiones paganas y refutaba los sistemas gnósticos. Lo que al autor le interesa demostrar sobre todo es la tesis de que toda herejía se funda en que no sigue a Cristo, la Sagrada Escritura y la tradición, sino que vuelve a las doctrinas paganas. La Iglesia es portadora y guardiana de la verdad, sobre cuya pureza y autenticidad han de vigilar los obispos legitimados por la sucesión apostólica.

1.2.3.- Novaciano:

El papa Fabián lo ordenó de presbítero aunque sólo había recibido el bautismo de urgencia y manifestaba falta de valor para confesar la fe. Hacia el 250 durante la vacante de la sede romana llevó la correspondencia de dicha iglesia con las otras iglesias. Expuso al obispo Cipriano la posición de Roma en el trato a los caídos durante la persecución.

Obra teológica sobre la Trinidad (v. 250). Se apoya en Hipólito y Tertuliano. Rechaza la teología de Marción y la concepción modalista de los monarquianos. En cambio, profesa un subordinacionismo sutil que, aún insistiendo en la divinidad de Cristo, lo subordina al Padre casi más claramente que la teología anterior. Pone de relieve la subordinación del Espíritu Santo al Hijo. Es el Espíritu Santo quien mantiene la Iglesia en la santidad y la verdad.

Con ocasión de la elección del papa Cornelio (251) que fue preferido a él Novaciano se separó de la Iglesia y rigió una comunidad propia de cuño rigorista. Quiso justificar su rotura con un concepto de Iglesia según el cual, en una Iglesia de los santos no hay ni puede haber lugar para el que peca gravemente, por muy dispuesto que esté a la expiación y a la penitencia. Un sínodo de 70 obispos presididos por Cornelio le excomulgó a él y a sus seguidores.

Cartas pastorales de Novaciano:

• obligatoriedad de las prescripciones judaicas sobre comidas, que es rechazada;
• prohibe la asistencia a teatros y a circos paganos;
• De bono pudicitiae. predica enérgicamente la fidelidad conyugal y el alta estima de la virgindad.

Socrates dice que murió mártir en la persecución de Valeriano.

1.2.4.- Tetuliano:

Características principales de la Iglesia africana:

1. - En África se llevó a cabo antes que en Roma el tránsito a la lengua latina en la predicación y la liturgia. Las actas de los mártires escilitanos, que son el primer documento latino fechado (180), suponen ya una traducción latina de las cartas de Pablo.

2. - Las persecuciones marcaron su desarrollo.

3. .- Las controversias internas: sectas gnósticas y montanismo; movimiento cistmático de Novaciano y Felicísimo; disputa sobre el bautismo de los herejes.


Hijo de un centurión pagano nació hacia el 160 en Cartago. Buena educación retórica y jurídica, conocedor excelente del griego. Se convirtió de adulto movido por el testimonio de los cristianos durante la persecución. Las fuentes no permiten decidir si llegó a ordenarse de presbítero o permaneció laico. Hacia el 207 se pasó al movimiento montanista que defendió con igual ardor como había defendido la Catholica. Agustín dice que al final de su vida fundó un grupo sectario que, por él, se llamó tertulianista.

Apologeticum. Dirige la obra a los praesides de las provincias romanas. Parte en cada punto de ideas familiares a sus lectores paganos y les opone la doctrina y vida cristianas. Dice que se comete contra los cristianos la más amarga injusticia, pues se los condena sin saber lo que son. Por eso no pide absolución, sino justicia, que se funda en la búsqueda leal de la verdad.

De praescriptione haereticorum. Ya antes de que aparecieran las herejías los doctores cristianos predicaban el mensaje que habían recibido de los apóstoles y que a ellos, a su vez, les fue encomendado por Cristo. Por esos la Iglesia sola posee la Sagrada Escritura, y ella sola puede juzgar sobre su verdadero sentido y fijar así el contenido de la fe.

Escribió también obras concretas: Contra Marción refutó su dialismo y defendió la armonía entre el Antiguo i Nuevo Testamento. Contra toda volatización gnóstica aseguró la doctrina sobre la creación, la resurrección de la carne y la dignidad del matrimonio. Contra Práxeas expuso la concepción eclesiástica de la Trinidad.

Se observa un cierto rigorismo en algunas pequeñas obras: De monogamia. Donde condena las segundas nupcias. De corona, De idolatría. Condena el servicio militar y todas las profesiones que pudieran relacionarse con la idolatria. De ieiunio. Proclama la más rigurosa práctica del ayuno. De pudicitia. Niega a la Iglesia el poder de perdonar los pecados, poder que sólo concierne a los profetas montanistas.

1.2.5.- Cipriano:

Teológicamente debe mucho a Tertuliano, al que llamaba maestro y leía constantemente. Sus tratados y cartas se destinan por lo general a la solución de cuestiones del día que le planteaban la persecución o la amenaza de la escisión en la Iglesia por obra de conventículos sectarios.

Ad donatum. narra como tras larga búsqueda logró la paz religiosa por el bautismo.

De mortalitate. Palabras de consuelo en tiempos de peste a los cristianos de África.

De opere et eleemosinis. Exhorta a los cristianos a una caridad abnegada.

De habitu virginum. Celebra el ideal cristiano de la virginidad.

De zelo et livore. Precave contra los destructores efectos de la discordia.

Sobre la unidad de la Iglesia. El obispo es el garante y representante de la unidad de la Iglesia, que está unido con sus compañeros de ministerio por la común razón básica que el episcopado tiene en el ministerio apostólico. Pedro tiene entre ellos una posición única: el poder de atar y desatar. Como este poder fue otorgado a un sólo apóstol, con ello quedaba afirmada para siempre la unidad de la Iglesia querida por Cristo. A Roma le conviene una posición de honor no todavía de jurisdicción. Sólo en la Iglesia se asegura la propia salvación, conforme a la densa fórmula: Salus extra eclesiam non est.
Los niños han de incorporarse a la Iglesia lo más pronto posible; el bautismo de los niños no admite discusión en Cipriano.

El que ha ofrecido su vida en martirio logra la visión inmediata de Dios.


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Chesterton, profeta

«Quizá ha sido el gran escritor católico del siglo XX, y uno de los grandes escritores de ese siglo»: así define el escritor Juan Manuel de Prada a G.K. Chesterton. Novelista, apologeta, ensayista, poeta... y profeta. «Una y otra vez reveló una capacidad de predicción que sólo puede calificarse como profética», asegura Dale Ahlquist, Presidente de la American Chesterton Society. Murió en 1936, pero predijo el Holocausto, la guerra más horrible de la Historia (y dónde empezaría), el nacimiento y la caída del comunismo ruso; que «se exaltaría la lujuria y se prohibiría la fertilidad», que el aborto sería un signo de progreso ; que el Estado sustituiría a la autoridad paterna; que algunos cristianos alabarían «todos los credos menos el propio». Así vio Chesterton un mundo del que decía que había que odiarlo tanto como para querer cambiarlo, y amarlo tanto para creer que vale la pena cambiarlo.

Joseph Pearce, especialista en literatura anglosajona contemporánea: 
Una edad dorada del catolicismo


¿De qué caldo de cultivo surge el renacimiento literario católico en Inglaterra? Sus raíces se extienden hasta la reacción contra la Revolución Francesa, la primera manifestación del fundamentalismo secularista. La respuesta de los escritores románticos al racionalismo de la Ilustración, y a sus violentas consecuencias, llevó al crecimiento del neomedievalismo, que desembocó, entre otras manifestaciones, en el Movimiento de Oxford, en eclesiología y liturgia. La conversión de John Henry Newman al catolicismo en 1845 se puede ver como el inicio del renacimiento católico en Inglaterra. Más tarde, éste tomó impulso y aceptabilidad intelectual, de forma que, a principios del siglo XX, ya estaba bien asentado, y continuó ganando fuerza, hasta alcanzar la cima en los años 30. A lo largo del siglo XX, la conversión al catolicismo de gigantes intelectuales y literarios ayudó a mantener el catolicismo en el centro del debate intelectual, alimentando ese renacimiento todavía más. En las primeras décadas del siglo pasado, muchos creyeron que el capitalismo estaba en crisis, y que el futuro pertenecía, o al comunismo, o al fascismo. La enseñanza de la Iglesia católica se vio como una alternativa racional y cuerda, lo único que podía salvar al mundo de los errores del comunismo y el fascismo.


Vemos muchos conversos, muchos caminos a Roma... ¿Tienen algo en común? La retroalimentación mutua de ideas y las amistades profundas que existían entre muchos de los principales protagonistas del renacimiento católico ayudó a atraer a muchos a Roma. No es exagerado describirlo como una red de mentes alimentándose mutuamente. Por supuesto, estaban alimentadas a su vez por la red de gracia derramada sobre ellos por el mismo Dios.


¿Hay algún tipo de conexión con el renacimiento católico de otros países, como Francia (con Bernanos, Bloy, Claudel, Maritain...) o Alemania? Ciertamente hubo conexiones. El decadentismo francés influyó profundamente en el inglés, y ambos llevaron a una multitud de conversos a Roma: en Francia, Baudelaire, Verlaine y Huysmans; en Inglaterra se convirtieron muchas de las principales figuras, como Beardsley, John Gray, Ernest Dowson y, por supuesto, Wilde -en su lecho de muerte-. Los franceses Gilson y Maritain estaban muy impresionados con Chesterton. El novelista inglés converso Maurice Baring tuvo mucho peso en Francia, y a la vez estuvo muy influenciado por el renacimiento católico francés.


¿Se trata de una Edad de Oro del catolicismo? En efecto, sería justo considerarlo así. En Inglaterra, la obra literaria más grande del siglo XX, según varias encuestas, es El Señor de los anillos, escrita por un católico; la que se puede decir que es la mejor novela, Retorno a Brideshead, también es de un católico; y el poeta más importante del siglo XX, T.S. Eliot, era anglicano pero con una visión profundamente ortodoxa, y en esencia indistinguible de sus contemporáneos católicos. Por primera vez desde la Reforma, el catolicismo no estaba sólo en el centro de la vida cultural, sino en su cima.


¿Todo ese movimiento tuvo una influencia real, amplia y permanente? Fue enormemente importante e influyente, aunque, por supuesto, estaba en plena batalla con el secularismo. En el peor de los casos, ha ayudado a frenar el declive de la cristiandad; en el mejor, podría contener las semillas de la renovación cultural del siglo XXI. Personalmente, yo soy un converso al catolicismo a través de la lectura de Chesterton, Belloc, Tolkien, Lewis y otros. Si no hubiera sido por esta corriente, puede que nunca me hubiera hecho católico. En mis viajes y mi correspondencia conozco a mucha gente que ha llegado o ha vuelto a Roma, al menos en parte, leyendo a estos grandes escritores. Todo lo que hace cada persona tiene consecuencias permanentes, porque estamos hechos para la eternidad, y en ella está nuestro destino. Estoy seguro de que el renacimiento católico ha ayudado a mucha gente a llegar al Cielo, o la ha salvado del infierno -¡quizá a mí también!-

M.M.L.

2007-01-18 ‘Alfa y Omega.Esp.


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El renacimiento católico literario (y no sólo literario)

en Inglaterra -Plumas al servicio de Dios

 

 «Aquí yace Robert Peckham, inglés y católico, quien, después de que Inglaterra rompió con la Iglesia, abandonó Inglaterra, no siendo capaz de vivir sin la fe. Y quien, viniendo a Roma, murió no siendo capaz de vivir sin su país». Este epitafio en la iglesia de San Gregorio, en Roma, representa el dolor por el cisma anglicano. Desde el siglo XIX, la fe católica ha vuelto a brillar en Inglaterra gracias a muchos literatos y pensadores

El año pasado se celebró el LXX aniversario de la muerte de Gilbert Keith Chesterton. Poco antes de terminar el año, se hizo público que Dale Ahlquist, Presidente de la American Chesterton Society, se había dirigido al obispo de North Hampton, en Gran Bretaña, para solicitar información sobre las virtudes cristianas de este grande (en todos los sentidos, dado su metro ochenta y sus 135 kilos) de la literatura inglesa contemporánea. La profunda fe católica o anglicana de otros literatos ingleses del siglo XX, como J.R.R. Tolkien o C.S. Lewis, ambos influidos por Chesterton, también ha sido objeto de debate en los últimos años, tras el éxito de las adaptaciones cinematográficas de El Señor de los anillos y El león, la bruja y el armario, segunda parte de Las crónicas de Narnia. Sin embargo, la altura humana y literaria de estos gigantescos árboles ha eclipsado a los que los rodearon, y el fértil jardín donde todos crecieron.
Es cierto que, al hablar del renacimiento de la literatura católica en Inglaterra, o de los escritores conversos, quienes se vienen primero a la mente son estos autores, o el cardenal Newman, T.S. Eliot, Graham Greene... No todos eran católicos conversos: Hilaire Belloc, gran amigo de Chesterton, era católico de nacimiento, y Tolkien, converso de nacimiento (se convirtió, junto a su madre, siendo un niño); Lewis y Eliot se convirtieron al anglicanismo, pero en su rama más cercana a la enseñanza católica.


De la decadencia a Roma

En un principio, se entiende como escritores conversos a aquellos que, supuestamente debido a su conversión, tienen una producción de temática y tratamiento católico, y no es estrictamente así. En primer lugar, muchos conversos proceden del decadentismo, una corriente cuyos miembros buscaban mirar el pecado a la cara, experimentarlo y plasmarlo en sus obras. Se trata, por ejemplo, de Oscar Wilde y del francés Baudelaire, paradigmas del decadentismo en sus respectivos países. Según Joseph Pearce, experto en literatura inglesa contemporánea, el decadentismo era más una reacción contra el racionalismo de su tiempo que contra la religión. «Los santos -explica- tienen más en común con los pecadores que con los autosuficientes y escépticos victorianos» de finales del siglo XIX. Su contacto con la religión, aunque en forma de conflicto, era más cercano, y, una vez tocaron fondo, muchos consiguieron abrazar la fe, aunque fuera, como en el caso de Wilde, en su lecho de muerte. El mismo Joseph Pearce ha seguido un camino similar.
Cada época tuvo su camino a la conversión, y el camino a la Iglesia por desolación, propio de los decadentes, predominó a finales del siglo XIX. Durante los reinados de Eduardo VII y Jorge V, el camino a Roma fue mucho más intelectual, aunque influido por los estrechos contactos personales que se fueron forjando entre los distintos autores. Pero éstos tampoco son escritores conversos como comúnmente se entiende. Aunque, efectivamente, bastantes de ellos pudieron, tras su conversión, defender la fe en sus obras, directa o indirectamente, para muchos la conversión fue la meta, el final de un camino que habían tardado años, o décadas, en recorrer. Curiosamente, gran parte de sus obras anteriores a su entrada formal en la Iglesia -incluidas obras de apologética como Ortodoxia, de Chesterton- se entienden ahora como elementos clave de la producción católica de estos autores. De hecho, el estrecho contacto que unía a muchos de ellos hizo que, antes de ser ellos mismos conversos, ya guiaran a otros hacia Roma.


Pesos pesados

Puede parecer una incoherencia que se hable de gran parte de estos autores como literatos, pues de ellos se conoce sobre todo su faceta ensayística. Entre ellos había grandes novelistas: el cardenal Newman quizá sea el mejor prosista del siglo XIX, y su novela Perder y ganar, imprescindible para comprender la era victoriana. También abundaron entre los conversos los poetas: T.S. Eliot y Sassoon, por supuesto, pero también Hopkins, Thompson, Belloc, Roy Campbell (que se convirtió en España y tradujo la obra de san Juan de la Cruz) y el propio Chesterton. Toda una corriente en la que se mezclan en comunión las grandes figuras literarias con aquellas de menor peso, pero que tuvieron gran importancia como engranaje, como el padre Knox, o la anglicana Dorothy L. Sayers, cuya labor más importante, al margen de su traducción de Dante, fue su extensísima correspondencia con gran cantidad de autores. Esta red, siempre en expansión, está en las antípodas de la torre de marfil literaria, demasiado restrictiva a la hora de expresar la propia fe.
El peso que estos escritores tuvieron en la vida cultural de Inglaterra se puede ver, por ejemplo, en que varios de ellos fueran considerados los máximos representantes de la vanguardia, ya fuera en poesía (Hopkins en el siglo XIX y T.S. Eliot en el XX), o en prosa (Evelyn Waugh). Por ello, algunas de sus conversiones al catolicismo causaron en su día un terremoto social y una gran controversia.
La fascinación que muchos escritores ingleses sintieron hacia la Edad Media, la Feliz Inglaterra católica, se reflejó de forma obvia en la Tierra Media, de El Señor de los anillos, de Tolkien, y en el mundo paralelo, de las Crónicas de Narnia, de C.S. Lewis; pero también en varias novelas históricas, en especial en el interés por los mártires católicos. También a los escritores del renacimiento católico inglés se debe la recuperación de santo Tomás de Aquino, y de la escolástica, que tuvo una gran importancia en el pensamiento de muchos conversos. Sin embargo, la fascinación no era para ellos una forma de evasión. Si sentían nostalgia era porque creían que, en el pasado católico de Inglaterra, estaba la clave para muchos de los problemas que la acosaban en el presente, ya fueran la masiva industrialización, o la amenaza del fascismo y el comunismo.


En su producción más ensayística, autores como Belloc y Chesterton criticaron tanto el capitalismo como el socialismo, haciéndose eco de la encíclica Rerum novarum, de León XIII. Ambos sistemas -afirmaban- quitan la propiedad de las manos de la mayoría para concentrarlo en las de la gran empresa o el gran Estado. Tanto los dos amigos como Cecil Chesterton, hermano de Gilbert, defendieron constantemente el distributismo: la pequeña propiedad de tierras, comercios, talleres, etc., desde las páginas de las revistas que editaron juntos. Algunos grupos de conversos, además de defender este sistema en el plano teórico, o para aplicarlo a la sociedad en general, lo asumieron de forma radical, y se trasladaron a pequeñas colonias católicas que buscaban vivir de forma autosuficiente. Las ideas distributistas, que cobraron cierto protagonismo en los años 30, fueron en algunos casos el anzuelo que atrajo a muchos hacia Roma, pero empezaron a decaer con la desaparición de sus principales promotores, y el cada vez más alarmante camino hacia la guerra.

Dios, en la era atómica

«No hicimos caso a esa Nube del Cielo moldeada como la mano / del Hombre... /La Materia Primera / se destruyó, el útero de donde procede toda vida. / Entonces, hacia un Sol asesinado, un tótem de polvo se alzó / en memoria del Hombre»: así describe la escritora Edith Sitwell la impresión que causó en ella la explosión atómica de Hiroshima. La carnicería de las dos grandes guerras del siglo XX apagó en gran parte el optimismo que brillaba en las obras de escritores católicos de las décadas anteriores. Los escritores católicos, como tantos otros, estuvieron en las trincheras y perdieron a familiares y amigos en la Gran Guerra, y compartieron, aunque por distintos motivos, el pesimismo que la siguió. Un sentimiento que probablemente quedó expresado, en su forma más intensa, en la poesía de Sassoon y en La tierra baldía, de T.S. Eliot, obra muy controvertida y malinterpretada, al ser entendida por muchos como una cesión al escepticismo. La oleada de conversiones postbélicas no tuvieron como desencadenante tanto la guerra en sí misma, como la actitud antiautoritaria y hedonista que hizo presa en muchos después.


Durante los años 30, cuando la situación en Alemania e Italia, y luego en España, hacían evidente la pendiente inclinada en la que se había metido Europa y el mundo entero, y que sólo podía acabar en otra guerra mundial, el pensamiento católico inglés volvió a la vanguardia a la hora de buscar soluciones. Antes y durante la guerra, gran parte de las energías del pensamiento de los converos ingleses se volcó en el después, en la reconstrucción, no ya material, sino espiritual, de Europa. No sólo en sus escritos, como la colección Cabezas de puente, coeditada por Muriel St. Clare Byrne y Dorothy Sayers, cuya finalidad queda patente en el título; sino incluso en la radio, donde varios católicos preeminentes protagonizaron ciclos de programas, como La verdad y el error y Lo que creen los cristianos, de C.S. Lewis, o la obra de teatro radiofónico El hombre que nació para ser rey, de Sayers.
El horror de Hiroshima y Nagasaki y el comienzo de la Guerra Fría fueron como un jarro de agua fría para todos estos planes, y se volvió a hacer sentir el pesimismo de la primera postguerra mundial, aunque no dejaron de surgir intentos como las Notas para la definición de la cultura, de Eliot. De nuevo, era más una reacción ante el nihilismo postbélico, que directamente ante las consecuencias de la guerra, que, a pesar de todo, no había afectado a Inglaterra tanto como a la mayor parte de la Europa continental. La reacción a este nihilismo dio origen a otra oleada de conversiones, entre ellas la de la anteriormente citada Edith Sitwell y Sigfried Sassoon, portavoces del horror de la postguerra, que, desengañados del mundo, llegaron a Roma a mediados de los años 50.


La preocupación por los abusos de la ciencia también está presente en Esa horrible fortaleza, de Lewis, que, según Pearce, «dota de poderes diabólicos a los científicos», y en El Señor de los anillos, de Tolkien. Pero perdió protagonismo en la década siguiente, por la preocupación que despertaron entre muchos católicos las corrientes modernistas, que cobraron fuerza en el seno de la Iglesia y que amenazaron con malograr los frutos del Concilio Vaticano II. Al mismo tiempo, los 60 y 70 vieron cómo se apagaban, una a una, algunas de las principales luces del pensamiento y la literatura inglesa del siglo XX, y cómo las plumas dormían en sus cajones.
Ahora, el sol se ha puesto ya en un siglo y medio extraordinario, inaugurado con la conversión del cardenal Newman en 1845. 150 años en los que, como explica Joseph Pearce, «multitud de conversos, víctimas de un atractivo eterno, habían vuelto a la fe de sus padres. Si este excepcional fenómeno tendrá su continuidad en el nuevo milenio, o si quedará, simplemente, como una anomalía de un siglo de duración, como un mero paréntesis en la larga marcha de la Humanidad hacia el progreso, sólo el tiempo o la eternidad podrán decirlo».

María Martínez López
Con la colaboración del profesor Joseph Pearce, y material gráfico de su libro Escritores conversos (ed. Palabra) 2007-01-18

 

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4. Los Primeros Pasos de la Poesía Cristiana.


1. Los Primeros Himnos Cristianos.

Uno de los elementos esenciales del culto cristiano, desde los mismos orígenes, fueron los himnos. Los salmos y cánticos del Antiguo Testamento desempeñaron un papel muy importante en la liturgia cristiana primitiva. Pero los cristianos no tardaron en producir composiciones similares nuevas. San Pablo nos habla (Col. 3,16) de salmos, himnos y cánticos espirituales.

El Nuevo Testamento contiene cierto número de estos cánticos o himnos, como son el Magnificat (Lc. l,46ss), el Benedictus (l,68ss), el Gloria in excelsis (2,14) y el Nunc dimittis (2,29ss), que siguen todavía formando parte de la liturgia de la iglesia en el Occidente. El Apocalipsis de San Juan habla de un "himno nuevo" (5,9ss) que cantan los justos en el cielo en alabanza de Cordero. Es probable que en este pasaje el autor se inspirara en la liturgia de su tiempo, pues se imagina la liturgia del cielo como un eco de la liturgia de la tierra. Además de este "himno nuevo," hay en este libro un gran número de breves himnos, que nos dan una idea de la naturaleza y del contenido de los primitivos himnos cristianos (cf. Apoc. 1,4-7. 8-11 etc.). Naturalmente, todos estos cánticos no responden a la definición griega de la poesía, puesto que no siguen ningún canon métrico regular. Están escritos en un lenguaje solemne y exaltado y conservan el parallelismus membrorum. Pero siguen siendo prosa. Mas, ya dentro del siglo II, los gnósticos, que estaban en contacto con la literatura helenística, compusieron gran número de himnos métricos para difundir sus doctrinas. Muchos de ellos los encontramos en los Hechos apócrifos de los Apóstoles. Recordemos, por ejemplo, los dos ya mencionados más arriba (p.139s), el himno del alma en los Hechos de Tomás, y el himno que Cristo canta con sus Apóstoles en los Hechos de Juan. El mejor ejemplar de esta himnología gnóstica es el himno de los naasenos, conservado por Hipólito (Philosophoumena 5,10,2). No es, pues, mera coincidencia que Clemente de Alejandría, que se esforzó por reconciliar el cristianismo con la cultura y luchó por un gnosticismo católico, compusiera un himno métrico en anapestos en honor de Cristo. El himno a Cristo Salvador se halla al fin de su Paidagogos. En él se alaba a Cristo como

Rey de los santos, Verbo todopoderoso

Del Padre, Señor altísimo,

Cabeza y príncipe de la sabiduría,

Alivio de todo dolor;

Señor del tiempo y del espacio,

Jesús, Salvador de nuestra raza.


El famoso Himno vespertino Fos Hilarion (Luz Serena), que aún subsiste en el oficio vespertino de la liturgia de los presantificados de la Iglesia griega, es del siglo II:


Luz serena de la gloria santa

del Padre Eterno,

¡oh Jesucristo!:

Habiendo llegado a la puesta del sol,

y viendo aparecer la luz vespertina,

alabamos al Padre y al Hijo

y al Santo Espíritu de Dios.

Es un deber alabarte

en todo tiempo con santos cánticos,

Hijo de Dios, que has dado vida;

por eso el mundo te glorifica.


El año 1922 se halló el fragmento de un himno cristiano con notación musical, en Oxyrhynchos (Oxyrh. Pap. vol. 15 n.1786). Parece que el himno es de fines del siglo III. Se han conservado solamente algunas pocas palabras: "Todas las gloriosas criaturas de Dios no deberían permanecer silenciosas y dejarse eclipsar por las radiantes estrellas... Las aguas del arroyo que murmura deberían cantar las alabanzas de nuestro Padre, del Hijo y del Espíritu Santo."

En su Historia eclesiástica (7,30,10), Eusebio refiere que Pablo de Samosata fue acusado de haber suprimido los himnos dirigidos a Jesucristo por ser modernos y compuestos por autores modernos. Cada día se iba introduciendo más la costumbre de cantar himnos, incluso en casa, con el fin de suplantar los himnos a los dioses paganos. Así, pues, el himno desempeñó un papel importante no solamente en el desarrollo de la liturgia cristiana, sino también en la penetración de las ideas cristianas en la cultura de la época.


2. Las "Odas de Salomón."

Las Odas de Salomón son en el terreno de la literatura cristiana primitiva el descubrimiento más importante, después del hallazgo de la Didaché. El primero a quien cupo la suerte de dar con ellas fue Rendel Harris, en 1905, en un manuscrito siríaco. Aunque fueron publicadas ya en 1909, han desafiado todos los esfuerzos hechos desde entonces para determinar exactamente su carácter. Es cierto que algunos de estos cuarenta y dos himnos reflejan ideas gnósticas (cf. Odas 19 y 35), pero no se puede llamar a esta colección, con absoluta certeza, "Himnario de las iglesias gnósticas"; falta en ellas el dualismo gnóstico (cf. Odas 7,20ss; 16,10ss). Aún se puede sostener menos la teoría de que estas Odas en su forma original eran puramente judías y que, alrededor del año 100, un cristiano habría hecho extensas interpolaciones. En apoyo de esta teoría se aducen dos razones:

1) En el manuscrito donde se hallan las Odas, éstas aparecen yuxtapuestas a los Salmos de Salomón, de carácter marcadamente judío.

2) El segundo argumento es de tipo lingüístico. El autor de las Odas emplea un lenguaje que recuerda muy de cerca al Antiguo Testamento; emplea con frecuencia el paralelismo de los miembros, las parábolas y las figuras. Todas estas características, sin embargo, pueden explicarse perfectamente por el deseo paladino del autor de imitar los salmos y su estilo.

El argumento decisivo contra toda suposición de procedencia judía y de interpolación cristiana de las Odas estriba en su unidad de estilo. Tienen que ser obra de un mismo autor, aunque ignoramos su identidad. Ya no se piensa más en Bardesano como posible autor de las Odas. Tampoco pueden ser atribuidas a Afraates o a Efrén Siro; las numerosas alusiones a la doctrina y al ritual del bautismo no bastan a demostrar que sean himnos bautismales. Tampoco existen razones convincentes para suponer que sean de origen montañista. Lo más probable es que expresen las creencias y las esperanzas de la cristiandad oriental. Esto no excluye la posibilidad de que la mitología y la filosofía griegas hayan influido hasta cierto punto en el autor. Hay sólidos indicios de que fueron escritas durante el siglo II, probablemente en su primera mitad. La lengua original fue, probabilísimamente, el griego — no el hebreo, ni el arameo, ni el siríaco — . Burkitt descubrió un segundo manuscrito de estos himnos, que data del siglo X y pertenece a la colección nitriana del Museo Británico (Add. 14538). Este documento es más reducido que el publicado por Rendel Harris, conservando solamente el texto siríaco desde la oda 17,7 hasta el fin.

Hasta el año 1909, todo lo que se conocía de las Odas era lo siguiente:

1) Una sola cita de Lactancio (Instit. IV 12,3) de la oda 19,6;

2) Se hablaba de ellas en la Synopsis Sacrae Scripturae del Pseudo-Atanasio, catálogo de libros sagrados del Antiguo Testamento, del siglo VI, que enumera los libros canónicos del mismo. Se dice allí: "También hay otros libros del Antiguo Testamento que no se consideran como canónicos, pero que se leen a los catecúmenos... Macabeos... Salmos y Odas de Salomón, Susana." La Esticometría de Nicéforo, lista de libros de la Escritura que en su presente forma data del 850 poco más o menos, cita las Odas en términos parecidos.

3) Un tratado gnóstico llamado Pistis Sophia cita como Sagrada Escritura el texto completo de cinco de estas Odas. Tanto la traducción copta, que se halla en esta obra, como la narracion siríaca de los manuscritos de Harris y Burkitt parecen hechos a base del original griego, que se ha perdido, a excepción de la oda 11.


Contenido de las Odas.

El contenido de estos himnos respira por doquier un exaltado misticismo, en el que se cree reconocer la influencia del Evangelio de San Juan. La mayoría son alabanzas divinas de un carácter general, sin trazas de pensamiento teológico o especulativo. Algunos, sin embargo, enaltecen temas dogmáticos, como la encarnación, el descenso al limbo y los privilegios de la gracia divina. La Oda 7, por ejemplo, describe la encarnación:


Como el impulso de la ira contra la iniquidad,

así es el impulso del gozo hacia el objeto amado;

sirve sus frutos sin restricción:

mi gozo es el Señor y mi impulso es hacia El.

Mi senda es excelente:

porque tengo quien me ayuda, el Señor.

Se me ha dado a conocer con liberalidad

en su simplicidad;

su bondad ha humillado su grandeza,

se hizo como yo,

a fin de que yo pudiera recibirle.

Exteriormente fue reputado semejante a mí

a fin de que yo pudiera revestirme de El;

y no temblé cuando le vi:

porque fue bondadoso conmigo:

se hizo como mi naturaleza,

a fin de que yo pudiera comprenderle,

y como mi figura,

para que no me aparte de El.

El Padre de la ciencia

es la Palabra de la ciencia:

El que creó la sabiduría

es más sabio que sus obras:

y el que me creó

cuando yo aún no era,

sabía lo que yo haría

cuando empezara a existir:

por eso tuvo compasión de mí

por su gran misericordia:

y me concedió que le pidiera

y que recibiera de su sacrificio:

porque El es el inmutable,

la plenitud de los tiempos

y el Padre de ellos.


La oda 19 es un canto que ensalza la concepción virginal; lo mismo que la Ascensión de Isaías (XI 14), insiste en el parto sin dolor, buscando evidentemente el contraste con el parto de Eva:


El seno de la Virgen concibió

y dio a luz:

y la Virgen vino a ser Madre con mucha misericordia:

y estuvo preñada

y dio a luz un hijo sin dolor.

Para que no sucediera nada inútilmente,

ella no fue en busca de comadrona

(porque fue El quien hizo que ella concibiera),

ella dio a luz

como si fuera un hombre,

por su propia voluntad,

y dio a luz abiertamente,

y lo adquirió con gran poder,

y lo amó para salvación,

y lo guardó con cariño,

y lo mostró con majestad,

Aleluya.


La oda 12 canta al Logos:

Me llenó con palabras de verdad:

para que yo le pueda expresar;

y como un manantial de aguas fluye la verdad de mi boca,

y mis labios muestran su fruto.

Y El hizo que su ciencia abundara en mí,

porque la boca del Señor es la Palabra verdadera,

y la puerta de su luz,

y el Altísimo la dio a sus mundos,

que son los intérpretes de su propia belleza,

y los narradores de su gloria,

y los confesores de su consejo,

y los pregoneros de su pensamiento,

y los que guardan puras sus obras.

Porque la sutileza de la Palabra no se puede expresar,

y su agudeza corre parejas con su rapidez;

y su carrera no conoce límites.

No cae jamás, mas tiénese firme,

no sabe lo que es el descenso, ni su camino.

Porque tal como es su obra, así es su expectación:

porque es luz y aurora del pensamiento;

en ella los mundos se hablan unos a otros,

y en la palabra existían los que guardaban silencio;

y de ella vino el amor y la concordia;

y se hablaban mutuamente

todo lo que era suyo:

y fueron penetrados por la Palabra:

y conocieron al que los había hecho.

porque estaban en paz:

porque la boca del Altísimo les habló;

y su explicación corrió por medio de ella;

pues la morada del Verbo es el hombre;

y su verdad es amor.

Bienaventurados los que por medio de ella

lo han entendido todo,

y han conocido al Señor en su verdad:

Aleluya.


La oda 28 ofrece una descripción poética de la Pasión con alguna que otra reminiscencia escriturística. Es Cristo el que habla:


Los que me vieron se maravillaron,

porque yo era perseguido,

y creyeron que había sido aniquilado:

pues les parecía que yo estaba perdido,

pero mi opresión fue causa de mi salvación;

y yo fui su reprobación,

porque no había envidia en mí;

porque yo hice el bien a todos los hombres

fui odiado,

y me rodearon como perros rabiosos,

que sin saberlo atacan a sus propios amos,

porque su pensamiento está corrompido y su entendimiento pervertido.

Por mi parte, yo llevaba el agua en mi mano derecha,

y con mi dulzura aguanté su amargor;

y no he perecido

porque no era su hermano

ni mi nacimiento era como el suyo,

y me buscaron para darme muerte

y no pudieron lograrlo:

porque yo era más viejo que su memoria;

e inútilmente echaron suertes sobre mí;

en vano los que estaban detrás de mí

se esforzaron por aniquilar la memoria de Aquel

que existía antes que ellos:

porque no hay nada anterior al Pensamiento del Altísimo:

y su corazón es superior a toda sabiduría. Aleluya.


El tema de la oda 42 es la resurrección de Cristo y su victoria en el limbo. Es particularmente notable el grito que las almas del mundo inferior dirigen al Salvador pidiendo su liberación de la muerte y de las tinieblas, que se halla al final del himno:


Yo extendí mis manos y me acerqué a mi Señor:

porque la extensión de las manos es su signo:

mi extensión es el árbol extendido

que fue colocado en el camino del Justo.

Y vine a ser inútil

para los que no se apoderaron de mí;

y yo estaré con los que me aman.

Todos mis perseguidores han muerto:

y me han buscado

los que pusieron su esperanza en mí;

porque yo vivo:

y resucité y estoy con ellos;

y hablaré por su boca.

Porque ellos menospreciaron

a los que les persiguieron;

y he puesto sobre ellos el yugo de mi amor;

como el brazo del esposo sobre la esposa,

así fue mí yugo sobre los que me conocen,

y como el lecho tendido en la casa del esposo y de la esposa,

así es mi amor sobre los que creen en mi.

Y yo no fui reprobado,

aunque lo pareciera.

Y no perecí

por más que ellos así lo maquinaron contra mí.

El Sheol me vio y quedó vencido;

la muerte me vomitó

y a otros muchos conmigo.

Yo era hiel y vinagre para ella,

y bajé con ella hasta lo más hondo de sus profundidades:

y ella dejó escapar los pies y la cabeza,

porque no podían soportar mí rostro:

y celebré una asamblea de vivientes entre muertos

y hablé con ellos con labios vivos:

porque no será vana mi palabra.

Y los que habían muerto corrieron hacia mí:

y gritando dijeron:

Hijo de Dios, ten piedad de nosotros

y haz con nosotros según tu misericordia,

y sácanos de las cadenas de las tinieblas:

y ábrenos la puerta para que podamos salir hasta ti.

Seamos también nosotros redimidos contigo:

porque tú eres nuestro Redentor.

Y oí su voz:

y sellé mi nombre sobre sus cabezas:

porque ellos son hombres libres y me pertenecen.

Aleluya.


3. Los Oráculos Sibilinos Cristianos.

Bajo el nombre mítico de la Sibila aparecieron catorce libros de poemas didácticos en hexámetros, compuestos la mayor parte durante el siglo II. Los compiladores fueron cristianos orientales que se sirvieron de escritos judíos como base. Ya desde el siglo II antes de Jesucristo, los judíos helenísticos adoptaron la idea de la Sibila o Vidente para hacer propaganda de la religión judía en los círculos paganos. Es Posible que incorporaran a sus escritos oráculos paganos, tales como las sentencias de la Sibila de Eritrea. La misma idea propagandística movió a los escritores cristianos a componer los oráculos sibilinos del siglo II de nuestra era. La obra, en Su forma actual, es una compilación y mezcla de material pagano, judío y cristiano de carácter histórico, político y religioso. Los libros VI, VII y grandes secciones del VIII son de origen exclusivamente cristiano; probablemente también los libros XIII y XIV. Los libros I, II y V parecen de origen judío, con interpolaciones cristianas. Los libros IX y X aún no han podido ser hallados. Los libros XI al XIV fueron descubiertos en 1817 por el cardenal A. Mai.

El libro VI contiene un himno en honor de Cristo. Los milagros de los evangelios canónicos aparecen como profecías del futuro. Al final se anuncia la asunción al cielo de la cruz del Salvador. El libro VII (162 versos) profetiza infortunios y calamidades contra las naciones y ciudades paganas, y hace una descripción de la edad de oro que vendrá al fin de los tiempos.

El libro VIII es escatológico. La primera parte (del 1 al 216) respira toda ella odio y maldiciones contra Roma, y habla de Adriano y de sus tres sucesores, Pío, Lucio Vero y Marco. Ello prueba que esta parte fue compuesta poco antes del 180, probablemente por un judío. Lo restante del libro es de carácter cristiano, y en él encontramos el famoso acróstico Ιησος Χριστός θεού Υιoς σωτήρ …, del que hablan Constantino (Ad coetum sanctorum 18) y Agustín (De civ. Dei 18,23). Después de una descripción escatológica siguen unos pasajes sobre la esencia de Dios y de Cristo, sobre la Natividad y el culto cristiano.

Parece que los cristianos utilizaban las profecías de la Sibila ya en el siglo II, porque Celso, hacia el 177 ó 178, se esfuerza en hacer ver que los cristianos las interpolaron (Origenes Contra Celsum 7,53). En el siglo IV, Lactancio rechaza esta idea. Cita versos de autores cristianos como profecías de la Sibila de Eritrea y los coloca al mismo nivel que los oráculos de los profetas del Antiguo Testamento. Durante la Edad Media, los oráculos sibilinos fueron tenidos en muy alta estima. Teólogos como Tomás de Aquino y poetas como Dante y Calderón no escaparon a su influjo. Asimismo, artistas como Rafael y Miguel Ángel (capilla Sixtina) se inspiraron en ellos. El Dies irae cita el testimonio de la Sibila junto al del profeta David en su descripción del juicio universal.


4. Los "Oráculos de Sexto."

Los llamados Oráculos de Sexto son una colección de máximas morales y normas de conducta de origen pagano, que fueron atribuidas al filósofo pitagórico Sexto. Un autor cristiano (¿de Alejandría?) las revisó a fines del siglo II. Orígenes es el primero que menciona estos oráculos. En su Contra Celsum (8,30) recuerda "una hermosa máxima de los escritos de Sexto, que conocen casi todos los cristianos: Comer animales, dice, es cosa indiferente; pero abstenerse de ellos está más puesto en razón." Rufino vertió 451 de estas sentencias del griego al latín. En el prefacio de su traducción identifica sin razón al filósofo pitagórico Sexto con "el obispo de Roma y mártir Sixto II (257-58). Pero Jerónimo (Comm. in Ez. ad 18,5ss, Comm. in Ier. ad 22,24ss, Ep. 133 ad Ctesiph. 3) protestó enérgicamente contra tamaño desatino.

La mayoría de estos oráculos están inspirados en ideas platónicas sobre la purificación, iluminación y deificación, y en el concepto platónico de Dios. Se aconseja moderación en la comida, bebida y sueño. No se recomienda el matrimonio. Muchas de estas máximas nos recuerdan la filosofía de la vida de Clemente de Alejandría. Nada tendría de extraño que fuera él el autor cristiano que las revisó.


5. Epitafios Cristianos en Verso.

La poesía cristiana hace su aparición en los epitafios muy pronto. Destacan dos por su antigüedad e importancia.


A) El epitafio de Abercio.

La reina de todas las inscripciones cristianas anticuas es el epitafio de Abercio. En 1883, el arqueólogo W. Ramsay, de la Universidad de Aberdeen, en Escocia, descubrió cerca de Hierópolis, en la Phrigia Salutaris, dos fragmentos de esta inscripción. que ahora se encuentran en el Museo de Letrán. Un año antes había hallado un epitafio cristiano de Alejandro, del año 216, que es una imitación de la inscripción de Abercio. Con la ayuda de este epitafio de Alejandro y de la biografía griega de Abercio, del siglo IV, publicada por Boissonnade en 1838, fue posible restaurar el texto íntegro de la inscripción. Comprende 22 versos, un dístico y 20 hexámetros. Narra brevemente la vida y acciones de Abercio. El texto fue compuesto hacia finales del siglo II, ciertamente antes del 216, fecha del epitafio de Alejandro. El autor de la inscripción es Abercio, obispo de Hierópolis, que lo compuso a la edad de setenta y dos años. El gran acontecimiento de su vida fue su viaje a Roma, que describe. La inscripción está redactada en un estilo místico y simbólico, según la disciplina del arcano, para ocultar su carácter cristiano a los no iniciados. Su fraseología metafórica dio origen a una viva controversia luego de descubierto el monumento. Muchos sabios, como G. Ficker y A. Dieterich, trataron de probar que Abercio no era cristiano, sino un adorador de la diosa frigia Cibeles, mientras que A. Harnack llamó a Abercio un sincretista. Sin embargo, De Rossi, Duchesne, Cumont, Dölger y Abel lograron demostrar con éxito que tanto el contenido como el estilo revelan indudablemente su origen cristiano. Traducido al español, dice así:


Yo, ciudadano de una ciudad distinguida, hice este monumento

en vida, para tener aquí a tiempo un lugar para mi cuerpo.

Me llamo Abercio, soy discípulo del pastor casto

que apacienta sus rebaños de ovejas por montes y campos,

que tiene los ojos grandes que miran a todas partes.

Este es, pues, el que me enseñó... escrituras fieles.

El que me envió a Roma a contemplar la majestad soberana

y a ver a una reina de áurea veste y sandalias de oro.

Allí vi a un pueblo que tenía un sello resplandeciente.

Y vi la llanura de Siria y todas las ciudades, y Nísibe

después de atravesar el Eufrates; en todas partes hallé colegas,

teniendo por compañero a Pablo, en todas partes me guiaba la fe

y en todas partes me servía en comida el pez del manantial,

muy grande, puro, que cogía una virgen casta.

y lo daba siempre a comer a los amigos,

teniendo un vino delicioso y dando mezcla de vino y agua con pan.

Yo, Abercio. estando presente, dicté estas cosas para que aquí se escribiesen,

a los setenta y dos años de edad.

Quien entienda estas cosas y sienta de la misma manera, niegue por Abercio.

Nadie ponga otro túmulo sobre el mío.

De lo contrario pagará dos mil monedas de oro al tesoro romano

y mil a mi querida patria Hierópolis.


La importancia teológica de este texto es manifiesta. Es el más antiguo monumento en piedra que hable de la Eucaristía. El pastor casto, del cual Abercio dice ser discípulo, es Cristo. El fue el que le mandó a Roma a ver a la Iglesia, "la reina de áurea veste y sandalias de oro," y a los cristianos, "pueblo que tiene un sello resplandeciente." El término sello (σφραγί) para significar el bautismo era muy conocido en el siglo II. Por todas partes, en su viaje a Roma, encontró correligionarios, que le ofrecieron la Eucaristía bajo ambas especies, pan y vino. El pez de la fuente, muy grande y puro, es Cristo, según el acróstico ΙΧΘΥΣ. La Virgen inmaculada que tomo el pez es, según el modo de hablar de aquel tiempo, la Virgen María, que concibió al Salvador.


B) El epitafio de Pectorio.

El epitafio de Pectorio fue hallado en siete fragmentos en un antiguo cementerio cristiano cerca de Autún (Francia) el año 1830. El primero en publicarlo fue el cardenal J. P. Pitra, quien, al igual que J. B. Rossi, lo data a principios del siglo II, mientras que E. Le Blant y J. Wilpert opinan que es de fines del siglo III. La forma y el estilo de las letras hacen pensar en el período que va del 350 al 400. Pero su fraseología es exactamente igual a la del epitafio de Abercio, que es del siglo II.

Esta inscripción es un bello poema de tres dísticos y cinco hexámetros. Los primeros cinco versos están unidos entre sí por el acróstico ΙΧΘΥΣ. El contenido se divide en dos partes. La primera, que comprende los versos del 1 al 7, es de carácter doctrinal y va dirigido al lector. Se llama al bautismo "fuente inmortal de aguas divinas," y a la Eucaristía, "alimentó, dulce como la miel, del Salvador de los santos." La antigua costumbre cristiana de recibir la comunión en las manos explica las palabras "teniendo el pez en las palmas de tus manos." Cristo es llamado "la luz de los muertos." La segunda parte, que comprende los cuatro últimos versos, es más personal. Ruega aquí Pectorio por su madre y pide a sus padres y hermanos difuntos una oración "en la paz del Pez." Es muy posible que la primera parte fuera una cita de un poema mucho más antiguo. Esto explicaría la semejanza de lenguaje con el epitafio de Abercio. El texto de la inscripción es como sigue:


¡Oh raza divina del Ichthys! (el Pez),

conserva tu alma pura entre los mortales,

tú que recibiste la fuente inmortal de aguas divinas.

Templa tu alma, querido amigo, en las aguas perennes

de la sabiduría que reparte riquezas.

Recibe el alimento, dulce como la miel, del Salvador de los Santos,

come con avidez, teniendo el Ichthys (el Pez) en las palmas de tus manos.

Aliméntame con el Pez, te lo ruego, Señor y Salvador.

Que descanse en paz mi madre,

te suplico a ti, luz de los muertos.

Ascandio, padre carísimo de mi alma,

con mi dulce madre y mis hermanos,

en la paz del Pez, acuérdate de tu Pectorio.


 

5. Las Primeras Actas de los Mártires.

Entre las fuentes más preciosas de información con que contamos para la historia de las persecuciones están los relatos de los sufrimientos de los mártires. Se solían leer a las comunidades cristianas en los actos litúrgicos que conmemoraban el aniversario del martirio. Desde el punto de vista histórico pueden dividirse en tres grupos:

I. El primer grupo comprende los procesos verbales oficiales del tribunal. No contienen más que las preguntas dirigidas a los mártires por las autoridades, sus respuestas tal como las anotaban los notarios públicos o los escribientes del tribunal, y las sentencias dictadas. Estos documentos se depositaban en los archivos públicos, y algunas veces los cristianos lograban obtener copias. La apelación Actas de los mártires (acta o gesta martyrum) tendría que reservarse para este grupo, pues solamente aquí tenemos fuentes históricas inmediatas y absolutamente dignas de crédito, que se limitan a consignar los hechos.

II. El segundo grupo comprende los relatos de testigos oculares o contemporáneos. A éstos se les llama passiones o martyria.

III. El tercer grupo abarca las leyendas de mártires compuestas con fines de edificación mucho después del martirio. A veces es una mezcla fantástica de verdad e imaginación. En otros casos se trata de simples novelas, sin ningún fundamento histórico.


I. Al primer grupo pertenecen:

I. Las Actas de San Justino y compañeros. Estas actas no tienen precio por contener el proceso oficial del tribunal que condenó al más importante de los apologistas griegos, el célebre filósofo Justino. Fue encarcelado junto con otros seis cristianos por orden del perfecto de Roma, Q. Junio Rústico, durante el reinado del emperador Marco Aurelio Antonino, el filósofo estoico. Las actas consisten en una breve introducción, el interrogatorio, la sentencia y una corta conclusión. La sentencia que pronuncia el prefecto es la siguiente: "Los que no han querido sacrificar a los dioses ni someterse al mandato del emperador, sean azotados y llevados a ser decapitados conforme a la ley." El martirio tuvo lugar en Roma, probablemente el año 165.

2. Las Actas de los mártires escilitanos en África son el documento histórico más antiguo de la Iglesia africana y, al mismo tiempo, el primer documento fechado en lengua latina que poseemos del África del Norte. Contienen las actas oficiales del juicio de seis cristianos de Numidia, que fueron sentenciados a muerte por el procónsul Saturnino y decapitados el 17 de julio del año 180. A más del original latino, se conserva una traducción griega de estas actas.

3. Las Actas proconsulares de San Cipriano, obispo de Cartago, que fue ejecutado el 14 de septiembre del 258, se basan en relaciones oficiales unidas entre sí por unas pocas frases del editor. Consisten en tres documentos separados que contienen: 1) el primer juicio, que condena a Cipriano al destierro de Curubis; 2) detención y segundo juicio, y 3) ejecución. Sufrió martirio bajo los emperadores Valeriano y Galieno.


II. A la segunda categoría pertenecen:

1. El Martyrium Policarpi, del año 156 (cf. supra p.83-5).

2. La Carta de las Iglesias de Viena y Lión a las Iglesias de Asia y Frigia es uno de los más interesantes documentos sobre las persecuciones que nos ha conservado Eusebio (Hist. eccl. 5,l,l-2,8). Ofrece un relato emocionante de los sufrimientos de los mártires que murieron en la terrible persecución de la Iglesia de Lión en 177 ó 178. No disimula la apostasía de algunos miembros de la comunidad. Entre los valerosos mártires vemos al obispo Fotino, que "sobrepasaba los noventa años de edad, y muy enfermo, a quien apenas dejaba respirar la enfermedad corporal que le aquejaba, pero reconfortado por el soplo del Espíritu por su ardiente deseo de martirio"; a la admirable Blandina, una esclava frágil y delicada, que sostuvo el valor de sus compañeros con su ejemplo y sus palabras; a Maturo, un neófito de admirable fortaleza; a Santo, el diácono de Viena; a Alejandro, el médico, y a Póntico, muchacho de quince años. A propósito de Blandina, las actas narran lo siguiente: "La bienaventurada Blandina, la última de todos, cual generosa madre que ha animado a sus hijos y los ha enviado por delante victoriosamente al rey, recorrió por sí misma todos los combates de sus hijos y se apresuraba a seguirlos, jubilosa y exultante ante su próxima partida, como si estuviera convidada a un banquete de bodas y no condenada a las fieras. Después de los azotes, tras las dentelladas de las fieras, tras el fuego, fue, finalmente, encerrada en una red y arrojada ante un toro bravo, que la lanzó varias veces a lo alto. Mas ella no se daba ya cuenta de nada de lo que le ocurría, por su esperanza y aun anticipo de los bienes de la fe, absorta en íntima conversación con Cristo. También ésta fue al fin degollada. Los mismos paganos reconocían que jamás habían conocido una mujer que hubiera soportado tantos y tan grandes suplicios."

3. La Pasión de Perpetua y Felicidad narra el martirio de tres catecúmenos, Sáturo, Saturnino y Revocato, y de dos mujeres jóvenes, Vibia Perpetua, de veintidós años de edad, "de noble nacimiento, instruida en las artes liberales, honrosamente casada, que tenía padre, madre y dos hermanos, uno de éstos catecúmeno como ella, y un hijo, que criaba a sus pechos," y su esclava Felicidad, que estaba encinta cuando la arrestaron y dio a luz una niña poco antes de morir en la arena. Sufrieron martirio el 7 de marzo del 202, en Cartago. Este relato es uno de los documentos más hermosos de la literatura cristiana antigua. Es único por los autores que tomaron parte en su redacción. En su mayor parte (c.3-10) es el diario de Perpetua: "a partir de aquí, ella misma narra punto por punto la historia de su martirio, como la dejó escrita de su mano, según sus propias impresiones" (c.2). Los capítulos 11 al 14 fueron escritos por Sáturo. Hay motivos para creer que el autor de los demás capítulos y editor de la Pasión entera es Tertuliano, contemporáneo de Perpetua y el más grande escritor de la Iglesia africana de aquel tiempo. La analogía de estilo, de sintaxis, de vocabulario y de ideas entre las obras de Tertuliano Ad Martyres y De patientia y la Pasión de Perpetua y Felicidad es sorprendente. En tiempo de San Agustín gozaban todavía estas actas de tal estimación, que hubo de advertir a sus oyentes que no debían ponerlas al mismo nivel que las Escrituras canónicas (De anima et eius origine 1,10,12).

Las actas existen en latín y en griego. Parece que el texto latino es el original, porque el griego ha modificado algunos pasajes y echa a perder la conclusión. C. van Beek cree que el mismo autor editó la Passio en griego y en latín; pero algunos pasajes, como los capítulos 21,2 y 16,3, prueban que el texto latino es el original y que el texto griego no es más que una traducción posterior, porque los juegos de palabras que ocurren en los citados lugares sólo pueden entenderse en latín.

El contenido de estas actas es de considerable importancia para la historia del pensamiento cristiano. Especialmente las visiones que tuvo Perpetua en su prisión, y que luego puso por escrito, son de inestimable valor para conocer las ideas escatológicas de los primitivos cristianos. La visión de Dinócrates y la de la escalera y el dragón son ejemplos notables. Al martirio se le llama por dos veces un segundo bautismo (18,3 y 21,2). En la visión del Buen Pastor se refleja el rito de la comunión.

No cabe duda que la Passio de Perpetua y Felicidad es el documento más conmovedor que nos ha llegado del tiempo de las persecuciones.

Perpetua nos ha dejado un relato emocionante de las tentativas de su padre por librarla de la muerte:

De allí a unos días se corrió el rumor de que íbamos a ser interrogados. Vino también de la ciudad mi padre, consumido de pena, y se acercó a mí con intención de derribarme, y me dijo: "Compadécete, hija mía, de mis canas; compadécete de tu padre, si es que merezco ser llamado por ti con el nombre de padre. Si con estas manos te he llevado hasta esa flor de tu edad, si te he preferido a todos tus hermanos, no me entregues al oprobio de los hombres. Mira a tus hermanos; mira a tu madre y a tu tía materna; mira a tu hijito, que no ha de poder sobrevivirte. Depón tus ánimos, no nos aniquiles a todos, pues ninguno de nosotros podrá hablar libremente si a ti te pasa algo." Así hablaba como padre, llevado de su piedad, a par que me besaba las manos y se arrojaba a mis pies y me llamaba, entre lágrimas, no ya su hija, sino su señora. Y yo estaba transida de dolor por el caso de mi padre, pues era el único en toda mi familia que no había de alegrarse de mi martirio. Y traté de animarle diciéndole: "Allá en el estrado sucederá lo que Dios quisiere; pues has de saber que no estamos puestos en nuestro poder, sino en el de Dios." Y se retiró de mi lado sumido de tristeza. Otro día, mientras estábamos comiendo, se nos arrebató súbitamente para ser interrogados, y llegamos al foro o plaza pública. Inmediatamente se corrió la voz por los alrededores de la plaza, y se congregó una muchedumbre inmensa. Subimos al estrado. Interrogados todos los demás, confesaron su fe. Por fin me llegó a mí también el turno. Y de pronto apareció mi padre con mi hijito en los brazos y me arrancó del estrado, suplicándome: "Compadécete del niño chiquito." Y el procurador Hilariano, que había recibido a la sazón el ius gladii, o poder de vida y muerte, en lugar del difunto procónsul Minucio Timiniano: "Ten consideración — dijo — a la vejez de tu padre; ten consideración a la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores." Y yo respondí: "No sacrifico." Hilariano: "¿Luego eres cristiana?," dijo. Y yo respondí: "Sí, soy cristiana." Y como mi padre se mantenía firme en su intento de derribarme, Hilariano dio orden de que se le echara de allí, y aun le dieron de palos. Yo sentí los golpes de mi padre como si a mí misma me hubieran apaleado. Así me dolí también por su infortunada vejez. Entonces Hilariano pronuncia sentencia contra todos nosotros, condenándonos a las fieras. Y bajamos jubilosos a la cárcel (BAC 75,424-426).

4. Las Actas de los santos Carpo, Papilo y Agatónica son la relación autentica de un testigo ocular del martirio de Carpo y Papilo, que murieron en la hoguera en el anfiteatro de Pérgamo, y de Agatónica, una mujer cristiana que se arrojó a las llamas. Las actas, en su forma actual, parecen incompletas. Agatónica había sido condenada como los otros dos; pero, como esta parte falta en el texto, da la impresión de que se suicidó. Los martirios ocurrieron en tiempo de Marco Aurelio y Lucio Vero (161-169). Estas actas circulaban aún en tiempo de Eusebio (Hist. eccl. 4,15,48).

5. Las Actas de Apolonio. En su Hist. eccl. 5,21,2-5, Eusebio da un resumen de estas actas. El las había incluido va en su colección de martirios antiguos. Apolonio era un sabio filósofo. Juzgado por Perennis, prefecto del Pretorio de Roma, fue decapitado durante el reinado del emperador Cómodo (180-185). Los discursos con que Apolonio defiende su fe ante Perennis se asemejan, en su argumentación, a los escritos de los apologistas. Probablemente se basan en las respuestas del mismo filósofo, consignadas en las Acta praefectoria oficiales. A. Harnack las ha llamado "la más noble apología del cristianismo que nos ha legado la antigüedad." Se han publicado dos traducciones de estas actas, una en armenio por Conybeare, en 1893, y otra en griego por los Bolandistas, en 1895.

III. Al tercer grupo pertenecen las actas de los mártires romanos Santa Inés, Santa Cecilia, Santa Felicidad y sus siete hijos, San Hipólito, San Lorenzo, San Sixto, San Sebastián Santos Juan y Pablo, Cosme y Damián; también el Martyrium S. Clementis (cf. supra p.52) y el Martyrium S. Ignatii. El que estas actas no sean auténticas no prueba en modo alguno que estos mártires no hayan existido, como han concluido algunos sabios. La autenticidad o falsedad de estas actas no demuestra ni la existencia ni la no existencia de los mártires; indica solamente que estos documentos no se pueden usar como fuentes históricas.

Colecciones. Eusebio reunió una colección de actas de mártires en su obra Sobre los mártires antiguos. Desgraciadamente, esta fuente de tanto valor se ha perdido. Sin embarco, en su Historia eclesiástica da un resumen de la mayoría de esta actas. Tenemos, no obstante, su tratado sobre los mártires de Palestina, que es un relato de las víctimas de las persecuciones que se sucedieron del año 303 al 311, y que él presenció siendo obispo de Cesarea. Un autor anónimo recogió las actas de los mártires persas que murieron bajo Sapor II (339-379). Existen en siríaco, que es la lengua en que fueron compuestas. Los procesos y los interrogatorios, por su forma, recuerdan las relaciones de las auténticas actas de los primeros mártires. Las actas siríacas de los mártires de Edesa son pura leyenda.


 

Literatura y cristianismo - «Para entrar en la iglesia, basta con quitarse el sombrero»: así respondía el genial escritor católico converso Gilbert Keith Chesterton a quienes se empeñaban en situar la religión al margen de la razón, como si las cosas de la fe nada tuvieran que ver con la inteligencia, o el corazón pudiera separarse de la cabeza. No eran pocos entonces, hace ya un siglo, y ahora son quizás muchos más. Con ello, no es que ignoren la esencia de la religión, y en particular del cristianismo; es que se sitúan en la ignorancia radical, pues una razón que no reconoce su origen se incapacita a sí misma. Si la capacidad de pensar se excluye del hecho religioso, de las preguntas específicamente humanas -¿quién soy, cuál es mi origen, y mi destino, por qué y para qué vivo, qué sentido tiene la vida, la mía y la de los demás, y la del mundo...?-, la razón queda reducida, necesariamente, a mero instrumento al servicio de intereses ajenos al propio yo. De ser el reflejo de la Sabiduría infinita, pasa a convertirse en mera opaca computadora, aunque compute toda clase de luces artificiales. Y, por eso, el eclipse de Dios que se ha producido en la modernidad, ha significado el más atroz de los eclipses humanos.
La incisiva y gráfica respuesta de Chesterton encontró, el pasado mes de septiembre, un eco bien significativo en la lección magistral de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona: «Actuar contra la razón -afirmó repetidamente el Papa- está en contradicción con la naturaleza de Dios». Y tan racional afirmación no ha surgido en la Historia por el esfuerzo intelectual de los hombres, sino precisamente por la revelación del mismo Dios. ¿Cabe mayor alianza entre la fe y la razón, entre lo divino y lo humano? Sin esta unidad, ni la razón ni la fe pueden subsistir, y en consecuencia toda otra unidad verdadera, ni en Europa ni en parte alguna del mundo. El propio Benedicto XVI lo dejó bien claro evocando dónde está el secreto de la añorada grandeza de la Europa, que, o es cristiana, o no lo es en absoluto: el «acercamiento recíproco entre la fe bíblica y el pensamiento griego», que hace perfectamente comprensible «que el cristianismo, no obstante su origen e importante desarrollo en Oriente, haya encontrado su huella históricamente decisiva en Europa». Así lo avalan la pléyade de escritores cristianos europeos, y particularmente los conversos a la Iglesia católica, a quienes dedicamos el tema de portada de este número de Alfa y Omega. Si «en el principio era el Logos -como subrayó Benedicto XVI en Ratisbona-, que significa razón, palabra : una razón que es creadora y capaz de comunicarse»; y si «el Logos estaba en Dios y el Logos era Dios», cae de su peso que la auténtica fecundidad de la palabra, de la literatura, no podía por menos que ir a la par de la fecundidad de la fe.
Tras
entrar en la catedral de Notre-Dame, mientras se desarrollaba la liturgia del día de Navidad -así narra Paul Claudel el momento de su conversión, ¡él, que veía a la Iglesia como lo que más repugnaba a mis opiniones y a mis gustos!-, «el gran libro que se me abrió era la Iglesia. Sea por siempre alabada esta grande y majestuosa Madre en cuyas rodillas he aprendido todo». No es casualidad que el escritor francés designe a la familia de Dios que lo acoge como el gran libro en el que se aprende todo. Lejos de estar reñidas, fe y razón, religión y palabra, se abrazan, y de tal modo que son radicalmente inseparables, y hasta tal punto que el objeto de la fe, Dios mismo, lleva por nombre la Palabra. La crisis cultural que hoy vive Europa, y el mundo, no es otra que la ausencia de esa Palabra divina, con el consiguiente lógico vaciamiento de toda palabra humana, que sin Ella sólo puede expresar irracionalidad y desesperación. Pero su Presencia, elocuentísima en la auténtica literatura cristiana, por pequeña y débil que se nos muestre, como el Niño indefenso de la Navidad de Claudel, es sin duda la única esperanza verdadera de la Humanidad.
Es
inútil pretender inventarse la Palabra. El camino no es otro que leer este gran libro que se nos abre. Chesterton se lo explicó, con su habitual agudeza, a Bernard Shaw, empeñado en que «tenemos que reunirnos para construir una religión», en que «Dios no existe todavía, pero hemos de colaborar para hacer que exista». Para la réplica, Chesterton había escrito en la cubierta del folleto que le entregaron con el resumen de la conferencia de Shaw, mientras acudía en un taxi a la suya: «Ha costado unos 1.800 años construir mi religión; destruir la del señor Shaw no me llevará más de 18 minutos». Así fue, mostrando sencillamente su irracionalidad, y añadiendo con su genial ironía: «Si Shaw dijera: He aquí cinco niños pobres. No tienen madre. Dejemos que se reúnan para fabricarse una, convendríamos todos en que el comentario encerraría un cierto desliz lógico». Chesterton, ciertamente, al entrar en la iglesia sólo se quitaba el sombrero.

 

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Las sectas: falsificación y caricatura de lo divino

Los apóstoles habían escuchado de labios del mismo Jesús la advertencia, «Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: "Yo soy el Cristo", y engañaran a muchos. ... Surgirán muchos falsos profetas que engañarán a muchos» (Mt. 24, 4-5. 11). El maligno sembraría la cizaña (cf. Mt. 13, 24-30; 36-42) para confundir y dividir, para alejar al hombre de Dios y de su misma vida, incluso en el nombre de lo divino. El príncipe de las tinieblas y padre de la mentira, homicida desde el principio, estaría detrás del espíritu anticristiano, combatiendo el Evangelio de Jesucristo (cf. Jn. 8, 44-47). El Señor llamó a los falsos profetas «lobos rapaces con disfraces de ovejas» (Mt. 7, 15) alertándonos acerca del engaño y de los prodigios que obrarían usurpando su divino Nombre (cf. Mc. 13, 5.22-23; Mt.7,21). Cuando se encasquilla la razón se disparan las sectas.


La veracidad - La cultura de la mentira se ha instalado en el poder y en muchas relaciones humanas. La convivencia social se ha distorsionado por falta de veracidad. La palabra humana ha perdido todo valor, y la manipulación del lenguaje es el arte de la posmodernidad, donde hablar de verdad objetiva es evocar los espíritus de la intolerancia. Con esto se parte de una falacia: la verdad es producto del hombre. Ésta es la gran mentira con apariencia de verdad que, orientada egoístamente, trata de instrumentalizar al hombre y, en definitiva, de anularlo.
La verdad es la luz de la inteligencia humana. Para el creyente, la fuente suprema de esa luz es Dios, que en ningún caso contradice la más pequeña partícula de cualquier verdad. Por eso no hay oposición entre la verdad racional y la fe cristiana, sino que se comprenden mutuamente y cooperan en la búsqueda del bien del hombre y la sociedad.
La
veracidad en sentido amplio es el amor a la verdad. Es la virtud que inclina a decir siempre la verdad, y manifestarse al exterior tal y como se es interiormente. Requiere la sencillez de corazón, y la fidelidad para cumplir lo prometido. Ahora bien, la verdad hay que decirla con nobleza, con caridad. Toda mentira destruye a la comunidad. En cambio, la verdad da a la persona firmeza y solidez, y emprende de modo casi natural el sendero de la paz. Por eso, hemos de ser veraces con Dios, con nosotros mismos y con los demás.
Suscitar buenos y honrados ciudadanos demanda educar en la verdad, desde las familias hasta las instituciones. Padres coherentes son aquellos que saben transmitir a sus hijos, con tacto y bondad, que los seres humanos nos realizamos, no buscando el sol que más calienta, sino amando la verdad y compartiéndola con los otros. Políticos fidedignos son aquellos que han hecho de la cosa pública no el arte de lo posible, sino el servicio en la búsqueda del bien común por el camino de la verdad y de la sinceridad. Hoy tienen máxima actualidad las palabras de Jesús: La verdad os hará libres.

+ Juan del Río Martín
obispo de Asidonia-Jerez - 2007-01-18

 

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Adán en la liturgia y literatura cristiana primitivas

  

La importancia de Adán para los Padres y los autores de los muchos escritos apócrifos de los cinco primeros siglos de la Era cristiana se muestra claramente por sus frecuentes alusiones a él. Su lugar en la liturgia no es, sin embargo, en modo alguno destacada. Su nombre aparece en el calendario y en un himno de la Iglesia Oriental, y no corre mucho mejor suerte en la de Occidente. Las secciones que se refieren a él son la primera profecía del Sábado Santo y las lecturas del Libro del Génesis en tiempo de Septuagésima. En la literatura, por otro lado, es tratado más generosamente, y se ha convertido en el héroe de varios libros, tales como: El Libro de la Penitencia o Combate de Adán (Migne, Dictionnaire des apocryphes, vol. II); El sufrimiento que experimentaron Adán y Eva tras ser expulsados del Paraíso, y su estancia en la cueva de los tesoros, por orden del Señor su Creador (Migne, op. cit.). El Codex Nazaraeus (ibíd.); el Testamento de Adán; el Apocalipsis de Adán; el Libro de las hijas de Adán; la Penitencia de Adán, etc. muestran también hasta qué punto se hizo uso del recuerdo del primer hombre en literatura.   

El Testamento de Adán, ahora consistente en tan sólo algunos fragmentos, es de gran interés. Su lugar preciso en la historia de la literatura sólo puede determinarse tras un estudio de la relación que existe entre él y los escritos del mismo periodo o de un periodo anterior. Los fragmentos litúrgicos que tienen que ver con la división de las horas del día y de la noche hacen posible percibir en qué forma las ideas persas influyeron en el Gnosticismo. Se pueden encontrar pasajes en las Constituciones Apostólicas de los Coptos que parecen tener alguna relación con las ideas contenidas en los fragmentos litúrgicos. Lo que sigue es una traducción de uno de ellos:

Fragmento primero. Horas de la noche.

Primera hora: Esta es la hora en que adoran los demonios; en cuanto que están adorando, cesan de hacer daño al hombre, porque el oculto poder del Creador los refrena.

Segunda hora: Esta es la hora en que adoran los peces, y todos los reptiles que hay en el mar.

Tercera hora: Adoración de los abismos más profundos, y de la luz que hay en los abismos, y de la luz más escondida que el hombre no puede penetrar.

Cuarta hora: Trisagio de los Serafines. Antes de mi pecado, dice Adán, oí a esta hora el ruido de sus alas en el Paraíso; pues los Serafines habían ido batiendo sus alas, produciendo un sonido armonioso, en el templo reservado para su culto. Pero después de mi pecado, y de la transgresión de la orden de Dios, cesé de oírles y verles, incluso cuando era justo.

Quinta hora: Adoración de las aguas que están por encima de los cielos. A esta hora, ¡oh hijo mío, Set!, oímos, los ángeles y yo, el ruido de las grandes olas, que elevan su voz para dar gloria a Dios, por causa del signo escondido de Dios que las mueve.

Sexta hora: Congregación de nubes, y gran temor religioso, que vela la mitad de la noche.

Séptima hora: Descanso de las potencias, y de todas las naturalezas, mientras las aguas duermen; y en esta hora, si alguien toma agua, deja que el sacerdote de Dios mezcle con ella aceite sagrado, y le hace un signo con este aceite a los que sufren y no duermen, se curarán. 

Octava hora: Se dan gracias a Dios por el crecimiento de las plantas y semillas, cuando el rocío de los cielos cae sobre ellas.

Novena hora: Servicio de los ángeles que están ante el trono de Dios.

Décima hora: Adoración de los hombres. La puerta del cielo se abre para que la plegaria de todo lo que vive pueda entrar; se postran y luego se retiran. A esta hora, todo lo que el hombre pide a Dios se le concede, mientras los Serafines baten sus alas o canta el gallo.

Undécima hora: Gran alegría de toda la tierra cuando sale el sol desde el paraíso del Dios Vivo sobre toda la creación, y se eleva sobre el universo.

Duodécima hora: Espera y profundo silencio en medio de todos los órdenes de luz y espíritus, hasta que los sacerdotes hayan puesto perfumes ante Dios. Luego todos los órdenes y todas las potencias del cielo se retiran.

Hay un largo e importante artículo sobre el Liber Adami de Sylvestre de Sacy en el Journal des Savants para 1819-20. El libro condena la continencia, y prescribe el matrimonio; permite comer carne de animales, peces y pájaros. El ritual litúrgico proporciona oraciones para tres veces al día: después de la salida del sol, a la hora séptima, y a la puesta de sol. Los nazarenos se limitan a dar limosnas y a predicar, deben bautizar a sus hijos en el Jordán, y eligen el primer día de la semana para la ceremonia

H. LECLERCQ - Traducido por Francisco Vázquez


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Con una Carta apostólica en forma de«motu proprio» el Papa Benedicto XVI instituye la Pontificia Academia de latinidad

Lengua Latina

 

«La lengua latina ha gozado siempre de una altísima consideración por parte de la Iglesia católica y de los Romanos Pontífices, quienes han promovido con asiduidad su conocimiento y difusión, habiendo hecho de ella su propia lengua, capaz de transmitir universalmente el mensaje del Evangelio, como lo afirmaba con autoridad la constitución apostólica “Veterum sapientia” de mi Predecesor, el beato Juan XXIII»:

 

es el íncipit de la Carta apostólica escrita en forma de motu proprio con la cual el Papa Benedicto XVI instituye la Pontificia Academia de latinidad dependiente del Consejo pontificio para la cultura. Publicada oficialmente en «L´Osservatore Romano», la Carta ha sido firmada el 10 de noviembre 2012.

Entrevistado por nuestro periódico, Ivano Dionigi, rector de la Universidad de Bolonia y presidente de la recién instituida Academia, ha dicho: «¿Por qué el latín? ¿Por qué el griego y los clásicos? Esencialmente por tres motivos. El primero es la conservación de los bienes culturales. Está en juego un destino cultural. Segundo: el griego y el latín nos ayudan a hablar bien. Tercero, los clásicos nos ayudan a pensar bien, es su legado más provechoso; al mismo tiempo son fundamento del presente y antagonistas del presente. Y no quiero insistir sobre el tema de las raíces de identidad porque son evidentes». A la pregunta sobre las prioridades en agenda, respondió: «Ante todo dos, la primera restablecer la obligatoriedad del latín en los seminarios y, en segundo lugar, crear puentes a todos los niveles: entre la investigación que se ocupa de tradición cristiana y también clásica y pagana, entre las universidades, en la divulgación a alto nivel. Debemos capitalizar de la mejor forma este gran patrimonio. Siempre serán necesarios mediadores culturales, un «pequeño rebaño» capaz de transmitir y traducir, levadura para todos los demás».

 Nace así una institución que buscará aportar una linfa nueva al conocimiento de la lengua y de la cultura latinas que a lo largo de los siglos –como ha recordado Manlio Simonetti en un artículo comentario– ha registrado una decadencia progresiva.

11 de noviembre de 2012

 

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P. ¿Cuáles son los tres mejores clásicos de la literatura mundial?

 

R: No es fácil reducirlo a tres. Por supuesto, Cervantes, Shakespeare y Homero están en la lista, pero no me atrevería a omitir la Biblia como obra de conjunto o a Dante.

 

P. ¿Por qué se empeñan en igualar Islam y Cristiandad, y Cristo y Mahoma, diciendo que el problema son los "radicales"? ¿Por qué no se desvela de una vez que el Corán promueve el asesinato y que Mahoma era un asesino, saqueador?

 

R:La verdad es que resulta imposible comparar a alguien que murió en la cruz perdonando a sus enemigos con alguien que impuso el islam con la espada y que además exterminó, por ejemplo, a tribus judías, pero no hay peor ciego que el que no quiere ver. 24 enero 2006 Dr. historiador, escritor César Vidal-L.D-Esp.

 

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el crepúsculo da un aire de misterio al ambiente - Y el hombre se dirige a Dios en la plegaria

 

Desde hace dos mil años, la Iglesia es la cuna en la que María coloca a Jesús y lo entrega a la adoración y contemplación de todos los pueblos. Que por la humildad de la Esposa brille todavía más la gloria y la fuerza de la Eucaristía, que ella celebra y conserva en su seno. En el signo del Pan y del Vino consagrados, Jesucristo resucitado y glorificado, luz de las gentes (cf. Lc 2, 32), manifiesta la continuidad de su Encarnación. Permanece vivo y verdadero en medio de nosotros para alimentar a los creyentes con su Cuerpo y con su Sangre.

 “El que come Mi Cuerpo y bebe Mi Sangre, tendrá la vida eterna” (Juan 6:55); “El que come este Pan, vivirá por siempre” (Juan 6:59).

 

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¿Quién defendió realmente a los pobres: Madre Teresa de Calcuta que durante más de medio siglo les ofreció abnegadamente ‘amor, paz y alegría’, o el acomodado comunista español don Santiago CARRILLO, que aplaudió y avivó el asesinato de millares de inocentes y hasta ordenando inefables crímenes? MMVI

 

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«Por los defectos de los demás, el sabio corrige los propios».

Publilio Siro.

 

«El que domina su cólera domina a su peor enemigo».

Confucio

 

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“El Señor domina desde las  alturas":  "camina  sobre  el  mar y aplaca las olas” (Esposizioni sui salmi, III, Roma 1976, p. 231).

 

Evangelio según San Mateo 22,34-40. - Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?". Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas". Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.

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San Basilio el Grande (hacia 330-379) monje, obispo de Cesarea en Capadocia, doctor de la Iglesia Católica - Grandes Reglas, 3

“Este es el primer mandamiento y el más importante.” (Mt 22,38)


Hemos recibido el precepto de amar al prójimo como a nosotros mismos. Pero Dios ¿no nos ha dado también una disposición natural para cumplirlo?... No hay nada más conforme a nuestra naturaleza que vivir unidos, buscarnos mutuamente y amar a nuestros semejantes. El Señor pide, pues, los frutos de la semilla que ya había puesto en nuestro interior, cuando dice: “Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros.” (Jn 13,34)
Con el fin de animar nuestro corazón a cumplir este precepto, no ha querido que se viera el distintivo de sus discípulos en prodigios u obras extraordinarias, aunque ellos recibieran el poder de realizarlos por el don del Espíritu Santo. Al contrario, dice: “Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos.” (Jn 13,35) Une los dos mandamientos de tal manera que considera que la buena obra que se hace al prójimo es como si se la hiciera a él. “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber...Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis.” (cf Mt 25,35-40)
La observancia del primer mandamiento encierra también la observancia del segundo y por el segundo vuelve al primero. Aquel que ama a Dios amará, por consiguiente, a su prójimo: “El que me ama, se mantendrá fiel a mis palabras.” (Jn 14,23) “Mi mandamiento es éste: Amaos los unos a los otros, como yo os he amado.” (Jn 15,12) Os lo repito: quien ama a su prójimo cumple con su deber de amar a Dios, porque Dios considera este amor como referido a él.

 

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Somos minoría y eso no nos tiene que asustar. Pero recordemos que una minoría sólo sobrevive cuando está unida. Por eso, la unidad con los obispos es la clave del futuro.

 

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El tiempo aprovechado - El doctor López-Ibor tuvo la amabilidad de regalarme un libro suyo, al ser editado, y comienzo este artículo con una reflexión suya acerca del tiempo histórico esencial, que es el presente, puesto que es el tiempo de la «decisión». En el mundo de la naturaleza no hay decisión, sino hechos, porque la decisión supone la libertad humana. La decisión mira al futuro, aunque no puede prescindir del pasado. Y, por ser el tiempo humano realización de decisiones, es un tiempo histórico. Pero afirma que no es posible encontrar un sentido de la historia cuando se le busca en sí mismo. Ni tampoco encontrar un sentido de la vida humana desde sí misma. Estos intentos llevan a reconocer el carácter absurdo de la existencia. «Si con mis actos doy sentido a mi vida es que esta depende de mis actos. En cambio si mi vida, la de todos los días, se halla en contacto con algo que la trascienda, el tiempo vivido se pone en contacto con el “tiempo eterno”. Mejor dicho, con el “tiempo de Dios”. El apocalipsis se realiza día a día, puesto que se vive ya, en cada momento, en virtud de ese fin».
   No hay miedo de que esta actitud nos conduzca a despreciar el tiempo actual o la misma creación material, porque la fe nos dice que la realidad es una creación de Dios. Con ello la esclavitud que suponía ver en las fuerzas cósmicas dioses que, con su colosal grandeza lo esclavizaban, termina, y permite al hombre ver el mundo como gobernable, no intangible. «No es casual -concluía Ruiz de la Peña- que la civilización científico-técnica se haya desarrollado en regiones dominadas por la fe en la creación, cuyos habitantes le han perdido el temor sacro a la naturaleza».
   En nuestro tiempo, en que tantas cosas absolutizan la vida de las personas, convirtiéndolas en dioses a los que, de hecho, se sacrifican muchas cosas, los cristianos han de oponerse a todo ensayo de absolutización y divinización de lo creado, que falsificaría lo mundano y no le dejaría ser lo que es, y aún lo pondría en el lugar de Dios.
   No olvidamos que la creación ha sido obra de Dios y por tanto merece comprometerse con ella, como el propio Dios lo ha hecho al encarnarse en ella.

Card. Ricardo Mª. CARLES – Barcelona-ESPAÑA 2006-07-19 L.R.ESP.

 

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Gracias por elegirnos. Gracias por seguirnos. Gracias por leernos y por sugerirnos ideas y comentarios. Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

¡Laudetur Iesus Christus!

 

Recomendamos vivamente: “El cristiano en la crisis de Europa. Por S.S. Benedictoi XVI, al siglo Joseph Ratzinger. Ediciones Cristiandad. Este título recoge tres textos de Benedicto XVI, compuestos inmediatamente antes de su elección y publicados por vez primera en forma de libro y bajo su supervisión una vez elegido Papa. Nos encontramos, por tanto, ante lo que puede considerarse la primera obra del nuevo Pontífice. En ellos, vuelve el Papa sobre argumentos que le son especialmente queridos: el sentido de Europa, el contraste cultural y su armonía, la exigencia del compromiso cristiano en el presente.

Benedicto XVI enuncia una tesis deslumbrante: el juicio sobre la realidad no debe hacerse calculando su valor con independencia de si Dios existe, sino apreciándola como don divino. Sólo esta perspectiva permite superar la quiebra de fundamentos éticos en la que ha desembocado la Ilustración. 

 

Para leer: Doña María Dolores de Asís, catedrática de Filología Española en la Universidad Complutense de Madrid, ofrece algunos nombres para la lectura de autores españoles con una visión humana y cristiana de la vida: Miguel Delibes, José Jiménez Lozano, Juan Manuel de Prada, Pablo D´Ors, Jesús Sánchez Adalid, Mercedes Salisachs, Medardo Fraile, Miguel Aranguren, José Luis Olaizola, Marta Portal, Emilio del Río, César Vidal, Luis Mateo Díez, Luciano González Egido, María Vallejo-Nájera, Paloma Díaz-Mas, Adelaida García Morales, Clara Janés...
Y, entre los extranjeros, recomienda a: Dostoyevski, Paul Claudel, Péguy, Flannery O´Connor, William Saroyan, Giovanni Papini, Chesterton, Rainer María Rilke, Georges Bernanos, Óscar Milosz, Francois Mauriac, Julian Green, Margarita Yourcenar, T.S. Eliot, Graham Greene, Susanna Tamaro...

Recomendamos vivamente: ‘Historia de las ideas contemporáneas’ (Ed.Rialp) por el profesor Mariano FAZIO, rector de la universidad de la Santa Cruz de Roma; historiador y filósofo.2007.I.



No es posible una visión completa de la realidad de una comunidad cristiana, antigua o reciente, si no se tiene en cuenta que la Iglesia está compuesta de un elemento humano y de un elemento divino.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).