Friday 30 July 2010 | Actualizada : 2010-07-26 
Inicio > Apologética > Cristo Jesús - 2º Verbo y Divinidad, 1º existencia de Dios; Juana Inés poemas
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En la carta a los Filipenses san Pablo afirma que Cristo, "a pesar de su condición  divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de  su  rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos" (Flp 2, 6). Actuando como un hombre cualquiera, añade el Apóstol, se rebajó. En la santa Navidad reviviremos la realización de este sublime misterio de gracia y misericordia.

San Pablo dice también:  "Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, para que recibiéramos la filiación adoptiva" (Ga 4, 4-5). Efectivamente, desde hacía muchos siglos el pueblo elegido esperaba al Mesías, pero lo imaginaba como un caudillo poderoso y victorioso, que libraría a los suyos de la opresión de los extranjeros. En cambio,  el  Salvador  nació en el silencio y en la pobreza más completa. Vino como luz que ilumina a todos los hombres —constata el evangelista san Juan—, "pero los suyos no lo recibieron" (Jn 1, 9. 11). Sin embargo, el Apóstol añade:  "A todos los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios" (Jn 1, 12). La luz prometida iluminó los corazones de quienes habían perseverado en la espera vigilante y activa.

 

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Benedicto PP. XVI sobre los nombres de Jesús: “Nuevo Moisés” – Jesús es el profeta que cumple la promesa incumplida hasta entonces de ver el rostro de Dios - ; “Hijo del hombre” – Jesús proviene de Dios, es Dios y portavoz de la verdadera humanidad - ; “Hijo” que conoce al Padre porque está en comunión con Él; y “Yo soy”, fórmula que, en sentido solemne, se refiere al misterio divino de Jesús y en las fórmulas en las que la expresión va acompañada de imágenes (por ejemplo, “Yo soy el pan de vida”) alude a que Cristo nos da a Dios, porque Él mismo es Dios. 2007

 

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Que amar a Dios es un don y una tarea. Un don que se nos proporciona por el Espíritu Santo, a través principalmente de los Sacramentos y de la oración, y una tarea en la que hay que ejercitarse a través de las obras y del esfuerzo personal.

 

CRISTO JESÚS -VERBO Y DIVINIDAD

 

San Gregorio de Nacianceno (330-390) obispo, doctor de la Iglesia Católica. Homilía sobre la Pascua 9, 22,26,28


“He aquí a mi servidor a quien he elegido, mi bienamado” - El Verbo de Dios que es eterno, invisible, incomprensible, incorporal, principio nacido del principio, luz nacida de la luz, fuente de la vida y de la inmortalidad, réplica exacta del primer modelo, marca imborrable, resemblanza idéntica del Padre (Hec 1,3), intención y pensamiento de éste, progreso hacia su imagen (Gn 1,27). Se hace carne para salvar la carne, se une a un alma razonable para salvar mi alma; quiere purificar lo semejante por lo semejante y se hace plenamente hombre, excepto en lo que concierne al pecado… Él que enriquece a los demás se empobrece, pues adopta la pobreza de mi carne para que yo me enriquezca de su divinidad. Él que es plenitud se empequeñece, se desprende de su propia gloria por poco tiempo, para que yo, participe de su plenitud.

 ¡Qué tesoro de bondad! ¡Qué gran misterio en favor mío! He recibido la imagen, y no la he conservado. ¡El Verbo ha participado de mi carne para salvar la imagen y hacer la carne inmortal¡ Se une a nosotros por una segunda unión, mucho más asombrosa que la primera… Era necesario que el hombre fuera santificado por un Dios hecho hombre; después de haber abatido a nuestro tirano, nos liberaría y nos conduciría hacia él, por la mediación del Hijo, por el honor del Padre. Es así como el Hijo se muestra obediente en todas las cosas referentes a él, para cumplir su plan de salvación.

 

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San Hilario de Poitiers (hacia 315-367) obispo, doctor de la Iglesia Católica - Sobre la Trinidad VII, 26-27

(doce siglos antes de las miles de formaciones protestantes).-

 

“¿Con qué autoridad haces estas cosas?” (Mc 11,28)

        Este Hijo, realmente, se parece a su Padre. Viene de él, a quien se le puede comparar porque es semejante al Padre. Es igual al Padre porque realiza las mismas obras que el Padre. (Jn 5,36)... Sí, el Hijo realiza las obras del Padre y nos pide que creamos que él es el Hijo de Dios. No se arroga un título que no le corresponde. No son las obras propias que apoyan su reivindicación. No. El Hijo da testimonio que no son sus propias obras sino las de su Padre. Así atestigua que la gloria de sus obras proviene de su nacimiento divino. Pero ¿cómo los hombres podían reconocer en él al Hijo de Dios a través del misterio de este cuerpo que había asumido, en este hombre nacido de María? El Señor realizó todas sus obras para que la fe en él pudiera penetrar en el corazón de los hombres. “Si realizo las obras de mi Padre, aceptad el testimonio de las mismas, aunque no queráis creerme a mí” (Jn 10,38) .
        Si la condición humilde de su cuerpo parece un obstáculo para creer en su palabra, nos pide creer, al menos, en sus obras. En efecto, ¿por qué su nacimiento en la carne nos tiene que privar de creer en su nacimiento divino?... “De este modo podríais reconocer que el Padre está en mí y yo en el Padre.” (Jn 10,38)...
       Esta es la naturaleza que él posee desde su nacimiento; este es el misterio de una fe que nos salva: no dividir lo que uno, no negar la naturaleza del Hijo y proclamar la verdad del Dios vivo, nacido de Dios vivo... “El Padre que me ha enviado, posee la vida, y yo vivo por él.” (Jn 6,57) “El Padre tiene el poder de dar la vida, y ha dado al Hijo ese mismo poder.”
(Jn 5,26)

 

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"La primera felicidad consiste en no avergonzarnos de los pecados; la segunda, en obtener el perdón de los pecados" San Pedro Crisólogo

 

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Del Verbo divino y Suma de la perfección

 

San Juan de la Cruz

Del Verbo divino
la Virgen preñada
viene de camino
si le dais posada
*****
Olvido de lo criado,
memoria del Criador,
atención a lo anterior
y estarse amando al Amado.

 

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San Ireneo de Lión (hacia 130-hacia 208), obispo, teólogo y mártir
Contra las herejías, IV, 20, 7

 

El Hijo revela al Padre -      “A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.” (Jn 1,18)

     Desde el principio, el Hijo nos ha dado a conocer al Padre, ya que está junto al Padre desde el principio. En el tiempo fijado, es él quien ha manifestado a los hombres, para su provecho, el sentido de las visiones proféticas, la diversidad de gracias, los ministerios y en qué consiste la glorificación del Padre; todo ello como una melodía bien compuesta y harmoniosa. En efecto, donde hay orden, allí hay armonía; donde hay armonía allí todo sucede a su debido tiempo; y donde todo sucede a su debido tiempo, allí hay provecho. Por eso, en provecho de los hombres, el Verbo se ha constituido en dispensador de la gracia del Padre, según sus designios, mostrando a Dios a los hombres, presentando al hombre a Dios, salvaguardando la invisibilidad del Padre, por temor a que los hombres no tuvieran siempre un concepto muy elevado de Dios y un objetivo hacia el cual tender, y al mismo tiempo haciendo también que Dios sea visible a los hombres de múltiples maneras, no sea que, privados totalmente de Dios, llegaran a perder la misma existencia.
     Porque la gloria de Dios es que el hombre viva, y la vida del hombre es la visión de Dios. Si ya la revelación de Dios a través de la creación es causa de vida para todos los seres que existen sobre la tierra, ¡cuanto más la manifestación del Padre por medio del Verbo para los que ven a Dios!

 

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Cantando el Verbo divino

 

Lope de Vega

 

Cantando el Verbo divino
Un alto tan soberano,
Como de Dios voz y mano,
A ser contrabajo vino,
Bajando hasta el punto humano;
Que aunque es de sus pies el suelo
El serafín de más vuelo
Y el más levantado trono,
Bajó por la tierra el tono
Hoy la música del cielo.

Una Virgen no tocada
Toca con destreza tanta
El arpa de David santa,
Como la tiene abrazada,
Que adonde el infierno espanta,
Dos puntos solos tocó,
El bajo y el alto juntó,
Que, como en una pregunta
Con un Sí Dios y hombre junta,
En dos puntos se cifró.

De un fiat comienza el Fa,
De su obediencia y su fe,
Vió Dios el Mi, siendo el Re
Rey, y reparó que en La
Virgen estrella Sol fue.
Pero después que nació,
Cifrada en dos puntos vió
La tierra por su consuelo,
El armonía del cielo,
Sol y La que le parió.

 

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Reinado de Augusto, nacimiento de Cristo Jesús

 

San Agustín (354-430) obispo de Hipona, doctor de la Iglesia
Comentario sobre San Juan, tratado 121,3; PL 35, 1955-1959

 

Tocar a Cristo espiritualmente - Jesús le dice: “Suéltame, que aún no estoy arriba con el Padre”. (Jn 20,17) Estas palabras contienen una verdad que debemos examinar con mucha atención. Jesús enseña la fe a esta mujer que lo había reconocido como maestro y le había dado este título. El divino jardinero había sembrado un grano de mostaza en el corazón de María Magdalena como quien echa una semilla en un jardín...¿Qué significa, pues, “suéltame, que aún no estoy arriba con el Padre”?....
Por estas palabras, Jesús quiso que la fe en él, la fe que es como tocarle a él, llegue hasta la certeza de que él y el Padre son uno. (Jn 10,30) Porque el que progresa en el conocimiento de Jesús hasta reconocerlo igual al Padre, sube con él hasta el Padre en el secreto de su alma. Si no es así, no “tocaríamos” a Cristo como él lo espera, es decir, no tendríamos la fe que él pide.
María Magdalena podía creer en él pensando que no era igual al Padre. Pero estas palabras se lo impedían: “Suéltame”, es decir: “No creas en mí según tu mentalidad. No te quedes en pensar en lo que soy por ti sino en aquel que te ha hecho a ti.” Si lloraba a Jesús como hombre ¿cómo podía dejar de creer en él humanamente? “...aún no estoy arriba con el Padre.” Me tocarás cuando creerás que yo soy Dios y que soy igual al Padre.

 

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El Desconocido más allá del Verbo

 

Prof. S.E.R. Mons. RINO FISICHELLA

"El Desconocido que llega desde más allá del Verbo". A partir de esta expresión de H. U. von Balthasar se puede crear una breve síntesis teológica sobre el tema del Espíritu Santo. "Desconocido", por lo menos, por dos razones: la primera, de orden teológico, está determinada por el hecho de que, nunca como en este caso, nos hallamos ante el misterio. Él es Espíritu de Amor y remite a la sublimidad de la propia esencia de Dios en la revelación de Jesucristo, quien en la obediencia se entrega a la muerte y ha sido resucitado. El lenguaje humano siente la rígida limitación de sus palabras, encerradas siempre dentro de la "jaula" -para recurrir a la expresión de L. Wittgenstein- que nos impide dar nombre a lo que constituye la esencia del misterio. Con razón, los hermanos de Oriente sugieren que es mejor invocar al Espíritu que hablar de él, pues, en efecto, él es gracia dada por el amor del Padre. Por ello, el teólogo comprende que, para alcanzar una comprensión coherente de él, tiene que asumir una actitud de estupor y de callada recepción.

El segundo motivo, de orden histórico, depende del hecho de que, durante mucho tiempo, la teología ha olvidado fijar su atención hacia la inteligencia del misterio del don del Espíritu. El resultado ha sido una teología débil, pues está privada de la centralidad del misterio trinitario y es así fragmentaria en la exposición de los misterios. La marginación del tema del Espíritu dentro de la esfera de la espiritualidad ha impedido la elaboración de una teología coherente de los ministerios y el laicado. La recuperación del lugar central, que debemos a los estudios sobre el Espíritu Santo, ha permitido constatar el gran atraso que ha sido impuesto a la evolución de la teología, sea en su respuesta a la misión eclesial que le es propia, sea en dar voz a la fuerza de la profecía.

¿Quién es, pues, el Espíritu Santo? "Si quieres saber cuál ha de ser tu pensamiento sobre el Espíritu Santo, debes volver a los Apóstoles y a los Evangelios con quienes y en quienes tienes la certidumbre de que Dios ha hablado" (El Espíritu Santo, I, 9). Este texto de Fausto, que fue obispo de Riez hacia la mitad del siglo V (452/460?), es una ocasión para que el teólogo vuelva a encontrar el método correcto para balbucear algo sobre el misterio del Espíritu de Cristo. "Vuelve a los apóstoles y los evangelios". Es ésta la fuente originaria de la fe cristiana: la Tradición y la Escritura en su inseparable unidad y en la plena reciprocidad que permite aferrar la única Palabra que Dios ha dirigido a la humanidad (cfr. DV 9).

"Examinemos ahora las nociones corrientes que tenemos sobre el Espíritu Santo, sea las que han sido recogidas por las Escrituras, sea las que han sido transmitidas por la tradición no escrita de los Padres (...) El Espíritu Santo es llamado Espíritu de Dios, Espíritu de verdad que procede del Padre, Espíritu recto, Espíritu que guía. Su nombre más apropiado es Espíritu Santo, porque este nombre indica al ser más incorpóreo, más inmaterial y más exento de composición. Pues es así que, a la samaritana, que estaba convencida de que había que adorar a Dios en un sitio, el Señor le enseñó que lo incorpóreo no puede estar encerrado dentro de límites, y le dijo: Dios es espíritu. Por ello, quien oye decir "espíritu" no puede imaginar a una naturaleza limitada, sometida a cambios y variaciones, o que en todo sea semejante a algo creado". Éstas son palabras de san Basilio, monje y obispo de Cesarea, que en 375 escribía su tratado De Spiritu Sancto.

La Escritura habla preferentemente del Espíritu como "ruah": es decir, "soplo, aire, espíritu, viento, aliento...". Son éstas realidades para las que es necesario recurrir a las palabras de Jesús: "oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va" (Jn 3,8); se percibe, pues, de ellas, su presencia y su fuerza, pero no alcanzamos a decir nada más, porque quedan envueltas en el misterio de la vida de Dios. El concilio de Constantinopla, al profesar: "Es Señor y da la vida", trata de dar cuerpo a la enseñanza de la Sagrada Escritura, que coloca siempre al Espíritu en relación a la vida. El Salmista explicita el texto del Genesis al atestiguar: "Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos, por el aliento de su boca todos sus ejércitos" (Sal 33,6). El Espíritu es, en fin, soplo que sale de la boca de Dios y todo lo crea dándole la vida. El genio de Miguel Ángel, en el fresco de la Capilla Sixtina, habría de dar forma a esa enseñanza. El "digitus paternae dexterae" del Veni Creator da vida al hombre y sustenta todas las cosas (cfr. Sal 8,5). Tan verdadero es que "Si centrase en sí su espíritu y su aliento, toda carne a la vez moriría, el hombre al polvo volvería" (Job 34,14). En una palabra, el Espíritu es la potencia y la fuerza de Dios; por medio de él todo es alumbrado y todo es llevado a su cumplimiento.

El Espíritu Santo es, por lo tanto, protagonista de toda la historia de la salvación. Cada vez que Dios interviene en la historia de su pueblo para liberarlo y mostrarle el cumplimiento de sus promesas, el Espíritu lo acompaña. Gracias a su potencia se vencen las batallas; asimismo, su fuerza transforma a los hombres, permitiéndoles cumplir la misión encomendada. Además, el Espíritu "se apodera de Gedeón" o "penetra en Sansón", dándoles la fuerza necesaria para la victoria. Es nuevamente el mismo Espíritu el que desciende sobre el rey, le ciñe la corona y lo protege para que pueda reinar sobre su pueblo en nombre de Dios: "desde entonces, vino sobre David el espíritu del Señor" (1 Sam 16,13).

Su acción se hará visible sobre todo con los profetas. El profeta es el hombre llamado por el Espíritu de Yhvh para hacer oír su voz en las situaciones más desiguales de la historia. Isaías, Jeremías, Ezequiel como Amós, Oseas y todos los profetas menores, aunque no aparezca explícitamente por temor a malentendidos, expresan la conciencia de haber sido llamados y "arrebatados" a la misión profética del Espíritu del Señor. Para todos, vale la expresión de Ezequiel: "El espíritu del Señor irrumpió en mí y me dijo: Habla" (Ez 11,5). El profeta se convierte en un poseído del Espíritu y en "boca", por medio de la cual Dios hace oír su voz. Es interesante, al respecto, el hecho de que algunos Padres de la Iglesia hayan querido hablar del Espíritu como de la "boca" de Dios. Simeón, el nuevo Teólogo (de alrededor del 1022), escribe lo siguiente en su libro de Ética: "la boca de Dios es el Espíritu Santo y su Palabra y el Verbo es su Hijo, que también es Dios. Pero, ¿por qué el Espíritu es llamado boca de Dios y el Hijo, Palabra y Verbo? Así como el discurso interior sale de nuestra boca y se revela a los demás, sin que podamos pronunciarlo o manifestarlo por un medio distinto de la boca, de la misma manera el Hijo y Verbo de Dios no puede ser reconocido ni oído, si no es expresado o revelado por el Espíritu Santo, como por una boca".

El espíritu es revelado plenamente por Jesucristo. En una suerte de hermosa síntesis de todo el evangelio de Lucas y Juan, san Gregorio Nacianceno escribe: "Cristo nace y el Espíritu lo precede; es bautizado y el Espíritu lo atestigua; es puesto a prueba y Aquél lo hace regresar a Galilea; realiza milagros y Aquél lo acompaña; sube al cielo y el Espíritu le sucede" (Discursos, xxx, 29). En la plenitud el Espíritu reposa sobre Cristo y acompaña toda su existencia. Puesto que Cristo posee con plenitud al Espíritu Santo, puede darlo con abundancia y sin medida a todos los que creen en él (Jn 7,37-39). La nueva creación que Cristo cumple, a través del sacrificio de su muerte y resurrección, se hace patente cuando, al soplar sobre sus discípulos reunidos en el cenáculo, infunde en ellos su Espíritu: "sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20,22). La efusión del Espíritu Santo, en el día de pentecostés, indica el comienzo oficial de la misión de los discípulos de Jesús ante el mundo, para que la Iglesia pudiera proclamar con decisión su anuncio, ser coherente en su vida y capaz de llevar perdón y amor a todos.

El Espíritu Santo es don del Padre y el Hijo; su acción es siempre plenamente trinitaria en una lógica relacional que forma la pericóresis perenne del darse recíproco, pleno y total de las tres personas divinas. "Recibirá de lo mío y os lo explicará" (Jn 16,14-15). La misión del Espíritu consiste, pues, en llevar a la comprensión de lo que Jesús ha revelado. La revelación del Espíritu no tiene un contenido propio, sino que sólo puede ser lo que el Logos ha pronunciado, pues lo ha oído del Padre. Pero la inteligencia del misterio no es menos importante que su contenido. Toda inteligencia es una acción totalmente nueva en la que la Iglesia ve y experimenta la presencia de su Señor, que nunca la ha abandonado y siempre la sigue y acompaña en la historia, hasta que alcance la verdad en su plenitud. La misma enseñanza de Fausto de Riez nos permite una vez más aceptar esta instancia: "Nuestra existencia parece estar propiamente referida al Padre, "en quien", como dijo el Apóstol, "vivimos, nos movemos y existimos"" (Hch 17,28). En cambio, el hecho de que seamos capaces de razón, de sabiduría y de justicia es atribuido, sobre todo, a Aquél que es razón (logos), sabiduría y justicia, es decir, el Hijo. Por medio de la palabra de Dios, además, quedan claramente atribuidas a la persona del Espíritu Santo nuestra vocación a la regeneración, la renovación que de ella deriva y la santificación que le sigue (...) Podríais decir quizás: es mayor el Espíritu Santo, cuyas obras son más importantes y más notables. No es así. (...) Aunque las personas individuales obren algo propio, en las tres persiste el plan de conjunto" (I,10).

La Iglesia, presente ya en el grupo de los discípulos que durante tres años habían seguido al Señor formando con él una comunidad, nace en esa efusión del Espíritu, que ya había sido indicada en la cruz y prefigurada por la sangre y el agua que se derraman del costado abierto del crucificado. Ahora, en el día de pentecostés, tiene fuerza para erguirse en el mundo como testigo de la resurrección del Señor. Así como Jesús había inaugurado su misión pública con la predicación de la conversión y el perdón, de la misma manera la Iglesia, siguiendo los pasos de Cristo, proclama su primer discurso llamando a la conversión y a la fe en el Señor Jesús (Hch 2,14). La división de Babel, fruto del pecado, es destruida por Pentecostés, que devuelve la unidad por medio del Espíritu. El Espíritu es quien da fuerza a los discípulos para que quiten la trabazón a las puertas del cenáculo, donde estaban encerrados "porque tenían miedo", e inaugura la misión evangelizadora. Aparece, sin embargo, de una manera muy original, que crea una discontinuidad con la mentalidad y la praxis judía, porque en Jesús el Espíritu es dado a todos. La visión profética de Joel, quien veía en el futuro la expansión del Espíritu profético sobre todos los hijos e hijas de Israel se realiza y se hace visible en la comunidad de los creyentes.

Así como el Espíritu había acompañado a Jesús, ahora acompaña a su Iglesia. Una mirada a las distintas comunidades y a la vida interior, que se va estructurando en ellas, revela su acción omnipresente. El Espíritu es quien revela a los apóstoles adónde deben ir o dejar de ir (Hch 16,6-10); es también quien concede a cada uno los carismas necesarios para edificar la comunidad (1 Co 12,7); el mismo Espíritu da a los discípulos las palabras necesarias para que se defiendan durante los juicios (Lc 12,11-12) y el Espíritu del Resucitado permite que Esteban dé su testimonio supremo (Hch 7). El mismo Espíritu inspira a los autores sagrados para que redacten los evangelios y las enseñanzas de los apóstoles para que la Iglesia pueda hacer de ello su referencia constante de vida; y es también el mismo Espíritu quien guía la transmisión ininterrumpida de todo lo que no ha sido puesto por escrito, pero que constituye la fe de siempre y de todos. El Espíritu de verdad no está nunca ausente en la historia de la Iglesia, dando así a todos los creyentes el poder de mantenerse intactos en ese "sentido de la fe" (LG 12) que permite que los más simples sepan en qué consiste la fe y que da a sus pastores, unidos a Pedro, la certidumbre de interpretar el evangelio en la verdad.

En este sentido, son harto significativas las palabras de uno de los últimos autores de la literatura romana del siglo III, Novaciano: "El Espíritu constituye en la Iglesia a los profetas, instruye a los maestros, dispone las lenguas, obra los prodigios y las curaciones, realiza acciones maravillosas, concede el discernimiento de los espíritus, asigna los mandos, sugiere los consejos, dispone y distribuye todos los demás dones. Y, de esa suerte, vuelve perfecta y completa la Iglesia del Señor en cada lugar y en todo. (...) Testimonia a Cristo en los apóstoles; muestra la fe estable de los mártires; en las vírgenes rodea la admirable castidad con la caridad insigne; en los demás custodia sin alteración ni contaminación los preceptos de la doctrina del Señor; destruye a los heréticos; corrige a los infieles; desenmascara a los mentirosos; detiene a los malvados; conserva a la Iglesia incorrupta e inviolada en la santidad de la virginidad perpetua y la verdad" (De Trinitate, 26, 10-26).

Muy cercano a él, s. Máximo el Confesor dice: "Hombres, mujeres, niños, profundamente divididos en lo que se refiere a la raza, la nación, la lengua, la clase social, el trabajo, los conocimientos, la dignidad, los bienes, (...) a todos vuelve a crear la Iglesia en el Espíritu. A todos da la misma forma divina. Todos reciben de ella una sola naturaleza, que es imposible romper, una naturaleza que no permite más que se tengan en cuenta las diferencias múltiples y profundas que les conciernen. De ahí que todos estemos unidos de manera verdaderamente católica. En la Iglesia, nadie está separado de la comunidad; todos se fundan, de alguna manera, los unos en los otros, por la fuerza invisible de la fe. Así pues, Cristo es todo en todos, él que asume todo según su fuerza infinita y comunica a todos su bondad. Es como un centro en el que convergen todas las líneas. Y sucede que las criaturas del Dios único ya no sean más extrañas y enemigas unas de otras, por falta de un lugar común en el que puedan manifestar su amistad y su paz" (Mystagogia, I). Como se puede ver, a través de los dones que nos son dados, podemos reconstruir la sublimidad de aquél que los dona.

Toda la vida de la Iglesia se desarrolla, hasta nuestros días, en la obediencia al Espíritu del Señor. El apóstol recuerda que en la oración "nosotros no sabemos pedir como conviene. (...) El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza e intercede por nosotros con gemidos inefables que nos permiten dirigirnos a Dios y llamarlo: Padre" (Rm 8,26 ss). Su obra se vuelve claramente perceptible sobre todo en la liturgia, porque en ella santifica a toda la comunidad cristiana y a cada creyente. De manera especial, la eucaristía nos permite ver la realización de la obra del Espíritu. De alguna manera, es la síntesis de toda la vida sacramental, porque en ella se da la verdadera y real presencia de Cristo. La epíclesis, es decir, la invocación sobre las ofrendas, aparece como punto de convergencia en el que se reconoce su acción: "Envía a tu Espíritu a santificar los dones que te ofrecemos", es la expresión culminante en que se ve concretizada la misión del Espíritu Santo. Sin él, el pan y el vino permanecen tales, y lo mismo sucede con el agua del bautismo o el crisma de la confirmación y los óleos de las unciones. Si no está presente, no hay transformación alguna en el pacto de amor entre cónyuges, y tampoco en ese hombre de bruces en el suelo, que espera la imposición de las manos para el sacerdocio. Sin la invocación del Espíritu, ningún pecado puede ser perdonado a quien pida perdón. La grandeza del Espíritu Santo, en toda la acción litúrgica, se manifiesta en la obediencia hacia las palabras del ministro que lo invoca para que venga a transformar la materia del sacramento. De alguna manera, es posible ver una suerte de "kenosis" del Espíritu (H. U. von Balthasar), no sólo porque obedece a las palabras del ministro, sino, más aun, porque se vuelve visible en su Iglesia también en la forma de la Institución.

La vida teologal es obra del Espíritu. Allí donde se cree, espera y ama, él obra permitiendo que se cumpla un camino lento, pero progresivo hacia la identificación plena del rostro que debe recibir nuestra obediencia en la fe, la certidumbre de la esperanza y la pasión del amor. Justamente, s. Tomás podía afirmar que "omne verum a quocumque dicatur a Spiritu Sancto est" (STh, II, 109, 1, ad 1). Las semillas del Logos están sembradas en cada uno por la acción de su Espíritu; la maduración necesaria que requiere la espera de los tiempos del Espíritu exige paciencia y respeto, sin emprender caminos que podrían manifestar un deseo humano piadoso pero no necesariamente un impulso propulsivo del Espíritu. Este tema, que se abre, de manera especial, al diálogo interreligioso, permite confirmar el compromiso que el teólogo ha de asumir para sí como sujeto eclesial. El Espíritu "sopla donde quiere", es brisa de una juventud perenne de la Esposa que está llamada a seguir siempre y en todo lugar los caminos del Espíritu. Él indica las tierras y marca los compases: debemos mirar hacia él y debemos escucharlo para poder seguir siendo signos de una esperanza que nunca ha mermado.

"Sine tuo numine nihil est in homine, nihil est innoxium". Esta visión de fe, lejos de volver pasiva la acción del creyente, abre a la libre obediencia que sabe hacer del testimonio cristiano el fruto más genuino de una existencia vivida en el entusiasmo, es decir impulsada por el Espíritu que da la vida.

06S-FISI.DOC (02/07/02: 17901) - 1

 

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San Jerónimo (347-420) presbítero, traductor de la Biblia (Vulgata), doctor de la Iglesia - Comentario sobre el evangelio de Marcos, PL 2, 137-138)

 

“Una doctrina nueva llena de autoridad” -   

Jesús se dirigió a la sinagoga de Cafarnaún y se puso a enseñar. La gente estaba asombrada de su enseñanza, porque Jesús hablaba con autoridad “no hablaba como los maestros de la ley.” No decía, p.e. : “Palabra del Señor”, ni tampoco “Así habla el que me ha enviado”. No, Jesús hablaba en su propio nombre: era él quien hablaba antiguamente en los profetas. No está mal, apoyándose en un texto, que alguien diga: “Está escrito...” Es mejor aún proclamar, en el nombre del Señor mismo, “Palabra del Señor”. Pero todo esto es muy diferente de cómo actúa Jesús en persona: “En verdad, yo os digo...” ¿Cómo te atreverías tú decir: “En verdad, yo te digo...” si tú no eres Aquel que en otro tiempo dio la ley por medio de los profetas?”.
La gente estaba admirada de su enseñanza. ¿Qué era la novedad que Jesús predicaba? ¿Qué decía de nuevo? Jesús no hacía otra cosa que repetir lo que ya había anunciado por medio de los profetas. Pero la gente se quedaba sorprendida porque Jesús no enseñaba con los métodos de los maestros de la ley. Enseñaba con su propia autoridad; no como rabino sino como Señor. No hablaba refiriéndose a otro mayor que él. No, la palabra que anunciaba era su propia palabra; y si, al fin y la cabo, empleaba este lenguaje lleno de autoridad, es porque afirmaba que estaba presente en él Aquel de quien hablaba por medio de los profetas: “el pueblo sabrá que era yo quien le hablaba...” (Is 52,6) Por esto, Jesús amenaza al demonio que se expresaba por boca de un hombre poseído por él que estaba en la sinagoga: “¡Cállate, sal de este hombre!”, es decir: “sal de mi casa ¿qué haces en mi morada? Soy yo quien quiero entrar en esta casa. Cállate. Sal de este hombre. Abandona la morada preparada para que yo entre en ella... Dios lo quiere. Deja al hombre, me pertenece a mí. No quiero que esté en tu poder. Soy yo quien habito en el hombre, es mi Cuerpo. ¡Vete!”

 

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Si Dios no existiera – 1º

 

Por Antonio Orozco-Delclós

No es infrecuente encontrar a personas que, a pesar de reconocer que hay Dios, no sólo viven como si no existiese, sino que presentan su comportamiento como consecuencia lógica de su noción de Dios. Dios sería el Primer Motor aristotélico, o el gran Arquitecto, que ha puesto al mundo en movimiento y a continuación ha hecho mutis por el foro, ha regresado a su olimpo y se ha desentendido de sus criaturas, que para nada le afectan. ¿Por qué tendría que preocuparme yo de Dios, si Dios no parece preocuparse de mí? Incluso, al comenzar un curso de Filosofía sobre Dios, cabe preguntarse por qué es necesario o, al menos, interesante, tratar en Filosofía del tema de Dios. Veamos.

 

I. ¿Por qué es necesario estudiar el tema de Dios en Filosofía?

I.1. Porque es un tema esencialmente filosófico; pertenece a la filosofía misma. Más aún, es su lógica culminación. Si se entiende la Filosofía como el estudio más radical y último de todas las cosas, sería frustrante detenerse en causas inmediatas que remiten a otras causas y éstas a otras, etc., sin preguntarse siquiera por las verdaderamente primeras o si hay alguna que sea primera y única. De lo contrario todo quedaría sin explicar, como un castillo en el aire, sin fundamento, o sin fundamento conocido.

Una vez que nos hemos interesado por el ser de las cosas y nos hemos preguntado por qué las cosas son, el dinamismo intelectual de la razón nos impele a preguntarnos e indagar en la existencia y en la esencia del Origen o Causa primera de todas las cosas, a la que llamamos Dios.

I.2. Hay otra razón existencial: todos –de hecho- nos preguntamos por el principio y el fin de nuestra existencia, por el sentido de nuestra vida. puede decirse que todos los hombres de todas las culturas, civilizaciones, o épocas se han preguntado por el Ser Supremo. Es verdad que no faltan algunos que afirman no creer en Dios, más aún que «ya no se cree en Dios». Ahora bien, esta afirmación parece gratuita. Todos los estudios estadísticos sobre las creencias de los hombres, arrojan unas cifras que no admiten duda posible. Cifras que hablan de unos dos mil millones de cristianos en el mundo; de algo más de mil millones de musulmanes; de unos 800 millones de hindúes, la gran mayoría habitantes de la India, y unos 600 millones de budistas. Además, hay otras muchas religiones, pero ya con un número de fieles inferior. Y hay un número de ateos declarados que no llegan al 0,5 por 100 de la población mundial.

Ante este tipo de estadísticas se objeta, de inmediato, que una cosa es el número de teóricos fieles y otra cosa son los que practican. Y esto es totalmente cierto. Cuando hablamos de práctica religiosa los números son muy inferiores, sobre todo entre los cristianos. No es raro, ya que la religión cristiana, más que las demás, implica unos modos de vivir que suponen más exigencia personal. Vivir hoy en cristiano no es fácil, supone ir contracorriente. Especialmente si nos referimos a la Iglesia Católica, vemos que ha mantenido sus planteamientos morales intactos desde que Jesucristo naciera y viviera entre los hombres. Para los católicos no hay duda de que lo que enseñó Jesucristo es la voluntad de Dios, pues creen en la divinidad de Jesús de Nazaret como el principio más importante de su religión. Así, por ejemplo, únicamente la religión católica mantiene la unidad e indivisibilidad del matrimonio. Seguramente la dificultad del compromiso que comporta, así como la incoherencia de muchos creyentes explica suficientemente los casos particulares de ateísmo. No son razones racionales, sino afectivas o pasionales.

«Puedo asegurarte –decía Platón, filósofo pagano-, por haberlo observado en no pocos individuos, que ni uno solo de aquellos que en su juventud alardearon de no creer en la existencia de Dios, se mantuvieron en esta posición hasta la vejez» (Platón, Las leyes, CX ).

Santo Tomás, en el último año de su vida, predicaba unos sermones de Cuaresma en Nápoles y con lenguaje sencillo y directo explicaba el primer artículo del Credo apelando al argumento teleológico (finalístico): “Debe considerarse qué significa el nombre Dios, que no es otra cosa sino el gobernador y provisor de todas las cosas. Por tanto cree que Dios existe el que cree que todas las cosas de este mundo están gobernadas y previstas por Él. Quien cree que todo sucede por casualidad, no cree que existe Dios. Pero no se encuentra nadie tan tonto que no crea que las cosas naturales sean gobernadas, previstas y dispuestas, ya que proceden según el orden y tiempos ciertos. En efecto, vemos que el sol, la luna y las estrellas, y todas las demás cosas naturales guardan un curso determinado, lo cual no sucedería si se diese por casualidad: de donde, si hubiese alguien que no creyera que Dios existe, sería tonto”.

II. QUÉ PASARÍA SI DIOS NO EXISTIESE

II.1. Es una cuestión que no es superflua, al contrario, porque se observa una gran difusión del «¿qué más da?». ¿Qué más da si Dios existe o no? ¿Qué tiene que ver conmigo? «Paso» de Dios. Hace unos años, no muchos, un alto político español manifestaba a la prensa su entusiasmo por una pintada que había visto en un muro, y rezaba así: "Si Dios existe, ése es su problema"; y rizando el rizo, apostilló el genio: "existirá o no, pero a mí que no me maree..." Al margen de juicios éticos que ahora no son pertinentes, se nos ofrece un reto: afrontar seriamente la cuestión desde un punto de vista puramente intelectual.

¿Es lógico pensar que el problema de la existencia de Dios le incumba sólo a Él, si acaso existe? ¿Es lógico actuar -y principalmente gobernar- como si Dios no existiese?

II.2. «Si Dios no existe, todo está permitido» (Dostoiewski)

1) Cabe, desde luego, estudiar si de veras es o no indiferente la existencia de Dios para la vida de las personas singulares y de la sociedad entera. ¿Tiene consecuencias prácticas, relevantes y notorias la respuesta -o el silencio- a la cuestión de la existencia de Dios? ¿Da lo mismo, desde el punto de vista de la vida humana que Dios exista o no?

Jean Paul Sartre - existencialista ateo - afirmó que "aun en el caso de que Dios existiera, seguiría todo igual"; aunque confesaba sin reparos que su conclusión procedía de premisas ya ateas, que es tanto como decir condicionadas por una determinada actitud acrítica previa.

Dostoiewski, creyente por su parte, hizo exclamar a uno de sus célebres personajes: "Si Dios no existiese, todo estaría permitido". En ese "todo" se incluiría -¿por qué no?- el terrorismo, el infanticidio (aborto procurado), el geronticidio eutanásico (matar ancianos, aunque por el sistema más dulce posible), etcétera. También es cierto que hay ateos y agnósticos actuales, incapaces de matar a una mosca, que se esfuerzan por encontrar y presentar algún fundamento a una supuesta ética atea, o "civil", que pudiera ser aceptada por un amplio consenso, porque es obvio que no se puede vivir ni convivir sin unas normas que inspiren y conformen la conducta con un mínimo de racionalidad. Es de sospechar sin embargo que tal fundamento siga sin aparecer y la ética «a-tea» (o «a-religiosa» o «civil», como quiera llamarse) siga sin resultar convincente y, por tanto, eficaz.

"En efecto - reconoció Sartre -, todo está permitido si Dios no existe, y por consiguiente el hombre se encuentra abandonado porque no encuentra en él ni fuera de él, dónde aferrarse". ¿No se columbra una enorme sima entre el supuesto mundo encapsulado en sí mismo - sin trascendencia, sin autor, a su aire, rodando con suerte incierta -, y el mundo creado y cuidado sabia y amorosamente por la Providencia divina?

Es claro que si Dios no existiese y, por hipótesis que considero absurda, existiéramos nosotros, no habría nada con valor absoluto: ni cosas absolutas, ni principios absolutos, ni valores absolutos, ni derechos absolutos; todo sería relativo, y el bien y el mal no serían más que palabras huecas. ¿No plantea esto ningún problema al ser humano inteligente? ¿"Da igual" que haya o no haya bien ni mal moral?

II.3. «El hombre es una pasión inútil», «el infierno son los otros» (J. P. Sartre)

"Puesto que yo he eliminado a Dios Padre -explica Sartre-, alguien ha de haber que fije los valores. Pero al ser nosotros quienes fijamos los valores, esto quiere decir llanamente que la vida no tiene sentido a priori". En rigor, añade el existencialista ateo, para el ateísmo "no tiene sentido que hayamos nacido, ni tiene sentido que hayamos de morir. Que uno se embriague o que llegue a acaudillar pueblos, viene a ser lo mismo; el hombre es una pasión inútil"; y el niño "un ser vomitado al mundo", "la libertad es una condena" y "el infierno son los otros". Estas son conclusiones del ateísmo de Sartre.

II. 3. «El hombre es pura química» (Severo Ochoa)

En otro contexto -más triste, quizá, por más entrañable-, el anciano Severo Ochoa (premio Nobel de Medicina) seguía llorando casi lo mismo: "el amor y el odio son pura química". (¿Es posible que el conocido amor del propio profesor Ochoa a su difunta esposa, tierno aún después de tanto tiempo, fuera pura química? ¿y su dedicación a la ciencia, a la enseñanza, su respetuoso trato con las personas...; todo eso, y mucho más de bueno que de él podía decirse, era también pura química? ¡Qué química más misteriosa, la que conoció el señor Ochoa! Algún supremo enigma ha de encerrar la «pura química» para que, en forma de premio Nobel, pueda decir de sí misma: ¡soy pura química! ¿Y no es de maravillar que a la química en forma de simio le hayamos salido unos chicos tan cavilosos y espabilados? Pero la cuestión que ahora nos ocupa es esta: ¿«da igual», «da lo mismo» que exista o que no exista Dios? Si somos pura química, el fin del hombre es, como la del universo, la «muerte térmica», energía procedente de la energía cósmica, que no se pierde, según el famoso y bien probado principio antrópico, pero se degrada sin remedio, hasta que el universo sea, por «muerte térmica» un panteón de estrellas muertas, a menos 270 grados de temperatura. La pura química equivale a pura nada.

II.4. La ética se reduciría a la ley del más fuerte

Otro Nobel, Albert Camus, agnóstico como Ochoa, no ateo como Sartre, mediado el siglo XX, escribía en un artículo titulado «La crisis del hombre», que causó gran impacto: «Si no se cree en nada, si nada tiene sentido y si en ninguna parte se puede descubrir valor alguno, entonces todo está permitido y nada tiene importancia. Entonces no hay nada bueno ni malo, y Hitler no tenía razón ni sinrazón. Lo mismo da arrastrar al horno crematorio a millones de inocentes que consagrarse al cuidado de enfermos. A los muertos se les puede hacer honores o se les puede tratar como basura. Todo tiene entonces el mismo valor... Si nada es verdadero o falso, nada bueno o malo, si el único valor es la habilidad, sólo puede adoptarse una norma: la de llegar a ser el más hábil, es decir, el más fuerte. En este caso, ya no se divide el mundo en justos e injustos, sino en señores y esclavos. El que domina tiene razón». Es la ley de la selva. El héroe que brota de esas premisas es Sísifo, el hombre que se mofa de los dioses, menosprecia su propio destino y mira estúpidamente cómo una y otra vez se le cae el peñasco que había empujado hasta una cima, para tornar a subirlo, sin saber por qué, sin lograr nunca un atisbo de finalidad, de sentido a su vivir.

Albert Camus reconocía honradamente que una filosofía semejante era impracticable, ni siquiera se podía imaginar. Se daba cuenta de que sin duda unas conductas valen más que otras. "Busco el razonamiento que me permitirá justificarlas", declaraba en 1946, a un periodista de Le Litteraire. Pero murió sin hallarlo.

II.5. Nietzsche y la «muerte de Dios»

Cierto día, en Alemania, apareció en la prensa una esquela: «Dios ha muerto. Firmado: Nietzsche». Al día siguiente en el mismo periódico, apareció esta otra: «Nietzsche ha muerto. Firmado: Dios».
¿Sarcasmo excesivo? Quizá. Ahora bien, es preciso reconocer que la pretensión de haber matado a Dios no es humo de pajas. Nadie mejor que Nietzsche sabía las consecuencias de la supuesta muerte de Dios, que consideraba verdadera e irreversible:

«¿Adónde se ha ido Dios? Nosotros le hemos matado. Todos nosotros somos sus asesinos... ¿Cómo hemos sido capaces de beber el mar entero? ¿Quién nos ha dado la esponja con que hemos podido borrar el horizonte entero? ¿Qué hemos hecho cuando desprendimos la Tierra del Sol? ¿Hacia dónde se mueve ahora? ¿Hacia dónde nos movemos nosotros, ¿Nos estamos alejando de todos los soles? ¿Es que nos estamos cayendo, incesantemente? ¿Hacia detrás y hacia todos los lados? ¿Hay además un arriba y un abajo? ¿No vagamos perdidos en la infinitud de la nada? ¿No sentimos en nuestro rostro el vaho del espacio vacío? ¿No sentimos que va aumentando el frío? ¿No se va acercando la noche, continuamente, una noche cada vez más densa?..."

Pero enseguida presenta su plan de "reconversión". Se trata de colocarse en su lugar, de alcanzar el "superhombre", capaz de superar con su "voluntad de poder" la profunda aniquilación del hombre derivada de la "muerte" de Dios, enfrentarse con el vacío inmenso de la nada y, sin temor alguno, crear nuevos valores, más allá del bien y del mal.

¡Dios ha muerto! ¡Y somos nosotros los que le hemos matado!... ¿No son demasiado grandes para nosotros las proporciones de esta acción? ¿No deberemos convertirnos en dioses para hacernos dignos de ella? Nunca hubo acción alguna más grande y todos los que nazcan después de nosotros pertenecerán a una época histórica superior a todas las que ha habido hasta ahora, gracias a esta acción... Este terrible acontecimiento está todavía en camino y marcha hacia adelante» (Die Fröhliche Wissenschaft, número 125).

Ahora bien, la historia demuestra que no ha sido Dios el muerto, sino Nietzsche. Sin Dios no hay Absoluto. Todo es relativo. Bien y mal son palabras huecas. «Haz el mal, verás como te sientes libre», dice uno de los héroes de "Le Diable et le bon Dieu", de J. P Sastre. Éste se propuso la aventura de "inventar valores", puesto que el principio absoluto de su discurso es la dogmática negación de Dios con el fin de afirmar una libertad humana absoluta.

Jean Paul Sartre reconoce que si Dios no existe, los valores no están fijados de antemano. Hay que inventarlos. ¿Quién será el inventor? «Puesto que yo he eliminado a Dios Padre, alguien ha haber que fije los valores. Pero al ser nosotros quienes fijamos los valores, esto quiere decir llanamente que la vida no tiene sentido a priori. Y añade Sartre: «no tiene sentido que hayamos nacido, ni tiene sentido que hayamos de morir. Que uno se embriague o que llegue a acaudillar pueblos, viene a ser lo mismo. El hombre es una pasión inútil», y «el niño es un ser vomitado al mundo», «la libertad es una condena».

La muerte de Dios es la muerte del hombre. Sólo habría valores inventados, sin realidad, sin eficacia. Entre los valores inventados y los valores reales habría la misma diferencia que entre una piedra pensada y una piedra real. Con una piedra real se puede construir un enorme edificio; con una piedra pensada nada puede romperse, ni edificarse en la realidad. Es el absurdo, lo impensable, lo que no puede ser en absoluto.

II.6. El agnosticismo es un riesgo para sí mismo y para la sociedad

Es muy de agradecer que los agnósticos sean respetuosos con los demás, que sea buenos ciudadanos, tolerantes, dialogantes, educados, cívicos. No obstante, han de reconocer que carecen de fundamento racional de su conducta. Pero como la persona humana, en tanto que lo es, no deja de ser racional, su futuro se encuentra amenazado sin remedio por la incertidumbre y la angustia, es más, cabe decir que constituyen un peligro para sí mismos y para los demás. El peligro de perder pie - no hay suelo en el que apoyarse - ; el riesgo de venirse abajo, de regresar a los modos del salvaje - ilustrado, eso sí -, será siempre una amenaza y una tentación.


III. CUANDO SE RECONOCE QUE DIOS EXISTE

En cambio, quien reconoce la existencia de Dios Padre Todopoderoso, por mal que se le den las cosas, siempre tendrá la posibilidad de "¡venirse arriba!", de enriquecer su corazón incluso con el amor a los que se consideran sus enemigos - porque entiende que también ellos son hijos de Dios -, y podrá vivir una alegría íntima que nada ni nadie, pase lo que pase, podrán arrebatar.

¿Habría terrorismo si los terroristas creyeran en Dios y practicasen la religión? Seguramente seguiría habiendo robos y crímenes, pero ¿habría los mismos? ¿Habría tanta corrupción -de toda especie - en la vida pública, en la familiar y en la personal, si todos creyéramos en Dios, si fuésemos formados desde pequeños, por ejemplo, en las verdades del Catecismo de la Doctrina Cristiana?

Es cierto que no siempre los creyentes damos ejemplos sublimes de virtud. Pero también hay médicos "matasanos", y no por eso descalificamos a los médicos en general, ni declaramos que la Medicina es una ciencia inútil o perversa, ni se nos ocurre ser neutrales en la cuestión de si es necesario o no que en las universidades se estudie Medicina lo mejor posible.

IV. ¿ES POSIBLE SER NEUTRAL?

Se podría ser neutral, por ejemplo, en la cuestión sobre la necesidad de la educación religiosa, si estuviese probado que «da igual»; que no es una necesidad para el bien de la persona y para el bien común de la sociedad. Pero es obvio que ni la persona ni la sociedad son lo mismo cuando se sabe que Dios existe que cuando se ignora. Por tanto, no da igual, no da lo mismo. La neutralidad es sencillamente imposible: sencillamente, ´

porque no "da igual"; no da lo mismo «Dios» que «cero,»

no da lo mismo ser «hijos de Dios» que ser «hijos del mono».

Uno puede preferir el terrorismo al respeto, pero lo que no puede ser es "neutral" en esa cuestión.

Cosa semejante, no igual, pero parecida, sucede con el aborto, con la eutanasia, con el divorcio y con el reconocimiento de la existencia de Dios. Uno puede creer en unos términos o en otros, pero es evidente que no puede ser neutral, porque de ninguna manera "da igual", ni para el individuo ni para la sociedad. Se trata de una cuestión de vida o muerte.

La experiencia enseña que los niños que crecen sin saber que hay un Dios Padre Todopoderoso, son generalmente niños problema, más proclives al egoísmo, más concentrados en sí mismos, taciturnos o frívolos. ¿Cómo no recordar el enorme consuelo que significó para Hellen Keller, la famosa alumna de Ana Sullivan, ciega, sorda y muda, la noticia de la existencia de Dios Padre? Antes vivía como un animalito. Cuando pudo comprender que su situación era también fruto de un amor infinito, misterioso pero real, su conducta cambió radicalmente y enriqueció el bien común de la Humanidad con un ejemplo magnífico y estimulante.

"La mayor rebelion del hombre"

"La religión es la mayor rebelión del hombre que no quiere vivir como una bestia, que no se conforma, que no se aquieta si no trata y conoce al Creador: el estudio de la religión es una necesidad fundamental. Un hombre que carezca de formación religiosa no está completamente formado (...)" (J. Escrivá de Balaguer). No es exageración, pues sin Dios el hombre no es más que un pez o - si se prefiere - un simio evolucionado, que viene de la nada y a la nada vuelve.

Por fortuna, la realidad no es así. El hombre ha sido creado «a imagen y semejanza de Dios», que es Amor, y quiere infinitamente que participemos de su felicidad infinita.

Si "aconfesionalidad" del Estado quiere decir "neutralidad", que "le da igual" que los ciudadanos sean una cosa u otra, con tal de nutrirse de ellos, entonces el Estado es lo más parecido a un monstruo, el famoso Leviatán: una amenaza para creyentes y para no creyentes.

Los creyentes debemos, obviamente, defender el derecho a la educación religiosa y cumplir el deber de impartirla a nuestros hijos; así como procurar que nos gobierne gente que no sea esquizofrénica: que no piense una cosa mientras dice o hace la contraria; que tenga siempre en cuenta la realidad -muy comprensible, muy demostrable y muy demostrada- de la existencia de Dios, de quien procede todo poder en el cielo y en la tierra. Y los no creyentes deben reconocer que no serían neutrales si de alguna forma se opusieran a este derecho-deber que el creyente tiene.

Hemos dicho que sin el reconocimiento de Dios no ha sido ni es posible fundar sólidamente valor alguno, aunque en la actualidad se siga intentando, porque la naturaleza humana no puede vivir sin ley moral, porque ella misma es ley. Por eso, no sólo en la práctica, los ateos (las personas que niegan la existencia de Dios) pueden vivir sometidos a normas éticas incluso férreas. Muchos cultivan algunos valores humanos espléndidos. Pero a menudo bastantes se deslizan por la pendiente del fanatismo, se sienten inclinados a enarbolar la bandera de una enésima "nueva moral" y tratan de imponerla a los demás, a toda cosa. Es el caso, ahora de la llamada moral laica, o ética civil, supuestamente no religiosa.

No hace mucho, Christian Chabanis (Gran Premio Católico de Literatura 1985), se refería a la vieja cuestión de la moral sin Dios, así como al reto que presenta un mundo donde el sentido moral parece haberse esfumado. Chabanis, como es lógico, insiste en que sin referencia a Dios es imposible mantener el verdadero sentido moral. Pero opina que no es exacto decir que "hoy no hay moral". No le falta razón, porque es cierto que el ateísmo es capaz de generar una cierta moral, en la misma medida en que genera una "religión", o, si se prefiere, una "pseudo-religión", pues, en fin de cuentas es una manera de "ligarse" o "atarse" a ciertas coordenadas o pautas de conducta, con sus dogmas, con sus preceptos férreos y hasta con sus inquisidores implacables.

La ética laicista resulta intolerante y represiva de los valores más humanizadores

"Hoy -dice Chabanis- existe una moral terrible, una moral violenta, una moral que condena por ejemplo la virginidad y a la mujer que en una situación difícil conserva a su hijo negándose a abortar". Una moral que ridiculiza a las madres de familia numerosa. Una moral de inquisidores/as refinadísimos/as, que acaso podríamos denominar "posmodernos/as", organizadores/as de un auténtico terrorismo psicológico, capaces de descalificar -por qué no- al mismo Papa de Roma, si se atreve a predicar la moral evangélica.

Los obispos suelen pedir disculpas, de algún modo, cuando proclaman alguna verdad un poco fuerte. El inquisidor posmoderno, no; es permisivo e implacable a la vez. Es tolerante en un sentido que considera absoluto, pero no tolera que se le lleve la contraria. Todo lo tolera en sí mismo, pero no tolera nada que pueda incomodarle un poco. Se declara de talante liberal y demócrata, pero ay de aquél que se permita opinar de modo contrario a su entender. La respuesta será no una razón o argumento, sino una descalificación y quizá incluso un insulto. Lo he visto en gentes «muy bien educadas».

Un día de una época afortunadamente pretérita soporté un telediario entero. Todos los personajes que aparecían en la pequeña pantalla decían cosas terribles de los demás, pero ninguno, ni uno sólo esgrimía una razón. Llamaba ignorante al oponente, pero no daba razón alguna de su epíteto. Alguien decía: "este señor ignora la Constitución", pero no señalaba ni de lejos cuál era el punto vulnerado ni cuál sería la postura acertada. Y así con todo.

Independencia y libertad

El ateo-tolerante-permisivo-neutral es persona de mucho temer. Su error y amenaza para la sociedad estriba no tanto en su estimación de la independencia como en su desprecio de la íntima libertad personal ajena. En el fondo, confunde dos conceptos tan distintos como "independencia" y "libertad". Afortunadamente, la libertad no equivale a independencia. Baste considerar que la libertad existe, y la independencia no. La gente normal lo suele distinguir. La prueba es que cuando sale un periódico que se llama "El independiente", enseguida se pregunta: "¿de quién depende «El Independiente»?". Y acierta al menos en que todo independiente depende de alguien que, desde luego, no es neutral. Quizá sólo le importa el dinero, pero esto ya es una postura muy determinada y condicionante.

El hombre es criatura, y no podría dejar de serlo sino volviendo a la nada (cosa que tampoco sería posible sin Dios). La dependencia respecto a Dios es cosa que jamás podrá suprimirse. Sólo Dios es Dios. Por eso, la vida humana tiene una dimensión sin la cual no podría existir: la dimensión moral, que resulta de la relación de mi conducta actual con el «fin final» -eterno- al que estoy llamado. El hombre no tiene derecho a gobernarse ni a gobernar como si Dios no existiese. Sobre todo si sabe que Dios existe. ¿Qué diría el gobernante discípulo de Grocio, si su hijo se pusiera a gobernar su casa, la del gobernante, como si él (el gobernante) no existiese? ¿Le parecería bien, de buena educación; la juzgaría una conducta laudable, merecedora de aplauso, respetuosa con la familia y con la sociedad, progresiva? El rey Segismundo Augusto de Polonia se negaba a admitir el principio cuius regio, eius religio (si tal era la religión del rey, tal había de ser la religión de los súbditos): "¿soy acaso rey de las conciencias de mis súbditos?", se preguntaba, con razón. El rey, o quienquiera que sea el que gobierne, no tiene derecho a imponer su religión, pero tampoco su "no-religión", ni su teísmo ni su ateísmo. Se encuentra en una situación realmente difícil; no es nada fácil ser gobernante, porque tampoco el gobernante puede ser neutral. No es que "no se deba" serlo, sucede que es imposible que lo sea.

En cuestiones morales se puede ser ignorante, pero no se puede ser neutral, a no ser que fuera posible renunciar al pensamiento, es decir, que se pudiera presentar la dimisión del ámbito racional y del discurso lógico.

Yo puedo decir: de esto no sé, por tanto no opino, reconozco mi ignorancia. Lo que no puedo hacer es decir: veo lo que es bueno y vital para la sociedad, pero me lo callo para no molestar a los que opinan lo contrario. También cabe decir: veo, pero no lo bastante bien para juzgar si esto es un círculo o un cuadrado. Bien, pero entonces no se meta usted en negocio de círculos y cuadrados. O si usted no sabe si un niño en el seno de su madre es o no persona, por favor, retírese del gobierno de las personas, porque muy bien puede usted acabar siendo, sin darse cuenta, un criminal más peligroso que Al Capone. Lo cual no es de maravillar que pase con mucha frecuencia cuando no es que uno no sepa, sino que "se empeña" en actuar como si Dios no existiese.

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Textos de la Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa
de Juan Pablo II (junio 2003)

El oscurecimiento de la esperanza

7. Esta palabra se dirige hoy también a las Iglesias en Europa, afectadas a menudo por un oscurecimiento de la esperanza. En efecto, la época que estamos viviendo, con sus propios retos, resulta en cierto modo desconcertante. Tantos hombres y mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza, y muchos cristianos están sumidos en este estado de ánimo. Hay numerosos signos preocupantes que, al principio del tercer milenio, perturban el horizonte del Continente europeo que, « aun teniendo cuantiosos signos de fe y testimonio, y en un clima de convivencia indudablemente más libre y más unida, siente todo el desgaste que la historia, antigua y reciente, ha producido en las fibras más profundas de sus pueblos, engendrando a menudo desilusión ».14

Entre los muchos aspectos indicados con ocasión del Sínodo,15 quisiera recordar la pérdida de la memoria y de la herencia cristianas, unida a una especie de agnosticismo práctico y de indiferencia religiosa, por lo cual muchos europeos dan la impresión de vivir sin base espiritual y como herederos que han despilfarrado el patrimonio recibido a lo largo de la historia. Por eso no han de sorprender demasiado los intentos de dar a Europa una identidad que excluye su herencia religiosa y, en particular, su arraigada alma cristiana, fundando los derechos de los pueblos que la conforman sin injertarlos en el tronco vivificado por la savia del cristianismo.

En el Continente europeo no faltan ciertamente símbolos prestigiosos de la presencia cristiana, pero éstos, con el lento y progresivo avance del laicismo, corren el riesgo de convertirse en mero vestigio del pasado. Muchos ya no logran integrar el mensaje evangélico en la experiencia cotidiana; aumenta la dificultad de vivir la propia fe en Jesús en un contexto social y cultural en que el proyecto de vida cristiano se ve continuamente desdeñado y amenazado; en muchos ambientes públicos es más fácil declararse agnóstico que creyente; se tiene la impresión de que lo obvio es no creer, mientras que creer requiere una legitimación social que no es indiscutible ni puede darse por descontada.

8. Esta pérdida de la memoria cristiana va unida a un cierto miedo en afrontar el futuro. La imagen del porvenir que se propone resulta a menudo vaga e incierta. Del futuro se tiene más temor que deseo. Lo demuestran, entre otros signos preocupantes, el vacío interior que atenaza a muchas personas y la pérdida del sentido de la vida. Como manifestaciones y frutos de esta angustia existencial pueden mencionarse, en particular, el dramático descenso de la natalidad, la disminución de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, la resistencia, cuando no el rechazo, a tomar decisiones definitivas de vida incluso en el matrimonio.

Se está dando una difusa fragmentación de la existencia; prevalece una sensación de soledad; se multiplican las divisiones y las contraposiciones. Entre otros síntomas de este estado de cosas, la situación europea actual experimenta el grave fenómeno de las crisis familiares y el deterioro del concepto mismo de familia, la persistencia y los rebrotes de conflictos étnicos, el resurgir de algunas actitudes racistas, las mismas tensiones interreligiosas, el egocentrismo que encierra en sí mismos a las personas y los grupos, el crecimiento de una indiferencia ética general y una búsqueda obsesiva de los propios intereses y privilegios. Para muchos, la globalización que se está produciendo, en vez de llevar a una mayor unidad del género humano, amenaza con seguir una lógica que margina a los más débiles y aumenta el número de los pobres de la tierra.

Junto con la difusión del individualismo, se nota un decaimiento creciente de la solidaridad interpersonal: mientras las instituciones asistenciales realizan un trabajo benemérito, se observa una falta del sentido de solidaridad, de manera que muchas personas, aunque no carezcan de las cosas materiales necesarias, se sienten más solas, abandonadas a su suerte, sin lazos de apoyo afectivo.

9. En la raíz de la pérdida de la esperanza está el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo. Esta forma de pensar ha llevado a considerar al hombre como « el centro absoluto de la realidad, haciéndolo ocupar así falsamente el lugar de Dios y olvidando que no es el hombre el que hace a Dios, sino que es Dios quien hace al hombre. El olvido de Dios condujo al abandono del hombre », por lo que, « no es extraño que en este contexto se haya abierto un amplísimo campo para el libre desarrollo del nihilismo, en la filosofía; del relativismo en la gnoseología y en la moral; y del pragmatismo y hasta del hedonismo cínico en la configuración de la existencia diaria ».16 La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera.

En esta perspectiva surgen los intentos, repetidos también últimamente, de presentar la cultura europea prescindiendo de la aportación del cristianismo, que ha marcado su desarrollo histórico y su difusión universal. Asistimos al nacimiento de una nueva cultura, influenciada en gran parte por los medios de comunicación social, con características y contenidos que a menudo contrastan con el Evangelio y con la dignidad de la persona humana. De esta cultura forma parte también un agnosticismo religioso cada vez más difuso, vinculado a un relativismo moral y jurídico más profundo, que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad del hombre como fundamento de los derechos inalienables de cada uno. Los signos de la falta de esperanza se manifiestan a veces en las formas preocupantes de lo que se puede llamar una « cultura de muerte ».

Salamanca, España - 09.VII.2003

 

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Si Dios no existiera (II)

 

Un texto de Krzysztof Zanussi, cineasta polaco, en un artículo titulado «Entre dos milenios», publicado en Nuestro tiempo, Marzo 2002 nº 573, aporta otra reflexión sobre la diferencia teórica y práctica entre la afirmación o la negación de Dios. No es una cuestión indiferente. (Advirtamos que se utiliza aquí el término «humanismo» en un sentido inmanentista, tópico y reductivo)

 

«Hay otro plano aún más interesante para reflexionar sobre la cultura del siglo XXI. Es el vinculado a esta pregunta: ¿con qué imagen del hombre se construirá esa cultura? Aquí se ha esbozado una encrucijada, aun que haya hablado de ella con poca claridad. Al parecer, existen dos imágenes del hombre, contradictorias entre sí. Y las dos penetran en nuestra conciencia. Una procede de la época de la ilustración y la originó J.J. Rousseau. Se trata de una imagen humanista del hombre, considerado como un punto de referencia definitivo. La otra es una viva imagen espiritualista. El punto de referencia es Dios, y el hombre, una obra creada.

Entre estas dos imágenes se producen conflictos en varios aspectos. Por ejemplo, ante la idea de la calidad humanista de la vida. Si partimos de la base de que el hombre es un jalón definitivo, podemos concluir que un hombre inválido lleva una vida incompleta, y de ahí a que no valga la pena sostener o proteger una vida así... De este humanismo nace la idea de eliminar a los inválidos de alguna manera humanitaria. Es una idea que proviene de la concepción de que el hombre es quien decide sobre la calidad de vida. Y de ahí se nutre la demanda para legalizar la eutanasia y otras muchas -y lógicas- demandas.

El hombre como ser creado -el hombre que rinde cuentas a alguien, el hombre que responde de sus actos ante alguien- se nos presenta como una concepción radicalmente distinta. Hay terrenos sagrados que no pueden transgredirse. Si creemos que somos criaturas de Dios, creemos también que Dios nos prohibió ciertas cosas, y también sus consecuencias (cuidado, si os saltáis estas normas, pereceréis).

Si asumimos la perspectiva humanista, nos está permitido llegar hasta el límite de nuestro conocimiento apoyándonos en la razón. Y si la razón no nos falla, podemos cambiarnos genéticamente, introducir la ingeniería que nos transforme en otra cosa, que nos perfeccione. Porque todo está permitido.

Se trata de una encrucijada muy interesante. A menudo, no nos damos cuenta de que una tonta discusión sobre si se debe trabajar o no el domingo -tonta, porque hay un montón de razones a favor de que las tiendas abran- es muy interesante. ¿De verdad hemos de seguir el mandato bíblico de celebrar el día santo? ¿Es racional hacerlo? Si esa orden tiene tanto arraigo en nuestra tradición, quizá haya que obedecerla en vez de discutirla. Aunque el mundo no se va a terminar por esta pequeñez: hay otras resoluciones similares que nos advierten sobre algo prohibido, sobre algo que nosotros queremos.

Criaturas o creadores

¿Debemos seguir nuestro impulso? Parece evidente que entre la idea de cerrar el supermercado el domingo y la ingeniería genética hay un buen trecho, pero es un espacio continuo: porque se pasa de una cosa a otra naturalmente, porque admitimos que se nos quite algo si tiene una justificación racional. Y llegamos a la conclusión de que -sin limitaciones- podemos cambiarnos tanto a nosotros mismos como al mundo. ¿Es la familia un verdadero bien si constituye un inconveniente para vivir la vida? Dejando a un lado a los egoístas solitarios, la familia trae bajo el brazo un montón de fastidios: criar a los hijos, fidelidad matrimonial... Demasiadas limitaciones. El instinto del hombre contemporáneo, ese que busca calidad de vida, le empuja sin remisión hacia una libertad egoísta. Además, ya hay instituciones que se ocupan de los niños. Alguien los educará. Si no somos criaturas sino creadores, efectivamente hay que probar de todo y todo nos está permitido. Criaturas o creadores.»

 

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Divino amor

 

José María Zandueta

 

Posas tu mano en mi ardorosa frente,
acaricias mi rostro y mi cabeza,
me unges con sutil delicadeza,
hay en tu entorno un aura evanescente.

Mi corazón enamorado siente
que tu inmenso poder y tu grandeza
me besan con fervor y gentileza
buscando mi presencia ansiosamente.

Es muy difícil precisar, si cuanto
el uno más que el otro se adelanta
ambos a dos dan fe del mismo encuentro.

Es un amor divino, un amor santo,
un amor que hasta el Cielo se levanta,
un amor que se esconde muy adentro.

 

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Ven, Espíritu divino

 

 Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo,
Padre amoroso del pobre,
Don, en tus dones espléndido;
Luz que penetra las almas.
Fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
Divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacía del hombre
si Tu le faltas por dentro;
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito,
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
Amén.

 

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EL DIVINO AMOR

 

Te ando buscando, amor que nunca llegas,
te ando buscando, amor que te mezquinas,
me aguzo por saber si me adivinas,
me doblo por saber si te me entregas.

Las tempestades mías, andariegas,
se han aquietado sobre un haz de espinas;
sangran mis carnes gotas purpurinas
porque a salvarme, ¡oh niño!, te me niegas.

Mira que estoy de pie sobre los leños,
que a veces bastan unos pocos sueños
para encender la llama que me pierde.

Sálvame, amor, y con tus manos puras
trueca este fuego en límpidas dulzuras
y haz de mis leños una rama verde.

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Alfonsina Storni

 

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Deliquios del amor divino

 

Sor Francisca Josefa del Castillo

 

El habla delicada
del amante que estimo,
miel y leche destila
entre rosas y lirios.

Su meliflua palabra
corta como rocío,
y con ella florece
el corazón marchito.

Tan suave se introduce
su delicado silbo,
que duda el corazón
si es el corazón mismo.

Tan eficaz persuade,
que, cual fuego encendido,
derrite como cera
los montes y los riscos.

Tan fuerte y tan sonoro
es su aliento divino,
que resucita muertos
y despierta dormidos.

Tan dulce y tan suave
se percibe al oído,
que alegra de los huesos
aun lo más escondido.

Al monte de mirra
he de hacer mi camino,
con tan ligeros pasos
que iguale al cervatillo.

Mas, ¡ay Dios!, que mi amado
al huerto ha descendido,
y como árbol de mirra
suda el licor más primo.

De bálsamo es mi amado,
apretado racimo
de las viñas de Engadi:
el amor le ha cogido.

De su cabeza el pelo,
aunque ella es oro fino,
difusamente baja
de penas a un abismo.

El rigor de la noche
le da el color sombrío,
y gotas de su hielo
le llena de rocío.

¿Quién pudo hacer, ¡ay cielo!,
temer a mi querido?
Que huye el aliento y queda
en mortal deliquio.

Rotas las azucenas
de sus labios divinos,
mirra amarga destilan
en su color marchitos.

Huye, aquilón; ven, austro;
sopla en el huerto mío;
las eras de las flores
den su olor escogido.

Sopla más favorable,
amado vientecillo;
den su olor los aromas,
las rosas y los lirios.

Mas, ¡ay!, que si sus luces
de fuego y llamas hizo,
hará dejar su aliento
el corazón herido.

 

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Glosa a lo divino

 

San Juan de la Cruz

 

Sin arrimo y con arrimo,
sin luz y a oscuras viviendo,
todo me voy consumiendo.
Mi alma está desasida
de toda cosa criada,
y sobre sí levantada,
y en una sabrosa vida,
sólo en su Dios arrimada.
Por eso ya se dirá
la cosa que más estimo,
que mi alma se ve ya
sin arrimo y con arrimo.
Y aunque tinieblas padezco
en esta vida mortal,
no es tan crecido mi mal,
porque, si de luz carezco,
tengo vida celestial;
porque el amor de tal vida,
cuando más ciego va siendo,
que tiene el alma rendida,
sin luz y a oscuras viviendo.
Hace tal obra el amor,
después que le conocí,
que, si hay bien o mal en mí,
todo lo hace de un sabor,
y al alma transforma en sí;
y así, en su llama sabrosa,
la cual en mí estoy sintiendo,
apriesa, sin quedar cosa,
todo me voy consumiendo.

 

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Romance del divino gozo

 

José María Pemán

 

El gozo del mundo se entra
dentro de mi corazón.
¡Estrecho gozo el que cabe
en tan estrecha mansión!.

El gozo que entra en nosotros:
gozo es de mal gozador.

Quiero un gozo que me envuelva
porque él me sea mayor.

¿Qué gozo será el que traiga
tanta anchura y tanto sol?.

Dios le dijo al siervo fiel:
"Entra en el gozo de Dios"...

¡No gozos que entren en mí:
quiero un gozo en que entre yo!.

***************
(Del libro "Obras de José María Pemán". EDIBESA)

 

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Que expresa los efectos del amor divino

 

Sor Juana Inés de la Cruz

Mientras la gracia me exita
por elevarme a la esfera,
más me abate a lo profundo
el peso de mis miserias.

La virtud y la costumbre
en el corazón pelean
y el corazón agoniza
en tanto que lidian ellas.

Y aunque es la virtud tan fuerte,
temo que tal vez la venzan,
que es muy grande la costumbre
y está la virtud muy tierna.

Oscurécese el discurso
entre confusas tinieblas;
¿pues quién podrá darme luz,
si está la razón a ciegas?

De mi mesma soy verdugo
y soy cárcel de mí mesma:
¿quién vio que pena y penante
una propia cosa sean?

Hago disgusto a lo mismo
que más agradar quisiera;
y el disgusto que doy
en mí resulta la pena.

Amo a Dios y siento en Dios;
y hace mi voluntad mesma
de lo que es alivio, cruz,
del mismo puerto, tormenta.

Padezca, pues Dios lo manda;
mas de tal manera sea,
que si son penas las culpas
que no sean culpas las penas.

 

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El divino impaciente (fragmentos)

 

 

José María Pemán

...
Ignacio:
El dolor
de tu alma ardiente, Javier:
me da pena verla arder
sin que dé luz ni calor.
Eres arroyo baldío
que, por la peña desierta,
va desatado y bravío.
¡Mientras se despeña el río
se está secando la huerta!.
Javier:
No vive, Ignacio, infecundo
quien busca fama.
Ignacio:
¡Qué abismo
disimulado y profundo!
¡Qué importa ganar el mundo
si te pierdes a ti mismo?
...
Javier:
¿Me quieres, pues, apartado
de todo? ¿Pides, quizás,
que deje hacienda y estado?...
Me pides demasiado....
Ignacio:
¡Yo te ofrezco mucho más!
...
Cuando el aplauso te aclama,
ya piensas que estás llegando
a tu más alto destino.
¿No ves que el tuyo es divino
y que así te estás quedando
a la mitad del camino!
...
¡Deja ya esos devaneos
que te anublan la verdad
y te acortan los deseos!
¿Por qué andar con regateos
con al Generosidad?.
...
El mundo es un vuelo
que pasa pronto... y detrás:
muerte, juicio, infierno o cielo.
Recordarlo es detener
el paso en el precipicio.
...
No exaltes tu nadería:
que, entre verdad y falsía,
apenas hay una tilde...
y el ufanarse de humilde
modo es también de ufanía.
Te quiero humilde, sin tanto
derramamiento de llanto
y engolamiento de voz.
Te quiero siervo de Dios...
¡pero sin jugar al Santo!.
...
cuando suena mucho el río
es porque hay piedras en él.
...
no hay virtud más eminente
que el hacer sencillamente
lo que tenemos que hacer.
Cuando es simple la intención
no nos asombran las cosas
ni en su mayor perfección.
El encanto de las rosas
es que, siendo tan hermosas,
no conocen lo que son.
...
No se puede fabricar
aceite sin estrujar
la aceituna en el molino,
ni se puede hacer buen vino
sin la pisa y el lagar.
...
Las grandes resoluciones,
para su mejor acierto,
hay que tomarlas al paso
y hay que cumplirlas al vuelo
...
La vida interior importa
más que los actos externos;
no hay obra que valga nada
si no es del amor reflejo.
...
Cada mañana tendrás
con la Señora, algún tierno
coloquio, donde le digas
esos dolores secretos
que a la Madre se le dicen
de modo más desenvuelto
que no al Padre; que por ser
el Padre, da más respeto.
Mézclame, de vez en cuando,
en el trabajo requiebros
y jaculatorias breves,
que lo perfuman de incienso.
Ni el rezo estorba al trabajo,
ni el trabajo estorba al rezo.
...

Javier:
Soy blando con la ignorancia:
con la tibieza soy duro.
...
¡y hay que hacer el bien deprisa,
que el mal no pierde un momento!
...
¡Buen modo
de celar las cosas santas!
Por evitar sacrilegios,
que la procesión no salga;
por no irritar a lo malo,
que lo bueno no se haga.
...
el Evangelio
es de todos... Sus palabras
las suelto yo como pájaros,
¡y ellos se buscan su rama!
...
Señor, Señor, no desoigas
mi voz: deja que tu siervo
pruebe también de la copa
de tu amargura del huerto.
...
Porque su luz redentora
por todo el mundo se vea,
el Señor que mi fe adora,
encendió con luz de aurora
los campos de Galilea:
no quiso, avaro, ocultar
lo que nos vino a enseñar
como una doctrina extraña:
Cristo enseñó en la montaña,
y en el lago y en el mar...
...
que Cristo Dios se hizo hombre
para enseñarle al mortal
esta ciencia celestial
que no alcanzan tantos sabios:
de perdonar los agravios
y devolver bien por mal.
...
Yo hablo en nombre de Jesús,
que escupido y flagelado,
rota su carne divina,
murió en una cruz clavado.
...
De un condenado de amor
que nos amó de tal suerte,
que nos dio vida en su muerte
y esperanza en su dolor;
de un generoso Señor
que para todos tenía
una palabra de miel,
y a los parias atendía
y a los niños les decía
que se acercaran a Él;
¡de un Dios que en La Cruz clavados
tiene ya por los pecados
de todos los pecadores,
de tanto abrirlos de amores
los brazos descoyuntados!
...
No os contentéis con sermones
de iglesia a puerta cerrada.
Andad en conversaciones
en mercados y mesones
sin miedo a nadie ni a nada.
Cristo vivió en un establo:
y yo por Él bebo y hablo
y hasta juego al ajedrez...
¡que, jugando, alguna vez
le gané un alma al diablo!
Todo es, por Cristo, oportuno:
y si yo creyera un día
que, bailando yo podía
salvar el alma de alguno...
¡yo os juro que bailaría!
...
Dios te colocó a mi paso
por mi enseñanza y mi bien...
¡Conviene sentir también
la amargura del fracaso!
...
¡No me des tanto consuelo,
que me quitas este anhelo
con que la muerte convida!...
Si haces de la vida cielo,
vas a apegarme a la vida...
¡Basta ya de estas divinas
luces, con que me iluminas
mis honduras tenebrosas!
Señor...¡un poco de espinas!
¡Basta ya por hoy de rosas!
...
¡A dar,
hijos, a la muerte el pecho!
¿No vinimos a sembrar?
¡Pues es preciso regar
la siembra que ya hemos hecho!
...
¡Yo no negaré al Señor
en el atrio de Caifás!
Ni yo seré el labrador
que, cuando el campo está en flor,
se deje su siembra atrás.
...
Postrado a tus pies benditos
aquí estoy, Dios de bondades,
entre estas dos soledades
del mar y el cielo infinitos.
Con sal en la borda escritos
fracasos de su poder,
vencida de tanto hacer
frente al mar y al oleaje,
ya va a rendir su viaje
la barquilla de Javier...
Te he confesado hasta el fin
con firmeza y sin rubor;
no puse nunca, Señor,
la luz bajo el celemín.
Me cercaron, con rigor,
angustias y sufrimientos.
Pero de mis desalientos
vencí, Señor, con ahínco.
Me diste cinco talentos
y te devuelvo otros cinco.
...
Señor, en Ti espero.
Sí... no me ocultes tu rostro...
Ya va a buscarte tu siervo...
In te, Domine, speravi
non confundar in aeternum!
***************
(Del libro "Obras de José María Pemán". EDIBESA)

 

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P: En griego bíblico son varios los casos en los que el artículo definido está ausente delante de la expresión “nuestro Salvador”, sobre todo cuando se trata del segundo de dos nombres unidos por "kai". ¿Por qué considera “gramaticalmente imposible” aplicar esto a Tito 2, 13 y 2 Pedro 1, 1?

 

R: Entre otras cosas porque el sentido no sólo es gramaticalmente enrevesado sino conceptualmente absurdo. Por ejemplo, en Tito 2, 13 se hace una referencia a la segunda venida de Cristo (manifestación gloriosa). No parece que tenga sentido referirse a ese hecho –siempre conectado con Cristo– como vinculado a dos personas distintas simplemente por complacer a los antitrinitarios. Algo similar sucede en 2 Pedro 1, 1 donde hay una referencia a la justicia de Cristo. La verdad es que forzar la gramática y el sentido de las frases tan sólo para privar a Cristo del calificativo de Dios me parece no sólo excesivo sino sectario... como lo es la Biblia de los Testigos de Jehová desde la primera hasta la última página. Dr. César VIDAL. 2004-04-27 ESPAÑA.

 

Visite: www.arvo.net  - www.mercaba.org - www.apologetica.org 

 

 

Las costumbres cambian, es cierto, igual que cambian las modas. Pero el bien y el mal son fácilmente discernibles. Hay verdades que no dependen del valor subjetivo que les demos y que serán verdades siempre y a pesar de los nuevos inquisidores, la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.

 

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HOY pocos son los que se atreven a decir lo que está bien o lo que está mal. Aquello de que nada es verdad ni es mentira, sino que todo depende del color del cristal con que se mira, ha quedado elevado a categoría absoluta. Lo importante ya no es lo que miramos, sino el color del cristal a través del cual miramos. Lo importante ya no es la verdad, sino el valor que le demos a esa verdad.

 

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No cometas nunca una acción vergonzosa, ni con nadie, ni a solas: por encima de todo, respétate a ti mismo. Seguidamente ejércete en practicar la justicia, en palabras y en obras, aprende a no comportarte sin razón jamás. 

Y sabiendo que morir es la ley fatal para todos, que las riquezas, unas veces te plazca ganarlas y otras te plazca perderlas.

 

Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

 

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".

 

Ecología. «Toda actitud irrespetuosa con el medio ambiente conlleva daños a la convivencia humana, y viceversa», dice el Papa. De hecho, Benedicto XVI va más allá y asegura que el abastecimiento energético puede traer graves consecuencias para la paz mundial, debido a la gran competitividad entre los estados para conseguir recursos. «La destrucción del ambiente, su uso impropio o egoísta y el acaparamiento violento de los recursos de la tierra, generan fricciones, conflictos y guerras, precisamente porque son fruto de un concepto inhumano de desarrollo», concluye el Pontífice. Así de clara es la tesis que el Papa Benedicto XVI sostiene en el mensaje que el Vaticano publicó ayer [2006-12-12] con motivo de la Jornada Mundial de la Paz que se celebra el 1 de enero 2007 cuyo lema es: «La persona humana, corazón de la paz»

Lema del 01.01.2006: «En la verdad, la paz».

 

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Deberíamos acostumbrarnos a bendecir al Creador por cada cosa. A sus discípulos, Jesús les enseñó a orar pidiendo al Padre celestial no mi, sino nuestro pan de cada día. Quiso así que cada hombre se sienta corresponsable de sus hermanos, a fin de que a ninguno le falte lo necesario para vivir. Los productos de la tierra son un don destinado por Dios para toda la familia humana.

 

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Alégrese la madre naturaleza
con el grito de la luna llena:
que no hay noche que no acabe en día,
ni invierno que no reviente en primavera,
ni muerte que no dé paso a la vida;
ni se pudre una semilla
sin resucitar en cosecha.

 

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¡Laudetur Iesus Christus!

gracias por venir a visitarnos

Recomendamos vivamente: Título: ¿Sabes leer la Biblia?

Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado - Autor: Francisco Varo – Editorial: Planeta Testimonio

 

 

Cristianos: ¡no nos dejemos engañar por algunos grupos, veamos este ejemplo!

Recomendamos: ROMA, DULCE HOGAR, Scott Hahn y su esposa Kimberly cuentan el largo viaje que les llevó de protestantes-evangélicos calvinistas, hasta la casa paterna en la Iglesia Católica. Un camino erizado de dificultades, pero recorrido con gran coherencia y docilidad a la gracia, y cuyo motor era el amor a Jesucristo y a su Palabra en la Sagrada Escritura.

En: www.librohispania.com Librería Hispania.

 

Recomendamos: “LO PRIMERO ES EL AMOR”, Scott Hahn muestra de nuevo una de sus mejores cualidades como autor: su gran capacidad para explicar las verdades esenciales de la Iglesia Católica fundada por Jesucristo, de un modo accesible y atrayente. En esta obra el incentivo es esta pregunta: ¿Qué clase de amor y qué clase de familia satisfacen nuestros más íntimos anhelos?. Con su clara prosa desarrolla una idea central de la fe cristiana: Dios, la Trinidad de Personas Divinas, es una familia que vive en una comunión de amor. Expone también Hahn la íntima conexión entre la familia divina, la familia de la fe, que es la Iglesia, y las familias de la tierra formadas por un hombre y una mujer. Ed. Patmos – Libros de espiritualidad-225

 

Recomendamos: Comprometidos con Dios – autor: Scott Hahn

El autor profundiza en la Escritura y la Tradición de la Iglesia, para exponer la importancia y la riqueza de los siete sacramentos, establecidos por Cristo: su doctrina, símbolos, historia y rituales. Con su habitual estilo vigoroso, Hahn narra su experiencia del descubrimiento de la vida sacramental, y ayuda al lector a entender la necesidad de los sacramentos en el plan de salvación de Dios. MMVI


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