Friday 19 December 2014 | Actualizada : 2014-12-19
 
Inicio > Valores > Limosna - 2º misericordia; lectura; ¿Qué significa la palabra “limosna”?

 

La limosna hecha a los pobres es un testimonio de caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios.

 

 

El Evangelio indica una característica típica de la limosna cristiana: tiene que hacerse en secreto. “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha”, dice Jesús, “así tu limosna quedará en secreto” (Mt 6,3-4). Y poco antes había afirmado que no hay que alardear de las propias buenas acciones, para no correr el riesgo de quedarse sin la recompensa en los cielos (cf. Mt 6,1-2). La preocupación del discípulo es que todo sea para mayor gloria de Dios. Jesús nos enseña: “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestra buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16). Por tanto, hay que hacerlo todo para la gloria de Dios y no para la nuestra.

Queridos hermanos y hermanas, que esta conciencia acompañe cada gesto de ayuda al prójimo, evitando que se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien de nuestros hermanos, sino que más bien aspiramos a satisfacer un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, nos situamos fuera de la perspectiva evangélica. En la sociedad moderna de la imagen hay que estar muy atentos, ya que esta tentación se plantea continuamente. La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros.

¿Cómo no dar gracias a Dios por tantas personas que en el silencio, lejos de los reflectores de la sociedad mediática, llevan a cabo con este espíritu acciones generosas de ayuda al prójimo necesitado? Sirve de bien poco dar los propios bienes a los demás si el corazón se hincha de vanagloria por ello. Por este motivo, quien sabe que “Dios ve en lo secreto” y en lo secreto recompensará, no busca un reconocimiento humano por las obras de misericordia que realiza.

4.  La Escritura, al invitarnos a considerar la limosna con una mirada más profunda, que trascienda la dimensión puramente material, nos enseña que hay mayor felicidad en dar que en recibir (Hch 20,35). Cuando actuamos con amor expresamos la verdad de nuestro ser: en efecto, no hemos sido creados para nosotros mismos, sino para Dios y para los hermanos (cf. 2Cor 5,15). Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría.

Más aún: san Pedro cita entre los frutos espirituales de la limosna el perdón de los pecados. “La caridad –escribe– cubre multitud de pecados” (1P 4,8). Como repite a menudo la liturgia cuaresmal, Dios nos ofrece a los pecadores la posibilidad de ser perdonados. El hecho de compartir con los pobres lo que poseemos nos dispone a recibir ese don. En este momento pienso en los que sienten el peso del mal que han hecho y, precisamente por eso, se sienten lejos de Dios, temerosos y casi incapaces de recurrir a él. La limosna, acercándonos a los demás, nos acerca a Dios y puede convertirse en un instrumento de auténtica conversión y reconciliación con él y con los hermanos.

5. La limosna educa a la generosidad del amor. San José Benito Cottolengo solía recomendar: “Nunca contéis las monedas que dais, porque yo digo siempre: si cuando damos limosna la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, tampoco la derecha tiene que saberlo” (Detti e pensieri, Edilibri, n. 201). Al respecto es significativo el episodio evangélico de la viuda que, en su miseria, echa en el tesoro del templo “todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,44). Su pequeña e insignificante moneda se convierte en un símbolo elocuente: esta viuda no da a Dios lo que le sobra, no da lo que posee, sino lo que es: toda su persona.

Este episodio conmovedor se encuentra dentro de la descripción de los días que precedente inmediatamente a la pasión y muerte de Jesús, el cual, como señala San Pablo, se hizo pobre a fin de enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor 8,9); se ha entregado a sí mismo por nosotros. La Cuaresma nos impulsa a seguir su ejemplo, también a través de la práctica de la limosna. Siguiendo sus enseñanzas podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándolo estaremos dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos.

¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno.

6. Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma nos invita a “entrenarnos” espiritualmente, también mediante la práctica de la limosna, para crecer en la caridad y reconocer en los pobres a Cristo mismo. Los Hechos de los Apóstoles cuentan que el apóstol san Pedro dijo al tullido que le pidió una limosna en la entrada del templo: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar” (Hch 3,6).

Con la limosna regalamos algo material, signo del don más grande que podemos ofrecer a los demás con el anuncio y el testimonio de Cristo, en cuyo nombre está la vida verdadera. Por tanto, este tiempo ha de caracterizarse por un esfuerzo personal y comunitario de adhesión a Cristo para ser testigos de su amor.

 

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«El panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente, si a las antiguas añadimos las nuevas pobrezas, que afectan a menudo a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sin sentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social ( ) Es la hora de una nueva imaginación de la caridad que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre». Carta Apostólica de Juan Pablo II «Novo Millenio Ineunte».-

 

 

LIMOSNA

 

 

Citas de la Sagrada Escritura

Es frecuentemente recomendada: Ex 23, 11; Lev 19, 10; 23, 22; Dt 24, 19-22; 1 Re 17, 10-16; Sal 40, 1; 81, 4; Prov 3, 27...


Produce abundantes frutos: Tob 4, 7-12; 12, 9-12; Eclo 3, 33; 29, 15; Dan 4, 24.

 

Dad limosna conforme a vuestros medios y todo será puro en vosotros. Lc 11, 41.

 

Hacerla secretamente esperando de Dios la recompensa: Mt 6, 2-4.

 

Demos a aquellos que no nos lo pueden devolver: Lc 14, 12-14.

 

Quien da su dinero a los pobres se granjea amigos en el cielo. Lc 16, 9.


Dar de lo necesario: Mc 12, 4144; Lc 21, 1-4.

 

Nuestro Señor desprecia las limosnas de los hipócritas: Mt 6, 1 -4.


Estemos dispuestos a ayudar a nuestros hermanos con nuestras limosnas: Rom 12, 13; y también a nuestros enemigos: Rom 12, 20; los cristianos de Macedonia y Acaya sustentan con sus limosnas a los de Jerusalén: Rom 15, 30-31.


Pablo recomienda que ayuden a Febe, la diaconisa, como ella misa ayuda a los otros: Rom 16, 1-2.

 

La oración, limosna espiritual: Rom 15, 30-31.


No avergonzar a aquellos que nada poseen: I Cor 11, 22.


Las limosnas sin la caridad son estériles, por grande que sea su abundancia: I Cor 13, 3.


Colecta para los cristianos de Jerusalén; motivos que Pablo hace valer: I Cor 16, 1-4; 2 Cor 8, 9.


Los que venden lo que poseen para dar limosna consiguen en el cielo un tesoro inagotable: Lc 11, 33.

 

San Pablo acepta con agradecimiento las limosnas de los Filipenses. Flp 4, 16.


San Pedro resucita a Tabita, cuyo milagro le pedían los pobres socorridos con sus limosnas: Hech 9, 36-41.

 

Las oraciones y las limosnas del Centurión Cornelio son aceptadas por Dios, disponiéndole a la conversión: Hech 10, 2, 4,

31.


Que el que tenga dos túnicas dé una al que no tenga, y aquel que tenga de comer haga lo mismo. Lc 3, 11.

 

 

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EL PERDÓN FUENTE DE LIBERTAD

 

«El descubridor del papel del perdón en la espera de los asuntos humanos fue Jesús de Nazaret. El hecho de que hiciera este descubrimiento en un contexto religioso no es razón para tomarlo con menos seriedad en un sentido estrictamente secular» (H. Arendt). El perdón se manifiesta en su límite como la tolerancia y la convivencia ofrecidas al que ha sido intolerante. La ley castiga al intolerante, el perdón le perdona. La intolerancia legal frente al intolerante puede engendrar un círculo de venganza. Sin embargo, el perdón es «la única reacción que no reactúa simplemente, sino que actúa de nuevo y de forma inesperada, no condicionada por el acto que la provocó y, por lo tanto, libre de sus consecuencias, lo mismo quien perdona que aquel que es perdonado». Es decir, permite la libertad creando una situación nueva.

 

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La limosna

1. “Arrepentíos y dad limosna (cf. Mc 1, 15 y Lc 12, 33).

 

La palabra “limosna” no la oímos hoy con gusto. Notamos en ella algo humillante. Esta palabra parece suponer un sistema social en el que reina la injusticia, la desigual distribución de bienes, un sistema que debería ser cambiado con reformas adecuadas. Y si tales reformas no se realizasen, se delinearía en el horizonte de la vida social la necesidad de cambios radicales, sobre todo en el ámbito de las relaciones entre los hombres. Encontramos la misma convicción en los textos de los Profetas del Antiguo Testamento, a quienes recurre frecuentemente la liturgia en el tiempo de Cuaresma. Los Profetas consideran este problema a nivel religioso: no hay verdadera conversión a Dios, no puede existir “religión” auténtica sin reparar las injurias e injusticias en las relaciones entre los hombres, en la vida social. Sin embargo, en tal contexto los Profetas exhortan a la limosna.

Y tampoco emplean la palabra “limosna”, que, por lo demás, en hebreo es “sadaqah”, es decir, precisamente “justicia”. Piden ayuda para quienes sufren injusticia y para los necesitados: no tanto en virtud de la misericordia, cuanto sobre todo en virtud del deber de la caridad operante.

“¿Sabéis qué ayuno quiero yo?: romper las ataduras de iniquidad, deshacer los haces opresores, dejar libres a los oprimidos, y quebrantar todo yugo; partir el pan con el hambriento, albergar al pobre sin abrigo, vestir al desnudo y no volver tu rostro ante el hermano” (Is 58, 6-7).

La palabra griega “eleemosyne” se encuentra en los libros tardíos de la Biblia, y la práctica de la limosna es una comprobación de auténtica religiosidad. Jesús hace de la limosna una condición del acercamiento a su reino (cf. Lc 12, 32-33) y de la verdadera perfección (cf. Mc 10, 21 y paral.). Por otra parte, cuando Judas —frente a la mujer que ungía los pies de Jesús— pronunció la frase: “¿Por qué este ungüento no se vendió en trescientos denarios y se dio a los pobres?” (Jn 12, 5), Cristo defiende a la mujer respondiendo: “Pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a mí no me tenéis siempre” (Jn 12, 8). Una y otra frase ofrecen motivo de gran reflexión.

2. ¿Qué significa la palabra “limosna”?

La palabra griega “eleemosyne” proviene de “éleos”, que quiere decir compasión y misericordia, inicialmente indicaba la actitud del hombre misericordioso y, luego, todas las obras de caridad hacia los necesitados. Esta palabra transformada ha quedado en casi todas las lenguas europeas: en francés: “aumône”; en español: “limosna”; en portugués: “esmola”; en alemán: “Almosen”; en inglés: “Alms”.

Incluso la expresión polaca “ jalmuzna” es la transformación de la palabra griega.

Debemos distinguir aquí el significado objetivo de este término, del significado que le damos en nuestra conciencia social. Como resulta de lo que ya hemos dicho antes, atribuimos frecuentemente al término “limosna”, en nuestra conciencia social, un significado negativo. Son diversas las circunstancias que han contribuido a ello y que contribuyen incluso hoy. En cambio, la “limosna” en sí misma, como ayuda a quien tiene necesidad de ella, como “el hacer participar a los otros de los propios bienes”, no suscita en absoluto semejante asociación negativa. Podemos no estar de acuerdo con el que hace la limosna por el modo en que la hace. Podemos también no estar de acuerdo con quien tiende la mano pidiendo limosna, en cuanto que no se esfuerza para ganarse la vida por sí. Podemos no aprobar la sociedad, el sistema social, en el que haya necesidad de limosna. Sin embargo, el hecho mismo de prestar ayuda a quien tiene necesidad de ella, el hecho de compartir con los otros los propios bienes, debe suscitar respeto.

Vemos cuán necesario es liberarse del influjo de las varias circunstancias accidentales para entender las expresiones verbales: circunstancias con frecuencia impropias, que pesan sobre su significado corriente. Estas circunstancias, por lo demás, a veces son positivas en sí mismas (por ejemplo, en nuestro caso: la aspiración a una sociedad justa en la que no haya necesidad de limosna, porque reine en ella la justa distribución de bienes).

Cuando el Señor Jesús habla de limosna, cuando pide practicarla, lo hace siempre en el sentido de ayudar a quien tiene necesidad de ello, de compartir los propios bienes con los necesitados, es decir, en el sentido simple y esencial que no nos permite dudar del valor del acto denominado con el término “limosna, al contrario, nos apremia a aprobarlo: como acto bueno, como expresión de amor al prójimo y como acto salvífico.

Además, en un momento de particular importancia, Cristo pronuncia estas palabras significativas: “Pobres siempre los tenéis con vosotros” (Jn 12, 8). Con tales palabras no quiere decir que los cambios de las estructuras sociales y económicas no valgan y que no se deban intentar diversos caminos para eliminar la injusticia, la humillación, la miseria, el hambre. Quiere decir sólo que en el hombre habrá siempre necesidades que no podrán ser satisfechas de otro modo sino con la ayuda al necesitado y con hacer participar a los otros de los propios bienes... ¿De qué ayuda se trata? ¿De qué participación? ¿Acaso sólo de “limosna”, entendida bajo la forma de dinero, de socorro material?

3. Ciertamente Cristo no quita la limosna de nuestro campo visual. Piensa también en la limosna pecuniaria, material, pero a su modo. A este propósito, es más elocuente que cualquier otro, el ejemplo de la viuda pobre, que depositaba en el tesoro del templo algunas pequeñas monedas: desde el punto de vista material, una oferta difícilmente comparable con las que daban otros. Sin embargo, Cristo dijo: “Esta viuda... echó todo lo que tenía para el sustento” (Lc 21, 3-4). Por lo tanto, cuenta sobre todo el valor interior del don: la disponibilidad a compartir todo, la prontitud a darse a sí mismos.

Recordemos aquí a San Pablo: “Si repartiere toda mi hacienda... no teniendo caridad, nada me aprovecha” (1 Cor 13, 3). También San Agustín escribe muy bien a este propósito: “Si extiendes la mano para dar, pero no tienes misericordia en el corazón, no has hecho nada, en cambio, si tienes misericordia en el corazón, aún cuando no tuvieses nada que dar con tu mano, Dios acepta tu limosna” (Enarrat. in Ps. CXXV, 5).

Aquí tocamos el núcleo central del problema. En la Sagrada Escritura y según las categorías evangélicas, “limosna” significa, ante todo, don interior. Significa la actitud de apertura “hacia el otro”. Precisamente tal actitud es un factor indispensable de la “metánoia”, esto es, de la conversión, así como son también indispensables la oración y el ayuno. En efecto, se expresa bien San Agustín: “¡Cuán prontamente son acogidas las oraciones de quien obra el bien!, y ésta es la justicia del hombre en la vida presente: el ayuno, la limosna, la oración” (Enarrat. in Ps. XLII, 8): la oración, como apertura a Dios; el ayuno, como expresión del dominio de sí, incluso en el privarse de algo, en el decir “no” a sí mismos; y, finalmente, la limosna, como apertura “a los otros”. El Evangelio traza claramente este cuadro cuando nos habla de la penitencia, de la metánoia. Sólo con una actitud total —en relación con Dios, consigo mismo y con el prójimo— el hombre alcanza la conversión y permanece en estado de conversión.

La “limosna” así entendida tiene un significado, en cierto sentido, decisivo para tal conversión. Para convencerse de ello, basta recordar la imagen del juicio final que Cristo nos ha dado:

“Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; peregriné, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; preso, y vinisteis a verme. Y le responderán los justos: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos peregrino y te acogimos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el Rey les dirá: En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 35-40).

Y los Padres de la Iglesia dirán después con San Pedro Crisólogo: “La mano del pobre es el gazofilacio de Cristo, porque todo lo que el pobre recibe es Cristo quien lo recibe” (Sermo VIII, 4), y con San Gregorio Nacianceno: “El Señor de todas las cosas quiere la misericordia, no el sacrificio; y nosotros la damos a través de los pobres” (De pauperum amore, XI).

Por tanto, esta apertura a los otros, que se expresa con la “ayuda”, con el “compartir” la comida, el vaso de agua, la palabra buena, el consuelo, la visita, el tiempo precioso, etc., este don interior ofrecido al otro llega directamente a Cristo, directamente a Dios. Decide el encuentro con Él. Es la conversión.

En el Evangelio, y aún en toda la Sagrada Escritura, podemos encontrar muchos textos que lo confirman. La “limosna” entendida según el Evangelio, según la enseñanza de Cristo, tiene un significado definitivo, decisivo en nuestra conversión a Dios. Si falta la limosna, nuestra vida no converge aún plenamente hacia Dios.

4. En el ciclo de nuestras reflexiones cuaresmales será preciso volver sobre este tema. Hoy, antes de concluir, detengámonos todavía un momento sobre el verdadero significado de la “limosna”. En efecto, es muy fácil falsificar su idea, como ya hemos advertido al comienzo. Jesús hacía reprensiones también respecto a la actitud superficial “exterior” de la limosna (cf. Mt 6, 2-4; Lc 11, 41). Este problema está siempre vivo. Si nos damos cuenta del significado esencial que tiene la “limosna” para nuestra conversión a Dios y para toda la vida cristiana, debemos evitar a toda costa todo lo que falsifica el sentido de la limosna, de la misericordia, de las obras de caridad: todo lo que puede deformar su imagen en nosotros mismos. En este campo es muy importante cultivar la sensibilidad interior hacia las necesidades reales del prójimo, para saber en qué debemos ayudarle, cómo actuar para no herirle, y cómo comportarnos para que lo que damos, lo que aportamos a su vida, sea un don auténtico, un don no cargado por el sentido ordinario negativo de la palabra “limosna”.

Vemos, pues, qué campo de trabajo —amplio y a la vez profundo— se abre ante nosotros, si queremos poner en práctica la llamada: “Arrepentíos y dad limosna” (cf. Mc 1, 15 y Lc 12, 33). Es un campo de trabajo no sólo para la Cuaresma, sino para cada día. Para toda la vida.

 

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SELECCIÓN DE TEXTOS

  

Medio de conversión, de penitencia y obra de misericordia

 

3331 La limosna y el ayuno, como medios de conversión y de penitencia cristiana, están estrechamente ligados entre si. El ayuno significa un dominio sobre nosotros mismos [...]. Y la limosna—en la acepción más amplia y esencial —significa la prontitud a compartir con los otros alegrías y tristezas, a dar al prójimo, en particular al necesitado; a repartir no sólo los bienes materiales, sino también los dones del espíritu. Y precisamente por este motivo debemos abrirnos a los demás, sentir sus diversas necesidades, sufrimientos, infortunios, y buscar—no sólo en nuestros recursos, sino sobre todo en nuestros corazones, en nuestro modo de comportarnos y de actuar—los medios para adelantarnos a sus necesidades o llevar alivio a sus sufrimientos y desventuras. (JUAN PABLO II, Carta a la diócesis de Roma, 28-2-1979).

 

3332 (La misericordia, la limosna) es el lustre del alma, la enriquece y la hace aparecer buena y hermosa. El que piensa compadecerse de la misericordia de otro, empieza a abandonar el pecado [...] (S. AGUSTÍN, en Catena Aurea vol. Vl, p. 48).

 

3333 Continuamente encontramos a un Lázaro, si lo buscamos, y a cada paso le vemos aunque no le busquemos. Considerad que los pobres necesitados se prestan a nosotros y nos suplican una limosna, cuando han de ser con el tiempo nuestros intercesores. (S. GREGORIO MAGNO, Hom. 40 sobre los Evang.).


3334 Donde se da limosna no se atreve a penetrar el diablo. (S. JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea vol. VI, p. 170).
El pobre no es más que un instrumento del cual Dios se sir- 3335 ve para impulsarnos a obrar bien. (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la limosna).

 

3336 Dios puede, en realidad, alimentar a los pobres; pero quiere que se unan, por amor, los que dan con quienes reciben. (S. JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea val. VI, p. 312).


3337 Purifiquémonos, pues, no sólo de comidas y bebidas, sino también de toda otra contaminación inmunda, del perjurio, de la detracción, de la enemistad, de la intemperancia y, señaladamente, de la avaricia, principio y fin que es de todos los males. El apartamiento de todo eso es la más brillante purificación, el ayuno verdadero e inculpable. Pero antes que esto y juntamente con esto y a la vez que esto practiquemos la limosna, que es la que nos levanta no ya al tercer cielo, sino hasta el Señor mismo de todos los cielos; la limosna, que, como un carro de fuego y puesto sobre el cielo, recibe a los que suben de la tierra. Con ella, nuestro ayuno resultará brillante y acepto a Dios, y nuestra oración se elevará como nube de incienso. (NECTARIO, Hom. en la fiesta de S. Teodoro, 15; PG 39, 1833).

3338 Te vendiste al pecar, redímete ahora con tus buenas obras, paga tu rescate con tu dinero. Viles son las riquezas, pero la misericordia es preciosa. La limosna—dice—libra del pecado (Tob 12, 8). Y en el Evangelio dice el Señor: Haceos amigos de las riquezas injustas (Lc 14, 9) [...]. Convierte tú, como buen dispensador, las riquezas de instrumento de la avaricia, en recurso de la misericordia. (S. AMBROSIO, Libro de Ellas y el ayuno, 20; PL 14, 759).


Generosidad


3339 No seáis mezquinos ni tacaños con quien tan generosamente se ha excedido con nosotros, hasta entregarse totalmente, sin tasa. Pensad ¿cuánto os cuesta —también económicamente—ser cristianos? (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios, 126).


3340 En ti debe haber una fuente, no una bolsa. (S. AGUSTÍN, Sermón 355).

341 Las riquezas mal conservadas pueden perderse fácilmente, si no de una manera material si en un sentido espiritual, porque no aprovechan a su dueño a conseguir su salvación. (S. JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, val. I, p. 385).
3342 No temamos la pobreza que nos pueda resultar de esta nuestra largueza, ya que la misma bondad es una gran riqueza y nunca puede faltarnos con qué dar, pues Cristo mismo es quien da el alimento y quien lo recibe. En todo este asunto interviene la mano de Aquel que al partir el pan lo aumenta y al repartirlo lo multiplica. (S. LEÓN MAGNO, Sermón 10 sobre la Cuaresma).

 

3343 Que el temor a la pobreza que pueda sobrevenir, no impida a la voluntad ser generosa en la limosna. (S. JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, vol. I, p. 384).

 

3344Que el que distribuye limosnas lo haga con despreocupación y alegría, ya que, cuanto menos se reserve para sí, mayor será la ganancia que obtendrá. (S. LEÓN MAGNO, Sermón 10 sobre la Cuaresma).

 

3345 Sin la limosna es imposible ver el reino; porque así como se corrompen las aguas detenidas de una fuente, así sucede a los ricos cuando guardan para sí sus riquezas. (S. JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, vol. Vl, p. 97).
3346 No está la limosna en dar poco de lo mucho que se tiene, sino en hacer lo que aquella viuda, que dio todo lo que tenía; pero si tú no puedes hacer lo que la viuda, por lo menos da lo que te sobre. (S. JUAN CRISÓSTOMO, Catena Aurea, vol. Vl, p. 393).

 

3347 El que da limosna no hace, a imitación de Dios, discriminación alguna, en lo que atañe a las necesidades corporales, entre buenos y malos, justos o injustos, sino que reparte a todos por igual, a proporción de las necesidades de cada uno, aunque su buena voluntad le inclina a preferir a los que se esfuerzan en practicar la virtud, más bien que a los malos. (S. MÁXIMO, Sobre la Caridad, 1).

 

Todos podemos dar limosna

 

3348 Quizá no tenga pan con que socorrer al necesitado; pero quien tiene lengua dispone de un bien mayor que puede distribuir; pues vale más el reanimar con el alimento de la palabra al alma que ha de vivir para siempre, que saciar con el pan terreno al cuerpo, que ha de morir. Por lo tanto, hermanos, no neguéis al prójimo la limosna de vuestra palabra. (S. GREGORIO MAGNO, Hom. 4 sobre los Evang.).

 

3349 (Da al que te pida). Puede entenderse también esto del dinero de la doctrina, que nunca falta; sino que cuanto más se da, tanto más se multiplica. (S. JERÓNIMO, en Catena Aurea, vol. I, p. 323).

 

3350 Dad limosna: esta palabra se refiere a todas las obras de misericordia, porque da limosna no sólo el que da de comer al que tiene hambre y otras necesidades por el estilo, sino también el que perdona a quien le falta y ruega por él, el que corrige a otro [...]. (SAN BEDA, en Catena Aurea, vol. VI, p. 49).

 

3351 La limosna, denominación que incluye una extensa gama de obras de misericordia, de modo que todos los fieles son capaces de practicarla, por diversas que sean sus posibilidades. (S. LEÓN MAGNO, Sermón 6 sobre la Cuaresma).

 

3352 La pobreza no impide de ninguna manera el andar por aquel camino de penitencia que consiste en seguir el mandato del Señor, distribuyendo los propios bienes—hablo de la limosna—, pues esto lo realizó incluso aquella viuda pobre que dio sus dos pequeñas monedas. (S. JUAN CRISOSTOMO, Hom. 6 sobre el tentador).

 

3353 El hombre de corazón duro es avaro e insensible a las miserias del prójimo; hallará mil excusas para no tener que dar limosna. (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la limosna).

 

3354 La limosna no se hace sólo con dinero, sino también con otras obras, como cuando alguien protege a otro, o un médico cura, o un sabio aconseja. (S. JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, vol. Vl, pp. 96-97).


Rectitud de intención

 

 

3355 Cuando des limosna, no vayas tocando la trompeta... Quizá procuraban reunir al pueblo cuando hacían algo bueno, para que todos fueran a ese espectáculo. (SANTO TOMÁS, Catena Aurea, val. I, p. 340).


3356 Mientras estamos en este mundo, es preciso hacer cuantas limosnas podamos; siempre seremos bastante ricos, si tenemos la dicha de agradar a Dios y salvar nuestra alma; mas es necesario hacer la limosna con la más pura intención. ¡Qué felices seríamos si todas las limosnas que hayamos hecho durante nuestra vida nos acompañasen delante del tribunal de Dios para ayudarnos a ganar el cielo! (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la limosna).


Dios premia con creces nuestra generosidad en la limosna


3357 Jamás será pobre una casa caritativa. (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la limosna).

 

3358 Os pregunto, hermanos, ¿qué es lo que queréis o buscáis cuando venís a la Iglesia? Ciertamente, la misericordia. Practicad, pues, la misericordia terrena y recibiréis la misericordia celestial. El pobre te pide a ti, y tú le pides a Dios; aquel un bocado, tú la vida eterna. Da al indigente y merecerás recibir de Cristo, ya que él ha dicho: Dad y se os dará. No comprendo cómo te atreves a esperar recibir si tú te niegas a dar. Por esto, cuando vengáis a la iglesia, dad a los pobres la limosna que podáis, según vuestras posibilidades. (S. CESÁREO DE ARLÉS, Sermón 25).


3359No serán solamente los pobres los que rogarán por vosotros sino las mismas limosnas, las cuales vendrán a ser como otros tantos protectores cerca del Señor que implorarán benevolencia en vuestro favor. (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la limosna).


3360La razón que debe inducirnos a dar limosnas de todo corazón y con alegría es el pensar que las damos al mismo Jesucristo. Leemos en la vida de Santa Catalina de Siena que, al encontrarse una vez con un pobre, le dio una cruz; en otra ocasión, dio su ropa a una pobre mujer. Algunos días después, apareciósele Jesucristo, y le manifestó haber recibido aquella cruz y aquella ropa que ella había puesto en manos de sus pobres, y que le habían complacido tanto que esperaba el día del juicio para mostrar aquellos presentes a todo el universo. (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la limosna).


3361 Los misericordiosos y quienes hacen buenas obras no se verán reducidos a la miseria, pero sí los mezquinos y quienes se desentienden de los demás [...]. El ejercicio de la limosna no sólo remediará la necesidad de los santos, sino que os producirá la abundancia por las muchas acciones de gracias que se darán a Dios (2 Cor 9, 10-2), porque cuando la oración de los pobres dirige a Dios acción de gracias por nuestra limosna y obras buenas, Dios en retribución aumenta nuestros bienes. (S. CIPRIANO, Sobre las buenas obras y sobre la limosna, 9; PL 4, 627).

3362 Has de disminuir alguna parte de tus bienes dándosela de buena voluntad a los pobres, [...1. Verdad es que Dios te lo restituirá no sólo en el otro mundo, sino aun también en éste, pues nada hace prosperar tanto los bienes temporales como la limosna [...]. (S. FRANCISCO DE SALES, Introd. a la vida devota, III, 15).


Limosna y pecados veniales


3363 ...Ejercitaos en la limosna, en el ayuno y en la oración. Por estos remedios se purgan los pecados diarios, que, a causa de la fragilidad humana, no pueden dejar de deslizarse en el alma. No despreciéis estos pecados porque son pequeños, sino temedlos porque son muchos. Atended, hermanos míos. Son pequeños, no grandes. No son como el león, que de un bocado se traga a uno; pero también, frecuentemente, muchos insectos pequeños llegan a matar. Si fuera arrojado alguien a un lugar lleno de pulgas, ¿acaso no moriría allí? No son grandes, pero la naturaleza humana es débil y puede ser destruida por insectos diminutos. Así también los pecados pequeños. Prestadles, pues, atención porque son pequeños, temedlos porque son muchos. (S. AGUSTIN, Sermón 9).


3364 Pequeñísimos son los granos de arena; pero si permites que entren demasiados en la barca, acabarán por hundirla de modo que perezcáis. Las gotas de agua, aunque son pequeñas, ¿acaso no llenan los ríos hasta rebosar y socavan las casas? No despreciéis, pues, los pecados menudos. Pero diréis: ¿quién puede librarnos de ellos? Para que se pudiera decir esto (porque verdaderamente nadie puede), Dios misericordioso, viendo nuestra fragilidad, puso a nuestro alcance remedios. ¿Cuáles? Tres: la limosna, la oración y el ayuno. Para que tu oración sea verdadera debes hacer limosnas perfectas. ¿Cuáles son? Que de lo que te sobra, des al que no tiene; y que cuando alguien te ofenda, le perdones. (S. AGUSTÍN, ibídem).

 

Limosna.-

"Como no se disminuye el agua de un pozo por más que se extraiga, así se aumentan los fondos de aquel que hace limosna, puede compararse la limosna a la abundancia de la leche que dan los pechos de una madre amorosa, porque cuanto más la saca el niño necesitado, más acude. (S. Clemente, c. 7, lib. 3, sent. 8, Tric. T. 1, p. 125.)"


"Los que tienen un verdadero deseo de ejercitar la caridad, aunque no puedan cumplirlo, recibirán de Dios la misma recompensa que los que la ejercitan verdaderamente: la voluntad es igual en ambos, aunque sean desiguales las facultades. (S. Clemente, sent. 11, lib. 4, Tric. T. 1, p. 125.)"


"El bienaventurado Apóstol San Pablo llama sacrificios a las obras de caridad para con el prójimo; porque compadecerse de los pobres y hacerles bien, es dar a usuras al mismo Dios: repartir con los más pequeños, es dar al mismo Dios, y ofrecerle un sacrificio espiritual de buen olor que le agrada mucho. (S. Cipriano, lib. de la limosna, sent. 25, Trie. T. 1, p. 302.)"


"Los muchos hijos que tengo, me dirá alguno, me impiden para que yo haga grandes limosnas; mas esto es tan al contrario, que eso mismo os debe obligar a ser más limosneros: pues cuantos más hijos tenéis, más son las personas por quienes debéis rogar a Dios, y más almas habrá que purificar, y más por quienes trabajar para que el Señor les de la salud eterna. (S. Cipriano, lib. de la limosna, sent. 32, Tric. T. 1, p. 305.)"


"La limosna tiene un no se qué de divino y excelente; ella es el consuelo de los fieles, prenda de la seguridad de nuestra salvación, fundamento de nuestra esperanza, escudo de nuestra fe, y remedio de nuestras culpas. (S. Cipriano, ibid., sent. 33, Tric. ibid., ibid.)"


"En nuestros hermanos cautivos debemos contemplar a Cristo y redimir del peligro de la cautividad al que nos redimió del peligro de la muerte, para que Aquel que nos sacó de las fauces del demonio, ahora, El mismo que está y habita entre nosotros, salga de entre las manos de los bárbaros, y se redima con cierta cantidad de dinero, al que nos redimió en la cruz con el caudal de su sangre. (S. Cipriano, Ep. 60, ad Episc. Numid., sent. 6, adic., Tric. T. 1, p. 379 y 380.)"


"Dichoso es aquel que atiende con ojos atentos al pobre y al necesitado. Según uno de los sentidos de estas palabras, se puede decir que son una sentencia que exhorta a la ternura y compasión para con los pobres, porque conviene compadecerse de la miseria de los infelices, y darles el socorro que necesitan: considerando que Dios que los hizo pobres, los ha reducido a aquel estado para ejercitarlos a ellos a la pobreza, y obligar a los ricos a que den pruebas de sus buenas resoluciones, dando limosna a los necesitados. Porque el rico se prueba con el pobre, y se advierte si vive sin consideración, compasión y ternura, o si es humano e inclinado a obras de caridad. (Eusebio de Cesárea, sent. 3, Tric. T. 2, p. 83.)"


"Dice el Apóstol: Lo que tenéis demás, dése a los pobres para aliviarles en su necesidad. Esto es, que si ocultamos y reservamos alguna cosa de nuestros bienes después de haber tomado lo necesario para la vida y el vestido, hemos de dar cuenta el día del juicio, y recibir un castigo semejante al que merecen los homicidas; porque habiendo podido con ese dinero libertar de la muerte a muchos de nuestros hermanos, hemos despreciado esta obligación. (S. Atanasio. Quaest., 69, sent. 11, Tric. T. 2, p. 174.)"


"Si me preguntan como se podrán llamar a las limosnas que se dejan a los pobres en la muerte, respondo que se las podrá llamar sacrificios muertos. No obstante, si el que las hace ha sido misericordioso con los pobres durante su vida, las limosnas que hace cuando muere no dejan de ser recibidas de Dios con agrado. (S. Atanasio, in Matthaeum., Quaest. 90, c. 4, sent. 12, Tric. T. 2, p. 174.)"


"Si me preguntan si es permitido a los Príncipes y Jueces recibir presentes, y emplearlos en alivio de los pobres, respondo, que cuando se aceptan de los que hemos favorecido en algunas cosas de importancia, si ellos voluntariamente los ofrecen, no será malo recibirlos para distribuirlos a lo pobres, pero recibir presentes de los labradores y gentes trabajadoras que ganan el alimento con el sudor de su rostro, es granjearse los fuegos y tormentos del infierno: aunque se emplearan en toda especie de obras buenas, según aquellas palabras de la Santa Escritura. El fuego devorará las casas de los que reciben presentes. (S. Atanasio, Quaest. 116, sent. 14, Tric. T. 2, p. 174 y 175.)"


"Deseáis veros llenos de la gracia del Espíritu Santo, y no llenáis a los pobres del alimento que necesitan. Pedís las cosas grandes y no comunicáis las pequeñas. (S. Cirilo de Jerusalén, Cath. 3, sent. 2, Tric. T. 2, p. 336.)"

 

"No apartéis los ojos del que quiera que le deis prestado. Advertid que el mismo pobre que os pide limosna, la pide por medio de empréstito; porque mostrándose a Aquel rico que está en el ciclo, dice que os dará por su mano lo que hubiereis adelantado; según aquellas palabras de la Escritura. El que da al pobre presta a Dios a intereses.
La seguridad, pues, que nos da Dios es el reino de los cielos, en esto se empeña. (S. Basilio, in Psaim. 14, sent. 4, Trie. T. 3, p. 191.)"


"Si cada uno guarda para sí lo que necesita para la propia necesidad, y lo demás lo distribuyese en los pobres, a la verdad que no habría ricos ni pobres. (S. Basilio, in ditescentes, sent. 14, Trie. T. 3, p. 193.)"


11 ¿Creéis que Dios es injusto por haber repartido con desigualdad en el inundo lo necesario para la vida, y por qué el uno es rico y el otro es pobre? Sabed que Dios lo arregló así para que el uno pudiese recibir la recompensa de su liberalidad y fiel administración, y el otro fuese coronado en premio de su paciencia. (S. Basilio, ibid., sent. 15, Tric. T. 3, p. 193.)"

 

"He visto a muchos que ayunaban, oraban y suspiraban por el arrepentimiento de sus pecados, y por último , que manifestaban todas las señales de la piedad cristiana, pero sin costarles cosa alguna, y sin dar un dinero a los pobres. ¿De qué les servía la práctica de otras virtudes? Pues es cierto, que sin la limosna todo lo demás no puede abrir la entrada al reino de los cielos. (S. Basilio, ibid., sent, 16, 1-ric. T. 3, p. 103.)"

 

 

 

"Aquel que tiene más bienes que los precisos para las necesidades de la vida, tiene obligación por precepto del Señor, que le dio todo lo que tiene, a emplearlos en el alivio ajeno. (S. Basilio, Reg. 48, e. 2, sent. 42, Trie. T. 3, p. 197.)"


"Para negar al pobre que pide, alegas mil ocasiones de gastos. Pero ¿,qué responderá al Juez, si vistiendo las paredes no vistes al pobre? (S. Basilio, sent. 6, adic., Trie. T. 3, p. 38 l.)"

 

"Si se debe dar la vida por los amigos, ¿qué diremos de los bienes que son de menor precio? (S. Basilio, Interrog. 162, resp., sent. 14, adic., Tric. T. 3, p. 383.)"

 

"Los que siendo nobles caen en la pobreza, son más infelices y más dignos de compasión que aquellos que se han acostumbrado en todo tiempo a la miseria; por lo cual debemos tenerles más compasión e inclinarnos más a su asistencia. (S. Greg. Nacian., Orat. 16, sent. 28, Tríe. T. 3, p. 356.)"


"Una de dos: o abandonar todos nuestros bienes por Jesucristo, para seguirle verdadera y sencillamente llevando su cruz, o repartir de nuestros bienes con El para que los que nos restan para nuestra decencia y necesidad, puedan quedar santificados con la porción que damos a los pobres. (S. Greg. Nacian., ibid., sent. 29, Tric. T. 3, p. 356.)"


"Dad a lo menos alguna cosa al pobre; porque eso poco será mucho para aquel a quien todo le falta; y el mismo Dios lo contará por mucho, si es lo proporcionado a vuestras fuerzas. (S. Greg. Nacian., ¡bid., sent. 30, Tric. T. 3, p. 356.)"


"¿Pensáis acaso que la liberalidad con los pobres es cosa libre, y no de obligación? ¿Que es puro consejo y no precepto? También yo lo desearía y lo creería como vosotros, si no me tuviera asustado aquella separación a la izquierda, que ha de hacer el Juez eterno de los cabritos que nombra en su Evangelio, y por las reconvenciones espantosas con que confundirá a los réprobos, no porque robaron los bienes ajenos, sino porque no emplearon bien los propios, socorriendo a Jesucristo en sus pobres. (S. Greg. Nacian., ¡bid., sent. 31, Tric. T. 3, p.356.)"


"La prontitud y alegría en dar limosna es cosa más excelente y perfecta que la limosna misma. (S. Gregorio Nacian., Orat., 19, sent. 34, Trie. T. 3, p. 357.)"


"En la dificultad de distinguir los verdaderos pobres, más vale dar a los que no lo son, que privar del alivio a los que lo necesitan, cuando no hay otro recelo, sino el de dar limosna a los que no la merecen. (S. Greg. Nacian., ¡bid., sent. 35, Tric. T. 3, p. 357.)"


Todo cuanto es superfluo y excede el uso de lo perteneciente a la vida como necesario, es materia de intemperancia. (S. Greg. Nacian., Orat. 38, sent. 44, Tric. T. 3, p. 359.)"


"Al que no fuere misericordioso le argüirá Dios: no has traído a este siglo eterno la humanidad, no tienes lo que no tuviste, no hallas lo que no depositaste, no coges lo que no repartiste, no segarás lo que no sembraste. Sembraste aspereza, ahí tienes la cosecha; cultivaste el rigor con el pobre, toma lo que escogiste; no te has condolido de nadie, no será mirado con misericordia; esta huirá de ti. ¿Te daba fastidio el pobre? Ahora le causarás tu al que por ti se hizo pobre, Cuando esto te se diga, ¿en dónde estará el oro? ¿En dónde la resplandeciente vajilla? Y ¿de qué te servirá todo eso para remediar aquel llanto y aquel crujido de dientes? ¿Quién apagará aquella llama? ¿Quién te quitará aquel gusano que jamás ha de morir? (S. Greg. de Nisa, in Eccles. 11. 2, sent. 10, adic., Trie. T. 4, p. 359.)"


"Leemos en la Escritura: No digas al pobre que te pide limosna, mañana te daré. Si Dios no puede sufrir que digáis al pobre, mañana te daré, ¿cómo sufrirá que le digáis, no quiero darle? Propiamente hablando, no dais al necesitado lo que es vuestro, sino lo que es suyo.


Los bienes que estáis usurpando para vosotros solos, los ha dado Dios para el uso común de los hombres. A todos, y no solamente a los ricos pertenece la tierra, por más que sean más los que no gozan de estos bienes que se les habían dado, que los que los disfrutan... No dais, pues, a los pobres sino lo que en el orden de Dios es suyo: aun por esto dice la Escritura: Abrid vuestro corazón al pobre, y dadle lo que le debéis. (S. Ambrosio, de Nab., c. 12, sent. 34, Trie. T. 4, p. 320.)"


"Si es grande mal no dar limosna a los extraños, ¿cuánto mayor será sin comparación negarla a los padres? Me diréis que queréis mejor, darla a la iglesia, que a vuestros padres: guardaos mucho de decir esto, porque Dios no recibe dádivas que le vienen del hambre que padecen vuestros padres. (S. Ambrosio, lib. 8, e. 17, sent. 89, Tric. T. 4, p. 33 l.)"


4~ Es orden de Dios que alimentéis a vuestros padres con preferencia a todos los otros pobres, porque si según la ley divina, los ultrajes que se hacen a un padre son dignos de muerte, ¿cómo no merecerá mayor castigo el hambre que se les hace sufrir, lo cual es más cruel que la misma suerte? (S. Ambrosio, ibid., sent. 90, Tric. T. 4, p. 331.)"


"No se ha de examinar simplemente cuánto es lo que se da a los pobres, sino que bienes tiene el que da, y el espíritu con que los reparte. (S. Ambrosio, in Epist. 2, ad Corin., c. 29, sent. 99, Tric. T. 4, P.333.("


"La perfección de la limosna, es ocultarla con el velo del silencio, y socorrer con tanto secreto las necesidades de los pobres, que nadie pueda alabarnos. (S. Ambrosio, de doctrin. fidei, c. 30, sent. 127, Tric. T. 4, p, 339.)"


"Las mayores limosnas consisten en redimir los cautivos, principalmente los que están en poder de los bárbaros; los cuales, por no tener en el corazón sentimiento de humanidad que los inclinen a la misericordia, solamente por avaricia y por aprovecharse del rescate, reservan a estos infelices. Las limosnas principales después de estas, son pagar por los que no tienen medios, cuando los instan los acreedores, cuando la deuda es legítima y la miseria de los deudores se ve destituida de toda asistencia; alimentar los niños pobres; proteger los pupilos, y por último, casar las doncellas huérfanas para conservarlas en la. pureza; asistiéndolas no sólo con el cuidado, sino también con la hacienda, (S. Ambrosio, de doctrin. fidei, e. 15, sent. 132, Tric. T. 4, p.340.)"


"No sin causa aquel Dios que es bueno y justo os impuso la obligación de dar a los pobres, y quiso que los pobres tuviesen la necesidad de pedir. Reconoced que sois depositarios de los bienes del Señor para con otros siervos suyos; y no penséis que la tierra produce sus frutos sólo para satisfacer a nuestra gula y sensualidad. Reconoced que los bienes que poseéis se os han entregado, más para dispensarlos que para retenerlos. Vosotros hacéis vuestro gusto por poco tiempo, y abusáis de ellos cuando los hacéis servir a la sensualidad; pero en pasado este vicio con la vida, os llamará Dios a su presencia para que deis la más exacta cuenta de vuestra administración. (S. Ambrosio, Serm. 81, sent. 151, Tric. t. 4, p. 345.)"


"¡Qué vergüenza es para nosotros negar a nuestros hermanos el pan de la tierra, al mismo tiempo que recibimos en nuestras bocas el pan del cielo! (San Ambrosio, ibid., sent. 152, Tric. ibid., ibid.)"

 

"No es menor delito quitar los bienes al que los tiene, que negárselos a quien le faltan, cuando nosotros estamos abundantes y podemos dar. (S. Ambrosio, ibid., sent. 153, Tric. ibid., ibid.)"


"Te gustan los preciosos adornos, cuando otros no tiene pan. ¡Oh poderoso! ¿Qué terrible juicio te preparas? El pueblo padece hambre, y tú cierras tus graneros.. Infeliz es aquel que tiene poder para librar de la muerte tantas vidas y le falta la voluntad. El diamante de tu sortija puede conservar la vida de todo un pueblo. (S. Ambrosio, de Nabot., e. 13, sent. 23, adic., Trie. T. 4, p. 400.)"


"No darás a tu prójimo para que te vuelva más: esta sentencia de Dios excluye todo argumento.(S. Ambrosio, de Tob., c. 25, sent. 25, adic., Trie. T. 4, p. 401.)"


"No me tengáis por hombre que esté mal con vuestras utilidades. ¿Os parecerá que os quito el deudor que teníais en ese hombre? Pongo en su lugar a Jesucristo. Os señalo al que no es capaz de fraude: dad a Dios en las manos del pobre vuestros dineros e intereses. A éste le tenéis que encarcelar; pero a Dios siempre le tenéis seguro... su mismo Evangelio es la Escritura. (S. Ambrosio, ¡bid., c. 16, sent. 26, adic., Tric. T. 4, p. 401 .)"

 

"Bien se que algunos han dicho... qué es lo que pretendía el Obispo tratando de los usureros: ¡Cómo si hubiéramos introducido algún uso nuevo y no fuera muy antiguo el de prestar a intereses! Es verdad, no lo niego; pero es antiguo el pecado... desde que hubo Eva, hubo culpa. (S. Ambrosio, biid., c. 23, sent. 26, adic., Tric. T. 4, p. 401.)"


"Si tenéis alguna cosa más que lo necesario para la vida y el vestido, dadlo al pobre, conociéndoos es esto mismo sus deudores. (S. Jeró..sent. 58., Tric. T. 5, p. 248.)"


"Pudiera alguno excusarse de hacer limosna, y decir: Mi pobreza me lo impide, yo no puedo ejecutar la hospitalidad. Pero nuestro Señor nos quieta este vano pretexto con el precepto tan fácil de observa¡-, como es dar con todo el corazón un vaso de agua fría; con toda expresión dice agua fría, y no agua caliente, para que ninguno pueda excusarse porque le falta la leña por su mucha pobreza. (S. Jetón., in c. 10, Matth. sent. 97, Tric. T. 5, p. 256.)"


"Cuando damos, no debemos considerar nuestra limosna como un bien que viene de nosotros, sino que nos vino puramente de la liberalidad de Dios. Tampoco debemos dar al pobre simplemente como a un pobre, sino como quien da a un hermano, considerando que si nosotros le damos de los bienes de la tierra, el nos procura los del cielo; porque el pobre nos da más que recibe. Nosotros solamente le damos el pan que se consume en un sólo día, y él nos dará por este pan un reino eterno. (S. Jetón., in Psalm. 133, seiit. 115. Tric. T. 5, p. 259.)"


"Cuando dais la limosna, tenéis más obligación de dar gracias a Jesucristo, que la que resulta en el pobre de agradeceros lo que recibe: pues es preciso confesar, que los pobres nos granjean grandes beneficios; porque la limosna extingue en nosotros los pecados que de otro modo no pudiéramos lavar, según aquellas palabras de la Escritura: Así como el agua apaga el fuego, así la limosna extingue los pecados. En este particular tiene la limosna el efecto del bautismo. (S. Jerónimo, in Psalm. 133, sent. 116, Tric. T. 5, p. 259.)"


"No miréis la limosna como pérdida, sino como ganancia; ni como dispendio, sino como comercio; porque recibís más de lo que habéis empleado. Solamente dais pan, y recibís la vida eterna; dais los vestidos que se gustan, y recibís la vestidura de la inmortalidad; dais una pieza de vuestra casa, y recibís el reino del cielo; dais las cosas perecederas, y recibís las permanentes y eternas. (S. Juan Crisóst., Homl. 8, sent. 27, Trie. T. 6, p. 305.)"


"La limosna es una cosa admirable; gustemos, pues, de practicarla, porque no tiene igual. Tiene la limosna poder para borrar los pecados, y oponerse a nuestra condenación. Aun cuando estáis callando, ella levanta su voz y habla por vosotros; de este modo no necesitáis hablar, porque las bocas de los pobres gritan en alta voz por vosotros. No obstante ser la limosna tan excelente, somos cobardes y negligentes en practicarla. Dad a los pobres pan, según vuestro poder, y si no le tenéis, dad un dinero; si aun esto no tenéis, dad por lo menos un vaso de agua fría; aun cuando esto no podáis, compadeceos de la miseria de los pobres y afligidos, que no os faltará el premio. (S. Juan Crisóst., Homl. 57, de penit. 3, serit. 33, Tric. T. 6, p. 306.)"


"No consiste la virtud de la limosna en dar, sino en repartir del modo y con el fin que Dios nos manda. (S. Juan Crisóst., Homi. 19, e. 6, sent. 46, Tric. T. 6, p. 308.)"


"Los pobres, me decís, están inventando todos los días mil falsedades. Eso mismo los hace más dignos de compasión; porque la necesidad a que se ven reducidos, los pone en el extremo de tener que mentir para vivir. Les decís muchas veces en su cara: ¿no te he dado ya muchas veces? ¿Pues qué, hermanos, ese pobre no ha de vivir hoy porque ha vivido ayer? (S. Juan Crisóst., Homl. 36, sent. 58, Tric. T. 6, p. 310.)"


"Cuando vemos un pobre, traigamos a la memoria que dijo Jesucristo: Que a El mismo se le da limosna. Aunque no es realmente Jesucristo el que se nos pone delante, Jesucristo es el que pide y recibe nuestras limosnas bajo la figura de aquel pobre. (S. Juan Crisóstonio, Homl. 89, sent. 76, Trie. T. 6, p. 313.)"


"Contentémonos con el alimento y el vestido, como nos enseña el Apóstol: porque es preciso dar a los pobres lo que exceda a las necesidades de esta vida. (S. Juan Crisóst., Serm. 18, sent. 208, Trie. T. 6, p. 341-.)"


"Si tenéis con qué hacer limosna, dadla a los pobres, si no tenéis medíos, no os obliga Dios a que la deis; si no tenéis pan, vestidos o dinero, que repartir con los necesitados, postraos delante de Dios, herid vuestro pecho, derramad lágrimas, gemid, llorad, levantad las manos al cielo y a los ojos a Dios, ayunad y velad. Todo hombre, por pobre que sea, puede hacer esto, y no tiene pretexto para excusarse. Procurad, pues, ofrecer estas cosas al Señor y en todo tiempo. (S. Juan Crisóst., Serm. de Pseudoproph., sent. 249, Tric. T. 6, p. 35 l.)"

 

"Jamás os dejen las limosnas y la fe. No dice el Apóstol, haced limosna una vez, diez o cien veces, sino siempre: y no dice, no dejéis las limosnas, sino no os dejen; para que entendamos que nosotros necesitamos de las limosnas, y no ellas de nosotros, y para enseñamos que no debemos omitir diligencia alguna para retenerlas con nosotros: por lo cual nos dice la Escritura: Ponedlas alrededor de nuestro cuello. (S. Juan Crisóst., in Ep. ad Philip. Praef., sent. 348, Tric. T. 6, página 376.)"
"No os preguntará Dios algún día, si habéis dado mucho, sino que examinará si habéis dado a proporción de vuestros bienes; y si halla todo lo contrario, todo lo que habéis dado, será en presencia de Dios un juguete y una burla. (S. Juan Crisóst., Homl. 8, Ep. ad Colon., c. 3, sent. 356, Tric. T. 6, p. 377.)"


"Todo lo hace puro la limosna; esta excede al ayuno, y al dormir en tierra. Aunque estas penitencias sean más molestas y laboriosas, la limosna es de más lucro; ilumina al alma, la nutre y la hermosea. (S. Juan Crisóst., Homl. 80, sent. 7, adic., Tric. T. 6, p. 453.)"


"Confiáis a la tierra vuestra hacienda, y esta os vuelve más: ¿receláis, acaso, que la perderéis si la dais a Jesucristo? (S. August., Psaim. 32, sent. 38, Trie. T. 7, p. 457.)"


"Si tenéis muchos hijos a quienes asistir, cuenta uno más, dando también alguna cosa a Jesucristo. (S. August., Psalm. 38, sent. 47, Tric. T. 7, p. 458.)"


"En el destino de vuestros bienes, ¿qué es lo que guardáis para Jesucristo, y qué es lo que guardáis para vuestros hijos? Entre los que tenéis sobre la tierra contad con ellos un hermano que tienen en el cielo, y ya que debieran, cederle toda la herencia, a lo menos repartan con El. (S. Agust., Psalm. 48, sent. 64, Tric. T. 7, p. 460.)"


"No despreciéis a pobre alguno que os pida limosna, dadle lo que podáis, y sin nada podéis, a lo menos manifestadle la compasión y la benignidad. (San Agust., Psalm. 103, sent. 147, Tric. T. 7, p. 468.)"


"Jesucristo os está secretamente pidiendo en sus pobres, aun cuando nada os piden, y su voz, aun cuando en ellos esté muda, es muy fuerte, porque en cuanto a este punto no es muda en el Evangelio. (San Agust., Psalm. 146, sent. 169, Tric. T. 7, p. 469.)"


"¿Queréis presentar a Jesucristo un ayuno puro y un celo verdadero? Mirad con ojos favorables a los que luchan contra la pobreza, cuanto un monstruo tan lleno de rabia y de furor. (S. Cirilo Alejand., Homl. 5, in Pascha, sent. 19, Tric. T. 8, p. 103.)"


"Cada vez que la caridad nos inclina a aliviar las ajenas miserias, procuramos a nuestras almas grandes adelantamientos. Si estamos persuadidos a que todo cuanto damos a los pobres se convierte en nuestra utilidad, no debemos sentir repugnancia en repartir con ellos nuestros bienes; es preciso aliviarlos con alegría y prontitud. Alimentar a Jesucristo en el pobre, es atesorar en el cielo. Al ver la desigualdad con que están repartidos los bienes, reconoced las ordenas de la bondad y providencia de Dios. Quiso que tuviereis con abundancia, para que pudieseis asistir y socorrer en sus necesidades a los otros: con vuestra caridad impedís el que ellos padezcan las incomodidades de la miseria, y vosotros os libráis de la multitud de los pecados. ¡Oh, qué admirables son la bondad y providencia de nuestro Criador! Una acción sola remedia las necesidades de dos personas. (S. León Papa, Serm. 5, sent. 3, Tric. T. 8, p. 382 y 383.)"


"Es preciso, hermanos, valerse de una ingeniosa necesidad para descubrir al que se oculta con el velo de la modestia, y al que la vergüenza detiene. Hay muchos que no se atreven a pedir en público lo que necesitan: más quieren padecer las incomodidades de una miseria secreta y oculta, que la confusión que sentirían pidiendo a cara descubierta la limosna. Es necesario, pues, usar de destreza para descubrirlos y consolarlos en la necesidad que de vergüenza no manifiestan: y así será doble el consuelo, viéndose socorridos con la atención, debido a su pudor. (S. León, Papa, Serm. 8, sent. 4, Tric. T. 8, p. 383.)"


"Hay algunos que cumplirán con exactitud los demás preceptos de¡ Señor, pero no hacen limosnas. Estos creen que el mérito de su fe y de otras buenas obras que practican, suple por las virtudes que les faltan y que serán tratados favorablemente. Mas nos está mandada la caridad con los pobres de tal suerte, que sin ella de nada servirán las demás virtudes. Por más que seas fiel, casto y sobrio, y aunque añadáis a esto el adorno de otras virtudes, si no tenéis celo por los pobres, no lograréis la misericordia; porque dice el Señor: Bienaventurados los misericordiosos; porque ellos alcanzarán misericordia. (S. León Papa, Serm. 9, sent. 5, Tric. T. 8, p. 383.)"

 

 

"Nos dice Jesucristo: Bienaventurados los misericordiosos; porque el Señor los tratará con misericordia: para darnos a entender, que aquel riguroso examen que se ha de hacer delante del trono de nuestro terrible Juez, se arreglará por el modo con que hayamos procedido con los pobres; los despiadados serán condenados al fuego con los demonios, y los que hayan sido caritativos, reinarán con Jesucristo.
¡Qué de acciones olvidadas se verán entonces! ¡Qué de pecados ocultos se manifestarán! ¡Qué de retirados escondrijos de la conciencia se registrarán! ¿Quién podrá lisonjearse de tener el corazón puro, y hallarse sin pecado? La caridad que se haya ejercitado con los pobres, será la que venza el rigor del juicio. Las obras de clemencia., mitigarán la severidad de la justicia. (S. León Papa, Ser¡-n. 10, sent. 6, Tric. T. 8, p. 383 y 384.)"


"Constancia, ¡oh limosnero cristiano! Da para recibir, síembra para segar, derrama para coger. No temas perder lo que das, no suspires por la ganancia como si fuera dudosa. Se aumentan tus bienes cuando se reparten bien; y apetecer el justo lucro de la misericordia, es seguir el comercio de unas eternas ganancias. Quiere el que te ha de recompensar que seas liberal; y el mismo que te da lo que tienes, te manda que des, cuando dice: Dad, y se os dará. (S. León Papa,, Serm. 18, e. 2, sent. 11, Tríe. T. 8, p. 384 y 385.)"


"Supuesto que se fatigan inútilmente los que nada omiten de la humillación del ayuno si no lo santifican con la limosna según sus posibles, es preciso que den con más abundancia el alimento a los pobres los que tienen menos fuerzas para observar la abstinencia, recompensando con las liberalidades la dispensa de no ayunar, para que de este modo repartan, por decirlo así, sus enfermedades con los pobres. Un hombre flaco o enfermo que se exceptúa del ayuno, no merece reprensión si procura subvenir al hambre del pobre. Este no peca tomando el alimento, porque la limosna purifica del todo su intención, según aquellas palabras del Señor: Dad limosna y todas las cosas os serán puras. (S. León Papa, Serm. 85, sent. 66, Tric. T. 8, p. 399.)"


"Ahorremos de nuestro ordinario alimento alguna cosa que pueda servir para socorrer a los pobres. El amor del prójimo es el amor de aquel Dios que puso el complemento de la Ley y los Profetas en la unión de una y otra caridad; y para que ninguno dude que ofrece a Dios lo que reparte con el hombre, dijo el Salvador, hablando de sustentar y socorrer a los pobres: Lo que hicisteis por uno de estos, por mí lo hicisteis. (S. León Papa, Serm. 94, c. 4, sent. 77, Trie, T. 8, p. 402 y 403.)"


"Una enhorabuena de los bienes que el Señor te concede, mas para emplearlos en buenas obras y en cumplimiento de los preceptos, y según la doctrina del Señor. Experimenten los pobres que eres rico: beneficie tu abundancia al necesitado: y para conseguir los premios del Señor, pides por la boca de todos los que dirigen por tu alma sus oraciones. Acopia en el cielo tesoros y posesiones, cuyos frutos durarán siempre, libres de las injusticias de los hombres, y de las injurias del tiempo: no los abrasará el sol ni los pudrirá la lluvia. Pecas contra tu Dios si crees que puedes hacer otro Dios si crees que puedes hacer otro uso de las riquezas que el de emplearlas en salvarte; pues de otro modo, el grande patrimonio sólo será una poderosa tentación: si no se hace buen uso de él, ya las riquezas en vez de rescatamos de las culpas, sólo sirven para aumentarlas. (S. Cipriano, ibid., sent. 10, Tric. T. 1, p. 297.)"


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Si la dietética corporal suscita, con toda razón, tantos estudios y escritos, la dietética espiritual, es decir, la alimentación de la mente y del corazón por las lecturas, debe ser considerada con atención aún mayor. En este sentido, la historia de las lecturas y libros cristianos, el análisis de su situación actual, así como la consideración de su futuro previsible y deseable, constituye un tema muy importante, que merecería estudios más profundos.
Aquí, sin embargo, me limitaré a presentar, divididas en tres partes, unos pocos datos y reflexiones, 1º- sobre las lecturas cristianas; 2º- sobre los libros cristianos, y 3º- sobre el mañana de unas y de otros.


1. Lecturas cristianas


Lectura es palabra que unas veces significa la acción de leer, y otras designa los escritos que se leen. En esta primera parte uso el término en la primera acepción. Y mis consideraciones no tratan principalmente de la lectura del estudioso, orientada a la investigación o la docencia. Describo más bien, haciendo una antología de textos, las notas que deben caracterizar la lectura religiosa del pueblo cristiano, y que vienen a ser aquéllas que los maestros espirituales antiguos o modernos han atribuido a la lectio divina monástica, o a lo que, a partir del Renacimiento, vendría a llamarse lectura espiritual (1).


Lectura asidua

 

Si por la palabra humana el hombre transmite a otros su espíritu, así el Padre celestial ha querido comunicar a los hombres su Espíritu divino por medio de su Palabra encarnada, Jesucristo. Por eso leer la Biblia y los demás libros santos es uno de los rasgos fundamentales de la vida espiritual cristiana. El creyente, si quiere serlo de verdad, ha de alimentar su fe con la Palabra divina. El orden, claramente establecido por el Apóstol, es éste: «el justo vive de la fe» (Rm 1,17); ahora bien, «la fe es por la predicación, y la predicación por la palabra de Cristo» (10,17).
Judíos y cristianos han sabido siempre que el hombre «vive de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3; Mt 4,4). El creyente, privado de la Palabra divina vivificante, va muriendo, como una planta sin agua. Así es, y se comprende bien que así sea. Ya que el cristiano ha de vivir como un «extranjero» entre los pensamientos y caminos del mundo (+1Pe 2,11) -que son para él engañosos y sofocantes- necesita absolutamente formar su mente y estimular su corazón leyendo o escuchando asiduamente «los pensamientos y caminos» del Padre enseñados por Jesucristo (+Is 55,8). Y palabra de Cristo es no solo la Escritura sagrada, sino, en un sentido más amplio, todos los buenos libros cristianos. De este modo, en la lectura espiritual el cristiano recibe lo que continuamente pide en el Padre nuestro, «el pan de cada día».
Que la Iglesia ha conocido siempre esta necesidad y ha proveído a ella lo vemos en la lectura continua de la Escritura y de los Padres, que se practica secularmente en las Horas litúrgicas y en la Misa. Es así como la Iglesia procura que sus hijos crezcan sanos y fuertes, alimentados por la Palabra divina, que es pan de vida. Por lo que se refiere a la lectura cristiana privada, ésta en la antigüedad se practica sobre todo en los ámbitos monásticos, y sólo se generaliza entre los buenos laicos cuando la alfabetización es más frecuente y los libros, gracias a la imprenta, se hacen más asequibles. Es así cómo, a partir del Renacimiento, la exhortación a la lectura espiritual cristiana es un tema habitual entre los autores (2).
Los monjes comprendieron esto muy pronto, de modo que lectura, oración y trabajo fueron desde el comienzo las coordenadas fundamentales de la vida monástica. San Pacomio (+346) quiere que sus monjes vivan en la rumia permanente de las palabras de vida eterna; y por eso prescribe: «Todos en el monasterio aprenderán a leer y a saber de memoria algo de las Escrituras: al menos el Nuevo Testamento y el Salterio» (Preceptos 140). De San Jerónimo (+420) se decía: «Siempre leyendo, dedicado a los libros, no descansa ni de día ni de noche» (Sulpicio Severo, Diálogos I, 9).
San Benito (+547), fiel a esta primera tradición monástica, establece en sus monasterios ratos amplios de lectura cada día, y más el domingo (Regla 48 y 73). El monje benedictino da, pues, la figura sapiencial de un lector asiduo, siempre a la escucha de la Palabra divina. Guillermo de San Teodorico (+1148) dirá de San Bernardo (+1153) que se ocupaba «incesantemente en orar, leer o meditar» (Vita Bernardi 4,24).
Pero no sólo los monjes han de leer, sino también los laicos. A ellos les dice San Juan Crisóstomo (+407): «Vosotros pensáis que la lectura de las divinas Escrituras es únicamente asunto de monjes, cuando la verdad es que vosotros tenéis mucha más necesidad que ellos de hacerla» (Hom. in Matth. 2,5). En sentido semejante se expresan San Jerónimo, San Gregorio Magno (+604: Ep. 4,31; 11,78), San Cesáreo de Arlés (+542: Sermón 6,2; 8,1). Y en tiempos en que los libros eran pocos y caros, el obispo San Epifanio (+403) afirma que «la compra de libros cristianos es necesaria para quienes tienen dinero» (Apophtegmata 8).


Libros buenos


En el comienzo de la Iglesia, en medio de muchos errores y herejías, los fieles cristianos pudieron permanecer en la verdad evangélica porque «perseveraban en escuchar la enseñanza de los apóstoles» (Hch 2,42). Y así ha sido siempre. Ellos, los apóstoles, recibieron de Cristo el encargo de «predicar» (Mc 3,14; Hch 6,4), y por eso ellos, y sus sucesores, los obispos, tienen sin duda, como dice el Vaticano II, la primacía docente en el pueblo cristiano (LG 25, CD 12, PO). En este sentido, al escoger las lecturas, deben ser elegidos aquellos libros que comunican la doctrina apostólica, esto es, la fe de la Iglesia, y los libros que disienten de ésta deben ser rechazados, aunque parecieran estar escritos por ángeles (Gál 1,8-9).
En la antigüedad, la lectura de los cristianos se centró siempre en la sagrada Escritura, de modo que lectio divina era expresión sinónima de sacra pagina. Pero ya desde antiguo fue poco a poco incluyendo también vidas de santos, pasiones de los mártires, comentarios a la Biblia, Reglas de vida religiosa, y, en general, escritos espirituales de los santos Padres. Así se comprueba, por ejemplo, en la Regla de San Benito (cp. 73).
En todo caso, los maestros espirituales antiguos o modernos han recomendado siempre la lectura de libros buenos, santificantes, es decir, recibidos por la fe de la Iglesia, capaces de iluminar la mente y de mover el corazón, aptos para corregir las costumbres y acrecentar el deseo de la perfección evangélica. Han aconsejado, pues, como dice Jean-Pierre de Caussade S.J. (+1751), «no leer sino libros escogidos, sólidos y llenos de piedad» (Lettre 31), y dejar a un lado, como quería San Pablo, las «novedades» vanas y las «charlatanerías irreverentes» (2Tim 4,3; 1Tim 6,20).
Ciertamente los santos eligieron sus lecturas según estos criterios. En 1526, cuando San Ignacio de Loyola (+1556) estudiaba en Alcalá, en un tiempo en que el mundo europeo de las ideas cristianas estaba en plena ebullición, y era notable la tendencia renacentista a la amplitud de lecturas y a estar al día en todo, le aconsejaron varios, y su propio confesor Miona, que leyera el Enchiridion militis christiani de Erasmo. Pero San Ignacio contestaba que él no lo quería leer, «porque oía a algunos predicadores y personas de autoridad reprender ya entonces a este autor; y respondía a los que se lo recomendaban, que algunos libros habría, de cuyos autores nadie dijese mal, y que ésos quería leer» (Luis González de Cámara: MHSI 56, Fontes Narrativi I, 595).
Incluso entre los libros que enseñan verdades, los cristianos deben elegir sobre todo los más necesarios para su vida espiritual. Y es que, en palabras de San Bernardo, «aunque toda ciencia fundada en la verdad sea buena, dada la brevedad del tiempo, hemos de darnos a obrar nuestra salvación con temor y temblor, y, por tanto y sobre todo, hemos de procurar aprender lo que más rectamente conduce a la salvación» (Serm. sobre Cantares 36,2).
Santa Teresa de Jesús (+1582) confiesa que siempre ha preferido leer el Evangelio, que no otros «libros muy bien concertados. En especial, si no era el autor muy aprobado, no lo había gana de leer» (Camino Esc. 35,4). Ella solía recomendar los autores que más le habían aprovechado: Jerónimo, Gregorio Magno, Agustín, Osuna, Bernardino de Laredo. Y muchos maestros de la vida espiritual han aconsejado igualmente la lectura de ciertos autores concretos (3).
Humberto de Romans (+1277), por ejemplo, al proponer una serie de libros recomendables a los novicios, aconseja: «Al comienzo, que lean libros útiles y claros, más bien que los difíciles y oscuros, y ante todo aquéllos que son más capaces de iluminarles, encenderles y afirmarles» (De officiis ordinis, c. 5, n. 18, Roma 1888, t.2, p.230). Una de las funciones importantes de la dirección espiritual, concretamente, ha sido siempre la orientación de las lecturas. Si no se guiara a los niños cuando comen, se alimentarían mal, a base de pasteles y caramelos.
No por vana curiosidad
Los autores espirituales han recordado con insistencia aquello de San Pablo, «la ciencia hincha, sólo la caridad edifica» (1Cor 8,1). Cierto que la salvación es en primer lugar un conocimiento, una gnosis salvífica, una fe. Pero esa fe no salva si no lleva al amor operante (Sant 2,14-26; Ef 4,15). Y en definitiva, como dice Santo Tomás, «es más valioso amar a Dios que conocerle» (STh I,82, 3 in c). Por eso hay que leer sobre todo aquello que más acreciente el amor al Señor y a los hombres.
Éste es, como he dicho, un convencimiento muchas veces inculcado por los espirituales. San Jerónimo dice que hay que «leer no como tarea, sino para alegrar e instruir el alma» (Ep. ad Demetriadem 130). Y San Bernardo quiere que se lea «a fin de aprender con más ardor lo que más vivamente puede movernos al amor; para no aprender por vanagloria, o por curiosidad, o por algo semejante, sino sólo para tu propia edificación o la del prójimo. Porque hay quienes quieren saber con el único fin de saber, y esto es torpe curiosidad» (Serm. Cantares 36,3).
Pocas cosas pueden vaciar tanto la lectura cristiana de su virtualidad santificante como esa vana curiosidad, que Santo Tomás estudia atentamente en la Summa (II-II, 167: cf. 35, 4 ad 3m) (4). Más aún; en el polo opuesto de la curiosidad, que es una ávida forma de riqueza, está la pobreza de ciencia, que es una forma especial de la pobreza evangélica. Es una vocación particular, sin duda, pero que a veces procede de Dios. Así, por ejemplo, San Francisco de Asís (+1226) dispone en su Regla: «Los que no saben letras que no cuiden de aprenderlas, mas miren que sobre todas las cosas deben desear el espíritu del Señor y su santa operación» (II, cp.X). Y es que él consideraba que «son tantos los que por propia voluntad procuran adquirir ciencia, que pueden llamarse bienaventurados los que por amor de Dios se hacen ignorantes» (Espejo de perfecc. IV). (5).


Lectura y oración


Son dos formas semejantes de escuchar a Dios, y se ayudan mutuamente. Así el concilio Vaticano II enseña que «a la lectura de la sagrada Escritura debe acompañar la oración, para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues "a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras"» (DV 25) (6).


Ya la tradición judía entiende la lectura de los libros santos como una oración, es decir, como una audición de las palabras y mandatos del Señor. Y así lo entiende también la tradición cristiana: leer los libros cristianos es escuchar a Cristo, Palabra de Dios, que «nos habla desde el cielo» (Heb 12,25; cf. Lc 10,16). Para San Jerónimo, la lectura sagrada es un modo de «tender las velas» al soplo del Espíritu Santo (In Ez. lib. 12; +San Basilio, +379, Ep. class. I, 2, 4) .


Incluso los métodos propuestos para orar y para leer han sido muchas veces semejantes. Así, por ejemplo, el modo clásico propuesto por Hugo de San Víctor (+1141): «Al comienzo, la lectura suministra materia para conocer la verdad, la meditación capta, la oración eleva, la acción ordena, la contemplación exulta» (Eruditio didascalica V, 9; cf. De meditandi artificio). De este modo clásico, con la ayuda de un libro, hizo oración Santa Teresa de Jesús durante dieciocho años (Vida 4,9).


El P. Alonso Rodríguez S.J. (+1616) explica bien el método: «Se ha de notar que para que esta lección sea provechosa, no ha de ser apresurada ni corrida, como quien lee historia, sino muy sosegada y atenta... Y es bueno, cuando hallamos algún paso devoto, detenernos en él un poco más y hacer allí una como estación, pensando lo que se ha leído, procurando de mover y aficionar la voluntad, al modo que lo hacemos en la [oración de] meditación, aunque en la meditación se hace eso más despacio, deteniéndonos más en las cosas y rumiándolas y digiriéndolas más; pero también se debe hacer esto en su modo en la lección espiritual. Y así lo aconsejan los Santos [cita a San Bernardo, San Efrén, San Juan Crisóstomo y San Agustín], y dicen que la lección espiritual ha de ser como el beber de la gallina, que bebe un poco y luego levanta la cabeza, y torna a beber otro poco y torna a levantar la cabeza» (Ejercicio de perfecc. I,5,28).


No muchos libros


En la lectura cristiana se ha de preferir la calidad a la cantidad, y la profundidad a la extensión. Los maestros antiguos, al tratar de la asimilación verdadera de las lecturas, empleaban términos como ruminatio, o bien masticatio: una buena digestión exige una masticación cuidadosa de lo ingerido. La lectura extensiva, apresurada, superficial, más perjudica que ayuda, pues envanece sin aprovechar. «No el mucho saber harta y satisface al alma, decía San Ignacio de Loyola, sino el sentir y gustar de las cosas internamente» (Ejercicios 2). Y San Juan de la Cruz (+1591), ante la tentación de una cierta gula espiritual, advertía lo mismo: «Muchos no se acaban de hartar de oir consejos y aprender preceptos espirituales y tener y leer muchos libros que traten de eso, y se les va más en esto el tiempo que en obrar la mortificación y perfección de la pobreza interior de espíritu que deben» (1 Noche 3,1).

 

Puede haber en esto, como señalaba Juan Gerson, algo insano, como «un estómago asqueado, al que le gusta comer de muchas cosas y digerir poco» (De libris legendis a monacho). Y San Francisco de Sales aconsejaba: «Leed poco cada vez, pero con atención y devoción» (Oeuvres 21,142).

 

De hecho, San Ignacio de Loyola, ateniéndose a su propia enseñanza, que no era a su vez sino la manifestación de su experiencia personal, leía no muchos libros, y en su habitación solía tener sólo dos, que siempre releía sin cansarse, el Nuevo Testamento y la Imitación de Cristo (L. González de Cámara: ob. cit. 584 Y 659). San Francisco de Sales se atenía siempre al Combate espiritual de Lorenzo Scupli (+1610): «Es mi libro preferido, y lo llevo en mi bolsillo hace lo menos dieciocho años, sin que nunca lo haya releído sin provecho» (Oeuvres 13, 304). Más recientemente, Santa Teresa del Niño Jesús (+1897) procedía de modo semejante. De ella se cuenta que, «ya carmelita, un día que pasaba por delante de una biblioteca, dijo sonriendo a su hermana Celina: ¡Qué triste me sentiría si hubiese leído todos esos libros! Hubiera perdido un tiempo precioso que he empleado simplemente en amar a Dios» (Proceso apostólico 930). Y Charles de Foucauld (+1916) declaraba: «Desde hace diez años, puede decirse que no he leído más que dos libros: Santa Teresa y San Juan Crisóstomo. El segundo apenas lo he comenzado; el primero lo he leído y releído diez veces» (Lett. à l’Abbé Huvelin 8-III-1898).


Y adviértase que muchos de los santos que nos dan estas enseñanzas y ejemplos no son anacoretas alejados del mundo y sin influjo visible sobre él. San Bernardo, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola o San Francisco de Sales, por ejemplo, con sus lecturas elegidas e intensas, fueron los hombres más influyentes de su tiempo, y en medio de las mayores turbulencias ideológicas, ellos supieron marcar al pueblo cristiano, con seguridad y valentía, el norte evangélico.
6. Lectura y conversión


Hay que leer, sencillamente, para convertirse y practicar lo leído. Dice el apóstol Santiago: «Recibid con docilidad la Palabra que, plantada en vosotros, puede salvar vuestras almas. Hacéos realizadores de la Palabra, y no sólo oyentes, engañándoos a vosotros mismos» (1,21-22). Atención a esto: la doctrina espiritual cristiana no se entiende siquiera -por ejemplo, en lo referente a la pobreza- sino en la medida en que esa verdad se va viviendo en la vida personal. Por eso, sigue el apóstol, «si alguno se contenta con oir la Palabra sin ponerla por obra, ése se parece al que contempla su imagen en un espejo; se contempla, pero, en yéndose, se olvida de cómo es. En cambio el que considera atentamente la Ley perfecta de la libertad y se mantiene firme, no como oyente olvidadizo sino como realizador de ella, ése, practicándola, será feliz» (1,23-25).


San Benito elogiaba la fuerza santificante de la lectura bien hecha: «Para el que corre hacia la perfección de la vida, están las doctrinas de los santos Padres, cuya observancia lleva al hombre a la cumbre de la perfección. Porque ¿qué página o sentencia de autoridad divina del Antiguo o del Nuevo Testamento no es rectísima norma de vida humana? ¿O qué libro de los santos Padres católicos no nos exhorta con insistencia a que corramos por el camino derecho hacia nuestro Creador? Y también las Colaciones de los Padres, sus Instituciones y Vidas, como asimismo la Regla de nuestro Padre San Basilio ¿qué otra cosa son sino instrumentos de virtudes (instrumenta virtutum) para monjes obedientes y de vida santa? Para nosotros, en cambio, tibios, relajados y negligentes, son motivo de sonrojo y confusión» (Regla 73, 2-7). En efecto, los libros santos, leídos en serio, denuncian con elocuencia la mediocridad o maldad de nuestras vidas, estimulándonos con gran fuerza hacia la perfección.


En fin, podemos aceptar sin reservas la definición que Diego Alvarez de Paz S.J. (+1620) da de la lectura cristiana: «La lectio consiste en meditar las Escrituras sagradas o los textos de los santos, no sólo para saber, sino para aprovechar espiritualmente y, conociendo así la voluntad de Dios, realizarla en la actividad» (De vita spirit. et ejus partibus, lib. II, p.4, c.31).


Situación actual


La situación actual de la lectura cristiana habrá de ser analizada, por tanto, considerando en qué medida cumple estas seis notas que configuran su perfección. Pues bien, mirando sólo el campo de Occidente, pueden arriesgarse con prudencia las siguientes apreciaciones.


1.- Hoy se hace poca lectura espiritual. La alimentación espiritual de textos cristianos suele ser insuficiente. Y esto es bastante grave, pues hoy, más que nunca, el influjo del mundo sobre las personas es muy intenso, a través de los medios de comunicación social.


2.- El alimento que en las lecturas cristianas se recibe no siempre es bueno, pues en las publicaciones católicas se viene mezclando, también más que nunca, la cizaña con el trigo. Por otra parte, hoy la lectura cristiana raras veces suele ser asesorada, y al no haber apenas libros de uso común, es decir, de lectura tradicional entre los fieles, fácilmente la lectura se sujeta a la moda, al capricho personal o a la oferta circunstancial de editoriales y librerías.


3.- Ha crecido en la lectura la curiosidad, y ha disminuido la devoción.


4.- Por eso mismo se han distanciado lectura y oración.

 

5.- Se lee poco, pero además la atención de los lectores tiende a dispersarse entre muchas obras: «non multum, sed multa».

 

6.- Todo esto lleva a un modo de lectura poco comprometido, en el que los libros cristianos no se toman tanto como instrumenta virtutum, es decir, como reglas de vida y herramientas de transformación personal, sino más bien como estímulos superficiales, unos más entre tantos otros.


Ya se ve con todo esto que la situación de la lectura está íntimamente ligada al estado actual de los libros cristianos. Pasemos, pues, a estudiar el pasado y el presente de éstos.

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Y sabiendo que morir es la ley fatal para todos, que las riquezas, unas veces te plazca ganarlas y otras te plazca perderlas.

 

«A mí me parece que hoy día la pregunta sobre Dios propiamente tal se ha convertido en el verdadero problema central. La concepción evolucionista del mundo busca una explicación sin vacíos de la realidad, en que la "hipótesis Dios" (como en Laplace) se vuelve definitivamente superflua. Toda la disposición de ánimo concluye que Dios no aporta nada a la explicación del mundo, y, por consiguiente, tampoco contribuye en nada a resolver mi propia vida. Así, la cuestión de si podemos y debemos vivir nuestra vida con o sin Dios, hoy día se ha convertido en el verdadero problema de fondo. Explicaciones pseudocientíficas de la Biblia que reducen a Jesús a la figura de un rabino un poco extraño, se tornan necesarias cuando se presume que Dios no puede ser un sujeto activo en la historia. En esta forma, la cristología se anula por sí sola. El Jesús humanitario que al fin les queda como sobra es, en último término, una figura insignificante. Con esto, también cae por sí sola la eclesiología, porque entonces la Iglesia pasa a ser sólo una organización humana, nada más. En este sentido, hoy día yo quisiera hablar de una clara primacía de la pregunta sobre Dios». entrevista concedida por el cardenal Joseph Ratzinger al director de la revista «Humanitas», Jaime Antúnez, publicada en el año 2001 en el libro «Crónica de las ideas - En busca del rumbo perdido» (Ediciones Encuentro).

 

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"Si no arriesgamos nada por Dios, nunca haremos por Él, algo que valga la pena" 

Una de las razones principales por las que el Espíritu Santo no realiza obras maravillosas en las almas es que no encuentra en ellas unión suficientemente estrecha con su fiel e indisoluble esposa, la Virgen Maria..."

"Totus Tuus"  S. Luis María GRIGNION de MONTFORT, Presbítero (1673+1716) 

 

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La Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón (cf. Lc 2,19-51), y cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad. La Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios” (Dei Verbum 8). Estas palabras preparan la afirmación del número siguiente. “...Por eso la Iglesia no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y así se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción” (ibid. 9). Concilio Vaticano II

 

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Dirigida por el Espíritu Santo, la Iglesia, como madre, no cesa de exhortar a sus hijos a la purificación y a la renovación para que brille con mayor claridad la señal de Cristo en el rostro de la Iglesia.

 

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Las dos madres -la Iglesia y María- son esenciales e inseparables en la vida cristiana. Se puede afirmar que la Iglesia, mediante la predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos, ejerce una maternidad más objetiva, mientras que la Virgen representa una maternidad más interior, que se manifiesta sobre todo en la difusión de la gracia y en las relaciones personales. S.S. Juan Pablo II – 13 Agosto 1997

 

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Ambas, María y la Iglesia, son templos vivientes, santuarios e instrumentos por medio de los cuales se manifiesta el Espíritu Santo. Engendran de manera virginal al mismo Salvador: María lleva la vida en su seno y la engendra virginalmente; la Iglesia da la vida en el agua bautismal y en el anuncio de la fe, engendrándola en el corazón de los fieles. S.S. Juan Pablo II – 08 Enero 1984

 

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Maternidad espiritual de Maria en la Iglesia 

"La Bienaventurada Virgen, predestinada, junto con la Encarnación del Verbo, desde toda la eternidad, cual Madre de Dios, por designio de la Divina Providencia, fue en la tierra la esclarecida Madre del Divino Redentor, y en forma singular la generosa colaboradora entre todas las criaturas y la humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras El moría en la Cruz, cooperó en forma del todo singular, por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Por tal motivo es nuestra Madre en el orden de la gracia. 

Y esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la Anunciación, y lo mantuvo sin vacilación al pie de la Cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos. Pues una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz. Por eso, la Bienaventurada Virgen en la Iglesia es invocada con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo, se entiende de manera que nada quite ni agregue a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador.  

Porque ninguna criatura puede compararse jamás con el Verbo Encarnado nuestro Redentor; pero así como el sacerdocio de Cristo es participado de varias maneras tanto por los ministros como por el pueblo fiel, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en formas distintas en las criaturas, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en sus criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única. 

La Iglesia no duda en atribuir a María un tal oficio subordinado: lo experimenta continuamente y lo recomienda al corazón de los fieles para que, apoyados en esta protección maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador." 

Del Concilio Vaticano II (Constitución dogmática Lumen gentium, 61-62)   

  Oración 

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia; vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve. A ti llamamos, los desterrados hijos de Eva. A ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos. Y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clementísima. oh piadosa, oh dulce siempre Virgen María!   

 

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¡Gloria al Jesucristo, base y fundamento de su Iglesia!

¡Buenaventura eres Tú, Oh María, Madre de mi Maestro!

 

“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

Los cristianos profesan que en la muerte y resurrección de Cristo se ha realizado la obra de reconciliación de la humanidad con el Padre, a quien plugo «reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos» (Col 1, 20). Así la creación ha sido renovada (cfr. Ap 21, 5), y sobre ella, sometida antes a la «servidumbre» de la muerte y de la corrupción (cfr. Rom 8, 21), se ha derramado una nueva vida, mientras nosotros «esperamos... nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia» (2 Pe 3, 13) . De este modo el Padre nos ha dado a «conocer el Misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza» (Ef 1, 9-10).   Estas reflexiones bíblicas iluminan mejor la relación entre la actuación humana y la integridad de la creación. El hombre, cuando se aleja del designio de Dios creador, provoca un desorden que repercute inevitablemente en el resto de la creación. Si el hombre no está en paz con Dios la tierra misma tampoco está en paz: «Por eso, la tierra está en duelo, y se marchita cuanto en ella habita, con las bestias del campo y las aves del cielo: y hasta los peces del mar desaparecen» (Os 4, 3).

 

Es vuestra visita la que nos honora y agradecemos.

Quepa claro: "hablamos no solo para comunicarnos, sino para distinguirnos". Por lo mismo, nos vestimos no solo para evitar el frío, sino para reafirmar nuestra personalidad. Publicamos porque creemos en la verdad y solo ella nos hace libres.

Pedimos disculpas por los errores que tantas veces cometemos. No son por mala voluntad, ni por ignorancia, sino por no saber. No está mal recordar que una cosa es la ignorancia (= no saber lo que a uno no se le alcanza) y la nescencia (= no saber lo que uno debería saber).

Dice un bello espiritual negro: ‘You can have all this world, but give me Jesus’ (‘puedes tener el mundo entero, pero dame a Jesús’).

Jesús misericordia : Kyrie eleison. Christe eleison. Kyrie eleison.

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¿Por qué repetimos y recomendamos algunos libros? - No responde esta habitual insistencia a ningún imperativo ni legal, ni moral, ni de compromiso alguno. El único compromiso es el del servicio a la conformación de una cultura católica que hoy es más necesaria que nunca.

Recomendamos vivamente:

1º Título: ‘La inmortalidad del alma humana’ – autor: Antonio Millán-Puelles Editorial Rialp - Madrid 2008  - 204 páginas

2º Título: ‘LAS MUJERES Y JESÚS’

Henry Froment-Meurice - Monte Carmelo - Burgos 2007 - 172 páginas

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Recomendaciones para conocer y saber defenderse frente a la ignorancia o ataque de las sectas:

Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su Fe, por P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá: Libro de apologética católica muy recomendable y en formato word.

Verdades de la fe católica, por Guido Adolfo Rojas Zamorano: Libro de apologética católica muy recomendable y en formato word.

Verdades de la fe católica II, por Guido Adolfo Rojas Zamorano: Segundo libro de apologética católica muy recomendable y en formato word.

Catecismo de la Iglesia Católica (doc): Catecismo oficial de nuestra santa Iglesia en formato .doc (Word para Windows)

Catecismo de la Iglesia Católica (lit): Catecismo oficial de nuestra santa Iglesia en formato Microsoft Reader (Para Pocket PC y Palms)

Vivir amando... para encontrar el Tesoro.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).