Saturday 1 November 2014 | Actualizada : 2014-10-13
 
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      "La virginidad consagrada constituye un testimonio elocuente del Reino de Dios, del que se convierte en motor y en signo en cuanto supone vivir radicalmente los valores del Espíritu en medio de un mundo dominado por el afán materialista, que amenaza directamente tanto la libertad interior, como la disponibilidad exterior de la persona".      
     
La virginidad es también "un gesto de libertad frente al yugo del egoísmo y la tiranía de las cosas, porque comporta también la imitación de Cristo virgen, pobre y obediente".       
      "La virginidad consagrada favorece, en el cristiano que escucha y se compromete a seguir esta llamada el Señor, la austeridad y el desapego de los bienes materiales para buscar y encontrar, por encima de todo otro placer, la entrega generosa de su vida al bien de los hermanos y la renuncia a su propia voluntad mediante la negación de sí mismo, para ir configurándola a la voluntad del Padre, en cuyas manos se abandona en una obediencia como la de Jesús"
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La magnanimidad es grandeza de ánimo, es un noble deseo de dedicar la propia vida a grandes ideales. Es virtud de personas que desean abandonar la transitada senda de la medianía y acometer empresas audaces en beneficio de todos. El hombre magnánimo está siempre dispuesto a ayudar, no se asusta ante las dificultades, se entrega sin reservas a aquello que cree que vale la pena.

El pusilánime, por el contrario, siempre piensa que todo está por encima de sus posibilidades. Es ése que espera sentado su oportunidad, que aguarda pacientemente tiempos mejores mientras se lamenta de lo difícil que está ahora todo. Es una desdicha convivir con pusilánimes: son aguafiestas permanentes, conformistas desalentadores. Todo lo que hacen tiene el regusto de la mediocridad, incluso la diversión. Por eso podría decirse que el vacío de ideales resulta la más amarga de las carencias.

 

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Virtudes fundamentales:


La prudencia

La justicia

La templanza

La fortaleza

El orden

La obediencia

La responsabilidad

El respeto

La puntualidad

La temeridad

La piedad

El patriotismo

La lealtad

El valor

La humildad

La gratitud

La veracidad

La sinceridad

La honestidad

La modestia

El pudor

La virginidad

La castidad

La fidelidad

La laboriosidad

El espíritu de sacrificio

La estudiosidad

La constancia

La perseverancia


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VIRGINIDAD “don precioso del Padre”

 

La virginidad cristiana es aquel don preciso dado por el Padre a algunas personas para que se entreguen solamente a Dios con un corazón sin dividir (cf. LG 42). Por la densidad simbólica del término, preferimos la palabra «virginidad" a otras, como «celibato" o «castidad consagrada" y aunque reconocemos una especial significatividad a la virginidad femenina, de suyo la virginidad cristiana trasciende - la distinción sexual : ya el Pseudo-Clemente llama «vírgenes" a los hombres y a las mujeres (Epist 1 ad virgines, 2).


Hay que subrayar además que. por muy lícitas y obligadas que puedan ser sus aportaciones, las ciencias humanas no pueden agotar el misterio de la virginidad consagrada en la Iglesia, que sólo resulta comprensible en su arraigo cristológico y en la interpretación de la fe.


Si en la fenomenología religiosa la virginidad y los actos sexuales están muchas veces ligados a lo sagrado y a las fuerzas cósmicas, la experiencia sexual es desacralizada en Gn 1. Para 1srael la abstención de la relación sexual es abstención de lo «profano", antes de participar de alguna manera de la «santidad" de Dios (Éx 19,14s; 1 Sm 21,5). La virginidad se aprecia como integridad física de la mujer no casada (Éx 22.15; Lv 21,13), pero un estado permanente de celibato sigue siendo totalmente extraño a la mentalidad judía. En su conjunto, la tradición rabínica equipara el celibato al homicidio, porque se opone a la obra de la creación (Gn 1,27s): así, la hija de Jefté llora por su virginidad inútil (Jue 11.37s) y el celibato de Jeremías se convierte en signo de la desolación futura de 1srael (Jr 16,lss). En el siglo 1 d.C. causará asombro la decisión de permanecer célibe de rabbí Simeón ben Azzai: «Mi alma se ha enamorado de la Torá. ¡Oue piensen otros en la supervivencia del mundo!" (Génesis Rabbah 34. 14a).


Sólo en la plenitud de los tiempos de la encarnación (Gál 4,4) la virginidad encuentra fundamento y principio. Jesús se presenta como el Esposo de la alianza nupcial entre Dios y su pueblo (cf. la «virgen hija de Sión» de los profetas en Mc 2,19s: Mt 22,1-14. 25,1-13). En el loghion de Mt 19,10-12 Jesús, después de haber referido el matrimonio al designio original del Padre (Mt 19,3-9), afirma la existencia de un don que se da a algunos por la causa del Reino. El contexto histórico es la acusación dirigida a Jesús de ser un «eunuco", además de un «comilón y bebedor" (Mt 11,19). Defendiendo su misma vida virginal, Jesús la presenta como don del Padre. El texto tiene un fuerte sentido escatológico: el Reino por el que uno se hace eunuco está ya presente (cf. Lc 1 1,20). Con el acontecimiento pascual Jesús es «constituido Señor y Cristo" (Hch 2,36) y la Iglesia comprende que la causa del Reino se identifica con la de Jesús; él es el Reino de Dios en persona. La virginidad se enriquece con la referencia explícita a la persona de Jesús resucitado, sin perder su connotación escatológica. Virginidad quiere decir vivir con « el corazón sin dividir... para el Señor", afirma Pablo en el famoso pasaje de 1 Cor 7.


Su enseñanza sobre el matrimonio en la perspectiva escatológica se conjuga con la virginidad por el Señor: la virginidad es un chárisma (y. 7), un estado de vida totalmente cristocéntrico y cristiforme (vv. 32-34). La misma virginidad de María, que profesa la Iglesia apostólica, es la primera virginidad evangélica auténtica en el seguimiento de Jesús. María recibe del misterio del Hijo su propia virginidad, don del Padre y entrega al Reino en la persona de Jesús (cf. Lc 1,26-35: Mt 1,16; 2,18-23).


En la Iglesia de los primeros siglos la virginidad es el segundo gran testimonio después del martirio. Nace el ordo de las vírgenes, a las que no es preciso imponer las manos, ya que sólo su decisión las hace tales (Traditio apostolica, 12). De la consagración personal en la casa paterna, bajo la autoridad del obispo, se pasa a una vida comunitaria, bajo una regla (Epist. 211 de Agustín y Regla de Cesáreo de Arlés). En la reflexión teológica los Padres comparan con frecuencia el matrimonio con la virginidad. El matrimonio es un bonum creacional que hay que defender contra los herejes (Teodoreto de Ciro, Haeret. Fabul. Y, 25: Juan Crisóstomo, De Virginit. 9-1 1; Agustín, De bono conjug. 16,21), pero que obliga a permanecer bajo el ataque de las pasiones. La virginidad es melius, ya que es una huida ascética de éstas (Juan Crisóstomo, In Epist. 1 ad Cor. Hom. 30,5; Jerónimo, Epist. 48,4); en el «corazón sin dividir» se recupera aquella unidad interior que el pecado había hecho abandonar (Agustín, Confes. X, 29); el estado virginal es el más idóneo para la contemplación de los misterios de Dios (Gregorio de Nisa, De Virgin. 5,11). Sin embargo, la virginidad sigue estando expuesta al riesgo del orgullo y es preferible una humilde vida conyugal a la virginidad orgullosa (Agustín, Enarr. in ps. 99, 13). Los Padres aluden con frecuencia a las relaciones entre María, Cristo y el fiel: la virginidad, la maternidad espiritual y la fe. La Iglesia es virgen porque conserva la integridad de la fe; de aquí su fecundidad espiritual, como ocurrió con María y como ocurrirá con toda alma virgen, es decir, íntegra en la fe (Agustín, Sec. 93, 1; 341, 5).


Las fuentes bíblicas y patrísticas, por consiguiente, indican que la virginidad cristiana no puede comprenderse sin una confrontación con la experiencia conyugal: si los Padres se resienten de algunas ideas filosóficas de la época, lo cierto es que el matrimonio y la virginidad son para ellos «dos modos de expresar y de vivir el único misterio de la alianza de Dios con su pueblo» (Juan Pablo 11, Familiaris consortio, 16). La comparación continúa en la historia de la teología. Dentro del sistema de santo Tomás la virginidad es una virtud, parte de la castidad (S. Th. 11-11, q. 151), especificación a su vez de la templanza. La virginidad es más adecuada para la contemplación que la continencia conyugal (S. Th. 11-11, q. 152, a. 2); por tanto, hay que preferirla por estar ordenada al bien del alma en la vida contemplativa (Ibíd., q. 152, 4).


Contra la opinión de los reformadores, que atribuyen al matrimonio una consideración - de valor superior , el concilio de Trento condena a los que anteponen el estado matrimonial al virginal (sessio XXIV cap. 10). La afirmación de Trento es al mismo tiempo clara y prudentemente « negativa». Para el Magisterio reciente, el estado virginal es de suyo superior al conyugal. Así en la Sacra virginitas, de pío XII, en la Sacerdotalis coelibatus, de Pablo VI, y en la Familiaris consortio, n. 16, de Juan Pablo 11.


También el concilio Vaticano II apunta en la misma dirección (LG 42; 0T 10). Por otra parte, para expresarse a sí misma, la experiencia virginal depende en su lenguaje simbólico del lenguaje conyugal, utilizado indiferentemente para los varones y para las mujeres. Es lo que ocurrió con los santos Padres.


Luego, con san Bernardo, santa Clara de Asís y santa Catalina de Siena, en las obras de Matilde de Hackerborn y de Gertrudis de Helfta, donde la vida claustral de las vírgenes se compara con una constante liturgia nupcial; para acabar con la gran mística carmelitana. La liturgia captó su idea fundamental en la bendición sobre las vírgenes consagradas. " De esta manera las llamas a realizar, más allá de la unión conyugal, el vínculo esponsal con Cristo, de quien son imagen y signo las bodas». La confrontación constante entre virginidad y experiencia conyugal señala en el valor la razón de existir de la virginidad, "opción carismática de Cristo como esposo exclusivo» (Juan Pablo 11, Redempt. donum, 11). Como todos los dones y carismas, la virginidad nace del misterio pascual de Cristo, "nuevo Adán, espíritu dador de vida» (1 Cor 15,45), recibiendo de él sus dimensiones cristológica, eclesial y mariana, escatológica.


En su total entrega al Padre, Cristo es autor, esposo e hijo de la virginidad (cf. oración de consagración de las vírgenes). El seguimiento de Cristo en la virginidad es participación de su mismo misterio. Y por consiguiente, crucifixión. Este subrayado es tanto más correcto cuanto mas crece hoy la percepción de la relación entre el matrimonio y la integración de la personalidad humana. Nacida de la fe, sólo en la fe la cruz virginal se abre al misterio de la gratuidad y de la vida; la virginidad y la fecundidad espiritual nacen ambas del misterio pascual de la cruz (cf. Jn 19,25-30).


En María tanto la generación física de Jesús como la participación en la maternidad espiritual de la Iglesia se realizan en el Espíritu Santo. Lo mismo que María y la Iglesia, la vida virginal se abre a la fecundidad espiritual en la línea de la promesa hecha a Abrahán (Gn 15,5): la virginidad y la maternidad pertenecen a la Iglesia como a María, así como a toda alma creyente (Isaac de la Estrella, Sermo 51).


Finalmente, la virginidad cristiana es signo de la futura resurrección (cf. Mt 12,25), mucho más que retorno al estado original de inocencia, como a veces pensaban los Padres. Los que han recibido va ahora el carisma de la J virginidad se encaminan hacia la caridad (LG 43), como signo en el tiempo de Reino eterno del Señor Jesús: «Habéis comenzado a ser lo que nosotros seremos. Poseéis y J a ahora la gloria de la resurrección», escribía Cipriano a las vírgenes (De habitu virginum, 32).


Gregorio de Nacianzo pudo cantar. "Prima virgo, sancta Trinitas» (Carmina 11, 2). Más allá del lenguaje de la paradoja, la Trinidad es virgen por ser totalmente gratuita en sí y en su acto de donación, tanto ad intra como ad extra.


En esta línea misteriosa creemos que se inserta la praecellentia de la virginidad sobre el matrimonio (0T 10): en una especie de " connaturalidad » con lo divino; el amor virginal es un amor primordial, que precede al mismo amor conyugal. Pero la experiencia conyugal auténtica, hecha también de amor y de sacrificio fecundo (LG 41; GS 48s), sirve para guardar la verdad del amor de las vírgenes, para que no caigan en el absurdo de los que, "como no son de un hombre, creen que son de Dios; como no aman a nadie, creen que aman a Dios» (C. péguy).


Y Mauro

Bibl.: G. Moioli, Virginidad. en DE, 591600; A. Auer Virginidad, en CFT. 1V 458466; D. Thalammer, Virginidad y celibato. Un servicio sin división a la Iglesia, Verbo Divino, Estella 1969; J, Álvarez Gómez, Virginidad consagrada: ¿realidad evangélica o mito socio-cultural, Claret, Madrid 1977. M. Thurian, Matrimonio y celibato, Hechos y Dichos, Madrid 1966; L. Legrand, La doctrina btólica de la virginidad, Verbo Divino, Estella 1969.


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La virginidad cristiana, vocación al amor


 

La virginidad, realización de la sublimación hacia la que debe tender todo amor humano, es expresión de un modo de amar, como todo lo que se vive «en el espíritu», y por ello debe ser vivida con alegría porque es la condición más feliz para un cristiano (1 Cor 7,40).

15/01/2013 5:56 PM |

 

Pedro Trevijano Etcheverria

 

La virginidad cristiana es vocación al amor: hace que el corazón esté más libre para amar a Dios y realizar así mejor el servicio a su Reino. La razón de esta virginidad es un motivo esencialmente cristiano: por el reino de los cielos. «La búsqueda de Dios, una vida de comunión y el servicio a los demás son las tres características principales de la vida consagrada» (Exhortación de Juan Pablo II, Ecclesia in Asia 44). Su razón es esencialmente teocéntrica. Se basa, por tanto, en la fe y presupone una llamada de Dios. Dios irrumpe en nuestra vida con su amor y cambia nuestros planes, haciéndonos sus testigos ante el mundo. «Tú, sígueme» (Jn 21,22), nos dice Jesús. La reacción ante esta llamada está expresada en Jer 20,7: «Tú me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir». Supone una invitación divina y la aceptación de la plena entrega para toda la vida que exige esa petición, que también se apoya en la gracia de Dios. En las personas consagradas resplandece de manera singular la naturaleza de la vocación cristiana y la aspiración esponsal de la Iglesia hacia la unión con Jesucristo. Iluminada por la fe en el Señor resucitado «la persona consagrada se siente capaz de un amor radical y universal, que le da la fuerza del autodominio y de la disciplina necesarios para no caer en la esclavitud de los sentidos y de los instintos. La castidad consagrada aparece de este modo como una experiencia de alegría y libertad» (Exhortación de Juan Pablo II, Vita consecrata 88). Sólo si uno la vive y acepta como un don divino, puede sentir su fascinación.

Fuera de este contexto de amor y enamoramiento hacia Dios basado en la fe y en la oración, no tiene sentido. El sacerdote y la persona consagrada deben ser personas de oración, maduros en su elección de vida por Dios, que saben que sólo en la fe se puede vivir la castidad consagrada y que se apoyan en los medios de perseverancia, como el sacramento de la confesión, la devoción a la Santísima Virgen, la mortificación, la entrega apasionada a su misión pastoral y eclesial, la alegría y el sentido del humor. El Espíritu llama a las personas consagradas a una constante conversión para vivir su vocación. La virginidad ejerce más inmediata y totalmente que el matrimonio el amor hacia Cristo. De por sí significa amor, entrega y seguimiento de Cristo e incluso es una cierta anticipación del estado escatológico según Mt 22,30, por lo que es signo de una esperanza puesta totalmente en el Señor y manifiesta que todo amor personal humano, debe ser al menos mediatamente, amor hacia Cristo.

Quienes así eligen están llamados y deben ejercer un mayor amor para que su estado sea signo verdadero y no mentiroso, como sucede en quienes viven mediocremente su vida consagrada. El sentido de la pureza y de la virginidad es crecer en el amor, para así colaborar con Dios en la evolución y desarrollo del mundo y alcanzar la propia plenitud. La virginidad, realización de la sublimación hacia la que debe tender todo amor humano, es expresión de un modo de amar, como todo lo que se vive «en el espíritu», y por ello debe ser vivida con alegría porque es la condición más feliz para un cristiano (1 Cor 7,40), tanto más cuanto que entre los frutos del Espíritu están la fe, el amor, la alegría y la paz (Gál 5,22). Es, ciertamente, una manera muy válida de realizar la propia personalidad, nuestra sexualidad y afectividad, como lo muestran tantos grandes hombres y mujeres que han vivido la virginidad consagrada y han tenido o tienen una vida muy fecunda, pues los consejos evangélicos son un camino totalmente adecuado para la plena realización personal.

Las personas que escogen la virginidad y la vida consagrada ofrecen su vida y quieren hacer presente a Cristo al transmitir esperanza en un mundo en el que los religiosos y religiosas o se dedican fundamentalmente a la oración o trabajan arduamente en las actividades sociales de todo tipo, como la cultura, la enseñanza, la promoción de la mujer, la ayuda a los enfermos y marginados, pero tanto unos como otros viven las virtudes teologales y ponen siempre a Dios y a los hermanos en el primer lugar de la jerarquía de los valores y su presencia y entrega tienen un nivel y una hondura radicalmente distintas a las obras que hacen las organizaciones no gubernamentales. «Los padres por ello deben alegrarse si ven en alguno de sus hijos los signos de la llamada de Dios a la más alta vocación de la virginidad o del celibato por amor del Reino de los cielos» (Consejo Pontificio para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado, 8-XII-1995, 35) . Sin embargo, Pablo no la recomienda sino con suma discreción, ya que es un carisma, un don particular de Dios y también en el orden sobrenatural puede suceder que lo mejor sea enemigo de lo bueno.

La razón primaria de la virginidad está en la donación y entrega de sí mismo, en el amor, y porque es donación se suele confirmar a través del voto. La virginidad hay que vivirla en una entrega total de amor.

 

Pedro Trevijano, sacerdote

http://www.infocatolica.com/?t=opinion&cod=13708

Muy interesante el artículo padre... en un pasaje ud. expresa: "Sólo si uno la vive y acepta como un don divino, puede sentir su fascinación..." La castidad es una gracia o una elección? Acaso sean ambas cosas? Soy soltero y hace un tiempo vengo luchando en mi interior para mantenerme célibe, pero le confieso que me resulta muy penoso y en reiteradas oportunidades vuelvo a caer. Sería de gran ayuda un consejo. Muchas gracias.

 

Comentario de Pedro Trevijano

A Diego: Hace tiempo oí este consejo: "El que intente ser puro, no lo será. El que intente ser generoso, de rebote será puro". A quien se me onfiesa de ese pecado le digo que pida a la Virgen lo siguiente: el don del aumento de la fe (Lc 17,5), el don de la fidelidad en la oración, el don de la alegría (1 Tes 5,16; Flp 4,4)y el don de la fuerza de voluntad. Insisto especialmente en la alegría porque una persona algre y de buen humor, hace el bien hasta sin darse cuenta, mientras que cuando estamos enfadados, aparte de ser inaguantables, hacemos el mal con mucha más facilidad.Un saludo Pedro Trevijano

 

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Las potencialidades del fenómeno deportivo lo convierten en instrumento significativo para el desarrollo global de la persona y en factor utilísimo para la construcción de una sociedad más a la medida del hombre. El sentido de fraternidad, la magnanimidad, la honradez y el respeto del cuerpo -virtudes indudablemente indispensables para todo buen atleta-, contribuyen a la construcción de una sociedad civil donde el antagonismo cede su lugar al agonismo, el enfrentamiento al encuentro, y la contraposición rencorosa a la confrontación leal. Entendido de este modo, el deporte no es un fin, sino un medio; puede transformarse en vehículo de civilización y de genuina diversión, estimulando a la persona a dar lo mejor de sí y a evitar lo que puede ser peligroso o gravemente perjudicial para sí misma o para los demás.

 

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Sectas de aparente gran novedad, como si todos estuviéramos esperando

que las ranas críen pelos… El necio, decía Anatole France, es más funesto que el malvado, porque el malvado descansa, pero el necio jamás lo hace. ‘Cuando se encasquilla la razón se disparan las sectas’.


- Es un hábito operativo que santo Tomás define como "buena cualidad de la mente, por la que se vive rectamente y de la que nadie puede servirse para el mal». La actitud o el hábito contrario es el vicio. En las virtudes podemos distinguir: a) virtudes naturales. que se adquieren con la repetición constante de actos buenos, Y se dividen en dianoéticas o intelectuales Y morales; b) virtudes cardinales, qué son la prudencia, la justicia, la fortaleza Y la templanza; c) virtudes sobrenaturales, que son hábitos infusos por Dios en las facultades humanas junto con la gracia santificante que se infunde en la esencia del alma mediante el bautismo. La doctrina común pone también entre estas virtudes a las cardinales, que perfeccionan y elevan a las adquiridas por el esfuerzo humano. Sin embargo, las principales virtudes infusas siguen siendo las teologales, ya que tienen a Dios como objeto formal, mientras que las cardinales tienden a un bien finito. Las teologales son la fe, la esperanza y la caridad. Esta última es considerada como la reina de todas las demás virtudes, según afirma san Pablo (1 Cor 13). La caridad está íntimamente relacionada con la gracia santificante y se pierde con el pecado, mientras que la fe y la esperanza pueden permanecer en el pecador sin la gracia Y la caridad. En el momento de la infusión de la gracia santificante se infunden también los dones del Espíritu Santo.


G. Bove

Bibl.: A, de Sutter, Virtud, en DE, 600-607. G, Germán Suárez, La vida teologal, Madrid 1962; J. Pieper, Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid 1976; Ch. Bernard, teología espiritual, Atenas, Madrid 1994, 141-171.


 

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  Los vicios: ´pereza y acedia´ ´tedio y flojedad´

´descuido y tardanza´ nunca condujeron a nada bueno.

 

 

La virtud es una categoría fundamental de la reflexión ética occidental, constantemente presente en la literatura moral, que desde hace algunos años conoce un relanzamiento en el debate ético contemporáneo.

 

La razón de la continua presencia de la categoría de la virtud tiene que buscarse en la centralidad de su naturaleza antropológica. La investigación sobre la esencia de la virtud no se puede separar de la investigación sobre la naturaleza biológica, onto-psicológica y ontológico-metafísica del hombre.


Por eso mismo la reflexión ética ha intentado a lo largo de los siglos destacar la importancia de la práctica de las virtudes para el individuo y la sociedad.


El término griego arete tiene un amplio espectro de significados, relativos todos ellos a una excelencia o prestigio en una actividad. Con Sócrates, que la identifica con la ciencia moral, adquiere una connotación particular y se convierte en una categoría fundamental de la reflexión filosófico-ética. Platón y Aristóteles afinan su definición y clasifican las virtudes según las diversas funciones del alma (Platón, Rep., 11, 360ss; Aristóteles, Eth. ad Nic., 11, 499ss). El interés de Aristóteles resulta evidente en la definición de la virtud: « Una disposición se refiere a la elección, que consiste en el punto medio respecto a nosotros, determinada a partir de un criterio, y concretamente del criterio sobre el que la determinaría el hombre sabio» (Eth. ad Nic., 11, 1107a).


En el mundo latino la virtud indica la madurez y la fuerza (virtus de viris = varón, fuerza: Cicerón, Tuscul. 11, 18). En el judaísmo suele tener un carácter religioso (Sab 8,7, 2 Mac 10,28); a veces indica el acto por el que Dios se da a conocer (Filón, Spec. leg. 1, 209).


En el Nuevo Testamento el término es bastante raro (por ejemplo, Flp 4,8; 1 Pe 2,9. 2 Pe 1,5), pero siempre en contextos específicos que hay que referir normalmente al ámbito religioso.


El concepto está ampliamente presente en los santos Padres (Agustín, De lib. arb., 1, 11).


En la Edad Media la reflexión sobre la virtud conoce una sistematización y una clara teorización, sobre todo en santo Tomás, que la encuadra en un contexto de antropología metafísica (5. Th. 1-1, qq. 55-67).


La complejidad de la categoría moral de la virtud desde el punto de vista antropológico permite varias aproximaciones sistemáticas : genética (la virtud como habitus, hábito o costumbre), ontopsicológica (la virtud como rasgo del carácter), deontológica (la virtud como capacitación para actuar en relación con el bien, personal o social), teleológica -eudemonística o finalista- (la virtud como habilitación para las operaciones que requiere la vida feliz). La virtud, aunque puede definirse en sí misma, debe colocarse siempre en un contexto de teoría moral particular dentro del cual deberá ser interpretada. Por esta razón, el debate actual sobre el datum originale de la moral, o sea, la cuestión de si la moral debe concentrarse en la acción, en el deber, en el sujeto agente, etc., repercute también en el concepto que se tiene de la virtud.


La virtud es una disposición, una capacitación, adquirida por la repetición de actos, que perfecciona una facultad del hombre en orden al obrar moral, que tiende a la realización de la vida buena. En cuanto disposición, no se identifica con la acción, sino que la precede como disposición estable.


La virtud es una disposición perfectiva de la facultad: esta cualificación supone la actividad de la razón, la determinación del bien y de los bienes del hombre, de la finalidad última del hombre y de las finalidades intermedias. En el obrar moral el hombre se ve implicado en su totalidad de persona que tiende a la realización de su humanidad, mediante la determinación del verdadero bien, perseguido con unos rasgos únicos e irrepetibles. El desnivel entre la naturaleza humana específica y la naturaleza humana individual convierte a la identificación del bien «en situación» (y, en consecuencia, al obrar moral) en un recorrido accidentado, que necesita estabilizarse: de ahí la necesidad de la virtud.


La complejidad de la naturaleza humana hace referencia a una multiplicidad de bienes particulares; por eso la virtud está doblemente anclada: en la facultad humana (sujeto) en que se arraiga, que tiene una tendencia unitaria al objeto; y en el bien que hay que realizar (objeto), que es por el contrario múltiple, diverso, variado, circunstanciado. Por eso mismo las virtudes son múltiples y se hicieron de ellas en el pasado varias clasificaciones, a pesar de que hoy se tiende a no clasificarlas en esquemas rígidos. De todas formas, pueden reducirse a amplias categorías basadas en las facultades que perfeccionan al ser humano (entendimiento, voluntad, afectividad-corporeidad).


Tradicionalmente las virtudes se distinguen en intelectuales y morales, según las facultades humanas que perfeccionan; son cardinales y teologales, según su objeto; adquiridas o infusas, según el origen de su adquisición (las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad son siempre infusas).


T Rossi

Bibl.: T Goffi. Virtudes morales, en DTI, 1V, 679-700; J R. Pieper, Las virtudes fundamentales. Rialp, Madrid 1980: D, von Hildebrand, Santidad y virtud en el mundo, Rialp, Madrid 1972: 5, Pinckaers, La renovación de la moral, Verbo Divino. Estella 1971.

 

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La voluntad dignifica al hombre.

 

Te adoro, Creador incomprensible

 

Creador incomprensible, yo te adoro. Soy ante ti como un poco de polvo, un ser de ayer, de la hora pasada. Me basta retroceder sólo unos pocos años, y no existía todavía...

Las cosas seguían su curso sin mi. Pero tú existes desde la eternidad.

¡Oh Dios! Desde la eternidad te has bastado a ti mismo, el Padre al Hijo y el Hijo al Padre. ¿No deberías también poder bastarme a mí, tu pobre criatura.. En ti encuentro todo cuanto puedo anhelar. Me basta si te tengo...

¡Dáteme a mí como yo me doy a ti. Dios mío! ¡Dáteme tú mismo! Fortaléceme, Dios todopoderoso, con tu fuerza interior; consuélame con tu paz, que siempre permanece; sáciame con la belleza de tu rostro; ilumíname con tu esplendor increado; purifícame con el aroma de tu santidad inexpresable; déjame sumergirme en ti y dame de beber del torrente de tu gracia cuanto puede apetecer un hombre mortal, de los torrentes que fluyen del Padre y del Hijo: de la gracia de tu amor eterno y consustancial.

(Obispo de la Iglesia Católica y Cardenal: Newman)

 

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Santa Clara, monja enamorada de la Eucaristía.

 

«En este Año de la Eucaristía los cristianos se han de comprometer más decididamente a dar testimonio de la presencia de Dios en el mundo. No tengamos miedo de hablar de Dios ni de mostrar los signos de la fe con la frente muy alta. La «cultura de la Eucaristía» promueve una cultura del diálogo, que en ella encuentra fuerza y alimento. Se equivoca quien cree que la referencia pública a la fe menoscaba la justa autonomía del Estado y de las instituciones civiles, o que puede incluso fomentar actitudes de intolerancia. Si bien no han faltado en la historia errores, inclusive entre los creyentes, como reconocí con ocasión del Jubileo, esto no se debe a las «raíces cristianas», sino a la incoherencia de los cristianos con sus propias raíces. Quien aprende a decir «gracias» como lo hizo Cristo en la cruz, podrá ser un mártir, pero nunca será un torturador.

27. La Eucaristía no sólo es expresión de comunión en la vida de la Iglesia; es también proyecto de solidaridad para toda la humanidad. En la celebración eucarística la Iglesia renueva continuamente su conciencia de ser «signo e instrumento» no sólo de la íntima unión con Dios, sino también de la unidad de todo el género humano.[25] La Misa, aun cuando se celebre de manera oculta o en lugares recónditos de la tierra, tiene siempre un carácter de universalidad. El cristiano que participa en la Eucaristía aprende de ella a ser promotor de comunión, de paz y de solidaridad en todas las circunstancias de la vida. La imagen lacerante de nuestro mundo, que ha comenzado el nuevo Milenio con el espectro del terrorismo y la tragedia de la guerra, interpela más que nunca a los cristianos a vivir la Eucaristía como una gran escuela de paz, donde se forman hombres y mujeres que, en los diversos ámbitos de responsabilidad de la vida social, cultural y política, sean artesanos de diálogo y comunión.»

Lean los últimos párrafos de la reciente Carta Apostólica "Mane nobiscum Domine" de Juan Pablo II, coherente con la más pura Tradición cristiana; en nuestra sección ‘Eucaristía’ {use nuestro buscador} Gracias. 2004-10-22.

 

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Es de suponer que quien se aventura a atacar a la Iglesia y con Ella a Jesucristo, el Amor hecho hombre que la fundó y la diseñó, no tendrá recelo en arremeter contra aquellos que pueden hacer inviable su programa de odio.

¡Rememos mar adentro! Esa es nuestra respuesta como cristianos:

«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.

 

Un comentario al Schrödinger moralista

16 de Noviembre de 2007 - 08:50:53 - Pío Moa


“El fundamento de todo código ético serio ha sido siempre y para todo el mundo el autodominio. La enseñanza de la ética siempre se presenta como una exigencia, un desafío del “tú debes” que, en parte, se opone a nuestro deseo primitivo. ¿De dónde viene ese peculiar contraste entre el “yo quiero” y el “tú debes”? ¿No es absurdo que reprima mis apetitos primarios, que rechace mi verdad y que sea distinto de lo que realmente soy? Oímos –en nuestro días quizá más que en otros tiempos– esta reivindicación: “Yo soy como soy. ¡Haced sitio a mi individualidad! ¡Vía libre a los deseos que ha puesto en mí la naturaleza! Todo lo que se opone a ello no tiene razón de ser, es un fraude de curas. Dios es Naturaleza, y debemos confiar en que la naturaleza me ha hecho según su designio, para que sea como soy”. Con frecuencia se oyen consignas como esta, y no es fácil refutar su brutal evidencia. El imperativo de Kant es declarado irracional” (E. Schrödinger, Mente y materia).

 

Pero el “yo quiero”, como observa Paul Diel, no es tan sencillo como en el animal, el cual obra efectivamente según él es, siguiendo unos instintos que implican una ordenación inconsciente de sus apetencias. El hombre, en cambio quiere muchas cosas distintas, multiplica sus deseos, que no solo chocan a menudo con la realidad, como vio Freud (deseos imposibles, pero muchas veces intensos), sino entre los deseos mismos: suelen ser incompatibles o incluso contradictorios unos con otros, amenazando desgarrar la psique o paralizar la acción. Ello obliga al ser humano a un esfuerzo continuo por ordenar o armonizar sus deseos, esfuerzo muchas veces penoso o frustrante, de renuncias y elecciones, siempre con el riesgo de errar.

 

Tal actividad no basta, sin embargo, para establecer una ética. En principio el hombre puede ordenar sus deseos de modo simplemente utilitario, según un cálculo de beneficios, por así decir –el cual puede resultar erróneo, pero puede también refinarse con la reflexión y la experiencia–. Tal es el hombre prometeico.

 

Recordarán ustedes que Prometeo “el previsor”, el que “piensa antes”, el rebelde al imperativo ético (a los dioses, al espíritu) tenía un hermano, Epimeteo, “el que piensa después”. Epimeteo el hermano, es solo la otra cara de Prometeo: nunca la capacidad de previsión utilitaria es suficiente, y los cálculos más hábiles y elaborados, olvidados del espíritu, conducen finalmente al desastre: los deseos puramente materiales, por muy hábil y racionalmente ordenados que se presenten, terminan arruinando la vida humana, sumiéndola en la trivialidad. Eso parece indicar el mito. Pero, claro, ¿qué es el espíritu?

 

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Como en el pasado, para que el continente europeo recupere la paz es indispensable que las conciencias se despierten, a fin de que cada uno asuma sus responsabilidades, tornando como base principios como el respeto a los demás, la protección del pobre y del necesitado, la defensa de la vida, la solidaridad, la generosidad y la magnanimidad. Para el cristiano, todo esto se resume en el mandamiento del amor al prójimo. MMVI

 

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Al venir al mundo, el hombre no dispone de todo lo que es necesario para el desarrollo de su vida corporal y espiritual. Necesita de los demás. Ciertamente hay diferencias entre los hombres por lo que se refiere a la edad, a las capacidades físicas, a las aptitudes intelectuales o morales, a las circunstancias de que cada uno se pudo beneficiar, a la distribución de las riquezas (GS 29, 2). Los ‘talentos’ no están distribuidos por igual (cf Mt 25, 14-30, Lc 19, 11-27).

1937 “Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de ‘talentos’ particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten. Las diferencias alientan y con frecuencia obligan a las personas a la magnanimidad, a la benevolencia y a la comunicación. Incitan a las culturas a enriquecerse unas a otras:

Yo no doy todas las virtudes por igual a cada uno... hay muchos a los que distribuyo de tal manera, esto a uno, aquello a otro... A uno la caridad, a otro la justicia, a éste la humildad, a aquél una fe viva... En cuanto a los bienes temporales las cosas necesarias para la vida humana las he distribuido con la mayor desigualdad, y no he querido que cada uno posea todo lo que le era necesario para que los hombres tengan así ocasión, por necesidad, de practicar la caridad unos con otros... He querido que unos necesitasen de otros y que fuesen mis servidores para la distribución de las gracias y de las liberalidades que han recibido de mí. (S. Catalina de Siena, dial. 1, 7).

 

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el Evangelio no lleva al empobrecimiento o desaparición de todo lo que cada hombre, pueblo y nación, y cada cultura en la historia, reconocen y realizan como bien, verdad y belleza. Es más, el Evangelio induce a asimilar y desarrollar todos estos valores, a vivirlos con magnanimidad y alegría y a completarlos con la misteriosa y sublime luz de la Revelación".

 

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Benedicto XVI: el amor «es la fuerza que renueva el mundo».

 

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Tras la caída del comunismo en la antigua Unión Soviética, se constituyó una Comisión para la rehabilitación de las víctimas de la represión política. Su Presidente, Vladimir Paulovich Naumov, afirmó en 1996: «Ningún estamento como la Iglesia sufrió tanto durante el comunismo. Medio millón de sacerdotes fueron perseguidos, deportados o encerrados en campos de concentración. 200.000 fueron exterminados, por orden de Stalin».

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Cien millones de muertes atribuidas directamente a los regímenes comunistas de todo el mundo, en 90 años de existencia, no han sido suficientes para que los partidos comunistas hayan dejado de existir en las democracias modernas.- 2007

 

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El perdón libera el espíritu, desata la alegría, produce magnanimidad y hace noble al culpable como al inocente.

 

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¡Rememos mar adentro! Esa es nuestra respuesta como cristianos:

Cabeza de la Iglesia - Para un católico, el amor al Papa, la comunión con él y la adhesión a su magisterio no es una devoción añadida. Pertenece a la misma constitución y a la esencia de la Iglesia de Cristo. En nuestros días, hay gente interesada en desfigurar la enseñanza de la Iglesia. A veces entre los fieles, que buscan sinceramente la verdad, cunde el desconcierto. En momentos de tempestad y siempre, una referencia segura es el magisterio del Papa. ¿Qué dice o qué ha dicho el Papa de este tema? Es una luz potente para el que se siente hijo de la Iglesia católica. Demetrio Fernández, obispo de Tarazona 29.VI.2008


 

Jesús a sus discípulos - Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo" (Jn 17, 24). Jesús se refiere a sus discípulos,  en  particular a los Apóstoles, que están junto a él durante la última Cena. Pero la oración del Señor se extiende a todos los discípulos de todos los tiempos.

En efecto, poco antes había dicho:  "No ruego sólo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí" (Jn 17, 20). Y si allí pedía que fueran "uno... para que el mundo crea" (v. 21), aquí podemos entender igualmente que pide al Padre tener consigo, en la morada de su gloria eterna, a todos los discípulos muertos con el signo de la fe.

"Los que tú me has dado": esta es una hermosa definición del cristiano como tal, pero obviamente se puede aplicar de modo particular a los que Dios Padre ha elegido entre los fieles para destinarlos a seguir más de cerca a su Hijo. Los sacerdotes son  hombres que el Padre "dio" a Cristo. Los separó del mundo, del "mundo" que "no lo conoció a él" (Jn 17, 25), y los llamó a ser amigos de Jesús. Esta es la gracia más valiosa para toda vida sacerdotal. Esta gracia nos corresponde a cada cristiano, como discípulos de Cristo.

 

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Danos, Señor, la inquietud del corazón que busca tu rostro. Protégenos de la oscuridad del corazón que ve solamente la superficie de las cosas. Danos la sencillez y la pureza que nos permiten ver tu presencia en el mundo. Cuando no seamos capaces de cumplir grandes cosas, danos la fuerza de una bondad humilde. Graba tu rostro en nuestros corazones, para que así podamos encontrarte y mostrar al mundo tu imagen.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

¡Hoy la tierra y los cielos me sonríen
hoy llega hasta el fondo de mi alma el sol
hoy la he visto... la he visto y me ha mirado
Hoy creo en Dios!

 


 

Es vuestra visita la que nos honora y agradecemos.


Quepa claro: "hablamos no solo para comunicarnos, sino para distinguirnos". Por lo mismo, nos vestimos no solo para evitar el frío, sino para reafirmar nuestra personalidad. Publicamos porque creemos en la verdad y solo ella nos hace libres.

Pedimos disculpas por los errores que tantas veces cometemos. No son por mala voluntad, ni por ignorancia, sino por no saber. No está mal recordar que una cosa es la ignorancia (= no saber lo que a uno no se le alcanza) y la nescencia (= no saber lo que uno debería saber).

 ‘Apud Dominum misericordia et copiosa apud Eum redemptio’

Jesús misericordia : Kyrie eleison. Christe eleison. Kyrie eleison.

¿Por qué repetimos y recomendamos algunos libros? - No responde esta habitual insistencia a ningún imperativo ni legal, ni moral, ni de compromiso alguno. El único compromiso es el del servicio a la conformación de una cultura católica que hoy es más necesaria que nunca.

Recomendamos vivamente:

1º Título: LA BIBLIA COMENTADA POR LOS PADRES DE LA IGLESIA
Antiguo Testamento
10:Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los cantares
J. Robert Wright (encargado del volumen)Ciudad Nueva Madrid 2008-533 páginas

2º Título: ‘Europa y la Fe’. Editor: Ciudadela Libros. Autor: Hilaire Belloc.
Páginas: 237 - ISBN: 978-84-96836-23-5 -

En esta obra se trata con un realismo histórico apabullante el tema de Europa y su relación con la fe católica. No se debería desconocer este ensayo histórico admirable en que su autor explica cómo la Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos. Es muy posible que no se haya escrito una mejor visión de conjunto de la civilización occidental que este libro.

3º Título: ‘Cristo y el tiempo’ - La Historia, como historia de la salvación -
Autor: Oscar Cullmann - Editorial: Cristiandad -





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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).