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Pero lo verdaderamente importante es que la Iglesia renueva sin cesar su fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Porque de eso estamos hablando: de una persona, de un ser vivo, y no de una cosa o una idea. La Eucaristía es Él. Y todos, en la Iglesia, vivimos por Él, con Él y gracias a Él, y soñando con unirnos algún día plenamente a Él. O al menos, así debería ser.
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Dios, origen de la vida
Dios es el Autor de la vida. Incluso en una hipótesis evolucionista hay que aceptar unas leyes que dirijan esta evolución. Estas leyes son obra de Dios.
Por Jorge Loring
6,10.- Dios es el Autor de la vida. Incluso en una hipótesis evolucionista hay que aceptar unas leyes que dirijan esta evolución. Estas leyes son obra de Dios. Juan Oró , uno de los españoles que investigan en los Estados Unidos para la NASA, que está al frente del equipo que analizó las muestras lunares que trajeron los astronautas, y cuya opinión fue definitiva para afirmar que en Marte no hay vida, opina que la vida surgió a merced de un proceso de evolución química gradual que conduce a la generación progresiva según leyes determinadas, aunque todavía estamos lejos de tener una clara comprensión de las leyes que rigen la evolución de las partículas elementales . El biólogo soviético Alejandro Oparin , explica así el origen de la vida: «En la atmósfera terrestre primitiva, a partir de algunos compuestos relativamente sencillos, principalmente metano, amoníaco, vapor de agua y ácido sulfúrico, y bajo la acción de las descargas eléctricas y rayos ultravioleta se formaron numerosas y variadas sustancias orgánicas de molécula compleja. Estos productos pasaron a formar parte de la hidrosfera, al ser arrastrados por la lluvia, y una vez allí, sufrieron posteriores modificaciones, y un incremento ulterior de su complejidad» (174). En abril de 1985 la revista norteamericana «News Week» se hacía eco de la presentación, por parte de un grupo de bioquímicos de la NASA americana, de unas pruebas según las cuales la arcilla sirvió como catalizador en la formación de los primeros compuestos orgánicos. Podría ser una explicación de aquello de la Biblia de que la vida nació del barro. Recientemente Leslie Orgel, uno de los mayores expertos mundiales en la materia, demuestra en la revista científica Nature que el origen de la vida pudo aparecer en terreno arcilloso. De hecho Stanley Miller y Harold Urey, en 1953, haciendo pasar una descarga eléctrica a través de una mezcla de metano, amoníaco, nitrógeno y vapor de agua, lograron sintetizar aminoácidos constitutivos de las proteínas. El Doctor en Ciencias Químicas, D. José Sánchez-Real, Catedrático en Valencia, opina que la reacción que Oparin sitúa en la superficie de la Tierra debió darse en altas capas de la atmósfera. En todo caso, como el mismo Oparin expone en su obra con multitud de fórmulas y reacciones químicas, todo esto supone unas leyes, y las leyes una inteligencia. A esta inteligencia la llamamos DIOS. Por eso decimos que Dios es el Autor de la vida. El mismo Oparin reconoció en Barcelona (junio 1973), en la IV Conferencia Internacional sobre el «Origen de la Vida»: El origen de la vida no es ocasional. Se ajusta en todo a las leyes de la Naturaleza Y Stuart Mill: Las leyes de la Naturaleza no pueden, por sí mismas, ofrecer una explicación de su propio origen. John B. Haldane, famoso fisiólogo genetista británico, Profesor de la Universidad de Cambridge, afirma que el origen de la vida es imposible sin un Ser Inteligente preexistente. La vida no se ha formado por casualidad, sino que se basa en leyes bien precisas. Dice Salvador de Madariaga: «El mundo vivo no puede ni siquiera concebirse sino como la ejecución de un proyecto que le es anterior»(175). El paso de las micromoléculas a las macromoléculas se realiza según unas reglas y leyes. Fred Hoyle, célebre científico inglés, a quien en 1972 le fue otorgado el título de «Caballero» por sus trabajos científicos, afirma: «La vida no puede haberse producido por casualidad»(176).

6,11.- La base de la vida, está en los ácidos nucleicos y aminoácidos. Los aminoácidos son los componentes de las proteínas. Las proteínas son los ladrillos de las células. Estas macromoléculas son esenciales en todo ente con vida. «Hay una ley que desde los primeros aminoácidos y nucleótidos formados en las aguas primitivas han conducido a través de millones de años de evolución hasta la formación del DNA humano» (177). La molécula del ácido desoxirribonucleico (DNA) componente fundamental de los cromosomas, es portador de la información genética. Cada célula puede poseer docenas de cromosomas. Cada cromosoma posee cientos de genes. Los genes son cadenas de ácido desoxirribonucleico (DNA). Harada sintetizó aminoácidos, que son los componentes estructurales de las proteínas sometiendo a una temperatura de mil grados centígrados amoníaco, vapor de agua y gas metano, tres derivados volcánicos que probablemente eran muy abundantes en la atmósfera primitiva. Sin embargo la complejidad de la proteína lejos de ser un desorden, es un orden supremo. Es decir, siempre hemos de admitir unas leyes que dirigen la evolución El Dr.Jorge Wald, biólogo de la Universidad Norteamericana de Harvard, Premio Nobel, dijo en el Congreso Internacional sobre el Origen de la Vida celebrado en Barcelona en junio de 1973: No hay ninguna oposición entre la aceptación de la explicación científica del origen de la vida y la creencia en Dios, pues éste es el Autor de las leyes que rigen el proceso biológico. «Hoy, no pocos científicos, al menos entre los occidentales, admiten consecuentemente una tendencia finalista en el desarrollo de las formas. Efectivamente, los últimos descubrimientos, de modo particular los realizados en el sector de las estructuras vivientes, van demostrando la existencia de leyes en los fenómenos vitales, donde el simple azar queda excluido, aun por el mismo cálculo de probabilidades» (178). La vida y la evolución tienen un sentido, no es puro azar. El mismo Oparin reconoce que las leyes de la Naturaleza no pueden ser producto de la casualidad, pero no se pregunta cuál es el origen de estas leyes. Reconocer la existencia de leyes en la Naturaleza y no preguntarse por el origen de ellas es quedarse a mitad de camino. Si nos preguntamos por el origen último de estas leyes llegaremos a Dios.

6,12.- La vida pudo comenzar en el mundo en un momento determinado, según las leyes puestaspor Dios en la Naturaleza. Parece que fue hace unos 3.000 millones de años. Comenzó de modo muy elemental, y poco a poco fue evolucionando hasta el hombre, que es la suprema manifestación de la vida en la Tierra. La evolución de la vida en la Tierra supone unas leyes que la han dirigido. La selección natural de la evolución se produce por mutaciones de los caracteres hereditarios en los genes de los cromosomas. Pero este proceso ha seguido unas leyes que han dirigido la línea de la evolución. «Todo el proceso ha estado programado para que al final apareciese el hombre...Ha existido una dirección privilegiada una finalidad. Sin duda, esta finalidad está en plano superior al puramente material de la evolución» (179). El que la vida haya comenzado en la Tierra o haya venido de otro astro, es indiferente para explicar las causas del origen de la vida. El que la vida haya venido de otro astro no excluye que la vida se haya originado según unas leyes. Por otra parte, no se ha demostrado la existencia de seres inteligentes extraterrestres. A los ovnis se les encuentran explicaciones que no los hacen necesariamente extraterrestres. El hecho de que la vida haya comenzado en la Tierra o haya venido de otra galaxia es lo de menos, pues tan sólo pospone la cuestión a otro tiempo y lugar, afirma el célebre astrónomo norteamericano Dr. Robert Jastrow (180). Aparte de que los rayos cósmicos hubieran acabado con la posible vida en los viajes interplanetarios. ____________________ (174) - ALEJANDRO OPARIN: Origen de la vida sobre la Tierra, V. Ed. Tecnos. Madrid, 1970 (175) - SALVADOR DE MADARIAGA: Dios y los españoles, pg.37. Ed. Planeta. Barcelona, 1975 (176) - FRED HOYLE: El Universo inteligente, I, 1. Ed. Grijalbo. Barcelona, 1984 (177) - PIERO PASOLINI: Las grandes ideas que han revolucionado la Ciencia en el último siglo, I, 4. Ed. Ciudad Nueva. Madrid, 1981 (178) - SEBASTIÁN BARTINA, S.I.: Hacia los orígenes del hombre, I, 1. Ed. Garriga. Barcelona (179) - DR. BERMUDO MELÉNDEZ, Catedrático de Paleontología en la Universidad Complutense de Madrid: Las bases científicas del evolucionismo, pg. 89. Ed. ADUE. Madrid (180) - ROBERT JASTROW: El telar mágico. Ed. Salvat. Barcelona, 1985
Agradecemos al autor - encuentra.com MMIII. VIII
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El misterio de la creación
1. En la indefectible y necesaria reflexión que el hombre de todo tiempo está inclinado a hacer sobre la propia vida, dos preguntas emergen con fuerza, como eco de la voz misma de Dios: "¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?". Si la segunda pregunta se refiere al futuro último, al término definitivo, la primera se refiere al origen del mundo y del hombre y es también fundamental. Por eso estamos justamente impresionados por el extraordinario interés reservado al problema de los orígenes. No se trata sólo de saber cuándo y cómo ha surgido materialmente el cosmos y ha aparecido el hombre, cuanto más bien en descubrir qué sentido tiene tal origen, si lo preside el caos, el destino ciego o bien un Ser transcendente, inteligente y bueno, llamado Dios. Efectivamente, en el mundo existe el mal y el hombre que tiene experiencia de ello no puede dejar de preguntarse de dónde proviene y por responsabilidad de quién, y si existe una esperanza de liberación. "¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes?", se pregunta en resumen el Salmista, admirado frente al acontecimiento de la creación (Sal 8, 5).
2. La pregunta sobre la creación aflora en el ánimo de todos, del hombre sencillo y del docto. Se puede decir que la ciencia moderna ha nacido en estrecha vinculación, aunque no siempre en buena armonía, con la verdad bíblica de la creación. Y hoy, aclaradas mejor las relaciones recíprocas entre verdad científica y verdad religiosa, muchísimos científicos, aun planteando legítimamente problemas no pequeños como los referentes al evolucionismo de las formas vivientes, en particular del hombre, o el que trata del finalismo inmanente en el cosmos mismo en su devenir, van asumiendo una actitud cada vez más partícipe y respetuosa con relación a la fe cristiana sobre la creación. He aquí, pues, un campo que se abre par un diálogo benéfico entre modos de acercamiento a la realidad del mundo y del hombre reconocidos lealmente como diversos, y sin embargo convergentes a nivel más profundo en favor del único hombre, creado —como dice la Biblia en su primera página— a "imagen de Dios" y por tanto "dominador" inteligente y sabio del mundo (cf. Gén 1, 27-28).
3. Además, nosotros los cristianos reconocemos con profundo estupor, si bien con obligada actitud crítica, que en todas las religiones, desde las más antiguas y ahora desaparecidas, a las hoy presentes en el planeta, se busca una "respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana...: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido y fin de nuestra vida? ¿Qué es el bien y qué el pecado? ¿Cuál es el origen y el fin del dolor?... ¿Cuál es, finalmente, aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia el cual nos dirigimos?" (Declaración Nostra ætate, 1). Siguiendo el Concilio Vaticano II, en su Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, reafirmamos que "la Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo", ya que "no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres" (Nostra ætate, 2). Y por otra parte es tan innegablemente grande, vivificadora y original la visión bíblico-cristiana de los orígenes del cosmos y de la historia, en particular del hombre —y ha tenido una influencia tan grande en la formación espiritual, moral y cultural de pueblos enteros durante más de veinte siglos— que hablar de ello explícitamente, aunque sea sintéticamente, es un deber que ningún Pastor ni catequista puede eludir.

4. La revelación cristiana manifiesta realmente una extraordinaria riqueza acerca del misterio de la creación, signo no pequeño y muy conmovedor de la ternura de Dios que precisamente en los momentos más angustiosos de la existencia humana, y por tanto en su origen y en su futuro destino, ha querido hacerse presente con una palabra continua y coherente, aun en la variedad de las expresiones culturales.
Así, la Biblia se abre en absoluto con una primera y luego con una segunda narración de la creación, donde todo tiene origen en Dios: las cosas, la vida, el hombre (Gen 1-2), y este origen se enlaza con el otro capítulo sobre el origen, esta vez en el hombre, con la tentación del maligno, del pecado y del mal (Gen 3). Pero he aquí que Dios no abandona a sus creaturas. Y así, pues, una llama de esperanza se enciende hacia un futuro de una nueva creación liberada del mal (es el llamado protoevangelio, Gen 3, 15, cf. 9, 13). Estos tres hilos: la acción creadora y positiva de Dios, la rebelión del hombre y, ya desde los orígenes, la promesa por parte de Dios de un mundo nuevo, forman el tejido de la historia de la salvación, determinando el contenido global de la fe cristiana en la creación.
5. En las próximas catequesis sobre la creación, al dar el debido lugar a la Escritura, como fuente esencial, mi primera tarea será recordar la gran tradición de la Iglesia, primero con las expresiones de los Concilios y del magisterio ordinario, y también con las apasionantes y penetrantes reflexiones de tantos teólogos y pensadores cristianos.
Como en un camino constituido por muchas etapas, la catequesis sobre la creación tocará ante todo el hecho admirable de la misma como lo confesamos al comienzo del Credo o Símbolo Apostólico: "Creo en Dios, creador del cielo y de la tierra", reflexionaremos sobre el misterio que encierra toda la realidad creada, en su proceder de la nada, admirando a la vez la omnipotencia de Dios y la sorpresa gozosa de un mundo contingente que existe en virtud de esa omnipotencia. Podremos reconocer que la creación es obra amorosa de la Trinidad Santísima y es revelación de su gloria. Lo que no quita, sino que por el contrario afirma, la legítima autonomía de las cosas creadas, mientras que al hombre, como centro del cosmos, se le reserva una gran atención, en su realidad de "imagen de Dios", de ser espiritual y corporal, sujeto de conocimiento y de libertad. Otros temas nos ayudarán más adelante a explorar este formidable acontecimiento creativo, en particular el gobierno de Dios sobre el mundo, su omnisciencia y providencia, y cómo a la luz del amor fiel de Dios el enigma del mal y del sufrimiento halla su pacificadora solución.
6. Después de que Dios manifestó a Job su divino poder creador (Job 38-41), éste respondió al Señor y dijo: "Sé que lo puedes todo y que no hay nada que te cohíba... Sólo de oídas te conocía; mas ahora te han visto mis ojos" (Job 42, 2-5). Ojalá nuestra reflexión sobre la creación nos conduzca al descubrimiento de que, en el acto de la fundación del mundo y del hombre, Dios ha sembrado el primer testimonio universal de su amor poderoso, la primera profecía de la historia de nuestra salvación. 08.I.1986
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La gloria de la Trinidad en el hombre vivo
1. En este Año jubilar nuestra catequesis trata de buen grado sobre el tema de la glorificación de la Trinidad. Después de haber contemplado la gloria de las tres divinas personas en la creación, en la historia, en el misterio de Cristo, nuestra mirada se dirige ahora al hombre, para descubrir en él los rayos luminosos de la acción de Dios.
"Él tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo de toda carne de hombre" (Jb 12, 10). Esta sugestiva declaración de Job revela el vínculo radical que une a los seres humanos con "el Señor que ama la vida" (Sb 11, 26). La criatura racional lleva inscrita en su ser una íntima relación con el Creador, un vínculo profundo, constituido ante todo por el don de la vida. Don que es concedido por la Trinidad misma e implica dos dimensiones principales, como trataremos ahora de ilustrar a la luz de la palabra de Dios.
2. La primera dimensión fundamental de la vida que se nos concede es la física e histórica, el "alma" (nefesh) y el "espíritu" (ruah), a los que se refería Job. El Padre entra en escena como fuente de este don en los mismos inicios de la creación, cuando proclama solemnemente: "Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza (...). Creó Dios al ser humano a imagen suya; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó" (Gn 1, 26-27). Con el Catecismo de la Iglesia católica podemos sacar esta consecuencia: "La imagen divina está presente en todo hombre. Resplandece en la comunión de las personas, a semejanza de la unión de las personas divinas entre sí" (n. 1702). En la misma comunión de amor y en la capacidad generadora de las parejas humanas brilla un reflejo del Creador. El hombre y la mujer en el matrimonio prosiguen la obra creadora de Dios, participan en su paternidad suprema, en el misterio que san Pablo nos invita a contemplar cuando exclama: "Un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está presente en todos" (Ef 4, 6).
La presencia eficaz de Dios, al que el cristiano invoca como Padre, se manifiesta ya en los inicios de la vida de todo hombre, y se extiende luego sobre todos sus días. Lo atestigua una estrofa muy hermosa del Salmo 139: "Tú has creado mis entrañas; me has tejido en el seno materno. (...) Conocías hasta el fondo de mi alma, no desconocías mis huesos. Cuando, en lo oculto, me iba formando y entretejiendo en lo profundo de la tierra. Mi embrión (golmi) tus ojos lo veían; en tu libro estaban inscritos todos mis días, antes que llegase el primero" (Sal 139, 13. 15-16).
3. En el momento en que llegamos a la existencia, además del Padre, también está presente el Hijo, que asumió nuestra misma carne (cf. Jn 1, 14) hasta el punto de que pudo ser tocado por nuestras manos, ser escuchado con nuestros oídos, ser visto y contemplado por nuestros ojos (cf. 1 Jn 1, 1). En efecto, san Pablo nos recuerda que "no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos nosotros; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual existimos nosotros" (1 Co 8, 6). Asimismo, toda criatura viva está encomendada también al soplo del Espíritu de Dios, como canta el Salmista: "Envías tu Espíritu y los creas" (Sal 104, 30). A la luz del Nuevo Testamento es posible leer en estas palabras un anuncio de la tercera Persona de la santísima Trinidad. Así pues, en el origen de nuestra vida se halla una intervención trinitaria de amor y bendición.
4. Como he insinuado, existe otra dimensión en la vida que Dios da a la criatura humana. La podemos expresar mediante tres categorías teológicas neotestamentarias. Ante todo, tenemos la zoê aiônios, es decir, la "vida eterna", celebrada por san Juan (cf. Jn 3, 15-16; 17, 2-3) y que se debe entender como participación en la "vida divina". Luego, está la paulina kainé ktisis, la "nueva criatura" (cf. 2 Co 5, 17; Ga 6, 15), producida por el Espíritu, que irrumpe en la criatura humana transfigurándola y comunicándole una "vida nueva" (cf. Rm 6, 4; Col 3, 9-10; Ef 4, 22-24). Es la vida pascual: "Del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo" (1 Co 15, 22). Y tenemos, por último, la vida de los hijos de Dios, la hyiothesía (cf. Rm 8, 15; Ga 4, 5), que expresa nuestra comunión de amor con el Padre, siguiendo a Cristo, con la fuerza del Espíritu Santo: "La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero" (Ga 4, 6-7).
5. Esta vida trascendente, infundida en nosotros por gracia, nos abre al futuro, más allá del límite de nuestra caducidad propia de criaturas. Es lo que san Pablo afirma en la carta a los Romanos, recordando una vez más que la Trinidad es fuente de esta vida pascual: "Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos (es decir, el Padre) habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros" (Rm 8, 11).
"Por tanto, la vida eterna es la vida misma de Dios y a la vez la vida de los hijos de Dios. Un nuevo estupor y una gratitud sin límites se apoderan necesariamente del creyente ante esta inesperada e inefable verdad que nos viene de Dios en Cristo (...) (cf. 1 Jn 3, 1-2). Así alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la vida. Su dignidad no sólo está ligada a sus orígenes, a su procedencia divina, sino también a su fin, a su destino de comunión con Dios en su conocimiento y amor. A la luz de esta verdad, san Ireneo precisa y completa su exaltación del hombre: "el hombre que vive" es "gloria de Dios", pero "la vida del hombre consiste en la visión de Dios" (cf. san Ireneo, Adversus haereses IV, 20, 7)" (Evangelium vitae, 38).
Concluyamos nuestra reflexión con la oración que eleva un sabio del Antiguo Testamento al Dios vivo y amante de la vida: "Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías hecho. Y ¿cómo habría permanecido algo si no hubieses querido? ¿Cómo se habría conservado lo que no hubieses llamado? Mas tú con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor que amas la vida, pues tu espíritu incorruptible está en todas ellas" (Sb 11, 24 12, 1).
MM. 7 de junio. S. S. JUAN PABLO II –
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Cristo y la Iglesia
El cristianismo es un hecho, un acontecimiento
El cristianismo es un acontecimiento; una persona ha entrado en la Historia: Jesucristo, que algunos han encontrado y aceptado. La Iglesia es la posibilidad donde se puede repetir hoy este encuentro, la posibilidad donde se repita para todos, como ha dicho el Santo Padre en la XVIII Jornada Mundial de la Juventud en este año: "Queridos jóvenes, lo sabéis: el cristianismo no es una opinión y no consiste en palabras vanas. ¡El cristianismo es Cristo! ¡Es una Persona, es el Viviente!".
Por lo tanto no es una teoría, pero sí un hecho que nos incumbe a nosotros, un hecho que nos ha sido entregado por una Presencia personal, la Presencia de Cristo, del Emmanuel, "Dios-con-nosotros", de Dios que se ha hecho compañero, amigo del hombre.
Como escribía Fedor Dostoevskij en Los Demonios: "Muchos creen que sea suficiente creer en la moral de Cristo para ser cristianos; no es la moral de Cristo, ni tampoco la doctrina de Cristo lo que salvará al mundo, pero sí precisamente lo siguiente: que el Verbo se hizo carne".
El acontecimiento es el método
El "Acontecimiento" no es sólo el momento en el que este hecho ha sucedido, pero indica un método, el método elegido y usado por Dios para salvar al hombre: la Encarnación, Dios salva al hombre a través de lo humano.
El Cristianismo no es la revelación de la existencia de Dios pero sí el estupor de que Dios es un Hombre, el estupor de Kafka: "Aquel que nunca hemos visto, pero el que esperamos con verdadero anhelo, el que racionalmente ha sido considerado inaccesible para siempre, aquí está sentado" (F. Kafka, El Castillo).
La salvación no estará: está aquí; el valor del presente
Si Dios está con nosotros, entonces la salvación está aquí; y no sólo está aquí, sino que está en medio de nosotros; por eso podemos hacer uso de ella, la podemos experimentar ahora, porque Dios, que es la Salvación, se compromete con el hombre, con toda su vida y con la historia. La salvación es una compañía, la compañía de Dios con el hombre, en la cual el hombre encuentra la posibilidad de su realización, la consistencia de su vida y de sí mismo, su verdadera fisonomía, la unidad de su persona.
Nuestra realización, nuestra redención no es el resultado de nuestro esfuerzo por la coherencia humana, pero sí la consecuencia de la aceptación de aquella compañía.
"Salvar" quiere decir que el hombre entienda quién es, que entienda su destino, que sepa cómo seguir sus pasos hacia su destino y que pueda caminar hacia él.
Es encontrando esta Presencia que la persona empieza a comprenderse a sí misma, a comprender cuál es su destino, a comprender cómo andar por el camino de su destino y con qué energía debe caminar.
Abrazar la identidad cristiana, seguir el cristianismo tiene como condición la conversión. Convertirse no es analizar el anuncio, pero sí comprometerse con él, es decir, con un hecho, con un acontecimiento. Toda la consistencia del anuncio reside en el hecho de que el anuncio penetre en la existencia y la cambie. La experiencia de una renovación de la vida, de una fisonomía personal imprevista es la prueba existencial de que la obra de la Salvación se está cumpliendo al ciento por cien aquí en la tierra.
Así les recuerda el Santo Padre a los jóvenes en esta próxima Jornada mundial de la juventud: "Queridos jóvenes, sólo Jesús conoce vuestro corazón, vuestros deseos más profundos. Sólo Él, que os ha amado hasta la muerte, (cfr Jn 13,1), es capaz de colmar vuestras aspiraciones. Sus palabras son palabras de vida eterna, palabras que dan sentido a la vida. Nadie fuera de Cristo podrá daros la verdadera felicidad".
O como decía el cardenal Giacomo Biffi en un convenio de teólogos en Bologna: "Nosotros no somos el «pueblo del libro», ni siquiera somos el «pueblo de la palabra»; pero somos el «pueblo del Acontecimiento» [...] Desaventurado aquel teólogo, aquel exégeta, aquel lector de la página sagrada que diga que Jesús es en primer lugar un personaje literario, y por ello habla del Cristo de los sinópticos, del Cristo de san Pablo, del Cristo de san Juan, y no de su Salvador".
No hay posibilidad de entender el cristianismo si no se intuye que el cristianismo nace enteramente como pasión por el hombre, por cada individuo, por el destino de cada individuo.
La persona renace de un encuentro
Si Dios se ha hecho hombre entonces ha entrado en la Historia; el método para conocerlo ya no puede ser aquél de antes de su venida, aquél de todas las demás religiones fundadas en la búsqueda, en la tentativa del hombre. Primero se basaba todo en el esfuerzo, el estudio, la genialidad, el sentimiento religioso; ahora hay Alguien a quien encontrar; no se requiere una capacidad particular, pero sí la sencillez de un encuentro.
Como escribió el Santo Padre a don Giussani para los veinte años de la Fraternidad de Comunione e Liberazione "El cristianismo, antes de ser un conjunto de doctrinas o una regla para la salvación, es el «acontecimiento» de un encuentro. Es esta la intuición y la experiencia que él ha transmitido en estos años a tantas personas que se han adherido al movimiento de Comunione e Liberazione. Más que ofrecer nuevas cosas, quiere ayudar a que se vuelva a descubrir la Historia de la Iglesia, para expresarla de nuevo en un modo que sea capaz de hablar e interpelar a los hombres de nuestro tiempo".
El yo se vuelve a encontrar a sí mismo en el encuentro con una presencia que conlleva esta afirmación: "¡Existe aquello de lo que tu corazón está hecho! Mira, por ejemplo en mí existe". El encuentro con una presencia no constituye ontológicamente la persona en su subjetividad: el encuentro despierta algo que antes era oscuro, algo que existencialmente no se había pensado y que era impensable.
El hombre vuelve a descubrir la propia identidad original encontrándose con una presencia que ejerce una fuerza de atracción y provoca un volver a despertarse de las exigencias constitutivas de su naturaleza, una conmoción llena de sensatez, por cuanto realiza una correspondencia a las exigencias de la vida según la totalidad de sus dimensiones: desde el nacimiento hasta la muerte. Porque, paradójicamente, la originalidad del propio yo emerge cuando uno se da cuenta de que tiene en sí algo que está en todos los hombres.
Por lo tanto, se trata de una experiencia que hay que hacer. Ha dicho el gran experto de la Biblia Ignace de la Potterie: "La fe cristiana es un camino de la mirada".
Sin el empeño de hacer la experiencia no se puede entender qué es el camino de la mirada. La cosa más difícil de aceptar es que, aquello que nos despierta a nosotros, aquello que nos despierta a la verdad de nuestra vida, a nuestro destino, a la esperanza, a la moralidad sea realmente un acontecimiento. Porque la palabra "acontecimiento", de la cual el encuentro es la forma, indica una «coincidencia» entre lo real de lo experimentable y lo sobrenatural.
El hecho más grande no es el de existir sino el encuentro: aquella única circunstancia de la cual toda una Historia depende, un momento en el tiempo, en el que un ser dice: "Yo soy Tú el que me haces".
Nuestra responsabilidad es hacer posible el encuentro con Cristo presente en nuestro testimonio. Hay que identificarse con el valor de la afirmación de que el cristianismo "es" un acontecimiento, y no que "fue" un acontecimiento; no "ha sido" un acontecimiento sino que lo "es", ahora. Es una presencia paterna que genera un Encuentro, es decir, el impacto de un Acontecimiento que te comunica vida, porque la paternidad es verdadera cuando constituye una propuesta para la vida. Es una paternidad y por eso un encuentro cuando es propuesta de una respuesta a aquello que el otro es.
El encuentro se dilata en una compañía. El encuentro genera una compañía como certeza afectiva, una familia, un lugar en el cual hay una esperanza para la vida. Esta certeza afectiva para los jóvenes está en los adultos. Como ha afirmado el Papa hace dos años: "El encuentro con ciertas personas genera afinidad y esta afinidad genera una compañía, una comunión, un movimiento. Vivir esta comunión es participar del Misterio del Espíritu".
Nos sentimos solicitados y atraídos por el encuentro con estas personas y nos sentimos empujados a unirnos. Por lo tanto, el encuentro permanece como compañía. Ésta es el lugar del ser humano, es el lugar geográfico y social, en el que hemos sido llamados de nuevo a Aquello a lo que el encuentro nos ha vuelto a despertar: Cristo, el destino hecho hombre.
La compañía es el lugar de una amistad que nace del presentimiento del destino y que nos sostiene en el camino del destino, que es Cristo. Esta amistad es ayuda en el itinerario que lleva a la realización de sí mismo y no a la alienación de uno mismo.
Esto es lo que deberíamos provocar, lo otro sería inútil y sólo haríamos reuniones. Es la experiencia de Algo que llevamos dentro, al que pertenecemos tan profundamente que llena la vida con propuestas. Por medio de las palabras, de la organización del tiempo, de las iniciativas que uno toma, y sobre todo por medio de las relaciones que uno establece, el otro tendría que darse cuenta de que en nosotros no ha encontrado nada más humano en toda la humanidad. Es decir, aquí se experimenta, en sentido análogo, el milagro. Sucede más o menos lo que ocurría con Jesús cuando hacía los milagros. Él no vino sólo para hacer milagros, pero los ha hecho para que comprendiéramos quién era y para qué había venido. Así nuestra meta es la de hacer presente esta Presencia y hacer que todos los hombres se apropien de ella.
El método es un encuentro existencial, como dijo Juan Pablo II: "El verdadero drama de la Iglesia, que se define como moderna, está en el intento de cambiar el estupor del acontecimiento de Cristo por reglas".
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Del cristianismo de los primeros tiempos; como se sabe, la poesía y la política han sido continuas fuentes de inspiración para las religiones de todo el mundo. Por un lado, el cristianismo ha luchado siempre por mantener su independencia del poder estatal, de separar (a pesar de errores, avances y retrocesos) la Iglesia del Estado, para poder dar así al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.
Por otra parte, es cierto que el cristianismo asumió la poesía por ser una constante universal humana (piénsese en los cantos y en los himnos), pero fue un poco más allá. El cristianismo desde los primeros tiempos quiso aliarse también con la ciencia y el pensamiento. Para él, hubiera sido más sencillo servirse de las religiones orientales, que tenían un trasfondo mítico y simbólico casi unilateral.
Sin embargo, la religión cristiana apostó por lo más difícil: aliarse con la filosofía pagana, con el pensamiento griego (que era entonces la elaboración racional más completa, y que todavía ahora nos da qué hablar).
Tal vez la presencia de san Pablo en el Aerópago de Atenas sea un símbolo en este sentido: Pablo habla a los atenienses del dios desconocido, de ese dios que tan solo conocen por la razón, y les anima a tener un conocimiento más completo y pleno a través de la fe.
Los nombres de Justino y Clemente de Alejandría son tan solo los primeros de una larga lista. La religión cristiana se ha aliado siempre con la razón; es lo que Ratzinger llama "la victoria de la inteligencia" en el mundo de las religiones.
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«Dios está unido a cada ser humano, sin excepción» Hermano Roger + 2005. Taizé.
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Dirijamos la mirada al rostro sereno del hombre fiel que «reparte limosna a los pobres» y encomendemos nuestra reflexión final a las palabras de Clemente de Alejandría, el Padre de la Iglesia del siglo III, que ha comentado una afirmación difícil de comprender del Señor. En la parábola sobre el administrador injusto, aparece la expresión según la cual, tenemos que hacer el bien con el «dinero injusto». De ahí surge la pregunta: el dinero, la riqueza, ¿son en sí injustos o qué quiere decir entonces el Señor?
Clemente de Alejandría explica muy bien esta parábola en su homilía: «¿Qué rico podrá salvarse?», y afirma: con esta afirmación, Jesús «declara injusta por naturaleza toda posesión que uno posee por sí misma, como bien propio, y no la pone en común con los necesitados; pero declara también que de esta injusticia es posible hacer una obra justa y benéfica, ofreciendo alivio a alguno de esos pequeños que tienen una morada eterna ante el Padre (Cf. Mateo 10, 42; 18,10)» (31,6: «Colección de Textos Patrísticos» --«Collana di Testi Patristici»--, CXLVIII, Roma 1999, pp. 56-57).
Y dirigiéndose al lector, Clemente advierte: «Ten en cuenta, en primer lugar, que él no te ha ordenado hacerte de rogar o esperar a recibir una súplica, sino que tienes que buscar tú mismo a quienes son dignos de ser escuchados, en cuanto que son discípulos del Salvador» (31,7: ibídem, p. 57).
Después, citando otro texto bíblico, comenta: «Por tanto, es bello lo que dice el apóstol: "Dios ama al que da con alegría"» (2 Corintios 9, 7), al que disfruta dando y no siembra parcamente, para no cosechar del mismo modo, Dios ama al que comparte sin lamentarse, sin distinciones ni pesar, y esto es hacer el bien auténticamente » (31,8: ibídem). Clemente de Alejandría, obispo de la Iglesia católica en África, 150ca. + 215 ca.
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El envío del Espíritu Santo
"El Señor dijo a los discípulos: Id y sed los maestros de todas las naciones; bautizadlas en el nombre del Padre v del Hijo y del Espíritu Santo. Con este mandato les daba el poder de regenerar a los hombres en Dios. Dios había prometido por boca de sus profetas que en los últimos días derramaría su Espíritu sobre sus siervos y siervas, y que éstos profetizarían; por esto descendió el Espíritu Santo sobre el Hijo de Dios, que se había hecho Hijo del hombre, para así, permaneciendo en él, habitar en el género humano, reposar sobre los hombres y residir en la obra plasmada por las manos de Dios, realizando así en el hombre la voluntad del Padre y renovándolo de la antigua condición a la nueva, creada en Cristo.
Y Lucas nos narra cómo este Espíritu, después de la ascensión del Señor, descendió sobre los discípulos el día de Pentecostés, con el poder de dar a todos los hombres entrada en la vida y para dar su plenitud a la nueva alianza; por esto, todos a una, los discípulos alababan a Dios en todas las lenguas al reducir el Espíritu a la unidad los pueblos distantes y ofrecer al Padre las primicias de todas las naciones.
Por esto el Señor prometió que nos enviaría aquel Abogado que nos haría capaces de Dios. Pues, del mismo modo que el trigo seco no puede convertirse en una masa compacta y en un solo pan, si antes no es humedecido, así también nosotros, que somos muchos, no podíamos convertirnos en una sola cosa en Cristo Jesús, sin esta agua que baja del cielo. Y, así como la tierra árida no da fruto, si no recibe el agua, así también nosotros, que éramos antes como un leño árido, nunca hubiéramos dado el fruto de vida, sin esta gratuita lluvia de lo alto. Nuestros cuerpos, en efecto, recibieron por el baño bautismal la unidad destinada a la incorrupción, pero nuestras almas la recibieron por el Espíritu.
El Espíritu de Dios descendió sobre el Señor, Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de ciencia y de temor del Señor, y el Señor, a su vez, lo dio a la Iglesia, enviando al Abogado sobre toda la tierra desde el cielo, que fue de donde dijo el Señor que había sido arrojado Satanás como un rayo; por esto necesitamos de este rocío divino, para que demos fruto y no seamos lanzados al fuego; y, ya que tenemos quién nos acusa, tengamos también un Abogado, pues que el Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre, posesión suya, que había caído en manos de ladrones, del cual se compadeció y vendó sus heridas, entregando después los dos denarios regios para que nosotros, recibiendo por el Espíritu la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con intereses."
Del Tratado de San Ireneo, obispo, Contra las herejías (Libro 3, 17,1-3; SC 34, 302-306)
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"Las sectas protestantes dicen que solamente la Biblia es fuente de revelación. ¿Podrían ustedes con la sola Biblia dar el capítulo y versículo donde se afirma que S. Mateo, S. Marcos, S. Lucas y S. Juan son los autores de los Evangelios que llevan su nombre y certificarlo de forma apodíctica, sin tener que recurrir a la Tradición de la Iglesia Católica?. Esto es sumamente importante, ya que más del 90 % de lo que sabemos acerca de Jesús, está en estos cuatro (4) sagrados documentos del origen del cristianismo y –siguiendo vuestra tesis-, no encontrando en la Biblia tal afirmación, no son dignos de considerarlos Palabra Divina con todas sus consecuencias." ¿Hay algún protestante que pueda responder a esta pregunta?
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En todo el proceso de completar el canon la lista de libros del NT entendemos mejor que fue la Biblia la que salió de la Iglesia y no la Iglesia de la Biblia. Por eso, verdaderamente no hay separación entre "Biblia" y "Tradición". La Biblia forma parte de la Tradición de la Iglesia católica. No es cuestión de fe, de historia es materia.-
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Pero decir que «la libertad es lo que nos hace verdaderos», mire usted, al margen del cuento, depende. Porque la libertad puede hacernos responsables de quemar un bosque de millares de hectáreas con vida humanas dentro. La libertad puede hacernos verdaderos si somos verdaderos, si partimos de la verdad o al menos si estamos abiertos a la verdad, porque si no, la libertad nos hace más falsos que Judas, nos hace verdaderos mentirosos, verdaderos cínicos, verdaderos irresponsables, verdaderos criminales, verdaderos estúpidos, verdaderos soberbios, y otras muchas cosas, que el cuento sería interminable.
Moraleja, que para esto hemos estado contando cuentos –mentiras, según algunos-: para ser libres, para vivir la libertad y crecer en ella, hay que partir de la verdad, hay que estar informado sobre unas cuantas verdades, hay que conocer, mediante la experiencia propia o ajena, las consecuencias más relevantes de nuestros actos. Porque si no, al primer acto de libertad se seguirá la frustración de la libertad, la abolición del hombre, o comoquiera decirse. O sea, que diga lo que diga el genio del cuento, la verdad es que la verdad nos hará libres y no al revés. La información sobre la verdad es imprescindible - condición sine qua non - para la libertad de las personas y para la libertad de los pueblos.
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Pero lo verdaderamente importante es que la Iglesia renueva sin cesar su fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Porque de eso estamos hablando: de una persona, de un ser vivo, y no de una cosa o una idea. La Eucaristía es Él. Y todos, en la Iglesia, vivimos por Él, con Él y gracias a Él, y soñando con unirnos algún día plenamente a Él. O al menos, así debería ser.
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«Sobre el misterio eucarístico se funda el celibato que los presbíteros han recibido como don precioso y signo del amor indiviso hacia Dios y hacia el prójimo».
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Benedicto XVI animó a los laicos a hacer de la Eucaristía el «motor interior de toda actividad» y recordó que «ninguna dicotomía es admisible entre la fe y la vida». 2005-10-23, al cerrar el Sínodo de los Obispos y el año de la Eucaristía.
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Recuerda lo que San Policarpo decía de San Juan que, cuando escuchaba a alguno decir herejías, Juan se tapaba los oídos. No es malo tomar ese ejemplo en estos tiempos en que los charlatanes de tantas sectas nos quieren vender sus herejías.
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La Iglesia, desde el inicio, es católica,
esta es su esencia más profunda, dice Pablo.
El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es católica, esta es su esencia más profunda. San Pablo explica y destaca esto en la segunda lectura, cuando dice: "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (1 Co 12, 13). La Iglesia debe llegar a ser siempre nuevamente lo que ya es: debe abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras entre las clases y las razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay sólo hermanos y hermanas de Jesucristo libres. S. S. Benedicto XVI – P.P. 2005
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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-
“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).
Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25
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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!
VERITAS OMNIA VINCIT
LAUS TIBI CHRISTI.
Gracias de la visita
Recomendamos 4 libros : Joseph +cardenal Ratzinger, al día S. S. BENEDICTO XVI P.M.: Fe, verdad y tolerancia; Introducción al cristianismo; La fraternidad de los cristianos; Un canto nuevo para el Señor; Ediciones SIGUEME - www.sigueme.es
Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación, lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.
Recomendamos: “INTRODUCCIÓN AL CRISTIANISMO”*, por Joseph RATZINGER, al día S. S. Benedicto XVI. ¿Qué es el cristianismo? Responder a esta pregunta constituye el objetivo fundamental de este libro. Para ello, nada mejor que centrarse en uno de sus textos fundamentales, el credo, en el que la comunidad cristiana ha sintetizado su fe y a través del cual la proclama cada vez que lo recita. Siendo un texto que se quedó fijado en los albores del cristianismo, se hace necesario, por una parte, entender bien qué se quiso decir y cuáles fueron el contexto y el trasfondo en los que nace. Pero, por otra parte, por ser expresión viva de la fe, ha de ser sometido a una constante reinterpretación, para que sus fórmulas sean inteligibles a los creyentes de cada momento histórico. El equilibrio entre la fidelidad a algo recibido en el seno de la Iglesia y la actualización de su contenido es una exigencia que atañe no sólo a la teología, sino a la vida de la fe de todo creyente. Joseph Ratzinger ha sabido responder a este reto, prestando especial atención a los problemas que la cultura moderna ha planteado a la fe. *Ed. SIGUEME.
Recomendamos: “DIOS Y EL MUNDO” Joseph Ratzinger. Ed. Galaxia Gutemberg-
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