Friday 30 July 2010 | Actualizada : 2010-07-26 
Inicio > Ciencia y Fe > Dios - 1º origen de la vida; Teismo; mente de Dios; hipótesis evolucionista
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Monismo: doctrina metafísica según la cual las diferencias entre las cosas son ilusorias. Sólo hay un ser universal único, del cual cada cosa y cada persona son sólo una parte. En la medida en que el monismo de la Nueva Era incluye la idea de que la realidad es fundamentalmente espiritual, es una forma contemporánea del panteísmo (que rechaza a veces explícitamente el materialismo, en especial el marxismo). Su pretensión de resolver todo dualismo no deja lugar a un Dios transcendente, de manera que todo es Dios. Para el cristianismo se plantea un problema ulterior cuando se suscita la cuestión del origen del mal. C. G. Jung vio el mal como el « lado sombrío » de Dios, que, en el teísmo clásico, es todo bondad.   

 

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Panteísmo: (en griego pan = todo y theós = Dios) la creencia de que todo es Dios o, en ocasiones, que todo está en dios y dios está en todo (panenteísmo). Todo elemento del universo es divino, y la divinidad está presente por igual en todo. En esta visión no tiene cabida Dios como un ser distinto en el sentido del teísmo clásico. 

Parapsicología: trata de cosas como la percepción extrasensorial, la telepatía mental, la telequinesia, la sanación psíquica y la comunicación con espíritus mediante médiums o el channeling. A pesar de las duras críticas de los científicos, la parapsicología ha ido creciendo y encaja perfectamente en la mentalidad popular de ciertos sectores de la Nueva Era, según la cual los seres humanos tienen habilidades psíquicas extraordinarias, aunque con frecuencia en un estadio poco desarrollado.  

 

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A falta de fe en Dios, el Estado va ocupando paulatinamente su lugar. En él nos abandonamos y, de él, de su poder creciente, lo esperamos todo, con la comodidad de que, a diferencia del Creador de la libertad, el Estado nos eximirá de responsabilidad a cambio de sumisión.

 

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Dios, origen de la vida


Dios es el Autor de la vida. Incluso en una hipótesis evolucionista hay que aceptar unas leyes que dirijan esta evolución. Estas leyes son obra de Dios.


Por Jorge Loring 

6,10.- Dios es el Autor de la vida . Incluso en una hipótesis evolucionista hay que aceptar unas leyes que dirijan esta evolución. Estas leyes son obra de Dios.

Juan Oró , uno de los españoles que investigan en los Estados Unidos para la NASA, que está al frente del equipo que analizó las muestras lunares que trajeron los astronautas, y cuya opinión fue definitiva para afirmar que en Marte no hay vida, opina que la vida surgió a merced de un proceso de evolución química gradual que conduce a la generación progresiva según leyes determinadas, aunque todavía estamos lejos de tener una clara comprensión de las leyes que rigen la evolución de las partículas elementales . 


El biólogo soviético Alejandro Oparin , explica así el origen de la vida: «En la atmósfera terrestre primitiva, a partir de algunos compuestos relativamente sencillos, principalmente metano, amoníaco, vapor de agua y ácido sulfúrico, y bajo la acción de las descargas eléctricas y rayos ultravioleta se formaron numerosas y variadas sustancias orgánicas de molécula compleja. Estos productos pasaron a formar parte de la hidrosfera, al ser arrastrados por la lluvia, y una vez allí, sufrieron posteriores modificaciones, y un incremento ulterior de su complejidad»(174).


En abril de 1985 la revista norteamericana «News Week» se hacía eco de la presentación, por parte de un grupo de bioquímicos de la NASA americana, de unas pruebas según las cuales la arcilla sirvió como catalizador en la formación de los primeros compuestos orgánicos. Podría ser una explicación de aquello de la Biblia de que la vida nació del barro .


Recientemente Leslie Orgel, uno de los mayores expertos mundiales en la materia, demuestra en la revista científica Nature que el origen de la vida pudo aparecer en terreno arcilloso .


De hecho Stanley Miller y Harold Urey , en 1953, haciendo pasar una descarga eléctrica a través de una mezcla de metano, amoníaco, nitrógeno y vapor de agua, lograron sintetizar aminoácidos constitutivos de las proteínas .


El Doctor en Ciencias Químicas, D. José Sánchez-Real , Catedrático en Valencia, opina que la reacción que Oparin sitúa en la superficie de la Tierra debió darse en altas capas de la atmósfera .
En todo caso, como el mismo Oparin expone en su obra con multitud de fórmulas y reacciones químicas, todo esto supone unas leyes, y las leyes una inteligencia. A esta inteligencia la llamamos DIOS.


Por eso decimos que Dios es el Autor de la vida.


El mismo Oparin reconoció en Barcelona (junio 1973), en la IV Conferencia Internacional sobre el «Origen de la Vida»: El origen de la vida no es ocasional. Se ajusta en todo a las leyes de la Naturaleza Y Stuart Mill : Las leyes de la Naturaleza no pueden, por sí mismas, ofrecer una explicación de su propio origen .


John B. Haldane , famoso fisiólogo genetista británico, Profesor de la Universidad de Cambridge, afirma que el origen de la vida es imposible sin un Ser Inteligente preexistente .


La vida no se ha formado por casualidad, sino que se basa en leyes bien precisas .


Dice Salvador de Madariaga : «El mundo vivo no puede ni siquiera concebirse sino como la ejecución de un proyecto que le es anterior»(175). El paso de las micromoléculas a las macromoléculas se realiza según unas reglas y leyes .


Fred Hoyle , célebre científico inglés, a quien en 1972 le fue otorgado el título de «Caballero» por sus trabajos científicos, afirma: «La vida no puede haberse producido por casualidad»(176).

6,11.- La base de la vida , está en los ácidos nucleicos y aminoácidos. 


 

Los aminoácidos son los componentes de las proteínas . Las proteínas son los ladrillos de las células . Estas macromoléculas son esenciales en todo ente con vida.


«Hay una ley que desde los primeros aminoácidos y nucleótidos formados en las aguas primitivas han conducido a través de millones de años de evolución hasta la formación del DNA humano»(177).
La molécula del ácido desoxirribonucleico (DNA) componente fundamental de los cromosomas, es portador de la información genética. Cada célula puede poseer docenas de cromosomas. Cada cromosoma posee cientos de genes. Los genes son cadenas de ácido desoxirribonucleico (DNA) .

Harada sintetizó aminoácidos, que son los componentes estructurales de las proteínas sometiendo a una temperatura de mil grados centígrados amoníaco, vapor de agua y gas metano, tres derivados volcánicos que probablemente eran muy abundantes en la atmósfera primitiva.


Sin embargo la complejidad de la proteína lejos de ser un desorden, es un orden supremo. Es decir, siempre hemos de admitir unas leyes que dirigen la evolución El Dr.Jorge Wald , biólogo de la Universidad Norteamericana de Harvard, Premio Nobel, dijo en el Congreso Internacional sobre el Origen de la Vida celebrado en Barcelona en junio de 1973:

No hay ninguna oposición entre la aceptación de la explicación científica del origen de la vida y la creencia en Dios, pues éste es el Autor de las leyes que rigen el proceso biológico .


«Hoy, no pocos científicos, al menos entre los occidentales, admiten consecuentemente una tendencia finalista en el desarrollo de las formas.

Efectivamente, los últimos descubrimientos, de modo particular los realizados en el sector de las estructuras vivientes, van demostrando la existencia de leyes en los fenómenos vitales, donde el simple azar queda excluido, aun por el mismo cálculo de probabilidades»(178).



La vida y la evolución tienen un sentido, no es puro azar .

El mismo Oparin reconoce que las leyes de la Naturaleza no pueden ser producto de la casualidad, pero no se pregunta cuál es el origen de estas leyes.

Reconocer la existencia de leyes en la Naturaleza y no preguntarse por el origen de ellas es quedarse a mitad de camino. Si nos preguntamos por el origen último de estas leyes llegaremos a Dios .

 
6,12.- La vida pudo comenzar en el mundo en un momento determinado, según las leyes puestaspor Dios en la Naturaleza.

Parece que fue hace unos 3.000 millones de años .

Comenzó de modo muy elemental, y poco a poco fue evolucionando hasta el hombre, que es la suprema manifestación de la vida en la Tierra. La evolución de la vida en la Tierra supone unas leyes que la han dirigido. La selección natural de la evolución se produce por mutaciones de los caracteres hereditarios en los genes de los cromosomas. Pero este proceso ha seguido unas leyes que han dirigido la línea de la evolución.

«Todo el proceso ha estado programado para que al final apareciese el hombre...Ha existido una dirección privilegiada una finalidad. Sin duda, esta finalidad está en plano superior al puramente material de la evolución»(179).

El que la vida haya comenzado en la Tierra o haya venido de otro astro, es indiferente para explicar las causas del origen de la vida.


El que la vida haya venido de otro astro no excluye que la vida se haya originado según unas leyes.
Por otra parte, no se ha demostrado la existencia de seres inteligentes extraterrestres. A los ovnis se les encuentran explicaciones que no los hacen necesariamente extraterrestres .

El hecho de que la vida haya comenzado en la Tierra o haya venido de otra galaxia es lo de menos, pues tan sólo pospone la cuestión a otro tiempo y lugar , afirma el célebre astrónomo norteamericano Dr. Robert Jastrow(180).


Aparte de que los rayos cósmicos hubieran acabado con la posible vida en los viajes interplanetarios.
www.encuentra.com        


Estos textos han sido reproducido, con permiso del autor, del libro 
"Para Salvarte" de Jorge Loring, S.J.
174) - ALEJANDRO OPARIN: Origen de la vida sobre la Tierra, V. Ed. Tecnos. Madrid, 1970 
(175) - SALVADOR DE MADARIAGA: Dios y los españoles, pg.37. Ed. Planeta. Barcelona, 1975 
(176) - FRED HOYLE: El Universo inteligente, I, 1. Ed. Grijalbo. Barcelona, 1984  
(177) - PIERO PASOLINI: Las grandes ideas que han revolucionado la Ciencia en el último siglo, I, 4. Ed. Ciudad Nueva. Madrid, 1981 
(178) - SEBASTIÁN BARTINA, S.I.: Hacia los orígenes del hombre, I, 1. Ed. Garriga. Barcelona 
(179) - DR. BERMUDO MELÉNDEZ, Catedrático de Paleontología en la Universidad Complutense de Madrid: Las bases científicas del evolucionismo, pg. 89. Ed. ADUE. Madrid 
(180) - ROBERT JASTROW: El telar mágico. Ed. Salvat. Barcelona España, 1985 

 

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La mente de Dios

 

¿Podemos comprender por qué existe el universo y por qué existimos nosotros?, ¿proporciona la ciencia una respuesta a estas preguntas últimas acerca de la existencia?.

 

por Mariano Artigas

En 1988, Stephen Hawking publicó su libro Historia del tiempo , un best seller que combina la divulgación científica con una filosofía no muy rigurosa. En la conclusión del libro, Hawking se pregunta si podremos encontrar una teoría que explique completamente el universo , y concluye con estas palabras: «si descubrimos una teoría completa, con el tiempo habrá de ser, en sus líneas maestras, comprensible para todos y no únicamente para unos pocos científicos. Entonces todos, filósofos, científicos y la gente corriente, seremos capaces de tomar parte en la discusión de por qué existe el universo y por qué existimos nosotros. Si encontrásemos una respuesta a esto, sería el triunfo definitivo de la razón humana, porque entonces conoceríamos el pensamiento de Dios» (en inglés, the Mind of God significa no sólo el pensamiento, sino el plan de Dios).

The Mind of God es, precisamente, el título de un nuevo libro de Paul Davies, publicado en Londres en 1992. No se trata de una casualidad. El libro comienza recogiendo el párrafo de Hawking, e intenta responder a las preguntas que plantea: ¿podemos comprender por qué existe el universo y por qué existimos nosotros?, ¿proporciona la ciencia una respuesta a estas preguntas últimas acerca de la existencia?

Davies es profesor universitario de física. Recientemente se ha trasladado desde Gran Bretaña a Australia, y enseña ahora en la Universidad de Adelaida. Es un autor prolífico, ya que esta obra hace el número veinte entre sus libros publicados. Tiene oficio como divulgador. Su lenguaje es sencillo y directo, en la medida en que lo permiten los temas que trata. No esquiva los temas difíciles; más bien los busca y se recrea en ellos. Pasa revista a las cuestiones científicas actuales, analizando sus connotaciones filosóficas y sus relaciones con los problemas teológicos.

La pregunta central que Davies se hace es si nuestra existencia es un simple accidente, un resultado casual de los procesos cósmicos, o si más bien hemos de pensar que responde a algún propósito. Su respuesta es que la auto-conciencia no puede ser un detalle trivial, un subproducto menor de fuerzas carentes de propósito: nuestra existencia responde a algún tipo de plan.

Los límites de la ciencia

Para valorar la respuesta de Davies conviene tener presente su trayectoria intelectual. En 1983 publicó un libro titulado Dios y la nueva física , donde sostenía que la ciencia proporciona en la actualidad un camino más seguro que las religiones tradicionales para llegar a Dios. Claro está que el «dios» al que llegaba poco tenía en común con el Dios personal creador del cristianismo; se trataba más bien de una idea que presentaba coincidencias con el panteísmo. Davies aludía al panteísmo como si fuera una idea generalizada entre los científicos; sería «la creencia vaga de muchos científicos de que Dios es la naturaleza o Dios es el universo». Y sugería que, si el universo fuese el resultado de unas leyes necesarias, podríamos prescindir de la idea de un Dios creador, pero no de la idea de «una mente universal que exista como parte de ese único universo físico: un Dios natural, en oposición al sobrenatural».

En aquel libro, Davies se mostraba dispuesto a responder, ciencia en mano, a los grandes interrogantes de la existencia humana. Algo parece haber cambiado en los diez años que han transcurrido desde entonces. Ahora, aunque Davies afirma que no pertenece a ninguna religión institucional y que nunca ha tenido una experiencia mística , también afirma que la ciencia no puede responder a los interrogantes últimos; añade que ese tipo de respuestas sólo pueden provenir de experiencias místicas que trascienden el ámbito de la especulación científica, y defiende la existencia de algún plan superior capaz de explicar la vida humana.

Todo esto quizá pueda parecer trivial, sobre todo a un creyente, pero no lo es cuando se presenta como el resultado de un extenso análisis llevado a cabo por una persona que, como Davies, no encuentra fácil afirmar la existencia de un Dios personal creador. Una cosa es afirmar en general que ciencia y religión constituyen dos ámbitos diferentes, sea cual sea la posición que se adopte ante la religión, y otra cosa muy diferente es encontrar un científico que intenta llevar la ciencia hasta sus límites, analizando en concreto las variadísimas respuestas que se proponen en la actualidad acerca de las cuestiones últimas, y tomando parte en un verdadero combate intelectual en el que se discuten detalladamente los argumentos en favor y en contra de las distintas soluciones.

Al igual que en otros libros anteriores, los razonamientos de Davies pueden llevar al psiquiatra a quien no posea una estructura mental sólida, ya que se extienden a las interpretaciones más insólitas. Se trata de reflexiones en voz alta en las que Davies manifiesta sus perplejidades, que no son pocas ni pequeñas. Su interés radica precisamente en que muestran que un científico como Davies, nada comprometido con posiciones religiosas convencionales y dispuesto a admitir la parte de verdad que se encuentra en cualquier propuesta por extraña que parezca, afirma ahora con pleno convencimiento que no resulta viable atribuir la existencia humana al simple juego accidental de fuerzas naturales.

La racionalidad del mundo

Todavía se encuentra difundido el cliché según el cual la ciencia elimina todo misterio en la vida humana, proporcionando respuestas que harían inútil cualquier pregunta que se sitúe más allá de los confines científicos. La realidad es otra. En efecto, el progreso científico abre panoramas cada vez más asombrosos, comenzando por la existencia misma de la ciencia. Davies escribe: «El éxito del método científico para desvelar los secretos de la naturaleza es tan deslumbrante que puede impedirnos ver el milagro científico mayor de todos: que la ciencia funciona ». Es cierto. El progreso de la ciencia supone que la naturaleza posee una racionalidad inscrita en sus estructuras y procesos, y que somos capaces de conocerla, aunque sea de modo limitado. Y esto no es nada trivial, sobre todo si tenemos en cuenta que la organización del mundo en el que vivimos es enormemente sofisticada y singular.

Los avances de la ciencia proporcionan una imagen del mundo que resulta casi fantástica, si no fuera real. Según la antigua imagen mecanicista, que todavía sigue gozando de cierta popularidad, la materia se compondría de partículas cuya única propiedad sería el desplazamiento y el choque. La ciencia actual, por el contrario, descubre un mundo microfísico en el cual las partículas se agrupan espontáneamente formando pautas organizadas que hacen posible, a su vez, la formación de otras pautas de mayor complejidad, hasta llegar al alto nivel de organización propia de los vivientes. En 1989, Davies escribió: «Es uno de los milagros universales de la naturaleza que enormes reuniones de partículas, que sólo están sometidas a las fuerzas ciegas de la naturaleza, sin embargo son capaces de organizarse a sí mismas en pautas de actividad cooperativa». Efectivamente, es tan asombroso que resulta lógico preguntarse si, en realidad, ese comportamiento responde solamente a fuerzas ciegas .

Esta es la pregunta que una vez y otra aparece a lo largo de los análisis de Davies. En efecto, la asombrosa racionalidad de la naturaleza exige una explicación nada trivial, sobre todo si se tiene en cuenta nuestra capacidad de conocerla, o sea, la existencia de mentes auto-conscientes como las nuestras que son capaces de plantear, con éxito rotundo, un diálogo con la naturaleza que conduce a conocimientos cada vez más profundos y coherentes. Afirmar que todo ello es un puro hecho accidental, fruto de simples casualidades y de leyes ciegas, no resulta nada satisfactorio.

La explicación del orden

Quienes reducen nuestra comprensión de la realidad a las explicaciones que proporcionan las ciencias, se ven obligados a explicar cómo surge la prodigiosa organización de la naturaleza, de acuerdo con las leyes científicas, a partir de estados más primitivos. En definitiva, deben explicar el todo mediante la suma de las partes.

Sin duda, pueden encontrarse muchas explicaciones de ese tipo, sobre todo si las partes no son elementos meramente pasivos. Cuando se combinan, en las condiciones adecuadas, átomos de hidrógeno y oxígeno, lo que resulta no es una simple yuxtaposición de átomos: los átomos interactúan y producen un compuesto que posee propiedades verdadaeramente nuevas o emergentes. Si tenemos en cuenta que, en contra de lo que afirmaba el mecanicismo, no existen elementos puramente pasivos, parecería posible explicar la organización de la naturaleza mediante sucesivas combinaciones, en niveles de creciente complejidad, de componentes y procesos.

De hecho, esta idea se encuentra ampliamente difundida en la actualidad: la naturaleza sería el simple resultado de combinaciones que producirían resultados de todo tipo, entre los cuales sólo sobrevivirían aquéllos que fuesen capaces de adaptarse funcionalmente a las circunstancias. Se trata del esquema básico propuesto por Darwin para explicar la evolución biológica, que sería capaz de explicar asimismo la evolución cósmica y, en general, todos los procesos naturales. ¿Qué lugar queda aquí para ulteriores preguntas de tipo metafísico?

Davies afirma repetidamente que, al menos, existe un tipo de preguntas que no encuentran respuesta adecuada en ese esquema. Se trata de las preguntas acerca de las leyes que se encuentran en la base de todos esos procesos y los hacen posibles. ¿Por qué existen precisamente esas leyes y no otras? De hecho, hoy día sabemos que nuestra existencia es posible porque las leyes y las magnitudes básicas de la física poseen unos valores extremadamente ajustados.

Podría replicarse que, al fin y al cabo, esa situación no tiene nada de particular porque, en otro caso, nosotros no existiríamos; dicho de otro modo, resulta lógico que las leyes básicas sean tales que permitan nuestra existencia, puesto que, en otro caso, no estaríamos aquí. Sin embargo, esta respuesta no convence a Davies, y es lógico que así sea, porque no proporciona ninguna explicación: simplemente acepta el mero hecho de nuestra existencia y de las condiciones que la hacen posible.

Las ciencias explican, en cierta medida, como surge el orden de la naturaleza a partir de ciertas condiciones antecedentes. Pero siempre encontramos, en último término, situaciones iniciales y leyes básicas que exigen una explicación, a menos que estemos dispuestos a afirmar un proceso infinito que no explica nada. Además, lo que debemos explicar no es sin más un cierto orden, sino un grado verdaderamente fabuloso de organización en diferentes niveles que se entrecruzan y se complementan.

Una manera de evitar el misterio es afirmar que nuestro mundo es sólo una parte de un universo mucho más amplio en el que se producen todo tipo de situaciones posibles. Bajo esta perspectiva, nuestra situación, por muy privilegiada y singular que nos parezca, sería sólo una entre otras muchas que se dan o pueden darse en otras partes del universo o, como dicen otras teorías, en universos paralelos al nuestro. De hecho, algunos fisicos sostienen la teoría de muchos mundos (many-worlds ) según la cual, en virtud de las peculiaridades de la física cuántica, existe toda una serie de universos paralelos al nuestro. Otros afirman que nuestro mundo podría ser el único lógicamente posible y, por tanto, tampoco habría que admirarse de su singularidad.

Davies no piensa que estas teorías resuelvan el problema. Por una parte, porque no son científicamente contrastables: si se postula la existencia de otros universos inobservables, no se adelanta nada; más bien sucede lo contrario, ya que se introducen complicaciones innecesarias que caen fuera de toda posible comprobación. Tampoco parece posible demostrar que nuestro universo sea el único lógicamente posible, y todos los indicios apuntan, por el contrario, hacia la existencia de un orden contingente .

Esta noción es crucial. Davies escribe: «Parece, pues, que el universo físico no tiene que ser como es: podía haber sido de otro modo. En último término, el supuesto de que el universo es a la vez contingente e inteligible es lo que proporciona el motivo de la ciencia empírica. Ya que, sin la contingencia, seríamos capaces, en principio, de explicar el universo usando solamente deducciones lógicas, sin recurrir a la observación. Y sin la inteligibilidad, no podría existir la ciencia». Cierto. Entonces, deberemos preguntarnos por la explicación última de ese orden contingente.

Davies analiza las diferentes posibilidades. Podría suceder que no existiese una explicación; pero esto significaría el colapso de la racionalidad, que viene avalada, entre otros motivos, por la existencia y el progreso de la ciencia. Por otra parte, encontramos la explicación clásica propuesta por el teísmo , según la cual existe un Dios personal creador que proporciona el fundamento último de la racionalidad.

¿Existe un plan superior?

Los razonamientos de Davies parecen acordes con la afirmación característica del teísmo . Sin embargo, opina que esta posición se enfrenta a una objeción demasiado seria: si Dios existe, debe ser único, infinito, perfecto, y necesario : poseyendo en sí mismo su razón de ser, debe ser imposible su no-existencia; pero, en ese caso, ¿cómo se compagina la necesidad divina con la contingencia del mundo?, ¿no debería admitirse que, si Dios es necesario, también lo debería ser el universo, como resultado de la acción divina? Y en ese caso, ¿cómo se compaginaría la necesidad del mundo con la contingencia que observamos, y ante todo, con la creatividad de la naturaleza y con la libertad humana?

Sin duda, el problema es serio y ha ocupado a mentes ilustres a lo largo de la historia. Davies no le ve solución. Por ese motivo, piensa que la única posición teísta que evitaría las dificultades mencionadas sería lo que suele denominarse telogía del proceso . Se trata de una doctrina que remite a Alfred North Whitehead, cuyo impacto es especialmente notable en el mundo anglosajón. En pocas palabras, afirma una especie de dios dipolar que en parte es necesario e independiente del mundo, pero en parte se ve envuelto en las visicitudes contingentes del mundo. Davies confiesa que la idea le resultaba difícil de asimilar, pero añade que le llegó a resultar aceptable cuando consideró su paralelismo con algunas situaciones que estudia la física cuántica.

La alusión a la física cuántica remite a discusiones nada fáciles acerca de la interpretación de esta teoría; ni siquiera existe unanimidad al respecto entre los científicos. Además, no es difícil advertir que la idea de un dios dipolar resulta más bien contradictoria.

Las dificultades que Davies advierte en el teísmo pueden solucionarse por otro camino, utilizando una distinción que es empleada frecuentemente por los científicos, por ejemplo, cuando discuten las teorías de la evolución. Suelen decir que deben distinguirse el hecho y su explicación : el proceso evolutivo sería un hecho bien establecido mediante pruebas paleontológicas, de anatomía comparada, de genética y de bioquímica, y la explicación del proceso, sin embargo, incluiría muchos problemas controvertidos. La distinción entre los dos aspectos permitiría sostener que las incertidumbres acerca de la explicación no afectan a la afirmación del hecho central. En nuestro caso, la situación sería análoga: existen suficientes argumentos para afirmar la existencia de un Dios personal creador, cuya naturaleza y relaciones con el mundo, sin embargo, resultan un tanto misteriosas para nosotros.

En realidad, este modo de razonar no es novedoso. Durante siglos, los filósofos han distinguido dos tipos de preguntas: la que se refiere a la existencia de algo (la cuestión an sit , o sea, si algo existe), y la que se refiere a su naturaleza (la cuestión quid sit , o sea, qué es, cuál es su modo de ser). Son dos preguntas que, si bien se encuentran relacionadas, pueden distinguirse. En las ciencias, esto ocurre continuamente. Nadie duda de la realidad de las partículas subatómicas, a pesar de que encontramos dificultades, que por el momento son insalvables, cuando intentamos determinar su naturaleza; esas dificultades no impiden que poseamos muchos conocimientos bien comprobados acerca de las partículas, y que podamos utilizarlos como base de una tecnología muy sofisticada.

Un punto crucial, en nuestro caso, consiste en saber si la existencia de un Dios necesario, que parece requerida para comprender cómo es posible el universo, es compatible con la contingencia de ese universo. Si no lo fuese, entonces la existencia de Dios conduciría o bien a afirmar que el universo es también necesario, o bien a una contradicción. Pero, ¿por qué se debería afirmar que un Dios necesario tendría que producir un universo igualmente necesario, no contingente?

En realidad, no existe motivo para afirmarlo, y más bien existen motivos para sostener lo contrario. En efecto, no puede existir algo que sea absolutamente necesario y que no sea Dios mismo. Cualquier cosa que Dios produzca, contendrá elementos contingentes porque, en caso contrario, se identificaría con Dios.

Es posible argumentar racionalmente que Dios existe; que no sólo es libre, sino soberanamente libre, ya que no está determinado por nada fuera de sí mismo; que no actúa de modo arbitrario; que es infinitamente perfecto. Si intentamos comprender completamente el ser divino, encontramos límites que resultan lógicos: un dios que cupiese perfectamente en nuestra mente no podría ser el Dios verdadero. Sin embargo, podemos comprender que la necesidad divina no implica que Dios cree necesariamente, ni que sólo pueda crear un único universo.

El misterio y la mística

Davies tiene razón al afirmar que el Dios personal creador contiene aspectos misteriosos: no podría ser de otro modo. Sin embargo, no se trata de misterios arbitrarios, sino, si puede hablarse así, de misterios razonables .

Por la vía de la razón, podemos llegar hasta la afirmación de Dios y de sus principales atributos. No es poco. Es suficiente para orientar la vida entera en sus aspectos básicos. Pero no llegamos, y resulta lógico que así sea, a comprender perfectamente el ser divino, que nos aparece envuelto en el misterio.

Para explicar esta situación, Chesterton propuso una comparación sugerente. El Sol es tan potente que no podemos mirarlo directamente; sin embargo, posee luz propia y la irradia, de modo que vemos todo lo demás gracias a esa luz. De modo semejante, Dios nos resulta misterioso, pero todo resulta inteligible a su luz.

Davies es consciente de los problemas y tiene la valentía de afrontarlos. En su última obra, reconoce abiertamente los límites de la ciencia para resolver las cuestiones últimas acerca de la vida humana. Afirma, y tiene razón, que la ciencia empírica siempre trabaja sobre unos supuestos que ella misma no puede probar. Uno de esos supuestos es la racionalidad del mundo y del hombre. Davies advierte, con razón, que la fundamentación de esa racionalidad nos lleva a un ámbito que se encuentra más allá de las posibilidades de la ciencia. Más aún: el progreso científico muestra, con un detalle casi increíble, que esa racionalidad es mucho mayor de lo que podría parecer a primera vista. Todo ello conduce a Davies al asombro, que siempre ha sido la puerta de la genuina filosofía.

Pero Davies se queda, por el momento, en la puerta. Los caminos que se abren a partir de esa puerta le parecen metafísicos , y no ve cómo se podría proseguir la argumentación racional cuando uno se instala en ellos. Sólo ve una salida: lo que denomina la experiencia mística , que se encontraría en las antípodas del pensamiento racional. Según Davies, los caminos del misticismo no conducen a conclusiones inequívocas, sino que llevan a conclusiones diferentes, de acuerdo con la personalidad de cada uno: hay quien llega a afirmar un Dios personal, y hay quien no llega.

Davies se sitúa en el segundo grupo, y explica por qué. «Yo siempre he deseado creer que la ciencia puede explicar todo, al menos en principio», escribe. Y añade: «Personalmente, preferiría no creer en sucesos sobrenaturales. Aunque es obvio que no puedo probar que nunca sucedan, no encuentro una razón para suponer que suceden. Mi inclinación es suponer que las leyes de la naturaleza son obedecidas siempre». Sin embargo, el ateísmo pragmatista no le convence, ya que implica admitir que el universo es algo dado, un hecho que no admite explicación última, y esto parece poco razonable, e incluso absurdo.

Davies afirma que, cuando buscamos explicaciones últimas, tropezamos con los límites de la misma racionalidad que nos impulsa a buscarlas: una teoría completamente racional es imposible, porque siempre habremos de admitir algunos supuestos. «Si deseamos ir más allá -añade-, hemos de adoptar un tipo de explicación diferente de la explicación racional. Es posible que el camino místico conduzca hacia ese tipo de comprensión. Personalmente, nunca he tenido una experiencia mística, pero tengo la mente abierta acerca del valor de tales experiencias. Quizá ellas proporcionan la única ruta que va más allá de los límites de la ciencia y la filosofía, el único camino posible hacia lo Ultimo».

Con respecto a sus anteriores obras, Davies ha recorrido un largo camino, lleno de incertidumbres que subsisten hasta la actualidad. Es imposible prever cuáles serán sus pasos a partir de aquí. Entre otros motivos, porque somos libres. La acción de Dios, omnisciente y todopoderoso, no sólo respeta la actividad libre de la persona humana, sino que la hace posible. Dios nos ha creado para que podamos participar de su perfección y bondad, pero sólo podemos alcanzar la felicidad a través de nuestra actividad libre. Por eso se ha dicho que Dios habla suficientemente bajo para que quien no quiera oírle no le oiga, y suficientemente alto para que quien quiera oírle pueda hacerlo. La racionalidad del mundo es uno de los caminos que Dios utiliza para manifestarse a nosotros; la ciencia no llega por sí sola a la afirmación de Dios, pero su progreso amplía considerablemente nuestro conocimiento de la racionalidad del mundo y, por este motivo, constituye una base idónea para llegar al conocimiento de su Creador.

 

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«Si los viejos ateísmos y agnosticismos resultan anacrónicos, es evidente que no por ello se anuncia ya el reflorecimiento del teísmo. Lo que realmente caracteriza el momento presente es que la cuestión de Dios va quedando como irrelevante, más aún, es simplemente inexistente para la gran mayoría de los humanos. "Falta Dios, pero no se le echa en falta". Esta es una situación verdaderamente nueva, que nunca se había dado en el mundo». (Vives Josep, «Dios en el crepúsculo del siglo XX», en Razón y Fe, mayo de 1991, p. 468).

«La novedad de nuestro tiempo estriba en que ahora los jóvenes nacen fuera de todo horizonte eclesial, de manera que no les preocupa la Iglesia en modo alguno. Hemos pasado de una situación en que se luchaba contra Dios, intentando desplazar a Dios del mundo de la imagen y del pensamiento, a una nueva situación en que la cuestión de Dios simplemente no interesa». («Comment dire Dieu à l´homme d´aujourd´hui?», Lettre aux Communautés de la Mission de France, nº 158, janvier-février 1993, pp. 18-30).

Como consecuencia la increencia se podría describir ahora —especialmente entre las generaciones más jóvenes— como una confusión heredada, como un distanciamiento de las raíces, como una pacífica perplejidad ante la religión oficial de la Iglesia, como un subproducto cultural. La situación no se puede describir ya como lo hacía De Lubac, hablando del «drama del humanismo ateo»; más bien se trata ahora de un limbo de indiferencia que no tiene nada de dramático. Es más, este vacío religioso habría que considerarlo parte de una inseguridad y desconfianza más amplias que afectan a los valores en general, a las instituciones, a la posibilidad misma de encontrar el sentido auténtico de la vida. Este sentimiento contemporáneo de ausencia de fe, que llega a percibir como extraño el mismo lenguaje de la fe, lo recoge el australiano James McAuley, en un magistral poema satírico, en el que evoca la generación de los «desheredados» desde el punto de vista religioso:

«Los cuales ni piensan ni sueñan, ni niegan ni dudan;
simplemente, no tienen idea de todo esto»
[«Who do not think or dream, deny or doubt,
But simply don´t know what it´s all about»]

 

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teísmo. (Der. del gr. θεός, dios, e  -ismo).1. m. Creencia en un dios personal y providente, creador y conservador del mundo.

 Este término designa toda concepción filosófica que admite la existencia de un absoluto personal Y trascendente (Dios), oponiéndose por tanto no sólo al ateísmo (negación de Dios), al deísmo (afirmación de un Dios personal, pero alejado de la naturaleza y de la historia, y de la consiguiente imposibilidad del milagro), al panteísmo (identificación de Dios con el todo), sino más radicalmente todavía al nihilismo y a la proclamada muerte de Dios como acontecimiento de la época que caracteriza a la posmodernidad filosófico-teológica. La tarea de la superación del nihilismo, dada la actualidad y la hegemonía cultural asumida por esta perspectiva filosófica, tiene que ser asumida en nuestros días, a pesar de su dificultad, como un tema primordial de las filosofías teístas. Tradicionalmente el teísmo filosófico se compromete en la construcción de una teología filosófica, es decir, de un discurso sobre la existencia y sobre la esencia de Dios que contiene los argumentos (o las vías) que llevan a la razón humana a admitir esa realidad como principio y fundamento trascendente del univérso y de la historia. La cristiandad filosófiCa medieval ha elaborado dos itinerarios fundamentales para la «teología racional" o «natural" El primero llega a la afirmación del absoluto trascendente a partir de la experiencia del cosmos como un todo limitado, relacionado con el infinito, cuyas huellas contiene. Este itinerario caracteriza, por ejemplo, al Monologion (exemplum meditandi de ratione fidei} de san Anselmo y a las famosas cinco vías de santo Tomás de Aquino, donde el pensar creyente adopta y transfigura las categorías aristotélicas incluyéndolas en una metafísica del éxodo de vigor excepcional. El segundo itinerario toma en consideración la presencia de la idea de lo absoluto (aquello de lo cual no se puede concebir algo mayor) en la mente humana y de ella saca intuitivamente la existencia de Dios. Se trata del llamado argumento ontológico, elaborado por san Anselmo en su Proslogion ( Fides quaerens intellectum).

 

La modernidad filosófica, antes de llegar al resultado kantiano que, negando la posibilidad del conocimiento de Dios por parte de la razón pura, relega dicho conocimiento al papel de postulado de la razón práctica, sufre de manera exagerada la fascinación del argumento anselmiano, como ha demostrado puntualmente D. Heinrich en su descripción de las vicisitudes del argumento ontológico en la modernidad. En Descartes -por ejemplo- gracias a la demostración a priori de la existencia de Dios, el teísmo se convierte en teocentrismo, dado el papel central y salvífico de la idea del absoluto que se da al «cogito» y que de otra manera permanecería encerrado en una fortaleza inaccesible desde fuera e infranqueable desde dentro.

 

En el pensamiento posmoderno el teísmo filosófico tiende a veces a conjugarse con el fideísmo, o sea, con la renuncia al ejercicio de la razón natural frente a lo Trascendente -pensemos en la fórmula del « teísmo existencial n o «existencialismo teísta» que tanto le gustaba a Stefanini-, cuya existencia se admite sin embargo gracias al don de la fe. Revive de esta forma la contraposición radical entre el Dios de los filósofos y el Dios de Jesucristo (o, si se quiere, de la Escritura), que recordaba el Memorial de Pascal, el cual, por otra parte, en el famoso fragmento sobre el infinito-nada, sugiere que es razonable apostar por Dios contra el absurdo de la opción opuesta. La asunción por parte de la teología de semejante actitud filosóficamente derrotista lleva consigo la recaída en el «positivismo teológico n y el consiguiente abandono de toda apologética, así como una acentuación de la actitud apofática, por la que de Dios más bien (o solamente) podemos decir lo que no es que lo que es.

 

N Ciola

Bibl.: M. Álvarez Gómez. Teísmo, en DCDT 1319-1325; J. Macquarrie, El pensamiento religioso en el siglo xx, Las fronteras de la filosofía y de la teología, Herder, Barcelona 1971; J Schultz, ¿Es esto Dios?, Herder Barcelona España 1973; J Gómez Caffarena, El teísmo moral de Kant, Cristiandad. Madrid 1984; M, Martínez de Vadillo, La idea de Dios en tiempos de increencia, Atenas, Madrid 1986.


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«El poder trata de destruir a la Iglesia porque no la controla»


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Esto ha dicho el Concilio Vat. II - Cristo, el único Mediador, instituyó y mantiene continuamente en la tierra a su Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y caridad, como un todo visible, comunicando mediante ella la verdad y la gracia a todos. Mas la sociedad provista de sus órganos jerárquicos y el Cuerpo místico de Cristo, la asamblea visible y la comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia enriquecida con los bienes celestiales, no deben ser consideradas como dos cosas distintas, sino que más bien forman una realidad compleja que está integrada de un elemento humano y otro divino. Por eso se la compara, por una notable analogía, al misterio del Verbo encarnado, pues así como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como de instrumento vivo de salvación unido indisolublemente a Él, de modo semejante la articulación social de la Iglesia sirve al Espíritu Santo, que la vivifica, para el acrecentamiento de su cuerpo. Ésta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos como una, santa, católica y apostólica, y que nuestro Salvador, después de su resurrección, encomendó a Pedro para que la apacentara, confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno, y la erigió perpetuamente como columna y fundamento de la verdad. Esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él, si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica.
Constitución Lumen gentium, 8


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“A la valentía de la fe, debe corresponder la audacia de la razón” Juan Pablo Magno {Juan Pablo II} 2004


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"Todo el mundo es delante de ti como un grano de arena en la balanza y como una gota de rocío de la mañana que cae sobre la tierra. Pero tienes piedad de todos, porque todo lo puedes, y disimulas los pecados de los hombres para traerlos a penitencia. Pues Tú amas todo cuanto existe y nada aborreces de lo que has hecho, que no por odio hiciste cosa alguna. ¿Y cómo podría subsistir nada si tú no quisieras, o cómo podría conservarse sin ti? Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amador de las almas. Porque en todas las cosas está tu espíritu incorruptible. Y por eso corriges con blandura a los que caen, y a los que pecan los amonestas, despertando la memoria de su pecado, para que, libres de su maldad, crean, Señor, en ti" (Sab 11 23-12, 2). 02.XI. 1980 S.S. JUAN PABLO II, MAGNO.


Que amar a Dios es un don y una tarea. Un don que se nos proporciona por el Espíritu Santo, a través principalmente de los Sacramentos y de la oración, y una tarea en la que hay que ejercitarse a través de las obras y del esfuerzo personal.

“Estemos alerta, no renunciemos a nuestros derechos fundamentales y, en todo momento, demos con serenidad y confianza razones de nuestra esperanza en Cristo, sabiendo que todo lo podemos en Aquel que nos conforta".


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la paz inicia en el corazón de cada hombre, si se reconcilia con sus hermanos


«El mayor error de los cristianos del siglo XXI será dejar que el mundo se haga sin ellos, y, por tanto, sin Dios o contra Él. Y, el renunciar, abdicar o inhibirse ante una realidad presente, significa dejar el campo libre al mal, pero, además, no permite colaborar con el bien».


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la aurora y el ocaso del sol, momentos religiosos típicos en todos los pueblos, ya convertidos en sagrados en la tradición bíblica por la ofrenda matutina y vespertina del holocausto (cf. Ex 29, 38-39) y del incienso (cf. Ex 30, 6-8), representan para los cristianos, desde los primeros siglos, dos momentos especiales de oración.


Sobre los altares es suficiente con que brille la Hostia Sagrada. Sino, como dijo san Hilario + 367 ca., construiríamos iglesias para destruir la fe.


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Las sectas - complacientes con la mentira- sólo son disfraces desleales del cristianismo’. Toda realidad que se ignora, esconde su venganza. A más engaños, más sectas.


¡Buenaventura eres Tú, Oh María, Madre del Salvador!


¡Rememos mar adentro! Esa es nuestra respuesta como cristianos:

«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea


 “Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!


 

Gracias por venir a visitarnos

"Caritas Cristhi urget nos"  † 


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